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APRENDER A MADURAR

Un reto para el hombre de hoy


ANTONIO FUENTES MENDIOLA

APRENDER
A MADURAR
Un reto para el hombre de hoy

EDICIONES RIALP, S. A.
MADRID
© 2006 by ANTONIO FUENTES MENDIOLA
© 2006 de la presente edición by EDICIONES RIALP, S. A.,
Alcalá, 290. 28027 Madrid

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miento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier
medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopias, por registro u otros
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Diseño de portada: Cristóbal Táuler

Fotocomposición: Gráficas Anzos, S. L.


ISBN: 84-321-3592-5
Depósito legal: M. 20.428-2006

Impreso en España Printed in Spain


Anzos, S. L.- Fuenlabrada (Madrid)
ÍNDICE

Págs.

PRÓLOGO....................................................................... 7

PRIMERA PARTE
SÍNTOMAS DE INMADUREZ

l. GUIARSE POR LO QUE APETECE ................................. 16


2. AIRES DE SUFICIENCIA .. ... .. ... .. .. ... .. ... .. .. ... .. ... .. .. ... .. ... 36
3. LIBERTAD SIN ATADURAS .. .. ... .. .. ... .. ... .. .. ... .. ... .. .. ... .. ... 46
4. MIEDO AL COMPROMISO .. .. ... .. .. ... .. ... .. .. ... .. ... .. .. ... .. ... 59
5. TENDENCIA AL DISIMULO .......................................... 75
6. RESPETOS HUMANOS . .. .. ... .. ... .. .. ... .. ... .. .. ... .. ... .. .. ... .. ... 83
7. SUSCEPTIBILIDAD ENFERMIZA . .. ... .. ... .. .. ... .. ... .. .. ... .. ... 93

SEGUNDA PARTE
HACIA UNA MADUREZ ADULTA

l. FORIAR EL CARÁCTER............................................... 115


2. AFINAR LA CONCIENCIA ... .. ... .. .. ... .. ... .. .. ... .. ... .. .. ... .. ... 131
3. ASEGURAR EL CRITERIO ............................................ 152
4. DOMINAR LA AFECTIVIDAD ....................................... 163
5. DECIDIR CON RESPONSABILIDAD ............................... 180
6. MANTENER LA CALMA .............................................. 190
7. CULTIVAR LA CONSTANCIA . ... .. .. ... .. ... .. .. ... .. ... .. .. ... .. ... 204

5
TERCERA PARTE
MADURAR POR DENTRO

l. AVIVAR LA FE ........................................................... 225


2. FOMENTAR LA ESPERANZA ... .. ... .. .. ... .. ... .. .. ... .. ... .. .. ... . 244
3. APRENDER A QUERER ................................................ 253
4. DAR SENTIDO AL DOLOR ........................................... 268
5. SERVIR CON GENEROSIDAD ....................................... 282
6. ACTUAR CON COHERENCIA ....................................... 294

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PRÓLOGO

Desde que nace, el ser humano -varón o hem-


bra- se enfrenta al reto de madurar como persona.
Primero, como es lógico, en lo físico; después, tam-
bién en lo psíquico y espiritual. A medida que va de-
sarrollándose su inteligencia adquiere un conoci-
miento más ajustado de la realidad, de sí mismo y de
los demás. Con la reflexión aprende a ponderar sus
juicios, a sopesar los pros y contras de sus decisio-
nes, con el poso y equilibrio propios de la madurez.
Tal vez parezca difícil, pero la verdad es que está al
alcance de todos. Con una condición: que uno esté
dispuesto a superarse y ganar en personalidad.
Aprender a madurar es todo un reto. Supone una
lucha decidida por adquirir virtudes, por eliminar en
lo posible la pereza y la desidia. Por no hacerlo, mu-
chos se quedan como hipnotizados ante el bombardeo
de una publicidad a veces agresiva e inmoral. Y, va-
cíos por dentro, se alimentan de fantasías e ilusiones.
Sin valores ni ideales sólidos, se vuelven «pasotas»,
conformándose con «ir tirando» y «pasarlo bien». Pero
he aquí que cuanto más empeño ponen por ser feli-

7
ces, no pueden evitar sentirse desgraciados. De ahí
que basculen entre la euforia y el abatimiento, entre
la alegría y el pesimismo.
La inmadurez viene a ser como una grieta abierta
en la propia personalidad. De la adolescencia, llena
de zozobras, se ha de pasar a la madurez de la vida
adulta. Pues creados por el Amor y para el amor,
cada persona ha de emprender el camino de un de-
sarrollo armonioso. «A cada hombre -ha dicho Juan
Pablo 11- se le confía la tarea de ser artífice de la
propia vida; en cierto modo debe hacer de ella una
obra de arte, una obra maestra» 1• Esto significa po-
ner los medios para forjar el carácter, enreciar la vo-
luntad y adquirir criterio. No se tendrá miedo enton-
ces a asumir las propias responsabilidades.
Por inmadurez, hay quienes piensan que podrán
hacer todo esto en un simple abrir y cerrar de ojos.
Nada más lejos de la realidad. Hace falta tesón y
constancia, un ánimo optimista y decidido para no
«arrojar la toalla» a la primera dificultad. Sin estí-
mulo, sin afán de superación es fácil hacerse presa
del hedonismo, considerar el gozo y el placer como
la auténtica panacea. Quien por imprudencia pica ese
anzuelo, considerará normal la promiscuidad sexual,
el consumo de drogas, el uso de abortivos, de anti-
conceptivos, y tantos esperpentos más. El hombre se
rebaja así en su dignidad. Hay que apercibirse para
no caer en manos de gentes sin escrúpulos ni moral.
Para ellos Dios no existe. Y, como decía Dostoievski,
«si Dios no existe, todo está permitido».

1 Juan Pablo 11, Carta a los artistas, 4-IV-1999, n. 2.

8
Frente al «yo» erigido en dueño y señor absoluto
del propio destino, la persona medianamente sensata
busca la madurez de su espíritu. Sabe que poco o nada
conseguirá con la protesta, la indignación o la rabie-
ta frente a los estragos de la arbitrariedad o el liberti-
naje. A la inmoralidad hará frente no con la discusión
o el enfrentamiento, sino con sensatez y coherencia.
Una madurez que, por estar anclada en la verdad,
crece y se desarrolla en el humus fecundo del olvido
de sí, del servicio a los demás. El hombre se hace así
realmente libre, señor de sus actos. Un camino cos-
toso, pero necesario. Los mediocres, los volubles y
caprichosos prefieren la vida cómoda, rechazan la
responsabilidad. A base de manosearlo llegan a con-
fundir el amor con la sensualidad, los sentimientos
con el sentimentalismo. Sin comprender que el amor,
cuando es auténtico, supone entrega, sacrificio.
Si para cualquier persona esto es importante, aún
lo es más para el hombre de fe. Al mal debe respon-
der con el bien, a la mentira con la verdad, al odio
con el amor. Su alegría y optimismo serán expresión
genuina de una fe traducida en obras, consecuencia
lógica de una vida coherente. Obra conjunta pues del
esfuerzo humano y de la acción de la gracia. De ahí
que el avivar la fe sea camino obligado para ganar
en magnanimidad de espíritu, para abrir el alma a
horizontes de ilusión y esperanza.
Aprender a madurar exige, entre otras cosas, amar
la verdad y practicar la justicia. Porque se trata de vi-
vir en paz y ser portadores de alegría. La persona que
se ha tomado en serio su madurez, habla sin ofender,
comprende sin murmurar, respeta las opiniones de
sus semejantes sin enjuiciarlas a la ligera. A la ofen-

9
sa responde con el perdón, al vicio con la virtud, a la
contrariedad con la sonrisa. N o hace tragedia por
tanto de las menudencias, ni se desfonda cuando se
topa con el dolor. Fuerte y recia, mantiene la calma
en todo momento, y tiene siempre a mano un gesto
de buen humor ante lo que le contraría.
Son éstos algunos de los rasgos de la personali-
dad madura. No hay que verlos como si fueran una
quimera o una utopía. N o. Es sencillamente la conse-
cuencia de haber sabido limar las aristas del carácter,
las asperezas de una voluntad rebelde. ¿Cómo lograr-
lo? Proponiéndonos metas concretas y realistas, y
por supuesto a base de tenacidad y constancia. A pe-
sar de los errores y deficiencias que se puedan tener,
se logrará si no se ceja en el empeño. Aprender a ma-
durar se convierte por esta razón en uno de los prin-
cipales retos que se le plantean al hombre de hoy.

A. F. M.

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PRIMERA PARTE

SÍNTOMAS DE INMADUREZ
Cuando alguien enferma, lo primero que hace el
médico que le atiende es diagnosticar la causa de su
enfermedad. Pregunta, ausculta, valora los síntomas;
luego, tras un maduro estudio, recomienda la terapia
más adecuada. Algo parecido ocurre cuando se trata
de dar con las causas de la inmadurez. Se presenta
ésta como una enfermedad del psiquismo humano.
Sus síntomas son claros: ligereza en el hablar, irres-
ponsabilidad, fluctuación del carácter, desconexión
de la realidad ... En todos ellos se aprecia un denomi-
nador común: cierto desequilibrio interior, falta de
criterio, conciencia mal formada, desorden de la afec-
tividad, entre otros.
Para corregir y sanar estos desórdenes, se han de
dar con las causas últimas de la inmadurez y aplicar
la terapia más adecuada. El hombre tiene la tenden-
cia a seguir su criterio, aun cuando sea erróneo, a
causa de su mala conciencia. Es indicativa a este
respecto la parábola del hombre insensato. Como
imagen vale más que mil palabras. Este hombre, tras
recoger una extraordinaria cosecha, se dice: «Esto

13
haré: destruiré mis graneros y los construiré mayo-
res, y allí guardaré todo mi trigo y mis bienes. En-
tonces diré a mi alma: alma, tienes ya muchos bie-
nes almacenados para largos años; descansa, come,
bebe y pásalo bien». Pero Dios le recrimina: «¡In-
sensato!, esta misma noche te pedirán tu alma. Y lo
que has preparado, ¿para quién será? Así es el que
atesora para sí y no es rico ante Dios» 2•
En este hombre puede verse reflejado al hombre
de todos los tiempos. Vive para sí, para sus intereses;
sólo piensa en pasarlo bien, sin preocuparle el bien de
los demás. Su insensatez corre pareja con su egoísmo.
No piensa que Dios puede pedirle la vida en cual-
quier momento. Por falta de reflexión, de prudencia,
ha empobrecido su mundo interior. De la realidad
sólo capta aquello que perciben sus sentidos.
Jesús se sirve también de una alegoría para ins-
truir a sus discípulos. Una mañana temprano, cuando
desde Betania se dirigía a Jerusalén, siente hambre.
Junto al camino ve una higuera frondosa, exuberan-
te. Se acerca a ella, pero no encuentra frutos. La ver-
dad es que no era tiempo de higos. A pesar de ello la
maldice. Con esto quería grabar en la mente de sus
discípulos la importancia de hacer rendir los talentos
recibidos. En su caso, la gracia de Dios. No podían
conformarse con una vida rutinaria, anodina, sin más
ambición que los deseos de su egoísmo. Así lo dirá
tiempo después: «¿De qué le sirve al hombre ganar
todo el mundo, si pierde su vida?» 3• El prestigio pro-

2 Le 12,16-21.
3 Mt 16, 26.

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fesional, el poder o la influencia social, son útiles y
eficaces cuando se emplean para dar gloria a Dios
y servir al prójimo.
La vida carece de perspectiva cuando uno se
mueve por el afán de poseer. Lo que importa enton-
ces es ganar para disfrutar y pasarlo bien. Desde ese
punto de vista, la entrega generosa y el servicio desin-
teresado carecen de sentido. Los ideales nobles, los
que ayudan a madurar como personas quedan margi-
nados. A remolque de los acontecimientos, puede
uno conformarse con dejar pasar los años, tal vez
entre lamentos por no ver cumplidas sus ilusiones.
Para madurar como personas es necesario cam-
biar de chip. El «yo», que a veces aparece en grado
superlativo, ha de dejar paso al «tÚ» generoso de la
entrega y el compromiso fiel. Esto obliga sin duda a
cambiar de parámetro mental, a dar un giro coperni-
cano al modo de pensar, de sentir y amar. Un camino
que aunque esté lleno de obstáculos es transitable,
basta emprenderlo con sencillez y grandes dosis de
humildad.
Los obstáculos no importan cuando hay rectitud.
La mayoría de las veces son fruto del orgullo o la
vanidad, de una imaginación proyectada sobre uno
mismo. Detectarlo a tiempo es ya dar un paso im-
portante en la conquista de una personalidad madu-
ra. No hace falta para ello ser un superdotado, ni se
necesita siquiera conocer los principios de la termo-
dinámica ni la ley de la relatividad de Eistein, y me-
nos batir una marca atlética. Hay que empezar por el
conocimiento de uno mismo, mucho más difícil que
todo lo anterior. Con ese conocimiento es fácil ela-
borar un proyecto de futuro, ilusionarse por avanzar

15
cada día un poco, afianzando el carácter y luchando
contra la rutina. Con este objetivo mostramos algu-
nos de los síntomas más frecuentes de inmadurez.
No para ridiculizarlos, sino para tomar conciencia de
ellos y tratar de superarlos.

l. Guiarse por lo que apetece

Es uno de los síntomas que con más frecuencia


nos afectan. La tendencia a guiarse por lo que apete-
ce, lo que gusta o agrada, a la larga puede hacernos
flojos e indecisos, poco responsables. Es reflejo de la
crisis de valores que sufre la sociedad actual. Afecta
a todos, especialmente a los jóvenes y a quienes a
pesar de sus años aún no han logrado madurar. Se
manifiesta en apatía e inseguridad, tanta que no po-
cas veces llega a paralizar. Por vivir pendientes de lo
que apetece, se bascula entre la ilusión y el desen-
canto, entre los grandes ideales y los instintos más
egoístas. Faltos de resortes interiores, se acaba ce-
diendo a la ley del mínimo esfuerzo.
N o se trata de quedarse sólo en lo negativo de
esta tendencia. Se destacan los defectos con la inten-
ción de dar con las virtudes para superarlos. Toda
actuación humana lleva emparejada junto a las posi-
bles sombras abundancia de luz. Como ocurre en la
pintura o en la fotografía, se ha de pasar por el nega-
tivo para llegar al positivo. Y eso aun en la fotogra-
fía digital electrónica más avanzada. En toda obra de
arte se ha de pasar de lo imperfecto a lo perfecto,
de la sombra a la luz. Lo mismo el hombre. Llegará
a la perfección, a la madurez, en la medida que se

16
esfuerce por superarse, por hacer lo debe y no lo que
le apetece.
No es criterio fiable, por tanto, tomar como ban-
dera el «hacer lo que a uno le apetece». Nunca la
subjetividad fue tomada como criterio cierto de con-
ducta. Y a pesar de eso se ha puesto de moda -como
manifestación de libertad, se dice- el hacer en cada
momento lo que a uno le viene en gana. La madurez
no se alcanza haciendo lo que apetece, sino lo que se
debe, y esto aunque cueste. Para ello es imprescindi-
ble fortalecer la voluntad, dominar el carácter, con-
trolar los afectos.
Muchas expresiones y modos de actuar, tanto de
jóvenes como de mayores, hablan a las claras del re-
curso a lo fácil, a lo que gusta o está de moda. Tanto
en la calle como en el hogar, entre gente joven y no
tan joven, es significativo el desparpajo con que se
rechazan las propias obligaciones o se rehuye la res-
ponsabilidad. Sin entrar en un elenco minucioso de
tales actitudes, sirvan como botón de muestra las si-
guientes:

• Comidas: Como lo que quiero, lo que me ape-


tece. Me pone a cien que me digan lo que debo
tomar, y más cuando no me gusta.
• Televisión: Prefiero verla tumbado en el sofá,
para mí es más cómodo. La verdad es que a ve-
ces me aburre, pero no se me ocurre otra cosa
para descansar. Como no sé qué hacer y tengo
que «matar» el tiempo, enciendo la tele y me
trago lo que me echen.
• Móvil: Mando un mensaje, doy un toque, llamo
a un amigo. ¿Por qué? No sé. Porque me apete-

17
ce. Ya sé que no lo necesito, pero me lo paso
«guay» tecleando el móvil.
• Tiempo libre: Cuanto más, mejor. No me lo
programo, no sea que luego tenga que cambiar
de planes o encuentre algo que me guste más.
Me revienta el compromiso; me ata, me impide
hacer lo que me gusta.
• Obligaciones: Por pura necesidad hago a veces
cosas que no me apetecen. En cuanto puedo,
me zafo de ellas. Me encanta soñar, dejar suelta
la imaginación, hacer lo que más me gusta.
Quiero ser cada día más libre, sin obligaciones
que me esclavicen.

Como fácilmente se puede ver hay un denomina-


dor común en cada una de estas respuestas: el deseo
de hacer lo que gusta, guiarse por lo que apetece. Un
síntoma de inmadurez provocado la mayoría de las
veces por un clima fofo y acomodaticio, en el que
está ausente el sentido de responsabilidad y el de-
seo de superación. Por esto se rechaza lo que supone
esfuerzo, aquello que incomoda. «j Que nadie me
moleste!», gritan algunos cuando llegan a casa. «¡No
me atosigues, sé lo que me hago!», protestan otros
cuando les corrigen. En el fondo, con su actitud ma-
nifiestan inmadurez, falta de carácter. Nadie media-
namente sensato piensa que será feliz haciendo lo
que le venga en gana. N o lo será si no lucha por do-
minar sus pasiones, por sujetar su imaginación o su
fantasía.
Los buenos deseos no bastan. Por mucho que uno
se empeñe en ser feliz, si no enrecia su voluntad aca-
bará cediendo al tirón de sus pasiones. Pues mientras

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la mente propone una cosa, la sensualidad inclina por
la contraria. De ahí que por estar divididos en su inte-
rior haya quienes en su inmadurez se sienten desilu-
sionados e insatisfechos, dejándose llevar del des-
consuelo o la tristeza. Sin un criterio seguro al que
agarrarse, lo normal es que terminen por sucumbir a
la arbitrariedad, al dictado de sus caprichos. Se ex-
plica así que se haya impuesto un axioma tan simple
como erróneo: «bueno es para mí lo que me reporta
placer, lo que me permite gozar y sentir cada vez
con mayor intensidad». Importa ante todo ser feliz,
pasarlo bien, aunque sea muy alto el coste moral que
haya que pagar.
Desde antiguo, el hombre se ha sentido atraído
por la fascinación de lo bello, por la fuerza y el es-
plendor de la verdad. En la medida que saboreó el
bien que apetecía y la verdad que anhelaba, fue feliz.
No obstante, en seguida comprobó que el camino de
la felicidad estaba cuajado de obstáculos. Entre otras
cosas, porque no podía superar la limitación de su
inteligencia ni la fragilidad de su voluntad. De ahí
que no siempre acertara a la hora de elegir el bien
que deseaba o la felicidad que apetecía. Al contrario.
La historia está plagada de intentos fallidos. El ser
humano se ha debatido entre un deseo ilimitado de
felicidad y el desconsuelo que su propia debilidad le
producía. A pesar de sus esfuerzos, no pudo eliminar
ni el dolor ni la enfermedad, y menos la muerte. Es
más, llegó a considerar estos límites como un enig-
ma indescifrable. Mucho tiempo había de pasar has-
ta que se iluminara este misterio, no por la capacidad
de la mente humana, sino a consecuencia de la luz
que sobre ella proyectó la revelación divina.

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¿Es posible conciliar dolor y felicidad?

Una pregunta que se ha hecho el hombre con fre-


cuencia a lo largo de la historia. Y se la sigue ha-
ciendo. ¿Cómo dar respuesta a esta aparente antino-
mia? Las soluciones dadas por la filosofía han sido
muy diversas, sin llegar a convencer del todo. Ya en
la India, a mediados del siglo VI a.C., había surgido
un movimiento filosófico-moral fundado por Buda.
Esta cuestión se la planteó Buda (en realidad era el
príncipe Siddhárta Gotama, de la tribu de los Sakyas),
que quería ser feliz. Pero al toparse con el sufrimien-
to y el dolor, duda y no sabe qué hacer. Un día, tras
un rato de reflexión, cae en la cuenta de que la infe-
licidad tiene el mismo origen que la vejez, la enfer-
medad y la muerte. Se decide a atajar estos males.
Se retira al desierto, donde recibe un rayo de luz.
Esa iluminación le convierte en Buda, esto es, en ilu-
minado. Comprende entonces que el hombre será fe-
liz en la medida que logre eliminar sus deseos. Aún
no sabe cómo. Lo medita y con el tiempo descubre
lo que llamó las cuatro bienaventuranzas.

Feliz el que carece de deseos en el mundo.


Feliz el que logra vencer todos los pecados.
Feliz el que evita el dolor de los sentidos.
Feliz el que no tiene sed de vivir.

A Buda no le preocupaba el origen del mal, ni


sentía una especial necesidad de conciliado con la
bondad y la justicia divinas. Dios no aparece en su
horizonte mental. El sistema que implanta más que
religioso es filosófico. Y lo es porque carece de la

20
menor referencia a la trascendencia; es más, en reali-
dad cierra las puertas a la esperanza por negar la
vida futura. Como sistema, el budismo intenta alcan-
zar la felicidad eliminando los deseos. No obstante,
no sabe cómo puede conciliarse dolor y felicidad. La
solución que propone conduce a la aniquilación de
todo deseo, matando hasta el mismo deseo de vivir.
Esto lleva a la disolución del «yo» de la persona en
la infinitud vacía del nirvana. En ese estado ya no
existen ni los sentimientos ni los deseos; las pasio-
nes han quedado eliminadas, en realidad el hombre
ha dejado de ser hombre.
Junto a la filosofía budista, y también en la India,
seguía en vigor la escuela brahmánica. Intentaba igual-
mente dar con la clave de la felicidad. Pero al com-
probar que el hombre no puede alcanzarla en un pe-
riodo tan corto como es la vida terrena, lo encierra en
una serie ininterrumpida de reencarnaciones. Formu-
la así la conocida rueda de «Samsara». El hombre,
después de muerto, goza de una nueva oportunidad
para alcanzar la felicidad. Buda reacciona frente a
esta teoría. Atribuye dicha «rueda» al deseo de atar-
se a la vida. Y sostiene que sólo matando la sed de
vivir y dominando las pasiones es como el hombre
puede llegar al «nirvana», a la felicidad que anhela.
Es claro que ni brahamanes ni budistas, como tam-
poco después Confucio, consiguen dar con la clave de
la felicidad. Estos filósofos orientales, como más
tarde otros antiguos y modernos, tienen que confor-
mare con mostrar el camino de la felicidad. Tarea en
la que consumieron sus vidas. Todos sus afanes por
conseguirla han quedado registrados en la historia
como indicadores de una vana ilusión. Se limitaron a

21
indicar el camino, dijeron «por ahí se va», pero ni
ellos ni sus seguidores hallaron lo que buscaban.
Murieron en el intento. Tentativas vanas a las que se
sumaron muchas otras por parte de aquellos que se
presentaban a sí mismos como «salvadores» de la
humanidad. La felicidad que ofrecían era puramente
terrena. Desde el marxismo, con su propuesta de pa-
raíso terrestre, a las nuevas formas de espiritualidad
importadas de Oriente y que tanto se han difundido
por Occidente 4• No obstante, ninguno de estos siste-
mas filosóficos ni sus precursores vieron cumplidas
sus profecías.
Más adelante, en la tercera parte, veremos cómo
el Rabbí de N azaret da puntual respuesta a esta apa-
rente antinomia. Con su sacrificio, demuestra que el
dolor es compatible con la felicidad. En la cruz des-
vela el misterio del dolor y da respuesta al porqué
del sufrimiento. Él, como Verbo encarnado, daba
cumplimiento a lo anunciado por el profeta Isaías:
«Cargó sobre sí nuestras enfermedades y llevó nues-
tros dolores» 5 • Desde entonces, el dolor, la enferme-
dad y hasta la misma muerte cambiaron de signo y
se transformaron en vida.

4 En los últimos tiempos han hecho furor en Occidente multitud de

sectas de influjo oriental. Entre las más conocidas cabe citar Ananda
Marga, Moonismo o Secta Moon, Hare Krishna, Arco Iris o Sadhana
Tantra Ashram. Todas ellas tratan de dar una respuesta al hombre en su
afán de búsqueda de la felicidad, mediante la llamada oración trascen-
dental, los métodos de relajación, etc. Para mayor información puede
consultarse la obra de M. Guerra, Diccionario enciclopédico de las
sectas, BAC, Madrid 1998.
5 Is 53, 4.

22
El simple deseo no lleva a la felicidad

A la vez que el hombre busca ser feliz, no pocas


veces rechaza el dolor por no ver en él más que lo
negativo, sin comprender que puede ser signo de
predilección divina. De ahí que le cueste compren-
der que una persona pueda estar dispuesta a sufrir e
incluso a dar su vida por un ideal superior, o que
mantenga la paz y la alegría ante una enfermedad
larga y costosa o su temple ante la misma muerte.
Es, en efecto, difícil de entender cuando las cosas se
miran sólo de tejas abajo, cuando falta una visión
trascendente de la vida.
Buscar lo que apetece, lo que pensamos que pue-
de hacernos feliz, no es malo. Todo lo contrario. He-
mos sido creados para ser felices. Pero no siempre lo
logramos, incluso podemos toparnos con la desgracia.
Guy de Maupassant, en un cuento titulado El collar,
relata lo que le sucedió a Matilde, una mujer joven y
hermosa nacida en el seno de una familia humilde.
Casada con un modesto funcionario, el señor Loisel,
no poseía galas femeninas, ni siquiera una joya;
nada absolutamente. Apetecía justo aquello de lo
que carecía. ¡Cuánto habría dado por agradar y ser
envidiada! Un día vio cumplidos sus sueños. A su
marido le habían hecho llegar una invitación del
propio ministro de Instrucción Pública para una ve-
lada en el hotel del Ministerio. Pero Matilde, en lu-
gar de enloquecer de alegría, arroja la invitación al
suelo con un gesto de desprecio; no podía ir porque
no tenía ni vestidos ni joyas que ponerse.
Tras discutir el asunto con su marido, éste accede
a darle un dinero que había ahorrado para comprarse

23
una escopeta de caza. Consigue que le hagan a tiempo
un elegante vestido. Pero, al ponérselo, se da cuenta
de que no tenía ninguna alhaja o joya para adornar-
se. Indignada de nuevo, dice que no va a la fiesta. El
marido le aconseja que compre unas flores rojas, que
son baratas y realzarán su belleza. N o lo acepta. Al
final le dice: «Mira, a lo mejor tu amiga Juana, que
es rica, puede prestarte alguna joya». En efecto, Jua-
na le mostró varias, pero ninguna le gustó. Al final
recordó que tenía un soberbio collar de brillantes
guardado en un estuche. Ése sí le gusto a Matilde, y
más cuando se lo vio puesto.
El día de la fiesta, la señora de Loisel estaba radian-
te. Era la más bonita y elegante de todas. Los hombres
la miraban y preguntaban su nombre; hasta los directo-
res generales querían bailar con ella. La velada termi-
nó a las cuatro de la madrugada. Un triunfo. Su marido
la acompañó a casa en un coche que alquilaron tras un
largo caminar. En cuanto llegaron, Matilde se echó
una última mirada en el espejo. Dejó escapar un grito:
¡había perdido el collar! Buscaron por todos lados. En
vano. Loisel no durmió aquella noche. Triste y ave-
jentado, llegó a una conclusión: había que reemplazar
en seguida aquel collar por otro semejante.
Después recorrer varias tiendas, dieron con uno
que valía cuarenta mil francos. Logró que se lo deja-
ran en treinta seis mil. Reunió el dinero recogiendo
de un lado y de otro, incluso tuvo que firmar pagarés
sin saber lo que firmaba. Aquel matrimonio, lleno de
angustia por el porvenir que les esperaba, se empe-
ñaron para toda la vida. Matilde devolvió por fin la
joya a su amiga. Desde aquel día empezó para ella
un verdadero infierno. Tuvo que despedir a una mu-

24
chacha de servicio; fregaba platos, desgastaba sus
uñas sobre pucheros grasientos, enjabonaba la ropa
sucia, vestía como una pobre mujer, iba de acá para
allá buscando el dinero que necesitaba. Incluso rega-
teaba al verdulero, al tendero, al carnicero ... Había
de sufrir desprecios y hasta insultos por defender
céntimo a céntimo sus contados recursos.
Un domingo sale a pasear para reponer sus fuerzas.
Se la veía muy desmejorada. Habían pasado ya diez
años. De pronto, en un parque, repara en una señora
que viene hacia ella con un niño de la mano; se trataba
de su antigua amiga, Juana, joven y hermosa. Siente
un escalofrío. La otra no la reconoce. Cuando le dice
quien es, no puede evitar una exclamación: «¡Oh, mi
pobre Matilde, qué cambiada estás!... «Sí, le responde.
He pasado unos días muy malos desde que no te veo,
y me he topado además con bastantes miserias ... , todo
por ti ... ¿Recuerdas aquel collar de brillantes que me
prestaste para ir al baile del Ministerio? Pues lo perdí.
Te devolví otro semejante. Y hemos tenido que sacrifi-
carnos diez años para pagarlo. Comprenderás que re-
presentaba una fortuna para nosotros, que sólo tenía-
mos el sueldo para vivir. En fin, a lo hecho pecho ...
Juana se había detenido. «¿Dices que compraste
un collar de brillantes para sustituir el mío?». «Sí, no
lo habrás notado, ¿eh? Casi eran idénticos». Y al de-
cir esto sonreía orgullosa de su noble sencillez. Jua-
na, sumamente impresionada, le coge ambas manos:
«¡Oh! ¡Mi pobre Matilde! ¡Pero si el collar que yo te
presté era de piedras falsas!... ¡Valía quinientos fran-
cos a lo sumo!».
Se equivocó Matilde. Una equivocación que tanto
para ella como para su marido tuvo graves canse-

25
cuencias. ¿De quién fue la culpa? ¿De Juana, por no
haber advertido a su amiga de que aquellos brillan-
tes eran falsos, o de su marido, por haber consentido
en los caprichos de su esposa? Tal vez de ambos.
Aunque, en última instancia, fue de Matilde, y sólo
de ella, la responsabilidad de aquel desaguisado. Se
precipitó. Creyó que sería feliz dando gusto a sus
sentidos, pero al final saboreó una profunda amargu-
ra. No comprendió que el placer no siempre se iden-
tifica con la felicidad. Algunos siguen pensando que
lo bueno, lo que hace feliz, es lo que permite disfrutar
de mayores y mejores «sensaciones». Lo progre según
ellos es liberarse de los viejos tabúes, dando al cuerpo
lo que pida como forma soberana de libertad.
Craso error de planteamiento. Lo bueno moral-
mente no está en dejar que la naturaleza se exprese
de modo espontáneo, sin ningún tipo de freno. Eso
sería reeditar el viejo y trasnochado prejuicio antro-
pológico aireado por Russeau. «El hombre -decía
él- es bueno por naturaleza, se hace malo por influ-
jo de la sociedad». Como entonces, también ahora se
tiende a achacar la culpa de todo a la sociedad, no al
individuo, al que se exime de toda responsabilidad.
Pensar así es no percatarse del rol que juegan las pa-
siones. Como en el caso de Matilde, es la persona,
en uso de su libertad, quien decide. Y, por tanto, la
única personalmente responsable de sus actos.

Desorden en las pasiones

Desde el comienzo tuvo el hombre a mano los


medios para ser feliz. Si no lo fue es por haber abu-

26
sado de su libertad. Obedeció a sus pasiones y no a
lo que Dios le pedía. La mujer primero, después su
marido. Ambos fueron seducidos por Satanás, en-
candilados por la pretensión de hacerse como dioses,
conocedores del bien y del mal. Las consecuencias
no se hicieron esperar: rompieron el diálogo con su
Creador y se precipitaron en un abismo de dolor y
sufrimiento. «La naturaleza humana quedó debilitada
en sus fuerzas, sometida a la ignorancia, al sufrimien-
to y al dominio de la muerte, e inclinada al pecado
(inclinación llamada "concupiscencia"» 6 • Nuestros
primeros padres experimentaron en su propia carne
la tiranía de las pasiones, los reclamos de la concu-
piscencia. Por vergüenza se alejaron de la presencia
de Dios. El pecado había roto la armonía de su natu-
raleza; es más, la misma creación que debían ense-
ñorear se les vuelve extraña y hostil.
Esto «que la revelación divina nos enseña coinci-
de con la misma experiencia. Pues el hombre, al
examinar su corazón, se descubre también inclinado
al mal e inmerso en muchos males que no pueden
proceder de su Creador, que es bueno. Negándose
con frecuencia a reconocer a Dios como su princi-
pio, rompe además el orden debido con respecto a su
último fin y, al mismo tiempo, toda su ordenación en
relación consigo mismo, con todos los hombres y
con todas las cosas creadas» 7•
A partir de ese momento, el ser humano experi-
menta en sí mismo un profundo desorden: el dolor y

° Catecismo Iglesia Católica (en adelante CEC), n. 418.


7 Concilio Vaticano 11, Const. Gaudium et Spes, n. 13, l.

27
hasta la misma muerte. Pues «como por un solo hom-
bre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la
muerte, así la muerte ha pasado a todos los hombres,
por cuanto todos pecaron» 8• Aquella primera rebel-
día dejó al descubierto en el hombre su limitación y
miseria. Esclavo de sus pasiones, inteligencia y vo-
luntad quedan afectadas. De ahí el miedo, la insegu-
ridad y la inconstancia que sufre. Tal desorden le in-
clina a hacer lo que le apetece, a buscar antes su
capricho que el querer divino.
N o ha de perderse de vista esta situación. N os
guste o no, todos participamos de esa naturaleza he-
rida, del todo vulnerable. Queremos ser felices, ha-
cer lo que nos gusta, pero siempre nos quedamos a
años luz de alcanzar la felicidad que deseamos. Mu-
chos son los ejemplos que podrían ponerse. Puede
servir el de Víctor, un hombre joven, casado, que
desde pequeño se acostumbró a hacer su capricho.
Su relato es ilustrativo.
«Me acostumbré desde niño a hacer lo que quería.
Tenía siempre mucho tiempo libre. No era buen estu-
diante; a base de pequeños trucos lograba sacar los
cursos. Mis padres me regañaban, pero yo no les hacía
caso. Nada de lo que me decían me interesaba. Comía
y bebía lo que me apetecía; viajaba y me divertía sin
que nadie me controlara. Cuando tuvimos en casa In-
ternet, me aficioné tanto que navegaba horas enteras
sin decir basta. Veía lo que me gustaba, sin preocupar-
me si me convenía o no. Nadie me decía nada. Mis pa-
dres me dieron por imposible. Me recluía en mi cuarto,
y allí me sentía totalmente libre.

8 Rom 5, 12.

28
Un día, en la universidad, conocí a Irina, una chica
ucraniana. Me cayó bien. Comenzamos a salir, paseá-
bamos y hablábamos de todo. En seguida me di cuen-
ta de que era una mujer excepcional, de una personali-
dad arrolladora, muy recia y de gran criterio. A veces
me corregía, decía que era un poco frívolo, y con pa-
ciencia me enseñó a reflexionar. Al cabo de un año ya
éramos novios y dos años después decidimos casar-
nos. Me sentía muy enamorado. Irina me atraía por
sus cualidades humanas, pero también por su extraor-
dinaria belleza.
Llevamos cuatro años casados. Nos han nacido dos
hijos, un niño y una niña, aunque nos gustaría que vi-
nieran otros. En este tiempo he comprendido lo equi-
vocado que estaba. Pensaba que sería feliz haciendo lo
que me viniera en gana. Y no lo fui. Cambié y ahora
me siento a gusto haciendo feliz a mi mujer y a mis
hijos. Aunque quisiera, no puedo hacer ya lo que de-
seo. El tiempo libre lo dedico a Irina y a mis hijos. Y lo
que nunca hubiera podido imaginar: me he acostum-
brado a echar una mano en la cocina, a cambiar los
pañales de los niños, a hacer recados ... ¡Qué dirían
mis padres si me vieran! Sigo teniendo amigos, pero
ya no salgo por las noches, ni juego al padel como an-
tes, ni echo aquellas partidas de cartas hasta altas ho-
ras de la madrugada ... La verdad es que no me impor-
ta. Reconozco que me cuesta todavía renunciar a
comprarme lo que me gusta, a comer o beber lo que
me apetece. Tengo que controlar los gastos y mirar
por el dinero. Con todo, lo curioso es que ahora soy
feliz, me siento otro hombre».

¡Qué cambio el de Víctor! Ha aprendido a olvi-


darse de sí mismo y a servir a los demás, en especial
a su mujer y a sus hijos. Es una lección que ha de
aprender todo aquel que desee madurar como perso-

29
na. Para ser felices, el camino es dar y darse con ge-
nerosidad. Sin tacañería, sin ningún tipo de mez-
quindad. Lo contrario crea tiranteces, desata celos y
envidias, hace difícil la convivencia.

La pasión ciega

Convertir el propio deseo en norma de conducta,


es algo tan absurdo como empeñarse en conducir de
noche y sin batería. Algo parecido le sucede al que
intenta regirse por el dictado de sus pasiones. Se
quedaría sin esa batería interior que ilumina la inteli-
gencia y pone en marcha la voluntad. Hacer por sis-
tema lo que a uno le apetece, es exponerse a desli-
zarse por una pendiente y acabar en un camino sin
salida. Tal vez se advierta después, pero el caso es
que no se vio cuando se debía por no haber escucha-
do la voz de la propia conciencia. Y así, en lugar de
dar con la felicidad que se buscaba, se topa uno con
la desilusión y la tristeza.
No es nuevo. La historia, por desgracia, está llena
de historias que muestran la miopía espiritual en la
que pueden sucumbir las personas. Muy pronto se
produjo el primer fratricidio. En un arrebato de ira,
Caín mató a su hermano Abel. Tiempo después, por
soberbia, los constructores de la torre de Babel qui-
sieron alzarse hasta el cielo como si fueran semidio-
ses. Dios los castigó y confundió sus lenguas. Un or-
gullo parecido llevó muchos siglos después a los
emperadores romanos a condenar a millares de ino-
centes a ser comidos por los leones en el circo. La
misma actitud soberbia que, veinte siglos más tarde

30
se repetiría causando las tremendas masacres de
Auschwitz y las de los otros campos de exterminio
nazi.
N o contento con esto, el hombre ha seguido co-
metiendo atrocidades. Ahí están para demostrarlo los
atentados contra las torres gemelas de Nueva York,
las estaciones de ferrocarril de Madrid o las del me-
tro de Londres. Obcecación en que la persona puede
incurrir cuando, por un apasionamiento desordena-
do, se aparta de la verdad y del bien. La pasión cie-
ga, y el egoísmo puede llevar al hombre a buscarse a
sí mismo, impidiéndole ver la bondad que toda per-
sona encierra por el hecho mismo de existir.
Se impone la sensatez. Empeñarse en ir por libre,
sin control alguno, es exponerse a quedar atrapados
por los instintos y las pasiones. Se ha de escarmentar
en cabeza ajena. Y esto, naturalmente, exige ponde-
ración, prudencia. Virtudes que se consiguen me-
diante la reflexión y el juicio certero. Como es lógi-
co, esto supone fiarse del juicio de los demás más
que del de uno mismo. Pidiendo consejo, aclarando
las dudas, rectificando siempre que sea preciso. Fal-
so criterio es el del que se rige por sus solos senti-
dos. No siempre la estética coincide con la ética. Se
madura cuando se aceptan los errores, aun cuando lo
que se hizo parezca a primera vista bonito. Las re-
glas morales no se deben a una invención humana;
responden al querer de Dios impreso en nuestra na-
turaleza. No es sensato por tanto empeñarse en cam-
biarlas como si fuésemos semidioses, conocedores
del bien y del mal. Nos estrellaríamos, porque al rom-
per nuestra relación con Dios nos haríamos esclavos
de nuestras pasiones.

31
Se explica así el aumento de tantos conflictos fa-
miliares, así como las rebeldías e insumisión de mu-
chos. Del orgullo al desamor solo va un paso. Son
muchos los ejemplos que lo confirman. Uno de ellos,
quizá el más conocido, es el de aquellos que al poco
de casarse deciden romper su matrimonio. Se rigen
por lo que le dictan sus pasiones, a nadie piden con-
sejo. Y un día, sin venir a cuento, se lían la manta a
la cabeza y se separan. Si un amigo con la sana in-
tención de ayudarles les pregunta por qué lo hacen,
tal vez respondan con un «es lo que se lleva». A los
amigos más íntimos quizás les confiesen la verdad.
Pero achacarán la causa de la ruptura a la desilusión,
el desencanto o el hastío que les produjo el vivir jun-
tos. Para tranquilizar la conciencia, echan la culpa a
la inmadurez de su pareja, refractarios a asumir su
propia responsabilidad.
En realidad, todo se debe en el fondo a una falta
de generosidad. Cuando se deja enfriar el amor, la
persona se vuelve tibia, sin resortes interiores para
la entrega o el sacrificio. No, el matrimonio no es un
juego, ni la fidelidad un mero convencionalismo. El
amor es auténtico cuando uno está dispuesto a sacri-
ficarse por la persona amada. Y eso exige renuncia,
abnegación. En consecuencia, el cansancio o la apa-
rente desilusión no pueden servir de excusa para de-
jar de amar. Todo lo contrario, han de ser trampolín
para superar el egoísmo y consolidar el amor. Cuan-
do la persona es madura afectivamente, el amor ma-
trimonial nunca será para ella un espejismo ni un
mero sentimiento. Sabe bien que lo que vale cuesta,
y que por un arrebato impulsivo no debe arrojar por
la borda lo que tanto le costó.

32
Amar no es sólo sentir

El amor, si es verdadero, está por encima del sen-


timiento. Más que de los sentidos depende de la vo-
luntad. Crece por tanto y se desarrolla en el humus
siempre fecundo de la entrega, generosa. Cuesta en-
tenderlo, y más aún vivirlo. Entre otras cosas porque
supone desvivirse por la persona que se ama. A los es-
posos, por ejemplo, les exige asumir a diario los com-
promisos que un día se prometieron: fidelidad en las
alegrías y en las penas, en la salud y en la enferme-
dad, y no por un tiempo, sino por toda la vida. Todo
lo demás es pura consecuencia. Los mismos hijos son
queridos y aceptados en la medida que se ven como
fruto de un amor verdadero.
Radicado pues en la voluntad y no sólo en el sen-
timiento, el amor resguarda a la persona contra el
deterioro del tiempo, la hace fuerte ante la enferme-
dad, la penuria económica o el natural envejecimien-
to. El que ama madura aprisa porque, olvidado de sí,
sabe asumir con gusto el reto de una entrega vibrante,
remozada. Amar es responder a cada nueva situación
de la vida con generosidad. Es un reto que pocos es-
tán dispuestos a afrontar. Aunque se esté cansado,
aunque las adversidades puedan acogotar, cuando
hay amor se superan; es cuestión de mirar con opti-
mismo hacia delante, tomar bríos y superar la ten-
dencia a gozar y disfrutar de la vida en beneficio
propio. Qué bien lo entendió aquel hombre que en
plena juventud sufrió un accidente que le dejó para-
lizado. A la rebeldía que en un principio sintió, supo
sobreponerse porque en el fondo de su alma amaba a
Dios. De ahí que a sus indecisiones iniciales le si-

33
guiera un acto de identificación con la voluntad divi-
na. Estas son sus palabras:

«Rebeldía contra Dios creador de la vida, rebeldía


contra los sanos que me rodeaban. Mi invalidez me
apartaba de todo lo que estuviera vivo. Me volvía egoís-
ta, me centraba en mí mismo, abolía todo lo demás. Sin
embargo, yo quería luchar contra aquel decaimiento.
¿Cuántas veces habré intentado hacer acopio de mi
fe para pensar en Cristo crucificado? Entonces, una
voz me decía: "No desperdicies tu sufrimiento. Ya no
puedes moverte, ya no puedes participar en el trabajo
de los demás, pero tienes a Dios y, con Él, puedes sal-
var el mundo ... "».

Estas líneas se las escribía el hermano Philippe


Malonf, monje libanés, a Jacqueline de Decker, pri-
mera seguidora de Teresa de Calcuta 9 • También ella,
cuando se dirigía hacia la India dispuesta a trabajar
en las chabolas de los arrabales de Calcuta, sintió
unos intensos dolores en la columna vertebral. Quedó
totalmente paralizada. Durante la travesía en el barco
que la devolvía a Amberes se sintió fracasada, tanto
que por un momento pensó arrojarse por la borda.

«Convertida en inútil -relata- sólo tenía una


idea: suprimirme. Dios me había llamado a la India y
yo había traicionado su llamada ... No cesaba de ro-
garle, pero ya no sentía su presencia. Si todavía tenía
algún papel que interpretar sobre esta tierra, el Señor
debía enviarme una señal».

9 Cf. Dominique Lapierre, Más grandes que el amor, Planeta/Seix

Barrall990.

34
Y la señal le llegó. La Madre Teresa le propuso
iniciar un proyecto novedoso, de largo alcance: co-
menzar una comunidad con los que sufriendo fuertes
dolores en su cuerpo necesitan sentirse útiles, al me-
nos para ayudar con sus oraciones a los que para tra-
bajar necesitan la ayuda de los que rezan. Y así lo
hizo. A partir de entonces su vida tenía un sentido
nuevo. Olvidada de sí, aprende a amar, a servir; y a
pesar de haber quedado paralítica, experimenta lo
que significa entregarse con generosidad por los más
desfavorecidos.
Una lección en la que queda claramente de mani-
fiesto la superioridad del amor sobre el sentimiento.
Se dice que de sabios es el rectificar. Sobre todo para
no hacer del sentimiento el motor exclusivo de nues-
tro actuar. Sería caer en el sentimentalismo. Cuando
se ha madurado, se saca partido de las dificultades u
obstáculos que puedan presentarse. ¡Qué distintas
serían muchas personas si, ante lo que les contraría,
rectificaran y aceptaran la voluntad de Dios! ¡Y cómo
se pondrían en condiciones de ayudar a los que vi-
ven más necesitados que ellas! El ayudar al prójimo
que nos sale al paso, no es cuestión sólo de senti-
miento sino de amor. Cuánto daño se puede hacer al
confundirlos. A veces, pensando que se hace un bien
puede hacerse un gran mal. Por sentimentalismo, al-
gunos llegan a «bendecir» el matrimonio «gay», la
liberalización de las drogas, el aborto o la eutanasia,
incluso les parecen bien los experimentos con célu-
las embrionarias. Por inmadurez, por falta de clari-
dad de ideas, de auténticas convicciones.

35
2. Aires de suficiencia

Hay rebeldías sanas y estimulantes. Es normal


que uno se rebele cuando alguien trata de arrebatarle
su libertad. La rebeldía es buena cuando está moti-
vada por un fin justo, y porque además fomenta la
autoestima y la excelencia personal. Cosa distinta es
que, por defender los propios intereses, se adopten
aires de suficiencia o se quiera ir por libre sin acep-
tar ningún orden o autoridad. Algo que, por desgra-
cia, está a la orden del día. Nos topamos con frecuen-
cia con gentes que se creen superiores. A veces no
pasa de ser afectación, reflejo de un complejo de in-
ferioridad. A pesar de su aparente superioridad, se
desconciertan cuando se topan con un revés o han de
superar una crisis sentimental.
No es extraño que se vuelvan entonces rebeldes,
reivindicativos. Se creen por encima del bien y del
mal, presumen de saberlo todo, pero en realidad ni
siquiera se conocen bien a sí mismos. Sin jerarquía
de valores, sin criterios sólidos en los que apoyarse,
se rigen por sus instintos, confían en sus fuerzas. Con
el tiempo, cansados de luchar en vano, se conforman
con ir tirando, hasta caer en la monotonía o el hastío,
dominados por la rutina. Si en ese momento un ami-
go intenta ayudarles, es posible que respondan con
displicencia y cierta arrogancia, con frases o eslóga-
nes que todos habremos oído. He aquí algunos de
los más frecuentes:

• Sé bien lo que quiero. No hace falta que me di-


gan lo que tengo que hacer. Soy libre. Esos que
me marean y me apabullan con sus experien-

36
cías no son más que unos «carrozas», no se han
enterado que no tienen nada que enseñarme.
• ¿Depender de otros? Eso es de débiles menta-
les. Yo tengo experiencia, no necesito de nadie,
me las arreglo solo. ¿Pedir ayuda, para qué?
• No pido consejo porque eso me rebaja. Me
«cabrea» profundamente que alguien pretenda
meter las narices en mi vida. Soy feliz, disfruto
haciendo lo que quiero. ¡Que me dejen en paz!
¡Que dejen de incordiarme!
• ¿Qué con mi orgullo doy mal ejemplo? ¡Pues
allá ellos! Me basto y sobro para decidir lo que
me conviene. N o tengo por qué aceptar leccio-
nes nadie; soy mayorcito y sé muy bien lo que
me hago.

Como puede observarse, en estas expresiones se


confunden los planos, se mezclan los conceptos. No
se puede objetar a nadie, por supuesto, que intente
decidir por sí mismo. Es algo del todo natural en el
proceso de maduración de la persona. Desde que na-
cemos, y a medida que nos desarrollamos, lo normal
es que vayamos liberándonos de ciertas ataduras,
que en otro tiempo tuvieron sentido pero después no.
Sería absurdo, por ejemplo, que una persona siguiera
dependiendo de sus padres en una edad adulta, o que
ya casada reclamara para sí los mimos y carantoñas
que recibió de pequeña.
En realidad, la dificultad se presenta cuando algu-
nos, no se sabe en nombre de qué libertad, reclaman
para sí títulos y derechos que no les corresponden.
Si sus demandas no son atendidas, se sentirán zahe-
ridos, maltratados. Su rebeldía y agresividad pueden

37
explotar. Pero, claro está, en este caso no reclaman
el natural derecho a forjar su personalidad, exigen
mucho más: que se les reconozca como intocables,
superiores a los demás.
A este tipo de personas les humilla sobremanera
tener que depender de otros, sentirse necesitadas de
ayuda. Como quieren vivir su vida sin que nadie les
moleste, no perdonan que se les diga lo que tienen
que hacer. En su suficiencia -y también, por qué no
decirlo, en su soledad- se vuelven fervientes admi-
radoras de sí mismas, protectoras a ultranza de la na-
turaleza, apasionadas de la ecología. Pero, a pesar de
los aires de suficiencia que se dan, y por paradójico
que parezca, andan oscilando de continuo entre la li-
bertad a la que aspiran y la esclavitud que padecen,
entre el entusiasmo y el pesimismo. Aunque se pre-
sentan como empedernidos «salvadores» de causas
perdidas, les cuesta reconocer sus fallos y aceptar
sus errores. Presumiendo de dadivosos y liberales,
cuando han de sacar a alguien de un apuro es normal
que no muevan ni un solo dedo.
La madurez exige aparcar cuanto antes los posi-
bles aires de suficiencia que se hayan introducido en
la propia conducta. El sabelotodo cierra su mente a
la verdadera sabiduría, y al distanciarse de los demás
provoca desconfianza. Por creerse superior hace difí-
cil la convivencia, es rémora para el trabajo en equi-
po, no da paz. Para superar estos defectos es preciso
esforzarse, en primer lugar, por ganar en humildad,
reconociendo los propios errores y valorando las vir-
tudes de los demás. Se ponen así las bases de una
convivencia amable y cordial, se potencia el servicio
generoso, se gana en comprensión. La persona humil-

38
de, lejos de tratar con desdén a su prójimo, se desvi-
ve por ayudarle; y dejando de lado cualquier tipo de
suficiencia, se siente agradecida por todo, por lo
bueno y por lo malo.

La suficiencia aísla

El hombre es sociable por naturaleza. Si quiere


madurar como persona necesita del concurso de los
demás, que exige abrir la intimidad y comunicarse
sin reservas. Es algo que le sale espontáneo a la per-
sona extrovertida, pero que le cuesta mucho a la in-
trovertida por su tendencia a aislarse. No obstante, le
vale la pena intentarlo para salir de su aislamiento.
Cuando se consigue, la comunicación se hace fluida,
y todos -familia, amigos y compañeros- salen ga-
nando. Por el contrario, la incomunicación produce
una quiebra de la personalidad. Unas veces por la
natural tendencia a aislarse, otras por suficiencia o
egoísmo. El que se aísla voluntariamente acaba vol-
viéndose insociable, desconfiado y no pocas veces
huraño. Para salir de ese bache es preciso que tenga
voluntad de lucha, que se abra a los demás con la
mayor naturalidad.
Es indudable que para madurar en lo personal se
necesita de una cierta autonomía. Pero esto que es
bueno y hasta imprescindible, se convierte en un fac-
tor negativo cuando se rechaza por sistema la expe-
riencia y consejo de los demás. Ya hemos dicho que
desde que nace el ser humano necesita de la ayuda
de sus padres. Sin ellos no podría desarrollarse como
persona. En la adolescencia, y después en la juventud,

39
necesita que se dé cabal respuesta a los muchos in-
terrogantes que se le van abriendo. Primero lo harán
los padres, y después de modo complementario ma-
estros y profesores. Sin esa colaboración difícilmen-
te hubiera podido adquirir hábitos de estudio, una
educación que le permita convivir de modo pacífico
con sus semejantes. Gracias a esas enseñanzas apren-
de a administrar su libertad, y también a asumir de
modo responsable sus compromisos.
La comunicación, y con ella el aprendizaje del
buen convivir, es camino obligado si se quiere ganar
en madurez. Buena parte de los problemas de inma-
durez se debe a un error de base: creerse autosuficien-
tes, pensar que no se necesita la ayuda de los demás.
Celosa de su independencia, la persona autosuficiente
desconfía, se resiste a aceptar los consejos que se le
dan. Encerrado en su mundo, el autosuficiente se
crea su propia escala de valores, limitada y altamen-
te subjetiva. No comprende que para que los valores
sean auténticos han de servir para su perfección y
maduración personal.
De todas maneras, no es de recibo tratar de impo-
ner a otros los valores que no acepta. Para Max Sche-
ler, los valores los ha de elegir el individuo. No son
subjetivos sino objetivos, es decir, no dependen del
temperamento sino que se adquieren mediante la edu-
cación y comunicación con los demás. Tener una ade-
cuada escala de valores ayuda a distinguir lo bueno
de lo malo, la virtud del vicio. Algo difícil para el que,
en su autosuficiencia, confía en su propio criterio y
se cierra a la verdad. N o pocas veces ese mismo ais-
lamiento puede acarrear una serie de complejos, con
sus secuelas de temores y tristezas. La persona acom-

40
plejada, y esta es la paradoja, aun creyéndose supe-
rior puede venirse abajo con enorme facilidad.
Edmon Rostand, en su obra Cyrano de Bergerac,
describe muy bien las consecuencias de semejante
conducta. El protagonista, Cyrano, es un hombre lis-
to, bien dotado intelectualmente, por lo que se cree
superior a Cristian, un amigo que siempre anda bus-
cándole en petición de ayuda. Cyrano le mira con un
cierto aire de suficiencia, pero a la vez sufre un gran
complejo a causa de su inmensa nariz. No aguanta la
hilaridad y comentarios jocosos de sus amigos y ve-
cinos. Sabe que es hombre listo y diestro con la es-
pada, de lo cual se siente muy orgulloso; sabe ade-
más que posee un corazón dadivoso, por lo que se
atrae con facilidad el afecto y la simpatía de cuantos
le tratan. Pero hay algo que no puede evitar: el com-
pararse de continuo con su amigo Cristian, hombre
de buen parecer aunque algo torpe para expresar sus
sentimientos. Se ha enamorado de Roxana, prima de
Cyrano, de ahí que acuda a él para que le escriba las
cartas de amor que enviará a Roxana.
La cosa habría quedado ahí de no ser que Cyrano,
orgulloso y a la vez acomplejado por su enorme na-
riz, no hubiera estado también él enamorado de su
prima. Nunca se había atrevido a confesárselo. Se ex-
plica así el enfado tan mayúsculo que coge al enterar-
se de lo que pretende Cristian. Pero no le dice nada.
Calla y aguanta, a la vez que se desprecia a sí mismo.
Mas como es listo, aprovecha las cartas que escribe
a Roxana en nombre de Cristian para manifestarle lo
mucho que le quiere. Cristian, tiempo después, cae
herido en combate. Pero Cyrano sigue escribiendo a
Roxana, ajena a lo que en realidad sucedía. Cada vez

41
se sentía más atraída por Cristian. Al final, una vez
que ha muerto Cristian, descubre que es su primo Cy-
rano el que había escrito aquellas maravillosas car-
tas. Y se lo recrimina. No le perdona que le ocultara
su amor por ella. Cyrano, con aires de suficiencia,
esquiva el amor de Roxana; la verdad es que se sen-
tía indigno de merecerlo. Acomplejado, termina por
retirarse en silencio.
La autosuficiencia de Cyrano es compatible con
su extraordinario complejo. La verdad es que tenía
un gran corazón y buenos sentimientos; sin embargo,
a la vista de sus defectos se desmoraliza. N o puede
evitar el compararse con los demás. Su porte físico le
hunde. Calla. Pero su silencio aún le aísla más. No es
realista. Magnifica sus defectos y a la vez oculta lo
que realmente siente; de ahí su abatimiento. Al final,
completamente solo, se conforma con degustar su
tremendo dolor en la más pura soledad.
Lo primero que salta a la vista en la vida de Cyra-
no es la falta de una adecuada escala de valores. De
haberla tenido, seguramente hubiera dado relieve a
los valores que realmente lo son. Pero se equivoca.
Considera preferentes los valores físicos: nariz gran-
de, exagerada corpulencia, destreza con la espada ...
En cambio, no da importancia a esos otros valores
más profundos que poseía: su amor noble, amistad y
lealtad para con sus amigos. Si en lugar de callar se
hubiera sincerado, habría sido feliz. Pero se acom-
pleja y no valora sus virtudes. Su falta realismo, en
el fondo su inmadurez, le lleva a aislarse, a sentirse
solo y desgraciado.

42
Confusión mental

La suficiencia no sólo aísla sino que provoca in-


seguridad. En Cyrano se advierte en forma de una
cierta confusión mental que le lleva a desconectar de
la realidad. Al no aceptar sus limitaciones, le cuesta
distinguir lo bueno de lo malo, lo verdadero de lo
falso. Les sucede a cuantos sustituyen los valores
por los contravalores. Y es que la fuerza de la pasión
llega a producir una especie de trepidatio mentís.
Oscurecida la mente, queda viciado el juicio. Y al
perder tierra, la persona se aísla, y de esa incomuni-
cación surge la rebeldía. Es más, brotan de ella la
irascibilidad, los modales bruscos, la susceptibilidad...
O se calla entonces o se responde con exabruptos,
murmurando y magnificando los defectos de otros.
U na falta de realismo que lleva a saltar por pequeñe-
ces, a no aceptar un consejo o a rechazar incluso la
amistad que se nos ofrece.
Aislarse de quienes nos brindan su ayuda hace a
la persona extraña entre los suyos, acomplejada e in-
segura. Por ese camino lo normal es que caiga en la
insatisfacción y la tristeza. Puede que se dé cuenta,
pero por complejo se encerrará en un mutismo para-
lizante, como le sucedió a Cyrano. Suele darse in-
cluso entre personas inteligentes, pero que por una
inversión de los valores se aíslan y se sumen en la
impotencia. Sin fuerzas para reaccionar, se sentirán a
disgusto consigo mismas, solas e incomprendidas.
Por falta de claridad mental, en definitiva, se obs-
taculiza el diálogo y se ponen trabas a la conviven-
cia. El trato familiar se entorpece, la relación con los
hijos sufre, y hasta la autoridad paterna se deteriora.

43
Marido y mujer pueden caer en un monólogo insul-
so, que enfría el amor y aviva el escepticismo. Se dan
entonces vuelta una y otra vez a los problemas, pero
en lugar de solucionarlos se acaban agrandando. Si
no se les pone coto, se desboca la fantasía, aparece
el espíritu crítico y se exageran los defectos del otro.
Y en esa situación no ha de extrañar que algunas per-
sonas acaben hablando consigo mismas. ¡Una acti-
tud de lo más ridícula! Todo por una suficiencia mal
entendida. No se comprende que el secreto de la fe-
licidad más que en recibir está en dar, en darse gene-
rosamente sin esperar nada a cambio. Es dando como
la persona recibe, y amando como puede sentirse
querida.

Miedo a la verdad

En palabras de Romano Guardini, hay que reco-


nocer que la verdad es una joya tan preciosa como
frágil. Pero lo olvidamos con facilidad. Imaginemos
que un amigo nuestro cometió un desliz. Porque lo
apreciamos, vamos y se lo decimos con delicadeza.
Si no quiere aceptar lo que le decimos, pensaremos
o que es corto de inteligencia o que le da miedo
afrontar la verdad. Por lo general sucede esto último.
Hay miedo a enfrentarse con la verdad. Y por eso se
rechaza una corrección o se pierden los amigos cuan-
do se les dice la verdad. ¿Por suficiencia, por pre-
sunción? Hay quienes se consideran superiores, into-
cables. Presumen de sus talentos y por eso miran
con desdén a sus más allegados. Habría que recor-
darles las sabias palabras de la Escritura: «¿Qué tie-

44
nes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por
qué te glorias como si no lo hubieras recibido?» 10•
Todo cuanto tenemos o podemos tener es don de
Dios. Por tanto, es absurdo hacer ostentación de su-
ficiencia, cuando lo que deberíamos hacer es estar
agradecidos al Creador que fue quien nos dio los ta-
lentos para que los hiciéramos fructificar. Lo pru-
dente entonces es valorar la verdad, sin sentirnos
propietarios de ella.
De lo que sí hemos de sentirnos orgullosos es de
los dones recibidos. Cyrano de Bergerac, como vi-
mos, no lo hizo. Acomplejado, se quedó mirando sus
defectos sin valorar los dones que tenía, que eran
muchos. Tuvo miedo a la verdad. Ocultó no sólo sus
defectos sino también sus virtudes. La rama a veces
impide ver el bosque. Y eso fue lo que le sucedió a
él. Atrapado por sus defectos no vio el maravilloso
bosque de sus cualidades. Tan pegada tenía su nariz
al muro, que no llegó a descubrir lo que había detrás
de él. Le sucede a todo el que se empeña en contem-
plar a solas sus miserias. Por miedo a apurar la ver-
dad, se retrae y calla, sin lanzar puentes al diálogo
que le puede salvar.
Son muchos los que, como Cyrano, en lugar de
abrirse a los demás se refugian en su soledad. Un cal-
do de cultivo del que proceden no pocos celos y envi-
dias. Huir de la verdad denota inmadurez. La verdad
se ha de afrontar como es. Tan preciosa y delicada es
que puede resquebrajarse con gran facilidad. El mejor
modo de cuidarla es mediante el cultivo de la humil-

10 1 Cor4, 7.

45
dad. Es ésta sin duda la mejor terapia contra la vana
suficiencia, además de ser un ejercicio espléndido de
higiene mental. La persona humilde capta con facili-
dad su condición de criatura, es agradecida porque
sabe que los talentos que posee no son suyos. Una
consideración que llena de paz. De ahí que la humil-
dad, que es amor a la verdad, se convierta en el me-
jor antídoto contra los complejos, las obsesiones y
las manías.

3. Libertad sin ataduras

Creado por Dios a su imagen y semejanza, el hom-


bre es inteligente y libre, es decir, tiene capacidad
para elegir por sí mismo de modo consciente y res-
ponsable. Pero a la vez que es libre para aceptar la
felicidad que Dios le ofrece, lo es también para re-
chazarla. Él ha querido «dejar al hombre en manos
de su propia decisión» 11 , de modo que pueda con
plena libertad adherirse a su voluntad y participar así
un día de su bienaventurada perfección 12•
El hombre de hoy suele tener un concepto bien
distinto de la libertad. Algunos presumen a bombo y
platillo de su excelencia, presentándola como una li-
bertad sin ataduras ni sujeciones. Y así, mientras rei-
vindican infinidad de derechos, rechazan por anticua-
das las obligaciones que conllevan. No hacen suyo,
porque no lo aceptan, el binomio libertad-responsa-
bilidad. Prefieren «ir por libre», actuar sin norma que

u Sir 15, 14.


12 Cf. Const. Gaudium et spes, n. 17.

46
les sujete y sin dar cuentas a nadie de sus acciones.
¿A quién no le gustaría vivir de esa manera? Pero es
un precio demasiado alto: pues sin norma ni suje-
ción, la libertad acaba en anarquía.
Por calles y plazas, en postes y paredes, ha vuelto
a aparecer el tan cacareado y viejo eslogan de «liber-
tad sin amo y sin Dios». Propugnan una libertad sin
ataduras. Como si el hombre fuera un semidiós, due-
ño absoluto de su propio destino. Toda una paradoja.
Pues mientras algunos defienden con uñas y dientes
su libertad, no les duele pisotear la de los demás.
Los que así actúan, ¿puede decirse que son realmen-
te libres?

• ¿Acaso lo eran los terroristas que atentaron con-


tra las torres gemelas de Nueva York o contra
el Pentágono de Washington?
• ¿O los que más tarde llevaron a cabo la masa-
cre de Madrid o el atentado de Londres?
• ¿En nombre de qué libertad atentó Alí Agca
contra Juan Pablo 11 en la plaza de San Pedro?
• ¿Y los que promueven y ejecutan los horrendos
atentados suicidas en Iraq, Israel o Afganistán,
pueden decir que son libres cuando no les im-
porta que mueran seres inocentes?

Sí, son libres para hacer lo que quieren. Pero, ¿les


lleva su libertad a elegir el bien o el mal? Y sabiendo
que hacen mal, ¿se responsabilizan de sus actos?
Cuando se habla de libertad lo primero que hay que
saber es de qué libertad estamos hablando. Porque es
evidente que no se trata sólo de reivindicarla, sino
de ser consecuentes con ella. De esto depende en

47
buena medida la madurez del hombre y su dignidad
como persona.

¿Qué se entiende por libertad?

No siempre que se habla de libertad se entiende lo


mismo. En los casos a los que nos hemos referido, to-
dos estos hombres fueron muy libres al planear y lle-
var a cabo sus macabras acciones. Ahora bien, ¿les
sirvió su libertad para crecer por dentro, para ser más
hombres? No lo parece. «La libertad hace al hombre
responsable de sus actos en la medida en que éstos
son voluntarios» 13• Así pues, quien elige el mal en lu-
gar del bien abusa de su libertad, comete una injusti-
cia. El abuso reiterado de la libertad lleva al libertina-
je. Es verdad que el ser humano aspira a ser cada día
más libre, pero no se puede olvidar que somos limita-
dos por naturaleza, por lo que podemos equivocarnos
y elegir como bien lo que en realidad es un mal.
Veamos por qué sucede. «La libertad es el poder,
radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no
obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar por sí mis-
mo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno
dispone de sí mismo. La libertad es en el hombre una
fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y
la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando
está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza» 14• Es
decir, que sin ordenación a Dios la libertad queda va-
cía de contenido. Y es justamente aquí donde aparece

13 CEC, n. 1734.
14 lbfd., n. 1731.

48
la paradoja: se pone un gran empeño en ser libre, a sa-
biendas de que esa «libertad» esclaviza. Pues si no
está ordenada a Dios, la libertad entra en vía muerta.
Resistirse a modelar la propia vida sin tener pre-
sente el querer de divino, es exponerse a ser presa de
un libertinaje irresponsable. Cuando esto ocurre, se
responde que uno es muy libre para elegir y hacer lo
que mejor le parece. No se advierte el error de tal
conducta. El ejercicio de la libertad no está sólo en
el elegir, puesto que todo acto de libertad «implica la
posibilidad de elegir entre el bien y el mal, y por tan-
to, de crecer en perfección o de flaquear y pecar [... ]
Por lo que (la elección) se convierte en fuente de ala-
banza o de reproche, de mérito o de demérito». Y así,
«en la medida que el hombre hace más el bien, se va
haciendo también más libre. No hay verdadera liber-
tad sino en el servicio del bien y de la justicia. La
elección de la desobediencia y del mal es un abuso
de la libertad y conduce a «la esclavitud del pecado»
(cf. Rom 6,17) 15 •
Se comprende así que no sólo los terroristas, sino
cuantos de modo egoísta buscan su propio provecho,
desvirtúan la noción de libertad. ¿La han entendido
realmente los que saltándose a la torera las más ele-
mentales normas éticas causan a diario tantos estro-
picios, altercados y violencia? No. La libertad nunca
debe utilizarse como tapadera de egoísmos, ni como
excusa para actuar con impunidad. «No hay verda-
dera libertad sino en el servicio del bien y de la justi-
cia». En la medida que este principio es respetado, la

15 Ibfd., nn. 1732-1733.

49
persona se perfecciona y madura; de lo contrario, se
envilece y degrada.

Sin norma, la libertad pierde su norte

Ya lo hemos dicho: la libertad no consiste en ha-


cer lo que uno quiere, sino en querer lo que debe. La
libertad es medio, no fin. Sin una norma a la que ate-
nerse, quedaría a merced del gusto o la apetencia per-
sonal. U no se libera personalmente cuando decide
sujetarse a una norma, cuando libremente corta con
aquello que le ata y esclaviza. Cuesta, y por eso se
dice que la libertad es una conquista.
Lo pude comprobar en pleno desierto del Sahara,
cerca de El Aaiún. Volvía hacia esa población en un
jeep conducido por un oficial de la Legión. A ambos
lados de la carretera y distanciados en tramos de un
kilómetro más o menos, podían verse unos esclavos
senegaleses que aventaban la arena que se iba acu-
mulando en el asfalto. Lo hacían para evitar que se
formaran dunas en medio de la calzada, harto peli-
grosas para la circulación. Uno de aquellos esclavos,
al terminar su tumo, regresaba a la <<jaima» de su amo.
N os hizo auto-stop. Al subir, observé que llevaba
una esclavina a modo de pulsera sujeta al tobillo. Su
nombre era Samuel. Estaba casado y tenía dos hijos.
Después de contar las penalidades de aquel trabajo,
le pregunté por qué no cambiaba de ocupación y re-
cuperaba su libertad.

-¡Pero si soy libre!, me respondió. Estoy conten-


to sirviendo a mi amo. Nací en una tribu y así he vivi-

50
do siempre. Ustedes los europeos no lo entienden.
Mire, yo trabajo y a veces muy duro, pero a cambio
mi amo cuida de mí, de mi mujer y de mis hijos. Nos
facilita el vestido, el alimento y vela por la educación
de los pequeños. Tengo unas normas por las que me
rijo, unas costumbres con las que soy feliz. Sí, podría
irme a Canarias o a la Península, pero ¿cree usted que
allí seré más feliz que aquí?

Samuel, en efecto, no se sentía esclavo sino libre.


Sabía lo que hacía y por qué. Al despedirnos le de-
seé suerte. Lo felicité por su madurez. Comprendí en-
tonces mejor que la libertad no está en hacer lo que a
uno le apetece, sino en hacer con gusto lo que consi-
dera en conciencia que debe hacer. Samuel se regía
por unas normas, las que siempre había vivido; en lu-
gar de encadenarle, le habían servido para sentirse
libre. Aunque por la esclavina que llevaba pareciera
otra cosa, en realidad podía dar lecciones de libertad
a más de uno. Sobre todo a aquellos que presumien-
do de libertad permanecen esclavizados por sus ca-
prichos. Se creen libres, pero en realidad son esclavos.
Y, como decía Goethe, nadie es más esclavo que
quien se considera libre sin serlo.
Existen unas normas éticas que señalan a todos el
camino de la verdadera libertad. No las ha inventado
ningún hombre, cada uno puede descubrirlas en el
interior de su conciencia. Aunque son normas de éti-
ca natural, Dios las ha querido revelar para que no
nos equivoquemos a la hora de decidir lo que debe-
mos hacer. ¿Dónde encontrarlas? Pues en la Sagrada
Escritura, y más concretamente en el Decálogo que
el Señor entregó a Moisés en el monte Sinaí. Cada
uno de esos mandamientos viene a ser como un po-

51
deroso foco de luz. Se asemejan a los reflectores ins-
talados en las pistas de aterrizaje de los aeropuertos,
gracias a los cuales los pilotos pueden aterrizar por
la noche sin miedo a estrellarse. Esa es la función de
los mandamientos. Con su luz nos ayudan a distinguir
el bien del mal, permitiéndonos administrar la liber-
tad sin temor a equivocamos.
En cambio, cuando carecemos de una norma que
nos sirva de referencia, podría ocurrimos lo que al
tren de alta velocidad que se queda sin dirección y
sin maquinista. Lo más seguro es que se estrelle. La
libertad exige una norma, una dirección, un saber
por qué y para qué se tiene y cómo se ha de usar. De
nada le sirve a uno reclamar para sí libertad de pen-
samiento, si después no sabe cómo usarla; o preten-
der ser libre para opinar, cuando de lo único que se
sabe opinar es de la película o partido de fútbol visto
por televisión. Para poder decir que se es libre, se ne-
cesita saber cómo debe emplearse la libertad. Y, para
esto hay que dar con un referente, con una norma a
la que se pueda acomodar la conducta. ¿De qué le
sirve a uno, por ejemplo, dejar de ser analfabeto si
luego sólo se dedica a leer panfletos? Sería del géne-
ro tonto no aprovecharse del enorme potencial que
da el poder instruirse. Tan grande y maravillosa es la
libertad que sería una pena malgastada o no poten-
ciarla cuando está en nuestra mano el hacerlo.

La obediencia, signo de libertad

Como decimos, el uso cuerdo de la libertad exige


saber lo que se quiere. Por lo que se refiere al cristiano,

52
no ha de olvidar que le ha sido encomendada la nada
fácil tarea de «liberar a la creación de la servidumbre
de la corrupción para participar en la gloriosa libertad
de los hijos de Dios». Pues con palabras del Apóstol de
las gentes, «la creación entera gime y sufre dolores
de parto hasta el presente» 16• Tal desorden procede de
la desobediencia del primer hombre. Es éste, sin duda,
uno de los puntos más difíciles de comprender para el
hombre de hoy. Hay quienes piensan que la obediencia
se opone a la libertad, y no es así. Entre otras cosas
porque no cabe hablar de libertad sin la existencia de
un vínculo, de una norma a la que obedecer.
Entre norma moral y libertad hay complementa-
riedad, no conflicto; como no lo hay entre autono-
mía personal y obediencia. «La verdadera autonomía
moral del hombre no significa en absoluto el recha-
zo, sino la aceptación de la ley moral, del mandato
de Dios [... ] La libertad del hombre y la ley de Dios
se encuentran y están llamadas a compenetrarse en-
tre sí, en el sentido de la libre obediencia del hombre
a Dios y de la gratuita benevolencia de Dios al hom-
bre. Y por tanto, la obediencia a Dios no es, como
algunos piensan, una heterenomía, como si la vida
moral estuviese sometida a la voluntad de una omni-
potencia absoluta, externa al hombre y contraria a la
afirmación de su libertad». Se trata más bien de una
«teonomía participada, porque la libre obediencia
del hombre a la ley de Dios implica efectivamente
que la razón y la voluntad humana participan de la
sabiduría y de la providencia de Dios» 17•

16 Rom 8, 21.
17 Juan Pablo 11, Ene. Veritatis splendor, n. 41.

53
Esto quiere decir que la libertad se perfecciona
con la elección del bien, según la voz de la propia con-
ciencia. «La dignidad del hombre -enseña el Conci-
lio- requiere, en efecto, que actúe según una elec-
ción consciente y libre, es decir movido e inducido
personalmente desde dentro y no bajo la presión de
un ciego impulso interior o de la mera coacción ex-
tema. El hombre logra esta dignidad cuando, liberán-
dose de toda esclavitud de las pasiones, persigue su
fin en la libre elección del bien y se procura con efi-
cacia y habilidad los medios adecuados para ello» 18 •
Sin obediencia a la voz de la conciencia, la liber-
tad quedaría despojada de su verdadero valor. Libre
no es el que actúa a lo loco, sino el que obedece la
ley natural manifestada en los mandamientos divi-
nos. Y como además la libertad es medio y no fin
para alcanzar la felicidad, se puede decir que no ad-
ministra bien su libertad el que la emplea para fines
egoístas, sin preocuparse si lo que le apetece está de
acuerdo con el bien y la verdad. «La verdad os hará
libres», había dicho el Maestro. Y san Agustín co-
menta: «Dios, que es la Verdad, dirige en todas par-
tes a todos los que le preguntan [... ] Dios responde
con claridad, pero no todos entienden con claridad.
Todos preguntan lo que quieren, pero no todos oyen
siempre lo que quieren. El que mejor escucha y obe-
dece a Dios es el que no se preocupa de oírle decir
lo que desea, sino el que se esfuerza por querer lo
que Dios le dice» 19 •

18 Conc. Vaticano 11, Const. Gaudium et spes, n. 17.


19 S. Agustín, Confesiones, Ed. Palabra 1974, p. 210.

54
A medida que se obedece se recuperan cotas cada
vez más altas de libertad. Y eso, como es lógico, su-
pone sujetarse al querer de otro, someterse a una ins-
tancia superior. En esto, como en todo, nos da un gran
ejemplo María, la doncella de N azaret. Sin coacción,
con plenitud de libertad, escucha lo que ángel le anun-
cia y obedece. Al decir «he aquí la esclava del Se-
ñor, hágase en mí según tu palabra», demuestra que
la obediencia es signo de libertad. Al responder a la
Verdad con generosidad, la inunda el Bien en pleni-
tud. Queda así liberada, no sojuzgada; exaltada, no
empequeñecida. Sabe que no obedece a una criatura,
sino a Dios. Esta es la obediencia que libera y en-
grandece a la persona.

Escuchar para obedecer

Como María, para obedecer es preciso aprender a


escuchar. Es éste un aprendizaje costoso, puesto que
el hombre tiende a escucharse a sí mismo. Y surge la
pregunta: ¿se puede obedecer a Dios si no se le es-
cucha? La voz obediencia deriva del latín ob audire,
que significa escuchar. Quien mejor escucha es el
que mejor obedece. Hoy se estima poco esta virtud,
entre otras cosas porque a cada uno le interesa escu-
char lo que más le conviene. Se quiere ser libre, go-
zar de independencia, para hacer el propio gusto sin
prestar oídos a lo que la conciencia pueda dictar en
cada momento.
Sin escucha, decimos, no hay obediencia. Y cabe
preguntarse de nuevo: ¿cómo escuchar y saber lo
que Dios me pide? Se nos da una pista en la Sagrada

55
Escritura. El joven Samuel es confiado por su madre
Ana al sacerdote Helí, que lo educa en el templo. Una
noche, mientras Samuel dormía, escucha una voz.
Pensando que es Helí el que le llama, se dirige a su
estancia. «Qué quieres», le pregunta. Elí le responde:
«Yo no te he llamado, vete a dormir». Por segunda
vez oye Samuella voz, y vuelve a preguntar a Helí.
Éste le repite lo mismo. Pero, pensando que podía
ser el Señor quien llamaba al muchacho, le dice: «Si
vuelves a oír la voz, debes decir: «Habla, Señor, que
tu siervo escucha"» 20 •
Así es como el joven Samuel entiende lo que Dios
quiere de él. Escucha y obedece. Lo mismo entonces
que ahora. Dios llama, y hace lo posible para que el
interpelado le oiga. Así, la respuesta libre del que es-
cucha lo que Dios le dice se convierte en un acto de
fe. Y es que obediencia y acto de fe significan se-
mánticamente lo mismo. No se puede hacer un acto
de fe (jides ex auditu) si no se escucha con atención
lo que Dios pide, lo mismo que para obedecer (ob
audire) hay que aplicar el oído a lo que el Señor in-
sinúa. Por consiguiente, todo acto de obediencia im-
plica un acto de fe, que por ser consciente libera y
hace madurar a la persona.
En teoría esto se sabe. En la práctica se olvida
con facilidad que todo acto de obediencia es un acto
de libertad, de señorío, de dominio de sí. Por rebel-
día, hay quienes hacen oídos sordos a lo que les dic-
ta su conciencia; prefieren seguir sus gustos, por lo
que llegan a confundir la libertad con el libertinaje,

20 1 Sam 3, 10.

56
la autoridad con el autoritarismo, lo absoluto con lo
relativo 21 • Tal reducción de la libertad les rebaja
como personas. Ya no es la verdad y el bien lo que
les atrae, sino el espejismo del falso bien que ha
creado su fantasía. Caen en contradicción. Pues mien-
tras intentan liberarse de la norma a la que deberían
obedecer, terminan esclavizándose a una serie de vi-
cios y pasiones que lejos de hacerles más libres les
despersonaliza.

Saber de qué nos liberamos

A lo largo de la historia el hombre ha tratado de


liberarse de aquello que le esclaviza. Un deseo enco-
miable. La cuestión se plantea cuando lejos de atinar
se equivoca. Todavía hoy. En nombre de la libertad
vemos a nuestro alrededor hijos que quieren zafarse
del yugo paterno, matrimonios del compromiso que
un día asumieron, legisladores o jueces de la tutela
de la ley. Por una razón u otra, unos y otros quieren
liberarse de lo que consideran una traba, una suje-
ción que atenta contra su libertad. No es sino reflejo
de la crisis de identidad que hoy padecemos. No por
liberarse sin más de los vínculos que le atan el hom-
bre es feliz. No. Ha de saber de qué quiere liberarse
y por qué. El saberlo es indispensable para adminis-
trar bien la libertad, para ser cada día más feliz. El

21 Cf. Cardenal Joseph Ratzinger, El relativismo (filosófico) teol6gi-

co: un nuevo reto para la fe, conferencia pronunciada en el encuentro


celebrado en Guadalajara (México) con presidentes de comisiones
episcopales de América Latina para la doctrina de la fe.

57
que administra y salva su libertad, está en condicio-
nes de recuperar la esperanza.
La libertad se convierte en palanca de esperanza
y de progreso personal, cuando se entiende como
aceptación de un compromiso y afirmación de un
don personal. De lo contrario, en lugar de liberar, es-
claviza. Se requiere pues madurez de juicio, capaci-
dad de entrega, asumir de modo responsable los pro-
pios compromisos. Ser libre por tanto no significa
liberarse de algo (como el que se quita el abrigo o el
sombrero cuando tiene calor), sino saber de qué se
libera y por qué. Si no, la libertad se convierte en un
anhelo vano. Y eso lleva a dar palos de ciego, a in-
clinarse por los postulados de una moral light. De-
seando ganar cotas cada vez mayores de libertad, uno
puede verse involucrado en mil aventuras sin saber a
qué puerto le llevan.
Hay que liberarse sí, pero a condición de saber de
qué queremos liberarnos. Antes de elegir, se ha de dis-
cernir y madurar lo que se quiere, de modo que se
sepa si el vínculo que se asume es el que más con-
viene. Porque -y es preciso repetirlo- hay vínculos
que no liberan sino que esclavizan. A veces resulta
difícil distinguirlos. Sobre todo cuando la subjetividad
trata de erigirse en norma de conducta. Por esto, antes
de tomar una decisión en firme (los novios su matri-
monio, los religiosos sus votos, el sacerdote su minis-
terio, el empresario sus negocios, etc.), es preciso
asegurar dos cosas: que aquello que se elige y a lo
que uno se vincula es bueno y conveniente; y por
otro lado, saber si contraviene alguna norma moral.
Guiarse por lo que a uno le parece sin contrastarlo
con lo que una persona de criterio tiene por bueno y

58
conveniente, es una imprudencia. De modo que a la
hora de decidir vincularse a algo o a alguien, lo pru-
dente y sensato es comenzar por aparcar el propio
«yo», el interés egoísta, y ver si aquello redunda en
perfección personal y, como consecuencia, en bene-
ficio de otros.
Es dándose como el hombre recibe. Lo recordaba
Juan Pablo 11: «El hombre se afirma a sí mismo de
manera más completa dándose. Si privamos a la li-
bertad humana de esta perspectiva, si el hombre no
se esfuerza por llegar a ser un don para los demás,
entonces esta libertad puede revelarse peligrosa. Se
convertirá en una libertad de hacer lo que yo consi-
dero bueno, lo que me procura un provecho o un
placer, acaso un placer sublimado» 22 •
Darse de modo generoso y total, qué duda cabe
que es correr un riesgo. Es más, en ocasiones supon-
drá jugarse la vida, olvidarse de sí, sin pensar en expe-
riencias pasadas que pueden paralizar, y sin preocupar-
se en exceso por el futuro que no sabemos cuándo
llegará. Vivir el presente por amor, es dar sentido a
la propia libertad.

4. Miedo al compromiso

Vivir es mucho más que pasarlo bien o gozar ha-


ciendo lo que apetece. La persona madura es feliz,
no por hacer lo que quiere, sino porque asume sus
compromisos con valentía y lealtad. Tal vez alguna

22 Juan Pablo 11, Cruzando el umbral de la Esperanza, Ed. Plaza y

Janés, Barcelona 1994, p. 200.

59
vez se equivoque. Pero, porque es responsable, sabe
rectificar a tiempo y renovar su ilusión cada día. Como
hace el atleta que se propone alzarse con el triunfo
en una olimpiada. No sigue su capricho. Se somete
con gusto a los sacrificios que le impone el reto que
ha aceptado, sin importarle los desafíos. Sabe que sólo
así, olvidado de sí, superará su propia marca y se al-
zará con la victoria.
Por miedo al esfuerzo, son muchos los que rehu-
yen el compromiso. Se vuelven viejos antes de tiem-
po, escépticos y cansados por dentro. Acobardados,
se dan por vencidos en la primera escaramuza, sin
aceptar el riesgo ante cada nuevo reto. Parecen estar
de vuelta de todo. ¿A qué se debe? Probablemente a
un desconocimiento profundo del verdadero sentido
de la vida. Les faltan ideales nobles por los que lu-
char, un compromiso serio por algo que valga la pena.
Necesitan recuperar la esperanza. Y más aún cuando
se trata de gente joven, en camino de confirmar con
su esperanza la solidez de sus compromisos.
En la pasada Jornada Mundial de la Juventud, ce-
lebrada en Colonia, se preguntaba Benedicto XVI:
«¿Por qué los Magos fueron a Belén desde países le-
janos? La respuesta está en relación con el misterio
de la «estrella» que vieron «salir» y que identifica-
ron con la estrella del «Rey de los Judíos» [... ]; su
viaje estaba motivado por una fuerte esperanza [... ]
Los Magos marcharon porque tenían un deseo gran-
de que los indujo a dejarlo todo y a ponerse en cami-
no. Era como si hubieran esperado siempre aquella
estrella. Como si aquel viaje hubiera estado siem-
pre inscrito en su destino, que ahora finalmente se
cumple».

60
Es el proceso que hemos de realizar si queremos
dar con el verdadero sentido de nuestra vida. Ver, es-
cuchar, observar los signos de la presencia divina,
descubrir la alta misión a la que somos llamados.
Porque Dios, como en el caso de los Magos, sigue
llamando. No hay que asustarse. Se teme lo que no
se conoce, por eso se huye del compromiso. Se pre-
fiere la vida cómoda, se da de lado al esfuerzo o al
sacrificio que el compromiso conlleva. El horizonte
queda así reducido a un ir tirando, a una moral de
mínimos. ¿Por qué? Quizá por miedo o temor a lo
que pueda deparar el futuro.
Se dice que prevenir es curar. Hay que poner los
medios para detectar cuanto antes el porqué de la
falta de compromiso. Porque puede observarse a
diario, entre todo tipo de personas, como un temor
exacerbado a comprometerse por lo que vale la pena.
Muchos se parapetan en su yo, sin permitir que na-
die les moleste con sus demandas de entrega puntual
y generosa. Se defienden con excusas inconsistentes,
con expresiones que en el fondo manifiestan su falta
de madurez. He hecho una selección de estas excu-
sas entre las que con más frecuencia suelen escu-
charse. He aquí algunas:

• Yo veo las cosas a mi modo. Sé bien lo que


quiero y lo que debo hacer. Si no lo hago, la
mayoría de las veces es por temor a que me to-
men por estúpido, tanto los míos como mis
amigos. Por esto me cuesta comprometerme.
• No quiero obligarme. Me da miedo el futuro;
no me comprometo porque no sé si después po-
dré cumplir lo que prometí. Las cosas cambian

61
de continuo, y pasado el tiempo podría com-
probar que me equivoqué.
• Prefiero no casarme. Es una carga excesiva
para mí. Prefiero vivir con mi pareja sin ningún
compromiso ni responsabilidad. Así me siento
más libre para cortar cuando me interese.
• Los criterios cambian según con quien estés.
Como veo que cada uno de mis amigos piensa
de manera diferente, me da miedo decidir por
mi cuenta. El compromiso me da pánico. El
ambiente en el que me desenvuelvo me obliga-
ría a ir contra corriente, y eso me espanta.

Son modos de enfocar la vida, no siempre correc-


tos. Lo fácil en una sociedad cambiante es atenerse a
«lo que se lleva», a lo que está de moda. Por falta de
criterio, y no pocas veces de carácter, se tiene mucha
inseguridad. Y por eso se teme el compromiso, el es-
fuerzo que supone ir contra corriente. Saber lo que se
tiene que hacer y no hacerlo, conduce a una vida tibia,
a la apatía y a la desgana. De ahí que haya tantos que
basculen entre la indecisión y el escepticismo. Es fre-
cuente que por miedo al compromiso algunos apar-
quen sine die el matrimonio, la elección de carrera o la
dedicación a un proyecto que ven como exigente, aun
cuando sea bueno y atractivo. Y por miedo dan largas
a cuanto les exige responsabilidad, tesón y constancia.

La socorrida excusa del «todo cambia»

Con la excusa de que «todo cambia» se dejan de


asumir compromisos inaplazables. Que muchas co-

62
sas cambian, es evidente. Cambian las ideas, las mo-
das, las costumbres, las culturas ... Ahora bien, sien-
do esto verdad, no es menos cierto que no todo está
sujeto al devenir histórico. Afirmarlo sería quedarse
en la superficie de las cosas, negar la existencia de
una verdad absoluta. Y sabemos por la razón ilumi-
nada por la fe que existe una ley ética natural, inscri-
ta por Dios en el corazón del hombre, que por ser
natural es inmutable, universaF3 •
Un hombre de criterio, de convicciones firmes,
no ha de asustarse si por fidelidad a esa ley le tildan
de raro o trasnochado. El que se deja llevar de la co-
rriente, antes o después caerá en incoherencia. Y por
esto algunos han terminado negando cuestiones tan
fundamentales como la indisolubilidad del vínculo
matrimonial, la fidelidad de los cónyuges, el respeto
a la vida humana, la libertad religiosa o la de educa-
ción ... Por miedo a la verdad se pasa por alto, en con-
versaciones con parientes o amigos, el derecho que
tiene la mujer a defender su virginidad hasta el día
de su boda, o el que asiste a los padres para aceptar
libremente los hijos que Dios les dé, o el que tiene
una madre para rechazar los métodos artificiales de
fecundidad o para negarse a abortar, aun cuando sea
por una razón terapéutica.

23 «Cuando la Revelación divina y, en su orden propio, la sabiduría

filosófica, ponen de relieve exigencias auténticas de la humanidad, es-


tán manifestando necesariamente, por el mismo hecho, la existencia de
leyes inmutables, inscritas en los elementos constitutivos de la natura-
leza humana; leyes que se revelan idénticas en todos los seres dotados
de razón» (Congregación para al doctrina de la fe, Declaración acerca
de ciertas cuestiones de ética sexual, citada en la Encíclica Veritatis
splendor, n. 52.

63
Que las circunstancias cambian nadie lo discute;
pero el hombre de fe cuenta con los recursos necesa-
rios para hacerles frente. Basta con que no pierda de
vista la «estrella», como los Magos de Oriente. Con
seguridad, generosidad y audacia, como hicieron
ellos. El hombre o la mujer de criterio han de regirse
no por la ley de los hombres sino por la de Dios. Es
ésta la brújula que indica el verdadero camino. A se-
mejanza del montañero. Sabe que puede evitar los
obstáculos si está atento a las señales del camino. En
la vida moral pasa otro tanto. Hay señales claras que
advierten los peligros. La persona responsable, por
compromiso con su propia conciencia, no mira a otro
lado. Con los hechos demuestra la solidez de sus
convicciones, muy por encima de las «ocurrencias»
de la moda o de los presupuestos de una filosofía
sectaria o hedonista. Un hombre de recta conciencia
no puede callar ante el llamado matrimonio entre
homosexuales, o el «divorcio exprés» o la eutanasia.
En estos temas sabe que no puede transigir.
Cuando se tiene rectitud de conciencia, ni se está
a merced de los cambios ni se vive de intuiciones.
Se actúa de acuerdo con unas normas éticas objeti-
vas, practicando sin ambigüedades el bien y evitan-
do el mal 24• Así lo entendió Edith Stein, discípula de
Edmund Husserl, el fundador de la ciencia fenome-
nológica. Esta mujer, de origen judío, aprendió a ra-
zonar sin prejuicios. Según cuenta 25 , había perdido la

24 Cf. Const. Gaudium et spes, n. 16; CEC, nn. 1776-1777.


25 Pueden verse a este respecto, entre otras obras, una autobiografía
suya en Estrellas Amarillas, Ed. de Espiritualidad, Madrid 1992; Edith

64
fe, pero se sentía atraída y comprometida con la ver-
dad. Un día tuvo una experiencia. Paseaba con una
amiga por el casco antiguo de Frankfurt, y al llegar a
la catedral se detuvieron un momento para visitarla.
Mientras contemplaban la maravilla de su arquitectu-
ra, ven entrar a una mujer con su cesta de la plaza; se
arrodilla y queda por unos instantes recogida en ora-
ción. «Esto me sorprendió mucho», confesaba tiempo
después. «A la Sinagoga sólo íbamos para celebrar
las fiestas y el culto oficial. Pero allí vi a una mujer
que había interrumpido sus negocios cotidianos para
hablar confidencialmente con su Dios. Esto nunca lo
pude olvidar».
Más tarde, y tras morir en acto de guerra su com-
pañero Reinach, comprende que debe ir a visitar a su
viuda para darle el pésame. Pero no acababa de deci-
dirse. ¿Cómo podía consolar a una mujer católica
cuando ella era atea? Al final se decide y va. Para su
sorpresa, no se encuentra con la persona desesperada
y triste que había imaginado, sino con una mujer llena
de paz, que por amor a Dios aceptaba su dolor. Aque-
lla joven viuda, con sus palabras le hace pensar, sobre
todo cuando le dice que su fuerza la debía a su fe en
Jesucristo crucificado y resucitado. «En este momen-
to, mi incredulidad se hundía, y vislumbré por prime-
ra vez la fuerza de la Cruz». Tras una profunda crisis
interior, sufre por no encontrar aún el último porqué
de su vida. Todo cambia al dar con una biografía de
Santa Teresa de Jesús, que lee durante la noche de un

Stein, Obras selectas, Ed. Monte Carmelo, Burgos 1998; Edith Stein,
La mujer, Ed. Palabra, 1998.

65
tirón. Al terminar de leerla piensa: «Esta es la verdad».
Es consecuente ante aquel descubrimiento: se com-
promete. Se bautiza y entrega su vida por entero al
Señor. A partir de ese momento, nunca más conocerá
el desanimo. «Me siento metida en Dios, tengo paz y
seguridad. N o es la seguridad autónoma de un adulto
que está en pie, por sus propias fuerzas, sobre un te-
rreno seguro; es más bien la seguridad feliz de un
niño pequeño que se encuentra en brazos fuertes. Esta
seguridad no me parece insensata en absoluto. ¿O se-
ría aquel niño más sensato si continuamente tuviera
miedo de que la madre lo dejara caer?».
Su compromiso lo lleva hasta el final. Edith está
dispuesta a dar su vida por la verdad, por Dios y por
su pueblo. En una noche de locura nazi, es conduci-
da primero a los campos de concentración de Ames-
foort y Westerbork, en Holanda, y después al terrible
campo de exterminio de Auschwitz-Birkenan. En
este último, llena de alegría sirve de consuelo a cuan-
tos aguardaban para ser conducidos a la cámara de
gas. También ella, junto con su hermana Rosa, entre-
ga su vida. Demostraba con los hechos que el amor
puede más que el odio, que la vida está muy por en-
cima de la muerte. Su testimonio de valentía y com-
promiso fiel debe hacernos pensar, sobre todo cuan-
do por comodidad uno puede echarse atrás en lo que
sabe que es su obligación.

Compromiso fiel

El miedo al compromiso supone casi siempre un


rechazo a la fidelidad. Si ésta no se acepta es por el

66
sacrificio que conlleva. La fidelidad se nutre de la fe
a la persona con la que uno se compromete. Se es
fiel a quien nos merece confianza, a la persona de la
que uno se puede fiar. La fidelidad tiene como base
una relación interpersonal. Es decir, no depende de
una idea, ni de un concepto, sino de una persona. Se
es fiel en razón al amor que se siente por ella; no im-
porta así sufrir por hacerla feliz, sacrificarse por con-
tentarla.
La fidelidad se funda en la confianza, que lleva a
la entrega. Y si ésta se refiere a Dios, la confianza se
hace plena. La persona queda persuadida entonces
-es el caso de Edith Stein como hemos visto- de
que Dios, suma Verdad, no puede engañarse ni enga-
ñarnos. Como además es eterno e inmutable, no pue-
de dejar de querernos. Dios es fiel de modo absoluto
porque en Él no hay cambio ni mudanza: no prome-
te hoy una cosa y mañana hace la contraria. No. Su
amor por cada uno de sus hijos es constante, inalte-
rable. De ahí que en la Sagrada Escritura se le llame
«el Fiel, el Veraz» 26 • Su fidelidad es causa ejemplar
y principio eficiente de la nuestra. Pues creados a su
imagen y semejanza, estamos llamados a reproducir
en nuestra vida la fidelidad divina. Una meta alta, en
efecto, pero asequible por contar con la gracia. En la
medida que el hombre es fiel, crece en sensatez y
gana en madurez.
La fidelidad suele definirse como «la virtud mo-
ral que inclina a la voluntad humana a cumplir con
rectitud de intención, sinceridad y exactitud, las pro-

26 Ap 19, 11.

67
mesas que hace». Santo Tomás afirma además que
«corresponde a la fidelidad del hombre cumplir en
todo momento lo que ha prometido». Y así es. Pero
hemos de ser realistas. No se ha de perder de vista que
la voluntad es voluble, cambiante y del todo impre-
visible. Lo que un día con ilusión hemos prometido,
al siguiente lo podemos olvidar fácilmente. Y puesto
que somos limitados, es preciso dar con un punto de
apoyo sólido que nos permita ser fieles a los com-
promisos contraídos. Pero es claro que un apoyo de
este estilo sólo puede encontrarse en Dios. Seríamos
unos insensatos si pensásemos que sólo con nuestras
fuerzas podríamos conseguirlo.
Cuando por pensar demasiado en uno mismo se
tiene miedo a un compromiso fiel, es el momento de
confiar más en Dios y estar dispuestos a obedecer
sus mandatos. La inseguridad hace acto de presencia
cuando uno va a su aire, cuando confía en sí y deja
de amar. Difícilmente estará dispuesto así a sacrifi-
carse por la persona amada. Lo que un día con tanta
ilusión prometió, podría diluirse en un «bueno, pero
ya veremos». Una actitud propia de la persona inma-
dura. Si rechaza el compromiso es porque en reali-
dad rehúye la entrega que conlleva.

La lealtad, principio de fidelidad

En lo humano, la lealtad es el fundamento de la


fidelidad. Como virtud social que es implica rela-
ción, disposición a cumplir lo que se prometió. La
lealtad tiene a su vez como sustrato moral el conjun-
to de derechos y obligaciones que regulan la convi-

68
vencía entre los hombres. La lealtad, por tanto, se
mueve en el plano de lo legal, mientras que la fideli-
dad hace referencia a lo interpersonal. Así, se dice
que una persona es leal a los principios que cree, ya
sean los de un partido político, los de un club huma-
nitario o las reglas de una hermandad. Pero se es fiel
siempre a una persona: a Dios, al cónyuge, a los hi-
jos, a un amigo ... Podría darse el caso paradójico de
un hombre leal a su mujer, porque cumple sus com-
promisos para con ella, pero que no le fuera fiel por
tener entregado su corazón a otra persona. La fideli-
dad exige entrega, una donación del propio ser a la
persona amada. Por esto no basta con vivir bajo el
mismo techo, ni manifestar un respeto frío de pura
educación. Ni marido ni mujer pueden ser felices si
no son fieles el uno al otro, si no se entregan de co-
razón.
Ni Edit Stein, ni Maximiliano Kolbe, ni tantos
otros que entregaron su vida por amor hubieran po-
dido hacerlo si no hubieran sido leales a sus compro-
misos, fieles a Dios y a su propia conciencia. No die-
ron su vida por una idea, sino por Cristo, identificados
con él hasta el holocausto. Cultivaron la lealtad, apren-
dieron a ser fieles a sus compromisos. Cuando el
amor es fiel, la persona crece y madura con rapidez.
Alcanza a ver la realidad con ojos nuevos, descubre
horizontes insospechados. El marido, y también la
mujer, aprenden a sacrificarse el uno por el otro. Lo
cual trasciende a todo lo que hacen, en especial al tra-
to con los hijos, a quienes no verán ya como una car-
ga, sino como joya preciosa que han de cultivar y por
lo que vale la pena entregar lo mejor de uno mismo.
N o importan entonces las dificultades ni las penas

69
para responder con un gesto amable y comprensivo.
Los hijos se sentirán estimulados, atraídos por el ejem-
plo de fidelidad de sus padres. También ellos aprende-
rán a ser fieles y leales, con lo que ganarán en con-
fianza y se sentirán queridos. Todos saldrán ganando.
También para sociedad se siguen grandes benefi-
cios de la lealtad. Entre otros la paz, como fruto de
una ordenada y leal convivencia; la confianza, que
da mayor eficacia al trabajo y facilita la amistad con
colegas y compañeros; la seguridad que proporciona
saber que nadie hablará mal de uno a sus espaldas.
En cambio, de la deslealtad proceden la intriga, la en-
vidia, la desconfianza. La persona desleal falsea la
realidad; cuando le conviene no le importa recurrir a
la mentira, porque lo que más le interesa es destacar
y salirse con la suya. Incluso puede llegar hasta ma-
nipular la verdad, aun sabiendo que puede repercutir
de modo injusto sobre compañeros o amigos. La in-
madurez le hace sucumbir a la ley de lo fácil, por
importarle más su bien que el del prójimo.
Por egoísmo e irresponsabilidad abundan hoy las
deslealtades y se multiplican las infidelidades. Por lo
que hay que preguntarse: ¿qué debo hacer para supe-
rar semejante actitud? En primer lugar, dominar la
lengua, cortar de cuajo cualquier crítica o murmura-
ción dirigida hacia el prójimo. Es síntoma de inmadu-
rez querer destruir por inquina o envidia la reputación
del vecino. Y no digamos si las relaciones son de pa-
rentesco. No es justo poner en tela de juicio la repu-
tación de nadie, y menos querer juzgarle por las so-
las apariencias. Cuando falta comprensión y se actúa
con deslealtad, se desatan las antipatías y se provo-
can las enemistades. La deslealtad es una plaga dañi-

70
na que ha de erradicarse con entereza, ya que socava
los fundamentos de la fidelidad y destruye todo atis-
bo de confianza.

Compromiso fundado en el amor

Cuando la fidelidad no se construye sobre la base


firme de la lealtad, puede destruirla el egoísmo. Y esto
sucede sobre todo cuando se manipula el amor o se
convierte en objeto de lujo. Sustituido por el egoísmo,
el amor se envicia y lleva a una insaciable sed de
placer y hasta de despotismo. Puede suceder incluso
entre personas que se dicen creyentes, pero que en la
práctica sustituyen el amor a Dios y al prójimo por
un amor filantrópico de corte laicista. Olvidan estas
personas que los cristianos eran denominados al prin-
cipio con el apelativo de fieles. Hombres y mujeres
corrientes, pero de vida íntegra, a los que todos po-
dían distinguir por su fidelidad a Dios y su servicio a
los más indigentes.
Estos fieles se comprometían de verdad, no se de-
jaban llevar de teorías. Tenían un amor práctico que
plasmaban en compromisos estables. Cuantos les
trataban quedaban admirados por las virtudes que vi-
vían, sobre todo por su lealtad y fidelidad que no po-
cas veces les llevó hasta el martirio. Era un testimonio
que atraía a aquellos paganos. Quizá no entendieran
la doctrina que practicaban, pero observaban su hon-
radez y congruencia. Era sin más el reflejo de una fe
hecha vida. Cada uno de sus actos era manifestación
del firme compromiso que habían adquirido. Por esto,
a pesar de las persecuciones, permanecían en su lu-

71
gar de residencia, sin renunciar a su condición de
ciudadanos. Se distinguían de los demás sólo por la
práctica de las virtudes, por su optimismo y profun-
da alegría. Esto, antes que sus discursos, despertaba
la confianza de cuantos les trataban.
En una de las homilías que san Juan Crisóstomo
dirige a aquellos fieles, puede apreciarse el trasfondo
de este espíritu. «Emprendamos una nueva vida; ha-
gamos de la tierra cielo, y mostremos así a los genti-
les de qué bienes tan grandes se privan. Porque cuan-
do vean nuestra conducta ejemplar, contemplarán el
espectáculo mismo del reino de los cielos ... No os re-
comiendo algo pesado. No os digo: no os caséis. No
os intimo: abandonad la ciudad y apartaos de los ne-
gocios mundanos. No. Permaneced donde estáis,
pero practicad la virtud. A fuer de sincero, ¡más qui-
siera que brillaran por su santidad los que viven en
medio de las ciudades, que no los que se han aparta-
do a vivir en los montes! ¿Por qué? Porque de ello se
seguirá un bien inmenso, puesto que "nadie enciende
una luz y la pone debajo del celemín" (Mt 5,15). De
ahí que yo quiera que todas las luces estén sobre los
candeleros, para que la claridad sea mayor. Encenda-
mos, pues, el fuego; hagamos que los que están sen-
tados en las tinieblas se vean libres del error, y no me
vengas diciendo: "Tengo hijos, tengo mujer, tengo
que atender la casa y no puedo cumplir lo que me
dice". Si no tuvieses todo eso y fueras tibio, de nada
te serviría; en cambio, aun cuando eso te rodee, si
eres fervoroso, practicarás la virtud» 27•

27 San Juan Crisóstomo, Homilfa en Mt 43, 5.

72
Aquellos primeros, en efecto, tenían una concien-
cia clara de lo que significaba ser fieles a sus com-
promisos, aun en medio de las dificultades. A pesar
de ellas fueron leales, incluso a las normas emana-
das de una autoridad pagana del todo hostil para
ellos. Pero obedecían. También a sus amos, a quienes
respetaban, a la vez que daban ejemplo de solidari-
dad entre sus compañeros. Con esa lealtad y transpa-
rencia actuaban en sus negocios, respetando las nor-
mas de justicia y veracidad. Los casados, por amor,
cumplían con fidelidad sus compromisos matrimo-
niales; lo mismo que los solteros, de acuerdo con su
estado. A unos y otros los exhorta san Agustín, que
les recuerda: «El marido debe ser fiel a la mujer, y la
mujer al marido, y ambos a Dios. Los que habéis pro-
metido continencia, cumplid lo prometido, puesto
que no se os exigiría si no lo hubieseis prometido
[... ] Guardaos de hacer trampas en vuestros nego-
cios. Guardaos de la mentira y del perjurio» 28•
La historia de la Iglesia está llena de ejemplos de
lealtad. No hay que ir muy lejos en el tiempo para
recordar el testimonio de Tomás Moro, honrado pa-
dre de familia y prestigioso profesional del derecho.
Casi al final de su vida fue nombrado canciller de In-
glaterra por Enrique VIII. Por una veleidad del rey se
encuentra en la disyuntiva de ser leal a su rey o infiel
a Dios. No lo duda. Por fidelidad a Dios y a su con-
ciencia, no podía dar su consentimiento al divorcio
que pretendía el rey, declarando nulo el matrimonio
contraído con Catalina de Aragón, hija de los reyes

28 San Agustín, Sermón 260.

73
Católicos, para casarse de nuevo con Ana Bolena. A
toda costa quería conseguir el soberano que Tomás se
sometiera a su capricho. Pero no cedió. Al contrario,
le hace ver al rey con educación y exquisito respeto
que su intención de divorcio contravenía abiertamen-
te la ley de Dios. Otro, en su lugar, tal vez lo hubiera
aprobado. Él no. Y por este motivo es condenado a
muerte. Encarcelado en la Torre de Londres, pocos
días después rodaba su cabeza de un limpio y certero
tajo. La Iglesia venera a Tomás Moro como mártir y
como santo. Fue en extremo valiente al mantener su
fidelidad a Dios, a la vez que como caballero demos-
traba lealtad a su rey. Tal vez parezca paradójico.
Pero la verdad es que fue por lealtad a Enrique VIII
por lo que Tomás le echa en cara su equivocación, a
sabiendas de que podía costarle la vida.
¡Cuánto tenemos que aprender hoy del ejemplo
de Tomás Moro! Hay quienes por no complicarse la
vida transigen con modos de actuar que se oponen
abiertamente al querer de Dios. Se transige la mayor
parte de las veces por falta de ideales, de conviccio-
nes. No se comprende que la ley ética natural obliga
en conciencia: no es arbitraria ni responde a un ca-
pricho personal. Si existe no es para fastidiarnos,
sino para que podamos obrar con seguridad y recti-
tud. Aun cuando en algún momento no se entienda,
se ha de aceptar. Son normas de vida, no de muerte.
Cumplirlas es abrir las puertas a felicidad, rechazar-
las es precipitarse en la tristeza y el pesimismo.
Una vez más se impone la sensatez. Si queremos
madurar aprisa, sobre bases seguras, es preciso deci-
dirse a ser fieles a los propios compromisos. Para lo
cual hay que superar el miedo al sacrificio, plantar

74
cara con energía a las comodidades y caprichos. Tal
vez cueste en un principio, quizá nos topemos con
las pasiones que tiran para abajo e impiden una lu-
cha constante y alegre por la realización del bien y
la verdad. N o importa. Son obstáculos que, cuando
se ama, se convierten en acicate para superarse y fo-
mentar la esperanza. No olvidemos en esos momen-
tos la promesa del Señor: «Sé fiel hasta la muerte, y
te daré la corona de la vida» 29 •

S. Tendencia al disimulo

Entre los síntomas de inmadurez, hay uno que


aqueja de manera especial al hombre de hoy: la ten-
dencia al disimulo. Se ha de atajar con prontitud,
para evitar que se produzca como una doble vida. Si
no se está atento, esta actitud se cuela sin que apenas
nos demos cuenta. Se traduce en un querer encubrir
con astucia lo que se es y se siente, afectando igno-
rancia por miedo a que los demás descubran lo que
somos. Se tiende por este motivo a ocultar o disfra-
zar las miserias y defectos personales, aunque tam-
bién en ocasiones hasta alguna virtud por miedo a
que puedan tildamos de «personas buenecitas». Es
un disimulo que, a fuerza de repetirlo, se convierte
en un hábito, en un arte perverso.
N o obstante hay que distinguir entre el disimulo
y la fantasía. La fantasía es creativa, inventiva; parte
de una realidad que sucedió o que puede suceder.

29 Ap 2, 10.

75
Bien usada, la fantasía es una maravilla, por la que
se puede expresar la belleza y el bien, dando a cono-
cer lo que siente. «La belleza -ha escrito Juan Pa-
blo 11- es en cierto sentido la expresión visible del
bien, así como el bien es la condición metafísica de
la belleza» 30 El verdadero artista, por medio de su
fantasía, despierta el sentido de la belleza, de la ar-
monía. Su creación se convierte así en una verdadera
obra de arte. En cambio, la simulación es una fic-
ción. La persona que finge lo hace con la intención
de engañar, de dar a entender lo que no es. El que di-
simula en lugar de crear, destruye.
En una obra de Alejandro Casona, Los árboles
mueren de pie, el autor hace pasar a Mauricio e Isabel
como nietos de una señora apenada por la ausencia sú-
bita de un nieto al que quería con locura. Tras robarle,
había huido con la intención de no regresar. Deseando
dar un poco de consuelo a esta mujer, Mauricio, pasa-
do el tiempo, se hace pasar por su nieto. Y va a verla
acompañado de Isabel, con la que acaba de casarse. Al
verlos, la abuela se siente feliz. Recupera el ánimo y
su buen humor. Pero he aquí que, pasados unos días,
regresa el verdadero nieto. Vuelve destrozado, sin di-
nero y con el ánimo por los suelos. La abuela había
imaginado durante este tiempo que las cartas recibidas
del nieto eran realmente suyas y no de Mauricio.
Cuando aparece el nieto descubre la verdad. Y lo lla-
mativo es que no se viene abajo. Gracias a su fortaleza
interior acepta aquel desprecio. Lo que más pena le
daba era ver a su nieto en aquella penosa situación.

30 Juan Pablo 11, Carta a los artistas, n. 3.

76
Aun con buena intención, el disimulo puede cau-
sar daño. Hoy, por desgracia, abunda por doquier: en
la prensa oral y escrita, en la vida política y social,
en el mundo de la cultura y del arte, y hasta alguna
vez en el deporte. Distorsiona todo aquello en lo que
está en juego el prestigio, la fama o el poder. Es ver-
dad que la simulación es tan antigua como la vida
del hombre. Pero hoy, a pesar de los avances cultu-
rales y científicos, parece estar más viva que nunca.

Es difícil confiar en el que disimula

El disimulo no es un fenómeno baladí. Provoca


inseguridad, desconfianza. Es muy difícil confiar en
quien, con disimulo, miente o distorsiona la verdad.
Pues miente todo aquel que habla o actúa con inten-
ción de engañar. N o importa que su intención sea
buena, como hemos visto que le sucedió a Mauricio.
El fin nunca justifica los medios. Un acto deja de ser
bueno cuando está viciado por la mentira. Y no diga-
mos si, además, se hace con un fin perverso. Miente
el que da gato por liebre, el que adula con la inten-
ción de medrar u obtener un beneficio personal. En-
tre otras cosas porque vulnera un principio elemen-
tal: el deber de manifestarse cada uno tal cual es, sin
pretender enmascarar la mentira y menos quererla
hacer pasar por la verdad.
El disimulo, como decimos, provoca desconfian-
za. Nadie puede fiarse de la persona que piensa de
una manera y actúa de otra. Y por desgracia ocurre.
Son muchos los que cambian de modo de pensar en
función de los aires que corren. Sucede también en la

77
vida doméstica. Hay personas que actúan en casa de
una manera y fuera de otra. Quienes no las conozcan
pensarán que son educadas y serviciales, cuando en
realidad distan mucho de serlo. Disimulan sus defec-
tos para salvar su reputación y que las tengan por
buenas. Y si a pesar de su esfuerzo por disimular sus
más próximos llegan a saber la verdad, querrán justi-
ficarse, y es fácil entonces que se aíslen y pierdan
las amistades.
Lo que sucede en la vida política, económica y
familiar, puede trasladarse a la vida religiosa. Algu-
nos actúan con disimulo en un terreno tan delicado
como éste. Y así, por ejemplo, no es raro que asistan
a un funeral para ser vistos y quedar bien. O si parti-
cipan en una romería o en un desfile religioso lo ha-
rán para aparentar. En cambio, en su vida normal de
cada día se cuidan mucho de ocultar sus creencias
religiosas, y en ocasiones hasta puede que se com-
porten como si fueran paganos. No conciben que un
hombre consecuente con su fe debe manifestar lo
que es, defendiendo la verdad cuando se le presente
la ocasión. Sin embargo, más de una vez por ver-
güenza o disimulo pueden acabar uniéndose al coro
de los que con desfachatez vociferan contra la Igle-
sia o su jerarquía. N o han madurado en su fe.
El disimulo puede llegar al extremo cuando el
que está casado se presenta como si estuviera solte-
ro. Incluso hay quienes no dudan en quitarse el anillo
de bodas o la alianza matrimonial con la excusa de
que así son más libres. Una incoherencia propia de la
inmadurez. Y si en estos asuntos disimulan, ¿cómo
puede extrañar que por vergüenza no den la cara cuan-
do se cuestiona el papel de la institución matrimo-

78
nial o se niega el derecho a vivir al nasciturus? Es
probable que digan que actúan así por prudencia o
tolerancia. Pero, aunque no lo reconozcan, saben que
intentan justificar lo injustificable.

El riesgo de la hipocresía

Es comprensible que se sienta un cierto pudor a


dar a conocer la propia interioridad. A nadie le gusta
airear sus intimidades, y menos en público. Cada cual
es celoso de su intimidad y, por tanto, reservado a la
hora de abrirse a los demás. Si por curiosidad alguien
intentara introducirse en nuestra vida con el fin de co-
nocer nuestros más ocultos secretos, lo normal es que
nos lo quitásemos de encima con cara destemplada.
Pero cuando lo secreto deja de serlo y los fallos son
notorios, lo fácil entonces es recurrir al disimulo, ta-
pando la verdad con la mentira. Y esto, como es ló-
gico, deja la puerta abierta a la hipocresía.
Nadie, como decimos, está obligado a manifestar
su intimidad. Pero esto no justifica en modo alguno
que haya de refugiarse en la mentira actuando con fal-
sedad. Hipócrita es todo aquel que finge cualidades o
sentimientos que no posee. Al actuar con dolo o simu-
lación, se hace daño a sí mismo por ir contra la ver-
dad y la justicia. El hipócrita hace comedia, interpreta
un papel que no es el suyo. Hasta tal punto puede lle-
gar a identificarse con el personaje elegido, que acabe
confundiendo la realidad con la fantasía. Al creerse
superior, no aceptará sus limitaciones, no reconocerá
sus errores. Hablará de modo ambiguo, interpretará o
re-presentará el personaje que se ha creado.

79
Cuenta un literato inglés algunas de las cosas que
más le habían llamado la atención en un viaje reali-
zado por España. Uno de los pueblos de Castilla que
visitó estaba en fiestas. Presenció en él un pintoresco
desfile, formado por gigantes y cabezudos. Algo
para él del todo insólito. Ese año había caído enfer-
mo el que solía salir de «gigante». Como no encon-
traban quien le sustituyese, los responsables del fes-
tejo recurrieron al «tonto» del pueblo. Le explicaron
de qué se trataba. -Mira, le dicen, te subirás en
unos zancos muy altos, te vestirán con ropajes muy
vistosos, largos y bonitos; una vez te hayas subido
comenzarás a dar vueltas por el pueblo en medio de
los aplausos y aclamaciones de grandes y pequeños.
El «tonto» aceptó sin pensárselo dos veces. Salió y
se cumplió el pronóstico. Todos, pero especialmente
los niños, le aplaudían y vitoreaban. Él se sentía fe-
liz interpretando aquel papel. Después de dar varias
vueltas por el pueblo, al hacerse de noche le dicen:
-Ya puedes bajar de los zancos, que el desfile ha
terminado. -Ah no, respondió el «tonto», no me
bajo, aquí estoy muy a gusto. Al final, y para sorpre-
sa del literato inglés, tuvieron que llamar a la guar-
dia civil, que con dificultad pudo bajar al «tonto» de
los zancos.
Este escritor extraía una sencilla moraleja. Pensa-
ba él que algo parecido le ocurre al resto de los mor-
tales cuando se empeñan en interpretar un papel que
no les corresponde. Ciertamente somos cuerdos, no
tontos. Lo cual no impide que podamos caer en la
hipocresía. ¿A quién no le gusta interpretar el perso-
naje que en su imaginación se ha creado? En las per-
sonas cuerdas los zancos vienen representados por el

80
orgullo y la vanidad. Sientan bien, resultan cómo-
dos. En lugar de eliminarlos, ¿por qué no aparentar?
Y pasa el tiempo, y la persona se hace vieja, y puede
seguir representando aquel personaje de ficción. Si
alguien le dice que baje de los «zancos», que la re-
presentación ha terminado, tal vez lo mande a paseo.
Sí, se vive en un mundo de apariencia, se prefiere la
mentira a la verdad. Al «tonto» que todos llevamos
dentro le cuesta sangre bajar a la realidad, interpretar
el verdadero papel que en la vida le corresponde.

Con la verdad por delante

La hipocresía siempre ha existido, no es una no-


vedad. Para estar prevenidos contra ella, aconseja el
Rabbí de Nazaret: «Sea vuestra palabra: "Sí, sí'', "No,
no". Lo que pasa de esto, del Maligno viene 31 ».
Quería enseñar que la hipocresía hay que combatirla
con la verdad, actuando cada uno como es, llamando
a las cosas por su nombre. La persona inmadura, por
el contrario, le tiene miedo a la verdad. N o acaba de
convencerse de que sólo siendo veraz se puede ganar
en credibilidad y ser coherente. No se trata por su-
puesto de airear de modo ingenuo los propios defec-
tos, sino de darse a conocer con sencillez. Algunos
tienden a ocultar sus convicciones por temor a que
les tilden de mojigatos. Razón por la cual comentaba
una chica a su amiga: «Mira, eso de que me vean
"buenecita" me llena de rabia; si puedo, disimulo».

31 Mt 5, 37.

81
La persona que disimula -defectos o virtudes-
está lejos de la madurez que se espera de ella. Hay
que perder el miedo a la verdad, comportarse ante
los demás como se es. Hoy parece que se ha vuelto a
reeditar la actitud hipócrita de escribas y fariseos.
Las duras palabras que les dirige el Maestro debe-
rían hacernos pensar. «¡Ay de vosotros, escribas y
fariseos hipócritas -les dice-, que sois semejantes
a sepulcros blanqueados, de hermosa apariencia por
fuera, pero por dentro llenos de huesos de muertos y
de toda podredumbre! Así también vosotros: por
fuera parecéis justos a los hombres, pero por dentro
estáis llenos de hipocresía e iniquidad» 32 •
De manera hipócrita, porque no lo sienten, hay
quienes se pliegan al sentir de la mayoría, por co-
bardía, por miedo a ser tachados de intolerantes. Se
justifican diciendo que «es lo que se lleva». Pero es
claro que supeditar la verdad al imperio de la moda,
por disimulo, es saltarse a la torera las más elemen-
tales normas de la prudencia. Los que aparentan to-
lerancia y transigencia, a la larga no pueden evitar
caer en la hipocresía. Tal vez por ligereza. Porque
en muchos casos se trata de personas que no quieren
ir contra Dios, aunque con su actitud lo nieguen. Pa-
decen una especie de esquizofrenia del espíritu;
pues de una parte dicen que creen en Dios, que res-
petan sus mandamientos, pero de otra, al actuar con
disimulo, lo niegan. En el fondo se refugian en la
ambigüedad, con lo que demuestran su gran inma-
durez.

32 Mt 23, 27.

82
La hipocresía, así como cualquier tipo de disimu-
lo o ambigüedad, ha de considerarse como un autén-
tico vicio que debe ser erradicado con valentía. ¿Qué
camino seguir? Lo primero y principal es declararle
la guerra a la mentira. Y esto, entre otras cosas, sig-
nifica que antes de hablar es preciso pensar las cosas
y saber bien lo que se quiere decir, hablando sin
equívocos ni ambigüedades. Por consiguiente, hay
que esforzarse por ser sinceros, diciendo la verdad
sin ocultar nada. U na persona así genera confianza,
y sin hacer cosas raras hace amable la convivencia.
Además, porque ha aprendido a actuar de frente y a
llamar a las cosas por su nombre, se mantiene a sal-
vo de las manipulaciones sectarias o partidistas que
a veces tratan de devorarnos.

Sencillez sin repliegues

Lo advertía el Maestro con suma claridad: «Guar-


daos de la levadura de los fariseos, que es la hipo-
cresía»33. Trataba de prevenir a los suyos de un peli-
gro siempre al acecho: el del orgullo o la altivez que
acompañan por lo general las acciones del hipócrita.
De ahí que insista en la sencillez de corazón. El hipó-
crita suele ser una persona complicada, opaca; oculta
su verdadera personalidad bajo la máscara de una
ambición inconfesada. Preocupado por quedar bien,
no le importa falsear la verdad. En realidad va a lo
suyo, y al no rectificar adquiere el hábito del camu-
flaje, del disimulo.

33 Le 12, l.

83
Hay quienes consumen su vida en un afán de apa-
rentar. Casi siempre por falta de sencillez. Y lo que
es peor: viven convencidos de que todo lo hacen
bien, que son perfectos. Al creerse superiores des-
precian con desdén a los demás. Se cumple en ellos
la parábola del fariseo y el publicano 34 • Son aquellas
dos personas que coinciden en el templo a la hora de
la oración. El fariseo, en lugar de dedicarse a la ora-
ción, se pasa el tiempo criticando al publicano. Aquel
publicano era para él uno de los que tildaba de «la-
drones, injustos, adúlteros ... ». En cambio él se sentía
orgulloso de lo que hacía. «Ayuno dos veces por se-
mana, pago los diezmos de todo lo que poseo». Se
creía perfecto, aunque en realidad mostraba su en-
greimiento y vanidad. Por orgullo no se reconoce
ante Dios como lo que en realidad era: un pecador
en deuda con su Señor. Entre tanto, allá al fondo del
templo, el publicano «ni siquiera se atrevía a levan-
tar sus ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho
diciendo: «Oh Dios, ven junto a mí a ayudarme, que
soy un pecador». Jesús termina la parábola con el si-
guiente comentario: «Os digo que bajó éste a su casa
justificado y el otro no. Porque todo el que se exalta
será humillado, y quien se humilla, será exaltado».
A Jesús le atrae la sencillez. Busca en el hombre
limpieza, transparencia. De ahí que alabe a N atanael
cuando acude a él invitado por su amigo Felipe. Éste
le había hablado del Rabbí de N azaret como el Me-
sías al que todos esperaban. En un primer momento
N atanael se resiste a dar crédito a lo que escucha,

34 Le 18, 9-14.

84
pensando que de Nazaret, una pequeña e insignifi-
cante aldea, no podía salir nada bueno. Felipe no dis-
cute, se limita a decirle: «Ven y verás». Cuando Jesús
lo ve llegar, comenta: «He aquí un verdadero israeli-
ta en quien no hay doblez» 35 • Era el mejor piropo
que podía dirigirle. Como Dios que es, Jesús cono-
cía a fondo el corazón de este hombre; admira en él
la sencillez y transparencia de su alma.
Sí, el mejor camino para llegar a la madurez es la
sencillez, la simplicidad de alma. Lo cual requiere
una gran valentía para arrancar esa máscara que a ve-
ces oculta nuestra verdadera personalidad. Gustave
Thibon, en El rostro y la máscara, escribe: «Lo que
nos separa de Dios no es la condición de criaturas, es
la falsa divinidad de que nos revestimos. Entre Dios
y nosotros no hay otra cosa que el espesor de nuestra
propia máscara. [... ] Por miserable que uno sea, basta
estar desnudo ante Dios para desarmar a Dios. Lo
que ardería en el infierno no es nuestro rostro con sus
llagas, es nuestra máscara con su falsa dignidad; no
es nuestro pecado, es nuestra mentira» 36 •

6. Respetos humanos

Es éste otro de los síntomas más frecuentes de in-


madurez. Mientras que a la persona madura se la ve
centrada y segura, con criterio para distinguir lo bue-
no de lo malo, la inmadura por el contrario se siente

35Jn 1, 47.
36Gustave Thibon, El rostro y la máscara, en «El pan de cada día>>,
Ed. Rialp, Madrid 1955, pp. 95-106.

85
insegura, dominada por los respetos humanos. Tiene,
por lo general, una baja tolerancia a las frustracio-
nes, que la desorientan y acomplejan. Por falta de
criterio, depende en sus decisiones del juicio de los
demás. Y como se siente dominada por un temor in-
justificado, le cuesta manifestarse con naturalidad.
Lo normal es que se reserve la opinión y no diga lo
que piensa. Su mismo complejo le lleva a parapetar-
se en sus opiniones.
En ocasiones, los respetos humanos surgen cuan-
do se tiene miedo a perder la consideración y estima
de los demás, o cuando se quiere asegurar la situación
de privilegio de la que se goza. En cualquier caso,
tanto los que obran por complejo como los que lo
hacen por prepotencia, callan y ocultan lo que son y
piensan. Se mueven por respetos humanos. Hay a
quienes no les importa hablar, y hasta con profusión,
de temas banales, pero el respeto humano les hace
enmudecer cuando han de abordar asuntos más per-
sonales. Para sus adentros critican lo que otros, a su
juicio, hacen mal. Pero se sienten atenazados a la hora
de sincerarse o sacar a otros de su ignorancia. El
miedo a quedar mal, el temor a contristar, les vuelve
pasivos, indecisos, acumulando omisiones que son
un verdadero lastre.

Miedo al «qué dirán»

Callar y dejar a otros en su ignorancia por miedo


al «qué dirán», casi siempre es la máscara con la que
se oculta la comodidad. Se calla con la excusa de no
avivar conflictos o para no interferir en la vida de

86
los demás. A veces se hace con la intención de no
pasar un mal rato, otras para no quedar mal. Frases
como las de que «cada uno haga con su vida lo que
quiera», o «¿quién soy yo para meterme en los asun-
tos de los demás?», son significativas de una cierta
dejadez o egoísmo.
No es bueno callar cuando se debe hablar. La in-
diferencia no provoca sino aislamiento. Cada uno se
limita entonces a ir a lo suyo, a estar pendiente de
sus propios intereses sin prestar atención a lo que
pueda afectar al vecino. Se «pasa» de él, aunque se
llegue a saber que lo pasa mal. Tal manera de com-
portarse, bien sea por timidez o por comodidad, ali-
menta el egoísmo y hace difícil la convivencia. El
individualismo cercena el compromiso, hace retraí-
das a las personas, impide ver las carencias de los
otros. Muchos se sienten solos e incomprendidos por
no tener a su lado alguien que se compadezca de sus
penas y les ayude a resolverlas. En este punto no ca-
ben las discriminaciones por razón de cultura o clase
social.
El hecho es que hoy se tiende a dar importancia a
las personas no por lo que son, sino por lo que tie-
nen o representan. De ahí que se las aúpe y enaltezca
en función de su rango social, político o económico.
Es un modo de fomentar la adulación, el aplauso o la
pleitesía. Si alguien de este pequeño clan comete
una fechoría, nadie se atreverá a echárselo en cara
por miedo al qué dirán. «¿Qué pensará de mí si se lo
digo?» Y con la excusa de «que cada cual es muy li-
bre para arreglar sus asuntos», mirará para otro lado.
«Ése en realidad es su problema», dirá, con lo que
dejará de lado su responsabilidad.

87
No es que se pueda sino que se debe ayudar al
que por ignorancia comete errores. Es un deber de
justicia. Pero, a veces, no se hace por no herir, por
mantener la amistad con esa persona. La verdad es
que, en el fondo, importa más salvar la propia ima-
gen que ayudar a otros a salir de su ignorancia. Hay
quienes aún van más lejos. Consideran un detalle de
mala educación corregir al que yerra llamando a las
cosas por su nombre. Y por esto, a los que tienen la
nobleza de hacerlo, pueden llegar a considerarlos
como seres molestos. La verdad y su defensa, que es
criterio cierto de conducta, queda así relativizada y
el paripé servido.
Por miedo al «qué dirán», cuesta enfrentarse con
la verdad. ¿La causa de esa actitud? Casi siempre la
falta de ideales, de convicciones profundas. La per-
sona de criterio, no tiene miedo a la verdad, por eso
actúa cuando debe hacerlo sin andarse con ambigüe-
dades. Justo al contrario del que se decide por hacer
el paripé y se vuelve tibio o remolón cuando ha de
dar la cara. Actuar de espaldas a la verdad es expo-
nerse a sojuzgar a los demás, facilitar que se concul-
quen sus derechos. Se atropella así la dignidad de
otros a sabiendas de que nadie protestará por miedo
al «qué dirán».
Es cierto que, por prudencia, muchas veces habrá
que esperar el momento propicio para manifestar lo
que se piensa. Pero esto no significa que se demore
o se aplace sine die la respuesta que en conciencia se
debe dar. Si en el plano humano el miedo al «qué di-
rán» puede llegar a tener consecuencias graves, en el
espiritual podrían elevarse a la enésima potencia. Es
lo que sucede, por ejemplo, cuando se oculta la con-

88
dición de creyente o por vergüenza no se confiesan
las propias convicciones. Callan, sobre todo los más
jóvenes por miedo a ser tachados de raros o seres de
otra galaxia. Y así, por vergüenza, silencian sus
creencias religiosas, y hasta sustituyen el «adiós»
por el «nos vemos» o el «hasta luego» insustancial;
o dejan de ir a misa los domingos o se resisten a asis-
tir al funeral de un pariente por miedo a que los
vean. En cambio, no les importa pintarse el pelo, lle-
varlo en cresta punky o colocarse pearcings y tatua-
jes en los lugares más inverosímiles de su cuerpo.

Superar la vergüenza

Vergüenza se ha de tener para evitar el mal, no


para confesar a Dios o manifestar las propias convic-
ciones. Las palabras del Maestro no admiten reduccio-
nismos: «Quien se avergüence de mí y de mis pala-
bras, de él se avergonzará el Hijo del hombre cuando
venga en su gloria» 37 • En aquello que se relaciona
con la fe y la moral no caben ambigüedades. Y me-
nos callar cuando justamente lo que se ha de hacer
es dar testimonio de lo que se cree, más aún cuando
el ambiente está cargado de indiferencia. Callar por
temor a quedar mal o para no ser «descubiertos»
como creyentes, es un desprecio a Dios. Doblegarse
por miedo a lo que puedan decir, más que prudencia
denotaría inseguridad, cobardía. El error ha de ser
vencido con la fuerza de la razón, con el testimonio
y la coherencia de la propia vida.

37 Le 9, 26.

89
Llegados a este punto, bueno será que nos pregun-
temos: ¿cómo puedo superar la vergüenza cuando he
de dar testimonio y ser coherente con lo que pienso?
En primer lugar hay que estar convencidos de la exce-
lencia de la fe en la que se cree. Si actuamos de acuer-
do con ella no es por capricho, sino por coherencia,
por amor a Dios. Lo cual nos permitirá armarnos de
valor, no para seguir la opinión de la mayoría, que no
tiene por qué ser criterio de verdad, sino para hacer lo
que en conciencia sabemos que es lo más justo. El
hombre o la mujer de fe recia e inquebrantable trans-
miten con desparpajo, sin recortes ni mutilaciones, los
principios éticos y morales en los que creen, impreg-
nando las costumbres con su propio estilo de vida. Y
esto tanto en el ámbito familiar como en el profesio-
nal, en el club deportivo o en la peña de amigos, en la
comunidad de vecinos, en el sindicato o la asociación
profesional. Las posibilidades de dar testimonio son
inmensas. Sin vergüenza alguna se han de aclarar
ideas, rebatir errores, para acercar a la verdad a cuan-
tos se han hecho esclavos de la ignorancia.
También en esto los primeros cristianos son ejem-
plo vivo de audacia. En medio del ambiente hostil
que les rodeaba, supieron vencer los respetos huma-
nos, hablaron y no callaron, con desenfado y sin pu-
dor, aun cuando tuvieran que sufrir por ello todo tipo
de vejaciones, injurias y calumnias. No se amedren-
taron. Ni siquiera ante los representantes del Sane-
drín, que «les ordenaron que de ningún modo habla-
ran ni enseñaran en el nombre de Jesús». Pedro y Juan
responden sin amilanarse: «Juzgad vosotros si es jus-
to delante de Dios obedeceros a vosotros más que a
Dios. Pues nosotros no podemos dejar de anunciar lo

90
que hemos visto y oído» 38 • Fueron amenazados, cas-
tigados y perseguidos. Nada les intimidó. Confesa-
ron su fe con toda sencillez, en actitud humilde y se-
rena, sin albergar odios ni rencores. Sin embargo,
aunque no respondieran a los insultos, no por eso
dejaron de hablar y manifestar sus creencias. Habían
asimilado el consejo del Apóstol: «Dios no nos ha
dado espíritu de temor, sino de fortaleza, de caridad
y de templanza. No te avergüences, por tanto, del tes-
timonio de nuestro Señor» 39 •
Al cristiano de hoy no se le pide menos. Es pro-
bable que, en ocasiones, por defender la verdad, ten-
gamos que vencer resistencias y hayamos de dar la
cara con valentía. Nos toparemos quizá con burlas,
críticas y murmuraciones. Pero esto, en lugar de ser-
vir de excusa, ha de lanzarnos con nuevos bríos a ser
más fieles. Cuando se confía en Dios, los obstáculos
no son motivo de desaliento sino de estímulo. Ven-
cer el miedo «al qué dirán» impulsa a crecerse en la
misma adversidad. Se experimenta entonces una paz
inmensa. Y es que el Señor fortalece con su gracia al
que le confiesa con valentía ante los hombres.

Rectitud de intención

Si por respetos humanos uno se avergüenza de su


fe, no sólo ofende a Dios, sino también al prójimo al
que debe darle ejemplo. Es preciso convencerse de
que la fe es el mayor don que se puede recibir. Sería

38 Hch 4, 18-20.
39 2 Tim 1, 7-8.

91
un crimen dejarla morir por tibieza, comodidad o
inanición. Las dudas y vacilaciones más que óbices
han de ser estímulo para crecerse en la adversidad.
Bueno será por tanto que nos preguntemos: ¿Cómo
ando de rectitud de intención? ¿Busco mi gloria o la
de Dios? El que se busca a sí mismo, lo normal es
que se llene de respetos humanos, que no tenga fuer-
za para mantenerse a flote en el mar revuelto de los
sectarismos, las intrigas y las pasiones.
Antes, pues, que el aplauso o el halago se ha de
buscar en todo lo que a Dios le agrada. Cuando se obra
con rectitud, con libertad de espíritu, es fácil descubrir
la voluntad de Dios. La persona madura no se dedica a
calibrar si es mejor o peor que los demás, si tiene más
o menos talentos, si sus obras son reconocidas o no.
Le basta saber que sus obras nunca serán estériles en
la presencia de Dios. Así pues, no debe olvidar este sa-
bio pensamiento: «No eres más santo cuando te ala-
ban, ni más vil si te desprecian. Lo que eres, eso eres:
ni se puede decir más de ti de lo que Dios sabe que
eres. Si miras lo que eres dentro de ti, no tendrás cui-
dado de lo que de fuera hablan de ti. El hombre ve lo
de fuera, Dios el corazón (1 Sam 16, 7). El hombre
considera las obras, y Dios pesa las intenciones» 40 •
Quien obra con rectitud de intención supera los
fanatismos. En cambio, los que carecen de ella quie-
ren imponer su voluntad a la divina. Y si de ellos de-
pendiera borrarían de un plumazo de la vida pública
todo signo de trascendencia. De ahí que no paren en
su esfuerzo por relegar a Dios al ámbito de lo priva-

40 Imitación de Cristo, 11, 6, 3.

92
do. No se preocupan de saber lo que Dios quiere de
ellos, entre otras cosas porque ponen todos los me-
dios para ahogar la voz de su conciencia, que día y
noche les acusa. En su obsesión, no paran de promo-
ver leyes contrarias al matrimonio y a la familia, a la
transmisión y defensa de la vida, a la libertad de en-
señanza y de religión.
La persona de principios, la que se mueve con recti-
tud por haber madurado en su fe, no se atemoriza ni
cede al chantaje. Por ser responsable actúa con sensa-
tez, con soltura y valentía, llamando a las cosas por su
nombre. Pero no lo hace con arrogancia sino con hu-
mildad, por amor a la verdad, sin caer en sectarismos.
Si fuéramos coherentes, si actuásemos con rectitud, sin
respetos humanos, ¿acaso se aprobarían leyes contra-
rias a la dignidad del hombre, ésas que tanto descon-
cierto causan entre jóvenes y mayores? «Por sus obras
los conoceréis». Obras de rectitud pide el Maestro.
Alegar ignorancia o tratar de justificar las omisiones es
una grave irresponsabilidad. Todos, en la medida de las
propias posibilidades, estamos obligados a actuar con
rectitud, sin pillería mala, en todos los ámbitos del ope-
rar humano. El temor a actuar, cuando es servil, desle-
gitima la fe reduciéndola a mera caricatura.

7. Susceptibilidad enfermiza

Hay personas que, aun pareciendo pacíficas y mo-


deradas, están dominadas por la susceptibilidad. Un
vicio que, cuando no se corrige a tiempo, aumenta y
puede causar serios trastornos. Es importante descu-
brirlo a tiempo para poner los medios. En el fondo de

93
toda susceptibilidad late casi siempre un cierto orgullo.
Si se deja que campe por sus fueros, arruina a la pro-
pia persona y hace difícil la convivencia. Se manifies-
ta en roces e inquinas extemporáneas, a las que no se
les da importancia, pero que suelen ser origen de bue-
na parte de las discusiones y altercados. Y así, asuntos
de escasa importancia, por una susceptibilidad a flor
de piel, llegan a desorbitarse y a sacarse de quicio.
Cada uno es muy libre para mantener y expresar
sus puntos de vista, sus preferencias personales. Pero
otra cosa es que, por amor propio o por una suscepti-
bilidad enfermiza, se niegue el derecho a los demás a
expresarse como quieran. Entonces la libertad de la
que se alardea se convierte en tiranía. No quiere esto
decir que haya que compartir opiniones, gustos o pre-
ferencias con los que no se coincide. No. Pero se han
de respetar. Si esto se pasa por alto, es fácil que se ter-
minen enconando los ánimos y que antes o después
afloren los problemas. Pequeños asuntos, a causa de
una mal entendida susceptibilidad, pueden azuzarse y
acabar convertidos en una auténtica pesadilla. Todo
un caldo de cultivo del que proceden muchos enco-
nos, brusquedades y violencias. El gusanillo de la sus-
ceptibilidad es como un virus que ataca en los mo-
mentos más inoportunos, crea desasosiego, enfrenta a
las personas y termina por quitar la paz y la alegría.

Deficiente percepción de la realidad

La persona que se acalora y se vuelve suscepti-


ble, casi siempre es por una deficiente percepción de
la realidad. Los agravios recibidos y no digeridos pue-

94
den hacerle distorsionar la realidad. Empeñada por re-
gistrar en su memoria cuanto le hace sufrir, no acaba
de entender que las cosas sean así y no como a ella
le gustaría. La ramita de la indignación puede llegar
a obnubilar su entendimiento, impidiéndole ver el
bosque de las buenas virtudes que tienen los demás.
Si mantuviera la paz y el sosiego comprendería que
aquello que le hace sufrir carece de entidad. En cuan-
to advierta su ceguera, lo más seguro es que vea lo
equivocada que estaba y se eche a reír por tener una
susceptibilidad tan ridícula.
El que por susceptibilidad se aleja de la realidad,
puede caer en un idealismo ingenuo y hasta esperpén-
tico. No hay más que recordar el divertido episodio de
los mercaderes que relata Cervantes al comienzo de El
Quijote. Tras recibir el ingenioso Hidalgo la orden de
caballería, descubre a la sin par Dulcinea del Toboso;
de modo romántico e ideal la denomina con el pom-
poso nombre de emperatriz de la Mancha. U no de
aquellos mercaderes, al ver la extraña figura de don
Quijote y su hablar sin tino, le dice en tono burlón:
-Señor caballero, nosotros no conocemos quién
sea esa buena señora que decís; mostrádnosla: que si
ella fuere de tanta hermosura como significáis, de
buena gana y sin apremio alguno confesáramos la ver-
dad que por parte vuestra nos es pedida.
-La importancia está -responde don Quijote-
en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar,
jurar y defender; donde no, conmigo sois en batalla
gente descomunal y soberbia.
Al percibir los mercaderes la falta de cordura de
su interlocutor, para no enredarse más en el asunto le
dice el que había tomado la palabra:

95
-Señor caballero, suplico que vuestra merced sea
servido de mostrarnos algún retrato de esa señora,
aunque sea de tamaño como un grano de trigo[... ] que
aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo
y que del otro le mana bermellón y piedra de azufre,
con todo eso, por complacer a vuestra merced, dire-
mos en su favor todo lo que quisiere.

Era lo último que podía escuchar el ilustre Hidal-


go, locamente enamorado como estaba de su Dulci-
nea. Picado en su orgullo, salta hecho un basilisco y
le responde:
-No le mana, canalla infame respondió don Qui-
jote, encendido en cólera-; no le mana, digo, eso que
decís, sino ámbar y algalia entre algodones; y no es
tuerta ni corvada, sino más derecha que un huso de
Guadarrama. Pero ¡vosotros pagaréis la grande blasfe-
mia que habéis dicho contra tamaña beldad como es la
de mi señora!

Y en diciendo esto, arremetió con la lanza baja


contra el que lo había dicho, con tanta furia y enojo,
que si la buena suerte no hiciera que en la mitad del
camino tropezara y cayera Rocinante, lo pasara muy
mal aquel atrevido mercader.
U na incorrecta percepción de la realidad puede
cegar a la persona, y como le sucedió a don Quijote
puede ser causa de susceptibilidades, desconfianzas
y sospechas. La persona susceptible mantiene con tes-
tarudez sus puntos de vista; ni dialoga ni se atiene a
razones. Recluida en su mundo, difícilmente se per-
cata de la puerilidad de sus reacciones. Si se le lleva
la contraria, se sentirá herida; y, cegado el juicio,
terminará perdiendo la objetividad. Por lo que míen-

96
tras justifica sus despropósitos, mirará con lupa los
de su prójimo.
La susceptibilidad hace vulnerable en extremo a la
persona. Sus intuiciones, carentes de realidad, le lle-
van a alimentar la sospecha, a caer en la desconfianza
y a distanciarse de los demás. Sensible en extremo a
la crítica ajena, no soportará que la contraríen. En lu-
gar de disculpar a quien le ofendió, se pasará las horas
archivando los agravios. Ni olvida ni perdona. Se
hace quisquillosa. Como le sucedió a don Quijote,
que por sentirse caballero se creía superior a aquellos
mercaderes. Cegado por su susceptibilidad les obliga
a reconocer la valía y belleza de la sin par Dulcinea.
Hasta extremos tan grotescos y ridículos puede lle-
gar la susceptibilidad. En el fondo por desconexión de
la realidad, por un ingenuo idealismo. Aunque duelan
los agravios, es preciso distinguir bien entre lo que es
una ofensa real y lo que no es sino fruto de la imagi-
nación. La persona cauta y reflexiva se atiene a la rea-
lidad. Antes de irritarse, medita si el objeto de su in-
dignación tiene entidad o es simple consecuencia de
un orgullo herido o de un pique personal. Emberren-
chinarse por nimiedades es propio de la inmadurez de
espíritu, manifestación de escaso sentido común.
No somos insensibles y es lógico que reaccione-
mos ante la injusticia. Ciertos agravios, por lo que tie-
nen de injustos, merecen una satisfacción proporcio-
nada. Pero aun así, se ha de tener presente que no
siempre el que ofende lo hace con mala voluntad.
Puede equivocarse. Por tanto, como persona, tiene de-
recho a que se le comprenda y se le disculpe. En este
caso sería injusto juzgarle mal o etiquetarle indebida-
mente, y menos actuar contra él por simple despecho.

97
Las intenciones profundas de las personas sólo Dios
las conoce, el hombre no debe juzgarlas y menos fal-
searlas. Aun cuando los hechos parezcan darnos la
razón, es expuesto y a veces injusto emitir un juicio
peyorativo contra una persona. Por cautela y sentido
común se le ha de comprender y ponernos en su lugar.
Lo aconseja el santo de Hipona: «No hay pecado ni
crimen cometido por otro hombre que yo no sea ca-
paz de cometer por razón de mi fragilidad, y si aún no
lo he cometido es porque Dios, en su misericordia, no
lo ha permitido y me ha preservado en el bien» 41 •

Recelos y resentimientos

Sentirse herido por el orgullo, además de llevar a


replegarse sobre uno mimo, inclina a romper el diá-
logo con los que nos rodean, abonando así el terreno
al resentimiento y al rencor. Quien por terquedad se
mantiene en sus trece, acaba lleno de suspicacia y
descontento. Si no rectifica, sufrirá y hará sufrir. Por-
que al resistirse a perdonar o pedir perdón, mantendrá
vivos los agravios, y a base de darles vueltas se con-
sumirá en sus resquemores y suspicacias.
¿Cómo superar semejante situación? La realidad
manda. Lo mejor es comenzar por aceptar los he-
chos. Y eso quiere decir que se han de reconocer los
propios errores sin tratar de atribuirlos a otros. El
que aprende esta lección tan elemental, por amor a
la verdad asumirá sin dificultad sus limitaciones y
no intentará echarle la culpa a otros de lo que le su-

41 San Agustín, Confesiones 2,7.

98
cede. Despachará así de un manotazo recelos y re-
sentimientos, que por carecer de fundamento quitan
la paz y atormentan. Cuanto antes se aprenda esta
lección mejor se podrán combatir las susceptibilida-
des. Pero se ha de hacer no de golpe sino por fases.

• En un primer momento, y tras reflexionar sobre


el asunto, es preciso descubrir las reacciones más
comunes que llevan a los recelos y suspicacias, en úl-
tima instancia a la susceptibilidad. Es muy útil co-
menzar por rebobinar la película de la propia vida.
Se logra así identificar las causas que suelen motivar
los enfados, y una vez analizadas con detenimiento
se han de poner los medios para superarlas. El pri-
mero y más importante de todos es el de la humil-
dad. Muchas reacciones de susceptibilidad proceden
de un orgullo tonto o de una envidia inmotivada, que
provocan recelos y lleva a picarse por naderías. Por
humildad se ha de rectificar en seguida, lo que supo-
ne pedir perdón a Dios y reconciliarse con aquella
persona objeto de murmuración o crítica. En adelan-
te, en lugar de rechazarla se la ha de acoger con ama-
bilidad, incluso con una sonrisa, convirtiendo la des-
cortesía en un acto de caridad.
• En un segundo momento, hay que preguntarse
con calma: ¿por qué en ocasiones, sin venir a cuen-
to, pierdo la serenidad. ¿Por qué me empeño en man-
tener mis propios puntos de vista? Y veremos que la
mayor parte de las veces es por falta de dominio, de
madurez personal. De ahí que se potencien los be-
rrinches y se multipliquen los resentimientos. Es
preciso salir de ese círculo vicioso. Lo aconsejable
es procurar reflexionar antes de hablar, junto con la

99
petición de consejo a quien por su sabiduría y expe-
riencia lo pueda dar. Nadie, y menos la persona sus-
ceptible, puede ser buena consejera de sí misma.
• Finalmente, no se ha de perder de vista algo de
suma importancia: la necesidad de oír la voz de la
propia conciencia. No hay que olvidar que sus jui-
cios marcan la pauta de nuestra conducta, son reflejos
del querer divino. Es una extraordinaria ayuda para
mantenerse en todo momento en la presencia de Dios.
Por cargante que pueda resultar una persona, siem-
pre se la verá como hija de Dios, objeto de la predi-
lección divina. Es ésta una llamada a la prudencia y
a la comprensión, sobre todo para dominar la curio-
sidad y no tratar de escudriñar en la vida íntima de
los demás. Ya lo advirtió el Maestro: «¿Por qué mi-
ras la paja en el ojo de tu hermano y no adviertes la
viga en el tuyo?» 42• Han de dejarse de lado envidias
y comparaciones, a la vez que se intenta descubrir lo
bueno y positivo que hay en cada persona.

Son tres fases que podrían sintetizarse en este


consejo de la santa de Á vila: «Procuremos siempre
mirar las virtudes y cosas buenas que viéramos en
los otros, y tapar sus defectos con nuestros grandes
pecados. Es una manera de obrar que, aunque luego
no se haga con perfección, se viene a ganar en gran
virtud, que es tener a todos por mejores que nosotros,
y comiénzase a ganar por aquí el favor de Dios» 43 •
Por tanto, con la verdad por delante, esforcémonos
por considerar a los demás mejores que nosotros.

42 Mt 7, 3.
43 Santa Teresa de Jesús, Vida 13, 10.

lOO
Esto supone desconfiar del propio criterio y valo-
rar a cada uno por sus talentos y virtudes, por lo que
realmente es. No podemos quedarnos en si me han
dicho o dejaron de decir, si han tenido en cuenta mi
parecer, si aprecian lo que valgo ... Suspicacias que
levantan un muro de separación y hacen difícil la
convivencia. Un motivo más para actuar con mayor
prudencia, dejando de lado piques y susceptibilidades.
El camino, como decimos, no es otro que el creci-
miento en la humildad. Dice Tolkien que «sólo en la
humildad se encuentra la verdadera grandeza». Y así
es. Sólo la persona humilde es capaz de superar las
suspicacias, porque su libertad interior la mantiene
al abrigo de recelos y resentimientos.

El antídoto del perdón

El antídoto de la susceptibilidad es el perdón. N o


un perdón cualquiera, sino aquel que se hace de co-
razón. Es frecuente escuchar: «Sí, perdono pero no
olvido». Sin comprender que no cabe el perdón cuan-
do no se olvida el agravio. El verdadero perdón exige
arrancar del corazón la mala hierba del rencor. Por-
que si no, se alimenta el recelo y la antipatía, sin ten-
der los puentes de una amistad sincera. Para que no
lo olvidásemos, enseñanza el Maestro: «Si perdonáis
a los hombres sus faltas, también os perdonará vues-
tro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hom-
bres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros
pecados» 44• Dios, infinitamente rico en misericordia,

44 Mt 6, 14-15.

101
siempre se muestra abierto a la compasión. Un hijo
de Dios, consecuente con su fe, ha de tener un cora-
zón magnánimo y comprensivo, pronto al perdón.
¿Podría decir que reza bien el Padrenuestro el que
no perdona de corazón a su hermano? En el perdón,
como en el amor, no caben los límites: o se perdona
de verdad, por amor, o se alimenta el rencor.
Otorgar el perdón al prójimo, es madurar en el
espíritu, es abrir las puertas al verdadero amor. Por
consiguiente, antes de hacer un juicio peyorativo de
una persona es preciso ponerse en su lugar, intentar
comprender sus problemas y los motivos que la han
llevado a actuar de ese modo. Actuar así es garanti-
zar la disculpa, evitar el juicio precipitado y, lo que
es más importante, no correr el riesgo de equivocar-
se. Para estas ocasiones recomendaba san Bernardo:
«Aunque veáis algo malo, no juzguéis al instante a
vuestro prójimo, sino más bien excusadle en vuestro
interior. Excusad la intención, si no podéis excusar
la acción. Pensad que lo habrá hecho por ignorancia,
o por sorpresa, o por debilidad. Si la cosa es tan cla-
ra que no podéis disimularla, aun entonces procurad
creerlo así, y decid para vuestros adentros: la tenta-
ción habrá sido muy fuerte» 45 •
Como venimos diciendo, perdonar es olvidar el
agravio, pero hace falta más. La caridad, a la vez que
obliga a arrancar el rencor del corazón, exige poner
los medios para ganarse la amistad de quien pudo
ofendernos. Al perdonarle, ya no se le ha de conside-
rar como enemigo, sino como amigo. Es verdad que
en ocasiones puede resultar heroico, pero con la gra-

45 San Bernardo, Sermón 40.

102
cía de Dios y nuestra buena voluntad es posible. Ya
sabemos que lo que sale espontáneo es justo lo con-
trario. Pero no olvidemos que la antigua ley del ta-
lión (ojo por ojo, diente por diente) fue abolida por
Jesucristo hace dos mil años. Sería absurdo que un
cristiano, por susceptibilidad, se mantuviera en sus
treces diciendo con obstinación: «¡El que me la hace,
me la paga!». Al socaire de un hipotético celo, esta-
ría cometiendo una auténtica injusticia.
La doctrina de Jesús de Nazaret no se funda en el
odio sino en el amor; en su vida no respondió con
el rencor sino con el perdón. Amó, y sigue amando,
a todos sin excepción. Así lo enseña a sus discípulos.
A los hijos de Zabedeo, Santiago y Juan, por ejem-
plo, ha de regañarles porque al pasar por una aldea
de samaritanos se indignan al no querer recibirles;
piden al Maestro que haga llover fuego del cielo que
los consuma. N o es ése el camino, evidentemente. El
amor es incompatible con el rencor. Al mal se ha de
responder siempre con el bien, a la ofensa con la dis-
culpa, al odio con el perdón. A veces, una simple
sonrisa o un gesto de cordialidad son suficientes para
apagar el fuego encendido por la indignación. Hemos
de responder a los agravios con la comprensión, al dis-
gusto con el buen humor. Se desvanecerán así muchos
de los enconos y susceptibilidades.

Reírse de uno mismo

Así como la alegría estimula al espíritu, la triste-


za lo apaga. Quizá por esto hay quienes sostienen
que es bueno para el organismo reír cada día un rato.

103
Esto tan simple y sencillo para el cuerpo, sirve tam-
bién para el espíritu. Muchas susceptibilidades no to-
marían cuerpo si se respondiera a ellas con una chispa
de buen humor. La vida, de por sí difícil, se complica
cuando uno se toma demasiado en serio cosas sin
importancia. Vivimos en un mundo cargado de ten-
sión, en el que muchos sufren de estrés. Los chinos,
gente tan sabia y práctica, dicen que para mantener
un buen tono vital y hacer frente al estrés, es preciso
reír al menos treinta veces al día. Esa es su receta.
Aseguran que difícilmente llegará a viejo -al me-
nos con cierta calidad de vida- el que no haya apren-
dido a sonreír, una necesidad aún más urgente cuan-
do los problemas se amontonan.
Esto que puede parecer un poco chusco, bien mira-
do encierra una gran sabiduría. U no de los síntomas de
inmadurez, la susceptibilidad, suele aparecer cuando
uno se toma demasiado en serio a sí mismo, cuan-
do mantiene la escopeta cargada y salta a la primera.
En momentos de tensión, bueno será respirar profun-
damente, armarse de paciencia y quitar hierro a los
asuntos. Algo que se consigue con más facilidad cuan-
do se ha aprendido a sonreír, cuando se responde a lo
que contraría con amabilidad y elegancia. Es un arte
íntimamente ligado a la madurez de la persona. Vivir
para los demás, saber que se está en la tierra para ser-
virles, llena de paz y libra de muchas suspicacias.
Hay que tener en cuenta no obstante, que mante-
nerse sereno y sonreír ante la dificultad no es tarea ex-
clusiva de la voluntad. Porque es evidente que no bas-
ta con que uno se lo proponga, como si se decidiera a
aprender un idioma. La raíz del buen humor, de la son-
risa abierta y franca, es mucho más que eso. Es cierto

104
que existen investigadores de la risa, científicos cono-
cidos con el pomposo nombre de «gelotólogos». In-
cluso han llegado a formar la Organización Mundial
de la Risa. Pregonan que han inventado un método de
acceso directo a la risa; gracias a las técnicas más
avanzadas, dicen que garantizan en poco tiempo una
buena carcajada. El procedimiento, con todos los res-
petos para sus organizadores, me parece poco serio. Su
sistema, con todo lo bueno que sea, lo más que puede
conseguir es provocar unos estímulos fugaces, unas ri-
sas efímeras. No, la verdadera alegría es otra. Es con-
secuencia ante todo de la madurez, de la libertad de es-
píritu. Lo demás, por mucho que uno se empeñe, es
postizo. El buen humor, la alegría, es patrimonio de la
persona humilde. Por medio del cultivo de esta virtud
superará los enfados y evitará la susceptibilidad.
El que ha madurado por dentro tiene una visión
certera del mundo y de las personas, su buen humor no
depende de lo efímero de sus sentimientos, sino de su
amor a Dios y de su servicio al prójimo. En este sen-
tido es ejemplar el comportamiento de Tomás Moro.
A pesar de su honradez profesional sufrió las conse-
cuencias de una sentencia injusta. En lugar de protestar
o impacientarse, no pierde la calma. Con buen humor
respeta a todos; no se indigna ni contra sus jueces ni
contra sus verdugos. Encarcelado en la Torre de Lon-
dres, aguarda con el temple y la alegría propia de un
hijo de Dios la ejecución de la sentencia. Entre otras
cosas aprovecha para escribir sus once «bienaventu-
ranzas», compendio y síntesis de la madurez de su es-
píritu. Tal como hoy podemos leerlas, son un remedio
eficaz contra las suspicacias y susceptibilidades. Así
las dejó escritas con su característico buen humor:

105
Bienaventurados los que saben reírse de sí
mismos, porque tendrán diversión para rato.
Bienaventurados los que saben distinguir una
montaña de una piedra, porque evitarán así
muchos quebraderos de cabeza.
Bienaventurados los que saben descansar
y dormir sin buscarse excusas, llegarán
a ser sabios.
Bienaventurados los que saben escuchar
y callar, aprenderán cosas nuevas.
Bienaventurados los que son suficientemente
inteligentes como para no tomarse en serio,
serán apreciados por quienes les rodean.
Bienaventurados los que están atentos
a las necesidades de los demás sin sentirse
indispensables, serán fuente de alegría.
Bienaventurados los que saben mirar sabiamente
a las cosas pequeñas y tranquilamente
a las importantes, llegarán lejos en la vida.
Bienaventurados los que saben apreciar
una sonrisa y olvidar un desaire, su camino
estará lleno de luz.
Bienaventurados los que saben interpretar
benévolamente a los demás, aun en contra
de las apariencias, serán tomados por ingenuos,
pero éste es el precio de la caridad.
Bienaventurados los que piensan antes
de actuar y rezan antes de pensar, evitarán
muchas tonterías.
Bienaventurados los que saben reconocer
a Dios en todos los hombres, habrán encontrado
la verdadera luz y la auténtica sabiduría.

106
SEGUNDA PARTE

HACIA UNA MADUREZ ADULTA


Después de exponer algunos de los síntomas de in-
madurez, veremos en esta segunda parte algunos ras-
gos que definen la personalidad adulta. Partimos para
ello del hecho de que el ser humano está dotado de in-
teligencia y de voluntad, junto con el conjunto de sen-
timientos y afectos que le acompañan. Alcanzará su
madurez por tanto en la medida que integre lo intelec-
tual con lo afectivo, en armonía perfecta, sin dicoto-
mías ni fisuras. Lo contrario sería convertirlo en un
ser atípico, descarnado e inhumano.
De otra parte no podemos perder de vista que el
hombre, varón y hembra, son artífices y protagonis-
tas de su propia historia. De su estabilidad psíquica y
emocional dependerá la consistencia e impronta per-
sonal que dé a sus acciones, de acuerdo con la misión
que tiene en la vida. Son presupuestos que hablan a
las claras de la necesidad de armonizar la personali-
dad madura con un carácter bien forjado y un criterio
firme y seguro. Quien por inmadurez sucumbiera a los
reclamos del ambiente o a los dictados de la moda, se
despersonalizaría y acabaría adocenado. Ocurre con

109
más frecuencia de lo que pensamos. Para prevenirnos
de ese riesgo, hace ya veinte siglos advertía el Após-
tol de las gentes: «Hermanos, no seáis niños en el
uso de la razón; sed niños en la malicia, pero hom-
bres maduros en cuanto al juicio» 46 •
Tal madurez exige el cultivo de las virtudes. Pues
así como al árbol recién plantado se le pone un ro-
drigón para que crezca firme y robusto, el hombre
necesita también de la ayuda de las virtudes para
crecer en personalidad sin depender de los altibajos
de su temperamento. Entre esas virtudes ocupan lu-
gar preferente las llamadas cardinales de la prudencia,
justicia, fortaleza y templanza. Son puntos de apoyo
imprescindibles en el proceso de maduración de la
persona. Quien las posee se caracteriza por su «esta-
bilidad de ánimo, por la capacidad de tomar decisio-
nes ponderadas, por el modo recto de juzgar los
acontecimientos y los hombres» 47 • En una palabra,
por su mesura y responsabilidad, tanto a la hora de
decidir como a la de actuar.
Todo lo cual pone de manifiesto la necesidad de
adquirir el hábito de la reflexión, para ser pondera-
dos en el juicio, circunspectos y ecuánimes en el
comportamiento. Se aprende así a tomar las decisio-
nes con libertad, asumiendo las propias responsabili-
dades. Una tarea para la cual es importante forjar el
carácter, mantenerse constantes y ordenados, sere-
nos en las pruebas y fuertes en la dificultad. Si a ello
se une una cierta flexibilidad de mente, la adapta-

46 1 Cor 14, 20.


47 Concilio Vaticano 11, Decr. Optatam totius, n. 11.

110
ción al lugar en que se vive o se trabaja, la estabili-
dad emocional puede quedar asegurada.
Son hábitos y virtudes, como puede apreciarse,
que delinean el perfil de la persona madura. En los
capítulos que forman esta segunda parte, aparecen
indicaciones, pautas para un aprendizaje de la madu-
rez. Cada cual, como es lógico, habrá de adaptarlas a
sus personales necesidades, rebajando o aumentando
lo que en cada caso considere oportuno.

l. Forjar el carácter

Es evidente que el simple paso del tiempo no


basta para forjar el carácter, imprescindible para al-
canzar la madurez. Hay personas que, a pesar de sus
años, siguen reaccionando como adolescentes. Se
sienten inquietas, inseguras, preocupadas por asun-
tos de escasa monta. Propensas a los agobios, se lle-
nan con facilidad de complejos. Su misma debilidad
de carácter les hace desconfiadas, disgustándose cuan-
do las cosas no les salen como esperaban. Su vida
fluctúa entre el activismo y la pasividad, entre la tre-
pidación convulsiva y una especie de desidia melan-
cólica. Por contraste con aquellas otras que, con me-
nos años, se las ve desenvolverse con la gravedad de
las personas maduras. En lugar de impacientarse con-
servan la calma, ante la contrariedad responden con
una sonrisa. Son personas que han educado su carác-
ter, tienen poso interior, se conocen a sí mismas.
En la antigüedad, la búsqueda de la verdad se ex-
presaba en forma del oráculo. Uno de ellos se conser-
va en el frontispicio del templo de Apolo en Delfos.

111
Reza así: «¡Hombre, conócete a ti mismo!». Cuando
no ponemos los medios para conocernos, corremos
el riesgo de olvidar el verdadero sentido de la exis-
tencia. De ahí que Sócrates apostillara: «una vida sin
búsqueda no es digna de ser vida» (Apología, 38 a.).
Si uno pierde el anhelo por conocer la verdad sobre
sí mismo, se encuentra perdido en la tarea de construir
su vida 48 • Y así, desorientado, buscará aquí o allá, sin
percatarse de que antes que mirar por fuera ha de
mirar dentro de sí. ¿Y qué es lo que debe conocer?
En primer lugar, sus cualidades psíquicas y afectivas
recibidas por herencia genética; además de aquellas
otras que ha adquirido con su esfuerzo personal. Unas
y otras constituyen y definen su particular modo de
ser, distinguiéndole de los demás. Pues bien, aquello
que es específico de uno y que lo distingue de los
demás, es lo que llamamos carácter, del griego cha-
racter. Se tomaba este nombre de la marca indeleble
aplicada a una moneda o vasija para distinguirla de
las demás.
Cuando se quiere definir a una persona se dice de
ella que tiene un carácter fuerte, fogoso y apasiona-
do, o por el contrario, que es débil, taciturno o apáti-
co. Para forjar el carácter se ha de tener en cuenta de
dónde partimos, una tarea laboriosa que exige tiem-
po y una gran dedicación. La duración de este apren-
dizaje dependerá, por tanto, del interés y grado de
aplicación de cada cual. No caben las improvisacio-
nes. Por ser cada persona única e irrepetible -inca-

48 Cf. Instr. Past. de la Conferencia Episcopal Española, La fami-

lia, santuario de la vida, 2001, n. 23.

112
paz de clonación- ha de pulir su carácter en fun-
ción de su ritmo vital y de sus particulares necesida-
des. Se trata de un proceso dinámico, nunca estático,
que puede acelerarse o retrasarse según las persona-
les circunstancias.
Todos podemos cambiar el carácter, o al menos
mejorarlo. Hay quien dice: «yo soy así, no puedo cam-
biaD>. N o podrá si no lo intenta. Todos conocemos
personas que por una razón profesional, política o
familiar mejoraron su carácter. El que antes parecía
retraído, el nuevo trabajo le impulsó a abrirse a los
demás, a salir de sí mismo; el que era un poco arisco
y malencarado, consiguió adquirir hábitos de amabi-
lidad y cortesía, lo mismo que aquel otro que, algo
alocado, aprendió a ser reflexivo y ponderado. En este
proceso de maduración juegan un papel importante
el temperamento y el carácter, los dos componentes
de la personalidad. Distinguirlos es importante para
ganar en madurez, en personalidad.

Componentes de la personalidad

De modo somero, y en la medida que puede ser-


vir de ayuda para descubrir y superar algunos de los
vicios o defectos más frecuentes del propio carácter,
a continuación lo distinguimos del temperamento
con el que muchas veces se confunde.
• El temperamento. Desde que nace cada indivi-
duo tiene unos rasgos característicos, recibidos por
herencia genética, que definen su personalidad y le
permite distinguirse de los demás: es su tempera-
mento. Juegan en él un papel principal tanto los ras-

113
gos morfológicos como fisiológicos. Con otras pala-
bras: cada hombre o mujer nacen con un temperamen-
to específico que los marca para toda la vida. Aunque
lo normal es que el temperamento sea estable, puede
verse modificado por las circunstancias, como la
edad, los cambios corporales o fisiológicos, las emo-
ciones ... Una serie de imponderables que han de va-
lorarse en cada caso.
• El carácter. A diferencia del temperamento, el
carácter no se dice que sea congénito sino adquirido.
Cada individuo ha de ir perfeccionándolo a lo largo
de su vida, de ordinario en función de sus experien-
cias o vivencias personales. La maduración del ca-
rácter depende en buena medida de la reacción que
se tenga ante determinados estímulos: en particular,
la asimilación de los éxitos o fracasos. Aunque ha de
tenerse en cuenta también cómo progresa cada uno
en el aprendizaje de las virtudes, así como el tipo de
educación que ha recibido o la influencia de las
amistades o ambiente en que se desenvuelve. Todo
esto marca a la persona, a veces de modo decisivo.
De la correcta educación del carácter depende que
madure y se perfeccione.
La educación del carácter se convierte así en pie-
za clave para la maduración efectiva de la persona.
Por tanto, y antes de seguir adelante, digamos qué
entienden los especialistas por carácter. Los psicólo-
gos suelen definirlo como «el conjunto de cualida-
des que posee una persona y que la distingue de
otras, tanto por su modo de ser como por su manera
de obrar». Es lo que hace que sea ella misma y no
otra. El profesor Poveda opina que la individualidad
del ser humano procede del soma. Con esto quiere

114
decir que el carácter se apoya para su desarrollo en
el temperamento, que como vimos es congénito. Por
esto se ha afirmado que aunque no somos responsa-
bles de nuestro temperamento, sí lo somos del carác-
ter, que por ser adquirido cada uno lo ha de ir for-
mando a lo largo de su vida.
Los filósofos de la antigua Grecia captaron la im-
portancia de esta realidad. Así, Demócrito enuncia
un principio que tal vez pueda parecer atrevido: «El
carácter de un hombre hace su destino». Concedía él
una gran importancia a la educación del carácter. Pues
en la medida que el hombre aprende se hace pruden-
te, reflexivo y responsable. Hipócrates por su parte,
y más tarde Galeno, mostraron también un interés
grande por distinguir los distintos tipos de caracte-
res. Fue este último quien los clasificó en los cuatro
tipos más conocidos: el sanguíneo, el colérico, el me-
lancólico y el flemático 49 •

Tipos de caracteres

Lejos de mi intención, por no ser especialista, ha-


cer un análisis pormenorizado o técnico de las diver-
sas tipologías de la personalidad, y menos encasillar
a nadie en una cualquiera de ellas. Esa tarea corres-
ponde a los profesionales de la psicología. No obstan-

49 En época reciente, los antropólogos, y de manera especial los

psicopedagogos, distinguen los caracteres en ciclotímicos y esquizotí-


micos (Kretschmer), o por las dos disposiciones generales de la con-
ciencia: extroversión e introversión, lo cual hace que junto con las cua-
tro funciones psicológicas de pensar, sentir, percibir e intuir, den lugar
a los tipos reflexivo, sentimental, perceptivo e intuitivo (Jung).

115
te, es bueno conocer algunas de esas características
para ver cómo pueden incidir en la conducta huma-
na. Es verdad que algo de esto conocemos, aunque
de modo muy genérico. Por ejemplo, cuando vemos
que una persona es pasiva, solemos decir de ella que
es flemática, de sangre fría; de otra que actúa de modo
apasionado y agresivo, decimos que es colérica, de
sangre caliente. Distintos modos de ser que, se quie-
ra o no, se reflejan en la conducta diaria 50 • Veamos
los más comunes:

• El sanguíneo. Se distingue por su tono vital, di-


námico y alegre. Suele gozar de buena salud. La
sensación de vigor le inclina a la euforia; de ahí que
vea las cosas con optimismo, sin penas ni agobios.
De ordinario siente complacencia de sí mismo, de
sus méritos y cualidades. Es activo y entusiasta. Sin
embargo abandona pronto lo que no le interesa. A los
ojos de quienes le conocen poco puede parecer algo
frívolo o irreflexivo. Le cuesta soportar las miserias
ajenas, y se deprime fácilmente ante el dolor, la en-
fermedad o la muerte. Por confiar en sí mismo en de-
masía, considera una señal de impotencia cualquier
tipo de duda o vacilación. Intenta dominar a los otros
y quiere imponerles su criterio. El hombre o la mu-
jer de temperamento sanguíneo son, casi siempre,
unos triunfadores natos.
En el plano religioso, el sanguíneo se siente espe-
ranzado, virtud que le permite mantener vivo su op-

50 En líneas generales seguimos la descripción que hace Javier de

las Heras en Conflictos de pareja. Puede verse también Ph. Delhaye y


J. Boulangé, Esperanza y vida cristiana.

116
timismo. La confianza que tiene en sus propias fuer-
zas le impide tener miedo al porvenir. Al ser extro-
vertido, apenas tiene sentimientos de culpabilidad,
ni casi siente remordimientos de conciencia. Se sabe
a bien con Dios, y por eso tiende a excusar sus erro-
res y defectos.
• El flemático. Sus características más acusadas
son: equilibrio mental y autocontrol emocional. Sue-
le caer en la indiferencia y en el escepticismo, y da
la impresión de que nada le interesa. No obstante,
tiende a ser comprensivo, paciente y tolerante. Es
constante en todo lo que emprende. Muy rara vez se
precipita; toma sus decisiones después de una madura
reflexión, analizándolo todo desde una perspectiva
netamente racional. Lento de reacciones, tiene dificul-
tad a la hora de decidirse, perdiéndose en valoracio-
nes y análisis detallistas. Se adapta con lentitud a las
nuevas situaciones; los imprevistos le sacan de qui-
cio. Por su tendencia a la pasividad, depende de los
demás en lo que se propone.
• El colérico. Apasionado, como el sanguíneo, se
entusiasma con gran facilidad. Sus experiencias las
vive con intensidad, lo cual le puede llevar a ciertos
estallidos de cólera, casi siempre por motivos des-
proporcionados. Irritable en exceso, le cuesta mucho
dominar sus emociones; sus reacciones son fuertes,
tanto si se indigna como si estalla de alegría. Cons-
tante en lo que emprende, suele destacar por su tena-
cidad. No obstante, por inseguridad de criterio, es a
veces intolerante y despótico.
• El melancólico. La característica más acusada
de este tipo de personas es la seriedad y responsabi-
lidad que ponen en todo lo que hacen, acompañada

117
por lo general de un gran sentido de la lealtad. El
melancólico vive sus experiencias con profundidad;
su vida interior es por esto rica e intensa. Suele ser
sensible y afectuoso, aunque en ocasiones le cueste
demostrarlo. Por esta razón puede dar la impresión
de una cierta severidad y distanciamiento. Sus ale-
grías o satisfacciones son poco duraderas, por andar
preocupado por cosas de escasa importancia. Perfec-
cionista y escrupuloso, denota poca seguridad en sí
mismo, asaltándole en ocasiones sentimientos de in-
ferioridad. Esto explica su tendencia al pesimismo, a
la angustia y a la tristeza. Se enfada con facilidad, es
susceptible y desconfiado. Le cuesta adaptarse a los
cambios, y siente escaso interés por las relaciones
sociales. Dado a la soledad, prefiere conversar a so-
las con sus amigos más íntimos.

Son tendencias, tipos caracterológicos que confi-


guran la personalidad. Aunque meramente indicativos,
bueno será tenerlos presente a la hora de emprender la
mejora del carácter. Una tarea que aunque pueda pare-
cer difícil no lo es cuando hay voluntad de mejora.
Nadie debería decir por tanto: «Soy así, no tengo arre-
glo», porque claro que tiene arreglo. Todos podemos
mejorar, está al alcance de nuestra mano. N aturalmen-
te, con esfuerzo. A semejanza de los canteros, se trata
de limar los salientes del carácter, pulir las aristas del
genio, dominar las reacciones del temperamento. De
esta forma, el atolondramiento se transformará en sen-
satez, el hablar sin medida en saber escuchar, la tos-
quedad en delicadeza, la crítica en comprensión.
Es una tarea en la que se ha de poner en juego
principalmente la voluntad. Pues aunque los defec-

118
tos siempre nos acechen, lo que importa es luchar
para corregirlos, en especial esas irritaciones, enfa-
dos o sofocones que tanto pueden separarnos de los
demás. Siempre es posible modelar el carácter, aun
cuando sea duro como una piedra. Con decisión y
empeño se pueden pulir los modos bruscos de expre-
sión, lo cual facilita el respeto por las opiniones aje-
nas y la amabilidad hacia quienes piensan de modo
diferente. La persona que logra dominar su carácter,
habla sin avasallar, razona sin gritar, no se enfada
ante los desplantes de los demás.

El cultivo de las virtudes

Antes de iniciar la siembra, el labrador ha de em-


prender el trabajo arduo y costoso de eliminar los
pedruscos del campo, las alimañas y malas hierbas,
para roturar y abonar la tierra que recibirá la semilla.
Sin esta labor previa no podría germinar lo sembra-
do ni habría frutos. Con las personas ocurre algo pa-
recido. Para mejorar el carácter, lo primero que se ha
de hacer es eliminar de la conducta las brusquedades,
enfados e irritaciones. Pero no queda ahí la cosa.
Luego se ha de emprender una labor positiva, serena
y callada del aprendizaje de las virtudes. Es entonces
cuando la persona alcanza el tono humano y el seño-
río propios de quien ha modelado su carácter.
La madurez adulta a la que hemos de aspirar su-
pone, por tanto, el cultivo de las virtudes. Quien las
posee se caracteriza por su estabilidad de ánimo, se-
guridad y equilibrio. Y esto sólo es posible decidién-
dose a hacer actos de virtud, que reiterados generan

119
hábitos estables y facilitan la práctica del bien. Es lo
que sucede, por ejemplo, al que aprende a conducir.
Al principio está pendiente de pisar el embrague,
meter las marchas, girar el volante o pisar el freno.
Y todo a la vez. Esto puede parecerle al principio di-
fícil y complicado. Mas a medida que adquiere des-
treza le resulta más sencillo. Es más, al poco tiempo
conducirá sin pensarlo, casi de modo instintivo. Ha
adquirido el hábito de la conducción.
Con las virtudes sucede igual. Al principio cues-
tan, pero repitiendo con constancia, un día y otro,
actos de prudencia, justicia o templanza, se adquiere
soltura, se templa el carácter, se gana en fortaleza.
Es el mejor modo de adquirir el tono vital y optimis-
ta que tanto se necesita para crecer y madurar. La
persona virtuosa, en lugar de enfadarse responde con
afabilidad, con una palabra comprensiva y alentado-
ra, nunca con un improperio. Porque ha templado su
carácter, ve antes lo positivo que lo negativo, y en
las personas que le rodean procura descubrir su vir-
tud antes que el vicio. La persona virtuosa atrae, es-
timula. Todos la valoran por su firmeza de conviccio-
nes, por su carácter alegre, generoso y optimista. No
olvidemos que es la virtud, en definitiva, la que hace
creíble el mensaje que se comunica.

Se puede y se debe mejorar

No todo sale adelante a la primera. Con la mejora


del carácter pasa igual. Para progresar en la virtud es
preciso insistir con tenacidad, y no parar hasta incor-
porar a la propia vida las virtudes que se necesitan.

120
Hay quienes se topan con un carácter irascible, volu-
ble o antojadizo. Su falta de voluntad para aprender
y así mejorar, les lleva a una excusa facilona: «¡A mis
años, cómo voy a cambiar, eso es imposible, me mo-
riré como soy!» Imposible será, en efecto, para el que
se conforma con sus defectos y no lucha por corre-
girse. Y así, sus manías irán en aumento, y a pesar de
sus años y experiencia seguirá enfadándose. Es algo
que vemos a diario. Cuántos, por falta de voluntad, se
conforman con ir tirando. Saltan cuando se les corri-
ge, se indignan o protestan cuando piensan que sus
fallos no tienen arreglo. Cambiarían por supuesto si
se decidieran a practicar las virtudes, si emprendie-
ran una labor de mejora en su conducta.
Se puede mejorar. ¡Faltaría más! Quizá no se con-
siga a la primera, pero quien pone esfuerzo y no des-
maya en la lucha, lo conseguirá. Lo que importa, se
tenga la edad que se tenga, es no «arrojar la toalla».
Unas veces con adelantos y otras con retrocesos, se
irá avanzando, cada día a mejor paso. Cada uno ha
de poner de su parte lo que pueda, con la convicción
de que para superar sus defectos le basta cultivar las
virtudes. Con esto podrá dominar los altibajos de su
carácter, sin bascular entre el optimismo y el pesi-
mismo, entre el activismo y la desgana. Lo cual, una
vez más hay que decirlo, se logra luchando contra el
aburguesamiento, fortaleciendo el ánimo, que es tan-
to como rejuvenecer el espíritu. La atrofia de la vo-
luntad, no lo olvidemos, es uno de los handicaps
más serios que se nos presenta para alcanzar la ma-
durez y, en consecuencia, la mejora del carácter.

121
Cuestión de voluntad

La madurez adulta a la que hemos de aspirar exi-


ge el dominio de la voluntad. Sin voluntad, como
venimos diciendo, ni cabe la mejora del carácter ni
el progreso en la virtud. La persona sensata no se
conforma con un ir tirando; lucha por corregir su de-
sidia, declara la guerra a la pereza. Sabe que si no
acabaría estancada, y hasta daría por bueno lo que
sabe que objetivamente no lo es. Tal vez con la ca-
beza sepa cómo debe comportarse, pero por falta de
voluntad no lo hará. La voluntad se debilita por falta
de ejercicio, y no es extraño que con el tiempo pue-
da quedar adormecida. Y entonces, la duda o la inde-
cisión pueden socavar los puntos de apoyo firme de
la personalidad.
En Hamlet, la obra cumbre de Shakespeare, se
pone de manifiesto el carácter indeciso e irresoluto de
su protagonista 51 • Hamlet se presenta como hombre
flemático y reflexivo, y a la vez indiferente y escépti-
co. Como príncipe heredero conoce sus responsabili-
dades, pero por apatía y desidia las pospone. Es listo,
sabe lo que tiene que hacer, pero no lo hace. Por eso
siente remordimientos. Si no actúa es por falta de vo-
luntad. Una y otra vez examina lo que tiene que hacer,
pero no se decide a hacerlo. Hasta desea desaparecer
para no tener que dar la cara. Su dolor interior es gran-
de. Abatido por sus dudas y congojas, exclama:

51 En la obra La literatura es vida, de Aline Freyría-M. Esther Rai-

mond-Kedilhac, Ed. Ruz, México 2003, puede encontrarse un buen de-


sarrollo psico-pedagógico de éste y de otros muchos autores de la lite-
ratura universal.

122
¡Morir... dormir, no más! ¡Y pensar que con un
sueño damos fin al pesar del corazón y a los mil natu-
rales conflictos que constituyen la herencia de la car-
ne! ¡He aquí un término devotamente apetecible!
¡Morir... dormir... Tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el obs-
táculo! Porque es forzoso que nos detenga el conside-
rar qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño de la
muerte, cuando nos hayamos librado del torbellino de
la vida. ¡He aquí la reflexión que da existencia tan lar-
ga al infortunio!
¿Quién querría llevar tan duras cargas, gemir y su-
dar bajo el peso de una vida afanosa, si no fuera por el
temor de un algo, después de la muerte; esa ignorada
región cuyos confines no vuelve a traspasar viajero al-
guno, temor que confunde nuestra voluntad y nos im-
pulsa a soportar aquellos males que nos afligen, antes
que lanzarnos a otros que desconocemos?

Hamlet tiene miedo a su libertad; es libre, pero


no se atreve a llevar a cabo las decisiones que toma.
«¿Dormir, soñar?», se pregunta. Prefiere dejar los
asuntos para mañana, a ver si el tiempo los soluciona.
Opta por mantenerse en la sombra. Desconfía de to-
dos, hasta de sí mismo. Su falta de voluntad -de
carácter- le hace un hombre irresoluto, acompleja-
do y escéptico. Lo sabe. Tal vez por eso le remuerde
la conciencia. Pero aun sabiendo lo que tiene que
hacer, por su frágil voluntad no lo hace.
Para mejorar el carácter hay que empezar por
educar la voluntad. Hamlet no lo hace y permanece
en su indecisión. De carácter flemático, reflexivo, ha
olvidado que la educación de su voluntad era lo prin-
cipal. Aunque examina los asuntos, se siente perple-
jo entre el «ser o no ser», entre el «vivir o morir».

123
Quiere justificarse, pero su conciencia se lo impide.
Aun dotado de dones y talentos excepcionales, su
personalidad es mediocre. Se conforma con ir tiran-
do. Como a tantos otros se le podrían aplicar estos
puntos incisivos de Camino: «No digas: "Es mi ge-
nio así... , son cosas de mi carácter". Son cosas de tu
falta de carácter: Sé varón - "esto vir"». ¿Cómo
conseguirlo? Poco mas adelante se nos da la pauta:
«Voluntad. -Energía. -Ejemplo. -Lo que hay que
hacer, se hace ... Sin vacilar... Sin miramientos ... »52•
Lo normal es que cuando uno se descuida y no
educa su voluntad termine dominado por sus instin-
tos y sucumba con facilidad al vaivén de sus pasio-
nes. Mientras el hombre de voluntad firme acrecien-
ta su personalidad, el que no la ha formado se siente
indeciso y tambaleante. Es fácil confundir entonces
voluntad con voluntarismo. De ahí que surja un dile-
ma: ¿es buena la acción que hemos realizado o que
vamos a realizar por estar llenos de buena voluntad,
o lo es porque sabemos de antemano que objetiva-
mente es buena?
Distingamos. La voluntad no es buena por sí mis-
ma, sino por su relación con lo que objetivamente es
bueno. El deseo bueno de la persona voluntarista no
es por sí mismo salvoconducto de licitud moral, ni
puede servir de excusa para hacer lo que se quiera.
Lo explica Juan Pablo 11: «Si el objeto de la acción
concreta no está en sintonía con el verdadero bien de
la persona, la elección de tal acción hace moralmen-
te mala a nuestra voluntad y a nosotros mismos y,

52 San Josemaría, Camino, nn. 4 y 11.

124
por consiguiente, nos pone en contradicción con
nuestro fin último, el bien supremo, es decir, Dios
mismo» 53 • Y no sólo esto. Tampoco la buena inten-
ción es garantía de rectitud moral. En cada acción
hemos de regimos por el bien objetivo, no por el de-
seo o tendencia espontánea. Lo comprobamos a dia-
rio. Hay quienes, porque les apetece, actúan de modo
atolondrado, sin comprender que «la dignidad del
hombre -continúa diciendo el Papa- requiere, en
efecto, que actúe según una elección consciente y li-
bre, es decir, movido e inducido personalmente desde
dentro y no bajo presión de un ciego impulso interior
o de la mera coacción externa. Logra el hombre esta
dignidad cuando, liberándose de toda esclavitud de
las pasiones, persigue su fin en la libre elección del
bien y se procura con eficacia y habilidad los medios
adecuados para ello» 54 •
En la educación de la voluntad importa tener pre-
sente el papel que juegan las llamadas tendencias y
sentimientos. Intervienen éstos en los actos del hom-
bre, son componentes de su personalidad. Veámoslo
someramente:

• Las tendencias. Por desenvolverse en el ámbito


de la voluntad, pueden inducir hacia el bien o hacia
el mal. Son «disposiciones» del apetito volitivo o sen-
sitivo, diferentes de los simples «impulsos». «Las fun-
ciones apetitivas -en frase de R. Yepes- son tenden-
cias que mueven al ser vivo hacia su autorrealización».
Todo ser racional busca lo que es bueno para él: a

53 Juan Pablo 11, Ene. Veritatis splendor, n. 72.


54 Const. Gaudium et spes, n. 17.

125
eso tiende. Tales inclinaciones apetitivas dan origen
a los impulsos o deseos, condicionando la conducta
humana. En sí mismas, las tendencias no son ni bue-
nas ni malas. Cuando decimos «me apetece descan-
sar, o comer, o ir al cine», su bondad o maldad de-
penderá de la intención con que se desee. Nada se
puede reprochar en consecuencia a los apetitos hu-
manos. Habrá que regularlos, pero no se puede ir
contra ellos de modo frontal.
De las tendencias apetitivas proceden las pasio-
nes, de las que más adelante hablaremos. Por ahora
nos basta saber que hay una predominante: la pasión
del amor. Hacia el amor tiende el hombre por natura-
leza, hacia un amor deseado en plenitud. La voluntad
no puede sino tender hacia el bien que ama, deleitán-
dose en su posesión. De ahí que hable san Agustín,
por analogía, de amor al oro, a la plata, a las flores;
de amor al honor, a la verdad, a la justicia; de amor al
padre, a la madre, a la esposa, al hijo. El amor, como
pasión, mueve la vida entera del hombre. Por lo que
concluye el santo de Hipona: «¿No amáis nada? Si no
amáis nada seréis perezosos, inútiles, despreciables,
miserables; amad, pero mirad lo que amáis». Porque,
en efecto, no todo bien es verdadero; es la razón la
que regula las tendencias humanas e imprime el rec-
to orden moral en la conducta. En la medida que se
dominan las tendencias, se gana en madurez, se es
feliz.
• Los sentimientos. Juegan también éstos un pa-
pel importante en la educación de la voluntad y, por
consiguiente, del carácter. Los sentimientos son
reacciones espontáneas. Se puede identificar el esti-
mulo que en uno causa un sentimiento, pero difícil-

126
mente podrá explicar las razones últimas de por qué
siente así y no de otra manera.
Estas reacciones pueden ser más o menos vehe-
mentes, y según su intensidad se clasifican en senti-
mientos, emociones y pasiones. Los sentimientos son
los más estables y, además, producen un efecto me-
nor en el cuerpo. Las emociones, en cambio, afectan
al cuerpo: así, por ejemplo, el enrojecimiento que
causa la vergüenza o el sudor frío causado por el
miedo. Las pasiones por su parte añaden una cierta
pérdida de dominio sobre las propias acciones. No
llegan a eliminar la voluntad, pero la «arrebatan» ha-
cia un determinado deseo, ya sea provocado por el
amor o por el odio, en todo caso con gran violencia,
como la del fuego capaz de arrasar el bosque.
De otra parte, los sentimientos -palabra genéri-
ca que engloba a veces las emociones y pasiones-
se mueven en una escala que va de lo positivo a lo
negativo, de la atracción al rechazo. Los sentimien-
tos son, en definitiva, modos de «sentir» las tenden-
cias, como las de gozo o tristeza. Por muy recta que
sea, no es deseable una vida exenta de sentimientos.
Son muy humanos, y nada malo hay en ellos cuando
se ordenan debidamente.
Se entenderá con un ejemplo. Supongamos que
queremos cocinar el plato de la propia madurez. El
alimento base lo constituye la inteligencia y la vo-
luntad, y los sentimientos vendrían a ser el condi-
mento. Así, de la misma manera que no apetece una
comida poco o mal condimentada, tampoco se puede
decir que sea del todo humana la persona que carece
de sentimientos o los mantiene escondidos. Como el
manjar insípido, se terminaría rechazando. No obstan-

127
te, los sentimientos han de estar bien «gestionados»,
pues cuando se dejan que campen por sus fueros apa-
recen los conflictos.
Aunque como queda dicho los sentimientos no de-
terminan por sí mismos la calidad moral de un acto,
pueden facilitarlo o dificultarlo, contribuir al mérito
o al demérito, en función de la rectitud de la voluntad.
De ahí que, en la práctica, sea necesario rectificar
con frecuencia el rumbo de la conducta, a semejanza
del capitán de la nave en alta mar. Si quiere llegar a
puerto tendrá que estar atento a la carta de navega-
ción, a la vez que le resultará más fácil superar el
cansancio si es hombre de corazón, si tiene buenos
sentimientos. Otra cosa es que se pase al extremo
opuesto y caiga en la euforia por falta de cabeza, pen-
sando que lo tiene todo hecho cuando aún es mucho
lo que le queda por hacer.

Metas realistas

El aprendizaje de la madurez requiere talento, junto


con el dominio de la voluntad. Para progresar en este
intento, las metas han de ser realistas. En primer lugar,
para descubrir los factores negativos que se oponen a
lo que debe ser un carácter recio: pereza, falta de aten-
ción, rutina e inconstancia. De otra parte, se han de re-
forzar aquellos otros, del todo positivos, como la sin-
ceridad, el orden, la laboriosidad y el optimismo.
Cuando se ha tomado la firme decisión de superar
los vicios o defectos del carácter, no deben importar
demasiado los fallos que, como es natural aparecerán
porque no somos perfectos. Para madurar como per-

128
sanas adultas, lo que importa es mantener viva la
ilusión y el esfuerzo por avanzar cada día un poco,
aun cuando se sienta el cansancio o se haya perdido
en parte la ilusión de un principio. Y esto, como es
lógico, requiere constancia, comenzar una y otra vez,
las veces que sea preciso. El que a pesar del cansan-
cio sigue adelante, desafiando fatigas y desmayos,
crecerá en reciedumbre, fortalecerá su carácter. Aun-
que no le respondan los sentimientos, progresará si
tiene clara conciencia de lo que en cada momento
debe hacer, sacando fuerzas de flaqueza para reali-
zarlo sin dilaciones. No puede conformarse, por de-
sidia o flojera, con ir a medio gas, porque lo más
probable es que caiga en la mediocridad y se sienta
derrotado antes de empezar.
Metas, pues, realistas, asequibles. Los actos de
voluntad pueden evaluarse cuando se traducen en un
trabajo hecho a conciencia, constante y realizado
con orden, por encima de los propios gustos y ape-
tencias. En este sentido juegan un papel importante
la imaginación y la fantasía. Cando éstas se contro-
lan y se ordenan a un fin bueno, son de una valiosa
ayuda. Se gana entonces en objetividad y realismo,
superando todo tipo de complejos y rebeldías. La
voluntad se fortalece y toma bríos en la medida que
se libera de la esclavitud de las pasiones.
Quien se plantea metas realistas y las cumple,
verá sorprendido que se renueva su ilusión, que con-
sigue trabajar con mayor gusto e intensidad, porque
habrá encauzado correctamente su imaginación y ha-
brá sacado partido a su fantasía. En la medida que se
consigue, se mejora en orden y serenidad, se gana en
espíritu de servicio. Y así, lo normal es que se puedan

129
moderar las explosiones del carácter, las reacciones
extemporáneas de genio o de mal humor.

Pautas de aprendizaje

• No dejar para mañana lo que se puede hacer


hoy. Para conseguirlo, es útil hacerse al comienzo
del día una pequeña lista de lo que se debe hacer,
dando prioridad a los asuntos en orden de importan-
cia. El carácter se va forjando cuando uno se acos-
tumbra a hacer lo que debe, no lo que le gusta o ape-
tece. Es el mejor modo de doblegar ese carácter
blando, fofo o acomodaticio, que deja a la persona a
merced de sus sentidos.
• Pensar lo que se quiere antes de actuar. La
mayoría de los enfados e irritaciones proceden de no
tener en cuenta este consejo tan elemental. Hay que
acostumbrarse a pensar, a reflexionar antes de ac-
tuar. Y en esto es de gran ayuda la virtud de la pru-
dencia, que facilita el juicio práctico y garantiza la
rectitud de intención. Se ven mejor así los pros y
contras de lo que uno se dispone a hacer. Con lo que,
en lugar de precipitarse, mantendrá los nervios tem-
plados, actuará sabiendo lo que hace y dará consis-
tencia a sus argumentos.
• Actuar en conciencia, de acuerdo con lo que se
piensa. Se forja más fácilmente el carácter cuando se
actúa sin reservas mentales, sin prejuicios ni falsos te-
mores. Lo cual obliga a ser sinceros con uno mismo,
con Dios y con los demás. Y eso supone llamar a las
cosas por su nombre, con educación, sin estridencias.
Lo cual lleva, entre otras cosas, a proceder con pru-

130
dencia, o lo que es igual, a actuar cuando se debe y en
lugar oportuno; con sencillez, que obliga a ser transpa-
rentes, a actuar tal como se es; con valentía, para decir
lo que se debe y no callar por respetos humanos; con
veracidad, que es ser auténticos en gestos y palabras.
• Mantener la palabra dada. Cumplir con lapa-
labra dada es otro de los aspectos de la madurez del
carácter, del afianzamiento de la propia personali-
dad. Se gana así en confianza con uno mismo y con
los demás. Para conseguirlo se han de cultivar, entre
otras, las virtudes de la lealtad, la fidelidad y la for-
taleza, precedidas y acompañadas por la prudencia.
• Aprender a convivir.- Es una de las mejores
canchas para forjar el carácter y madurar aprisa. Exige
una disposición permanente de superación. Sobre todo
cuando se ha de convivir con personas de distinto
temperamento, preparación cultural o inquietud social.
La diferencia de edad o la distinta sensibilidad no de-
berían ser óbices para un entendimiento cordial. Suele
costar cuando se descuidan las virtudes de la com-
prensión, la amabilidad o el espíritu de servicio. La
convivencia con gentes diferentes es una ocasión es-
pléndida para pulir las aristas del propio carácter, para
forjar la personalidad. Se aprende entonces a ceder sin
enfadarse, a hablar sin acalorarse, a practicar las virtu-
des, en especial la magnanimidad y la tolerancia.

2. Afinar la conciencia

Junto con un carácter firme, la persona madura ha


de adquirir finura de conciencia. Más cuando, como
ocurre en la actualidad, nos vemos rodeados de un

131
clima cargado de laxitud moral. No hay que olvidar
que la conciencia y la conducta corren parejas: cuan-
to mayor es la claridad de la conciencia, tanto mayor
es la rectitud de la conducta. En esto se funda la uni-
dad de vida, característica del hombre de fe. Pues
con ella mejorará la claridad de su juicio, dispondrá
de más elementos para distinguir el bien del mal, la
virtud del vicio. Es una ayuda eficaz para superar
la perplejidad y evitar el riesgo de una conciencia
laxa o adormecida.
Llama la atención ver hasta qué punto puede lle-
gar a obnubilarse la conciencia. Lo vemos a diario.
Hay quienes luchan y se afanan por alcanzar un gra-
do de bienestar cada día mayor, pero se olvidan de
su espíritu, de aquello que puede ayudarles a crecer
por dentro y hacerles feliz. Y es que cuando el «bie-
nestar» que todos apetecemos carece de fundamento
moral, se vuelve contra el mismo hombre. En este
caso -son palabras de Juan Pablo 11- la nuestra ya
no sería una cultura de la vida sino de la muerte.
Toda una paradoja. «El mundo moderno aparece a la
vez poderoso y débil, capaz de lo mejor y de lo peor,
pues tiene abierto el camino para optar entre la liber-
tad y la esclavitud, entre el progreso o el retroceso,
entre la fraternidad o el odio. El hombre sabe muy
bien que está en su mano el dirigir correctamente las
fuerzas que él ha desencadenado, y que pueden
aplastarle o salvarle» 55 •
De eso se trata. El hombre sólo puede conquistar
el bien que anhela si obra como hombre, es decir, si

55 Const. Gaudium et spes, n. 9.

132
actúa de acuerdo con su conciencia, si ajusta sus ac-
ciones a la verdad y actúa con rectitud.

La pasión ciega

La historia de Rodino Romanovich Raskolnikof


(Sergey), personaje central de la famosa novela Cri-
men y Castigo de Fedor M. Dostoievski, refleja de
modo magistral hasta donde puede llegar el desor-
den de las pasiones, la ceguera del espíritu, la insensi-
bilidad de la conciencia. A este hombre, de carácter
colérico, le obsesionaba la idea de matar a una vieja
usurera, desconfiada y avara, que según él le había
tratado con desdén. En su ardor pasional, planea el
crimen y lo ejecuta con frialdad. Está convencido de
que hace un bien al quitar de en medio a un ser tan
miserable. No entraba en sus planes matar a la her-
mana de la vieja, que de modo inesperado hace acto
de presencia. Una vez que ha cometido los crímenes
de ambas hermanas, regresa a su casa y, sin más, se
echa a dormir. Días después ha de enfrentarse a los
reclamos de la casera, que le demanda por impago
del alquiler. Comienzan para Sergey una serie de pe-
sadillas y remordimientos.
En su deambular callejero conoce a una adoles-
cente llamada Sonia, hija de un alcohólico que le ha-
bía obligado a prostituirse. Cuando piensa que se ha
ganado su confianza, termina por confesarle el crimen
de las viejas. Sonia se aterra, pero no le abandona por-
que siente una gran compasión por él. Sin embargo
Sergey, muy intranquilo, sigue debatiéndose entre la
culpa que siente y su justificación, entre la depresión

133
y la euforia. Sonia le aconseja que se entregue, pero
él lo rechaza. Al final, no pudiendo soportar sus fuer-
tes remordimientos acaba entregándose. Está exhaus-
to, no alega nada en su defensa. Los jueces le conde-
nan a ocho años de trabajos forzados en Siberia.
Sonia le acompaña al exilio. Sergey pasa durante
este tiempo por diversos estados de ánimo: indiferen-
cia, resignación, apatía. Deja incluso de agradecer
las visitas que le hace Sonia. Apenas habla, está de-
primido. Ella enferma y deja de visitarle. Poco des-
pués, también enferma él. Se recuperan y vuelven a
verse. Comprende entonces él lo mucho que ama a
Sonia. La necesita. A partir de ese momento comien-
za su recuperación espiritual. Así lo relata este frag-
mento de la novela:
«Querían hablar, pero no podían pronunciar una
sola palabra. Las lágrimas brillaban en sus ojos. Los
dos estaban delgados y pálidos, pero en aquellos ros-
tros ajados brillaba el alba de una nueva vida, la auro-
ra de la resurrección. El amor los resucitaba ... Deci-
dieron esperar con paciencia. Tenían que pasar siete
años en Siberia... Sergey estaba regenerado. Lo sa-
bía, lo sentía en todo su ser. En cuanto a Sonia, sólo
vivía para él.
En su cabecera tenía un Evangelio. Maquinalmen-
te lo cogió. El libro pertenecía a Sonia. Era el mismo
en que ella le había leído una vez la resurrección de
Lázaro. Al principio de su cautiverio, Sergey creía
que Sonia le perseguía con sus ideas religiosas. Se
imaginó que le hablaría del Evangelio y le ofrecería
libros piadosos sin cesar. Pero, con gran sorpresa
suya, nada de esto ocurrió: ni una sola vez le había
propuesto la lectura del Libro Sagrado. Él mismo se

134
lo había pedido algún tiempo antes de su enferme-
dad, y ella se lo había traído sin hacer ningún co-
mentario. Aún no lo había abierto».
Sergey toma conciencia del mal que ha hecho; lo
reconoce y se arrepiente. Su mente fría y reflexiva
termina por imponerse a sus sentimientos. Hasta en-
tonces había sentido disgusto consigo mismo, pero
en lugar de aceptar su culpa se la echa a la vieja por
usurera, y a su hermana, por inoportuna. Aunque re-
conoce que ha actuado mal y que debe sufrir por
ello, piensa que en el fondo no es tan culpable por-
que el fin que buscaba era bueno. Aún permanecía
confusa su conciencia, en realidad no dominaba del
todo sus emociones.
La mente de este hombre, reflejo del ambiente
que vivía, no era del todo clara. Sus ideas, fruto de un
carácter mal formado, eran erróneas por carecer de
una conciencia cierta y verdadera. Actuó a la ligera,
sin darse cuenta de que sus acciones le rebajaban
como persona. No obstante, la historia de Sergey ter-
mina bien. Sana y se dispone a oír la voz de su con-
ciencia. Es entonces cuando se percata de quién es y
del mal que había hecho. Al despojarse de sus senti-
mientos de superioridad, siente por primera vez lo
que realmente era: sólo un hombre. Una verdad que
termina por hacerle feliz.

La voz de la conciencia

Tardó mucho Sergey en oír la voz de su concien-


cia. No porque no la tuviera, sino porque la tenía nar-
cotizada. Confundía los términos, no distinguía entre

135
el bien y el mal y por eso trataba de justificarse. Em-
pecinado en ir por libre, no escuchaba su conciencia
sino que obedecía a sus instintos y se sometía a sus
más bajos deseos. No había descubierto aún esa voz
interior que nos dice que hay que hacer el bien y evi-
tar el mal. Pues, como bien sabemos, es «en lo más
profundo de su conciencia donde el hombre descubre
la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo,
pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena,
cuando es necesario, en los oídos de su corazón, ad-
virtiéndole que debe amar y practicar el bien y que
debe evitar el mal [... ] Es la conciencia la que de
modo admirable da a conocer esa ley, cuyo cumpli-
miento consiste en el amor de Dios y del prójimo [... ]
Cuanto mayor es el predominio de la recta concien-
cia, tanta mayor seguridad tienen las personas y las
sociedades para apartarse del ciego capricho y para
someterse a las normas objetivas de la moralidad» 56•
En efecto, quien escucha la voz de su conciencia
y se esfuerza por actuar de acuerdo con ella, se «hu-
maniza», ya que aprende a distinguir la verdad de la
falsedad, el vicio de la virtud. La verdad -como en
el caso de Sergey- acaba imponiéndose, a pesar de
las resistencias que encuentre. Es evidente que cuan-
tos optan por seguir «su verdad» sin importarles sus
consecuencias, tarde o temprano habrán de recono-
cer sus errores. En este caso, habrá que preguntarse:
¿qué debo hacer si por un oscurecimiento de la ver-
dad, por falta de claridad en mi conciencia, me dejo
llevar del relativismo?

56 lbfd., n. 16.

136
Esta pregunta exige una explicación. Porque, en
efecto, podríamos quedar desorientados por algunas
de las tendencias que con vitola de «progresistas»
quieren imponernos su criterio. Ante ellas -muchas
de corte laicista- no cabe más solución que adqui-
rir criterio, regirse en todo por la verdad y esforzarse
por oír la voz de la propia conciencia. En ningún
caso es lícito seguir los dictados de una «moral a la
carta», un alimento indigesto por estar condimenta-
do a base de sentimentalismo y a veces de resenti-
miento. Un hombre de criterio ha de actuar en todo
momento con sensatez, distinguiendo entre el error y
la verdad, entre la virtud y el vicio.
Es difícil, hay que reconocerlo. Es mucha la atrac-
ción que a veces ejerce sobre el hombre su propia
subjetividad, y eso explica la pretensión de seguir sus
propias normas. Por lo que algunos, «queriendo po-
ner de relieve el carácter "creativo" de la conciencia,
ya no llaman a sus actos con el nombre de "juicios",
sino con el de "decisiones". Sólo tomando «autóno-
mamente» estas decisiones -dicen- puede el hom-
bre alcanzar su madurez moral. N o falta quien piensa
que este proceso de maduración sería obstaculizado
por la postura demasiado categórica que, en muchas
cuestiones morales, asume el Magisterio de la Igle-
sia, cuyas intervenciones originarían, entre los fieles,
la aparición de inútiles conflictos de conciencia» 57 •
Toda una falacia. Los conflictos suelen aparecer
cuando la persona no es fiel a su conciencia, cuando
actúa de espaldas a la verdad. Con la intención de evi-

57 Juan Pablo 11, Ene. Veritatis splendor, n. 55

137
tar conflictos interiores, se pretende oscurecer la línea
de separación entre el bien y el mal, entre una moral
subjetiva y otra fundada en la verdad. No se quiere re-
conocer que si la moral fuera libre y cada uno pudiera
obrar a su antojo, nadie tendría entonces derecho a
imponer a otros «sus valores». ¿Podrían imponerse si
se asentaran en algo tan movedizo como los propios
gustos y apetencias? Y si se hiciera, ¿en razón de qué
regla de tres se presentarían como valores absolutos?
No. Hace falta un orden moral objetivo, unos princi-
pios que sean válidos para todos. Por tanto, si no todo
es relativo, se necesitan unas normas estables, absolu-
tas y universales por las cuales podamos regimos y
vivir en paz. Lo contrario se llama anarquía.
Es fácil comprenderlo. Imaginemos lo que suce-
dería si la torre de control de un aeropuerto diera ór-
denes al piloto de un avión para que no aterrice por
falta de visibilidad. Él, sin embargo, porque se siente
seguro por las muchas horas de vuelo que tiene, hace
oídos sordos a lo que le dicen y se decide a aterrizar.
Si se estrella, es evidente que la culpa será exclusiva-
mente suya. Es verdad que era libre para obedecer o
no. Pero los hechos han terminado por demostrar que
se equivocó. No es éste un incidente aislado. Por des-
gracia son muchos los que se han estrellado por dar
más valor a la intuición, a su subjetividad, que a unas
órdenes fundadas en criterios objetivos.
Tal insensatez, en opinión de Peter Kreeft 58 , se
explica porque el mundo moderno se ha familiariza-

58 Peter Kreeft, Cómo tomar decisiones, Rialp 1993. Analiza muy

bien este autor la crisis moral moderna y plantea la razón de los abso-
lutos morales.

138
do más con un conocimiento subjetivo -fruto de la
intuición o del sentimiento- que con la verdad ob-
jetiva. Es cierto que la conciencia puede en algunas
ocasiones sentir. Todos hemos oído más de una vez
a gente de nuestro entorno que «se sienten culpa-
bles», o que «sienten remordimientos» por algo que
a su juicio no hicieron bien. Las razones pueden ser
de lo más variadas: el haber maltratado a la mujer,
dañar la reputación de un vecino o compañero, un
fraude en los negocios, y hasta hurtar alguna cosa en
una gran superficie ... Son casos en los que en el mis-
mo sentir se encierra ya un cierto saber. U no sabe
que se ha portado mal, porque ha sido injusto, porque
ha obrado a la ligera ... Sabe, en efecto, porque antes
ha sentido. Pues bien, aun así, la conciencia no de-
pende del sentir sino del saber, o lo que es lo mismo,
no basa su juicio en un presentimiento sino en un sa-
ber racional, ya se trate de una acción realizada o
que se piensa realizar. Esto explica que el juicio
emitido por la conciencia sea del todo inapelable.

El juicio de la conciencia

Es importante saber cómo se produce. Porque lo


que sucede en el interior del hombre, «en la intimi-
dad de su conciencia, está oculto a la vista de los de-
más desde fuera. La conciencia dirige su testimonio
solamente hacia la persona misma. Y, a su vez, sólo
la persona conoce la propia respuesta a la voz de su
conciencia» 59 • Por tanto, anterior al juicio existe un

59 Juan Pablo 11, Ene. Veritatis splendor, n. 57.

139
verdadero diálogo en el interior del hombre, trasunto
del diálogo que se da entre Dios, autor de la ley, y la
criatura, es decir, entre la norma moral y la concien-
cia a la que ésta ajusta sus juicios.
La conciencia puede dar por este motivo razón de
la rectitud o maldad de los propios actos, de la since-
ridad y lealtad con que se procede. Dios invita a todo
hombre a que le escuche, y escuchándole le obedez-
ca. En este diálogo el ser humano conserva su liber-
tad. En la medida que obedezca se sentirá liberado,
abrirá su espíritu a nuevas y ambiciosas conquistas.
Por lo tanto, y en contra de lo que algunos piensan,
«la conciencia moral no encierra al hombre en una
soledad infranqueable e impenetrable, sino que la
abre a la llamada, a la voz de Dios. En esto y no en
otra cosa reside todo el misterio y dignidad de la
conciencia moral» 60 •
En el orden práctico, y con el fin de no desviarnos
de nuestro propósito, se ha de recordar que la con-
ciencia es «un juicio de la razón por el que la persona
humana reconoce la cualidad moral del acto concreto
que piensa hacer, está haciendo o ha hecho», pues
«en todo lo que dice y hace, el hombre está obligado
a seguir fielmente lo que sabe que es justo y recto» 61 •
Esto tan sencillo, puede resultar complicado cuando
por ignorancia se nubla la conciencia. Un ejemplo
puede ayudar a entenderlo mejor.
Hace tiempo escuché una pequeña anécdota. Le
sucedió a Juanito, un niño que había quedado huér-

60 lbfd., n. 58.
61 CEC, n. 1778.

140
fano de padre cuando tenía tan solo cinco meses. Su
madre, Ana, a duras penas lograba sacar adelante su
hogar. Comenzó a trabajar para otras familias, pues
tenía que hacer frente al pago de la hipoteca del piso
y a otros muchos gastos. Con gusto, pensando en su
hijo, renunció no sólo a caprichos sino a cosas nece-
sarias. Juanito fue creciendo con la ayuda de suma-
dre y lo que le enseñaban en el colegio. Muy pronto,
en cuanto tuvo uso de razón, comenzó a avergonzar-
se de su madre en presencia de los demás niños. Él
no sabía por qué sus compañeros, desde hacía tiempo,
la llamaban «la fea». Hasta tal punto esto le avergon-
zaba, que llegó un momento en que no quería que su
madre fuera a recogerlo al colegio.
Un día llegó a oídos de Ana el apodo de «la fea»
con que la habían bautizado. Comprendió entonces
las reacciones de su hijo. Una tarde que Juanito ha-
cía los deberes se sentó a su lado. Esto fue lo que le
dijo:

«Mira, hijo, el que no sabe es como el que no ve.


Te voy a contar algo que hasta ahora no había querido
decirte. ¿Sabes por qué tengo esta cara tan fea y desfi-
gurada, llena de cicatrices? Ya sé que no lo sabes y
por eso te lo quiero contar. Cuando tú sólo tenías unos
meses y yo tenía que hacer unas compras en el merca-
do, no teniendo con quien te quedases, por un momento
te dejé solo en la cuna. Tardé más de lo que pensaba,
había demasiada gente comprando. Cuando regresaba,
me alarmé al ver un humo espeso que salía -pensé
yo- cerca de nuestra casa. Pero no, era justamente la
nuestra la que ardía. Eché a correr como una loca,
pensando en ti. Los bomberos ya habían llegado y no
me dejaban entrar. En un descuido subí hasta nuestro

141
piso en medio de una humareda inmensa. Cuando por
fin conseguí llegar a tu cuna, te eché una manta, te
abracé fuertemente y salí corriendo. Las llamas me al-
canzaron. Gritaba. Lograron sacarme por una ventana
envuelta en llamas. Gracias a Dios a ti no te pasó
nada. Yo tuve que permanecer varias semanas hospita-
lizada. Pudieron curarme, pero ya ves, me han queda-
do para siempre estas cicatrices en la cara.
Nunca te lo hubiera dicho de no haberme enterado
de lo que te sucedía por uno de tus amigos. Quiero
que tengas buena conciencia y nunca te avergüences
de tu madre. No juzgues nunca a la ligera. A veces nos
equivocamos juzgando a las personas. Damos más va-
lor a lo externo, a lo que se ve, que a lo interno, que
no se ve. No pretendo dármelas de importante. Pero
siempre me gustó ser fiel a la verdad. No podía seguir
ocultándote lo que puede ayudarte a ser un hombre ín-
tegro el día de mañana. Me ha costado mucho decírte-
lo. Pues cuando el amor es auténtico no se pregona».

No cabe duda de que esta mujer, además de saber


amar, tenía una conciencia fina, bien formada. Juzgó
certeramente sobre el modo oportuno de informar a
su hijo. Además, le dio ejemplo de cómo debe usarse
la libertad. Ella podía haberse quedado en la puerta
de la casa viendo cómo ardía. Pero, movida por la
fuerza de su amor, juzgo que su obligación en ese
momento era la de rescatar a su hijo. No podía ir
contra su conciencia. Toda una lección para aquellos
que tratan de contraponer ley y libertad. Consideran
la libertad como un absoluto, hasta el punto de llegar
a invalidar el juicio de la conciencia. Reclaman liber-
tad de conciencia, pero adjudicándole un rol que no
le corresponde. Son los que a sí mismos se conceden

142
de modo arbitrario la capacidad de «crear» sus pro-
pias leyes, lejos del recto sentir moral 62•
Entendámoslo bien. N o es el diálogo del hombre
consigo mismo lo que fundamenta el recto juicio de
la conciencia. Es la ley divina, y solo ella, la que ilu-
mina la conciencia y hace rectos sus juicios. San
Buenaventura lo explica muy bien: «La conciencia
es como un heraldo de Dios y su mensajero, y lo que
dice no lo manda por sí misma, sino que lo manda
como venido de Dios, igual que un heraldo cuando
proclama el edicto del rey. Esto deriva del hecho de
que la conciencia tiene fuerza de obligar» 63 • Así lo
entendió Ana, y no se equivocó.

Formar la conciencia

Como hemos visto, Sergey, el protagonista de


Crimen y Castigo se equivocó. Su conciencia no es-
taba bien formada. Lleno de remordimientos sufría,
pero tardó mucho en aceptar la tropelía que había
cometido. Se buscó una excusa, y al no encontrarla
intentó echarle la culpa a la viejecita; en realidad, no
era sincero consigo mismo. Estaba plenamente con-
vencido de que el fin justifica los medios. Por eso se
decía: si quito a la vieja de en medio habré realizado
una buena acción. Es evidente que tenía una con-
ciencia errónea, necesitaba formación.
«La lámpara del cuerpo es el ojo. Por tanto, si tu
ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado; pero

62 Cf. Ene. Veritatis splendor, n.54.


63 San Buenaventura, Libro segundo de las Sentencias, 39, a.l, q.3.

143
si tu ojo es malo, todo tu cuerpo estará en tinieblas.
Y si la luz que hay en ti son tinieblas, cuán grande
será la oscuridad» 64, enseña el Maestro. La lámpara
que ilumina el alma es la conciencia. Si está encen-
dida, o lo que es igual bien formada, iluminará la
voluntad y nos empujará por la senda del bien. Pero
si no tiene luz, si no está formada, andaremos a os-
curas, perderemos el norte de la vida. De ahí la im-
portancia de educar y formar bien la propia concien-
cia, para que una vez conocida la verdad podamos
obrar con rectitud. No olvidemos que cada hombre
por estar dotado «de razón y voluntad libre y, por
tanto, enaltecido con una responsabilidad personal,
tiene obligación moral de buscar la verdad [... ], de
adherirse a la verdad conocida y ordenar toda su
vida según las exigencias de la verdad» 65 •
N o intentemos cubrir las malas acciones con el
velo de una falsa dignidad. J. H. N ewman, con cierta
ironía, comenta que algunos intentan «dignificar el
pecado con nombres elegantes: a la avaricia se la de-
signa como cuidado de la familia o de la empresa; al
orgullo se le llama independencia; a la ambición, gran-
deza de espíritu; al resentimiento, amor propio y
sentido del honor; y así sucesivamente» 66 •
No confundamos los términos. El que quiera ma-
durar aprisa, ha de llamar a las cosas por su nombre.
Y lo hará en la medida que forme bien su conciencia
y actúe con sinceridad. Lo cual exige actuar sin ta-
pujos, sin ambigüedad. Eso supone tener una visión

64 Mt 6, 22-23.
65 Conc. Vaticano 11, Decl. Dignitatis humanae, n. 2
66 Card. J. H. Newman, Senn6n del Dom. 1 de Cuaresma.

144
clara de la realidad, conocer los porqués de las co-
sas, imprescindible para no errar al juzgar, como les
ocurrió a los amigos de Juanito. Cuando el juicio de
la conciencia depende del sentimiento, evidentemen-
te nos exponemos a equivocarnos. Se da entonces
por cierto lo que tan solo aprecian los sentidos, se
valora y ensalza lo que no es sino puramente subjeti-
vo. La pauta de nuestra actuación ha de ser la ver-
dad, el bien objetivo, del que procede la rectitud de
la conciencia.
De otra parte, no se ha de perder de vista la estre-
cha relación que existe entre razón humana y volun-
tad divina. Somos seres racionales, y esto quiere de-
cir que cada uno tiene capacidad para valorar la
razón de bien o de mal que presenta un acto huma-
no. El hombre descubre por medio de su razón la
rectitud de su juicio moral a la luz del querer divino.
Al llegar aquí nos topamos con un dilema: ¿qué es
más importante, conocer la voluntad de Dios o que-
rerla? Tanto el conocer como el querer son impres-
cindibles. No obstante, existe un orden de priorida-
des, de manera que una de estas dos acciones debe
preceder a la otra.
Veamos por qué. Nadie podría adherirse libre-
mente al querer de Dios si antes no tuviera un míni-
mo conocimiento sobre lo que le pide. Supongamos,
por ejemplo, que deseamos ver una película la noche
del sábado. Nos resultaría difícil acertar en su elec-
ción si no tuviéramos una idea aproximada del argu-
mento, de quién es su director y de los actores que
intervienen. Cuando es posible se pide consejo a una
persona experta, de criterio; pero aun así es la volun-
tad de cada cual la que decide si la ve o no. Somos

145
libres para decidir, y por eso también responsables
de lo que decidimos. En el caso de la película, la in-
formación o conocimiento precede a la decisión de
la voluntad. Con esto se confirma que no es posible
querer lo que no se conoce.
Algo parecido sucede cuando queremos ajustar el
juicio de la conciencia al querer divino. En primer
lugar, es obvio que habrá que empezar por saber lo
que Él nos pide, y una vez conocido vendrá el acep-
tarlo. Aunque sólo se conozca de modo general y no
en todos sus términos, sabemos que hemos de poner-
lo en práctica sin dilaciones. Si no, cada uno acaba-
ría haciendo lo que le viniera en gana. Por eso, lo
más razonable una vez conocida la voluntad de Dios,
es fiarse de lo que se nos dice y ponerlo por obra. En
esta decisión, junto con la voluntad, juega un papel
importante el corazón. No olvidemos que el corazón,
movido por el amor, posee un grado de agudeza in-
telectual extraordinario. Lo afirmaba Pascal al decir
que «hay razones que sólo el corazón entiende». No
es que el corazón por sí mismo tenga capacidad para
enjuiciar la rectitud moral de un acto. Pero qué duda
cabe que puede hacerlo más comprensible y, por tan-
to, más humano.

Pautas de aprendizaje

• Juzgar con realismo. La arbitrariedad en los


juicios, la falta de objetividad, se debe la mayoría de
las veces a improvisación o imprudencia. Es preciso
aprender a juzgar no por las apariencias, sino por la
verdad. Y para esto se han de examinar los asuntos

146
con detenimiento y estudiarlos en profundidad. Cuan-
do hay rectitud y uno no se rige por sus instintos es
fácil que el juicio que emita sea certero.
• No echar la culpa a los demás. Sucede cuando
uno no quiere hacerse responsable de sus actos y tra-
ta de endosar las consecuencias negativas a los de-
más. Es lo más cómodo, pero no lo más justo. Casi
siempre ocurre por falta de prudencia, por no contro-
lar una reacción impulsiva, precipitada. Es preciso
aprender a aceptar los propios errores, y reconocién-
dolos sacar experiencia de ellos. A la vez hay que es-
forzarse por valorar las virtudes del prójimo, sin de-
nigrarles por sus defectos.
• Reconocer lo que se hizo mal. Los fallos y erro-
res se han de aceptar con prontitud, sin enmascarar-
los ni buscar justificaciones. El que los excusa y no
los reconoce se expone a perder el ritmo, a no crecer
en madurez. Y para ello se ha de escuchar la voz de
la conciencia, que en cada momento impulsa a hacer
el bien y a evitar el mal.
• Rectificar con prontitud. No basta con recono-
cer los fallos; hay que aprender a rectificar con pron-
titud: no mañana, cuanto antes mejor. Aplazarlo sin
motivo justificado entorpecería la madurez que se
desea alcanzar. Se gana en sencillez y sabiduría
cuando humildemente se agacha la cabeza y se pide
perdón por lo que se hizo mal.
• Pedir consejo. Al que por su prudencia y recti-
tud pueda darlo. Es señal de inteligencia, de madu-
rez. Fiarse del propio criterio es una imprudencia,
sobre todo cuando la conciencia se queda a oscuras
por influjo de las pasiones. De otra parte, el consejo
ha de ser recibido con la sana intención de ponerlo

147
en práctica, conscientes de que nos permitirá ganar en
objetividad.
• Aceptarse a sí mismo tal como se es. No sólo
para aceptar las propias deficiencias, sino para sa-
carle partido a los dones recibidos y poder servir con
ellos a quienes nos rodean. Es éste un buen ejercicio
de higiene mental: por cuanto clarifica la conciencia,
purifica el corazón y abre el espíritu a la gracia de
Dios.
• Dedicar tiempo al estudio. Un tiempo fijo, si
pudiera ser diario, para adquirir criterio, para formar
la conciencia. Con la convicción de que es el medio
más indicado para hacer frente al influjo de modas y
costumbres que, por su especial virulencia, resultan
corrosivas.

3. Asegurar el criterio

Junto a la finura de conciencia, conviene asegurar


el criterio si se quiere llegar a la madurez adulta. El
que goza de criterio seguro sabe bien adonde va y
qué medios debe emplear para conseguirlo. Será di-
fícil que pierda el norte de su vida, que se deje llevar
por criterios erróneos. La palabra criterio procede
del griego criterion, que significa juicio, discerni-
miento. Indica la norma, la regla o medida que per-
mite conocer la verdad y distinguir entre dos o más
alternativas.
Es lo que sucede, por ejemplo, cuando se quiere
saber si una joya ha sido fabricada con oro de ley o
no. Para discernido pueden seguirse dos criterios. El
primero y más inmediato consiste en aplicar el lla-

148
mado criterio de certeza. La joya en cuestión se so-
mete a una prueba técnica para confirmar si fue con-
feccionada con oro auténtico. Pero cabe seguir tam-
bién otro, el denominado criterio de confianza. En
este caso se parte de la confianza que nos merece la
persona que quiere vendernos esa joya; se confía en
ella por su honradez, rectitud y profesionalidad. Es
claro que en uno y otro caso el criterio se convierte
en la medida o regla que nos permite distinguir lo
verdadero de lo falso.

La verdad como referente

El criterio confirma la verdad de aquello que que-


remos conocer. Ahora bien, como no siempre estare-
mos en condiciones de aplicar una prueba técnica,
tendremos que fiarnos, como en el caso de la joya,
de la honradez, rectitud y credibilidad de quien lo
afirma. Si esto es lo normal en el plano natural, tam-
bién lo es en el sobrenatural. Un hombre de fe posee
el criterio de la verdad. Esto le permite dar el salto
de lo conocido a lo desconocido, de lo humano a lo
divino. Si decimos que nos fiamos de una persona
que nos merece credibilidad, con mayor razón habrá
que fiarse de Dios, por poseer la verdad en plenitud,
sin ganga ni adulteración. Fiarse de su palabra nos
permite distinguir lo verdadero de lo falso, lo abso-
luto de lo relativo, lo esencial de lo accidental.
En consecuencia, fiarse de Dios es tanto como
caminar en la verdad, y por ello alejarse del escepti-
cismo. Escéptica, se dice, es la persona que vive en
perpetua desconfianza. Para ella la verdad no existe,

149
y si existe dice que es incapaz de conocerla. De ahí
su inseguridad, y ese bascular de continuo entre la
vacilación y la duda. Le cuesta un Potosí decidirse
por algo, y más cuando se trata de comprometerse
de forma firme e irrevocable. Caerá en la ambigüe-
dad, pospondrá o aplazará lo que por no entrar en su
mente es incapaz de comprender. Suspenderá así
su juicio con un «no sé», «no estoy segura». Y al
costarle sopesar los pros y contras cuando los asun-
tos son de cierta trascendencia, su eclecticismo le
impedirá tomar partido y se abstendrá cuando debe-
ría actuar de modo responsable.
El que se fía de Dios goza de criterio seguro.
Y porque no tiene temor a equivocarse puede decir:
«yo sé». Y así es: lo sabe porque se rige por la ver-
dad, que le permite discernir con objetividad sobre
la bondad o la maldad de una acción, sobre un vicio
o una virtud. No duda al tomar sus decisiones, con-
vencido de que al seguir la voz de su conciencia
bien formada está en condiciones de acertar. Por
esto, con flexibilidad sabe aplicar en cada caso el cri-
terio oportuno, calibrando lo que pueda ayudarle a
crecer y desarrollarse como persona de aquello otro
que puede rebajarle. No obstante, no se recrea en sus
criterios porque sabe que no le pertenecen en exclusi-
va. Respeta los criterios de otros, tolera las opiniones
erróneas aun cuando no las comparta. Actúa en todo
con prudencia y moderación, teniendo como norte de
su actuación la luz de la verdad, rigiéndose por su
conciencia y no por sus sentimientos.
Asegura el criterio en consecuencia el que busca
en todo la verdad y es coherente con ella. Una perso-
na así no dice hoy una cosa y mañana, por capricho,

150
hace la contraria. Respeta sus compromisos, adminis-
tra su libertad con justicia y responsabilidad, sobrepo-
niéndose al vaivén de sus pasiones y a las corrientes
de moda o al bombardeo de los eslóganes publicita-
rios. Por ser verdaderos, sus juicios son rectos y pon-
derados. Actúa con personalidad, de acuerdo con sus
convicciones. Por respeto a la verdad hace lo que
debe hacer y sabe callar cuando las circunstancias se
lo aconsejan. En ningún caso se echa atrás cuando se
trata de defender la verdad o de asumir sus responsa-
bilidades.
Hoy todos buscamos referentes fiables, personas
de criterio que encarnen en su vida la honradez que
pregonan. Aunque resulte difícil encontrarlas, existen.
No hay que ir a buscarlas en otras galaxias. Si afina-
mos la vista las encontraremos probablemente cerca
de nosotros: en el trabajo o en la familia, en el club so-
cial o en la peña de amigos. Son esas gentes sencillas,
corrientes, que gracias a su madurez y sentido del
equilibrio da gusto tratar con ellas. Actúan sin llamar
la atención, se las ve ponderadas, tienen criterio. En lo
humano se guían por la lealtad, la sinceridad y cohe-
rencia de vida; en lo divino, por la fidelidad a los
preceptos divinos. Su solidez interior es un auténtico
revulsivo para cuantos se debaten entre la duda y la
vacilación, entre el creer y el desconfiar. Han logra-
do su criterio por medio del estudio y la reflexión, y
por supuesto por el cultivo de las virtudes. No son
personas que se queden en teorías. Van al fondo de
las cosas: se conocen a sí mismas, pelean sin desma-
yo contra el desorden de las pasiones. Y porque con-
fían en Dios, actúan con rectitud, convencidos de que
cuanto les ocurra será para su bien. Toda una lección

151
para aquellos que se dejan llevar por el escepticismo,
la intemperancia o el fanatismo.

¿Qué criterio seguir?

A veces no es fácil saberlo. Aun con buena vo-


luntad, por cansancio podemos dejarnos llevar de lo
que nos resulta más cómodo. En el Evangelio hay un
ejemplo que puede servirnos de referente a la hora
de saber qué criterio seguir. Se trata del episodio del
joven rico 67 • Aquel chico que, tras escuchar las pala-
bras del Rabbí de N azaret y sentirse atraído por sus
enseñanzas, le pregunta: «Maestro, ¿qué he de hacer
de bueno para conseguir la vida eterna?» Jesús lo
mira con cariño, advierte en él la sinceridad de su
pregunta. Tal vez hasta entonces nadie le había dado
una respuesta convincente. Pero le urgía dar con un
criterio fiable que le permitiera alcanzar la vida eter-
na. No podía exponerse a errar.
Jesús, que ha escuchado con atención su pregunta,
para su sorpresa le responde con otra pregunta: «¿Por
qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el
Bueno». Jesús reconduce la pregunta de este chico y
la eleva al Sumo Bien, a la Suma Bondad. Sólo Dios,
en efecto, como supremo legislador podía contestar-
la correctamente. De ahí que le responda: «Si quie-
res entrar en la Vida, guarda los mandamientos». Del
contexto de este diálogo se desprende que Jesús ha
quedado admirado de la sencillez y deseos de mejo-

67 Cf. Mt 19, 16-21.

152
ra de este muchacho. Pero, ¿comprendió él lo que el
Maestro le decía?
El criterio que le da no podía ser más claro: «Si
quieres entrar en la Vida, guarda los mandamien-
tos». En realidad es todo cuanto se necesita para ser
feliz. «¿Y cuáles son esos mandamientos?», vuelve a
preguntar. Jesús le responde: «No matarás, no come-
terás adulterio, no robarás, no levantarás falso testi-
monio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu
prójimo como a ti mismo». Son, como se ve, los
mandamientos correspondientes a la segunda tabla.
Como según él los había guardado desde su juven-
tud, insiste: «¿Qué más me falta?» Jesús, mirándole
a fondo, le responde: «Si quieres ser perfecto, anda,
vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás
un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme».
Un criterio de lo más coherente. Si Dios se identifi-
ca con el bien y la verdad, la máxima aspiración del
hombre debería ser poseerlo en plenitud. Todo lo de-
más, en su comparación, nada vale por no ser capaz de
llenar los anhelos de felicidad del corazón humano.
Este muchacho no parece comprenderlo. Apegado a
sus riquezas, rechaza la invitación del Maestro. El fi-
nal no puede ser más triste: agacha la cabeza y se
marcha por donde vino. No ha aceptado el tesoro que
Jesús le ofrece. Prefiere cambiar la certeza por la
apariencia, quedarse con la bisutería en lugar de elegir
la perla preciosa que tenía ante su vista. Por estrechez
de miras elige la comodidad a la entrega, el egoísmo a
la generosidad. Tal vez se produjera en su interior un
forcejeo entre el dar desprendido, al que Jesús le invi-
taba, y el retener egoísta de su ambición. Se inclina
por lo fácil, sucumbe a la seducción de la riqueza. Más

153
adelante comprobaría que «su criterio» fue erróneo.
¿Le remordería la conciencia? Probablemente. ¿Acaso
podía sentirse tranquilo cuando poco antes había mos-
trado sentimientos tan profundos de mejora?
Al referirse a este pasaje evangélico, comenta Juan
Pablo 11: «El interlocutor de Jesús intuye que hay
una conexión entre el bien moral y el pleno cumpli-
miento del propio destino ... ». Su coloquio con el
Maestro «nos ayuda a comprender las condiciones
para el crecimiento moral del hombre llamado a la
perfección: el joven, que ha observado todos los
mandamientos, se muestra incapaz de dar el paso si-
guiente sólo con sus fuerzas. Para hacerlo se necesi-
ta una libertad madura ("si quieres") y el don divino
de la gracia ("ven, y sígueme").
»La perfección exige aquella madurez en el darse
a sí mismo a que está llamada la libertad del hom-
bre. Jesús indica al joven los mandamientos como la
primera condición irrenunciable para conseguir la
vida eterna; el abandono de todo lo que el joven po-
see y el seguimiento del Señor asumen, en cambio,
el carácter de una propuesta: "Si quieres ... ". La pala-
bra de Jesús manifiesta la dinámica particular del
crecimiento de la libertad hacia su madurez y, al
mismo tiempo atestigua la relación fundamental de
la libertad con la ley divina. La libertad del hombre
y la ley de Dios no se oponen, sino, al contrario, se
reclaman mutuamente» 68 •
Sin un criterio seguro resulta difícil acertar en lo
que se debe hacer. Pero a la vez, es necesario que la

68 Juan Pablo 11, Ene. Veritatis splendor, n. 17.

154
voluntad se decida libremente por el bien verdadero,
puesto que la fuerza de la pasión puede cegar y ha-
cernos errar a la hora de elegir. Es lo que le pasó al
joven rico. Replegado sobre sí, apasionado por sus
riquezas, no siguió la voz de su conciencia. Aunque
preguntó, en realidad no quiso fiarse del criterio que
Jesús le daba; prefirió guiarse por sus sentimientos.
En consecuencia, al no aceptar el criterio que le daba
el Maestro, no encontró otra vía de escape que la que
le proporcionaban sus sentidos. De ahí que obrara a
la ligera, sin discernir ni ponderar las consecuencias
de su decisión. Por inmadurez de juicio, en lugar de
amar la verdad prefirió quedarse con su mentira.

Ideas madres

La madurez bien entendida no consiste en atibo-


rrarse de «criterios». Puede correrse el riesgo de que
éstos se vuelvan inoperantes. Los criterios han de ser
pocos pero sólidos. Si no, pueden llegar a paralizar y
crear desconcierto. Algo de esto le sucedió al inge-
nioso hidalgo de la Mancha. La lectura continua y mal
digerida de libros de caballería acabó secándole el
cerebro. Sin criterio y lanzado a la causa de unos idea-
les que creía justos, acabó por perder el juicio. En su
demencia llega a confundir los molinos de viento de
aquellos campos manchegos con los enormes gigan-
tes creados por su fantasía. Perdido el juicio, y tam-
bién el criterio, se convierte muy a su pesar en el
hazmerreír de todos.
Bueno será aprender de las experiencias ajenas.
Ni demasiadas ideas, que pueden hacernos enloque-

155
cer, ni tan pobres y escasas que nos conviertan en
unos ingenuos. El verdadero criterio no se ha de con-
fundir con la rigidez, que encorseta la vida del espí-
ritu y da alas al libertinaje. El buen criterio estimula
el pensamiento, facilita la reflexión, hace a la perso-
na comedida. Poco tiene que ver con el mucho cavi-
lar, que no pocas veces llena el alma de indecisión y
lleva a la esterilidad. Las ideas que abonan el buen
criterio no deben desgajarse de la verdad, de lo con-
trario alimentarían rebeldías y fanatismos.
Para obviar este serio peligro es importante tener
siempre a mano unas cuantas «ideas madres», que
como principios operativos faciliten pensar de modo
correcto y actuar con seguridad. Las «ideas madres»
dan consistencia al entramado intelectual de la per-
sona, le permiten actuar con coherencia. El hombre
o la mujer de criterio saben muy bien lo que quieren
y adonde van. Están por esto a resguardo de la pasi-
vidad del perezoso o del alocado activismo del com-
pulsivo. El tener unas cuantas «ideas madres» no es
patrimonio exclusivo de unos cuantos superdotados,
de gentes de un talento excepcional. No. Si así fuera,
pocas serían las personas de criterio. Las «ideas ma-
dres» las puede adquirir cualquiera mediante el estu-
dio y la reflexión, acudiendo al consejo de quienes
tienen experiencia y buena doctrina. Pero atención,
porque el consejo, por bueno que sea, no quita la res-
ponsabilidad personal; es eso, consejo, que ha de ser
discernido con prudencia.
Así procedió el Maestro cuando aconseja al joven
rico: «Si quieres entrar en la Vida, guarda los man-
damientos». Le recuerda el criterio que debía seguir.
Pero era él quien debía aceptarlo; y si lo aceptaba

156
había de cambiar de chip, de modo de pensar y obrar,
y eso evidentemente le suponía dar un giro coperni-
cano a su vida. Debía decidirse o por las riquezas
que poseía o por el amor a Dios que Jesús le propo-
nía. Se decantó por las riquezas, en realidad buscaba
un criterio a su medida. Con la cabeza parece perci-
bir la verdad, pero acaba traicionándole su corazón.
Los sentimientos se impusieron a la razón. Quería
hacer compatible la entrega al Señor con su ambi-
ción. Tal egoísmo le cierra las puertas al Amor. Te-
nía aún mucho que madurar; carecía de ideas ma-
dres, debía educar su voluntad.
Cuando estas «ideas madres» se apoyan en la fe y
las mueve el amor, se juzga con objetividad, se tiene
una visión certera de las cosas. Luego vendrá la apli-
cación de esos principios operativos a cada situación
concreta. Para lo cual se han de discernir previamen-
te los pasos que se han de dar. Es decir, se ha de co-
nocer la realidad de los hechos, sopesar las circuns-
tancias, barajar las diversas alternativas. Proceder
así es ganar en realismo, considerar los asuntos con
objetividad, avanzar con cautela sin dejarse llevar de
la precipitación o de un falso optimismo.

El riesgo de la ignorancia

El mayor enemigo del buen criterio es la ignoran-


cia. Por ignorancia se hacen cosas que están mal
pensando que son estupendas. De ahí la urgencia de
salir de la ignorancia para no caer en comportamien-
tos ambiguos o, por falta de criterio, condescender con
errores de bulto. Es preciso, como personas maduras,

157
tener a mano esos principios operativos que hemos
llamado «ideas madres» y que pueden servir como re-
ferentes en momentos de apuro. Se queda uno así
bien pertrechado frente a teorías o planteamientos que
atraen por su vitola de modernidad, pero que conside-
rados de cerca se ve que son nefastos.
Por un elemental sentido de la prudencia se ha de
estar vigilantes, porque bajar la guardia en algo tan
fundamental es hacer el juego a los sembradores de
discordias. Para esto, lo más indicado es reforzar la
propia formación, estudiar los asuntos con calma y
profundidad, sin caer en la superficialidad. El hom-
bre y la mujer de convicciones seguras pueden ayudar
a quienes tienen a su alrededor a ganar en criterio
para que salgan de su ignorancia. No podemos que-
dar pasivos contemplando la osadía de quienes con-
taminan las costumbres y tratan de imponemos crite-
rios partidistas.
Ya en la antigua Grecia se preguntaba Protágo-
ras sobre la virtud más idónea para que una ciudad
pudiera existir como tal. «Si existe y es algo único
-contestaba-, no se trata de la carpintería ni de la
técnica metalúrgica ni de la alfarería, sino de la justi-
cia, de la sensatez y de la obediencia a la ley divina,
y, en resumen, esto como unidad es lo que proclamo
que es la virtud del hombre» 69 • Y con el fin de con-
trarrestar la ignorancia, añadía que a los que no go-
cen de esta virtud hay que enseñársela. Porque no
todos los hombres nacen con la preparación sufi-
ciente para participar en la vida política o social, en

69 Protágoras, 324e-325".

158
el cuidado de la cosa pública; pero pueden aprender-
lo a condición de que tengan buenos maestros. Pro-
tágoras fue coherente. Dedicó su vida a enseñar a
quienes vivían sumergidos en la ignorancia.
Seguramente hoy aquel buen maestro tendría que
dar clases a destajo. En especial a los que, teniéndo-
se por sabios, desconocen los principios más ele-
mentales de la ética o la moral. Es evidente que las
consecuencias pueden llegar a ser graves, tanto para
los ciudadanos como para la sociedad en su conjun-
to. El hombre y la mujer de criterio rechazan las me-
dias tintas, se sienten incómodos con la ambigüedad.
A la ignorancia, cualquiera que sea, responden con
la verdad, sin discusiones ni acaloramientos. No per-
miten que se avasalle a otros, y menos que alguien
trate de imponerles su ideología. Ante un atropello
así no se puede transigir. Y esto aunque se diga que
lo verdaderamente «democrático» es lo que opina la
mayoría. Pero, ¿cuándo ha sido la mayoría creadora
de la verdad? ¿Acaso no fue Cristo condenado -él
que era la Verdad- por seguir Pilato la opinión de
la mayoría del pueblo que pedía la condena de un
inocente? No. Sin respeto por la verdad, el poder y
la misma justicia degeneran en anarquía.

Formar el criterio

No se puede consentir que se juegue con la ver-


dad. La ignorancia, antes y ahora, puede causar es-
tragos. Por esta razón es tan importante formar bien
el criterio. Sin él es muy difícil escapar a la presión
del ambiente. Por justicia, por lealtad, hemos de ser

159
un referente fiable para quienes se encuentran más
indefensos y desprotegidos. Se ha de actuar con rec-
titud, en tono amistoso y conciliador, exponiendo el
criterio que se considere más adecuado, sin apabullar,
sin zaherir, con la fuerza de la razón. A la ignorancia
se ha de responder con el rigor de la argumentación,
sin apasionamiento ni rencor.
Y para esto es preciso formar bien el criterio. Así
lo recomendaba Protágoras. Con estudio, con re-
flexión, para formar el juicio y actuar con pondera-
ción. De ahí procede el amor por la justicia, la sensa-
tez y la prudencia. Son los presupuestos necesarios
para madurar por dentro, para disponerse a escuchar
la voz de la propia conciencia. Sin la preparación
adecuada, sin la ciencia debida, ni el juicio moral se-
ría certero ni justas y ponderadas las decisiones. Lo
cual obliga a sacar cada día un tiempo para el estu-
dio, con el fin de ganar en conocimiento ético y mo-
ral (bioética, ecología ... ), junto al bagaje cultural ne-
cesario que se adquiere a través de la lectura de
obras clásicas de literatura o de historia.
El que estudia y está al día, la persona de criterio,
enjuicia de modo crítico las noticias que le dan, ya
sea a través del periódico, la radio o la televisión.
Porque tiene criterio no se «traga» lo primero que le
dicen. Gracias a su madurez de juicio, distingue en
seguida el trigo de la cizaña. N o se escandaliza por
nada, pero tampoco se queda pasiva esperando que
otros actúen. Sabe poner los medios para sacar a
otros de su ignorancia. U nas veces será enviando
cartas a los periódicos, otras participando en encues-
tas televisivas, y si tiene oportunidad utilizando los
portales o páginas web de Internet para sembrar bue-

160
na doctrina. Contribuirá así a dar criterio, a hacer que
las personas tengan una visión más certera de sí mis-
mas y de cuanto les rodea; un camino asequible y
seguro, al alcance de todos.
Si importante es formarse un buen criterio en lo
humano, aún lo es más en lo que se refiere a la vida
del espíritu. Lo que uno aprendió en su casa o en la
escuela es un buen punto de partida; mas para alcan-
zar una madurez adulta es preciso ahondar en la fe,
conocerla y practicarla. En este sentido es muy útil
leer libros de buena doctrina sobre teología o temas
morales de actualidad. Es recomendable asimismo
conocer la vida de los primeros cristianos, así como
las vicisitudes de la Iglesia a lo largo de la historia.
Por su gran riqueza teológica no se puede olvidar el
Catecismo de la Iglesia Católica. Como compendio
sistemático y actualizado de la fe y de la moral es
extraordinariamente provechoso para afianzar las
verdades que se han de creer y las virtudes que se
han practicar. Los capítulos dedicados a la moral ayu-
dan a formar el criterio, a responder de modo cohe-
rente a los mil problemas que plantean las corrientes
laicistas del momento.
Nadie debería creerse suficientemente formado.
Es preciso estar al día, formar cada vez mejor la ca-
beza. Con estudio, con la ciencia debida, podremos
dar razón de nuestros propios actos y explicar el por-
qué de nuestras convicciones. Somos limitados, eso
es cierto; es más, podemos escasear en virtudes. Pero,
si tenemos buen criterio, seremos capaces de respon-
der al error con la verdad, a la arbitrariedad con la
coherencia.

161
Pautas de aprendizaje

• Dedicar tiempo al estudio. Poniendo empeño


se pueden destinar unos minutos diarios a la lectura
y al estudio. No podemos confiar en recibir ciencia
infusa. Para adquirir criterio es imprescindible saber,
tener capacidad de discernimiento, sin dejarse llevar
de las corazonadas ni de los ciegos impulsos.
• Aprender a discernir. Las decisiones se han de
tomar sin prisas, con sensatez, sin atolondramientos,
analizando bien los pros y contras de la acción que
se piensa realizar y discerniendo la conveniencia de
hacerla o no. El criterio, en este caso, es comprobar
si lo que nos mueve a obrar es de interés exclusiva-
mente personal o, por el contrario, redunda en bene-
ficio de los demás.
• Actuar con rectitud. No basta con querer hacer
el bien; es preciso descubrir con qué intención se
hace y qué consecuencias puede tener. Al estudio y
la reflexión se ha de añadir la petición de consejo, a
quien por su sabiduría y prudencia pueda darlo. Por
prudencia, en asuntos de cierta importancia no pode-
mos fiarnos del juicio propio.
• Ganar en amplitud de criterio. Se ha de partir
de un principio elemental: en todo lo que se hace se
debe buscar el bien general antes que el particular.
Con otras palabras: el bien común ha de preceder al
individual, la generosidad ha de primar sobre el egoís-
mo. En caso de duda, cuando no sepa qué hacer, hay
que dar preferencia a la necesidad ajena, que es bus-
car el bien del más desprotegido.
• Cultivar un sano sentido crítico. Esto es espe-
cialmente necesario a la hora de leer la prensa, escu-

162
char la radio o ver la televisión. Pecaríamos de inge-
nuos si nos creyésemos todo lo que nos dicen. La
persona de criterio pasa por el tamiz de la veracidad
cuanto ve o escucha.
• Fiarse de Dios, no de uno mismo. Esto obliga a
actuar en todo de acuerdo con los preceptos divinos,
o lo que es igual, a identificar la propia voluntad con
la divina. Seguir este criterio es garantía de eficacia,
obrar con certeza sin riesgo de engañarse o de ser
engañado.
• Evitar la acepción de personas. En especial
cuando se realiza un servicio. El criterio en este caso
está no en «quién me puede dar más», sino «a quién
puedo servir mejor». Minusvalorar a las personas,
bien sea por su grado de inteligencia, nivel económi-
co o creencias religiosas, es una grave injusticia.

4. Dominar la afectividad

Es éste otro de los grandes campos para el apren-


dizaje de la madurez. No por capricho, y menos por
imperativo de una determinada concepción moral. Lo
exige el carácter sexuado del hombre, que «abraza to-
dos los aspectos de la persona humana, en unidad de
cuerpo y alma». Y, como es natural, «concierne par-
ticularmente a la afectividad, a la capacidad de amar
y de procrear y, de manera más general, a la aptitud
de establecer vínculos de comunión con otro» 70 •
En una materia tan discutida y conflictiva como
ésta, se han de tener las ideas claras. Por no tenerlas,

° CEC, n. 2332.
7

163
se oyen frases del siguiente tenor: «¡Hay que ser va-
lientes y probar todo lo que te ofrecen! Si te gusta,
¿para qué desperdiciarlo?». «Déjate llevar por el co-
razón, no intentes controlarlo». «Si te mola, acepta
lo que te salga, ¿para qué resistirte?» «Aprovéchate,
da igual con quién y dónde: lo que importa es que lo
pases bien». «Como hay tan poca gente que te quie-
ra de verdad, ¡búscate la vida!». Como salta a la vis-
ta, son frases que denotan un empobrecimiento de la
personalidad, y como consecuencia un planteamien-
to errado de la afectividad.
U na afectividad mal orientada repercute en la
vida moral de la persona. Buena parte de las ansie-
dades, depresiones y trastornos que algunos experi-
mentan tienen su raíz última en una afectividad un
tanto desordenada. El que por falta de criterio deja
sueltos sus instintos y pasiones, lo normal es que se
venga abajo si no ve cumplidos sus deseos. Se le
dispara entonces el mal humor, aparece el nerviosis-
mo, y no pocos hasta sufren de insomnio o se vuel-
ven agresivos. Estas alteraciones del carácter no sólo
les afecta a ellos, sino también a quienes les rodean.
Son fuente de discusiones, riñas y altercados, que
como se comprueba a diario pueden desembocar en
violencia doméstica. Razón más que suficiente para
plantearse un aprendizaje correcto de la afectividad.

El papel de los sentimientos

El equilibrio afectivo depende en buena media del


dominio que se tenga sobre los propios sentimientos.
Se describen éstos como reacciones espontáneas ante

164
lo que se vivencia. Para la profesora Gaudín, autora
del libro Cerebro y afectividad, no se puede hablar
de los sentimientos sin tocar su fondo ético y su re-
lación con la felicidad. Por esto sostiene que la edu-
cación de los sentimientos no es una tarea marginal
sino nuclear en la vida del hombre. ¿Qué son, qué sig-
nifican? «Designan las emociones o impulsos de la
sensibilidad, que inclinan a obrar o a no obrar en ra-
zón de lo que es sentido o imaginado como bueno o
como malo» 71 • Se puede comparar al papel que ejer-
ce la inteligencia sobre la voluntad, y a fin de cuen-
tas sobre la corporeidad. Es fácil comprobar cómo
nos afectan corporalmente los sucesos y, a la vez,
cómo al experimentarlo el cuerpo incide en nuestro
estado de ánimo.
El hombre, en efecto, es un ser que siente porque
vivencia lo que le sucede. Cuando los sentimientos
no están bien educados, aparecen los conflictos sen-
timentales (con uno mismo o con los demás). La
mayoría de las veces la causa está en haber sido edu-
cados papa reprimir los sentimientos, no para mani-
festarlos, y menos en público. Esto se advierte de
modo especial en el varón. Desde niño se le dice que
«los hombres no lloran», y algunos observan además
que se emplea el estereotipo de raro y hasta de «afe-
minado» hacia el que muestra una especial sensibili-
dad artística.
Sí, los varones también tienen afectos; es más, les
afecta y mucho los sentimientos de los demás. De-
sean querer y ser queridos, aunque no saben cómo

71 lbfd., n. 1763.

165
hacerlo. También las mujeres dependen, y mucho, de
los afectos. Para la gran mayoría de ellas el primer
problema que les afecta es la falta de comunicación
afectiva con sus maridos o su pareja. Es corriente oír:
«no me habla», «no me entiende», «no me dice que
me quiere», «no se interesa por mí» ... Y acaban por
«tragarse» su afectividad sin poderla compartir.
El ser humano ha nacido para amar: siente que ama
y desea sentirse amado. Por este motivo resulta muy
difícil que una persona persevere en hacer el bien si
no encuentra gusto en lo que hace. Para Mackityre,
«una buena educación es, entre otras cosas, haber
aprendido a disfrutar haciendo el bien y a sentir dis-
gusto haciendo el mal. Si nadie toma las riendas, el
estilo emocional acabará en gran parte en manos de
las circunstancias, la moda o el azar». Quiere esto de-
cir que las dos facultades espirituales del alma -el
conocer y el amar- van acompañadas del senti-
miento. Por esto para la profesora Gudín, «los sen-
timientos no son una parte de la personalidad huma-
na que deba estar totalmente sojuzgada a la razón y
a la voluntad, son elementos útiles moldeables y edu-
cables ... Los sentimientos son buenos y positivos
cuando se adecuan a la realidad y tienden de modo
ordenado al bien que le es propio».
Ordenar los sentimientos es una tarea importante,
para amar apasionadamente aquello que lo merece,
y para detestar con fuerza lo que debe ser rechaza-
do. No cabe el amor a un hijo sin que esté lleno de
ternura, como no se puede decir que se quiere al pa-
dre o a la madre si no se siente su falta cuando falle-
cen. Por medio de la inteligencia y de la voluntad es
posible regular los sentimientos de dolor o de triste-

166
za, de gozo o de alegría, de esperanza o desánimo. Por
tanto, si queremos madurar y ganar en humanidad, se
han de potenciar los sentimientos, no eliminarlos.

Las pasiones

A los actos del apetito concupiscible y del irasci-


ble se les denomina pasiones. Porque la persona que
las sufre o «padece» se siente fuertemente atraída por
el objeto que desea o aquel que la imaginación o fan-
tasía le presenta. Santo Tomás, siguiendo a Aristóte-
les, llega a distinguir hasta once tipos de pasiones:
seis del apetito concupiscible y cinco del irascible 72 •
Con ser muchas las pasiones, hay una que como
vimos está por encima de todas: la del amor. Suele
definirse como «la atracción que el bien despierta.
Cuando el amor es auténtico, causa el deseo del bien
ausente junto con la esperanza de obtenerlo. Este
movimiento culmina en el placer y el gozo del bien
poseído». Por el contrario, y en el extremo opuesto,
está el odio. No es sino «la aversión y el temor ante
el mal que puede sobrevenir. Movimiento que cul-
mina en la tristeza a causa del mal presente o en la
ira si se opone a él» 73 •
Ha de tenerse en cuenta, además, que las pasio-
nes no son inclinaciones o tendencias, sino actos del
apetito concupiscible o irascible. En esto coinciden

72 Del concupiscible: amor y odio, deseo y horror, gozo y tristeza;

del irascible: esperanza y desesperanza, audacia y temor, ira (cf. S. Th.


1-2 q. 23, a.4; 1-2 qq. 26 a 48).
73 CEC, n. 1765.

167
las pasiones con los sentimientos. Ninguno de ellos es
denigratorio para la persona. Al contrario: son «com-
ponentes naturales del psiquismo humano, constituyen
el lugar de paso y aseguran el vínculo entre la vida
sensible y la vida del espíritu. Nuestro Señor señala
el corazón del hombre como la fuente de donde bro-
ta el movimiento de las pasiones (cf. Mac 7,21)» 74 •
Algunos, sin embargo, consideran la afectividad
como un elemento negativo de la personalidad. Sobre
todo por suponer que una pasión vehemente puede
dar al traste con una vida virtuosa. Y por este prejui-
cio niegan a las pasiones el estatuto que les corres-
ponde. Otros incluso consideran como un ideal mo-
ral la indiferencia estoica, traducida por un elegante
«saber estar», propio de ciertas corrientes puritanas.
Tienen miedo en el fondo a que la afectividad inva-
da el campo de lo racional, o lo que viene a ser
igual: que el corazón se convierta en motor de la vo-
luntad. Por esto, dicen, lo mejor es hacer callar al
corazón. Relegados así los afectos al plano de lo pa-
sional, tratan de etiquetarlos como componentes ne-
gativos del psiquismo humano.
N o entienden que la madurez es perfección, y que
exige el desarrollo armónico del hombre, en todas
sus potencialidades, incluidos los afectos y su mismo
corazón75 • Una persona de corazón duro e intransi-
gente, demuestra ser poco humana, es como si tuvie-

74 lbfd., n. 1764.
75 Para una mejor comprensión del papel que juega el corazón en la
afectividad humana, puede ser útil consultar la obra de D. von Hilde-
brand, El corazón, Palabra, Madrid 1996; y Amar «con todo el corazón»,
de J. M. Yanguas, Romana (enero-junio 1998), núm. 26, pp. 144-157.

168
ra mutilada su personalidad. Los errores modernos
sobre la afectividad parten, por lo general, de un pre-
juicio psicológico del todo anacrónico. Se inspiran
en la antigüedad clásica. Tanto Platón como los es-
toicos consideraban la afectividad como un elemen-
to negativo de la personalidad; por esto definían las
pasiones como actos desordenados del apetito sensi-
ble. En cambio, santo Tomás lo ve desde otro punto
de vista. Él habla de las pasiones como algo positi-
vo, imprescindibles para la vida del hombre.
En sí mismas, como los sentimientos, las pasio-
nes no son ni buenas ni malas, depende de cómo se
orienten. Hay que contar con ellas. No sólo influyen
en nuestra vida espiritual, sino que son también un
componente importante de la fisiología humana. Gra-
cias a ellas experimentamos temblor, sudor, acelera-
ción del pulso ... Movimientos corporales que advier-
ten cuando se da una determinada anomalía en el
organismo, que de no corregirse a tiempo puede da-
ñar seriamente la salud.
Las pasiones cooperan además en la realización
del bien. Como parte del psiquismo humano ni se
pueden devaluar ni se deben suprimir. Otra cosa es
que la afectividad se deba ordenar para potenciar la
capacidad de amar y ponerla al servicio del próji-
mo. «Los que ridiculizan el amor humano -escribe
C. S. Lewis- califican de sensiblería y de senti-
mentalismo casi todo lo que sus padres decían en
elogio del amor; están siempre escarbando y ponien-
do al descubierto las raíces sucias de nuestros amo-
res naturales. Pero pienso que no debemos escuchar
ni al «supersabio» ni al «supertonto». Lo más alto
no puede sostenerse sin lo más bajo. Una planta tie-

169
ne que tener raíces abajo y luz del sol arriba, y las
raíces no pueden dejar de estar sucias. Por otro lado,
gran parte de esa suciedad no es más que tierra lim-
pia, siempre que se la deje en el jardín y no se espar-
za por la mesa del despacho» 76 •

Afectos y corazonadas

Cuando la afectividad se separa de la causa que la


produce, pierde su valor ético. Y esto por una razón
bien sencilla. Porque al desvincular los afectos de su
objeto quedan reducidos a una emoción pasajera.
Nadie podría perfeccionarse como persona si care-
ciera de un referente moral, si obedeciera tan solo a
sus impulsos sin importarle a donde le puedan llevar.
Suele ocurrirles, por ejemplo, a los que consideran
la existencia de Dios como un mito o, a lo más, como
un simple postulado. Las prácticas religiosas, la mis-
ma vida moral, las ven vacías de contenido. Con lo
que «las grandes y nobles realidades de la adoración,
la esperanza, el temor y el amor de Dios, tan íntima-
mente ligadas a la existencia de Dios, se degradan de
inmediato y quedan en un «mero» sentimiento» 77 •
Ocurre cuando la voluntad es sustituida por el
sentimentalismo. La voluntad deja entonces de ser rec-
tora de sus actos, y la verdad de los acontecimientos
dependerá de lo que se sienta. Se confunde con faci-
lidad amor con enamoramiento, querer con un mero
afecto. Y todos sabemos que no es lo mismo pren-

76 C.S. Lewis, Los cuatro amores, Ed. Rialp, Madrid 1991, p. 19.
77 V. Hildebrand, oc., p. 37.

170
darse de una persona por su físico, que amarla cuando
se la conoce. Lo instintivo, el afecto o la corazonada,
pueden acabar en el consabido «flechazo», pero como
la experiencia nos dice no siempre es garantía de
amor verdadero. Puede ser en todo caso como una
preparación, a causa del sentimiento que produce.
En un micro relato de Cesare Zavattini, titulado
El amor, refleja este autor el influjo de los sentidos y
de la afectividad en el psiquismo humano. Se sirve
de la historia de un chico joven al que, sin esperarlo,
hizo que le cambiara la vida un hecho en sí insignifi-
cante. Caminaba por la calle de una ciudad cuando,
de pronto y sin saber de dónde salía, oye las notas de
un vals. Descubre que proceden de uno de los pisos
de un edificio. Mira hacia lo alto y ve la silueta de
una chica vestida de amarillo que en ese momento
se asomaba al balcón. No la veía bien. Sólo pudo
apreciar que su vestido era amarillo. No supo cómo
ocurrió, pero el hecho es que en ese mismo momen-
to sintió el «flechazo» y se enamoró de ella. La chi-
ca se asomó al balcón porque se le había caído un
pañuelo a la calle. Él, al verlo, se apresuró a recoger-
lo y subió corriendo a entregárselo. Lo que después
sucedió, él mismo lo cuenta:
«La muchacha me esperaba en los últimos pelda-
ños de la escalera.
-Gracias -me dijo.
-¿Cómo te llamas? -le pregunté jadeante.
-Ana -me respondió. Y desapareció.
Le escribí una carta como nunca más he vuelto a
escribir otra en mi vida. Al cabo de un año era mi mu-
jer. Somos felices. A menudo viene a vemos María, la
hermana de Ana; se quieren y se parecen mucho. Un

171
día hablamos de aquella tarde de verano, de cómo nos
habíamos conocido Ana y yo.
Estaba en el balcón -contó María- y de repente
se me cayó el pañuelo. Ana estaba tocando el piano.
Le dije: -Se me ha caído el pañuelo. Alguien viene a
traérmelo. Ella, menos tímida que yo, fue a tu encuen-
tro y os conocisteis. Lo recuerdo como si fuera ayer.
Las dos llevábamos un vestido amarillo».

Este chico, como hemos visto, se enamoró al ins-


tante. Su enamoramiento se produce por aquel miró
y vio. Tuvo que pasar mucho tiempo hasta enterarse
que la chica que había visto en el balcón era distinta
de aquella otra que vio en la escalera y a la que le en-
tregó el pañuelo. A ésta la conoció, supo desde el
principio quién era. Pasado el tiempo se casó con ella,
por amor. El «flechazo» que había recibido al ver a
la primera, de la que únicamente vio el color de su
vestido, no pasó de un simple enamoramiento.
Las cosas son como son, con independencia de lo
que uno pueda sentir. Cada persona tiene un valor
escondido, difícil de apreciar por el mero sentimien-
to. La verdad, la belleza y el bien, despojados de su
ser, quedan reducidos a lo que «yo siento», a lo «que
me dicen los sentidos». Con lo que se produce una
inversión de la verdad, y hasta los mismos senti-
mientos se desnaturalizan. Algunos, como el amor,
el dolor o el sufrimiento, quedan en una simple ex-
periencia afectiva, en una emoción pasajera que se
siente y luego se olvida.
Madurar en la afectividad exige una escala distin-
ta de valores. Se trata de otorgar al corazón y a los
sentimientos su verdadero valor. Se evita así que el
corazón se «equivoque», que caiga en un vano sentí-

172
mentalismo. «Donde está tu tesoro -advierte el
Maestro-, allí estará tu corazón» 78 • Este criterio tan
sencillo además de ayudar a guardar limpio el cora-
zón puede ahorrar muchos sinsabores. De la bondad
del corazón -de su rectitud- depende la calidad
moral de los propios actos. Cuando los afectos están
bien ordenados enriquecen, ayudan a madurar más
aprisa. Pero nunca deben tomarse como rectores de
la vida moral. Sólo cuando son iluminados por la ra-
zón, el mismo corazón se hace «consciente» de la
bondad o maldad de sus deseos, e imperado por la vo-
luntad «amará» lo que de verdad debe ser amado.
Un hombre de la talla de Agustín de Hipona, el que
con el tiempo llegaría a ser uno de los más grandes
santos, debe su conversión a este descubrimiento.
De inteligencia preclara, vivió durante muchos años
cegado por el desorden de sus pasiones. En sus Con-
fesiones expresa con humildad sus luchas y reconoce
con sencillez sus errores. Un día, tras oír un sermón
de san Ambrosio en la catedral de Milán y movido
por la gracia de Dios, se convierte. Su gran corazón
y la pasión que sentía por la verdad le llevan a recti-
ficar. Pone orden en su mente, domina sus afectos,
se abre a la fuerza de la gracia. Más tarde, como fru-
to de su madurez de espíritu, exclama: «Nos has he-
cho, Señor, para ti e inquieto está mi corazón hasta
que descanse en ti». Tomando pie de estas palabras,
comenta Juan Pablo 11: «En esta inquietud creadora
late y pulsa lo que es más profundamente humano:
la búsqueda de la verdad, la insaciable necesidad del

78 Mt 6, 21.

173
bien, el hambre de libertad, la nostalgia de lo bello,
la voz de la conciencia» 79 •
Aunque las pasiones sean tan fuertes que puedan
desviarnos de nuestro fin, la gracia de Dios es mu-
cho mayor y con ella podemos rectificar. No olvide-
mos, y aquí reside nuestra esperanza, que el Señor
puede hacer de un pecador un gran santo. En la me-
dida, claro está, que se arrepienta y sea dócil a la
gracia. «Ama y haz lo que quieras». A esta conclu-
sión llega Agustín. Sí, amar a Dios con todo el cora-
zón es lo que importa. Un amor que libera, llena de
energía y hace verlo todo con optimismo.

La guarda del corazón

«Guarda tu corazón más que cualquier otra cosa,


porque de él brotan los manantiales de la vida», acon-
seja el libro de los Proverbios 80 • Sujetar el corazón,
dominar la afectividad, es camino seguro para crecer
por dentro y ganar en madurez. No resulta fácil. Lo
cómodo es ceder ante lo que atrae y encandila, flir-
tear con la tentación y dar pábulo a la sensualidad.
Es preciso esforzarse por guardar el corazón limpio,
porque dejarse esclavizar por las pasiones es caer en
el egoísmo, perder la sensibilidad ante la belleza, el
orden y la paz propios del alma enamorada. De tanto
manosearlo, el amor acaba convirtiéndose en sinóni-
mo de indecencia. No queramos envejecer nuestro
espíritu, emprendamos mediante la guarda del cora-

79 Juan Pablo 11, Ene. Redemptor hominis, n. 18.


80 Prov 4, 23.

174
zón el vuelo de los grandes ideales, esos que de ver-
dad atraen y llenan por dentro.
El corazón ha de ser custodiado con mimo, prote-
gido contra las malas inclinaciones. Para ello es
esencial el cuidado atento de los sentidos. Se consi-
gue no porque se tengan dotes o talentos especiales,
sino por medio de la virtud. Basta proponérselo,
puesto que la gracia de Dios no le falta nunca al que
se esfuerza por hacer lo que puede. Algunos se son-
ríen cuando se les habla de la guarda del corazón.
Ciertamente no es algo que esté de moda. Y por eso
se resisten a que se les hable de pureza o castidad.
Hay que ayudarles no obstante a descubrir la gran-
deza de esta virtud. Porque actuarían de otro modo
si se percatasen de la dignidad que tienen como per-
sonas.
Para guardar limpio el corazón y madurar en el
campo de los afectos, es preciso fortalecer la volun-
tad, en la convicción de que la virtud sólo puede al-
canzarse con esfuerzo y gracia de Dios. Como es ló-
gico, esto es más fácil si se conoce la grandeza del
hombre y su destino eterno. No hay que hacer caso a
los que, presumiendo de «progres», relegan la virtud
de la castidad a tiempos oscurantistas de épocas pa-
sadas. Las razones por las que en todos los tiempos
la persona de fe vivió la castidad son muy otras. Se
trata de un ejercicio de amor, consciente y volunta-
rio, por el que cada uno en uso de la libertad prefiere
vivir cara a Dios y mantener limpio su corazón. Por
supuesto que es una virtud que cuesta. Entre otras
cosas porque requiere una gran valentía para hacer
frente a las seducciones de la carne y a los mil recla-
mos de la sensualidad.

175
«La castidad -decía el pasado Concilio- impli-
ca un aprendizaje del dominio de sí, que es una pe-
dagogía de la libertad humana. La alternativa es cla-
ra: o el hombre domina sus pasiones y obtiene la paz,
o se deja esclavizar por ellas y se convierte en un
desgraciado (cf. Si 1,22). "La dignidad del hombre
requiere, en efecto, que actúe según una elección
consciente y libre, es decir, movido e inducido per-
sonalmente desde dentro y no bajo la presión de un
ciego impulso interior o de la mera coacción exter-
na. El hombre logra esta dignidad cuando, liberándo-
se de toda esclavitud de las pasiones, persigue su fin
en la libre elección del bien y se procura con efica-
cia y habilidad los medios adecuados" (GS 17)» 81 •
El domino de sí requiere, como hemos dicho, la
guarda de los sentidos, el control de la imaginación,
la firme decisión de huir de las ocasiones. Todo ello
sin aspavientos, con naturalidad. Es evidente que
quien pone los medios y lucha por mantenerse casto,
madurará y crecerá en amor auténtico, superando las
vanidades y reclamos de su egoísmo. Esto incumbe a
todos: solteros y casados, viudos y célibes, sacerdotes
y religiosos. Y también a los novios mientras dura el
noviazgo. Están llamados a respetarse mutuamente, en
la convicción de que como padres de sus futuros hijos
deben ofrecerles un amor limpio. Lo conseguirán si
son generosos y se entrenan en la fidelidad que un día
se prometerán para siempre. Las manifestaciones de
afecto propias de la unión conyugal, han de reservarlas
para el matrimonio, en apertura plena a la vida.

81 CEC, 2339.

176
El ejercicio sano de la castidad exige, de otra par-
te, el cultivo de dos virtudes importantes «que for-
man su cortejo -la modestia y el pudor-, que re-
sultan como su salvaguarda. N o paséis con ligereza
-nos aconseja quien tiene una larga experiencia de
dirección espiritual- por encima de esas normas
que son tan eficaces para conservarse dignos de la
mirada de Dios: la custodia atenta de los sentidos y
del corazón; la valentía -la valentía de ser cobar-
de- para huir de las ocasiones; la frecuencia de los
sacramentos, de modo particular la Confesión sacra-
mental; la sinceridad plena en la dirección espiritual
personal; el dolor, la contrición, la reparación des-
pués de las faltas. Y todo ungido con una tierna de-
voción a Nuestra Señora, para que Ella nos obtenga
de Dios el don de una vida santa y limpia» 82 •
Son todos ellos medios eficaces para guardar lim-
pio el corazón y llegar a la ansiada bienaventuranza.
«Bienaventurados los limpios de corazón porque
ellos verán a Dios» 83 • Son, en efecto, los limpios de
corazón los que pueden contemplar cara a cara la faz
de Dios. De ahí que exclamara el santo de Hipona:
«Mi corazón está inquieto hasta que descanse en ti».
Inquieto está cuando se siente acosado por la sensua-
lidad, por el egoísmo que ahoga el verdadero amor.
La inquietud se transforma no obstante en paz y ale-
gría cuando uno se decide a guardar sus sentidos,
cuando sujeta la imaginación y domina su fantasía.
Es lo que da alas al verdadero amor, lo que permite
al hombre olvidarse de sí mismo.

82 San Josemaría, Amigos de Dios, n. 185.


83 Mt 5, 8.

177
Pautas de aprendizaje

• Ordenar los sentimientos. Para purificarlos y


dirigirlos a su verdadero fin, para amar lo que real-
mente debe ser amado. Cuando los sentimientos se
canalizan en servicio del bien y de la verdad, ayudan
a crecer en madurez, a ganar en personalidad. El co-
razón entonces se dilata y se llena de generosidad, lo
cual permite albergar buenos sentimientos, a ser
compasivos y misericordiosos.
• Guardar el corazón. A veces hará falta guar-
darlo hasta con siete cerrojos, como reza el dicho
popular. Para amar sin sensiblerías ni sentimentalis-
mos. Si no, el corazón acabará buscando compensa-
ciones. Entre los medios que se han de poner está el
extremar las medidas de prudencia en el trato perso-
nal, así como un mayor control de los sentidos cuan-
do se pasa por momentos de especial sensibilidad.
Sin caer en ñoñerías, sin hacer cosas raras, pero cor-
tando con decisión lo que sea necesario; se domina
así la afectividad y se actúa con señorío. No es malo
manifestar los afectos, al contrario, pero asegurán-
dose con qué intención se hace y si las circunstan-
cias son las apropiadas.
• Dominar los sentidos. Especial cuidado requiere
el control de la vista, del oído y del tacto, sin olvidar
la importancia que tiene dominar la lengua. Cuando
se sujetan los sentidos, se evitan las preocupaciones.
Y esto porque al controlar la imaginación y dominar
la fantasía se levanta un muro de contención que nos
protege y nos permite actuar con libertad de espíritu
y grandeza de corazón.

178
• Señales de alarma. Se encienden en seguida y
pueden ser advertidas por la conciencia al presenciar
ciertas escenas escabrosas: bien al leer una revista,
ver la televisión o consultar una página web en Inter-
net. Cuando por morbosidad se descuida, las pasio-
nes pueden jugamos una mala pasada. Puede ocurrir-
le a gente joven y menos joven. Ante los reclamos de
la sensualidad nadie puede sentirse seguro.
• Evitar los escrúpulos. Al quedar la mente ob-
nubilada por la intensidad de las pasiones, resulta
más costoso «ver» las diferencias entre el bien y el
mal, entre el vicio y la virtud. Tanto la razón como
la voluntad pueden bloquearse. Y en esos casos, si
persistiera la duda sobre si se consintió o no en una
tentación, lo más recomendable es resolverlo de modo
directo, sin llenarse de escrúpulos, pero también sin
dejar de darle importancia si se tiene una conciencia
laxa. No es lo mismo sentir que consentir. En la
duda, lo mejor es pedir consejo a una persona pru-
dente, de buena doctrina. Y una vez recibido, obede-
cer a pie juntillas para quedar tranquilos.
• Libertad de espíritu. Sin caer en la presunción
del sabiondo ni en la ingenuidad del necio. Con los
pies en el suelo, conscientes de que aunque se caiga
en una tentación de impureza siempre es posible rec-
tificar con la ayuda de Dios, que nos ama y perdona.
Quien en la tentación permanece unido a Él, la des-
pachará de un manotazo, sin dejarse dominar por los
miedos o las obsesiones. Muchos de los problemas
psíquicos y morales desaparecen cuando se actúa
cara a Dios, con libertad de espíritu.
• No tener miedo a amar con el corazón. No sir-
ve ni la frialdad del estoico ni la ligereza del sensual;

179
con prudencia y moderación, con limpieza de cora-
zón, hemos de aprender a amar. Poniendo orden en
los afectos, dejando que la razón rija los sentimien-
tos. Con cautela, no pasa nada por demostrar el cari-
ño que se siente por una persona -pariente o ami-
ga-, queriéndola de verdad, de corazón, de modo
humano, imprescindible para que se la pueda querer
también de modo sobrenatural.

S. Decidir con responsabilidad

La vida de cualquier persona es una suma de de-


cisiones. En la medida que éstas sean prudentes y
responsables, redundará en su madurez, como hom-
bre o como mujer. Somos libres. Todo hombre está
abierto a una gama variadísima de posibilidades ante
las que debe decidir. Y esto no es algo que pueda ha-
cerse de la noche a la mañana. Pero se ha de hacer,
aunque cueste o no apetezca. El mismo no querer
decidir indica que uno ya ha tomado una decisión.
Frases como «no me paro a pensar porque me ago-
bio», o «que decidan otros por mí para no compli-
carme», son en sí decisiones, aunque se soslaye la
responsabilidad. Nadie en su sano juicio puede dejar
de elegir y decidirse por sí mismo. Por supuesto que
lo hará a su manera, nadie es un robot programado.
Pero ha de hacerlo con la convicción de que la deci-
sión es siempre personal, nadie puede decidir por él.
Si se equivoca, la responsabilidad será exclusiva-
mente suya.
Hay, sin embargo, grados de responsabilidad en
toda elección. No es lo mismo elegir pareja para ca-

180
sarse que decidirse por un determinado modelo de
coche, por un club deportivo o por el lugar de vera-
neo. En cualquier caso, son elecciones que llevan
aneja una cierta responsabilidad. Ésta es mayor, como
es lógico, cuando en lugar de elegir salir con un gru-
po de amigos «normales» uno se decide por el clan
formado por unos «amiguetes» que consumen dro-
gas y viven a su antojo. Es evidente que el grado de
responsabilidad en este caso es muy distinto, tanto
cualitativa como cuantitativamente.
De otra parte no se ha de perder de vista que vivi-
mos sumergidos en el tiempo. Y como no está en las
manos de nadie la posibilidad de detenerlo, algunas
de las decisiones que se han de tomar hay que hacer-
lo de inmediato, porque ni pueden esperar ni convie-
ne dilatarlas. El que se eterniza a la hora de decidirse
por algo se paraliza, no progresa. Ha de vencer su
pereza y dejar de darle vueltas a los argumentos, una
vez que ha considerado los pros y contras de una de-
terminada decisión. La vida con sus imprevistos
obliga a despabilarse, a tomar conciencia de que se
madura cuando se hace lo que se debe sin conceder-
se dilaciones. Desde que uno se despierta por la ma-
ñana tiene que decidirse: entre dar un salto y levan-
tarse, o dar media vuelta y seguir acostado. Somos
libres, y podemos decidir lo que más nos apetezca.
Ahora bien, una vez que se ha tomado una decisión,
aunque cueste se ha de pechar con la responsabili-
dad que conlleva. No es posible obviar las conse-
cuencias de las propias decisiones. Acertará o se
equivocará, crecerá o retrocederá, pero en todo mo-
mento será suya la responsabilidad.

181
Madurar las decisiones

U na vez que se ha tomado una decisión, se ha de


poner por obra cuanto antes. Sin vacilar, sin darle más
vueltas. Tal vez cueste llevarla a cabo. Pero por lealtad
se ha de mantener intacta. Con señorío y elegancia, sin
modificar el sentido de lo que se había prometido ni
ocultar la verdad cuando por circunstancias deja de
convenir. En la familia, en los negocios, en la política
o en la economía ... En cualquiera de estos campos se
han de madurar bien las decisiones, y una vez tomadas
mantener lo prometido por hombría de bien.
La lealtad a lo que se prometió se sustenta en úl-
tima instancia en la virtud de la veracidad. Ser veraz
obliga a ir con la verdad por delante, sin camuflarla
por ocultos intereses, rectificando cuando por negli-
gencia se ha podido causar un daño. El que por egoís-
mo se mantiene en sus trece, demuestra que no ha
madurado bien sus decisiones, que en el fondo no está
dispuesto a establecer lazos de colaboración con los
demás. Le resultará difícil mantener la palabra, reco-
nocer la verdad y pedir disculpas cuando se equivo-
ca. Esa falta de lealtad, además de la injusticia que
causa rebaja al hombre en su dignidad.
Hemos de aprender de experiencias ajenas. Por
tanto, bueno será a la hora de tomar una decisión re-
flexionar, estudiar bien lo que se quiere para no
obrar con ligereza. Pueden servir de pauta las si-
guientes cautelas:

• Tomarse el tiempo necesario para reflexionar.


Nunca se debe tomar una decisión sin saber las
consecuencias que tiene.

182
• Asegurar que el fin que se pretende es bueno,
que no perjudica a otros.
• Comprobar que los medios que se van a em-
plear son los adecuados.
• Cerciorarse de la capacidad que se tiene para
asumir lo decidido.
• Garantizarse a sí mismo que se está dispuesto a
llegar hasta el final en el compromiso.

Son cautelas que pueden resultar útiles en la toma


de decisiones, que sirven sobre todo para extremar
las medidas de prudencia. La precipitación es mala
consejera. A veces uno ha de arrepentirse de lo que
decidió de modo atolondrado. Las decisiones, ade-
más, se han de tomar por algo que valga la pena, y
como es lógico en la medida que uno se sienta capa-
citado. Nadie, por ejemplo, debe sentirse obligado a
estudiar una carrera que no le atrae; ni a casarse con
una persona que no le gusta por puro compromiso;
ni a emprender un negocio para el que no se siente
capacitado; ni a entrar en política o salir de ella si
son otras sus aspiraciones. Cada cual ha de elegir y
tomar sus decisiones en función de sus talentos, ca-
pacidad y particular inclinación.
Una vez tomada la decisión, lo mejor es no darle
más vueltas. El proceso hay que darlo por concluido.
Sería imprudente volver de nuevo sobre el mismo
tema, preocupados por si decidimos bien o mal. La
decisión, cualquiera que sea, lleva aparejado un
compromiso: el de cumplir lo prometido. Y eso está
por encima del sentimiento, con independencia de
que siga gustando o no. Lo normal es que a lo lar-
go de los días aparezca el cansancio, y hasta puede

183
desaparecer la ilusión; pero sería una grave irrespon-
sabilidad hacer depender el compromiso que se asu-
mió de los altibajos del carácter, de un sentimiento
favorable o negativo. Es ésta, en verdad, la prueba
del nueve de la madurez adulta.

Cargar con la responsabilidad

No queramos esquivar el bulto o mirar para otro


lado cuando por las razones que sean perdimos el
entusiasmo o decayó la ilusión. Eso sería una irres-
ponsabilidad. Hay quienes, por inmadurez, abdican
de su responsabilidad y echan la culpa de sus deci-
siones a otros. Una actitud tan injusta como insensata.
Ni a la familia, ni a los gobernantes, ni a los compa-
ñeros o amigos se le puede endosar la responsabili-
dad que a cada uno pertenece en exclusiva. Otra
cosa es que alguien por sus desacertados consejos
pueda estar implicado en el desaguisado. Aun así, el
consejo es eso, sólo consejo. En consecuencia, no nos
exime de la responsabilidad asumida.
En teoría esto suele estar claro, pero a la hora de
la verdad la tendencia es inculpar a otros y zafarse
de la propia responsabilidad. No es de recibo. Uno
es libre para elegir, y en consecuencia también para
cargar con la responsabilidad de sus actos. Todas las
elecciones son libres, pero hay algunas que son más
importantes que otras. Peter Kreeft 84 así lo cree,
cuando afirma que entre el nacimiento y la muerte

84 Cf. Peter Kreeft, o.c., p, 29 y ss.

184
todo hombre está llamado a hacer unas cuantas elec-
ciones que marcarán su vida e influirán en su conduc-
ta. Entre ellas señala tres como las más decisivas:

• Elegir un Dios en quien creer.


• Elegir una persona para casarse.
• Elegir una carrera como medio de vida.

Como el hombre es libre, al tomar sus decisiones


puede optar por casarse o no, por estudiar una carre-
ra u otra, por aprender un oficio manual u otro artís-
tico. Sin embargo hay algo de lo que no puede zafar-
se: elegir creer en algo. Aunque pueda elegir no creer
en Dios, acabará creyendo en alguno de los ídolos
de moda, llámese dinero, sexo, drogas, poder, presti-
gio ... Al elegir uno entre esos falsos dioses, le asig-
nará el número uno en sus preferencias personales,
tomándolo como «valor» de referencia al diseñar su
vida.
Nadie en su sano juicio puede dejar de plantearse
la cuestión de Dios, se le llame así o de otra manera.
Es una decisión con la que antes o después cada per-
sona ha de enfrentarse. El agnóstico no se lo plan-
teará para no tener que caer en la disyuntiva de ele-
gir entre el sí o el no, entre la fe o la incredulidad, el
teísmo o el ateísmo. Se escuda en que no puede co-
nocer con certeza la existencia de Dios, por lo tanto
considera descabellado tener que decidirse en un sen-
tido u otro. Acabará adoptando un cómodo eclecticis-
mo, que le lleva a vivir como si Dios no existiera.
Una persona sensata -y más si es creyente- no
puede caer en la ambigüedad en materia religiosa ni
en una falsa concepción de lo que es la libertad de

185
elección. En esto no caben las medias tintas. El hom-
bre o la mujer con finura de conciencia son respon-
sables de sus actos, saben lo que se juegan en las ba-
tallas que a diario han librar entre el bien y el mal.
De ahí que no se escuden en el fácil recurso de que
la amoralidad es de suyo indiferente y de que lo ver-
daderamente dañino es la inmoralidad. Por condes-
cender a este planteamiento se tiene hoy por «buenas
personas» a gentes que en realidad son «amorales».
En su asepsia procuran no pronunciarse ni por el bien
ni por el mal. Piensan que mientras no hagan daño a
nadie pueden estar tranquilas.
La persona «amoral» degenera con facilidad en
decisiones arbitrarias. Por carecer de referentes mo-
rales objetivos lo normal es que se incline por lo que
le apetece o por aquello que refrenda una «mayo-
ría». Invocando a la mayoría pretende quedar libre de
sus responsabilidades. No. En esto no cabe el con-
formismo. Es preciso detectar estas falsas teorías,
que pueden sintetizarse en tres modos de razonar:

• Lo hacen los demás, luego debe ser bueno.


• Me gusta y apetece, ¿cómo va a ser malo?
• Me reporta placer, no puede estar prohibido.

Cuando se toma como referente moral el gusto, el


capricho o el placer expresado por una mayoría, uno
se expone a concluir de modo erróneo. Pues al con-
siderar como bueno lo que apetece y hacen los de-
más, se eleva a norma moral lo que es puramente
subjetivo. Con esto no se hace sino rechazar la res-
ponsabilidad personal, mientras se tiene por bueno lo
que se desea o más interesa. Así consideradas las co-

186
sas, ya no cabe hablar de conductas inmorales. Se dice
que son conductas «inapropiadas», «inaceptables».
Con lo que se intenta echar la culpa a otros de lo que
salió mal, o en todo caso se dirá que fue resultado
«natural» de una debilidad personal, sin relieve al-
guno en el plano moral. La pasión puede llegar a ce-
gar hasta esos extremos. No ha de extrañar por tanto
que algunos pierdan con facilidad el norte de su vida
y vayan a remolque de sus pasiones.

Fidelidad a lo prometido

Si las decisiones son libres y, en consecuencia,


responsables, nadie debería precipitarse a la hora de
comprometerse. Antes de asumir un compromiso,
bueno será que nos informemos bien de sus posibles
consecuencias. Porque luego, por responsabilidad, es
preciso mantenerse fieles a lo prometido, aunque su-
ponga sacrificio. Uno, después de decidirse, no pue-
de volverse atrás con la excusa de que ya no siente
como antes o que ha perdido la ilusión del principio.
Ha de saber, por madurez, que no puede jugar con lo
que prometió, puesto que le va en ello su credibili-
dad y dignidad como persona.
Hoy, a la vista está, son muchos los que basculan
entre la vacilación y la duda. Les cuesta aceptar un
compromiso firme y estable, definitivo. Todo les pa-
rece relativo. Por esto les extraña y les resulta «in-
creíble» que hombre o mujer puedan libremente acep-
tar un compromiso matrimonial que les obliga de por
vida. Lo consideran obsoleto. En el fondo les cuesta
comprender que, por amor, dos personas -varón y

187
hembra- puedan prometerse fidelidad para siempre.
Y claro que pueden, aunque en algunos momentos
pueda resultarles especialmente costoso. Pueden por-
que confían en Dios, en la fuerza y poder de la gra-
cia. Saben que ante las penas la solución no está en
achicarse o lanzar por la borda la fidelidad que se pro-
metieron, sino en olvidarse de sí mismos y responder
con fidelidad a sus compromisos.
Con juicio sereno, ponderado, se encuentra solu-
ción a cualquier obstáculo. La persona madura es
consciente de que sólo con sacrificio y olvido de sí
podrá cumplir con fidelidad lo que prometió. Y sabe
a la vez que no existen imposibles para el que hace
lo que está de su parte. Este es el sabio consejo de
Agustín de Hipona: «Haz lo que puedas, pide lo que
no puedas, para que el Señor haga que puedas». No
se trata de un trabalenguas; es la consecuencia lógi-
ca del que se fía más de Dios que de sí mismo. Si en
momentos de dificultad se pide ayuda a Dios con
humildad, uno se sentirá fortalecido, y tarde o tem-
prano saldrá del bache.
Sin un amor fiel, sacrificado, los compromisos
que se hacen pueden quedar aparcados en el desván
de los recuerdos. Cualquier compromiso serio impli-
ca riesgo, generosidad, juventud de espíritu. Es muy
difícil que el egoísta cumpla lo que prometió, o el
que ante un pequeño contratiempo se achica y dice
hasta aquí he llegado. ¿Cómo prevenirlo? Con pru-
dencia, pensando bien las cosas, sin precipitarse a la
hora de la vacilación; pero a la vez con entereza,
para a pesar de las dificultades tener la valentía de
ser fieles. En la antigua Roma se utilizaba el adagio
pacta sunt servanda. Se insistía hasta la saciedad en

188
que lo pactado había de cumplirse. La verdad es que
de esto depende en buena parte la paz en el seno fa-
miliar y, como consecuencia, en la sociedad y en el
mismo individuo.
Las tentaciones contra la fidelidad siempre están
al acecho. Unas veces por desidia o abandono, otras
por cambios inesperados del carácter, favorecidos
por el vaivén de los sentimientos que llevan a la in-
constancia. La persona madura supera con facilidad
estas oscilaciones del carácter, vive de modo respon-
sable sin pactar con las tentaciones. Porque es sensa-
ta y contempla los acontecimientos con serenidad,
no se deja vencer por la dificultad. Por grandes que
sean, mayor debe ser su magnanimidad para supe-
rarlas, con desparpajo y buen humor.

Pautas de aprendizaje

• Dedicar el tiempo necesario para madurar las


decisiones que se hayan de tomar. Una vez tomadas,
evitar tanto la precipitación alocada como la dilación
que lleva a retrasarlas. Las decisiones se han de po-
ner en práctica con firmeza, del modo que se conside-
re más conveniente. Sabiendo además que a toda
elección libre le sigue una responsabilidad que no se
puede soslayar.
• Asumir la responsabilidad como propia, sin im-
plicar a otros en las consecuencias negativas que pu-
dieran seguirse. De un error o negligencia se ha de
sacar en todo caso experiencia. Dar la cara por lo que
se hizo mal, es señal de madurez; mientras que tirar
la piedra y esconder la mano, lo es de insensatez.

189
• Los compromisos se han de mantener. Y eso
aun a sabiendas de que más de una vez pueden supo-
ner dolor, sacrificio. Mas cuando se quiere y se ama,
todo sale, aunque uno se tope con el sinsabor de la
contradicción; no se ha de olvidar que por medio de
la entrega se demuestra la solidez del amor.
• Responder en conciencia a lo prometido. En
este sentido hay que hacer oídos sordos a la presión
del ambiente, a los consejos o puntos de vista de los
que por considerarse «progres» traten de disuadimos
de un compromiso fiel. La fidelidad está muy por
encima de la actitud calculadora del egoísta.
• Educar los sentimientos. Para potenciar la res-
ponsabilidad y hacer operativo lo que se prometió.
Saldrá beneficiada la convivencia conyugal, la vida
familiar y profesional, la confianza con los hijos, pa-
rientes o amigos. El encauzar bien los sentimientos
es indispensable para madurar y atinar en las deci-
siones.

6. Mantener la calma

En el proceso de maduración de la personalidad


juega un papel importante la serenidad. Serena es la
persona que goza de equilibrio, la que en la adversi-
dad ha aprendido a mantener la calma. En cambio,
es nerviosa la que por falta de ecuanimidad o mode-
ración se siente abocada a la inquietud y más de una
vez cae en la ansiedad. «Estoy de los nervios», dicen
algunas personas para expresar lo que les supera, ya
sea un dolor o una contrariedad. Por falta de entere-
za se vienen abajo.

190
En el fondo de toda actitud nerviosa hay una falta
de realismo: se desorbitan los problemas, se hace una
montaña de un grano de arena. Los motivos pueden
ser variados y complejos. Hay quienes pierden la
calma por su aprensión a la enfermedad, por preocu-
parse en demasía por su salud; otros porque no se
sienten a gusto con el trabajo que realizan, o porque
abarcan más de lo que pueden, o porque han perdido
el empleo y no les sale otro. En estos casos se gene-
ra desasosiego, incertidumbre, que suele degenerar en
nerviosismo y angustia. Cualquiera que sea la causa,
lo que importa es mantener la calma. Sobre todo por-
que con serenidad se perciben mejor las cosas y se
da con la solución de los problemas.
N o hay que impacientarse por naderías. La calma
no se debe perder nunca. Con serenidad se guarda el
orden y se supera cualquier atisbo de ansiedad. Por
no tenerlo en cuenta hay quienes por nerviosismo se
hacen adictos al tabaco o la bebida, y también al jue-
go. Otros navegan sin orden ni concierto por Inter-
net, sufren como una necesidad compulsiva de abrir
el correo electrónico, salen y entran sin saber por qué.
Se mueven a instancias de sus impulsos, con lo que
además de perder el tiempo, terminan más inquietos
y desasosegados.

Valorar el tiempo

En «Momo», la encantadora novela de Michael


Ende, se expresa muy bien el significado del tiempo
y su valor. La protagonista, Momo, es una niña que
cuando alguien le pregunta qué edad tiene dice con

191
gran desparpajo que es inmortal. Está siempre ro-
deada de amigos. Cuando uno de ellos se siente ago-
biado acude a ella con la esperanza de que le ayuda-
rá. Gracias a sus buenos consejos, hace al tonto listo;
al irritable, paciente; al acobardado, audaz ... Momo
tiene el incomparable don de saber escuchar: por to-
dos se interesa, a todos sonríe. Tiene, no obstante,
una cualidad que resalta sobre las demás: ha apren-
dido a valorar el tiempo y por eso se dedica a servir
con él a los demás.
Un día, cuenta el relato, llegan a la ciudad donde
vive Momo unos «hombres grises». Parecen unos
superdotados. Intentan enseñar a los habitantes de
aquella pequeña ciudad a ahorrar su tiempo, con un
fin: ganar dinero y sacar mayor provecho a las acti-
vidades que realizan. Todos aceptan, también los
amigos de Momo. Y se lanzan a un activismo desen-
frenado. Pierden los nervios y llegan a pelearse unos
con otros; discuten, porfían, se entristecen. Momo se
entristece también al verlos así. No puede más y ter-
mina marchándose de aquel lugar. En el camino se
encuentra con una tortuga de nombre Casiopea, que
le conduce hasta el «Maestro Hora». Éste, entre otras
cosas, le dice que los «hombres grises» se han decla-
rado en su contra, pero que no ha de tener miedo
porque le va a enseñar a luchar contra ellos. Le ex-
plica: mira, al igual que los ciegos no pueden ver el
arco iris, ni los sordos pueden oír la música, los «hom-
bres grises» no pueden generar amor ni tampoco
darlo. Por eso destruyen. No comprenden el valor
del tiempo. «Los minutos son como las flores, tienen
color, textura y esencia; los "hombres grises" los
destruyen; pero si vives intensamente y haces el bien,

192
los convertirás en "horas floridas", que son el antí-
doto para superar la enfermedad gris».
Momo, con nuevos bríos, emprende una lucha
decidida contra los «hombres grises». Ha aprendido
a valorar el tiempo, sabe cómo convertirlo en «horas
gozosas». Frente a ellas, ni la técnica ni el dinero
tienen nada que decir. No dan paz. Ésta procede de
la serena contemplación de las cosas, de saber que
cada una tiene su tiempo. Esto hace a Momo feliz,
dichosa por haber comprendido esta realidad. No así
«los hombres grises», que por su mediocridad e in-
madurez no aprendieron a valorar el tiempo. U na
moraleja que debería hacernos pensar.
Dice el refrán que «no se ganó Zamora en una
hora». Los refranes tienen casi siempre un fondo de
verdad. Todo necesita su tiempo. Sería ilusorio que
intentásemos solucionar los problemas de repente.
El que va a la carrera, por no valorar el tiempo deja
de contemplar la belleza de lo creado. La contrarie-
dad, cualquiera que sea, se supera mejor cuando se
es dueño de sí mismo, cuando se es consciente de
que los problemas no suelen resolverse de la noche a
la mañana. Cada cosa tiene su tiempo. Y los tiempos
hay que respetarlos.
La persona madura -es el caso de Momo- ve
las cosas en su verdadera perspectiva. Por encima de
las apariencias distingue las luces de las sombras,
sabedora de que no hay alegrías sin penas. El tiempo
pone cada cosa en su sitio. Por eso crece en madurez
el que, dominando sus nervios, supera con elegancia
los pequeños sinsabores del día. N o quiere esto decir
que se «despreocupe» de lo que le concierne, o que
deje para mañana lo que sabe que tiene que hacer

193
hoy. No. Pero sabe que cuanto más urgentes sean los
asuntos, tanto mayor ha de ser la serenidad con que
los acometa. La serenidad, en contra de lo que pueda
parecer, es una virtud activa, no pasiva; estimula, no
deprime. Da ese toque de calidad personal que per-
mite enfocar los asuntos con objetividad.
En la pequeña localidad donde vivía Momo, había
cundido el nerviosismo. Sus habitantes pierden la
calma y se lanzan con celeridad a solucionar multi-
tud de cosas, sin saber por qué lo hacían. Terminan
convirtiéndose en hombres grises. Al olvidar el verda-
dero significado del tiempo, comienzan a ver dificul-
tades donde no existían. El nerviosismo de aquellas
gentes les lleva a crearlas y magnificarlas. Su falta
de sosiego les impide ver lo que les ocurre. Final-
mente, acaban dando una importancia excesiva a lo
que en realidad no eran sino fantasías. Situación que
para ellos se hace más peligrosa cuando al nerviosis-
mo unen la rigidez. Esa mezcla de nerviosismo y rigi-
dez termina por hacerse explosiva. Surgen entre ellos
roces, recelos y desconfianzas. Cada uno de aquellos
hogares, en los que antes reinaba la paz, se convierte
en un auténtico infierno. Y así, disparado el nervio-
sismo y potenciado por la rigidez, las consecuencias
no se hicieron esperar: acritud, vocerío, indignación,
malestar, discusiones.
Es para aprender la lección. A la adversidad hay
que hacerle frente con la serenidad, sin perder los
nervios. Ningún problema serio se resuelve a base de
impulsos o corazonadas. Hay que contar con el tiem-
po. Si se enciende la chispa del nerviosismo por im-
paciencia, y si además se azuza por la rigidez, aque-
llo que con tanto esfuerzo se había conseguido se

194
puede ir al traste en un abrir y cerrar de ojos. Es pre-
ciso detenerse, enfriar la cabeza, ordenar las ideas y
reflexionar. Después, con calma, se ponen los me-
dios que se vean más convenientes. Todo con calma,
sin precipitarse, dando a cada asunto el tiempo que
necesita. Pero sin dormirse en los laureles. Hay
cuestiones que exigen una pronta solución, que no se
deben dilatar. Aunque, por otra parte, hay que recor-
dar que «el hombre propone y Dios dispone».

Aprovechar lo que contraría

Uno crece y se desarrolla al compás de las difi-


cultades. Al igual que los árboles, que crecen y se
robustecen cuanto mayor oposición presentan a la
fuerza del viento. Queramos o no, las contrariedades
existen. A unos los tumban y a otros los fortalecen.
En la medida, naturalmente, que se encaran con se-
renidad y no se pierde la calma. Signo de sabiduría,
por tanto, es el saber aprovecharlas. Dios permite las
dificultades, no para tentarnos sino para probarnos.
En las pruebas quiere que le demostremos la firmeza
de nuestra fe y que las aprovechemos para madurar.
Las contrariedades no han de verse en ningún caso
como una carga insoportable, sino como un mimo de
nuestro Padre Dios que quiere lo mejor para sus hi-
jos. Lejos, pues, de hundirnos, deberían servirnos para
crecer en serenidad y ganar en esperanza.
Es cierto que no todas las personas tienen el mis-
mo aguante. Cada uno -empleando una expresión
del argot futbolístico- tiene mayor o menor cintura,
de manera que según sea la flexibilidad de su espíri-

195
tu podrá driblar mejor o peor la contrariedad. Si se
quiere ganar en cintura -como el futbolista-, ha
de hacerse con espíritu deportivo, entrenándose cada
día, hasta lograr moverse con soltura, con una visión
certera de la jugada. Ese talante deportivo permite
superar lo que incomoda, saltar por encima de los
obstáculos, sin darles más importancia de la que tie-
nen. Y siempre, y esto es importante, con optimismo,
sin adoptar aires de víctima. El lloriqueo o la patale-
ta ante lo que no gusta o contraría son impropios de
la persona madura.
Como hay que contar con la contrariedad, no im-
porta tanto saber que existe sino cómo hemos de apro-
vecharla. Lo que a primera vista puede parecer negati-
vo, si se observa con serenidad puede transformarse en
positivo. Con buen humor, sin dar una importancia ex-
cesiva a lo que pueda deparar el futuro. Cada día tiene
su afán. Basta afrontarlo con optimismo y visión so-
brenatural para no venirse abajo. El que conserva la
calma sabe sacarle partido a la misma contrariedad.
Esto exige cambiar de óptica, trascender el plano
de lo meramente material. Pues más que confiar en
las propias fuerzas, la persona madura pone su con-
fianza en la ayuda que le viene de lo alto. Los «hom-
bres grises» de Momo, como vimos, vivían inquietos,
obsesionados por el tiempo, que querían convertir en
oro. Eran incapaces de trascender el tiempo. El hom-
bre o la mujer de fe tienen su mirada puesta en lo
alto. Si mantienen la calma es porque ven más allá
de lo que alcanzan sus sentidos. Lo cual les permite
descubrir el valor real del tiempo, aprovechándolo
con intensidad. Queda así protegida su personalidad
de los altibajos del carácter.

196
La vida es rica en sobresaltos, supone un auténtico
desafío. La persona madura, porque es realista, los
acepta sin rechistar. N o vive de ilusiones a la espera
de un tiempo mejor, ni sucumbe al dominio de su
fantasía. Con mente serena, equilibrada, no se irrita
ni protesta ante lo que le contraría. Recurre a quien
puede ayudarle, a sabiendas de que ella sola nada pue-
de. Momo también confió. Acudió al «Maestro Hora».
Quería enviarnos un mensaje. Nos dice que quien
confía en Dios, por grandes que sean sus dificulta-
des, siempre saldrá adelante. Basta que mantenga la
calma y espere con esperanza, puesto que antes o
después brillará la luz al final del túnel. La adversi-
dad, cualquier contratiempo, se convierte en fuente
de alegría para el que por encima de todo ama la vo-
luntad de Dios.

El mayor obstáculo, el hombre

La inquietud o impaciencia acogotan cuando se da


demasiada importancia a lo que se piensa, a los planes
y proyectos que se hacen. Hay quienes se rebelan
cuando éstos no salen, resistiéndose a aceptar la reali-
dad de que las cosas no siempre han de coincidir con
los propios gustos o deseos. De ahí que cuando se to-
pan con la contrariedad «pierdan los papeles» y se de-
jen dominar por el nerviosismo o la impaciencia. No se
conocen bien a sí mismos. Cuantos se dejan tiranizar
por los nervios dejan la puerta abierta al desaliento, a la
irritación y al mal genio. En esto juegan un papel im-
portante como vimos las pasiones, que si no se domi-
nan ciegan y nos dejan a merced de los sentimientos.

197
Casi siempre se trata de un error de percepción.
N o se acepta lo que contraría, cuesta comprender
que aun la misma adversidad puede beneficiarnos.
Si esto ocurre, es preciso reaccionar con prontitud
para no quedar anclados en una visión chata y poco
realista de la vida. Actuar con sensatez es cimentar
los planes sobre terreno firme, dejar de lado la fic-
ción. Cuanto más perfecta sea la ecuación que se es-
tablezca entre lo que uno cree que vale y lo que real-
mente es, tanta mayor será su madurez. De ahí la
importancia de conocerse bien, para actuar sin preci-
pitación.
De todos modos, no olvidemos que el mayor obs-
táculo para alcanzar una madurez adulta somos no-
sotros mismos. Porque la madurez viene de dentro
afuera, no al revés. Es «del corazón de donde proce-
den los malos pensamientos, los homicidios, los adul-
terios, las fornicaciones, los robos, los falsos testi-
monios y las blasfemias» 85 • La mayor parte de las
depravaciones morales tienen su raíz en un corazón
corrompido. En la medida que se detecten los pro-
pios errores y se reconozcan con humildad, mayores
serán las posibilidades de superarlos. Cuando uno se
conoce bien a sí mismo -en sus virtudes y en sus
defectos- mayores garantías tiene para afrontar con
éxito el aprendizaje de la madurez.
Enfadarse, perder la calma cuando algo sale mal,
es contraproducente porque retrasa la madurez. Ni
las críticas, ni las murmuraciones, ni las zancadillas
tienen entidad suficiente para hacernos perder la paz.

85 Mt 15, 19.

198
Está en el orgullo, en la arrogancia o la vanidad, la
verdadera causa de la inquietud. Los roces naturales
que produce la convivencia se superan cuando se
sabe quitar hierro a los asuntos, cuando se salta por
encima de ellos y se responde con delicadeza y buen
humor. No es con tiranteces, sino con calma y pa-
ciencia como nos ganaremos al prójimo. Al inicio de
su pontificado decía Benedicto XVI, abundando en
este punto, que «el mundo es redimido por la pa-
ciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los
hombres». Para no olvidarlo.
Aceptar con paciencia las humillaciones y poner
interés en comprender los problemas y dificultades
de los demás, es poner las bases de un diálogo eficaz
y distendido, sin sobresaltos ni brusquedades. Así
pues, con serenidad y rectitud, olvidados de nosotros
mismos, se ha de notar que vivimos para ayudar a
los demás y no para quedar bien ante la galería; todo
por amor a Dios, que siempre nos ve. Es el camino
para conservar la calma, para ser feliz y conquistar
el tesoro de la madurez.

Rectificar si nos enfadamos

Se aprende a madurar cuando se rectifica. Y pue-


de rectificarse no una sino muchas veces a lo largo
del día. Los defectos y errores, con ser importantes,
pueden servir cuando se reconocen y se rectifica.
Esto tan sencillo en apariencia, no todos lo compren-
den. Hay quienes a pesar de sus años siguen enfa-
dándose cuando se les lleva la contraria. Les cuesta
percatarse de que en lo opinable no hay dogmatis-

199
mos. Aunque con delicadeza se les advierta su error,
no quieren reconocerlo cegados quizá por su orgullo.
Obcecados tratan de imponer su criterio, y al no lo-
grarlo terminan enfadándose. Si persisten en su acti-
tud, es muy normal que pierdan la paz y creen ten-
siones.
Cada uno es muy libre para defender y expresar
sus ideas como mejor le parezca. Pero esto no justi-
fica que haya que enfadarse cuando uno se topa con
otros que no piensan de igual manera. Se caería en
intolerancia, se abonarían futuros enfados e incom-
prensiones. Es preciso aceptar a las personas como
son, con independencia de su pensamiento o ideolo-
gía. No se puede discriminar a nadie, sería injusto e
inhumano. Cuando se rectifica, desaparecen las ten-
siones y enemistades, se favorece un clima de diálo-
go llano y distendido.
Preguntémonos, pues: ¿Qué motivos me llevan a
actuar? ¿Confío en las personas que me rodean?
¿Me enfado cuando mis opiniones no coinciden con
las suyas? ¿Me siento superior a los demás y preten-
do llevar siempre la razón? Muchos enfados proce-
den del fastidio que se siente cuando alguien no re-
conoce las buenas cualidades de uno. La reacción
inmediata, casi siempre por vanidad, es mirar a esa
persona con displicencia. Se rompe así el diálogo, y
en ocasiones se puede caer en el ridículo.
Osear Wilde refleja muy bien esta actitud en un
cuento titulado El cohete vanidoso. Cuenta de modo
simpático y divertido hasta qué punto puede llegar la
estupidez humana. Como en el resto de sus cuentos,
escenifica en este cohete el modo de ser de cierto
personaje de su tiempo. El cohete se creía alguien

200
importante. Con motivo de las bodas del hijo de
Rey, en medio del regocijo general y cuando todos
esperaban los fuegos artificiales preparados para
aquella celebración, ocurre lo inesperado. Pensaba el
cohete que demostraría entonces su valía. A su lado
tenía a los representantes más genuinos de aquella
magnífica pirotecnia: la bengala, la candela romana,
el petardo, el globo de fuego ... Se enfrascan antes de
la fiesta en un diálogo divertido. A una ocurrencia
de la candela, el petardo estalla de risa.

-¡Perdón! ¿Se puede saber de qué te ríes? -pre-


gunta el cohete. Yo no me río.
- Me río porque soy feliz -replica el petardo.
- Es un motivo muy egoísta -dice el cohete con
ira- ¿Qué derecho tienes a ser feliz? Deberías pensar
en los demás, deberías pensar en mí, por ejemplo. Yo
siempre pienso en mí, y creo que todo el mundo debe-
ría hacer lo mismo. Eso es lo que se llama simpatía.
Hermosa virtud, que yo poseo en alto grado. Suponed,
por ejemplo, que me sucediese algún percance esta
noche. ¡Qué desgracia para todo el mundo! El Prínci-
pe y la Princesa no podrían ser felices nunca más: su
vida matrimonial quedaría destrozada. En cuanto al
Rey, creo que no podría soportarlo. La verdad es que,
cuando me pongo a pensar en la importancia de mi
papel, me emociono y no puedo evitar que se me sal-
ten las lágrimas.
-Lo mejor es que no te mojes -dijo el globo de
fuego. Eso es lo más importante.
-Será, sin duda, muy importante para ti -replicó
el cohete.
Y acto seguido estalló en lágrimas, que fueron res-
balando por su vara como gotas de lluvia ...

201
Al llegar la noche comenzaron los fuegos arti-
ficiales. Todos los miembros de aquella pintoresca
pirotecnia se fueron despidiendo. Cada uno, en su
momento, cumplió con éxito su misión: se fueron
elevando hacia el cielo como espléndidas flores de
oro en medio del aplauso atronador de los presentes.
Cuando le llegó el tumo al cohete, en su vanidad se
estiró y miró con desdén a su alrededor esperando
dar la campanada. Lo mejor que tenía era la pólvora,
pero estaba tan empapada por haber llorado, que no
lo pudieron disparar. Al final, unos obreros lo arroja-
ron por encima de la tapia y fue a parar a una ace-
quia. Hundido en el lodo, uno de los chicos que esta-
ban allí dijo:
-¡Qué palo tan viejo!, ¿cómo habrá llegado has-
ta aquí?
-¡Imposible!, se decía el cohete. Qué palo tan
regio es lo que ha debido decir. Que me digan palo
regio es algo muy lisonjero. Me han debido tomar
por un miembro de la familia real.
Los chicos hicieron una hoguera con unos leños y
pusieron al cohete encima. Pero estaba tan húmedo
que tardó mucho en arder. El cohete entretanto se
decía: «voy a incendiar el mundo entero, y voy a ha-
cer tanto ruido que no se hablará de otra cosa duran-
te todo el año». Y así fue. La pólvora ardió, pero na-
die oyó nada, ni siquiera los chicos que de cansancio
se habían quedado dormidos.
Sí, la vanidad hace perder el tiempo. Vuelve a la
persona estéril, y lo que es más grave, le lleva a en-
fadarse y a perder la calma cuando las cosas no le
salen como esperaba. Algunos, so pretexto de que
saben más y tienen mucha experiencia, desprecian el

202
parecer de otros. El deseo de quedar bien, de recibir
aplausos, les puede hacer caer en el ridículo, como
le ocurrió al cohete. Importa descubrirlo pronto para
rectificar.

Pautas de aprendizaje

• Dar a cada cosa su tiempo. Para hacer cada ta-


rea en su momento, sin nerviosismos, sin retrasarlas
por desidia. A la vez de ganar en serenidad se multi-
plicará la eficacia.
• Evitar tanto el nerviosismo como la rigidez, su
mezcla puede resultar explosiva. Es bueno contar
hasta cien antes de contestar si se está airado, o de-
morar una decisión si se está indignado. El queman-
tiene la calma razona mejor, evita la rigidez y respe-
ta las opiniones ajenas.
• Orden mental, orden en las ideas. La mente,
cuando está serena, goza de mayor lucidez. Sabe dar
con la palabra justa y oportuna, responde con amabi-
lidad. Al tener mayor perspectiva, no le asfixiarán
las preocupaciones.
• Aprovechar la contrariedad. Hay que partir de
que nada de lo que nos ocurre es casual. Dios, no
hay que olvidarlo, prueba pero no tienta. En la adver-
sidad es preciso aprender a ser pacientes, a ver lo po-
sitivo y no lo negativo, a contar con la gracia de Dios
más que con las propias fuerzas.
• Escuchar la voz de la conciencia. Sobre todo
antes de tomar una decisión, y una vez tomada para
realizarla con rectitud. Se evitan así posibles escrúpu-
los, a la vez que se gana en sensatez. Actuar de acuer-

203
do con lo que dicta la conciencia, es ganar en sereni-
dad, garantía de hacer lo que Dios quiere.
• Rectificar cuantas veces sea necesario. Es un
error tratar de aparentar ante los demás la propia valía.
Con sensatez y humildad es preciso también reconocer
los fallos y errores personales, a la vez que se conside-
ra a los demás mejores que nosotros. De cualquier per-
sona se puede aprender más de lo que pensamos.

7. Cultivar la constancia

Sin constancia es imposible alcanzar la madurez.


Cualquier plan o proyecto que se hiciera quedaría en
quimera, en pura fantasía. Para que sean eficaces,
los planes han de ser operativos. Y lo serán en la me-
dida que la decisión de llevarlos adelante sea firme y
se respeten los tiempos de gestación que cualquier
proyecto necesita. Formular deseos puede hacerlo
cualquiera. ¿A quien no le gustaría ser premio No-
bel, ganar un Osear en Hollywood o ser un atleta de
reconocido renombre? Pero los deseos quedan en
sueños estériles cuando por falta de esfuerzo, tenaci-
dad y constancia no se llevan a cabo.
U na cosa por tanto es hacer planes, concretar pro-
pósitos, y otra bien distinta cumplirlos. Entre otras ra-
zones porque al hacer un plan o formular un propósito
uno compromete de alguna manera su propio futuro.
No es una obviedad. Hay quienes hacen propósitos
estupendos, los acarician con entusiasmo, pero cuan-
do aparecen los primeros obstáculos se echan atrás y
abandonan. Es algo que puede ocurrirle a cualquiera,
joven o menos joven. Sentir la atracción de lo que

204
gusta e ilusionarse con ello, es fácil. Un ejemplo. To-
dos conocemos gente que al ver una determinada pe-
lícula o leer una novela dan rienda suelta a su fanta-
sía. Les atrae el protagonista, se mimetizan con él,
tanto que reproducen sus gestos, imitan su modo de
vestir y hasta simulan su voz. Una banalidad, puesto
que al cabo de pocos días se han olvidado de él.

Realidades, no sueños

Hemingway describe en «El viejo y el mar» la


conmovedora historia de un pescador a quien le en-
cantaba soñar. Se pasó la mayor parte de su vida so-
ñando que un día pescaría un pez muy grande. Tan
grande, pensaba, que cuando se lo enseñara a sus
amigos y vecinos se quedarían asombrados. En sus
frecuentes salidas al mar llevaba ya varios días sin di-
visar ningún pez. Una mañana, estando solo, siente
de pronto el tirón del sedal. Había mordido el anzuelo
un pez. En uno de sus saltos comprueba que se trata-
ba, en efecto, de un gran pez. Cuando por segunda
vez emerge se queda estupefacto: era dos pies mayor
que su barca. Se apresura a tomar el arpón y se lo lan-
za con fuerza. Tras un largo forcejeo logra capturarlo.
Lo ata como puede al costado de su pequeña barca.
El viejo pescador no cabe en sí de alegría. Vuela su
imaginación, y sueña en lo que dirá la gente del pue-
blo cuando lo vean llegar. Se sentía ya vitoreado,
aplaudido. Se imaginaba pasando en medio de ellos
entre aplausos y gritos de reconocimiento.
La realidad, sin embargo, fue bien distinta. Todo
se quedó en un sueño. Aproximadamente una hora

205
después de capturar aquel gran pez, aparece un tibu-
rón, y con él seis más en pocos minutos. Dan entre
todos cuenta de aquel gran pez, que lo dejan en el
espinazo. En vano se esforzaba el viejo por defender
su presa. Una y otra vez intenta golpear a los tiburo-
nes con intención de ahuyentarlos. Al final, exhaus-
to, se rinde a la evidencia. Entristecido y sin fuerzas
se dirige a la orilla. Navega despacio. Con más tran-
quilidad analiza la situación. Piensa que la barca es
buena y que el viento le era favorable. Pero se siente
cansado y decide que lo mejor es volver. No obstan-
te, saca una conclusión: «Un hombre puede ser des-
truido, pero no derrotado».
Llega a la orilla. Todos cuantos le esperaban pue-
den ver el espinazo del que había sido un gran pez.
Asombrados de su tamaño, se sienten orgullosos del
viejo pescador. El muchacho que le había acompa-
ñado otras veces, le dice: «Ahora pescaremos juntos,
porque todavía tengo muchas cosas que aprender».
El viejo se lo agradece y siente en su interior un res-
coldo de satisfacción. De aquella experiencia, lo más
importante es que había aprendido una lección: «el
éxito es menos valioso que la lucha misma».
Sí. La lucha se convierte para un hombre responsa-
ble en todo un reto, en un auténtico desafío. Cuando se
tienen deseos de superación, cualquier experiencia,
aun cuando sea negativa, se convierte en un nuevo
reto. Es lo que le ocurrió al «viejo» del relato. A pesar
de su «fracaso» no se da por vencido. Aquella expe-
riencia le ha servido para despertar de sus sueños, para
dominar su fantasía y rendirse a la realidad. La acepta.
Y con ilusión renovada se dispone a una nueva anda-
dura. No le importan sus años. Se siente joven. Reco-

206
noce que sus sueños hasta entonces habían resultado
vanos. Pero, lleno de tenacidad, vuelve a la lucha. Sabe
que se topará con dificultades, que los planes no le sal-
drán a la primera. Se volverá a topar con el cansancio,
con desilusiones y hasta con rabietas. Pero nada de eso
le desalienta. Ha aprendido que lo importante en la
vida es tener una meta y no cejar hasta alcanzarla.
Los planes dejan de cumplirse cuando, por falta
de realismo, no se ponen los medios. Sin concreción,
sin un plan preciso, es muy difícil que salgan. Vivir
de corazonadas, regirse por un primer impulso o un
arrebato ciego, es exponerse al fracaso. No basta con
decir «quiero hacer esto o lo otro, cambiar de manera
de pensar o de obrar». No. Es preciso, con realismo,
emprender una lucha eficaz para avanzar cada día un
poco en esa dirección. El simple deseo o los deste-
llos fulgurantes de poco sirven. En especial cuando
se trata de combatir la desidia o la pereza. Con vo-
luntad y energía se previene el desaliento y se com-
bate la desgana. Por mucha que sea la ilusión, de
nada serviría si a la menor dificultad dijéramos «esto
es superior a mis fuerzas». U na vez que nos hemos
decidido por algo que valga la pena, lo que importa
es caminar sin desmayo, y confiar en Dios, que siem-
pre ayuda para que lleguemos hasta el final.

La importancia del esfuerzo

Con realismo y sensatez se comprende mejor que


lo que vale exige esfuerzo. De poco sirven los buenos
propósitos si no se lucha por alcanzarlos. Por supues-
to con rectitud. Porque no se trata de demostrarle a

207
nadie lo mucho que uno puede y vale. Sería un dispa-
rate. Así lo acabó entendiendo «el viejo» del relato.
De nada le sirvió su experiencia, y mucho menos sus
sueños. Lo que vale cuesta, no se consigue sino con
tenacidad y constancia. La simple inspiración o la
idea genial, por sí mismas no sirven para alcanzar lo
que uno se propone. Se han de puntualizar los objeti-
vos, y luego con orden ir avanzando paso a paso hasta
llegar a la meta. Desechando claro la ansiedad que en-
torpece, y sin pretender conseguir las cosas de inme-
diato. El cansancio, el hastío o la desilusión, que obli-
gan a caminar al ralentín, se superan con optimismo y
esperanza, haciendo en cada momento lo que se debe
y poniendo la cabeza en lo que se hace.
No olvidemos, además, que el esfuerzo ha de ser
constante, el mismo un día y otro, conjugando la tena-
cidad con el imprescindible sosiego. En buena medida
esto depende de la voluntad. Quien la educa llega a ser
dueño de sí mismo, tiene paz y se siente con fuerzas
para cumplir lo que se propone. Dice el dicho popular
que «querer es podeD>. Siempre, claro está, que se esté
dispuesto a actuar con orden, respetando los tiempos.
De otra parte hay que recordar que nadie puede querer
por otro. La voluntad es intransferible. Cada cual ha de
responder de sus actos libres y voluntarios.
El entusiasmo facilita por su parte que el acto de
voluntad sea más humano. Ayuda a poner el corazón
en lo que se hace, empuja y da bríos para llevar ade-
lante los planes que se hicieron. El mismo esfuerzo
y tenacidad que requieren se hacen menos costosos
cuando hay ilusión y se hacen las cosas con entu-
siasmo. Pero atención: no confundamos el hacerlas
con entusiasmo a realizarlas por entusiasmo. El en-

208
tusiasmo es un medio, no un fin. Por esto algunos se
desfondan cuando les falta y se sienten decaídos. El
mayor obstáculo de la constancia es el aburguesa-
miento, la comodidad o el tedio. Se superan cuando
la voluntad es recia y se pasa por encima del «me gus-
ta o me apetece». Lo normal, y no hay que asustarse,
es que aparezca el cansancio y que incluso desaparez-
ca la primera ilusión. Es éste justo el momento de re-
doblar el esfuerzo, de avivar la esperanza, de fortale-
cer el optimismo. Es la hora de la voluntad, no la del
sentimiento. Con una voluntad recia y tenaz es fácil
sobreponerse a la desgana, aun cuando lleguen a cos-
tar las cosas o escaseen las fuerzas.
Educar la voluntad, fortalecerla, es el objetivo. Per-
mite sobreponerse a los obstáculos, recuperar fuer-
zas y luchar contra la rutina. Dejarse dominar por el
sentimiento es como «arrojar la toalla» en el primer
asalto. Y así, los propósitos que con tanta ilusión se
hicieron, pueden convertirse por falta de voluntad en
una pesada carga. Vencer la desgana, luchar contra
el hastío, es poner los medios para ir adelante sin
mirar atrás. La voluntad fuerte, constante y ordena-
da, es como la joya de la verdadera personalidad.

Voluntad, no voluntarismo

Luchar por conseguir lo que uno se propone es,


en efecto, obra de la voluntad. Pero no confundamos
voluntad con voluntarismo. El voluntarista se mueve
impulsado por su pasión, se lanza a hacer aquello
que le gusta. Derrocha entusiasmo, se muestra vehe-
mente. Pero en cuanto se topa con la dificultad aca-

209
ba dominado por sus emociones y por inconstancia
abandona sus propósitos. Le basta un pequeño con-
tratiempo para venirse abajo. Su voluntad es todavía
muy frágil. Ha de educarla para ser tenaz y discipli-
nado. Mejorará con ello su carácter, ganará en equi-
librio y estabilidad emocional, y lo que es más im-
portante, superará el voluntarismo.
Aconseja el profesor Grimaldi 86 que nadie debe-
ría lanzarse a hacer planes si no está decidido a lle-
varlos a cabo. Ha de proceder con prudencia, con
circunspección. Esto es, con el esmero de los antiguos
pesadores de oro. Más que pensar en sí mismo y en
las dificultades que se puedan presentar, es preciso
asegurar que uno se siente llamado a embarcarse en
ese asunto. Una vez que lo ha decidido, ha de poner
toda su voluntad para que se realice, aun cuando
aparezcan dificultades. Lo que importa es mantener
hasta el final el empeño puesto en un principio. De
donde se sigue que nadie debe sentirse obligado a
hacer algo para lo cual no se siente capacitado. Si
después de una madura reflexión decide hacerlo,
debe perseverar hasta verlo concluido.
Y justo aquí es donde entra en juego la virtud de
la tenacidad. Sin ella ningún propósito, por bueno y
valioso que sea, se podría realizar. Tenaz es la perso-
na que cumple con constancia y hasta el final lo que
se ha propuesto, aunque le suponga sacrificio. Todos
hemos de estar prevenidos ante la tentación de aban-
dono: jóvenes y mayores, intelectuales y obreros,
campesinos y artesanos, comerciantes y deportistas ...

86 Cf. N. Grimaldi, Dimensiones de la voluntad, AA. VV., p. 5 ss.

210
Cualquiera que sea la actividad que se desarrolle, se
necesitan grandes dosis de tenacidad y coraje para
sacarla adelante. Y en este punto no se pueden per-
der de vista dos vicios dañinos que atentan contra la
constancia: la pereza y la comodidad. Como le ocu-
rrió al «viejo pescador», se superan a base de ilu-
sión, comenzando y recomenzando cuantas veces
sea preciso. Siempre, claro, que por encima del sen-
timiento se deje que actúe la voluntad.
La constancia y la tenacidad son por esta razón
virtudes clave para llegar a la madurez. Es obvio que
poco se puede hacer cuando la voluntad es endeble o
se tiene un ánimo irresoluto. Cualquier tarea que se
emprenda, grande o pequeña, requiere para su realiza-
ción empeño tenaz y un ánimo incansable y optimista.
Si por falta de voluntad se abandona, se saboreará la
amargura del fracaso. Voluntad, pues, tenacidad y
constancia, pero sin caer en el voluntarismo, sin de-
jarse dominar por el sentimiento. Es un esfuerzo que
vale la pena, porque se ve recompensado con la paz
y el gozo que da la tarea bien realizada.

Dominar el tiempo

Cada tarea requiere de un tiempo para su realiza-


ción. Sería ingenuo e ilusorio pensar que de la noche
a la mañana veremos cumplidos nuestros planes y
propósitos. Es preciso proceder con sensatez, por eta-
pas. A veces se irá por veredas llanas, otras por ca-
minos empinados y tortuosos, y no faltarán las oca-
siones en las que haya que desandar lo andado por
habernos equivocado. Somos caminantes, y no po-

211
demos detenernos hasta alcanzar la meta. Para ello
se han de marcar bien los tiempos, ir paso a paso, sin
la pretensión de llegar al final de un solo salto. El
trigo que mañana se convertirá en pan ha de ser
sembrado hoy, con la esperanza de ver multiplicado
el fruto. Toda labor de siembra exige la roturación
previa del terreno, junto con una labor de abono, rie-
go y prevención de plagas. En todo este proceso se
requiere tenacidad y constancia, a la espera de que
se cumpla el ciclo y pueda recogerse la cosecha.
El mañana, por consiguiente, depende en buena
medida de lo que hagamos hoy. O lo que es lo mismo,
el futuro está siempre condicionado por el presente.
La memoria histórica es maestra de vida. Aprendien-
do del pasado pueden ponerse los medios para evitar
errores en lo venidero. Todo el acontecer humano
está entretejido de luces y sombras, de éxitos y fra-
casos. En cada hombre se dan tiempos de bonanza y
de aridez, de certezas y de incertidumbres, de optimis-
mos y desilusiones. Con todo, no estamos ni domina-
dos por el presente ni condicionados por el pasado.
Somos libres. Por encima del devenir circunstancial
y arbitrario, contamos con ese valor tan precioso y
cotizado como es la voluntad. Gracias a ella el hombre
puede dominar el tiempo con señorío, sin sentirse de
ningún modo predeterminado por él. Por ser libre, la
voluntad es una facultad que asemeja al hombre a
la divinidad. No la poseen ni las plantas, ni las bes-
tias, ningún animal por evolucionado que sea.
La voluntad capacita al hombre para superar sus
limitaciones, le dota de intrepidez y empuje para so-
breponerse al tiempo y sus condicionamientos.
¡Dadme un punto de apoyo -exclamaba Arquíme-

212
des- y moveré el mundo! La voluntad es la fuerza
más poderosa con la que Dios ha dotado al hombre.
Le permite enfrentarse a los asuntos más difíciles y
superarlos con éxito. Lo cual no es incompatible para
que en ocasiones se tope con su miseria y debilidad.
Como criatura, el hombre es limitado. Cualquier ta-
rea que emprenda ha de realizarla poco a poco, no
de golpe. En lo poco está lo grande. Gracias a esto,
cualquier tarea humana es susceptible de convertirse
en una obra de arte, esbelta y hermosa.
Se domina el tiempo cuando se está en los detalles,
cuando se pone decisión y empeño en la tarea diaria.
Tras un paso otro, como el montañero que se propone
escalar cimas tan altas que a primera vista podrían pa-
recerle inaccesibles. Sabe que ha de poner no sólo el
corazón sino también la cabeza. Las corazonadas no
pocas veces resultan traidoras. Con tesón y fuerza de
voluntad, sin voluntarismos, irá dando pasos firmes
con la convicción de que alcanzará la meta. Algo pa-
recido a lo que sucede en el terreno personal cuando
se trata de alcanzar la madurez adulta. Se han de po-
ner los medios con cabeza, decisión y constancia, en
la convicción de que si se persevera se llegará.

Pautas de aprendizaje

• Formular bien los propósitos, sabiendo que los


buenos deseos no bastan. Lo cual exige reflexionar,
pensar bien lo que se quiere, perfilar los detalles y
decidirse a actuar. Previamente se han de comprobar
las posibilidades que se tienen de llevar a cabo los
propósitos.

213
• En los propósitos conviene distinguir entre deseos
y realidades. Y para esto no se han de dar excesivas
alas a la imaginación; hay que dominar los sentidos y
atenerse a planes reales. Y, por supuesto, evitando el
pensamiento de creer que se es el mejor o más perfec-
to. Con sensatez hay que atenerse a la realidad, po-
niendo la cabeza y el corazón en lo que se ha de hacer,
aprovechando el tiempo y estando en los detalles.
• Siempre adelante, aunque se sienta el cansancio
o decaiga la ilusión. Los obstáculos (falta de frutos o
posibles fracasos) no han de importar. Si aparecen
hay que pensar: «Un hombre puede ser destruido,
pero no derrotado». Recordarlo de vez en cuando
ayudará a sacar fuerzas de flaqueza cuando se está a
punto de desistir. Lo que importa es comenzar de
nuevo, con mayor ilusión. En todo caso, bueno será
aprovechar las experiencias para ser realistas y forta-
lecer la voluntad.
• Se ha de recordar también que «el éxito es menos
valioso que la lucha misma». Nunca se ha de dar uno
por vencido. No se ha de olvidar que cuando no se
avanza, se retrocede. Ese es el reto. Todo un revulsivo
contra la desgana, la apatía o la indiferencia. Y, de otra
parte, sin dormirse en los laureles cuando el éxito se
sube a la cabeza y uno piensa que es un genio.
• Fortalecer la voluntad, sin caer en el volunta-
rismo. Hay que distinguir bien lo que es trabajar con
entusiasmo y por entusiasmo. Porque el entusiasmo
puede decaer o incluso desaparecer. No importa cuan-
do se mantiene firme la voluntad, cuando se hacen
las cosas sin prisas ni atolondramientos. Frente a la pe-
reza o comodidad hay que responder con una mayor
tenacidad y constancia.

214
TERCERA PARTE

MADURAR POR DENTRO


Como sucede con las frutas, a las personas hay
que conocerlas por dentro para saber como son. Por
muchas medallas que cosechen, si no se prueban no
se sabrá qué calidad tienen. Una pera o una manza-
na, por ejemplo, pueden seducir por su aspecto exte-
rior -aroma, color, fragancia-, pero pueden resul-
tar indigestas si no están maduras. Con las personas
pasa otro tanto. Pueden llegar a atraer por su porte
exterior, por su elegancia y modales exquisitos. Pero
no es oro todo lo que reluce. Sobre todo cuando se
enfadan por pequeñeces o se desalientan cuando se les
lleva la contraria. No han madurado por dentro, su
personalidad aún no está acabada.
Hemos hablado de la importancia de cultivar una
serie de virtudes humanas para llegar a la madurez
adulta. En esta tercera parte damos un paso más.
Nos planteamos la necesidad de cultivar las virtudes
teologales para madurar «por dentro». Como el buen
vino, también el hombre ha de adquirir un cierto bu-
qué, solidez y consistencia. El paso del tiempo pue-
de ayudar, pero no es suficiente. Un buen <<jerez»,

217
por ejemplo, además del tiempo y el grado de hume-
dad que necesita, requiere para su crianza del influjo
de una buena «madre». Gracias a ella adquirirá la
calidad de la solera, junto con el color, el aroma y el
buen sabor.
La «madre», en el caso del hombre, no es otra
que la gracia divina. Gracias a ella se dinamizan las
potencialidades del alma y se adquiere el tono que
caracteriza a los hijos de Dios. Quien es dócil y res-
ponde con docilidad, notará que se aviva su fe, a la
vez que consolida su esperanza y aprende a amar.
Verá todo a su alrededor con nuevos ojos, su visión
de la vida será más justa y optimista. Cuando se cre-
ce por dentro se descubren luces y vibraciones dis-
tintas. Con una visión nueva de las cosas, es más fá-
cil ser el instrumento de paz que el mundo necesita.
Hay quienes dejaron de creer en Dios, pero se
acostumbraron a vivir de supersticiones. Y es evi-
dente, lo vemos a diario, que por mucho que lo in-
tentan no logran llenar su vacío interior recurriendo
a las adivinaciones. Piensan que prediciendo el futu-
ro asegurarán el presente. Sin darse cuenta que pre-
ferir el horóscopo, el tarot o la quiromancia a la pa-
labra de Dios es quedar sumidos en la tristeza. En
momentos de euforia pueden creerse superhombres,
pero en momentos de baja y a solas con sus mise-
rias, quedan desconcertados. Necesitan de alguien
que alivie sus penas, que les anime y les haga volver
al verdadero camino.
El hombre que ha logrado madurar por dentro goza
de una cierta estabilidad anímica y espiritual, vive en
el presente sin tenerle miedo al futuro. Y porque vive
de fe, confía en la gracia. Es consciente de que el futu-

218
ro depende de Dios, y que será feliz si sabe abando-
narse en su providencia. Alentado por la fe, será capaz
de desbaratar los enredos de esa ideología laicista que
pretende hacer tabla rasa de cuanto se presenta como
trascendente o tiene un matiz religioso. Un cristiano
ha de ser responsable, resistiéndose a pasar por alto lo
que supone un atentado contra la moral personal, fa-
miliar o social. Si vive su fe, y aunque le tachen de bi-
cho raro, responderá con valentía, con claridad y sin
complejos. No puede permanecer en Babia. Ante un
reto de tamañas dimensiones, el camino no es otro que
el de tomarse en serio la propia formación, para ma-
durar y estar en condiciones de ayudar a otros.

l. Avivar la fe

Es ésta hoy una de las tareas más urgentes que


tenemos por cristianos. La fe es sin duda la fuerza
que necesitamos para responder a los grandes re-
tos que plantea la sociedad actual. Lo recordaba Juan
Pablo 11. «La unión de Cristo con el hombre es la
fuerza y la fuente de la fuerza, según la incisiva expre-
sión de san Juan en el prólogo de su Evangelio: «Dios
les dio la capacidad de ser hijos de Dios» (Jn 1, 12).
Esta es la fuerza que transforma interiormente al
hombre, como principio de una vida nueva que no se
desvanece y no pasa, sino que dura hasta la vida
eterna» 87 • Pronunciadas al inicio de su pontificado,
han resultado premonitorias de su entera actividad.

87 Juan Pablo 11, Ene. Redemptor hominis, n. 18.

219
La fe en Cristo, Redentor del hombre, llenó la entera
existencia de este hombre tan singular. Como suce-
sor de Pedro, gozó de la fuerza interior necesaria
para anunciar el mensaje evangélico por el mundo
entero sin recortes ni complejos.
Ahora han cobrado plena actualidad las palabras
que pronunció desde el balcón de san Pedro cuando
fue elegido Papa. «¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par
en par las puertas a Cristo!» Por el ancho mundo dio
testimonio de la fe que llevaba dentro. De su interior
brotaba aquella paz y alegría que provenía de Dios y
no del mundo. La fe le sostuvo, con mayor fuerza
cuando se sintió enfermo y en extremo debilitado.
Gracias a su fe, se veía vibrar su corazón lleno de
alegría. Lo pudimos comprobar en Cuatro Vientos, en
la reunión con la juventud dos años antes de su falle-
cimiento. Aquella fe, al exteriorizarse, producía en
jóvenes y mayores resonancias muy profundas. Fue-
ron muchos los que cambiaron de vida, y por su-
puesto nadie quedó indiferente.
Aun así, son muchos todavía los que parecen te-
ner narcotizado su espíritu. Las tentaciones pueden
ser muchas, y algunas de lo más sutiles. Hemos de
estar prevenidos. En la misa por la elección del nue-
vo Pontífice, decía el cardenal Ratzinger: «No debe-
ríamos quedarnos como niños en la fe, en estado de
minoría de edad. Y, ¿qué significa ser niños en la fe?
Responde san Pablo: significa «ser llevados a la de-
riva y zarandeados por cualquier viento de doctri-
na». ¡Una descripción muy actual!» Y a continuación
habló de los vientos que durante estos años han za-
randeado la barca del pensamiento cristiano: del mar-
xismo al liberalismo, del ateísmo a un vago misticis-

220
mo, del agnosticismo al sincretismo ... Para concluir
que Cristo es «la medida del verdadero humanismo.
Adulta no es una fe que sigue las olas de la moda y
de la última novedad; adulta y madura es una fe pro-
fundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta
amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da la
medida para discernir entre lo verdadero y lo falso,
entre el engaño y la verdad».
N o hay que tener miedo a la verdad. La fe y la
verdad siempre van de la mano. Por consiguiente,
cuando la fe es auténtica uno queda protegido de los
ataques del relativismo agnóstico, de las ideologías
materialistas o las morales permisivas. Lo hemos
visto recientemente. Aquellos que con obstinación
negaron la existencia de Dios y su actuación a lo lar-
go de la historia, acabaron reconociendo su error.
Llámese caída del muro de Berlín, el declinar de los
regímenes comunistas, el fin de los sembradores de
muerte y exterminio. La verdad se impone: Jesucris-
to, centro y el Señor de la Historia, es el único que
trae la salvación al hombre. Ante esta realidad, el
hombre de fe ha de respirar profundamente y llenar-
se de optimismo.
Avivar la fe, pues, hacerla madura, con la convic-
ción de que es un generador espiritual de alta poten-
cia, un auténtico reactor nuclear del alma. Quien cul-
tiva la fe tiene más facilidad y soltura para moverse
en el plano sobrenatural. Puede servir un ejemplo.
Cuando por nacimiento una persona tiene un deter-
minado talento artístico, no se dice por eso que sea
un artista. Lo será en la medida que se esfuerce por
cultivar un arte determinado. Así lo describe el llora-
do Juan Pablo 11: «Quien percibe en sí mismo esta

221
especie de destello divino que es la vocación artísti-
ca -de poeta, escritor, pintor, escultor, arquitecto,
músico, actor, etc.- advierte al mismo tiempo la
obligación de no malgastar ese talento, sino de de-
sarrollarlo para ponerlo al servicio del prójimo y de
toda la humanidad» 88 • Es algo que, mutatis mutandis,
puede aplicarse a los talentos espirituales, llámense
virtudes morales o teologales. Incoadas en el bautis-
mo, han de crecer y desarrollarse hasta formar hábi-
tos estables, virtudes operativas.
Por lo que se refiere a la fe, hay que distinguir
entre virtud y acto fe. La virtud de la fe es como una
semilla que Dios infunde en el alma. Para que ésta
crezca y se desarrolle han de hacerse actos de fe
cada vez más intensos. La mayoría de los cristianos
recibieron la fe de niños, pero no comenzaron a ejer-
citarla hasta llegar al uso de razón. Es entonces
cuando están en condiciones de comprender algunas
de las verdades de fe: entre otras, que Dios existe y
ha creado al hombre a su imagen y semejanza, y que
junto al pecado que pueda cometer siempre está dis-
puesto a darle su gracia. Aunque aún sean niños,
ante estas verdades pueden pronunciar ya en primera
persona un «yo creo». Es el acto de fe que les hace
madurar por dentro y enriquecerse como personas.

Valorar la fe

Existe la tendencia a valorar a las personas por


su prestigio profesional, por su poder económico o

88 Juan Pablo 11, Carta a los artistas, n. 3.

222
su rango social. Sus cualidades interiores, sus creen-
cias o competencia, se olvidan o desprecian. Sin com-
prender que la verdadera categoría de las personas
no puede medirse por parámetros exclusivamente
cuantitativos. Lo que le da categoría va por dentro,
es algo cualitativo. Así, por ejemplo, el amor a la ver-
dad, la finura de conciencia, la coherencia entre la fe
y las obras, la generosidad y el espíritu de servicio ...
Son rasgos que caracterizan la madurez interior, y se
manifiestan en un equilibrio estable y en solidez de
espíritu. Ahí radica la verdadera calidad de la perso-
na. ¿Cómo llegar a ella? Por la fe, por la correspon-
dencia a la gracia. En la medida que el hombre se
identifica con el querer de Dios, tiene más facilidad
para comprender el sentido de su existencia y el pa-
pel que tiene en la vida.
La conjunción entre fe y obras se llama coheren-
cia. Sin embargo, hoy se prefiere hablar más que de
coherencia de «talante», de «estilo» o de «buenas ma-
neras». Hay que andar con cuidado para no dejarse
llevar del error. Porque cuando el talante o el estilo
no se corresponden con una conducta recta y cohe-
rente, es decir, cuando se produce un desfase entre
lo que se dice y lo que se hace, entre el pensamiento
y la conducta, lo que hay es incoherencia. Y así, a
nadie en su sano juicio se le ocurrirá tomar el simple
talante como modelo de conducta. ¿O lo tiene acaso
el que con una verborrea superficial desacredita la
moral y da la espalda a Dios? Es evidente que en
ningún caso puede proponerse a tal persona como
modelo. La coherencia exige en primer lugar veraci-
dad y prudencia, fundamento del auténtico talante y
expresión de fe verdadera.

223
El cristiano ha de forjar su «talante» en la fragua
de la fe. Ha de hacerla operativa. Una labor ardua,
esforzada y laboriosa en la que más de una vez ha-
brá de comprometer la propia vida. Como don, la fe
se ha de pedir con humildad. Es, como dice el Evan-
gelio, un tesoro oculto que hay que descubrir, la per-
la preciosa que se ha de encontrar. Jesús la compara
con un granito de mostaza, pequeño en un principio
pero que llega a hacerse un arbusto frondoso cuando
se cultiva. La fe, por tanto, hay que pedirla. No es
resultado de un ejercicio intelectual. En palabras de
Spicq 89 , «no es un conocimiento nuevo que enrique-
ce mis concepciones anteriores, ni un modo de vida
que se sobrepone a otros; sino que es, a la vez, el sa-
crificio de la autonomía personal y una consagración
de todo el ser. Por lo tanto, es una novedad absoluta
(2 Cor 5, 17) que nos recrea y nos informa -como
el alma organiza la materia humana- y nos da un
nuevo rostro (nueva personalidad). Todo se ve con
ojos nuevos, y se adopta una nueva escala de valores.
La fe pone a Dios y a Cristo en el principio de nues-
tra vida, en la raíz de todo lo demás ... Todo alcanza
un nuevo sentido (1 Cor 15, 28)».
La fe por consiguiente conforma el carácter del
hombre, ilumina su inteligencia y da vigor a su vo-
luntad. No se le da para que presuma de ella, y menos
para mirar a otros con arrogancia. No. El creyente
no es un superdotado. Pues aunque por el bautismo
ha sido elevado al orden sobrenatural, no se ha de ol-

89 C. Spicq, Teologfa del Nuevo Testamento, EUNSA, t. 1, pp. 269-


270.

224
vidar que «es criatura, es decir, indigencia congénita,
debilidad permanente, cuyo ser y cuya vida son puro
don de Dios» 90 • La fe no debe servir por tanto para
pavonearse, sino para otorgar a Dios el crédito del
personal reconocimiento. Cuando se le da, se le con-
fía la dirección de la propia vida. Lo cual no signifi-
ca renunciar a la libertad personal, sino buscar en
Dios, y sólo en Él, todo lo que se necesita. En otras
palabras: quien vive de fe deja en manos de la Provi-
dencia el presente y el futuro, cuanto es y posee, su
modo de ser, pensar, amar y obrar. El que se decide a
dar este paso podrá decir con plena convicción: «Tú
eres mi seguridad, Yahvéh; en tus manos me confío,
tú me salvarás, Dios de verdad» 91 •

Cambiar de «chip»

Al avivar la fe se supera la visión simple y mez-


quina de las cosas; y porque significa verlo todo des-
de Dios, se está en condiciones de ver antes lo posi-
tivo que lo negativo de todo. Por la fe se tiene una
percepción mucho más certera de la realidad, se cap-
ta el valor de las personas, se está en condiciones de
encarar el futuro con esperanza. Quizá uno pueda lle-
gar al límite de sus fuerzas. Pero si confía en Dios,
no se vendrá abajo. Al contrario, acometerá con de-
cisión lo que sabe que debe hacer, y pase lo que pase
se mantendrá sereno. Al hombre y la mujer que vi-

90 lbfd., p. 225.
91 Sal 31, 5-6.

225
ven su fe les resulta connatural la presencia de Dios.
De ahí que recurran a Él con la sencillez y confianza
del niño que se agarra fuertemente a su padre cuan-
do se siente indefenso.
De esa fe y de esa confianza habla el ruso Sergei
Kourdakov en su novela autobiográfica El Esbirro.
N arra su historia, la de un hombre que queda huérfa-
no a los cuatro años. Su padre, partidario de Stalin,
muere al llegar Krouchev al poder. Su madre, Ani-
sia, muere también unos meses después. A Sergei lo
llevan a un orfelinato, donde tiene unas duras expe-
riencias. Allí ve cómo muere de hambre uno de sus
mejores amigos. Una lección que jamás olvidaría.
Saca una conclusión: sólo los fuertes consiguen so-
brevivir. Y se decide a ser el más duro y astuto entre
sus compañeros. Lo cual le hace volverse sumamente
egoísta y ambicioso. Su mayor aspiración es destacar,
triunfar, dominar sobre los demás. Como es listo, lo
consigue. Se convierte en un auténtico líder. A los
quince años ingresa en la Liga de las Juventudes Co-
munistas; allí estudia marxismo y leninismo, siendo
también el primero.
Al acabar la carrera militar se atrae la simpatía
del KGB. Recibe órdenes para que persiga y maltra-
te a los «creyentes». Los considera estúpidos porque
no se defienden. Pero poco después se da cuenta de
que es gente especial: no odian, son valientes y, ade-
más, buenos trabajadores. Lo confirma cuando cono-
ce a N atacha, una muchacha cristiana guapa y elegan-
te, a la que admira por la paz y alegría que transmite.
A pesar de esto confisca los libros religiosos de
aquellas personas por subversivos. Un día, picado por
la curiosidad, lee uno de ellos. Se admira al compro-

226
bar que sólo habla de cómo Jesús enseña a rezar.
Piensa que aquello se opone a la doctrina comunista.
Pero, de otra parte, observa que enseña a los creyen-
tes a perdonar cuando les ofenden. Algo muy distin-
to de lo que él imaginaba. Al final reconoce que no
son los cristianos los equivocados sino él mismo por
su incoherencia.
Desde entonces se niega a hacer más redadas. Se
dirige a Moscú para tener tiempo y poder reflexio-
nar. Le urgía dar con algo en qué creer, necesitaba
darle sentido a su vida. La oportunidad se le presen-
ta cuando lo nombran oficial de un submarino. Ya en
él, le comunican que ha sido trasladado como oficial
de radio al dragaminas Shturman Elagin, con el que
se encontrarían frente a Vancouver. Desde allí se di-
rigirán a la isla Amchitka, en la costa de Alaska. Ve
en esto la oportunidad que esperaba. Lo decide. Se
arrojará a las aguas heladas cuando estén próximos a
la costa, aun a sabiendas de que sólo podrá aguantar
unas pocas horas a nado.
Tal como lo decide lo realiza. Se arroja al agua, y
tras cinco horas a nado, cuando ya no puede más, re-
curre al Dios de N a tacha. N o sabe cómo, pero le
pide que le ayude. Cerca de la costa logra escalar un
cortado de unos setenta metros, del que cae en una
profunda grieta que le deja magullado el cuerpo. San-
gra por las piernas, los pies y las manos. Tirita, se
siente exhausto. Al poco queda inconsciente. No re-
cuerda nada más.
Quizá parezca una historia interesante, por lo arries-
gada. Sin embargo la historia de Sergei Kourdakov
tiene una conclusión inesperada. Contra todo pronós-
tico, ha conseguido llegar a la orilla. Una mujer avi-

227
sa a la policía, lo conducen a un hospital y allí queda
recluido en la sección penitencial. Tras idas y veni-
das de un hospital a otro, junto con estancias breves
en comisarías, un día estando en la celda siente la
necesidad de dirigirse a Dios. «Me puse de rodillas,
como había visto que hacían los creyentes. Pensé
que esto podía ayudarme. Pero no sabía ninguna ora-
ción. Estaba confuso; me consideraba ridículo y me
sentí avergonzado. Pero mi corazón estaba tan lleno
de penas, que me puse a hablar con Dios. Era lo úni-
co que se me ocurría. No sabía si Él me escuchaba o
no. Lo único que sé es que durante unos momentos
me sentí más aliviado».
Le nombran un abogado de oficio. El proceso es
largo y llega un momento en que se creía morir. Un
día recibe la visita de un empleado de la oficina gu-
bernamental, que le dice:
-Kourdakov, hemos estudiado su historia con todo
detalle, desde el comienzo hasta el final. Hemos intro-
ducido todos los datos en un ordenador especialmente
programado para analizarlos: la temperatura del agua,
la dirección y la fuerza del viento, la violencia de la
tempestad, la distancia del barco a la orilla, la altura de
las olas ... , incluso su fuerza física. Pues bien, nuestros
científicos han introducido todos estos datos en el or-
denador y el resultado del análisis efectuado por éste
es que usted no puede haber sobrevivido. ¿No habrá
algo, aunque sea una insignificancia, que se haya usted
olvidado de decir concerniente a aquella noche?

Reflexioné unos momentos, y a continuación dije:


-La sola cosa que no he mencionado es que le
recé mucho a Dios.

228
Aquel señor se marchó y volvió al cabo de algu-
nos días.

-Sergei -me comunicó, le interesa saber que


cuando se introdujeron en el ordenador todos los da-
tos, incluyendo el de su oración a Dios, la máquina
respondió que su éxito y su supervivencia eran posi-
bles. Ahora creemos su historia.

Me quedé atónito. ¿Qué podría saber un ordena-


dor acerca de Dios?
Después me explicaron que la oración que yo ha-
bía dirigido a Dios fue considerada como una «fuer-
za psicológica», y que esa gran fuerza psicológica,
junto con mi fuerza de voluntad, fueron los factores
«motivadores» que hicieron posible que yo sobrevi-
viera.

Vivir deje

La historia de Sergei podría ser la de cualquiera


de nosotros. ¿A quién no se le ocurriría, en una si-
tuación extrema como la suya, recurrir a la gracia de
Dios? Cuando ha agotado sus fuerzas y llega a la ex-
tenuación, pone en juego algo que hasta ese momen-
to estaba como adormilado en el fondo de su alma.
Había recibido el bautismo de pequeño, pero nunca
había practicado su fe. No obstante, aquella semilla,
aunque dormida, permanecía en él. Cuando se ve solo
y sin fuerzas, la gracia le empuja a ponerla en prácti-
ca. Y lo hace. Esta es la «fuerza psicológica», el
«factor motivador» que le permitió sobrevivir. Den-
tro de sí descubre el poder de la gracia con la que no

229
contaba, algo tan sublime que ningún cerebro infor-
mático podía comprender.
Por cristianos, necesitamos avivar la fe, hacerla
operativa. Y esto obliga a cambiar de «chip». Para
sobrevivir en un mundo de envidias y rencores, es
preciso confiar en la gracia, no en la astucia ni en los
bienes de fortuna. Sólo la fe es la que capacita al
hombre para sobreponerse a las tentaciones, intrigas
y temores. Es éste el gran descubrimiento de Sergei.
La fe le permitió salir adelante. Hay muchos que,
aun estando bautizados, no se dan cuenta del gran
tesoro que llevan dentro. Incluso algunos consideran
la fe como un fenómeno trasnochado, que condena
al ser humano a la inanición. N o saben lo que es la
fe, no tienen experiencia de ella. No, la fe no es un
fuego fatuo, ni un producto de la imaginación. Es
tan real, que gracias a ella el hombre puede liberarse
de la esclavitud de las pasiones, de los altibajos de
su carácter.
La fe, en efecto, obliga a cambiar de modo de
pensar y obrar. Nadie puede lograrlo por sí mismo,
es un don divino. Por esto exige docilidad, corres-
pondencia. Siendo como es obra exclusiva de la gra-
cia, «no es menos cierto que creer es un acto auténti-
camente humano. No es contrario ni a la libertad ni a
la inteligencia del hombre depositar la confianza en
Dios y adherirse a las verdades por Él reveladas. Ya
en las relaciones humanas no es contrario a nuestra
propia dignidad creer lo que otras personas nos di-
cen sobre ellas mismas y sobre sus intenciones, y
prestar confianza a sus promesas [... ] Por ello, esto-
davía menos contrario a nuestra dignidad «presentar
por la fe la sumisión plena de nuestra inteligencia y

230
de nuestra voluntad al Dios que revela» y entrar así
en comunión íntima con Él» 92 •
Fiarse de Dios, creer en el poder de su gracia, es
lo que libera y engrandece. La persona vacilante en
su fe se expone a mimetizarse con el ambiente, a
perder su vigor interior. Y cuando un cristiano se en-
fría, olvida su condición de hijo de Dios. Y no diga-
mos si se paganiza. De éstos decía el Apóstol de las
gentes: «Como no tuvieron a bien guardar el conoci-
miento de Dios, Dios los entregó a su réprobo sentir
para hacer lo que no se debe». Y a continuación da
una larga lista de las consecuencias perniciosas de
semejante impostura 93 •
Por su parte, el príncipe de los Apóstoles les apli-
ca este fuerte proverbio: «Vuélvese el perro a su vó-
mito y la cerda lavada a revolcarse en el cieno» 94 •
Imagen dura pero clarificadora. Porque es triste que
después de haber recibido la gracia bautismal, por
miedo o vergüenza uno se aparte de Dios. Pero, nos
preguntamos, ¿cabe avergonzarse de la fe? Es más
bien para sentirse orgullosos de haberla recibido. No
hay que olvidar -en palabras de san Juan- que la
fe es «la victoria que vence al mundo» 95 •

Dudas deje

El ser humano es limitado por naturaleza, débil y


lleno de miserias. Pero, por la gracia, es hijo de

92 CEC, n. 154.
93 Cf. Rom 1, 28-32.
94 Cf. 2 Pe 2, 22.
95 1 Jn 5, 4.

231
Dios. En su vida le asaltarán mil tentaciones que
pondrán a prueba su fe. Sin embargo, en un porcen-
taje elevado, se trata de dudas que no provienen de
un planteamiento dogmático o doctrinal, sino de con-
flictos interiores, de problemas de conciencia no re-
sueltos. Se cree entonces una cosa y se hace otra. No
es en este caso la fe la que crea el conflicto moral,
sino el modo de vivir inmoral el que provoca las du-
das de fe. Se puede llegar a perder la paz, planteán-
dose uno de paso problemas de fe. Es lo que suele
ocurrir cuando alguien decide casarse con una perso-
na divorciada; o aquella otra que piensa que lo mejor
es tomar anticonceptivos; o la que se decide a abor-
tar en previsión de males mayores.
En ninguno de estos casos se plantean tales per-
sonas problemas de fe. En todo caso, el problema
vendrá después. Y entonces querrán buscar justifica-
ción a lo que hicieron porque les remuerde la con-
ciencia. Esgrimirán todo tipo de razonamientos inten-
tado justificar lo injustificable. Y a al ver que lo hecho
fue claramente inmoral y que no tiene justificación
posible, echarán mano del tan manoseado argumento
de que «todos lo hacen». Con esto, lo único que con-
siguen es aplazar su conflicto interior, pero sin lo-
grar recuperar la paz que perdieron.
Cuando no se vive de acuerdo con lo que se cree,
es inevitable que aparezca la desazón interior y todo
tipo de conflictos. Gran parte de los miedos, fobias y
agresividades que se sufren en la actualidad tienen
ese origen. Y para quitárselos de encima y justificar
su conducta inmoral, algunos arremeten contra los
preceptos morales. No es raro entonces que vean con-
tradicciones donde no las hay, que se ataque al mis-

232
mo magisterio de la Iglesia echándole en cara que no
respeta la libertad de conciencia.
Otros van todavía más lejos. Dicen que «creen» en
Dios, pero no en la Iglesia. Es otra forma de justificar
lo injustificable. Una incoherencia. ¿Es que se puede
creer en Dios sin creer en la Iglesia? ¿No ha sido fun-
dada por Jesucristo, que además de ser perfecto hom-
bre es perfecto Dios? Quien rechaza la Iglesia pero
dice creer en Dios, razona sin fundamento. La Iglesia
es una creación divina, no humana. A los apóstoles, y
en ellos a sus sucesores, ha dicho el Maestro: «Quien
a vosotros escucha, a mí me escucha; y quien a voso-
tros rechaza, a mí me rechaza. Y quien me rechaza,
rechaza al que me ha enviado» 96•
Si se escucha y obedece lo que dice el magisterio
de la Iglesia no es por el prestigio humano de quie-
nes hablan o por su ciencia o sabiduría, sino porque
a través de ellos habla el mismo Cristo. Si nos fia-
mos de la Iglesia es porque es santa, como santo es
su Fundador. Lo confesamos cada vez que recitamos
el Credo. Esto no quiere decir que todos en la Iglesia
sean santos e impecables. No. La Iglesia lo es, pero
no todos y cada uno de sus miembros. Pues junto a
personas santas se encuentran otras que no lo son.
No vino Jesús a llamar a los justos, sino a los peca-
dores. Así lo expresa cuando dice: «No tienen nece-
sidad de médico los sanos, sino los enfermos». Por
tanto, lo que deben pedir a la Iglesia los que la criti-
can es que procure hacer santos a cuantos acuden a
ella. Sin olvidar que entre sus miembros también se

90 Le 10, 16.

233
encuentran ellos. Así pues, de nada sirve escudarse
en las miserias propias o ajenas para convalidar los
actos contrarios a la fe. El camino más sensato es re-
conocer lo que se hizo mal y rectificar.
Tomarse en serio la fe obliga a cargar con la per-
sonal responsabilidad. De lo contrario se endosaría a
la Iglesia lo que es competencia exclusiva de sus fie-
les. Esto debería hacernos reflexionar. Con gran lu-
cidez comenta R. Knox: «Lo que impide la conver-
sión de algunos no es la maldad de unos pocos
católicos, sino la mediocridad de la mayoría. Existe
una tentación para nosotros por el sólo hecho de per-
tenecer a la Iglesia santa: la de cruzarnos de brazos y
decir, «no tengo por qué tomarme la molestia de ha-
cer nada especial, ya lo hace la Iglesia por mí. Pero
tú y yo tenemos que rivalizar con la Iglesia llevando
sus colores. Y cuando decimos: "creo en la Santa
Iglesia Católica", queremos decir, entre otras cosas,
"creo que la santidad es una cosa buena y que la san-
tidad es una buena cosa para mf''» 97 • Lo cual, por co-
herencia, supone huir de la mediocridad, superar las
dudas y ganar en madurez, para dar testimonio a
cuantos se enfriaron en su fe.

La fe mueve montañas

En su ateísmo, Nietzsche se atrevió a decretar la


«muerte de Dios», colocando en su lugar al «super-
hombre». Pues bien, este hombre llega a decir: «¡Hay

97 Ronald Knox, El Credo a cámara lenta, Ed. Palabra, p. 194.

234
del día en que los cristianos pongan por obra su fe;
ese día estamos perdidos!» A su modo intuía que la
fe mueve montañas. Porque cuando un cristiano es
consecuente con su fe, es capaz de transformar con
el poder de Dios la entera sociedad, cada una de sus
instituciones. Así lo entendió un hombre santo de
nuestro tiempo, quien como fruto de su experiencia
afirma: «Si los cristianos viviéramos de veras con-
forme a nuestra fe, se produciría la más grande revo-
lución de todos los tiempos ... »98 • Es la consecuencia
lógica de la enseñanza del Maestro: «Todo es posi-
ble para el que cree».
No siempre es fácil creer de ese modo. Ni siquie-
ra los discípulos que vivían junto a Jesús pudieron.
En una ocasión, cuando tratan de expulsar a un demo-
nio, se ven impotentes. Acercándose a Jesús le pre-
guntan por qué no pudieron, y él les responde: «Por
vuestra poca fe. Porque os aseguro que si tenéis fe
como un grano de mostaza, diréis a este monte:
"Trasládate de aquí allá", y se trasladará y nada os
será imposible» 99 • En realidad no es que los discípu-
los no tuvieran fe, sino que era aún muy imperfecta.
Debían pedir, insistir y perseverar, hasta conseguir
una fe más robusta y operativa.
En el Evangelio puede apreciarse la estrecha rela-
ción que se da entre la fe y los milagros operados
por Jesús. Muchos se acercan al Maestro para que
les cure. Pero sólo lo hace cuando comprueba la fe
del que se lo pide. Así sucede, entre otros, con el pri-

98 San Josemaría, Surco, n. 945.


99 Mt 17, 20.

235
mer milagro, el de las bodas de Caná. A ruegos de su
Madre, que le dice «no tienen vino», obra el mila-
gro. Y lo hace por la fe de María, que dirigiéndose a
los sirvientes da por hecho que su hijo la escucharía.
Por eso les dice: «Haced lo que él os diga». Y ya sa-
bemos, aquellos hombres fueron dóciles y llenaron
de agua las seis tinajas destinadas a las purificacio-
nes rituales. En contra de toda lógica humana, el
agua se convierte en el mejor de los vinos. La fe de
María ha sido la causa de que el milagro se realizara.
Novios e invitados quedan asombrados por el prodi-
gio. Y también los discípulos, que a partir de enton-
ces creen en la divinidad de su Maestro.
Junto a éste, existen en el Evangelio otros muchos
milagros que subrayan la importancia de la fe. Así,
el de la curación de Bartimeo, el mendigo ciego de
Jericó. Pedía limosna en una de las puertas de la ciu-
dad. Tan pronto como le dicen que es Jesús el que
pasa, comienza a gritar: «Jesús, hijo de David, ten
compasión de mí». Ha de repetir varias veces su pe-
tición. Jesús lo manda llamar y le pregunta: «¿Qué
quieres que te haga?» Sin pensarlo dos veces, aquel
ciego le dice: «Señor, que vea». Y Jesús le responde:
«Ve, tu fe te ha salvado». Al instante recuperó la vis-
ta. Otro tanto le sucede al centurión que tiene a su
criado enfermo. Pide a Jesús su curación. Pero pien-
sa que no es digno de que entre en su casa, y que por
tanto le basta con decir una palabra para que su cria-
do se cure. Viendo la fe de aquel hombre, responde
Jesús: «En verdad os digo que en ninguno de Israel he
encontrado una fe tan grande». La misma fe se apre-
cia en la hemorroisa, aquella mujer que llevaba doce
años enferma, a pesar de haber gastado cuanto tenía

236
en médicos sin que ninguno hubiera podido curarla.
«Con que sólo toque su manto -se decía-, sana-
ré». Y abriéndose paso entre la multitud, se acerca a
Jesús por detrás, toca su vestido y al instante queda
curada. Dándose cuenta Jesús de que alguien le ha-
bía tocado con fe, la mujer confiesa que ha sido ella.
«Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado».
Son muchos los milagros relatados en los Evan-
gelios en los que se manifiesta la relación entre la fe
y los milagros realizados por Jesús. Y es que cuando
la fe es verdadera mueve montañas. Ante la duda o
la vacilación, por tanto, se ha de responder con fe
viva, operativa. El acto de fe permite al hombre amar
de verdad, introducirse en la intimidad divina. Quie-
re esto decir que no es el sentimiento, por fuerte que
sea, sino el amor a Dios el que potencia la fe y la lle-
va a su plenitud. «Si me amáis -dice el Maestro-,
guardaréis mis mandamientos» 100 • El acto de fe no es
algo ciego, como hecho a regañadientes; sino el ho-
menaje de la razón, que por amor se entrega de modo
incondicionado. El acto de fe prueba que el hombre
se fía de Dios, que de modo libre se somete a su vo-
luntad. El corazón rebosa entonces de alegría, y lle-
no de esperanza puede decir con el Salmista: «Corro
por los caminos de tus mandamientos, pues Tú dila-
taste mi corazón ... Andaré por camino espacioso, por-
que busco tus preceptos» 101 •
De la fe incondicional al querer divino procede el
verdadero optimismo. N o depende del nivel de vida

100 Jn 14, 15.


101 Sa/119, 32.45.

237
que se alcance, ni de la salud que se tenga, ni de verse
libre de preocupaciones. El optimismo cristiano hun-
de sus raíces en la fe, se alimenta de la esperanza y
llega a plenitud por el amor. No es un sentimiento cir-
cunstancial o pasajero. Quien vive de fe y la actualiza
con frecuencia moverá montañas, hará frente a las di-
ficultades y contratiempos. Nada le superará, porque
Dios no pierde batallas. Inter medium montium, per-
transibunt aquae, a través de los montes las aguas pa-
sarán. No hay obstáculo que la fe no pueda superar.
¡Qué distintos serían algunos y algunas si en lu-
gar de protestar cuando algo les sale mal avivaran su
fe y confiaran en Dios! La fe, en efecto, mueve mon-
tañas. Tal vez haya que esperar. Dios no pide im-
posibles, pero sí una perseverancia mayor. Al final
desaparecen miedos y fobias, se recupera la paz y se
alcanza la victoria.

2. Fomentar la esperanza

Orgulloso de sus talentos y valía, no pocas veces


intenta el hombre resolver sus problemas y preocu-
paciones sin contar con la gracia. Al confiar en sus
solas fuerzas vive como si Dios no existiera. Una per-
sona así ni practica la fe ni valora la esperanza. ¿Por
descuido? ¿Por inmadurez? Quizá por ambas cosas.
Y así, y muy a su pesar, es posible que pasen los días
y no logre ganar ni en madurez ni en personalidad.
Su aspiración se reduce a pasarlo bien, a gozar de la
vida. Sin comprender que lo de aquí abajo es limita-
do, que la felicidad donde se alcanza en plenitud es
en el cielo. Por lo que muchos, sobredimensionando

238
sus talentos naturales, por inanición dejan morir la
vida de su espíritu. Con lo fácil que les resultaría dar
mayor relieve e importancia a los medios sobrenatu-
rales, viviendo de fe y de esperanza. Saborearían así
el maravilloso mundo de la gracia, les resultaría más
fácil captar los porqués de la vida.
Cuando el Hijo de Dios vino hace veinte siglos a la
tierra, encontró un mundo a oscuras. Las gentes se afa-
naban, comerciaban y se enriquecían. Parecían felices,
pero en realidad no lo eran porque su alma estaba va-
cía. Desconocían el verdadero sentido de la vida, no
comprendían lo que significaba la gracia, tenían una
idea confusa del mundo futuro. Esperaban que alguien
-no sabían quién- diera respuesta a sus anhelos de
felicidad. Pero el tiempo pasaba y seguían esperando.
El Pueblo elegido, Israel, esperaba al Mesías anuncia-
do por los Profetas. Pensaban que traería la paz y los
colmaría de bienes. Unos aguardaban con esperanza;
otros lo hacían de modo pasivo, sin estar convencidos
del todo de quién era aquel al que esperaban.
En la plenitud de los tiempos, aparece Jesús, el
Mesías en el que durante tantos siglos habían espe-
rado. Lo esperaban como un ser extraordinario, por-
tentoso en obras y palabras. Mas para su sorpresa, se
presenta con suma sencillez, sin alardes ni acciones
llamativas. Golpea sus corazones, les habla de espe-
ranza, de conversión y penitencia. Venía para salvar,
no para condenar. Libres de las ataduras del pecado,
descubrirían el verdadero sentido de la vida. Lo dice
presentándose como la verdadera «luz del mundo» 102 •

102 Jn 8, 12.

239
Quien se abra a su luz saldrá de su ignorancia, andará
por caminos de esperanza. La suya es una «luz» des-
tinada iluminar a todos los hombres, no a una elite o
grupo social determinado. Su alcance es universal,
su resplandor se proyecta sobre todos los pueblos.
Jesús, el Maestro de Nazaret, llama a unos cuan-
tos para que le sigan de cerca. A estos les dice: «No
se enciende una lámpara para ponerla bajo el cele-
mín, sino sobre el candelero, para que ilumine a to-
dos los que están en la casa» 103 • Aquellos hombres
eran en su mayoría pescadores de Galilea, sin letras
y sin un especial relieve social. Con paciencia el
Maestro va iluminando sus inteligencias, abre sus
corazones y los llena de esperanza. Poco a poco van
aprendiendo a confiar en Dios y a desconfiar de sí
mismos. Toscos de carácter y con una fe más bien
endeble, se entusiasman con el mensaje que Jesús
les comunica. No lo dudan. Lo dejan todo, y le si-
guen. En la orilla del lago quedan barcas y redes, in-
cluida la familia. Con luces nuevas, el corazón de
aquellos pescadores se abre a horizontes apostólicos
nunca imaginados.
El Maestro vive y sigue llamando. Y lo hace en
un mundo que en muchas facetas aún permanece a
oscuras. Algunos, apenados y entristecidos por sus
problemas, deben abrirse a la esperanza. Jesús sigue
actuando. Confía en el hombre, y espera que confíen
en él para sacarles de su ignorancia. Con su gracia a
todos da su fuerza para que superen sus dificultades.
El Señor se interesa por todos, a todos llama. «Mira

103 Mt 5, 15.

240
que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y
me abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él
conmigo» 104 • De todos espera una respuesta genero-
sa, aun cuando el primer beneficiario sea el mismo
hombre. En la medida que responda madurará por
dentro. Lleno de esperanza, recuperará el optimis-
mo, sin miedo a cuanto pueda depararle el futuro.

Razones para la esperanza

La virtud de la esperanza es hoy una virtud bas-


tante ignorada. Y no obstante se necesita, aunque mu-
chos la desconozcan. Gran parte de las tristezas, pesi-
mismos y desalientos desaparecen cuando se vive de
esperanza. Por lo que deberíamos preguntamos: ¿qué
tengo que hacer para adquirirla, o para aumentarla si
ya la tengo? Hay que empezar por saber que la espe-
ranza, como virtud teologal, está fuera de todo pará-
metro humano. No se puede conseguir con las propias
fuerzas, es un don que se nos infunde en el bautismo.
De ahí que en la medida que se hacen actos de espe-
ranza uno se llena de paz y confianza. Se combate
así cualquier desánimo, y lo que es más importante:
se supera esa visión derrotista de la vida que tanto
daño puede hacer al alma.
N o hay que confundir la espera con la esperanza.
Hay quienes se pasan la vida esperando. Esperan
que les toque la lotería, que les aumenten el sueldo o
que les llegue una herencia para comprar una buena

104 Ap 3, 20.

241
casa o un coche último modelo. En todos estos casos
se trata de una espera pasiva. Poco o nada se puede
hacer para que se realice lo que se desea. N o es éste
el objeto o fin de la virtud de la esperanza. No es un
esperar sin más. Como virtud teologal, infundida por
Dios en la voluntad, se tiene la seguridad de alcan-
zar la vida eterna y los medios necesarios para lle-
gar a ella. Entre otras cosas porque la esperanza se
apoya en el auxilio omnipotente de Dios, que no
puede fallar. Gracias a esta certeza, uno puede lan-
zarse sin miedo a la búsqueda de la felicidad que no
defrauda, del bien que está más allá de todo esfuerzo
humano. Esta realidad sólo puede ser constatada por
la fe. Pues, como afirma el Apóstol, «la esperanza que
se ve no es esperanza, pues ¿quién esperará lo que ve?
Luego si esperamos lo que no vemos, con paciencia
lo anhelamos» 105•
Vive de esperanza, por tanto, aquel que pone por
obra su fe. N o se trata de una utopía. Ahí está, para
demostrarlo, esa gran lección de esperanza dada por
el cardenal vietnamita F. X. Nguyen van Thuan en
su libro Testigos de esperanza 106 • Deja constancia
con gran vivacidad de lo que significa la virtud de la
esperanza y de cómo se puede corresponder a ella. A
los pocos meses de ser nombrado obispo de la ciu-
dad de Ho Chi Minh (antes Saigón), es detenido por
las autoridades comunistas. Pasa trece años en la
cárcel, nueve de los cuales los sufre en régimen de
aislamiento. Su relato es estremecedor.

105 Rom 8, 24-25.


106 Card. F. X. Nguyen van Thuan, Testigos de esperanza, Ciudad
Nueva, Madrid 2000.

242
«Salí de casa vestido con la sotana; llevaba un ro-
sario en el bolsillo. Durante el viaje hacia la prisión
me doy cuenta de que lo estoy perdiendo todo. Sólo
me queda confiarme a la providencia de Dios. Aun en
medio de tanta ansiedad, siento una gran alegría:
"Hoy es la fiesta de la Asunción de la Bienaventurada
Virgen María al cielo".
Desde aquel momento está prohibido llamarme
"obispo, padre ... ". Soy el señor Van Thuan. No puedo
llevar ningún signo de mi dignidad. Sin previo aviso,
también Dios me pide que vuelva a lo esencial.
En el shock de esta nueva situación, cara a cara
con Dios, siento que Jesús me dirige la pregunta: Si-
mon, quid dicis de me? -Simón, ¿quién dices que soy
yo? (cf. Mt 16, 15).
En la prisión, mis compañeros, que no son católi-
cos, quieren comprender «las razones de mi esperanza».
Me preguntan amistosamente y con buena intención:
"¿Por qué lo abandona usted todo: familia, poder, ri-
quezas, para seguir a Jesús? ¡Debe de haber un motivo
muy especial!". Por su parte, los carceleros me pre-
guntan: "¿Existe Dios verdaderamente? ¿Jesús? ¿Es
una superstición? ¿Es una invención de la clase opre-
sora?"».

Este hombre, callado y humilde, es un ejemplo


vivo de esperanza. En ningún momento se vino abajo;
confió en Dios, en la acción de su gracia. Puso los
medios que tenía a su alcance, y lo que es más im-
portante: nunca dejó de rezar. En cuanto pudo se las
ingenió para celebrar misa, aun cuando era consciente
de que se jugaba la vida. Un día deposita en la palma
de su mano unas cuantas gotas de vino que le sirven
para consagrar. Su fe es muy grande, como lo es su
fuerza interior. Aun recluido y vilipendiado, se sen-

243
tía joven, capaz de superar cualquier desmayo. Sabía
muy bien que la esperanza muestra su vitalidad en
las dos virtudes que la acompañan: la perseverancia
y la paciencia. La primera le ayuda a mantenerse fir-
me en su empeño por ser fiel; la segunda le llena de
paz y confianza.
En una conferencia que dio en la Universidad de
Salford, Gran Bretaña, un alumno le pregunta: «Pa-
dre, hablo en nombre de los seminaristas. ¿Puede
dejarnos una consigna?» «No me esperaba esta pre-
gunta -respondí-, pero no quiero defraudaros. En
mi vida, que ha sido larga y accidentada, he hecho esta
experiencia: si sigo fielmente, paso a paso, a Jesús,
él me conduce a la meta. Caminaréis por senderos
imprevisibles, a veces tortuosos, oscuros, dramáti-
cos, pero tened confianza: ¡estáis con Jesús! Arrojad
sobre él todas vuestras ansias y preocupaciones. No
os preocupéis de cómo atraer a las multitudes. Estad
seguros: ¡si seguís a Jesús, la gente os seguirá!» 107 •

Falsas esperanzas

Todos, por ley de vida, necesitamos esperar en


algo. Pero corremos el peligro de olvidar que somos
limitados y podemos equivocarnos. Ocurre cuando
en lugar de vivir de esperanza se recurre a sus suce-
dáneos. Son falsas esperanzas, que dejan vacío al
hombre y pueden hacerlo desgraciado. Hay que estar
prevenidos. Recordemos la influencia que tuvieron y

107 lbfd., p. 58.

244
tienen algunas formas de la psicología profunda ins-
piradas en la filosofía oriental. Prometen al hombre,
como vimos, sacarle de la «rueda de la vida» a tra-
vés de la ascesis y la meditación. Dando por supues-
to que la vida es corta, ven necesario que el hombre
pase por sucesivas reencarnaciones (mentenpsico-
sis). Piensan que así llegarán a suprimir los deseos,
causa de infelicidad, y que eliminándolos alcanzarán
la paz del nirvana. No pasa de ser una falsa esperan-
za, por cuanto esa paz del todo inmanente depende
de una decisión personal, sin relación alguna con lo
trascendente, y en consecuencia sin conexión con el
destino eterno del hombre.
Se equivocan pues quienes en lugar de confiar en
Dios todo lo esperan del hombre. De ahí el descora-
zonamiento de cuantos «esperan» y no hallan, y sin
saber a donde se dirigen van dando palos de ciego
por la vida. Con la intención de escapar del presente
se refugian en el pasado; viven de sueños e ilusio-
nes, incapaces de aceptar la realidad tal como se les
presenta. Y por eso andan siempre esperando. El sim-
ple esperar puede ser útil al principio, pero a la larga
puede hundir si no se funda en la esperanza. De este
fenómeno, cada día más extendido, ha dicho el teó-
logo ortodoxo P. Evdokimov: «Por una rara aliena-
ción, el hombre de este mundo vive en el pasado, en
sus recuerdos, a la espera de su porvenir; en cuanto
al momento presente trata de evadirse de él y ejerci-
ta su espíritu inventivo en cómo «matar el tiempo
mejor». Este hombre no vive en el aquí y ahora, sino
en fantasías de las que es inconsciente. [... ] El pasa-
do y el futuro, en su abstracta dislocación, son ine-
xistentes, y no tienen acceso a la eternidad; ésta no

245
converge sino hacia el momento presente, y no se da
sino a quien se hace totalmente presente en ese mo-
mento. Sólo en esos instantes se puede alcanzar y vi-
vir en la imagen del presente eterno» 108 •
En efecto, es pura ilusión el esperar «tiempos me-
jores». La persona madura es realista. Sabe que el
pasado no vuelve y que el futuro se le presenta in-
cierto. Fundar la esperanza en sueños o quimeras, no
pasa de ser una ingenuidad. El hombre sólo posee el
presente, esa es su riqueza. Vivir el presente con in-
tensidad y esperanza es lo que importa. Sólo enton-
ces se ven cumplidos los sueños y las ambiciones
nobles. El que se desentiende del presente edifica
sobre arena. Este es el gran riesgo del hombre de
hoy. Se va con prisa a todas partes, hay un afán des-
medido por ver cumplidos cuanto antes propósitos y
deseos. Pero por falta de reflexión, de sosiego, no se
saborea el presente, no se vive de esperanza. Y es ella,
sin embargo, la encargada de introducir nuestros afa-
nes y desvelos en esa corriente de eternidad en la
que encontrarán su cabal cumplimiento.
Aún estaba en la cárcel cuando Van Thuan se ha-
cía esta reflexión. «He de afrontar la realidad. Si es-
pero el momento oportuno de hacer algo realmente
grande, ¿cuántas veces se me presentará una ocasión
como ésta? Una sola cosa llegará con certeza: la muer-
te. Es preciso aprovechar las ocasiones que se pre-
sentan cada día para realizar acciones ordinarias de
modo extraordinario». Y concluía: «Vivir el momento

108 P. E. Evdokimov, Le etá delta vita spirituale, Bolonia 1968,

pp. 257-258, citado por Van Thuan, o.c., p. 13.

246
presente es el camino más sencillo y seguro hacia la
santidad». De esta convicción surgía su plegaria: «Je-
sús, no esperaré; vivo el momento presente colmán-
dolo de amor». Ésta es la verdadera esperanza.
Aferrarse al futuro -siempre incierto- como
única fuente de esperanza, es caer tarde o temprano
en la desesperanza. El futuro es impredecible, está
lleno de imprevistos. No se puede confiar en él, pero
también sería insensato vivir de rentas refugiándose
en el pasado. Del pasado viene por lo general la año-
ranza, la melancolía o la tristeza. Si se quiere madu-
rar por dentro y ser realistas, se ha de vivir concen-
trados en el presente. No se debe dejar que pase el
tiempo a la espera de un no se sabe qué. A cada ins-
tante hay que darle vibración de eternidad 109 • De este
modo, cada acción, cada vencimiento, adquirirán un
sentido nuevo, serán momentos de eternidad, instan-
tes de felicidad.
Vivir el presente es importante. Pero siempre,
claro está, que se obvien dos vicios que pueden difi-
cultar el ejercicio de la esperanza: por defecto, la de-
sesperación; por exceso, la presunción. Caen en el
primero los que, dadas sus experiencias negativas,
piensan que nada pueden y renuncian a ser santos, o
sea, a alcanzar la plenitud de vida cristiana a la que
deberían aspirar. Por esto viven sin ilusión ni estímu-
lo, no se plantean metas altas en su vida. Son perso-
nas pusilánimes que, por comodidad, se dejan abatir
por los miedos y la desconfianza. Su misma inmadu-
rez les lleva a conformarse con la mediocridad. Al

109 Cf. Forja, n. 917.

247
no contar con la gracia de Dios, todo lo ven negro,
difícil y complicado. El más pequeño esfuerzo les
asusta, cualquier meta que se les proponga les pare-
ce un rascacielos. Y todo porque no viven de espe-
ranza, porque no confían en la acción siempre actual
del Espíritu en las almas.
En el extremo opuesto está el vicio de la presun-
ción. La persona presuntuosa tiende a confiar o bien
en sí misma con exceso, o en la sola acción de la
gracia. Son dos formas de presunción: la de aquellos
que confían que con sus solas fuerzas alcanzarán la
felicidad (Pelagio), y la de quienes al confiar tanto
en la gracia divina niegan el mérito de las buenas
obras (Lutero). En ambos casos se trata de una falsa
esperanza. Los primeros basados en que el hombre
es bueno por naturaleza y, como consecuencia, no
necesita la ayuda de la gracia. Los segundos porque,
a aun siendo pesimistas al sostener que el hombre
está corrompido, dicen que basta la fe para salvarse;
y así, su inicial pesimismo se convierte en una con-
fianza ciega. Mas si la fe no se traduce en obras, el
suyo sería un esperar sin esperanza.

Actos de esperanza

Ni podemos confiar en las solas fuerzas humanas,


ni de una manera ciega en la acción de la gracia. Va
contra la virtud de la esperanza. Como virtud, la es-
peranza no es una simple espera, y menos una espe-
ra basada en una ilusión. Se trata de una espera es-
peranzada, de la tensión gozosa hacia una meta que
se presenta como cierta, nada menos que la posesión

248
de Dios para siempre. Y esto nos reclama una fe prác-
tica, que es confiar en los medios sobrenaturales a la
vez que se ponen los humanos. Es una actitud que se
aleja tanto de la desconfianza del pusilánime como
de la vana confianza del presuntuoso. El que vive de
esperanza se crece ante los obstáculos, sin presumir
de sus solas fuerzas y sin esperar a que Dios se lo dé
todo hecho. La esperanza nos hace superar los fa-
llos, nos da fuerzas para comenzar y recomenzar
cuantas veces sea preciso, convencidos de que con la
gracia de Dios todo lo podemos. «Deja que Dios
vaya por delante -aconsejaba san Agustín- y lle-
garás». Junto con la gracia divina, pues, el esfuerzo
humano; con la fe, las obras. Solos no, con Dios
todo: cualquier dificultad puede superarse, y vere-
mos asombrados que las cosas saldrán antes y mejor
de lo que esperábamos.
Dios cuenta con nuestra colaboración y esfuerzo
para salvarnos. En la primera guerra mundial, el ma-
riscal Folch repetía de continuo: «Las guerras han
sido siempre ganadas por soldados cansados». Y así
es, el esfuerzo cansa, lo que vale cuesta. Y más cuan-
do el objetivo por el que se lucha es la salvación
eterna. Para alcanzarla se requieren grandes dosis de
tenacidad y constancia. Lo normal es que en la vida
surjan dificultades, dudas y abandonos. No es para
preocuparse, con tal de luchar y no perder la espe-
ranza de llegar. Un acto de esperanza, pues, y a vol-
ver a empezar. Es el mejor modo de combatir hasta
el más pequeño asomo de pusilanimidad o incons-
tancia. Aunque en alguna ocasión podamos venirnos
abajo, un acto de esperanza y a seguir luchando con
la ayuda de la gracia.

249
Puede servir en este caso de ejemplo la parábola
del hijo pródigo 110 • Un muchacho, como muchos
otros, que se sentía feliz en la casa de su padre. Pero
soñaba con un mundo distinto, lleno de ilusión y
fantasía. Convencido de que sería feliz fuera de su
hogar, pide a su padre la parte de herencia que le co-
rrespondía. Con ella bajo el brazo, se marcha a un
país lejano. Muy pronto experimenta su error. Sin
dinero, quebrantada su salud y a merced de lo que
quisieran darle, reconoce que se ha portado mal con
su padre. Sin darle más vueltas, se pone en camino.
Hace un acto de esperanza; sabe que ha pecado con-
tra su padre, pero confía en su misericordia. Y así es.
En cuanto confiesa su pecado, su padre le abraza y
perdona.
Algo parecido puede ocurrimos a nosotros. Aleja-
dos de Dios experimentamos pronto el desconsuelo.
Pero basta con un acto de esperanza para volver
arrepentidos a la casa del Padre. No importa la mag-
nitud de la ofensa con tal de estar arrepentidos. Dios
nos aguarda con los brazos abiertos, nunca se cansa
de esperar. Comprende nuestras flaquezas, nos ofre-
ce de continuo su ayuda. Si respondemos, ganaremos
en madurez interior, como el hijo pródigo, dispues-
tos a rehacer nuestra vida.
Al amor inmenso de Dios se ha de responder con
actos cada vez más intensos de esperanza. Y eso de-
penderá de la imagen que cada uno se haya hecho de
Dios. Lógicamente varia en función del atributo di-
vino que se destaque. Así, unos tienden a ver a Dios

11 ° Cf. Le 15, 11-32.

250
como infinitamente justo. Más que imaginárselo como
Padre lo ven como un juez justiciero y exigente. Con
lo que se llenan de escrúpulos y dudan que pueda
perdonarles. El permanente temor que sienten a ser
castigados les vuelve encogidos y timoratos. Sin li-
bertad de espíritu es difícil que experimenten la ale-
gría de sentirse hijos de Dios.
Otros ponen un énfasis especial en su infinita mi-
sericordia. Tienden a imaginarse a Dios como un
padre bonachón y cariñoso que acuna a sus hijos
hasta dejarlos dormidos. Escudados en su tolerancia
ilimitada aseguran que «pasa» de los defectos y mi-
serias humanas. Esta compasión por sus criaturas les
tranquiliza, aun cuando en el fondo no logran tran-
quilizar su conciencia. Pues aunque Dios ciertamen-
te comprende y perdona los pecados de los hombres,
aguarda el reconocimiento de sus pecados y una
conversión sincera. Si no, la tranquilidad que a pri-
mera vista parecen experimentar sería postiza. Les
ocurriría lo que al beodo, que tras una borrachera se
llena de paz y duerme a pierna suelta. Al día siguien-
te, sin embargo, lo más probable es que se levante
con un fortísimo dolor de cabeza.
De otra parte están los que se detienen en el atri-
buto divino de la omnisciencia. Lo cual les crea pro-
blemas interiores. Sobre todo porque les cuesta so-
portar a un Dios que lo sabe todo. Por esto tienden a
imaginárselo como un padre severo que todo lo con-
trola. No comprenden que Dios, aunque lo sabe todo,
es un Padre lleno de amor y cariño por sus hijos. Al
perderlo de vista, se ponen nerviosos y viven a la de-
fensiva. Les resulta muy difícil soportar a un Dios
vigilante que pueda pedirles cuentas en cualquier mo-

251
mento. Y así es normal que en ocasiones no se atre-
van a actuar por miedo a equivocarse y a que Dios
pueda recriminarles.
Ninguna de estas tres imágenes sobre Dios es co-
rrecta, y por supuesto ninguna facilita los actos de
esperanza. Estos surgen cuando la imagen que se tie-
ne de Dios es acertada, es decir, completa y no par-
cial. Y es que a la vez que se considera la infinita
justicia divina, ha de tenerse en cuenta su infinita
misericordia. No se pueden separar. Dios, en efecto,
cuida de sus criaturas como un padre lleno de ternu-
ra, pero a la vez lo hace como un padre infinitamen-
te justo. Nos comprende y se apiada de cada uno,
mas por ser justo pide cuentas de los talentos que ha
entregado. Además, por ser omnisciente, conoce a
fondo las debilidades y miserias de los hombres, dis-
puesto siempre a ayudarnos porque desea lo mejor
para nosotros. Por su amor -no hay que olvidarlo-
existimos. En lugar de atemorizarnos, su presencia
debería servirnos para llenarnos de optimismo. Si
Dios vigila sobre cada uno no es para hacerle ningún
daño, sino precisamente para proporcionarle la gra-
cia que necesita. Quiere que seamos felices, en la
tierra primero y después para siempre en el cielo.
Los actos de esperanza salen espontáneos cuando
se considera el atributo de la infinita bondad divina,
muchas veces olvidado. Sí, Dios es infinitamente
bueno, no sólo en sentido ontológico sino práctico,
por cuanto su amor trasciende a cada uno de sus hi-
jos. De ahí que la imagen de Dios será correcta cuan-
do, a la vista de su inmensa bondad, tenemos presen-
te también su infinita generosidad. Él nunca se deja
ganar en ella. Si el hombre le da como uno, Él le da

252
como cien. O lo que es más llamativo aún: al diez
mil por cien. Ningún banquero, por generoso que
sea, puede llegar a tanto. Esto tan patente no llega a
valorarse del todo. Por eso son tan pocas las perso-
nas que dan gracias por los dones recibidos y por los
desvelos divinos sobre ellas.
Son muchos los motivos que tenemos para hacer
continuos actos de esperanza. Cada uno recordará
aquellos momentos de apuro y desánimo que pasó
en los que vio de modo palpable la mano de Dios y
su inmensa bondad. La enfermedad que tal vez nos
pilló desprevenidos, la muerte de un ser querido que
nos hizo sangrar por dentro, el fracaso profesional
duro de encajar, el desenlace sentimental que tan
mal sabor de boca nos dejó ... Momentos en los que
quizá pudimos ver a Dios como un ser lejano y del
que pudimos pensar que no le importábamos. Recu-
perada la tranquilidad, fue fácil comprobar el bien tan
grande que se siguió de lo que en un primer momen-
to nos pudo parecer un auténtico desastre. Aquel acto
de esperanza que tanto costaba, terminó saliendo al
ver la bondad de Dios, que ama con locura a sus hi-
jos y nunca los abandona.

3. Aprender a querer

Quien ha aprendido a madurar no vive de ensue-


ños, ni espera de modo ingenuo una época dorada en
la que todo pueda resultarle placentero. El deseo de
felicidad es bueno y muy loable. Pero pensar que tan
sólo con desearlo se conseguirá, es un supino error.
Han de ponerse los medios. ¿Cuáles?, nos preguntare-

253
mos. Los adecuados. Porque la felicidad que el hom-
bre anhela no la alcanzará por medio de sus riquezas,
ni es fruto de su talento o de su fuerza de voluntad.
Aun teniendo todo esto, comprobamos que la mayo-
ría de las personas no son felices. Tal vez por un error
de apreciación. Pues, como expresa este sabio conse-
jo, «lo que se necesita para conseguir la felicidad, no
es una vida cómoda, sino un corazón enamorado» 111 •
La felicidad, en efecto, no es fruto de las riquezas
sino de saber amar, con el corazón entregado. Y esto
requiere un aprendizaje esmerado. Porque seremos
felices en la media que aprendamos a amar. El egoís-
mo siempre está al acecho, igual que la tristeza por
falta de amor. Por tanto, lo primero que se debe ha-
cer es combatir el egoísmo con la generosidad, la
tristeza con la humildad. La persona humilde deja
que la invada el amor de Dios, y llena de él se pone
en condiciones de ejercitarse en el amor. No se pue-
de dar lo que no se tiene. Cuanto más amor de Dios
se tenga, tanto mas generosamente se puede dar a los
demás. Querer con obras y de verdad, es propio del
que ha madurado por dentro, del que amando se ha
enriquecido como persona.

Querer no es sólo sentir

Hay que estar prevenidos para no caer en el error


de confundir querer con sentir. Es frecuente escu-
char en tertulias con amigos, familiares o compañe-

111 San Josemaría, Surco, 795.

254
ros, que lo importante en la vida matrimonial, por
ejemplo, es el amor, lo demás es secundario. Pero, al
discurrir de ese modo, se puede incurrir en un dicho
tan frívolo como falso: «El amor lo justifica todo».
Y lo primero que hay que preguntarse es: ¿De qué
amor se está hablando? Porque a nadie medianamen-
te sensato se le escapa que el amor, para que de ver-
dad lo sea, ha de ser generoso, no egoísta. Pues cuan-
do es verdadero, el que ama busca el bien de la
persona amada, no el suyo propio. Si se olvida esto,
puede confundirse el amor con la apetencia, la felici-
dad con una satisfacción placentera.
El amor humano se funda en el amor divino. Es
de Dios, y sólo de Él, de donde le viene al hombre
su capacidad de amar. Para amar, claro está, con un
amor efectivo y afectivo a la vez. Pues cuando el
amor se confunde con el sentimiento se verá some-
tido a multitud de vaivenes, dependerá de los esta-
dos de ánimo o de las circunstancias que se presen-
tan. Lo cual lleva al error de pensar que sólo puede
amar quien se siente feliz, o cuando el amor reporta
un beneficio. Se haría depender así la felicidad de un
hecho material. Es la que se experimenta, por ejem-
plo, al conseguir un empleo o recibir una herencia
que no se esperaba. Es obvio que fundar el amor en
un simple sentir no conduce sino a la insatisfacción
y, a veces, a la ruptura con la persona que debería
ser receptora de ese amor.
El amor no depende del sentimiento, está al so-
caire del tiempo, de la salud o de la situación econó-
mica que se tenga. Cuando es verdadero, el amor no
se queda en una simple manifestación afectiva. El que
de modo frívolo o inconsciente dice que «el amor lo

255
justifica todo», olvida una premisa: que el amor es
verdadero cuando se produce una comunicación in-
terpersonal, es decir, cuando se está dispuesto a darse
y respetar al otro. Es un amor que se manifiesta en
actos puntuales de generosidad, de entrega y sacrifi-
cio. Esto es lo que le da consistencia, no lo que se
«sienta». ¿Qué siente una madre tras una noche en-
tera pasada junto a la cuna de su hijo enfermo? Sue-
ño, cansancio, hambre. El amor no se siente, es efecto
de la voluntad. Se ama de verdad cuando el amor que-
da enaltecido por el sacrificio. No se queda en pala-
bras, se expresa en una entrega sin condiciones.
Una mujer tan experimentada como la santa de
Á vila, escribe: «En lo que está la suma perfección,
no es en regalos interiores ni en grandes arrobamien-
tos [... ], sino en estar nuestra voluntad tan conforme
a la voluntad de Dios, que ninguna cosa entendamos
que quiera, que no la queramos con toda nuestra vo-
luntad»112. No importa por tanto que se experimente
sequedad o aridez, o incluso un cierto disgusto por
falta de sentimiento. Es entonces cuando el amor
crece y se desarrolla, porque a pesar de no sentir se
sigue queriendo. En esto, como decimos, juega un
papel importante la voluntad, pues ama más el que
se da sin esperar recibir.
Querer al prójimo es querer lo mejor para él, es
decir, quererle feliz. Cuando esto se olvida, puede
salir de modo espontáneo esa expresión tan egoísta
como vulgar de que «a los demás que los parta un
rayo». No se quiere para ellos lo mejor porque no se

112 S. Teresa, Fundaciones 5, 10.

256
«sienten» como propios sus problemas. La clave de
ese «querer» está en querer sólo lo que se siente. Un
querer así no tiene consistencia. U no mete la cabeza
bajo el ala, como el avestruz, sin preocuparse por los
que sufren y padecen. Si no se percibe su dolor es
porque no se ama. Y se deja a la abuela enferma sola
con su sufrimiento, a la hermana abandonada por el
marido sin consuelo, al vecino que pasa por momen-
tos de apuros sin una palabra de alivio, al compañe-
ro que perdió su empleo sin echarle una mano. Sí,
hay quienes ven todos esos sufrimientos, pero no los
«sienten» como propios. Si alguien se atreve a echar-
les en cara su actitud egoísta, dirán en tono displicen-
te: «¡Ése es su problema!» Parece que quieren dejar
claro que el sufrimiento ajeno no es de su incumben-
cia. Se interesan tan solo por lo que pueda resultar-
les útil, por aquello que les haga felices.

Querer de verdad

El ególatra agosta el amor apenas nacido. Al vivir


centrado en sí mismo, deja que su corazón se vuelva
frío e indiferente. N o ama, pero reclama para sí el
cariño que no da. Su inmadurez le ha replegado en
un mundo de fantasías, siempre a la busca de evasi-
vas para no complicarse la vida. Su deseo primordial
es hacer lo que le apetece. Una persona así ni ama ni
da calor, no se preocupa por crear un hogar acoge-
dor, por ser entre sus compañeros elemento de paz y
no de discusión.
N o es justo manipular con nuestra conducta el
verdadero significado de la palabra amor. Por esto

257
urge aprender a querer, con el fin de ser personas de
unión y no de división, generosas y no egoístas. No
hay que olvidar que lo que mueve de verdad no son
las palabras sino el testimonio, una conducta cohe-
rente más que mil sermones. Esto es válido para to-
dos, pero más para el discípulo de Cristo, de quien
se espera que refleje la vida de amor de su Maestro.
Es inconcebible un cristiano egoísta, y menos que
predique una cosa y viva otra. De ahí la alegría que
produce el testimonio de quienes, coherentes con su
fe, aprendieron a amar con obras y de verdad, llá-
mense Padre Pío, Madre Teresa de Calcuta o Juan
Pablo 11, como hemos tenido ocasión de comprobar
en los últimos años.
Hace poco me contaron una anécdota que puede
ilustrar lo dicho hasta aquí. Con motivo de un curso
de cristología organizado por unos estudiantes univer-
sitarios, acudió una chica musulmana de origen ma-
rroquí. El primer día, nada más empezar, reunidos los
participantes fueron exponiendo los motivos que ha-
bía llevado a cada uno a ese seminario. Iban dando
cuenta de sus lugares de procedencia, de la carrera
que estudiaban y de su interés por el curso. Cuando le
llegó el tumo a la estudiante marroquí, dijo que aun-
que era musulmana acudía a él por el gran interés que
despertaba en ella la figura de Jesús de N azaret, al
que apenas conocía. Y, para que nadie se hiciera ilu-
siones, aclaró que ella consideraba a Mahoma como
el primero y el más grande de los profetas. Su interés
respondía a una simple curiosidad intelectual.
Pasaron los días. Al concluir, tuvieron una anima-
da tertulia de despedida. Cada uno fue manifestando
sus impresiones. Al tomar la palabra la estudiante

258
musulmana, para asombro de todos le oyen decir:
«Se acordarán que al comenzar les dije que venía
sólo para conocer algo de la vida de Jesús, y que
para mí Mahoma era el más grande de los profetas.
Hoy, después de haber conocido un poco más a Je-
sús y su obra, he de decirles que estaba equivocada.
He llegado a la conclusión de que no es Mahoma el
mayor de los profetas, sino Jesús. Y querrán saber
por qué. Se lo contaré brevemente. Mahoma dejó en
el Corán como mandamiento la ley del talión: «ojo
por ojo, diente por diente». Una ley que todavía hoy
está en vigor y se cumple escrupulosamente. Y ya ven
las consecuencias: odios, enfrentamientos, guerras,
terrorismo, muerte ... Afganistán, Irak, Palestina ...
Nueva York, Madrid, Londres ...
Frente a esta barbarie -continuó- me he llena-
do de alegría al descubrir el mandamiento nuevo
dado por Jesús. El suyo no es de odio, sino de amor.
Me he impresionado cuando dice: «Si te pegan en
una mejilla, pon la otra». Y a sus discípulos: «Amaos
los unos a los otros como yo os he amado». Y no
sólo lo dice, sino que él mismo lo cumple. Amó has-
ta entregar su vida. Y más asombroso aún: no sólo
amó a sus discípulos sino también a sus enemigos,
incluso a los que le crucificaron. He comprendido al
ver su actitud eso de que «nadie ama más que el que
da la vida por sus amigos». Todo esto, como ven, me
ha hecho cambiar de opinión. No podía imaginar que
nadie pudiera querer hasta esos extremos. Por eso he
concluido: no es Mahoma, sino Jesús, el mayor y
más grande de los profetas.
Un descubrimiento que puede hacernos pensar. El
amor de Jesús, el que cada uno de sus seguidores de-

259
bería practicar, no puede quedarse en mera teoría.
N o es fruto de un vano sentimentalismo, sino de una
entrega generosa y efectiva. Está por encima de la
utilidad, de la ambición egoísta o de la busca exclu-
siva del propio placer. Supone darse del todo, querer
de verdad, sin esperar nada a cambio.

Querer al prójimo

Es cierto que el Maestro puso muy alto el listón


del amor. Con su vida nos ha enseñado a amar a
Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno
mismo. Para esto hemos sido creados, ésta es la ra-
zón última de nuestra existencia. Por lo que se refie-
re al cristiano, Dios ha infundido en su alma el subli-
me don del amor. Un don que ha de cultivarse y que
sólo puede crecer mediante actos continuos de gene-
rosidad. Es verdad, como vimos, que la tendencia
espontánea del hombre es apetecer lo que le entra
por sus sentidos. Por esto pueden entrar en colisión
la necesidad de amar a Dios, a quien no se ve, con el
deseo o apetencia de un bien inmediato, que por ser
visible atrae y cautiva. Y eso aun a sabiendas de que
es un bien de menor calidad.
El corazón necesita amar, puesto que para eso ha
sido creado. Es ésta su vocación primaria. Se debe
amar en primer lugar a Dios, secundariamente al
prójimo. Pero nadie podría hacer realidad esta obli-
gación sin una gracia especial. De ahí que Dios haya
derramado en el corazón de cada hombre el germen
de su amor. Por el bautismo toma posesión del alma
y convierte al hombre en hijo suyo. El bautizado se

260
hace así otro Cristo, con capacidad de amar como
Cristo ama. Y por esa identificación, el amor del
cristiano se funde con el amor de Cristo y puede lle-
gar al Padre. Se trata de un amor a la vez divino y
humano, puesto que por la gracia el amor del hom-
bre se convierte en vehículo del amor divino. Ya no
es el hombre el que ama, sino Cristo quien ama a
través de él.
Quiere esto decir que la capacidad de amar se ac-
tualiza y desarrolla en la medida que uno se esfuerza
por disminuir su «yo». A semejanza del amor divino,
el amor humano es auténtico cuanto más limpio y
generoso es. Amar a Dios es por tanto amar también
todo lo que Él ama. En primer lugar al prójimo, al
que cada uno tiene a su lado. Pues «si alguien dice:
"Amo a Dios", de paso que aborrece a su hermano,
es un embustero; quien no ama a su hermano, a quien
ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Este man-
damiento tenemos de él: que quien ama a Dios, ame
también a su hermano» 113 •
Querer al prójimo como hermano significa querer
para él lo mejor, tanto en lo espiritual como en lo
material. Sin olvidar que lo principal es la salvación
de su alma, es claro también que no puede marginar-
se su salud corporal, o los problemas de vivienda o
de empleo con los que se topa. Quererle de esta for-
ma está más allá del sentimiento, es efecto sobre
todo de la caridad. Amar al prójimo no es cuestión
de la simpatía que nos suscite o de lo fácil que pueda
resultamos congeniar con él. Si lo queremos es por

113 1 Jn 4, 20-21.

261
amor a Dios, que se entregó en la cruz por amor a
cada uno de nosotros.
El mandamiento nuevo que Jesús nos dejó es, sin
duda, uno de los más difíciles de cumplir. Porque no
se trata sólo de querer al amigo, al que nos cae bien,
sino de amar también a los propios enemigos, aun
cuando alberguen sentimientos de odio hacia noso-
tros. Ya lo advirtió el Maestro: «Habéis oído que se
dijo: «Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo».
Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad
por los que os persiguen, para que seáis hijos de
vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir el
sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos
y pecadores. Porque si amáis a los que os aman,
¿qué mérito tenéis?» 114•
La misma enseñanza, no podía ser otra, la da Juan
Pablo 11: «La lógica del amor cristiano, que en el
Evangelio es como el corazón palpitante del bien
moral, llevado a sus últimas consecuencias, llega
hasta el amor a los enemigos» 115 • Y sin embargo, lo
que sale espontáneo es rebelarse cuando se siente la
indignación por la ofensa recibida. Pero hay que
aprender a perdonar, y más cuanto mayor sea el daño
que nos hagan. El grito de protesta si no, y hasta la
sed de venganza, pueden ser incontenibles. Pero el
amor vence siempre al odio, el perdón al rencor.
¿Qué hacer, pues? Serenar los ánimos, armarse de
paciencia, rezar y perdonar. Nos lo pide el mismo
Señor: «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer;

114 Mt 5, 43-46.
115 Juan Pablo 11, Mensaje para la celebración de la Jornada Mun-
dial de la Paz (1-1-2005).

262
y si tiene sed, dale de beber» 116• Y esto aunque el
daño causado haya podido ser muy grande.

Querer como quiere Dios

Al mandar Dios que amemos incluso a nuestro


enemigo, es evidente que no exige que se le ame con
un amor meramente natural. Sería casi imposible, y
Dios no pide imposibles. Pide que se le quiera, no
que se le odie. Pero, aun así, cabe preguntarse: ¿Cómo
se puede querer a una persona que nos ha herido en
lo más profundo? Es evidente que a «ese» prójimo
no le podemos querer de modo espontáneo y afecti-
vo. No es ese tipo de querer el que el Señor pide.
Al insistir que amemos a nuestros enemigos, pide
que les queramos con un amor sobrenatural, no afec-
tivo, que sería imposible. Se trata de un amor funda-
do en la caridad, que como virtud teologal está por
encima del sentimiento. Si se quiere a estas personas
de ese modo, es porque descubrimos en ellas almas
por las que Jesús entregó su vida. Así que, por desa-
gradables o antipáticas que puedan resultamos, he-
mos de quererlas como el Señor las quiere. Devolver
mal por mal, además de ser una falta de caridad es
una injusticia. El que intenta querer como Dios le
quiere, se esfuerza por cubrir con su amor las mise-
rias de su prójimo. Dejarse llevar del rencor o dar
pábulo al resentimiento es hacer oídos sordos al pre-
cepto divino del amor. ¿Que cuesta, que resulta difí-

116 Rom 12,20

263
cil? ¡Qué duda cabe! Pero, por amor a Dios, se ha de
dominar la ira y perdonar de corazón sin admitir la
menor crítica.
El amor se enciende en la oración. Donde hay
oración es difícil que se instale el rencor. Por esto
aconseja el Maestro: «Orad por los que os persiguen,
haced el bien por los que os calumnian». Es el mejor
antídoto contra la murmuración o los comentarios
soeces. Cualquier persona, por miserable que sea,
tiene derecho a que se la comprenda, que se le dé
una oportunidad. Al ver que se le quiere, se arrepen-
tirá y se decidirá a iniciar una nueva vida. Y entonces,
si pide perdón, se le ha de perdonar de corazón. No
sólo de palabra, sino en lo posible también con las
obras, demostrándole que se le quiere.
Se atrae a los enemigos pues con detalles de ama-
bilidad. Pues si de verdad queremos para ellos lo me-
jor, hay que demostrárselo. Esto obliga a borrar de la
memoria los agravios recibidos, cortar cualquier jui-
cio temerario que lleve a exagerar la magnitud de la
ofensa. Jesús procedió así en el Gólgota. «Padre, per-
dónales porque no saben lo que hacen» 117• Perdonaba
a quienes en ese momento le cosían al madero. El
suyo era un amor que estaba muy por encima del
sentimiento. Sus palabras en la cruz expresan la gran-
deza de su alma, la generosidad de un corazón que
ama. Deseaba que sus discípulos, los de entonces y
los de ahora, le imitasen en su amor, en su capacidad
de perdonar. «Amad a vuestros enemigos ... , orad por
los que os calumnian» 33 •

117 Le 23, 34.


118 Le 6, 27-28.

264
Quien se identifica con el corazón de Cristo no
puede andar con la escopeta cargada para disparar al
primero que le hace una faena. Ha de esforzarse por
perdonar, sin echar leña a fuego, quitando importan-
cia a lo que en comparación con las injurias recibi-
das por Jesús lo suyo es una menudencia. De ahí
que, si tiene rectitud, pondrá los medios para que ci-
catricen las heridas, para que los roces que la convi-
vencia produce no se magnifiquen. Cuando se quiere
de verdad se le quita hierro a los posibles desatinos,
y se responde con amabilidad y buen humor evitan-
do toda clase de burlas e ironías.

La tibieza, un peligroso enemigo

El Señor quiere que le amemos con todo el corazón


y sobre todas las cosas. Y también que con ese mismo
corazón amemos al prójimo. Pues bien, el enemigo
más peligroso de ese amor de plenitud es la tibieza. Se
trata de un vicio que llega a arraigar en el alma por la
desidia o pasividad para amar. El tibio se conforma
con «ir tirando», le da pereza amar tal como sabe que
debe hacerlo. Llega a esta situación la mayoría de las
veces por dejadez o falta de lucha, por carecer de la
valentía necesaria para proponerse metas ambiciosas y
precisas. Prefiere la comodidad al compromiso, huye
de lo que pueda complicarle la vida. No es extraño que
adopte la actitud del que quiere nadar y guardar la
ropa. Esa mediocridad, si no la corrige, puede llevarle
al conformismo, al desamor.
Estamos siempre muy lejos de llegar al límite de
nuestra capacidad de amar. Por esto, el que no pro-

265
gresa en el amor se estanca. Y podría encontrarse un
día con la desagradable sorpresa de haber olvidado
lo que significa amar. Tal vez se excuse diciendo que
está cansado, que «no siente nada», que ha perdido
el «entusiasmo». No ha comprendido que el amor
exige una entrega vigilante, un ánimo pronto para
detectar cualquier detalle que pueda enfriarlo. Amar
significa estrenar cada día nueva ilusión, desvivirse
por hacer agradable la vida a los demás, por facili-
tarles cuanto pueda hacerles feliz.
Se sobrepone a la tibieza el que lucha contra ella,
quien huye del regateo en el amor y no calcula hasta
dónde debe llegar en el dar y darse a los demás.
Quien ama así, siempre se excede, sin importarle
«pasarse» en generosidad, atento ante todo a los dic-
tados de su corazón y a lo que el Señor pueda pedir-
le. Por esto está pendiente de las palabras del Maes-
tro, que dice: «Mira que estoy a tu puerta y llamo».
Cuanto mejor se le escucha, mayores posibilidades
se tienen de amar desinteresadamente y de ser feli-
ces. El amor, cuando es auténtico, vence a la tibieza,
detecta en seguida el más pequeño síntoma de pere-
za o de comodidad. El que permanece en una conti-
nua vigilia de amor, nunca dice basta.
Cuando por el contrario se descuida el amor, se
enfrían las ilusiones, decae la esperanza. Se aprecia
en quienes por egoísmo o pereza dejaron de amar a
su cónyuge, se desentienden de sus hijos y a veces ni
siquiera respetan a sus padres. Han olvidado la im-
portancia que tienen los pequeños detalles en las
manifestaciones de amor. Es justo a través de ellos
como se demuestra la generosidad y se combate la
tibieza. Poner empeño por vivirlos es el mejor modo

266
de permanecer alerta, como el centinela en su puesto
de guardia. Dejarse dominar por el sueño de la tibie-
za, es pactar con el enemigo, permitir que el amor
acabe en indiferencia. El diablo siempre está al ace-
cho y aprovecha un pequeño descuido para atacar
donde más nos duele. Como es ángel caído, su astucia
es grande y sutiles sus tentaciones. Puede presentar
como razonables lo que no son sino faltas de egoís-
mo. Eso sí, las enmascara con motivos más o menos
fundados de salud, de falta de tiempo, de trabajo ab-
sorbente ... Por ahí puede introducirse la tibieza, y con
ella la envidia, los celos y las discusiones. Debilita-
do el espíritu, la capacidad de sufrir por la persona
que se ama es prácticamente nula. Una pequeña con-
trariedad puede resultar insoportable. Al final, si uno
no se corrige, lo que debería ser un amor liberador
se convierte en losa pesada que oprime y esclaviza.
Al que ha aprendido a amar todo le parece poco
para darse. Por cansado que esté, por muchos que
sean sus años o incluso haya enfermado, mantendrá
joven su corazón, atento siempre a los requerimien-
tos del amor. Hará suyas las palabras del profeta Ha-
bacuc: «Me pondré de centinela, haré guardia otean-
do a ver qué me dice, qué respondo a su llamada» 119 •
Es el Señor quien llama, son las personas que están a
nuestro lado las que necesitan que las queramos. Por
esto, con independencia de las condiciones de edad
o salud, el que ama está atento a cualquier síntoma
de tibieza. Tendrá con todos pequeños detalles de
servicio, y porque sabe amar no dejará nada a la im-

119 Hab 2, l.

267
provisación. Se esmerará por corregir las formas tos-
cas, las palabras hirientes o los gestos displicentes,
combatiendo así sin desmayo las deficiencias de su
carácter, las posibles explosiones de su temperamen-
to. Y todo por amor.
El que se esfuerza por ir puliendo cada día su ca-
rácter, es indudable que dará pasos de gigante en el
difícil arte de querer, y en su propia madurez. Como
sabe que la tibieza no perdona, la evitará sobrepo-
niéndose al cansancio, sin bajar en ningún momento
la guardia. No ha de olvidar que «el mayor enemigo
de la roca no es el pico o el hacha, ni el golpe de
cualquier otro instrumento, por contundente que sea:
es esa agua menuda, que se mete, gota a gota, entre
las grietas de la peña, hasta arruinar su estructura. El
peligro más fuerte para el cristiano es despreciar la
pelea en esas escaramuzas, que calan poco a poco en
el alma, hasta volverla blanda, quebradiza e indife-
rente, insensible a las voces de Dios» 120 •

4. Dar sentido al dolor

La prueba palpable de que se ama es el estar dis-


puestos a sufrir por la persona amada. Se ha dicho,
y con razón, que «el Dolor es la piedra de toque del
Amor» 121 • Sólo el hombre, no el animal, tiene capa-
cidad de amar y, por tanto, de sufrir. El animal «sien-
te» el dolor físico, pero es incapaz de amarlo; el hom-

120 S. Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 77.


121 Camino, n. 439.

268
bre, además de sentirlo «sabe» que lo siente, y por
eso sufre y puede amarlo. Es verdad que no siempre
se sabe «el porqué» del sufrimiento. Sólo puede cap-
tarse desde un plano superior, el del amor a Dios.
Ahora bien, amar a Dios puede resultar fácil cuan-
do todo nos sale bien. Pero no es eso lo normal. Tarde
o temprano nos toparemos con el dolor, la insatisfac-
ción o el sufrimiento. Y viene en forma de contra-
dicción, de enfermedad y, en ocasiones, de sufri-
mientos dolorosos que pueden desembocar en la
misma muerte. Para algunos es motivo de reacciones
intensas de protesta o rebeldía. Sobre todo, más que
por el dolor en sí, por no entender su sentido. Se ve
como un intruso, como un mal que es preciso elimi-
nar, único modo de que la felicidad que buscamos
no se convierta en una quimera, en una vana ilusión.
Pero protestar o rebelarse ante el dolor, como el
mero resignarse y cargar con él, de poco sirve.
Hay que descubrir el sentido del dolor. Porque el
dolor, cualquiera que sea, nos es connatural. No es
algo que venga de fuera: lo causó, como vimos, la de-
sobediencia de nuestros primeros padres, fue un acto
de orgullo, de desamor. Como consecuencia, Dios le
dijo a la mujer: «Parirás con dolaD>. Y al hombre: «Co-
merás el pan con el sudor de tu frente». Desde enton-
ces experimentó el hombre la existencia del dolor,
de la enfermedad y de la muerte. Todos y cada uno
de los sufrimientos parten de ahí. El dolor es una
realidad con la que hay que contar. No obstante, se
impone la pregunta: ¿cómo reaccionar ante él? Por-
que mientras a unos el dolor los hunde, a otros les es-
timula; para aquéllos es signo de muerte, para éstos
de vida. El que ve sólo su cara negativa, pensará que

269
le esclaviza; en cambio, el que se esfuerza por ver su
lado positivo, descubrirá que le libera. Importa por
esto dar con el verdadero sentido del dolor, pues
cuanto antes se descubra, más aprisa se superará el
miedo y se madurará por dentro.

El misterio del dolor

Aunque el dolor es connatural al hombre, sigue


siendo un misterio y por tanto difícil de entender.
Más cuando se considera bajo el prisma de la utili-
dad. Entonces se verá como algo absurdo e irracio-
nal. Sin la perspectiva que da la fe, es muy difícil
comprender el porqué de una larga enfermedad, el
sufrimiento de la persona aquejada por el sida, o el
de aquella que quedó parapléjica, o esa otra a la que
le diagnosticaron un tumor maligno. Y todavía más
cuando se trata de una persona joven, alegre y de-
portista, a la que le aguardaba un futuro lleno de ex-
pectativas. Sí, el significado de ese dolor puede es-
caparse, y más cuando se razona de tejas para abajo.
Y hoy, por desgracia, vamos acostumbrándonos a
ver otras muchas calamidades a las que no es fácil
encontrarle explicación, ya sean geológicas, epide-
miológicas o bélicas. Ahí tenemos el ejemplo del
«tsunami», que asoló extensas zonas del sudeste
asiático. Un maremoto que en pocas horas arrasó po-
blaciones enteras, anegó campos de cultivo y segó la
vida de cientos de miles de personas. ¿Qué explica-
ción se puede dar a este tipo de catástrofes?
Los que se sienten impotentes para responder,
suelen excusarse diciendo: ¿Puede uno confiar en un

270
Dios que poco o nada hace para evitar este tipo de
calamidades y sufrimientos? ¿Cómo entender su pa-
sividad ante tanta devastación y muerte? ¿No podría
ese Dios evitar las guerras, los campos de extermi-
nio o los genocidios? Al Dios que ha permitido todo
esto, ¿se le puede seguir considerando todavía hoy
como el Dios del Amor?
No es fácil responder a estos interrogantes. La
prueba está en que muchos lo han intentado, y la
misma literatura universal está plagada de descrip-
ciones sombrías sobre el dolor y el sufrimiento. Baste
recordar, entre otras, obras como las de Los herma-
nos Karamazov, de Dostoievski, La peste, de Camus,
la Metamorfosis, de Kafka o Los miserables, de Víc-
tor Hugo. Todas ellas inciden en el interrogante del
porqué del dolor. Y aunque lo describen con todo gé-
nero de detalles, no logran dar una explicación satis-
factoria. Es preciso partir de la fe, ya que las simples
categorías humanas no sirven.
Por la fe sabemos que Dios no es un «alguien»
que está fuera del mundo y se limita a contemplar
pasivamente el dolor de sus criaturas. No. Dios es,
ante todo, el creador del mundo, el Emmanuel o Dios-
con-nosotros. Al encarnarse, ha querido compartir la
historia de los hombres asumiendo todas sus penas y
dolores. Sí, Dios nos ama, no quiere el mal sino el
bien para cada uno. Lo ha demostrado enviando a su
Hijo. Él, como Verbo encarnado, «se humilló a sí mis-
mo asumiendo la condición de siervo, haciéndose
obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» 122• «Todo

122 Flp 2, 7-8.

271
está contenido en esto: todos los sufrimientos indivi-
duales y los sufrimientos colectivos, los causados
por la fuerza de la naturaleza y los provocados por la
libre voluntad humana, las guerras y los gulag y los
holocaustos ... » 123 • Dios, en Cristo, ha demostrado su
solidaridad con el hombre. No le deja solo, no es in-
diferente a sus sufrimientos. Si se olvida esto, lo nor-
mal es que no se entienda nada.
Dios, en efecto, es infinito, en su saber y en su
obrar. El hombre, en cambio, es limitado, finito, en
su inteligencia y en su voluntad. Así pues, por inteli-
gente que sea y por mucho que se esfuerce, nunca
llegará a comprender del todo la verdad última de
las cosas, porque es incapaz de conocer el pensa-
miento divino. Le falta perspectiva, sólo conoce una
parte de la realidad, y no precisamente la más pro-
funda. Y como conoce a través de los sentidos, por
eso se equivoca cuando considera lo de aquí abajo
como lo definitivo. Si no trasciende lo visible -el
mundo presente-, no entenderá que hay una vida
por encima de la terrena. Por esto, al toparse con el
dolor, lo verá como algo inútil y sin sentido.
No, la vida terrena no es la definitiva. Consumi-
mos los años entre penas y alegrías. Junto a momen-
tos de ilusión, nos topamos con otros de desencanto
y pesimismo. El dolor es la factura que el hombre ha
de pagar por sus desobediencias y rebeldías. Es pre-
ciso partir de esta realidad para comprender el ver-
dadero sentido del dolor y no dejarse dominar por el
nerviosismo. Sin caer, claro está, en la pasividad del

123 Juan Pablo 11, Cruzando el umbral de la esperanza, p. 79.

272
«nirvana» propagada por el budismo, y menos en la
exaltación del dolor propugnada por el masoquismo.
Nadie en sus cabales piensa que el dolor, por sí mis-
mo, puede hacer feliz al hombre. Hay que situarse
en una perspectiva distinta. No se puede suprimir el
dolor eliminando el «yo», como hacen los budistas.
Tampoco, y pasándose al extremo opuesto, se trata
de afirmar tanto el «yo» que se caiga en una especie
de voluntarismo estoico. Ninguno de estos plantea-
mientos es correcto. Pues mientras el budismo des-
truye el «yo» hasta su aniquilación, el estoicismo lo
exalta como si fuera un semidiós. Al final, ninguno
de los dos responde al sentido del dolor.
El dolor es un misterio. Su sentido último perma-
nece oculto al hombre. Hoy la ciencia centra sus es-
fuerzos en paliar el dolor y el sufrimiento humano.
La investigación médica busca los medios para redu-
cirlos, algo sin duda muy loable. Pero a la larga las
expectativas que crean producen insatisfacción. La
razón es que no sólo el dolor hace sufrir al hombre,
sino el no saber por qué sufre. Nadie se conforma
con que le digan que disfrutará de una mejor «cali-
dad de vida», si a la vez no se le da una respuesta
convincente al porqué de su sufrimiento. Y así puede
darse la paradoja de que cuanto mayor es la «calidad
de vida» tanto mayor es la infelicidad que se experi-
menta. Un enfermo terminal, un anciano en soledad,
pueden verse rodeados de mil atenciones materiales,
pero a solas con su sufrimiento pueden deprimirse.
Nadie les ha dado una explicación sencilla que les
ayude a entender el sentido de su dolor y cómo pue-
de beneficiarles.

273
A la luz de la Cruz

A la luz que viene de lo alto puede llegar a com-


prenderse el sentido del dolor. «El sufrimiento huma-
no -explica Juan Pablo 11- ha alcanzado su culmen
en la pasión de Cristo. Y a la vez ésta ha entrado en
una dimensión completamente nueva y en un orden
nuevo: ha sido unida al amor, a aquel amor del que
Cristo hablaba a Nicodemo, a aquel amor que crea el
bien, sacándolo incluso del mal, sacándolo por medio
del sufrimiento, así como el bien supremo de la re-
dención del mundo ha sido sacado de la cruz de Cris-
to y de ella toma constantemente su arranque. La cruz
de Cristo se ha convertido en una fuente de la que
brotan ríos de agua. En ella debemos plantearnos tam-
bién el interrogante sobre el sentido del sufrimiento, y
leer hasta el final la respuesta a tal interrogante» 124 •
En efecto, por medio de su pasión Cristo abre la
puerta al misterio del dolor. En el Sermón de la
Montaña proclama bienaventurados, felices, a los
que lloran, a los que sufren, porque ellos serán con-
solados. No se conforma con declararlo. Él mismo
experimenta el dolor en la cruz. En ella cambia su
significado. De considerarse como un mal, desde en-
tonces se convierte en signo de salvación. El valor y
la fecundidad del sufrimiento humano no pueden en-
tenderse del todo sino a la luz de la fe.
«En la cruz de Cristo -continua diciendo el
Papa- no sólo se ha cumplido la redención median-
te el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento hu-

124 Juan Pablo 11, Carta apost. Salvijici dolores, n. 18.

274
mano ha quedado redimido. Cristo -sin culpa algu-
na propia- cargó sobre sí "el mal total del pecado".
La experiencia de este mal determinó la medida in-
comparable del sufrimiento de Cristo que se convir-
tió en el precio de la redención» 125 • Jesús manifiesta
así su obediencia al Padre, y por eso se ata libremen-
te al madero. No se limita a decir que nos ama. Lo
manifiesta con sus obras. «Nadie ama más que aquel
que da la vida por sus amigos», había dicho. Y esa
misma coherencia pide a todo aquel que quiera se-
guirle. Pues «quien no toma su cruz y me sigue, no
es digno de mí. Quien encuentre su vida, la perderá,
pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» 126 •
El dolor se convierte de esta manera en instrumento
salvífica, en camino de redención. Jesús podía ha-
bernos liberado del pecado y de sus secuelas de otro
modo. Como Lagos encarnado que era le hubiera bas-
tado con un gesto, con una palabra. Pero quiso sufrir
para dar testimonio de su amor a todos los hombres,
descubriéndoles el auténtico sentido del dolor.
El dolor, cualquier sufrimiento, ha de ser entendi-
do desde la perspectiva del amor. Pues por amorcar-
gó Jesús con nuestras debilidades y pecados. Ya lo
había anunciado el profeta Isaías: «Y con todo, eran
nuestras dolencias las que él llevaba, nuestros dolores
los que soportaba. Nosotros le tuvimos por azotado,
herido de Dios y humillado. Pero él ha sido herido
por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él
soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus car-

125 /bid., n. 19.


126 Mt 10, 38-39.

275
denales hemos sido curados» 127• El que con una sola
palabra había devuelto la vista a los ciegos y el habla
a los mudos, el que había resucitado a los muertos y
alimentado con unos cuantos panes y unos pocos pe-
ces a enteras muchedumbres, quiso compartir nues-
tras penas y fatigas y experimentar vilipendios e inju-
rias. Inocente como era, se amarró a la cruz y murió
por amor como un vulgar malhechor.
A la luz de la cruz puede entenderse el valor del
sufrimiento. Pero olvidamos con facilidad que Jesús
fue flagelado con saña, que tuvo que soportar una co-
rona de espinas y recibir todo tipo de burlas e impro-
perios. Lo ha escenificado muy bien Mel Gibson en
su película La pasión de Cristo. Relata al vivo lo que
fue su dolor. Aquellos que entonces contemplaron su
pasión no lograron entender su significado, como
tampoco la entienden hoy muchos que se llaman cris-
tianos. El «scandalum doloris» que sigue conturban-
do a los hombres no es sino el eco del «scandalum
crucis». Escándalo para los judíos y necedad para los
gentiles. «Nunca acabaremos de conocer la profundi-
dad de este misterio. Es toda la aspereza de esta para-
doja -escribe Juan Pablo 11- la que emerge en el
grito de dolor, aparentemente desesperado de Jesús:
"Eloí, Eloí, ¿ lemá sabctant!", que quiere decir "Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Me
15, 34). ¿Es posible imaginar un sufrimiento mayor,
una oscuridad más densa? En realidad, el angustioso
"por qué" dirigido al Padre con las palabras iniciales
del salmo 22, aun conservando todo el realismo de un

127 Is 53, 4-5.

276
dolor indecible, se ilumina con el sentido de toda la
oración en la que el Salmista presenta unidos, en un
conjunto conmovedor de sentimientos, el sufrimiento
y la confianza. En efecto, continúa el salmo: "En ti
esperaron nuestros padres, esperaron y tú los liberas-
te ... ¡No andes lejos de mí, que la angustia está cerca,
no hay para mí socorro!"». En medio de ese inmenso
dolor, Jesús conserva la paz, está sereno.
«El grito de Jesús en la cruz -sigue diciendo el
Papa- no delata la angustia de un desesperado, sino
la oración del Hijo que ofrece su vida al Padre en el
amor para la salvación de todos. Mientras se identi-
fica con nuestro pecado, "abandonado" por el Padre,
él se abandona en las manos del Padre [... ].
Antes aún, y mucho más que en el cuerpo, su pa-
sión es sufrimiento atroz del alma. La tradición teo-
lógica no ha evitado preguntarse cómo puede Jesús
vivir a la vez la unión profunda con el Padre, fuente
naturalmente de alegría y felicidad, y la agonía hasta
el grito de abandono». Con palabras de santa Catali-
na de Siena, responde: «Y el alma está feliz y do-
liente: doliente por los pecados del prójimo, feliz por
la unión y por el afecto de la caridad que ha recibido
en sí misma. Ellos imitan al Cordero inmaculado, a
mi Hijo Unigénito, el cual estando en la cruz estaba
feliz y doliente» 128 •
La lógica de Dios es distinta de la lógica de los
hombres. «No son mis pensamientos vuestros pensa-
mientos, ni vuestros caminos son mis caminos. Por-
que cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventa-

128 Juan Pablo 11, Novo Millenio Ineunte, nn. 26-27.

277
jan mis caminos a vuestros caminos» 129 • Hay quienes
todavía hoy siguen juzgando como necio e irrazona-
ble el dolor de Jesús en la cruz. Y al rechazar la cruz
se consumen en su dolor, sin saber por qué sufren ni
cuál es su significado. Se quiera o no, el dolor es una
sombra que persigue al hombre a lo largo de su exis-
tencia. Se rechaza porque no se ve su sentido; al
contrario, se presenta como algo ciego y absurdo,
causa de tristezas y rebeldías. Y todo porque no se
contempla a la luz de la cruz.
Tras su resurrección, Jesús explica a los discípu-
los de Emaús el sentido de su pasión. Ellos volvían a
casa tristes y desesperanzados. Con sus palabras, Je-
sús enciende sus corazones, despierta su fe y reani-
ma su esperanza. Su discurso puede sintetizarse en
esta frase: «¿No era preciso que el Mesías padeciera
esto?» 130 • No porque necesitara morir de ese modo
como algo predeterminado de antemano. No. Jesús no
es un masoquista. Se ofrece al Padre libremente, por
amor, como primogénito de muchos hermanos. Su
expiación es por este motivo vicaria, es decir, sufre
por los pecados de todos los hombres, los de enton-
ces y ahora, los de todos los tiempos.
De la unión con la cruz de Cristo, el dolor o cual-
quier sufrimiento reciben su verdadero sentido. El
dolor no aprovecha por esta razón a los que sufren
en soledad si no se unen a la pasión de Cristo. Sufri-
rán, y probablemente mucho. Pero cuando el dolor
no está purificado por el amor, en lugar de levantar

129 Is 55, 8-9.


130 Le 24, 26.

278
hunde. Hay otros que también sufren, y mucho, pero
su dolor es «inventado», fruto de su orgullo o vanidad.
Por no estar injertado en la cruz de Cristo, en nada
les beneficia. Es más, puede convertirse en ocasión
de rebeldía y desesperanza.

La cruz, fuente de vida

El aparente «fracaso» de la cruz se convierte por


la fuerza del amor en fuente de vida, de alegría. Des-
de entonces el dolor humano tiene sentido, ya no es
signo de muerte sino de vida, de gozo y no de triste-
za. Lo que parecía perjudicial y destructivo, por gra-
cia de Dios ha adquirido un valor nuevo, una nueva
dimensión. La debilidad del hombre, sus dolores y
sufrimientos, se transforman así en fortaleza, el te-
mor en valentía y la tristeza en alegría.
Es la maravilla de la cruz, que cada uno ha de
descubrir. «Cristo introduce en este mundo, en este
reino del Padre, al hombre que sufre, en cierto modo
a través de lo íntimo de su sufrimiento. En efecto, el
sufrimiento no puede ser transformado y cambiado
con una gracia exterior, sino interior. Cristo, mediante
su propio sufrimiento salvífica, se encuentra muy
dentro de todo sufrimiento humano y puede actuar
desde el interior del mismo con el poder de su Espí-
ritu de Verdad, de su Espíritu Consolador» 131 •
En efecto, Jesús responde a cada hombre que su-
fre desde la experiencia misma de su dolor. Algo que

131 Juan Pablo 11, Salvijici doloris, n. 26.

279
sólo puede captarse a través de una escucha atenta
del Espíritu. Se le ha de dejar que hable, que diga a
cada uno el porqué de su situación. Lo cual requiere
atención, docilidad y rectitud. El Señor no desvela el
sentido del sufrimiento de modo directo, ni da una
respuesta abstracta. Se hace entender cuando el hom-
bre se esfuerza por interiorizar la pasión de Cristo,
cuando libre y voluntariamente -por amor- se de-
cide a identificar sus sufrimientos con los de Jesús
en la cruz.
El Maestro no aclara a sus discípulos abiertamente
el porqué de la cruz. «Dice: "Sígueme", "Ven", toma
parte con tu sufrimiento en esta obra de salvación del
mundo, que se realiza a través de mi sufrimiento. Por
medio de mi cruz. A medida que el hombre toma su
cruz, uniéndose espiritualmente a la cruz de Cristo, se
revela ante él el sentido salvífica del sufrimiento. [... ]
no descubre este sentido a nivel humano, sino a nivel
del sufrimiento de Cristo. [... ] de este nivel de Cristo
desciende el sentido salvífica del sufrimiento al nivel
humano y se hace, en cierto modo, su respuesta. En-
tonces el hombre encuentra en su sufrimiento la paz
interior e incluso la alegría espiritual» 132•
U nas palabras verdaderamente premonitorias refe-
ridas al Papa que se nos fue. A Juan Pablo 11 le hizo
experimentar el Señor en su propio cuerpo, hasta la
extenuación, el significado del dolor, el valor del su-
frimiento. Todos pudimos ver cómo iba deteriorándo-
se a medida que pasaban los días. Su sufrimiento de-
bió de ser atroz. Al final apenas podía hablar; en sus

132 lbfd., n. 27.

280
últimas apariciones en público tenía que expresarse
por medio de gestos. Nunca ocultó su enfermedad. Se
sentía vulnerable, y con su dolor quiso enseñamos el
sentido del sufrimiento. Él mismo lo había dicho: «El
amor como fuente definitiva de todo lo que existe es
también la fuente más plena de la respuesta al sentido
del sufrimiento». Aceptándolo por amor, demostraba
a todos su valor redentor, un auténtico revulsivo para
los que pretenden narcotizar la vida del espíritu.
La falta de fe, de amor, empequeñece el sentido de
la vida y de la esperanza. No es posible así dar ni reci-
bir consuelo. Se puede pensar entonces que una per-
sona anciana o enferma terminal carecen de valor.
Gracias a Dios sabemos que no es así. Robert Spae-
mann cuenta una experiencia vivida por él. «Yo he
sido testigo en Lourdes de cómo un enfermo quedaba
curado de una manera incomprensible para la medici-
na. No fue la curación lo que me produjo la impresión
más honda, sino los enfermos que se iban de Lourdes
sin haber sido curados. El mayor milagro de Lourdes es
la serenidad de los que la abandonan sin ser curados.
¿Cómo puede ser eso? Tal realidad está relacionada
con el hecho de que para ellos la curación milagrosa
de alguno les hace entender que el sufrimiento que
padecen no es un fatal destino. Si Dios puede curar-
me, debe tener un motivo para no hacerlo. Un motivo,
es decir, ¡un sentido!, y el sentido consuela» 133 •
Es desde la óptica de la fe como puede entender-
se el sentido del dolor. Una persona que permanece

133 R. Spaemann, El sufrimiento redentor, artículo publicado en la

revista Humanitas, Universidad Católica de Chile, extractado por Alfa


y Omega, 24-ill-2005.

281
desahuciada en la cama de un hospital, o aquella otra
sola y aislada que sufre porque nadie se interesa por
ella, tienen a pesar de eso un motivo para la esperan-
za. No lo tendrán si no se les explica el valor que tie-
nen sus sufrimientos. Lo entenderán si se les habla
de la Pasión de Cristo, de su amor por los hombres,
del valor de la cruz. Se sentirán queridos, gozarán al
saberse comprendidos. Si confían en Dios y viven de
esperanza, nada temerán. Desde esta perspectiva,
¡qué absurdo y sin sentido resulta el recurso al suici-
dio o a la eutanasia! Son personas que, por falta de fe,
no descubrieron el sentido del dolor. A ellas y a mu-
chas otras les vendría bien leer estos profundos versos
de Juan de la Encina 134:

Es vida perdida 1 bivir sin amar, 1 y más es que


vida 1 saberla emplear.
Mejor es penar 1 sufriendo dolores 1 que estar
sin amores
No teme tormento 1 quien ama con fe 1 si su
pensamiento 1 sin causa no fue.
Haviendo por qué, 1 más valen dolores 1 que
estar sin amores.

S. Servir con generosidad

La vida se pierde y se desaprovecha cuando no se


ama. La persona que ha madurado en el amor se des-
vive por los demás, en un servicio generoso y lleno

134 Juan de la Encina, Poesfa lfrica y cancionero musical, Ed. Cas-

talia, Madrid 1975, n. 48.

282
de alegría. «Obras son amores y no buenas razones»,
reza el dicho popular. Sólo mediante las obras puede
manifestarse la calidad del amor. Quien ama de ver-
dad, se excede en el servicio, se da por entero. Quien
se esfuerza por servir da un paso de gigante en el ca-
mino de su madurez. Pues al servir, no se da de lo que
sobra, sino de lo más valioso de uno mismo. Y esto
se ha de aprender, no se improvisa. Es cuestión de
generosidad, de apertura del corazón.
El servicio generoso es obra a la vez de la inteli-
gencia y de la voluntad, con los afectos y sentimien-
tos que la acompañan. «Dame, hijo mío, tu corazón
-pide el Señor-, y que tus ojos hallen deleite en
mis caminos» 135 • Dios espera que se le sirva con lo
mejor que se tenga. No pide la ofrenda de animales,
aves o frutos de la tierra. Pide algo más hondo: la
entrega del corazón, cuanto el hombre es y posee.
Haciéndose eco de esta exigencia, el Apóstol exhor-
ta a los fieles de Roma: «Os ruego, hermanos, por la
misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos
como hostia viva, santa, agradable a Dios, como obe-
diencia racional. Y no os acomodéis a este mundo,
sino transformaos por la renovación de la mente, de
modo que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios;
esto es, lo bueno, lo agradable, lo perfecto» 136 •
La entrega de uno mismo, sin recortes ni compo-
nendas, es condición de todo servicio, requisito im-
prescindible para madurar por dentro. Porque se trata
nada menos que de transformar el egoísmo en gene-

135 Prov 23, 26.


136 Rom 12, 1-2.

283
rosidad, la comodidad en servicio. Lo cual exige su-
bordinar el querer propio al de Dios. Esto no es con-
secuencia de un pronto o de una ilusión, sino de un
querer firme, reflexivo. ¿Cómo conseguirlo? Por
medio de pequeñas metas, de actos de servicio en fa-
vor de los demás. Servir es amar, excederse en la en-
trega, dar lo mejor de uno mismo.

Hacerse el último

Sin humildad no es posible servir. Porque se trata


de hacer el bien pasando inadvertidos. Para ser el pri-
mero uno ha de hacerse el último. Cuesta entenderlo,
y más aún vivirlo. Por ciertos ramalazos de orgullo,
por afán de independencia, cuesta servir sin figurar.
Se quiere destacar, ser superiores a los demás. Y si
para esto se ha de medrar o tratar a otros con displi-
cencia, no se le dará importancia. Es la imagen hoy
tan denostada del «trepa», del que lo único que le im-
portar es subir en la escala social, tener prestigio y
triunfar. A personas así no se les pasa por la cabeza la
idea de que el mejor camino es servir, siendo genero-
sos y pasando inadvertidos. Un programa espléndido
para madurar por dentro, para ser humildes.
Esto supone conjugar en primera persona el ver-
bo «servir». Decir «yo sirvo» no es un concepto
huero de contenido caído en desuso. Ahí están para
ejemplo esas gentes sencillas que, sin dárselas de
nada, sirven con gusto sin darle importancia. Y a lo
mejor son gentes analfabetas, pobres y marginadas.
Pero aprendieron a servir, no van a lo suyo. Qué dis-
tinta de esas otras personas que cuando se les pide

284
un favor responden con un «déjame en paz». Quie-
ren ser servidas sin servir. Por esto, cuando el am-
biente está cargado de egoísmo, no puede extrañar
que el marido no quiera servir a la mujer, ni la mujer
al marido; que los hijos no respeten a sus padres, ni
los padres a los hijos. Han olvidado lo que significa
servir. ¡Y así andan después: desconcertados, nervio-
sos, inmaduros!
Tal actitud encierra un fuerte egoísmo. Hasta no
hace mucho, la gente sencilla servía con naturalidad,
sin pasarle a nadie factura por los favores que hacían.
Todavía habrá algunos que recordarán expresiones
como las de «servidoD> o «servidora» con las que se
respondía al profesor que pasaba lista. También era
normal -aunque de esto hace más tiempo- saludar
a una persona a la que presentaban dándole el propio
nombre, con la coletilla de «para servir a Dios y a us-
ted». Nadie se ruborizaba. Claro está, esto sucedía en
una sociedad en la que las personas eran maduras, vi-
vían su fe y tales muestras de servicio las considera-
ban de lo más natural. Se tenía por una falta de gene-
rosidad el no ponerse a disposición de la que iba a
dar a luz, o de aquella otra que había quedado viuda
y carecía de recursos, o de la enferma que no tenía a
nadie que la cuidara... Servir en esas circunstancias
era considerado un timbre de honor, sin ver en ello
ningún tipo de rebajamiento o esclavitud.
Se vivía la lección dada por el Maestro a sus dis-
cípulos. Eran conscientes de que, para ser santos, de-
bían hacerse los últimos y servidores de todos. Esto
les había quedado claro tras el encuentro que se lee
en Evangelio entre Jesús y la madre de los Zebedeo.
Como toda madre, aquella mujer deseaba lo mejor

285
para sus hijos. De ahí que con una audacia increíble
pidiera a Jesús para ellos un puesto a la derecha e iz-
quierda en su Reino. Al escucharlo, los otros discí-
pulos se indignan contra ellos. Pero Jesús, llamándo-
los aparte, les dice: «Sabéis que los que gobiernan
las naciones las subyugan y que los grandes las ava-
sallan. No ha de ser así entre vosotros, sino que
quien quiera ser grande entre vosotros será vuestro
servidor, y quien quiera ser primero entre vosotros
será vuestro siervo. Del mismo modo que el Hijo del
hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y
dar su vida en redención por muchos» 137 •
Más tarde, en la Última Cena, cuando por sober-
bia Judas decide entregarle, Jesús «se levantó de la
cena, se quitó el manto, y tomando una toalla, se la
ciñó. Después echó agua en una jofaina y comenzó a
lavar los pies de sus discípulos y a secárselos con la
toalla que se había ceñido» 138• Al ver su cara de
asombro y, sobre todo, las quejas de Pedro que en un
primer momento se resiste a ser lavado por su Maes-
tro, les pregunta: «¿Comprendéis lo que he hecho
con vosotros? Vosotros me llamáis «Maestro» y
«Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, que
soy el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vo-
sotros también debéis lavaros los pies unos a otros.
Os he dado ejemplo, para que como yo he hecho con
vosotros, así lo hagáis vosotros» 139 •
Sí, también hoy los discípulos del Maestro deben
seguir su ejemplo. Y para esto hay que grabar a fuego

137 Mt 20, 25-28.


138 Jn 13, 4-5.
139 /bfd., VV. 12-15.

286
en la cabeza y en corazón que sin humildad no es po-
sible servir. Porque al servir ni se han de reclamar de-
rechos ni esperar aplausos o recompensas. El servicio
queda autentificado por la calidad interior de la per-
sona, es fruto de su virtud. En el servicio no cabe el
disimulo. Es algo que debería salir espontáneo, aun
cuando conlleve renuncia y a veces no poco sacrifi-
cio. Cuando hay generosidad, la única ambición que
cabe es la de hacerse el último para servir mejor.

Generosidad en el dar

En un breve relato, describe Rabrindanath Tagore


de modo magistral el valor del servicio generoso.
Expresa de manera sencilla la diferencia que existe
entre la grandeza del amor divino y la mezquindad
del hombre. Así lo cuenta:

Iba yo pidiendo de puerta en puerta por el camino


de la aldea, cuando tu carro de oro apareció a lo lejos,
como un sueño magnífico. Y yo me preguntaba, mara-
villado, quién sería aquel Rey de reyes.
Mis esperanzas volaron hasta el cielo y pensé que
mis días malos se habían acabado. Y me quedé aguar-
dando limosnas espontáneas, tesoros derramados por
el polvo.
La carroza se paró a mi lado. Me miraste y bajaste
sonriendo. Sentí que la felicidad de la vida me había
llegado al fin. Y de pronto tú me tendiste la mano de-
recha diciéndome:
-¿Puedes darme alguna cosa?
¡Ah, qué ocurrencia la de tu majestad! ¡Pedirle a
un mendigo! Yo estaba confuso y no sabía qué hacer.

287
Luego saqué despacio de mi saco un granito de trigo y
te lo di.
Pero qué sorpresa la mía cuando, al vaciar por la
tarde mi saco en el suelo, encontré un granito de oro
en la miseria del montón. Con cuánta amargura lloré
por no haber tenido corazón para dártelo todo.

A primera vista puede parecer un relato un tanto


pueril. Sin embargo, en su aparente ingenuidad, mani-
fiesta a la perfección la relación del hombre con Dios.
Es un canto a la esperanza, a la alegría de saber que
Dios nunca se deja ganar en generosidad. Aunque re-
clama para sí un amor absoluto, siempre da más, infi-
nitamente más de lo que el hombre puede darle. No le
importa que sea mucho o poco lo que se le dé; pero sí
que cada uno le dé lo que tenga. Como el mendigo
del relato, descubrirá entonces que ha recibido infini-
tamente más de lo que le ha podido dar. ¿Quién puede
dar más por menos? Basta ser generosos con Dios
para que podamos recibir un auténtico tesoro. Esto,
claro está, exige cortar con toda forma de mezquin-
dad, olvidarse de uno mismo y aparcar los propios in-
tereses. No cabe alegar como excusa: ¿cómo puedo
yo saber lo que Dios me pide si ni le oigo ni le veo?
Y a lo mejor no le damos porque pensamos que es
imposible establecer un diálogo con Él.
A Dios, en efecto, ni se le ve ni se le oye. Pero
sabemos por la fe que siempre está a nuestro lado. Él
lo llena todo. Otra cosa es que el hombre «quiera» es-
forzarse por descubrirle. Pues bien, con el fin de des-
pertar nuestra conciencia adormilada, Dios envió a su
Hijo, el Lagos eterno encarnado. Jesús, por medio de
su palabra, indica a cada hombre el camino que debe

288
seguir. Y lo dice de modo preciso. Para que no nos
equivocáramos, quiso que lo descubriésemos en el
prójimo necesitado, el que tenemos a nuestro lado y
quizá no le echemos cuenta. Es éste el servicio que
espera, la generosidad con la cual se le gana. Por esto,
cuando haya de juzgarnos, dirá: «Venid, benditos de
mi Padre, tomad posesión del reino preparado para
vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve
hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis
de beber, era peregrino y me acogisteis, estaba des-
nudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, preso
y vinisteis a verme» 140 • Mientras que a los que por
egoísmo dejaron de servirle en el prójimo, los recha-
zará. Y, sorprendidos, protestarán: «Pero Señor, ¿cuán-
do te vimos hambriento o sediento, peregrino o des-
nudo, enfermo o en la cárcel y no te asistimos?» Él
les responderá: «En verdad os digo: cuanto dejasteis
de hacer con uno de estos más pequeños, también
conmigo dejasteis de hacerlo» 141 • No sirvieron a su
prójimo por comodidad o pereza, y omitieron por
desidia lo que tenían obligación de dar.
Cristo espera que le descubramos en el más nece-
sitado. De este modo se sirve dos veces a Dios. Cada
día, por tanto, estamos llamados a prestar un servicio
generoso a quien más lo necesite. ¿Quién será? Pues
esa persona con la que quizá nos cruzamos a diario y
que pasa por momentos de apuro sin que nadie se pre-
ocupe de ella. Suspira por dar con alguien que le
comprenda y alivie sus penas. Pero no lo encuentra.

140 Mt 25, 34-36.


141 Jbfd., VV. 44-45.

289
Cada cual se excusa: «tengo mucha prisa, me recla-
man otros menesteres». Y pocos tienen ojos para ad-
vertir la necesidad de esa persona. Tal vez tenga uno
tiempo para ver escaparates, o se pase horas en una
tienda para elegir el traje o vestido que más le gusta.
Pero de ese prójimo necesitado, ¿quién se ocupa? No
es solución acallar la voz de la conciencia diciendo
que poco o nada se puede hacer. ¡Ya habrá otros que
lo remedien! Se olvida en estos casos que el servicio
que el Señor reclama está al alcance de la mano. No
pide grandes cosas, sino generosidad, entrega de uno
mismo, de sus bienes y de su tiempo.
N o está la generosidad tanto en lo grande como en
lo pequeño. A veces no se trata de dar mucho, sino de
dar por amor lo poco que se tiene. Esto es lo que ava-
lora el servicio y hace meritoria la dádiva. La justicia
hay que vivirla, por supuesto, pero es la caridad, el
amor, la que perfecciona el servicio. Lo recordaba
Juan Pablo 11: «Es necesario andar más allá de la jus-
ticia [... ] Dios no mide los actos humanos con una
medida que se para en las apariencias del cuánto se ha
dado. Dios mide según la medida de los valores inte-
riores, de cómo se pone (cada cual) a disposición del
prójimo: medida según el grado de amor con el que
nos damos libremente al servicio de los hermanos» 142•

Dar con alegría

«Servid al Señor con alegría» (Sal 99, 2), se nos


manda. Y se le sirve así cuando uno se da con gene-

142 Juan Pablo 11, Homilfa 10-XI-1985.

290
rosidad al prójimo. No de mala gana, como por obli-
gación, pues «Dios ama al que da con alegría» 143 • En
ese servicio alegre y desinteresado encontramos la
clave de la verdadera madurez. R. Tagore lo expresa
en estos sencillos versos:

He soñado y he visto que la vida era alegría.


He despertado y he visto que la alegría
era servicio.
He empezado a servir y he visto que el servicio
era alegría.

Así es. Quien se da sin regateos saborea la dicha


de una felicidad inmensa. Distinto al que por egoís-
mo o inmadurez no aprendió a servir con generosi-
dad. En lugar de encontrar la alegría se topará con la
tristeza. Aprender a darse de modo generoso es uno
de los puntos fuertes sobre los que se asienta la ma-
durez. Cuando el corazón se abre a los impulsos de
la gracia se excede en el amor, sin medir de modo
calculador hasta dónde debe llegar. El amor no esta-
blece límites; el egoísmo sí, por eso paraliza y entor-
pece. Es preciso luchar contra la desgana o el hastío
cuando se trata de servir al prójimo. La persona de
espíritu abierto y corazón magnánimo no mide sus
fuerzas cuando responde a lo que se le pide.
«Que se alegre el corazón de los que buscan a
Dios» 144 • Una exhortación que, a la vez que estimula,

143 2 Cor 9, 7. Es continua la llamada por parte del Señor a la ge-

nerosidad, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Véase Dt


15, 10; Sa/100, 2; Sir 35, 11; Rom 12, 8.
144 Sal 104, 3.

291
obliga a ordenar afectos y sentimientos para servir
mejor y con más alegría. Meta costosa, pero asequi-
ble. Todos deberíamos proponérnosla. Serviríamos
con mayor prontitud, olvidados de los propios gus-
tos, cuando se tiene delante una necesidad ajena. La
entrega de lo mejor de uno mismo se convierte así,
por el amor, en fuente de alegría, en un servicio pun-
tual y generoso.
Puede servir de ejemplo lo que le sucedió a una
científica judía dedicada a la investigación nuclear.
Se trata de un detalle en apariencia insignificante
pero de hermosas consecuencias. Todo empezó por
que a esta señora se le había roto el broche de una
cadena que llevaba colgada al cuello. Preguntó a sus
colegas dónde podrían arreglarla y le recomendaron
un pequeño taller de joyería en el barrio viejo deJe-
rusalén. Trabajaba en aquel pequeño establecimiento
desde hacía muchos años un venerable anciano. Se
dirigió a él una mañana muy temprano porque no
quería demorarse en su trabajo. Lo encontró cerrado.
Esperó. Cuando vio aparecer al viejo artesano, salió
a su encuentro. Le ayudó a levantar el cierre, y mien-
tras lo hacía observó que algo le pasaba: lo veía un
poco triste, sin ganas de conversar.
Entraron en el establecimiento y, tras enseñarle la
cadena, le dijo que necesitaría media hora para arre-
glársela. Le pareció bien. Salió y cruzó la calle. En
una cafetería próxima pidió dos cafés, que llevó con
cuidado hasta el taller. Dirigiéndose al anciano, le
dice: éste café es para usted. Mientras ella bebía el
suyo, lo observaba. Estaba admirada viendo que tra-
bajaba con el esmero de los viejos artesanos. Termi-
nó y le entregó la cadena con el cierre arreglado.

292
-¿Cuánto le debo?, preguntó ella.
-Nada,- respondió él.
A continuación abrió un pequeño cajón del que
sacó una joya preciosa.
-Mire, esta joya es para usted. La mujer se quedó
perpleja.
-Oiga, ¿sabe usted lo que vale esta joya?
-Sí, señora. ¿Y usted sabe lo que vale el café que
me ha traído?

Al decir estas últimas palabras, le contó por qué


quería tener ese gesto con ella.

-Mire, señora. Cuando esta mañana me dirigía al


taller, venía diciéndome: «eres ya un anciano, estás solo
en el mundo, no tienes descendientes. Y la joya que tie-
nes guardada, fruto de tu trabajo, ¿para quién será?»
Me dirigí a Dios y le dije: «Señor, en esta tierra no he
visto más que gente egoísta, cada uno va a lo suyo. Na-
die me comprende. No hay amor. Al primero que tenga
un detalle conmigo le regalaré la joya». Y ya ve, usted
ha sido la primera persona que se ha interesado por mí.
Me ha traído ese café, me preguntó qué me ocurría, me
ayudó a abrir el taller. Usted, señora, sin darse cuenta
me ha devuelto la esperanza. Ahora sé que hay un Dios
en quien puedo confiar. ¿Se da ahora cuenta del valor
que tiene para mí el servicio que me ha prestado? Es
mayor sin duda que la joya que le acabo de regalar.

Una lección bonita, difícil de olvidar. Cuando se


sirve de corazón, el alma se llena de gozo. Y es que,
no lo olvidemos, «Dios ama al que da con alegría».
Como sucedió con esta señora. Subordinó su tiempo
y su trabajo a servir a este hombre necesitado de ca-
riño. Con esto demostraba que era una mujer madu-

293
ra, que sabía mirar con atención en el corazón de su
prójimo. Como fruto de esa entrega generosa se
siente feliz. Sabe que su trabajo de investigación es
importante, pero sabe también que el amor a un ser
necesitado lo supera.
¡Cuántos detalles de servicio generoso podríamos
prestar si tuviéramos esto en cuenta! Muchos proble-
mas personales desaparecerían, se aceptarían mejor
los cambios de planes, y se encajarían las contrarie-
dades sin protestar, con buen humor. Sí, el servicio
alegre y generoso al que sufre o padece es la mejor
terapia para superar muchas de las susceptibilidades
y manías que a veces nos incomodan.

6. Actuar con coherencia

A veces pensamos que la categoría de una perso-


na le viene por su alcurnia familiar o por su ranking
social o profesional. No. La auténtica categoría pro-
cede de la madurez de su espíritu, de su coherencia
en el actuar cotidiano. Puede comprobarse a diario.
Así lo pudimos constatar durante años, entre otros,
en la singular categoría y personalidad de Juan Pa-
blo 11. Era tal su coherencia, que despertó la admira-
ción del mundo entero, incluso de gentes que poco o
nada tenían que ver con la Iglesia. A todos cautivó
por la solidez de sus principios, por la coherencia de
su vida, por su fe traducida en obras. Fue comprensi-
vo y tolerante con la debilidad humana, a la vez que
exigente en cuanto a la doctrina que predicaba.
Esto que atraía a tantos, era fruto maduro de su
sintonía con el Espíritu divino. Aunque vivía pegado

294
al suelo, su corazón lo tenía en el cielo. Hacía suyo
aquel lúcido pensamiento de Goethe: «El hombre es
un vaso que sólo se llena de eternidad». De esa ple-
nitud, sin duda, dependía su coherencia, su categoría
humana y sobrenatural.
Para ser coherentes es preciso sintonizar con el
Espíritu. Sólo así puede el hombre ganar en solidez
interior, en vibración de espíritu. De ese llenarse por
dentro depende en buena parte la sensatez y el equi-
librio de la persona madura, su decisión y valentía
para actuar sin ambigüedades. Actuar a lo loco, sin
orden ni concierto es una imprudencia, y a veces una
temeridad. No sólo se causa uno daño a sí mismo,
sino también a los además por el bien que se les deja
de hacer. De nada sirve moverse mucho, trabajar sin
descanso, si falta coherencia. La madurez se demues-
tra precisamente en esto: en hacer lo que se tiene que
hacer, y en hacerlo bien.
La coherencia obliga a dar la cara cuando hay que
hacerlo. Y más cuando se ponen en entredicho cues-
tiones morales que afectan a todos. Por justicia, por
solidaridad. Quien sabiendo lo que tiene que hacer
opta por la pasividad, es incongruente con sus prin-
cipios. Ha de pensar que está en su mano reaccionar,
puesto que no está solo. Además de contar con Dios,
con la ayuda de su gracia, son muchos otros los que
pueden ayudarle a vivir de modo coherente. Fortale-
cido en su espíritu, superando miedos y temores,
aprenderá a actuar con decisión. Y lo hará con valen-
tía, llamando a las cosas por su nombre. No por que-
dar bien, sino por pura coherencia.

295
El fruto de la coherencia

La coherencia es una de las virtudes más valora-


das hoy. La gente se fía de la persona honrada, sen-
cilla y congruente. Es decir, de la que actúa sin miedo
a la verdad, la que llama a las cosas por su nombre
venciendo el miedo o la cobardía. La pasividad o la
inoperancia descalifican a la persona. El hombre o
la mujer de fe han de demostrar con su vida justo lo
contrario. Con valor y audacia han de dar la cara,
comprometidos con la sociedad en la que viven, sin
retraerse por grandes que sean las dificultades.
Algunos, presumiendo de pragmatismo, rechazan
a los cristianos acusándoles que se rigen por una
moral pasiva, con mandamientos como no robarás,
no fornicarás, no matarás ... Piensan erróneamente que
la Iglesia les recomienda que se abstengan de los ne-
gocios de este mundo, con un «no harás» esto o lo
otro para no incurrir en pecado. Otros consideran la
moral cristiana como si fuera represiva, con su larga
lista de prohibiciones a fin de eludir el castigo. No
faltan quienes piensan, en el extremo opuesto, que el
cristianismo es permisivo, una especie de moral a la
carta en la que cada uno elige a su gusto. Es obvio
que ninguna de estas apreciaciones responde a la
realidad. La moral cristiana ni es pasiva, ni represi-
va, ni permisiva. Y no lo es porque no se funda en
una ley, sino en el seguimiento de una persona: Cris-
to. Lo que él pide a quienes desean seguirle es que
amen, no que odien; que hagan el bien, que actúen,
no que se queden pasivos. La moral cristiana es una
moral de lo más activa, centrada en el ejemplo del
Maestro. Él no sólo manda que se cumplan los man-

296
damientos, sino sobre todo que se cultiven las virtu-
des. Su fruto es la coherencia, medido por el ejerci-
cio de las buenas obras. El cristiano tiene ante sus
ojos la moral del bien obrar, no la del absentismo o
la inoperancia; es una moral de vida, no de muerte.
La vida del creyente es fecunda no por las prohi-
biciones, sino por su respuesta a la gracia. Su con-
ducta lejos de basarse en el miedo al pecado, se fun-
da en el amor a Dios y al prójimo. No es por tanto la
arbitrariedad de una norma humana la que rige su
vida, sino su libertad de espíritu. Jesús se sirvió de
varias parábolas para mostrar la coherencia del hom-
bre de fe. De éstas, hay tres especialmente represen-
tativas: la del rico Epulón, la de las vírgenes necias y
la de los talentos. En las tres insiste en la diligencia.
Quería evitar que sus seguidores cayeran en la co-
modidad, en la desidia o la pereza. Por eso pone el
acento en la importancia de hacer en cada momento
lo que se debe. Tan importante es esto, que el após-
tol Santiago afirma que «el que sabe hacer el bien y
no lo hace, comete pecado» 145 • Es justamente lo que
se refleja en estas parábolas.

• El rico Epulón. Se trata de un «hombre rico


que vestía de púrpura y lino finísimo, y a diario cele-
braba espléndidos banquetes». Dios le condena por
su negligencia, por su incoherencia. No tanto por lo
que hizo, sino por lo que dejó de hacer. Tan metido
estaba en sí mismo, que se olvida de Lázaro, el men-
digo que «yacía a su puerta cubierto de llagas, de-

145 Sant 4, 17.

297
seando saciarse de lo que caía de la mesa del rico» 146 •
Cuando muere y va al infierno, refunfuña y se enra-
bia por haber sido condenado. Abraham le dice: «Hijo,
recuerda que tú ya recibiste bienes durante tu vida, y
Lázaro, por el contrario, males. Ahora él aquí es
consolado y tú eres atormentado». Es condenado por
un pecado de omisión. Los bienes que había recibido
los aprovechó egoístamente, sin considerar por falta
de misericordia lo que le reclamaba su prójimo. Ig-
noró el sufrimiento de Lázaro, se dedicó a pasarlo
bien malgastando su dinero en fiestas y banquetes
suculentos. Fue egoísta, incoherente.
• Las vírgenes necias. En esta parábola se obser-
va algo parecido. En apariencia, todas aquellas don-
cellas habían acudido a las bodas con sus lámparas
para recibir al esposo. Las necias, para su asombro,
se ven rechazadas por el esposo con un contundente:
«En verdad os digo que no os conozco» 147 • Quizá
parezca injusto el rechazo, y más cuando no habían
hecho nada malo. Al retrasarse el esposo todas ellas
se quedaron dormidas. Mas las necias, al llegar la me-
dianoche y avisarles que llega el esposo, comprueban
que sus lámparas se quedan sin aceite. Piden presta-
do a sus compañeras, pero éstas les dicen que vayan
a comprarlo no sea que no baste para todas. Cuando
llega el esposo, entran con él las prudentes. Al llegar
las «necias» encuentran la puerta cerrada. Llaman, in-
sisten, pero nadie les abre. Es entonces cuando oyen
la voz del esposo que les dice: «No os conozco». Y no

146 Cf. Le 16, 19-31.


147 Cf. Mt 25, 1-13.

298
pueden entrar. Si no entran no es porque se hubieran
dormido. También las prudentes se durmieron. La
causa está en su imprudencia, en su atolondramien-
to, que les llevó a una grave omisión: el no pro-
veerse del aceite que necesitaban. Fueron irrespon-
sables, negligentes. Se quedan fuera por su falta de
coherencia.
• Los talentos. Una parábola aún más desconcer-
tante. Un hombre debía alejarse durante una tempo-
rada de su tierra. Antes de emprender el viaje, reúne
a sus criados y les encomienda sus bienes. A uno le
da cinco talentos, a otro dos, y a otro uno, a cada cual
según su capacidad. Todos ellos se ponen a trabajar.
Cuando regresa el amo, dos de aquellos criados le
devuelven los talentos con el fruto que habían logra-
do. El amo los alaba y recompensa. Al pedir cuentas
al tercero, éste se excusa diciendo: «Señor, sé que
eres hombre exigente, que cosechas donde no sem-
braste y recoges donde no esparciste. Tuve miedo, y
fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo
tuyo» 148 • El juicio de aquel amo no acaba ahora en
alabanza sino en condena. No porque este criado hu-
biera malgastado el talento recibido, sino por su ne-
gligencia, por haberlo dejado improductivo. No com-
prende la condena, se sorprende. Pensaba que había
vigilado para que nadie le robara el talento, y que lo
había entregado intacto cuando su amo se lo había
reclamado. En efecto, había hecho algo, pero no lo
principal. Olvidó poner los medios para que aquel
talento diera su fruto. Por pereza, por comodidad, no

148 Cf. Mt 25, 14-30.

299
lo hizo. Y por su negligencia, por su irresponsabili-
dad e incoherencia fue condenado.

De estas parábolas se extrae una enseñanza: no


sólo se es incoherente cuando se abandona la fe,
sino también cuando por negligencia e irresponsabi-
lidad no se hacen rendir los talentos que se recibie-
ron. De ahí que el Señor premie al diligente y conde-
ne al perezoso. Éste, por egoísmo o comodidad, vive
para sí sin percatarse de que un día Dios le pedirá
cuentas de aquello que pudiendo haber hecho no
hizo. C. Tresmontant ahonda en las causas de este
desatino por medio de una metáfora.
«Las especies que han corrido los mayores riesgos
son precisamente aquellas que han obtenido mayores
éxitos. Las que han buscado la comodidad, la tranqui-
lidad, las que han eludido el riesgo se han convertido
en fósiles vivientes. Esa proporcionalidad entre el
riesgo corrido, la aventura intentada y el éxito alcan-
zado es ley de la existencia y ley de vida. La vida no
es avaricia ni repliegue sobre sí mismo. La vida es
comunicación, invención, descubrimiento de lo des-
conocido, y toda invención vital constituye un riesgo.
Toda fecundidad implica salida de uno mismo, sali-
da que es riesgo y donación» 149
La coherencia, en efecto, es riesgo, donación. Dios
no premia la pasividad sino la diligencia. Se piensa a
veces que los pecados de omisión carecen de impor-
tancia, que no tienen consistencia para empañar la

149 C. Tresmontant, La doctrina de Yesshua de Nazaret, Herder,

Barcelona 1973, pp. 180-181, citado por A. Fernández, Teologfa Mo-


ral, o.c., p. 253.

300
vida de una persona «honrada». Pensar de este modo
es olvidar que esas «omisiones» se oponen de mane-
ra directa al plan salvador de Dios, que ha querido
hacer participar al hombre en su obra redentora. Él
espera de cada uno coherencia, responsabilidad, po-
tenciando su gracia y poniendo en juego sus talen-
tos. Son importantes los pecados de comisión, lláme-
se hurto, difamación, lujuria, etc. Pero no hay que
olvidar esos otros pecados, los de omisión, causa a
su vez de otros muchos.
La coherencia del cristiano no está sólo en elimi-
nar los malos deseos, propio de las morales paganas,
sino en potenciar todos sus talentos en línea con lo
que de Dios le pide. La gracia, vida nueva del espíri-
tu, es el motor que permite actuar con decisión y va-
lentía. La madurez se refleja así en la coherencia,
que es aunar la fe y las obras, viviendo de acuerdo
con lo que se cree. No hay pues contradicción algu-
na entre descansar y trabajar, como tampoco la hay
entre una diversión sana y el culto que se le debe a
Dios. Sería signo de incoherencia, eso sí, convertir
las obligaciones para con Dios los domingos y días
de fiesta en algo circunstancial.

Huir de la ambigüedad

Silenciar lo que se cree, avergonzarse de las pro-


pias convicciones, además de pueril es prueba de in-
coherencia. A veces se calla, como vimos, con la
intención de no herir susceptibilidades o para evitar
discusiones o disgustos. Si se opta por el silencio,
uno se abstiene de actuar cuando debería hacerlo.

301
Por no pasar un mal rato, por miedo a que descubran
lo que somos y pensamos. Tal comportamiento es
reflejo de inmadurez, de ambigüedad. Si se vence la
timidez y se habla, no es con el fin de buscar el
aplauso, sino para defender los valores en los que se
cree. La gente respeta al que tiene convicciones y
sabe exponerlas de modo sereno y educado.
No faltarán quienes por sectarismo nos llamen fa-
náticos o inmovilistas. Se les podría aplicar aquello
de «cree el ladrón que todos son de su condición».
No hay que hacer caso. ¡Si critican, peor para ellos!
Lo grave sería que, por obviar esos calificativos, ca-
llásemos y consintiéramos sus errores. Por cobardía
cometeríamos un pecado de omisión. N o hemos de
andamos con remilgos o subterfugios a la hora de de-
fender la verdad. Y más cuando están en juego prin-
cipios morales tan básicos como la dignidad de la
vida humana, la unidad y fecundidad del matrimo-
nio, la libertad de enseñanza, la manipulación gené-
tica y otros muchos más. Por envenenados que sean
los dardos que nos lancen no debemos ceder. Caer
en la ambigüedad o hacer el paripé, sería una des-
lealtad, una incoherencia.
Sabe dar la cara el que tiene convicciones profun-
das. Sin insultar ni maltratar a nadie, exponiendo los
argumentos con serenidad, llamando a las cosas por
su nombre. Las ideas se han de defender con exqui-
sito respeto a las opiniones de los demás, por tanto
con educación y sin intemperancia. Actúa con cohe-
rencia pues el que manifiesta con claridad lo que
piensa, explicitando lo que sea dudoso y aclarando
lo que no se entienda. En ningún caso hay que dejar
de actuar por respeto humano, miedo o encogimiento.

302
Ha de hacerse con valentía, dando la doctrina precisa,
atajando los errores en su misma raíz.
Victoria Gillick, en su libro Relato de una ma-
dre150, da un gran ejemplo de coherencia. Cuenta
cómo ella, junto con su marido Gordon, ambos artis-
tas ingleses, tuvieron que hacer frente en sus prime-
ros años de matrimonio a infinidad de imprevistos.
Gracias a su fortaleza consiguieron salir adelante.
Cambios continuos de empleos, el sucederse de em-
barazos y nacimientos, penurias económicas ... Con
todo, lograron crear un hogar feliz, ciertamente sin
confort, pero lleno de cariño, de buen humor. Entre
tantos apuros relata sus peripecias para dar de comer
a sus diez hijos. Es una historia salpicada de sobre-
saltos, y también de alegrías. En medio de tantas fa-
tigas esta mujer tuvo tiempo para defender sin ambi-
güedad sus convicciones. En un momento en que
por cuestiones ideológicas se habían complicado las
cosas en su ciudad, se siente obligada a intervenir al
comprobar el sectarismo con que actuaban ciertos per-
sonajes contraviniendo los principios morales más
elementales, al que arrastraron al propio gobierno.
A pesar de ser una mujer cordial y tolerante, com-
prendía que como católica no podía callar cuando
estaban en juego principios morales intocables. Con
desparpajo y hasta con rebeldía, no tiene pelos en la
lengua para mostrar ante todos la solidez de sus
principios. Armada de un gran valor arremete contra
los convencionalismos hipócritas, en particular con-
tra la arrogancia de los poderosos, entre ellos mu-

150 Victoria Gillick, Relato de una madre, Ed. Rialp, Madrid 1991.

303
chos médicos y burócratas que destacaban por de-
fender una moral contraria al orden natural. Viendo
que no daban su brazo a torcer, promueve una cam-
paña en favor de los derechos de los padres. Tras va-
rios intentos, consigue aglutinar en su favor a cien-
tos de miles, hasta llegar a poner contra las cuerdas
al propio Ministerio de Sanidad. La seguridad con que
defendía sus convicciones logra despertar a la opi-
nión pública hasta ese momento dormida. Persuade
a las autoridades, da la cara ante sus rivales, escribe
cartas, actúa sin descanso. Al final, tras un extenuan-
te y duro trabajo, logra disuadirles. Con su actitud
valiente y decidida, consigue mantener intacto el de-
recho de los padres a educar a sus hijos de acuerdo
con sus propias convicciones.
Toda una lección de honestidad y coherencia. Esta
mujer no se doblega en ningún momento al ambien-
te permisivo y tolerante que intentaba justificar lo
injustificable. No se anda con ambigüedades. Sabía,
y así lo pone en práctica, que un cristiano no puede
ser conformista, y menos ceder por cobardía a una
moral permisiva. Con su actitud coherente, ha dejado
muy claro un principio incuestionable: que en asuntos
que atentan contra la moral natural no caben compo-
nendas. ¿Acaso puede consentirlas una persona sen-
sata? No, ni mucho menos. Como hizo Victoria Gi-
llick, ha de actuar con educación y buenas maneras,
de modo claro y contundente. Quizá haya casos en
los que no se llegue a tiempo. N o importa. Siempre,
naturalmente, que no se baje la guardia y se esté dis-
puesto a luchar por defender la verdad.

304
Unidad de vida y coherencia

A medida que uno madura comprende la impor-


tancia que tiene el ser coherente. Por esto hay que
preguntarse: ¿Cómo puedo potenciar la coherencia,
cómo ganar en madurez? Y es aquí donde aparece
un concepto que puede resultar novedoso: por medio
de la unidad de vida. Esto supone trabajar, descan-
sar, relacionarse con los demás, buscando en todo no
la propia estima sino la gloria de Dios. Lo cual se
consigue introduciendo en la tarea diaria el trato con
Dios, convirtiendo el trabajo en oración y la oración
en trabajo, o si se quiere, la acción en contempla-
ción. Así, las tareas familiares, sociales o profesio-
nales, lo mismo que el descanso o el estudio, la lec-
tura y la misma diversión, conducen a la unidad de
vida, que es coherencia. Eso nos permite distinguir
en todo momento lo esencial de lo accidental, lo im-
portante de lo accesorio. Y al revés, si se descuida da
lugar a la doble vida. En ese caso las piezas del
puzzle no encajarán; el trabajo irá por un lado y la
vida espiritual por otro. Podría llegar a producirse
una distorsión de la realidad, con lo que se oscurece-
ría el horizonte personal y el sentido mismo de la
propia existencia.
La unidad de vida debe plantearse como un obje-
tivo prioritario. El Evangelio lo dice de modo expre-
so: «una sola cosa es necesaria». El Maestro condi-
ciona la eficacia de todo trabajo a que se ame a Dios
sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mis-
mo. ¿Lo había olvidado Marta, la hermana de Lázaro
y María? Sucedió en Betania, donde residían aquellos
hermanos. Como tantas otras veces, Jesús pasaba un

305
día por aquella aldea camino de Jerusalén. Iba con
sus discípulos, y tal vez llegaran poco antes del al-
muerzo. Marta, atenta y hospitalaria, se dispone en
seguida a preparar la mesa. Disponía de poco tiem-
po, y quizá de pocas provisiones para tantos. Esto
debió de ponerle nerviosa. Pensaba que su hermana
María le echaría una mano. Pero no. María se ha que-
dado como embobada escuchando las palabras del
Maestro. Como pasa el tiempo y no le ayuda, se diri-
ge a Jesús y le dice: «Señor, no te importa que mi
hermana me deje sola ... ». Para su sorpresa, Jesús le
responde: «Marta, Marta, te preocupas e inquietas
por muchas cosas, y sólo una es necesaria. María ha
elegido la parte mejor, que no le será quitada» 151 •
Es una advertencia que muy bien podría dirigirnos
a cada uno de nosotros. «Sólo una cosa es necesaria».
Lo recuerda no para que dejemos de trabajar, sino
para que la ocupación que llevemos entre manos no
nos separe de Dios y la hagamos con rectitud. Trata de
evitamos el riesgo de la doble vida. De un lado la es-
piritual, hecha de oración; de otra la ordinaria, cargada
de trabajo intenso y laborioso. Lo recordó con insis-
tencia el Santo Padre: «No puede haber dos vidas pa-
ralelas: por una parte, la denominada vida espiritual,
con sus valores y exigencias; y por otra, la denomina-
da vida secular, es decir, la vida de familia, el trabajo,
las relaciones sociales, el compromiso político y la
cultura. El sarmiento arraigado en la vid que es Cristo,
da fruto en cada sector de su actividad y de su existen-
cia. En efecto, todos los distintos campos de la vida

151 Le 10, 38-42.

306
laical entran en el designio de Dios, que los quiere
como el lugar histórico del revelarse y realizarse de la
caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a
los hermanos. Toda actividad, toda situación, todo es-
fuerzo concreto -como por ejemplo, la competencia
profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y
entrega a la familia y a la educación de los hijos, el
servicio social y político, la propuesta de la verdad en
el ámbito de la cultura- son ocasiones providenciales
para "un ejercicio continuo de la fe, de la esperanza y
de la caridad"» 152•
Un cristiano coherente ha de brillar por su unidad
de vida. Ha de unir la vida contemplativa de María
con la activa de Marta, en perfecto equilibrio, sin que
la una domine sobre la otra. Orar, hablar con Dios, ha
de ser lo primero. Basta con unos minutos en la pro-
pia casa, ante el sagrario de la iglesia que pille a
mano, o en cualquier lugar que ofrezca garantías de
paz y recogimiento. Después será más fácil mantener
la presencia de Dios, invocar la ayuda divina en la ta-
rea de cada día. La oración permite hacer el trabajo en
la presencia de Dios, y así, por grandes que sean las
dificultades, no se pierde la paz. Es el mejor antídoto
contra el activismo y el desorden, medio eficaz para
llenarse de esperanza.
La paz y el sosiego que facilitan el orden y multi-
plican la eficacia es fruto de la unidad de vida. Y esto,
como es lógico, supone esfuerzo y constancia para
armonizar la acción con la contemplación, el trabajo

152 Juan Pablo 11, Exhort. Apost. Christifideles laici, 59; Apostoli-

cam actuositatem, 4.

307
con la oración, en definitiva para ser coherentes. Es
difícil que una persona coherente pierda los papeles
y se ponga nerviosa. Por una razón principal: porque
busca en todo la gloria de Dios. Esa búsqueda la li-
bera y protege de cualquier agobio o nerviosismo.
De ahí que recomiende el Apóstol de las gentes: «Ya
comáis, ya bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, ha-
cedlo todo para gloria de Dios» 153 •
No hay que olvidar que el engarce de la oración
con el trabajo, la vida activa con la contemplativa, es
obra del Espíritu Santo. De Él procede la fuerza que
nos permite vivir la unidad de vida. Lo recordaba
Juan Pablo 11 con claridad el día de la canonización
de san Josemaría ante la multitud de fieles que se
había congregado en la plaza de San Pedro. «San Jo-
semana -decía el Romano Pontífice- no dejaba
de invitar a sus hijos espirituales a invocar al Espíri-
tu Santo para hacer que la vida interior, es decir, la
vida de relación con Dios y la vida familiar, profesio-
nal y social, plena de pequeñas realidades terrenas, no
estuvieran separadas, sino que constituyeran una sola
existencia "santa y llena de Dios". "A ese Dios invisi-
ble -escribió-lo encontramos en las cosas más vi-
sibles y materiales" (Conversaciones, 114)» 154 •

Con las manos llenas

La vida del hombre en la tierra es cancha esplén-


dida para el cultivo de las virtudes. Es por tanto en

153 1 Cor 10, 31.


154 Juan Pablo 11, Homilfa de la canonizaci6n (6-X-2002).

308
el vasto campo de la familia, del trabajo y de las re-
laciones sociales donde cada uno ha de santificarse.
Ahí hemos de ejercitarnos en el amor de Dios, ma-
durando y llenándonos por dentro. Es, además, el
ámbito privilegiado para dar testimonio de la fe que
se vive y enseñar a parientes, colegas y amigos a apro-
vechar el tiempo trabajando cara a Dios. ¡A cuántos
podemos ayudar por medio del testimonio de una
vida coherente! ¡Y a cuántos, por el contrario, po-
dríamos escandalizar si por incoherencia o mediocri-
dad viviésemos una vida tibia!
En tiempos de la revolución de Zapata, en México,
fueron muchos los que apostataron de su fe por mie-
do a la persecución y a ser ejecutados si los sorpren-
dían por su condición de cristianos. Graham Greene,
en su obra El poder y la gloria, cuenta el caso de un
sacerdote que, por miedo, había desertado. No inten-
tó huir con los demás. Prefirió esconderse en el pue-
blo donde vivía y pasar oculto. Días después, sin es-
perarlo, le tienden una trampa. Le avisan a media
noche para que vaya a confesar a un moribundo. En
el fondo de su alma, aquel hombre sentía la fuerza
de su sacerdocio. Ante aquella petición, no lo duda y
acude a la cita. Lo prenden en el acto y es conducido
a la cárcel. Le someten a un juicio sumarísimo. Cuan-
do se entera de que ha sido condenado a muerte, se
desploma. Por su cabeza pasa en esos momentos la
película de su vida. Bebe, intenta rezar, se siente de-
rrumbado. Así lo describe la novela:

«Era la mañana de su muerte. Se agazapó en el


suelo, con el frasco vacío de aguardiente en la mano,
procurando recordar un acto de contrición. "Oh, Se-

309
ñor, me pesa y pido perdón por todos mis pecados ...
crucificado ... digno de tus horribles padecimientos ... ".
Se confundía, su mente se ocupaba de otras cosas.
Aquello no era la buena muerte por la cual uno siem-
pre rogaba. Vio su propia sombra en la pared de la cel-
da: tenía un aspecto sorprendente y de una insignifi-
cancia grotesca. ¡Qué necio había sido al creerse
bastante fuerte para quedarse mientras los demás
huían! "Qué tipo más absurdo soy -meditaba- y
cuán inútil". No he hecho nada por nadie. Lo mismo
podía no haber existido jamás. Sus padres habían muer-
to ... , pronto él ni siquiera sería un recuerdo ... ; acaso,
después de todo, fuese en realidad digno del infierno.
Las lágrimas se derramaban por sus mejillas: no tenía
en aquel momento miedo de condenarse; incluso el
miedo al dolor estaba en último término. Sentía tan
solo una desilusión inmensa por tener que ir a Dios
con las manos vacías, ya que no había hecho nada en
absoluto. En aquel momento le parecía que hubiese
sido fácil ser santo. No le hubiera hecho falta más que
un poco de dominio sobre sí y un poco de valor. Se
sentía como quien ha perdido la felicidad por llegar
unos segundos tarde al lugar de la cita. Ahora com-
prendía que al final sólo cuenta una cosa: ser santo».

Al final de su vida, superando su inmadurez, este


hombre reconoce su equivocación. Se arrepiente. Lo
que más le pesaba era tener que presentarse ante Dios
con las manos vacías. Es entonces cuando compren-
de, al ver la inutilidad de su vida, que lo más impor-
tante en la vida de una persona es la santidad. Piensa
que por tan solo unos segundos ha perdido la oportu-
nidad de ser feliz.
U na reflexión sincera y realista que hace pensar.
N o deberíamos esperar al momento de la muerte

310
para rectificar. Cada día ofrece una oportunidad. La
vida nos ha sido concedida por Dios para que, apro-
vechándola, le demos gloria, y para que olvidados
de nosotros mismos nos decidamos a servir mejor a
los demás. Se ha de hacer con sensatez y equilibrio,
sin miedos ni cobardías. Cada uno ha de dar cabal
respuesta al porqué de su vida, a cómo ha aprove-
chado su tiempo, si lo que hace le sirve para crecer
por dentro o para caer en devaneos inútiles.
Hace tiempo leí una frase que me impactó. Proce-
día de un converso al cristianismo, antiguo emplea-
do del periódico comunista Daily Worker. Este hom-
bre, como fruto del conocimiento de su fe, llegó a la
convicción de que el revulsivo más eficaz contra el
materialismo ateo es la coherencia de vida; y a su
estilo dice que lo más importante es que los cristia-
nos se tomen en serio su fe, que se decidan a ser san-
tos. Sus palabras son bien expresivas:

«Tenemos hoy una urgente necesidad de santos.


N o de santos en los altares de las catedrales, ni de sus
imágenes en colores que existen en nuestros hogares,
por importantes que estas cosas sean. Quiero decir
santos, que trabajen en las industrias y sean miembros
de sus consejos de administración, o de sus conse-
jos de empresas; santos que conduzcan autobuses y
sean delegados de sus sindicatos. Hombres corrientes
que desempeñen profesiones corrientes, pero cuyas vi-
das destaquen como algo tan distinto, tan por encima
de todos los que les rodean, que vengan a ser un ejem-
plo vivo de la fe que profesan» 155 •

155 Citado por J. Orlandis en Vovación cristiana, Rialp, p. 158.

311
Aunque no lo pretenda, el cristiano -donde quie-
ra que esté- es un escaparate viviente. Si ha logra-
do madurar en su fe, actuará con sinceridad, será un
ejemplo vivo de virtud, de santidad. Será como un
libro abierto en el que todos podrán leer, tanto sabios
como ignorantes, incrédulos o creyentes. Nadie que-
da indiferente a la vista de una persona de sólidos
principios, de vida coherente. En su carta a los Ro-
manos, dice san Pablo: «Expectante espera la crea-
ción la manifestación de los hijos de Dios» 156 • En
una visión cósmica y escatológica a la vez vincula el
mundo con el hombre. La vanidad a la que la crea-
ción se ha visto sometida es consecuencia del desor-
den que se da en el mismo hombre. De ahí que el
cristiano, especialmente el laico 157 , esté llamado a
jugar un papel de primer orden en la renovación de
las estructuras temporales 158 • Con su vida ejemplar
ha de dar vida a lo que está muerto, ha de despabilar
a los que se han quedado adormilados. Es del inte-

150 Rom 8, 19.


157 «Competen a los laicos propiamente, aunque no exclusivamen-
te, las tareas y el dinamismo seculares. Cuando actúan, individual o co-
lectivamente, como ciudadanos del mundo, no solamente deben cum-
plir las leyes propias de cada disciplina, sino que deben esforzarse por
adquirir verdadera competencia en todos los campos. Gustosos colabo-
ren con quienes buscan idénticos fines. Conscientes de las exigencias
de la fe y vigorizados con sus energías, acometan sin vacilar, cuando
sea necesario, nuevas iniciativas y llévenlas a buen término» (Conc.
Vaticano 11, Const. Gaudium et spes, n. 43). Es el mismo mensaje que
desde 1928 difundió por todo el mundo san Josemaría Escrivá, como lo
expresa en una entrevista titulada <<Espontaneidad y pluralismo en el
Pueblo de Dios», publicada en Conversaciones, nn. 10-ll, Ed. Rialp,
Madrid.
158 Cf. Juan Pablo 11, Ene. Redemptor hominis, n. 8.

312
rior del hombre, no lo olvidemos, de donde proce-
den los desequilibrios psíquicos y morales.
Incidiendo en esta visión cósmica, escribe un
santo de nuestro tiempo: «Un secreto, a voces: estas
crisis mundiales son crisis de santos» 159 • Sí, por falta
de santidad el hombre se siente arrastrado al desor-
den, a la inquietud y al nerviosismo. Por haber margi-
nado la fe, por no contar con la gracia. Sin la ayuda
que viene de lo alto, el hombre se queda a oscuras, y
el mundo con él. La persona santa, madura en su fe,
es la única capaz de reconducir este desorden. N o es
casual que el Santo Padre, al comienzo de tercer mi-
lenio, propusiera la santidad como fundamento de
toda tarea pastoral. Tenía la «convicción de que si el
Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de
Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabi-
tación de su Espíritu, sería un contrasentido conten-
tarse con una vida mediocre, vivida según una ética
minimalista y una religiosidad superficial».
Por si alguien todavía pudiera pensar que lo de as-
pirar a la santidad queda para sacerdotes o religiosos,
o en todo caso para personas muy singulares, añadía:
«Este ideal de perfección no ha de ser malentendido,
como si implicase una especie de vida extraordinaria,
practicable sólo por algunos «genios» de la santidad.
Los caminos de la santidad son múltiples y adecua-
dos a la vocación de cada uno. [... ] Es el momento de
proponer de nuevo a todos con convicción este «alto
grado» de la vida cristiana ordinaria» 160 •

159 Camino, n. 301.


100 Juan Pablo 11, Carta apost. Novo Millennio Ineunte, n. 30.

313
¿Santidad? ¿Madurez? Tanto monta ... La santidad
es sobreabundancia de gracia; y la madurez, plenitud
de esa gracia en la vida del hombre. Al final, ambas
cosas terminan por identificarse. Es difícil imaginar
a un santo inmaduro, como a una persona madura
que no aspire a la santidad. Es cierto que sin madu-
rez es imposible la santidad; pero también a la inver-
sa: la santidad lleva a la madurez. Los medios para
alcanzarla los enumera el Santo Padre en ese mismo
documento 161 • Los resume en dedicar un tiempo -si
fuera posible a diario- a la oración, a la asistencia a
la eucaristía dominical, al sacramento de la Reconci-
liación, de manera que se dé primacía a la gracia, al
estudio y la meditación de la Palabra de Dios conte-
nida en la Sagrada Escritura. Es un aprendizaje muy
asequible, abierto a todos, aun cuando cada cual haya
de adaptarlo a sus particulares circunstancias.
Es lo que el mismo Juan Pablo 11 había vivido a
lo largo de su vida. Su testimonio se nutrió de fe y
de esperanza, virtudes que vivió a fondo sin dejarse
llevar de teorías. «No hay -decía- una fórmula
mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo.
No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí
una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo
estoy con vosotros!» 162 • De esta certeza vivió. Y a
ella invitó a los jóvenes del mundo entero. Les esti-
mulaba a un compromiso firme, a dar una respuesta
generosa a lo que el Señor les pidiera. Muchos res-
pondieron. Sucedió en multitud de países, y como

161 lbfd., nn. 32-39.


162 lbfd., n. 29.

314
tuvimos ocasión de contemplar de cerca, también en
aquella concentración inmensa de jóvenes en Cua-
tro Vientos. Fue la última vez que estuvo en España.
Y en correspondencia, en Roma estaban muchos de
aquellos jóvenes el día de su entierro, dándole de co-
razón su último adiós llenos de lágrimas pero tam-
bién de esperanza. Con ellos estábamos todos en es-
píritu. Para agradecerle su fe vibrante y su impulso
de amor. Cuando aún se le veía con fuerzas, algunos
periodistas comentaban: «¡Qué gran poder de con-
vocatoria tiene este Papa!» Cuando enfermó y ya no
podía hablar, aquel «poder>> de convocatoria no de-
cayó sino que se acrecentó todavía más. ¿Cuál era la
fuerza que le movía, de dónde procedía aquel poder
de comunicación? No cabe duda que del Espíritu
Santo, de su sintonía con la gracia. De ahí provenía
aquella juventud de espíritu que tanto atraía, éste era
el poder que le permitía sintonizar con aquellos jó-
venes.
Esta lección de fidelidad no debería quedar en un
sentimiento pasajero. Somos ahora nosotros los que,
por coherencia, hemos de madurar en la fe y vivir de
esperanza. Así lo recordaba Benedicto XVI en la
misa de su entronización, partiendo de las palabras
de su predecesor al inicio de su pontificado: «¡No te-
máis! ¡Abrid, más todavía las puertas a Cristo! [... ]
¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo -si
dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de noso-
tros mismos, si nos abrimos totalmente a Él-, mie-
do de que Él pueda quitamos algo de nuestra vida?
[... ] Y todavía el Papa quería decir: ¡No!, quien deja
entrar a Cristo no pierde nada, nada -absolutamen-
te nada- de lo que hace la vida libre, bella y gran-

315
de. ¡No! [... ]Hoy yo quisiera, con gran fuerza y gran
convicción, a partir de la experiencia de una larga
vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóve-
nes: ¡No tengáis miedo a Cristo! Él no quita nada, y
lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por
uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cris-
to, y encontraréis la verdadera vida».
Éste es el camino. Darse del todo, confiar en la
gracia, con la esperanza de que cuando el Señor
haya de juzgarnos nos encuentre con las manos lle-
nas. Es el testimonio que el mundo de hoy necesita.
Hombres y mujeres generosos, de carácter recio y
optimista, que sin timideces ni complejos sepan dar
testimonio de su fe y de su esperanza. El odio será
así superado por el amor, el desaliento por el opti-
mismo, la cobardía por la audacia. Junto al esfuerzo
personal por conseguirlos, se ha de contar con la
ayuda del Espíritu. Es ésta la razón por la que apren-
der a madurar se convierte en uno de los retos más
importantes para el hombre de hoy. Dios y la socie-
dad esperan nuestra respuesta.

316
LffiROS DE BOLSILLO RIALP
Selección de títulos:

11. RAFAEL GAMBRA: Historia ll7. FEDERICO DELCLAUX: El si-


sencilla de la Filosofta. (Vi- lencio creador. (Cuarta edi-
gesimosexta edición.) ción.)
48. ANDRÉ FROSSARD: Dios exis- 124. WILLIAM J. WEST: Opus Dei:
te. Yo me lo encontré. (Vige- ficción y realidad. (Tercera
simoprimera edición.) edición.)
59. JosÉ LUis CaMELLAS: Historia 132. FEDERICO DELCLAUX: Antolo-
de España moderna y contem- gfa de poemas a la Virgen.
poránea. (Decimosexta edi- 133. S. L. JAKI, C. SÁNCHEZ DEL Rto,
ción.) J. A. JANIK, JuuoA. GONZALO
71. JESúS URTEAGA-MANUELAGUA· y MARIANO ARTIGAS: Ffsica y
DO: Siempre alegres para ha- religión en perspectiva.
cer felices a los demás. (De- 134. HERVÉ PASQUA: Opinión y
cimoctava edición.) verdad.
77. CLAUDIO SÁNCHEZ-ALBORNOZ: 136. PIER LUIGI ZAMPETTI: La pro-
Una ciudad de la España Jeda de Fátima y el derrum-
cristiana hace mil años. (De- bamiento del comunismo.
cimonovena edición.) 137. ANTONIO FUENTES MENDIOLA:
79. ANTONIO MILLÁN-PUELLES: ¿Entiendes a tus hijos? (Se-
Universidad y sociedad. gunda edición revisada.)
91. JosÉ MIGUEL IBÁilEZ LAN· 138. ALEJANDRO LLANO, JosÉ LUIS
Rilke, Pound, Neruda.
GLOIS: PÉREZ DE A YALA, RAFAEL Ru.
Tres claves de la poesta con- BIO DE URQUfA, PEDRO ANTO·
temporánea. NIO URBINA, RICARDO YEPES
96. PETER BERGLAR: Metternich. y otros: Breve diagnóstico de
Conductor de Europa. la cultura española.
101. ÁLVARO D'ORs: Nuevos pa- 139. PASCAL FONTAINE y HENRI
peles del oficio universitario. MALOSSE: Las instituciones
105. LUIS JIMÉNEZ MARTOS: Tien- europeas.
tos de los toros y su gente. 142. VARIOS AUTORES: Medio si-
no. CLAumo SÁNrnEz-ALsoRNoz: glo de Adonais.
De la Andalucta islámica a la 143. GERARDO DIEGO: Gerardo Die-
de hoy. (Segunda edición.) go y Adonais.
144. ANDRÉ FROSSARD: Los gran- 160. RICARDO MORENO: Historia
des pastores. Abraham, Moi- breve del Universo.
sés, Jesucristo, San Pablo, 161. AURORA BERNAL: Movimien-
Marx, Bernardette. tos feministas y cristianismo.
145. SERGIO CorrA: ¿Qué es el de- 162. RAFAEL GóMEZ PÉREZ: Ética
recho? (Cuarta edición.) empresarial. Teorta y casos.
146. RiCARDO YEPES STORK: Enten- (Tercera edición.)
der el mundo de hoy. (Cuarta 163. JosÉ MARÍA BARRIO MAESTRE:
edición.) Los lfmites de la libertad.
147. FEDERICO SUÁREZ: Santiago 164. ANóNIMO: El Purgatorio. Una
Masarnau y las Conferencias revelación particular. (Quin-
de San Vicente de Paú/. ta edición.)
148. MARIO CLAVELL: Saber ha- 165. CARLOS CARDONA: Aforismos.
blar. (Segunda edición.) Selección de Carlos Pujol.
149. PEDRO BETETA: Una visita de 166. PEDRO BRUNORI: La Iglesia
Dios. Juan Pablo II consue- Católica. Fundamentos, per-
la a los que sufren. Prólogo sonas, instituciones.
del Cardenal ÁNGEL SuQUfA.
167. JosÉ ÜRLANDIS: La vida cris-
(Cuarta edición.)
tiana en el siglo XXI.
150. JULIÁN HERRANZ: Atajos del
168. JosÉ MoRALES: El Islam. (Ter-
silencio. (Segunda edición.)
cera edición.)
151. JOSEPH RATZINGER: Verdad,
169. Cuando el
RAFAEL DE LOS Rfos:
valores, poder. Piedras de to-
mundo gira enamorado. Sexta
que de la sociedad pluralista.
edición.)
(Quinta edición.)
170. JosÉ MIGUEL IBÁilEZ LANGLOIS:
152. JosÉ MIGUEL IBÁilEZ LAN·
Josemarta Escrivd como escri-
GLOIS: Libro de la Pasión.
(Tercera edición.)
tor.
171. VITTORIO POSSENTI: Filosofla y
153. ANTONIO MILLÁN PUELLES: Éti-
ca y realismo. (Segunda edi- revelación.
ción.)
172. CORNELIO FABRO: El temple de
154. MIGUEL ÁNGEL GARRIDO: Cri-
un Padre de la Iglesia.
tica literaria. 173. BEATRIZ CaMELLA: Ernestina
155. VITIORIO POSSENTI: Dios y el de Champourcin, del exilio a
mal. Dios.
156. JosÉ ÜRLANDIS: Historia bre- 174. JOSÉ MARÍA BARRIO MAESTRE:
ve del cristianismo. (Sexta Cerco a la ciudad.
edición.) 175. ÁNGEL CABRERO UGARTE: Vivir
157. BEATRIZ COMELLA: La Inquisi- sin Dios.
ción española. (Cuarta edi- 176. JosÉ MoRALES: El valor distin-
ción.) to de las religiones.
158. JUAN LUIS LORDA: La señal 177. JESús ÜRTIZ LóPEZ: La Iglesia
de la cruz. Meditaciones so- que desea Juan Pablo JI.
bre el Via Crucis. 178. TOMÁS MELENDO: San lose-
159. JosÉ LUIS COMELLAS: Histo- marta Escrivd y la familia.
ria breve del mundo contem- 179. NANI LEÓN DE MOLINA: Dibu-
pordneo. (Cuarta edición.) jando una realidad.
180. AUGUSTIN y JOSEPH LÉMANN: 188. JosÉ LUIS COMELLAS: Historia
La asamblea que condenó a breve del mundo reciente.
Jesucristo. 189. BLANCA CASTILLA DE CORTÁ-
181. FRANCisco UGARTE: Del resen- ZAR: ¿Fue creado el varón an-
timiento al perdón. tes que la mujer?
182. FRANCISCO MARTf GILABERT: 190. MERCEDES ÁLVAREZ PÉREZ: Có-
Carlos III y la polftica reli- mo sacar partido a la televisión.
giosa. 191. RAFAEL GóMEZ PÉREZ: Breve
183. JosÉ RAMÓN GARITAGOITIA historia de la cultura europea.
EGufA: Juan Pablo JI y Europa. 192. 00MINIQUE LE TOURNEAU: El
184. RAFAEL GóMEZ PÉREZ: Elogio Opus Dei. Informe sobre la rea-
de la bondad. lidad.
185. ANTONIO RuBIO: Vidas roma- 193. FRANCISCO UGARTE CORCUE-
nas. Treinta y tres personajes RA: En busca de la realidad.
de la Roma eterna. 194. JosÉ LUIS COMELLAS: Historia
186. JosÉ MARÍA PARDO: Bioética sencilla de la música.
práctica al alcance de todos. 195. MANUEL CASADO: Cantaré tus
187. ISABELLE DE MEZERAc: Un hijo alabanzas.
para la eternidad.
La madurez personal es hoy, a todos los niveles,
un tema de suma actualidad. Sobre todo porque
madurar en lo humano no es algo que se improvise.
Requiere ponderación de juicio, equilibrio
y coherencia, para acertar en las decisiones
y hacer amable la convivencia.
A partir de algunos de los síntomas más frecuentes
de inmadurez, en Aprender a madurar se dan
unas pautas sencillas y asequibles para superarlos.
El texto está entretejido ele ejemplos que hacen
amena su lectura y facilitan su comprensión.
Todo ello dicho en tono positivo, en aras de guiar
al lector hacia una <<madurez adulta>>, que se
caracteriza por la reciedumbre de carácter,
la finura de conciencia y un criterio seguro.
Es un reto para todos, en especial para el hombre
y la mujer de fe dispuestos a madurar por dentro.

El autor, Antonio Fuentes Mendiola, es profesor


de Sagrada Escritura y especialista en Ética.
En esta misma editorial ha publicado, entre otros,
El sentido cristiano de la riqueza ; La aventura
divina de Marfa; ¿Entiendes a tus hijos? y la versión
del Nuevo Testamento en sus 12 ediciones.

ISBN 84-321-3592-5

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9 788432 135927

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