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UNIVERSIDAD JORGE TADEO LOZANO.

Nombre: Danna Manuela Mora Pamplona


Carera: Ingeniería ambiental.
Ensayo final.

“WALL-E”

La ciencia ficción tiene la particularidad de mostrarnos mundos alternativos, con visiones


diferentes del planeta que habitamos. Cuando esta visión se dirige hacia un público juvenil,
a través de los dibujos animados, se crea una especie de encuentro intergeneracional más
efectivo. Este es el caso de la película Wall-E, la cual nos presenta un panorama hostil de la
tierra y una dependencia casi total de la tecnología. Wall-E nos transporta al año 2805,
hacia los vestigios de una ciudad totalmente despoblada y repleta de desechos. Esta ciudad
tóxica, no es más que el producto de la degradación hecha por la especie humana en años
anteriores.

Esta situación lleva a que una empresa privada lance una serie de robots para realizar los
trabajos de limpieza necesarios y transformar nuevamente la tierra en un lugar habitable.
Pese a todas las expectativas, los robots fallan en sus primeros 5 años de vida útil,
quedando como único sobreviviente Wall-E,  quien se encarga de recoger los distintos
objetos que la especie humana utilizó. En todo este tiempo, Wall-E se ha convertido en una
especie de reciclador, técnica que le ha permitido sobrevivir, pues ha recogido las piezas de
los demás robots defectuosos. Lo interesante es que junto a estas técnicas de supervivencia,
él también ha adquirido emociones y sentidos humanos.

La empresa que puso en marcha a los robots, en compensación por los fallos, crea una nave
o axioma para llevar a las personas al espacio, mientras que la tierra es restablecida, en una
espera que se vuelve casi indefinida. Cierto día, es enviada EVA, una robot tipo sonda, que
tiene como fin, encontrar alguna señal de vida en la tierra, para así regresar y volver a
comenzar de nuevo. EVA, se encuentra con Wall-E, creándose una combinación, entre el
hallazgo de una planta en un zapato (planta que Wall-E estimaba colocar en su colección
personal) y diversas situaciones que involucran a ambos robots. La aventura, concluye con
esta planta como una nueva fuente de vida, en demostración de que la tierra tiene
esperanza.

Centrándonos ahora en su contenido, tenemos que la película fue intencionada, desde su


diseño y realización, lo que nos permite hacer una especie de comparación con nuestra vida
en la actualidad. En palabras de su propio creador, Andrew Stanton:

“Me di cuenta de que esto es una metáfora perfecta de la vida real. Todos caemos en
nuestros hábitos, nuestras rutinas y nuestros surcos, consciente o inconscientemente, para
evitar vivir; para evitar tener que hacer la parte sucia; para evitar tener relaciones con
otras personas.  Es por eso que todos podemos tenernos en nuestros teléfonos celulares y
no tener que tratarnos unos con otros”.

Si consideramos que “El Axioma” es la misma cápsula en la que nos encontramos a diario,
donde somos casi dependientes de la tecnología, los robots antiguos como Wall-E, son
parecidos a los artefactos que guardamos en nuestras bodegas o almacenes. Es allí donde
están los equipos que ya no nos sirven. Esto se ha vuelto muy común, compramos un
artefacto nuevo y lo remplazamos inmediatamente.  Aquel antiguo instrumento que tanto
nos servía, ahora no es más que basura. Pero sin recriminarnos, la verdad es que estamos
buscando alternativas que nos permitan vivir de manera confortable, siendo esta una de las
ventajas de este último tiempo.

La mayoría de los habitantes de las ciudades somos igual de dependientes que las personas
que van montadas en el Axioma de Wall-E, pero en un grado diferente. Por ejemplo:
nuestra vida no funcionaría igual si nos levantáramos a las 7:30 a.m., vamos a tomar una
ducha y nos encontramos con el terrible episodio de que no hay agua.  Para complicar más
las cosas, vamos al refrigerador y descubrimos que se ha cortado la energía eléctrica. Como
podemos notar, no solo los tripulantes de la nave dependen de la tecnología, nosotros
también. Este caso no se aplica a lo rural, ni a muchos países subdesarrollados, ya que en
estos dos contextos las dos situaciones antes mencionadas suelen ser cosas de la vida
normal.

Se cree que la solución a los problemas ambientales se encuentra en la tecnología. Que si se


llega a “dominar” la naturaleza como hasta ahora, no hay razón por lo cual sospechar que
existe salida alguna de esta crisis ambiental. Y si nos ponemos a pensar un poco suena
lógico que gracias a la evolución de la tecnología hoy logramos ser 5 mil millones de
habitantes en el planeta Tierra. Es decir, si no fuera porque hemos aumentado los
rendimientos en las producciones agrícolas y disminuido las poblaciones de plagas o si no
hubiéramos sido capaces de transportar el agua de un lugar lejano a otro, muy posiblemente
no podríamos ser tantos. Este es un ejemplo, de que lo imposible parece que con ingenio
humano es posible. En el caso del ambiente es clara ya la aportación de la tecnología y la
ciencia. Actualmente ya se tiene el conocimiento para utilizar combustibles que contaminen
menos y tenemos muchas opciones tecnológicas para poder llevar una vida más amigable
con el ambiente. El problema es que en la práctica estas tecnologías no son del todo fáciles
de aplicar a la vida cotidiana, al menos no todavía. El punto es que sí podemos creer que la
ciencia y la tecnología más la creación de políticas públicas adecuadas pueden llegar a
evitar un futuro como el de la película.

Nos encontramos en un mundo cambiante, de eso tenemos la certeza, y lo sabemos al leer


sobre calentamiento global, sobre crisis alimentaria y estrés hídrico. Estos temas están
plasmados en imágenes, pero no lo experimentamos o al menos eso creemos. Ciertamente
es admirable ver como otros reciclan, como algunos publican sus fotos en África y dejan
expuestas sus intenciones de cambiar el ritmo de consumo que llevamos. Sin lugar a dudas,
todo eso lo estamos disfrutando desde hace años.

Este boom ecológico, a través del arte y de los diversos medios, nos llama poderosamente
la atención, pero en nuestro interior no sabemos si la conversión es real. En mi caso
particular, cada vez que voy a tomar una ducha o me dispongo a deshacerme de la basura,
me siento culpable porque a pesar del conocimiento que he adquirido sobre el respeto por el
medio ambiente, no soy una persona sustentable. Esta es una acusación seria, pues como
parte de un sistema socio-ecológico, sé que en algunos aspectos si lo soy, pero en otros no.
A raíz de esto, pienso que el camino hacia la no culpabilidad se trata de la unificación de
criterios individuales en donde primen las convicciones y, por qué no, el sacrificio.

Bibliografía.

 Dominguez. M (2012). “Ser sustentables ¿decir o hacer?”. Revista planeo. Cl

 Fritz. S (julio 05/2008) MURO * E Dir. Entrevista a Andrew Stanton, p2.


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