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Edipo Rey

&
Antígona
de
Sófocles
Edipo Rey & Antígona
índice
Sófocles
Traducción y notas: José de la Cruz Herrera

© 2012, Origo Ediciones


Padre Alonso de Ovalle 748, Santiago de Chile
www.origo.cl

Prólogo: Brenda López


Ilustración de portada e interiores: Marcelo Baeza Prólogo

Director: Hernán Maino


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Edición Ejecutiva: Pedro Maino
Director de Arte: Francisco Gálvez
Diagramación: Victoria De Sant’Anna, Natalia Rodríguez
Edipo Rey
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puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna
ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de Antígona
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8 Brenda López

Las tragedias eran representadas durante las festivida-


des que se realizaban en Atenas en honor al dios Dioniso.
prólogo Las más importantes de estas eran las Grandes Dionisíacas,
realizadas a fines de marzo durante tres a cinco días, y cuya
actividad central era la representación de obras dramáticas.
En ellas, tres poetas trágicos competían cada año, presen-
Antígona y Edipo Rey son, sin duda, las tragedias más leídas
tando cada uno tres tragedias y un drama satírico. Además,
y comentadas no solo entre las siete obras de Sófocles, sino
a partir de 486 a.C. se integró a las Dionisíacas el concur-
entre el total de treinta y dos tragedias griegas que se han
so de comedias, en el cual participaban tres o cinco poetas
conservado hasta nuestros días. Merecidamente consagra-
cómicos (el número varió dependiendo de circunstancias
das por la tradición como obras únicas e inigualables, son,
históricas específicas), cada uno con una comedia.
al mismo tiempo, notables ejemplos de una extensísima
Si bien las Grandes Dionisíacas probablemente habían
producción de obras trágicas que fueron compuestas y re-
sido instituidas por el tirano Pisístrato a mediados del siglo
presentadas durante el siglo V a.C., en el marco de la gran
VI, ellas continuaron siendo realizadas tras la caída de la ti-
actividad teatral ocurrida entonces en Atenas.
ranía a fines de ese siglo. Con la progresiva instauración de
Las primeras tragedias fueron probablemente compuestas
una democracia radical durante la primera mitad del siglo V,
en las últimas décadas del siglo VI a.C. De esa época de con-
ellas pasaron a ser una de las muchas instituciones organiza-
formación inicial del género, sin embargo, no se conservan
das y promovidas por el Estado ateniense, que constituían
ejemplos, y el periodo de composición de las obras que cono-
espacios diversos de participación cívica y discusión políti-
cemos se extiende desde aproximadamente 472 a 406 a.C. Esa
ca. Por lo tanto, las Grandes Dionisíacas del siglo V fueron
localización temporal no es casual: por una parte, el siglo V es
simultáneamente un evento ritual, artístico y cívico, mien-
el periodo en que la tragedia se constituyó como género con
tras que las tragedias en ellas representadas fueron obras
características formales y temáticas claramente establecidas;
dramáticas en las que las dimensiones estética y teatral eran
por otra parte, fue ese el momento en el que las representacio-
indisociables de las dimensiones ética y política.
nes trágicas alcanzaron su máximo auge y relevancia, debido
Las fechas exactas de representación de Antígona y Edipo
al lugar que ocuparon en la sociedad ateniense.
Rey son desconocidas. Sin embargo, la crítica especializada es
relativamente unánime en situar a Antígona hacia fines de la
década de 40, y a Edipo Rey en el periodo que va desde inicios
de la década de 30 hasta el 425 como fecha límite. Es decir, An-
tígona se sitúa en el periodo del gran auge económico, político
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y cultural ateniense. Bajo la conducción de Pericles, Atenas de ambos momentos de la historia mítica, Sófocles trata
ejerce el liderazgo político sobre parte importante del mundo temáticas centrales semejantes, a partir de perspectivas y
griego gracias a su posición en la liga de Delos, y se beneficia énfasis distintos.
económicamente de los tributos que recibe de los estados Tanto en Antígona como en Edipo Rey encontramos a la
miembros. En el ámbito de la política interna, vive un periodo figura del gobernante enfrentado a una situación difícil que
de supremacía relativamente tranquila de la facción demo- afecta a toda la colectividad: Creonte debe decidir qué hacer
crática, mientras que en el plano cultural se impone como el con el cuerpo de su sobrino Polinices, traidor que atacó a su
centro más importante del mundo griego, tanto por la produc- ciudad liderando el ejército de Argos; Edipo debe encontrar
ción cultural ateniense, de la que el teatro es el mayor ejemplo, al asesino del rey que le antecedió en el poder, condición
como por la afluencia de gran número de intelectuales de otras que el oráculo de Delfos ha exigido para salvar a la ciudad
ciudades griegas, quienes traen a Atenas las nuevas corrientes de la peste que la asola. En ambos casos, los gobernantes
de pensamiento. Edipo Rey, por su parte, probablemente fue orientan su acción teniendo como fin el bien de la ciudad;
representado o bien cerca del inicio de la guerra del Pelopo- ambos, sin embargo, incurren en errores que son incapaces
neso o en sus primeros años, es decir, en los albores de lo que de reconocer, insistiendo obstinadamente en la validez de
habría de ser una empresa bélica desastrosa para Atenas, tan- su posición, a pesar de las evidencias que les muestran lo
to por la derrota final ante Esparta, como por la enorme crisis contrario. Finalmente, ambos acaban padeciendo las terri-
política y social interna que desencadenaría. bles consecuencias de una acción que se vuelve contra ellos
Como la gran mayoría de las tragedias del siglo V, ambas mismos y, en el momento en que son capaces de reconocerla
obras dramatizan episodios de un mito conocido, a par- en toda su dimensión, nada pueden ya hacer para rectificarla
tir del cual cada poeta trágico realizaba transformaciones o modificarla.
argumentales y temáticas de acuerdo con sus particulares En Antígona, dicha situación básica da pie al desarrollo de
concepciones estéticas, éticas y políticas. En este caso, las una confrontación entre dos posiciones valóricas vigentes
dos tragedias comparten el mismo mito –la historia de la al interior de la comunidad. Creonte decide prohibir que el
familia de los Labdácidas–, del cual presentan momentos cuerpo de Polinices reciba los ritos fúnebres, justificando esa
distintos. Si bien Edipo Rey es posterior, dramatiza sucesos decisión que subvierte las costumbres tradicionales a partir
que en la historia referida por el mito han ocurrido con ante- de una concepción que coloca a la polis como fundamento
rioridad a aquellos representados en Antígona: en él vemos de los valores y las prácticas centrales de la vida humana. Es
el efecto de la maldición familiar sobre Edipo, hecho que esa una perspectiva que concibe el buen actuar como aquel
antecede y en parte causa los sucesos que son representados que se realiza en beneficio de la colectividad, coloca el inte-
en Antígona, los cuales afectan a sus descendientes. A partir rés colectivo por sobre el interés privado, presenta a la polis
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12 Brenda López
como base de los vínculos entre los individuos, y concibe a
las divinidades a partir de su función tutelar con respecto
Es esa última la temática privilegiada en Edipo Rey, cuya
a la ciudad. A ella se opone Antígona, para quien la familia
acción y conflicto dramáticos se centran en el paulatino
–el oikos– constituye la institución de la cual emanan los va-
descubrimiento por parte de Edipo de la verdadera signi-
lores que incuestionablemente guían su conducta, y que le
ficación de sus acciones, que se revelan, todas y cada una
imponen el deber de realizar los ritos fúnebres prescritos
de ellas, como exactamente opuestas a sus intenciones y a
por la tradición religiosa al cuerpo del hermano muerto.
su comprensión. La ironía es el recurso que Edipo Rey uti-
Para Antígona, antes que traidor, Polinices es su hermano.
liza de manera magistral para dar cuenta de esa dolorosa
Aunque bien intencionada, a lo largo de la acción dramática
fragilidad y limitación del conocimiento y la voluntad hu-
la decisión de Creonte se revela como equivocada: el mismo
manas, desplegándolo tanto en las acciones como en todos
pueblo la critica, tal como intenta mostrarle su hijo Hemón,
los discursos que Edipo profiere. Así, mientras sus propias
y los dioses dan muestras de su desaprobación, como trata de
palabras una y otra vez poseen un significado que él mismo
hacerle ver el adivino Tiresias. De esa manera, no es la posi-
no es capaz de advertir, su decidida y confiada búsqueda
ción ideológica de Creonte la que es invalidada, sino la manera
del asesino de Layo no es sino el camino que lo lleva a re-
particular en que él intenta hacerla efectiva a través del ejer-
conocerse a sí mismo como aquel ser monstruoso e impuro
cicio del poder. De su error manifiesto podríamos entonces
que debe ser expulsado de la ciudad, para garantizar su sal-
inferir que Antígona plantea la necesidad ética y política
vación. La existencia de la colectividad, que en Antígona se
de conciliar los intereses privados y colectivos, que en las
presentaba como dependiente tanto del acuerdo entre sus
actitudes de Antígona y Creonte se presentaron como irre-
distintas esferas, como del reconocimiento de la superior
conciliables, advirtiendo al mismo tiempo las complejidades
voluntad divina, en Edipo Rey depende completamente de
implicadas en la conducción y la decisión política, esferas en
la acción de los hombres que la dirigen y esa acción hu-
las que recae el poder y el deber de velar por esa coexistencia.
mana, a su vez, depende de una divinidad cuyo poder es
Sin embargo, a través de la tozudez y la ceguera de Creonte,
absoluto, y cuyos designios son al mismo tiempo inevita-
que se revelan finalmente como estados dependientes del
bles e inescrutables para la limitada capacidad humana.
designio divino, tanto las instituciones como las acciones
humanas aparecen en toda su fragilidad, apuntando a la ne-
cesidad de reconocer las limitaciones del conocimiento y la brenda lópez
autodeterminación humana, en un momento en que las departamento de liter atur a
universidad de chile
nuevas ideas que empezaban a imponerse en Atenas procla-
maban su autonomía absoluta.
Edipo Rey
Edipo Rey

personajes

Edipo
Rey de Tebas

Sacerdote

Creonte
Cuñado de Edipo

Coro de ancianos tebanos

Tiresias
Adivino

Yocasta
Reina de Tebas

Mensajero

Servidor de Layo

Otro mensajero
Edipo Rey 17 18 Sófocles

de Ismenio 1 . Porque la ciudad, como tú mismo lo observas,


está hoy sacudida con violencia, y, sumergida en un torbe-
llino de sangre, no puede levantar cabeza; perece en los
gérmenes fecundos de la tierra, perece en los rebaños que
pacen en los campos, perece en los estériles abortos de las
madres. Sobre la ciudad se ha lanzado el dios que la abrasa.
La escena es en Tebas, ante el palacio de Edipo. Delante de las Es la peste destructora que asuela la mansión de Cadmo. Y
Hades sombrío se enriquece con nuestras lágrimas y nues-
puertas, sendos altares en cuyas gradas se arrodillan los tebanos
tros gemidos. En verdad ni yo ni estos jóvenes que frente
con ramos de olivo. En medio de ellos, un anciano sacerdote a tu hogar estamos te igualamos con los inmortales; pero
sí te juzgamos el primero de los hombres para socorrernos
edipo.—Hijos míos, nueva descendencia del antiguo Cadmo. y para propiciarnos a los dioses en las grandes desgracias
¿Por qué estáis ante estas gradas coronados de ramos su- de la vida. Porque así que llegaste a la ciudad cadmea nos
plicantes? Llena está la ciudad del humo del incienso; llena libertaste del tributo que pagábamos a la cantora cruel 2 ,
está al mismo tiempo de gemidos y cantos fúnebres. Hijos, y esto, sin que nada supieses ni te hubiésemos advertido
no he creído justo averiguarlo por medio de mensajeros y previamente; mas solo por la inspiración de un dios, como
he venido en persona yo mismo, yo, a quien todos llaman el se dice y se cree, enderezaste nuestra vida. Ahora, ¡oh po-
ilustre Edipo. (Al sacerdote.) Vamos, ¡oh anciano! Ex- derosísimo Edipo!, vueltos todos a ti, te suplicamos que
plícate, pues cuadra a tu edad hablar en nombre de todos. encuentres algún remedio, ya porque hayas oído la voz de
¿Por qué esta actitud? ¿Tenéis algún temor? ¿Alimentáis los dioses, ya porque algún mortal te haya asesorado, pues
algún deseo? Quiero socorreros por completo. Insensible el consejo de la gente experimentada es el que da lo éxitos
sería a vuestro dolor si no me apiadase de vuestras súplicas. mejores. Sí, tú, el sabio de los hombres, salva a nuestro
sacerdote.—¡Oh Edipo, soberano de mi país! Ves cómo
personas de edades tan diversas estamos reunidas en tor- 1 Ismenio es uno de los apelativos de Apolo. Se deriva de Ismeno, riachuelo de Beocia
que atravesaba la ciudad de Tebas.
no de tus altares; los unos todavía sin fuerzas para volar
2 Es la Esfinge. Después que Edipo hubo matado a Layo, Hera, indignada por el
lejos, los otros a quienes se lo impide el peso de los años. crimen, colocó a la Esfinge en una roca cerca de la entrada de Tebas. A todo el que
pasaba le proponía este enigma: “¿Cuál es el animal que a la mañana anda en cuatro
Tienes delante sacerdotes, como yo lo soy de Zeus; y con-
pies, al mediodía en dos y a la tarde en tres?”. Todo el que fallaba en la respuesta era
templas a estos, la flor de la juventud. El resto del pueblo, precipitado de la roca por el monstruo, hasta que Edipo dio la respuesta satisfactoria:
“el hombre, porque de infante anda gateando; joven, anda en sus dos pies; viejo, se
coronados de ramos, se sientan en la plaza pública o por los
ayuda de un bastón”. Esto el valió el trono de la ciudad y la mano de Yocasta, la reina
gemelos templos de Palas o cerca de las proféticas cenizas viuda, que era al mismo tiempo su madre.
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pueblo. Ten en cuenta tu fama. Esta tierra te llama ya su Aparece creonte a los lejos, ceñido con una corona
salvador por tu anterior servicio. Que tu reinado no nos de laurel
deje el recuerdo de que nos salvaste primero y volvimos a
caer luego. Con la misma firmeza levanta nuestra patria. edipo.—¡Oh rey Apolo, ojalá fuese portador de nuestra salva-
Con auspicios favorables nos salvaste entonces; muéstrate ción como deja sospechar su semblante jubiloso!
igual ahora. Si has de gobernar esta tierra, como la gobier- sacerdote.—Sí, parece portador de nuevas agradables. De
nas, mejor es hacerlo sobre hombres que sobre la soledad. otra suerte no traería la cabeza coronada de ramas de laurel.
De nada sirve una fortaleza, de nada un navío, si a nadie edipo.—Pronto lo sabremos: ya está a distancia de oírnos.
dan abrigo. Príncipe, cuñado mío, hijo de Meneceo, ¿qué respuesta
edipo.—¡Hijos míos, dignos de lástima! Bien conozco, sí, nos traes de parte del dios?
bien sé lo que venís a pedirme; demasiado conozco vuestras creonte.—Respuesta favorable, porque aun las cosas adver-
calamidades, y en medio de ellas no hay quien sufra tanto sas, si tienen buen resultado, pueden volverse felices.
como yo. Vuestro dolor se ceba individualmente en cada edipo.—¿Qué siginifican tus palabras? Las que has dicho no
uno de vosotros tan solo. Mi alma, en cambio, sufre a un me dan confianza ni me inspiran temor.
tiempo por mí mismo, por la ciudad y por ti. Así, pues, no creonte.—Si quieres oírlo en presencia de estos, listo para
habéis despertado en mí a un hombre entregado al sueño. hablar estoy; si no, entremos al palacio.
Sabed que ya he derramado muchas lágrimas y que mi espí- edipo.—Habla a la faz de todos. Sus sufrimientos me agobian
ritu ha buscado muchos caminos para vuestra salvación. Y más que los míos propios.
he puesto en práctica el único remedio que he encontrado. creonte.—Entonces revelaré lo que me ha dicho el dios. El
He enviado a mi cuñado Creonte, el hijo de Meneceo, al rey Febo nos manda claramente que libremos esta tierra de
santuario pítico de Febo 3 a fin de que averigüe qué debo un contagio que alimenta en su seno, y no dejemos que se
hacer o decir para salvar a la ciudad. Mas cuando pienso vuelva incurable.
en lo que se demora, mi corazón se inquieta. ¿Qué estará edipo.—¿Mediante qué purificación? ¿Qué clase de mancha?
haciendo? Quizás tarda más de lo natural. Pero una vez creonte.—Desterrando al culpable o vengando con su
que vuelva, entonces sí caerá sobre mí la culpa si no hiciere muerte el homicidio, porque es esta sangre la que ocasio-
todo lo que el dios hubiere revelado. na las desgracias de la ciudad.
sacerdote.—Muy bien lo has dicho; porque estos me anun- edipo.—Pero, ¿a qué hombre señala para semejante fin?
cian que Creonte se aproxima. creonte.—Teníamos aquí, Príncipe, un rey, Layo, antes que
tú gobernases este país.
3 El santuario de Delfos, antes llamado Pito. edipo.—Lo he oído decir, pero jamás lo vi.
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creonte.—Muerto él, ahora el dios ordena con claridad que edipo.—Pues bien, desde su origen procuraré indagarlos. Es
castiguemos a los asesinos, sean quienes fueren. muy digna de Febo y es digna de ti la solicitud que habéis
edipo.—Y, ¿dónde se encuentran? ¿Dónde se hallarán las difí- mostrado por el muerto. Por esto precisamente me ve-
ciles huellas de un antiguo crimen? réis también a vuestro lado, para vengar al mismo tiempo a
creonte.—En este país, ha dicho. Lo que busca se halla. Lo la ciudad y al dios. No por medio de amigos lejanos, por mí
que se descuida se nos escapa. mismo borraré esta mancha. El que asesinó a Layo querría
edipo.—(Reflexionando.) ¿Habrá sido asesinado Layo en su quizá matarme a mí también con la misma mano. Acudien-
palacio, o en el campo, o en una tierra extraña? do en su ayuda a mí propio me protejo.
creonte.—Se fue a consultar el oráculo, según nos dijo; y Vamos, pronto, hijos míos; levantaos de estas gradas; al-
habiendo partido, no volvió más. zad los ramos suplicantes; que otro reúna aquí al pueblo de
edipo.—¿Ningún mensajero o acompañante vio cosa alguna Cadmo. He de descubrirlo todo, y o nos salvaremos con la
que pudiese servirnos para esclarecer el suceso? ayuda del dios o pereceremos.
creonte.—Todos han muerto menos uno solo, que lleno de sacerdote.—Levantémonos, hijos, pues nos habíamos con-
terror huyó, y de lo que vio nada ha podido revelar, excepto gregado por lo que Creonte nos anuncia. Quiera Febo, que
una cosa. tales oráculos nos manda, mostrarse también salvador nues-
edipo.—¿Qué cosa? Un detalle cualquiera podrá hacernos tro y poner fin a nuestros infortunios.
descubrir mucho si arrojase un solo rayo de esperanza.
creonte.—Dijo que topó no uno, sino una multitud de ladro- Salen todos. Entra el coro
nes que lo asaltaron y le dieron muerte.
edipo.—(Meditando.) ¿Cómo hubiera podido cometer el ladrón coro.—Consolador oráculo de Zeus, ¿qué nos traes de la rica
una acción tan audaz si desde aquí no hubiera sido sobornado y áurea Delfos a nuestra ilustre Tebas? El miedo me subyu-
con dinero? ga, mi corazón trepida, ¡oh tú, Delio Péan!, si me pregunto
creonte.—Eso mismo pensamos nosotros; pero una vez qué suerte me reservas, ahora y en el curso de los años. ¡Ha-
muerto Layo, nadie, en medio de nuestra desgracia, apa- bla, voz inmortal! ¡Dímelo, hija de la esperanza de oro!
reció como vengador de su muerte. A ti invoco primero, hija de Zeus, inmortal Atena; tam-
edipo.—Y, ¿qué desgracia, una vez muerto el Rey, os impidió bién invoco a Artemis 4 , diosa de este país, hermana tuya,
descubrir los hechos? la que tiene su asiento en un glorioso trono sobre esta plaza
creonte.—La Esfinge con sus enigmas nos obligó a dejar de circular; y a Febo, el que lanza sus dardos a lo lejos, ¡venid,
mano esos oscuros sucesos para atender a lo que teníamos
ante los ojos. 4 Diana en la mitología latina, virgen hija de Zeus y Latona.
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venid los tres a socorrerme! Si alguna vez, para apartar la antorchas inflamadas de Artemis recorre las montañas de
peste que la ciudad diezmaba en otro tiempo, extinguisteis Licia. También invoco a Baco 8 , dios de la tiara de oro, el
la extraña fiebre de la desgracia, venid ahora también. de la tez de púrpura, cuyo nombre es el nombre de esta
¡Ay! Me agobian innúmeros pesares. Todo el pueblo su- tierra, el dios de las orgías, para que sin el cortejo de las
cumbe y no aparece idea salvadora. No maduran los frutos Ménades lance en auxilio nuestro su tea resplandeciente
de esta gloriosa tierra. Ya no se sobreponen las mujeres contra este dios, deshonra de los dioses.
a los dolores del alumbramiento. Ligeras cual las aves, y
más raudas que la violenta llama del incendio, se ven co- Entra edipo
rrer las víctimas una en pos de otra, a las orillas del dios de
los difuntos. edipo.—(Al coro.) He escuchado tus súplicas; y eso que pi-
Y así diezmada, la ciudad perece y yacen insepultos los des, protección y alivio a tus amarguras, lo obtendrás sin
cadáveres sin hallar quien los llore y sembrando el conta- duda si prestas atención a mis palabras y procedes como las
gio. Las esposas y encanecidas madres se apresuran al pie circunstancias lo exigen. Voy a hablar, ajeno como estoy a la
de los altares implorando con gemidos y súplicas el fin de narración del suceso, ajeno al hecho mismo. Yo no podría se-
sus dolores aflictivos. Y mezclado a los gritos lastimeros guir por mucho tiempo el rastro del criminal, sin huella alguna
por doquiera se eleva el canto fúnebre. ¡Oh, áurea hija de del crimen. Ahora, pues soy entre vosotros el último admitido
Zeus, mándanos tu socorro, sonriente! en el número de vuestros ciudadanos, hago, tebanos, esta so-
Y a Ares 5 cruel, que sin broncíneo escudo hoy me abra- lemne declaración a todos vosotros: quienquiera de vosotros
sa sumido en mis lamentos, concede que se marche de la que sepa quién mató a Layo, hijo de Lábdaco, le ordeno que
patria, ya hacia el inmenso lecho de Anfitrita 6 o hacia me lo descubra todo. Aunque tema por sí, que hable, que se de-
la cruel orilla del mar tracio; porque el alivio que la noche nuncie a sí mismo: no sufrirá otro castigo que marchar ileso al
otorga, lo quita al día siguiente. A este Ares, padre Zeus, destierro. Si alguien supiere que el asesino no es tebano, que no
que dominas la fuerza de encendidos relámpagos, consú- lo calle: yo le pagaré una recompensa y tendrá además mi gra-
malo tu rayo. titud. Pero si, temiendo por un amigo o por vosotros mismos,
Rey de Licia 7, quisiera que disparases invencibles ocultáis el caso, escuchad bien lo que haré. Prohibo que nin-
flechas de tu arco de oro para darnos socorro, igual que las gún habitante de esta tierra que gobierno y rijo le reciba, sea
quien fuere, ni le dirija la palabra, ni le permita asociarse en las
5 Marte en la mitología latina. Era portador de la peste, y especialmente infestó
Tebas.
6 Nereida, ninfa marina, esposa de Poseidón o Neptuno. 8 Era muy venerado en Tebas, donde se celebraban con mucho entusiasmo sus
7 Apolo. ritos, o sea las grandes orgías de las bacantes o Ménades.
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26 Sófocles

plegarias de los dioses, ni participar en el agua lustral 9. Que lo


corifeo.—Ya que a ello me obligan tus imprecaciones, ¡oh
alejen todos de sus casas, pues es un ser impuro, como acaba
Príncipe!, debo hablarte así: ni lo maté ni puedo señalarte al
de revelármelo el oráculo pítico del dios. De este modo vengo
homicida. Febo, que nos ha ordenado la investigación, es el
en ayuda del dios y del varón asesinado. De tal manera espe-
que debería decir quién cometió ese crimen.
ro que el criminal oculto, sea uno solo o sean varios, arrastre
edipo.—Verdad es lo que expresas; pero no está en el poder
miserablemente una vida miserable. Deseo también que si cons-
del hombre obligar a los dioses contra su voluntad.
cientemente le diere yo abrigo en mi hogar, sufra yo los males
corifeo.—Después de lo dicho yo agregaría una segunda
que acaban de atraer sobre él mis imprecaciones. Os conjuro a
reflexión.
todos a cumplir mis órdenes por mí, por el dios y en beneficio
edipo.—No te abtengas de expresarla, y hasta una tercera si
de este país, que perece ante vuestros ojos en la esterilidad y el
la tienes.
abandono divino. Porque aun dado el caso que el dios no os hu-
corifeo.—Conozco un príncipe de visión tan clara como el
biese prescrito esta purificación, no debía de dejarse así el país
príncipe Febo. Es Tiresias. Interrogándole, ¡oh Príncipe!,
víctima de la impureza, pues el muerto era el mejor de los reyes.
podríamos saber seguramente lo que ocurrió.
Por el contrario, debíais haber investigado. Ahora, puesto que
edipo.—Ni aun eso he descuidado. Por consejo de Creonte
tengo el gobierno que antes tuvo él; puesto que disfruto de su
le he enviado dos mensajeros. Es extraño que no haya lle-
tálamo y estoy casado con la mujer que fue suya, y que a ambos
gado todavía.
hubiera dado hijos si los suyos no se hubiesen malogrado, pero
corifeo.—Lo cierto es que todos los demás rumores son
la desgracia se abatió sobre su cabeza; por todas estas razones,
murmuraciones insustanciales y vanas.
como si se tratase de mi padre, combatiré por él, y haré cuan-
edipo.—¿Qué murmuraciones? Yo presto oídos a todos los
to sea posible para encontrar al homicida del hijo de Lábdaco,
rumores.
descendiente de Polidoro, de Cadmo y del antiguo Agenor. Y
corifeo.—Se dijo que lo habían muerto unos caminantes.
a quienes no obedezcan mis mandatos ruego a los dioses que
edipo.—También lo he oído decir; pero nadie ha visto al testi-
no les concedan las cosechas del suelo, ni hijos de sus muje-
go presencial.
res, sino que sucumban a la aflictiva suerte actual y aun a otra
corifeo.—Pero por poco que sea su temor, ya se habrá aleja-
peor. Pero, vosotros, los cadmeos que convenís conmigo, oja-
do de aquí al oír tus tremendas maldiciones.
lá siempre sea vuestra aliada la justicia y en toda ocasión se os
edipo.—Quien no teme una acción no teme una palabra.
muestren los dioses favorables.
corifeo.—Aquí está el que va a descubrirlo. Aquí conducen
al divino vate, el único entre los hombres que posee ingé-
9 El agua de la purificación. Uno de los distintos medios que se empleaban para nitamente la verdad.
limpiar las impurezas morales.
28 Sófocles
Edipo Rey 27

tiresias.—Todos estáis dementes. Jamás revelaré mis des-


Entra tiresias, anciano y ciego,
gracias ni menos todavía las tuyas.
conducido por los dos mensajeros de Edipo
edipo.—¡Cómo! ¿Lo sabes y no hablas; intentas traicionarnos
y dejar que la ciudad sucumba?
edipo.—Tiresias, tú que todo lo observas, lo que se puede sa-
tiresias.—No quiero hacerte sufrir ni quiero sufrir yo. ¿Por
ber y lo que no se debe decir, los signos del cielo y las cosas de
qué preguntas en vano? Nada sabrás de mí.
la tierra, aunque privado de la vista, sabes qué calamidades
edipo.—¡Oh, el peor de los malvados! Tú irritarías hasta a un
aquejan a la ciudad. Y no hemos encontrado más que a ti, ¡oh
corazón de piedra. ¿Conque no hablarás? ¿Conque perma-
Príncipe!, para que la protejas y la salves. Si no los has sabido
necerás inflexible y obstinado?
ya de nuestros mensajeros, Febo ha contestado a los que le en-
tiresias.—Me reprochas la indignación que te causo, y no
viamos que la única salvación de estas desgracias es descubrir
ves la que causarás tú mismo, y me insultas.
a los matadores de Layo y darles muerte o desterrarlos del
edipo.—¿Quién no ha de irritarse oyendo las palabras con
país. A su vez, tú no debes ni ocultarnos el auspicio de las aves
que desprecias a Tebas?
ni negarnos cualquier otro recurso adivinatorio que poseas.
tiresias.—Ya aparecerá lo que deseas saber, no obstante
Sálvate a ti, salva a Tebas, líbrame a mí y limpia la impureza
mi silencio.
que proviene del muerto. En ti confiamos. No hay obra más
edipo.—Pues es preciso que me digas eso que ha de venir.
grande que prestar ayuda a los hombres poniendo en juego
tiresias.—No hablaré una palabra más. Entrégate a la rabia
nuestros recursos y nuestras posibilidades.
más salvaje si te place.
tiresias.—¡Ah, ah! ¡Qué cosa tan funesta es saber algo
edipo.—Pues bien, es tal mi cólera que no disimularé nada de
cuando no puede aprovecharnos! Yo lo sabía y lo olvidé. De
lo que imagino. Has de saber que, para mí, tú tramaste el cri-
otro modo no me hubiera presentado aquí.
men, que tú lo ejecutaste, aunque no lo perpetraras con tu
edipo.—¿Qué te ocurre? ¡Qué desanimado has venido!
mano; si gozases de la vista diría que tú solo lo llevaste a cabo.
tiresias.—Déjame volver a casa. Créemelo, será mejor para
tiresias.—¿Verdad? Pues te conjuro a que cumplas el edicto
ambos.
que tú mismo has promulgado, y que desde hoy no dirigas
edipo.—Ni justas ni benévolas, al negar tu respuesta, son tus
la palabra a estos ni a mí, porque tú eres el criminal impuro
palabras para esta ciudad que te ha criado.
que mancilla la tierra.
tiresias.—Es que tu pregunta es inoportuna. Para no caer
edipo.—¿Así eres de desvergonzado que osas lanzarme seme-
yo en la misma falta...
jante insulto? ¿Dónde te figuras que puedes escapar al castigo?
edipo.—En nombre de los dioses, no nos abandones, puesto
tiresias.—Ileso estoy. Me sostiene la fuerza de la verdad.
que sabes la verdad. Todos te suplicamos de rodillas.
edipo.—¿Dónde la aprendiste? No te la enseñó tu ciencia.
30 Sófocles

tiresias.—Tú, tú, que me has obligado a hablar contra mi


voluntad.
edipo.—¿Qué dices? Repítelo para comprenderlo mejor.
tiresias.—¿No has comprendido ya? ¿O es que quieres ha-
cerme hablar más?
edipo.—No he entendido con claridad. Repítelo.
tiresias.—Afirmo que tú eres el asesino que buscas.
edipo.—Pues no repetirás dos veces esa injuria impunemente.
tiresias.—¿Quieres que diga más para irritarte más?
edipo.—Lo que se te antoje. Vanas palabras todas.
tiresias.—Pues te digo que sin sospecharlo vives en ver-
gonzosa unión con las personas que te son queridas, y no
mides el abismo de tu oprobio.
edipo.—¿Te parece que siempre has de hablar impunemente
de este modo?
tiresias.—Efectivamente, si es que hay fuerza en la verdad.
edipo.—Sí, la hay, menos para ti: para ti no la hay, porque
eres ciego de los ojos, de los oídos y del entendimiento.
tiresias.—¡Desgraciado! Me lanzas los insultos que todos
estos sin excepción pronto han de precipitar sobre ti.
edipo.—¡Solo te alimentas de sombras! No te imagines que ja-
más podrás herirme a mí ni a ninguno de los que contemplan
la luz.
tiresias.—No es tu destino que sea yo la causa de tu caída;
para ello basta Apolo. A él este cuidado.
edipo.—O tuyas o de Creonte son estas invenciones.
tiresias.—Creonte no te ha hecho mal alguno. Tú mismo te
lo has hecho.
edipo.—¡Oh riqueza, oh poder, oh gloria de una ciencia supe-
rior, cuanto odio excitáis en torno de una vida blanco de la
Edipo Rey 31 32 Sófocles

envidia! A causa de este poder, ofrecido, no pedido, que me que teniendo los ojos abiertos a la luz tú no ves los males en
ha otorgado la ciudad, Creonte, el que en un principio fue mi que estás, ni dónde vives, ni con quiénes cohabitas. ¿Sabes
fiel amigo, conspira traidoramente contra mí ardiendo en de- acaso quiénes fueron tus padres? Ignoras que eres odioso a
seos de derribarme del trono, y seduce a este astuto mago, a los tuyos en la morada de Hades y aquí arriba, en la tierra;
este pérfido charlatán, que solo tiene ojos para el lucro: para y acosándote por ambos lados a la vez, la pesada maldición
la ciencia es ciego. Porque dime, ¿dónde te has mostrado vate de tu padre y de tu madre te expulsará un día de esta tierra.
clarividente? ¿Por qué cuando estaba aquí la Perra cantando Ahora ves la luz, mas luego no verás sino sombras. ¿Qué sitio
sus enigmas no mostraste ningún medio de salvación a los no será asilo de tus lamentos, qué lugar del Citerón 11 no reso-
tebanos? No, no correspondía descifrar el enigma al primer nará con el eco de tus gemidos, cuando conozcas el himeneo,
recién llegado, era incumbencia de la ciencia adivinatoria, puerto fatal a donde llegaste tras una feliz navegación? Tam-
y mostraste claramente que no poseías ni la de las aves ni la poco te das cuenta de la otra multitud de tus desgracias que
de los dioses; y llegué yo, el ignorante, Edipo, e hice callar te colocarán a ti en un mismo plano con tus hijos. Después
a la Esfinge tan solo con el recurso de mi ingenio, no por los de esto salpica de lodo a Creonte y mis palabras: no habrá
auspicios de las aves. Y ahora tratas de derribarme del poder, uno entre los mortales más duramente maltratado que tú.
pensando ocupar un puesto al lado del trono de Creonte. Me edipo.—¿No es intolerable oírle semejantes improperios?
parece que esta purificación de Tebas va a costarte caro a ti, ¡Que no te haga dar muerte! ¡Pronto! Largo a tu casa y no
lo mismo que a tu cómplice. Si no te viera tan viejo, el castigo aportes más por mi morada.
te forzaría a conocer tu traición. tiresias.—Pero yo no habría venido aquí si no me hubieses
corifeo.—Me parece que las palabras de Tiresias son ins- llamado.
piradas por la cólera, lo mismo, Edipo, que las tuyas. Pero edipo.—No imaginaba que ibas a hablar tantas necedades.
no son discusiones lo que necesitamos, sino buscar la mejor De saberlo no te hubiera hecho llamar a mi palacio.
manera de cumplir el oráculo del dios. tiresias.—Sí, para ti soy un necio; mas soy razonable para
tiresias.—Por más que tú seas rey, voy a contestarte de tus padres, los que te dieron la vida.
igual a igual. Tengo ese derecho. Siervo tuyo no soy sino edipo.—¿Qué padres? Aguarda. ¿Qué mortal me dio la vida?
de Loxias 10, de suerte que no he de menester el patronato tiresias.—Este día te hará nacer y te dará la muerte.
de Creonte. Pues me has insultado por mi ceguera, te digo edipo.—¡Qué oscuro y enigmático cuanto hablas!
tiresias.—¿No eres, pues, tan hábil para descifrar enigmas?

10 Era una prerrogativa de este adivino no depender del rey Edipo ni de ningún otro
monarca, sino directamente del rey Febo o Loxias, etimológicamente, el torcido, el
oscuro, a causa de la oscuridad de sus oráculos. 11 Cadena de montañas entre Beocia y el Ática, consagrada a Dioniso y las Musas.
Edipo Rey 33 34 Sófocles

edipo.—Tú me reprochas lo que me dará gloria. Del nivoso Parnaso voz radiante ha llegado: que la hue-
tiresias.—Esa gloria, sin embargo, te ha perdido. lla se busque del oculto homicida. Como un toro furioso se
edipo.—¡Qué me importa, si he salvado a la ciudad! lanza vagabundo por la selva salvaje, por cavernas y rocas,
tiresias.—Me marcho, pues. Ven, muchacho, guíame. mas sus pies miserables al miserable aíslan; busca huir los
edipo.—Sí, que te guíe. Presente me importunas, ausente ya oráculos salidos de la entraña de la tierra, mas ellos, vivos,
no me atormentarás. siempre en torno suyo vuelan.
tiresias.—Me voy diciendo aquello por lo que fui llamado Terribles, terribles las penas que el sabio adivino me cau-
aquí, sin temor a tu rabia, porque tú no puedes hacerme sa. Ni niego ni afirmo su ciencia. No encuentro qué diga. Mi
perecer. Te declaro, pues, que el hombre que buscas hace espíritu vuela y no halla hoy ni ayer una clave. ¿Qué contien-
tiempo mediante amenazas y bandos por el asesinato de da Pólibo o los hijos de Lábdaco alientan? Ni en el tiempo
Layo, ese hombre está aquí, y aunque se le tiene por extran- pasado ni ahora he tenido una prueba en desmedro de Edipo
jero domiciliado, ya se verá que es tebano nativo, y no se y que excite venganza en favor de los hijos de Lábdaco, del
alegrará del descubrimiento. Tiene vista y será ciego; siendo oculto asesino de Layo.
ahora rico errará mendigo; y desterrado, y ciego, un bastón Pero Zeus y Apolo son videntes y conocen los hechos de
conducirá sus pasos por tierra extraña. Se descubrirá que él los hombres; y entre los hombres, que un divino vate sea su-
es a un tiempo padre y hermano de sus hijos, hijo y esposo perior a mí, no es cosa cierta. Tan solo con la ciencia puede
de la mujer que le dio la vida, y que disfruta del lecho marital un hombre pasar la ciencia al otro. Antes que se demuestren
de su padre, a quien dio muerte. Entra a tu palacio, reflexio- sus palabras, no convendré con los que a Edipo acusan. A la
na sobre todo esto, y si encuentras que miento, entonces vista de todos contra él pereció la alada virgen 12 , y él mostró
podrás decir que la adivinación nada me enseña. su saber y amor del pueblo. Nunca jamás acusará mi espíritu
a Edipo de ese crimen.
Salen tiresias y edipo
Entra Creonte
coro.—¿A quién ha señalado el peñasco profético de Delfos
como el autor con sus sangrientas manos del más abomina- creonte.–Ciudadanos: sé que nuestro rey Edipo lanza
ble de los crímenes? He aquí que es el momento propicio contra mí terribles acusaciones, y por eso, sin poderme
de alejarse en rauda fuga más veloz que caballos, como las contener, me presento ante vosotros. Si cree que en las des-
tempestades impetuosas: que Apolo, hijo de Zeus, arma- gracias actuales le he perjudicado con palabras o hechos,
do de relámpagos contra él se precipita, acompañado de las
terribles, implacables furias. 12 La Esfinge.
Edipo Rey 35 36 Sófocles

no quiero seguir cargado con tal imputación; pues no es edipo.–Al respecto no vengas a decirme que no eres un traidor.
acusación despreciable sino de gravísima importancia, creonte.–Te equivocas si juzgas que tiene algún valor la
que la ciudad, que tú, que mis amigos me llaméis traidor. obstinación sin el apoyo de la razón.
corifeo.–Pero quizás esa injuria fue lanzada por la ira más edipo.–Te equivocas si juzgas que causando perjuicio a un
bien que por la reflexión. pariente eludes el castigo.
creonte.–¿Qué pudo hacerle creer que el vate profetizó creonte.–De acuerdo, tienes razón en lo que dices; pero de-
mentiras persuadido por mis consejos? seo que me indiques cuál es el perjuicio de que hablas.
corifeo.–Así lo dijo, pero ignoro con qué intención. edipo.–¿Fuiste tú o no fuiste tú quien me aconsejó que debía
creonte.–¿Me acusaba de ese modo con recta visión y con hacer llamar a cierto augusto adivino?
razón serena? creonte.–Y todavía opino lo mismo.
corifeo.–No lo sé. No escudriño las acciones de los sobera- edipo.–¿Cuánto tiempo hace que Layo...
nos... Pero aquí sale él mismo de palacio. creonte.–¿Qué, qué hizo Layo? No entiendo.
edipo.–... desapareció asesinado por oculta mano?
Entra edipo creonte.–Podría contarse una larga serie de años.
edipo.–¿Entonces este adivino ejercía ya su arte?
edipo.–¡Qué!... ¡Tú!... ¿Cómo te presentas aquí? ¿Es tal tu creonte.–Era ya igualmente sabio y estimado.
osadía que te atreves a venir a mi casa, siendo manifiesto que edipo.–¿Por ventura me mencionó en ese tiempo?
quieres arrancarme la vida, siendo claro que intentas despo- creonte.–No, jamás, por lo menos en presencia mía.
jarme de mi poder? Vamos, dime por los dioses: ¿al concebir edipo.–Pero, ¿no hicistéis averiguaciones sobre su muerte?
tales propósitos me juzgas un cobarde o un imbécil? ¿Has creonte.–Las hicimos, ¿cómo no? Mas nada descubrimos.
pensado que yo no había de descubrir tus secretas maquina- edipo.–¿Cómo este sabio no dijo entonces lo que ha dicho
ciones, o que escaparías al castigo una vez conocidas? ¿No ahora?
crees que es propio de un loco codiciar sin dinero y sin ami- creonte.—Lo ignoro. Acostumbro callar sobre lo que no sé.
gos el poder que solo se alcanza con el favor del pueblo y con edipo.—Y, sin embargo, lo sabes, y lo dirías si fuese sana tu
las riquezas? intención...
creonte.–¿Sabes lo que se debe hacer? Déjame responder a creonte.—¿Qué cosa? Si lo sé no lo negaré.
tus palabras, y juzga después que hayas oído. edipo.—Que si no se hubiese puesto de acuerdo contigo no me
edipo.–Tú eres hábil orador, y yo no estoy dispuesto a escu- habría imputado jamás la muerte de Layo.
charte; porque he descubierto que eres un enemigo peligroso. creonte.—Si él lo afirma tú lo sabes; pero tengo derecho a
creonte.–Al respecto oye lo que voy a decirte. interrogarte como tú me interrogas.
Edipo Rey 37 38 Sófocles

edipo.—Pregunta, que no seré convicto del asesinato. ni malvados a la gente de bien. Repudiar a un buen amigo es
creonte.—Vamos, ¿tú te casaste con mi hermana? para mí como repudiar uno su propia vida, que es lo que más
edipo.—No es posible negar lo que preguntas. se aprecia. Con el tiempo llegarás a comprender todo esto con
creonte.—¿Gobiernas esta tierra con el mismo poder que ella? claridad, porque lo único que revela al hombre justo es el tiem-
edipo.—Yo le concedo cuanto desea. po; y un solo día basta para conocer al pérfido.
creonte.—¿Y no mando yo en tercer lugar lo mismo que vo- corifeo.—Para el que tema caer en error, muy bien ha habla-
sotros dos? do, ¡oh Rey! La ligereza produce juicios inseguros.
edipo.—Es precisamente por donde muestras tu perfidia. edipo.—Cuando alguien procede a atacarme pronta y subrep-
creonte.—No lo creerás si reflexionas como yo. Lo primero ticiamente, yo a mi turno debo deliberar con prontitud. Si
que has de examinar es esto. ¿Piensas que hay quien prefiera espero tranquilamente él cumplirá sus designios y fracasa-
gobernar lleno de temores a dormir tranquilo con la misma rán los míos.
suma de poder? Por mi parte prefiero tener el poder real a creonte.—¿Qué quieres, pues? ¿Por ventura desterrarme
ser rey, y esto es lo que piensa quienquiera que sea prudente. del país?
Ahora obtengo de ti sin zozobra cuanto deseo; pero si fuese el edipo.—¡No! ¡Quiero tu muerte, no tu destierro!
soberano tendría que hacer muchas cosas contra mi voluntad. creonte.—¡Sea! Pero después que hayas demostrado qué
¿Cómo, pues, había de anhelar por ocupar el trono si tengo sin motivo puedo tener para odiarte.
inquietudes la autoridad y el gobierno? No estoy tan extravia- edipo.—¿Quiere significar que vas a resistir, que no has de
do que desee cosas distintas del honor junto con el provecho. obedecer?
Ahora soy simpático a todos, todos me saludan afectuosamen- creonte.—Bien veo que has perdido el juicio.
te. Ahora acuden a mí cuantos necesitan algo de ti: para ellos, edipo.—En cuanto me concierne estoy en mi cabales.
en efecto, en mí está el logro de cuanto pretenden. ¿Có- creonte.—Igualmente te digo en cuanto a mí.
mo, pues, había yo de perseguir lo que tú dices, renunciando a edipo.—Pero tú eres un infame.
lo que tengo? Proceder tan necio no es para un espíritu sensa- creonte.—¿Y si estuvieras equivocado?
to. Mas no he alimentado semejante deseo, ni osaría participar edipo.—Igualmente debes obedecer.
en él si otro lo llevase a cabo. Y en prueba de ello, anda a Delfos creonte.—Pero no al que manda injustamente.
e infórmate si te he comunicado el oráculo con fidelidad. He edipo.—¡Oh ciudad, ciudad!
aquí otra prueba: si tú encuentras que me he convenido con el creonte.—Yo también soy parte de la ciudad, no es solo tuya.
adivino no me condenes a muerte por un solo voto, sino por corifeo.—¡Cesad, oh príncipes! Mas veo que muy oportu-
dos, el tuyo y el mío; pero no me acuses por infundadas sospe- namente para vosotros sale Yocasta del palacio. Con ella
chas: que no es justo estimar a la ligera honrados a los malos, debe arreglarse pacíficamente esta querella.
Edipo Rey 39 40 Sófocles

Entra yocasta edipo.—Debes saber que al hacerme esta súplica solicitas mi


muerte o mi destierro del país.
yocasta.—¡Desdichados! ¿Por qué habéis suscitado esta corifeo.—No, por Helios 13 , el primero entre los dioses; de
insensata disputa? ¿No os avergüenza mover discordias los dioses y los hombres detestado yo perezca a los suplicios
privadas en medio de las grandes calamidades del país? más terribles, si a ese intento en mi conciencia doy abrigo.
Entra en tu morada, Edipo, y tú, a tu casa, Creonte, y no Pero, ¡ay triste!, las desgracias de mi patria me acongojan,
convirtáis en cuestión grave una cosa frívola. y desgarra mis entrañas si a sus viejos sufrimientos otros
creonte.—Hermana, Edipo, tu marido, me amenaza cruel- males se agregaren.
mente, dándome a escoger entre dos males: el extrañamiento edipo.—Que se vaya aunque yo deba seguramente perecer
de la tierra patria o la muerte. o ser expulsado del país violentamente, con deshonra. Tu
edipo.—Es cierto. Lo he cogido, mujer, tramando una pérfida boca, no la suya ha excitado mi compasión. Pero este hom-
traición contra mi persona. bre me será odioso dondequiera que se encuentre.
creonte.—Que no disfrute yo ningún placer, antes pe- creonte.—Cedes de mala gana; pero duro te será cuando la
rezca lleno de maldiciones si he hecho algo de lo que me cólera se te haya pasado. Caracteres como el tuyo llevan en
imputas. sí mismos su castigo.
yocasta.—En nombre de los dioses, Edipo, presta fe a sus edipo.—¿No me dejarás? ¿No te marcharás de Tebas?
palabras, primero por respeto al juramento que acaba de ha- creonte.—Me iré sin haberte convencido; pero para estos
cer, y luego por consideración a mí y a estos que aquí están soy siempre el mismo.
en tu presencia.
corifeo.—Consiente de buen grado y sé prudente, Príncipe, Sale creonte
te lo ruego.
edipo.—¿En qué quieres que consienta? corifeo.—¿Por qué, mujer, demoras conducirlo al palacio?
corifeo.—En respetar a este hombte que no fue nunca un yocasta.—Quiero saber lo que ha ocurrido.
demente, y ahora se ha engrandecido con el juramento. corifeo.—Disputa que ha nacido de palabras oscuras: que la
edipo.—¿Sabes lo que pides? injusticia el corazón irrita.
corifeo.—Lo sé. yocasta.—¿Y ambos se acusaban?
edipo.—Explícate. corifeo.—Sí.
corifeo.—No condenes ni deshonres por sospechas infun- yocasta.—¿Y qué se imputaban?
dadas a este amigo que se ha puesto bajo el peso de sentencia
imprecatoria. 13 El Sol.
42 Sófocles

corifeo.—Para mí es suficiente, es suficiente en la aflicción de


Tebas, que allí donde ha quedado la discordia todo termine.
edipo.—¿Ves hasta dónde llegas, por buena que seas, abando-
nando mi causa y dejando debilitar tu afecto por mí?
corifeo.—Príncipe, varias veces te lo he dicho. Sabes que yo
me creería insensato e incapaz de ningún razonamiento si
de ti me apartara, único que en los males que hacían sucum-
bir mi cara patria, la hiciste prosperar. También ahora, si
puedes, sé su salvador feliz.
yocasta.—En nombre de los dioses, dime, ¡oh Rey!, cuál ha
sido la causa de semejante enojo.
edipo.—Te lo diré, mujer, porque yo te respeto más que a es-
tos tebanos. Es a causa de Creonte, por la conspiración que
contra mí ha tramado.
yocasta.—Explícate para ver si es justa tu acusación.
edipo.—Dice que yo soy el matador de Layo.
yocasta.—¿Lo sabe por sí mismo, o lo ha oído decir?
edipo.—Ha enviado a un malévolo adivino; por sí mismo no
asegura nada.
yocasta.—No te importe eso nada. Escúchame y ten por
cierto que ningún mortal sabe cosa alguna de la ciencia de
la adivinación. Brevemente voy a probártelo. En cierta oca-
sión un oráculo, no diré procedente de Febo mismo, sino
de sus servidores, predijo a Layo que su destino sería mo-
rir a manos de un hijo que tendría de mí. Y, sin embargo,
según la voz pública, Layo ha tiempo que fue asesinado
por unos bandidos extranjeros en una encrucijada de tres
caminos. Al niño, no bien de tres días de nacido, lo ató de
las articulaciones de los pies y lo entregó a manos extrañas
para que lo arrojasen a una montaña intransitable. Así
Edipo Rey 43 44 Sófocles

pues, Apolo no ha cumplido su predicción: ni el hijo de La- yocasta.—También yo tiemblo. Pero hasta donde sepa res-
yo asesinó a su padre, ni Layo, caso horrible que él temía, ponderé a todas tus preguntas.
murió a manos de su hijo. De ese modo estaban determi- edipo.—¿Viajaba con modesto séquito o con muchos acompa-
nadas las cosas según las predicciones de los oráculos. No ñantes, como hombre poderoso?
tengas ninguna aprensión: lo que el dios quiere revelar lo yocasta.—Eran cinco por todo, entre ellos el heraldo. Un
manifiesta él solo fácilmente. solo carro conducía a Layo.
edipo.—(Después de meditar unos instantes.) ¡Cómo al oírte, mu- edipo.—¡Ah, ya todo está claro! Pero dime, mujer, ¿quién te
jer, vaga en la incertidumbre mi alma y tiembla mi corazón! dio entonces estos detalles?
yocasta.—¿Qué inquietud te agita y te hace hablar de esa yocasta.—Un criado que volvió, el único que pudo salvarse.
manera? edipo.—¿Se encuentra ahora, por ventura, en palacio?
edipo.—Me parece haberte oído que Layo fue asesinado en yocasta.—No. Cuando vino y te halló en el trono, habiendo
una encrucijada de tres caminos. perecido Layo, me tomó de la mano y me rogó que lo manda-
yocasta.—Así se dijo y se dice todavía. se al campo a apacentar rebaños para alejar lo más posible la
edipo.—¿Y dónde ocurrió el caso? vista de la ciudad. Y yo lo envié: cuanto lo puede un esclavo,
yocasta.—En el país llamado La Fócide y en la encrucija- era digno de esta gracia, más aún.
da donde se unen los dos caminos que vienen de Delfos y edipo.—¿Cómo podremos hacerlo volver aquí cuanto antes?
de Daules. yocasta.—Es fácil. Pero, ¿por qué lo deseas?
edipo ¿Y cuánto tiempo ha transcurrido desde entonces? edipo.—Temo, mujer, haber hablado mucho. Por esto quiero
yocasta.—Poco tiempo antes de que tú tomases el gobierno verlo.
de este país se anunció la noticia en la ciudad. yocasta.—Vendrá. Pero creo, Príncipe, que yo también me-
edipo.—¡Oh Zeus! ¿Qué te has propuesto hacer de mí? rezco conocer qué penas te atormentan.
yocasta.—¿Qué te ocurre, Edipo? ¿Qué te inquieta? edipo.—No te las callaré, ya que estoy reducido a esta única
edipo.—No me preguntes. ¿Cómo era Layo? ¿Qué edad tenía? esperanza. ¿A quién mejor que a ti pudiera referirlo, en esta
yocasta.—Era alto. Comenzaba a encanecer su cabeza. Su fi- situación en que me encuentro?
sonomía no era muy diferente a la tuya. Mi padre es Pólibo, corintio; y mi madre, la doria Méro-
edipo.—¡Desdichado de mí! Parece que sin saberlo acabo de pe. Yo era tenido allá por el ciudadano de más respeto, hasta
lanzar tremendas maldiciones contra mí mismo. que ocurrió un caso digno ciertamente de admiración, pero
yocasta.—¿Qué dices? Temo, ¡oh Rey!, levantar a ti los ojos. no de que yo lo tomase tan a pecho. En un banquete, un
edipo.—Mi temor es terrible... ¿Y si vio claro el adivino? Pero hombre que había bebido mucho y estaba ebrio me insultó
me darás más luz si agregas una sola palabra. diciéndome que yo era hijo fingido de mi padre. Lleno de
Edipo Rey 45 46 Sófocles

indignación apenas pude contenerme durante todo el día. ha pronunciado estas maldiciones contra mí sino yo mismo.
Al siguiente fui a buscar a mi padre y a mi madre y comencé Mancho el lecho del difunto con estos brazos que le dieron
a interrogarlos. Ellos se enfadaron contra el autor de tal ultra- muerte. ¿No soy, pues, un desgraciado? ¿No soy un monstruo
je. Yo me alegré de ello, y, no obstante, la injuria me escocía: de impureza, si es preciso que me destierre, y desterrado no
me había penetrado profundamente. Y sin que mis padres pueda ver a los míos ni poner el pie en mi patria, sino que
lo supiesen fui a Delfos; y Apolo no contestó las pregun- estoy destinado a casarme con mi madre y dar muerte a mi
tas que fui a hacerle; pero anunció otras desgracias graves, padre, Pólibo, que me engendró y crió? Considerando que
terribles, espantosas, diciendo que yo estaba destinado a todas estas desgracias las ha precipitado sobre mí una divi-
unirme con mi madre; que presentaría a los ojos de los hom- nidad inexorable, no habrá quien de mí piense con mente
bres una execrable descendencia; que sería el asesino del justiciera. ¡Jamás, jamás, oh santa majestad divina, vea yo
padre que me había engendrado. Ante estas predicciones, ese día, sino que de en medio de los mortales desaparez-
guiado en lo sucesivo por las estrellas, huí de la tierra corintia ca antes de que caiga sobre mí tan deshonrosa mancha!
a donde no viera jamás el cumplimiento de estos afrentosos corifeo.—También nosotros, Príncipe, estamos llenos de te-
oráculos. En mi viaje llegué al sitio en donde dices que fue rror; pero hasta que el testigo te haya aclarado los hechos,
muerto el Rey. Y te diré, mujer, la verdad completa. Cuando conserva la esperanza.
en mi marcha me acercaba al triple camino, el heraldo y un edipo.—¡Ah, cierto! ¡Es la esperanza que me resta: aguardar a
hombre tal como tú dices, montado en un carro tirado por ese hombre, el pastor, a él solo!
caballos de poca edad, vinieron en dirección contraria. El yocasta.—¿De dónde ese anhelo de que venga?
conductor y el mismo viejo me lanzaron con violencia del edipo.—Voy a decírtelo. Si él refiere lo mismo que tú, estaré
camino. Yo, lleno de cólera, golpeé al que me apartaba, esto libre de todo temor.
es, al conductor, y viendo esto el viejo, acecha el momento yocasta.—¿Qué palabra tan importante has oído de mi boca?
en que yo paso al lado del carro y me alcanza en medio de edipo.—Él dijo, manifestaste hace poco, que los matadores
la cabeza con su doble aguijón. No fue igual su suerte, por- fueron unos bandidos. Si insiste aún en que fueron varios,
que enseguida, pegándole con el bastón que portaba en esta no fui yo el matador. Un hombre solo no podría equivaler a
mano, cayó boca arriba y rodó inmediatamente del carro. Y varios; pero si dice que fue uno solo, es claro, entonces, que
di muerte a todos. Si este extranjero tiene parentesco algu- la acción me será imputable.
no con Layo, ¿quién será más desventurado que yo? ¿Qué yocasta.—Pero así fue como dijo, sábelo bien, y no puede
ser será más odiado por los dioses? Ningún extranjero, nin- desdecirse. Lo escuchó la ciudad y no yo sola. Y aunque se
gún ciudadano podrá recibirme en su morada ni dirigirme la apartase algo de su anterior declaración, nunca, ¡oh Rey!, po-
palabra; todos deben rechazarme de sus casas. Y nadie dría probar que conforme con el oráculo fue muerto Layo,
Edipo Rey 47
48 Sófocles

de quien Apolo vaticinó que moriría a manos de un hijo mío.


las cosas sagradas. ¿Quién que así se comporte podrá vana-
Pues bien, mi pobre hijo no lo mató, porque había perecido
gloriarse de apartar de su alma todo remordimiento? Porque
antes que aquel. Así, pues, en lo sucesivo no he de prestar fe
si tales actos se honran, ¿de qué me sirve ejecutar los coros
a ningún oráculo, venga por la diestra o la siniestra mano.
en honor de los dioses?
edipo.—Bien razonas. Sin embargo, manda buscar al escla-
Yo no iré más al ombligo sagrado de la tierra a adorar a los
vo. No lo descuides.
dioses, ni iré al templo de Abas ni iré tampoco a Olimpia 15 , si
yocasta.—Mandaré inmediatamente; pero entremos en pa-
estas predicciones no llegan a cumplirse ante la faz de todos.
lacio. Yo no podría hacer nada que te disgustase.
Pero, ¡oh Zeus poderoso!, si lo eres realmente, si lo gobiernas
todo, que esto no escape a ti ni a tu inmortal poder: las profe-
Salen
cías de Layo se desprecian; a Apolo ya no se venera en parte
alguna. Se va extinguiendo el culto de los dioses.
coro.— Que siempre me acompañe la santidad augusta en
todas mis palabras, así como en mis obras. Para ellas se dic-
Entra yocasta con acompañamiento de mujeres
taron las soberanas leyes del éter celestial: el Olimpo es su
padre. No las ha producido esta raza mortal de los seres efí-
yocasta.—Señores de esta tierra: se me ha ocurrido la idea de
meros; jamás en el olvido habrán de adormecerse. Un dios
ir a los templos de los dioses con estas coronas y estos per-
reside en ellas que es grande y no envejece.
fumes en las manos, porque toda clase de inquietudes llena
La soberbia origina el poder absoluto; y cuando la sober-
la cabeza de Edipo. Ni como hombre cuerdo interpreta los
bia vanamente acumula imprudencias y excesos y así llega a
oráculos recientes por las pasadas predicciones, sino que
la cumbre, se precipita en una honda sima de horrores que no
se entrega al que le hable con tal que le diga cosas espanto-
tienen salida. Y yo ruego a los dioses que no pongan jamás
sas. Puesto que nada puedo lograr con mis exhortaciones, a
fin al esfuerzo noble que hace hoy esta tierra para su salva-
ti, Apolo Licio, el dios que tengo más cercano, a ti acudo
ción. Yo siempre imploraré la protección divina.
suplicante con estas ofrendas votivas para que nos conce-
Quien se muestre insolente en palabras o acciones sin el te-
das un término propicio. ¡Cómo temblamos todos al verle
mor de Dice 14 y sin honrar los templos de los dioses, que un
así azotado como el piloto de una nave sin timón!
siniestro destino lo persiga por su culpable orgullo, si hace
ganancia injusta, si comete impiedades o loco se apodera de
15 Había tres oráculos: los dos más famosos, el de Apolo en Delfos, el de Zeus
en Olimpia, y el de Abas, en la Fócide, también de Apolo. Se llamaba Delfos
“el ombligo de la tierra” porque se creía que estaba en el centro del mundo, y
14 Personificación de la justicia, hija de Zeus y Temis, vengadora de la maldad y simbolizaba el ombligo un cono de piedra cubierto de cintillas de lana blanca.
recompensadora de la virtud.
Edipo Rey 49 50 Sófocles

Mientras coloca las ofrendas entra un mensajero Entra edipo

mensajero.—¿Podríais decirme, extranjeros, dónde es el pala- edipo.—¡Oh Yocasta, mi adorada mujer!, ¿para qué me has
cio de Edipo? Sobre todo, decidme, si lo sabéis, dónde está él. mandado llamar aquí desde el palacio?
corifeo.—Esta, extranjero, es su morada. Dentro se halla el yocasta.—Escucha a este hombre, y oyéndolo, ve en qué
Rey. Esta mujer es la madre, madre de sus hijos. vienen a parar los augustos oráculos del dios.
mensajero.—Feliz sea y siempre rodeada de felicidad, ella, la edipo.—¿Quién es este, pues, y qué viene a decirme?
excelente esposa suya. yocasta.—Viene de Corinto para anunciar que tu padre Póli-
yocasta.—¡Oh huésped!, lo mismo te deseo, que lo mereces bo no existe, que ha muerto.
por tus afables palabras. Pero dime por qué has venido y qué edipo.—¿Qué dices, extranjero? Explícate tú mismo.
quieres anunciar. mensajero.—Si esto es lo que primero debo anunciarte cla-
mensajero.—Buenas nuevas para tu familia y tu esposo, mujer. ramente, ten por cierto que Pólibo ha muerto.
yocasta.—¿Cuáles? ¿De parte de quién vienes? edipo.—¿Por traición o enfermedad?
mensajero.—De Corinto. Las noticias que voy a decirte te mensajero.—El menor contratiempo abate a los ancianos.
causarán sin duda alegría, ¿cómo no? Pero podrían tam- edipo.—¿El pobre ha sucumbido a una enfermedad según
bién afligirte. parece?
yocasta.—¿De qué se trata? ¿Cómo podrán producir ese do- mensajero.—Y a sus largos años.
ble efecto? edipo.—¡Ea, ea! ¿Para qué, mujer, consultar el altar de Delfos
mensajero.—Los ciudadanos del Istmo van a poner de rey a o el graznido de las aves en los aires? Según tales augurios,
Edipo, según allá se decía. ¿no debía yo matar a mi padre? Pues bien, él ha muerto y re-
yocasta.—¿Y qué? ¿Ya no gobierna allí el viejo Pólibo? posa en el seno de la tierra y yo estoy aquí sin haber tocado la
mensajero.—¡Oh no, porque la muerte lo llevó a la tumba! espada: (Con ironía.) a menos que haya expirado por la pena
yocasta.—¿Qué dices? ¿Ha muerto Pólibo? de mi ausencia. Así sí habría causado yo su muerte. Por lo
mensajero.—Que muera yo si no digo la verdad. pronto, Pólibo yace en Hades habiéndose llevado consigo
yocasta.—(A una de su séquito.) Muchacha, ¿no vas corriendo esos oráculos.
enseguida al amo con la noticia? ¡Oh augurios de los dioses!, yocasta.—¿No te lo estaba diciendo?
¿en qué habéis parado? Por temor de matarlo, Edipo huyó edipo.—Lo decías, pero el temor me extraviaba.
hace tiempo, y he aquí que ahora el destino le hace morir y yocasta.—¡Que nada de eso vuelvas a dar entrada en tu
no por su mano. espíritu!
52 Sófocles
Edipo Rey 51

mensajero.—¡Que no te haya librado ya de este temor, oh


edipo.—¿Y cómo no ha de inquietarme lo del matrimonio
Rey, yo que he venido lleno de buenos sentimientos hacia ti!
con mi madre?
edipo.—Pues tendrías de mí la condigna recompensa.
yocasta.—¿Por qué ha de inquietarte el hombre, a quien go-
mensajero.—Pues a esto vine principalmente; para que
bierna el hado y no tiene clara previsión de nada? Lo justo
vuelto tú a tu patria sacase yo algún provecho.
es, en cuanto se pueda, vivir uno entregado a la fortuna. Tú
edipo.—Pero es que jamás iré a habitar con mis padres.
no temas por el matrimonio con tu madre. Ya muchos morta-
mensajero.—Hijo, bien se ve que no sabes lo que haces...
les se han unido en sueños a sus madres. Quien desecha esos
edipo.—¿Cómo? ¡Oh anciano, explícate, por los dioses!
terrores lleva una vida tranquila.
mensajero.—...si no quieres volver a tu casa por estos motivos.
edipo.—Todo esto sería muy razonable si mi madre no vivie-
edipo.—Temo que Febo me resulte verídico.
se; puesto que ella vive, por más justas que sean tus palabras
mensajero.—¿Por ventura temes cometer alguna impure-
es natural mi temor.
za con tus padres?
yocasta.—De todos modos es un gran alivio para ti la muer-
edipo.—Eso mismo, anciano. Tal es mi terror continuo.
te de tu padre.
mensajero.—¿No sabes que tu miedo no se justifica...
edipo.—Grande, lo reconozco; pero me espanto por la que
edipo.—¿Cómo no, si soy hijo de ellos?
aún goza de la vida.
mensajero.—...porque Pólibo no tenía ninguna consangui-
mensajero.—¿Cuál es la mujer que os inspira estos temo-
nidad contigo?
res?
edipo.—¿Qué dices? ¿De suerte que Pólibo no me engendró?
edipo.—Mérope, ¡oh anciano!, con quien vivía Pólibo.
mensajero.—No más que yo, sino tanto como yo.
mensajero.—¿Qué hay con ella, que te infunde miedo?
edipo.—Pero, ¿de qué manera el que me engendró puede ser
edipo.—Un tremendo oráculo divino, ¡oh extranjero!
igual al que no es nada mío?
mensajero.—¿Puede decirse? ¿O es prohibido que lo sepa
mensajero.—Es que ni él te engendró ni yo tampoco.
nadie?
edipo.—Entonces, ¿por qué me llamaba hijo suyo?
edipo.—Helo aquí. Dijo Loxias que un día había yo de unirme
mensajero.—Porque eras, has de saberlo, un presente hace
a mi propia madre y que con mis manos derramaría la sangre
tiempo recibido de mis manos.
de mi padre. Por esta causa hace tiempo que habito lejos de
edipo.—¿Y tanto me amaba no obstante haberme recibido de
Corinto. Bien me he hallado; no obstante, ¡es tan agradable
manos extrañas?
gozar la vista de quienes nos dieron el ser!
mensajero.—Porque antes no tenía hijo.
mensajero.—¿Por estos temores te desterraste de allá?
edipo.—Y cuando me entregaste en sus manos, ¿me habías
edipo.—Y para no ser el asesino de mi padre, ¡oh anciano!
comprado o me habías hallado casualmente?
Edipo Rey 53 54 Sófocles

mensajero.—Te había encontrado en los repliegues del valle edipo.—(Al coro.) ¿Alguno de vosotros, los que me rodeáis,
del Citerón. conoce al pastor que dice? ¿Lo ha visto aquí o en los cam-
edipo.—¿Por qué andabas por esos sitios? pos? Contestad. Es la ocasión de esclarecer este misterio.
mensajero.—Apacentaba por allí rebaños montañeses. corifeo.—En mi opinión no es otro que aquel mismo campe-
edipo.—¿Eras, pues, pastor, y andabas a sueldo por allí? sino que ha poco deseabas ver. Aunque también es lo cierto
mensajero.—Y fui entonces, hijo mío, tu salvador. que nadie mejor podrá decírnoslo que Yocasta.
edipo.—¿Qué dolores me aquejaban cuando me encontraste edipo.—Mujer, ¿crees que ese hombre a quien hace poco he-
en ese estado miserable? mos mandado llamar es el mismo de quien este dice?...
mensajero.—Las articulaciones de tus pies podrán decla- yocasta.—¿De quién está hablando? No hagas caso. Procura
rarlo. olvidar esas palabras inútiles.
edipo.—¡Ay de mí! ¡Qué antiguo sufrimiento me revelas! edipo.—Es imposible que con las señales que da este hombre
mensajero.—Yo te solté las ligaduras. Habían penetrado no pueda yo descubrir mi origen.
las extremidades de tus pies. yocasta.—¡Por los dioses! Si tienes interés por tu vida no
edipo.—Horrible afrenta que conservo de mi infancia. averigües más eso. (Aparte.) Demasiado es ya con lo que
mensajero.—Por esas circunstancias te pusieron el nombre yo padezco.
que tienes16 . edipo.—¡Ánimo! Ni aunque se demostrase que provengo
edipo.—¡Oh, por los dioses! ¿Me lo puso mi padre o mi madre? de una triple generación de esclavos, aparecerías tú me-
mensajero.—No sé. El que te me entregó lo sabe mejor. nos noble.
edipo.—¿De suerte que tú mismo no me hallaste, sino que me yocasta.—¡Sin embargo, escúchame, te lo suplico! ¡No hagas
recibiste de otras manos? eso!
mensajero.—No. Otro pastor te entregó a mí. edipo.—No puedo obedecerte hasta haberlo averiguado con
edipo.—¿Quién? ¿No puedes indicármelo? seguridad.
mensajero.—Se decía que era uno de los servidores de Layo. yocasta.—Con buen acuerdo te doy el mejor consejo.
edipo.—¿Del antiguo rey de esta tierra? edipo.—Esos mejores consejos me martirizan desde hace
mensajero.—Cabalmente. Era pastor de ese hombre. tiempo.
edipo.—¿Vive todavía? ¿Podré verlo? yocasta.—¡Oh desventurado! ¡Ojalá nunca supieses quién eres!
mensajero.—(Al coro.) Vosotros que vivís en el país lo sa- edipo.—¿No habrá quien traiga ese pastor a mi presencia? De-
bréis mejor que yo. jad que ella se envanezca con su rica prosapia.
yocasta.—¡Ay, ay, infeliz! Esto es lo único que puedo decirte;
16 Efectivamente, Edipo significa “el de los pies hinchados”. nada más podré decirte en lo sucesivo.
56 Sófocles

Sale yocasta

corifeo.—¿Por qué se ha ido tu mujer, Edipo, presa de tan


violenta desesperación? Temo que de este silencio van a sa-
lir grandes desgracias.
edipo.—Salga lo que saliere. Por humilde que sea mi origen
quiero conocerlo. Ella quizás, orgullosa, mujer al fin, se
avergüenza de mi bajo origen. Hijo de la Fortuna bienhecho-
ra, yo no me considero deshonrado: esa madre me dio a luz,
y los meses que comenzaron con mi vida han determinado
mi abatimiento y mi grandeza. Tal es mi origen, no podría
cambiarlo hasta el punto de querer ignorarlo.
coro.—Si soy adivino y si hábil espíritu tengo, ¡oh Citerón!,
por el Olimpo infinito te juro que antes del plenilunio que
se acerca hemos de tributarte nuestros cánticos como padre
y nodriza y cual madre de Edipo; y en tu honor tejeremos
las danzas por tus beneficios a nuestros señores. ¡Oh Febo
protector!, que mis palabras sean de tu agrado.
¿Cuál, hijo mío, cuál virgen inmortal rendida a Pan17 sil-
vestre te otorgó la vida, o como fruto del amor de Loxias? A
él placen todas las llanuras rústicas. ¿O es acaso que Baco,
príncipe de Cilene, el que habita las cimas de los montes, te
recibió en sus brazos, de alguna de las ninfas heliconias con
quienes con frecuencia juguetea?

Va acercándose un pastor

17 Dios de todo lo que se relaciona con la vida pastoral: las selvas, los pastos, las
manadas, los pastores, las grutas, los valles, las cimas de los montes, la caza, los
animales mansos, las bestias salvajes, etc.
Edipo Rey 57 58 Sófocles

edipo.—Si me es lícito, ancianos, hacer conjeturas sobre un regresaba a mis establos y él a los rediles de Layo. (Al cria-
hombre a quien no conozco, me parece ver al pastor que hace do.) ¿Es verdad o no es verdad lo que estoy diciendo?
tiempo buscamos. Su avanzanda edad concuerda con la de criado.—Es cierto lo que dices; aunque ya hace tanto tiempo...
este hombre. (Se refiere al mensajero.) Además, reconozco mensajero.—Dime ahora: ¿recuerdas que entonces me diste
a los que lo conducen como siervos míos. Tú que conociste un niño para que lo criara como mío?
antes al pastor, juzgarás prontamente mejor que yo. criado.—Pero, ¿qué? ¿Por qué me haces esta pregunta?
corifeo.—Lo reconozco, tenlo por seguro. Era el más fiel mensajero.—Este es, amigo, ese niño de entonces.
pastor de Layo. criado.—¡Perdición sobre ti! ¿Vas a callarte?
edipo.—Primero te interrogaré a ti, huésped de Corintio. ¿Es edipo.—¡Oh, no te enfades, viejo, con él, que tus palabras son
este de quien hablas? más dignas de cólera que las suyas!
mensajero.—El mismo que está ante tus ojos. criado.—¿En qué ofendo yo, oh el mejor de los señores?
edipo.—Tú, viejo... aquí... mírame! Contesta a mis preguntas. edipo.—En no decir cuál es el niño por quien este pregunta.
¿Tú pertenecías en otro tiempo a Layo? criado.—Habla sin saber qué dice y pierde su tiempo.
criado.—Yo era su esclavo, no comprado sino criado en su edipo.—Pues tú, si no hablas de grado hablarás por fuerza.
casa. criado.—¡No, no, te ruego por los dioses, no maltrates a este
edipo.—¿Qué ocupación tenías? ¿Qué clase de vida llevabas? viejo!
criado.—La mayor parte de mi vida cuidé rebaños. edipo.—¿No hay quien le ate enseguida las manos a la espalda?
edipo.—¿Qué sitios frecuentabas de preferencia? criado.—¡Desgraciado de mí! ¿Por qué? ¿Qué quieres saber?
criado.—Ya el Citerón, ya las regiones cercanas. edipo.—¿Tú le entregaste el niño de que habla?
edipo.—¿Recuerdas si conociste por allí a este hombre? criado.—Sí... ¡Debí morir ese mismo día!
criado.—¿Qué hacía? ¿A qué hombre te refieres? edipo.—Eso es lo que te va a pasar si no dices lo que debes.
edipo.—A este que está aquí. ¿Tuviste algún trato con él? criado.—Con tanta mayor razón me perderé si hablo.
criado.—No puedo contestar así enseguida. No me acuerdo. edipo.—Este hombre, a lo que parece, quiere ganar tiempo.
mensajero.—No es de asombrarse, señor, pero yo voy a des- criado.—No, por cierto. Ya he dicho que hace tiempo lo
pertarle claramente su recuerdo. Estoy seguro de que me entregué.
conoció cuando en el Citerón, él con dos rebaños y yo con edipo.—¿Dónde lo tomaste? ¿Era tuyo o lo recibiste de alguien?
uno, éramos vecinos tres semestres completos desde la pri- criado.—No era mío; lo recibí de alguien.
mavera hasta que aparecía Arturo18 . Al llegar el invierno yo edipo.—¿De qué ciudadano de aquí y de qué casa?
criado.—¡No, por vida de los dioses, señor, no me preguntes
18 Es la constelación de la Osa, metáfora que designa el comienzo del otoño. más!
Edipo Rey 59 60 Sófocles

edipo.—Si tengo que preguntártelo otra vez, eres hombre Con ese ejemplo tuyo, con tu destino adverso, ¡oh desdichado
muerto. Edipo!, a nadie entre los hombres puedo llamar feliz.
criado.—Pues bien, había nacido en el palacio de Layo. Él disparó su flecha más lejos que ninguno, llegó hasta la más
edipo.—¿Esclavo o hijo de él? alta felicidad, ¡oh Zeus! Morir hizo a la virgen de recurvadas
criado.—¡Ay de mí! ¡Me horroriza el decirlo! uñas y cantos enigmáticos; y se irguió en nuestra tierra cual
edipo.—Y a mí el escucharlo. Sin embargo, es preciso que lo torre protectora alzada ante la muerte. Rey le llamaron luego,
oiga. con honores altísimos, príncipe soberano de la potente Tebas.
criado.—Se decía que era hijo de Layo. Pero la mujer que Y hoy, ¿quién en el mundo habrá más desgraciado, más
está adentro te podrá decir mejor lo que ocurrió. lleno de miserias y duros sufrimientos, por una alternativa
edipo.—¿Fue ella quien te lo dio? de la inconstante vida? ¡Oh esclarecido Edipo!, te bastó un
criado.—Efectivamente, ¡oh Rey! mismo puerto, para en él abrigarte como hijo y como esposo.
edipo.—¿Para qué? ¿Por qué el surco paterno, por qué, desventurado, pudo por
criado.—Para que lo matase. tanto tiempo soportarte en silencio?
edipo.—¡La que le dio el ser! ¡Desgraciada! El tiempo omnividente te ha revelado el hecho, contrario
criado.—Por temor a unos oráculos funestos. a tu deseo; y condena el enlace hace tiempo nefasto, que te
edipo.—¿Cuáles? convierte en padre con la que el ser te ha dado. ¡Que no te hu-
criado.—Se decía que había de matar a sus padres. biese visto jamás, hijo de Layo! Sufro y mi boca solo puede
edipo.—Entonces, ¿por qué lo entregaste a este anciano? exhalar gemidos. Mas verdaderamente por ti alentó mi vida
criado.—Por compasión, señor; pensé que se lo llevaría a otra y tuve al fin reposo.
tierra, al país de donde él era. Pero él, para males mayores,
lo salvó. Si tú eres quien dice él, considérate un desgraciado. Entra un sirviente
edipo.—¡Ay, ay, todo se ha aclarado! ¡Oh luz, sea esta la vez
última que te vea quien nació de quienes no debía, vivió con sirviente.—¡Oh vosotros, objeto siempre de los más altos
quienes no le era lícito y mató a quien le era prohibido! honores de esta tierra, qué de cosas vais a escuchar, qué de
espectáculos vais a presenciar, qué dolor tan grande vais a
Se van todos sufrir si a fuer de compatriotas sois todavía afectos a la casa
de los labdácidas! Creo que ni el Istro 19 ni el Fasis 20 serían
coro.—¡Oh las generaciones de los seres humanos! Os considero
a todas lo mismo que la nada. ¿Quién gozó de la dicha más que
19 El río Danubio.
un leve momento, para volver al punto al antiguo infortunio? 20 Río de la Cólquide, que desemboca en el Ponto Euxino o Mar Negro.
62 Sófocles

bastantes para limpiar este palacio de las impurezas que


encierra y de los otros crímenes voluntarios e involuntari-
os que sacará pronto a luz, pues de todas las desgracias, las
que uno se causa a sí mismo son las más lamentables.
corifeo.—Nada puede agregarse a lo que ya sabemos para
que nuestra pena sea profunda. ¿Qué otra desgracia nos
anuncias ahora?
sirviente.—Tan breve es el decirlo como el saberlo: la divina
Yocasta ha muerto.
corifeo.—¡Desventurada! ¿Y cuál ha sido la causa?
sirviente.—Ella misma se dio la muerte. Vosotros no sabéis
lo más doloroso de todo lo ocurrido, porque no estábais pre-
sentes. Sin embargo, en cuanto me ayude el recuerdo, vais a
conocer cuánto sufrió la desdichada. Cuando agitada y en-
loquecida traspasó el vestíbulo, se lanzó enseguida hacia el
lecho nupcial mesándose los cabellos con ambas manos. En-
tra, cierra la puerta con violencia, llama a Layo, hace tiempo
difunto, evoca el recuerdo de las antiguas caricias que habrían
de dar vida al hijo matador de su padre y a quien ella debía dar
hijos en nupcias vergonzosas. Se lamenta amargamente por el
lecho donde la desventurada había concebido una doble gene-
ración: hijos de su marido e hijos de su hijo, decía. Después de
esto se dio la muerte, no sé cómo, porque Edipo se precipitó
allí gritando y no me fue posible ver cómo terminó Yocasta;
pues nuestras miradas se dirigieron dónde estaba su mujer que
no era su mujer, sino la madre que en su seno lo había llevado
a él y también a los hijos de él mismo. Y en medio de su vio-
lento transporte alguna divinidad le mostró el sitio, porque no
fue ninguno de los que estábamos allí cerca. Con espantosos
alaridos, como si alguien lo condujese, se lanza sobre la doble
Edipo Rey 63
64 Sófocles

puerta, la que hace girar sobre sus goznes y se precipita en el


Entra edipo, ciego y bañado en sangre
cuarto. Allí vimos colgada a la mujer, estrangulada por el tren-
zado lazo. En cuanto la miró el desventurado, con un rugido
corifeo.—¡Cuán triste es mirar el dolor de los hombres! ¡Y
de horror suelta el lazo que la suspendía; cae a tierra la infe-
este el más terrible que jamás he visto! ¿Qué locura vino so-
liz, y fue una atrocidad la que entonces presenciamos; porque
bre ti, infeliz? ¿Qué destino horrible colmó tus desdichas
arrancándole los broches de oro que le sujetaban el manto, los
con males que exceden el dolor humano? ¡Oh tú, desdicha-
tomó y se sacó los ojos exclamando: que no serían más testi-
do; yo ni aun verte puedo, aunque preguntarte deseo tantas
gos ni de las desventuras que había sufrido ni de los crímenes
cosas y tantas oírte y tanto mirarte! ¡Tal estremecimiento
que había cometido, sino que en lo sucesivo, sumidos en las ti-
me produces!
nieblas, no vería más a los que que no debía ver ni conocería
edipo.—(Avanzando a tientas.) ¡Ay, ay, triste de mí! ¿A qué
a los que no quería conocer. Lanzando estos gritos levantaba
lugar del mundo me dirijo? ¿Dónde se alza mi voz? ¡Oh mi
los párpados y se hería no una sino varias veces. Al mismo
destino!, ¿a dónde te has precipitado?
tiempo, sus pupilas sangrantes le bañaban las mejillas. No sa-
corifeo.—A una espantosa desgracia que no puede verse ni
lían de ella húmedas gotas de sangre sino lluvia sombría y rojo
oírse.
granizo. De ambos, no de uno solo, surgieron estas desdichas,
edipo.—¡Oh nube de tinieblas,odiosa nube sobre mí caída,
y el marido y la mujer fundieron en uno sus infortunios. La
indecible, indomable, irremediable! ¡Ay, ay de mí! ¡Cuál
felicidad de que antes gozaban podía considerarse verdadera
me atraviesa el aguijón de mis desdichas y el recuerdo de
felicidad; pero hoy no es más que gemidos, maldición, muerte,
mis infortunios!
vergüenza, desventuras, sin que falte ninguno de los nombres
corifeo.—No es de admirar que en medio de tamaños in-
con que se designan las desdichas.
fortunios doble llanto derrames: que son dobles los males
corifeo.—¿Y está ahora algo tranquilo el infeliz?
que soportas.
sirviente.—Grita que abran las puertas y que muestren
edipo.—¡Oh amigo! Eres el solo compañero que de todos me
el parricida a todos los cadmeos, al hijo cuya madre... no
resta, pues aún por mí, ciego, te interesas. ¡Ay, ay! No se
puedo repetir sus sacrílegas palabras; que va a alejarse del
me oculta quién eres; que aun sumido en las sombras tu acen
país, que no permanecerá más en palacio maldecido con
to reconozco.
sus propias maldiciones. Necesita, sin embargo, de quien
corifeo.—¡Qué cosa atroz has hecho! ¿Cómo osaste arran-
lo sostenga y lo guíe, porque su mal es demasiado para que
carte así los ojos? ¿Qué deidad te impulsó a ello?
pueda sobrellevarlo. Él mismo va a mostrártelo. Ya se abren
edipo.—¡Apolo, Apolo, amigo, fue quien ocasionó mis
las puertas. Vas a ver un cuadro que hasta en un enemigo
desventuras; pero ninguno me arrancó los ojos, sino yo,
excitaría la compasión.
Edipo Rey 65 66 Sófocles

desdichado! ¿Para qué eran precisos? ¡Ya nada que mirase ni las sagradas estatuas de los dioses. Yo, desventurado,des-
me era grato! pués de haber gozado en Tebas de los más altos honores,
corifeo.—Tal es como lo dices. me privé de todo esto a mí mismo, al ordenar que se expul-
edipo.—¿Qué puedo yo mirar, o amar qué puedo, o qué frase sase al sacrílego, al que los dioses y el linaje de Layo declaraban
escuchar con la que goce, amigos? Llevadme de aquí pronto, impuro. Habiendo señalado tal mancha en mí mismo, ¿podía
llevaos, amigos míos, al hombre más funesto, digno de exe- yo mirar con tranquilidad a estas gentes? De ningún modo. Si
cración, el mortal más odiado de los dioses. fuese posible todavía impedir que los sonidos penetrasen por
corifeo.—Eres digno de compasión tanto por tus remordi- mis oídos, no vacilaría en privar de ellos a mi cuerpo miserable
mientos como por tus desgracias. ¡Quién me diera no haberlas para no ver ni oír nada, porque es un alivio ser uno insensible
conocido jamás! a sus desgracias.
edipo.—Perezca aquel que en el monte desierto las duras ama- ¡Oh Citerón! ¿Por qué me recibiste? ¿Por qué después
rras quitó de mis pies y salvó mi vida sin hacerme un bien. Si la de recibirme no me diste muerte al punto, para no revelar
muerte entonces me hubiera alcanzado, mis amigos se hubie- jamás a los hombres de quién había nacido? ¡Oh Pólibo, oh
ran ahorrado estas penas y yo me vería libre de dolores. Corinto, oh viejo palacio que yo llamaba mi paternal mo-
corifeo.—Y yo también lo hubiera querido. rada: qué de calamidades dejásteis prosperar en mí ocultas
edipo.—No hubiera venido a matar a mi padre ni me apellida- bajo vuestra belleza! Ahora todos saben que soy un criminal,
ran esposo de aquella que me dio la vida. Hoy me abandonan vástago de raza perversa. ¡Oh triple sendero, que bebisteis
los dioses, hijo soy de unos seres impuros. ¡Infeliz!, he engen- mi sangre, la sangre de mi padre vertida por mi mano! ¿Re-
drado en el seno de donde he salido. Y si alguna desgracia hay cordáis los crímenes con que os manché y los que otra vez he
peor que la misma desgracia, ¡la he sufrido yo, Edipo! cometido al venir aquí? ¡Oh himeneo, oh himeneo! Me diste
corifeo.—No encuentro cómo aprobar tu determinación. la vida, y habiéndomela dado, hiciste germinar de nuevo la
Mejor te hubiera sido no existir que vivir ciego. misma simiente: has dado vida a padres hermanos de sus hi-
edipo.—No trates de probarme que no es mejor lo que hice. No jos, hijos hermanos de sus padres, esposas a la vez mujeres y
me des más consejos. No sé en verdad, si conservara la vista, madres de sus hijos, y cuantas impurezas puede haber entre
con qué ojos podría ver a mi padre o a mi desventurada ma- los hombres. Pero no es lícito decir lo que es vergonzoso eje-
dre cuando llegue a Hades; porque he cometido contra ellos cutar... Cuanto antes, en nombre de los dioses, ocultadme
acciones que no expía la horca. ¿Acaso podía serme grata la vis- lejos de aquí, escondedme no importa en qué lugar; o ma-
ta de mis hijos, nacidos como nacieron? No, ciertamente, no tadme o arrojadme en el mar, donde no me podáis ver jamás.
podía ser deseable a mis ojos mirar la ciudad ni su fortaleza, Acercaos, dignaos a tocar a un ser miserable. Creedme, no
Edipo Rey 67 68 Sófocles

temáis. Tan grandes son mis sufrimientos que, excepto yo, edipo.—Pero su oráculo fue bien claro. Matar al parricida, a
no hay nadie entre los hombres capaz de soportarlos. mí, al impío.
corifeo.—A propósito, se acerca Creonte para cumplir lo creonte.—Así se dijo. No obstante, en la necesidad en que
que pides y para aconsejarte, ya que en lugar tuyo queda él nos hallamos es preferible saber lo que debe hacerse.
como único guardían del país. edipo.—¿De manera que vais a consultar acerca de un
edipo.—¡Ah! ¿Qué osaré decirle? ¿Qué confianza podré en desgraciado?
justicia esperar de él, después de habérmele mostrado an- creonte.—Y ahora creerás en los oráculos del dios.
tes tan injusto? edipo.—Y además te recomiendo y te suplico que des la sepul-
tura que te plazca a la que yace en el palacio. Así cumplirás
Entra creonte un deber para con los tuyos. En cuanto a mí, no se crea ja-
más que la ciudad de mi padre me ha de abrigar en su seno
creonte.—No he venido, Edipo, para reírme de ti ni para en todo el resto de mi vida. Dejadme en cambio habitar en
reprochar nada de tus pasadas faltas. Pero si vosotros (Di- los montes, en ese Citerón mío que mi padre y mi madre me
rigiéndose al coro.) no tenéis ya ningún respeto hacia las asignaron al nacer como segura tumba para que muriese
generaciones de los mortales, tenedlo al menos hacia la llama como ellos querían hacerme sucumbir. Por lo demás, muy
del rey Sol que todo lo alimenta, y absteneos de mostrar al des- bien sé que ni la enfermedad ni nada semejante dará fin a
cubierto a este ser impuro a quien no pueden dar acogida ni la mis días; solo fui salvado de la muerte para sufrir desgra-
tierra, ni la sagrada lluvia, ni la luz. Conducidlo con presteza cias terribles. ¡Cúmplase mi destino, cualquiera que él sea!
dentro del palacio. Porque solo en los parientes hay senti- No te preocupes por mis hijos varones, Creonte; hombres
mientos piadosos para ver u oír las desgracias de los suyos. son; en ninguna parte les faltará lo necesario para la vida.
edipo.—¡Por vida de los dioses! Puesto que te muestras, con- Pero mis dos hijas desventuradas y dignas de compasión,
tra lo que esperaba, tan razonable hacia el más perverso de que jamás sin mi compañía se sentaban a la mesa, y siempre
los hombres, óyeme: voy a hablar en beneficio tuyo y no por participaban en los manjares de que me servía, cuídamelas;
mi interés propio. y sobre todo, déjame que las toque con mis manos y que
creonte.—¿Qué esperas de mí? deplore su desgracia. Te lo suplico, Príncipe, te lo suplico,
edipo.—Arrójame cuanto antes de esta tierra, a donde nadie Rey de ilustre descendencia. Tocándolas me parecerá te-
me vea dirigir la palabra a ninguno de los hombres. ner las como cuando las contemplaba con los ojos. ¿Qué digo?
creonte.—Lo habría hecho ya, desde saberlo; solo que me ¿No oigo ya, por los dioses, en alguna parte, a mis dos ama-
era preciso averiguar antes del dios qué debía hacerse. das hijas que se deshacen en lágrimas? ¿Será que Creonte,
70 Sófocles
Edipo Rey 69

errantes, mendigas y abandonadas; no las iguales con mis


compadecido de mí, ha hecho llamar a mis hijas queri-
desventuras. Apiádate de ellas. Mira la ternura de sus años
dísimas? ¿Será cierto?
y cómo están privadas de todo menos de tu protección. Pro-
métemelo, ¡oh generoso amigo!, tocándome con la mano. A
Entran antígona e ismena conducidas por un esclavo
vosotras, hijas mías, si tuvieseis ya reflexión, os daría mu-
chos consejos. Solamente desead que en donde os toque
creonte.—Es verdad. Yo lo he preparado todo sabiendo el
vivir llevéis una existencia más feliz que la del padre a quien
placer que sientes por ello y el deseo que hace tiempo tenías.
debéis la vida.
edipo.—¡Que seas feliz! ¡Que por habérmelas traído aquí
creonte.—Suficiente has llorado ya. Entra al palacio.
te proteja la divinidad más de lo que a mí me ha protegido!
edipo.—¿Debo obedecer aun contra mi deseo?
¡Hijas mías! ¿Dónde estáis? Acercaos, venid a estas manos
creonte.—Es bueno todo lo que se hace con oportunidad.
paternales, estas manos que privaron de sus ojos antes ra-
edipo.—¿Sabes bajo qué condiciones me voy?
diantes al padre que os dio la vida, al padre que sin ver ni
creonte.—Dilas para saberlas.
saber, hijas mías, os creó en el mismo seno en que fue conce-
edipo.—Para que me destierres del país.
bido. Lloro por vosotras, ya que no puedo veros, pensando
creonte.—Me pides lo que corresponde al dios.
en la amargura que en el resto de vuestra vida tendréis que
edipo.—Pero soy odiado de los dioses.
soportar de parte de los hombres. ¿A qué reuniones de ciuda-
creonte.—Entonces pronto lo obtendrás.
danos iréis, a qué fiestas, de donde no volváis a casa bañadas
edipo.—¿Verdad?
en lágrimas en vez de presenciarlas con placer? Y cuando ha-
creonte.—No me gusta decir lo que no pienso.
yáis coronado la edad del matrimonio, ¿quién osará afrontar
edipo.—Llévame, pues, de aquí.
los oprobios que serán la perdición de mi descendencia y de
creonte.—Anda, pues, sepárate de tus hijas.
la vuestra? Porque, ¿qué falta a vuestra desgracia? Vuestro
edipo.—¡Ay, de ningún modo me las quites!
padre mató a su padre, fecundó el vientre en que él mismo se
creonte.—Déjate de querer dominar siempre. Tus pasadas
formó, y allí en donde él mismo fue concebido os engendró
fortunas no te han seguido en la vida.
a vosotras. Se os enrostrarán estas afrentas. Y así, ¿quién se
casará con vosotras? Nadie lo hará, hijas mías. Es seguro que
Se lleva a edipo
solteras habéis de consumiros en la esterilidad y en la sole-
dad. ¡Oh hijo de Meneceo! Pues quedas como único padre de
corifeo.—¡Habitantes de mi patria Tebas, mirad! Este es
ellas, ya que quienes les dimos el ser hemos ambos perecido,
Edipo, el que adivinó los famosos enigmas y era un varón
no permitas que estas criaturas de tu misma sangre vaguen
poderosísimo. ¿Quién no miraba con envidia sus fortunas?
72 Sófocles

¡En qué torbellino de tremendas desgracias se ve envuelto!


Así que deben ponerse los ojos en el último día y no procla-
marse feliz a ningún mortal, antes de llegar al término de su
vida sin haber sufrido desgracia alguna.

fin
Antígona
Antígona

personajes

Antígona
Hija de Edipo y Yocasta

Ismena
Hija de Edipo y Yocasta

Creonte
Rey de Tebas, hermano de Yocasta

Eurídice
Esposa de Creonte

Hemón
Hijo de Creonte y Eurídice

Tiresias
Adivino

Un guardián

Un mensajero

Coro de ancianos nobles de Tebas, presididos por el Corifeo


Antígona 77 78 Sófocles

ismena.—¿De qué se trata? Parece que te inquieta algún


designio.
antígona.—Pues, ¿no ha otorgado Creonte los honores de la
sepultura a uno de nuestros hermanos, mientras que la niega
al otro? Se dice que para que sea honrado de los muertos bajo
la tierra ha cumplido los ritos haciendo enterrar a Etéocles1 .
La acción es en Tebas. Hora del alba. Plaza delante del palacio de Mas tocante al cadáver de Polinices, muerto miserablemen-
Creonte. El día anterior los argivos, capitaneados por Polinices, te, se asegura que ha ordenado por pregón a los ciudadanos
que no se le guarde en una tumba, que nadie lo llore, que se
fueron derrotados y huyeron durante la noche que termina.
le deje sin lágrimas, sin sepultura, sabroso pasto de las aves
ansiosas de alimento. Tal dicen que anuncia este bueno2 de
Creonte a ti y a mí, sí, digo a mí, y que aquí vendrá a hacer-
Aparecen en escena antígona e ismena lo saber con toda claridad a los que no lo sepan; y que no da
poca importancia a la cosa: al contrario, quien desobedezca
antígona.—Ismena, querida hermana mía, copartícipe de alguna de sus órdenes morirá lapidado por el pueblo. Tal es
mi destino, ¿conoces tú, entre los infortunios que nos ha le- el caso. Pronto vas a mostrar si eres bien nacida o si, hija de
gado Edipo, alguno que Zeus no nos envíe durante el curso padres nobles, no eres más que una cobarde.
de nuestra vida? Porque no hay sufrimiento, ni maldición, ni ismena.—Pero, ¡oh desdichada! Siendo así las cosas, ¿qué sa-
deshonra, ni vergüenza que no haya visto yo entre tus desdi- caré yo con desobedecer o con acatar las órdenes?
chas y las mías. Y ahora, ¿qué es ese edicto que según se dice, antígona.—¿Me acompañarás? ¿Me ayudarás? Reflexiónalo.
acaba de pregonar entre todo el pueblo nuestro jefe? ¿Has ismena.—¿A qué riesgo te aventuras? ¿Qué determinación
oído hablar de él? ¿O ignoras los sinsabores que nuestros tienes entre manos?
enemigos preparan contra las personas que nos son queridas? antígona.—¿Ayudarás a esta mano a levantar el cadáver?
ismena.—Ninguna noticia, Antígona, me ha llegado, agradable ismena.—¿Es que piensas enterrarlo no obstante habérsele
ni triste, de nuestros amigos, desde que fuimos privadas en un prohibido a la ciudad?
mismo día de nuestros dos hermanos, caídos bajo sus mutuos antígona.—Es mi hermano y lo es tuyo también aunque no lo
golpes. Desde que el ejército argivo desapareció esta noche, quieras. No se me acusará de traicionarlo.
nada más sé que pueda hacerme más feliz o más desgraciada.
1 El alma de los muertos cuyos cuerpos no eran enterrados o incinerados no era
antígona.—Bien lo sabía, y por ello te he hecho traspasar las
recibida en Hades, la morada subterranea.
puertas de palacio para que tú sola me escuches. 2 Irónico.
Antígona 79 80 Sófocles

ismena.—Pero, infeliz, ¿a pesar de prohibirlo Creonte? antígona.—Puedes alegar esos pretextos; lo que soy yo,
antígona.—Él no tiene derecho de apartarme de los míos. voy a erigir una tumba a mi muy querido hermano.
ismena.—¡Ay! Piensa, hermana mía, cómo murió nuestro ismena.—¡Ay, desgraciada! ¡Cuánto temo por ti!
padre, odiado y escarnecido, cuando habiendo descubierto antígona.—Pierde cuidado por mi suerte. Asegura la tuya.
sus faltas se arrancó ambos ojos con su propia mano. Enton- ismena.—Pero no reveles a nadie tu designio. Ocúltalo en
ces, su madre y esposa, que lo era a un mismo tiempo, con tu pecho, que yo haré lo mismo.
un trenzado lazo puso fin ignominioso a su existencia. En antígona.—¡No, no, habla! Mucho más odiosa me serás si ca-
tercer lugar, nuestros dos hermanos, desdichados, en un llas, si no divulgas lo que voy a hacer.
solo día se matan entre sí, dándose mutuamente la muerte ismena.—Arde tu corazón donde el espanto hiela.
con sus manos. Ahora que hemos quedado solas, conside- antígona.—Sé que así satisfago a quienes debo agradar.
ra la muerte aun más infame que nos espera si a pesar de la ismena.—Si es que puedes; pero anhelas un imposible.
ley violamos el decreto y el poder de nuestros señores. Por antígona.—Pues en cuanto me falten las fuerzas desistiré.
otra parte, no debemos olvidar que somos mujeres, que no ismena.—Pues, ante todo, no debemos perseguir lo imposible.
podemos luchar contra los hombres; y además, que nos antígona.—Si te expresas de este modo te detestaré y serás
gobiernan los que son más poderosos, y es preciso que con justicia odiada del difunto. Deja, déjame afrontar estos
obedezcamos estas órdenes y aun otras más dolorosas. Por peligros con mi temeridad. Ningún sufrimiento será tan
mi parte, ruego a nuestros muertos que reposan bajo tierra, grande que me haga retroceder ante una muerte gloriosa.
que me perdonen el obrar así, pues a ello soy forzada, y obe- ismena.—Pues anda, si te parece; mas ten en cuenta que vas
deceré a los que mandan; porque no es razonable hacer uno a cometer una locura. Pero amas verdaderamente a tus se-
más de lo que puede. res queridos.
antígona.—Ni te lo pediré, y ni aunque después quisieres
hacerlo, recibiré con gusto tu ayuda. Pero pienses lo que ismena entra en palacio. antígona se retira. El sol se levanta
pienses, yo lo sepultaré. Después me será bello el morir.
Amada reposaré con él, con el amado, después de cometer coro.—Rayo de sol, la más hermosa lumbre que alumbró nun-
ese sagrado delito. Más largo es el tiempo que debo com- ca a Tebas, la de las siete puertas. Pupila áurea del día, al fin
placer a los muertos que a los vivos, pues entre ellos yaceré apareciste por encima de las fuentes dirceas, y a huir en rau-
eternamente. Menosprecia tú si te place las leyes sagradas da fuga obligaste al guerrero que con su blanco escudo vino
de los dioses. de Argos armado con toda clase de armas.
ismena.—No es que las menosprecie, es que soy impotente corifeo.—Polinices lo trajo a nuestra patria; querellas y dis-
para proceder contra las leyes de los ciudadanos. cordias lo excitaron, y cayó en nuestro suelo como el águila
Antígona 81 82 Sófocles

que desciende lanzando agudos gritos, recubriendo sus alas los dioses en coros nocturnos, y guíenos Baco, que estreme-
blanca nieve. Muchas eran sus armas y sus cascos iban em- ce a Tebas4 .
penachados con crines de caballo. corifeo.—Aquí viene Creonte, el rey de esta comarca, hijo
coro.—Sobre nuestras moradas vino a cernirse con ansiosas de Meneceo, nuestro nuevo monarca. Después de los suce-
garras. Y rodeó con asesinas lanzas la séptupla abertura de sos que los dioses acaban de enviarnos se acerca meditando
las ciudad; mas hubo de marcharse antes que se abrevase en algún proyecto. Para ello ha convocado por público pregón
nuestra sangre y que incendiase el resinoso fuego las circun- nuestra asamblea de ancianos.
dantes torres. Tal resonó a su espalda el estruendo de Ares,
Entra creonte y acompañamiento
que irresistible fue al dragón contrario.
corifeo.—Porque detesta Zeus la jactancia de la lengua alta-
nera, y al mirar que en oleadas se acercaban osados al retintín creonte.—Ciudadanos: Al fin, los dioses han enderezado de
sonoro de sus armas de oro, el dios blandió su rayo contra el nuevo los asuntos de la ciudad después de haberla sacudido
hombre3 que se preparaba para cantar victoria trepando a las en una tempestad confusa. Mis enviados os han reunido
alturas de la almena. aquí, solos entre todos los habitantes, pues yo sé que siempre
coro.—Resonó el suelo cuando cayó, hachón en mano, tal habéis tenido respeto por el trono de Layo, lo mismo cuando
como Tántalo, el que frenético y delirante se había lanza- era rey que después de muerto, pues siempre guardasteis la
do más impetuoso que la borrasca. Y Ares potente, aliado misma fidelidad hacia sus hijos. Ahora, puesto que por una
nuestro, otros reveses dio a los demás. doble fatalidad han caído en un solo día al herir y ser heridos
corifeo.—Siete capitanes frente a otros siete en las siete por sus propias manos criminales, yo poseo todo el poder
puertas a Zeus victorioso dieron en tributo sus armas de y el trono, por ser el más próximo pariente de los difuntos.
bronce; mas dos desgraciados hijos de un padre y una sola Pero es imposible conocer el alma, el pensamiento y el desig-
madre, uno contra otro tendieron sus lanzas y a sus mutuos nio de nadie antes de que se revelen en la práctica del poder
golpes perecieron ambos. y en la aplicación de las leyes. Para mí, pues, quien gobierna
coro.—Pero la victoria clara y gloriosa ha venido a Tebas, la una ciudad y no se atiene a las mejores decisiones, sino que
de muchos carros, a retribuirle su constante amor. Se acabó por miedo tiene atada la lengua, es el peor de los hombres:
la guerra. ¡No la recordemos! Vamos a los templos de todos tal me parece ahora y me ha parecido siempre. Yo despre-
cio a quien estima a un amigo más que a su propia patria.

3 Se refiere a Capaneo, el segundo jefe del ejército argivo, que blasfemando contra
Zeus y haciendo escarnio del rayo, fue herido por uno de estos cuando ya casi 4 Baco es el dios tebano. Nació en Tebas cuando Zeus abrió por medio de un rayo el
conseguía su objeto. vientre de su madre Semele.
84 Sófocles

Séame testigo Zeus que todo lo ve, de que no me callaría


viendo la ruina de la patria en lugar de su salvación. Yo no
tendría jamás como amigo a un enemigo de la patria. Porque
la patria es nuestra salvación, y estando ella próspera po-
dremos hacer amigos. Con estos principios acrecentaré el
esplendor de esta ciudad, y de acuerdo con ellos he mandado
promulgar a los ciudadanos las disposiciones tocantes a los
hijos de Edipo. A Etéocles, que combatiendo por la ciudad
sucumbió haciendo las más grandes hazañas con su lanza,
ordeno que se le guarde en un sepulcro y se le rindan todos
los honores fúnebres que acompañan a los muertos ilustres
al mundo inferior. Pero en cuanto a su hermano, y me re-
fiero a Polinices, que vino del destierro con la intención de
destruir totalmente, incendiándola, la tierra patria y los
dioses familiares, que quería beberse la sangre que les era
común y reducir a los ciudadanos a la esclavitud, a este
prohibo públicamente que se le tribute el honor de una se-
pultura ni se llore. Déjese insepulto su cuerpo, pasto de las
aves y de los perros, y sea objeto de la execración de cuan-
tos lo vean. Tal es mi determinación, y nunca tendrán de mí
más honra los malvados que los justos. Al contrario, todo
aquel que haya mostrado solicitud por Tebas tendrá de mí,
después de muerto, los mismos honores que haya gozado
durante su vida.
corifeo.—De este modo te place tratar, ¡oh Creonte!, hijo de
Meneceo!, al enemigo y al amigo del país. Dueño absoluto
eres de aplicar las disposiciones que te agraden tanto a los
muertos como a los que nos agitamos en la vida.
creonte.—Vigilad ahora por el cumplimiento de mis órdenes.
corifeo.—Encarga al más joven de este cuidado.
Antígona 85
86 Sófocles

creonte.—Pero tengo ya gente preparada para vigilar el


centinela.—Es que uno vacila mucho antes de revelar las
cadáver.
cosas desagradables.
corifeo.—¿Qué otra cosa nos encargas?
creonte.—¿Hablarás por fin para que te marches luego?
creonte.—Que no seáis condescendientes con quien viole
centinela.—Te hablo, pues. Hace poco que alguien enterró
mis mandatos.
el cadáver y luego desapareció después de haberlo cubierto
corifeo.—¿Quién será tan necio que desee la muerte?
con polvo seco y de haber cumplido los ritos fúnebres.
creonte.—Esa es en efecto la recompensa; pero la esperanza
creonte.—¿Qué dices? ¿Quién se ha atrevido a eso?
de lucro ha perdido a los hombres mucha veces.
centinela.—No lo sé. Ahí no había golpes de azada ni tierra
removida por la pala. El suelo estaba duro y seco, sin señales
Entra uno de los centinelas del cadáver
de ruedas; el culpable no dejó huella alguna. Cuando el pri-
mer vigía del día nos enseñó la cosa todos nos sorprendimos
centinela.—Príncipe, no diré que he llegado aquí falto ya de
dolorosamente. El cuerpo no estaba enterrado sino cubierto
aliento por haber apurado el paso, porque varias veces me he
de un polvo fino como para evitar el sacrilegio. No aparecía
detenido a reflexionar y me he vuelto para retroceder en mi
vestigio de bestia salvaje, ni de perro que hubiese venido y
camino. Mi espíritu me aconsejaba a menudo diciéndome:
lo hubiese sacado. Nos lanzamos palabras insultantes; cada
“Infeliz, ¿por qué vas a donde serás castigado en cuanto lle-
centinela acusaba al otro, y eso venía a parar en puñetazos,
gues? ¿No te detendrás, desgraciado? Y si Creonte conoce
sin que nadie pudiera impedirlo. Cada cual, considerado se-
por otro hombre la noticia, ¿no habrás tú de pagarla?”. Re-
paradamente, era culpable, y ninguno confesaba, sino que
volviendo en mi mente estas ideas anduve con lentitud, no
todos negaban saber cosa alguna. Todos estábamos listos a
avanzaba, y de este modo un camino se hace largo aunque
agarrar hierros candentes con nuestras manos, a pasar a tra-
sea corto. Al fin, sin embargo, me he decidido a venir ante
vés del fuego, a jurar por los dioses que no lo habíamos
ti, y aunque no diré nada, hablaré igualmente; porque llego
hecho, que no sabíamos quién lo había trazado ni quién lo
con la firme esperanza de que no me pasará sino lo que haya
había llevado a cabo. Al fin, como nada adelantábamos en
dispuesto el destino.
nuestras investigaciones, habló uno de nosotros, que nos
creonte.—¿Qué es lo que te embarulla de este modo?
hizo bajar aterrados la cabeza hacia el suelo, porque ni po-
centinela.—Quiero decirte primero lo que a mí me toca. La
díamos contradecirle ni saber si nos resultaría bien hacer
cosa no la hice yo, ni vi quién la hizo, ni sería justo que me
lo que él decía. Su consejo era contarte el incidente y no
acarrease ninguna desgracia.
ocultártelo. Y su parecer prevaleció y a mí, ¡infeliz!, me
creonte.—Prudente te muestras, y rodeas el caso de precau-
encomendó la suerte encargarme de tan linda comisión.
ciones. Seguro que vas a revelarme algo nuevo.
Antígona 87 88 Sófocles

Aquí estoy contra mi voluntad y contra la tuya, bien lo sé, recibir en lo sucesivo la recompensa, y aprendáis a no querer
porque a nadie complace un mensajero de malas noticias. sacar provecho de todo. Más son los que se han perdido que los
corifeo.—Príncipe, hace rato que agito en mi espíritu si este que han sacado beneficio de las ganancias ilícitas.
suceso no vendrá de los dioses. centinela.—¿Quieres permitirme hablar, o doy la vuelta y
creonte.—Cállate antes que me colme la cólera, si no quieres me voy?
que te juzgue imbécil al mismo tiempo que viejo. Es intole- creonte.—¿No comprendes lo insoportables que me son
rable que digas que los dioses se preocupan por ese cadáver. ahora tus palabras?
¿Acaso han sepultado para honrar como bienhechor a ese centinela.—¿Te punzan en los oídos o en el alma?
hombre que vino a incendiar sus templos con sus columnatas creonte.—¿Qué te importa el lugar donde me hieren?
y sus ofrendas, a devastar la tierra y destruir las leyes? ¿Has centinela.—El criminal te hiere el corazón; yo, en cambio,
visto tú que los dioses honran a los facinerosos? Imposible. los oídos.
Lo que ocurre es que desde que conocieron mis órdenes las creonte.—¡Cómo se ve que eres un charlatán!
llevaron a mal algunos ciudadanos que murmuraban contra centinela.—Pero si yo no he cometido el crimen...
mí, y sacudían ocultamente la cabeza sin poner la cerviz al creonte.—Tú has vendido por dinero tu conciencia.
yugo, como es de justicia, para obedecerme. Son estos, estoy centinela.—¡Ay! Qué difícil es al que se ha formado una
de ello persuadido, quienes han corrompido con recompensas opinión la opinión de que es falsa su opinión.
a los centinelas induciéndolos a hacer lo que han hecho. Nada creonte.—Sí, bromea sobre la opinión: como no me mostréis
ha habido más funesto para los hombres que la invención del a los culpables, veréis que las ganancias ilícitas acarrean
dinero. El dinero devasta las ciudades y desquicia de sus casas sinsabores.
a los hombres; el dinero seduce y corrompe el ánimo virtuoso centinela.—(Alejándose.) Que los encuentren enhorabue-
de las gentes y las impele a cometer acciones vergonzosas; les na. Pero encuéntrenlos o no los encuentren, porque es la
enseña a ser viles y a cometer toda clase de impiedades. Los fortuna quien ha de decidirlo. Lo que es yo, no hay ni pe-
que sobornados por la paga han ejecutado esto, lo han hecho ligro de que me veas volver por estos barrios. Y ahora que
de suerte que tarde o temprano pagarán su crimen. (Al centi- me veo sano y salvo contra lo que esperaba y creía, muchas
nela.) Pero si Zeus es todavía objeto de mi veneración, óyelo gracias a los dioses.
bien, y lo digo bajo juramento, si no encontráis al autor de este coro.—Hay muchas maravillas, mas ninguna es tan grande
enterramiento, si no lo presentáis ante mis ojos, la muerte no como el hombre. Él se abre paso por el ponto cano a los soplos
será bastante para vosotros; seréis colgados vivos hasta que del Noto; avanza y pasa sobre las olas túrgidas que en torno
denunciéis al criminal a fin de que sepáis de qué manos debéis suyo rugen. Y a la más eminente de las diosas, a la inmortal,
90 Sófocles
Antígona 89

corifeo.—Vuelve del palacio. Llega oportunamente.


inagotable Gea, un año y otro año la rotura revolviendo el
creonte.—¿Qué pasa? ¿Por qué es oportuna mi venida?
arado aquí y allí, tirado por bestias caballares.
centinela.—¡Oh rey! No deben los mortales negar con
Y acechando a las tribus de las aves ligeras, las captura; a
juramentos que harán alguna cosa, porque el segundo pen-
las hordas de las fieras salvajes, y a la raza salina de los ma-
samiento desmiente la primera opinión. Difícilmente me
res, la habilidad del hombre con sus tejidas redes las atrapa.
habría alegrado de volver jamás aquí en vista de las ame-
Él con trampas domina a las bestias agrestes de las selvas, y
nazas con que me habías aterrorizado. Pero como no hay
él uncirá al caballo belludo y al indomable toro de los montes
satisfacción más grande que la que no se espera, aquí vuel-
al yugo que lo oprime de ambos lados.
vo, por más que jure lo contrario, trayendo a este muchacha
Y aprendió la palabra y el pensamiento alado como el vien-
cogida en el momento en que preparaba la sepultura. Esta
to, y a legislar al pueblo, y a evitar los ataques de las heladas
vez sí que no se han echado suertes, sino que las albricias
frías y las molestas lluvias en la intemperie. Es hábil y no le
son mías y solo mías. Y ahora, príncipe, tómala y a tu gusto
falta ciencia del futuro. Solo le es imposible huir de la muer-
interrógala y júzgala; lo que es yo estoy en justicia lubre y
te, pero ha hallado remedios para curar los males peligrosos.
absuelto de los castigos.
Ingenioso en recursos es hasta lo inesperado; ya al bien,
creonte.—La traes, pero ¿cómo y dónde la atrapaste?
ya al mal se inclina transgrediendo las leyes de la tierra y la
centinela.—Estaba enterrando al muerto: todo lo sabes ya.
justicia que juró a los dioses observar en el trono de la patria.
creonte.—¿Comprendes lo que estás hablando? ¿Dices la
¡Qué indigno si practica osadamente la injusticia! Quien
verdad exacta?
obre de ese modo, en mi hogar no se siente, ni conmigo se
centinela.—Yo vi a esta enterrando al muerto que tú prohi-
asocie en pensamientos.
biste enterrar. ¿Lo que digo está claro y preciso?
creonte.—Y ¿cómo se vio, cómo se la sorprendió in fraganti?
Reaparece el centinela con antígona, que camina entristecida
centinela.—La cosa pasó así: Cuando volví tan terrible-
mente amenazado por ti, barrimos todo el polvo que cubría
corifeo.—Ante el prodigio extraordinario vacilo. ¿Podré yo
el muerto y pusimos bien al desnudo el cadáver, que comen-
negar que esta es la desgracia de Antígona? ¡Oh hija infeliz
zaba a descomponerse. Entonces nos apostamos en la cima
del infeliz Edipo! ¿Qué ocurre? ¿No será que te traen por
de las colinas, con el viento a las espaldas para evitar el mal
haber infringido las leyes reales, que te habrán sorprendido
olor. Con palabras duras excitaba cada cual a su compañero
en la acción insensata?
si se veía que aflojaba en la vigilancia. Así pasaba el tiempo
centinela.—Aquí está. Esta fue la que lo hizo. La cogimos
hasta que el disco resplandeciente del sol se detuvo en mi-
enterrándolo. Pero, ¿dónde está Creonte?
tad del cielo y el calor quemaba. Entonces, súbitamente, un
Antígona 91 92 Sófocles

torbellino de polvo, plaga del cielo, llena la llanura, despoja antígona.—Sí, porque no fue Zeus quien me promulgó esa
de su follaje los árboles del campo, se oscurece el cielo in- prohibición; ni la Justicia, compañera de los dioses subte-
menso. Con los ojos cerrados hicimos frente a ese castigo rráneos, estableció esas leyes entre los hombres. Y yo no he
divino. Después de mucho tiempo se aplacó la tempestad, y creído que tu decreto tuviese fuerza suficiente para dar a un
entonces vimos a esta joven, que lanzaba agudos lamentos ser mortal poder para despreciar las leyes divinas, no escri-
como el ave entristecida cuando ve despojado de sus hijue- tas, inmortales. Su existencia no es de hoy ni de ayer, sino
los el nido vacío. Así ella, al mirar el cadáver desnudo, de siempre, y nadie sabe cuándo aparecieron. Por temor a
estalló en gemidos y lanzaba tremendas imprecaciones con- la determinación de ningún hombre no debía yo violar estas
tra los que habían hecho eso. Lleva luego con sus manos leyes y hacerme acreedora al castigo divino. Bien sabía que
polvo seco; de un vaso de bronce bien forjado vierte una tri- debía morir. ¿Y qué? ¡Aunque faltase tu pregón! Si muero
ple libación sobre el cadáver; y viéndola nos precipitamos antes de tiempo es para mí una ventaja, lo declaro. Quien
al punto hacia ella. A una la agarramos, pero ella no mostró como yo vive sumido en tantas tribulaciones, ¿cómo no ha
ninguna turbación. La acusamos de los hechos anteriores y de considerar la muerte una ganancia? Así que para mí no
del presente, y ella no negó nada, lo que me produjo por un tiene importancia la suerte que me deparas. Pero sí me dole-
lado satisfacción, y por otro, sentimiento de pena, porque es ría ver que el hijo de mi madre quedase insepulto después de
grato verse uno libre de complicaciones, y es doloroso poner muerto; lo demás no me aflige. Y si te parece que he come-
en complicaciones a los amigos. Pero todo esto es para mí tido una locura, quizá sea un loco quien me moteja de loca.
bobería comparado con mi propia salvación. corifeo.—Muestra por su carácter inflexible que nació de un
creonte.—(A antígona.) ¡Tú... di... tú... la que inclinas la inflexible padre: no sabe doblegarse al infortunio.
cabeza hacia el suelo! ¿Confiesas o niegas haber hecho lo que creonte.—Pues has de saber que los más inflexibles carac-
este hombre manifiesta? teres son los que con más facilidad se doblan, y verás que el
antígona.—(Mirando firmemente a creonte.) Confieso que resistente hierro, calentado y enrojecido al fuego, se rom-
lo hecho, y no lo niego. pe y se quiebra fácilmente. Yo sé que los caballos fogosos se
creonte.—(Al centinela.) Tú, pues, puedes irte a donde doman con un pequeño freno. Así pues, no conviene mos-
gustes, libre de la acusación que sobre ti pesaba. (Sale el trar tanta soberbia a quien está a la discreción de otro. Esta
centinela.) (A antígona.) Y tú, dime sin rodeos, breve- ha cometido voluntariamente una temeridad obrando con-
mente, ¿sabías que por bando se había prohibido hacer eso? tra las leyes establecidas; y es segunda insolencia, después
antígona.—Lo sabía. ¿Cómo no había de saberlo? ¡Si era de su acción, gloriarse de ella, y reírse de la falta cometida.
público! Verdaderamente que yo no sería hombre, el hombre sería
creonte.—¿Y no obstante osaste violar esas leyes? ella, si esta audacia quedara impune. Aunque sea hija de mi
94 Sófocles

hermana, aunque sea la parienta más próxima de todos los


que adoran a Júpiter en mi hogar, ella y su hermana no esca-
parán al más severo castigo; porque culpo también a la otra
de complicidad en el enterramiento del muerto. Llamadla.
Acabo de verla en palacio desesperada y fuera de sí: suele
el espíritu de los que nada bueno traman en las sombras de-
nunciarse antes de la ejecución del delito. Detesto también
a los que sorprendidos en un crimen quieren hermosearlo
con bellas palabras.
antígona.—Habiéndome prendido, ¿quieres algo más que
mi muerte?
creonte.—No, por cierto. Con tu vida lo tengo todo.
antígona.—¿Qué esperas, pues? ¡Cómo me disgustan tus
palabras, y ojalá siempre me desagraden! Del mismo modo
detestas mis acciones. Sin embargo, ¿dónde habría alcanza-
do yo gloria más grande que colocando a mi hermano en el
sepulcro? A estos (Señala con desprecio al coro.) habría mi
acto merecido aprobación si el miedo no les atase las len-
guas; pero la tiranía tiene, entre otros muchos privilegios, el
de hacer y decir lo que se le antoje.
creonte.—Entre todos los cadmeos, tú sola miras así las cosas.
antígona.—Estos comparten mi opinión; pero sellan la boca
en tu presencia.
creonte.—¿Y no sientes vergüenza de pensar distinto que
ellos?
antígona.—No es vergüenza honrar a los que con una han
nacido de idénticas entrañas.
creonte.—¿No era también de tu misma sangre el que pereció
enfrente de aquel?
Antígona 95 96 Sófocles

antígona.—De la misma sangre. Hermano de padre y madre. alimentaba dos criminales listas a derrocar mi trono, con-
creonte.—¿Cómo, pues, otorgas al uno honores que te hacen téstame. ¿Confesarás que tú también tomaste parte en esa
impía ante el otro? sepultura, o vas a jurar que nada sabías?
antígona.—No atestiguará eso el cadáver del otro. ismena.—Contribuí a su ejecución lo mismo que Antígona, si
creonte.—Sí, pues lo honras lo mismo que al impío. ella consiente. Participo en el crimen y comparto el castigo.
antígona.—Él no murió siendo su esclavo, sino su hermano. antígona.—Pero la justicia no te lo permitirá, puesto que
creonte.—Murió devastando esta tierra, mientras que el ni tú consentiste en la acción ni te pude hacer colaborar
otro la defendía. en el hecho.
antígona.—No obstante, Hades quiere iguales leyes para ismena.—Pero en tus infortunios no me sonrojo de participar
todos. en los peligros que tú arrostras.
creonte.—Pero no que el bueno tenga la misma suerte que el antígona.—Hades y los dioses subterráneos saben quién lo
malvado. llevó a cabo. Yo no estimo como amiga a la que solo me ama
antígona.—¿Quién sabe si entre los muertos mi acción se con palabras.
considera santa? ismena.—Hermana, no me consideres indigna de morir conti-
creonte.—No, jamás el enemigo, ni aun después de muerto, go y de honrar al difunto.
llegará a ser mi amigo. antígona.—No deseo que mueras conmigo ni que digas ha-
antígona.—No nací para compartir odio sino amor. ber obrado donde no pusiste las manos. A mí me basta con
creonte.—Baja, pues, a Hades, y puesto que tienes que mi muerte.
amar, ama a los que allí moran. Mientras yo viva no gober- ismena.—¿Y qué vida me será grata, si me abandonas tú?
nará una mujer. antígona.—Pregúntaselo a Creonte, pues has sido aliada
suya.
Dos esclavas se acercan con ismena ismena.—¿Por qué me afliges de este modo? ¿Qué ganas con
eso?
corifeo.—Aquí está Ismena a la puerta... Viene bañada en antígona.—Si me río de ti lo hago con dolor.
llanto por su hermana. Encima de sus párpados una nube ismena.—¿En qué otra cosa podré servirte ahora?
ensombrece su rostro enrojecido y las lágrimas bañan sus antígona.—Sálvate. No envidio tu salvación.
plácidas mejillas. ismena.—¡Desdichada de mí! ¿Que no comparta yo tu suerte?
creonte.—Tú, la que como una víbora deslizada subrepticia- antígona.—Tú preferiste vivir; yo, morir.
mente en mi morada me chupabas la sangre, sin saber yo que ismena.—No porque te faltaran mis razones.
Antígona 97 98 Sófocles

antígona.—Los unos aprobaban tus razones; los otros las coro.—Felices aquellos que nunca gustaron los frutos del mal.
mías. Cuando una morada sacuden los dioses, los males sin tregua
ismena.—Sin embargo, el delito es común a las dos. se ceban en su descendencia así como la ola del mar que hin-
antígona.—¡Ánimo! Tú vives; mi espíritu en cambio hace chan furiosos los vientos marinos de Tracia recorre en su
tiempo murió para servir a los muertos. fondo el abismo, levanta del fondo las negras arenas y ruge y
creonte.—(Al coro.) Una de estas dos muchachas acaba resuena la orilla que azota el oleaje.
de volverse loca; la otra es loca desde que nació. Observo de antiguo en la casa labdácida sumarse infortu-
ismena.—Es, príncipe, que la razón con que una nace no sub- nios a los infortunios de los difuntos. Y los descendientes
siste en medio de los infortunios, sino que la abandona. no apartan de ellos a sus descendientes. Un dios los agobia,
creonte.—Eso te ha ocurrido a ti cuando has querido aso- no se halla manera de liberación. Porque la esperanza que
ciarte a los delitos de los malvados. había iluminado la casa de Edipo en su último vástago, hoy
ismena.—Sola, sin ella, ¿cómo podré soportar la vida? la han apagado un polvo sangriento ofrendado a los dioses
creonte.—No hables de ella: ya no vive. de Hades, dementes razones, y espíritu ciego.
ismena.—¿Quitarás la vida a la novia de tu propio hijo? ¿Qué orgullo humano, ¡oh Zeus!, podrá contrarrestar tu
creonte.—Otros campos hay que él puede labrar. poderío? No lo domina el sueño, que todo lo desgasta, ni los
ismena.—No es esto lo convenido entre ella y él. divinos, incansables años. Siempre joven, mantienes tu rei-
creonte.—Yo abomino de las malas mujeres para mis hijos. no esplendoroso sobre el brillante Olimpo. Pero el porvenir,
antígona.—¡Oh queridísimo Hemón! ¡Cómo te desprecia tu como el pasado, siempre esta ley se cumplirá: “En la vida de
padre! los mortales no habrá felicidad libre de pena”.
creonte.—Tú y tus nupcias me importunáis demasiado. La inconstante esperanza adula a muchos; pero engaña a
corifeo.—¿Verdad que vas a privar de ella a tu propio hijo? otros con falaces deseos. Y sin saberlo el hombre, ella se le
creonte.—Es Hades quien va a romper por mí este matri- introduce hasta el instante en que los pies se queman entre
monio. las llamas. Mucha sabiduría se encierra en esta máxima: “A
corifeo.—Decretada está su muerte. Parece que va a morir. quien un dios empuja hacia su ruina el mal parece un bien”.
creonte.—Tu parecer es el mío. (A los esclavos.) No más de-
mora. Hacedlas entrar, esclavos, en palacio. Debe atarse a Entra hemón
estas mujeres y no dejarlas libres. Hasta los más valientes
huyen cuando ven que ya Hades de cerca amenaza su vida. corifeo.—(A creonte.) Pero aquí viene Hemón, el menor
de tus hijos. ¿Vendrá acaso afligido por la suerte de la núbil
Los esclavos se llevan a las dos hermanas Antígona o el frustrado himeneo?
Antígona 99 100 Sófocles

creonte.—Pronto lo sabremos mejor que los adivinos. (A gobernaría bien, y querría ser bien gobernado, y comba-
hemón.) Hijo mío, conociendo la irrevocable sentencia tiendo en la tempestad de la batalla se portaría como fiel y
dictada contra tu prometida, ¿vienes lleno de ira contra tu valeroso compañero. No hay mayor desgracia que la anar-
padre, o proceda como proceda te soy siempre querido? quía: es la que pierde las ciudades, destruye los hogares y
hemón.—Padre, tuyo soy, y tú me conduces con sabios conse- derrota a los aliados. En cambio, la obediencia salva a las
jos que yo debo seguir. Para mí ningún matrimonio es más multitudes cuando son bien dirigidas. Así, hay que defender
digno de aprecio que el ser conducido por tu justa voluntad. las leyes y no dejarse en manera alguna supeditar por nin-
creonte.—Esta es, ¡oh hijo mío!, la guía que debes tener en guna mujer. Vale más, si es preciso, dejarse derribar por un
tu corazón: que todo debe ceder a la voluntad paterna. Por hombre, y que no se diga que las mujeres nos han vencido.
esta razón los padres anhelan tener en sus casas hijos dóci- corifeo.—Si no es que la vejez nos hace chochear, nos parece
les: para que rechacen a sus enemigos y honren a sus amigos que hablas con sensatez.
como lo hace el padre. Quien engendra hijos inútiles, ¿qué hemón.—Padre, la razón es el bien mayor de que los dioses
otra cosa cría sino trabajos para sí, argumento de burla para han dotado a los hombres. Yo no podría ni sabría decir si en
sus enemigos? Pues bien, hijo, no pierdas jamás estos senti- lo que acabas de manifestar no tienes razón. Sin embargo,
mientos atraído por el placer de una mujer, sabiendo que es a otro podría ocurrírsele una buena idea. En todo caso, por
muy frío el abrazo de una mujer perversa en el hogar. ¿Qué tu interés me corresponde naturalmente examinar lo que se
plaga, en efecto, puede ser peor que un mal amigo? Recha- dice, lo que se hace, lo que se critica. Tu rostro infunde te-
za, pues, a esta muchacha y mándala a Hades para que allí mor al hombre del pueblo, que no se atreve a decir lo que a
se despose con quien quiera. Puesto que la cogí desobede- ti no te agradaría. Yo, al contrario, puedo oír en la sombra
ciendo abiertamente, la única persona de toda la ciudad que cuánto llora la ciudad a esta muchacha, que entre todas las
así ha procedido, no voy a aparecer como un farsante ante mujeres es la que menos merece morir ignominiosamente
la ciudad, sino que la mataré. Que en buena hora invoque a por haber ejecutado una acción gloriosísima, ella, que a su
Zeus protector de la familia; pues si yo protejo a los fami- hermano caído en la pelea no quiso dejar insepulto, expues-
liares rebeldes, ¿qué puedo esperar de los extraños? El que to a los perros carniceros ni a las aves. ¿No es verdad que es
es bueno en los asuntos domésticos, justo se mostrará tam- digna de una corona de oro? Tal es el rumor que corre secre-
bién los negocios públicos. El hombre soberbio que pisotea tamente. Para mí, padre, no hay bien más preciado que tu
las leyes o quiere supeditar a los que gobiernan, no obten- prosperidad. ¿Qué mayor prenda para los hijos que la felici-
drá los aplausos míos. Al contrario, es preciso obedecer al dad de un padre? ¿Cuál mayor para los padres que la buena
que el pueblo ha colocado a su cabeza, en lo pequeño, en lo fortuna de un hijo? No te aferres, pues, a una sola manera
justo, en lo que no lo sea. Yo confiaría en que un hombre tal de ver las cosas, no creas que lo que tú dices, y nada más,
Antígona 101 102 Sófocles

es lo razonable. Los que piensan ser los únicos inteligen- creonte.—¿Quién manda esta tierra, yo o alguna otra per-
tes, poseedores de una elocuencia que nadie más alcanza, sona?
dotados de un alma extraordinaria, esos, si se les examina hemón.—Ninguna ciudad pertenece a un solo hombre.
íntimamente se encontrarán seres vacuos. Por sabio que sea creonte.—¿No se dice que la ciudad es de quien la gobierna?
un hombre no le es vergonzoso aprender mucho y dejarse hemón.—Estaría muy bien dicho si reinases solo en tierra
de obstinación desmedida. A lo largo de los torrentes hin- desierta.
chados por las lluvias invernales puedes ver que cuantos creonte.—Este y la mujer, a lo que se ve, están aliados.
árboles se doblegan, conservan sus ramas tiernas, mientras hemón.—Si tú eres mujer, pues eres tú quien me preocupa.
los que resisten son arrancados de raíz. Así también el que creonte.—¡Canalla! ¿Entablas disputa con tu padre?
tira fuertemente la bolina de una vela y no la deja ceder, hace hemón.—Porque veo que violas la justicia.
que la nave zozobre y flote sobre sus bancos. Cede, pues, en creonte.—¿La violo porque velo por el prestigio de mi au-
tu cólera y revoca tu determinación. Si a pesar de mi juven- toridad?
tud puedo yo dar algún consejo, juzgo que para el hombre lo hemón.—Pues no la prestigias hollando los honores de los
mejor es poseer mucha sabiduría; mas como esto suele no ser dioses.
posible, es bueno seguir los consejos acertados. creonte.—¡Oh hombre impuro, sometido a una mujer!
corifeo.—Príncipe, conviene que lo escuches si habla con hemón.—Pero nunca me sorprenderás vencido por pasiones
sensatez; (A hemón.) y tú también; ambos os habéis expre- impuras.
sado bien. creonte.—Todas tus palabras las dices por ella.
creonte.—¿Los que hemos llegado a mi edad aprenderemos hemón.—Y por ti y por mí y por los dioses inferiores.
prudencia de un jovencito como este? creonte.—Pues bien, no hay modo de que, viva, tú te cases
hemón.—Nada que no sea justo. Si soy joven, toma nota de con ella.
mis acciones, no de mi edad. hemón.—Ella morirá, pero su muerte acarreará otra muerte 5 .
creonte.—¿Es, pues, acción buena honrar a los que desobe- creonte.—¿Llega tu insolencia hasta amenazarme de este
decen las leyes? modo?
hemón.—Nunca aconsejaría venerar a los malos. hemón.—¿Qué amenaza hay en combatir vacuas razones?
creonte.—¿Entonces esta no ha caído por esa transgresión? creonte.—Llorarás tus lecciones de prudencia, tú, a quien la
hemón.—No es lo que opina el pueblo todo de Tebas. prudencia falta.
creonte.—¿Me impondrá la ciudad las órdenes que yo debo hemón.—¿Es que quieres hablar solo y no escuchar nada?
dar?
hemón.—¿Ves que has hablado como hablara un jovencito? 5 Creonte no ha comprendido que Hemón se refiere a sí mismo.
Antígona 103 104 Sófocles

creonte.—¿Eres esclavo de una mujer, no me fastidies más Sale creonte


con tu charlatanería.
hemón.—Si no fueses mi padre diría que no estás en tu juicio. coro.—Eros, el invencible en la pelea, que de los corazones te
creonte.—¿Verdad? Pues juro por el Olimpo que no te go- apoderas; tú que acaricias las mejillas blandas de las donce-
zarás de haberme insultado así. (A un esclavo.) Traed a esa llas que en el sueño yacen; que vas y vienes por los anchos
odiosa mujer para que perezca ante sus ojos, al punto, cerca, mares y por entre las guaridas de las fieras; ninguno entre
en presencia de su prometido. los dioses inmortales pudo escapar de ti, ni entre los hom-
hemón.—No, no imagines jamás que ella morirá en mi pre- bres; y pierde la razón quien te posee.
sencia; ni tú tampoco me verás ante ti. Enfurécete en buena Y tú conduces a las mentes justas a injustas decisiones; por
hora con tus amigos que quieran soportártelo. ti ha estallado ahora la riña entre los hombres de una sangre
común. Mas siempre triunfa por el brillante hechizo de sus
Sale hemón ojos el amor de la novia codiciada, que aliado está con las su-
premas leyes que los dioses dictaron. Invencible es Afrodita
corifeo.—¡Príncipe! Ese varón se ha ido lleno de furia. A y contra todo triunfa.
su edad un espíritu transportado de desesperación es cosa
temible. Aparece antígona conducida por dos esclavos
creonte.—¡Enhorabuena! Que intente hacer más de lo que
un hombre puede: no librará de su destino a estas dos mu- corifeo.—Y yo también infrinjo los mandatos y no me es
chachas. dable reprimir las lágrimas ante el espectáculo de Antí-
corifeo.—¿Intentas, pues, dar muerte a ambas? gona que se encamina al lecho, su tálamo nupcial, donde
creonte.—No a la que no ha tocado el cadáver. Tienes ra- todos duermen.
zón. antígona.—Mirad, ciudadanos de la tierra patria; voy reco-
corifeo.—¿De qué modo quieres dar muerte a la otra? rriendo mi postrer camino. ¡Ya por la vez última veo el rayo
creonte.—Llevándola por un sendero desierto la encerraré del sol! Hades, donde yacen todos en común, viva me condu-
viva en una caverna de piedra poniéndole la cantidad de ali- ce hasta las orillas del río Aqueronte sin conocer nupcias, ni
mento necesaria para evitar el sacrilegio, a fin de que toda la himno nupcial. Mas con Aqueronte me desposaré.
ciudad se libre de la mancha de su muerte. Allí, el único dios corifeo.—Aplaudida y renombrada te adelantas por la senda
que ella venera, Hades, le concederá quizás por sus ruegos de los muertos, ni azotada por mortal enfermedad, ni ulti-
que no muera, o comprenderá entonces que es trabajo inútil mada por la espada. Sola tú entre los mortales, por tu propia
adorar a esa divinidad. voluntad vas bajando viva a Hades.
Antígona 105 106 Sófocles

antígona.—He oído la historia del fin lamentable de la hija padre con mi pobre madre, que a él le había engendrado, de
de Tántalo, la extranjera frigia6 . Murió tristemente en la pé- donde, ¡infortunada!, yo salí a la vida! Ahora a su morada,
trea cumbre del monte Sipilo. Como tenaz hiedra la apretó maldita, soltera, voy encaminándome. ¡Hermano: funesta la
con fuerza un brote de piedra. Y ahora, se cuenta, sin tregua unión que formaste! ¡Muerto, a mi vida le has dado la muerte!
ninguna las lluvias la baten, las nieves la cubren y de sus pu- corifeo.—Venerar a los muertos es obra piadosa, mas no sufre
pilas escurren las lágrimas que bañan su cuello. Esa misma el fuerte que el poder empuña ver hollar su ley. Es tu altivo
tumba me reserva el dios. genio quien te da la muerte.
corifeo.—Pero ella era diosa y era hija de dioses; nosotros, antígona.—Sin llantos, sin amigos, sin cantos de himeneo,
mortales e hijos de mortales. Cuando hayas finado, esplén- tristemente me llevan camino de la muerte. No me será más
dida gloria será que se diga que fue igual tu suerte a la de los dado contemplar el sagrado disco del sol, ¡ay triste! Por mi
dioses cuando estabas viva y luego en la muerte. suplicio nadie derramará una lágrima, y ningún ser querido
antígona.—¡Ay! Se me escarnece. Por los dioses patrios, di, exhalará un gemido.
¿por qué no esperas a que yo haya muerto? ¿No me insul- creonte.—(A los esclavos que llevan a antígona.) ¿No sabéis
tas viva? ¡Oh ciudad; oh ríos de esta mi ciudad! ¡Ay, fuentes que los cantos y gemidos antes de la muerte no terminarían
dirceas, recinto sagrado de Tebas guerrera! Sed, sed mis jamás si se les permitiese rienda suelta? ¿No vais a llevarla
testigos: voy sin que me lloren lágrimas de amigos, voy por de aquí cuanto antes? Dejadla sola, abandonada. Y que mue-
leyes nuevas al montón de tierra, inaudita tumba para mí. ra si es preciso o siga viva encerrada en su recinto. Nosotros
¡Infeliz! Ni sobre la tierra ni bajo las sombras seré acompa- quedaremos libres de sacrilegio en cuanto a esta muchacha,
ñada de vivos o muertos. pues solo se le privará de convivencia con los habitantes de
corifeo.—Hasta el extremo llevaste tu audacia y contra el la tierra.
trono elevado de Dique tropezaste violenta, hija mía. Algún antígona.—¡Oh sepulcro; oh cámara nupcial; oh eterna mo-
delito paternal tu vida expía. rada de la prisión subterránea adonde me dirijo hacia los
antígona.—Tocaste en lo íntimo de mi gran dolor: en los míos, a quienes en su mayoría ha recibido ya Persefonea7
infortunios que sufrió mi padre, que han pesado sobre tres entre los muertos! Yo, la última de ellos, pero mucho más
generaciones y el destino todo de la ilustre casa y estirpe de desventurada, desciendo antes de que haya terminado la
Lábdaco. ¡Oh lecho funesto; oh fatal concúbito ese de mi parte de vida que me resta. Pero al menos abrigo la firme es-
peranza de que mi lllegada será grata a mi padre, grata a mi

6 Hay analogía entre Antígona y Niobe, hija de Tántalo. Niobe, en la cima del monte
Sipilo, fue convertida en estatua de piedra. Antígona iba a morir encerrada en una
bóveda de piedra. 7 La reina del mundo subterráneo, esposa de Hades o Plutón.
108 Sófocles

madre, grata a ti también, mi amado hermano. Cuando hu-


bisteis muerto, yo con mis propias manos os lavé, os adorné
y vertí sobre vosotros libaciones funerarias. Ahora, Polini-
ces, por haber enterrado tu cadáver he aquí mi recompensa.
No obstante, para las gentes sensatas hice contigo una pia-
dosa acción. Y en verdad ni por mis hijos, si los hubiese
tenido, ni por el cadáver de mi marido, aunque se hubie-
se estado pudriendo, contra el mandato de los ciudadanos
me hubiera impuesto este trabajo. ¿Qué justificación tiene
lo que acabo de decir? Si mi esposo hubiese muerto, otro po-
dría tener e hijos de otro marido; mas puesto que mi padre y
mi madre están encerrados en Hades, no es posible que yo
tenga otro hermano. Esta es la razón de haberte honrado
más que a nadie. Creonte juzgó que con esto prevaricaba y
osaba cosas horribles, ¡oh mi amado hermano! Y ahora, ma-
niatada, me conduce así, virgen, sin himeneo, sin haberme
unido a ningún varón, sin haber nutrido un hijo. Así, aban-
donada de mis amigos, ¡infeliz!, enderezo viva mis pasos
hacia los sepulcros de los muertos. ¿Qué ley divina he vio-
lado yo? ¿De qué me vale ya, ¡desventurada!, levantar los
ojos a los dioses? ¿Qué puedo invocar, desde que mi piedad
se tilda de impiedad? Si los dioses juzgan que mi suplicio es
justo, después de sufrido reconoceré que he errado; pero si
estos hombres son injustos, no deseo que sufran otros casti-
gos que los que me infligen injustamente.
corifeo.—Aún la azotan las mismas tempestades.
creonte.—Por eso tendrán que arrepentirse los que tan len-
tamente la conducen.
corifeo.—¡Ay! Esa palabra me anuncia la proximidad de mi
muerte.
Antígona 109 110 Sófocles

creonte.—Yo no te estimulo la esperanza de que mis órdenes protege, allí miró a los dos hijos de Fineo maltratados por su
sean vana palabra. madrastra inclemente, que hiriéndolos con crueldad los cegó;
antígona.—¡Oh patria, ciudad de la tierra tebana y dioses arrancó sus ojos cruelmente adoloridos, pero no fue con la es-
de mis abuelos, me llevan, ya no espero nada! ¡Mirad, jefes pada, mas con sus manos sangrientas y una aguda lanzadera.
de Tebas, cuánto sufre la última princesa de vuestros reyes! Ellos sufrían y lloraban su suerte y mala ventura, nacidos
¡Mirad qué hombres la castigan por hacer un acto de piedad! del ilegítimo himeneo de su madre, que, no obstante, des-
cendía de los antiguos Eréctidas. En las cavernas lejanas,
Los esclavos se llevan a antígona ella se había levantado en medio de las tormentas tempes-
tuosas de su padre. Había nacido de Bóreas y en la montaña
coro.—Igualmente sufrió Dánae 8 cuando la luz celestial escarpada tan presurosa corría como el corcel: que era hija
cambió por prisión de bronce. Encerrada en esa tumba que de los dioses; mas, hija mía, contra ella sus golpes endereza-
también era su tálamo sufrió el yugo del destino. Y ella era, ron las Pa rcas de larga vida.
no obstante, ilustre hija mía, y en sus entrañas guardó la dora-
da lluvia. Pero muy terrible cosa es la fuerza del destino. No Entra tiresias guiado por un lazarillo
podrían eludirlo ni la opulencia, ni Ares, ni los muros almena-
dos, ni los oscuros esquifes que el mar bate con sus olas. tiresias.—¡Príncipes de Tebas! Los dos hemos hecho el cami-
Fue también encadenado el furioso hijo de Driante, el se- no, viendo el uno por el otro. Los ciegos para andar necesitan
ñor de los Edonios; por sus violentos impulsos fue encerrado de un guía.
por Dioniso en una cárcel de piedra. De esa manera, se abate creonte.—Pues, ¿qué hay de nuevo, oh anciano Tiresias?
su vigorosa iracundia y su colérica furia. Comprendió que tiresias.—Te lo diré, pero debes obedecer al adivino.
era insensato querer insultar al dios con palabras insolentes: creonte.—Hasta ahora no me he apartado de tus consejos.
que pretendía refrenar a las bacantes en trance de su sagrado tiresias.—Por eso has dirigido rectamente el gobierno de la
delirio; quería extinguir el fuego báquico del evohé, y escar- ciudad.
necía a las musas, las amigas de las flautas. creonte.—Testigo soy de que me ha sido de provecho.
Junto a las rocas Cianeas, donde la mar se divide, son las ri- tiresias.—Ten en cuenta que has entrado ahora en una críti-
beras del Bósforo y el cruel Salmideso tracio. Ares, que el país ca situación.
creonte.—¿Qué ocurre? ¡Cómo me hacen temblar de horror
8 Dánae, hija de Acrisio, rey de Argos, fue encerrada en una prisión de bronce por su tus palabras!
padre para eludir la profecía según la cual un hijo de ella habría de dar muerte a él.
tiresias.—Lo sabrás cuando escuches los indicios que mi cien-
No obstante, Zeus , en forma de lluvia de oro, se introdujo en sus entrañas, de donde
nació Perseo, que fatalmente cumplió el oráculo dando muerte a Acrisio. cia revela. Yo estaba sentado en el viejo sitial de los augurios,
Antígona 111
112 Sófocles

donde tengo la estación de todas clases de aves, cuando escu-


creonte.—¡Oh anciano! Todos, como si fuerais arqueros,
ché un confuso clamor de pájaros que gritaban con funesto e
apuntáis sobre mí, y ni aun de la adivinación estoy libre. Aun
ininteligible ardor; y comprendí que se despedazaban mutua-
los de mi familia hace ya tiempo que me han vendido y aban-
mente con las garras ensangrentadas. Porque por el ruido de
donado. Enriqueceos, comprad el metal de Sardis si queréis,
sus alas no era difícil penetrarlo. Lleno de temor probé ense-
y el oro de la India. Pero no enterraréis a Polinices. Aunque
guida sacrificios de fuego en el altar ardiente. Pero Hefesto9
las águilas de Zeus quisieran robarlo y llevarlo de alimento
no se levantaba. La grasa de los músculos de las víctimas, al
hasta el trono del dios, no lo dejaría sepultar, pues no temo
caer sobre la ceniza, humeaba y chirriaba; la hiel se evaporaba
este sacrilegio. Bien sé que ningún mortal tiene poder para
en el aire y los huesos de los muslos quedaban al descubierto
mancillar a los dioses. Aun los hombres más hábiles, ¡oh vie-
mojados por la grasa que los había envuelto. Esto me lo hizo
jo Tiresias!, caen con vergonzosa caída cuando expresan sus
saber este muchacho. Los presagios no se manifestaban, ni
sucios propósitos con bellas palabras para realizar ganancias.
el sacrificio daba sentido alguno. Porque este muchacho es
tiresias.—¡Ah! ¿Por ventura sabe alguien, acaso concibe...
mi guía mientras que yo lo soy de otros. Este mal viene a la
creonte.—¿Qué es lo que dices? ¿Qué palabras necias hablas?
ciudad por causade tu determinación. Nuestros altares y
tiresias.—...cuánto más vale la prudencia que las riquezas?
nuestros hogares están llenos de los pedazos arrancados por
creonte.—Tanto, me parece, como la imprudencia es la ma-
las aves y los perros al cadáver del pobre hijo de Edipo. Por
yor de las desgracias.
esto los dioses no acogen los ruegos de nuestros sacrificios ni
tiresias.—Esa es la enfermedad que te aqueja.
la llama de los muslos de las víctimas, ni las aves dejan oír gri-
creonte.—No quiero devolver sus injurias a un adivino.
tos de buen augurio: están ahítas de grasa sanguinolenta de
tiresias.—Pues es lo que haces al llamar mentiras mis pre-
un cadáver humano en descomposición. Reflexiona sobre es-
dicciones.
tas cosas, hijo mío. Errar es común a todos los hombres, mas
creonte.—Porque toda la raza de los adivinos es avara de
aquel que ha cometido un error, no es insensato ni infeliz si
dinero.
reconoce su falta y no permanece inflexible; que la terque-
tiresias.—Y la de los déspotas es amiga de los lucros ver-
dad acusa torpeza. Cede, pues, ante el muerto y no aguijes
gonzosos.
un cadáver. ¿Qué aprovecha matar otra vez a un muerto?
creonte.—¿Sabes que es a tu señor a quien lanzas lo que
Buen consejo te doy guiado de mis buenos sentimientos ha-
dices?
cia ti. Es cosa muy grata hacer caso al que nos hace una buena
tiresias.—Lo sé, pues a mí me debes el que hayas salvado esta
advertencia si es para nuestro provecho.
ciudad.
creonte.—Eres un sabio adivino, pero amigo de hacer el mal.
9 Metonimia: el fuego.
114 Sófocles

tiresias.—Me obligarás a decir lo que está oculto en mi es-


píritu.
creonte.—Dilo, con tal de que no sea con fin de lucro.
tiresias.—¿Ciertamente te parece que obro así en lo que te
concierne?
creonte.—Por ningún precio cambiaré de opinión, escúcha-
lo bien.
tiresias.—Pues sábete bien que el disco del sol no terminará
muchas carreras sin que pagues con la muerte de un ser de tus
entrañas el rescate de otro muerto, porque has arrrojado bajo
tierra una persona que vivía encima, porque has encerrado
a una alma indignamente en una tumba, y porque retienes
aquí arriba un cadáver sin la comunióin con los dioses sub-
terráneos, sin los honores fúnebres, derecho que no te asiste
a ti ni a ninguno de los dioses superiores; y lo que haces es
una arbitrareidad. Por esto te acechan las divinidades ven-
gadoras que castigan el crimen, las Erinnias de Hades y los
dioses, y serás atrapado en las mismas desgracias que has
causado. Y considera si esto lo digo por codicia de dinero.
Dentro de poco tiempo se levantarán en tu palacio las la-
mentaciones de hombres y mujeres. Ya en jirones han sido
ofrecidos como ofrendas por los perros o las aves voladoras
o las fieras que a ellas llevan el olor impuro de las aras. Pues
me irritaste, como arquero he lanzado con ira estos certeros
dardos contra ti, y no podrás evitar su quemadura. Mucha-
cho, llévame a casa, para que este descargue su rabia sobre
los más jóvenes, y aprenda a conservar la lengua más tran-
quila y a abrigar pensamientos más juiciosos que al presente.

Sale tiresias
Antígona 115 116 Sófocles

corifeo.—Príncipe, el hombre se ha ido después de predecir los griegos; ¡oh Baco, que habitas en Tebas, metrópoli de las
cosas horribles. Y sabemos, desde que los negros cabellos de bacantes, junto al húmedo arroyo de Ismeno y cerca del sitio
mi cabeza se volvieron canos, que jamás ha hecho a la ciudad donde fueron sembrados los dientes del fiero dragón!
una falsa predicción. Una espléndida llama te alumbra por sobre la doble eminen-
creonte.—También yo lo sabía, y mi ánimo está turbado. cia del monte, que trillan las ninfas bacantes coricias donde
Duro es ceder; pero resistir y chocar contra la fatalidad es fluye la fuente Castalia. En medio del sacro evohé, de los
también terrible. montes de Nisa y su verde falda cubierta de hiedra y de vides,
corifeo.—¡Creonte, hijo de Meneceo! Es preciso tener bajas a pasear por la calles de Tebas.
prudencia. Entre todas las urbes, esta es la que más honras tú con tu
creonte.—¿Qué es, pues, lo que debe hacerse? Habla y te madre, la herida del rayo; y hoy, cuando todo su pueblo pade-
obedeceré. ce de un mal espantoso, ven dispuesto a salvarla, por enciman
corifeo.—Anda y saca a la doncella del antro subterráneo y del monte Parnaso o el estrecho rugiente.
construye una tumba para el muerto. ¡Oh jefe del coro de astros que fuego respiran, que presides
creonte.—¿Es esto lo que me aconsejas? ¿Quieres que ceda? los gritos nocturnos, retoño de Zeus! Muéstrate, Rey, con
corifeo.—Cuanto antes, ¡oh Rey! Los rápidos castigos de los tus fieles amigas las Tíadas, que furiosas celebran con danzas
dioses atajan el camino a los mal aconsejados. nocturnas a Yaco, su jefe.
creonte.—¡Ay! Con cuánta repugnancia renuncio a mi re- mensajero.—¡Oh, habitantes de las moradas de Cadmo y el
solución y me decido a hacerlo; pero es imposible luchar templo de Anfión! Yo no puedo alabar ni compadecer la vida
contra la necesidad. humana mientras dura. Porque la suerte levanta y la suerte
corifeo.—Anda ahora y hazlo; no lo encargues a otras per- oprime siempre al hombre feliz y al hombre desgraciado, y
sonas. nadie puede adivinar el destino señalado a los mortales. Creon-
creonte.—Así como estoy me voy. Id, id, servidores míos te parecía a mi juicio hasta hace poco digno de envidia. Había
presentes y ausentes, provistos de hachas, hacia ese sitio que salvado de enemigos esta tierra de Cadmo; se había apoderado
desde aquí se mira. Y puesto que he cambiado de determina- del mando absoluto y gobernaba al país, y florecía en medio
ción, después de haber encerrado a Antígona en la prisión yo de una prole generosa. Y ahora todo se le ha acabado, porque
mismo le daré la libertad. Acaso el mejor partido es pasar la cuando la dicha traiciona a los hombres, ya no considero que
vida obedeciendo a las leyes establecidas. son seres vivientes sino cadáveres animados. Amontona, si
coro.—Tú, que tienes tantos nombres, gloria de la hija de Cad- quiere, grandes riquezas en casa y vive con la magnificencia
mo, hijo de Zeus del trueno altisonante, tú, que riges la célebre de un rey. Si falta la alegría, todo esto no lo compraría yo,
Italia y guardas los valles eleusios de Deméter comunes a todos comparado con la felicidad, por la sombra del humo.
Antígona 117
118 Sófocles

corifeo.—¿Qué nuevo infortunio de nuestros reyes vienes a


con palabras que luego han de encontrarse mentirosas! La
anunciarnos?
verdad es siempre el camino recto. Yo acompañaba a tu ma-
mensajero.—Han muerto. Los vivos son la causa de la
rido como guía hacia la parte elevada de la llanura, donde aún
muerte.
yacía despiadadamente el cuerpo de Polinices despedazado
corifeo.—¿Quién es el asesino? ¿Quién es el muerto? Habla.
por los perros. Lo lavamos con agua lustral rogando a la diosa
mensajero.—Hemón ha perecido. Fue muerto por su mano.
de los caminos y a Plutón que contuviesen su cólera y que nos
corifeo.—¿Cuál, la de su padre o la suya misma?
fuesen propicios; y con ramas de olivo recién arrancadas que-
mensajero.—Por la suya misma, irritado contra su padre por
mamos lo que quedaba, y echándole encima un poco de tierra
el asesinato.
patria, le informamos un montículo. Enseguida nos dirigi-
corifeo.—¡Oh adivino, qué bien has cumplido tu profecía!
mos hacia la gruta de piedra de la joven, hueca cámara nupcial
mensajero.—Si es así, hay que pensar en los demás.
de Hades. Uno de nosotros oye a lo lejos gritos, agudos ge-
midos provenientes de aquella alcoba desprovista de honores
Entra eurídice
fúnebres y corre a decirlo a Creonte, nuestro señor, quien a
medida que más se acerca distingue los sonidos confusos de la
corifeo.—Aquí veo que se acerca la desventurada Eurídice,
voz y se precipita con estas lamentaciones dolorosas: “¡Infeliz
la esposa de Creonte. ¿Ha oído al mensajero desde el palacio
de mí! ¿Será cierto lo que oigo? ¿Por ventura ando por el ca-
o quizás viene casualmente?
mino más desgraciado que he trillado en toda mi vida? Estos
eurídice.—¡Oh vosotros ciudadanos todos! Escuché vuestras
lamentos me suenan a la voz de mi hijo. Siervos míos, corred
palabras cuando me disponía a salir para invocar con mis pre-
aprisa, acercaos a la tumba, penetrad por esa abertura de la
ces a la diosa Palas. Tiraba el cerrojo de la puerta para abrirla
pared y entrad por la puerta de la cámara, observad si es la voz
cuando hirió mis oídos el rumor de una desgracia doméstica.
de Hemón o si es que los dioses me engañan”. A estas órdenes
Temblando caí al punto de espaldas, desmayada sobre mis
de nuestro abatido rey nos pusimos a observar. En el fondo
criadas. Pero repetídme vuestra conversación, cualquiera que
de la tumba vimos a la doncella colgada del cuello con un lazo
ella sea. No ignoro lo que son las desgracias10. Os escucharé.
forjado con hilos de su velo. Hemón, echado sobre ella, la ce-
mensajero.—Yo, querida reina, hablaré como testigo que fui,
ñía por la cintura. Lloraba la pérdida de su prometida, ya en
y no omitiré una sola palabra de la verdad. ¡A qué adularte
el mundo inferior, y la crueldad de su padre y su desgraciado
amor. En cuanto Creonte lo ve, lanza un desgarrador gemi-
10 Probable alusión a la muerte de su hijo Megareo, que se mató porque Tiresias había do, se precipita adentro, corre hacia él y con amargo acento le
profetizado que su muerte era la condición para que Ares otorgase a Tebas la victoria dice: “¡Desgraciado! ¿Qué has hecho? ¿Qué idea se apoderó
contra el ejército invasor.
120 Sófocles
Antígona 119

Sale el mensajero. Entra creonte con el cadáver de hemón


de ti? ¿Qué desventura te ha hecho perder el juicio? Sal de
y acompañamiento
aquí, hijo mío, te lo ruego, te lo suplico”. El mancebo lo mira
con ojos de furia, le escupe el rostro, y sin responderle saca la
corifeo.—Aquí llega el rey en persona. Trae entre sus manos
espada de doble filo. El padre se libra huyendo. Al punto, el
el insigne monumento, si se permite hablar así, de una des-
infeliz vuelve su encono contra sí mismo, y siempre espada en
gracia que nadie ha causado sino su propia culpa.
mano, con los brazos extendidos hacia afuera, la apoya contra
creonte.—¡Oh errores de mi mente sin consejo, obstinación
su pecho y se la hunde en él. Con su brazo desfalleciente opri-
mortal! ¡Victimarios y víctimas veis en una familia! ¡Mis in-
me, todavía consciente, el cadáver de la virgen; corre de él un
faustos decretos! ¡Ay, hijo, has perecido en tierna edad con
impetuoso chorro de sangre, y sus gotas bañan la pálida me-
muerte prematura! ¡A, ay, ay! ¡No tu culpa, mi culpa te ha
jilla de Antígona. Y así yace un cadáver junto a otro cadáver.
arrancado la existencia!
El desdichado cumplió de ese modo en Hades las ceremonias
corifeo.—¡Ah! Me parece que tarde has conocido la justicia.
nupciales, enseñando así a los hombres que la imprudencia,
creonte.—¡Desventurado yo, bien lo comprendo! Pero, ¡ay!,
aun en los magnates, es la mayor de las desgracias.
un dios entonces golpeó con violencia mi cabeza y me empujó
a una senda de crueldades. Mi dicha ha pisoteado y derribado.
Entra eurídice al palacio
¡Oh inútiles afanes de los hombres!

corifeo.—¿Qué conjeturas? La reina se ha vuelto sin decir


Entra un criado de palacio
palabra buena ni mala.
mensajero.—Yo me asombro también. Abrigo la esperanza
criado.—¡Señor, cuántas desgracias te acosan! Unas, aquí las
de que conociendo la suerte de su hijo, no ha considerado de-
palpas entre tus brazos; otras están en tu palacio. Puedes en-
cente llorarlo en presencia de la ciudad, y se ha ido a palacio
trar y pronto las verás.
a decir a sus mujeres que lloren el duelo doméstico. No es tan
creonte.—¿Qué más hay? ¿Hay algo más desventurado que
falta de sentido común que vaya a cometer un desatino.
la misma desventura?
corifeo.—No sé... A mí, silencio demasiado profundo me pare-
criado.—Ha muerto tu mujer. La desgraciada madre que tan-
ce cosa grave, lo mismo que los gritos inmoderados e inútiles.
to amaba a este muerto acaba de infligirse una herida fatal.
mensajero.—Pues lo sabremos entrando al palacio, si ella no
creonte.—¡Ay, ay, inexorable puerto de Hades! ¿Por qué,
disimula algún oculto designio dentro de su corazón irri-
por qué me pierdes? ¿Qué desgracia me anuncias, mensaje-
tado. Bien lo dices; algo amenazante hay en un extremado
ro de males? ¡Ah, ya yo estaba muerto y una vez más la vida
silencio.
me has quitado? ¿Qué dices, hombre, qué noticias traes?
122 Sófocles

¡Ay, ay, ay! ¿Cuál es la nueva víctima, la mujer degollada,


al lado del que ya se encuentra muerto?

Se abre la puerta del palacio y se deja ver el cadáver de eurídice

criado.—Puedes ver. No está ya en el interior de la morada.


creonte.—¡Ay! ¡Contemplo, infeliz, otra desgracia! ¿Cuá,
cuál destino todavía me espera? Tengo aún en brazos al difun-
to hijo, y otro cadáver ante mí se muestra. ¡Ay, desgraciada
madre; ay, hijo mío!
criado.—Herida gravemente cerca del altar, cerró los ojos
ensombrecidos después de lamentar la suerte gloriosa de
Megareo, muerto antes; enseguida la de este, y deseándo-
te, finalmente, toda clase de desdichas, como homicida de
sus hijos.
creonte.—El terror, ¡ay!, me anonada. ¿Por qué no me ha-
brán pasado el pecho con una espada de doble filo? ¡Ay de
mí, la desgracia me circunda!
criado.—Como causa de la muerte de sus dos hijos te acusó al
morir.
creonte.—¿Cómo fue el modo de matarse?
criado.—De su propia mano se hirió en el pecho al saber la
muerte lamentable de este hijo.
creonte.—Cuán desventurado soy, nunca he de acusar a na-
die. La culpa es mía, solo mía. Yo he sido quien te mató. Esta
es la verdad. Esclavos, llevadme presto de aquí; llevaos al
que es solo nada.
corifeo.—Útil es lo que pides, si alguna utilidad hay en los su-
frimientos. Los soportamos mejor mientras son más breves.
Antígona 123 Sófocles
Edipo Rey & Antígona

creonte.—¡Que venga, que venga, muéstrese la última y más


Sófocles, uno de los grandes poetas de la literatura
bella muerte trayendo mi día postrero! ¡Venga, venga y que
universal, nos revela a través de Edipo rey y Antígona
me libre de ver la luz de otro día!
el destino implacable que recae sobre el linaje real de
coro.—No hay que hacer voto alguno. Esto corresponde al fu- la antigua ciudad de Tebas. Paradigmas de la tragedia
turo. Preocupémonos por el presente. De lo demás cuidarán griega por su perfección formal y la intensidad de sus
aquellos a quienes corresponde. pasiones humanas, las obras de Sófocles continúan
creonte.—Todo lo que deseo está resumido en esa súplica. cautivando a lectores de todo el mundo después de más

coro.—No pidas nada ahora, pues no pueden librarse los mor- dos mil quinientos años.

tales de los infortunios que les haya reservado el destino.


creonte.—Llevaos de aquí al hombre impío que... ¡oh hijo
mío!, sin desearlo te he privado de la vida, y ¡oh dolor!, a ella
también. ¿A cuál de los dos volveré los ojos, a donde volver-
me? Cuanto era mío estaba volcado. Una suerte insoportable
se ha cebado en mi cabeza.
corifeo.–Guardarte de impiedades con respecto a los dioses
es la primera fuente de felicidad. Las altivas palabras, aun-
que tardíamente, por medio de los golpes que recibe fuerzan
al orgulloso a ser prudente.

fin

edipo rey y antígona


sófocles
128 páginas