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La perla de Gran Precio

“También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo
hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró”.
Mateo 13:45-46

            En este caso Jesús compara el reino de los cielos con un mercader que busca buenas perlas y que
habiendo hallado una perla preciosa va y vende todo lo que tiene y la compra: También el reino de los
cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa,
fue y vendió todo lo que tenía, y la compró. En el Medio Oriente las perlas eran consideradas uno de los
tesoros más maravilloso que una persona podía adquirir por lo que su precio era grande. Lo que uno
puede aprender de está parábola es el inmenso valor que el reino de los cielos tiene en la vida del hombre.
En primer lugar se nos dice que el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas,
y ese detalle de “buenas perlas” nos sugiere que en este mundo hay buenas cosas. Aunque el mundo está
bajo el control del maligno: “Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno”, (1
Juan 5:19), no olvidemos que es Dios que lo ha creado y todo lo que creo fue bueno en gran manera. Así
en este mundo uno puede apreciar la naturaleza, sus reservas ecológicas, el arte y la música, disfrutar de
los beneficios de la ciencia y tecnología, y todo lo que Dios permite que exista para beneficio del hombre,
pero en medio de todas estas cosas buenas existe una que es preciosa en gran manera y que excede su
valor respecto a todas las demás, y este es la vida que el evangelio ofrece a través de la fe en Cristo Jesús.
El segundo detalle que observamos es que a diferencia de la parábolas del tesoro escondido, en esta el
mercader es el que anda buscando una buena perla. En la parábola del tesoro escondido el hombre se
levantó ese día a realizar sus tareas cotidianas, no buscaba un gran tesoro, pero se encontró con él
sorpresivamente. Así ocurre con muchas personas que no buscaban el reino de Dios pero un día mientras
se ocupaban de sus proyectos personales Cristo se les revelo y estos se convirtieron. Un buen ejemplo de
esto es la conversión del apóstol Pablo el cual mientras se dirigía a Damasco a capturar a los cristianos a
quienes perseguía, Jesús se le revelo inesperadamente y este se convirtió en un creyente desde ese
momento ya que había encontrado el mayor tesoro para su alma: “Ocupado en esto, iba yo a Damasco
con poderes y en comisión de los principales sacerdotes,  cuando a mediodía, oh rey, yendo por el
camino, vi una luz del cielo que sobrepasaba el resplandor del sol, la cual me rodeó a mí y a los que iban
conmigo. Y habiendo caído todos nosotros en tierra, oí una voz que me hablaba, y decía en lengua
hebrea: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón”, (Hechos
26:12-14). No obstante hay casos donde el hombre ha andado en busca de Dios y este lo encuentra, tal y
como le paso a Cornelio, el cual era un hombre piadoso que a través de sus oraciones y buenas obras
buscaba a Dios pero un día se le apareció un ángel quien le dijo que buscara a Pedro porque él le
declararía como acercarse correctamente al Señor: “Había en Cesarea un hombre llamado Cornelio,
centurión de la compañía llamada la Italiana, piadoso y temeroso de Dios con toda su casa, y que hacía
muchas limosnas al pueblo, y oraba a Dios siempre. Este vio claramente en una visión, como a la hora
novena del día, que un ángel de Dios entraba donde él estaba, y le decía: Cornelio. El, mirándole
fijamente, y atemorizado, dijo: ¿Qué es, Señor? Y le dijo: Tus oraciones y tus limosnas han subido para
memoria delante de Dios. Envía, pues, ahora hombres a Jope, y haz venir a Simón, el que tiene por
sobrenombre Pedro. Este posa en casa de cierto Simón curtidor, que tiene su casa junto al mar; él te dirá
lo que es necesario que hagas”, (Hechos 10:1-6). Muchas personan buscan llenar el vacío que hay en su
corazón con las cosas que este mundo ofrecen, ya sea a través del éxito profesional, o por medio de los
placeres mundanos, o la vanagloria de este mundo, o por medio de las religiones, pero nada de esto
lograra llenarlo. Tal vez algunas cosas sean buenas, como la superación profesional, pero nada se
compara con la vida que Cristo ofrece, el disfrutar de la salvación de nuestras almas, de la libertad del
pecado, de las promesas gloriosas que tenemos en Él, de su respaldo, y de todas sus benevolencias. Por
ello Cristo es la mayor de todas las perlas.

                Finalmente, al igual que el hombre que encontró el tesoro escondido en el terreno, este
mercader fue y vendió todo lo que tenía para comprar la perla de gran precio:  que habiendo hallado una
perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró. Para ganar la vida eterna hay que renunciar a
nuestra vida de pecado, debemos despojarnos de nuestro orgullo y negarnos a la carne para heredar la
vida eterna y las promesas de Dios. Por eso Jesús dijo: “Porque todo el que quiera salvar su vida, la
perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará”, (Marcos 8:35). Por
tanto, el reino de Dios está compuesto por hombre y mujeres que han perdido todo en el mundo, para
ganarlo todo en esta vida y la salvación misma de su alma, esto resulta en una verdadera paradoja, pero lo
cierto es que los placeres y vanidades de este mundo solo nos conducirán a la condenación eterna, pero
Cristo nos ofrece una vida diferente, y en la eternidad la salvación de nuestra alma.