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Historias para no dormir

El multipremiado escritor Juan Ramón Biedma (Sevilla, 1962) publica


«Autofobia», conjunto de diecisiete relatos que confirman su capacidad para
retratar el lado más oscuro del ser humano. En sus más de doscientas páginas
podremos hallar guiños a Mary Shelley y Bram Stoker, pero también a Borges y
Agatha Christie.

Muchos lectores sevillanos, entre los que me incluyo, conocimos a Juan Ramón Biedma
a través de su primera novela, El Manuscrito de Dios, publicada por Ediciones B en
2005. Un retrato de la ciudad tan original, desquiciado y apocalíptico que nos hizo
contemplar, a partir de ese momento, la ciudad con otros ojos. Desde entonces no tuve
dudas de que este escritor iba a dar mucho que hablar. Curiosidades de la vida, tras
seguir de cerca su ascendente trayectoria —tras la citada novela llegarían excelentes
títulos como El imán y la brújula, El humo en la botella o Antirresurrección—, e
incluso perderle la pista por un tiempo, a más de uno sorprendió que en 2017 Biedma
volviese los ojos hacia Baker Street para homenajear a Arthur Conan Doyle y su
inmortal Sherlock Holmes en Londres, 1891 —reedición de la premiada «Tus
magníficos ojos vengativos cuando todo ha pasado»—. Es decir, que el autor de El
espejo y el monstruo y El efecto Transilvania, poseedor de prestigiosos galardones
como el Valencia de Novela Negra o el Especial de la Semana Gótica de Madrid, estaba
más vivo que nunca. Pero las sorpresas no acaban aquí, pues hace apenas un mes, la
editorial Grupo Tierra Trivium me hizo llegar un ejemplar de su último trabajo, un
recopilatorio de cuentos que, bajo el título Autofobia, recoge parte de la extensa
producción de piezas cortas del autor. Obra que, como podrán suponer, pretendo
reseñarles a continuación.

Ecos literarios de gran altura

¿Y qué es exactamente la ‘autofobia’?, se preguntará más de uno. Según la psicóloga


Ana Claudia Alda, «una fobia específica relacionada con el hecho de estar solos». O lo
que es lo mismo, «el miedo a la soledad, a ser ignorado o a sentir que no somos
amados». Un problema cuya sintomatología es la característica de los problemas de
ansiedad —desde la constante sensación de peligro a los ataques de pánico— y que sólo
puede atajarse mediante terapia psicológica. Pues bien, esta ansiedad irracional y severa,
desencadenada por la idea de pasar tiempo solo o estar sin una persona específica, da
pie a Juan Ramón Biedma para estructurar la primera parte de sus relatos. Así, bajo el
mencionado título Autofobia, se recogen piezas cortas como Es imposible que estemos
escuchando un columpio en la buhardilla, Además de Renfield o La biblioteca y otra
vez el vestíbulo, cuyo denominador común es el dolor. Pero no un dolor cualquiera, sino
aquel que nos lleva hasta la desesperación o la rabia, pasando por la nostalgia, la
incertidumbre o el miedo. Historias que nos remiten a grandes creadores de la literatura
terrorífica, como Mary Shelley y Bram Stoker, pero también a genios inclasificables
como el argentino Jorge Luis Borges —el cuento Menos 1890 podría haberse extraído
perfectamente de El Aleph—. Seguidamente, el autor de La lluvia en la mazmorra
desciende un escalón más en su pretendida odisea hacia el infierno para presentarnos a
un curioso sacerdote, el Padre Full, cuyo modus operandi le mueve a pecar
constantemente, sin ningún tipo de remordimientos, en títulos como Arroz con puntillas
oxidadas, Contramilagro o Legados; todas ellas narraciones sórdidas, frías y
desprovistas de alma, en las que Biedma demuestra una capacidad fuera de lo común
para mostrar el lado más perverso del ser humano. En este sentido, su estilo puede
recordarnos a tótems de las letras, como Kafka; de la cuentística tenebrosa, como Poe o
Maupassant; del terror fantástico, como Arthur Machen; pero también a modernos
creadores del horror, caso de Ramsey Campbell, Clive Braker o Joe Hill.

Un localismo chocante (por lo infrecuente)

Como cierre de esta particular tríada, el inclasificable escritor sevillano —resulta


imposible adjudicarle una etiqueta— nos ofrece cinco cuentos más en Peor que el
purgatorio, apartado que, como su propio nombre indica, recoge lo más despiadado de
su peculiar ejercicio. De entre todas las propuestas hemos de destacar, por su atinada
mezcla de realismo histórico y ciencia ficción, aquella que lleva por título Siete
revueltas; historia que nos traslada, de manera cruda a la par que eficiente, a la Sevilla
de 1834. Un escenario marcado por «el cólera, las fiebres carcelarias, la guerra de los
cristinos con los carlistas, la miseria, los curas…», donde se mueve a su antojo un
individuo sin escrúpulos llamado Valcárcel. Es quizás, a través de él, donde mejor
puede valorarse ese talento de Biedma para combinar lo cotidiano con lo extraño; don
que, como ya hemos mencionado más arriba, bebe de la mejor literatura —en su
discurso caminan el feísmo barroco de Quevedo y el vanguardismo de César Vallejo—,
pero también del cine —desde Verhoeven a Lars Von Trier, pasando por Haneke—. E
incluso del arte plástico, donde algunos de sus pasajes nos llevan a pensar en Otto Rapp,
Ken Currie o Francis Bacon. En suma, su afilada pluma, capaz de conducirnos por los
entresijos más oscuros de nuestra naturaleza, parte de un localismo chocante (por lo
infrecuente), hasta expandirse hacia otros terrenos en los que el amor, la sensibilidad o
la ternura ni están ni se le esperan. Un microcosmos de reminiscencias bíblicas —Una
ventana color Bombay es el mejor ejemplo— que revela la pluralidad de registros que
posee el autor, así como su facilidad para hacernos ver lo blanco de color negro.

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