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En la Señorial Villa de Quilá también suceden eventos entre penas o humor que conducen a
risa, pero esto sólo es una manifestación que hace que las personas se sientan más
identificadas unas con otras. Narraré aquí una de las tantas historias que descansan
adormecidas en las sombreadas bancas del quiosco frente al Santuario de la Patrona de
Quilá.

1962
SEMANA SANTA EN QUILÁ
El gran susto dentro de la iglesia

En el pueblo de Quilá, en el año de 1962, siendo párroco del lugar el Pbro. Anastasio
Ramos Medina, en días de Semana Santa, a las tres de la tarde se llevó a cabo el Viacrucis
viviente por las calles de esta localidad; después, como era costumbre, a las siete de la
noche la feligresía acudió al templo a escuchar las lecturas de las Siete Palabras, leídas y
explicadas por el sacerdote.
El Pbro. Anastasio, conocido como el Padre Tacho, tenía preparado para la lectura
de las Siete Palabras un escenario dentro del templo como nunca se había hecho. Para llevar
a cabo estos trabajos, contó con la ayuda de su hermano Catarino Ramos, quien se
encargaba de los preparativos de la liturgia. Adelita Ramos afinaba los detalles para que
todo, como se había planeado, saliera a la perfección. En el coro participó Teresa Ramos,
Lupita Acosta, Alicia Espinoza y Loreto Tamayo, pero también el sacerdote se apoyó para
hacer este evento en don Pedro Orozco, cantor que venía de la ciudad de Guadalajara a
tocar en las misas del Santuario de Quilá.
También participaron Layo López, conocido como El Layón; Antonio Sánchez, El
Guacho, y Onésimo Martínez. La participación de estas personas consistió en sostener las
vigas con figura de cruz en el transcurso de la lectura de las Siete Palabras, pero que no
estaban enterados de lo que el padre había preparado para los feligreses del lugar.
En este acontecimiento no podía faltar la presencia de doña Jacinta Machado,
conocida como La Guardiana del Santuario, mujer que todos los días estaba en el templo y
que además ponía orden, corregía lo que a su parecer demeritaba las buenas costumbres,
llamaba la atención desde cómo sentarte y de cómo participar en la santa misa.
La plataforma del coro en esa época estaba construida de madera y para llegar a ella
se tenía que subir por la escalera de caracol que conduce al campanario. Ahí se encontraba
un órgano de fuelle y demás artefactos listos para ejecutar lo conducente a la hora y orden
del Padre Tacho.
A las 6:30 pm doña Jacinta Machado, como era costumbre, ya estaba en el
Santuario esperando a los feligreses. Una de las primeras personas que llegó fue doña
Arcelia Ochoa, reconocida por la comunidad católica, ya que duró cuarenta años vistiendo
en cada festividad la imagen de la Patrona del pueblo Santa María de Quilá. Adelita Ramos,
como otras mujeres, participaba dando catecismo en la parroquia. Nicandro Bañuelos y su
esposa Rosario, Bertha Murakami, Delia Bañuelos, Aída Rojo, Mario Favela, Armandina
Bañuelos, Carmen Teresa Ochoa, Esther Morales, don Pancho, el carpintero, y su esposa
Guadalupe, Olivia Ochoa, su esposo e hijos, la Nana Prieta, Partera del Pueblo, quien
recibió a más del noventa por ciento de las criaturas de la comunidad, acompañada de sus
nietas Tollín y Magy Sánchez, Manuelita de Peiro, Lupita del Güilo Romero; Rosa
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Carrasco, esposa de Pancho Corrales, doña Cunda, Pancho Castro, Cleofas Ramos y sus
hijos, entre otras muchas personas, considerando que la nave del Santuario tiene capacidad
de trescientas personas sentadas, sin contar las que quedan paradas; o sea, cien más.
Al dar las 7:00 pm salió el Padre Tacho de la sacristía en compañía de Catarino,
Layón López, Onésimo Martínez y El Guacho Antonio Sánchez. El padre se dirigió al
púlpito de madera ubicado al lado derecho del templo para iniciar las lecturas de las siete
palabras. Los que acompañaban al padre tomaron sus puestos sosteniendo las cruces.
Catarino al centro junto con Onésimo por tratarse de los fortachones y ser la Cruz más
pesada, ya que en ella iba la imagen de Cristo y las otras eran vigas de madera en forma de
cruz.
En el coro, don Pedro Orozco, en compañía de las coristas, listas para dar inicio. En
esta época, en el intervalo de cada lectura se hacía un cántico.
El sacerdote empezó con la primera palabra, «Padre, perdónalos, porque no saben lo
que hacen». Segunda palabra, «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino; en verdad
te digo, hoy estarás conmigo en el reino». Aun empezadas las lecturas, seguía llegando más
gente. Tercera palabra, «Madre, he ahí a tu hijo; hijo, he ahí a tu madre. Cuarta palabra,
«Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado». El sacerdote, desde el púlpito, con voz
fuerte y en el desarrollo de los temas, fue haciendo que los feligreses se adentraran tanto en
las lecturas que no se escuchaba ningún murmullo ni interrupción.
Así pasaron las otras dos lecturas. Cuando llegó el momento de leer la séptima
palabra, «Padre, en tus manos entrego mi espíritu», donde dice que Cristo expiró, la gente
sintió angustia, desesperación, miedo, llanto, desmayos, orinados, taquicardia, culpa,
necesidad del perdón… porque lo que les tenía preparado el Padre Tacho y las demás
personas que organizaron el evento fue un simulacro de la muerte de Cristo.
Se abrió el cielo: relámpagos, truenos, viento, sonido de cadenas acompañado con la
música del coro con notas fúnebres que ejecutaba don Pedro Orozco. Las del coro
golpeaban láminas que simulaban el sonido de rayos y de viento; golpeaban la tarima de
madera del coro; colocaron un cableado por dentro de la iglesia que simulaba relámpagos,
se encendía y apagaba la luz.
En ese momento, la gente salió como en corrida de toros, atropellándose unos con
otros. Gente tirada en el suelo, zapatos por aquí, huaraches por allá, el templo tapizado de
mantellinas, gente llorando y pidiendo perdón por sus pecados. El Guacho y El Layón
aventaron las vigas de las cruces ocasionando un fuerte estruendo dentro del templo;
Nicandro Bañuelos, que estaba debajo de la tarima del coro, salió en estampida creyendo
que había explotado un cilindro de gas en casa de sus padres; la profesora Esther Morales,
con gritos de desesperación, gritaba:
—¡Que alguien me explique, qué es esto, son los rusos!
Pancho, el carpintero, con gritos de angustia buscando a su esposa e hija:
—¡Mi mujer, mi mujer!, ¿dónde están mi mujer y mi hija?
La partera del pueblo agarró a su gente y salió corriendo por encima de los demás;
Rosa Carrasco resultó fracturada de un brazo; Lupita, esposa del Güilo Romero, cuando
pasó el suceso, al ver que su mamá no salía y la vio sentada, decía:
—¡Ay, mi mamá tan viejita y tan valiente! —pero la verdad es que la señora estaba
desmayada.
La profesora Aída Rojo, despavorida, le dijo a Olivia Ochoa:
—¿Cómo te fue? —y le contestó Olivia.
—¿No te orine?
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El llanto fue generalizado. Hugo Rafael Partida, hijo de Cleofas Ramos, corrió
buscando a su papá.
—Papá, papá, se está cayendo la doctrina.
Doña Cunda comentaba:
—Si no me agarra don Pancho, llego corriendo hasta Eldorado.
Mucha gente se asustó. Todos querían salir al mismo tiempo por las puertas
laterales y ahí se hacía un embudo que volvía difícil salir sin ser empujado o magullado.
Algunas personas, en la desesperación por salir, lo hacían brincando el atrio. Cuando pasó
el zafarrancho dentro del templo, el Padre Tacho estaba asustado por lo que había
provocado y trataba de calmar a la gente invitándola a participar en el rosario de pésame.
Esto sucedió en el año de 1960 un Viernes Santo en el Santuario de Quilá, siendo
párroco del lugar el sacerdote Anastasio Ramos, conocido como el Padre Tacho.

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Se entrevistó a varias personas que sobreviven y esto es más o menos lo que dijeron.

SEMANA SANTA EN QUILÁ


Las Siete Palabras
1962
Simulacro de la muerte de Cristo
El gran susto dentro de la iglesia

Tere Ramos Medina


El Viacrucis de Semana Santa se llevó a cabo después del medio día del viernes por las
calles del pueblo. El simulacro que se hizo dentro del templo fue por la noche del mismo
Viernes Santo, cuando fue la Crucifixión de Cristo. Todos los ruidos que se realizaron
fueron en el coro de la iglesia. Se tendió un cableado por el templo para que parecieran
relámpagos y destellos, así como en el coro; en la parte alta del templo hicimos ruido con
tinajas, sartenes y todo lo que hiciera ruido para que semejara a que se estremecía el
templo; las luces se arreglaron de manera que parpadearan. La gente no estaba preparada y
pues emprendieron la huida como hervidero.
En ese tiempo venía de Guadalajara un cantor, don Pedro Orozco. Él acompañaba
los coros y cantos en toda la Semana Santa. Durante la simulación, los efectos de los
sonidos del órgano con notas fúnebres condicionaban a los concurrentes a sentir temor. Al
mismo tiempo, las notas nos decían cómo hacer los ruidos para que parecieran truenos. Las
que estábamos en el coro éramos Lupita Acosta, Alicia Espinoza, Loreto Tamayo y yo.
Éramos las del coro.
Mucha gente lloraba, arrepintiéndose como si fuera una cosa verdadera lo que
pasó…
—¡Me arrepiento, perdón, perdón!
Regresó la luz, volvió a entrar la gente a la iglesia y se siguió con el rosario de
pésame. Después de lo que pasó, la gente se reía, pero sí hubo mucha gente asustada.
No todos se asustaron ni toda la gente se salió; quedó mucha gente sentada dentro
del templo.
Los organizadores principales fueron el Padre Tacho y don Pedro Orozco; entre
ellos estaban Catarino Ramos, Adelita Ramos y todas las del coro.
En esa época se cantaban las Siete Palabras, un canto para cada Palabra.

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Rosario Ávalos

El día Viernes Santo, como a las 6 o 7 de la tarde, fui a la iglesia. Estaba llena de feligreses
atentos a escuchar la lectura de las Siete Palabras en actitud solemne y en el pasaje donde
se dice que Cristo muere, de repente se apagan las luces y se empiezan a escuchar sonidos
muy fuertes que parecían truenos y rayos; estos ruidos fueron hechos en el coro que está
entrando al templo por la parte alta que lleva al campanario. Con láminas, cadenas y otros
artefactos, se hacían los ruidos de truenos, todo esto unido a la música sacra del órgano de
fuelle que tocaba el Padre Tacho –sacerdote Anastasio Ramos– para hacer un simulacro de
la muerte de Cristo con realismo.
Lo chusco fue la reacción que tuvieron los feligreses al escuchar estos ruidos que
los agarró desprevenidos, aún más por la entrega espiritual que tenían ante la lectura donde
se habla sobre el momento de la muerte de Cristo. Por los ruidos, parecía que se abría el
cielo entre truenos y rayos, las luces se prendían y apagaban y las cadenas, al ser
arrastradas, causaban temor. A la gente lo único que le pasaba por la mente era salir
huyendo del templo; un templo con capacidad de cuatrocientas personas, que querían salir
al mismo tiempo despavoridas, atropellándose unas con otras. Nicandro y yo entramos
juntos y pensé que él me sacaría del templo, pero él salió jalando de la mano a Bertha, la
hija de Edmundo Murakami. La gente gritaba:
—¡Se va a caer el templo!
A Delia Bañuelos se le veía en cuclillas esquivando la oleada atropellada de las
personas; ella logró salir del templo sin sufrir algún daño. Hubo personas lastimadas de la
cadera o de brazos. El templo quedó tapizado de diferentes tipos de zapatos, zapatillas,
gente desmayada, orinada del susto y arañada; algunas mujeres salieron con bolsos que no
eran los suyos o acompañadas de personas que no eran sus familiares, esposos o hijos.
Carmen Teresa Ochoa
De las personas que estábamos juntas, sentadas en la parte delantera del templo, que ya
sabían lo que iba a pasar en el momento de leer la Séptima Palabra –«todo está
consumado»–, eran Adela y Cleofas Ramos. Cleofas iba acompañado de uno de sus hijos,
Hugo Rafael, y del tremendo susto que se llevó la criatura corrió buscando a su padre para
decirle lo que había escuchado y visto:
—¡Papá, papá, se está cayendo la doctrina!
Mi nina, Esther Morales, también se encontraba dentro del templo y con gritos de
desesperación decía:
—¡Explíquenme qué es esto! ¿Son los rusos?
Don Pancho, el carpintero, con gritos de angustia y desesperación decía:
—¡Mi mujer, mi hija!
A la mayoría de las mujeres se les perdió la mantellina (velo) y el Padre Tacho le
decía a la gente:
—La misa va a continuar, la misa va a continuar —pero a la gente no le importaba y
salía corriendo.
Volaron zapatos y huaraches. La gente gritaba:
—¡Es el fin del mundo!
Fue algo que nadie se esperaba, mucho menos el mismo sacerdote.

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Bertha Murakami

Lo que recuerdo en el momento del estruendo adentro del templo: el Padre Tacho estaba en
el púlpito; nosotros, Nicandro Bañuelos, su esposa Rosario y yo, estábamos sentados en
una de las primeras bancas del lado izquierdo de la puerta principal ubicada abajo del coro.
Lo recuerdo porque, aparte de golpear láminas y otros artefactos, también golpeaban el
piso, que era de madera, y el ruido se escuchaba muy fuerte. Nicandro salió corriendo y yo
también, pero Nicandro corrió porque pensó que había explotado un cilindro de gas de su
casa y nada, que fueron los ruidos que se hicieron en el templo. ¿Sí recuerdas?, la iglesia
tenía un pequeño atrio y la gente en la desesperación se lo brincaba, ya que la salida por el
atrio era angosta.

Magy y Tollín Sánchez


Tollín:
Una de las cosas que recuerdo es que mi compadre Layo López (Layón, mi compadre, el
panzón Layón); mi hermano El Guacho Antonio Sánchez, Onésimo Martínez y Catarino
Ramos Medina, hermano del Padre Tacho, estaban en el altar mayor del templo
sosteniendo las cruces que representaban al Cristo crucificado, en compañía de los otros
dos. Catarino Ramos y Onésimo Martínez sostenían la Cruz principal, ya que era la más
pesada porque tenía la imagen de Cristo, y en el caso de las otras dos sólo las cruces de
madera. Una de ellas era sostenida por Layón y la otra por El Guacho. El altar mayor lo
cubrieron con una tela de color azul púrpura; sólo se veían en el altar las cruces.
Cuando el Padre Tacho leyó la Séptima Palabra y dijo «todo está consumado», en
ese momento se hizo el zafarrancho. Se apagaban y prendían las luces, el órgano con notas
musicales fúnebres infundía temor, las láminas con las que hacían los efectos simulando
rayos causaban sobresaltos. Se vio también que a lo largo del templo, a través de un
cableado, salían chispas. No, no, no, fue el gran susto. Mi compadre Layón y El Guacho
soltaron las cruces; Onésimo dejó solo a Catarino con la Cruz y ésta se le cayó, todo para
escapar del lugar en donde a su entender se estaba acabando el mundo. Salieron corriendo
del templo. Parecía corrida de toros, cosa fea; unos en el suelo, gente arriba de otra, zapatos
por aquí, mantellinas regadas por todo el templo; mi nana Prieta, la partera del pueblo,
salió en estampida; también la Rosa Carrasco, esposa de Pancho Corrales; doña Cunda
decía que de no haber chocado con don Pancho Castro hubiera llegado hasta Eldorado
corriendo.

Magy:
Este simulacro que hizo el Padre Tacho fue en el año de 1960. También estaba ahí
Manuelita de Peiro, quien durante la misa se había quitado los zapatos para descansar los
pies; al salir corriendo, ni de los zapatos se acordó. Decía la Lupe del Güilo:
—¡Ay mi amá, tan viejita y tan valiente y sentadita!
¡La verdad es que estaba verde! Desmayada.

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Tollín:
Si contra y no hubo infartos, pues aquello hubiera acabado en velorios. Mucha de la gente
que salió corriendo era de otro barrial y no toda la gente se salió. Carmen, mi hermana, ya
sabía lo que iba a pasar, y ella le dijo al Guacho:
—No te salgas si pasa algo —pero él no sabía qué era lo que iba a pasar. Chelito
Ramos tampoco se salió.
La profesora Aída Rojo y las tías de Norma Ochoa estaban tiradas en el piso
golpeadas, pues el tumulto las había empujado haciéndoles perder el equilibrio. Tengo tan
presente que la maestra Aída Rojo le decía a Olivia Ochoa:
—¿Cómo te fue?
Y Olivia le contestó:
—¿No te mié?
Estábamos chicas y éramos muy metichis. Estábamos hasta adelante con mi nana
Prieta porque El Guacho estaba participando en las Siete Palabras sosteniendo la Cruz.
Algunos lloraron lo que fue un contento, otros se dieron golpes de pecho, gritando
que se arrepentían de sus pecados. Estaba la gente muy asustada.
También la esposa de don Pancho, el carpintero, salió golpeada en la carrera.
Después del susto, Pancho le preguntaba:
—Lupe, ¿qué sentiste?
Y doña Lupe se quejaba:
—¡Ay, Pancho; ay, Pancho!
Él insistía:
—¿Qué te pasó, Lupe?
— ¡Ay, Pancho, si te dijera!
—¿Qué me vas a decir?
—¡Ay, no, no, no! —Ella padecía del corazón. El corazón no lo sentía donde está;
¡lo sentía en la cabeza!

Luis Mario Favela Morales


Yo estuve ahí. Lo que recuerdo son rostros de personas afligidas, asustadas, con miedo. El
rostro del padre asustado por lo que había hecho. Después se comentó que en el obispado le
habían llamado la atención sus superiores.

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Lupita de Romero, esposa del Güilo Romero
Sí, hubo un simulacro. Fue una sorpresa que nos quiso dar el Padre Tacho sin avisar en qué
consistía. Sólo unos cuantos, los que colaboraron, estaban enterados de lo que pasaría.
Siempre en estas fechas venían seminaristas para celebrar los oficios propios de la Semana
Mayor. Por cierto, mis suegros decían:
—Llegaron los policías del obispo.
Tampoco ellos sabían del simulacro.
Lo cierto es que la sorpresa nos dio mucho miedo y mucho susto porque hubo
muchos caídos. Comenzamos a tropezarnos y a empujarnos con el afán de salir. La
Consuelo de Bañuelos estaba embarazada y la tumbaron. Los que estaban cerca gritaban:
—¡Consuelo!, ¡Consuelo! —y trataban de pararla. La pobre hasta perdió una
chancla.
Adentro del templo era un manicomio. Unos caídos tratando de levantarse, otros
pasando por encima de las personas y todo estaba oscuro. Los oficios de Semana Santa los
hizo el Padre Tacho por la noche. Es por ello que nos dio más miedo.
En la lectura de las Siete Palabras cuando Cristo expiro... ¡que se apaga la luz!, y
traca traca traca con matracas, y el piso del coro, que es de madera, con los brincos y
exclamaciones de los seminaristas asustados, se escuchaba un escándalo que contagiaba a
salir corriendo mientras gritaba:
—¡Qué pasó!, ¡qué pasó! —sin esperar respuesta y sólo pensar en ‘salvarse’.
Nombre, al Padre Tacho le dio tanta vergüenza que pidió disculpas, pero eso fue
hasta el Domingo de Resurrección, porque ese día no pudo… toda la gente nos tiramos a
correr sin parar para buscar la salida.
El Güilo Romero y Gustavo López estaban sentados en el sofá de la plazuela. Se
preguntaban qué si qué había en la iglesia, por qué gritaban tanto?
Se acercaron y vieron el zafarrancho de gente corriendo de La Talega, de la
Aviación, de El Alto, seminaristas corriendo detrás de ellos gritándoles que no corrieran,
que era un simulacro:
—¡Regresen!, ¡regresen!
Y las gentes que corrían les gritaban a los seminaristas:
—¡Son el diablo!
Los que estábamos en el templo, viendo lo que estaba pasando, por los gritos y los
ruidos creíamos que se había caído el púlpito. El coro creía que había muertos en la
estampida. En el templo también estaba la señorita Esther Morales y Consuelo de Bañuelos
con embarazo de meses y otras vecinas que ya no recuerdo sus nombres.
Cuando el Güilo Romero vio todo lo que estaba pasando dentro de la iglesia,
empezó a gritar:
—¡Mamá, mamá, dónde andas mamá, dónde estás vieja, dónde estás, vieja!
Y yo le gritaba a mi suegra:
—¡Aurora, Aurora! —Aurora Lizárraga de Romero—, no se me vaya a caer, no se
me vaya a caer.
Y Gustavo López se nalgueaba (tenía esa manía) y gritaba:
—¡Amalia dónde estás!, dónde estás, Amalia! —con voz desesperada porque no la
encontraba.
Nosotros no podíamos salir porque estábamos hasta el frente y la iglesia estaba
llena. Se escuchaban gritos en la oscuridad:
—¡Se cayó el púlpito!
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Otros:
—¡Se cayó el coro!
Y el padre no podía prender la luz por la misma desesperación de ver a la gente que
se atropellaba. Entre los que estábamos ahí que recuerdo éramos Amalia Arteaga, Adelita
Ramos, Bertha Romero, Chuyita Rojo, Consuelo de Bañuelos, su hermana María Lizárraga,
Leonor Zevada, Rosario Zevada, Socorro Mendoza, Marinita Ochoa, la Chinda Ochoa,
Tichi Douglas, Olga Calderón, Rosalva Ochoa, María de Jesús Partida, Maura Partida,
Armandina Bañuelos, Dalila Rojo, Aída Rojo, Bertha Murakami y a su mamá Luz.
Adentro del templo estaba en penumbras. Unas preguntaban a gritos:
—¿Se cayó el púlpito?
Y las de adelante les contestábamos:
—¡No!
Para luego preguntar gritando:
—¿Se cayó el coro?
Los de atrás contestaban:
—¡Tampoco!
—¿Entonces qué fue lo que pasó?
Y el padre contestaba:
—Fe un simulacro de la muerte de Cristo, pero no pasa nada, no corran.
Mi suegra, Aurora Lizárraga, se agarró de Gustavo López, y Gustavo le decía:
—¡Suéltame, Aurora, con un carajo, que ando buscando a Amalia —y se nalgueaba.
—Pues no te suelto y nos vas a sacar de aquí, Gustavo.
La gente gritando, llorando, es lo único que se escuchaba fuerte:
—¡Sácanos, Gustavo, se va a caer el techo, nos vamos a morir aquí!
—¡Allá hay dos muertas! —decía la gente.
Y el Güilo me gritaba:
—¡Vieja, dónde estás!
Y le dije:
—¡Salte! Nosotras ya vamos a salir con Gustavo.
Cuando logramos salir, ya había gente en el atrio del santuario, unas desmayadas o
golpeadas, rasguñadas, sin zapatos, asustadas, llorando.
La gente, el día Sábado de Gloria por la noche en la bendición del fuego, no quería
asistir. Hubo poca concurrencia al templo. Cuando sí asistieron fue el domingo, el día de la
Resurrección. Ese día, el Padre Tacho les pidió disculpas a todas las personas y dijo que se
sentía muy apenado por lo que había sucedido.

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