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La muerte sí tiene permiso

En 1955 Edmundo Valdés publica su cuento “La muerte tiene permiso”, considerado
como uno de los mejores cuentos, en palabras de José Luis Martínez Morales “He leído
y oído en varias ocasiones que “La muerte tiene permiso” es un cuento clásico. Y yo
añadiría que no sólo es uno de los mejores y de los más citados y antologados, sino de
los más clásicos y ejemplares precisamente por su final tan sorprendente”. En dicha
historia, los campesinos solicitan el apoyo para matar al presidente del pueblo donde
habitan, cansados de tantas injusticias y atrocidades por parte de este en contra de ellos.
Los argumentos en contra del edil incluyen el asesinato del hijo de quien demanda
justicia. los campesinos no esperan la resolución judicial, e invocan a la flaca. El título
del cuento me hizo reflexionar sobre la muerte, aquella que negamos, pero que siempre
tiene permiso. La muerte por más que nos duela tiene el poder de quitarnos lo que mas
queremos. Incluida nuestra vida misma.
La dientona me visitó por primera vez a los 12 años, se llevó a mi perro que había
comprado por cien pesos, pero era mi mayor fortuna. Me sentía millonaria con su
compañía, sin importar que era amargado como un anciano, sus gruñidos me hacían
sentir que la vida tenía un motivo, aunque ese motivo fuera llenar su plato de croquetas
cada mañana.
Me gustaría afirmar que la muerte no tenía permiso de llevarse a mi abuelo, el que cuidó
de mí cuando mi padre se fue por cigarros y nunca volvió. Ni tampoco tenía derecho
sobre la vida de mi mamá, la mujer que dedicó su vida a intentar hacer de este mundo
un lugar más justo, desde la academia de policías.
La parca se llevó entre fierros retorcidos a mi amigo de dieciséis años, él que estuvo ahí
la primera vez que me rompieron el corazón y creí que el mundo terminaba, él que tenía
más metas que cumplir que un maratonista.
La muerte entró sin tocar la puerta una mañana cuando se arrancó de mi útero a mi hijo,
el primogénito deseado por años, así nomás, una mañana de septiembre lo tomo entre
sus brazos, dejando un charco de sangre entre mis piernas y la certeza de lo que días
antes había sido todo, hoy ya no era.
La huesuda se sentó a lado de mi abuela una mañana y le dio un beso, un beso que los
médicos interpretaron como un infarto. El mismo resultado clínico lo tuvo mi tío, el
favorito de todos sus sobrinos, el que siempre hacía soportable, lo insoportable como las
reuniones familiares. En ellas me enseñó a bailar, pues para él, la vida es un gran baile,
pero a mi tío en este baile llamado vida, le tocó bailar con la más fea.
La cabezona me quitó a mi hermana, la más pequeña, la más fuerte de todas, siendo
años menor. Aunque al inicio me negué a compartir a mis padres, mi ropa, mis
alimentos con ese ser, cuando se marchó, comprendí que haber pasado la mayoría de
mis años a su lado, había sido el mejor aprendizaje que su partida me dejó.
A la muerte le agradezco (aunque no tenga los mejores modales para visitar a las
personas pues nunca avisa de su llegada) por enseñarme el valor de cada de uno de mis
seres queridos, los que hoy adornan el altar de muertos en mi cochera.