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VI Domingo de Pascua. Ciclo A.

El amor de Dios está lejos de ser romántico. Va mucho más allá de una
efusión del sentimiento, porque se manifiesta en el hecho de establecer con
el ser humano una relación personal que saca al individuo de su
confinamiento interior, lo introduce en una comunidad de amor y lo envía, en
comunidad, a presentarles a los individuos y a las sociedades la alternativa
de vida que infunde el Espíritu Santo y la alternativa de convivencia que
Jesús llama «el reino de Dios». Esta novedad se verifica en las obras que
realizan quienes están identificados con él en el ser. Puede que alguien
realice obras, y obras buenas, pero, si no está en comunión con Jesús, no
hará las obras de Jesús, sino que su quehacer será estéril (cf. Jn 15,4-5). Esas
obras del Señor se refieren a la restauración o ejecución de las tres grandes
intervenciones de Dios: la creación, la liberación y la salvación.

Y, para realizar esas obras, se requiere la fuerza de amor y de vida que


infunde el Espíritu Santo.

Jn 14,15-21.

El mensaje que trae el evangelio de este domingo tiene una estructura


concéntrica: gira en torno al amor a Jesús.

1. El amor a Jesús.

Al referirse por primera vez al amor de la comunidad de los discípulos a él –


habla en plural–, Jesús explica este amor como identificación con él en la
praxis (cumplir sus mandamientos). Usa el término «mandamientos» en
relación con el «mandamiento nuevo» (13,34). El «mandamiento nuevo» se
concreta en los «mandamientos» de Jesús, que son las exigencias puntuales
del amor. De este modo, establece un paralelo antitético con los
mandamientos antiguos. En primer lugar, los «mandamientos» de la Ley
Moisés distinguían a los israelitas como miembros del pueblo de Dios; ahora,
los «mandamientos» de Jesús distinguen a sus discípulos ante «todos» (cf.
13,35). En segundo lugar, establece así el cambio de alianza; los suyos ya no
se rigen por la Ley, sino que los guía el Espíritu. En tercer lugar, por
constituir un impulso espontáneo de los discípulos para identificarse con él,
sus «mandamientos» son de libre aceptación y de libre cumplimiento; no son
impuestos desde fuera, sino urgidos desde dentro por el Espíritu, que los
identifica con Jesús en el propósito de amar con el «amor más grande».

Por eso, él promete rogarle al Padre que les envíe a los discípulos «otro
valedor». Si es «otro», es distinto de Jesús; dado que es «valedor» como él,
los conduce también al Padre. El «valedor» es «el Espíritu de la verdad». En
cuanto tal, la «verdad» lo opone a la «tiniebla» (mentira), y por eso es
agente de la actividad liberadora de Dios a través de Jesús; así mismo, la
«verdad» manifiesta el amor del Padre, y por eso el Espíritu es agente de la
acción salvadora de Dios a través de Jesús.

2. La comunidad en el «mundo».

Por eso, el «mundo» (o sea, el sistema social injusto) no puede recibir, ni


percibir ni reconocer el Espíritu, porque el «mundo» reprime la libertad y
suprime la vida; su estructura de muerte lo incapacita para acoger el
Espíritu, para descubrir su bienhechora presencia en la actividad de los
discípulos, y para admitir que él estimula la realización de los seres
humanos.

En cambio, los discípulos tienen viva experiencia del Espíritu por medio de
Jesús: ellos lo han acogido a través de su mensaje, han percibido que Jesús
está ungido por él, y reconocen que él realiza las obras de Dios movido por
ese Espíritu. Jesús les promete que esa experiencia, que ya viven a través de
él, será mayor en el futuro, cuando el Espíritu repose en cada uno de ellos y
actúe a través de ellos en las sociedades humanas.

Igualmente, el Espíritu realizará entre los discípulos la presencia de Jesús


resucitado. Cuando el mundo deje de verlo físicamente, los discípulos podrán
experimentar su presencia viva («ustedes me verán»). Por eso, Jesús les
promete que no quedarán desamparados frente al «mundo», puesto que
ellos vivirán «de la misma vida» que él tiene (el Espíritu). El Espíritu, siendo
«otro valedor», no reemplaza ni desplaza a Jesús, sino que permite continuar
la relación con él a pesar de que ya él no esté físicamente presente.

3. El amor a Jesús.

«Aquel día» –el eterno día de la resurrección del Señor (el «día octavo»)–, los
discípulos van a experimentar la identificación que crea el Espíritu entre él y
el Padre, y entre él y los suyos. Ya él no se manifestará al «mundo», pero sí a
ellos a través del Espíritu Santo, dándoles vida nueva. Serán un «lugar»
desde donde se irradiará la presencia amorosa del Padre en nombre del Hijo
y con la fuerza de vida del Espíritu. Esto hace a la comunidad de los
discípulos apta para la misión: dar testimonio de la «verdad» de Dios en el
mundo. Y así como el Padre es «uno» con Jesús por la comunión del mismo
Espíritu, también Jesús es «uno» con la comunidad de sus discípulos, de
manera que, así como ver a Jesús es ver al Padre (cf. 12,45; 14,9), del mismo
modo Jesús se hace visible a través de los discípulos que lo aman.

Así, el amor a Jesús es un compromiso personal («el que...») de propósito


(«ha hecho suyos mis mandamientos...») y de obra («...y los cumple») que se
puede verificar. Cuando se vive este amor entonces es cuando se puede
experimentar de verdad el amor del Padre (el Espíritu), y solo el que tiene
esa experiencia puede tener la certeza de conocer a Jesús. Cuando el
discípulo se parece a Jesús en el ser y en las obras, el Padre lo reconoce
como «hijo» (el que hace lo que le ve hacer a su Padre: cf. Jn 5,19), y habita
en él como habita en Jesús. El amor a Jesús conduce a una praxis como la
suya, y al que realiza las obras de Jesús el Padre le infunde su Espíritu, y
entonces Jesús se le revela aún más al que lo ama, para que lo pueda seguir
con mayor claridad.

Ni el amor a Jesús absorbe, ni la comunidad de Jesús diluye.

El amor a Jesús se verifica en la aceptación y el cumplimiento de sus


«mandamientos», que son las exigencias del «amor más grande». Por tanto,
el amor a Jesús se comprueba en la apertura universal a la humanidad. Y
esta se evidencia de manera manifiesta. Se trata de hacer realidad en cada
circunstancia concreta la máxima expresión posible de un amor como el de
Jesús («como yo los he amado»). El amor a Jesús descarta toda forma de
exclusión.

La comunidad de Jesús no es masa, sino congregación de personas adultas y


responsables, que asumen las exigencias del amor cristiano con decisión
autónoma y con discernimiento propio. Les basta el impulso interior que el
Espíritu de la verdad para entregarse con total libertad. No necesitan
órdenes, ni consignas, ni líderes que las arrastren. Cada uno se hace
responsable de su modo de actuar, dado que el Espíritu crea unidad, pero no
uniformidad.

Nuestras asambleas dominicales, en memoria del Señor resucitado, nos


estimulan a crecer en ese amor, y a verificar ese crecimiento a través de
nuestra apertura universal. ¡Cólmanos, Señor, con el don de tu Espíritu
Santo!
¡Feliz día del Señor!