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LAS EXPLICACIONES SISTEMICAS: UNA APROXIMACIÓN A LA

EPISTEMOLOGÍA SISTÉMICA.

1. LA TEORIA DE SISTEMAS Y LA CRÍTICA ANTIPOSITIVISTA.

Abordar la proposición filosófica y epistemológica que se hace desde la teoría de


sistemas,
exige colocarse en una perspectiva histórica que aclare y dé fundamento a la
aparición de lo que su mismo creador denominó Teoría General de Sistemas.
Los profanos y no tan profanos tienden a pensar que la teoría de sistemas es
un cuerpo de doctrina bien definido, suficientemente establecido y construido. Sin
embargo, se puede considerar que lo que se llama en la actualidad teoría de
sistemas reúne en su seno un conjunto de tentativas, venidas de horizontes muy
diversos y que utiliza conceptos y principios de formalización no menos diversos.
Esto hace que no siempre sea fácil la labor de establecer un límite preciso entre lo
que debe o puede ser asociado a la teoría de sistemas y lo que queda extraño a
esa teoría. Sin duda, una breve presentación histórica de su aparición y momentos
de desarrollo ofrecerá una visión más de conjunto de esa teoría de sistemas.
La Teoría General de Sistemas aparece en el campo de la biología y se va
extendiendo, poco a poco, a otros campos de investigación. Este fenómeno, el de
la expansión de una opción metodológica y filosófica, nacida desde una
preocupación biológica, a muy diversos campos de investigación, con distintas
exigencias científicas, y a lo largo de varias décadas, obliga a ser muy cautelosos a
la hora de entrar a definir, o al menos a indicar, qué es la teoría de sistemas. La
cuestión, no definitivamente resuelta, acerca de cuál es la naturaleza de la teoría
de sistemas, se plantea, generalmente, preguntándose acerca de si se trata de una
metodología general de carácter aplicado a las ciencias humanas, o si es un cuerpo
de pensamiento completo, o como dicen muchos, se trata de una verdadera meta-
ciencia. Y resulta, también, verdaderamente desconcertante encontrar que no hay
puntos coincidentes ni en lo referente a cuestiones meramente conceptuales, ni
tan siquiera en la misma denominación de la teoría. Esto último, la falta de
acuerdo en la denominación de un cuerpo de investigación, puede ser interpretado
como síntoma de imprecisión conceptual, pero también como síntoma de amplitud
epistemológica.
La primera referencia, inevitable por su fuerza aclarativa, conduce al estudio de
la aparición histórica de esta nueva corriente de pensamiento científico. Es de
reconocimiento general que se debe a Ludwig von Bertalanffy (1901-1972) la
sistematización y formalización de lo que él mismo denominó la Teoría General de
Sistemas. Este autor, que desde la década de los años veinte trabaja en la
elaboración de su tesis pero que, por timideces científicas, no presenta oralmente
hasta los años treinta. Considerar esta fecha como definitiva para el asentamiento
de la tesis de Bertalanffy sería tratar ingenuamente lo que se supone poner en
circulación, dentro de la comunidad científica, una posición nueva, de ruptura y, en
ese sentido, de revolución paradigmática. Efectivamente, la tesis de Bertalanffy no
encuentra apoyo real ni reconocimiento científico hasta pasados unos años,
después de la Segunda Guerra Mundial; pero esa falta de reconocimiento científico
hay que explicarla desde su contexto histórico. La teoría de Bertalanffy aparece de
la ciencia y de la teoría del conocimiento, como de los modelos de pensamiento
filosófico: es el comienzo del siglo XX. El inicio de este siglo es un momento
peculiar y específico de la teoría de la ciencia. Enmarcar la Teoría General de
Sistemas, e el pensamiento de Bertalanffy, en ese momento histórico evidencia
parte de las características definitorias de ésta. Supone incluirla en aquel
movimiento de discusión científica de los primeros años de nuestro siglo,
movimiento que asienta sus bases y posiciones en claro enfrentamiento con la
tesis del positivismo científico. Movimiento, pues, que, en gran parte, definían al
positivismo; es, en realidad, una discusión que recorre gran parte de la historia del
pensamiento filosófico y científico: la discusión entre las posiciones analíticas, por
un lado, y las posiciones sintéticas, por otro.
El pensamiento de Bertalanffy debe verse incluido en ese movimiento general
en contra de las tesis fundamentales que definían y se definían desde el
positivismo. Esta afirmación equivale a decir que no es exclusivo de este autor, ni
tampoco de su propuesta científica y metodológica, el giro dado en el conjunto del
pensamiento de aquella época. Hay que ver, junto al intento de Bertalanffy, a todo
conjunto de pensadores que también trabajan en esa línea de reformulación de los
principios filosóficos y epistemológicos. Pero no todo en ese movimiento es
coincidente: la coincidencia básica es un acuerdo acerca de la falta de
potencialidad explicativa que mostraban las tesis elementalistas y causalistas,
propias de las explicaciones positivistas.
En ese mismo contexto histórico aparece el pensamiento de un autor que, sin
duda, debe ser relacionado con las tesis de Bertalanffy; procedente del campo de
la ontología y de la metafísica. Alfred N. Whitehead (1861-1947) aparece,
efectivamente, ligado, por sus propuestas, a todo ese movimiento de discusión y
renovación científica. El mismo Bertalanffy indica cómo el pensamiento de
Whitehead evoluciona hacia un tipo de organicismo, característico, como veremos,
del pensamiento sistémico. Con este organicismo elude el concepto tradicional de
sustancia a favor de una concepción dinámica: los elementos constitutivos de lo
real son los sucesos o «entidades actuales».
También hay que mencionar a la Escuela de la Gestalt como perteneciente a ese
movimiento antipositivista. Esta escuela debe verse como un caso más, aunque
particularmente importante, de aquella actitud científica-metodológica que, frente
al inductivismo de raíz positivista, se caracteriza por considerar que los hechos no
son cosas, sino «haces de relaciones nuestras» y que tampoco hay causalidad
lineal de un fenómeno a otro, sino interdependencia funcional de los fenómenos
entre sí.
Destaca, también en ese principio del siglo, el pensamiento de Wilhelm Dilthey
(1833-1911). El pensamiento de Dilthey se constituye como un intento de
recuperación de las «ciencias del espíritu» con métodos y objetivos propios, frente
al reduccionismo positivista que imponía el modelo de investigación de las ciencias
naturales al resto de las ciencias.
Su preocupación por abrir la vía de la «comprensión», junto al de la explicación de
los fenómenos humano-sociales, le convierte en uno de los pensadores más
relevantes de aquella posición antipositivista.
Otra escuela significativa de ese momento histórico es la escuela pragmática.
Como representante fundamental hay que mencionar a Charles S. Peirce
(1839-1914), genio excéntrico, profesor de la Universidad de Harvard, concentró
su atención en el acto, o sea, en las acciones y los medios a través de los cuales
los hombres consiguen sus propósitos.
Peirce empieza por hacer la crítica al sistema cartesiano: «el meollo cartesianismo
y el dogma central de la filosofía moderna» es la concepción del «conocimiento
directo e intuitivo de los objetos»; contra esta afirmación, Peirce, presenta otra
alternativa al conocimiento: la investigación no tiene ningún conocimiento
absoluto o punto de llegada, sino que es un proceso autocorrectivo y, por lo tanto,
modificable. En esta misma escuela merece señalar a John Dewey, autor de
relevancia especial en el pensamiento educativo.
La última referencia histórica hay que hacerla en torno al desarrollo de una
escuela de pensamiento que recorre todo el siglo XX. Nos referimos a la escuela
estructuralista. Los desarrollos del pensamiento estructuralista, [desde Saussure
(†1915), padre del estructuralismo lingüístico, Levi Strauss, nacido en 1908 y
representante fundamental del estructuralismo antropológico, hasta un Focault
(1926-1984) o Lacan (1901-1984), representantes, ambos, del estructuralismo
filosófico], son desarrollos, en cierto sentido, paralelos a los desarrollos de la
corriente sistémica.
Ahora bien, el asentamiento, más o menos definitivo, del discurso sistémico se
lleva a cabo sobre la elaboración y desarrollo de unos principios metodológicos
fundamental. La delimitación de esos principios se hace necesaria para poder
centrar y valorar la importancia del pensamiento sistémico en el conjunto del
pensamiento científico actual.
La historia del pensamiento humano, científico y filosófico, se puede hacer
desde la historia de los desplazamientos paradigmáticos. El traspaso de una
concepción a otra se hace, según Kuhn (1971), a través de momentos de
revolución paradigmática. La posibilidad de explicar da uno de esos momentos es
desde la tipificación de sus principales bases e hipótesis explicativas. Pretender
establecer y delimitar los distintos paradigmas que se han privilegiado en un
momento histórico o en otro sería hacer historia del a ciencia, de sus modos y
métodos de explicación, y ese no es nuestro propósito. Nuestro centro de atención
se dirige a establecer, en la medida de lo posible, las hipótesis explicativas básicas
del sistemismo, para, desde ahí, poder establecer la pertenencia del sistemismo a
tal cual paradigma.
El paradigma sistémico asienta su discurso sobre una seria de preceptos que
deben ser considerados como la base explicativa del surgimiento del nuevo
paradigma: el precepto globalista, al precepto de pertinencia y el precepto
teleológico. Estos tres preceptos se constituyen en los puntos de oposición
fundamental al positivismo, en contra del atomismo y el mecanicismo propios de la
corriente positivista.

2. EL PARADIGMA GLOBALISTA FRENTE AL PARADIGMA REDUCCIONISTA.


La primera, y por ello la más conocida, característica del pensamiento sistémico
es su globalismo, su anti-elementalismo. De hecho, la afirmación primera, acerca
de su ubicación paradigmática, es la de su clara pertenencia al paradigma
globalista. Sin embargo, hay que cuidar una afirmación como esta que, de tanto
usada, ha perdido parte de verdadera significación. No basta con decir que el
enfoque sistémico es un enfoque globalista porque afirma que «el todo es más que
la suma de sus partes». Hace falta profundizar en el alcance real del globalismo y
determinar el significado específico que toma la idea de totalidad y globalidad en el
seno del sistemismo.
Cabe hablar de reduccionismo en dos sentidos: en un sentido epistemológico y
en un sentido metodológico. El primer tipo de reduccionismo, el epistemológico,
postula la reducción de todos los niveles integrantes de la realidad a uno solo y,
por lo tanto, de todas las ciencias a una. Este tipo de reduccionismo es
característico del positivismo, fundamentalmente en lo que concierne a su
consideración en torno a las ciencias humanas. Por otro lado, el reduccionismo
metodológico se apoya sobre el postulado de que los elementos constitutivos de un
sistema son definibles a través de un cierto número de características estables,
donde se parte del estudio de las relaciones entre esos elementos, pero se los
desconecta de su medio. Ambos tipos de reduccionismos son aplicables a la
corriente positivista.
La nación del globalismo aparece, normalmente, emparentada a nociones como
holismo, organicismo, perspectivismo y gestaltismo. Son nociones no coincidentes,
pero todas llevan implícita la idea de totalidad. El globalismo es un punto de mira
que ha tomado significaciones peculiares y distintas según el contexto de
pensamiento desde el que se hable. Es una noción que el sistemismo toma rasgos
específicos y se desarrolla a partir de los esquemas explicativos propios de aquél.
Queremos decir que, en ningún caso, se puede suponer que el globalismo sea una
tendencia bien perfilada dentro del pensamiento científico y filosófico, sino que es
una suposición previa y de carácter general que hace falta precisar.
El surgimiento del paradigma globalista se puede explicar como una respuesta,
una alternativa a la falta de potencialidad explicativa y descriptiva que empieza a
acusarse en el reduccionismo. Frente a aquella posición de cierre del sistema en
sus elementos y las relaciones entre ellos, aparece una nueva exigencia
explicativa: el precepto de apertura. Este precepto se constituye en la primera
exigencia del paradigma globalista. Efectivamente, la apertura del «sistema» al
«medio», en el paradigma globlalista, frente al cierre del «sistema» en el
paradigma reduccionista, debe verse como uno de los principios más
determinantes e importantes del pensamiento sistémico. Esta consideración de la
apertura del sistema al medio puede ser visto como el punto de partida de los
desarrollos, dentro de la corriente sistémica, hacia un cierto ecologismo, donde el
todo es función del todo.

Del paradigma globalista al paradigma de la complejidad.


El concepto del globlalismo aparece, en el pensamiento de Bertalanffy,
estrechamente unido a la noción de organicismo. El organicismo o «programa
organicista», tal como lo denominó el propio Bertalanffy, es uno de los grandes de
discusión entre filósofos y epistemológos mantenida a finales del siglo XIX y
principios del XX, se trata, en definitiva, del debate en torno a la categorización que
toman los procedimientos analíticos en el seno de las posiciones globalistas.
El organicismo asienta sus bases en el campo de la biología, pero no tardará
mucho en encontrar espacio en el resto de las disciplinas científicas. Este principio,
que decimos se hace fuerte en el campo de la biología, esa coincidente en el
pensamiento de vario autores de aquel principio de siglo. El pensamiento de
Whitehead evoluciona hacia una cierta forma de organicismo; la escuela de gestalt
intuye, desde un principio, que hay un error básico en las elaboraciones de la
psicología clásica, no sólo por su elementalismo, sino, también, por no ofrecer
ninguna noción que diera luz a la cuestión del orden y la situación en que tales
elementos se encontraban.
El programa organicista viene a explicar en qué principios y en qué bases se
apoyan los mecanismos de organización de los sistemas. Este concepto se convierte
en la noción básica de una nueva explicación y concepción de la realidad, donde la
realidad se presenta como un tremendo orden jerárquico de entidades organizadas
que va desde los niveles más inferiores a los más superiores. Sobre esta concepción
organicista se desarrollan las bases explicativas de uno de los aspectos a destacar,
dentro del sistemismo: el isomorfismo estructural y funcional. «La organicidad es el
esquema explicativo de los mecanismos de comportamiento, funcionamiento y
evolución de los sistemas. De hecho, el organicismo fue el germen de lo que
después se llamó teoría de sistemas y que Bertalanffy defendió diciendo que «el
examen de las partes y procesos aislados no nos informa acerca de la coordinación
de las partes y procesos». Y, en realidad, lo que vino a hacer Bertalanffy, fue
cambiar, en busca de su ampliación, el concepto del organicismo por el de
sistemismo. El sistemismo tiene su desarrollo real a partir de tres aspectos
diferenciales como son el concepto de totalidad, el concepto de organización de los
elementos en el todo, y el concepto de la finalidad. La idea de totalidad en el
pensamiento sistemático presenta unos rasgos específicos que merece la pena
señalar. De hecho, este concepto y su verdadera significación, es uno de los más
controvertidos, y por lo mismo más estudiado, por los teóricos de la sistemática.
El supuesto fundamental, el punto de partida, es la ya casi tópica afirmación de
que «el todo es más que la suma de las partes». Y lo que se quiere decir es que la
realidad, los fenómenos se presentan como sus partes. Pero es preciso especificar el
sentido de esa afirmación. Buckley lo explica diciendo que el «más que» señala el
hecho de la organización, que confiere al agregado características especiales, que
puede no presentarse en las partes consideradas individual o aisladamente; y debe
entenderse que «la suma de las partes» no es una suma numérica, sino su
agregación no organizada.
Esta breve consideración de sentido de la frase «el todo es más que la suma de
las partes» nos conduce a un concepto, clave en la explicación de la totalidad
sistemática: el emergentismo. El concepto de emergencia designa las cualidades, las
propiedades de los sistemas; cualidades que presentan un carácter novedoso con
respecto a las cualidades que manifiestan las partes, consideradas aisladamente. La
emergencia puede, a veces, con justicia con la totalidad, porque el todo es
emergente y la emergencia es rasgo del todo. Este carácter emergente da a la
totalidad sistemática una perspectiva amplia y no reductible, en ningún caso, aún
mero aditivismo o agregacionismo.
Pero el desarrollo más importante y definitivo de la idea de totalidad debe
hacerse desde la conceptualización del término «sistema». De hecho, la idea de
totalidad en el discurso sistémico, se hace sinónima de la idea de sistema. Y es
interesante ver como el concepto de sistema, se ha convertido en uno de los
conceptos más controvertidos. Y no es que vayamos a hacer una presentación
detallada de las distintas acepciones del término, hay suficientes estudios sobre este
tema.
Las concepciones del sistema como interrelación entre elementos son las que
han privilegiado el carácter de organización del sistema, donde la preocupación
central ya no es, tanto, la «relación», sino la «organización», que muestran las
partes en el todo. Uno de los autores sistémicos que más ha trabajo en esta línea es
Edgar Morin. La organización, para Morin, es la disposición de relaciones entre los
componentes de un sistema; y esa misma organización es la que produce la unidad
global de sistema. Desde aquí, el concepto de organización se constituye en base
explicativo del mismo concepto de sistema. Es la categoría de organización la que
explica la fuerza productiva y dinámica que tiene, en sí mismo, el concepto de
sistema: la simple interrelación de elementos no da explicación de las producciones
del todo; «esas producciones, acontecimientos, o emergencias globales, se dan en
razón de esa organización que es elemento clave de la dinamicidad, tanto interna
como externa del sistema. Es la organización la que transforma, produce, relaciona
y mantiene al sistema».
Y es la organización la que concede características distintivas y propias a la
totalidad sistemática. Efectivamente, la organización produce y se produce en una
unidad compleja: el sistema, y este presenta, desde su misma conceptualización
una duplicidad nada despreciable. El sistema se presenta como un todo homogéneo,
si lo vemos desde el punto de vista del todo, pero, a la vez, es diverso y
heterogéneo. Esta duplicidad señala, desde ya, lo paradójico, o si se quiere, la
contradictoriedad de la realidad sistemática. Esta puntualización es el argumento
que inicia la consideración de la totalidad sistémica como compleja, no reductible
desde ninguno de esos niveles, porque el mismo concepto de sistema expresa, al a
vez, unidad, multiplicidad, totalidad, diversidad, organización, complejidad. Y admitir
la complejidad del sistema supone concebir y percibir la realidad de la complejidad.
Esta concepción de la complejidad abre una nueva manera, un nuevo modo de ver,
de entender, describir y explicar lo real; donde la incertidumbre, la indeterminación
y la contradictoriedad no son residuos a eliminar por la explicación científica, sino al
contrario, son elementos fundamentales para esa explicación.
El paradigma de la complejidad viene a unir conceptos que, en el paradigma
reduccionista, estaban excluidos, por no controlables desde «el método de análisis
científico».
Pero la complejidad debe ser introducida como categoría básica de las
explicaciones científicas, pero también, y es fundamental, como expresiva de los
mecanismos de evolución y de constitución de la ciencia. La concepción de la
ciencia, del proceder científico, desde el paradigma de la complejidad es anti-
dogmática. Anti-dogmatismo que se expresa en su consideración en torno a la
imposibilidad del establecimiento y fijación de verdades, así como el sentido que
otorga a la actividad científica: el camino de la ciencia, desde el paradigma de la
complejidad, no es ya el progreso de las certidumbres, sino el camino de la
incertidumbre, de lo desconocido, de lo imprevisible.
Se puede decir que el paradigma sistémico es el paradigma de la complejidad,
porque su útil conceptual básico, el sistema, asume desde el mismo, el fenómeno de
la complejidad como paradójico, lo dialógico y, por lo tanto, lo incierto y lo
imprevisible, habrá que decir, pues, que la sistémica más que constituirse sobre un
paradigma globalista se constituye y se conforma en el marco del paradigma de la
complejidad.

3. EL PRECEPTO DE PERTINENCIA.
Uno de los aspectos que clarifican y caracterizan al pensamiento sistémico es el
precepto de pertinencia. Precepto éste que se apoya sobre un presupuesto de
carácter general: el de la naturaleza finita e incierta de los resultados de la ciencia.
Es el primer presupuesto se despliega sobre dos consideraciones fundamentales: la
existencia de la mutua implicación entre sistema-observador/sistema-observado, o
si se quiere, entre el investigador y el investigado, por un lado; en la concepción de
la naturaleza finita e incierta de los resultados de investigación científica por otro.
Estas dos consideraciones expresan los términos de uno de los puntos de discusión y
oposición del sistemismo al dogmatismo y cientificismo típicos de la corriente
positivista.
El precepto de pertinencia se opone al precepto de evidencia. Este último se vio
constituido como la base primera de la constitución de los conocimientos científicos
«la verdad se compone de evidencias originarias, simples, y reductibles, o de
nociones relacionadas con ellas». Este principio de evidencia hace de los
conocimientos científicos y por lo tanto, de las verdades científicas adquisiciones
«seguras», «ciertas» y «definitivas».
En realidad, lo que se discute es la naturaleza de los conocimientos científicos y los
tipos de verdad que produce. El sistemismo, en este sentido, se coloca en una
posición anti-dogmática, para constituirse como discurso relativista e historicista.
Posición ésta que hace que se pueda considerar el sistemismo comparte mucho de lo
dicho desde las posiciones que se defiende desde «la nueva filosofía de la ciencia».
La pertinencia viene a modificar la actitud ante la ciencia y sus resultados porque
pretende terminar con la obsesión por lo evidente, lo seguro y lo definitivo de
nuestros conocimientos, para situarse en una posición donde queda reconocida y
asumida la posibilidad de la «subjetividad», del «error», la «incertidumbre», y, por
tanto, lo inseguro de las verdades científicas. Esta nueva actitud ante la ciencia
viene en parte, a modificar el papel y el sentido de la actividad científica.
Ahora bien, el punto de partida de esa nueva actitud esta en la introducción de la
categoría de lo subjetivo a los procesos de constitución de formulaciones científicas.
La legitimación de la subjetividad, la interrelación e interdependencia del sistema
observador/sistema observado, desvelan el presupuesto de aquella nueva actitud
ante la ciencia, y que provoca, a su vez, el desarrollo de nuevas concepciones en
torno a la «verdad» científica y también de la explicación de que sea la
«racionalidad» del discurso científico. Porque la introducción de lo subjetivo en los
procesos de conocimiento no es otra cosa que la introducción auto-reflexiva y auto-
crítica del sujeto en el mismo proceso de conocer. El conocimiento no es ni tan
definitiva ni tan objetivo porque no es mera reproducción de lo real, sino una
traducción de la realidad. Desde ahí es posible entender, en parte, la idea de la
pertinencia: en tanto que proceso donde el investigador, miembro de una comunidad
cultural, social e histórica, selecciona e interpreta de una manera peculiar
determinante lo relevante y significativo de la información que posee.
Más allá de esta cuestión, hay que plantearse el tema de la pertinencia en el
sistemismo traspasándolo al terreno de los límites y posibilidades de la ciencia
misma. El progreso científico, la cantidad de conocimientos alcanzados por el
hombre han venido a verificar la inmensidad de dimensiones, de posibilidades de
relaciones intersistémicas, y en cierto sentido, han venido a desplazar al hombre
como centro del universo. Como dice Morin (1977) hemos perdido el trono de
certeza que ponía nuestro espíritu en el centro del universo: «hemos aprendido que
somos, nosotros, ciudadanos del Planeta Tierra, los habitantes de las afueras un sol
de extrarradio, él mismo exiliado en la periferia de una galaxia periférica de un
universo mil veces más misterioso de lo que nadie habría imaginado hace ni un
siglo». En ese sentido se debe afirmar que el progreso de la verdad, de la
certidumbre científica conduce a la incertidumbre. Y esa consideración adquiere una
significación importante en lo que concierne al papel y el sentido de la ciencia actual.
Si partimos del presupuesto anterior, el de que el progreso de la ciencia es el
progreso de las incertidumbres y si aceptamos que, en la civilización actual, el
trabajo de la ciencia no es tanto «controlar» la naturaleza, sino «pactar» con ella,
habrá que modificar nuestro esquema, a veces estrecho y simplificante, de la
actividad científica e introducir en ella elementos que hasta ahora no han sido
admitidos como «dominables» desde el método científico.
Esa modificación de los presupuestos de la actividad científica, como maquinaria
de desvelamiento y desciframiento de la realidad a una ciencia que busque
«alianzas» y «pactos» con la naturaleza, supone hacer de la ciencia ya no un
procedimiento explicativo, sino un proceso de creación, de hacer camino, de
búsqueda de vías de comunicación entre las distintas ciencias, y en cierto sentido,
de introducción por la vía de la aventura. Porque, el paradigma de la complejidad
asume como propio de la actividad científica el azar, la creatividad, lo contrario, lo
aleatorio, fenómenos estos que recorren tanto al proceso de investigación como al
fenómeno investigado. La ciencia debe potenciar sus mecanismos auto-reflexivos y
auto-críticos para poder dar respuestas válidas y viables a los fenómenos que trata
de investigar.
El paradigma de la complejidad recoge el precepto de pertinencia como expresión
de la necesidad de lo contrario, lo negativo, lo tensional, como necesarios para la
emergencia de la realidad. Y, tal vez, uno de los modos explicativos que da
fundamento y desarrollo a ese precepto sea lea explicación teleológica, como
definición de los mecanismos conformadores de los comportamientos de los
sistemas.

4. DE LA CAUSALIDAD LINEAL A LA CAUSALIDAD COMPLEJA: EL


PRECEPTO TELEOLOGICO.

Las distinciones de Bertalanffy.


La introducción y el estudio de nociones como intencionalidad, finalidad, proyecto,
o programación teleológica de los sistemas, en los modos de explicación científica,
es uno de los méritos del sistemismo.
El punto de vista mecanicista no daba respuesta a los mecanismos
comportamentales y evolutivos de los fenómenos. Urgiá y el movimiento
antipositivista trabajó en ese sentido, hacer compatibles las explicaciones científicas
con las complejidades de los fenómenos a estudiar. Esta necesidad se hace
especialmente patente en el campo de las ciencias humanas, donde las explicaciones
unidireccionales de causa a efecto no daban respuestas válidas a los fenómenos
sujetos a explicación.
Bertalanffy se interesó, desde un principio, por el estudio de principios y leyes que
regían los mecanismos comportamentales de los sistemas. La elaboración
fundamental de la programación teleológica de los sistemas la hizo, ese autor, desde
la consideración de una serie de nociones: la diferenciación entre «sistemas
abiertos» y «sistemas cerrados», por un lado; la clarificación de valores
«entrópicos» y «neguentrópicos», por otro; y por último, las dos nociones capitales
del estudio de lo teleológico en Bertalanffy: la equifinalidad y la retroacción. Como
base reguladora y con carácter emergente está la organización.
La distinción entre «sistemas abiertos» y «sistemas cerrados», basada
fundamentalmente en aquellos tipos de sistemas que mantienen o no relaciones con
su medio, con su entorno, es, en realidad el punto de partida para distinción entre
causalidad y teleología. El problema, fundamental sin duda, de las relaciones
sistema/medio, lo plantea Bertalanffy desde los mecanismos reguladores de
dinamicidad interna de los sistemas abiertos. Uno y otro concepto son esenciales,
porque, de hecho son las dos caras de una misma moneada, en el sentido de que
ellas se delimitan una en relación a la otra y forman una definición conjunta. La
clave argumental, primera, hay que verla en el planteamiento y el esclarecimiento
de los límites del sistema con su medio. Y no se puede decir que haya, en el
sistemismo, acuerdo unánime respecto al tema, porque el problema de la identidad
y de la autonomía de un sistema en un medio complejo no es ni tan fácil, ni tan
evidente. Y, aunque no vayamos a presentar las distintas posiciones que se han
tomado, podemos, en una primera aproximación, adscribirnos a la clasificación que
hace Walliser (1977).
Esta clasificación distingue entre «medio activo», «medio pasivo», «medio
específico» y «medio general». El primero, el medio activo, es aquel que actúa sobre
el sistema a través de entradas (energéticas o informáticas); el medio pasivo es
aquel que sufre las acciones del sistema; el medio específico es el que actúa y sobre
el que actúa el sistema; y, por último, el medio general que es su complementario
en el universo. Como se ve, el problema de la delimitación entre el sistema y el
medio debe hacerse esclareciendo las relaciones entre uno y otro, porque no todo
que hay fuera del sistema es el «modelo» del sistema.
El carácter básico de esta relación fue establecida por Bertalanffy en términos de
traspaso de información de uno a otro. Ese carácter informacional de la relación
sistema/medio, justifica la pronta inclusión de las averiguaciones habidas en el
campo de la comunicación y, fundamentalmente, de la cibernética. No hace falta
señalar que es a Wiener con su libro Cibernética, publicado en 1948, a quien se debe
uno de los estudios más importantes y definitivos (para aquella época) acerca de los
mecanismos de retroacción que se dan en los fenómenos donde hay traspaso de
energía y/o información. De hecho, Wiener define la cibernética como «todo el
campo de la teoría de control y de la comunicación, tanto de la máquina como del
animal»; o, como dice Couffignal (1970), «la cibernética de Wiener ha sido
interpretada (…) como una extensio´n de las teorías que se aplican al movimiento
de los órganos de las máquinas, al comportamiento de los seres vivos especialmente
de los seres humanos». Decimos esto, porque gran parte de lo que se ha dicho
acerca de la «retroacción negativa», desde los estudios cibernéticos, ha venido a
ampliar y a complicar, el concepto de retroacción en el campo de la sistémica.
Conceptos básicos en la explicación de la retroacción son los conceptos de entropía
y neguentropía. El primero, la entropía, es una medida de desorden, de decadencia,
de muerte; mientras que la neguentropía es una medida de orden que designa la
tendencia de los sistemas a elaborar estructura, y en cierto sentido, se puede
entender lo neguentrópico como la capacidad, que tienen los sistemas abiertos, de
auto-regularse, de organizarse. Pero tampoco, es esta una temática que pueda ser
simplificada: los valores entrópicos y neguentrópicos se han convertido en valores
definitorios de la dinamicidad interna de los sistemas, y también en los instrumentos
conceptuales primeros de la explicación de los mecanismos de evolución de los
sistemas.

Retroacción y explicaciones cuasi-teleológicas.


La retroacción se define como el principio fundamental subyacente a los
mecanismos intencionales o proyectivos del sistema. El concepto de retroacción es un
concepto más complejo que la simple idea de mecánica, y desde luego, toma aspectos
relevantes y distintivos en el campo de las ciencias humanas, porque ya no se trata
sólo de dar cuenta de los mecanismos de equilibrio o de estabilidad.
El concepto de retroacción está íntimamente ligado a nociones como homeostasis,
equilibrio, adaptación, orden y auto-regulación, y, precisamente por ello, hay que ser
cautelosos a la hora de referirse a él. Porque conceptos como éstos, llevan tras de sí
toda una interpretación ideológica de los mecanismos de evolución de las sociedades
y de los mecanismos internos que provocan tales cambios, porque no es tan claro, ni
está tan definido, lo que diferencia ese sistema de ese medio, y además porque puede
faltar la especificación de cuáles son los valores que definen y determinan cuál o
cuáles son los estados de equilibrio. En este sentido se han hecho las principales
críticas al pensamiento sistémico: desde el análisis y es desvelamiento de la
significación que toma el concepto de retroacción en las ciencias humanas.
En principio, el concepto de retroacción es el concepto que define las explicaciones
cuasi-teleológicas, pero no es suficiente para explicar los mecanismos histórico-
sociales. Será preciso redefinir el concepto de retroacción, introducir conceptos que
vayan más allá de meros nexos causales, y estén preparados para dar respuestas
válidas a los mecanismos de funcionamiento de los sistemas de un alto nivel de
complejidad.
La distinción que hace Von Wright (1979) entre explicaciones cuasi-teleológicas y
explicaciones teleológicas, expresa la distinción entre lo teleonómico y lo teleológico,
donde lo teleonómico designa los procesos de «ajuste natural resultantes de la
selección natural», y lo teleológico designa el mundo de los procesos intencionales,
proyectivos, o si se quiere, el mundo del «sentido».
Las posiciones sistémicas provocan el paso de un tipo de explicación causal, donde
un fenómeno A anterior, es la causa de un fenómeno B (A ← B); a una causalidad
finalista, dónde un fenómeno A es relacionado, de alguna manera, a un fenómeno
futuro (A→ B); y de ese tipo de explicación, todavía insuficiente, a una explicación
donde la causalidad tiene ya carácter intencional o teleológico (A ↔ B). Este último
tipo de causalidad se conoce con el nombre de causalidad circular o compleja.
Y es, este nuevo concepto de circularidad y complejidad, el que provoca y potencia
la aparición y el desarrollo de un nuevo tipo de explicaciones que vienen a justificar el
que hoy día, y a pesar de las reservas de muchos, se pueda decir que la teoría de
sistemas se constituye como un paradigma que promete dar cuenta no sólo de la
complejidad de los fenómenos interactuantes, sino también para «definir los procesos
emergentes totales como función de posibles retroacciones positivas y/o negativas,
mediadas por las decisiones selectivas o elecciones de los individuos o grupos
directamente implicados».
La concreción de que se este nuevo planteamiento de los mecanismos
comportamentales y evolutivos de los sistemas, se puede abordar recurriendo al
estudio del pensamiento de algunos de los autores más representativos de la
panorámica sistémica actual.

Nuevas concepciones en los problemas teleológicos.


Autores como Edgar Morin, Herbert A. Simon y Niklas Luhman han trabajado en la
línea de una reformulación sistemática de los mecanismos de funcionamiento de
sistemas de un alto nivel de complejidad. Las posiciones de estos autores vienen, en
parte, a dar salida a algunos de los problemas que surgen en la explicación de los
comportamientos de sistemas, fundamentalmente en el estudio de la génesis de las
programaciones teleológicas de estos sistemas.
El primer autor, Edgar Morin argumenta en su obra, sin duda la más importante de
sus escritos, La Methode, a favor de una ciencia de la complejidad. El mismo define
esta obra, diciendo que es un intento de poner en comunicación el conjunto de
saberes contemporáneos; un intento para «hacer valer la multidimensionalidad, la
riqueza, el misterio de lo real»; un intento por hacer confluir e integrar las ideas
sistémicas y cibernéticas en el paradigma de la complejidad.
Efectivamente, Morin, integra las ideas sistemáticas y cibernéticas en el paradigma
de la complejidad, y lo hace, introduciendo una nueva categoría de causalidad: la
causalidad circular como autogenerada y generativa.
Morin explica su concepción de la causalidad, estableciendo dos tipos de causalidad
distintos: la endo-causalidad, y la exo-causalidad. Los mecanismos relacionales de
una y otra causalidad, explican los términos de autorregulación y auto-organización,
propios de los sistemas vivos.
Pero, desde luego, lo relevante del pensamiento de Morin no está, tanto en la
distinción de esos tipos de causalidades, como en el establecimiento de una
causalidad interior, la endo-causalidad, que es, ella misma, auto-productiva y
productiva de determinados efectos. Efectivamente, la endocausalidad está ligada a la
organización activa singular de cada sistema, mientras la exo-causalidad, la
causalidad exterior es «estadísticamente problable».
Esta diferencia de naturaleza entre una causalidad y otra, no está muy alejada de
la diferenciación que, Herbert A. Simon, propone entre «mundo interior» y «mundo
exterior», o la proposición de Niklas Luhman de diferenciar entre lo «existencial» y lo
«ambiental». En realidad, los tres autores buscan establecer las explicaciones
teleológicas en torno a la cuestión de las relaciones entre sistema y medio. Este es, y
ha sido, el tema de debate más importante entre los sistémicos: el establecimiento de
los límites del sistema y su capacidad para mantenerse diferenciado, esto es,
autónomo, en un medio complejo.
El concepto de endo-causalidad, en Morin, implica auto-producción, y es capaz de
producir efectos originales o, si se quiere, imprevisibles; mientras que la exo-
causalidad no puede adscribirse más que a problemas de equilibrio o de desequilibrio,
y, en cierto modo, puede ser confundida con la causalidad clásica, esto es, a tal causa
tal efecto. Pero los mecanismos de producción de la causalidad interior necesitan de
esa causalidad exterior como una relación antagónica, complementaria y recurrente;
porque los mecanismos comportamentales, llámense auto-organizativos o auto-
reguladores, se desencadenan desde una causalidad de tipo circular o compleja.
Sin embargo, la finalidad, como proyecto, como intención, pertenece al mundo de
la endo-causalidad, de tal manera que, a veces, se puede hablar de ella como
«causalidad finalista». Esta causalidad, «expresa activa y práxicamente la virtud de la
endo-causalidad: producir autonomía, y más allá las posibilidades de libertad». De
esta manera, se aleja Morin de una concepción de la finalidad en términos de
adaptación o de equilibrio, para entenderla como «emergencia» que nace de la
complejidad de la organización viva. Es un concepto de finalidad y de intencionalidad
que toma caracteres específicos y diferenciadores de las máquinas, porque la
explicación de la finalidad y de intencionalidad de las máquinas, porque la explicación
de la finalidad en las máquinas artificiales aclara, sin duda, parte de los mecanismos
finalistas en el hombre, pero ignora lo esencial: la explicación de la génesis de las
programaciones teleológicas de los sistemas vivos, especialmente, del sistema-
hombre. Vuelve a aparecer la distinción entre finalidad e intención, entre lo
teleonómico y lo teleológico. En Morin, la teleología es una intención clara y
definitivamente trazada, mientras la telonomía se nutre y se forma en una «zona
oscura de finalidad inmanente y el bucle recursivo está, él mismo, inmerso en una
zona de interacciones físico-químicas sin finalidades». Esta separación entre lo
teleonómico y lo teleológico, como perteneciente, uno al mundo de lo «artificial», otro
al mundo de lo vivo, expresa una diferenciación calve entra un tipo de sistema y otro.
La inclusión de la endo-causalidad, como auto-generada y generativa, auto-productiva
y productora de efectos originales, con capacidad de dominar la causalidad, es lo que
define la diferencia entre un sistema «inteligente» de uno que no lo es. Porque en
Morin, la inteligencia, en tanto que perceptiva, es selectiva y «estratégica», y debe ser
considerada como el elemento fundamental de explicación y comprensión de los
procesos intencionales y proyectivos de los sistemas inteligentes.
Se debe reconocer que el pensamiento de Morin supone un progreso, conceptual y
metodológicamente hablando, hacia el camino de la comprensión de los procesos de
conformación del sistema-hombre. El mismo dice que la concepción de la causalidad
circular y de la finalidad es una revolución paradigmática: revolución que no está
tanto en la reformulación del concepto de finalidad, sino en la introducción del
concepto endo-causalidad que, en realidad, se corresponde a la endo-organización, y
que en la ida se convierte en endo-exo-organización.
Esta concepción de la causalidad circular, como juego dialéctico entre la endo y la
exo-causalidad se convierte, en el pensamiento de Herbert A. Simon, en una relación
dialéctica entre el «medio exterior», donde el primero, el medio interior es una
organización de fenómenos naturales capaz de alcanzar los fines en ciertos medio
dados, y el segundo, el medio exterior determina las condiciones de la conquista del
fin. Pero entre la tesis de Simon y la de Morin hay una diferencia importante. Mientras
que en Morin, la complejidad es creciente, desde los niveles más inferiores a los más
superiores, en Simon (1974), la complejidad del hombre es fundamentalmente reflejo
de la complejidad del medio en el cual vive: el hombre es un sistema adaptativo
relativamente simple. La categoría de auto-generación, que encontrábamos en la
endo-causalidad de Morin, pierde, aquí, relevancia, pus los fines del hombre, que se
definen en el encuentro de esos dos medios, interno y externo, «no revelarán más
que algunas raras propiedades de su medio interno, de la maquinaria psicológica que
le permite pensar».
La constitución del medio interno se realiza en el intercambio informativo y
comunicativo de dos canales: los canales aferentes, a través de los cuales el sistema
recibe información de su entorno; y los canales eferentes, o motores, desde donde el
sistema actúa sobre el medio.
El problema que se puede encontrar en el pensamiento de Simon, no está tanto en
la aceptación de la formación de los programas teleológicos en ese punto de
encuentro entre lo interior y lo exterior, como en la falta de especificación de la forma
cómo «lo interior» procesa, interpreta o si se quiere, «traduce» las informaciones del
mundo exterior; porque el problema de la génesis de esa programación teleológica
está en ese interior, a no ser que se acepte, que la constitución de las finalidades del
hombre son, simplemente, adaptaciones, búsqueda de equilibrio con el medio
exterior. Tal vez, se pueda decir que se hecha en falta una teoría del significado y de a
significación, su explicitación ofrecería un marco de interpretación y del proceso de
conformación de ese «mundo interior» o «maquinaria psicológica».
En cualquier caso, esa no es su preocupación central. Todo su discurso va en la
línea de establecer un nexo de unión, fundamental para la ciencia moderna, entre la
ciencia de lo natural y la ciencia de lo artificial, que podría traducirse como «lo dado»,
por un lado, y lo creado, por otro. Esos dos mundos en oposición sitúan al hombre
pensante como un artífice, como creador, porque como dice Simon, más allá d elas
características internas de su singular maquinaria psicológica, «todo en su
pensamiento y en su aptitud de resolver es artificial: todo se aprende y es susceptible
de mejora a través de modelos mejorados».
Otro autor significativo de la sistémica contemporánea es Niklas Luhman. Este
autor da paso a una concepción general de los mecanismos de los sistemas de acción,
basada fundamentalmente, en la reducción de la complejidad ambiental. Es una
propuesta que, sin duda alguna, abre unas nuevas perspectivas en el planteamiento
de la intencionalidad y finalidad de los sistemas.
El punto de partida de Luhman es un replanteamiento acerca de la entidad del
sistema; de hecho, la pregunta por la entidad del sistema es una pregunta por el ser
del ente. Luhman abandona las interpretaciones sistémicas basadas en términos de
relación todo/partes, para dar paso a una interpretación del sistema en términos de
diferenciación con el medio, para poder identificar al sistema en un medio complejo.
Se vuelve a plantear, en este autor, el tema de las programaciones teleológicas en
términos de relación entre el sistema y el medio, lo que es igual que decir entre lo
interior y lo exterior. La base explicativa de los mecanismos de decisión y selección de
los sistemas de acción es, fundamentalmente, la reducción de la complejidad. La
reducción de la complejidad ambiental la llevan a cabo los sistemas a base de definir
subjetivamente la problemática ambiental relevante a efectos suyos y elaborarla
detalladamente.
Es la diferenciación del sistema en el medio lo que permite diferenciar entre lo
existencial y lo ambiental. La reconversión del mundo complejo, la reducción de la
complejidad ambiental en complejidad existencial, propia y significativa al sistema,
convierte a los mecanismos de acción de los sistemas en un proceso de determinación
de lo indeterminado. Esta capacidad de reducir la complejidad ambiental en
existencial, lo llevan acabo los sistemas humanos a través del sentido. Efectivamente,
en la tesis de Luhman, toma relevancia la capacidad d elos sistemas humanos de
tratar los factores causales selectivamente, esto es, inteligente y estratégicamente.
Pero, lo que hay de fundamental en su pensamiento, es la explicación del proceso de
reducción de la complejidad. Esa reducción de complejidad se lleva a cabo siguiendo
distintos momentos precesuales que concluirán en la determinación y conformación
del conjunto de fines y expectativas propias de cada sistema.
El primer momento es la sustitución de la situación objetiva por la subjetiva, eso
es, el sistema orienta su acción de acuerdo con su propia representación de la
realidad en este punto, el de la subjetivización, Luhman hace una puntualización
respecto a la diferencia que hay entre relatividad sistémica por un lado, y subjetividad
por otro. La relatividad sistémica se explica en los términos de relación que todos los
sistemas mantienen con el resto de los sistemas, y, aunque esa relación selectiva, no
se hace subjetiva más que en virtud de la formación de sentido. Estos dos aspectos,
relatividad y subjetividad, se hacen indispensables en el proceso de reducción de la
complejidad. la subjetivización, a la que Luhman se refiere como la «estrategia de la
subjetivización», no basta por sí sola, sólo contribuye a la solución de problemas de
actuación en tanto que lo sitúa en la dimensión de su ejecución posible.
El segundo paso, presupone la subjetivización y se refiere al consenso en torno a
las representaciones formadas subjetivamente. Esta consideración debe ser entendida
como un aspecto aclarativo de la subjetividad de la que habla Luhman. No es una
subjetividad ausente y extraña de su realidad, sino que se constituye, se forma y se
desarrolla en un medio cultural, con aspectos comunicativos y valorativos
consensuados e institucionalizados. Esta indicación de la pertenencia de los sistemas a
medios institucionalizados debe ser entendida como algo que «reduce la infinitud de
formas de comportamiento posibles».
El tercer momento del proceso de reducción de la complejidad ambientan lo
designa «la estrategia de la diferenciación ambiental». Esta estrategia recoge la
capacidad que tiene el sistema para, con ayuda de su propia representación del
mundo, llevar a cabo una diferenciación ambiental, que sostiene, por un lado, su
autonomía y, por otro, su estabilidad.
Tan importante como la diferenciación ambiental es la diferenciación interna del
sistema. Esta estrategia se hace posible por dos vías: la vía de la diferenciación
sistémica y la vía de la diferenciación procesual. Estas dos vías son las que, en
definitiva, hacen posible que el sistema pueda transformar lo ambiental, lo no
dominable, en existencial, en interior, esto es: dominable y elaborable. La
diferenciación interna se hace a través de la conformación de los distintos subsistemas
que potencian la capacidad de adaptación y aprendizaje del sistema en su conjunto.
Esa diferenciación interna del sistema es lo que posibilita localizar y aislar en
determinadas partes del sistema aquellas reacciones ambientales que aparecen como
factores de perturbación.
La última estrategia viene a indicar que todo proceso selectivo presupone y se
apoya sobre puntos de vista determinados que le sirven de estructura. Por ejemplo,
en el hablar, la estructura de apoyo es la lengua. Esas estructuras presentan rasgos
de determinación en cuanto que son necesarias para mantener criterios de selección
de las informaciones y comunicaciones venidas del exterior, pero, a su vez, presentan
rasgos de indeterminación que le permiten absorber, sin necesidad de modificar la
estructura, el mayor grado de complejidad y variabilidad posibles.
Estas cinco estrategias y su combinación posibilitan la conformación de fines, pero
no es una combinación ni mecánica, ni lineal. Los fines se presentan, en realidad,
como tensiones de la estructura teleológica del sistema, que se ve necesitado de
resolver problemas de conservación y optimización en un medio excesivamente
complejo. Parafraseando a Luhman se puede decir, que «los fines se convierten, aquí,
en expectativas y percepciones que posibilitan el desplazamiento parcial de la
problemática existencial de fuera a dentro, esto es, hacia la esfera de la propia
disposición».
Estas consideraciones de la conformación de la estructura teleológica de los
sistemas en un campo de determinación/indeterminación, le lleva a Luhman a
plantearse los procesos de racionalización, o mejor de lo racional, como esa capacidad
de asumir, selectivamente y con sentido, el medio reconducirlo desde ese mundo
interior.
Gran parte de las explicaciones de estos tres autores deben ser traspasadas al
terreno de las acciones e intervenciones educativas, porque sus conclusiones abren
unas vías de planteamiento útiles, no sólo para la consideración del educador y
educando como sistemas, sino también, y fundamentalmente, para ofrecer una
resolución teórico-práctica a un problema tan central como es el problema de la
racionalización de las acciones educativas.

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