Está en la página 1de 12

Mat 27:45 Y desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora

novena.

Es en esas tres horas donde se vivieron la mas densa oscuridad.


En esas tres horas:
El sol recogió sus rayos para no alumbrar sobre la tierra...
Dios apagó la luz...
Esta es una escena que Dios quiso pintarla sin color...sin alegria, es un dibujo
donde solo el blanco y negro destacan...es el marco de un escenario donde se
evoca la mas sombría de las escenas...aqui no hay lugar para florituras.

La ausencia de la luz, fue un evento concreto, objetivo y a la vez simbólico de la hora


solemne cuando las fuerzas de “tinieblas espirituales” reinaban aparentemente sin
límites.

Mat 27:46 Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama
sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?

Contemplamos aquí al Salvador sumido en las profundidades de sus agonías y dolores.


Ningún otro lugar como el Calvario muestra mejor las congojas de Cristo, y ningún
otro momento del calvario esta tan saturado de agonía como cuando este clamor rasga
el aire:

“Dios mío.Dios mío, ¿porque me has desamparado?”

Estas palabras con que Cristo pronuncia su cuarta “palabra,” momentos antes
de su muerte, Encierran un misterio tal, que á ningún mortal le es dado
penetrar EN SU ABSOLUTA PROFUNDIDAD .

No hay ser viviente que pueda explicar el pleno significado


de estas palabras; nadie podria hacerlo, ni en el cielo ni en la
tierra, y casi añadiría que ni en el infierno; no hay nadie que
pueda captar estas palabras en toda la profundidad de su
aflicción
Yo no creo
que los registros del tiempo, y ni siquiera los de la eternidad, contengan
una frase más llena de angustia. Aquí fueron eclipsados el ajenjo y la hiel,
y cualquier otro tipo de componentes amargos. Aquí pueden mirar ustedes
como si contemplaran un profundo abismo; y aunque fuercen sus ojos y
miren hasta que la vista se les canse, no pueden percibir el fondo; es
in-medíble, insondable, inconcebible. Esta angustia del Salvador por
ustedes y por mí, no se puede ni medir ni pesar, como tampoco el pecado
que la motivó, o el amor que la soportó. Estemos listos a adorar eso que no
podemos comprender.

No pretendo que
puedo sumergirme en estas profundidades: sólo voy a aventurarme hasta
la orilla del precipicio, y voy a pedirles que miren hacia abajo, y que oren
al Espíritu de Dios para que puedan concentrar su mente en esta
lamentación de nuestro Señor agonizante, conforme se eleva en medio de
las densas tinieblas

ELI ELI

Su clamor fue: “Dios mío, Dios mío”. Debe verse con claridad, al
considerar las siete últimas declaraciones de Jesús, que el vocablo usado para
Eli, (Dios), es importante. Eso se ve más claramente cuando se observan dos
cosas: (1) los vocablos usados en las otras declaraciones, y (2) el uso general de
los términos en las oraciones del Señor en otros sitios.

En primer lugar, notemos que en la primera palabra desde la cruz, Jesús dijo: “Padre,
perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Le. 23:34).
En la séptima y última declaración Jesús dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu” (Le. 23:46). O sea que en las palabras iniciales y en las finales el Señor usó
el sustantivo Padre, pero en la declaración central, es decir, en la cuarta dijo: “ Dios
mio, Dios mio”. La relación a la que apela no es la paternal, sino la judicial.

En segundo lugar en los Evangelios Jesús usa 170 veces el sustantivo Padre para
referirse a la primera persona de la Trinidad.

Además, Jesús habló de Dios como “mi Padre”. Jesús usó dichas palabras casi
unánimente en sus oraciones exactamente 21 veces.
Hay solo una ocasión en la que el Señor ora sin usar el término “mi Padre”.
Dicha ocasión, por supuesto, es esta cuarta declaración hecha desde la cruz.
¿Por qué? Hay una sola explicación: Jesús consideraba su relación con Dios en
aquel momento como judicial, no como paternal. Es decir, se consideró a Sí
mismo en aquel momento primordialmente como un hombre delante de Dios, no
como el Hijo eterno delante del Padre

“porque o´para que me has desamparado”

desamparado=en-kata-leipo
NO ABANDONADO-
El verbo gr. es muy expresivo; se compone de tres partes:
en = dentro,
27.46 kata = abajo,
y élipes = dejaste, y en aoristo, indica una acción pasada.

Es como si dijera: Me dejaste atado y encerrado.

Se ha preguntado: “pero ¿cómo podría Dios abandonar a Dios?” La respuesta


debe ser que
Dios el Padre abandonó al Hijo en cuanto a su naturaleza humana, y aun
esto en un sentido
limitado aunque muy real y agonizante. El sentido no puede ser que hubo un
tiempo en que
Dios el Padre dejó de amar a su Hijo. Tampoco puede significar que el Hijo
haya en alguna
forma rechazado al Padre. ¡Lejos de ser así! Lo llamaba “Dios mío, Dios mío”.
Y por esa misma
razón podemos estar seguros que el Padre lo amaba tanto como siempre.

Entonces, ¿cómo podemos atribuir un significado razonable a esta expresión


de profunda
angustia? Quizás pueda ayudarnos una ilustración, aunque debemos añadir
inmediatamente
que ninguna analogía tomada de las cosas que suceden a los humanos en la
tierra puede
siquiera comenzar a hacer justicia a la experiencia única del Hijo de Dios.
Sin embargo, la
ilustración puede ser de ayuda en algún grado.

Digamos que aquí hay un niño que está muy


enfermo. Es todavía muy pequeño para entender por qué debe ir al hospital
y especialmente por qué mientras está allí, posiblemente en la unidad de
cuidados intensivos, sus padres no
pueden estar siempre con él. Sus padres lo aman tanto como antes. Pero
pueda haber
momentos en que el niño extraña la presencia de su padre o madre en tal
forma que
experimenta una profunda angustia. Así también ocurre con el Mediador. Su
alma
se esfuerza por asirse de Aquel a quien llama “Dios mío”, pero su Dios no le
responde.

Observen, también, que es un grito de fe; pues aunque pregunta: "¿por


qué me has desamparado?" sin embargo, primero dice, repitiéndolo dos
veces: "Dios mío, Dios mío."
La fuerza de apropiación está en la palabra
"mío"; pero la reverencia humilde está en la palabra "Dios." Es "'Dios
mío, desde su humanidad el exclama:
Dios mío,' Tú eres siempre Dios para mí, y yo soy una pobre criatura. Yo
no disputo contigo. Tus derechos son incuestionables, pues Tú eres mi
Dios. Tú puedes hacer lo que quieras, y yo me someto a Tu sagrada
soberanía. Yo beso la mano que me golpea, y con todo mi corazón clamo:
'Dios mío, Dios mío.'"

Él no se encoge, sino más bien se entrega


nuevamente a Dios mediante las palabras, "Dios mío, Dios mío," y busca
revisar la base y la razón de esa angustia que está decidido a soportar
hasta su amargo fin. Le aliviaría sentir de nuevo el motivo que lo ha
sostenido y había de sostenerlo hasta el fin. El clamor me suena a mí como
una profunda sumisión y una poderosa determinación al dirigirse a Dios.

III. Esperando ser guiado por el Espíritu Santo, voy a LA RESPUESTA, en


relación a la cual, únicamente puedo usar los pocos minutos que me
quedan. "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" ¿Cuál es el
resultado de este sufrimiento? ¿Cuál fue su razón? Nuestro Salvador pudo
responder Su propia pregunta. Si por un instante Su humanidad se quedó
perpleja, Su mente pronto llegó a un claro entendimiento; pues dijo,
"Consumado es;" y, como ya lo he dicho, luego se refirió a la obra que en
Su solitaria agonía había completado. ¿Por qué, entonces, desamparó Dios
a Su Hijo? No puedo concebir ninguna otra respuesta fuera de esta: Él
tomó nuestro lugar. No había ninguna razón en Cristo para que el Padre
lo desamparara: Él era perfecto y Su vida fue sin mancha. Dios no actúa
nunca sin razón; y puesto que no había ninguna razón en el carácter ni en
la persona del Señor Jesús para que el Padre lo desamparara, debemos
buscar esa razón en otro lado. Yo no sé cómo respondan otras personas a
esta pregunta. Yo puedo responderla únicamente en este sentido:
Él cargó con el pecado del pecador, y entonces tuvo que ser tratado como
si fuera un pecador, aunque no podía nunca ser un pecador. Con Su pleno
consentimiento Él sufrió como si hubiese cometido las transgresiones que
fueron puestas sobre Él. Nuestro pecado, cargado sobre Él, es la respuesta
a la pregunta: "¿Por qué me has desamparado?"

El último punto es este: "aborrezcamos el pecado que


proporcionó tal agonía a nuestro amado Señor. ¡Qué cosa tan maldita es
el pecado, que crucificó al Señor Jesús! ¿como podremos Saborear el
pecado
como si fuera un trozo de dulce, y luego venir a la iglesia de
Dios, y adorarlo como si nada?

Oh, si yo tuviera un
hermano amado que hubiera sido asesinado, ¿qué pensarían de mí si yo
me hiciera
amigo del asesino, y diariamente compartiera amistad con el criminal que
clavó el puñal en el corazón de mi hermano?
¡Ciertamente, yo también sería un cómplice del crimen!
El pecado mató a Cristo; ¿Acaso seremos sus amigos?
El pecado traspasó el corazón del Dios Encarnado; ¿acaso podremos
amarlo?

¡Que el Señor los bendiga! ¡Que el Cristo que sufrió por ustedes,
los bendiga, y que de esa su hora mas oscura pueda surgir la luz para
ustedes!...

Jua 19:28 Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para
que la Escritura se cumpliese: Tengo sed.

“Ya todo estaba consumado”. Jesús había cumplido las grandes profecías del
Antiguo Testamento acerca de Su crucifixión. Él había sido despreciado y
rechazado por Su gente. Ellos habían escondido de Él su rostro y no lo estimaron
como Su Salvador, como Isaías 53 lo predijo en profecía. Él había llevado
nuestros pecados en la Cruz, exactamente como lo profetizó Isaías (Isaías 53:5-6).
Ellos habían traspasado Sus manos y pies, tal como fue profetizado en el Salmo
22:16, “Horadaron mis manos y mis pies”. Los soldados al pie de Su cruz habían
cumplido perfectamente la profecía del Salmo 22:18, “Repartieron entre sí mis
vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes”. Todas estas profecías, y muchas otras,
habían sido cumplidas. “Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba
consumado”, dijo una cosa más, “para que la Escritura se cumpliese”. Para
cumplir completamente las profecías de las Escrituras del Antiguo Testamento,
Él dijo:
“Tengo sed”.

Esto cumplió dos profecías notables en el Antiguo Testamento. Primero,


cumplió Salmo 22:15:
“Como un tiesto se secó mi vigor, Y mi lengua
se pegó a mi paladar, Y me has puesto en el
polvo de la muerte”
(Salmo 22:15).

Después de colgar en la Cruz por horas, sin haber bebido agua, Su


lengua se pegó al paladar de Su boca, y Él apenas podía hablar.
La segunda profecía que se cumplió fue dada en el Salmo 69:21:
“Me pusieron además hiel por comida, Y en mi
sed me dieron a beber vinagre” (Salmo 69:21).

Para cumplir estas Escrituras, Jesús dijo:


“Tengo sed” (Juan 19:28).

Estas palabras son las más cortas de los dichos que Él dio de la Cruz. En
Español son dos palabras, pero en el Griego es sólo una palabra corta,
correctamente traducida por dos palabras en Español:
GR: dipsáo

“Tengo sed”.

De ese dicho podemos deducir grandes verdades, pero esta noche sólo
tengo tiempo para darles tres de ellas, procedentes de las palabras que
salían de los labios resecos del Salvador agonizante, cuando dijo:
“Tengo sed”.

I. Primero, la sed de Jesús era una señal de Su humanidad.


No es nada extraño que Él tuviera sed. Anteriormente, cuando
Jesús viajaba por Samaria, cansado de la jornada le pidió a la mujer en el
pozo de Jacobo, “Dame de beber” (Juan 4:7). No es extraño, entonces,
que al final de Su vida – después de haber sido azotado casi hasta la
muerte y clavado en la Cruz por horas – que Él dijera:
“Tengo sed”.

Su sed nos muestra Su verdadera humanidad. Es la sed de un


hombre, un ser humano. En dos ocasiones los Discípulos pensaron que
Él era un espíritu. Cuando Él caminó sobre el agua del Mar de Galilea y
“los discípulos viéndole andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: Es un
espíritu” (Mateo 14:26). Pero, “Jesús les habló, diciendo... Soy yo, no
tengáis miedo” (Mateo 14:27). De nuevo, la noche del día en que Él se
alzó de los muertos, se apareció a los Discípulos y les dijo: “Paz a
vosotros” (Lucas 24:36).
“Entonces, espantados y atemorizados,
pensaban que veían espíritu” (Lucas 24:37).

Pero Jesús calmó sus temores y dijo:


“Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo
soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene
carne ni huesos, como veis que yo tengo”
(Lucas 24:39).

En ambos casos Jesús les dejó saber que Él era completamente humano,
y no simplemente un “espíritu Cristo”. La idea de un “espíritu Cristo” es
totalmente falsa, y una de las señales peligrosas de la religión falsa.
Jesús predijo que: “Porque se levantarán falsos Cristos” (Mateo 24:24).
El “espíritu Cristo” del movimiento de la nueva era, y de muchos cultos,
no es el Cristo verdadero. El “espíritu Cristo” de estas religiones falsas
fue llamado “otro Jesús” por el Apóstol Pablo en II Corintios 11:4,
porque “un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo”
(Lucas 24:39). ¡Un “espíritu Cristo” no es el verdadero Jesús!
Jesús creó los cielos y la tierra de acuerdo a Juan 1:1-3.
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con
Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el
principio con Dios. Todas las cosas por él
fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido
hecho, fue hecho” (Juan 1:1-3).

Así aprendemos que Jesús es ambos Dios y hombre – el Dios-hombre


por la unión hipostática. No debemos olvidar nunca Su divinidad, como
la Segunda Persona de la Trinidad. Pero se nos recuerda por Su sed en la
Cruz, que también fue plenamente humano. Podemos decir de Jesús lo
que Adán dijo de Eva:
“Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de
mi carne”
(Génesis 2:23).

Esto ilustra Su encarnación. Él fue enviado del cielo a la Virgen María, y


nació como el Dios-hombre de su vientre:
“Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo,
Dios envió a su Hijo, nacido de mujer…”
(Gálatas 4:4).
El esVerdaderamente hombre, él es en efecto,
“hueso de nuestros huesos y carne de nuestra
carne”, porque lleva nuestras
enfermedades...Jesús probó verdaderamente
ser hombre, porque él sufrió los dolores que
pertenecen a la humanidad. Los ángeles no
pueden tener sed. Un fantasma [espíritu], como
algunos lo han llamado no podía sufrir de esa
manera; pero Jesús realmente sufrió [y Él]
soportó la sed a un grado extremo, ya que era
la sed de la muerte que se apoderó de él... Esa
sed se debió a...la pérdida de sangre, y la fiebre
creada por la irritación causada por sus cuatro
heridas graves... conforme el peso de su cuerpo
arrastraba los clavos a través de su bendita
carne y rompía sus tiernos nervios. La tensión
extrema produjo un estado febril de ardor. Era
un dolor que secó su boca y la hizo como un
horno, hasta que él declaró, en el idioma del
Salmo veintidós, “Mi lengua se pegó a mi
paladar”.

II. Segundo, la sed de Jesús era una señal de Su sustitución


por los
pecadores.
Jesús dijo “Tengo sed”, porque Él es el sustituto que sufre por el
pecador. Adán comió el fruto prohibido con la boca y, por lo tanto, a
través de su boca salió el fruto que envenenó a toda la humanidad.
“Como el pecado entró en el mundo por un
hombre, y por el pecado la muerte, así la
muerte pasó a todos los hombres”
(Romanos 5:12),

a través de la boca del primer Adán, haciendo a todos sus descendientes


“muertos en vuestros pecados” (Colosenses 2:13). ¡Así que es apropiado
que el último Adán, Jesús, debe pagar por el pecado de la boca del
primer Adán por el sufrimiento del dolor en Su boca! La boca de Adán
“fue la puerta al pecado, y por lo tanto en [Su boca] nuestro Señor fue
puesto en dolor” . Además, la depravación de nuestra naturaleza sale de
nuestras bocas. Jesús dijo:
“Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y
esto contamina al hombre” (Mateo 15:18).

En la Cruz, Jesús fue traspasado en el corazón con una lanza, para que
los pecados de nuestros corazones pudieran ser perdonados. El llevó
puesta una corona de espinas perforadoras, para que los pecados de
nuestra mente pudieran ser perdonados. Sus manos fueron clavadas en la
Cruz para que los pecados que cometemos con nuestras manos pudieran
ser perdonados. Sus pies fueron clavados en el madero para que los
pecados que cometemos al caminar a ellos y en ellos pudieran ser
justificados. Y tuvo sed hasta que Su lengua se pegó al cielo de Su boca,
¡horrible sed! Para sanar los pecados de nuestras bocas.
“Mas él herido fue por nuestras rebeliones,
molido por nuestros pecados; el castigo de
nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos
nosotros curados. Todos nosotros nos
descarriamos como ovejas, cada cual se apartó
por su camino; mas Jehová cargó en él el
pecado de todos nosotros” (Isaías 53:5-6).

El Apóstol Pedro nos dice que Jesús “llevó nuestros pecados en su


cuerpo sobre el madero” (I Pedro 2:24). Sin duda estos versículos dejan
claro que la sed de Jesús era parte del sufrimiento que Él pasó, como
nuestro sustituto, en la Cruz. Él dijo:
“Tengo sed”

¡así cada pecado que ha salido de tu boca pudo ser castigado en Su boca!
¡Oh! ¡Maravilloso Salvador! ¡Tú has sufrido para que nosotros podamos
vivir! ¡Tu boca sufrió un gran dolor en nuestro lugar – para que los
pecados de nuestras bocas puedan ser expiados, y limpiados por la
Sangre que fluía de Tus labios resecos y sangrados!
“Siendo aún pecadores, Cristo murió por
nosotros”
(Romanos 5:8).

“Cristo…padeció por los pecados, el justo por


los injustos, para llevarnos a Dios” (I Pedro
3:18).

Jesús dijo:
“Tengo sed”,

y esa sed de sufrimiento expió por las palabras pecaminosas de toda


boca humana, de cada persona que viene a Él. Pero hay un pensamiento
más.
III. Tercero, la sed de Jesús puede evitarte la sed del Infierno.
El Evangelio de Lucas nos habla de un hombre que murió:
“Y fue sepultado. Y en el Hades alzó sus ojos,
estando en tormentos…Entonces él dando
voces…ten misericordia de mí, y envía a
Lázaro para que moje la punta de su dedo en
agua, y refresque mi lengua; porque estoy
atormentado en esta llama” (Lucas 16:22-24).

Si Jesús no hubiera sufrido la sed en la Cruz, cada uno de nosotros


tendría que sufrir de sed en el Infierno. Spurgeon dijo: “Nuestras lenguas
pecadoras...tendrían que ser quemadas para siempre [en el Infierno] si la
lengua de [Jesús] no hubiera sido atormentada por la sed en nuestro
lugar”

Agustín dijo: “La cruz era el púlpito, en donde Cristo predicó su


amor al mundo”. ¡Es verdad! ¡Él murió en la Cruz para pagar la
penalidad de tu pecado porque Él te ama! ¡Pasó la agonía y el dolor para
ahorrarte el sufrimiento eterno, porque Él te ama! Le vas a decir a Jesús:
“¡Yo no quiero tu amor!” O vas a decirle a Él:

(FIN DEL SERMÓN)


EL BOSQUEJO DE

LA SED DE CRISTO EN LA CRUZ

“Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba


consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo
sed” (Juan 19:28).

(Isaías 53:5-6; Salmo 22:16, 18, 15; Salmo 69:21)

I.
Primero, la sed de Jesús era una señal de Su humanidad, Juan 4:7; 
Mateo 14:26, 27; Lucas 24:36, 37, 39; Mateo 24:24; 
II Corintios 11:4; Juan 1:1-3; Génesis 2:23; Gálatas 4:4.

II.Segundo, la sed de Jesús era una señal de Su sustitución por los


pecadores,

III. Tercero, la sed de Jesús puede evitarte la sed del Infierno.

TENGO SED: manifiesta el Salvador la sed que le abrasaba, uno de los tormentos
más terribles de la crucifixión, causado por la fiebre y la pérdida de sangre. Pero el
manifestar esta sed para que se cumpliese la Escritura muestra en el Redentor
moribundo otra sed más ardiente: la de cumplir en sus últimos pormenores la
voluntad del Padre.

Tengo sed. Jesús es torturado por la sed. Pero también tiene sed de que se realice en
el mundo el Reino de su Padre. Tiene sed del amor desinteresado de los que tratarán
de compartir sus sentimientos y ansias íntimas, y que serán capaces de seguirlo hasta
el Calvario.

Si Cristo libremente acepta y padece esta sed, lo es por la inmensa “sed” que tiene de
honrar al Padre y de salvar a los hombres. Por eso, esta sed fisiológica es, a un
tiempo, mérito y signo de su infinita “sed” redentora. Es lo que el sentir cristiano ve
en ella. La sed física evoca, como en el pasaje de la Samaritana, la sed de almas. Es
todo lo que le pedía a aquella samaritana, al decirle: “Dame de beber”