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EL GUARDAMETA

A mi padre
A veces buscás,
a veces ganás y otras perdés.
(Vilma Palma e Vampiros)

Un gol no puede ser anotado por un guardameta


en ninguna circunstancia.
(Federación Internacional de Deportes para Ciegos,
Reglas de Juego de Futsal 2014-2017, Reglamento de
Juego para la Categoría B2/B3)
EL GUARDAMETA

Walter Koza

1. Narrativa Argentina. 2. Cuento. I. Título CDD


A863 Fecha de catalogación: 05/09/2014 Hecho
el depósito que indica la Ley 11.723 Editor: Jorge
Hardmeier
©2014. Expreso Nova Ediciones
Azul 855, Dto 8, Ciudad Autónoma de Buenos
Aires expresonovaediciones@hotmail.com
Diseño y foto: Alfredo Baldo Impreso en Laim-
prentaya, Munro, Buenos Aires, Argentina Sep-
tiembre 2014
I

—¡Indicame bien, boludo! —me grita Stevie y me ca-


liento. Salgo del área para decirle algo. No sé qué, pero algo
le quiero decir. Mandarlo a la mierda. Pero se lo tengo que
decir despacio, porque acá todos tienen un oído fenómeno y
escuchan hasta el pasito de una hormiga.
—Qué culpa tengo yo, si te dije que te vayas para tu de-
recha, no para tu izquierda —le susurro—. Encima de ciego,
mogólico.
En eso, el hijo de puta del árbitro hace jugar al toque y el
cinco de ellos se acomoda como para pegarle con alma y vida.
—¡Pateá ahora! —le grita el técnico—. Fuerte y al medio.
El cinco apenas roza la pelota con el dedo chico del pie
y la bocha encara mansita hacia el gol. Si no hubiera salido a
putearlo al Stevie, no pasaba nada, pero ya es tarde. Como en
cámara lenta, el balón se mete adentro del arco con el sonidi-
to ese de los cascabeles tan hinchapelotas acompañando. Es el
siete a cero a favor de ellos.
Yo no atino a nada y, por el contrario, me quedo quieto,
como tratando de pasar desapercibido. Los del otro equipo ya
ni festejan el tanto. Es un gesto caballeroso, después de todo.
Uno de los réferis pide la pelota y sacamos. Dos minutos más
tarde, termina el partido. No me hacen más goles.
Nos juntamos en el medio para darles la mano a los ri-
vales. Tengo que decir que hoy estoy con una onda de mierda.
La verdad que este sábado no tendría que haber venido, pero

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si me quedaba en casa, con Fernanda y su cara de culo, iba a Magoo y Ray Charles se me ponen al lado. Magoo está
ser peor. Fernanda me tiene las pelotas llenas. Vive diciendo sin el antifaz y tiene la mirada, o algo así, perdida en el hori-
que está gorda, pero no hace nada al respecto, solo se que- zonte.
ja. Incluso llegué a decirle que me acompañe a las prácticas, —Que sea ciego no le da derecho a desubicarse —le con-
mientras nosotros entrenamos, ella puede hacer gimnasia. El testo al Mono—, que sea ciego no le da derecho a desubicarse.
estadio es grande y los martes y jueves nos lo dejan a noso- Mirá si me voy a bancar que un boludito como este, vea o no,
tros solos, y lugar, hay de sobra. Pero no, ella prefirió enojarse me venga a faltar el respeto. Yo también tengo mis derechos.
conmigo y decirme que no hago nada para mejorar su au- El Mono me mira con los ojos desorbitados. Sin enten-
toestima. Que lo único que hago es criticarla y decirle lo que der, ni creer, lo que escucha. Yo siento que la vena del cogote
tiene que hacer. me está por estallar y la transpiración pica como la reputísima
El cuatro de ellos, que me metió dos de los siete goles, se madre que me parió.
me acerca canchereando. Con una sonrisita pícara. No es ese —Te estás yendo al carajo, negro —me dice.
gesto que tienen los ciegos, que parece que estuvieran son- —¡¿Yo me estoy yendo al carajo?! —levanto la voz y lo
riendo a cada rato. No, no, para nada. Se me acerca canche- pecheo al Mono, que, fácil, me saca dos cabezas, y eso que
reando. Y eso, por más campeonato de ciegos que sea, no se soy alto—. Me parece que estás equivocando los tantos, acá,
puede perdonar. En el fútbol hay códigos, carajo. Por eso me el pelotudo este me viene a forrear así como sí nada. ¡Eso es
caliento. No porque piense en Fernanda y su cara de culo, sus desubicarse!
reproches. Ni porque hace rato que ya se me pasó el cuarto de Los dos árbitros, que habían estado atentos a la situa-
hora y no voy a atajar en ningún club de primera. Ni porque ción, bichando de costado, deciden intervenir.
River se esté yendo a la B. Tampoco por el laburo de mierda —Listo, señores —dice con voz ronca el más viejo de los
que tengo. No, nada de eso. Me saco porque el boludo este me dos, el otro, un pibe que recién está empezando a dirigir, ni
está gozando. se anima a abrir la boca—, vamos para los vestuarios que el
—¿De qué te reís, vos? —lo prepoteo, él me mira, es de- partido ya terminó.
cir, dirige los ojos a donde yo estoy y pone cara de no enten- —¡Y vos qué mierda te metés! —le grito—. Tomatelás,
der. ustedes ven menos que…
—De nada —me dice—, ¿quién se está riendo? No llego a terminar la frase, menos mal. La verdad que
En eso, se acerca el otro arquero, el Mono, hace mil años sí, me fui al carajo. Pero cuando me caliento no mido lo que
que lo conozco. Los dos nos habíamos ido a probar a Deporti- digo ni lo que hago. El cuatro, con una puntería envidiable,
vo Merlo y él había quedado, yo no. Después no sé qué le pasó que menos mal que es ciego, me emboca un trompadón en el
que terminó jugando acá, él sí tenía pasta. medio de la jeta que me deja más boludo de lo que soy. Recu-
—Decile a tu compañero que se comporte —le digo. lo dos pasos y siento una patada en la cadera que me hace ver
—¿Qué se comporte qué? —El Mono me pone una cara las estrellas y dos o tres galaxias. Doy media vuelta y descubro
más fea que la que naturalmente tiene—. Sos pelotudo o te que el que me pegó fue el técnico de ellos, que se cruzó toda la
hacés. No ves que es ciego.

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cancha. Un empujón de autor anónimo me manda a la mier- hay nadie. Los guachos se las picaron sin hacer ruido. Me
da y todo desemboca en un gran quilombo. seco, me visto, cazo el bolsito y me voy yo también.
Los cieguitos tiran manotazos al aire, a diestra y sinies-
tra. Magoo le llega a surtir un puñete en el hombro al Mono,
el único que intenta separar. Al final se meten Fernando, el
canchero, y Rodrigo, el presidente de la fundación. Yo miro
todo desde el piso, tragando transpiración y vergüenza. Qui-
siera que la tierra se abriese y me tragase.
El poco público que vino a ver el partido también se ter-
mina metiendo a poner paños fríos. Borges, nuestro medio-
campista, recibe un patadón de Magoo y se me cae encima.
—¿Quién fue el cara de verga que me pegó? —grita—.
¿Quién fue el cara de verga?
—Pará boludo —le contesto—, te pegó Magoo, te le me-
tiste en el medio.
—Ah, flor de hijo de puta resultó. Yo sabía que me tenía
bronca —y se levanta para volver al ruedo.
Yo alcanzo a levantarme justo y lo agarro de la camiseta.
—¡Ya fue, Borges, ya fue!
Finalmente, los que intentan separar van ganando te-
rreno y los ánimos se calman. El técnico de ellos y el Mono,
junto con gente del público, conducen a los ciegos hacia el
vestuario. Fermín, nuestro DT, que es más bueno que el pan,
ya no sabe en qué idioma pedir disculpas. El Mono, me mira,
niega con la cabeza, resignado, y sale de la cancha.
En el vestuario, el ambiente se corta con un cuchillo. Ti-
rás un vasito plástico y queda flotando en el aire. Nadie dice
nada, no se habla. No me hablan. Caigo en la cuenta de que
mis días como arquero de la delegación de fútbol para ciegos
Los Aromos se terminaron. Mejor, la beneficencia, las obras
de bien, no son lo mío. Yo quiero ganar, así sea un torneo de
invidentes.
Me meto en la ducha y me quedo una hora con el agua
bien caliente corriéndome por el cuerpo. Cuando salgo, no

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II termine matando a uno, como decía mi viejo. Ojalá, mañana
pase la rubia en su cochazo. La rubia me hace caritas, me his-
teriquea. Y está buena.
Llego a casa pensando en ella, en la rubia; meto las ma-
nos en el bolsillo y me tanteo el bulto. Se me acaba de parar.
No quiero que Fernanda me vea así y me cubro como pue-
do, con el abrigo y el bolso. Abro la puerta, ella está tirada
en el sillón del living, mirando televisión. Un programa de
chismes que repite fragmentos del programa de Tinelli y de
Doy un par de vueltas antes de llegar a casa. Quise lla- otros programas de chismes. Los programas de chismes se
mar a alguno de los muchachos, a Stevie, que es con quien retroalimentan unos a otros. No sé cómo hacen, si entre ellos,
tengo mayor confianza. Hubiéramos podido tomarnos una se odian a muerte. En la pantalla se ve, en un primerísimo
cerveza y charlar un poco. Me reconforta hablar con él, o con primer plano, el culo de Cintia Fernández. Se bambolea de
cualquiera. En realidad, soy gran conversador y suelo estirar un lado a otro. Trago saliva y dejo el bolso sobre la mesa. Fer-
las charlas. Quizá sea porque, en el laburo, tengo que estar nanda se levanta a saludarme. Me da un beso en la boca, ha
solo como un perro y no puedo hablar con nadie. De vez en estado comiendo bizcochitos de grasa y tomó mate, con edul-
cuando, generalmente los fines de semana, entre las tres y las corante. En la mesa veo el frasquito de Chucker. El aliento
seis de la tarde, que no pasan muchos autos, hago comenta- me debilita la erección. Mejor, no tengo ganas de coger. Con
rios boludos con los pocos conductores que me toca atender. el día de mierda que tuve, como para echarme un polvo es-
El tiempo, la falta de monedas, esas cosas. Trabajar en el peaje toy. Cintia Fernández sigue moviendo el culo. Contrariado,
es un embole. Cobrar, dar el vuelto, subir la barrera, bajar la decido mirar para otro lado. En el piso, Fernanda dejó unas
barrera. Encima mañana, domingo, me toca. Me jodieron, no revistas. Paparazzi y Pronto.
voy a poder ir a la cancha. En cierta medida, mejor. Va a ser —¿Cómo te fue? —me pregunta.
un partido de mierda, les tenemos que hacer dos goles a los Le digo que más o menos, miento.
cordobeses para zafar. Lo veo difícil. Espero que ande el tele- —Fue un partido parejo, pero perdimos dos a cero —no
visorcito que me pusieron en la cabina. Si me lo cambiaran le quiero confesar que me metieron siete. Como que hay algo
por otro o, aunque sea, me lo arreglaran, sería feliz. Mi cabina de virilidad mancillada en los goles que uno se come. Que te
de peaje es mi microuniverso. Ahí tengo mis cosas, mis revis- hagan un gol es casi igual a que te toquen el culo. Mi culo no
tas, mi radio, hasta tele tengo, que anda cuando se le antoja, es como el de Cintia Fernández, pienso, qué lástima, podría
pero para agarrar la Televisión Pública se la banca y puedo salir en la tele bailando como ella. Pienso en eso y me río de
ver los partidos. Hay días que casi no pasan autos, no estoy en mi propia picardía.
una ruta muy concurrida, y puedo leer, echarme un sueñito, —¿De qué te reís? —me pregunta Fernanda, y se ríe ella
de vez en cuando me hago una manuela. Qué sé yo. Hay que también. Parece borracha o drogada.
matar el tiempo como sea. Por más que después el tiempo lo

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—De nada —le contesto y le acaricio el pelo, descubro proches. Caemos los dos en el sillón y escucho el crujido de
unas canas que no llegó a teñirse. las maderas que parecen quejarse. Es un sillón viejo que nos
—Daaaale —me dice, estirando la “a” —, contame qué trajimos de la casa de mis suegros. Está hundido en el lado en
te hizo reír. que se sienta ella, porque es quien más lo usa. Fernanda solo
Por respuesta le doy un beso de lengua. Ella cierra los trabaja unas horas a la mañana, cuidando el nenito de una ve-
ojos, yo los mantengo abiertos, pero al cabo de un rato los cie- cina, el resto del día está sentada viendo tele y preocupándose
rro también. Le acaricio los hombros con mi mano derecha y por su silueta.
voy bajando. Bajo por la espalda y me desvío hacia su abdo- Yo estoy encima de ella y pispeo, de reojo, las revistas
men. Palpo los rollos y me acuerdo del tema de Arjona, ese que están a un costado del sillón. La última Paparazzi y una
que le canta a las veteranas, a la señora de las cuatro décadas, Pronto de la semana pasada. En la Paparazzi, pusieron, en la
por eso de “esa grasa abdominal que los aeróbicos no saben tapa, a Adabel Guerrero; en la otra, está Silvina Luna. Las dos
quitar”. Aunque Fernanda todavía no llegó a los cuarenta, tie- tienen poca ropa y poses y miradas provocativas. Las miro
ne treinta y siete, dos años menos que yo, y la única actividad a las dos y pienso en Cintia Fernández también, imagino
aeróbica que hace es correr el colectivo cuando se le está por que las tres me están esperando. Cintia Fernández me abre
ir. Jugueteo con su rollo, que se parece a una manguera enro- la puerta de una habitación de hotel, moviendo el culo, bai-
llada en la cintura. No me calienta para nada. Abro los ojos, lando como en el programa de Tinelli. Las otras ya están en
ella los mantiene cerrados. Dirijo la vista hacia el televisor la cama y me hacen señas de que me una a ellas. Penetro a
y presto atención a los movimientos tan sensuales de Cintia Fernanda y ella gime y me acaricia la nuca. Pero Fernanda no
Fernández, es chiquitita, petisa, casi una enana. Fernanda es es Fernanda, es Silvina Escudero. Miro la tapa de la revista,
más alta, y más culona. hasta me parece que ella se mueve dentro del marco de la hoja
Ella deja de besarme la boca y me empieza a mordis- satinada de papel.
quear el cogote. Eso me provoca unas cosquillas terribles que Me reciben dispuestas porque hoy tuve un día duro. Ri-
trato de controlar. Cuando estoy caliente, me encanta que me ver jugó contra Independiente y salvé el partido. Hasta atajé
dé besos en el cuello, cuando no, como ahora, me produce un penal. Ellas son mis botineras. De pronto se abre la puerta
cosquillas. Aprovecho que me corrió la cara para ver la tele. del baño de la suite y aparece envuelta en una toalla, recién
Un periodista hace un análisis de la manera en qué bailó Cin- bañada, la rubia que pasa por el peaje todos los domingos,
tia Fernández y critica unos movimientos específicos. Des- con su BMW, la que me hace caritas. Con esa imagen acabo
pués manda a una tanda comercial. e inundo el sexo de Fernanda. Ella me reprocha haber termi-
Fernanda pone su mano en mi entrepierna y aprieta, nado rápido, recién se estaba acercando al clímax. La ayudo
paulatinamente, mi erección se vuelve a consolidar. Me aga- a acabar, con mi dedo índice. Es una suerte que los dedos
rra del cuello de la chomba y me tira, con ella, en el sillón. Me no tengan problemas de erección. Fernanda me dice que le
susurra al oído, con voz de guarra, que quiere coger. Yo quie- dé más despacio, que le estoy haciendo mal. No sé cuál es la
ro decirle que no tengo ganas, pero no me deja. Tengo miedo frecuencia adecuada para masturbar a una mujer. Hago como
de no poder metérsela y que después me empiece con los re- me indica. Voy más despacio, con suavidad.

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—No, así no —sigue sin conformarse—. Con ternura, III
no me lo hagas automático.
Comienzo a besarle el cuello y sigo frotándole el clítoris.
Ella aprieta los ojos con fuerza. Ahora sí, creo que está por
llegar al orgasmo. Acelero para que acabe, noto que su respi-
ración se hace más profunda. Es buena señal. Pero de pronto
se revuelve y se aparta de mi lado.
—¿Qué pasa? —le pregunto.
—Nada, que así no me gusta. Si no tenés ganas de que
hagamos el amor, si ya no te excito, decímelo, pero no me lo Me quedé afónico. Grité el gol de Pavone con alma y
hagas como un robot. vida y se me fue la voz. Fue el gol que grité con más ganas.
Se me acaba de ir el último atisbo de buena voluntad Vamos uno a cero. Un gol más, un golcito más y zafamos.
para hacerle alcanzar al orgasmo. Le digo que ya me tiene Todavía falta bastante, tenemos tiempo de embocar uno más.
harto con su histeria y su frigidez, y que se pase todo el día Los Piratas deben estar cagados en las patas, con la cancha
echada en el sillón. llena. Me gustó el árbitro que designaron, Pezzota, el rosa-
—¡Me tenés podrido vos y estas mierdas que leés! — rino. Los rosarinos les tienen bronca a los cordobeses y los
le grito agarrando la Paparazzi y blandiéndola de un lado a va a bombear, seguro. Aparte no va a querer irse a la B con
otro—. ¿Querés acabar? Arreglate sola o hacete dar, pero por River. Un golcito, un golcito más, lo único que te pido, Dios.
otro, yo ya me cansé. Hoy el televisor se está portando. No hace rayas ni se corta
Tiro la revista a la mierda y me encierro en el baño. Fer- la transmisión. Es una buena señal, no me refiero a la señal
nanda se pone a llorar y, en un rato, va a empezar a gritar y del tele, digo que es una señal de buena fortuna. Una señal
a insultarme. Abro la canilla de la pileta, para no escucharla. divina, para mí, que no creo en nada, esto es lo más parecido
Igual la escucho. Abro la ducha, el bidé, tiro la cadena. Me a un milagro.
agacho y me tapo las orejas con las manos. Me siento en el A veces pienso en mi vieja, que quería que fuese cura. Lo
suelo, en canastita, rodeado del sonido acuático del baño. Así raro es que quería que fuese cura, que estudiara de semina-
y todo, la sigo escuchando llorar. Así y todo pienso que fue rista, pero nunca, jamás, se le dio por llevarme a la iglesia. La
buena idea la de abrir las canillas y tirar la cadena, yo la escu- pobre mama me tuvo de grande y no estaba bien de la cabeza.
charé llorar a Fernanda, pero ella no puede escucharme llorar Creo que uno de sus hermanos, uno de mis tíos que no llegué
a mí. a conocer, fue sacerdote. O a lo mejor era un primo de mi vie-
ja. No me acuerdo bien. Mi vieja tiene tantos hermanos y pri-
mos que yo por ahí me los confundo. “Te quedaría tan bien
la sotana negra”, me decía la mama, “vos, que sos alto, tenés
cuerpo para usarla”. Y yo no sabía si reírme, llorar o matarla.

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Nada más le faltaba decirme que con sotana me iba a levantar Estamos tan acostumbrados a las peleas, que las reconcilia-
a todas las viejas que van los domingos a misa. ciones no tienen que esperar demasiado. No sé si es algo po-
Llega un auto. Es una Suran, azul turquesa. Maneja un sitivo. Las peleas están tan enraizadas dentro de nosotros que
gordito acompañado de una mujer y dos chicos, un nene y las reconciliaciones son igual de naturales, reconciliaciones
una nena, atrás. La familia tipo perfecta. sin emoción, frías. Nos reconciliamos para poder volver a pe-
—¿Cómo va River? —me pregunta al tiempo que deja learnos tranquilos la próxima vez.
un billete de cincuenta pesos en la bandeja. Pruebo el primer mate, el del boludo. No hay otro para
Quiero decirle que ganamos uno a cero, pero no me sale que lo empiece, estoy solo. Hoy me mandaron a mí. Me en-
ningún sonido. Le hago señas, primero elevo el índice dere- sartaron como a un boludo. Un boludo que toma mate. En
cho y luego, con este y el pulgar, formo un redondel. este caso el mate del boludo no va a ser solo el primero, sino
—¿Gana uno a cero? —quiere corroborar. todos los que sigan también. Tendría que aflojar con el mate,
Le digo que sí con la cabeza. me termina reventando el estómago, pero es un vicio. Qué se
—¡Vamos que todavía se puede, carajo! le va a hacer.
Acompaño lo que dijo con el puño en alto y una sonrisa. Empezó el segundo tiempo. Vamos River, todavía. Un
Antes de irse, llego a escuchar que le dice a la mujer que debo gol más, solo uno. ¿Por qué mierda me gustará el fútbol? ¿Por
ser sordo-mudo, y agrega “pobrecito”. qué no seré como Juan, mi cuñado, que ni sabe lo que es una
El auto se pierde en el horizonte. Hace lindo día, algunos pelota? Él no debe sufrir como sufro yo. Aunque, la verdad,
aprovechan para salir a pasear. Yo sigo viendo el partido. Mai- ser como el boludo ese no es tampoco lo mejor que te puede
dana tira al arco y la pelota se desvía en un defensor. Pavone, llegar a pasar. No sé por qué Fernanda le tiene tanta admira-
otra vez Pavone, le pega con alma y vida y Olave se manda ción. Para mí que está caliente con él, ese bocho que se hacen
una atajada espectacular. La pelota rebota como en un fron- las minas con los cuñados es de no creer. Es que las minas
tón y le queda a Díaz que la manda afuera, por poquito. Creo son perversas, unas víboras, unas hijas de puta. Podés ser el
que, en cualquier momento, me va a dar un ataque al cora- tipo más forro del universo, pero si estás con la hermana, algo
zón. No. Estoy diciendo boludeces, no hay por qué preocu- bueno tenés que tener.
parse, jugamos mejor y el gol ya va a aparecer. La radio empieza a tener interferencias, la sintonizo me-
Pasan tres autos más, el segundo de ellos me saca las jor. Estoy escuchando el relato de Radio Mitre. A mí me gusta
últimas monedas que tengo para dar cambio y el tercero se dejar el televisor mudo y poner la radio. No sé por qué tendré
enoja porque le quedo debiendo veinticinco centavos. Enci- ese berretín. Costumbre de mi viejo, seguro. Veo que Farré se
ma no tengo voz para contestarle y el tipo me bardea. Pedazo corta solo y encara al área. La puta que lo parió. Sale a achicar
de pelotudo. De buena gana lo mandaría a cagar. Carrizo y el Picante Farré hace un sombrerito. Ay, la concha
Terminó el primer tiempo y aprovecho para calentar el de mi madre, la tiró afuera. Por poquito. ¡Vamos River, la puta
agua de la pava. Me voy a hacer unos mates. Todavía me que- que lo parió! Qué manera de sufrir.
dan como seis horas de laburo. Fernanda se fue a visitar a la De a poco, van cayendo autos. Me llama la atención que
hermana y al cuñado. Al final nos terminamos reconciliando. tantos quieran salir de Buenos Aires y ninguno entrar. Pasa

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un Ford K, un Peugeot, un Citroën, un camión, el camione- yo sé mentir mejor que él, soy mejor mentiroso. Soy capaz de
ro tenía tatuado un escudito de Boca en el brazo. Negro de cantarle falta envido sin tener tantos, y se va al mazo. Pero
mierda. Pasa una moto a todo lo que da, pero por el costado. no, ahora que lo pienso, no es porque yo sea más mentiroso.
Parece una procesión. No entiendo qué les pasa. Ni que fue- Nada de eso. Juan se va al mazo porque es un cagón. Se le
ran gallinas, como yo, y quisieran rajar para no comerse la nota en la mirada, detrás de los anteojos de puto que tiene,
vergüenza. con los que se quiere dar aires de intelectual. Mi cuñado es un
La ruta vuelve a quedar desierta y me concentro de nue- boludo, un boludo y un cagón. Por eso le gano al truco. Da
vo en el partido. La cosa funciona así, cuando yo miro el par- clases de historia en las escuelas, va de un lado para el otro.
tido concentrado, nos va bien. Hace tiempo que vengo con A veces, pienso que con la cara que tiene, los pibes lo deben
problemas de concentración, parece. Tendría que hacer un tomar de punto. Pero esa vez, esa vez sola, me vacunó en el
curso de yoga o de control mental. Había uno, me acuerdo, truco. Y todo porque yo dejé de concentrarme en los naipes
el método Silva. Sí. El método Silva de control mental. Fer- para concentrarme en el partido. Dejé de mirar las cartas y
nanda una vez cayó con el libro del doctor Silva. Me dijo que fijé la vista en el tele. Recién empezaba el segundo tiempo, a
con eso iba a bajar de peso, porque le servía para controlar los diez minutos ya íbamos dos a uno y a los treinta y tres, le
la ansiedad. Hasta me aseguró que, después de lograr que su empatábamos. En ese tiempo, Juan ganó el primer chico, la
mente funcione en ritmo alfa y utilice los dos hemisferios del revancha y el bueno. Se la pasó toda la noche curtiéndome
cerebro, iba a poder comunicarse conmigo a través de la te- por mi baja performance, pero no importaba. Gracias a mi
lepatía. concentración, mi River había zafado un puntito en Rosario.
Fernanda estuvo como dos meses dándole a la respira- Se acaba de formar, otra vez, una fila de coches consi-
ción pausada y a las técnicas de relajación. Un par de veces, derable. La mayoría está ocupada por familias, matrimonios
me uní a sus locuras y me enganchaba con la posición de se- y chicos. A lo lejos, escucho el lloriqueo de un bebé y de una
miloto y tratando de poner la mente en blanco. Porque todo nena preguntándole a la mamá si falta mucho para llegar. Le
se trata de concentración, no de fe. Mi vieja estaba equivo- estoy cobrando a un pibe que está en un Fiat Palio con la no-
cada, no tenía que ser sacerdote, tenía que ser mentalista o via y escucho el empate de Belgrano. No lo puedo creer. Que-
gurú. Ahí está la papa, no en el sacerdocio. Porque da resul- do petrificado, sin reaccionar, con los dos billetes de diez pe-
tado, sí señor, da resultado. Más de una vez, cuando teníamos sos que me dio el flaco. El picante Farré lo metió, se veía venir.
un resultado adverso, yo me concentraba y lo dábamos vuelta Eso porque me hicieron perder la concentración. Guachos de
o, por lo menos, empatábamos. Me acuerdo de un partido mierda. Porque si seguía mirando concentrado, con el méto-
contra Rosario, allá, en el Gigante, que perdíamos dos a cero. do Silva a full, esto no pasaba. Qué lo tiró, otra vez a sufrir.
Estábamos con Fernanda en la casa de la hermana. Yo mira- El pibe del Fiat Palio tamborilea los dedos en la ban-
ba el partido en el comedor con Juan, mientras hacíamos un dejita donde va la plata. Aterrizo y le doy el vuelto, siete con
truco. Las mujeres estaban en la cocina, creo que preparando setenta y cinco. Van pasando uno a uno los coches. Encima
los ñoquis. Mi cuñada nos había invitado a cenar e iba a co- hoy estoy solo. Las otras dos cabinas están vacías. No sé qué
cinar ñoquis. Yo jugaba al truco con Juan. Le venía ganando, tan legal es eso, de poner solo una cabina funcionando los

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domingos. Igual, más de una es al divino botón, había veni- Pasan diez, quince, mil autos más. Ninguno tiene mone-
do siendo al divino botón, hasta hoy. No sé qué se les dio a das y me van sacando las mías. El montoncito que, con tanto
los porteños de tomarse el buque. Tendría que concentrar- esfuerzo, pude juntar se va achicando hasta desaparecer. Les
me en que pasen rápido, así puedo volver a mirar el partido quedo debiendo a los próximos autos que pasan, hasta que
tranquilo. Pero no, la concentración me sirvió solo con River. alguno me pague justo.
Está bien, admito que últimamente mi concentración viene ¡Penal para River! Uy, penal, y yo con el tele atrás, sin
trastabillando. Pero una cosa es la concentración y otra cosa poder darme vuelta. Un viejo protestón me dice que cómo es
son los milagros. River necesitaba una legión de mentalistas, eso de que no tengo monedas.
con Tu Sam a la cabeza, para zafar de la promoción. Pero, —No, señor, disculpe, pero no me quedan más, se me
como venía diciendo, la concentración solo me dio resultado terminaron —le hablo con dificultad, con la voz ronca.
con River. Por ejemplo, jugando con los cieguitos nunca me —Si se terminaron, conseguí —me contesta con ganas
funcionó. Será porque tenía que estar concentrado en atajar de pelear.
más que en ver el partido. Es un problema, saber direccionar Quiero que se vaya, le cobro doce derecho y que se vaya
la concentración. Ahora no me puedo concentrar ni en ver a la mierda. Que no me rompa los huevos, justo ahora. Busco
el partido ni en atender a estos hinchapelotas ni a nada. La en la caja y me doy cuenta de que se me terminaron los de dos
cabeza me trabaja a mil. Vuelvo a tener un montoncito consi- pesos también.
derable de monedas, buenísimo, por un rato voy a poder dar —¡Qué bárbaro! —dice el viejo—. Encima que uno tiene
cambio. Quién habrá sido el hijo de puta que fijó la tarifa de que andar por estas rutas de porquería, debe soportar que lo
este peaje en doce mangos con veinticinco. Lo hubiera puesto quieran estafar.
en trece, o de última en quince y a la mierda, con la falta de Respiro hondo, hoy no me quiero calentar, bastante ten-
monedas que hay. go con el partido. Saco la cabeza de la garita, sonriendo cor-
Mientras atiendo a un Morris destartalado, del año del dial, pero firme.
ñaupa, manoteo el paquete de surtidas y saco una galletita al —No es mi intención estafarlo, señor, le digo que me
azar. Un bastoncito, no lo puedo creer. Mala señal. Esta ma- he quedado sin monedas y no le puedo dar el vuelto. Hoy
sita es una mierda. ¿A quién se le pudo ocurrir inventar algo no había monedas en la caja y todo el mundo paga con plata
tan insípido como los bastoncitos? Seguro que fue el mismo grande, no me queda cambio.
que puso el peaje a doce mangos con veinticinco. Puta ma- Miro al auto que está atrás. La que me faltaba, es la rubia,
dre. Un bastoncito, mal augurio. Me podría haber tocado una que contempla la escena divertida. Por un momento, nuestras
minisonrisa. Eso hubiera sido un buen signo, algo que diera miradas se cruzan y me sonríe. El corazón me late a mil por
esperanza. La suerte del mundo se concentra en un paquete hora. Otros coches que están más atrás se impacientan y em-
de galletitas surtidas. Sea como sea, prefiero la desgracia en- piezan a tocar bocina.
carnada en una galletita bastón a la monotonía de los anillitos —No me cuentes tus problemas, porque no me intere-
azucarados. Qué se le va a hacer, hoy amanecí reflexivo. san. Me importa un carajo que tus patrones no te hayan deja-
do monedas, a mí me das el vuelto y se acabó.

26 27
Dejo de darle bola al viejo, a la rubia y a los que tocan IV
bocina. Me doy vuelta y miro la ejecución del penal. Pavone
patea para cualquier lado y la pelota se va a la tribuna.
—¡Che, negro de mierda! —grita el viejo—. Te estoy ha-
blando.
El insulto del viejo es acompañado por nuevos bocina-
zos.
Después, qué pasó exactamente, no sé. De lo único que
me acuerdo es que exploté.
Pero exploté de verdad. Estamos todos listos para empezar a jugar. Fermín, el
técnico, nos da las últimas indicaciones. Va a ser un partido
como cualquier otro, pero hay algo raro que no puedo decir
qué es, que no va. ¡Claro! Cómo no me di cuenta. Los chicos
ven, no tienen los antifaces y los ojos no están fijos, sino que
van de un lado a otro, vivaces. No tienen esa expresión que
no te dice nada, fija en un punto muerto, inerte. Ven todos.
Feliciano, Borges, Andrea, el Stevie, Magoo, Ray Charles, Zu-
biri y Blasco. Todos ahí, Pereyra, el otro arquero, y yo estamos
vestidos iguales, solo que yo tengo la número uno en la espal-
da y él, la 12. No hay exclusividad, por lo general, atajamos
medio tiempo cada uno, pero, últimamente, venía faltando
por quilombos con el laburo. El último sábado que jugué, ni
apareció.
La cancha es grandísima, de once, no lo entiendo tam-
poco. El fútbol para ciegos es de salón. No hay off-side y el
arco es más chico. Este mide lo que mide uno de cancha de
once, siete metros treinta y dos por dos con cuarenta y cuatro.
¡A la miércoles! Si en un arquito de morondanga me meten
siete, en este no quiero ni pensarlo. ¡Cuánto hace que no jue-
go en una de once! Con olor a pasto y tierra y el sol dándo-
te de lleno en la cabeza. Voy al medio de la cancha, me está
llamando el árbitro, que está acompañado de los líneas y el
cuarto árbitro. Tienen cara conocida, pero ahora no recuer-
do sus nombres. Son réferis de primera, no los que dirigen

28 29
los torneos para ciegos. Le doy la mano a cada uno de ellos ayudar, pero no me da bola. Al único que le jode el humo es
y esperamos que aparezca el otro equipo. Ahí salen, tienen a mí. Los otros están como si no pasara nada. Las piernas me
la camiseta de Belgrano de Córdoba, y los conozco a todos. tiemblan y voy perdiendo equilibrio. Escucho otra bomba de
Olave, el arquero; el picante Farré; Mansanelli; Claudio Pérez, estruendo, esta me explota a pocos metros y me tira al suelo.
todos. Veo a mis compañeros y caigo en la cuenta de que tie- La transpiración me resbala por la frente, muerdo el pasto y
nen puesta la camiseta de River. de a poco dejo de respirar. Me estoy muriendo.
Incrédulo, me acerco al área dieciocho y le doy la mano Pero no, no me muero todavía. Siento un aire caliente
a Turus. El árbitro le da a elegir cara o cruz en el sorteo y tira que me entra en los pulmones. Alguien me tapa la nariz y me
una moneda de un peso. Salió cruz, elijo el arco que está a mi mete aire caliente. Vuelvo en mí con un acceso de tos. Alguien
izquierda. Voy corriendo aplaudiendo a la hinchada que vino me saca la cara de encima y me deja respirar por mí mismo.
en malón. Todos cantan canciones de aliento y tiran bombas Abro la boca y me mando una bocanada de aire fresco que me
de estruendo. Mis compañeros ciegos, que ahora ven, me gui- llena el pecho. De a poco, la respiración se va normalizando.
ñan el ojo y Borges me grita que ponga huevo, algo impensa- Abro los ojos y veo a la rubia, que acaba de hacerme respira-
ble en él, tan solemne. ción boca a boca. Trato de hablarle, le quiero agradecer, pero
Llego al arco, es inmenso, y una nube de humo blanco en la garganta siento que me tragué un cactus y las espinas se
sale de la popular, también caen papelitos, toneladas de pa- me quedaron en la garganta.
pelitos. Uno de ellos me cae en la cabeza, es un pedazo de —Ahora no hables, bebé —Me dice y, créase o no, me
revista, un pedazo de la Paparazzi que leía Fernanda. Me doy alza. Sí, me alza ella solita, y lo hace al igual que estuviera
vuelta hacia la hinchada y la veo a ella agarrada del para ava- alzando a un bebé. Me alza y empieza a caminar hacia el auto
lanchas, alentando como una barra brava más. La nube blan- de ella, el BMW.
ca se hace más densa y de la izquierda surge otra más finita, —Recostate acá —me acomoda en los asientos de
de color rojo. Hay viento y el humo se desparrama por todo el atrás— y aguantá que ya nos vamos.
estadio. Puta madre, no veo un cuerno. Se sube y pone el auto en marcha. Escucho que revuel-
Le hago señas al árbitro para que pare esto. Está bien que ve en la guantera hasta que encuentra una botellita de agua
sean hinchas de River, pero así no voy a poder hacer mucho. mineral.
Encima con este arco tan grande. —Tomá, bebé, tomá un trago de agua, pero tomátela de
El réferi pita y los cordobeses mueven la pelota. La nube a sorbitos, si no te va a hacer mal.
blanca y roja se hace más densa y ya tapa todo. El rojo se mez- Me mando un trago y empiezo a toser de nuevo. El auto
cla con el blanco y se forma una nube rosa tenue. El humo me se pone en marcha y veo que nos estamos alejando de la garita
entra por las fosas nasales y la boca, no me deja respirar. Em- del peaje, de mi lugar de trabajo. Está toda destruida, hecha
piezo a toser y a desesperarme. En eso suena una bomba de pelota, no quedó nada de la barrera, pero aún así, los coches
estruendo. Al rato otra. Y otra más. Paren, la puta que los pa- están parados, como si tuvieran miedo de infringir la ley y
rió. Siento que el corazón se me está por salir. Quiero gritarle pasar del otro lado sin pagar. Llego a ver el auto del viejo hin-
a Feliciano, que es el que está más cerca, para que me venga a cha pelotas tirado a un costado y patas para arriba. El viejo

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está sentado, en la banquina de la ruta, con un lindo raspón V
en el mate, un ojo morado y moretones como para hacer dul-
ce; trata de parar la sangre con un pedazo de trapo blanco. El
blanco de la tela y el rojo de la sangre forman la bandera de
River, pienso. Al lado, está le esposa, con la mirada desenca-
jada, los ojos hinchados de tanto llorar. Rodeando a la pareja,
otros conductores contemplan la escena. Unos hablan por ce-
lular y otros se acercan y palmean al viejo en la espalda, como
si eso fuera suficiente.
La mujer del viejo mira hacia adelante y me parece, ca- La rubia acaba de tomar una curva y la garita de peaje
paz que sea un mambo mío, pero me parece que nuestras mi- quedó atrás, ya no la puedo ver. Sí, en cambio, escucho las
radas se cruzan, y ella me señala con el dedo. Ya no veo más sirenas de policía y ambulancia que llegan.
nada, solo el humo que sale de donde estaba la garita, que se —¿Cómo te llamás? —me pregunta, el perfume que lle-
va extendiendo hacia el cielo. va puesto se mezcla con el olor a humo, pero aún así huele
—¿Qué pasó? —le pregunto a la rubia, cada palabra me bien.
cuesta un triunfo. —Raúl —le contesto—, ¿vos?
—¿Cómo qué pasó? —dice ella, como sorprendida—. —Luciana.
Explotaste, eso pasó, bebé. —¿Adónde estamos yendo?
—A General Ferdinando, tenemos para un rato largo.
Me incorporo y me acomodo en el asiento. El mareo se
calmó un poco, igual veo doble, la rubia se me separa en dos y
se me vuelve a unir. Es como si estuviera viendo una película
3D sin los anteojitos especiales.
—¿General Ferdinando? —es la primera vez que lo es-
cucho—. ¿Dónde queda eso?
—Pasando Bahía Blanca, es una ciudad chiquitita, pero
con playa. Ahí trabajo yo.
Tomo un nuevo trago de agua y dejo la botella a un cos-
tado del asiento. El cuerpo se me va relajando y las heridas me
empiezan a doler. Me tendría que pellizcar para ver si no sigo
soñando. Estoy viajando con la rubia, yendo a no sé dónde,
como si nada. Nada me preocupa ni me perturba. El partido
ya debe haber terminado y River se debe haber ido a la B.
Viéndolo fríamente, la cosa no está tan mal. Al fin y al cabo,

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se dejó de sufrir, de andar pariendo cada fin de semana, de Luciana saca otra botellita de agua de la guantera.
cortar clavos como loco. Total, un año pasa rápido y River va —Tomá, mojate la cara así te despabilás.
a ascender enseguida. Seguro. Vuelco un cacho de agua en el cuenco que formé con mi
Ahora tengo otras cosas en qué pensar. Por ejemplo, en mano izquierda y me la tiro en los ojos. El agua está tibia y,
qué estoy haciendo acá, en un auto de puta madre, un BMW, aún así, una sensación de frescura me invade. Estoy tan fresco
con una rubia infartante; cómo cuernos sigue esto, y, lo más como para protagonizar un comercial de chicles Beldent o de
importante, qué hago con Fernanda. La gorda me va a querer algún otro parecido, sin azúcar. Fernanda se la pasa mastican-
matar si le digo que dejé mi lugar de trabajo para irme a no sé do Beldent todo el día, dice que es para disminuir la ansiedad
dónde con semejante potra. y comer menos. Y pienso que si yo fuera mina, hasta podría
Hago un repaso de mí mismo. Tengo la ropa hecha jiro- protagonizar una propaganda de toallitas femeninas. Cuando
nes y toda chamuscada. Las zapatillas también se arruinaron. estás en esos días, diría un locutor en off, tené siempre a mano
Un corte en la frente me sangra y tengo de raspones en los un Beldent de menta suave. Estoy mezclando todo, todo lo que
codos, en los dos, y el olor a humo impregna todo. Me fijo en pienso y todo lo que veo. Todo da vueltas. Luciana se vuelve
los bolsillos, la billetera se quemó y con ella, los dos mangos a duplicar y hacerse una sola. Necesitaría que me hable, que
que había llevado al laburo y la cédula. Estoy en bolas y sin me dé charla, si no me voy a desmayar de nuevo. Capaz que
documentos. hasta me da un derrame cerebral. Quiero preguntarle cosas,
Siento algo parecido a la libertad. pero estoy tan confundido que no me sale nada. Quisiera que
Trato de acomodarme en el asiento. La rubia me dejó me explique qué es eso de que exploté. Viendo cómo estoy,
una frazada para taparme. Es una frazada vieja que la tenía no hay duda de que eso fue lo que pasó, pero la gente no ex-
guardada en el baúl. Tiene olor a nafta y líquido para frenos. plota así porque sí. A la gente le agarra una úlcera, se agarra
Me hace picar, pero me la aguanto. a trompadas con cualquiera en la calle, agarra una escopeta y
—¿Me podés contar qué carajo fue lo que pasó? —le mata a la mujer, a la hija y a la suegra. Puede hacer eso, y otras
pregunto rascándome la espalda con una mano y sostenien- cosas, pero no explota.
do, con la otra, la frazada. —¿Exploté? —le pregunto cuándo puedo volver a ha-
—Lo que te acabo de decir, explotaste —contesta y se blar—. ¿Llegaste a ver lo que pasó?
encoje de hombros, concentrada en el camino. —Fue muy raro todo, bebé. Te vi discutiendo con el vie-
Lo mejor es no pensar, pienso, y me recuesto en el coche. jo ese que te pedía las monedas. Vos habías salido de la garita
—No te duermas —me dice Luciana—, a ver si te des- hecho una furia, como para comértelo crudo, y, de pronto…,
mayás. No es bueno que te quedes dormido. como que no sé, todo se iluminó y vos saliste disparado. Pa-
El sueño me va venciendo, quiero hacerle caso, pero se recía que volabas, y fuiste a aterrizar al borde de la ruta, ese
me hace difícil. Los párpados me pesan como plomo. Me pal- pedacito que está lleno de piedras y tierra. Diste dos o tres
po la cabeza y siento un dolor insoportable. Noto un chichón tumba-carneras y te quedaste desmayado. Una locura.
redondo y doloroso. Me imagino que debe ser como los de los —¿Se iluminó todo? —no puedo creer lo que me estás
dibujitos animados, con forma de salchicha. diciendo.

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—Sentí el ruido y el resplandor caliente en la nuca y lo —Digamos que un par de horas en el gimnasio ayudan,
alcancé a ver por el espejo retrovisor. Se iluminó la garita y se además sos flaquito, no pesás demasiado.
prendió fuego, explotó con vos. Yo estaba ahí nomás, zafé de Nos quedamos chamuyando de pavadas, como dice el
suerte, por poco no cuento el cuento. tango. En una parte del trayecto, le pido que me deje pasar
Me remuevo en el asiento y me mojo la cabeza con un al asiento del copiloto, pero me dice que no, porque tengo
poco de agua. La historia se me hace cada vez más rara. Por mucho olor a humo y estoy desnudo.
empezar, si de verdad exploté, ¿por qué no tengo quemadu-
ras? Solo veo una en el brazo, chiquita, que se me va a am-
pollar, pero no es para nada grave. Si hubiera explotado, me
hubiera quemado íntegro, me habría calcinado.
—¿Y vos cómo viste todo? —le pregunto.
—Yo, cuando vi que la discusión con el viejo daba para
largo, me hice la boluda y pasé por el costado, por colectora.
No hice ni doscientos metros cuando escuché la explosión.
Tuve un dios aparte, bebé.
—Una desgracia con suerte, que le dicen.
—Sí, ponele, para mí, ninguna desgracia es con suerte.
Prefiero decir que tuve un Dios aparte, porque soy muy cre-
yente. ¿Podés creer que hasta tengo un hermano que se hizo
cura?
—No creo en Dios —le contesto—, pero creo en vos,
que viniste a ser algo así como mi ángel de la guarda.
La rubia sonríe y deja al descubierto dos hileras de dien-
tes perfectos y blanquísimos. No se sonroja, debe estar acos-
tumbrada a que la piropeen.
—No sé —prosigue—, lo único que te puedo decir es
que tuviste suerte de que pude frenar al lado tuyo. Si no, no sé
qué te podía llegar a pasar.
—¿Y vos sola me alzaste y me subiste al auto?
—Sí, bebé, yo solita.
—Mirá que resultaste fortachona.
No la hago sonrojar, pero sí reír. Larga una carcajada
divertida, solo una, y se concentra en el camino.

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VI roce de la frazada me cosquillea la pija y tengo miedo de que
se me pare. La pelirroja nos da la bienvenida y le noto la voz
aflautada, varonil. Fijo la vista en el cuello e, indisimulable, se
hace notar la nuez de Adán. La pelirroja es un trava.
—Era hora de que llegaras, nena —le dice a Luciana y le
sorprende verme—. ¿Y este muchachote?
—Un amigo que recogí en el peaje —le contesta.
—¡Ay, pero qué le pasó! Está en bolas, pobrecito. ¿No te
pudiste aguantar y te lo garchaste en el auto? Sos reputa, nena.
En un momento del viaje me duermo. La rubia va con- —Dejá de decir estupideces, tarada —le contesta Lucia-
centrada en el camino y no habla. Hace frío y puso la calefac- na al momento que le da un beso.
ción, el roce con la frazada ya no pica tanto y me acostumbré —Hola —digo yo, cagado de frío.
al olor a trapo quemado. Me tumbé a lo largo del asiento y —Él es Raúl —me presenta Luciana.
la modorra me fue ganando. No sé cuánto habré dormido. —¿Qué Raúl, el que te coge arriba del baúl? —dice la
¿Tres, cuatro, cinco horas? Abro los ojos y veo una rotonda pelirroja y larga una risotada.
con un cartel que dice “Bienvenidos a General Ferdinando”, —No seas guaranga, Magui —se enoja la rubia y luego
seguido de un escudo y una bandera. se dirige a mí—. Perdonala, mi amiga es así. Magalí, Raúl;
La primera impresión me desilusiona. General Ferdi- Raúl, Magalí.
nando es un desierto con ocho o diez manzanas de mierda. La travesti me da un beso fuerte en la mejilla.
Ya es tarde y no hay gente. Solo falta la bola de heno pasando —Entren, entren —nos apura—, está haciendo un frío
por las calles, como en los pueblos fantasmas de las películas de cagarse y se van a engripar. Tienen que contarme qué le
del Oeste. pasó a este Raulito, que su buena cara de pícaro tiene.
Agarramos lo que parece ser la avenida principal. Ave- Entramos y la calefacción me devuelve el alma al cuerpo.
nida Coronel Hernández, veo en un cartel, y paramos en una El departamento está impecable, con olor a limpio y muebles
especie de chalet con el techo a dos aguas. Son más de las relucientes. Magui tiene la televisión prendida y en la panta-
nueve de la noche y está oscuro. lla se ven las imágenes del partido de River. Le pido que por
—Es acá, bebé, ya llegamos —dice Luciana, dando un favor cambie o apague.
toque de bocina para anunciarse. —¡Pero sí, amor! —dice la anfitriona ampulosamente
Salgo a la vereda y el frío me penetra los huesos. y apaga la tele con el control remoto que nunca soltó—. Lo
—Apurate que hace un frío de locos y te va a hacer mal tenía para hacer ruido nomás, a mí, el fútbol ni me va ni me
—me dice Luciana, y dirigiéndose a la casa—: ¡Magui, soy yo! viene.
La puerta se abre y nos recibe una pelirroja alta, altísi- —Te envidio —le contesto.
ma, casi dos metros y con un control remoto en la mano. Es —Bueno, envidioso, contá qué hacés en pelotas con mi
corpulenta, con buen lomo, tetas grandes y el culo parado. El amiga.

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—Te cuento yo, Magui —me auxilia Luciana—. Deje- —Seguro que es de tu talle —me dice—, te dejo un pan-
mos que Raúl se vaya a pegar un baño. talón, una camisa y unos calzoncillos; no te preocupes, no los
—Y ponerme algo de ropa —agrego. usó nadie.
Magalí dice que sí, por supuesto y muchas otras cosas Quiero preguntarle si son de Magui, pero me contengo.
que no logro retener. Es una máquina de hablar, por momen- Espero que cierre la puerta y salgo. Busco algún toallón
tos temo no bancármela. Me agarra con una de sus manotas y para secarme, pero no lo encuentro. De pronto, la puerta se
me lleva por un pasillo hasta el baño. Entra conmigo y prende abre y aparece Magalí con una toalla limpia.
la luz. —Perdoná, lindo, me olvidé de que no tenías toallón.
—Sí, sí, vení, es por acá. Incómodo, me tapo la entrepierna con las manos. Maga-
—Dejame ver que esté todo en orden… Sí, parece que lí me mira y larga una risita.
está todo okey… Bien, te dejo solito, cualquier cosa que pre- —Tranquilo —me dice—, que no te dé vergüenza que vi
cises me avisás, negrito. más de las que te podés imaginar.
Cierro la puerta y me miro en el espejo. Orino y me des- Le agarro el toallón y me empiezo a secar.
visto, la espalda me da un chispazo de dolor a causa de la —Dale, apurate que preparé unas cositas para picar, de-
mala posición en el asiento del auto. En el brazo izquierdo bés estar muerto de hambre.
descubro una zona rojiza, la cual me arde. Es una quemadura Tiene razón, se me acaba de despertar un apetito feroz.
leve. Me saco el bóxer y las medias. El baño está tan limpio —Joya —le contesto—, me visto en un periquete y me
como el resto de la casa, hay toallas floridas y jabón líquido. reúno con ustedes.
Abro el botiquín y encuentro un jabón de batea, sin abrir. No —¿Periquete? —me carga—. Qué antiguo.
creo que se enojen si se lo uso, así que lo agarro y le saco el Magalí se va y me deja solo. Yo me paso la toalla por la
envoltorio. En el botiquín también hay tres cajas de preserva- cabeza, los brazos y las piernas. Después me paso la pomada
tivos y dos pomos de gel íntimo; uno sin abrir y el otro usado por la quemadura, me arde un poco, pero se banca. Me vis-
casi hasta la mitad. to con la ropa que me dejaron. Agarro mi pantalón viejo y
Dejo la ropa sobre el inodoro y entro a la ducha. El pri- quemado y, del bolsillo que no revisé, se cae el celular. Es un
mer chorro de agua sale frío y me pega en la cara, le voy re- Nokia 1100, un clásico, el de la linternita. El plástico de la car-
gulando la temperatura. Hay champú y crema de enjuague, casa se derritió y el vidrio se hizo pedazos. Lo abro para ver si
parecen ser de los caros, por la fineza del envase. En casa, puedo rescatar el chip, pero no hay caso, está partido en dos.
compramos las marcas más baratas. Salgo del baño, las chicas ya están sentadas y creo que
En eso, escucho que me golpean la puerta. hablan de mí, por lo menos escucho que Luciana pronuncia
—Disculpá, Raúl —me grita Luciana del otro lado—, la palabra “explosión”. En la mesa veo unas empanadas y la
acá te traje algo de ropa y una pomada para las lastimaduras. panza me ruge. Luciana me pregunta si me llamó alguien, lo
—Pasá nomás —le contesto—, estoy en la ducha. hace porque me ve con el celular aún en la mano, no se perca-
La rubia abre la puerta y entra. ta de su estado. Le digo que no, que no me llamó nadie y me
lo guardo en el bolsillo.

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VII —Vení, lindo —me llama—, vení a comer algo. Calenté
unas empanadas, de haber sabido que la Lu te traía, me ponía
a cocinarles algo.
—Magui es una cocinera estupenda —dice Luciana.
—Por favor —contesto con vergüenza—. Yo no quiero
molestar.
—No molestás, rico —Magalí me acerca un plato—. Lu
me contó lo que te pasó y es de no creer. Mañana mismo te
vamos a llevar a ver al doctor, él seguro sabrá que hacer.
Todavía tengo olor a humo. Me puse champú dos veces —¿Un doctor? —pregunto con desconfianza.
y me froté con jabón todo el cuerpo, pero no hubo caso. Sien- —Es el tipo para el que trabajamos nosotras dos —dice
to el olor a la ropa impregnada de carbón después de un asa- Luciana.
do. Me bañé en perfume, y, así y todo, sigo con una baranda —No es doctor de los que curan —dice Magalí.
a humo impresionante. O, a lo mejor, no sé, capaz que tengo —Se dice médico, bruta —Luciana larga una carcajada.
el cangrejo en la cabeza, porque, dicen, cuando uno empieza —Está bien, conchuda, “médico”. No es un médico, pero
a sentir olor a humo es porque tiene un tumor en el mate. No es doctor.
sé, siempre fui fatalista. —¿Qué hace?
Les pregunto a las chicas dónde puedo tirar la ropa y —No sabemos —dice Magalí—. Es gringo y vino a tra-
Magalí, sin dejar de masticar, me hace señas de que deje todo bajar acá hace unos meses. Él, o la empresa, no sé, es la que
ahí nomás. Miro su brazo estirado y veo que es fortachona, nos contrata para que estemos una semana o dos con él, todos
debe medir más de uno ochenta, es, por unos pocos centí- los meses. Tiene un laboratorio cerca de la iglesia en donde
metros, más baja que yo, que mido uno ochenta y siete. Mi investiga. Es medio raro, a veces mira el cielo con un telesco-
viejo me decía que yo tenía que ser arquero, justamente, por pio gigante que se hizo instalar, a veces, junta piedras y tierra.
mi altura. A lo mejor, si a Magalí le gustaba más el fútbol que —A veces —acota Luciana—, se va más al sur a unas
los tacos, hubiera sido arquero también, o arquera. Pero me cuevas y junta bichos, plantas. Es medio raro, el tipo este, no
dijo que, a ella, el fútbol no le iba ni le venía. Me pregunto te lo voy a negar.
dónde compró la ropa, tiene una blusa que le marca los pe- —Pero nos paga muy bien —dice Magalí con una sonri-
chos rellenos de siliconas y, a través del escote se llegan a ver sa—, y coge mejor.
unas pecas desparramadas entre los dos bustos. Me mira y —¡Magui! —la reta Luciana, pero ella también se ríe.
me sonríe, supongo que también habrá invertido sus buenos —Tenés razón —dice la travesti—, no hablemos de tra-
mangos en colágeno para los labios. No sé si sus ojos celestes bajo ahora y no asustemos a nuestro invitado. —Me sirve
son naturales o lentes de contacto, pero impactan. vino en una copa—. Tomá que está rico.
Es vino blanco, me mando un trago generoso y me hace
doler la frente de lo helado que está. Mientras comemos, a lo

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lejos, nos llega el ruido de las olas del mar rompiendo en la —Tenés razón, en déjà vu. Vos repartías tarjetitas para
orilla. una obra de teatro, porque antes, vos también tenías un tra-
La atmósfera me parece tan irreal, todo me es tan ajeno, bajo decente.
como una película o un sueño. Estoy seguro de que Luciana Magalí larga una risita demasiado afeminada y eructa.
es la mina más hermosa del universo. Come despacio y cada —Tenés razón, teníamos trabajo decente, ¡hasta ideales
dos por tres, se pasa la servilleta por la boca. Me cuenta que teníamos!
tiene treinta años y es profesora de inglés. —No les creo nada —le retruco.
—Venís a reforzar el mito ese que dice que todas las pro- —Pensá lo que quieras, bebé —dice Luciana y se sirve
fesoras de inglés son lindas —le digo, envalentonado por el más vino. En eso, Magalí se levanta y va a poner música en un
alcohol. Por respuesta, se encoge de hombros y agarra otra reproductor de mp3. Está un rato para decidirse, finalmente
empanada. lo hace con un disco de Julio Iglesias. Muy bueno. Me gusta
—No creo —dice después— En el instituto donde estu- Julio Iglesias, un ganador. Aparte fue arquero, del Real Ma-
dié, te puedo asegurar, había unos cuantos bagallos que tam- drid, nada menos. Y también es abogado. Un grosso. Es un
bién se recibieron y deben andar rondando por los colegios tipo con suerte, no como yo. Creo que habría hecho fortuna
secundarios. con cualquier cosa que hubiese emprendido. Pero ojo que yo
—¿Vos no trabajaste dando clases? —le pregunto y ella no le tengo envidia, en absoluto. Julio Iglesias es un tipo para
hace una mueca de fastidio. admirar, no para envidiar. Envidiar, envidian los boludos.
—Tres años —dice y larga un suspiro—, hice un par de —Denle sigan contando, que me interesa —les digo.
reemplazos en algunas escuelas, pero no aguanté. Trabajar —Yo vi en la Lu un potencial impresionante, vi la ma-
con adolescentes no era lo mío, no les tengo paciencia. nera en que bailaba —dice Magui—, cómo movía el culo, así,
Asiento con la cabeza y me llevo un pedazo de pan unta- tan sensual, tan gatuna.
do con queso roquefort a la boca. Afuera se acaba de levantar Luciana deja escapar una risita incómoda y tose, yo
viento y escucho el ruido de las olas. Hacía tiempo que no siento un cosquilleo que me corre por la entrepierna al ima-
venía al mar, la última fue con Fernanda y una pareja ami- ginarla bailando, como dice Magalí. Es todo tan sensual en
ga, un fin de semana que pasamos en Miramar. No tuvimos ella, me gustaría que Magalí se fuera a dormir o a dar una
mucha suerte, el presupuesto no daba para estar más y, de los vuelta, lo que sea, que me dejara solo con Luciana, así me la
dos días, nos llovió uno y medio. Igual para mí ese no había puedo encarar. ¿Me animaría? Claro. Cómo no me voy a ani-
sido un problema, me gusta el mar y la lluvia. Pero, lamen- mar. Miro la hora en el reloj de pared y veo que ya están por
tablemente, a los demás no les hizo mucha gracia y tuve que dar las doce de la noche.
escucharlos putear. —Yo la quería para que estuviera en la obra de teatro
—Una noche, en una disco, la conocí a Magui —dice que estaba haciendo —continúa Magalí—. En ese tiempo, es-
Luciana—. ¿Te acordás, Maguí? Fue en Vaticano, creo. taba dejando de ser David, el nombre que me pusieron mis
—En Vaticano, no —corrige Magalí—. En déjà vu viejos, para convertirme en la Magui. Antes estaba en un gru-

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po de teatro experimental, ensayando obras conceptuales y —Como te mencionaba ella —dice Magalí—, yo prime-
muy profundas, pero súper profundas. ro era un tipo rudo, pero se me daba por indagar en la exis-
—Una vez fui al teatro a ver una comedia en la que tra- tencia, el karma y demás. Así, primero me afeito el bigote,
bajaba Emilio Disi —digo y las dos largan una risita condes- después me cambio la ropa, pero ojo, no dejo el overol por un
cendiente. Yo me pongo serio. vestido, sino por un saco y una corbata, algo bien sutil. Por-
—Está bien, bebé, no te enojes. En realidad, nosotros ha- que la obra no era solo mostrar a un boludo travistiéndose.
cíamos cosas completamente distintas. No era la típica obra Como te digo, la cosa era mucho más profunda.
que te cuenta una historia como una película, con principio, Asiento con la cabeza.
nudo y desenlace. Acá nosotros interactuábamos con el pú- —Yo consultaba con el público de qué manera podía al-
blico. Mi papel consistía en un hombre que paulatinamente se canzar la perfección —continúa—, la plenitud, como quien
va haciendo más y más perfecto hasta convertirse en mujer. dice. Yo les tiraba una lista de temas musicales y ellos elegían,
Me la quedo viendo con los ojos bien abiertos. entonces en el teatro empezaba a sonar el tema que a la gente
—¡Pará! —le interrumpo—. ¿Ustedes proponían que el más le gustaba. Y yo de mientras me ponía y me sacaba ropa.
ser humano perfecto es una mujer? A veces, uno del público subía y me ayudaba a ponerme una
—No, bebé, nada de eso —Magalí resopla y mira hacia el media. Porque la misma prenda no me duraba más de cinco
techo, como si estuviera buscando las palabras precisas para minutos.
que yo entendiera. —Magui tenía un vestuario grandísimo —dice Lucia-
—No te estoy diciendo que “el ser humano” perfecto sea na—, ahí, es lo que venimos discutiendo de hace rato, para
una mujer, te estoy diciendo que “el hombre” perfecto es una mí, es el punto flojo de la obra. Porque está mucho tiempo
mujer. boludeando con eso. Aparece con overol y bigotes, después
No le entiendo un cuerno, pero tampoco me esfuerzo con saco y corbata, después con una camisa rosa y un pan-
mucho en entender. Prefiero estar así, somnoliento por el talón floreado, después otra vez con saco y corbata, después
vino y el cansancio, divirtiéndome con estos dos personajes. con pollera y buzo, y así, durante una hora y media. A mí me
—En el principio de la obra —toma la posta Luciana—, parecía medio plomazo.
Magui aparecía en su versión masculina, vestida con overol Vuelvo a asentir con la cabeza, mientras me llevo a la
manchado con grasa y bigotones gruesos, bien machote. De- boca el último trozo de pulpo.
cía guarangadas y se comportaba de manera ruda. Un desas- —No entendés nada, Lu —le retruca la travesti—, con
tre. eso se pretendía demostrar que la búsqueda de la perfección
—Sí —dice Magalí—, era el macho argentino por anto- no es un camino lineal, sino uno de ida y vuelta. Además, el
nomasia. director, decía que con el concepto de la ropa, se quería repre-
—Es discutible —le retruco—, es discutible. sentar la frivolidad del ser humano.
—Anyway —dice Luciana—, pero dejá que te siga con- —Un momento —interrumpo—, la obra consiste en
tando que estaba bueno. buscar la perfección solo con ropa, con algo tan frívolo.

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—Es que se trata de una perfección frívola, bebé —me —Sí —me retruca Magalí, ya poniéndose a levantar los
contesta Magalí—, una perfección humana, no perfecta. platos—, es como vos decís. Pero nosotras le dimos otra vuel-
—Lo cierto es que Magui iba y venía con el tema de la ta de tuerca. Cuando todos pensaban que la conversión fi-
ropa, hasta que en un punto, las luces se hacen más tenues, nal era la dada por Lu, aparecía yo travestido, pero travestido
y empieza a sonar el tema ese que canta María Marta Serra bien, casi casi como me ves ahora. Y ahí estaba la verdad de la
Lima, Como toda mujer. Ahí ya no duda y solo se pone ropa milanesa. Una mujer que es a la vez un hombre.
de mina, a la vez que se va maquillando y disimula las tetas —Ah —digo yo—, un travesti.
con un corpiño relleno de algodón. —No, bebé, un hombre que es una mujer. Las travestis
—Porque en esa época todavía no me había hecho las no somos ni hombres ni mujeres, las travestis somos travestis.
lolas. En la obra termino travestido, pero representando a un hom-
—Es verdad, las siliconas hacen milagros —se burla Lu- bre que, sin dejar de ser hombre, se convierte en mujer.
ciana—, esta antes tenía dos huevos fritos y el culo como una La conversación me había superado, ya no quería hablar
tabla de planchar. Mirá lo que es ahora, un yeguón. más del tema.
—¡Basta, nena! —se enoja Magalí—. Vas a poner incó- —¿Cómo terminó la cosa? —les pregunto largando un
modo a Raulito. bostezo que no llego a disimular.
—No hay drama —trato de apaciguar—, a ver, cuenten —Nada —dice Luciana—, no iba nadie a vernos al tea-
cómo termina la obra. tro. Al final, y de casualidad, cayó un productor de tele, uno
—En un momento, quedo convertida en un travesti, de los grosos, de los que descubren vedettes. Nos dijo que lo
pero no como estoy ahora, sino algo no tan perfecto, es decir, que hacíamos era una cagada, pero que podíamos hacer for-
haciendo ver en el fondo que sigo siendo un hombre. Enton- tuna laburando de putas.
ces, se apagan las luces, ponemos la música de Carrozas de —Y agarramos viaje —dice Magalí.
fuego y yo me escondo detrás de bambalinas, para que apa- —Sí —corrobora Luciana—, el viejo nos consiguió un
rezca la Lu, con mi misma ropa, simulando ser yo, después de montón de clientes que pagaban súper bien. Magui se termi-
la metamorfosis. nó haciendo las lolas y el culo, que le salió una fortuna, y yo
—Y ahí está la perfección —digo pispeando a Luciana, me fui un mes a Francia a veranear.
sonriendo canchero. —¿Y cómo terminaron acá, en este pueblito de mierda?
—Casi, pero no —dice ella con gesto serio. —Cuando venimos, estamos unos días porque tenemos
—Claro, porque es una mujer —dice Magalí—, una mu- que atender al doctor.
jer perfecta, si se quiere, pero sigue siendo una mujer. Y la —Ahora cuéntenme del famoso doctor.
obra consiste en un hombre que se vuelve perfecto, y para eso —No —dice Magalí—, es mejor que lo conozcas perso-
se va convirtiendo en mujer. nalmente. Mejor contate algo de vos.
—Pero la puta que lo parió —ya me empiezo a calen-
tar—. Al final, ¿en qué quedamos? Un hombre perfecto es
una mujer o no.

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VIII ser. Si Borges fuera futbolero, sería fana de Independiente,
por lo amargo.
Ray Charles se llama Hernán. Es morochón y medio pe-
lado, parecido al cantante de jazz. Pero no tiene la más puta
idea de qué carajo es el jazz, igual que yo, que en mi vida
debo haber escuchado dos o tres temas sueltos, de casualidad,
cuando los pasaban en la radio. Juan, mi cuñado, es devoto
del jazz y debe tener una colección bastante completita. Qui-
zá por eso, porque le gusta a mi cuñado, yo nunca me puse a
Me muero de sueño. Estoy en el sofá del living, tapado escuchar jazz en serio. El negro Ray es más bien cumbiantero,
hasta la cabeza con las cobijas y las sábanas que me alcanzó o reggaetonero, qué sé yo. Siempre anda copado con algún
Magalí. Las chicas se acomodaron en su habitación, compar- tema de Calle 13 o Los pibes chorros. Me cae bien, aunque al
ten el dormitorio, pero cada una tiene su cama. Me dejaron ser el más pendejo de todos, andará por los veintitantos, es el
con la intriga sobre quién carajo es el doctor. Debe ser un más hincha bolas, al que siempre rajan por protestarle al árbi-
cliente con guita, para hacerles venirse hasta acá y bancarles tro. Aunque, después de mi escenita, lo debo haber superado.
un chalet para ellas solas. Los cieguitos son unos ídolos. Unos ídolos de verdad.
Tendría que llamarla a Fernanda, para avisarle que estoy Les chupa un huevo que no puedan ver. Ellos igual se mandan
bien y tranquilizarla. Seguro que ahora está con la hermana, y le dan a la bocha de lo lindo. Está bien que mi sueño no era,
mirando la explosión por tele. ¿Habré salido en las noticias? precisamente, terminar de arquero en un equipo de fútbol
No creo, no soy tan importante. para ciegos, pero no me puedo quejar. Por más que me queje,
Seguro que Stevie me ha estado llamando al celular, por- no me puedo quejar. Sea como sea, juego, o jugaba, al fútbol,
que Stevie es de fierro. A las chicas les terminé hablando de él, que es lo que más me gusta en esta vida.
y de los demás ciegos. Yo me sumé a jugar con ellos gracias a Al principio, medio que se me complicó con bautizarlos
Stevie, que fue el que me presentó en el equipo. Stevie no se con nombres famosos. Tantos ciegos famosos no hay. A Stevie
llama Stevie, se llama Francisco, pero yo le digo así, Stevie, yo le decía Stevie de antes, porque así le dicen en el barrio. El
cariñosamente. Por Stevie Wonder. hermano hizo la secundaria conmigo y éramos amigos. Aho-
Les puse a todos, cuando entré en confianza, sobrenom- ra, nos seguimos viendo, pero no tanto como antes. Después
bres de ciegos famosos. A Roberto le puse Borges, es el único Borges fue el primero que se me ocurrió y Ray Charles, fue
que lee braille a la perfección. Casi diría que es más rápido por la película que hizo Jamie Foxx, un actor yanqui, hace un
leyendo que yo, que uso la vista. Borges juega en el medio, tiempo. Yo la vi y me gustó mucho. Al cordobés, el delante-
porque es el más rápido, tiene treinta y cinco años y es faná- ro, le puse Feliciano, también por el cantante. A Esteban, le
tico de Racing. Eso atenta un poco con el sobrenombre que puse Magoo, por el de los dibujos animados. Después tuve
le puse, si Borges viviera y, además, si le gustara el fútbol, no que pensar un poco. Así surgieron Andrea, al Colo, por An-
sería hincha de Racing, por más sufrido que le haya gustado drea Boccelli; Zubiri, al petiso, por el gallego que se vino al

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programa de Tinelli, al concurso de baile, y Blasco, a Ramón, IX
por Armando Blasco, el bandoneonista de la orquesta de Julio
de Caro. Ramón es el más viejo y, por supuesto, le gusta el
tango, como a mí.
Me quedo juguetando un rato con el celular chamusca-
do. No sé qué quiero hacer. Si llamarla a Fernanda y contar-
le que estoy bien, que mañana pego la vuelta o si llamarlo a
Stevie, también para decirle que no me pasó nada y que me
haga el aguante. Stevie no me va a fallar. Pasa que con él so-
mos muy compinches y más de una vez me tocó a mí cubrirlo —A ver —dice Magalí—, dejame ver si entendí.
cuando se tiró una canita al aire. Que sea ciego no significa Agarro el carrito y lo voy llenando con las cosas que es-
que no coja. Además tiene pinta y se ha levantado varias mi- tán escritas en la lista. Coca-Cola light, yogurt descremado
nas, algunas muy lindas, ciegas y de las otras bebible, queso untable bajas calorías. Los productos dietéti-
Decido dejar toda decisión para mañana, ahora hay que cos son los que más abundan. Son las nueve y media de la
apolillar. mañana. Luciana salió a correr y con Magalí nos encargamos
Sueño que estoy en un escenario y Magalí me tiene bien de las compras. Hoy amaneció nublado y Luciana quiso apu-
agarrado del brazo, me lo está retorciendo para que me que- rarse con su hora de footing, por las dudas de que le agarre
de quieto, hace calor y tengo olor a humo. Mientras tanto, la lluvia. Según Magalí, Luciana es fanática del ejercicio y la
Luciana aprovecha para ponerme ropa de mujer y decirme gimnasia. Capaz que se me dé por acompañarla algún día de
que después me va a cortar la verga para que sea un hombre estos, mientras siga acá, con ellas.
perfecto. —El equipo está formado por todos ciegos, salvo dos
que ven más o menos.
—No, Magui. A ver, te vuelvo a explicar. Los jugadores
de campo, para hacértela más clara, los que patean la pelota,
no los arqueros, son ciegos. Los arqueros, los que la pueden
agarrar con la mano, como Goicoechea, esos ven normal.
Magui mira el papel que tiene en la mano y damos vuel-
ta bruscamente hacia el pasillo de los productos de limpieza.
—¡Me acuerdo de Goicoechea, el que atajaba los penales
en el mundial de Italia! Bombón de aquellos.
—Ese mismo —corroboro—, ese mismo. Los arqueros,
entonces, sí ven. En el fútbol para ciegos puede atajar alguien
que vea bien o, en su defecto, alguien que tenga una disminu-

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ción visual leve, que no vea del todo bien, pero que algo vea. —Estas son para el fin de semana —me informa—. No
¿Ahora sí? hay que abusar, que si no vamos a terminar como vacas.
Magalí parece no prestarme atención, está embobada Llegamos a las cajas, es temprano y no hay que hacer
eligiendo un blanqueador adecuado para su ropa clara. No la mucha cola. Nos acomodamos detrás de la vieja malcogida.
culpo, cada pilcha que tiene debe valer la mitad de lo que sale Ella se da cuenta de nuestra presencia y nos pispea haciéndo-
el vestuario de Fernanda. Tanto Magalí como Luciana hacen se la boluda. Magalí, a su vez, me mira a mí, cómplice, y me
del cuerpo un culto. Ahora Magui está agachada y aprovecho guiña el ojo. La abrazo.
para relojearle el culo. Está firme, bien parado y, por supues- La vieja hace un gesto de asco y se da vuelta para que-
to, sin celulitis. Eso es lo que las mujeres más odian, lo con- darse dura como estatua, mirando hacia un costado.
sideran una ventaja desleal. Pero es cierto, los hombres no —¿Qué pensás hacer? —me pregunta Magalí, ya en un
tenemos celulitis. Sacaremos panza, nos quedaremos pelados, tono serio.
hasta nos morimos antes, pero celulitis, jamás. Pispeo a ver si Largo un suspiro.
no hay nadie alrededor y me animo a darle una palmadita en —La verdad, no tengo idea. Supongo que en algún mo-
el culo. mento me van a venir a buscar. Se van a dar cuenta de que lo
—Chit —me dice Magalí incorporándose—, no toque la de la explosión fue un error. El único que me explotó todo
mercadería si no va a comprar. este tiempo es mi patrón. Pero qué sé yo. Veo todo esto como
—Tenés buen culo —le digo—, lástima que vengas con una señal para cambiar el rumbo. Ya está, borrón y cuenta
sorpresa. nueva, un volver a empezar y esas boludeces que se dice uno
En eso, una vieja setentona, con todo el aspecto de mal cuando se quiere mentir a sí mismo.
cogida, nos pasa por al lado y pone cara de asco. Magalí y yo Magalí me mira con una sonrisa condescendiente.
nos reímos. —Por lo menos dejame soñar, che. ¿Sabés cuánto hace
—Pero vos me dijiste que hay dos jugadores que ven en que no sueño?
el fútbol para ciegos —me dice sin darle bola a la vieja. —Ojo con soñar —me dice—. Tener sueños, hoy en día,
—No, no entendiste un carajo. El arquero es el único ju- es un lujo. Para soñar tenés que pagar un precio muy alto.
gador que puede ver, pero, aparte, está el técnico o algún otro —¿Cuál es ese precio?
que se pone atrás del arco contario, para indicarle al delantero —Bancártela cuando te despertás.
cuándo y hacia qué lugar tiene que patear. —¿Y soñar despierto?
—¿Pero ese no juega, entonces? —Soñar despierto es como soñar al fiado, tarde o tem-
—No, no juega en el sentido estricto, pero da órdenes, prano te vienen a cobrar y con intereses.
arma el equipo, lo ordena. Hay que ser muy capo para dirigir Nos llega el turno en la cola, mientras saco las cosas del
un equipo de ciegos. changuito rememoro el informe que vi hace un rato, en la
Llegamos a la parte de las bebidas y metemos una Co- tele, mientras desayunaba. En TN pasaron el informe de la
ca-Cola light más, Magalí agarra también un par de cervezas garita, del misterio de la garita. Aparecía el viejo hinchapelo-
Stella Artois.

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tas que me había puteado. Parecía como si lo hubieran cagado X
a trompadas y perdió un ojo.
En la nota, el viejo contó que me había visto salir con
algo en la mano como para pegarle, porque, según él, yo lo
había insultado y le quería pegar, y eso fue lo que había explo-
tado. En la pantalla también aparecía la señora, pero ella no
hablaba, permanecía muda, asintiendo las mentiras del ma-
rido. Parecía una japonesa sumisa. Hasta me dio lástima. El
periodista arriesgó un supuesto atentado mafioso dentro del
sindicato de peajes, para después atajarse con que no había Se hizo la tardecita, ya pasó el almuerzo y hasta hicimos
nada en claro. una pequeña siesta de media hora. A las cinco tomamos unos
Por el momento, la explosión de la garita y mi paradero mates en la playa y a las siete ya estábamos de nuevo en casa.
son un misterio. Al final, tanta gente que se había amontona- A las chicas hoy les toca trabajar. Van a ver al doctor y me lo
do y ninguno se llegó a dar cuenta de que Luciana, la rubia quieren presentar.
infernal que tantas fantasías me había provocado, me había —Mirá —dice Magalí—, nosotras vamos a quedarnos
metido en su coche y nos escapábamos como amantes clan- una semana más y nos volvemos a Buenos Aires.
destinos. El asunto parece de película o de telenovela berreta. —Sí —aprueba Luciana—. Te volvés con nosotras,
El informe no decía nada más, en realidad, había otra cosa mientras tanto te quedás tranquilo, organizando tu vida. —
más importante para tratar, el descenso de River. No les contesto nada, pero apruebo. Una semana con ellas me
va a venir bien.
Las chicas están terminando de maquillarse. Se ponen
rouge en los labios, sombras en los ojos, cremas que se mez-
clan como en una paleta de un pintor. Magalí es exagerada
con el maquillaje, supongo yo, para disimular la piel mas-
culina, me contó que está juntando plata para retocarse los
implantes, creo que agregarse más lolas, y ver si se anima a
hacerse un raspado de nuez de Adán. Luciana, en cambio, es
más moderada. Su maquillaje es elegante y casi discreto. De
día podría confundirse con cualquier oficinista de esas que
andan por las calles del centro. Pero ahora, las dos se maqui-
llas para la guerra. Son dos soldados listas para ir a pelear.
Se ponen cremas, rubores y sombras como dos soldados de
Vietnam camuflándose con barro. Así y todo, la guerra ya la
tienen ganada de antemano, el doctor ya garpó.

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Hoy lo voy a conocer, las chicas me dijeron que le po- —Mucho gusto —me dice y agrega—: ¿Nos conocemos
dían decir que me diera un trabajo. No me interesa trabajar, de algún lado?
pero sí quiero verme bien, así que me preparo igual a como si Yo niego con la cabeza.
fuera a una entrevista de laburo. No me maquillo, pero sí me
esmero para estar presentable también. Después de las com- —Claro que no —dice Magalí—, si acaba de llegar. Él es
pras en el supermercado, las dos me llevaron a una tienda de nuestro guardaespaldas, porque ahora hemos decidido que
ropa. Pagaron ellas y prometí devolverles la plata. También necesitamos protección personal, vos sabés que nosotras co-
me compraron un celular nuevo, para que estemos comuni- rremos riesgos.
cados. Hasta ahora no llamé a Fernanda ni a Stevie. Las dos se ríen con picardía. Yo me siento cada vez más
Nos pasa a buscar un remís, yo me acomodo en el asien- incómodo.
to de adelante, junto al conductor, un tipo cincuentón, que —Lo trajimos para que lo vea el doctor —le informa Lu-
cada tanto les bicha las gambas a las dos. Magalí y Luciana no ciana—, acaba de tener un accidente y es necesario que lo
se dan por aludidas, están en otra. Mejor. El chofer me hace revise.
una mueca babosa y cómplice, pero no le doy bola. —El doctor no es médico —dice Paco dubitativo.
Nos bajamos en algo que parece un laboratorio y Lucia- —Ya sabemos, grandote —le dice Magalí acomodándole
na toca el portero. Una voz con acento extranjero pregunta el cuello de la camisa—, pero, te podemos asegurar, que al
quién es. doctor le va a interesar conocer a nuestro amigo.
—Tus reinas, papi —dice Magalí—, abrí que trajimos a Paco asiente y se queda en silencio, nosotros también.
un amiguito para presentarte. Al minuto aparece un muchacho que no debe tener más de
Se escucha el sonido de apertura y Luciana empuja la treinta y cinco años, es rubio, pálido y larguirucho. Viste un
puerta. Nos metemos y empezamos a caminar por un pasillo guardapolvo blanco y lleva anteojos gruesos, de nerd.
aséptico, con olor a Fluido Mánchester. Llegamos hasta una —Buenas noches, lindas señoritas —saluda a las chicas
cocinita chica, en donde hierve el agua dentro de un calenta- con un claro acento gringo—. ¿Quién es el amigo que traje-
dor de vidrio. A un costado, vemos tres tazas con un saquito ron?
de té en cada una. En eso aparece un morocho grandote, de —Es el guardaespaldas de Magui y Luciana, profe —le
aspecto amenazador, que me mira feo. Veo que en una de sus informa el grandote.
manotas, en la derecha, lleva un libro prácticamente oculto —¿Así que ahora tienen guardaespaldas?
entre sus dedos gruesos. —Sí —contesta Luciana—, y cuidadito con hacerlo eno-
—Hola Paquito —le dice Luciana y le da un beso en la jar, que explota, pero explota de verdad.
mejilla, lo mismo hace Magalí. Solo atino a sonreír, la situación me provoca un poco de
—Él es Raúl —me presenta la rubia y el grandote pasa el timidez.
libro a su mano izquierda para saludarme. Alcanzo a leer el —¿A qué te refieres? —pregunta el doctor acercándose-
título, El principito. me y poniendo cara de interesado.

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Las chicas le hacen un recuento de lo que fueron las úl- —Le gusta pasarla bien —me contesta echando yerba en
timas horas de mi vida. Cada tanto, yo tiro un bocadillo, pero un mate de calabaza y clavando la bombilla.
es como si fuera un actor secundario. Luciana da los detalles —¿Doctor de qué?
de la explosión, del caos de autos y de cómo me trajo hasta El grandote me mira y se encoge de hombros, dándome
acá. a entender que no tiene la más puta idea de qué es doctor el
–—¡Claro! —exclama el grandulón cuando le termino doctor.
de relatar—. ¡Ya me acordé de dónde te tenía junado! Tu foto —En verdad —aclara—, parece que es astrónomo, o algo
apareció en el noticiero de esta mañana y en el diario de acá. así. Se la pasa todo el día mirando el cielo con un telescopio
Sí, sí. ¡Con razón! gigante, se lo hizo traer de Norteamérica, porque él es de allá.
Se levanta de golpe y va hasta una pila de diarios ubicada —Eso estuvo claro desde el principio, tiene una voz de
en una punta de la mesa. Saca el que está arriba de todo, lo ex- yanqui terrible. ¿Qué vino a hacer?
tiende, busca la página específica y me lo pasa. Veo el artículo Paco prueba el primer mate y se cerciora de que el agua
que se titula “Misteriosa explosión de una garita en la ruta está lo suficientemente caliente, pero sin llegar al hervor, lo
69, un empleado desaparecido”, leo las primeras oraciones y deja en la mesada y se pone a revolver en una alacena para, fi-
fijo la vista en mi foto, que aparece al costado de la página. nalmente, sacar un termo y un paquete de galletitas surtidas.
Allí está mi nombre, mis datos. Es una foto carnet, pero igual —Lo contrató una empresa de acá, bien no sé de qué.
estoy sonriendo. Es algo que me enseñó la vieja, siempre son- Cada vez que viene alguno de Buenos Aires se ponen a hablar
reír para la foto, así sea una foto carnet o la del prontuario. en inglés y yo cazo muy poco. Sé que los que me llamaron
—Bueno, bueno —dice el doctor, ya ruborizado del son de un centro que hace investigaciones sobre fuentes de
todo—, ya nos ocuparemos del caballero. Ahora, nosotros energía. Creo que hablan de no sé qué meteoritos y que este
vamos al dormitorio, es la hora de que trabajen ustedes. es el lugar privilegiado para observar. Una vez me habló algo
Y dicho esto, los tres se van de la cocina dejándome solo acerca de los meteoritos épsilon, pero no sé a qué se refería.
con Paquito. —Debe ser un personaje.
—¿Querés un café, un té, una birra? —me pregunta. —El tordo es bastante piola, tengo que admitirlo, pero
—Si te hacés unos mates, me prendo. también tiene sus mambos. Cuando llegó, se puso a laburar
Paquito tira el agua de la pava y pone a calentar nueva, en Capital Federal, y después empezó a hinchar las bolas de
de la canilla. que necesitaba un lugar más estratégico y no sé qué boludez.
—Van a tener para rato —me dice—, unas cuatro hori- Además, fijate los gustitos que se da, con esa cara de boludo
tas, fácil. que tiene, es re-fiestero, el hijo de puta. Y la gente de acá se
—Gustos particulares, tiene el doc —le digo sentándo- los banca sin chistar.
me en una de las dos butacas que están en la cocinita. Pego —Mirámelo al yanqui —digo sacando una mini óreo.
una mirada alrededor, todo es de un blanco puro, mucho Cif No salió ningún bastoncito. Mejor, buen comienzo.
en las paredes de azulejos, mucha lavandina. Todo muy lim-
pio.

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Paco asiente y mira hacia la puerta por donde salieron El rato que nos queda, nos la pasamos hablando de fút-
el doctor y las chicas, como si quisiera cerciorarse de que no bol, de River, Paco es de San Lorenzo. Él me detalla cómo
nos escuchan. es la liga Ferdinense y cuáles son los equipos que juegan. Se
—No sé qué cuernos hace el doctor —me dice con voz hacen las tres de la mañana y, dos termos de mate más tarde,
misteriosa—, pero seguro de que se trata de algo muy groso. aparecen las chicas, con caras de cansadas, listas para volver.
Si no, no le encajarían un guardaespaldas que le esté encima
las veinticuatro horas, no le bancarían los caprichos.
—¿Cómo se llama?
—Bruce, Bruce Banner, pero, cuando no está, los mu-
chachos le decimos Brunito.
—Como Bruno Díaz, Batman.
—¡Ese mismo! —dice Paquito y larga una carcajada fe-
nomenal, después se tapa la boca, exagerado, y mira hacia la
puerta.
Yo sonrío y tomo un nuevo mate. Ya se le está lavando
la yerba.
—¿Y vos? —me pregunta—. ¿Qué onda?
Me revuelvo en el asiento y suspiro. No contesto.
—¿Qué vas a hacer ahora? —me pregunta Paco.
—Ni idea.
Nos quedamos un rato callados, escuchando cada tanto
los gemidos reales del doctor y los fingidos de las chicas. De
pronto, Paco rompe el silencio y arremete:
—Vos me dijiste que sos arquero, ¿no?
—Bah, arquero, atajo en un equipo de fútbol para cie-
gos, pero nada más.
—No importa eso, lo importante es que atajás.
—Sí, qué sé yo, me defiendo.
—No, te digo, porque acá hay una liga de fútbol, y a no-
sotros nos vendría bien un arquero nuevo. Si te querés en-
ganchar…
—Ah, no sé —lo jodo—. Para eso tenés que hablar con
mi representante —nos reímos los dos.

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XI fuese mi amigo. La amistad, pienso, es una luz por lo rápido
que corre. Pienso en Luciana y en Magalí, que ni me conocen
y me dejan estar en su casa y me cuidan como si fuera un so-
brinito. Las conozco solo hace un par de días y son las amigas
más grandes que he tenido, quizá lo sean porque, justamente,
recién me conocen. Vaya a saber si harían lo mismo con un
amigo más viejo, y vaya uno a saber si yo haría lo mismo con
los cieguitos, los amigos más queridos que tengo. Pero sé que
soy tan amigo de las chicas, precisamente, porque no me co-
Pasan tres días y desaparezco de los medios. Me da un nocen tanto. Un amigo será una luz, como dicen Los Enanitos
poco de cosa saberme tan poco importante, pero es mejor así. Verdes, pero, como la luz, se cortan y se vuelven tenues hasta
Las chicas se van con el doctor a Santa Marta, un pueblito de consumirse. La amistad es una luz de vela.
por acá cerca. Tienen que estudiar el suelo de unos campos Fastidiado, me levanto y voy a revolver entre los otros
en donde la gente vio luces raras, ovnis. Luciana me comentó cedés. Hay un devedé vírgen en un sobre blanco que tiene
que el doctor las lleva a sus expediciones y, de vez en cuan- escrito con la pulcra letra de Luciana, letra de profesora de
do, les pide de coger en el campo. A veces, los tres se quedan inglés, “Lu y Magui”. Voy hasta el reproductor y enciendo la
completamente en bolas y se revuelcan en los yuyos. Por un tele. Es un video en donde están ellas dos. Las dos miran a la
momento me apiado de Paco, que no corta ni pincha y, como cámara provocativas, Luciana tiene abrazado un osito de pe-
fiel empleado, se limita a seguir al yanqui en cada una de sus luche y Magalí está peinada con dos trencitas. Ambas visten
locuras con devoción fiel. minifaldas, a Magui se le abulta la pija. En un momento, Lu-
Termino de levantar la mesa y escucho el bocinazo de ciana dice algo, pero no se puede escuchar, el sonido es malo.
una Trafic, las chicas agarran los bolsos, me dan un beso y se Se besan y se tiran en un sofá. El cedé de los Enanitos da paso
van. Las acompaño hasta la puerta y saludo a Paco y a Brunito a la siguiente canción. Magalí, más osada, le desabrocha la
con la mano. Me preguntaron si quería ir, pero les dije que no. camisa y le pasa la lengua por el cuello y las tetas. Desde de-
Una semana, una semanita para mí solo. Y después, des- trás de la cámara, se escucha la voz de un hombre y Luciana
pués nadie sabe. Quizá me vaya para Europa, a esta altura del parece mirarlo para después asentir con la cabeza. La rubia se
partido, todo es posible. incorpora y levanta la minifalda de Magui y le baja la bomba-
Me tiro en el sofá y me pongo a escuchar música. Elijo cha. Magui exhibe una verga de tamaño normal, eso sí, bien
al azar de entre los cedés apilados a un costado del equipo gruesa, con un glande rojo y reluciente como una ciruela.
de música. Se pone a sonar un tema de Los Enanitos Verdes, Me desabrocho la bragueta y empiezo a hacerme la paja.
unos mendocinos bastante cursis. Tocan un tema meloso so- Luciana da unas lamidas rápidas por el tronco de la pija de
bre la amistad. Un amigo es una luz. Qué pelotudez. Pienso Magalí y se la empieza a chupar con ritmos acompasados.
en el Stevie, que es mi amigo y corre como un hijo de puta La travesti la agarra del pelo y le dice guarangadas, con una
cuando juega. Él sí que es una luz, pero lo sería igual si no voz que intenta sonar afeminada, pero la ronquera la delata.

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Pienso en si gozará realmente o es todo una simulación. Por Abro la puerta y veo a una viejita de unos setenta años,
la erección que presenta el miembro, me inclino a suponer lo mal llevados, que me mira inquisidora desde unos anteojos
primero, pero quién sabe. Capaz que está pensando en algún enormes y gruesos, como culos de botella.
hombre, quizá en Goicoechea atajando los penales del mun- La mujer me agarra por sorpresa.
dial de Italia. —¿A quién busca, señora? Acá no está su hijo.
“Póngase a coger”, ordena el director detrás de cámara y La viejita me hace a un lado y entra.
Luciana se pone en cuatro patas. Magalí se pone un preser- —No me mienta, estoy cansada de que todo el mundo
vativo y juguetea con su pija en el culo de la rubia. Yo me la me mienta. Hace un año que lo vengo buscando y me dijeron
sigo sacudiendo y trato de pensar que también estoy con ellas que estaba acá. Y no me voy a ir sin llevármelo.
y hacemos un trío. Lo que me falta, una vieja loca que me venga a romper
Estoy por acabar pero me relajo, quiero que la paja me las pelotas.
dure todo lo que dura el video. Me acuerdo de mi época de —Cálmese, por favor —intento contenerla—, le digo
adolescente, cuando no había internet ni videos y tenía que que acá no está su hijo. Acá viven dos chicas que acaban de
recurrir a revistas porno. Con la derecha me sacudía el muñe- salir. Yo les estoy cuidando la casa.
co y con la izquierda pasaba las páginas. No me permitía aca- La vieja me mira con desconfianza y mira para todos
bar hasta mirar la revista completa, por lo que, generalmente, lados. Está despeinada y las manos le tiemblan, no sé si por
las contratapas de las Playboy y Eroticón que compraba en la nervios o por alguna enfermedad como el Parkinson. Parece
terminal de Retiro terminaban enchastradas de guasca. En cansada, respira con dificultad y en cualquier momento se me
las contratapas solían poner publicidades, (Relojes Mondia, va a largar a llorar.
mondialmente famosos) o de otras revistas de la editorial (La —¡Ese es mi hijo! —grita y señala a la televisión, Magalí
Cotorra, la revista que divierte al Pajarito). le está acabando a Luciana en las tetas.
Suena el timbre, no le doy bola. Luciana y Magalí cam- La mujer da unas volteretas, como si estuviera mareada
bian de posición y adoptan la del misionero. El intruso vuel- y cae desvanecida. Por un pelito llego a agarrarla de la cintura
ve a tocar y me desconcentra. Toca una y otra vez, sin parar. y la llevo hasta el sofá.
Puteo y me incorporo. El timbre sigue sonando. “Ya va”, grito, —Mi hijo —murmura con los ojos entrecerrados—.
la puta madre. Me subo el cierre y le quito el volumen a la Qué le pasó a mi hijito.
televisión. Apago la televisión y cierro la puerta de entrada que me
—¿Quién es? —grito, de mal humor. había quedado abierta. Voy hasta la cocina y lleno un vaso
Por respuesta me dan un nuevo timbrazo. con agua. Vuelvo al living y veo que la vieja acaba de cerrar
—Que quién es, pregunté —puedo sentir que me calien- completamente los ojos.
to, igual que en el partido con los ciegos o como en el peaje, —Abuela —trato de reanimarla y la sacudo un poco y le
con el viejo hincha pelotas. doy unas palmaditas leves en las mejillas—, abuela, despiér-
—Vengo a buscar a mi hijo —me contesta del otro lado tese.
una voz de vieja.

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Le echo unas gotitas de agua en la cara y eso la hace —A mi Davidcito me lo cambiaron, a mí no me engañan
reaccionar. La vieja abre los ojos con lentitud y se agarra la —continúa después de sonarse la nariz y hacer un bollo con
cabeza. La ayudo a incorporase, la hago sentar. el pañuelo para luego volverlo a echar en la cartera—. Él era
Le pregunto si puede sostener el vaso de agua y me con- bien hombre, como su padre, no el putito que es ahora.
testa que sí con la cabeza, se lo doy y pongo uno de los almo- Me quedo callado, no se me ocurre qué decirle. Me fasti-
hadones debajo de sus piernas. dian esos comentarios homofóbicos, pero no da para que me
—Mi pobre Davidcito, qué se me ha hecho —se lamenta ponga a discutir. De pronto, veo que la cara se le arruga más
y toma un sorbo de agua. y me frunce el ceño.
—¿Quién es David? —pregunto, aunque ya sé la res- —¿Y usted quién es? ¿No será alguno de los degenera-
puesta. dos que lo buscan para hacer cochinadas?
—Ese monstruo degenerado con tetas y pito, señor, ese —Quédese tranquila, abuela, con David solo somos
es mi Davidcito. amigos —le digo y me arrepiento al instante.
Me quedo callado, sin saber qué decir. El disco de Los —Si hubiera seguido con el fútbol, esto no pasaba —dice
Enanitos Verdes acaba de terminar y quisiera que algo sonara sin darle mucha bola a lo que dije, como hablándose a sí mis-
en esta habitación, el silencio que se hace entre la vieja y yo es ma.
de lo más incómodo. —¿Su hijo jugaba al fútbol?
—A mi Davidcito me lo cambiaron señor, él no era así. —Era mediocampista —me contesta—, jugaba en el
No, de ninguna manera. Él era hombrecito, tenía el pelito club del barrio, un club chico, pero, y esto no lo digo porque
corto y hasta novia. Se llamaba Lucrecia y, usted tendría que yo sea su madre, él tenía condiciones para llegar más alto.
haberla conocido, era tan linda. Negrita, eso sí, pero linda, un Trato de imaginarme a Magalí convertida en jugador de
solcito. Yo era amiga de la mamá de ella y veíamos cuando los fútbol, pero no lo logro. Pienso en el hombre perfecto y en la
dos eran chicos y se juntaban a jugar. idea del hombre perfecto.
La vieja toma un nuevo trago de agua y se queda en si- —Mire —dice la vieja abriendo de nuevo la cartera—,
lencio. Yo me siento en la otra punta del sofá y la contemplo. acá tengo fotos de cuando él era normalito. Mire, se las voy a
—Estuvieron casi un año de novios, hasta se habló de mostrar.
que se iban a casar cuando ella se recibiera, ella ahora es mé- Saca un álbum de fotos chico, lleno hasta la mitad y me
dica y se fue a vivir a Uruguay. Conoció un uruguayo y se lo extiende.
enamoró, se casaron y él se la llevó a vivir con él, tienen un —Mire, fíjese lo que era David hace unos años.
nene que va a cumplir dos añitos. Eso me lo contó la madre, a Me pongo a pasar las fotos y, en las primeras, veo a un
la que sigo viendo de vez en cuando. nenito cabezón, sonriéndole a la cámara. En algunas le faltan
Se le quiebra la voz y las lágrimas le empiezan a caer algunos dientes de leche.
como en chorros. Abre la cartera y revuelve un rato hasta sa- —Si hubiera seguido con el fútbol, esto no pasaba —
car un pañuelo de tela mugriento y viejo. repite la vieja y se queda mirando por la ventana; pasa una

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Trafic blanca por la calle y dobla hacia la avenida principal de XII
General Ferdinando.
Sigo pasando las fotos, en todas David, o Magalí, está
con ropa deportiva. En total deben ser como treinta fotos,
todas ellas muestran distintas edades. En algunas de ellas, Da-
vid posa para la cámara, otras lo muestran jugando.
—Pero después, no sé quién le metió esa idea en la cabe-
za, se le dio por empezar con un taller de teatro, donde iban
todos maricones.
Una de las fotos me deja mudo. En ella, un David de Puta que lo parió, lo que me faltaba, encontrarme con
unos trece, catorce años, festeja un gol abrazando al arquero. un ex compañero de equipo devenido en travesti. Esto sí que
Ese arquero soy yo. no me lo esperaba. Trato de hacer memoria, pero no hay caso.
El mundo puede ser algo tan chiquito, un pañuelito descar-
table. No logro acordarme de la vez que jugué con ese pibe,
pero la imagen me hace sentir una cercanía con Magalí que,
hasta el momento, no había experimentado.
—¿Esta foto de cuándo es? —le pregunto a la vieja, que
ya terminó de llorar.
—De cuando tenía trece años y jugaba en Defensores de
la Merced.
La cosa se me complica más, yo, en la reputa vida, jugué
en Defensores de la Merced. Pienso, David, o Magalí, es más
chico, o más chica, que yo, así que esa foto debe ser de cuando
yo tenía quince o dieciséis años.
Vuelvo a mirar la foto y me cercioro que soy ese arquero
al que abraza.
—¿Qué le pasa, joven? —me pregunta la mujer—. ¿Por
qué se quedó callado?
No le contesto y ella me saca la foto de la mano y se la
queda mirando. Al rato me mira fijo y vuelve la vista a la foto.
—Ahora que lo veo —dice—, qué parecido a usted que
es el chico al que abraza mi hijo, ¿usted de dónde lo conoce?
—A Magalí la conozco desde hace más o menos una se-
mana.

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—No le diga Magalí a mi Davidcito. —Protesta. XIII
La vieja está por ponerse a llorar de nuevo, pero no la
dejo. Quiero que me cuente cómo es que estamos los dos en
una foto de hace más de quince años.
—Señora —le digo—, por favor, trate de calmarse. Ese
chico al que su hijo abraza soy yo.
La vieja me mira con desconfianza, abre la cartera y saca
unos anteojos diminutos, cuyos cristales limpia con el pa-
ñuelito que apretaba en una de sus manos huesudas mientras
lloraba. El vidrio derecho queda con una mancha de moco, “Vamos, vamos, la puta que los parió. Pongan huevo, ca-
me da asco. Se los pone y vuelve a mirar, esta vez con más rajo. Putitos, parecen minas”.
detenimiento, la fotografía. Alguien grita, es un tipo gordo, vestido con un buzo de
—Usted —dice y enmudece. gimnasia desgastado y sucio, muy sucio, que le queda chico.
Me levanto y me acomodo la ropa, la bragueta del pan- Grita como un desaforado, pero yo estoy tranquilo. No me
talón me quedó desabrochada y me subo el cierre. Le digo grita a mí ni a mis compañeros, sino a los chicos del otro cua-
que voy al baño a peinarme y salimos a buscar a Magalí, o a dro. Es invierno, pero hace bastante calor, es domingo. Es la
David. hora de comer. Parado debajo del travesaño, escucho el ruido
Entro al baño y orino, todavía tengo una leve erección y que me hace la panza. Después del partido, seguro que vamos
no logro controlar el chorro. Salpico con meo los costados del a la casa de la abuela Amelia, la vieja de mi vieja, y seguro que
inodoro así que me tengo que sentar. Trato de pensar, poner hizo ravioles con tuco. A mí no me gustan las pastas, pero los
en orden la cabeza. Magalí, el trava, antes de llamarse Magalí ravioles con tuco que prepara Amelia son una delicia. Seguro
se llamaba David, jugaba al fútbol y me abrazó en un partido. que también me compró una Coca-Cola y de postre hizo flan
No tengo buena memoria para acordarme de todos mis o panqueques con dulce de leche.
compañeros, pero, así y todo, no estuve en tantos equipos y Me gustan los domingos, por más que el viejo diga que
esa camiseta que tiene David en la foto no era de ninguno los fines de semana son una verga. Cuando vamos a lo de la
de los cuadros en los que jugué. Me rompo el bocho quince abuela Amelia, siempre comemos viendo los Benvenutto, mi
minutos sentado en el inodoro hasta que de pronto se hace papá y Amelia se ríen, pero a mi vieja no le causa gracia. Dice
la luz. que mejor deberíamos comer con la tele apagada. Con la tele
apagada o prendida, como sea, pero quisiera estar comiendo
ya. ¿Cuánto faltará para que termine el partido?
—Dale paspado, corré y poné güevo, la puta que te parió
—vuelve a gritar el técnico de ellos, esta vez a un gordito al
que gambeteó el siete nuestro—. Para venir a mariconear así,

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te hubieras quedado en tu casa, jugando con las barbies de tu —Dale vos —le dice y le palmea la cabeza. El rayo del
hermanita. sol le pega de lleno en la melena rubia y le brillan los cachetes
El árbitro fue a retar al técnico gordo y a decirle que si colorados.
se seguía desubicando de esa manera lo iba a echar. El técnico El gordito se sorprende y le pregunta, para corroborar,
dice que se vaya a la concha de su madre y el árbitro le señala si es a él a quien le habló y el siete le dice que sí. No sé si es
la salida. Se va puteando de lo lindo. porque el sol nos da a todos en la cara, pero me parece ver que
El equipo contrario se queda sin nadie que los dirija, en todos los del cuadro contrario sonríen, y con cierta malicia.
el banco de suplentes solo quedaron dos chicos que salieron Con timidez, el gordito, el diez, acomoda la pelota y me
porque estaban cansados. Al gordito ninguno de sus compa- mira a mí o mira al arco. En ese momento lo odio. El árbitro
ñeros le da bola. Es gordito y medio llorón. Juega arriba, de dice que se patea el penal y se termina el partido. Se escucha
diez, o, por lo menos, ese es el número que lleva en la espalda. una protesta débil de nuestro técnico, pero no mucho más. El
Deben faltar dos minutos, vamos tres a tres, hace poquito no- penal fue bien cobrado.
sotros hicimos el tanto del empate y estamos contentos. Íba- El réferi toca el pito y la pelota se estampa contra la red
mos perdiendo tres a cero. Cada tanto, el gordito agarra una de mi arco. El gordito me la mandó a guardar. Me la mandó
pelota, porque se la robó a alguno de los nuestros, no porque a guardar y está como loco, exultante. Mira para todos lados
se la hayan pasado, y sale jugando, no lo hace del todo mal. gritando el gol. Sus compañeros están en la mitad de la can-
A diferencia de los demás, él sí la pasa, pero después no se la cha, algunos sentados en el suelo, ensuciándose el pantalón
devuelven. corto con tierra. Ellos no gritan, no festejan, nada. Uno solo,
Hay un córner para ellos y el diez pide patearlo, el once el dos, es el único que hace un gesto, un gestito en realidad, de
no le da bola y le dice que se deje de molestar. El réferi da la entusiasmo cerrando el puño derecho. El árbitro pita el final
orden y la pelota cae en el centro del área. El sol me da en del partido y el gordito está solo, gritando el gol. A lo lejos, se
la cara y escucho un patadón terrible y un chico que grita. escucha un batir de palmas. Sus viejos, quizá. Da media vuel-
Después viene el silbatazo y alcanzo a distinguir la silueta del ta y ve que sus compañeros no le dan bola, algunos encaran
árbitro señalando el penal. Para completarla, lo llama a Mau- para la salida, y ahí sucede lo extraño. Después de girar sobre
ricio, nuestro líbero, y le muestra la tarjeta roja. sí mismo y ver que nadie va a venir a felicitarlo, a festejar el
Se me va el hambre a la mierda. Otra vez la humillación tanto con él, corre hasta donde estoy yo y me abraza, como
de que todo el mundo vea como me la ponen. En el fútbol no si fuera un compañero, uno que no lo discriminó. Siento su
tendrían que existir los penales. Es preferible otorgar el gol y olor a transpiración y su pelo rubio se me mete en la nariz,
listo. ¿Para qué sufrir tanto, hacer ese rito tan ceremonioso, si, haciéndome cosquillas.
casi siempre, al arquero lo vacunan? —Salí de acá, pelotudo —le digo mandándolo a la mier-
Sabiendo que no le van a dar bola, el gordito ni se moles- da de un empujón.
ta en pedir la pelota. Sin embargo, el siete de ellos, su capitán, El gordito, me hace acordar a Curly, el de los tres chifla-
con una sonrisita bien de hijo de puta, le pide que lo patee él, dos, comienza a girar de un lado para el otro, gritando “gol”.
el gordito.

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Tiene los ojos cerrados, pero alcanzo a ver un par de lágrimas XIV
que le resbalan por sus mejillas.
—Vamos, pibe —le dice el árbitro extendiéndole una
mano para ayudar a que se levante—, ya está, ya está.
El gordito, con su camiseta número diez llena de tierra,
se levanta y corre al vestuario. Yo me quedo con su olor a
transpiración en la cara, mi número tres me mira y no dice
nada. Dejamos la cancha y nos reunimos con los viejos. Hoy,
de nuevo, vamos a comer a lo de la abuela, pero ya no tengo
hambre. La mujer me golpea la puerta del baño y me pregunta si
me pasó algo. Le digo que no, que en un segundo salgo. Me
levanto los pantalones y tiro la cadena.
—Acá estoy, señora, vayamos saliendo.
La mujer camina hacia la puerta y la abre. Yo agarro el
celular y llamo a Luciana, no me contesta. Pruebo con Magui,
pero lo mismo. Hago el último intento con Paquito, no hay
caso. No deben tener señal en la ruta.
—¿Adónde vamos? —pregunta la mujer.
—Su hijo y los demás se fueron a Santa Marta, está acá
cerca, pero necesitamos un auto.
—Yo vine en el mío.
La mujer señala una Combi vieja y sucia. Me sorprende
pensar en la distancia que pudo haber recorrido la anciana en
la búsqueda de su hijo travesaño. Evoqué la imagen de Magalí
acabándole en las tetas a Luciana y sentí nuevamente el cos-
quilleo en la entrepierna. Me hago el boludo y subo al auto, en
el asiento de acompañante.
La mujer pone la llave en el auto y después de tres in-
tentos, la logra hacer arrancar. Se está haciendo tarde y, para
colmo, el cielo está nublado.
Nos ponemos en marcha.

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XV no fuera por la curiosidad de pedirle explicaciones a Magalí o
David, o como carajo se llame, la mandaba a la mierda y me
quedaba en el chalet solo, haciéndome la paja.
La Combi de la jovata deja de marchar justo en el mismo
momento en que se larga a llover. Es un chaparrón fuerte y
continuo, de esos que empapan al segundo.
—Mierda, mierda, mierda —protesta la vieja.
—¿Ahora qué hacemos? —le pregunto sabiendo que eso
la va a engranar más.
La mujer se queda en silencio, concentrada en el cami- —No sé.
no. Yo le sostengo la cartera, ella me lo pidió, y vuelvo a mirar Sin decirme nada, abre la puerta y sale al contacto con
las fotos de David. Cada tanto, se escucha un quejido asmáti- la lluvia. Le digo que se meta adentro, que se va a mojar toda,
co del coche, señal de que no está en las mejores condiciones. pero no me da bola. Me pide la cartera y se la alcanzo.
—¿No convendría descansar, señora? —le pregunto—. —Vuelva adentro, señora, se puede resbalar y hacerse
Podemos volver al chalet y llamar a Magalí mañana. mal.
—Mi hijo se llama David, no Magalí —me contesta Sin escucharme siquiera, ve pasar un camión y le hace
seca—, y solo voy a descansar cuando lo tenga frente a frente señas. El conductor hace como que no la ve y sigue su marcha.
y le dé un buen cachetazo. —Grandísimos hijos de puta —insulta la vieja—, no tie-
—¿Para eso hizo semejante viaje? —me enojo—. ¿Para nen compasión por una mujer mayor.
venir a darle un cachetazo? Estoy por volver a insistirle que se meta dentro, cuando
La mujer me mira con fastidio, las arrugas parecen vol- aparece otro camión. Esta vez, el pedido de la mujer es co-
verse más profundas. rrespondido y el chofer detiene el vehículo a dos metros de
—A veces, mijito, lo que necesitan ustedes es un buen donde estamos nosotros. La puerta de la cabina se abre y un
cachetazo de madre. Con eso andan derecho. Ese fue mi hombre cincuentón, gordo y de bigotes gruesos le pregunta
error, el que no me voy a perdonar, el no haber dado el cache- qué necesita.
tazo cuando era el momento. —Dios lo bendiga, hijo —dice la mamá de Magalí po-
Con fastidio, dejo la cartera y las fotos en la guantera. A niendo tono de viejita dulce—. Se nos acaba de parar este
lo lejos, se alcanza a ver un rayo, se viene tormenta eléctrica cacharro y necesitamos ir hasta Santa Marta, ¿podrá acercar-
nomás. nos?
El auto se bambolea y empieza, por sí solo, a aminorar —Justo tengo que ir para allá, abuela —dice el camio-
la marcha. nero—, pero solo tengo lugar para uno. Debe ser un mambo
—Esta porquería no me puede fallar, no ahora que estoy mío, pero creo ver que me hace un guiño cómplice.
tan cerca —dice la vieja y golpea el volante con fastidio. Yo no La vieja da media vuelta y mira hacia donde estoy yo.
le digo nada, pero me la quedo mirando con desconfianza. Si Me dice que me baje y saca la llave del auto. Antes de cerrar la

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puerta, revuelve entre los cachivaches que tiene en el asiento XVI
trasero y saca un paraguas roto y diminuto.
—Tenga —me dice y se lo agarro—, ya no lo molesto
más, con la información que me dio, me voy a saber arreglar
sola.
La escucho con mucha dificultad debido al ruido del
viento y los truenos. Abro el paraguas y trato de cubrirme la
cabeza como puedo. La vieja, tambaleándose, apoya un pie en
el escalón de la cabina y, por poco, resbala. El camionero le
extiende un brazo gordo y fofo y ella se agarra. El camión se La lluvia me taladra los sesos. Trato de ver algún árbol,
pone en marcha y me dejan solo como un boludo. aunque más no sea para cubrirme un cacho, pero no hay
Abro el paraguas y el viento me lo tira a la mierda. Ni me nada. Solo pasto y ruta. Encaro para General Ferdinando, el
gasto en correrlo. agua me pega parejito en la cara y no veo. Vieja puta, mal co-
gida y loca de mierda. Ojalá que el camionero le rompa bien
roto el culo, pero que le dé de una manera que le duela, que se
lo deje como un coliflor. Capaz que a la jovata le gusta y todo.
Esta es tu vida, Raulito. Una vida en la que te quedás
solo y mojado. Pienso que a lo mejor, más que lluvia, en reali-
dad, lo que me cae del cielo es la orina de una jauría inmensa
de elefantes alados como Dumbo que me están meando. Es-
toy meado por una manada de elefantes con cistitis. Apenas
llegue al pueblo me baño, me cambio de ropa y saco un bo-
leto para Buenos Aires, para Buenos Aires no, para Mar del
Plata y de ahí sí, para Retiro. No llegan bondis directos desde
Retiro a General Ferdinando. Qué pueblito de mierda este.
¿Quién habrá sido el tal Ferdinando? Seguro que algún facho
como todos los habitantes de esta zona. Si a estos pueblos de
mierda no le ponen General, le ponen Coronel; si no le ponen
Coronel, le ponen Brigadier. Por qué no se irán a hacer lavar
el orto. Como llueve, la concha de la lora. Si con esta lluvia de
mierda y, encima, este frío no termino con una angina galo-
pante, le pego en el palo.
Me paro a mear en el medio de la ruta sin que me im-
porte nada y veo pasar un auto; el chorro de orina se me corta

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de golpe y duele como la puta madre. Le hago dedo pensando —Felipe, concha tu madre —me insulta—, te dije que te
que ni el más loco del mundo sería capaz de frenar en un día subieras, huevón, que nosotros te llevábamos. ¿Por qué nunca
como este. Pero, para mi sorpresa, el auto se detiene y se baja podís hacer caso, carajo?
un petiso panzón luciendo una sonrisa de Colgate. Lo veo sacar un chumbo y apuntarme. Parece de jugue-
—¡Ey, Felipe! —me grita con marcado acento chileno—. te, como esas pistolas de extraterrestres con las que jugaba
¡Qué hacei acá, huevón, te vai a engripar! cuando era pibe. Casi me hace cagar de risa, pero, sin decir
Quiero decirle que no soy ese tal Felipe, pero no me sale agua va, aprieta el gatillo y siento un ardor en el pecho y que
nada de voz debido al frío. se va extendiendo hasta la sabiola. El hijo de puta me pegó un
—Subí que te llevamos —mientras me dice esto, del lado tiro de una, de frente march. Como si fuera la escena de una
del conductor se baja otro tipo más, pelado y flaco, bien flaco, película, me arrodillo palpándome la herida del pecho, tengo
pareciera que el viento y el agua de la lluvia lo fueran a que- un dardo finito, clavado en la carne. Lo agarro y tiro fuerte
brar. para sacármelo, sin éxito. Miro al chileno a la cara, sonríe, y
—Ey, Felipe, ¿qué hacés con esta lluvia? —me dice—. me dejo caer.
¿Te querés resfriar, pedazo de boludo?
Los dos tipos se me acercan sonrientes y yo desconfío.
—Yo no soy Felipe, muchachos —les digo y me empiezo
a alejar del coche.
—Pará, Felipe —me dice el que se bajó primero—. No te
vayai, vení que te llevamos al pueblo.
—Dale —se anota el otro—, mirá que los pibes ya se es-
taban preocupando.
—¿Preocupando de qué? No me llamo Felipe, no lo en-
tienden. No soy quién ustedes dicen. Déjenme de joder.
Doy media vuelta y empiezo a caminar rápido.
—Esperá, Felipe, no te vayas —me grita uno de ellos, no
llego a distinguir cuál.
Escucho que se vuelven a cerrar las puertas del auto y
este se pone en marcha. Me siento más aliviado. A lo lejos
se empiezan a ver las primeras casas de General Ferdinando,
por suerte, con el auto de la vieja no llegamos a hacer una dis-
tancia tan larga. Desde atrás me llega el ruido de una frenada
violenta.
Me doy vuelta y veo de nuevo el auto. Otra vez se baja
el chileno.

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XVII —Por fin se despertó el dormilón —me dice acercando
su cara a la mía, tiene aliento fresco, de pastillas de menta y
un cutis que parece suave.
—¿Dónde estoy? —le pregunto con un hilito de voz.
—Shhhh —me reprende—, no hable mucho que se va
a marear. Déjeme que le acomodo el suero y llamo al doctor
para que lo revise.
Esa voz tan de madre, sumado al aroma de su boca, me
gusta y me tranquiliza. Cierro los ojos y me vuelvo a quedar
Trato de abrir los ojos, pero los párpados me pesan como dormido.
adoquines. Llego a ver un techo blanco y descascarado por la
humedad. Estoy, parece, en una sala de hospital. Afuera se
escuchan ruidos de pasos y puertas que se abren y se cierran,
chirridos de rueditas y como tintineos de vajilla que choca.
Me imagino tazas y platitos que usaron otros enfermos y que
las mucamas llevan en un carro. Las mucamas deben ser chi-
quititas, por eso el repiqueteo de pasitos. Estoy en una cama,
con un colchón blando y me tapa solo una sábana blanca y
finita; por lo demás, estoy desnudo. Eso no es un problema,
no tengo frío, al contrario. Tengo la boca pastosa y la garganta
reseca, como de papel secante. Supongo que si trato de hablar
no voy a conseguir más que un gruñido ronco. A un costado,
hay una mesita de luz que tiene una jarra de vidrio con agua
y un vaso de plástico. A modo de decorado, un florerito con
una flor de plástico que, para colmo, está marchita. O me lo
parece. Quiero servirme un vaso de agua, pero un tubo trans-
parente que tengo pegado a la mano derecha me detiene. Sigo
el tubito con la vista y veo que sube hasta una bolsa de suero
que se desangra lentamente. Si pudiera gritar, gritaría. Creo
que estoy por dormirme de nuevo.
Cierro los ojos y se abre la puerta de la habitación. Entra
una enfermera joven y risueña, como de película porno.

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XVIII está el cielo, esto va a durar un par de días. Decí que, por lo
menos, le viene bien a la cosecha.
—¿En dónde estoy?
—Te trajimos de vuelta con la ambulancia, chocaste con
un camión. Zafaste de pedo, pibe. ¿No te acordás?
Afuera se escucha un trueno.
—¿Sentís? —me pregunta el médico señalando hacia la
ventana—. No, si esto va para largo. Se suspendieron los par-
tidos, por la lluvia. Habrá que ver si los reprograman para
Me despierto otra vez. Ahora, además de la enfermera, jugarlos durante la semana. Igual, vos no te vas a poder mover
hay un tipo con pinta de médico. Me mira serio, como si estu- mucho durante un rato.
viera a la expectativa por si se me da por escaparme, como si Quiero levantarme de la cama, me incorporo para sacar
yo pudiera salir corriendo. Es flaco, colorado, le calculo más una pierna, pero el médico me detiene.
de sesenta pirulos. —Pará, ¿qué hacés, pibe?
—¿Cómo te sentís? —me pregunta y saca a relucir un —¿Qué mierda pasó acá, doctor? —estoy a punto de te-
estetoscopio que llevaba en uno de los bolsillos del guarda- ner un ataque de nervios—. No sé de qué accidente me habla
polvo. ni de qué cosecha. Ni siquiera sé…
—Tengo sed —le contesto. Me quedo mudo. El médico me vuelve a acostar y toca el
Le hace señas a la enfermera y ella me alcanza un vaso timbre para que entre la enfermera. No me acuerdo de nada,
con una pajita para que tome. El agua está fresca y me provo- absolutamente de nada. Ni siquiera de cómo mierda me lla-
ca un gran placer y alivio. mo.
El médico me pone el estetoscopio frío en el pecho y se —¿Qué pasó? —digo para mí. Un par de lágrimas se me
me pone la piel de gallina. escapan de los ojos y me resbalan por las mejillas. Me las lim-
—Llevabas más de catorce horas durmiendo —me dice pio y noto una barba pinchuda.
sentándose a mi lado—. Tuviste un Dios aparte, pibe, no sa- —Tranquilo, pibe —apacigua el doctor—. Tuviste un ac-
bés cómo quedó el auto, destrozado. cidente esta mañana. Estás en Nueva Esperanza. ¿Te acordás?
—¿Qué pasó? Niego con la cabeza.
El médico carraspea y le dice a la enfermera que vaya —¿Te acordás de cómo te llamás? —ahora se lo nota más
nomás, que cualquier cosa, la llama. preocupado.
—Chocaste con el auto —dice y acomoda un pliegue de —No, no me acuerdo. No me acuerdo de nada.
la sábana. El médico saca una linternita del bolsillo del pantalón y
—¿Qué auto? —no sé de qué habla. me revisa las pupilas. En eso, cae la enfermera y le pregunta
—Saliste a la ruta esta mañana y estuvo lloviendo como si hace falta algo. Él le susurra algo bajito y la enfermera sale
la puta que lo parió. Ahora paró un poco, pero, por cómo disparando.

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—Bueno, calmate. Esto es una conmoción pasajera. —¿Cómo estás, Felipe? —me pregunta severo, como
Estás shockeado por el golpe. Te llamás Felipe; vivís acá, en acusándome. Quizá yo haya tenido la culpa del accidente. Al
Nueva Esperanza, y sos jugador de fútbol. fin y al cabo ahora no me acuerdo ni siquiera si sabía manejar.
—¿Felipe? —el nombre me resulta tan extraño como —Ahora Felipe no puede hablar —le amonesta el médi-
todo esto que estoy viviendo. co. Por un rato los dos se miran fijo y feo. Es solo un par de
—Felipe, sí. Felipe Oitana. Felipe Ramón Oitana —me segundos, pero noto que hay mala onda entre ellos dos, una
dice mi nombre así, por partes, como si temiera de que me lo mala onda añeja.
olvide si me lo dice de un tirón. —Estoy confundido —digo.
Me lo quedo mirando, revuelvo en mi cabeza si hay algo Los tres me miran, pero ninguno dice nada.
con qué asociar ese nombre, pero no tengo suerte. —Acompáñenme un minuto afuera —dice el médico, y
—Tuviste un accidente —repite—, chocaste contra un volviéndose a mí—: vos aguantá, ahora viene la enfermera
camión en la ruta, pero estás bien. y te llevamos a la sala de rayos equis para hacerte el estudio.
El médico me dice todo eso para calmarme, pero no le Y sin esperar respuesta, se van y me dejan solo.
creo. Afuera empezó a llover y está oscuro. No sé qué hora es
ni qué día, me siento perdido y con ganas de salir corriendo,
si pudiera lo haría.
—Por suerte, justo pasaban por allá Tatín y Condorito.
—¿Quiénes son?
—Tatín y Condorito son los preparadores físicos del De-
portivo la Piedad, el club donde jugás.
Este dato me pega fuerte, no sé por qué, pero es un ma-
zazo en la cabeza.
—¿De qué club me está hablando?
—¿Cómo “de qué club”, huevón? —dice un tipo que aca-
ba de entrar, luce una sonrisa de oreja a oreja y se le nota un
marcado acento chileno—. ¡Qué Felipe culiado!
El médico no me lo presenta, pero imagino que debe ser
Condorito. Es bajito y retacón y pareciera que esa sonrisa la
mantiene pegada a la cara en todo momento. Le podrán decir
Condorito, pero yo lo veo más parecido a Fonola, el amigo de
Condorito. Petiso, morocho y jetón; feo como todos los chi-
lenos. Un par de segundos después aparece otro tipo. Es todo
lo contrario de Condorito. Es alto, flaco, de bigotes fachos.
Encima tiene una cara de orto que supera todo lo conocido.

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XIX —¡Mi amor! —alguien entra a la habitación gritando.
Me descubro y veo a una chica joven y de cuerpo escul-
tural. Trato de incorporarme, pero ella se me viene encima.
—¡Mi amor! —vuelve a decir—. ¡Por dios, mi amor!
¿Qué te pasó?
No le contesto. Es una morocha despampanante, con te-
tas de silicona y, por ello, perfectas. Tiene los ojos verdes, muy
intensos, que no parecen lentes de contacto. Están hinchados
y rojos de tanto llorar.
Se van a hablar al pasillo y dejan la puerta abierta. Ha- La morocha me abraza y siento su busto apoyado en mi
blan despacio, para que no los escuche, pero, cada tanto, algu- pecho. Quisiera hacer lo mismo, pero los brazos no me res-
no de ellos levanta la voz y se les cuelan palabras sueltas. Las ponden. Su perfume me invade las fosas nasales. Es un per-
quiero juntar para ver si forman algo que yo pueda entender, fume intenso y refinado, supongo que de los caros. Sus tetas
pero no hay caso. El que habla más fuerte es Tatín. La voz duras refregándose en mi pecho me provocan una erección.
ronca se le interrumpe cada tanto para largar una tos seca, —Hola —le digo y me contengo para no decirle que no
debe fumar. Escucho que dicen “accidente”, “cuidado”, “pe- me acuerdo de quién es.
lotudo”, “controlarlo”. A veces no puedo distinguir al dueño —¿Cómo estás?
de la voz. De todas las palabras que logro pescar, “controlar- —Tuve un accidente —le informo lo que hace un rato
lo” es la que más me hace ruido. Quisiera acercarme hasta la me dijo el médico—, parece que me di un golpe fuerte, pero
puerta y escuchar desde este lado. Me muero de curiosidad, estoy bien.
pero sé que no tiene sentido. Estoy hecho una piltrafa y llego Me la quedo viendo. Está vestida con unas calzas verdes
a poner un pie en el suelo y me voy a ir a la mierda. No me que le hacen juego con los ojos y le marcan las piernas. Pier-
gusta la idea de darme de boca contra el piso y dejar un par nas bien torneadas y un culo redondo, apetecible. Me dice
de dientes. Demasiados accidentes para un día, aunque no “mi amor” a cada rato y no puedo creer que lo diga en serio.
me acuerde de él. No solo estoy débil, sino que también me Mucho menos, puedo creer que no me acuerde de ella. Es
duele la cabeza. Siento como si me hubieran hecho aspirar de las mujeres que no se olvidan, las que, para uno, siempre
vidrio molido y ahora lo tuviera en el cerebro, pinchándome serán intocables. Lleva puestas unas zapatillas rojas fluores-
la masa encefálica. centes que le dan un aspecto de chica cool. La camperita de
Escucho pasos que se alejan, se están yendo los tres y me gimnasia es del mismo color, pero no fluorescente. La remera
dejan acá. Quiero llamarlos, no sé quiénes son, pero no quie- musculosa le hace un escote que deja entrever las tetas tur-
ro que se vayan. No me quiero quedar solo. Siento un miedo gentes. Por lo que se ve, es de practicar deporte, y, a juzgar
de película de terror, de esos que ponen la piel de gallina. Me por cómo está vestida, diría que ha interrumpido una de sus
gustaría saber qué hora es, ya que dormí tanto. Me tapo hasta tantas rutinas de ejercicio.
la cabeza y espero.

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Sin dejar de llorar, me agarra la cara con las manos y —¿Dónde vas, amor? Quedate acostado, que te vas a
me encaja un beso que dura una eternidad. No le importa mi caer. Estás débil.
boca pastosa y reseca y me mete la lengua por cada rincón, —Quiero irme. Dejá que me levante —saco un pie afue-
explorando mi paladar, mis encías, mis dientes y mi lengua. ra, la morocha tiene razón, no tengo fuerza para nada. Debo
La pija se me para, pero me viene una puntada de dolor en el parecer un mocoso malcriado o, mejor, soy algo así como un
marote que me descompone. viejito de un asilo, que se encapricha igual que un chico. Cre-
—¿Te duele algo? —me pregunta apartando su cara de yendo que puede ir al baño a mear sin salpicar todo.
la mía. —Pará, Felipe —me agarra de los brazos y me sostiene,
Le hago seña con la mano para que me alcance agua. la aparto de un manotazo.
Tomo un trago y la encaro. —Dejame, carajo —le digo—. No sé quiénes son uste-
—Mirá, no te asustes, pero no me acuerdo de nada. No des. No sé qué quieren conmigo. Déjenme en paz y váyanse a
sé quién sos ni si somos novios o marido y mujer. Es más, no la mierda todos.
me acuerdo ni de mi nombre. Apoyo el pie en el piso y me empieza a subir un frío que
La morocha me mira como desconfiando. Se aparta se aloja en el estómago y en los huevos haciéndome cosqui-
unos centímetros, pero vuelve a acercarse. llas.
—¿Qué decís, Felu? Me estás haciendo una broma. —¡Amor, por favor! —me grita desesperada—. ¡Ayuda,
—¿Cómo te llamás? doctor!
—¿Me lo decís en serio? Le doy un empujón y me la saco de encima. La morocha
—No me acuerdo de nada, flaca —así y todo me fastidia cae al piso y se pone a chillar y a gritar. Siento en la mano
tener que decírselo de nuevo—. ¿Pensás que soy tan pelotudo el tirón del suero. Dentro del tubito empieza a subir sangre.
como para mandarme una joda de esas? Saco de un tirón las bandas elásticas y tiro de él hacia arriba.
La morocha traga saliva y me saca el vaso de la mano Sale una aguja que es más larga que la puta que lo parió y la
para tomarse un trago de agua. tiro en la cama.
—Me llamo Pilar, y soy tu novia. Miro hacia abajo y me veo la pija flácida y los huevos
Me lo imaginaba. No sé cómo se puede uno de olvidar como dos nueces. Imagino que debo tener un aspecto patéti-
de una mujer así, de una mujer inolvidable. Pero semejante co. Agarro la sábana y me cubro.
olvido tiene su recompensa al tener la noticia de ese hecho Voy hasta el pasillo, no hay nadie. El mareo y el dolor de
olvidado como si fuera la primera vez. Es casi idílico. Soy ju- cabeza me tienen pegado al suelo y cada paso me cuesta un
gador de fútbol y tengo una novia que raja la tierra. No me triunfo.
acuerdo de nada, pero sentido común, eso sí me queda y sé, —¡Doctor! —escucho la voz de la enfermera—. Mírelo,
por más amnesia que tenga, que cuando la limosna es grande, se escapa.
hasta el santo desconfía. Doy media vuelta y veo al médico y a la enfermera. De-
—¿Dónde está el médico? —pregunto y amago a levan- trás se asoman Condorito y Tatín.
tarme.

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El doctor le hace una seña a la enfermera para que se XX
calme.
—Tranquilo, pibe —me dice—. Quedate piola que no
pasa nada.
Estoy por contestarle algo, pero siento el pinchazo en
el cogote, debajo de la oreja. Miro al costado y veo a la mo-
rocha con una jeringa chorreando un líquido viscoso y azul.
Alcanzo a pensar que esta bien sería una escena de 12 monos,
la película de Brad Pitt, aunque yo no me parezca demasiado
a él. Acto seguido me desplomo en el piso. ¿Dónde carajo estoy? ¿Quién soy?
Cada intento de hacer memoria significa un dolor en la
cabeza. Siento como si me estuvieran clavando agujas en los
sesos. Por el reflejo del vidrio de la ventana, alcanzo a verme
de refilón. Mi cara y el resto de mi cuerpo me resultan vaga-
mente familiares, pero nada más.
—Déjeme ayudarlo a levantarse —dice la enfermera—,
tenemos que ir a la sala de rayos, para que se haga un escáner.
—Puedo caminar.
—Usted dirá lo que quiera —dice la enfermera fruncien-
do la cara—, pero de acá no se va si no es en silla de ruedas.
Me gustaría protestar, pero no me dan las fuerzas. Las
palabras me salen como resbalándose de los labios, hago un
esfuerzo para que no se me caiga la baba. El médico me dijo
que es porque me tuvieron que dar un calmante. Por eso ando
medio pelotudo.
—Agárrese de mi brazo —la enfermera quita su cara de
pocos amigos aunque no borra del todo su semblante serio.
Estoy sentado en el borde de la cama, con una bata que
apenas me cubre el pecho y la espalda. Me llega hasta las rodi-
llas, pero está tan suelta, que cualquier vientito de morondan-
ga que corra por el pasillo me va a dejar en pelotas.
Niego con la cabeza, pero ella se acerca igual.

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—No sea caprichoso, hombre —me reta como una XXI
mamá—, se puede caer y después la que va a tener problemas
voy a ser yo.
Se acerca y me toma de los hombros. Huelo su perfume,
es una colonia un tanto dulzona. Colonia de trola, pienso. La
situación es tan obvia que parece sacada de un libreto. Miro
la tarjeta que tiene colgada con su nombre, se llama Carolina.
Debe tener treinta y cinco años. La edad que debo tener yo,
si es que no estoy muy errado. No me acuerdo de la fecha en
que nací ni el día de mi cumpleaños. Voy por los pasillos en la silla de ruedas que empuja Ca-
Carolina tiene el uniforme impecable y apenas un toque rolina, a toda velocidad. Me siento como un pibito en el tren
de rubor en las mejillas. Es rubia, con el pelo lacio. Demasia- fantasma, pero en lugar de vampiros, hombres lobos y fan-
do linda para ser enfermera y andar lidiando con viejos que tasmas, hay médicos y enfermeras. No veo otros pacientes,
se cagan encima o pelotudos como yo, protestones. ni uno.
—No quiero que me hagan nada —trato de protestar, Al llegar a la sala de rayos equis, la puerta se abre y un
pero es tan patética mi voz que debo dar risa. tipo grandote, de casi dos metros, aparece y le dice a la enfer-
La enfermera no contesta, se limita a tomarme nueva- mera que deje, que él se encarga de todo. Su cara me parece
mente del brazo y esta vez me dejo hacer. Pararme me cuesta conocida.
más de lo que me imaginé. Tenía razón la muy guacha, nece- —Tranquilo, pibe —me dice y me alza—, esto no te va
sito su ayuda. Ella tiene una fuerza bárbara. Es chiquita, pero a doler nada.
me tiene prácticamente alzado, y eso que, por lo que veo, soy Me deja recostado en una superficie blanca y fría. Por
grandote. encima de mi cabeza hay un tubo blanco también, de metal.
Caigo de culo en la silla de ruedas, como una bolsa de En su interior, hay luces que se prenden y se apagan. Hace frío
papas y al ratito siento un pinchazo. Un pinchazo nuevo y y empiezo a temblar.
más doloroso que el anterior. Parece que me estuvieran me- En un costado está el médico mirando un papel en blan-
tiendo cemento. co y en otro extremo está otro doctor, rubio y pálido, apre-
—Es para que no le dé nauseas el escáner —me dice Ca- tando botones y girando perillas. La sala tiene el aspecto de
rolina. nave espacial, de las naves espaciales de las películas viejas, de
No le creo, pero da igual. Me estoy por quedar dormido. Viaje a la Estrellas. Una sala blanca y con olor a desinfectante.
Otra vez. La enfermera entra también y le pregunta al rubio si me
tiene que medir la fiebre.
—Sí, por favor —contesta y le escucho un acento nor-
teamericano.

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Siento el termómetro frío en la axila y me hace cosqui- Hay un planeta que se va agrandando hasta convertirse
llas. Siento más frío, una gotita de sudor me resbala por la en la tierra. Ahí estoy yo, viendo como todo se acelera. El uni-
frente. El sudor es frío. Debo tener fiebre. La enfermera me verso se va fragmentando hasta convertirse en recuerdos. Los
saca el termómetro de la axila, vuelvo a sentir cosquillas. recuerdos me entran por la nariz, los oídos y la boca; por el
—Cuarenta y dos —dice leyendo el termómetro en voz culo y los poros también. Comprendo que no somos más que
alta. la suma de nuestros recuerdos, y estos ni siquiera sé si son
—Hay que bajársela urgente —dice uno de los tres hom- míos de verdad. Igual los interiorizo, me los meto adentro.
bres, no llego a distinguir cuál. Me lleno de recuerdos, me empacho. Hay un nenito de seis
Me siento tan débil que creo que me voy a poner a llo- años que va a la escuela, soy yo. El mismo nenito jugando a
rar en cualquier momento. Siento otro pinchazo, este es casi las figuritas, a la pelota y al balero. El pibito llorando porque
indoloro, y la mano de la enfermera poniéndome un paño se golpeó con la bicicleta. También me aparece una señora,
húmedo en la frente. A pesar de la intensa luz del techo, que una señora mayor que me abraza y me pone merthiolate en la
me da en el centro de los ojos, alcanzo a distinguir las tetas herida. Le digo tía, pero sé que no es una tía de verdad; es una
que se asoman a través del uniforme. Carolina se me acerca y señora muy cercana a mí. Algo así como una mamá, pero no
me susurra en el oído. me entra ningún recuerdo de mi mamá ni de mi papá. Veo a
—Quedate tranquilo, no te va a pasar nada. un hombre grande también, que me lleva en bicicleta a jugar
Al parecer, me está haciendo efecto la mierda que me al fútbol. Es un poco más grande que la señora. No vive con
han inyectado, puedo sentir cómo el calor en el cuerpo, la nosotros, pero nos visita bastante seguido y a ella le da besos
fiebre, me va abandonando. Me duele cada hueso del cuerpo. en la boca. La señora se va haciendo más vieja y el hombre
—Ahora —dice el médico que me atendió cuando in- también. Veo a la señora, que se llama Mirta, llorando y di-
gresé y el grandote aprieta un botón. Se escucha el ruido de ciéndome que Santiago, así se llama el hombre, se acaba de ir
una máquina al ponerse en marcha y me muevo hacia el in- al cielo. Lloro, tengo doce años. Mirta prefirió la sutileza y me
terior de la cápsula. dijo “se fue al cielo”, en vez de decirme que se murió. La abra-
Entrar en la cápsula es como entrar a una cápsula del zo y me quedo con ella un montón de tiempo. Ella trata de ser
tiempo. Todo es tan blanco y, a la vez, tan oscuro, que solo fuerte, de no llorar mucho, pero no le sale y sus lágrimas se
queda reencontrarse con uno mismo. Una luz blanquísima pegan en mis mejillas.
se mete y me obliga a cerrar los ojos. Tengo que apretar tan Me veo crecer, cambiar la voz y seguir jugando al fútbol.
fuerte los párpados, que se me forman puntitos luminosos. Veo chicas, adolescentes. Me veo tímido, avanzando a una de
Esos puntitos parecen ser soles y planetas que van formando ellas. Estamos los dos tomados de la mano. Como en una pe-
un universo, mi universo. La droga que me pusieron, seguro lícula para adolescentes. Ella me va a esperar a que termine
que es eso. El universo se va expandiendo y le voy dando for- los entrenamientos, porque todavía juego al fútbol. La veo
ma. Juego a ser Dios. Me gusta, está bueno ser Dios. Yo soy peleándose conmigo y salir llorando. Yo esta vez no lo hago,
uno con el universo. ya comprendí que los hombres no debemos llorar. Me veo
cargando botellas de Coca-Cola, barriendo un supermerca-

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do. Laburo como negro. Laburo y juego al fútbol. Veo un bo- Me pagan por jugar a la pelota. Soy un privilegiado. Sé que
letín con notas justas y la cara de decepción en la señora que me pagan menos que a los arqueros que juegan en prime-
me cuida como mi mamá. La señora se sigue poniendo vieja ra. Veo una ciudad, Nueva Esperanza. No parece una ciudad,
y más vieja. Veo compañeros de fútbol, de trabajo. Veo dos más bien parece un pueblito chico. Igual me gusta, es mi pue-
chicas más. Veo un club, Deportivo La Piedad. Veo que gano blo. Nueva Esperanza es mi pueblo y el pueblo soy yo. Somos
unos partidos. Me veo firmando un contrato. En el contrato uno, uno con el universo.
hay un número no muy grande, pero que a mí me parece una El ruido de máquina se detiene. La cinta gira en sentido
fortuna. La señora que me cuida como mi mamá ya está vieja contrario y siento cómo me voy desplazando hasta salir.
y camina con bastón. —Ya está —escucho que dice la voz del médico que me
Veo un grupo de porristas que tienen una camiseta azul atendió cuando volví en mí y me toca la frente con manos
y roja, son las porristas del equipo para el que juego. Se lla- callosas.
man las piadosas. Veo a una de ellas, la más linda, y veo que Abro los ojos y veo a los cuatro, al médico, al otro que
ella también me ve a mí. Veo que la veo y la veo y no la puedo tiene aspecto de gringo, al grandote y a la enfermera rubia.
parar de ver. Veo que le doy un beso una tarde después de —¿Cómo te sentís, pibe? —me pregunta el médico.
ganar un partido. Veo muchos besos, en la boca, en los senos, —No sé —le contesto—, creo que bien.
en el cogote y más abajo, más abajo. Me veo en la cama con
la chica. Veo una tumba que tiene una lápida que dice Mirta.
Me veo rodeado de conocidos, hasta la primera chica a la que
le di un beso vino. Todos para acompañarme y acompañar a
la señora. Muchos lloran, la porrista también, y tiene los ojos
hinchados, que así y todo, le resaltan mucho más sus ojos ver-
des. Muchos lloran, pero yo no, porque los hombres no lloran.
La señora Mirta estaría orgullosa de mí. De su hombrecito. Yo
le decía tía, pero no es mi tía, es como mi mamá, pero no es
mi mamá. La voy a querer siempre, pase lo que pase.
Veo un documento que dice Felipe Ramón Oitana con
un número y una foto. El de la foto soy yo y Felipe Ramón
Oitana es mi nombre. Escucho una hinchada que corea mi
nombre. Veo periodistas que corren a hacerme notas. Veo pa-
pelitos, muchos. Me veo contento, feliz casi. Soy el arquero de
mi equipo, Deportivo la Piedad.
Veo piernas, pelotas y patadas. Oigo silbatazos de árbi-
tros, puteadas y cánticos, cantos de cancha. Veo goles, me los
hacen a mí. Con lo que me pagan no tengo que trabajar más.

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XXII Dicen que perdí la memoria, debe ser verdad, porque no
me acuerdo de nada.
El médico me dice que no me preocupe, que dentro de
poco me voy a ir acordando de todo, que tuve un buen golpe
en la cabeza, pero la lesión es chiquita y no va a dejar se-
cuelas. Seguro que así debe ser, porque me siento un poquito
mejor cada día. Si sigo así, me dijo el tordo, en un par de días
me da el alta y vuelvo a mi casa. Espero que sea verdad.
Ayer y hoy vino una piba, se llama Pilar, que me dice
Dicen que me llamo Felipe Ramón Oitana. Debe ser que es mi novia y debe ser verdad, porque está más buena que
cierto porque eso consta en la cédula de identidad, que ade- dormir la siesta y si miente, no me importa. Ella dice que es
más tiene mi foto. La foto es de hace unos años, parece, pero porrista en el club en donde juego al fútbol. Debe ser verdad,
soy yo, de eso no hay duda. Mi documento también dice que porque tiene el cuerpo para hacer eso. Además, si dice que
nací en Nueva Esperanza y debe ser cierto, porque toda la juego al fútbol, también debe ser verdad porque a mí el fútbol
gente de este pueblo dice que nací y me crie acá. me encanta.
Dicen que Nueva Esperanza es un pueblo de siete mil Dicen que soy el arquero titular de Deportivo la Piedad,
habitantes. Debe ser verdad, porque desde la ventana apenas debe ser verdad. Veo mi foto y el nombre con el que todos me
escucho pasar autos, sobre todo a la mañana, y casi no es- llaman en el diario local y aparezco en el primer lugar de una
cucho gente. Me dijeron que esta clínica en la que estoy está lista de jugadores. Es una edición de la semana pasada y dice
ubicada en el centro. Debe ser verdad, o, al menos, no tengo que mi equipo le ganó uno a cero de visitante a un cuadro que
motivos para creer lo contrario. se llama Defensa y Juventud, debe ser verdad porque salió en
Dicen que tengo treinta y cinco años. Me juego también el diario. Y seguro que también salió en la televisión, en la
que eso es verdad, es la edad que aparento. Según la fecha radio y, me imagino, hasta en Internet.
de nacimiento que figura en el DNI, en nueve meses cumplo Dicen que Deportivo la Piedad juega en la Liga Regional
años, justo, como si fuera un parto, dentro de nueve meses, Interprovincial del Sur, junto con otros veintisiete equipos, lo
vuelvo a nacer. La verdad es que puede decirse que volví a na- que da catorce partidos por fecha. Eso es verdad, conté la lista
cer, después del accidente en el que zafé de casualidad. Porque de equipos y somos veintiocho en total.
la gente de acá dice que tuve un accidente en la ruta, y eso, Dicen también que la Piedad va peleando el campeo-
supongo, debe ser verdad. Estoy en un hospital, en cama, con nato, y eso más o menos es verdad, me fijé en la tabla del
el cuerpo dolorido y una enfermera viene cada dos por tres suplemento deportivo y vamos terceros. Quedan siete fechas.
a rellenarme el suero o a tomarme la fiebre. Me dice que es Ayer vino un tipo viejo, demacrado y muy canoso, dice
normal que me duela todo, pero que, en unos días, se me va a llamarse Leopoldo Prinotti y que es el técnico del equipo,
pasar. Quiero creerle. debe ser verdad. Me dijo que los dos que van arriba se van a
caer, porque juegan entre ellos el fin de semana que viene y

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hay lesionados en los dos bandos. Puede que sea verdad, pero eso sí que es verdad, tiene acento chileno, y es feo como todo
también puede decirlo para que me haga ilusiones. Igual, no chileno.
creo que llegue a jugar el resto del torneo. No me voy a recu- Dicen un montón de cosas. No sé si me dirán la verdad
perar tan rápido. Creo, no digo que sea verdad. o si me mienten. Es más, ya ni sé si yo mismo, ahora, no me
Por las noches, me cuesta quedarme dormido y, cuando estoy mintiendo.
lo hago, tengo pesadillas que me despiertan. Eso me genera
angustia y malhumor. El médico me dice que eso es propio
de los que pierden la memoria, que no me preocupe, que ya
se va a pasar y que tome la medicación que me recetó, unos
ansiolíticos un tanto fuertes, que me hacen dormir durante el
día lo que no me duermo a la noche. Ojalá sea verdad.
Dicen que, a pesar de que ya se me pasó el cuarto de
hora, la hinchada del club me considera un ídolo. Porque tuve
la posibilidad de jugar en primera de AFA, que me vino a
ver la gente de Huracán y después la de Banfield, y que hasta
habían hecho ofertas por mí y que yo decidí quedarme, por
el cariño que le tengo a la gente y a la camiseta. ¿Será verdad?
Dicen que, cuando me retire, el club me va a hacer un
contrato como entrenador de arqueros, que ya hay un pibe
que me está reemplazando y la rompe. Esperemos que sea
verdad, aunque sea la primera parte, no me quiero quedar
sin laburo.
Dice Pilar que mejor me vaya a Buenos Aires con ella,
así prueba suerte con el espectáculo, me dice que le gustaría
ser actriz o bailarina de la tele o el teatro. Yo podría hacer el
curso de técnico de fútbol y dirigir un equipo porteño. La
idea me entusiasma, de verdad.
Dos tipos que se hacen llamar Tatín y Condorito me vie-
nen a ver cada tanto. Dicen que son preparadores físicos del
club, que son mis amigos. Tatín es viejo, pelado, flaco y alto,
con cara de serio. Condorito es más jodón, se ríe a cada rato
y siempre tiene a mano un comentario gracioso. Quizá sea
verdad, pero, la verdad, no les creo. Condorito es chileno y

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XXIII en un pueblito de mierda como este, hubiera semejante tec-
nología. La sala de rayos era hipertecnosa, bien de película de
ciencia ficción. A mí me jodía un poco meterme en ese túnel
blanco, que se iluminaba por dentro con luces de todos los
colores. Yo salía medio pelotudo, pero me hacía bien, porque
era como si rescatase un recuerdo en cada sesión. No todo lo
que me acordaba en el túnel lo traía de regreso, pero algunos,
los de mayor importancia, sí. El de la tía, por ejemplo, ese es
mi recuerdo más importante. La señora que me crio. Tengo
Pasó una semana. El médico me había dicho un par de recuerdos de ella y de su novio. También algún que otro re-
días, pero se quedó corto. Durante el transcurso, recibí las cuerdito de morondanga, el primer cigarrillo, el primer beso,
visitas de Pilar, de Tatín y Condorito —que siempre caían y se la primera culeada. Del fútbol, raro, tengo destellos apenas.
iban juntos— y del profe Prinotti. Una vez vinieron los mu- Son imágenes recortadas, como en una pantalla. Una pierna
chachos del equipo, pero se quedaron un rato nomás, porque pateando una pelota, olor a transpiración y a tierra inundan-
la enfermera los sacó cagando. Les dijo que yo tenía que estar do la nariz. Pero eso solo, del profe Prinotti, de los mucha-
tranquilo y descansar, que no podían andar en malón dando chos y del club, naranja. Mucho menos de la liga y los demás
vueltas por la clínica. Para mí mejor, con el barullo que hicie- equipos.
ron, terminé con el marote a punto de reventar. Los quince Pilar siempre caía con fotos para mostrarme. La mayo-
monos que cayeron, los diez titulares y los cinco suplentes, ría son fotos de hace más de veinte años. De cuando yo era
me preguntaban una y otra vez si me acordaba de ellos. Yo les pibe. Me señalaba la gente que aparecía en ellas y me decía
decía que sí, que por supuesto, pero no me creían. Me mira- sus nombres. Este es Patricio, tu amigo de la infancia, que se
ban como si estuvieran viendo a un leproso, los muy boludos. fue a vivir a Santa Fe. Esta es Camila, la amiga de Mirta, tu
Lo peor de todo es que yo me enganchaba en esas boludeces tía. Este era un compañero tuyo de la escuela, este, que está
y trataba de acordarme. No había caso, sus caras me eran aje- al lado, trabajó con vos. Esta es tu primera novia. Yo me limi-
nas por completo. De tanto esfuerzo por recordar, terminé taba a asentir. Pilar lo tomaba con calma. Atenta a mi cara,
con un dolor de cabeza de la san puta y la enfermera me tuvo suspiraba y sonreía, con algo de tristeza y decía “bueno, no te
que traer un calmante. Esa tarde no me metieron adentro del preocupés, ya te vas a ir acordando”. Después nos besábamos.
tubo. El médico me dijo que me pone ahí para hacerme unos En una de sus visitas, aprovechó para hacerme una paja. Fue
controles, ver cómo evoluciono. No me di, según el tordo, un una mañana antes de ir al club, a su ensayo. Las piadosas, el
golpe tan grave, pero, por si las moscas, es mejor seguir la equipo de porristas, entrena día por medio. A mí me habían
cosa de cerca. Así y todo, me parece raro esto de hacerme un dado el desayuno hacía un ratito, un té amargo con unas ga-
escáner todos los días. Es como mucho. Bah, qué sé yo. Mé- lletitas de agua. Pilar me ayudó a limpiarme las migas y así,
dico no soy, y si lo fuera, en estos momentos no me acuerdo empezó a juguetear con la manito y bajó, me hizo cosquillas
ni de dar una puta inyección. Nunca habría imaginado que, en el pecho peludo y bajó, se detuvo en la panza. Se quedó un

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rato allí, un rato que me pareció eterno, la pija estaba hecha para hacerte una nota. Nosotros le hicimos el verso de que te
un mástil y se notaba en la carpa que se me había formado lesionaste en una práctica, que te diste un golpe importante,
con las sábanas. Pero Pilar no me defraudó y bajó hasta el pero nada grave.
punto neurálgico. Rozó la punta del glande con una de las — Y ojo, culiado, no nos hagas mentir, mira que en un
uñas y acunó los testículos que se me erizaron. Jugueteó con mes y medio es el clásico, huevón —dice Condorito parando
el vello púbico que se le enroscaba en los dedos. Bajó un poco en un semáforo en rojo—. Ahí vas a tener que volver, porque
más, hasta los huevos y los acunó en su mano. Después volvió mirá que el Matías, el cabro que te reemplaza, está haciendo
a subir y me la sacudió con una maestría inigualable, hasta buena letra, pero contra esos conchesumadre de El Salvador,
hacerme acabar. Me vino bien esperar el alta relajado. no se la va a aguantar.
Pero ya tengo el alta y estoy listo desde la primera hora —El Salvador. — Un recuerdo, como a lo lejos me llega
de la mañana. Pilar me pasa a buscar con Tatín y Condorito. y se me mete en la cabeza—. Nosotros jugamos el clásico con-
La enfermera rubia me lleva en silla de ruedas hasta la salida. tra El Salvador.
El doctor me dejó una receta de cinco páginas, lo tengo que —Exacto —exclama Pilar—, ¿te acordás, Felu?
ver la semana que viene. Puedo caminar, pero me tienen en Es una chispita, una pizca. La puta que me parió, me
silla de ruedas, al lado de la puerta, como un boludo. Con- tengo que acordar.
dorito acerca el auto, un Ford Fiesta azul, que parece nuevo, —Las camisetas…
hasta la entrada. Tatín me agarra de un brazo, un rayo de sol —¿Qué pasa con las camisetas? —pregunta Tatín.
le rebota en la pelada. Pelado y con anteojos de sol, tiene as- Cierro los ojos con fuerza. Estoy en una cancha que es
pecto de facineroso. pura tierra. La tierra se mete en los ojos, en la boca, en el
—¿Te podés levantar? —me pregunta. culo. Tengo el sol de frente y no me deja ver. Los jugadores de
—Dale tranquilo —le contesto poniéndome de pie—, campo se putean, se escupen, se tiran de la camiseta. Escucho
no estoy tan hecho bolsa. un ruido de una quema terrible, un pelotazo dado con alma
El viento me da en la cara y me corre un escalofrío. No y vida, y algo que se me estampa en la jeta. Caigo al suelo,
sé si es el frío del pueblo o Tatín, que apenas hace una mueca vuelvo a escuchar otro zapatazo y la pelota reventando uno
cadavérica. Me abre la puerta de atrás, Pilar me sostiene un de los palos. Todos gritan, algunos putean y otros festejan.
brazo, como si tuviera miedo de que me vaya a la mierda. El árbitro es al único que puedo ver, porque la camiseta ne-
—Meté pata, Felipe —me apura Condorito—, antes de gra le contrasta con la luz del sol. Sigo en el suelo, sin poder
que vengan los pibes y los periodistas a joder la paciencia, levantarme. Como en un flash, veo el que me dio el pelotazo.
huevón. Es morocho, ruliento, se parece a la Mona Giménez, pero con
—¿Qué periodistas? —pregunto, el auto tiene un per- más cara de borracho. Levanta la vista al cielo para putear a
fume dulzón, como de telo, que me descompone y me hace dios y a todos los santos. Tiene pegado el número diez en la
doler la sabiola. camiseta, que es de color…
—Los del noticiero de acá, o de la radio —contesta Ta- —Rojo y verde —digo, como si volviera de un trance—,
tín—, están rompiendo las pelotas desde hace una semana las camisetas de los de El Salvador son rojas y verdes.

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—Bien, Felipito —dice el chileno. Ella sonríe, pícara y me da un beso en la boca. Me mete
Me cosquillea la nariz y noto un líquido caliente que me lengua de lo lindo.
sale de la napia. Me limpio con el dorso de la mano: sangre. —Ahora me esperás —me dice, dejándome al palo.
Pilar se asusta. Trato de calmarla, haciéndole señas con la —No me podés dejar así. —imploro, pero se hace la es-
mano, la que está limpia. trecha.
—No pasa nada, negra, está todo en orden, pasame un —Vas a tener que aguantarte, chiquito. Vas a ver que
pañuelo —le pido. vale la pena.
—Ven lo que hacen —los reta a los otros dos revolvien- Y sin más, se pira y me deja solo.
do en su cartera—. ¿No escucharon lo que dijo el médico? Me quedo tirado en el sofá, aguantando las ganas de pa-
Felipe tiene que estar relajado, no le hinchen con los colores jearme. Me dijo que la farmacia está acá nomás, a un par de
de la camiseta y esas pavadas. cuadras. Supongo que antes lo supe, pero ahora no sé qué tan
—Perdoná, flaca —dice Tatín y se hace un silencio se- lejos o cerca quedará. Espero que así sea; no me gustaría ter-
pulcral, yo quiero decir algo como para apaciguar, pero no se minar “haciendo justicia por mano propia”. Me causa gracia
me corta la hemorragia. Le pido un nuevo pañuelito. esto que pienso y me río. Veo en un rincón el mueble con los
El viaje dura menos de diez minutos. En un pueblo, las cd, hay de todo un poco. Voy y revulevo lo que encuentro.
distancias no son muy largas. Tatín y Condorito no quieren Hay varios de rock nacional, Soda Estéreo, Los Auténticos
entrar, dicen que tienen que ir al club porque están por empe- Decadentes, Virus, el flaco Spinetta. También están los pri-
zar las prácticas. Igualmente me ayudan a entrar y acomodar- meros discos de Fito Páez. Arriba, en el primer estante veo
me en el departamento. Pilar dejó la calefacción prendida y los discos de Pink Floyd, parecen estar todos. The piper and
el calorcito me reconforta. Es un depto chico, un dormitorio, the gates of Dawn, The Wall, Animals. Las ironías del destino,
el baño, la cocina y el living comedor. Más que suficiente. No un par de días atrás no me acordaba ni cómo me llamo, pero
me llega ningún recuerdo de este lugar, es como si lo descu- sí que me encanta Floyd.
briera por primera vez. En el comedor hay una mesa redonda Bajo la vista y cerca del suelo veo cajitas de cd vírgenes
con un una carpeta en el centro que exhibe un dibujo bastan- con compilados de cumbia y música de fiesta. Entre ellos, se
te feo. Parece un motivo religioso. En un rinconcito está la asoma un sobre rosado que me llama la atención. Lo agarro y
tele y enfrente, un sofá chico con una mesita de living al lado. veo que dice “Pilar y sus amigas”. No tengo idea de qué es eso.
—Tengo que ir a la farmacia a comprarte los remedios Así que lo pongo en el reproductor de DVD. Es un video, está
—me dice Pilar después de dejarme recostado en el sofá—, te Pilar vestida de Piadosa, es decir, con una pollerita corta y la
recetaron unos calmantes. ¿Te podrás quedar solo? Van a ser camiseta del equipo. Hace poses sugerentes a la cámara. Un
cinco minutos. tipo, con voz ronca, a lo Mostaza Merlo, le pide que se ponga
—Por supuesto, negra —le contesto, me paso el último de espaldas y levante el culo. Ella le hace caso y deja asomar
pañuelito de papel y veo que no hay más sangre—, ya estoy una bombacha diminuta, que deja al descubierto el agujero
mejor. Pero a lo mejor me vendría bien un poco de mimos. del culo. Estoy por ceder a la tentación y pajearme, cuando
¿Vos qué opinás? escucho el timbre. Asustado como un pibito al que descubrie-

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ron revolviendo los cajones de los viejos, saco el disco y lo que este pibe me esté reemplazando en los partido, con la pin-
vuelvo a poner en su lugar. ta de tiernito que tiene. Según lo que me cuenta, dos años
Con la pija dura aún me acerco a la puerta y pregunto atrás, cuando empezó la moda de las porristas en los partidos
quién es. de fútbol, el club le pidió a la profesora de gimnasia artística,
—Soy yo, Felipe —me dice una voz de pibe—, Matías. una alemana cincuentona, que armara alguna coreografía de
Abro la puerta y veo al arquero suplente. Muestra una baile, para presentar antes de cada partido. La vieja hizo una
sonrisa de oreja a oreja y baja la vista. especie de casting con lo que tenía a mano, alguna gordita,
—Hola, ídolo —me dice—, andaba por acá y pensé en alguna veterana, un par de chuecas. Lo cierto es que las pri-
ver cómo andabas. meras piadosas daban más pena que piedad.
—Pasá, pasá. Llegaste justo, recién hoy me dan el alta. —Mejor que no te acuerdes de las primeras porristas,
Matías pasa medio con timidez. Me pregunta si molesta Felipito —me dice Matías—, eran unas impresentables. Gor-
y le contesto que no. Le señalo una silla para que se siente. Se das, hechas mierda, no te coordinaban dos pasos seguidos.
saca la campera, tiene la camiseta de arquero suplente. Me cago de risa y él también se pega una buena carca-
—En un rato me tengo que ir a entrenar —me dice—, yo jada.
asiento con la cabeza y le señalo la pava a modo de invitación —Los otros equipos —continúa—, mal que mal, tenían
para tomar mate. unas pibas que zafaban. No sabés cómo nos curtían cada vez
—Si vas a tomar vos —dice—, te acompaño, pero, por que venían a jugar acá. Así fue que los viejos del pueblo se
mí, no te molestes, en serio. hincharon las bolas y propusieron hacer las cosas en serio.
Le digo que no es molestia y pongo la pava en el fuego. Vos viste cómo son estos chacareros, no tienen problema con
—Yo vine una vez acá —me dice—, vos no te debés largar la mosca cuando les interesa algo. Y así fue, el club re-
acordar. Pero fue, justamente, para un cumpleaños tuyo. To- cibió una donación y se contrató una coreógrafa profesional
davía no estabas saliendo con la Pili, pero se notaba la onda y se armó un casting ofreciendo laburo de porrista. No me lo
entre los dos. vas a creer, pero llegaron pibas hasta de Buenos Aires.
Aparezco con un termo, el mate y un plato de galletitas —¿Y así cayó Pilar?
surtidas que encontré en la alacena. —Exacto, la Pili es de General Ferdinando, que no que-
—Contame cómo fue que enganché con Pilar —le digo da muy lejos de acá. Pero estudió canto, baile, teatro. Es la
curioso, algo en el pibe me inspira confianza. más profesional de todas.
Matías se pone colorado, y esconde la cara en el mate, —¿Y cómo terminó en este pueblo de mierda, con per-
como si hubiera dicho algo indebido y no se animara a con- dón de la expresión?
fesar. Matías se vuelve a poner colorado y le da una nueva
—Dale, pelotudo —le digo tirándole un cachetazo fra- chupada al mate.
ternal—, estamos en confianza. —Ni idea, pero me imagino que mal de amores, Felipe.
Larga una risita y me cuenta una historia de noviazgo ¿Por qué otra cosa una mina como Pilar, si me permitís, se
típica. Sin muchos adornos. La verdad es que me cuesta creer vendría al culo del mundo?

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Me gustaría decirle que, justamente, un culo como el de XXIV
Pilar, solo puede estar en el culo del mundo, pero no lo digo.
Me limito a asentir con la cabeza. El mate ya se enfrió y el pibe
mira la hora en el reloj pulsera.
—Me tengo que ir —dice, voy a llegar tarde y vos sabés
cómo se pone el profe si le caemos tarde.
—No, la verdad que no sé, o no me acuerdo.
El pibe se vuelve a poner colorado y me tengo que reír
para que se dé cuenta de que lo estoy jodiendo.
—Espero que estés listo para el clásico —dice en el mar- Cogemos y cogemos con Pilar. El tordo me dijo que no
co de la puerta—, me muero de ganas de jugarlo, pero más había problema con eso, así que le doy con todo. Al cuarto
ganas tengo de ver cómo te lucís vos. polvo, caigo rendido y me duermo.
—No sé, che. Si sigo así, no sé si voy a estar preparado Sueño.
para jugar. Estoy en un sueño, o, por lo menos, así parece. Camino
—Vas a ver que sí, vos sos el corazón del equipo. Sos por un parque con mucho verde y árboles. El verde es per-
Dios. fecto para hacer un partido de fútbol. Contrariamente a lo
No sé qué decirle, solo asiento y le doy un beso en la que se espera, no hay pibes jugando ningún picadito. Es un
mejilla. Se va bajando las escaleras. día de sol de la puta madre. Primaveral. Dan ganas de hacer
A los cinco minutos vuelve Pilar con una bolsa con me- un picnic. Tirarse en una lonita en el pasto y tomar Coca-
dicamentos. Cola. Es un día para ponerse de novio, enamorarse. Tampoco
—Se acaba de ir Matías —le informo tomando un mate veo parejas de novios, ni siquiera viejitos tirando migas a las
ya frío. palomas. Palomas, tampoco. Ni siquiera juegos. Ni una puta
—El chiquilín —dice acomodando un frasco y unas pas- hamaca.
tillas en el aparador—. ¿Qué contaba? Sigo caminando, disfrutando del paisaje. En eso, en el
—Como nos conocimos —le digo abrazándola y besán- medio del camino, veo una inscripción y una cruz, es una
dole el cuello. tumba. Me acerco y es la primera de un montón. Ahora caigo,
—¿Qué te contó? —me pregunta. no es un parque, es un cementerio. Esa tumba es la primera.
—Después te digo, ahora vamos con lo que nos quedó Me acerco y veo el nombre en la inscripción. Mirta Sangui-
pendiente. netti. Es la señora que me crio. Mi mamá, a la que le decía tía,
La llevo de la mano al dormitorio y cogemos como los pero era mi mamá. No puedo aguantar que se me escapen
dioses. Ni me doy cuenta de que se demoró más de dos horas unas lágrimas. El nudo en la garganta no me deja respirar. A
en la farmacia. un costadito hay un rosal con rosas amarillas, rojas y blancas.
Tiene de los tres colores. Arranco una de cada una para dejar
en la tumba.

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—Te enseñé a no romper las plantas —me dice una voz, XXV
me doy vuelta y está ella, con el mismo vestido con el que la
enterramos. Está más rozagante y viva que nunca.
—Tía —alcanzo a balbucear.
—Cuidate, nene —me dice mientras se desvanece—, no
sigas a tus hermanos.
Antes de desaparecer por completo, señala con el dedo a
su alrededor. Yo corro hasta su tumba, las espinas de las flores
se me clavan en la palma de la mano.
—Tía —grito, pero nadie me escucha. Me reencuentro con el barrio. Voy a la panadería, la pa-
Detrás de su lápida hay muchas otras, me acerco a ver- nadera, una piba de no más de veinte años, rubia, de ojos bien
las. En una dice “Felipe Ramón Oitana, 1915-1957 QEPD”, verdes, me saluda contenta, alegre. Yo simulo saber quién es
es una tumba vieja, la inscripción apenas se llega a ver. Me y le pido pan y medialunas de manteca. Detrás de mí, aparece
acerco a la otra, dice “Felipe Ramón Oitana, 1957-1962, Se- un viejito que me palmea la espalda y me da un beso en la
ñor recíbelo con la misma alegría con la que yo te lo man- mejilla. Y detrás de él, una señora, con lágrimas en los ojos,
do”. Corro hasta la otra lápida, está el mismo nombre y otra se acerca para abrazarme. Tímido, les doy las gracias a todos,
inscripción: “Felipe Ramón Oitana. Que en paz descanse. Te pago y salgo. Hoy hay solcito lindo. Eso pone contento a cual-
saluda la hinchada que te admira”. La otra, también. “Felipe quiera. Recién son las ocho menos cuarto de la mañana, Pilar
Ramón Oitana, arquero mediocre y fracasado”. Y otra, “Felipe duerme aún. No creo que se levante demasiado temprano,
Ramón Oitana. Ojalá te pudras en el infierno, amargo”. Y otra creo que la dejé bastante exhausta. Mejor, tengo tiempo para
más “Felipe, compadre, la concha de tu madre (que nunca dar una vuelta.
tuviste)”. Me siento raro caminando por estas calles, me resultan
Sé que estoy soñando, pero antes de despertarme, veo familiares, pero al mismo tiempo, lejanas. Tengo la sensación
la última tumba. Es la más nueva, dice: “Aquí yace Felipe Ra- de que nunca estuve acá y, a la vez, nunca me fui. Ni siquie-
món Oitana (1978-2014), lo mataron por cagón y pecho frío”. ra puedo decir que sufro de amnesia, porque no la sufro. El
pueblo es como todo pueblo. Poca gente, una plaza, una co-
misaría, una iglesia y el estadio de fútbol. Ahora caigo en la
cuenta de algo muy extraño, no sé cómo no lo percibí antes.
Todas las mujeres de Nueva Esperanza, todas, están re bue-
nas. Son camiones con acoplados. Repaso mentalmente con
las que estuve y llego a esa conclusión. Pilar, la enfermera, la
panadera, la señora, que ya tiene sus años, pero dan ganas de
mirarla. Las mujeres con las que me crucé desde que salí de
la clínica también son hermosas. Algunas puertas se abren y

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salen madres, amas de casa y profesionales a llevar a sus hijos —Perdónanos, Felipe, el profe Prinotti nos llamó a la
a la escuela y a trabajar. Todas exhiben un lomo espectacular. madrugada. Está asustado, nos dijo que necesita verte ya mis-
Todas tienen tetas turgentes, firmes, y el culo parado. Todas mo.
tienen una belleza de modelo. Entre confundido y caliente El auto se pone en marcha y arrancamos. Tatín reso-
me quedo parado viendo cómo salen a exhibir sus atributos. pla, nunca lo había visto tan nervioso. En el espejo retrovi-
Estoy tan embobado que no escucho los bocinazos que me sor cuelga un muñequito del gauchito del mundial setenta y
llaman. ocho, que se bambolea de un lado para el otro.
—¡Felipe, despertate, huevón! —Condorito saca la cabe- —¿Qué pasa con el profe? —pregunto.
za por la ventanilla del auto, luce su sonrisa de oreja a oreja. —Viene el clásico, Felipe —dice Tatín, escupe cada pala-
—Fijate lo que son estas minas —le contesto tratando bra—, y el profe se está por morir. Eso pasa.
de parecer chistoso, pero sin lograrlo—, no voy a dejar de bi- Un chucho de frío me recorre la espalda. No sé cómo
charlas para verte a vos, chileno del orto. ponerme ante semejante noticia. Me gustaría sentirme más
Condorito se ríe a carcajadas. Parece un tipo divertido apenado, triste. Pero la figura del director técnico me es ajena.
y eso no sé si me gusta. Tampoco me cierra del todo Tatín, En lugar de bajonearme, me enojo. Me enojo conmigo por
que es todo lo contrario, serio, con cara de culo y mirada des- no acordarme. Me agarra un mareo y la cabeza me estalla.
confiada. Pero me dijeron que son mis amigos y les creo. Por Siento el líquido caliente de la sangre resbalando por mis fo-
ahora, creo más en lo que me dicen que en lo que siento. sas nasales. Veo el reflejo de la jeta por el espejo retrovisor,
—Estábamos yendo a buscarte —dice Tatín y abre la estoy pálido, a punto de desmayarme. El reflejo me devuelve
puerta de atrás para que me suba—. El técnico quiere verte. la imagen de un tipo patético y, debajo, el gauchito parece
Titubeo y me quedo en la vereda. hacerme burla.
—Dale, po, huevón —me apura Condorito, que tiene la —Limpiate —Condorito me acerca un pañuelo de
cara hinchada, como si hubiera consumido merca—, el profe tela—, no te vayas a desmayar. Comete una factura, te debe
nos dijo que te quería ver y no le gusta andar esperando a los haber bajado la presión.
culiados que se la dan de estrellas. Muerdo una medialuna y el sabor dulce me cosquillea la
Supongo que lo está diciendo en broma, pero no lo pa- lengua. Tiene dulce de leche. Me empalaga, pero igual la ter-
rece. Le hago seña de que pare, que, en breve estaré listo. Los mino. Tatín agarra un termito que tiene al lado y me lo pasa.
dos lucen desaliñados y los ojos hinchados y con lagañas. —Mandate un trago, es café, y tiene bastante azúcar.
Durmieron poco o no durmieron. De a poco, todo se va estabilizando. Tomo un trago de
—Primero hay que desayunar —les digo acomodándo- café mientras el auto agarra la avenida.
me en el asiento. —Tengo que avisarle a Pilar que estoy con ustedes.
Tatín quiere decir algo, protestar. Pero Condorito lo —Después la llamás por teléfono —dice Condorito—,
para con una seña. don Prinotti insiste con que quiere verte ahora y no es bueno
hacerlo esperar.

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Una nube tapa el sol. Espero que pase de largo, pero se —Felipe viejo y peludo —dice levantándose de un salto
queda. Miro al cielo a través de la ventanilla del auto y más y corre hasta donde estoy.
nubes negras se van acumulando. Un viento frío empieza a El viejo me abraza llorando a moco tendido.
soplar poniéndome la piel de gallina. —Felipito, viejo nomás, qué julepe me hiciste pegar.
—Qué tiempo culiado —dice Condorito. Como puedo, lo aparto sin parecer un mala onda. Tatín
Tatín agarra una avenida y, de la nada, se nos aparece y Condorito observan la escena con atención. Tatín hasta se
un banco de niebla. Intento ver algo a través de la ventana, anima a un esbozo de sonrisa.
sin suerte. Es una capa gris, espesa, como si fuera un algodón —Ya lo vas a ver todos los días —le dice al viejo—, Felipe
sucio de tierra. vuelve a las pistas.
—¿Qué pasa con el profe? —pregunto—. ¿Cómo es eso Me limito a asentir y sigo caminando. Pasamos por las
de que se va a morir? oficinas del presidente y el saloncito en el que se reúne la co-
Ninguno contesta. A Condorito se le escapa una lágrima misión directiva. Está todo vacío, todavía es temprano y no
y se la limpia con el dorso de la mano. Tatín maneja rápido, llegó nadie.
descuidado, putea a los autos que le tocan bocina y a la viejas En un momento, me pierdo. Miro a Tatín y a Condori-
que cruzan la calle. Quiero preguntarles que mierda les pasa, to, y el chileno me hace una seña para que gire a la derecha.
por qué tanta mala onda. Pero me quedo en el molde. Al fin y Pasamos por la pileta climatizada, tapada por un globo gi-
al cabo, no es problema mío. gantesco. Se escucha un zambullido monótono y repetitivo y
Pilar ya se tiene que haber levantado. Me dijo que hoy agua salpicando.
tenía que entrenar y que empezaba a las diez. Ella entrena —Camina, cabro —me dice Condorito—, no le des bola.
lunes, miércoles y viernes. Los martes y jueves hace danza y No sé si son ideas mías, pero el ruido de las zambullidas
teatro. Los fines de semana acompaña al equipo y revolea el se me antoja como demasiado seco. Como si estuvieran tiran-
culo para la hinchada. do alguna piedra o, qué sé yo, un cuerpo muerto. Tengo que
Llegamos al club y el lugar me resulta conocido. Ten- parar de imaginarme tantas pelotudeces, me va a hacer mal.
go imágenes inconexas de las instalaciones. Sin esperar que Detrás del bufé, aparecen las canchas de entrenamiento.
me guíen estos dos pelotudos, me mando solo. Condorito me Están los chicos, parece que desde hace rato, el técnico los
quiere acompañar, pero Tatín lo para. separó en tres grupos. El primero hace flexiones, el segundo
—Dejalo —le dice—, es mejor si va recordando por su da vueltas alrededor de la cancha y el tercero practica con la
cuenta. pelota. En el primer grupo está Matías, que me ve y se levan-
Paso por la entrada, el viejito encargado de revisar los ta para saludarme. Lo hace desde lejos, agitando la mano y
carnés se sorprende al verme. Lo reconozco, o más o menos. volviendo a las flexiones. El compañero, Carrasco, también
Creo que se llama Ernesto. se aviva de mi presencia. Al rato, todos dejan de entrenar y
—Hola, Ernesto —lo saludo y me sonríe, veo que la pe- corean mi nombre. Prinotti les pega un grito y todos vuelven
gué. a sus asuntos.

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El profe los mira fijo, algún despistado hasta pensaría se tiene ni idea de lo que eso es en realidad, ni siquiera supo-
que lo hace con odio. Reparo en su fisonomía, llama la aten- siciones. En este caso es como si tuviera la regla por primera
ción cuánto desmejoró. Está más pelado y tiene los ojos de vez. Porque es algo que no sé. Las cosas que se me meten en la
tero, la nuez de adán sobresale como una bola de billar. Me cabeza, los flashes, no se parecen mucho a un recuerdo. Sino
hace señas para que me acerque y voy hasta él saludando a los más bien a una carga de información. Eso mismo. Como si la
muchachos. cabeza fuera un disco rígido y me pusieran un pen drive en
—Tatín, Condo —los llama a los preparadores físicos—, el orto con data.
encárguense ustedes. —y dirigiéndose a mí— Vos, Oitana, —Algo así —le contesto al director técnico.
venite conmigo, tenemos que hablar. Llegamos a la oficinita diminuta. A través de la ventana
Lo sigo con docilidad. Es como si fuera el padre que nos llega el frío y la bruma que envuelve el club. En la oficini-
nunca tuve. Pero lo siento como un padre déspota, de esos ta hay un armario repleto de papeles, más que nada recortes
hijos de puta que te cagan a cintazos diciendo que es por tu de diarios y carpetas. En las paredes, cuelgan fotos del profe
bien. Pero lo siento mi padre, y por eso lo tengo que respetar. de todos los tiempos. Hasta veo una con Mario Kempes. Es
Cruzamos la cancha y levantamos tierra, la polvareda me en- gracioso, no me acuerdo de muchas cosas, pero sí de Kem-
tra tierra por la nariz. Estornudo. pes. Una mesa de escritorio tiene los restos del almuerzo de
—No te me vayas a resfriar, Oitana —dice el DT—, lo ayer, un vaso con Coca-Cola pegoteada a los costados, migas
único que te falta. y restos de mayonesa. También hay un calendario y un por-
Al decir esto, por primera vez, se le borra la cara de culo tarretratos; la foto me muestra a mí, con varios años menos
y esboza una sonrisa, esta vez sí, de papá bueno. Yo le sonrío y al profe.
a la vez. —¿De cuándo es esto? —le pregunto y agarro el porta-
Nos metemos en la galería que da al vestuario y, otra vez, rretratos para ver la foto con mayor atención.
flashes de pequeños recuerdos me pinchan el marote. La can- El profe larga una carcajada.
cha me va resultando familiar, me llegan imágenes en las que —Ya tiene sus años, pibe —contesta—, eras un pendejo
estoy haciendo jueguito, estirándome para mandar la pelota y mirame a mí, hasta pelo tenía.
al córner y comiéndome algún gol boludo. Al decir esto, la calva parece relucir.
—Usted tiene la oficina después de las duchas, profe —le Me siento en una sillita de plástico que cruje, quejándo-
digo. se. El profe agarra un termo, que debe tener agua helada, y un
El viejo me mira con entusiasmo. mate con yerba del año del mongo. Se ceba un mate lavado y
—Sí, pibe —me contesta—, te estás acordando. lo toma de una chupada.
Reflexiono sobre eso. Si tuviera que apostar, que jugar- —Ya no sos un pendejo, Oitana. Los años nos pasan a
me, no sé si diría recordar. Lo que se dice recordar, no es. Es todos. A mí me pasan un poco más rápido que a vos, pero
algo que me resulta difícil de explicar. Es como cuando me nos pasan a todos.
imagino la regla en las minas. Uno piensa que es molesto an- Se vuelve a cebar otro mate. Veo los ojos que se le ponen
dar con la argolla sangrante y los ovarios hinchados. Pero no llorosos. Sé que no va a llorar, no me acordaré nada, casi nada

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de él, pero sé que no va a llorar. Los putos lloran, los que no Le digo que no se preocupe, que voy a llegar bien, pero
se la aguantan, y en el fútbol, el que no se la aguanta no puede para eso tengo que recuperarme, física y mentalmente. Pero
ser técnico. Este viejo debe haber sido técnico toda su vida, sé que con eso no basta, para ganar un clásico no basta con
encima en un club de mierda, en un pueblito perdido, donde jugar bien ni con poner huevos. Para ganar un clásico hay que
te pueden cagar a tiros por no ganar un partido sin que nadie mentalizarse, y yo sé cómo lo tengo que hacer.
se entere. Así que este viejo tiene las pelotas bien puestas y no Me levanto y salgo, ni siquiera lo saludo al profe. Sé
va a llorar, pero esas lágrimas que amenazan escapar de sus adónde tengo que ir. Condorito y Tatín amagan a acercár-
ojos me dicen que le pasa algo jodido. seme, pero los fulmino con la mirada. Tengo que estar solo.
—Tenemos que ganar el clásico —sentencia y ahí sí, se Me tomo un taxi y vuelvo a casa. Pilar ya se fue. Me cam-
anima a pasarse una mano por los ojos para limpiarse las lá- bio de ropa. Me saco el vaquero, la camisa y los zapatos. En
grimas. lugar de eso, me mando un jogging, un buzo y zapatillas. Bajo
—Lo vamos a ganar, profe —le digo, no sé cómo sonar a la vereda, pongo el cronómetro y empiezo un trote suave-
más firme y decidido. Afuera, los pibes empezaron a pelotear, cito. Corro, transpiro y me cruzo con tipos que me saludan y
se escucha los balones rebotando en el piso de tierra, como mujeres lindas.
tambores.
—Tenemos que ganarles, pibe. Va a ser mi último clási-
co y quiero despedirme con una victoria.
Cáncer. No hace falta que me lo diga. Lo adivino, un tipo
con los huevos bien puestos, solo puede lagrimear por cáncer
o por perder un clásico.
—¿Cuánto le queda?
—Seis meses, con toda la furia.
Echo una mirada por alrededor, las fotos viejas y nuevas,
y me detengo en las últimas. Debajo de cada una de ellas, es-
tán las fechas. Las tres últimas, muestran al profe con buena
jeta. En la última de todas, abraza a un pendejo de flequillo,
bajito y con una camiseta del Barça. Es de hace menos de seis
meses, pero comparándolo con su aspecto actual, uno diría
que es de hace diez años.
—Vamos a ganarle a esa mierda de El Salvador, profe
—le hablo casi con los dientes apretados, sellando un pacto
de honor.
Ahora sí, el Prinotti lagrimea y me abraza. Me dice gra-
cias un millón de veces.

124 125
XXVI —Ya sé, nena, te pregunto por la primera de AFA. ¿Po-
dés creer que no me acuerdo?
Pilar sale de la cocina con un cucharón con salsa en la
mano. Está un poco transpirada y eso la hace más excitante.
—Vos —dice y larga una risita—, de primera división,
de ninguno.
—¿Cómo de ninguno?
—No, mi osito lindo, vos no sos de ningún equipo de
primera. Sos gallinita, de River.
La memoria se porta como una puta esquiva. Yo estoy Un escalofrío me recorre la espalda.
dispuesto a pagarle lo que sea para que vuelva a mí. Pero se —¿De qué estás hablando? —le pregunto con sorpre-
me hace la histérica. La vida es injusta, tengo todo para es- sa—. Si River es de primera, además no me acuerdo en abso-
tar cómodo, una novia que está fuerte, juego al fútbol y, por luto de eso y una cosa tan importante como la camiseta, eso
más que sea en una liga del interior, soy figura. Pili está co- sí que no se olvida.
cinando unos fideos con tuco, mientras veo tele, no tenemos —Qué hijo de puta —me dice con enojo—. Tampoco te
cable y solo se pueden sintonizar los canales locales, me llega acordaste de mí y no te sorprendió tanto.
el aroma de la salsa y la panza me ruge. Esta noche pretendo Me levanto y la rodeo con mis brazos. Tiene puesta la
comerme un buen plato de espaguetis y rociarlo con un vaso camiseta del club y me encanta, puedo ver que los pezones se
de vino. Uno solo, porque ya empecé a entrenar con los mu- le ponen duros y se marcan en la tela.
chachos, aparte, más liviano, pero es entrenamiento al fin, y —No, reina de mi vida —le digo—, sabés que no es así,
mañana tengo que estar a primera hora. no voy a dejar de lamentarme nunca que no me acuerde de
El periodista de la tele comenta una noticia internacio- los primeros momentos con vos, debieron ser lo mejor que
nal; en una base de experimentación en el desierto mexicano, me pasó. A lo que voy es que uno del sentimiento futbolero
se estuvo llevando a cabo un simulacro de una nueva bomba no se olvida. Además, ¿por qué decís que no soy de un equipo
atómica, muy poderosa. Eso me suena a noticia vieja, como de primera, si soy de River?
una sensación de déjà vu. Después pasa a la sección deportes Pili pega una carcajada fenomenal.
y habla de tenis, básquet, ping-pong y fútbol. Todos torneos —Ay, perdoná —me dice después de reírse—. Soy una
de este pueblo y de los alrededores. Nada de la copa Davis, hija de puta. Es que, a veces, tu tema este de la amnesia me
ni de la liga nacional de básquet, pero lo más raro de todo causa gracia. ¿De en serio no te acordás?
es que no habla nada del fútbol de primera división. Eso me —Acordarme de qué, boluda —le pregunto ya un tanto
hace caer en algo. No sé cómo no me di cuenta antes, soy un más serio.
imbécil. —De que tu River descendió, papi, eso.
—¡Ey, Pili! —le grito—, ¿de qué cuadro soy hincha? Lo que acaba de decir me fulmina como un rayo.
—¿Cómo “de qué cuadro”? De la Piedad, amor.

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—Ey, Feli —Pilar me mira preocupada, creo que debo uno de sus senos. Noto la firmeza y turgencia de las buenas
haberme puesto pálido—, ¿te pasa algo? siliconas. Pili tiene buenas tetas y me encanta tocárselas y ju-
Lo único que atino a hacer es respirar hondo y dejarme guetear.
caer en una de las sillas del comedor. Mi boca busca la suya y nos besamos como bestias. Con
—Estoy bien —le digo sin convencerla del todo—, solo voz ronca me pide que me baje la bragueta y mete las manos.
que han sido emociones muy fuertes. Tiene las manos, por el agua, frías y eso hace vacilar la erec-
Ella me agarra la cara con sus manos suaves, con olor ción de la pija, pero es un instante, estoy tan caliente que ni
a cebolla y pimiento picados, y me mira con ternura. Me da una bolsa de hielo me la bajaría.
un beso en la boca, un beso dulce, de enamorada, no de ca- Me desabrocho el cinto y me bajo los pantalones y el bó-
lentona. xer. Pili baja hasta mi entrepierna, se agarra firme del tronco
—No te preocupes, ya te va a volver y te vas a acordar de la verga con las dos manos y me la empieza a chupar con
de todo. desesperación. Tiro mi cabeza hacia atrás y la siento succio-
No aguanto más y me pongo a llorar. Al principio me nar y pasar la lengua por el glande y darle besos en la punta.
da vergüenza, después dejo que las lágrimas fluyan. No me —¿Te gusta que me porte como una trola? —interrumpe
acuerdo de la última vez que lloré. Pilar deja el cucharón en la mamada para preguntarme eso, no le contesto, me limito a
la mesa, manchando el mantel. Se sienta en mis rodillas y me bajarle la cabeza con mi mano para que siga.
besa los ojos, el cuello y la boca. Sé que no me voy a aguantar mucho, pero no le digo
—Descargate tranquilo, mi amor —dice y me besa, esta nada. Quiero acabarle en la boca. Capaz que le da asco y me
vez, en la frente. manda a la mierda, pero es más fuerte que yo. Descargo dos
—Es que pasó de todo. Me entero de que soy hincha de chorros de leche compactos y noto como se le inflan las me-
River y que se fue a la B, soy arquero de un equipo que pelea jillas. Voy perdiendo la erección y la pija me queda flácida,
la punta en el torneo zonal, te tengo a vos que sos divina. Ya sensible. Pili la tiene un rato más en la boca, pasando me la
no sé, pareciera que lo estoy soñando todo. lengua por todos lados y sin que se le escape ni una sola gota.
Pili se levanta y vuelve a la cocina. Se lava las manos y se —Mi amor, mi amor, mi amor —gimo.
las seca con un repasador, así nomás, sin mucha delicadeza. Pili, mi novia, la Piadosa, alza la cabeza y cierra los ojos
Pone al mínimo la hornalla. Después se quita el delantal, se con fuerza. Respira por la nariz y se traga mi esperma.
vuelve a sentar en mi falda y me rodea con sus brazos. Puedo —No es lo más rico para tomar —me dice y me río.
ver cómo le brillan los ojos y eso me da la certeza absoluta de Se levanta y apaga la cocina, hoy parece que no cena-
que está enamorada de mí. mos. Vuelve a donde estoy yo, tiene los cachetes colorados y
—Dejame que yo sé cómo cambiarte el ánimo —dice y se despeinó un poco.
me besa el cuello. —Vení —me dice agarrándome de la mano—, vamos al
Noto su lengua que va asomando, tímida al principio, dormitorio, quiero coger ya.
pero decidida después y se me aloja en la oreja, lamiéndo- Le hago caso con docilidad, como un perrito faldero,
mela. Yo meto una mano por debajo de la camiseta y acuno y me levanto agarrándome con la mano libre los pantalones

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para que no se me caigan. Llegamos a la habitación y ella se XXVII
desviste a la velocidad de la luz para, luego, tirarse a la cama.
Se acuesta boca abajo, mostrándome ese culo espectacular
que tiene.
—En el cajón de la cómoda está el gel —me dice—, hoy
quiero que me la metas por atrás, quiero que corrobores que
estás despierto.

Tengo al médico enfrente. Tiene la mirada impertur-


bable, tranquila. Tiene una hoja de papel completamente en
blanco, que cada tanto revisa como si hubiera una escritura
secreta que solo él puede leer. También tiene una birome de
tubo triangular, con la publicidad de un laboratorio. Juguetea
con el botón de arriba y la bolita de tungsteno sube y baja.
—Quiero entrar en el tubo. El tiempo que sea necesario,
pero quiero salir con la memoria recuperada. Tengo que estar
diez puntos; tengo que volver a jugar, porque se viene el clá-
sico, ¿me entiende?
El médico asiente, pero como si fuera un loco el que le
habla. El click-click de la birome desespera, pero mi cara está
tan imperturbable como la de él.
—Lo tuyo es raro, Felipe —me dice y traza una línea con
la birome.
Miro a través de la ventana y veo el sol dando de lleno
en la calle. Cerca de la clínica está la plaza, la plaza principal
del pueblo y un par de palomas revolotea y junta restos de
comida. Una mujer pasa con un bolso de mandados. Tiene
pinta de ama de casa, pero, aun así, la encuentro sumamente
atractiva. La perfecta vida de pueblo.
—¿Qué tiene de raro mi amnesia? Porque este es un caso
de amnesia, eso fue lo que me dijo. ¿No es cierto, tordo? ¿Se
acuerda?

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El médico acomoda unos papeles que tiene en el escri- Cruzamos el pasillo y subimos por la escalera hasta la
torio y los guarda en una carpeta que, a su vez, guarda en un sala de rayos equis. La clínica está casi vacía. La gente de acá
cajón. debe ser fuerte y sana, porque es gente de campo.
—Rara en el sentido de que no es común —me dice. Me pide que me saque la camisa y que me acueste. Me
—Chocolate por la noticia, si es rara es porque no es pone unas sopapas en el pecho y en la cabeza.
común, tordo, no me venga con cosas tan obvias. —Ahora esperá un cacho, tené los ojos cerrados y no te
—Mirá, el tema de la memoria, en tu caso, consiste en muevas hasta que te lo diga.
un olvido casi total, pero con una rapidez de readaptación in- Me quedo hecho una estatua y escucho los pasos del mé-
creíble. Fijate: no te acordás de que jugabas al fútbol y apenas dico saliendo de la habitación. Unos botones se aprietan, un
volviste a los entrenamientos, estás como si nada. No te acor- motor, o algo parecido, se pone en marcha. Siento que me
dás de que tenías novia y, sin embargo. Una pérdida selectiva muevo y entro al tubo blanco. Todo es de un blanco perfecto,
de memoria, pero muy selectiva. inmaculado. Como una hoja de papel. La hoja de papel se
—Deje de versearme, viejo —me levanto y camino por desplaza por los aires, llevada por el viento. Una compañera
el consultorio, me llevo por delante una mesita con rueditas se le entrecruza, y después otra. Hay de todos los tamaños.
que tiene un montón de cajas chicas con muestras gratis de Es una lluvia de papel, de hojas de papel, pero sobre todo, de
ansiolíticos—, se cree que soy boludo. Mire si me no voy a papelitos. Salgo a la cancha y hay una lluvia de papelitos. El
dar cuenta de que me están jodiendo. No me acordaré de un blanco perfecto, el blanco de los papelitos, se mezcla con el
carajo quién soy yo, pero sé que mi vida no es esta. Sé que verde perfecto de la cancha. Se escucha a la gente que can-
nunca conocí a esa señora que se me aparece en sueños y que ta, se escucha un bombo y una corneta, puteadas. Hay olor a
este pueblo con hinchas de fútbol y mujeres que rajan la tierra aceite verde y a transpiración. Es el estadio del club y está más
es una mentira, un teatro en donde cada uno representa su lleno que nunca. Jugamos el clásico. Por fin. Llegó el día. Co-
papel para mí. Todo es de cartón y no sé qué les hice para que rro hasta el medio de la cancha y está el árbitro con los jueces
me metan acá, pero no me queda otra, así que me la banco. de línea. El árbitro es Prinotti y los líneas, Tatín y Condorito.
Y no sé qué es lo que pasa con el tubito, pero salgo creyéndo- El capitán del otro equipo, más bien la capitana, es mi tía. No
mela un poco más. está vestida como jugadora, sino que tiene el mismo vestido
El médico golpea la mesa, fastidiado, y se levanta. de ama de casa con el que la recuerdo. Hasta un delantal man-
—No tenés idea de lo que decís. El tubo es un aparato de chado con la salsa de tomate que me preparaba los domingos.
escáner, nada más. Ahí veo si te pasó algo en la cabeza, eso es —Se viene el clásico, nene —me dice con esa voz de ma-
todo. Mirá si se va a poder hacer algo así… dre—. Ahí te tenés que lucir.
—Hay que ganar el clásico, doctor. —Cuidadito con fallarle a la señora —dice el profe.
El viejo enmudece, mejor, estoy cansado de escuchar —No vayas a arrugar —agrega Tatín.
tanta cháchara. —Esto no es un sueño, huevón —agrega Condorito.
—Acompañame a la sala. —dice, por fin. De nuevo, todo empieza a dar vueltas, las hojas de papel,
los papelitos. Como si fuera el sol y todo los demás, el sistema

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solar. Todo se pone oscuro de golpe y siento que me tiran XXVIII
para abajo. Ya terminó la carga de datos.
—Todo en orden —dice el médico—. Vestite que ya te
podés ir.

Salgo de la clínica, imperturbable. Camino hasta el cen-


tro. Dos pibitos me ven desde la vereda de enfrente y corren
a saludarme. No les doy pelota y sigo. Necesito concentrar-
me. La concentración para ganar el partido más importante
de mi vida no empieza una noche antes, tiene que empezar
desde ahora. Uno de los pendejos, el más grande, parece, me
pide un autógrafo. Les pego una ojeada, visten guardapolvos,
se hicieron la chupina, los atorrantes. Le digo al que parece
mayor que no rompa las pelotas, que estoy apurado. Los dos
ponen caras de sorprendido, se asustan. Dejan de seguirme y
doblo agarrando una avenida. Pasa un auto y me gritan “ído-
lo”. No les contesto. Quiero tomarme una ginebra, algo fuerte,
que me ponga bien borracho.
Paso una plaza que tiene una estatua de un milico a ca-
ballo. Algún pelotudo que peleó en alguna guerra que per-
dimos, seguro. Porque nosotros somos expertos en perder
guerras, pero nos queda el fútbol para desquitarnos.
Me meto en una cortada y veo un sucucho que se cae a
pedazos. En la puerta tiene pegado un cartel de cerveza Quil-
mes. Entro y solo veo un grupo de viejos jubilados jugando
cartas y hablando boludeces. Es un bodegón de los viejos, con
banderines viejos, todos de los clubes que participan en la
liga, también hay fotos de jugadores. A un costado hay una
foto mía, me reconozco de casualidad, es una foto un tanto
vieja, abajo dice mi nombre.

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—¿Qué le sirvo, maestro? —me pregunta un mozo gor- no me vengan con esas mariconadas. Confiesen, digan que
do, con la cara picada de viruela y aliento a ajo. Mientras me por ganar un clásico, no digo un campeonato, un clásico, ma-
habla limpia la barra con un trapo rejilla mugroso y viejo. tan a su vieja, a su abuela y a quien sea. Qué me vienen con
Le pido un vino y unas papas fritas de copetín. Mano- partidos amistosos. Yo no tengo amigos en el fútbol. En el
teo el diario del pueblo, un tabloide de ocho páginas solo con fútbol nomás estoy yo y mi equipo. Los demás son guachos
noticias locales y una que otra de política nacional. Ojeo la que nos quieren ganar, cagarnos la vida. Y a esos hay que
sección deportes, más de la mitad habla de fútbol, y el resto romperles las piernas. Romperles el culo. Rompérselos bien
está dividido en boxeo, carreras de autos y básquet. En eso, roto antes de que te lo rompan a vos. Cagarlos a trompadas
escucho que los viejos se pelean. No llego a escuchar bien, antes de que te peguen a vos. Matarlos para que no te maten,
pero parece que hablan de fútbol. Uno de ellos se levanta y o te ganen, que viene a ser lo mismo. Matar a quien sea por tu
le tira un vaso de vino a la cara a otro. El otro, más joven, se equipo. No me vengas con el verso de jugar bien. A mí no me
levanta también y le acomoda un castañazo de aquellos. Me gusta el fútbol y a vos tampoco. A nosotros lo que nos gusta
da mucha gracia ver a los jovatos pelearse. Son cinco y tienen es ganar, ganar como sea. Perdón, como sea, no: ganar de la
más de mil años cada uno. Relojeo al mozo, pero ni pinta de peor manera, de la más dolorosa, cosa de ver cómo tu rival se
frenarlos. muere de la bronca. Ganar con un gol sobre la hora, con un
—Qué me venís a hablar de fútbol vos, viejo sorete — gol en off-side o con un penal mal cobrado. Eso es lo que nos
dice el que tiró el vaso. gusta, aceptalo. Ninguna de las gambetas que hizo el Diego
—Paren, che —se mete otro del grupo, es canoso y co- vale más que aquel gol con la mano en el ochenta y seis. Ese
lorado, pinta de tano—, paren. Viejos pelotudos, encima los es el gol del siglo. El que vino después, el de los versitos chotos
dos del mismo equipo. del boludo de Víctor Hugo, no es más que un plus, como el
—Sí, carajo —dice otro, gordo, de bigotes a lo Pancho postre raquítico que en el menú viene después del plato prin-
Villa, pelado. Habla con la boca llena de papas fritas y las mi- cipal. Barrilete cósmico, las pelotas. El que vale es el gol con
gas se le caen y le quedan pegadas en el pulóver celeste. Siem- la mano y que los ingleses putos se la hayan comido doblada.
pre lo mismo, ustedes dos, y todo por un partido de mierda. Eso es lo que vale. No me la quieras contar. A mí no me gusta
El que empezó la disputa golpea la mesa con el puño, el fútbol y a ustedes tampoco. Si les gustara, no serían hinchas
fuerte, y mira a los otros jovatos con odio, los ojos inyectados de ningún club. Si les gustara se juntarías a jugar con tus ami-
en sangre y los dientes, seguro que postizos, rechinando. gos o con los chicos, en el parque. O de última, se pondrían
—No me la quieran contar —dice—. No me vengan con a ver los partidos sin que les importara quien gane. Solo los
ese verso. A mí no me la quieran vender. A mí no. Conmigo verían disfrutando o aburriéndose, como con una película.
no. Basta de hipocresías. Que la violencia esto, que la violen- Si les gustara el fútbol no putearían porque el otro equipo los
cia lo otro. Paren la moto. Para mí, si hay algo que justifica baila y les pinta la cara, viejo. Que al enano deforme le hayan
la violencia es el fútbol. Ahí tienen, lo dije. Y me la banco. dado el balón de oro solo nos sirve para enrostrárselos a los
Váyanse a cagar con eso de la pasión por el juego bonito y el brazucas, para que lloren por Ronaldo, Ronaldinho, Pelé y
espectáculo. Si quieren espectáculo, vayan a ver ballet. A mí la puta que los parió. ¿A quién carajo le importa lo bien que

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juega Messi si no juega para nosotros? El fútbol justifica que XXIX
al petiso le paguen fortunas solo por verlo patear una pelota
y moverse de esa forma que parece un pororó. Justifica que le
paguen un fangote mientras medio mundo se caga de ham-
bre. Si justifica eso, mirá si no va a justificar dos o tres muer-
tos por fecha. No hay mayor muestra de coraje que cagarse a
trompadas por tu equipo. Una pelea entre barrabravas es un
acto de valentía y nobleza único. Ese es el folclore del fútbol,
no andar haciendo chistecitos boludos. ¿Sabés cómo le dicen
a Boca? ¿Sabés cómo le dicen a River? ¿Sabés cómo le dicen a Ya entreno con el plantel y, en este primer día, la verdad,
la concha puta de tu madre? Si cargás, bancátela y aguantate no lo hice nada mal. Corrí con los muchachos, me tiré al piso,
que te quieran romper el alma. Si decís que te gusta el fútbol, me cagaron a pelotazos. Saboreé la frescura del pasto y el gus-
la concha de tu hermana, hacete cargo de lo que te toca, hace- to a tierra salada, húmeda. El médico me dio el alta, ya soy li-
te cargo y no jodás más. bre de hacer lo que se me cante, y lo único que quiero es ganar
Por respuesta, el otro viejo, le pega una trompada que le ese clásico puto. A quién carajo le importa la memoria si no
da justo en la nariz. El peleador se cae al suelo y recibe una tenés un objetivo. Los muchachos también son conscientes de
patada en las costillas de su oponente. que hay que ganar o ganar. El empate es una mariconada, la
—¿Qué hacés, tarado? —se queja el más gordo. derrota tiene más dignidad. Pero esa es la dignidad que se va
—Y vos qué te metés, gordo forro —le contesta y le en- a llevar El Salvador en un par de meses. Nos lo vamos a culear
caje una trompada en la zapán que lo dobla al medio. bien culeados. Se la vamos a meter en seco, para que les duela.
Ahora sí, como resignado, el mosaico sale de la barra y Porque esa es la única manera de tratar a un rival. No sé si
los encara. estoy acá desde siempre, pero eso lo veo clarito. Tenemos que
—A ver, viejos de mierda, si la terminan… ganar para que yo sea libre.
Por respuesta, recibe un escupitajo del más viejo de los —A esos pechos fríos de mierda les tenemos que rom-
viejos. Ya sin poder contener la risa, dejo un billete de diez per el culo —nos grita el profe, como si me hubiera leído el
mangos debajo del vaso y agarro un puñado de maníes. pensamiento. Estamos en el medio de la cancha de práctica,
Antes de salir grito bien fuerte, con el puño en alto: nos cae una lloviznita hincha pelotas y hace un frío de cagar-
—¡Esa es la actitud! se. Quiero ir a pegarme una ducha, encima de amnésico no
quiero estar engripado.
—Vos, Felipe —se dirige a mí—, vas a tener que poner
huevo como nunca. Acordate de que a los periodistas les in-
ventamos eso del accidente.
Vuelvo a escuchar lo de la lesión y el verso a los periodis-
tas. Es como si el viejo pensara que todo lo que me digan me

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lo voy a olvidar automáticamente. En realidad, todos me tra- XXX
tan con cierta condescendencia. Como si fuera un inválido.
Eso me da una bronca bárbara. Pareciera que, en el accidente,
en vez de perder la memoria, perdí una gamba o los ojos, y
me quedé ciego.
Quedarme ciego. Qué cosa rara, pienso en esto último
y es como si algo me hiciera ruido dentro del marote. Mejor
me dejo de darle vueltas al asunto, deben ser boludeces mías.
Qué sé yo.
Antes de ir para las duchas, Prinotti les hace practicar Sentado en una butaca de la platea, con el solcito que
penales a los jugadores de campo. Matías, que le quedan un amodorra. Las Piadosas, en el centro de la cancha, ofrecen
par de partidos más como titular, y yo nos ponemos en el sus bailes sensuales, dignos de una tribu danzando para pe-
arco. Es una táctica rara la que tiene el técnico para hacernos dirles a los dioses buena fortuna para el partido que se viene.
practicar los penales, “los tiros desde el punto penal”, como le Ninguno de los dos equipos se fija en los equipos contra los
gusta decir a él. Dos arqueros en el mismo arco y dos ejecu- que jugamos. Ni nosotros, ni El Salvador. Por eso es que le
tantes. Eso sí, una sola pelota. Pablo y yo tenemos que estar ganamos a todo lo que se nos cruza. Vamos ascendiendo en
atentos porque si nos embocan en el lado que tenemos que la tabla y el próximo clásico, además de ser el clásico, va a ser
cubrir nosotros, el profe se pone como loco y hay que aguan- una definición de campeonato.
tar una verdugueada de aquellas. Con el culo que tienen las chicas, estoy seguro, no po-
En uno de los penales, yo, que estaba en el palo derecho demos perder. Pilar y sus compañeras, vestidas con ropa de
me tiré hacia la izquierda y Matías hizo exactamente lo con- gimnasia, agitan sus porras y bambolean los glúteos para el
trario. Nuestras cabezas chocaron y se escuchó un ruido seco, deleite de la tribuna. Son seis, Pilar y Marcela son las moro-
como si se golpearan dos cocos. Condorito corrió con un bi- chas, hay una pelirroja, quizá la que más buena está, y el resto
dón de agua y nos reanimó. Los dos nos quedamos tirados, son rubias. Teñidas, pero rubias al fin. Una mujer de unos
parecíamos borrachos del mareo que teníamos. Por un mo- cuarenta y siete años las dirige. Es una veterana que también
mento miré las caras de mis compañeros y del cuerpo técnico está para partirla en ocho, como a una pizza. A mí no me
y me pareció ver un atisbo de esperanza, como si ese golpazo gusta la pizza, no sé si desde ahora o de antes de que per-
me hubiera hecho recuperar la memoria. Pero no fue así en diese la memoria. Pilar y los pibes del club dicen que soy un
lo absoluto, estos pelotudos ven muchos dibujitos animados. friqui, porque no puede ser que no me guste la pizza, a todo
el mundo le gusta. Qué sé yo. Como diría Charles Bronson,
“la probé y no me gustó”. Otra rareza, me acuerdo de Charles
Bronson, hasta de alguna que otra escena de sus películas. In-
cluso me acuerdo de esa frase que dijo o que le atribuyen a él,
pero no me acuerdo desde cuando me desagradaba la pizza, a

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lo mejor desde el origen de los tiempos, como la opción que Lo miro, no le digo nada, solo me lo quedo mirando. Él
ponen los buscadores para borrar el historial de navegación me devuelve la mirada, pero no la mantiene. Tímido, esconde
de Internet. Tampoco sé cómo sé eso, quizá en mi vida ante- la cara en el pico de la botella.
rior, así llamo al momento que pasó antes del accidente, veía —No digas pelotudeces, pendejo —le digo—. Vos vas a
porno por Internet y después borraba para no dejar huellas. hacer un carrerón. Yo ya estoy viejo y choto, con suerte, me
La masturbación provoca pérdida de memoria y otras cosas queda este año.
que no me acuerdo. —No seas vos el pelotudo —me contesta, pareciera que
La que dirige a las porristas le hace una indicación es- está por llorar—. No entendés nada, ¿verdad? En el pueblo
pecífica a la pelirroja. Pilar aprovecha para girar hasta donde solo puede haber un solo Felipe Oitana, así es y así ha sido
estoy yo y tirarme un beso. Sonrío, pero no le devuelvo el siempre.
gesto, me veo ridículo tirando besos. Todas las minas que hay —Pero algún día me voy a tener que retirar.
en este lugar están buenas. No lindas, verdaderas bestias. Ha- —Y entonces va a venir otro, y cuando se vaya ese, otro,
ciendo un repaso mental, podría nombrar a la enfermera que y cuando el último se vaya, lo va a reemplazar otro más. Feli-
me atendió en el hospital, la secretaria del médico, la portera pe Oitana nació con este pueblo y con él se va a morir.
del edificio donde vivo, Pilar y el resto de las Piadosas, la di- Me quedo mirándolo, este chabón parece merqueado.
rectora. Hasta las viejas que van a darles de comer a las palo- Ahora sí, no aguanta y llora, se le ponen las mejillas coloradas
mas en la plaza están buenas. Ni una fea, ni una sola. Todas y los ojos hinchados. Parece un pibito de diez años.
diosas del Olimpo. Si me peleo con Pilar, engancharme con —No entendés una mierda —me dice—. Qué mierda
alguna otra no sería tan difícil, porque no solo están buenas, vas a entender. Sos el elegido y ni te das cuenta. Tenés altares,
si no que parecen triplicar (o cuadruplicar) a los varones, que, misas, la gente no reza por vos, te reza a vos. Sos dios y no lo
quiero creer, deben vivir tan alzados, como yo. sabés. Qué patético todo esto. Y, lo peor, lo peor de todo es
Aparece Matías, tomando una Coca-Cola. Viene del que yo soy uno de los que tiene que soportar tu mentira. Sos
vestuario, recién bañado. Tiene un perfume fino, de los que mi ídolo y te respeto, te respeto más que a nadie, ni a mi viejo
se usan de noche, para salir a levantar minas. Me gusta y estoy lo respeté tanto como a vos, pero ya me cansé. Te juro que
tentado de preguntarle qué perfume es. daría todo por no ser un Judas, que es lo que me toca ser. Yo
—¿Qué hacés, Felipe? —se me sienta al lado y me acerca quería ser vos.
la Coca, con un gesto le digo que no quiero. —¿De ser cómo yo? ¿Qué decís?
—Esperando que termine Pilar y nos vamos a casa. —De ser como vos no, dije ser vos. Pero ahora me con-
—Joya. formo con ser tu Judas Iscariote. Judas amaba a Jesús tanto
Toma un trago de gaseosa y se queda con la mirada fija como yo te amo a vos.
en la cancha, parece estar ensimismado en sus pensamientos. Qué dice el tarado este. Delira más que si se hubiera as-
—¿Qué te anda pasando? —le pregunto. pirado de un saque toda la coca de Nueva Esperanza.
—Nada… Bah, qué sé yo. Tratando de disfrutar mis úl- Se levanta y, sin dejar de lagrimear, me pone una mano
timos partidos como titular. en el hombro.

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—Lo único que te pido —me dice—, nunca te arrepien- XXXI
tas del papel que te tocó cumplir, de tu destino.
Y dando media vuelta, se va tambaleando como borra-
cho. Dejó la botella de Coca-Cola en el piso. La levanto y la
huelo, tiene un olor espantoso. No es vino, ni fernet, ni nin-
guna bebida conocida. Por el contrario, despide un hedor que
te hace vomitar. Mezcla de nafta, meo y yerba mate podrida.
Siento que el líquido se revuelve en mi mano, como si tuviera
vida propia. Suelto la botella y rebota en el piso, el líquido
que escapa es viscoso y negro como el petróleo. Le paso por Faltan dos semanas más y se viene el partido. Ayer jugó
encima, con miedo a pisarlo. Miro hacia el campo de juego, El Salvador y le ganó cinco a cero a los de Cruz Celeste. Les
las chicas terminaron de ensayar y encaran para el vestuario. pegaron un baile de aquellos, así que van a venir agrandados.
Bajo y salgo del club. Me quedo sentado en un banco de Nosotros jugamos contra los del Prado y estamos uno a cero
la plaza de enfrente, incapaz de coordinar la mínima acción. arriba. Ya termina el partido, menos de cinco minutos. El
Media hora más tarde aparece Pilar y me abraza. Estoy tan profe hace una seña que solo entendemos Matías y yo. Patean
frío que la sorprendo. un córner y el pibe sale a cortar con alma y vida. Se lleva por
—¿Te pasa algo, amor? delante a Esteban, el dos nuestro, y cae revolcándose. Todo
—Tranquila, no pasa nada. Me da un beso en la mejilla el mundo ve que no se hizo nada, pero se retuerce como un
y nos subimos en el auto de ella. Parece que antes yo sabía marrano en el chiquero. Ahora sí, Prinotti me dice que vaya
manejar, pero ahora no me acuerdo de cómo se hace. Me aco- a calentar y apenas me levanto del campo la tribuna visitante,
modo en el asiento y, mientras ella pone el auto en marcha, los hinchas de La Piedad, gritan y corean mi nombre. Cantan
veo pasar dos pibas haciendo aerobic. Como no puede ser de canciones en mi honor, adaptando temas de los Redonditos
otra manera, las dos están que rajan la tierra. de Ricota y los Auténticos Decadentes. Serán cien, no más,
los que se vinieron a este pueblito de mierda, que queda lejos
de Nueva Esperanza y que no tiene colectivo directo. Se sa-
crifican por el equipo y me siento orgulloso. Me pongo en la
línea del medio y le aviso al asistente que levanta el banderín
de manera horizontal, avisándole al réferi que va a haber un
cambio.
“¡Atención!”, pide la voz del estadio, “Cambio en el equi-
po de Deportivo La Piedad. Se retira el jugador número uno,
Matías Vallejo, entra con la casaca número doce Felipe Oita-
na”. Y empieza a sonar la musiquita de Coca-Cola.

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Matías se levanta ágil y corre hasta donde yo estoy. Me XXXII
da un beso en la mejilla y me susurra: “Judas amaba a Jesús”.
Entro con los brazos arriba y aplaudo a la hinchada. El
árbitro pita dos veces para acelerar el juego. De nuevo hay
córner para los locales.
—Dos minutos más muchachos —dice el árbitro y ex-
tiende dos dedos hacia el mundo—, dos minutos más.
Ya está todo de nuevo en orden. Ya estoy adentro de
la cancha y manejo la batuta. Les grito a los defensores que
se acomoden bien, pero no me hacen caso. Se chocan entre Soy el mesías. No lo pedí ser, pero acepto mi destino.
ellos, se desentienden y nos desentendemos. Veo una seña del Tengo que llevar el equipo a la salvación, aunque para eso
árbitro y escucho el pelotazo. El siete de ellos, se cruzó toda tenga que morir.
la cancha y se manda un cabezazo que me fulmina. Es gol de
ellos y el empate.
Me quedo arrodillado, puteando a Dios y a María San-
tísima. Me meto dentro del arco para buscar la pelota y noto
un brillito en el suelo, es una estampita. Tiene la imagen de
Jesús crucificado.

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XXXIII de que se termine, otra vez el diez se me viene como loco,
pero está como cinco metros en off-side y el cornudo del línea
no marca una mierda. Salgo y saco la pelota con el pie man-
dándola al lateral.
—¡Ey, viejo! —le grito al asistente—. A ver si levantamos
la banderita.
El árbitro me escucha y me muestra tarjeta amarilla. Pu-
teo por lo bajo, pero me la aguanto. Dos minutos después,
termina el primer tiempo.
Llegó el domingo y estoy bajo los tres palos. Estoy bas- En el vestuario, el técnico, les da un reto a los defenso-
tante nervioso, no lo voy a negar. Pero no pasa nada. Es el clá- res y a mí me pide que esté más atento. Le quiero contestar
sico de la liga, El Salvador versus La Piedad. Ellos van prime- algo, pero me quedo en el molde. Hay nerviosismo y miedo y
ros, nosotros segundos, a un punto. Se juega como se deben no hay nada que se pueda hacer para calmarnos la ansiedad.
jugar los clásicos: con miedo. Muchos pelotazos a la tribuna, Matías me pone la mano en el hombro y no sé cómo lo tengo
muchos foules en el medio de la cancha. A los quince minutos que interpretar.
saco dos pepas que iban al ángulo y llegué a puntear con los Los quince minutos pasan al toque y ya volvemos a la
dedos una que se me metía de emboquillada. La defensa es cancha. Esta vez tengo que ir del otro lado, con el sol de fren-
un flan. Ramón, uno de los carrileros, corre menos que un te. No le doy bola, total, en un rato va a empezar a oscurecer.
paralítico. Sacan ellos, el diez se la pasa al once y este se la devuelve. Sale
Se acaba de escapar el diez de ellos y se viene solo. Me- a cortar el ocho nuestro y la manda al lateral. Se está levantan-
nos mal que es un poco viejo y no muy ágil. Me la tengo que do viento a nuestro favor.
jugar y salir, hacer la de Dios, arrodillado y con los brazos ex- A los veinte minutos, mi siete se escapa con la bocha y
tendidos, como si estuviera crucificado. El diez es viejo, pero se la pasa al cinco, yo lo veo desde acá, está adelantado media
no tanto, me hace un sombrerito y me la manda a guardar. cuadra. El línea no levanta y mi mediocampista se manda.
Perdemos uno a cero. La puta madre. La hinchada de ellos, Gol. Nos ponemos dos a uno. Esto se pone bueno. El arquero
cuatro gatos locos, gritan como si hubiera sido un gol en la del otro equipo le protesta al árbitro y también se liga la ama-
final del mundial. rilla. El capitán le dice que se quede piola, que si no lo van a
Al ratito nomás, el nueve, también de ellos, da un zurda- echar.
zo casi desde la mitad de la cancha y mi defensor la peina para Vuelven a sacar del medio y encaran para donde estoy.
tirarla al córner con tanta mala suerte que el viento la mete en A veces el papel del aquero es tan indigno, podés convertirte
el ángulo. Dos a cero y temo comerme una goleada. en héroe o en el peor de los boludos en cuestión de segundos.
El resto del primer tiempo es un baile de aquellos. No Otra vez el diez, siempre el diez, viejo choto, se escapa y salgo
me quiero agrandar, pero acabo de parar cuatro jugadas de a cortar. Logro mandarla al córner. Viene a patear el nueve de
gol. Mi defensa es un flan con crema y dulce de leche. Antes ellos y la manda a la mierda.

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Nunca voy a entender por qué, cuando uno va perdien- ¿Raulito? ¿Qué es ese nombre? Me suena conocido, ese
do, el tiempo parece que vuela. Ya van treinta y ocho minutos soy yo. Yo soy Raúl. La puta madre que lo parió. ¿Cómo mier-
y ellos, desde hace cinco, empezaron a colgarse del travesaño. da saben mi nombre? Me acerco hasta el alambrado para fes-
En una, mi defensor se manda arriba y llega a pegarle un pun- tejar con ellos y los veo. Están todos: Stevie, Borges, Andrea,
tazo que pasa cerquita. Blasco, Zubiri, Ray Charles, todos mis amigos, los cieguitos
Llegamos a los cuarenta y cinco, el árbitro dio dos minu- de mi alma, comandados por el capo de don Fermín, mi ver-
tos más. Por lo menos fue una derrota digna e hicimos el gol dadero técnico.
del honor. Alcanzo a ver caras largas, la tribuna nos empieza a
silbar. Da bronca e impotencia. Cuando te putea la hinchada
te sentís un pelotudo. La hinchada es como tu vieja, que la
querés y le sos incondicional. Ella te puede traicionar, tirarte
del pelo, retarte sin razón y vos no le decís nada, porque a una
madre se la respeta. Y, hoy por hoy, no es la señora que me
cuidó, de la que casi ni me acuerdo, de la que ni sé siquiera
si es real o parte de una película en la que estoy actuando,
pero actuando de verdad. No, ella no es mi madre, mi madre
son estos doscientos negros borrachos que saltan, escupen y
putean.
De pronto, veo que se escapa Ramírez y un defensor la
manda al córner. Debe quedar menos de medio minuto. Má’
sí, yo me mando a cabecear y a la mierda. Dos a uno y tres
a uno es lo mismo. Dije que el empate es de maricones, me
equivoqué, un empate, ahora, es lo único que nos queda.
Les grito que me esperen, que voy a patear, pero el bolu-
do de mi delantero, no Ramírez, otro, no me escucha y patea
cuando estoy a cinco metros del área grande. El arquero de
ellos le llega a dar con los puños y me la deja servida. Sin mi-
rar, con los ojos cerrados, le pego un puntazo con alma y vida
y escucho que los muchachos gritan gol. Abro los ojos y veo
la bocha dentro del arco.
—¡Gooool, la concha de su madre! —grito y siento a un
grupo en la tribuna que también grita.
—¡Goool! —escucho—. ¡Raulito viejo y peludo!

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XXXIV y salieron a festejar a la plaza. Supongo que todavía están ahí,
coreando “soy de la P, soy de la P”. Lo único que quería era
meterme en el agua para sacarme la transpiración y pensar.
Pensar no, no quiero, solo quise meterme en la ducha y llorar
fuerte. Les pedí a los otros jugadores, extraños, desconocidos
absolutos, que se fueran, que me dejaran solo. Y lo hicieron,
como si yo no existiera. Matías me guiñó el ojo antes de reu-
nirse con el resto y salir a gritar y a abrazarse con los otros,
con el cuerpo técnico, Tatín y Condorito no paraban de gritar
Por fin, recupero la memoria. Me acuerdo. Dios mío. y de putear. Todo era alegría, pero esa alegría era toda mía.
¿Qué estoy haciendo acá? ¿Qué mierda es todo esto? ¿Qué Me chupa un huevo el clásico, pero empatarlo así, sobre la
habrá sido de las chicas, de Magalí y de Luciana? ¿De Fer- hora, fue el precio que tuve que pagar para volver a donde
nanda? La memoria llegó como un mazazo en la cabeza. La estoy.
memoria es puta. La memoria es lo que te hace dar cuenta de Un periodista del canal local me hizo una nota antes de
que, en el fondo, no sos más que un fracasado que explota, entrar a la ducha, estando solo en calzoncillos, y me felicitó.
que revienta como revientan los sapos. Pero es la memoria Me dijo que el resultado se debía a mi buena performance.
y es puta, y, como a todos, nos gustan las putas, y por eso la No me acuerdo qué le contesté (la memoria, siempre la me-
recibimos con los brazos abiertos, para abrazarla como ahora moria). Pero que se vayan a cagar los periodistas, le habría
yo abrazo a mis amigos. echado flit al propio Víctor Hugo Morales con tal de volver a
—¡Locos de mierda! —exclamo y miro a los ciegos y al reunirme con los cieguitos de mi alma. Mis cumpas. La cabe-
profe Fermín, no paro de llorar ni de abrazarlos—. ¿Qué es- za me trabaja a mil, pero, antes que nada, el sentimiento que
tán haciendo acá? ¿Cómo llegaron? me embarga es el de alegría. Pienso en Pilar, que la perdí en el
—Eso es lo que tendrías que explicar vos —me dice mi bolonqui generalizado. Le debe estar moviendo el culo a otro.
viejo, y único, director técnico—. ¿Por qué desapareciste así y Me chupa un huevo. No sé quién es esa mina, ni me importa.
qué hacés jugando en este club de mala muerte? Me chupa un huevo, me chupa un reverendo huevo ella y este
—Esta vez te fuiste al joraca mal, negro —me reta Ste- lugar de locos del que me tengo que escapar ya.
vie y busca mi cara con las manos para darme un cachetazo Fermín y los muchachos se habían quedado esperando
fraternal. a que me terminara de bañar. Se los nota cansados, se manda-
Estamos en el bufé del club, en una mesa que nos pre- ron flor de viaje desde Buenos Aires.
pararon aparte, para que podamos conversar tranquilos. Una —¿En qué andás metido, pajero? —me interroga Bocelli
pequeña ventaja que entraña ser el mejor jugador del parti- y no sé qué contestarle.
do. No me mira nadie, excepto don Fermín, que para mí es Les cuento lo que me pasó, la historia desde el principio.
un padre, así que me permito llorar. Después del empate, Desde la explosión hasta la pérdida de memoria y su reciente
toda la tribuna estalló en un alboroto de la concha de la lora

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recuperación. Les cuento el episodio con Magalí y Luciana. El XXXV
doctor, Paquito, la vieja, hablo de todos ellos.
Me escuchan con atención. Cada tanto, alguno agarra un
dadito de queso o mortadela, o toma un trago de Coca-Cola
o de cerveza. Cuando termino, siguen callados. De pronto,
Blasco rompe el silencio.
—Mirá que he oído de cosas que han hecho algunos bo-
ludos para que no los curtan porque el equipo se les fue al
descenso —me dice—, pero la verdad, la verdad, verso tan
original como el que te acabás de mandar, eso sí que no lo —¿Y qué hacemos, Raulito? —me pregunta el profe Fer-
escuché nunca. mín.
Dicho esto, todos estallan en una carcajada simultánea. Estamos a la vuelta del club, ante la Trafic estacionada.
Yo también me termino riendo y, estoico, me banco las mil y El profe manejó desde Buenos Aires hasta acá. Me acomodo
una jodas que me hacen por el descenso del millonario. Invi- en el asiento de acompañante, miro a mi alrededor y no veo
dentes hijos de mil puta. La amistad, como el amor, es ciega, a nadie. El griterío está adelante, pero, por suerte, no queda-
ciega como estos chotos. ron muchos. La mayoría salió a gritar el empate a los cuatro
vientos. Ahora tengo que estar alerta, me las tengo que picar,
escaparme de esta locura.
—Lo que tiene que hacer es explicarme cómo me en-
contraron —le contesto. El motor se enciende. Los ciegos se
ubican atrás.
El profe pone en marcha la Trafic y nos alejamos del cor-
dón de la vereda. El interior del coche está lleno de polvo.
—Fue de pura casualidad —empieza a hablar don Fer-
mín—, por el quilombo que armaste la última vez que juga-
mos, el tribunal te suspendió cuatro años y nos cobró una
multa de diez lucas.
—Por tu culpa, tuvimos que pedir un crédito en el banco
para garpar, pelotudo —me grita Zuviri.
—De eso vamos a hablar después —apacigua el profe—.
El tema es que me tuve que presentar al tribunal disciplinario
para declarar. Te cuento que a vos también te habían citado,
pero como no te presentaste, la cosa fue mucho peor.
—No sabés cómo está Fernanda —me dice Stevie.

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—¡Fernanda! —Dios mío, Fernanda—. ¿Cómo está ella? living, lo más que había eran las revistas que sacan Clarín y La
—Cómo va a estar —exclama Ray Charles—, ehcha un Nación del año del ñaupa.
trapo de piso. Pasamos por el edificio de Pilar, me fijo si está en la
—Piensa que reventaste en la explosión —acota Felicia- puerta, no veo a nadie.
no—, fue algo muy grosso eso que pasó. —Agarré un par al tuntún y les eché una mirada —con-
El profe agarra una curva y, por la ventanilla, se ven a tinúa el profe—. Es más, me acuerdo de que había elegido
los últimos hinchas de la Piedad caminando hacia sus casas. una receta de cocina para leer, vos sabés que a mí me gusta
Parece que el festejo ya terminó, es lógico, al fin y al cabo, fue cocinar y con mi esposa nos ponemos todos los domingos a
solo un empate. Además, es domingo, mañana se labura. preparar comida para toda la semana.
—Tuve que ir al tribunal de disciplina a declarar —re- —Uh, profe —exclama Blasco—, no se vaya por las ra-
toma el profe—, los árbitros nos mataron en el informe. Nos mas.
sacaron diez puntos y, por suerte, zafamos. Nos querían inac- —Perdón, perdón, tenés razón. A lo que voy es que una
tivos el resto del campeonato. de esas revistitas era el boletín que saca la AFA cada dos me-
—Eso hubiera sido bueno, profe —dice Blasco—, este ses con las formaciones y los resultados de todos los clubes de
año dimos pena, pero pena mal. todos los torneos de fútbol habidos y por haber. Incluso de
—Es que no tenemos arquero —jode Magoo. esta liga de mierda, perdida en el culo del mundo.
—¿Cuánto hace que desapareciste? —pregunta Stevie. —No sea malo —dice Magoo—, déjele sus quince minu-
—Qué sé yo —le contesto—, ¿tres, cuatro meses? Ya ni tos de fama a Raulito.
me acuerdo. —Ese boletín es bárbaro, tiene de todo, nombres, equi-
Don Fermín para en un semáforo y me mira. Pone cara pos, posiciones, promedios del descenso, toda la data que se
de estar calculando algo. te ocurra. ¡Hasta los torneos de fútbol para ciegos tenés!
—Tres meses y medio —dice al fin—, porque fue el sá- —¡Y estamos nosotros! —exclama Feliciano con orgu-
bado antes del partido de River contra los cordobeses. Yo fui llo.
al lunes siguiente al tribunal y como llegué temprano, me hi- —Al ver eso, pregunté en el tribunal cómo se hace para
cieron esperar en una salita de espera. conseguirlo, para conseguir el boletín y me dijeron que bas-
—Yo la conozco —le digo—, ¿se acuerda cuando tuve taba con suscribirse y que lo podía hacer ahí mismo, que no
que ir yo también a hablar por el asunto de unos de los chicos tenía costo para los clubes afiliados como Los Aromos. Así
del equipo de Social Lux, que se llevó el palo por delante y que hice eso después de soportar un buen reto, de parte de los
casi se revienta la cabeza, pobrecito? Es una mierda esa sala, del tribunal y por tu culpa —me señala con el dedo índice—,
chiquita y, en invierno, hace un frío de la concha de la lora. llené una ficha de inscripción que me dieron en la entrada y
—Es fría, chiquita y húmeda —agrega el profe—, por hace dos semanas recibimos el último número.
suerte me había ido abrigado, aunque los sabañones me ha- —¿Y eso qué tiene que ver? —pregunto, ya sin poder
cían llorar. Pero lo más importante es que, para matar el tiem- disimular el enojo.
po, me puse a hojear unas revistitas que tienen en la mesita de

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—Que cuando se me dio por ojearlo, llego a las páginas —Y eso no es todo —agrega Feliciano—, fue el que in-
dedicadas a esta liga y no sabés con lo que me encuentro —el sistió que no se lo contáramos a nadie, mucho menos a Fer-
profe se hace el misterioso y mira de reojo a los ciegos como nanda.
si estos pudieran pescar el gesto. —Pensé que si se te dio por escaparte y cambiarte de
—¿Con qué se encontró, profe? ¡Por dios!—ya mi tono nombre —dice Stevie—, por algo sería. Igual, acá estamos y la
de voz implora. cosa está más rara que antes.
—Con tu foto —me contesta—, con eso me encontré. Paramos en un semáforo. De la nada, aparece Pilar
Estaciona la Trafic y saca de la guantera una revistita de, acompañada de dos de las Piadosas. Por primera vez no me
por lo menos, trescientas páginas, hecha con papel de diario parecen tan lindas. La rubia y la pelirroja se dan un beso en la
y ajada en una de sus partes. boca y Pilar las acaricia. Están en la calle, en la cebra peatonal.
—Mirá la página doscientos treinta y uno —me indica Después, como si me hubieran olido miran hacia donde esta-
el profe y la busco. mos nosotros y empiezan a reírse a carcajadas y a señalarnos
No veo un soto, le digo que prenda la luz. Me fijo bien con el dedo. Empiezan a caminar hacia la Trafic. Asustan.
y verme me provoca un shock. Veo, precisamente, una foto —¡Mi amor! —me grita Pili—. Te estamos esperando
mía, de cuerpo entero y de frente. Es inconfundible que soy con las chicas, vení que vamos a festejar el triunfo.
yo, tengo la misma postura y la misma expresión que pongo Don Fermín me mira, como esperando mi orden y en-
cada vez que poso para las cámaras. Es una expresión entre tonces hablo.
seria y divertida. —Arranque, profe, salgamos de este lugar de mierda.
Debajo de la foto hay un epígrafe breve que dice que el La Trafic las esquiva y salimos disparando. Estamos por
arquero de Deportivo la Piedad, Felipe Ramón Oitana, vuel- agarrar la ruta y vemos a todo el pueblo, incluido el equipo,
ve a defender la valla de su equipo luego de casi un mes de con Matías a la cabeza, la hinchada, toda la gente del club.
no jugar debido a una lesión, en el clásico de la Liga del Sur, Hay como cinco mil personas, si no más. Algunos tienen an-
Nuestra Señora de la Paz Divina. Al lado se ve un recuadro torchas y otros bombos y cornetas. Todos, absolutamente to-
con la formación en donde se repite mi nuevo nombre. dos, cantan.
—Cuando vi eso —me dice el profe—, no sabía qué ha- “Oitana no se va,
cer. No entendía un carajo y lo único que se me ocurrió fue Oitana no se va.
contárselo a los muchachos. No se va, Oitana no se va.
—En eso le tenés que agradecer a Stevie —me dice Zu- Oitana no se va.
viri—, él fue el que hinchó las pelotas para que viniéramos a Oitana no se va”.
corroborarlo personalmente.
—Gracias, Stevie querido —Stevie es de fierro, hay cosas
que no cambian.

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XXXVI Siento un puñete, un puñete solo, en la jeta. Un puñete
que me noquea. Veo estrellitas y luces. Antes de desmayarme
vuelvo a escuchar que gritan “¡Viva nuestro salvador!”.

—¡Qué mierda pasa, profe! —grita Stevie, advirtiendo el


peligro. Está todo el pueblo. Se nos acercan despacito, con los
ojos fijos en mí. En su mesías. No entiendo nada. Por qué me
hacen esto si les empaté el partido.
—¡Qué quieren, hijos de puta! —les grito.
—Sos nuestro salvador —grita Tatín, con los ojos lloro-
sos.
—Alabado sea nuestro señor arquero —grita un viejo,
desde atrás.
—Alabado sea —repiten los otros.
El profe quiere dar marcha atrás. No puede, se nos me-
tieron dos bondis, no nos dejan doblar siquiera. La única so-
lución es pasarles por arriba a estos tarados.
Condorito salta al capó y pega la jeta contra el vidrio
delantero.
—Un buen arquero sabe cuándo hay que colgarse del
travesaño —dice y es como si fuera una orden, porque ape-
nas terminar de hablar, se abalanzan todos a la Trafic. Fermín
traba las puertas, pero es inútil. Aparecen mazas, martillos
y palas que chocan contra los vidrios. Los ciegos se mueven
para todos lados, gritan que quieren saber qué es lo que pasa,
pero no les puedo contestar. Una mano gorda y peluda se me
aparece y me agarra primero del pelo, después del cuello y, de
un tirón, me saca de la Trafic.

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XXXVII quien me lleva, está desmejorado, no le debe quedar mucho.
El cáncer le carcome por dentro.
Llegamos al sector de los arcos. Están uno al lado del
otro, todos tienen un cartelito. Alcanzo a leer tres, dicen lo
mismo: “Felipe Ramón Oitana. Murió por nosotros”. Un arco
más nuevo está en el piso, Prinotti tironea de la soga y me doy
de cara contra el piso. Trago tierra, transpiración y sangre.
Caigo, me desplomo, me tiran, me agarran del pelo me apo-
yan la cabeza en el travesaño, extienden mi brazo derecho, sa-
Estoy de vuelta en la cancha. El estadio está más lleno can un clavo del tamaño de mi dedo índice, me abren la pal-
que antes. Las tribunas repletas, como en un clásico Boca- ma de la mano, me clavan el clavo. Grito de dolor y de miedo.
River. Me tiran agua para que me despabile. Agua helada. Una náusea sube y llega hasta la garganta. Vomito bilis y
Pego una ojeada alrededor, no es el mismo lugar en el que sé que estoy al borde del desmayo. Un brazo, que tiene el mar-
jugamos. Es una cancha abandonada, con yuyos y tierra. Me tillo, se eleva y está por hundir más el clavo en mi carne y en
llevan desnudo y con las manos atadas, alrededor mío están la madera. Ahí se escucha una explosión. El cielo se ilumina
los jugadores y el equipo técnico. Hay muchos arcos, uno al y dejan de crucificarme. Los presentes se me apartan y miran
lado del otro. Me llevan hasta uno de ellos. A medida que nos al medio de la cancha. Levanto el cogote y veo un montón de
vamos acercando, veo que en los demás arcos hay muñecos, tipos, todos hombres. Llevan la camiseta de El Salvador.
parecen espantapájaros. Me desmayo de nuevo y, de nuevo, —¡Cagones de mierda! —grita uno de los recién llega-
un salpicón de agua helada. dos—. Cagones, putos. Festejan el empate.
—Despertate, Felipe, huevón, tenés que conocer a tus Me incorporo como puedo, con la mano derecha clava-
hermanos. —Me grita Condorito. Él es uno de los que enca- da en la madera del arco. Otra multitud, los de El Salvador
beza la procesión. vienen con palos, botellas, revólveres. Corren hacia dónde es-
Miro de nuevo hacia los arcos. Los espantapájaros se tamos y la gente de acá los enfrenta. Miro alrededor buscan-
bambolean con el viento. Cuando llegamos, veo que son tipos do a los ciegos y al profe Fermín. No están por ningún lado.
muertos, secos, con las manos clavadas en los travesaños de No los veo. Tironeo mi mano clavada y me sube un dolor
madera. Crucificados. Me cago en dios y en la puta madre espantoso por todo el brazo hasta estallar en la cabeza. Tengo
que me parió, estos hijos de puta crucifican gente. náuseas y fiebre. Pero no me desmayo, me limito a cerrar los
—¡Hijos de puta! —grito, es lo único que puedo hacer—. ojos y esperar el fin.
¡Hijos de mil putaaaaaaaaaaa! —Despertate, Felipe —se acerca alguien, es Matías—,
Estoy en calzoncillos solamente. El aire helado se me estás libre.
pega en la piel transpirada. Ademas de las manos atadas, me Tiene una tenaza.
pusieron una soga en el cogote, como a los perros. Prinotti es —Pará… —balbuceo, pero no me hace caso, aprieta el
clavo como si mi mano no estuviera.

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No me hace caso, aprieta el clavo y tironea. Tres tirones Matías vuelve a apretar el gatillo, pero no sale nada. Pi-
le llevan sacarlo de la madera, y lo tira a un costado, junto con lar aúlla y se le tira encima. Yo caigo y ruedo. Escucho tiros,
la tenaza. Acto seguido me ayuda a levantarme. No puedo puteadas, cuchillos que se clavan en la carne. Algo me golpea
pararme, el mareo y el dolor son fuertes. Me aferro a Matías, en la cabeza y no escucho ni veo nada más.
como un borracho a un farol. Aun así quiero saber.
—¿Qué es esto? —pregunto, en realidad es un balbuceo,
me caen hilos de baba.
—Todos los años se juega el clásico en nuestro estadio
—me contesta—, todos los años sacrificamos a Felipe Oitana.
Se lo ofrendemos a Dios y, gracias a ese tributo, desde tiem-
pos inmemoriales, vamos invictos.
Un gordo en cuero, pelo largo, morocho, al que le faltan
los dientes, se nos cruza. Tiene una botella de vidrio vacía.
Está oscuro, pero aun así distingo sus ojos inyectados en san-
gre y la mirada asesina.
—¡Ustedes! —nos grita—. Adónde mierda creen que
van.
—Todos los años —sigue hablando Matías, como si el
gordo no estuviera presente—, cuando se acerca el clásico,
vamos a buscar un nuevo arquero, lo traemos, le reseteamos
la mente en la clínica, pero con vos no pudimos. A veces nos
pasa, agarramos un cabeza dura que se resiste y al que no le
podemos lavar del todo la cabeza.
Matías saca un revólver del bolsillo y le da en la panza al
gordo, que cae desplomado como una bolsa de papas.
—Pero vos tranquilo, te dije que voy a ser Judas, pero
no te traiciono a vos, me toca traicionarlos a ellos. Te tengo
que salvar.
—Los cieguitos, ¿dónde están los cieguitos?
Ahora se nos aparece Pilar, tiene un corte en el brazo y
un ojo y el labio hinchados. Camina rengueando y tiene un
cuchillo en la mano derecha.
—Vos —le dice a Matías—, fuiste vos, pendejo, el que
nos cagó.

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XXXVIII Luciana abre su cartera y saca un celular. Le dicto el nú-
mero de Stevie, ella lo marca y me pone el aparato en la oreja.
Suena tres veces hasta que escucho la voz de mi amigo.
—Stevie, hermanito —grito y las lágrimas me brotan
como manantial.
—Raúl, ¿estás bien? —y escucho que le grita a los
otros—. ¡Muchachos, es Raúl!
—¿Están bien?
—Estamos bien, negrito. Zafamos, zafamos todos.
Abro los ojos, estoy acostado en una cama. A mi alrede- Los dos, uno a cada lado de la línea, nos ponemos a
dor, veo a Luciana, Magalí, el doctor y Paco. Gestos serios y llorar.
solemnes.
—Raulito —dice Magalí con voz ronca—, despertaste,
mi vida.
El lugar me resulta conocido. Es la habitación de las chi-
cas. El brazo me duele, lo tengo vendado y el otro, el izquier-
do, conectado a un equipo de suero.
—Stevie, Borges, el profe Fermín… —digo, no me sale
la pregunta entera.
—Será mejor que no hable —me dice el doctor Ban-
ner—. Ha sufrido un shock. Tiene que descansar.
—¿Qué pasó? —no le hago caso.
—Desapareciste, bebé —me contesta Luciana—. Te fuis-
te y nos dejaste.
—Te dejaron en la esquina de casa, esta mañana —me
informa Magui—. Estabas envuelto en una frazada y desnu-
do, como la primera vez que te vi.
—¡Los ciegos! —grito y me incorporo, la aguja del suero
me pincha la vena y me sale sangre—. ¡Tengo que llamarlos!
Un teléfono, la concha de su madre, un teléfono.
—Calmate, fiera —dice Paco y suave, pero firme, apoya
mi cabeza en la almohada.
—Un teléfono —suplico—, por favor.

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XXXIX —Supongo que me las voy a tener que picar. Ya jodí bas-
tante, estuvo bueno, no lo voy a negar, pero ya fue, como di-
cen los pibes. No tengo veinte años para andar haciéndome
el loco. Dejé a mi novia allá y no sé qué verso le voy a tener
que hacer.
—Contale la verdad.
Me río de buena gana.
—Lo que me pasó es tan loco que supera cualquier men-
tira.
Caminamos por la playa con Magalí, hay viento, pero, Magalí se pasa la lengua por los labios y adopta un aire
por suerte, no hace tanto frío. Luciana se quedó en casa vien- pensativo. El viento nos acerca volando una servilleta engra-
do tele, no nos quiso acompañar. Ya son las seis y media de sada, la aparto con la ramita y va a dar al agua.
la tarde y el sol está empezando a ocultarse. General Ferdi- —¡Ya sé! —exclama—. Le decís que te secuestraron los
nando está ubicada en un punto de la panza de Buenos Aires extraterrestres —y se ríe a carcajadas.
que te permite ver la puesta y la salida del sol. Fernanda diría Yo la acompaño con la risa y le acaricio el pelo. En la
que eso es súper romántico. Quizá tenga razón. El viento hace vereda se acaban de encender las primeras luces.
revolotear la arena y esta se me mete en las zapatillas. Le pido —¿No te da miedo esto? —le pregunto señalando a mi
a Magui que pare y me siento en el tronco de un árbol caído alrededor, Magalí se encoge de hombros.
que está cerca de la orilla. —Este es un pueblo tranquilo.
—Conocí a tu vieja —le digo mientras ella se sienta a —No me refiero al pueblo, te estoy hablando del mar. Te
mi lado. pregunto si no te da miedo venir sola y que se te abalance con
—La llamé este mediodía. Solo me dijo que no quería una ola y te ahogue. Yo a veces tengo esa sensación.
volver a verme nunca más. ¿Así que se vino hasta acá? Quién Magalí me acaricia la mejilla con ternura.
diría. —¿En serio te pasa eso? —me pregunta—. ¿Sentís que el
—Vos me habías dicho que no te gustaba el fútbol. mar se abalanza sobre vos?
Magalí suspira. —No, siento que me ahogo.
—Pecados de juventud. Miro de reojo que nadie ande dando vueltas y acerco
Sonríe y yo sonrío también. Le acaricio el hombro y me mis labios a los de ella. Nos besamos. Sin disimulo, su mano
quedo mirando el mar. se posa en mi entrepierna y yo le devuelvo el favor. Siento que
—¿Qué vas a hacer ahora? el miembro se le endurece. Meto la mano entre la calza y la
Arranco una ramita seca que sobresale del tronco y me bombacha y se lo agarro.
pongo a dibujar en la arena, hago garabatos que no represen- A lo lejos, se escucha la primera explosión, pero ningu-
tan nada, arte abstracto. no de los dos le da bola. Ya no nos importa nada.

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XL auto. Por suerte, no chocamos contra nada y logramos llegar
al departamento, que está todo destrozado y en llamas.
—¡Lu! —grita Magalí—. ¿Dónde estás, Lu?
Quiere entrar y le manoteo el brazo para pararla, pero,
en su desesperación, me encaja un puñetazo en la nariz que
me noquea. Antes de dar la cara contra el piso, la veo abrir la
puerta y mandarse para adentro.
Paco me ayuda a que me incorpore.
—No podemos ser tan cagones —me dice—. Hay que
La segunda explosión es mucho más cerca de donde es- ayudar a las pibas.
tamos. Alguien grita algo y Magalí y yo nos incorporamos Asiento con la cabeza y entramos. Vemos a Luciana des-
de un salto, antes, eyaculo sobre sus calzas. Un tipo nos pasa mayada, en brazos de Magalí.
corriendo por al lado y nos llega a gritar que se viene el mun- —¡Ayúdenme a sacarla! —nos grita.
do abajo. Horrorizado, veo como el fuego consume los muebles,
Salimos de la arena y alcanzamos la costanera. En la las cortinas y las paredes. Tratamos de salir y, como si fuera
calle, la gente corre como loca para todos lados. Unas diez una película de esas berretas, una viga encendida se nos cae
cuadras sobre la avenida vemos fuego y escuchamos la sirena encima. Voy hasta el comedor y saco el mantel de la mesa, con
de bomberos. él apago el fuego. Paco abre la puerta y salimos tosiendo y con
—¡Es en casa! —grita Magalí y me agarra de la mano tan los ojos enrojecidos por el humo.
fuerte que me hace gritar de dolor. El doctor se nos acerca y nos ayuda a cargar a Luciana,
—Ahí está Luciana —le digo y empezamos a correr. tiene el pulso débil, pero aún respira.
En eso, sentimos que nos tocan bocina. Nos damos vuel- —Hay que llevar a esta chica al hospital —dice Paco.
ta y vemos al doctor y a Paco en el auto de este último. El doctor mira al cielo y nos señala con el dedo. Noso-
—Suban —nos pide el gringo—, suban rápido. No hay tros levantamos la vista también y vemos tres bolas de fuego
tiempo que perder. descendiendo raudas. Una da de lleno en el único hotel del
Le hacemos caso y nos abalanzamos sobre los asientos pueblo y las otras dos, en el parque.
traseros. —La lluvia de meteoritos más grande que he visto en mi
—¿Qué es todo esto? —le grita Magalí. vida —dice el gringo extasiado.
—Los meteoritos Épsilon —contesta el doctor—. Están —No es seguro quedarnos —lo vuelvo al mundo real—,
cayendo los meteoritos Épsilon. No pensé que iban a hacerlo hay que rajar.
tan de golpe. —¡De ninguna manera! —grita el doctor—. Tenemos
El auto se bambolea un poco, pero seguimos. Magalí que coger uno para estudiarlo, a eso he venido hasta aquí, a
no para de llorar y decir que tenemos que rescatar a Luciana. coger un meteorito épsilon.
Una moto pasa de contramano y roza uno de los costados del

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—¡Vos estás loco! Luciana se está muriendo, pelotudo brazo producto de una fractura expuesta. Sé que Luciana ya
—grita Magalí, está toda transpirada y con el maquillaje co- está muerta, parece desmayada, pero está muerta, lo sé con
rrido, la nuez de Adán le sube y baja a causa de los nervios. certeza. Paco yace contra el volante, con la cabeza apretando
Me gustaría abrazarla. la bocina, que, por suerte, no funciona. Todo parece tan en
Un nuevo meteorito cae dos cuadras detrás de nosotros cámara lenta. El golpe que me acabo de dar en la cabeza me
y el doctor corre a su encuentro. atonta y, a la vez, me relaja. Lentamente me voy desmayando.
—Ustedes pónganse a salvo —nos grita—, yo los alcan- Se siente todo tan pacífico que no me importa morir. Cierro
zo enseguida. los ojos y espero el fin.
Nos quedamos viéndolo correr, sin atinar a detenerlo. No escucho las sirenas de la ambulancia. Tampoco escu-
No llega ni a cruzar la calle, un coche le pasa por encima. Lo cho a los paramédicos discutiendo acerca de cuál es la mejor
maneja una mujer que no se detiene para nada, un grupo de manera de sacarme a mí, el único sobreviviente. Tampoco
chicos, hijos suyos tal vez, viajan con ella. siento nada cuando me agarran de un brazo y salgo al mundo
Paco pone en marcha el auto y nos subimos. A lo lejos se exterior. Lo primero que sí llego a notar es el vientito dándo-
escuchan más y más meteoritos. me en la cara y es una sensación tan hermosa, una sensación
—A cinco kilómetros, está el puente que une General de paz.
Ferdinando con Santa Marta —nos informa Paco—. Hay que Cuando despierto, un paramédico me pregunta si lo
tratar de llegar hasta allá y llevarla a Luciana a que la vea un oigo y le digo que sí con la cabeza. Me pide que abra los ojos.
médico. Es lo mismo que nada. Está todo oscuro. No tengo fuerzas
En eso, Luciana larga una tosecita seca y abre los ojos. para decirle que no veo. Vuelvo a cerrar los ojos y los vuelvo
—¡Lu! —exclama Magalí—. Hermosa, no me asustes, a abrir. Igual. No veo, no veo una mierda. Me entra un ataque
linda —y le da un beso en la boca con dulzura. de risa que me hace doler el estómago.
Luciana, aturdida, pregunta qué fue lo que pasó y, si el —¡Alcanzame un calmante! —le grita el paramédico
clima estuviera para hacer bromas, le diría que explotó, como a uno de sus compañeros, yo me sigo riendo—. Alcanzame
ella me había dicho a mí. algo que le agarró un ataque de histeria.
Otro meteorito nos pasa cerca, pero da en el mar. A lo Siento una aguja en el brazo y me agarra una modorra
lejos, se llega a distinguir el puente. que invita a dormir la siesta. Los párpados me pesan y aún así
—Ahí está —dice Paco—, aguanten que ya estamos. abro de nuevo los ojos. Es lo mismo que nada. La puta madre.
Pero no, no llegamos. Un nuevo meteorito Épsilon cae Quién hubiera dicho que me iba a quedar ciego en General
diez metros delante de nosotros y con el impacto levanta el Ferdinando.
coche y volamos como si estuviéramos en el auto de Volver Me suben a una camilla y me sigo riendo hasta que me
al futuro. En un momento, creo, caemos y noto cómo esta- quedo dormido del todo.
lla el parabrisas y los vidrios se nos meten adentro. Miro a
las chicas y veo a Magalí rebotando en su asiento, con la ca-
beza ensangrentada y un pedazo de hueso que le asoma del

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XLI bladurías, pero parece que el padre de la criatura es el cuñado,
Juan. Quién hubiera dicho, con esa cara de boludo.
Así que yo me volví con mis cumpas, con los cieguitos.
Ahora sí que soy uno más. Ya no hay rencores, solo fraterni-
dad. Ahora ataja Pereyra, estamos buscando un arquero su-
plente. El tribunal se apiadó de mí y redujo mi suspensión a
dos años, total, saben que por un buen rato no voy a andar
hinchando las bolas.
Y acá estoy. Tratando de acostumbrarme, está complica-
—Tratá de guiarte por el ruido de los cascabeles —me do, pero no es imposible. Es cuestión de agarrarle la mano. Ya
grita Ray Charles en algún lugar de la cancha. me manejo bastante bien con el bastón blanco, y hasta voy al
—Para vos es fácil decirlo, ciego de mierda —le contesto. almacén solo, que está a la vuelta de casa. Todos los días me
Ya pasaron más de seis meses del accidente. No volví a visita un primo a ver si no me hace falta nada. De a poco, voy
ver, me operaron y todo, pero no sirvió de nada. Paco, Lucia- progresando. Quién dice que en unos meses no vuelvo a jugar
na y Magalí murieron al instante. Salí en el diario y la tele. Al al fútbol y todo. Por ahora trato de aprender a guiarme por el
final no se supo qué mierda fue lo que pasó. Cuando les quise sonidito de la pelota y tratar de patearla.
contar de los meteoritos Épsilon me miraron (yo sé que me —Ahí va de nuevo —dice Ray Charles y me da un pase.
miraron) como si estuviera loco y desestimaron todo lo que “Esta no se me escapa”, pienso. Respiro hondo, tomo im-
les había dicho. No me dieron bola. pulso.
En lugar de eso, se tejieron las explicaciones más dis- Y pateo el aire.
paratadas. Atentados terroristas, ocultamiento de venta ilegal
de armas, experimentos con bombas atómicas. Todo eso lo
escuché en la radio y en las noticias que me leían. Qué pasó
con los dichosos meteoritos es un misterio, porque nadie hizo
mención a ellos. Para mí, más que gato, acá hubo una pantera
encerrada.
A Fernanda no hizo falta hacerle ningún verso. Cuando
me vio se puso a llorar y corrió a abrazarme. Le quise con-
tar, pero me dijo que no hacía falta que hablara. Igual, me
aguantó tres meses y después se fue a vivir con la hermana y
el cuñado. No la culpo, debe ser jodido convivir con un tipo
que se choca con las paredes continuamente. Hace poco me
enteré de que está embarazada y, capaz que sean simples ha-

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Agradecimientos

Agradezco Al Consejo Nacional de las Artes de Chile


por concederme la Beca de Creación Literaria, del Fondo del
Libro, la cual me permitió corregir y terminar esta novela.

Asimismo, agradezco también a Luis Etcheverry por


haber leído el primer borrador y sus atentas observaciones.
A Beatriz Actis y Claudia Apablaza, por sus comentarios y
consejos. Finalmente, a mi esposa Aneris, por apoyarme y
soportarme durante el proceso de escritura.
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