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PALMIRA

Ah la bandera
la bandera de la carne que sangra
en la seda de los mares y las flores del Ártico
que no existen

S. Beckett
EN LA SED, TEMOR AL AGUA

Aquel que cruza mantiene una leve calma en sus pasos sedientos, pero es difícil
conservar el calor entre hablas arropadas
en la frialdad de ese aliento

las cicatrices vuelven a temblarle cuando deriva la sombra del monte


cauces ocultos bajo las raíces
el merodeo de un pulso envenenado

mengua el rostro junto a la orilla, la voz del agua coja recuerda al peso
de las rocas ocultas tras ese velo
recuerdo malherido del cristal

un rubor ácido penetra la garganta cuando se fuerza un idioma


plagado de cenizas

el sudor de los montes azuza la piel marcada de aquel


extraviado en la estepa
ESCORZO DESASTRE

I.

En el labio torcido del valle la sal de la ciudad remueve las raíces

es la conmoción, sus habitantes.

Ninguna región intacta en aquello que conocías. Ya no importa,

te zambulles y levantas como un animal diferente, totalmente atrapado

Horizontes de ciénaga plagan los barrios

es un bosque de rémoras ardientes.

Se espesa el aire en caldo, horas taladro bajan apenas

desde un sol escondido, escandaloso.

Eres el desastre, eres

el desastre.

Pasos de humo, se escapan las horas

del desgaste bajo la lengua, el sabor a monedas

te menea el habla.

Es el idioma del plomo el que nos pesa los párpados.

Paso picadura, paso meandro cubierto en asma, maldita vida.

La madre da un golpeteo nervioso, inútil, espanta sin éxito la palabra que la ahorca.
No llegan los hijos.

Virulencia y tumulto a los tropiezos en cada esquina

el enjambre pisotea la fruta, madriguera de alcoholes

caramelo asfixiante que vierte el refresco en ascuas.

Nada basta, tendidos en un borde, los jóvenes apilan cuescos,

en una tosca pirámide que apenas logra cúspide, pierde el equilibrio.

Hay días y días, hoy

no es ninguno de esos.

De pronto la parálisis.

Las horas sobre el aceite, arden


animales en derrumbe brincan hacia los muros, cuecen sus patas
a la llama del suelo.
Muerden una bolsa que se les revienta con amargura en el hocico
se echan a correr
en rabia, tendidos, al risco piden por lluvias.
Piensan aguaceros hace tiempo.

Por la tarde
las sombras toman la pose de perros en lanza, cobran peaje a la
distancia
le ofrezco mis brazos

Un llamado trueno
muele lo poco que queda en nuestras mesas
mientras tanto, ellos salen masticar granito y pierden la calma
cuando ven el agua torcerles el cuello.

Es la muerte de todas las ciudades.


Festividad y tormento.

II.

Murmuramos un idioma que gotea sarro. Andamos a rastras de


avispa herida
dentro del confuso magma de una canaleta.

Milenio de polvo y relave


varados a la suerte al alquitrán de los jotes.

Una niña descubre el vacío


en el reflejo de su boca abierta frente al monitor negro
¿alguna calma?

A dónde ibas, ninguna suerte corresponde


a quien habita en la turba del cableado. Y es así, nuestros cuerpos son tomados
por el tendido que levanta a la ciudad.

Todos rodaremos cuesta abajo.

Vivir aquí es la conmoción de un desgarro.

III.
Por las noches el silencio a presión
pared a pared
es la mano que toma con fuerza la sábana
y se funde en un nudo sudoroso
apenas un llanto crecido hasta el cielo raso

Horas hormigón
algo de sal y aceite fascina a las moscas
cada vez más
pueblan el labio del cuenco
y callan.
El silencio en nudo
aún
es el ojo que no cierra su marca
descienden las aves y pronuncian petróleos
tallan el suelo, se aparean con el barro.

Es la exaltación estancada del puño varado en su propia empuñadura


es la mirada férrea, acusadora
el frío roce de un espasmo trepador en la costilla.
Al costado la ventana
abierta a la espera de un eclipse
jamás bailado.
Hace un tiempo me desarmé sobre la rasposa y colmada frente
del malecón. Pies fríos, sudados
mi vientre la ola torcida en la roca

Conversaciones de la calle colmando el espacio de viento


que separa jotes de gaviotas, sentenciando
ZONAS DE SACRIFICIO

I.
Marea negra, sales guardadas de lenguas en filo
sus aires muerden la flor desde el interior de su cántaro
hurta el eje del terreno vivo. Amasa un licor cuesta abajo
ahí donde yace el hueso adyacente a la ceguera.

El manantial sucedáneo roe las colinas hasta que perecen dunas.


Contraria a cualquier presencia la boca de un pozo exhala arpegios
desdentados en dirección contraria al vuelo
contra cualquier posibilidad de refugio.

II.
No hay espejo para las quijadas. La compañía de potros andrajosos
busca algún túmulo de dónde aferrarse. La sed
musita el nombre de una laguna, pero el bosquejo de un cráter
acecha la maleza. Donde no habrá nada.

El pobre relincho repta junto al mutismo pendular de sus colas.


Contragalope en el polvo mezclado con atardecer. Rumiante
finge mascar sediento, acalambrado; ahora en el suelo ya no espera.

Cercos acusan la morada que acosa los débiles muslos


que de vez en cuando se frotan unos con otros como esperando
presionar más y más alguna espina olvidada en esa piel entumida.
Amaga la raíz en el suelo con estría, cabecean de frente.
Lomo que arrea el peso de mil jorobas. Ojo machacado, bufa el plano entero
suda frío la crin llorosa.

III.
Sobre el flujo ciego una red abre su vientre e interroga, de pronto
un chispazo devela el canal de los cuerpos atrofiados de la marisma
con sus ojos atados hicieron un gesto, espuma de cuarzo
seseó el horror que agrupó los nombres en una cadena
y los lanzó entre las rocas

Sabor impaciente, agrieta a esta hora,


podrían llamarme humo y acudiría medio muerto
al último discurso de la espina

Jamás vi un pez con escamas rojas, nunca hubo peces en la bahía.


Desde hace mucho, ninguna bahía

Las vigas de una casa quemada ceden pedazo a pedazo en la cima del cerro
desde allí acuden los jotes a salpicar su alquitrán
y de un salto planean a las orillas
a enredarse entre las rocas como algas negras atragantadas por las olas
donde ya no hay bahía
Parecieran mil tormentas
esta noche la ruina
donde sea, marea y galope: la colonia de avispas resignada a lanzarse al río.
El alacrán tantea las paredes con su bastón, algo de comer algo de comer
señala desde la orilla y cruza con sus pasos de agujero.

Es el castigo
dicen los frailes que caminan moliendo el hinojo
y esparciéndolo sobre este suelo.
Con sus rostros de yeso hablan de la sed y escupen
hacia nuestros zapatos. Alzan sus brazos en tono de condena
ellos
son los brujos.
Allá se ve un barco con un mástil partido en dos

el árbol que se pudre desde la copa.

Volví a oír una risa. Al principio estaba atormentado

en verdad, los próximos años se presentaban como llanura quieta

de suelo murmurante.

Con un manojo de hierba en las manos

fui liberando de a poco las lánguidas hojas que más bien

eran los jirones de mi ropa.

Ningún animal por delante, ni peces perdidos instalados en tierra firme

¿Es acaso tierra firme?

La cabeza, una membrana palpitante

un coágulo de desazón. Terror de palparla

Allá se ve un barco, un lejano mueble

donde todo parece muy ligero


PESADILLAS

I.

Escuché toda la noche

una tropa de niños corretear en el pasillo

te diría

son las mil patas del alacrán.

¿Qué es eso?

¿Qué hago?

La cama tiene alacranes.

Cadenciosos sacuden sus espolones, crujen sus patas

pueblan el mundo bajo las sábanas.

Alacranes de guerra golpean sus escudos al sitiar la noche,

levantan torres de donde asoman sus ojos de piedra hueca.

Claman al agua, pronuncian asfixias

Bajo las tablas se ubica la duna más alta

al costado, la luna falciforme es devorada por su propia mengua


II.
Esconden la boca cuando bailan

sincronizan el aguijón a contraluz rompiendo en eclipse.

Escama de alacrán se hunde en la falla

Será el oráculo: una amenaza escalofriante

sobre el apogeo de las ciudades.

Casi oí gemir el asfalto.

El alacrán nace de la punta de un cactus

y cae en la sombra del cuarto

la falta de luz devora de a poco los ojos.

¿Qué será de ese correteo en los pasillos?


Notarás

el baldío no reconoce sombra venida del exterior

todo parece arder

junto al brillo a medio oxidar

cada día un perro distinto lame las rejas, se echa al sol

y aúna su pulso con el crujido de las baldosas.

Hombres plomizos se aferran a máquinas

en la oscura garganta de un taller sin materia

marcan sus huellas de grasa en un espejo

delinean el ahogo de una luna negra al borde de la eclosión

la palma irritada tras levantar una choza en la yerba seca

sobre el colchón desnudo

aguanta la respiración hasta lanzar una breve nota negra

contra la nula brisa

y tras las puertas, el silencio.

Mirada extendida por el pasillo helado


ÚLTIMA

Es difícil saber cuándo se avanza por un sendero


o sobre una tumba. Míralos
circulan como hormigas
en sus juegos de callejuela
atacar, domar, esconder y reír

Pero contar pasos ajenos sólo te llevó


a reír por un corto rato.
De pie junto a la ventana
una araña más en la cortina
tejiste una fumarola, la mala suerte en las cartas

El recuerdo de aquella noche


la de los alaridos de un hombre
ahora desconocido.
Es el relato que nos lleva a sumergirnos tantas veces
en la intensidad del frío
que poco a poco te recortó la figura.

Rubor petróleo en los labios


temblaba la piel asustada
mientras tanto los perros
seguían dando forma al barro

Ahora esa humedad guarda silencio en los tejidos


la mugre pálida se acumula en tu luz
sin dirección.
Es una vuelta corta si te pones a pensar
sonrisas pétreas
postes rasantes
la vuelta a los bordes.
Filosa la respiración que intuyo la insistencia
eco de un recelo

Dices haber hecho las paces contigo misma.


Por ahora
del invierno viene su segunda morada
y el habla ya se vuelve un aliento atorado.

Decidiste sembrar un perímetro extenso de polvo


al son del bruxismo, ritmo de tus pesadillas.
Lees entre los estallidos de la espuma, mientras
encrespas las pestañas una a una.

Hablarte fue como mirar


por la misma ventana.
Estabas tan sedienta

La vida a un lado
y la memoria al otro, tras la pandereta