Está en la página 1de 5

MI MUJER

—Queréis la guerra total, má s total que todas las guerras totales que han
sido, má s total incluso, de lo que yo pueda estar diciendo en este momento, os
pregunto de nuevo, ¿queréis la guerra total?
Les largo puchos encendidos a la gente que pasa abajo por la calle. Soy malo.
De mal corazó n. Cuá nto los odio: me acusan de querer  mojarle la oreja a la
centralizació n. “Escuchame, aquí no se trata de mojarle la oreja a la centralizació n.”
Los odio a todos. Plagiando una famosa cinta cuyo título no recuerdo, les reviento a
los chicos sus globos con mi pucho encendido. Fumo exclusivamente toscanos y me
siento en las confiterías para que las mujeres me odien y se vayan. Algunas me
tocan el hombro: “Por favor ¿podrías fumar otra cosa, que no puedo aguantar?”
“No.” Luego lo pienso mejor y les agrego: “Peor está bamos en el 43, señ orita”.
“¿Por?” “Con el Zyklon B ká mara. Las cá maras de gas.” “Ah, no sé, porque yo por
esa fecha no había nacido.” “Bien, pero el caso es que yo sí, se da cuenta. Porque
nací en el 41. Pase buenas tardes.” Entonces ellas toman a su novio por el bracito y
se van. Me odian, y yo gozo.

Compró en un kiosco una postal japonesa. Del torso para arriba, una mujer
desnuda. Era una de esas postales tridimensionales que los japoneses son tan
há biles para hacer. Cerca de sus manos, ramos de flores que formaban ikebana con
el seno izquierdo desnudo de la mujer. Un delicioso pezó n rosado. El seno derecho,
tapado por el pelo negro, tupido y lustroso que le llegaba al pupo. Una especie de
ventana abierta atrá s de ella; nubes azules y cielo blanco. Del otro lado de la
fotografía, abajo y con letra chiquitita decía:
“Export prohibited to all Europe Kowa Display CO. INC. Tokyo. Japan (216)
Toppan”*
Por las noches él le acariciaba el pelo y le mordía el seno. Pero como ella lo
miraba con ironía decidió efectuar una expedició n punitiva. Le pegó un papelito
sobre la boca, suficiente para cubrírsela, y dibujó en él un cierre relá mpago. Del
otro lado escribió :
“Mona Lisa con gavetas”. Retrato al ó leo de mi mujer, por el afamado pintor
Dalí. Firmado: Dionisios, amante esposo de Có sima (también llamada Erika
Eurídiche Andró maca Eloísa Electra Adela y Magda). Dalí dice que la dejó muda
para que yo pueda oírla mejor detrá s de una gaveta.”
Enamoradísimo de ella. Ahora.
Cuando se encontraba con un amigo muy querido le decía tímidamente:
—¿Querés ver una foto de mi mujer?
—¿Mujer? ¿tuya? No sabía que estuvieses casado.
—Pues sí que lo estoy.
—Enseñ á mela.
—No. No te la muestro nada (decía él con pudor retirando la fotografía
apresuradamente). Yo conozco con qué bueyes aro. No te mostraré sus redondeces
turbadoras y deliciosas para que después me la seduzcas.
(Riendo.)
—Ah, quiere decir que no está s seguro de vos mismo.
—De mí estoy seguro. No estoy seguro de vos.
—Pero vamos, si yo ya tengo mujer.
—Sí, pero podría ocurrírsete tener otra. Leo en tus ojos tendencias bígamas.
(Le daba la foto. Risas.) Lee también del otro lado.
—Muy lindo, muy lindo.
—¿Te gusta?
—Sí. Pero francamente me parece demasiado.
—Nada es demasiado para mí.
Si se la mostraba a una mujer, le decía:
—Te voy a mostrar una foto de mi mujer.
—!
—Sí, pero no la mires con el lesbianismo acostumbrado. Si no dejá s la
cuá druple raíz del principio de razó n lesbiana suficiente en casa, no te la muestro.
Curiosa:
—A ver a ver.
Risas.
—Qué genial.
É l:
—¿Te gusta mucho?
—Sí, mucho.
—Bien. Adela vuelva a casa (y se la arrebataba de la mano, guardá ndola).
Pero un buen día decidió entrar en acció n: Se dijo: “¿Por qué no?” y como era
cabalista, podía hacerlo.
Hizo los dibujos y los nú meros. Distribuyó en los ocho trigramas los nombres
de poder. La foto en el centro.

Sobre su cama, dormida. Una mujer de 25 cm de altura. Sus miembros eran


equivalentes a los del retrato só lo que no terminaban en la cintura. La japonesita
estaba completa y abrió sus ojos sintiendo que la llamaban: “Adela, Adela, mujer
mía”. Se desperezó hasta la punta de sus pies. Luego se sentó .
—Mon amour, déjame ver si el otro lado es tan delicioso como éste. (Y ella,
que sabía a qué se refería, con un ademá n echó airosamente la masa de pelo hacia
atrá s. Por fin podía mirarle el pezó n derecho. Tenía una levísima hendidura en la
parte superior, como un abismo diferencial. É l se lo besó .)
Ella dijo:
—No te has afeitado y me pinchá s con la barba. Así no me gusta que me
besen. Tengo la piel muy delicada y soy chiquitita, de modo que si querés besarme,
afeitate primero.
—Me afeité esta mañ ana.
—Afeitate de nuevo.
—No puedo porque se me irrita la cara.
—Entonces no me beses.
—Qué mala sos. (Entonces ella se arrepentía y me abrazaba un dedo.)
La llevaba a la cama todas las noches. Me había impuesto a mí mismo el
há bito subconsciente de no moverme mucho para no aplastarla.
Era sumamente eró tica. Con mi lengua tocaba la punta de sus senos, sus
hombros y su sexo, y se estremecía de placer. Ella también cabalgaba sobre mí y
abarcando parte de mi cabeza, besaba mi boca.
Yo decía:
—Te amo igual aunque tengas secretamente boca de puta y aunque al
fabricarte se me haya olvidado hacerlo con su respectiva gaveta.
Ella con un mohín delicioso:
—Si me amases de verdad tendrías que amarme con mi boca de puta
incluida.
Yo. Sacudiendo la cabeza:
—Estas mujeres que no comprenden.
Ella tomaba la postal como si fuese un carteló n gigantesco y decía admirando:
—La verdad es que soy muy fotogénica. Claro que yo soy mucho má s
hermosa.
Vivíamos así los dos. Un día la encontré llorando.
—¿Qué te pasa, osito?
Se echó el pelo atrá s con furia:
—Ya sé que has andado detrá s de esas estú pidas gigantonas. Quién te
necesita.
—Te aseguro, mi amor, que todo el día pienso en vos.
Y le di un hermoso pañ uelo que acababa de comprar, un pañ uelo
transparente, como azul, como rojo, como verde, que recordaba el nombre de
“Heliogá balo, emperador” al mirarlo.
—Es para que te hagas un vestido.
Muy contenta, estuvo todo el día haciéndoselo. Por la tarde (le quedaba
maravillosamente tanto el vestido como la tarde) yo le dije:
—Te amo.
Ella:
—Soy muy feliz.

Un día dijo:
—Quiero hacer el amor. ¿Por qué no podemos tener hijos nosotros?
Y entonces los dos llorá bamos porque no se podía por razones obvias. Yo
prá cticamente deliraba por poseerla. En medio de mi locura me parecía en un
momento que ella no era tan chica después de todo y que tal vez…
Otras veces me hacía la ilusió n de que yo era má s pequeñ ito y que entonces…
—Y si fue así como me creaste ¿por qué no lo hacés de nuevo? Quiero ser má s
grande.
—No se puede.
—Có mo que no se puede. Sí se puede. Si antes pudiste.
—Tiene que darse el milagro. Tenemos que jugarnos los dos esta vez. Uno
solo no puede.
—¿Jugarme en qué sentido? —Como se ve ella había reducido el plural al
singular—. ¿De qué está s hablando? Hablá má s claro.
—Vos no sos cualquier mujer.  Sos una mujer má gica. De modo que nuestra
casa, para que podamos vivir, tiene que ser cuidada por los dos. Hay quienes tratan
de impedirlo. Y si queremos que lo nuestro sea bello, tenemos que trabajar los dos
para que vos crezcas.
—Ú ltimamente y yo por qué tengo que crecer, ¿no podrías vos hacerte má s
chico?
En otros momentos me decía:
—Si perdés altura te mato.
Era así de contradictoria.
Yo le explicaba:
—Hay poderosas fuerzas má gicas adversas que luchan para que no pueda
hacerte crecer. Puedo hacerlo pero ¿de qué valdría si todo saldrá mal?
—Es tu problema. Yo no tengo nada que ver con eso.
—¿No es ésta tu casa?
—La mía es una posició n correctísima. Sin fallas. Yo hago todo lo debido. El
cabalista sos vos, no yo. Así que arrégleselas como pueda.
—No seas tan egoísta que todo se va a destruir y vamos a andar los dos, solos
y sin amor, por toda la eternidad.
—Claro que soy egoísta. El egoísmo es un bien, no un mal. ¿Acaso no lo dijo
Ayn Rand a quien vos tanto admirá s?
—No tergiverses, mi vida. No tergiverses por favor. El tuyo es un egoísmo feo
e inartístico. Es antiegoísmo, porque conduce a la destrucció n de nuestras almas.
—Hablá má s claramente.

Un día traje a casa la postal de un hombre desnudo: un japonés. Un samurai


que dormía y sus armas montaban guardia a su lado.
Ella se pasaba horas mirá ndolo y decía:
“Qué hermoso es. ¿No te parece hermoso?”
Yo que comprendía lo que ella no podía comprender, dije:
“Sí. Es muy hermoso. Lo que no sé es si te será ú til.” “¿Qué querés decir? ¿Por
qué siempre hablas con enigmas? ¿No te podrías olvidar de la cá bala siquiera por
un rato?” Y volvía a mirarlo.

Tracé nuevamente los dibujos sagrados. Coloqué los nombres de poder sobre
los ocho trigramas.

Ella se acercó al hombre dormido y lo despertó .


Vi que se iban. Ademá s para eso se los di.

* Esta fotografía existe.

También podría gustarte