Está en la página 1de 379

LA IDEA

de MÉXICO

Emilio Cárdenas Elorduy

COLEGIO DE BACHILLERES
COLEGIO DE
BACHILLERES
jorge González Teyssier
Director general

Javier Guillen Anguiano


Secretario académico

Alma B. Leyva Ramírez


Jefa de la Unidad de Producción Editorial

COLEGIO DE BACHILLERES
Prolongación Rancho Vista Hermosa núm. 105
Col. Ex Hacienda Coapa
Delegación Coyoacán, CP 04920, México, DF

Esta obra tiene fines didácticos y de difusión cultural por lo que


queda estrictamente prohibida su venta, así como su reproducción
parcial o total por cualquier medio.

Impreso en México
Printed in México

Primera edición: diciembre de 2005


Contenido

Presentación

Introducción

1
Francisco Javier Clavijero
Los antiguos mexicanos

2
Fray Servando Teresa de Mier
Puede ser libre la Nueva España

3
Lucas Alamán
Historia de México (Introducción)

4
José Ma. Luis Mora
Los perniciosos efectos de los gabinetes extranjeros
en las naciones que los sufren

5
Gabino Barreda
Oración cívica
LA IDEA DE MÉXICO

6
Justo Sierra
Evolución política del pueblo mexicano

125

7
Alfonso Reyes
México en una nuez

143

8
José Vasconcelos
Breve historia de México

159

9
Luis Cabrera
La Revolución es la Revolución

173

10
Jesús Silva Herzog
Meditaciones sobre México 201

11
Vicente Lombardo Toledano
El sentido humanista de la Revolución Mexicana 233

12
Daniel Cosío Villegas
La crisis de México 257

13
Pablo González Casanova
La democracia en México (Introducción) 279

14
Octavio Paz
La última década 297
Presentación

Para entender a una nación no basta conocer su geografía y su desen-


volvimiento histórico. Es menester, si queremos tener una idea clara
del pueblo que habita un territorio, recurrir a algunos de sus pensado-
res más representativos para conocer su idiosincrasia y adentrarnos
profundamente en su cultura.
En esta colección de textos selectos, hecha por el doctor Emilio
Cárdenas Elorduy, seguimos el pensamiento de autores clásicos e ilus-
tres que han tratado, a través de distintas épocas, descifrar de la ma-
nera más lúcida a México y, por ende, al mexicano que lo habita.
Es imprescindible conocer nuestro pasado indígena, colonial y mo-
derno para comprender cómo se ha forjado esta patria y así tener una
visión del México contemporáneo.
Con ese propósito, ponemos en sus manos la reflexión de un gru-
po de autores mexicanos que con inteligencia escribieron sobre el Mé-
xico que les antecedió, el que les tocó vivir y al que aspiramos tener
todos los mexicanos.

JORGE GONZÁLEZ TEYSSIER


Introducción

I. Los autores y las obras

E sta colección de ensayos, que en su primera edición


publicó el Banco Mexicano Somex y ahora la ofrece
el Colegio de Bachilleres al lector interesado en los
temas históricos de nuestro país, reúne 14 textos que
iluminan con sus reflexiones aspectos esenciales de la
realidad mexicana. Es una antología histórica que se
inicia con la idea que Clavijero forjó sobre los antiguos
mexicanos, publicada en 1780, y se cierra con las
páginas que Octavio Paz escribiera en 1969,
meditando en torno a la situación que caracteriza a los
tiempos que vivimos los actuales mexicanos.
Cada uno de los autores incluidos en esta antología
nos ofrece su idea de México en un ensayo,
conferencia, discurso o capítulo principal de una obra
más amplia, en la cual expone, en forma sintética, sus
juicios y valoraciones sobre los acontecimientos que
han marcado de manera profunda la historia de México.
La colección de estos ensayos, que no son
propiamente investigaciones históricas, sino más bien
reflexiones generales sobre hechos históricos de
reconocida trascendencia, son textos que podemos
considerar propios de la filosofía de la historia
mexicana; reflexiones todas ellas, que se interrogan
sobre el sentido y significado último de los hechos
históricos particulares, dentro de un contexto evolutivo
y de larga duración.
Los juicios y preguntas que aparecen en estas páginas se refieren más
al sentido y significado que puede tener un hecho que a la descripción del
hecho mismo. Por ello los ensayos nos ofrecen más que un panorama de la
historia de México, una auténtica muestra de la li-
LA IDEA DE MÉXICO

teratura historiografica que documenta el desarrollo que han tenido las ideas
que sobre México han producido nuestros principales historiadores y
ensayistas. Los autores nos ilustran sobre una idea particular: la idea que
las distintas generaciones han elaborado en toi no a México a lo largo de
dos siglos de reflexión sobre la realidad de nuestro ser más profundo. Todos
los textos aquí reunidos de alguna manera son políticos, pues tratan
cuestiones de evidente contení io político; sin embargo, con mayor
propiedad, deben ser considerados como ensayos que permiten establecer
las grandes líneas de continuidad del desarrollo de la cultura mexicana. Lo:;
escritores e-leccionados son personajes centrales en la creación de las
¡deas que han trascendido en la historia de nuestra cultura. Sus argumentos
expresan los juicios y los prejuicios de su época; son la visión concentrada
del estado espiritual de su tiempo y de la generación a la que pertenece
cada autor.
En estos ensayos se encuentra la idea general que en el tiempo de su
autor, se tenía sobre lo que era, había sido y podía llegar a ¡ er su patria.
Las ilusiones y desilusiones que compartían con sus ce n-temporáneos
están registradas de una manera particularmente clara y enfática. Son
auténticos testimonios ideológicos de una época que nos permiten
reconstruir la historia de una idea central: la idea de México y de algunas de
las ideas particulares que los mexicanos han tenido, en diferentes épocas,
sobre los grandes temas de nuestra historia: el mundo prehispánico, la
Conquista, la época colonial, la sobrevivencia de la raza y de los valores
indígenas, la guerra de Independencia de 1810; la Iglesia, el ejérc:o, los
grupos raciales y las clases; las intervenciones extranjeras, el movimier o de
Reforma, la paz, la dictadura, la Revolución de 1910, la culti 'a nacional, el
partido dominante, los hombres que hicieron nuesti as leyes y sus
principales decisiones; el surgimiento y la permanem ¡a de los mitos, la
originalidad y la fuerza de las ideas, las crisis, las ya largas épocas de paz y
estabilidad y su alternancia con las etapas violentas de nuestra historia.
En estos ensayos los temas señalados son el objeto de reflexión y nos
permiten conocer cómo fueron juzgados y valorados los mism )s hechos,
por diferentes hombres en diferentes tiempos. A pesar de ser textos
fundamentales para esclarecimiento de la historia de las ideas en México,
sobre todo por el prestigio de sus autores, la mayoría de ellos no son de
fácil consulta. Las ediciones en que fueron publicados están agotadas o no
fueron reunidas en las publicaciones que existen sobre las obras completas
de algunos de estos escritores. Los textos son discursos, conferencias o
artículos de revista, que no es fácil encontrar en bibliotecas o librerías.
Pensamos que su publ cación y difusión, primero por parte del Banco
Mexicano Somex y en esta segunda
INTRODUCCIÓN

edición por el Colegio de Bachilleres, puede facilitar, a los lectores in-


teresados, el conocimiento de estas reflexiones capitales, sobre el sen-
tido de la historia de nuestro país, y acercarse así a las palabras y
formulaciones exactas en las que fueron concebidas por sus autores.
Los argumentos y análisis que se expresan en los ensayos constitu-
yen los eslabones principales de la gran cadena de ideas vivas que for-
man la memoria histórica de un pueblo. En sus páginas se.revelan las
imágenes más claras que del pasado tuvieron las sucesivas generaciones
de mexicanos que, desde fines del siglo XVIII hasta el segundo tercio del
siglo XX, han meditado sobre la esencia del ser que es nuestra patria. A
partir de las ideas que expresan, se elaboraron muchos de los proyectos
políticos integradores de nuestra nación. Sobre sus ideas centrales se
sustentan los movimientos sociales que han dibujado el perfil histórico
de México. Todos los escritos son ejercicios rigurosos de carácter cientí-
fico, o elaboraciones ideológicas, que pretenden fijar y preservar la me-
moria de un grupo, de una comunidad que tiene ideales e intereses
opuestos y contradictorios. Sus juicios son sorprendentes recuperaciones
del pasado o audaces visiones del porvenir. No hay imaginación sin me-
moria y la memoria, muchas veces, se ve modificada por los sueños. La
idea de México está construida con hechos y con mitos, con reflexiones
serenas y apasionadas, con juicios objetivos y con valoraciones ideológi-
cas. Hay épocas de exaltación y épocas de depresión.
Los textos nos revelan las cimas y simas de la fluctuante visión que
los mexicanos hemos tenido de nosotros mismos y del mundo exte-
rior que nos condiciona desde hace dos siglos. En la idea que cada au-
tor nos ofrece de México, está implícita su visión del mundo, y ésta es
un fiel reflejo del tiempo en que le tocó vivir y escribir. Son testimonios
de una cierta actitud espiritual, de un cierto estilo de pensamiento,
que está fundamentalmente enraizado en las realidades históricas con-
cretas de su época. Cada idea de México expresada en estos ensayos
reconstruye e interpreta el pasado, de acuerdo con las circunstancias,
los peligros y las posibilidades que se abren siempre ante cada nueva
generación.
Cada interpretación histórica implica una cierta idea que de Méxi-
co han concebido los autores. Los ensayos son también testimonio de
una especial manera de olvidar y de recordar. Sus argumentos nos des-
cubren lo que querían olvidar y lo que querían recordar las generacio-
nes que nos precedieron, cuando meditaban sobre su época, o sobre
el pasado y el futuro de México.
Los 14 ensayos que integran esta antología son los siguientes:

1. Francisco Javier Clavijero: Los antiguos mexicanos (1 780).


1. Fray Servando Teresa de Mier: ¿Puede ser libre la Nueva Espa-
ña? (1820).
LA IDEA DE MÉXICO

3. Lucas Alamán: Historia de México (Introducción) (1848).


4. José Ma. Luis Mora: Los perniciosos efectos de los gabinetes
extranjeros en las naciones que los sufren (1 327).
5. Gabino Barreda: Oración cívica (1867).
6. Justo Sierra: Evolución política del pueblo mexicano (19(0).
7. Alfonso Reyes: México en una nuez (1930).
8. José Vasconcelos: Breve historia de México (1937).
9. Luis Cabrera: La Revolución es la Revolución (1911).
10. Jesús Silva Herzog: Meditaciones sobre México (1947).
11. Vicente Lombardo Toledano: El sentido humanista de la Revo-
lución Mexicana (1930).
12. Daniel Cosío Villegas: La crisis de México (1946).
13. Pablo González Casanova: La democracia en México (Intro-
ducción) (1963).
14. Octavio Paz: México: la última década (1969}.

El primer autor, Francisco Javier Clavijero, perteneze al siglo > /NI.


Su obra sintetiza la visión que tuvieron los criollos humanistas que ex-
presaron las ideas sobre las cuales se fundamentó el incipiente nacio-
nalismo novohispano.
Los cinco autores siguientes: fray Servando Teresa de Mier, Lucas
Alamán, Luis Mora, Gabino Barreda y Justo Sierra, cubren con sus re-
flexiones todo el siglo XIX. Fray Servando publicó su texto ¿Puede ser
libre la Nueva España?, en 1820, y Justo Sierra publicó su Evolución oo-
lítica del pueblo mexicano, en 1900.
Los cinco siguientes autores abarcan con sus reflex ones la prir ie-
ra mitad del siglo XX. Cuatro pertenecen a la generación del Centena-
rio o del Ateneo y son Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Luis Cabrer y
jesús Silva Herzog. Con la excepción de Lombardo Toledano, todos vi-
vieron la experiencia del inicio de la Revolución.
Los tres últimos eran muy jóvenes o nacieron durante la Revolu-
ción; ellos son: Daniel Cosío Villegas, Pablo González Casanova y Oc-
tavio Paz.
Iniciamos esta antología con un texto de Clavijero, porque en la
obra del humanista jesuíta nos parece encontrar, si no la primera, sí
al menos la más clara actitud independentista que su libro es "una
historia de México escrita por un mexicano". Como dice el investi-
gador Enrique Florescano, "Clavijero es el primer historiador que
presenta una imagen nueva e integrada del pasado indígena y el pri-
mer escritor que rechaza el etnocentrismo europeo y afirma la inde-
pendencia cultural de los criollos mexicanos frente a los europeos".
Otra aportación suya fue abrirle un dilatado horizonte histórico il
desarrollo de la noción de patria, que en esta época, al incluir en ella
el trasfondo histórico precolombino, adquiere los prestigios del
INTRODUCCIÓN

pasado y se proyecta hacia el futuro, con una dimensión política


extraordinaria.
El espíritu y la actitud que caracterizan a la obra de Clavijero, y a
la mayoría de los estudiosos criollos de su generación, sentó las bases
de ese orgullo novohispano que los llevó a considerar a su patria co-
mo un verdadero paraíso. Su pensamiento influyó en la obra del ba-
rón Alejandro de Humboldt, quien recoge fielmente esa idea que los
humanistas del siglo XVlll elaboraron, para crear una nueva idea de sí
y de su patria, y que estará presente en la mayor parte de las reflexio-
nes de los escritores mexicanos, hasta mediados del siglo XIX.
El espíritu de la Ilustración marcó claramente las reflexiones de los
humanistas criollos y fue producto de las nuevas ideas que provocaron,
en el último siglo de la colonia, las reformas modernizadoras que Carlos
III introdujo en sus dominios de la Nueva España, en la primera mitad
del siglo XVlll. El sentimiento de orgullo y la idea de grandeza, que se ex-
presan en los escritores criollos de fines del siglo XVlll, se vieron cabal-
mente recogidos en el célebre Ensayo político sobre el reino de la Nueva
España, que Humboldt publicó en París en 1804. Su importancia fue tal,
que con razón dijo de él Lucas Alamán que "vino, por decirlo así, a des-
cubrir por segunda vez el nuevo mundo". Los profundos cambios so-
cioeconómicos que suscitaron las reformas borbónicas del siglo XVlll
tuvieron efecto en la conciencia histórica de los criollos e hicieron posi-
ble el surgimiento de un nuevo discurso histórico, que recuperaba el va-
lor del pasado indígena de México y permitía dar identidad a las clases
criollas, en ese entonces excluidas de los puestos del gobierno.
Si los criollos estaban excluidos del poder, al menos podían afirmar
la grandeza de las antiguas civilizaciones americanas y argumentar so-
bre la superioridad geográfica o natural de la Nueva España frente a la
vieja. Clavijero revierte sobre Europa la condena que Sahagún hiciera
sobre las culturas prehispánicas, por considerar las creaciones indíge-
nas como la obra del maligno y productos del demonio. Apoyados en
la razón universal, los criollos ilustrados juzgan a los europeos como
una raza y sociedades decadentes. Esa actitud marca el origen ideoló-
gico y espiritual de las generaciones que lograron la Independencia de
México, en 1821, y contrasta con la actual percepción, que en gene-
ral, tiene nuestra generación sobre el valor de México sobre su lugar
en el mundo y sobre la justa posición de nuestro país dentro del con-
cierto de las naciones.

II. Ideas y experiencia histórica

Las ideas tienen historia. Esto no siempre ha sido evidente. Platón sus-
trajo las ideas de la temporalidad. Las ideas, las formas, las esencias,
LA IDEA DE MÉXICO

son interporales en la visión del fiósofo griego. La


experiencia de la edad moderna ha ofrecido al Hombre
contemporáneo la evidencia contraria: las deas tienen
biografía, tienen linaje, geneología. N.icen, crecen,
desaparecen y muchas veces, mueren. A veces renacen
y vuelven a cobrar vida. Las ideas, como las monedas,
ganan o pierden v.alor, hay bancos centrales que
respaldan y aseguran su valor, siempre y cuando no
desaparezca el Banco Central. Hay monedas que tienen
valor —algunas veces mucho valor—, si se encuentran
dentro de una colección numismática. Así pasa también
con las ideas.
La ¡dea de México, la idea de lo que representa
esa palabra, del ente histórico que soporta el con
cepto México, es una idea histórica. Es por ello, una
idea sujeta a la temporalidad; es decir, sometic a al
cambio, a la variación, a la transformación continua
y permanente de su significado semántico. Ni Neza-
hualcóyotl, ni Hernán Cortés, ni sor uaná Inés c ? la
Cruz, ni el barón de Humboldt, pucieron repre.en-
liniiiPffg SJP^* tarse el mismo contenido significativo de
la palabra
"México".
Cuando fray Bemardino de Sahagún escribió su
Historia general de las cosas de la Nueva España, en el siglo XVI —y con
ese libro funda no sólo la etnología mexicana, sino la etnología mundial—,
no pudo tener la misma idea de la realidad, que era objete de su estudio,
que la que tuvo Francisco Javier Clavijero en 1 780, cuando escribió, a fines
del siglo XVIII, su Historia antigua de México. El objeto de estudio pareciera
que es el mismo; la historia de los hombres < ue pertenecieron a la cultura
mesoamericana y que habitaron en el Valle de Anáhuac antes de 1521. Sin
embargo, desde el mismo título d< la obra, pareciera que el objeto de
estudio es diferente y que no fuera lo mismo la Historia antigua de México
que la Historia general de las cosas de la Nueva España. El objeto de
análisis pareciera ser el mismo y, de hecho, lo es. Lo que es diferente, lo
que ha cambiado en tres siglos, es la representación mental, la idea, la
representación conceptual de i sa realidad. Lo que se transformó con el
paso del tiempo, es precisan™ rite la visión que del Anáhuac tiene el
historiador español del siglo XVI y el historiador criollo del siglo XVIII.
La idea que de México tiene el jesuíta Clavijero, exponente del na-
cionalismo novohispano, será la misma que tendrá su discípulo Miguel
Hidalgo y Costilla, y esta idea también difiere de la que tiene el dis í-pulo de
éste, José María Morelos y Pavón. Los tres piensan en el m s-mo ente
histórico, pero, cada uno de ellos, al hablar de México lo e< :á
INTRODUCCIÓN

construyendo, lo está inventando, lo está creando; y cada una de esas


creaciones conceptuales está modificando sustancialmente la realidad
del objeto que designa con esta palabra. Lo que dice de México Cla-
vijero, en 1780, influirá en la visión que Humboldt tiene de la Nueva
España en 1804, pues el sabio alemán conoció, cita con respeto, la
obra del jesuíta que escribió con nostalgia sobre su patria, desde Bolo-
nia, a fines del siglo XVIII.
Fray Servando Teresa de Mier y Lucas Alamán, quienes a su vez
citan a Humboldt, "el segundo descubridor de México", presentan en
sus respectivas historias una visión de México, una idea de México
que, sin duda, difieren entre sí, pero que al mismo tiempo, se alejan
de la que el sabio veracruzano nos expone en las páginas de su
historia. Es probable también que Clavijero no supiera que era un sa-
bio veracruzano. Es también probable que Nezahualcóyotl se sor-
prendiera de que lo llamáramos "poeta antiguo de México" y sor
Juana misma se asombrara de que se le considere "gloria de las le-
tras mexicanas". Los mapas de sus patrias no son los mismos, aun-
que los dos nacieron en el Estado de México; uno en Texcoco y la
otra en Nepantla, y por ello los dos son poetas mexiquenses. La idea
que nos ofrece fray Servando de la revolución de Independencia en
1813, no puede coincidir con la que elabora Luis Cabrera, cuando
escribe, en 1911, La Revolución es la Revolución para justificar la Re-
volución de 1910. Un siglo separa a esas reflexiones sobre dos crisis
diferentes de la misma nación.
La historia de las ideas o, con más propiedad, la historiografía de
las ideas, nos describe las transformaciones, las metamorfosis, las peri-
pecias, las aventuras y desventuras, que sufren las representaciones del
mundo con su paso por el tiempo.
La antología que integra estos 14 ensayos documenta con fideli-
dad el desarrollo que la idea de México ha sufrido, desde que aparece
en las páginas de Clavijero hasta el particular perfil que adquiere en los
escritos de Octavio Paz. Son textos imprescindibles para comprender
la reflexión que sobre México han realizado los principales ensayistas
de nuestra nación, y cubren 200 años de análisis relativos a ese ente
histórico singular que llamamos México.
Pero si existe una discrepancia notable entre dos concepciones,
entre dos ¡deas que se refieren a un mismo objeto al pasar por el tiem-
po, no es menor la discrepancia que puede existir entre dos autores
que escriben en el mismo tiempo y reflexionan sobre el mismo objeto.
¿Es el mismo México el que describe Lucas Alamán en su Historia de
México, que el que analiza Luis Mora en México y sus revoluciones?
¿Es el mismo México el que concibe José Vasconcelos en su Breve his-
toria de México, que el que nos ofrece Alfonso Reyes en su preciosa
conferencia "México en una nuez"?
16 LA IDEA DE MÉXICO

Pensamos que los textos reunidos en esta


antología permitirán comprender mejor el largo proceso
de creación de un concepto, de su enriquecimiento o su
em sino que tamt én sufren transformaciones radicales con
pob su paso a través de las ide< logias. Los intereses
reci valúan o devalúan a las ideas, como también los in-
mie tereses afectan el valor de las monedas.
nto, Las ideas —los griegos llamaban a las "formas"
de ide:as—, se de Dr-man o transforman con el paso del
su tiempo. Como las formas, las ideas se transforman por
exa estar sujetas a la temporalidad. Sólo las ideas | la-
ltac tónicas son indeformables, son arquetipos que desafían
ión a las contingencias a las que las somete el tiempo.
o Pero México no es una idea platónica, es una idea
deg histórica. No es una esencia, es una historie, o quizá
ra mejor, es una sustancia, que es precisamente aquello
Ja- que subsiste; lo que permanece, a pesar del cambio al
don que se somete la realidad con su paso por el tiempo,
, de con su paso por la historia
su ¿Qué es lo que subsiste, a pesar del cambio, bajo
afir la idea que representa la palabra México? ¿Qué es lo
ma que califica Bernardo de Bal-buena como "grande",
ció cuando publica, en 1603, su Grana'■ za mexicana? La
n o grandeza que admira Balbuena en la ciucad de Méxi::o,
de en el siglo XVI ¿es la misma que afirma el orgullo del
su criollo Clavijero, que concibe a los antiguos mexicanos
neg como superiores a los antiguos griegos? La nueva
aci grandeza mexicana que canta Salvador Novo er el
ón. México postrevolucionario, ¿es la misma que
Las acompaña a México a través de los siglos?
ide El tiempo, y no sólo el espacio, condiciona la visión
as que los hombres tenemos de la realidad, condiciona las
no ideas que nos hacemos de ella. El tiempo de Lucas
sól Alamán no es el mismo tiempo que el de ( a-bino
o Barreda. Cuando Alamán escribe su Historia de Méjico
pas —que lo escribe con "]", olvidando la recomendación
an fervorosa de fray Servando para que se escribiera con
a "x"—, frente a su casa, en la avenida Tlax-pana, pasan
tra- los carros de la infantería norteamericana que están
vés ocupando la ciudad de México, comandada por el
del general Scott. Alamán había sido testigo de otra
tie ocupación, la de la ciudad de Guanajuato invadida por
mp las tropas de Miguel Hidalgo, el 20 de septiembre de 18'
o y 0. Gabino Barreda escribe su Oración cívica en
se Guanajuato, el 16 de septiembre de 1867, tres meses
mo después del fusilamiento de Maximiliano en el Cerro de
difi las Campanas. Si uno escribe sobre el "origen funesto"
can de la nación mexicana, el otro nos describe "el sendero
— llorido del progreso y la civilización". Dos tiempos
co juzgando al mismo espacio. El ingeniero de minas que
mo conoció en su casa paterna, cuando era niño, a Miguel
los Hidalgo, tiene razones de juicio muy diferentes a las
vin que utiliza el médico, que será colaborador de Benito
os Juárez, i\ fundar la Es-
—,
INTRODUCCIÓN

cuela Nacional Preparatoria. Para calificar a la Revolución de 1910, Luis


Cabrera, Jesús Silva Herzog o Pablo González Casanova, nos ofrecen,
cada uno de ellos, una idea de México que depende en gran medida
del juicio diferente que hacen sobre la Revolución Mexicana. El senti-
do de este juicio se transforma en función de la fecha en que está for-
mulado, ya sea en 1911, 1945 o 1963.
Cada uno de los ensayos que integran esta antología nos ofrece
una visión diferente del mismo objeto de meditación: México. Esta
idea o visión de México variará y se transformará en función de la am-
plitud del horizonte que se expande ante los ojos del nuevo observa-
dor. Conforme pasa el tiempo, cada ensayo integra y analiza
realidades históricas y experiencias vitales diferentes. Sucede como
con la descripción de un paisaje que se fuera realizando desde el últi-
mo vagón de un tren en movimiento. Conforme se acrecienta la dis-
tancia que separa del punto de partida, el paisaje, que es el mismo,
cambia y se modifica radicalmente. Esto es así por las nuevas realida-
des que entran a formar parte del campo de visión del observador. A
pesar de que van por la misma vía y en el mismo tren, nunca es seme-
jante la visión que del viaje tienen el maquinista o el garrotero que via-
ja en el último vagón del tren.
Hemos citado el título del libro de Balbuena La grandeza mexicana;
nos hemos referido al orgullo que los humanistas criollos del siglo XVIII
sienten por la grandeza de la Nueva España, hemos mencionado a Sal-
vador Novo y su Nueva grandeza mexicana. En diferentes siglos han exis-
tido hombres y generaciones que han pensado y analizado la grandeza
de México, y esto contrasta con otras épocas en que prominentes hom-
bres han analizado y juzgado en forma negativa y pesimista a su país.

III. El lugar de México en el mundo

El tiempo actual parece estar caracterizado, en amplios sectores de la


población y en círculos de opinión influyentes, por una revisión pesi-
mista de la realidad mexicana. En muchos habrá contribuido para ge-
nerar esa percepción negativa, no sólo del presente sino aún del
pasado mismo de nuestra nación, el clima general de crisis que ha
marcado a la última década, la "década perdida", desde el punto de
vista del crecimiento económico y que ha afectado a toda la región
latinoamericana.
Ese grave fenómeno macroeconómico, que en forma generalizada
ha detenido los procesos de producción material, se ha reflejado en la
dimensión de las ideas y provocado una aguda distorsión en la percep-
ción y valoración de la realidad histórica y cultural de nuestro país.
Amplios núcleos de población, pero sobre todo una parte considera-
LA IDEA DE MÉXICO

ble de la opinión pública, reflejan los efectos espirituales e ideológicos


negativos que ha causado esta perturbación económ¡ca en la visión que de
sí y de su historia tiene un gran número de mexicanos. Pudiéramos decir
que uno de los grandes problemas nacionales, quizá más grave aún que el
de la deuda externa, es precisamente el de la distancia que existe entre lo
que "es México" y lo que "piensan que es" un gran número de ciudadanos.
Es fácil constatar de una devaluac ón muy acusada en la percepción de los
valores culturales que ha creado la sociedad mexicana, a lo largo de su
historia, y sobre todo del lugar que ocupa nuestra nación en el ámbito
internacional. Esto último c je-de ser un ejemplo muy claro de esa distancia
que existe entre lo |ue "es" México y "lo que piensan los mexicanos que es".
La distancia |ue existe entre lo que "es" y lo que "se cree que es", es muy
amplia, como se puede constatar si se recurre a una simple encuesta,
pregun ando a cualquier ciudadano sobre el lugar que piensa que ocupa
México dentro de la jerarquía de los países que integran el actual sistema
internacional.
¿Qué lugar ocupa México, dentro de los 151 países miembro: de la
Organización de las Naciones Unidas, si tomamos en cuenta el valor de su
producción económica y algunos aspectos cualitativos, ce no pueden ser su
tradición cultural, su situación geográfica estratégica o su relevancia dentro
del ámbito de la cultura hispániai?
La respuesta a esta pregunta, por parte de un ciudadano corr jn, y de
otros no tan comunes, en general es sorprendente. En una tabla que incluye
a los 151 países, los encuestados sitúan a México, usualmente, entre el
60o. y el 90o. lugar, y algunos en una posi< ion aún más baja. Se muestran
incrédulos los interrogados cuando s< les informa que, en general, de
acuerdo con índices cuantitativos )ue establecen los organismos
internacionales, como la ONU o el Ba ico Mundial, México está considerado
entre los 15 primeros países, Dor el valor global de su producción
económica. Algunos analistas internacionales sitúan a México dentro del
rango de "potencias Ínter ne-dias", es decir, entre aquellos países que están
situados despué: de las cinco o seis grandes potencias industriales, con
intereses políticos en todo el planeta.
En efecto, México ocupa el lugar número 11, por el volumen de su
población; el lugar número 12, por su extensión territorial; e lugar número 1
3, por el valor global de su economía. Es usual que se sepa que México es
el primer productor de plata en si mundo, pero sólo los especialistas saben
que ocupa el séptimo lugar por su producción de energía y el quinto por la
superficie de tierras irriga las, gracias a sus eficientes sistemas hidráulicos.
Sólo seis países cuentan con un sistema educativo más amplio que el de
México. Su red ae-roportuaria es la tercera red de comunicación aérea más
densa en el
INTRODUCCIÓN

mundo. En la producción de muchos minerales se encuentra entre los


primeros 10 países. Sus recursos pesqueros lo colocan en el décimo lu-
gar y sus recursos forestales en el lugar número nueve. Por el número
de aparatos de televisión, México ocupa el lugar número 13. Los da-
tos anteriores se refieren tan sólo a algunos índices cuantitativos de
carácter material, que le otorgan a nuestro país un lugar destacado,
dentro del sistema económico internacional. Existen, además, otros
datos de carácter cualitativo, que también distinguen a México dentro
del concierto de las naciones. Muchos de ellos son de orden histórico
y sitúan a México en una posición relevante, dentro del curso de la
historia universal, desde hace cinco siglos.
Su riqueza minera es excepcional y ha tenido una influencia de-
finitiva en el desarrollo del capitalismo europeo, desde el siglo XVI.
Por ello, México ha jugado, desde entonces, un papel importante en
la constitución de la economía mundial. Desde la época de la Colonia,
su extensión y su situación geográfica —como dominio español era
ocho veces más grande que el territorio de España— llamó la
atención de los observadores. Eso es algo que siempre estuvo pre-
sente entre los estudiosos de la historia universal. Algunos aspectos
geográficos notables y la importante riqueza minera que México
guarda en sus entrañas, fueron las razones principales por las que los
criollos del siglo XVIII tuvieron una clara conciencia de la grandeza de
México; conciencia que se refleja de manera enfática en las obras de
Clavijero y de otros escritores de ese tiempo.
Clavijero es el primer escritor que tiene una clara conciencia de lo
que es la nación mexicana, y plantea, ya desde entonces, con
agudeza, la originalidad de algunos valores que dan cuerpo a la
identidad nacional, a partir de la revalorización moral y cultural de las
obras que crearon las grandes culturas indígenas antes de la
conquista. Este cambio radical, en la óptica de la perspectiva histó-
rica, que se dio a fines del siglo XVIII, permite elaborar los temas y
los mitos que serán fundamento de nacionalismo novohispano; na-
cionalismo que, en la visión exaltada de fray Servando Teresa de
Mier, adquiere ya nítidamente, los perfiles de una argumentación
decidida en favor del nacionalismo mexicano, de la legitimidad de su
tradición y de los valores de identidad de los criollos, frente a la
España imperial y al resto del mundo. Esos temas serán retomados
por la mayoría de los pensadores del siglo XIX y después de la revo-
lución de 1910, llevados a un alto nivel de racionalización. Aspectos
de la especificidad de la cultura mexicana han apasionado a nuestros
mejores ensayistas, quienes, desde Alfonso Reyes a Octavio Paz,
plantean siempre con agudeza el tema de la identidad y de la origi-
nalidad de la cultura y la historia de México, desde una perspectiva
universal.
LA IDEA DE MÉXICO

Lo que es evidente, visto desde afuera, para los estudiosos extr m-


jeros de la realidad mexicana y aun para simples turistas, resulta pro-
blemático y confuso para un gran número de mexicanos. El bajo n /el
de autoestima, producto de la poca o mala información, pero sobre
todo, de una idealización de la realidad exterior, de su valor, de su di-
mensión real, de lo "otro", de lo extranjero, ha resultado en una visión
o idea de México que, en general, se puede calificar de negativa o pe-
simista.
La conciencia es conciencia de algo. La idea siempre es una ¡i ea
de "algo" y este "algo" sólo se capta en forma analógica. Ese a go
siempre está en relación con otras cosas. Sólo en la comparador es
posible formular el juicio de valor. Si sólo existiera un a go "único" és-
te no podría ser valorado, evaluado o enjuiciado porque no existiría
una referencia para realizar el juicio. Ese "algo", en el caso que nos
ocupa, es la "Idea de México" y ésta tiene siempre que ver con la ¡rea
que del mundo nos hacemos los mexicanos y con la ¡üea que han te-
nido los mexicanos de sí mismos, a lo largo de su historia. Esa apre< ia-
ción negativa tiene su origen en la falta de valoración adecuada de los
elementos originales que dan sustancia a la cultura y a la historia de
México y que son también el fundamento de su identid ad nacional, de
esa identidad que lo afirma y distingue precisamente f "ente a lo otro,
frente al resto del mundo. Existen ciertos temas o tópicos de carácter
general que son esenciales en la constitución de la idea de México. Es-
tos temas aparecen en forma velada o enfática en todos los autcres
que están representados en esta antología. Sus temas centrales son la
sustancia de la problemática histórica cuando se trata de conceptuali-
zar la dimensión original de los valores que integran la identidad ijia-
cional.

IV. Los elementos originales

20 Las meditaciones que encontramos en esta antología nos revelan las


particularidades y rasgos característicos que hacen qje México ea
México y no otra nación, que hacen que su historia sea la que es y no la
de otro país. Se pueden identificar, a través de estos ensayos, los as-gos
esenciales que han formado nuestro ser histórico de una manera precisa
y no de otra; rasgos propios que le han otorgado a la nación su perfil
particul
ar y
que
distingu
en la
historia,
la
cultura
y el
carác
ter de
México
frente a
otras
entidad
es
nacion
ales.
De
una
manera
sintétic
a y
recurrie
ndo a
la
general
idad,
como
recurso
didáctic
o, cabe
señalar
ciertos
elemen
tos
caracte
rísticos
ineludi-
bles de
tratar
cuando
se
intenta
reflexio
nar
sobre
la
génesis
de idea
de
México.
INTRODUCCIÓN

Estos elementos son muy diversos. Principiemos con los datos de


orden geológico y biológico para encontrar los fundamentos natura-
les que soportan a los argumentos de orden histórico y filosófico, so-
bre los rasgos distintivos de este ser llamado México.
Usualmente se destacan los aspectos originales de la naturaleza
mexicana, de la vastedad y dramatismo de sus paisajes. Su compleja
orografía lo emparenta, por sus perfiles imponentes, con el Tibet y los
países andinos. Sus volcanes y cordilleras semejan a los del Himalaya y
los Andes, pero, a diferencia de esas viejas formaciones geológicas, el
territorio mexicano, sobre todo su mitad sur, la que se encuentra situa-
da abajo de Zacatecas, donde empieza la árida América, es una masa
continental de muy reciente formación.
La teoría de las placas continentales y de la formación de la Tierra
sitúa a Mesoamérica, es decir, a México, desde Zacatecas hasta Co-
lombia, como la parte más joven de la Tierra. Centroamérica parece
ser, según esta teoría, la última parte que emergió del fondo del océa-
no para formar la masa continua del continente americano.
En esta juventud de su tierra ven algunos especialistas, con humor,
la dificultad que existe para que las computadoras puedan procesar "el
factor México". Pero si la tierra mexicana es relativamente joven, den-
tro del amplísimo tiempo de las eras geológicas, la actividad del hom-
bre transformando su suelo, es muy antigua.
Hace 20 mil años el hombre recorría ya el Valle de México en su
lucha contra los mamuts, como lo prueban los restos del hombre de
Tepexpan. En muy pocos puntos del planeta se puede encontrar una
secuencia de trabajo humano continuo como en el Valle de México.
Este trabajo constante, iniciado desde los tiempos prehistóricos a ori-
llas de los lagos, señalan al Valle de México como uno de los raros pun-
tos del planeta en el que se puede constatar la permanente
continuidad del esfuerzo civilizatorio del hombre. Ese trabajo ininte-
rrumpido nos ofrece ya más de 3 mil años de esplendor cultural que
abarcan, desde la enigmática cultura olmeca hasta la moderna civiliza-
ción que se desarrolla actualmente en la ciudad de México. Otro ras-
go específico de la historia de México, además de su continuidad
excepcional, es su absoluta originalidad. Las antiguas culturas mexica-
nas se desenvolvieron en forma independiente, sin contacto alguno,
con otras civilizaciones. La autonomía espiritual que se manifiesta en
nuestras antiguas culturas autóctonas no puede encontrarse en las cul-
turas euroasiáticas o africanas. Su aislamiento geográfico produjo "cul-
turas madres", como Arnold Toynbee las llama, es decir, procesos de
civilizaciones que no tienen su origen en culturas anteriores. Su total
aislamiento geográfico explica su profunda originalidad expresada en
una particular concepción del tiempo, un especial sentido de la belle-
za y una singular manera de interpretar la realidad. Esa radical origina-
LA IDEA DE MÉXICO

lidad que manifiestan los procesos civilízatenos en Mesoamérica, desde su


inicio hasta la llegada de los españoles en el sigo XVI, produjo una variedad
de culturas que tienen su razón de ser en la impres o-nante diversidad
lingüística sobre la que se asientan las antiguas culturas mexicanas. El
efecto, tres diferentes troncos lingüísticos h an dado origen a las cincuenta y
seis lenguas indígenas que aún se siguen hablando en el territorio nacional.
La diferencia entre el ta a-humara y el maya es tan grande como la que
existe entre el italiano y el japonés. Un verdadero mundo histórico, tan
diversificado y rico como el mundo mediterráneo o el islámico, fue creado
oor el homt re en tierras mexicanas.
Sobre ese complejo universo lingüístico y racial se sobrepuso, a partir
de 1521, el variado y no menos complejo mundo racial que aportaron los
españoles a las tierras americanas. La cultura españcla del siglo XVI era la
más rica y diversificada de la Europa del Renacimie 1-to. La península
Ibérica era un verdadero mosaico de razas y tradiciones culturales: celtas,
latinos, fenicios, visigodos, judíos, árabes .. España era, sin duda, el país
más complejo, racialmente hablando, ( e todo el continente europeo. Y ese
país multirracial es la potencia imperial que realiza la conquista y el
mestizaje de México. Con mucha razón dijo López Velarde al referirse a la
esencia mesliza del alma mexicana, "español y árabe rayado de azteca".
La descendencia de Cortés y la Malinche inicia el mestizaje de sangres
y con ello la creación de una nueva raza en el planeta. México es un país
mestizo en una proporción mucho más alta que el Perú y que cualquier otro
país que haya sufrido la colonización europea. El fenómeno biológico del
mestizaje es también una característica que acentúa la originalidad histórica
de México frente al mundo. Ni < I colonialismo inglés, ni el francés, ni el
holandés, lograron una integró -ción racial como la que se vio en México a
partir de la Conquista.
El dramático encuentro de dos civilizaciones totalmente ajenas y
desconocidas la una de la otra, en torno a las murallas de Tenochtitlán, es
uno de los hechos culturales más originales de la historia universal. Nunca,
en ningún otro sitio del planeta se había registrado un encuentro de
civilizaciones tan radicalmente extrañas la una de la otra. L| creación de la
nueva raza que se produjo, gracias al mestizaje realzado en México es, sin
duda, un fenómeno notable en la historia biológica de la especie humana y
fue, precisamente, en tierra:; mexicanas. en donde aconteció este fenómeno
de enriquecimiento racial, en una proporción e intensidad como no conoció
ningún otro territorio colonizado por los europeos.
La ciudad de Tenochtitlán, la suntuosa capital del imperio azteca, es
una de las más notables creaciones urbanas que registra la historia del
hombre. "Ciudad de destino" llamó Arnold Toynbee, a la capital
INTRODUCCIÓN

del imperio mexicano. México-Tenochtitlán, la ciudad más vasta de la ci-


vilización mesoamericana, sorprendió al conquistador español, pues el
volumen de su población y la racionalidad geométrica de su trazo, no lo
conocía ninguna ciudad europea del renacimiento. Son varias y muy
profundas las razones de índole histórico las que explican el que la ciu-
dad de México sea la urbe moderna más poblada del planeta. Afines del
siglo XVlll no existía en todo el continente americano, una ciudad de la
magnitud, la belleza y la grandeza arquitectónica de la ciudad de Méxi-
co. Ni Lima ni Buenos Aires, ni Boston o Filadelfia, podrían compararse
con las riquezas artísticas y el esplendor urbano y cultural de la orgullo-
sa capital de la Nueva España.
La Independencia de México reviste también una clara originali-
dad, si se compara con los movimientos libertarios que se produjeron
a principios del siglo XIX en el resto de las colonias de España. La vio-
lencia y la duración de esa guerra hicieron posible la intervención de
grupos sociales y raciales que determinaron los hechos políticos y mi-
litares decisivos con una intensidad que no conocieron los demás mo-
vimientos independentistas de la América española. La guerra de
Independencia de México fue un movimiento verdaderamente popu-
lar, y no sólo batallas entre diferentes facciones del ejército colonial,
que estuvo siempre integrado por criollos y peninsulares, como suce-
dió en el resto de la América española. La participación de Morelos y
Guerrero, auténticos caudillos mestizos, y el formidable ejército popu-
lar, de 80 mil hombres que Miguel Hidalgo llegó a conducir, marcaron
ese hecho del resto de los movimientos de independencia que se pro-
dujeron en América a principios del siglo XIX.
Las invasiones extranjeras sufridas por México en el siglo pasado, la
norteamericana en 1847 y la francesa en 1862, modificaron la historia
nacional de tal manera que la sociedad que resistió esas agresiones ad-
quirió características muy diferentes a las del resto de los países del con-
tinente. Esa dramática y sangrienta experiencia, que significaron las
guerras de intervención, no fue conocida por ningún otro país en Amé-
rica. La evolución política de México en gran medida está determinada
por esos traumáticos hechos históricos. La pérdida de la mitad del te-
rritorio, en el caso de la agresión norteamericana, y el triunfo final de la
República, en el caso de la aventura imperial de Napoleón III y Maximi-
liano de Habsburgo, son acontecimientos que fraguaron el espíritu na-
cional y fortalecieron a las instituciones políticas de una manera
definitiva y original. El triunfo de Juárez en Puebla y Querétaro tiene un
resultado trascendental desde el punto de vista de la historia universal.
Considerando desde Europa el triunfo de Juárez y el establecimiento
de una república moderna y laica, fue la primera realización en la histo-
ria de los ideales políticos del racionalismo, el iluminismo y el liberalismo
europeo. Esos proyectos ideológicos habían fracasado en la vieja Europa
LA IDEA DE MÉXICO

con la restauración monárquica que impuso el Tratado de Viena de 1814, al


derrotar totalmente el proyecto napoleónico en Waterloo. La Santa Alianza
negó las aspiraciones políticas de modernidad que proclamaron tanto la
Revolución Francesa como los filósofos liberales europeos.
Los proyectos políticos de Hegel, de Stuart Mili y de Augusto C Irrite,
que proponían la reorganización de la sociedad y la creación di un Estado
moderno y laico, independiente del poder tem Doral de la I jle-sia, de la
nobleza y de las castas militares aristocráticas, se hicieron ea-lidad en el
nuevo Estado que creó Juárez en 1867, al elim nar definitivamente el poder
político y económico de esa institución me iie-val que era la Iglesia.
Con el triunfo de Juárez sobre las potencias imper ales,, Méxio se
adelantó a su época. No fue sino hasta 1905, por ejemplo, que Francia
logró separar a la Iglesia del Estado. Los más de 100 años de reconoci-
miento del Vaticano por parte de México, son un hecho de extrema ori-
ginalidad política que singulariza la historia moderna de la nai ion mexicana.
La vigencia de las Leyes de Reforma y de la Constituciór de 1857, son
hechos que separan la trayectoria histórica cié México c ; la del resto del
continente. El concordato con la Iglesia define todavía en muchos países de
América Latina, los límites del poder estatal.
En la república imperial el presidente sigue jurando su cargo se bre una
Biblia y en su moneda está expresada la confianza que Nortean erica tiene
en Dios... In Cod We Trust. El México guadalupano ha sal ido crear un
Estado laico, desvinculado totalmente del poder y de la legitimidad religiosa,
en una medida tan alta como no ha conocido nin ¡un otro país de América
Latina, con excepción de Cuba.
La Revolución de 1910 es la gran hazaña histórica de la nación ne-
xicana. La Revolución logró la transformación de la sociedad mexicana con
un altísimo costo en sangre —un millón de vidas y 600 mil e> liados—. La
nuestra fue la primera revolución social triunfante del siglo XX, y en su
Constitución quedaron consagrados, por primera vez en la historia del
constitucionalismo, los derechos sociales que se agregaron ¿i los
individuales, que ya habían sido reconocidos en 1857. La Revoluciór ha
creado las instituciones que definen la originalidad, tanto de la cultura
moderna de México, como de su sistema político y soc al.
La Revolución Mexicana es el hecho social que define la histori. de
nuestro país en el siglo XX. Incluyendo la Constituciór, las princip ales
instituciones políticas y sociales del México actual tienen su origen e n la
Revolución. Una entre todas ellas, determina la historia de las últi ñas seis
décadas: el Partido de la Revolución que, bajo dife'entes nornt res, ha sido
la pieza política clave para mantener la paz social desde 1! 29. La
estabilidad política y la de ejemplar continuidad constitucional, son los
rasgos que caracterizan a la historia del México postrevolucionario. En 16
ocasiones se ha sustituido al titular del Poder Ejecutivo sin que-
INTRODUCCIÓN

del imperio mexicano. México-Tenochtitlán, la ciudad más vasta de la ci-


vilización mesoamericana, sorprendió al conquistador español, pues el
volumen de su población y la racionalidad geométrica de su trazo, no lo
conocía ninguna ciudad europea del renacimiento. Son varias y muy
profundas las razones de índole histórico las que explican el que la ciu-
dad de México sea la urbe moderna más poblada del planeta. Afines del
siglo XVIII no existía en todo el continente americano, una ciudad de la
magnitud, la belleza y la grandeza arquitectónica de la ciudad de Méxi-
co. Ni Lima ni Buenos Aires, ni Boston o Filadelfia, podrían compararse
con las riquezas artísticas y el esplendor urbano y cultural de la orgullo-
sa capital de la Nueva España.
La Independencia de México reviste también una clara originali-
dad, si se compara con los movimientos libertarios que se produjeron
a principios del siglo XIX en el resto de las colonias de España. La vio-
lencia y la duración de esa guerra hicieron posible la intervención de
grupos sociales y raciales que determinaron los hechos políticos y mi-
litares decisivos con una intensidad que no conocieron los demás mo-
vimientos independentistas de la América española. La guerra de
Independencia de México fue un movimiento verdaderamente popu-
lar, y no sólo batallas entre diferentes facciones del ejército colonial,
que estuvo siempre integrado por criollos y peninsulares, como suce-
dió en el resto de la América española. La participación de Morelos y
Guerrero, auténticos caudillos mestizos, y el formidable ejército popu-
lar, de 80 mil hombres que Miguel Hidalgo llegó a conducir, marcaron
ese hecho del resto de los movimientos de independencia que se pro-
dujeron en América a principios del siglo XIX.
Las invasiones extranjeras sufridas por México en el siglo pasado, la
norteamericana en 1847 y la francesa en 1862, modificaron la historia
nacional de tal manera que la sociedad que resistió esas agresiones ad-
quirió características muy diferentes a las del resto de los países del con-
tinente. Esa dramática y sangrienta experiencia, que significaron las
guerras de intervención, no fue conocida por ningún otro país en Amé-
rica. La evolución política de México en gran medida está determinada
por esos traumáticos hechos históricos. La pérdida de la mitad del te-
rritorio, en el caso de la agresión norteamericana, y el triunfo final de la
República, en el caso de la aventura imperial de Napoleón III y Maximi-
liano de Habsburgo, son acontecimientos que fraguaron el espíritu na-
cional y fortalecieron a las instituciones políticas de una manera
definitiva y original. El triunfo de Juárez en Puebla y Querétaro tiene un
resultado trascendental desde el punto de vista de la historia universal.
Considerando desde Europa el triunfo de Juárez y el establecimiento
de una república moderna y laica, fue la primera realización en la histo-
ria de los ideales políticos del racionalismo, el iluminismo y el liberalismo
europeo. Esos proyectos ideológicos habían fracasado en la vieja Europa
LA IDEA DE MÉXICO

con la restauración monárquica que impuso el Tratado de Viena de 1814, al


derrotar totalmente el proyecto napoleónico en Waterloo. La Santa Alianza
negó las aspiraciones políticas de modernidad que proclamaron tanto la
Revolución Francesa como los filósofos liberales europeos.
Los proyectos políticos de Hegel, de Stuart Mili y de Augusto Com-te,
que proponían la reorganización de la sociedad y la creación de un Estado
moderno y laico, independiente del poder temporal de la Iglesia, de la
nobleza y de las castas militares aristocráticas, se hicieron realidad en el
nuevo Estado que creó Juárez en 1867, al eliminar definitivamente el poder
político y económico de esa institución medieval que era la Iglesia.
Con el triunfo de Juárez sobre las potencias imperiales, México se
adelantó a su época. No fue sino hasta 1905, por ejemplo, que Francia
logró separar a la Iglesia del Estado. Los más de 100 años de reconoci-
miento del Vaticano por parte de México, son un hecho de extrema ori-
ginalidad política que singulariza la historia moderna de la nación mexicana.
La vigencia de las Leyes de Reforma y de la Corstitución de 1857, son
hechos que separan la trayectoria histórica de México de la del resto del
continente. El concordato con la Iglesia define todavía, en muchos países
de América Latina, los límites del poder estatal.
En la república imperial el presidente sigue jurando su cargo sobre una
Biblia y en su moneda está expresada la confianza que Norteamérica tiene
en Dios... In God We Trust. El México guadalupano ha sabido crear un
Estado laico, desvinculado totalmente del poder y de la legitimidad religiosa,
en una medida tan alta como no ha conocido ningún otro país de América
Latina, con excepción de Cuba.
La Revolución de 1910 es la gran hazaña histórica de la nación me-
xicana. La Revolución logró la transformación de la sociedad mexicana con
un altísimo costo en sangre —un millón de vidas y 6L0 rril exiliados—■. La
nuestra fue la primera revolución social triunfante del siglo XX, y en su
Constitución quedaron consagrados, por primera vez en la historia del
constitucionalismo, los derechos sociales que se agregaron a los
individuales, que ya habían sido reconocidos en 1857. La Revolución ha
creado las instituciones que definen la originalidad, tanto (Je la cultura
moderna de México, como de su sistema político y social.
La Revolución Mexicana es el hecho social que define la historia de
nuestro país en el siglo XX. Incluyendo la Constitución, la.s principales
instituciones políticas y sociales del México actual tienen su origen en la
Revolución. Una entre todas ellas, determina la historia de las últimas seis
décadas: el Partido de la Revolución que, bajo diferentes nombres, ha sido
la pieza política clave para mantener la paz social desde 1929. La
estabilidad política y la de ejemplar continuidad constitucional, son los
rasgos que caracterizan a la historia del México postrevolucionario. En 16
ocasiones se ha sustituido al titular del Poder Ejecutivo sin que-
INTRODUCCIÓN

del imperio mexicano. México-Tenochtitlán, la ciudad más vasta de la ci-


vilización mesoamericana, sorprendió al conquistador español, pues el
volumen de su población y la racionalidad geométrica de su trazo, no lo
conocía ninguna ciudad europea del renacimiento. Son varias y muy
profundas las razones de índole histórico las que explican el que la ciu-
dad de México sea la urbe moderna más poblada del planeta. Afines del
siglo XVlll no existía en todo el continente americano, una ciudad de la
magnitud, la belleza y la grandeza arquitectónica de la ciudad de Méxi-
co. Ni Lima ni Buenos Aires, ni Boston o Filadelfia, podrían compararse
con las riquezas artísticas y el esplendor urbano y cultural de la orgullo-
sa capital de la Nueva España.
La Independencia de México reviste también una clara originali-
dad, si se compara con los movimientos libertarios que se produjeron
a principios del siglo XIX en el resto de las colonias de España. La vio-
lencia y la duración de esa guerra hicieron posible la intervención de
grupos sociales y raciales que determinaron los hechos políticos y mi-
litares decisivos con una intensidad que no conocieron los demás mo-
vimientos independentistas de la América española. La guerra de
Independencia de México fue un movimiento verdaderamente popu-
lar, y no sólo batallas entre diferentes facciones del ejército colonial,
que estuvo siempre integrado por criollos y peninsulares, como suce-
dió en el resto de la América española. La participación de Morelos y
Guerrero, auténticos caudillos mestizos, y el formidable ejército popu-
lar, de 80 mil hombres que Miguel Hidalgo llegó a conducir, marcaron
ese hecho del resto de los movimientos de independencia que se pro-
dujeron en América a principios del siglo XIX.
Las invasiones extranjeras sufridas por México en el siglo pasado, la
norteamericana en 1847 y la francesa en 1862, modificaron la historia
nacional de tal manera que la sociedad que resistió esas agresiones ad-
quirió características muy diferentes a las del resto de los países del con-
tinente. Esa dramática y sangrienta experiencia, que significaron las
guerras de intervención, no fue conocida por ningún otro país en Amé-
rica. La evolución política de México en gran medida está determinada
por esos traumáticos hechos históricos. La pérdida de la mitad del te-
rritorio, en el caso de la agresión norteamericana, y el triunfo final de la
República, en el caso de la aventura imperial de Napoleón III y Maximi-
liano de Habsburgo, son acontecimientos que fraguaron el espíritu na-
cional y fortalecieron a las instituciones políticas de una manera
definitiva y original. El triunfo de Juárez en Puebla y Querétaro tiene un
resultado trascendental desde el punto de vista de la historia universal.
Considerando desde Europa el triunfo de Juárez y el establecimiento
de una república moderna y laica, fue la primera realización en la histo-
ria de los ideales políticos del racionalismo, el iluminismo y el liberalismo
europeo. Esos proyectos ideológicos habían fracasado en la vieja Europa
LA IDEA DE MÉXICO

con la restauración monárquica que impuso el Tratado de Viena de 1814,


al derrotar totalmente el proyecto napoleónico en Waterloo. La Santa
Alianza negó las aspiraciones políticas de modernidad que proclaman n
tanto la Revolución Francesa como los filósofos liberales europeos.
Los proyectos políticos de Hegel, de Stuart Mili y de Augusto Coi >
te, que proponían la reorganización de la sociedad y la creación de jn
Estado moderno y laico, independiente del poder temporal de la Igle-
sia, de la nobleza y de las castas militares aristocráticas, se hicieron rea-
lidad en el nuevo Estado que creó Juárez en 1867, al elimii ar
definitivamente el poder político y económico de esa institución mecie-
val que era la Iglesia.
Con el triunfo de Juárez sobre las potencias imperiales, México se
adelantó a su época. No fue sino hasta 1905, por ejemplo, que Francia
logró separar a la Iglesia del Estado. Los más de 100 años de recon> ci-
miento del Vaticano por parte de México, son un hecho de extrema ori-
ginalidad política que singulariza la historia moderna de la nac ón
mexicana. La vigencia de las Leyes de Reforma y de la Constitución de
1857, son hechos que separan la trayectoria histórica ele México d > la
del resto del continente. El concordato con la Iglesia define todavía en
muchos países de América Latina, los límites del poder estatal.
En la república imperial el presidente sigue jurando su cargo s< bre
una Biblia y en su moneda está expresada la confianza que Nortean eri-
ca tiene en Dios... In Cod We Trust. El México guadaLpano ha sabido
crear un Estado laico, desvinculado totalmente del pocer y de la le giti-
midad religiosa, en una medida tan alta como no ha conocido nir gún
otro país de América Latina, con excepción de Cuba.
La Revolución de 1910 es la gran hazaña histórica de la nación me-
xicana. La Revolución logró la transformación de la sociedad mexicana
con un altísimo costo en sangre —un millón de vidas y 600 mil e dia-
dos—. La nuestra fue la primera revolución social triunfante del sigl< XX,
y en su Constitución quedaron consagrados, por primera vez en la his-
toria del constitucionalismo, los derechos sociales que se agregaron a los
individuales, que ya habían sido reconocidos en 1857. La Revolución ha
creado las instituciones que definen la originalidad, tanto de la cultura
moderna de México, como de su sistema político y social.
La Revolución Mexicana es el hecho social que define la histor a de
nuestro país en el siglo XX. Incluyendo la Constitución, las principales
instituciones políticas y sociales del México actual tienen su origen en la
Revolución. Una entre todas ellas, determina la historia de las úl ¡mas
seis décadas: el Partido de la Revolución que, bajo diferentes nombres,
ha sido la pieza política clave para mantener la paz social desde 1929.
La estabilidad política y la de ejemplar continuidad constitucional, son
los rasgos que caracterizan a la historia del México postrevolucioiario.
En 16 ocasiones se ha sustituido al titular del Poder Ejecutivo sir que-
INTRODUCCIÓN

brantar el orden constitucional. Desde hace seis décadas, la discordia ci-


vil y la violencia han sido desterradas de nuestra historia. Este es un he-
cho político de extrema originalidad, que resalta sobre todo dentro del
contexto de la historia política mundial del turbulento siglo XX. En nues-
tro siglo, quizá sólo los países escandinavos, Inglaterra y Estados Unidos,
pueden ofrecer un ejemplo semejante de estabilidad política, relativa
paz social y continuidad constitucional, por más de medio siglo.
La continuidad constitucional que caracteriza la evolución política
del pueblo mexicano en el presente siglo, es un fenómeno histórico de
capital importancia, que pocas veces es valorado con toda justicia y que
en muchas ocasiones no es apreciado en toda su grandeza. En estos úl-
timos 86 años prácticamente todos los países de los cinco continentes,
de Europa, Asia, África, América y de Oceanía, han padecido la violencia
social, el rompimiento constitucional o los conflictos internacionales.
En las últimas seis décadas, casi todos los países han conocido o la
guerra civil o los constantes estados de sitio, o bien, se han visto com-
prometidos en guerras de agresión o de liberación colonial. Sólo Méxi-
co, en este largo tiempo, ha podido mantenerse fuera de las guerras
internacionales, no ha decretado estado de sitio, no ha conocido el "gol-
pe de estado", ni la guerra civil, y desde 1946 es gobernado por regí-
menes civiles que han sabido evitar las dictaduras militares. De los 195
años que tiene su vida como Estado independiente, 111 años, más de
la mitad de su existencia, México ha vivido con estabilidad y paz social,
pues a los 35 años de la era porfiriana, hay que sumar los 76 años de su
etapa institucional.
El Partido de la Revolución, en los 70 años de su actuación, gober-
nó como partido único durante 10 años, de 1929 a 1938. En el año de
1938 se fundó el primer partido de oposición: el Partido de Acción Na-
cional. Actualmente están representados en la Cámara de Diputados to-
das las opciones ideológicas que existen en el país por medio de cinco
partidos minoritarios. La estabilidad política experimentada por México
durante más de siete décadas, es admirada por los observadores inter-
nacionales y su paz social es envidiada por muchas naciones.
Esta característica de extrema originalidad, que es evidente y apre-
ciada por muchos observadores extranjeros, no es suficientemente valo-
rada por los mexicanos en general. La estabilidad y capacidad
adaptativa del sistema político mexicano y de su institución clave, el Par-
tido Revolucionario Institucional, es un hecho histórico que necesaria-
mente condiciona toda posible idea de México que se elabore en
nuestro tiempo.
Es un dato, una experiencia y una realidad ineludible que forma par-
te de toda reflexión que intente conceptualizar la situación actual de la
nación mexicana. Su sistema político posee características que son tan
originales como lo son las formas del arte olmeca, la estatuaria azteca o
LA IDEA DE MÉXICO

el arte barroco colonial. El sistema político es una creación cultural tan


valiosa como otras formas de sus expresiones artísticas o de sus m ís
arraigadas tradiciones espirituales, forma parte de un estilo original de
percibir, interpretar y transformar la realidad circundante. Con esta re e-
rencia a su originalidad política actual, terminamos de señalar algur DS
de los aspectos sobresalientes de la historia de México, que nos permi-
ten identificar ciertos elementos originales, que son motivo principal de
reflexión de los ensayos que se ofrecen al lector interesado en conocer
el proceso histórico de la creación de la ¡dea de México.
Los ensayos de interpretación histórica que forman esta antolo jía
son reflexiones sobre hechos históricos definitorios de njestra concien-
cia nacional. Sus autores analizan, en diferentes tiempos y desde diferen-
tes perspectivas ideológicas, los tres movimientos revolucionarios que
han definido a la historia política de México: la Independencia, la Refor-
ma y la Revolución. Su significado y valoración naturalmente se ha ido
transformando con el paso de las generaciones.
Lo mismo sucede con otros aspectos esenciales y permanentes oe la
realidad mexicana: el mundo prehispánico, las culturas indígenas, las
clases sociales, los grupos de poder; fundamentalmente la Iglesia y el
ejército. Los autores interpretan los principales acontecimientos que nan
creado a nuestra nación y que han desempeñado un papel relevant; en
los conflictos sociales que caracterizan al devenir histórico de Méxk b.
Nos hemos referido a la "Idea de México", como un proceso ideo-
lógico que se ha manifestado durante dos siglos. Con mayor rigor qui-
zá deberíamos referirnos a "Las ¡deas de México", pues nan sido muchas
las ¡deas que han sido propuestas por cada generación de mexia ios.
Como podrá constatarse, en no pocas ocasiones, estas ¡deas son o|: ues-
tas y contradictorias. Pareciera que hay varios México.» cuando leemos
estos textos. Es posible, sin embargo, que este conjunte de ideas qi; so-
bre México han elaborado los ensayistas pertenecientes a diferente ; ge-
neraciones, bien pudieran conformar una idea general sobre nu ístro
país. Cada tiempo, cada generación, reescribe y reinterpreta la historia
desde su particular situación. Por ello, con mayor propiedad deberí irnos
de referirnos no a la "Idea de México", sino más bien, en plural, "las
¡deas", que han sido formuladas en el transcurso del .iempo. Qui á así
podremos comprender con mayor justicia, la dificultad que existe para
elaborar una idea de México, única y total.
La idea de México, en cierta manera, sólo sería la suma de toe as las
¡deas que sobre México han sido propuestas a lo largo de su histe ría.

EMILIO CÁRDENAS ELORDUY


1
Francisco Javier Clavijer
(1731-1787)

N ació en Veracruz el 9 de septiembre de


1731. Entró a la Compañía de Jesús el 1 3
de febrero de 1 748. Murió en Bolonia el 2 de
abril de 1787. (Aquí mismo, p. 1 77, puede
verse su magnífica biografía escrita por el padre
Juan Luis Ma-neiro, que incluyo —si bien
fragmentariamente— en esta antología.)
Su obra principal es la celebérrima Storía
Antica del Messico, publicada en italiano (Ce-
sena, 1780-1781) y traducida luego a las
principales lenguas europeas. En castellano —
además del original de Clavijero, que aún
permanece inédito—, existen, o existieron,
cuatro versiones hechas, respectivamente, por
J. Joaquín de Mora (Londres, 1826), doctor don
Francisco Pablo Vázquez, posteriormente
obispo de Puebla (México, 1855), Manuel
Troncoso y Buenvecino y el padre Miguel Frías,
del Oratorio. Estas dos últimas versiones de la
obra de Clavijero quedaron inéditas.
Nosotros hemos usado la siguiente: Historia
antigua de México sacada de los mejores
historiadores españoles y de los manuscritos y
de las pinturas antiguas de los indios, dividida
en diez libros, adornada con mapas y estampas
e ¡lustrada con disertaciones sobre la tierra, los
animales y los habitantes de México, escrita por
el abate Francisco Javier Clavijero. Traducida
del italiano por j. Joaquín de Mora y precedida
de noticias biobibliográficas del autor, por Luis
González Obregón (2 vols.).
2 LA IDEA DE MÉXICO
8

México,
Departamento
Editorial de la
Dirección General
de las Bellas
Artes, 191 7.

LOS ANTIGUOS
MEXICANOS

Carácter de los
mexicanos
I
Las naciones que ocuparon la
tierra de Análn.ac antes de los
españoles, aunque diferentes
en idioma y en algunas
costumbres, no lo eran en el
carácer. Los mexicanos tenían
las mismas cualidades físicas
fc^^J Y morales, la misma
índole y las mismas inclina<
iones que los acolhuas, los
tepanecas, los tlaxcalte :as y
los otros pueblos, sin otra
diferencia que la que procede
de la educación; de modo que
lo que vamos a decir de los
unos, debe igualmente
entenderse de los otros.
Algunos autores antiguos y
modernos r an procurado hacer
su retrato moral, pero entre
todos ellos no he encontrado
uno solo que lo haya des< m-
peñado con exactitud y
fidelidad. Las pasiones y las
^^^^^* preocupaciones de
unos, y la ignorancia y la falta
de reflexión de otros, les han
hecho emplear colores muy
diferentes de los naturales. Lo
que voy a decir se f inda en un
estudio serio y prolijo de la
historia a aque las naciones, en
un trato íntimo de muchos
años con ellas y en las más
atentas observaciones acerca
d e se apartan más bien por
L exceso que por defecto, y sus
o miembros son de una justa
s proporción; buena
encarnadura; frente e trecha,
m ojos negros; dientes iguales,
e firmes, blancos y limpios ca-
x bellos tupidos, negros,
i gruesos y lisos; barba Escasa,
c y por lo común, poco vello en
a las piernas, en los músculos y
n en los brazos. Su piel es de
o color aceitunada. No se
s hallará quizás una nación en
la tierra en que sean más raros
t que en la mexicana los
i individuos deformes. Es más
e difícil hallar un jorobado, un
n
e
n

u
n
a

e
s
t
a
t
u
r
a

r
e
g
u
l
a
r
,

d
e

l
a

q
u
FRANCISCO JAVIER CLAVIJERO

estropeado, un tuerto entre mil mexicanos, que entre cien in-


dividuos de otra nación. Lo desagradable de su color, la estrechez
de su frente, la escasez de su barba, y lo grueso de sus cabellos,
están equilibrados de tal modo con la regularidad y la proporción
de sus miembros, que están en justo medio entre la fealdad y la
hermosura. Su aspecto no agrada ni ofende, pero entre las jóvenes
mexicanas se hallan algunas blancas y bastante lindas, dando
mayor realce a su belleza la suavidad de su habla y de sus modales,
y la natural modestia de sus semblantes.
Sus sentidos son muy vivos, particularmente el de la vista, que
conservan inalterable hasta la extrema vejez. Su complexión es
sana, y robusta su salud. Están exentos de muchas enfermedades
que son frecuentes entre los españoles, pero son principales
víctimas en las enfermedades epidémicas a que de cuando en
cuando está sujeto aquel país. En ellos empiezan y en ellos
terminan. Jamás se exhala de la boca de un mexicano aquella
fetidez que suele ocasionar la corrupción de los humores, o la
indigestión de los alimentos. Son de temperamento flemático, pero
poco expuestos a las evacuaciones pituitosas de la cabeza, y así es
que raras veces escupen. Encanecen y se ponen calvos más tarde
que los españoles, y no son raros entre ellos los que llegan a la
edad de cien años. Los otros mueren casi siempre de enfermedades
agudas.
Actualmente y siempre han sido sobrios en el comer, pero es
vehementísima su afición a los licores fuertes. En otros tiempos la
severidad de las leyes les impedía abandonarse a esta propensión;
hoy la abundancia de licores y la impunidad de la embriaguez
trastornan el sentido a la mitad de la nación. Esta es una de las
causas principales de los estragos que hacen en ellos las
enfermedades epidémicas, además de la miseria, en que viven más
expuestos a las impresiones maléficas y con menos recursos para
corregirlas.
Sus almas son radicalmente y en todo semejantes a las de los
otros hijos de Adán y dotados de las mismas facultades; y nunca
los europeos emplearon más desacertadamente su razón, que
cuando dudaron de la racionalidad de los americanos. El estado de
cultura en que los españoles hallaron a los mexicanos excede, en
gran manera, al de los mismos españoles cuando fueron conocidos
por los griegos, los romanos, los galos, los germanos y los
bretones. Esta comparación bastaría a destruir semejante idea, si no
se hubiese empeñado en sostenerla la inhumana codicia de algunos
malvados. Su ingenio es capaz de todas las ciencias, como la
experiencia lo ha demostrado. Entre los pocos
LA IDEA DE MÉXICO

mexicanos que se han dedicado al estudio de les letras, por estar el


resto de la nación empleado en los trabajos públicos y privados, se
han visto buenos geómetras, excelen:<2s arquitect )s y doctos
teólogos.
Hay muchos que conocen a los mexicanos una gran habilidad
para la imitación, pero les niegan la facultad de inventar, error
vulgar que se halla desmentido en la historia antigua de aquella
nación.
Son, como todos los hombres, susceptibles de pasiones, pero
éstas no obran en ellos con el mismo ímpetu, ni con el mismo
furor que en otros pueblos. No se ven comunmente en los
mexicanos aquellos arrebatos de cólera, ni aquel frenes de amor,
tan comunes en otros países.
Son lentos en sus operaciones, y tienen una paciencic increíble
de aquellos trabajos que exigen tiempo y prolijidad. Sufren con
resignación los males y las injurias, y son muy agradecidos a los
beneficios que reciben, con tal que no ten jan nada que temer de la
mano bienhechora; pero algunos e: pañoles, incapaces de
distinguir la tolerancia de 12 indolencia, y la desconfianza de la
ingratitud, dicen, a modo de proverbio, que los indios no sienten
las injurias, ni agradecen los beneficios. La desconfianza habitual
en que viven con respecto c to-
FRANCISCO JAVIER CLAVIJERO

dos los que no son de su nación, los induce muchas veces a la


mentira y a la perfidia, por lo cual la buena fe no ha tenido entre
ellos toda la estimación que merece.
La generosidad, y el desprendimiento de toda mira personal,
son atributos principales de su carácter. El oro no tiene para ellos
el atractivo que para otras naciones. Dan sin repugnancia lo que
adquieren con grandes fatigas. Esta indiferencia por los intereses
pecuniarios y el poco afecto con que miran a los que gobiernan, los
hacen rehusarse a los trabajos a los que los obligan, y he aquí la
exagerada pereza de los americanos. Sin embargo, no hay en aquel
país gente que se afane más ni cuyas fatigas sean más útiles y más
necesarias.
El respeto a los hijos, a los padres y el de los jóvenes a los
ancianos, son innatos en aquella nación. Los padres aman mucho a
los hijos, pero el amor de los maridos a las mujeres es menor que
el de éstas a aquéllos. Es común, si no ya general en los hombres,
ser menos aficionados a sus mujeres propias que a las ajenas.
El valor y la cobardía, en diversos sentidos, ocupan sucesi-
vamente sus ánimos, de tal manera que es difícil decidir cuál de
estas dos cualidades es la que en ellos predomina. Se avanzan
intrépidamente a los peligros que proceden de causas naturales,
mas basta para intimidarlos la mirada severa de un español. Esa
estúpida indiferencia a la muerte y a la eternidad que algunos
autores atribuyen generalmente a los americanos, conviene tan sólo
a los que, por su rudeza y falta de instrucción, no tienen aún idea
del juicio divino.
Su particular apego a las prácticas externas de la religión
degenera fácilmente en superstición, como sucede a todos los
hombres ignorantes, en cualquiera parte del mundo que hayan
nacido; mas su pretendida propensión a la idolatría es una quimera
formada en la desarreglada fantasía de algunos necios. El ejemplo
de algunos habitantes de los montes no basta para infamar a una
nación entera.
Finalmente en el carácter de los mexicanos, como en el de
cualquiera otra nación, hay elementos buenos y malos; mas éstos
podrían fácilmente corregirse con la educación, como lo ha hecho
ver la experiencia. Difícil es hallar una juventud más dócil a la
instrucción que la de aquellos países, ni se ha visto mayor sumisión
que la de sus antepasados, a la luz del Evangelio.
Por lo demás, no puede negarse que los mexicanos modernos
se diferencian bajo muchos aspectos de los antiguos, como es
indudable que los griegos modernos no se parecen a los que
LA IDEA DE MÉXICO

florecieron en tiempo de Platón y de Pericles. En los ánimos de los


antiguos indios había más fuego, y hacían más impresión las ideas
de honor. Eran más intrépidos, más ágiles, más industriosos y más
activos que los modernos, pero mucho me s supersticiosos y
excesivamente crueles.
2
Fray Servando Teresa de Mier
(1765-1827)

V io la luz primera en Monterrey, N.L., en 1765, ya los 16


años tomó el hábito de Santo Domingo, en la ciudad
de México. Tal decisión resulta extraña en un espíritu tan
inquieto como el suyo.

■#:*

Recorre varios lugares de España, Francia, Italia y Portugal,

en los que realiza muy diversas actividades. Al enterarse del


levantamiento de Hidalgo, marcha a Londres, en octubre de
1811, para trabajar, a través de la prensa, por la
independencia de su país. Ahí se relaciona con Blanco White,
con Lucas Alamán y con Xavier Mina, a quien acompaña en
su expedición a México, en 181 7. En Soto la Marina es
aprehendido, conducido a la ciudad de México y procesado
por la Inquisición. Consumada la Independencia, vuelve a
México, pero es encerrado en San Juan de Ulúa por un
grupo de españoles. Los insurgentes lo liberan y forma parte
del primer Congreso Constituyente. No acepta a Iturbide
como emperador y es recluido en Santo Domingo. El 1 o. de
enero de 1823 se fuga por séptima y última vez. Al caer
Iturbide, se presenta como diputado por Nuevo León al
segundo Congreso Constituyente. Firma, en 1824, el Acta
Constitutiva de la Federación, y la Constitución Federal de los
Estados Unidos Mexicanos. Murió en 1827 y fue sepultado
con grandes honores en el convento de Santo Domingo.
Entre sus obras destacan Apología y Relaciones de mi
vida, numerosas cartas y discur-
LA IDEA DE MÉXICO

sos sobre asuntos de interés público. Sus temas centrales son la auto-
biografía y la política. Su obra más importante, la Historia de la A evolu-
ción de Nueva España. También escribió Manifiesto aoologético.

La personalidad de fray Servando Teresa de Mier

Pocas personalidades de la historia mexicana han sido tan disentidas


como la muy egregia de fray Servando Teresa de Mk r y, sin emt 3rgo,
quizá ninguna de ellas sea tan poco conocida en su verdadero a ;pec-
to en sus fugaces matices como la de este ilustre dominico, a vea s ful-
gurante, y por tanto, deslumbrador, siempre contradictorio, a eces
caracterizado nítidamente y en otras oscurecido por sombras que él
mismo y sus adversarios se encargaron de amontonar sobre su azaro-
sa vida, siempre movida y resonante, llena de aventuras, salpicada de
fugas, pletórica de invectivas, pero en todos los casos vida desboi dan-
te de amor por su patria grande y por su vehementemente ade ado
Monterrey.
Durante su larga vida hizo "gemir las prensas" y las prensí s si-
guen gimiendo estrepitosamente al solo conjuro de su nombre. Su
ilustre memoria no ha sido glorificada como se lo merece. Fray Ser-
vando podrá ser discutido como fraile, como orador sagrado, como
historiador, como literato, pero nadie, absolutamente nadie, podrá
negarle sus grandes cualidades de patriota y sus grandes servici >s y
sufrimientos por la noble causa de la independencia mexicana.

¿PUEDE SER LIBRE LA NUEVA ESPAÑA?

No debía proponerse la cuestión sino así: ¿por qué no ha .sido ya


libre la Nueva España desde 1808 en el absoluto trastorno que
padeció la monarquía, y se fue a pique la antigua España? ¿Cómo
no lo es todavía en la actual impotencia de los españoles? Su
marina se reduce a dos navios de línea y cinco fraga as. Un bey de
Berbería tiene más. Su erario es ninguno; la pol reza es general y
espantosa; para cubrir las deudas a echado nano de los bienes de
las órdenes monacales, milita] es, canonicales y hospitalarias.1 Por
haber querido Fernando Vil enviar el año pasado algunas pocas
tropas conlra Buenos \i-

1
Se refiere a las reformas de las Cortes de 1820.
FRAY SERVANDO TERESA DE MIER

res, perdió la autoridad absoluta.2 Si las Cortes intentasen otro


envío, se perderían con la Constitución, contra la cual no se ce-
sa de conspirar.
Sólo en la absoluta ignorancia de los pueblos, y una opre-
sión tan feroz como poderosa cabe el mantener atado a un rin-
cón miserable de la Europa, distante dos mil leguas de océano,
un mundo sembrado de oro y plata con las demás produccio-
nes del universo. En la ilustración y liberalidad del día, España
misma ha desesperado de conservar las Américas. Las conside-
ra ya como perdidas y ha abandonado el timón a sus manda-
rines subalternos, que andan como pueden haciéndonos por
acá una guerra de intrigas, y la América del Sur está libre casi
toda.
¿Por qué no lo está la del Norte? Por la ignorancia, inexpe-
riencia y ambición de los que se han puesto a la cabeza del
movimiento. Ellos no han conocido, que para salvar un Estado
es absolutamente necesario establecer un centro de poder su-
premo; que este poder ha de ser un cuerpo civil para que repre-
sente a la nación; y que es menester, al cabo, que este poder
contrate alianzas y auxilios con otras potencias que reconoz-
can su independencia. Sin estas tres cosas la libertad no se con-
sigue, se sella la servidumbre, se desuela la patria.

No habiendo un centro de poder a que obedezcan todos los que


se proponen resistir al yugo del antiguo gobierno, hay anar-
quía, y sería tanta locura pretender triunfar en ese estado un
cuerpo político, como medrar un humano en el desorden gene-
ral de sus humores. Jesucristo mismo alegó como un axioma
que todo reino entre sí dividido será desolado. Lo hemos expe-
rimentado en nuestro Anáhuac o Nueva España; y hubiera pe-
recido la antigua si no se hubiese erigido la Junta Central, a
pesar de las Juntas provinciales, que ambiciosas e inexpertas
como nuestros jefes de insurrección, querían mantener aislado
el supremo poder de cada provincia.
¿Cómo se han imaginado estos jefes, que separado cada
uno en su mando, podrían prevalecer contra el sistema combi-

2
El restablecimiento de la Constitución fue anunciado por Real Decreto el 7 de
marzo de 1820. El episodio a que se refiere el P. Mier es el famoso pronunciamien-
to de Cabezas de San Juan, realizado por Rafael de Riego.
LA IDEA DE MÉXICO

nado del gobierno real, que atacaba a cada uno aislado con
todo su poder reunido? Necesariamente debían de ir perecien-
do uno tras otro los jefes, cansarse los soldados y los pueblos
con la largura de la lucha y la infelicidad de los sucesos, deser-
tar aquéllos o indultarse, y éstos implorar el perdón y clemen-
cia con que no cesa de brindar el antiguo gobierno conociendo
su impotencia. Ésta sólo es la que ha impedido que no esté Con-
cluido todo enteramente y aún nos quede alguna esperanza de
libertad. La que tienen los españoles de mantenernos en su ser-
vidumbre, no tiene otro apoyo que la locura de nuestra misma
división. Reunámonos, pues, paisanos míos, reunámonos, y
ellos están perdidos; no digo ahora que serán dos mil a lo más
sin esperanza de reemplazo; ellos mismos confiesan que sin la
ayuda de los hijos del reino nada podrían haber hecho aún en
su mayor incremento.
¡Que sea menester dar razones para probar la necesidad de
un centro de poder, siendo cosa más clara que la luz! Así como
los hombres se ven precisados a ceder una parte de sus dere-
chos naturales para adquirir en la sociedad la garantía de lo
que les resta, con la ventaja del número y el orden; así es me-
nester que todo jefe militar ceda una parte de la autoridad que
ha adquirido para formar un centro de ella que sostenga la
que le queda por la unidad de los planes, la combinación de
todas las fuerzas y la ayuda recíproca. A la seguridad propia,
y a la ventaja general deben los militares sacrificar esa ambi-
ción miserable que pierde a ellos y a la patria. Demasiado ten-
drá ésta con qué premiarlos, como sabrá eternamente
aborrecerlos, si por su ambición queda arrastrando aún las ca-
denas de los peninsulares.

II

Está bien, y ¿cómo elegir ese centro de poder? ¿Quién le ha de


dar la sanción? ¿Cómo hacer que los demás jefes militares lo
reconozcan, que lo obedezcan los pueblos?
Si se tratase de obedecer a un hombre que no fuese el pa-
dre natural, habría dificultad porque los hombres natural-
mente libres e independientes no admiten el gobierno de uno
solo sino por la violencia de las armas, y lo sacuden luego
que pueden. Sólo se mantienen tranquilos bajo él, si han
contraído el hábito de obedecer por la continuación de los Si-
glos, o el respeto sagrado de las leyes. No hablamos de ese
gobierno.
FRAY SERVANDO TERESA DE MIER

Pero todos quieren uno, porque todos quieren el orden, y no


pudiendo gobernar todos, voluntariamente se sujetan al que
ellos mismos eligen por sus delegados, cooperando después a
su buen éxito como de una obra suya y para su propio bien.
Un congreso, pues, es el que se ha de establecer. Este es el go-
bierno natural de toda asociación, este es el órgano nato de la
voluntad general.
Esta es también la que confiere un poder a los militares y
legitima sus operaciones. Los militares no representan la na-
ción; son los instrumentos de que se sirve para su defensa, y
para conseguir su paz y tranquilidad, o sea su independencia y
libertad. Antes es un axioma entre todas las naciones libres
del despotismo, que la fuerza armada no es deliberante. De-
liberar ella y obrar es tan grande absurdo para la libertad co-
mo para la justicia ser uno mismo el juez del hecho y del
derecho.
En una palabra: militares peleando sin un cuerpo civil o
nacional que los autorice, en el mar se llaman piratas, en tie-
rra, asesinos, salteadores, facciosos y rebeldes, aunque en ver-
dad no lo sean. Y de aquí viene que a pesar de haber tenido
nuestros generales mexicanos tantos millares de hombres a sus
órdenes, los españoles siempre les han hecho la guerra a muer-
te como a rebeldes. Yo bien sé que esto es muy mal hecho; pe-
ro peor y más chocante sería si hubiese permanecido un
Congreso nacional. Por no tenerlo, aunque ya existía una Junta
Suprema, se negaron las Cortes de Cádiz a la mediación que en
1812 ofreció la Inglaterra a petición de nuestros diputados,
porque no teníamos en México, decían, un gobierno con quien
tratar, y sólo la admitían para las demás partes de América
que tenían congresos.
Teniéndolo, no hallarían los españoles razones ni aparen-
tes para disculpar su barbarie aun entre los ignorantes; se hu-
bieran desacreditado enteramente dentro y fuera del reino, y
sobrarían vengadores de nuestra sangre. No basta que una co-
sa sea justa, es necesario que lo parezca y revestirla de ciertas
formas para que llame la atención de los hombres, y se vean
obligados a respetarla por respeto a la opinión general, que al
cabo todo lo avasalla.
El mismo asesino Calleja, desde que sonó un Congreso en-
tre los insurgentes mexicanos, ya recurrió para debilitar su in-
flujo a los medios legales, publicando declaraciones de los
ayuntamientos de no haber otorgado poderes algunos para re-
presentar a sus pueblos. Conoció el tirano la importancia de
aquel paso, y que contra él no bastaba tocar a degüello.
LA IDEA DE MÉXICO

Yo soy testigo que al nombre de Congreso <m México, se al-


borotó la Europa para venir a su socorro, y el3 todas parres se
dirigían a los Estados Unidos, generales, oficiales y sóida los a
millares. Grandes personajes hablaron en orden a nu< stras
Américas al rey de Prusia, y a los emperadores de Austria r Rusia,
y todos respondieron que deseaban nuestra indepeí den-cia, y que
estaban prontos a reconocerla luego que tuviés :mos un gobierno,
y se les enviase un ministro.
Yo sé que si como Herrera, ministro enviado por el Co igre-so
de Tehuacán, fue a Nueva Orleans y se sepultó allí po falta de
dinero, va a Washington, en el norte de los Esl idos Unidos, donde
lo estaba esperando el Congrego, se decía a la guerra a España en
1815 o 16. Ya estaban tomadas todos las medidas, y se habían
enviado generales a Inglaterra a concertarlas con el partido
poderoso que llaman de la oposiciór para que sobre esto no
hubiese alguna.
Uno de los efectos de estas medidas fue la venida de í lina a
Norteamérica, a quien debían seguirle Renovales y otro generales,
porque también los liberales de España refugiade s en Londres
(que ahora están en las Cortes) estaban en fave ¡r de nuestra
libertad para tener un asilo. Pero nada es comprable al deseo que
tienen de que la gocemos, nuestros hermane 5 de los Estados
Unidos. En principios de 1815 ya el Presidente había dispuesto se
reuniesen a deliberar los americanos-e pañoles que por allí hubiese
y le propusiesen los arbitrios o a¡minos por donde se nos pudiese
dar socorro o favorecernos en la empresa.
En fines del mismo año, el estado de la Luisiana, cuye capital
es Nueva Orleans, envió diputados al Congreso ofrec en-do todos
sus caudales y personas para que ;;e declaras i la guerra a España
en favor de nuestra emancipa ción. Y este estado saludaba la
bandera de México con 19 ccnonazos como de república
independiente, y recibía nuestras presas declaradas buenas por
nuestro almirantazgo de Galveston, que en solo ocho meses
produjo 74 mil pesos de derecho;;, aunque n > se pagaban de la
plata sellada.
Llegó Mina a Baltimore, y sin más fianza que el deseo ardiente
de nuestra libertad, quince comerciantes se reunieron para armarle
una expedición completa y respetable, y al ni m-bre de armamento
para México, toda la juventud más brillante de los Estados Unidos
corría para alistarse.
No, no es falta del Norte de América que no tengamo el
auxilio y la alianza de diez millones y medio de almas a [ue
asciende su población, y de más de doce mil buques que cu ?n-
FRAY de
SERVANDO
TERESA DE
r
MIER e-
ch
o
ta su marina. Es bestialidad nuestra, que de
no lo pedimos, ni sabemos ponernos en ge
estado de que se nos dé sin faltar al
3
ntes, cuyas formas es necesario salvar.
¿Cómo sin faltar a ellas ha de declarar
L
la guerra a España en favor de puñados o
de insurgentes dispersos acá y allá sin s
reconocer un cuerpo nacional que los c
autorice3 y por consiguiente no pre- i
sentando otro aspecto que el de n
c
reuniones de facciosos armados contra o
su gobierno antiguo y reconocido? r
Proteger tales gentes con una e
declaración formal de guerra sería y
alarmar o atraer contra sí a todos los e
s
gobiernos, porque en todas partes no d
faltarían militares que se insurgiesen e
contra el suyo. Si Francia reconoció la l
independencia de los Estados Unidos de a
América, declaró la guerra a Inglaterra ll
a
en su defensa, y luego hizo lo mismo m
España, fue después que los Estados de a
la América inglesa unidos en Congreso d
declararon su independencia, a
nombraron generales, y un Poder S
a
Ejecutivo o Gobierno. n
Así Mina, mientras sonaba un t
Congreso en el reino de México, iba en a
boga con su expedición, para la cual se A
presentaban cuadros enteros de li
a
oficiales y hasta generales franceses; n
aun mariscales de Francia pedían ser z
admitidos en la expedición; artillería, a
municiones, armas, ropas, buques, n
víveres, todo sobraba. o
q
Pero Terán por las intrigas y u
seducción del obispo Pérez,4 disolvió y i
prendió el Congreso de Tehuacán. Otro e
general incurrió en la falta de no r
quererlo admitir cuando quedó libre. Se e
n
avisó a Herrera y Toledo5 leyó sus r
cartas. Este intrigante que al nombre de e
Congreso se había presentado en la c
costa con fusiles, y pedido oficiales o
para obrar por Texas, cayó enteramente n
o
en ánimo con la disolución del c
Congreso, y se reconcilió con el e
gobierno español. Fue de Nueva r
Orleans al norte de América, espació la e
noticia y toda la fortuna de Mina l
desapareció como ilusión de teatro. Los g
o
comerciantes retiraron sus auxilios y b
Mi- i
e
r
n
o
constitucional de España y han destruido con la
fuerza los de Ñapóles y Piamon-
te, porque dicen se debieron a militares insurgidos.
(Nota del P. Mier).
4
Se refiere al obispo de Puebla. Antonio Joaquín
Pérez, que en 1814, siendo pre
sidente de la Cortes en España, ayudó a Fernando
VII a recobrar el poder abso
luto.
5
Se refiere a José Álvarez de Toledo, que en 1811,
juntamente con algunos ame
ricanos, proclamó la independencia de Texas.
Después de ser derrotado por el co
ronel realista, Joaquín de Arredondo (agosto de
1813), solicitó favores del
gobierno español. Bustamante (Cuadro histórico,
1,332.4) afirma que obtuvo
una pensión de Fernando VII. Era natural de La
Habana.

3
9
LA IDEA DE MÉXICO

na, materialmente sin tener qué comer, cayó postrado en cama.


¡Tanta es la importancia de un Congreso cualquiera que sea!
Fortuna que yo tuviese bastante influjo pcira conseguir todavía
121 mil pesos, siquiera para conducir 300 oficiales de todas armas
y 30 sargentos que estaban ya embarcado con armas y municiones
competentes. Todo debía ir a desemb arcar en la costa de
Veracruz, si hubiese permanecido el Congreso a quien se había
enviado a avisar. Pero por su falta, Mina determinó llegar a la isla
de Santo Domingo. Allí se le murió 1< flor de su gente y
retrocedió a Galveston para consultar con ri erre-ra, ministro del
Congreso, que ya no estaba allí, y por su disolución se había
vuelto al reino.
Confirmada la noticia de ella, Mina de desesperado se jchó en
Soto la Marina con 250 hombres, y por lo que hizo con este
puñado desde tan mal punto, se puede conjeturar lo qut habría
hecho con más y mejor gente por la costa de Verai ruz, auxiliando
sus operaciones un Congreso, que lambién haoría contenido su
impetuosidad juvenil y suplido su falta de talento político y
conocimiento del país. Tanto cúmuio de desgracias
FRAY SERVANDO TERESA DE MIER

nos ha acarreado la disolución del Congreso. Es necesario,


pues, restablecerlo para restablecernos y salvarnos. Congreso,
Congreso, Congreso, luego, luego, luego.6 Este es el talismán
que ha de reparar nuestros males, y atraernos el auxilio y el re-
conocimiento necesarios de las potencias para que nosotros lle-
guemos a ser una.

///

¿Y qué, me dirán, necesitamos un auxilio extranjero los mexi-


canos para ser libres e independientes? Según la estadística de
Humboldt, en 1808 debíamos ser más de 7 millones y medio,
hoy debemos a consecuencia, ser 10, y los europeos serán en
todo 40 mil. No necesitamos sino unirnos y acabóse. Es verdad;
pero ¿quién nos une divididos como estamos por la ambición,
mil intereses, pasiones y sicaterías? ¿por los rayos imaginarios
de excomuniones abusivas? ¿por el fanatismo con el nombre
de religión? ¿por la ignorancia tanto mayor cuanto no la co-
nocemos; por la credulidad borrical de los indultos y promesas
del gobierno que no son más embustes y engaños; por la nece-
dad de creer que España es la primera potencia del mundo,
cuando no es sino un rincón miserable, sepultado en la igno-
rancia y ludibrio de las naciones, entre las cuales no suena si-
no por el dinero que le damos, y es tan impotente para
ampararnos como para defendernos: por el hábito del miedo
que produce esta persuasión, y la crueldad inexorable de nues-
tros asesinos, que se apresuran a destruirnos, porque saben
que de otra manera no pueden sujetar un país inmenso: por el
planeta oveja que domina sobre nosotros como descendientes
de los indios; y el cometa perfidia que nos vino con la sangre
de los españoles? Nadie aprende a andar solo sin que otros le
pongan en andaderas. Se da mil golpes si lo intenta.
Es necesario, pues, que una fuerza respetable nos presente
un asilo a cuyo entorno nos unamos. Yo bien conozco que to-
do americano es insurgente, porque insurgente no quiere decir

6
Por eso el hábil general Bolívar que ha destruido a Murillo, apenas hubo gana-
do un poco de terreno hacia el Orinoco, puso un Consejo de Estado, y en cuanto
medró algo más, puso en cuenta un Congreso de Suplentes, cinco por cada pro-
vincia. El general San Martín luego que libertó a Chile puso un Consejo de Esta-
do. El pueblo tantas veces engañado se desconfía de un jefe militar y se anima
con el gobierno civil (Nota del P. Mier).
LA IDEA DE MÉXICO

sino hombre que conoce sus derechos, aborrece la esclavitud y


ama la libertad de su patria. Pero con todo ha diez años que estos
mismos americanos están peleando unos centra otros i n favor de
los tiranos gachupines con gran risa de éstos mism >s por nuestra
imbecilidad. No se reirían si al apoye de una fu< r-za respetable,
pudiesen los americanos manifestar su coraz< n y decidirse. Esta
misma fuerza impondría silencio a las pasiones de los ruines.
Desengañémonos: por esas mismas miserias ninguna n i-ción
soltó comúnmente los grillos de la esclavitud, sin que otra le
ayudase a limarlos. Los Estados Unidos de América no se h 1-
bieran quizá libertado sin el auxilio de la Francia y de la España,
ni ésta sin el auxilio de la Inglaterra, ni aquella sin el de todas las
potencias de Europa. La misma nación que ayuc i, atrae sus
aliadas a reconocer su favorecida, y la misma naci n desposeída se
ve obligada en fin a reconocer su independenc a.
Es indispensable, pues, para que obtengamos la nuestra n
auxilio exterior. Nos lo están brindando los Estados Unidos < o-
mo hermanos y compatriotas, y por su propio interés, porque les
falta numerario para su inmensos comercio. Y V;éxico, e-gún
prueba el sabio barón de Humboldt, produce él solo la r litad del
oro y la plata que produce el resto del universo entero, y aún dice
que puede sextuplicarlo. No necesitemos sino \ o-nernos en estado
de que nos favorezcan los angloamericanos sin faltar al derecho de
gentes estableciendo nosotros un Ce n-greso que represente al
Anáhuac, y enviando un ministro p e-nipotenciario en solicitud de
que nos reconozcan como nación independiente y contrate una
alianza ofensiva y defensiva.
A la noticia de haberse efectuado, España se cruza de b a-zos,
y cruzan los mares doce mil buques conduciendo arma y soldados,
que se lanzarán a porfía de todo el mundo a esta arena de oro y
plata. ¿Qué puede la miserable España, dividida en su interior,7 y
amenazada exteriormente, contra una Repúl li-ca, que acaba de
mantener cinco años guerra con ventaja a su madre patria, llamada
señora de los mares?
Esta misma no aguarda sino lo que he dicho para recoi o-cer y
hacer reconocer de todo el mundo nuestra independenc a. He aquí
la instrucción compendiosa que el jefe de la oposic 5n en
Inglaterra dio a Mina al despedirlo para México: un Ci n-greso, un
ejército que lo obedezca, y un ministro a Londre:, y

7
Habían ya las luchas, entre constitucionalistas y absolutistcí que a no ta: iar
favorecerían la segunda invasión francesa (1823).
FRAY SERVANDO TERESA DE MIER

HISTORIA
OE LA

REVOLUCIÓN

NUEVA ESPAÑA,
ANTIGUAMENTE ANAH-UAC, ó
VERDADERO ORIGEN Y CAUSAS DE EU-A CON LA
RELACIÓN DE SUS PROGRESOS HASTA EL
PRESENTE ANO DE 1813.

está reconocida la independencia de México y reconocerla In-


glaterra es reconocerla la Europa antera. Sans tibi Chiste.

IV

Ahora que hemos visto ya la necesidad que tiene nuestra América


para libertarse, de un Congreso, un ejército auxiliar y un ministro
diplomático, vamos a ver la manera de tener todo esto. Desde
luego tener Congreso, es el huevo juanelo. El general Victoria, por
ejemplo, designará entre su gente 17 personas de las diferentes
provincias de Nueva España, si es posible (aunque tampoco es
necesario absolutamente que lo sean) procurando que sean de las
más decentitas e inteligentes. Éstas dirán que representan las
intendencias de México, la capitanía de Yucatán y las ocho
provincias internas del oriente y poniente, y aún se añadirán, si se
quisiere, otras cuatro personas por el reino de Guatemala, que
según las Leyes de Indias pertenece a Nueva España como
Yucatán, para comprender así todo el Anáhuac. Estas personas
elegirán por presidente al general Victoria u otra persona la más
respetable, por vicepresidente al general Guerrero u otro de
crédito; y luego se asignarán un se-
44 LA IDEA DE MÉXICO

cretario o ministro de Estado o relaciones


extranjeras, otro le Hacienda, y el tercero de
Guerra. Estos ministros no pueden 5 jr del
Congreso, porque lo son del Poder
Ejecutivo o Gobierno. El Congreso elegirá
e el Gobierno y el Congreso necesarios.
n ¿Y esto basta para un Congreso tan
preciso y ponderad >? Sobra; y si los monos
s supiesen hablar, bastaría que el Congí ?-so
u fuese de ellos y dijesen que representaban la
:iación. Enl -e los hombres no se necesitan
s sino farsas porque todo es una c > media.
e Afuera suena y eso basta. ¿Pero quién he
n autorizado a estos monos? La necesidad que
o no está sujeta a leyes. Salus p )-puli suprema
lex est.
s En toda asociación los miembros que
u están libres, están n 1-turalmente revestidos
de los derechos de sus consocios para li-
s bertarlos. Se presume y supone su voluntad.
e Exigir más, seria sacrificar el fin a los
c medios. Después que están libres ratifican lo
r hecho, todo defecto queda subsanado con el
e coasentimien o y todo lo hecho resta firme y
t permanente. ¿Y quién puede dudar de la
a voluntad de los mexicanos para que se ] es
r liberte p :>r todos los medios?
i En los españoles mismos tenemos las
o pruebas repetidas y perentorias de todo.
¿Qué fueron sus célebres Juntas Provici ri-
o les? Un tumulto del más ínfimo y necio
populacho enfadaco con las renuncias de sus
s reyes y crueldades de Murat,8 a cuya cabeza
e se puso la de algún fraile y tres o cuatro más
c exaltad is y desconocidas. Esto se llamó
r Junta, que quedó vigente porque el
e populacho mató a las autoridades que se
t opusieron, los demás callaron de miedo, y la
a provincia consintió a lo que se h 1-bía hecho
r en su capital.
i Ninguna provincia sabía de otra, aunque
o por rabia e ir fe-tinto casi todas hacían lo
s mismo. Pero no podían prosperar contra el
. enemigo en esta anarquía: se gritaba por un
Y centro de poder, y las más juntas cediendo a
la justicia de este grito en apariencia,
y enviaron a Madrid uno o dos de sus
a miembros a conferenciar solamente sobre
los medios de ir adelante en la guerra, y
e avisar a sus juntas, cuyas órdenes debían
- esperar. Como para ocultar al pueblo esta
n ambiciosa retención de pod* r, se les dieron
e los poderes e instrucciones con mucho
m sigilo, 1 >s treinta y seis que se juntaron, se
o levantaron con el poder supremo. Los
s pueblos que deseaban la concentrador, del
poder y
8

Joa
quí
n
Mu
rat
(17
67-
18
15)
.
Cu
ñad
o
de
Na
pol
eón
,
rey
de
Ña
pól
es.
Mu
rió
fu
li-
tad
o el
13
de
oct
ubr
e.
Fu
e el
que
diri
gió
la
rep
resi
ón
que
ori
gin
ó la
jor
nad
a
de
2
de
ma
yo
en
Ma
dri
d.
FRAY SERVANDO TERESA DE MIER

que lo vieron en el sitio real de Aranjuez, de donde estaban


acostumbrados a recibir las órdenes, lo obedecieron lo mismo
que los ejércitos. Las juntas rabiaron y se negaron. Pero con
ocho millones fuertes, que de las obras pías llegaron de Méxi-
co a la titulada Central, levantó 30 mil caballos y se hizo res-
petar refugiada en Sevilla.
Cuando ésta se perdió, su Junta Provincial mandó asesinar
a los centrales fugitivos. Éstos se juntaron a escondidas en la isla
de León, nombraron, sin poderes, una regencia, y echaron a
huir por diferentes partes sin atreverse a darla a conocer. Era
ilegítima y nula. Pero el embajador de Inglaterra, por evitar la
anarquía y la perdición consiguiente, consiguió a fuerza de
promesas, que la Junta de Cádiz reconociese a la Regencia. Lo
mismo y por lo mismo fueron haciendo las demás. Y cátate el
gran gobierno que declaró la guerra a las Américas y las ha
bañado en sangre: el mismo que nos envió al intruso virrey Ve-
negas que comenzó acá la guerra a muerte.
Así como la Central, aunque sin poderes para ello y contra
el reclamo de los pueblos, se hizo perpetua, lo mismo que que-
ría ser esta Regencia procrastinando las Cortes prometidas. El
pueblo de la isla de León se insurgió, y entonces la Regencia
mandó que los españoles y americanos, que huyendo de los
franceses se habían refugiado en aquella isla donde estaban si-
tiados, se eligiesen de entre unos 200 para representar la Espa-
ña y dos para representar la América, añadiéndose dos por
Filipinas. Elegidos por sí mismos estos suplentes se instalaron en
24 de septiembre de 1810 y dijeron que representaban la na-
ción. Luego nombraron una nueva regencia o gobierno. Y he
aquí las famosas Cortes o Congreso de Cádiz. Los ejércitos lo re-
conocieron y los pueblos cuando fueron pudiendo; lo reconoció
Inglaterra porque le tenía cuenta y lo mismo otras potencias;
hicieron luego una Constitución y al cabo quedaron libres.
Hagamos nosotros para tener Congreso lo mismo que la ma-
dre patria; nos reconocerán nuestros ejércitos, y los pueblos se-
gún vayan pudiendo; nos reconocerán los Estados Unidos de
América, de los cuales ya algunos nos reconocen y lo mismo
irán practicando otras potencias por lograr nuestro comercio;
haremos una Constitución o mejoraremos la que hizo el Congre-
so mexicano cuyas bases eran muy buenas. Él declaró la inde-
pendencia del Anáhuac en Chilpancingo desde 6 de noviembre
de 1813, y nosotros la gozamos completamente con el auxilio
que nos darán los Estados Unidos.
¿Con que no será indispensable acordarnos para establecer
el Congreso a lo menos con los otros generales? En la tardan-
LA IDEA DE MÉXICO

za está el peligro; nacen mil dificultades; se opone la ambicie a,


exige condiciones. Si en España se hubiera querido hacer e o,
nunca habría habido Junta Central. Cuesta,9 que era capit in
general por Fernando VII, de Castilla la vieja, se opuso, la Q n-tral
lo puso preso.
Tampoco quería cortes la Regencia, pero las quería el pne-blo
Español. La voluntad general de pueblo anahuacense e; tá
conocida; él desea un Congreso para salvarse; póngase y el
aplaudirá; su aplauso confirmará la elección de los suplent s. A su
favor se pondrá la opinión general, y aque' jefe que e; té con el
Congreso será el querido y el favorito, y a su crédito te i-drán que
bajar la cabeza los demás.
El Congreso fue lo principal que dio a Morelos la prepone e-
rancia, a pesar de los Rayones, una estimación que no se 1 a
perdido en el sepulcro y un nombre esclarecido entre las potencias
extranjeras. ¡Ojalá que él hubiese también obedecido al Congreso
en no ponerse a combatir con la tropa de Concia! Hoy estaría libre
la patria, y él gozando de la gratitud y pi ?-mios correspondientes
como el primer hombre de la nación. Manos a la obra.
No hay que pararse en que el Congreso por los que lo com-
ponen sea bueno o malo. Nada de eso saben los extranjeros, donde
ha de hacer el eco más importante. Ya se supone que al principio
todo no es lo mejor. Pero más vale algo que nada. El médico, que
para sacar a un enfermo de los brazo s de la muí r-te quisiese que
desde el primer día saliesen perfectas las operaciones de sus
remedios, sería un loco de atar.

Ya está el Congreso y el Gobierno. ¿Cómo dar aviso a los Estados


Unidos? Escribiendo yo este discurso en San ]uan de Ulna decía
aquí las personas, a quienes Herrera y su segundo Zar i-te habían
sustituido sus poderes. Pero el uno está en Buenos Ai-

9
Se refiere a Gregorio García de la Cuesta (1741-1811). Capitán general espaí bl y
presidente del Supremo Consejo de Castilla. Caído del favor d<; Godoy, Fernc i-do
VII le nombró (1808) capitán general de Castilla la Vieja y virrey de Méxii p, si bien
la entrada de los franceses en España le impidió tomar posesión de e te último cargo.
Consideró ilegal la Junta Provincial de la Coruña. En los últirr os años de su vida
escribió Memorial a Europa, en el que relata sus ocupaciones militares cuando la
invasión francesa y su intervención en la políti :a española,: a-cesos que abarcan
desde junio de 1808 a octubre de 1809.
FRAY SERVANDO TERESA DE MIER

res y el otro de secretario de Estado en la república de Colombia,


compuesta de lo que antes llamábamos Venezuela y virreinato de
Santa Fe. Y luego proseguía así:
En todo caso conviene enviar lo que se llama un mensajero. Un
ministro plenipotenciario autorizado completamente para tratar con
el gobierno de los Estados Unidos, y cualquier otra potencia que
sea necesario, tratados de paz y guerra, alianzas ofensivas y
defensivas, tratados de comercio, auxilios pecuniarios sin límite,
respondiendo con las minas de México, e igualmente auxilios
militares. Para levantar él mismo ejército de mar y tierra, nombrar
generales y oficiales provisoriamente, nombrar encargados de
negocios o agentes para otras Cortes que convenga, sustituir él
mismo la plenitud de sus poderes, nombrar cónsules generales y
particulares, dar la libertad e independencia a la república
anahuacense cuya capital es México.
El Poder Ejecutivo, o Presidente, es el que expide este nom-
bramiento sellado y autorizado por el secretario o ministro de
LA IDEA DE MÉXICO

las relaciones extranjeras. El sello es el nopal sobre la piedra y


encima el águila con la culebra a los pies. Dos laureles enlaza-
dos cierran todo.
¿Y cómo se enviará el mensajero o se le enviarán los pode-
res a uno que lo sea? Aquí exponía yo los medios, y designaba
algunos sujetos acreditados de quienes podrían acá valerse. Pe-
ro los que en Veracruz estaban ya iniciados en la nueva insu-
rrección fueron de parecer que yo debía ser el ministro, y
ponerme en proporción. Por eso, vine a La Habana pagando
250 pesos por mi pasaje y de allí me trasladé a la inmediación
de este gobierno, y para recibir los poderes del que manda en
jefe, envío el buque portador de este pliego.
Téngase por entendido (proseguía yo en el papel) que aun-
que Nueva Orleans es uno de los Estados Unidos, hay 30 días
de navegación (12 por el estimbote o buque de vapor) a los es-
tados del norte, donde está la población principal, el gobierno
y el poder. El Congreso se reúne de noviembre a marzo cada
año en Washington, y allí está siempre el Presidente con los
ministros. El Banco Nacional está cerca en Filadelfia, como
también están muy cerca Baltimore y Nueva York.

VI

Es menester, empero, considerar que el ministro plenipotencia-


rio, cualquiera que sea, poco o nada puede sin dinero. Este fue
siempre el nervio de la guerra y el eje de todas las operaciones
que la empiezan, la acompañan y la finalizan. El mismo minis-
tro para tratarse con alguna decencia, ser respetado y hacer sus
viajes, necesita desde luego algún dinero. Se debe dinero tam-
bién de la expedición de Mina, que no es justo pierdan del todo
lo que dieron para el bien de nuestra patria. Es necesario co-
menzar por satisfacer algo para que avancen más. Los comer-
ciantes no avanzan sin esperanza de ganar, y no siempre se les
puede mantener con esperanzas, porque con éstas no gira, ni
hacen sus pegamentos. Es necesario que vean algo y si no es ¡Co-
sible dinero, frutos como granada, vainilla, azúcar, etc.
Sobre todo, si se quiere auxilio poderoso y pronto, es nece-
sario hacer un esfuerzo para enviar dinero al banco de los Es-
tados Unidos. Sabe todo negociante que sobre un millón se
giran seis, y sobre dos doce. Y sobre un giro de doce millones
está libre el Anáhuac sin remedio. ¿Y qué son para él uno o dos
millones? ¡Qué crédito le daría esto a nuestro gobierno! En
aquel día quedaba concluida la alianza ofensiva y defensiva.
FRAY SERVANDO TERESA DE MIER

Tómese un convoy, y avísese al ministro el puerto hacia


donde deben presentarse a recibir el dinero, avisando igual-
mente las señales, y póngase espías en la costa. El Banco Na-
cional dará fragatas de guerra y todo lo necesario para
asegurar el recibimiento del dinero. Y échense a dormir, que a
vuelta de correo, como dicen, todos los puertos están bloquea-
dos y hecho un poderoso desembarco. Se procurará desde lue-
go tomar un puerto y fortalecerlo entonces para que en él se
vayan sucediendo tropas y armas. Y el ahínco será abordar la
capital, donde están los recursos, las autoridades, el golpe de la
población, y de donde el pueblo está acostumbrado a recibir
las órdenes. Tomarla es abreviar o concluir la guerra. Esta era
la táctica de Napoleón, y paralizaba los reinos atónitos.
He dicho según mi corto, pero leal entender, los medios de
salvar la patria.

Vil

He dicho los medios de salvar la patria. Pero no alcanzo cuá-


les han sido los que mis paisanos se han propuesto tener por el
mar del Sur haciendo de aquél lado la guerra y tomando puer-
tos. ¿Aguardan auxilios del emperador de China? Son los úni-
cos que por allí les podrían venir. Para irles de la Europa o los
Estados Unidos de América era menester dar vuelta al mundo,
pasar la línea en cuyos abrasados calores perecería de escorbu-
to la mitad de la expedición, aguardar los meses, de diciembre
y enero, únicos en que se puede navegar el Cabo de Hornos,
para dar vuelta al Polo Antartico, esperar de ahí los seis meses
en que los vientos papagayos permiten abordar las costas del
sur, y al cabo de uno o dos años y de millones de pesos gasta-
dos, desembarcar allí con la quinta parte de su gente. ¿Se pue-
de imaginar locura semejante? Sólo un aventurero
desprendido de las repúblicas de Chile y Buenos Aires puede
arribar por ahí, como dicen ha llegado Lord Cochrane10 y se le
ha entregado Guayaquil. Es menester, en verdad, que el país se
entregue, porque por allí nunca pueden llegar fuerzas de pro-
vecho.
¡Mexicanos! del norte nos ha de venir el remedio: por acá
es donde se ha trabajar para tener un puerto, mantener comu-

10
Alejandro Tomás Cochrane (1775-1864). Marino inglés que a partir de 1818 se
puso en favor de la causa insurgente americana.
LA IDEA DE MÉXICO

nicación y recibir socorros. Todo cuanto se haga por el sur es


perdido. El Profeta decía a los judíos que del noite les vend ía todo
el mal, porque por allí quedaban sus enemigos. A no o-tros del
norte nos ha de venir todo el bien, porque por allí qi e-dan
nuestros amigos naturales.
3
Lucas Alamáii
(1792-1853)

N ació en Cuanajuato, Gto., en 1 792;


murió en la ciudad de México en 1853.
Estudió química y mineralogía en el Real
Seminario de Minería, y luego pasó a
Europa, en donde continuó aprendiendo
minería en Freyberg y Gotinga, Alemania;
en París cursó química y ciencias naturales.
Fue electo diputado a las Cortes de Cádiz, y
durante su permanencia en España redactó
el "Ensayo sobre las causas de la decadencia
de la minería en la Nueva España" y un
"Dictamen sobre el importante ramo de la
minería". Dicho dictamen sirvió de base a
un decreto emitido por la Junta Provisional
Gubernativa de México (1821), que se
proponía impulsar las actividades mineras.
Constituyó en Inglaterra la Compañía Unida
de Minas, con la cual inició la explotación
del cerro del Mercado, en Durango. Alamán
dedicó muchos esfuerzos al progreso
económico del país, entre los cuales figuran
la organización del Banco de Avío, la
creación de industrias textiles en Orizaba y
Celaya, el mejoramiento de la ganadería, y la
fundación de escuelas de artes y de agri-
cultura. Fue apoderado y administrador de
los intereses del antiguo Marquesado del
Valle. Sin embargo, su actividad más rele-
vante la desarrolló como ministro de Rela-
ciones Exteriores. Desde ese cargo se opuso
a la colonización de Texas y se empeñó en
fijar los límites entre México y Estados Uni-
dos conforme al Tratado Adams-Onis; fo-
5 LA IDEA DE
2 MÉXICO

mentó una política de


acercamiento con las
naciones hispanoam* pica-
nas, como defensa frente a
Estados Unidos, y estableció
una relc ción pacífica con
Guatemala. Aprovechó
también el cargo para fundar
el Archivo General de la
Nación y el Museo de
Antigüedades y de h isto-ria
Natural. En lo político, Alamán
aparece como campeón de
las ¡deas conservadoras y
monárquicas. Además de
muchos artículos, informes
oficiales y estudios
particulares, dejó dos obras
fundamentales: Disertaciones
sobre la historia de la
República Mexicana desde la
época le la Conquista que los
españoles hicieron a fines del
siglo XV y principie ; del XVI
de las islas y continente
americano hasta la
Independencia e Historia de
México desde los primeros
movimientos que prepararon
su Indi oen-dencia en el año
de 1808 hasta la época
presente. La uda y la obi i de
Alamán han sido muy
controvertidas y han
merecido numerosos :stu-
dios; entre otros, los
siguientes: Luis Chávez
Orozco: 'Lucas Alarr án", en
Cuadernos Americanos (julio-
agosto de 1943); Moisés
González Navarro: "El
pensamiento político de
Lucas Alamán" (1952);
Alfonsc López Aparicio:
"Alamán, primer economista
de México" (1956), y José C.
Valadés: "Alamán, estadista
e historiador" (1938).
o que me dejaban mis
HI multiplicadas
ocupaciones, a presenta
ST en una serie de
disertaciones, de que se
O publicaren entonces dos
tomos, los hechos
RI principales relativos a la
con quista de IV éxi-co
A por los españoles, al
establecimiento de su
DE gobierno y c e la religión
católica que sus
M misioneros propagaron, y
a la foi nación y
ÉX progresos de la capital.
Parecióme necesario este
IC tn iba-jo, por que veía el
poco conocimiento que se
O :enía acere i de este
género de nociones, tan
Int indispensables en an país,
en que todo cuanto existe
ro trae su origen de aquella
prodigiosa on-quista, y el
du público en general recibió
con aprecio esta obra, que
cci no dejó de producir
bastante bien,
ón rectificando algún tanto
las ideas que habían
En padecido notables exti
los avíos. Prep irá-bame a
do seguir publicando el
s tercer tomo, que debía
añ cont ner la historia
os compendiada de la
de administración española
18 ei los tres siglos que duró,
44 terminando con presentar
y el estado en que se
45 hallaba el reino de Nueva
de España cuando comenzó
sti la i ;vo-lución que ha
né hecho olvidar este
los nombre, sustituyendo e i
rat su lugar el de México,
os pero la serie no
ce interrumpida de
de trastornos
sca
ns
LUCAS ALAMÁN

políticos que desde entonces se han seguido, ha impedido verificar


mi intento. Reservé pues continuar esta publicación en menos
azarosas circunstancias, como he comenzado a efectuarlo, dando
mayor extensión y amplitud a mi primitivo plan, pero como no he
considerado las disertaciones más que como la introducción a la
historia de la independencia, el escribir ésta ha sido el objeto final
de mis tareas.
Me he creído en cierto modo obligado a ello, como por una
deuda de justicia que debo a la posteridad. Vi nacer en Guana-
juato, mi patria, la revolución que comenzó D. Miguel Hidalgo,
cura de Dolores, en 16 de septiembre de 1810; conocí
personalmente a éste y a muchas de las personas que en aquellos
sucesos hicieron un papel muy principal; he intervenido después
frecuentemente en los negocios públicos desde 1820, ya como
diputado en las Cortes de España, ya como ministro en este
gobierno, y en otros altos puestos; he tratado muy de cerca a casi
todos los que desde aquella época han tenido parte en los
acontecimientos políticos, y he podido con esto penetrar sus miras
e intenciones: pocos hombres pues de los hoy existen se hallan con
los conocimientos que yo, de las personas y de las cosas, de los
tiempos y de las circunstancias. Veo por otra parte que todos
aquellos de mis contemporáneos que hubieran podido tratar con
acierto esta materia, van desapareciendo sin dejar nada escrito: que
todo canto hasta ahora se ha publicado sobre los acontecimientos
de esta época tan importante, está plagado de errores, hijos unos de
la ignorancia, otros de la mala fe y de las miras siniestras de los
escritores, que todos se han dejado llevar del espíritu de partido,
como sucede casi siempre en los que escriben, recientes todavía los
odios de las facciones a que han pertenecido. Por todas estas
razones me ha parecido deber ocuparme de esta parte de nuestra
historia, de preferencia a la continuación de las disertaciones que
no dejaré sin embargo de la mano, antes que me falte el tiempo o la
salud, y bajen conmigo al sepulcro las noticias que con tanta
diligencia he recogido, quedando por falta de ellas la historia de
México, desde el año de 1808, en adelante, reducida como hoy
está, a relaciones fabulosas y cuentos ridículos, con los que se ha
alterado de tal manera la verdad de las cosas, que la generación que
se va formando, y en la que pocos quedan ya que sepan como
verdaderamente fueron los sucesos, procede con las ideas más
extraviadas, lo que está dando lugar a males de la mayor
trascendencia.
Mi intención no era sin embargo que esta obra viese la luz
pública en mis días. No llevando en ella más objeto que pre-
LA IDEA DE MÉXICO

sentar los acontecimientos que refiero conforme a la ver lad, me


parecía que era menester esperar a que el tiempo hic iese
prevalecer la buena razón, ofuscada frecuentemente eritrc los
contemporáneos por la efervescencia de las pasiones, y }ue una
generación nueva, en la que no obrasen los intereses jue se agitan
en el momento en que se pasan los sucesos, vinie ¡e a fallar con
severa imparcialidad sobre los hechos que se le (re-sentasen,
despojados de los disfraces y atavíos C3n que los ies-figuran los
escritores en el calor de la polémica, S'?gún el par ido que cada
uno pretende hacer prevalecer; pero algunos amigos a quienes
comuniqué lo que llevaba escrito y mi intención de no publicarlo
durante mi vida, han pensado de diverso moc o y han creído que
ya era tiempo de hacerlo, a lo menos en cu in-to al periodo que
comprende desde el año de 1808 hastc la muerte de D. Agustín de
Iturbide. El público se manifiesta deseoso de saber la verdadera
historia de unos sucesos que har sido presentados con tanta
infidelidad, y las desgracias que la nación ha sufrido, han
acelerado los desengaños que suelen ser efecto del transcurso del
tiempo. Estas y otras razones me han decidido a publicar la parte
de historia que comprende el periodo expresado, y para
corresponder como se cebe a este leseo, me he propuesto presentar
los hechos con toda la fidelic ad que requiere la verdad de la
historia, informándome de es os con diligente cuidado, y
consultando no solo todo lo que se lia escrito acerca de ellos, sino
preguntando a los que los presenciaron y examinando todos los
documentos fidedignos que iie podido conseguir. De mucho de lo
que refiero soy testigo o lie intervenido en ello: de lo demás he
tenido a la vista docum* n-tos originales, algunos de los cuales
copiaré en el apéndia a cada uno de los libros en que dividiré la
obra en apoyo de lo que asiente, y en todo citaré exactamente las
autoridades que me hayan servido de fundamento, para que
puedan consulti irse siempre que se quiera. Omitiré en cuanto lo
permita la rr a-teria, toda observación propia, dejando que el lector
ejercien lo su juicio, califique por sí mismo el mérito de cada accic
n, cuando esté instruido a fondo de su esencia. Acoso caerán al-
gunas reputaciones mal adquiridas o mentirosamente formadas:
muchos juicios pronunciados por el espíritu de partic o, parecerán
injustos o infundados, pero esto no será el resulta' o de mis
raciocinios, sino de los que el lector imparcial haga, > n vista de
los hechos que se presenten.
Mi posición en el tiempo en que he escrito, me- ha colocado en
la situación más ventajosa para juzgar con imparcialidad de todo
lo pasado. En el curso rápido de las revoluciones, han
LUCAS ALAMÁN

dejado de existir los partidos a que he pertenecido o que me


han sido contrarios; la posteridad ha llegado para todos; otros
intereses, otras opiniones han sucedido a las que aquellos ha-
bían creado o sostenido, y cuando todo se ha cambiado, la plu-
ma corre con libertad, olvidada de la parte que el que la lleva
tuvo en unas escenas cuyas decoraciones se han mudado y cu-
yos actores han desaparecido. Mis opiniones también se han
rectificado, y la experiencia ha venido a hacerme ver las cosas,
bajo aspectos bien diversos que los que antes me ofrecía un de-
seo siempre puro y una intención recta, pero a veces extravia-
da por los ensueños de las teorías y los delirios de los sistemas.
Por otra parte, las revoluciones se explican unas por otras, y lo
que en el tiempo en que sucedieron fue motivo de acaloradas
disputas y de muchos escritos en oposición unos de otros, vie-
ne a comprenderse después con la mayor claridad por el mis-
mo curso de los sucesos, y por la diversa posición en que se
encuentran las personas que en ellos figuraron.
La parte de historia que ahora publico abraza cerca de diez
y seis años, en cuyo periodo los acontecimientos se han
multiplicado extraordinariamente y se ha cambiado todo en el
país, forma de gobierno, instituciones, costumbres y en mucha
parte hasta los habitantes. Era pues necesario dar idea de lo
que hubo, para venir en conocimiento de la alteración que ha
sufrido, omitiendo no obstante hablar con demasiada
menudencia de cada cosa, para no debilitar el interés que
presenta el conjunto de todas, sin dejar por esto de presentar
aquellos pormenores que tanto excitan la curiosidad cuando
están recientes los acontecimientos, pero que no la mueven
igualmente cuando éstos van siendo más lejanos, fijándose la
atención del lector únicamente sobre los grandes sucesos, para
encontrar el enlace de éstos y las consecuencias que han
producido. Dejaré pues aparte todos los incidentes que no
tengan una conexión precisa con el asunto principal, o los
consignaré en notas al pie de los folios si su extensión lo
permitiere, o en el apéndice, si hubieren de ocupar demasiado
espacio y su importancia así lo pidiere. No obstante esto,
trataré con alguna extensión aquellos puntos que me pareciere
requerirlo, por ser más importantes o poco conocidos entre los
nacionales y todavía menos entre los extranjeros, tales como
la forma de gobierno que tuvo este país desde la conquista y
el estado de prosperidad a que llegó, para que con presencia
de lo que hubo y de los felices resultados que produjo, se
procure, en cuanto la variación que necesariamente producen
los tiempos lo permita, obtener iguales ven-
LA IDEA DE MÉXICO

tajas sirviéndose de los medios ya conocidos y comprobados


por la experiencia.
En cuanto a los autores cuyas obras hubiere de citar, como
sería una digresión ajena del asunto y que interrumpiría el
curso de la narración, entrar a discutir el grado de confianza
que cada uno merezca, me propongo, si el tiempo alcanzare,
dar al fin una noticia critica de las obras que he consultado,
con la biografía de los autores, que de muchos merece ser co-
nocida y conservada, perdiéndose cada día su memoria, por la
incuria en escribir que por desgracia es común entre nosotrps.
Además de las obras que se han publicado y andan en ma-
nos de todos, tengo a la vista multitud de folletos impresos y re-
laciones manuscritas de muchos de los principales sucesos de
que he de ocuparme, que citaré con puntualidad, habiéndome
sido de suma utilidad la extensa colección que posee mi ami-
go D. José María Andrade, sin cuyo auxilio me habría sido im-
posible escribir esta obra, aprovechando esta oportunidad de
manifestarle mi reconocimiento, así como a todas las demás
personas que con el mayor empeño, se han ocupado en procu-
rarme documentos y en esclarecer las dudas que me han ocu-
rrido, a quienes citaré para comprobación de mis asertos según
la ocasión se presente, pero no puedo omitir el hacer mención
desde ahora de una de las obras manuscritas que me han sido
más útiles, precisamente para el periodo en que menos puedo
juzgar por mí mismo, por ser el tiempo que ocupe en mis via-
jes en Europa, desde 1814 hasta 1820. Esta obra es los Apuntes
históricos de la revolución del reino de Nueva España, que formó
mi difunto hermano el Dr. D. Juan Bautista Arechederreta, ca-
nónigo que fue de esta Santa Iglesia Catedral. Sin otra preten-
sión que la de dejar consignada la verdad para que pudiera
saberse en los años venideros, formó un diario muy exacto de
todo lo ocurrido desde lo. de octubre de 1811 hasta 19 de ju-
nio de 1820 en cuyo mes, restablecida la constitución de las
Cortes de Cádiz de 1812, se dejaba ver en este acontecimiento
el principio de nuevos trastornos, que el autor dejó para que
otros se ocupasen de referirlos. Cada cuatro meses formó una
sinopsis de lo acontecido en aquel periodo, con muy juiciosas
observaciones sobre el estado de la revolución, y para que la
historia quedase completa, agregó después un resumen de to-
do lo acontecido desde la prisión del virrey Iturrigaray, hasta el
lo. de octubre de 1811 en que empezó sus apuntes diarios. To-
do hace cuatro tomos en cuatro escritos de mano de mi citado
hermano, y al fin de cada uno reunió los impresos más impor-
tantes que sirven de comprobación y ampliación de lo que én
LUCAS ALAMÁN

el Diario refiere. Esta herencia, muy preciosa para mí, no sólo


por el afecto verdaderamente fraternal que profesé al autor, si-
no por la entera confianza que merece su veracidad y buena
fe, llena casi enteramente el periodo en que no estuve presen-
te, o no tuve parte en los acontecimientos que refiero, pues
aunque queda todavía un vacío, y no poco importante, desde
1821 que regresé a Europa como diputado de la provincia de
Guanajuato a las Cortes de España, hasta principios de 1823
en que me restituí a mi patria, y en este espacio de tiempo se
verificó la independencia hecha por D. Agustín Iturbide, la ele-
vación de éste al Imperio y su caída, son cosas ya muy conoci-
das y sobre que no me ha sido difícil recoger buenos datos. Sin
embargo de todas estas noticias, que tan útiles me han sido, la
fuente principal a que he ocurrido es el Archivo General, en
que hallándose reunidos todos los papeles de la secretaría del
virreinato, es donde he encontrado todos los datos necesarios
para rectificar los errores divulgados en muchas de las obras
que se han publicado y para presentar los hechos desde su ori-
gen. Debo agregar, que para asegurarme más en la verdad de
mi narración, he leído a varios amigos lo que he ido escribien-
do, para rectificar con su opinión cualquier error en que hubie-
re podido caer, y nunca he dado por acabada ninguna parte de
esta historia, mientras ha habido alguna noticia que recoger o
algún documento que examinar; de lo que podrá inferirse que
recibiré con aprecio todas cuantas noticias se me comuniquen,
y que enmendaré de buena voluntad todos cuantos errores se
me manifestare que he cometido en los hechos, que son los
que deseo queden bien establecidos; pues en cuanto a las
consecuencias que de ellos puedan deducirse, y las opiniones
que den lugar a formar, cada uno es libre para tener la suya, y
no pretendo sujetar a nadie a seguir la mía.
La división en libros corresponde a las épocas principales
en que puede distribuirse el periodo que abraza esta historia y
por esto no puede ser la extensión de tiempo y de volumen la
misma en cada uno, aunque he atendido a darles igual mag-
nitud, en cuanto lo han permitido el número e importancia de
las materias que contienen.
Como la utilidad de la historia consiste, no precisamente
en el conocimiento de los hechos, sino en penetrar el influjo
que éstos han tenido los unos sobre los otros; en ligarlos entre
sí de manera que en los primeros se eche de ver la causa pro-
ductora de los últimos, y en éstos la consecuencia precisa de
aquéllos, con el fin de guiarse en lo sucesivo por la experiencia
de lo pasado, mi principal atención ha sido, considerando el
LA IDEA DE MÉXICO

conjunto de los sucesos, desde los primeros movimientos del año


de 1808 hasta la época en que escribo, demarcar bien las ideas que
se presentaron desde el principio, como base y ne-dios de la
revolución y seguirlas en todo su progreso: hacer notar el influjo
que tuvo sobre la moralidad de la masa d< la población el primer
impulso que a aquélla se dio, y las consecuencias que ha
producido el pretender hacer cc.mbiar no sólo el estado político,
sino también el civil, atacando las creenc ias religiosas y los usos y
costumbres establecidos, hasta venir a caer en el abismo en que
estamos, y como el extravío de las ideas y la falsa luz bajo que se
han considerado las cosas, ha sido la causa de los desaciertos que
se han come "ido, si mi t a-bajo diese por resultado hacer que la
generador, venidera ; ea más cauta que la presente, podré
lisonjearme de haber proc u-cido el mayor bien que puede resultar
del estudio de la his o-ria, pero si los males hubieren de ir tan
adelante que la actual nación mexicana, víctima de la ambición
extranjera y del desorden interior, desaparezca para dar lugar a
otros pueblos, a otros usos y costumbres que hagan olvidar hasta la
lengua castellana en estos países, mi obra todavía podrá ser útil
para que otras naciones americanas, si es que alguna sabe
aprovechar las lecciones que la experiencia ajena presenta, vean
por qué medios se desvanecen las más lisonjeras esperanzas, y
cómo los errores de los hombres pueden hacer inútiles los más bell
>s presentes de la naturaleza.

México, agosto 27 de 184 9


LUCAS ALAMÁN

LIBRO PRIMERO
Estado de la Nueva España en 1808. Sucesos que promovieron
la revolución de 1810

CAPÍTULO I

Virreinato de la Nueva España.- Primitivos habitantes de ella.- Nueva po-


blación originada en la conquista.- Españoles europeos y americanos.- Ri-
validad entre ambos.- Mujeres criollas.- Nobleza.- Ilustración.- Población
total- Proporción de las diversas clases.- Indios.- Castas.- Calidades e ig-
norancia de estas dos clases.- Distribución de la población sobre la super-
ficie del reino.

El virreinato de Nueva España comprendía, en la época en que esta


historia comienza, no solo el territorio a que dio este nombre D.
Fernando Cortés cuando hizo el descubrimiento y conquista de él,
sino también el antiguo reino de Michoacán: la Nueva Galicia,
conquistada por Ñuño de Guzmán que formaba la intendencia de
Guadalajara; otras provincias centrales que sucesivamente se
agregaron; las internas de oriente y occidente; las Californias, y la
península de Yucatán. Al norte confinaba con los Estados Unidos
de América, desde el golfo de México hasta el océano Pacífico,
siendo inciertos los límites, hasta que se fijaron claramente en el
tratado celebrado por el rey de España con el gobierno de aquella
república, el 22 de febrero de 1819. Se extendía por el sur hasta
tocar con la provincia de Chiapas y su anexa de Soconusco,
dependientes de la capitanía general de Guatemala; y las costas de
Yucatán, desde el golfo de Honduras, con el vasto contorno del
seno mexicano, señalaban sus términos por el oriente; así como por
el poniente los formaba el mar del Sur, u océano Pacífico, desde el
istmo de Tehuantepec, hasta el norte de la alta California.
La cordillera de los Andes que en toda la América meridional
corre aproximada al mar del Sur, se reduce a tan corta altura
espacio en el istmo de Tehuantepec, que hace practicable en aquel
punto la comunicación entre ambos océanos, y vuelve a alzarse
luego desde la provincia de Oaxaca, extendiéndose en anchura a
medida que camina hacia el norte. Entre las ásperas sierras que van
siguiendo la dirección de la cordillera principal, coronadas en
algunas partes por la nieve perpetua que cubre los antiguos
volcanes elevados a inmensas alturas, se forman llanos espaciosos,
levantados algunos más de dos
LA IDEA DE MÉXICO

mil varas sobre el nivel del mar, que se suelen conocer con el
nombre de valles y que se denominan por las principales
poblaciones que en ellos se encuentran. Al conjunto de estas
llamadas, colocadas a tanta elevación, se ha dado impropia-
mente el nombre de la "mesa central de México". Su descen-
so es muy rápido hacia las costas del seno mexicano, pero
por el lado del mar del Sur, va graduándose como por escalo-
nes, que forman los diversos ramos de la cordillera, la cual
continúa hasta los Estados Unidos por el medio del continen-
te, formando un plano suavemente inclinado hacia las riberas
del río grande del Norte y las llanuras de Tejas.1
Esta estructura particular del terreno combinada con la la-
titud, produce, no sólo la gran variedad de climas y de frutos
que se conocen en México, sino que también influye en la di-
versidad de castas que forman su población, y en sus usos, cos-
tumbres, buenas y malas calidades, tanto físicas como
morales. De la misma causa procede la mayor o menor facili-
dad de las comunicaciones de unos puntos a otros, según que
los separan entre sí llanuras secas y áridas en una parte del
año, pantanosas o anegadas en la otra; cordilleras inaccesibles
por su aspereza, o valles y profundidades ardientes y enfermi-
zas, para todos los que no están habituados a aquellos climas
mortíferos. Los efectos de esta conformación del país han sidp
también de la mayor trascendencia en los acontecimientos de
que voy a ocuparme, y por esto el conocimiento de esta consti-
tución física es indispensable, para comprender su historia po-
lítica y militar.
Antes de la conquista que los españoles hicieron a princir
píos del siglo XVI, y a que fueron dando mayor extensión en los
dos siguientes, el país se hallaba poblado por diversas nacio-
nes, que según sus historias, habían emigrado en distintas épo-
cas de las regiones septentrionales, estando trazado con
mucha precisión en sus pinturas jeroglíficas, el camino que al-
gunas de ellas siguieron desde el norte de Californias hasta las
lagunas mexicanas, y todo inclina a creer que estas emigracio-
nes procedieron de la gran llanura central de Asia, que por un
lado lanzó sobre la Europa los enjambres de bárbaros que con-

1
Véanse las vistas de las cordilleras del barón de Humboldt. El nombre de la mesa
central da la falsa idea, de que hay una llanura que forma el dorso de la cordillera;
lo que no es así, pues son muchas las llanuras que, a diversas elevaciones, se forman
entre las cadenas de las montañas que siguen la dirección de la cordillera, y que son
como las crestas de ella; pero tampoco se podría encontrar otro más adecuado.
LUCAS ALAMÁN

tribuyeron a destruir el Imperio romano, y por el otro las tribus


que poblaron el continente americano; sin negar por esto que
hubiese otra emigración por el Atlántico, más antigua y de
pueblos más adelantados en cultura, de los que ya no quedaba
ni memoria en el siglo de la conquista, y sólo son conocidos
por las gigantescas ruinas del Palenque y las que se ven toda-
vía en varios puntos de Yucatán. De estas varias naciones, la
mexicana, gobernada bajo la forma de una monarquía electi-
va, era la más poderosa, y con sucesivas conquistas, se había
ido extendiendo desde la laguna que fue su primer asiento,
hasta el seno mexicano por el oriente, comprendiendo las pro-
vincias de México, Puebla y Veracruz: sus límites por el poniente
eran más estrechos, pues sólo llegaban a pocas leguas de la
capital, lindando con la serranía de Tula y río de Moctezuma o
de Tampico; mas por el sur se prolongaba hasta el mar Pací-
fico, en todo el resto de la provincia de México y parte de la de
Michoacán. Dentro de aquel imperio se hallaba enclavada la
república aristocrática de Tlaxcala, con su pequeño territorio,
excepto por el norte que tenía por vecinos a los bárbaros chi-
chimecas; siempre en guerra con los mexicanos para defender
su independencia, el odio nacional que se había creado entre
ambos pueblos por estas hostilidades continuas, fue el gran re-
sorte, que con admirable sagacidad supo emplear Cortés para
subyugar a unos y otros. Estas naciones ocupaban en su parte
principal las llanuras más elevadas de la mesa central, en el
clima templado y frío; las monarquías de Oaxaca y Michoa-
cán, se hallaban situadas en el descenso de la cordillera hacia
el mar del Sur, y tenían la misma extensión que las intenden-
cias que llevaron después estos nombres; varios caciques inde-
pendientes dominaban las costas de Jalisco o Nueva Galicia, y
quedaban también algunos otros que no habían sido sometidos
al yugo mexicano en las del norte, hacia la embocadura del
Panuco. Estos eran los pueblos que por sus leyes, instituciones
políticas y conocimientos en la astronomía y en las artes,
habían llegado a un grado más o menos elevado de civiliza-
ción, especialmente los mexicanos, y todavía más el reino de
Tezcuco, que así como el de Tacuba se hallaban unidos a aqué-
llos por una especie de triple alianza, de que sería difícil encon-
trar otro ejemplo en la historia. Todo el resto del país hacia el
norte estaba ocupado por tribus vagantes, en estado de com-
pleta barbarie, que costó mucho tiempo y trabajo a los espa-
ñoles reducir y civilizar, más por medio de los misioneros que
por las armas, y aún este género de población iba disminuyen-
do a medida que se apartaba del centro de la civilización que
62 LA IDEA DE MÉXICO

era el valle mexicano, hasta terminar en


regiones casi del todo despobladas y
yermas.2
La conquista introdujo en la población
de lo Nueva España, y en general, de todo el
continente de América, otros e e-mentos que
es indispensable conocer, tanto en su núme
ro

2
El mayor o menor grado de civilización a que habían
llegado las naciones q Le poblaban el continente
americano antes de la conquista, ha :ido materia íe graves
discusiones, en que los intereses de los conquistadores, y
después el espíritu de partido, han tenido no pequeña
parte. No puede sin er.rbargo poner e en duda que
México, Tezcuco, y otros pueblos, habían llegado a un
alto gra< o de perfección en sus instituciones políticas, en
el arreglo de su calendario y < ¡i diversas artes y
manufacturas, como se ve por las cartas de Cortés, las
obras <;e los misioneros y otros escritos imparciales,
cuyas noticias han s do recopiladas y presentadas de una
manera amena y aun poética por el Sr. Prescott, en su
Historia de la conquista de México, publicada en tres
tomos en Nueva York en el ai o de 1843. Véase también
nuestro historiador nacional Clavijerc, de cuya excelente
obra se aprovechó mucho Prescott. Las instituciones
indias en las nacii-nes que los conquistadores encontraron
en el país, tenían en lo general el carácter de haber sido
tomadas o trasladas de otra parte, sin haber hecho de.-
-pu otras naciones del antiguo cantinéate, y que de
es
pro
gre
so
alg
un
o,
y
est
o
se
adv
ertí
a
pri
nci
pal
me
nte
en
sus
con
oci
mi
ent
c
astr
on
óm
ico
s.
Ta
mp
oco
pue
de
du
dar
se
que
en
tie
mp
os
mu
y
ant
igu
os
est
uvi
t
ron
en
co
mu
nic
aci
ón
con
LUCASALAMÁN

como en su importancia y distribución sobre la superficie del


país, pues todas estas circunstancias, y aun todavía más, la
distinción que las leyes hicieron entre las diversas clases de
habitantes, fueron de grande influjo en la revolución y en
todos los acontecimientos sucesivos. Estos nuevos elementos
fueron los españoles y los negros que ellos trajeron de África.
Distinguiéndose poco tiempo después los españoles nacidos
en Europa, y en naturales de América, a quienes por esta
razón se dio el nombre de criollos, el que con el transcurso del
tiempo vino a considerarse como una voz insultante, pero que
en su origen no significaba más que nacido y criado en la
tierra. De la mezcla de los españoles con la clase india
procedieron los mestizos, así como de la de todos con los
negros, los mulatos, zambos, pardos y toda la variada
nomenclatura, que se comprendía en el nombre genérico de
castas.3 A los españoles nacidos en Europa, y que en adelante
llamaré solamente europeos, se les llamaba gachupines,4 que
en lengua mexicana significa "hombres que tienen calzados
con puntas o que pican", con alusión a las

ellas recibieron nociones de cristianismo, no en los primitivos tiempos, sino cuando


se había introducido ya el culto de las imágenes, sobre lo que puede verse la ingenio-
sa disertación del Dr. Mier, en el apéndice de documentos, al fin del tomo 2o. de su
Historia de la revolución de Nueva España, que publicó en Londres en dos tomos en
1813, con el nombre del Dr. D. losé Guerra, fol. VIII hasta el fin. De la referida obra
del Dr. Mier haré un uso muy frecuente en esta historia.
3
Llamábanse mestizos, los hijos de español e indias; mulatos, los de español y negra;
zambos, los de indio y negra, y como se suponía que la sangre negra era la que con
taminaba la infamia a todas las demás, había denominaciones muy extrañas que
demarcaban la permanencia, por enlaces sucesivos, a la misma distancia del tronco
africano, y se llamaban tente en el aire a los que se hallaban en este caso, y salta atrás,
cuando se retrocedía hacia aquel origen. Estas diversas generaciones se representa
ban en cuadros y figuras de cera, con los trajes y ocupaciones a que cada casta se in
clinaba. En las Antillas y en los Estados Unidos, las mezclas siendo sólo entre negros
y blancos, sus descendientes se llaman tercerones, cuarterones, etc., según que por la
tercera o cuarta generación se han mezclado con los blancos.
4
El nombre mexicano de calzado o zapato es cactli y el verbo tzopinia significa, pun
zar, picar, o dar herronada como lo define el P. Molina en su diccionario. De la com
binación de ambos resultaría cactli-tzopinia, mas como los nombres mexicanos
pierden en la composición las últimas sílabas, queda cac-tzopinia, "punzar con el za
pato o punta de él", y siendo el participio de presente de este verbo tzopini, que usa
do como sustantivo pierde la i final, resulta el nombre caetzopin, "el que punza o pica
con el zapato", que por las modificaciones que los españoles hacían en los nombres
mexicanos que no se acomodaban a la pronunciación de la lengua castellana, y de
que hay millares de ejemplos, quedó en gachupín. Esta interpretación me ha sido co
municada por el Sr. D. Faustino Chimalpopocatl Galicia, profesor de lengua mexi
cana en el Colegio de S. Gregorio de esta.
; !
LA IDEA DE MÉXICO

espuelas, y este nombre, lo mismo que el de criollo, con el


progreso de la rivalidad entre unos y otros, vino tambiér a tenerse
por ofensivo.
Regulábase en setenta mil el número de los españoles r a-cidos
en Europa que residían en la Nueva España en el año de 1808.
Ellos ocupaban casi todos los principales empleos en la
administración, la iglesia, la magistratura y el ejérci o: ejercían
casi exclusivamente el comercio, y eran dueños le grandes
caudales consistentes en numerario, empleado i n diversos giros, y
en toda clase de fincas y propiedades. L )s que no venían con
empleos, dejaban su patria generalme i-te muy jóvenes, y
pertenecían a familias pobre;; pero hont s-tas, en especial los que
procedían de las provincia \s vascongadas y de las montañas de
Santander, y por lo c >-mún eran de buenas costumbres. Siendo su
fin hacer fortuna, estaban dispuestos a buscarla, destinándose a
cualqui ¡r género de trabajo productivo: ni las distanciavS ni los
peligros, ni los malos climas los arredraban. Los unos llegaba i
destinados a servir en casa de algún pariente o amigo de su
familia; otros eran acomodados por sus paisanos: todos ei -traban
en clase de dependientes, sujetos a una severa disciplina, y desde
sus primeros pasos aprendían a considerar ll trabajo y la economía,
como el único camino para la riqueza. Alguna relajación había en
esto en México y Veracruz, pero en todas las ciudades del interior,
por ricas y populóse s que fuesen, los dependientes en cada casa
eran tenidos bajo un sistema muy estrecho de orden y regularidad
casi mona; -tica, y este género de educación espartana, hac: a de
los e; -pañoles residentes en América, una especie de hombres que
no había en la misma España, y que no volverci a haber ei
América. Según adelantaban en su fortuna, o según los mé ritos
que contraían, solían casar con alguna hijo de la caso mucho más
si eran parientes, o se establecían por sí, y todo se enlazaban con
mujeres criollas, pues eran muy pocas la? que venían de España, y
éstas generalmente case das con lo-empleados.
Con la fortuna y el parentesco con las familias respetables de
cada lugar, venía la consideración, los empleos municipales y la
influencia, que algunas veces degeneraba er preponderancia
absoluta. Una vez establecidos así los es pañoles, nunca pensaban
en volver a su patria, y conside raban como el único objeto de que
debían ocuparse, e aumento de sus intereses, los adelantos del
lugar de su residencia, y la comodidad y decoro de su familia; ele
donde re-
LUCAS ALAMAN

sultaba que cada español que se enriquecía, era un caudal que


se formaba en beneficio del país, una familia acomodada que
en él se arraigaba, o a falta de ésta, era origen de fundaciones
piadosas y benéficas, destinadas al amparo de los huérfanos y
al socorro de los menesterosos y desvalidos, de que
especialmente la ciudad de México presenta tan grandiosas
muestras. Estas fortunas se formaban por las tareas laboriosas
del campo, por un largo ejercicio del comercio, o por el más
aventurado trabajo de las minas; y aunque estas ocupaciones
no abriesen por lo común, un camino de llegar rápidamente a
la riqueza, ayudaba a formarla la economía que había en las
familias, en las que se vivía con frugalidad, sin lujo en
muebles ni vestidos, y así se habían ido creando porción de
capitales medianos, que estaban repartidos en todas las
poblaciones, aun en las de menos importancia, sin que ésta
parsimonia impidiese los actos de liberalidad que se
manifestaban en ocasiones de públicas calamidades, o cuando
el servicio del estado lo exija, de lo que veremos mucho y
muy señalados ejemplos.
Rara vez los criollos conservaban el orden de economía de
sus padres y seguían la profesión que había enriquecido a
éstos, los cuales, en medio de las comodidades que les pro-
porcionaba el caudal que habían adquirido, tampoco sujetaban
a sus hijos a la severa disciplina en que ellos mismos se
habían formado. Deseosos de darles una educación más
distinguida y correspondiente al lugar que ellos ocupaban en
la sociedad, los destinaban a los estudios que los conducían a
la iglesia o a la abogacía, o los dejaban en la ociosidad y en
una soltura perjudicial a sus costumbres. Algunos los
mandaban al seminario de Vergara, en la provincia de
Guipúzcoa en España, cuando este se estableció bajo un pie
brillante de instrucción general, y si esto se hubiera genera-
lizado, habría contribuido mucho no sólo a propagar los co-
nocimientos útiles en la América española, sino también para
unir ésta con la metrópoli con lazos más duraderos. De este
género de educación viciosa provenía, que mientras los
dependientes europeos casados con las hijas del amo, soste-
nían el giro de la casa y venían a ser el apoyo de la familia,
aumentando la porción de herencia que había tocado a sus
mujeres; los hijos criollos la desperdiciaban en pocos años y
quedaban arruinados y perdidos, echándose a pretender
empleos para ganar en el trabajo flojo de una oficina los
medios escasos de subsistir, más bien que asegurarse una
LA IDEA DE MÉXICO
I
existencia independiente, con una vida activo y laborío: a.5 La
educación literaria que se les daba a veces, y el aire de caballeros
que tomaban en la ociosidad y en la abundan< ia, les hacía ver con
desprecio a los europeos, quo les paree: in ruines y codiciosos
porque eran económicos y activos, y os tenían por inferiores a
ellos, porque se empleaban en tráficos y profesiones, que
consideraban como indio ñas de la clase a que con ellas los habían
elevado sus padres. Sea j or efecto de esta viciosa educación, sea
por influjo del clii la que inclina al abandono y a la molicie, eran
los criollos ¡ ¡e-neralmente desidiosos y descuidados: de ingenio
agudo, ] e-ro al que pocas veces acompañaba el juicio y la reflexic
n; prontos para emprender y poco prevenidos en los medios de
ejecutar; entregándose con ardor a lo presente y atendien lo poco a
lo venidero; pródigos en la buena fortuna y pacien" es y sufridos
en la adversa. El efecto de estas funestas propensiones era la corta
duración de las fortunas, y el empeño le los europeos en trabajar
para formarlas y dejarlas a sus 1 i-jos, pudiera compararse al tonel
sin fondo de las Danaidí s, que por más que se le echara, nunca
llegaba a colmarse. 1 >e aquí resultaba que la raza española en
América necesital a para permanecer en prosperidad y opulencia,
una refacci< n continua de españoles europeos que venían a
formar nuev is familias, a medida que las formadas por sus
predecesores caían en el olvido y la indigencia.
Aunque las leyes no establecían diferencia alguna entre estas
dos clases de españoles, ni tampoco respecto a los mestizos
nacidos de unos y otros de madres indias, vino c haber a de hecho,
y con ella se fue creando una rivalidad declarac a

5
De aquí provino el proverbio tan conocido: "El padre mercader, el hi D caballero,
el nieto pordiosero", que caracterizaba en pocas palabras, este trán: -to de la riqueza
ganada con el trabajo, a la ociosidad y prodiga idac, y de és i a la miseria.
Esta prodigalidad venía de tiempos muy anteriores. Vrlbuena en 5 i Grandeza
mexicana, poema que escribió en 1603 cuenta, entre las circunstancias que hacían
deliciosa la vida en México, más que en ninguna otra parte del mundo,

"Aquel pródigamente darlo todo, Sin


reparar en gastos excesivos, Las perlas,
oro, plata y seda a rodo."

Cap. 3o. Arg. Caballos, calles, trato, cumplimiento.


LUCAS ALAMÁN

entre ellas, que aunque por largo tiempo solapada, era de te-
mer rompiese de una manera funesta, cuando se presentase la
ocasión. Los europeos ejercían como antes se dijo, casi todos
los altos empleos,6 tanto porque así lo exigía la política,
cuanto por la mayor oportunidad que tenían de solicitarlos y
obtenerlos, hallándose cerca de la fuente de que dimanaban
todas las gracias: los criollos los obtenían rara vez, por alguna
feliz combinación de circunstancias, o cuando iban a la corte
a pretenderlos, y aunque tenían todas las plazas subalternas
que eran en mucho mayor número, esto antes excitaba su
ambición de ocupar también las superiores, que la satisfacía.
Aunque en los dos primeros siglos después de la conquista, la
carrera eclesiástica hubiese presentado a los americanos
mayores adelantos, siendo muchos los que entonces
obtuvieron7 obispados, canonjías, cátedras y pingües
beneficios; se habían cercenado para ellos estas gracias, y a
pesar de haberse mandado por el rey que ocupasen por mitad
los coros de las catedrales, a consecuencia de la represen-
tación que el ayuntamiento de México hizo el 2 de mayo de
1792, había prevalecido la insinuación del arzobispo

6
De los ciento setenta virreyes que había habido en América hasta el año de
1813, sólo cuatro habían nacido en ella, y esto por casualidad, por ser hijos de
empleados. Tres de éstos fueron virreyes de México, y son D. Luis de Velasco, hijo
del primero de este nombre que obtuvo aquella dignidad y murió en México en
1564; D. Juan de Acuña, marqués de Casa Fuerte, nacido en Lima, que sirvió el
virreinato desde 1722 a 1734, en que murió, y está enterrado en la iglesia de S.
Cosme de México; el tercero fue el conde de Revillagigedo, que nació en La
Habana siendo su padre capitán general de la isla de Cuba, de donde pasó al
virreinato de México. Los tres fueron un modelo de probidad, capacidad y celo.
De seiscientos dos capitanes generales y presidentes, catorce habían sido criollos.
En el año de 1812, según la recapitulación que publicó en Cádiz el Dr. Alcocer,
diputado en las Cortes por Tlaxcala, en el núm. 37 del Censor de lo. de mayo de
aquel año, todos los empleos de primera clase los tenían en Nueva España los
europeos, excepto el obispado de Puebla, y la dirección de la lotería, que se dio
al que la obtuvo, por haberse casado con una anciana alemana, favorecida de
la reina María Luisa. Véase la historia del Dr. Mier, tom. 2o. lib. XIV, fol. 625.
Aunque la secretaría del virreinato la había tenido un mexicano, estaba ya se
parado entonces. A la noticia de Alcocer es menester agregar que había varios
oidores y canónigos americanos.
7
De setecientos seis obispos que había habido en toda la América hasta 1812,
ciento cinco fueron criollos, aunque pocos en las mitras de primer orden. Toda
esta materia de postergación en los empleos, ha sido copiosamente tratada por
el Dr. Mier en su citada obra, y por el Dr. Alcocer en los censores publicados en
Cádiz, que puede ver el que desee más extensión, habiendo sido este punto de
muy empeñadas discusiones en las Cortes, con cuyo motivo ambos escribieron,
como veremos en su lugar.
LA IDEA DE MÉXICO

D. Alonso Núñez de Haro, que dio motivo a aquella exposición,


para que sólo se les confiriesen empleo?, inferiores, a fin que
permaneciesen sumisos y rendidos, pues que en 181 »8 todos los
obispados de la Nueva España, excepto uno, 1 is más de las
canongías y muchos de los curatos más pingü s, se hallaban en
manos de los europeos. En los claustros p e-valecieron también
éstos, y para evitar los disturbios f e-cuentes que la rivalidad del
nacimiento causaba, en algur as órdenes religiosas se estableció
por las leyes la alternan1 a, nombrándose en una elección prelados
europeos y en o ra criollos; pero habiéndose introducido la
distinción entre os europeos que habían venido de España con e..
hábito y os que lo habían tomado en América, en cuyo favor se
estableció otro turno, resultaban dos elecciones de europeos ] or
una de criollos. Si a esta preferencia en los empleos políti os y
beneficios eclesiásticos, que ha sido el motivo principal de la
rivalidad entre ambas clases, se agrega el que como íe-mos visto
los europeos poseían grandes riquezas, que aunque fuesen el justo
premio del trabajo y la indust ia, excitaban la envidia de los
americanos y eran considera las por éstos como otras tantas
usurpaciones que se les hab an hecho; que aquellos con el poder y
la riqueza eran a vt ees más favorecidos por el bello sexo,
proporcionándose más ventajosos enlaces; que por todos estos
motivos juntos, ía-bían obtenido una prepotencia decidida sobre
los nacido: en el país; no será difícil explicar los celos y rival idad
que ei tre unos y otros fueron creciendo, y que terminaron por un c
dio y enemistad mortales.
En todo lo que he dicho en general sobre el carácter d< los
españoles europeos y americanos, deben hacerse las ex ep-ciones
que naturalmente exigen las pinturas o definick nes genéricas.
Entre los últimos hubo muchos que por su api ica-ción y
economía, se eximieron de los defecto? que se atribuyen en
general a esta clase, y en el desempeño de los empleos que
obtuvieron, se distinguieron en la Iglesia muchos prelados
ejemplares por su celo y virtudes, en la oga muchos magistrados
de integridad y saber, y en las ofic ñas mucho empleados
recomendables; así como entre los e aro-peos, especialmente en
los de las provincias raeridionali s de España, no eran pocos los
que desmentían con una con iuc-ta poco regular la laboriosidad y
economía de sus paisc nos, y por la expresión "un gachupín
perdido", se entendía un resumen de todos los vicios, que a veces
los precipitaban e 1 los crímenes más atroces.
LUCAS ALAMÁN

En los años inmediatos a la conquista, vinieron muchas


mujeres españolas casadas con los conquistadores, o a pro-
curarse con ellos enlaces más ventajosos que los que por su
escasa fortuna pudieran esperar en España. De ellas eran
muchas de familias muy distinguidas, entre las que pueden
contarse las hijas del comendador de Santiago Leonel de
Cervantes, de las que proceden varias de las principales fa-
milias de México, y las que llevó consigo a Guatemala Da.
Beatriz de la Cueva, de la casa de los duques de Alburquer-
que, cuando vino casada con D. Pedro de Alvarado; pero en el
transcurso del tiempo, no venían otras que las casadas con los
empleados, y éstas eran muy pocas, de manera que todas las
mujeres blancas que había en Nueva España eran de la clase
criolla. No solían participar éstas de los defectos de sus
hermanos, por lo que se consideraba como principio
establecido, que en América las mujeres valían más que los
hombres; y dejando aparte las excepciones que todas las re-
glas generales suponen, y muy especialmente las que deben
hacerse respecto a la capital y a algunas otras ciudades
grandes, en las que la corrupción de costumbres era bastante
común, es menester confesar que nada había más respetable
que las familias de mediana fortuna de las provincias, siendo
las mujeres criollas, amantes esposas, buenas madres,
recogidas, hacendosas, bondadosas y el único defecto que
solía imputárseles era, que por la benignidad de su carácter,
contribuían no poco a los funestos extravíos de sus hijos.
Los pocos descendientes que quedaban de los conquista-
dores, y otros que derivaban un origen distinguido de familias
que en España lo eran, con los empleados superiores y los
acaudalados que habían obtenido algún título o cruz, o ad-
quirido algún empleo municipal perpetuo, formaban una
nobleza que no se distinguía del resto de la casta española si-
no por la riqueza, y que cuando ésta se acababa volvía a caer
en la clase común. Conservaba sin embargo aún en su deca-
dencia ciertas prerrogativas, pues se necesitaba pertenecer a
ella para ser admitido en el clero, la carrera del foro y la mi-
licia. Como esta clase, a la que se agregaban todos los que
adquirían fortuna, pues todos pretendían pasar por españoles y
nobles, se distinguía del resto de la población por su traje,
estando más o menos bien vestidos los individuos que la
formaban, cuando el pueblo generalmente no lo estaba, se
conocía con el nombre de "gente decente" y esto, más bien
que el nacimiento, era el carácter distintivo con que se le de-
70 LA IDEA DE MÉXICO

signaba. Un título de conde o marqués,8 con


una cruz de Santiago o Calatrava, y después
de Carlos III cuando esta orden se erigió, era
todo el objeto de la ambición del que se
e s minas. Estos títulos llevaban consigo la
n fundación de un víncn o, aunque 10 siempre
r se cumplía con esta condición, y además
i había otros muchos mayorazgos sin títulos,
q por cuyo medio se había pretendido dar
u duración a las fortunas; pero este intento se
e fr ís-traba con los gravámenes que se
imponían, con permiso di la audiencia, sobre
í los bienes vinculados, con lo que así
a éstos, :o-mo todas las propiedades raíces del
país, tantc rústicas como urbanas, estaban
p afectas en gran parte a reconocí miente ; a
o censo redimible en favor del clero y
r fundaciones piadosas. En todos los países en
e que han existido las vinculaciones, han sido
l notados los mayorazgos de pródigos,
c descuidados y desii io-sos, y en Nueva
o España, donde por desgracia la clase espaf
m Día americana tanto propendía a estos
e defectos, los mayora2 jos podían ser
r considerados como el tipo del carácter que
c de lia he delineado.
i No puede decirse que la clase española,
o comprendiende en esta expresión tanto a los
nacidos en España como en América, fuese
o la clase ilustrada; pero sí que la ilustración
que aa-bía en el país estaba exclusivamente
h en ella. De los europ ;os, los que venían con
a empleos en la magistratura y en el el ;ro,
l tenían la instrucción propia de sus
l profesiones, sin excede : sino rara vez, de
a los límites que prescribía el ejercicio de ést
b is y lo mismo sucedía entre los oficinistas:
a los que venían a bu car fortuna, no tenían
instrucción alguna y adquirían a fuerz i de
u práctica la necesaria para el comercio, las
n miras y la lab onza. Entre los americanos
a había más y más profundos conocimientos,
y esta superioridad era una de las causas,
b que como he dicho, les hacía ver con
o desprecio a los europeos, y que no i acó
n
a _________________
8
n Muchos de estos títulos eran comprados, de los que los
re>es concedían para que los vendiera, a algún
z establecimiento que querían favorecer, en su .ave-
a nimiento al trono, nacimiento de algún infante, u otro
motivo plausibl ; sin embargo, siempre para obtenerlos
e era menester hacer inforrr.ación de nob eza.
n
Cede un
indiano el
l fruto de sus
a minas Porque
le den de conde tación de la voz de la marina que indica navegar en rr.ar
el tratamiento tranquila r con viento favorable.

de
cía
Iri
art
e
en
un
a
de
sus
po
esí
as,
ha
bla
nd
o
de
las
ext
rav
ag
an
cia
s
de
los
ío
m-
bre
s.
Llá
ma
se
bo
na
nz
a
en
las
mi
nas
en
co
ntr
ar
un
esp
aci
o
ric
o
en
la
v
ta;
a
imi
LUCASALAMÁN

fomentaba la rivalidad suscitada contra ellos. Sin embargo, esta


instrucción casi estaba reducida a las materias del foro y
eclesiásticas, y se limitaba a México, y a las capitales de los
obispados en que había colegios. Durante muchos años no hu-
bo otro establecimiento de enseñanza pública que la Universi-
dad de México, que fue distinguida por los reyes de España con
todos los privilegios que tenía la de Salamanca y muy favore-
cida por los virreyes.9 Los jesuitas, que llegaron a México en
1572, fundaron según su instituto, colegios en varias ciudades
principales en que se establecieron, y más tarde se abrieron en
las capitales de los obispados los seminarios, en virtud de lo
mandado en el Concilio de Trento. Pero en los colegios de la
compañía fue donde se dio mayor extensión a la enseñanza,
pues además de la filosofía y la teología, se cultivaban en ellos
las bellas letras, y muchas composiciones latinas en prosa y en
verso que nos quedan de los discípulos que en ellos se forma-
ron, "prueban el buen gusto que se les inspiraba en las leccio-
nes que recibían". La expulsión de los religiosos de esta orden
en 1767 causó un atraso muy considerable en la ilustración,
pues con ellos cesaron los colegios que tenían a su cargo, y
aunque algunos siguieron administrados por el gobierno, estu-
vieron lejos de conservar el lustre que tenían. Los jesuitas por
sus principios religiosos y políticos, hubieran hecho más dura-
dera la dependencia de la metrópoli, pero también la indepen-
dencia hecha con mayor instrucción en la clase alta y media
de la sociedad, hubiera sido más fructuosa.10 Había también

9
La universidad mandada fundar por cédula del emperador Carlos v, de lo. de
septiembre de 1551, se abrió en 1553. El Dr. D. Francisco Cervantes Salazar nos
ha dejado en sus diálogos una descripción muy curiosa de su primitivo estado,
que publicaré en el tomo 30 de mis Disertaciones sobre la historia de México, y en
el 2o. disert. 8a. fol. 216 y 253, puede verse lo que he dicho sobre la fundación
y sitio que se le destinó. Aunque también había el Colegio de Sta. Cruz en San
tiago Tlatelolco, fundado pocos años después de la conquista, era sólo para in
dios, y no duró mucho tiempo en vigor. El Colegio de Santos, cuya fundación se
hizo en 1573, era colegio mayor en que no se daban estudios, sino que ya los te
nían los que eran admitidos en él. El de Letrán que tuvo principios en los tiem
pos de la conquista, no era más que una escuela de primeras letras en que se
enseñaba también gramática latina. Para mujeres no había más que el de las
niñas contemporáneo del de Letrán y los conventos de monjas en que se les en
señaban las labores propias de su sexo.
10
Esta es la opinión que manifiesta un escritor protestante, David Barry, editor
del Informe secreto sobre el Perú, de D. Jorge Juan y de D. Antonio Ulloa, al gobier
no español, publicado en Londres en folio, en 1826, en la nota del fol. 536 y
siguientes.
LA IDEA DE MÉXICO

colegios a cargo de los franciscanos, pero eran únicamente para las


ciencias eclesiásticas y nunca tuvieron gra:i nombradla. Reducidos
pues los estudios a la filosofía, como Estudio preparatorio; a la
teología, leyes y medicina, esta última poco ape-ciada, se
dedicaban a ellos los que los consideraban como una carrera
lucrativa, más la gente acomodada no veía necesid id de instruirse,
y dejando el cultivo de las letras a los eclesiás lieos y a los
abogados, que se llamaban exclusivamente "leti i-dos", en vez de
buscar el adorno del espíritu la más nol le ocupación, o por lo
menos una honesta distracción y entretenimiento, se abandonaba
al juego y a la disipación, o pasana su tiempo en la ociosidad y la
ignorancia; sólo algunos poc )s individuos aplicados, adquirían
instrucción en la historia y otros ramos, en virtud de lectura y
estudios privados, que se ( i-ficultaban por la escasez y alto precio
de los libros, y aunque en las facultades que se enseñaban hubiese
habido hombí ?s muy distinguidos, especialmente entre los
eclesiásticos, pa a quienes las canongías de oposición eran un
fuerte incentivo il estudio, en general era grande la ignorancia en
materias políticas y aun en la geografía y otras ciencias
elementales. Sin embargo, lo que se estudiaba era bien y
sólidamente y en esta parte, cuanto en tiempos posteriores ha
podido aventajarse en superficie, se ha perdido en profundidad;
especialmente el clero, y en esto todavía más el regular que el
secular, ha tenido desde aquel tiempo un atraso notable. Las
ciencias exactas útiles para la minería, se cultivaban en el
seminario i e este nombre de muy reciente fundación; pero aunque
este e ;-tablecimiento fue fomentado con especial empello y produ
o algunos pocos hombres distinguidos, nunca su utilidad ha c >-
rrespondido al gasto que en él se ha erogado, y lo mismo sucedió
con la Academia de las Bellas Artes, fundada en el reinado de
Carlos III, pudiendo decirse que hubo buenos pintores antes que
hubiese escuela en que se formaren, y que dejó de haberlos desde
que ésta se estableció.
La clase española era pues la predominante en Nueva E ;-paña,
y esto no por su número, sino por su influjo y poder, y como el
número menor no puede prevalecer sobr<= el mayor e a las
instituciones políticas, sino por efecto de los privilegios de que
goce, las leyes habían tenido por principal obeto asegure r en ella
esta prepotencia. Ella poseía casi toda le riqueza del país; en ella
se hallaba la ilustración que se conocía; ella sola obtenía todos los
empleos y podía tener armas, y ella sola di--frutaba de los
derechos políticos y civiles. Su división entre europeos y criollos
fue la causa de las revoluciones de que voy a
LUCASALAMÁN

ocuparme: los criollos destruyeron a los europeos, pero los me-


dios que para este fin pusieron en acción, minaron también la
parte de poder que ellos tenían. En cuanto a su número y pro-
porción en la totalidad de la población de la Nueva España, no
es posible determinarlo, y es menester limitarse a meras apro-
ximaciones, en cuyo punto difieren notablemente los autores
que han tratado esta materia. El barón de Humboldt 11 regula
que había en el año de 1804 diez y seis blancos en cada cien
habitantes. El Dr. Mora12 hace subir esta proporción hasta la
mitad, en lo que padece manifiesta equivocación, bastando
para convencerse el echar una simple ojeada sobre la masa de
la población, en especial fuera de las ciudades populosas y en
los campos; además, que siendo fundado el cálculo de Hum-
boldt en buenos datos, todas las circunstancias que desde en-
tonces han intervenido, han debido producir una disminución
notable y no un aumento en la proporción de la población
blanca, tales como la emigración o destrucción de porción de
familias de esta clase por la expulsión de los españoles; la rui-
na de las fortunas que estaban en sus manos y pasaban a sus
hijos, y la venida de extranjeros a ocupar el lugar de aquellos,
que no se radican en el país, sino que, a diferencia de los espa-
ñoles, lo abandonan luego que han hecho fortuna en él. Creo,
pues, que atendidas todas estas razones, la población blanca ni
era ni es en la actualidad más de la quinta parte de la total del
país.13 Los otros cuatro quintos pueden considerarse distri-

11
Humboldt. Essai politique sur le royaume de la Nouvelle Espagne. París 1811, tom.
20., chap.vn, liv. II, fol. 8.
12
Mora. México y sus revoluciones. París 1836, fol. 166.
13
Para más amplio conocimiento de lo dicho sobre la raza española y las demás
que poblaban la Nueva España, en la época en que comienza esta historia,
puede verse, lo. Lo que dice el obispo Abad y Queipo en la juiciosa repre
sentación que redacto en nombre de su antecesor D. Fr. Antonio dé S. Miguel el
11 de diciembre de 1799. Hállase en la colección de sus obras, impresa en
México, 1813. Véase el fol. 50, y la ha reimpreso el Dr. Mora en sus obras sueltas.
París 1837, fol. 54, con todas las obras de dicho obispo Abad y Queipo, excepto
su testamento político hecho antes de embarcarse para España en 1815, de que
parece no tuvo conocimiento Mora. 2o. El barón de Humboldt, Essai politique ya
citado, ton. lo., lib. 20., cap. 6., y en el tom. 2o., el cap. vil continuación del
mismo libro. Esta obra fue traducida en París y publicada en el año de 1822 por
D. Vicente González Arnao. 3o. El Dr. Mier en su historia de la revolución de
Nueva España, en diversos lugares, y más particularmente en el tomo 2o., lib.
xiv. 4o. El Dr. Mora, México y sus revoluciones, tom. lo., fol. 59 a 169. 5o. Zavala,
en su Ensayo histórico de las revoluciones de México, París 1831, toca ligeramente
esta materia, tom. lo., cap. lo., fol. 33 y 34. 6o. Si se quiere ver pintado con el
colorido fuerte de las pasiones exaltadas en el momento de su mayor eferves
cencia el carácter de los habitantes de Nueva España, véase la representación
LA IDEA DE MÉXICO

buidos por mitad entre los indios y las castas, y en esta razón, de
los seis millones a que podía ascender la población total de la
Nueva España en 1808, un millón y doscientos mil eran de la raza
española, incluso setenta mil españoles europeos; dos mi Iones y
cuatrocientos mil indios y otros tantos de castas.
Las leyes habían hecho de los indios una clase muy priv le-
giada y separada absolutamente de las demás de la poblaci m. La
protección especial que se les dispensó provino de la c pintón que
de ellos se formaron, en el tiempo en que fueron descubiertas y
ocupadas por los españoles las islas Antillas y as playas de Costa
firme, tanto sus enemigos como sus amigos y defensores. Los
primeros pretendían que eran incapaces de razón e inferiores a la
especie humana, por lo que querían condenarlos a perpetua
esclavitud; los que sostenían lo contra io, estaban de acuerdo con
aquellos en cuanto a la inferiorid id,

que hizo a las cortes reunidas en Cádiz, el consulado de Méxi:o el 27 de m lyo de


1811, publicada por D. Carlos Bustamante en el Suplementz a la historia c i P.
Cavo, tom. 3o., fol. 345, que se reimprimirá en el apéndice al tomo 2o. de sta
historia.
No podía ser mi objeto entrar en todos los pormenores que algunos de e tos
autores han presentado. El Dr. Mora en su regulación de la población blana , se
refiere a una época posterior de treinta años a la obra de Hurrboldt, pero no por eso
es menos errado su cálculo.
LUCAS ALAMAN

respecto a las razas del antiguo continente, por su escasa capa-


cidad moral y debilidad de sus fuerzas físicas; pero de esto de-
ducían que necesitaban ser protegidos contra las violencias y
artificios de aquéllas. Esta inferioridad en que estaban todos
conformes, dio motivo a que se calificasen los españoles y cas-
tas con el nombre de gente de razón como si los indios carecie-
sen de ella, y fue también el origen de la translación en gran
número de los negros de África a los nuevos establecimientos,
promovió con empeño el P. Casas, celoso abogado de los in-
dios, para eximir a éstos de los duros trabajos en que los em-
pleaban los conquistadores, sustituyendo en su lugar los
africanos, que son de una constitución mucho más fuerte y vi-
gorosa. Esto también fue lo que movió a los reyes de España,
cuyas intenciones siempre fueron las de conservar y proteger a
los indios, a hacer en su favor esta legislación, que puede de-
cirse toda de excepciones y privilegios. Autorízaseles desde lue-
go a conservar las leyes y costumbres que antes de la conquista
tenían, para su buen gobierno y policía, con tal que no fuesen
contrarias a la religión católica, reservándose los reyes la facul-
tad de añadir lo que tuviesen por conveniente.14 Mandóse y
reiteróse continuamente, que fuesen tratados como hombres li-
bres y vasallos dependientes de la Corona de Castilla. Por liber-
tar su sencillez de los fraudes de los españoles, se declararon en
su favor, como en el de las iglesias, los privilegios de menores:
no estaban sujetos al servicio militar, ni al pago de diezmos y
contribuciones, fuera de un moderado tributo personal que pa-
gaban una vez al año,15 una parte de cual se invertía en la ma-
nutención de hospitales destinados a su socorro, y del que
estaban exentos los tlaxcaltecas, los caciques, las mujeres, los
niños, enfermos y ancianos;16 no se les cobraban derechos en

14
Recop. de Indias. Ley 4S., tít. lo., lib. 2o.
15
Véase en la Ordenanza de intendentes publicada en 1786, todo lo relativo a
tributos desde el artículo 126 hasta el 141. La cuota se fija en 137 a diez y seis
reales (dos pesos) desde la edad de diez y ocho años a la de cincuenta, además
de un real de ministros y hospital, sin diferencia de solteros o casados. Los negros
y mulatos libres estaban sujetos a pagar veinticuatro reales (tres pesos) en los
mismos términos. En años de escasez u otras calamidades públicas, se establece
por el art. 141 que se den esperas para el pago de esta contribución, informan
do al rey cuando hubiese justas causas para dispensar absolutamente de él. El
conde de Revillagigedo, en la instrucción que dejó a su sucesor, expone desde el
párrafo 931 al 942, el estado de este ramo, y haciéndose cargo muy juiciosa
mente de los inconvenientes que ofrecía el sistema establecido en su cobranza,
propone se sustituya otra contribución que no estuviese sujeta a ellos.
16
Ley 47, tít. lo., lib. 6o.
LA IDEA DE MÉXICO

sus juicios, que debían ser a "verdad sabida," para evitar dilaciones
y costos;17 tenían abogados, obligados por la ley a defenderlos de
balde; los fiscales del rey eran sus protectores natos; la Inquisición
no les comprendía y en lo eclesiástico reñían también muchos y
considerables privilegios. Vivían en poblaciones separadas de los
españoles, gobernados por sí mismos, formando municipalidades
que se llamaban repúblic is, y conservaban sus idiomas y trajes
peculiares. Chupábanse especialmente de la labranza, ya como
jornaleros en las fincas de los españoles, ya cultivando las tierras
propias de sus p ie-blos, que se les repartían en pequeñas
porciones, por una moderada renta que se invertía en los gastos de
la Iglesia y ot os de utilidad general, cuyo sobrante se depositaba ?
n las cajas de comunidad. Todo esto hacía de los indios una nación
enteramente separada; ellos consideraban como extranjeros a t( do
lo que no era ellos mismos, y como no obstante sus privilec os
eran vejados por todas las demás clases, a todas las mirat un con
igual odio y desconfianza.18
Los mestizos, como descendientes de españoles, debían tener
los mismos derechos que ellos, pero se confundían en la clase
general de castas. De éstas, las derivadas de sangre africana eran
reputadas infames de derecho, y todavía más, por la preocupación
general que contra ellas prevalecía. Sus ir di-viduos no podían
obtener empleos; aunque las leyes no lo m-pedían, no eran
admitidos a las órdenes sagradas; les este ba prohibido tener
armas,19 y a las mujeres de esta clase el uso iel oro, sedas, mantos
y perlas;20 los de la raza española que i on ellas se mezclaban por
matrimonios, cosa que era muy rara si-

17
Leyes 11, 13 y 14, tít. lo, lib. 5o. Véase para todo esto la obra del Dr. Mier, lib.
XIV, tom. 2o., fol. 589 y siguientes.
18
El consulado de México en la presentación ya citada calcula el número d< los
indios en tres millones, porque estaban matriculados para el tributo, en la lti-
ma matrícula que se hizo 784 516 barones de diez y ocho a cncuenta año. lo
que regula ser la cuarta parte de la familia toda, y esto mismo asiente D.
Fernando Navarro en el censo que publicó, fundado en los libros de tributos; j ero
este cálculo es poco seguro, tanto por las excepciones que orno se ha d: ;ho
había, cuanto porque no sólo los indios, sino también los mulatos estaban s ije-
tos al pago de esta contribución, aunque con diversa cuota, según a nota 1 i.
Véase sobre esta materia de castas al Dr. Mier, especialmente sn el lib. xiv, ( >m.
2o., fol. 662 y siguientes, así como para los privilegios de los indios, basta ve en
el índice de las Leyes de Indias, la multitud de las que se dictaron en su fe 'or,
sobre todo en los libros 4o. y 6o.
19
Ley 14, tít. 5o., lib. 7o.
20
Ley 28 del mismo tít. y lib.
LUCAS ALAMÁN

no en artículo de muerte, se juzgaba que participaban de la misma


infamia; y lo que sería de admirar si los hombres y sus leyes no
presentasen a cada paso las más notables contradicciones, estas
castas, infamadas por las leyes, condenadas por las
preocupaciones, eran sin embargo la parte más útil de la población.
Los hombres que a ellas pertenecían endurecidos por el trabajo de
las minas, ejercitados en el manejo del caballo, eran los que
proveían de soldados al ejército, no sólo en los cuerpos que se
componían exclusivamente de ellos, como los de pardos y morenos
de las costas, sino también a los de línea y milicias disciplinadas
del interior, aunque éstos según las leyes debiesen componerse de
la raza española;21 de ellos también salían los criados de confianza
en el campo y aun en las ciudades; ellos teniendo mucha facilidad
de comprensión, ejercían todos los oficios y las artes mecánicas, y
en suma puede decirse, que de ellos era de donde se sacaban los
brazos que se empleaban en todo. Careciendo de toda instrucción,
estaban sujetos a grandes defectos y vicios, pues con ánimos
despiertos y cuerpos vigorosos, eran susceptibles de todo lo malo y
todo lo bueno.
En los tiempos que siguieron inmediatamente a la conquista, se
tuvieron ideas muy liberales para la instrucción y fomento de los
indios. Antes de pensar en formar ningún establecimiento público
de instrucción pa- 4 ra los españoles, se fundó el colegio de Santa
Cruz para los indios nobles, en el convento de Santiago Tlatelolco
de religiosos franciscanos, cuya apertura
solemne hizo el primer virrey de México
D. Antonio de Mendoza.22 Hubo de
pensarse después que no convenía dar
demasiada instrucción a aquella clase, de
que podía resultar algún peligro para la
seguridad de éstos dominios, y no sólo se
dejó en decadencia aquel colegio, sino que
se embarazó la for-

21
D. Matías Martín de Aguirre, español europeo,
coronel que fue del bizarro regimiento de "Fieles de
Potosí", siendo diputado en las cortes de Madrid de
1821, la única vez que en ellas tomó la palabra,
fue para hacer el más completo elogio de los
mulatos que servían en el ejército de Nueva
España.
22
Véase mi disertación la., tom. 2o., fol.157.
LA IDEA DE MÉXICO

marión de otros, y por esto el cacique D. Juan de Castilla se afanó


en vano durante muchos años en Madrid a fines del siglo pasado,
para conseguir la fundación de un colegio para .us compatriotas en
su patria Puebla. El virrey marqués de Branci-forte decía por el
mismo tiempo, que en América no se de>ía dar más instrucción
que el catecismo; no es pues extraño que conforme a estos
principios, las clases bajas de la sociedad oo tuviesen otra, y aún
esa bastante imperfecta y escasa. La ix-pulsión de los jesuitas fue
para ellas tan perjudicial como >a-ra las más elevadas, pues si para
éstas habían funde do estudios en las ciudades, daban a todas
instrucción religios i y formaban la moral del pueblo con
frecuentes ejercicios de piedad.23 Los indios, sin embargo, como
que eran admitidos al sacerdocio, entraban en los colegios para
aprender las ciencias eclesiásticas, pero en lo general se limitaban
a sólo los coni cimientos precisos para ordenarse e ir a administrar
algún pequeño curato o vicaría, en algún pueblo remoto y en r lal
temperamento.
Tenían pues estas clases todos los vicios propios de la igno-
rancia y el abatimiento. Los indios propendían excesivamente al
robo y a la embriaguez: culpábaseles de ser falsos, crueles y
vengativos, y por el contrario se recomendaba su frugalidad, su
sufrimiento y todas las demás calidades que pudieran c ili-ficarse
de resignación.24 En los mulatos, éstos mismos vicios tomaban
otro carácter, por la mayor energía de su alma y vi jor de su
cuerpo: lo que en el indio era falsedad, en el mulato /e-nía a ser
audacia y atrevimiento; el robo, que el primero e er-cía oculta y
solapadamente, lo practicaba el segundo en cuadrillas y atacando a
mano armada al comerciante en el :a-mino; la venganza, que en
aquel solía ser un asesinato atre z y alevoso, era en éste un
combate, en que más de una vez perecían los dos contendientes.
Como las castas eran las que formaban la plebe de las grandes
ciudades, en las que en tiempos anteriores la gente de servicio
doméstico era en la mayor parte esclava, los vicios < ue les eran
propios se echaban de ver en ella en toda su extensi )n. Uno de los
virreyes más ilustrados, el duque de Linares, en la

23
Vuelvo a citar con este motivo a Barry, en el mismo lugar. Es cosa singular, que
los escritores protestantes modernos hagan a los jesuitas la justicie, que les nie
gan los católicos.
24
El v. Sr. Palafox, obispo de Puebla, escribió un tratado de las virtudes del indio,
que se halla entre sus obras y es digno de consultarse.
LUCAS ALAMÁN

instrucción que dio a su sucesor el marqués de Valero, al entre-


garle el mando en el año de 1716, describe esta parte de la po-
blación en los términos siguientes. "Despiertan o amanecen
sin saber lo que han de comer aquel día, porque lo que han ad-
quirido en el antecedente, ya a la noche quedó en la casa del
juego o de la amiga, y no queriendo trabajar, usan de la voz
de que Dios no falta a nadie, y esto es porque recíprocamente,
los que actualmente se hallan acomodados con amos, en su
temporada, por obra de caridad, alimentan a los que pueden;
con una jicara de chocolate y unas tortillas les es bastante, y
así cuando éstos se desacomodan y se acomodan los otros, va
corriendo la providencia, de donde se origina que como en Mé-
xico se halla la abundancia de la riqueza, se atrae a sí la mul-
tiplicidad, y deja los reales de minas y lo interno del país sin
gente, y cuando hacen algún delito, no arriesgan en mudarse
de un lugar a otro, más que el cansancio del camino, porque
todos sus bienes los llevan consigo en sus habilidades, pues
aun las camas encuentran hechas en cualquier parte que se
paran, en medio de que en México, basta el mudarse de un ba-
rrio a otro, para estar bien escondido." Hasta aquí informe del
citado virrey.25
La distribución de estas diversas clases de habitantes en la
vasta extensión del territorio de la Nueva España, dependía de
la población que existía antes de la conquista, del progreso su-
cesivo de los establecimientos españoles, del clima y del géne-
ro de industria propio de cada localidad. La población
indígena predominaba en las intendencias de México, Puebla,
Oaxaca, Veracruz, y Michoacán, situadas en lo alto de la cor-
dillera y en sus declives hacia ambos mares, que habían for-
mado las antiguas monarquías mexicana, mixteca y
michoacana. En las costas de uno y otro mar, y en todos aque-
llos climas calientes en que se produce la caña de azúcar y
demás frutos de los trópicos, abundaban los negros, y mucho
más que éstos, porque su introducción había cesado años ha-

25
Este informe que es sumamente interesante, se publicará en la continuación
de mis disertaciones sobre la historia de México hasta la Independencia. El
duque de Linares murió en México en principios de 1717; hizo varias funda-
ciones piadosas, de las que existe todavía en vigor, la solemne novena de ánimas
que se hace todos los años antes del día de finados, en la iglesia que fue casa
profesa de los jesuítas y ahora oratorio de S. Felipe Neri; el marqués de Valero,
duque de Arion, su sucesor, a quien fue dirigida esta instrucción, fundó en la
misma ciudad el convento de capuchinas indias de Corpus Christi, en cuya igle-
sia está depositado su corazón.
LA IDEA DE MÉXICO

cía, los mulatos y otras mezclas de origen africano, procede rites


de los esclavos introducidos para el cultivo de aquellas plantas, de
los cuales unos permanecían en el estado de esclavitud, y los otros
aunque libres, se quedaban casi siempre en las fincas a que habían
pertenecido. El mismo erigen reconocían los mulatos, que había en
gran número en México y ot as ciudades populosas. En las
provincias que ocuparon las tribus vagantes de los chichimecas y
otros salvajes, en las que la i o-minación española se fue
extendiendo lentamente, más b en que sujetando, destruyendo o
arrojando hacia el norte a os antiguos habitantes, como en las
intendencias de S. Luis Pero-sí, Durango y otras en aquella
dirección, la población era de la raza española, ocupada todavía en
rechazar los ataques de as tribus salvajes que subsistían
independientes.
Los españoles europeos residían principalmente en la ce pi-tal,
en Veracruz, en las poblaciones principales de las pro^ indas, en
especial en las minas, sin dejar de hallarse también en las
poblaciones menores y en los campos, y de éstos sobre t do en los
climas calientes, en las haciendas de cana, cuya industria estaba
casi exclusivamente en sus manos. Los criollos seguían la misma
distribución que los europeos, aunque proporcionalmente
abundaban más en las poblaciones pequeñas y en los campos, lo
que procedía de estar en sus mano? las magistraturas y curatos de
menos importancia y ser más 1 ien propietarios de fincas rústicas
que ocuparse er el comerc o y otros giros propios de las ciudades
grandes.
Esta diversidad de clases de habitantes, su número reía ivo y su
distribución, ha tenido el mayor influjo en los acón' eci-mientos
políticos del país; y el no haber parado suficien ten ente la
atención en estos puntos, ha sido ocasión de graves errores en los
escritores que han tratado estas materias, sobre todo en Europa, y
por desgracia mucho más en los legisladores, que han procedido
sin consideración ninguna a esto diversos elementos, cuya
prudente combinación debía h iber sido el objeto de todos sus
esfuerzos.
No tengo la presunción de creer que la reforma que he pro-
puesto sea lo mejor, más el haber manifestado mis ideas, largo
tiempo ha meditadas, será acaso motivo para que i tros expongan
las suyas con mayor acierto, saliendo del car lino trillado del
centralismo o la federación. Basta que no se d ^espere de la
salvación de la patria, para que se irabaje con empeño en
procurarla. Las desgracias que ella ha experimen - ado, los
desaciertos que se han cometido y que ha s.do mi debe r como
historiador presentar sin disfraz en el curso de esta obra, no
LUCAS ALAMÁN

deben abatir el ánimo ni desalentar las esperanzas de los que


aman a su país. Todas las naciones han tenido épocas de aba-
timiento; todas presentan en su historia sucesos lamentables,
facciones, derramamiento de sangre, excesos de toda especie,
pero la constancia en la adversidad, la prudencia de los gobier-
nos y la ilustrada cooperación de los ciudadanos, las han sal-
vado de situaciones que parecían irremediables, y las han
elevado después al colmo del poder y de la gloria. En la repú-
blica mexicana se ha pasado como lo hemos notado ya, de
unas ideas excesivas de riqueza y poder, a un abatimiento
igualmente infundado, y porque antes se esperó demasiado,
parece que ahora no queda nada que esperar, con lo que can-
sados los ánimos del espíritu de partido, no sólo no ha sucedi-
do a éste el espíritu público, pero no ha quedado ni aún el
estímulo de las facciones. Cierto es que se ha perdido mucho,
que algunas de estas pérdidas son irreparables, como la del te-
rritorio; pero todo lo demás admite remedio y la economía y la
prudencia son las que deben aplicarlo, pudiendo todavía pre-
sentarse un porvenir risueño para los mexicanos. Dése princi-
pio a promoverlo con la reforma necesaria de las instituciones;
la consecuencia será la abundancia de recursos para atender a
las necesidades de la nación y la organización de la fuerza ar-
mada indispensable para su defensa: de aquí procederá la se-
guridad en el interior y la consideración que la república
ganará en el exterior, y el día que señale el principio de esta
nueva época, debería ser la gran festividad nacional, que no
recordando ningún origen funesto, uniría a todos los ciudada-
nos alegres con los beneficios que estén gozando y con la espe-
ranza de los que deben prometerse.
Pero si en vez de hacer los esfuerzos necesarios para lograr
este fin, seguimos el camino de ruina en que nos hallamos em-
peñados, los resultados van a ser los más funestos. En el esta-
do comparativo con que termina este capítulo, puede notarse a
un golpe de vista todo lo que México como nación ha perdido
desde que se hizo independiente: más de la mitad de su te-
rritorio; una deuda extranjera de 52 millones; la nacional, si
no aumentada subsistente la que en aquella época tenía, aun-
que debiera estar muy disminuida con los muchos negocios en
que se han dado créditos como dinero; las rentas reducidas a
la mitad y el ejército a la nada. Esta es la triste convicción que
se saca del examen de este documento, en el que todo es posi-
tivo como que no presenta más que números, y éstos tomados
de las memorias anuales de los ministros, en que no puede ha-
ber duda alguna. Esta obra de destrucción comenzada con la
LA IDEA DE MÉXICO

misma Independencia, recibió un grande impulso en los años de


1827, 28 y 29; se contuvo en los de 1830 y 31, pero volvii a tomar
un aumento rapidísimo desde el de 1832; desde aquella época se
ha casi doblado la deuda exterior; se hun creado irás de treinta
millones de nueva deuda interior; las rentas que habían llegado a
restablecerse sobre el pie en que se hallaban c n-tes de la
Independencia, han vuelto a decaer; el ejército la desaparecido y
desde entonces y por causas que entonces si 10 nacieron se
aumentaron, se ha efectuado la pérdida de terri:o-rio. Síganse
desperdiciando los elementos multiplicados de felicidad que la
Providencia divina ha querido dispensar a este país privilegiado;
sígase abusando del gran bien de le indepe n-dencia en lugar de
considerarlo como base y principio de todos los demás; llámense
aventureros armados a los Estados más distantes y de más difícil
defensa, para que se hagan duef os de ellos; prodigúense por los
Estados ricos los recursos en que abundan, invirtiéndolos en
empresas innecesarias; gáster se por el gobierno general los pocos
con que cuenta en cosas su-perfluas, mientras carece de ellos para
las atenciones más indispensables para la defensa de la nación;
continúen los escritores adormeciendo a ésta con ficciones
lisonjeras, haciéndole desconocer su origen, y presentándole por
historia novelas, en que disculpando o disimulando las malas
acciones y aún ensalzándolas como buenas, se induce a volverlas
acorr e-ter, y privando de la gloria que le corresponden al autor de
a Independencia y a los que con él cooperaron a hacerla, se at 1-
buye ésta a los que, cualquiera que sea el motivo no fueron ] )s
que la consiguieron; prosígase consagrando este injusto despojo,
esto de ingratitud con una fiesta nacional; considérese ( > mo mal
ciudadano al que dice la verdad y téngase éste por un crimen que
la nación no perdonará jamás, según ha dicho un escritor en estos
días; mírense como hasta aquí, c on indiferencia los negocios más
importantes del Estado; abandónese su manejo a manos ineptas o
infieles: el resultado es seguro, y el cuadro quedará brevemente
concluido recibiendo las últimas pinceladas.
México será sin duda un país de prosperidad, porque s is
elementos naturales se lo proporcionan, pero ne lo será para las
razas que ahora lo habitan, y como parece destinado a que los
pueblos que se han establecido en él en diversas y 12-motas
épocas, desaparezcan de su superficie dejando apen is memoria de
su existencia; así como la nación que constru ó los edificios del
Palenque y los demás que se adm.ran en la península de Yucatán,
quedó destruida sin que se sepa cuál fue
LUCAS ALAMÁN

ni cómo desapareció; así como los toltecas perecieron a manos


de las tribus bárbaras venidas del norte, no quedando de ellos
más recuerdo que sus pirámides en Cholula y Teotihuacán; y
así como por último, los antiguos mexicanos cayeron bajo el
poder de los españoles, ganando infinito el país en este cam-
bio de dominio, pero quedando abatidos sus antiguos dueños;
así también los actuales habitantes quedarán arruinados y sin
obtener siquiera la compasión que aquellos merecieron, se
podrá aplicar a la nación mexicana de nuestros días, lo que un
célebre poeta latino dijo de uno de los más famosos personajes
de la historia romana: Stat Magni Nominis Umbra.26 "No ha
quedado más que la sombra de un nombre en otro tiempo
ilustre".
¡Quiera el Todopoderoso en cuya mano está la suerte de las
naciones, y que por caminos ocultos a nuestros ojos las abate
o las ensalza según los designios de su Providencia, dispensar
a la nuestra la protección con que tantas veces se ha dignado
preservarla de los peligros a que ha estado expuesta.

Lucano, Pharsalia, hablando de Pompeyo.


4
José María Luis Mora
(1794-1850)

N
ació en Chamacuero, Cto. En 1810 la
guerra de Independencia arruina a su
familia. Hizo estudios de primaria en
Querétaro. En México ingresó al Colegio de San
Ildefonso y en 1829 se ordenó sacerdote; ese
año obtiene el doctorado en teología. Descolló
en la oratoria sagrada. De ¡deas liberales,
cuando entra en México el Ejército Trigarante se
le encarga redactar el Seminario político y
literario. En las elecciones de 1822 es vocal de
la Diputación Provincial de México. Se opone a
Iturbide, por lo que es perseguido. En 1823 es
electo diputado a la Legislatura Constitucional
del Estado de México; autor de la Constitución
de ese estado, la Ley de Hacienda, la de
ayuntamientos y otras importantes. En 1827, al
cerrarse la Legislatura, obtiene el título de
abogado. Al surgir la pugna entre escoceses y
yorkinos, Mora figura entre los primeros; redacta
el famoso semanario El Observador. Le escribe
el Manifiesto al general Nicolás Bravo, después
del pronunciamiento de Tulancingo, en enero de
1828. Vencedores los yorkinos, reanuda la
publicación de El Observador. Escribe el
Catecismo político de la Federación Mexicana y
los Discursos sobre la naturaleza y aplicación de
las rentas y bienes eclesiásticos. En 1833 cae el
general Anastacio Bustamante, y Mora resurge
a la vida pública al lado de Valentín Gómez
Farías. Funda el periódico El Indicador. En esa
administración trata de llevar
LA IDEA DE MÉXICO

adelante sus ideas. Al cesar en el poder D. Valentín Gónez Farías < n


abril de 1834, Mora sale de México y fija su residencia <en París.
Gómez Farías le nombra ministro plenipotenciario ante el Gobier-
no de la Gran Bretaña en 1847. Le corresponde tratar c:>n Palmerston
cuando la República es invadida por los norteamericano:;. Son días de
agobio, y su estado de salud, siempre precario, se agrava, y regresa a
la capital de Francia en donde fallece. Murió, al parecer apóstata. [ i
1963 sus restos fueron traídos de París e inhumados en la Rotonda ce
los Hombres Ilustres.

DISCURSO SOBRE LOS PERNICIOSOS EFECTOS DEL


INFLUJO DE LOS GABINETES EXTRANJEROS EN LAS
NACIONES QUE LOS SUFREN

Conciudadanos, creedme, ¡os celos de 1i


pueblo libre deben estar constantemen e
alerta contra las insidiosas estratagemas de
la influencia extranjera, pues la historia y la
experiencia han probado, que esta influencia
es uno de los más terrible enerrvgos que tiene
el gobierno republicano.

Washington. Despedid» .

El célebre caudillo de la primera revolución americana, el pr -mero


que plantó el estandarte de la libertad en e. suelo de C( -lón y abrió
la puerta a la formación de nuevas naciones, < 1 despedirse del
pueblo que había hecho independiente con su espada, y elevádolo
por sus talentos políticos y virtudes cívicas al rango de nación
independiente, no pudo menos de recomendarle con el más vivo
empeño la importancia y necesidad de evitar la influencia de los
gabinetes extranjeros en los negocios domésticos. Bastaría que
este grande hombri, este profundo político, este héroe de la razón y
de la filosofí< , hubiese sentado esta máxima como base de las
operacioní s de todo gobierno libre, y como regla de que no deben
separarse los que quieran con sinceridad y buena fe consolidar un
sistema republicano, para que los pueblos y los que preside i su
destinos viesen con la mayor desconfianza las sugestionas de los
gabinetes extranjeros, escuchasen con prevención sus
proposiciones, y estuviesen alerta sobre la conducta de sus
ministros.
______________________________________________________
JOSÉ MARÍA LUIS MORA

La experiencia adquirida en ocho años de estar al frente de


la administración pública de su patria, después de quince de
revolución en que Washington siempre tuvo una parte muy
principal y directa, ya como general, ya como el ciudadano de
mayor prestigio que se conocía en aquel país por su modera-
ción y desinterés, por su patriotismo, y por la profundidad y ex-
tensión de sus talentos, son circunstancias que fundan por sí
mismas una vehemente presunción a favor de los principios
que deben servir de norma a la conducta de los que ocupen un
puesto semejante. Pero este grande hombre no quiere ser creí-
do sobre su palabra, a pesar de que nadie podía alegar tantos
títulos que justificasen semejante pretensión, sino que apela a
la razón y a la experiencia, asegurándonos que estas dos fuen-
tes de la humana certidumbre están de acuerdo en comprobar
la verdad del principio que recomienda.
Jamás los pueblos habrían padecido tanto, ni las naciones
hubieran sido vil juguete de sus vecinas, si los hombres y los
gobiernos se hubiesen convencido de que el interés verdadero
por la prosperidad de un país no puede existir fuera de él; de
que sólo el nacimiento o arraigo por familias y propiedades
puede producir en los hombres un empeño verdadero por los
intereses del territorio; y de que los extranjeros no tienen por
sus vecinos otras consideraciones que las que pueden
ministrarles lo que se cree el bienestar de su país, que muchas
veces se halla en oposición con el de la nación en que han si-
do acogidos. Buscar pues la dirección de los propios negocios
en un gabinete extraño, o tolerar la influencia de éste en las
autoridades y ciudadanos del país, no sólo es la mayor prueba
de imbecilidad de un gobierno, que con este solo hecho de-
muestra que no puede dar un paso por sí mismo, pues necesita
de andaderas, sino que es igualmente el mayor de todos los
crímenes, y el cargo más fundado para derrocarlo y hacer que
sufran el condigno castigo de tamaña maldad. Esta es una
traición que los gobiernos hacen a los pueblos; ella destruye
la independencia nacional, que es el primero y más precioso
de sus intereses, y los entrega atados de pies y manos a un
señor extraño para que disponga de ellos a su arbitrio y
voluntad. Nada es capaz de disculpar semejante conducta,
puesto que no es concebible circunstancia ninguna que pueda
autorizar a un gobierno a someter a otro la nación que ha sido
confiada a su dirección y cuidado. El gobierno, pues, que
permite o solicita la influencia extranjera, es traidor a la
nación, y debe ser castigado con todo el rigor de las leyes y
con la mayor de las penas.
LA IDEA DE MÉXICO

Nada hay más precioso para un pueblo que su indepeí-dencia


respecto de las demás naciones, especialmente si ha sufrido por un
periodo considerable de tiempo el rég men opresor del extranjero.
Cuando se llega a sacudir el yugo extraño de ;-pues de
extraordinarios esfuerzos y de una guerra desastro.' a en que han
perecido innumerables familias, en oue '.a sang e ha corrido a
torrentes, así en la campaña como en los cade 1-sos, en que las
campiñas han sido asoladas, la:; población s entregadas a la
voracidad de las llamas y al pillaje del soldado, entonces es
verdaderamente cuando se aprecia como se d -be la independencia
nacional, la facultad de regirse por ;í mismo, y de crear un
gobierno que identificando sus interesi s con los de la nación,
inspire confianza y promueva su prosp -ridad por los medios que
conduzcan a este fin, sin pararse a examinar si serán de la
aprobación y beneplácito de un gat -nete extranjero.
Este justo aprecio que se hace del mayor de lo?, bienes pol
-ticos, está fundado en razones solidísimas. Las naciones como las
personas tienen dos modos de existir en el orden social: a saber, el
de independencia y soberanía, o el de s ..misión y esclavitud. Sólo
en el primer caso pueden proveer a sus necesidades, y promover
todo lo conducente a la prosperidad y bienestar de los miembros
de que se componen. En el kegundj , no basta para hacer que se
adopte una medida demostrar qu e es benéfica y saludable, pues
debe examinarse igualmente si < s conforme a los intereses de la
potencia dominante; ella es 11 que debe calificar su conveniencia,
de ella se del: e esperar s i ejecución, y es del todo seguro que en
el caso de ser opueste s los intereses, prevalecerán los de la que
domina s:>bre los de 1 a dominada. Todos los males que trae
consigo la sujeción, qu B no son pocos, están compendiados en
estas palabras que, aunque breves, abrazan todos los principios de
un régimen dominador, enemigo de las libertades de los pueblos y
de la independencia de las naciones.
¿Qué es pues sujetar una nación a otra y ponerla en estado de
no obrar por sí sino por impulso ajeno? Es destruirla en el orden
físico y darle la muerte en el político, es crear una reunión de
esclavos que no puedan disponer de por sí mismo, i i moverse a
obrar nada sino por la voluntad de su :¡eñor. Ahor i pues, así como
el mayor ultraje y el primero de los males que pueden hacerse a un
hombre es el de reducirlo al eptado de servidumbre, de la misma
manera y por las mismas razones, una nación que ha caído bajo la
dependencia de otra por culpa de su gobierno, o se halla en peligro
de sufrir esta desgracia, debe
JOSÉ MARÍA LUIS MORA

considerar a éste como traidor en primero y supremo grado, pues


que en la línea de los delitos no puede encontrarse otro mayor. Si
la gravedad de un crimen debe medirse, como no admite duda, por
la naturaleza de los males que causa y por la posición social del
que lo comete, aunque nos pongamos de intento a buscar otro de
más gravedad que el de un gobierno que hace traición a los
intereses de su nación, será no sólo difícil sino imposible
encontrarlo. Entregar el depósito más sagrado, es decir, la libertad
y suerte de innumerables familias, aquel o aquellos a cuyo cuidado
se había puesto, y a quienes en retribución de los pequeños trabajos
que demanda esta obligación, se ha colmado de honores y
beneficios, no merece otro nombre que el de una felonía traidora.
¿Y quién podrá dudar que un gobierno que se deja dirigir por
un ministro o gabinete extranjero, que se aconseja de él, y que
permite obre directamente sobre todas las clases de la sociedad,
seduciendo a unos, amenazando a otros, persiguiendo por medio de
prisiones e imputaciones calumniosas a muchos que podrían
oponerse a sus miras y proyectos, creando facciones que fomenten
y promuevan la discordia entre los ciudadanos, y trastornando todo
el orden interior de la sociedad; quién, repetimos, podrá dudar que
este gobierno destruye la
LA IDEA DE MÉXICO

independencia nacional y se hace reo del mayor de los crimines?


En efecto, la independencia, este precioso e inestimab] >? bien, no
se consigue por variar de señor, sino por sacudir la servidumbre.
Nada, ciertamente, se ha logrado con que un país se haya separado
en lo ostensible de una nación, si ha caíd ) bajo el influjo
dominante de otra que cuidándose poco del aparato exterior del
mando lo ejerce con más certeza y segur -dad, y llega al fin que se
propuso por caminos que, aunque ocultos y tortuosos, no son por
eso menos seguros para llegc : al término.
En el día se pretende dominar por otro camino que el de la
fuerza; no se trata ya de reducir las naciones a provincias, ni de
regirlas por un virrey o gobernador; estos mee: os ele dom -nación
son demasiado conocidos para que puedan ponerse en acción y dar
un resultado favorable. La táctica di los gabinf ■ tes modernos que
tienen pretensiones sobre sus vecinos es más insidiosa, y consiste
en apoderarse de los que gobiernan; en organizar facciones y
partidos que puedan servir cuando se tenga por necesario; y en
soplar el fuego de la discordia que excitando pasiones populares
relaje los vínculos que unen a los ciudadanos entre sí y con su
gobierno, y debilite a los pueblos por su descontento y falta de
unión, hasta ponerlos en estado de que puedan recibir la ley y el
yugo de aquel que quiera imponérselos.
Como a una nación para ser libre y soberana no le bast i que se
le llame tal, se debe cuidar mucho de que los pueble ; que la
componen no sean engañados por nombres vanos ni por falsas y
seductoras apariencias. Los que no han conocid > ni
experimentado más que una clase de servidumbre, cuand > han
logrado sacudirla se tienen ya por enteramente libres d ; todas;
¡mas cuánto se engañan! caen en el lazo insidioso que se les tiende
de nuevo por donde menos debían esperarlo, y sienten los mismos
o mayores males que antes, sin poder tal vez por su inexperiencia
atinar con la verdadera causa de tan inesperados efectos. La
buscan donde no está, y teniéndola muy próxima no la pueden
encontrar.
No nos cansaremos de repetir con Washington, que el influ • jo
extranjero es demasiado ominoso a todos los sistemas libre:
especialmente al republicano, y con más razón si §ste se hall l
recientemente establecido. En efecto: ¿de qué sirv>E, ni qué uti-
lidad puede resultar a un pueblo de haberse nombrado sus au-
toridades, si éstas se hallan a disposición del extranjero, o son
burladas y escarnecidas por una facción creada y .sostenida por él?
De nada ciertamente, sino de empeorar el mal, pues éste es
JOSÉ MARÍA LUIS MORA

tanto más difícil de curarse, cuanto más oculto se halla. En to-


das las revoluciones que se han hecho en favor de la libertad
comenzando por la de Francia y acabando por las de nuestra
América, se ven los perniciosos efectos del influjo extranjero en
la suerte de los pueblos y de los sistemas de gobierno.
Luego que apareció la Asamblea Constituyente, formada
de la refundición de los Estados-Generales, los gabinetes de Eu-
ropa que después compusieron la Santa Alianza se empeñaron
en desacreditar la revolución y sembrar la desconfianza entre
Luis XVI y el cuerpo legislativo; para esto procuraron ganarse
al primero, lo cual consiguieron, y empeñar a la segunda por
los gritos y tumultos de facciones populares, que habían con-
tribuido a organizar, a disminuir más de lo que era posible las
prerrogativas de la autoridad real y exagerar la soberanía po-
pular. El resultado fue el que no podía menos de ser. El gobier-
no vendido a los extranjeros, y las facciones manejadas por
ellos, obraban por diversos y opuestos medios que los del siste-
ma que era lo que se intentaba. Verificada la caída de la mo-
narquía se ensayó el sistema republicano. Aquí fue donde la
liga puso en acción todas sus fuerzas; lo constituyó por blanco
y dirigió a él todos sus tiros; ganó a Robespierre y a los que es-
taban en el gobierno, al mismo tiempo que hizo morir por me-
dio de los jacobinos a los hombres más ilustres de la Francia
que pertenecían al partido de los constitucionales, o engrosa-
ban las filas de la Gironda. Así fue como el influjo extranjero
inundó a la Francia en sangre; hizo odioso el sistema de liber-
tad por los desórdenes de todas clases y tamaño que sostuvo y
promovió; y causó una reacción de que hasta el día se están
sintiendo sus perniciosos efectos (1827).
Otro tanto sucedió en España, Ñapóles y Portugal; se ganó
a los reyes y con ellos al gobierno de estas naciones, se crearon
y promovieron partidos de sediciosos que por sus violencias y
atrocidades exagerasen e hiciesen odiosos los principios del sis-
tema adoptado, y cuando se logró difundir el disgusto en todas
las clases de la sociedad y causar una desorganización total, se
atacó formalmente la independencia de estas naciones, mina-
da ya por todas partes, y se les impuso un yugo de que aún no
pueden desprenderse, y que ha sido su ruina y la de las fami-
lias de que se componen.
Este riesgo es mucho mayor en los pueblos que han adop-
tado el sistema republicano; la seducción extranjera tiene más
lugar en ellos, así porque los depositarios del poder son más ac-
cesibles al soborno, como porque hay más medios de excitar
sus miras ambiciosas, y poner en oposición los intereses del
92 LA IDEA DE MÉXICO

que gobierna con los de la masa de la nación.


En efe to, la avaricia y la ambición son dos
pasiones derrasiado lisonjeras y comunes en
lo a destreza y habilidad, puede sacarlo grande
s del jefe le un gobierno republicano;
ho poniéndolas en juego y halagan iolas con tino
m y circunspección. Pocos gabinetes ha de
br haber q e no puedan disponer de sumas
es mucho mayores que las que d sfru-ta de
, asignación, por crecida que ésta se suponga,
pa el je e de una república, y esto es el primer
ra medio de seducción. P< ro el mayor y más
qu poderoso en las naciones que han adoptadc
e este sistema recientemente, y mantienen
de todas las ideas servi es y hábitos viciosos de
je una monarquía despótica, consiste en fo-
de mentar la ambición del que ocupa el puesto
sa supremo, hai ién-dole entrar en proyectos de
ca perpetuidad, que se le hacen < reer de fácil
rs ejecución si es poco cauto y advertido.
e El modo de conseguirlo es empezar por
pa adularlo; se le \ on-deran sus méritos y
rt servicios, se le hace una pinlura muy li: on-
do jera de su capacidad y aptitud, de lo mucho
de que tienen me temer él y sus allegados de
ell parte de sus contrarios cuando • les-cienda
as del puesto supremo para confundirse con el
co resto de sus conciudadanos; se le persuade
n igualmente que e deseo y la roz universal es
m la de su perpetuidad en el mande, y que sólo
uc se oponen a ella los que son sus enemigos;
hí por último se le ofrece el apoyo de la facción
si que para el efecto se ha organizcido de
m antemano. Ésta sirve para perseguir y
a calumniar a todos os que son o se sospechan
fr enemigos del proyecto y de sus autoi ÍS; se
ec inventan nombres odiosos, se suponen
ue conspiraciones, se e-ducen a prisión los
nc ciudadanos más inocentes y benemérito y se
ia; constituyen en la clase de crímenes no sólo
y las acciones rr ás indiferentes, sino aun las
un mismas opiniones.
mi Cuando se ha conseguido por este u otros
ni medios semeje i-tes, hacer caer a los que
str gobiernan en el lazo que se les tend 5, y se
o les tiene enteramente cogidos; cuando la
ex nacón por semejantes maniobras se halla
tra envuelta en una revolución desc s-trosa, en
nj que a todos se les ha engañado hablandoles a
ei caca uno en su lenguaje y facilitándoles sus
) pretensiones, entone s se hace de ellos y de
qu ella lo que se quiere, pues el influjo que e ha
e adquirido y la desconfianza recíproca que se
te ha tenido cu -dado de sembrar entre los
ng ciudadanos, hace quí todos estén tan
se gabinete por medio de un hombre sólo, pero
pa sagaz, artificioso y emprendedor, dominar tal
ra vez una nación toda, y sacar después, de ella,
d el par-
os
en
tr
e

co
m
o
u
ni
d
os
al
ce
nt
ro
q
ue
lo
s
m
an
ej
a
y
le
s
da
i
m
p
ul
so
.
D
e
es
te
m
o
d
o
co
ns
ig
ue
u
n
JOSÉ MARÍA LUIS MORA

tido que conviene a sus miras. El desengaño suele venir muy tar-
de, el desenlace del drama casi siempre es fuera de tiempo y
cuando ya no es posible reparar los males que él ha causado.
El bosquejo que acabamos de trazar es una pintura fiel y
exacta de lo que pasó en Francia en el reinado de la Conven-
ción y bajo el terrorismo de la Comisión de Salud Pública. El
gabinete inglés autorizado por el parlamento para disponer de
sumas inmensas de dinero, y dirigido por el célebre Pitt, consi-
guió hasta cierto punto ganarse y hacer todo suyo a Robespie-
rre, haciéndole concebir esperanzas de la suprema dictadura y
de ser en Francia el sucesor de Cromwell. Para esto organizó
facciones en el interior de esta nación que cometiesen, como lo
hicieron, toda clase de excesos, e hiciesen abominables los
principios del sistema. Lo mismo ha sucedido en algunas repú-
blicas de América; la de Buenos Aires perdió una gran parte de
su territorio, por el influjo que el gabinete de Río Janeiro con-
siguió adquirir en ella fomentando las discordias populares, y
consiguiendo la defección del célebre Artigas que llegó a domi-
nar en la banda oriental y separarla del resto de esta nación, la
cual, merced a sus divisiones y discordias domésticas, aún no
ha podido constituirse en una forma regular, ni adquirir la
estabilidad, fuerza y consistencia necesaria para hacerse respe-
tar del imperio del Brasil, cuyas pretensiones sobre límites se
aumentan diariamente.
Así es como obran los gabinetes extranjeros especialmente
los que tienen grandes pretensiones sobre pueblos recién cons-
tituidos, y que han adoptado el régimen republicano. El resul-
tado ha sido siempre el mismo, engañar a los hombres y a los
gobiernos, sacar de ellos todas las ventajas que se habían pro-
puesto, y reducirlos por un periodo muy largo o perpetuamen-
te a una absoluta aunque paliada dependencia, tanto o más
perjudicial que las de otro género cuanto es menos chocante y
conocida.
Con nada es pues comparable el crimen de un gobierno,
que o por sus miras privadas o por su apatía, descuido y aban-
dono se entrega a sí mismo y pone a su nación en manos del
extranjero; para esto no es necesario que celebre convenios for-
males con él, ni le pida expresamente su auxilio y protección
en el ejercicio de la autoridad que le ha sido confiada; basta y
es sobrado que se dirija por sus consejos y se valga de sus mi-
nistros a efecto de que formen asociaciones y partidos, e influ-
yan en los ciudadanos para que obren de esta o de otra
manera. Aunque las intenciones de los depositarios del poder
que tienen esta conducta sean las más puras; aunque el obje-
LA IDEA DE MÉXICO

to que se proponen sea el más útil y saludable al bienestar de la


nación que presiden; finalmente, aunque al resultado ¡ea seguro e
indefectible, el valerse de este medio es hacer trai :ión a la
independencia nacional, buscando apoyos extrai os, y abriendo
con esto la puerta a pretensiones que tarde o temprano darán en
tierra con la soberanía de las nociones.
Cuando en el derecho de gentes ha sido prohibido a k s em-
bajadores y ministros extranjeros el ejercicio de ciertos actos
dentro del territorio de la nación a que han ¡:ido enviad >s, es sin
duda, como lo aseguran los autores que tratan de esta- materias,
por el gran riesgo que corre la tranquil: dad de un j ais y su
independencia si a personas revestidas de semejante c irác-ter les
fuese lícito ingerirse en los negocios interiores del ge oier-no. Casi
todas estas restricciones han sido establecidas p >r la experiencia
constante y universal del influjo pernicioso qieo falta de ellas han
ejercido los ministros extranjeros, y que han causado innumerables
trastornos y desavenencias entre n<< dones que sin él habían
guardado la más perfecta armonía Así pues, las intenciones más
puras no pueden justificar la con lucia del que para gobernar se
vale de un medio que en t< dos tiempos y ocasiones, y en todos los
pueblos del universo, h i sido reconocido por pernicioso sin
contradicción ninguna.
Ni se nos puede decir que estas equivocaciones a que están
sujetos todos los hombres son muy disculpables en los gobiernos
que incurren en ellas con el deseo de acertar, pues además de ser
este un error muy craso, casi siempre es afectado y /o-luntario, y
por lo mismo incapaz de ser tolerado; nosotros, siguiendo las
huellas de los políticos más profundos, no reconocemos en el
gobierno faltas sino crímer.es. En efe( to, cuando los depositarios
del poder, en un pueblo que es reg do por el sistema representativo
y en que se goza de la libertad de imprenta y del derecho de
petición, faltan al cumplimiento de sus deberes, ponen a la nación
en el borde del precipicio, y al vez la precipitan en un abismo de
males, no pueden alegar jamás una disculpa racional. Si no han
acertado es porque cen > ron los ojos a la luz, y los oídos a la voz
de la razón y de a justicia, y porque se han rodeado de hombres
perversos, que i o piensan sino en medrar por el camino de la
adulación; en suma, sus yerros, si merecen este nombre, son más
bien efecto I e la voluntad que del entendimiento.
Ahora pues, si cuando los gobiernos proceden con recta in-
tención y se proponen un fin honesto en el uso áe los medies de
que hablamos, no pueden evadirse de la nota de crimíneles, ¿a
cuál se harán acreedores cuando se ligan con el extran-
JOSÉ MARÍA LUIS MORA

jero para destruir la constitución del país, y buscan en él la fuerza que no


podrían proporcionarse de otro modo para realizar sus planes? El nombre
de traidor es poco significativo para designar al autor de tamaño crimen,
y dar idea de la malignidad de su carácter. Parece imposible que el
corazón humano sea capaz de una perversidad semejante. Sin embargo,
hemos visto demasiado en nuestros días para que podamos dudar ser esta
conducta en los gobiernos más común y frecuente de lo que parece.
Vuélvanse los ojos a la desgraciada España, considérese atentamente
el periodo de su gobierno en que la constitución fue restablecida, y se
verá a su rey en continua y activa comunicación con los gabinetes de la
Liga, y en estrecha alianza con ellos para oprimir al pueblo, que en la
guerra de Independencia le había puesto la Corona en la cabeza, y en la
de libertad, olvidando todos sus crímenes y extravíos lo proclamó de nue-
vo por rey constitucional; se verá igualmente que el Nuncio del Papa y
los ministros de las potencias aliadas, especialmente los de Francia y
Rusia, trabajaban sin cesar y de acuerdo en inflamar las pasiones, excitar
la persecución, promover alborotos y asonadas, y fomentar la impresión
y expendio de papeles incendiarios, llenos de personalidades, y
sembrados de principios sediciosos que alarmasen a todos los ciudadanos
pacíficos.
Si de España pasamos a Portugal, se advertirá ha observado la misma
conducta la familia de Braganza en los dos periodos constitucionales que
ha tenido esta nación, siempre unida con los enemigos de las libertades
públicas a pesar del influjo que en ella ejerce la Gran Bretaña, no ha
podido en siete años adquirir estabilidad ni sosiego, siendo todavía un
problema difícil de resolver. ¿Cuál será su suerte futura y el término de
las oscilaciones y vaivenes políticos que actualmente experimenta?
Mas los reyes, si pudiese haber excusa en estos procedimientos,
serían en alguna manera disculpables; las relaciones de familia que los
ligan con las potencias extranjeras, la educación que reciben, las ideas de
grandeza y superioridad sobre el resto de los hombres, que les inspiran
desde la cuna todos los que los rodean, y sobre todo, la pérdida efectiva
que van a hacer por la disminución de sus facultades que trae consigo el
sistema representativo y las libertades de los pueblos, naturalmente los
inclinan a solicitar el influjo extranjero que pueda restablecer su
absolutismo. Pero, ¿qué disculpa podrán alegar para darles entrada,
aquellos que han subido al puesto supremo por el favor y libre elección
de sus conciudadanos, que todo lo deben a la nación, y que nada serían si
ésta no hubiese
LA IDEA DE MÉXICO

puesto los ojos en ellos? Recibir de otro todo el engrandecimiento,


consideración y comodidades posibles; haber llegad D por su
medio a la cumbre del poder, y ligarse cor. un extrañ ) para
causarle todos los males y reducirlo a la servidumbre, (s un
conjunto de crímenes en una sola acción, que merece todc s las
penas correspondientes a cada uno de ellos.
Pueblos y autoridades de la República Mexicana, si queré.s
acertar en la administración pública, seguid las huellas de este
grande hombre, tenedlo siempre a la vista, y no os aparté s jamás
de sus consejos.
El héroe del norte, hombre tan imparcial, y libre de toda
sospecha, como discreto, sabio y experimentado, así lo asegí -ra a
todos los pueblos de la Tierra, especialmente u los del continente
americano, a quienes parece tenía a la vista cuando al despedirse
de la vida pública dirigió sus consejos, hijos del amor más sincero,
de la observación más constante y de la propia experiencia, a los
habitantes de su patria.
Los pueblos y los que se hallan encargados de custodiar s\ s
libertades deben estar muy alerta sobre la conducta de los go-
bernantes en este punto importantísimo. Los he:ubres por el hecho
mismo de llegar a la cumbre del poder, adquieren intereses
contrarios a la libertad pública; apenas hay an Washington en la
serie de muchos siglos, cuando los Robespierre abundan en todas
partes, y especialmente en lo;; pueblos que han estado por siglos
encorvados bajo el yugo de] despotism >, y han sufrido por un
periodo muy largo de tiempo, los hon\ -res de una revolución
desastrosa. En el momento en que se s -pa la liga de él, o de los
que gobiernan con un gabine.e extraño, llámesele a juicio,
indagúese escrupulosamente su conducta; sígansele los pasos con
el tesón más constante y Ja actividad más infatigable; no se pierda
ocasión de sorprenderlo y de arrancarle su secreto; sobre todo por
ningún motivo e tolere la apatía y abandono del gobierno en
materia de inflijo extranjero; ella de ordinario sirve para cubrir
miras nn s vastas, y es un velo tras del cual se trabaja con la más
consta: 1-te actividad. Sólo de este modo no serán sorprendidos
los qi.e deben estar alerta, y los sistemas libres, especialmente los
rep i-blicanos, quedarán a cubierto de las maniobras insidiosas i e
los que tienen o pueden tener interés en derrocarlos.
5
Gctbino Barreda
(1818-1881)

ació en Puebla, Pue. Muy joven se trasladó a


México. Inscrito en el Colegio de San Ildefonso,
hizo en la Universidad los estudios de
jurisprudencia. No llegó a obtener el título, pues
su afición a las ciencias naturales lo decidió a

N
seguir los cursos de química en el
Colegio de Minería, y en 1843 inicia los
de medicina. En la invasión
norteamericana de 1847 se alistó como
voluntario y cae prisionero después de la batalla
del Molino del Rey. Acabada la guerra se fue a
terminar sus estudios de medicina a París, en
donde vive de 1847 a 1851. Allí Pedro
Contreras Elizalde (vid.) lo interesó en los
cursos que daba Augusto Comte, cuya
influencia fue decisiva para Ga-bino Barrera. De
regreso a México obtuvo el título de médico, y
enseñó filosofía médica, historia natural,
anatomía y patología natural. En 1863 se
trasladó a Guanajuato. Al regresar del norte don
Benito Juárez, ya triunfante, nombró secretario
de Justicia e Instrucción Pública Ú Antonio
Martínez de Castro (vid.) quien confió a
Francisco Díaz Covarrubias (vid.) la reforma de
los estudios. Decidida la fundación de la
Escuela Nacional Preparatoria, Barreda fue
nombrado director. Implantó el sistema
positivista en el plan de estudios, y él mismo
ocupó la cátedra de lógica. También siguió
enseñando patología general en la Escuela de
Medicina, y tuvo parte activa en la política.
Llegó a ser presidente de la Comisión de
Instrucción Pública
LA IDEA DE MÉXICO

de la Cámara de Diputados. Su personalidad y su vasta cultura influ-


yó en el desarrollo de las ideas cotidianas en México, en parte modi-
ficadas para adaptarlas al medio mexicano. La oposición no obstante,
que su proselitismo positivista produjo tanto entre los liberales de la
escuela russoniana como entre los católicos, contribuyó a que el go-
bierno de Porfirio Díaz le nombrara ministro en Berlín en 1878. Re-
gresó poco después y murió en Tacubaya, DF. Aunque ya entonces
empezaron las reformas a su plan primitivo, el positivismo siguió
siendo la enseñanza oficial dominante en las escuelas oficiales hasta
el ocaso del porfirismo.

ORACIÓN CÍVICA PRONUNCIADA EN GUANAJUATO EL


16 DE SEPTIEMBRE DEL AÑO DE 1867 POR EL C.
GASINO BARREDA

Dans les doulourenses collisious que nous


prepare nécessairement Panarchie actuelle
les philosophes qui les auront prévues seront
deja prepares a y faire convenablement ressortir
les grandes legons sociales qu'elles doivent offrir a tous.
A. COMTE. Cours de philosophie positive.
t. VI, p. 622 (París 1842).

E come quei che, con lena affannata


Uscito fuor del pelago alia riva,
Si volge all'acqua periglliosa e guata:
COSÍ Panimo mió, ch'ancor fuggiva.
Si volse'ndietro a rimirar lo passo.

DANTE.

CONCIUDADANOS: En presencia de la crisis revolucionaría


(57 años) que sacude al país entero desde la memorable pro-
clamación del 16 de septiembre de 1810; a la vista de la in-
mensa conflagración producida por una chispa, al parecer
insignificante, lanzada por un anciano sexagenario en el oscu-
ro pueblo de Dolores; al considerar que después de haberse
conseguido el que parecía fin único de ese fuego de renovación
que cundió por todas partes, quiero decir, la separación de Mé-
xico de la Metrópoli española, el incendio ha consumido toda-
vía dos generaciones enteras, y aún humea después de 57
años, un deber sagrado y apremiante surge para todo aquel
GABINO BARREDA

que no vea en la historia un conjunto de hechos incoherentes


y estrambóticos, propios sólo para ocupar a los novelistas y a
los curiosos; una necesidad se hace sentir por todas partes,
para todos aquellos que no quieren, que no pueden dejar la
historia entregada al capricho de influencias providenciales, ni
al azar de fortuitos accidentes, sino que trabajan por ver en
ella una ciencia, más difícil sin duda, pero sujeta, como las
demás a leyes que la dominan, y que hacen posible la
previsión de los hechos por venir, y la explicación de los que
ya han pasado. Este deber y esta necesidad es la de hallar el
hilo que pueda servirnos de guía y permitirnos reconoceí sin
peligro de extraviarnos, este intrincado dédalo de luchas y de
resistencias, de avances y de retrogradaciones, que se han su-
cedido sin tregua en este terrible pero fecundo periodo de
nuestra vida nacional: es la de presentar esta serie de hechos,
al parecer extraños y excepcionales, como un conjunto com-
pacto y homogéneo, como el desarrollo necesario y fatal de
un programa latente, si puedo expresarme así, que nadie había
formulado con precisión, pero que el buen sentido popular
había sabido adivinar con su perspicaz y natural empirismo;
es la de hacer ver que durante todo el tiempo en que parecía
que navegábamos sin brújula y sin norte, el partido
progresista, a través de mil escollos y de inmensas y obs-
tinadas resistencias, ha caminado siempre en buen rumbo,
hasta lograr, después de la más dolorosa y la más fecunda de
nuestras luchas, el grandioso resultado que hoy palpamos,
admirados y sorprendidos casi de nuestra propia obra: es, en
fin, la de sacar, conforme al consejo de Comte, las grandes
lecciones sociales que deben ofrecer a todos, esas dolorosas
colisiones que la anarquía, que reina actualmente en los es-
píritus y en las ideas, provoca por todas partes, y que no pue-
de cesar hasta que una doctrina verdaderamente universal,
reúna todas las inteligencias en una síntesis común.
El orador a quien se ha impuesto el honroso deber de diri-
giros la palabra en esta solemne ocasión, siente, como el que
más, el vehemente deseo de examinar, con ese espíritu y bajo
ese aspecto, el terrible periodo que acabamos de recorrer; y que
políticos mezquinos o de mala fe, pretenden arrojarnos al ros-
tro como un cieno infamante, para mancillar así nuestro espí-
ritu y nuestro corazón, nuestra inteligencia y nuestra
moralidad, presentándolo maliciosamente como una triste ex-
cepción en la evolución progresiva de la humanidad; pero que,
examinado a la luz de la razón y de la filosofía, vendrá a pre-
sentarse como un inmenso drama, cuyo desenlace será la su-
LA IDEA DE MÉXICO

blime apoteosis de los gigantes de 1810, y de la continuada fa-


lange de héroes que se han sucedido, desde Hidalgo y Morek s,
hasta Guerrero e Iturbide; desde Zaragoza y Ocampo, has :a
Salazar y Arteaga, y desde éstos hasta los vencedores de lahe-na
de Tacubaya y del aventurero de Miramar.
En la rápida mirada retrospectiva que el deseo de curtir lir con
ese sagrado deber nos obliga a echar sobre los aconte cimientos
del pasado, habrá que tocar, no sólo aquellos que directamente
atañen a los sucesos políticos, 5Íno tambi ;n, aunque muy
someramente, otros hechos que a primera v: ;ta pudieran parecer
extraños a este sitio y a esta festividad. F ?ro en el dominio de la
inteligencia y en el campo de la verdadera filosofía, nada es
heterogéneo y todo es solidario. Y tan m-posible es hoy que la
política marche sin apoyarse er la ciencia, como que la ciencia
deje de comprender en su de minio a la política.
Después de tres siglos de pacífica dominación, y de ur sistema
perfectamente combinado para proloncar sin término una situación
que, por todas partes se procuraba mantent r estacionaria, haciendo
que la educación, las creencias religiosas, la política y la
administración, convergiesen hacia un mismo fin bien determinado
y bien claro, la prolongación indefinida de una dominación y de
una explotación continua; cuando todo se tenía dispuesto de
manera que no pudiese penetrar de afuera, ni aún germinar
espontáneamente dentro, ninguna idea nueva, si antes no habían
pasado por el tamiz formado por la estrecha malla del clero secular
y regu'.ar, tendido diestramente por toda la superficie del país, y
enteramente c >nsa-grado al servicio de la Metrópoli, de donde en
su mayor parte había salido, y a la que lo ligaba íntimamente el
cebo de cuantiosos intereses y de inmunidades y privilegio.» de
suma importancia, que lo elevaban muy alto sobre el resto de la
población, principalmente criolla, cuando ese clero, armado a la v
-z con los rayos del cielo y las penas de la tierra, y ¡efe supremí de
la educación universal, parecía tener cogidas todas las av :nidas
para no dejar penetrar al enemigo, y en su mano todos ] )s medios
de exterminarlo si acaso llegaba a asomar; después de tres siglos,
repito, de una situación semejante, imposible oarece que
súbitamente y a la voz de un párroco oícuro y sin f< rtuna, ese
pueblo, antes sumiso y aletargado, se hubiese levantado como
movido por un resorte, y sin organización y sin armas, sin vestidos
y sin recursos, se hubiese puesto frente a fr ;nte de un ejército
valiente y disciplinado, arrancándole la vict >ria sin más táctica
que la de presentar su pecho desnudo al plomo y
GABINO BARREDA

al acero de sus terribles adversarios, que la víspera lo domina-


ban con sólo la mirada.
Si tan importante acontecimiento no hubiese sido prepara-
do de antemano por un concurso de influencias lentas y sor-
das, pero reales y poderosas, él sería inexplicable de todo
punto, y no sería ya un hecho histórico, sino un romance fa-
buloso; no hubiera sido una heroicidad sino un milagro, el ha-
berlo llevado a cabo, y como tal estaría fuera de nuestro punto
de vista, que conforme con los preceptos de la verdadera cien-
cia filosófica, cuya mira es siempre la previsión, tiene que ha-
cer a un lado toda la influencia sobrenatural, porque no
estando sujeta a leyes invariables, no puede ser objeto ni fun-
damento de previsión ni de explicación racional alguna.
¿Cuáles fueron, pues, esas influencias insensibles, cuya ac-
ción acumulada por el transcurso del tiempo, pudo en un mo-
mento oportuno luchar primero, y más tarde salir vencedora
de resistencias que parecían incontrastables? Todas ellas pue-
den reducirse a una sola pero formidable y decisiva emancipa-
ción mental, caracterizada por la gradual decadencia de las
doctrinas antiguas, y su progresiva sustitución por las moder-
nas; decadencia y sustitución que marchando sin cesar y de
continuo, acaban por producir una completa trasformación
antes que hayan podido siquiera notarse sus avances.
Emancipación científica, emancipación religiosa, emanci-
pación política: he aquí el triple venero de ese poderoso torrente
que ha ido creciendo de día en día, y aumentando su fuerza a
medida que iba tropezando con las resistencias que se le opo-
nían; resistencias que alguna vez lograron atajarlo por un cor-
to tiempo, pero que siempre acabaron por ser arrolladas por
todas partes, sin lograr otra cosa que prolongar el malestar y
aumentar los estragos inherentes a una destrucción tan indis-
pensable como inevitable.
En efecto, ¿cómo impedir que la luz que emanaba de las
ciencias inferiores, penetrase a su vez en las ciencias superio-
res? ¿Cómo lograr que los mismos para quienes los más sor-
prendentes fenómenos astronómicos quedaban perfectamente
explicados con una ley de la Naturaleza, es decir, con la enun-
ciación de un hecho general, que él mismo no es otra cosa que
una propiedad inseparable de la materia, pudiesen no tratar de
introducir este mismo espíritu de explicaciones positivas en las
demás ciencias, y por consiguiente, en la política? ¿Cómo los
encargados de la educación pueden, todavía hoy, llegar a
creer que los que han visto encadenar el rayo, que fue por tan-
tos siglos la arma predilecta de los dioses, haciéndolo bajar hu-
LA IDEA DE MÉXICO

milde e impotente al encuentro de una punta metálica ele> a-da en


la atmósfera, no hayan de buscar con avidez otros triunfos
semejantes en los demás ramos del saber humano? ¿Coi 10
pudieron no ver que a medida que las explicaciones sobrenaturales
iban siendo sustituidas por leyes naturales, y la inter-vención
humana creciendo en proporción en todas as ciencias, la ciencia de
la política iría también eriancipándc se, cada vez más y más, de la
teología? Si el clero hubiera poc do ver en aquel tiempo, con la
claridad que hoy pía rcib irnos nosotros, la funesta brecha que esas
investigaciones científica? al parecer tan indiferentes e
inofensivas, iban abriendo ei el complicado edificio que a tanta
costa había legrado levar tar, y que con tanto empeño procuraba
conservar; si él hubiera llegado a comprender la íntima y necesaria
relación que ligc entre sí a todos los progresos de la inteligencia
liumana, y que haciéndolos todos solidarios no permite que por
una parte se avance y por la otra se retroceda, o siquiera se
permanezc i estacionario, sino que, comunicando el impulso a
todas pe rtes, hace que todas marchen a la vez, aunque con
desigual velocidad según el grado de complicación de los
conocimientos correspondientes; si él hubiera reflexionado que
estando comunicados entre sí todos los diversos departamentos del
grandioso palacio del alma, la luz que se introdujese en cualquiera
de ellos debía necesariamente irradia: a los den ás, y

;A¿
7 ,
j '* ^»
GABINO BARREDA

hacer poco a poco percibir, cada vez menos confusamente, ver-


dades inesperadas, que una impenetrable oscuridad podía sólo
mantener ocultas, pero que una vez vislumbradas por algunos,
irían cautivando las miradas de la multitud, a medida que
nuevas luces, suscitadas por las primeras, fueran apareciendo
por diversos puntos, se habría apresurado sin duda a matar
esas luces donde quiera que pudieran presentarse por
inconexas que pudiesen parecer con la doctrina que se desea-
ba salvar. Pero este plan que, concebido sistemáticamente por
las antiguas teocracias, hubiera hecho justificable la ilusión de
un resultado, si no permanente al menos inmensamente pro-
longado, no era ni racional ni disculpable en los tiempos, ni en
las circunstancias en que España se apoderó del continente de
Colón.
En esa época los principales gérmenes de la renovación
moderna estaban en plena efervescencia en el antiguo mundo,
y era preciso que los conquistadores, impregnados ya de ellos,
los inoculasen, aun a su pesar, en la nueva población que de la
mezcla de ambas razas iba a resultar. Por otra parte, era im-
posible que, en continua relación con la Metrópoli, México y
toda la América española no percibiese, aunque confusamen-
te, el fuego de emancipación que ardía por todas partes y de
que, en lo político, España misma había dado el noble ejem-
plo, lanzando de su seno a los moros que siete siglos antes y en
mejores circunstancias, habían intentado hacer en la península
lo que ella, a su vez, se propuso en América.
La triple evolución científica, política y religiosa que debía
dar por resultado la terrible crisis por que atravesamos, puede
decirse, no ya que era inminente, sino que estaba efectuada en
aquella época, y el clero católico que, nacido él mismo de la
discusión, se había propuesto después sofocarla, había visto a
sus expensas lo irrealizable de sus pretensiones, pues por una
dichosa fatalidad el irresistible atractivo de lo cierto y de lo útil,
de lo bueno y de lo bello, sedujo a su pesar a los mismos a quie-
nes su propio interés aconsejaba desecharlos y, semejantes al
cervero de la fábula, se dejaron adormecer por el encanto de
las nuevas ideas, y dejaron penetrar en el recinto vedado, al
enemigo que debieran ahuyentar.
Ahora bien: una vez dado el primer paso, lo demás debía
efectuarse por sí solo, y todas las resistencias que se quisieran
acumular, podrían alguna vez retardar y enmascarar el resul-
tado final, pero éste fue fatal e inevitable. La ciencia progre-
sando y creciendo como un débil niño, debía primero ensayar
y acrecentar sus fuerzas en los caminos llanos y sin obstáculos,
LA IDEA DE MÉXICO

hasta que poco a poco y a medida que ellas iban aumenta a-do,
fuese sucesivamente entrando en combate con las preoc a-
paciones y con la superstición, de las que al fin debía se ir
triunfante y victoriosa después de una luche, terrible p< ro
decisiva.
Por su parte, la superstición, que tal vez sentía su debilid id,
evitaba encontrarse con su adversario, y cediendo palmi a palmo el
terreno que no podía defender aparentaba no a m-prender, o de
hecho no comprendía, que esa retirada contii ua era también una
continua derrota. Sólo de tiempo en tierr po, y cuando la colisión
era evidente, se paraba a combatir con la furia del despecho y la
tenacidad de la desesperación. Yo ni referiré todas esas luchas que
son ajenas de este lugar y de esta ocasión; yo no me pararé
siquiera a mencionar aquí las principales fases de ese gran
conflicto, que son también las fases de la historia de la humanidad,
porque esto me llevaría mu r lejos. Yo no diré tampoco cómo la
ciencia ha logrado, en fin, abrazar a la política y sujetarla a leyes,
ni cómo la mora: y la religión han llegado a ser de su dominio. El
campo es vasto y la materia fecunda y tentadora; más la ocasión
no es favorable, y apenas se presta a mencionar el hecho.
Pero no puedo menos de recordar, en poca:; palabras, la fa-
mosa condenación de Galileo, hecha por la Iglesia católica que,
fundada en un pasaje revelado, declaró herética e nad-misible la
doctrina del movimiento de la Tierra. Aquí el texto era claro y
terminante, el libro de donde se sacaba no pooía ser más
reverenciado; por otra parte, la doctrina que se les o )onía no
estaba realmente apoyada en ninguna prueba irrecu sable, sino que
era, hasta entonces, una simple hipótesis cier tífica, con la cual la
explicación de los fenómenos celestes ac }uiría una notable
sencillez; Galileo no había hecho otra co:a que prohijarla y allanar
algunas dificultades de mecánica, que se habían opuesto hasta
entonces a su generalización; pero, lo repito, ninguna prueba
positiva podía darse hasta entor :es, de la realidad del doble
movimiento que se atribuía a la Tierra. La primera prueba
matemática de este importante hecho no debía venir sino un siglo
después, con el fenómeno de a aberración descubierta por Bradey,
y sin embargo, era ya t il el espíritu antiteológico que reinaba en
tiempo de Galil o, que bastó que la hipótesis condenada explicase
satisfactori imente los hechos a que se refería y que no chocase,
como en 1 )s principios se había creído, con las leyes de la física o
de la necáni-ca, para que ella hubiese sido bien pronto univers
límente admitida a despecho del concilio, del texto y de la inq
lisición.
GABINO BARREDA

Más aún, el texto mismo tuvo por fin que plegarse a sufrir una
torsión, hasta ponerse él de acuerdo con la ciencia, o por lo
menos, hacer cesar la evidente contradicción de que primero se
había hecho justo mérito.
Es inútil insistir aquí sobre la importancia de este espléndi-
do triunfo del espíritu de demostración sobre el espíritu de au-
toridad; baste saber que desde entonces los papeles se trocaron,
y el que antes imperaba sin contradicción y decidía sin réplica,
marcha hoy detrás de su rival, recogiendo con una avidez que
indica su pobreza, la menor coincidencia que aparece entre
ambas doctrinas, sin esperar siquiera a que estén demostradas,
para servirse de ella como de un pedestal, sobre el cual se com-
place en apoyar su bamboleante edificio. Pero lo que sí hace a
mi propósito y debo, por lo mismo, hacer notar en este punto,
es que tal era el estado de la emancipación científica en Euro-
pa cuando la corporación, que se encargó aquí de la instruc-
ción pública por orden del gobierno de España, acometió la
titánica empresa de parar el curso de este torrente que sus pre-
decesores no habían podido contener, porque de este loco em-
peño debía resultar más tarde el cataclismo que, con más
cordura, hubiera podido evitarse.
No sólo en sus relaciones con la ciencia, propiamente di-
cha, fue como los conquistadores trajeron una doctrina en de-
cadencia incapaz de fundar, de otro modo que no fuera por la
fuerza y la opresión, un gobierno estable y respetado; también
entre los que habían pertenecido al propio campo había esta-
llado la división. El famoso cisma que bien pronto dividió la
Europa en dos partes irreconciliables, y que haciendo cesar la
unidad y la veneración hacia los superiores espirituales, echó
por tierra la obra que, fundada por San Pablo, se había elabo-
rado lentamente en la edad media; este cisma, cuya bandera
fue la del derecho del libre examen, nació precisamente en el
tiempo en que los conquistadores marchaban a apoderarse de
su presa, y si bien la España había, en apariencia, quedado li-
bre del contagio, lo cierto es que el verdadero veneno se había
inoculado de tiempo atrás en todos los cerebros, y de hecho to-
dos los llamados católicos eran ya, y cada día se hicieron más
y más protestantes, porque todos, a su vez, apelaban a su ra-
zón particular, como arbitro supremo en las cuestiones más
trascendentales, y se erigían en jueces competentes en las mis-
mas materias que antes no se hubieran atrevido a tocar. Ahora
bien, nada es más contrario al verdadero espíritu católico, que
esa supremacía de la razón sobre la autoridad, y nada por lo
mismo puede indicar mejor su decadencia, que esa lucha en

LA IDEA DE MÉXICO

que se le obligaba a entrar, en la cual tenía que sostener con la


razón o con la fuerza, la que sólo hubiera debi do apoyar c Dn
la fe. Los famosos tratados de los regalistas en que Espc ña
abunda, no eran de hecho otra cosa que una enérgica y conti-
nua protesta contra la autoridad del Papa, y -A modo brutal con
que Carlos V, a pesar de su fanatismo, trató en su propio solio
al Pontífice Romano, que había querido oponerse a su vo-
luntad, prueba lo que en aquella época había decaído una au-
toridad que antes disponía a su arbitrio de las coronas.
Así, del lado de la religión, que parecía ser una de las pie-
dras angulares del edificio de la Conquista, el principal ele-
mento disolvente vino con sus fundadores, y él ao podía menos
de crecer aquí, como fue creciendo en todas j; artes, y dar por
fin en tierra con una construcción cuyos fundo mentos est iban
ya corroídos y minados de antemano.
Del lado de la política la cosa no marchaba de otro n odo.
Ya he dicho que la España misma había dedo el ejerm lo de
la emancipación, lanzando a los moros, que durante siete siglos
la habían dominado, y ella no debía esperar mejor suerte en la
empresa análoga que acometía. Sin embargo, el espíritu de
dominación que se apoderó de ella después de los brillantes
sucesos de América, hizo que su poder se extendiese también
en gran parte de la Europa, y de esta dominación y de la
necesidad de libertad, que una intolerable opresión, a la vez
religiosa, política y militar debía producir en los puntos de
Europa sujetos a la corona de España, debía n icer el
formidable enemigo que, después de hacer]e perder los Países
Bajos, le arrancaría más tarde sus joyas de] Nuevo Mundo, y
que acabara por derribar todos los tronos, oue hoy no disten ya
sino de nombre.
El dogma político de la soberanía popular no se formuló,
en efecto, de una manera explícita y precisa, sino durante la
guerra de independencia que la Holanda sostuvo, coa tanto
heroísmo como cordura, contra la tiranía española.
Este dogma importante que después ha venido a s< r el pri-
mer artículo del credo político de todos los países civili; ados,
se invocó en favor de un pueblo virtuoso y oprimido, y ( Dsa
digna de notarse, fue apoyado por la Inglaterra y la Franc a, y
por todas las monarquías, tal vez en odio a la 'España, o p< r
esa fatalidad que pesa sobre todas las institucior:es que han
caducado, fatalidad que las conduce a afilar ePas mismas ú
puñal que debe herirlas de muerte, consumando así una e pede
de suicidio lento pero inevitable, contra el cual, después >r
cuando ya no es tiempo, quieren en vano protesten
GABIND BARREDA

Más aún, el texto mismo tuvo por fin que plegarse a sufrir una
torsión, hasta ponerse él de acuerdo con la ciencia, o por lo menos,
hacer cesar la evidente contradicción de que primero se había
hecho justo mérito.
Es inútil insistir aquí sobre la importancia de este espléndido
triunfo del espíritu de demostración sobre el espíritu de autoridad;
baste saber que desde entonces los papeles se trocaron, y el que
antes imperaba sin contradicción y decidía sin réplica, marcha hoy
detrás de su rival, recogiendo con una avidez que indica su
pobreza, la menor coincidencia que aparece entre ambas doctrinas,
sin esperar siquiera a que estén demostradas, para servirse de ella
como de un pedestal, sobre el cual se complace en apoyar su
bamboleante edificio. Pero lo que sí hace a mi propósito y debo,
por lo mismo, hacer notar en este punto, es que tal era el estado de
la emancipación científica en Europa cuando la corporación, que se
encargó aquí de la instrucción pública por orden del gobierno de
España, acometió la titánica empresa de parar el curso de este
torrente que sus predecesores no habían podido contener, porque de
este loco empeño debía resultar más tarde el cataclismo que, con
más cordura, hubiera podido evitarse.
No sólo en sus relaciones con la ciencia, propiamente dicha,
fue como los conquistadores trajeron una doctrina en decadencia
incapaz de fundar, de otro modo que no fuera por la fuerza y la
opresión, un gobierno estable y respetado; también entre los que
habían pertenecido al propio campo había estallado la división. El
famoso cisma que bien pronto dividió la Europa en dos partes
irreconciliables, y que haciendo cesar la unidad y la veneración
hacia los superiores espirituales, echó por tierra la obra que,
fundada por San Pablo, se había elaborado lentamente en la edad
media; este cisma, cuya bandera fue la del derecho del libre
examen, nació precisamente en el tiempo en que los
conquistadores marchaban a apoderarse de su presa, y si bien la
España había, en apariencia, quedado libre del contagio, lo cierto
es que el verdadero veneno se había inoculado de tiempo atrás en
todos los cerebros, y de hecho todos los llamados católicos eran ya,
y cada día se hicieron más y más protestantes, porque todos, a su
vez, apelaban a su razón particular, como arbitro supremo en las
cuestiones más trascendentales, y se erigían en jueces competentes
en las mismas materias que antes no se hubieran atrevido a tocar.
Ahora bien, nada es más contrario al verdadero espíritu católico,
que esa supremacía de la razón sobre la autoridad, y nada por lo
mismo puede indicar mejor su decadencia, que esa lucha en
LA IDEA DE MÉXICO

que se le obligaba a entrar, en la cual tenía que sostener ron la


razón o con la fuerza, la que sólo hubiera debido apoyar :on la fe.
Los famosos tratados de los regalistas En que España abunda, no
eran de hecho otra cosa que una enérgica y continua protesta
contra la autoridad del Papa, y ü modo brutal con que Carlos V, a
pesar de su fanatismo, trató en su propio solio al Pontífice
Romano, que había querido oponerse a su noluntad, prueba lo que
en aquella época había d-E caído una IU-toridad que antes disponía
a su arbitrio de las coronas.
Así, del lado de la religión, que parecía ser una de las r. ledras
angulares del edificio de la Conquista, el principal t e-mento
disolvente vino con sus fundadores, y él no podía mer os de crecer
aquí, como fue creciendo en todas partes, y dar t or fin en tierra
con una construcción cuyos fundamentos estaban ya corroídos y
minados de antemano.
Del lado de la política la cosa no marchaba :le otro modo.
Ya he dicho que la España misma había dadc el ejemplo le la
emancipación, lanzando a los moros, que durante siete ¡ i-glos la
habían dominado, y ella no debía esperar mejor sue irte en la
empresa análoga que acometía. Sin embargo, :1 espíritu de
dominación que se apoderó de ella después de 1< s brillantes
sucesos de América, hizo que su poder se extendí ;■-se también en
gran parte de la Europa, y de este dominación y de la necesidad de
libertad, que una intolerable opresión, a la vez religiosa, política y
militar debía producir en los puntos de Europa sujetos a la corona
de España, debía nacer el formidable enemigo que, después de
hacerle perder los Paíst s Bajos, le arrancaría más tarde sus joyas
del Nuero Mundo, v que acabara por derribar todos los tronos, que
hoy no existe: i ya sino de nombre.
El dogma político de la soberanía popular no se formule en
efecto, de una manera explícita y precisa, sino durante la guerra de
independencia que la Holanda sostuvo, con tanti heroísmo como
cordura, contra la tiranía española.
Este dogma importante que después ha venido a ser el pri mer
artículo del credo político de todos los países civilizados, si invocó
en favor de un pueblo virtuoso y oprimido, y cosa dig na de
notarse, fue apoyado por la Inglaterra y la Francia, y por todas las
monarquías, tal vez en odio a la España, o por esa fatalidad que
pesa sobre todas las instituciones que han caducado, fatalidad que
las conduce a afilar ellas mismas el puñal que debe herirlas de
muerte, consumando así uno especie de suicidio lento pero
inevitable, contra el cual, despuéís y cuando ya no es tiempo,
quieren en vano protestar.
GABINO BARREDA

El buen uso que la Holanda supo hacer de este principio, al


cual puede decirse que fue en gran parte deudora de su inde-
pendencia y de su libertad, a la vez política y religiosa, y la
aquiescencia tácita o expresa de todos los gobiernos, hizo pa-
sar muy pronto al dominio universal, este dogma radicalmen-
te incompatible con el principio del derecho divino, en que
hasta entonces se habían fundado los gobiernos.
Así es que cuando durante la revolución inglesa surgió la
otra base de las repúblicas modernas —la igualdad de los de-
rechos— no pudo encontrar seria contradicción, a pesar de ha-
ber abortado en esta vez su aplicación práctica, sin duda por
haber sido prematura; pero este nuevo dogma era una conse-
cuencia tan natural y un complemento tan indispensable del
anterior, que no obstante su insuceso, los colonos que de Ingla-
terra partieron para América, lo llevaron grabado, así como su
precursor, en el fondo de sus corazones, y ambos dogmas sir-
vieron de simiente y de preparación para el desarrollo de ese
coloso que hoy se llama Estados Unidos, y que en la terrible cri-
sis porque acaba de pasar, crisis suscitada por la necesidad de
deshacerse de elementos heterogéneos y deletéreos, ha demos-
trado un vigor asombroso y una virilidad, que los que maqui-
naban contra ella han visto con espanto, y que sus más
ardientes admiradores estaban muy lejos de imaginar.
Pero si la soberanía popular es contraria al derecho divino
de la autoridad regia y al derecho de conquista, la igualdad so-
cial es, además, incompatible con los privilegios de la nobleza
del clero y del ejército. De suerte que, con esos dos axiomas, se
encontraba en lo político minado desde sus principios el edifi-
cio social que la España venía a construir.
Ya lo veis señores, todos los veneros de ese poderoso rau-
dal de la insurrección estaban abiertos; todos los elementos de
esa combustión general estaban hacinados; la compresión
continua y cada día mayor que se ejercía sobre éstos, y el ais-
lamiento en que se quiso siempre tener a México, para impe-
dir la corriente de aquellos, no podían producir, y no
produjeron otro resultado, que el de hacer más terrible la ex-
plosión de los unos, en el instante en que la combustión co-
menzase por un punto cualquiera, y el de aumentar los
estragos del otro, luego que los diques, con que quería conte-
nerse su curso, llegasen a ceder.
Una conducta más prudente que hubiese permitido un en-
sanche gradual y una gradual disminución de los vínculos de
dependencia entre México y la Metrópoli, de tal modo que se
hubiese dejado entrever una época en que esos lazos llegasen
10 LA IDEA DE MÉXICO
8

a romperse, como la naturaleza misma


parecía exigirlo interponiendo el inmenso
océano entre ambos continentes, habría sin
duda evitado la necesidad de los medios
vi a una conducta que cualquiera oír i nación,
ol en su caso, habría seguido, y que la falta de
en una do< -trina social positiva y completa
to hacía tal vez necesaria en aquella época. Pero
s sea de ello lo que fuere, el hecho es que e i la
q época de la insurrección, los elementos de
ue esc. combustic n estaban ya reunidos, y
, estaban, además, en plena efervescencia,
la determinada por la noticia de la
p independencia de los 1 s-tados Unidos y de
ol la explosión francesa: sólo se necesitaba ra
í- una chispa para ocasionar el incendio.
ti Esta chispa fue lanzada, por fin, la
ca memorable noche leí 15 al 16 de septiembre
co de 1810, por un hombre de genio y de
nt corazón; de genio, para escoger el momento
ra en que debía lar principio a la grandiosa obra
ri que meditaba; de corazón, p ira decidirse a
a, sacrificar su vida y su reputación en favor de
hi i na causa que su inspiración le hacía ver
zo triunfan;2 y glorióse en un lejano porvenir.
ne El conocimiento pleno que tenía de la f ler-za
ce física de los opresores no le podía dejar ver
sa otra cosa e i el presente que la derrota en el
ri campo de batalla, y la difamación en el de la
os opinión. Él no podía racionalmente contal
. con el glorioso episodio del monte de las
S Cruces; y la sangrient i escena de Chihuahua
er era de pronto su único porvenir. A él se lanzó
ía, resuelto y decidido, porque en la cima de esa
si esca a de mártires, de la cual él iba a formar
n la primera grada, v( ía la redención de su
e querida patria, veía su libertad y su engn nde-
m cimiento; porque en la cima de esa escala de
ba jufri miento y de combates, de cadalsos y de
rg persecuciones, veía aparee r radiante y
o, venturosa una era de paz y de libertad, de
in orde:. y de progreso, en medio de la cual los
ju mexicano;, rehabilite dos a sus propios ojos y
st a los del mundo entero, bendecirían su nom-
i bre y el de los demás héroes que supieran
ec imitarlo, ora s icum-biesen como él en la
ha demanda, ora tuviesen la inefable dicha de
r ver coronado con el triunfo el conjunto de
en sus fatiga .
ca Once años de continua lucha y de
ra sufrir"lentos sin c aento, durante los cuales
a las cabezas de los insurgentes roclab m por
la todas partes, y en que para siempre se inmo
E realizaran le s nombres de Morelos, de
sp Allende, de Aldama, de Mina, de 1 basólo y
añ tantos otros, dieron por resultado que en
18 la cadena que, durante tres siglos, había
21 hecho de México la esclava de la España. El
, pabellón tri-
el
vi
l ;
uo
so
e
in
fa
ti
ga
bl
e
G
ue
rr
er
o,
y
el
va
lie
nt
e
y
de
sp

s
m
al
ac
on
se
ja
do
It
ur
bi
de
,
ro
m
pi
er
an
po
r
fi
n
GABINO BARREDA

color flameó por primera vez en el palacio de los virreyes, y la


nación entera aplaudió esta transformación que parecía augurar una
paz definitiva. Pero por una parte los errores cometidos por los
hombres en quienes recayó la dirección de los negocios públicos, y
por otra los elementos poderosos de anarquía y de división que,
como resto del antiguo régimen, quedaban en el seno mismo de la
nueva nación, se opusieron, debían fatalmente oponerse, a que tan
deseado bien llegase todavía. ¡No se regenera un país, ni se cambia
radicalmente sus instituciones y sus hábitos, en el corto espacio de
dos lustros! ¡No se acierta del primer golpe con las verdaderas
necesidades de una nación que, en medio de la insurrección, no
había podido aprender sino a pelear, y que antes de ella sólo sabía
resignarse! ¡No se apagan ni enfrían, luego que tocan la tierra, las
ardientes lavas del volcán que acaba de estallar!
En el regocijo del triunfo se creyó fácil la erección de un im-
perio, se creyó que las instituciones que parecían tener más
analogía con las que acababan de ser derrocadas, serían las que
podían convenirnos mejor. El caudillo que, halagado por el brillo
del trono, se dejó seducir, desconociendo en esto la verdadera
situación que la ruptura de todos los lazos anteriores había creado,
cometió un inmenso error que pagó con su vida, y hundió a la
nación en la guerra civil. Esta pudo tal vez evitarse; pero una vez
iniciada, no debía esperarse que concluyese por una transacción;
los elementos que se agitaban y se combatían eran demasiado
contradictorios para que una combinación fuese posible; era
necesario que uno de los dos cediese radicalmente de sus
pretensiones; era preciso que uno de los dos, reconociendo su
impotencia, se resignase a ceder el campo a su contrario y a seguir,
aunque con trabajo y sólo pasivamente, una corriente que no podía
contrarrestar.
Por una fatalidad, tan lamentable como inevitable, el partido a
quien el conjunto de las leyes reales de la civilización llamaba a
predominar era entonces el más débil; pero, con la fe ardiente del
porvenir, con esa fe que inspiran todas las creencias que
constituyen un progreso real en la evolución humana, él se sentía
fuerte para emprender y sostener la lucha, y ésta debía continuar
encarnizada y a muerte.
Un partido, animado tal vez de buena fe, pero esencialmente
inconsecuente, pretendió extinguir esta lucha, y de hecho no logró
otra cosa que prolongarla; pues, por falta de una doctrina que le sea
propia, ese partido toma por sistema de conducta la
inconsecuencia, y tan pronto acepta los principios retrógrados
como los progresistas, para oponer constantemen-
LA IDEA DE MÉXICO
1I
te unos a otros y nulificar entrambos. Proponiéndose, a su modo,
conciliar el orden con el progreso, los hace en realidad aparecei
incompatibles, porque jamás ha podido comprende]' el orden, sino
con el tipo retrógrado, ni concebir el progreso, sino emanadc de la
anarquía, teniendo que pasar, mientras gobierna, alternativamente
y sin intermedio, de unos principios a otros. Ese partido, repito,
haciendo respectivamente, a cada uno de lo| contendientes,
concesiones contradictorias e inconciliables, halagaba las ilusiones
de cada uno sin satisfacer sus deseos, y prolon gaba así el término
de la contienda que quería evitar.
Por una parte el clero y el ejército, como restos del pasadc
régimen, y por otra las inteligencias emancipadas <? impacien tes
por acelerar el porvenir, entraron en una lucha terrible que ha
durado 47 años; lucha sembrada de sangrientas y lúgubre;; escenas
que sería largo y doloroso referir; lucha durante la cual el partido
progresista, unas veces triunfante y otras tambiér vencido, iba cada
vez creando mayor fuerza, aun después di los reveses, pero en la
que su contrario, a medido que sentíc desvanecerse la suya,
apelaba a medios más reprobados, desde la felonía de Picaluga
hasta Saint Barthelemí ce Tacubaya y desde allí hasta la traición
en masa, consumado, en 1863, y premeditada muchos años antes...
Conciudadanos: la palabra traición ha salido involuntariamente
de mis labios. Yo habría querido, en este día de patrióticas
reminiscencias y de cordial ovación, no traer a vuestra memoria
otros recuerdos que los muy gratos de los héroes qu-se
sacrificaron por darnos patria y libertad; yo habría queridí no
evocar en vuestro corazón otros sentimientos que los de 1<
gratitud, ni otras pasiones que las del patriotismo y de la ab
negación, de que supieron darnos ejemplo los grandes hom bres
que hoy venimos a celebrar; y he visto en es:e momento pintada
en vuestros rostros la indignación, y he visto salir de vuestros ojos
el rayo que, quemando la frente de esos mexicanos degradados,
dejar sobre ella impreso el sello de la infami i y de la execración...
Pero al salir de la espantosa crisis suscitada por su crimine 1
error; al tocar a famosos y casi sin aliento la playa de ese pié -lago
embravecido, que ha estado a punto de sepultarnos bajo sus
terribles olas, no hemos podido menos que volver el rostr > atrás,
para mirar, como Dante, el peligro de que ros hemos librado, y
tomar lecciones en ese triste pasado, que no puec> menos que
horrorizarnos...
Las clases privilegiadas, que en 1857 se habían visto privadas
de sus fueros y preeminencias, que en 1861 vieron, por fin,
GABINO BARREDA

sancionada con un espléndido triunfo esta conquista del siglo,


y ratificada irrevocablemente la medida de alta política, que
arrancaba de manos de la más poderosa de dichas clases, el ar-
ma que le había siempre servido para sembrar la desunión y
prolongar la anarquía, derribando, por medio de la corrupción
de la tropa, a los gobiernos que trataban de sustraerse a su de-
gradante tutela: estas clases privilegiadas, repito, llegaron por
fin a persuadirse de su completa impotencia, pues, por una
parte el antiguo ejército, habiéndose visto vencido y derrotado
por soldados noveles y generales improvisados, perdió necesa-
riamente el prestigio, y con él la influencia que un hábito de
muchos años le había sólo conservado; y por otra, el clero
comprendió su desprestigio y decadencia, al ver que había
hecho uso, sin éxito alguno, de todas sus armas espirituales —
únicas que le quedaban— para defender a todo trance unos
bienes que él aparenta creer que posee por derecho divino, y
sobre los cuales le niega, por lo mismo, todo derecho a la so-
ciedad y al gobierno, que es su representante. ¡Como si algo
pudiese existir dentro de la sociedad que no emanase de ella
misma! ¡Como si la propiedad y demás bases de aquella, por
lo mismo que están destinadas a su conservación y no a su rui-
na, no debiesen estar sujetas a reglas que les hagan conservar
siempre el carácter de protectoras, y no de enemigas de la so-
ciedad! ¡Como si alguna vez el medio debiera preferirse al fin
para el cual se instituye!
Acabo de decir que las armas espirituales eran las que le
quedaban al clero, y debo añadir también, que a estas armas
el vencedor no sólo no había tocado, sino que las había au-
mentado, en realidad, con la severa lógica que presidió a la
formación de las leyes llamadas de Reforma.
Porque al separar enteramente la Iglesia del Estado; al
emancipar al poder espiritual de la presión degradante del po-
der temporal, México dio el paso más avanzado que nación al-
guna ha sabido dar, en el camino de la verdadera civilización
y del progreso moral, y ennobleció, cuanto es posible en la épo-
ca actual, a ese mismo clero, que sólo después de su traición y
cuando Maximiliano quiso envilecerlo, a ejemplo del clero
francés, comprendió la importancia moral de la separación
que las Leyes de Reforma habían establecido. Y protestó, tarde
como siempre, contra la tutela a que se le sujetó. Y suspiró por
aquello mismo que había combatido. Cuando el clero y el ejér-
cito, y algunos hombres que los secundaban, cegados por el fa-
natismo o por la sed de mando, se vieron privados de todas sus
ilusiones, como el árbol que al soplo del otoño deja caer una a
::
LA IDEA DE MÉXICO

una las hojas que lo vestían, se acogieron con más ahínco il único
medio que parecía quedarles, para prolongar aún p >r algún
tiempo su dominación, o al menos, ver a sus vencedores
sepultados también en las ruinas de la nación.
Hay en Europa, para mengua y baldón de la Francia, i¡n
soberano cuyas únicas dotes son la astucia y la rálsía, y cu o
carácter se distingue por la constancia en proseguir los perv r-sos
designios que una vez ha formado.
Este hombre meditaba, de tiempo atrás, el exterminio le las
instituciones republicanas en América, después de haber' is
minado primero y derrocado por fin en Francia, por medio ie un
atentado inaudito el 2 de diciembre de 1851.
A este hombre recurrieron; de este soberano advenedizo se
hicieron cómplices los mexicanos extraviados que, en el vértigo
del despecho, no vieron tal vez el tamaño de su crimen: en manos
de ese verdugo de la República Francesa entregar )n una
nacionalidad, una independencia y unas institucioi es que habían
costado ríos de sangre, y medio siglo de sacrific os y de combates.
Y el que se había introducido en Francia deslizándose co: no
una serpiente para ahogar a su víctima; el que, cubierto con i na
popularidad prestada, había logrado alucinar al pueblo y se lucir al
ejército para arrancarle al uno su libertad y convertir al otro, el 2
de diciembre, en asesino de sus hermanos indefensos,
GABINO BARREDA

aceptó gustoso esa misión de retroceso y de vandalismo y, guiado


por la traición y azuzado por fraudulentos agiotistas y por su digno
intérprete Saligny, se lanzó sobre su presa y con la innoble
voracidad del buitre se propuso hartarse de una víctima que se
imaginó muerta.
Desde los primeros pasos, la actitud imponente que tomó toda
la nación aprestándose a rechazar tan inicua agresión, hizo ver a la
España y a la Inglaterra el tamaño de la iniquidad que se habían
prestado a secundar; y la Francia quedó sola en su tenebrosa
empresa.
Su primer acto como beligerante fue una villanía.
Negándose a cumplir los tratados de la Soledad, y haciéndose
dueña, por medio de la felonía, de unas posiciones fortificadas que
no se atrevió a atacar, se identificó más con la causa que venía a
defender, y dejó ver con toda claridad cuál sería el espíritu que
debía animarla en esta inmunda guerra, que comenzaba por
conculcar un compromiso sagrado, y acabaría por abandonar y
vender cobardemente a sus propios cómplices.
Cuando el cuerpo expedicionario se creyó bastante fuerte, y
cuando habiendo salvado, a precio de su honor, los primeros
obstáculos, se proporcionó los recursos y bagajes que le faltaban,
emprendió su marcha sobre la capital, seguro del triunfo, lleno de
pueril vanidad, llevando en los pechos de sus soldados, como
garantes infalibles de la victoria, esculpidos en preciosos metales,
los nombres de Roma y de Crimea, de Magenta y Solferino.
Mientras que en las llanuras de Puebla los esperaba un puñado de
patriotas armados de improviso, bisónos en la guerra, pero
resueltos a sacrificarlo todo por su independencia, y trayendo en
sus pechos una condecoración, que vale más que todas, y que los
reyes no pueden otorgar a su antojo: El amor de la patria y de la
libertad grabado en su corazón.
El jefe que mandaba a este puñado de héroes no era un general
envejecido en los campos de batalla; no llevaba sobre su sienes el
laurel de cien combates; era sólo un joven lleno de fe y de
patriotismo; era un republicano de los tiempos heroicos de la
Grecia que, sin contar el número ni la fuerza de los enemigos, se
propuso, como Temístocles, salvar a su patria, y salvar con ella
unas instituciones que un audaz extranjero quería destruir, y que
contenían en sí todo el porvenir de la humanidad.
Conciudadanos: vosotros recordáis en este momento, que el sol
del 5 de mayo, que había alumbrado el cadáver de Napoleón I,
alumbró también la humillación de Napoleón III. Voso-
LA IDEA DE MÉXICO

tros tenéis presente que, en ese glorioso día, el nombre de Zai >
goza, de ese Temístocles mexicano, se ligó para siempre con la
idea de independencia, de civilización, de libertad y de progreso,
no sólo de su patria, sino de la humanidad. Vosotios sabéis que,
haciendo morder el polvo, en ese día a los genízuros de Na¡ o-león
III, a esos persas de los bordes del Sena que, más audace o más
ciegos que sus precursores del Eufrates, pretendieron matar la
autonomía de un continente entero, y restablecer en la tie ra
clásica de la libertad, en el mundo de Colón, el principio teocrático
de las castas y de la sucesión en el mando por medio de la
herencia; que venciendo, repito, esa cruzada de retroceso, los: ol-
dados de la República en Puebla salvaron, como los de Grecia en
Salamina, el porvenir del mundo, al salvar el principio repu Pi-
caño, que es la enseña moderna de la humanidad. Vosotros sabéis
que la batalla del 5 de mayo fue el glorioso preludio de una lucha
sangrienta y formidable, que duró todavía un lustro, p 3ro cuyo
resultado final quedó marcado ya desde aquella ép< ca! ¡Los que
habían alcanzado la primera victoria debían taml ién obtener la
última! ¡Y los que habían penetrado sil honor po: las cumbres de
Acultzingo, debían salir cubiertos de infamia p( r el puerto de
Veracruz!
No es este el momento ni la ocasión de trazcir la histori i de la
época de represalias y de asesinatos, que sucedió el triunfo del 5
de mayo de 1862. Una voz más robusta y caracteri; ada que la
mía, una pluma mucho más experta y Elocuente, c ; ha hecho
estremecer desde esta misma tribuna, refiriéndoo los crueles
episodios y las sangrientas y devastadoras escenc > de ese terrible
periodo en que México luchó sola y sin recursos, contra un
ejército formidable, que de nada carecía, y cont a la traición que le
ayudaba en todas partes.
En este conflicto entre el retroceso europeo y la civilizc ción
americana; en esta lucha del principio monárquico conl -a el
principio republicano; en este último esfuerzo del fanal smo contra
la emancipación, los republicanos de México se encontraban solos
contra el orbe entero. Los que nc tomaron c ciertamente cartas en
su contra, simpatizaron con el inva ;or y secundaron sus torpes
miras, reconociendo y acatando el: imu-lacro de imperio que quiso
constituir; los que no imitaroi a la Bélgica y a la Austria
mandando sus soldados mercen trios, prestaron, por lo menos, su
apoyo moral para sostener al príncipe malhadado que tuvo la
debilidad, por no decir la vil anía, de prestarse a hacer su papel en
esta farsa, que merece ría el nombre de ridicula mojiganga, si no
hubiera sido una e span-tosa tragedia.
GABINO BARREDA

La gran República misma se vio obligada, en virtud de la


guerra intestina que la devoraba, a mantenerse neutral, y aun
a prestar alguna vez, con mengua de su dignidad, servicios a
esa misma invasión que pretendía entrar por México a los Es-
tados Unidos.
¿Qué extraño es, pues, que como resultado y como síntoma
de ese conjunto de circunstancias adversas, los reveses se mul-
tiplicasen para los verdaderos mexicanos, en todo el ámbito de
la República?
¿Qué extraño puede ser que por algún tiempo la causa de la
libertad pareciese perdida, y que mexicanos, tal vez de recto co-
razón, pero débiles o ilusos, se dejasen sobrecoger por el desa-
liento, y creyesen que ya no quedaba otro recurso, sino plegarse
a el hado que parecía contrario? ¿Qué mucho, que el beneméri-
to e inmaculado Juárez, que se había abrazado al pabellón na-
cional, levantándolo siempre en alto, para que, como la
columna de fuego de los israelitas, sirviese de guía y de prenda
segura de buen éxito a los dignos mexicanos que sostenían
aquella lucha, tan desigual como heroica y tenaz, qué mucho,
repito, que Juárez y sus dignos compañeros se viesen obligados
a recorrer centenares de leguas, sin hallar un punto en que la
bandera de la independencia pudiese descansar segura, ni flotar
con libertad? ¿Qué mucho que nuestros más valientes adalides
se viesen por un momento obligados a buscar en la aspereza de
nuestros montes, en la inmensidad de nuestros desiertos y en las
mortíferas influencias climatéricas de la tierra caliente, los fieles
aliados que no podían encontrar en otra parte?
Pero la tierra prometida debía aparecer alguna vez; la au-
rora comenzó a brillar después de aquel denso nublado; Díaz
por el oriente y Corona por el occidente; Escobedo y Regules
por el norte, y por el sur Riva Palacio, Treviño, Jiménez y otros
mil, obtuvieron por todas partes victorias señaladas sobre la
conquista y sobre la traición, reunidas o separadas.
La horrible ley del 3 de octubre, imaginada por el general
francés, y sancionada cobardemente por el nefando imperio;
esa ley en que se pagaba con la vida hasta el delito de respirar
el aire que habían respirado los defensores de la independen-
cia, lejos de amedrentarlos, no hizo sino enardecer su valor y
aumentar su actividad.
Los militares de patriotas que caían víctimas de esa máqui-
na infernal puesta en manos de las cortes marciales y dispara-
da sin interrupción: los sangrientos cadáveres del inmaculado
Arteaga y del heroico Salazar se presentaban sin cesar a sus
ojos, pero vivificados y resplandecientes de gloria, para ani-
LA IDEA DE MÉXICO

marlos al combate anunciándoles el próximo triunfo, y condu-


cirlos así a la victoria....
Una voz se levantó entonces en favor de México, voz poderosa
y largo tiempo esperada, pero que se había tenido la dignidad de
no querer mendigar.
Al tremendo estallido de millares de balas tiradas a la v ;z
sobre centenares de prisioneros desarmados en Puruándiro y en
otros puntos; a los plañideros ayes de tantas familias de a-das en la
orfandad y en la miseria, el Águila del Norte despeí :ó en fin de su
letargo. Los Estados Unidos pidieron cuenta a la Francia de este
atentado contra las leyes de la civilización y ie la humanidad,
intimándole, en nombre de su propia dig íi-dad, que hiciese cesar
tan espantosa carnicería: el dictador ie Francia, con el cinismo
propio de los Bonaparte, dejó toda la responsabilidad de estos
hechos a Maximiliano; pero las c< n-testaciones entre Francia y
los Estados Unidos se cruzaban in cesar; las de éstos cada día más
apremiantes, las de aquella a-da vez más y más flojas, y plagadas
de contradicciones e n-consecuencias.
Por una parte el temor de una guerra insostenible con la
colosal República, a cuyo lado se encontraría todo el contin 'n-te;
por otra, la posición cada día más falsa y precaria del e ér-cito
expedicionario en México, que no podía ya ni defender el terreno
que pisaba; y la completa impopularidad de la expedición en
Francia, decidieron por fin a su autora a arrancar esa página que,
en días más felices cuando llegó a creer que en México había
muerto el amor a la patria y a la libertad, )só llamar la más bella de
su reinado.
El abandono del imperio que a tanta costa y por medie de
tantas infamias y calumnias se había querido lundar, se c acidia
por fin. La grandiosa obra de reconstitución de razas ; de
influencias europeas en América, que con tan vivos colore 5 se
había pintado al senado francés, se abandonó también; ' la orden
para la retirada del ejército, y con ella la humillado i de Napoleón
y el desprestigio de la Francia, se fimo por fin.
Este fue el servicio que México debió a la República vec na.
Servicio grande sin duda, pero que en nada rebaja el mérit ) de
nuestra heroica defensa; y antes bien, lo pon= más de ir ani-fiesto
porque sin esta indomable resistencia prolongada por cerca de seis
años, sin la constancia de Juárez y de los de nás jefes que,
diseminados en el país, sostuvieron :;in interrup :ión el combate,
levantando en todas partes la enseña de la F ?pú-blica, la tan
demorada resolución de interponer en esta cuestión sus respetos y
su influjo, o no habría tenido lugar, o h< bría
GABINO BARREDA

llegado demasiado tarde, no sólo para México sino también para


los Estados Unidos, a quienes se quería asestar el tiro desde la
fortaleza del imperio.
La calumnia y la maledicencia se han apoderado de este hecho
en el que, si los Estados Unidos prestaron un servicio a México,
también éste los hizo a ellos, prolongando la lucha y conservando
un gobierno con quien pudiesen mantener relaciones que les
permitieran, luego que hubiesen dominado su guerra civil, tomar la
iniciativa en una negociación cuyo resultado debía ser: acabar con
la influencia europea en América, y aumentar la suya propia.
La calumnia, digo, se ha apoderado de ese hecho, queriendo
presentarlo como deshonroso para nosotros. Se ha supuesto que
fuimos a mendigar la intervención armada de los Estados Unidos,
y que el gobierno nacional, personificado en Juárez, no buscaba
otra cosa sino que el país cambiase de Señor.
Esta infame calumnia, como las demás de que sin cesar ha sido
el blanco México, ha sido desmentida con hechos irrefragables.
La nación había tenido, sin duda, el incuestionable derecho de
llamar en su auxilio, para desembarazarse de una influencia
extraña y opresora, las armas de otra potencia amiga, sin
comprometer con esto ni su autonomía ni su dignidad; pero la
conciencia de su propia fuerza y esa clara visión del porvenir, que
animó siempre el primer magistrado de la República, y que
sostuvo su valor y su constancia en aquellos aciagos días de prueba
y de persecución, hizo que se desechara siempre ese medio de
salvación que, lo repito, nada tenía de deshonroso ni de inusitado.
La Holanda, llamando a los ingleses para emanciparse de la
tiranía española; los Estados Unidos, admitiendo los servicios de la
Francia para obtener su independencia; la España, lanzando de su
seno, con ayuda de los ingleses, a esa Francia que entonces, como
ahora, había logrado penetrar en el territorio ajeno por la puerta de
la felonía y de la traición; a esa Francia que entonces, como ahora,
pretendió hacer una colonia de una nación independiente y fundar
un simulacro de trono que le sirviese de escabel para sentar su
planta, y de apoyo para extender su influencia y su dominación; a
esa Francia que entonces, como ahora, era víctima y cómplice, a la
vez, de la tiranía de un Bonaparte. De un Bonaparte, señores, cuyo
nombre sólo es un programa completo de usurpación y de re-
troceso, de guerras y de conquistas, de tronos improvisados y

I
hundidos en la nada, de bambolla y de charlatanismo, y por
11
8

LA IDEA DE MÉXICO

último y como resultado final, de baldón y


oprobio para su nación. La España, repito,
los Estados Unidos y la República holandesa,
no mancillaron su nombre ni
comprometieron su autonomía, ni siquiera
e que estaban interesadas en sus respectivos
m triunfos.
pa Pero la gloria de México ha sido todavía
ña más esplenden e. Ni un solo sable del
ro ejército americano se ha desnudado en : i-vor
n de la República, ni un solo cañón de la Casa
el Blanca se ia disparado sobre el Alcázar de
br Chapultepec. ¡Y sin embargo, el triunfo ha
ill sido espléndido y completo! ¡Tres mes'?s
o habían \ a-sado apenas, desde que los
de invasores abandonaron nues.ro suelo, y nada
su existía ya de ese imperio que hab:.'a de
s exting lir la democracia en América!
he Todo se ensayó para sostenerlo y
ro arraigarlo; a todas las puertas se llamó para
ic encontrarle adictos; todo lo que la intriga, la
os hipocresía y la fuerza pueden sugerir, todo se
e puso en práctica para aclimatar una
s- institución, que el instinto po aliar repugna.
fu Al penetrar en el interior del país el
er ejército .nvasor, y r las tarde al venir el
zo archiduque a tomar posesión ele su trono, no
s pudieron menos que reconocer que el partido
po que los había la-mado y que fundaba en ellos
r sus esperanzas, Era en reali.lad el menos
ha numeroso, el menos ilustrado, y el memos
be influyente de los que se disputaban en
r México la supremacía. Un clero ignorante y
ut que se imagina vivir en plena edad media;
ili que no comprende ni sus intereses ni los de
za la nación; que maldic en-do el presente y el
do porvenir, sin comprender que son una 1 on-
el secuencia forzosa del pasado, no tiene otro
so programa qu i la imposible retrogradación de
co ocho siglos, para volver o los tiempos de
rr Hildebrando; un clero a quien la nación nade
o debe sino el no haber podido constituirse;
ar que en 1847 no tu\ o siquiera el fanatismo
m suficiente para imitar el heroico ejemplo que,
ad 40 años antes, le había dado el clero español,
o y qu< vio impasible la humillación de su
de patria, la profanación di sus templos y la
na irrisión de sus imágenes por un ejército extP
ci nje-ro y protestante; un clero que facilitó y
on contrib ayo a estos mismos atentados,
es suscitando en la capital de la 'república el
a más inmoral de los pronunciamientos, en los
m momentos mism >s en que el enemigo
i- desembarcaba en Veracruz, v.ra el prim TO y
ga principal elemento de ese partido que solicitó
s la interven lón.
y Todo fue inútil, sin embargo. Por todas
pa exicanos dignos que irefe-
rt
es
se
su
c

an
la
s
te
nt
ad
or
as
pr
op
os
ici
on
es
,y
po
r
to
da
s
ta
m
bi
én
se
m
ul
ti
pl
i-
ca
ba
n
la
s
ho
nr
os
as
re
pu
ls
as
de
m
GABINO BARREDA

rían la oscuridad, la miseria o el ostracismo, al brillo y la opu-


lencia comprados al precio de su conciencia y de su patriotismo.
Unos cuantos indignos mexicanos, que antes habían me-
drado a la sombra del partido progresista, pero en cuyos crimi-
nales pechos había tal vez latido siempre el corazón de Judas,
se dejaron arrastrar por la vanidad o la codicia, y se prestaron
a tirar del dogal que debía acabar con el aliento de la patria.
Fuera de estas tristes excepciones, más dignas de despre-
ciarse que de sentirse, el gran partido nacional se mantuvo in-
flexible, y se abstuvo de toda participación que pudiera
sancionar de algún modo los actos de la intervención y del go-
bierno intruso; causándoles, con esta muda pero enérgica pro-
testa, una derrota constante que, no pocas veces, costó más y
hubo menester, de parte de estos combatientes pacíficos, más
energía de carácter y un valor no menos grande, y sí más sos-
tenido que el que se ha menester para presentarse en los cam-
pos de batalla.
He aquí, señores, por qué, cuando el ejército francés huyó
despavorido y abandonó su temeraria empresa, Maximiliano,
que sabía por experiencia que no podía contar con el partido
liberal, cualesquiera que fuesen las promesas con que quisiese
atraérsele, y que no pudo tampoco resolverse a abandonar un
trono que, a pesar de sus espinas, halagaba su vanidad y su
ambición, se vio forzado a echarse en brazos de aquellos mis-
mos a quienes poco antes había juzgado indignos de estar a su
lado.
Los restos de un ejército desmoralizado y corrompido, acos-
tumbrado a medrar en las revueltas políticas, y a considerar el
tesoro nacional como patrimonio propio, y que en la invasión
americana probó, que si sabía ensañarse con los mexicanos in-
defensos, sabía mejor volver la espalda ante el extranjero ar-
mado, era el segundo elemento de los aliados de la Francia y
del imperio.
Con esto y con algunos fanáticos ilusos o perversos, ayuda-
dos de ciertos capitalistas que por egoísmo, o por el deseo de lu-
crar con los fondos de las arcas públicas, se unieron a ellos,
debía contar el archiduque para fundar su soñada dinastía.
Pero él y sus tutores los franceses, al mirar de cerca a los
cómplices de su crimen; al ver por sus propios ojos todo el ta-
maño de su abyección, y de su infamia, no pudieron menos
que avergonzarse de esa compañía, y renegaron de ellos y les
escupieron el rostro.
Toda la política, todo el ahínco de Maximiliano y de Napo-
león, fue desde luego, captarse la voluntad y procurarse el apo-
I
LA IDEA DE MÉXICO

yo, o al menos, la aquiescencia del único partidc nacional, del


gran partido liberal.
Pero tanto cuanto el partido de la tiranía se había mani estado
ruin y degradado, tanto se mostró grande y digno el resto de la
nación por todas partes se multiplicaban los halagc s y se sucedían
sin interrupción las invitaciones y las prome as, con objeto de
corromper a los patriotas que habían dado p: ue-bas de valer
alguna cosa, o que habían ocupado puestos pi bucos de la
República; no hubo género de seducción que n > se emplease, no
hubo medio a que se recurriese para lograr que los buenos
liberales aceptasen los empleos con que se les brindaba en todas
partes. La vanidad, el orgullo, el interés y h ista el terror, todo se
ensayó, de todo se echó mano para logre r un resultado, al que con
razón se daba tanto precio.
Señores, aquí tocamos con la mano los acontecimientos a que
me refiero; aquí oímos aún tronar el cañen que se dis )ara a la vez
en Querétaro y en Puebla, en México y en Verc :ruz; aquí
asistimos a ese último combate en que nuestra patri i obtendrá por
fin el complemento indispensable de su ind pendencia, la
emancipación de la tutela de todo gob erno extranjero.
GABINO BARREDA

En efecto, no fue sólo la reacción y sus gastados generales, no


fue el clero y sus desprestigiados jefes lo que decidió al archiduque
a intentar este último esfuerzo. Lo que sin duda pesó más en su
ánimo fue ese enjambre de extranjeros armados que la Francia, la
Bélgica y el Austria habían enviado para defensa de su candidato;
fue esa falange de ministros diplomáticos y sus respectivos
gabinetes, que prontos a calumniar a México cuando para ello
media su interés, han tenido voto decisivo en nuestras cuestiones, y
han sido hasta aquí el padrastro de todos los gobiernos, fundados
en unos tratados leoninos arrancados a nuestra inexperiencia y a
nuestra vanidad, y al deseo de conservar una paz que sólo para
ellos existía.
Al haber triunfado del príncipe aventurero, y de estos ele-
mentos que contaba todavía para su apoyo; al haber aplicado con
justicia y severidad, pero sin encono ni pasión el condigno castigo
al principal cómplice de tantos crímenes; al que no vaciló en echar
sobre sus hombros todo el peso de seis años de matanzas y de
incendios, de devastaciones y de ruina, México ha cortado la
última cabeza a la hidra venenosa que por tantos años había
emponzoñado su existencia, y ha asegurado su futuro reposo.
Negando a Maximiliano el indulto que solicitó, ha podido
creerse por algunos, principalmente de fuera del país, que el
gobierno y la nación entera, que unánimemente aprobó su
conducta, obraban con mayor severidad de la que su estricto deber
exigía; ha podido sostenerse por algunos escritores, más brillantes
que profundos, que México pudo y debió perdonar al archiduque,
sin que por esto se comprometiese su tranquilidad, ni se diese
mayor aliento al partido vencido. Sin duda, señores, el triunfo ha
sido más grandioso y espléndido de lo que era preciso para que
toda idea de un nuevo trono erigido en México, sea desde luego
desechada como una empresa de orates; sin duda, los Gutiérrez
Estrada y los Almonte acabaron para siempre su infame papel, y no
serían ya escuchados aún cuando se propusiesen empezar de
nuevo; sin duda el clero y los restos del antiguo ejército están
suficientemente desarmados para que la paz pública no tenga
mucho que temer de estos irreconciliables pero impotentes
enemigos; sin duda el corazón de los mexicanos es bastante grande
para que en él pueda caber, sin rebosarlo, el perdón generoso
otorgado a su hijo de cien reyes, por más que éste se haya
manifestado indigno de esa noble prosapia, y se haya prestado a
ser, si no el principal autor, por lo memos el principal instrumento
de execrables atentados.

121
LA IDEA DE MÉXICO

Pero cuando se trata de la autonomía de la nación, de su


porvenir y de su independencia; cuando ha llegado el momen-
to de sentar la clave de esa delicada construcción, que se ela-
bora hace ya 57 años, toda idea que no conduzca al fin
deseado, debe abandonarse; todo movimiento del corazón que
nos desvíe del sendero y nos haga perder nuestro punto de mi-
ra, debe sofocarse.
¡Maximiliano humillado y perdonado por Juárez!
¡Un emperador viviendo por galardón de una República!...
Es, sin duda, un magnífico golpe de teatro en un melodrama;
es un soberbio desenlace para una novela. Pero ni ese melodra-
ma ni esa novela hubieran cimentado la paz de la República,
ni afirmado la respetabilidad y completado la emancipación
de la nación.
Maximiliano desterrado en Europa hubiera sido, con su vo-
luntad o sin ella, la bandera de todos los descontentos, la espe-
ranza continua de los vencidos, el amago constante de la
tranquilidad pública, y el pábulo que mantuviese viva la lla-
ma secreta de la rebelión, pronta, a la menor oportunidad, a
encender de nuevo la guerra civil como la encendió Santa An-
na después de haber caído prisionero en Jico, y recibido un ge-
neroso perdón...
Maximiliano perdonado, no hubiera creído jamás que de-
bía su vida a la generosidad de México, sino al miedo de Fran-
cisco José o a la presión de los Estados Unidos.
Maximiliano perdonado, después del insolente memorán-
dum de Widembrok y de la inoportuna intromisión de Seward,
hubiera sido un perpetuo padrón de infamia para México, y
una prueba que se habría creído irrecusable de que vivía siem-
pre bajo la tutela de las otras naciones.
Maximiliano perdonado en los momentos en que, por ese
memorándum y por esa intromisión de los Estados Unidos, es-
taba justamente sobreexcitado el sentimiento de la dignidad
nacional, hubiera indudablemente provocado una escisión en-
tre nuestros jefes, y un grito de universal reprobación, y ni Mé-
xico se habría rendido, ni el país se habría pacificado.
Que aquellos filántropos de gabinete, que han osado dar su
fallo en contra de esa inevitable ejecución, echen una mirada
sobre el país, un mes después de llevarla a cabo, y que nos di-
gan, con el corazón en los labios, si creen que con esa genero-
sidad tan decantada se habría obtenido una pacificación tan
general y tan completa.
¡Ahora bien! ¿Sería posible vacilar un momento, entre el
perdón de un delincuente y la pacificación de un pueblo?
GABINO BARREDA

Dejemos a la Francia y a la Europa entera; dejemos, digo, a los


gobiernos de la Europa que vociferen y declamen contra un
acontecimiento que pone sus tronos a merced de la democracia, y
que da el último golpe al derecho divino de las castas, a ese resto
de las instituciones teocráticas; dejemos que, en la rabia de su
impotencia y en la impotencia de su rabia, se desaten en
improperios y calumnias contra una nación que, si ha sabido ser
superior en la guerra que le obligaron a sostener, lo sabrá también
ser en la paz que ha sabido conquistar.
Conciudadanos: hemos recorrido a grandes pasos toda la órbita
de la emancipación de México; hemos traído a la memoria todas
las luchas y dolorosas crisis por que ha tenido que pasar, desde la
que lo separó de España, hasta la que lo emancipó de la tutela
extranjera que lo tenía avasallado. Hemos visto que ni una sola de
esas luchas, que ni una sola de esas crisis, ha dejado de eliminar
alguno de los elementos deletéreos que envenenaban la
constitución social. Que del conjunto de esas crisis dolorosas, pero
necesarias, ha resultado también, como por un programa que se
desarrolla, el conjunto de nuestra plena emancipación, y que es una
aserción tan malévola como irracional, la de aquellos políticos de
mala ley que, demasiado miopes o demasiado perversos, no
quieren ver en esas guerras, de progreso y de incesante evolución,
otra cosa que aberraciones criminales o delirios inexplicables.
Hemos visto que dos generaciones enteras se han sacrificado a
esta obra de renovación, y a la preparación indispensable de los
materiales de reconstrucción.
Mas hoy esta labor está concluida, todos los elementos de la
reconstrucción social están reunidos; todos los obstáculos se
encuentran allanados; todas las fuerzas morales, intelectuales o
políticas que deben concurrir con su cooperación, han surgido ya.
La base misma de este grandioso edificio está sentada. Te-
nemos esas leyes de reforma que nos han puesto en el camino de la
civilización, más adelante que ningún otro pueblo. Tenemos una
Constitución, que ha sido el faro luminoso al que, en medio de este
tempestuoso mar de la invasión, se han vuelto todas las miradas, y
ha servido a la vez de consuelo y de guía a todos los patriotas que
luchaban aislados y sin otro centro hacia el cual pudiesen gravitar
sus esfuerzos; una Constitución que, abriendo la puerta a las
innovaciones que la experiencia llegue a demostrar necesarias,
hace inútil e imprudente, por no decir criminal, toda tentativa de
reforma constitucional por la vía revolucionaria.
LA IDEA DE MÉXICO

Hoy la paz y el orden, conservados por algún tiempo, harán


por sí solos todo lo que resta.
Conciudadanos: que en lo de adelante sea nuestra divisa
Libertad, Orden y Progreso; la libertad, cor.io medio; < 1 orden
como base, y el progreso como fin; triple lema simboli. ado en el
triple colorido de nuestro hermoso pabellón nacional de ese
pabellón que en 1821 fue, en manos de Guarrero e Itur >ide, el
emblema santo de nuestra independencia, y que, emr. añado por
Zaragoza el 5 de mayo de 1862, aseguró el porvenir de América y
del mundo salvando las instituciones republi :anas.
Que en lo sucesivo una plena libertad de conciencie , una
absoluta libertad de exposición y de discusión dando esp icio a
todas las ideas y campo a todas las inspiraciones, deje es párenla
luz por todas partes y haga innecesaria e imposible todt con-
moción que no sea puramente espiritual, tocia revolución que no
sea meramente intelectual. Que el orden material, conservado a
todo trance por los gobernantes, y respete do por los g )ber-nados,
sea el garante acierto y el modo seo aro de can inar siempre por el
sendero florido del progreso y d€ la civilizac ón.
6
Justo Sierra Méndez
(1848-1912)

N ació en la Ciudad de Camp. Hijo de don


Justo Sierra O, Reilly (vid.), jurista
yucateco, iniciador del periodismo literario
en la península y de la novela romántica de
reconstrucción histórica. Justo Sierra hizo
sus primeros estudios en su ciudad nativa y
los continuó en Mérida hasta la muerte del
padre (1861) en que la familia se trasladó a
la capital, donde ingresó como interno en el
Liceo Franco-Mexicano y más tarde al
Colegio de San Ildefonso, donde hizo
brillantes estudios y se reveló su vocación
literaria. Aún se mantenía el Imperio cuando
Sierra inició sus estudios de jurisprudencia
en San Ildefonso. En 1871 obtuvo su título
de abogado. De 1868 en adelante, gracias
al maestro Altamirano, Sierra ocupó lugar
preferente en las veladas literarias y en la
tribuna. El periodismo confirmó su fama
naciente. En el Monitor Republicano (1846-
1890) publica sus "Conversaciones del do-
mingo", cuya parte medular son los relatos
que forman el libro Cuentos románticos. En la
revista El Renacimiento, publica su novela El
ángel del porvenir. Escribe también en El Do-
mingo y en El Siglo XIX. Prueba suerte en el
drama con su obra Piedad. Sus preocupacio-
nes por la historia, la sociología y la educa-
ción, adquieren poco a poco madurez y
cumplimiento y se evidencian estas cualida-
des en los artículos que escribe para La Tri-
buna, La Libertad, de la que fue director
hasta la muerte de su hermano Santiago, y

p*rr-- —VSjfcM»
1 LA IDEA DE MÉXICO
2
6
El Federalista. Las impresiones del viaje
de Sierra forman el libro En tierra yankee
e inicialmente se publicaron por e
ntregas en El Mundo (97-98). Entre los
puestos políticos que ocupó están el de
diputado al Congreso de la Unión,
magistrado de la Suprema Corte de
Justicia, subsecretario de Instrucción
Pública y ministro de In ;trucción Pública
y Bellas Artes (1905-1911). Esta obra c
jlmina, en 1 910, con la fundación de la
Universidad Nacional. En 1912 es desig
lado ministro plenipotenciario en
España, en cuya capital murió ü JS
restos se trasladaron a México y fueron
sepultados en el Panteón Francés. En el
primer centenario de su natalicio, la
Universidad l( declaró Maestro de
América y sus restos fueron trasladados
a la Ro onda de los Hombres Ilustres. La
obra de Justo Sierra es una de las más
ricas y caudalosas de su tiempo. Registra
las manifestaciones esp ituales y
culturales más significativas de la época
de grandes cambios en que le tocó vivir.
Narraciones, poesías, discursos,
doctrinas polític s y educativas, viajes,
ensayos críticos, historia, forman el
valioso material de la obra de Sierra. Se
reúne con los poetas de: la Revista, zul
y de la Revista Moderna e influye en sus
discípulos como Urbina González
Obregón, Urueta. La poesía, el teatro y
la orosa narra iva, son obra de juventud;
la historia y la educación, de madurez; el
periodismo político y la prosa literaria,
ejercicio constante durante toda su vida.
Comenzó a escribir poesía desde 1868.
Está muy cerca de Hugo, de Núñez de
Arce, de Musset y de Bécquer. Su époc a
parnasiana se inicia con el Funeral
bucólico, siguiendo a Leconte le Lisie y a
Heredia. De este último hizo versiones de
Les Trophées. S' poema más ambicioso
es "El beato Calasanz". El más fcimoso
"Pía) era", en que se ha querido ver un
antecedente modernista. Entre I odas las
formas que cultivó Sierra lo perseverante
f eblo mexicano.
u
e EVOLUCIÓN POLITECA DEL
l PUEBLO MEXICANO (LA ERA
o ACTUAL)
h
is ...El país estaba desquiciado; la
t guerra civil había, entre grandes
ó charcos de sangre, amontonado
ri escombros y mise.las por todas
partes; todo había venido por tierra;
c
abajo, pare el pueblo rural, se había
o
recrudecido la leva, uncí de las
.
enfermedades endémicas del trabajo
> mexicano (las otas son el alcohol y la
u ignorancia), que dispersaba al pueblo
fr de los campjs en el ejército, como
u carne de cañón; en la guerrilla, como
t el emento de regresión a la vida de la
o horda salvaje, y en la gavilla, la es-
m
á
s
c
u
m
p
li
d
o
:
E
v
o
l
u
c
i
ó
n
p
o

ti
c
a
d
e
l
p
u
JUSTO SIERRA MÉNDEZ

cuela nómada de todos los vicios antisociales. El pueblo urbano o


en las fábricas, paradas por el miedo a la guerra o por la inutilidad
de producir para mercados atestados, o en los talleres sin
ocupación, de las ciudades, se entregaba a la holganza o se
escapaba rumbo a la bola o se dejaba llevar en cuerda al cuartel. La
burguesía, exprimida sin piedad o por los régulos locales o por los
gobiernos en lucha, escondía su dinero y retraía sus simpatías;
había visto la caída del gobierno central con gusto (exceptuando en
dos o tres estados en que el lerdis-mo significaba la emancipación
de odiadas tiranías locales); pero había sido indiferente a la
tentativa del señor Iglesias, que le parecía una sutileza
constitucional con todas las apariencias de un pronunciamiento de
abogados y literatos, y se sentía asaltada de recelos y temores
hondos ante aquella masa heterogénea de apetitos insaciables, de
resentimientos implacables y de intereses inconfesables, señoreada
de la República con el nombre de revolución tuxtepecana, en que
se habían resumido todos los elementos de desorden removidos por
la guerra civil. Creía en la buena fe del jefe de la revolución, creía
en su probidad, pero lo suponía, entonces como antes,
irremediablemente subalternado a las ambiciones muy enérgicas,
pero muy estrechas, de un grupo de sus consejeros; y si le concedía
dotes administrativas, persistía en negarle dotes políticas: este
hombre, se repetía en los grupos urbanos, en nuestra guisa familiar
de condensar las opiniones, este hombre "no sacará al buey de la
barranca".
Eso era la sociedad. Los factores oficiales eran pésimos: el
ejército federal que, desorientado, perplejo, descontento de sí
mismo, se había dividido entre las dos banderas que se apellidaban
constitucionales, pero que en su inmensa mayoría se había
mantenido fiel al deber, ahora ingresaba en masa en el ejército de
la victoriosa revolución y se sentía humillado, comprimido,
impaciente, pronto a sacudir lo que reputaba una cadena y un yugo;
sus principales jefes, o lo habían abandonado, o veían desdeñosos
la turba que los rodeaba con el secreto deseo del desquite. El tropel
revolucionario se disponía a despojar al ejército legal de todos sus
grados y prerrogativas y lanzarlo a la calle desarmado, desnudo y
castigado, y exigía del jefe de la revolución este botín de guerra.
En cuanto a la falange burocrática, mínimamente pagada,
cuando lo estaba, apenas cumplía con su deber; hacia la censura
despiadada de las costumbres y la ignorancia de los vencedores,
organizaba la gran conspiración inferior de los servidores infieles,
o desertaba; los jefes improvisados del go-
LA IDEA DE MÉXICO

bierno efímero que había surgido de la revuelta, solicitaban


públicamente empleados para los puestos administratr os y solían
recibir despectivas repulsas.
En el exterior, las peripecias y el final de la guerra civil habían
causado una penosa impresión. Estaba probado; México era un
país ingobernable, los Estados Un: dos debíar poner coto a tanto
desmán, ya que Europa era impotente ] ara renovar la tentativa.
Los sociologistas nos remaban c< mo ejemplo de la incapacidad
orgánica de los grupos nación ües que se habían formado en
América con los despojos del dominio colonial de España, y el
ministro de los Estados Unidos asumía una actitud de tutor altivo y
descontento ante el Ejecutivo revolucionario.
La Constitución había quedado sepultada bajo los escombros
de la legalidad: las reformas que la revolucón había p ro-clamado
eran netamente jacobinas: ni Senado ni reelección es decir
omnipotencia de la Cámara popular, debilitación del Poder
Ejecutivo por la forzosa renovación incesante de su jefe. Quedaba
la Corte para proteger el derecho individual. Pero ¿cuándo un
tribunal ha servido de valladar positivo al despotismo del poder
político, si ese tribunal está también sometido a la elección
popular, perennemente suplantada en Méxi o por los
prestidigitadores oficiales?
Y para colmo de inconvenientes, la prensa, o hacía crut l-
mente la oposición, o regañaba y aleccionaba in:esantemen e al
gobierno cuando le era adicta, convergiendo ambas en la exigencia
del cumplimiento estricto de las promesas de los planes
revolucionarios, entre las que dos descollaban como suprimas
aspiraciones del país: el respeto al sufragio libre, es deci, el
abandono de las elecciones locales y generales a los gobernadores
y sus agentes, y la abolición del impuesto del "timbre", promesa
popularísima, cuyo cumplimiento equivaldría al suicidio
financiero de la administración.
El deseo verdadero del país, el rumor que escapaba de to das
las hendiduras de aquel enorme hacinamiento de ruinas legales,
políticas y sociales, el anhelo infinito del pueblo mexicano que se
manifestaba por todos los órganos de expresión pública y privada
de un extremo a otro de la República, en el taller, en la fábrica, en
la hacienda, en la escuela, en el templo, era el de la paz. Ese
sentimiento fue en realidad el que desarmó la resistencia del
vicepresidente de la República, a pesar de su autoridad
constitucional. Nadie quería la continuación de la guerra, con
excepción de los que sólo podrían vivir del desorden, de los
incalificables en cualquier situación normal. To-
JUSTO SIERRA MÉNDEZ

do se sacrificaba a la paz: la Constitución, las ambiciones políticas,


todo, la paz sobre todo. Pocas veces se habrá visto en la historia de
un pueblo una aspiración más premiosa, más unánime, más
resuelta.
Sobre ese sentimiento bien percibido, bien analizado por el jefe
de la revolución triunfante, fundó éste su autoridad; ese
sentimiento coincidía con un propósito tan hondo y tan firme como
la aspiración nacional: hacer imposible otra revuelta general. Con
la consecución de este propósito, que consideraba, ya lo dijimos
antes, como un servicio y un deber supremo a un tiempo, pensaba
rescatar ante la historia la terrible responsabilidad contraída en dos
tremendas luchas fratricidas: la sangre de sus hermanos le sería
perdonada si en ella y de ella hacía brotar el árbol de la paz
definitiva.
Complicar en esa obra, que parecía irrealizable ensueño, todos
los intereses superiores e inferiores, era el camino para lograrla; el
caudillo creía que para eso era preciso que se tuviera fe en él y que
se le temiera. La fe y el temor, dos sentimientos que, por ser
profundamente humanos, han sido el fundamento de todas las
religiones, tenían que ser los resortes de la política nueva. Sin
desperdiciar un día ni descuidar una oportunidad, hacia allá ha
marchado durante veinticinco años el presidente Díaz; ha fundado
la religión política de la paz.
A raíz de la desaparición del estado legal, parecía imposible la
vuelta a un régimen normal; todos, lo repetimos, fiaban en la
energía, en el ascendiente, en la rectitud del caudillo triunfante;
nadie le suponía verdaderas aptitudes políticas y de gobierno; sí se
seguía con interés la marcha de tres de sus consejeros, los tres
oráculos del gobierno nuevo (los señores Vallaría, Benítez y
Tagle); a éstos se concedía mucho talento, pero mucha pasión. La
vuelta al orden constitucional era el primer paso político; urgía
para ello reconstituir los órganos legales del gobierno. Sólo un
poder había sido respetado a medias, la Suprema Corte de Justicia;
para los demás era precisa la renovación.
Una elección hecha bajo los auspicios de las autoridades re-
volucionarias y en medio de la abstención real del país político,
dio, si no legitimidad, sí legalidad al caudillo; fue Presidente de la
República: su acción fue más desembarazada y más firme. Pero al
mismo tiempo se dibujó bien el peligro, los partidarios del
presidente derrocado, explotando el prestigio de nombres
venerados en el ejército, promovieron, fuera y dentro del país,
conspiraciones que en todas partes chispeaban cona-
LA IDEA DE MÉXICO

tos de incendio, para el cual había en todas ellas inmenso


combustible acumulado. Los amagos exteriores en la frontera
americana fueron neutralizados a fuerza de auena suer e: todos se
condensaron dentro, y, a punto de estallar en te Tibie
conflagración, fueron apagados en sangre: el siniestro e taba
conjurado. La emoción fue extraordinaria: hubo protestas y dolor;
muchos inocentes parecían sacrificados, pero la ac itud del
presidente sorprendió; el temor, gran resorte de gobu rno, que no
es lícito confundir con el terror, instrumento de de ;po-tismo puro,
se generalizó en el país. La paz era un hecho; ¿sería duradera?
En este país, ya lo dijimos, propiamente no hay clases cerradas,
porque las que así se llaman sólo están separadas entre sí por los
móviles aledaños del dinero y la buena educación; aquí no hay más
clase en marcha aue la burguesía; ella absorbe todos los elementos
activos de los grupos inferiores. En éstos comprendemos lo que
podría llamarse una plebe intelectual. Esta plebe, desde el triunfo
definitivo de la Reforma, quedó formada: con buen número de
descendientes de las antiguas familias criollas, que no se han
desamortizado mentalmente, sino que viven en lo pasado y vienen
con pasmosa lentitud hacia el mundo actual; y segundo, con lt s
analfabetos. Ambos grupos están sometidos al imperio de le s
supersticiones, y, además, el segundo, al del alcohol; pero en
ambos la burguesía hace todos los días prosélitos, asimilar, -dose a
unos por medio del presupuesto, y a otro:; por medi< | de la
escuela. La di- visión de razas, que parece compilar esta
clasificación, en realidad va neutralizando su influencie sobre el
retardo de la evolución social, porque se ha formado entre la raza
conquistada y la indígena una zona cada día más amplia de
proporciones mezcladas que, como hemos solido afirmar, son la
verdadera familia nacional; en ella tiene su centro y sus raíces la
burguesía dominante. No es inútil consignar, sin embargo, que
todas estas consideraciones sobre la distribución de la masa social
serían totalmente facticias y constituirían verdaderas mentiras
sociolóo. cas, si se tomaran en un sentido absoluto; no, hay una
filtración constante entre las separaciones sociales, una osmosis,
diría un físico; así, por ejemplo, la burguesía no ha logrado
emanciparse ni del alcohol ni de la superstición. ,>on estos
microbios sociopatogénicos que pululan por colonias en donde el
medio de cultivo les es propicio.
Esta burguesía que ha absorbido a las antiguas oligarquías, la
reformista y la reaccionaria, cuya génesis hemos es-
JUSTO SIERRA MÉNDEZ

tudiado en otra parte,1 esta burguesía tomó conciencia de su ser,


comprendió a dónde debía ir y por qué camino, para llegar a ser
dueña de sí misma, el día en que se sintió gobernada por un
carácter que lo nivelaría todo para llegar a un resultado: la paz.
Ejército, clero, reliquias reaccionarias; liberales, reformistas,
sociólogos, jacobinos, y, bajo el aspecto social, capitalistas y
obreros, tanto en el orden intelectual como en el económico,
formaron el núcleo de un partido que, como era natural, como
sucederá siempre, tomó por común denominador un nombre, una
personalidad: Porfirio Díaz. La burguesía mexicana, bajo su
aspecto actual, es obra de este público, porque él determinó la
condición esencial de su organización: un gobierno resuelto a no
dejarse discutir, es, a su vez, la creadora del general Díaz; la
inmensa autoridad de este gobernante, esa autoridad de arbitro, no
sólo político, sino social, que le ha permitido desarrollar y le
permitirá asegurar su obra, no contra la crisis, pero si acaso contra
los siniestros, es obra de la burguesía mexicana.
Nunca la paz ha revestido con mayor claridad, que al día si-
guiente del triunfo de la revuelta tuxtepecana, el carácter de una
primordial necesidad nacional. He aquí por qué el desen-
volvimiento industrial de los Estados Unidos, que era ya colosal
hace veinticinco años, exigía como condición obligatoria el de-
senvolvimiento concomitante de la industria ferroviaria, a riesgo
de paralizarse. El go ahead americano no consentiría esto, y por
una complejidad de fenómenos económicos que huelga analizar
aquí, entraba necesariamente en el cálculo de los empresarios de
los grandes sistemas de comunicación que se habían acercado a
nuestras fronteras, completarlos en México, que, desde el punto de
vista de las comunicaciones, era considerado como formando una
región sola con el suroeste de los Estados Unidos. El resultado
financiero de este englobamiento de nuestro país en la inmensa red
férrea americana, se confiaba a la esperanza de dominar
industrialmente nuestros mercados.
Esta ingente necesidad norteamericana podía satisfacerse, o
declarando ingobernable e impacificable al país y penetrando en él
en son de protección para realizar las miras de los fe-rrocarrilistas,
o pacífica y normalmente si se llegaba a adquirir la convicción de
que existía en México un gobierno con quien

1
Alude el autor a su ensayo "México social y político" publicado en Revista Na-
cional de Letras y Ciencias. México, 1889, tomos I y II, reproducido en el vol. IX de
esta edición.
LA IDEA DE MÉXICO

tratar y contratar, cuya acción pudiera hacerse sentir en forma de


garantía al trabajador y a la empresa en el país enter;> y cuya
viabilidad fuera bastante a empeñar la palabra de varias
generaciones. La guerra civil era, pues, desde aquel moi lento, no
sólo un grave, el más grave de los males nacionales, sino un
peligro, el mayor y más inmediato de los peligros ir terna-cionales.
El señor Lerdo trató de conjurarlo acudiendo a a concurrencia del
capital europeo; era inútil, fue inútil; el apital europeo sólo vendría
a México en largos años, endosan lo a la empresa americana. La
virtud política del presidente Di iz consistió en comprender esta
situación y, convencido de qu ■ nuestra historia y nuestras
condiciones sociales nos ponían en el caso de dejarnos enganchar
por la formidable locomotc :ayan-kee y partir rumbo al porvenir,
en preferir hccerlo bajo los auspicios, la vigilancia, la policía y la
acción del g( bierno

JU DEZ
ST
O
SI m
ER e
RA
M
x
ÉN i
cano, para que así fuésemos unos asociados a
libres obligados al orden y la paz y para n
hacernos respetar y para mantener nuestra g
nacionalidad íntegra y realizar el progreso. u
Muchos de los que han intentado llevar st
a cabo el análisis psicológico del presidente ia
Díaz, que sin ser ni el arcángel apocalíptico d
que esfuma Tolstoi, ni el tirano de el
melodramática grandeza del cuento p
fantástico de Bunge, es un hombre ex- or
traordinario en la genuino acepción del v
vocablo, encuentran en su espíritu una e
grave deficiencia: en el proceso de sus voli- ni
ciones, como se dice en la escuela, de sus r
determinaciones, hay una perceptible c
inversión lógica: la resolución es rápida, la o
deliberación sucede a este primer acto de n
voluntad, y esta deliberación interior es á
lenta y laboriosa, y suele atenuar, ni
modificar, nulificar a veces la resolución m
primera. De las consecuencias de esta o
conformación de espíritu, que es propia in
quizás de todos los individuos de la familia m
mezclada a que pertenecemos la mayoría de e
los mexicanos, provienen las imputaciones n
de maquiavelismo o perfidia política sa
(engañar para persuadir, dividir para m
gobernar) que se le han dirigido. Y mucho e
habría que decir, y no lo diremos ahora, nt
sobre estas imputaciones que, nada menos e
por ser contrarias directamente a las a
cualidades que todos reconocen en el u
hombre privado, no significan, en lo que de d
verdad tuvieren, otra cosa que recursos a
reflexivos de defensa y reparo respecto de z
exigencias y solicitaciones multiplicadas. y
Por medio de ellas, en efecto, se ponen en se
contacto con el poder los individuos de esta re
sociedad mexicana que de la idiosincrasia n
de la raza indígena y de la educación o
colonial y de la anarquía perenne de las y
épocas de revuelta, ha heredado el recelo, el te
disimulo, la desconfianza infinita con que n
mira a los gobernantes y recibe sus er
determinaciones; lo que criticamos es, in
probablemente, el reflejo de nosotros q
mismos en el criticado. u
Sea de eso lo que se quiera, será e
siempre una verdad que la primitiva br
resolución del caudillo revolucionario en el a
asunto de los ferrocarriles internacionales, n-
fue pronta, fue segura, no se desnaturalizó ta
luego, fue el primer día lo que ahora es; y bl
se necesitaba por cierto sobreponerse a la e
fe en el destino de la patria, y pedir con
singular energía moral una fuente de fuerza
y de grandeza a lo que parecía el camino
obligado de nuestra servidumbre
económica, para haber abierto nuestras
fronteras al riel y a la industria americana.
Y en ¡qué momentos! Uno de los
invencibles temores del señor Lerdo, y
justificado y racional a fe, era el semillero
de pe-

13
3
LA IDEA DE MÉXICO

ligrosísimos conflictos con los Estados Unidos que acaso surgirían


del compromiso de pagar subvenciones que el estado de nuestro
erario jamás podría cumplir. El señor Díaz, fiando la seguridad de
evitar esos conflictos precisamente a la transformación económica,
por ende financiera, que el país sufriría a consecuencia de la
realización de los ferrocarriles proyect dos, se atrevió a contraer
obligaciones nacionales que importe.ban muchos millones de
pesos, en momentos en que nuestro erario estaba exhausto y no
había dinero en las arcas para paga - los haberes del ejército.
Efectivamente, la cuestión financiera amenazaba paral zar todo
el impulso del presiente hacia las mejores materiale de carácter
nacional; desorganizada completamente la frontera del norte por la
complacencia o debilidad de las autoridcdes locales para con los
reyes del contrabando, és:9 tomaba j ro-porciones colosales; las
plazas del interior de la Repúblicc se inundaban de efectos
mercantiles fraudulentarr. ente impoi :a-dos, y el krac de las rentas
aduanales había producido una especie de pavoroso malestar,
porque se juzgaba irremediat le. Vino a complicarlo todo la lucha
política, no la que buscaba el favor del país elector, ni alfabeto ni
inteligente, que vota en segundo grado, sino la que disputaba la
preponderancia en el ánimo del presidente, que tenía ya suficiente
autoridad mor il para que una indicación suya fuese acatada por
los colegí >s electorales. Pero el término presidencial se acercaba;
el gener ü Díaz tiró entonces las muletas de Sixto V, rompió
resueltamei -te con sus consejeros íntimos que querían impone ríe
un cana -dato; escogió el suyo, lo puso de hecho a la cabeza del
ejército y en medio de una situación preñada de amenazas, pero no
exenta de esperanzas, dejó el poder a uno de los más audace:.., de
los más bravos, de los más leales de sus colaboradores revo-
lucionarios. La nación estaba perpleja ante el nuevo presidente. El
general González era todo un soldado. ¿Era un hombre de
gobierno?
Hubo una gran esperanza; el nuevo ministerio se componía de
ciudadanos probos, el ex presidente Díaz formaba parte de él;
hubo claramente un movimiento de ascensión. Las grandes
empresas ferroviarias internacionales parecían sembradoras de
dollars en el surco inmenso que acotaban los rieles desde la
frontera al centro del país; la cosecha inmediata consistía en el
trabajo remuneratorio como jamás lo había sido para el bracero y
el obrero mexicano; observóse, a compás de la plenitud de las
arcas fiscales, a los empleados ccatentos, al ejército mimado y al
espíritu de empresa subido al rojo-blanco
JUSTO ll
SIERRA
MÉNDEZ
e
v
a
por el foco de calor, de patriotismo, de b
amor a la fortuna y amor al progreso que el a
nuevo ministro de Fomento, Pacheco, e
n el alma. Al arrimo de esa situación se p
proyectó todo: colonizaciones, irrigaciones, r
canalizaciones, quiméricos ferrocarriles e
interoceánicos en Tehuantepec, formación si
artificial de puertos que no existían en el d
Golfo, esbozos de marinas nacionales, e
creadas de golpe, y poderosas instituciones n
bancarias en que parecía que el capital t
mexicano debía afluir para abrir paso a la e
industria y al comercio en el nuevo periodo c
que apuntaba en el horizonte. Por r
desgracia, al hecho positivo de la e
construcción de las vías férreas, que, para í
ser productivas, exigían otras y otras, y una a
red entera que fuese cubriendo el sueldo h
nacional, se adunaba lo precario, por a
transitorio, del auge creado por el dinero b
americano invertido en las construcciones, e
auge que a algunos financieros pareció r
indefinido. A la sombra de esa engañosa c
bonanza, el desorden y la imprevisión o
administrativa se hicieron habituales; el n
interés del país fue, en manos de los q
especuladores, un instrumento de medro u
personal; un vértigo de negocios se is
apoderó de muchos y hubo más de un t
funcionario público que realizarse, como a
por ensalmo, pingüe fortuna, poniendo al d
servicio de los negociantes sus influencias o
y sus codicias. a
A nada de esto era extraño el presidente e
nuevo: hombre de perfecto buen sentido, s
incapaz ni de temor ni de duplicidad, se e
sobreponía en él, a todo, no sé qué espíritu p
de aventura y de conquista que llevaba r
incorporado en su sangre española y que se e
había educado y fomentado en más de c
veinte años de incesante brega militar en i
que había derrochado su sangre y su o
bravura. El general González, en el sentir ,
del que esto escribe, aunque todos estos e
juicios sobre acontecimientos de ayer son n
revisables, un ejemplar de atavismo: así l
debieron ser los compañeros de Cortés y o
Pizarro y Almagro; física y moralmen-te s
así. De temple heroico, capaces de altas c
acciones y de concupiscencias soberbias, lo a
que habían conquistado era suyo y se m
erizaban altivos y sañudos ante el monarca, p
así fuese Carlos V o Felipe II, para disputar o
su derecho y el precio de su sangre. El s
de Tecoac, el puesto en que se hallaba; era
suyo y lo explotaba a su guisa.
Concluyó el periodo de gastos de las
construcciones ferroviarias, cesó el pactólo
de correr, vino la escasez del erario y luego
su impotencia para pagar los más
necesarios servicios administrativos;
crecieron las tergiversaciones, los
expedientes, el recurso cotidiano a
maniobras inconfesables; y los negocios,

13
5
LA IDEA DE MÉXICO

sin embargo, no cesaban. La protesta de que se hacía la prensa eco,


bien reflexivo y victorioso, o frenético y desmandado más allá de
todo límite de pudor y de equidad, partía d ;1 fondo de esa especie
de irreducible honradez y amor a la j asticia que constituye la
sustancia primitiva de la conciencia social mexicana. No cabía
negarlo; cuando se abr.ó el period D electoral ya no fue posible
tomar medida alguna; una n Dneda nueva que acaso tenía sus
ventajas, fue considerada cor o moneda falsa y en rabiosa asonada
popular, que parecí a más bien un arqueo, una náusea social, fue
regurgitada y t< rnada imposible; un contrato necesarísimo en
principio, aunque censurable en sus cláusulas, pero que era
condición sine qua non del restablecimiento de nuestro crédito
exterior, el reconocimiento de la deuda inglesa, fue juzgado como
indenominable atentado; supusiéronse, con evidente exageración,
negó :ios fabulosos hechos a la sombra del convenio, j como era
en las postrimerías administrativas de aquella situación, y c >mo el
presidente electo era el general Díaz, y todos considera" >an rotos
los compromisos con los que se iban y no volverían, porque
efectivamente no podían volver, una oposic.ón parlamentaría nació
y creció como el mar al soplo del huracán, la sociedad se
arremolinó encrespada en torno de los tribunos parlamentarios,
ahogó las explicaciones de los defensores del gobie: no con la
elocuencia de los oradores, que a veces ::ue admirar le, con los
gritos sin término de imberbes energúmenos que a rastraban a las
masas estudiantiles y populares, y con el ruid i de los aplausos y
las exclamaciones de entusiasmo de las se loras y los hombres de
orden.
En medio de esta lección dada al gobierno que sa ía y al que
iba a entrar, que mostraba cuan rápidamente pO' ía alejarse el
poder de la conciencia pública y cuan lejos es1 iba todavía el
pueblo de la educación política, comenzó le nueva administración
del general Díaz, desde entonces indi finida-mente refrendada,
más que por el voto, por la volun ad nacional.
Algo así como una colérica unanimidad había v elto al antiguo
caudillo de la revolución al poder; los acontecimientos de la
capital parecían indicio cierto del estado precar o de la paz y de la
facilidad con que podría caerse en las viej< s rodadas de la guerra
civil; la anarquía administrativa y la «enuria financiera daban a la
situación visos de semejanza coi la del periodo final de la
legalidad en 76, y a todoí. parecía qt e se habían perdido ocho años
y que habría que recomenzarlo todo; la opinión imponía el poder
al presidente Díaz como quien
JUSTO e
SIERRA
MÉNDEZ
xt
er
io
exige el cumplimiento de un deber, como r,
una responsabilidad que se hacía efectiva. si
En la enorme bancarrota política de n
ochenta y cuatro, el pasivo era abrumador; el
había que rehacer nuestro crédito en el c
ual no habríamos podido encontrar las e
sumas necesarias para llevar a cabo las n
grandes obras del porvenir, haciendo recaer o
la obligación principal sobre el porvenir así r
favorecido, y esa obra parecía imposible m
vista la impopularidad ciega del e
reconocimiento de la deuda inglesa, clave c
de ese crédito; había que rehacer la a
desorganizada Hacienda y era preciso p
comenzar por una suspensión parcial de it
pagos; había que prestigiar la justicia, que al
imponer el respeto a la ley, que deshacer i
ciertas vagas coaliciones de los gobiernos n
locales, señal segura de debilidad morbosa v
en la autoridad del centro; había que dar e
garantías serias, tangibles, constantes al rt
trabajo en su forma industrial, agrícola, i
mercantil... tal era el pasivo. En su activo d
contaba la nueva administración con los o
grandes ferrocarriles hechos y con el e
nombre del general Díaz. n
Pero para que el presidente pudiera la
llevar a cabo la gran tarea que se imponía, s
necesitaba una máxima suma de autoridad v
entre las manos, no sólo de autoridad legal, ía
sino de autoridad política que le permitiera s
asumir la dirección efectiva de los cuerpos f
políticos: cámaras legisladoras y gobiernos é
de los estados; de autoridad social, rr
constituyéndose en supremo juez de paz de e
la sociedad mexicana con el asentimiento a
general, ese que no se ordena, sino que sólo s,
puede fluir de la fe de todos en la rectitud e
arbitral del ciudadano a quien se confía la r
facultad de dirimir los conflictos; y de a
autoridad moral, ese poder indefinible, cl
íntimamente ligado con eso que equivale a a
lo que los astrónomos llaman la ecuación r
personal, el modo de ser característico de a,
un individuo que se exterioriza por la cla- a
ridad absoluta de la vida del hogar (y el del p
general Díaz ha estado siempre iluminado r
por virtudes profundas y dulces, capaces de e
servir de mira y ejemplo) y por la
condición singularísima de no llegar jamás m
al envanecimiento ni al orgullo a pesar del ia
poder, de la lisonja y de la suerte; tales n
fueron los elementos inestimables de esa te
autoridad moral. .
Con estos factores, la obra marchó no i
sin graves tropiezos; la exigencia general m
en el país y fuera del país, en cuantos ha- p
bían entrado en contacto con los asuntos o
nuestros, en los tenedores de obligaciones n
mexicanas, en los anticipadores del ya e
nte; exigíase la seguridad plena de que el
general Díaz había de continuar su obra
hasta dejarla a salvo de

13
7
LA IDEA DE MÉXICO

accidente fatales. A esta seguridad dio satisfacción, dent o de lo humanamente previsible, el


restablecimiento, primero pe rcial y luego total y absoluto del primitivo texto de la Constitu
ion, que permitía indefinidamente, la reelección del Presiden 2 de la República.
Con esta medida había quedado extinguido el prograrr. i de la revolución tuxtepecana: sus
dogmas que, bo o la apañe icia de principios democráticos, envolvían, como todos los crede ;
jacobinos, la satisfacción de una pasión momentánea, sati: facción propicia a calentar la lucha
y precipitar el triunfo, / el desconocimiento absoluto de las necesidades normales de la
nación, habían muerto uno por uno: era un programa ne( ati-vo fundamentalmente compuesto
de tres aboliciones: el S< nado, el timbre, la reelección; ninguna había podido quedar en pie.
Ni siquiera había suscitado un grupo dominante de hambre nuevos, sino muy a medias:
vencidos y vencedores se di tribuían en paz el presupuesto. No había resulte do de aqu lia
honda y sangrienta conmoción, más que una siluación nue va; pero esta situación nueva era
una tre ns-formación: era el advenimiento normal del capital extranjero a la explotación de la
riqueza amortizadas del país; y era ésta, no huelga decirlo aquí, la ultima de as tres grandes
desamortizaciones de nuestra historia: la de la Independencia, que lio vida a nuestra
personalidad nacional; la de la Reforma, que dio vida a nuestra personalidad social, y la de la
paz, que dio ñ-da a nuestra personalidad internación ü; son ellas las tres etapas de nuestra evo
lición total. Para realizar la úitima, que dio todo su valor a las
anteriores, hubimos de necesitar, lo repetiremos siempre,
como todos los pueblos en las hora.; de las cri is supremas,
como los pueblos de Cromwell y Napoleón, es cierto, pero
también como los pueblos de Washington y Lincoln y de
Bismarck, de Cavour y de Juárez, un hombre, una conciencia,
una voluntad que unificase las fuerzas morales y las trar >-
mutase en impulso normal; este homb e fue el presidente Díaz.
Una ambición, es verdad, ¿capaz de
subalternarlo todo a la conservación del

138
JUSTO SIERRA MÉNDEZ

poder? Juzgará la posteridad. Pero ese poder que ha sido y será en


todos los tiempos el imán irresistible, no de los superhombres del
pensamiento quizás, pero sí de los superhombres de la acción, ese
poder era un desiderátum de la nación; no hay en México un solo
ciudadano que lo niegue ni lo dude siquiera. Y esa nación que en
masa aclama al hombre, ha compuesto el poder de este hombre con
una serie de delegaciones, de abdicaciones si se quiere,
extralegales, pues pertenecen al orden social, sin que él lo
solicitase, pero sin que esquivase esta formidable responsabilidad
ni un momento; y ¿eso es peligroso? Terriblemente peligroso para
lo porvenir, porque imprime hábitos contrarios al gobierno de sí
mismo, sin los cuales puede haber grandes hombres, pero no
grandes pueblos. Pero México tiene confianza en ese porvenir,
como en su estrella el presidente; y que, realizada sin temor
posible de que se altere y desvanezca la condición suprema de la
paz, todo vendrá luego, vendrá a su hora. ¡Que no se equivoque!...
¡Sin violar, pues, una sola fórmula legal, el presidente Díaz ha
sido investido, por la voluntad de sus conciudadanos y por el
aplauso de los extraños, de una magistratura vitalicia de hecho;
hasta hoy por un conjunto de circunstancias que no nos es lícito
analizar aquí, no ha sido posible a él mismo poner en planta su
programa de transición entre un estado de cosas y otro que sea su
continuación en cierto orden de hechos. Esta investidura, la
sumisión del pueblo en todos sus órganos oficiales, de la sociedad
en todos sus elementos vivos, a la voluntad del presidente, puede
bautizársele con el nombre de dictadura social, de creatismo
espontáneo, de lo que se quiera; la verdad es que tiene caracteres
singulares que no permiten clasificarla lógicamente en las formas
clásicas del despotismo. Es un gobierno personal que amplía,
defiende y robustece al gobierno legal; no se trata de un poder que
se ve alto por la creciente depresión del país, como parecen afirmar
los fantaseadores de sociología hispanoamericana, sino de un poder
que se ha elevado en un país que se ha elevado proporcionalmente
también, y elevado, no sólo en el orden material, sino en el moral,
porque ese fenómeno es hijo de la voluntad nacional de salir
definitivamente de la anarquía. Por eso si el gobierno nuestro es
eminentemente autoritario, no puede, a riesgo de perecer, dejar de
ser constitucional, y se ha atribuido a un hombre, no sólo para
realizar la paz y dirigir la transformación económica, sino para
ponerlo en condiciones de neutralizar los despotismos de los otros
poderes, extinguir los cacicazgos y desarmar la tiranías locales.
Para justificar la omnímoda autoridad del
140 LA IDEA DE MÉXICO

jefe actual de la República, habrá que


aplicable, como metro, la diferencia entre lo
que se ha exigido de ella y lo que -e ha
obtenido.
En suma, la evolución política de
México lia sido sacrificada a las otras fases
d rio, irrecusable: no existe un solo pi rtido
e político, agrupación viviente organizada, no
s >;n derredor le un hombre, sino en torno de
u un programa. Cuartos pasos s : han dado por
e estos derroteros, se han detenido al entrar en
v a ntac-to con el recelo del gobierno y la
o apatía general: eran, pues, tentativas
l facticias. El día que un partido lie rara a
u mantenerse organizado, la evolución
c política reemprendería su m< rcha, y el
i hombre, necesario en las democracias más
ó que en las aristocracias, vendría luego; la
n función crearía un órgano.
s Pero si comparamos la situación de
o México precisa nente en el instante en que
c se abrió el paréntesis áz su evolucl n política
i y el momento actual, habrá que convenir, y
a en es o nos anticipamos con firme seguridad
l, al fallo de nuestros pósteros, en que la
b transformación ha sido sorprende rite. Sólo
c para los que hemos presenciado los sucesos
s y heme;; sido testigos del cambio, tiene éste,
t todo su valor: las páginas del gran libro que
a hoy cerramos lo demuestran copiosamente:
p era un ensueño —al que los más optimistas
a asignaban un siglo para p isar a la realidad
r —, una paz de diez a veinte años; la nuestri
a lleva largo un cuarto de siglo; era un
d ensueño cubrir al país < on un sistema
< ferroviario que uniera los puertos y d centro
coi el interior y lo ligara con el mundo, que
m sirviera de surco infi rito de fierro en donde
o arrojado como simiente el capital extrañ D,
s produjese mieses opimas de riqueza propia;
t era un ensu :ño la aparición de una industria
r nacional en condiciones di crecimiento
a rápido, y todo se ha realizado, y todo se
r mueve, y todo está en marcha y México: Su
e evolución social2 se ha escrito para
s demostrarlo así, y queda demostrado.
t La obra innegable de la administración
e actual, por severamente que se juzgue, no
h consiste en haber hecho el cambio, que
e acaso un conjunto de fenómenos exteriores
c hacían forzoso y fatal, sino en haberlo
h aprovechado admirablemente y haberlo
o facilitado concienzudamente. En esta obra
p nada ha sido
a
l
m 2
Editado por J. Ballescá y Cía. México, 1900-1902; 2
a tomos en 3 volúrr.-;nes. Esta obra de Justo Sierra,
Ev
ol
uc

n
po
líti
ca
de
l
pu
eb
lo
m
ex
ic
an
o,
ap
are
ció
p(
r
pri
m
era
ve
z
en
est
a
ob
ra,
se

n
se
ex
pli
ca
en
la
no
ta
de
int
io
du
cci
ón
del
pr
es
ent
e
to
m
o.
JUSTO SIERRA MÉNDEZ

más fecundo para el país —y la historia lo consignará en bronce—,


que la íntima colaboración de los inquebrantables propósitos del
presidente y de las convicciones y aptitudes singulares del que en
la gestión de las finanzas mexicanas representa los anhelos por
aplicar a la administración los procedimientos de la ciencia. A esa
colaboración se debe la organización de nuestro crédito, el
equilibrio de nuestros presupuestos, la libertad de nuestro
comercio interior y el progreso concomitante de las rentas
públicas. A ella se deberá, se debe ya quizás, que se neutralicen, y
por ventura se tornen favorables para nosotros, los resultados del
fenómeno perturbador de la depreciación del metal blanco, que fue
el más rico de nuestros productos consumibles y exportables,
fenómeno que si por un lado ha sido, con la facilidad de las
comunicaciones y la explotación de las fuerzas naturales, un factor
soberanamente enérgico de nuestra vida industrial, por otro
amenazaba, por las fluctuaciones del cambio, aislar, circunscribir y
asfixiar nuestra evolución mercantil. El haber es, pues,
imponderable en el balance que se haga de las pérdidas y
ganancias al fin de la era actual.
Existe, lo repetimos, una evolución social mexicana; nuestro
progreso, compuesto de elementos exteriores, revela, al análisis,
una reacción del elemento social sobre esos elementos para
asimilárselos para aprovecharlos en desenvolvimiento e intensidad
de vida. Así nuestra personalidad nacional, al ponerse en relación
directa con el mundo, se ha fortificado, ha crecido. Esa evolución
es incipiente sin duda: en comparación de nuestro estado anterior
al último tercio del pasado siglo, el camino recorrido es inmenso; y
aún en comparación del camino recorrido en el mismo lapso por
nuestros vecinos, y ese debe ser virilmente nuestro punto de vista y
referencia perpetua, sin ilusiones, que serían morales, pero sin
desalientos, que serían cobardes, nuestro progreso ha dejado de ser
insignificante.
Nos falta devolver la vida a la tierra, la madre de las razas
fuertes que han sabido fecundarla, por medio de la irrigación; nos
falta, por este medio con más seguridad que por otro alguno, atraer
al inmigrante de sangre europea, que es el único con quien
debemos procurar el cruzamiento de nuestros grupos indígenas, si
no queremos pasar del medio de civilización, en que nuestra
nacionalidad ha crecido, a otro medio inferior, lo que no sería una
evolución, sino una regresión. Nos falta producir un cambio
completo en la mentalidad del indígena por medio de la escuela
educativa. Esta, desde el punto de vista mexicano, es la obra
suprema que se presenta a un tiempo con
14 LA IDEA DE MÉXICO
2

caracteres de urgente e ingente. Obra magna


y rápida, parque o ella, o la muerte.
Convertir al terrígena en un valor social
(y sólo por m estra apatía no lo es),
convertirlo en el principal colono de un i tie-
rra intensivamente cultivada; identificar su
espíritu y el muestro por medio de la unidad
de idioma, de aspiración ;s de amores y de
odios, de criterio mental y de criterio more ;
encender ante él el ideal divino de una patria
pera todos, d una patria grande y feliz; crear,
en suma, el alma nacional, e ta es la meta
asignada al esfuerzo del porvenir, ese es el
prog ama de la educación nacional. Todo
cuanto conspire a realizc rio, y sólo eso, es lo
patriótico; todo obstáculo que tienda a retí
rdar-lo o desvirtuarlo, es casi una infidencia,
es una obra me la, es el enemigo.
El enemigo es íntimo; es la
probabilidad :ie pasar de idioma indígena al
idioma extranjero en nuestras fronteras obs-
truyendo el paso a la lengua nacional; es la
superstició i que sólo la escuela laica, con su
espíritu humane y científico puede combatir
con éxito; es la irreligiosidad cívica de los i:
ipíos que, abusando del sentimiento religioso
inextirpable en los mexicanos, persisten en
oponer a los principios, que son la base de
nuestra vida moderna, los que han sido la
base religiosa de nuestro ser moral; es el
escepticismo de los que, al ducar de que
lleguemos a ser aptos para la libertad, nos
conde] an a muerte.
Y así queda definido el deber; educar,
quiere decir forl ficar; la libertad, médula de
leones, sólo ha sido, individual y ;olec-
tivamente, el patrimonio de los fuertes; los
débiles jame > han sido libres. Toda la
evolución social mexicana habrá side abor-
tiva y frustránea si no llega a ese fin total: la
libertad.

7 1
9
Alfonso 5
Reyes 9
(1889- )
scritor. Hijo del general Bernardo Reyes, nació en Monterrey, NL
Ahí hizo sus estudios primarios en el Liceo Francés; y en la Escuela
Nacional Preparatoria, y en la Facultad de Derecho de México,

donde obtuvo el título de abogado en 1913. En 1909 fundó con


otros escritores mexicanos el Ateneo de la Juventud. Fue secretario
de la Facultad de Altos Estudios y profesó ahí la cátedra de historia
de la lengua y literatura españolas. En 191 3 fue designado segun-
do secretario de la Legación de México en Francia. En 1914 se
traslada a España y se consagra a la literatura y al periodismo; tra-
baja en el Centro de Estudios Históricos de Madrid bajo la dirección
de Menéndez Pidal. En 1920 es designado segundo secretario de la
Legación de México en España. Ocupa desde entonces diversos
puestos en el servicio diplomático: encargado de negocios en
España (1922-1924), ministro en Francia (1924-1927), embajador
en Argentina (1927-1930 y 1936-1937) y en Brasil (1930-1936).
En 1939, a su vuelta al país, es presidente de la Casa de España en
México (El Colegio de México). Miembro de número y presidente
de la Academia Mexicana correspondiente de la española y
miembro fundador del Colegio Nacional. En 1945 obtiene el
Premio Nacional de Literatura en México y es candidato al Premio
Nobel de Literatura. Recibe innumerables honores y distinciones.
Sus libros que mayor éxito han alcanzado

LA IDEA DE MÉXICO

son: Visión de Anáhuac (191 7), Simpatías y diferencias (1921),


La X en la frente (1952), El deslinde (1944), La experiencia
literaria (1942) El Fondo de Cultura Económica hace la edición
de sus ooras comple.as. Desde su primer libro, Cuestiones
estéticas (1911), aparecen las grandes direcciones de su obra
posterior: la cultura clásica, la investigación teórica de la
literatura, y las letras españolas, francesas inglesas y
mexicanas.

MÉXICO EN UNA NUEZ

I
Los aztecas, raza militar, dominaban por el terror a un
conjunto de pueblos heterogéneos, y sólo escapaban a su
impeí io los muy alejados o los muy bravos, como la altfva
repúbl :a de Tlaxcala, cuyos hijos preferían cocinar sus
alimentos sir sal a tener trato con los tiranos de Anáhuac.
Los aztecas viví m sobre los despojos de civilizaciones
vetustas y misteriosa? cuya tradición ellos mismos habían
comenzado c no entenc ¡r, va-ciándola poco a poco de su
contenido moral.
Los pueblos americanos, aislados del resto del mundo,
habían seguido una evolución diferente a la de Europa qui
los colocaba, respecto a ésta, en condiciones de notoria
infer oridad. Ignoraban la verdadera metalurgia y
desconocían el empleo de la bestia de carga, que era
sustituida por el esclavo. I alebraban contratos
internacionales para hacerse la guerra de vez en cuando, y
tener víctimas humanas que onecer a sus d oses. Su sistema
de escritura jeroglífica no admitía la fijación d ; las formas
del lenguaje, de suerte que su literatura sólo pod a perpe-
tuarse por tradición oral. Ni física ni moralmentf podían
resistir el encuentro con el europeo. Su colisión contra los
hombres que venían de Europa, vestidos de hierro, arm
idos con pólvora y balas y cañones, montados a caballo y s
atenidos por Cristo, fue el choque del jarro contra el
caldero. E jarro podía ser muy fino y muy hermoso, pero
era el más qi sbradizo.
La sensibilidad artística de aquel pueblo todavía ios
asombra y sus herederos, mil veces vencidos por
régimen :s que parecían calculados para arruinarlos dan
todavía ej ¡mplos de primorosas aptitudes manuales y un
raro don est ;tico. Pero también el caníbal sabe trazar sobre
su cuerpo tatuí jes que no igualaría cualquier civilizado. La
civilización se ha< e de moral y de política. El don es otro
orden libre y sagrado d.? la vida.
ALFONSO REYES

Gran mente política, Cortés jugó de intrigas y ardides, abusó


del respeto que el indio concedía siempre al que se decía em-
bajador, y como embajador vino a presentarse para que le abrieran
todas las puertas; se aprovechó de la superstición que lo hacía
aparecer como emisario de los Hijos del Sol (verdaderos amos del
suelo mexicano que según lo oráculos un día volverían a reclamar
lo suyo), y amparado por la feliz aparición del cometa, triunfó sin
lucha en el ánimo asustadizo del emperador Moctezuma, que así se
portó ante él como Rey Latino, en la Eneida, a la llegada de Eneas,
el hombre de los destinos. Y todavía sacó partido del pavor que
causaba en el ánimo de los indios la sola presencia de las tropas
españolas, haciendo pasar por dioses a los caballos y por centauros
a los jinetes. Finalmente, Cortés movilizó, contra el formidable
poder central, los odios de los cien pueblos postergados. Y así,
bajo las inspiraciones de Cortés, los indios mismos hicieron —para
él— la conquista del Imperio azteca.
Sin la debilidad fundamental de aquellas civilizaciones ya
arruinadas, y sin este juego de circunstancias genialmente puestas
al servicio de la empresa, ésta hubiera sido irrealizable. No sólo
moral, sino numéricamente irrealizable. ¿Unos

DIBUJO DE ELVIRA GA2CON


LA IDEA DE MÉXICO

centenares de hombres y unas docenas de caballos lograron ta-


maña victoria? Oh, no: como en la llíada todas las fuerzas del
cielo y de la tierra tomaban parte en el confliclo.

Los pingüinos que San Mael bautizó fueron convertido en


hombres por dictamen del cielo: había que salvar el hono del
sacramento. La Iglesia, con todo, tiene piedad del que los nás
torpes se inclinaban a considerar como bestic. o como en pendro
diabólico. El indio, por lo menos, pasa a la categorí i de menor, de
ser elemental, y se le admite a los beneficios dt 1 catequismo y del
bautismo. El conquistador, violento y codic .oso, tiende a pagarse
en tierras y en almas sus servicios a la Corona. La Iglesia tiene
encargo de sujetarlo en lo posible, y d ■ salvar así los rebaños de
indios para irlos reduciendo a la verdadera vida cristiana.
Habituadas a vivir en un comur ismo agrícola, las poblaciones
rurales se ven divididas por e) conquistador en reparticiones y
encomiendas. La reparticic i del suelo era la cruel verdad, la
encomienda de almas era el eufemismo sangriento. Y la Iglesia se
lanza a proleger a las ] oblaciones indígenas: cuida sus tierras, y
junta en el atrio a las familias espantadas.
De tanto cuidar tierras y familias acaba por quedar e con ellas,
convirtiendo en huerta de la iglesia todo el camp> i y alzándose
como un señor más que desafía el poder de lo; señores laicos y
hasta contrarresta la autoridad de los virreyes. Ya en tiempos de
Felipe IV se habla de los consejos de ministros de arrancar a la
mano muerta eclesiástica las tierras de la Mueva España, porque el
estancamiento de aquella riqueza se vuelve amenazador: la
Colonia tiene un quiste en el seno que ; e la va comiendo toda.
Carlos III se distrae con el pacto de la amilia y las luchas de
Europa, y así, aunque expulsa a los jesu.tas, no ataca la realidad
del problema económico. Cada vez s siente más la necesidad de no
tolerar que nazca un Estado de itro del Estado.
Durante tres siglos las razas se mezclan como puetí ?n, y la
Colonia se gobierna y mantiene por un milagro de resp eto a la
idea monárquica y por su misión religiosa i las categc rías del
Estado. Porque la metrópoli casi no desarrolló sobre . anérica otra
fuerza que la espiritual, desprovista como estaba de un poder
naval que correspondiera a la inmensidad de sus conquistas, y
hasta desprovista de ejércitos americanos qv e sólo se
ALFONSO REYES

improvisaron a última hora. Entretanto, sordamente —los indios


abajo, los españoles arriba y en medio los criollos señoriales y
soberbios y los mestizos astutos y sutiles—, se engendra del nuevo
ser de una patria.
Cuando sobreviene la guerra napoleónica en la Metrópoli, los
caudillos liberales de la Nueva España, inspirados en la filosofía de
la Revolución Francesa, se lanzan a la independencia. Si ellos no
llegan a hacerla —dice Justo Sierra— es posible que la Iglesia
hubiera provocado la revolución, amenazada como se veía ya por
la Corona. Y, en todo caso, es muy significativo que aparezcan,
entre los caudillos insurgentes, tantos eclesiásticos de aldea.

La noche del 15 de septiembre de 1810, el cura del pueblo de


Dolores, Miguel Hidalgo y Costilla, convocó a sus feligreses a
toque de campana y se lanzó a la lucha contra el régimen español y
en pro de la independencia nacional. De aquellos vecinos
amotinados, de aquel montón de hombres empujados por una
fiebre divina, mal armados con picos y hachas —cada uno como
podía y con los instrumentos del azar—, surge el primer gran
ejército de la independencia; ejército que llegará a ser formidable,
y que sólo se detendrá en el Cerro de las Cruces, ante quién sabe
qué fuerzas o qué consideraciones misteriosas y ya a punto de caer
sobre la ciudad de México, donde parece que tenía seguro el
triunfo. A la majestad de la Historia no siempre conviene el que los
grandes conflictos encuentren soluciones fáciles.
La noche del 15 de septiembre, en recuerdo del hecho humilde
y memorable, el Presidente de la República congrega al pueblo en
la Plaza de Armas de México, frente al Palacio Nacional, sobrio y
majestuoso edificio revestido de dolor y de historia; tañe la misma
campana con qué el cura Hidalgo dio la alerta al corazón de la
patria, y repite el grito ritual: "¡Viva México libre e
independiente!" Las escenas de regocijo y fiesta que entonces se
desarrollan, en medio de la gritería y las iluminaciones nocturnas,
son uno de los rasgos más pintorescos de la vida popular
mexicana, y han tentado a todos nuestros novelistas de costumbre.
Un hálito de las antiguas panegirias parece volar sobre la hermosa
ciudad.
Este motín del pueblo de Dolores, este hecho —uno de tantos,
uno entre varios— ha venido, por diversas circunstancias
LA IDEA DE MÉXICO
I
históricas, a ser considerado como el símbolo de la indepi n-
dencia, la cual sólo fue consumada diez años más tarde, ?n 1821,
por el coronel Agustín de Iturbide. En tanto que los 11 >e-rales de
México insisten en la representación hislórica del cura Hidalgo,
caudillo popular, verdadero Padre de la Patria, os conservadores
insisten en la importancia de la obra de Ituí bi-de —criollo
aristócrata— como consumador de la independ n-cia nacional.
Pero Iturbide desvirtuó el brillo de su personalidad por haber caído
en el error de erig irse más tarde emperador de México. Efímero
Imperio el suyo, sin justifi :a-ción histórica ni arraigo ninguno en
los sentimientos populares. Hidalgo queda con el alto prestigio de
martirio por \. aa noble causa, la cual, en su tiempo, era más difícil
que en los tiempos de Iturbide.
Naturalmente que, en los orígenes de la e-mancipación, obran
de consumo muchas fuerzas. Los fenómenos sociales. on muy
complejos, y las guerras y las revoluciones —estos iru vi-mientos
acelerados— pueden decirse que van depurando ;us motivos y sus
propósitos a medida que adelantan. Los puet los empuñan las
armas por instinto, y muchas veces no descub en cuál era su
verdadero anhelo y la causa principal de sus inquietudes y
malestar sino algunos años después. Así aconi ?ce con la
Revolución Mexicana de 1910 que parecía en un p in-cipio
movida por el solo afán de expulsar a un hombre aferrado al
mando más de lo que parecían consentí rio las mismas leyes
naturales. Pero, removidas violentamente las entra las del pueblo,
empezaron a dar de sí todos los ocultos y graves problemas que
tenían escondidos y que derramaban por t ido el cuerpo de la
nación un dolor incierto y persistente: just cia social y
dignificación del trabajo, equitativa repartición del campo la
incorporación de la raza india a la vida civilizada y a las
felicidades del bienestar, defensa frente a pueblos potentes que a
veces nos han amenazado en su ciego ensanche natural;
problemas, en suma, de intensa educación, a que se reducen todos
los otros. Así también, en nuestra lucha pe r la independencia, se
nota —en el fondo— el impulso claro h ida la autonomía política;
pero este impulso aparece al princ pió enturbiado por muchos
otros impulsos accesorios que con en-zaron colaborando con aquél
y luego se fueron iesvanecie: do.
El clero mexicano, clero campesino, clero humilde, ca isa-
do de soportar siempre en los altos cargos a los personaje; de
la aristocracia eclesiástica española, también veía su ven raja
en el movimiento de la Independencia. El mismo Hidalgo pro
cede de esta clase social.
_________________________________________________________________________
ALFONSO REYES

Por otra parte, la Iglesia, como he-


mos dicho, vela con desconfianza las
tentaciones de desamortización que se
habían infiltrado en los consejos de la
Corona española.
Finalmente, los conservadores y absolutistas de
México soñaban con ofrecer a Fernando VII un trono mexicano,
independiente de España y limpio de Constitución; pues
recordemos que ya el liberalismo español, para esa fecha, había
recortado a Fernando VII los poderes absolutos, mediante la
Constitución de Cádiz. Ante este solo aspecto de la cuestión (que
tiene su equivalente en las demás repúblicas), los paradojistas han
querido demostrar que la Independencia de la América española
fue obra de los monárquicos. Tanto monta decir que el fuego —
cosa tan grande y tremenda como el fuego— es un elemento que
tiene por objeto encender cigarros.
La ciencia no nos deja mentir. La verdadera independencia no
existe mientras quedan resabios de rencor o de pugna. La
verdadera independencia es capaz de amistad, de reconocimiento,
de comprensión y de olvido. España fue grande; tan grande, que
conjuró contra ella todas las voluntades, y de aquí nació la leyenda
negra. El régimen español compartió todos los errores filosóficos
de su tiempo. Otros imperios cometieron faltas iguales o peores,
pero estaban —como menos grandes— menos a la vista del
mundo. Dice un refrán griego: "El desliz del pie de un gigante es
carrera para un enano."
El hecho español era tan fuerte, tanto pesaba sobre la tierra la
mano de España, que sus menores actos aparecen agigantados; y
singularmente a los ojos de otros pueblos, entonces menos
afortunados, que se contentaban con perseguir por el mar a los
galeones españoles cargados de oro, o con recoger, bajo la mesa
imperial, los relieves del festín español.
La verdadera censura que admite el régimen español está en
que España nunca tuvo fuerzas para sujetar su poderío colonial; en
que no supo explotar cuerdamente, con buena ciencia de mercader,
a sus colonias, sino que se enloqueció fantásticamente con ellas, se
entregó a ellas, se fue hacia ellas desangrándose visiblemente, y en
vez de crear esas grandes factorías comerciales que engendran los
imperios del siglo XIX, produjo naciones, capaces de vida propia
al grado que supieron arrancarse a la tutela materna. ¡Culpa feliz
por cierto!
LA IDEA DE MÉXICO

Ningún mexicano puede recordar sin gratitud los afortunados


esfuerzos que representan las Leyes de Indias, donde los hombres
de hoy en día buscamos inspiracioneí; en la campaña para
defender al indio, para salvaguardar \ os ejidos o propiedades
comunales de los pueblos, y hasta para afirmar el dominio
eminente del Estado sobre el subsuelo nacional siempre
inalienable según los principios latinos que han dado al mundo su
conciencia jurídica.
No: la independencia —en el sentido más profundo y ver-
dadero de la moral y de la política— podemos decir que s e ha
hecho, por lo menos, tanto contra un Estado como contr i un
pasado. Y a veces me parece que más bien esto último. De modo
que las independencias americanas y la instauración de la
República en España son dos tiempos paralelos de la misma
evolución histórica. A unas y a otra las gobierna y las ju: tífica
igual filosofía. No era todavía independiente el hispanoc aieri-
cano que aún maldecía del español. En la varonil frater údad —
que no se asusta ya de la natural interdependencia— en el
sentimiento de amistad e igualdad se reconoce al independiente
que ha llegado a serlo de veras.

¿Destetaríais a un niño con ajenjo? Pues he aquí que las repúblicas


americanas nacieron bajo las inspiraciones de una filosofía política
que, realmente, es una filosofía política para adultos. De la
monarquía absoluta y teocrática, y del g< bierno unitario y central,
que siempre habían sido las forme 5 de la política mexicana, antes
y después de la Conquista, p isamos a los Derechos del Hombre y
a la Constitución Federal. Mucho tiempo viviremos como
prendidos a la cola y arrastrados por el carro ligero de un ideal que
no podemos alcanzar. No € ducado el pueblo para la
representación democrática, ajeno toco nuestro sistema de
costumbre al trabajo de la máquina fed .'ral, no preparado el
indígena para hombrearse con el señoi blanco poseedor de
haciendas y dueño de influencias en la ci idad...
Las ideas importadas de Francia y de los Estados U íidos se
convierten en la gran aspiración de todos, aún de la.' que no las
entienden. En vano fray Servando Teresa de Mier (célebre
Discurso de las profecías) augura a la patria todos los rr ales que
le vendrán de querer adoptar normas ajenas a su idio incrasia y a
su historia. La idea jacobina, liberal e individuali ta, es la más
fuerte. Y por entre el duelo de federalistas avanzados y
ALFONSO REYES

centralistas retardatarios, como deshaciendo a puntapiés


una telaraña de mentiras, avanzan las botas fuertes de los
caudillos, cada uno dispuesto a ser Presidente contra la
voluntad de los otros. En el primer instante, Iturbide se
dispone a más: a ser Emperador. Gran confusión, gran
enseñanza.
Como fuere, el duelo de liberales y conservadores va creando un ritmo de vaivén que cada
vez se parece más a un latido, a una circulación coherente, a la respiración de un ser ya dife-
renciado, ya en proceso de organización. La cara del nuevo pueblo se va dibujando a
cuchilladas. Las cicatrices le van dando relieve, y en esto se gasta la primera mitad del siglo.

VI

Vencidos por el momento los conservadores, y amenazada de desamortización la Iglesia


(conflicto que se volvió herencia), algunos engañados cometen el imperdonable error de pedir a
Napoleón III la fundación de un Imperio en México. Quieren acabar de una vez con las utopías
liberales, poner término a la anarquía y delegar la nacionalidad en manos más expertas,
salvándola así (según ellos pensaban) de los nacientes riesgos que suponía la vecindad de un
pueblo poderoso en el norte. Entonces acontece algo comparable al reventar de un absceso
interno. Los malos humores se van al torrente de la sangre y hacen daño por todas partes. Pero
a veces —y así sucedió entonces— logra el cuerpo eliminarlos e irlos expulsando.
Los conservadores, a efectos del rencor reciente y aunque entre
ellos hubiera patriotas y hombres de buena
fe, pasaron a la categoría de ofuscados, de
cómplices del invasor. Y los liberales, en
el primer instante aplastados, se alzaron de
pronto con la representación genuino y
congruente de la nación, con el sentido
claro de sus responsabilidades y del único
camino posible. En la mente del salvador
de la República, Benito Juárez, o más bien
en su voluntad, se calienta y modela
definitivamente el metal de la patria,

1
5
1
LA IDEA DE MÉXICO

hasta entonces mezclado e informe. De allí sale ya hecho una


espada.
Juárez ha sido censurado. La censura afecta unas vece a
pequeñas particularidades que aquí no importan. Nos importa la
censura cuando se refiere al conjunto de su obra, a su orientación
general. Tal censura procede, en unos casos, ] or la senda que
llamamos pasión. En otros, por la senda que í a-maremos, mejor
que acción, inercia. El resultado de es as censuras es el
ofuscamiento de la evidencia en la historia El efecto sobre la
cultura política es la desmoralización. Me x-plicaré sobre estos
conceptos: pasión, inercia, evidencia, c ?s-moralización
Pasión: Ni siquiera uso de la palabra con intención agresiva.
La pasión ofrece una integración de estímulos humanos que, si no
es conscientemente aviesa, merece algún respete A quienes no
participan de la filosofía política de Juárez les reconozco el mismo
derecho de examen que pcira mi pro >io reclamo. Pero estimo que
los apasionados, aunque están n uy en su terreno cuando lamentan
la dirección que Juárez imprimió al movimiento nacional, se
extralimitan —y por a.ruí niegan la evidencia— cuando olvidan
que el camino ab erro por Juárez era, en sus circunstancias, el
único que se o re-cía a la salvación de México. No discuto
principios, señaló hechos.
Inercia: Ante la evidencia que acabo de señalar, opera la
inercia del espíritu. Una de las formas más disimuladas y a ju-das
de la pereza mental es la incomprensión, ciega y por arrastre
adquirido, ante las cosas obvias; la incapacidad de objetivación; la
impotencia de los resortes lógicos ante los hechos que deben
aceptarse como hechos. El afán de originali lad —risible en el
fondo— provoca secundariamente este error del espíritu. Antes
dije: los adversarios pueden lamentar, no nejar. Ahora digo: por
inercia, y secundariamente por extravío paradójico, algunos no se
conforman con no admitir, y quieren que se entienda la historia —
al modo del cómico personaje de Pérez Galdós— no como fue,
sino como ellos juzgan que deb era haber sido. ¡Claro! ¡Ojalá no
hubiera habido duelo entre 1 be-rales y conservadores! ¡Ojalá no
hubiera habico interven" ion extranjera!
El concepto de evidencia queda ya de paso establecidí . El de
desmoralización se reduce a considerar el funesto efecto que tiene
para la educación cívica el escatimar el reconocimiento al austero
gobernante que salvó a la patria.
ALFONSO REYES

Recapitulemos. Nadie ha visto un río en formación, cuando todavía


no tiene hecho el caudal ni ha optado por un cauce definitivo. Pero
la historia es mucho más veloz que la geografía, y podemos
apreciar mejor, en la perspectiva del recuerdo, los pasos incipientes
de una nación, sus tanteos hacia la autonomía primero, y luego sus
crisis y convulsiones hacia la conquista de las libertades cívicas.
Los precursores sólo pensaban en ofrecer al rey de España un
trono saneado de todas las "peligrosas novedades" que el li-
beralismo francés importó a España. Esa entidad nueva que
apareció en las Cortes de Cádiz, el pueblo español, ¿qué tendría
que ver con la Nueva España? No: la Nueva España dependía del
monarca. Si la Vieja España le ponía al monarca cortapisas, había
que arrancar a México de la Metrópoli europea, y ofrecérselo, en
toda su pureza de dominio absoluto, al Hombre de Derecho
Divino.
Un instante después, todo ha cambiado: Hidalgo, el Padre de la
Patria, ha concebido ya el ideal de una nación libre, y en este
empeño lucha y perece. Morelos lucha y perece en plena batalla
por la remodelación social. Y cuando Iturbide —un instante más—
parte con la espada el nudo gordiano, la nación andaba todavía tan
primeriza, que se deja coger en la trampa de un sueño imperial y
aventurero.
Pero un secreto instinto —como esa honda gravitación que
gobierna el curso del agua y junta los racimos de afluentes para ir
engrosando el río y perfilando su trayectoria sobre el suelo—, un
secreto instinto dice al oído del pueblo que, una vez traspuesto el
gran obstáculo, una vez hecho el gran sacrificio, lo mejor es
atreverse a la fórmula última y más promisoria de las libertades
nacionales. Y es la República. Y empieza a crecer la República,
entre el vaivén, el tira y afloja de los que insisten en la tradición
por un lado, y los que insisten en la esperanza, por el otro. Este
vaivén inevitable —más aún: indispensable— hace veces de
circulación, y anuncia la viabilidad del nuevo ser político. Pero, en
sus orígenes, suele perturbarse, enredarse en arrepentimientos y
asfixias, embarazar al embrión y, en ocasiones, matarlo.
Hubo un día en que este vaivén de liberales y conservadores
estuvo a punto de matar a la joven República. Y Juárez aparece
entonces como ese último punto providencial en que se refugian la
vitalidad y la conciencia del ser en peligro. La nación se reduce a
las proporciones del coche en que Juárez pe-
LA IDEA DE MÉXICO

regrinaba, salvando las formas del Estado. Juárez-Eneas: Ju< -rez,


el hombre que sale del incendio. Segundo Padre de la P i-tria, pero
ya con la experiencia adquirida por las vicisitudes de medio siglo.
En aquel inmenso "borrón y cuenta nueva" que le toca llevar a
cabo, traza el cauce por el que habrá le correr el río, y abre una era
definitiva en nuestra historia. P )r primera vez una conciencia hizo
tabla rasa de los hech )s amontonados por la casualidad, y
comenzó a re edificarlo 1 > do con un plan seguro, con un
propósito incuebrantab.e. Ahora ya no es la naturaleza ciega: ahora
es la inteligenc ia humana. De la frente de Benito Juárez salta la
imagen al a-da de la República.
Y cuando esta hija del espíritu, con los años y con el bienestar
mal administrado —"materialismo siglo XIX"— eche carnes, se
aburguese y amenace perder la buena economía leí cuerpo y del
alma, por causa de la vida antihigiénica, ent> n-ces habrá que
someterla valientemente a una vida ascétic i y gimnástica, a una
revolución como a una intervención quii ár-gica; habrá que
devolverle la línea, y ponerla —como ho} se dice— a régimen: a
un Nuevo Régimen, que no lo sea solam inte de dientes afuera.
Las Leyes de Reforma y la Constitución del 57 quedan como
huella escrita de aquel duelo definitivo entre liberaL s y
conservadores.
Leyes y Constitución que eran todavía poca cosa par i lo que
faltaba hacer, pero que hicieron posible —i-espetadas '. vas-Xa
cierto punto, sorteadas a veces con maña y a veces con í íer-za—
un alto en el camino. Este alto, sueñe) reparador del cuerpo
después del sobresalto sufrido, fue la paz porfirian< .
Por lo demás, Hidalgo, Morelos, Juárez, tienen todavía nú-cha
faena por delante. No se han quitado todavía las bote s de
campaña.

VIII

Cambia la escena. Paz, estabilidad y bálsamo adorme' edor para


las heridas de la Patria. Gran respeto de las apariencias legales.
Espíritu de conciliación para con los antiguos ad^ ersa-rios,
conservadores y demás representantes de; los llamad >s intereses.
Concentración del poder en unei sola vohntad superior, pero
animada de intachable amor al país, y ten independiente y laica
que no necesitaba descender a extremos groseros.
ALFONSO REYES

Vil

Recapitulemos. Nadie ha visto un río en formación, cuando todavía


no tiene hecho el caudal ni ha optado por un cauce definitivo. Pero
la historia es mucho más veloz que la geografía, y podemos
apreciar mejor, en la perspectiva del recuerdo, los pasos incipientes
de una nación, sus tanteos hacia la autonomía primero, y luego sus
crisis y convulsiones hacia la conquista de las libertades cívicas.
Los precursores sólo pensaban en ofrecer al rey de España un
trono saneado de todas las "peligrosas novedades" que el li-
beralismo francés importó a España. Esa entidad nueva que
apareció en las Cortes de Cádiz, el pueblo español, ¿qué tendría
que ver con la Nueva España? No: la Nueva España dependía del
monarca. Si la Vieja España le ponía al monarca cortapisas, había
que arrancar a México de la Metrópoli europea, y ofrecérselo, en
toda su pureza de dominio absoluto, al Hombre de Derecho
Divino.
Un instante después, todo ha cambiado: Hidalgo, el Padre de la
Patria, ha concebido ya el ideal de una nación libre, y en este
empeño lucha y perece. Morelos lucha y perece en plena batalla
por la remodelación social. Y cuando Iturbide —un instante más—
parte con la espada el nudo gordiano, la nación andaba todavía tan
primeriza, que se deja coger en la trampa de un sueño imperial y
aventurero.
Pero un secreto instinto —como esa honda gravitación que
gobierna el curso del agua y junta los racimos de afluentes para ir
engrosando el río y perfilando su trayectoria sobre el suelo—, un
secreto instinto dice al oído del pueblo que, una vez traspuesto el
gran obstáculo, una vez hecho el gran sacrificio, lo mejor es
atreverse a la fórmula última y más promisoria de las libertades
nacionales. Y es la República. Y empieza a crecer la República,
entre el vaivén, el tira y afloja de los que insisten en la tradición
por un lado, y los que insisten en la esperanza, por el otro. Este
vaivén inevitable —más aún: indispensable— hace veces de
circulación, y anuncia la viabilidad del nuevo ser político. Pero, en
sus orígenes, suele perturbarse, enredarse en arrepentimientos y
asfixias, embarazar al embrión y, en ocasiones, matarlo.
Hubo un día en que este vaivén de liberales y conservadores
estuvo a punto de matar a la joven República. Y Juárez aparece
entonces como ese último punto providencial en que se refugian la
vitalidad y la conciencia del ser en peligro. La nación se reduce a
las proporciones del coche en que Juárez pe-
LA IDEA DE MÉXICO

regrinaba, salvando las formas del Estado. Juárez-Eneas: J á-rez, el


hombre que sale del incendio. Segundo Padre de la I a-tria, pero ya
con la experiencia adquirida por as vicisituí es de medio siglo. En
aquel inmenso "borrón y cuenta nue\ a" que le toca llevar a cabo,
traza el cauce por el que habrá ie correr el río, y abre una era
definitiva en nuestrcí historia. I or primera vez una conciencia hizo
tabla rasa ce los hech DS amontonados por la casualidad, y
comenzó a reedificarlo ~ o-do con un plan seguro, con un
propósito inquebrantab e. Ahora ya no es la naturaleza ciega: ahora
es le. inteligenc a humana. De la frente de Benito Juárez salta la
imagen ali i-da de la República.
Y cuando esta hija del espíritu, con los años y con el bienestar
mal administrado —"materialismo siglo XIX'— eche ce r-nes, se
aburguese y amenace perder la buena economía d ;1 cuerpo y del
alma, por causa de la vida antihigiénica, entonces habrá que
someterla valientemente a una vida ascética y gimnástica, a una
revolución como a una intervención quirú -gica; habrá que
devolverle la línea, y ponerla —:omo hoy : e dice— a régimen: a
un Nuevo Régimen, que no lo í;ea solamei -te de dientes afuera.
Las Leyes de Reforma y la Constitución del 5) quedan a -mo
huella escrita de aquel duelo definitivo entre liberales y
conservadores.
Leyes y Constitución que eran todavía poca cosa para 1 > que
faltaba hacer, pero que hicieron posible —respetadas hasta cierto
punto, sorteadas a veces con maña y a veces con fuei -za— un alto
en el camino. Este alto, sueño reparador de cuerpo después del
sobresalto sufrido, fue la paz porfimana.
Por lo demás, Hidalgo, Morelos, Juárez, tienen todavía mucha
faena por delante. No se han quitado todavía las botas de
campaña.

VIII

Cambia la escena. Paz, estabilidad y bálsamo adormecedor para


las heridas de la Patria. Gran respeto de las aparienciaí legales.
Espíritu de conciliación para con los antiguos adversarios,
conservadores y demás representantes de los llamados intereses.
Concentración del poder en una sol; voluntad superior, pero
animada de intachable amor al país, y tan independiente y laica
que no necesitaba descender ra extremos groseros.
ALFONSO REYES

Dogmas de la época: lo. La paz ante todo, la paz como fin en sí,
por cuanto ella presupone e implica, incluso la domesticación de
ciertas salubres inquietudes. ¿Maña y fuerza? Siempre la usaron los
gobiernos. ¿Sangre? Mucha más ha corrido antes y después. 2o.
"Poca política y mucha administración"; es decir: aplazar lo más
posible ciertas cuestiones teóricas y atender a lo inmediato y
práctico, pero en una esfera muy restringida. El pueblo ha nacido
para ser gobernado por los financieros, por los "científicos", como
ellos se llaman. 3o. La noción del extranjero como idea-fuerza: que
el extranjero nos vea con buenos ojos, que el extranjero se sienta a
gusto entre nosotros y nos dé su crédito y su confianza, puesto que
el marchamo internacional viene de afuera. Es la teoría de que la
patria se debe modelar por sus contornos, y no nacer de sus propias
entrañas. Es la teoría centrípeta, y no centrífuga, de la patria. Es el
concepto del positivismo evolucionista, que privaba en las escuelas
públicas de entonces: el ser es un producto del medio; en
consecuencia, el signo de que el ser posee las condiciones de vida
consistirá en que el medio ambiente le otorgue su aprobación;
consistirá en que el mundo extranjero se deslice y circule en torno
al país como acariciándolo. (Aquel desperezo del nacionalismo, a
la hora de la Revolución, nacionalismo que hasta tomaba aires
agresivos por momentos, se explica, en parte, como una reacción
contra esta mitología del extranjero.) Y los capitales extranjeros
acuden, el crédito del país se levanta y, más o menos vinculadas
con la oligarquía de los "científicos", las clases privilegiadas de
todo el país —que son las que dejan oír su voz, porque el pueblo
gruñe en voz baja o no entiende que sus males provengan de
ningún error político— comienzan a disfrutar una era de
bendiciones. Y todos olvidan que la primera necesidad de un
pueblo es la educación política. El gran caudillo, héroe de cien
batallas y, ahora héroe de la paz, se encarga de las conciencias de
todos. Hasta la moral de los individuos va a apoyarse en sus
decisiones. Los padres le llevan al hijo calavera para que lo asuste
o, si hace falta, lo mande a la campaña del yaqui. Los estados de la
República vienen a ser circunvoluciones de su cerebro. "Me duele
Tlaxcala" —dice—, y se lleva la mano a alguna región de la
cabeza. Y una hora después, como traído por los aires, el
gobernador de Tlaxcala está temblando frente a él.
¿Cómo puede haber, después de este ejemplo —magno y
asombroso si los hay, porque Porfirio Díaz era hombre de talla
gigantesca—, cómo puede haber quien todavía predique entre
nosotros doctrinas fundadas en el abandono de la educación
LA IDEA DE MÉXICO

política? Por encima de la buena voluntad de un hombre, el capital


había venido a ser una fuerza de excluí;.va explote ■ ción, una
energía irresponsable y mecánica, una economía de lucro y no de
servicio. Y ello deshace a las naciones y entristece el trabajo.
El tiempo hizo su obra: el dormido comenzó c. agitarse. 11
cuerpo intervenido se recobró del marasmo, y el alma —hast;i
entonces indecisa— comenzó a clamar por sus derechos. 11
caudillo, envejecido, había hecho su obra y no supo retirarse a
tiempo: al tiempo en que afloraban problemas que, en verda< , ya
no le incumbían, ya no pertenecían a su representación dt 1
mundo. El viejo cree estar rodeado de sus semejanles, y está s<
-lo: un muro de cristal lo separa ya de las cosas, un abismo c 2
tiempo, una dimensión matemática imposible ce burlar. La menor
palabra indiscreta, un vago ofrecimiento :;obre la coi -veniencia de
dejar al pueblo ensayar por su cuenta une s elecciones, y el ánimo
del país se desperezó y empezó a conirn -verse como una
tormenta. Aquel gigante que supo salir airo; 3 de tan graves faenas
no acertó en crearse un sucesor, sin duc i estorbado por los
inevitables malos hábitos de la dictaáur i. Expulsar al viejo
presidente parecía ser el problema de la Revolución, y resultó lo
más sencillo. Como siempre que se intenta apunta- lar la tierra
para evitar un terremoto o sacar cub< s de lava para evitar la
explosión de un volcán, aquello de d ir por hecha una Revolución
con sólo la renuncia de un preside i-te fue una quimera.
Sobrevinieron acciones y reacciones. El antiguo ejército no
quería darse por vencido sin combatir. La oligarquía de los in-
tereses y todas las fuerzas afines y conservadoras :>e resistiero i.
Y tras el golpe de mano de Victoriano Huerta, la verdadera Re-
volución, que había marchado de norte a sur, con Madero, cifre
aclamaciones y banderas, volvió a emprender igual camino con
Carranza, pero ahora entre sangre y fuego.
La Revolución triunfa en un instante. La obro de Carran ;a se
gasta en someter a sus propios caudillos y a SUÍ. generales le azar.
Así se explica que, obligado a gobernar con] o combatí e í-te y
fuera de las normas constitucionales, no supiera distingí ir el
momento en que ya la popularidad verdadera señalaba a ;u
sucesor. Quiso aplastarlo como a otro sublevad: mas, y ca 'ó
víctima de su engaño.
La Revolución llevaba diez años de buscarse a sí propia. í ra
mucho el malestar del hombre que despierta después de un 1 ir-go
sueño. Había que enderezarlo todo, y era natural acudir a todos los
remedios de la esperanza política: fórmulas de socia-
ALFONSO REYES

lismo obrero y de socialismo agrario, sistema de corporaciones y


sindicatos, recetas para la repartición del campo y para la re-
glamentación del trabajo en las ciudades. Y sobre todo, escuelas,
escuelas. Una gran cruzada por la enseñanza electrizó el ánimo de
la gente. No se ha visto igual en América. Será, en la historia, el
mayor honor de México.
A partir de 1920 se vislumbra más clara la marcha de la re-
construcción nacional, y los gobiernos se suceden de un modo
continuo. Los levantamientos fracasan, y cada vez los capitanean
figuras de menor relieve. La aplicación de los nuevos preceptos
constitucionales da lugar a tanteos, conflictos, incomprensiones en
el interior y en el exterior, que poco a poco se apaciguan y toman,
aproximadamente, el paso de la ley.
Aquella efervescencia, aquel entusiasmo por lo nacional que ya
señalamos, tuvo por causa, además de lo que llevamos dicho, el
bloqueo práctico a que México se vio sometido durante la guerra
europea, por no haber podido, en mala hora, definir su actitud,
ocupado como estaba en la solución de sus propias luchas
intestinas. Entonces hubo que sacarlo todo de la propia sustancia, y
entonces el país se dio cuenta de sus grandes posibilidades
genuinas. Fue como descubrir otra vez el patrimonio ya olvidado;
como desenterrar el oro escondido de los aztecas, ¡aquella
sugestiva fábula! ¿De suerte que todo esto teníamos en casa, y no
lo sabíamos? Pero ¿habremos sabido de veras aprovechar nuestro
tesoro?
Algunos nos han compadecido con cierta conmiseración. Ha
llegado la hora de compadecerlos a nuestro turno. ¡Ay de los que
no han osado descubrirse a sí mismos, porque aún ignoran los
dolores de este alumbramiento! Pero sepan —dice la Escritura—
que sólo se han de salvar los que están dispuestos a arriesgarlo
todo.1

México, Riojaneiro, IX-1930


1
Leído en Buenos Aires, Teatro Cine Rivadavia, festival de Amigos de la Repúbli
ca Española, 3-XI-1937.
8
José Vasconcelos
(1881-1959)

N ació en Oaxaca, Oax. Después de vivir poco tiempo en su ciudad


natal fue a Piedras Negras, Coah. Viajó por varias ciudades del país y
en el Instituto Campechano hizo sus estudios elementales. En la ciudad
de México ingresó en la Escuela Nacional Preparatoria y pasó luego a la
de Jurisprudencia. Abogado en 1907. Perteneció al Ateneo de la
Juventud. Toma parte activa en la Revolución de 1910. Se afilia al
maderismo y posteriormente sigue al villismo. Al triunfo de la Revolución,
el presidente Obregón lo nombra rector de la Universidad y de 1921 a
1924 desarrolla una extraordinaria labor como secretario de Educación
Pública. Organiza la educación popular, crea bibliotecas, celebra con gran
éxito la Primera Exposición del Libro en el Palacio de Minería; agota un
amplio programa de publicaciones, importa educadores, como Henríquez
Ureña y Gabriela Mistral, y economistas como Alfonso Coldschmidt. La
pintura mural mexicana (vid.) adquiere una trascendencia y calidad
universal gracias al entusiasmo de Vasconcelos, al ofrecer a los pintores
mexicanos y extranjeros: Diego Rivera, José Clemente Orozco, David
Alfaro Siqueiros, Roberto Montenegro, Juan Charlot, etc., los muros de los
edificios de la Nación. A causa de dificultades políticas se aleja del país
varias veces y conoce Europa y Estados Unidos. En 1929 lanza su
candidatura para Presidente de la República y, después del fracaso, viene
un nuevo destierro: Europa, Asia, América del Sur. Vuelve a
México en 1940 y se encarga de la dirección de la Biblioteca de
México. Pertenece a incontables agrupaciones culturales
extranjeras y del país; miembro de El Colegio Nacional y
académico de la Lengua. La obra escrita de Vasconcelos abarca
buena parte de las disciplinas del pensamiento: filosofía,
sociología, ensayo, historia, autobiografía. La mayor parte
corresponde a la sociología y a la filosofía en la que fue creador
de un sistema original. En obras suyas como La raza cósmica o
La indoiogía, aparecen sus preocupaciones por la cultura
hispanoameri-
LA IDEA DE MÉXICO

cana. A pesar de la importancia de este aspecto de su obra, sin duda


ha pasado a la posteridad por los libros que forman su a.topografía:
Ulises criollo, 1936; La tormenta, 1936; El desastre, 1938, y El preconsu-
lado, 1939.

BREVE HISTORIA DE MÉXICO

Desde que aparecieron las primeras ediciones de esta obrita de-


dicada a la interpretación de la historia patria, la gazmoñeríc
política se ensañó contra el autor, acusándolo de irreverencia
Nunca, sin embargo, se le pudo tildar de inexacto. Al llegar o esta
edición final, el autor advierte que los males por él señalados, se
han recrudecido en vez de aliviarse. Todo lo que aqu condena, está
triunfante en los hechos. La realidad ha superado a los más
oprobiosos pronósticos.
Es deber de la historia y función del educador, no sólo :aa rrar,
también apreciar los sucesos. Los textos de historia oficial a
semejanza de los cronistas de la época de los faraones, s( creen
obligados a rendir pleitesía al faraón por todo cuanto hi zo, malo o
bueno, tan sólo porque fue el faraón quien lo hizo Así nuestros
historiadores se empeñan en ofrecer a la niñez la figura de cada
uno de nuestros representativos, juzgándolos no por lo que fueron
sino por el papel que representaron. Segur este criterio
"burocrático", el haber sido presidente, el llegar c, diputado,
absuelve por sí solo de toda culpa y predispone a la consagración
de una historia servil. Por fortuna, es lo cierto que nunca han
podido los malvados engañar a la:> generaciones que les suceden.
Nunca falta un desocupado que haga el catálogo de los crímenes
que la época no pudo castigar. El futuro se encarga de condenar
antes de que comience el olvido.
El desprecio de la historia es a menudo la única sanciói que
puede alcanzar a los que al servicio del mal han conquis tado la
impunidad personal. Detrás del malhechor victoriosc viene a
menudo el fariseo que oculta o disimula sus crímenes Ambos
duran lo que dura el poderío de sus cómplices y el inte res de los
que aprovecharon sus iniquidades.
Todos los pueblos, en el curso de su historia, cuentan coi
épocas viles, pero sólo han sobrevivido aquellos que han logra do
poner a salvo su honra y con ella el futuro. Quien no es capaz de
hacer justicia por su propia mano, en vano espera qu í se la haga el
extraño. La soberanía supone capacidad para la justicia, en lo
interno igual que en lo externo. Nunca un pue-
JOSÉ VASCONCELOS

blo corrompido logró ponerse a salvo de


las ambiciones del exterior.
Para las naciones, igual que para el
individuo, la verdad está por encima de
todos los fetichismos que hemos pro-
curado exhibir en estas páginas. Si no es
por la verdad, la salvación no ocurrirá
jamás.
Sobre el criterio general de la presente
obra, debo aclarar que al ser escrito lo que
constituye las primeras catorce ediciones,
el autor no tenía conocimiento de obras
hoy capitales para el juicio de la historia
contemporánea: los libros de Hillaire
Belloc sobre la Reforma en Inglaterra, y el
notable libro de Thomas Walsh sobre
Felipe II y el choque de la Reforma
religiosa europea y la Contra-Reforma y
sus consecuencias en la historia de nuestro
mundo hispánico. Tampoco había llegado
a manos del autor un libro decisivo para la
historia de nuestro país: México y sus
revoluciones, del licenciado Gibaja y
Patrón. Aparte de estas obras
fundamentales, un sinnúmero de escritos
contemporáneos, han contribuido a
fortalecer las convicciones del autor, que
ahora contempla las primeras ediciones de
su obra como un fulgor en la noche, un
atisbo en la confusión que hoy se despeja
para mostrarnos el proceso histórico del li-
beralismo capitalista, que durante el siglo
XIX y la mitad del XX, logró apoderarse
de las conciencias de nuestros pueblos y
no sólo de sus riquezas. En la actualidad es
fácil comprender que una obra como la presente, es porción del ilustre movimiento de revisión
histórica que se está llevando a cabo en todo el Continente, lo mismo en la Argentina que en
Chile. Pocas veces ha podido una obra verse confirmada en tan pocos años, como ha ocurrido
con la presente. Así como entre nosotros Juárez y su Reforma están condenados por nuestra
historia, de igual manera Sarmiento y Alberdi en la Argentina, Peña en Venezuela, Santander
en Colombia, han pasado

161
LA IDEA DE MÉXICO

a la categoría de agentes del Imperialismo anglosajón, cu ra obra


ha periclitado sin remedio.
Como representantes del proceso de revisión histórica c je se
verifica en el Continente, basta citar a los principales. En Chile
ocupa lugar señalado, Héctor Sepúlveda Yillanueva y su libro El
mito por Taliano, y las obras de Patricio de los Re 1 es, Renato
Valdés Alfonso y Carlos Vicuña Fuentes. En la Arge íti-na, Raúl
Scalabrini Ortiz en sus obras sobre eco nomía poli ica argentina,
demuestra la intervención de las casas banca ias judeo-británicas
en asuntos de tanta trascendencia com< la creación del Uruguay
para arrancar a la Argentina la pose: ion del estero del Plata y
dominar su economía; Armando Tor slli: El general San Martín y
la masonería; Manuel Calvez en su Vida del coronel Rosas; los
hermanos Irazusta, Vicente de Si rra, Atilio García Mellid,
Enrique P. Ozés, Carlos Ibarburen, nri-que Palacios y los
historiadores Rosas y Amadeo.
La historia de México empieza como episodio de la ¡ran odisea
del descubrimiento y ocupación del Nuevo Mundo Antes de la
llegada de los españoles, México no existía comí nación; una
multitud de tribus separadas por ríos y montar as, y por el más
profundo abismo de sus trescientos dialectos, íabi-taba las regiones
que hoy forman el territorio patrio. Los aztecas dominaban apenas
una zona de la meseta, en con; :ante rivalidad con los tlaxcaltecas,
y al occidente los tarascos jerci-taban soberanía independiente, lo
mismo que por el sur los zapotecos. Ninguna idea nacional
emparentaba las castas todo lo contrario, la más feroz enemistad
alimentaba la guen a perpetua, que sólo la conquista española hizo
terminar C >men-zaremos, pues, nuestra exposición en el punto en
que í léxico surge a la vista de la humanidad civilizada. Empezare
nos a verlo tal y como lo contemplaron los soldadas de la con
mista, según nos lo dicen en sus amenas crónicas. Por fortuna,
meron españoles los que primero llegaron a nuestro suelo, y
gr.icias a ello, es rica la historia de nuestra región del Nuevo Mur
do, como no lo es la de la zona ocupada por los puritanos. 7
Ddavía a la fecha, cuanto se escribe de historia mejicana antL ua
tiene que fundarse en los relatos de los capitanes y los me njes de
la conquista, guerreros y civilizadores, hombres de leti as, a la par
que hombres de espada, según la clara exigencia d ¡ la institución
de la caballería. Pues, propiamente, fue la de J jnérica una última
cruzada en que los castellanos, flor de Eurc pa, después de rebasar
sobre el moro, ganaron para la cris.iandad, con las naciones de
América, el dominio del planeta, a supremacía del futuro. Imagine
quien no quiera reconocer!.), qué es
JOSÉ VASCONCELOS

lo que sería nuestro Continente de haberlo descubierto y conquistado


los musulmanes. Las regiones interiores del África actual pueden
darnos una idea de la miseria y la
esclavitud, la degradación en que se
hallarían nuestros territorios.
Desde que aparecemos en el panorama
de la historia universal, en él figuramos
como una accesión a la cultura más vieja y
más sabia, más ilustre de Europa: la cultura
latina. Este orgullo latino pervive a la fecha
en el alma de todos los que tienen con-
ciencia y orgullo; latinos se proclaman los
negros cultos de las Antillas y latinos son
por el alma, según bien dijo nuestro
Altamirano, los indios de México y del
Perú. Latino es el mestizo desde que se
formó la raza nueva y habló por boca del
inca Garcilaso en el sur, de Alba Ixtlixóchitl
en nuestro México. Incorporados por obra
de la conquista civilizadora, el indio y el
negro a la rama latina de la cultura europea, nuestro patriotismo adquiere abolengo y entronca
con una tradición prolongada y provechosa. De allí que todo corazón bien puesto de esta
América hispana, indio, mestizo, mulato, negro o criollo, siente las glorias de la España
creadora y de Italia y Roma, con predilección sobre los otros pueblos de la tierra. El mismo
idioma latino es un poco nuestro, desde que en el culto católico halagó nuestros oídos a partir
de la infancia. Tan superior es la tradición nuestra a la de los peregrinos del Mayflower, como
grande fue la Nueva España en comparación con las humildes colonias del norte.
Ingresamos a las filas de la civilización bajo el estandarte de Castilla, que a su modo
heredaba el romano y lo superaba por su cristiandad. Y es inútil rebatir, siquiera, la fábula
maligna de una nacionalidad autóctona que hubiera sido la víctima de la conquista primero y
más tarde de nuestra nacionalidad mexicana, es decir, hispanoindígena. Se llegó en cierta época
a tal punto de confusión, que no faltó quien pretendiese ver en México un caso parecido al del
Japón que al servirse de lo europeo, robándole la técnica, se ha mantenido autóctono, sin
embargo, en el espíritu. ¿En qué espíritu nacional podríamos recaer nosotros, si
prescindiésemos del sentir castellano que

163
LA IDEA DE MÉXICO

nos formó la Colonia? ¿Existe acaso en lo indígena, en lo j re-


cortesiano, alguna unidad de doctrina o siquiera de sentim en-to
capaz de construir un alma nacional? ¿En dónde está un código
parecido al de los samurais que pudiera servir de 1 ase a un
resurgimiento aborigen de México o del Perú? Desc e el Popol
Vuh de los mayas hasta las leyendas incaicas, no he / en la
América precortesiana, ni personalidad homogénea, ni doctrina
coherente. El Popol Vuh es colección de divagad Dnes ineptas,
remozadas un tanto por los recopiladores español as de la
conquista que mejoraban la tradición verbal incohei ente,
incomprensible ya para las razas degenerada?, que reemr lazaron a
las no muy capaces que crearon los monument )s. El Continente
entero, según advierte genialmente Keyserlii g, estaba dominado
por las fuerzas telúricas y :.io había r.acido nunca para el espíritu,
o era ya una decadencia irreme fiable cuando llegaron los
españoles. Los españoles advirtie on la torpeza del pensamiento
aborigen y, sin embargo, lo ti adujeron, lo catalogaron, lo
perpetuaron en libros y crónicas y hoy ya sólo la ignorancia puede
repetir el dislaze de que l s conquistadores destruyeron una
civilización. Dtsde todos lj s puntos de vista, y con todos sus
defectos, lo que creó la Cok aia fue mejor que lo que existía bajo
el dominio al:origen.
Nada destruyó España, porque nada existía digno de con-
servarse cuando ella llegó a estos territorioí, a menos de que se
estime sagrada toda esa mala yerba del alma que son el cani-
balismo de los caribes, los sacrificios humanos de los aztecas, el
despotismo embrutecedor de los incas, y no fue un izar que España
dominase en América, en vez de Inglaterra o ie Francia. España
tenía que dominar en el Nuevo Mundo pe rque dominaba en el
Viejo, en la época de la colonización Ningún otro pueblo de
Europa tenía en igual grado que el e pañol el poder de espíritu
necesario para llevar acelante una empresa que no tiene paralelo
en la historia enteía de la hu nanidad; epopeya de geógrafos y de
guerreros, de sabios y de colonizadores, de héroes y de santos que,
al ensanchar el de ninio del hombre sobre el planeta, ganaban
también para el e ;píritu las almas de los conquistados. Sólo una
vez en la histo ia humana el espíritu ha soplado en afán de
ccnquistas qu e, lejos de subyugar, libertan. La india de los asokos
había vis' o conquistas inspiradas en el afán del proselitismo
religioso; :onquistas que rebasando el esfuerzo del guerrero, s.e
establecían en el alma de poblaciones remotas sin otra coeición
que le del pensamiento egregio. Superior aún fue la obra de Ca
tilla, y en mayor escala, tanto por las extensiones de los terrft orios
gana-
JOSÉ d
VASCONC
ELOS
e
E
u
dos para la cultura, como por el valor de la r
cultura que propagaba. La nobleza de o
Castilla, poderosa en el esfuerzo, virtuosa y p
clara en la acción, era la primera nobleza a
cuando se produjo la ocupación del Nuevo l
Mundo. Y fortuna fue de México el haber e
sido creado por la primera raza del mundo g
civilizado de entonces, y por instrumento a
del primero de los capitanes de la época, el d
más grande los conquistadores de todos los o
tiempos, Hernando Cortés, cuya figura nos d
envidia el anglosajón, más aún que los e
territorios que su conquista nos ha legado. u
Y el más grave daño moral que nos han n
hecho los imperialistas nuevos es el a
habernos habituado a ver en Cortés un ex- p
traño. ¡A pesar de que Cortés es nuestro, en a
grado mayor de lo que puede serlo tr
Cuauhtémoc! La figura del conquistador i
cubre la patria del mexicano, desde Sonora a
hasta Yucatán y más allá en los territorios .
perdidos por nosotros, ganados por Cortés. S
En cambio, Cuauhtémoc es, a lo sumo, el e
antepasado de los oto-míes de la meseta de a
Anáhuac, sin ninguna relación con el resto c
del país. u
El mito Cuauhtémoc lo inventan a
Prescott y los historiadores l
norteamericanos, lo defienden los agentes f
indirectos del protestantismo que quieren u
borrar toda huella de lo español en e
América. Si en México prescindimos de lo r
español, nos quedaremos como los negros, e
atendidos al padrinazgo dudoso de un l
Lincoln que, sólo por razones políticas, a
abolió la esclavitud, o peor aún, un r
padrastro como Washington que mantuvo a
esclavos negros pese a sus timbres de z
libertador. El sentimentalismo en torno de a
Cuauhtémoc es parecido al que hoy a
manifiestan los influenciados inconscientes q
del imperialismo inglés, en favor del Negus u
de Abisinia, que antes de ser expulsado por e
los italianos del reino que oprimía, ya se p
había hecho célebre entre sus salvajes e
conciudadanos por el asesinato, rt
envenenamiento y prisión de rivales y e
parientes. Desventurados los pueblos que n
se empeñan en construir tradición con e
personajes semejantes; acaban por ser z
traicionados por ellos, tal y como el Negus c
abandonó el país a la hora del peligro, a a
estilo Antonio López de Santa Anna, ,
llevándose los fondos de todas las aduanas t
que atravesó en su fuga. o
Cortés, en cambio, el más humano de d
los conquistadores, el más abnegado, se o
liga espiritualmente a los conquistados al e
convertirlos a la fe, y su acción nos deja el l
que se sienta mexicano, debe a Cortés el
mapa de su patria y la primera idea de
conjunto de la nacionalidad. Quienquiera
que

16
5
LA IDEA DE MÉXICO

haya de construir alguna vez en grande en estos ten itorios que hoy
imaginamos que son nuestros, tendrá que vol /er los ojos al plan de
Cortés, porque en cuatro sklos no ha '. labido otro que mirara tan
lejos, ni construyera tan en granee. Más aún: después de Cortés,
después de Antonio de Mendoza, después de Revillagigedo que
todavía intentó la defensa de Texas, después de Gálvez que
estampó en ella su nombre no ha habido en nuestra patria
constructores; sólo ha habi( o destructores, reductores del mapa.
Sin exceptuar los más g andes nombres de nuestro calendario
republicano, basta con apelar a la carta de la República para darse
cuenta de dónde estuvo y dónde acabó el patriotismo en este suele
castigado le México. El mapa comienza a crecer con don
Hernando, y se integra en sus manos en forma grandiosa. El mapa
ere e aún más y se consolida bajo ciertos virreyes, como no lo se
ñaron jamás las pobres mentes confusas, envilecidas, de tolj ecas y
aztecas y mayas. Por primera y por última vez, bajo lo virreyes, la
ciudad de México es la capital de un reino que va de Honduras a lo
que hoy es el Canadá. En :sa época r aestra lengua, nuestra
religión y nuestra cultura eran sobera ías en el continente
septentrional.
Sígase la historia del mapa y se verá que coinciden las re-
ducciones con la aparición de los caudillos que sólo piensan en el
propio beneficio, en la propia dominación; y para 1< grarla no
vacilan en ofrecer a quien lo quiera, ya sea Texas, ya la California,
ya, más tarde, el Istmo de Tehuantepec, bajo e Benemérito de las
Américas, Benito Juárez.
Quien de buena fe quiera enterarse y no sea un obc ?cado, un
enfermo de su propio veneno, abra los ojos y compa -e esta
ecuación que señalo: A medida que los títubs del gobernante
aumentan —Benemérito de las Américas, Alteza Serenísima, Jefe
Máximo de la Revolución— el mapa se va estrechando. El mapa
crecía cuando los jefes de México se llamaban 3 imple-mente
Hernando Cortés o Antonio de Mendoza. Y h< y que ha cambiado
el sistema de la conquista, que ya no es ai nada, sino moral y
económica, hoy que ya no queda mapa qu estrechar porque sobre
todo el territorio domina el plan de lo amos nuevos, una insulsa
palabrería sustituye a la dignid id del patriotismo. Y se disfrazan
los testaferros con sobrenoml res tomados a la revolución rusa o al
izquierdisrr.o masónic i: liberalismo, socialismo,
revolucionarismo, ismos extran; iros y otras tantas máscaras de
una dominación que ya no necesita ejercitarse con escuadras y
ejércitos, porque le basta con el engaño que fructifica en los
clubes, y luego estalla en las plazas
JOSÉ VASCONCELOS

con hedor de albañal y efectos de muerte, de desintegración de una


estirpe.
Más aún que los datos nuevos, el historiador ha menester de
criterio recto para juzgar lo ya sabido y probado. En consecuencia,
sin pretensiones de ofrecer hallazgos propios de eruditos,
desarrollaremos nuestro comentario, basándolo en la exactitud de
los hechos por todos o casi todos aceptados. Nuestra ambición se
limita a presentar la historia patria tal como debió enseñarse desde
hace un siglo, si no lo hubiera impedido nuestra sumisión
inconsciente a las doctrinas del conquistador nuevo. Tiempo es ya
de que abramos los ojos para ver el gesto de repugnancia con que
nos contemplan no pocos de los mismos que nos seducen para
dominarnos. Para todo el que quiere mirarnos, hemos llegado a ser
una suerte de monos humanos, renegados de su abolengo,
desmemoriados de su pasado grandioso. Parias del alma nos
quedamos al renegar de lo español que había en nosotros, y en
seguida fue muy fácil que
LA IDEA DE MÉXICO

nos dejáramos quitar las minas y los navios, los territorios ' las
industrias.
No me dirijo únicamente al mexicano de ascendencic europea,
también al indio puro de nuestros territorios. Al i idio ilustrado del
momento que hoy vivimos le pido el esfuerzo de remontarse con
la imaginación a una patria como 1 i de Cuauhtémoc, a principios
del siglo dieciséis y, en seguic i, a una patria como la de Hernando
Cortés, veinte años más tarde. Ese mexicano, indio puro, si no
tiene en la > venas hie , en vez de sangre, si logra expulsar de su
fisiología el veneno acumulado por más de un siglo de
propaganda:; malévolas ese mexicano indio puro, tendrá que
reconocer que era más pe tria la que Cortés construía que la del
valiente Cuauhtémoc o la del cobarde Moctezuma. Tendrá que
reconocer que parí su propia sangre, temporalmente humillada por
la conqu sta, había más oportunidades, sin embargo, en la sociedad
cri ;tia-na que organizaban los españoles que en la sombría heca' )
m-be periódica de las tribus anteriores a la conquista
Urge, por lo mismo, reconstruir nuestros juicios, reh icer
nuestra personalidad histórica, aun cuando ocaso result i ya
demasiado tarde. Por lo menos, al hacerlo se iluminará nuestro
ocaso. Será menos ruin nuestro instante, si unas cuantc s almas
recobran la conciencia, en el umbra. de la n< che definitiva de la
estirpe. Los hechos, los simples hechos, de iñudos de adjetivos,
serenarán nuestra derrota, esclarecerá i la sombra y acaso den a la
voluntad el tónico necesario al r lila-gro de los resurgimientos.
Todos los hechos conducentes nos van a ser dados por t men-
tores de nuestra lengua, historiadores y cronistas de Esp iña,
comentaristas y pensadores de México: Bernal Díaz, Hei lán
Cortés, Solís, Las Casas y, en la época moderna, Alamán Pe-reyra.
¿Y dónde está, preguntaréis, la versión de los indios que son
porción de nuestra carne nativa? Y es fácil responder con otra
pregunta: ¿Cómo podrían dar versión alguna congru mte los
pobres indios precortesianos que no tenían propiamen e ni
lenguaje, puesto que no escribían ni sabían lo que les pas iba,
porque no imaginaban en la integridad de una visión cal al o
siquiera de un mapa, ni lo que eran los territorios del Mé áco suyo,
mucho menos el vasto mundo de donde p rocedían le > españoles
y el Mundo Nuevo que venían agregando a la gec grafía ya la
cultura universales?
Sin embargo, si queréis testimonios autént.cos, testime nios
indígenas, os remito a los dos autores ya citados, el inca Gar-cilaso
y el mexicano Alba Ixtlixóchitl, mestizos ambos, en
JOSÉ VASCONCELOS

quienes halla voz por primera vez, lo indígena; no nos llega en ellos puro, desde luego, sino
mezclado a lo español, purificado, enaltecido por la cultura europea. Nada dijeron por cuenta
propia los indios, porque no habían tenido genio para inventar un alfabeto. Han repetido todos
la doctrina de algún extranjero. No hizo otra cosa el indio puro Benito Juárez. Cuando habló, se
hizo eco de la lección jacobina que le enseñara Gómez Farías que la tomó de Poinsott. Y en
estos tiempos de hoy, no suelen hablarnos de otro modo los líderes de un supuesto indigenismo
que, sin embargo, repiten el credo comunista aprendido del agitador judío de Nueva York o de
Polonia, secuaces de Rusia. Desechad, pues, todo ese sentimentalismo a lo Prescott, a lo Lewis
Wallace, sobre el dolor del indio que perdía su patria. Los indios no tenían patria, y salvo uno
que otro cacique opresor, mejoraron con la conquista. Los españoles oprimieron a los indios, y
los mexicanos seguimos oprimiéndolos, pero nunca más de lo que los hacían padecer sus
propios caciques y jefes. La nueva civilización, al aumentar los productos de la tierra con
nuevos cultivos, al elevar al indio, por la región, a la categoría del amo, al otorgarle el recurso
de queja ante los tribunales, bien intencionados en su mayoría, al ensanchar el espíritu del indio
con el tesoro de las artes, las festividades religiosas, las esperanzas del cielo, fue, en verdad, la
creadora de una patria mexicana. Nunca hubo en la Nueva España más de cuarenta mil
españoles. Si los indios hubieran tenido conciencia nacional y hubieran sentido que la
conquista era una ignominia, ¿acaso no se hubieran levantado los seis millones de indios para
degollar a los blancos? Al contrario, y como pasa siempre en las sociedades militarizadas, por
huir de los abusos de los caciques, se refugian los indios con el soldado de la conquista. Hecha
la paz, la educación de las misiones transformó a los indios, de parias, en artesanos y
sacerdotes, agricultores y civilizadores.
Hallaremos, sin duda, iniquidades en la historia de la conquista; es rasgo
característico de la hombría española, no negar, ni siquiera disimular sus yerros,
sino más bien adelantarse a condenarlos. El hábito de la confesión influye, sin
duda, en esta franqueza. En las otras conquistas los horrores se han quedado
tapados, o se ha pretendido taparlos; pero sin honra, pues
al crimen consumado se ha añadido la insinceridad, la
hipocresía.

1
6
9
LA IDEA DE MÉXICO

El historiador imparcial necesita ser un ex :raño que ji zgue los


hechos fríamente, como se estudia un pcoceso del >rden biológico.
Nadie puede escribir en este tono, de su propic país, y menos
historia todavía reciente. El que escribe sobre su propio pueblo y
con miras a encontrar en la historia las ñ. erzas dispersas que acaso
puedan contribuir a salvarlo, tiene que poner en la obra dolor de
parte ofendida y pasión de justicie, exigencias de rehabilitación del
futuro. Al historiador poe a, al extranjero curioso, le preocupan
únican-ieno? aquellos :asos excelsos en que un héroe, una época,
se impenen a la ad nira-ción del que observa. Ninguno de estos
hombies o suceso universales tiene nuestra historia, si se
exceptúa): los episod DS de la conquista que no ignora ninguno de
los niiíos de escuela del mundo. Después, nuestros propios
hombres son de talle bien modesta. De antemano sabemos que no
sería justo exigir :0 excelso de una nación que comienza, pero
modestia no c uiere decir acatamiento servil de lo que es indigne.
Por esto n > importa quién caiga, el historiador ha de exig i r que
sus h §roes den siquiera la medida del nivel moral de la
civilizaciói ; por lo menos el talento medio que sabe distinguir lo
que con dene a su pueblo y lo que le daña. Con sólo así jungarlos,
nu stros ídolos oficiales se derrumban. Y el no haberlos derrumb
do a tiempo es causa de ese desdén con que vemos nuestra hisoria;
la sabemos perversa, mediocre. Y el alma exice mucho y >e rehusa
a tomar cosas tan pobres, como el modelo de la gr mde-za
humana. De allí que a menudo procúreme:; desentend ¡rnos de lo
propio para admirar la humana exceh itud, cualc liera que sea el
territorio en que se encuentre. Pero en cierto ir atante, la edad nos
hace humildes a la vez que no:; advierte q xe de nada sirven las
admiraciones remotas, si no reclámame ; que en torno nuestro la
vida pública tome manetas decoróse s, ya no digo ilustres. Dentro
del ambiente moral de la cafre) ía, el mismo genio se agosta, como
trigo en arenas.
Por eso, es indispensable enderezar dentro del propi< medio,
una categoría de valores, formar un grupo de persom lida-des
conscientes y rectas, y esa tarea no se logra improvií indo héroe al
que fue bandido, inventando virtud en el malvac D, talento en el
zafio. De nada sirve mentir, porque nunca se nga-ña a los pósteros.
La base de toda construcción patrióticc es la verdad que nos
descubre el oro fino de la acción noble. O o tal lo hay, por fortuna,
aun en las más depravadas circunstancias de nuestra pesadilla
nacional. De allí que nc sea excusa decir que nuestro medio no da
más. No es circunstancia atenuante el hecho de que buena parte de
nuestros gobernantes hayan si-
JOSÉ VASCONCELOS

do criminales; no lo es porque, al lado de los descalificados, ha


habido siempre algún individuo que salva el honor racial. La
acción ininterrumpida de estas minorías fracasadas, pero tenaces,
es la única esperanza en el panorama sombrío de nuestro pueblo.
Bochornosa es en gran parte nuestra historia, no porque se pretenda
juzgarla con criterios de pueblos más avanzados; hay cierto límite
de moralidad que lo mismo rige para la tribu que para la nación.
Bien sabemos que el heroísmo se da en la índole humana sólo
excepcionalmente en todos los climas. Por eso mismo, a cada uno
de nuestros personajes lo juzgamos con el criterio elemental del
sentido común para el entendimiento, y del honor elemental para la
acción. Sin la norma de cierta lealtad a los valores fundamentales
de la ética, todo trato humano se vicia y toda sociedad se hace un
infierno. Cuando se compara la historia de México con la de sus
hermanas naciones del Continente, se piensa en una maldición
particular que pesaría sobre nuestro territorio. Acaso no es porque
la gente sea más mala que en otros sitios, sino porque nuestros
largos periodos de pretorianismo han hecho de la ignominia la
regla. No hay nada más antihumano que darle a la fuerza una
función que sólo la inteligencia debe desempeñar. En los países
españoles del sur, por regla general, es el letrado el que ha venido
mandando y el soldado reducido a su profesión, se hace eficaz y
casi no pesa sobre el país. México no tiene una sola victoria contra
el enemigo común, ni una batalla ganada como la de Costa Rica
contra Walter, o como la de Buenos Aires contra los ingleses, ni
siquiera las grandes batallas de la Independencia a estilo San
Martín y Bolívar. Esta ausencia de tradición heroica mantiene a
nuestro ejército en la mediocridad, cuando no lo lleva a las
ferocidades de la guerra civil. En cambio, un ejército como el
argentino, que supo tomar prisioneros a siete mil ingleses, sin
fusilar a uno solo, difícilmente se decide a fusilar a connacionales.
Su gloria lo defiende del descrédito de una carnicería. Toda la
tradición viril y civil de Costa Rica puede derivarse de la batalla de
Santa Marta, que es un como San Jacinto en que los latinoamerica-
nos hubieran triunfado. La batalla de Santa Marta libró a Centro
América de ser estado yankee, así como la batalla de San Jacinto
nos hizo perder a Texas. Y no se ven por ningún lado, en Costa
Rica, estatuas de generales, ni se conoce el caso de generales
presidentes. Pues la victoria purifica, así como la derrota
ensombrece a los pueblos. Si queréis entender la agonía
prolongada de nuestra nación, observad a través de su historia los
presupuestos destinados al ramo de Guerra. El pulpo de
17
2 LA IDEA DE MÉXICO

un ejército opresor, costoso e inútil, es


bastante explicación de cómo pasamos,
rápidamente, de la categoría de Ja primera i
a-ción del Nuevo Mundo, a la íntima
condición e::. que hoy v vimos en
ve ra buscar los remedios. Mientras sigamos
rg borrachos de rr sn-tiras patrióticas vulgares,
on no asomará en nuestro cielo la e pe-ranza.
za Una verdad resplandeciente es condición
nt previa de 1 )do resurgimiento. Si a esclarecer
e la verdad contribuye este li )ro, habrá
su llenado su objeto. Así se irriten en contra de
bo él los on-taminados de la ignominia pública.
rd
in
ac

n.
C
ua
nd
o
to
do
es
to
se
co
m
pr
en
da
,
lo
s
m
ej
or
es
en
tr
e
nu
es
tr
os
co
m
pa
tri
ot
as
se
un
i
án
pa
9
Luis Cabrera
(1876-1954)

A bogado, poeta y escritor. Nació en


Zacatlán, Pue. Alumno de la Escuela
Nacional Preparatoria y de la Escuela
Nacional de Jurisprudencia, en México; se
tituló abogado en 1901. De 1908 al siguien-
te año, profesor de esta última y en 1912,
director de la misma. Partidario del maderis-
mo, a la muerte del Presidente en 1913, se
afilió al constitucionalismo; Carranza lo
nombra agente confidencial en los EUA, y en
enero de 1915 lo designa en Veracruz su se-
cretario de Hacienda; dicta medidas radica-
les en cuanto a la moneda. Autor del primer
proyecto de reforma agraria. En agosto de
1916 el Primer Jefe del Ejército Constitucio-
nalista lo nombra presidente de la Comisión
Mexicana para formar la mixta México-
Americana que tratara las dificultades exis-
tentes entre ambos gobiernos. Diputado al
Congreso de la Unión en dos periodos. Co-
mo enviado del gobierno mexicano, recorrió
varios países sudamericanos en 1918. De
1919 a 1920 otra vez secretario de Hacien-
da. Acompañó a Carranza hasta que fue
muerto en Tlaxcalantongo, en mayo de
1920; acompañó el cadáver a la ciudad de
México. En agosto de 1933 rehusó la candi-
datura a la Presidencia de la República, que
le ofreció el Partido Antirreeleccionista. Pe-
riodista desde 1892, escribió artículos sobre
economía, política y sociología, que se con-
sideran clásicos; famoso por su ironía y caus-
ticidad. En 1931 se le aprehendió y deportó
LA IDEA DE
MÉXICO

a Guatemala, por las críticas


lanzadas al gobierno del
ingeniero Pascual Ortiz Rubio.
Es autor de varias obras: El
balance de la Revolución;
Herencia de Carranza; Veinte
años después, etc. Usó los
seudónimos de Lie. Bias
Urrea y el de Lucas Rivera.
Traductor del francés y del
inglés; tradujo el Cantar de
los cantares. Crítico de
algunas fases de la reforma
agraria, particularmente de
los repartos de La Laguna y
Yucatán. En los últimos años
de su vida publicó una serie
de artículos sobre las cues-
tiones fundamentales de
México, así como de sus
relaciones internacionales.
Reunió una importante
biblioteca de clásicos,
griegos y latinos, y acerca
de la historia antigua de
México.

Nota preliminar

Acababa casi de entrar


a México don Francisco
I. Madero, cuando ya se
hacía a la Revolución el
cargo gravísimo de ha-
ber sido una revolución.
El licenciado Jorge Vera
Estañol, que durante los
últimos tiempos del
general Díaz había
desempeñado las
carteras de Instrucción
Pública y de
Gobernación, escribió
un folleto con objeto de
atacar a Madero y a los
revolucionarios, aunque
aparentemente con el
de convocar para la
or ca nacional exigía,
ga debían hacerse por
ni medios evolutivos,
za dentro de la normalidad
ci y de la ley; y con este
ón motivo emprendía una
de serie de bien apuntados
l ataques contra la
Pa Revolución,
rti inculpándola
do precisamente de las
Po consecuencias que toda
pu revolución trae. Frente a
lar este criterio se levantó
Ev el del licenciado Blas
ol Urrea, condensado en la
uc frase "La Revolución es
io la Revolución" que se
nis hizo famosa, primero
ta. por el sinnúmero de
La protestas que entre los
id reaccionarios suscitó, y
ea luego por la tremenda
fu verdad contenida en
nd ella, y de cuya
a evidencia se dieron
m cuenta los
en revolucionarios cuando
tal en 1913 palparon las
de consecuencias de no
Ve haber sido demasiado
ra revolucionarios
Es Para comprender
ta bien el siguiente
ño estudio, no está por de-
l más insertar por vía de
er nota preliminar la
a siguiente declaración
qu hecha por el licenciado
e Blas Urrea a la prensa
las en los días en que
ref apareció el folleto que
or motivó este artículo.
m
as
qu LA REVOLUCIÓN ES
e LA REVOLUCIÓN
la
op El señor licenciado don
ini Jorge Vera Estañol
ón acaba de publicar en
pú forma de folleto, una
bli circular cuyo propósito
ap arente es lan-
Luis CABRERA e
E
zar una convocatoria
para la constitución de
un partido que llama
Popular Evolucionista.
Dicha circular se
compone de dos partes
perfectamente diferentes
y casi pudiera decirse sin
relación la una con la
otra. La primera se ocupa
en relatar los
antecedentes que dieron
origen al gobierno
provisional y en criticar
los actos de la Revolu-
ción y del gobierno
revolucionario. La
segunda parte es
propiamente la
convocatoria para la
constitución del Partido
Popular Evolucionista.
Quiero abstenerme
por ahora de emitir mi
juicio acerca de la
conveniencia de la
formación de ese partido
y de sus probabilidades
de éxito. Pero por lo que
hace a la parte expositiva
del folleto, deseo precisar
algunas ideas que la
opinión pública ha
apuntado ya.

La propaganda
democrática

En mi concepto no hay
nada de vituperable en la
incongruencia que existe
entre las ideas del libro
de don Francisco I.
Madero, La sucesión
presidencial, y su
conducta como
revolucionario. Como
175
LA IDEA DE MÉXICO

emprendido, por pacífica que fuese, tenía que; aparecer c >mo


revolucionaria a los ojos del régimen dictatoricl contra el :ual
fuera encaminada.

La Revolución y la opinión pública

A nadie debe sorprender que la opinión pública del país am-biara


durante los seis meses que transcurrieron de noviembre de 1910 a
mayo de 1911, y que las ideas revolucionaria: que al principio no
habían tenido acogida ni en los más radi .ales antirreeleccionistas,
fueran ganando terreno poco a poco hasta el grado de convertir en
revolucionaria la opinión pública de todo el país, formando así una
atmósfera enteramente rres-pirable para la dictadura del general
Díaz.
El licenciado Vera Estañol en su folleto, al referirse a eí :e fe-
nómeno, hace una pequeña alusión a mi persona, atribi yén-dome
haber condenado el movimiento revolucionario e i un principio y
haberme afiliado a las ideas revolucionarias solamente cuando ya
estaba yo seguro de la impunidad. Cual quiera otro se empeñaría
en comprobar la antigüedad de sus deas revolucionarias. Yo no.
Lo cierto es que yo, como otras personas, como la ger erali-
dad de la opinión pública sensata del país, condené el novi-miento
revolucionario en sus comienzos, porque creía erróneamente que
dados los poderosísimos elementos co i que el gobierno federal
decía a cada paso que contaba, la Rt volu-ción llevaba trazas, o de
ser un sacrificio lastimosamenti estéril, o de convertirse en una
guerra sangrienta y dilatada
Madero, sin embargo, vio más claro, y tuvo la fe que nosotros
no teníamos.
Las verdaderas causas de que la opiniói: pública, c ue al
principio era pacifista, haya evolucionado hasta convertí -se en
universalmente revolucionaria, son muy fáciles cié expli arse.
La Revolución se creyó en un principio una verdaclen obra de
romanos, sumamente difícil, y que exigía muchos el mentes,
muchos esfuerzos, muchos sacrificios y mucho tiem} o. Pero
cuando se vio que el antiguo régimen casi se desmor >naba por sí
solo, la opinión pública, no por volubilidad sino p >r instinto de
conservación, por la lógica natural de los ac< nteci-mientos,
comenzó a ver en la Revolución un cen' ro de cohesión y un poder
más fuerte que el del antiguo régimen. Nada de raro tenía entonces
que la opinión pública se r. usiera del lado de la Revolución y la
apoyara corno el medio más
Lu L
is
CABRE
a
RA c

d
expedito y más idóneo de restablecer la paz a
y garantizar los intereses. d
el general Díaz fue efecto de su debilidad. h
La desintegración del antiguo régimen e
estaba tan avanzada que las simples c
alarmas infundadas de aparición de grupos h
revolucionarios, en algunos lugares, fueron o
suficientes para proceder al abandono el
inmediato de los puestos públicos por las g
autoridades políticas. En estas condiciones o
la revolución tenía que triunfar sin bi
necesidad de balas y con sólo la fuerza de er
la opinión pública, y el miedo o el n
remordimiento de las autoridades o
dictatoriales. d
A la caída del general Díaz el
contribuyeron, además, como en otra g
ocasión he dicho, los procedimientos e
empleados por aquél para sofocar la n
Revolución, procedimientos que no fueron er
más que síntomas de debilidad. al
Las presuntuosas declaraciones de D
Limantour, la organización precipitada del ía
Gabinete de los cincuenta y ocho días, las z,
promesas de enmienda, las ofertas de s
reformas, los intentos vacilantes de u
transacción, el cambio de bandera política, p
en fin, todos los esfuerzos hechos para u
detener los avances de la Revolución, e
fueron verdaderamente ridículos frente a la st
incontrastable fuerza de la opinión pública. o
Hasta las medidas militares, q
persecutorias y diplomáticas habrían sido u
ridiculas, si no hubieran sido infamemente e,
crueles y estúpidamente peligrosas para la c
Patria. Pero precisamente el carácter de o
desesperación que tenían esas medidas, fue m
la causa más inmediata del incremento de o
la Revolución. m
Qué parte haya tenido el licenciado e
Vera Estañol en la responsabilidad por el di
fracaso de los últimos actos del gobierno d
del general Díaz, no lo sabemos. Dice él a
que su labor se encaminó a detener la s
Revolución armada y a dar curso a la revo- a
lución de las ideas, recomendando las n
medidas enérgicas contra los g
revolucionarios y abogando por la libertad ri
de los reos políticos. e
Por cuanto a las medidas enérgicas nt
contra los revolucionarios, debe decirse que a
el tipo de ella fue la ley de suspensión de y
garantías, que en mi concepto constituyó el d
disparate más grande de los que pudo haber e
terror, por sí sola bastó para aumentar el
efectivo de las fuerzas revolucionarias en
una proporción que nunca habría alcanzado
sin esa ley.
Respecto de la intervención del
licenciado Vera Estañol en favor de los
reos políticos, era desconocida, y no podía

17
7
LA IDEA DE MÉXICO

sospecharse, supuesto que durante el gobierno de los cincuenta y


ocho días, y precisamente siendo Vera Estaño^ ministro de
Gobernación, fue cuando más atestadas de p esos políticos se
hallaron las cárceles de la República, y cuan» o se llegó hasta la
crueldad de prohibir las visitas de sus farr ilias a los reos políticos
en la Penitenciaría de México. Los úricos actos que he conocido
como debidos a la intervención d ú licenciado Vera Estañol, en
favor de los presos políticos, fu ?ron ciertas excarcelaciones que
tenían por objeto único utili: ar a los excarcelados en trabajos de
transacción c»:n los revolucionarios.
Parece ser que el objeto principal del licenciado Vera Estañol,
más que la convocatoria para la organizo ción de un partido
político, fue formular ciertas críticas contra los actos le la
revolución y de sus jefes.
Dichas críticas pueden resumirse como sigue:

lo. 2o. La Revolución no dio programa de re»:onstrucció i. La Revolución adolece de los


mismo v icios dictat males que tuvo el gobierno del general Eíaz, y La Revolución
3o. no ha podido reconstruir lo destru do.

La Revolución sin programa de reconstrucción

Ni la Revolución inglesa, :ii la Revolución francesa, ni nuestra Revolución de nde-pendencia,

ni la Revolución de Ay itla, previeron la forma de reconstruccici de los antiguos regímenes.


La Revolución de San Luis tam ?oco podía dar bases para la reconstrucci» n.
La verdad es que no hay revoluck n en el mundo que se haya »2mprendido previendo de
antemano loe medios d i reconstrucción del orden social < de sustitución del régimen que se
prel ;nde hacer desaparecer. Las revolucione! son casi siempre inconscientes; esboza i, si
acaso, sus tendencias inóicando sus propósitos destructivos; pero, o no of ecen bases para la
reconstrucción, o las que ofrecen resultan enteramente inadecuadas a las necesidades
posteriores.
178
Luis CABRERA

Las revoluciones se componen de dos etapas perfectamente


definidas: la primera, que constituye la faz meramente des-
tructiva, y que puede llamarse la revolución propiamente dicha, y
la segunda, que constituye la faz reconstructiva, y que en muchos
casos está enteramente fuera del periodo revolucionario.
Ahora bien, la tarea de reconstrucción escapa a toda previsión
y varía al infinito en cuanto a su naturaleza y a su duración,
según la marcha de la revolución en su etapa destructiva.
Una tendría que haber sido la tarea y la forma de recons-
trucción, en el caso de que el general Díaz se hubiera rendido
desde el principio y otra muy distinta en el caso de que la re-
volución se hubiera visto obligada a arrebatar plaza por plaza, de
manos del gobierno, por la fuerza de las armas.

Los vicios de la Revolución

El objeto principal del folleto a que vengo aludiendo, ha sido


formular una crítica de los actos del gobierno provisional, o como
yo lo llamaría, del gobierno. Se acusa al gobierno revolucionario
de nepotismo, de favoritismo, de militarismo, de indiferencia por
la suerte de la Nación, de insubordinación, de anarquía, de
crueldad, de saña, de cesarismo, de arbitrariedad y de otros vicios
más que se supone no debían existir en el gobierno provisional.
El impulso más ingenuo de los simpatizadores de la Revo-
lución y aun de su jefe mismo, ha sido negar los caracteres que se
atribuyen al gobierno provisional. Pero si se considera con
detenimiento la cuestión, se comprende que la verdadera defensa
del gobierno revolucionario no consiste en negar esos cargos, ni
en pretender poner de acuerdo la conducta de la revolución con
su situación teórica, sino en ver si esa conducta ha respondido a
las necesidades de la situación actual.
Más útil sería tal vez la tarea de comparar los actos del go-
bierno "revolucionario" con los actos del gobierno "constitu-
cional" del general Díaz, pues, por esa comparación, se vería que
la Revolución, aún en pleno periodo destructivo, ha sido más
justa, más democrática, más constitucional y más humana que el
gobierno del general Díaz en pleno periodo constitucional.
I. Nepotismo y favoritismo. No me toca justificar los nombra-
mientos de los señores Madero, Hernández y Vázquez Gómez,
para ministros; pero precisamente la presencia de personas de

179
LA IDEA DE MÉXICO

la más absoluta confianza de los jefes de la Revolución ?n el


gobierno provisionario, era la única garantía que podía 1 ener-se
de que este gobierno obedeciera las tendencias revoluc ona-rias,
supuesto que la labor posterior de la Revolución ba a depender
exclusivamente de la posibilidad de ejercer un ibso-luto
controlamiento sobre el gobierno provisional. Cualeí quiera otro
sistema que no hubiera sido el de designac ones concretas de los
nuevos ministros; habría sicb un error le la Revolución.
Por lo demás, el nepotismo y el favoritismo del gobien o re-
volucionario, son nada en comparación del nepotismo y ávo-
ritismo del gobierno "constitucional" del general Díaz.
Durante el gobierno del general Díaz, en erecto, hemos visto a
su hijo como empresario de grandes obras públicas ce stea-das por
el Estado, como jefe de su Estado Mayor y con o su secretario
particular; a su sobrino, con grados militares ot tenidos al vapor, lo
hemos visto como inspector general de P( licía de toda la
República, como diputado y como gobernado r del estado de
Oaxaca; y para no extendernos demasiado, 1 asta decir que en
todos los Congresos de la Unión h emos visto i todos los parientes
del general Díaz y a todos los parientes c e todas las
personalidades políticas de segundo orden; su y rno, sus concuños,
sus sobrinos, sus médicos, su dentista, sus bufones, sus
panegiristas y en general todos sus amigos personales han vivido
perpetuamente en el Congreso, porque en el ge bier-no
"constitucional" del general Díaz se creía recesarlo qi e todos los
puestos públicos estuvieran desempeñados por personas de la más
absoluta confianza.
Cuando se habla de la presencia de dos hermanos, ur o en la
Secretaría de Instrucción y otro en la Secretaría de Gobf rna-ción,
se olvida que esas mismas dos carteras estuvieron, ur a en la mano
derecha y otra en la mano izquierda del mismo autor de la crítica
contra los hermanos Vázquez Góriez.
Y cuando se ataca al gobierno revolucionario por tener en la
Secretaría de Gobernación al hermano del candidato a '• i Vi-
cepresidencia ahora que el problema vicepresidencial ha quedado
reducido a un problema de segundo orden, se olvide que cuando
ese mismo problema de la Vicepresid-:ncia era el más
trascendental de los problemas políticos de México, la Sec -eta-ría
de Gobernación estuvo precisamente en manos del a ndi-dato a la
Vicepresidencia, no sólo durante le preparacic i de las elecciones,
sino durante las elecciones mismas.
II. Militarismo e ilegalidad. Después de la rendición del Go-
bierno Federal, algunas autoridades científicos, Avelino Espi-
Luis E
CABRE
RA
st
o
s
nosa en Sonora, Jesús del Valle en e
Coahuila y algunos otros locos o tontos, c
quisieron oponer resistencia a la al
Revolución, y ésta tuvo necesidad de if
emplear la fuerza para hacerse obedecer. ic
a de golpe de estado. Debían calificarse así f
también todos los actos de la Revolución y u
principalmente la renuncia del general n
Díaz, y deberían seguirse llamando del ci
mismo modo todos los demás actos de o
presión que se están ejecutando y los que n
será necesario que la Revolución siga a
ejecutando para hacerse obedecer. m
No hay que perder de vista que la ie
Revolución no puede ni debe limitarse a los nt
medios exclusivamente constitucionales o
para cumplir con sus fines, sino que como c
revolución que es, tiene que seguir o
apelando a la fuerza de las armas en todos n
aquellos casos en que alguna autoridad st
quiera resistirle para sostener las formas del it
antiguo régimen. u
La Revolución triunfante pudo cambiar, ci
de golpe y por un solo acto revolucionario, o
todas las autoridades políticas de toda la n
República, sin que se le imputara la al
ejecución de un golpe de estado. Si no lo ,
hizo fue porque pudo encontrar otros p
procedimientos más prudentes para llevar a u
cabo esos cambios que era necesario e
efectuar; pero la forma de remover s
autoridades por medio de renuncias n
presentadas al nuevo gobierno y de a
designaciones francas o sugeridas, no di
cambia el carácter del acto en sí que es e
esencialmente revolucionario. Y si para ol
efectuar el resto de la renovación se vi
encontraran resistencias, aunque sean de d
apariencia constitucional, la Revolución no a
podría cruzarse de brazos y declararse q
impotente, sino que procedería a emplear la u
fuerza, pues si las formas debieran detener e
a la Revolución, resultaría que el triunfo de el
ésta, es decir, su ingreso al gobierno, g
equivaldría a haberla dejado maniatada e e
impotente, o lo que es lo mismo, el n
vencedor habría sido el antiguo régimen, y er
la formación del gobierno revolucionario al
habría sido una simple chicana política para D
dominar a la Revolución. ía
Mi opinión franca es que la Revolución z,
tiene expedita su acción para emplear la ta
fuerza cuando encuentre resistencias n
provenientes de elementos del antiguo c
régimen que se escudan tras de las formas el
constitucionales para impedir la consuma- o
ción de la tarea renovadora de la s
Revolución. o
Otra cosa es cuando se juzga al d
gobierno del general Díaz en pleno e
las apariencias constitucionales, no tuvo
empacho en autorizar descarados y
frecuentes golpes de estado, como los de
Coahuila y Nuevo León en 1909,

18
1
18 LA IDEA DE MÉXICO
2
que se apresuraban a justificar y a calificar
de actos de suma habilidad política, los
mismos que ahora quisieran ver maniatada a
la Revolución por las formas legales.
III.Indiferencia por la suerte de la
Nación. El licenciado Vera Estañol culpa al
gobierno revolucionario de indiferencia por
la suerte de la Nación, acusándolo de haber
abandonado la Baja California. La
contestación a este cargo la darán los
hechos. Después de varios meses de
inacción o impotencia del general Díaz, el
primer acto del gobierno revolucionario fue
enviar a Viljoen a combatir a los socialistas,
los cuales comenzaron a capitular.
IV. Insubordinación y anarquía. El señor
Vera Estañol culpa a la Revolución de
insubordinación, recordando el incidente de
desavenencia entre Orozco y Madero.
Olvida cuidadosamente Vera Estañol
que los autores intelectuales de ese incidente
fueron los elementos enviados por el
gobierno del general Díaz para sembrar la
cizaña en el campo revolucionario, de los
cuales el principal era un extranjero que casi
podríamos asegurar fue invitado a la
aventura pacificadora por el mismo Vera
Estañol, supuesto que es su amigo íntimo, su
compadre y su cliente; nos referimos a
Óscar Braniff.
Por lo que se refiere a la
insubordinación, si se compara la
Revolución en esta materia con el gobierno
del general Díaz en sus últimos tiempos, se
ve que mientras aquélla presentaba notables
ejemplos de disciplina como el de Figueroa
en Guerrero, resistiendo a las insidiosas
invitaciones del general Díaz para
desconocer a Madero, el ejército del dictador
en cambio presentaba los más desastrosos
síntomas de disgregación, cuando la mayor
parte de la oficialidad nueva se alistaba en
las filas insurgentes. *"
Tratándose de la anarquía, sería tonto
querer rechazar el cargo hecho a las masas
revolucionarias. No hay masa en ninguna
parte del mundo, que no presente los
mismos caracteres que presentaran las de la
ciudad de México, las de Torreón o las de
Pachuca; y puede afirmarse, sin temor de
equivocación, que los desórdenes y las
manifestaciones anárquicas que se han
pr cta de otras masas del pueblo en Europa y
es Estados Unidos, no digamos ya en pleno
e periodo revolucionario y cuando el jefe del
nt Estado abandona despavorido su puesto,
a sino solamente en el curso de una huelga o
d de cualquiera manifestación de protesta.
o V. Saña y persecución. Se tacha a la
h Revolución de cruel en
as sus persecuciones, recordando con grandes
ta aspavientos el inci-
a
h
or
a,
so
n
v
er
d
a
d
er
a
m
e
nt
e
in
si
g
ni
f
i-
ca
nt
es
,
c
o
m
p
ar
a
d
as
c
o
n
la
c
o
n
d
u
Luis CABRERA

dente de la detención del tren en que viajaba el general Díaz,


incidente que no debería ni mencionarse por ser tan bochorno-
samente ridículo para el Presidente caído.
Los casos que se dieron de detención de trenes fueron todos
verdaderamente sorprendentes por la forma prudente en que se
efectuaba el registro de pasajeros, pues con muy contadas ex-
cepciones, los revolucionarios se limitaban a registrar el convoy
para cerciorarse de que no conducían tropas o perterchos y a re-
cabar de los pasajeros la entrega de sus armas personales.
Los dos únicos casos que conozco en que se haya disparado
sobre los trenes detenidos, son el de Cuernavaca en que se trataba
de un tren que imprudentemente conducía un carro con tropa
agregado al tren de pasajeros, y el del tren de pasajeros en que
viajaba el general Díaz.
Este último caso se explica lógicamente supuesto que el tren
conducía tropas, pero a mayor abundamiento la detención no fue
intencional respecto del ex presidente. En efecto, habiendo
renunciado el general Díaz el 25 de mayo al atardecer, y no
teniendo motivo fundado para huir clandestinamente, como no
fuera el de su amor propio lastimado, era absolutamente imposible
que los revolucionarios que detuvieron el tren, pudieran sospechar
que en ese convoy, custodiado por escolta oficial, a todo vapor
huía agazapado y quejumbroso el héroe de cien batallas y el
hombre que había sido arbitro de los destinos del país durante
treinta y cinco años.
En punto a la crueldad, el gobierno del general Díaz no resiste
la comparación con la Revolución ni aun en sus épocas más
benignas.
Las persecuciones, prisiones y aun ejecuciones hechas por la
Revolución, fueron en muy corto número. Los actos de crueldad
injusta son muy contados y no aparecieron sino después de las
primeras aplicaciones de la ley de suspensión de garantías; las
prisiones fueron de muy pequeña duración y los reos juzgados
siempre con rapidez y con un amplio espíritu de equidad.
En cambio, en pleno periodo constitucional del general Díaz,
tuvieron lugar un gran número de actos de crueldad innecesaria,
que es inútil referir por el momento. Concretándose a los últimos
tiempos precisamente en el periodo de lucha entre la dictadura y la
Revolución, es sin duda el gobierno del general Díaz el que ofrece
las mayores muestras de crueldad, tanto por la aplicación de la
pena de muerte a los reos políticos por medio de procesos
militares, y por los asesinatos ejecutados en rebeldes con motivo
de la suspensión de garantías, como principalmente por el gran
número de prisiones innece-

LA IDEA DE MÉXICO
sarias y dilatadas, hechas con tal injusticia, que resultaban
víctimas de ellas personas que según las palabras del mismo
señor Vera Estañol, no tenían otra culpa que su condición
an-tirreeleccionista, que para él no es delito.
En lo referente a la crueldad, hay que decir nada más c
ae durante la permanencia de Vera Estañol en la Secretaría
de Gobernación tuvieron lugar los infames asesinemos
efectuados por Blanquet y Popoca en Matamoros Izúcar y
oor el coronel Cauz en Chignahuapan, asesinatos que no se
explican ni siquiera por el ardor de la lucha o por la
ebriedad del triunfo, sino que fueron verdaderas
hecatombes o degüellos cometidos enteramente en frío,
sobre mujeres y niños indefensos, y los de Chignahuapan
especialmente preparados por medio de fal; as promesas de
amnistía hechas por el general Díaz.
Debía mostrarse más prudencia en no hacer este cargo a
la Revolución, pues no solamente el gobierno del general
Díaz -e-sulta mal parado, sino que en opinión de propios y
extraños la reciente Revolución ha tenido caracteres tales de
benignidad y ha sido tan parca en crueldad y tan humana en
los medios de represión, que se considera latino-americana,
y puede tomarse como ejemplo de lo que se ha adelantado
en el siglo XX er el sentido de humanizar las guerras
intestinas, que hasta ahora
Luis CABRERA

han sido siempre las más crueles y las más sanguinarias de todas
las guerras.
VI. Cesarismoy arbitrariedad. Supone el licenciado Vera Esta-
ñol que las órdenes de un caudillo revolucionario deberían ex-
pedirse por bandos promulgados dentro de las formas
constitucionales o cuando menos sujetos a algún reglamento
previamente establecido para la Revolución, puesto que critica al
caudillo revolucionario diciendo que el señor Madero ha podido
llegar a decir "el Estado y el pueblo soy yo" por la gran cantidad
de facultades constitucionales que se arrogaba.
Si un Presidente de la República en tiempo de paz dijera, como
pudo decir el general Díaz, "el Estado y el pueblo soy yo", la
crítica sería irrefutable; pero en tiempo de guerra, la concentración
de funciones, la arrogación de facultades extraordinarias, la
creación de un dictador o de un imperator es algo no sólo
explicable, sino ineludible y que los gobiernos han acostumbrado
hace muchos siglos.
Con mayor razón todavía un caudillo de una revolución,
durante el periodo plenamente revolucionario, está obligado a ser
la única autoridad, y forzosamente debe poder decir en cualquier
momento "la revolución soy yo", es decir, que él es el jefe, el
director, el controlador, el arbitro único de la situación
revolucionaria.
La frase aquella de ordene al pueblo, que tanta alharaca ha
provocado por considerarse antidemocrática, no merece la atención
de la gente seria. Madero pudo haber dicho: "exija usted", "obligue
usted" o "reprima usted" al pueblo, y lo único criticable en su
telegrama era su desconocimiento de la imposibilidad en que se
hallaba Robles Domínguez de hacerse oír, y menos de impedir las
manifestaciones tumultuosas de la plebe de México, a la cual nadie
hubiera podido sofrenar, si el general Díaz no hubiera renunciado
la tarde del 25 de mayo.
VIL Efectividad del sufragio. El pasado gobierno habría de-
seado que la pasada Revolución hubiera aceptado su proyecto de
ley electoral para la convocación de las próximas elecciones, es
decir, que la Revolución se hubiera sometido a las formas que el
general Díaz quisiera imponer para desarrollar más tarde el
programa de reconstrucción del gobierno.
La sabiduría, la eficacia y la idoneidad del proyecto de ley
electoral, son cosas de las cuales estamos todavía por conven-
cernos. La antigua ley electoral constituía un procedimiento malo y
defectuoso, es cierto, pero ya conocido en la práctica, mientras que
el ensayo de la nueva ley electoral, por primera vez y en momentos
de agitación política, habría constituido la
LA IDEA DE MÉXICO

caída más torpe, más imprudente y más ingenuamente te rita de la


Revolución, en la ratonera puesta por el gobierno dei general
Díaz.

Las revoluciones son revoluciones

Al concluir estos capítulos de sus imputaciones a] gobierno r vo-


lucionario, el licenciado Vera Estañol confiesa que la impai :ia-
lidad recomienda juzgar "con cierta lenidad y benevolencia' los
hechos de la Revolución.
Aquí sí tiene razón el escritor; pero no es la imparciali lad la
que pide que se use cierta lenidad y benevolencia al ju::gar los
hechos de la Revolución, sino que son la lógica y el sentido común
los que aconsejan no juzgar un estade revolucionario conforme a
los principios con que se juzga un régimen coi sti-tuido.
Esto es en realidad el verdadero punto de vista desde do ide
deben mirarse los actos del gobierno revolucionario.
Las revoluciones son revoluciones, es decir, estados pat iló-
gicos y críticos de las sociedades y constituyen situacic ríes
anormales. Las revoluciones implican necesariamente el les-
conocimiento general y absoluto de todas las autoridades de todos
los principios de autoridad y de todas la; leyes políticas de un país;
son la negación de las formas constitucionales ] no están sujetas a
más reglas que las que impone la necesidad militar o el plan
revolucionario. Por tanto, tienen forzosamt nte que adolecer,
deben adolecer, de todos aquellos "vicios'', < igo mal, deben tener
todas aquellas "condiciones" que se criti :an a la Revolución de
San Luís.
Las revoluciones necesitan el nepotismo, que es casi el único
medio de asegurar el principio de autoridad del ¡efe rev >lu-
cionario; exigen el militarismo para tener fuerza; requi< ren una
gran dosis de arbitrariedad para hacer pos: ble el dom nio de los
jefes de la Revolución sobre elementos desencadena los; implican
la irregularidad en sus procedimientos supuesto jue proclaman
nada menos que el desconocimiento de la ley; resumen la crueldad
en los medios de obrar, supuesto que tie ten como instrumento la
guerra; deben desconocer todo princ pió de autoridad cuando se
trata de la autoridad que dimana del poder que se combate;
arrastran consigo grandes peligro: de insubordinación, y la
anarquía puede ser uno de sus resultados inevitables puesto que es
la que les ha dado el nombn de "revoluciones".

186
Luis CABRERA

Las revoluciones son en suma estados anormales de la vida


de los pueblos; por consiguiente, el disparate más grande que
puede hacerse es juzgarlas con el criterio o medirlas con la
medida con que se juzgaría un gobierno constituido. Si alguien
juzgara un estado de sitio, un interregno de ley marcial, o un
periodo de suspensión de garantías tachándolo de inconstitu-
cional, se pondría simplemente en ridículo; pero el que juzga
un régimen típicamente revolucionario con el criterio con que
se juzga un gobierno en pleno funcionamiento democrático, o
está loco, o es uno de los elementos corrompidos a los cuales
ha barrido la Revolución, que clama despechado.

La Revolución como reconstructora

El general Díaz renunció el 25 de mayo; el señor De la Barra


tomó posesión del gobierno el día 26; el licenciado Vera Esta-
ñol se puso a escribir su folleto el día 27 y acabó de formular
sus criticas el 5 de junio, o sea, dos días antes de la llegada del
Jefe de la Revolución a la capital de la República. Es decir, que
se quiere que en diez días el gobierno revolucionario tome to-
dos los caracteres de un gobierno constituido.
La verdad es que el Gobierno provisional no es un gobier-
no constitucional, sino que es la Revolución misma adueñada
del poder y en pleno periodo destructivo. Es un gobierno ente-
ramente sui géneris.
Sobre este punto es necesario precisar las ideas.
Las revoluciones tienen, como antes he dicho, dos funcio-
nes y dos etapas perfectamente definidas. La etapa destructiva
o propiamente revolucionaria, y la etapa reconstructiva.
Los espíritus superficiales podrían creer que la etapa destruc-
tiva concluye cuando concluyen teóricamente las hostilidades;
pero una consideración más sesuda hace comprender que son co-
sas totalmente distintas el final teórico de las hostilidades de la
guerra y el final del periodo destructivo de una revolución.
Cuando el gobierno del general Díaz dio la machincuepa
política el día lo. de abril, creyó ingenuamente que con cam-
biar de bandera había concluido con la Revolución, y se equi-
vocó. Los que crean ahora que con haberse puesto el poder en
manos de la Revolución ésta ha concluido y debe detenerse en
su labor de renovación, se equivocan por segunda vez.
La Revolución de San Luis comenzó su obra de destrucción
por la fuerza de las armas, pero antes de concluir su tarea, el
gobierno del general Díaz se rindió.
LA IDEA DE MÉXICO

¿Quiere decir que la obra destructiva de la revolución labia


concluido o debía pararse donde estaba el 25 de mayo: De ningún
modo.
La rendición del general Díaz no significó que la tarea de
demolición hubiera concluido, sino que fue un arn glo para que lo
que hasta ese momento se había venido hac: ?n-do por la fuerza de
las armas, pudiera continuarse por : ie-dio del poder que el general
Díaz abandonabci en mano: de la Revolución.
La guerra ha concluido en teoría, y se procura que c incluya de
hecho; pero la Revolución se encuentra en pleno periodo de
demolición, y todavía le falta mucio que barer antes de comenzar a
reconstruir. ¡Qué más quisieran los científicos y partidarios del
antiguo régimen, sino que la Revolución dejara las cosas como
están y suspendiera su obra a medio hacer!
La revolución propiamente dicha, es decir, el periodo < es-
tructivo, aún no ha concluido, y mal puede pedírsele que comience
a reconstruir. El licenciado don Emilio Vázq tez Gómez ha visto
muy clara la situación y ha entendido t en su papel de agente
revolucionario, encargado de dar satis: acción a las aspiraciones
revolucionarias, por medios admi íis-trativos, cuando se propone
continuar la obra de renovación comenzada, y aconseja la
remoción general de autoridades políticas.
No es lógico exigir a la Revolución que antes de un me: de
triunfar acabe de demoler y comience a reconstruir. No es 1< gi-co
ni siquiera pedir que ya comience desde luegc la reconsti acción,
porque ninguna revolución en el mundo ha comenzi do a ser
gobierno regular al día siguiente de derrocar al régin en caduco.
Después de la tarea de demolición desgraciadamente ios falta
pasar todavía por un doloroso periodo de anarquía más o menos
franca, que sociológicamente es inevitable.
Después podrá emprenderse la reconstrucción.
La guerra separatista en los Estados Unides duró cuc :ro años,
y la reconstrucción norteamericana que es indudal le-mente un
ejemplo de convalecencia política más rápida de < ue se tiene
noticia en toda la historia de las revoluciones, duró m-ce años.
Suponiendo que la Revolución de San Luis tarde todavía en
concluir su tarea destructiva de aquí a noviembre, habrá e (Ti-
pleado en ella un año entero. Bien podemos darnos por satisfechos
con que en otros tres años se efectúe la reconstrucción.
Luis fa
CABRE
RA
ci
li
d
Quién debe hacer la reconstrucción a
d
La labor demoledora de las revoluciones es q
siempre la parte más fácil de la tarea, sobre u
todo cuando van contra un régimen tan e
profundamente desintegrado como el del e
gobierno del general Díaz. Así se explica s
que el derrocamiento de la dictadura p
tuxtepecana haya podido hacerse con una
antó a los mismos revolucionarios; sin
18
elementos casi, a poco costo, con poca 9
sangre, con pocos hombres y sin gran
esfuerzo intelectual.
La caída del general Díaz fue más bien
obra del estado social que de la fuerza
armada. Esto explica hasta cierto punto la
benignidad de la Revolución, pero a la vez
da idea de la gran dificultad de la tarea
reconstructiva, teniendo en cuenta la falta
de elementos sanos de que pueda echarse
mano.
La Revolución pudo hacerse por un
puñado de hombres, con relativa facilidad
en cuanto a su aspecto demolitivo; pero en
cuanto a la reconstrucción, sería injusto y
egoísta querer que la hagan esos mismos
hombres solos. Esa labor tiene que
19 LA IDEA DE MÉXICO
0
efectuarse por el concurso de todos los
elementos sanos, enérgicos y honrados
que ofrezca la Revolución, obrando de
acuerdo con los elementos sanos,
enérgicos y sobre codo honrados, que
puedan quedar del antiguo régimen
agrupados todos alrededor de un hombre.
Ahora bien, lógicamente y por la
naturaleza misma de las cosas, ese
hombre no puede ser otro que el mismo
que encabezó la tarea destructiva, porque
políticamente no puede ser otro, ni debe
ser otro.
Por tanto, todos los elementos de
algún valer eji el país, y aún cuando no
hayan estado de acuerdo en les
procedimientos revolucionarios, están
obligados por patriotismo, por deber y
hasta por conveniencia a agruparse
alrededor del Jefe de la Revolución para
emprender la reconstrucción «del nuevo
régimen. No porque se suponga que ese
jefe sea el más apto para gobernar, sino
precisamente porque es de presumirse
que un mismo hombre no puede reunir a
la vez condiciones necesarias para ser un
ferviente revolucionario y un gran
estadista.
Yo por mí sé decir que no seré quien
comience el coro de adulaciones al señor
Madero, suponiéndole cualidades ex-
traordinarias como gobernante, pero
tampoco escatimaré mi insignificante
cooperación y la daré con toda buena
voluntad y con toda buena fe.
Como revolucionario el señor Madero
ha tenido éxito; ahora estará obligado a
ensayar como gobernante. Poclrá hacerlo
mal, pero lo único que podemos exigirle
es lealtad y honradez, bastando por lo
demás que deje libre el campo a la
actividad administrativa de los partidos
políticos que son los obligados a
reconstruir lo destruido.
Para eso es absolutamente
indispensable que todos los hombres de
algún valer abandonen su actitud de
abstención egoísta y se pongan
decididamente, como lo ha hecho aún el
mismo general Reyes, al lado del Jefe de la
Revolución, contribuyendo a crearle su
prestigio de gobernante y ayudando cada
c os viciados del antiguo régimen.
u Y esa obligación de agruparse
al alrededor del caudillo crece de punto
e cuanto mayores sean las probabilidades
n de su ineptitud como gobernante, pues si
la el señor Madero resulta no ser un genio en
ta la ciencia del gobierno, tanto mejor:
re deberemos felicitarnos de esa decepción,
a porque querrá decir que ha concluido la
q desgraciada época de los gobiernos
u milagrosamente geniales, de los
e gobernantes insustituibles y de las
le dictaduras, para dar paso a la era de los
c gobernantes honrados y de sim-
or
re
sp
o
n
d
e,
si
q
ui
er
a
se
a
p
ar
a
n
o
v
er
lo
ec
h
ar
se
e
n
br
az
os
d
e
lo
s
el
e
m
e
nt
Luis CABRERA

pie sentido común, a la era de los gobiernos verdaderamente


republicanos en que es el pueblo el que gobierna alrededor del Jefe
del Estado.

Discurso del licenciado Luis Cabrera en el banquete


ofrecido el 20 de noviembre de 1912, por el
presidente de la República a los poderes

Como Presidente del Congreso de la Unión, tengo un alto honor en


expresar la gratitud de los miembros del Poder Legislativo hacia el
señor Presidente de la República y hacia su digno secretario de
Relaciones Exteriores, por la honrosa distinción que se ha servido
hacernos, invitándonos a esta reunión.
El principal objeto de esta reunión es, sin duda, procurar el
acercamiento entre los miembros que componen los tres altos
poderes de la Federación, es decir, una aproximación social, que
tenga por objeto estrechar los vínculos de solidaridad que deben
existir entre gobernantes, con el fin de abrir paso a mayor armonía
en las relaciones oficiales de unos con otros. Para esto es necesario
que nos demos a conocer mutuamente nuestras ideas sobre la
situación actual, sobre la línea de conducta que cada uno de
nosotros crea conveniente seguir, y por mi parte me propongo
decir unas cuantas palabras sobre los propósitos del Poder
Legislativo y especialmente sobre la manera de entender sus
relaciones con el Poder Ejecutivo.
Una mera coincidencia de acontecimientos, es decir, mi de-
signación como Presidente de la Cámara en el presente mes, me
proporciona la honra, que de otra manera nunca habría podido
alcanzar, de ocupar la atención del Poder Ejecutivo, del Poder
Legislativo y del Poder Judicial, reunidos aquí.
Al hacerles presente mi respetuoso saludo, me permito su-
plicarles su atención por algunos breves momentos, atención que
encarezco un poco más concentrada y por algo más de tiempo del
que generalmente es costumbre prestar en ocasiones como la
presente.
Al tratar de tan delicadas cuestiones, y aun cuando tengo el
carácter de Presidente del Congreso de la Unión, no me siento con
autoridad para hablar en nombre del Senado, pues no podría que si
expresar con conocimiento de causa las opiniones de los señores
senadores, de quienes los diputados nos encontramos alejados por
cuestiones del local en que verificamos
LA IDEA DE MÉXICO

nuestras reuniones. Constitucionalmente está sancionado este


alejamiento, pues laboramos aparte y giramos en órbitas distintas,
sin más excepción que las contadas ocasiones en que los senadores
nos hacen el honor de reunirse con nosotros para constituir el
Congreso General.
Por otra parte, condiciones especiales en que nos encor tramos
colocados, a saber: en que la Cámara de Diputados se i en su
totalidad producto del movimiento elector:! efectuadc en este año,
mientras que la Cámara de Senadores solamente haya sido
renovada por mitad, me impedirá interpretar impar-cialmente las
tendencias dominantes en el Senado, y no • leja de ser
impedimento también de consideración :ara que yo pudiese
interpretar debidamente las ideas de los señores senadores, el de
que la composición del Senado, que es ¡siempre de una naturaleza
moderada y conservativa totalmente contraria a las tendencias de
la Cámara de Diputados, poi su natura eza reformadora.
Estas circunstancias, y la presencia en esta reunión de. se-
gundo vicepresidente del Senado, ingeniero D. Alejandro I rie-to,
me exime de la tarea un tanto difícil de llevar la voz del Senado en
el presente caso.
Me limitaré, por lo tanto, a hablar en mi carácter de p: bidente
de la Cámara de Diputados y al hacerlo así procuraré nacerlo, no
como miembro de determinado grupo en el seno de la Cámara,
sino exponiendo únicamente aquellas ideas que pueden
considerarse como generalmente admitidas por los dipi lados, pues
yo que en el seno de la Cámara soy un eleme ito radical y de cierta
intransigencia no puedo, ni me estaría permitido exponer aquí mis
opiniones propias, ni la idea de detei Tunado grupo parlamentario,
sino que debo interpretar honrac a y fielmente las ideas de todos
los diputados que componen la lomara que en el presente mes me
ha honrado con la Presiden la.
Al venir a esta reunión cuyo propósito es uno cordial aj ro-
ximación a los demás poderes, los diputados todos lo hemos hecho
dejando todas nuestras diferencias de criterio guarda las con llave
en nuestros pupitres, y nuestras diser. dones, y ni es-tras
divergencias han quedado encerradas en el recinto de nuestra
asamblea, cuyas bóvedas son las únicas que tienen derecho a
repercutirlas.
La labor encomendada en los actuales momentos hist >ri-cos a
la Cámara de Diputados, es una labor de muy alta si<¡ ni-ficación,
y consiste, como muy repetidas veces se ha dicho, en llevar a cabo
los ideales que originaron el movimiento revolucionario de 1910.
Luis CABRERA

Las transformaciones verdaderamente trascendentales en la


constitución económica, religiosa o política de los pueblos, se
llaman revoluciones, y estas transformaciones nunca se han
realizado en ningún pueblo, y en ninguna época de la historia del
mundo más que por medio de la fuerza.
Antes de 1910, la opinión pública de México había llegado a
precisar ciertas necesidades y ciertas tendencias cuya realización
no se creyó posible obtener del régimen de gobierno personal
iniciado y continuado por el señor general Díaz.
Estas tendencias, que como siempre sucede, eran de carácter
económico a la vez que político, pueden resumirse diciendo que se
hacía indispensable una renovación de hombres, un cambio de
sistema político y una reforma de las condiciones económicas,
industriales, rurales y mercantiles de la Nación.
Estas transformaciones no podían efectuarse, no pudieron
efectuarse, bajo el mismo personal de Gobierno y siendo de honda
importancia, y no de mera forma, hubo necesidad de acudir a la
fuerza para poder iniciarlas, por medio del derrocamiento del
general Díaz.
El movimiento revolucionario de 1910 se concretó a inscribir
en su bandera como más sintético el lema que traducía la necesidad
de renovación política: "Sufragio Efectivo y No Reelección", pero
comenzó por medio de las armas, una lucha que llevaba por objeto,
no solamente la reconquista de las libertades políticas, sino
también la conquista de la Justicia y la reforma de las condiciones
económicas de nuestra Patria.
El movimiento revolucionario de 1910 fue detenido a los seis
meses de iniciado y cuando puede decirse que apenas había
comenzado a prender en el resto de la República.
¿Podría alguien decir que este movimiento se detuvo, o que fue
contenido por el convencimiento que tuvieron sus jefes de que se
habían realizado los ideales proclamados por ellos?
Indudablemente que no. El gobierno del general Díaz no había
logrado en sus últimos momentos convencer a la Nación ni de la
sinceridad de sus propósitos, ni de la posibilidad de llevar a cabo
las reformas iniciadas en sus postrimerías y se vio obligado a
retirarse entregando en manos de revolucionarios el poder .
La transacción de Ciudad Juárez no significó, pues, que hu-
biese quedado concluida la conquista de los ideales que originaron
el movimiento revolucionario, sino simplemente que el gobierno
del general Díaz, en la imposibilidad de satisfacer por sí mismo
"las exigencias de la opinión pública", como él decía, "los ideales
de la Nación", como decimos nosotros, entregó esa
LA IDEA DE MÉXICO

fuerza social que se llama gobierno en manos de los h )m-bres de


la Revolución, y éstos recibieron ese poder, con el objeto de
realizar, por los medios, constitucionales o legales los propósitos
que habían intentado realizar por la fuerza de las armas.
Hago punto omiso de la transición entre el momento c ; la
retirada del general Díaz, y el momento de la tema de pose, ion del
nuevo Gobierno, emanado de las elecciones de 1911, ; >or-que no
es esta ocasión de tocar las causas por las cuales el 110-vimiento
revolucionario no pudo de hecho disponer del Gobierno para el
objeto para que se le había entregado.
La obra de la Revolución por medio de los procedimiei tos
constitucionales ha comenzado ya.
Dos elecciones generales han tenido lugar, y estas dos elec-
ciones han producido un cambio de hombres, cambio qué debe
traer como consecuencia la reforma de los sistemas de gobierno.
No me toca a mí decir hasta qué punto este carr. Mo de hombres
va produciendo poco a poco un cc.mbio de si temas políticos, cosa
que no podría tener lugar de la noche < la mañana, sino previo un
trabajo lento y constante de ana; sis de las malas prácticas para
desecharlas, y de reconocimie íto de las buenas para continuarlas.
La obra que la Revolución dejó a cargo del gobierno acü al, se
compondrá, como he dicho, de una renovación de sisterr as, y de
una transformación de condiciones sociales. Lo primero sólo
pueden hacerlo los poderes Ejecutivo y Judicial, lo segundo sólo
puede lograrse por medio de la reforma de aquellas leyes cuya
aplicación había producido una condición so< ial inadecuada en el
momento actual.
Toca pues, al Poder Legislativo emprender esa parte de la
labor y por lo que hace a la Cámara de Diputados, puedo afirmar
que se ha dedicado a ella con toda decisión, con toda h< n-radez y
con todo patriotismo.
Diversos obstáculos, sin embargo, se han presentado a la
Cámara de Diputados para esta su labor. El primero deriva de la
inexperiencia de sus miembros, y consiste en ciertas tor te-zas en
las faenas domésticas de la Cámara, debido a la fa ta de práctica
efectiva en materias parlamentarias.
Esa falta de conocimientos prácticos parlamentarios, nc es
imputable a los miembros actuales de la Cámaro ni siquierc al
pueblo que los eligió, ni constituye una falta, sino que poi el
contrario es una consoladora garantía de que la actual Cámara
debe su designación a la verdadera voluntad popular, cuya
condición un tanto caótica y nerviosa se refleja en ella.
Luis CABRERA

Compláceme sin embargo hacer constar que a pesar


de la inexperiencia de los miembros de la Cámara de
Diputados, la labor se continúa con decisión y una
persistencia que hace honor a los representantes del
pueblo.
Mucho se ha hablado fuera y dentro de la Cámara de Diputados de las disenciones
existentes entre sus miembros y del personalismo que aumenta sus discusiones. A este respecto
debo decir que no creo que ninguna de las discusiones, aun las de apariencia más impertinente,
haya dejado de contribuir a la mejor orientación de los grupos y partidos de que se compo ne la
Cámara de Diputados y que la actividad de estos mismos grupos y partidos es una condición
sine qua non del funcionamiento de todo buen parlamento, mientras que por el contrario, la
absoluta uniformidad de criterio en un grupo deliberante, sería la más grave de las sospechas
respecto de su origen o respecto de su honradez.
Compláceme también por eso hacer justicia a todos los grupos de la Cámara, manifestando
que sin excepción ninguna, han mostrado en sus labores un empeño y un patriotismo que los
honra y que han puesto en todos sus actos el propósito de cumplir leal y concienzudamente con
sus deberes.
Se ha dicho igualmente que la Cámara no avanza en sus labores, y ha llegado a
considerarse como infructuosa la obra del presente periodo
Creo honradamente que dada la
magnitud de la tarea encomendada a la
Cámara de Diputados, bastante habrá
hecho y merecerá por ello bien de la
Patria, si se conforma con orientarse en
sus procedimientos de trabajo y con
difundir bien su composición en este
primer periodo, dejando para el segundo
periodo y después de una seria meditación
de los problemas que tiene en su cartera,
resolver las trascendentales cuestiones que
le incumben.
No deja de ser obstáculo moderador de
los impulsos de reforma de la Cámara de
Diputados y por consiguiente benéfico
hasta cierto punto, la necesidad de atender
un gran número de asuntos ordinarios y
que significa la participación diaria del
Parlamento en el gobierno del país.

1
9
5

LA IDEA DE MÉXICO

La Cámara de Diputados tiene en efecto que cumpl r con sus propósitos de reforma, pero
no debe desatender las k bores ordinarias, en las cuales comparte la tarea de! gobierno i on el
Poder Ejecutivo. Estas labores que en otro tiempo eran sama-mente sencillas, puesto que se
reducían únicamente a la aprobación indiscutida de todos los actos del Poder Ejecutivo han
tomado en la actualidad una gran importancia y oc tpan tiempo, porque laborando la Cámara
con inexperiencia, pero con el deseo de desempeñar concienzudamente su tarea, n o ha
podido despachar dichos asuntos con la facilidad y autorr atis-mo con que aparentemente se
despachan antes, sino que ada punto sometido a su consideración exije un esfuerzo y una
atención que no requeriría si no fuese una Cámara de verdad, o que no se requerirá, cuando se
haya familiarizado con estas
labores.
Tan importante como la labor de reforma que se esper \ de la Cámara de Diputados es el
desempeño de sus labores c rdi-narias y que debe desarrollar como colaboración a las fun io-
nes del Poder Ejecutivo. Esta consideración me oroporcion la oportunidad de entrar a decir
unas cuantas pe:abras resp» cto a las relaciones entre la Cámara de Diputados y el Poder eje-
cutivo.
La composición misma de la Cámara de Diputados, su origen electoral y sobre todo la
existencia de grupos políticos en su interior son las mejores garantías de su independencia. 1
Jo-sotros no habíamos podido conocer en los últimos 25 año; el funcionamiento de una
Cámara en condiciones semejante i y por consiguiente carecemos totalmente de experiencia
en la materia. En los últimos 25 años no se había conocido otro sistema de relaciones entre el
Poder Legislativo y el Poder Ejecutivo que las relaciones de subordinación del Legislativo
hacia el
Ejecutivo.
Estas relaciones eran de tal naturaleza, que podían compararse a las relaciones entre el
presidente de la República y cualquiera de sus secretarios de Estado, es decir, que el Poder
Legislativo era un órgano de mero refrendo y autorización de las disposiciones dictadas por
el Poder Ejecutivo con el fin de revestir a éstas con el ropaje legal.
Las condiciones actuales del país hacen imposible, afort.i-nadamente, la reorganización
de este sistema, y la subordin i-ción ha cedido el puesto al acuerdo.
La política de la Cámara de Diputados en sus relaciones con el Ejecutivo consiste en
procurar el acuerdo con este poder para conseguir la armonía tan necesaria al funcionamiento
de
Luis CABRERA

Compláceme sin embargo hacer constar que a pesar de la inexperiencia de los miembros de
la Cámara de Diputados, la labor se continúa con decisión y una persistencia que hace honor a
los representantes del pueblo.
Mucho se ha hablado fuera y dentro de la Cámara de Diputados de las disenciones
existentes entre sus miembros y del personalismo que aumenta sus discusiones. A este respecto
debo decir que no creo que ninguna de las discusiones, aun las de apariencia más impertinente,
haya dejado de contribuir a la mejor orientación de los grupos y partidos de que se compone la
Cámara de Diputados y que la actividad de estos mismos grupos y partidos es una condición
sine qua non del funcionamiento de todo buen parlamento, mientras que por el contrario, la
absoluta uniformidad de criterio en un grupo deliberante, sería la más grave de las sospechas
respecto de su origen o respecto de su honradez.
Compláceme también por eso hacer justicia a todos los grupos de la Cámara, manifestando
que sin excepción ninguna, han mostrado en sus labores un empeño y un patriotismo que los
honra y que han puesto en todos sus actos el propósito de cumplir leal y concienzudamente con
sus deberes.
Se ha dicho igualmente que la Cámara no avanza en sus labores, y ha llegado a
considerarse como infructuosa la obra del presente periodo
Creo honradamente que dada la
magnitud de la tarea encomendada a la
Cámara de Diputados, bastante habrá
hecho y merecerá por ello bien de la
Patria, si se conforma con orientarse en
sus procedimientos de trabajo y con
difundir bien su composición en este
primer periodo, dejando para el segundo
periodo y después de una seria meditación
de los problemas que tiene en su cartera,
resolver las trascendentales cuestiones que
le incumben.
No deja de ser obstáculo moderador de
los impulsos de reforma de la Cámara de
Diputados y por consiguiente benéfico
hasta cierto punto, la necesidad de atender
un gran número de asuntos ordinarios y
que significa la participación diaria del
Parlamento en el gobierno del país.

1
9
5
LA IDEA DE MÉXICO

La Cámara de Diputados tiene en efecto que cumplir :on sus


propósitos de reforma, pero no debe desate): der las lab Tes
ordinarias, en las cuales comparte la tarea del gobierno co i el
Poder Ejecutivo. Estas labores que en otro tiempo eran su: lamente
sencillas, puesto que se reducían únicamente a la aj ro-bación
indiscutida de todos los actos del Poder Ejecutivo, 1 an tomado en
la actualidad una gran importancia y ocu] an tiempo, porque
laborando la Cámara con inexperiencia, r. ?ro con el deseo de
desempeñar concienzudamente su tarea, no ha podido despachar
dichos asuntos con la facilidad y automc cismo con que
aparentemente se despachan antes, sino que c< da punto sometido
a su consideración exije un esfuerzo y una atención que no
requeriría si no fuese una Cámara de verdad, o que no se requerirá,
cuando se haya familiarizado con estas labores.
Tan importante como la labor de reforma q..e se espera de la
Cámara de Diputados es el desempeño de sus labores o? diñarías y
que debe desarrollar como colaboración a las fun< iones del Poder
Ejecutivo. Esta consideración me proporcione la oportunidad de
entrar a decir unas cuantas palabras respe :to a las relaciones entre
la Cámara de Diputados y el Poder 1 je-cu tivo.
La composición misma de la Cámara de Diputados, su origen
electoral y sobre todo la existencia de grupos políticos en su
interior son las mejores garantías de su independencia. Nosotros
no habíamos podido conocer en los últimos 25 año: el
funcionamiento de una Cámara en condiciones semejante y por
consiguiente carecemos totalmente de experiencia en la materia.
En los últimos 25 años no se había conocido otro sistema de
relaciones entre el Poder Legislativo y ei. Poder Ejecutivo que las
relaciones de subordinación del Legislativo hacia el Ejecutivo.
Estas relaciones eran de tal naturaleza, que podían compararse
a las relaciones entre el presidente de la República y cu ü-quiera
de sus secretarios de Estado, es decir, que el Pocier Legislativo era
un órgano de mero refrendo y autorización de las disposiciones
dictadas por el Poder Ejecutivo con el fin de revestir a éstas con el
ropaje legal.
Las condiciones actuales del país hacen imposible, afor u-
nadamente, la reorganización de este sistema, y la subordir a-ción
ha cedido el puesto al acuerdo.
La política de la Cámara de Diputados en sus relacior es con el
Ejecutivo consiste en procurar el acuerdo con este poder para
conseguir la armonía tan necesaria al funcionamiento de
Luis CABRERA

Compláceme sin embargo hacer constar que a pesar de la inexperiencia de los miembros de
la Cámara de Diputados, la labor se continúa con decisión y una persistencia que hace honor a
los representantes del pueblo.
Mucho se ha hablado fuera y dentro de la Cámara de Diputados de las disenciones
existentes entre sus miembros y del personalismo que aumenta sus discusiones. A este respecto
debo decir que no creo que ninguna de las discusiones, aun las de apariencia más impertinente,
haya dejado de contribuir a la mejor orientación de los grupos y partidos de que se compone la
Cámara de Diputados y que la actividad de estos mismos grupos y partidos es una condición
sine qua non del funcionamiento de todo buen parlamento, mientras que por el contrario, la
absoluta uniformidad de criterio en un grupo deliberante, sería la más grave de las sospechas
respecto de su origen o respecto de su honradez.
Compláceme también por eso hacer justicia a todos los grupos de la Cámara, manifestando
que sin excepción ninguna, han mostrado en sus labores un empeño y un patriotismo que los
honra y que han puesto en todos sus actos el propósito de cumplir leal y concienzudamente con
sus deberes.
Se ha dicho igualmente que la Cámara no avanza en sus labores, y ha llegado a
considerarse como infructuosa la obra del presente periodo
Creo honradamente que dada la
magnitud de la tarea encomendada a la
Cámara de Diputados, bastante habrá
hecho y merecerá por ello bien de la
Patria, si se conforma con orientarse en sus
procedimientos de trabajo y con difundir
bien su composición en este primer
periodo, dejando para el segundo periodo
y después de una seria meditación de los
problemas que tiene en su cartera, resolver
las trascendentales cuestiones que le
incumben.
No deja de ser obstáculo moderador de
los impulsos de reforma de la Cámara de
Diputados y por consiguiente benéfico
hasta cierto punto, la necesidad de atender
un gran número de asuntos ordinarios y
que significa la participación diaria del
Parlamento en el gobierno del país.

1
9
5
LA IDEA DE MÉXICO

La Cámara de Diputados tiene en efecto que cumplir :on sus


propósitos de reforma, pero no debe desatender las lab >res
ordinarias, en las cuales comparte la tarea del gobierno co i el
Poder Ejecutivo. Estas labores que en otro tiempo eran sumamente
sencillas, puesto que se reducían únicamente a la aprobación
indiscutida de todos los actos del Poder Ejecutivo, ían tomado en
la actualidad una gran importancia y ocupan tiempo, porque
laborando la Cámara con inexperiencia, ] ero con el deseo de
desempeñar concienzudamente su tarea, n< ha podido despachar
dichos asuntos con la facilidad y autom itis-mo con que
aparentemente se despachan antes, sino que c ida punto sometido a
su consideración exije un esfuerzo y ana atención que no
requeriría si no fuese una Cámara de verdad, o que no se requerirá,
cuando se haya familiarizado con estas labores.
Tan importante como la labor de reforma que se esper i de la
Cámara de Diputados es el desempeño de sus labores < rdi-narias
y que debe desarrollar como colaboración a las fur dones del
Poder Ejecutivo. Esta consideración me proporción i la
oportunidad de entrar a decir unas cuantas pe labras resp acto a las
relaciones entre la Cámara de Diputados y el Poder Ejecutivo.
La composición misma de la Cámara de Diputados, su origen
electoral y sobre todo la existencia de grupos políticos en su
interior son las mejores garantías de su independencia. Nosotros
no habíamos podido conocer en los últimos 25 añ >s el
funcionamiento de una Cámara en condiciones semejan es y por
consiguiente carecemos totalmente de experiencia e i la materia.
En los últimos 25 años no se había conocido otr< sistema de
relaciones entre el Poder Legislativo y el Poder Eje :uti-vo que las
relaciones de subordinación del Legislativo hacia el Ejecutivo.
Estas relaciones eran de tal naturaleza, que podían compararse
a las relaciones entre el presidente de la República y cualquiera de
sus secretarios de Estado, es dec.::, que el Poder Legislativo era un
órgano de mero refrendo y autorización de las disposiciones
dictadas por el Poder Ejecutiva con el fin de revestir a éstas con el
ropaje legal.
Las condiciones actuales del país hacen imposible, al lu-
nadamente, la reorganización de este sistema, y la subor< .marión
ha cedido el puesto al acuerdo.
La política de la Cámara de Diputados en sus relac.ones con el
Ejecutivo consiste en procurar el acuerdo con este poder para
conseguir la armonía tan necesaria al funcionamiento de

196
Luis CABRERA

ambos poderes. El Ejecutivo ha tenido pruebas recientes de los


buenos deseos de la Cámara de Diputados, de marchar de acuerdo
con él; pero esas pruebas han ido siempre matizadas con la
demostración de que el Poder Legislativo, si bien marcha de
acuerdo con aquél, no entiende este acuerdo en la forma de
aprobación incondicional de todos los actos del Ejecutivo.
Pero hay más: la Cámara de Diputados ha dado una muestra de
prudencia y moderación que pocos podían esperar de ella. En la
conducta humana, es muy frecuente querer remediar una condición
pasada, a la condición totalmente opuesta y especialmente en
materias de gobierno habría sido muy fácil que la Cámara de
Diputados quisiese pasar de la condición de subordinada del
Ejecutivo a la condición de dominadora de él.
Debo hacer constar en honor de todos los grupos que com-
ponen la Cámara de Diputados, que esta Cámara, si bien celosa de
su independencia y de su libertad de acción, no ha dado ejemplo
alguno de pretender invadir la esfera de acción del Poder Ejecutivo
ni de intentar ejercer una de esas dictaduras de los grupos
deliberantes que aparecen al día siguiente de los movimientos
revolucionarios.
Hay una última causa que entorpece las labores de la Cámara
de Diputados, pero ésta es común a los demás poderes, y el
removerla es más bien resorte del Poder Ejecutivo.
Frente a la obra seria y meditada de reforma que constituye la
tarea de la Cámara de Diputados se presentan, como elementos de
perturbación, dos impaciencias sociales que es muy difícil
contener: la impaciencia por las reformas, aunque no haya paz, y la
impaciencia por la paz, aunque no haya reformas.
Las clases proletarias, y en general todos los elementos so-
ciales que, buscando una condición económica y política mejor
que la que habían podido tener bajo el régimen de gobierno
personal, hicieron el movimiento de 1910, muestran una gran
impaciencia por las reformas, impaciencia que pone en peligro la
tarea de reforma, encomendada a la Cámara de Diputados. La
desconfianza de que los medios constitucionales sean efectivos
para lograr esas reformas, la creencia que se tiene de que ponen en
peligro la paz.
La Cámara de Diputados cree, sin embargo, poder llevar a cabo
su labor, aun cuando sea con la lentitud natural de la honda
reflexión que exigen problemas tan trascendentales; cree que
dentro del funcionamiento del gobierno actual pueden hacerse esas
reformas, y ha llegado a la conclusión de la
LA IDEA DE MÉXICO

necesidad de sostener un régimen constitucional como condición


indispensable para dar cima a su tarea.
En este punto, y cualquiera que sean las ideas personi les del
que habla acerca de la ineficacia de los medios constitu io-nales
para lograr implantar ideales revolucionarios, debo zallar mis
propias ideas, supuesto que, como he dicho hablo únicamente
procurando traducir el sentir de la justicia y >or encima de
nuestras libertades está la conservación general de los miembros
de la Cámara de Diputados.
La segunda de las impaciencias a que me he referido, es la más
peligrosa. Es la impaciencia por el restablecimiento de la paz,
aunque fracasen las reformas.
Determinados elementos económicos provenientes especial-
mente del extranjero y comprometidos en empresas extractivas,
industriales y mercantiles, consideran el restablecimiento de la paz
como una necesidad preferente a la regeneración polít :a de
nuestro país. Creen que por encima de las refirmas, por (ticuna de
la renovación de poderes, por encima de la justicia y p Dr encima
de nuestras libertades está la conservaciói de la paz y exigen que
el Gobierno se dedique exclusivamente al resta ble :i-miento de la
paz, aun cuando dejase pendiente, para más t< r-de, la resolución
de los ideales revolucionarios.
Esta tendencia ha tenido su más clara manifestación en el
reciente movimiento revolucionario de Veracruz, cuyos propó-
sitos, al decir de las proclamas eran el restablecimiento de la paz
por medio de la fuerza.
Sobre este punto, creo interpretar fielmente el sentir de 1 >s
miembros de la Cámara de Diputados diciendo que el restable-
cimiento de la paz, sin la realización de los idec.es revolucio-
narios, sólo aprovecharía a los intereses extranjeros y
semiextranjeros, pero no a la nación misma, y que la paz, sin una
base solida de libertades políticas, de libertades civiles, y sin el
funcionamiento de las instituciones democráticas, tendría que
convertirse necesariamente en paz mecánica dictatorial. Puede
decirse que si el general Díaz con todos 1< s elementos de poder,
de riqueza, de sumisión y de prestigio pe -sonal en el interior y en
el exterior del país fue impotente pura contener el movimiento
revolucionario de 1910, cualquii r otro gobierno, cualquiera otra
persona, cualquiera institución o cualquiera otra fuerza que
pretendiera restablecer la paz por la paz misma, sin apoyarla en
una condición económica y política aceptada por la nación, tendría
que fracase r.
Tales son en lineamientos generales las ideas que me es
permitido exponer como líneas de conducta que la Cámara de
Luis CABRERA

Compláceme sin embargo hacer constar que a pesar de la inexperiencia de los miembros de
la Cámara de Diputados, la labor se continúa con decisión y una persistencia que hace honor a
los representantes del pueblo.
Mucho se ha hablado fuera y dentro de la Cámara de Diputados de las disenciones
existentes entre sus miembros y del personalismo que aumenta sus discusiones. A este respecto
debo decir que no creo que ninguna de las discusiones, aun las de apariencia más impertinente,
haya dejado de contribuir a la mejor orientación de los grupos y partidos de que se compone la
Cámara de Diputados y que la actividad de estos mismos grupos y partidos es una condición
sine qua non del funcionamiento de todo buen parlamento, mientras que por el contrario, la
absoluta uniformidad de criterio en un grupo deliberante, sería la más grave de las sospechas
respecto de su origen o respecto de su honradez.
Compláceme también por eso hacer justicia a todos los grupos de la Cámara, manifestando
que sin excepción ninguna, han mostrado en sus labores un empeño y un patriotismo que los
honra y que han puesto en todos sus actos el propósito de cumplir leal y concienzudamente con
sus deberes.
Se ha dicho igualmente que la Cámara no avanza en sus labores, y ha llegado a
considerarse como infructuosa la obra del presente periodo
Creo honradamente que dada la
magnitud de la tarea encomendada a la
Cámara de Diputados, bastante habrá
hecho y merecerá por ello bien de la
Patria, si se conforma con orientarse en
sus procedimientos de trabajo y con
difundir bien su composición en este
primer periodo, dejando para el segundo
periodo y después de una seria meditación
de los problemas que tiene en su cartera,
resolver las trascendentales cuestiones que
le incumben.
No deja de ser obstáculo moderador de
los impulsos de reforma de la Cámara de
Diputados y por consiguiente benéfico
hasta cierto punto, la necesidad de atender
un gran número de asuntos ordinarios y
que significa la participación diaria del
Parlamento en el gobierno del país.

1
9
5
LA IDEA DE MÉXICO

La Cámara de Diputados tiene en efecto que cumplí r con sus


propósitos de reforma, pero no debe desatender las la >ores
ordinarias, en las cuales comparte la tarea del gobierno c :>n el
Poder Ejecutivo. Estas labores que en otro tiempo eran sumamente
sencillas, puesto que se reducían únicamente a la i probación
indiscutida de todos los actos del Poder Ejecutivo, han tomado en
la actualidad una gran importancia y ocupan tiempo, porque
laborando la Cámara con inexperiencia, pero con el deseo de
desempeñar concienzudamente su tarea, r 3 ha podido despachar
dichos asuntos con la facilidad y auton atis-mo con que
aparentemente se despachan ante ;, sino que ada punto sometido a
su consideración exije un esfuerzo y una atención que no
requeriría si no fuese una Cámara de verdad, o que no se requerirá,
cuando se haya familiarizado con estas labores.
Tan importante como la labor de reforma : ue se espeí i de la
Cámara de Diputados es el desempeño de sus labores i rdi-narias y
que debe desarrollar como colaboración a las fui dones del Poder
Ejecutivo. Esta consideración me proporcior. i la oportunidad de
entrar a decir unas cuantas palabras resp ?cto a las relaciones entre
la Cámara de Diputado; y el Poder Ejecutivo.
La composición misma de la Cámara de Diputados, su origen
electoral y sobre todo la existencia de grupos políticos en su
interior son las mejores garantías de su independencia. Nosotros
no habíamos podido conocer en los últimos 25 añ( s el
funcionamiento de una Cámara en condiciones semejant :s y por
consiguiente carecemos totalmente de experiencia ei la materia.
En los últimos 25 años no se había conocido otro sistema de
relaciones entre el Poder Legislativo y d Poder Eje< uti-vo que las
relaciones de subordinación del Legislativo hacia el Ejecutivo.
Estas relaciones eran de tal naturaleza, que podían compararse
a las relaciones entre el presidente de la Re pública y cualquiera de
sus secretarios de Estado, es decir, que el Peder Legislativo era un
órgano de mero refrendo y autorización de las disposiciones
dictadas por el Poder Ejecutivo con el fin dt revestir a éstas con el
ropaje legal.
Las condiciones actuales del país hacen imposible, afo lu-
nadamente, la reorganización de este sistema, y la subordi ía-ción
ha cedido el puesto al acuerdo.
La política de la Cámara de Diputados en sus relaciones con el
Ejecutivo consiste en procurar el acuerdo con este poder para
conseguir la armonía tan necesaria al funcionamiento de
Luis CABRERA

ambos poderes. El Ejecutivo ha tenido pruebas recientes de los


buenos deseos de la Cámara de Diputados, de marchar de acuerdo
con él; pero esas pruebas han ido siempre matizadas con la
demostración de que el Poder Legislativo, si bien marcha de
acuerdo con aquél, no entiende este acuerdo en la forma de
aprobación incondicional de todos los actos del Ejecutivo.
Pero hay más: la Cámara de Diputados ha dado una muestra de
prudencia y moderación que pocos podían esperar de ella. En la
conducta humana, es muy frecuente querer remediar una condición
pasada, a la condición totalmente opuesta y especialmente en
materias de gobierno habría sido muy fácil que la Cámara de
Diputados quisiese pasar de la condición de subordinada del
Ejecutivo a la condición de dominadora de él.
Debo hacer constar en honor de todos los grupos que com-
ponen la Cámara de Diputados, que esta Cámara, si bien celosa de
su independencia y de su libertad de acción, no ha dado ejemplo
alguno de pretender invadir la esfera de acción del Poder Ejecutivo
ni de intentar ejercer una de esas dictaduras de los grupos
deliberantes que aparecen al día siguiente de los movimientos
revolucionarios.
Hay una última causa que entorpece las labores de la Cámara
de Diputados, pero ésta es común a los demás poderes, y el
removerla es más bien resorte del Poder Ejecutivo.
Frente a la obra seria y meditada de reforma que constituye la
tarea de la Cámara de Diputados se presentan, como elementos de
perturbación, dos impaciencias sociales que es muy difícil
contener: la impaciencia por las reformas, aunque no haya paz, y la
impaciencia por la paz, aunque no haya reformas.
Las clases proletarias, y en general todos los elementos so-
ciales que, buscando una condición económica y política mejor
que la que habían podido tener bajo el régimen de gobierno
personal, hicieron el movimiento de 1910, muestran una gran
impaciencia por las reformas, impaciencia que pone en peligro la
tarea de reforma, encomendada a la Cámara de Diputados. La
desconfianza de que los medios constitucionales sean efectivos
para lograr esas reformas, la creencia que se tiene de que ponen en
peligro la paz.
La Cámara de Diputados cree, sin embargo, poder llevar a
cabo su labor, aun cuando sea con la lentitud natural de la honda
reflexión que exigen problemas tan trascendentales; cree que
dentro del funcionamiento del gobierno actual pueden hacerse esas
reformas, y ha llegado a la conclusión de la
LA IDEA DE MÉXICO

necesidad de sostener un régimen constitucional como ce adición


indispensable para dar cima a su tarea.
En este punto, y cualquiera que sean las ideas persor ales del
que habla acerca de la ineficacia de los medios constitucionales
para lograr implantar ideales revolucionarios, debo callar mis
propias ideas, supuesto que, como he dicho h iblo únicamente
procurando traducir el sentir de la justicia y por encima de
nuestras libertades está la conservación genere -i de los miembros
de la Cámara de Diputados.
La segunda de las impaciencias a que me he referido, i s la
más peligrosa. Es la impaciencia por el restablecimiento c B la
paz, aunque fracasen las reformas.
Determinados elementos económicos provenientes especial-
mente del extranjero y comprometidos en empresas extractivas,
industriales y mercantiles, consideran el resta olecimientr de la paz
como una necesidad preferente a la regeneración pol; cica de
nuestro país. Creen que por encima de las reformas, por encima de
la renovación de poderes, por encima de la justicia y por encima
de nuestras libertades está la conservación de la pe i, y exigen que
el Gobierno se dedique exclusivamente al restab eci-miento de la
paz, aun cuando dejase pendiente para más "arde, la resolución de
los ideales revolucionarios.
Esta tendencia ha tenido su más clara manifestación e i el
reciente movimiento revolucionario de Veracru;:, cuyos propó-
sitos, al decir de las proclamas eran el restablecimiento de la paz
por medio de la fuerza.
Sobre este punto, creo interpretar fielmente el sentir de los
miembros de la Cámara de Diputados diciendo que el restaole-
cimiento de la paz, sin la realización de los ideales revolucio-
narios, sólo aprovecharía a los intereses extranjeros y
semiextranjeros, pero no a la nación misma, y que la paz, sin una
base solida de libertades políticas, de libertades civiles, y sin el
funcionamiento de las instituciones democráticas, tendría que
convertirse necesariamente en paz mecánica dictatorial. Puede
decirse que si el general Díaz con todos los elementos de poder, de
riqueza, de sumisión y ce prestigio ] er-sonal en el interior y en el
exterior del país fue impotente para contener el movimiento
revolucionario de 1910 cualqi ier otro gobierno, cualquiera otra
persona, cualquiera instituc ón o cualquiera otra fuerza que
pretendiera restablecer la paz >or la paz misma, sin apoyarla en
una condición económica y política aceptada por la nación, tendría
que fracasar.
Tales son en lineamientos generales las ideas que me es
permitido exponer como líneas de conducta que la Cámara de

198
10
Jesús Silva Herzog
(1892-1985)
E conomista, sociólogo, historiador y maestro universitario.
Nació en la ciudad de San Luis Potosí, SLP, el
14 de noviembre. Hizo sus primeros estudios en su
ciudad natal. Allí también tomó otros cursos en el
Seminario de la Diócesis. Siendo aún muy joven,
un padecimiento afectó seriamente su vista para el
resto de su vida. En 1912 se trasladó a los Estados
Unidos y en Nueva York tomó algunos cursos de
economía. Dos años más tarde volvió a San Luis
Potosí. Allí colaboró con el general Eulalio
Gutiérrez y concurrió, en su carácter de periodista,
a la Convención de Aguascalientes. En una
ocasión estuvo en grave peligro de ser fusilado por
su actuación revolucionaria. Haciendo su propia
defensa, la pena le fue conmutada. En San Luis
Potosí colaboró en los periódicos: El Demócrata y
Redención. Trasladado en 1920 a la ciudad de
México, tomó varios cursos en la Escuela de Altos
Estudios de la Universidad Nacional. Por ese
tiempo inició también sus actividades docentes,
entre otros lugares en la Escuela Nacional de Maestros. En
1928 organizó el Instituto Mexicano de Investigaciones
Económicas, cuyo órgano fue la Revista Mexicana de Eco-
nomía. Tuvo un papel muy activo en la creación de la es-
cuela, hoy Facultad de Economía, en la UNAM. Allí impartió
clases por muchos años y llegó a ser director de la misma de
1940 a 1942. Tuvo muy importante actuación al tiempo de la
expropiación petrolera. Participó asimismo en la creación del
Fondo de Cultura Económica y fue miembro de su Junta de
Gobierno; fue subsecretario de Hacienda y Crédito Público en
1945-1946. Fue fundador y director hasta su muerte de la
prestigiada revista Cuader-
LA IDEA DE MÉXICO

nos Americanos, cuyo primer número apareció en 1942. Actuó cerno


consejero universitario y, más tarde, miembro de la Junta de Gobie no
de la UNAM; representó a México, en calidad de minislro, en la Ur ón
Soviética; fue miembro de la Academia Mexicana de l.a Lengua, de El
Colegio Nacional y alcanzó el rango de profesor emérito en la UN vM.
Murió en la ciudad de México el 14 de marzo de 1985.

MEDITACIONES SOBRE MÉXICO

Recordación geográfica

México es un país de dos millones de kilómerros cuadrados,


situado entre los Estados Unidos y la América Central, el Océano
Pacífico y el Atlántico. Se dice que su forma —i.ronía geogí ífi-ca
— se asemeja al cuerno de la abundancia.
Hay climas cálidos, templados y fríos; zonas salubres e ins- ilu-
bres; desiertos y selvas; llanuras y montañas. Hay tribus prir .iti-
vas, pequeñas poblaciones coloniales y ciudades modernas. Por
esto, cuando se habla de algún problema concreto: econón co,
social o político, la gente enterada usa siempre el plural.
Muchos ríos lo son solamente por temporadas: en la época de
las lluvias. Entonces las corrientes se hinchan y se tornan bravias y
amenazantes. Muy pocos ríos son navegables, ) todavía menos en
toda su carrera; tan pocos que rueden con :ar-se con los dedos de
una mano. Nostalgia del Amazonas, del Mississippi, del Nilo;
nostalgia de los camines que andan y ayudan en la historia a
caminar a los pueblos
En pocos lugares falta la montaña en el pc.isaje. Está casi en
todas partes, alta y hermosa, cubierta de vegetación o como si una
enorme navaja hubiera pasado por su rugosa superficie; está allí,
negra en la noche, azul, gris, morada o rojiza según la distancia y
la hora del día; está allí, Literponién ose entre el hombre y el
hombre, dificultando el intercambio d< las mercancías que
enriquecen y de las ideas que aproximan. Tierra joven, de matriz
fecunda y prepotente. Hacia apenas un lustro, parió un volcán.
Los litorales son extensos en el oriente, en el poniente ' en el
sur; pero no hay puertos naturales y precisa dragar c ins-
tantemente; precisa hacer obras costosas para utilizar al mar, para
defendernos del mar; precisa luchar en ccatra de una naturaleza
enemiga, siempre y sin reposo. La pesca es cuantiosa riqueza que
muy poco se aprovecha. El mexicano no es mari-
10
Jesús Silva Herzog
(1892-1985)

E conomista, sociólogo, historiador y maestro


universitario. Nació en la ciudad de San Luis
Potosí, SLP, el 14 de noviembre. Hizo sus
primeros estudios en su ciudad natal. Allí también
tomó otros cursos en el Seminario de la Diócesis.
Siendo aún muy joven, un padecimiento afectó
seriamente su vista para el resto de su vida. En
1912 se trasladó a los Estados Unidos y en Nueva
York tomó algunos cursos de economía. Dos años
más tarde volvió a San Luis Potosí. Allí colaboró
con el general Eulalio Gutiérrez y concurrió, en
su carácter de periodista, a la Convención de
Aguascalientes. En una ocasión estuvo en grave
peligro de ser fusilado por su actuación
revolucionaria. Haciendo su propia defensa, la
pena le fue conmutada. En San Luis Potosí co-
laboró en los periódicos: El Demócrata y
Redención. Trasladado en 1920 a la ciudad de
México, tomó varios cursos en la Escuela de Altos
Estudios de la Universidad Nacional. Por ese
tiempo inició también sus actividades docentes,
entre otros lugares en la Escuela Nacional de
Maestros. En 1928 organizó el Instituto Mexicano
de Investigaciones Económicas, cuyo órgano fue la
Revista Mexicana de Economía. Tuvo un papel
muy activo en la creación de la escuela, hoy
Facultad de Economía, en la UNAM. Allí
impartió clases por muchos años y llegó a ser
director de la misma de 1940 a 1942. Tuvo muy
importante actuación al tiempo de la expropiación
petrolera. Participó asimismo en la creación del
Fondo de Cultura Económica y fue miembro de su
Junta de Gobierno; fue subsecretario de Hacienda
y Crédito Público en 1945-1946. Fue fundador y
director hasta su muerte de la prestigiada revista
Cuader-
2
0
2
LA IDEA DE MÉXICO
I'
nos Americanos, cuyo primer número
apareció en 1942. Actuó co no
consejero universitario y, más tarde,
miembro de la junta de Cobie no de la
UNAM; representó a México, en calidad
de ministro, en la Ur ón Soviética; fue
miembro de la Academia Mexicana de
l.a Lengua, de El Colegio Nacional y
alcanzó el rango de profesor emérto en
la UN \M. Murió en la ciudad de México
el 14 de marzo de 1985.

MEDITACIONES SOBRE
MÉXICO

Recordación geográfica

México es un país de dos millones


de kilómetros cuadrados, situado
entre los Estados Unidos y la
América Cíntral, el Océano
Pacífico y el Atlántico. Se dice que
su forma —ironía geográfica— se
asemeja al cuerno de la
abundancia.
Hay climas cálidos, templados y
fríos; zonas salubres e ir salubres;
desiertos y selvas; llanuras y
montañas. Hay tribus pr miti-vas,
pequeñas poblaciones coloniales y
ciudades moderna i. Por esto,
cuando se habla de algún problema
concreto: económico, social o
político, la gente enterada usa
siempre el plural.
Muchos ríos lo son solamente
por temporadas: en la época de las
lluvias. Entonces las corrientes se
hinchan y se tornan bravias y
amenazantes. Muy pocos ríos son
navegables y todavía menos en toda
su carrera; tan pocos que pueden
contarse con los dedos de una
mano. Nostalgia del Amazonas, del
Mississippi, del Nilo; nostalgia de
lo e. Está casi en todas partes, alta y
s hermosa, cubierta de vegetación c
ca como si una enorme navaja hubiera
mi pasado por su rugosa superficie;
no está allí, negra en la noche, azul,
s gris, morada o rojiza según la
qu distancia y la hora del día; está allí,
e interponr ndose entre el hombre y
an el hombre, dificultando el
da intercambie de las mercancías que
n enriquecen y de las ideas que
y aproxime n. Tierra joven, de matriz
ay fecunda y prepotente. Hoce apenas
ud in lustro, parió un volcán.
an Los litorales son extensos en el
en oriente, en el ponien:e y en el sur;
la pero no hay puertos naturales y
hi precisa draga ■ constantemente;
st precisa hacer obras costosas para
ori utilizar il mar, para defendernos del
aa mar; precisa luchar en contra de
ca una naturaleza enemiga, siempre y
mi sin reposo. La pesca es cuantiosa
na riqueza que muy poco se
ra aprovecha. El mexicano no es mari-
lo
s
pu
eb
lo
s.
E
n
po
co
s
lu
ga
re
s
fa
lta
la
m
on
ta
ña
en
el
pa
is
aj
fEsus SILVA HERZOG

no ni pescador. Por mirar siempre a sus montañas se ha olvidado


del mar.
Las lluvias son irregulares, en pocas regiones abundantes y en
la mayoría de ellas escasas. Agricultura de temporal, aleatoria, con
la amenaza de la helada temprana o tardía, agricultura pobre y
campesinos miserables.
Pero el hombre es capaz de transformar su morada. En México
parece que ya la está transformando con las obras de riego, la
utilización de la energía eléctrica en gran escala y la conquista del
trópico. El destino del mexicano depende de su esfuerzo y de su
visión del porvenir.
La población es de algo más de veintidós millones y pueden
habitar en nuestro suelo muchos millones más. Unos cuantos son
inmensamente ricos; algunos tienen un mediano pasar; la mayoría
es inmensamente pobre y desoladoramente ignorante.
México es un hermoso país, uno de los más hermosos de la
Tierra; pero está todavía en construcción y lo que importa es
terminar la obra, y cuanto antes mejor.

En el tiempo lejano

La historia es el drama del hombre y éste es, como dice Croce, un


compendio de la historia universal. Drama en que se mezclan el
bien y el mal, el sufrimiento y el goce, la desesperanza y un afán
eterno de superación; y, cada ser humano, es en sí mismo una
síntesis de su generación y de las generaciones.
La historia jamás se detiene; es un río caudaloso que fluye ha-
cia un mar ignorado; es cambio constante y suceder sin término.
Por eso no hay cortes verticales en la historia. Se construye con los
errores y aciertos del pasado, la angustia del presente y el anhelo
fervoroso, inquieto o sosegado de un futuro mejor.
Y así, con deseos apasionados de mejoramiento, miseria y
dolor, triunfos y derrotas, así ha ido escribiendo su historia, pe-
nosamente, el pueblo mexicano; pero está en pie, escudriñando el
horizonte para ver si sorprende el primer rayo de luz de una
insospechada aurora; está en pie, como sus árboles milenarios y
sus volcanes mitológicos.
Se cuenta que las tribus batalladoras que violaron las montañas
y los valles, los bosques y los lagos primitivos del territorio que
ahora es México, avanzaron del norte poco a poco; tan despacio
que tardaron decenios para establecerse en el centro y el sur.
Toltecas, mayas, chichimecas y aztecas. Muchos otros grupos
humanos con nombres diferentes que los arqueólogos y
LA IDEA DE MÉXICO

prehistoriadores —poetas del pretérito— han clasificado


sin duda alguna con singular acierto: distintos pueblos con
ciertas
características
privativas en
diversas
regiones. Lu-
chas de unes
en contra de
otros.
Vencedores y
vencidos. El
hombre,
siempre, lobo
del hombre.
La historia confundida con la leyer.da y la
leyenda con la hiscoria. Personajes misteriosos
que civilizan y emigran para convertirse en
estrellas; reyes que tiranizan, matan y mueren;
dioses bondadosos que dejan caer la lluvia
fecundante, c vengativos y sedientos de sangre. Y en el fondo del cuadro la? sombras de la
multitud que trabaja y lucha, que sufre y calla que nace y vive para hundirse en las tumbas sin
recuerdos; las sombras dolientes de millones de seres anónimos que son los que hacen, en
gran parte, la historia.
Pero estos antiguos pueblos dejaron su huella por ionde pasaron: Mirla, Teotihuacán,
Monte Albán Uxmal, Cl ichén Itzá, y tantos otros monumentos grandioso,; que mues^ ran el
grado de civilización y la capacidad creadora de sus co: istruc-tores; monumentos que
asombran al viajero estudioso y hacen nacer en el pecho del mexicano el orgullo de serlo. All
están para que se conforte el hombre de nuestra América y afirme la confianza en su destino.

204 La epopeya de la Conquista

Los aztecas llegaron al Valle de México en 1325; llegaron ago-


tados, desnudos y enflaquecidos por las privaciones y fatigas de su
largo peregrinar. Allí, por fin descubrieron sobre un nopal y
devorando una serpiente, al águila cue sus auc j.res les habían
señalado como término de su viaje. De seguro 5 ; sintieron
sometidos al hechizo de la vegetación exuberante, de los lagos
apacibles, del cielo diáfano y de los volcanes c .gantes,
embellecidos por la nieve que decora sus cumbres.
JESÚS SILVA HERZOG Lenta
mente construyeron su ciudad y más tarde su imperio: su ciudad
con el trabajo; su imperio con la guerra. Primero sometieron a los
vecinos y celebraron con ellos alianzas mihtares después,
subyugaron a pueblos y tribus que habitaban en comarcas Jantes.
Siempre, en todos los liempos y en todas las zonas geográficas, la
codicia de poder o de glona de los pocos que mandan, utilizando la
ignorancia y la fuerza de los muchos que obedecen, ha sido el
origen de los grandes imperios. Las características del Imperio
azteca fueron el dominio implacable sobre los vencidos, los
pesados tributos o la esclavitud; los sacrificios humanos y algunos
principios de moral que parecen arrancados de los Evangelios.
Enseñaban que debía respetarse a los ancianos y consolar a los
pobres y afligidos con obras y buenas palabras.
Arriba estaba el emperador con los nobles, los sacerdotes, los
guerreros; abajo la masa infeliz, idólatra, desnutrida y explotada.
Sociedad contradictoria como todas las que se han organizado en
el curso de los siglos. ¿Qué pueblo, qué nación puede arrojar la
primera piedra? El hombre es una bestia admirable, pero
imperfecta. Lógicamente, es admirable pero imperfecto todo lo
que realiza. Lo único que le salva es la eterna inconformidad con
su imperfección.
Reinaba Moctezuma cuando llegó Cortés a Veracruz. Los es-
pañoles apenas pasaban de quinientos, en tanto que, según se
cuenta, ascendían a dos millones cuatrocientos mil los indígenas
que poblaban el actual territorio mexicano. Pero jamás los
déspotas han podido contar, en las horas de prueba, con la ayuda
de los que tiranizan y humillan.
El imperio, ya lo dijimos, había sido construido por la fuerza
de las armas y se apoyaba en el temor de los pueblos avasallados;
apoyo inestable porque invariablemente lo derrumba la primera
ráfaga, cierta o ilusoria, de libertad.
Y el genio indiscutible de Cortés, estimulado por la ambición
de riqueza, de poder y de gloria, percibió, o más bien intuyó, que
el edificio político de Moctezuma se asentaba sobre terreno mo-
vedizo, y entonces se arrojó con sus hombres a la epopeya de la
Conquista.
Los españoles no lucharon solos en contra de los aztecas; a su
lado lucharon centenares y miles de indígenas. El español era de
hierro, el azteca de bronce. Choque tremendo de dos civilizacio-
nes. La técnica guerrera del europeo se impuso sobre el bravo co-
razón del nativo, pero no sin tiempo y sin trabajos. Cortés supo de
la amargura de la derrota y lloró de rabia y desesperación en una
noche memorable, los cronistas la llaman La noche triste.

205

LA IDEA DE MÉXICO
El sitio de Tenochtitlán es uno de los episodios más heroicos de la
historia. Tiene gr inde-zas de epopeya y está todavía esperan lo al poeta de
imaginación creadora que lo ex. lte y sintetice en
un poema inmortal.
Heroísmo y audacia de los sitiadores; ^ alor y
heroísmo de los sitiados. Tal para cual, dignos los
unos de los otros. En el fondo, nc era sino el afán
de dominio y la sed de oro lo q[ue movía al
español; al aborigen lo movía el derecho a
defender el solar de sus mayores. Er, tal ocasión,
como en muchas otras, sucumbic el derecho. Se
luchó día tras día durante semanas con inaudita
terquedad.
Los nativos fueron retirándose poco a pol o, cediendo palmo a
palmo el terreno; se fuen n retirando sobre los cadáveres de los suyos
y a angustia del fracaso inevitable. El hambre y la peste consumaron
la derrota. Cuauhtémoc, heredero.del trono de Moctezuma,
peleo.corro han peleado los melares capitanes que celebra¿°
h.stona pe leo con arrojo y tenacidad por su pueblo muhtonfe,
dese| peradamente. Había llegado la hora atol paauna Loca y
batalladora; y el héroe mdonu o.^g^.hQ^

nueva nacionalidad.

La Nueva España
El coloniaie duré tres siglo. Muchoc.poco <£££&$&

VZ2£ttíP3££Z& -ce milemos


en el espacio inmenso.
JESÚS SILVA HERZOG

Muy dura fue la existencia del nativo durante las primeras


décadas posteriores a la Conquista. Trato inhumano, castigos
injustos y explotación brutal. Se le obligó a trabajar catorce horas
diarias en las minas y en los campos de que se apoderaron los
vencedores; se le exigió con la espada a convertirse al catolicismo
medieval del español de entonces, y a construir con sus manos, su
sudor y su sangre, los templos, humildes o soberbios, de los
nuevos dioses. Se le amenazó —como dice Alfonso Caso— con el
infierno en la otra vida, si se atrevía a salir del infierno en ésta.
Millares de indígenas murieron en las minas agotados por la
ruda labor y la insuficiente alimentación, sin saber que estaban
contribuyendo a la construcción de la sociedad mercantil. El oro y
la plata de América, el tráfico de esclavos y la piratería, forman el
triángulo diabólico que aceleró el progreso del capitalismo.
No faltó quien dudara de que el aborigen fuera un ser racional.
Hubo polémica. Al fin el papa Paulo III, por medio de una
bula, declaró que el indio de América pertenecía al linaje humano.
Llegaron los franciscanos: gotas de luz en la noche sombría del
vencido. Más tarde, los dominicos y los agustinos. Muchos de ellos
cargados de virtudes y poseídos por el amor a los humildes;
muchos de ellos agentes civilizadores, verdaderos misioneros del
Jesús de los Evangelios. Se enfrentaron al soldado y al
encomendero en defensa de los débiles, y destilaron en el corazón
del vencido la esperanza, último refugio de todos los desdichados.
Hermoso ejemplo el del padre Las Casas, que defendió la justicia
con ardor apasionado y constancia sin desmayos. Ejemplo más
hermoso todavía el del insigne Vasco de Quiroga, el primero que
se afanó por crear en el Nuevo Mundo un mundo nuevo, inspirado
en el país maravilloso que diseñara el genio sabio y bueno de
Tomás Moro.
Ejemplos, nada más hermosos ejemplos. No pudo generalizarse
la obra civilizadora, con todo y que fue grande. Los errores
políticos y económicos internos, las conquistas y la colonización
menguaron la vitalidad de España y agotaron su fuerza creadora.
Prolongó la Edad Media, y sin darse cuenta del presente vivió de
espaldas al futuro.
Las Leyes de Indias, de que tanto se ha escrito, fueron también
hermoso ejemplo de nobleza y buenos propósitos; pero por
desgracia para millares de seres humanos casi nunca se
cumplieron, porque las neutralizaba la distancia y la econo-
LA IDEA DE MÉXICO

mía del colono. Y es que las leyes no pueden crear la realidad; es


lo contrario. Esto es obvio y es bien claro. Sin embarg ), el hombre
es terco en el error, asombrosa y deí.esperadarr mte terco. La
experiencia sólo con sangre le entre, con la piopia sangre y el
propio dolor. Y a veces —lo estamos viendo ahe ra— ni con
sangre.
Con el correr del tiempo se fueron suavizando un tanto las
costumbres. El mal trato al pobre dejó de ser sistema gen .aali-
zado.
Se edificaron doce mil iglesias para que el pueblo mise rabie
pidiera a Dios resignación y soñara en el cié 1 o, envuelto en el
humo del incienso y en sus harapos mal olientes. Se erigieron
costosos palacios para los ricos, y se construyeron carreteras para
dar salida a los metales y entrada a los efectos que raían las flotas
de Cádiz o Sevilla.
La tierra acaparada por el español, el criollo, y en s i mayor
parte por el clero.
Se continuó desenvolviendo el drama en un escena] o pa-
radójico, en una paz de esclavos, en una chorea quieta.

Independencia y anarquía

Las rebeliones las organizan los soldados para sustituir en el poder


a una persona por otra. Su origen es el resentimiento o la codicia
de algún alto jefe militar. Naturalmente que siempre se usan
grandes palabras: la justicia, la libertad, la patria; se usan para
encubrir los peores instintos y los propósit >s más perversos.
Las revoluciones las hacen los pueblos para subvert r el orden
social establecido, con el fin de mejorar sus condici mes de vida,
convencidos de que éste, el de la revolución, es < l único camino;
son actos temerarios, de desesperados y suicidas.
El rebelde es, en la mayoría de los casos, ambicios > y rao-
ralmente inferior; el revolucionario es fundamentarme? ite bueno
y puede ser un apóstol, o un héroe. En México heme ¡ tenido en el
curso de la historia muchos rebeldes y muy poco? revolucionarios;
numerosos cuartelazos, rebeliones y motne ,, y sólo tres
revoluciones. La primera la inició un sacerdote de :abellos
blancos, ilustrado y valeroso, en un pueblecito del ce atro del país
el 16 de septiembre de 1810, horas antes de que despuntara en el
levante la luz del día.
Hidalgo, el caudillo, habló de independencia, de ibertad. Y
esas palabras mágicas despertaron a les masas ei letargo
JESÚS SILVA HERZOG

secular. Lo siguió desde luego una multitud


desarrapada, entusiasta y ululante; lo siguió el
pobre que nada tenía que perder y algo que
ganar en las horas tumultuosas del saqueo; lo
siguieron unos cuantos letrados y militares, a
quienes la ilusión grandiosa de hacer una patria
de la tierra sojuzgada en que nacieron, les había
encendido el corazón.
Es cierto que bien pronto tuvimos una Casa de
Moneda, una Universidad y una imprenta, y claro
está que todo esto honra a España y nos honra.
Más tarde se establecieron otros institutos de
enseñanza superior, otras casas de moneda, otras
imprentas; pero la mayor parte de la plata y del
oro acuñados se conducían a España y de allí al
mundo entero. El peso de plata mexicano fue
durante siglos moneda internacional. Se acuñaron
también monedas de cobre para que los indios
realizaran sus pequeñas transacciones. La
Universidad fue centro de cultura para los
españoles, los criollos y rara vez para el mestizo.
De las imprentas salieron decenas de libros, unos malos y otros
buenos; alimento del espíritu para unos cuantos, porque a la
inmensa mayoría de la población no se le había enseñado a leer.
Tal vez puede afirmarse con optimismo que al comenzar el siglo
XIX, el número de analfabetos en la Nueva España no era inferior
al noventa y cinco por ciento.
Por supuesto que no faltan personajes ilustres en la ciencia, en
la literatura y en las artes plásticas: Ruiz de Alarcón y sor Juana
Inés de la Cruz, de estatura universal; Sigüenza y Gón-gora,
hombre de letras y de ciencia; Clavijero, historiador y filósofo;
José Antonio Álzate, sabio eminentísimo; Miguel Cabrera, pintor
de cierto talento, y algunos más, no muchos, que brillaron en el
país y fuera de sus fronteras.
Al finalizar el siglo XVIII la charca quieta comenzó a perder
su sosiego. Había relámpagos en el horizonte y soplaba el viento
de la inconformidad. Algunos criollos cultos que sabían de la
Independencia de los Estados Unidos y de la Revolución Francesa,
que conocían a Rousseau, a Voltaire y a los enciclopedistas,
sintieron nacer lentamente, primero con vaguedad de sueño, la
aspiración de construir una patria; después, poco a poco, el sueño
se tornó anhelo fervoroso e incontenible.
LA IDEA DE MÉXICO

Mientras tanto, el indio silencioso roía su mendrugo r esperaba


la hora del alba.
Hidalgo tuvo su hora cenital. Victoria tras victoria > la se-
guridad del éxito pronto y definitivo. En Mo relia, el 19 ie octubre
de 1810, decretó la abolición de la esclavitud. Es e solo hecho es
bastante para rendirle merecido homenaje.
Después, la derrota, la huida hacia el note, la desgi acia y el
abandono. Los obispos lo excomulgaron por el delito de luchar
por la libertad de un pueblo; y el héroe, Padre de la Patria, fue
fusilado en la población de Chihuahua el 30 d : julio de 1811. La
sangre de los héroes, mártires de una causa generosa, es germen
que fecunda y exalta el idea. por el cua perecieron y provoca en
los mejores el deseo de imitarlos.
La lucha por la independencia continuó en las moi tañas del
sur. Otros caudillos recogieron la herencia de los pri ñeros, dando
ejemplo de amor a la patria y terca al:negación. 11 cura Morelos,
el más grande de todos, gran estadis :a y gran gt neral, vio con
claridad que el problema del país HD era mera nente político, sino
además económico, que lo que había que hacer era dar tierras a los
campesinos para que tuvieran que c< mer y que dar de comer a sus
mujeres y a sus hijos. También, como Hidalgo, fue excomulgado
por la Iglesia y después fusilado. Morelos es uno de los proceres
más ilustres de América.
La Independencia se consumó en 1821 como resultado de
transacciones entre los beligerantes; fue sólo la indepen lencia
política del dominio de España, ni más ni menos, ni menos ni más.
Los únicos gananciosos fueron los criollos, es decir, a clase alta,
precisamente la que había combatido a los ins irgen-tes. El indio y
el mestizo, las clases media y baja, sig lieron como siempre
arrastrando su pobre y angustiosa exister.cia.
Vino más tarde una lucha larga y cruenta: la lucí a por
constituir una nueva nacionalidad. Rebeliones y cuart lazos; una
fracción del ejército en contra de otra fracción, y e^ juego se repite
y vuelve a repetirse una y muchas v^ces, sangn ndo a la
República. Federalismo y centralismo; errores, fracas >s, penuria,
vergüenza y anarquía. El saldo trágico: la guerra ■ on los Estados
Unidos y la pérdida de más de la mi :ad del terr eorio.
Entonces no era grande la diferencia entre el poder le México
y el del país vecino. La guerra se perdió por falta de recursos del
gobierno; el clero los tenía; pero cuando los invasores se hallaban
no muy lejos de la capital y se le pedía dinero con apremio,
fomentó una rebelión para guardar intactos si s tesoros y salvarse
de salvar a la patria. Hay que agregar a li s causas de la derrota la
falta de patriotismo y la impericia de los
JESÚS SILVA HERZOG

generales. Sólo los cadetes de Chapultepec y el soldado raso su-


pieron cumplir con su deber, al dar lo único que tenían: su vida
hecha carne de cañón.
La desgracia de México en aquellos años sombríos, consistió
en su fertilidad para producir pseudohéroes de uniforme y
pseudosantos de hábito. Hubo voces honradas, serenas y patriotas.
Sus opiniones y advertencias no tuvieron eco y se perdieron en una
selva enmarañada de envidias, de ignorancia, de estulticia, de
fiebre de lucro y de poder.

Reforma e Intervención

A mediados del siglo XIX el clero poseía dilatadas extensiones


territoriales y numerosas fincas urbanas. La Iglesia de aquel mártir
de Judea que predicaba la virtud, el amor y la pobreza, era con
mucha ventaja la organización económica más poderosa del país.
Esas enormes riquezas se hallaban estancadas sin ninguna
posibilidad de movimiento, sin circulación, obstaculizando por tal
causa el desenvolvimiento de la República.
Hombres eminentes y de clara visión política pensaron desde
pocos años después de la Independencia que había que de-
samortizar esos bienes materiales si se quería la prosperidad de la
nación, pero no fue sino hasta 1856 cuando se dio el primer paso,
al promulgar la ley que ordenaba al clero la venta de sus
inmuebles.
El clero estuvo inconforme y provocó una nueva guerra civil,
una de las más sangrientas y enconadas que registra la historia de
México. El gobierno liberal de Benito Juárez, ese indio magnífico
de voluntad de acero, a quien Pérez Martínez ha llamado con
justeza El Impasible, obligado por la rebeldía de la Iglesia decretó
en 1859 la nacionalización de tales bienes.
El escritor católico Roque Barcia escribe que el clero forma
parte de la organización social, entra en el régimen político, es una
clase, una categoría; y agrega que cuando se modifica la
organización de un país, se modifica necesariamente la orga-
nización del clero. Pues bien, esa clase, esa institución política, esa
entidad social, ha sido freno de todo impulso creador en la
evolución del pueblo mexicano. El clero siempre ha sido enemigo
de las clases populares, siempre ha estado en contra de todo
esfuerzo para mejorar la vida de esos millones de seres humanos,
para quienes parece que se hicieron todos los dolores del mundo y
ninguno de sus goces. Triste antinomia entre la doctrina y la
acción, entre los principios y la realidad.
LA IDEA DE MÉXICO

Los liberales ganaron la guerra y Juárez se afirmó en el poder


por cierto lapso. Entonces los perdidoso;; enviaron ma comisión a
Europa en busca de un emperador que nos gobernara. Lo
encontraron al fin en una de la vieja:; casas del \ ejo Continente.
Napoleón III ofreció enviar un ejército en apoyo del futuro
mandatario, y cumplió su palabra.
Y el ejército francés, defensor de pueblos, v::io a Méxic ) a
combatir al pueblo. En una ocasión lo derrotaron los mex: ranos
que mandaba un buen general: Ignacio Zaragoza. Esto ¡u-cedió el
5 de mayo de 1862. A la postre el extrar ero se impí so por la
táctica, el número y la ayuda de los nativos a las ór tenes de
generales conservadores, nativos también. Los soldac os franceses
llegaron a ser dueños del terreno que pisaban, na la más, porque
las guerrillas liberales nunca cesaron de hos 1-lizarlos en los
campos, en las rancherías, en los pequeños p > blados, y los
patriotas, casi siempre de la clase humilde, en 1 is ciudades.
Maximiliano y Carlota fueron recibidos con alborozo por. i
clase alta y los arzobispos, obispos y canónigos. Hubo solen -nes
fiestas profanas y religiosas en su honor y se improvisó en la
ciudad de México una corte a imitación de le.;; de Europc. Tres
años duró aquella opereta de trágico desenlace: Los frar. • ceses,
que habían ocupado buen número de puntos geográficos en el
territorio, pero sin lograr destruir al gobierno di Juárez refugiado
en la frontera norte, se vieron en la necesidad de abandonar el país
por razones de índole internacional bier. conocidas. Maximiliano
no quiso abdicar, soñando en la con solidación de su imperio con
el apoyo de los conservadores vernáculos. Perdió la partida. El 19
de junio de 1867 fue fusilado en la población de Querétaro.
La sangre azul del rubio archiduque fecundó la simiente de la
libertad de un pueblo.
La historia de México se reduce —cuentan que d jo una vez
Pedro Henríquez Ureña— a la lucha entre dos clases: el pela-
dismo honrado y el decentismo ladrón. Los liberales pertenecían
al peladismo; los imperialistas a los otros. Ganaron los liberales y
su gobierno se estableció en la capital de la República. Los
conservadores quedaron deshechos; habían sufrido un golpe
mortal.
En México, lo mismo que en otras partes, los conservadores
suelen alcanzar triunfos pasajeros; más a la larga siempre pierden
porque quieren conservar a perpetuidad todo lo existente, porque
quieren que nada cambie, porque quieren detener el tiempo y este
es el mayor de los absurdos. Por el con-
JESÚS SILVA HERZOG

trario, los progresistas, llamémosles así puesto que se trata de


un vocablo a la moda, pueden sufrir reveses en la lucha, no
obstante lo cual al fin logran imponerse; y es que obran de
conformidad con las leyes de la vida y las corrientes de la his-
toria. Vivir, no hay que olvidarlo, es suceder, es acontecer; y no
puede haber acontecimiento ni suceso sin cambio, porque el
cambio es la esencia del suceso o del acontecimiento.
Pero volvamos a nuestro asunto. Después de la derrota de
los imperialistas gobiernan los liberales: Juárez y Lerdo de Te-
jada; gobiernan los liberales y la libertad. En esos años se inau-
gura el primer ferrocarril, se realiza la reforma educativa de
Gabino Barreda, se progresa en todos los órdenes. En esos años
México abre sus puertas y ofrece asilo a los perseguidos, a to-
dos los nobles visionarios; entre ellos, al apóstol de estatura
continental José Martí, quien encuentra entre nosotros estímu-
lo y amistad cordial.

La paz de los siervos

El general Porfirio Díaz se adueñó del poder por medio de una


rebelión y lo retuvo durante treinta años. Muy luego estableció
la paz, bien supremo tanto tiempo anhelado por todas las cla-
ses sociales.
Fue un gobernante enérgico, de mano fuerte y a veces
cruel; empero no hizo de la crueldad su sistema de gobierno y
en ocasiones dio la impresión de ser un dictador benévolo.
Le tocó gobernar a fines del siglo pasado y a principios del
presente, cuando se tenía una fe ciega en el progreso y en los
milagros del "capitalismo creador". Se construyeron ferrocarri-
les, se hermosearon las ciudades importantes, se erigieron mo-
numentos a los héroes de la Independencia y la Reforma, se
restableció el crédito exterior, se fomentaron las instituciones
bancarias y se nivelaron los presupuestos; pero precisa recor-
dar al mismo tiempo que, de acuerdo con la política guberna-
mental, se entregaron a empresas extranjeras las minas de oro
y plata, los yacimientos petroleros, la explotación de la ener-
gía eléctrica, las pocas grandes industrias de transformación y
los muchos grandes comercios. En una palabra, se desnaciona-
lizó la economía de la nación, excepción hecha de la agricul-
tura que continuó en manos de propietarios absentistas, en su
mayor parte de origen mexicano.
La tierra acaparada por unos pocos. Grandes haciendas
con cultivos extensivos; tiendas de raya para mermarle al peón
LA IDEA DE MÉXICO
í
su reducido jornal; las deudas que pasaban de padres a hijos; la
explotación sin medida ni piedad. El hacendado ten: i su moneda,
su cárcel, su justicia.
Los obreros no podían asociarse con fine:; defensiva . La
huelga era ilegal. En una ocasión los trabajadores de una i íbri-ca
de hilados y tejidos fueron ametrallados porque se ha oían echado
a la calle en demanda de mejores condiciones de ida. Con tal
motivo, los periódicos dedicaron editoriales laudat >rios al general
Díaz. Uno de ellos se titulaba: "Así SÉ gobierna.'
Se aseguraba que esto era el progreso, que el país prog esa-ba
a pasos agigantados, y se inventó el mito del general Díaz
presentándolo como estadista genial, reconocido por las n icio-nes
extranjeras, según se decía.
La gente rica se vestía a la moda de París. No pocos nublaban
francés y tenían una buena cultura; la gente rica ere tan dichosa
como se puede ser en la Tierra. En hiriente contraí :e la gran masa
de la población vivía en la pobreza, o en la i aseria; vivía en la
mayor ignorancia, vivía de dos mitos: don Porfirio y la Virgen de
Guadalupe.
Un autor ha escrito que los pueblos viven de mitok gías porque
buscan en la fábula todas las nocione:; indispensí bles a su
existencia. Sin embargo, hubo un momenro en Méxi( o en que la
fábula, indispensable a la existencia de i pueblo, n> fue bastante a
su existencia, porque los artesanos de las poblaciones, los obreros
de las fábricas y los peones de las haciendas, ya no pudieron
contener su hambre de pan, su hambre de justicia, su hambre de
libertad.
El esquema anterior explica la Revolución Mexicana. 1 ?nía
que ser inevitablemente, porque cuando los pueblos no ha i rodado
al abismo de la ignominia, su instinto (electivo de :on-servación es
más poderoso que el poder de los tiranos y de los más qrandes
imperios.

Años de lucha

En septiembre del año de 1910 la nación se arrebujaba < n el


manto de la paz porfiriana. Los que habían tenido suerte ;n el
juego de azar de la vida disfrutaban confiados, de esa paz, pre-
parándose para tomar parte activa en las fiestas del Cen: ;na-rio de
la Independencia. Todo iba bien. Para ellos el por enir se
anunciaba con fulgores de dicha.
El loco Madero —así le llamaban los poitiristas— qi e se había
atrevido a contender con el general Díaz en las últimas

214

I
JESÚS SILVA HERZOG

elecciones, estaba a buen recaudo en la cárcel de San Luis Potosí.


Ignoraban entonces que ese loco, de igual manera que otros locos
en la historia, ascendería pocos años más tarde a la más hermosa y
elevada categoría humana: a la de mártir y apóstol de la libertad.
Pero precisa examinar el reverso de la medalla. ¿Cuál era
entonces la situación de la clase pobre?
En las poblaciones unos vivían resignados y otros ocultaban su
descontento. No eran dichosos. La felicidad no anida en los
hogares sin fuego y no gusta de los pies descalzos ni de los
estómagos vacíos; la felicidad no se deja engañar por "las bie-
naventuranzas."
El pobre, obrero o artesano, sólo de vez en vez se alegraba por
momentos, con el alcohol que embrutece y rebaja la dignidad del
hombre. En cuanto a los campos, la situación era semejante. Nada
más que allí el descontento solía manifestarse en actos de
violencia, resultado inevitable de necesidades apremiantes, y de
una mayor opresión de los amos y de las autoridades locales. Unos
y otros —trabajadores de las ciudades y de los campos— sentían
una honda inconformidad y fluir de todo su ser el anhelo nebuloso
de que algo nuevo aconteciera, de que algo inesperado viniese a
modificar las condiciones de su dura existencia. Estos estados
patológi-co-sociales son, por supuesto, propicios a los
movimientos revolucionarios. Lo que importa es que el caudillo
comprenda las vagas aspiraciones de las masas, las asimile en su
carne y en su espíritu y sea capaz de devolvérselas aclaradas y en-
grandecidas en un programa sencillo y de acción inmediata. Las
masas le seguirán, apasionadas, enardecidas y dispuestas al
sacrificio.
Las fiestas del Centenario fueron suntuosas: inauguración de
soberbios edificios, solemnes embajadores de los países con los
que México tenía relaciones diplomáticas, sonoros desfiles
militares, corridas de toros y bailes palaciegos. El general Porfirio
Díaz, héroe de la paz saturado de gloria, penosamente erguido por
el peso de sus ochenta años, con su uniforme de divisionario, la
banda presidencial y las medallas, que de tantas no le cabían en el
pecho, era en aquellos festejos la figura central en la que se
clavaban temblorosas todas las miradas.
Mientras tanto Madero preparaba, en la ciudad en que se
hallaba prisionero, su plan revolucionario.
El 20 de noviembre de aquel mismo año comenzó la lucha. El
estruendo de la metralla apagó los últimos ecos de las fanfarrias y
el horizonte se cubrió de nubes densas y sombrías. Se
LA IDEA DE MÉXICO

ha convenido, generalmente, en llamar a esa lucha la Re^ olu-ción


Mexicana.
Otra observación: en las grandes peleas en la evoluciór del
pueblo mexicano, entre militares técnicos y mi itares impí avi-
sados, siempre, a la postre, los segundos han derrotado c los
primeros. Es posible que esto no volverá a ocurrir aquí n en parte
alguna, debido al progreso de la técnica guerrera ] al diabólico
adelanto en la construcción de máquinas asesine s.
De los militares técnicos de nuestro país puede cíecirse, )or lo
menos hasta hace poco, lo que Antonio Machado cue: ta que
escribió Mairena sobre los alemanes: "...son los gran les maestros
de la guerra. Sobre la guerra ellos lo saben todo, "o-do, menos
ganarla..."
En 1910 se improvisaron generales y hubo levantamientos en
varios lugares del territorio nacional. Seis meses más tar le
aproximadamente, a mi parecer con sorpresa para la mayoi a de la
población, porque tanto los amigos como los adversan >s del
gobierno estaban seguros de su solidez, Madero hab a triunfado.
Claro está que no por la fuerza de su pequeño eje r-cito de
rancheros, aun cuando cierto es que habla alcanzac o algunas
victorias, sino más bien por la fuerza de le opinión publica que, en
unos cuantos meses, se inclinó decididamente a su favor. Los
pueblos hambrientos siguen o apoyen al primer;) que les ofrece
algo: ya sea un pedazo de pan para calmar el hambre, o juegos de
pirotecnia para olvidarla.
En la mayoría de los casos las revoluciones no las hacen los
militares profesionales; ellos se ocupan de las rebeliones. Ei
México, la revolución de la Independencia fue acaudillada po:
Hidalgo, un sacerdote; la de Reforma por Benito Juárez, ur.
abogado, y la de 1910 por Madero, terrateniente del norte del país,
y a su muerte por Carranza, un político prov;nciano. En México
los civiles han sido —con excepciones que confirman la regla—
los que han dado jalones hacia adelante en la historia.
El general Díaz presentó su renuncia y se embarcó, entris-
tecido, rumbo a Europa. Dejaba la tierra en la cual durante tantos
años había sido el primero en el mando y er los honores. Lo más
difícil de la vida es morir a tiempo. Si el general Díaz hubiera
muerto, por ejemplo, en 1900, tendría, no obstante sus errores, que
méritos también los tuvo, monumentos en muchas ciudades de la
República.
Madero fue presidente pero no pudo gobernar en paz. Él creyó
que los problemas de México eran prepondera ntemente políticos,
y estaba equivocado; porque los problemas de México eran y son
todavía preponderantemente económicos. Sus
JESÚS SILVA HERZOG

dos más destacados segundones se levantaron en armas en


su contra: Pascual Orozco y Emiliano Zapata. Éste volvió
a la pelea proclamando el Plan de Ayala; aquél se apoyó
en un programa más amplio, de mayor alcance y para
aquel tiempo muy radical. Zapata y Orozco iban mucho
más lejos que Madero en materia de cambios
estructurales. Y es que los que inician una revolución en
consonancia con un sistema de ideas, con ciertos
principios y planes, se ven arrastrados por la fuerza de las
masas y de los acontecimientos más allá de sus planes, de
sus principios, de su cuadro de ideas. Entonces, no les
quedan sino dos soluciones: nadar con la corriente para
alcanzar la orilla, o detenerse resignados al fracaso.
Grave cosa es provocar un incendio social; pero más
grave todavía querer apagarlo una vez provocado y en
plenitud. Hay que dejarlo que destruya y purifique.
Orozco fue al fin derrotado y Zapata continuó la lucha
por algo más de ocho años al amparo de sus montañas
surianas.
Un soldado desleal, Victoriano Huerta, obligó a
Madero a renunciar a la Presidencia de la República y
días más tarde lo mandó asesinar. El, Huerta, se hizo
nombrar presidente. En la ciudad de México las gentes
decentes bebieron champaña. En todo el país, no obstante
los errores del caudillo, el pueblo, lo mejor del pueblo,
siempre noble, lloró de indignación y de tristeza y se
aprestó al desquite.
El presidente usurpador quiso dar reversa a la historia,
quiso gobernar como se había gobernado en 1840, y
estábamos en el año de 1913.
La Revolución no podía detenerse. Surgieron otros adalides: Carranza, Villa, Obregón,
muchos otros. El soldado asesino fue vencido y tuvo que huir al extranjero, donde murió
deshecho por el peso de sus crímenes. Después de la victoria hubo todavía lucha de facciones.
Carranza se impuso y se le eligió para ocupar el Poder Ejecutivo. La Revolución había
triunfado.
Siete años duró la contienda. Se destruyeron muchas riquezas acumuladas y se segaron
millares de vidas. No parece sino que sólo a muy alto precio logran los pueblos un poco de bie-
nestar. A algunos les cuesta menos; pero es que en estos casos son otros pueblos a los que les
cuesta. Pienso, por qué no decirlo, en los grandes imperios.

217
LA IDEA DE MÉXICO

La Revolución Mexicana tuvo precursores: Wistano Luis


Orozco, Andrés Molina Enríquez, Filomeno Mata, Pa diño
Martínez, Juan Sarabia, Antonio I. Villarreal Librado F ores,
Rosalío Bustamante y Ricardo y Enrique Floreí Magón. Eli »s lu-
charon desde distintas trincheras en contra del gobien o de Porfirio
Díaz; ellos sembraron ideas que más tarde germir aron en
espléndida floración. Esas ideas contribuyeron a forn ar el
pensamiento revolucionario, digan lo que dican los sob< rbios que
se atribuyen la paternidad ideológica de nuestro i aovi-miento
social.
Bueno es recordar aquí que mucho se ha discutido si la
Revolución tuvo o no, con antelación al movimiento arr ado, una
doctrina económico(social, un programa de ideas < laras y
definidas. A mi parecer el Plan de San Luis y el Pl n de
Guadalupe, aquél del apóstol Madero y éste del caudill) Carranza,
fueron documentos meramente políticos, con 1 i salvedad de que
el Plan de San Luis contenía una alusi in al problema agrario.
Ambos planes fueron superados r. Dr la realidad y por nuevas
ideas en el curso de lo;, días, lo cu al no tiene nada de
extraordinario porque eso ha sucedido en fenómenos sociológicos
semejantes. En el caso :le la Revol ición Mexicana es seguro que
se infiltraron lentamente en sus combatientes las ideas radicales de
los precursoras. Esto se a [vierte con claridad si se examina el Plan
y Man: uesto del P< rtido Liberal de lo. de julio de 1906. Además
hay que recordcr que la lucha armada duró siete años. Sería
absurdo imagine r que las ideas hubieran permanecido congeladas
y no en coi stan-te ebullición, como sucedió. Pruebas de ello son,
entre )tras, el Plan de Ayala, de Zapata, y la Ley del 6 de enero de
1915 firmada por Carranza.
Por otra parte, hay que hacer notar que on los defe: .sores del
porfirismo y del huertismo estuvieron los lieos y el clero luchando
activamente. El resultado inevitable lúe que los r volu-cionarios
estuvieran en contra del clero y de los ricos y i ue se acentuara su
radicalismo social. Al triunfar la Revolución castigó a los
adversarios. Ellos, fingiendo olvidat sus acción ;s pasadas,
imploraron justicia de los mismos a quienes h íbían combatido con
singular encono.
El pensamiento revolucionario cuajó en los principio; cons-
titucionales de 1917, y se mantuvieron intactos los ideales de
libertad por los que lucharon y murieron los hombres de la Re-
forma, sesenta años antes.
Esos principios son los siguientes:
JESÚS SILVA HERZOG c
1. Nacionalización de las riquezas del o
m
u
ni
s
m
o
m
e
xi
c
a
n
o.
N
u
e
st
ra
re
v
ol
u
ci
subsuelo, quedando sujetas para su ó
explotación a un régimen de n
concesiones. n
1. Obligación de distribuir tierras a los o
campesinos. tu
2. Garantizar al trabajador un salario v
mínimo, descanso semanario y o
participación en las utilidades de las n
empresas. a
3. Fijar la jornada máxima de trabajo d
diurno en ocho horas y del nocturno a
en seis. d
2. Prohibir el trabajo de los menores. e
4. Protección a la madre y al niño por c
medio de cuidados prenatales y o
postnatales. m
3. Reglamentación en materia de cultos ú
religiosos. n
c
La esencia de las reformas consistió en o
mejorar el nivel de vida de la mayoría de n
los habitantes, como base sustantiva del la
progreso de la nación. R
Por estos principios de justicia y e
profundamente humanos no han faltado v
ignorantes, sobre todo periodistas ol
estadounidenses, que han hablado del u
ción Rusa, ni siquiera en la superficie. Fue
antes que ella, ¿cómo, entonces

21
9
LA IDEA DE MÉXICO

pudo haberla imitado? En la literatura revolucionaria de México,


desde fines del siglo pasado hasta 1917, no se usa coi frecuencia la
terminología socialista europea. Y es que nu stro movimiento
social nació principalmente de nuestro pr >pio suelo, del corazón
sangrante del pueblo, y se hizo drama doloroso y a la vez creador.

Los últimos treinta años

Desde 1917 gobiernan los generales de la Revolución. En ( ca-


siones bien y a veces mal; con frecuencia bástente mal, e: pe-
nalmente en las provincias. Este fenómeno político-socioló( ico
del monopolio gubernamental de los generales muy lejos está de
ser insólito en la historia de México y en la de otros países
latinoamericanos. Con leves interrupciones, así ha sido durante
ciento veinticinco años de vida indepen diente. En I léxico parece
que las cosas comienzan a cambiar. Ahora i os ufanamos de tener
un presidente civil.
Los militares son los menos capacitados para las func o-nes de
gobierno. Ellos conocen el arte de la guerra, y lo c xe se necesita
cocer para gobernar es lo contrario, es decir, el tr-te de la paz. Los
militares son por regla general autoritarios y fáciles al despotismo;
o tienen la culpa, porque su psicología es resultado de las
enseñanzas que reciben; pero tampoco la tienen los pueblos.
En cada soldado suele haber un tirano en potencia. Ale i-nos
sólo en el orden social a la manera de Carlos Fourier: 11-sado en
"la coerción ejercida por una minoría de esclav )s armados en
contra de una mayoría de esclavos sin arma;". ¡Ojalá hayamos
salido para siempre de la triste etapa del caudillismo militar!
Durante los últimos treinta años hemos tenido diez regím ;-nes
gubernamentales. El último comenzó en diciembre < e 1946.
Todos han seguido en líneas generales el rumbo señal i-do por los
principios revolucionarios; unos con la voluntad d il jefe del
Ejecutivo, otros en contra de su volunta:.; más de no haberlo
hecho así se hubieran suicidado políticamente. La obra realizada
tiene enorme significación e indudables aspe -tos afirmativos, aun
cuando, como toda obra humana, no está exenta de errores ni
limpia de máculas.
Distribución de tierras por millones de hectáreas a los cam-
pesinos; enseñanza agrícola y crédito para el campo; construcción
de sistemas de riego y de caminos para automóviles;
JESÚS SILVA HERZOG

fomento industrial y crédito en sus varias ramas; leyes protectoras


del trabajo, y acción popular y técnica.
Capítulo aparte merece la expropiación de los bienes de las
empresas petroleras. Ahora el petróleo no es del extranjero sino de
los mexicanos.
Además, es obvio que ha contribuido a la transformación del
país el progreso científico y técnico alcanzado en el mundo
durante las últimas décadas.
Por otra parte, precisa destacar el hecho de que los gobiernos
revolucionarios han garantizado la libertad de pensamiento, sobre
todo a partir del año de 1935. Haber hecho de México desde hace
doce años un país en el cual no se castiga a los heterodoxos de la
política oficial, y un asilo para los perseguidos de todas las tiranías,
es motivo de honda y legítima satisfacción para el mexicano.
Las fallas han sido: la improvisación y la superficialidad en vez
del estudio técnico y profundo; la subordinación de la técnica a la
política, en todos los sectores; la falta de educación política de la
clase trabajadora, que ha luchado tan sólo por la conquista de
metas inmediatas; el menosprecio por la educación universitaria y
las altas manifestaciones de la cultura; y, por último, la falta de
honradez administrativa. Cabe advertir que algunas de estas fallas
no han sido ni son privativas de México; lo son del momento
histórico que sufre la sociedad contemporánea.
El hombre de nuestros días vive angustiado, vive en una crisis
de hondura abismal. A todas horas y en todas partes le salpican el
rostro las olas de cieno que crecen y multiplican la maldad y la
desilusión. El hombre no sabe adonde dirigir sus pasos porque
mira siempre hacía abajo, buscando las viejas veredas borradas por
la metralla. Se empeña en ignorar que su salvación no está en el
pasado, ni tampoco en el presente, sino en el futuro; su salvación
está en mirar siempre hacia adelante y a lo alto para descubrir
nuevos horizontes y el secreto de alguna estrella.
Y México no podía escapar a esa crisis. Nadie ha escapado y
nadie escapará. Ya se dijo otra vez: crisis moral y crisis ideológica.
Hace falta limpieza en la conducta y claridad en el pensa-
miento. El hombre nunca ha sabido lo que es, de dónde viene y a
dónde va. Ahora, no obstante su ciencia, lo sabe menos que nunca;
ni siquiera reduciendo el interrogatorio a la vida en su morada
terrestre.
En los gobiernos revolucionarios pueden listarse nombres de
algunos funcionarios de ejemplar probidad. De muchos no
LA IDEA DE MÉXICO

puede decirse lo mismo; han sido los logreros ce la Revolu :ión.


Hay algunos que después de haberse enriquecí: do en el ge cuerno,
o en negocios con el gobierno por medios turbios y n alas artes,
"son ahora hombres honrados y socialmente respete bles y hasta
filántropos". Y hasta es posible, sangrienta ironía, que la gratitud
pública los inmortalice por sus buenas obras 3 sus nombres se lean
en las calles de las ciudades, ai frente de c Igu-na escuela o de
algún hospital.
Los principios de la Constitución de 1917 han sido en c gu-nos
casos superados, de modo particular en la legislación c ?re-ra y
tratándose de la reforma agraria. La explicaciói se encuentra,
generalmente, en necesidades políticas del mon en-to y a veces en
exigencias económicas inaplazables. Por el hecho de que los
gobiernos después de 1917, de modo especial a partir de diciembre
de 1920, hayan ido más lejos, más < la izquierda que la
Constitución, se les ha llamado con toda ] ro-piedad —no sabemos
quien lo hizo primero— gobiernos revolucionarios.
Ahora bien, si quisiéramos representar gráficamente la ra-
yectoria progresista de los gobiernos revolucionarios en el terreno
económico y social, desde 1917, la línea resulte ría quebrada y
oscilante, pero con marcada tendencia al ascer ;o, llegando al
punto más alto al finalizar el año ce 1938. A partir de entonces, si
continuásemos la curva, se advertiría con facilidad su declinación.
Y es que no hay una fuerza social, s; 10 fuerzas sociales que se
oponen unas a otras.
Los movimientos de avance, por más vigoroso que sea su
impulso inicial, no pueden marchar indefinidamente hai ia
adelante, porque los contienen las fuerzas antagónicas. Esi as
fuerzas negativas, conservadoras o reaccionarias, nunca 0-gran por
largo tiempo, en los casos en que lo logran, que 1 :>s movimientos
progresistas retrocedan al punto de partida, q le es lo que desean y
por lo que luchan; pero sí logran siempre o casi siempre, y esto sí
por largo tiempo, jalarlos hacia atrás p.i-ra conseguir un ajuste
relativo y transitorio entre los interés ?s en pugna.
Los hombres no son, por importantes que sean, sino pr >-
ducto o juguete de leyes históricas.
Los cuatro primeros años de Cárdenas, de 1935 a 1938, s 1-
ñalan el momento culminante de la Revolución Mexicana. Hasta
allí se pudo llegar, porque en los dos años restantes c e su
gobierno se hizo sentir la presión de las fuerzas contraria;, cada
vez más agresivas y mejor organizadas. 1:1, Cárdena^ quizás sin
darse cabal cuenta de ello, tuvo que ceder una pe-
JESÚS SILVA HERZOG

quena faja del terreno ganado, y así ha sido en los gobiernos


posteriores.
La antigua burguesía nacional sufrió un rudo golpe al triunfar
la Revolución; pero lentamente se rehizo; ganó de prisa dinero y
despacio influencia. En pocos años recobró lo perdido. No es eso
todo. Una burguesía nueva se le unió para formar una sola clase
social. Los nuevos elementos se fueron desgajando de las filas de
la Revolución: funcionarios o ex funcionarios enriquecidos,
traficantes de influencia gubernamental y mercaderes que lucraron
con los contratos de obras públicas o la venta de mercancías
deterioradas. Unos pocos hicieron fortuna con métodos que acepta
la moral de nuestro tiempo. Así, ya todos los ricos unidos por la
comunidad de sus intereses, han constituido la fuerza
neutralizadora de la Revolución. Además, en todo esto ha influido
el rumbo de la política internacional de las grandes potencias,
sobre todo de las más próximas.
La Revolución Mexicana aceleró el progreso de México. A mi
parecer la obra realizada arroja un saldo favorable. La lucha
armada duró siete años y ya llevan treinta los gobiernos
revolucionarios, más o menos fieles a sus principios; pero hay que
tener presente que se trata de un hecho histórico y que todo hecho
histórico es, necesariamente, transitorio. En consecuencia, puede
decirse que nos hallamos ya en una nueva etapa en la evolución del
pueblo mexicano, como lo hizo notar José Iturriaga en reciente
conferencia.
Hace poco tiempo escribí que la Revolución Mexicana tuvo su
origen en el hambre del pueblo: hambre de pan, de tierras, de
justicia, y de libertad. Escribí que mientras esa hambre popular no
fuera satisfecha, la Revolución estaba en proceso de
desenvolvimiento, y no había terminado y no debía terminar.
Ahora pienso que las revoluciones no son inmortales. Ninguna lo
ha sido ni ninguna lo será. Realizan su obra destructiva y a la vez
creadora y dejan su huella profunda en la entraña de la
colectividad. Después, nuevas constelaciones culturales, nuevos
virajes de los grupos sociales en su eterno afán de bienestar. En
ocasiones hay retrocesos o demoras, más a la postre siempre se
reanuda la marcha hacia adelante.
La Revolución Mexicana satisfizo sólo en parte algunas de las
necesidades imperativas de las masas y tal vez pueda decirse que
cumplió su misión histórica al acelerar, por lo menos en algunas
regiones del país, la transformación de una economía
preponderantemente semifeudal en una eco-
22 LA IDEA DE MÉXICO
4

nomía capitalista o precapitalista. Ahora —


julio de 1947— se advierten en la acción
gubernamental y en vastos sec :ores sociales
las indecisiones propias de todo momento de
transición. Para lograr mayores conquistas
habrá que luchar oda-vía muchas veces más.

Una breve pausa

Recuerdo que un escritor venezolano


escribió c ue hay hoi íbres que sólo tienen
una ventana en el espíritu. Ye» diría que 10
es ventana sino claraboya y que por ella
contemplan sólo un fragmento del paisaje
universal. Me parece que esa especie zo
ilógica es la de los especialistas a la moda
norteamericana; c ae es mutilación del
hombre y del ciudadano; que es una ere
ición monstruosa del mercado y de los
mercaderes. El ideal huí laño estriba en lo
opuesto. Hay que tener en el espíritu amplio:
ventanales abiertos a todos los vientos, a los
cuatro puntos caí iina-les de afuera y de
adentro. Lo que interesa es abarcar n su
totalidad y comprender el mundo
circundante y el que llev irnos dentro de
nosotros mismos.
Lo humano es el problema esencial. La
suprema aspii ición del hombre es la
felicidad. Todos sus actos tienden a ese fin,
desde los más maquinales y sencillos hasta
los más complejos v trascendentes. Por eso
procura siempre huir del dolor y aproxi
narse a lo que le produce satisfacción, gusto,
deleite o goce. A ve :es su más grande dolor
es no sentir ninguno y el placer repetid se le
vuelve hastío; pero no obstante, y sea de ello
lo que fuere, 1 > cierto es que la meta
individual y social es el logro de los m<
yores bienes materiales y culturales para el
mayor número de sei ;s humanos, aquí en
nuestro pequeño y cenagoso p.aneta.
Y para descubrir los senderos que
conducen a esa metí , sueño secular del
hombre atribulado, es para lo :ual ha me
rester de los amplios ventanales en el
espíritu. La utopía que pu< de en el futuro
dejar de serlo, consiste en construir una
sociedaí nueva con individuos distintos de
lo y tal vez la más perfecta dualidad humana.
s Si se pudieran mezclar sus ingredientes
de psicológicos y crear con ellos un hombre
ay nuevo, ese sería el superhombre; no E 1 de
er Nietzs< he, sino el de todos los subyugados
y por un anhelo de superación.
de El hombre necesita en primer lugar
h satisfacer sus necesidades biológicas
o elementales: nutrirse y reproducirse. Des-
y, pués necesita una morada, vestido, adornarse
en y llenar las
cu
<
nt
o
a
su
pe
rs
o
na
li
da
d
in
te
rn
a.
D
o
n
Q
ui
jo
te
y
S
an
ch
o
fo
r
m
an
l.i
m
ás
he
r
m
os
a
JESÚS SILVA HERZOG

demás necesidades materiales. También necesita entender los


fenómenos de la Naturaleza, crear obras de arte o gozar en su
percepción; y, sobre todo, conocerse a sí mismo, o en otros
términos, saber su propia biografía. Sólo el que llena plenamente
sus necesidades animales, biológicas —estoy pensando en el ser
humano común y corriente—, puede ensanchar los horizontes de
su espíritu y encontrar en sí mismo y en el exterior motivos para
ser feliz, aún cuando sea de modo transitorio.
Todos los hombres, por el hecho de haber nacido, tienen de-
recho a disfrutar de bienes materiales y culturales. Trabajar para
que todos alcancen esos bienes, eso es lo que es gobernar, y que no
nos digan que gobernar es poblar, que gobernar es construir
caminos y otras simplezas por el estilo. Gobernar es afanarse sin
descanso y con fervor por hacer felices a los habitantes del país
gobernado. Ejemplos contrarios: Hitler no gobernó a Alemania;
trabajó por destruirla. Los grandes estadistas que ahora hablan de
guerra por los magnavoces de su publicidad, en el fondo en
defensa de intereses financieros, están preparando, o quieren
preparar, la desgracia de sus pueblos; se están preparando para
desgobernar.

Algunos problemas

No es privativa de México la existencia de múltiples y complejos


problemas económicos, sociales y políticos. Esto ha sido y será
siempre en todas las zonas geográficas y en todos los tiempos; lo
será mientras el hombre habite sobre la Tierra. Y es que la vida es
mudanza permanente, como ya lo hemos dicho repetidas veces, y
por lo mismo permanente problema. Lo esencialmente utópico en
Moro, Bacon y Campanella, los tres más
LA IDEA DE MÉXICO

célebres utopistas del Renacimiento, no está en la estruc oración


de los mundos que imaginaron, sino en haberlos ii íagi-nado
estáticos en cuanto a su organización a su vida social orgánica.
En un país como los Estados Unidos los problemas e onó-
micos no son de producción, sino de distribución. Jam is en
tiempos de paz han utilizado toda su capacidad produ tora,
siempre limitada por la demanda de los mercados. En ui país como
México las cosas son diferentes. Exportamos buen r amero de
productos agrícolas, pero no producimos trigo y mi íz en cantidad
bastante para llenar las necesidades de la pobl< ción. Nuestra
agricultura apenas comienza a modernizarse < rjn el uso de abonos
y maquinaria. Se va por buen camino; n ás la transformación
completa, o casi completa, tardará ci.ando menos un tercio de
siglo. En materia de industrias de tra asfor-mación, no obstante el
progreso alcanzado en los ultimes cinco años, nuestra situación
está muy lejos de ser óp tima. Apenas nos encontramos en la etapa
inicial v por consii uien-te somos, en buena parte, importadores de
artículos acal ados.
La industrialización del país debe continuarse va iente-mente.
Es el único medio para incrementar la capitalización interna y
elevar el nivel de vida de grandes lácleos de trabajadores. Se dijo
valientemente, porque no se ignora que hay algunos sectores de la
oligarquía norteamericana que no miran con buenos ojos el
progreso económico de la América I atina. Ellos quisieran
condenarnos a una pobreza ;; n frontera; a un coloniaje sin posible
salida.
Claro está que no debe escatimarse esfuerzo algum para que la
industrialización se realice con predominio del < apital nacional.
La minería es una de las industrias más importante , pero es
extranjera y no deja en México sino sálanos, impuest >s, fletes y
el dinero para las compras de alguna;, materias p 'imas. Las
utilidades a veces se reinvierten en el negocio y otra; se exportan
para beneficiar a los sleeplng partners que viven e n Londres, en
Chicago o en Nueva York. Amargo destino es ei tregar a extraños
los bienes que nos donó la Naturaleza, y teier todavía que vivirles
agradecidos.
Pero si son serios y difíciles los problema; de la producción de
riquezas, son aún más difíciles y serios los de su distribución. No
obstante los esfuerzos constructivos de los gol iernos
revolucionarios, de su preocupación indudable por mejorar las
condiciones de vida de las masas, y de los pequeños éxitos al-
canzados, hay centenares de miles de familias que vive i en la
JESÚS r
SILVA
HERZOG
e
s
o
ignorancia y en la miseria. La explicación l
es sencilla: no ha sido posible resolver en v
un cuarto de siglo, problemas acumulados e
durante cuatro siglos. r
Sin embargo es urgente tratar de e
sos problemas para que cese el hambre de d
pan de justicia, para constituir una e
verdadera nacionalidad. No necesitamos á
leaders, sino apóstoles que tengan alas en n
el pensamiento y el pecho encendido por el d
amor a su pueblo. o
En materia de educación se ha recorrido l
un trecho del camino; empero es más largo a
todavía lo que falta por recorrer. El número d
de analfabetos es apenas inferior al e
cincuenta por ciento, y hasta hace poco la g
cultura superior en sus varias ramas, no a
había recibido la atención que merece y que r
exige el interés de la República. a
Los problemas de salubridad son n
pavorosos. La mayoría de las poblaciones tí
carecen de drenaje y agua potable, lo cual a
eleva a cifras impresionantes la mortalidad, s
sobre todo la infantil en los dos primeros l
años. Las zonas bajas del trópico encierran e
en potencia enormes riquezas. El problema g
estriba en que es indispensable sanear en a
zonas y eso cuesta cientos de millones de l
pesos. La obra que se realice en este e
capítulo tendrá que ser, inevitablemente, s
obra de muchos años. y
No creo que fuera de la Unión Soviética a
exista algún otro país en el que se haya y
realizado una reforma agraria tan radical u
como en México. Se han distribuido más de d
treinta millones de hectáreas con beneficio a
para cerca de dos millones de familias n
campesinas. No obstante, hay a la fecha d
miles de campesinos sin tierras y el o
problema está lejos de haberse resuelto a
integralmente. Algunas personas son s
partidarias del sistema del ejido como u
sistema preponderante, y otros de la e
pequeña propiedad. Ambos sistemas x
existen y a mi parecer pueden coexistir por p
algún tiempo; pero si se continúa dando l
tierras a nuevos ejidatarios no será posible o
que aumente la extensión total de las t
propiedades particulares; y si por el a
contrario se fomenta la pequeña propiedad, c
resultará en poco tiempo que ya no podrán i
hacerse nuevas distribuciones ejidales. A la ó
postre un sistema será en detrimento de n
otro; los dos no pueden crecer paralela e p
indefinidamente, por la simple razón de que o
la cantidad de tierra disponible está muy le- r
jos de ser ilimitada. m
El actual gobierno parece que se e
pronuncia por robustecer y generalizar la d
pequeña explotación agrícola privada, ro- i
o de crédito.

22
7
LA IDEA DE MÉXICO

Por regla general al pueblo de México no le interesa a política;


es más bien un tanto diferente. Sólo de :arde en tai de da señales
de actividad. A veces, por la ausencia de los m ?jores ciudadanos
en las luchas electorales, los peores son le > que triunfan. Esta es
una falla que urge corregir
Puede decirse que en la actualidad hay cuatro partidos po-
líticos: el Partido Revolucionario Institucional, partido c ricial; el
Partido de Acción Nacional, de tendencias conservado as; el de los
sinarquistas, ultrarreaccionarios y con muchos r antos de
semejanza con la falange española, y el Partido Cor unis-ta, que
cuenta con cerca de dos mil miembros en todo e país. Ninguno de
esos partidos políticos está, como se dice ce n frecuencia, a la
altura de las circunstancias; quizás les falto imaginación a sus
dirigentes, puesto que no pocas veces tral an de resolver
problemas nuevos con fórmulas útiles en el pre érito, ya bien
gastados por el tiempo. Ninguno ha llegado al ce :azón del pueblo,
porque ninguno representa sus auténticas c >pira-ciones ni es
capaz de interpretarlas.
Mucho se habla en México entre los liberales, social stas o de
tendencias socialistas, de la necesidad de organizar un partido
político en consonancia con el momen:o histórico de la
desintegración del átomo; un partido con ideas nueva ;, con
principios éticos, con capacidad para recoger la herencio de lo
mejor de la Revolución Mexicana y deseos inquebrantables de
servir con desinterés a la nación.
Por desgracia hasta ahora nada práctico se ha hech > y no se
descubre al hombre, o grupo de hombres, :on aptitud / condiciones
afirmativas bastantes para realizar tamaña err oresa. En estos
momentos y a tal propósito, el escenario políl co de México no es
optimista ni mucho menos brillante; la niebla lo envuelve y está
cargado de interrogaciones.
La política exterior de México ha sido correcta y pati ótica.
Siempre hemos estado con las mejores causas como en os casos de
Abisinia, Austria y España, como en la última c uerra. Esperamos
que así sea en el futuro y que nunca influenc as extrañas nos
aparten de la decencia internacional.
México tiene un sólo problema internacional perme aente,
serio y a veces grave. Este problema se deriva de la geografía.
Somos vecinos de los Estados Unidos, el país más poderoso de la
Tierra en los tiempos que corren; y ese país es imperialista,
fenómeno económico resultante de su formidable desarrollo
industrial y financiero. El imperialismo no es hijo de la voluntad
de un hombre o de algunos hombres, como la teoría de la buena
vecindad, es cual un aljibe surtido constantemente por
JESÚS l
SILVA
HERZOG a
b
veneros de agua turbia, que al fin se u
derrama y encharca los lugares próximos y e
en ocasiones aún los distantes. La teoría de n
a vecindad y el imperialismo no pueden c
unirse en estrecho maridaje; son u
incompatibles, son antinómicos; nada más e
que el imperialismo es una realidad y lo r
otro, en el mejor de los casos, es buen n
deseo. o
La defensa de los países que no cuentan d
las máquinas de guerra por millares y por e
millones los soldados, está en el Derecho. l
Fuerte o débil defensa, tal vez muy débil, a
pero es la única. El Derecho hay que saber a
ejercerlo; hay que ejercerlo con sensatez, b
u
con inteligencia, con hombría, con clara y
n
lejana visión: Frente al poderoso es útil
d
hacerse respetar; y sólo podremos hacerlo a
por la fuerza de nuestras virtudes, siendo n
honestos, sinceros, responsables y en c
verdad patriotas. i
El concepto de independencia está a
siendo sustituido por el de y
interdependencia, debido entre otras causas l
al progreso de la industria del transporte y a
del comercio internacional. No es posible m
pensar en la presente hora en economías a
nacionales completamente autónomas; y si y
esto no es posible, tampoco lo es en el o
orden político. Consecuencia inevitable es rí
lo uno de lo otro. De aquí se derivan graves a
problemas cuyas soluciones no es fácil d
encontrar. e
Claro está que no hay que confundir la s
interdependencia con la dependencia. Esta u
significa subordinación y es inadmisible; s
aquélla puede cimentarse en principios de h
equidad, de justicia, de derecho, y ser una a
fórmula nueva de convivencia entre los b
pueblos. it
Hay nubarrones que cubren el a
n
horizonte. No obstante, se siente dentro del
t
pecho y de la cabeza, en las carnes, en los e
huesos y en la sangre, que hay una luz s
nueva que se acerca con lentitud, con h
desesperante lentitud, pero que se acerca. a
v
i
México, país paradójico v
i
México es un país, más que ninguno, d
contradictorio y paradójico. La forma de su o
territorio, ya lo dijimos, se asemeja a un y
vive en la pobreza. Desiertos intensamente
desolados en los que apenas crecen, aquí y
allá, arbustos anémicos; ricos terrenos
pastales donde pace el ganado, valles
fecundos y selvas primitivas y lluviosas.
Todos los climas, todos los frutos y todas
las plagas enemigas del vegetal, de la bestia
y del hombre.

22
9
LA IDEA DE MÉXICO

Hay regiones de la República en que el clima es grato la tierra


yerma; y hay otras, en las zonas del trópico, fértiles como las
mejores del mundo pero traicioneras y mDrtíferas: el paludismo y
otras enfermedades están siempre en acecho de quienes se atreven
a violar la soledad de los bosques, de los montes, de las llanuras
prometedoras y feroces.
En México, insistimos en ello, son muy pocos los ríos n< ve-
gables y ninguno en toda su carrera. Muchos ríos de Méxicc no
siempre son ríos, porque buena parte del año permanecer secos y
ociosos. A fines de la primavera o en los comienzos del verano, las
corrientes que bajan de la montaña llenan ráp da-mente sus cauces
y se forman rumorosas cascudas y torre ites bravios; el caudal se
hincha hora tras hora y a ^eces se desborda, inundando las
comarcas vecinas, destruye? ndo riquezas y segando vidas.
Las montañas grises, azules, moradas y rojizas que embellecen
el paisaje mexicano, que son regalo para los ojos del viajero, que
esconden en sus entrañas abundantes tesoros, son a la par
obstáculo a las comunicaciones, difíci. de ser superado; han sido y
son barreras para la formación de una autentica nacionalidad; y en
ocasiones, hasta los metales que encierran se han quedado allí,
están allí sin ser todavía riqueza, porque resulta incosteable su
transporte a los centro; de consumo interno, a los puertos o a las
aduanes fronteriza .
Los pocos puertos de que disponemos en el Golfo de México,
apropiados para el tráfico moderno, han exigido ge stos muy
considerables. Nos referimos a Tampico y íobre todo o Ve-racruz,
Campeche y Progreso. En estos dos últimos no pu< den entrar
barcos ni siquiera de mediano calado, y algo semej inte puede
decirse en lo general, tratándose de los úú Océano Pacífico.
México es una de las naciones de más íxtensas co tas, mas sin
puertos naturales que faciliten el desarrollo comer.:ial.

Todo paradoja y contradicción

Nuestra historia es una constante contradicción y paradoja Los


aztecas practicaban sacrificios humanos y en ocasiones r asta actos
de canibalismo, pero tenían una moral cen algunos principios y
preceptos que parecen inspirados en el Cristianismo. Durante la
Conquista y en la época colonial, junto al soldado cruel y
sanguinario, junto al encomendero inhumado y explotedor, junto
al aventurero español sediento de bienes materiales., con "hipo de
oro" como dijera el padre Las Casas, estaban el m smo

230
JESÚS SILVA HERZOG

Las Casas, Vasco de Quiroga, Motolinía y todo un ejército de


frailes austeros, civilizadores, llenos de amor para el indio y car-
gados de las más altas virtudes. Y en nuestra evolución de pueblo
independiente son abundantes los ejemplos de traiciones, de
deslealtades, de bandidajes, de rapiña y asesinatos; empero,
abundan también los actos de hombres probos, honestos, patriotas,
de estatura heroica y espíritu de sacrifico. Se nos vienen en tropel a
la memoria los nombres de Morelos, Gómez Farías, Juárez,
Ponciano Arriaga, Altamirano, Justo Sierra y tantos otros. Vidas
ejemplares, porque ya en uno, ya en otro campo de acción,
estuvieron siempre al servicio de su patria. Vidas ejemplares que
debiera imitar la juventud.
Y parece que el escenario y la historia influyen en la psico-
logía, en el modo de ser de los individuos. El esquimal tiene algo
de las zonas heladas en que habita; el gaucho y el beduino
exteriorizan en su conducta y costumbres la influencia de la pampa
y del desierto; el montañés conserva en su fisonomía interna la
rudeza de la montaña; el marino refleja en sus ojos habituados a la
lejanía la inmensidad del mar; y el mexicano, por análogas causas
extrañas, complejas y apenas exploradas, es paradójico y
contradictorio como es contradictorio y paradójico el territorio en
que habita, como el drama que él vive y que vivieron sus
antepasados.
El mexicano es paradójico y contradictorio; es valiente, casi
siempre valiente, desprecia la vida, pero en ocasiones también sabe
del miedo y de la cobardía; es a veces desleal y taimado, más en la
inmensa mayoría de los casos estará dispuesto a ser franco, a ser
leal hasta dejarse matar por un amigo o por una noble causa; es
perezoso y diligente, interesado y desinteresado; capaz de los
vicios más repulsivos y de las más altas virtudes; capaz de cometer
los más horrendos crímenes y los mayores actos de grandeza. El
pueblo mexicano puede caer en el desaliento y en la abyección, o
puede levantarse hasta las más elevadas cimas de la acción y del
pensamiento, realizando una tarea eminentemente constructiva y
creadora. Una u otra cosa dependerá del pueblo mismo y también,
en buena parte, de sus técnicos, sabios, artistas, escritores y poetas,
de sus apóstoles y estadistas.

Palabras finales

Estas meditaciones son hijas de mi amor a México y de mi sin-


ceridad biológica. Es cierto que se me ha escapado la censura
LA IDEA DE MÉXICO

y en algunos momentos tal vez involuntariamente, asomó la


pasión, pero siempre he querido decir la verdad, porque sé que
sólo con la verdad se sirve de verdad al hombre, que sólo con
la verdad el hombre sirve de verdad a los pueblos.
El patriotismo no es ditirambo sino crítica constructiva. Se
descubren los errores para que no se repitan, se señalan los vi-
cios para corregirlos y las llagas para curarlas. El patriotismo
es en esencia amor admirativo y anhelo apasionado de supe-
ración. Se quiere que la patria sea cada vez mejor y por eso se
hacen críticas; se hace crítica para servirla y porque se le ama.
Y no hay que adular a los gobernadores. "El incienso —di-
ce Luis Cabrera— huele bien, pero acaba por tiznar al ídolo".
La adulación —agregamos nosotros— es cortesía de lacayos.
La historia de México es una paradoja, como es paradójico
el pueblo mexicano. Es verdad, tiene grandes defectos, pero vir-
tudes más grandes todavía. Por eso, los que conocemos bien a
ese pueblo sabemos de la profundidad humana de su acción
colectiva y tenemos fe en su destino.
Julio de 1947
11
Vicente Lombardo Toledano
(1894-1968)

P
olítico, nació en Teziutlán, Pue. Hizo sus estudios
superiores en la Escuela Nacional Preparatoria de la
Universidad Nacional y en 1919 se recibió de abogado

en la Facultad de Jurisprudencia de la misma. Secretario de


esta Facultad; jefe del Departamento de Bibliotecas de la
SEP; director de la Escuela Nacional Preparatoria; fundador
y director de la Escuela Nacional Preparatoria Nocturna;
director de la Escuela de Verano para Extranjeros de la
UNAM; director de la Escuela Central de Artes Plásticas;
fundador en 1936 y director hasta su fallecimiento de la
Universidad Obrera de México.
Tuvo a su cargo cátedras diversas y dio conferencias en
universidades, institutos y otros centros docentes y culturales
en el país y el extranjero, oficial Mayor del Gobierno del DF
en 1921; gobernador interino del estado de Puebla en
diciembre de 1923; regidor del Gobierno Municipal de la
ciudad de México en 1924; diputado al Congreso de la Unión
de 1924 a 1928 (dos periodos) y de 1964 a 1967; dirigente
de organismos obreros y sindicales; miembro, de 1923 a
1932, del Comité Central de la Confederación Regional
Obrera Mexicana (CROM); organizador y secretario general
(1936-1940) de la Confederación de Trabajadores de México
(CTM); organizador y presidente (1938-1963) de la
Confederación de Trabajadores de la América Latina;
vicepresidente desde
LA IDEA DE MÉXICO

1945 de la Federación Sindical Mundial. En 1948 funcó el Partido Po-


pular, reestructurado en 1960 como Partido Popular Socialista del ^ue
fue director y secretario general hasta su muerte. En 1 952 fue candi-
dato a la Presidencia de la República. Escritor y periodista fue de en-
sor y exponente de la filosofía socialista. Editorialista de Ei Herald' de
México; en 1919 colaborador de Excelsiory El Universal; fundador de
la revista bibliográfica El Libro y el Pueblo de la SEP; furidacor de la re-
vista América Latina, órgano de la CTAL; fundador y oirector del lia-
no El Popular, en su primera época, y colaboracor de revi tas
nacionales y extranjeras.

EL SENTIDO HUMANISTA DE LA
REVOLUCIÓN MEXICANA

Los detractores de la Revolución Mexicana gustan de he :er


aparecer a nuestro movimiento popular —cuando se digr an
concederle alguna significación histórica— corno una acc ón que
tiene exclusivamente los caracteres de une conquista de bienes
materiales. Se dice que la exaltación constante de ios valores
económicos, por encima de los otros bienes del hom >re más
importantes que el aumento de salario, que la casa higié-nica, que el
médico y las medicinas, que la indemnización >or los accidentes del
trabajo y por las enfermedades profesiona es; valores que colocan al
hombre en el primer rancio de la esc ila de los seres vivos: los valores
del espíritu, son bienes por los c ue hasta hoy no ha propugnado la
Revolución Mexicana, ir-cunstancia por la cual ningún propósito
supericr preside ni; ostras luchas sociales de los últimos veinte años.
Se hace, en suma, a la Revolución, el mismo cargo que los enemigos
de ¡as doctrinas socialistas formulan contra el gran movimiento leí
proletariado del mundo, iniciado sobre bases solidas a pa tir del
Manifiesto del Partido Comunista que redactaran Caí os Marx y
Federico Engels.
Sin embargo —este es el objeto de mi artículo—, quiero -e-cordar
que una revolución es siempre la exaltación de los i a-lores
espirituales, la elevación de la personalidad humana m todos sus
aspectos, de tal manera que no se concibe ningu ra alteración social
que merezca el nombre de revolución, que 10 haya realzado con
pasión y sinceridad la sustancia espiriti al del hombre. Tan cierto es
este hecho, que puede ornarse como el rasgo distintivo de las
revoluciones, comparadas con las otras inquietudes sociales. Éstas, por
importante!; que sean, no
11
Vicente Lombardo Toledano
(1894-1968)

P
olítico, nació en Teziutlán, Pue. Hizo sus estudios
superiores en la Escuela Nacional Preparatoria de la
Universidad Nacional y en 1919 se recibió de abogado
en la Facultad de Jurisprudencia de la misma. Secretario de
esta Facultad; jefe del Departamento de Bibliotecas de la

SEP; director de la Escuela Nacional Preparatoria; fundador y


director de la Escuela Nacional Preparatoria Nocturna;
director de la Escuela de Verano para Extranjeros de la
UNAM; director de la Escuela Central de Artes Plásticas;
fundador en 1936 y director hasta su fallecimiento de la
Universidad Obrera de México.
Tuvo a su cargo cátedras diversas y dio conferencias en
universidades, institutos y otros centros docentes y culturales
en el país y el extranjero, oficial Mayor del Gobierno del DF
en 1921; gobernador interino del estado de Puebla en
diciembre de 1923; regidor del Gobierno Municipal de la
ciudad de México en 1924; diputado al Congreso de la Unión
de 1924 a 1928 (dos periodos) y de 1964 a 1967; dirigente de
organismos obreros y sindicales; miembro, de 1923 a 1932,
del Comité Central de la Confederación Regional Obrera
Mexicana (CROM); organizador y secretario general (1936-
1940) de la Confederación de Trabajadores de México
(CTM); organizador y presidente (1938-1963) de la
Confederación de Trabajadores de la América Latina;
vicepresidente desde
LA IDEA DE MÉXICO

1945 de la Federación Sindical Mundial. En 1948 funcó el Partido Po-


pular, reestructurado en 1960 como Partido Popular Socialista del ^ue
fue director y secretario general hasta su muerte. En ' 952 fue ca idi-
dato a la Presidencia de la República. Escritor y periodista fue de en-
sor y exponente de la filosofía socialista. Editorialista de E! Herald i de
México; en 1919 colaborador de Excelsiory El Universal; fundado de la
revista bibliográfica El Libro y el Pueblo de la SEP; fundador de la revista
América Latina, órgano de la CTAL; fundador y director del diario El
Popular, en su primera época, y colaborador de revi tas nacionales y
extranjeras.

EL SENTIDO HUMANISTA DE LA
REVOLUCIÓN MEXICANA

Los detractores de la Revolución Mexicana gustan de he cer


aparecer a nuestro movimiento popular —cuando se digí an
concederle alguna significación histórica— como una acc ón que
tiene exclusivamente los caracteres de uncí conquista de bienes
materiales. Se dice que la exaltación constante de los valores
económicos, por encima de los otros bienes del hom ore más
importantes que el aumento de salario, que la casa hi lié-nica, que
el médico y las medicinas, que la indemnización )or los accidentes
del trabajo y por las enfermedades profesiona es; valores que
colocan al hombre en el primer rango de la esc ila de los seres
vivos: los valores del espíritu, son bienes por los i ue hasta hoy no
ha propugnado la Revolución Mexicana, :ir-cunstancia por la cual
ningún propósito superior preside ni es-tras luchas sociales de los
últimos veinte años. Se hace, en suma, a la Revolución, el mismo
cargo que los enemigos de ias doctrinas socialistas formulan
contra el gran movimiento iel proletariado del mundo, iniciado
sobre bases sólidas a pa tir del Manifiesto del Partido Comunista
que redactaran Ca: ios Marx y Federico Engels.
Sin embargo —este es el objeto de mi artícub—, quiero re-
cordar que una revolución es siempre la exaltación de los ra-lores
espirituales, la elevación de la personalidad humana en todos sus
aspectos, de tal manera que no se concibe ningí na alteración
social que merezca el nombre de revo ución, que no haya realzado
con pasión y sinceridad la sustancia espírit lal del hombre. Tan
cierto es este hecho, que puede tomarse como el rasgo distintivo de
las revoluciones, comparadas con las otras inquietudes sociales.
Éstas, por importantes que sean, no
VICENTE LOMBARDO ju
TOLEDANO st
o,
adquieren nunca, a pesar de todo, el sello de m
los hechos trascendentales, carecen del valor ás
teleológico que tienen aquéllas, no poseen la h
misión extraordinaria de valorizar el pasado y u
el presente para crear un porvenir mejor, más m
ano. un
Para confirmar esta afirmación basta con a
tener presente que las grandes conmociones éti
históricas, que señalan el principio o el fin de ca
las diversas épocas en la vida de la humanidad, ju
han tenido como fisonomía propia el afán de ve
encarecer los fines más altos de la conducta. ni
Así, por ejemplo, el Renacimiento no es, como l
algunos suponen, un simple retroceso hacia los qu
gustos, las actitudes y los juicios del mundo e
pagano. Es verdad que mira al pasado, pero es
principalmente ve al porvenir, como ocurre pi
con toda época de juventud, que alienta por sí rit
misma y presta su ánimo a todo lo que toca, ua
remozándolo, como una primavera liz
extraordinaria. Por este concepto de fuerza a
renovadora que lo distingue, es posible la
apreciar cómo surge el Renacimiento, en di- tie
versas formas, desde el mismo corazón de la rr
Edad Media, ya en la expresión literaria que a
rompe con la actitud hierática o severa de la y
vida de entonces y rinde culto a la gracia, o se ha
inspira en la pasión terrestre como pasión ce
íntima, libre, como ocurre en el gran Abelardo de
o en la leyenda de Tannhauser, o en la obra fi- l
losófica que se mofa de la nobleza por ho
nacimiento y asienta el valor del hombre en el m
hombre mismo, como lo cantan las estrofas br
inmortales de Dante. Y a medida que alcanza e
perfección este sentido de libertad, de juicio, el un
Renacimiento pasa a ser acción, a veces si
extraviada por amar sin medida la razón y nc
creer con fervor casi místico en las er
posibilidades infinitas de la voluntad —como o
en Maquiavelo—, pero siempre devota de la ad
liberación humana por obra del humano m
querer, como medio para gozar de la vida ir
superior, en la que el espíritu, en perpetua crea- ad
ción, puede entregarnos el misterio de la or
existencia y enseñarnos el camino del de
constante progreso. to
Logra el Renacimiento unir a Dios y al do
hombre concibiendo un mundo optimista y lo
fecundo: unión distinta a la medioeval, que es cr
más sujeción austera del ser humano hacia ea
Dios, que relación amorosa entre el Padre y el do
Hijo de los Evangelios. .
El Renacimiento abomina de las relaciones
de dependencia, concibe la vida como la obra
mejor del hombre y por eso se la entrega
totalmente; y surge una nueva pintura, una
nueva escultura, una arquitectura vigorosa, un
concepto más amplio del mundo, es decir, una
nueva geografía y una nueva historia, y un
nuevo concepto de la finalidad de la conducta,
235
LA IDEA DE MÉXICO

El Renacimiento es, por tanto, una de las épocas de la historia


que mejor que otras purifica el ambiente de la vida. Y cada vez
que esto ocurre, cada vez que hay una crisis en la que sucumben
no los bienes materiales ni los valores políticos, siempre
circunscritos al instante en que se vive —fungibles al fin— sino
los bienes imperecederos, los que el hombre jamás se resigna a
perder, se produce un levantamiento popular. La apariencia puede
ser la de un movimiento político, la de una sublevación por
alcanzar mayores bienes materiales; pero en el fondo lo que se
disputa es mayor respeto a la calidad de hombre, mayor libertad,
mayores posibilidades de realizar un fin en la vida. La miseria no
es sólo la queja que brota del organismo insatisfecho, es,
principalmente, la protesta del espíritu condenado a la inacción, a
causa del empleo total del esfuerzo humano en la búsqueda de los
bienes elementales de la vida biológica. Mientras la renta personal
permite el ocio —el tiempo que no se emplea en subvenir a las
necesidades físicas— que proporciona la posibilidad de pensar y
de actúa: al servicio de satisfacciones no corporales, la desigualdad
económica no provoca movimientos de importancia histórica; pero
cuando rebaja al hombre en su dignidad y eleva los bienes ma-
teriales a la categoría de desiderata de la existencia, engendra
siempre una inconformidad vigorosa que asume? todas las formas,
desde el alegato filosófico hasta la lucha armada. Por eso los
regímenes de opresión son odiados por todas las fuerzas humanas;
por la carne hambrienta, por el espíritu aherrojado, por la voluntad
condenada a ejercicios sin trascendencia. Ahora se comprenderá
por qué a un concepto de sumisión metal corresponde siempre —
como en la Edad Media— una sumisi ón económica, y por qué el
siervo del señor feudal no sólo carece de tierra y de alimentos, sino
también de alegría y de confianza en sí mismo. Por estas causas el
Renacimiento —exaltación del hombre— es una revolución
verdadera.
La Revolución Francesa es, asimismo, una revolución en lo
que tiene de postulado romántico en favor de la libertad. Como
lucha económica no es, en el fondo, sino la guerra de los burgueses
contra la monarquía y la nobleza; como programa jurídico, se
traduce a la postre en la negación de la libertad, que soñaba
alcanzar, preparando el advenimiento del régimen capitalista. Pero
la sangre vertida por el pueblo y los principios que campearon en
la Asamblea Constituyente, deben ser considerados como un
sacrificio y un homenaje c la causa del hombre libre, del ser
dotado naturalmente de la facultad de crear su propio destino.
VICENTE LOMBARDO TOLEDANO

La queja popular tiene ese dramático sentido; lo mismo la


queja del siervo —del campesino paria— que la de los obreros
asalariados, que la del fabricante pobre, que la del infeliz arte-
sano —del compañero sujeto a la férula del maestro, víctima a
su vez del comerciante— que la del eterno aprendiz que no sa-
be cuándo podrá ser dueño de su habilidad, que la de todos los
que sufren las consecuencias de un régimen de monopolio de
los bienes morales y de la riqueza económica.
La protesta de los preparados también tiene un sentido humanista. El hablar de los
"derechos del hombre" como base y objeto de las instituciones sociales, el elevar a la categoría
de una idea platónica la existencia del Hombre por encima de los hombres individuales y de las
castas dominantes en Europa por razones de superioridad de sangre o de herencia —que ca-
racterizó los discursos apocalípticos de los directores del movimiento—, equivale a protestar
por el ultraje hecho a la vida de la mayoría absoluta de los habitantes de la Europa, por una
minoría de conculcadores de la riqueza material y del libre al-bedrío. Se pronuncian oraciones
en la Asamblea que conmueven por su hondo sentido humano. El principio de que todo lo que
existe en la tierra es propiedad del Hombre —no de los grupos privilegiados—, medio para que
pueda realizar un fin en la vida, a pesar de las contingencias de la historia, fulgura en las
tribunas que se levantan por doquier como fuego que caldea el corazón de las masas. Sólo el
poder de la visión sugestiva de una vida mejor, puede explicar el frenesí de ese gran
movimiento que inaugura la edad
moderna.
La tercera revolución de la historia de
los pueblos de cultura mediterránea, el
socialismo, es también un movimiento por
los fueros del espíritu, por la libertad del
hombre en el sentido integral de la palabra.
Como el Renacimiento, trata de elevar al
hombre de la situación en que se halla —
situación de esclavo— para colocarlo a la
cabeza de la vida. Esa es la razón de la
agitación de las masas; por eso tienen
tantos puntos de contacto las reivindi-

2
3
7
LA IDEA DE MÉXICO

caciones sociales de nuestros días con el Renacimiento, con el


deseo utópico de la Revolución Francesa y, al mismo tiempo,
con la visión de una vida interior, opuesta a la vida que :¿;ólo
persigue la riqueza material, que caracteriza al cristianismo.
Y lo que de importante tiene la Revolución Mexicana es su
carácter de movimiento socialista. Su significación histórica
consiste en la exaltación del paria, en la elevación del campe-
sino, en la dignificación del obrero, sujetos a la tiranía econó-
mica, política y moral de un grupo que reserva para sí todos
los dones de la vida y trata de hacer olvidar —en su propósito
de obtener siempre mano de obra barata y sumisa— que íiay
un fin más alto que el de lograr la comida y el de atesorar ri-
quezas de mercado, evitando, así, mediante la supresión de to-
da inquietud espiritual, la sublevación de la muchedumbre de
inconformes.
La proclamación de la libertad política, en labios de Made-
ro, significa la participación de todos los ciudadanos de México
en el gobierno del país, sin exclusivismo de casta. El grito de
"Tierra y Libertad", de Emiliano Zapata, entraña el deseo de? vi-
vir mejor desde el punto de vista material y moral. La declara-
ción de principios de los primeros congresos obreros —mejor
jomada de trabajo, más salario, escuelas sin orientación bur-
guesa, religiosas o laicas— encierra, asimismo, el deseo de una
distribución más equitativa de los bienes económicos y espiritua-
les. Subversión de valores, en suma: libertad económica para lo-
grar la libertad del espíritu. El grito arranca de lo hondo del
pueblo, que defiende lo más preciado que tiene el hombre su
destino de creador, anquilosado y maltrecho bajo la dictadura.
Es cierto que no tuvimos, por desgracia, un grupo de hom-
bres superiores que prepararan debidamente la revolución. Es
verdad que carecimos de exponentes de genio que hicieran pa-
tente la necesidad del cambio social, demostrando con obras
estéticas de valor indiscutible, la urgencia de romper con todos
los conceptos sobre la vida de aquella época. No contamos con
artistas y sabios que resumieran la cultura humana y repre men-
taran en forma ciclópea la profunda inquietud de las masas,
como los hombres del Renacimiento. Tampoco oímos la voz de
los valuadores del siglo XIX mexicano, revelando la conmoción
social próxima y presidiéndola anticipadamente, como los
hombres de la Enciclopedia en Francia, autores de la revolu-
ción del 79. Nadie iluminó con bastante luz el camino que ha-
brían de recorrer tumultuosamente en la primera década de
esta centuria, nuestros trabajadores atormentados e incultos.
Pero a falta de precursores de esta significación, tuvimos hom-
VICENTE r
LOMBARDO
TOLEDANO
é
g
i
bres que, concomitantemente al conflicto, m
señalaron en todos sus aspectos el error del e
n social imperante. Su palabra, la única, u
guió, a pesar de todo, a quienes tuvieron la n
capacidad de comprenderla y sigue a
alentando —como fuerza oculta por no te
haberse difundido bastante todavía— la o
inconformidad evidente del pueblo, que no rí
ha recibido aún los beneficios que de la a
Revolución esperaba. m
Analizar estas ideas primeras de nuestra o
época, es conocer el sentido de la r
Revolución Mexicana. Saber si aún al
subsisten, comprobar si su poder de ,
exaltación no se ha extinguido, es predecir e
la suerte de la Revolución misma; porque s
circunscribir el destino de las ideas a los d
errores de los hombres que dicen servirlas, e
es equivocar el método de la investigación ci
histórica. Si las ideas son válidas por sí r,
mismas y si alientan todavía en los que e
persisten en conseguir el cambio en la or- n
ganización de la vida, no importan ni la u
claudicación de los gobernantes ni la n
prevaricación de los líderes a
circunstanciales. Aun tratándose de d
hombres de primera línea, no hay que ol- o
vidar que la historia no es el elenco de los ct
héroes de Carlyle ni el proceso de la vida ri
biológica: seguirá siendo la ruta de las n
fuerzas espirituales cimentadas reciamente a
en la conciencia colectiva. s
La generación de 1910 tiene una o
importancia histórica no estudiada aún. Se ci
le reconoce una gran significación literaria; al
pero se ignora o se pretende ignorar la q
trascendencia de su obra en la cultura de u
México y en la orientación de nuestras e
ideas morales. Para entender esta obra es c
preciso recordar que los integrantes de las o
clases directoras del país, durante casi n
medio siglo habían sido — d
inconscientemente los más— prosélitos de ic
nuestros gobiernos detentados por i
pequeños grupos, que necesitaban, para o
poder medrar, de la aceptación tácita de su n
programa por parte de los cultos y de los a
semiletrados, y de la ignorancia permanente el
de las masas a las que explotaban. d
Los hombres de quienes hablo fueron la e
generación de intelectuales de 1910, y los r
primeros escritores obreros y predicadores e
de la revolución social. c
Todo programa de gobierno descansa en h
o y la educación, y que produce un régimen
económico que es, al mismo tiempo, su
sostén principal y su finalidad última. La
teoría moral de nuestros gobiernos, a partir
de la Reforma, expurgada de toda idea
perteneciente a nuestra tradición humanista
por el régimen de Porfirio Díaz, se basaba
en la creencia de la esterilidad de toda
búsqueda concerniente a las causas de

23
9
LA IDEA DE MÉXICO

la vida y del mundo, declarando a priori la incapacidad del hombre


en ese empeño; circunscribió la investigación a los hechos
positivos y sobre éstos asentó la ética, que resultó, lógicamente,
una norma inspirada en las leyes de la biología general. De acuerdo
con éstas, la vida social no es sino la prolongación de la lucha por
la existencia que se cumple en todos los órdenes del mundo
orgánico; triunfan los aptos, perecen los impreparados; debe
protegerse, en consecuencia, a los que han sabido vencer. El
derecho debe amparar la libertad humana, instrumento natural de la
lucha por la vida, y el fruto de la libre concurrencia de las acciones:
la propiedad. Cada quien posee, en conclusión, lo que debe poseer,
porque es lo que ha podido lograr en el juego natural de las fuerzas
sociales. Así, mediante este sorites, cuya primera premisa
proporcionan la doctrina positivista y la biología, pretendió
justificar le dictadura porfirista la desigual distribución de la
riqueza pública y la tremenda separación espiritual entre la minoría
privilegiada y las masas incultas de nuestro país, empleando para
ello la escuela, que le dio prosélitos entre los que crean y orientan
la opinión pública, la prensa, el pulpito y la tribuna política. La
generación de 1910, a cuyo frente se destacó un grupo brillante de
jóvenes autodidactas, eco sincero de la inquietud general en que
vivía México hacía años, se irguió frente a esta teoría social. Por
primera vez, después de largo y lastimoso mutismo de la clase
intelectual de México, ante nuestros más graves problemas
morales, refutó públicamente la base ideológica de la dictadura.
Contra el darwinismo social opuso el concepto del libre albedrío,
la fuerza del sentimiento de responsabilidad humana que debe
presidir la conducta individual y social; contra el fetichismo de la
Ciencia, la investigación de los "primeros principios"; contra la
conformidad burguesa de la supervivencia de los aptos, la jubilosa
inconformidad cristiana de la vida integrada por ricos y miserables,
por cultos e incultos y por soberbios y rebeldes. Pensó, con razón,
que era preciso acercar otra vez el espíritu a las fuentes puras de la
filosofía y de las humanidades, y qu€ era menester generalizar
estas ideas no sólo entre la clase ilustrada sino también entre el
pueblo. Fundó, para lograr su propósito, el Ateneo de la Juventud
—institución gloriosa no estudiada suficientemente aún entre
nosotros— y la Universidad Popular Mexicana, el primer centro
libre de cultura de nuestro país y la primera casa de divulgación de
las ideas centrales de la vida, después de medio siglo de rebeldías
espirituales ignoradas y de aceptación fervorosa o callada del
positivismo imperante.
VICENTE LOMBARDO TOLEDANO

La obra tardó casi un lustro en prepararse. Corría el año de


1906; en el taller de un arquitecto joven, excepcional por su
cultura, profundo crítico de arte, espíritu de gran sensibilidad —
prematuramente muerto—, se reunían, además del arquitecto Jesús
Acevedo, Antonio Caso, José Vasconcelos, Pedro Henrí-quez
Ureña, Alfonso Reyes, Martín Luis Guzmán y otros, muchos para
nuestro raquítico medio culto de entonces, del cual era casi
imposible obtener hombres con inquietud espiritual, conscientes de
su propia inquietud. Se leían las obras que habían de servir de guía
en la obra de renovación, abandonado el siglo XIX francés en
letras y el positivismo en filosofía. La literatura griega, los siglos
de oro españoles, Dante, Shakespeare, Goethe, las modernas
orientaciones artísticas de Inglaterra, comenzaban a reemplazar el
espíritu de 1830 y 1867. Con apoyo en Schopenhauer y en
Nietzche, se atacaban ya las ideas de Comte y Spencer. Poco
después comenzó a hablarse de pragmatismo... "Una vez nos
citamos —dice uno de ellos— para releer en común El banquete
de Platón. Éramos cinco o seis esa noche; nos turnábamos en la
lectura, cambiándose el lector para el discurso de cada convidado
diferente, y cada quien le seguía ansioso, no con el deseo de
apresurar la llegada de Alcibíades, como los estudiantes de que
habla Aulo Gelio, sino con la esperanza de que le tocaran en suerte
las milagrosas palabras de Diótima de Mantinea... La lectura acaso
duró tres horas; nunca hubo mayor olvido del mundo de la calle,
por más que esto ocurría en un taller inmediato a la más populosa
avenida de la ciudad."
Al celebrarse el centenario de la Patria, la generación del
Ateneo había madurado ya, coincidiendo con la iniciación del
movimiento popular contra Porfirio Díaz. Las conferencias que
entonces sustentaran seis de sus más vigorosos miembros, ex-
presan en toda su plenitud el pensamiento de los hombres de
México que con su palabra cierran la historia del siglo XIX en
nuestro país. Deseo leer algunos fragmentos de esas conferencias;
pero antes, a manera de pórtico del pensamiento nuevo, unas líneas
de la plática de Chucho Acevedo titulada "La arquitectura colonial
en México". Acevedo escribió poco, al morir no dejó ningún libro,
pero sus amigos reunieron en un volumen algunas de sus
opiniones.
"En punto a cultura —pregunta—, ¿no es verdad que nos aflige
extremada penuria? De nuestra gran tradición y amor a las letras
latinas, que en los siglos xvn y xvm constituían el áureo manto de
la colonia, sólo quedan raros jirones. Apenas si en las penumbras
claustrales se cultiva hoy la sabiduría de los
LA IDEA DE MÉXICO

clásicos; sólo que ahí es raro que ¡e produzcan sus mejores frutos, los que implican

ponderancia y gracia no des igadas de las humanas direcciones, sin< antes bien, de ellas
naturalraente nacidas. La más insólita de las apariciones es por cierto la de un clásico. Raros
son los que viven de acuerdo con su tiempo, os que llenos de viva curiosidcid se interean por
la actualidad del munc.o, siempre relacionada, aun en sus fugitivas apariencias, con épocas
más o menos distantes. Casi pudiera decirse que las humanidc des tienen por principal objeto
hacer amable cualquier presente. Fundarse en el examen de la antigüedad, que con ció las
mismas pasiones que ^oy son du mas de las voluntades, para comprender y aquilatar los
perfiles del día, constituy i actividad clásica por excelencia."
José Vasconcelos, en su confere acia sobre "Don Gabino Barreda y las id' as con-
temporáneas", hace una valoración certera del positivismo en relaciór. con las inquietudes de
la épcca. En une de sus pasajes finales declara: "El posith ismo de Comte y de Spencer nunca
pudo < ontener nuestras aspiraciones; hoy que, \ or estar en desacuerdo con los datos de le
ciencia misma, se halla sin vitalidad y si i razón, parece que nos libertemos de un peso en la
conciencia y que la vida se ha ampliado. El anhelo renovador que nos lena ha comenzado ya a
vacic.r su indete minada potencia en los espac.os sin confí i, donde todo aparece como
cosible. ¡El mundo que una filosofía bien intencione da, pero estrecha, quiso cerrar, está
abiert i, pensadores! Dispuestos estamos para o :oger toda grande novedad; mas habitué
-nonos a ser serveros, en nombre de la ser edad del ideal."
"Al proclamar le libertad es urgente prevenirnos contra las alucine ;iones y

242
VICENTE LOMBARDO TOLEDANO

perversiones de la especulación. La certidumbre absoluta de la


verdad, todos la hemos sentido, alguna vez, algún instante en
nuestras vidas, instante de claridad que puede volver, que puede
producirse de nuevo, quizá muy pronto, ahora mismo, en la
meditación del momento próximo; mas también con frecuencia la
vida nos absorbe demasiado, nos mantiene en ceguedad y en
olvido. Solicitados y oprimidos por el ideal que está siempre, como
un ambiente, alrededor nuestro, no lo entendemos, no lo
advertimos, y andamos vacilantes, como pompas de jabón que
flotan en el aire inciertas y vacías hasta que la presión las revienta
y las agranda en su universalidad etérea."
"Pero ciegos o iluminados, no nos falte la fortaleza que des-
deña los tropiezos. ¡Camina erguido, hombre de ideal! Lleva tu
corazón como lago que derrame por todos sus bordes agua pura;
ahoga tu violento egoísmo en el desinterés más poderoso. Un alto
desdén matará el ansia de goce; una firme indiferencia, el temor, y
cuando no te interesen tu deseo y tu ambición, tu amor y tu alegría,
serás inquebrantable: un fulgor de grandeza serena, sobre las cosas
que pasan y van... no importa a dónde."
Antonio Caso, al comentar la obra del educador y moralista
don Eugenio M. de Hostos, dice: "La base lógica de la moral de
Hostos es el concepto de la euritmia universal construido sobre la
noción de ley natural. Para Hostos como para Montes-quieu, toda
leyes "expresión necesaria de las relaciones de las cosas"; y la ley
moral, expresión, necesaria también, de las relaciones de la
naturaleza física con el mundo social y moral. Por esta razón,
según Hostos lo he dicho con anterioridad, juzga el filósofo que el
ritmo universal del mundo se prolonga hasta el fondo interior del
alma humana; y la civilización y la moralización le aparecen como
aspectos o resultados superiores de la progresiva racionalización y
conscifacción, como él mismo dice, sirviéndose de un enérgico y
feliz neologismo."
Al conceder un valor metafísico absoluto a las uniformidades
de coexistencia y secuencia que determinan el conocimiento
científico, esencialmente relativo; al sostener, con Spinosa, Hegel
y Taine, la concatenación lógica entre los atributos y modos del
ser, Hostos sienta como consecuencia ineludible de su concepto
sintético de las leyes naturales, este postulado fundamental, que
carece totalmente de demostración dentro de su sistema: la esencia
del mundo es racional, es decir, adecuada a la constitución
intelectual de la mente humana.
Pero Caso —líder de la inquietud de su país y de su siglo— no
acepta la tesis: "No —exclama— el universo no es el mons-
LA IDEA DE MÉXICO

truoso ser geométrico que se desarrolla en la paz de su e. encia


inefable desplegando infinitamente sus modos y sus atr butos
infinitos. No, la vida no puede reducirse a la.s proporcior es ló-
gicas del análisis, que en el momento de acercarse hasta ella la
destruyen con su aparente exactitud, cuando creen re. lucirla, y la
niegan cuando piensan comprenderla. No, el alma humana es más
que razón; es lo que la historia de la es ?ecie exhibe en las formas
simbólicas del heroísmo y del ame r. La voluntad no es facultad
satánica esencialmente negati ra y perversa como quiere Hostos,
sino fuerza victoriosa o ven :ida, pero en actividad extraordinaria,
que se adapta al bien y lo realiza, sobre las vicisitudes inherentes a
la existencia, fun lando así el resorte prepotente de la evolución de
ios pueblos / de los individuos."
"De la libertad metafísica, dato inmediato de la conciencia,
confesión unánime del sentido común de la humanidad que jamás
podrá destruir ningún determinismo, de las facult< des capaces de
armonizar con prescripciones imperativas de le razón en
concordancias más heterogéneas que las que ñnc ; el monismo
panteísta, de ahí proceden las necesidades more les, aspiraciones
colectivas y personales que constantemente se agitan queriendo
ser en el fondo de la conciencia, para api re-cer más tarde como
síntes: s de la vid i y del ideal, surgiendo con ir. calculable belleza
en las acciones de los hombres, en las
relaciones de los pueblos, en los ensueños de
los utopistas, en la:; reivindica» iones de los
oprimidos, en el apostolado de los santos, en
las creación es aaticipa< o-ras de los poetas y
de los vio entes. Mur. lo que se afianza como
por su raíz al mi n-do que es y florece como
un inmenso ir-bol bajo cuyas solemne:;
ramazores contemplan los ojos atónitos de los
hombres la plenitud del cielo..."
"No hay que dejarse seducir por 1 )s que
piensan edificar la moral sobre bas ;s
científicas, por más venerables y cor s-
cientes que sean sus propósitos: la cieñe a
no puede ofrecernos sino resultados reí i-
tivos, nunca normas necesarias de a :-ción;
y sólo en virtud a>i principit s necesarios se
puede obligar a seres de n -zón como los
hombres."
VICENTE LOMBARDO TOLEDANO

"Es desconocer la esencia propia de la especulación científica,


pedirle datos para la elaboración de teorías morales. Hos-tos
desconoció el valor contingente de las leyes cósmicas; por eso
construyó sobre bases deleznables su sistema orgánico de moral
social, por eso incurrió en las contradicciones que he procurado
desprender al analizar imparcialmente las teorías que prohijara. Su
preferencia otorgada al pensar sobre el sentir y el querer, lo
condujo a simplificar el cuadro real de la existencia y a impedir
que la verdadera armonía del universo se concibiera en toda su
integridad por su luminoso espíritu de apóstol."
Se verifica, al mismo tiempo, la creación de la Universidad
Nacional de México. En la ceremonia inaugural, don Justo Sierra
—que siente la necesidad del cambio en las ideas—, pronuncia su
famoso e impecable discurso desde el punto de vista literario, en el
que declara que la filosofía, que hace tiempo vaga como una figura
implorante alrededor de nuestros centros superiores de estudio,
tendrá al fin franca acogida en la institución que se organiza con el
propósito de presidir la obra intelectual y moral del país.
Y es de tal trascendencia toda esta renovación, que el más
distinguido de los representantes del positivismo, el ingeniero don
Agustín Aragón, refiriéndose a la entrada de la filosofía en las
aulas de la Universidad, refuta públicamente el hecho en forma
vehemente.
"Implorante, sí, tenía que ser, declara. Cuando la cultura
científica disciplina el entendimiento y éste ha podido apreciar
siquiera en compendio lo que son el mundo, la sociedad y el
hombre, yendo de lo menos complexo a lo más complexo, de lo
independiente a lo dependiente, de lo más abstracto a lo menos
abstracto, entonces, filosofía significa conjunto de las verdades
más elevadas, quiere decir suma organizada de la ciencia, tiene el
sentido de ciencia de la cual son ramas todas las demás y se mira
como la ciencia de las leyes más fundamentales. Siendo así, o
considerada la filosofía como la ciencia de las ciencias, como la
totalidad de las leyes científicas que gobiernan todos los
fenómenos, desde los numéricos hasta los morales, y
circunscribiendo su papel a ligar entre sí a todas las ciencias,
coordinando sus resultados generales para reducirlos a la unidad,
"las espléndidas hipótesis que intentan explicar no ya el cómo sino
el porqué del universo" (Justo Sierra), quedaban proscritas, por
inverificables, porque el modesto saber demostrable enseña que las
cosas suprasensibles escapan a nuestra limitada inteligencia,
porque el es-
LA IDEA DE MÉXICO

píritu humano no puede penetrar al dominio de las nociones


absolutas, no tiene lámparas para alumbrar esos sitios, y los que
creen conocerlos, nada demuestran, sólo afirman, nada observan,
todo se lo imaginan. Por eso el honrado Vigil confesó
paladinamente que él, en su cátedra, contradecía las enseñanzas de
sus colegas, los profesores de ziencias, y que esa falta de unidad de
miras ponía de manifestó la dej lorable anarquía en que se hallaba
la Escuela Nacional Preparatoria."
"¡Bendita separación de la Iglesia y el listado, consolidada con
las enseñanzas de Barreda, que proscribe las fantasías de los
metafísicos en nuestras escuelas y cierra las puertas de éstas a esas
estériles divagaciones!"
Quizá los positivistas ortodoxos, sinceros en su fidelidad a la
ciencia con sinceridad puramente especulativa, no alcanzaban a
ver el ambiente de esterilidad espirnual creado entre la clase
ilustrada del país —la clase director;, en suma- - por su tesis
agnóstica respecto de los problemas que más preocupan al hombre
y por la doctrina moral que de tal filosofía se deriva: moral —
como he explicado— que circunscribe al hombre al medio en que
vive, por más que haga del hombre mismo un culto que pretende
tener el valor de una religión; pero que suprime a priori de la
conducta su fe en sí misma, que tiene un cambio siempre que se
basa en el reconocimiento de la facultad creadora de la voluntad, a
pesar del determinismo de las leyes biológicas y de la
incompetencia de la razón pitra conocer el origen de los
fenómenos del universo.
La generación del Ateneo no sólo notó ese amb:ien e; lo sintió
pesar sobre sí misma —tráiganse a la rr.emoria las aalabras de
Vasconcelos que leí antes—; lo sintió pesar sobre 1 pueblo todo;
se dio cuenta de que la moral del porfirismo he oía creado un
derecho sin humanismo, sin cristio.nismo, un :oncepto del Estado
ajeno a la lucha de clases y una educador sin estética libre y sin
preocupaciones metafísicas, calculado a, carente de entusiasmo
por la redención de los humildes y con la vista siempre fija en el
modelo europeo.
La Revolución dispersó al grupo de amigos que siguieron
actuando al servicio de su convicción en aiversos lug ires; pero su
doctrina alcanzó bien pronto el valor de la enseñe aza sistemática
en labios del maestro Antonio Caso, quien al entrar en la Escuela
de Altos Estudios, por la vía de la docencia ib re, empezó a guiar a
la juventud universitaria con palabrc brillante y sugestión
irresistible. Al mismo tiempo, la Universii ad Popular prosiguió su
noble tarea de difundir la cultura y de traba-
VICENTE m
LOMBARDO
TOLEDANO
e
xi
c
jar por un México de fisonomía propia. La a
Revolución en cierto sentido es un n
descubrimiento de México por los o
s. Al Ateneo se le debe también en parte el el
haber iniciado esta reconquista: Federico e
Mariscal, como su colega Acevedo, aboga g
por la restauración de la arquitectura a
nacional. México, afirma ante el auditorio n
de la Universidad Popular, tiene una tra- ci
dición de la que debe sentirse orgulloso; a
pueblo sin arquitectura es como hombre sin m
voz; no desnaturalicemos, en un afán de a
imitación a lo extranjero, lo que forma parte y
de nuestro propio espíritu; seamos siempre o
nosotros mismos y dejemos a las piedras r
que digan nuestro pensamiento social; ellas q
hablan a veces mejor que la palabra... u
La exaltación del hombre, la apertura de e
horizontes espirituales sin límites, se la
presentaban, así, a las generaciones en p
formación y a los descontentos de la ér
esterilidad del medio culto de México, si
como estímulos de acción. El sentido de un c
nuevo humanismo se apoderó rápidamente a;
de quienes meditaban en la hora. Pedro n
Henríquez Ureña, el Sócrates del grupo, co- o
mo le llamaban sus propios compañeros, de e
una inteligencia privilegiada y de una s
cultura desusada en México, hizo la ex- p
plicación de la nueva tendencia al o
celebrarse el segundo aniversario de los si
trabajos formales de la Escuela de Altos bl
Estudios. Pronunció entonces el mejor e
discurso que se ha dicho en nuestro país en al
favor de las humanidades y que, según creo, c
jamás fue publicado. a
Dice el elogio en una de sus partes: "Las n
humanidades, viejo timbre de honor en z
México, han de ejercer sutil influjo espi- ar
ritual en la reconstrucción que nos espera. le
Porque ellas son más, mucho más, que el gi
esqueleto de las formas intelectuales del sl
mundo antiguo: son la musa portadora de a
dones y de ventura interior, fors clavigera ci
para los secretos de la perfección humana." ó
"Para los que no aceptamos la hipótesis n
del progreso indefinido, universal y m
necesario, es justa la creencia en el milagro á
helénico. Las grandes civilizaciones s
orientales (arias, semíticas, mongólicas u h
otras cualesquiera) fueron sin duda admira- á
bles y profundas: se les iguala a menudo en bi
sus resultados, pero no siempre se les l
supera. No es posible construir con ma- q
jestad mayor que la egipcia, ni con u
e la de Babilonia, ni moral más sana que la
de China arcaica, ni pensamiento filosófico
más hondo y sutil que el de la India, ni fer-
vor religioso más intenso que el de la
nación hebrea. Y nadie supondrá que son
esas las únicas virtudes del antiguo mundo

24
7
248 LA IDEA DE MÉXICO
VICENTE LOMBARDO TOLEDANO

oriental. Así, la patria de la metafísica budista es también patria de


la fábula, del thier epos, malicioso resumen de experiencias
mundanas."
"Todas estas civilizaciones tuvieron como propósito final la
estabilidad, no el progreso; la quietud perpetua de la organización
social, no la perpetua inquietud de la innovación y la reforma.
Cuando alimentaron esperanzas, como la mesiánica de los hebreos,
como la victoria de Ahura Mazda para los persas, las pusieron
fuera del alcance del esfuerzo humano: su realización sería obra de
las leyes o las voluntades más altas."
"El pueblo griego introduce en el mundo la inquietud del
progreso. Cuando descubre que el hombre puede individualmente
ser mejor de lo que es y socialmente vivir mejor de como vive, no
descansa para averiguar el secreto de toda mejora, de toda
perfección. Juzga y compara; busca y experimenta sin tregua: no le
arredra la necesidad de tocar a la religión y a la leyenda, a la
fábrica social y a los sistemas políticos. Mira hacia atrás, y crea la
historia; mira al futuro, y crea las utopías, las cuales, no lo
olvidemos, pedían su realización al esfuerzo humano. Es el pueblo
que inventa la discusión; que inventa la crítica. Funda el
pensamiento libre y la investigación sistemática. Como no tiene la
aquiescencia fácil de los orientales, no sustituye el dogma de ayer
con el dogma predicado hoy: todas las doctrinas se someten a
examen, y de su perpetua sucesión brota, no la filosofía ni la
ciencia, que ciertamente existieron antes, pero sí la evolución
filosófica y científica, no suspendida desde entonces en la
civilización europea."
"El conocimiento del antiguo espíritu griego es para el nuestro
moderno fuente de fortaleza, porque le nutre con el vigor puro de
su esencia prístina y aviva en él la luz flamígera de la inquietud
intelectual. No hay ambiente más lleno de estímulo: todas las ideas
que nos agitan provienen, sustancial-mente, de Grecia, y en su
historia las vemos afrontarse y luchar desligadas de los intereses y
prejuicios que hoy las nublan a nuestros ojos."
"Pero Grecia no es sólo mantenedora de la inquietud del es-
píritu, del ansia de perfección, maestra de la discusión y de la
utopía, sino también ejemplo de toda disciplina. De su aptitud
crítica nace el dominio del método, de la técnica científica y fi-
losófica; pero otra virtud más alta todavía la erige en modelo de
disciplina moral. El griego deseó la perfección, y su ideal no fue
limitado, como afirmaba la absurda crítica histórica que le negó
sentido místico y concepción del infinito, a pesar de los cultos de
Dionisos y Deméter, a pesar de Pitágoras y de Meliso,
25 LA IDEA DE MÉXICO
0

a pesar de Platón y de Eurípides. Pero creyó


en la perfec ion del hombre como ideal
humano, por humano asfuerzo as> quible, y
preconizó como conducta encaminada al
perfecciona niento, como prefiguración de la
p egó la importancia de la intuición mística,
er del delirio, —rec >rdad a Sócrates—, pero a
fe sus ojos la vida superior no debía so r el per-
ct petuo éxtasis o la locura profética, sino que
a, había de a canzar-se por la sofrosine.
la Dionisos inspiraría verdades supr- mas en
q ocasiones, pero Apolo debía gobernar los
u actos cotidicnos."
e "Ya lo veis; las humanidades, cuyo
es fundamento r ecesario es el estudio de la
di cultura griega, no solamente son enseñanza
ri intelectual y placer estético, sino tambiér,
gi como pensó Matt-hew Arnold, fuente de
d disciplina moral. Acercar a Los espíritus a la
o cultura humanística es empresa que augura
p salu i y paz."
or La obra de la generación de los
la intelectuales de 1? 10 tuvo, pues, la
te significación que tiene toda renovación espi
m itual en la historia de los pueblos. Subvirtió
pl los vci.ores en qu ■ se apoya la conducta: no
a conformidad sino rebeldía creadc a, senti-
n miento de responsabilidad ante lo injusto
za afán de vi elo ante los obstáculos del destino
, aparente. Los que cursaban os el primer año
g de la Preparatoria en 1910, y que por diversa
ui . circunstancias no nos dábamos aún cuenta
a exacta de k.s quejas amargas de las masas, al
d llegar a la cate :xa del mae ¡tro Caso oímos
a la revelación de nuestro pasado histórico y
p ao quirimos la noción clara de nuestro deber
or de hombres y la con ianza en la consecución
la de los designios del espíriti;. Este benei ció
ra enorme —dígolo por mí— no podemos
z pagarlo con nado en la vida. Aprendimos a
ó amar a los hombres filosóíicamer te, que es
n la manera de amarlos para siempre, a pesar
y de algu ios de los hombres, y por eso nos
el sumamos sin condiciones a la causa del
a proletariado...
m El otro grupo no estaba compuesto de
or intelectu Lies como los del Ateneo: unos
. eran parias iluminados, otros ai lían en el
E. fuego de la doctrina anarquista. Mientras los
1 restau adores de la filosofía y de las
gr humanidades demolían con la o nferencia la
ie tesis darwinista, burguesa, de la vida social,
g los oí ros luchaban con la palabra y el fusil
o por derrocar las instituc ones burguesas. Los
n unos invalidaban el régimen en sus cim:
o íntos más hondos, los otros acometían la
n empresa de derribar el edificio mismo de la
di rantes movidos por la sola intuición de la
ct justicia social, exponentes e intérpretes
a fieles de 1 a miseria n oral y eco-
d
ur
a.
T
ar
e
as
se
m
ej
a
nt
es
q
u
e
la
1
is
to
ri
a
n
o
d
e
b
e
d
ej
ar
d
e
v
al
or
iz
ar
u
ni
d
as
.
L
o
s
ig
n
o
VICENTE LOMBARDO TOLEDANO

nómica de los campesinos y de los obreros, como precursores de la


Revolución de 1910, fueron calificados como bandidos por el
porfirismo. Se les persiguió como tales, a algunos se les dio
muerte vil, a otros se les encarceló varias veces, a otros más se les
expulsó de México. Hay figuras entre ellos que esperan aún el
bronce que los conserve vivos para siempre en el corazón de las
masas.
Uno fue Lázaro Gutiérrez de Lara: guerrillero valiente, orador
exaltado, periodista infatigable, gran agitador. Enamorado de un
ideal próximo y remoto al mismo tiempo, como todo ideal
verdadero, crea sindicatos y flagela a los soldados de línea,
mantiene polémica en los pequeños periódicos obreros y, a la vez,
compra armas y parque para sostener la lucha. Los militares de
carrera lo desprecian, como al otro gran romántico, el hijo de un
rico que abandona su familia y sus bienes por la causa de los
pobres —cristiano perfecto— y que al grito de "¡tierra, libertad y
pan para todos!", muere en una acción militar sin resonancia, pero
con gallardía sin igual en la historia de los héroes: Práxedis
Guerrero. Los directores del Gobierno se mofan de sus andanzas
de quijote, los ricos no le temen... Rompe el exilio y emprende
ataques inverosímiles a las tropas federales; sufre hambre y
privaciones sin cuento; pero ni en los momento más amargos se
olvida de su apostolado: rodeado de sus compañeros en el desierto
y en el silencio de las noches, heladas como son las del cruel
invierno de nuestra frontera del norte, habla del destino del
hombre. "¿Será posible —decía— que a los parias no les sea dable
disfrutar del ocio que eleva el espíritu y que tan mal emplean
quienes abusan de él sin medida? ¿Será posible que los pobres no
gocen del arte, que no sientan alguna vez gratitud por la vida, que
no acaricien nunca el ideal de forjar un programa para la educación
de sus hijos y que jamás lo vean realizado? Hasta hoy no. Todo les
ha sido negado; es preciso, pues, arrebatar lo que les pertenece por
la fuerza; las tiranías se abaten con las armas de fuego; la con-
quista del ideal depende de nuestros fusiles..."
Y como éstos, otros más hablan así, como profetas y como
iniciadores de una buena nueva. Son gigantes de la fe, teas es-
pontáneas que alumbran la vida sórdida de los esclavos que habrán
de seguir la luz muy pronto, en tumulto jubiloso e incontenible,
por todos los ámbitos de la República...
Pero el titán es Ricardo Flores Magón, romántico entre ro-
mánticos: corona su vida de agitador con una muerte bella y
dramática como la de Sócrates. Desde la prisión de Leaven-worth,
en donde lo ha colocado la burguesía yanqui de acuer-
LA IDEA DE MÉXICO

do con la burguesía porfirista: tuberculoso y ciego, des mes de


haber sido un luchador vigoroso e infatigable, hace oí: su voz a
través de las rejas que lo encierran —como Juan el pr cursor,
siglos antes—, con la fe de sus mejores días. Pertenece i la rama
anarquista, a aquella desprendida del tronco de la >rgani-zación
internacional del proletariado eme represe ata la Primera
Internacional de Trabajadores, la rama místic i, individualista,
asiática, encabezada por Bakounine, contn la rama occidental,
científica, técnica, representada por Kar Marx.
Exalta la personalidad del hombre por encima de te dos los
valores y de todas las fuerzas; a veces habla con el recoc imien-to
del anarquismo cristiano de Tolstoy, en oe:asiones es e colec-
tivismo de Bakounine el que lo inspira, y cuando su cólera sincera
por la injusticia reinante lo impulsa, emplea el 1 ngua-je lapidario,
insurgente y anomístico de Max Stirner, c ae enfrenta al individuo
contra Dios, contra el c.erecho, coi tra la propiedad, contra el
Estado, contra el Destin:>... Su doctr: aa, en el fondo, es la más
humana y tierna de las doctrinas. 1 convencimiento de su muerte
próxima no le atranca nine tín reproche; la prisión y la enfermedad
abren su corazón a 11 vida aún más de lo que siempre estuvo. "El
esclavo —dice— 10 tiene la culpa de encontrarme cargado de
cadenas, pues nunca me encomendó la tarea de librarlo de su
yugo. Yo mismo me impuse esa tarea, yo mismo me elegí su
defensor. La ci lpa es mía, no de él; mas no me arrepiento, porque
mi concien, ia me dice que hice bien, que cumplí con mi deber de
hombí ? y la voz de mi conciencia me satisface, su sanción me
confe "ta. Si mi presencia aquí —en la cárcel— se debiera al
hecho I e haber pretendido subir sobre los hombros del débil...;
pero no, lo que en realidad intenté fue subir al débil sobre mis es]
aldas para hacerle ver lo que él no alcanzó a columbrar; la t ?lleza
de una nueva vida para la raza humana, basada en la ji sticia y en
el amor..."
El sacrificio de estos grandes luchadores solitarios no es es-
téril. Los obreros adquieren rápidamente la conciencia de la clase
a la que pertenecen. Levantan la tribuna más alte y vigorosa con
que la Revolución ha contado hesta hoy: la Casa del Obrero
Mundial. Unos anarquistas españoles exvu. ;ados de su país
vierten en el nuestro la doctrina de; sindicalisr 10 revolucionario
y, en unión de los líderes mexicanos, fundan la institución que es,
ante todo, cátedra de filosofía, escuf la de humanismo.
La Casa del Obrero Mundial, oculta muchas veces, »erse-
guida, victoriosa en ocasiones, desempeñó un papel ta i im-
VICENTE LOMBARDO TOLEDANO

portante en las luchas sociales de México como el Cenáculo de


Rubau Donadeu en la organización del proletariado español.
Algunos intelectuales asisten a sus sesiones, discuten con los
obreros, tratan todos de formular un programa y de señalar el
camino para conseguir la subversión de los valores sociales. De
este seminario salen los propagandistas de la revolución para todo
el país, entre las filas de los soldados o en grupos de verdaderos
misioneros sin más recursos que su ardiente palabra.
Así se forjó el ideario de la Revolución. Sin previo acuerdo;
pero coincidiendo en el propósito, los intelectuales del Ateneo, lo
anarquistas y los intuitivos, y los líderes de la Casa del Obrero
Mundial presidieron con la eficacia indestructible de las ideas —
fuerzas puestas en marcha— el movimiento de las muchedumbres
¿Puede acusarse a la Revolución de alteración social con
propósitos mezquinos? ¿No es, más bien, como lo he recordado
esta noche, una jornada épica que libró la humanidad en la región
mexicana por los esfuerzos del espíritu? Nadie podrá negarlo
después de conocer su génesis: tuvo, tiene y tendrá, a pesar de sus
conculcadores, un sentido humanista que no perderá nunca
mientras la justicia social no rija las relaciones humanas a través
de nuestro vasto territorio.
Y si del campo de las ideas pasamos al de las acciones sin
apoyo en la reflexión filosófica, hallamos también la misma nota
de rebelión por inconformidad con la miseria, que no sólo produce
hambre sino también sujeción moral, política, degradación
humana. El Plan de Ayala, que resume la queja de los campesinos
encabezados por Zapata, es un documento que pertenece a la
historia de las humanidades en México. "¡Tierra y Libertad!", el
lema del zapatismo, equivale a pan y espíritu libre. La tierra, como
un medio; la obra de la voluntad creadora, como fin.
Los miopes o los ignorantes creen que el socialismo es un fin
en sí mismo. Se equivocan. No es un hecho, es un camino; no es
un fial, es un fieri, que se ha propuesto darle al hombre una riqueza
que el régimen capitalista le ha quitado: el reconocimiento de su
propio poder espiritual, que es lo único que hace a la vida digna de
vivirse y que convierte a cada ser humano en un trabajador alegre
e incansable.
Las organizaciones obreras, fruto de todas las ideas men-
cionadas, así lo han sentido y viven procurando acercarse a la
meta. Sólo los que no las han visto de cerca, los que desconocen
sus más hondas y sinceras preocupaciones, pueden calificarlas de
asociaciones de voracidad económica irrefrenable.
LA IDEA DE MÉXICO

Cuando el salario cubre las necesidades imperiosas de la exis-


tencia, las perspectivas morales de la vida s argén ante ?1 obrero
medio satisfecho como un camino asequible a SUÍ deseos más
ocultos, y lo recorre siempre con entusiasmo. Véj se, por ejemplo,
lo que ocurre en Orizaba, la regió', fabril máí importante de la
República: el sindicato es el eje cié la produo ion, no el obrero
individual; ese solo hecho revela ya un sent miento de
responsabilidad importante; pero el sinc: cato es, an e todo, el eje
de la vida obrera en sus diversas mardfestacione ¡. De él dependen
muchas instituciones organizadas para b neficio material y moral
de los trabajadores: la cooperativa de consumo, el banco de
ahorros y préstamos, el sanatorio pare ciertas enfermedades, la
comisión encargada de los alojamientos, el club deportivo, la
"guerrilla", el kindergarten para los hijos de sus miembros, la
escuela primaria, la escuel a para adu tos, las orquestas y las
bandas de música. Existen, además, otr< s instituciones de carácter
colectivo, que sobrepasan las posibi idades económicas de un solo
sindicato y que mar vienen entn todos, como el Centro Cultural o
la imprenta dependientes dt la Cámara del Trabajo, la asociación
de los sindicatos de tod i la región. Si se hace la balanza de estos
servicie s sostenidos con la cuota de cada trabajador —que
representan varios mill< nes de pesos—, se verá cómo las dos
terceras partes de este cor sidera-ble patrimonio social se hallan
invertidas en la educación de los obreros, en su educación estética
y moral principal nente. Les interesa disfrutar de buenos salarios
para vivir bier biológicamente; pero siempre van en pos de los
otros valore : de la cultura, que los hará fuertes y mediante la cual
habrán le conseguir la transformación del régimen burgués, y de la
1 aertad espiritual, que será el mayor don del nuevo régimen bas
ido en la justicia. Y para no girar en el círculo vicioso en que a :túa
el que pide los instrumentos de combate al m::;mo a quie i tiene
que atacar todavía, trabajan también en la formaciói de la
pedagogía que el proletariado necesita para su co: npleta
emancipación. Desde el método hasta el edificio han de ser
propios. Mientras el Estado oscila aún entre la orientac ón escolar
mitad yanqui mitad patriótico-declam citoria, y la orientación
revolucionaria que no acaba de entender ei qué consiste, las
organizaciones obreras de Orizoba experimentan los
procedimientos pedagógicos que habrán de mantel er, en las
generaciones futuras, viva la fe en la justicia social, y que habrán
de enseñar, sin ambages, los medias para lo¡ rar le transformación
del régimen capitalista. El s.:ndicato de Santa Rosa está
construyendo de su peculio la "Escuela América",
VICENTE LOMBARDO TOLEDANO

que costará medio millón de pesos; en ella se albergará pronto la


primera universidad obrera del Continente.
¡Qué abismo espiritual entre el trabajador de 1907 y el de
1930!
Si Orizaba no sólo recogió la semilla de la Revolución y la ha
hecho florecer —como otras muchas organizaciones obreras que
representan a centenares de miles de asalariados—, sino que puede
ser —para orgullo nuestro— estímulo para los trabajadores de
otras regiones del mundo; si la clase obrera de México, en suma,
mantiene la Revolución y ella misma es el mayor producto de los
sacrificios pasados, ¡que importan las prevaricaciones, qué
importan los hombres impuros!
Y si, además, se opera al fin, por ventura, un cambio en la
conciencia de la clase estudiantil, que mira ya como cosa suya la
lucha por la elevación espiritual de nuestro pueblo pobre y triste, a
pesar de los obstáculos que a su paso se levantan, la Revolución
permanecerá en pie.
Mientras la "llama inmortal" que crea la historia, la llama del
espíritu, se mantenga viva en los trabajadores y en la juventud
universitaria de México, el destino dependerá de nosotros.
VICENTE m
LOMBARDO
TOLEDANO
a
n
t
que costará medio millón de pesos; en ella e
se albergará pronto la primera universidad n
obrera del Continente. g
¡Qué abismo espiritual entre el a
trabajador de 1907 y el de 1930! v
Si Orizaba no sólo recogió la semilla i
de la Revolución y la ha hecho florecer — v
como otras muchas organizaciones obreras a
que representan a centenares de miles de e
asalariados—, sino que puede ser —para n
orgullo nuestro— estímulo para los l
trabajadores de otras regiones del mundo; o
si la clase obrera de México, en suma, s
mantiene la Revolución y ella misma es el t
mayor producto de los sacrificios pasados, r
¡que importan las prevaricaciones, qué a
importan los hombres impuros! b
Y si, además, se opera al fin, por a
ventura, un cambio en la conciencia de la j
clase estudiantil, que mira ya como cosa a
suya la lucha por la elevación espiritual de d
nuestro pueblo pobre y triste, a pesar de los o
obstáculos que a su paso se levantan, la r
Revolución permanecerá en pie. e
Mientras la "llama inmortal" que crea s
la historia, la llama del espíritu, se y
en la juventud universitaria de México, el
destino dependerá de nosotros.

2
5
5
VICENTE LOMBARDO TOLEDANO

que costará medio millón de pesos; en ella se albergará pronto la


primera universidad obrera del Continente.
¡Qué abismo espiritual entre el trabajador de 1907 y el de
1930!
Si Orizaba no sólo recogió la semilla de la Revolución y la ha
hecho florecer —como otras muchas organizaciones obreras que
representan a centenares de miles de asalariados—, sino que puede
ser —para orgullo nuestro— estímulo para los trabajadores de
otras regiones del mundo; si la clase obrera de México, en suma,
mantiene la Revolución y ella misma es el mayor producto de los
sacrificios pasados, ¡que importan las prevaricaciones, qué
importan los hombres impuros!
Y si, además, se opera al fin, por ventura, un cambio en la
conciencia de la clase estudiantil, que mira ya como cosa suya la
lucha por la elevación espiritual de nuestro pueblo pobre y triste, a
pesar de los obstáculos que a su paso se levantan, la Revolución
permanecerá en pie.
Mientras la "llama inmortal" que crea la historia, la llama del
espíritu, se mantenga viva en los trabajadores y en la juventud
universitaria de México, el destino dependerá de nosotros.
12
Daniel Cosío Villegas
(1898-1976)

H istoriador y sociólogo. Nació y murió en la


ciudad de México. Hizo sus últimos años de
primaria y los primeros de preparatoria en
Toluca, México, y los terminó en la Escuela
Nacional Preparatoria de la ciudad de México.
Licenciado en derecho (1925). Realizó estudios
de economía en las universidades de Harvard,
Wis-consin y Comell y luego en la London
School of Economies y la Ecole Libre de
Sciences Politiques (París, Francia). Miembro
del Consejo de Administración del Banco de
México (1933-1936) y director (1941) del
Departamento de Estudios Económicos del
mismo. Catedrático de la Escuela Nacional de
Economía. Funda (1934) y dirige hasta 1948 la
revista El Trimestre Económico. Funda y dirige
el Fondo de Cultura Económica. Delegado por
México a diversos congresos, asambleas,
conferencias y seminarios internacionales.
Encargado de negocios en la Legación de
México en Portugal (1936-1937), promueve la
venida de intelectuales españoles a México a
reanudar sus actividades docentes y de
investigación. Cofundador de La Casa de
España en México, luego El Colegio de México,
que preside de 1957 a 1961. Miembro (1951) de
El Colegio Nacional. Funda y dirige (1951-1961)
la revista Historia Mexicana. Embajador de
México en el Consejo Económico y Social de la
ONU (1957-1968) y luego presidente (1959) del
mismo. Funda y dirige la revista Foro Interna-
LA IDEA DE MÉXICO
I
cional (1960-1963). Interviene en seminarios sobre política y e :ono-
mía en universidades de Estados Unidos. Director ele la monur lental
obra Historia moderna de México. Colaborador ce Excélsior, en el
que publica sus comentarios y crítica de política y economía. Cola-
bora también en El Universal, El Día, Cuadernos Americanos, Dlural,
Anuario de Historia (UNAM) y otros periódicos y resistas nacior ales, y
Southern Historical Review (Austin, Texas); The Texc:: Quarterly( vustin,
Texas); Hispanic American Historical Review (Duke Univ.); United Na-
tions Review; Política y Espíritu (Santiago de Chile), etc. Premio Macio-
nal de Letras (1971). Autor, entre otras obras, de: Extremos de
América; Porfirio Díaz en la revuelta de La Noria (1 953); Cuesth nes in-
ternacionales de México; Historiografía política del México m )derno;
Nueva historiografía política del México moderno (1 966); Tht United
States vs. Porfirio Díaz (1 963); Labor periodística; real e im ginaria
(1972); El sistema político mexicano (1972); El estih personal d ' gober-
nar (1975); Última bibliografía política de la historia moderna i e Méxi-
co i\972); La sucesión presidencial (1975), e::. Sus inqi ietudes
literarias de juventud se reflejan en su libro: Manicuras, léxico, 1922.
Murió el 10 de marzo de 1976.

LA CRISIS DE MÉXICO

México viene padeciendo hace ya algunoí, años una (risis que se


agrava día con día; pero como en los casos de enf rmedad mortal
en una familia, nadie habla del a;unto, o lo iace con un optimismo
trágicamente irreal. La crisií. proviene c í que las metas de la
Revolución se han agotado, al grado de c ae el término mismo de
revolución carece ya de sentido. Y, :omo de costumbre, todos los
grupos políticos continúan obrai do guiados por los fines más
inmediatos, sin que' a iingum parezca importarle el destino final
del país.
Cuáles eran las metas de la Revolución, cuándo se agotaron y
por qué, son las primeras cuestiones que debie 'an abordarse para
entender la crisis y, sobre todo, medirla.
La Revolución Mexicana nunca tuvo un program i claro, ni lo
ha intentado formular ahora, in articuio mortis, ai n cuando el día
de mañana, posf mortem, habrá machos prog amas, sobre todo los
expuestos e interpretados por escritores conservadores. Algunas
metas o tesis, empero, llegaron a es ablecerse, siquiera en la forma
simplista a que ccaduce la rr. ira repetición. Además, como en
todo proceso histórico de al< una duración, no todos los
propósitos iniciales se .ian conser ado hasta

258
DANIEL COSÍO VILLEGAS

el fin; por el contrario, algunas de esas metas fueron debilitándose


y en cierto momento dieron paso a otras nuevas —unas principales
y otras secundarias— y, en consecuencia, más vigorosas. Esta
yuxtaposición de metas ha hecho aún más confuso el proceso
ideológico de la Revolución, pues las tesis nuevas no reemplazaron
a las antiguas, sino que coexistieron, al menos en la forma; y
luego, al lado de tesis realmente fundamentales, aparecieron
designios de una magnitud y de una importancia menores.
En todo caso, una de las tesis principales fue la condenación de
la tenencia indefinida del poder por parte de un hombre o de un
grupo de hombres; otra, la de que la suerte de los más debía privar
sobre la de los menos, y que para mejorar aquélla el gobierno no
sólo no podía ser pasivo, sino que debía ser activo; en fin, que el
país tenía intereses y gustos propios por los cuales debía velarse, y,
en caso de conflicto, hacerlos prevalecer sobre los gustos e
intereses extranjeros. La reacción contra el régimen político
porfirista y su derrocamiento final, fueron la meta primera; dentro
de la segunda caen la reforma agraria y el movimiento obrero; en
la tercera, el tono nacionalista que tuvo la Revolución al exaltar lo
mexicano y recelar de lo extranjero, o combatirlo con franqueza.
Algunos pondrían entre las tesis principales de la Revolución la
necesidad de una acción educativa vigorosa por parte del Estado, si
bien ha sido notoriamente más débil e inconsistente que las tres
anteriores.
Esas tesis parecen hoy lugares comunes, y candorosos, por
añadidura; lo son para los poquísimos que siguen creyendo en
ellas, y más, por supuesto, para quienes las admitirían en el papel
impreso de un libro, pero nunca en la realidad histórica de México.
En su tiempo, sin embargo, no sólo fueron novedades, sino que
correspondían tan genuina y tan hondamente a las necesidades del
país, que desviaron la ruta de éste durante más de un cuarto de
siglo, y pueden cambiarla todavía hasta completar la media
centuria.
El contenido ideológico propio del porfirismo era pobrísimo
(baste recordar que la principal bandera de uno de los pronun-
ciamientos del general Díaz previos a su conquista del poder, fue
la condenación del impuesto del timbre); pero, en cambio, la
realidad nacional y la del mundo le dieron dos palabras mágicas:
orden, la primera; progreso, la segunda. En la conciencia de todos
los mexicanos estaba la necesidad del orden, de la paz, después de
casi tres cuartos de siglo de una vida manchada de sangre y
plagada de hambre y de miseria; y luego, por lo que respecta al
progreso, a México no habían tocado hasta
26 LA IDEA DE MÉXICO
0
entonces siquiera las migajas de la
Revolución Industrial, aquella que se
inició en Inglaterra desde fines del siglo
XVIII. Así el porfirismo acabó por
dispersar en México las medicinas del
or uanto mal aquejó al mundo occidental
d durante todo el siglo XIX y los primeros
e años del XX. El porfirismo, en suma,
n acabó por dar al país una filosofía que el
y mundo occidental le impuso, y que, como
d toda filosofía, exaltaba unos valores en
el detrimento de otros.
pr No fue poca la novedad ni escasa la
o pujanza de Madero al alzarse contra ella
gr en 1910, pues, si se recuerda el panorama
es del mundo de entonces, esa filosofía no
o, sufre una derrota seria hasta 1917 en
q Rusia, y en Europa propiamente años
u después. El ataque de Madero al "antiguo
e régimen" fue parcial y todos han dicho
h que se enderezó a su costado menos
a vulnerable, pues sostuvo una "mera tesis
bí política", sin contenido social o
a económico alguno. El candoroso "Sufragio
n Efectivo, No Reelección" de Madero
v quería decir dos cosas. Primero, la
e presencia de un hecho biológico, es decir,
ni del más fuerte de todos los hechos: en el
d país había surgido durante el porfirismo
o toda una nueva generación que no tenía
a acceso al poder, a la riqueza, ni siquiera
c al lustre social. Segundo, que la vida
e política, la libertad, la democracia, tenían
pt tanto valor, y aún más, que el orden, y, en
á consecuencia, que valía la pena
n comprometer éste para conseguir
d aquéllas. Habrá que reconocer ahora, des-
o pués de la catástrofe de la Segunda
se Guerra Mundial, que años después la
c inocente tesis de Madero fue capaz de
o echar a la hoguera a varios millones de
m hombres que murieron defendiendo un
o pensamiento idéntico.
p La segunda meta de la Revolución
a Mexicana fue la de anteponer la
n condición y el mejoramiento de los más
a al de los menos, y la de creer que no se
c conseguiría ese fin sin la iniciativa y el
e sostén activos de la Revolución hecha ya
as gobierno. Lo primero no podía tener
p novedad teórica; pero sí en la realidad
ar histórica de México.
a Lo segundo tenía una gran novedad
c teórica, pues la Revolución Mexicana —
ur como la rusa, que se engendró sin relación
ar ideológica alguna con la nuestra— fue el
c primer gran asalto al bastión del
li zo mayor para demostrar que esas metas
b eran certeras. Es indudable que en el
er porfirismo, como en todo régimen que se
al ha sobrevivido, los menos habían acabado
is por privar sobre los más. Y considérese
m quiénes eran los más: toda la población
o, agrícola del país, es
p
or
lo
m
e
n
os
e
n
su
as
p
ec
to
d
e
la
ls
se
z-
fa
ir
e,
la
is
se
z-
p
a
ss
er
.
N
o
es
ne
ce
sa
ri
o
u
n
es
fu
er
DANIEL COSÍO VILLEGAS

decir, las tres cuartas partes de la total; los obreros de industrias,


minas, transportes y aun de los talleres domésticos; y todo lo que
era "pequeño": el comerciante, el burócrata, etc., y en suma, lo que
en aquélla época cala dentro del calificativo peyorativo de
"pelado". El porfirismo era en sus postrimerías una organización
piramidal: en la cúspide estaban las "cien familias"; los demás eran
desvalidos, en mayor o menor grado. Un movimiento que tendiera,
primero, a destruir a las "cien familias" y, luego, a fortificar la
posición económica, social y política del campesino y del obrero,
en general del "pelado", tenía gran novedad y fuerza tremenda en el
México de 1910odel916. Por lo demás, la reforma agraria, que
perseguía, sobre todo, la destrucción del poder político-económico
del gran agricultor, es un hecho que se presenta fatalmente en la
evolución "natural" de todo país: en Inglaterra desde el siglo XVI,
y definitivamente en el XVIII, al igual que en Francia, con la
Revolución de 1789; en Alemania, hacia 1848; en Rusia, en 1904-
07; y en los países de la Europa oriental, después de la Primera
Guerra Mundial. En Argentina, Perón ha planteado el problema, y
es una de las fuerzas que manipula; y en Brasil y Chile comienzan
a manifestarse claramente los primeros síntomas de esta trágica,
pero, al parecer, necesaria enfermedad. En cuanto al movimiento
obrero, podría hacerse una historia de la Europa del siglo XIX —
como de Estados Unidos en el XX— en torno al tema único de los
ajustes y fricciones que provoca la aparición de este nuevo estado
llano.
En lo que podría llamarse su tercera tesis, la Revolución
Mexicana fue también certera y original. Es verdad que después de
la Primera Guerra Mundial se desató un ventarrón nacionalista en
todo el mundo, y quizás de allá nos haya llegado algo; pero, aún
así, una cosa no puede disputarse, y es que estábamos a tono con el
mundo y no contra él. En cuanto a lo certero, poca duda parece
haber: México ha debido tener apenas otras dos fiebres
nacionalistas anteriores a ésta de la Revolución: la primera formó
el clima necesario a la Independencia; la segunda dio el triunfo a la
Reforma y el mate a la intervención extranjera. Esta vez el
nacionalismo se asoció con la elevación económica y cultural del
indio, exaltando sus virtudes, sus danzas, sus canciones, trajes, y
artes domésticas; se inclinó a preferir cuanto fuera mexicano; y se
asoció, también, primero con vaguedad, contra la "pompa"
europeizante del general Díaz, y, después, con mayor claridad y
determinación, contra el "imperialismo", es decir, contra toda
influencia exterior que quisiera imperar. Este nacionalismo fue, por
lo demás,
LA IDEA DE MÉXICO

tan sano como un nacionalismo puede serio: m realidad, nunca


degeneró en xenofobia. Recuérdese, por 'Ejemplo, qu i fue
Carranza quien por la primera vez en nuestro. historia ir ■ tentó
una seria gestión diplomática de acercamiento con todos los países
latinoamericanos, y cómo México se convirtic, de 1920 a 1924
sobre todo, en un verdadero hogar, abierto y acogedor, para los
latinoamericanos. Es verdad que ambos he • chos —como otros
que podrían citarse: digamos el prograrnt vasconceliano de becas
para que grandes números de estu diantes centroamericanos
vinieran a las escuelas mexica ñas— tuvieron un origen
antinorteamericano; pe:x> ni éste n: otros "antis" llegaron jamás a
manchar el nació?'.alismo me xicano. En realidad, puede decirse
que no fue el menor ni e más insignificante de sus frutos hacer de
MéxicD el prime país de habla española consciente de su cultura,
de su lenguc y de su raza, una actitud y un espíritu que se habían
perdidc en toda la América hispánica hacía ya un largo s:.glo
Por qué y cuándo se agotó el programa de la Revoluciór
Mexicana es un capítulo bien doloroso de nuestra historia pues no
sólo el país ha perdido su impulso motor sin lograr hasta ahora
sustituirlo, sino que este fracaso es una de las pruebas más claras a
que se ha sometido el genio creador del mexicano... y las
conclusiones, por desgracia, no pueden ser más desalentadoras.
Desde luego, echemos por delante esta afirmación: todos los
hombres de la Revolución Mexicana, sin exceptuar a ninguno, han
resultado inferiores a las exigencias de ella; y si como puede
sostenerse, éstas eran bien modestas, legítimamente ha de
concluirse que el país ha sido incapaz de ciar en toda una
generación nueva un gobernante de gran estatura, de los que
merecen pasar a la historia. Lo extraordinario de esos hombres, y,
desde luego, en magnífico contraste con los del porfirismo, parecía
ser que, brotando, como brotaban, del suelo mismo, construirían
en el país algo tan grande, tan estable y tan genuino como todo
cuanto hunde sus raíces en la tierra para nutrirse de ella directa,
honda, perennemente. Si la Revolución Mexicana no era, al fin y
al cabo, sino un movimiento democrático, popular y nacionalista,
parecía que no die, excepto los hombres que la hicieron, la
llevarían al éxitc pues eran gente del pueblo, y lo habían sido por
generaciones. En su experiencia personal y directa estaban todos
los problemas de México: el cacique, el cura y el abogado; la
soledad, la miseria, la ignorancia; la bruma densa y pesada de la
incertidumbre, cuando no el sometimiento cabal. ¿Cómo no
esperar, por ejem-
DANIEL COSÍO VILLEGAS

pío, que Emiliano Zapata pudiera hacer triunfar una reforma agraria, él, hombre pobre, del
campo y de un pueblo que desde siglos había perdido sus tierras y por generaciones venía re-
clamándolas en vano? El hecho mismo de que los hombres de la Revolución fueran ignorantes,
el hecho mismo de que no gobernaran por la razón sino por el instinto, parecía una promesa,
quizás la mejor, pues el instinto es más certero, aun cuando la razón más delicada.
Lo cierto es lo que antes se dijo: todos los revolucionarios fueron inferiores a la obra que la
Revolución necesitaba hacer: Madero destruyó el porfirismo, pero no creó la democracia en
México; Calles y Cárdenas acabaron con el latifundio, pero no crearon la nueva agricultura
mexicana. ¿O será que el instinto basta para
destruir, pero no para crear? A los hombres
de la Revolución puede juzgárseles ya con
certeza, afirmando que fueron magníficos
destructores, pero que nada de lo que
crearon para sustituir a lo destruido ha
resultado indiscutiblemente mejor. No se
quiere decir, por supuesto, que la Re-
volución no haya creado nada, absolu-
tamente nada: durante ella han nacido
instituciones nuevas, una importante red de
carreteras, obras de riego impresionantes,
millares de escuelas y buen número de
servicios públicos; pero ninguna de esas
cosas, a despecho de su importancia, ha
logrado transformar tangiblemente al país,
haciéndolo más feliz. Así, la obra de la
Revolución siempre ha quedado en la
postura más vulnerable: expuesta a las
furias de sus enemigos, y sin engendrar en
los partidarios el encendido convencimiento
de la obra hecha y rematada. Pues la jus-
tificación de la Revolución Mexicana, como
de toda revolución, de todo movimiento que
subvierte un orden establecido, no puede ser
otra que el convencimiento de su necesidad,
es

263
LA IDEA DE MÉXICO

decir, de que sin ella el país estaría en una condición peo o menos buena.
Por supuesto que crear en México una democracia con ci ¡r-tos visos de autenticidad es
una tarea que haría desmaya] a cualquier hombre razonable. La tarea es tan compleja, tan i r-
dua y tan lenta, que habría que concebirla corro una con e-cuencia o término de muchas otras
transformaciones, y 10 como una obra en sí, susceptible de ser atacada, diriamos, li-
rectamente. Un país cuya escasa población está pulverizada n infinidad de pequeñísimos
poblados, en los que la vida civ: i-zada es por ahora imposible —poblados, que viven, desde
h 2-go, aislados unos de otros, y, además, sumidos en a ignorancia y en la miseria—, no
puede crear de súbito un ambiente propicio para una cívica consciente, responsable. Anl ;s
habría que conseguir un aumento de la población, lo cual significa hacer producir más al
suelo; completar las comunicad >-nes físicas, quintuplicando, digamos, la red ferroviari 1,
decuplicando la de carreteras, centuplicando la de avionc 5; crear, o poco menos, la
comunicación espiritual, con servid s cabales de correros y telégrafos, y con todos los medios
de expresión accesibles y honestos: libros, periódicos, radio; empresas gigantescas de
higiene, de propaganda educativa y de producción económica, todas ellas destinadas a salvar
de a muerte a tanto niño que ahora muere en sus primeros años; en fin, una acción educativa
lenta, consistente, coste sísima, para dar a todos los mexicanos una conciencia comúr. de su
pas< -do, de sus intereses y de sus problemas.
Claro que la Revolución Mexicana no se propuso acometí esa r tarea ciclópea, y menos
de una manera orgánica; su pr -mer acto fue atacar a un régimen que no sólo hebía detente
-do el poder más de la cuenta, sino que desechaba la ocasión c 3 renovarse admitiendo sangre
fresca y savia nueve. La Revoh -ción no se propuso, en consecuencia, sino ventilar, airear la
a -mósfera política del país; y, ya en el terreno positivo, creer alguna opinión pública, hacer
más fácil la expresión de ella, provocar, inclusive el parecer disidente y, en todo caso, respe-
tarlo; asegurar la renovación periódica y pacíñee de los hon -bres de gobierno, dando acceso
a grupos e individuos nuevo? La sola idea de que la obra principal de la Revolución se ence
minaría a aliviar la condición económica, social, política cultural de las grandes masas, hacía
esperar que pronto se des pertaría en éstas una atención real hacia el gobierno y un de seo de
participar en él para defender sus nuevo?, derechos intereses.

264
DANIEL COSÍO VILLEGAS

Es difícil juzgar con una segundad que no sea hija de la pasión


o el prejuicio los progresos cívicos de México desde 1910; Justo
Sierra no los tendría por escasos, al aquilatarlos con esa benignidad
superior y distante con que escribió toda nuestra historia; pero con
un adarme, nada más, del rigor de un moralista, podría tildárselos
de desalentadoramente mezquinos.
No es despreciable conquista el que la renovación de los
principales gobernantes se haya cumplido a plazos breves, y
muchas veces —por no decir siempre— aun a despecho del deseo
y del esfuerzo de quien abandonaba el poder; así se ha evitado la
dictadura y hasta la influencia dominante y prolongada de un solo
hombre. Pero no puede olvidarse que esa renovación se ha
conseguido alguna vez al precio de la violencia y hasta del crimen;
tampoco que se ha hecho con un sabor dinástico y palaciego y no
propiamente democrático. ¡Tan estrecho y tan uniforme ha sido el
grupo del que proceden los "elegidos"! Ni menos puede olvidarse
que la regla ha sido un verdadero proceso de cisiparidad, la forma
de reproducción de los organismos inferiores. Más significativo
todavía es el hecho de que esa renovación no haya sufrido hasta
ahora la única prueba que podría darle un carácter genuinamente
democrático: el triunfo electoral de un partido o grupo ajeno y aun
opuesto al gobierno. Esto último quizá no fue de una urgencia
angustiosa mientras la Revolución tuvo el prestigio y la autoridad
moral bastantes para suponer que el pueblo estaba con ella y que,
en consecuencia, no importaba mucho quién fuera la persona física
del gobernante; pero cuando la Revolución ha perdido ya ese
prestigio y esa autoridad moral, cuando sus fines mismos se han
confundido, entonces habría que someter a la elección real del
pueblo el nombramiento de sus gobernantes, pues la duda no recae
ya sólo sobre personas, sino sobre ideología. Y entonces se vería si
el progreso cívico de México ha sido, ya que no cabal, al menos
genuino. Por lo demás, no nos engañemos si esta prueba llega
extemporáneamente: de aquí a seis años, las diferencias entre la
Revolución Mexicana y los partidos conservadores pueden ser tan
insustanciales, que éstos pueden ascender al poder no ya como
opositores del gobierno, sino como sus hijos legítimos.
Nos conduce al más negro de los presagios recordar el papel
que ha desempeñado el Congreso en la era revolucionaria. Todo
congreso ha dejado de ser, por supuesto, un órgano técnico de
gobierno, al grado de que, desde hace tiempo, en ninguna parte del
mundo ha emanado de él una ley de ingresos o un presupuesto de
gastos públicos, o sea, que no cumple ya los
LA IDEA DE MÉXICO

fines que supone la esencia misma de un parlamento; pero en


cualquier país democrático sigue desempeñando :!os función' s
bastante más importantes todavía: el ser censor di los actos d< 1
Ejecutivo y órgano de expresión de la opinión piiblica. Juzg< -do
el nuestro conforme a este patrón, tan modesto desde un punto de
vista intelectual o técnico, tan impórtame cívicamei -te hablando,
el juicio no puede ser otro que el de la condene -ción más
vehemente y absoluta: en las legislaturc i revolucionarias
jamás ha habido un solo debate que merezc i ser recordado ahora,
y si cupiera alguna duda, bastaría cons ■ derar cómo aconteció la
reciente reforma al artículo 3o. de 1 i Constitución o, a la inversa,
cómo fue aprobada ^.ace años s'. redacción extremista inicial. Los
congresos revolucionario ; han sido tan serviles como los del
porfirismo, con la diferencia. de que este régimen era, por
definición, una tiranía, y la Revc lución, también por definición, es
rebeldía, independencia. / los ojos de la opinión nacional, sin
miramientos de grupos o d-clases, nada hay tan despreciable como
un diputado o un senador; han llegado a ser la unidad de medida de
toda la espe sa miseria humana. Por eso parecen tan vulnerables lo
progresos cívicos que México haya alcanzado en los últimos años,
pues es desesperada toda idea de restaurar en su pleno prestigio un
órgano de gobierno tan esencial para una democracia como lo es el
congreso.
La tremenda diferenciación de clases es fenómeno viejísime en
México; tanto, que podría decirse que toda nuestra historie no es
sino un largo y aflictivo esfuerzo para borrar un tanto estos
desniveles. Hubo diferencias sociales en todas las colectividades
indígenas anteriores a la Conquista; las hube durante la Colonia y
en la era independiente. No puede, pues, achacárselas al
porfirismo; y, sin embargo, la larga duración de éste, su
estabilidad misma, las hicieron como más aparentes y rígidas, al
encarnarlas en personas físicas, con esa irritante ostentación de lo
palpable.
La Revolución Mexicana fue en realidad el ate amiento de una
clase pobre y numerosa contra una clase rica y reducida. Y como
la riqueza del país era agrícola, se enderezó por fuerza contra los
grandes terratenientes; por eso, también, la Reforma Agraria tomó
en buena medida la forma simplista de una mera división o
repartimiento de la riqueza grande ele los pocos entre la pobreza
de los muchos. La Revolución hizo después de su triunfo algunos
esfuerzos —escasos, débiles y casi siempre necios— para
justificar la Reforma Agraria con otras razones: jurídicas,
económicas y aun técnico-agrícolas, pero aquella
DANIEL COSÍO VILLEGAS

que la hizo arrolladora fue una razón de la


más pura prosapia cristiana: la de una
patente injusticia social.
Por desgracia, hasta una medida que
tiene su justificación en las mejores
razones sociales y morales necesita, para
perdurar, un éxito que la sustente, y en el
caso de una actividad económica no hay
otra vara para medir ese éxito que la de su
lucratividad. Esta, a su vez, depende —
como lo pregonan en vano los economistas
— del buen uso de los factores de la
producción. Ahora bien, la agricultura
porfi-rista era flaca en dirección o
iniciativa, puesto que concluyó por ser en
buena medida una agricultura de
ausentistas; era flaca también en cuanto a
la tierra, por limitaciones naturales y de
técnica; en cambio, era fuerte en cuanto a
capital, porque, poco o mucho, todo el
capital pertenecía al terrateniente; y era
fuerte porque el trabajo, parco y un tanto rutinario, recibía salarios bajísimos.
Según este criterio —y es, por supuesto, el principal en el caso—, pudo afirmarse en un
principio que la Reforma Agraria se justificaba socialmente al dar al campesino la justicia y la
satisfacción de ser propietario; pero, a la larga, sólo podría mantenerla el hecho reiterado de
que la remuneración del trabajo del campesino-propietario fuera mayor que la del campesino-
asalariado. Y para esto era necesario que la nueva agricultura resultara más lucrativa que la
antigua; y para esto era menester, a su vez, un mejor empleo de los factores de la producción:
se requería el que la dirección fuera más acertada, que surgiera un capital capaz de reemplazar
con ventaja al del terrateniente, y que con capital y con técnica se superan algunas de las más
serias limitaciones naturales que venían estrangulando a la agricultura mexicana.
El problema era de visión e iniciativa, de técnica, de consistencia y de honestidad, y en
todo la Revolución estuvo muy por debajo de las exigencias. Careció de visión para abarcar el
panorama de nuestra agricultura y sacar de ahí un orden estratégico de aplicación de la
Reforma Agraria. Ésta debió haber principiado en las zonas de los cultivos industriales (azúcar,

267
LA IDEA DE MÉXICO

café, algodón), los más avanzados y prósperos, y no —ce no


ocurrió en la realidad— en las de los cereales, En la altipk ni-cie,
porque ahí las condiciones naturales de suelo v de cli na son
decididamente desfavorables. Faltó iniciativa, pues la devolución
despertó muy tarde a la idea de que la Reforma Ac -a-ria no era
simplemente un partir el latifundio y un dar os pedazos a los
ejidatarios, como lo revela este hecho impre: loriante: la primera
institución de crédito para la nueva agrie altura y el ensayo inicial
de reforma de la ensefianza agrio la son de 1925, es decir,
posteriores en diez años a .a primera ey agraria, la famosa del 6 de
enero de 1915. Faltó técnica, p >r-que no se apreció desde el
principio el hecho obvio de que el mero cambio de titular del
derecho de propiedad no podía o] e-rar el milagro de remunerar
mejor un esfuerzo que se repe ía exactamente en las mismas
condiciones físicas, económica; y de técnica. No se hizo un
esfuerzo serio para : veriguar q lé cambios de cultivo y de métodos
podían sortear mejor las ce i-diciones desfavorables en que
siempre ha ver.ido vivien lo nuestra agricultura. Se dice, por
ejemplo, que los genetistas 1í-sos han desarrollado, partiendo
justamente de variedades mexicanas, un híbrido de maíz que, al
reducir el ciclo vegetativo de la planta, salva los peligros de las
heladas tempranas y tardías, fenómeno tan frecuente en México.
Pues bien, la falta de instituciones y de espíritu técnico ha
ocasionado no sólo que el experimento sea de origen extranjero
sino que sus ventaj is no se hayan comprobado y aplicado en
México. Faltó tambú n la suficiente constancia, el esfuerzo
sostenido y penoso, úni< o que pudo conducir a algún resultado
palpable y curadera. Ba ¡-taría medir la constancia, no ya, digamos
en el escuro traba D de alguna estación experimental, trabajo que
consiste sobre t< i-do en acumular observaciones por años de años,
:;ino en el ceso burdo, pero más significativo, de las dotaciones de
ejidos, y el ritmo con que se las ha ejecutado: se verá entonces que
r. D hubo constancia, y además, que las dotaciones no han sido
dictadas por la prudencia ni la necesidad. Consta acia, bajo la
forma de congruencia o consistencia, también faltó: se dieron a los
campesinos las tierras, pero no los medios de transforme r los
productos que de ellas sacaban. Los molinos de trigo, Id s
descascaradoras de arroz, los ingenios de azúcar, 1 as secadorc i y
tostadoras de café, las despepitadoras de algún y los molinc ; de
aceite, siguieron siendo propiedad de los antiguos dueñe ; de la
tierra, es decir, de los enemigos de los ejidatarios. No se • lo, sino
que muchas de las grandes empresas de le. Revoluciói debieron
haberse inspirado en la idea fija de que la Refornu
DANIEL h
COSÍO
VILLEGAS
a
b
er
Agraria debía tener éxito a todo trance: s
mucha parte de la obra educativa debió e
hecho en torno a los ejidos; jamás construir e
carreteras con meros fines turísticos sin n
haber concluido antes cuantas necesitaran el
los ejidos para lograr sus fines económicos a
y sociales. Y así para los proyectos de gr
riego, y para las obras de salubridad y íc
asistencia social. En cuanto a la honestidad, ol
¿sería preciso hablar? a:
Con todo esto no quiere sostenerse que ta
la Reforma Agraria no haya producido l,
ningún resultado favorable, sino simple- p
mente que su éxito no ha sido tan grande or
como para imponerse a la opinión de todos. ej
La verdad es que se encuentra en la peor e
condición posible: ha sido lo bastante honda m
en su aspecto destructivo para concitar pl
contra ella todo el odio y la saña de quienes o,
la sufrieron y de quienes tienen intereses la
opuestos a los principios que la inspiraron; a
pero, en el aspecto constructivo, su éxito no d
ha sido lo bastante transparente para mante- m
ner inquebrantable la fe de quienes in
esperaban de ella una vida decididamente is
mejor para diez o doce millones de tr
mexicanos. ac
La Revolución Mexicana fue más ió
campesina que obrera en sus principios; n
pero como tuvo siempre un carácter o
popular, bien pronto hizo del obrero uno de br
sus sostenes más socorridos y, a su vez, er
concedió a éste personalidad y fuerza tales, a
que ya para 1917 se daba a la cuestión d
obrera, al artículo 123 de la Constitución e
revolucionaria, un rango igual al 27, en que lo
se apoyarían nada menos que la propia s
Reforma Agraria, la política minera, en F
especial la petrolera, y, en general, todas las er
"modificaciones a la propiedad privada" que ro
tanta alarma causaron a la burguesía ca
mexicana y extranjera. La legislación del rr
trabajo ha resultado con el tiempo más il
voluminosa y prolija que la propia es
legislación agraria, sin que la actividad y las N
proporciones de los tribunales encargados ac
de aplicarla sean inferiores a los organismos io
administrativos exigidos por las leyes n
agrarias. El movimiento obrero llegó pronto a-
a ser más sólido y fuerte que el agrarista. Y le
algunos de los gobernantes mexicanos s
hicieron ensayos "socialistas" en el campo y
obrero, no intentados con la misma amplitud d
e los de Yucatán, la del ingenio de
Zacatepec, la de varias explotaciones
mineras y de algunas plantas industriales.
En suma, la Revolución como las que le ha
dado el movimiento obrero. ¿Por qué?
Porque éste es, en el mejor de los casos, de-
sorbitado y, en el peor, irresponsable,
deshonesto, carente de visión superior y aun
de gran iniciativa o de simple acometividad
política. Pero esto, a su vez, tiene una
explicación.

26
9
27 LA IDEA DE MÉXICO
0

El movimiento obrero, como fuerza


económica y poli ica nueva, emergente,
rompió en todas partes del mundo un ec ui-
librio establecido, incurriendo por este solo
hecho y de man ;ra necesaria en el desagrado
de los sectores sociales que repres ;n-taban
las viejas fuerzas, usufructuarias de la
estabilidad < ue todo equilibrio supcne. El
Estado principió por empieñarse en mantener
el equilibrio y, para eso, se opuso a la
organizac 5n obrera. Cuando se convenció de
que era vane su bmpeñi y acabó, además, por
descubrir que esa fuerza o podía hacer! i a él
todopoderoso, o destruirlo, se planteó uno de
los problen as más graves de nuestros días:
de hecho, el más grave. Y no t ir-daron en
perfilarse las tres soluciones principóle:; que
al efe to se propusieron: el fascismo y el
comunismo suprimieron a u ío de los
contendientes: el primero, al obrero; el
segundo, al ca >i-talista. La democracia, por
su parte, se declaró ajena al confi c-to, y
anunció que su papel sería el de un mero
referee, es de< ir, el de quien arbitra una
lucha, pero no la evita o la extingí e. Ideó
para eso una legislación industrial que, con
toda la rc a-cha complicación que un
abogado es capaz de introducir, 10 es
distinta, en su concepción, en sus métodos y
en sus fines, le las Reglas del Marqués de
Queensberry, que presiden las peleas de box.
La Revolución Mexicana no tuvo el
genio bastante para idear un sistema jurídico
que, sin impedir el nac miento y desarrollo
espontáneo de los conflictos obreros,
permitiera su e i-caz solución en beneficio de
los intereses superiores de a colectividad. No
sólo, sino que, en su simple papel de referí ?,
ha sido tan constante e innecesariamente
parcial, que ha ac i-bado por convertirse en
el "montonero" que hacE desaparee r todo el
riesgo y la nobleza de la lucha entre dos
rivales fra: i-cos. La legislación obrera, toda
ella, fue concebida para fav >-recer al
trabajador. No podía ni debía ser de otra
maner i, pues, por definición, el obrero es el
débil, frent; al inmen: D poder de la riqueza;
pero, en la administración de esa legisl -ción,
los gobiernos revolucionarios, manteniendo
la rte del obrero, no importa] -doles cuan
fi notoriamente injusta, o grotescamente pueri ,
cc fuera la causa concreta que en un momento
ic dado defendía < 1 obrero.
i Los tribunales no sólo han fallado casi
de siempre en favor d< 1 obrero, sino que han
l condenado al patrón, creo que invaric
co -blemente, al pago de los salarios "caídos".
nc Con ello se ha qu -tado al obrero la
ili sensación de peligro, de azar o de aventure,
ad
or
a
m
ig
ab
le
o
de
l
ar
bi
tr
ad
or
i
m
pa
rc
ia
l,
se
ha
n
ii
-c
li
na
d
o
ca
si
si
n
ex
ce
pc

n
de
pa
DANIEL COSÍO VILLEGAS

que toda lucha comporta; y al patrón se le ha destruido la fe en la


justicia, haciéndole concebir, en cambio, el rencor y el apetito de
venganza.
El daño que se ha hecho en esa forma a la causa de los obreros
—que por ser la mejor tiene un valor permanente—, es no sólo
inmenso, sino en cierta forma irreparable. En primer término, ha
creado a la causa una oposición tan enconada, que hoy en día no
tiene casi un defensor desinteresado y sincero: si se trata de
capitalistas y reaccionarios, todos los males vienen de la fuerza
desmedida e irresponsable de los obreros; si se trata de liberales
honestos, no pueden defender la causa sin antes desear limpiarla de
todas la excrecencias que ha producido una política gubernamental
tal ciega. En segundo término, el gobierno ha desperdiciado todas
las muchas oportunidades que ha tenido para ir creando en la
organización obrera no sólo una conciencia y un sentido de
responsabilidad propios, sino —lo que es tan importante— el
sentimiento de la independencia o dependencia de los propios
medios, y no de los ajenos. El movimiento obrero mexicano ha
llegado a depender de un modo tan cabal de la protección y del
apoyo oficiales, que se ha convertido en un mero apéndice del
gobierno, al que sigue en todas sus vicisitudes, de grado o por
fuerza. De hecho, es apenas instrumento gubernamental y no tiene
otro papel que el de servir al gobierno de coro laudatorio. Este
maridaje ha sido perjudicial a ambos cónyuges: al gobierno le ha
impedido resolver problemas de tanta importancia para la
economía general del país como el de los ferrocarriles y el del
petróleo, problemas cuya solución, por otra parte, le hubiera dado
un prestigio y una autoridad que tanto necesita; a la organización
obrera, la ha envilecido y degradado y, lo que es peor, la ha
condenado a desaparecer o a pulverizarse en el instante mismo en
que no cuente con el beneplácito gubernamental, sin que pueda
dejar otro recuerdo que el triste papel de bravucón oficial que en
vida desempeñó.
Con todo, los logros de la Revolución Mexicana en la pro-
secución de sus tres metas mayores: libertad política, reforma
agraria y organización obrera, no han sido ni parcos ni magros;
habrían bastado para mantener por largo tiempo la autoridad moral
de los gobiernos revolucionarios, si a los ojos de la nación los
esfuerzos para conseguirlos hubieran tenido una probidad
inmaculada. Lo humanamente imposible era conservar la fe en un
gobernante mediocre que, por añadidura, resultaba un
administrador deshonesto. Así, una general corrupción
administrativa, ostentoso y agraviante, cobijada
LA IDEA DE MÉXICO

siempre bajo un manto de impunidad al que sólo puede aspirar la


más acrisolada virtud, ha dado al traste coa todo ei pi > grama de
la Revolución, con sus esfuerzos y con sus conquiste s, al grado
de que para el país ya importa poco sal:er cuál fue ú programa
inicial, qué esfuerzos se hicieron para lograrlo y si e consiguieron
algunos resultados. La aspiración única de Méi i-co es la
renovación tajante, una verdadera purificación, qi e sólo se
conseguirá a satisfacción con el fuego que arrase has a la tierra
misma en que creció tanto mal.
Debe convenirse en que la Revolución fue un movimien o
violentísimo cuya fuerza destructiva se ha ido olvidando. E:
-terminó a toda una generación de hombres y a grupos e insl
-tuciones enteras; acabó íntegramente con el ejército y con ] i
burocracia porfiristas; concluyó con la clase más fuerte y mes rica,
la de los agricultores grandes y medianos, desapareciei -do así
toda la alta burguesía y gran parte de la pequeña; muchas de las
mejores fuentes de riqueza nacional —k s transportes, la industria
azucarera; toda la ganadería, etc.- -languidecieron hasta el borde
mismo de la exlinción; au i grandes grupos profesionales, los
maestros universitarios, pe: ejemplo, vieron sus filas tan
mermadas, que sus ciadros deje-ron de existir propiamente. La
Revolución Mexicana, en se-ma, creó un vacío de riqueza enorme
y acabó con la jerarquía social y económica que antes existía.
Esa destrucción casi total de la riqueza nacional ha podid > ser
recibida por algunos con júbilo, y por otros como un fell augurio
de que México sería en adelante un país pobre, pen en el cual la
riqueza estaría distribuida entre todos con equi dad. En un
momento de la vida revolucionaria del país pud< ser cierta la
alentadora afirmación de que no había un solo millonario, y que
grandes grupos sociales mejoraban su con dición económica; pero
la triste realidad social hc.bría de im ponerse bien pronto, ante la
necesidad de recree:- la riquezc destruida. Quizás ninguna carga
mayor cayó sobre los hom bros de la Revolución; por eso, resultó
la más severa prueba de su rectitud, de su fortaleza y de su
capacidad creacora y de es ta gran prueba moral salió peor que de
las otras: en lugar de que la nueva riqueza se distribuyera
parejamente entre los núcleos más numerosos y más necesitados
de asceneer en la escala social, se consintió que cayera en manos
de unos cuantoí que, por supuesto, no tenían —ni podían tener—
mérito especial alguno. De ahí la sangrienta paradoja de que un
gobierno que hacía ondear la bandera reivindicadora d; un pueble
pobre, fuera el que creara, por la prevaricación, por el robo y
DANIEL COSÍO VILLEGAS

el peculado, una nueva burguesía, alta y pequeña, que acabaría por


arrastrar a la Revolución y al país, una vez más, por el precipicio
de la desigualdad social y económica.
Al sobrevenir la Revolución, la anterior jerarquía desapareció,
y ello contribuyó también a la deshonestidad universal; el remolino
elevó hasta el cielo la hojarasca, y los individuos quisieron
conservar para toda la vida los mil pesos de sueldo que
súbitamente ganaron, hurtando un millón mientras el remolino
duraba.
Y no ha sido causa menor de la deshonestidad gubernamental
mexicana la enorme y honda inseguridad en que viven en este país
todo hombre y toda mujer, en especial porque a la omnipotencia
del Estado se agrega una arbitrariedad que tiene todos los signos de
una maldición bíblica: víctima de ella, el mexicano cae y se
levanta, y una y otra vez, a lo largo de toda su vida. Y el hombre
que vive inseguro quiere protegerse, no importándole si para
lograrlo viola una ley o archiva un precepto moral.
La deshonestidad administrativa de México tiene sus causas,
apenas bosquejadas antes; ellas no quitan un adarme a su
monstruosidad social, ni mucho menos reducen en nada los
desvastadores efectos políticos que ha tenido, pues, como se dijo
antes, ha sido la deshonestidad de los gobernantes revolucionarios,
más que ninguna otra causa, la que ha tronchado la vida de la
Revolución Mexicana.
En su ataque inicial al "antiguo régimen", la Revolución no
hizo mención siquiera de los vicios que tenía la educación
porfiriana. A pesar de estar amparada ésta con la monumental
figura de don Justo Sierra, era muy vulnerable a la crítica; ya
Antonio Caso, como Henríquez Ureña y Alfonso Reyes, habían
señalado, todavía en vida del régimen, las limitaciones de la
filosofía superior en que se informaba. Pero no era ésa, ni con
mucho, su falla principal: la educación superior, con todas sus
debilidades, no era mala, ni para el país ni para la época; es más,
tenía una seriedad y una dignidad que perdió pronto y que no ha
recobrado. En cambio, la escuela popular, la primaria y la rural, la
técnica más necesaria, la agrícola, por ejemplo, eran limitadísimas
en su número, en su inspiración y en su eficacia. En esto el
porfirismo se retrataba de cuerpo entero: la acción educativa del
gobierno se ejercía exclusivamente en la clase media de los
grandes centros urbanos; el poblado pequeño, el campo, es decir, el
país, no existían.
En 1921, José Vasconcelos personifica las aspiraciones edu-
cativas de la Revolución como ningún hombre llegó a encar-
LA IDEA DE MÉXICO

nar, digamos, la Reforma Agraria o el movimiento obrero. En


primer término, Vasconcelos era lo que se llama un "intelec-
tual", es decir, un hombre de libros y de preocupaciones inte-
lectuales; en segundo, era lo bastante maduro para haber
advertido las fallas del porfirismo y lo bastante joven, no solo
para haberse rebelado contra él, sino para tener fe en el poder
transformador de la educación; en tercero, Vasconcelos fue el
único intelectual de primera fila en quien un régimen revolu-
cionario tuvo confianza y a quien dio autoridad y medios de
trabajar. Esa conjunción de circunstancias, tan insólita en
nuestro país, produjo también resultados insólitos; tanto, que
en México hubo entonces una como deslumbradora aurora bo-
real, anuncio de un verdadero, auténtico nuevo día. La educa-
ción no se entendió ya como una educación para una clase
media urbana, sino en la forma única que en México puede
entenderse: como una misión religiosa, apostólica, que se lan-
za y va a todos los rincones del país llevando la buena nueva
de que México se levanta de su letargo, se yergue y camina. En-
tonces sí que hubo ambiente evangélico para enseñar a leer y
a escribir al prójimo; entonces sí que se sentía, en el pecho y en
el corazón de cada mexicano, que la acción educadora era tan
apremiante y tan cristiana como dar de beber al sediento o de
comer al hambriento. Entonces comenzaron las primeras
grandes pinturas murales, monumentos que aspiraban a fijar
por siglos las angustias del país, sus problemas y sus esperan-
zas. Entonces se tenía fe en el libro, y en el libro de calidades
perennes; y los libros se imprimieron a millares, y a millares se
obsequiaron. Fundar una biblioteca en un pueblo pequeño y
apartado parecía tener tanta significación como levantar una
iglesia y poner en su cúpula brillantes mosaicos, que anuncia-
ran al caminante lejano la existencia de un hogar donde des-
cansar y recogerse. Entonces los festivales de música y danza
populares no eran curiosidades para los ojos carnerunos del tu-
rista, sino para mexicanos, para nuestro estímulo y nuestro de-
leite. Entonces el teatro fue popular, de libre sátira política;
pero, sobre todo, espejo de costumbres, de vicios y de virtudes.
Si Vasconcelos hubiera muerto en 1923, habría ganado la
inmortalidad, pues su nombre se habría asociado indisoluble-
mente a esa era de verdadero, grandioso renacimiento espiri-
tual de México; pero Vasconcelos siguió viviendo, vive todavía,
y Vasconcelos siguió personificando y personifica todavía las
vicisitudes de la educación en México. Allá para 1923, Vascon-
celos peleaba con sus mejores amigos y sostenes: con Antonio
Caso y con Pedro Henríquez Ureña, con Lombardo Toledano y
DANIEL COSÍO VILLEGAS

con Alfonso Caso; el lugar que ellos dejaron fue ocupado por
bardos aduladores. Para 1924, el apóstol de la educación, el
maestro de la juventud, el Quiroga, el Motolinía, el Las Casas del
siglo XX, resultó un modesto pero ambicioso político, a quien
tenía que arrastrar, ahogar y hacer desaparecer el torbellino
político. Con ello, no sólo dejó trunca su obra, la más importante y
urgente para el país, sino que desprestigió el nombre, la profesión
y las intenciones del intelectual, al grado de que ningún otro volvió
nunca a gozar de la fe y la confianza de la Revolución.
Vasconcelos se desterró del país, para fracasar, primero, como
profesor universitario; para encerrarse largos años en Francia, en
España, en Argentina, sin leer, sin estudiar, sin ver cosas, sin tratar
ni conocer a nadie, enceguecido y obstinado, todo en un sacrificio
estéril que ni a él ni el país podía aprovechar. Y ahí está, símbolo
de las aspiraciones educativas de la Revolución: achacoso,
desorbitado, arbitrario, inconsistente, convertido al catolicismo,
tardía y vergonzantemente, para perder el respeto de los liberales y
no ganar el de los católicos.
Se dirá que es injusto identificar la gloria y miseria de un
hombre con la de una obra colectiva y, por ende, perdurable. En
verdad que lo es, mas sólo en un sentido: la obra educativa de la
Revolución no concluyó con la salida de Vasconcelos de su
Ministerio, sino que el impulso duró quizás diez o doce años más;
y durante ellos, extinta ya la tensión evangélica, se amplió, se pulió
y se redondeó la obra en muchos y muy importantes aspectos. Pero
la trayectoria de la obra es idéntica a la de quien en su momento de
gloria la personificó, porque ha terminado por ser caóticamente
inconsistente, mucho más aparente que real y, sobre todo, porque
fracasó en su anhelo de conquistar a la juventud; y hoy la juventud
es reaccionaria y enemiga de la Revolución, justamente como
Vasconcelos lo ha sido y lo es.
Parece indudable que, si la situación actual de México ha de
juzgarse con cierta severidad, la conclusión no puede ser otra: el
país está en una crisis política y moral de grave trascendencia, y si
no se la reconoce y admite, y si no se hace el mejor de los
esfuerzos para remediarla, México caminará a la deriva, perdiendo
un tiempo que un país tan retrasado en su evolución no puede
perder; o se hundirá, para no rehacerse quizás con una personalidad
propia. Quiere decirse que si México no se orienta pronto y
firmemente, puede no tener otro camino que confiar su porvenir a
Estados Unidos. Muchos de sus problemas se resolverían así;
llegaría hasta a gozar de una
27 LA IDEA DE MÉXICO
6

prosperidad material antes desconocida; pero


dejando de ser México en la justa medida en
que su vida venga de fuera.
¿Qué podría hacer el país para
reconquistar 5 u camino, >a-ra alcanzar al
mismo tiempo el progreso material y una m<
jo a: entregar el pode r a las derechas. Puesto
r que las izquierdas se han castado llevi n-do
o su programa hasta donde pudieron, puesto
r que las izqu sr-das se han corrompido y no
g cuentan ya cor. la autoric id moral, ni
a siquiera política, necesarias para hacer un
ni gobierno eficaz y grato, déjeseles el turno a
z las derechas, que no han li-rigido el país
a desde 1910.
ci Cuesta un esfuerzo desgarrador no
ó recomen lar esta so Lición siquiera sea desde
n el punto de vista bien simplista, ie acuerdo,
p pero tan humano, de desear una purificación
ol hade i-do tabla rasa de todo cuanto existe. Y
ít es indudable que las z-quierdas tendrían que
ic purificarse o morir. La organizad' n obrera
a, perdería, es verdad, su sustento y su mentor;
s pero se h i-ría independiente; tendría que
o fortalecerse apretando sus fil< s, expulsando
ci a los líderes venales, creando fondos ele
al resistenc: J, conservando su fuerza para
, hacer uso de ella sólo en las causas justas e
h importantes; y todos los obreros percibirían
u ento 1-ces, con la amarga experiencia
m cotidiana, que sus intereses s< n singulares,
a exclusiva o casi exclusivamente. No serían
n los obreros los únicos que debieran limpiarse
a y fortalecerse; tambú a los campesinos, si
? bien cuentan con menores medios para h i-
U cerlo. Entre ellos hay también líderes
n deshonesros, también una sumisión al
a gobierno que linda con la vieja servidumb e
s de que esperaron liberarse; asimismo, mucho
ol de la psicolog: a de quien recibe sin merecer
u y sin esforzarse. Y por un procer D
ci semejante tendrían que pasar los hombres
ó liberales de Méxiq . Con las derechas en el
n poder, la mano velluda y macilenta c 2 la
se Iglesia se exhibiría desnuda, con toda su
o codici i de mandi , con ese su incurable
c oscurantismo para ver los problemas dll país
ur y de sus hombres reales. La Iglesia
re perseguirá a los liberales, los echaría de sus
c puestos, de sus cátedras; les negaría 1 i
as educación a sus hijos; serían, en suma,
i víctimas prontas de u i ostracismo general. Y
e los liberales sentirían también en toda s i
n fuerza la persecución desatada de una prensa
se int Dierante ir • comprensiva, servidora
g ciega y devota de los intereses má ;
ui transitorios y mezquinos. Y el rico se
d exhibiría entonces ya sip tapujos: ostentoso,
al El liberal se sen tiría sobrecogido, apocado,
ta primero; después, lo inundaría 1<
n
er
o,
d
és
p
ot
a,
v
e
nt
ru
d
o
y
c
u
aj
a
d
o
d

jo
y
as
y
d
e
pi
el
es
,
c
o
m
o
y
a
e
m
pi
ez
a
a
h
ac
er
lo
.
DANIEL COSÍO VILLEGAS

zozobra de quien no es ya dueño de su destino, para acabar por ser


despreciado y perseguido. Y tendría que reaccionar, que reunirse
con los suyos, que luchar en grupo y como militante. Así acabaría
por imponerse la tarea que hoy ha abadonado: conducir al país
juiciosamente, por caminos más despejados y limpios,
reconquistando antes el poder en una lucha sin duda azarosa y
dura, pero en la cual se templarían su cuerpo y su espíritu.
No hay sino dos consideraciones que impiden recomendar esa
solución: sus peligros, desde luego; pero, sobre todo, el temor de
que el país no obtuviera otro beneficio que el bien triste de
convertirse en teatro de nuevas y estériles luchas. Porque, ¿México
puede esperar algo de las derechas?
La derecha mexicana, como la de todo el mundo, no es la mano
cordial; carece de la comprensión y de la generosidad de que tanto
necesita nuestro desdichado país. Por añadidura, nada nos ofrece
que sea nuevo o mejor de lo que ahora tenemos. Desde este punto
de vista, México no podría encontrarse en una situación ni más
angustiosa ni más desesperada, pues no se encaminaría mejor
acudiendo a la fórmula, después de todo tan simple, de cambiar de
régimen y de signo político.
No pensemos ya en el sinarquismo, partido de una ramplonería
mental propia sólo del desierto, ni en las derechas que proceden de
disensiones entre facciones de la Revolución, sino en Acción
Nacional. En primer lugar, me parece claro que Acción Nacional
cuenta con dos fuentes únicas de sustentación: la Iglesia católica y
el desprestigio de los regímenes revolucionarios; pero la medida de
la escasa fuerza final que tendría la da el hecho de que se alimenta
mucho más de la segunda fuente que de la primera, a pesar de la
tradicional generosidad nutricia de la Iglesia católica para
amamantar a todo partido retrógrado. Esto quiere decir que Acción
Nacional se desplomaría al hacerse gobierno. ¿Tendría, llegado ese
momento, algo más para vivir por sí misma y guiar al país? No
cuenta ahora ni con principio ni con hombres y, en consecuencia,
no podría improvisar ni los unos ni los otros. En sus ya largos años
de vida, su escasa e intermitente actividad se ha gastado en una la-
bor de denuncia; pero poco o nada ha dicho sobre cómo
organizaría las instituciones del país. Creo recordar que alguna vez
sostuvo que la "base" de la educación era la familia, lo cual quiere
decir, o muy poco, o demasiado, y más bien lo primero que lo
segundo. Y ¿quiénes son los hombres de Acción Nacional? Son los
que en el porfirismo se llamaban personas decentes, lo cual quería
decir, en la forma, una reminiscencia
27 LA IDEA DE MÉXICO
8

muy lejana del vestir inglés y, en el


fondo, una mentalidad se-ñoritil. Y, de
nuevo, mucho del valor que hoy parecen
tener esos hombres de Acción Nacional se
deriva del desprestigie de los hombres de
la Revolución. La prensa y la Iglesia han
he o, la figura mayor del movimiento obrero,
ch casi un villano; pero Manuel Gómez Mo-
o rín sabe, como nadie en este mundo, que
de él no es superior a Lombardo ni mental ni
M moralmente. El hecho de que muchos
an jóvenes votaran en favor de la
ue candidatura del doctor Mario Torroella
l para senador del Distrito Federal, sólo
G puede tener la explicación de que votaban
ó en contra de Fidel Velázquez, secretario de
m la Confederación de Trabajadores, pues
ez carece de toda seriedad suponer que al
M primero se le puede mirar, objetivamente,
or como mejor gobernante o legislador.
ín México puede y debe tener, en suma, una
, fundada desconfianza hacia un partido,
el hacia todo partido que no haya sabido
je forjar en el ayuno de la oposición un
fe programa claro, ahora sí que de acción
de nacional, y que no dé la reconfortante
A sensación de que la marcha es hacia un
cc nuevo día y no hacia la noche, ya muerta
ió y callada.
n ¿Qué remedio puede tener, entonces, la
N crisis de México? Se dijo desde un
ac principio que la crisis era grave. Por una
io parte, la causa de la Revolución ha dejado
na ya de inspirar la fe que toda carta de
l, navegación da para mantener en su
ca puesto al piloto; a eso debe añadirse que
si los hombres de la Revolución han agotado
u su autoridad moral y política. Por otra
n parte, no es claro el fundamento en que
sa podría fincarse la esperanza de que la
nt redención venga de las derechas, por el
o, espíritu mezquino y la impreparación de
y ellas.
de El único rayo de esperanza —bien
V pálido y distante, por cierto— es que de la
ic propia Revolución salga una reafirmación
en de principios y una depuración de
te hombres. Quizás no valga la pena
L especular sobre milagros; pero al menos
o me gustaría ser bien entendido: reafirmar
m quiere decir afirmar de nuevo, y depurar,
ba en este caso, querría decir usar sólo de
rd los hombres puros o limpios. Si no se
o reafirman los principios, sino que sim-
T plemente se los escamotea; si no se
ol depuran los hombres, sirio que
ed simplemente se les adorna con vestidos o
an títulos, entonces no habrá en México
a mucho de su existencia nacional y a un
ut plazo no muy largo.
or México, noviembre de 1946
re
g
e
n
er
ac

n,
y,
e
n
c
o
ns
ec
u
e
n
ci
a,
la
re
g
e
n
er
ac

n
v
e
n
dr
á
d
e
fu
er
a
y
el
p

s
p
er
d
er
ía
13
Pablo González Casanova
(1922-)

Nació en Toluca, Méx. A partir de 1982 es consejero


de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU); coor-
dina el proyecto "Las Perspectivas de América
Latina", auspiciado por la UNU y la Universidad
Nacional Autónoma de México (UNAM). Maestro en
ciencias históricas (Magna Cum Laude) por la UNAM
y doctor en sociología por la de París (Mention tres
honorable), ha sido secretario general de la Asociación
de Universidades (1953-1954); profesor (1952-1965)
y director (1957-1965) de la Escuela de Ciencias
Políticas y Sociales; coordinador del Centro de
Estudios del Desarrollo (1965-1966); investigador
(1967-1984) y director (1966-1970) del Instituto de
Investigaciones Sociales; rector de la UNAM (1970-
1972), y director del Centro de Investigaciones
Interdisci-plinarias en Humanidades de la misma
institución. Es autor de: El misoneísmo y la
modernidad cristiana, Una utopía de América, La
literatura perseguida en la crisis de la Colonia, La
ideología norteamericana sobre inversiones
extranjeras, Estudio de la técnica social, La
democracia en México, Sociología de la explotación,
La nueva metafísica y el socialismo, El poder del
pueblo; y coordinador y coautor de: América Latina:
historia de medio siglo, El Estado y los partidos
políticos en México.
LA IDEA DE MÉXICO

LA DEMOCRACIA EN MÉXICO El análisis

sociológico

280 Desde Tocqueville la sociología ha recorrido un i argo camii o, y


aunque vive aún del almacén de ideas de fine:; del siglo X1 III y
principios del siglo XIX, ha abandonado el guslo de las reí e-xiones
filosóficas y se ha inclinado por un tipo ele generalizaciones que
llama "de alcance intermedio". A partir de la última posguerra, en el
conjunto de la sociología predomini n las corrientes
nortea os por la socio logia norte i-mericana, a los que vamos a hacer
merica principal referencia, au: -que podríamos citar los estudios de muchos
nas, otros autores qi e confirmarían nuestros asertos: T.H. Marshall,
con sus Deutsch, Germa-ni, Lerner, Hoselitz.
técnica Un análisis sociológico de las posibilidades de la demí -cracia en
s de México tiene como trasfondo necesario la figura de Tocqueville, y lo
investi que él representa. Desde el punto de vista m< -todológico se limita a
c i-ción generalizaciones que no sean demasiad > abstractas y filosóficas, se
de sirve de las que están juncadas e i investigaciones de campo y en
campo análisis cuantitativos, y enur ■ cia una serie de hipótesis que
y de ameritan nuevas investigacione de campo y análisis estadísticos más
análisis precisos. Nosotros sóli esbozaremos un ensayo de análisis
cuantit sociológico, que respete es tas reglas, o nos ponga en alerta cuando
ativo, no sear respetada suficientemente.
su
termin I. Al estudiar desde un punto de vista sociológico las posi-
ología bilidades de la democracia en México es necesario ver qué
y u s( entiende en sociología por democracia. Para ello hay distinto;
temátic recursos y el primero es el de las definiciones tradicionales.
a.
Dentro 1. "La democracia —escribe Max Weber— incluye dos pos-
de la tulados: a) el impedir que se desarrolle un grupo cerrado de
sociolo funcionarios oficiales para que exista la posibilidad universal de
gía acceder a los cargos públicos, y b) la reducción de la autoridad
política oficial para aumentar la esfera de influencia d^ la opinión pública en
sobresa la medida de lo posible." Por su parte Lipset da la
len hoy
dos i-
guras
indiscu
tibles

Seymo
ur
Martin
Lipset
y lalf
Dahre
i-dorff
—, el
primer
o
nortea
merica
no y el
segund
o ale
me a
occide
ntal,
particu
larmen
te
influid
PABLO GONZÁLEZ CASANOVA

siguiente definición que intenta resumir las anteriores de otros


sociólogos: "Se puede definir la democracia, en una sociedad
compleja, como un sistema político que proporciona constitu-
cionalmente y en forma regular la posibilidad de cambiar a los
gobernantes, y como un mecanismo social que permite a la mayor
parte posible de la población influir en las decisiones principales
escogiendo a sus representantes de entre aquellos que luchan por
los cargos públicos."
Estas definiciones se prestan —como es obvio— a interpre-
taciones equívocas. Muchas de las palabras que se incluyen en
ellas exigen a su vez nuevas definiciones. Sirven para dar una idea
aproximada; corresponden a conceptos intuitivos que son útiles
sólo en una primera etapa de la investigación.
2. Una forma más de precisar el contenido de la democracia
consiste en destacar algunas de sus instituciones características: la
libertad de prensa y crítica, de reuniones y de asociación, el cambio
pacífico de los gobernantes al través de los comicios, el sufragio.
3. Estas instituciones o variables se pueden analizar en su
estructura y en sus tendencias. El análisis estructural de la crítica
conduce al estudio de los componentes racionales y de los
prejuicios, en relación con los estratos sociales; el análisis de la
libertad de prensa, de reunión, de asociación, conduce al estudio de
la composición de los periodistas y sus lectores, de los grupos de
presión que se reúnen o asocian, también en relación con los
estratos de la sociedad; la movilidad política y la estructura del
sufragio se analizan a su vez en la relación con el status social, con
los niveles de vida y cultura.
4. El análisis de las tendencias se hace con los más distintos
ajustes; pero en principio se buscan sobre todo las tendencias
seculares y, dentro de ellas, los altibajos, los ciclos, las caídas y
alzas.
5. Las variables anteriores se precisan y cuantifican por una
multitud de indicadores negativo