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Aceptándonos A Nosotras Mismas:

Desechando Los Miedos


Fui hecho para ser feliz.
(Juan Wesley)
No es bueno que el hombre esté solo.
(Gén. 2:18)
¡Ay del hombre solo!
(Ecl. 4:10)

1. — El mie do a la sol eda d


La angustia, el miedo a la soledad, es reconocida por psicólogos y psiquiatras
modernos, como uno de los problemas más difíciles, sino imposibles de superar
por el ser humano. El hombre fue creado por Dios para vivir en sociedad y
cuando éste ordenamiento se rompe, cualquiera sea la causa que lo provoque,
sobreviene la crisis. No podemos negar el hecho de que hay cientos de hombres
y mujeres que viven solos y viven bien, ya que de una u otra forma se han
acostumbrado a esa situación. Sin embargo, son los menos; se precisa una gran
dosis de valor, de carácter muy fuerte para que el espíritu no se doblegue ante su
soledad a su falta de vinculación familiar. En estos casos mientras la mente y el
cuerpo están sumergidos en las tareas y obligaciones externas, en la
comunicación con sus compañeros de trabajo, en el afrontar los problemas
comunes por las horas de convivencia en la sociedad en que se desenvuelven, la
soledad deja de ser una carga y una opresión. Pero allegados a sus casas, sea ésta
la simple habitación de una pensión compartida, o un departamento dentro de un
edificio en el que conviven gran número de grupos familiares, apenas cerrada la
puerta que la aísla del mundo exterior que está allí fuera latente con sus
bocinazos y sus mil ruidos, la soledad se torna pesada como plomo. Nadie para
esperarnos con una taza de té o de algo caliente en las noches de invierno, nadie
con quien charlar, con quien compartir nuestros sueños e ilusiones, nadie en
quien poder siquiera “descargar” nuestros “impromptus”, nuestros cambios de
humor, nadie para brindarnos comprensión, cariño y para recibir el nuestro.

¡Cuántas jovencitas, cansadas de la monotonía y chatura de la vida pueblerina, o


de falta de oportunidad de trabajo, de estudio, de superación del medio familiar,
dejaron un día casa, familia, amigos, y se lanzaron a la gran aventura de la
conquista de la ciudad que le ofrecía mayores oportunidades! Pero las
grandes ciudades que alientan y estimulan ese anhelo legítimo de superación, de
realización, de lograr lo que se soñó ser, no están preparadas para ofrecer
albergue cómodo, familiar, accesible, y los que hay son escasos y las más de las
veces fuera del alcance de los cientos de muchachas que los necesitan. Hasta el
presente, en nuestro país, son pocas las instituciones que se han ocupado
seriamente del problema de la muchacha inexperta que a diario llega del interior
en busca de trabajo mejor remunerado, con su valija llena de sueños y
esperanzas, pero desprovistas de armas para luchar contra el gran pulpo que le
acecha en cada vuelta de esquina, para atraparla en sus redes y hundirla en el
vicio y en la vergüenza. Es entonces, cuando la soledad carcome como una
garra; no soledad de gente, sino soledad de amigos, soledad de familia, soledad
de alma, soledad de Dios. Porque la gran tragedia del hombre moderno, es la de
sentirse solo estando rodeado de cientos de seres humanos como él, que piensan,
sufren y sienten de la misma manera, pero que no se abren, no se comunican con
él o la desconocida que pasa a diario a su lado; porque sí nomás, o porque no
hay tiempo para eso, para pensar en mi prójimo, en el que viaja conmigo todos
los días, o en el que vive al lado de mi cuarto.

El problema de la joven sola es realmente tremendo, y lamentablemente no


podemos abarcarlo exhaustivamente en este libro, ya que por su profundidad y
extensión escapa a los propósitos del mismo. Pero necesitamos urgentemente
despertar nuestra atención de mujer y sobre todo, de mujer cristiana, frente a esa
joven sola y desamparada en la gran ciudad, que puede ser nuestra hija o nuestra
hermana y sentir como nuestra la responsabilidad de hacer algo por ellas.
Lamentablemente, la mujer evangélica, como organización, ha permanecido
pasiva frente a este grave problema, que arrastra a centenares de muchachas
solas, incapaces de luchar por una vida decente, al vicio, a la destrucción de su
pureza y feminidad. Las estadísticas aterran y lo ímprobo de la tarea asusta y éste
es quizá el obstáculo tremendo que imposibilita a la mujer evangélica a unirse
para esta lucha cruel pero abnegada. Justo es reconocer que se han hecho
esfuerzos al respecto (Ejército de Salvación, la Organización Católica Ayuda a
la Joven), pero la unión hace la fuerza y a medida que en nosotras se despierte la
responsabilidad de sentirnos madres no sólo de nuestras hijas, sino también de
todas esas muchachitas sin una madre cercana que la defienda y proteja como
nosotras lo hacemos con nuestras hijas propias, sabremos recibir de Dios la
inspiración, la fuerza, el coraje que necesitamos para esa batalla que no tiene fin,
porque tampoco el pecado lo tiene. ¡Cuántas Josefina Butler —mujer que ha
sido y es objeto de mi más profunda admiración— se necesitarían en nuestro
país, con su gran coraje sobre todo con su corazón lleno de amor, para lograr lo
que ella alcanzó en la lejana
Inglaterra de fin de siglo y en la Europa continental, el resguardo y
salvaguarda de la joven sola, y a menudo madre soltera.
Las dos organizaciones antes mencionadas —Ejército de Salvación y Ayuda a la
Joven— cumplen una labor de verdadero encomio, la cual debiera ser más
conocida e imitada, ya que a pesar de toda su eficacia, no alcanzan a cubrir las
necesidades del número cada vez mayor de jóvenes que llegan solas del interior
y que necesitan de protección y defensa.
Pero el tremendo problema de la soledad no está reducido meramente a la
joven que voluntariamente o por exigencias de subsistencia, escogió ese
camino: el de la soledad que es al fin de cuentas, falta de vínculos afectivos.
Está el de la mujer abandonada por su marido, y que aun teniendo hijos, la
soledad por el abandono de su compañero la ha frustrado en sus ilusiones, en
sus anhelos y sueños, herida en su más fina sensibilidad de mujer. Y aunque
estén los hijos, y aunque éstos llenen sus horas con las múltiples
preocupaciones que su atención y cuidado provocan, y aunque éstos le
prodiguen su cariño, no llegan nunca a compensar la falta del compañero a
quien se amó, en quien se confió, de quien se espera sostén y protección,
comprensión y amor.

Más trágico aún es el caso de la mujer que, conviviendo bajo un mismo techo,
está espiritual y físicamente separada del marido, con quien un día contrajo
matrimonio. Conozco una señora que sufre este tipo de soledad, quien suele
llamarme por teléfono para volcar el vacío de su alma, la falta de compañerismo
en su vida, en una conversación que puede ayudarla a sobrellevar su tremendo
conflicto. Abandonada por su esposo, la misma noche de su casamiento por un
vicio que ella desconocía —la pasión por el juego—, viene soportando una
unión ficticia desde hace más de diez años. Sean cuales fueren las causas que
motivan semejantes situaciones, la tragedia de la soledad de estas mujeres es
tremenda, quizás porque aparentemente desde el lado humano no tiene solución.
Hay sólo Uno quien con su presencia, su capacidad de Amor, comprensión y
compañerismo puede llenar el hueco de esa alma vacía. Este es Cristo: Amigo,
Hermano, Compañero.

Eugenia Price en su libro “W om en to Wo me n” (“De Mujer a Mujer”) relata el


hecho verídico de una mujer de unes 55 años, de nombre Mary Woodrum,
quien una mañana se arrojó desde el balcón de su departamento situado en un
duodécimo piso de una calle en la zona norte de la ciudad de Chicago. En su
escritorio se encontró una nota en la que decía: “No puedo soportar un sólo día
más esta soledad; ni un sonido en un teléfono, ni una carta en mi buzón, ni un
amigo en mi vida”. En el sexto piso del mismo edificio de departamentos de esa
populosa ciudad, vivía otra mujer, también viuda como la señora
Woodrum, quien al conocer la tragedia de su vecina dijo a les reporteros:
“Ojalá hubiera yo sabido que ella estaba tan sola, hubiéramos podido llegar a
ser amigas y nuestra soledad hubiera sido más llevadera”.
Casos como éste ocurren casi todos los días; la gran tragedia es que no nos
conocemos, porque estamos tan ocupadas en nuestros propios problemas que no
podemos ver a quien pasa solo a nuestro lado y quizás no espera de nosotros más
que una sonrisa, una palabra, una palabra sola, que le haga sentir que ella o él, es
alguien como tú, como yo, que sólo quiere un poco de compañerismo para
continuar viviendo. En nuestro trabajo misionero entre el pueblo judío, hemos
podido atisbar el tremendo problema de la soledad de aquellos que lo perdieron
todo: familia, casa, posesiones, amigos, posición, por la irrazonable persecución
de que fueron objeto en la última guerra en Europa. Muchas veces al sentarme
junto a estas señoras, de blancos cabellos, finura en su porte y en sus modales,
mientras compartimos una taza de café, escuchando sus conversaciones que
apenas puedo entender, ya que hablan el idioma de su país de origen, me he
preguntado qué es lo que las mueve a no faltar ni un solo sábado a nuestra
reunión, a pesar de los achaques de los años, a pesar de que algunas tienen que
ayudarse con un bastón para caminar, a pesar de que tienen que usar de sus a
veces escasos recursos para un taxi, porque sus años les impiden subir a un
ómnibus. Después de celebrar el culto, al pasar al comedor, para el refrigerio, se
quedan largos ratos alrededor de la mesa, sin que para ellas el tiempo corra;
aunque a veces me sienta cansada, después de un día de trajín procurando que
todo esté limpio, en orden, las mesas listas para el refrigerio, estoy deseando
“escaparme” arriba para prepararme física y espiritualmente para mi
responsabilidad del domingo en mi iglesia, pero estoy allí, junto a ellas,
hablando con una y con otra, tratando de entender su mal castellano y mi escaso
alemán, escuchando sus problemas; sobre todo, eso: escuchándoles.

Es que al salir, al retirarse de nuestra casa, cada una toma su propio camino
hacia una casa donde nadie, sino sólo sus recuerdos le aguardan. Estos sólo los
puede compartir en la reunión de los sábados, dónde, además del mensaje
espiritual, encuentra a sus amigos, a los que conoció en su país, los que hablan su
mismo idioma y tienen sus mismos gustos y costumbres... y ¿cómo irse rápido
si esa cuota de compañerismo, de amistad tendrá que alcanzarle para toda la
semana hasta el próximo sábado, en que de nuevo se encuentre con sus amigos?

La soledad ¡qué tremenda es!, pero qué privilegio tenemos quienes disfrutamos de
la amistad de Dios, y que podemos dar aunque sea eso sólo, nuestra amistad,
para que alguien pueda ser feliz.
Reflexiones Para La Meditación Personal
No es bueno que el hombre esté solo (Gén. 2:18).
¿Que silencio hay comparable al que te en vu elve?
¿Qué soledad cual la tuya?
Guíete la luz del espíritu.
Se apaga el fuego de tu corazón.
(C. C. Vigil, “El Erial”)
Mi socorro viene de Dios que hizo los cielos y la tierra.
(Sal. 121: 2)
Dios, ayúdame a mirar a quien está solo, y a descubrir en la que pasa a mi lado
encorvada por los años, encanecida, por las luchas, indecisa, insegura por el
mundo desconocido al que tiene que afrontar y reconocer en ella a mi madre, a
mi hermana, a mi hija...
El que conoció en su propia alma el abandono del padre, la soledad de Dios en el
momento crucial de su muerte, palpando la atmósfera de tragedia de la soledad
del mundo, puede hacer más liviana mi propia soledad; más fácil de soportarla,
porque su fortaleza en mí, me da fuerzas para luchar sintiendo que no estoy sola:
tengo un Amigo. El está conmigo de día en la soledad de los que me rodean, y por
las noches en la soledad de mi cuarto. El que pasó por los más profundos
abismos y luego salió a la luz, puede ayudarme a llegar a Dios aún cuando los
últimos vestigios de mi fe hayan caído. Puede hacer que la luz de su Amor
rompa la oscuridad de mi alma solitaria, puede darme la victoria que El mismo
alcanzó, haciéndome sentir que su mano, la mano de Dios, me sostiene.

Esta Noche Dios Está Cerca


Esta noche, como todas las noches, Dios está cerca.
Déjate Invadir por Su Presencia, y verás que bien te sientes.
Esta noche, como todas las noches, Dios alarga su Mano para estrechar tu
mano. Establece el contacto con El, y verás como se te dilata el corazón de
alegría y de esperanza.
Esta noche, como todas las noches, El forma parte de nuestro círculo; ha
venido para calentar tu corazón con el fuego divino de Su amistad.
Esta noche, su presencia es una realidad; no hay más que alargar la mano para
tocarle; no hay más que dejar abierto el corazón para sentirle.
Esta noche, Él está cerca de tu lecho para ser tu guardador. Puedes reclinar tu
cabeza con la absoluta certidumbre de que Él vela por ti... (F r a n c i s c o F .
Estrello)

2. — El mie do a la enf erm eda d y la vej ez.


Sabemos pues, que si se destruye nuestro cuerpo, que es como una casa
que no dura, Dios nos tiene preparada una casa eterna en los cielos, que
no fue hecha por manos de hombres. Es cierto que mientras vivimos en
este cuerpo, nos quejamos, queriendo mudarnos a nuestra casa
celestial, que nos cubrirá como un vestido para que no estemos
desnudos. Mientras vivimos en esta casa que es nuestro cuerpo, nos
quejamos y nos sentimos afligidos. (2 Cor. 5: 1-4 V.P.)
Este nuestro cuerpo es como una casa que no dura. Cuántas veces en medio del
dolor, del sufrimiento físico, quisiéramos que nuestro cuerpo no fuera como una
casa, sino como un castillo de esos que plantados firmes, permanecen a través de
los siglos, formando parte del paisaje que los rodea, como si siempre hubiera
estado ahí. Y el temor al dolor, a la enfermedad, que no podremos sobrellevar,
estruja nuestro corazón, y nos hace temblar. Tenemos miedo, miedo a no poder
soportar el dolor, miedo a estar postradas en una cama y no poder hacer ya más
las cosas que tanto queremos, cosas que nos traen y dan felicidad; tenemos
miedo a ser una carga para nuestra familia, miedo de que no puedan soportarnos
más y vayamos a terminar nuestros días a un asilo. Aun para ese temor hay una
respuesta: “Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su
descendencia que mendigue pan” (Sal. 37:25).
En primer lugar no debemos permitir que en nuestro corazón anide la congoja
por lo que puede sobrevenirnos, porque la ansiedad, la congoja, es como un
gusano que corroe por dentro, lento pero continuo, y una vez dentro del corazón
nada puede detenerlo. “No se preocupen por el día de mañana, porque el mañana
tendrá sus propias preocupaciones” (Mat. 6:34 V.P.).

Si fuéramos capaces de saber todo lo que va a sobrevenirnos, qué enfermedad o


qué mal va a atacar nuestro cuerpo, no podríamos soportarlo, porque estamos
hechos para vivir, sentir y pensar para cada día. Es cierto que cuando vemos la
angustia del dolor que crispa el cuerpo y el rostro del que sufre, solemos pensar:
“¿Qué haría yo en su lugar? ¿Sería capaz de soportar una carga tan tremenda de
dolor y sufrimiento?” Es la reflexión que yo misma me hice muchas veces,
cuando veía cómo la enfermedad y el dolor iban minando el cuerpo y las fuerzas
de mi madre. A veces parecía que también sus reservas morales se agotaban; ella
que había sido de una fortaleza espiritual extraordinaria, aunque la casa de su
cuerpo era endeble. Y su enfermedad fue
larga y sus padecimientos tremendo y ante el mal que avanzaba lenta, pero
inexorablemente, la impotencia de quienes la rodeaban, especialmente de mi
padre, hacía temblar los cimientos de su fortaleza interior. Pero no sucumbió, ni
la fe de mi madre, ni la de mi padre, ni su capacidad de soportar la larga y
tremenda prueba, porque en Dios estaba la fuente de fortaleza. Y cuando llegó el
momento de la gran separación, había serenidad y paz; el cuerpo se gastó, la casa
se derrumbó: lo que allí quedaba era sólo la envoltura que por años había
guardado una perla preciosa que el Artífice Divino vino a reclamar porque le
pertenecía, porque era suya.
Que hay dolor, que el sufrimiento humano es una punzante realidad no podemos
negarlo; con cerrar los ojos al mal y al dolor que nos rodea no solucionamos el
problema; ni tampoco con acongojarnos más de lo que nuestra capacidad humana
puede resistir. Necesitamos confiar, con una gran dosis de confianza no en
nosotros mismos, ni en nuestra capacidad humana. Confianza en Dios, confianza
en su poder para sostenernos en la enfermedad, y aún en la muerte. Confianza en
que no estaremos ni solos, ni abandonados, porque Él estará a nuestro lado. Eso
es Fe. Fe para cuando las fuerzas se debilitan, fe para “cuando vengan los días
malos y lleguen los años en los cuales digamos: no tengo en ellos
contentamiento” (Ecl. 12: 1-7).
“En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, Yo he vencido al
mundo” (Juan. 16:33).
“Y porque Yo vivo, vosotros también viviréis” (Juan. 14:19).
Ante la ley severa que quiere que el ser humano termine su jornada en la
soledad, unos se rebelan o se irritan, otros caen en una postración pasiva y
muda. Pero aún otros habiendo encontrado la fortaleza espiritual en Cristo,
terminan por renunciar a sí mismos completamente y establecerse
definitivamente en Dios.
“En el silencio que envuelve sus oídos perciben más claramente entonces las
voces de ese mundo de los espíritus, al cual cada día los aproxima más”.
A nuestra memoria vienen los versos de Víctor Hugo:
El an ciano qu e vuel ve a la fuente prim era
Entra en los dí as et er nos y sale de lo s días inte rcan de ntes
Y se ve la llam a en los ojos ju veni le s
Mas en los del an cian o se ve la lu z.

La soledad para quien puede beber en el tesoro de los recuerdos no tiene sobre el
alma poder mortal. “No es por haber amado demasiado, sino por no haber
amado bastante, que la vejez se hace dura e imposible de sobrellevar”. Citando
a un gran maestro espiritual podemos hacer nuestras sus palabras, cuando
afirmó: “La vida es un viaje del mediodía al norte, del verano al invierno, y la
decadencia de la edad nos encuentra establecidos en un suelo desnudo e
ingrato, que da apenas de qué vivir a nuestro pobre corazón”.
El pastor Lofton Hudson, en su libro “La religión de una mente sana”, tiene
tres consejos que considero muy sabios y eficaces para afrontar los días de la
ancianidad que se avecina:
1°) Ser espirituales: queriendo significar con esto, poner énfasis en manejarnos
bien interiormente, es decir, en llevar una vida interior, espiritual y armónica. A
veces no podemos hacer cambiar la actitud de nuestros hijos, ni la de nuestros
cuerpos, ni la injusticia de la sociedad, pero podemos manejar nuestras
actitudes. El mismo autor relata de una agraciada ancianita, de más de ochenta
años, perteneciente a su congregación, a quien todos admiraban por la
hermosura de su carácter. Pero ella tuvo también su cuota de sufrimiento,
habiendo perdido a su esposo y a su único hijo y viéndose enfrentada a los
malos días, enteramente sola. Un día su pastor le dijo: “Hermana, usted parece no
tener problemas, ya que pasa el tiempo tratando de resolver los problemas de
los demás”. A lo que ella contestó: “Yo tengo muchísimos problemas, pero los
resuelvo en la noche cuando puedo estar a solas con Dios; a veces, a la mañana
siguiente, mi almohada está mojada con mis lágrimas, pero mis problemas están
resueltos”. Esto es lo que quiere decir ser espirituales.

2°) No desistir de vivir: Es decir, no permitir que nuestra vida esté vacía;
llenarla con trabajo, con acción, con todo lo que nuestras fuerzas nos permitan
hacer. No es saludable para una persona anciana vivir sólo de recuerdos del
pasado. El mismo pastor antes mencionado, dice a este respecto que la filosofía de
Cicerón, no es buena cuando dice: “Los frutos de la vejez son los recuerdos de
las bendiciones obtenidas previamente”. Esta sería una buena manera para pasar
quince minutos, pero no quince años.

La tercera recomendación del pastor Lofton Hudson para una ancianidad feliz,
es: Servir: lo peor que el anciano puede hacer es perder su ideal de servir. No se
puede continuar viviendo una vida normal y equilibrada si no estamos
dispuestos a servir, en lo que sea, cómo sea, no con un sueldo remunerado
porque nuestra sociedad generalmente no provee fuentes de trabajo para el
anciano capacitado para ganarse, al menos un medio sueldo. Pero siempre hay
algo que puede hacer: la abuela suplantando en el cuidado de los niños a la hija
que trabaja fuera de casa; el abuelo llevando a los pequeños a la plaza, para
tomar un poco de aire y de sol, y ¡qué cuadro más conmovedor el del anciano de
rostro arrugado y vacilante andar, llevando de la mano al inquieto pequeñuelo de
mirada traviesa, que confía en él porque es su abuelo, porque lo
ve grande, porque siente su cariño! El arreglar pequeños desperfectos, cuidar
del jardín, de las plantas, ser útil y sentir que se lo es, es la mejor medicina para
la mujer o el hombre anciano. A veces, los más jóvenes son, sin quererlo, la
causa de las frustraciones que afligen la vejez de muchas personas, al ser
desconsiderados con ellas, haciéndoles sentir que no les necesitan. No hay
mejor modo de mandar más pronto a la sepultura a un anciano, que haciéndole
sentir que es un inútil, que su presencia es una molestia en el cuadro familiar.
Una amable señora, de unos sesenta años de edad, fue a su pastor con este
ofrecimiento:
“Si usted sabe de alguien que necesite, a cualquier hora, una enfermera práctica
y que no pueda pagarla, dígamelo. Yo no quiero dinero y mis hijos no quieren
que trabaje, pero yo quiero servir”.
Ese es un espíritu que permanece joven, aunque el cuerpo se desgaste y
envejezca.

En este mes de abril de 1973 cumple 81 años, uno de los espíritus más vigorosos
que he tenido oportunidad de conocer. Ha escapado de Hungría, su país natal,
donde ejercía la profesión de periodista parlamentario, en razón de su ideología
religiosa y de su condición racial. Casado con una bellísima compatriota, se
establecieron en la ciudad de Viena. Criado al lado de su abuelo paterno, el
famoso rabino húngaro Isaac Lichtenstein, su nieto Emmanuel, a quien me estoy
refiriendo, tuvo activa y valiosísima participación para ayudar a la huida de sus
hermanos de raza, los judíos perseguidos por el régimen imperante entonces, en
gran parte de Europa. Venido a nuestros país hace más de treinta años con la
misión de ayudar espiritual y materialmente a quienes lo habían perdido todo, a
establecerse en un país desconocido en todo —costumbres, idioma, condiciones
de vida— pero que encontraban aquí asilo, paz, seguridad. Desde entonces, su
tarea ha sido incansable; habiendo sido sacudido en sus fibras más íntimas, por
la pérdida de su único hijo en Londres, víctima de un mal incurable, que le había
provocado la ceguera, y privado desde hace más de seis años de la compañía
física de quien fue su compañera por más de cincuenta años, no se ha dejado
vencer. Su actividad hoy, a los 81 años, es la misma que cuando era muchos
años más joven: liberado de las funciones de director de la Misión que
representaba y de las de pastor de su denominación, por haberse acogido a los
beneficios de la jubilación, prácticamente este estado —el de jubilado— no
cuenta para él. Desde que se levanta, hasta que se acuesta bien tarde en la noche,
nunca está sin hacer algo: atendiendo llamados, socorriendo enfermos y
necesitados, visitando semanalmente sus “protegidos”, a menudo más jóvenes
que él, del Hogar Evangélico de José C. Paz; predicando en castellano y alemán
cada vez que lo
solicitan en las iglesias de su denominación, y todos los sábados —sin faltar
nunca— en nuestra Misión. A más de esto, ha sido el enlace que posibilitó la
ayuda financiera y el equipo quirúrgico de nuestro Sanatorio Evangélico y para
una gran escuela cristiana evangélica, de parte de la República Federal Alemana,
de la que, a pesar de su condición de judío, ha recibido reconocimientos
honoríficos (la Cruz del Mérito), soliendo ser invitado a importantes actos de su
embajada. Y aún prosigue con esta labor de filantropía, no sólo con el dinero que
solicita, sino con el suyo propio también. Cuando conocí a su esposa, ella me
dijo de él: “Mi marido, nunca sabe cuánto dinero tiene: lo que le entra por un
bolsillo le sale por el otro, y esto me causa problemas, porque nunca sé con
seguridad con cuánto dinero puedo contar para los gastos de la casa. Y esa ha
sido, y continúa siendo su norma: generosidad, a manos llenas; servicio a todos
aquellos a quienes pueda llegar, sin hacer distinción de nacionalidad, raza o
religión. Y esto, no porque no haya tenido problemas físicos: desde su infancia
sufre una afección en un pie, que le dificulta al caminar, obligándole a usar
zapatos ortopédicos; últimamente ha dado varios sustos a quienes formamos su
familia con lazos afectivos, pero el hombre, como el roble, no se deja vencer. Su
lema es: “Viviré mientras pueda permanecer activo”. Y por cierto que su método
produce resultados.

“Envejeciendo con gracia”. El lema que propone el pastor Lofton Hudson es


digno de tomarse en cuenta, si queremos disfrutar de una vejez feliz a la que
todos tenemos derecho.

Ref lex ion es Par a La Med ita ció n Per son al


Antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas:
no tengo en ellos contentamiento; antes que se oscurezca el sol, y la luz,
y la luna y las estrellas, y vuelvan las nubes tras la lluvia;
cuando temblarán los guardas de la casa y se encorvarán los hombres
fuertes, y cesarán las muelas porque han disminuido, y se oscurecerán
los que miran por las ventanas; y las puertas de afuera se cerrarán, por lo
bajo del ruido de la muela;
cuando se levantará a la voz del ave, y todas las hijas del canto serán
abatidas;
cuando también gemirán de lo que es alto, y habrá terrores en el camino;
y florecerá el almendro y la langosta será una carga y se perderá el
apetito; porque el hombre va a su morada eterna. Antes que la cadena de
plata se quiebre, y se rompa el cuenco de oro, y el cántaro se quiebre
junto a la fuente, y la rueda sea rota sobre el pozo.
Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios, que
lo dio. (Ecl. 12: 1-7 V.R.)
La salud, es el primero de los bienes terrenales. Lo confirman sus lamentos, su
angustia, sus clamores de auxilio cuando le falta.
En rigor, la mayoría de las enfermedades son consecuencia de las
perturbaciones del espíritu. En la ignorancia de estos hechos, agranda el ser
humano su martirio. (Constancio C. Vigil, “El Erial”).
La inteligencia viene en nuestra ayuda. Tenéis, gracias a ella, la medicina,
ciencia y arte que realiza el prodigio de prevenir los males, de restablecer
frecuentemente el equilibrio orgánico y que os alivia en el martirio de los
sufrimientos físicos. Pero debéis conocer, cuando estáis en pleno goce de
vuestras facultades, a los verdaderos médicos (C. C. Vigil, “El Erial”).
Cuando eras más joven, te vestías y te ibas adonde querías; pero
cuando ya seas viejo, extenderás los brazos y otro te vestirá, y te llevará
adonde no quieras ir (Juan. 21:18 V.P.).
Que las ancianas se porten con reverencia, que no sean chismosas...
deben dar buen ejemplo para enseñar a las mujeres jóvenes a tener
amor por sus maridos, a querer a sus hijos, a ser juiciosas, puras,
cuidadosas del hogar, bondadosas, sujetas a sus maridos, para que
nadie pueda hablar mal del mensaje de Dios (Tito. 2: 3-5 V.P.).
Señor, que mi anhelo sea alcanzar los años de mi ancianidad con gracia, siendo
agradable a los que me rodean, dando de mi experiencia, con simpatía, a quienes
vienen detrás de mí en el camino de la vida, ayudando a quitar los abrojos de
su camino, haciendo su marcha más fácil y feliz.

El con str uct or de pue nte s


Es el atardecer gris y sembrío.
Por el camino solitario un viejo
llega al paso del río.
Sin temor a la rápida corriente
gana la orilla opuesta,
pero luego que estuvo al otro lado
volvióse a hacer un puente.
—¿Para qué desperdicias tu energía?
—le dijo un caminante—.
Tu viaje acab ará al mo rir el día
y ya nu nca ve ndrás po r es te sit io;
has salvad o la rápida co rr iente,
¿P or qué te em pe ñas en co nst ruir un puen te?

El noble viej o leva ntó la fr en te


y re spondió con lu z en la mi rada :
—Un joven de cabeza so ña do ra
viene de trá s de mí po r el ca mi no;
a la hora en qu e la s somb ra s van caye ndo,
y pa ra él, buen am igo, esto y hacien do
con mi s ma nos experta s es te puen te ...
(Anónimo)

A nosotras que hemos sabido lo que es vivir en tristeza y en angustia —


Isa. 8:22—y porque hemos tenido que aprender a compartir nuestra vida con
ellas, ayúdanos a ser comprensivas con aquellos que ahora están pasando por
su hora de oscuridad y de angustia:
“Porque Tú nos consuelas en todos nuestros sufrimientos, para que
nosotros podamos consolar también a los que sufren, dándoles el mismo
consuelo que Dios nos ha dado a nosotros”. (2 Cor. 1: 4 V.P.).

3. —El mie do al fu tur o:


No se preocupen por el día de mañana, porque el mañana tendrá su
propia preocupación. (Mat. 6:30 V.P.)
Ha y un secr eto ocul to,
en el fo ndo pr of und o de la s cosa s...
(Luisa, Lu isi, po et isa uruguaya)

“Las personas se preocupan por cualquier cosa que sea importante para ellas”. La
preocupación produce temor y miedo, y el miedo nos paraliza haciéndonos sentir
incertidumbre y angustia por lo que pueda ocurrirnos en los días por venir. En
nuestra consideración del miedo al futuro, debemos tener presente que el
hombre es la única criatura en la creación de Dios, que no vive solamente para
el presente, para las cosas materiales, sino que ha sido creado con visión de
eternidad. Este pensamiento debe ayudarnos en nuestra perspectiva de futuro,
hemos sido creados para una vida superior, que sólo tiene su principio en este
mundo y se continuará en el mundo de la eternidad, donde nada tiene fin.
Pero mientras nuestro espíritu y alma viven, sienten y sufren con sentido de
eternidad, la envoltura física de nuestro cuerpo que la guarda y protege, tiene
sus “amarras en este nuestro mundo terrenal que está sujeto a la fatiga, a la
preocupación y al temor”. Mientras vivimos en esta casa que es nuestro
cuerpo, nos quejamos y nos sentimos afligidos (2 Cor. 5: 4 V.P.).
¿Son las preocupaciones, el temor a lo que pueda sobrevenirnos: pérdida de la
salud, pérdida del trabajo, inseguridad social y económica, pérdida de la
libertad religiosa y política, algo normal a nuestra vida?
Vivimos en una época de tremendos cambios políticos, sociales, económicos.
El cambio es parte de la vida de cada día, parte de este mundo en el cual
vivimos y actuamos. Pareciera que el mundo y sus cambios de hoy fueran más
rápido que nosotros mismos, y tenemos que apurar el paso para ajustar el ritmo
de nuestra vida a esos cambios que se suceden vertiginosamente. Lo que hasta
ayer era noticia, hoy carece de novedad; lo que en los días de nuestras madres
provocaba una revolución —voto, liberación de la mujer, sexo, aborto, eran
tabú y ni siquiera se mencionaban en los medios de difusión— hoy no causa
sorpresa a nadie y son tema de conversación entre jóvenes y adolescentes,
como algo perfectamente natural. Estos temas, y muchos más, son discutidos
con entera libertad en polémicas públicas, y en el seno de los hogares adonde
llegan a través de las pantallas de televisión, sin que nadie se preocupe
demasiado por ellos. Nuestras propias preocupaciones han cambiado, porque
son otros los problemas que nos afectan. La sociedad también cambia
fundamentalmente sus puntos de mira; aunque aún hay prejuicios, ya no se
juzga tan severamente a la pareja mixta de distinta raza o nacionalidad, o de
distinto credo religioso; la mujer separada, ya que en nuestro país la ley de
divorcio no tiene aún vigencia, ni la madre soltera son ya marginadas por la
sociedad, y aun se las acoge dentro de las iglesias

El cambio afecta también al campo político: los principios que sustentaban


quienes forjaron nuestra nación son hoy discutidos, y puestos en tela de juicio
los actos de quienes en nuestra infancia fuimos enseñados a venerar como
héroes, como forjadores de la patria. Tenemos que ejercer nuestros derecho
como ciudadanos libres de un país libre, pero nos sentimos indecisos, inseguros
acerca de qué partido tomar o qué sector político apoyar, porque no
encontramos planteos que cuadren a nuestras aspiraciones, o que nos ofrezcan
seguridad de que nuestros problemas de trabajo, de estudio, de libre expresión
van a ser resueltos. Esto lógicamente nos trae inseguridad, temor y miedo.
En el campo religioso, y aun dentro de nuestras iglesias, muchas cosas y
maneras de pensar y sentir han cambiado. En mi niñez, se separaba de la
comunión de las iglesias a las mujeres que se cortaban el cabello; hoy las
jovencitas lo llevan largo porque es la moda, y si aplicáramos el criterio que
era ley en la generación de nuestros padres, muy pocas de nosotras podríamos
participar de la Cena del Señor.
El mismo principio podría ser aplicado a la introducción de la música
contemporánea en el servicio del culto, el despojamiento de todo ritualismo en
el mismo, la oración, la meditación hecha ahora en forma dialogada con la
participación de toda la congregación, reemplazando al culto ceremonial dentro
de los muros de una iglesia confortable que invitaba a la meditación. El de hoy
es un mundo muy diferente y nosotras tenemos que vivir en él, nos guste o no, y
esto también produce temor.
Podemos reflexionar y preguntarnos: ¿cómo se hubieran arreglado los apóstoles
si les hubiera tocado vivir en un mundo como el nuestro de hoy? ¿Hubieran
podido llevar su mensaje por toda la tierra, sin verse ellos mismos envueltos en
él? Aunque hoy como nunca antes dependemos más los unos de los otros,
tenemos temor a comprometernos en algo de lo que no estamos seguros, y eso
también nos trae ansiedad y miedo. En el seno de la familia, de los hogares, es
donde quizás los cambios afectan más profundamente. Las relaciones filiales
entre padres e hijos se han distendido a tal punto, que ya casi no existe diálogo
entre ellos. Muchos padres ignoran en qué andan sus hijos, y cuando lo
descubren, el choque es tremendo, porque no estaban preparados para recibirlo.
Los hijos ya no comparten con los padres sus ideales, sus aspiraciones, y
prefieren más bien la compañía y los conceptos de jóvenes como ellos.

A los padres, y sobre todo a las madres, les cuesta mucho entender esto, porque
no estaban acostumbrados a la modalidad de que los hijos se liberen totalmente
de su tutela y escojan por sí solos sus propias ideologías, su porvenir, sin
importarles, poco o mucho lo que sus padres piensen, sientan o deseen para
ellos. Esto lógicamente produce ansiedad y angustia en el corazón de las
madres.
Nos preguntamos entonces si todo lo que es nuevo, es realmente malo; y sólo es
bueno lo que es viejo, aquello en que fuimos enseñados. Lo que no conocemos
nos asusta y tenemos miedo de enfrentar lo desconocido; nos es más fácil y
cómodo aceptar lo que ya conocemos, aquello a lo que ya estábamos
acostumbrados.

Se precisa valor, mucho coraje y una gran dosis de fe y confianza para enfrentar
este mundo de cambios, para dejar de ser espectadores y “meternos en el
cambio” nosotras mismas. Se precisa valor para que una madre se siente a
dialogar con su hija o su hijo, y con libertad y sin prejuicios, conversen en un
plano de igualdad acerca de sus problemas, de sus puntos de vista. Y a menudo
este diálogo franco y sincero trae sus sorpresas: descubrimos muchas veces
que detrás de esa coraza de hostilidad hacia la tutela maternal de la que ellos
resienten, detrás de ese esfuerzo por mostrarse iracundos y rebeldes, hay
también en ellos inseguridad y miedo. Es entonces cuando nosotras mismas
buscando ayuda y sabiduría en Dios, pedemos mostrarles que hay valores
eternos, inamovibles, que permanecen firmes, que no cambian, aunque el
mundo cambie y sus ideologías también.
Para ello nosotras debemos aprender a vencer nuestras propias dudas y temores,
nuestra angustia e incertidumbre, nuestro miedo al futuro. Solamente en la
medida que podamos ejercitar nuestra fe, confiando sencillamente en el poder y
Amor de Aquel que nunca cambia, podremos infundir confianza y seguridad a
quienes conviven con nosotros. Sólo cuando confiadamente rendimos nuestra
vida y el futuro que no conocemos en las manos de Aquél que es” “el mismo,
ayer, hoy y para siempre” podremos ahuyentar los miedos y la incertidumbre
por el porvenir. El futuro de nuestra nación y sus instituciones, el de nuestras
iglesias, el de nuestras familias, de nuestro trabajo, de nuestra libertad como
individuos estará asegurado sólo cuando dejemos de afanarnos por resolver los
problemas por nosotras mismas y confiemos la solución de los mismos en
Aquel que nos dice: “En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he
vencido al mundo”. (Juan. 16:33).

Ref lex ion es Par a La Med ita ció n Per son al


No se preocupen por lo que van a comer o beber para vivir, ni por la
ropa que han de ponerse. ¿No vale la vida más que la comida, y el
cuerpo más que la ropa?
Miren las aves que vuelan en el aire, que no siembran ni cosechan, ni
guardan la cosecha en graneros, sin embargo nuestro Padre, que está en el
cielo, les da de comer. ¡Cuánto más valen ustedes que las aves!
¿Y cuál de ustedes por mucho que se preocupe, puede hacerse medio
metro más alto?
¿Y por qué se preocupan ustedes por la ropa? Fíjense como crecen las
flores del campo, que no trabajan ni hilan; y sin embargo, les digo que
ni el Rey Salomón con todo su lujo, se vestía como una de ellas. Y si
Dios viste así la hierba, que hoy está en el campo, y mañana se quema
en el horno, ¿cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe?
Por eso, no se preocupen, diciendo: ¿Qué vamos a comer? o ¿qué
vamos a beber? o ¿con qué vamos a vestirnos? Porque la gente del
mundo anda tras todas estas cosas; pero ustedes tienen un Padre
celestial que ya sabe que necesitan todo esto.
Pero busquen primeramente el Reino de Dios y la vida recta que a El le
agrada y recibirán también todas estas cosas.
No se preocupen, pues, por el día de mañana, porque el mañana tendrá
sus propias preocupaciones. Cada día tiene bastante con sus propios
problemas (Mat. 6:25-34 V.P.).
Estoy seguro de que no hay nada que nos pueda separar del amor de
Dios; ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los poderes ni fuerzas
espirituales, ni lo presente ni lo futuro, ni lo alto, ni lo profundo, ni
ninguna otra cosa que Dios haya hecho puede separarnos del amor de
Dios en Cristo Jesús, Señor Nuestro. (Rom. 8:38, 39. V. P.).
Dios ha dicho: “Nunca te dejaré, ni te abandonaré”. Así que podemos decir
con confianza:
El Señor es el que me ayuda; no tendré miedo de lo que me pueda
hacer ningún hombre. (Heb. 13: 5, 6. V. P.).
Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre. (Heb. 13: 8 V. P.).
Oración: “Señor, ayúdame a no preocuparme más de lo necesario por el
porvenir de los míos y el de mi nación. Ayúdame a tender mi mano hacia ti
para sentir la seguridad de la tuya, sosteniendo la mía. Haz que tenga valor
para enfrentar al mundo con todos esos cambios que no entiendo y que me
asustan. Que busque en ti la seguridad que necesito para infundir confianza a
los que me rodean.
Haz que la fe que tengo en ti, que nunca cambias, sea suficientemente segura y
firme para que también mi familia esté segura y confiada en cuanto al presente
y al futuro, porque Tú permaneces el mismo hoy y hasta la eternidad, Amén”.

Nada sé sobr e el fu tu ro,


desconoz co lo que habrá,
es prob ab le qu e las nub es ,
mi luz ve ngan a op acar.
Nada temo del futuro
pues Je sús conm igo está;
yo le sig o deci dido
pues El sabe lo que habrá.
Nada sé sobre sobre el futuro
desconozco lo que habrá, mas si El cuida de las aves,
El también me cuidará.
Y al andar por mi camino,
en la prueba o tempestad,
sé que Cristo irá conmigo y me guarda en su bondad.
Muchas cosas no comprendo
del mañana con su afán,
más un dulce Amigo ten go,
que mi mano sostendrá.
Ira Stanphill

4.—El mied o a la pér did a de los ser es que rid os.


“No es que hayan muerto,
se fueron antes...
Tomaron únicamente uno
de los trenes anteriores... ”.
(Amado Ñervo, “Plenitud”).
La separación de un ser querido es siempre una experiencia penosa que aun a
pesar de ser inevitable, nos resulta muy difícil de aceptar. Dejar atrás las cosas
que amamos, nos causa tristeza, pero esa tristeza se ahonda y se hace punzante
en nuestro corazón hasta hacerlo sangrar, cuando lo que dejamos en la tierra es
la envoltura material de alguien que es parte de nosotros mismos, ya sea un
padre, una madre, un esposo, una esposa, un hijo, un hermano... El corazón gime
con la angustia que lo estruja, cuando tenemos que decir “adiós” a alguien que
hasta ahora estuvo a nuestro lado, compartiendo nuestras luchas y nuestros
afanes, viviendo con nosotros en las cosas simples pero queridas de cada día, y
nos aterra pensar que ya no estará más con nosotros para ayudarnos, para
alentarnos, para sufrir con nuestros fracasos y reír con nuestras alegrías. Tenemos
miedo de enfrentar el día de mañana sin él o ella a nuestro lado. ¡Qué vacío
queda todo cuando el ser que amamos se ha ido antes que nosotros, dejándonos
solos para luchar, solos para sufrir, solos para vivir.

Pero la vida sigue su curso, a pesar de nuestra angustia, a pesar de nuestro


dolor y tristeza... y nosotros tenemos también que seguir adelante. Aunque
quisiéramos detenernos en el camino, no podemos hacerlo... Tenemos que
seguir, seguir siempre hasta el momento en que a nosotros mismos nos toque
también partir. Y entonces, serán otros los que queden, otros quienes llorarán
por nosotros, quienes lamentarán, quienes sufrirán por el vacío de nuestra
partida.
¿Cómo podemos adaptar nuestra vida a la circunstancia tremenda de vivir
separados por el tiempo y la distancia de aquellos que amamos, y que han sido
arrancados de nuestro lado y llevados al mundo del más allá?
¿Por qué nuestro amor ha sido incapaz de retenerlos a nuestro lado?
¿Por qué si oramos con fe, si pedimos con constante insistencia nuestra oración no
fue oída, nuestro ruego no fue escuchado? ¿Por qué no se cumplió la promesa de
que “la oración de fe salvará al enfermo y será levantado” (Stg. 5:15), si nosotros
pusimos toda nuestra alma en esa petición?
Miremos por un momento cuál ha sido la experiencia de otras personas
creyentes como nosotros, que han pasado por experiencias semejantes a la
nuestra, y reflexionando en ellas, saquemos fuerzas para sobrellevar la carga
que al presente nos parece imposible de soportar:
En una familia de once personas, es imposible que la desdicha no llegue de vez en
cuando. Los niños tenían un hermano mayor, muy amado, y aun más admirado.
John, que así se llamaba, era marino. Sus largos viajes a menudo peligrosos,
inquietaban los corazones y al mismo tiempo excitaban las imaginaciones.
¡Cuánta alegría se producía cuando le veían volver sano y salvo! Un día
emprendió un viaje del cual no volvió más: el barco naufragó.
La muerte sólo es para los niños una palabra sin sentido. Completamente ajenos
a la realidad que esa palabra representa, sobre todo cuando nada visible ni
tangible lo traduce para ellos, no se afectan mucho por ella. Pero Josefina poseía
una naturaleza profunda cuyo poder de simpatía era posiblemente el rasgo
distintivo. Y ella compartió el dolor de sus padres con una agudeza superior a su
edad. Puede decirse que esto fue, a través de ellos, siendo aun muy pequeña, su
primera e inolvidable experiencia del duelo. Ella relacionaba con el hermano
desaparecido los versos de un poema que le habían enseñado, y del cual cada
palabra tenía ahora, para ella un significado desgarrador:

El descansa en las profundidades


azules donde reposan las perlas
Todos le amaban, sin embargo,
nadie llora sobre su tumba.
(Josefina Butler,
ante la muerte de su hermano).
Sólo aquellos que tuvieron la dicha de gozar de la amistad y confianza de mi padre
podían comprender, como lo hacían sus hijos, qué fuerza y qué dulzura
abandonaron al mundo cuando su gran corazón dejó de latir. Uno no llora
solamente a su muerto, llora todos los duelos de la tierra. Cuando Jesús, lloró
sobre la tumba de Lázaro, no pensaba solamente en el amigo muerto y en sus
hermanos; sentía los duelos que hasta el fin de los tiempos atravesaría los
corazones humanos...”. (Jos e fina Butl e r, en la muerte de su padres).
Jamás se me había ocurrido pensar que ella podría partir primero: Me hubiese
sido imposible asociar la idea de la muerte a la de ese pequeño ser en el cual
sobreabundaba la fuerza jubilosa. ¡Era tan amorosa y original en el arte de
testimoniar su afecto...! ¡Dulce Eva! A ella se aplica la palabra del Salvador:
¡El Reino de los cielos es para los que son como niños! Ella era la veracidad, el
candor, la pureza personificadas. Era para mí un indecible reposo, un verdadero
don de Dios, el poder contemplar esa inmaculada inocencia, esa pureza
absoluta de mi niña. Esa alegría no existe más.
Estoy inquieta por mi marido. Está resignado; pero su dolor mudo es
insondable... (Jo s efina But le r , en la muerte de su hija).
¡Señor, Tú nos has despojado: dígnate enriquecernos! ¡Tú nos has pedido
nuestro tesoro, danos a tu vez tu bendición, la vida espiritual para nosotros y
para el mundo! Tú has atravesado nuestros corazones con un dardo acerado:
¡Señor, tu propio corazón ha sido atravesado! Rápida como el relámpago, la
desgracia ha caído sobre nuestra casa. ¿Por qué tardan tus bendiciones? ¡Que
también ellas, rápidas como el relámpago, desciendan sobre nosotros! Oh Dios,
dirige tu vista sobre nuestro mundo, sobre sus sufrimientos, sus miserias y sus
crímenes. La creación suspira y gime. Tú el Anhelado por las naciones, ven,
¡oh! ven. Enséñanos, Señor, a esperar con paciencia tu bendición, como el
centinela espera ver despuntar la aurora. (Plegaria de Josefina y Jorge Butler).
Los cumplimientos de las oraciones y las liberaciones fueron cotidianos.
Después de una larga espera llegó el cumplimiento de la liberación tan
esperada. Humanamente, no debíamos haber salido vivos de la prueba, pero
nos fue concedido sobrevivir a ella. ¿Qué vamos, pues, a hacer ahora con
nuestra vida?
La lección de la prueba es la de aprender a vivir de la sola gracia de Jesucristo,
lo cual significa confiar totalmente en El cuando todo lo demás se desploma. Se
ha dicho que el sufrimiento es fuente de liberación; sí, eso es verdad en cierto
sentido en el plano natural. Pero la verdadera liberación, sólo nos la trae el
sufrimiento de Cristo. Sólo Aquél que salió de la tumba de José de Arimatea, la
mañana de Pascua, puede traernos la vida liberada pues El ha vencido la
muerte”. (Aimé Bonifas: “Allí reinaba la muerte”).
Ha cesado de latir este corazón amante. Esta alma tan pura ha emprendido su
vuelo para abrirse en la luz plena. Sus bellos ojos se cerraron para la tierra y se
abrieron para contemplar al Rey en Su belleza.
Pero, no en vano nuestra bien amada ha pasado algunos años sobre la tierra, y
después de haber pedido a Dios con lágrimas que alejara de nosotros el sacrificio
supremo y que nos dejara nuestro precioso tesoro, nos parece escuchar su voz
que nos dice: “Déjala partir: su muerte me puede glorificar más que su vida”. Y
nos hemos inclinado humildemente ante su santa voluntad, sabiendo que El no
se equivoca jamás. Descansamos en su amor infinito y desde el fondo del
corazón hemos repetido: “Que su nombre sea glorificado” y que por su gracia
Dios ha permitido realizar su promesa.
Su nombre ha sido glorificado en la hora suprema del último adiós, mientras que
su marido, con esa voz profunda que ella gustaba tanto escuchar, pudo entonar
este bello cántico:
¡A ti la gloria, oh Resucitado!
¡A ti la victoria, por la eternidad!
Que su nombre sea glorificado, y que esta vida, caída en tierra como el grano de
trigo, sea una semilla fecunda, que, por la gracia de Dios, produzca una rica
cosecha. “Padre, ¡glorifica Tu nombre!”. (“Una hija del alba”, en la muerte de
Renée de Benoit).
“En el momento que se desearía, para un mundo que se precipita en el abismo,
millares de mujeres parecidas a vuestra hija bien amada, he aquí que el Señor
llama cerca de El a esta alma de elección, coge esta flor exquisita, cuyo perfume
se difundía alrededor de ella con tanta más peneración cuánto más discreto y
bienhechor era! ¡Qué misterio! ¡Que gran interrogación suscita esta muerte entre
nosotros acerca de los supremos problemas que se pueden imaginar! ¡Qué
tiempos solemnes son los que atravesamos! ¡Oh! Estamos mil veces contentos de
conocer a Cristo y de haber recibido de Dios la gracia de creer en El y de esperar
en El contra toda esperanza” (Del pintor Paul Robert, en la muerte de Renée de
Benoit).
“El dolor de aquel cuerpo enfermo, dejaba escapar gemidos que penetraban en
nuestros espíritus como puñaladas. Nos sentíamos incapaces de toda ayuda. Ella
estaba llena de esperanzas en un pronto alivio. «¿Hasta cuándo, Señor...?». Y a
medida que las horas avanzaban hacia aquel Gran Encuentro, las caricias de mi
madre fueron más dulces, más profundas, más amorosas. Como si en cada una de
ellas levantase una súplica, una plegaria, para que el consuelo eterno se hiciera
real y permanente en los suyos. Las caricias y sus besos llenos de unción de
eternidad, aún viven y aún mantienen viva la emoción de aquellas horas. Esas
caricias, tornadas hoy en cumplimiento de sus ruegos, han prodigado a nuestras
horas de soledad, y ausencia, consuelo y compañía de manera tal —que presentes
siempre— alientan y fortalecen” (Jorgelina Lozada, Briznas al viento”).
Los ejemplos y testimonios podrían repetirse hasta el infinito, y no es nuestro
propósito abrumar con la larga enumeración de los mismos. Solamente
queremos atisbar en los mencionados, para descubrir cuál ha sido la fuente de su
fortaleza frente al dolor, la inspiración en el recuerdo de la vida que se fue, la
cual nos ayudará a superar la crisis de nuestro propio dolor. Sólo aquellos que
han sufrido hondamente y han encontrado en la comunión con el Eterno, por
medio de la oración, la fuerza para continuar viviendo, aun en la soledad del
alma por la pérdida del ser amado, pueden comprender y ayudar a quien por la
misma causa, está sumido en el abismo de la aflicción.
“Como médico he visto hombres, en quienes todos los medios de la terapéutica
han fracasado, sanar de su dolor y su melancolía por medio del sincero
esfuerzo de la oración, que es el único poder en el mundo que vence las
llamadas leyes naturales; las ocasiones en que esto ha sucedido tan
dramáticamente se han clasificado como milagros. Pero hay un milagro
constante que se verifica a cada momento en el corazón del hombre que ha
descubierto que la oración le proporciona una corriente constante de poder para
sostenerse en la vida cotidiana. Cuando oramos nos unimos al poder inagotable
que hace girar el universo. Nosotros pedimos que parte de este poder sea
dedicado a nuestras necesidades. Al pedir, nuestras deficiencias humanas
menguan y nos levantamos refortalecidos y restaurados. (Dr. Alexis Carrel).
“Las mejores cosas de la vida proceden del sufrimiento. El trigo se tritura antes
de convertirse en pan. El incienso debe de arrojarse sobre el fuego antes de que
dé sus olores. El terreno hay que quebrantarlo con el arado cortante, antes de
que esté preparado para poder recibir la simiente. Los goces más agradables de
la vida son fruto del sufrimiento. Parece ser que la naturaleza humana tiene
necesidad del sufrimiento para adaptarlo y ser una bendición para el mundo”
(F. W. Robertson).
Si la esperanza de un reencuentro con los amados, después de un camino largo y
penoso no alentara en nuestros corazones, tendríamos motivos suficientes para
desesperar de la vida. Pero dichosos somos de tener el sostén de la Palabra
divina que nos dice: “Nosotros creemos que Dios va a resucitar con Jesús, a los
que murieron, creyendo en El”. (1 Tes. 4:13-14, V. P.).

Ref lex ion es Par a La Med ita ció n Per son al


Lloras a tus muertos con un desconsuelo tal que no parece sino que tú eres
eterno.
No es que hayan muerto, se fueron antes.
¿Pues no has de morir tú un poco después, y no has de saber por fuerza la
clave de todos los problemas, que acaso es de una diáfana y deslumbrante
sencillez?
Se fueron antes... ¿A qué pretender interrogarlos con insistencia nerviosa?
Déjalos siquiera que sacudan el polvo del camino, déjalos siquiera que
restañen en el regazo del Padre las heridas de los pies andariegos; déjalos
siquiera que apacienten sus ojos en los verdes prados de la paz...
El tren aguarda. ¿Por qué no preparar el equipaje?
Esta sería más práctica y eficaz tarea.

El ver a tus muertos es de tal manera cercano e inevitable, que no debes


alterar con la menor estimación las pocas horas de tu reposo.
Ellos, con un concepto cabal del tiempo, cuyas barreras traspusieron de un
solo ímpetu, también te aguardan tranquilos.
Tomaron únicamente uno de los trenes anteriores...
( A m a d o N e r v o , “Plenitud”)

No estemos tristes como lo que no tienen esperanza. Así como creemos


que Jesús murió y resucitó, de igual manera creemos que Dios va a
resucitar con Jesús a los que murieron creyendo en El.
(1 Tes. 4:13-14, V. P.).

Rec ord ar amo ros ame nte a los que se fue ron :
...siempre hay un lugar donde no pueden morir nuestros muertos. Este lugar es
dentro de nosotros.
Debemos vivir con nuestros muertos, vivir con ellos, sin tristeza y sin temor.
Ellos no piden lágrimas sino un dulce afecto.
Hay quienes llaman a sus muertos, mientras nosotros arrojamos y ahuyentamos
a los nuestros. Y les tenemos miedo, y ellos comprenden, y se van, y nos dejan
para siempre. Necesitan que les amen tanto como a los vivos.
Mueren, no en el instante en que se hunden en el sepulcro, sino lentamente al
hundirse en el olvido.
No hay sepulcro, por más profundo que sea, cuya loza no pueda ser levantada y
cuya ceniza no pueda ser removida por un pensamiento.
No habría diferencia entre los vivos y los muertos, si supiéramos recordar. No
habría muertos. Lo mejor que tenían vive con nosotros después que Dios los
llevó de nuestro lado. Todo su pasado es nuestro, y es más que el presente, más
cierto que el futuro.
La presencia material no es todo en este mundo, y podemos dispensarnos de
ella sin desesperar. Nosotros no lloramos a los que viven en países que nunca
visitaremos, porque sabemos que depende de nosotros el ir a encontrarlos.
Sea lo mismo con nuestros muertos. En lugar de creer que han desaparecido
para no volver nunca, pensemos que están en un país al cual iremos un día,
día que no está lejos.
El recuerdo de los muertos es más fuerte que el de los vivos; es como si
estuvieran tratando por su parte, en un esfuerzo misterioso de unir sus manos
con las nuestras.
Llamad a vuestros muertos antes que sea muy tarde, antes de que esté muy
lejos. Vendrán y se acercarán a vuestro corazón. Os pertenecerán como
antes. Pero ahora serán más bellos, más puros... (Mauricio Maeterlink,
“Grano Cernido”).
Como el Padre se compadece de los hijos,
se compadece Dios de los que le temen.
Porque El conoce nuestra condición; se
acuerda de que somos polvo.
El hombre, como la hierba son sus días;
florece como la flor del campo
que pasó el viento por ella y pereció y
su lugar no la conocerá más.
Mas la misericordia de Dios es desde la eternidad y hasta la eternidad
sobre los que le temen. (Sal. 103:13-17)

5. — El mie do a la mue rte


Oh, muerte, ¿dónde está tu poder para herirnos? ¿Dónde está, oh
muerte, la victoria que ibas a ganar? (1 Cor. 15:55, V. P.)
Salgo de esta vida como de una hospedería, no como de mi casa. La
naturaleza no nos ha otorgado sitio donde habitar sino donde parar poco.
(Cicerón, “Diálogo sobre la vejez”).
De todos los males y sufrimientos a que el ser humano se ve enfrentado, el de la
muerte es el que más lo aterra. A pesar de ser ésta algo inevitable, y de que el
hombre sabe que nace para morir, el miedo a lo desconocido lo estremece.
Un gran libre pensador ateo, exclamó en el momento de morir: “Siento que voy
a dar un gran salto en el vacío”. ¿Hasta dónde es verdad esta aseveración?¿Es
cierto que no habiendo nadie que haya vuelto del más allá, para decirnos cómo
es la eternidad y el lugar de reposo de las almas, la muerte sólo nos reserva
incertidumbre, temor y sombra?
El miedo es siempre un factor paralizante. Debemos recordar sin embargo que,
“todo morir es un nacer y justamente en la muerte se revela la exaltación de la
vida”.
¿Qué hay más allá? ¿Será la muerte el fin de la vida, la terminación de todas las
cosas? Nuestro ser espiritual se revela ante la muerte fatal e inevitable, y no
encuentra resignación. Angustiosamente nos preguntamos: “¿Por qué, por
qué...?”.
Existe en este mundo —valle de lágrimas— alguna fuerza que nos ayude a
prepararnos para ese momento crucial, que a cada uno ha de llegar, aunque no
sabemos cuándo ni cómo? Si esa fuerza existe, ¿es capaz de ayudarnos a
ahuyentar nuestro miedo a la muerte, a lo desconocido? ¿Puede ella ayudarnos a
tener serenidad y paz en el supremo instante de la partida final?
Escuchemos la experiencia de uno que puso su confianza en Dios:
“Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno,
porque Tú estarás conmigo. Tu vara y tu cayado me infundirán aliento. Y
en la casa de Dios moraré por largos días” (David, Salmo 23).
En Dios, y únicamente en El, está la fuerza para vencer el miedo a la muerte... y
todos los miedos. Es esa fuerza que hace exclamar junto con el Apóstol a todos
los que han tenido la experiencia de conocerle y sencillamente confiar en El:
“Estoy seguro de que no hay nada que nos pueda separar del amor de
Dios. Ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los poderes y fuerzas
espirituales, ni lo presente, ni lo futuro, ni lo alto, ni lo profundo, ni
ninguna otra cosa que Dios haya hecho puede separarnos del amor que
El nos ha mostrado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Apóstol Pablo, 1
Cor. 8:29-39. V. P.).

En el conocimiento del Amor de Dios y su paz en nuestros corazones, que no


entendemos porque “sobrepasa todo entendimiento” estarán nuestros corazones
y nuestros pensamientos libres de todo temor, para afrontar la vida y la muerte.
Para esto también vino Cristo,
“para morir y así destruir al que tenía el poder para matar, es decir, el
diablo. Así ha dado libertad a todos los que, por su miedo a la muerte
viven como esclavos durante toda la vida” (Heb. 2:14-15. V.P.).
Sí, el poder de la vida de Cristo, triunfante sobre la muerte, es el que nos
sostiene infundiendo en nuestros corazones, confianza y serenidad para
afrontar el día en que
“nuestro cuerpo que muere, ha de vestirse con lo que muere, y nuestra
naturaleza que no dura, se vista con lo que dura para siempre” (Pablo, 1
Cor. 15:53-54. V. P.).
Esta es la triunfante esperanza que alienta y sostiene frente al tremendo enigma de
la muerte, a todos los que creen y confían en Aquel que dijo:
“Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera,
vivirá”. (Juan. 11:25, V.P.).
Si bien es cierto que al decir Jesús estas palabras estaba hablando de la muerte
espiritual causada por el pecado, que ha hecho que el hombre haya perdido todo
lo que hace a la vida digna de ser vivida, está también hablando de la vida que hay
más allá de la muerte. Jesús nos está diciendo con estas palabras que la muerte
no es el fin de las cosas, sino que la vida se continúa en la eternidad. Eduardo el
Confesor, en sus últimos momentos, dijo estas palabras: “No lloréis por mí, yo no
moriré. Yo estoy dejando la tierra de los moribundos, para ver con mis ojos las
bendiciones de Dios, en la tierra de los vivientes”. “Nosotros llamamos a este
mundo la tierra de los vivientes; pero conocemos que a través de Jesucristo,
cuando la muerte viene, no salimos de la tierra de los vivientes, sino que recién
entramos en la tierra de los vivientes. A través de Jesucristo, nosotros estamos
viajando no hacia la puesta del sol, sino hacia la salida del sol. Nosotros
sabemos, como dijo Mary Webb:
“La muerte es la puerta en la línea del horizonte”; sabemos que en el más
verdadero y real sentido, nosotros no estamos caminando hacia la muerte, sino
hacia la vida” (William Barclay).

Tengamos entonces confianza en Dios para creer en nuestra vida inmortal, en la


vida eterna más allá de la tumba, confianza para que, como dijo Unamuno,
“podamos creer en esa otra vida para poder vivir ésta y soportar y darle sentido y
finalidad”.
Sea ésta tu confianza y la mía, amiga y compañera; confianza en Aquel que
dijo: “Ustedes vivirán porque yo estoy vivo” (Juan. 14:19); confianza que nos
ayudará a afrontar los dolores de la vida, y de la misma muerte, asidos de su
mano que nunca nos dejará solos.

Refle xio nes Par a La Med ita ció n Per son al


No estén tan preocupados. Confíen en Dios y confíen también en mí. En
la casa de mi Padre hay muchos lugares en que vivir; si no fuera así, yo ya
les hubiera dicho a ustedes. Así que voy a prepararles un lugar. Y después
de irme y de prepararles un lugar, voy a venir otra vez para
llevarlos conmigo, para que ustedes estén en el mismo lugar en donde yo voy a estar. (Juan.
14: 1-3. V. P.).
Yo soy la resurrección y la vida. (Juan. 11:25).
No los voy a dejar abandonados; volveré para estar con ustedes. (Juan. 14:18. V. P.).
El dolor y la muerte me han hablado siempre de religión. Desgraciados de nosotros, el día en que se
acabará el desasosiego de nuestro ser, porque con ese desasosiego se acabaría también lo más noble,
lo más sublime de la vida. Y lo que digo del dolor, digo de la muerte. La tememos porque nos hemos
propuesto olvidarla en medio del ruido y la algazara del mundo. Si no hubiera muerte no habría
renovación: sería la naturaleza un lago inmóvil y podrido y la humanidad una vieja impotente y
preocupada.
Si quitamos de la frente del obrero el sudor; de las grandes causas el martirio,de la obra del artista, la
pena; del amor, la tristeza; de la vida, esa corona de ciprés que se llama la muerte, no habrá fe; pero
tampoco habrá ni virtud, ni esperanza, ni poesía, ni belleza moral en el mundo: que todo lo grande
nace del dolor, y crece al riego de las lágrimas. (Emilio Castelar).

Porque nuestra naturaleza que no dura, tiene que vestirse con lo que dura para siempre; y
nuestro cuerpo que muere, tiene que vestirse con lo que nunca muere. Y cuando nuestra
naturaleza que no dura, se haya vestido con lo que dura para siempre, y cuando nuestro
cuerpo que muere, se haya vestido con lo que nunca muere, entonces se cumplirá lo que dice
en la Escritura: «La muerte ha sido devorada por la victoria». Oh muerte, ¿dónde está tu
poder para herirnos? ¿Dónde está, oh muerte, la victoria que ibas a ganar? Lo que da a la
muerte su poder para herirnos es el pecado, y la ley antigua, es la que da ese poder al pecado.
Pero gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. (1 Cor.
15:43-46. V. P.).
Oh no me diga s que “la vi da es un sueño”
tri ste salm ist a, co n tu cant ar am argo ,
po rque el alma no vive en el leta rgo,
que es de la mu erte pá lido diseño.
La vida es re al y su de sti no es se rio ,
y no es su fi n en el sepu lc ro hu ndir se ;
que “ser po lvo y en po lvo conver ti rse ”
no es del al ma el divino mi ni ste rio .
(Enrique W. Lo ngfe llow)

A la sombra de tus almas me ampararé, hasta que pasen los quebrantos. (Sal. 57: 1).
Aunque ande en el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque Tú estarás
conmigo. (David, Salmo 23).

No te asus ten las somb ras No te asusten las


sombras.
Trábate de la mano de Dios, y podrás atravesar con paso resuelto y confiado, “aun el valle de sombra
y muerte”.
Las sombras se vuelven amigas cuando vamos por el camino conversando con Dios.
Las sombras pierden su perfidia cuando El va dejando su huella luminosa por el sendero.
Las sombras dejan de atormentar cuando la Palabra de El es lámpara a nuestros pies y lumbrera
a nuestros caminos.
No hay sombras demasiado densas para El; El las traspasa todas.
Lo que debe preocuparte no son las sombras, sino si El va contigo. El es el gran aventador de
sombras.
Penetra al bosque sin temor. Por entre el ramaje tupido se filtran rayos de sol y de luna que El te envía
para que tu pie no resbale.
No te asusten las sombras, jamás han podido detener el avance de la luz, y El es la luz.
Dile a tu alma que se sosiegue; las sombras son impotentes. El está contigo... (Francisco F. Estrello,
“En comunión con lo Eterno”).

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