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Francisco Fenrándiz

ETNOGRAFIAS
CONTEMPORÁNEAS
Anclajes, métodos y claves
para el futuro

@ANTHR0P0*
UNIVERSIDAD AUTONOMA METROPOLITANA
C&aï0ia4«rço UNIDAD iZTAPALAPA Dm s ö i de Gercias Sociales y Humanidades
AUTORES, TEXTOS Y TEMAS
ANTROPOLOGÍA
Colección dirigida por M. Jesús Buxó

47

g ru po editorial
siglo veintiuno
siglo xxi editores, s. a. de c. v. siglo xxi editores, s. a.
CERRO DEL AGUA, 2 4 8 . ROMERO DE TERREROS, GUATEMALA, 4 8 2 4 .
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Etnografías contem poráneas : Anclajes, m étodos y claves para el futuro/
Francisco Ferrándi/. — Barcelona : A nlhropos EdiLorial; M éxico : UAM-
I/.Lapalapa. División ele Ciencias Sociales v H um anidades, 2011
271 p. ; 20 cm. — (Autores, Textos y Temas. Antropología ; 47)
i

B iblio grafía p. 253-270


ISB N 978-84-7658-494-6
I . E tn o g ra fía J. U niversid ad A u tó n o m a M e iro p o lila n a -Iz ta p a la p a . D ivisión de
C iencias S o ciales y H u m a n id a d e s (M éxico) 11. T ítu lo III. C olección

Prim era edición: 2011


O Francisco José Ferráudiz M artín, 2011
© Anthropos Editorial. Nariño, S.L., 2011
Edita: Anthropos Editorial. Barcelona
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En coedición con la División de Ciencias Sociales y H um anidades.
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ISBN: 978-84-7658-994-6
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copia, o cu alq u ie r o tro , sin el p erm iso previo p o r escrito de la e d ito rial.
Para Feli, luz de tantos ojos

H uí del cam pam ento con los pocos hom bres que
me eran ñeles. E n el desierto los perdí, entre los
rem olinos de arena y la vasta noche. Una flecha
cretense me laceró. Varios días erré sin encontrar
agua, o un solo enorm e día m ultiplicado por el
sol, por la sed y por el tem or de la sed. Dejé el
cam ino al arbitrio de mi caballo. En el alba, la le­
janía se erizó de pirám ides y de torres. Insoporta­
blem ente soñé con un exiguo y nítido laberinto:
en el centro había un cántaro; m is m anos casi lo
tocaban, mis ojos lo veían, pero tan intrincadas y
perplejas eran las curvas que yo sabía que iba a
m orir antes de alcanzarlo.
J.L. B o r g e s , «El inm ortal», en El aleph
1
INTRODUCCIÓN

1.1. Consideraciones generales

La cita de Borges que encabeza este libro ofrece, en un regis­


tro literario, una extraordinaria evocación de la naturaleza y las
dificultades de la tarea etnográfica. La «perplejidad de las cur­
vas» del cántaro soñado en m itad del laberinto nos pone de fren­
te, con crudeza, ante nuestro objeto de análisis. La m etáfora del
trabajo de campo como laberinto (mazewav) ha sido tam bién
sugerida por Honorio Velasco y Ángel Díaz de Rada para definir
la complicada ruta del conocimiento, pero tam bién para apun­
tar salidas y anotar las ventajas de trabajar con esta conciencia
metodológica (1997). Como veremos en estas páginas, orientadas
a servir de guía de investigación para alum nos de iniciación, y
en algún caso tam bién avanzados, tras décadas de reflexión so­
bre las dificultades metodológicas de nuestra disciplina, esta­
mos ahora muy lejos de repetir con nuestros alum nos la famosa
anécdota que reveló Laura Nader en un texto de 1970, que for­
maba parte de las leyendas académicas de la Universidad de Ber-
keley, y que recogieron Hammersley y Atkinson en su popular
libro sobre los métodos de investigación etnográfica (1994).
Kluckhohn, su asesor en Harvard, le comentó que Kroeber, ante
la petición de un alum no de una hoja de ruta metodológica para
su investigación, le señaló como ejemplo un grueso libro, reco­
mendándole escribir uno semejante. Bem ard (1998) cita otro
hecho parecido relatado por W hiting y sugiere que podría reco­
gerse todo un Corpus de anécdotas de este tipo de entre los miem­
bros de algunas generaciones de antropólogos. Cuando W hiting

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y sus compañeros de doctorado en Yale en la década de 1930
plantearon la necesidad de un seminario metodológico, la res­
puesta de Leslie Spier fue que «ése era un tem a para ser discuti­
do informalmente en un desayuno, y no un tema para un semi­
nario de doctorado» (1982), Existe de hecho una mística, que
aún perdura, que considera el trabajo de cam po como una suer­
te de rito de iniciación que los aprendices de antropólogos tienen
que superar para poder ser aceptados académicamente como
profesionales. El aura de misterio que hubo durante muchos años
en torno a las formas y los estilos de llevar a cabo el trabajo de
campo y, de hecho, la poca sistematización del método etnográ­
fico, estaban relacionados con esta mística (Agar, 1980).
La eLnografía es un proceso de investigación muy complejo,
con muchos frentes simultáneos y sucesivos. Existe por lo tanto
una indudable dificultad a la hora de distribuir y elegir los temas
más relevantes que consigan transm itir adecuadam ente la inte­
gridad de este proceso, sin dejar atrás otros tantos. He optado
por plan Lear un debate em inentem ente práctico que recoja algu­
nas preocupaciones metodológicas con las que me he tenido que
enfrentar en mis dos trabajos etnográficos principales, como son
las que plantean la investigación audiovisual, la investigación de
la corporalidad, la investigación en situaciones de conflicto o
violencia, o la investigación inultisituada. Hay algunos otros te­
mas de gran calado, como pueden ser la centralidad del método
comparativo en la disciplina, o la im portancia del género en la
investigación etnográfica, que he optado por discutir transver­
salmente a lo largo del libro.
Así, este texto propone un recorrido por este laberinto del co­
nocimiento que es la etnografía, poniendo un mayor énfasis en la
naturaleza del trabajo de campo y sus técnicas asociadas. Para
ello plantearé primero una breve discusión sobre lo que se entien­
de por e Lnografía y sobre los dos modelos de producción del cono-
cimicnto que habitualmente se consideran disponibles en la disci­
plina. Después, para introducir un sentido de perspectiva tempo­
ral en los debates metodológicos y en el uso de los métodos y
técnicas, haré una incursión por la historia del trabajo de campo
en la antropología, señalando las experiencias de algunos autores
que no deben ser Lomadas como paradigmáticas, sino como ejem­
plos entre otros muchos posibles en un entorno de investigación
cada vez más diversificado. A lo largo de este libro, utilizaré ade­

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más el trabajo y las propuestas de muchos antropólogos y meto-
dólogos, y también de algunos sociólogos que trabajan con el mé­
todo etnográfico. Y, finalmente, utilizaré en determinados momen­
tos mis propias experiencias de campo para ilustrar algunos de
los debates y cuestionar los límites de algunas técnicas y procedi­
mientos de investigación. En concreto, recurriré ocasionalmente
a ejemplos de mi trabajo de campo de tesis sobre el culto de María
Lionza en Venezuela (Ferrándiz, 2002, 2004c, 20046, 2004c), ya
concluido, y, en m enor medida, de mi trabajo de campo actual
(iniciado en 2003) sobre las exhumaciones de fosas comunes de la
Guerra Civil española (2005, 2006, 2008c, 20086, 2009a, 20096,
2010a, 20106). La presencia de mis experiencias de investigación
en este libro se justifica por diversos motivos. Primero, porque
manifiestan un estilo de hacer antropología que revela mi posicio-
namiento teórico y metodológico, desde la selección y acotación
de los temas hasta el producto final. Segundo, porque me sirven
para ilustrar con experiencias de prim era mano los imprescindi­
bles debates metodológicos que se producen en la disciplina. Y
tercero, porque creo en la importancia de la teoría enraizada, y en
la constante necesidad de retroalimentación entre los debates teó­
ricos y los datos empíricos, en lo que Willis y Trondman han defi­
nido, reformulando a Glaser y Strauss (1967), como una dialéctica
de la sorpresa o iluminación recíproca (2000). Así, este libro aspira
a tener, desde sus limitaciones, algunas de las características del
género de «memorias de campo» tan importante para los debates
metodológicos en nuestra disciplina y otras afines (Lévi-Strauss,
1992; Golde, ed., 1970; Rabinow, 1992; Dumont, 1978; Barley, 1999;
Cátedra, 1991; Téllez, ed., 2002; Wacquant, 2004).
Como señalan Hammersley y Atkinson, todo trabajo de cam­
po es un ejercicio de «administración de la marginalidad» (1994),
lleno de pequeños y grandes encuentros, desencuentros, cruces
de interpretaciones (Rabinow, 1992), ajustes metodológicos, des­
cubrimientos y dudas. No pretendo referirme a todos los proble­
mas y retos a los que he tenido que enfrentarme, como todo
antropólogo, a lo largo de mi trayectoria investigadora. Tan sólo
comentaré ciertos aspectos que fueron o están siendo particular­
mente relevantes, entre ellos los desafíos que para la disciplina
plantea un m undo en constante transformación, la importancia
creciente de las nuevas tecnologías en la investigación, la rela­
ción con los informantes clave, las limitaciones del testimonio

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oral para acceder a las formas de la corporalidad —en el caso de
María Lionza— o a las memorias traum áticas —en el caso de las
exhumaciones—, o los extraños vericuetos del extrañamiento y
la alteridad, por anticipar algunos. Para ello me basaré en re­
flexiones personales, en la trascripción de entrevistas grabadas,
en viñetas etnográficas, y en fragmentos editados de mi diario
de campo (Ferrándiz, 2002, 2008a). Pasando de un registro a
otro, espero poder, al tiempo que planteo debates metodológicos
que considero importantes en la disciplina, evocar también la
textura etnográfica de un trabajo de cam po entre espiritistas y
otro que se basa en la recuperación de la m em oria traum ática y
las formas del sufrimiento social, así como su dificultad meto­
dológica e interpretativa.

1.2. La etnografía

Antes de hacer una revisión de los distintos conceptos de la


antropología como disciplina científica, y pasar a la historia de
los métodos de campo en antropología, y de sus características,
quisiera hacer unas breves consideraciones sobre lo que signifi­
ca el concepto de etnografía en nuestra disciplina. Velasco y Díaz
de Rada consideran que la etnografía es el proceso metodológi­
co general que caracteriza a la antropología social, siendo el tra­
bajo de campo la «situación metodológica» central de la etno­
grafía (1997). Hammersley y Atkinson, por su parte, entienden
la etnografía como un «método o conjunto de métodos» funda­
m entalmente cualitativos en los que el etnógrafo participa en la
vida cotidiana de las personas que está investigando. En su opi­
nión, incluso podría hablarse de la etnografía como «la forma
más básica de investigación social» al ser lo más semejante a la
rutina de vivir (1994). Para Marcus y Fischer, es «un proceso de
investigación en el que el investigador observa cuidadosamente,
registra y se integra en la vida cotidiana dé personas de otra
cultura, para después escribir textos sobre esa cultura, enfati­
zando el detalle descriptivo» (1986). Pujadas señala dos signifi­
cados básicos del término: como «producto», generalmente es­
crito pero en otras ocasiones en registro visual, y por otro lado
como «proceso», basado en el trabajo de cam po (2004a). Para
Pujadas, la etnografía forma parte del llamado triángulo antro­

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pológico, constituido en sus otros dos vértices por la contextua-
lización y por la comparación. Bryman, por su lado, apunta que
el concepto de etnografía ha llegado en ocasiones a ser asimila­
do al texto que es el producto final de todo el proceso de investi­
gación (2001a). Willis y Trondman han proporcionado otra defi­
nición de la etnografía como una «familia de m étodos que exi­
gen el contacto directo y sostenido con los agentes sociales, así
como la escritura densa del encuentro, respetando, registrando
y representando, al menos parcialmente en sus propios térm i­
nos, la irreductibilidad de la experiencia humana» (2000). En lo
que ellos m ismos denom inan «Manifiesto» de apertura de la re­
vista Ethnography, estos autores proponen las siguientes carac­
terísticas para la etnografía: 1) la im portancia de la teoría como
precursora, medio y consecuencia del estudio y escritura etno­
gráficos; 2) la centralidad de la «cultura» en el proceso de inves­
tigación; y 3) la necesidad de un talante crítico en la investiga­
ción y la escritura de la etnografía.
Todos estos autores coinciden en que la etnografía exige la
presencia del investigador en el campo estudiado, y esta presen­
cia tiene, como veremos a lo largo de este libro, una serie de
consecuencias metodológicas significativas. Una característica
im portante de la etnografía es que el investigador no puede con­
trolar m ás que de una form a limitada o preventiva lo que sucede
en la situación de campo elegida para la investigación, al contra­
rio de lo que ocurre en una situación experimental de labora­
torio. Las cosas suceden una sola vez, y muchas veces trabaja­
mos no con los hechos mismos sino con las interpretaciones que
hacen los actores sociales. Como veremos, si esto es cierto en
cualquier estudio etnográfico, es especialmente acusado en la
investigación de conflictos y violencias, donde las versiones de
los sucesos son, con frecuencia, divergentes o incluso incom pa­
tibles. La etnografía, así, no es un modelo de investigación cerra­
do, sino más bien tan heterogéneo como los objetos de estudio, y
pone al investigador en condiciones de utilizar técnicas muy di­
versas, ajustándolas y modulándolas al entorno de investigación
(Velasco y Díaz de Rada, 1997; Bernard, 1998).
Es por lo tanto una práctica ecléctica y reflexiva, que obliga
al investigador a vivir en una especie de esquizofrenia metodoló­
gica, o en un estado de «conciencia explícita» por usar un térm i­
no de Spradley (1980), o en algún tipo de «percepción am plia­
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da» (Peacock, 1989, citado en Velasco y Díaz de Rada, 1997).
Partiendo de la base de que el principal instrum ento de investi­
gación es el investigador mismo, éste, idealmente, ha de ser ca­
paz de vivir la vida cotidiana como uno más de sus informantes,
asumiendo en su rutina e incluso en su cuerpo, como discutire­
mos más adelante, las prácticas sociales analizadas, y al tiempo
conectar esta experiencia con las preguntas que guían su investi­
gación, los roles que ocupa en el cam po y las técnicas que des­
pliega en cada momento. Además, la inm ersión en el campo,
especialmente las de larga duración, obliga al etnógrafo a desa­
rrollar y alim entar un tipo de m irada sobre la realidad específica
que Willis (2000) ha denominado «imaginación etnográfica», que
es la que m antiene siempre presente la perspectiva global sobre
los temas y problemas estudiados en los contextos restringidos y
cotidianos en los que trabajamos (Hannerz, 1998a y 1998b). O
como tituló Eriksen su libro de introducción a la disciplina: de
lo que se trata es de negociar la tensión entre «lugares peque­
ños» y «temas grandes», tensión que estaría en el eje de la etno­
grafía (1995). Si por un lado la etnografía asum e que el compor­
tamiento hum ano y las formas en las que la gente construye el
significado de sus vidas y sus experiencias son m uy variables y
localmente específicas, no podemos perder nunca de vista los
contextos relevantes en los que esto sucede, ya sean regionales,
nacionales o globales, coloniales o poscoloniales.
Otra característica crucial que surge de estas reflexiones es
que la etnografía es emergente, y puede ser concebida como un
proceso en el que se establecen dinámicas de retroalimentación
entre teoría y práctica, entre realidad y texto, entre diseños de
investigación y situaciones cambiantes, entre escenarios de cam ­
po y aplicación de técnicas de investigación, entre la posición del
investigador y la de los informantes, entre los investigadores y
las audiencias de sus textos, etc. Así, este libro tiene como finali­
dad, en su globalidad, transm itir a los alumnos de antropología
algunas de las claves de esta «imaginación etnográfica», históri­
camente arraigada pero al mismo tiempo flexible, de m anera
que sean conscientes de que, frente a modelos de investigación
más rígidos, las formas de practicar la antropología pueden ser
múltiples, y deben adaptarse a las condiciones cambiantes en las
cuales se produce el conocimiento antropológico en cada con­
texto histórico, social y cultural.

14
2
LOS MÉTODOS CIENTÍFICO
Y HERMENÉUTICO EN ANTROPOLOGÍA

El aforismo de Eric Wolf, «la antropología es la más hum a­


nista de las ciencias, y la más científica de las humanidades»
(1964), refleja una tensión metodológica que recorre nuestra dis­
ciplina desde sus orígenes, a pesar de las mutaciones que ha su­
frido, de la evolución de los debates y de los contextos históricos
y políticos —de colonial a poscolonial—, o de la llegada de nue­
vas formas de pensar la producción científica que han modifica­
do los términos en los que la expresamos. En general, y de forma
esquemática, hablamos de dos métodos de producción de cono­
cimiento que han tenido repercusiones en las formas de hacer
antropología a través de los años: el científico y el hermenéutico.
Aunque es importante distinguir estos métodos, como se hace
a continuación, también lo es no considerarlos como opuestos o
incompatibles. Por un lado, generan una tensión epistemológica
que es imprescindible para la crítica sostenida y el perfecciona­
miento continuo de la investigación antropológica. Por otro lado,
como señala Schweizer (1998), es más rentable para la disciplina
explorar sus posibles fertilizaciones recíprocas que sus diferen­
cias insalvables. Aurora González Echevarría (2003) aboga con
claridad por este entendimiento integrador de ambas propues­
tas. Para esta autora, históricamente ha habido un «desarrollo
emparejado de los métodos científico y hermenéutico en antro­
pología, donde el segundo trata de desvelar la razón de algunos
de los escollos que encuentra la aplicación del primero». En esta
lógica la antropología sería, por su propio objeto de estudio, ne­
cesariamente interpretativa, al menos en sus descripciones, in­
cluso en la etapa clásica de la disciplina, entre mediados del siglo

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XIX y mediados del siglo XX. Autores como Morgan, Boas, Goode-
nough, e incluso Geertz, serían ejemplos de este entrelazamiento.
Incluso los autores más interpretativos como el propio Geertz y
su conocida «descripción densa», «no se limitan a interpretar
culturas sino que tam bién ofrecen explicaciones teóricas». Esta
propuesta del trenzado de estilos y paradigmas metodológicos se
basa además en que, según González Echevarría, el presumible
enfrentamiento entre ambos modelos está basado en un entendi­
miento deficiente del modelo científico, según el cual las m etodo­
logías interpretativas estarían reaccionando ante el modelo de
ciencia característico de la antropología clásica, sin incorporar
las profundas transformaciones que ha sufrido a lo largo del siglo
XX, especialmente en su segunda mitad (2002 y 2003).
Distintos autores han planteado formas diferentes de organi­
zar esta discusión entre modelos epistemológicos. Por ejemplo,
Hammersley y Atkinson (1994) distinguen entre tres posturas:
1) El positivismo, en el que el modelo de la investigación so­
cial es la ciencia natural, en térm inos de la lógica del experimen­
to, y donde se priorizan los métodos cuantitativos, la búsqueda
de leyes universales, de unos procedimientos estándares de re­
colección de datos, y de un lenguaje de observación neutral, eli­
m inando el efecto del observador.
2) El «naturalismo», el cual consideran una reacción de la
etnografía cualitativa ante el modelo anterior, y que asocian al
interaccionismo simbólico, a la fenomenología y a la herm enéu­
tica. El naturalism o sostiene que los fenómenos sociales son dife­
rentes de los físicos y que las acciones hum anas están inducidas
por significados sociales. La investigación tiene que ajustarse a la
realidad estudiada y no a unos principios metodológicos inm uta­
bles. Además, la realidad social debe ser estudiada en su entorno
natural, no contam inado por el investigador. Para los naturalis­
tas, según estos autores, es muy im portante acceder a los signifi­
cados asociados a la acción social, y eso sólo puede hacerse apren­
diendo la cultura que se investiga. La etnografía utilizaría, por lo
tanto, la capacidad de los actores sociales para aprender —y lue­
go «desaprender»— culturas diferentes. Los naturalistas no bus­
can leyes universales sino «descripciones densas».
3) El «antirrealismo», finalmente, ha venido a cuestionar desde
el constructivismo social y el relativismo cultural las principales

16
premisas de las dos posturas anteriores, negando la posibilidad
de que haya una representación literal de la realidad o que los rela­
tos que se hacen reflejen sin más la naturaleza de los fenómenos
estudiados. El lenguaje usado por los etnógrafos no refleja sino
que construye realidades, es decir, no puede ser transparente
sino producto de una serie de retóricas con unos condicionantes
culturales, políticos e históricos determinados. En este contexto,
se ha cuestionado la pretendida neutralidad de los valores, así como
la posibilidad de la objetividad, y se han planteado posturas que
apuntan más bien hacia un tipo de investigación militante y trans­
formadora de la realidad. Esta postura propugna la optimización
de la presencia del investigador en el campo en un marco de inves­
tigación reflexivo e intersubjetivo, al que ya nos hemos referido al
discutir nuestra concepción de la etnografía.
Por otro lado, Schweizer (1998) ha propuesto diferencial' entre
marcos científicos y humanistas, englobando en este último a la
antropología interpretativa y a la posm odem a o «constructivista
radical». Estas últimas son consideradas por algunos como ver­
siones extremas de la herm enéutica y de la antropología inter­
pretativa y, por otros, como alternativas metodológicas, en sí
mismas, a los modelos preexistentes. Aunque existen diferencias
claras, sostiene este autor, se trata de métodos com plem enta­
rios, que hay que entender en su «fertilización recíproca», y no
opuestos. Además, a pesar de las discusiones y la variedad de
agendas y procedimientos de investigación, puede afirmarse que
la prioridad de las técnicas de campo ha actuado como un factor
unificador de los marcos metodológicos rivales. Se difiere, y
mucho, sobre procedimientos específicos, pero hay un consenso
general sobre la im portancia de recoger información sobre el
terreno y presentar los datos sobre los actores en su contexto
histórico y cultural. Incluso tras las duras críticas a las políticas
del trabajo de campo, a la construcción de la autoridad etnográfi­
ca o a la propia escritura etnográfica clásica —crisis de represen­
tación— que discutiremos más delante, que pusieron en cues­
tión en algún m om ento la centralidad de este procedimiento de
investigación en nuestra disciplina, el campo sigue bien vivo,
aunque en los últimos años se haya diversificado mucho el re­
pertorio de modalidades y escenarios de investigación etnográfi­
ca y se lleve a cabo frecuentemente en marcos reflexivos. Ade­
más, lodas las escuelas antropológicas han estado de alguna
m anera interesadas en la com paración de casos etnográficos o,
en el caso de los posm odem istas, en el propio (des)encuentro
etnográfico como espacio de alteridad. A continuación seguire­
mos partes del esquem a proporcionado por Schweizer (1998),
con algunas modificaciones, com entarios y añadidos.
Para este autor, la aproximación científica asociada a las di­
ferentes variedades del positivismo propone una metodología
unificada para todas las ciencias y las hum anidades. Su fin últi­
mo es el descubrim iento de leyes generales (generalizaciones
coherentes lógicamente que han sobrevivido a intentos de refu­
tación sólidos). Estas leyes gobiernan la naturaleza, la sociedad
y la cultura y pueden ser utilizadas en explicaciones científicas.
Para ello propone como procedimiento general para la génesis y
validación del conocimiento científico la formulación y puesta a
prueba de hipótesis. El modelo de avance científico es el de la
acum ulación de conocimiento. El método científico se basa en
algunos criterios mínimos necesarios: la claridad del lenguaje
(las definiciones y los conceptos son instrum entos de com unica­
ción), y la validación de las formulaciones de verdad científica
m ediante los procedimientos racionales de investigación lógica
y empírica. Schweizer pone un énfasis especial en señalar que el
positivismo no es homogéneo internam ente, sino más bien di­
verso, por lo que es conveniente no caricaturizarlo. Aunque en la
mente de algunos autores «positivismo» pueda ser un término
desprestigiado asociado de forma negativa a aproximaciones muy
restringidas a la realidad social basadas en la recolección de da­
tos, el am or por los números, y la aceptación del statu quo, ésta
no era su significación en el XIX, cuando fue establecido por cien­
tíficos y reformistas sociales europeos, especialmente Auguste
Comte, como reacción ante la metafísica. En aquella época, «po­
sitivo» significaba recoger y validar conocimiento sobre los he­
chos frente a las com entes metafísicas. Así, siguiendo la argu­
mentación de Schweizer, en origen, el positivismo no era en ab­
soluto una doctrina conservadora o políticamente neutral. Su
descrédito llegó después cuando resultó que su critica estaba
basada en el credo metañ'sico del progreso.
De forma más o menos explícita, el positivismo influyó en
autores como Tylor, Boas, Lowie, Kroeber, Murdock, Radcliffe-
Brown y otros, y está en la base del evolucionismo, del funciona-
lismo, del materialismo cultural y del estructuralismo. De he­
cho, como señala González Echevarría (2003), muchos de los
antropólogos de la etapa clásica de la antropología, que acota
desde mediados del XIX a mediados del XX, se adherían explíci­
tamente a este m arco científico, aunque implícitamente practi­
caban algún tipo de interpretación, al menos en lo que atañía a
la descripción etnográfica de los «otros». Como veremos, la lle­
gada de la herm enéutica en la década de 1960 abrirá una nueva
vía dentro de la disciplina, ampliándose el debate. En este con­
texto, la aportación metodológica de Tylor es citada como uno
de los m om entos álgidos y pioneros del método científico en la
disciplina. Su famosa publicación de 1889, en la que hacía una
comparación con base estadística de varios cientos de socieda­
des para el establecimiento de leyes de m atrim onio y descenden­
cia es incluso, para Marvin Harris, el artículo más importante
del siglo XIX, y pionero directo de los Human Relations Area Files
(2002).' Las formulaciones estructural-funcionalistas de A.R.
Radcliffe-Brown (1975), en las que este autor define la antropo­
logía como una «ciencia natural de la sociedad» que tiene como
objetivo la form ulación de leyes socioculturales, pueden, por su
lado, ser consideradas paradigm áticas de la afirmación desde la
antropología de un m étodo único para las ciencias.
Muy brevemente: en el contexto del método hermenéutico o
interpretativo, por otro lado, no se aceptan los criterios del m é­
todo científico, y se considera necesario desarrollar una m eto­
dología específica para entender la significación en las ciencias
sociales y hum anas. El modelo a seguir es la interpretación de
textos, y su objetivo es la exploración de los significados en tradi­
ciones culturales históricamente situadas. Para la herm enéuti­
ca, según Schweizer, los científicos naturales sólo están interesa­
dos en los aspectos invariables y ahistóricos de sus objetos de
estudio. Frente a esto, frente a la búsqueda de leyes generales de
las ciencias naturales mediante experimentos y observaciones
desde el exterior, la herm enéutica debe preocuparse de lo especí­
fico y proceder metodológicamente siguiendo las pautas de la
interpretación de textos y el conocimiento empático (verstehen).
Un autor clave en la traducción de las estrategias metodológicas
hermenéuticas a la antropología es Clifford Geertz que propone,
1. Véase http://www.yale.edu/hraf/

19
junto a algunos de sus seguidores, la antropología interpretati­
va. Una de las declaraciones más conocidas de Geertz es que «el
hom bre es un anim al atrapado en redes de significación que
él mismo se ha tejido» (1987a). Si la cultura son esas redes de
significación, entonces el análisis de la cultura no puede llevarse
a cabo mediante una ciencia experimental en busca de leyes uni­
versales sino m ediante una disciplina interpretativa en busca de
sentido. Aunque a veces Geertz utiliza el modelo textual en un sen­
tido restringido (los etnógrafos se basan en notas de cam po y en
las transcripciones de las historias que les cuentan los inform an­
tes para llegar a la interpretación y síntesis antropológica), en
general lo utiliza de m anera metafórica para referirse a la cultu­
ra, un conjunto de significados compartidos socialmente produ­
cidos que puede entenderse como una colección de textos. En
este punto, quisiera destacar tres aspectos del trabajo de Geertz
que han sido especialmente influyentes en la consolidación de la
antropología interpretativa: la noción del «juego profundo», la
distinción entre «experiencia próxima» y «experiencia distan­
te», y otro de sus conceptos estrella, la «descripción densa».
La tarea del antropólogo no es sólo descifrar la significación
de los mensajes escritos y verbales que ha recogido en el campo,
sino tam bién entender qué significan determ inadas escenas cul­
turales y, finalmente, la totalidad cultural. En su libro La inter­
pretación de las culturas Geertz ofrece un magnífico ejemplo de
cómo interpretar estas escenas culturales en su conocido análi­
sis de la pelea de gallos en Bali (1987¿>). La antropología inter­
pretativa tiene que descifrar el «juego profundo», es decir, aque­
llo que está en juego más allá de lo explícito. En el caso de la
pelea de gallos, lo im portante no son los elementos inm ediata­
mente accesibles al observador—las apuestas, los m ontos de las
ganancias o pérdidas, etc.—, sino toda una sutil tram a de presti­
gio social que está trenzada en el universo simbólico balinés y se
despliega en estas peleas. De hecho, lo que Geertz denomina la
«puesta en juego de la significación» es tan im portante que justi­
fica con m ucho los gastos de organizar una pelea y arriesgar en
las apuestas. En la pelea se hacen explícitos complejos campos
de tensión social en una situación controlada. Hay una transfe­
rencia de percepciones entre la riña y el estatus social. De este
modo la pelea de gallos, como otras escenas etnográficas seme­
jantes, proporciona un comentario metasocial sobre la cuestión

20
de la clasificación de los hom bres en rangos jerárquicos fijos.
Nos encontram os con la emoción usada con fines cognitivos.
Por tanto, Geertz concluye que las sociedades contienen en sí
mism as sus propias interpretaciones.
Para conseguir el conocimiento empático, Geertz propone
un debate sobre cómo acceder al «punto de vista nativo», y cuá­
les son los límites de ese acceso (1983). Según Geertz, es un de­
bate que plantea la propia «voz de ultratum ba de Malinowski»,
ya que su texto surge en respuesta a la aparición del diario de
cam po de este famoso antropólogo y a la demolición del mito
que se había construido en tom o a él. Une a esto otro debate que
considera menos desarrollado: la supuesta habilidad del antro­
pólogo para poder acercarse al punto de vista nativo, esa «capa­
cidad casi sobrenatural de ver, sentir y percibir como un na tivo ».
Basándose en conceptos formulados por el psicoanalista Heinz
Kohut, Geertz utiliza la distinción entre «experiencia próxima»
y «experiencia distante». La prim era es aquella que alguien, un
paciente o un informante, por ejemplo, puede emplear de m ane­
ra cotidiana y sin esfuerzo para definir lo que él y sus prójimos
ven, sienten, piensan e imaginan. La experiencia distante es el
tipo de experiencia que los especialistas (etnógrafos, psiquiatras)
asum en para impulsar sus propósitos científicos, filosóficos o
prácticos. Geertz sugiere que la diferencia es de grado, no se
trata de una m era oposición entre dos polos. ¿Cómo se posicio-
na ante esto el etnógrafo? Si se queda en la experiencia próxima,
se em pantana en lo local, en lo vernáculo. Si se queda en la expe­
riencia distante, se aisla de la significación nativa, encallado en
abstracciones y asfixiado en la jerga académica y disciplinaria.
La cuestión que plantea Geertz en su conocido texto sobre el
punto de vista nativo es cómo desplegar simultáneamente ambos
tipos de experiencia para producir conocimiento antropológico.
Para que, en sus propias palabras, «la interpretación de una for­
m a de vida no sea prisionera de los horizontes mentales de sus
protagonistas, ni se m antenga totalmente ajena a las tonalidades
distintivas de la experiencia». Esto supone desplazar el debate.
En lugar de plantear la supuesta constitución psíquica que nece­
sitan tener los antropólogos para ser competentes en su profe­
sión, el debate deriva hacia el rum bo de la interpretación antro­
pológica. Por supuesto, eso no se pone en duda, el antropólogo
necesita seguir siendo muy sagaz en el campo, y tratar de «meter­
21
se en el estado de ánimo» de los actores sociales con los que con­
vive. La clave estada en que hay que com prender muy bien la
experiencia próxima para ponerla de m anera significativa en re­
lación con la distante. Es decir, se trata de proceder al descifra­
miento de la significación de los nativos para conectarla con ca­
tegorías de análisis relevantes. Para Geertz, no hace falta tener
capacidades paranorm ales para introducirse en el «otro», sino
que basta con desarrollar un método y una habilidad para «cons­
truir sus modos de expresión» (sus sistemas simbólicos). Para él,
no es necesaria la em patia total, sino llegar lo suficientemente
cerca como para ser capaces de entender sus refranes, su humor,
su significación. Distinguir sus «tics» de sus «guiños». Este cono­
cimiento sobre los procesos subjetivos locales siempre será in­
completo. Se trata sólo de una aproximación. Hay tres razones
por las que no es posible que el entendimiento del «otro» sea
pleno: 1) tenemos que traducir entre dos lenguajes, y esto conlle­
va distorsiones: la traducción es siem pre diferente del original;
2) solemos utilizar un medio escrito para reflejar testimonios ora­
les y el significado de la oralidad cambia en la escritura; y 3) es
imposible que el antropólogo se convierta en un «otro».
Volviendo al caso del «juego profundo», los fines de la antro­
pología interpretativa no deben restringirse al entendim iento de
la signi íicación en sucesos particulares. El propósito de la antro­
pología interpretativa es entender el conjunto de toda la socie­
dad y toda la tram a de textos culturales que la componen. Para
conseguir este efecto, Geertz propone el concepto de «descrip­
ción densa», que se ha convertido en emblemático de su apor­
tación a la antropología contem poránea (1987c). A pesar de la
estrategia de proximidad, no podemos conform am os con inter­
pretar «viñetas» de casos concretos, a pesar de que sean paradig­
máticas de ciertas tendencias o predisposiciones de esa cultura y
se le ofrezcan al lector como «típicas» y reveladoras de las carac­
terísticas esenciales de ese grupo cultural. Nos encontram os en­
tonces con el problem a de la generalización. La teoría, según
Geertz, ha de perm anecer muy cerca del terreno estudiado, y
por eso aboga por una «descripción microscópica», que sea ca­
paz de pasar de la verdad local a la visión general. Aunque esta
descripción densa brota necesariamente de los contextos confi­
nados en los que se investiga, el estudio de lo concreto debe ser
capaz de revelar hechos culturales más generales. Para Geertz,
la libertad de la teoría para forjarse en conformidad con su lógi­
ca interna es muy limitada. La secuencia de progreso de una
disciplina como la antropología no es una curva ascendente acu­
mulativa, sino un proceso discontinuo, que fluye a borbotones.
El análisis cultural parte siempre de un nuevo comienzo, no se
empieza donde otro lo dejó. Su canal de expresión más idóneo
es el ensayo. Y no se trata tanto de generalizar desde los particu­
lares sino de generalizar dentro de los particulares. La antropo­
logía, siguiendo esta línea de Geertz, debe dar cuenta de esta
«estructura jerarquizada de significaciones». Frente a la antro­
pología científica, la antropología interpretativa no es predictiva
si bien el m arco teórico en el que se insertan las interpretaciones
debe seguir siendo capaz de continuar dando explicaciones de­
fendibles a medida que ocurren nuevos fenómenos sociales. La
ciencia progresa m ediante el perfeccionamiento del consenso y
el refinamiento del debate. Su tarea principal, a la postre, es «am­
pliar el universo del discurso humano».
Hasta aquí, un resum en del razonam iento de Geertz. Volva­
mos por un m om ento a Schweizer (1998). La herm enéutica en­
tendida como interpretación de textos es menos común ahora de
lo que era en la década de los años setenta. Desde mediados de
los años ochenta, el posm odem ism o ha desestabilizado en bue­
na parte este enfoque desarrollado de m anera preferente, como
hemos visto, a partir del trabajo de Clifford Geertz (Marcus y
Fischer, 1986; Clifford, 1988; Reynoso, comp., 1992). Para los
autores vinculados a esta corriente posterior, aunque la antropo­
logía interpretativa puede mostrase muy sensible con la com­
prensión del «otro», acaba por silenciar su voz. En la antropolo­
gía interpretativa, las experiencias parciales, inacabadas y m ulti­
formes del trabajo de campo se traducen finalmente en monólogos
abstractos y totalizadores en los artículos y libros que se escri­
ben. Frente a ello, el posmodemismo, del mismo modo que el
«antirrealismo» de Hammersley y Atkinson (1994), cuestiona
cualquier tipo de aproximación sistemática a la producción de
conocimiento acumulativo y, desde el relativismo, enfatiza el po­
der creativo de los investigadores para «inventar» la realidad.
Enfatiza la relatividad histórica del conocimiento, pero también
su parcialidad y su fragmentación, y por ello pone en duda la
validez de los sistemas de conocimiento establecidos, en general,
y de la racionalidad occidental en particular. En la antropología

23
norteamericana, este debate se plasmó desde la década de los
años ochenta en libros como los publicados por Clifford y Mar-
cus (eds., 1991), Marcus y Fischer (eds., 1986), Clifford (1988),
Rosaldo (1989), M anganaro (ed., 1990), oB ehary Gordon (1995),
entre otros. Su impacto en la antropología ha sido importante,
pero su capacidad de renovación, e incluso de experimentación,
se ha probado limitada, aunque auguraba un camino sin retor­
no, y no ha resistido la tentación de crear ortodoxias a medio y
largo plazo y sucum bir a la ruleta comercial de las modas acadé­
micas (Reynoso, 2000). Una de las formas que tomó esta crítica
posm odem ista de la antropología está relacionada con la críti­
ca literaria. Éste es un tem a que ya había anticipado en esta mis­
ma tradición el propio Clifford Geertz, y en su influyente libro El
antropólogo como autor (1989), preludiado a su vez por un ar­
tículo llamado «Bluired Genres» (1980) y basado en unas confe­
rencias que dictó en 1983 en la Universidad de Stanford, exami­
naba con su habitual sutileza el trabajo de Lévi-Strauss, Evans-
Pritchard, M alinowski y Benedict, analizando los aspectos
estilísticos de su escritura etnográfica. Geertz popularizó la ex­
presión «estar allí», la «puesta en escena literaria» del contacto
directo con el «otro», como fruto de unas estrategias retóricas
muy difundidas en la disciplina mediante las que se establecía la
«autoridad etnográfica» sobre el conocimiento producido.
En la introducción al muy influyente libro de Clifford y Mar-
cus(eds., 1991), Clifford (1986) sintetizaba las bases de esa aproxi­
mación crítica a la antropología clásica. Por una parte, desecha­
ba la idea de que fuera posible la transparencia de la representa­
ción en antropología, mediante la cual se pasaría sin mayores
conflictos desde la experiencia de campo y los cuadernos de no­
tas directamente al texto final. La poética y la política son inse­
parables. La ciencia está en, y no por encima de, los procesos
históricos y lingüísticos. La etnografía está situada además en­
tre poderosos sistemas de representación, como pueden ser los
discursos coloniales, los académicos, las voces subalternas, etc.
La etnografía codifica y descodiñca los límites entre culturas,
civilizaciones, clases y géneros. Clifford propone entender la et­
nografía como una forma de literatura. Según su interpretación,
desde el siglo XVII, la «ciencia» había excluido ciertos modos ex­
presivos de su lenguaje: la retórica (en nombre del lenguaje claro
y la significación transparente), la ficción (en nom bre de los he­

24
chos) y la subjetividad (por la objetividad). Pero para Clifford,
las etnografías son ficciones. Eso sí, «ficciones verdaderas» o
«verdades parciales». Como dice explícitamente en el título a la
introducción de su libro The Predicament o f Culture, «los pro­
ductos puros se han vuelto locos» (1988).
Basándose en las reflexiones de Foucault (1979) sobre la re­
lación entre conocimiento y poder, Clifford denuncia tam bién la
alianza entre la antropología clásica y el colonialismo. La etno­
grafía escenifica relaciones de poder, por lo que sus resultados
hay que entenderlos necesariamente en términos de «políticas
de la representación». Una vez desenmascarada, la antropología
ya no puede seguir hablando con superioridad de los «otros»
culturales como «objetos de estudio». Ya no puede seguir recla­
m ando el monopolio legítimo de su representación. Los discur­
sos característicos de Occidente, especialmente la «razón», es­
tán, según Clifford, desprestigiados. Es importante tener en cuen­
ta que las realidades de la etnografía son de hecho negociadas en
el campo entre sujetos con distintos grados de acceso al poder. A
partir de ahí, es preciso ir más allá de la relación jerárquica cien­
tífico/informante. La antropología necesitaría, por lo tanto, una
fase de reflexividad y experimentación para m irar críticamente
su historia, evaluar las retóricas que se han establecido como
sentido com ún a lo largo del tiempo en la disciplina, y encontrar
nuevos formatos experimentales más fragmentados, abiertos,
dialécticos y polifónicos donde expresar el conocimiento que
producimos. Este tipo de razonamientos, como señalan también
Marcus y Fischer (eds., 1986), no podían sino provocar una «cri­
sis de representación» en la antropología, que entronca con las
tesis de Lyotard sobre la condición posm odem a (1998). Es decir,
con la incredulidad respecto a las m etanarrativas que previa­
mente legitimaban las reglas del método científico. Lyotard anun­
ciaba una «crisis de las grandes narrativas», que se difuminarían
en una multiplicidad de «juegos de lenguaje». Marcus y Fischer
tam bién propugnan la necesidad de una aproximación reflexiva
al conocimiento antropológico, como el que propuso Rabinow
en su memoria sobre su trabajo de campo en Marruecos, que
tendremos tiempo de discutir después con m ayor detalle (1992).
El trabajo de campo es un complejo diálogo y los datos que se
obtienen no son sólo subjetivos sino «intersubjetivos», producto
de largas interacciones. E n la sección sobre la escritura etnográ­

25
fica volveremos a lo que Marcus y Fischer denom inaban el «mo­
mento experimental» de la antropología.
Rosaldo, por su parte, publicó en 1989 un conocido libro que
algunos consideran que anticipa los principales temas de la an­
tropología posmodema y los llamados «estudios culturales» (Rey-
noso, 2000). Rescatamos algunos puntos de interés de la argu­
mentación de este autor. En la antropología, sostenía, se estaba
produciendo una erosión de las norm as clásicas a medida que se
exploraban los espacios de hibridación y diferencia entre y en el
interior de las culturas. Era im portante denunciar los contextos
de poder político y económico en los que se producía la etnogra­
fía, y que quedaban subsumidos bajo lo que denominó «nostal­
gia imperialista», es decir, una forma de duelo por el «otro» que
se desvanecía bajo el impacto de nuestra propia cultura. Rosal-
do está de acuerdo en el paradigm a interpretativo de la «descrip­
ción densa», pero le reprocha que excluya estas relaciones de
poder, en especial la caracterización de la subordinación de los
sujetos más tradicionales de estudio en nuestra disciplina. Cues­
tionar el objetivismo significaba para Rosaldo la oportunidad de
explorar cuestiones éticas en un espacio —el proceso etnográfi­
co— que antes se consideraba libre de valores, perm itiendo al
analista convertirse en un crítico del poder y la cultura. La cultu­
ra, destaca en su libro, no es ni homogénea ni uniform e ni es
experimentada del mismo m odo por todos los agentes sociales.
Como parte de ello, plantea la exploración de los «cruces de fron­
tera» que nos perm itan localizar nuevas experiencias culturales,
acceder a espacios de invisibilidad cultural (siendo el de la auto­
ría uno de ellos) y cuestionar los conceptos clásicos de «pureza»
y «autenticidad» culturales.
Estos autores anclaban las críticas de los años ochenta del
siglo XX en algunos textos experimentales y críticos que queda­
ron en el olvido o encuadrados en la heterodoxia —como el Na-
ven de Bateson (1936, ya citado por Geertz en 1989)—, en los
experimentos y afinidades etnográfico-surrealistas de algunos
antropólogos franceses como Marcel Griaule o Michel Leiris (Clif-
l’órd, 1988), o incluso en el trabajo de cineastas y antropólogos
visuales como Rouch (particularmente sus «etnoficciones», Feld,
1989; Stoller, 1992) o incluso Tierra sin pan de Buñuel, que se
convirtió en aquel m om ento en paradigm a de la reflexividad crí­
tica de la representación realista (Nichols, 1997).

26
3
HISTORIA DE LOS MÉTODOS DE CAMPO
Y ALGUNOS EJEMPLOS CLÁSICOS

Hemos defendido ya que la etnografía, como proceso m eto­


dológico global de la antropología, tiene como una de sus fases
fundam entales el trabajo de campo. Pero lo mismo que etno­
grafía, el térm ino trabajo de cam po puede significar m uchas
cosas diferentes para distintos investigadores, y tampoco es un
m étodo que sea exclusivo de los antropólogos sociales. Como
señala Bernard (1998), los métodos no «pertenecen» a las dis­
ciplinas, y es com ún encontrar haciendo investigación de cam ­
po a sociólogos, politólogos, psicólogos sociales, epidemiólo­
gos, enfermeros, pedagogos, etc. El trabajo de cam po es un
método que, especialmente, la antropología com parte con un
tipo de sociología cualitativa de m ucho recorrido que tiene sus
antecedentes en las investigaciones de la Escuela de Chicago
entre 1915 y 1935 (Bryman, 2001a). Dentro de cada disciplina,
e independientem ente de los cruces de m étodos y técnicas que
puedan darse en determ inados m om entos históricos, el traba­
jo de cam po ha tenido adem ás significados heterogéneos y cam ­
biantes, se ha hecho en prim era persona o se ha delegado en
otros actores sociales o se llevado a cabo siguiendo criterios y
grados de implicación sobre el terreno diferentes. En sum a, el
trabajo de cam po no es lo m ism o para todos los investigadores
sociales, ni para todos los antropólogos contem poráneos, ni lo
fue tampoco en distintos m om entos históricos. En este capítu­
lo me centraré en la emergencia del trabajo de campo desde los
orígenes de la disciplina hasta la form ulación clásica de Mali­
nowski, y luego discutiré algunos ejemplos de m onografías que
me parecen im portantes en la consolidación y el desarrollo del

27
método, o se refieren a algunos debates m etodológicos valiosos
en la disciplina.
Adam Kuper sostiene que Bronislaw Malinowski contribuyó
muy conscientemente a crear su propio mito como fundador del
trabajo de campo antropológico tal como quedó establecido en
la antropología durante décadas (1973). Aunque este mito sin
duda se tam baleó tras la publicación de sus diarios personales
(1989) y el reconocimiento de algunos antecedentes que habían
quedado minimizados por la hegemonía del relato fundador, hay
un im portante consenso en la disciplina en otorgarle a este autor
un papel decisorio en el establecimiento del trabajo de campo en
el corazón metodológico de nuestra disciplina, más allá de sus
limitaciones o de su propia neurosis, tal como se expresa en
sus diarios privados. Por todo ello es im portante recordar que
aunque Malinowski plasmó esta forma de investigar con espe­
cial fortuna en su conocida introducción a Los argonautas del
Pacífico Occidental (1979), tanto en la antropología americana
como en la inglesa había habido en los años anteriores una evo­
lución clara hacia la valoración del trabajo de campo como es­
trategia de investigación preferente en la incipiente disciplina
(Urry, 1984 y 2001; Stocking, 2001). Se ha convertido en un lu­
gar común, por ejemplo, criticar que los prim eros materiales de
campo que llegaron a manos de antropólogos evolucionistas no
fueran, en su m ayor parte, de prim era m ano, que no hubiera
criterios definidos sobre las técnicas de recolección y registro,
que su calidad fuera baja, o que fueran recogidos por personas
sin entrenam iento antropológico alguno, como funcionarios co­
loniales, viajeros, misioneros, etc. (Harris, 2002).
Estas alegaciones son ciertas, como lo es también que algu­
nos precursores del trabajo de campo sistemático como Mor­
gan, Haddon o Rivers habían abonado el terreno para la valora­
ción metodológica de este m étodo en la construcción del conoci­
m iento antropológico, y habían prom ovido el desarrollo de
técnicas y cuestionarios para increm entar progresivamente la
calidad de los datos recogidos y su valor comparativo. El propio
Marvin Harris, con cuyo Desarrollo de la teoría antropológica se
han formados generaciones de antropólogos, niega que los auto­
res del entorno de Franz Boas y los antropólogos sociales britá­
nicos introdujeran «abruptamente» norm as y criterios etnográ­
ficos radicalmente mejorados. Estas mejoras se acumularon pau­

28
latinam ente durante el siglo XIX y es m ejor pensar en una «línea
continua de crecimiento gradual del rigor de las norm as etno­
gráficas» (2002). Creo que merece la pena, por lo tanto, hacer un
seguimiento algo m ás detallado de cuáles fueron las iniciativas y
los debates previos que crearon las condiciones para que investi­
gadores como el antropólogo polaco Malinowski pudieran for­
m ular sus modelos de investigación de campo con la sofistica­
ción con la que lo hicieron. Para ello me baso en los textos de
Urry, Stocking y Harris ya mencionados, y tam bién en Bernard
(ed., 1998) y Biym an (2001a y 2001b).
La llegada del trabajo de campo a la disciplina puede conside­
rarse entonces como un proceso gradual, relacionado con el desa­
rrollo de una perspectiva cada vez más crítica sobre la validez de
los datos y las fuentes etnográficas, con la evolución de los m o­
delos teóricos, con el incremento de la profesionalización de la
disciplina, y con el desarrollo de las comunicaciones que facilitó
los desplazamientos hacia el «otro». La mayor parte de la infor­
mación que llega a Occidente entre el XVI y el XIX es, salvo excep­
ciones, poco sistemática, profundamente etnocéntrica, y de baja
calidad. Se empiezan a recoger datos de forma más metódica en
las ciencias naturales, especialmente en la botánica, desde media­
dos del xvn. Junto a los especímenes botánicos llegaron informes
y datos sobre los grupos culturales con los que se encontraban los
expedicionarios, que reflejaban las costumbres más exóticas y lla­
mativas. Por ejemplo, la expedición naval de Baudin (1800-1803)
—que sigue una pauta común en aquellos viajes— pide apoyo an­
tes de salir a la primera sociedad antropológica conocida, la So-
ciété des Obseivateurs de l'Homme. Desde esta institución les pro­
porcionaron técnicas para recoger datos anatómicos e instruccio­
nes para recoger costumbres, elaboradas en este último caso por
Joseph Marie Degérando. Según Urry, Degérando les llama la aten­
ción a los organizadores de la expedición sobre las dificultades de
la recolección de datos y las principales cualidades que necesita­
ría un investigador para llevar a cabo este tipo de trabajo. Les
proporciona además una serie de preguntas para guiar su investi­
gación, y las categorías de información que considera relevantes.
La expedición regresó a puerto sin hacer uso de las instrucciones
de Degérando, pero éstas sentaron un precedente y acabaron a la
postre influyendo en los cuestionarios que fueron utilizados más
adelante en la etnografía del XIX.
29
El aum ento de la calidad de los métodos de recogida de datos
va en paralelo al desarrollo institucional de la disciplina. Unry
considera que la antropología se estableció como campo de es­
tudio reconocido en torno a la década de 1840, tanto en América
como en Europa. Se crean nuevas instituciones especializadas,
algunas más antiguas se reforman, y ya hay etnógrafos involu­
crados directamente en este proceso. Se fundan, por ejemplo, la
Société Ethnologique de Paris (1839-1848), la Ethnological Socie­
ty o f London (1843-1871), y la American Ethnological Society
(1842-1870). Desde estas sociedades científicas no sólo se esti­
m ula el debate, sino que se promueve la recogida y publicación
de información sobre otras culturas. En sintonía con los para­
digmas de la época, una preocupación fundamental es la com ­
paración de costumbres e instituciones de culturas diversas, ya
fuera para establecer su historia y difusión o las leyes de evolu­
ción cultural. Se necesitaba información del mayor núm ero de
sociedades posible, y se instaló un sentido de urgencia ante la
desaparición de culturas, no exento de lo que Rosaldo llamó «nos­
talgia imperialista» (1989). La estrategia fundamental del perio­
do fue el establecimiento y perfeccionamiento de largos cuestio­
narios para ser completados de modo comparativo en las diversas
expediciones científicas. Uno de los cuestionarios más impor­
tantes del siglo XIX, y luego también de buena parte del XX, fue­
ron las «Notes and Queríes on Anthropology» del RoyalAnthro-
pologi.cal Institute, basado en los que había diseñado anterior­
mente la Ethnological Society. De hecho, cuando Malinowski llegó
al campo, este cuestionario ya iba por su cuarta edición (la pri­
m era salió en 1874). Algunos investigadores hicieron sus pro­
pios cuestionarios, siendo el m ás.im portante de ellos la famosa
«Circular» de Morgan, apoyada por la Smithsonian Institution,
especializada en ,1a recolección de terminologías de parentesco y
básica en la recopilación de m aterial que dio lugar a Systems o f
consanguinity and ajfinity ofthe human family (1871). También
fue muy im portante el cuestionario de sir James Frazer, que tuvo
varias ediciones entre 1887 y 1916. Desde el principio se detecta­
ron las limitaciones y los problem as de estos cuestionarios, lo
que condujo a un proceso de continuo perfeccionamiento. Por
ejemplo, algunas preguntas eran incomprensibles para informan­
tes de culturas cuyos idiomas eran casi desconocidos y cuya for­
m a de entender el m undo no podía imaginarse desde un despa­

30
cho situado en alguna universidad o sociedad científica europea
o norteam ericana. Los propios recopiladores de datos tenían la­
gunas y dudas sobre cómo llevarlos a cabo. Pocos de ellos sabían
la teoría, los debates o las preguntas que estaban detrás de los
cuestionarios. Pero tam bién hubo algunos recolectores de datos
que se hicieron famosos en el m undo antropológico por su peri­
cia, como es el caso de A.W. Howitt, que trabajó en Australia
desde 1872 hasta'su m uerte en 1908. Al principio trabajó con el
misionero Lorimer Fison, estimulados ambos por la Circular de
Morgan de 1862. Le aportaron a Morgan datos muy valiosos so­
bre los aborígenes australianos y tuvieron correspondencia acti­
va con él hasta que m urió en 1881. Howitt empezó entonces a
enviar sus datos a antropólogos de Inglaterra, primero a Tylor y
luego a Frazer. Howitt llegó incluso a convencer a los aborígenes
para que reactuaran viejos ritos para que él los documentara.
En Estados Unidos se vivía una situación distinta de la de
Europa, ya que ese país contaba con sus propios «nativos». La
«conquista del Oeste» y la expansión del ferrocarril contribuye­
ron al «acercamiento» de muchos grupos «exóticos», aunque
también hacían peligrar su supervivencia. Además, el desarrollo
metodológico tiene otras características, desde la recopilación
de datos y el uso de informantes y recolectores nativos, a la pro­
pia acumulación de datos y la síntesis del material. El énfasis allí
estuvo en la recolección de datos lingüísticos, como pueden ser
listas de palabras, datos gramaticales y textos nativos. La prim e­
ra y más sistemática recolección de textos de estas característi­
cas fue la de H.R. Schoolcraft, que empezó a publicar en 1840.
Mientras que la antropología en Europa era desarrollada por
aficionados y sociedades, en EE.UU. recibió desde muy pronto
ayuda del gobierno y pronto empezó a plasmarse y consolidarse
en museos y universidades. Especialmente im portante fue la
Smithsonian Institution, fundada en 1846, año en el que School­
craft les presenta un proyecto de investigación etnográfica. Pero
la implicación del gobierno creció aún más cuando estableció en
1879 el Bureau o f (American) Ethnology para la recolección de
datos sobre asuntos relacionados con los indios norteamerica­
nos, su sistematización y posterior publicación. Durante los si­
guientes veinte años, bajo la dirección de John Wesley Powell, el
Bureau dominó la antropología americana. El Bureau empieza a
publicar Annual Reports masivos lujosamente editados e ilustra­

31
dos, creando nuevos criterios de calidad para la presentación de
investigación etnográfica. Powell tenía ya bastante experiencia
personal con indios en el sudoeste de Estados Unidos antes de
que se fundara el Bureau. Se considera que fue un director muy
activo, estimuló la investigación local, y creó la estructura para
que se entrenaran recolectores de datos para rellenar cuestiona­
rios, llegando a hacerse algunos contratos. Entre los que trabaja­
ron con él en los prim eros años estuvo el misterioso y enigm áti­
co Frank Hamilton Cushing que, de form a pionera, pretendía
acceder al conocimiento del punto de vista nativo, y estuvo cua­
tro años y medio con los zuñi desde 1879, aprendió su lengua, y
llegó a ser iniciado ritualm ente en el sacerdocio del arco. Dewalt
y Dewalt consideran que Cushing fue un pionero en los métodos
de campo que más adelante se le atribuyeron a Malinowski. Es­
cribió, sin embargo, poco de lo que aprendió entre los zuñi, y fue
acusado por sus críticos de haberse «vuelto nativo» (2002). Vol­
veremos más adelante a este debate sobre el gradiente de partici­
pación en las culturas estudiadas.
Como señala Lisón Tolosana (1980), Morgan fue también un
pionero en esta época por com paginar métodos diversos en sus
investigaciones y, especialmente, por la im portancia que le con­
cedía a la presencia en el campo del investigador, en su caso,
entre las tribus indias norteam ericanas, recogiendo notas en un
diario de campo y tam bién en un diario personal (1980). Duran­
te sus estancias de campo, salpicadas en el tiempo y continua­
ción de una juventud aventurera y militante, utilizó la conver­
sación informal y realizó entrevistas a través de intérpretes. Sin
embargo, como sostiene Harris (2002), ni siquiera el trabajo de
Morgan con los iraqueses puede considerarse «trabajo de cam ­
po etnográfico» como tal, ya que carecía todavía del contacto
continuo y prolongado con los grupos estudiados. Paralelamente,
envió su cuestionario o Circular, ya citada, a diversas partes del
planeta (Micronesia, Japón, India) para que fuera utilizada por
misioneros, oficiales consulares y representantes de Estados
Unidos en todo el mundo.
En 1884, la Biitish Association, que se reunía en Canadá, es­
tableció un comité para promover la investigación entre los indí­
genas de Canadá, elaborando una guía de investigación, la Circu­
lar oflnquiry de 1887. Recluta al antropólogo alemán Franz Boas,
que ya había hecho trabajo de campo entre los esquimales y tam ­

32
bién en la costa noroeste (Martínez Hernáez, 1996). Aunque el
comité de la British Association estaba interesado en un panora­
ma general de las culturas estudiadas, Boas empieza a proponer
trabajos más intensivos en culturas individuales, preludiando lo
que luego serían sus aportaciones metodológicas a la disciplina.
Según Bryman (2001a), Boas ocupa una posición similar en la
antropología am ericana a la de Malinowski en la británica, y su
trabajo es muy im portante para la profesional! zación de la in­
vestigación en el terreno. Franz Boas explicará su punto de vista,
que Harris ha denom inado «puritanismo metodológico» (2002:
226-227), en dos artículos básicos: «The Limitations of the Com-
parative Method in Anthropology», (1896) y «The Method of Eth-
nology» (1920). En ellos critica tanto el m étodo comparativo evo­
lucionista como el seguido por los difusionistas. Su crítica se
centra en la ausencia de un estudio amplio de las particularida­
des culturales, y en el salto directo a la teoría que se dio en am ­
bos casos. Se había sobrevalorado el alcance de las regularida­
des sin pruebas empíricas suficientes. De este modo Boas criti­
caba los métodos dominantes con la siguiente argumentación:
se han hecho m uchas descripciones difíciles de verificar ya que
se basaban en datos insuficientes que dependían de personas
poco entrenadas que proyectaban su subjetividad, lo que los con­
vertía en superficiales y acientíficos. Su método, de carácter in­
ductivo, obligaba a sus seguidores a la recopilación de artefactos
y el registro extensivo de textos y narrativas en los idiomas indí­
genas. Sólo cuando estos m ateriales prim arios fueran recolecta­
dos, organizados, clasificados y publicados podrían los antropó­
logos em pezar a fundar un cam po de estudio objetivo y científi­
co. Para Boas, eran necesarios muchos datos en caído antes de
em pezar a teorizar. De hecho, algunas críticas que se hicieron a
los boasianos fueron precisamente por ser ateóricos, por dedi­
carse sólo a recoger datos, y no tener un sentido «nomotético»
de la disciplina (Harris, 2002). Uiry señala, por otro lado, lo difí­
cil que es reconstruir las técnicas que utilizaban los boasianos, a
pesar de los manifiestos metodológicos de su mentor. Aunque
sin duda Boas hizo trabajo de campo personalmente, al menos
en sus prim eros años, el énfasis de sus métodos estaba más en la
recolección de datos a través de inform antes particulares. En
este marco, se entrenaba a los indígenas para que registraran
información sobre sus propias culturas en su propia lengua. En

33
el caso de Boas, su principal inform ante kwakiutl fue George
Hunt, m iem bro de la com unidad interracial de Fort Rupert, al
que enseñó a leer y escribir, e incluso a fotografiar (Jacknis, 1992).
Esta aproximación al m étodo tuvo como resultado compilacio­
nes masivas de material, informes, textos y detalles de todo tipo
sobre grupos culturales específicos, muy densos y difíciles de
manejar, pero no desembocó en descripciones generales sobre
las culturas ni su vida cotidiana.
En Inglaterra, un m om ento clave en el desarrollo de las téc­
nicas de cam po antropológicas fue la famosa Cambridge Anthro­
pological Expedition al Estrecho de Torres (1898-1899). El zoólo­
go y profesor de la Universidad de Dublin Haddon, especialista
en biología marina, ya había utilizado cuestionarios antropoló­
gicos en una expedición anterior (1888), y sus gestiones fueron
im portantes para que la expedición tuviera un foco antropológi­
co. Entre los miembros de la expedición se encontraban C.G.
Seligman y, sobre todo, desde el punto de vista metodológico,
W.H.R. Rivers, al que también se le considera precursor de la
antropología médica (Martínez Hernáez, 2008). Rivers, que era
el encargado de adm inistrar test psicológicos, empezó a desa­
rrollar el «método genealógico», mediante el cual el antropólogo
podía estudiar problemas abstractos a través de hechos concre­
tos (1900). Las cuestiones de método eran básicas tanto para
Rivers como para su generación: sólo m ediante metodologías y
terminologías sistemáticas podría la antropología establecerse
como una verdadera ciencia. Rivers utilizó su método después,
entre los toda de la India (1901-1902) y m ás tarde en M elane­
sia (entre 1907 y 1914). Vamos a verlo con algo más de detalle,
siguiendo de cerca la lectura que hace de este proceso Stocking
(2001), para poner m ejor en contexto la aportación real de Mali­
nowski al «estudio de cam po intensivo».
El m étodo genealógico o «método concreto» de Rivers con­
sistía en lo siguiente: para Rivers el parentesco no era im portan­
te en sí, sino como indicador de otros procesos sociales. Soste­
nía que se le podían asociar al parentesco un núm ero de fenóme­
nos muy importante, desde la propia estructura social a pautas
de residencia, relación con tótems, pertenencia a clanes, etc.
Usaba una serie de términos básicos en inglés (padre, madre,
hijo, hija, marido, etc.), a través de un intérprete nativo, para
conseguir dilucidar las redes de parentesco de sus informantes.

34
El sentido inglés de los térm inos era el «biológico», algo que ac­
tualmente no es aceptable. Para solventar los problemas de tra­
ducción de relaciones de parentesco, Rivers probaba con dife­
rentes informantes. Rivers estaba convencido de que lo que ob­
tenía eran «hechos duros» sin subjetividad, es decir, «científicos»
y relacionados con relaciones biológicas «reales», equiparables
a las clasificaciones y correlaciones de las ciencias exactas. La
complejidad de los grupos con los que trabajó le llevó a defender
la necesidad de llevar a cabo «estudios intensivos», que en prin­
cipio no contemplaba. Haddon, en 1904, ya proponía un trabajo
de campo renovado, planteando la necesidad de estudios exhaus­
tivos sobre grupos limitados, siguiendo el m étodo de Rivers. Ri­
vers plasmó más adelante su visión metodológica en la versión
de las Notes and Quedes publicada en 1912, para la que escribió
la «General Account of Method». El «investigador» de Rivers era
todavía más un encuestador que un «observador», aunque aho­
ra proponía que buscara la colaboración de dos o más «testigos
independientes». Siempre que fuera posible, había que comple­
m entar los testimonios recogidos con observaciones de prim era
mano. Rivers afirm aba que un análisis intensivo de uno de estos
eventos aportaba más información que un mes de preguntas.
Además, el investigador tenía que desarrollar «simpatía y tacto»
para enfrentarse a las situaciones que se encontraba en el cam ­
po, pues su información dependía en buena parte de su relación
personal con los nativos. Aquí ya nos encontram os muy cerca de
Malinowski.
Pero aún hay más. Las propuestas siguieron en cascada. Esta
sugerencia fue seguida por Seligman entre los vedda (1907-1908)
y por el mism o Radcliffe-Brown en las Islas Andamán (1906-
1908). Un poco después, en 1913, Rivers, en un informe a la
Camegie Institution, planteaba que la antropología necesitaba
estudios intensivos en pequeñas comunidades de entre cuatro­
cientas o quinientas personas, en las que el investigador ha de
vivir al menos un año y estudiar en detalle cada aspecto de la
vida y cultura nativas. A finales de la década de 1910 ya se esta­
ban enviando antropólogos bien formados a muchos lugares del
mundo para hacer trabajos intensivos de este tipo. Es decir, los
principales antropólogos ingleses estaban de acuerdo en el mé­
todo y sus estudiantes siguieron sus consejos. La Primera Gue­
rra Mundial ralentizó este proceso, excepto en casos como el de

35
Malinowslti, quien pudo prolongar su estancia en Melanesia
mucho más allá del tiempo previsto. Sin embargo Stocking (2001)
defiende que el papel de Malinowski fue m ucho más allá de asu­
m ir plenamente las Notes and Queries y llevarlas a la práctica. El
trabajo de Malinowski supuso para este autor un cambio funda­
m ental en el locus prim ario de la investigación, que se desplazó
de la barandilla del navio expedicionario o la misión local a la
aldea de los nativos, posibilitando así la «participación» más in­
mediata en el mundo nativo. La m odernidad de la aproximación
metodológica de Malinowski incluía, como es bien conocido, la
observación directa de la vida social, el aprendizaje de la lengua
nativa, la redacción copiosa de notas, la recogida sistemática de
diferentes tipos de m aterial etnográfico y la estancia de larga
duración, lo que ciertamente le convierte no en un mito pero sí
en una especie de revolucionario (Wax, 2001).
Como describe Urry (1984), al contrario que los ingleses, los
americanos no estaban tan preocupados por las transform acio­
nes de los métodos de campo y recolección de datos como por
las transformaciones en los métodos de análisis (Johnson, 1998).
La mayor parte de los trabajos etnográficos en EE.UU. entre 1900
y 1940 fueron de tipo individual, y muchas veces consistían en
secuencias de visitas cortas durante largos periodos. Para maxi-
mizar su investigación en el campo, los investigadores se ocupa­
ban de aspectos muy particulares, a veces por consejo de sus
maestros, para rellenar lo que consideraban «vacíos de conoci­
miento». Con estos condicionantes y ante las transformaciones
masivas en las sociedades indias norteam ericanas originarias,
no era infrecuente que en lugar de participar en la vida cotidiana
trabajaran con algunos informantes especiales, a los que entre­
naban para registrar en textos escritos su m emoria de la cultura
y vida de la comunidad. Aunque algunos de los estudiantes de
Boas no estaban satisfechos con el nivel teórico de interpreta­
ción que había en la escuela, en su mayor parte estaban de acuerdo
en esta necesidad urgente de recopilación masiva de datos.
En este contexto, se considera que M argaret Mead fue una
de las primeras investigadoras en rom per filas, siguiendo en par­
te la estela británica, pero con un énfasis más psicológico (Dewalt
y Dewalt, 2002). Algunos autores sostienen que Mead no había
leído Los argonautas cuando viajó a Samoa, lo cual dotaría de
m ayor originalidad aún a su pionera aportación (Sanjek, 1990).

36
Con apenas 23 años, Mead hizo trabajo de campo en Sam oa
entre noviembre de 1925 y julio de 1926 en la isla de Ta’u en
Manu, después de haber pasado unas sem anas aprendiendo
sam oano en Pago Pago. Era un trabajo de campo que dependía
todavía más de los inform antes que de una estrategia de «obser­
vación participante», pues no llegó a vivir directamente entre los
nativos sino en un dispensario (Bryman, 200Ib). Y frente al en­
tendimiento «holístico» de una cultura determ inada que propug­
naba Malinowski, el trabajo de Mead se enfocó más en un aspec­
to concreto.
Publicó este trabajo de cam po en varias obras, aunque su
libro clásico, uno de los más leídos en la historia de la disciplina,
es Adolescencia y cultura en Samoa (1995), en el que, a petición
de Boas y en el contexto de los debates de la época sobre el pre­
dom inio de la «naturaleza» o de la «cultura» en la conducta hu­
mana, esta investigadora trató de dem ostrar la plasticidad de la
biología hum ana y la im portancia del determinismo cultural en
el establecimiento de pautas de comportamiento, en concreto en
un caso de adolescencia femenina «primitiva». Lo hizo descri­
biendo Samoa como una especie de paraíso en el que las adoles­
centes gozaban de considerable libertad sexual. Mead estaba tam ­
bién interesada en determ inar qué se podía aprender de la expe­
riencia sam oana para m ejorar la educación en los colegios
estadounidenses, ya que llegó a plantearse si una supuesta laxi­
tud sexual como la de la cultura sam oana podría evitar m uchas
de las neurosis características de las adolescentes norteam erica­
nas «civilizadas». Para M arcus y Fischer (1986), Mead se convir­
tió en un ejemplo tem prano de los antropólogos como críticos
de la cultura, colaborando junto con Boas y otros en la creación
de una tradición de uso activista de la etnografía —contra el evo­
lucionismo y el racismo científico en este caso—, tradición que
ellos pretendían rehabilitar para la antropología americana. Ade­
más, consideran su libro sobre Samoa como el precursor de la
técnica de «desfamiliarización» de lo propio m ediante la «yuxta­
posición transcultura]».
Tras su trabajo en Samoa, Mead siguió alimentando el deba­
te sobre los métodos. En 1933 publicó un artículo en American
Anthropologist titulado «More Comprehensive Field Methods»,
donde hacía un llamamiento a favor del trabajo de campo inten­
sivo, la observación participante y la necesidad de experim entar
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en persona la vida cotidiana de los nativos. Mead, junto con su
marido Gregory Bateson, fue también pionera en el uso de m é­
todos audiovisuales en su trabajo de campo en Bali (1942) y Nueva
Guinea. En estos trabajos de campo, Mead y Bateson hacen pe­
lículas y fotograbas para docum entar la vida cotidiana y las inter­
acciones personales, utilizando incluso la cám ara lenta para ana­
lizar estilos de danza, pero su m étodo no fue adoptado masiva­
mente hasta mucho después (Jacknis, 1988).
Curiosamente, como ocurrió con el Diario de Malinowski
(1989), el trabajo de Mead en Samoa acabaría tam bién envuelto
en una agria polémica tras su m uerte, con las duras acusaciones
de incompetencia metodológica lanzadas por Derek Freeman
(1983). En resumen, Freem an argum entaba que se trataba de
una investigación de baja calidad, hecha por una antropóloga
jovencísima, que hizo un trabajo de campo corto, que nunca
entendió la cultura samoana, que no hablaba la lengua nativa, y
se creyó inocentemente las mentirijillas que le contaron las jóve­
nes que entrevistó sobre su vida privada. Para Freeman, ade­
más, Samoa no es en forana alguna un paraíso de experimenta­
ción sexual como el que describía Mead, sino una sociedad jerár­
quica, competitiva, autoritaria, violenta, dada a las emociones
fuertes, y donde la sexualidad prem arital está estrictamente pro­
hibida. Esta controversia, que no sólo provocó un importante
debate en la antropología norteam ericana sino que tuvo tam ­
bién un im portante impacto mediático, tiene varios frentes, de
los que destacaremos dos. En prim er lugar, como señala Bry-
rnan (2001b), el texto de Freeman es un alegato contra el relati­
vismo cultural en cuyo contexto se había diseñado la investiga­
ción, dinam itando su signibcación teórica como una «instancia
negativa» de la determinación biológica sobre el com portam ien­
to. Además, apunta a la im portancia del género en las relaciones
de campo v, en general, en el proceso etnográfico, como veremos
más adelante. Mead fue pionera en trabajar, siendo mujer, en un
ám bito femenino, y además adolescente. Algunas antropólogas
feministas han acusado a Freeman de activar una reacción de
corte machis La, atacando el papel de la mujer en la disciplina en
dos sentidos. Por un lado, nos encontraríam os a la investigadora
incompetente y, por otro, a un colectivo de informantes no fia­
ble. Para la antropóloga norteam cricana Nancy Scheper-Flughes
(comunicación personal), por ejemplo, la visión de Freeman sólo

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puede entenderse como una fantasía m asculina llena de testos-
terona. En Sam oa puede darse un sistema dual lleno de parado­
jas y contradicciones, que contiene distintos ámbitos de com­
portamiento y representación, condicionados por el género. Es
difícil evaluar este debate puesto que sus presupuestos teóricos,
la localización del trabajo de campo, e incluso la época eran dis­
tintos en ambos autores. ¿Han hecho trabajo de campo Mead y
Freeman en la m ism a cultura? ¿Puede una sociedad haberse
transformado tanto en unas pocas décadas? ¿Puede el género de
los investigadores y los informantes determ inar tanto el conoci­
miento producido? He desarrollado este caso un poco más por­
que creo que ilustra con claridad las dificultades y polémicas en
las que necesariamente se ve envuelta la etnografía, y que trataré
de desgranar en las páginas que siguen.

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