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POSICIÓN DE LA IGLESIA Y EL EMPERADOR EN EL AÑO 324

Si bien los adeptos de la religión cristiana en el imperio romano al comienzo de la


soberanía personal y exclusiva de Constantino representaban solamente una minoría,
aunque considerable ', miraban al futuro con un animoso optimismo, no inficionado con el
menor género de duda. Para el historiador de la Iglesia Eusebio y para sus lectores era
Constantino el servidor y amigo de Dios, quien «en medio de las más densas tinieblas y de
la noche más obscura lo había hecho brillar para todos como una gran luz y como un
salvador». «Los hombres habían sido ya liberados del temor de los que hasta entonces los
habían oprimido. Con esplendor y fasto celebraban días de fiesta: todo estaba envuelto en
luz... Con danzas y cánticos, tanto en las ciudades como en el campo, daban gloria ante
todo a Dios, Rey de reyes, como se les había enseñado, y luego también al piadoso
emperador con sus hijos amados por Dios»2. Tal visión y valoración del futuro podía
parecer bien fundada a los cristianos de entonces. A lo largo de un decenio el emperador
Constantino había otorgado a la religión cristiana primero la libertad de profesarla y
predicarla y, tras equipararla jurídicamente al paganismo, la había tratado con innegable
benevolencia. Cuando más tarde dio a su campaña contra Licinio el carácter de una guerra
religiosa de liberación en favor de la cristiandad perseguida de las provincias orientales, ya
no había por qué dudar de la personal convicción cristiana del emperador. Esta convicción
se vio confirmada inmediatamente con las primeras medidas de política religiosa que
adoptó Constantino tan luego hubo alcanzado la victoria, y a las que alude con la mayor
claridad la frase antes citada de la Historia de la Iglesia de Eusebio3. Poco antes se le
escapa una observación que revela que el obispo de Cesárea consideraba en su fuero
interno posibilidades de mucha mayor envergadura, con las que sin duda alguna contaban
también muchos de sus colegas en el oficio pastoral. Asegura que Constantino, con su
victoria sobre Licinio, había vuelto a crear un imperio único y unitario de los romanos, en
el cual todos los países de la tierra, desde donde nace el sol hasta el más remoto
Occidente, junto con el norte y el sur, estaban sujetos a un cetro pacífico. Este imperio
romano políticamente unificado ¿no confesará también la misma única fe, unido en la
única confesión del Dios de los cristianos? Aquella hora del triunfo no era la indicada para
hacer surgir en Eusebio o en sus hermanos los obispos de Oriente y Occidente la duda de
si tal unión de la Iglesia y el Estado no tendrían molestas consecuencias también para la
Iglesia misma.

Posición crecientemente privilegiada de la religión cristiana

Inmediatamente después de la toma de posesión del gobierno personal incompartido, la


política religiosa de Constantino cara al exterior emprende un camino prudente, pero
perfectamente consecuente, que conduce de la igualdad de derechos con las religiones
existentes, otorgada al cristianismo el año 312, a una clara posición de privilegio en la vida
pública. Ésta se materializa en toda una serie de disposiciones y medidas que se suceden a
lo largo de los trece años escasos que le quedaron de gobierno. Comienzan con el edicto
dirigido a los habitantes de las provincias orientales, cuya núcleo está constituido por las
disposiciones relativas a la reparación de la injusticia infligida a los cristianos. Los detalles
—abrogación de todas las sentencias judiciales deshonrosas y perjudiciales, tales como la
pérdida del rango poseído anteriormente en el servicio público y la relegación a la
condición de esclavos, la restitución a cristianos particulares o a sus herederos, de sus
bienes confiscados o vendidos, el reconocimiento a las comunidades cristianas de sus
anteriores títulos de propiedad, aun en el caso de que estos valores se hallasen en
posesión del fisco o hubiesen pasado a otras manos por compra o donación — * permiten
reconocer claramente que las simpatías del emperador van dirigidas ya a los adeptos de la
confesión cristiana. La igualdad de todos los ciudadanos ante la ley quedó abolida
prácticamente cuando un nuevo edicto prohibió a los altos funcionarios, a los
gobernadores de provincias y a sus súbditos directos —caso que todavía pertenecieran a
la antigua religión— la profesión externa de su fe mediante el sacrificio, mientras que los
funcionarios cristianos del mismo rango «podían gloriarse de su nombre cristiano», como
lo destaca Eusebio.

La legislación de Constantino se abrió de par en par al influjo cristiano, aunque el orden


social existente, que el emperador conservó prácticamente intacto, y el respeto al
derecho romano vigente restringieran este influjo. Donde sin duda más claramente se
deja sentir dicho influjo es en el ámbito de la vida conyugal y familiar, como, por ejemplo,
en las disposiciones que dificultan el divorcio, que prohíben al marido tener una
concubina, o las que determinan que en los casos de repartición de herencias no pueden
ser dispersadas las familias de esclavos9. El respeto cristiano a la vida humana se refleja
también en la prohibición de las luchas de gladiadores, mientras que la supresión de la
pena de muerte de la crucifixión tiene además en cuenta el prestigio del cristianismo en la
vida pública10. Algunas disposiciones anteriores al año 324 que acusan una tendencia
favorable al cristianismo, son nuevamente acentuadas, como, por ejemplo, la constitución
que otorga decididamente la protección de la ley a un convertido del judaísmo contra
eventuales molestias o persecuciones por parte de sus anteriores correligionarios; la
motivación aducida, a saber, que un Estado está obligado a asegurar tal protección porque
un convertido al cambiar de fe «se ha orientado al culto sagrado y se ha abierto la puerta
de la vida eterna», expresa claramente la convicción que abrigaba Constantino de que el
supremo legislador debe reconocer la vigencia de la fe cristiana incluso en el sector
público. La misma actitud se manifiesta en la declaración que acompaña a la confirmación
de la jurisdicción episcopal en procesos civiles; la «autoridad de la sagrada religión» que
late en la sentencia del obispo católico garantiza su justicia y la sustrae a toda
impugnación. Finalmente, se añade una disposición general que confiere todo su
verdadero alcance, de grandes consecuencias para el futuro a todos los privilegios
otorgados en los edictos religiosos: estos privilegios sólo afectan a quienes profesan la fe
católica, pero no, por ejemplo, a los herejes y cismáticos. Un edicto que deja a los
novacianos las casas y cementerios en cuya posesión estaban hacía ya largo tiempo no
está en contradicción con dicha disposición, puesto que el edicto parte del principio de
que las comunidades heréticas o cismáticas no pueden retener la posesión de bienes
recibidos de la Iglesia católica.

La valoración tanto positiva de los novacianos reflejada en el edicto puede quizá fundarse
en el hecho de que los novacianos reconocían la decisión de Nicea, y también acaso en la
esperanza que animaba al contorno eclesiástico del emperador, de que en el caso de los
novacianos era muy posible la reconciliación. El edicto de los novacianos es por tanto una
disposición de excepción y en este sentido una confirmación del edicto general contra los
herejes, que, según parece, había promulgado Constantino poco después de la victoria
sobre Licinio y en el que se procedía de forma más severa y se dictaban duras
disposiciones contra los «novacianos, valentinianos, marcionitas, paulicianos y
catafrigios»; se les prohibía toda reunión, incluso en casas privadas, se les confiscaban sus
templos, que se traspasaban a la Iglesia católica, y se asignaban al erario público sus
bienes restantes. Sólo una frase contiene el requerimiento a incorporarse a la Iglesia
católica. Eusebio habla también de una disposición que hacía posible la confiscación de
escritos heréticos; según él, el edicto surtió plenamente el efecto deseado, puesto que
«en ninguna parte de la tierra perduró una unión de herejes y cismáticos» . Tocante a esta
exposición de Eusebio, exagerada tanto en la materia como en el tono, hay que tener
presente que Constantino no conmina ninguna clase de sanciones a los miembros
particulares de comunidades heréticas que mantengan su convicción religiosa, aunque sea
duro su lenguaje con los heréticos, ya que éstos son a sus ojos cristianos rebeldes.
Constantino cree deber proceder contra la herejía en cuanto tal porque perturba la paz y
la armonía en la cristiandad, con lo cual no sólo crea graves peligros para la tranquilidad y
el orden en el imperio, sino que además dificulta el camino de los cristianos hacia su
salvación. Mayor tolerancia mostró el emperador con los adeptos del paganismo, sobre
todo cuando se trataba de conocidas personalidades de la vida pública, como por ejemplo,
los filósofos neoplatónicos Hermógenes, Nicágoras y Sópatros, o miembros de las grandes
familias tradicionales del senado romano. Sin embargo, desde el año 324 hace cada vez
más patente su poca estima de la religión pagana. Ya el escrito de otoño de 324 dirigido a
la población de Palestina dejaba entender que consideraba su victoria al mismo tiempo
como una derrota del paganismo; y aunque el segundo edicto, dirigido a las provincias
orientales del imperio subraya como programa de gobierno la tolerancia hacia los que
profesan las antiguas creencias y hasta la motiva «cristianamente», sin embargo, el tenor
global del escrito tenía que dar a entender a los paganos reflexivos que las simpatías
claramente expresadas del emperador por el cristianismo —cuyos adeptos vienen
designados como «los creyentes», en contraposición a los «descarriados»— no prometían
un futuro halagüeño a la religión pagana.