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Tamara Ludmila Cheroki Minadeo

Teoría Política II- Examen Parcial


La tradición liberal ha adoptado al individualismo, libertad, autonomía y tolerancia
como los valores base de su filosofía política. Este último valor refiere a una diposición
del individiuo que lo restringe o limita a actuar de cierta manera ante la idea de otra
persona que considera moralmente errónea. Esta idea del otro se haya en el equilibrio
entre el rechazo de esta y, por el otro lado, su aceptación. Los liberales han definido el
fundamento de la tolerancia de manera intrínseca a otros valores. En consecuencia, esta
se encuentra en función de un valor anterior, particularmente en la autonomía,
convirtiendo a la tolerancia en una virtud en sí misma. La tolerancia que encuentra sus
bases en la autonomía requiere que el individuo supere su desaprobación con respecto a
las creencias de la otra persona en función de que la respeta porque esta es autónoma, es
decir, es libre de elegir los principios que darán forma a su vida. El problema que esto
conlleva es que se forma un sesgo liberal. Es decir, sólo se puede justificar a la
tolerancia intrínsecamente si se adhiere a la autonomía y, por ley de transitividad, si se
es liberal. Por ello, la tolerancia se convierte en un valor exclusivamente liberal. Es
necesaria así la búsqueda de otras maneras de fundamentar la tolerancia de manera
intrínseca y que esta no refiera a la autonomía o, por lo menos, solamente a ella.
En este ensayo se pretenderá analizar otras maneras de justificar a la tolerancia, con el
fin de demostrar que se pueden definir las fronteras de la tolerancia en cuanto a otros
valores normativos y, al mismo tiempo, independientemente de estos.
Por un lado, existe la posibilidad de justificar a la tolerancia de manera instrumental.
Esta se basa en una limitación estrictamente prundencial. Es decir, en un “dejar hacer”
dadas nuestras preferencias o siguiendo el objetivo de mantener el orden o paz social.
En este sentido, la restricción a actuar en contra de la otra persona ocurre porque es
conveniente para todos. Sin embargo, justificar a la tolerancia de esta manera también
implicaría que al conseguir la paz instrumental las creencias de cada uno no se
modificarían en nada.
En general, se entienden tres maneras espistemológicas de justificar a la tolerancia de
forma instrumental. Por un lado, se encuentra el relativismo: dado que cada posición es
una verdad, existen infinitas verdades y, por ende, no se puede imponer una verdad.
Esta acepción haría imposible la convivencia en lo público, dado que cada uno tendría
su propia mirada del mundo exterior, fomentando a la constante disputa en lo público.
Por el otro lado, se halla el modus vivendis: dada esta concepción, la tolerancia se
constituye como un acuerdo, un “trade off” sobre qué cede cada persona para evitar
matarse entre ellos. La razón por la cual se actúa no consite en un respeto moral, sino
porque le conviene a todos. Además, la tolerancia tiende a ser inestable: si una persona
con más poder tolera al más débil por su conveniencia, en el hipotético caso de que
hubiese un cambio de poder en el futuro,la tolerancia sería muy poco probable por parte
de aquel que adquiere la posición más fuerte para con los que pasan a formar parte del
grupo más débil. Por último, se halla el esceptisismo. Esta concepción cree que la
verdad nunca podrá ser alcanzada por nuestras condiciones hummanas, por lo tanto, es
imposible imponer una sola concepción.
Dentro de la teoría de Mill, se pueden encontrar implícitamente dos concepciones de la
tolerancia que derivan de su definición de libertad y cuáles son los límites de esta. Una
de estas concepciones de tolerancia se justifica de manera más instrumental,
particularmente de forma escepticista. Mill sostiene que debe haber necesariamente la
libertad de opinión, en este punto podemos ver su cracterización esceptiscista de la
tolerancia: “…sus verdades (la de los hombres), en su mayoría, son sólo medias
verdades; que la unidad de opiniones… no es deseable, y que la diversidad no es un
mal, sino un bien, hasta que los hombres sean mucho más capaces que en la actualidad

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Tamara Ludmila Cheroki Minadeo

de reconocer todos los aspectos de la verdad”1. Para Mill, se deben “tolerar” las medias
verdades, para así construir un camino que lleve a la sociedad al horizonte de la verdad
absoluta. De la misma forma que censurar correspondería a la imposición de un dogma,
yendo así de manera contraria a la diversidad que los liberales desean alcanzar. El
mismo autor, sostiene de manera paralela una concepción de la tolerancia que se
corresponde más con la justificación intrínseca en torno a la autonomía. Según Mill “…
así como es útil que mientras la humanidad sea imperfecta haya opiniones diferentes,
también lo es que haya diferentes experimentos de vida; que se dé libre curso a las
variedades de carácter, sin perjudicar a los demás…es necesario que en las cosas que no
conciernen primeriamente a los demás, la individualidad se afirme”2. Aquí se puede ver
que esta concepción de la tolerancia se deriva de su principio del daño. Esto quiere decir
que, por más que una persona desapruebe la práctica o creencia del otro, este no puede
ejercerle daño o rechazar a la persona, a menos que su práctica dañe a otros. Esto es así,
porque todo ser humano es autónomo: elije su plan de vida a partir del desarrollo de su
capacidad crítica (strong evaluation, en términos de Taylor3) que nos permite seguir
nuestro fin último. De alguna forma, se puede entender que en la esfera privada, la
persona puede llevar a cabo el experimento de vida que desee, según sus propias
convicciones. En ese mismo espacio, uno puede ser intolerante hacia las creencias del
otro, pero una vez que se pisa el espacio público, uno debe ser tolerente con el otro y
fomentar la cooperación. Pero, esto también sería un problema en, por ejemplo, las
empresas privadas: los empleadores no contratarían a aquellos que no comulguen con
sus creencias. La igualdad de oportunidades sería imposible de alcanzar en un contexto
donde no haya respetuo mutuo. Nuevamente, llegamos a nuestro punto de partida:
justificar a la tolerancia de manera intrínseca en torno a la autonomía sería insuficiente
y, por el otro lado, constituiría a un sesgo liberal. En este caso, sería necesaria no sólo la
tolerancia, sino también el respeto por el otro (entendiéndose como el respeto hacia una
virtud de la otra persona) o algún valor político, como ser el pertenecer a una misma
democracia, que acompañe a la autonomía como valor anterior.
Ahora bien ¿cómo logramos alcanzar el respeto por el otro? Una de las opciones sería
inculcar, además de tolerancia, el respeto por el otro. Esto se puede lograr a través de la
educación pública en las escuelas, que puja por generar una ciudadanía democrática,
introduciendo “nuevas voces”, es decir otras miradas del mundo y exponiendo a los
niños a la incomodidad. De este modo, los alumnos dentro de las aulas se adaptarán a la
diversidad, y el día de mañana contribuirán al orden y el respeto por sus conciudadanos.
De esta manera, el estado abre un espacio en pie de igualdad para con los ciudadanos. Si
alguna persona desea exceptuarse dado que las enseñanzas van en contra de sus
convicciones religiosas, morales o filosóficas-como en el caso de los Mozert4- el estado
debe elevarse por sobre estas particularidades dado que exceptuar a una persona iría en
contra de la formación del ciudadano democrático liberal que el estado precisa. Por otro
lado, siguiendo el argumento utilitarista de Mill, si exceptuar al ciudadano de su
formación cívica en “…el intento de ejercer el control… produciría otros males”5 y
estos males son mayores que los que produciría exceptuarlo, entonces sería correcto que
el niño- como en el caso de los Amish6- no asistiera al colegio.

1
Mill Pág 81
2
Mill pág 81
3
Taylor pág 268
4
Tolerancia: la educación pública. Caso Mozert
5
Mill Pág 80
6
Tolerancia: la educación pública. Caso Amish.

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Tamara Ludmila Cheroki Minadeo

De esta forma, el estado pasar a ser un estado neutral según la tercera acepción de
neutralidad. La idea de neutralidad estatal implica la distinción de espacio pública y
espacio privado. El estado será neutral porque dentro del espacio público habrá un
consenso entre ciudadanos racionales sobre cuáles son los valores que justificarán las
políticas públicas. El estado en una democracia liberal debe estar por encima de las
particularidad e implementar visiones valorativas que formen ciudadanos de acuerdo
con esa visión. Esto se puede ver en Rawls en su camino para llegar a los principios de
justicia. Según Rawls, para entrar en la sociedad se necesita usar un “velo de
ignorancia” para que cada ciudadano se encuentre en una imparcialidad. Cada persona
desconoce su “categoría”, es decir, su religión, raza, sexo o posición economía, de modo
que al momento de elegir cuáles serán los principios de justicia, nadie defenderá una
posición que solo beneficie a uno mismo y al colectivo. Así, las concepciones políticas
de justicia no se guían por concepciones morales, filosóficas o religiosas . “…debemos
aplicar el principio de tolerancia a la filosofía misma…mediante este método de
evitación… las diferencias existentes entre las opiniones políticas en pugna pueden al
menos moderarse, aunque no eliminarse por completo, de modo que pueda mantenerse
la copperación social sobre la base del respeto mutuo7”. Así, se puede visualizar que el
Estado se eleva sobre las particularidades de cada individuo, apoyándose sobre la
imparcialidad y siendo tolerante para con la diversidad.
En conclusión, se demostró que es posible definir los límites de la tolerancia
desarraigada de valores, es decir de forma instrumental, y por el otro lado, se logró ver
que la autonomía es un valor insuficiente para justificar a la tolerancia, dado que
contribuye a un sesgo liberal. Es imperativo que el gobierno se encuentre imparcial en
cuanto a las distintas concepciones morales, filosóficas y religiosas de los ciudadanos y,
además, se debe inculcar no solo la tolerancia en las escuelas sino también el respeto
por el otro, sumada a la introducción de otras miradas ajenas a uno para así contribuir a
una sociedad más igualitaria, libre y cooperadora.

7
Rawls pág 118