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Soledad Birrell

CABALLO
MAESTRO
Historias de aprendizaje y reencuentro
bajo la mirada de un caballo
Caballo maestro
RIL editores
bibliodiversidad
Soledad Birrell

Caballo maestro
Historias de aprendizaje y reencuentro
bajo la mirada de un caballo
615.85 Birrell, Soledad
B Caballo maestro / Soledad Birrell. -- Santia-
go : RIL editores, 2012.

128 p. ; 21 cm.
ISBN: 978-956-284-937-1

1 Equinoterapia 2 Terapéutica fisiológica

Caballo maestro
Primera edición: octubre de 2012

© Soledad Birrell, 2012


Registro de Propiedad Intelectual
Nº 219.442

Pagina web: www.caballomaestro.cl

© RIL® editores, 2012


Los Leones 2258
cp 7511055 Providencia
Santiago de Chile
Tel. Fax. (56-2) 2238100
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Composición, diseño de portada e impresión: RIL® editores


Fotografía de Portada: Beatriz Vogel
Fotografía de solapa: Andrea Brunson

*NQSFTPFO$IJMFrPrinted in Chile

ISBN 978-956-284-937-1

Derechos reservados.
Dedicado a los protagonistas de estas historias
y a los que no aparecen nombrados pero son protagonistas,
humanos y caballos,
que con coraje y coherencia
bailan la danza que silba el viento.
Índice

Introducción.................................................................... 11

1. Cuestión de límites y compasión .............................. 13


Matonaje escolar ....................................................... 15
Equilibrio compasivo ................................................. 25
2. Cuestión de pertenencia ............................................ 31
Una historia de cuento ............................................... 33
Escondida .................................................................. 39
3. Cuestión de amor incondicional ............................. 45
Creo que es amor....................................................... 47
Un puente entre el cielo y la tierra.............................. 51
Encuentros cercanos con un caballo........................... 55
4. Cuestión de perdón y presente ................................. 59
La mirada equina....................................................... 61
Espíritus mezclados.................................................... 69
5. Seres de luz ................................................................. 81
Pensando en imágenes................................................ 85
Mirando de frente ..................................................... 91
Talibán....................................................................... 97

Glosario ......................................................................... 127


Introducción

Ciertas características equinas pueden ser una verdadera reve-


lación para algunas personas, puesto que aquello que es natural
e inherente al ser caballo, actúa como un espejo que refleja las
verdades y las incoherencias de ser humano.
Cuando se entra a un corral con un caballo suelto, suele quedar
al descubierto que hemos olvidado cómo movernos en un escenario
donde no se paga un precio por ser lo que somos. La relación que
se establece carece de juicio y de palabras, no hay agenda previa
ni expediente culposo, solo hay presente y verdad. Al final, el gran
protagonista es el sentido de pertenencia; sabernos aceptados por
la manada, valorados y necesitados por nuestros propios talentos.
Mi área de especialización son los caballos. En mi trabajo
utilizo un método de amansa natural que algunos denominan
«susurro de caballos», y que aprendí del Dr. Stan Allen en Utah,
Estados Unidos. Más tarde seguí aprendiendo de grandes maes-
tros y maestras, como Linda Tellington Jones, Linda Kohanov,
Eagala y muchos otros.
Desde el principio fue evidente que, para asegurar la efecti-
vidad de mi trabajo en el tiempo, éste no podía estar aislado de
un cierto entrenamiento a dueños y a cuidadores, dado que los
conflictos o «mañas» de los caballos se generan en su interacción
con seres humanos. En esas circunstancias fueron apareciendo
las conexiones profundas que los caballos establecen con la
psiquis humana, lo que, por aquel entonces, yo consideraba un
«beneficio colateral» dentro de mi propósito final. Nunca imaginé
que llegaría a convertirme en una mediadora de experiencias de
aprendizaje con caballos y personas, creando escenarios para

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Soledad Birrell

que un humano y un caballo tengan un encuentro en el presente


y en la pura verdad que los cambie para siempre.
Hoy destino la mayor cantidad de mi tiempo a esa tarea.
Acuden a nosotros todo tipo de personas, con todo tipo de pro-
blemas o desequilibrios, algunos grandes y otros sutiles, en el
mundo privado o público, desequilibrios que tarde o temprano
terminan por incomodarlos hasta el punto en que se deciden a
buscar un nuevo equilibrio, una nueva perspectiva.
Viviendo las experiencias que se narran en estas páginas,
nos dimos tiempo para recapacitar respecto al precio que tuvi-
mos que pagar para crecer y sobrevivir, qué máscaras asumimos
como propias, y qué rituales inventamos para superar nuestras
carencias, producto de haber habitado en un ambiente donde el
amor y la aceptación exigieron un tributo. Adultos y niños, cada
uno de nosotros tuvo que enfrentarse al juez interno que reina
en el corazón del ser humano bajo el yugo del miedo.
Cuando nos atrevimos a vivir un momento de lucidez y au-
tenticidad, los caballos actuaron, cada uno en su forma diferente
y especial, para llevarnos de regreso a nuestro origen, a ese espa-
cio único donde siempre se puede volver a empezar, donde brota
la energía que no daña y la fuerza que moviliza. A los caballos
solo les interesa saber si somos confiables, y si aún conservamos
el coraje y la coherencia de ser nosotros mismos. Les interesa por
una razón primaria de supervivencia, puesto que de ese coraje y
de esa coherencia depende la seguridad de la manada.
Este libro contiene historias de caballos que se entrelazaron
con historias de personas. No es completamente ficción, pero tam-
poco es una crónica estricta de los acontecimientos vividos. Es lo
que podríamos llamar un relato basado en hechos reales. Con el fin
de preservar el anonimato de sus protagonistas, me he permitido
la licencia de cambiar nombres y circunstancias, añadir o quitar
hechos de la realidad, borrar el rastro y dejar solo lo fundamental.
Sin duda, lo más ambicioso fue tratar de capturar ese instante
sagrado en que cada uno bajó las defensas, abrió sus puertas de par
en par y, a través de senderos primitivos, se atrevió a ser comple-
tamente humano, único y necesario para la historia del universo.

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Cuestión de límites y compasión

Los límites personales no son barreras que yo le pongo a otro


para que no entre en mi espacio. Tampoco son trabas que me
pongo a mí misma para no invadir ni molestar a los demás. Los
límites personales son el espacio de bienestar que contiene todos
mis talentos, todos mis sueños, todos mis espacios de felicidad y
todas las imágenes que me ayudan a expandirme. Es un campo
de energía que me protege y habla por mí.
El espacio que forman mis límites no es un capricho; es un
derecho y un deber. Sin límites claros no puedo establecer rela-
ciones basadas en la verdad y en la autenticidad, son necesarios
para recuperar energía y volver a empezar todas las veces que
sea necesario. Nos facilitan las relaciones humanas, a todo ni-
vel y en todos los ámbitos, y son parte de las leyes que rigen la
organización social humana.
Cuando uno establece y respeta límites saludables y
flexibles, surge naturalmente la compasión hacia uno mismo
y hacia los demás.
Desde mi espacio de bienestar puedo mirar a otro y verlo
sin temor a que me pueda dañar, porque estoy protegido. El acto
de mirarlo es un acto de compasión porque no lo juzgo, sim-
plemente lo veo y lo reconozco. Leo sus circunstancias y puedo
identificar sus errores como hechos aislados y contextuados que
no lo definen en su esencia. En otras palabras: una traición no
convierte a un ser humano en traidor.

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Soledad Birrell

Son los límites los que me permiten tratarme con compren-


sión. Puedo escuchar toda la información existente, escuchar a
mi cuerpo y a mi corazón con la misma atención que entrego a
mi cabeza, respetando mi biología aunque no la comprenda ni
la conozca. Somos una comunidad de células conectadas entre
sí y regidas por la química, donde la ausencia o exceso de cual-
quier elemento incide en nuestro actuar en forma mucho más
definitiva de lo que somos capaces de imaginar. La próxima vez
que vayamos a flagelarnos con dureza frente a un acontecimiento
particular, démonos un minuto para mirar la situación como un
hecho aislado, con todas sus circunstancias, y perdonémonos
desde la cabeza, desde el cuerpo y desde el corazón, para seguir
adelante sin culpas.
De esta compasión hablo. Y manifiesto con alegría que una
de las mayores sorpresas que he tenido en el trabajo con caballos
es descubrir que son seres profundamente compasivos. No solo
detectan y espejan nuestra humanidad, también intervienen en
el devenir de nuestra vida para contenernos, para consolarnos,
para regalarnos coraje y para mantenernos en el tiempo presente,
que es el único lugar real donde podemos estar, cambiar y, donde
podemos ser felices.

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Matonaje escolar

Rosie llegó al programa recomendada por la pastora de la igle-


sia a la que asistía junto a su familia. Era australiana. Ella y su
familia estaban radicados en Chile, hace algo más de tres años,
por razones de trabajo del padre.
De acuerdo a los antecedentes que pude recabar en la en-
trevista inicial, a Rosie le suspendieron la matrícula del colegio
porque tuvo un episodio que el establecimiento calificó como
un «ataque de rabia incontrolable». La niña había lanzado unas
sillas contra un grupo de compañeros hacía dos años. Entonces
Rosie tenía siete años y cursaba primero básico. Su versión era
diferente. Rosie alegó que un grupo de niños trató de agredirla,
que ella solo se estaba defendiendo y que no tuvo otra forma de
evitar que le pegaran. Pero su historia no pudo ser corroborada
y debió asumir las consecuencias.
Rosie fue derivada a un programa de control de la rabia, ¡a los
siete años! La madre, muy molesta con la forma en que el colegio
manejó la situación, y aprovechando que era profesora básica
titulada, tomó la decisión de sacar a su hija del sistema escolar
y hacerle clases en casa para presentarse a exámenes libres a fin
de año. Según me contó, lo planeó como una situación temporal,
pues tenía la esperanza de que pronto pudieran volver a Australia.
Cuando Rosie llegó al centro aquella mañana, llevaba un año y
medio sin asistir a una sala de clases. Sus instancias de socialización
se reducían a las tardes que pasaba jugando en una plaza cerca de
su casa, donde su madre la llevaba a ella y a sus dos hermanas.
Era delgada y de ojos vivaces. Se podía sentir la fuerza y
la sensibilidad que emanaba de todos sus poros, pero también
se podía sentir la pena, la frustración y la sensación de no ser
adecuada, que intentaba esconder detrás de una sonrisa tímida.
Rosie me robó el corazón cuando cruzamos la primera mi-
rada. Lo que es más importante, Rosie le robó el corazón a los

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Soledad Birrell

caballos de la manada. Nada más entrar al corral, como parte de


la visita para que conociera el lugar donde trabajaríamos durante
las siguientes semanas, los caballos se acercaron a ella con total
normalidad. La recibieron como una más, como un miembro
apreciado y especial del grupo que viene llegando después de
una ausencia prolongada.
Acordamos que realizaríamos un plan mixto. Vendría una
mañana a la semana, tiempo en que alternaríamos clases de
equitación con actividades sin montar.
El objetivo que nos planteamos fue que, a través de diversas
experiencias montadas y sin montar, en un contacto más prolon-
gado con los caballos, Rosie descubriera quién era, cuáles eran
esos dones que los caballos y yo veíamos con total transparencia
cuando la mirábamos, pero que ella había olvidado aquel día
en que vio venir un grupo de niños con intenciones violentas.
También queríamos que construyera estrategias más adecuadas
para proteger su espacio de bienestar.
Mientras me despedía de Rosie y de su madre, le dije: «Rosie,
quiero que pienses en algo que te voy a decir: La sensibilidad es
un don muy importante, solo lo tienen los elegidos de cada grupo.
Así, la madre naturaleza regala a las manadas la presencia de
seres especiales que vigilan y se dan cuenta de las cosas antes que
los otros. Los grupos necesitan a las personas como tú para estar
sanos y salvos. Ser sensible, Rosie, es un privilegio, es un honor».
Ella me devolvió una sonrisa, esta vez profunda y auténtica.
La primera sesión estuvo centrada en el tema de los límites
personales y en el cuidado que nos debemos a nosotros mismos.
Me contó que solía perder el control con mucha facilidad, que
la rabia la invadía porque no sabía cómo proteger ese espacio.
Me habló de su estrategia cuando veía que la situación no daba
para más, cuando la agresión de otro era inevitable. «Me con-
gelo –me dijo con la sencillez más preciosa que he visto–. Si no
puedo huir a tiempo, me congelo y espero a que todo pase. Me
hago como la muerta, pero en pie».
Me emocioné mucho al escucharla, y aún hoy me emocio-
no al recordarla. Eran las palabras de cualquier depredado, de

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Caballo maestro

cualquier caballo, si la naturaleza les hubiese dado el don de


hablar con palabras. Los caballos, como primera opción, huyen
si perciben peligro; si no pueden huir tratan de pelear y; en
última instancia, se hacen los muertos. Una vez vi a un caballo
desmayarse frente a la rampa de un camión donde por mucho
rato lucharon para subirlo, pero el caballo se resistió como pudo
para no hacerlo.
Durante los ejercicios que realizamos aquella mañana, Rosie
descubrió que, a pesar de sus gestos y sus gritos, los caballos
podían leer su falta de intención y convicción. Ellos sabían que
era cuestión de tiempo hasta que la niña decidiera abandonar sus
barreras para dejarlos entrar en su círculo a comer de su tesoro
preciado. Y vaya que son pacientes los caballos. También observó
que, ni ella estaba enojada con los caballos, ni los caballos con
ella; era simplemente un asunto del caballo dispuesto a todo para
entrar frente a ella dispuesta a todo para impedírselo.
Al final de aquella primera sesión, conversamos algunas
estrategias que Rosie diseñó para intentar establecer y mantener
sus límites con sus hermanas, que, dicho sea de paso, eran las
únicas personas de su edad con las que mantenía alguna forma
de relación más constante. Anotó en su cuaderno que no valía
la pena hacer un esfuerzo si uno no se lo creía de verdad. Tam-
bién anotó que, cuando su hermana la molestara, iba a tratar de
pararla con palabras y con una mirada decidida, y que, si eso no
daba resultado, entonces usaría su cuerpo, moviendo las manos
mientras saltaba para mostrar que ese espacio le pertenecía.
A la sesión siguiente llegó más tranquila, manifestando
sentirse más feliz y segura. Me contó que había tenido pocos
problemas con sus hermanas, porque la estrategia de defender
su espacio sin gritar le había dado resultado.
Trabajamos en su primera clase de equitación. Rosie tuvo que
ir a buscar un caballo, limpiarlo y ensillarlo. Una vez montada,
hicimos ejercicios de equilibrio. Era brillante y lograba hacer co-
nexiones que ni siquiera los adultos hacemos con tanta facilidad.
Hizo una analogía entre el equilibrio sobre el caballo y el equilibrio
adentro suyo. Comenzó a disfrutar tanto la sensación que le pro-

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Soledad Birrell

ducía estar sobre el caballo, que, cuando perdía momentáneamente


el equilibrio (de acuerdo a sus palabras, esto le pasaba por dejarse
llevar por el miedo a caerse), buscaba de inmediato la forma de
recuperarlo para volver al estado de bienestar que había logrado.
Hablamos entonces de que las emociones eran las mensajeras
del alma, así como los sentidos eran los mensajeros del cuerpo.
Y hablamos del miedo. Hablamos de los miedos reales y los que
surgen de nuestro interior, como ecos de una voz que nos trata de
inmovilizar. Vimos que el miedo auténtico era una herramienta
protectora que aparecía para avisarnos de que algo nos estaba
poniendo en peligro, así como la rabia aparecía cuando alguien
estaba traspasando nuestros límites. Se sintió muy aliviada de
saber que no era malo sentir miedo o rabia, porque hasta ese
momento ella lo percibía como un pecado.
Antes de finalizar la mañana, regresó la madre con la herma-
na menor. No hizo falta que me contaran que tenían muchos pro-
blemas con ella, pues lloraba y se movía en forma descontrolada.
Una rabieta clásica. La llevé donde los caballos y se tranquilizó.
Entonces Rosie tuvo un amago de frustración. Creo que
sintió que su hermana había venido a invadir su espacio sagrado
con los caballos. Ante ello, se me ocurrió que Rosie tenía algún
papel que cumplir en su familia, en lo que a su hermana pequeña
se refería. La llamé a un lado y le recordé su rol privilegiado de
observador sensible. Le dije que su familia era su manada y que
tratara de descubrir si había algo que desataba estas rabietas en
su hermana, alguna situación, alguna actitud, cualquier cosa.
Esa sería su misión para la semana.
A la sesión siguiente su madre casi no alcanzó a detener el
auto cuando Rosie ya se había bajado; corría cerro arriba para
encontrarse conmigo en la puerta de la oficina. «Ya sé lo que
pasa –me dijo entre respiraciones agitadas–, ya sé qué le produce
las pataletas a mi hermana chica. Es el chocolate. Cuando come
mucho chocolate, al cabo de un rato se pone insoportable y no
para de gritar y llorar. Es el chocolate».
Su mirada había cambiado. Esperaba mi respuesta con exci-
tación, con felicidad, con la satisfacción de la misión cumplida.

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Caballo maestro

«Mmm, creo que puedes tener razón –le dije–. He leído que
muchos niños tienen reacciones semejantes cuando consumen
mucha azúcar. ¿Se lo dijiste a tu mamá?». «Sí, y dijo que iba a
intentar no darle a ver qué pasaba. Pero a ella le gustan mucho
los chocolates y cree que será difícil. Yo le dije que hiciéramos
un experimento, como esos que ella me hace hacer cuando es-
tudiamos Ciencia. Que un día le diéramos y viéramos si le daba
la pataleta, y al otro día, no».
Tengo que reconocer que el corazón me dio un respingo y
casi me pongo a llorar.
Aquella mañana el tema era escuchar con todos los sentidos
y con todas las herramientas de la naturaleza humana. Fue a
buscar un caballo pero, cuando quiso avanzar con él, la yegua
no se movió. Mientras más tiraba, más firmes plantaba sus pies
la yegua en el suelo. Entonces fue Rosie la que se paralizó. «No
me resulta –bajó los hombros y la cabeza–. No quiere venir».
Su voz sonaba como un eco distante, como si ella estuviera muy
lejos y hubiese abandonado el envoltorio hueco de su cuerpo.
Le pregunté si esa era la técnica de congelarse que me había
mencionado. Asintió con la cabeza. Le pedí que pensara en otras
ocasiones en que le ocurría lo mismo. Me dijo que esto le pasaba
cada vez que se enfrentaba a algo nuevo, que enseguida la invadía
la duda de poder lograrlo aunque sabía que no era una buena
estrategia. Me sorprendió que una niña pudiera hacer semejante
observación, pero claro, era Rosie y Rosie era sorprendente. Me
dijo que la cabeza le decía que tenía que intentar otras tácticas,
pero que el cuerpo no le obedecía. «Si tú me muestras, yo lo hago»,
dijo. Pensé que, quizás, el asunto era más simple, tal vez Rosie ha-
bía aprendido a observar cómo los demás resolvían los conflictos
e imitaba su conducta. Rosie necesitaba que yo le mostrara cómo
hacer cada cosa y entonces no tenía problemas. Cuando entendí
esto decidí no mostrarle más y así surgió ante mí la Rosie congelada.
Observarla era desconcertante. Ella se iba a otra parte y en
su lugar dejaba a una muñeca de trapo que estaba dispuesta a
resistir cualquier embate, cualquier dolor, cualquier frustración
y cualquier agresión.

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Soledad Birrell

Le pregunté si le gustaba cómo se sentía. Negó con la


cabeza. Le consulté si la hacía feliz estar congelada. Nueva-
mente negó con la cabeza. «¿Tienes miedo?», dije, y entonces
levantó la vista y me miró. No dijo nada, pero yo le expliqué
que observado desde fuera congelarse no parecía una técnica
muy segura, porque así como estaba cualquiera podía venir
y hacerle daño.
Tomé el caballo y le propuse descubrir qué hacía un caballo
en una situación nueva. La invité a que ella formulara la pregun-
ta en voz alta y ambas nos sentamos a mirar y a escuchar qué
podíamos descifrar de lo que nos decía la yegua, qué podíamos
escuchar. Entonces Rosie dijo: «Hay que estar en el presente como
ellos», aquello lo habíamos aprendido el primer día, «y escuchar
todo como información», dije yo, «y recuperar el equilibrio»,
añadió recordando su experiencia de montar.
«Bueno, creo que ya tenemos todos los elementos para armar
un plan», concluí. Establecimos una estrategia para que ella pu-
diera usarla la próxima vez que se le apareciera el fantasma del
congelamiento. Primero; identificar el desafío. Luego descubrir
los obstáculos que hay que pasar para lograrlo. Tercero; escuchar
todas las emociones involucradas y sus mensajes. Por último;
hacer un plan con alternativas.
Aquella sesión le di la tarea de escribir una historia. No le
puse tema, podía ser sobre lo que ella quisiera. Hablé con la
mamá y le pedí que durante esa semana no le diera respuestas a
todas sus preguntas, que la dejara buscar sus propias soluciones
y superar obstáculos, para que se equivocara y fuera capaz de
intentar otras alternativas. Frente a la madre, la felicité por
su gran idea del chocolate y las animé a ambas a intentar una
dieta sin cacao para la hermana pequeña.
Fueron pasando las semanas y cada mañana, al llegar, la
madre me contaba que Rosie estaba muy frustrada con la tarea
de escribir una historia. Que había comenzado con mucho en-
tusiasmo, pero que no era capaz de continuar.
La historia trataba de una niña de primer grado que estaba
sentada en su sala, jugando. A la distancia veía acercarse a un

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Caballo maestro

grupo de cuatro niños y se daba cuenta que venían a hacerle


algo malo. Los veía… Y hasta ahí llegaba en la historia. Trataba
de continuar pero no era capaz. Al parecer, le dedicaba mucho
tiempo a intentar cumplir con el encargo, pero cada vez que
emprendía la tarea terminaba arrugando las hojas de papel y en
alguna ocasión había pateado la pared. Le dije a la madre que
era muy importante que ella no le diera ninguna idea, que por
favor tuviera paciencia.
Durante las sesiones que se sucedieron, Rosie fue aprendiendo
a reconocer sus emociones y a leer los mensajes que le traían. Tenía
la tendencia a imaginar los peores escenarios, horrores de todo
tipo que le podían ocurrir. Descubrió que podía usar esa misma
imaginación para crear y escribir historias de ficción, las cuales le
producían satisfacción y orgullo de sí misma. Puso nombre a sus
dones y fue capaz de elaborar estrategias con más alternativas a la
hora de solucionar un problema. Experimentó el poder de cuidar su
espacio sin usar la violencia. Pero no fue capaz de terminar su tarea.
Habían pasado alrededor de 10 semanas. Rosie había adqui-
rido las destrezas ecuestres básicas para montar un caballo manso
y parecía más tranquila en cuanto a relacionarse con otros. Sobre
todo, parecía muy feliz de poder poner en práctica sus talentos
en cada ocasión, y la familia también apreciaba su nueva actitud.
Yo pensaba que era tiempo de dejarla ir, porque no quería
que desarrollara una dependencia con una situación que no podía
perpetuarse para siempre. Rosie tenía que volver al colegio, y
cuando esto ocurriera no habría ocasión para pasar una maña-
na completa con los caballos durante la semana. Pero me daba
pena quitarle este momento que ella esperaba con ansias y que
describía como el más feliz de su vida.
Las cosas se resolvieron en la forma más sabia, tal y como
sucede siempre que dejamos que la vida fluya, en lugar de tratar
de controlarla.
Al igual que aquel día en que Rosie ansiaba contarme lo del
chocolate, esta vez también se bajó del auto antes de que su madre
lo hubiera detenido completamente. Otra vez subió corriendo.

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Soledad Birrell

Despedía energía y felicidad, su cuerpo se movía atlético y los


ojos le brillaban.
«Tengo que contarte una cosa muy importante –me gritó–,
tienes que oír lo que me pasó».
Le serví un vaso de jugo y nos sentamos en la mesa. «Te
escucho», le dije, mientras la madre se acomodaba a cierta
distancia, también llena de alegría y liviana, como si una carga
enorme hubiese desaparecido de sus hombros y recién ahora se
pudiera ver cuánto daño le hacía y cuánta energía la obligaba a
gastar para sobrellevarla.
«El sábado fuimos a la playa con mi familia –comenzó
diciendo algo atolondrada–. Mi papá arrendó unos caballos
para dar un paseo. Yo me subí feliz, porque quería mostrarles
a mis hermanas todo lo que podía hacer. De repente mi caballo
comenzó a trotar, cada vez más fuerte, y luego se puso a galopar.
Yo no quería galopar, pero él lo hacía de todas formas. Pensé
que podía caerme, que el caballo no iba a parar, y otras cosas
malas, mientras sentía que estaba a punto de congelarme sobre
la montura. Entonces me acordé de nuestra estrategia y me di
cuenta que yo sí sabía cómo parar un caballo. Tomé las riendas
y las tiré firme y decidida para atrás, porque iba a parar a ese
caballo sí o sí. El caballo se detuvo sin problemas. Di la vuelta y
volví caminando hacia donde estaban mis padres y mis hermanas.
Mi madre lloraba y me abrazó cuando me bajé. Yo estaba feliz
y no sé por qué ella lloraba, porque no me había pasado nada».
Yo desvié la mirada hacia la madre y le guiñé un ojo. El cora-
zón me palpitaba. Entonces ella intervino y le recordó a Rosie que
debía mostrarme la tarea que, por fin, había terminado. «¡Ajá!
–dijo en forma natural–, verdad que también terminé la tarea».
Sacó una hoja blanca escrita a mano con un dibujo colorido
en la parte inferior. Leyó el texto que muchas veces había leído,
donde la niña veía acercarse a los compañeros, pero esta vez la
historia continuaba.
«… Entonces la niña vio venir a los otros niños y antes de
que llegaran donde estaba ella les dijo: ‘¿Ustedes han visto la
nueva película de Harry Potter? Yo la tengo en mi casa, si quie-

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Caballo maestro

ren podemos ir a verla. ¿Les gustaría?’. Y los niños entonces se


olvidaron de lo malo que querían hacerle y se entusiasmaron con
la película, y así fue como la niña se hizo amiga de los niños y
nunca más trataron de pegarle».
Levantó su cara preciosa y con esos ojos vivaces, ahora llenos
de fuerza y determinación, me dijo: «¿Está bien así?».
Ahora era yo quien contenía las lágrimas.
«Rosie, eres fabulosa –le dije–. Estás lista, ya no me necesitas
más. Puedes seguir viniendo a clases de equitación con un grupo
de niños. Ya no tendrás que congelarte nunca más».
Rosie se puso a llorar y me rogó que no termináramos con las
sesiones. Yo la abracé fuerte y le dije que siempre sería su amiga
y por eso siempre estaría ahí para ella, pero que los caballos y
yo queríamos que volviera al colegio.
Creo que lo entendió, porque sonrió detrás de las lágrimas.
Le propuse que, para celebrar, fuéramos a dar un paseo a caballo
fuera del club.
He mantenido un contacto esporádico con Rosie y su familia.
Se fueron de Chile, pero aún no regresan a su casa en Australia.
Está llena de amigas y amigos y es feliz. Siempre hace mención
a su experiencia de aquellas semanas y está profundamente
agradecida de los caballos y de todo lo ellos que le enseñaron.

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Equilibrio compasivo

La mañana se presentaba fresca y soleada en Ocoa. Los partici-


pantes habían pasado un tiempo en un potrero con un caballo,
intentando conocerlo y escucharlo. Correspondía que realizaran
la presentación de su compañero a los demás humanos. Esta di-
námica ocurría en el contexto de un curso de liderazgo y trabajo
en equipo con una empresa del rubro minero.
Cuando le llegó el turno a Miguel, dio un paso al frente
con el Sureño a su lado. «Este caballo es un cuarto de milla, el
caballo de los cowboys –dijo con evidente admiración–. Se ve
un caballo tranquilo, un poco apartado de los demás, que ocupa
mucho tiempo en lo que parece un vicio de mascar los palos y
tragar aire. Como ven, ha desarrollado una musculatura anormal
en su cuello y los dientes los tiene gastados». Esto lo explicó
mientras levantaba el labio superior del caballo para dejar ver
una dentadura que se asemejaba bastante a la humana.
Sus observaciones eran precisas y acertadas, por lo que me
sorprendió. Yo aproveché la ocasión para tomar otro caballo y
mostrar lo que sería una dentadura normal para un caballo de
su edad. «Qué barbaridad –dijo alguien–, casi son la mitad que
los de este caballo. ¿Qué va a pasar si sigue haciendo lo mismo?
¿Cómo va a arrancar el pasto? ¿Cómo va a comer?».
«Me llevo planteando ese dilema por varios años –dije–. Con
él he aprendido a vivir el día a día y a solucionar los problemas a
medida que se van presentando. Por ahora come sin dificultad».
«Pero ¿por qué lo hace?», insistió el mismo. «Bueno, en
general es un vicio que desarrollan los caballos estabulados, por
aburrimiento. Pero el Sureño nunca ha estado en una pesebrera.
Llegó del sur cuando tenía seis meses y siempre ha estado suelto.
Ya desde antes de cumplir el año tragaba aire. He intentado va-
rias cosas, pero nada ha dado resultado. Creo que es un caballo

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Soledad Birrell

con ansiedad y tragar aire le produce alguna forma de placer


que lo calma».
Miguel escuchaba esta conversación con atención. «Creo
que es un solitario –dijo–, y tragar aire es una especie de evasión,
como el trago o las drogas. Es un caballo drogadicto». Y rió
fuerte ante su ocurrencia.
Y continuó: «Pero hay algo más que quisiera añadir. Puede
ser una tontería, la verdad es que no sé si decirlo o no, pero como
tú dijiste que escucháramos con todos los sentidos abiertos y sin
juzgar la información, creo que tiene pena por algo que le pasó.
Tiene que ver con un potrillo pequeño, se me apareció una imagen
de un pequeño caballo de color alazán y cola negra. Creo que
algo le pasó, se murió o algo así».
El resto del grupo lo miró sorprendido y a mí el corazón
me dio un brinco.
–Se me pone la carne de gallina con lo que acabas de decir.
¿Dices que viste la imagen de un potrillo alazán con cola negra?
–Sí, se me apareció en la imaginación, no sé, a lo mejor me
fui en volada…
–No, es asombroso. Déjenme contarles algo. Pero, antes,
quiero felicitarte por tu valentía, Miguel, por atreverte a contar
algo que podría exponerte a las bromas y chistes de los demás,
y que, sin embargo, viene a probar una vez más la teoría de que
los caballos pueden comunicar recuerdos, hechos, a través de
imágenes. Hay que tener seguridad para atreverse a ver y reco-
nocer esas imágenes.
El grupo hizo unas bromas acerca de Miguel «el chamán»,
pero él se mantuvo en silencio.
–Como les decía, el Sureño llegó cuando tenía unos seis
meses y se mantuvo potro hasta los cuatro años. Antes de cas-
trarlo, cubrió por única vez a una yegua negra del campo y la
preñó. La yegua se llamaba Candela y era descendiente de un
potro de carreras muy famoso, pero que, lamentablemente, les
heredaba a las crías un defecto genético. Ocasionalmente se les
trababa una de las patas y esto los inhabilitaba como caballos
de deporte. La Candela había desarrollado el mismo problema

26
Caballo maestro

y, meses después de quedar preñada, la vendí. Finalmente la


compró un vecino, pero el vendedor le puso como condición
que se quedaría con el potrillo cuando naciera. Cuando llegó el
momento de la parición, me avisaron para que fuera a conocer
al potrillo. Era un precioso alazán con cola negra. El Sureño
nunca lo vio, porque la yegua y el potrillo estaban en otro
campo. Pasó un tiempo; el hombre se impacientó y decidió que
se llevaría al potrillo antes de los seis meses, que es el lapso
razonable para destetar a una cría equina. En el potrero no
pudo acercarse para tomarlo y decidió lacearlo. El potrillo se
resistió y finalmente se tiró hacia atrás, resultando desnucado
en el acto. Yo no lo fui a ver ni quise saber más de la historia,
porque la rabia me habría hecho actuar en contra del sujeto.
Silencio.
Miguel me miró, sorprendido, «¿Me estás molestando? ¿Es
esto una metodología para impactar o algo así?».
Pensé que la historia lo ponía frente a una encrucijada que
requería mucho coraje para mirarla a la cara. Si aceptaba que un
caballo le había contado una historia, y que él la había escucha-
do, entonces nada podría volver a ser como antes. Si decidía que
aquello era una increíble casualidad, entonces nada cambiaría
y esto pasaría a ser un episodio anecdótico para contar en la
sobremesa de una comida.
–Lo que te acabo de contar es la pura verdad.
Me quedé en silencio para ver qué pasaba. Yo estaba «para
adentro». Hasta un minuto atrás no creía que los caballos
pudieran albergar este tipo de sentimientos, ni siquiera estaba
entre mis posibilidades el que un potro pudiera tener concien-
cia de la paternidad y recibir una imagen a la distancia de la
estampa de su hijo y, menos aún, de su trágica muerte. Esto
iba a tener que dejarlo reposar por un tiempo, puesto que para
mí cambiaban muchas cosas. Cambiaba mi mirada sobre los
caballos, una vez más.
–¿Qué me dices tú? ¿Qué te pasa con esto? –dije sin expresar
mis pensamientos ni mis dilemas internos–. ¿Es la primera vez que
te pasa una cosa así, esto de darte cuenta de algo sin palabras?

27
Soledad Birrell

Entonces Miguel sonrió. Al mirarlo me pareció estar viendo


a un niño con todo el mundo por delante.
–No –dijo–, cuando chico hablaba con los animales y con
las plantas, teníamos conversaciones, ellos me decían cosas y yo
les contaba de mí. En mi familia decían que tenía amigos ima-
ginarios, pero lo que yo me acuerdo es que eran conversaciones
de verdad, no inventadas. Pero hace tiempo que no me pasaba.
A decir verdad, no había vuelto a tener una experiencia así en
muchos años, desde que soy adulto.
Hubo comentarios, algunas palmadas en la espalda, risas y
bromas, pero creo que la historia de Miguel nos tocó a todos.
A mí me llevó de vuelta a los tiempos en que luchaba con el
Sureño para que no tragara más aire. Revisé en un pensamiento
las muchas artimañas que había inventado para quitarle el vicio,
los mails que había escrito a mis maestros buscando un consejo
y cómo, durante todo ese tiempo, el caballo había permanecido
esquivo, desconfiado y difícil de manejar. Hasta que un día entré
al potrero y me senté a su lado. «Ya no peleo más contigo. Te
acepto como eres, te voy a cuidar y juntos solucionaremos los
problemas a medida que se vayan presentando», le dije. El caba-
llo bajó la cabeza y tocó la mía. Creo que sellamos un pacto de
respeto porque, a partir de ese día, el Sureño cambió. Se entregó
y nunca más tuvo conductas desconfiadas.
No supe más de Miguel, pero intuyo que ese día su vida dio
un giro fundamental.
Como epílogo puedo añadir que desde entonces Sureño es
un colaborador muy valioso en las sesiones de aprendizaje con
caballos. Son varias las historias de alumnos y clientes que se
engancharon y rabiaron con solo mirarlo tragar aire. Algunos
hasta me increparon por no tratar de cambiar esta conducta,
pues se supone que soy una especialista en el tema. Unos pocos
fueron más allá y se embarcaron en largas horas de investigación
e ingenio para tratar de dar con formas de eliminar «el vicio»,
proponiendo todo tipo de elementos, unos de contención y otros
cercanos a la tortura. Y, cada vez, en algún momento, terminaron
reconociendo el reflejo de sus propias adicciones y la similitud

28
Caballo maestro

con las muchas formas con que otros intentaban forzar en ellos
para que las abandonaran.
Creo que el Sureño es una metáfora potente para estas per-
sonas y les ofrece un espacio contenido de reflexión, sin juicios,
para que exploren caminos sanos para lidiar con sus problemas,
con más respeto por sí mismos y por su biología.

29
2
Cuestión de pertenencia

Uno de los factores biológicos que más fuertemente incide en


nuestro actuar es nuestra necesidad de pertenencia a la manada.
Somos seres sociales que vivimos en grupo y necesitamos sentir
esta aceptación para estar tranquilos, sentirnos seguros y desac-
tivar el mecanismo de alarma.
En las manadas de caballos los individuos se miden entre
ellos desde su don, desde su autenticidad, y, de esa forma, deter-
minan el rol y el rango que cada uno ocupará en el grupo. No es
más importante ser líder que ocupar otro puesto, es un asunto de
coincidencia entre el don (lo que uno es por esencia) y el papel
que se desempeña. Estoy donde tengo que estar y hago lo que
me resulta natural hacer en servicio de otros.
Siglos de evolución de diversas especies han mostrado la
conveniencia de vivir en grupo para aumentar las posibilidades
de sobrevivencia. La historia también ha puesto de manifiesto
los beneficios de la diversidad de dones para satisfacer todas las
necesidades de la manada. El grupo reconoce la importancia de
contar con el don de cada uno de sus miembros y el individuo se
siente en equilibrio porque hace lo que es por naturaleza.
En una sociedad como la nuestra, este tipo de organización
social resulta difícil de reconocer, pero de hecho corresponde
exactamente a la organización biológica de la especie humana.
Aunque construyamos colectividades que intentan «superar»
este sistema, las reglas de la manada están presentes en la vida
diaria de cada uno de nosotros. Si percibimos rechazo por parte

31
Soledad Birrell

de nuestros grupos, haremos cualquier cosa para cambiar y ser


aceptados, usaremos disfraces y adoptaremos conductas extra-
ñas, pero nuestro mandato biológico no nos deja tranquilos hasta
que sentimos que estamos dentro de una manada y que nuestro
sentido de jerarquía conoce el lugar que ocupamos en ella.
La biología actúa mucho antes que la mente.
La importancia del sentido de pertenencia a la manada es
enorme, porque es la base de muchos problemas y conflictos
humanos. De aquí saca material nuestro juez interno para llenar-
nos de miedos y temores inmovilizantes. De aquí nacen nuestros
mecanismos de defensa y nuestras máscaras. Con estos materiales
se construye nuestra falta de coherencia y credibilidad.
No es difícil entender, entonces, la gran cantidad de enfer-
medades y problemas mentales que hay en nuestros días. Cada
vez se presentan entre individuos más jóvenes, porque cada vez
los niños dejan de ser niños a edad más temprana y pierden la
conexión natural con las leyes de la manada.
Las historias que siguen son un fiel reflejo de estos pensamientos.

32
Una historia de cuento

Roxana llegó a los caballos gracias a un artículo que leyó en


un periódico.
En la entrevista inicial manifestó que se sentía confundida en
el ámbito profesional, que sus experiencias laborales no habían
resultado como ella había esperado y que en estos momentos se
había dado un tiempo para tratar de resolver el conflicto. Aunque
no tenía claro de qué se trataba, estaba dispuesta a poner todo
de su parte para averiguarlo y dejarlo atrás. Estaba recibiendo
apoyo de un coach profesional, con quien estaba identificando y
trabajando aspectos específicos que le causaban problemas en el
trabajo. Entre ellos mencionó dificultades para ejercer liderazgo
en diferentes formas y para que sus jefes creyeran en sus ideas.
Me impresionó su belleza física; tez morena, cabellos ondulados
y frondosos color azabache y unos magníficos ojos claros (hereda-
dos de su padre, me comentó en una ocasión). Su cuerpo esbelto y
su acento cadencioso de algún país caribeño constituían el broche
de oro de alguien destinado a brillar y ser admirado. Sin embargo,
mientras la escuchaba hablar, era como si Roxana no estuviese allí,
como si su alma estuviese escondida y solo su cuerpo vacío per-
maneciera sentado en una terraza de la precordillera santiaguina,
conversando conmigo. Toda ella despedía un aroma a tristeza.
En su infancia había tenido clases de equitación y le gustaban
mucho los caballos, de modo que, al escuchar que existía un pro-
grama que ofrecía trabajar herramientas no verbales con equinos,
de inmediato tomó la decisión de intentarlo. Sus afirmaciones
tenían un sello común, un propósito claro en la cabeza, pero un
final incierto en cuanto a los posibles resultados de sus empeños.
Después de unos treinta minutos de conversación, decidí que
era el momento de pasar a la acción. Le entregué una jáquima
y le mostré un corral donde pastaba un piño de seis caballos.
«Elige uno que te guste, que te atraiga, el que tú quieras –le di

33
Soledad Birrell

como instrucción–. Luego te acercas, le pones la jáquima y lo


traes acá para que lo limpies, ¿te parece?».
Me miró algo indecisa, pero dijo que no había problema.
Se apoyó sobre las varas del cerco y estuvo un rato mirando
a los caballos. Finalmente escogió a la Negra, una yegua mulata
esquiva y difícil de pillar, claro que eso ella no lo sabía antes de
entrar al corral. La Negra levantó la cabeza en cuanto Roxana
abrió la puerta, y echó las orejas hacia atrás dejando claro que no
estaba para encuentros de ninguna especie. Roxana no pareció
captar el mensaje y siguió caminando sobre el terreno algo barroso
por las lluvias recientes, en dirección a la yegua. Cuando aún las
separaba una distancia razonable, la Negra comenzó a alejarse
con la cabeza baja en franca actitud agresiva, como diciendo «no
sigas metiéndote en mi terreno que no estoy de humor».
Roxana se detuvo y volvió la vista hacia mí, pero yo me hice
la desentendida. La observaba atentamente desde la oficina pero
quería darle tiempo para sentir el conflicto y buscar una solución
al desafío de pillar al caballo y traerlo hacia la zona de limpieza.
En todos esos minutos Roxana no dejó de sonreír tristemente.
Volvió a intentar un acercamiento y entonces la yegua empe-
zó una loca carrera alrededor del corral. Roxana bajó los brazos
y se giró buscando nuevamente mi mirada y mi intervención.
Entonces, un purasangre alazán llamado Campero se acercó por
detrás y le tocó el hombro. Ella se sorprendió, casi me atrevo
a decir que se asustó. Pero nada más mirarlo pudo percibir su
actitud de niño grande, bueno y disponible, según me confesó
más tarde. «Voy a trabajar con éste, mejor», me dijo a gritos,
mientras procedía a ponerle la jáquima al caballo sin esperar
mi respuesta. Creo que no estaba dispuesta a lidiar con más
dificultades y actuó con determinación e iniciativa.
Mientras limpiaba al caballo, le propuse que tratara de
descubrir la historia del Campero observando desde todos los
ángulos, su mirada, su actitud, su físico, lo que le inspiraba…
cualquier cosa. Pasó un rato concentrada y luego declaró que
no era capaz de sacar ninguna conclusión. Que era un caballo
simpático, pero nada más.

34
Caballo maestro

No seguí insistiendo ni tampoco pasé a la segunda parte del


ejercicio. Ella notó mi cambio y me dijo que se sentía frustrada
por lo que había pasado con la yegua. Que era lo mismo que le
pasaba en su vida: se ponía un propósito, establecía una estra-
tegia y no sabía por qué no le daba resultados. Frecuentemente
tenía que contentarse con segundas opciones y ella no quería
eso, ella quería lo mejor.
Hablamos de la frustración y de su propósito esclarecedor.
Le pareció interesante y, después de analizar su actuar con la
yegua negra, pudo ver que había mantenido su estrategia inicial
sin cambios, siempre insistiendo en lo mismo, a pesar de que
en el primer acercamiento había notado que no estaba dando
resultados. «¿Qué debería de haber hecho?» –me preguntó con
cierta ansiedad por resolver la sensación que la invadía–. Es que
no me quiero sentir más así y menos acá». Le expliqué que la
metodología con caballos era experiencial, que tenía que estar
dispuesta a vivir los procesos de acercamiento y retirada hasta
que descubriera por sí misma qué impedía que la yegua le fran-
queara el paso a su espacio de intimidad, a su metro cuadrado.
Sí le enuncié, como pistas, las tres preguntas que uno debería ha-
cerse frente a la frustración: ¿qué está bloqueando la situación?,
¿qué puedo hacer diferente?, ¿a quién le puedo pedir ayuda?
No pareció muy convencida, pero aceptó mi respuesta.
«¿Tienes más tiempo disponible? –le dije consultando el reloj
que ya marcaba el término de la sesión–, me gustaría hacer otro
ejercicio contigo».
Realizamos el ejercicio de los límites con el Campero. Le
costó bastante llenar el espacio dibujado en la arena con tiza. Se
veía su debate entre incluir o no episodios y recuerdos; caminaba
de un lado a otro, tensa. El caballo no mostró ningún interés
en el juego, ni siquiera cuando traje un buen montón de alfalfa
y era hora de almuerzo. Campero mantenía cierta distancia del
círculo y de Roxana. El ejercicio no pudo llevarse a cabo, pero
la información que entregó fue muy decidora.
En las sesiones que siguieron la situación se repitió más o
menos igual. Los caballos se resistían a vincularse con ella y esto

35
Soledad Birrell

iba haciendo que la tensión de Roxana aumentara. Un día traté


de ayudarla un poco y se molestó. Recordé enseguida la primera
máxima que uno debe respetar para hacer este trabajo: yo no
estoy aquí para ayudar o componer a nadie, mi papel es tender
puentes, crear espacios donde se produzca el encuentro entre el
caballo y el humano para que, cuando llegue el momento adecua-
do, que no depende de mí (eso está claro), ocurra el milagro del
darse cuenta. Pero su impaciencia se estaba tornando contagiosa.
Finalmente tomé una decisión, escuchando mi propia frus-
tración. Tenía que hacer algo para que la verdad saliera a flote,
no sabía cuál verdad, pero los caballos con los que trabajaba me
enviaban todo tipo de mensajes respecto a la existencia de una
incongruencia importante. Algo en ella no era seguro y por eso
se mantenían alejados de Roxana.
Así que acudí al chamán del grupo, al Talibán. Había evita-
do usarlo en las sesiones porque tiende a ser muy expresivo con
algunas personas y esto genera inseguridades en los participantes.
Es de los caballos que no se anda con chicas a la hora de interac-
tuar con un humano. Se acerca, busca el contacto físico y, sobre
todo, contiene, pero una vez que ha puesto su intención en algo
no lo suelta. De él aprendí la metáfora que suelo decirle a los
participantes cuando insisten en evadir las decisiones que deben
tomar para salir de una situación, ¿cuánto quieres sangrar?, digo
riéndome, porque yo ya clavé mis garras en ti y de ahí no sales
hasta que resuelvas el asunto. Y el Talibán no tendrá garras, pero
nunca he conocido un caballo con más sentido de propósito y
más decisión a la hora de hacer o no hacer algo.
No tenía un plan muy claro pero confiaba en que, si alguien
podía ayudar a Roxana, era el Talibán, de modo que me entre-
gué a lo que fuera que estuviera por suceder. Lo dejé suelto en
el corral redondo y traje un par de pisos donde nos sentamos
Roxana y yo. Hablamos de la biología tras nuestros actos, de
las necesidades de la infancia que se convierten en mecanismos
de defensa y del juez interno. Nada parecía traspasar una coraza
que ahora veía con claridad. Roxana estaba escondida en su
mente, y las palabras solo servían para afirmar su convicción

36
Caballo maestro

de mantenerse allí. Y entonces sucedió. El Talibán se acercó por


detrás, con delicadeza. Yo me puse en estado de alerta por si ella
daba un brinco y el caballo se asustaba. Pero creo que lo tenía
todo calculado porque, antes de que Roxana pudiera reaccionar,
le pasó la cabeza por debajo de los brazos y la apretó hacia sí.
La envolvió en un abrazo equino que me puso la piel de gallina.
Ella me miró, se le llenaron los ojos de lágrimas y, como si todo
el trabajo que habíamos hecho hubiese sido la antesala de este
momento, dejó aflorar un llanto largamente guardado, viscoso y
potente. Durante todo el tiempo que lloró y que se agitó con su
propia pena, el Talibán permaneció sosteniéndola en este abrazo
que atesoro como un momento extraordinario.
Hasta que se fue calmando. El caballo percibió su cambio y
la dejó ir. Roxana se volvió por primera vez a mirarlo y esta vez
sonrió desde adentro, llenando todo el espacio y todo el tiempo.
«Cuando yo era pequeñita –me dijo–, asistía a un colegio
privado. Mis padres tienen bastante dinero y ese establecimiento
era el mejor de la ciudad. Las niñas eran en su mayoría rubias,
con largas cabelleras lisas y con ojos azules. Yo, como tú puedes
ver, no era así salvo por los ojos. Desde el primer momento me
lo hicieron sentir, mi diferencia, como que no encajaba. Para las
obras de teatro me asignaban el papel de sirvienta y no tenía
muchas amigas. Un día una niña fue más allá y me dijo que mi
pelo era horrible, porque tenía muchos rizos y era negro, no como
el suyo, rubio y liso. Llegué llorando a mi casa. Mi madre me
preguntó qué había pasado, yo le conté lo que me había dicho
la niña. Mi madre me acunó en sus brazos, me dijo que yo era
preciosa, que no tenía que hacerles caso, que cuando creciera
me daría cuenta de la suerte que tenía de tener la piel tostada y
el pelo negro, largo y con grandes ondas. Y nada más terminar
este discurso, que me había consolado solo en parte, me llevó
a la peluquería y le pidió a la peluquera que me cortara el pelo
corto, como a un chico, «para que así no te molesten», me dijo».
Cuando terminó de hablar, las lágrimas que se habían agol-
pado en mis ojos, luchando por no caer, se convirtieron en una

37
Soledad Birrell

catarata. Ella se sorprendió. «¿Por qué lloras?», me preguntó.


Yo no pude contestar.
Cuando me calmé comencé a hablar con un discurso que no
había pensado y que me salió del fondo del alma. Seguramente
fue inspirado por Dios para empezar a sanar a Roxana.
–¿Qué pasa cuando ahora conoces gente, chicos de tu edad?
¿Qué te dicen?
–Me encuentran muy guapa pero luego como que las cosas se
complican. Ese es otro tema donde las cosas no se me dan muy bien.
–¿Te acuerdas de la historia de «El patito feo»? –ella abrió
grande los ojos y bajó la mirada, asintiendo.
Pasamos mucho rato, tal vez horas, hablando de lo que había
significado aquel episodio de su madre consolándola y luego, como
parte del mismo paquete y del mismo discurso, el corte de pelo
que validó a sus compañeras. Hicimos la analogía con la pata del
cuento que intentaba disimular la fealdad de esta cría llenándola
de mimos, que no fueron suficientes para esconder lo evidente. Era
diferente a sus otros patitos. Y para cuando el patito feo creció
y abandonó el nido, ya no tenía ganas de mirarse al espejo. Por
eso se necesitó a otro cisne para que descubriera quién era, para
que lo acompañara en el proceso de reconocer su propia belleza.
Fue el inicio de un proceso de sanación que continúa hasta
hoy, para Roxana, un viaje desde su escondite hacia el exterior.
Descubrió por dónde se le escapaba la energía, dónde tenía puesto
su foco y la necesidad de traer al presente aquellos episodios, para
perdonar y perdonarse. Poco a poco ha ido construyendo una vida
sobre la base de su extraordinaria belleza interior y exterior, ha
ido descubriendo que el propósito debe ir acompañado de visión
e intención y que eso involucra no solo la mente, sino el cuerpo y
el alma. Ha tenido éxitos y algunas caídas pero ya sabe quién es.
Está de vuelta en su propia laguna y en su propia piel de cisne.

38
Escondida

Javiera tenía catorce años cuando llegó al programa. Su madre


la describió como una adolescente callada, muy interesada en la
lectura y de pocas amigas. Parecía tímida y sus acciones reflejaban
esa marca de carácter.
En su primer encuentro con la manada, me saltó a la vista
una fuerza oculta y una determinación en la forma en que se
acercó a los caballos y eligió a uno de ellos para trabajar. Le
puso la jáquima con minuciosidad y se acercó hasta donde yo
me encontraba. Entonces se escondió. La intención se le fue de
los ojos y del cuerpo. Su actitud inicial fue sustituida por una
risa nerviosa y por un retorcer la cuerda con las manos y cruzar
los pies uno sobre otro.
Pasamos al siguiente ejercicio, que implicaba mover al ca-
ballo dentro de un corral sin otra ayuda que el propio cuerpo y
el manejo del espacio.
Javiera buscaba mi mirada con insistencia, esperando
respuestas y consejos. Ante mi silencio permanecía inmóvil,
retorciendo las manos y moviendo los pies como quien aguarda
que pase pronto el tiempo o que alguien lo libre del suplicio. El
caballo comía el pasto natural que había crecido con los primeros
calores de la primavera. No parecía interesado en ella. Más bien
parecía no tener conciencia de que estuviera allí.
El tiempo seguía pasando y Javiera continuaba detenida en el
mismo lugar. Le pregunté cómo sentía su cuerpo. Me miró algo
sorprendida. «¿Cómo ‘mi cuerpo’?», me dijo más para ganar
tiempo que por estar interesada en el curso que tomaba la situa-
ción. «Sí, ¿cómo sientes la tensión en tus músculos ahora?». «La
verdad, no los siento. Casi nunca siento tensión en los músculos,
por eso no me gusta la Educación Física en el colegio».
Su respuesta y la actitud del caballo me decían que Javiera
no estaba totalmente allí en ese momento. Le insistí en que inten-

39
Soledad Birrell

tara el ejercicio. Le sugerí que moviera las manos, que utilizara


la voz. Obedeció, pero el caballo siguió comiendo como si no la
escuchara y como si no la viera.
Desde donde me encontraba podía sentir la frustración
que iba creciendo en su interior, pero ella no dejaba de sonreír,
mansamente. Decidí aumentar la presión. Elevé mi intención y
tensé los músculos mientras le insistía que hiciera algo, cualquier
cosa, pero que intentara mover al caballo.
Y entonces sucedió. Tal sutilmente como se había ido, volvió
de su escondite. Al momento en que ella parecía haber tomado
nuevamente posesión de su cuerpo, el caballo levantó la cabeza
y la miró. Si pudiera hablar creo que habría comentado «¿de
dónde salió esta?». Hizo un gesto con los brazos y el caballo
comenzó a caminar. Detuve el ejercicio y le pregunté: «¿Cómo
sientes los músculos ahora?». Ella me miró y esta vez sonrió de
verdad. «Ahora los siento, es como si una fuerza me recorriera
por dentro. Es extraño, nunca me había sentido así».
Hablamos de la metáfora de estar encendido o estar apa-
gado. Ella hizo varios paralelos con su vida acerca de estas dos
posiciones y reconoció que pasaba mucho más tiempo apagada
que prendida. Hablamos de su interés por la lectura. Me contó
que devoraba libros enteros, sentada por horas en un sofá. Le
hablé del respeto que se merecía cada libro. Se sorprendió al
darse cuenta que tal vez usaba la lectura como una forma de
evasión y me dijo que le daba pena no haber respetado a sus
amigos los libros, que ahora se daba cuenta y que le daban ganas
de pedirles perdón.
También hablamos de la sensibilidad y del rol que ocupaba
en una manada. Ser sensible es un don, es un privilegio y un
regalo para los otros, le expliqué, porque a través de ella surge
mucha información valiosa que aumenta las posibilidades de
supervivencia de ese grupo. Estaba feliz con este descubrimiento
y me dijo que tenía que confesarme que le había gustado como
se había sentido moviendo al caballo, con la sangre corriéndole
por las venas y con la intención agarrada a cada músculo.

40
Caballo maestro

Después de almuerzo pasamos a otros ejercicios. Claramente


su actitud había cambiado. Su lenguaje corporal era fluido y
lograba los objetivos con facilidad y con liviandad. Es más, me
atrevo a decir que lo lograba con alegría, como un hada que
mueve su pequeña varita y los polvos que desprende ponen al
caballo en movimiento.
«¿Qué crees tú que puede haberte llevado a buscar un escon-
dite?», le pregunté mientras caminábamos por el potrero. «No
sé, pero creo que siempre me he sentido diferente –contestó–.
Me gusta mucho mi familia, los quiero a todos, pero a veces creo
que no pertenezco ahí, todo lo que me interesa y lo que digo es
distinto a lo que ellos dicen. No me hacen callar ni nada, me
escuchan con respeto, pero yo me doy cuenta de que les da lata
y no están interesados en lo que estoy contando. En el colegio
me pasa lo mismo. A mis amigas les gusta la ropa y el mall. Yo
voy con ellas y simulo que estoy feliz haciendo eso, pero se me
nota que no me gusta. Por eso después de un tiempo como que
no me llaman más para acompañarlas y yo vuelvo a mi lectura
y a los mundos increíbles que hay en los libros».
«Y ¿cómo te has sentido entre los caballos durante este
día?», le dije mientras mirábamos al sol esconderse detrás de
las montañas. «Bien, súper bien. Con ellos no me sentí distinta.
Creo que les gusto».
A la mañana siguiente trabajamos en diferentes actividades
que implicaban que Javiera se involucrara activamente con los
caballos para lograr los objetivos que iba planteando. Cada vez
fueron menos los momentos en los que desaparecía y cada vez
fue más evidente su elección de quedarse en el presente, con la
intención y el cuerpo completamente conectados.
En el descanso del almuerzo me contó algo:
–Yo siempre he notado que mi mamá hace esfuerzos para
estar conmigo –dijo–. Sé que me adora, sé que me quiere mucho,
pero yo noto una diferencia entre cómo es conmigo y cómo es
con mi hermano. Conmigo como que piensa lo que hace y lo
que dice, con mi hermano le sale natural.
–¿Has hablado alguna vez de esto con ella?

41
Soledad Birrell

–Sí, hace poco. Me dijo que cuando yo nací y me pusieron


en sus brazos le había pasado algo extraño, como que pensó que
yo era diferente, un ser especial con una misión especial. Creo
que la pobre ha vivido con ese pensamiento y no sabe cómo
tratarme. Yo le dije que no se preocupara, que yo era normal y
que no tenía ninguna misión especial, pero no sé si me creyó.
Por la tarde vino su familia, sus padres y su hermano, a
una sesión familiar. Comenzamos con una dinámica en la que
cada uno tuvo que decidir cuál era el don más especial que
tenían los otros y luego pensar cuál era el don que tenía él
mismo. La instrucción expresamente decía que el don era lo
que uno veía en la persona, aunque no lo usara habitualmente
o, incluso, lo tuviera totalmente escondido. Es decir, no había
que basarse en la convivencia; había que mirar y anotar lo
que uno veía en el otro.
Una vez realizado el ejercicio, cada miembro de la familia
escuchó lo que los otros veían en él o ella y luego leyó lo que
había escrito de sí mismo. Todos nos sorprendimos con las
coincidencias, aunque comentaban que les había costado mucho
dejar de lado sus experiencias personales y familiares, sus juicios
y expectativas.
Para la sesión les había preparado un circuito con algunos
obstáculos y desafíos. Las instrucciones fueron que un caballo
suelto debía realizar el circuito sin ser tocado y que entre ellos
no podían hablar. Como sugerencia, debían organizarse en base
a los dones que habían determinado en el ejercicio anterior.
Lo realizaron sin dificultad y la sensación de logro al final
se vio reflejada en el abrazo familiar con que se felicitaron mu-
tuamente y en su avanzar entrelazados por los hombros con que
volvieron donde yo los esperaba. «Sin palabras la comunicación
mejora mucho», fue el comentario de todos al terminar.
Javiera mostró un cambio notable al año siguiente. Se atrevió
a ser ella misma y descubrió que sus amigas no tenían problemas
con eso. También me contó que ahora disfrutaba aún más de los
libros porque ya no los usaba como escape, y que había comen-
zado a disfrutar también las salidas de compras y las idas al cine.

42
Caballo maestro

«Me gusta esto de estar encendida –me dijo en un mensaje que


me envió a la vuelta del verano–. Creo que esta experiencia con
los caballos es lo más importante que me ha pasado en la vida».

43
3
Cuestión de amor incondicional

El amor incondicional es un sentimiento pero también es un es-


pacio de seguridad, contención y autenticidad que se despliega en
el tiempo para hacer eco de una verdad: llegamos al mundo para
vivir nuestra propia historia, para germinar y crecer de acuerdo
a nuestra propia semilla, sin tener que pagar ningún tributo ni
satisfacer las necesidades de otro. Todo lo que necesitamos para
esta empresa está al interior de nosotros mismos.
El amor incondicional es una herencia que solo podemos
recibir de nuestros padres o de quienes asumen el rol de acu-
narnos en nuestros primeros años. Aquellos que recibieron el
legado son fácilmente reconocibles. Se mueven por la vida con
fluidez y exudan libertad por todos los poros. No quiero decir
que no tengan su cuota de problemas y conflictos, ni que sean
perfectos, pero partieron con ventaja, con una diferencia que
nunca debió generarse porque el amor incondicional es un de-
recho por nacimiento.
Cuando este derecho de sucesión no se lleva a cabo, o nos
llega dañado, nuestro desarrollo inicial queda trunco y nuestro
sentido de seguridad queda herido. Entonces, sin conocer ni
entender este mandato biológico de pertenencia a la manada,
cargamos la mochila con múltiples ropajes y máscaras y co-
menzamos una larga epopeya por intentar encontrar este tesoro
perdido, o cualquier sustituto que nos llene el vacío que senti-
mos dentro. Lo buscamos en otros a través del amor de pareja
y de la amistad; lo buscamos en cosas a través de posesiones y

45
Soledad Birrell

ocupaciones de toda índole; lo buscamos en todas partes y en


todos los momentos, pero nada logra llenar este agujero negro
que nos drena la energía y nos impide ser felices. Cuesta mucho
aceptar que es una pérdida definitiva y aprender a vivir con una
minusvalía del alma, pero si logramos perdonar los gestos y los
episodios que, sin saberlo, eran manifestación de esta herida y
no fruto de nuestra torpeza o maldad, entonces hemos cortado
el ciclo hereditario de desamor y podremos cumplir con este
mandato sagrado cuando nos llegue el momento.
Los animales entregan ese amor incondicional a sus crías. Las
manadas de caballos reciben a los nuevos miembros con aprecio
profundo, porque ven en estos potrillos movedizos y juguetones
a los futuros caballos que en su momento serán responsables
de una parte de la seguridad y supervivencia del grupo, porque
traen dones y talentos únicos, irrepetibles y necesarios para el
bienestar de todos.

46
Creo que es amor

El club donde trabajaba en esos años se emplazaba en una co-


muna que vivía mucha violencia y pobreza.
Mi socia y yo organizábamos un par de jornadas al año en
las que invitábamos a un curso de enseñanza básica, de alguna
de las escuelas del sector, a pasar una mañana con caballos. Les
preparábamos diferentes actividades por las cuales iban pasando
divididos en grupos.
Mi actividad ocurría al interior de un corral redondo de
aproximadamente quince metros de diámetro. El ejercicio consis-
tía en pedirle a un caballo suelto que caminara una vuelta com-
pleta alrededor del corral. Para esto, los niños no contaban con
ninguna cuerda o fusta con que alentar al caballo, solo podían
usar su cuerpo y su voz. Mientras el niño dentro del corral hacía
el ejercicio, los otros debían observar y apoyar a su compañero.
Este ejercicio es muy bueno para trabajar la autoestima con
niños, porque el caballo es un espejo extraordinario de la auten-
ticidad o la falsedad con la que uno se enfrenta a la experiencia.
Cuando uno se presenta desde sus dones, los caballos responden
con movimientos fluidos; pero cuando uno intenta estratagemas
desde alguna máscara, los caballos plantan los pies en el suelo y
no se mueven. Tampoco atacan o se ponen agresivos, simplemente
ignoran al humano.
Uno a uno fueron entrando y se fueron sucediendo historias
preciosas, como la de uno que me preguntó si no lo reconocía.
«La verdad es que no, ¿debería?», le pregunté divertida por su
desplante. «Bueno, yo soy el niño al que mordió un león que
se arrancó del circo el año pasado, ¿no se acuerda? salió en las
noticias». Y esta introducción, digna de una película y de la
cual tenía vagos recuerdos, era para justificar su terror a entrar
al corral con un caballo suelto. Pero todo salió bien. La yegua
le dio su espacio, no lo presionó. Hay que reconocer que en su

47
Soledad Birrell

caso, en primera instancia, el ejercicio ocurrió a la inversa. Fue la


yegua quien hizo dar al niño una vuelta al corral. Todos rieron,
pero sin burla. El niño finalmente se animó a ejercer el liderazgo
y, cuando lo consiguió, sonreía de oreja a oreja, feliz.
Todo parecía fluir en completa armonía hasta que, en un
momento, uno de los niños que esperaba su turno le pegó a
su compañero de asiento, sin motivo aparente, al menos no
para mí. Con un gesto le pedí a la profesora que me permitiera
manejar la situación.
–¿Qué está pasando aquí? –dije con voz firme.
–Es que fulano me pegó.
–No fue así, tía, él se rió de mí porque dijo que era un gordo
grasiento y que el caballo me iba a morder para almorzar.
Los demás se pusieron a hablar todos al tiempo. «Tú siem-
pre nos pegai», logré entender que decían. Decidí dejar que los
caballos zanjaran el asunto.
–Bueno, no echemos a perder el momento. A ver, baja tú al
corral y sigamos con la experiencia.
Se produjo un silencio. El alumno que aparentemente había
causado los problemas se movía con aires de matón. Era muy
grande y obeso para su edad. «Es que sus papás están siempre
borrachos –me dijo en voz baja la profesora mientras el niño
completaba el trayecto hasta la puerta del corral–, y todo lo
resuelven dándole comida. Es nuevo y no tiene amigos. Es muy
agresivo». Yo lo miré desde la distancia y me pareció estar viendo
a un niño asustado que había construido una pared de violencia
a su alrededor para protegerse.
Una vez dentro del corral, algo en él pareció suavizarse.
«Me gustan los caballos», me dijo bien bajito para que solo yo
escuchara. Mi reacción de ternura me dio escalofríos. Entonces
inició el ejercicio con una suavidad que contrastaba mucho con
su actitud de unos minutos atrás. Se movía con decisión, pero
mostraba respeto a la cercanía de las patas del caballo. No tuvo
dificultades para que el caballo caminara alrededor del corral.
La oreja interior del animal estaba fija en el niño, que ahora
caminaba, con soltura y decisión, al lado de la yegua. Luego,

48
Caballo maestro

sin que mediara ninguna solicitud de mi parte, se puso delante


y la yegua comenzó a seguirlo. Los demás reaccionaron con un
«ahhhh» de admiración.
Entonces, como quebrando la magia del momento, sonó la
campana que anunciaba que se había terminado el tiempo de
este grupo y que debían cambiarse a la siguiente actividad.
El niño se acercó a mí, que permanecía de pie frente al grupo
en la tribuna.
–Tengo que decirle algo –me dijo conmovido–. Creo, creo,
creo –repitió tres veces, como animándose a sí mismo a decir
lo que tenía que decir, o como si no se lo terminara de creer–,
creo que ahí dentro sentí amor. La yegua me hizo sentir amor
–pronunció estas palabras y se quedó en silencio, mirándome.
–Bueno, tal vez te quiso decir algo –le dije para animarlo a seguir.
–Sí –dijo el niño al que le había pegado antes–. Tal vez te
quiso decir que no nos pegues.
Él levantó la vista. De sus ojos se había esfumado la vio-
lencia y la altanería. Me atrevo a aventurar que traslucían,
simplemente, niñez.
–Es que tengo miedo, por eso les pego.
–¿Cómo es eso? –le preguntó la profesora.
–Bueno, tengo miedo de que, como soy gordo y nuevo, y mi
mamá está siempre borracha, nadie quiera ser mi amigo.
El poder de la claridad y de la verdad es asombroso.
–Bueno, la yegua quiso ser tu amiga. Debes tener cosas muy
lindas adentro que aún no les has mostrado a tus compañeros –le
dije mientras lo abrazaba.
–Sí –se sumaron a coro los otros niños–. Si no nos pegas,
podemos ser tus amigos.
–A nosotros no nos importa que seas gordo –esto lo dijo
otro niño obeso. Es más, estaban todos con sobrepeso, de modo
que, objetivamente, no debía ser ese un impedimento importante
en este curso.
–Ya –dijo después de pensarlo un segundo–, no les voy a pe-
gar más. Porque esa yegua me enseñó amor, yo me comprometo a
no pegarles más. –Y luego, como si esta declaración de principios

49
Soledad Birrell

no fuera suficientemente profunda, se volvió hacia mí y añadió–:


tía, pregunte por mí en unos años porque yo le prometo que no
me voy a meter en las pandillas ni en las drogas, voy a ser un
niño bueno, se lo prometo por esa yegua que hoy me dio amor.

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Un puente entre el cielo y la tierra

Hace unos meses murió mi hermana Pauli. Su enfermedad me


permitió gozar de muchas horas de su sabia conversación y me
dejó, como parte de su legado, el coraje para escribir este libro.
«Si me lo permiten, me voy a comunicar contigo a través
de los caballos», me dijo un día de esos en que hablamos de
la muerte. Ni ella ni yo sabíamos lo definitiva que esta sería
cuando llegara el momento, tampoco dimensionamos las pro-
mesas que nos hicimos.
Algunos días después del funeral partimos con la familia a
un lago del sur. Estaba más tranquila y los cielos soleados fueron
creando un escenario perfecto para descansar. Una mañana me
levanté molesta; me sentía incómoda con mi cuerpo y con mi
espíritu. Identifiqué un volcán de rabia que hervía en mi interior, y
que se fue intensificando a medida que avanzaba el día. Imágenes
de posibles culpables poblaron por completo mi imaginación.
Me sentía sola y furiosa.
La tarde anterior había descubierto a una yegua preñada en
un potrero cercano. Consciente de que no era justo descargar mi
duelo en los demás, me vestí y salí de la casa sin dar explicaciones,
con los ojos repletos de lágrimas contenidas.
Mientras caminaba hacia el lugar, recordaba la tarde en que
mi hermana me dijo que se comunicaría conmigo a través de
los caballos. Supongo que la esperanza de que aquello pudiera
ocurrir todavía seguía viva, pero su ausencia me pesaba como
un yunque y ahogaba mis intentos optimistas y puros de abrirme
a una experiencia celestial.
Entré al potrero. La yegua levantó la cabeza para observarme
y luego siguió comiendo tranquilamente. No hice ningún intento
por establecer contacto con ella.
Había unos palos de madera apilados y en ellos me senté.
Estaban húmedos. El aroma del sur me fue invadiendo. Estaba

51
Soledad Birrell

sola, lejos de cualquier lugar habitado y ya no pude contener


más el torrente que empujaba por salir de mis ojos. Me dejé ir y
comencé a llorar intensamente. Al tiempo que lloraba entablé un
diálogo con mi hermana. Le conté cosas que no le dije mientras
estuvo enferma, pero sobre todo le fui llorando lo desolada que
me sentía porque se había ido, porque ella era la persona con
quien podía hablar sin tapujos, con fluidez y confianza.
Mi diálogo era intenso, tanto que no noté la presencia de
la yegua hasta que la tuve justo frente a mí. Me miró a los ojos
y acercó su hocico a uno de mis brazos. Me asusté un poco,
pensando que tal vez me mordiera, porque no la conocía y esta
conducta implicaba algunos riesgos. Pero ella comenzó a lamerme
como a un potrillo, recorriendo todo el brazo y luego subiendo
hacia mi cara, con delicadeza, respetando mis temores, esperando
a que le diera permiso, a que me entregara con confianza a su
acto de amor.
Lloraba desde las tripas llamando a mi hermana. La yegua
detuvo su contacto y sentí que me ofrecía su lomo para apoyarme.
Lo tomé y me abracé a su cuello, aspirando el aroma familiar.
Entonces ella giró un poco su cabeza hacia mí, en una metáfora
preciosa de un abrazo, y me contuvo durante un largo rato en el
que yo dejé salir la pena y la rabia, las dudas y las culpas. Poco
a poco me fue penetrando una calma profunda, algo parecido a
la paz de mi hermana en los últimos días de su vida.
Las lágrimas cesaron. Me sentí liviana. La yegua seguía
frente a mí esperando alguna señal. Me puse de pie y comencé
a caminar, con la certeza de que ella vendría conmigo. Así fue,
sentí sus pasos tranquilos sobre las huellas que yo iba dejando.
A la distancia identifiqué un manzano silvestre, de esos que dan
unas manzanitas enanas, dulces y jugosas. Saqué un par de frutos
y compartí mi tesoro con la yegua. Ella se zampó la manzana
mientras el jugo le chorreaba por los labios. Saqué varias más y
me reí al pensar lo bien que me sentía junto a esta yegua.
Nos empachamos de manzanas, bueno, yo me empaché,
porque ella habría comido todas las que le hubiera dado. Cami-

52
Caballo maestro

namos un buen rato por unas lomas sin más propósito que estar
juntas disfrutando del aire sureño, de sus colores y de sus formas.
Finalmente, me despedí de ella como de una antigua amiga,
y volví a mi casa.
Los caballos son seres independientes, con espacios acotados
para el contacto físico. Uno de ellos se produce entre la yegua y
su potrillo. Ella lo lame cuando está recién nacido para limpiarle
los restos del parto, y lo sigue lamiendo mientras va creciendo,
para darle seguridad y afecto. Es muy extraño que un caballo
busque esa forma de contacto con un ser humano, no mediando
ofertas de comida o azúcar, y, claramente, es muy improbable que
ocurra este tipo de contacto entre una yegua que pasta tranquila
y una completa desconocida.
No había vuelto a llorar hasta hoy, que escribo estas líneas.
¡Gracias, Pauli!

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Encuentros cercanos con un caballo

Un día recibí un correo electrónico que, por su gramática y por


su estructura, dejaba entrever que se trataba de un remitente
muy joven, «un niño», pensé.
En él me informaba que representaba a un grupo de estu-
diantes de cuarto básico de una escuela primaria que tenían que
realizar un trabajo para la asignatura de Tecnología. El tema que
ellos habían escogido era los caballos.
Me explicaba que él y sus amigos habían buscado en
Internet y que habían encontrado información sobre mí y mi
trabajo, y que querían que les diera una hora para hacerme una
entrevista. Me sentí conmovida y halagada. Les respondí que
encantada los recibía.
Llegó el día y, mientras limpiaba un caballo para aprovechar
el tiempo, a lo lejos vi a un grupo de escolares vestidos con buzos
azulinos que se encaramaban cansados por el último tramo del
camino hasta la oficina. Los escoltaba una mujer que más tarde
se identificó como la profesora de la asignatura. Lamenté no
haber pensado un poco más la situación y haberles ofrecido ir a
recogerlos a la entrada del recinto, que se encontraba a los pies
de un cerro empinado.
Les serví unos refrescos y, cuando parecieron repuestos, les
cedí la palabra para responder a sus preguntas.
Sacaron hojas arrancadas de un cuaderno que contenían
una serie de preguntas. Mientras uno enunciaba la pregunta,
otro anotaba lo que yo decía. «Más despacio», pedía. De reojo
pude ver una escritura de trazos infantiles con varias faltas de
ortografía. Sonreí desde mi vocación de profesora de castellano
y desde mi manía por la caligrafía y la ortografía.
Después de un rato de preguntas y respuestas frente a un
caballo que había traído para ilustrar mis afirmaciones, a ellos
se les acabaron las preguntas escritas, pero en la cara se les

55
Soledad Birrell

habían multiplicado interrogantes, de todo tipo, que no sabían


cómo articular. Entonces decidí aprovechar la oportunidad para
regalarles algo más valioso que cualquier cosa que yo pudiera
contarles: una experiencia con caballos. De esa forma se llevarían
mucho más que la información teórica.
Nos acercamos a uno de los potreros y les encomendé
observar al grupo de caballos que descansaban bajo un árbol.
«¿Quién es el jefe?», pregunté. «El más grande», dijo uno;
«no, es el que está enojado allá atrás», dijo otro, y así fueron
aventurando respuestas. Entonces, enlazando la conversación
con el trabajo que los había traído, les hablé de las manadas
de caballos y de cómo se estructuraban. Les conté que existía
una jerarquía («¿qué es eso?», se apresuraban a preguntar para
no perderse detalle) y expliqué que este orden se establecía
de acuerdo a las capacidades de cada uno, aquello que a uno
lo hacía único, que no era mejor o más importante ser jefe o
ser el que cuida a otros, que el papel que uno desempeñaba
y el lugar que ocupaba en el grupo estaba directamente re-
lacionado con sus dones, con las capacidades especiales que
cada caballo tenía. El grupo necesitaba a todos sus miembros
y los quería por lo que eran. Todos ponían lo mejor de cada
uno al servicio de los demás. Les expliqué que si un caballo
se olvidaba de eso y abusaba de su autoridad, rápidamente
perdía su título de líder y lo relegaban al último puesto (esto
lo dije en forma de metáfora, pero creo que ellos lo leyeron
al pie de la letra).
Mi explicación produjo un silencio que resultó más elocuente
que cualquier discurso.
Me miraban sin decir nada. Uno de ellos parecía al borde de
las lágrimas y, seguramente tratando de evitar que los demás se
rieran de él si se ponía a llorar, habló: «Si fuera así en mi casa,
todo sería mejor. A mí me dicen puros garabatos cada vez que me
hablan y, si no, me dan plata para que me compre un hot dog y
así no moleste. No sé si saben para qué sirvo y no creo tampoco
que a nadie le importe qué me gusta. Si no estuvieran tomando

56
Caballo maestro

todo el rato y me miraran… Me gustaría mucho haber nacido


en una manada de caballos».
Los demás asintieron.
El corazón se me apretó. Dirigí mi pensamiento al cielo y
me encomendé a sus ángeles guardianes para intentar decir algo
edificante, algo que les sirviera para algo.
Entonces recordé mi papel de mensajera. No se trataba de
decir algo inteligente; se trataba de aprovechar el rato ofrecién-
doles una experiencia con los maestros de la honestidad, con los
expertos en validar a otros, con los seres compasivos que siempre
encuentran la forma de regalarnos paz.
Uno a uno fueron entrando al corral donde los caballos perma-
necían sueltos, con el propósito de acercase a un caballo cada uno.
En poco rato todos habían establecido contacto con un ca-
ballo y entonces les pedí que les contaran algún secreto y luego
escucharan, a ver si los caballos les contaban uno de vuelta.
El tiempo voló. Me olvidé de todo, incluso de la profesora, me
dejé llevar por la maravillosa imagen de unos niños que fueron
enderezando sus cuerpos algo arqueados e inseguros cuando
llegaron, para moverse alegres y llenos de energía.
Se escuchó el motor de un auto que subía por la cuesta. El
sonido me recordó que tenía un cliente que estaba por empezar
su sesión. Lo había olvidado por completo.
Los niños también lo escucharon. «Puchas –dijeron–, se
estaba tan bien aquí».
Cuando estuvieron de vuelta al otro lado de la reja, los caba-
llos se fueron acercando y los miraban. Uno se atrevió a contar
lo que había ocurrido allí dentro: «Me escuchó –dijo–, el caballo
me escuchó y me dijo que no me preocupara, que todo se iba a
arreglar». «A mí me dijo que yo era bueno y que siguiera con
mi idea de ser profesor». Y así, cada uno contó su historia y lo
que le había dicho el caballo.
Todo el asunto podría haber sido una simple y bonita pro-
yección de los sueños y las aspiraciones de niños que viven en
condiciones muy adversas, y a los cuales se les da una oportu-
nidad de expresarse. Sí, podría ser, si no hubiese sido porque

57
Soledad Birrell

sus ojos brillaban de otra manera y porque los caballos no se


movieron de su lado mientras ellos contaban sus experiencias.
«Las cosas en la casa no van a cambiar porque ustedes es-
tuvieron una mañana con unos caballos –les dije–, pero ustedes
cambiaron y eso va a cambiar todo. Que nadie ni nada los con-
venza de otra cosa. Ustedes son especiales, porque los caballos no
mienten. Si les cree un caballo es que ustedes son así de verdad».
Se fueron despidiendo uno a uno con un abrazo apretado y
un «gracias» que salía de sus entrañas y que yo recibí en nom-
bre de mis socios equinos. Los observé descender por el mismo
camino que un par de horas antes los había traído hasta el club.
Pensé que, tal vez, este momento podía ser el que marcara la di-
ferencia en sus vidas, porque los caballos habían sembrado una
semilla de esperanza en sus corazones y las semillas sembradas
por los caballos siempre florecen y llegan a dar muchos frutos.

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4
Cuestión de perdón y presente

Un día, un niño de diez años cambió el entendimiento que yo


tenía de mi propio discurso.
Siempre lo supe pero ese día lo hice propio, lo encarné en el
lugar donde guardo los momentos sagrados.
Los actos aislados no te definen en tu esencia. Una mentira no
te convierte en mentiroso. El observar la génesis de esa mentira en
particular, las circunstancias que la rodearon y los recursos con
que contabas en ese momento es un acto de compasión contigo
mismo, es una manera de abrazar a tu niño interno y validar sus
carencias. Al ser capaz de mirar cualquier hecho en el presente,
aunque haya ocurrido en el pasado, sin contaminación de otros
hechos similares, sin sacar el engrosado expediente que te pro-
pone tu juez interno, permite que te perdones desde el cuerpo, te
perdones desde la cabeza y te perdones desde el corazón.
La misma dinámica sirve para perdonar a otros.
Esta ceremonia no se puede realizar en soledad. Se necesita
a la manada, la presencia de otro que te mire y te confirme que
ve tu esencia y que allí no habitan tus fantasmas. Entonces llega
el verdadero alivio y la energía para volver a empezar.

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La mirada equina

Vicente llegó con la cabeza gacha, hundida, y con los hombros


elevados hacia delante. De vez en cuando levantaba la mirada
y se podía sentir la rabia y la soledad de estar encerrado en una
historia incomprensible para sí mismo. Le pregunté si venía por
voluntad propia, sospechando que, quizás, aquello era idea de su
madre. Pero Vicente llegó pidiendo ayuda. «Vengo porque quiero,
nadie me obligó –dijo como respuesta–. No quiero sentirme así
nunca más, no quiero ser el aguafiestas que todo lo echa a perder
con su mal humor, quiero librarme del malhumor, quiero poder
disfrutar como los demás».
El asunto es que Vicente tenía diez años y aquel discurso
me conmovió.
Comenzamos las experiencias con los caballos. El arrojo
que tenía era contagioso. Su primer descubrimiento tuvo lugar
en el plano de la energía, su propia energía y el impacto que
tuvo en un caballo.
Realizábamos el ejercicio de los límites personales. Vicente
había destinado mucho esfuerzo en construir su mundo perso-
nal, usando legos y todo cuanto encontró a su disposición. El
caballo lo observaba desde la distancia mientras se llevaba a
cabo este ritual.
Le pedí que escogiera una de aquellas «construcciones» que
fuera la más significativa, aquella que él no permitiría que nadie
destruyera y por la cual estaría dispuesto a cualquier cosa. Miró
a su alrededor y no tuvo dudas. «esa», dijo señalando algo pare-
cido a un castillo. Entonces yo le puse un montón de pasto fresco
alrededor y le dije que el caballo no podía entrar a su espacio,
mucho menos comerse el pasto que ahora simbolizaba su alma.
El caballo que había escogido para trabajar era un ejemplar
muy grande bajo cualquier estándar, pero que se transformaba
en algo parecido a un gigante al lado de este niño. Este fijó las

61
Soledad Birrell

orejas en dirección al alimento que repentinamente había apare-


cido en su campo visual y se acercó con paso decidido. Vicente
lo estaba esperando con el cuerpo dispuesto, con las piernas
abiertas y los brazo extendidos. El caballo se sorprendió con sus
gestos y se detuvo sin entrar, pero sin alejarse tampoco. El niño
comenzó a realizar un extraño movimiento con la cabeza que
pareció divertir al caballo, pero que no logró el objetivo de que
retrocediera. Vicente sintió la tensión y en forma rápida miró en
su entorno, para descubrir la bolsa que antes había contenido
los legos y que ahora permanecía abandonada en medio de la
arena. Era de plástico y tenía colores llamativos impresos en la
superficie. Vicente la tomó y la movió con decisión. El caballo
saltó hacia atrás bruscamente. Vicente cambió el semblante y
volvió a su actitud de mirada gacha y hombros levantados. «Lo
asusté –dijo muy triste–, soy un idiota».
El caballo aguardaba en la distancia, atento.
–Sí, se asustó –dije–, pero no eres un idiota. Estas experiencias
pretenden darte un espacio para que tú experimentes qué pasa
contigo, qué pasa con el caballo, cuál es la mejor estrategia para
lograr tu objetivo usando la menor cantidad de energía necesaria.
No hay posibilidad de hacer cosas mal, solo son experiencias
con consecuencias en el plano de la confianza, de la credibilidad.
–Claro –señaló como entendiendo profundamente el
significado de mis últimas palabras–, ahora me tiene miedo
y no confía en mí.
–No estoy tan segura de eso, creo que descubrió que tienes
el propósito claro de no dejarlo entrar y que usaste un gesto
muy energético para hacérselo saber. Entre los caballos hay
diferentes formas de comunicación y estas dependen de la per-
sonalidad de cada caballo y de su energía. La pregunta sería si
había agresión en tu intención o no.
Vicente pensó un rato y me dijo que sí, que esto se parecía
a lo que le pasaba en su vida. Cuando sentía que podía ejercer
alguna forma de mandar a otros, entonces le salía la rabia y los
otros niños se asustaban como el caballo.

62
Caballo maestro

Continuamos con el ejercicio. Ahora debía salir de su espacio,


acercarse al caballo y traerlo a comer del pasto. La altura del
caballo no le permitió colocar la jáquima por detrás de las orejas
y cerrarla, de modo que, después de un rato, optó por pasarle
la cuerda por el cuello y traerlo a tiro. El caballo se resistió a
entrar. Vicente descubrió que la bolsa permanecía tirada sobre
la arena, muy cerca del castillo y el pasto. Con el gesto de la
culpa en cada uno de los pasos, se acercó a la bolsa y la lanzó
lejos. El caballo saltó hacia atrás, pero él no le soltó la cuerda.
Luego volvió a intentarlo. Esta vez, después de algunas dudas
iniciales, el caballo entró al círculo y comió. Pasaron un par de
minutos y Vicente decidió que era suficiente. Tomó al caballo y
lo sacó de su círculo. Este no volvió a intentar entrar, a pesar de
que, desde la distancia y con las orejas dirigidas hacia el pasto,
mostraba su interés en el alimento. La sesión terminó con una
mezcla de dulce y agraz para Vicente. Dijo estar muy contento
con haber logrado el ejercicio, con haber construido su espacio
y lo bien que se sintió en él, pero también dijo estar triste por
haber asustado al caballo. Creo que ese hecho representaba todo
lo que él detestaba de sí mismo.
A la sesión siguiente llegó preguntando si podía trabajar con
el mismo caballo. Yo vislumbré su intención y cambié mi plan de
trabajo para ese día. Le propuse un ejercicio de confianza, donde
él debía presentarle un objeto que le produjera temor al caballo y
desensibilizarlo hasta que lo aceptara sin miedo. Me miró e hizo
una mueca de ironía, pero no dijo nada. Fue a buscar la bolsa con
legos, la vació y volvió con ella en la mano. Elaboró una estra-
tegia con pasos para lograr el objetivo. Se esforzó por controlar
sus gestos, haciéndose consciente del impacto que su cuerpo, su
energía y la misma bolsa tenían sobre el caballo. Primero se la
mostró desde la distancia. Lo hizo varias veces, acercándose un
poco en cada ocasión, hasta que el caballo aceptó la misma bolsa
de colores brillantes que antes lo había aterrorizado y dejó que
se la pasara por todo el cuerpo. Entonces la agitó en el aire y el
caballo volvió a su gesto de echarse para atrás. «Creo que por
hoy es suficiente», dijo, y nuestras sonrisas se fundieron. «Una

63
Soledad Birrell

persona confiable sabe cuándo parar –le contesté–, esto es mucho


más importante que conocer todo tipo de técnicas persuasivas e
intentar imponer tu voluntad. Un verdadero líder lee las señales
en el presente, reconoce los límites del otro, su rango de tolerancia
y se detiene justo a tiempo. Te felicito».
Todo parecía ir sobre ruedas. Sin embargo, lo verdaderamen-
te significativo, lo que cambiaría a Vicente, y a mí, para siempre,
estaba por llegar.
A la semana siguiente, Vicente llegó algo molesto y realizó los
ejercicios con desgana. En un momento se animó un poco, pero
en cuanto encontró una dificultad se amurró, dijo que no servía
para nada y adoptó su postura hacia dentro. Para cambiarle el
tema le planteé una tarea para realizar junto a su familia. Debía
proponer un paseo o actividad para realizar todos juntos, or-
ganizada por él para que todos lo pasaran bien. «Para qué –me
dijo–, si no me van a tomar en cuenta. A nadie le importa lo que
yo digo, lo hago todo mal».
Me sorprendió el repentino cambio en Vicente y me pregun-
té qué habría gatillado la situación. Fuimos donde la mamá, a
quién le comuniqué la tarea que había asignado a su hijo, pero,
antes de que pudiéramos terminar de hablar, Vicente comenzó
a agredir a su madre con comentarios fuera de lugar y alusiones
a su falta de interés en él. Yo le dije que se dejara de payasear y
tuvo una reacción muy fuerte, me llamó «pesada» con una in-
tención en la voz que me hizo dar unos pasos hacia atrás cuando
me disponía a despedirme. Quedé confundida. Aquí estaba el
Vicente malhumorado y me miraba como me miran los caballos
encabritados cuando me amenazan con las manos en alto. Todo
en él me preguntaba si frente a este arrebato tendría la compasión
y la visión para quedarme a su lado.
Mi entrenamiento con caballos me ha enseñado a no tomar-
me estos ataques como algo personal, de modo que no reaccioné,
pero quedé preocupada. Hasta ese momento pensaba que las
sesiones habían tenido un efecto más profundo en Vicente, sin
embargo, en un instante surgía ante mí un niño lleno de rabia y

64
Caballo maestro

encerrado en sí mismo, como si nada de lo que habíamos hecho


lo hubiera tocado de verdad.
Me fui a mi casa cavilando. Llamé a la mamá y le pedí que
me contara cuándo habían detectado esa rabia en Vicente. Me
pidió tiempo para pensar y, cuando me llamó de vuelta, me dijo
que había revisado fotos y recuerdos, en fin, había escaneado su
vida hacia atrás y podía decirme que a los dos años ya se podía
identificar con claridad esa conducta. También me contó que
Vicente había nacido prematuro y que por ese motivo había
sido el único de sus hijos al cual no había amamantado porque
se le terminó la leche. Que, haciendo memoria, podía sentir algo
distinto en su relación con Vicente, como si requiriera esfuerzo,
como si no fuera tan natural como con sus otros hijos.
Sus palabras iluminaron algún rincón oscuro de mí misma
y comprendí lo que debía hacer. Se me apareció la imagen de
Vicente cargando con una pesada piedra de culpa y rabia, como
si no se pudiera perdonar por algo que había hecho o sentido en
el pasado y que gatillaba su conducta y su malhumor.
Recé mucho esa semana, pidiendo sabiduría para actuar
como instrumento en una sesión que, intuía, podía ser funda-
mental para Vicente.
Cuando llegó a la hora, venía sonriendo. Le propuse reali-
zar una ceremonia de perdón. Me miró sorprendido y nervioso.
«¿Perdón de qué?», dijo, mientras comenzó a moverse y a cam-
biar de posición en la silla. Creo que esperaba algún comentario
de mi parte sobre su conducta en la última sesión. Ya habíamos
hablado de la biología que motivaba nuestros actos, de cómo
al sentirnos rechazados por la manada creamos mecanismos de
defensa que usamos como escudos en nuestro trato con los demás.
También hablamos de que, algunas veces, estos mecanismos de
defensa nos llevan a realizar actos de los que nos avergonzamos,
y que arrastramos como pesadas piedras sin poder perdonarnos
por ellos. Esperaba alguna señal pero él me miraba con sus
grandes ojos de niño, sin entregarme claves para saber si iba por
buen camino o no. Entonces intenté con los caballos. Le conté
que había un caballo que tenía una historia de abandono, que

65
Soledad Birrell

había sido muy regalón pero que luego, cuando no dio los resul-
tados que su dueño esperaba de él, lo había dejado en la escuela
sin volver a visitarlo. Le expliqué también que el caballo era
muy difícil, que reaccionaba violentamente tanto con personas
como con otros caballos, y que parecía siempre de malhumor.
Le pregunté si le gustaría trabajar con él y me dijo que sí, pero
yo sabía que aún no llegaba a conectarme con Vicente, que aún
permanecía en su escondite donde se había recluido la semana
anterior. Y fue entonces cuando recordé mi sensación personal
cuando su madre me habló de la leve incomodidad con su hijo
y aquello me resonó alto y claro en mi interior.
Sin pensar en las consecuencias, pero con la certeza de quién
hace algo desde la verdad y desde la honestidad, le propuse un
ejercicio diferente. Le pregunté si él estaba dispuesto a guardar
el secreto de lo que allí se dijera y me dijo que sí.
Entramos en el corral, Vicente, el caballo y yo. Soltamos al
caballo que se revolcó varias veces y luego corrió un rato, para
sacarse algo del exceso de energía de encima. Le expliqué lo que
haríamos; caminaríamos juntos contra las agujas del reloj y por
turnos debíamos recordar un hecho que nos diera vergüenza. De-
bíamos visualizarlo en el contexto de cómo había ocurrido, cómo
nos habíamos sentido en ese momento, qué estaba ocurriendo a
nuestro alrededor, en fin, todas las circunstancias biológicas que
lo habían motivado, e, imaginando que abrazábamos al niño o
niña que teníamos dentro, nos perdonaríamos por ese hecho, pero
al mismo tiempo le diríamos a nuestro niño que lo apoyábamos
y lo liberábamos de toda culpa. No sé si entendió la explicación
porque, a decir verdad, yo fui hablando a medida que se me fue
apareciendo el modelo en la cabeza.
«Yo parto», le dije, y le conté un hecho personal donde, bus-
cando llamar la atención, había hecho algo de lo que me avergon-
zaba mucho. Los detalles de lo que cada uno dijo los mantengo
dentro de nuestro pacto de silencio. Cuando yo confesé en voz
alta mi vergüenza, él se detuvo y me miró profundo, sentí que
me traspasaba hasta llegar al fondo de mi corazón y de la pena
que guardaba junto a mi culpa. «Perdónate inmediatamente por

66
Caballo maestro

eso –dijo con la determinación de un gigante–, tú no eres eso, tú


eres mágica». Y antes de que pudiera contestar o reaccionar ante
lo inesperado que estaba sucediendo, él contó una situación. Lo
hizo con los detalles y la textura del momento. Yo lo miré con
todo el cariño acumulado por siglos en las manadas humanas y
le dije: «perdónate ahora mismo por eso, tú eres bueno». Y así
nos fuimos, en un ir y venir de confesiones y validaciones por
parte del otro, una ceremonia que nos llevó a un espacio donde
el tiempo se detuvo y nos suspendimos en una atmósfera de paz,
de comprensión, de compasión, de conexión con lo espiritual.
No sé si fue mucho o poco tiempo pues, como dije, el tiempo se
detuvo para nosotros. En un momento nos giramos y recordamos
al caballo que nos miraba desde el centro del corral. Caminamos
hacia él y, sin mediar palabra ni acuerdo previo, comenzamos
a decirle al caballo que debía perdonarse y olvidar cada uno de
sus actos motivados por el abandono que había sentido.
Una alegría inmensa me comenzó a invadir por completo,
junto a un alivio que no había sentido en años. Y entonces Vicente,
sonriendo y liviano, me abrazó largo y me dijo: «gracias, gracias,
gracias». «Gracias a ti –le dije desde lo más hondo– gracias a ti».
Salimos caminando los tres al mismo paso. Vicente me
preguntó:
–¿Tú habías hecho esta ceremonia con algún otro niño?
–La verdad, no –le contesté.
–Pues deberías, ayuda mucho, mucho.
Llegamos donde esperaba su madre. Nos miró y creo que
captó enseguida que algo especial había ocurrido.
–¿A ustedes tres qué les pasó? –preguntó.
Miramos al caballo, que también venía relajado, con la
cabeza baja y sin un atisbo de tensión en su cuerpo, algo muy
atípico en él.
–Pasó algo fabuloso –dijo Vicente–, pero no te podemos
contar porque es un secreto.
Volví a mi casa en un estado de pureza que no recordaba
haber sentido y que me hizo pensar en cuando tenía tres años.
No sé por qué esa edad, puesto que no recuerdo nada de mi

67
Soledad Birrell

infancia, pero recientemente murió mi hermana mayor y me


habló de mí en esos años. Tal vez era otro de sus legados que
me salía al encuentro.
La madre de Vicente me escribió un mail al día siguiente.
Decía que ella no sabía lo que había ocurrido en la troya, pero
sí sabía lo que había ocurrido con su hijo después de eso. Estaba
profundamente agradecida pues lo veía liviano, sentía que se
había quitado un gran peso de encima. Y me enviaba una cita
de Linda Kohanov, que decía algo así como que, cuando uno
se conecta con sus oscuridades desde la luz de una sesión con
caballos, estas oscuridades pueden ser enormemente sanadoras
para el otro y para uno mismo.
En un principio pensé en mantener la historia en secreto,
como había sido nuestro pacto con Vicente, pero la verdad es que
a partir de ese día incorporé la metodología en muchas sesiones
y me dio resultados extraordinarios.
Cuando estaba escribiendo este libro le hice un guiño a
Vicente en el texto introductorio a este capítulo, nombrándolo
pero sin contar nuestra ceremonia. El caso es que el editor vio el
guiño y quiso saber quién era el destinatario y qué había ocurrido
con él, porque no lo había encontrado en las páginas siguientes.
Hablé con Vicente. «Escribe la historia de todas maneras», me
dijo con la misma sabiduría y determinación de espíritu sabio y
gigante escondido en el cuerpo de un niño de diez años que apa-
reció en nuestra ceremonia, de un caballo de cualquier edad o de
un árbol que nos mira cada mañana cuando pasamos a su lado.

68
Espíritus mezclados

Este relato es una interpretación literaria de la historia real de


una alumna. Lo narro bajo este formato por respeto a ella y a
su familia. He rescatado algunos momentos de las sesiones, los
uní a otra historia que escuché recientemente y entretejí ambas
en un relato que suena coherente pero que no pretende narrar
hechos existentes, solo ilustrar la esencia de un encuentro mágico
con los caballos.
María tenía quince años cuando llegó, del brazo de su padre,
al programa. Su historia era peculiar pues María fue adoptada
cuando tenía una semana de vida. Sus padres adoptivos no po-
dían tener hijos y decidieron formar una familia recibiendo hijos
que necesitaban un hogar donde crecer y ser queridos. Cuando
María cumplió los seis meses, su madre descubrió que estaba em-
barazada. El asunto fue acogido como un milagro y así, cuando
María apenas caminaba, llegó al mundo su hermana Florencia.
Los padres de María no habían querido conocer nada
acerca de sus antecedentes previos ni de sus padres biológicos.
La recibieron como habrían recibido a cualquier hijo nacido de
su semilla y estaban dispuestos a vivir y acompañar su historia
tal y cual esta se fuera presentando. La llegada de Flor no hizo
más que afiatar su creencia y las dos niñas se criaron como
hermanas de sangre.
La madre de María era morena y de tez clara. El padre
era rubio, de ojos claros y piel blanca. Florencia mostraba una
perfecta mezcla entre el padre y la madre. María, en cambio, fue
cambiando con los años, dejando entrever en las pecas que se
multiplicaban en su cara blanca y en su pelo negro y abundante,
que su concepción era el fruto de un encuentro entre dos mun-
dos distantes. Hasta ese momento, la apariencia física nunca
había sido un tema para María, quien había escuchado desde
pequeña que ella no había nacido de la barriga de su mamá,

69
Soledad Birrell

sino que había sido un regalo del cielo para comenzar la familia
que ahora formaban los cuatro. Que gracias a ella Florencia
se había atrevido a llegar al vientre de su mamá, aunque to-
dos decían que eso no era posible. Esa era la historia con que
ambas niñas habían crecido y de la que se sentían igualmente
orgullosas y protagonistas.
Cuando María se acercaba a la pubertad, comenzó a
manifestar actitudes hostiles que nunca antes había tenido.
Las peleas con su hermana se multiplicaron y María parecía
esperar cualquier momento para crear un conflicto y hacer
escenas de rabia y llanto.
Sus padres estaban sorprendidos por el repentino cambio de
su hija y les costó un tiempo entender que, tal vez, aquello tenía
algo que ver con su condición de adoptada. Les resultó difícil
darle espacio a este pensamiento porque para ellos no había nin-
guna diferencia entre María y Flo, y lo atribuyeron a los cambios
hormonales esperables a esa edad. Pero cuando María empezó
a dejar de comer y a ocultar sus brazos bajo mangas largas en
días de calor, entraron en pánico.
Comenzaron un largo peregrinar por especialistas de la
salud mental con la esperanza de que alguien diera en el clavo
y les dijera qué hacer para ayudar a su hija, pero el discurso era
más o menos el mismo: depresión. La medicaron y comenzó una
terapia de apoyo, pero María parecía empeorar con los días. Su
alegría chispeante había desaparecido por completo e, incluso
en aquellos escasos momentos en los que volvía a reír, apenas
se daba cuenta de que estaba mostrando signos de alegría se
paralizaba y volvía a su actitud hosca y a su posición corporal
encogida con la vista fija en el suelo.
Así estaban las cosas cuando María llegó con su padre.
En la primera sesión se mostró abierta a hablar de sus pro-
blemas, por los que responsabilizaba a su familia, aduciendo que
no estaban contentos con ella, le exigían cosas que ella no podía
o no quería hacer y que ella estaba cansada de cumplir con las
expectativas de otros. «Por eso me corto –dijo mostrando algu-

70
Caballo maestro

nas cicatrices en los antebrazos–, es una forma de sentir alivio».


Todo esto lo decía con una media sonrisa triste.
Su primera sesión consistió en observar a un caballo y tratar
de escucharlo. Más tarde debía contarle de ella, de su vida y, si
así lo quería, podía aprovechar de contarle algún secreto. Al
terminar manifestó que estaba contenta, que le gustaba mucho
estar con animales porque su único ser de confianza era su perro,
por el cual estaba dispuesta a dar la vida.
En el equipo de trabajo quedamos felices con el resultado
y determinamos seguir con la siguiente sesión, que trataba de
límites personales.
El resultado fue inesperado. María no estuvo dispuesta a
realizar el ejercicio que implicaba mantener a un caballo fuera
de un espacio previamente delimitado por ella misma. No solo
no hacía nada para impedirlo, sino que realizó varias maniobras
para atraer al caballo cuando este perdía interés en su com-
pañía y hacía amago de alejarse. Le repetí las instrucciones y
asintió, «entendí perfecto lo que me dijiste», me dijo, y luego
no dijo nada más.
Cuando nos reunimos para realizar el cierre de la sesión algo
había cambiado en María. Se veía ausente y distante. Le hablé
de la importancia de tener límites para poder tener relaciones
sanas y seguras con otras personas. Me miró y dijo: «Yo no
quiero tener relaciones de ninguna especie con otras personas,
solo quiero estar con mi perro». Le dije que cada miembro de
una manada era importante, que sus dones eran necesarios para
el bienestar y seguridad de todos y que si decidía mantenerse al
margen, entonces todos nos perdíamos de sus regalos. Me miró
y dijo: «Yo quiero permanecer encerrada en una pesebrera y que
nadie me moleste».
Antes de marcharse le hice una última pregunta:
–¿Confías en mí?
–Más o menos –me contestó.
–¿En qué aspecto confías en mí?
–En tu voz.
–¿Confías en los caballos?

71
Soledad Birrell

- Ah, en ellos sí, en ellos sí confío.


–Entonces estamos bien, porque este trabajo lo hacen los
caballos y yo solo hago de puente cuando es necesario.
Esa semana pensé mucho en María. El trabajo que hago con
los caballos no es psicoterapia, es un trabajo de aprendizaje, de
redescubrir herramientas no racionales propias de la naturaleza
humana que nos acercan a lo simple y nos aportan información
valiosa para tomar decisiones y vivir mejor. Es volver a leer la
vida en lugar de juzgarla, a través de escuchar toda la información
disponible; la que nos llega desde el cuerpo y sus sentidos, la que
nos llega desde el corazón y sus sentidos y la que nos llega de la
cabeza y sus sentidos.
Me cuestioné si debía seguir adelante en mi trabajo con ella.
Debo acotar que se encontraba en tratamiento y que los padres
estaban al tanto e informados de la naturaleza de mi trabajo.
Algo en María parecía pedirme que no claudicara, que aguantara
mis propios temores y mis propias dudas en su favor.
Recordé una ocasión en que me habían traído un caballo que
se había puesto violento y los dueños no lo podían manejar. Para
tener un primer encuentro con él escogí entrar al corral redondo
con el caballo en libertad. El dueño me advirtió que aquello podía
ser peligroso porque el caballo había atacado a varias personas
cuando se sentía libre de ataduras. Igual decidí hacerlo, porque,
para mí, el lenguaje corporal es la herramienta con la que me
siento más cómoda a la hora de «hablar» con un caballo. Creo
que es la que más información me entrega y para eso era necesario
entrar al corral redondo sin cuerdas ni elementos que pudieran
estorbar nuestra comunicación. Mi única defensa era una fusta
larga, para compensar las dos manos extras que el caballo me
llevaba de ventaja.
Cuando el caballo se vio suelto en el corral comenzó una loca
carrera alrededor del cerco. Yo le cortaba el paso y lo cambiaba
de dirección siguiendo un patrón rítmico, que me iba marcando
mi propio cuerpo y la actitud del caballo. Cuando creí que había
entendido el nuevo escenario, decidí detenerlo y esperarlo al cen-
tro del corral. Entonces, sorpresivamente, se levantó de manos y

72
Caballo maestro

se me vino encima. Las palabras de mi mentor aparecieron como


estrellas brillantes en mi cabeza: «Si vas a hacerlo, hazlo; si no
estás dispuesta, entonces sal de ahí inmediatamente» (haciendo
referencia a momentos como este, donde se requiere quedarse a
pesar del miedo, porque es precisamente frente al miedo que se
necesita mostrar coraje aunque uno nunca haya pensado en eso).
Si me tomaba la situación como algo personal, ambos
estábamos en peligro y podíamos terminar muy dañados con
este encuentro. El caballo no tenía un problema conmigo sino
que estaba gritando su pregunta: «¿Tienes lo que se necesita
para que yo confíe en ti?». Y me mantuve detenida, con la
fusta por delante en caso de que se me viniera encima, pero
no di un paso hacia atrás y respiré hondo tantas veces como
fue necesario para mantener la calma. El momento duró
unos segundos. Entonces el caballo bajó las manos y dio un
resoplido. Luego se acercó despacio a mí, lamiendo los labios.
Ambos nos rozamos con delicadeza y respeto.
Cuando María llegó a la semana siguiente yo había tomado
una decisión radical. Comprendí que si María no confiaba y
como mecanismo de defensa dejaba que todos hicieran lo que
quisieran con ella, era absurdo haberla expuesto al ejercicio de
límites y esperar otro resultado que el que ocurrió. Decidí que
este sería el último ejercicio para ella.
Venía contenta. Mi compañera comentó que pensaba que
María no vendría, después de todo lo que había dicho la sema-
na anterior. Pero ahí estaba y aquello alimentó mi esperanza.
María intuía que los caballos podían darle la paz que andaba
buscando, a pesar de las limitaciones y errores que cometiera
una humana como yo.
Entre los caballos de la manada había uno que calzaba con
el plan de trabajo que había diseñado para ella. Era un caballo
criado para salto, pero que no cumplió con las expectativas de
su dueño y terminó como caballo de escuela.
Le pedí a María que lo fuera a buscar y que tuviera una
«conversación» con él. María tuvo que esforzarse por con-
trolar al caballo que estaba inquieto y ansioso por revolcarse

73
Soledad Birrell

en la arena, después de todo un fin de semana encerrado en


una pesebrera.
Cuando se acercó para relatar sus hallazgos, su cuerpo pa-
recía más erguido y los ojos buscaban los míos más a menudo
que otras veces. «Este caballo está enojado porque a nadie le
parece suficiente lo que él hace –dijo–. Trata de contentar a los
humanos pero nunca es bastante y está enojado». Le hice notar
la cruz (parte alta del lomo, donde se apoya la montura) y cómo
su particular prominencia hacía que las monturas le rozaran y le
provocaran heridas. «Igual que yo –dijo levantándose las mangas
y mostrando nuevamente sus cicatrices–, aunque en su caso él
no se las hizo a sí mismo», concluyó.
Hablamos de la historia del caballo. Era una cruza entre
un caballo de trabajo y un purasangre, es decir, una mezcla de
sangre fría con sangre caliente. Le expliqué que la sangre fría
se manifestaba en mayor mansedumbre; y la sangre caliente
en impulsividad. Le gustó mucho esto. «Yo también soy de
sangres mezcladas –dijo de pronto–. No sé qué raza eran mis
papás biológicos, pero parece que había algo escocés, por mis
pecas, y mapuche, por mi rostro y mi pelo. Además, yo vivo en
una casa donde mis papás no son mis papás y mi hermana no
es mi hermana. Soy como el caballo, nada de lo que hago es
suficiente y también estoy enojada». Hablamos de la sensación
de impropiedad. Me preguntó cómo me había sentido yo en mi
casa. Le conté que siempre me había sentido distinta y le puse
algunos ejemplos. «Claro –dijo–, si tú eres un caballo y te tocó
nacer en una casa humana» (era la segunda vez que un alumno
me decía lo mismo).
–Bueno, entonces ahora te voy a dar tu trabajo de aquí a
varias semanas. Te vas a hacer cargo de este caballo. Debemos
encontrar la forma de que vuelva a estar tranquilo y feliz. ¿Crees
que puedes hacerlo?
–¡Claro que sí! –su rostro se iluminó–.Voy a hacer que vuelva
a tener confianza en los humanos, ya verás.
–¿Cuál es tu plan?

74
Caballo maestro

–Bueno, le voy a hacer un ejercicio que le resulte fácil, que


no le cueste para que se sienta orgulloso de sí mismo, para que
vaya recuperando su autoestima.
–¿Y si por hoy no le pedimos nada? –le dije.
–¿Cómo?
–Bueno, qué te parece si hoy lo sorprendemos, ya que él es-
pera que le pidamos algo no lo hacemos y, en cambio, le damos
un regalo.
–¿Comida?
–Mmm, algo mejor, algo que no ha recibido quizás nunca,
algo que otro caballo no le puede dar.
–¿Qué? –preguntó casi sin poder contener la curiosidad.
–Le vamos a hacer un masaje.
–¿Un masaje a un caballo?
–Así es. Le vamos a hacer masajes en todo el cuerpo, en las
orejas y en las encías, en el cuello, en la cola.
Para que experimentara el nivel de presión que hacía falta,
realicé la demostración primero en su espalda. Emitía sonidos
de gusto. Luego lo hicimos juntas sobre el lomo del caballo y,
cuando sintió que ya podía hacerlo sola, nos entregamos a la
ceremonia de regalarle al caballo un momento inesperado y gra-
tuito. El caballo se fue relajando y pronto tenía la cabeza baja
y los ojos a semicerrar. María no podía creer el efecto que los
masajes produjeron en el cuerpo del caballo, pero sí entendió el
efecto que nuestro regalo produjo en su espíritu y en su confianza.
Cuando llevó al caballo de vuelta a la pesebrera, ambos
caminaban relajados y confiados el uno en el otro.
Para terminar, nos sentamos a conversar sobre la sesión. Fue
la primera vez que María hablaba de su condición de adoptada.
–Me abandonó, mi mamá me abandonó –dijo–. Eso me da
pena y rabia. Yo, como el caballo, no cumplí con sus expectativas
y me abandonó.
–María, quiero contarte algo. Hace unos años vi en la televi-
sión una noticia que me llamó mucho la atención. En la pantalla
fueron apareciendo fotos que mostraban a una perra cruzando
una carretera con un bebé colgando del hocico. Las imágenes

75
Soledad Birrell

revelaban el cuidado con que la perra levantó los alambres de


púas que separaban el camino del campo, para evitar que rozaran
al recién nacido. La persona que fue testigo y captó la particu-
lar escena siguió a la perra y descubrió que lo había llevado a
donde se encontraba su camada. La noticia terminaba diciendo
que había sido rescatada sana y salva (era una niña) y que se
encontraba en un hospital a la espera de que las autoridades
decidieran qué hacer con ella. El conductor del noticiero se hizo
eco de la indignación que había generado este abandono. «Una
perra es más humana que la madre de esta niña», dijo para cerrar
la nota y pasar al tema siguiente. ¿Sabes, María? A mí la historia
me conmovió, pero no solo porque la perra hubiera salvado a
la niña, sino porque había algo misterioso que no se explicaba
con el juicio simplista de la prensa que dio cuenta de la noticia.
Me puse a recabar antecedentes, descubrí que el hecho había
ocurrido en un país africano donde había una epidemia de Sida
y que eran muchos los niños que quedaban abandonados a su
suerte cuando sus madres morían por la enfermedad. También
descubrí que la niña tenía dos meses y medio cuando ocurrió
el rescate, y que se veía limpia y relativamente bien alimentada.
Entonces se me prendió una luz en el corazón. ¿Y si la madre
no la abandonó en la sabana para que se la comieran las fieras,
sino que estaba tratando de darle una oportunidad, de evitar que
se contagiara o que muriera de hambre? ¿Y si la historia había
sido fruto de un acto de amor y no de abandono?
María me miraba con los ojos llorosos.
–Pero a mí me abandonaron –dijo–, ¿qué de bueno o de
amor puede tener eso?
–Mira, yo escribo desde que soy chica. Una de las maravillas
de poder escribir es que uno puede contarse su historia de muchas
maneras. Muchas veces escribo y al final descubro que las cosas
no eran como yo las había imaginado. Nadie sabe qué pasó por
la cabeza de tu madre ni qué puede haberla llevado a tomar una
decisión así. De ti depende, entonces, decidir qué vas a aceptar
como verdad, si vas a arrastrar esa «hipótesis» como un peso de
dolor y abandono, o le vas a dar un nuevo significado de amor

76
Caballo maestro

y oportunidad. Tú decides cuál quieres que sea el legado de tu


madre biológica. Nadie conoce el interior del corazón humano,
de modo que, aprovechando que a ti te gusta escribir (eso me
lo había dicho en la primera sesión), te propongo que escribas
una historia desde un legado de amor y generosidad. Inventa y
llena todos los espacios que hoy están teñidos de rabia y pena
con otra verdad.
Sonreía. Ella y yo sabíamos que acababa de abrirse una
ventana en su corazón y que todo lo que venía por delante sería
más feliz y más esperanzador.
María entró al corral donde el caballo la esperaba. Se acercó,
lo acarició y lo abrazó durante mucho rato.
–Solo quiero disfrutar de su compañía –me dijo–, ¿está bien
si lo llevo a dar una vuelta por el cerro sin ningún propósito?
–Está perfecto –dije disimulando mi emoción–, creo que le
va a gustar estar fuera de la pesebrera un rato. María captó mi
comentario y se rió fuerte.
–Sí, creo que le está empezando a gustar estar afuera de
la pesebrera acompañado de un humano, pero uno como yo,
claro –concluyó con una mirada pícara mientras se perdía por
el camino cerro arriba.
Las sesiones fueron cada vez mejores y María fue, poco
a poco, recuperando la confianza en sí misma y leyendo sus
emociones como información en el presente. Antes de terminar
nuestro programa me hizo llegar la siguiente historia, que com-
parto con ustedes:
«Susan era escocesa y vivía en el sur de Argentina. Asistía a
una escuela pública donde conoció a Miguel y se hicieron polo-
los. Cuando cursaban segundo año medio, Susan descubrió que
estaba esperando un hijo. En su familia pusieron el grito en el
cielo, se espantaron y la amenazaron con llevársela lejos hasta
que naciera la guagua, para, luego, darla en adopción.
Susan era menor de edad. La familia de Miguel expresó su
intención de quedarse con el recién nacido, pero la madre de
Susan no quería saber nada del novio ni de su familia y les puso
una orden de restricción. Enviaron a Susan a la casa de unas

77
Soledad Birrell

tías. Miguel esperaba el momento del nacimiento de su hijo para


ir a buscarlo y llevárselos a ambos a vivir con él. A sus cortos
diecisiete años tenía determinación y honor y estaba dispuesto
a trabajar duro para hacerse cargo de su joven familia.
En otra parte, en otro país, un matrimonio había contactado
a una agencia en Argentina para adoptar un hijo, porque habían
recibido con mucha pena el diagnóstico de que no podrían tener
hijos biológicos y ellos no concebían su vida sin niños corriendo
por entre sus piernas. La familia de Susan había hecho arreglos
en la misma agencia y se hicieron los contactos. La guagua de
Susan ya tenía familia y, además, se iría a otro país. «Con eso el
problema se alejaba y, con un poco de suerte, pronto se olvida-
ría y sería como si nunca hubiese ocurrido», pensó la madre de
Susan cuando recibió la confirmación de que estaba todo listo
para que se concretara la adopción en cuanto naciera la guagua.
Llegó el momento del parto y nació una niña, María. Cuando
apenas tenía una semana se presentó un matrimonio de Chile y
se la llevó. Susan lloró desconsoladamente y su familia pensó que
era un buen momento para que conociera sus raíces y la envió
por un año interna a su país natal. Las tierras altas de Escocia
fueron testigo de muchas lágrimas y mucho dolor. Por su parte,
Miguel supo del nacimiento de su hija y enseguida se puso en
camino para reclamar la custodia junto a su madre, pero llegaron
tarde. Cuando se presentaron en la casa de Susan ya no estaban
ninguna de las dos.
En Chile, la familia de María recibió, a los pocos meses, un
segundo regalo. La madre de María estaba embarazada y nació
una hermana, Florencia. No podían más de felicidad y agrade-
cimiento con la vida.
Pasaron los años y María creció hasta convertirse en una
mujer adulta y feliz. Se casó y tuvo tres hijos. Una mañana recibió
un llamado telefónico. Una mujer argentina pedía encontrarse
con ella para hablar un tema delicado y personal. María dudó
pero, finalmente, aceptó reunirse con la extraña mujer. Esta se
presentó como su abuela paterna. Le contó la historia de Susan
y Miguel, sus padres biológicos. Le dijo que su padre siempre la

78
Caballo maestro

quiso buscar pero, cuando tenía veintiún años, mientras pasa-


ban un fin de semana familiar haciendo rafting, murió ahogado
salvando a su hermano menor. La madre de Miguel se hizo la
promesa de buscar a la hija dada en adopción como un tributo
a su hijo. De esto habían pasado más de diecisiete años, que era
el tiempo que le había llevado encontrarla.
A partir de entonces María tuvo encuentros con su familia
biológica e incluso viajó con sus padres y su hermana a conocer
al resto de la familia. Para ella fue un regalo saber que su historia
no era fruto de una equivocación ni del egoísmo de alguien. Ella
era fruto de una historia de amor y no de abandono».

79
5
Seres de luz

Estos últimos años he pensado mucho en la diversidad de expre-


siones que puede tomar la persona humana, en las características
y vivencias particulares que moldean la historia de cada uno, y
en la riqueza de dones que se ponen a disposición de la manada
para potenciar la capacidad de supervivencia y de bienestar.
Las manadas de caballos también expresan esta diversidad,
pero la principal diferencia es que ellos reconocen y acogen
a cada uno de sus miembros como necesarios, mientras que
nosotros nos juzgamos unos a otros. Hemos dejado atrofiarse
nuestra capacidad de mirarnos y, como resultado de estos juicios,
llegamos a definiciones inexactas de lo que significa ser normal
y del aporte que se espera de cada individuo al funcionamiento
del grupo. Estamos ciegos frente a la luz de aquellos que hemos
tildado de diferentes o discapacitados mentales, y no entendemos
la importancia que tiene su don para el equilibrio y el bienestar
de todo nuestro grupo.
Los caballos me han permitido entrar en contacto con
diferentes seres de luz, cuya sencillez y valentía para ser lo que
son me ha conmovido profundamente. Quiero emprender una
cruzada para mostrar esta luz tan poderosa, para que operen
las leyes de la manada, para que recuperemos la capacidad de
ver sus increíbles dones y no sigamos poniendo el énfasis en sus
limitaciones. ¿Habría alguien que pudiera pasar el escrutinio de
la normalidad si nos empeñáramos en resaltar sus carencias por
encima de sus talentos?

81
Soledad Birrell

Mi primera experiencia la viví con un grupo de jóvenes es-


quizofrénicos que, tal como relato a continuación, me mostraron
capacidades en los caballos que yo creía imposibles, y a partir de
las cuales iniciamos una línea de trabajo que ha resultado muy
enriquecedora para todos.
Más recientemente, al corral de caballos han llegado varios
niños y jóvenes diagnosticados con el Síndrome de Asperger, una
expresión del espectro autista.
Sin pretender dar una definición ni dármelas de experta; solo
para entender el contexto, digo que ser Asperger es una condición
y no una enfermedad ni trastorno. No hay evidencia científica de
daño o diferencia entre el cerebro de una persona Asperger y una
que no lo es. Es una forma distinta de procesar la información,
a través de un «cableado diferente», que los dota de increíbles
dones, pero al mismo tiempo los enfrenta a ciertas dificultades
en el plano de las relaciones interpersonales. Su reconocimiento
como diagnóstico es relativamente reciente y estaría presente en
algo más del uno por ciento de la población. Su aspecto exterior
no denota ninguna diferencia, siendo sus características internas
las que los distinguen de los que no son Asperger. Son honestos,
inteligentes, concretos, lógicos y entienden las expresiones ver-
bales en forma literal. Tienen dificultades para leer las sutilezas
y la expresión no verbal de los otros, aunque nosotros hemos
observado destrezas asombrosas en esta área cuando se trata de
leer a los caballos. Durante su etapa escolar se ven enfrentados
a la incomprensión de los pares, les cuesta hacer y mantener
amigos, son tildados de raros y esto les trae mucho sufrimiento.
Una vez fuera del colegio, descubren sus muchos dones y florecen
como profesionales muy competentes en las áreas donde ponen su
interés. Bueno, salvo que el daño por la incomprensión y abuso
haya sido tal que los deje sumidos en una depresión profunda
que les quite las ganas de ser ellos mismos.
Para el equipo de CaballoMaestro, estos niños y jóvenes
nos han mostrado una forma natural y pacífica de estar con un
caballo y con personas. No conocen la mentira y no juzgan a
los demás. Están iluminados por una luz blanca que contagia su

82
Caballo maestro

claridad y su simplicidad, y al mismo tiempo, son capaces de las


habilidades más complejas y sofisticadas. Nos han llevado a la
experiencia de beneficiarnos de sus muchos dones y sus posibles
limitaciones y carencias nunca han sido un tema en el corral con
caballos. Quizás porque ellos, y los mismos caballos, tampoco se
fijan ni toman en cuenta las nuestras. Hemos formado una ma-
nada rica en talentos y posibilidades, que ha sabido aprovechar
el don de cada uno y nos ha regalado la paz de pertenecer y ser
valorados por nuestro grupo.
Esperamos seguir trabajando con personas Asperger y caba-
llos en libertad, desde una metodología de observaciones limpias
y abiertas de cada experiencia. Nuestro espíritu es poner a su
disposición un espacio donde puedan experimentar y construir
sus propias herramientas, desde su mirada y convicción, que los
ayuden a incorporarse fluidamente a sus grupos sociales. Una
vez dentro de la manada, no queda más que agradecer el regalo
de tenerlos y disfrutar de sus creaciones.

83
Pensando en imágenes

Si tengo que escoger un momento determinante en esta aventura


de trabajar con caballos y personas, sin duda sería mi primera
sesión con pacientes esquizofrénicos.
Una alumna de mis cursos de psicología equina estaba reali-
zando en paralelo su doctorado en esquizofrenia, y me propuso
llevar a cabo una serie de talleres con caballos y pacientes por
un período de tres meses.
Debo confesar que al principio estaba muy asustada. Mi
experiencia con personas que padecen esta enfermedad se reducía
a un par de situaciones en las que me había sentido amenazada.
El primer día del taller llegaron cinco jóvenes que podrían
haber sido mis hijos. De inmediato olvidé mis temores y me sentí
cautivada por su misterio.
Después de conocernos e intercambiar algo de información,
los envié a su primera tarea, que consistía en sentarse frente a un
caballo elegido por ellos y escucharlo. Para ello contaban con
una libreta y un lápiz.
Este ejercicio lo realizo en diferentes circunstancias y siem-
pre las personas se sorprenden con el cometido, hacen muchas
preguntas y algunos hasta se resisten. Este grupo no se sorpren-
dió ni nada por el estilo. Recibieron las instrucciones con total
normalidad y pasividad, estado que, con el paso de los días, fui
entendiendo como una forma de protegerse de sus dudas frente
a qué es real y qué es producto de una alucinación.
Después de un tiempo en el potrero, volvieron y se sentaron
en la oficina. Me acompañaban, además de la psicóloga a cargo
del estudio, un psiquiatra y Patricio, el hombre a cargo del bien-
estar de los caballos y mi socio en el arte de amansar.
Con la misma actitud ausente de emotividad, uno de los
alumnos comenzó a leer un texto que traía escrito. Lo primero
que me sorprendió fue que estaba redactado en primera persona

85
Soledad Birrell

y, en su caso, en primera persona femenina, ya que el caballo


que él había escogido era una yegua. Dijo algo así como: «Me
siento más fea que los demás, por eso me aparto de la manada,
pero soy muy inteligente».
Lo leyó y luego guardó silencio. Patricio y yo nos miramos
asombrados. Queríamos reír o hacer algún gesto de sorpresa pero
nos abstuvimos, porque entre las instrucciones que habíamos
recibido, al inicio del taller, estaba el evitar cualquier manifes-
tación de efusividad o intensidad, para minimizar el riesgo de
desatarles algún episodio psicótico.
Pero nosotros sabíamos que lo que acababa de ocurrir era
un hecho extraordinario.
La yegua a la que el joven hacía mención se encontraba en
medio de la manada cuando él la fue a buscar para trabajar con
ella, sin embargo, hacía varios meses que la veníamos observando.
Incluso, le habíamos realizado exámenes para buscar las causas
de su problema. Se apartaba de la manada sin motivo aparente,
había adelgazado y su pelaje estaba opaco.
Decidí que haría algunos ejercicios con ella al día siguiente
para ver si obtenía alguna respuesta en ese ámbito, pero hasta el
momento en que el joven leyó su texto, no se me había pasado
por la mente que una yegua pudiese estar triste o deprimida por
«sentirse fea».
Luego le tocó el turno a una mujer joven. También leyó un
texto en primera persona. Dijo algo así como «yo me aburro en
clases, por eso cuando puedo me voy para el centro de la pista».
Patricio y yo nos miramos y sonreímos desde el alma. Ya
no teníamos dudas. Aquello no podía ser fruto de la casualidad.
Allí estaba ocurriendo algo asombroso.
Valga acotar que el caballo al que la joven hacía mención era
un caballo viejo que en clases solía causar problemas a los niños
porque no les obedecía y no mantenía la fila que la profesora les
exigía. Habitualmente se iba hacia el centro del picadero.
Los textos en primera persona, como recogidos por los
alumnos en una especie de dictado, se repitieron más o menos
igual con cada uno de los participantes que faltaban.

86
Caballo maestro

Para cuando el último de ellos terminó, yo ya había tomado


una decisión y estaba dispuesta a hacerme cargo de cualquier
consecuencia que esta nos trajera.
«¿Ustedes me podrían contar cómo les hablaron los caba-
llos?», les pregunté, pasando por alto todas las indicaciones
respecto a no crear situaciones que los pudieran desconcertar o
para las que sintieran que no tenía respuesta.
Aquello era para mí un momento único, sería una revelación
y estaba segura de que ellos no tendrían ningún problema en
compartir su sabiduría conmigo.
«Bueno –dijo uno–, no me hablaron con palabras. Fueron
como fotos que vi en el corazón». Los demás asintieron.
Esas pocas palabras entraron como una bocanada de aire
fresco en mi corazón para llegar muy hondo. Constaté que los
caballos sí podían comunicar experiencias y, desde ese día, mi
actitud y mi mirada cambiaron radicalmente. Solo quería que el
día corriera para llegar, por la mañana, a escuchar a mis caballos
ahora desde otro lugar.
A la semana siguiente esperaba de pie en lo alto del cerro
la llegada de los alumnos. Estaba emocionada y expectante con
las sorpresas que traería la sesión del día. Los temores se habían
esfumado por completo y en su lugar había nacido una enorme
ternura y admiración por estos jóvenes.
La actividad del día involucraba realizar masajes a los ca-
ballos. Asignamos un caballo a cada uno y yo les di una demos-
tración de la técnica. Luego me acerqué a la primera alumna.
Trabajaba con un caballo chileno criollo, gordo y muy sumiso. La
observé unos momentos y, después de darle algunas indicaciones
básicas, continué con el siguiente. A los pocos segundos sentí que
la alumna me tocaba en la espalda y, al volverme, me anunció
sin expresión que creía haber hecho algo mal, mientras señala
al caballo tendido en la arena. Me acerqué al gordo y me emo-
cioné al ver la expresión de sus ojos, completamente entregado
y relajado. La miré sonriendo y le dije: «No solo no has hecho
nada malo, sino que tienes un don extraordinario. Nunca había
visto a un caballo tenderse de esa manera al primer contacto con

87
Soledad Birrell

las manos de alguien». Ella esbozó algo parecido a una sonrisa,


pero escondida. Tomé una de las patas del caballo tendido y la
sostuve hasta depositarla sobre la arena suavemente. No había
ninguna resistencia. Le pregunté qué quería hacer. Me preguntó
si estaba bien si se echaba con el caballo, y así fue, se tendió
junto a él con la mayor normalidad y sin un gramo de vanidad
o sentido de logro. Simplemente se tendió y lo abrazó.
A la mañana siguiente, mientras conducía camino al club,
todavía me acompañaba la emoción del momento vivido con el
caballo y la joven. Cuando llegué me encontré a Patricio, quien
me esperaba en la entrada, ansioso, riendo con los ojos y con
la boca. «Tiene que venir a ver esto, apúrese, tiene que verlo».
Me bajé del auto contagiada por la festividad de sus gestos y
lo acompañé al potrerillo donde manteníamos un grupo de cuatro
caballos, uno de los cuales era el gordo que se había tendido con
la alumna la mañana anterior.
Comía tranquilo, pero lo que había llamado la atención
de Patricio era un hecho que no es habitual en los grupos esta-
blecidos. En las manadas, los caballos establecen una jerarquía
definida, comenzando por el líder hasta el último miembro de
la manada. Este liderazgo rara vez se ve alterado, excepto por
la llegada de un nuevo miembro a la manada, cosa que, en este
caso, no había ocurrido. Sin embargo, desde esa mañana la je-
rarquía de ese grupo había cambiado. Ahora el caballo criollo,
protagonista de la sesión de relajación, se había convertido en el
nuevo líder de la manada. Cabe acotar que hasta el día anterior
ocupaba el último en ella.
No sé qué pasó en el espíritu del caballo, pero desde ese día
hasta que se lo llevaron definitivamente del centro, mostró segu-
ridad, prestancia y una gran energía, como si hubiese despertado
de un estado de letargo y su verdadera esencia recién se dejara
ver a nuestros ojos y antes los ojos de sus compañeros de potrero.
Durante las siguientes semanas seguí aprendiendo de
aquellos alumnos. No paré de sorprenderme con sus increíbles
habilidades para tratar y estar con los caballos. Ellos parecían
disfrutar muchísimo la actividad. Pude observar momentos en

88
Caballo maestro

los que emergía, por unos segundos. la persona que debieron ser
antes de que los arrollara el huracán de la enfermedad. Observé
que se comenzaron a comunicar entre ellos y que se ayudaban.
Al parecer esto era un gran logro. Antes de los tres meses, dos de
ellos se pusieron a pololear y sonreían muy a menudo.
Hacía mucho que con Patricio habíamos olvidado las reco-
mendaciones y les mostrábamos nuestro entusiasmo y nuestro
reconocimiento abiertamente. Nunca tuvimos ningún problema
con ellos. Los resultados de este estudio se encuentran publicados
en una memoria de doctorado y pueden servir para que, quien
quiera seguir avanzando en este tema, pueda profundizar en él.
Para mí nada volvió a ser lo mismo después de aquella expe-
riencia. Si alguno de los miembros de ese maravilloso grupo está
leyendo estas páginas, reciba mi más profundo agradecimiento.
Si no fuera por ustedes nunca habría descubierto la verdadera
naturaleza de los caballos, nunca habría sabido que podía escu-
charlos de verdad y nada de lo que hacemos hoy sería posible.

89
Mirando de frente

Julián llegó al programa diagnosticado como niño Asperger. Fue


nuestro primer alumno con esta condición. La primera caracte-
rística que nos llamó la atención en él fue su forma de caminar,
desgarbado, con los hombros agachados y hacia adelante, como
si el cuerpo fuera solo un medio de transporte con el que él tu-
viera poco o nada que ver. También observamos que esquivaba
el contacto visual directo.
Junto con la llegada de Julián el club recibió un caballo
grande llamado Júpiter. Alguien lo había regalado para ser
usado como caballo de escuela, como última opción antes de
pasar a medidas «más drásticas», porque en el lugar donde lo
tenían anteriormente lo habían dado por inútil y llevaba casi
dos años con muchas horas de encierro en una pesebrera y muy
poco trabajo. Yo lo monté y puedo dar testimonio de varias
cosas. El caballo evitaba el contacto con las personas en forma
explícita, dando vuelta la cabeza cuando uno se acercaba o al
montarlo. Estaba muy pesado y no respondía a ninguna forma
de presión con la pierna. El uso de la fusta también parecía
inútil. Yo no uso espuelas, de modo que esa ayuda estaba fuera
de mis posibilidades. Caminaba algo trabado y tuve que hacer
el mayor esfuerzo que he hecho en mi vida con un caballo
para ponerlo al trote. Sacarlo al galope resultó aún más difícil,
cambiaba las patas, completamente descoordinado. El galope
era áspero y al final de la sesión terminé con una lesión en la
espalda que me tuvo varios días sin montar.
Su perfil hablaba de un caballo lento para aprender. Indagué
algo de su historia y pude averiguar que había sido comprado en
Argentina como caballo de salto pero, al no dar los resultados
esperados, fue abandonado a su suerte. El caballo había cerra-
do su conexión con el exterior. Estaba como ausente y hacía lo
mínimo necesario para sobrevivir.

91
Soledad Birrell

Al mirar a Julián, mientras realizaba un dibujo introductorio


en nuestra primera sesión, presentí que ese niño sería quien le
devolviera a Júpiter un estado de equilibrio y bienestar. Había
muchas similitudes entre ambos, y fue el mismo Julián quien las
detectó cuando lo vio.
«Se parece a mí porque es grande y no muy obediente –dijo–.
También porque las personas esperan cosas que no puede hacer y
entonces se enojan con él. El caballo mostraba una herida abierta
por una espuela que Julián observaba con el ceño fruncido–. Es
lento y no confía en nadie porque le han pegado mucho –aña-
dió. Y luego me hizo una petición mirándome directamente a
los ojos–: ¿puedo trabajar siempre con este caballo hasta que
se sane?». Yo le sonreí y asentí feliz. Cuando le pregunté qué
característica suya creía que podía servirle para este propósito,
me contestó sin dudar: –«Mi don es que soy bueno para relacio-
narme con los animales, lo contrario que con las personas, claro.»
Estuvo mucho rato con el caballo en una aparente inacti-
vidad, mirándose uno al otro, porque el caballo mostró desde
un principio una clara afinidad con Julián, que se traducía en
una postura sumisa y tranquila. Durante el cierre de la primera
sesión, Julián dijo: «No hay que juzgar a las personas ni a los
animales por fuera, hay que hacerlo por dentro».
Julián asistía a clases dos veces por semana. Llegaba corrien-
do y buscando con la mirada dónde estaba Júpiter. En la segunda
sesión me manifestó su preocupación por el futuro del caballo.
Dijo algo así: «No sé si es bueno que sanemos a Júpiter si los
otros no lo cuidan y lo vuelven a tratar mal». Entonces fuimos
donde el profesor a cargo del caballo y él mismo le pidió si podía
mantener a Júpiter fuera de las clases por un tiempo, hasta que se
hubiera recuperado de sus traumas. El profesor estuvo de acuerdo
y se comprometió a montarlo personalmente para ir recuperando
su estado físico, mientras con Julián recuperábamos su espíritu.
El desafío de las sesiones iniciales era que Julián se ganara
la confianza de Júpiter y que el caballo lo siguiera. El objetivo
era que descubriera la importancia del lenguaje corporal y que
comenzara a leerlo en otro ser. Para eso le propuse que obser-

92
Caballo maestro

vara sus emociones y escuchara el mensaje que cada una traía


como información. Le pareció adecuado y lógico. Le expliqué las
ventajas de tener una estrategia para acometer cualquier desafío,
pero él prefirió enfrentar el ejercicio planteado sin ningún plan.
Se colocó frente al caballo y lo miró como esperando alguna
reacción, pero el caballo no se movió. En cambio se mostró dis-
traído con diferentes situaciones al exterior de la troya. Después
de un rato, Julián expresó que este ejercicio era muy difícil, que
no le resultaba.
Decidí modelarle la conducta a través de un juego de roles,
donde él era el caballo y yo Julián. Caminaba frente a él y a cada
rato me volvía a mirarlo, sin decirle nada. Después de un par de
vueltas captó el mensaje. –«Ya veo, cada vez que lo miro se pone
nervioso, como me siento yo cuando tú haces eso, o sea, si dejo
de mirar al caballo, se relaja y me sigue.» Entonces nos dimos
cuenta que durante todo el tiempo que duró nuestro juego, el
caballo nos estuvo siguiendo.
Por último, hablamos de la frustración y su propósito movili-
zador. Le pareció interesante tener un plan b para los problemas:
-«nunca antes había pensado en buscar otra forma cuando algo
no me resulta, siempre insisto en lo mismo hasta que me canso.»
Salió del corral a buscar unas matas de pasto verde y regresó. Se
las ofreció a Júpiter y el caballo caminó detrás de él intentando al-
canzarlas. Cuando se le terminó el pasto, continuó desplazándose
en diferentes direcciones, como verificando que era cierto que el
caballo lo seguía a él aunque ya no tenía alimento que ofrecerle.
El caballo caminó detrás suyo el resto de la sesión. Julián se dio
mucho tiempo para disfrutar la sensación de conexión profunda
con Júpiter. –«Me sigue porque soy el único que ha sido bueno
con él– dijo al cerrar la sesión.»
A la sesión siguiente le planteé a Julián el desafío de mover
al caballo suelto alrededor de la troya, sin usar ningún elemento
de presión externo. Le pregunté qué creía él que se necesitaba
para lograr el ejercicio. «Que confíe en ti» –dijo sin dudar– Le
pregunté si él era confiable, me respondió: –«Soy confiable por-
que soy bueno, pero no sé cómo va a saber eso el caballo». Le

93
Soledad Birrell

recordé que los caballos nos podían ver por dentro y sonrió. Hizo
varios intentos sin lograr el cometido. –«No estoy concentrado»
–afirmó. Le ofrecí usar la cuerda como un brazo extendido, para
evitar tener que acercarse al caballo. Con la jáquima en la mano
cambió su actitud y el caballo comenzó a moverse con energía.
Estaba feliz. –«Tú querías que yo hiciera algo; yo quería que
Júpiter hiciera algo también, entonces somos todos como lo
mismo». La lógica con la que expresaba sus pensamientos era
sorprendente.
Terminamos hablando de la energía, de la intención que se
necesita para que un caballo haga lo que le pides. «Es verdad, al
principio mi actitud era la de todo el mundo, pero después con
la jáquima cambié. Ojalá me sirva para hacer que mis hermanas
no me molesten y me hagan caso».
A la semana siguiente nos contó que había pensado en lo de
la intención. Contó que sus compañeros le solían decir garabatos
para molestarlo, pero que ya no le pasaba tanto. Le pregunté qué
había cambiado y respondió que ahora estaba más seguro y que
hablaba con voz más firme. A partir de aquella sesión, comenzó
a notarse un cambio físico en Julián. También, comenzó a usar
estrategias para todos los ejercicios.
Cada sesión tenía un propósito conjunto para Julián y Jú-
piter. Trabajamos los límites personales, el lenguaje corporal y
el liderazgo equino. Julián se sorprendió al descubrir que podía
usar el sentido del humor como una forma de comunicarse
con «los otros», como él llamaba a las otras personas que no
pertenecían a su círculo de confianza. Comenzó a intercambiar
algunas bromas conmigo y yo me aventuré a hacerle bromas a él.
A las personas Asperger les cuesta entender sutilezas y bromas,
porque escuchan y leen los mensajes en forma literal. Pero Julián
comenzó a captar las bromas con fluidez y, después de un tiempo,
ya no tenía ningún reparo en usar la ironía con él.
Por su parte, la conexión que Júpiter mostró desde el primer
día con este niño mágico, le dio a Julián un sentido de propósito
que, creo, le cambió su visión de sí mismo.

94
Caballo maestro

En la tercera sesión, el profesor reportó un cambio evidente


en la reacción del caballo a la monta. No requirió de espuelas y
casi no tuvo que volver a usar la fusta. Notó que el caballo no
daba vuelta la cabeza al subirse y que se conectaba con el jinete
en forma alegre. Estos avances fueron un gran estímulo para
Julián, quien veía los frutos de su trabajo como una alentadora
forma de participar y ser reconocido en este grupo. Su autoestima
dio un giro tan evidente como el de Júpiter y, en la cuarta sesión,
caminaba erguido y mirando hacia adelante.
Su lenguaje también comenzó a cambiar. Cada vez fueron
más las ocasiones en las que, en lugar de usar palabras comple-
jas, expresó emociones sencillas con oraciones adecuadas para
su edad. Su relación con Júpiter era lo que ocupaba su cabeza
noche y día, según nos reportaban desde su casa.
Hubo dos episodios que vale la pena contar.
El primero tuvo lugar a raíz de un viaje que su mamá debió
realizar al extranjero. Ella se ausentó por diez días y, cuando re-
gresó, me llamó muy sorprendida y claramente emocionada. Me
dijo que a la vuelta se había encontrado con su hijo erguido, más
alto, que la miraba directamente a los ojos y la llenaba de bromas
todo el día. No podía creer el cambio que se había producido.
El segundo tuvo lugar en el colegio. La profesora observó que
Julián estaba mucho más presente en la clase, en oposición a su
habitual estado ausente e indiferente de antes. Participaba más e
incluso debió ser castigado por una situación con un compañero.
La situación en sí no importa, lo relevante es que Julián estaba
comportándose como cualquier niño de nueve años, haciendo
cosas de niño. Eso era maravilloso.
Como premio a sus logros, el último día ensillamos a Júpiter
y a otro caballo y nos fuimos a dar una vuelta al cerro. Se podía
ver la felicidad del niño y también la del caballo.
Han pasado las semanas y Julián se prepara para comenzar
sus clases de equitación. Por su parte, Júpiter participa acti-
vamente en las clases de niños. Incluso se ha destacado en sus
movimientos de alta escuela que seguramente alguien se esmeró
en enseñarle algún día, dando por fracasado el intento, sin saber

95
Soledad Birrell

que Júpiter sí los había aprendido y que solo estaba esperando


a encontrarse con un niño especial para demostrarlo.
Julián sueña con tener un jardín grande y llevarse a Júpiter a
vivir con él, no para montarlo, sino para darle un espacio donde
sea feliz. Quizás la vida le cumpla el sueño algún día.

96
Talibán

Algunos seres de luz llegan al mundo en forma de niños, mientras


otros adquieren la silueta de un caballo.
Contar la historia del Talibán es una deuda pendiente, prin-
cipalmente conmigo misma. Además, estoy segura que otros se
sumarían a mi homenaje, porque el Talibán ha tocado la vida y
el alma de muchas personas.
Nuestras vidas se cruzaron producto de un desafío que nos
propusimos con la Asociación de Criadores de Caballos Chile-
nos. Existía una oferta histórica de presentar al caballo chileno
como poni para niños en la feria del caballo en París, evento
que reúne ejemplares de todas las razas y donde se muestran las
habilidades de cada una.
A los criadores no les hizo mucha gracia la idea de designar
como poni al corralero, pero esta denominación es exacta, puesto
que tiene que ver con la alzada de un caballo y no con la raza o
sus habilidades específicas. Cualquier caballo de menos de 1.47
a la cruz es considerado un poni, haciendo distinciones de hasta
cuatro subcategorías.
El concepto de usar ponis en el aprendizaje de la equitación
para niños es una idea relativamente nueva en Chile y no del todo
incorporada a la idiosincrasia nacional. En otros países, como
EE.UU. y algunos europeos, no se permite a niños menores de
dieciséis años montar caballos de mayor alzada. Así, el mercado
de los ponis es muy importante.
Por ello nos propusimos encontrar y amansar un par de
caballos de alrededor de tres años y medio, que nunca hubiesen
recibido entrenamiento y que, ojalá, no hubiesen sido tocados ni
manipulados y ni siquiera supiesen cabestrear; un par de caballos
corraleros inscritos pero salvajes en cuestión de su crianza. El asun-
to parecía imposible, considerando que los caballos corraleros son
un bien preciado y sus dueños los cuidan y miman desde potrillos.

97
Soledad Birrell

Investigando encontramos un piño que cumplía con estas


características. Pertenecían a un criadero que, por razones que no
vienen al caso, había optado por dejar a sus caballos en libertad
y así, grupos de corraleros inscritos (pero salvajes) deambulaban
libres por los cerros de un campo en Melipilla.
Me presenté donde el dueño y le propuse que me vendiera
dos ejemplares. Acordamos las características que buscaba y un
precio. Lo que vendría después no estaba en mis cálculos, pero
seguramente era parte de las pruebas que el Talibán me tenía
destinadas antes de aceptar convertirse en mi caballo y en mi
compañero de vida.

Del cerro a una pesebrera

Convinimos encontrarnos una mañana temprano en su


campo en Melipilla. Pasé la noche en la casa de unos amigos y
antes de las ocho llegué a las bodegas, tras las cuales estaba el
corral donde habían encerrado a los caballos. La polvareda que
subía hacia el cielo se divisaba desde el camino, por lo que no
fue difícil adivinar qué escenario me esperaba.
«Este es el grupo de caballos que tienen entre dos y cinco
años –me dijo el capataz–. Lo otro que pidió, que no fueran
muy acarnerados, bueno, eso va a tener que verlo usted porque,
como notará, no es fácil identificar esa característica en estas
condiciones y, además, las bestias no se han pillado más que para
marcarlos y castrarlos y no admiten cercanía de los trabajadores».
«Es justo lo que quiero», le dije para tranquilizarlo. Supon-
go que el hombre sentía curiosidad por ver cómo me las iba a
arreglar para elegir dos caballos y llevármelos a Santiago. Tal vez
no creía que fuera a lograrlo. De cualquier modo, fue amable y
colaborador al máximo.
Comenzó una larga mañana. Fueron dejando salir un caba-
llo por vez, a través de una manga que terminaba en un corral
redondo de menor tamaño, al alero del cual me había instalado
para tomar mi decisión. En la primera pasada descarté varios

98
Caballo maestro

por edad y porque su cabeza acarnerada era muy prominente y


notoria. El perfil recto es un reflejo de buena cabeza en un ca-
ballo y, por lo tanto, era una característica que no podía transar.
Después de la segunda pasada, el grupo se había reducido a unos
quince caballos, pero la nube de tierra era tan espesa que ya casi
no distinguía nada. El capataz se ofreció a ayudarme.
Primero apareció un caballo negro de perfil plano. «Ese
podría ser», le dije. El dueño se había incorporado a nuestra
improvisada oficina y mantenía en sus manos el registro oficial de
los caballos. «¿Cuál es ese?», preguntó. «El Barbecho, patrón»,
le gritaron desde el fondo. Me sorprendió que, a pesar de que los
caballos se manejaban en libertad, pudieran reconocerlos por su
nombre. Revisó la línea de sangre y me nombró a los padres, pero
la verdad es que no tengo conocimientos al respecto, de modo
que esa información no era algo revelador ni me añadía algo
importante a la hora de seleccionar a los caballos. «Es zarco de
los dos ojos», dijo, y el estómago se me apretó un poco. Mis años
en el campo me habían dejado la memoria plagada de dichos y
creencias; una de ellas era que los caballos zarcos no son de fiar,
mucho menos con niños. Lamentablemente, la historia le daría
razón a la sabiduría popular.
Pasaron varios caballos más hasta que hizo su entrada
triunfal el Talibán. Llegó haciendo cabriolas y con claros aires
de mando. Se detuvo frente a nosotros, desafiante, moviendo
la cabeza arriba y abajo apuntando hacia nuestro refugio por
unos segundos, antes de emprender una alocada carrera alrede-
dor del corral que nos dejó completamente cubiertos de polvo.
«También puede ser», señalé considerando que su detención me
había permitido analizar su cabeza con mucho más detalle que
los otros ejemplares. Tenía el perfil completamente plano y esa
era la principal característica que buscaba.
«¿Nombre?», gritó el dueño; «ese es el Talibán, patrón». Repa-
só los papeles y me comentó que era medio hermano del Barbecho,
por el lado del padre, pero no hizo ningún otro comentario.
Así, después de unas tres horas y considerando que el tierral
y la paciencia de los demás se agotaba, consideré poco prudente

99
Soledad Birrell

pedir otra pasada y resolví elegir al Barbecho y al Talibán. Mi


decisión causó un cierto rumor entre los trabajadores, quienes
más tarde me confesarían que pensaron que aquello era una
farsa, que yo no entendía nada de caballos si había elegido esos
ejemplares, en particular al Talibán.
–Bien –dijo el dueño–, asunto resuelto. Ahora vamos a al-
morzar que me muero de hambre. ¿Cuándo los vendrás a buscar?
–En una semana puedo mandar al camión.
–Hecho entonces. En la semana pasas por mi oficina en
Santiago, firmamos los papeles y hacemos la transferencia para
que todo quede en orden.
Durante el almuerzo le manifesté mi interés por tener un
encuentro con los caballos en la tarde, para poder ponerles la
jáquima y enseñarles a cabestrear. Me miró risueño. «No pre-
tendo ofenderte ni poner en duda tus habilidades pero, ¿cómo
pretendes hacer todo eso con caballos que no tienen manejo
previo y en particular con el Talibán? Porque tengo que decirte,
ya que aún estás a tiempo de cambiar de opinión, que es un
demonio. Es el líder de la manada, es muy chúcaro, se resiste a
todo tipo de manejo y los trabajadores piensan que no va a ser
posible amansarlo nunca. Creen que se va a matar cualquier
día en un accidente cayendo por un barranco».
Me considero alguien prudente y hasta temerosa, pero la
mañana recién vivida y el cruce de miradas que había tenido
con el caballo me habían causado curiosidad. «Veamos qué
pasa –le dije–, porque el método que voy a usar no falla y, en
general, los caballos se entregan rápido. En todo caso, prefiero
a los caballos que se muestran abiertamente desde el principio,
mira que como dice el dicho: ‘de las aguas mansas, líbreme Dios,
que de las turbulentas me libro yo’».
Tal vez fue mi ego el que se expresó en aquella comida. Como
haya sido, ese mediodía hice un compromiso conmigo misma y
con el caballo, sin medir ninguna consecuencia ni peligro.
La tarde nos deparaba una sorpresa. Los trabajadores habían
soltado a los caballos en un potrero grande y entre ellos estaban
mis dos ejemplares. Pensaron que era mejor mantenerlos en el

100
Caballo maestro

piño hasta que los viniera a buscar, porque una semana era mucho
tiempo para tenerlos solos.
Después de una rápida evaluación del espacio y sus potenciales
problemas, tomé la decisión de esperar hasta la mañana siguiente
para pillar a los caballos y ponerles la jáquima por primera vez.
En lugar de eso, dediqué toda la tarde a construir un improvisado
corral redondo, de unos 14 metros de diámetro, hecho con varas
de eucalipto que cortamos y entrelazamos con ayuda de varios
trabajadores, hasta dejar unas paredes vegetales de aproxima-
damente un metro. Cansada, satisfecha y expectante, volví a la
casa de mis amigos y, después de una reponedora sopa y de una
cariñosa conversación, me fui a la cama y me dormí enseguida.
Temprano me presenté en el potrero con un plan y la deter-
minación de llevarlo a cabo en el menor tiempo posible. Utilizaría
la técnica de saciar el espacio de la manada para que me dejaran
acercarme, luego separaría a los dos caballos y los movilizaría
hasta meterlos dentro del corral redondo. Una vez dentro, haría
los ejercicios básicos de liderazgo y esperaba poder lograr mi
objetivo de ponerles la jáquima sin muchas dificultades.
La manada no pareció alterarse con mi presencia, por lo que
pude llegar a pocos metros de donde permanecían pastando sin
que me lo impidieran ni me pusieran dificultades. Identifiqué al
Barbecho con facilidad, gracias a sus dos ojos azules que resaltaban
desde la distancia. Más tarde sería conocido como el «Paul New-
man» entre los huasos de la medialuna donde terminó viviendo.
El Talibán se mantenía apartado de la manada por algunos
metros y seguía cada uno de mis movimientos con la cabeza alta
y los ollares dilatados. Incluso pude escuchar un ronquido que
provenía desde donde él estaba, pero pensé que era otra cosa.
Nunca antes había oído a un caballo roncar de esa manera…
Después de unas carreras para aquí y para allá, logré sepa-
rar al Barbecho y lo hice entrar al corral redondo. Apartado del
grupo y frente a mi actitud, que no era amenazante, el caballo se
entregó en poco tiempo, me dejó tocarlo y ponerle la jáquima y
salió cabestreando tranquilo. Lo llevaron a la bodega.

101
Soledad Birrell

Ahora solo tenía que repetir la misma estrategia con el Ta-


libán y estaría lista para volver a mi casa en Santiago.
El caballo leyó a la distancia mis intenciones. Movilizó al
piño completo con un par de movimientos de orejas y pronto
tenía una manada compacta galopando por el potrero. Después
de intentar un par de veces apartarlo de su grupo, cansada y
transpirando me detuve a evaluar mi plan. Los trabajadores del
campo observaban mis movimientos con menos escepticismo que
el día anterior. Comprendieron que sola no lo iba a lograr y se
sumaron gustosos a esta odisea en la que me había embarcado.
Nos distribuimos por el espacio y poco a poco fuimos acer-
cando el grupo a la entrada del corral, que era nuestro objetivo.
Después de un buen rato lo logramos, teníamos al Talibán al
interior del espacio cercado. Corría pegado al borde provocando
una verdadera tormenta de tierra que hacía difícil la visión. Me
sentía feliz y satisfecha. Estaba por comenzar a realizar el trabajo
de liderazgo cuando el caballo se detuvo frente a mí y me miró
directo a los ojos, sin un atisbo de temor, casi diría que sonreía.
Y, cuando me disponía a cerrarle el paso para empezar a saciar
su espacio, el caballo tomó impulso y saltó por encima del muro
de eucalipto como si se tratara de un pequeño tronco atravesado
en su camino. Voló por el aire y siguió su carrera hasta reunirse
con su manada que permanecía a la distancia, expectante. Se
giró hacia donde estábamos el grupo humano, nos miró unos
segundos y luego se alejó caminando tranquilamente.
–Vaya con el caballo –dijo uno de los trabajadores–. Si le
digo, patrona, que es un demonio. Yo que usted mejor lo cambio
por otro, que este animal es indomable, la va a matar.
–Puede ser, pero no podemos darnos por vencidos a la pri-
mera dificultad. Además, lo que acaba de hacer no hace más que
confirmarme que es el candidato ideal. Estos caballos van a ser
caballos de salto para niños, para eso los vamos a entrenar, y este
mostró tener habilidades naturales extraordinarias.
Los comentarios de los trabajadores se multiplicaron en un
gran murmullo que yo no alcancé a escuchar con claridad, pero

102
Caballo maestro

supongo que el espectáculo valía la pena y era mejor que lo que


fuera que tenían que hacer aquella mañana.
Entre todos decidimos subir la altura de las paredes y nos
pusimos a cortar varas de eucalipto. Nos llevó un rato, pero
finalmente conseguimos que el corral estuviera rodeado por un
muro verde de un metro y medio.
«Si salta esto, es que es un portento. Ahora vamos a tratar
de traerlo de nuevo hacia acá».
El caballo parecía divertido con nuestra insistencia. Repetimos
la estrategia que nos había resultado la primera vez y acercamos
la manada hacia la entrada del corral. Después de varios intentos
fallidos, logramos que el Talibán entrara. Se veía más ansioso, la
altura pareció estresarlo. Ingresé en el corral y cerramos la entrada
con varas cruzadas. Esta vez no tuve tiempo de nada, porque el
caballo tomó impulso y se dirigió al galope hacia la valla. Derribó
una parte del cercado, pero logró su objetivo. Antes de que alcan-
záramos a reaccionar estaba otra vez junto a su manada.
Nos reunimos bajo la sombra de un peumo. Nadie decía
nada. Los trabajadores esperaban ver qué reacción tendría yo.
Estaba frustrada. No esperaba tanta oposición por parte
del caballo. Las voces de alerta se multiplicaban en mi interior:
«¡Qué cabeza dura que eres! Por qué no haces caso y cambias
al Talibán por otro caballo más dócil. Después de todo, lo van
a montar niños y este no es un caballo de niños, y, por lo que se
ve, no vas a poder pillarlo».
Pero algo en mi interior, más débil pero que también provenía
de alguna parte de mi alma, me decía que no abandonara, que
este caballo era importante.
Respiré hondo, tomé una botella entera de agua y me
limpié la cara.
«Bien, tengo una idea –anuncié ante la sorpresa del grupo
que ya comenzaba a cansarse de correr por el potrero detrás de
un grupo de caballos que había aprendido a esquivarnos cada
vez con mayor precisión–. En lugar de traerlo para el corral, que
está inservible, les propongo que lo hagamos entrar a una de las
mangas para ganado que tienen allá al fondo. Si conseguimos

103
Soledad Birrell

que entre, le pondremos la jáquima, yo le pondré una cuerda


especial que tengo y lo ataremos al poste».
En la mañana les había explicado que el método que usaba
no incluía violencia y que buscaba la cooperación del caballo. Mi
reciente anuncio parecía desmentir completamente mi declara-
ción de principios, pero seguramente les resultó más conocido y
más acorde con sus métodos de amansa, de modo que se sumaron
gustosos al desafío.
No diré que fue fácil pero, en algún momento después de
mucha tierra tragada, el Talibán entró a la manga. Cuando llegó
al final alguien le puso una traba que lo inmovilizó. Con ayuda
de un par de hombres le pusimos la jáquima en la cabeza y una
cuerda alrededor de la cincha. El caballo pareció tranquilizarse.
Mientras terminábamos de asegurar bien los aperos, comprobé
que el poste que había en un picadero colindante fuera firme y
resistiera lo que estaba por ocurrir.
Finalmente, pasé la cuerda por la argolla de la jáquima y pedí
que quitaran la vara que inmovilizaba al caballo. La cuerda que
sostenía en las manos era larga y de un material muy resistente.
Los ojos del Talibán mostraban la parte blanca y los ollares
dejaban salir pequeños huracanes. Y se escuchó alto y fuerte un
ronquido intimidante. Todos esperaban en silencio. Me enco-
mendé a San Francisco para que todo saliera bien.
El caballo sintió la libertad al final de la cola y comenzó a
retroceder lentamente, midiendo cada paso, sin luchar ni intentar
liberarse de lo que fuera que se le ajustaba al lomo. Yo esperaba
a la entrada, con las piernas en posición de resistir el tirón que
sabía que vendría en cuanto el caballo saliera de la manga. Me
había puesto guantes para protegerme de la posible quemada y
solo cabía esperar a ver qué pasaba.
El caballo terminó de retroceder y se detuvo justo cuando
la totalidad de su cuerpo estaba fuera de túnel de tablas que
lo había tenido prisionero. Entonces, sin aviso, saltó hacia
adelante y comenzó la carrera más loca en la que me he visto
involucrada en mi vida. El tirón llegó, sin duda, pero su fuerza
superó con creces mi inocente posición y salí disparada por

104
Caballo maestro

los aires detrás del caballo. No solté la cuerda y no estaba


dispuesta a soltarla por ningún motivo. Fue todo muy rápido.
Pronto me encontré intentando mantenerme en pie, corriendo
detrás de él, a ratos arrastrada por el suelo. «¡Suelte la cuer-
da!», me gritaban desde lejos, pero yo no pretendía perder
esta oportunidad, que podía ser la última.
Agradezco la lucidez e intuición de los que estaban allí
conmigo, quienes, entendiendo que yo no iba a cejar en mi in-
tento, fueron guiando al caballo hacia el picadero donde estaba
el poste. En algún momento el caballo entró al recinto y entre
todos pudimos atar la cuerda al poste. Una vez logrado el primer
objetivo, hice los ajustes de distancia entre la cabeza del caballo
y el palo donde habíamos atado la cuerda, y me alejé. La cuerda
era regalo de mi entrenador y mentor Stan Allen, como parte de
mi diploma de certificación y de mi set de trabajo. En la parte
inferior de la guata del caballo había una argolla especial que
permitía que la cuerda se ajustara y se soltara fácilmente.
El caballo se echó hacia atrás con fuerza y sintió el apretón.
Inmediatamente volvió hacia adelante y la cuerda cedió. Lo in-
tentó por segunda vez y se repitió el proceso. Entonces sucedió
lo que yo había estado esperando, y que para todos los demás
fue asombroso: el caballo se quedó quieto junto al poste, sin
tirar hacia atrás.
Usando una fusta de adiestramiento, con delicadeza y pro-
fundo respeto comencé a tocar al caballo, observando sus tiempos
y su sensibilidad. Estuvimos un rato en este conocernos mutua-
mente hasta que permitió que mi mano sustituyera a la fusta y
lo tocara. Temblaba y roncaba, pero no se movía del lugar. Le
hice algunos masajes en el cuello, lo recorrí entero con las manos
y, cuando estuve segura de que habíamos llegado a un acuerdo
básico de no agresión, le saqué la cuerda de la cincha, lo desaté
del poste y lo mantuve sujeto con el cabestro largo.
El caballo salió caminando a cierta distancia de mí, pero
sin tratar de arrancarse. Hicimos algunos ejercicios circulares y
para terminar me acerqué por el lado, observando cada señal,

105
Soledad Birrell

hasta que le hice cariño y di por terminada la sesión. Nuestras


respiraciones agitadas se habían armonizado.
Fue un momento mágico. El silencio se interrumpió con
el aplauso de alguien a la distancia. Era el capataz del campo,
un hombre mayor cuya vida había transcurrido alrededor de
los caballos. Me dijo algo que aprecié con toda la humildad
que le queda a uno cuando ha sido arrastrado por el piso y no
se le distingue ninguna facción detrás de la tierra que le cubre
la cara: «No creí que a mi edad iba a aprender algo nuevo de
caballos, mucho menos de una mujer. La felicito y espero que
me explique bien todo el proceso, para poder hacerlo así de
ahora en adelante».
Mientras alguien se llevaba a Talibán, me contó que habi-
tualmente usaban el poste, pero de otra forma muy diferente.
Tomaban a un caballo nuevo y le ponían un saco en la cabeza,
de manera que no se lo pudiera sacar. Luego lo arrastraban al
poste, lo amarraban de la jáquima y lo dejaban ahí por un par
de días, hasta que el caballo se «entregaba».
La historia me dolió mucho. Sentí el dolor de muchos ca-
ballos que habían pasado por semejante tortura y me resultó
contradictorio que yo hubiese usado el mismo medio, aquel poste,
para establecer la primera forma de conexión y comunicación
con el Talibán.
El principio que hay detrás del poste no es quebrar la vo-
luntad del caballo, sino reeducar un instinto natural de huida.
El caballo busca la salida al echarse para atrás pero, al no en-
contrarla, vuelve adelante y encuentra alivio. Él asocia echarse
para atrás con dolor y, como no es una opción, se queda junto
al poste y acepta el acercamiento. Usado por personas que no
conocen bien el método, o con objetivos inadecuados, el poste
puede ser una herramienta de abuso y tortura tan reprochable
como el saco en la cabeza. En esta forma de entrenamiento lo
más importante es la actitud y la intención del entrenador.
Yo uso el poste cuando un caballo no ha sido entrenado
para cabestrear, para enseñarle a quedarse atado sin echarse
para atrás, para desensibilizarlo frente a bolsas y ruidos, para

106
Caballo maestro

que dé las patas, para corregir vicios en caballos pateadores,


para introducirle la montura, y en muchas ocasiones más. Es
una herramienta muy potente pero que requiere sensibilidad
y máximo respeto hacia el caballo, en cuanto a la forma y los
tiempos en que se usa.
Volví a la casa de mis amigos, irreconocible pero feliz.
Acordamos que mantendrían una rutina de pasear a los
caballos para prepararlos para el siguiente paso: subirse a un
camión y viajar a Santiago. De acuerdo a lo que me informaron,
no hubo inconvenientes. Yo los esperé en el club que me arrendó
pesebreras para la etapa de amansa.
Llegaron entrada la tarde. Bajaron sin problemas. El Bar-
becho no puso ninguna resistencia para entrar a la pesebrera,
donde le habíamos preparado una buena ración de comida y
agua fresca. El Talibán roncó frente a la puerta y al espacio
cerrado. Después de algunas dudas, entró, pero, una vez que
cerramos la puerta, se desesperó y, antes que pudiéramos abrirla
de nuevo, saltó por sobre la madera y quedó atascado sobre el
borde superior. Me angustié pensando que se había lesionado
seriamente. Con ayuda del encargado lo bajamos y no pareció
tener ninguna herida, aunque seguramente se sentía machucado.
Aprendió que la pesebrera era un lugar peligroso que había que
evitar a toda costa.
Lo caminé un rato para que se tranquilizara. El tiempo iba
pasando. Los otros caballos ya estaban guardados y comiendo,
listos para pasar la noche. Me asignaron una nueva pesebrera que
tenía una protección de fierro sobre la puerta, de modo que hacía
imposible ningún intento de escaparse o saltar por ahí. Probé
varias veces ingresar con él, pero el Talibán se resistía a entrar.
Intentamos diferentes tácticas; dejarlo solo, mostrarle comida,
cerrarle el paso; en fin, todo lo que se nos ocurrió. La noche estaba
llegando y no había manera de hacer que el caballo entrara en
la pesebrera. El encargado me miraba con preocupación. «No se
puede quedar afuera –me aclaró–, si no entra ahora se lo tendrá
que llevar». «¿Llevar? Pero ¿adónde?».

107
Soledad Birrell

Respiré hondo, intentado escuchar alguna idea que viniera


de otro mundo. Lo único que pude visualizar parecía una locura,
pero se me habían acabado las opciones y decidí intentarlo.
«Voy a confiar en ti –le dije–, voy a confiarte mi integridad
física y espero que entiendas que lamento haberte cambiado
tus condiciones de vida. Sé que tú quieres volver a tu libertad,
pero ahora no tenemos más opción. Hoy tienes que entrar allí
y quedarte toda la noche. Si mañana el asunto es insoportable,
bueno, a lo mejor te devuelvo a tu casa, pero hoy no puedo,
hoy tienes que entrar».
Y según decía esto, ingresé a la pesebrera y me acuclillé
contra el muro del fondo. Era un espacio de 3 x 2 metros, donde
había un balde con agua y una buena porción de alfalfa en un
recipiente de madera. Esperé. El caballo estaba detenido en el
umbral. Me miraba, olía el interior de la pesebrera, bajaba la
cabeza, roncaba, daba unos pasos para atrás y para adelante,
pero no entraba. Yo esperaba con gran miedo de que decidie-
ra saltar y me cayera encima, que se asustara y me pateara,
porque no tenía cómo protegerme en un espacio tan reducido.
Pasó mucho tiempo (afuera había oscurecido y en el club solo
quedábamos el nochero y yo) y yo hacía esfuerzos sobrehuma-
nos por no perder la esperanza. Finalmente, el caballo dio un
paso, luego otro, y entró. No lo hizo en forma abrupta, sino
con cuidado y, creo, con mucho temor. Se acercó y me rozó
levemente con el hocico. Lloré de emoción. Ambos habíamos
hecho un enorme acto de confianza y de coraje. Entonces supe
que nunca podría alejarme de ese caballo.

La primera monta

Los días que se sucedieron confirmaron lo que el caballo había


mostrado desde un principio. Talibán era un líder con una sensi-
bilidad extraordinaria, un enorme sentido de sí mismo (aunque
algunos piensen que esto solo les ocurre a los humanos) y una
determinación a prueba de cualquier desafío. Pero, al mismo

108
Caballo maestro

tiempo, sabía medir a otro en cuanto a su integridad, a su confia-


bilidad y a su intención. Y así pasamos varios días, midiéndonos
mutuamente. Yo intentaba dar con el tono justo en cuanto a la
cantidad de energía que usaba con él y él se aseguraba ante cada
centímetro de terreno que iba cediendo ante mí. Varias veces
tuvimos que volver a empezar desde cero, porque las equivoca-
ciones con el Talibán se pagaban de una sola vez. Supongo que,
habiendo nacido con estas características y habiendo ejercido
el liderazgo de su manada durante tanto tiempo, no estaba dis-
puesto a ceder su capacidad de decisión y su supervivencia sin
estar completamente seguro de que el otro, yo, tenía lo que se
requería para el cargo.
Comencé a encontrar similitudes entre su vida y la mía; entre
sus actitudes y mis actitudes. Su mirada exigía una mirada íntegra
en respuesta, porque él era cien por ciento caballo y esperaba
que yo fuera cien por ciento humana.
Afortunadamente para mí, los caballos son compasivos y sa-
ben perdonar nuestros errores, aunque estos se repitan mil veces.
Mi credibilidad tiene grietas por las que se cuela el ego y el miedo,
y mi juez interno no está dispuesto a silenciarse cuando lleva una
vida hablando fuerte y claro y haciéndose escuchar. Pero, aunque
no fui capaz de darme cuenta entonces, el Talibán había llegado
a mi vida para acompañarme en este camino de quedarse en el
presente y aprender a leer la vida en lugar de juzgarla.
Una mañana, cuando fui a buscarlo para hacerle aseo y co-
menzar la sesión, me miró diferente. Yo no sabía entonces que
los caballos podían comunicarnos ideas, pero supe con claridad
que ese día Talibán me permitiría subirme. Y así fue, le puse la
montura como otros días y renové mi compromiso de coraje
mientras colocaba el pie sobre el estribo y cargaba mi peso.
Luego, sin pensar ni calcular consecuencias, con la convicción
de que era nuestro momento, pasé mi pierna sobre su grupa y
me subí. El caballo caminó hacia delante.
Debo acotar que todo este trabajo no lo realicé sola, me
ayudaron personas con mucho talento.

109
Soledad Birrell

Cambio de rumbo

Pasaron un par de meses. Barbecho y Talibán vivían, por aquel


entonces, en la Escuela Militar, mientras terminaba su período
de amansa y entrenamiento básico de salto y adiestramiento.
Una mañana de julio fui con mis dos hijas a montarlos. Estaban
reservados para dos niños que hacían equitación y que vendrían
a montarlos un par de días después. Los caballos estaban mansos
y saltaban muy bien.
Aquel día el club permanecía cerrado, pero a mí se me per-
mitía mover los caballos para que no perdieran la rutina que
todavía era muy incipiente. El picadero cerrado estaba ocupado y
el picadero al aire libre nunca me había gustado. Queda hundido
y con paredes muy bajas, a la vez que está muy expuesto a lo que
ocurre afuera. No son pocos los jinetes que han terminado en
el suelo cuando sus caballos se han asustado con algo que baja
del cerro o que aparece desde la calle.
Mi hija menor, que entonces tenía nueve años, montaría al
Barbecho. La intuición me avisó que tomara medidas extraor-
dinarias de seguridad, y la clase la realizamos enteramente a
la cuerda. Cuando ya habíamos terminado, el caballo se veía
relajado. Ella me pidió que la soltara para pasearlo un rato a
rienda suelta. Accedí de mala gana, porque algo en mi estómago
me decía que era una mala idea.
Y ocurrió lo que venía anunciándose desde la mañana. Un
pelotón vestido en tenida de campaña apareció en lo alto del
cerro que está al norte del picadero, cantando y trotando al
ritmo de su música. El caballo se espantó y en cosa de segundos
vi a mi hija galopando hacia el muro, con las riendas sueltas, y
al caballo saltar hacia afuera, mientras yo corría desde la otra
esquina del picadero. El caballo se encontró con la tierra antes
de lo esperado y se resbaló en el barro. Mi hija cayó sobre una
lápida del cementerio de caballos y se fracturó el fémur.
De más está decir que me quería morir. Que maldije la hora
en que había decidido amansar un caballo. Que dudé de todo
lo que hasta hacía unas horas estaba tan orgullosa y dispuesta

110
Caballo maestro

a defender. Mientras íbamos en la ambulancia, mi hija estaba


tranquila. Tenía inmovilizada la pierna gracias al trabajo de los
enfermeros de la Escuela Militar y estaba, aparentemente, sin
dolor. Le dijo al conductor que no se preocupara porque ella
estaba bien, que se tomara su tiempo para llegar a la clínica.
Luego me miró muy profundo y me hizo prometer que no
abandonaría lo que hacía, que esto había sido un accidente:
«Mejor que me haya pasado a mí y no a unos niños que no
conoces, mamá».
En los meses que siguieron tuve que dedicarme cien por
ciento a mi hija, por lo que enseguida se me presentó el dilema de
qué hacer con los caballos. Estaba claro que no los podía vender
en esas circunstancias y tampoco los podía mantener en el centro
ecuestre sin entrenamiento. Los mandé al campo y postergué la
decisión, tanto de su destino como del mío.
Cuando los volví a ver mis sentimientos eran encontrados.
Al Barbecho le tenía bronca, aunque, en rigor, el error había
sido mío. Revisando las notas sobre su amansa (mantengo un
diario detallado de cada caballo) encontré una reacción explosiva
que había ocurrido con anterioridad al accidente de mi hija. El
caballo era dócil y con muy buena boca, de modo que no había
sido difícil de manejar. En lugar de corregir el problema me
contenté con controlarlo, sin prever que algún día podía estar
sobre el caballo alguien sin las destrezas necesarias para hacerlo.
Fue un aprendizaje duro, pero que me enseñó mucho sobre lo
imprevisible y sobre no olvidar que hasta el caballo más manso
tiene un caballo salvaje escondido en su interior.
Pasó alrededor de un año, tiempo durante el cual los caballos
permanecieron en el campo. Por esa época comencé un proyecto
de abrir un centro ecuestre en la precordillera de Santiago y,
cuando este se concretó, me traje a los caballos conmigo.
El Barbecho no sirvió para las clases. Mostraba resistencia
a la rutina con niños y terminé vendiéndolo a un huaso que
lo quería para el rodeo. Vaya ironía, tanto trabajo y esfuerzo
para terminar en el mismo lugar a donde estaba destinado en
un principio.

111
Soledad Birrell

Antes de que esto sucediera, el día de la inauguración del


club, frente a mucha gente y a algunos medios de prensa, mi hija
dio una muestra de arte y coraje: me pidió ser ella quien hiciera
la demostración de amansa con el Barbecho. Entró al corral
redondo con el caballo muy nervioso; mantenía la cabeza alta
y bufaba al ver tanta gente y cámaras a su alrededor. Estuve a
punto de intervenir. Pero ella se mantuvo serena, tranquila y se-
gura y dio una gran exhibición de artes ecuestres, con el caballo
obedeciendo a sus órdenes sutiles y elegantes, terminando con la
total sumisión del Barbecho y una gran sonrisa en la cara para
recibir un aplauso potente del público. Luego lo montaría y lo
saltaría en muchas ocasiones. Como epílogo de este paréntesis,
mi hija está montando otra vez, feliz y confiada, y su pierna,
a pesar de lo grave de la fractura, no le dejó ninguna secuela.
Desde aquí mi más profundo agradecimiento a todos los que nos
ayudaron en aquellos difíciles días, cada uno con su don, como
una magnífica manada de caballos.
En cuanto al Talibán, su espíritu indómito lo hacía inadecua-
do para las clases, de modo que decidí dejarlo para mí. Estaba
por comenzar nuestra verdadera historia juntos.

Construyendo valentía
Las primeras veces que salí con el Talibán al cerro, noté que se
mostraba temeroso ante piedras grandes o maquinaria detenida
en el camino, a pesar de que había pasado más de un año desde su
amansa. Tenía mis sospechas acerca de que lo hubieran corrido a
la chilena o en la medialuna durante un tiempo en que le pagué a
un huaso del campo para que me lo moviera. Estaba más reactivo
a la presencia humana y se asustaba con los movimientos de la
mano que pasaban cerca de su cabeza.
Lamenté haberlo entregado a manos bruscas, pero durante
ese año no había podido pensar en mucho más que en acompa-
ñar a mi hija en su larga recuperación. Recién ahora me daba
cuenta que el Talibán había estado sometido a un estrés que no

112
Caballo maestro

era parte de lo que nos prometimos mutuamente en los inicios


de nuestra relación.
Sin poder cambiar el pasado, me propuse cuidarlo y darle la
mejor vida de la que fuera capaz. El plan original de que viajara
a París había quedado en el olvido, de modo que las exigencias
de sofisticados entrenamientos ya no fueron necesarias.
Comencé una etapa de reacondicionamiento del caballo,
con subidas al cerro y trabajo en el picadero. Todavía recordaba
nuestros primeros encuentros, por lo que tomé la decisión de no
escuchar otros consejos y de no caer en la tentación de «hacer
lo que hay que hacer» con él. Cuando estábamos en terreno y
algo lo ponía tenso, me desconectaba de la cabeza y me disponía
a escucharlo, con todo el cuerpo, con todo el corazón, a sentir
lo que él sentía. Dejaba que fuera el mismo Talibán el que me
hiciera saber cuándo era suficiente y cuándo no era capaz de
superar el obstáculo, sin importar lo grande o pequeño que este
fuera. Allí comenzaron las críticas a mi método. «Va a echar a
perder el caballo», era lo menos que me decían. «No puede de-
jar que haga lo que quiera, métale un buen talonazo y que pase
por donde tiene que pasar, patrona, que así se hacen las cosas».
Sé que los caballos prueban a los jinetes y que hay que mos-
trar cierta firmeza y decisión en momentos así, pero también sabía
que el Talibán era diferente. Ciertas circunstancias lo inundaban
emocionalmente y entonces se bloqueaba, se iba a negro. Yo po-
día sentirlo bajo mi cuerpo. Entonces decidí seguir mi instinto y
fui agudizando mi escucha al máximo. Justo un segundo antes
de que el caballo se bloqueara, yo evadía el obstáculo, pasaba
por el lado o simplemente daba media vuelta y me alejaba.
El método demostró ser el adecuado. En poco tiempo los
episodios de miedo y tensión comenzaron a distanciarse hasta
que un día el caballo comenzó a pasar sin dudar por cualquier
parte. Se construyó entre nosotros una confianza mutua basada
en el respeto. Yo sufro de vértigo, los senderos estrechos con
acantilados me dan ganas de vomitar, sin embargo, con el Talibán
subo cerro arriba con los ojos cerrados.

113
Soledad Birrell

Desde un principio el caballo dejó claro que no era, ni sería,


caballo de cualquier jinete. Conmigo se portaba manso y tran-
quilo pero, cuando se subían otros, se encabritaba. Reconozco
que me gustaba la sensación de ser elegida por el Talibán, lo
sentía como un honor.
Por aquel entonces descubrí que el caballo también tenía
mucho que enseñarme.
Una tarde, a principios de la primavera, paseaba por la la-
dera de la quebrada de Macul admirando la explosión de flores
y aromas que habían surgido de un momento a otro. Era un
espectáculo. Sin motivo aparente, un pensamiento se me instaló
en la mente o tal vez en el corazón, no estoy segura. Me vi frente
a ciertas situaciones de mi vida, en las manos un par de espuelas
afiladas clavándome para seguir, ignorando mis señales de alarma
y mi miedo, obligándome a continuar porque es lo que hay que
hacer. Entonces, como si despertara de un sueño, sentí al caba-
llo que me miraba y que tocaba mi pierna con sus labios, como
llamando mi atención. Me sonreí. «Vaya contigo, chico –le dije–.
¿Ahora eres tú el que me entrena a crecer en valentía, a respetar
mis tiempos y mis limitaciones? Yo también puedo hacerle el quite
a ciertas cosas que me superan, claro que sí, no importa lo que
digan los otros, tienes razón». Lo abracé emocionada y recordé
las palabras de Stan Allen: «La única forma de mostrar coraje
es frente al miedo». Porque no se nace valiente, se construye la
valentía con respeto por uno mismo. Volví al club sintiéndome
más liviana y creo que hasta más alta.

De caballo a chamán
Comenzaron a llegar los clientes; humanos que traían a sus
caballos, por diferentes motivos, con la esperanza de que los
sanara. Hacía mucho que yo había entendido que el problema
no lo tenían los caballos, sino que los humanos que trataban con
ellos. También sabía que era una presunción gigante pensar que
uno tenía la capacidad de sanar a un caballo. Creo que en esas
sesiones, si bien los caballos volvían a un equilibrio que dejaba

114
Caballo maestro

contento a todo el mundo, yo me miré al espejo una y mil veces


y descubrí máscaras e incongruencias que ni siquiera imaginé
que habitaban dentro mío.
Establecí como condición para trabajar un caballo que el
dueño, o quien lo cuidaba, asistiera al menos a un par de sesiones
para entender el método, para aprender las maneras no violen-
tas de solucionar los problemas y para establecer una forma de
comunicación clara y concreta con el caballo, tanto para pedirle
lo que se esperaban de él, como para escuchar lo que el caballo
tenía que decir al respecto. En un principio la idea causó un poco
de resistencia, pero la condición en sí fue un colador para que,
finalmente, se quedaran los que se tenían que quedar.
Y como era obvio esperar, sin mediar mi consentimiento
ni mi intención comenzó la aventura de tender puentes entre
humanos y caballos, para aprender a vivir en el presente y a leer
la vida en vez de juzgarla.
En los cursos de psicología equina que impartía, surgían,
en la primera sesión, declaraciones de los participantes que per-
tenecían más bien al ámbito de la psicoterapia o como mínimo
a un curso de desarrollo personal, pero que parecían foráneas
en una clase de etología de caballos, donde se estudia su com-
portamiento y sus características. Yo observaba estas dinámicas
con curiosidad y las consideraba como un resultado colateral.
El Talibán tuvo mucho que ver en todo lo que vino después.
Mientras debatía conmigo misma si seguir en este camino
que se me presentaba luminoso y sin obstáculos, llegaron a mi
vida un grupo de pacientes esquizofrénicos que compartieron
con nosotros su mirada y sus dones durante un período de tres
meses, y que me abrieron los ojos a dimensiones de comunicación
con los animales que yo consideraba impensables. Su historia
está contenida en este libro, de modo que no me voy a explayar
en ella, pero sí hago mención a su llegada porque fue la razón
de que yo me permitiera vivir con el Talibán la experiencia que
compartiré a continuación.
En una de las sesiones, los pacientes esquizofrénicos me
habían revelado que se podía escuchar a un caballo no solo en

115
Soledad Birrell

su cuerpo, sino también a través de imágenes e historias que los


caballos nos mostraban en el corazón. Yo me quedé pegada con la
idea y solo quería experimentarla con el Talibán lo antes posible.
Atardecía en Santiago. El sol iluminaba la nieve de la cordillera
y la temperatura invitaba a sentarse en cualquier roquerío, a mirar.
Los pájaros habían silenciado su canto y solo se escuchaba el crujir
en las bocas de los caballos masticando su ración de pasto. La
frescura llegaba impregnada de olor a eucalipto y alfalfa mojada.
Hacía rato que debía de haberme marchado a mi casa pero
dilataba ese momento lo más posible. Patricio, el administrador
del club, me observaba en silencio esperando alguna señal, pero
yo solo estaba allí, sentada, mirando.
Talibán también me observaba desde un rincón del potrerillo.
Había dejado su ración a medias y las voces del día me acompa-
ñaban como niños jugando alrededor a quienes no se les presta
importancia, pero que están ahí: «no le gustó el olor», «es que es
muy sensible», «lo tendrá que comer nomás porque no hay otra
cosa», «así será». A diferencia de otros días, Talibán no parecía
interesado en mostrar quién mandaba en la manada. Tampoco
parecía querer apropiarse de las raciones de los otros caballos.
A esa hora los reunían a todos en el corral de guarda para
pasar la noche. Primero amarrados uno al lado del otro, res-
petando rango y amistades, «para que cada uno coma lo suyo
y no se nos adelgacen los más sumisos». Después de un largo
rato de masticar y masticar, los soltaban para que caminaran y
se prepararan para la noche.
Una que otra carrera por aquí y una echada de orejas hacia
atrás por allá y las cosas se habían calmado. Ahora se entretenían
en mordisquear lo que había quedado abandonado en el suelo,
más por hacer algo que por hambre.
–¿Sabía usted que los caballos comen, mastican como veinte
horas al día y solo duermen cuatro? –dije en voz alta.
–¿Tanto así? –respondió Patricio. Era un diálogo antiguo y
conocido.
Talibán me observaba.
–¿Le parece si lo llevo a dar una vuelta corta antes de irme?

116
Caballo maestro

Yo miraba al Talibán.
–Me gustaría estar un rato a solas con él –continué.
–Como usted quiera, yo no tengo problema. Tómese su
tiempo. Me avisa cuando se vaya a ir para cerrar el portón.
Entré al corral con una jáquima en la mano y me detuve
como a unos diez metros del caballo. Los otros se hicieron a un
lado. «Ven», dije con un gesto de la mano. El caballo me miró y
comenzó a caminar hacia donde me encontraba.
No estaba segura de lo que estaba haciendo.
Aquel día había llegado abatida y confundida. Sabía exac-
tamente qué me tenía así pero no me decidía a hacer nada al
respecto. O, más bien, había hecho varias cosas y todas habían
dado el mismo resultado: ninguno.
No quise montar ni trabajar los caballos y me senté a dejar
que el tiempo pasara. Así me pilló el atardecer. Ahora caminaba
con mi caballo en dirección a ninguna parte, solo quería estar
con él haciendo nada en aquella tarde cálida.
Me interné por un sendero estrecho, dentro de la propiedad,
pero a resguardo de las miradas de cualquiera que anduviera
cerca. Un grupo de eucaliptos enormes había formado un círculo
que ocultaba un espacio de tierra de hojas y sobre el cual se de-
jaban caer algunos rayos de luz. Me sentí atraída por el perfume
y el silencio y me senté en el suelo mojado. Enseguida se me
apareció mi juez interno con un pensamiento de reproche ante
semejante idea: «Mojarse justo a esta hora de la tarde, cuando
el frío aparecerá en cualquier momento y debajo de los árboles
que, de por sí, enfrían el ambiente»; «todo el día sin hacer nada,
como si eso fuera lo adecuado para alguien como yo, que debería
producir algo de dinero con tanta inversión de plata y tiempo».
Miré al caballo, quien también estaba detenido sin otro
propósito que estar allí conmigo. Solté la cuerda y me acurruqué
sobre mis rodillas flectadas.
Entonces sentí el primer contacto.
El caballo había acercado el hocico a mi cara y me tocaba
apenas con los bigotes que salían de sus labios, con una delicadeza
que no recordaba haber experimentado antes. El cosquilleo me

117
Soledad Birrell

hizo encogerme. Mi cuerpo dejó escapar un pequeño estremeci-


miento y el caballo se inquietó, alejándose unos pasos. «No, no
pares, por favor sigue». Él me miró y regresó a mi lado.
«¿Cómo será esto de ser caballo? ¿Cómo se sentirá estar
aquí y ahora, completamente inmerso en el presente, sin futuro
y con un pasado que solo es un recuerdo para la sabiduría?».
El caballo se detuvo casi al momento en que formulé la pre-
gunta en voz alta, que, más que pregunta, era un anhelo.
Talibán volvió a acercar su hocico y esta vez comenzó a
recorrerme entera, sin olvidar ningún rincón de mi cuerpo tor-
cido, traspasando las capas de ropa, transmitiendo un calorcito
especial a través de sus ollares abiertos y móviles. Cuando llegó
a la cabeza, se detuvo. Emitió algo parecido a un ronquido. Con-
tinuó buscando hasta dar con mi pecho. Se encontraba parado
detrás de mí. Metió la cabeza por entre los brazos, ahuecando
un espacio, y entonces me dio un gran y prolongado abrazo.
Tuve la tentación de ponerme de pie y marcharme, presa
de alguna de las múltiples desconfianzas que me han habitado
desde la infancia, de la disciplina y los intentos por mantener
alguna forma de control, y dudosa de entregarme a la situación
desconocida en que me encontraba, más bien, en la que me había
puesto mi caballo. Pero entonces sucedió lo inimaginable: de
pronto pasé a otra dimensión, a otro estado de conciencia, uno
en que me sentí parte de algo más, de un todo inmenso y pacífico,
acompañada todo el tiempo por la mirada atenta del Talibán.
El tiempo no tiene cabida en este tipo de experiencias, pero
lo que sí puedo decir es que mi caballo me regaló conocer cómo
se vive confiando completamente en el universo, entregado a la
vida y a sus sorpresas, en el presente.
El crujir de una rama me trajo de vuelta. Patricio me miraba
sonriendo. No sé cuánto tiempo estuvo allí, pero su comentario
final, cuando me subía al auto para marcharme, fue: «Ese caballo
no es como los demás, es como si fuera más que un caballo».
«Es completamente caballo –le respondí–, eso es lo magnífico
de su naturaleza».

118
Caballo maestro

Mientras conducía de regreso a la casa no pude recordar lo


que me había tenido abrumada aquella mañana. El equilibrio
había vuelto a mi corazón y la experiencia vivida momentos
atrás había inundado todos los espacios de sentir y de pensar.
Era como si hubiese estado en el cielo.
A la mañana siguiente, Patricio me esperaba en la entrada
de la oficina anunciando con todo el cuerpo que quería que le
hablara de lo que había ocurrido la tarde anterior. «Mire, yo
soy un bruto que lo único que quiere es que el sol salga en la
mañana y que se ponga en la tarde, con eso me conformo, no
quiero ni pido más. Yo no siento nada y así todo está bien». Lo
dijo como una declaración de principios. Le sonreí esperando a
ver por dónde iba a saltar la liebre. Pero no dijo nada más. El
asunto pudo haber terminado ahí, pero sentí que aquello tenía un
propósito superior, que debía escuchar entre líneas. Le propuse
que me sirviera de conejillo de indias: «¿Le importaría entrar
al corral y hacer lo que le voy a pedir?».
Supongo que se lo tomó como parte de la tarea algo extraña
en la que se encontraba envuelto desde que trabajaba conmigo.
Patricio conducía al Talibán. Ambos entraron y cerré la
puerta. El corral estaba cubierto por una gran lona verde que
le daba identidad de domo acogedor y contenido. Lo invité
a sentarse en un piso que había dejado en medio de la arena
con ese propósito. Le indiqué que se relajara, que intentara no
pensar en nada, que si aparecían pensamientos los dejara pasar,
que no se entretuviese con ellos, que intentara llegar al silencio
total de la mente. Sonrió y dijo: «Yo no creo en nada de estas
cosas, le digo, conmigo no le va a resultar ninguna cuestión».
«De acuerdo –le respondí– pero, si le sirve de consuelo, no tengo
ninguna intención ni propósito, solo quiero ver qué pasa si uno
deja que ocurra lo que tenga que ocurrir entre usted y el Talibán,
sin agenda previa, ¿le parece?».
Y me senté a mirar y a observar. El caballo dio un par de
vueltas y luego fijó su atención en Patricio. Llevaba una boina
que lo hacía sentirse más cerca de su tierra sureña, creo, porque
no se la sacaba bajo ninguna circunstancia. Talibán se le arrimó

119
Soledad Birrell

por detrás y acercó el hocico a su nuca. Entonces comenzó a


respirar sobre esa zona, inhalando y exhalando en forma ruido-
sa, para luego subir hacia la parte superior de la cabeza, tocarla
con intención y luego regresar al cuello de Patricio para volver
a empezar. Aquello me pareció extraño. Patricio se mantenía en
silencio, pero algo en su cuerpo cambió. Los hombros bajaron
un poco y, aunque no podía ver su rostro, creo que lloró.
Cuando el caballo pareció dar por terminado lo que fuera
que estaba haciendo, de un gesto rápido le sacó la boina a Pa-
tricio y la lanzó lejos. Los dos nos sorprendimos. Luego, como
si ya no le interesara ni Patricio ni la experiencia, se distrajo
mirando hacia afuera.
«Póngale la jáquima y vamos a la oficina», dije.
Antes de que pudiera acercarse, el caballo caminó hacia él.
«Lo voy a llevar así nomás», me dijo. Yo asentí. Hombre y caballo
salieron del domo de techo verde, caminando al compás, coor-
dinados en los pasos y en la respiración. «¿Sabe? –dijo Patricio
de pronto–, lo que acaba de pasar allí adentro no me lo imaginé
ni en todos mis sueños. Si esto le pasa a un huaso bruto como
yo, entonces mucha gente se puede sanar con este método. Se lo
digo yo, tenemos que dejar que mucha gente venga a sanarse». Yo
estaba sorprendida del tono y del contenido de la conversación.
Esperaba que me contara voluntariamente lo que había pasado,
porque yo había visto lo que el caballo había hecho, pero no
sabía qué significado profundo había tenido para Patricio.
Entonces habló. Me contó que desde hacía años sufría de un
dolor pesado en la nuca, que no se le pasaba. Que se desperta-
ba y se acostaba con él. Que había visto muchos médicos pero
ninguno se lo había logrado quitar. Y que ahora se había ido,
que ya no lo sentía, que el Talibán lo había sanado de su dolor.
Nos miramos largo, compartiendo un momento extraordi-
nario y mágico que cualquier palabra podía profanar.
«Siga con esto –me dijo–, siga con esto y cuente conmigo».
Cuento la historia después de mucho tiempo. Patricio ya
no trabaja conmigo y el club está en otras manos. Él elegía con

120
Caballo maestro

mucho cuidado cuándo hablar de esa experiencia, por lo que


espero que no se ofenda por haberla develado en estas páginas.
Hoy el Talibán vive en el campo donde realizo cursos para
grupos. Sigue haciendo de las suyas. Es él quien elige a sus
alumnos y estoy segura de que, si les diera tribuna, se llenarían
muchas páginas con las experiencias que cada uno de ellos ha
vivido con este caballo.
Es mi compañero y espero compartir muchos años más con él.

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Glosario

Cabestrear: Llevar al caballo de a pie usando un cabestro,


sinónimo de jáquima y ronzal. También se usa el término
para referirse al inicio en la amansa de un potrillo, cuando
se le enseña a caminar al lado de una persona, tranquilo y
sin intentar arrancar. Cuando se logra esta destreza se dice
que un caballo es manso de cabestro.
Cincha: Faja o cinturón que se usa para asegurar la montura
sobre el caballo. Se coloca inmediatamente después de las
manos del caballo, por el vientre. En las monturas inglesas
se ajusta a broches propios de la montura, igual que un cin-
turón, mientras que, en otros tipos de monturas, se ajusta
con sistemas de cuerdas resistentes.
Corral redondo: Espacio circular cercado que se usa para
amansar caballos o para trabajarlos una vez amansados. En
el trabajo con personas, es un espacio que, por sus dimen-
siones (alrededor de 15 metros de diámetro), crea un lugar
contenido y sin juicio donde es posible intentar soluciones
nuevas, cambiar la perspectiva desde donde nos miramos y
miramos el mundo, en el que se experimenta la importancia
del lenguaje corporal y todas las otras herramientas no ra-
cionales. El caballo permanece suelto y espeja y metaforiza
nuestra vida sin intimidarnos.
Corralero: Raza de caballos chilenos que se utiliza en todo tipo
de actividades ganaderas, con una musculatura que favorece
la velocidad y la vida en áreas montañosas. Sus cascos son
fuertes y su doble capa de pelo lo hace muy adaptable a cli-
mas fríos, también a climas cálidos y secos. Es la raza usada

123
Soledad Birrell

para practicar el rodeo chileno. Los ejemplares de pura raza


se mantienen en un registro oficial desde 1893, convirtiendo
a los caballos chilenos en los ejemplares con el registro de
raza más antiguo de Sudamérica y el tercero más antiguo
en todo el hemisferio occidental.
Correr a la chilena: Las carreras a la chilena son una discipli-
na que se practica en Chile, donde dos jinetes y sus caballos
compiten en velocidad en un terreno natural. Los caballos
se montan a pelo, sin montura. Su origen se remonta a la
época de la Colonia.
Cuarto de milla: Raza de caballos norteamericanos, muy po-
pulares entre los cowboys y que ha tenido mucha aceptación
por su carácter manso y sus habilidades para el movimiento
a la rienda (disciplina ecuestre).
Fusta: Vara flexible usualmente recubierta de cuero, de dife-
rentes dimensiones, que en equitación se usa para dirigir y
dar órdenes al caballo. En el trabajo de amansa natural, la
fusta se usa como una extensión del brazo para, por ejem-
plo, tocar al caballo por primera vez, ganando el derecho de
aproximación sin imponer la presión de la cercanía corporal,
respetando sus tiempos y su espacio.
Jáquima / cabestro: Utensilio hecho de tiras de material re-
sistente o de soga, también llamada cabezada o ronzal, que
se coloca en la cabeza del caballo. Usualmente lleva una
cuerda atada en la parte inferior y se utiliza para trasladar
los caballos de un lugar a otro y para amarrarlos.
Pesebrera: Sinónimo de caballerizas, un sitio cubierto destinado
a guardar a los caballos. En general, son de 3 x 3 metros y
en el suelo se les pone viruta.
Picadero: Lugar donde se adiestra a los caballos y se enseña a
montar a los jinetes. En general es cerrado, tiene piso de arena
y sus dimensiones van desde 40 x 20 metros hasta superficies
de más de 70 metros de largo. En España son cuadrados y
sustituyen lo que en el texto aparece como corral redondo.
Poste: En el sentido en que se nombra en el texto, es un palo de
aproximadamente dos metros de alto (también puede ser un

124
Caballo maestro

árbol) donde se ata al caballo con una técnica especial, para


desensibilizarlo de diferentes elementos que le causan temor,
en un contexto de aprendizaje que sea aceptable para él y
que no le provoque estrés. También se usa para enseñarle a
los caballos nuevos a permanecer atados sin echarse para
atrás y otros usos propios de la amansa natural.

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Este libro se terminó de imprimir
en los talleres digitales de

RIL® editores
Teléfono: 223-8100 / ril@rileditores.com
Santiago de Chile, octubre de 2012
Se utilizó tecnología de última generación que reduce
el impacto medioambiental, pues ocupa estrictamente el
papel necesario para su producción, y se aplicaron altos
estándares para la gestión y reciclaje de desechos en
toda la cadena de producción.
C iertas características equinas pueden ser
una verdadera revelación para algunas
personas, puesto que aquello que es natural e
inherente al ser caballo actúa como un espejo
que refleja las verdades y las incoherencias de
ser humano.
Cuando se entra a un corral con un caballo
suelto, suele quedar al descubierto que hemos
olvidado cómo movernos en un escenario don-
de no se paga un precio por ser lo que somos.
La relación que se establece carece de juicio y
de palabras, no hay agenda previa ni expediente
culposo, solo hay presente y verdad. Al final, el
gran protagonista es el sentido de pertenencia;
sabernos aceptados por la manada, valorados y
necesitados por nuestros propios talentos.