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COMENTARIO

LA CASA DE BERNARDA ALBA DE FEDERICO GARCÍA LORCA

Manuel Barrera Benítez

Me centraré fundamentalmente en el tema y en la estructura del fragmento


propuesto, intentando no condicionar la información que seleccionéis y consideréis más
pertinente sobre el autor y la obra (localización) en el examen de la semana que viene.

Os recuerdo como siempre que, en cualquier caso, esa información no debe ser
excesiva ni sustituir la tarea principal del comentario: la capacidad de desentrañar el
fragmento.

BERNARDA

Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio! (A otra hija.) ¡A
callar he dicho! (A otra hija.) ¡Las lágrimas cuando estés sola! Nos hundiremos todas en un
mar de luto. Ella, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto virgen. ¿Me habéis oído?
¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!

*******

En el contexto de ese calor asfixiante de un pueblo sin agua de principios del


siglo XX, que certifica el costumbrismo de la obra, se subraya el encierro definitivo de
los personajes (“Nos hundiremos todas”) que las llevará del espacio colectivo (el patio
interior es lo más lejos que han ido) al más encerrado, privado e íntimo de cada
dormitorio (“Las lágrimas cuando estés sola”). Fuera, como en otras obras del autor,
queda el ruido y la vida (el amor); dentro, el silencio y la muerte.

En este pasaje mínimo, un simple instante, asistimos a un momento de tensión


enorme (tras la muerte de Adela). A pesar de que el texto (por teatral, por breve, por
tratarse del final de la obra) no está obligado a darnos informaciones precisas del
tiempo, el espacio o el personaje (pues ya quedan implícitas y han sido dichas desde el
principio constituyendo las condiciones de enunciación inherentes a lo hablado), se
tematiza ahora el nombre de la protagonista (Bernarda habla de sí misma en tercera
persona), captando nuestra atención en dirección al oxímoron posible (Bernarda Alba,
negro más blanco, muerte más muerte según simbolizan los respectivos colores en
oriente y occidente, frío) y los imperativos confirman el carácter del personaje principal
(esa mujer de sesenta años, de luto, sarmentosa, larga, delgada, nudosa, dominantona
odiosa, cara de leoparda…).

La obra, rica en informaciones, hace rato que abrió la posibilidad del símbolo en
cada uno de los detalles realistas que ofrece. Y, del mismo modo, quedan bien
establecidas las relaciones de causalidad: el silencio frente al ruido, dentro-fuera, lo
umbroso (negro) frente al calor (blanco), la oscuridad frente a la luz, la sequedad
(carácter, soledad) en oposición a la humedad (agua, llanto, lágrimas, mar de luto), la
vejez frente a la juventud (la hija menor)…

La acción del pasaje presenta dos unidades mayores: la petición de silencio y la


muerte de la hija, quedando la segunda incluida en la primera; es decir, dejando, como a
lo largo de toda la obra, las acciones “fuera” y otorgando todo el dramatismo a la fuerza
de la palabra.

En cuanto a las unidades menores, cabe destacar que no existen elementos


expelitivos, que las informaciones son precisas (por ejemplo, cómo se recuerda la
muerte de la hija) y repetitivas, adquiriendo la repetición valores poéticos (“¡Silencio,
silencio he dicho! ¡Silencio!”).

El fragmento es muy rico en indicios: los llantos y las lágrimas de que se habla
presagian o denotan un ambiente trágico y en cuanto a los sentimientos del personaje
destaca sobre todo la frialdad de la protagonista y su negación del dolor. Lorca,
consciente del poder performativo del lenguaje y del dominio que llegan a ejercer las
palabras, dota a Bernarda Alba de una gran capacidad lingüística. En su discurso llama
la atención el uso de los pronombres: pasa de la primera persona del singular a la
primera del plural para después tornar a la primera del singular en un uso del plural de
humildad que pone de relieve sus dotes manipuladoras, falsedad que también es obvia
en la utilización de la tercera persona para referirse a su hija, a sí misma y a la relación
entre ambas, marcando la deseada distancia (“Ella, la hija menor de Bernarda Alba,”)
que presumiblemente objetiva lo de por sí falso (“ha muerto virgen”); pues los adjetivos
que utiliza también los elige con precisión en consonancia con sus intereses e
intenciones.

Lo mismo que pretende anticiparse al qué dirán y poner freno a posibles


interpretaciones haciendo prevalecer la suya de antemano, también desea subrayar que
si esta hija de alguna manera la desoyó fue debido al fulgor de su edad y, en
consecuencia, al poco tiempo que ella tuvo para domesticarla. El desliz, en cualquier
caso, lo tuvo la hija “menor”, pero que ninguna de las otras ni el resto del mundo piense
que algo ni remotamente parecido pueda volver a ocurrir. Otros dos adjetivos son más
que suficientes para dejarlo claro. A partir de ahora se cumplirá a rajatabla la ley social
(“¡Las lágrimas cuando estés sola!”), por estúpida que sea. Pero no sólo no se podrán
mostrar los sentimientos en público; sino que, en sorprendente metáfora A de B, a modo
de epítome final que une los dos más grandes símbolos de la obra, recalca Bernanda:
“Nos hundiremos todas en un mar de luto”, imponiendo su voluntad y su inmensa
oscuridad, la negritud de su alma, ella misma constreñida por la fuerza de la ley social y
por considerarse, sin discusión, la autoridad a respetar, como deja bien patente en el uso
de los verbos y, en concreto, en las diferentes formas de expresión imperativa, de la más
impersonal (“hay que”), pasando por el uso del infinitivo con valor imperativo (“¡A
callar!”), hasta las más rotundas (“Y no quiero…”; “¡He dicho!”).

El juego de tensiones oscila claramente entre el principio de autoridad marcado


por los imperativos y la ley social que se reconoce en frases y expresiones con
estructura de refrán. Pero, el predominio de frases cortas, con un lenguaje casi
telegráfico y de gran expresividad, no es contrario a la naturalidad.

La profusión de interjecciones subraya la angustia del momento y de la situación


vividos. La tensión está al máximo y los extremos de emoción (gritos y no menos
aterradores silencios) se tocan y se yuxtaponen o solapan, como en el más prototípico
arte expresionista, a lo que también contribuyen –como queda dicho- la proliferación de
repeticiones (incluido el motivo de marco que constituye la petición de silencio), la
interrogación retórica o esa sintaxis que aparece como rota al comienzo de la
intervención (una “y” coordinante no del todo necesaria desde el punto de vista
estrictamente gramatical, pero que tan bien ata, desde el punto de vista de la
protagonista, las causas y las consecuencias).

La estructura general del fragmento tiende a la isometría: en la primera parte,


Bernarda se adelanta a lo que considera una amenaza, las posibles lágrimas de las hijas
por la muerte de la hermana; en la segunda parte, hay que interpretar que, ocurrido a
pesar de todo el temido suceso (no se han podido reprimir del todo las naturales
lágrimas consecuencia de lo recientemente acontecido), Bernarda se encarga de poner
freno y ataja el asunto dirigiéndose amenazante al colectivo y también a cada una de las
hijas individualmente; y en la tercera parte, Bernarda intentará cortar otras posibles
consecuencias, aún peores para ella, las habladurías del pueblo, y no dudará en
manipular la verdad ni en negar las evidencias.

Su desesperación es, de alguna manera, como el fruto de haber llevado al


máximo la obsesión por la honra de los personajes de nuestro teatro áureo,
absolutamente encorsetados por la rigidez de la norma pública; aunque la obsesión por
acallar y dominar de Bernarda Alba también conecta, en otro sentido, con las zonas más
oscuras de las mentes más perturbadas y dictatoriales que podamos imaginar dentro y
fuera de la ficción.

Bernarda está tan obsesionada que parece como si ni siquiera la conmoviese lo


más mínimo la muerte de su hija pequeña. Por encima de su propio sentimiento -o del
que sería humanamente lógico y natural- pone sin dudarlo un ápice su deseo vehemente
de acallar a los demás, sea a sus hijas allí presentes (a las que intenta aplacar y sosegar),
sea a todos los demás (privándolos de la oportunidad de hacer su propia interpretación
de los hechos) y hace prevalecer sus ansias de dominación.

Su expresión es, dentro de la situación dada, serena, de gravedad. Predominan en


su discurso los tonemas descendentes y dosifica sus comas con rigor implacable para
generar la zozobra, el ritmo y la expectación que le interesa lograr. Tras sus palabras y
sus silencios palpamos su mirada inquisitiva e inquisitorial. Las eses (“s”) de su
reiterada petición de silencio nos taladran el oído y sus erres (“r”) nos clavan con
rotundidad al asiento.

Manuel Barrera Benítez