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Anuario de Sexología © Anuario de Sexología A.E.P.S.


2002 • Nº 8 • pp. 91–102 ISSN:1137–0963

El sexismo y sus dos caras:


De la hostilidad a la ambivalencia
Maria Lameiras Fernández *

En la conceptualización de la cara más “moderna” del sexismo (Tougas et al., 1995;


Swim et al.,1995) se considera que junto a los sentimientos negativos hacia las muje-
res, que perviven de las formas más tradicionales de sexismo, convive la aceptación de
valores igualitarios, socialmente deseables en aquellas sociedades que han evoluciona-
do hacia posicionamientos más liberales. Lo que supone abordar su comprensión
desde la dimensión social, condiderando a las mujeres y los hombres como dos gru-
pos homogéneos e independientes. Pero para comprender en su complejidad el nuevo
sexismo Glick y Fiske (1996, 1999) defienden que para el estudio de éste es necesario
incorporar parámetros explicativos que surgen de la dimensión relacional. Lo que
implica que las relaciones entre los sexos no pueden ser articuladas exclusivamente
desde una perspectiva intergrupal, y supone reconocer que, frente a la visión de los
sexos como grupos sometidos en un contexto social a fuerzas divergentes de indepen-
dencia y autonomía, éstos están necesariamente vinculados en un mundo relacional de
fuerzas convergentes de dependencia y heteronomía. La combinación de estas fuerzas
centrífugas y centrípetas son las que articulan la constelación de actitudes hacia los
sexos y repercutirán tanto en el ámbito público/laboral como en el espacio interperso-
nal y afectivo–sexual.
Palabras clave: Sexismo moderno, Sexismo hostil, Sexismo benevolente.

SEXISM AND ITS FACES: FROM HOSTILITY TO AMBIVALENCE


The “modern” face of sexism (Tougas et al., 1995; Swim et al., 1995) combines two
apparently contradictory elements. On the one hand we can find negative feelings
towards women, like in traditional sexism, but, on the other hand there are positive
feelings resulting from a societal movement toward more egalitarian values. Most
research has focused on the social dimension of sexism, considering women and
men as two homogeneous, independent groups. To come to a better understanding
of this “modern” sexism Glick and Fiske (1996, 1999, 2000) find it necessary to consi-
der the relational dimension involved in this issue. This means that the relationship
between sexes can´t be understood only from a social dimension and so the sexes
are not only groups in a social context subjected to division forces of independence
and autonomy, but at the same time they are involved in relationship of dependen-
ce and heteronomy. The combination of these opposing forces develop attitudes
towards sexes and will have its effect in the workplace as well as in affective and
sexual relationship.
Keywords: Modern sexism, Hostil sexism, Benevolent sexism.

* Profesora Titular de Psicología de la Universidad de Vigo.


Facultad de Humanidades, Las Lagunas s/n 32004 Ourense. E-mail: lameiras@uvigo.es
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EL SEXISMO Y SUS RAÍCES SOCIALES Por otro lado, los estereotipos “prescipti-
El sexismo se define como una actitud vos” hacen referencia a las conductas que se
dirigida a las personas en virtud de su perte- consideran que deben llevar a cabo hombres
nencia a un determinado sexo biológico en y mujeres. De tal modo que el encasillamiento
función del cual se asumen diferentes carac- que las diferentes sociedades imponen a los
terísticas y conductas . sexos a través de los significados asociados a
Por un lado, a través de los estereotipos la dualidad masculino–femenino condiciona
“descriptivos” se establecen las características el tipo de actividades y distribución de las
que describen a cada sexo. Características que ocupaciones consideradas más adecuadas
nutren de contenido los conceptos de “mas- para ambos (Pastor, 2000). Los roles o papeles
culino” y “femenino”, obviamente para definir asignados para cada sexo se despliegan desde
y describir a hombres y mujeres. Así, la mas- los estereotipos “descriptivos”. Lo que supone
culinidad es asociada con características de reconocer que la existencia de roles o papeles
dominancia, control e independencia y la diferenciados para cada sexo es la consecuen-
feminidad con atributos de sensibilidad, afec- cia “natural” de asumir la existencia de carac-
to y preocupación por el bienestar ajeno. En terísticas psicológicas diferentes para cada
palabras de Lipovetsky (1997: 154) “si el hom- sexo. La asimetría de papeles ha propiciado la
bre encarna la nueva figura del individuo división del espacio público–privado como
libre, desligado, dueño de sí, a la mujer se la esferas separadas para ambos sexos, apode-
sigue concibiendo como un ser dependiente rándose el hombre del espacio público o polí-
por naturaleza, que vive para los demás e tico y relegándose a la mujer al espacio priva-
inserta en el orden familiar”. Así frente al “yo” do o doméstico. De nuevo aquí se repoduce
autónomo e independiente del hombre, a la la jerarquía valorativa en función de la cual se
mujer se la identifica con un “yo en relación”, prioriza el espacio público frente al espacio
es decir, con un yo desplegado hacia afuera privado para garantizar la supremacía masculi-
que recibe su sentido y se alimenta de la vida na. Pero la significativa incorporación de la
emocional que mantiene con los “otros”, con mujer, en las últimas décadas, al trabajo remu-
los que necesariamente ha de convivir para nerado en los países occidentales ha desesta-
alcanzar su sentido de la vida y bienestar. Esta bilizado esta balanza. Y ya que la jerarquiza-
dualidad que describe a los hombres desde la ción de los espacios supone un medio para la
instrumentalidad y a las mujeres desde la jerarquización de los sexos el fin en sí mismo
expresividad (Parson y Bales, 1955) se ha para mantener a la mujer en un estatus infe-
materializado también en los conceptos anta- rior, su incorporación al espacio público ha
gónicos de masculino–agentic frente a feme- ido paralelamente vinculada a la devaluación
nino–communal (Bakan, 1966). Es definitiva, del trabajo en sí (Goldberg, 1968). Esto impli-
una poderosa caracterización que ejerce tam- ca que aquellos trabajos de alto prestigio
bién su influencia en los procesos de identifi- desarrollados tradicionalmente por los hom-
cación personal. Una dualidad además asimé- bres se han ido devaluando al mismo ritmo
trica, lo que supone que los rasgos asociados que se ha incorporado la mujer a su ejercicio,
al polo masculino son valorados más positiva- posibilitando con ello el mantenimiento de la
mente; cuestión que viene demostrada por el jerarquía entre los sexos.
hecho de que las mujeres muestren mayor
disposición a adscribirse caracterísicas mascu- DEL SEXISMO HOSTIL
linas y ser por ello menos censuradas social- AL SEXISMO MODERNO
mente que los hombres que se adscriben a Para identificar la visión más tradicional
características femeninas (Bonilla y Martí- del sexismo hay que remontarse a las aporta-
nez–Bencholl, 2000). ciones de Allport (1954), quien lo define
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como un prejuicio hacia las mujeres, enten- moderno (McConahay, 1986; Pettigrew, 1989)
diendo éste como una actitud de hostilidad y o prejuicio sútil (Rueda y Navas, 1996). De
aversión. De modo que esta primera aproxi- hecho, entre las aportaciones más destacables
mación al concepto de sexismo está connota- con relación al nuevo sexismo se encuentra la
da por evaluaciones negativas que suponen de Swin et al. (1995), quienes lo definen
un tratamiento desigual y perjudicial hacia las como sexismo moderno (modern sexism), y
mujeres, y se conoce hoy en día como sexis- se fundamentan en los mismos pilares pro-
mo explícito (overt sexism) (Benokraitis y puestos por Sears (1988) para conceptualizar
Feagin, 1986, 1995) porque es fácilmente el racismo moderno, adaptándolos a las rela-
detectable visible y observable; o viejo sexis- ciones entre sexos: 1) Negación de la discrimi-
mo (Old–Fashioned sexism) (Swin, Aikin, Hall nación, 2) Antagonismo ante las demandas
y Hunter, 1995), ya que este tipo de sexismo que hacen las mujeres, 3) Resentimiento acer-
se apega al mantenimiento de roles tradicio- ca de las políticas de apoyo que consiguen.
nales para hombres y mujeres. Paralelamente a esta conceptualización
Pero si entendemos el sexismo exclusiva- Tougas et al. (1995) introducen el concepto
mente como una actitud negativa hacia las de Neosexismo que definen como la manifes-
mujeres es dificil mantener su existencia en tación de un conflicto entre los valores iguali-
las sociedades más desarrolladas (Expósito, tarios y sentimientos negativos residuales
Montes y Palacios, 2000). De hecho, parece hacia las mujeres. Este sexismo, aunque está
haberse logrado en los países occidentales lo en contra de la discriminación abierta contra
que Batista–Foguet, Blanch y Artés (1994) han las mujeres, considera que éstas ya han alcan-
denominado “igualitarismo abstracto”, que zado la igualdad y que no necesitan ninguna
supone la igualdad de los sexos en el dominio medida política de protección, impidiendo
público y ha ganado un creciente consenso. con ello la igualdad real.
Pero junto a éste previve lo que los autores En conclusión, la nueva cara del sexismo,
denominan “conservadurismo cultural”, que identificado como sexismo moderno o neose-
se detecta en el cambio de actitudes con res- xismo, se articula desde una perspectiva más
pecto a los roles familiares. Éste implica tanto sútil y encubierta y con ello más perniciosa
la reticencia de los varones a asumir la cuota para los objetivos de igualdad, considerando
de responsabilidad que les corresponde en la la dimensión social el plano a partir del que se
esfera doméstica, como las dificultades que articula su comprensión. Ello supone que,
encuentran las mujeres en su integración al amparados en la supuesta igualdad entre los
mundo público. Por tanto, la discriminación sexos, se impidan las acciones positivas que
persiste aunque ésta adquiere ahora matices propiciarán la igualdad real en la esfera públi-
más sutiles y encubiertos (covert sexism). ca. Un sexismo que, en cualquier caso, no es
Así, hoy en día se comprueba que los valo- ajeno a los presupuestos que han nutrido de
res de sexismo se han recanalizado hacia nue- contenido al sexismo más tradicional (Spence
vas formas más encubiertas y sutiles de expre- y Hahn, 1997).
sión que pasan más inadvertidos, y que se
siguen caracterizando por un tratamiento SEXISMO AMBIVALENTE
desigual y perjudicial hacia las mujeres. La for- En la conceptualización del sexismo
mación de esta nueva cara del sexismo ha dis- moderno recogida de los planteamientos
currido de forma paralela a la evolución de las hechos por Swin et al. (1995) y del Neo-
actitudes racistas etiquetadas como racismo sexismo de Tougas et al. (1995) se prima la
simbólico (Sears, 1988), racismo aversivo dimensión social y con ello la consideración
(Gaertner y Dovidio, 1986), racismo ambiva- de los sexos como grupos homogéneos en
lente (Katz, Wackenhut y Hass, 1986), racismo conflicto. Esto supone asumir que la supera-
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ción del sexismo vendrá dada por la supera- tradicional que idealiza a las mujeres como
ción de la asimetría social entre los sexos, es esposas, madres y objetos romáticos (Glick et
decir, la igualdad objetivada en el ámbito al. 1997). Y es sexista también en cuanto que
público, que supone superar las barreras que presupone la inferioridad de las mujeres, ya
frenan el avance de la mujer. Estos presupues- que este sexismo reconoce y refuerza el
tos se desarrollan, como hemos visto, en sin- patriarcado, pues considera que las mujeres
tonía con la forma de abordar las desigualda- necesitan de un hombre para que las cuide y
des provocadas por otros elementos de dife- proteja. A su vez, utiliza un tono subjetiva-
renciación como es la raza. mente positivo con determinadas mujeres, las
Sin embargo, a diferencia de las categori- que asumen roles tradicionales, como criatu-
zaciones hechas en función de la raza, etnia o ras puras y maravillosas cuyo amor es necesa-
cultura, entre los que se puede asumir una rio para que un hombre esté completo. En el
clara independencia entre los miembros de sexismo hostil a las mujeres se les atribuyen
los distintos colectivos, las relaciones entre características por las que son criticadas; en el
sexos se encuentran necesariamente connota- sexismo benevolente, características por las
das también por relaciones de dependencia. que son valoradas, especialmente vinculadas a
Precisamente la compleja constelación de su capacidad reproductiva y maternal. En defi-
relaciones de dependencia e independencia nitiva, una visión estereotipada de la mujer
hace de las relaciones entre sexos una reali- tanto en su tono más hostil, evaluada negati-
dad ideosincrática y singular con elementos vamente como “inferior”, como en su tono
no compatibles con los presentes en el resto más benevolente, evaluada positivamente
de las relaciones intergrupales. Por tanto, para como “diferente”, pero supeditada a determi-
maximizar la comprensión del sexismo nadas “funciones”. Además el sexismo bene-
moderno ha de reconocerse esta singularidad volente ayuda al sexismo hostil permitiendo a
relacional entre los sexos. Esto supone reco- los hombres sexistas ser benefactores de las
nocer que las actitudes hacia los sexos serán mujeres y disculpar su hostilidad sólo ante
el resultado de estas fuerzas divergentes de aquellas mujeres que se lo merecen. Este
independencia y autonomía en el contexto sexismo benevolente suscita conductas proso-
social y de las fuerzas convergentes de depen- ciales como las de ayuda o protección hacia
dencia y heteronomía en el ámbito relacional. las mujeres.
Este reconocimiento ha propiciado el desarro- La dimensión más hostil comparte con el
llo de la más reciente y novedosa teoría sobre sexismo tradicional su tono afectivo negativo.
el sexismo moderno. Por su parte, la dimensión más benevolente,
La teoría del sexismo ambivalente de que despliega un tono afectivo positivo, no es
Glick y Fiske (1996) es la primera que recono- en realidad algo nuevo, de hecho se refleja en
ce la necesidad de ubicar en la comprensión la ética de las religiones cristianas, de tan larga
del nuevo sexismo la dimensión relacional. tradición en los países más occidentales. En
Este sexismo se operativiza con la presencia éstas se transmite la visión de las mujeres
de dos elementos con cargas afectivas antagó- como débiles criaturas que han de ser protegi-
nicas: positivas y negativas (Glick y Fiske, das y al mismo tiempo colocadas en un pedes-
1996, 2000, 2001), danto lugar a dos tipos de tal en el que se adoran sus roles “naturales” de
sexismo vinculados: sexismo hostil y sexismo madre y esposa, de los que no debe extralimi-
benevolente. El sexismo hostil es una ideolo- tarse. En un reciente estudio en colaboración
verificar
gía que caracteriza a las mujeres como un con Glick (Glick, Lameiras y Rodríguez, en
grupo subordinado y legitima el control social prensa) comprobamos como las personas más
que ejercen los hombres. Por su parte, el religiosas son precisamene las que se adscri-
sexismo benevolente se basa en una ideología ben a actitudes más benevolentes.
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Por tanto, lo realmente novedoso de la teo- bien esto sucede sin experimentar conflicto,
ría propuesta por Glick y Kiske (1996, 2001) es ya que según Glick et al. (1997) el sexismo
la combinación indisociable de la forma hostil ambivalente es capaz de reconciliar las creen-
y benevolente de las actitudes hacia las muje- cias sexistas hostiles y las benevolentes sin
res que representarían las formas de sexismo sentimientos conflictivos. Esto lo sugiere la
más modernas y que conforman el sexismo alta correlación entre sexismo hostil y benevo-
ambivalente. Éste brota del reconocimiento de lente (Glick y Fiske, 1996). La forma en que se
la dimensión relacional–dependiente entre los evitan los conflictos entre actitudes positivas y
sexos como eje articulador. negativas hacia las mujeres es clasificándolas
Para desarrollar esta teoría del sexismo en subgrupos. Uno de mujeres “buenas” y
ambivalente, Glick y Fiske (1996, 2001) recu- otro de mujeres “malas”, en los que se inclu-
rren a la posición teórica de la ambivalencia yen aspectos positivos y negativos del sexismo
propuesta por Katz (1981) y Katz y Hass ambivalente. Las primeras merecen un trata-
(1988). La ambivalencia en términos generales miento hostil y las segundas merecen ser tra-
se define como el resultado de albergar valo- tadas con benevolencia. Por tanto establecer
res que son contradictorios o bien conflictivos subtipos polarizados de mujeres, unas coloca-
entre sí. Estos autores afirman que esto es lo das en un pedestal y otras arrojadas a la cune-
que le sucede a muchas personas en Estados ta (Travris y Wade, 1984) se convierte en fruc-
Unidos. Por una parte, valoran muy positiva- tífera estrategia para evitar los sentimientos
mente el igualitarismo como la base de los conflictivos. Utilizar categorías automáticas,
principios democráticos. Pero, por otra parte, basadas en pistas como la apariencia física o
sobrevaloran el individualismo que constituye los roles sociales, guía las reacciones ante
un reflejo de los principios de la ética protes- cada mujer. Por tanto, en vez de experimentar
tante. Estos valores de igualitarismo e indivi- tensión emocional, vulnerabilidad y conflicto,
dualialismo pueden entrar en conflicto, sobre se clasifica a cada mujer en función de los
todo a la hora de regular la expresión de los estereotipos que se cree que la definen y se
prejucios raciales. Si estas personas se adhie- actúa en consecuencia.
ren al igualitarismo, les llevaría a mostrar sim- De hecho, Glick y Fiske (1997) comprue-
patía hacia los y las afroamericanos y además ban que los hombres establecen tres tipos de
reconocerían públicamente que se les ha grupos de mujeres: las tradicionales, las no
subordinado y humillado a lo largo de la his- tradicionales y las sexys. Las mujeres que
toria. Pero la adhesión al individualismo les representan el rol de amas de casa, las muje-
llevaría en la dirección contraria. Katz y Hass res profesionales que se desarrollan también
(1988) afirman que el choque entre los valo- en el espacio público, no exclusivamente el
res de igualitarismo e individualismo produce privado, y finalmente las sexys. Los hombres
en una persona una dualidad actitudinal, que sexistas temen al grupo de mujeres no tradi-
puede traducirse en actitudes positivas o en cionales porque retan su poder; así como a las
actitudes negativas. Además la ambivalencia mujeres denominadas sexys, porque temen
actitudinal genera un malestar psicológico, ya que ellas con su poder de seducción, junto
que las personas buscan activamente la con- con el interés de los hombres por el sexo, les
sistencia (Festinger, 1957). arrebaten también su poder. Estas mujeres
Siguiendo esta línea argumenta Glick y son definidas como peligrosas, tentadoras y
Fiske (1996) parten de que la ambivalencia sensuales, y los hombres sexistas suelen man-
sexista se origina en la influencia simultánea tener actitudes hostiles hacia ellas.
de dos tipos de creencias sexistas porque son Todo ello nos lleva a establecer que con
dos constructos subjetivamente vinculados a el sexismo ambivalente, los hombres pue-
sentimientos opuestos hacia las mujeres. Si den mantener una consistencia actitudinal
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que implica despreciar a algunas mujeres y relato abarca sus 10 años de viajes hasta reu-
amar a otras. El sexismo hostil se aplica nirse con su amada esposa Penélope, que se
como un castigo a las mujeres no tradiciona- presenta como el ideal griego de feminidad
les, como mujeres profesionales y feministas, hermosa, inteligente y complaciente; así
porque estas mujeres cambian los roles de como pilar de la casa, prudente, fiel y subordi-
género tradicionales y las relaciones de nada al marido. Hasta que Ulises no pudo reu-
poder entre hombres y mujeres. Mientras nirse con ella estaba incompleto. A su vez,
que el sexismo benevolente es una recom- Penélope necesitaba la protección de su mari-
pensa a las mujeres que cumplen los roles do frente a los pretendientes que le surgieron
tradicionales porque estas mujeres aceptan durante su larga ausencia. Los componentes
la supremacía masculina. Por consiguiente, del sexismo benevolente se manifiestan en el
el sexismo hostil y el sexismo benevolente relato con una Penélope integrada en el rol
actúan como un sistema articulado de doméstico y marital que necesita el cuidado y
recompensas y castigos con la finalidad de protección de su esposo. Por otra parte, algu-
que las mujeres sepan cual es su posición en nos de los obstáculos que retrasaron el regre-
la sociedad (Rudman y Glick, 2001). so de Ulises con su esposa se manifiestan en
Esto ha llevado a Click y Fiske (1996, el poema en forma de mujer, de sirenas que
2001) a preguntarse si el sexismo hostil se intentaron atraparlo. Circe, una hechicera que
dirige hacia un grupo determinado de muje- usó su belleza para tentar a la tripulación de
res y el sexismo benevolente hacia otro Ulises intentando detenerla para poder así
grupo. Estos autores razonan esta afirmación destronarlo. Parte ésta en la que se manifiesta
planteando que es posible que a nivel ideoló- el sexismo hostil, que considera que las muje-
gico pueda resultar fácil a los hombres cate- res usan sus encantos y su sensualidad para
gorizar a las mujeres en subgrupos, favora- rebatir el poder de los hombres.
bles o desfavorables, pero cuando se valora a Glick y Fiske (1996, 1999, 2000) sugieren
mujeres concretas esto es más complicado, que tanto el sexismo hostil como el sexismo
especialmente cuando existe una vinculación benevolente tienen sus raíces en las condicio-
afectiva con ellas. Se pone de manifiesto así nes biológicas y sociales que son comunes a
que el sexismo hostil y sexismo benevolente todos los grupos humanos. Y giran en conse-
conviven, por ejemplo en las actitudes hacia cuencia en torno al poder social, la identidad
una hermana que se ha convertido en femi- de género y la sexualidad, y se articulan en
nista o hacia una pareja a la que inicialmente torno a tres componentes comunes: el pater-
recompensa con el sexismo benevolente y nalismo, la diferenciación de género y la hete-
finalmente castiga con el hostil si ésta lo rosexualidad. Cada componente refleja una
rechaza (Glick y Fiske, 2001). serie de creencias en las que la ambivalencia
hacia las mujeres es inherente, ya que presenta
FUNDAMENTOS DEL un componente hostil y otro benévolo.
SEXISMO AMBIVALENTE Glick y Fiske (1996) definen el paternalis-
Las actitudes hostiles y benevolentes hacia mo como la forma en la que un padre se com-
las mujeres tienen un origen ancestral, ya que porta con sus hijos e hijas: por un lado, les
ambos tipos de actitudes están claramente aporta afecto y protección y, por el otro, el
simbolizadas en la mitología griega. padre es el que manda sobre sus hijos e hijas.
Concretamente Glick y Fiske las sitúan en el Esta concepción está intimamente relacionada
poema épico La Odisea de Homero compues- con la visión ambivalente del sexismo, porque
to hace 3 millones de años. Este poema narra incluye dos dimensiones: el paternalismo
el regreso del héroe griego Ulises (también protector y el paternalismo dominador. El
llamado Odiseo) de la guerra de Troya. El sexismo se materializa por un lado en un
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paternalismo dominador que desencadena el del sexismo: por un lado está la diferencia-
sexismo hostil, donde se asienta la estructura ción de género competitiva y por el otro la
del patriarcado que legitima la superioridad diferenciación de género complementaria.
de la figura masculina, considerando a las La diferenciación de género competitiva se
mujeres como seres incapaces, incompeten- presenta como una justificación sobre el
tes y también peligrosos, debido a que inten- poder estructural masculino, ya que considera
tan arrebatar el poder de los hombres. Por que solamente los hombres poseen los rasgos
otro lado, el sexismo se materializa igualmen- necesarios para poseer el poder y gobernar
te en un paternalismo protector que desenca- las instituciones socio–económicas y políticas.
dena el sexismo benevolente, y que los hom- A su vez, también afirman que las mujeres, al
bres aplican a las mujeres que desempeñan ser diferentes de los hombres, como por
roles tradicionales, ya que las consideran ejemplo al tener en cuenta su mayor debili-
como criaturas débiles y frágiles a las que hay dad, no cuentan con las características, ni con
que colocar en un pedestal y protegerlas. El la capacidad necesaria para poder gobernar y
paternalismo protector puede coexistir con su que, por tanto, su ámbito de actuación queda-
complementario dominador porque los hom- ría limitado a la familia y al hogar. Por otro
bres dependen del poder diádico de las muje- lado, los hombres son conscientes del poder
res como esposas, madres y objetos romáti- diádico de las mujeres que les hace depender
cos. Así las mujeres tienen que ser amadas, de ellas. Este poder hace que los hombres
acariciadas y protegidas, ya que su debilidad reconozcan que las mujeres tienen caracterís-
requiere que los hombres cumplan con su ticas positivas (Eagly y Mladinic, 1993) que
papel protector y de sustento económico. complementan las suyas. Esto es lo que cons-
Brehm (1992) establece que, en las relaciones tituye la diferenciación de género comple-
heterosexuales, el paternalismo dominador es mentaria. Para el sexista benevolente las carac-
la norma. De este modo, en matrimonios tra- terísticas de las mujeres complementan las
dicionales, tanto el hombre como la mujer características de los hombres, mientras que
están de acuerdo en que el hombre es el que para el sexista hostil determinadas característi-
debe ejercer la mayor autoridad y a su vez pro- cas de las mujeres, como la sensibilidad, las
veer y proteger el hogar, con una esposa que colocan en un plano inferior y las hacen
depende de él para mantener su estatus eco- incompetentes para ejercer el poder.
nómico y social. Carés (2001) sugiere que las Finalmente Glick y Fiske (1996) sitúan en
mujeres, además de aceptar este paternalismo, la heterosexualidad uno de los más podero-
son las encargadas de transmitir los valores sos orígenes de la ambivalencia de las actitu-
patriarcales y de salvaguardarlos, es decir, se des de los hombres hacia las mujeres.
espera que las mujeres no sólo se somentan al Berscheid y Peplau (1983) afirman que las
patriarcado sino que se conviertan en agentes relaciones romáticas heterosexuales son defi-
de difusión de esta ideología sexista. nidas por hombres y por mujeres como uno
El segundo componente en el que subya- de los principales factores para llegar a tener
ce el sexismo hostil y benevolente es la dife- una vida feliz. Al igual que los anteriores com-
renciación de género (Glick y Fiske, 1996). ponentes, la heterosexualidad tiene dos ver-
Todas las culturas usan las diferencias biológi- tientes: la intimidad heterosexual y la hostili-
cas (físicas) entre sexos como base para hacer dad heterosexual. Glick y Fiske (1996) esta-
distinciones sociales que supone la asignación blecen que la motivación sexual de los hom-
de valores, cualidades y normas en función bres hacia las mujeres puede estar unida a un
del sexo al que se pertenece. Al igual que en deseo de proximidad (intimidad heterose-
el paternalismo, en la diferenciación de géne- xual), lo que alimenta el sexismo benevolente.
ro también nos encontramos con las dos caras Pero las relaciones románticas entre hombres
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y mujeres suponen a veces una amenaza para Junto a estos planteamientos, surge otra
las mujeres. Ya que la agresión masculina, en cuestión importante para el debate. Ésta es en
culturas que promueven las desigualdades de qué medida el sexismo ambivalente, constitui-
género (Bohner y Schwarz, 1996), y la amena- do por ideologías sexistas complementarias,
za de la violencia sexual han sido popularmen- es el fruto de la emancipación que las mujeres
te caracterizadas como unas medidas por las han experimentado en las sociedad más
cuales los hombres controlan a las mujeres industrializada o, por el contrario, se reprodu-
para mantener las desigualdades. La depen- ce en todas las culturas. A esta cuestión se
dencia diádica de los hombes respecto a las intenta dar respuesta a través del estudio
mujeres crea una situación inusual en la que transcultural de Glick et al. (2000), en el que
los miembros del grupo dominante son participa nuestro equipo, y que abarca una
dependientes de los miembros del grupo muestra de 15.000 hombres y mujeres de 19
subordinado, alimentando el sexismo hostil. naciones de los cinco continentes, entre ellas
Así las mujeres por medio del sexo tienen el España. Los resultados de este macro estudio
poder para satisfacer el deseo de los hombres confirman la presencia del componente hos-
en su intimidad heterosexual. til–negativo y benevolente–positivo en las
actitudes elicitadas hacia las mujeres en todas
LA DIMENSIÓN “REAL” las culturas estudiadas. Resultados que tam-
DEL SEXISMO AMBIVALENTE bién confirma nuestro estudio con 1639 estu-
Las formulaciones teóricas relativas al diantes universitarias de seis países iberoame-
sexismo más moderno en su concreción ricanos (Lameiras y Rodríguez, 2002).
ambivalente encuentran apoyo empírico. Los Sin embargo, aunque son los hombres en
estudios confirman la existencia de un sexis- todas las culturas estudiadas los que manifies-
mo ambivalente, resultado de la combinación tan un mayor sexismo hacia las mujeres, éstas
de dos tipos de sexismo: sexismo hostil y no están exentas de este tipo de actitudes.
sexismo benevolente, piedra angular de la Especialmente del sexismo benevolente que,
teoría formulada por Glick y Fiske (1996). Y al estar asociado a un tono afectivo positivo y
esta confirmación empírica, inicialmente apor- enmascarar su verdadera esencia sexista, es
tada por los propios autores, es posterior- más fácilmente asumido incluso por las pro-
mente reafirmada en investigaciones paralelas pias mujeres. De hecho, en países como
(Eckes y Six, 1999; Mladinic et al., 1998; Cuba, Nigeria, Suráfrica y Botswana, las muje-
Expósito et al, 1998). res son más sexistas benevolentes (Glick et
Si reconocemos que el sexismo ambivalen- al., 2000). Los argumentos de los autores para
te hacia las mujeres, tanto en su vertiente hos- explicar estos resultados afianzan la idea de
til como benevolente, mantiene a la mujer en que el sexismo benevolente podría actuar
un lugar asimétrico y jerárquicamente inferior como una estrategia de autodefensa en aque-
al del hombre, es esperable que sean ellos los llos casos en los que la mujer se encuentra en
que se adscriban a tales actitudes en mayor un contexto con un elevado sexismo hostil,
medida. Lo que confirman sistemáticamente en los que las mujeres tendrían un gran incen-
los estudios llevados a cabo hasta la fecha tivo para aceptar el sexismo benevolente y
dentro (Lameiras, Rodríguez y Sotelo, 2001; ganar la protección y la afectividad de los
Moya y Expósito, 2000) y fuera de nuestras hombres. Lo que parece, sin duda, paradójico
fronteras (Glick y Fiske, 1996; Glick et al., ya que las mujeres buscarían protección preci-
2000; Masser y Abrams, 1999, Eckehamar, samente de los miembros del grupo del que
Akrami y Araya, 2000). Convirtiéndose ésta, reciben las amenazas y opresiones. Pero esto
como cabría esperar, en la principal variable reafirma la compleja relación de dependen-
independiete a estudiar. cia–independencia que caracteriza a los sexos.
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A pesar de los resultados que confirman nos otra interesante cuestión: en qué medida
que el sexismo ambivalente es un ideología los cambios sociales se reflejan en las actitu-
que parece pervivir en todas las culturas, otra des de toda la población de estudio o si, por
interesante cuestión es la de determinar hasta el contrario, éstas actitudes están también
qué punto el arraigo de las actitudes sexistas determinadas por el propio período evolutivo
está asociado al nivel de desarrollo de un país. en el que se encuentra el sujeto. Para dar res-
Esta cuestión es indiscutiblemente relevante, puesta a esta cuestión llevamos a cabo un
verificar
ya que si la evolución de la ideología sexista estudio (Lameiras y Rodríguez, en prensa)
está, como cabría esperar, condicionada por con una muestra de 1003 sujetos elegidos ale-
el desarrollo del país, una de las principales atoriamente de la comunidad gallega entre las
consecuencias de esto será promover todas franjas de edad de 18 y 65 años. Los resulta-
aquellas acciones que contribuyan a dicho dos de este estudio confirman que es el colec-
desarrollo y contribuir con ello a superar los tivo de personas mayores de 42 años el que
estereotipos sexistas. Aunque con las limita- muestra actitudes más sexistas, tanto en la
ciones que impone el no disponer de mues- vertiente hostil como benevolente, hacia las
tras representativas a nivel nacional, en el mujeres y, lo que es más interesante todavía, a
estudio transcultural del que hemos hablado partir de esta edad desaparecen las diferen-
de Glick et al. (2000) se comprueba que las cias entre sexos. La explicación a estos resulta-
puntuaciones, tanto de sexismo hostil como dos la podemos encontrar en la realidad
benevolente, correlacionan negativamente socioeconómica que ha caracterizado a
con los indicadores sociales a nivel nacional España con los cambios que se incian en la
de igualdad de género, entre los que se década de los 60, en sintonía con los que se
encuentran el porcentaje del salario de la producen en el resto de Europa, y en algunos
mujer con respecto al del hombre en puestos países de forma más marcada aún.
similares, el procentaje de mujeres en puestos Estos argumentos realtivos al progreso
ejecutivos y políticos, el número de hijos por social nos derivan a concluir que será la pobla-
mujer o el porcentaje de población universita- ción más jóven, aquella situada en la franja de
ria. De modo que las ideologías sexistas refle- edad entre 18–22 años, la que presente actitu-
jan las desigualdades sociales entre sexos. des significativamente menos sexistas. Pero
Esto supone que en los países con un mayor los datos muestran que las actitudes sexistas
índice de desarrollo humano se asumen en disminuyen —no se incrementan— desde los
menor medida los estereotipos tradicionales 18 hasta los 42, en un proceso más claro para
para los sexos. Estos resultados se confirman las mujeres que para los hombres, danto lugar
también en la muestra de países iberoamerica- a un proceso más de u invertida que lineal
nos (Lameiras et al., 2002), comprobándose ascendente, como cabría esperar. Esto nos
además que esta relación es incluso más mar- lleva a plantearnos en qué medida y, especial-
cada para los chicos. De hecho, en el reciente mente con relación al sexismo benevolente, si
estudio en colaboración entre Glick y nuestro su sutileza constituye una hábil trampa a la
equipo (Glick, Lameiras y Rodríguez, en pren- que sucumben incluso las mujeres autodescri-
verificar
sa) se comprueba que el nivel de estudios biéndose con actitudes benevolentes e inclu-
correlaciona significativamente con la adscrip- so hostiles. De hecho, en el estudio previo
ción a actitudes sexistas, de tal modo que a con una población de adolescentes escolariza-
mayor instrucción menor sexismo, tanto en dos en enseñanza secundaria obligatoria,
su vertiente hostil como benevolente. comprobamos que sus actitudes sexistas son
La importancia que el progreso social incluso mayores que las asumidas por el
tiene en la elicitación de actitudes menos colectivo de 18–22 años (Lameiras, Rodríguez
sexistas hacia las mujeres nos lleva a plantear- y Sotelo, 2001). Reafirmando el proceso de u
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100 MARIA LAMEIRAS FERNÁNDEZ

invertida entre la población más jóven —entre y ser en función de nuestro sexo y superar
12–16 años— y la de más edad entrevistada — con ello el “conservadurismo cultural” del que
65 años—. Esto impone la necesidad de incor- todavía nos impregnamos.
porar junto a la explicación que viene dada de
los cambios sociales acaecidos en los últimos Referencias
cuarenta años en España a favor del progreso Allport, G.W. (1954): The Nature of Prejudice
socio–económico, también cambios a nivel (Reading, MA. Addison–Wesley).
evolutivo. Ello nos debe hacer pensar en qué Bakan, D. (1966): The duality of human exis-
medida el sistema educativo, familiar y social tence. Chicago. McNally.
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implícito tanto en el trato hostil como bene- dern sexism. Englewood Cliffs, NJ:
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moderno y, especialmente, en la conceptuali- Kelley, E. Berscheid, A. Christensen, J.H.
zación del sexismo ambivalente en el que se Harvey, T.L. Huston, G. Levinger, E.
combinan actitudes hostiles y benevolentes, McClintock, L.A. Peplau, 6 D.R. Peterson
es necesario reconocer el efecto pernicioso (Eds.), Close relationships (pp. 1–19).
que ejerce este nuevo sexismo en la consuma- New York. W.H. Freeman.
ción de la igualdad entre los sexos. El sexismo Brehm, S.S. (1992): Intimate relationships.
benevolente, que enmascara su verdadera New York. McGraw–Hill.
esencia sexista detrás de su tono afectivo posi- Bonilla, A., & Martínez–Belloch, A.P. (2000).
tivo, es sin duda más pernicioso para los obje- Identidades, transformación de modelos
tivos de igualdad entre los sexos al quedar su sociales y su incidencia en el ámbito educa-
esencia sexista desdibujada bajo su tono afec- tivo. En J. Fernández (Ed.), Intervención en
tivo positivo. Hay que recordar que el sexismo los ámbitos de la sexología y de la genero-
benevolente sigue siendo sexista ya que rele- logía (pp.135–176). Madrid. Pirámide.
ga a la mujer a “otro” lugar, al ser limitada a Bohner, G., Schawarz, N. (1996): The threat of
ciertos roles que se incluyen en los estereoti- rape: Its psychological impact on nonvicti-
pos de feminidad (“nurture”) que se vinculan mized women. En D.M. Buss & N.M. Mala-
a su capacidad reproductiva y maternal. muth (Eds.), Sex, power, conflict: Evolu-
Pero la transformación de esta realidad, tionary and feminist perspectives. New
requiere toda una revolución con relación a York. Oxford University Press.
los significados atribuidos a ser hombre y Carés, D. (2001): Reflexiones para el desarro-
mujer que permita la modificación de las opi- llo de una metodología de género en los
niones, actitudes y comportamientos estereo- estudios de hombres. En M. Pérez Con-
tipados y, con ello, tanto la superación de los chillo (Ed.), Educando para la concor-
estereotipos descriptivos como prescriptivos, dancia de género. Valencia. Generalitat
es decir, lo que se espera que debemos hacer Valenciana.
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