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Warhol, Danto y la muerte del arte

Por Tomás Llorens, publicado en El País el 12 de Julio de 2014.

Desde finales de los años sesenta, la fortuna crítica de Warhol no ha dejado de


crecer. Sin embargo, como es natural, los argumentos que la sustentan han ido
variando. Uno de los que recientemente ha alcanzado mayor difusión se debe a
Arthur Danto. Danto era un filósofo norteamericano que enseñaba en la Universidad
de Columbia. En 1981 publicó un libro, titulado The transfiguration of the
commonplace, en el que se ocupaba extensamente de Warhol. Tuvo éxito y siguió
escribiendo sobre arte. Su último libro es una colección de ensayos publicada a
fines del año pasado bajo el título de What art is.

Puede sospecharse que el éxito inicial de Danto se basaba en un malentendido.


Lanzar profecías agoreras es, en la bibliografía humanística del siglo XX, una
manera segura de tener éxito, y el de The transfiguration of the commonplace no
fue seguramente ajeno al hecho de que el autor proclamaba la muerte del arte. Pero
lo hacía, y ésta era su peculiaridad, en un sentido que tenía poco que ver con la
tradición apocalíptica en la que habitualmente se inscriben ese tipo de proclamas.
La muerte de la que hablaba Danto era una muerte feliz. El arte habría muerto de
éxito, habiendo visto cumplidas todas sus aspiraciones. Y quien lo habría llevado a
esa situación de ataraxia última habría sido, precisamente, Warhol.

Para entender esta afirmación es necesario recordar que para Danto las obras de
arte son signos de un tipo especial: signos en los que “se encarna” aquello mismo
que significan. La expresión que usa el autor es embodied meanings y “encarnar”
es una traducción, quizá, demasiado literal del verbo to embody. Una formulación
menos precisa, pero más comprensible, sería ésta: para Danto la obra de arte es
un signo que se parece mucho a aquello que significa. Aunque esta “concepción
mimética” del arte —el calificativo es del mismo Danto— es muy antigua (en
términos muy generales puede decirse que se remonta a Platón, a quien Danto cita
ocasionalmente, y Aristóteles), el filósofo norteamericano no tiene problemas en
asumirla como propia. Asume también una de sus consecuencias más tópicas, a
saber, que la historia del arte puede contarse como un progreso gracias al cual los
artistas van consiguiendo, de siglo en siglo, un parecido cada vez mayor entre las
obras de arte y la realidad. Pues bien, partiendo de esas premisas, Danto concluye
que el grado máximo de mimetismo artístico fue el que alcanzó Warhol con sus
Cajas Brillo de 1964.

El cuento de cómo hizo ese descubrimiento se ha contado muchas veces. Un día el


filósofo pasaba por delante de una galería de arte y decidió entrar a ver lo que había.
Su primera impresión fue que estaba entrando en un almacén de supermercado
lleno de cajas de esponjas de fregar de la marca Brillo. Cuando le dijeron que eran
obras de arte y que las había hecho Warhol su mente hizo clic. Si la apariencia de
las cajas de Warhol era idéntica a la apariencia de las cajas del supermercado, si
nada permitía distinguir la obra de arte de aquello que significaba, el arte había
llegado al grado máximo de mimetismo y por tanto al final de su recorrido histórico.
Había muerto.

La negación de la belleza como criterio artístico se remonta a Burke, en el siglo XVIII

A partir de 1981 Danto ha ido variando la formulación de esa tesis. En su último libro
afirma que, más que el arte mismo, lo que ha muerto es la historia del arte. Una
fórmula que, por cierto, se parece muchísimo a la de la muerte de la historia de
Fukuyama. Pero prefiero no extenderme aquí en el comentario de ese parecido.

Los argumentos de Danto no dejan de plantearnos alguna perplejidad. Veamos, al


menos, una de ellas. Tiene que ver con lo que se suele llamar ready made. En el
lenguaje del arte del siglo XX recibe este nombre un elemento extraído de la vida
real que un artista escoge y propone como obra de arte. El ejemplo más conocido
es un “Urinario de loza industrial” que Duchamp presentó como escultura a una
exposición colectiva organizada en 1917. Por extensión puede aplicarse el mismo
concepto a cualquier otro objeto —por ejemplo, un ticket de tranvía, o un anuncio
recortado de una página de periódico— que se incorpore a una obra de arte. En los
collages o assemblages dadaístas o surrealistas de comienzos del siglo XX
encontramos numerosos ejemplos. Habiendo cambiado de contexto, el objeto, o
elemento, ready made, abandona su condición original y funciona artísticamente.
En el caso del urinario, el hecho de que Duchamp lo titulara, lo firmara y lo
presentara a una exposición extirpaba del objeto las funciones que solemos
atribuirle en la vida cotidiana y lo convertía en obra de arte. O signo artístico,
“significado encarnado” según la terminología de Danto. ¿Signo de qué? Signo de
urinario, claro; es decir, de sí mismo. Como las cajas Brillo de Warhol. Sólo que con
una mayor proximidad, en el caso de Duchamp, entre signo y significado. Si signo
y significado son físicamente la misma cosa, no cabe ninguna duda que el
significado se “encarna” en el signo. Lo hace del todo.

No estoy jugando con palabras. La historiografía del arte del siglo XX señala
mayoritariamente que el movimiento Neo-Dada norteamericano de los años 1950
—un movimiento inspirado por los precedentes dadaístas de Schwitters y Duchamp
y protagonizado por artistas como Robert Rauschemberg y Jasper Johns— fue la
matriz inmediata de la que derivó el pop art. Las imágenes extraídas de la prensa
comercial que Rauschemberg incorpora a sus lienzos son ejemplos de ready made
en el sentido amplio que he dado al término más arriba. Evidentemente son de la
misma naturaleza que las imágenes extraídas de la prensa comercial que Warhol
incorpora a los lienzos de la serie dedicada a las sopas Campbell. ¿No sería lógico
entender que las cajas Brillo son ejemplos de lo mismo?

Para Arthur Danto, la historia del arte consiste en aproximar las obras a lo que
significan

El problema estriba en que, si adscribimos las cajas Brillo a la tradición de los ready
made, no habría sido Warhol, sino Duchamp, quien habría llevado el arte a la muerte
que describe Danto. Y el deceso no habría ocurrido en 1964 sino en 1917.
Estaríamos a punto de celebrar el primer centenario del infausto —o fausto—
suceso.

Danto ignora la mayor parte de estos precedentes. No puedo ignorar, claro, a


Duchamp. ¡Pero es que Duchamp no tiene nada que ver con Warhol!, dice. Su
propósito era muy diferente. Si expuso el urinario fue para criticar la noción de
belleza. Ese fue precisamente su gran hallazgo. “Que algo pueda ser una obra de
arte sin ser bello constituye una de las grandes aportaciones filosóficas del siglo XX”
(página 28 de What art is). El argumento vuelve a aparecer, de modo más extenso,
aunque más confuso, en las últimas páginas del libro.

La afirmación contiene dos falacias de bulto. La primera y principal estriba en que,


con independencia de cuáles fueran sus motivaciones respectivas, el parecido entre
lo que hicieron Duchamp y Warhol es innegable y la historia del arte del siglo XX,
por muy muerta que esté, no puede dejar de registrarlo.

La segunda consiste en afirmar que la negación de la belleza, como criterio de


creación artística, pueda constituir “la gran aportación filosófica del siglo XX”. ¿Y
dónde ponemos al Bosco, a Brueghel, a Goya? Y ¿dónde ponemos a Burke y su
esfuerzo por explicar —en el siglo XVIII— que hay cosas que son sublimes sin ser
bellas; que sólo pueden ser sublimes en la medida en que no sean bellas? Que a
un filósofo analítico se le borre de la memoria la existencia histórica de uno de los
más destacados seguidores de Hume no deja de producir asombro. ¿No habría que
buscar la causa de ese olvido —y de buena parte de la filosofía del arte de Danto,
ya puestos— en ciertos procesos neurológicos asociados al paso del tiempo a los
que ni siquiera los filósofos analíticos tienen por qué ser inmunes?

Warhol, el Warhol histórico, es otra cosa, claro.

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