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Largo y para nada nuevo es el debate entre apocalípticos e integrados.

Todo cambio que


ha sufrido la humanidad en su devenir histórico trajo aparejado un sin fin de análisis
teóricos que legitimaron o boicotearon la nueva escena de lo real. Cada nuevo paradigma
(entendido como aquel modelo de pensamiento que recorre todo el cuerpo de
conocimiento en un período de tiempo) fue aceptado como evolución y progreso al
mismo tiempo que custodiado con sospecha.
En este sentido la educación no estuvo ni estará exenta de revisión y crítica. Pero desde
ya les anticipo que esta crítica se ha tenido que conformar con logros muy pequeños,
porque las resistencias, en este caso, son muchas y variadas.
Todos coincidimos que la educación (y hablemos de nuestro país) fue fundamental en la
construcción del imaginario de lo nacional, de lo argentino, en definitiva, de nuestra
idiosincrasia. El saber se transmitió de generación en generación por más de dos siglos a
través de la misma dinámica educativa. El docente, como único portavoz del
conocimiento, lo transmite a sus alumnos a través de una estructura académica
estandarizada.
Lo cierto es que no por viejo algo es malo y contrariamente por nuevo bueno. La mirada
crítica nos debe servir siempre como tamiz que nos haga desasnar los diferentes discursos
y así lograr un pensamiento producto de la interpretación y no de la propaganda.
Dicho esto, les propongo nos adentremos en lo que es el propósito de este artículo:
esbozar algunas ideas sobre la inserción de las nuevas tecnologías en la educación. El
debate lo inició la televisión allá por la década del 90, hoy con un canal educativo
gestionado desde el propio ministerio de Educación, con programas que incentivan a las
escuelas a filmar sus contingencias y las de otros, en un momento donde el cine y la
educación fueron declarados de interés educativo, se continúa discutiendo su validez
como herramienta didáctica. Si existen sectores que siguen incluyendo a la televisión
dentro de las denominadas nuevas tecnologías, no es difícil imaginar que posición le cabe
en este contexto al uso de Internet.
En este sentido autores como José Luís Rodríguez Illera compararon la interacción que
se da entre los alumnos tanto con la televisión como con la computadora. Illera concluye
que con el ordenador aparece un fenómeno más parecido al proceso de lectura en
oposición a la tv donde reina lo que él llama “visionado”.
Mucho se ha hablado de la sociedad de la información, del saber, de un mundo
interconectado, sin fronteras. Nicholas Negroponte (intelectual estadounidense), por
ejemplo, es uno de tantos optimistas confesos que auguran un futuro idílico de la mano de
las tecnologías y de gurúes como Bill Gates. Visiones tan utópicas y por momentos
ingenuas no merecen mayor desarrollo.
En concreto, es casi necio negar la existencia de lo que Adell, Jordi puntualiza en sus
textos, la existencia de comunidades virtuales, la interactividad, y sobre todo la
denominada “Sociedad del Aprendizaje”. Décadas atrás percibir el aprendizaje (entendido
como los conocimientos adquiridos en la escuela de una vez y para siempre) como la
forma de prepararse para el resto de la vida era la norma. Hasta ese momento, los
cambios fueron relativamente lentos y el futuro podía preverse con un cierto grado de
certeza. Hoy, como bien marca Adell, Jordi, la formación permanente “life long learning”
y las dinámicas educativas menos asimétricas son la regla. Pero ojo, no cometamos el
error de caer en la ingenuidad a la que líneas arriba hacíamos referencia, no olvidemos
tener la mirada crítica que nos lleva (como dice Bourdieu) a mirar el circo y no ser parte
de el. Adell, Jordi y Manuel Area Moreira nos hablan de peligros. Si efectuamos una
lectura poco analítica, poco develadora puede que no percibamos la contracara de todo
esto. Si solo atacamos las viejas prácticas educativas y nos subimos al tren del frenesí
globalizador puede que la educación quede en manos privadas, reducida a una materia
prima mas, a un producto de mercado, y en este sentido alumnos y educadores quedarían
reducidos a meros consumidores.
Ya concluyendo creo lícito señalar ciertas cuestiones que no deben escapar a nuestra
entelequia. Queramos o no, muchos jóvenes (como dice Area Moreira), hoy por hoy,
acceden mas a la educación por fuera del contexto escolar. Esta situación conlleva la
existencia de lo que el mismo autor denomina “analfabetismo tecnológico”. En palabras
de Adell, Jordi se da una batalla entre “infóricos vs infopobres”.
Sin dudas, esta brecha no es mas que una consecuencia de las diferencias que nos
propone la sociedad en la que nos toca vivir, sin embargo debemos seguir bregando
porque la educación soslaye estas inequidades que desde el Estado se legitiman. Las
nuevas tecnologías de la información y la comunicación integradas a la escuela, al aula
deben ser un instrumento de libertad y no uno más de sometimiento.