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La educación comunitarista de Mcintyre y Luis Villoro.

MacIntyre es escocés, católico y actualmente se desempeña como profesor de la Universidad de Notre Dame.
De pasado izquierdista ha ido transitando, vía el aristotelismo de su primera gran obra Tras la Virtud, hacia el
tomismo de su libro Tres Versiones Rivales de la Ética. La obra intermedia es un libro monumental, Justicia y
Racionalidad.

Este autor es un crítico de las éticas procedimentales contemporáneas, que desde Kant han postulado la
división de la moral y la felicidad. De hecho, Kant cortó el lazo que vinculaba la moralidad y la búsqueda de
la felicidad cuando arguyó que la moral no puede ser obligatoria para un agente en virtud de los deseos que
tiene. La moralidad obliga únicamente en la medida en que es puramente racional. A efectos de hacer un
juicio moral, un hombre se considera a sí mismo libre del influjo de deseos, pasiones e intereses concretos,
que de otro

MacIntyre propone restablecer el concepto de naturaleza y el finalismo de la acción humana, reivindicando


una ética de las virtudes y de la vida buena. Lo anterior sólo es posible para el hombre dentro de una
comunidad, puesto que no existe identidad humana sino en un proceso de comunicación e interacción con
otros. Como la vida de la persona tiene una estructura narrativa, sólo conozco cuál es mi bien y puedo acceder
a él en relación con otros.

Como se ve, hay un rechazo al formalismo e individualismo de la moralidad kantiana (o de una cierta lectura
liberal de Kant). En vez de la autonomía del sujeto moral, MacIntyre releva las prácticas que conducen al bien
y a la felicidad y otorga prioridad a la idea del bien humano, que siempre es definido dentro de una
comunidad. Ello ocurre porque la identidad personal se genera dentro de determinados contextos y
tradiciones. La vida tiene una estructura narrativa y la búsqueda del bien que el sujeto realiza siempre se
orienta hacia bienes definidos como tales, social y culturalmente.

El filósofo escocés señala expresamente que la búsqueda y el encuentro de una identidad moral por medio de
comunidades como la familia; el vecindario; la ciudad y la tribu; y también su pertenencia a las mismas, “no
entraña que se deba admitir las limitaciones morales particulares de esas formas de comunidad”15. Y en lo
relativo a las prácticas, MacIntyre tampoco excluye las discusiones entre los practicantes; simplemente
destaca que ellas deberán enmarcarse dentro de padrones compartidos, si se desea un debate racional que
posibilite el avance y la innovación.

Luis Villoro, uno de los principales filósofos surgidos del grupo Hiperión, siempre mantuvo a lo largo de su
carrera académica y de su vida personal una preocupación por las comunidades indígenas; lo que le llevó a
vivir muy de cerca a ellas, a su pensamiento, a sus tradiciones y a convertirse, con el paso del tiempo, en un
ícono de la lucha indigenista desde que, en 1994, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional conmovió a
México y al mundo entero. Villoro fue, siempre, un atento observador, asesor y amigo de los zapatistas en
México hasta su muerte, acaecida en marzo de 2014.
Se puede decir que las dos formas de organización, comunidad y sociedad, se definen en el pensamiento de
Villoro (2010) a partir del concepto de “figura del mundo”. Según el filósofo, a cada época histórica le
corresponde una figura del mundo en la que el hombre ocupa un lugar determinado. Así, por ejemplo, Villoro
equipara a la comunidad con una imagen del mundo en la que la posición del hombre no está por encima del
mundo natural, sino una imagen en la que el ser humano está en el mundo natural, una imagen en la que el ser
humano es un ser vivo más; en la sociedad, en cambio, el hombre deja de ocupar un lugar en el mundo natural
para posicionarse por encima de éste.

Contrario a la figura del mundo de la comunidad, en la figura del mundo según el pensamiento moderno, la
naturaleza, los árboles, los animales, el planeta, el cosmos y el hombre mismo adquieren el estatuto de objeto
de dominio, consumo, objeto de estudio, de explotación y es esta figura del mundo, esta manera de
relacionarnos con “lo otro”, con lo que no es humano o es distinto de lo humano, lo que para Luis Villoro
(2010) tiene que ser superado. La figura del mundo acorde al pensamiento moderno se corresponde
absolutamente con el humanismo en tanto que éste supone un “centramiento” de los significados de lo natural
en el hombre. El hombre, y no el mundo, es el que otorga sentido a lo natural.

En opinión de Villoro, el asunto en la sociedad moderna liberal se centra en tratar de resolver la pregunta:
“¿Podremos trascender lo fenoménico y lo objetivo, para alcanzar una realidad que ya no esté ante nosotros
como inerte masa en espera de que le otorguemos sentido?” (Villoro, 1949, p. 26) Se trata, apunta Villoro, de
tratar de reemplazar la figura del mundo moderno (Villoro, 2010) por otra en la que la existencia y
significados del mundo natural y, por lo tanto, de la humanidad misma, no estén centradas en la razón
omniabarcante del hombre, se trata, en suma, de superar el antropocentrismo moderno cuestionando, como
dice Víctor Manuel Toledo (2003), la civilización que hemos construido para preguntarnos qué clase de
civilización queremos en el futuro inmediato.

Rosa María Flores Pérez

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