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Sanación Interior del Sacerdote

“La sanación de las heridas de la vida”, Monseñor Alfonso Uribe Jaramillo


(Conferencia en el I retiro Mundial de Sacerdotes, Roma 5-9 Oct. 84)

Llamados a la Santidad

Demos comienzo a esta reflexión con las palabras de Pedro: “Ceñíos los lomos de vuestro espíritu,
sed sobrios, poned toda vuestra esperanza en la gracia que se os procurará mediante la Revelación
de Jesucristo. Como hijos obedientes, no os amoldéis a las apetencias de antes, del tiempo de
vuestra ignorancia, más bien, así como el q’ os ha llamado es Santo, así también vosotros sed
santos en toda vuestra conducta, porque Santo soy yo” (1Pe 1,13-17)

Pablo nos traza el ideal que debemos procurar vivir en el ejercicio de nuestro Sacerdocio
Ministerial: “Como cooperadores suyos que somos no recibáis en vano la gracia de Dios. Nos
presentamos en todo como Ministros de Dios: con mucha constancia en tribulaciones, en fatigas,
desvelos, ayunos; en pureza, ciencia, paciencia, bondad; en Espíritu Santo, en caridad sincera, en
la palabra de verdad, en el poder de Dios”. (2 Cor 6,1-8).

Pedro puede hablar con tanto énfasis de la santidad en toda la conducta por que recibió la plenitud
del Espíritu Santo en Pentecostés (He 2,4) y porque sabía que ese Espíritu de Dios había sido
derramado sobre toda carne (He 2,17) es el Santificador de la Iglesia y puede renovar a todo el que
lo reciba y se abra a su acción divina.

Pablo llenó a cabalidad este programa de perfección como Ministro de Cristo porque desde su
conversión oyó de Ananías estas palabras: “Me ha enviado a ti el Señor Jesús, el que se te apareció
en el camino x donde venías, para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo” (He 9,17)

He aquí nuestra gran necesidad, hermanos sacerdotes: llenarnos del Espíritu Santo, recibir su poder
para poder ser siempre sus testigos y serlo en todas partes (ver He 1,8) y entregarnos sin reservas a
su acción renovadora y santificadora.

Él nos ha traído aquí y esté es el don que quiere regalarnos en este encuentro. Vivimos un momento
privilegiado del Espíritu, dijo Pablo VI (E.N. #75) y lo estamos viviendo en Roma y en estos días
de gracia. Aquí el Señor nos dice en este Retiro: “Santificaos y sed santos, pues Yo soy Santo” (Lev
11,44)

El Espíritu Santo nos ha traído aquí para regalarnos un encuentro especial con Cristo, el Señor de
nuestras vidas. “Un encuentro personal, vivo; de ojos abiertos y corazón palpitante con el
Resucitado”, según las lapidarias palabras de S.S. Juan Pablo II en Sto. Domingo.

Se me ha señalado como tema para esta reflexión: “La sanación de las heridas de la vida”, ya que
las heridas que hemos heredado o que hemos recibido a lo largo de nuestra existencia dificultan
nuestra vida cristiana y, por lo mismo, también nuestro crecimiento en la santidad.

Estas heridas nos llevan a cometer acciones y a tener actitudes pecaminosas que perjudican el
ejemplo de santidad que como sacerdotes estamos especialmente obligados a dar a los demás.
Felizmente Cristo rompió las cadenas del pecado, de la enfermedad y de la muerte y puede curarnos
de todas estas heridas y liberarnos para que podamos conseguir la bondad y la entrega total por
amor al servicio de los demás.

Mi experiencia personal en el campo de la Renovación Espiritual (Carismática) a lo largo de tres


lustros me ha permitido descubrir progresivamente, entre otros grandes beneficios y frutos, éste de
la sanación interior que el Señor Jesús está efectuando en muchos corazones heridos.

La Pastoral Sacerdotal experimenta un gran cambio y se enriquece extraordinariamente cuando, por


la acción renovadora del Espíritu Santo, empezamos a profundizar en estas dos grandes verdades:

1. Que Jesús es el Salvador de todo el hombre y de todos los hombres; y,


2. que “El es el mismo ayer, hoy y lo será siempre” (Heb 13,8).

Mientras vivamos, al menos en la práctica, con la idea de que a Jesús sólo le interesa una parte de
nuestro ser y no tengamos la fuerza del Espíritu Santo que nos permita ser testigos de la
resurrección de Jesús y de su constante acción en nosotros, por medio de su Espíritu, realizaremos
un ministerio muy pobre y limitado.

Como Pastores del pueblo de Dios debemos estar convencidos de que la eficacia de nuestro
ministerio dependerá fundamentalmente de nuestra santidad personal. Las palabras del Señor: “El
que permanece en mí como yo en él, ese da muchos frutos porque separados de mí nada pueden
hacer” (Jn 15,5), deben ser la primera norma de pastoral en todos los tiempos y para todos los
sacerdotes.

Pero nos encontramos diariamente con el hecho de que a pesar de estar convencidos de esta verdad
y del deseo sincero de conseguir la santidad no la alcanzamos por varias razones, una de las cuales
es frecuentemente la falta de sanación interior.

Somos sacerdotes heridos profundamente en nuestro interior, y llenos de resentimientos que nos
impiden experimentar el amor esponsal de Cristo y ser canales de ese amor para un mundo que
tanto lo necesita.

Para que un corazón sacerdotal pueda recibir el amor del Espíritu y pueda comunicarlo a sus
hermanos requiere recibir mediante un proceso de sanidad interior la desintoxicación del odio que
ha ido acumulando.

Nuestra santidad es el fruto del amor del Espíritu y de su crecimiento en nosotros, pero para lograr
esto se requiere tener un corazón sano.

También a los sacerdotes de este siglo, lo mismo que los primeros consagrados por Jesús, el miedo
nos acosa frecuentemente y nos impide confiar más en su poder y en su amor y disfrutar con plena
alegría interior de su presencia amorosa en nuestras vidas y en nuestro ministerio.

Es el miedo el que nos impide dar nuestro SI total a Cristo y decidirnos por la santidad que Él nos
exige. Esta santidad no crece sino en un corazón sano y libre de temores infundados.

Muchos padecemos complejos de diversa índole que alejan más y más de nosotros el ideal de la
sanidad y nos inmovilizan o dificultan el seguimiento generoso del Señor que nos invita a estar con
él y a caminar con él. En una palabra nos falta esa libertad interior que nos ha conseguido Cristo y
que realiza en nosotros su Espíritu. “porque el Señor es espíritu, y donde está el Espíritu del Señor,
allí está la libertad” (2 Cor 3,17)

Nuestra santidad empieza por la liberación del pecado y de todas aquellas ataduras que él ha dejado
en nosotros. Empieza con la sanación del pecado y de todas las heridas que él nos ha causado en
nuestro interior.

El sacerdote americano John Powell S.J. describe en su libro “He Touched Me” su experiencia de
cuando recibió la gracia del encuentro personal con Jesús y empezó a crecer en oración y en unión
con él.

“En los días siguientes -escribe- empecé a orar con una intensidad nueva. Durante todo el día
invitaba a Jesús para que entrase a todas las habitaciones de mi casa. Le dije que estaba listo a
admitir mi bancarrota, mi impotencia para dirigir mi vida y para encontrar paz y gozo. Invité
constantemente al Espíritu Santo para que derrumbase los muros y destruyese las barricadas que
había levantado. Pedí a este Espíritu Santo que me librase del hábito de la rivalidad, de la
insaciable hambre de buen éxito y de la necesidad de alabanza y adulación. Lo que sucedió casi
inmediatamente, sólo puede compararse con una primavera. Fue como si hubiese salido de un largo
y frío invierno. Mi corazón y mi alma habían sufrido todas las arideces, la oscuridad y la desnudez
de la naturaleza en invierno. Ahora, en esta primavera del Espíritu, parecía que las venas de mi
alma se deshelasen y que la sangre empezaba de nuevo a correr a través de mi alma. Empezaron a
aparecer nuevo follaje y nueva hermosura en mí y en torno a mí. Fue como si hubiese unos
anteojos nuevos para poder ver todo aquello que había permanecido oscuro hasta entonces. Con la
visión de la fe el mundo parece amable y maravilloso. Es el universo de Dios. Los demás ya no
aparecen amenazantes. En verdad son mis hermanos y hermanas porque Dios es nuestro Padre y
Jesús nuestro hermano” (pag. 53)

Sin duda alguna nuestro salvador y liberador Jesús quiere en este retiro sacarnos del invierno en que
tal vez hemos estado sumidos y regalarnos una primavera espiritual que nos permita disfrutar en
plenitud de su amor y abrirnos generosamente a la acción santificadora de su divino Espíritu.

El quiere sanar nuestro interior enfermo y nuestros corazones enfermos para que veamos la santidad
como la gran meta de nuestra vida y como la constante exigencia de nuestro Sacerdocio Ministerial.

Frente a la innegable, pero desconocida realidad de nuestro mundo interior, enfermo que dificulta
nuestra santidad personal y el logro mejor de un ministerio de santificación, nos encontramos con la
maravillosa realidad de la sanidad interior que nos ofrece Jesús y que realiza en nosotros por su
Espíritu cuando creemos en ella y la pedimos con humildad y con fe.

Jesús tomó este nombre porque vino para salvar al pueblo de sus pecados (Mt 1,21). Con razón el
Bautista lo señalo con estas palabras: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del
mundo” (Jn 1,29), y sabemos cómo con su sacrificio redentor nos compró y “su Sangre nos
purificó de todo pecado” (1 Jn 1,7).

La liberación que realiza Jesús en los hombres es la del pecado y la de todas las secuelas que el
pecado ha dejado en todo el ámbito de la persona humana.

En el capítulo 61 del libro de Isaías hallamos el pasaje que un día leerá Jesús en la Sinagoga de
Nazareth, terminada la cual dirá: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír” (Lc 4,21).
“¡El Espíritu del Señor Yavé está sobre mí!. Sepan que Yavé me ha ungido. Me ha enviado con un
buen mensaje para los humildes, para sanar los corazones heridos, para anunciar a los
desterrados su liberación, y a los presos su vuelta a la luz. Para publicar un año feliz lleno de los
favores de Yavé, y el día del desquite de nuestro Dios. Me envió para consolar a los que lloran y
darles (a todos los afligidos de Sion) una corona en vez de ceniza, el aceite de los días alegres, en
lugar de ropa de luto, cantos de felicidad, en vez de pesimismo” (Is 61,1-4).

Pudiéramos decir que éste es el texto clásico para mostrar la sanación de las heridas interiores que
realiza el Señor. “Médico de almas y de cuerpos”, como lo llama con razón la Liturgia de las Horas.
El salmo 147 nos dice que el Señor: “Sana a los de roto corazón y venda sus heridas” (Sal 147,3)

Jesús el Buen Samaritano que vino al encuentro del hombre herido y despojado para compadecerse
de él, curar las heridas de su cuerpo y de su espíritu y prodigarle ahora en su Iglesia todos los
cuidados que requiere para conseguir su salvación integral (ver Lc 10,31s.).

S.S. Juan Pablo II en su Carta Apostólica Salvifici Doloris nos ha descrito muy bien este amor
redentor de Jesús: “En su actividad mesiánica en medio de Israel, Cristo se acercó incesantemente al
mundo del sufrimiento humano. ‘Pasó haciendo el bien’; y este obrar suyo se dirigía, ante todo, a
los enfermos y a quienes esperaban ayuda. Curaba a los enfermos, consolaba a los afligidos,
alimentaba a los hambrientos, liberaba a los hombres de la sordera, de la ceguera, de la lepra, del
demonio y de diversas disminuciones físicas: tres veces devolvió la vida a los muertos. Era sensible
a todo sufrimiento humano, tanto del cuerpo como del alma” (n.16).

Conoce muy poco a Dios quien no a profundizado y no cree en su infinito amor al hombre. “Así
amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito para que todo el que crea en El no perezca, sino
que tenga vida eterna” (Jn 3,16). “Y conocer el amor de Cristo excede a todo conocimiento” (Ef
3,19) “y que nos ha amado y se entregó a si mismo por nosotros” (Gal 2,20).

No hay dolor humano que sea ajeno al amor redentor de Cristo. Él, como escribe San Mateo citando
a Isaías: “Tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades” (Mt 8,17). Solamente el
amor sacerdotal de Cristo podía y puede llegar a todo el mundo enfermo de nuestras emociones para
sanarlo y restaurarlo.

Y la razón de esto es muy clara. El pecado que es desamor, nos ha herido terriblemente en toda
nuestra persona, y estas heridas solamente pueden ser curadas por el amor que abrasa el Corazón de
Cristo. Sólo el amor sana lo que hirió el pecado.

Los sacerdotes podemos tener varios impedimentos que no nos permiten abrirnos plenamente a la
acción santificadora del Espíritu Santo.

Estos son principalmente: el odio o el resentimiento que hemos ido acumulando desde el principio
de nuestra existencia, el miedo, el complejo de inferioridad y el de culpa.

Mientras estemos enfermos interiormente por cualquiera de estas heridas o por varias de ellas no
podremos abrirnos plenamente al amor de Dios que realiza la santidad en nosotros.

San Pablo ha escrito con gran visión a los Efesios que el Padre nos ha elegido en Cristo para ser
santos e inmaculados en su presencia, en el amor (Ef 1,4)

Ahora bien, en el Evangelio, especialmente en san Juan, encontramos las manifestaciones de la


acción sanadora de Cristo en estas áreas interiores.
Será muy benéfico para nosotros y para nuestra pastoral descubrir con la luz del Espíritu Santo la
riqueza de sanación interior que encierra el ministerio de Jesús, tal como aparece en los evangelios.

- Sanación del odio. Empecemos por la sanación del odio y de los resentimientos. El cap. 4 de San
Juan nos describe la manera admirable como Jesús, a través de un diálogo de salvación como son
todos los suyos, sana tan profundamente el odio racial de la samaritana, que esta termina dejando su
cántaro a los pies de Jesús y corre a la ciudad para decir a la gente: “Venid a ver un hombre que me
ha dicho todo lo que he hecho” (Jn 4,29). “Muchos samaritanos creyeron en Jesús x las palabras
de esta mujer’ (Jn 4,39)
Como cambiaría nuestro mundo, enfermo de odio, si nosotros los sacerdotes nos sanáramos
interiormente en el encuentro amoroso con Cristo y enseñáramos a los demás a dialogar con él. Esa
debe ser nuestra mejor pastoral.

Una pastoral de amor que nos sane y que sane a la humanidad que está cada día más enferma de
odio y de sed de venganza. Y porque Jesús, sabe, mejor que nadie, que solamente el amor puede
sanar interiormente nos impuso como una de las primeras exigencias del Reino “amar a los
enemigos” (Mt 5,44) y puso como distintivo de sus discípulos: “Ámense los unos a los otros como
Yo les he amado” (Jn 15,22). Y para que podamos cumplir su ley de amor nos da su Espíritu “que
derrama el amor en nuestros corazones” (Rom 5,5).

En nuestra búsqueda de la santidad acerquémonos a Jesús para que nos desintoxique del odio, y
sane las heridas que hemos recibido, con la efusión de su Espíritu de Amor, que cambie nuestro
corazón de piedra por el de carne conforme a lo que ha prometido por medio del profeta Ezequiel
(ver Ez 36,36).

Sólo él puede darnos ese corazón nuevo que tanto necesitamos.

Para empezar a renovarnos necesitamos estrenar corazón.

- Sanación del miedo. Otro gran obstáculo para llegar a la santidad es el miedo que hemos ido
acumulando y que llega hasta impedir nuestro acercamiento a Jesús y la apertura a su acción
salvífica.
En el cántico de Zacarías encontramos estas palabras: “Recordando el juramento que juro a
nuestro padre Abraham, de concedernos que libres de manos enemigas, podamos servirle sin temor
en santidad y justicia” (Lc 1,73-75).
Con razón dedica Jesús gran parte de su ministerio salvífico a la liberación del miedo en sus
distintas manifestaciones.
En el cap. 3, 1 de San Juan vemos como Nicodemo, el que busca a Jesús de noche por miedo a los
judíos, recibe una sanación tan radical que en el cap. 7 vemos como defiende a Jesús en pleno
Sanedrín (v.50) y después de la muerte del Señor, José de Arimatea (19,38) pide autorización a
Pilatos para retirar el cuerpo de la cruz.

Y cuánto hace Jesús para quitar el miedo de sus Apóstoles. “Soy yo. No tengan miedo” (Jn 6,20),
les dijo un día y lo mismo tiene que decirnos ahora y frecuentemente a sus sacerdotes. “No temas,
pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien darles el Reino” (Lc 12,32), son las
mismas palabras que hoy nos dice para alentarnos. “¿Por qué están con tanto miedo? ¿Cómo no
tienen fe?”, tuvo que decirles un día cuando ellos atemorizados lo despiertan y le dicen: “Sálvanos,
que perecemos” (Mt 8,25)
Antes de la pasión consuela y anima a sus apóstoles con estas palabras: “Así también ustedes ahora
sienten tristeza, pero yo los volveré a ver y su corazón se llenará de alegría, y nadie les podrá
arrebatar ese gozo” (Jn 16,22).

Y el día de su Resurrección, cuando se les aparece, Jesús lo primero que hace es sanar su miedo
para que puedan disfrutar del gozo que el Resucitado va a comunicarles al llenarlos de su Espíritu.
Dos veces les dice: “La paz sea con vosotros” (Jn 20,19-21)

La preocupación que tiene hoy Jesús con nosotros, sus sacerdotes, es la misma: Quiere sanar
nuestros temores, desea regalarnos su paz, alejar el desaliento, tranquilizarnos cuando estamos
despavoridos e inseguros… En una palabra nos ofrece el amor de su corazón sacerdotal como el
gran remedio para sanar nuestros temores infundados, ya que como escribió San Juan en su Primera
Carta: “No hay temor en el amor; sino q’ el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira
el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor” (1 Jn 4,18)

Sanación de los Complejos. Con frecuencia hallamos en los evangelios pasajes preciosos en los
cuales aparece el amor compasivo y misericordioso del Señor que no solamente perdona el pecado,
sino que también sana las heridas y complejos que ha dejado en las personas.
En el cap. 15 de San Lucas vemos la bondad infinita de nuestro Padre, rico y pródigo en
misericordia, que no sólo perdona de corazón a su hijo sino que sana sus heridas al “correr,
echarse a su cuello y besarlo efusivamente” (Lc 15, 20). Así sanado podría el hijo pródigo disfrutar
de la fiesta de perdón amoroso que celebró enseguida su Padre (Lc.15, 23).
Con idéntica bondad sana la confusión de la adúltera a quien dice: "Tampoco yo te condeno. Vete
y no peques más” (Jn.8, 11).
Y ese evangelio según San Juan, al que bien podemos llamar de la sanación interior, termina con
la descripción de la liberación del complejo de culpa que realiza Jesús en la persona de Pedro.

Este Apóstol negó tres veces a su Maestro junto a la hoguera en la casa del Pontífice. Ya había sido
perdonado cuando lloró amargamente su pecado, pero ahora recibe de su Señor la sanación del
complejo de culpa cuando junto a otra hoguera tres veces puede decir a Cristo que lo ama, y que lo
ama más que a los otros. Así perdonado y sanado, podrá cumplir su misión y como vicario
apacentará las ovejas y los corderos del Buen Pastor (Jn.21, 15s.)

Este mismo San Pedro, que conoció tan profundamente el poder sanador de Cristo, escribió en su
Primera Carta: “Confiadle todas vuestras tribulaciones, pues él cuida de vosotros” (1 Pe 5, 7)

Hermanos sacerdotes: nuestras vidas cambian profunda y radicalmente cuando por acción del
Divino Espíritu tenemos el encuentro personal con el Señor resucitado y nos entregamos con fe a su
plena acción salvadora.
Lo que hizo ayer en este campo de la sanidad interior, lo hace ahora en nosotros porque El es el
mismo y cumple la promesa de estar siempre con nosotros.

Si recibimos “el Espíritu de gracia y oración”, que nos ha prometido el Padre por medio del
Profeta Zacarías (Zac 12, 10), por El llegamos a ser hombres de oración, escogeremos la mejor
parte como María y pasaremos mucho tiempo a los pies del Señor para escuchar su palabra (Lc 10,
38). Él irá realizando un maravilloso proceso de sanación interior y nuestro corazón, sin heridas,
podrá recibir todo el amor de su Espíritu para ser santos y ser canales de santidad para muchos.

Llevemos como el mejor regalo la promesa que un día el Señor hizo a Israel y que hoy, la repite a
cada uno de nosotros: “He aquí que yo les aporto su alivio y su medicina. Los curaré y les
descubriré una corona de paz y de seguridad” (Jr 33, 6)
Oración

¡Señor Jesús! Estamos delante de ti, nuestro Señor y Salvador con todas nuestras heridas interiores,
pero con una gran fe en tu poder, en tu amor y en tu fidelidad.
Sabemos y creemos que tú tomaste nuestras flaquezas y cargaste con nuestras enfermedades (Mt 8,
17).
Somos los heridos que hoy acudimos con confianza a tu amor de Buen Samaritano para que tengas
compasión de nosotros, vendes nuestras heridas y eches en ellas el vino y el aceite de tu amor que
todo lo sana.
Haz que siempre te busquemos en la oración personal, litúrgica y comunitaria para que en un
diálogo amoroso contigo, avance siempre en nosotros el proceso de sanidad interior.
Pero que sea principalmente en el sacramento de la reconciliación y en tu Eucaristía donde
busquemos y hallemos esta sanación que tanto necesitamos.
Que el amor de tu Espíritu sane todas las heridas que, el desamor ha causado en nuestro interior.
Sana nuestros corazones rotos para que puedan abrirse con alegría a la acción santificadora de tu
Espíritu.Y termino con la preciosa oración de San Columbano: “Señor, tú mismo eres esa fuente
que hemos de anhelar cada vez más, aunque no cesemos de beber de ella. Cristo Señor, danos
siempre esa agua, para que haya también en nosotros un surtidor de agua viva que salta hasta la vida
eterna. Es verdad que pido grandes cosas, ¿quién lo puede ignorar?. Pero Tú eres el Rey de la
Gloria, y sabes dar cosas excelentes y tus promesas son magníficas. No hay ser que te aventaje. Y te
diste a nosotros; y te diste por nosotros. Por eso te pedimos que vayamos ahondando en el
conocimiento de lo que tiene que constituir nuestro amor. No pedimos que nos des cosas distintas
de ti. Porque tú eres todo lo nuestro: nuestra vida, nuestra luz, nuestra salvación, nuestro alimento,
nuestra bebida, nuestro Dios. Infunde en nuestros corazones, Jesús querido, el soplo de tu Espíritu e
inflama nuestras almas en tu amor, de modo que cada uno de nosotros pueda decir con verdad:
“Muéstrame al amado de mi alma, porque estoy herido de amor”. Que no falten en mí esas heridas,
Señor. Dichosa el alma que está así herida de amor. Esa va en busca de la fuente. Esa va a beber.
Y, por más que bebe, siempre tiene sed. Siempre sorbe con ansia, porque siempre bebe con sed. Y
así siempre va buscando con amor, porque halla la salud en las mismas heridas. Que se digne dejar
impresas en lo más íntimo de nuestras almas esas saludables heridas el compasivo y bienhechor
médico de nuestras almas, nuestro Dios y Señor Jesucristo, que es uno con el Padre y el Espíritu
Santo, por los siglos de los siglos. Amén”