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EXTENSIÓN CONTEMPLATIVA INTERNACIONAL

Oración Centrante Uno 2019


La Práctica de la Hospitalidad
Semana 3, envío 2
“No se olviden de practicar la hospitalidad, pues gracias a ella algunos, sin saberlo, hospedaron
ángeles.” (Hebreos 13: 2)
La hospitalidad de Jesús

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al
Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la
cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de
entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios
volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto y se ató una toalla a la cintura. Luego echó agua en un
recipiente y comenzó a lavarles los pies a sus discípulos y a secárselos con la toalla. Cuando llegó a
Simón Pedro, éste le dijo: “Y tú, Señor, ¿me vas a lavar los pies a mí?” “Ahora no entiendes lo que estoy
haciendo—le respondió Jesús—pero lo entenderás más tarde.” “¡No!—protestó Pedro—¡Jamás me
lavarás los pies!” “Si no te los lavo, no tendrás parte conmigo.” “Entonces, Señor, no sólo los pies, sino
también las manos y la cabeza…” Cuando terminó de lavarles los pies, se puso el manto y volvió a su
lugar. Entonces les dijo: “¿Entienden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor,
y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes
deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he puesto el ejemplo para que hagan lo mismo que yo he
hecho con ustedes.” Juan 13: 1-15

En el envío anterior reflexionábamos sobre la hospitalidad de Abraham y mencionamos que Jesús siguió
su ejemplo. Podríamos decir que todo el ministerio de Jesús puede ser percibido a la luz de la
hospitalidad. Ya tendremos ocasión de profundizar más tarde sobre esto. Recordemos ahora que su
ministerio público comienza, precisamente, con un acto de hospitalidad: la conversión del agua en vino
en el contexto de las bodas de Caná. Otra de las más profundas manifestaciones de la hospitalidad de
Jesús es el lavatorio de los pies, recogido en el evangelio de San Juan.

Nos dice San Juan que Jesús sabe que se acerca “su hora de pasar de este mundo al Padre” y se despide
de sus discípulos congregándolos en lo que es el símbolo máximo de la hospitalidad: la cena o comida
común, en este caso la celebración comunitaria de la Pascua. Allí se entrega a sí mismo para permanecer
con ellos y con nosotros, mediante la institución de la Eucaristía, hasta el final de los tiempos. En inglés,
la palabra “hostia” y la palabra “anfitrión” es la misma: “host.” Además, Jesús emplea esta ocasión para
enseñarles el grado de humildad que la hospitalidad y el servicio requieren. Reflexionemos ahora acerca
de algunos puntos principales de este relato evangélico. Siéntanse en libertad de señalar otros:

1. La hospitalidad verdadera es siempre un acto de amor incondicional y extraordinario (“los amó


hasta el extremo.”) Nada más lejano de la verdadera hospitalidad cristiana que los eventos
hospitalarios “por compromiso,” bien sea para devolver un favor o para pagar una deuda social.
La verdadera hospitalidad siempre es gratis.
2. La hospitalidad se ofrece, como regalo, a todos sin distinción, por el mero hecho de ser quien la
recibe hijo o hija de Dios, hermana o hermano nuestro. Jesús lava los pies y entrega la comunión
a Judas, que va a traicionarlo; a Pedro, que va a negarlo tres veces; y a los otros apóstoles que
van a huir despavoridos y dejarlo solo. No es cuestión de méritos, sino de amor infinito. No
podemos merecer la hospitalidad, sino recibirla con agradecimiento.
3. Lavar los pies de los invitados era, en esa época, tarea de los sirvientes y los esclavos. Jesús,
como Abraham ante los misteriosos peregrinos, se inclina hasta el suelo y sirve a los suyos,
como si no fuera el Maestro y Señor. Esa inversión de papeles y de conducta nos muestra el
verdadero espíritu de la hospitalidad cristiana, que torna al revés el enfoque acostumbrado de
nuestra cultura y nuestra sociedad sobre este tema.
4. A veces no es fácil aceptar la hospitalidad y el papel de invitado. Si no nos queda claro que, en el
contexto cristiano, el invitado no es, realmente, subordinado, es posible que nos resistamos a
asumir el rol aparentemente dependiente de huésped. Eso le ocurrió a Pedro. Escudado en una
falsa modestia, no deseaba aceptar o consentir a la acción restauradora del Señor. Aprender a
consentir humildemente a que Jesús nos lave los pies de la forma que crea conveniente, sin
control alguno de parte nuestra, es parte fundamental de la travesía espiritual y del camino
contemplativo. La Oración Centrante poco a poco va desarrollando en nosotros la capacidad de
recibir.
5. El servicio y la hospitalidad en acción son parte imprescindible de nuestra vida cristiana. “Les he
puesto el ejemplo para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes.” Una travesía
espiritual que no se manifieste en caridad y dé frutos de hospitalidad y de servicio hace dudar
de su autenticidad. Como solía decir nuestro querido Padre Thomas. “No podemos sentarnos en
el amor, es demasiado caliente.”

“Todos necesitamos a Dios…La cuestión es si entrarás


y te sentarás con el Anfitrión de la fiesta. ¿Aceptarás
la hospitalidad divina y te unirás a la danza con Dios
y con los otros invitados?
-Thomas Keating, Dios se Manifiesta

Para practicar:
1. Practica la Lectio Divina con el texto de Juan 13: 1-15. ¿Qué palabra, frase o versículo te
atrae o capta tu atención? Repítela, saboréala, guárdala en tu corazón.
2. Reflexiona acerca de algunas situaciones concretas en que has estado consciente de Jesús
lavándote los pies. Si te sientes cómodo haciéndolo, comparte con los compañeros del
grupo. Da gracias a Dios por su hospitalidad divina y su servicio constante.
3. Practica la Visio Divina con la imagen que acompañamos a continuación. ¿Qué detalles
observas? ¿Qué te dicen los gestos corporales de los participantes? Permanece un rato en
silencio con la imagen, sin analizarla ni tratar de entenderla, simplemente percibiéndola.