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E se diciembre de 1997 la guerra no .avisó.

El bombardeo fue de

mañana, tembló entonces la selva del Urabá chocoano y los


campesinos salieron como pudieron, con un costal donde llevaban
sus pedazos de memoria revueltos con una olla, alguna
ropa, unos plátanos y maíz. Mientras una gran parte del país se preparaba
ese año para la Navidad y observaba incrédulo las versiones de bombardeos,
otro país, el negro, el chocoano, el campesino que habita en estas selvas,
huía en éxodo masivo, abandonando su tierra, es decir, su vida.
Los desplazados llegaron a Turbo; unos más cruzado durante un mes la
selva y llegaron a Pavarandó. Otros cientos han atravesado la frontera del
Darién y han llegado al vecino Panamá.

Sin embargo, hubo otro grupo grande de personas que en un principio se


creyó que se habían perdido en la selva o que los paramilitares habían asesinado
en los caminos que llegan a Bajirá o a Mutatá. Pero de un grupo de mil
personas conformado por hombres, mujeres, ancianos y niños de los que no
había noticia desde diciembre de 1997, solo se supo siete meses después,
cuando a Murindó llegó el rumor de que bien adentro en la selva había un
núcleo de personas que vivían escondidas, en pequeñas "caletas" de plástico
y paja, que vivían como animales escondiéndose de la vista de cualquier humano,
que nunca se desplazaron y que, por el contrario, estaban resistiendo
los embates de la guerra. Desde ese momento se empezó a tejer la historia de
los "encaletados":

E l padre Julio, nacido en Mindanao, Filipinas, desde hace doce

años recorre como misionero de la congregación del Verbo Divino


las selvas del Atrato medio. El fue la primera persona que
supo de la existencia de los "encaletados" pero que solo un año
después, en la Navidad del 98, tuvo contacto con ellos.
El padreJulio y otros misioneros alemanes, que hacen parte ya de esta tierra,
definen a los "encaletados" de la siguiente forma: "Una persona o una familia
que no se dejaron desplazar por la violencia, a pesar de las masacres y
asesinatos que les toc6 vivir en su territorio. Su única protección: la selva, su
propia tierra, donde hasta el día de hoy permanecen escondidos".
Desde Vigía del Fuerte, el padre Julio enseña el camino: hay que seguir
cuatro horas más por el Atrato hasta llegar a Murindó. Alli hay que ubicar
una persona de confianza, que conozca los recovecos de los ríos pero sobre
todo que las personas que están escondidas la reconozcan para que cuando
escuchen el motor de la embarcación no se asusten y se internen en la selva.
Después hay que buscar las bocas del río Jiguamiendó, que se encuentran dejando
el Atrato por un caño casi seco porque hoy nadie se atreve a transitarlo
como era la costumbre antes de la entrada de los paramilitares en 1996. El
caño es un hilo delgado de agua, donde el pequeño motor de la lancha alcanza
a impulsarnos con dificultad; el trayecto se hace tedioso pero asombra por
la exuberante vegetación, los árboles inmensos, patos salvajes, garzas, unas
aves negras y azules por cantidades que los nativos llaman 'cocineras' y de

Sin embargo, hubo otro grupo grande de personas que en un principio se


creyó que se habían perdido en la selva o que los paramilitares habían asesinado
en los caminos que llegan a Bajirá o a Mutatá. Pero de un grupo de mil
personas conformado por hombres, mujeres, ancianos y niños de los que no
había noticia desde diciembre de 1997, solo se supo siete meses después,
cuando a Murindó llegó el rumor de que bien adentro en la selva había un
núcleo de personas que vivían escondidas, en pequeñas "caletas" de plástico
y paja, que vivían como animales escondiéndose de la vista de cualquier humano,
que nunca se desplazaron y que, por el contrario, estaban resistiendo
los embates de la guerra. Desde ese momento se empezó a tejer la historia de
los "encaletados":

E l padre Julio, nacido en Mindanao, Filipinas, desde hace doce

años recorre como misionero de la congregación del Verbo Divino


las selvas del Atrato medio. El fue la primera persona que
supo de la existencia de los "encaletados" pero que solo un año
después, en la Navidad del 98, tuvo contacto con ellos.
El padreJulio y otros misioneros alemanes, que hacen parte ya de esta tierra,
definen a los "encaletados" de la siguiente forma: "Una persona o una familia
que no se dejaron desplazar por la violencia, a pesar de las masacres y
asesinatos que les toc6 vivir en su territorio. Su única protección: la selva, su
propia tierra, donde hasta el día de hoy permanecen escondidos".
Desde Vigía del Fuerte, el padre Julio enseña el camino: hay que seguir
cuatro horas más por el Atrato hasta llegar a Murindó. Alli hay que ubicar
una persona de confianza, que conozca los recovecos de los ríos pero sobre
todo que las personas que están escondidas la reconozcan para que cuando
escuchen el motor de la embarcación no se asusten y se internen en la selva.
Después hay que buscar las bocas del río Jiguamiendó, que se encuentran dejando
el Atrato por un caño casi seco porque hoy nadie se atreve a transitarlo
como era la costumbre antes de la entrada de los paramilitares en 1996. El
caño es un hilo delgado de agua, donde el pequeño motor de la lancha alcanza
a impulsarnos con dificultad; el trayecto se hace tedioso pero asombra por
la exuberante vegetación, los árboles inmensos, patos salvajes, garzas, unas
aves negras y azules por cantidades que los nativos llaman 'cocineras' y de

pronto una gran ciénaga, la ciénaga de 'La Grande' que sirve de límites a estas
tierras chocoanas con las montañas antioqueñas que se asoman en la distancia
para decirnos que este lugar es estratégico para la guerra porque por
allí los actores armados pueden salir a Mutatá y tener control sobre la carretera
Medellín-Apartadó y rápidamente replegarse y esconderse en las selvas
chocoanas.
Un paisaje bello pero miedoso porque aquí los paramilitares hicieron de
las suyas; después de cuatro horas llegamos a unas casas de madera bien hechas,
en hileras formadas, pero sin puertas y sin vida, abandonadas. Es el
pueblito de Santa Fe de Churima donde los paramilitares aparecieron el 17
de diciembre de 1997 en horas de la tarde. Ese día formaron a las doce familias
que vivían allí, se llevaron a ocho hombres, robaron 14 motores de la comunidad
y comenzó la siembra de una nueva cosecha en estas tierras: la del
odio.
Nievelina, cuenta una morena, es la única que se atrevió a regresar al case-o
río después de dos años; hace unos pocos días lo hizo junto a su esposo, los
tres hijos lj el cuarto que está esperando. "Nos tocó ese día encaletarnos, mamando
aguaceros y zancudos. Son tres años metidos en el monte. Ahora no
me da miedo, porque no se oye bulla".
Nievelina de repente recuerda los nombres de las personas que se llevaron
los paramilitares aquella tarde: Manuel Fernando Cuesta, Alcides Domicó,
José Valta. Al "Ñato" y al "Mónaco" dice que alguien que subió a Vigía de
Curbaradó los vio partidos en pedacitos. La negra lo cuenta sin asombro,
mientras su hija de cuatro años le prende un cigarrillo para continuar contando
algo que no ha podido olvidar. Nievelina, como los demás encaletados
cuando no encontraban comida en el monte o se les enfermaban los niños,
trataba de salir a alguna población; dice que para ir a Pavarandó se demoraba
dos días caminando. En una ocasión se encontró con un retén de paramilitares.
Tenían amarrado a un muchacho a un palo porque llevaba dos galones
de gasolina. Los paras decían que esa gasolina era para la guerrilla. De-

lante de ella le echaron la gasolina y lo prendieron. "Habíamos


dos mujeres ahí, calladitas la boca. El muchacho gritaba que no
lo mataran, que era aserrador de madera. Lo prendieron con
una mechera y nosotras salimos a correr. Esa gente tiene unas
caras malucas".
Nievelina, que tiene apenas 25 años, dice que el resto de las
doce familias que vivían en Santa Fe de Churima están todavía
encaletadas en un lugar que se llama Caño Seco, como a dos
horas por un pequeño río, adentro en el monte.
"Uno aquí no para una casa de madera, porque no sabe uno
cómo están las cosas", dice Teresa Vertel, una joven de 25 años
que como los demás se encaletó en el monte durante estos tres
años; su niño llama insistentemente a Chiribico, su mascota, un
mico tití que encontraron en la selva. Su caleta es un piso de
madera separado de la tierra y techo de plástico donde apenas
caben los cuatro miembros de la familia: "de tener una casa de
12 métros con buena madera a tener esto ... esto es una caleta" ,

comenta Santander Carnaval, e! esposo de Teresa.

la familia Verte! que se encuentran "encaletados"


en diferentes lugares. Ninguno ha levantado una
p oco a poco iban llegando los demás miembros de

buena casa porque dicen que si lo hacen es para


perderla, algunos de ellos han levantado en estos tres años más
de 20 caletas huyendo de los paramilitares. "Esa gente cuando
lo ve a uno, ahí mismo es repartiendo plomo, nunca preguntan
nada".
Santander Carnaval observa cómo juguetean sus hijos con
Olímpica, una perrita que los ha acompañado durante estos
años y que se salvó de que la mataran. Y es que cuentan que
los paramilitares donde escuchaban a los gallos o a los perros,
allá llegaban y descubrían a los campesinos. Por eso, ellos, como
el resto de los encaletados, en algunas oportunidades tuvieron
que matar a los perros y a los gallos; y cuando lo hicieron,
se dieron cuenta de que sería difícil volver a cazar venados sin
los perros.
Juan Verte!, el patriarca de la familia, agrega: "nos ha tocado
robarnos a nosotros mismos; uno salía escondido y que si
nos mataban que fuera en nuestra tierra", es decir, salir del
monte y con cuidado ir a las cosechas para conseguir un plátano,
un cerdo o un poco de arroz, "tenemos que salir como el
venado: mirando con cuidado y con las orejas bien abiertas".
Todo lo perdieron: el ganado, los cerdos, las mulas. Poco a
poco han recuperado algunas gallinas, pero en otra época,
cuando lo más fuerte de la arremetida paramilitar, les tocaba
comer solo guayabas. Han pasado días sin que puedan comer
alimentos con sal o dulce.
El único que se atrevía a salir de vez en cuando a Riosucio o
Murindó era Juan Romaña, que les llevaba sal. Fue él quien dio
aviso de que un grupo de campesinos andaba en la selva, hasta
que un día apareció muerto en Riosucio.
y es que los paramilitares establecieron retenes en los cascos
urbanos a donde podían salir los campesinos de esa zona. Leo-

poldina Venel, la anciana madre de los Venel, recuerda que su


hijo Félix desesperado porque sus hijos estaban "atropellados
de paludismo" se atrevió a salir; Leopoldina lo acompañaba para
cuidar a los cinco niños que tenía, salieron por la trocha que
de Guacal conduce al Banolo para llegar a Murindó donde hay
un centro de salud, pero la suerte no les alcanzó. En Murindó
se encontraron con los paramilitares, dice Leopoldina: "Lo bajaron
de la bestia, lo amarraron y tres 'paracos' lo metieron al
río, y se le pararon encima con la cabeza en el agua. Yo les suplicaba
que no lo mataran, cuando lo sacaron del agua estaba
botando sangre por los oídos y los ojos, yo me boté encima de
él y un 'paraco' me estropeó a punta de patadas. A una hija la
mandaron contra un palo de corozo. Los cinco hijos de Félix
vieron cómo mataban a su padre... ".
Leopoldina no volvió a saber nada de su hijo, nunca supo
qúé hicieron con el cuerpo.
Los hijos de Félix son María, Francia Helena, Marco, Amparo
y Victoria. Quedaron huérfanos de madre que años atrás
murió a causa del tifo y de padre, por causa de los paramilita:
res. Marco con escasos 6 años murmura mientras se pierde en
caminos que llevan alas caletas de sus familiares: "Algún día se
tienen que morir los paramilitares que mataron a mi papá".

L eopoldina y José Vertel, los padres de Félix, dicen

que la muene de su hijo fue un 18 de mayo de


1998. Ese día se metieron más adentro en la selva
para no ver nunca más a los paramilitares, pero se
llevaron una sorpresa grande cuando los vieron de la mano del
Ejército. "El odio sí se siente y si uno tuviera la oportunidad de
venganza haría algo, pero uno lo único que puede hacer es resistir,
y esperar a que recojan esos paramilitares, que el Estado
los recoja porque son el mismo Ejército. Eso fue el batallón
Voltígeros de Carepa revuelto con los paramilitares".
Los "encaletados" de Río Seco suman unas 50 familias que
aún permanecen en la selva. El miedo no se ha ido. De vez en
cuando aparecen los helicópteros rafagueando, dicen los campesinos,
por eso trabajan con desgano aunque hoy ya se comienzan
a levantar poco a poco. Hoy siguen siendo encaletados,
pero van más allá y se denominan "resistentes".
Los campesinos en medio de sus escondites lograron ellO
de enero del año pasado ponerse de acuerdo y establecer comunicación
con el resto de comunidades que permanecían encaletadas;
el centro de la reunión fue el pueblito que no alcanzaron
a quemar los 'paracos' porque dijeron que "esas casas de
Remacho eran construidas por el Inurbe yeso es Estado y que
por eso no las quemaban". Allí se reunieron y descubrieron
que prácticamente era un pueblo completo el que había resistido
encaletado los ataques de los paramilitares, un pueblo que
no se veía desde el aire, un pueblo que nadie podía ubicar dónde
estaba, un pueblo conformado por centenares de ranchitos
de plástico que hoy están aquí pero mañana pueden estar en
cualquier lado, un pueblo que silencioso se esconde en la selva
y cuya fortaleza ha sido la dignidad de no dejarse matar o co-

mo dicen ellos, no dejarse "echar a los picos de los caleros". Pedro Murillo
y Amado Botella se dieron cuenta en ese enero y a la orilla del Jiguamiendó
que allí estaban por lo menos representantes de 23 comunidades y que eso
eran más o menos mil personas; que había pasado el tiempo y que allí estaban
conformando una lista de sonoros nombres de comunidades resistentes
como Santa Rosa del Limón, Bracito, Santa Fe de Churima, Camelia, San José,
Caracolí, Cristalina, Villa Luz, Nueva Esperanza, Jarapató, Buenavista,
Guamal, Tesoro, Firme, Tamborales, Jegadó Medio, Caño Seco, Costa de
Oro, El Lobo, Puerto Lleras, El Guama, Despensa Media y la comunidad de
No Hay Como Dios.

E n ese momento, los campesinos Murillo y Botella crearon un comité

que llamaron Los olvidados y sin nombre de la patria. "Llevábamos


2 años sin que nadie nos escuchara. Para estos municipios
era más fácil desconocemos y los paramilitares habían robado,
'asesinado, incendiado todo y todavía lo hacen", comenta Murillo.
Ahora el comité ha recibido otro nombre: Asociación Campesina del Atrato,
ACAT. Para ello recibieron
la ayuda de la Diócesis de Quibdó
y Paz y Tercer Mundo de España,
junto a los padres misioneros
que fueron los primeros
en enterarse de la situación. Por
ahora, la sede de los "resistentes",
como prefieren llamarse,
es Bella Flor Remacho, un pueblito
al que han llegado poco a
poco pero con mucho miedo.
"Todavía estamos encaletados,
porque se oye cualquier cosa rara
y nos encaletamos".
Sin embargo, en Bella Flor
hay un grupo de unas 22 familias
que buscan organizarse porque
tienen claro que esta guerra,
dicen ellos, es contra los
campesinos. Un joven negro interviene
en la improvisada charla
que empezó desde las seis de
la mañana y a la que va llegando
más y más gente: "Aql:Ú lo que
no se ha visto es un muerto de
guerrilleros o paramilitares por
combates, solo campesinos".
Otro líder interviene y comenta que "las autodefensas son langostas destructoras
del pueblo; si fueran autodefensas nos cuidarían. Ellos dicen que
persiguen a la guerrilla, pero uno no colabora con la guerrilla".
Los campesinos no niegan que la guerrilla pasa por su territorio, pero ellos
no le colaboran. Recuerdan que cuando entraron los paramilitares, la guerrilla
salió de la zona y los labriegos se quedaron. "En Pavarandó, para la cuenca
del Jiguamiendó había unas 12 mil personas, 8 mil están regadas en diferentes
sitios, otros están resistiendo y los demás salieron para el Pico del Calero",
dice Luis Feria, vicepresidente de la ACAT.
Hoy, una de las prioridades de la ACAT es no dejarse quitar las tierras. Di cen ellos que Carlos Castaño, jefe de los
paramilitares, abrió una oficina en
Apartadó que está comprando tierras por esta zona; saben también que muchos
campesinos por su situación difícil han tenido que vender. Pedro Muri110,
presidente de la asociación, señala: "queremos a los propietarios de toda
la vida, no a los que no conocemos. Si vendemos la tierra, de qué vamos a vivir.
Quieren comprarnos la tierra para echarnos del territorio y seguir de esclavos,
más de lo que somos". '
Por un momento, la charla se interrumpe porque alguien dice que uno de
los niños de la comunidad amaneció con paludismo. Luis Feria se levanta del
butaca y le da la receta de los resistentes para el paludismo: "Aquí aprendimos
a ser botánicos, coger hierbas para curar el paludismo. Para hacerlo, usted
tiene que coger matas de balsamina, después coge contra gavilana y después
la quina. Todas las matas las machaca y se hierven, después se toma esa
agua o se baña en ella". Luis Feria recuerda que estuvo tullido por el paludismo
dos meses y con esas hierbas se curó, fue de la única forma porque no
podían conseguir drogas. El paréntesis es aprovechado para recordar que
mujeres y niños murieron en la selva a causa del paludismo,. No saben exactamente
cuántos niños murieron. Saben que quedaron enteFfados junto a ceibas
grandes bien adentro del
monte.
El sueño que tienen estas
comunidades es que algún día
haya justicia por todos los males
que han padecido. Y con
preguntas y respuestas que se
hacen van entendiendo que esa
justicia que esperan quizás
nunca llegue. No entienden
cómo sus jóvenes muchachos
se van a prestar servicio militar
y terminan patrullando con los
paramilitares, "eso es un Estado
sucio. Porque apenas se oye
un tiro de los paramilitares,
aparecen los helicópteros rafagueando".
"Los generales dicen
que la guerrilla estropea
campesinos, pero nosotros vemos
que es lo contrario".
Wilson Pérez es uno de los
muchachos más jóvenes de la
comunidad, con características
de líder, muy inquieto y se
nota mortifibdo por la realidad
que viven. Para él, su sueño es que algún día una comisión verifique
que ellos no son guerrilleros, "los guerrilleros no andan cultivando ni haciendo
niños".
Todos coinciden en que la cuenca del Jiguamiendó vuelva a ser lo que fue
antes: una zona productiva con mucho comercio. Gilma Barrios pide que el
Estado los indemnice, que paguen las casas quemadas, que asistan a las viudas.
"Nosotros no tenemos la culpa de que haya guerrilla, nosotros queremos
trabajar, si quisiéramos la guerra ya nos hubiéramos armado".
Pero sobre todo anhelan que este año después de las navidades negras en
que los sumergieron los paramilitares, puedan por fin celebrarles a los niños
una Navidad en paz: "hace tres años no sabemos qué es una Navidad"