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LA INTRUSA rojiza.

El barrio los temía a los Colorados; no es imposible


que debieran alguna muerte. Hombro a hombro pelearon
Jorge Luis Borges una vez a la policía. Se dice que el menor tuvo un altercado
con Juan Iberra, en el que no llevó la peor parte, lo cual,
segú n los entendidos, es mucho. Tenían fama de avaros,
Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida salvo cuando la bebida y el juego los volvían generosos. De
por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de sus deudos nada se sabe y ni de dó nde vinieron. Eran
Cristiá n, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil dueñ os de una carreta y una yunta de bueyes. Malquistarse
ochocientos noventa y tantos, en el partido de Moró n. Lo con uno era contar con dos enemigos.
cierto es que alguien la oyó de alguien, en el transcurso de No faltaron comentarios cuando Cristiá n llevó a vivir con él
esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a a Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una sirvienta,
Santiago Dabove, por quien la supe. Añ os después, volvieron pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas
a contá rmela en Turdera, donde había acontecido. La y que la lucía en las fiestas. En las pobres fiestas de
segunda versió n, algo má s prolija, confirmaba en suma la de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos
Santiago, con las pequeñ as variaciones y cambios que son y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez
del caso. La escribo ahora y lo haré con honestidad, pero ya morena y de ojos rasgados; bastaba que alguien la mirara,
presiento que cederé a la tentació n literaria de acentuar o para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo
agregar algú n pormenor. y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida.
En Turdera los llamaban los Nilsen. El caseró n, que ya no Eduardo los acompañ aba al principio. Después emprendió
existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zaguá n se un viaje a Arrecifes por no sé qué negocio; a su vuelta llevó a
divisaban un patio de baldosa colorada y otro de tierra. la casa una muchacha, que había levantado por el camino, y
Pocos, por lo demá s, entraron ahí; los Nilsen defendían su a los pocos días la echó . Se hizo má s hosco; se emborrachaba
soledad. En las habitaciones desmanteladas dormían en solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba
catres; sus lujos eran el caballo, el apero, la daga de hojas enamorado de la mujer de Cristiá n. El barrio, que tal vez lo
corta el alcohol pendenciero. Sé que eran altos, de melena

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supo antes que él, adivinó con alegría la rivalidad latente de Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan
los hermanos. Iberra, que lo felicitó por ese primor que se había agenciado.
Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el Fue entonces, creo, que Eduardo lo insultó . Nadie, delante de
caballo de Cristiá n atado al palenque. En el patio, el mayor él, iba a hacer burla de Cristiá n.
estaba esperá ndolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y La mujer atendía a los dos con sumisió n bestial; pero no
venía con el mate en la mano. Cristiá n le dijo a Eduardo: podía ocultar alguna preferencia por el menor, que no había
-Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la rechazado la participació n, pero que no la había dispuesto.
Juliana; si la querés, usala. Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al
El tono era entre mandó n y cordial. Eduardo se quedó un primer patio y que no apareciera por ahí, porque tenían que
tiempo mirá ndolo; no sabía qué hacer. Cristiá n se levantó , se hablar. Ella esperaba un diá logo largo y se acostó a dormir la
despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, montó siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una
a caballo y se fue al trote, sin apuro. bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y
Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los la crucecita que le había dejado su madre. Sin explicarle
pormenores de esa oscura relació n, que insultaba las nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y
decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas tedioso viaje. Había llovido; los caminos estaban muy
semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pesados y serían las once de la noche cuando llegaron a
pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para Moró n. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato
llamarla, pero buscaban, y encontraban razones para no ya estaba hecho; Cristiá n cobró la suma y la dividió después
estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo con el otro.
que discutían era otra cosa. Cristiá n solía alzar la voz y En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la
Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celá ndose. En el duro mañ ana (que también era una rutina) de aquel monstruoso
suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer amor, quisieron regresar a su antigua vida de hombres entre
pudiera importarle, má s allá del deseo y la posesió n, pero hombres. Volvieron a las trucadas, a las peleas, a las juergas
los dos estaban enamorados. Esto, de algú n modo, los casuales de los bailes de los sá bados. Acaso, alguna vez, se
humillaba. creyeron salvados, pero solían caer, cada cual por su lado, en

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injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de Orillaron un pajonal; Cristiá n tiró el cigarro que había
fin de añ o el menor dijo que tenía que hacer en la Capital. encendido y dijo sin apuro:
Cristiá n se fue a Moró n; en el palenque de la casa que -A trabajar, hermano. Después nos ayudará n los caranchos.
sabemos reconoció al caballo de Eduardo. Entró ; adentro Hoy la maté. Que se quede aquí con su pilchas, ya no hará
estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristiá n le dijo: má s dañ os.
-De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Má s vale Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro círculo: la
que la tengamos a mano. mujer tristemente sacrificada y la obligació n de olvidarla.
Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la
llevaron. La Juliana iba con Cristiá n; Eduardo espoleó al Actividades
animal para no verlos.
1. ¿Qué tipo de narrador es? ¿Có mo llega a enterarse de la
Volvieron a lo que ya se ha dicho. La solució n había
historia de los Nilsen?
fracasado; los dos habían cedido a la tentació n de hacer 2. ¿Quién es la intrusa? ¿Por qué se usa esa palabra para
trampa. Caín andaba por ahí, pero el cariñ o entre los Nilsen definirla?
era muy grande -¡quién sabe qué durezas y qué peligros 3. ¿Por qué el narrador describe a Juliana como una
habían compartido!- y prefirieron desahogar su "cosa"? ¿Qué nos dice esto del papel de la mujer en ese
exasperació n con ajenos. Con un desconocido, con los momento determinado (Buenos Aires, siglo XIX)?
perros, con la Juliana, que habían traído la discordia. 4. ¿Qué sucede con la relació n de los Nilsen cuando
El mes de marzo estaba por concluir y el calor no bajaba. empiezan a compartir a la misma mujer? ¿Qué solució n
intentan y por qué falla?
Un domingo Eduardo, que volvía del almacén, vio que
5. Explica la frase: "Caín andaba por ahí, pero el cariñ o
Cristiá n ataba los bueyes. Cristiá n le dijo: entre los Nilsen era muy grande".
-Vení, tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo; ya 6. ¿Có mo se soluciona el conflicto entre los hermanos?
los cargué; aprovechemos la fresca.
El comercio del Pardo quedaba, creo, má s al Sur; tomaron
por el Camino de las Tropas; después, por un desvío. El
campo iba agrandá ndose con la noche.

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