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Técnicas de confrontación

(Resumen de un artículo traducido en Instituto Bonding Madrid España)

La confrontación está entre las técnicas más importantes, se define como el empleo de una
información para desconcertar al paciente indicándole una incoherencia. Atraer la persona
sobre un comportamiento o actitud inapropiada a la situación, para suscitar una toma de
conciencia y la revisión y consideración del malestar que siente en el momento que no
resuelve problemas.

Condiciones para confrontar


 Acuerdo explícito de la persona para que usted le indique las incoherencias 
 Confrontar a partir del cuidado del otro y de uno mismo.
 Confrontar fuera del triángulo dramático
 Tener una posición de repliegue si la confrontación no es aceptada.
 Instaurar un clima de aceptación y confianza incondicionales.
¿Cual es el  objeto de confrontación?

Se debe confrontar toda actitud o comportamiento destructor, con relación a sí mismo, en relación con otros.
La falta de respeto del contrato o de las reglas aceptadas; los juegos; las relaciones simbióticas;
comportamientos que derivan de contramandatos; las posiciones en el triángulo dramático; las
incongruencias entre el registro verbal y el no verbal; la evitación de responsabilidades y las evasiones.

Las cualidades de una correcta confrontación

Es específica, se debe evitar hablar "en general"; no se limita a la descripción del comportamiento


inadecuado sino que facilita indicaciones para el cambio; si no existe un contrato de confrontación, se debe
establecer o no confrontar, nunca debe ser imposición; debe existir un momento adecuado para confrontar y
un propósito, debe ser reciente, cercana en el tiempo; su origen es una voluntad auténtica de ayudar y no el
deseo de desquitarse sobre el otro de las propias
tensiones o agresividades; es directa pero se acompaña de la protección necesaria y de la posibilidad de
cambiar.
La confrontación, una
espada de doble filo
Por

 Darwin Gutierrez

 -

21/12/2015

Todos los terapeutas, al transitar el camino del fomento del cambio


en nuestros clientes, nos hemos sentido en la necesidad de hacer
algo para que la persona que se encuentra al frente “se dé cuenta”, es
decir que “vea lo que nosotros podemos ver y él no”. Esta sensación
de “estancamiento terapéutico”, que se hace más frecuente en
cuadros relacionados al consumo de sustancias o en los llamados
trastornos de la personalidad, ha cosechado en las últimas décadas
una herramienta o estilo terapéutico nombrado “confrontación”.

En el contexto clínico, el término también hace referencia al objetivo


de un profesional de acercar la realidad al cliente, sosteniendo
teóricamente la existencia de una forma “más racional” de observar
el mundo. De esta manera se crean lógicamente categorías, con
valoración negativa, para formas de pensar, sentir y actuar
(denominadas irracionales, distorsionadas, incoherentes, entre
otras), que la intervención terapéutica debe cambiar. Encontrando
en la literatura infinidad de formas para hacerlo (debate socrático,
disonancia cognitiva, reestructuración cognitiva, etc), por lo cual no
se puede vincular unívocamente con un estilo específico.

UN MÉTODO MUY ACTIVO QUE TRATA


DE DESAFIAR LAS OPINIONES DE LA
PERSONA
Representantes de la conceptualización mencionada, Ellis y Dryden
(1989), la definen como: “un método muy activo que trata de
desafiar las opiniones de la persona; la conduce a que reconozca,
examine y abandone esas ideas u opiniones irracionales”.

Sin embargo, en esta ocasión no nos detendremos en analizar ésta


forma de confrontación vista como objetivo, que nos invita al
llamado debate de pensamiento (ya se han dedicado a hacer su
revisión) y sinceramente nadie podría estar en contra (¿o sí?).
Obviando por el momento dicha conceptualización, nos centraremos
en la confrontación como estilo.

El estilo confrontativo estuvo presente en nuestra civilización mucho


antes de que existiera la psicología o el quehacer psicoterapéutico, su
sistematización y ordenamiento que lo convirtieron en una
herramienta común se realizó en el modelo comunitario
estadounidense llamado Synanon. El fundador Chuck Dederich lo
describe mediante una carta dirigida a un integrante de la
comunidad que él dirigía:

“Te afeitarás el bigote, irás a los grupos y te comportarás como un


señor de buenos modales tanto tiempo como vivas aquí… Si no te
gusta esta operación, de acuerdo, vete, y haz lo que tengas que
hacer.”

Si bien el modelo Synanon parece muy alejado de nuestros días,


posteriormente a su aparición sus diversos seguidores comenzaron a
referirse a este estilo como “terapia de ataque”, “terapia de shock”,
“intervención”, “silla caliente”, o “corte de pelo emocional”,
manteniéndose hasta nuestros días, en especial en casos de adicción
y alcoholismo. Amparados bajo una sociedad que coincide que en
dichas problemáticas existe una carga de inmoralidad o ilegalidad
intolerable, creyendo que estas personas, distintas a la mayoría,
‘necesitan’ este tipo de tratamiento, más severo y menos
complaciente.
Aunque se ha intentado extrapolar el estilo a otras problemáticas, no
es habitual observarlo. Esto se debe al entendimiento estigmatizador
del alcoholismo y las conductas adictivas propagadas por la misma
producción profesional que se ha mantenido hasta nuestros días, sin
investigaciones científicas que lo sustenten. Justamente el consenso
actual coincide que la falta de motivación y la resistencia son
catalogadas como características centrales de los ‘alcohólicos’, al
punto que han hecho suponer la existencia de una personalidad
adictiva distintiva.

El psiquiatra Fox (1967), un psicoanalista influyente en las políticas


de salud estadounidense, afirmaba: “La mayoría de pacientes
rechazan afrontar su alcoholismo durante años, utilizado los
mecanismos de defensa de la negación, la racionalización, la
regresión y la proyección”.

Miller y Rolnick (2008), usando un pasaje del The Wall Street


Journal, ilustran cómo el suponer la existencia de una personalidad
adictiva influye en las llamadas ‘intervenciones’ que se realizan con
orientación profesional:

“Ellos lo llamaron un encuentro por sorpresa, le rodearon de


compañeros críticos con su trabajo  y amenazaron con quemarlo si
no buscaba ayuda rápidamente. Cuando el ejecutivo intentó negar
que tuviera un problema con el alcohol, el director médico… se
mostró con dureza. ‘Calle la boca y escuche’, le dijo, ‘los alcohólicos
son mentirosos, por lo tanto no queremos oír lo que usted nos quiere
decir’”.
A pesar de lo anterior, las investigaciones dan resultados
contradictorios respecto a la existencia de rasgos de personalidad en
personas con problemas de consumo de sustancias diferentes a la
población en general. Existiendo datos que encuentran evidencia
correlativa con algunos rasgos como desinhibición y búsqueda de
sensaciones (Comín, Torrubia y Mor, 1998); así como resultados que
denotan la no presencia de rasgos distintivos, sobre todo los
mencionados por la experiencia clínica directa, tales como: negación,
psicopatía, entre otros (Vaillant, 1983). Siguiendo esta última línea
se encontró que operacionalizando los mecanismos de defensa, la
negación no se encuentra como característica más frecuente en
personas con alcoholismo en comparación con el resto de las
personas (Miller y Rollnick, 2008; Skinner y Allen, 1983)

Al parecer este mito nacería en los profesionales como parte del


fenómeno llamado “correlación ilusoria”, el cual consiste en creer
que dos acontecimientos están asociados entre sí por coincidir en un
mismo espacio temporal. Los terapeutas llegarían a este estereotipo
del “alcohólico resistente y negador”, de forma casuística al
informarles diariamente a las personas que entrevistan que son
alcohólicos y encontrar mayormente una respuesta negativa. Similar
a los procesos de estereotipia racial y coeficiente intelectual, estos
suelen ser de difícil cambio por el modo constante de reafirmación.

LAS PERSONAS QUE RECIBIERON LA


TERAPIA CON UN ESTILO
CONFRONTATIVO MOSTRARON
NIVELES MÁS ELEVADOS DE
RESISTENCIA
De igual forma, ante una actitud negativa de parte del entrevistado,
la intensidad del estilo confrontativo se hace más efusiva y severa.
Miller y Sovereign (1989) mediante un registro de series de sesiones
de terapia familiar observaron cómo las personas con problemas de
alcohol asignadas aleatoriamente a la terapia con un estilo
confrontativo mostraron niveles más elevados de resistencia
mediante la discusión y negación del problema, en comparación de
las personas también asignadas aleatoriamente a enfoques de
entrevistas centradas en el paciente y no en el problema de consumo.

Como mencionamos en un inicio, la confrontación puede ser


entendida como objetivo o como estilo. Siendo en el último caso en
el cual se han encontrado excesos que se siguen difundiendo en el
quehacer terapéutico profesional y colindan con actitudes antiéticas
que vale la pena darnos el tiempo de examinarlas. La confrontación
como objetivo, sin embargo, puede ser inspiración y fin último para
muchos sistemas terapéuticos, sin necesidad de hacer uso del estilo
mencionado e incluso ser contraria a éste al relacionarse con el deseo
de “hacer ver”, a la persona con dificultades, la realidad.

Por otra parte, las alternativas al estilo confrontativo son tan


diversas pero coinciden en la naturalización de los problemas
humanos, la empatía con el otro, y la horizontalidad terapeuta-
cliente. Dicha forma de trabajo es común con versiones
contemporáneas de las terapias conductuales, como la terapia de
aceptación y compromiso, o la psicoterapia analítica funcional; así
como con vertientes ajenas a un interés científico como la terapia
centrada en el paciente de Carl Rogers.

Por último recuerden que existen otras formas de lidiar ante la


sensación de ‘estancamiento’ tan común en el proceso de ayuda.
Quizá el abrirse a la experiencia y aceptar nuestra naturaleza
humana, sea un camino menos resistente y más efectivo para
nuestros clientes.

Referencias:

Comín, E; Torrubia, R. y Mor, J. (1998). Relación entre


personalidad, actitudes y consumo de alcohol, tabaco y ejercicio en
escolares. Gaceta sanitaria 12, 6, 255-262.

Ellis, A. y Dryden, W. (1989). Práctica de la terapia racional emotiva.


Bilbao: Desclée brouwer.

Fox, R. (1967). Una aproximación multidisciplinaria al tratamiento


del alcoholismo. American journal of psycotherapy, 72, 13-18.

Miller,  W. y Rollnick, S. (2008). La entrevista motivacional:


preparar para el cambio de conductas adictivas. Barcelo: Paidos.

Miller, W. y Sovereign, R. (1989). The check-up: un model for early


intervention in addictive behaviors, in Loberg, T; Miller, W; Nathan,
P. y Marlatt, G. (comps.), Addictive behaviors: prevention and early
intervention, Amsterdam, Swets  Zeitlinger, 219- 231.
Skinner, H.  y Allenm B. (1981). The use of systematic
encouragement and comunity Access procedures to increase
attendance at alcoholics anonymous, and al-anon
mettings. American Journal of drug and alcohol abuse, 8, 371-376.

Vaillant, G. (1983). La historia natural del alcoholismo. Cambridge:


Harvard University Press.

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Darwin Gutierrez
Licenciado en Psicología Clínica. Miembro activo de la Asociación Peruana Contextual-Conductual
de Psicología, en resumen: Liceo Contextual; y de la Association for Contextual Behavioral
Science (ACBS). Divulgador de terapias con evidencia empírica y su relación con las ciencias de
la conducta, cuando la seriedad se lo permite. Psicoterapeuta, cuando una persona se lo
permite. Conductéfilo, cuando nadie se lo permite. Fuera de la cancha, amante de la buena y
mala conducta.
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