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CARLOS PERA OTAEGUI

MIEMBRO DE ~ R DE OLA ACADEMIA


CHILENA DE LA HISTORIA

DE SIGLO E N SIGLO

COMENTARIO
HISTORICO E ~ONOGRAFICODE .
SU FORMACION Y EVOLUCION
EN LOS CUATRO SIGLOS DE SU

E M P R E S A E D I T O R A Z I G - Z ~ A G-

SANTIAGO DE C H I L E / 1944
DONPEDRO
DE VALDMA
FUNDADOR DE LA CmDAD
DE SANTIAGO.

(Según w documento del S. XV11J


PROLOGO

N o es, por cierto, nuestra preten-


sión ofrecer a los lectores, en las ~ i ~ u i e n t e s . - ~ á ~ iuna
n a s ,Historia
de nuestra Ciudad enriquecida de investigaciones inéditas que nos
proporcionen documentos nuevos relacionados con su pasado.
Nuestro .objeto, más modesto, ha sido presentar algunos as-
pectos que den a conocer la vida de Santiago de Chile a lo largo de
sus cuatro siglos de existencia, y su transformación paulatina del
pobre villorrio de sus orígenes, y, en seguida, de la pequeña ciudad
que conservaba intacto su sello de vieja España colonial; en la capital
actual en pleno progreso y- crecimiento.
Hemos prestado toda la importancia que merecía a la ilustra-
ción de esta obra, basada en documentos y planos antiguos poca
conocidos e inéditos, especialmente en vistas fotográficas de la época,
que nos revelan en detalle el Santiago de 14 primera mitad del siglo
pasado hasta los albores del actual.
N o ha mucho que el arte de la fotografía ha conquistado el
sitio que merecía entre las pruebas documentarias de la Historia, a
.hedida que el siglo XIX, que lo vió nacer, va entrando a ella:
Será aquel Santiago que desfilará en las vistas fotográficas que
nos es grato presentar aquí. Muchos de estos aspectos han desapare-
cido ante su crecimiento natural, por las transformaciones lamenta-
bles, pero inévitables, que acarrea el progreso en toda urbe moderna
forzosamente trivial-.
'

El texto que presentamos en estas páginas servirá de introduc-


ción, o de explicación preliminar apropiada a las vistas que acom-
paña. T a l vez resalte de su lectura la comprobación de que la historia
de una aglomeración humana es la de un ser i i v o y en continua
evolución, cuyo pasado es menester no ignorar para poder apreciar
justamente no sólo el ritmo constante de su progreso y la grandeza
del esfuerzo en medio de tantas penurias y de tanto heroísmo de
las generaciones anter'iores, sino también para augurar las posibili-
' dades del futuro, '
Para establecer nuestro texto, que hemos dividido en tantas
partes cuantos siglos han sido recorridos hasta la fecha, nos hemos
basado en los antiguos cronistas e historiadores, y para la época
moderna, en los relatos de los viajeros, verdadero tesoro para for-
marse una visión exacta de la vida de Santiago a los pocos años de
nuestra independencia.
Deseando evitar recargar con notas y referencias de pie de
página, que suelen distraer y perturbar la atención del lector, hemos
preferido agrupar para cada siglo en una Bibliografía, a continua-
ción del texto, la lista de los autores y obras que han servido de
fuentes para la redacción de este libro.
No hemos querido efectuar una obra de severa crítica histórica
que viniera a enmendar errores de autores anteriores, ni tampoco
deducir teorías filosóficas, según la moderna práctica, que suele pre-
ferir extraer la quintaesencia de los hechos que no relatarlos, Dejando
a otros, más caracterizados en las investigaciones históricas, este mo-
do más científico de apreciarlos, no hemos desechado tal o cual le-
yenda, o tal o cual aseveración discutible pero pintoresca del dominib
de la "petite histoire".
Amante de nuestra gran ciudad del Mapocho, esperamos haber
contribuído con nuestro modesto grano de arena a fomentar el cono-
cimiento de su tan interesante historia cuatro veces secular.
P R I M E R A PA'RTE

SANTIAGO E N EL SIGLO XVI

L l e g a n d o los españoles al sitio


llamado a ser la capital del Reino, y en Seguida de la República de
Chile, se encontraron ante una amplia planicie cubierta de tupidos
espinares que se extendían, a-pérdida de vista, hasta la misma falda
de la cordillera nevada que cerraba. el horizonte.
Habían salido de la imperial 'ciudad del Cuzco, en enero de
1540, caminando once meses enteros a través de las pampas nortinas
en un interminable viaje penoso, sembrado de peligros, en medio
de las dificultades más grandes que pueda soportar el hombre.
Eran 150 soldados de España, de a pie y de a caballo, seguidos
por una turba de un millar de indios de carga, contratados en el
y
Perú por el convencimiento o por la fuerza.
A la cabeza de aquella Columna de aventureros se destacaba su
jefe, Pedro de Valdivia, hidalgo de Extremadura, tal vez el mejor
de los tenientes del conquistador del imperio inca, Francisco Pizarro,
y entre sus filas la sola mujer de raza blanca, Inés Suárez; tres clé-
rigos; y algunos' de los atre-vidos compañeros del descubridor de
Chile, Diego de Almagro, en su fracasada expedición.
E n pintoresco lenguaje, el Padre Rosales, historiador de Chile
en el siglo que siguió, dice que "al llegar al valle de Mapuche --que
quiere decir tierra de gente-, Valdivia dió vuelta al valle mirando
los asientos y la hermosura de sus campiñas y llanuras, que es de los
mejores y más fértiles valles del Reyno, fecundado de un río que, li-
beral, reparte sus aguas por diferentes sangrías para que todos riei
guen sus sembrados". Y como Valdivia, desde la Chimba, el valle
de la orilla Norte del río, donde hoy se extiende la Cañadilla, o ba-
rrio de Independencia, pareciese querer establecerse ahí, el cacique
señor del valle de Maipo, Loncomilla --cuyo nombre significa "cae
beza de oro"-, le designó otro sitio mejor en la otra banda del río,
donde existía un rancherío indígena. Fué ésta la célula original de
nuestra ;apital. Ahí le dieron la paz catorce caciques de la comarca.
Entre ellos: Millacura, de la ribera del Maipo; Incageruloneo,
de los cerrillos de Apochame; Huaragara, de la Dehesa; y Huelén-
Huala, señor de la tierra y cacique del Huelén, es decir, del suelo mis-
mo donde iba a levantarse Santiago del Nuevo Extremo,
Se asegura que el primer establecimiento de los recién llegados
fué en la falda del cerro Huelén, donde no tardó en levantarse la
primera capilla de nuestra población.
Al decidirse por esta localidad, Valdivia no había hecho más
que acatar las sabias ordenanzas de las Leyes de Indias que mandaban
a los fundadores de pueblos "que el terreno y cercanía que se ha de
poblar se elija en todo lo posible el más fértil, abundante de pasto,
leña, madera, metales, aguas dulces, gente natural, acacreos, entrada
y salida, y que no tengan cerca lagunas, ni pantanos en que se críen
animales venenosos, ni haya corrupción de aires y aguas".
M valle escogido por Valdivia cumplía sobradamente con to-
das estas condiciones, a lo que se podía agregar la infranqueable de-
fensa de la cordillera vecina.
Obedeciendo al rito impuesto por las Leyes de Indias, D o n
Pedro de Valdivia tomó en seguida posesión de todo Chile, en una
ceremonia pomposa, a la vez simbólica, y tal como lo acostumbraban
los descubridores, por el Rey de España. Cubierto de sus armas, for-
mados en cuadro sus compañeros de aventuras, se apartó de ellos,
llamó al escribano, y en alta e inteligible voz le dijo en términos
de ritual como sigue: "Escribano, estad atento a lo que yo dijere e
hiciere; y dadme por fe y testimonio, en manera que haga fe a mi,
Pedro de Valdivia, Capitán General que soy de este ejército; como,
en nombre de la Majestad del Emperador Carlos V, Rey de Es-
paña, y mi señor natural, y por la real corona de Castill'a, tomo la
posesión'de esta provincia y valles de Chile, por sí y por las demás
provincias, reinos y tierras que más descubriere, conquistare y ga-
nare, y las que en esta demarcación; adelante y por cualquiera parte,
quedaren por descubrir y conquistar".
Diciendo estas palabras, y en conformidad con el rito ,antes
citado, sacó adarga, y comenzó con ella, en señal de posesión, a cor-
tar arbustos y ramas, a pasearse y a arrancar hierbas y a mudar pie-
dras de una parte a otra. Habiendo terminado esta ceremonia, armado
como lo estaba de punta en blanco, con yelmo de caballero, coraza
y demás armadura y cota de mallas de acero, con la espada desnuda
y levantada, se apartó aun más de su gente y repitió el siguiente y
significativo reto: "Si la posesión que aquí he tomado alguna per-
sona por sí, o por algún príncipe o señorío del mundo, me lo qui-
siera contradecir, aquí le espero en este campo, armado para defender
y combatir hasta rendir o matar, o echar del campo". Y así quedó
'Chile consagrado como dominio de la inmensa y poderosa España,
sobre cuyos dominios no se ponía nunca el sol.
LA FUNDACION

E n el nuevo Libro Becerro que


tkajera del Perú el teniente general Alonso de Monroy, para reem-
plazar al que quemaron los indios en el asedio de la villa recién
fundada, y que preciosamente se conserva en nuestro Archivo Nacio-
nal Histórico, se lee el texto célebre que; a pesar de haber sido tantas
veces reproducido, no nos es posible silenciar, pues constituye, para
decirle así, su partida de nacimiento.
-
.' . :

do doce días del mes de febrero de mil e quinientos e cuarenta


e un años, fundó esta ciudad en nombre de Dios y de su bendita
Madre y del Apóstol Santiago, el muy. Magnífico Señor Pedro de
Valdivia, teniente de Gobernador y capitán general en las provincias
del Perc, por S. M. y púsole nombre la ciudad de Santiago del Nue-
vo Extremo, y a esta provincia y sus comarcanas, y aquella tierra
de que S. M. fuese servido que sea una gobernación, la provincia de
I
la Nueva Extremadura."
N o nos alargaremos en discutir si la fecha de fa fundación fué
el 12, como lo establece el acta-del Libro Becerro, o e1 24, como lo
declaraba Pedro de Valdivia a Carlos V en su carta de 4 de sep-
tiembre de 1545, o sea, cuatro años después del acontecimiento, para
LI-
CA-
AGO.
abordar elaacto primordial de toda fundación bien ordenada: la
traza de la ciudad, a la cual se consagró Pedro de Valdivia, hombre
de acción y de realidades inmediatas, asesorado por un soldado lla-
mado Pedro de Gamboa, que había desempeñado el puesto de alarife
en los reinos'del Perú.
L A T R A Z A

A fin de 'acatar las ordenanzas de


la Nueva Recopilación y Leyes de Indias, el suelo, fué dividido en
cuadras de 150 varas por lado, y cada una de éstas, en seguida, en
cuatro solares de igual tamaño, que se repartieron' entre los conquis-
tadores.
El cuadro central se reservó para la plaza, y dos de los costados
de ésta a la casa del Gobernador y a la Iglesia Mayor, como también
lo ordenaban las precavidas y minuciosas leyes. Estas disponían que
la plaza debía ser proporcionada al número.de vecinos, y que era
menester tomar en consideración el aumento futuro de la población.
Entraban en los menores detalles, estipulaban los pies de ancho y
de largo que debía medir, como también las calles que nacieran de
sus costados, sin olvidar los soportales para "cornodidid de los &a-
tantes".
Así lo observó el dlarife Gamboa, formando manzanas 'de 138
varas de largo, separadas por calles derechas de 12 de ancho, tal co-
mo la planta de la Ciudad de los Reyes del Perú.
Don Tomás Thayer Ojeda, el historiador que mejor conoce
nuestro siglo inicial, a cuyo estudio ha dedicado muchas años de su
laboriosa vida, establece que la planta de la ciudad primitiva cons-
taba de nueve calles, 'cortadas perpendicularmente por otras quince
o dieciséis de Norte a Sur, formando ciento veintiséis manzanas, más
o menos cuadradas.
La superficie mensurada empezaba en la que fué calle de Tres
Montes, y que lleva hoy el nombre de Miguel de la Barra, para
terminar en el punto que entonces era el "Tambillo del 1nca" o los
"Paredones".
Al Norte se extendía el vasto lecho pedregoso del río, erizado
en su orilla de impenetrables espinares que en primavera perfumaban
el aire.
Al extremo poniente, la ciudad en proyecto lindaba con lo
que más tarde fué la chacra de Diego García de Cáceres, por cuyo
frente corría una calle de media cuadra de ancho, desde el mencio-.
nado Tambillo.
En el siglo que siguió, aquélla se denominó la Cañada de Gar-
cía de Cáceres, y también de Saravia, base de la actual Avenida del
'Brasil. Se encaminaba hacia el, Sur hasta morir en la Cañada de San
Lázaro, parte extrema de la Cañada, nuestr? Alameda, que cambia-
ba de nombre en sus diferentes sectores.
De las ciento veintiséis manzanas de la planta primitiva, cua-
renta estaban pobladas en 1558, y sólo entre los años 1560 y 1580
quedaron ocupadas en toda su extensión. Hacia el poniente de la ca-
lle actual de los Teatinos, como también del cerro de Santa Lucía ha-
cia el oriente, sólo existían quintas o chacarillas de agrado. La edifica-
ción estaba muy desparramada, y las casas, al alejarse de las cuadras
del centro, que coinciden bastante exactamente con lo que es en la
actualidad, quedaban muy separadas unas de otras, y las rodeaban
huertos y terrenos baldíos.
S e cercaron los sitios desde los
primeros momentos por imposición- del Cabildo, con postes de ma-
dera y tranqueros, mientras los vecinos, ayudados por los yanaconas
- --
y naturales, ecljficaban sus moradas, simples chozas de paja y barro
bajo techo de, totora. De los mismos pobres elementos hubo de cons-
truirse la iglesia, mientras'se edificaba de material más d i d o .
Destruida por la indiada, en aciaga fecha, página heroica de
sitiados y asaltantes, Santiago del Nuevo Extremo, cuyo nombre
recordaba, a la vez, la lejanía de la nueva gobernación y la provincia
de origen de su conquistador, no fué por muchos años sino un
simple villorrio compuesto de ranchos diseminados, que más se ase-
mejaba a aquellas primitivas poblaciones que suelen descubrir los
exploradores entre las selvas 6rgenes del centro de Africa, que no
a una ciudad, o solamente a un modesto pueblo de blancos civili-
zados. Después de la tragedia, mientras los españoles esperaban la
cosecha de aquel precioso cuartillo de trigo providencialmente sal-
vado en e1 cofre de un soldado, y que debía asegurar el pan del
futuro, Pedro de Valdivia, en breve resumen escrito en la hermosa
y varonil lengua que caracteriza sus cartas, expresaba al Rey de
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España que "los trabajos de la guerra puédenlos pasar los hombres,
porque loor es al soldado morir peleando; pero los del hambre con-
curriendo con ellos, para los sufrir más que hombres han de ser".
En esas cartas del valiente capitán a su soberano, escritas tal
vez encima de algún tambor, a la sombra escasa 'de un añoso espino,
nos es posible leer la magnífica y emocionante narración de sus cui-
tas, que constituye el verdadero poema épico vivido de los primeros
siglos de la conquista.
Habla Valdivia y declara: "que el cristiano que alcanzaba cin-
cuenta granos cada día no se tenía en poco, y el que tenía un puño
de trigo no l o molía para sacar el salvado. Y desta suer'tq -agrega-,
hemos vivido, y tuviéramos por muy contentos los soldados por esta
osadía, si los dejara estar en sus casas, pero conveníamos tener a la
continua treinta o cuarenta de a caballo por el campo en invierno, y
acabadas las mochilas que llevaban, venían aquéllos e iban otros".
"Basta esta relación, concluía el Gobernador, para que ,V! M.
sepa que no hemos tomado truchas a bragas enjutas."
Se dice que el nombre de Plaza de Armas, que sigue llevando
entre nosotros más por el uso y consenso general que por bautismo
administrativo, le viene desde aquellos días lejanos de la fortaleza, o
d8
pucará" de adobes formando sólidos muros, levantada ahí con su
p . - '
foso y almenas, en el cual al anochecer, ante la constante amenaza
de los indígenas, se recogían cada tarde jefes y soldados, yanaconas
e indios de servicio, mujeres y niños, y hasta verracos y gallinas,
#cabrasy perros.
El infátigable fundador de Santiago era, como él lo recalca a
6'
la cesárea y olvidadiza majestad. del Rey-Emperador: geométri-
co en trazar y poblar, alarife en hacer acequias y repartir aguas, labra-,
-
dor y gañán en las sementeras, mayoral y rabadán en hacer criar
ganados, por fin poblador, criador, sustentador, conquistador y des-
cubridor".
A paso lento, a pesar de las desgracias y miserias soportadas,
de la desnudez y del hambre, de las lluvias incesantes que por aque-
llos años se desencadenaron con extremada y desconocida fuerza, se-
gún lo declaraban los indígenas, progresaba la nueva villa. C o q
los soles de la crimavera los españoles, olvidando sus penas, decidían
asentar definitivamente sus reales en estas tierras que tanto labor
les costaba. Ya decían que no existía reino ni provincia que más
. de lleno se pareciese a España. Apreciaban de corazón, ,y con una
sinceridad que conmueve, la claridad de su cielo despejado "muy
alegre y hermoseado de estrellas", como lo declara el entusiasta Val-
divia en una de sus epístolas. El invierno, según él, era tan suave que
no Ifelaban los ríos "ni el agua llovediza hacía carámbanos en las
tejados", y que, cuando más, se solían helar los charquillos pequeños
"que al salir el sol se desataban".
Por tales razones, agregaba, no se usaban esteras ni tapices, y
se ignoraba el calor de las estufas.
Tanto el jefe como sus compañeros de descubierta se habían
forjado un alma chilena, y no hubiesen aceptado cambiar este país
por otro mejor, como lo aseguraba al Rey el mismo Adelantado.
. .

LAS CASAS

En- medio de tantos contratiem-


pos, inevítables en todo principio.de nación, la edificación de la ciudad
no podía sino progresar con lentitud. En 1544, dicen los documentos
fehacientes, no se habían levantado aún sino unas seis casas muy
pequeñas. de '=y de paja muy ruines".
La primera debió ser la que el ~obernadormandó edificar para
sí en mayo de 1542, en la esquina de la plaza, en el sitio, se presume,
ocupado en seguida y hasta hoy por la casa del Cabildo o Consistorial,
Los edificios más importantes se agruparon alrededor de aquel vasto
rectángulo que se destinara para plaza y en las callejuelas adya-
centes.
Don Pedro debía, en 1552. ceder su casa a la Real Hacienda,
con el fin de establecer en ella el .Cabildo, cárcel y Real Contaduría,
trilogía hasta aquí respetada, a pesar de las modificaciones inevita-
bles traídas por el tiempo y por los repetidos terremotos, como tam+
bién en su destinación. ¿Conservará mucho tiempo más nuestra
Plaza Mayor la superficie intacta que le otorgara hace cuatrocien-
tos años el buen alarife Gamboa?
Alrededor G l a z a se alzaban la casa de Francisco de Agui-
rre, la' mejor entre sus congéneres, y por los años de 1550,'algunas
moradas de vecinos principales; la de García de Cáceres, la de Pedro
de Miranda, la de Alonso de Escobar, que lucían dos pisos también:
la primera, esquina de la actual calle del Puente con catedral; la se-
gunda,- en el ángulo de Monjitas, y la tercera, en el de Compañía
con Ahumada. \ I
Ahí se encontraba la que llamaban Iglesia Mayor, con su te-
chumbre de paja, simple y rudo galpón, cuyo primer adobe colocara
el mismo Gobernador, y el símbolo de la justicia humana: la horca
patibular que a pocos meses de -la fundación debía servir al suplicio
de los culpables de conspiración contra Valdivia.
T a l vez no sea muy dificil reconstituir mentalmente el cuadro
que debió presentar nuestra ciudad de santiago del Nuevo. Extremo,
con sus calles que eran senderos pastosos donde picoteaban las galli-
nas y hozaban los puercos, hijos unos y otras de aquellos ejemplares
unicos escapados al asalto de la indiada.
Diseminados y rodeados de huestos, cercados de ramas de espi-
nillo, se podían ver los ranchos de Juan de Almonacid, de Fernando
de Alderete, de Salvador de Montoya, en cuya casa .de barro y paja
solía e1,Cabildo celebrar sus sesiones, la de Luis de ~ a r t a ~ e nlaa ,del
Licenciado de las Peñas, y otras. Eran de tal modo imperfectas y sen-
cillas, que la morada del Gobernador interino, Francisco de Villagra,
carecía hasta de puertas y ;entanas. Mas la pobreza de la fundación
en su cuna y la dura vida de los valientes fundadores de nuestra na-
cionalidad estaban compensadas por aquella dulzura del clima que
tanto alababan y sabían apreciar, como también por el imponderable
encanto de las tierras vírgenes y de un suelo cuya riqueza y fertilidad
extrema se conservaban aún intactas.
LA ERMITA Y LOS MOLINOS

E n c i m a del rocoso Huelén, peiíón


desnudo y atalaya de la población, se erguía una modesta ermita,
que ya hemos mencionado como la primera que tuviera Santiago,
dominando. dos molinos que golpeaban las paletas de sus ruedas en
la acequia que antaño trajera del río el curaca orejón Vitacura, a fuer,
za de indios y de fusta.
U n o de aquéllos había sido construido, con licencia del Cabildo,
por Rodrigo de Araya en el faldeo Suroeste de la colina, donde se
levanta hoy la subida monumental del cerro Santa Lucía, mientras
el otro ocupaba un sitio al extremo opuesto, cerca de la ermita.
Este último era propiedad del más acaudalado e industrioso vecino
de Santiago, el muy mentado Bartolomé Blumen o Blumenthal, que
había traducido, como se sabe, su nombre teutónico en el de Flores:
Estaba construído de rodezno, con sus dos paradas de piedra de
cinco palmas de diámetro, dice un inventario, y ocupaba la puntilla
que formaba el cerro hacia la ribera izquierda del 'río, en la prolon-
gación de la actual calle de la Merced, contrafuerte rocoso que daba
paso al sendero que conducía a la doctrina de Ruñoa. Era el Alto del
Puerto que fué destruído a polvorazos por el Gobernador don Joa-
quín del Pino, a finesdel siglo XVIII, y que desapareció definitiva-
mente a principios del siglo siguiente por obra de don Manuel de
Salas. Ahí se extienden hoy la Plaza de Bello, que fué la Cancha de
Gallos de ayer, y las calles de Miguel de la Barra y Santa Lucía.
Dos molinós en tan reducida población parecen indicar opulen-
tas cosechas, y que no había sido simple andaluzada el cálculo que de
las venideras presentara Valdivia al Rey en su carta de septiembre de
1545, en la que anunciaba: "de diez a doce mil hanegas de trigo, y
maíz sin número", tanto se había multiplicado el grano del cuartillo
o almorzada de trigo salvada del desastre, y que, sembrada con 'espe-
cial esmero, era custodiada noche y día por soldados armados de
sable y espingarda. J
.
E l erudito don Tomás Thayer Ojeda ha proporcionado la no-
menclatura de los solares que, diseminados, como lo hemos dicho,
en la vasta área de la planta de la futura ciudad, fueron los primeros
jalones de las actuales calles. Así el solar de Juan Godínez, en la de
Agustinas; Villagra, en Santo Domingo; Azoca, en Rosas; Riveros,
con sus dos pertenencias al pie del. cerro San Cristóbal; Juan Fer-
nández de Alderete, en la calle de la Merced, al pie del Huelén, solar
que*debía muy pronto obsequiar, para instalar ahí un convento, a
los fmiles de la ~ e r c e d redentores
, de cautivos, que aun lo ocupan.
La actividad en la edificación fué tal, después de pasados los
primeros momentos de desaliento que siguieron al asalto y destruc-
- ción de la ciudad por Michimalonco y sus huestes, que se cuenta
de cierto albañil, Diego de Velasco, que enriqueció de tal manera que .
le f u i posible regresar a España con el fin de traer a su familia, lle-
vando en sus cofres diez mil pesos de buen oro, ganados en seis años,
en su profesión de buen batidor de greda con paja picada, y de ex-
perto techador de estoquillo y totora. Era como un millón y medio
de pesos de nuestra moneda actual.
L a Cañada era un pedregoso le-
cho de río, por donde solía el Mapocho lanzar, en tiempos de avenida
o de fuertes lluvias, uno de sus brazos! vagamundos, S1 cual había, a
través de siglos incontables, cavado la quebrada de ese nombre. Esta,
poco a poco támbién, debía transformarse en la gran arteria que
después de haber conservado largo tiempo su primitiva designación
tm castellana de Cañada, y un siglo el de lame da de las Delicias,
fué desde pocos años atrás, con aquel prurito criollo de cambiar todo
lo que representa la tradición'y la historia, la Avenida Bernardo
O'Higgins y ahora la Alameda Bernardo O'Higgins.
Ahí se levantó, edificio solitario y mucho tiempo único, a ori-
llas del barrancón cavado por las -aguas, en pleno pedregal de su
lecho; entre esjpinos sauces llorones, el Hospital de Nuestra Señora
del Socorro, fundado por don Pedro de Valdivia en 1552, en honor
de la pequeña imagen de la Virgen d e esta denominación que él tra-
jera atada a una argolla de su montura jincta.
Después de cuatro siglos, hecho único de perpetuidad en San-
tiago, ahí muy cerca, encima del altar mayor de San Francisco, se
venera la preciosa imagen testigo de toda nuestra historia.
.MANDA EL CABILDO

U n a ciudad se compone no tan


sólo de moradas, sino también de moradores, ambos sometidos a las
.ordenanzas de un ayuntamiento encargado de su buen gobierno y
administración.
Desde los primeros días se había constituído el Cabi1do;eligíén-
:
dose su primer alcalde y sus regidores el 7 de marzo de 1541 es decir,
apenas un mes después de la fundación.
Los alcaldes fueron Francisco de Aguirre y Juan Dávalos Jufré,
y lbs "muy magníficos y nobles señores regidores" Fernando de
Alderete, Juan Bohón, Francisco de Villagra, don Martín de Solier,
que debía morir ajusticiado, y Jerónimo de Alderete. Rudos solda-
dos eran éstos que nunca cejaron en su buena voluntad y energía,
contribuyendo con su, labor a la creación de la ciudad y a su organi-
zación administrativa, según las buenas normas que vieran aplicadas
en sus pueblos natales de Castilla o de Aragón.
Entre los empleados integrantes del primer Cabildo santiaguino,
es justo señalar al escribano Juan de Cartagena, al mayordomo An-
tonio Zapata, al alarife que tuvo tanta parte en la traza de la ciudad,
Pedro de Gamboa, destinado, dice el acta que le concierne, "a tener
solares y chácaras señaladas, y a repartir las aguas para regar los
' paños". Antonio de Pastrana, uno de los conspiradores destinados a
la horca, desempeñaba el ;argo de Procurador.
El Cabildo celebraba sus sesiones en sitios de fortuna, en la igle-
sia entre dos oficios, o en casa de alguno de los cabildantes. Ahí dic-
taban, bajo pena de severas multas a los que infringían sus mandatos,
ordenanzas llenas de cordura y de buen acierto que demostraban pleno
conocimiento de las necesidades urbanas.
Vemos al Cabildo fijar hasta el mismo. arancel que habían de
"llevar los sacerdotes en débito por los oficios, y demás cosas tocan-
tes a su santo oficio". Así, los derechos pagados por una misa cantada
no debían pasar de quince Pesos de oro. La limosna debida para una
de réquiem era solamente de cinco patacones.
En cuanto a las profeqiones, los aranceles fijaban a los espade-
ros, a los sastres, a los zapateros y calceteros, eiprecio de sus especia-
lidades, como lo hiciera hoy día un comisariato de origen socialista.
Aderezar una espada y barnizarla no podía exceder de seis
pesos. U ~ coStaba
O el hierro de lanza; tres y medio la confección de
una capa llana o de un borriquete. Por los aranceles no ignoramos el
precio de la chamarra y de las calzas, del jubón y de la gorra de ter-
ciopelo, al parecer tan comunes en nuestra pobre aldea como en la
corte de los Carlos y de los Felipe.
Les era impues'to a los zapateros no cargar más de dos pesos
por el par de zapatos de dos suelas, lo mismo que por las botas bor-
ceguíes y las chinelas o pantuflas para dama.
Son numerosos los datos que proporcionan dichos aranceles
que nos dan a conocer la indumentaria de los santiaguinos de los di-
ferentes estados, como también el costo de la vida. Ellos nos permi-
ten resucitar, por medio de los pequeños detalles de su vida doméstica,
la lejana opoca de los primeros pobladores españoles.
Por ordenanzas del Cabildo, se prohibió que se echaran caballos
a pacer por las calles, los tahures eran castigados con azotes, se con-
fiscaban las armas a los que andaban de noche, si eran españoles, y se
condenaban a la picota de la plaza, al ser indios o negros. Al produ-
11
cirse taquis", es decir borracheras, los cántaros de chicha'debían
ser quebrados. Los infractores a las ordenanzas que prohibían la
corta de la leña en los bosques de espinos seculares y de canelos que
rodeaban entonces a Santiago eran severamente castigados, de tal
suerte que el carpintero Sebastián de Segovia tuvo por multa que
fabricar a su costa las puertas y ventanas de la casa del Cabildo, en
155 1, como también las bancas, por no haber respetado los horcones,
en la'forma indicada por la ordenanza.
L o mismo sucedió con todo un capitalista y un magnate como
lo era Bartolomé Flores, el cual fué condenado a donar escaños de dos
pies de largo para la sala donde "se hacía cabildo".
Unico gobierno, el Cabildo de la ciudad presidía a la toma de
posesión de cada predio, y a su pintoresco ritual, que leemos en las
actas de sesiones del ilustre cuerpo.
Apuraba la construcción de la iglesia en mayo de 1556, "antes
que entre el golpe de invierno", dice el acuerdo. Cuidaba que se
pagara el diezmo a Santa Madre Iglesia, y al diezmero la comisión
"del diez un.o", sea el lenguaje moderno el diez por ciento de lo reco-
lectado, tanto de'las vacas como de las yeguas y cabras, ovejas y trigo,
cebada, lino, puercos o gallinas, pero de estas últimas en cada es-
tancia: una gallina y un gallo, no más.
Hasta entre los frascos, rotulados en latín de farmacia de la
botica, la gente de Cabildo introducía la nariz o por lo menos el ojo,
de suerte que el año de 1556 vemos al Cabildo reprender con severi-
dad al boticario por el precio exagera& del "ungüento de la Reina
de Hungría" y demás drogas que expendía.
El Cabildo se esmeraba como buen administrador en verlo todo,
en ponerle remedio a todo lo que estaba a su alcance. Era un puente
que debía estudiarse para el río Maipo; eran las cabras que era me-
nester expulsar por vagar en las calles con el consiguiente perjuicio;
era el procurador que se quejaba de haber visto en domingo cargar
carretas durante las vísperas, y "por el poco temor de Dios que en
fiesta se trabaje". Una de-sus constantes preocupaciones era la aten-
ción de las acequias por los aniegos que éstas originaban. -
La historia de las actividades del Cabildo en los primeros tiem-
pos es, en realidad, la de la ciudad, y hasta cierto punto la del país
entero.
Ya lo hemos sorprendido entrometiéndose en asuntos de la
Iglesia. En mayo de 1556 lo vemos ordenando la procesión de Cor-
pus Christi, y mandando4 a las diferentes corporaciones sacar -sus
oficios e invenciones en la forma que se acostumbraba en los reinos
de España. Ordena la festividad del señor Santiago Apóstol, patrono,
de la ciudad, con el paseo del estandarte, en el cual desempeñaba5un
puesto importante el regidor Juan Jufré, Alf6rez de cabildo, que
tuvo a su cargo y costo la hechura del estandarte del apistol, que lo
representaba, bordado en seda, jinete en su caballo blanco y lanza:
en ristre.
LA 'IGLESIA Y LAS IGLESIAS

A medida que se iba normálizan-


do la vida de sus pobladores, crecía el número de las iglesias, capillas
y conventos.
Mientras se edificaba la Iglesia Mayor, los oficios religiosos se
celebraban donde se podía, o, como lo dice el acta del Cabildo de
fecha 3 1 de diciembre de 1544, bajo la portada de la casa del Gober-
nador, en la Plaza. Otras capillas se levantaban; así esa ermita que
se dedicó a la Virgen del Socorro en la Cañada, que ya hemos men-
cionado, y la ermita de Santa Lucía, al pie del cerro de ese nombre.
Inés Suárez había fundado la de Nuestra Señora de Monserrat
en la cumbre del Cerro Blanco a sus expensas. Dé modo que a los po-
cos años de su vida de ciudad, Santiago contaba en su recinto con
cuatro iglesias, capillas o ermitas, cuya existencia bastaría para de-
mostrar, si fuese necesario, el profundo espíritu religioso de la pobla-
ción, espíritu que no cesó de multiplicar sus marcas exteriores a
medida que la ciudad iba creciendo.
Los frailes franciscanos hicieron su primera aparición por los
años de 1553, ocupando la capilla de Santa Lucía, a media falda del
cerro de su nombre, que pronto abandonaron para trasladarse al
sitio que hoy día siguen poseyendo en la antigua Cañada.
En 1555, fué el turno de los mercedarios, que habían servido
de capellanes en el ejército de Arauco desde los albores de la tonquis-
ta, y que anteriormente acompañaron a Diego de Almagro en su
expedición descubridora.
Rodrigo de Quiroga fué el verdadero fundador de este conven-
to, cuya existencia aseguró ljor medio de la donación que le hizo, en
octubre de 1562, de su estancia de Alhué y de quince mil pesos de
buen oro en su testamento, para la construcción de su iglesia. Era
la Merced el templo más suntuoso del Santiago de fines del siglo
XVI y el lugar de enterramiento de sus vecinos principales. Bajo
cuatro amplios arcos de cal y ladrillo, se habían formado en las naves
laterales otras tantas capillas funerarias que adquirieron las familias
más acaudaladas. .Ahí estaba la sepultura del generoso f.undador, don,
Rodrigo, cuyos restos descansan aún bajo el presbiterio de la iglesia,
junto a los de su esposa Inés S ~ á r e z .Por la caridad sin límite y
la indomable energía que ella demostró en los primeros días de la
conquista, bien mereció ser considerada como la madre de la pobla-
ción y que se borrase el recuerdo de su pecado . .
Continuaron las fundaciones religiosas. En, 1577, son los Her-
manos Predicadores o dominicos que acuden y establecen su iglesia
en la actual calle del Puente, esquina de la que lleva el nombí-e de
Santo Domingo por ese mismo temp10,'el cual, después de un tem-
blor que lo arruinó, fué trasladado al sitio que hoy día ocupa.
Ultimos de 1;s cuatro órdenes mendican'tes históricas, los ermi-
taños de San Agustín llegaron en 1595, y construyeron su iglesia
' 6
en el sitio donde se levanta actualmente. No hay ninguna -escri-
bía i~n'contem~oráneo-que esté más en medio del comercio", lo
que sigue cierto.
SANTIAGO EN 1571

E n ia "Geografía y Descripción
Universal de las Indias", obra del cosmógrafo J u a n López de Velas-
co, que la * publicó por los años de 15 7 1, se lee una curiosa descrip-
ción de lo que era Santiago a les pocos años del trágico fallecimiento
del gran capitán que la fundó.
Como hombre de ciencia, principia López de Velasco por situar
la ciudad a grados 77 de longitud del meridiano de Toledo, 60
leguas al Sur de la ciudad de L a Serena, y a otras 6 0 al Norte de la
Concepción, por fin a quince del mar océano. Si bien es cierto que
solamente cuenta de 3 5 0 a 400 vecinos, es decir "españoles", los 2 6
de ellos encomenderos, forma una aglomeración importante junto
con 60 a 80.000 indios de repartimiento de su'jurisdicción, cifra q u e
parece muy ,exagerada.
La dice ciudad con obispado y monasterios de la Merced, San
Francisco y Santo Domingo; capital de la gobernación, asentada en
un llano bien poblado, con buenas calles y lucidos edificios, muchos.
de ellos de madera, piedra, cal y yeso. A pesar de "los serenos a pri-
ma noche", de que participa por estar a vista de la tierra nevada, a 3 1
leguas de ella, su clima es saludable.
Pinta su valle ampliamente regado por medio de acequias que
refrescan sus trigos y cebadas, así como los huertos de las casas, sus
campos llenos de hierba y de albahacas plantados de árboles que se
llaman espinillos, buenos para leña y ceniza, y que arden como secos
por una goma que despiden,'~algarrobos de que se hacen carretas.
Santiago había, sin embargo, visto disminuir su población tanto por
la creación de otras ciudades en la parte austral del país como por
los grandes feudos o repartimientos de indios que alejaban de la ca-
pital a sus vecinos más emprendedores. Sea como fuere, había crecido
el número de las casas de alto, cuyos primeros ejemplares hemos visto
edificar en el contorno de la Plaza Mayor.
Solían ser extensas, como lo prueba el hecho que Rodrigo de
Quiroga pudiese recibir en la suya más de cien refugiados de toda
edad y sexo, al producirse la ruina de Concepción, que obligó a sus
habitantes a abandonár la región asolada por los indios. Igualmente,
grande debió ser la casa del obispo González Marmolejo, el cual
a su vez albergó en ella, proveyendo a sus necesidades, a numerosas
víctima; del despueble de la capital del Sur.
LAS CALLES

C a s a s pardas de interminables
murallones, detrás de los cuales rebasaban los copos de árboles de
los huertos, rosados o blancos en la-primavera, formaban los sende-
ros de la nueva ciudad: resticos callejones en que verdegueaba el
pasto, lodazales en el invierno y mares de polvo en el verano.
Para ubicar a los solares de los diferentes vecinos, hemos tenido,
como es natural, que referirnos siempre en el curso de este estudio a
la nomenclatura actual de las calles. Sin embargo, cada una tenía ya
su designación que las distinguía entre sí. Era generalmente basada
en el nombre de su vecino principal, o dueño de la casa más impor-
tante, denominaciones pintorescas que se leen e11 los testamentos y
demás escritos: la calle de Santo Domingo era la de Santiago de
Azoca; de Pero Gómez, la de las ~Monjitas;de Pero Martin, la de
Agustinas, como lo era de Bartolomé Flores, la de la Catedral.
Nuestra calle de Ahumada, que pocos años más tarde debía
adoptar el nombre que aun ostenta, era en sus principios de Lázaro
de Aránguiz., En .cuanto a su hermana y paralela, la del Estado,
nombre que fué substituído al del Rey en la época de la Independen-
cia, era designada como "del Alguacil Mayor", a fines del siglo XVI
y principio del que siguió. Mas, se puede decir que hasta el siglo
pasado las calles de Santiago no tuvicron nombre fijo, pues solía
modificarse, sea por la venta del solar que lo apadrinaba, o con la
llegada de algún personaje de importancia, cuyo apellido o cargo se
substituía al anterior.
Otras indicaban cuál era su rumbo; así se decía "la calle que
va desde la Puerta de Rodrigo de Quiroga hacia el llano", por la de
Huérfanos, y por la de San Antonio: "la atravesada que va a Nues-
tra Señora del Socoho". E n cuanto a nuestra maravillosa gran arte-
ria de todos los tiempos, la Alameda de las Delicias, ella se subdividía
entonces en Cañada de San Francisco, en su parte Oriente, y en Ca-
ñada de San Lázaro, eri su extremidad poniente. Sola entre sus con-
géneres, la calle de la Merced lleva entre nosotros la misma denomi-
nación bajo la cual era conocida en 1560.
LAS PLAZUELAS

E n general. las ciudades españolas


eran parcas en cuanto a extensiones libres, plazas y plazuelas, aunque
siempre se reservaba una amplia Plaza Mayor, centro de l'a ciudad, .
donde se levantaban las catedrales y locales públicos, tanto en la pe-
nínsula como en las colonias que anta60 pertenecieron al imperio
español.
'
E n Santiago, en noviembre de 1575, el Gobernador, a la sazón,
Rodrigo de Quiroga, con visión certera de la necesidad de crear si-
tios de desahogo en una población llamada a mayor crecimientc,
había destinado varios sitios reservados a plazas. Una de ellas es
la actual plazuela de Santa Ana, que enfcenta la parroquia del mis-
mo nombrei en un sitio cedido por Quiroga: "donde hay un horno
antiguo y caído, frente a la cuadra de viña del capitán Juan Vás-
quez", especifica la escritura de donación. Otra es la actual Plaza de
'<
Bello, que no ha mucho se conocía cbmo la Cancha de Gallos, entre
el río y el molino de Flores, la casa de Alonso del Castillo y los jue-
gos de cañas". Una tercera se extendía detrás del Huelén, mas fué
dividida en solares en 16 12, año en que fué adquirida por los T o r o .
Mazote (Andrés y Ginés) , Melchor Jofré del Aguila . y otros ve-
,

cinos.
Para el estacionamiento de las carretas -los automóviles de
la época, y con exigencias semejantes-, se reservó un terreno desti-
nado a futura plaza, al pie del cerro, en lo que, después de haber
sido cuartel de artillería y monasterio de Clarisas, forma hoy la Plaza
Vicuña Mackenna. Como lo dice don Tomás Thayer Ojeda, en su
obra definitiva sobre Santiago en el siglo XVI, Quiroga parecía
haber comprendido al rodear el cerro Santa Lucía que estaba llamado
a ser, corriendo el tiempo, el más lucido adorno de la ciudad.
QUINTAS Y V'IRAS

M ái allá de.la calle de los Teatinos


y más arriba del histórico Huelén, se extendían, al fin del siglo de
!a Conquista, las quintas de recreo de los vecinos más acaudalados,
o "cuadras de viñas", como solían llamarlas. Estaban plantadas -de
viñedos, en un tiempo en que, lo dice Garcilaso de la Vega en sus fa-
mosos "Comentarios Reales de los Incas", no se servía aún el jugo
de la parraten las mesas familiares en el Perú,(por ser tan escaso, que
lo poco que se producía se guardaba para los enfermos y para el
santo sacrificio de la misa.
Por su lado los olivares, tan numerosos en Chile, tenían origen
perulero, es decir peruano, según el mismo Inca Garcilaso, por haber
sido su primer ejemplar robado ahí. ,en el huerto de cierto Antonio
de Ribera, que de la lejana madre-patria importara en dos tinajones
unas cien plantas del precioso árbol de Minerva. A pesar del ejército
de esclavos encargadas de su cuidado, una de las tres plantas, que
sobrevivieron al viaje en carabela, fué sustraída y traída a Chile, don-
de prosperó. Agrega nuestro autor que, como la autoridad religiosa
fulminara excomunión mayor contra los ladrones, c1espués de tres
años.la planta andariega o alguna de sus hijas volvió a su dueño
Iegítittio, y al mismo sitio donde se hurtara, sin que jamás se haya
conocido quién fuera el ladrón. Aquella planta fué la madre de innu-
merables vástagos en nuestro país, donde, dice el Inca, se produce
mejor que en el Perú por razones de clima.
E n la parte alta de la calle de la Merced, Bartolomé Flores,
dueño del vecino molino, poseía su viñedo, junto a las parras de Her-
nández y de Juan Morales.
A lo largo de la hendidura natural del lecho seco de la Cañada,
entre sus espinos ralos y sus guijarros rodados, se sucedían los pare-
dones pardos de adobón de las chacarillas de Mateo Pizarro, ahí
donde se levanta hoy el Hospital de San Borja, y las de Gregorio
.Blas y tie ~ " ~ g u s tBriseño.
ín Esta última, en el sitio que fué hasta ayer
del Carmen Alto de San José. Pasado el convento franciscano, se
sucedían los potreros de María de Niza y de Corral, que Thayer
ubica entre Estado y Bandera, es decir, donde se levanta la Universi-
dad de Chile.
Muchos de los vecinos que alzaban sus mojinetes en las calles
del pueblo, Gaspar de la Barrera, Rubio, Lebrija, Medina, Mendoza
y otros, tenían ahí sus casas de campo a orilla Sur de la Cañada, de
poco frente y fondos considerables que se perdían entre los mato-
rrales enmarañados del vecino llano desprovisto de agua y de parca
vegetación, fuera del corto verdegueo del alfilerillo de septiembre.
El valor de la tierra, .que era nulo, como es natural, en los prin-
cipios, fué creándóse por el aumento de la demanda, sobre todo en
Santiago y su vecindario inmediato, y especialmente siendo Gober-
nador Rodrigo de Quiroga, "hombre de muy buenas partes como
fueron sobriedad, templanza y posibilidad con todo", como lo retra-
ta Mariño de ~ o b e r a .
E n efecto, en diciembre de 1556 aparece el regidor Francisco
Miñez vendiendo su chacra al Cabildo en cien pesos de buen oro,
y sésabe de otra venta por la cual el notario recibe de este cuerpo
,municipal "una cuadra de Santa Lucía", par sueldos atrasados de
un valor de 848 pesos, lo que asigna por consiguiente a ese pedazo
de tierra un valor equivalente.
P L A N O R E G U L A D O R Y PROGRESO E D I L I C I O

Y a existía en esa lejana época, tan


cercana de los comienzos humildes, entre los señores cabildantes,
siempre atentos al progreso de la ciudad, un plano regulador al cual
se atenían tan exactamente que, sin más trámite, en su sesión del 15
de junio de 1573, el Cabildo mandaba demoler una casa que había
edificado en la Cañada la esposa del vecino Francisco de Llanes, y
que rompía la línea recta. . .
\

Paso a paso, y hoja por hoja, es fácil comprobar en las actas del
Cabildo el progreso continuo que mejora las condiciones de la vida
diaria del vecindario.
Cierto día del verano de 1552, es la primera carnicería que
abre sus puertas, sin que-le sea sin embargo posible, por falta d é
matadero diario y de clientela suficiente, ofrecer en venta carne fresca,
lo que no se hizo sino quince años más tarde, y solamente dos veces
por semana.
Otro adelanto, importante para toda ciudad, fué la primera
instalación de agua potable abundante que no fuera la que corría
por las acequias, de la que había tenido que contentarse con los
inconvenientes del caso. Para surtirla, hubo de construirse un acue-
d u ~ t o ~ q uconducía
e el precioso líquido desde el manantial de T o -
balaba -algunos decían Todalagua-, que aun lleva el nombre
del Gobernador García Ramón. En 1578, la acequia de media vara
de ancho a tajo abierto, con su estanque surtidor al oriente del cerro,
recorría la actual calle de las Monjitas, desde donde partía un ramal
que alimentaba la pila del claustro de la Merced, y llegaba hasta la
plaza de Armas, donde, desde una fuente, se repartía para el servicio
de la ciudad.
Entre otros progresos paulatinos, mencionaremos el empedrado
de algunas calles, para cuya empresa el Gobernador Quiroga comi-
sionó al alcalde Alonso de Córdoba y al regidor Alvaro de los Ríos;
y entre los adelantos de la edificación urbana, la construcción del
primero de los "soportales", o galerías cubiertas, que desde entonces
han constituído el ornamento arquitectónico tradicional de la Plaza.
Ya en 1577, Pedro de Armenta, un vecino, solicitaba y conse-
guía del Ayuntamiento o Cabildo la autorización necesaria para
construir un soportal en su casa, frente a la Plaza y esquina de
Ahumada, "con arcos de tres varas de ancho, el primero de soslayo,
ochavando las esquinas". El portal de Armenta fbé así el prcdec&ot
más antiguo del de Sier;a-Bella, y por consiguiente del actual que
lleva el nombre de Fernández Concha.
El de Armenta comprendía un segundo piso y un corredor
que daba a la Plaza. A la so1ic;tud de aquél, el cuerpo municipal
otorgó lZ autorización solicitada, siempre que "el corredor sea co-
mún -dice el acta del Cabildo-, y no se pueda cerrar por abajo en
ningún tiempo".
I <
Impone también como condición que la primera esquina o
pilar sea en soslayo, para no perturbar el tránsito en la calle que va
a la casa de Francisco de Luco". El ancho debía ser de doce pies
magistrales. '
Firmaban el permiso correspondiente, el licenciado Calderón,
el corregidor de las Cuevas, los regidores: Azoca,, Luco, Toledo, y
por fin, el notario Gárnica, ampliándolo a todos los que desearan
construir semejantes corredores.
Un considerable desarrollo del área de Santiago, entre los años
1560 a 1580, triplicó su superficie, hasta el punto de cubrir 120
cuadras. La villa se había vuelto ciudad.
EL A M O

A fines del siglo, como en sus al-.


bores, y se'puede decir en la era colonial entera, el Cabildo, ya se
ha dicho, fué el amo Ómnímodo de la capital del reino.
Alcaldes y regidores son los jueces y los administradores. y
generalmente juzgan y administran en-conciencia y con provecho
para la ciudad. Gracias a sus desvelos y constante atención, Santiago
crece y mejora sus condiciones de vida.
Si Rodrigo Jofré solicita un solar que "linda con el tejar del
Gobernador, la calle en medio hacia el río"; si otro'lo pide junto al
molino de Juan Godínez, "que está en gloria", al Cabildo tiene que
presentarse.
E n días de San Juan Apóstol, del Señor Santiago y de Nuestra
Señora del Socorro, se celebran lidias de toros. desde el gobierno de
García Hurtado de Mendoza, que fué el que las introdujo en el país.
Un regidor es encargado de cuidar que cada vecino haga las barre-
ras, agujas y palanqueras a su costo. En cuanto al encierre de los
toros y "traellos a la plaza", le ha sido encomendado al capitán
Ruiz de León. y al corregidor el proveer las varas y mandar fabri-
car las picas y banderillas. Juegos de sortijas, de cañas, y otros en-
tretenimientos favoritos de la población, eran también de la incum-
bencia del Cabildo.
Cuando Eartolomé Flores, áquel acaudalado y activo bávaxo.
siempre el primero en toda iniciativa que representara un adelanto
para la ciudad, a la vez que un buen negocio para sí, ordenó que se
quemase incienso en la misa que se acostumbraba celebrar en el ora-
torio del Hospital del Socorro, que dependía del Municipio, de modo
que el celebrante pudiese soportar el Iiedor de la sala de indígenas,
el benefactor tuvo que dirigirse al Cabildo, que autorizó y dejó cons-
tancia en el acta de su sesión.
Administrando a los demás. el Cabildo n o olvidaba organi-
zarse a sí mismo; así, para evitar que alguien pudiese excusarse por
ignorancia, el portcro del Cabildo tenía que citar a todos los con-
cejales, y sus mandatos, bandos y decretos debían pregonarse en las
esquinas. Buenos crjstianos, los cabildantes acordaban en 1576 re-
unirse los jueves, ,para poder, los viernes, gozar de los ejercicios y
sermones de la santa cuarentena.
Gente de pqz, deseosa de evitar las reyertas, acordaban que na-
die pudiese asistir a sesión con espada al cinto o bastón en mano.
A aquellos hombres modestos y sesudos, que no han dejado
rastro sino entre las rudas fojas de los libros de sesión del Cabildo;
a esos-hombres bien intencionados y enérgicos, rnentores austeros y
justos, debe nuestra ciudad, que ensayaba sus primeros pasos, la gra-
titud del educando para con el educador de su niñez.
NUEVAMENTE LOS TEMPLOS

C o n ritmo ientq. pero seguro. se-


zuía creciendo, como lo hemos visto, lá ciudad de Pedro de Val-
divia, y como corolario natural de la fe profunda de aquellos hom-
bres, imperfectos, sin duda, pero, en medio de sus flaquezas, sinceros
creyentes, ignorantes de hipocresía, como de respeto humano, se ele-
vaban los templos, que en sus principios fueron sencillas capillas
pajizas o miserables ermitas.
*
' P o r manos de albañiles de fortuna la Iglesia Mayor, llamada

a transformarse en catedral, se iba levantando de tierra. Los diferen-


tes terremotos, que entonces se sucedieron, le coitaron más d e u n
siglo de atrasos y reconstrucciones, en una época en que, en países
americanos más afortunados, se construían catedrales dignas de las
de Europa, como ser en Méxicc, en Panamá, Quito, Lima, el Cuzco,
Honduras y ótraq capitales.
L a de Santiago fué edificada con su fachada hacia la actual
calle de la Catedral, que entonces se denominaba de Bartolomé Flo-
res. por tener en ella su casa el muchas veces mentado teutón lati-
fundista, encomendero y molinero. La iglesia n o comunicaba con
la Plaza sino por una puerta lateral, la llamada "del Perdón", por
razón de las corridas de toro que en ella se lidiaban! y demás fiestas
profanas que la tenían por teatro natural. Así lo había dispuesto
Felipe 11 en su Consejo de Indias.
En 1558 no estaba aún terminada, cuando la Princesa Gober-
nadora autorizó desde España el gasto de? 6,000 pesos de buen
oro con ese fin. Su fábrica había costado, hasta ese momento, doce
mil pesos, de los cuales 10,000 habían sido donados por los vecinos.
Por desgracia, su construcción fué tan defecruosa, que en 1559
se temía que pudiese derrumbarse. El gobernador don García Hur-
tado de Mendoza emprendió entonces su reedificación con suma ac-
tividad, alcanzando a reunir entre los habitantes, siempre llanos a
financiar la consirucción de templos, la suma considerable, entonces,
de veinte mil pesos, y logrando colocar su primera piedra a fines del
siguiente año de 1560.
Harto deficientes tuvieron que ser los albañiles y maestros de
obras que emprendieron esa tarea, ya que hubo que proceder nue-
vamente a su demolición medio siglo más tarde.
Sin embargo, los cronistas contemporáneos la describen como
"muy airosa y de galana arquitectura". De ella decía más tarde el
<
1
obispo Villarroel: que era sin igual, quedándose en los términos
de la arquiteitura", opinión sin duda exagerada, si se compara nues-
tra catedral de entonces con otros magníficos templos de la América
colonial.
Constaba de tres naves de piedra blanca. Era de pulida made-
ra en techumbres y sobrecanes, así corno.de corpulentas trabas rica-
mente encolleradas.
Sostenía esta máquina. dice un autor. dos órdenes de arquería.
de fina cantería de piedra, de admirable simetría y proporciones, ga-
las y hermosura que, sin embargo, poco debían durar.
Separada de la calle que hoy es de la Bandera, con la cual linda
por el Poniente, por el solar de la familia Pineda Bascuñán, la Iglesia
Mayor estaba entonces rodeada hacia .el Sur por el campo santo,
donde hoy se levanta la capilla del Sagrario, cuyo suelo conserva los
restos mortales anónimos de muchos de los próceres y vecinos fun-
dadores de la ciudad.
Por su lado mejoraban su edificación-las demás iglesias, tanto
la Merced como Santo Domingo y San Agustín. La de San Fran-
cisco es, sin duda, y solamente en parte, el único templo que pueda
hoy remontarse, en cuanto a sus edificios, a fines del siglo XVI.
Nuestra Señora de Adonserrat, San Lázaro, la ermita de Santa
Lucía, eran simples oratorios de construcción modesta, donde se iba
en procesión en ciertas fechas o en cumplimiento de alguna- manda.
San Saturnino, patrono invocado contra los terremotos, tuvo desde
el año 1577 una ermita en el égido de la ciudad, al Oriente del Hue-
lén. Destruída por una avenida del río en 1607, fué más tarde res-
tablecida por un acuerdo del Cabildo al-pie del Cerro, en su costado
Surponiente.
La de San Lázaro, que levantaba un sencillo galpón blanquea-
do en la esquina actual de San Martín con la-Cañada, había sido
fundada en 1575, y en 1587, la capilla de Santa Ana.
Los jesuitas. que debían influir tanto a favor del-progreso de
Chile y de su capital, sólo llegaron en 15 93, pudiendo, gracias a las
erogaciones del vecindario, erigir su noviciado y su primer templo.
Santiago del Nuevo Extremo, en el primer siglo de su existen-
cia, por la desproporción del número de ius templos con el de sus
pobladores, hubiera merecido, por cierto mucho más que ahora, el
apodo de "Roma de Indias", que le adjudicaba don Benjamín Vicu-
ña, y que tal vez era más exacto en la época, no muy lejana, en que
aquel historiador de Santiago escribía.
Si las casas de religiosos eran numerosas, las monjas solamente
disponían del monasterio vulgarmente llamado "de las Monjas de
Santiago", que era de señoras canonesas regulares de San Agustín,
bajo la advocación de la 'Limpia Concepción de Nuestra Señora, y
que el Cabildo consideraba como suyo, a título de patrono y fun-
dador, cuyos privilegios, en todo momento, defendía celosamente.
Había sido fundado en 157 1, en terrenos donados a ese efecto
por dicho Municipio, el cual había también suministrado los recur-
sos necesarios y autorizado a las freilas: "a demandar y percibir. . .
todos e cualquier maravedis e pesos de oro e plata, joyas, tierras e
pertrechos de casa y otras cosas e limosnas mandas o que se manda-
sen a las dichas monjas e monasterio". La intromisión del Cabildo
en la vida interna del cenobio era tal, que las religiosas, viudas en
general de capitanes de la guerra de Arauco, tuvieron que consultar
al alcalde y regidores antes de poder entronizar a doña Ysabel Ferrin
de Guzmán y a doña Beatriz de Guzmán. como su primera abadesa
de báculo, cruz y sortija, y como su priora claustral, respectivamente.
Aquel cenobio era u n verdadero pueblo de monjas, que la gue-
rra de Arauco se encargaba de surtir de viudas y de hijas de los biza-
rros guerreros muertos en ella. Alcanzaron al número de cuatrocientas.
entre monjas de coro, legas o sargentas, novicias, educandas y cria-
das indias.
Ellas fueron las primeras maestras de las hijas de los conquis-
tadores, a quienes enseñaban la cartilla, la religión, los buenos mo-
dales y, por supuesto, las m & sabrgsas recetas culinarias. Era una
ciudad de Dios, a tal punto que 80 años más tarde, en una época
de profunda decadencia moral para la sociedad santiaguina, el obis-
p o Fray Gaspar de Villarroel podía decir del monasterio de\las
Agustinas, que "era u n jardín de Dios", y los confesores proclama.
ban que, "tanto entre las blancas como entre las de color que vivían
en la clausura, era difícil hallar siquiera pecados veniales, que diesen
materia a confesión".
EL FLAGELO ' DEL MAPOCHO

E l Mapocho solía demostrar su


indomable energía, que ningún tajamar sujetaba, y salirse de su
cauce natural, lanzando sus aguas' por el abandonado ramal de la
Cañada al asedio de la ciudad. Las avenidas eran comunes y consti-
tuían un verdadero flagelo.
En julio de 1574, el escribano público y de cabildo Nicolás de
Cernica nos ha dejado en las actas del cuerpo municipal la trágicá
pintura del aluirión que en esa fecha llenó de espanto y amargura la
ciudad del Nuevo Extremo. Debemos citarlo por los pintorescos de-
talles que proporciona, como por su sabrosa sencillez en la descrip-
ción dc los hechos.
El río venía tan grande, escribe Gárnica, "que no se podía pa-
sar sin gran riesgo, y en excelente caballo, de la calle de Santo Do-
mingo -hoy del Puente- y de Santiago de Azoca -hoy dc Santo
Domingo-, que va derecho al mar, que venía llena de agua. Dos
ríos pasaban por la plaza pública, uno por la calle de Pero Gómez
(Monjitas) y casa de cabildo hacia la mar. El otro cirría por la
calle de la Merced, y tan caudaloso, que llegaba a la cincha de los
caballos, y estuvo por ahogar a varios indios que intentaban cru-
zarlo". \

El largo relato oficial que hace nuestro escribano del infausto


acontecimiento nos proporciona curiosos~datosde la ciudad a los
treinta y tres años de su fundación.
Las calles del capitán Gaspar de la Barrera y de Juan de la Peña
(calles de Huerfanos y de'la Moneda, respectivamente) traían agua
también, y al pasar "por delante del señor San Francisco", pudo
comprobar nuestro hombre que las huertas y casa que poseía don
Francisco de Yrarrázabal en la Cañada. "venían de monte a monte".
7 3
Aquella noche siniestra el torrente paseó a su antojo por la desgra-
ciada ciudad, destruyendo tapias y llevándose todo lo que se le ponía
por delante. Felizmente, como en el diluvio universal, las aguas no
'tardaron mucho en retirarse, y el nuevo Noé, hombre de fe entera,
de exclamar en su relato: "iGloria al Hacedor de las vidas de las co-
sas, con lo de aplacar y no pasase adelante, que nosotros pensamos
ser anegados !"

Otras veces el andariego río crecía y se cargaba hacia la Chimba,


en la ribera Norte de su anchuroso lecho, tal como en 1581, en que
dejó a seco molinos y acequias.
Entre temblores, asedios de bárbaros y avenidas, fué así meci-
da la cuna de nuestra capital. ]Se comprende qué afanes, qué penu-
rias y dolores sufrieron sus primeros pobladores para soportarlos y
vencerlos!
L'OS POBLADORES

N o podemos olvidar a aquéllos y


dejar de mencionar algo de lo que los autores de la época han estam-
pado. en sus obras de sus cualidades y defectos, que, en parte, per-
ipetuados hasta nosotros. han constituido los distintivos particulá-
res de nuestra raza.
Alonso González de Nájera, en su "Desengaño y Reparo de
la Guerra del Reino de Chile", dedica un capítulo a los criollos del
reino, y dice que son "los que casi desde las mantillas visten mallas,
y los que, ofreciendo sus vidas por el aumento de la fé, procuran de-
fender su Patria y sujetarla a su Rey, le haciendo murallas de sus
cuerpos, en amparo de lo que menos habitan que son sus casas: y
finalmente son los que, llevando el peso de aquella guerra, muestran
el valor que ignora nuestra España". "Sus hazañas, prosigue, quedan
desconocidas, porque son los que en el mundo menos han escrito
sus hazañas, así que para sus mismos progenitores quedan sepulta-
dos en el olvido."
Los llama "centauros criollos, según parece nacidos a caballo,
por su extrañada destieha de ambas sillas, que puede competir con
la de los grandes ginetes y bridones de Europa . . Son de claro in-
genio, de ylustres y sabios pensamientos, liberales y generosos".
Existe, evidentemente, en esta pintura de los criollos chilenos
cierto ditirambo, pero, al juzgar por los hechos que relata la histo-
ria, contiene a la vez mucha exactitud.
A tales hombres, centauros chilenos, como los apoda González
de Nájera, debían corresponder heroicas Cornelias, tales como las
pesenza nuestro autor en el capítulo de su obra que intitula: "Loor
de las mujeres criollas de Chile".
Las declara no menos hermosas que desdichadas. Han sufrido
como los más robustos soldados, hasta el punto de morir de hambre
junto con sus pequeños hijos. Las españolas criadas en estas tierras,
siempre según González de Nájera, eran dotadas de especial hermosu-
6 6
ra, gracia y donaire calificado de discreción y cortesía, mucho más
de lo qué parece se puede hallar en pueblos tan abreviados, y tierra
tan apartada de corte". Ejemplos de honestidad, de noble y señorial
trato, varoniles de ánimo y buen gobierno, administran el de sus
casas y haciendas de campo con esfuerzo y paciencia, supliendo las'
largas ausencias desus maridos en los t'iem~osde más cuidado.
e
Conocedores de las prendas que han decorado siempre a la mu-
jer española, no dudamos de la exactitud del retrato que nos pro-
porciona el autor, que las dice también ejercitadas y maestras en
varias labores y recamos, agraciadas en el vestir, en una palabra,
dignas antepasadas de nuestras modernas compatriotas. Dice Gon-
zález de Nájera que "usan los trajes tan uniformes a los de las muje-
res destos reinos, especialmente sus modos de tocados, que los que
en ellos se movían se ponen tan presto allá en uso, como si los pene-
trasen con la vista, y así en éste, como en todos sus ejercicios, se
conforman con las mujeres de España".
A pesar de su afición por la "toilette", las chilenas de entonces,
lo aseveran las actas de Cabildo, amasaban el pan para el uso de su
familia, y aun para la venta, al precio que fijaba el arancel, o sea a
I 4
peso los dieciocho panes subcinericios", es decir, las tortillas de res-
coldo.
E n cuanto a la gente del pueblo, era, según la expresión de
Góngora Marmolejo, "muy suelta". Su vestimenta se componía,
para los hombres, de camiseta sin mangas, y de amplias calzas, lla-
madas "zaragüelles". Traían el pelo cortado por debajo de la oreja
y en la línea de los ojos. Era, dice él mismo, "gente bien agestada,
por la mayor parte blanca, bien dispuesta, amiga en gran manera de
defender su tierra".
LUJOS Y ELEGANCIAS

N o s ha sido dado comprobar en


los viejos papeles y testamentos de aquel tiempo la verdad de lo
que aseveran los autores contemporáneos de laos hechos, .en cuanto
al esmeTo en copiar las elegancias de la lejana España, y hallar en los
inventarios de los mercaderes la nomenclatura de los tocados y bas-
quiña~,que ya conocíamos por los aranceles que fijaban su valor.
Así nos consta que les era posible a las damas surtirse de medbs
de seda y de guantes de Ciudad-Real en las tiendas de Santiago del
Nuevo, Extremo. E! 'afán de elegancia se nota muy especialmente en
la ropa e indumentaria de cama, recargadas de bordados, de encajes,
de seda y galones, compuestas de sobrecamas de la China o de paño
de Castilla, que se orlaban de flecos de oro. Encontramos en los in-
ventario~testamentarios las camisas de Ruán bordadas y las bas- .
quiñas de tafetán de México, los jubones de tela de oro y los tocados
de raso blanco.
Así, en el inventario que, a fines del último terció del siglo
XVI, protocolizaba el mercader Domingo Rodríguez ante el escri-
bano Ginés de Toro, se mencionan "las piezas de Damasco de Messico
y de la China", los sombreros abatidos de Castilla. los paquetes de
56
botones "de alquimía", junto con las gruesas de rosarios "de talón",
los platos de loza de Lima, los atados de pluma de ganso para es- .
cribir, y las libras de solimán crudo, que era el "rouge" de nuestras
abuelas.
Los hombres no les venían en zaga a sus esposas y hermanas
en elegancias. A imitación de los señores de la corte de Valladolid o
de Madrid, habían adoptado la moda de los paños obscuros, tafe-
tanes y terciopelos negros, tales como lo usaban aquellos soberanos
tristes: Carlos V, Felipe 11 y Felipe 111, aií como las gorgueras de
lienzo almidonado y rizado, que se ven en los retratos del Greco,
golillas que, apretando el cuello, obligan a alzar el mentón. .
GALAS Y RECEPCIONES

L a recepción solemne que Santia


go hizo, a 16 de agosto de 1568, al Gobernador don Melchor Bravo
de Saravia, constituye un exponente de la afición de los españoles
a las ceremonias y al lujo que en ellas se gastaba.
Deseoso de recibir dignamente al noble personaje llamado por
la confianza del soberano a gobernar al reino de Chile, el Cabildo
había acordado gastar lo que menester fuere de los propios de la
ciudad para proceder a la ejecución de un dosel de damasco azul, con
sus flecaduras de seda 'y oro. Ordenó que se adquiriese una silla de
brida, con'coraza de terciopelo negro, con su pretal, cabezada y frenos
dorados, y la mochila enflecada de oro. A más, se obsequió por el
alcalde, al' "Ylustre Señor Gobernador' y Capitán General", un her-
moso caballo, bien aderezado de negro también.
Es de notar que este lujo se desplegaba unos veintisiete años
solamente después de la fundación de Santiago, y en las condiciones
de pobreza y de penurias dé toda especie, que no ignoramos.
En 1547, es decir, veinte años antes de la solemne recepción
que hemos mencionado, la indumentaria de Francisco de Villagra,
al efectuar su entrada en Santiago como Gobernador, ostentaba un
lujo que parece una anomalía por la fecha en que aquélla se realizó.
T a l como lo pinta Góngora Marmolejo, su traje era de terciopelo
negro, con sus flecaduras de oro, y la ropilla guarnecida de piel de
marta. Los regidores, como en la jura de don Felipe 11, que se cele-
bró en la Plaza, a 15 de abril de 1558, lucían rozagantes ropas dé
broca to carmesí.
E n esta Última ceremonia, el alférez real cabalgaba un hermoso
caballo overo, y, enarbolando en alto el-pendón de Castilla, clama-
ba: "iEspaña, Santiago! Por el Rey don Felipe, nuestro señor", y
hubo música "de metales y tambores".
Llama sin duda la atención este despliegue de sedas y tercio-
pelos en la pobre aldea de muros de adobe y techo de paja, que, cierto
es, llevaba el título de "Noble y leal ciudad" por real cédula. Pero
esto obedecía a la idiosincrasia española de la época y de siempre,
amiga de ritos y de galones, no solamente por espíritu de exhibición
y de inútil boato, sino por exacta comprensión de su influencia so-
, bre las masas populares, que enaltece al juez revestido de toga y al
militar de uniforme bordado.
Obedeciendo al m:smo pensar, en las festividades que celebra-
ban la llegada de un nuevo gobernador, se levantaban arcos de
triunfo de perfumado arrayán y unas puertas de ciudad figuradas,
que se colocaban en la calle de San Pablo, en el punto donde des-
embocaba el camino recorrido por el magnate representante del rey
para trasladarse del puerto a la capital.
Es de notar el progreso adquirido en medio siglb, a pesar de
tantas catástrofes y problemas, que resultaban de la pobreza de la
nueva colonia, como también de las continuas guerras que se man-
tenían sin tregua ni descanso contra la indiada.
Los españoles se habían esforzado en importar considerables
rebaños de vacas, ovejas y cabras, que se multiplicaron en corto tiem-
po. 'Por los grandes flagelos que los diezmaron cruelmente, una ca-
bra, por ejemplo, había alcanzado a valer hasta 1 0 0 pesos oro, suma
fabulosa al calcularla al valor actual de la plata; pero, gracias a u n
numeroso piño de ganado traído del Norte por Francisco de Villa-
gra en 1553, lo que costaba cien pesos se redujo hasta n o valer sino
de tres a cuatro.
Por s u lado, el trigo, ese gran elemento de civilización y de
riqueza, se había multiplicado sobremanera, después de haber fal-
tado casi por completo.
Ya no había temor que los habitantes del reino de Chile pa-
sasen hambrunas, seguridad que constituye, sin duda, el aspecto
más claro de un verdadero progreso.
La ciudad .poseía, lo hemos visto, buenos templos, numerosas
casas de dos pisos, cómodos soportales, un hospital, conventos flo-
recientes. Santiago era, por ende, ya al terminar el siglo, una ciudad
en pleno desarrollo, si bien es cierto que la capital de Chile, lo ates-
tigua una carta del tesorero Morales a Felipe 11, en septiembre de
1583, contaba en su recinto solamente a 1,100 españoles peninsu-
lares, sin hablar de los criollos, hijos de españoles, nacidos en el rei-
no, que existían en número bastante crecido después de sesenta años
de colonización.
S E G U N D A P A R T E

EL SIGL.0 X V I I

DEL CLIMA Y DEL CIELO

N o será salir-de nuestro tema: la


formación de la ciudad de Santiago a lo largo 'de sus cuatro siglos
de existencia, recordar lo que el padre Alonso de Ovalle, que vivió
y escribió en la primera mitad del siglo XVII, decía del clima, que
siempre influye en los hombres en los hechos, y del aspecto general
del valle en el cual se levanta nuestra ciudad. La descripción del padre
Ovalle ayuda a comprender y a figurarse, a cuatro siglos de distan-
cia, el panorama de Santiago, lo que es tanto más interesante no
ignorar cuanto que, como las ideas, los climas y los aspectos de la
naturaleza se modifican al correr de los años y ante el avance de lo
que se llama el progreso, siempre demoledor de bellezas. *

De la voz común de los que en Europa han llegado a verlo,


1 diCe Ovalle, nuestro cielo es considerado como "lo mejor que han

-visto en cuanto han andado". "Claro y despejado, muy alegre y


hermoseado de estrellas que resplandecen con sus claras y brillantes
luces", dice otro jesuíta historiador del mismo siglo, el padre Diego
de Rosales.
Algunos caballeros que han pasado de España al Perú, y han
venido a Chile con cargo de gobierno, se declaran admirados y llenos
de alegría, "por parecerles que han vuelto a la patria", pues, dice
Rosales, "no hay reyno ni provincia que más lleno se parezca a Es-
paña que Chile".
Otro cronista; Alonso González de Nájera, en su "Desengaño
y Reparo de la Guerra del Reino de Ch'ile", que escribía en 1614,
1
PLANO
DE SANTIAGOA PRINCIPIOS DEL SIGLO XVII (DE LA "HIST~RICA
R!+ACION
DE CHILE", DEL FADRE
DEL ~ Y N O ALONSODE OVALLE.)
asegura que "casi todos los de la tierra de paz comen de balde, pues,
si hay gente pobre, n o hay ningún mendicante". Agrega el detalle -
pintoresco que: se duerme en campaña abierta, sin temor a bicho que
ofenda, no hay sabandija venenosa, no se sabe qué cosa es chinche,
pulga o mosquito, y sólo hablan de una arañita roja, de la cual
también se susurra en nuestros días.
Bajo ese cielo privjlegiado, según nuestro cronista, buen obser-
vador, "la planta de la ciudad no reconoce ventaja a ninguna otra",
y la hace a muchas de las ciudades antiguas que vió en Europa, por-
que está hecha a compás y cordel, en forma de un juego-de ajedrez.
"Las calles son tan anchas que caben en ellas muy holgadamente
tres carrozas de fren'te. Llevan calzada de piedra, siendo una de más
anchura e importancia, la Cañada."
LO QUE VA DE AYER A HOY

E l padre Ovalle había residido va-


rios años en Europa en las casas de su Orden, de modo que su tes-
e timonio reviste el interés especial del que ha vivido bajo otros cli-
mas y estudiado otras civilizaciones. A su vuelta a Chile, encuentra
a Santiago cercado de hyertas y edificios. Recuerda haber visto en
.su'niñez la iglesia de San Lázaro, en la Cañada, fuera de los límites
de la ciudad. A su regreso, la descubre, dice, "cogida dentro de mu-
chas cuadras que se han fabricado más adelante, de manera que es
esta Cañada absolutamente el mejor sitio del lugar".
Alaba el aire fresco y apacible que van a respirar los vecinos
en la fuerza del verano, sentados junto a las ventanas y puertas de
calle.
Prosigue el cuadro que nos hace revivir nuestra Alameda de
hace tres siglos, y habla el Padre del gran t r a ~ í ny gente que perpe-
tuamente pasa, a causa de las salidas al campo, que, de sus calles
laterales, van hacia el Poniente.
En el centro se alzaba una tupida hilera de Sauces, y a sus pies
corría un arroyo. San Francisco se erguía hacia el Oriente, con su
iglesia de piedra blanca de sillería, y a su lado la torre "de lo mes-
mo", que desde lejos anunciaba a los viajeros la proximidad de la
ciudad, desde el mismo sitio donde hoy dominan las hileras de plá-
tanos que 'han reemplazado a los álamos, que, a su vez, habían
substituído a los sauces llorones, de verduras tan claras y alegres en
agosto.
. El buen padre -hecho más común'de lo que se suele pensar de
la gente de su siglo- apreciaba la belleza de la naturaleza, como lo
prueban varios capítulos de su "B~eveRelación". Declaraba que
desde la Cañada se gozaba por todos lados de bellísimas vistas, que
son de grandísimo recreo y alegría, Santiago, para él, era una de
las mejores ciudades de las Indias, excepto la de los Reyes, 'del Perú,
y México: que son más ricas, de más suntuosos edificios y templos,
de más gente y de mayor comercio, por ser más antiguas, más veci-
nas a España. . . , y, sobre todo, libres del tumulto de la guerra,
"que es la polilla que en pocos años suele deshacer ciudades muy
grandes y aun reinos enteros".
A pesar de la tan "prolija y porfiada guerra", la ciudad había
tenido un desarrollo que el autor admira, el cual, hay que recono-
cerlo, era, como todos sus contemporáneos, amigo de cierta exage-
ración.en los términos. De cuarenta años a esta parte, dice, es decir,
desde el principio del siglo, es de admirar lo que han crecido la ciudad
y el número de sus habitantes españoles. Confiesa que, después de
haber pasado ocho años en los noviciados de la Compañía en Eu-
ropa, no la reconoce, tanto han aumentado sus solares; y donde no
había una casa, los halla edificados con altos muchos de ellos. En
cuanto al Cerro, está rodeado de casas, con buen fondo por la partc
oriental, y por los otros se extienden cada día más hacia el río.
T i b a l d o s de ole do, Cronista
Mayor de las Indias, autor de la "Vista general de las continuadas
guerras y difícil conquista del gran Reino y-Provincia de Chile", no
es menos encomiástico en su descripción de Santiago del Nuevo Ex-
tremo; pero de la Cañada no dice sino que era < < una acequia de agua,
en donde hay muchos molinos.".
Santiago es, para él, el más gallardo vergel del mundo, rodea-
do de huertos, de olivares y de viñas, en los que "se hace mucho y
muy buen vino", aceite y' mejores aceitunas que en España; y mu-
cha cantidad de higos que "se curan" -práctica discutible, que por
lo visto viene de lejos-, particularmente en el Salto y en las ha-
ciendas de los capitanes Jerónimo de Molina y Diego de Araya".
Chile es. para Tribaldos, un país de cocaña. el de las mejores
gallinas del orbe, que no valen'más de un real, y un real y medio un
gordo capón. U n solo real costaba un grueso cordero o un cabrito,
y, exageración final que no podía faltar: < los mismos ratones que
6

se crian en los campos, se comen y estiman por mayor regalo que en


España los mejores conejos de ella". Estos son, asegura González
66
de Nájera, "como gazapillos, y sólo muestran ser ratones por tener
lasspatas y colas peladas y largas orejas. . . Las, mujeres, aun crio:
llas, los estiman regalada comida, y dejarían de buena gana
. * una per- *

diz por un ratón". ¿Se habrá perdido esta raza de roedores comes-
tibles?
DE LOS BOSQUES Y HUERTOS

S i n duda. bajo tanto ditirambo


saliremos reconocer a nuestro Chile; mas han desaparecido del pai-
saje que tenemos a la vista los grandes bosques, a orillas del río y
en las laderas de la cordillera nevada; los maitenes pomposos, de
linda y apacible sombra, y los canelos inmensos; las palmas, cuya
corta estaba ya prohibida por el Cabildo; el guayacán, de madera
fortísima, para obras de dura, curiosas y perpetuas; las pataguas,
que servían para puertas y ventanas,' y el canelo, que tanto se pa-
recía al canelo de Quito, que los conquistadores le habían bautizado
con ese nombre.
También desaparecieron los recios espinales de la seca llanura
del ~ a ; ~ oParece
. haber estado coronado de palmas el cerro Sdn
Cristóbal hasta el principio del siglo XIX, con su cresta ondulada
de diadema de cdcique. Las palmeras existían en vecinas quebradas
y hasta en los patios de Santiago, en donde acaba de desaparecer, en
mala hora, uno de sus últimos representantes seculares,
Del mismo modo se han alejado hacia el campo los frondosos
vergeles, tan hermosos en la estación primaveral, que sembraban de
la nieve de sus pétalos el piso de las calles.
Todos los árboles frutales de España habían sido aclimatados
en'chile, menos el guindo y el cerezo, su hermano silvestre, porque
la semilla se corrompía en el trayecto por mar, según aseguraban.
Grandes frutillares se extendían en la cercanía de la ciudad, de
donde, para decirlo así, han desaparecido. La frutilla, decía González
de Nájera, "es de hechura de corazón, y en grandeza son las más vi-
<<
ciosas". En cuanto a su sabor, declara que no se puede comparar a
la de cualquiera otra, pues no'se podría decir que la camuesa tiene el
gusto del melocotón".
De los huertos nos halda Rosales como de impenetrables bos-
ques de guindos, ciruelos y membrillos, y, de acuerdo con la prác-
tica de las largas nomenclaturas, propia de la época, nos brinda la
'1
lista de las especies que los poblaban: melocotones, duramos, peras
maiores que las' cermeñas y bergamotas, ciruelas, aceitunas, albari-
coques, guindos, granadas, sidras, naranjas, limas, limones, toron-
j o ~ ,cioties, membrillos, brevas, higos, manzanos, peros ca&esos,
y la fruta &e falta, concluye, es la que se ha dejado de traer de
España':.
Como dice él mismo, no hay en veinticinco leguas de circun-
ferencia, palmo de tierra que pueda decirse desocupada de Colina'a
Maipú, y de la cordillera a Carén: "Todo él es Ün vergel continua-
do de sementeras de trigo, cebada, maíz, porotos, garbanzos, arbe-
jas, habas, ají, lentejas, frutilla, con infinidad de viñas".
LOS HABITANTES

A fines del siglo de la conquista.


y en los diez primeros años del siguiente, debían desaparecer casi
todas las ciudades del Sur, fundadas con tanto sacrificio por los es-
pañoles. Las primeras en ser asoladas fueron Santa Cruz y Valdi-
vía, en la terrible sublevación del .toqui indígena Pelantaru; La Im-
perial y Angol, al año siguiente de 1600; Villarrica en 1602;
Osorno y Arauco en 1604.
Sólo quedaban en el Sur las.poblaciones españolas de Concep-
ción, de Chillán y de Castro; la primera con 76 casas en 1610; la
segunda con 52,. de las cuales solamente 8 eran de teja. Castro, en
Chiloé, contaba solamente 12 uanchos y un convento de merce-
darios. '
E n cuanto a la capital muy noble y leal, la población de San-
tiago se componía en 1634, según el Memorial de don Lorenzo de
Abiesto, secretario del presidente Lazo de la Vega, de unos 5.000
vecinos; es decir, de 3.500 habitantes de origen español, o mestizo
comprobado, pero fué considerablemente mermada por el terremo-
to de 1647, pues, pasada la catástrofe, un autor la estimaba en '

6.000 almas en todo, computando con los españoles y criollos naci-


dos de españoles, a los mulatos, los negros e IndlOS. .bn todo el pais
a esa fecha no había más de 8.000 individuos de raza hispánica.
E n cuanto a los indios, su número, considerable en los princi-
pios de la colonización española, había disminuído de tal modo, que
donde'habia 1.000, según Mariño de Lobera. no quedaban más de
100. Por tal razón, decía este autor, "está la tierra muy adélgazada,
pobre y miserable. sin otro remedio que el ayuda del cielo".
SANTIAGO EN 1610

*
C o n mucho acierio dice don Do-
mingo Amunátegui Solar, de Santiago al iniciarse el siglo XVII,
que si Potosí "estaba entregado a los azares del juego, a los lances del
amor y a los riesgos del desafío, Santiago. . . era la imagen de una
aldea tranquila y devota", opinión que corresponde a los recuerdcs
que conservaba Alonso de Ovalle de su juventud, cuando aseveraba
haber oído contar, en los primeros años del siglo, que al asomarse
a la portería de la Compañía uno de los religiosos recién llegado de
Europa, viendo tan poca gente andar por la calle y la plaza, no pudo
sino recordar aquel verso famoso de Virgilio: "apparent rari nantes
in gurgite vasto" -aparecían raros náufragos por la inmensidad
del abismo.
Mas el buen padre recordaba aquella impresión de su n i ñ e ~
para establecer mejor la diferencia del Santiago que tenía a su vista
<'
en que, decía: se ve esta calle - e s decir la de la Compañia, en la cual
se levantaba el convento jesuíta- tan frecuentada de gente que a
cualquier hora del día y aun a muchas de la noche, se hallaba siempre
mucha, porque se han fabricado tiendas de mercaderes de la una y
otra banda de la calle, por haber crecido el comercio".
, .
Ahora la ciudad. Los cronistas nos presentan una pintura de
Santiago suficientemente detallada para que podamos reconstruir
su fisonomía por la imaginación. con galas que a poco andar debían
desaparecer en siniestra fecha.
La Plaza, capaz, con su fuente, sus calles "de mesma grandeza
y medida de veinticinco pies geométricos", está dividida en cuadras
con cordel como cuadros de ajedrez, de modo que poniéndose en la
esquina de una de ellas, se ven cuatro calles derechas, sin que salga
una casa un pie más que las otras, "sino que están todas en policía
y concierto, con sus calzadas de piedra para andar en el invierno por
las calles sin los enfados del lodo". Estas cuadras están distribuídas
enhe cuatro solares, que muchas veces han sido subdivididos para
dar cabida a mayor vecindario, para ','sus casas, güertos y corrales".
Hay casas "muy curiosas", unas de piedras y otras de adobes,
con sus portadas labradas de ladrillo, moradas cuyo ajuar y adorno
van en aumento, con pinturas vistosas y mucho menaje.
Naturalmente la Plaza es donde se encuentra el mayor comercio
de los negociantes y pleiteantes. Los dos lienzos que caen al Oriente
(Portal Bulnes de hoy). y al Sur (Portal Fernández Concha) es-
tán, lo dice el padre Ovalle, todavía a la antigua, aunque se han
adornado de nuevos balcones y ,buen ventanaje en los filtos, con
el fin de presenciar los toros y otroS juegos que tienen lugar en días
de festividád en'la Plaza. El lienzo del Norte es todo de soportales
y arcos de ladrillos, debajo .de los cuales se Fren las covqchas de los'
escribanos y de la Secretaría de la Audiencia y Cabildo.
En los altos tienen su sede las Cajas Reales, Cajas de los Reales
de su Majestad, junto a la casa del Gobernador, ambas con corredor
a la plaza. Las salas de cabildo, y regimiento se levantan en la otra
extremidad, es decir, en la actual esquina de la calle dkl 21 de Mayo,
que era entonces "del Contador Azoca", donde aug se alza la Casa
Consistorial o Municipal.
En la mitad del lienzo se encuentran las salas de la Real Chanci-
llería, y otras pertenencias con sus corredores también a la Plaza. E n
cuanto al costado que cae al Occidente, lo ocupa la catedral. Hacia
la esquina de la calle de la Compañia se levanta la Caba Episcopal,
agraciada de hermoso jardín y alegres piezas, cuartos altos y bajos,
buenos soportales de ladrillo y también corredores que hermanan
con el lienzo Norte.
Hemos indicado las razones que existen para prestarle creencia
muy especial a la opinión que ha estampado el padre Alonso de Ova-
Ile en su "Breve Relación". Por los años que pasó en España tenía
cierto concepto de lo que era el urbanismo, concepto del cual carecían
aquellos soldados de buena voluntad que regían la ciudad.
Ovalle hacía votos por ver hermanar los costados Sur y Oriente
de la Plaza con los demás, lo que según él, siempre optimista cuando
se trataba de Chile, la transformaría en una de las más galanas y
vistosas plazas que hay, porque es muy grande y perfectamente cua-
drada. Hacía votos porque se derribaran los dos lienzos antiguos,
para edificarlos "a la moderna", con sus soportales y corredores pro-
porcionados con los otros dos.
Fuera de los cimientos, que son de piedra tosca; pero dura;
extraída del cerro Santa Lucía, y de algunas portadas y ventanas,
adornadas de molduras de piedra blanca o de ladrillo, el material
corriente de constr;cción era el adobe, que André Maurois ha llama-
do "el ladrillo de los países holgazanes", y nosotros agregaríamos:
y de los países pobres o en formación. Desde luego, estos adobes son
tan firmes que el narrador declara haber visto abrir en ellos boquero-
nes muy grandes, para ensamblar en ellos otras "portadas hechas
a la moderna" sin que se resintieran las paredes que eran altas y tan.-
antiguas como la ciudad.
Ya en el tiempo del padre Ovalle se labraban mejores casas,
más altas y más "autorizadas", y también más lucidas que en los
principios, pues, como dice: "los antiguos cuidaban más de sacar oro-
y gastarlo en soberbios banquetes, en liberalidades y gastos super-
fluos", que en edificar, como entonces hubieran podido hacerlo, pala-
cios o casas de vivienda "de mucha estima", por tener la comodidad
de la piedra tan cerca y poder disponer de tanta gente.
ROMA DE INDIAS

A s í la llamó Benjamín Vicuíía


Mackenna, como lo hemos recordado en un capítulo anterior, y, sin
duda, el nombre estaba bien puesto para el Santiago del siglo XVII,
villorrio tr;nquilo y piadoso, en el cual eran numerosos los templos
y conventos, y en cuyas calles día a día circulaban las procesiones.
El padre Ovalle se explaya sobre la multiplicidad de las mani-
festaciones piadosas de la población de Santiago y sobre su intensi-
dad y sinceridad.
Antes de construir sus casas los conquistadores imitaron al rey
Salomón, que empezó por levantar el templo de Dios, y se esforzaron
en darle todo el esplendor y lujo de que eran capaces. Eran numero:
sos los templos en proporción con la exigüidad de la ciudad y de sus
habitantes
Por desgracia, la casi totalidad de las iglesias que nos detalla el
cronista jesuíta cayeron en el terremoto de 1647, que debía destruir
la ciudad entera, acabando para siempre con sus bellezas y la riqueza
de su arquitectura, que no era poca si nos atenemos a las descripciones
contemporáneas.
No repetiremos aquí lo que pa hemos descrito en el capítulo
anterior, relativo al siglo XVI, del aspecto de la catedral primitiva
y de su cementerio, que ocupaba el local vecino hacia el Sur, deslin-
dando con la casa del obispo y su jardín primoroso.
Otros templos presentaban construcciones hermosas e impor-
tantes. La iglesia de los dominicos no era de piedra, sino asentada en
pilares de ladrillo, con "muchas y curiosas capillas", entre las cuales
descollaba especialmente la de .Nuestra' Señora del os ario, "toda de
pincel y dorada" y santuario de mucha devoción popular. Santo
Domingo era muy frecuentado por el vecindario a causa del aseo en
que los dominicos tenían su templo y por la corrección de las cere-
monias en días de festividad. Su techumbre era primorosa y de ma- -
dera de curiosa hechura, especialmente la del coro de los frailes, pin-
tada y dorada con hermosos lazos y labores.
El convento .se componía de dos claustros, bajo y alto, sobre
arcos de ladrillo. En el de abajo. por donde circulaban las procesio-
nes, se admiraban pinturas al pincel, y en sus cuatro esquinas, otros
tantos altares que eran, según la expresión de Ovalle, < unas ascuas
l

de oro". Eq su refectorio se notaba un gran cuadro de interesante


composición bastante arcaica, que representaba la Cena de los San-
tos Francisco y Domingo, firmada por Felipe de los Reyes, con fecha
1612. Hasta su portería estaba adornada de cuadros que representa-
ban santos de la Orden de Santo Domingo.
¿Qué se hicieron todas estas galas que nos describen: los cua-
dros, los brocados, la platería y aquel sagrario dorado "de admirable
primor" ?
A su vez San Francisco, el convento máximo de la Czñada,
tenía dos claustros adornados de pinturas que relataban la vida del
santo fundador, y que todavía ahí están, por milagro.
El padre Ovalle nos proporciona así muchos detalles de las
iglesias y conventos santiaguinos, que nos interesan tanto más que,
a pesar de los siglos y de las revoluciones, todavía florecen dntre nos-
otros, y generalmente en su sitio de origen. Recalca las alegres vistas
de las celdas de San Francisco sobre la Cañada; campestre aún, los
retablos dorados de la iglesia, la solidez de su templo de'piedra bien
labrada, la belleza de la sillería del coro de los religiosos, toda de
madera de ciprés "con que hay siempre buen alor": A estos sitiales,
que pueden ser, aunque achicados, los .que, aun ahí subsisten, los de-
clara: "los mejores que él haya visto". Los describe como tan altos
que el primer orden de sillas, apoyado en la pared, alcanza con su
coronación hasta el techo, y "todo de admirables lazos y relieves, de
vistosas molduras y galanas proporciones".
De la Merced, cuya fundación hemos mencionado anteriormen-
te, el mismo historiador la dice construída sobre arcos de ladrillos,
que separaban las capillas funerarias de los conquistadores. Según él,
la capilla mayor, que llamaríamos el presbiterio, era "cosa insigne",
tanto por el grueso de sus murallas como por lo capriclioso del techo
de ciprés labrado. Su solidez, nos dice el padre Fray Policarpo Gazu-
lla, sabio historiador contemporáneo de los mercedarios de Chile, la
protegió en el terremoto, al derrumbarse el resto del suntuoso templo.
Es prueba de la suntuosidad de su decorado, que para el solo
dorado de su sagrario se emplearan i 9 libras de oro fino del Cuzco.
Su altar mayor estaba curiosamente adornado de colchas de seda
preciosa traída de la China. Una de sus capillas se destinaba a la co-
fradía de los Cuzcos, bajo el título de Nuestra Señora de las Nieves;
otra era de los Nazarenos, cuyos cucuruchos no desaparecieron de
nuestras calles,-sino en 1877, fecha en que la cofradía fué unida a
otra de nuevo cuño.
En cuanto al convento propiamente dicho, era en su totalidad
construído de ladrillo y, según el mismo cronista, "de tan gran pri-
mor, que será necesario el ánimo y buen talante de los que al presente
gobiernan aquella casa para acabarlo". Por desgracia, fué el terremoto
quien terminó con el claustro de tan gran primor, como con las de-
más iglesias y la ciudad entera.
El convento que ocupaban los frailes de la Real, Hospitalaria
y Militar Orden de Nuestra Señora de la Merced, Redentora de Cau-
\
tivos, orden esencialmente española, tanto por su origen como por
su expansión, era considerado como el mejor y el más grande de
Santiago. Gozaba de primeras aguas que traía una tubería hasta la
fuente de su claustro, y eran tan abundantes que se habían instalado
dos molinos dentro de su recinto que daban el pan necesario a la co-
munidad, sobrando para las limosnas.
Comunicaba con la calle por tres puertas de ciprés claveteadas
de bronce. Entre sus alhajas ya se mencionaba la actual imagen de
la Virgen de la Merced que domina el altar mayor desde su hornacina
enriquecida de plata. La tradición asegura que la trajo consigo el
padre Correa, primer comendador de la Merced de Santiago. Se
componía en su origen de la. sola cabeza y manos de madera, siendo el
resto del cuerpo un maniquí, tal como suelen serlo las imágenes ves-
tidas españolas.
En el pasado, dicha imagen era conocida como Nuestra Señora'
la Antigua, para distinguirla de otra que existía dentro del convento.
Los que transitan por la vereda Sur de- la calle de la Mercqí
extrañan la diferencia que ahí tiene el ancho de la calle y-de la vereda,
producida por el saliente de los macizos cimientos del 'templo. En
efecto. para edificar la capilla que debía destinarse al Crucifijo do-
nado por Felipe 11 hübo de solicitarse del Cabildo permiso para so-
bresalir tres pies hacia la calle, en toda la extensión de la iglesia, tal
como la vemos ahora con sus bases de piedra enormes y sus robustos
estribos. En los'viejos escritos hallamos que .dicho Santo Cristo era
comúnmente conocido bajo el nombre de "Cristo de la Expiración".
Al tratar del importante convento santiaguino que nos ocupa,
no podemos silenciar lo que Fray Gabriel Téllez, cronista general de
la Orden de la Merced en 1626, tan conocido como ilustre autor de
"El Vergonzoso en Palacio", de "El Burlador de Sevilla", y otras
numerosas comedias teatrales, bajo el seudónimo de Tirso de Molina,
asienta en su crónica: que la Orden de la Merced fué la primera en
establecer en Santiago la clausura estricta y el canto del oficio de
maitines en el coro a mediá noche, como 10 observaba entonces en sus
conventos de Europa. El sitio que ocupaba era mucho más vasto que
el actual, pues comprendía a más-.de la cuadra entre las calles de las
Claras y de Miraflores, donada por el Gobernador Francisco de Vi-
llagra, la que ocupa actualmente su convento e iglesia. Esta última
fué una donación de Juan Fernández de Alderete, el cual vivía en el
convento a título de simple hermano donado. En su origen la super-
ficie era aun más vasta, pues comprendió hasta cuatro manzanas que
alcanzaban al mismo faldeo del cerro.
Tirso de Molina, mejor dicho, Fray Gab~ielTéllez, relata en
sabroso y anticuado lenguaje un hecho-lleno de poesía que pinta
bien el religioso ambiente de la época y la sencillez de sus costumbres.
Fray Antonio Correa, uno de los primeros mercedarios que lle-
garon a Chile, en el tiempo de Pedro de Valdivia, enseñó a cuatro de
los indios más capaces a cantar, y los sacó maravillosos minestriles,
Con ellos "como señuelos añagazos -es decir, como los'engaños
para coger avecillas-, traía a saquelos rústicos, que hechizados
con el sonoro canto se iban tras de él absortos,, todas las mañanas al
asomar la aurora. sobre la cumbre de un apacible cerro. que hace
agora'espaldas al convento nuestro de la ciudad de Santiago, y se
llama de Santa Lucía, y dispertaba con sus festivas voces, no sólo a
los vecinos españoles que al punto le enviaban sus yanaconas o indios
de servicio, sino a todos los de la,comarca que dejando sus "pugios"
-quebrada en lengua quichua-, corrían a aquel puesto, y ahí jun-
tos les enseñaban la Doctrina".
Fuera de las cuatro comunidades ya instaladas a principios del
siglo XVII, y a las cuales hemos hecho referencia, existían dos fami-
lias religiosas recién llegadas: la Compañía de Jesús y los -Hermanos
de San Juan de Dios, que por la cesta que solían llevar para recoger
las limosnas destinadas a los pobres enfermos del hospital del.Soco-
rro, el pueblo había apodado "Hermanos capachos".
Estos pertenecían. a una religión hospitalaria, fundada en el
curso del siglo XVI por ti1 santo granadino, cuyo nombre llevan, y
habían venido a Chile a encargarse del hospital de la Caiíada que
estableció ~ e d r de
o Valdivia, a la sazón el único de la ciudad.
El hospital actual de San Juan de Dios recuerda con su nombre
a esos frailes, quienes en poco tiempo reformaron, limpiaron y
agrandaron aquel ~ o i ~ i tReal,
a l como pomposamente se intitulaba
la miserable enfermería de la Cañada.
En cuanto a los jesuítas, que tanta y tan merecida reputación
iban a adquirir en nuestro país, sus primeros rpligiosos tuvieron que
desembarcar en Coquimbo por un temporal que, desencadenado, los
forzó a preferir los cansancios de la vía terrestre. Hicieron su entrada
en Santiago el lunes de la Semana Santa, 12 de abril de 1593, y se
hospedaron en el convento de Santo Domingo.
Poco después, los padres habían juntado el dinero suficiente
para adquirir uno de los mejores solares, a una cuadra de la Plaza.
El padre Ovalle calculaba en 10.000 pesos, "en tiempo de paz", el
valor de aquel terreno que había costado tres mil seiscientos, ayu-
dando los antiguos dueños a la compra con ochocientos pesos, suma
considerable para la época.
Se edificó en pocas semanas una modesta capilla, en la cual los
padres depositaron una reliiuia de una de las diez mil vírgenes de
Colonia, compañeras de Santa Ursula.
Obedeciendo a uno de los principales fines de la Orden, la edu-
cación de la juventud, en agosto de 1593 habían abierto tres cátedras
de filosofía y de teología, de las cuales debían egresar hombres de la
talla y capacidad de Olivares, de Vidaurre, del abate Molina y del
padre Lacunza, contados entre las lumbreras de las letras chilenas
en el pasado.
A estos cursos acudían de los dístintos conventos, a más de no- -
vicios de diferentes órdenes, nuherosos jóvenes de las principales
familias, como ser: Alonso de Ovalle, el cronista más preciado de su
siglo entre nosotros, Pedro de Azócar, Valeriano de Ahumada, Alon-
so Merlo, Juan de Rivadeneira, dos Córdovas, un Gamboa, y otros.
En 16 11, los jesuitas inauguraron un internado, bajo el nom-
bre de Convictorio de San Francisco Xavier, precursor directo del
Instituto Nacional. Se instaló en un terreno de la misma plazuela
de la Comp.añía, donde hoy se levanta el edificio de los Tribunales
Viejos, la antigua Aduana; obra de Toesca.
Recordemos al pasar que el Convictorio debía ser más tarde
anexado al Seminario Conciliar, hasta que el obispo Salcedo los
volviera a separar en 1635. En los mismos años los jesuítas, cuya
inteligente y activa expansión debía serles imputada como un crí-
men digno de la expulsión y confiscación que sufrieron en el siglo
siguiente, habían fundado su noviciado en la Cañada, bajo la advo-
cación de San Francisco de Borja.
E n resumen. a los treinb años de su estabiecimiento en el país,
la Orden había progresado de tal manera que'podía constituirse en
provincia jesuíta independiente de la del Perú.
Su iglesia, de recuerdo tan trágico, fué labrada a todo costo.
44
Era de cal y canto, capaz y honrosa, cubierta de cinco paños", dice
un autor, y llena toda de artesones primorosamente dispuestos. Su ca-
pilla mayor era amplia y se apoyaba en cuatro robustas y bien pro-
porcionadas columnas, y otros tantos arcos forales. La cubría una
media naranja de madera bien enlozada. Según el padre Ovalle, su
64
techo era un entrincado laberinto de encuentros, triángulos, pun-
tas, esquinas cuadradas y diversidad de figuras y pendientes hermo-
sas piñas". Todo pertenecía al~~estilo llamado jesuíta, y de tanto lujo
que "quando' se entra por la puerta de la iglesia --dice nuestro cro-
1 6
nista- parece todo una lámina de oro", pues los antiguos vecinos
tenían un modo de celos, unos con otros, sobre quien favorecía más
a la Compañía, en tanto grado- que se sentía cada uno de que se acu-
diesen primero que el otro ninguno".
1

MAS TEBAIDAS

A gregaremos algunos detalles re-


lativos al segundo monasterio femenino que se fundara en Santiago
para finalizar la larga descripción de los conventos, de aquellos que de-
cía el presidwte Jaraquemada, en su carta al rey del 29 de enero de
16 1 1 : "si las monjas de San A g u s t í n . ~de Santa Clara por su santi-
dad eran los guardias de este Reyno, los conventos de frailes-eran de
gran recogimiento y virtud".
Fuera del convento de las Agustinas, primero en antigüedad,
del cual ya hemos hablado, existió en Santiago el de las Clarisas des-
de los primeros años del siglo XVII. -En cuanto a la fecha de su
fundación, era más antiguo que el primero, pues había sido estable-
cido en Osorno bajo la regla de Santa Clara de Asís, es decir, tres
años antes que "las Monjas de Santiago".
Por gran desgracia, aqueila ciudad había sido asaltada por los
indios y destruída después de un sitio memorable. Las monjaspu-
dieron por milagro escapar y alcanzar tras muchas peripecias y an-
gustias a Chiloé, de donde se embarcaron para Valparaíso. Llevaban
como Único tesoro un Santo Cristo y una pequeñaeimagen de la
Virgen, a quienes atribuían su maravillosa salvación, y que las Claras .
conservan preciosamente. Después de algún tiempo pasado en San
Francisco del Monte, con ayuda de las limosnas recibidas tanto del
vecindario impresionado por tanta desgracia y descomunal hazaña
como del Rey Católico, quien les otorgó, por Real Cédula, una do-
nación de 8.000 pesos, más un subsidio anual de 400, les fué posible
establecerse en la parte alta de la Cañada, en el sitio que las monjas
Claras conservaron hasta hace pocos años, y donde hoy se levanta la
Biblioteca Nacional.
La vida de estas religiosas era tan edificante, que el padre Ova-
lle iba hasta llamarlas "ángeles de la tierra" y "muro de defensa de
la ciudad para con Dios". El obispo Villarroel agregaba que sólo les
faltaba andar descalzas para igualar a las Descalzas Reales de la Ciu-
dad y Corte. Ambas comunidades santiaguinas eran reputadas por
la *perfección de sus ceremonias, la limpieza de sus altares, por su
generosidad en el reparto de víveres a los necesitados, que ellas dis-
tribuían profusamente los días festivos, en medio de lucidas ilumi-
naciones y fuegos de artificios.
No eran menos notables, y lo apuntamos aquí a título de dato
típicamente santiaguino,*los dulces que confeccionaban, y en que
remedaban en alcorza, que es una mezcla de azúcar o almíbar con
jugos naturales o almendras, las diferentes frutas, tan' al vivo --dice
Rosales-, que equivocaban la vista y engañaban, pensando que eran
frutas verdaderas. Una vez, por aquellos años, hicieron una mesa con
todos sus platos, todo en alcorza, con tanta perfección que le sucedió
al Gobernador don .Martín de Mujica "ir a doblar la servilleta,
sentándose a comer, en el primer recibimiento que le hizo esta ciudad,
y hallarla de alcorza tan al vivo, que sus dobleces y disposición le
engañaron, pareciéndole que era servilleta alemanisca". Lo mismo
fué con el cuchillo, con el pan, las limas y los pollos que le fueron
servidos. I

Es de suponer que en seguida, después de las risas y chanzas


del caso, el presidente fuese alimentado de potajes más consistentes.
Aquella especialidad almibarada la aplicaban las sencillas mon-
jitas hasta en sus iglesias en ciertas festividades, por ejemplo en la
reja del coro, estantes y vigas en forma de soles, láminas de medio
relieve, ángeles y serafines y otras mil invenciones que prueban la li-
beralidad y grandeza de aquellas señoras, subraya nuestro cronista,
pues al finalizar las ceremonias se repartían entre el público, más .
' aficionado entonces al dulce que el de nuestro tiempo.

A fines del siglo, para completar el cuadro conventual bastan-


te cargado de la ciudad, debían fundarse un convento más de hom-
bres: la Recoleta Franciscana de la Cañadilla, bajo la*idvocación de
Nuestra Señora de la Cabeza, y dos de monjas: el Carmen Alto en
la Cañada y las Clarisas de Nuestra Señora de la Victoria, que fueron
las populares "Monjitas" de la Plaza que aun recuerda el nombre de
una calle.
PROCESIONES POR ESAS CALLES

S i las iglesias y templos conven-


tuales eran numerosos, y; al juzgar por las descripciones, hasta cierto
punto suntuosos, el culto que en ellos se rendía a Dios, dice el padre
O,valle, era "de una ciudad de mucho más importancia, por la canti-
dad de perfumes y de cera que en él se gastaba y que valían mucho
más por ser traídos de Europa". Existía gran competencia entre igle-
sias y comunidades, de tal modo que en los ocho días del octava-rio
de Corpus Christi estaban "hechas una poma de olor, cuya fragan-
cia se sentía a mucha distancia antes de llegar" al sagrado recinto.
Por las calles en las cuales se h a j n levantado altares y arcos
de verdura circulaban las procesiones, mientras las compañías de
caballos y de infantería cerraban las bocacalles. Concurrían todas las
órdenes religiosas y las cofradías, entre las cuales se repartían las dife-
. rentes clases sociales de la población con estandartes y pendones. AI
terminar Ia procesión de la catedral, seguían las de cada iglesia o
convento, que duraban más de un mes después de la fiesta de Corpus,
animando el silencio y la acostumbrada soledad de las calles.
El pueblo entero era piadoso y creyente, si no siempre libre de
vicios, especialmente en aquel principio del siglo XVII, en el cual
\
cometió sus crímenes horrendos Doña Catalina de los Ríos y Lisper-
guer, la Quintrala de la leyenda y de la historia.
Las ceremonias de la Iglesia constituían, desde luego, junto con
algunos torneos o juegos de sortijas en la Plaza, sin olvidar los toros,
la gran ocupación y diaria distracción de todos.
En días de procesión, lo estampan las actas del Cabildo, se ba-
rrían las calles y se regaban por los mismos moradores. La bdleza
de tal o cual altar constituía el tema de todos los comentarios. E n
Santo Domingo, el día de la Asunción se levantaba un inmenso tú-
mulo, obra de uno de sus religiosos que, dice Ovalle, pasaba el año
entero pendiente al aumento de sus galas. Era tan grande que llegaba
hasta el techo, decorado con los símbolos de la Reina del Cielo. Co-
ronada de oro en su parte alta, ostentaba una paloma que represen-
taba al Espíritu Santo, y cantidad de luces de cera blanca, vasos,
columnas y pilastras y capiteles, arquitrabas, frisos, cornisas, arcos,
pirámides, frontispicios, telas de oro .fino y brocados. En resumen,
un aparato tal vez muy lujoso, y que fué admirado por todo San-
tiago. pero. en realidad, pesado, costoso y muy alejado de la sencillez
liturgica, como toda la pompa de la Iglesia de aquellos tiempos.
*
6~LA VIRTUD, DEL RECATO Y DE LA CARIDAD

D e la sociedad tan religiosa de


entonces, el obispo Villarroel nos proporciona una opinión asaz
optimista, cuando escribe que "en Santiago es infamante que una
señora hable una palabra con una mujercilla que no tenga la opinión
m u y entera", que no hay coches, ni galanteos, ni hay alamedas, ni
lo que en otros lugares llaman damas. No hay quién "no se escanda-
lice que una mujer hable con un hombre en la calle". Para muestra,
cita el caso de un señor del Perú, "discreto y galán, cortesano y dadi-
voso", que, sin embargo, las mujeres aborrecían, y a quien "le tira-
ban lanzas". Y como buscara el prelado la razón de tamaño repudio,
se dió cuenta de que se escondían de él, y que oyendo misa se alzaban
los mantos sobre las caras, porque se reía con ellas y les quitaba la
gorra. Agregaba el prelado que "se tiene por sambenito que un caba-
llero mozo hable liviandades en un corrillo", y que, por lo demás, en
un siglo no se ha visto u,n solo hombre que haya sido castigado por
el Santo Oficio.
N o es extraño que en un pueblo tan devoto se hubiesen man-
dado celebrar en breve lapso más de 40.000 misas a la Cofra-
día de las Animas establecida en la catedral, lo que, dice Villa-
rroel, "en tierra tan agotada es una limosna prodigiosa". Desde lue-'
go, en las demandas ordinarias -las colectas de hoy-, que llegaban
a dieciséis, las limosnas recogidas alcanzaban a 200 ducados cada
semana, y dice "habrá quinientas mujeres pobres que piden de noche
de puerta en puerta, y al tener cada una carreta, cada una llevaría una -
carretada".
Estos hechos pintan, sin duda, a pesar de la exageración ma-
nifiesta, el modo de ser de los santiaguinos de hace tres siglos.
Como los presos de la cárcel se quejaban de hambre, en realidad
"sólo para sacar algunos realillos con que entretener el juego", se
supo que los señores oidores los sustentaban a porfía, y les manda-
ban por turnos la comida desde sus casas.
Con tantas pruebas de la buena conducta de sus feligreses, el
obispo trataba de establecer que no podía existir nexo alguno entre
el flagelo que por esos años golpeó tan trágicamente la capital del ,
reino y los delitos que hubiesen merecido el castigo de Dios. Se
olvidaba de las ovejas descarriadas de su rebaño, de los crímenes de
la Quintrala, de los vicios de algunos oidores, y hasta de algún pre-
sidente, que han dado al siglo XVII la reputación desfavorable de
que goza en nuestra historia. T a l vez tenía razón, pues los crímenes
de una.mujer degenerada, los deslices de uno que otro de los contem-
poráneos, hacían que se olvidase en las crónicas la vir.tud silenciosa
de todo un pueblo cristiano y modesto que no tiene historia.
U N A CASA SANTIAGUINA EN EL SI~GLOXVII

S L a principal morada que osten-


tara Santiago por esos años era la del más rico vecino de la ciudad,
el tesorero 'de la Santa Cruzada. don Pedro de Torres. hombre de
reputación dudosa y suegro de don Cristóbal Mesía y Valenzuela,
hijo del presidente de la Real Audiencia de las Charcas.
E n Santiago, Pedro de Torres era dueño de una casa en la
Plaza, frente a la de los gobernadores, con varias tiendas .y un por-
tal a la Plaza. Las tiendas eran diecinueve, que daban, sea a dicha
plaza, sea a la calle de San Agustín, que es hoy del Estado, sea tam-
bién a la de Mercaderes, hoy de Ahumada.
Hacia la Plaza Mayor, veintidós pilares de cal y ladrillo for-
maban aquel soportal primitivo. El de la esquina de la calle de San
Agustín, lujo grande para el tiempo, era de mármol.
. El tesorero Torres, por
- medio de la construcción de su casa,
realizó el deseo que el padre Ovalle insinuara años antes, unificando
todo el 'paño Sur de la plaza por compra de varias pequeñas propie-
dades que lo afeaban.
será interesante detenernos algunos momentos a visitar la casa
de aquel potentado, lo que nos permitirá formarnos una idea exacta
de lo que era la más lujosa mansión santiaguina en la primera mitad
del siglo XVII.
Las piezas principales eran, sbbre la fachada, un estudio con
ventanas de reja, gran sala o salón con cuadra, cámara y recámara,
oratorio con tabernáculo dorado, adornado de santos de madera
tallada, y varios dormitorios de piso enladrillado o entablado según
su categoría. La casa era de altos con gran patio empedrado, huerto
y caballerizas, y pozo armado de su brocal.
Largos corredores bajos y altos circundaban la residencia sobre
pilares de madera de algarrobo o de ciprés, con bases de piedra. E n
el último patio, se encontraban la cocina con chimeneas de campana
de algarrobo. la panadería con su horno y el gallinero. La casa ente-
ra, salas y corredores, estaba enlucida y blanqueada.
La-portada a la Plaza era de cal y ladrillo, con un portón de
hojas macizas de ciprés, adornado de valiosos clavotes de cobre y
de "aldabas, aldabones, maceras, gorrones y dados de bronce".
El amoblado era sencillo y escaso, al atenernos a la carta dota1
de María de Torres, hija y heredera del tesorero, dueño deula casa
que estamos describiendo.
En efecto, lo constituían, fuera de dos escaparates que supondre-
mos muy tallados y adornados, tres alacenas, una cuja dorada "muy
,curiosa" y un "truco" o billar, lo que, sin duda, 'constituía para el
vecindario el colmo del refinamiento y de la novedad.
Platos y platillos, candeleros, salvillas y' bernegales, concha y
frutero, y cubiertos eran de plata maciza. Doce esclavos, cuyo valor
mercantil fluctuaba entre 400 'y 600 pesos "según clase", consti-
tuían su servidumbre.
La casa estaba avaluada en -
25.160 pesos, suma considerable
para la época.
LA RUINA DE UNA CIUDAD

T a l se presentaba la ciudad de.


Santiago cuando el más terrible de los terremotos la destruyó hasta
los cimientos, sembrando la muerte y el desconsuelo entre sus po-
bladores.
Fué el lunes 13 de mayo de 1647, más o menos a las 10 y media
de la noche. Ese día el tiempo había estado sereno y bonancible, y
a la hora fatal la luna brillaba en el cielo. Los habitantes se encon-
traban acostados o preparándose al descanso, Cuando, precedido de
un ruido extraordinario, se produjo el intenso sacudimiento en me-
dio de gran estruendo.
Casi la totalidad de las casas, con rarísimas excepciones, cayeron
sembrando sus escombros por el suelo. ,
En su informe sobre la catástrofe, los oficiales de la Real Teso-
rería calculaban que el terremoto había durado el espacio de tres
credos rezados, tiempo que el oidor don Nicolás Polanco de Santi-
llana alargaba hasta cuatro credos, y hasta medio cuarto de hora el
obispo Fray Gaspar de Villarroel.
Los habitantes habían corrido a la calle o se descolgaban por
las ventanas.
E L ~ B E R N A D O R DE CHILE (1546-16491, D. M A R T ~ N DE MUXICAY BUITRÓN,
CABALLERO DEL HABITO DE SANTIAGO.
(De un grabado de la "Histórica Relación", del P . Alonso de Ovalle.)
E n la ciudad fueron más de mil las víctimas, entre ellos, la ma-
lyoría de los niños y de la servidumbre, o sea, el diez por ciento
de la población total. Se desplomaron hasta los cimientos las Cajas.
'Reales de la plaza, sede de la Real Audiencia y residencia del Gober-
nador. Se derrumbó l a cárcel, pero tal fué el terror de los prisioneros,
que, a pesar de haberse caído los muros y huido la guardia, prefi-
rieron quedarse en su recinto hasta que el mismo prelado vino a li-
berarlos bajo fianza.
~ a m b i é ncayó aquel portal del tesorero Torres, orgullo de la
ciudad, que hemos descrito.
De la iglesia catedral se hundieron las dos naves que habían
sido terminadas con adobes, manteniéndose en pie el resto del edificio
construído en piedra.
EL SEROR DE L A AGONIA

E n el primer momento de inten-


so pavor, la población sobreviviente acudió hasta la Plaza, donde,
mientras el obispo y los sacerdotes confesaban y absolvían, las pro-
cesiones recorrían las calles, los franciscanos trayendo en andas la
venerada imagen de la Virgen del Socorro, que recordaba a Pedro de
Valdivia, mientras los frailes agustinos se agr'upaban alrededor de la
severa imagen del Señor de la Agonía, que desde aquel día trágico es
conocido como el "Señor de Mayo".
El obispo Villarroel asegura que la imagen se encontraba colo-
cada "en el tabique que'cerraba un arco tan fácil de caer que no tenía
que obrar en el temblar". Sin embargo, a pesar de haberse derrum-
bado la nave entera, quedó la cruz intacta y sin que se lastimase su
dosel. Pero, fenómeno que'mucho llamó la atención de los contem-
poráneos de los hechos que relatamos, la corona de espinas hab.ía
caído sobre su pescuezo, "como dando a entender -dice el cronista
piadoso- que le lastimaba tan severo sentimiento".
Desde aquella fecha, cada año, en la noche aniversario de la
destrucción, la dramática imagen ha seguido hasta la Plaza el mismo
recorrido de entonces.
En ausencia del Gobernador don Martín-de Mujica, el obispo
Villarroel fué en' aquella contingencia la primera autoridad de la
ciudad en ruinas. El atendia a los heridos, asistía aalos funerales de
las víctimas, confesaba y asonsejaba a todos "levantándose al ama-
necer - c o m o lo relata él mismo-, con'un pardo y viejo capotón, y
con un sombrero muy malo". Ayudaba a excavar los escombros,
pala en mano, junto al alcalde Chacón y al notario SuOrez, resca-
tando las joyas, ornamentos y retablos de la catedral, y hasta sus
campanas, y muy especialmente las santas especies que al ser desen-
terradas fueron consumidas por el obispo y muchos de los presentes.
Sin embargo, en medio de tanta desgracia el abnegado obispo
repetía que no cambiaría su sede por la mitra de Toledo.
E L DERRUMBE

D e la catedral pudieron salvarse


algunas imágenes, si bien quedaron destruídas las capillas, y entre
ellas la de don Francisco de Ovalle, en la cual se veneraba un gran
Crucifijo que provenía de Lima, y el órgano, que era el mejor, tal
vez el único en Chile, y cuyo valor ascendía a tres mil ducados. La
pérdida general de los templos se calculaba en más de 100.000.
Quedaron en ruinis la iglesia de Santo Domingo, las de la Mer-
ced y San Agustín. San Francisco de la Cañada, por sus fuertes rnura- '

llas y anchos estribos, se mantuvo en pie, y fuera de algunos desper-


fectos en su torre y en el coro de los frailes. en el cual murió aplastado
un lego que ahí estaba orando, no sufrió mayores perjuicios.
Después del cataclismo que hacia desaparecer para siempre un
primer aspecto de Santiago, que, al juzgar por las descripciones de
los autores de la época, encerraba monumentos muy superiores por
su valor arquitectónim a los que han sobrevivido del pasado, la ciu-
dad no tardó en levantarse de nuevo, si bien bastante disminuída, ya
que pocas fueron las casas que se reconstruyeron de más de un piso,
y que los templos reconstruídos lo fueron con gran sencillez.
SE VUELVE A LA VIDA

E s interesante comprobar con qué


prontitud las necesidades de la vida diaria rec:rperan sus .derechos,
cómo vuelven la esperanza y el entusiasmo y se olvidan las penas y
la muerte, después de una gran catástrofe como la que azotó a nuestra
ciudad.
Gracias a los subsidios que llegaban de todas partes se pudo
poner mano a la obra de reconstrucción, a pesar del proyecto que se
tuvo de trasladar la ciudad a otro sitio; mas, tanto los pecinos como
las autoridades no tardaron en abandonar esta idea que presentaba
inmensos inconvenientes, y tal vez ninguna ven taja.
De Lima se recibió'en erogaciones, tanto del Virrey Marqués
de Mancera como del clero y del pueblo, la suma considerable de
18.000 pesos. Estalló una verdadera competencia de generosidad,
tanto que el mismo Gobernador don Martín de Mujica y Butrón,
tan qu&ido por sus prendas de carácter y su desprendimiento, entv-
gó de su haber personal la suma de 8.000 pesos oro, destinados a la
reconstrucción dé los templos. Se le atribuía esta hermosa declara-
ción: "No he venido a Chile a buscar caudal. Con tal que tenga un
sayal de San Francisco para enterrarme moriré tranquilo".
Como cayera la casa de cabildo, reunidos los alcaldes y regi-
doies en la casa del capitán Francisco de Urbina, se acordó que el ma-
yordomo del cuerpo municipal, capitán Díaz, procediese, con cuatro
peones, a la demolición de los altos del Cabildo y a desenterrar la
campana del esquilón, que a falta de reloj público tañía la queda,
único toque que regularizaba la vida del vecindario.
A pesar de la actividad de los habitantes y de la generosidad
de las autoridades y vecinos, por falta de dinero suficiente, la recons-
trucción se llevó a efecto tan lentamente, que cuatro años después del
siniestro la mayoría de los santiaguinos vivían aún en ranchos de
paja. Sólo algunos más afortunados habían logrado levantar peque- .
ñas casas de madera, y solamente en la Plaza Mayor existían unas
pocas tiendas.
DIEZ AROS DESP.UES

E n 1657, diez años después del


terremoto, según el fiscal de la Real Audiencia Alonso de Solóriano
y Velasco, en su "Información sobre las cosas de Chile", residían en
Santiago 107 vecinos, de a seis indios para arriba, y 4.896 habitantes
por todo, entre blancos, mulatos, indios y negros, que ocupaban 5 16
casas. -
Las estadísticas tienen su elocuencia, y en este caso sirven para
darnos a conocer mejor el estado y la importancia de la ciudad en los
tristes días de su ruina.
Solórzano dice que la iglesia de Santiago contaba con 64 clé-
rigos de misa, evangelio y epístola, más 34 ordenantes y unos 7
seminaristas; mas, las comunidades religiosas disponían de nume-
roso personal; así la Orden Seráfica, de 120 frailes en u! convento de
la Cañada; la de Santo Domingo, de 120 también; de 24 los agusti-
nos, y de 130 los mercedarios; 24 eran los jesuitas y 16 los Hermanos
de San Juan de Dios del Hospital del Socorro.
En las escuelas, nos dice--el bien informado oidor, había 120
estudiantes y 1 87 escolares.
Al levantarse del suelo las nuevas moradas se apoyaron en ma-
cizos estribos exteriores que les proporcionaban mayor solidez. En
las 'esquinas ochavadas, en busca de. más seguridad contra posibles
temblores futuros, se colocaron pilares de pórfido del cerro San Cris-
tóbal, que a la vez los protegíanldel roce de las carretas.
Por delante se solía plantar, sólidamente enterrada en el suelo,
alguna piedra de molino que en la época de la Independencia vino a
.reemplazar un vetusto cañón plantado de punta, lo que era común
hallar en las esquinas callejeras de Santiago en la primera mitad del
siglo pasado. a
El buen gobierno de don Juan
Henriquez, que duró doce años, permitió desarrollar un dilatado
plan de progreso edilicio, si bien es cierto que no se alcanzaron a .
reedificar las casas del Cabildo, la cárcel y las Caja; Reales, por la mi-
seria en que estaba sumido el reino desde el terremoto, según lo ase-
vera el abogado de la Audiencia don Juan-de la Cerda.
Se pudo, sin embargo, restablecer el culto en la mayoría de los
templos. La iglesia de la Compañía se había reedificado, como tam-
bién la de la Merced, y Santo Domingo, la mejor de la ciudad, estaba
a medio techar.
La catedral se encontraba nuevamente en pie, y se pudo, a 22 de
marzo de 1650, trasladar la Eucaristía desde la modesta capilla de
fortuna de la vecina Plaza Mayor. Sin embargo, solamente se pudo
consagrar con gran pompa en el curso del año 1687, es decir, cua-
renta años después de la catástrofe.
Por m lado, estaba terminada la iglesia de la Compañía, cuya
restauración costó, por la magnificencia de su edificación, unos
600.000 ducados:
Don Benjamín Vicuña, testigo presencial de la demolición de
las ruinas del templo, a raíz del terrible incendio de 1863, pudo
comprobar la extraña solidez de sus cimientos.
Al gobierno de Henríquez se debió la colocación de la pila de
bronce de la fuente de la Plaza, con sus 33 caños que arrojaban agua
muy copiosa. Se realizaba al fin el proyecto que más acariciaba el-
vecindario santiaguino desde 1609, año en que Ginés de Lillo se hizo
el eco de tamaña necesidad.
El Cabildo tomó a su cargo los gastos que originaba traer el
precioso líquido desde las vertientes de Tobalaba hasta lo que vino a
llamarse "las Cajitas de Agua", detrás del cerro de Santa Lucía, don-
de se extendía el huerto de ciruelos del vecino Tomás Fabres.
La pila era obra de un maestro fundidor de cañones de la región
Sur del país llamado a Santiago para confiarle le ejecución e instala-
ción de la tan deseada pila. Llevaba y lleva aún una inscripción en
caracteres muy arcaicos que reza como sigue: "Gobernando el muy
ilustre señor don Juan Henríquez, Gobernador y Capitán General,
Alonso Meléndez me fesit" (sic).
Actualmente la venerable pila se encuentra colocada, después
de más de una peregrinación, en el patio principal del palacio de Go-
bierno. Junto con otra pila, la bautismal de la capilla del Sagrario,
que se remonta a los primeros años del siglo XVII, constituyen
ambas los únicos vestigios de aquella época, de su especie.
Bajo el progresista gobierno de Henríquez se continuó la obra
de los tajamares que protegían la ciudad contra las inundaciones del
Mapocho, y que, iniciada por Ginés de Lillo en 1609, debía ser des-
truída en 1768 por la gran avenida de aquel año. I

A Henríquez le debió la ciudad la construcción, en parte a sus


expensas, de un puente de cal y canto que fué el primero de que dis-
puso Santiago para cruzar el río. Llevaba seis ojos, otros dicen trece
y aun diecisiete, tal vez por haber pido sucesivamente agrándado.
a
Cuando vino Chile el ingeniero francés Frézier. en los pri-
meros años del siglo XVIII, este viajero indicaba este puente en el
plano de la ciudad q i e adorna su relato de viaje, como "el puente
roto", pues su terrible enemigo, el Mapocho: ya lo había destrozado.
Sobre sus pilas debía más tarde construirse el Puente de Palo,
así llamado en oposición al de Cal y Canto del corregidor Zañartu.
Don Juan de la Cerda estampaba en sus "Informes" que se
estaban haciendo en Santiago cosas "que jamás se han visto", como
, ser las calzadas de las calles. "Sin ellas --decía el ya nombrado abo-
gado de la. Real Audiencia- se vivía sin comodidad."
Una por una volvían a la normalidad las diferentes actividades,
y entre ellas los.gremios de mercaderes, que*ya eran unos quince en
enero de 1654,'según las actas de Cabildo. Eran aquéllos: los barberos,
carpinteros, herradores, sastres, zapateros y plateros de oro y plata,
los silleros, bionceros, hojalateros, santeros, sederos, sombrereros, ca-
rroceros y coheteros.
T a l nomenclatura indicaría un comercio floreciente, si no supié-
ramos que muchas veces los títulos más retumbantes, en nuestros
tiempos coloniales, no correspondían a mucha realidad. Sin em-
bargo, vemos que en la procesión de Corpus del año 1692, los altares
d e la Plaza Mayor estuvieron a cargo de los mercaderes, plateros y
carpinteros, mientras el "aliño" de la pila de la Plaza estaba confiado
al gremio de espaderos, lo que bastaría para probar una existencia
corporativa reconocida oficialmente.
FINES DE SIGLO

E1 siglo XVII e n Chile. constitu-


ye la segunda etapa de su vida, hasta entonces pobre, difícil, llena de
amarguras y de ruinas. Después del terremoto parecía como que todo.
se fuese normalizando y mejorando por una natural reacción des-
pués de tantas miserias.
Según el censo de 1671, que levantara el escribano público
Jerónimo de Quiroga, Santiago no pasaba de unos 700 vecinos es-
pañoles mayores de 15 años, sin contar a los criollos, a los negros y
a los indios, "yontinuaba siendo lo que fué en los dos siglos de la
colonia: un gran villorrio de vida agradable y apacible que rodeaban
viñedos y olivares, y que poblaba una sociedad cristiana y culta.
Sólo rompía el silencio acostumbrado de sus calles el paso de
algún,forlón crujidor o de alguna pesada carreta. Los azahares de
los huertos caseros perfumaban el ambiente de las calles adorme-
cidas.
Las campanas llamaban a los oficios ,de las numerosas iglesias
o ermitas. Se dejaban oír los himnos salmodeados por las procesiones
que diariamente se deslizaban por sus calles rústicas, en que los ba-
1M
rros del invierno eran reemplazados por los "yuyos" de amarilla flor
de la primavera.
' La queda llamaba a todos a retirarse a su casa. Se cerraban, a
las nueve en verano y a las siete en invierno, las tiendas de las calles
y soportales, a causa de las "lusitanas" que salían al atardecer, y eran
e1 escándalo de la piadosa ciudad.
En circunstancias graves se oía en la-lontananza, desde los fal-
deos del Santa Lucía, el toque de clarín que anunciaba algún peligro
para el reino, y que llamaba a las armas. Mas todo muy pronto
volvía a caer en el más opaco .de los silencios en Santiago del Nuevo
Extremo, capital del reino de Chile.
T E R C E R A PART,B

EL SIGLO . X V I I I
8

EL P A I S A J E

A l narrar los hechos de su histo-


ria de Chile, don Pedro de Córdoba y Figueroa empieza por descri-
bir la cordillera y el cielo, que son al decir de nuestro autor muy
especiales de nuestro país, la primera "por su admirable longitud y
latitud, altura y fragosidad, riqueza y boscajes, y nada menos por
la impenetrable terquedad de sus nieves, siendo su conjunto un ho-
rroroso y deleitoso objeto".
No es, dice, comparable "ni al Olimpo, ni a los Alpes, el Ape-
nino de Italia, el Pirineo de España, el Atlas africano, el líbano Oreb,
ni al gran Cáucaso".
En cuanto al cielo de Chile, declara nuestro mariscal de campo,
"es el común sentir que el cielo y suelo de Chile ni tiene igual ni
superior en el orbe". Notemos al pasar que el americano Robertson
' ' estampa la misma favorable opinión en su "Historia de América", y
el abate Molina, para no quedar en zaga, estima el reino de Chile co-
mo "uno de los mejores países de toda .América, pues la belleza de
su cielo y la constante benignidad de su clima le hacen una mansión
tan agradable que no tiene que envidiar ningún dote natural de
quanto poseen las más felices regiones de nuestro globo".
"En la primavera - d i c e Carvallo Goyeneche- se viste el cam-
po de una prodigiosa variedad de hermosas flores, d i modo que la
lozanía de 1; hierba verde se admira esmaltada de vivísimos colores:
azul, amarillo pajizo, violado, nácar, carmesí, colombino y morado,
ya sólo en unas flores, 'y' ya mezclado con blanco, negro o musco en
otras."
U n o de estos escritores del siglo XVIII, en su fogoso entusias-
mo, recalca la extraordinaria abundancia de perdices y de finos hal-
cones; no olvida al tordo tampoco, "que es de tanto cariño" a su due-
ño que suelto vuelve al amor de su prisión, ni la diuca que canta en
grande armonía al primer albor del día, el pidén y el zorzal "al
ponerse el sol, para que no falte música a su ocaso, mientras el quil-
quil y el nuco y otros nocturnos alternan en melancólico metro".
Don Pedro de Córdoba y Figueroa, por lo visto, era a *la vez
que bravo soldado de la guerra araucana, todo un poeta, ya que sabía
apreciar "el apacible olor" del espino en flor.
MONSIEUR FRÉZIER

M e n o s admirador de la naturaleza
y de sus galas desplegadas en nuestro país, y también más gruñón,
es Monsieur Frézier, Amédée Fransois, "Ingénieur ordinaire du
&y", el cual viene al mar del Sur por los años de 1712, reinando
por consiguiente en Francia Luis X I V el Grande, a bordo de la fra-
gata de 36 cañones y 350 toneladas "Saint-Joseph".
En 1716 dedica a Su Alteza Real. Monseñor el Regente de
Francia en la menor edad de Luis XV, el Duque de Orléans, su muy
interesante "Relation du Voyage de la Mer ciu Sud aux cotes du
Chily et du Pérou", que adorna el primer plano de Santiago dise-
ñado con ciencia de ingeniero y precisión científica. Sin embargo,
Monsieur Frézier no menciona la hermosa cordillera nevada, como
tampoco presta oído al canto-del tril y del jilguero.
EN VIAJE A SANTIAGO'
1

P o r la cuesta de Zapata. que tam-


bién cruzamos hoy en nuestros rápidos automóviles, se traslada a la
capital desde Valparaíso, y comprueba, muy malhumorado, que es
menester pernoctar en pleno campo, a pesar del buen alojamiento
prometido, es decir, en un punto con agua para la gente y pasto para
las mulas de tiro y de carga.
La segunda noche la pasa el ingeniero del Rey Sol a orillas del
riachuelo de Pudahuel, y en dos días plenos no ha columbrado tie-
rras aradas, los campos están desiertos y llenos de arbustos espinudos
que impiden la marcha.
LOS JARDINES DE SANTIAGO

S a n t i a g o se presenta fin con


sus casas bajas cubiertas de grandes tejas, nadando entre. vastos jar-
dines y patios.
Frézier aprecia favorablemente el sisfema de acequias, que consi-
*deracomo una comodidad inestimable, que, dice, no se encuentra sino
en poquísimas ciudades de Europa. Nos conduce por la mano a tra-
vés de las calles de la ciudad, tal como era reinando don Felipe V.
siendo su Capitán General y Presidente Gobernador don Francisco
Ibáñez y Peralta.
Nos describe el empedrado formado de pequeños guijarros de
río, y que deja en el centro una acequia de dos pies y medio, para
el escurrimiento del agua destinada al lavado de las calles o sola-
mente para refrescarlas cuando se desea. "quand on veut", subraya
~ r é z i e ren su plano. Las acequias para entrar a las casas particulares
atraviesan las esquinas bajo pequeños puentes, cuya atención aparece
continuamente entre los gastos ordinarios del Cabildo. Los jardines,
sin el riego por medio de las acequias, no verían agua por la falta de -
lluvias en ocho meses del año. y gracias a ellas "presentan todo el
agrado del campo por su fruta y su verdura".
SANTIAGO E'N 1712

C o m o ingeniero, Frézier sabe mi-


rar, y nos brinda un cuadro de Santiago tan evocador como veraz.
Dice que Santiago sería una ciudad agradabilísima al tener
casas de más elevación y de mejor arquitectura, pues la que reina en
la capital es, según él, por demás sencilla. Las iglesias son ricas en
dorados, pero de mal gusto. Como buen francés de su siglo, amigo
de las arquitecturas clásicas, Frézier repudia'el estilo español tosco,
algo morisco aún, de exterior rudo, que domina en la ciudad como en
todas las que constituyen el imperio de España. Declara francamen-
te su preferencia por el estilo de la iglesia de los Padres de la Compañía
S de Jesús, que forma una cruz latina "abovedada sobre un orden
dórico".
Las casarestán edificadas de ladrillo crudo', esto es, de adobes,
pero las hay también de granito y de albañilería, de una piedra que
se saca de cierto peñón que se levanta en la extremidad Este de la
ciudad, que Frézier llama gentilmente en su lengua gálica: "la petite
montagne de Sainte-Lucie". De su cima descubre la ciudad entera y
sus alredcdores que forman un cuadro muy risueño.
., EL' PLANO DE FRÉZIER

E l plano que integra la obra de


Frézier a la escala de 500 toesas de Francia nos presenta la ciudad
tal como era en 1712, es decir, tal todavía como la había traspasa-
do el siglo XVII al siguiente, después de'su reconstrucción causada
por el terremoto de 1647, y como la iba a encontrar para nueva-
mente destruirla el de 1730.
Sus deslindes cabían entonces entre el cerro de Santa Lucía y
la actual calle de Riquelme; hacia el Norte dos cuadras por la Caña-
dilla, pasado el Puente Roto, y una hilera de casas, quintas y con-
ventos, al Sur de la Cañada, que constituían su límite meridional.
Más allá, a pérdida de vista, se extendían los potreros, alfalfares
y trigales de las chacras vecinas, y el mar de espinales pardos y
hoscos. .
Al Oriente del cerro verdegueaban los mismos viñedos de anta-
ño, el campo, y serpenteaban las acequias que marca el' plano en
una nota explicativa del trazado'de los canales que ahí se cruzaban:
I I
proporcionan el agua a todos los jardines, y a todas las calles cuan-
do se desea". .
La calle del Carmen, que un tiempo se llamó de Los Perros,
114
para adoptar después el nombre del Monasterio de las Carmelitas
Descalzas o Carmen Alto recién fundado, era la primera viniendo
desde la extremidad Oriente de la Cañada, que estirara su callejón
entre murallas de barro hacia el Sur.
U n cequión del cual se desprendían dos ramales, frente al Con-
vento Máximo de San Francisco, corría al pie del Huelén, desde el
punto llamado más tarde "las cajitas.de agua", movía los dos moli-
nos adheridos a la falda del cerro y seguía su curso por el medio de
la Cañada, entre sauces melenudos y espinos añosos!
- EL CERRO, P E Ñ O N DESERTICO

E 1 cerro dedicado por los conquis-


tadores a la santa patrona de la buena vista,. Lucía, era entonces un
peñón desértico que ostentaba, como se ve en el plano Frézier, una
cruz rústica de madera en su cumbre más elevada, cruz simbólica
que ahí estuvo dominando la ciudad hasta los embellecimientos de
Vicuña Mackenna." -
Dice don Pedro de Figueroa y Córdoba, que era "por un lado
de fácil acceso, siendo muy penoso por lo pendiente", Su cima estaba
cubierta de peñascos "de enorme grandeza, que exceden su superficie
con hermosa discordancia, de donde es deleitosa la vista de los jardi-
nes de la ciudad que son émulos de los de Alcínoe, de quienes habló
Hornero en términos tan magníficos".
TEJAS CONVENSUALES

U na modesta capilla bajo la ad-


vocación de San Saturnino, patrono jurado contra los temblores,
y que como tal había escapado a las destrucciones del terremoto de
mayo, levantaba sus paredes blanqueadas bajo modesto campanario,
al pie del Huelén, en el mismo sitio que ocupa hoy día la plazuela
que lleva el nombre de uno de los más grandes intendentes de San-
tiago.
Estos murallones conventuales bajo rústicos campanarios se
esparcían a lo largo de la ancha Cañada. El más cercano, pasado el
venerable Hospital del Socorro, hoy de San Juan de Dios, era el
de San Francisco, con su torre maciza, que, según Carvallo, era de ma-
dera barnizada de verde en su parte alta. Vicuña Mackenna recordaba,
4'

en la pálida tela de los primeros años juveniles, un esbelto y som-


brío campanario con arcos y columnas pintadas de mil colores", y ,

en 1869, Blanca S. Darie, en sus :'Letters from Buenos Aifes and


Chile", decía haberla conocido por los años de 18 1 1, y admirado sus
buenas proporciones compuestas de tres órdenes, que ella denominaba
griego, romano y egipcio. El último era en forma de pirámide, sobre-
saliendo de los otros cuerpos sostenido por hermosos balaustros.
Carvallo atribuía esta pintoresca terminación al provincial fran-
ciscano Fray Pedro de Madariaga, por los años de 1756.
El vastisirno convento, del cual eí actual San Francisco no es
sino una parte muy reducida, encerraba celdas bajas de mucha como-
didad, cada una con su pequeño huerto adjunto,, jardín, palomar
y gallinero. ~ l r e d e d o rse extendían sus cuatro claustros plantados
de palmeras centenarias y de grupos de naranjos y limones. De sus
celdas altas, más codiciadas para los meses de invierno, se gozaba de
<'
alegre vista, pero, añade nuestro autor, con el contratiempo,de ser
expuestas a hacer daño bajando precipitadamente la escalera, cuando.
sobreviene algún terremoto de extraordinario extremecimiento".
Por el costado exterior de la iglesia, con vista a la Cañada, se
levantaba el sencillo campanario de la capilla de la Soledad-, que fun-
dara la viuda de don Pedro de Valdivia, Y muy devotamente fre-
cuentada. Existía entre su puerta y la de la iglesia un altar exterior,
y sendas cruces de madera que duraron en ese lugar hasta avanzado
el siglo siguiente. Ahí frecuentaban los penitentes de la cofradía del
Santo Sepulcro, la cabeza siniestramente cubierta por el anónimo
"cucurucho", que tenían en la Soledad su asiento oficial. Es de notar
que en las elecciones siempre movimentadas de los provinciales de
San Francisco, los padres americanos habían conseguido tener la
alternativa con los "peninsulares", o españoles de ultramar, lo que
fué celebrado casi como una victoria criolla.
N o podemos olvidar que encima del altar donde mismo se ve-
nera desde hace cuatro siglos, se encontraba la diminuta estatua
- de media vara de alto que Pedro.de Valdivia había traídó desde Ita-
lia y Flandes, y que, se decía, guardaba entre sus dedos una pequeña
piedra que ahí estaba desde aquella fecha lóbrega en que la indiada
de Michimalonco acometió a los españoles. L a leyenda popular
pretendía,que entorices la santa imagen babía ayudado a la victoria
cegando a los enemigos con puñados de tierra. Desde esa fecha me-
morable, la Virgen del Socorro había sido jurada como la Patrona
del Reino de Chile.
U n poco más abajo por la Cañada se levantaba el monasterio
de Santa Clara, llamada a veces la Antigua, para distinguirla de la
nueva fundación: las Monjitas,.qu.e han dejado su nombre a una calle.
L A .DEFENSA DE LA CAÑAD-A

E S curioso comprobar que desde


los albores de la ciudad, su Cabildo, compuesto de capitanes y solda-
dos de poca cultura como se ha dicho, comprendieran la importancia
que debía tener la Cañada a lo largo de los años, de modo que se
puede leer en el Libro Becerro, a fecha 19 de octubre de 1627, un
acuerdo del ilustre cuerpo declarando "que todas las dichas tierras
de la Cañada pertenecen a esta ciudad, así por haber tenido por caña-
da desde su fundación, como ser títulos de demacías, y así acordaron
y mandaron que perpetuamente como al presente está la Cañada se
quede, y la dexan y dexen por tal, y que no se venda en manera
ninguna, y si se bendiese, la venta sea ninguna y sin niniún-efecto
y sin prescripcion" .
La primera alameda regular que la adornara había sido plan-
tada por el Gobernador Ortiz de Rozas en 1746, en la parte alta,
llamada "Alameda de San Francisco".
NUEVOS CLAUSTROS

L a s Claras formaban un vasto


asceterio de monjas al pie del Cerro, donde las hemos conocido, antes
de ser trasladadas a una silenciosa calle del barrio de la Chimba,
mientras se alzaba en el terreno santificado por tantas generaciones
de monjitas la Biblioteca Nacional.
Vicuña Mackenna, que, a más de gozar de buena memoria, gus-
taba interrogar a los ancianos, decía que los sobrevivientes del siglo
XVIII, frecuentados por él, recordaban el aspecto vetusto del Car-
men Alto y de las Claras "antes de ser trocados en mazapán de al-
corza el primero, y en granero de trigo el segundo", comparaciones
atrevidas que, por haber conocido a ambos, creemos bastante exactas.
Más abajo, en el costado del sol, estaba San Diego, sucursal
franciscana, como el Colegio de San Miguel (en la esquina de la
actual calle del Almirante Barroso) lo era de los ermitaños de San
Agustín, y su casi vecino, ambos del lado-de la sombra, lo era de los
mercedarios, quintas agrestes de parronalés $y de potrerillos de tran-
queros, a las cuales se trasladaban los fraiIes, en días de vacaciones..
< <
y de feriado, de a caballo o en carretas chillonas y lentas, por lo reti-,
rado", asegura el cronista.
Al frente, pero nuevamente en la vereda del sol, se levantaba
San Borja, que había sido noviciado de los jesuitas, donde hoy está,
junto a la iglesia consagrada a San Vicente de Paul, el convento de
los lazaristas.
P o r fin, otro pequeño templo se columbraba, y era en pleno
campo una de las tres parroquias de Santiago, con el Sagrario de la
catedral y Santa Ana: San Isidro Labrador.
A N T A R O Y OGARO

E l estudio detenido del plano de


Frézier nos permite comprobar que, a pesar de las profundas modifi-'
caciones habidas desde entonces, tanto en progreso edilicio cuanto,
a la calidad de los edificios que han venido a reemplazar a los moji-
netes de teja y a los muros de adobe, el mismo viajero podría, sin
duda, si volviera a nuestra ciudad, reconocerse sin mucha dificultad.
El ajedrezado de las calles trazadas en ángulo recto ha mantenido
sus cuadras sin gran variación, y ha sido el marco invariable que ha
ayudado a este fenómeno. I

Entre la Cañada, o Alameda o Avenida Bernardo O'Higgins,


que es igual, y la Plaza de Armas, existe el mismo número de boca-
calles que en dicho plano, ya viejo de doscientos treinta años. De
este siglo son las calles del Carmen, de San Isidro, de San Francisco
que era de San Juan de Dios, abiertas siendo Gobernador don Gabriel -
Cano de Aponte; 'de Mesías, abierta en 1715, por don Diego Mesías
de Torres, y otras que paulatinamente de senderos para rebaños y
recuas se transformaron en calles urbanas.
San Agustín, la Merced, el Palacio Arzobispal (entonces Epis-

122 -
copal) , la catedral, Santo .Domingo, se levantan donde mismo se
alzaban entonces, y en la Plaza, los tres edificios: Cajas Reales,
Real Audiencia, Cabildo y-cárcel, aun se adivinan bajo los estucos
del Correo, del Telégrafo del Estado y de la Casa consistorial, que
queriendo mejorarlos han afeado. lamentablemente cambiando en el
gusto deplorable del día su arquitectura primitiva.
E s tarea difícil describir una ciu-
dad en crecimiento constante, aunque sea paulatino, a menos de
detenerse a contemplar paso a paso sus adelantos sucesivos, lo que
sería imposible, pues alargaría considerablemente un estudio como
el que aquí presentamos, forzosamente reducido.
\Sin embargo, si Frézier nos describe Santiago en los primeros
años del siglo XVIII, Pedro de Córdoba y Figueroa, el padre Oliva-
res y el abate Molina nos ayudan con datos muy exactos a conocer
la ciudad en la mitad del mismo siglo, y Pérez García, como también
Peregrinus Haencke, tal como se encontraba a fines de la época co-
lonial.
Pero, antes de continuar más adelante, nos vemos forzad& a
considerar los terribles efectos del gran flagelo que azotó la capital
y que debía arruinarla en parte.
NUEVAMENTE A RUINA

A quello sucedió el 18 de julio de


1730, acabando con muchos de los monumentos e iglesias, que ha-
bían sido restauradas, cuando no reconstruídas, después del espan-
toso terremoto del siglo anterior.
Santiago, tantas veces azotado por los temblores, cuando n o
por las riadas, estaba entonces, como lo escribía el obíspo al rey,
"en la mayor ostentación de sus edificios perfeccionados, llegando
aun más allá de lo que permitía el posible de sus caudales", cuando
sobrevino el cataclismo que anuló en pocos minutos e1 esfuerzo de
ochenta años.
Los tres edificios civiles tradicionales de la Plaza, que habían
sido recanstruídos, y cuya arquitectura. era . notable, cayeron nue-
varnente.
Cuál más, cuál menos, los templos sufrieron desperfectos de im-
portancia; la Catedral, San Agustín, San Francisco, Santo Domingo,
San Lázaro y la misma capilla de San Saturnino, al pie del Cerro,
sufrieron grandes desperfectos cuando no cayeron desde los cimientos.
El desastre fué casi tan general como el de 1647, Los conventos
de las Agustinas, de las Ciaras, otros más, tuvieron que ser recons-
truídos. E l templo de la Compañía había recibido importantes mo-
dificaciones, con el fin de consolidar sus murallas por medio de arcos
bajos, en forma de soportales, que aislando a los altares uno de otro
prestaban al interior de la iglesia un aspecto por demás lúgubre. Sin
embargo, sufrió el templo grandes perjuicios. E n cuanto a la 'cate-
dral, la nave central pudo soportar la terrible sacudida, gracias a los
estribos que la reforzaban, pero la torre cayó.
Los altos de la Audiencia y del Cabildo tuvieron que ser rehe-
chos, A pesar de los diferentes y largos remesones que se sucedieron
a largo intervalo, las víctimas fueron pocas: una monja clarisa y
una mujer en el barrio San Pablo fueron las solas víctimas del pri-
mer sacudón; los que siguieron no aplastaron a nadie, por el hecho
que dieron tiempo a los habitantes para refugiarse en sus huertos,
en los ranchos que siempre existían en ellos como refugios para estos
casos, o fuera de casa, en las pbzuelas y en la ancha Cañada. E n el
espacio de medio minuto la mitad de la ciudad había venido a1 suelo.
Como en el siglo anterior en iguales lcircunstancias, poco se
demoraron los habitantes en ponerse a curar las heridas sufridas por
la tiudad. Al seguir a los cronistas es fácil darnos cuenta cabal de lo
que era Santiago a poco tiempo de la catástrofe.
L A PLAZA DEL SIGLO XVIII

L a Plaza de Armas lleva en su


centro la vieja pila de bronce ya mencionada, la que, si no es de pri-
mera arquitectura -dice Carvallo Goyeneche-, es, por lo menos,
de utilidad sin carecer de mérito,
E n el 1ado.Norte siempre la Casa de Gobierno y la Audiencia,
junto con las arcas reales de las Cajas, y el Municipio o Cabildo, y '
su inseparable anexo: la cárcel "de corte y ciudad".
.Las primeras eran de construcción antigua y ordinaria, según el
6'
mismo historiador, pero el Cabildo dispone de un edificio a la mo-
derna, con barandajes y soportales", donde los procuradores y nota-
rios tienen sus covachas y escritorios. Al frente, plaza por medio,
existe una corrida de casas que pertenecen a don Cristóbal Mesías,
conde de Sierra Bella, descendiente por línea femenina de aquel fa-
moso tesorero Torres, de quien hemos hablado en capítulo anterior,
también con barandajes y soportales reconstruídos dos veces después
de otras tantas destruccion&. edificios que adornan bien la Plaza.
dice nuestro informante, de arquería de ladrillo en toda su extensión,
obra no menos cómoda que vistosa, asegur? don Pedro de Córdoba
diez años después del cataclismo.
E n cuanto a la catedral que vino a reemplazar a la que fué
presa de las llamas el 22 .de diciembre de 1769, había sido iniciada
su reconstrucción por el obispo González Marmolejo de su peculio,
como lo asevera una inscripción que todavía se lee en una pared del
templo metropolitano.
Pudo Ser entregada en 1779 al público en la parte posterior que
da a la cal1.e de la Bandera, entonces llamada Atravesada de la Com-
pañía.
Era obra del gran arquitecto de la época entre nosotros! don
Joaquín Toesca, a quien la ciudad debe a más de su iglesia Catedral,
menos la fachada, aun inconclusa cuando murió, el'palacio de la
Moneda, el Cabildo, las Cajas, ambas reconstruídas, sin hablar de
varias iglesias.
Mientras fuese ppsible restablecer el culto en la nueva catedral,
las ceremonias se desarrollaban en el vecino templo de la Compañía,
abandonado por los jesuítas al ser suprimida la orden en los domi-
nios de España en 1767.
El nuevo edificio miraba hacia la Plaza, mientras los anteriores
,que ahí se sucedieron desde la Iglesia Mayor a cuya edificación
contribuyó, como lo hemos visto, el mismo don Pedro de Valdivi'a,
estaban orientados hacia la calle de la Catedral, donde daba su puerta
principal. Para completar el fondo hasta llegar a la calle hoy lla-
mada de la Bandera, hubo que adquirir la casa que había pertenecido
a Pineda y Bascuñán, el autor del "Cautiverio Feliz", y por esa extre-
midad se empezó la construcción.
Frente al Portal de Sierra Bella y comunicándolo, para así de-.
cirlo, con el edificio del frente, sea el Cabildo y la cárcel, se levantaba,
paralelamente a las casas que ocupaban el costado oriental de la Pla-
za, un vasto galpón de 80 varas de largo y unas 20 de ancho, que
servía para mercadal de comestibles. ~ n t r lase casas de ~ l d u n a t e de
,
Cañas Trujillo, anteriormente de Morandé, y de los Ruiz-Tagle
Torquemada, que ocupaban ese costado oriental y dicho galpón que
tanto afeaba la Plaza, se había trazado una calle de treinta varas de
ancho, que llamaban de los Baratillos', por los numerosos que ahí se
encontraban. Según lo relata don Benjamín Vicuña, a mitades del
+siglopasado aun subsistían como covachuelas embutidas a la'mane-
ra de urnas en las fachadas de las casas antes nombradas, donde ha-
bían establecido sus negocios aquellos "turcos" de entonces. El resto
de la Plaza, en una superficie de 100 varas de ancho, estaba invadido
por las carretas venidas del campo con las verduras y las sandías, y
por las bestias de carga que,la transformaban en el más inmundo de
los chiqueros. Este deplorable galpón, que deshonraba nuestra plaza
priniipal, no debia desaparecer sino en 182 1, y solamente,por encon-
trarse entonces en estado ruinoso.
Ya en 1760 se vendían zapatos en la Plaza, y se colocaban los
vendedores ante sendas canastas llenas de ojotas y de calzado de
bajísimo precio, frente a la desembocadura de la calle del Rey y a la
esquina del Portal de los Condes de Sieira Bella. Esta tradición y
estado de cosas, si no muy estético, por lo menos muy pintoresco,
cuyo recuerdo conservan aún los muy viejos santiaguinos como un
imborrable recuerdo de su primera juventud, duró hasta los años
de la intendencia de Vicuña Mackenna, poco aficionado al color
local. '
La construcción del palacio' de la Moneda debia ser la mayor y
más importante ~ealizaciónarquitectónica del siglo que nos ocupa.
LA CASA DE ALMONED-A

E l establecimiento de una casa de


almoneda había sido solicitado por el Cabildo de Santiago, y se le-
vantó por fin siguiendo los planos que don Joaquín Toesca presen.
tara en 1782 en Lima al Virriy Jáuregui. Su extensión e importancia,
que hicieron creer mucho tiempo, y sin fundamento alguno, que eran
el resultado de un error, y que estaba, en realidad, destinado a otro
país más importante, alargaron los trabajos de edificación, que no
fueron terminados sino en 1805, siendo Presidente y Gobernador por
Carlos IV, don Luis Muñoz de Guzmán, el cual creó por decreto
la plazuela que hace frefite al actual Palacio de Gobierno. 7"

Con sus espesos muros de una vara y cuarto, costó la importan-


te suma para la época de 800 mil pisos, oro. Su fachada a la calle
de la Moneda-Nueva -así llamaban la actual de la Moneda para
distinguirla de la calle de la Moneda-Vieja, que era la actual de los
Huérfanos- debía ostentar un maravilloso escudo de piedra talla-
da, con las armas reales de España, y una reja no menos artística que
por "godas" no fueron jamás colocadas, y se admiran actualmente en
el cerro de Santa Lucía*,<Lareja había costado a su autor tres años
de labor y valía 12.000 pesos.
L A N U E V A CASA DE CABILDO

E n i 780 se había tenido que de-


moler por fin el vetusto edificio, muy a mal traer, que ocupaba el
Cabildo, y tres años más tarde se inició uno nuevo siguiendo el plano
de Toesca.
El Iliistre Cabildo había consultado cinco'viviendas altas para
las personas de copete que fuesen detenidas, ya que eran, como hemos
dicho, Cabildo y cárcel inseparables. Mientras el verdugo, paria de
todos los tiempos y de todos los países, como no pareció prÓpio que
tuviese su morada con vista a la noble Plaza Mayor, o a la calle tan
pública como lo era la de la Nevería y Pescadería, se relegó su guari-
da, terror de los transeúntes, "donde hoy se hallan las Cosuchas',',
dice el acta de sesión, sitio que no' hemos podido ubicar, pero que
suponemos una de las dependencias inmediatas del Ayuntamiento.
La parte reservada al Cabildo Municipal en el edificio de.Toesca
era ya más digno del ilustre cuerpo si nos atenemos a las descripcio-
nes de los contemporáneos, con una sala de sesión de verano y otra
de invierno, y una tercera que era destinada a los, cabildos públicos.
El moblaje era, hasta cierto punto, lujoso para aquellos tiem-
pos de sencillez. Lucía cortinajes de damasco carmesí con flecadira?
de oro en la sala de verano, y alfombra de centro roja con guarda
gualda., es decir, amarilla, los colores de la Madre España. E n el
muro blanqueado, encima de la mesa de estrado, presidía un crucifijo.
Sobre la mesa se veía una papelera de caoba, y contra la pared un
reloj de campana y sillas de respaldo con asiento de tripe carmesí.
Frente a la puerta de calle estaba el escudo de la muy noble y leal ciu-
dad que le concediera Carlos V. Seis bancas y doce sillas de baqueta
completaban el amoblado, que revestía, .a la vez que una real sobrie-
dad, un marcado carácter español.
Los tinteros, tanto en una sala como en la otra, eran de plata.
E n la de invierno se veían colgados de laUmurallalos retratos de sus
Católicas Majestades. en marcos de plata labrada. El brasero, para
los días de frío, era del mismo precioso metal, como también el mar-
co del espejo, en el cual se miraban sus mercedes para enderezar sus
pelucas rizadas y empolvadas.
Existían retratos de alcaldes y regidores en diferentes salas, nos
dice e! señor Roberto T o r o en su interesante estudio sobre Toesca,
publicado en el "Boletín de la Academia Chilena de la Historia".
¿Qué se han hecho aquellos testigos de los tiempos pasados, de los
,cuales no queda ni el recuerdo en las feas oficinas municipales de hoy?
El Ilustre Cabildo santiaguino era, sin embargo, pobre.de so-
lemnidad, al juzgar por el balance de las rentas municipales que nos
proporciona T. Peregrinus Haenke, viajero alemán que nos visitó
en los últimos años del siglo.
Fuera de medio real por'quintal que se exportara, o ramo de
balanza como lo llamaban; las demás rentas provenían de 10s "po-
treros" o haciendas que le pertenecían, es decir, la Dehesa y San
José, en la vecina cordillera, arriendos de peaje en el puente del Maipo,
la neveyía, pescadería, pregonería, y otros réditos que producían
unos 15.000 pesos anuales, a más algunos impuestos en fincas que
daban unos 30.000, a lo que es menester agregar otros 20 por el de-
recho que se cobraba sobre "el consumo de azúcar hierba".
En total unos 60.000 pesos en todo y por todo, pero bien admi-
nistrados, y que alcanzaban para'lo más urgente.
LA CASA DE LOS GOBERNADORES

L a casa de los Gobernadores, que


no se puede, por cierto, llamar palacio, era por demás modesta y
ocupaba, como ya se ha dicho, la esquina de la plaza y de la calle
del Puente o de Dragones, así llamada por el cuartel de ese cuerpo de
policía que ahí tenía sus cuadras.
construida de 1709 a 1716 por el Gobernador don Juan An-
drés de Ustariz, se componía de un solo piso, y había sido restau-
rada o mejorada varias veces en el corriente del siglo, por el estado
precario de sus edificios, que el Gobernador Muñoz de Guzmán pen-
só en demoler para reconstruirlos sobre un plano debido a Toesca,
y que no se había realizado por falta de recursos.
T a l como se encontraba en 1796, según la cuenta pasada por
el contratista encargado de una de las refacciones mencionadas, y
que resumimos aquí por creerla inédita, comprendía una sala con
techo pintado de azul y dos óvalos con puertas azules también. La
sala de la cuadra estaba "dada de rosada" con tableros azules. Los
dos patios, así como la cuadra, tenían faja colorada y las inevitables
puertas azules, color de moda por lo visto. Los demás aposentos
eran: la tesorería, el oratorio, el comedor, el cuarto de gabinete "y
el cuarto de dormir del señor Presidente".
Esta importante pieza exhibía, fuera de las puertas color de
cielo, ,un techo color de perla. Las rejas de las ventanas eran pintadas
de verde y oro.
E n la capilla se levantaba un dosel de tafetán verde, forrado de
tornasol exteriorm<n.te, y otro dosel grande con franja y damasco,
que tuvo que ser limpiado "con dos reales de aguardiente", dice el
presupuesto. No indica la factura cuál de los dos doseles dominaba el
altar o cobijaba la imagen de Nuestra Señora del Rosario en lienzo
que fué necesario aceitar, o si ambas eran para el uso privado del muy
noble representante del Rey Católico.
Las dependencias del palacio eran: la cocina con su patio, las
caballerizas para doce caballos, con picadero y cocheras para la ca-
rroza, que se comunicaban con el cuartel anexo de los Dragones de la
Reina, que ya hemos mencionado. Hemos dejado atrás, sin descri-
birla, la sala llamada de los Lienzos, por la valiosa colección de
retratos de los Presidentes Gobernadores, que por gran desgracia
fueron quemados por el populacho en la noche del 12 de febrero de
1817. Dicha sala servía, dice el documento que nos proporciona
estos detalles, "de ramillete", y estaba rodeada de bancas: En el
zaguán exterior se menciona un armario para los fusiles de,\,cuerpo
de guardia.
'El Gobernador convivía con su vecina la Real Audiencia, cuya
presidencia desempeñaba como Capitán General del reino.. Ahí, en
las salas anexas, se encontraban la tesorería, los archivos y el tribu-
nal de cuentas; con su mesa mayor y su archivo también. E n el patio
llamado de la Callana estaba instalada la fundición de la casa de
almoneda para el oro y la plata, junto con sus lavaderos, el almacén
.para el azogue y las hornillas.
Hemos olvidado mencionar que en la capilla de la Real Au-
diencia se admiraba un cuadro atribuído, no sabemos con qué fun-
damento, a Ticiano.
En este conjunto heteróclito no es de extrañar que la Audiencia. '
tribunal supremo, deslindase con la cárcel de mujeres por su parte
trasera, y con cinco tiendas a la calle,
EL P U E N T E

C o n la Moneda, el puente de Cal


y Canto constituye la obra magna del siglo XVIII en cuanto al
embellecimiento de Santiago y a la utilidad del vecindario.
El puente antiguo había caído en 1748, y fué .reconstruído de
manera tan precaria que volvió a caer quince años más tarde, fecha
( 1763) en que se iniciaron los trabajos de reconstrucción, o mejor
dicho, de construcción de un puente definitivo que lo fué con piedra
del cerro Blanco, también llamado de Monserrate, por la ermita que-
encima elevara Inés Suárez con su esposo Rodrigo de Quiroga, y que
vulgarmente denominaban cerro Redondo.
El corregidor don Luis de Zañartu, hombre enérgico y activo,
había sido nombrado para hacerse cargo de la difícil faena que, en
realidad, .no empezó sino en 1767. El puente nuevo se levantó frente
a la actual calle del Puente. Construido de cal y ladrillo, sobre bases
44
solídísimas de piedra canteada, tenia once arcos contando los ojos
secos". El monumento no fué terminado sino en 1782, después de
quince años de ardua labor.
Era obra majestuosa que hubiera debida ser considerada como
la joya más preciada de nuestra capital. Esto no lo comprendieron
10s poderes públicos, como lo veremos más adelante.
T O E S C A

T e s c a es el hombre del momento,


que aparece a su hora para contribuir eficazmente al mejoramiento
de los edificics públicos y particulares de la capital de Chile.
L o encontramos construyendo los tajamares llamados a im-
pedir los desmanes del Mapocho, río sin agua y, sin embargo, de
averías, de cuyas riadas Santiago había tenido tantas veces que pa-
decer a lo largo de su historia. Tiene a su cargo la construcción de la
nueva catedral, la restauración de las iglesias la Merced, Santa Ana,
San Juan de Dios, y la edificación de casas particulares, como la que
fué por mucho tiempo reputada la mejor de Santiago, y que mandó
construir el rico comerciante español don José Ramirez de Saldaña
en la calle de la Merced esquina de San Antonio, para ser después la
mansión de los Alcalde, condes de Quinta Alegre.
.M
.
AS ASCETERIOS

M i e n t r a s se restauraban o recons-
truían los templos antiguos, se fundaban, reflejo de la fe intacta de
toda una sociedad, nuevos asceterios en nuestra ciudad, que ya con-
taba con tantas tebaidas de uno y otro sexo.
Son las monjas capuchinas que vienen de Lima en enero de
.1727, y se establecen en la actual calle de la Bandera, que abando-
naron no hace muchos años en busca de terrenos de menos valor y
de barrio de mayor silencio. Más tarde, en. 1770, san las Carmelitas
Descalzas, que establecen el Carmen Bajo, en la Cañadilla, como el
Carmen Alto, lo había sido en la-Cañada ochenta años antes.
El severo corregidor Zañartu que lo fundó, encerrando en sus
clautros sus dos hijas de tierna edad, lo inauguró por curiosa coinci-
dencia el mismo día miércoles 26 de agosto de 1767 en que, como
corregidor, declaraba clausuradas por orden real las casas jesuitas
de la ciudad.
Pocos años antes de esa fecha, las monjas de la orden de Santo
Domingo, comúnmente llamada "las Rosas", se habían establecido
en la calle que lleva ?ún su nombre, a pesar de su reciente emigración
a otro local en el barrio alto de la ciudad.
Por su lado, los padres de la orden fundaban en el barrio de
la Chimba una casa de recolección, y de mayor observancia de la
regla de Predicadores, donde hoy se alza, rodeada de frondosos y
vastos huertos, la grandiosa iglesia de la Recoleta Dominica, relu-
ciente de mármol blanco traído de Italia, que le da el aspecto de
basílica romana; sin duda, la más hermosa de nuestra ciudad.
Mientras tanto, la beneficencia particular fundaba La Caridad,
en la calle de la Nevería, para el auxilio de los condenados a cárcel o
a horca; la Casa de los Huérfanos, que dió su nombre a la calle que
aun lo conserva, y en la Cañada, en los edificios vacíos del Noviciado
de los Jesuítas, el Hospital de Mujeres de San Francisco de Borja.
Son éstas otras tantas pruebas que, a pesar de la corriente de
ideas contrarias venidas del extranjero, el fervor religioso no se con-
tentó con simples fórmulas y ceremonias exteriores, sino que tuvo
su aplicación práctica y evangélica en tantas obras de caridad que
aun florecen entre nosotros.
CASA DE OBISPO Y SINODO

E s q u i n a de Compañía y de la
Plaza 'Mayor lindaba con el campo santo viejo de la Catedral una
casona de bastante mal traer que precedía un soportal ruinoso, edifi-
cado en otros tiempos por el obispo Salcedo. T a l morada, más mo-
desta, dicen los cronistas, que la mayoría de las residencias particula-
res, a pesar de los buenos muebles tapizados de brocado amarillo
admirados pqr Vancouver, que la visitó por aquellos años, era el
Palacis, Episcopal, donde mismo se levanta actualmente el Palacio
Arzobispal.
A pesar de la sencillez de la casa episcopal, vivió en ella ocho
años un prelado, cuyo inventario, conservado en el Archivo Históri-
co Nacional, es el más magnífico despliegue de pedrerías, de bordados
'y brocados. Se llamaba el Iltmo. señor don Juan Bravo de Rivera, y
era natural de Lima. Sus albas eran de "punto de Rengo", con enca-
jes de "pitiflor chambergo", o de "punta capitana", de valor con-
siderable. Poseía doce ornamentos completos, de 6 piezas cada uno,
de tisú de oro con guarnición de encajes de Milán. La "esposa" era
un anillo de un valor de más de 3.000 pesos oro, adornado de un
gran diamante "rosa jaquelado"; la cruz pectoral era toda de bri-
llantes acompañados de esmeraldas y amatistas. A pesar de tanto
boato, el obispo de Santiago, Bravo de Rivera, fué, dicella historia,
un pastor muy digno y celoso, que dejó, al ser elevado en 1743 a la
sede de Arequipa, fama de gran virtud y de muy limosnero.
"La Sínodo" diocesana -Sínodo pertenecía entonces al género
femenino-, que promoviera el gran obispo don Manuel de Alday
y .Axpee en 1763, nos proporciona, por su lado, curiosos detalles
relacionados con la disciplina eclesiástica, que, tanto como la pintura
de lo que podía ser el ajuar de un obispo americano, no parecen
estar fuera de tiesto en el estudio de la vida S-antiaguina de hace
cerca de doscientos años.
Así, la Sínodo considera como una relajación de las costumbres
que se tengan abiertas las tiendas de mercaderes y oficios mecánicos
para vender y despachar en días-de fiesta, lo que se prohibe bajo
pena de cuatro p d t s . Se prohibe también que en días domingos y
festividades de guardar entren al pueblo carretas y que se expenda
yerba. e I

Bajo el aspecto social, se leen disposiciones que más de uno se


extrañará hayan sido impuestas por la Iglesia hace dos siglos por
los jesuítas, que'implantaron en sus estancias chilenas la jornada de
trabajo de ocho horas, en pleno siglo XVII, y por la Sínodo, que
prohibe a las dueñas de casa el trabajo nocturno de sus criadas, pro-
siguiendo las tareas del día. La noche, insiste, debe ser para el des-
canso. Los amos?,declara, deben cuando se toca a doctrina, a Escuela
de Cristo, con la campana grande, mandar los criados varones a ins-
truirse a la parroquia, y los domingos a la Catedral. E n cuanto a las
criadas de sexo femenino deben doctrinarse en el recogimiento de las
*
casas.
No es de extrañar que la asamblea sinodal, ya que el reino de
, Chile formaba parte integrante del imperio de España, impusiera;
para el primer lunes de cada mes, la celebración de una misa cantada
por las intenciones de los señores reyes de España, según la cláusula
de erección de la-iglesia Catedral, y de misas de aniversario por los
soberanos difuntos, especialmente, por los'católicos señores don Fer-
nando y doña Isabel, Carlos V y los tres Felipe.
EL FIN DE LOS JEGUITAS

P o r aqueiios aiíos. con gran do-


lor de un pueblo tan religioso como el nuestro, y donde tanta im-
portancia bajo todo aspecto había'adquirido ;a Compañía, por Real
Orden de la Católica Majestad de Carlos 111, todos sus conventos,
residencias, colegios y misiones que representaban, de Norte a Sur del
territorio de Chile, la cultura y la civilización, fueron el mismo día
clausurados por la fuerza armada, y sus estancias y demás bienes
confiscados por un, incalificable golpe de fuerza.
En Santiago, el templo famoso de la Compañía, el mejor de la
ciudad por la solidez de su estructura y su suntuosidad, sus cinco
capillas bajo otras tantas cúpulas pequefias, y sus dos torres; su co-
~ O Fraslcisco Javier; el colegio y la iglesia
legio o C O ~ V ~ C ~deO San
de San Pablo; el noviciado de San Borja, y la Casa de Ejercicios de
la Ollería. quedaron vacíos de sus huéspedes, entre los cuales se con-
taban tantas glorias de las letras. Entre aquellos chilenos desterrados
estaban el famoio padre Lacunza, autor de la "Venida del Mesías" ;
el historiador padre Felipe ~ o n z á l e zde Vidaurre; el célebre abate
Molina; el padre Olivares, autor de una interesante "Historia Civil
del Reino de Chile , encre otras obras; y los padres Havestadt, Febres
y Garrote, incansables investigadores y cultores de la lengua mapuche,
Acusados de juntar riquezas territoriales, es justicia hacer pre-
sente que todas estaban'destinadas al mantenimiento de las numero-
sas misiones jesuíticas que se extendían hasta Chiloé y la región de
Nahuel-Huapi, y de sus colegios, los únicos de enseñanza secundaria
que existieran en el país. Así, para las casas jesuítas de Santiago,
los productos de la valiosa hacienda de Rancagua, o de la Compañía,
estaban dedicados al Colegio Máximo junto con la chacra de la Olle- ,
ría; la hacienda de Chacabuco y l a chacra de Quilicura, al colegio
de San Pablo; y los fundos de Ñuñoa, Pudahuel y de las Tablas, al
noviciado.
Por gran desgracia no solamente religiosa, sino también civil,
cultural y civilizadora de Chile, todo aqud intenso esfuerzo de dos
siglos de ímproba labor quedó anulado y arruinado en pocas horas,
y las misiones abandonadas.
A la iglesia de la Compañía debía volver el culto al producirse
el incendio que arruinó la vieja catedral, dos años después de haber
sido privado el famoso templo de sus dueños legítimos.
POR LA CIUDAD

U n a copla de la época enumeraba


como sigue los principales edificios de la ciudad:

"En la Aduana está la Muerte,


' El Juicio en el Consulado,
La Gloria en la Compañía
Y el Infierno en el Teatro",
S recordando, de este modo, junto con los cuatro temas de plática de
los ejercicios de San Ignacio, a los cuatro monumentos principales.
La aduana, uno de ellos, empleaba los vastos edificios que ac-
tualmente conocemos bajo la designación de "los tribunales viejos",
en Bandera esquina de Compañía, donde antes de la supresión se
alzaba el convictorio de San Francisco Javier, colegio principal de
10s jesuitas, cuya iglesia ocupaba la esquina encontrada. Sus edificios
fueron construidos según un plano que diseñara Joaquín Toesca, y
que no fué realizado sino de' 1802 a 1807, después de la muerte del
arquitecto, siendo Gobernador don Luis Muñoz de Guzrnán. Sería
de desear que este interesante edificio,' uno de los pocos que nos van
quedando de la época colonial, sea conservado a pesar de las malas
razones que se invocan para su destrucción.
En cuanto al Consulado, no hace mucho que desapareció bajo
la picota demoledora, para ceder el sitio al nuevo palacio, poco
artístico por cierto, de los Tribunales de Justicia, cuando el recuerdo
de tantas páginas gloriosas de la historia de nuestra independencia
que se desarrollaron bajo sus umbrales hubiera debido protegerlo
contra todo atentado.
Lo hemos conocido transformado en Biblioteca ~ a c i o i a l y, su
techo ruinoso no escatimaba las goteras a los estudiosos que frecuen-
taban sus salas.
Su gran salón había sido la cuna de la República el 18 de sep-
tiembre de 18 10, y en él, dando un ejemplo de civismo, nunca
bastante ponderado, don Bernardo O'Higgins había presentado su
renuncia a la jefatura del Estado, el 28 de febrero de 1823, en esa
misma sala que más tarde debía servir de salón de sesiones al Con-
greso Nacional. ,

Como el Puente de Cal y Canto, el Consulado fui víctima de


la falta de respeto por el pssado creador, sin embargo, del presente,
producto del desconocimiento de las más gIoriosas páginas de nuestra
historia, por las autoridades llamadas, no obstante, a conservar
I . y
fomentar su recuerdo.
LA ERA BONANCIBLE

D e la era bonancible del siglo


XVIII, como la llama don Eduardo Solar Correa en sus "Tres Co-
lonias", había nacido, compañero natural de la riqueza, el lujo de
las casas. Hemos mencionado la casa de Ramírez Saldaña, debía
ser de Alcalde; otras, tan importantes como aquélla, habían sido
edificadas por opulentas familias de la aristocracia criolla, compues-
ta, según el historiador Olivares, que las enumeró, por 239 familias
hidalgas o con pretensiones de nobleza. Entre ellas nombraban la
casa del comerciante canario Antonio Boza, en la calle del Rey; fa
del mayorazgo Balmaceda, en la misma calle; la del m-ayorazgo Ruiz
Tagle y Torquemada, que-formaba la esquina de la calle de la Mer-
ced y de la Plaza, y, sobre todo, la de los T o r o Zambrano, Condes
de la Conquista, cuyo encumbrado mojinete se yergue aún sobre la
famosa Casa Colorada, último vestigio de la edificación doméstica
de la colonia, llamada a desaparecer, por desgracia, muy pron;o del
paisaje santiaguino.
LUJO DE HIDALGO'S

A q u e l l a población de origen his-


pano, sin mezcla de sangre negra o india, era amiga de cierto boato y
apegada a sus pergaminos desde los tiempos de la conquista, en que
un Juan López de Taibo, que cita don Juan Luis Espejo en su
"Nobiliario" : "lloviendo o nevando 6 de cualquier suerte que fuese,
traía de ordinario sus papeles en el pecho, debajo de sus armas".
Amiga del lujo, abundaban los carruajes: calesines y forlones,
de tal manera que Córdoba y Figueroa podía decir que, "a juicio de
la más interesada observación, todo esto era de excesivo costo para
chile, porque los caudales, por lo general, no los reportan".
Porcelanas y servicio de cristal, modas y elegancias, habían sido
en los últimos años del siglo precedente traídos al país por los bu-
ques de Francia, cuyo Gran Rey había declarado, al dar a su nieto
Felipe V como rey de España, que ya no existían Pirineos y, por
ende, ninguna traba31 comercio francés en los dominios españoles. ,

Peregrinus Haencke, que visitó a Chile. en los últimos años del


siglo, nos presenta una ,pintura al parecer exacta de lo que era a la
sazón la población de Santiago. Admira "su robustez, su trato fino '
y amable, la hospitalidad constante, su idioma castizo, sus modales
inocentes y cariñosos". A su juicio, ':los hombres añaden a esas cua-
lidades, un talento y agilidad poco comunes, y las mujeres una fide-
lidad conyugal sin afectación, una gran pasión por la música y por la
buena educaci& de sus hijos".
Según el mismo Haencke, las señoras "hachn vida sedentaria",
"con jaquecas, obstrucciones y colores pálidos". Ellos visten a la
europea. en general. y la moda ~ i é n de
e Cádiz. Ellas revisten un traje
por demás complicado, parecido al de las chulas de Goya, que cubren .
de una sobresaya de seda de cola larga, y mantilla de color de moda,
para ir a las iglesias. La negrita que acompañaba a sus amas en los
trajines callejeros solía llevar un atavío que indicaba aquella osten-
tación exterior, a la cual la santiaguina ha sido siempre aficionada,
con su "saya de tela de oro y faja de seda en abanico", y la mantilla
con fajas de terciopelo negro, tal como lo describe en su estudio sobre. '
"Los Trajes de Chile", don Fernando Márquez de la Plata, el ilus-
trado historiador de la indumentaria y del mueblaje de Chile coloniaL
LOS PASATIEMPOS

N o faltan las entretenciones a esa


sociedad que todos los viajeros concuerdan. en estimar muy culta.
Eran los caballos y las carreras a la chilena, para las cuales había
caballos de gran renombre; paseos de a caballo en cabalgaduras "pa-
seantes" o de plaza, que marchaban, según el abate Molina, con her-
moso compás; torneos en la Plaza, y toros en f.tividades,- sin olvidar
las apuestas en la "Cancha de Gallos", siempre muy frecuentada.
En la primavera, relata Carvallo, son frecuentes los' paseos a
las quintas y casas huertas, donde se, tenían buenos banquetes, se
bailaba y se entretenían el día entero.
. En el verano si solía' ir a los baños de Colina, a la Angostura
y a Cauquenes, y en otoño a las haciendas a presidir la matanza anual
de ganado para la grasa, los cueros y e1 charqui, y "la abundancia
de sazonada fruta". En invierno, continúa Carvallo Goyeneche, "se
hace la diversión con la música y el baile, porque rara casa es la que
t no tiene alguna sefíoríta que no tenga la habilidad de cantar y de
tocar algún instrumento de música". También existen las tertulias,
4 de las cuales los concurrentes deben retirarse a las once, después de
un moderado refresco de chocolate, bizcochos, excelente dulce y agua
de limón. Luego sigue "la moderada diversión del mediatór o malilla,
de un cua~tillode real el tanto".
: 1
No faltaban frente a la reja de clausura de las Agustinas, o de
-las Claras, las meriendas de monjio, en que se saboreaban los bizco-
chuelos de las monjas del Carmen, la gran tortilla de las Capu- '

chinas o los dulces de pasta de las ~gustinas.


Tampoco faltaban, fuera de las numerosas ceremonias de iglesia,
las fiestas oficiales, como el paseo del Real Estandarte por las calles
de la ciudad el día de Santiago el Mayor, el desfile de los graduados
de la Universidad de San Felipe, o la jura pomposa de algún sobera-
no de la lejana Madre Patria.
FIESTAS REAL.ES

E n la Jura de Carlos IV, que de-


bía ser el último rey de España en Chile, se acuñaron medallas con
efigie del soberano, y el escudo con el león y las conchas de Santiago.
Se obligó entonces a los vecinos a blanquear las fachadas, se cons-
truyó un tablado en la Plaza, y otro en la Cañada esquina de la calle
Real. Se repicaron las campanas durante dos horas; Se formaron
calles de árboles iluminados en forma de arcos. Hubo misa de gracia
y juegos de artificio durante tres noches, y, por supuesto, otros tantos
ciías.de toros con caballeros en plaza y sus chulos.
Para remate de fiesta, siguieron tres noches de mojigangas y
carros que costearon los 16 gremios del comercio, desde los barberos
hasta los coheteros y espaderos.
Eran días de fiestas y alegría quecortaban la monotonía de
la vida diaria, en que se celebraba el feliz alumbramiento de la Reina
Nuestra Señora, y también los de duelo por algún personaje de la
augusta familia, en que el Cabildo repartía los lutos a sus dependien-
tes; a los maceros, la armas de la ciudad sobre pergamino o en
"bocasí", y a los tambores y trompetas que salían a la ceremonia,
sayos y capirotes negros.
FIN -DE REGIMEN

L o s escritores contemporáneos se
complacen en pintar a Santiago, cabeza del reino de Chile, como
una ciudad de gran agrado, alegre, deleitosa y espaciosa por la can-
tidad de huertos, de árboles, frutas y flores, de vida fácil y barata,
donde el pan, tan bueno como el de Madrid, cuesta "tres panes de a
diez onzas, medio real; la carne de vaca, medio real las tres o cuatro
libras, y tres reales un pavo regular".
Mas no eran pocos los chilenos, siempre vagabundos, que via-
jaban por el viejo continente, como .~ lcalde,conde de Quinta Ale-
gre, o don Manuel de Salas y Corvalán, y otros que traían ideas de
trastornos sociales e ideológicos, de libertad y de independencia, las
que debían, a poco andar, traer el fin del régimen colonial, de un
régimen de dominación que con el tiempo se había transformado
para muchos en dominación extranjera, pero que, es justicia decirlo,
nunca f u i ni mala ni tiránica en nuestro país.
C U A R T A PARTE

E L SIGLO' X I X

ALBORADA ,DE SIGLO

A 1 terminar la época del coloniaje,


Santiago de Chile no era a primera vista ni más ni menos que
cualquiera de las ciudades andaluzas o simplemente meridionales de
la Madre Patria, con chulos y chulas en menos y la cordillera neva-
da a más.
Ya conocemos el aspecto primitivo de nuestra capital: que con-
servó hasta avanzado el siglo pasado. Siempre las interminables
murallas de adobes o hileras de casas bajas que sólo interrumpía de
cuando en cuando el mojinete inevitable, como sombrero tricornio
de tejas, 4ncima del portón de acceso. Paredes monótonas de conven-
tos, y poquísimas casas de dos pisos o de altillo de esquina, con pe-
sados portones que dominaba a veces el escudo de armas de su dueño
esculpido en piedra, otras "de nicho" o también "de cadena", como
se solían distinguir, componían con numerosas iglesias, bajo senci-
llos campanarios blanqueados, patios floridos y huertos, la capital
de la flamante República de Chile.
-

La Plaza Mayor o de Armas, corazón de la ciudad, conservaba,


como aun las conserva, las dimensiones que le otorgara, en confor-
midad a las Leyes de Indias, el alarife que las mensurara en el princi-
~ i o Estaba
. aún sin empedrar y afeada por la existencia de aquel
inmundo galpón que, como se sabe, ocupaba desde el siglo anterior
todo el costado oriente, entre las calles de las ~ o n j i t a sy de la
Merced, de Cárcel a Portal, el cual servía, con los inconvenientes y
hedores del caso, de plaza de abastos a falta de otra.
E n ella también, complemento inevitable de toda Plaza Ma-
yor española de antaño, se veía la columna del rollo o pilar de justicia,
cerca de la pila de bronce, herencia del siglo XVII, siempre rodeada
de vendedores de mote, de picarones y huesillos, así como de las
sedientas caballerías de los carniceros y aguadores que se surtían en
la fuente del agua que repartían por la ciudad.
Poco o nada se barría la extensión desértica, que cruzaba una
mal oliente acequia, y por la cual paseaban las ráfagas de viento he-
lado en invierno y las columnas de polvo caliente en verano.
Zapiola, a cuyo "Recuerdos de Treinta Años" hay que referirse
síempre al querer pintar lo que era Santiago en los albores de nuestra
vida independiente, de que fué testigo ocular, y cuyo carácter pinto-
resco supo tan bien pintar, dice que los presos de la cárcel vecina
solían abandonar las rejas de la prisión a !a cual se apiñaban, por la
muerte de un obispo o'alguna festividad patria de muchos cañonazos,
y empuñar la escoba de ramas de espino con la pretensión de limpiar
la Plaza de sus inmundicias, pero, en realidad, para dejarla tan sucia
como antes.
Frente a la cárcel se preparaba la comida de los penados;*ahí
quedaban las cenizas y demás residuos, y en el suelo, el charco de
agua hedionda que sirviera para la preparación de los porotos.
Ciertas calles eran evitadas por los transeúntes a hora de siesta
y de noche, por peligrosas y nauseabundas; así la de San Antonio,
por sus letrinas y las basuras que ahí yacían sin que nadie se preaocu-
para de levantarlas, como aquel cadáver ?Ie un pobre borrico, sin
duda muerto a palos, que nadie pensaba en enterrar. Si recordamos
la justa severidad de las ordenanzas municipales del Cabildo en los
primeros días de Santiago del Nuevo Extremo, se podría deducir, no
sin razón, que la actividad, eficiencia y capacidad de los ediles habían
decaído sensiblemente desde entonces.
En el Mapocho acostumbraban bañarse los pilletes y mucha-
cho$, e iban hasta hacer sus abluciones en el albañal del convento de
Santo Domingo, cuya pileta claustral alimentaba. Para evitar tama-
ña incongruencia, los frailes tenían que delegar a punto fijo, armado
de una varilla de mimbre, a Fray Roco, lego de la comunidad, que
correteaba a los bañistas sin piedad. Tampoco' dejaban de entregarse
154
chicos y grandes a los placeres de la hidroterapia al aire libre, los días
de calor en plena Cañada, en una laguna que solía formarse con los
derrames de las acequias vecinas.
Así a l g n z ó Santiago, con aspecto de gran villorrio apacible, a
la época que nos queda que estudiar y que inicia la era de crecimiento
y de progreso de la ciudad, que le han permitido transformarse en
poco más de un siglo en la capital moderna que, a pesar de no haber
sabido conservar ni un rastro de su carácter español o 'morisco, como
lo llamaban los viajeros, guarda siempre un singular encanto, efecto
de su situación y de la hermoyra de su horizonte, así como de su
clima envidiable, que siempre supieron apreciar y alabar los cronistas
y demás visitantes del pasado.
LOS VIAJEROS

A 1 consolídarse la República, des-


pués de las guerras de la Independencia, y aun cuando continuaba
la guerrilla en el Sur del país, los extranjeros afluyeron numerosos a
Chile, especialmente ingleses y americanos, en busca de buenos ne-
gocios los unos, o en representación de firmas comerciales o navieras
de sus países respectivos los otros, como también no pocos marinos
-

y militares que concurrieron a la contienda contra España.


Entre estos viajeros, .fueron numerosos los que publicaron sus
impresiones de este /país, en la lejanía del Mar del Sur, tan poco
conocido en Europa. Nombremos al "Oficial de la Marina inglesa"
al servicio de Chile de 182 1 a 1829,.cuyo interesante relato fué tra-
ducido y publicado por don José Toribio Medina; a Mary Graham,
cuyo diario de residencia en Chile en 1822 es, sin lugar a dudas, el
más reputado entre los relatos de la época; a Peter Schmidtmeyer, a
Gabriel Lafond de Lucy, a John Miers, a Samuel Haigh, a William.
Ruschemberger, quienes pasaron todos por Santiago entre los años
de 1820 y 1830.
En realidad, el campo en el cual se desarrollan estos relatos es
singularmente reducido. Sin embargo, éstos memorialistas se com-
pletan uno a otro en la variedad de los detalles, interpretados de dis-
tinta manera, de acuerdo con el carácter y la personalidad de cada
autor. Se desprende de su lectura, siempre agradable, una visión muy
completa de lo que era Santiago a los diez años de su vida indepen-
diente, de sus monumentos y de la vida privada de sus habitantes,
en el momento preciso en que unos y otros, paulatinamente, iban a
experimentar un trastorno completo. No es sin emoción que se com-
prueba con'qué unanimidad cantan el agrado de la vida, la distinción
de la sociedad, la excelencia del clima, y no falta quien .declare a
Chile "el mejor país de América".
LA PLAZA EN 1820

'Sabemos lo que era la Plaza en


los siglos anteriores, y poca diferencia. había experimentado en el
correr del tiempo hasta el año que nos ocupa, y en que nos la pintan
los viajeros ya nombrados con la Casa de Gobierno y las Cajas, el
Cabildo, la Catedral en sempiterna y lenta construcción, el portal
medio ruinoso, como lo dejaba cada temblor fuerte que sacudía el
país.
Al lado de la Catedral, 'hacia Compañía, se veía el viejo portal
del obispo Salcedo, que los documentos de la época nos pintan fuera
de la línea y muy irregular, y tal como debía desaparecer poco des-
pués.
'
La Catedral, tal vez convenga recalcarlo, era toda de piedra del
cerro Blanco, y se iba edifi'cando de'acuerdo con el plano de Toesca.
el cual murió mucho antes de ver su obra acabada. Exhibía entonces
en su parte posterior un torreón que servía de campanario para el
toque del esquilón y para los llamados a los oficios. Aseguraban
que se había tomado por modelo a la basílica romana de San Juan
de Letrán: "caput et ma ter omnium ecclesiarum".
- Desde la Independencia, en que todo lo que recordaba a la do-
minación española tuvo que desaparecer, ya no se veía en su altar
la imagen venerada del apóstol Santiago, patrono jurado de la ciu-
dad, jinete en su caballo blanco encabritado y ostentando en el pes-
cuezo la venera de la orden militar de su nombre. Encima de los
sepulcros de los obispos se veían colgando de las vigas los sombreros
de teja polvorientos, con su púrpura y sus flecos.
E n el Portal de Sierra Bella continuaba el comercio tradicional.
bajo sus arcos, en galerías sombrías y bajas, verdaderas ratoneras en
que como incrustados en sus 20 pilares se encontraban los llamados
I <
cajones" o baratillos en que se expendían mercaderías al detalle. El
soportal del Conde de Sierra Bella, a la sazón avecindado en Lima,
comprendía así 21 tiendas bajo sus galerías y 19 "cajones" o bara-
tillos de madera.
E n cuanto al último costado de la Plaza, que cae al oriente,
"lado de la resolana y del chavalongo", como se decía, estaba repar-
tido entre cuatro casonas de tejas, altillos, mojinétes levantados y
"ventanas bajas a manera de petacas" como las describió don Ben-
jamín Vicuña Mackenna.
Uno de aquellos solares esquina de las Mgnjitas había perte-
necido al obispo Aldunate, aquel inteligente prelado que.fué el vice- +

presidente de la Primera Junta de Gobierno; la del mayorazgo Ruiz


Tagle y Torquemada se levantaba en la otra esquina, con la calle
de la Merced; y en el medio de la' cuadra, con fachada a la plaza,
estaba la casona que había pertenecido al primer Briand de la Mo-
randais o Morandé, comb se tradujo o se simplificó su viijo apellido
de Bretaña. ,:
La casona de Morandé era llamada "del rollo" por su proximi-
dad a la picota de justicia, que ya hem6s mencionado, y que no des-
apareció de nuestra plaza principal sino en el primer tercio del siglo.
En la primera mitad del que nos ocupa era imprenta, club, botica
y sastrería, casa de correos y tallerlde mecánica. La imprenta, narra
Vicuña Mackenna, fué más tarde la del diario E ~ r o ~ r d s o "y.
ocupaba uno de los altillos. La botica era la de Barrios, que servía a
la vez de club,. a falta de otro, con su hornilla siempre enientjida
donde se calentaban las tisanas e infusiones. En cuanto al dueño de
la n=e++nr;
a, se veía en su mesón, -en mangas de camisa y delantal de
sarga verde. Para completar el cuadro evocador y pintoresco: en su
"chiribitil" de relojería, el relojero "don Benjamín", un francés,.
esperaba sus clientes fumando su pipa.
La Municipalidad, deseosa de edificar ahí el principal teatro de
la ciudad, en ese sitio central donde hubiera estado, por cierto, muy
bien situado y a fácil alcance del público, había ofrecido por el terre-
no y la vieja casona la suma crecida de 50.000 pesos. Por falta de
dinero, o cualquiera otra razón, la operación no se había realizado.
Más tarde, al terminar la época que nos ocupa, veremos al capitalista
Mac-Clure construir ahí el portal que durante medio siglo llevó su
nombre, y que fué uno de los mejores y más modernos, que contribu-
yera a modernizar la ciudad.
El intendente don Ramón de la Cavareda dispuso, por los años
de 1835, que se empedrase la Plaza, centro magnético de Santiago,
con el diner? que produjera la multa que se impuso a los jugadores
de conét~
LA PILA DE ROSALES

E n i 838 se reeinplazó la histó-


rica pero modesta fuente que adornaba el centro de la Plaza desde
hacia cerca de siglo y medio, obra de bronce del maestro Alonso
Meléndez, por el monumento de mármol blanco de Carrara, que por
milagro, en este país en que nada dura, la sigue .adornando aún. Fué
llamada por el público "La Pila de Rosales", por haber sido don
Francisco Javier Rosales Larrain, por entonces Encargado de Nego-
cios de Chile en Francia, quien la adquirió en 72.000 pesos, suma
considerable por el valor de la moneda a la sazón. Esculpido en Gé-
nova por el escultor Orsolino para un gobierno americano que n o
lo pudo pagar, se interpretaron como se pudo las escenas que repre-
sentan sus bajos relieves, que fueron bautizadas: la batalla de Ran-
cagua y una batalla naval frente a Valparaíso. E l medallón central
pasó a ser el retrato, "atribuído", de don Bernardo O'Higgins. E l
espíritu artístico y crítico, por suerte, no se encontraba aún muy
desarrollado.
En cuanto a la venerable pila de bronce, fué trasladada, en una
continua peregrinación, de la Plaza a la Alameda, de ahí a la pla-
zuela de la Recoleta Franciscana, en seguida la hemos visto a la
Santiago.-1 1 161
subida del cerro Santa Lucía p o r la calle de la Merced, y ahora, colo-
cada sobre una base de piedra que la enaltece, se encuentra en un lugar
de honor, en el centro del patio del Palacio de la Moneda, donde es de
desear que terminen sus padecimientos.
M a r y Graham, que s u p o captar tan bien los aspectos pintorescos
que le presentaba Santiago, nos pinta la Plaza cruzada p o r hombres
de' poncho y sombreros de paja. al galope de sus cabalgadu;aspque
levantaban una nube de polvo, y también por vehículos,de todas
clases: carrozas tiradas a cuatro caballos, calesas chillonas y ligeros
birlochas, sin olvidar la pesada carreta entordada de coligüe, arras-
trada por numerosos bueyes.
L o s días en que se anunciaba la .entrada al Puerto de algún
buque de la carrera, en realidad "el día de mala" de aquellos años
y de a h í su nombre, se colocaba una bandera roja en la fachada del
palaiio de las Cajas, en la que se lpía en letras blancas: "llegó el va-
por", con el fin de que quedase avisado el comercio.
EL PALACIO Y EL PUENTE

F u e r a de la Plaza de Armas y de
sus modestos monumentos, los demás, de que se vanagloriaba la ciu-
dad, eran dos palacios y un puente, sin contar algunas sencillas igle-
sias de estilo colonial muy desnudo y desprovisto de arte. De los unos
como de las otras ya hemos hablado en los capítulos anteriores, sin
que el siglo XIX en su principio hubiese traído cambio alguno digno
de ser mencionado. La Moneda, entonces dedicada a la acuñación
de moneda, era considerada por los extranjeros, con su ancho pórtico
de arquería y' pilares macizos de ladrillo, como muy majestuoso:
very pal try ".
1'

Los chilenos, decía Miers, el cual no lperdía ocasión de calum-


niar al nativo o de burlarse de él, < muestran este edificio con sumo
I

orgullo, y suponen que no existe en el mundo otro que se.le asemeje".


Agrega en el mismo tono, que el extranjero que visita a América y
desea conservar buenas relaciones con los indígenas "debe olvidar
todo 10 que ha dejado en Europa, y poner su gusto al diapasón y al
nivel de los criollos". Según el mismo Miers, la Moneda n o es sino
4 4

11 obra maestra de un ladrillero, en un pueblo acostumbrado al


adobe secado al sol y cimentado con barro".
Y a sabemos cómo nació el puente de Cal y Canto y veremos
después cómo murió. Merecía los aplausos de todos los escritores que
pasaban por el país. Alto y ancho, con amplias ramblas de acceso,
que se extendían a distancia considerable de su arquería, constituía
una obra maestra con sus garitas semicirculares que rompían la mo-
notonía de sus barandas. E n ellas SP cobijaban unos baratillos de
pintoresco aspecto, que al llegar la noche se iluminaban, en esa época
de medias tinieblas, a punta de "quinqués" y de faroles. Gilliss, que
frecuentaba el puente por la mitad de siglo, habla de escaños de pie-
dra destinados al descanso de los transeúntes, y de las poco tentadoras
frutas, dulces y otras "confecciones" que en los baratillos del puente
se expendían. Como de noche el puente solía ser el teatro de las
hazañas de los ladrones, existía a su salida del lado de la Cañadilla
un cuerpo de guardia con centinela, arma al pie, para la defensa de
los viandantes.
L A CALLE A H O R A DE SIESTA

E l "Oficial de la Marina inglesa",


cuyo relato fué traducido por don José Toribio Medina, escribía:
que si bien es cierto que al entrar a la ciudad por el Obelisco y San
Pablo las calles son insignificantes y mal presentadas, ellas mejoran
mucho al avanzar hacia el centro, y se ven pavimentadas con losas
de piedra de pórfido rojo del cerro San Cristóbal.
/Sin embargo, el viajero, como Gilliss, tenía que extrañarse. al
llegar a las horas consagradas al trabajo, después de largos muros y
de alamedas interminables, de la soledad que se notaba por las calles.
A la hora de la siesta reina el silencio, pues el sol hace huir a las
gentes hasta sus casas. E n alguna plazuela, dice, se ve un hombre
ocupado en saborear un delicioso melón, o algún peón de a caballo,
"entretenido con la chicha", correr por el pavimento borneando el
lazo y la manta al viento. J
E n las esquinas dormita un policial de a caballo. E n los patios
se columbran unos hornos de pan que parecen colmenas de abejas.
N o hay vida ni actividad, nada de la animación usual de una capital
Pequeña o grande, ni evidencia de negocio, sino rudos signos en las
murallas en una ortografía de fantasía. Una cadena de. presos- re-
-
mienda el pavimento de una calle bajo la vigilancia de un policía
montado. Pasa al tranco de su caballo algún huaso, y los aguadores
al galope. Las tiendas son pocas; la Plaza,. vacía. Supongo que este
cuadro lobrego de Santiago, escrito en 1850 por J. M. Gilliss, co-
rrespondería a algún mes de.verano, o a la hora de la siesta que todos
practicaban "a calzón quitado", costumbre heredada de los tiempos
de España.
Las calles están en general pavimeptadas, y la mayor parte
tienen veredas de 5 a 6 pies de ancho, pero el agua corre por el centro
de la calle, que ha sido, con ese fin, construído más bajo que los lados,
Dice Gilliss que así es porque, lo mismo que en China, no se modifi-
can las costumbres implantadas por los antepasados.
PREGONES CALLEJEROS

6 <
S e g ú n el marino inglés". que
comparte una opinión favorable con el presbítero Salusti, sacerdote
que acompañaba al delegado apostólico Monseñor Muzi, muchas
casas eran hermosas. El frente. de las habitaciones a la calle se presen-
taba generalmente dividido en pequeñas viviendas arrendadas como
tiendas. Era común vet. a cada lado de la entrada de una casa impor-
tante alguna pulpería o depósito de velas de sebo, o la covacha de u n
zapa ter0 remendón.
Retumbaba a ratos la calle silenciosa con los pregones de los
vendedores ambulantes, que poetizaba la distancia. Era el vendedor de
zapatos que gritaba a voz en cuello: "jllevo los zapatos de duradera
y de cordobán!"; era el esterero que clamaba: jesteras de estrado bien
"

hechas! ", y el. vendedor de empanadas: jque se acaban las empana-


"

das calientes con dulce y con pasas!".


Siguiendo el concierto de. los. pregones, se oía al que vendía por
las calles obleas para sellar cartas, pajuelas que eran las precursoras de
10s fósforos, y solimán, que lo era del "rouge", pregonando con voz
de tiple: ''jobleas!, ipajuelas!, solimán!", y el aguador, con voz
ronca: ' < i tero!". "iFrutillas!", gritaba el frutillero a caballo entre sus
árguenas llenas de esa perfumada y sabrosa fruta; "iyerba!", el que
ofrecía alfalfa recién segada para los caballos de la calesa o la mula
del birlocho.
"ivelones de Tapihue!", cantaba el velero, y el pollero: "ique
llevo gallinas gordas, casero!", pregón histórico este último, que sir-
vió de santo y seña de una conspiración de los Carrera. E n los días de
verano, en el mismo orden de ideas, se oía: jah!, l'orchat bien he-
"

laa!" ; el vendedor. de helados salmodiaba: "i ...helao cantao! ", y el


heladero de leche: " i de leit.. ., bien helao! " . Una vez pasado el prego-
nero, el silencio volvía a planear sobre la calle llena de sol.
ORDENANZAS DE BUEN GOBIERNO

E n i 820. don Salvador de la Ca-


vareda, regidor y juez de policía urbana, había publicado una orde-
nanza de buen gobierno para perfeccionar el aseo de la ciudad. Se
prohibía lanzar basuras a la calle, ropas inmundas o contagiosas,
animales muertos, bajo pena de 2 pesos. Se prohibía tender ropa, la-
var en batea, hacer fuego o cocinar, pues las calzadas debían ser
"francas". N o se debía correr a caballo por la vereda y los enlosados,
tampoco atar las cabalgaduras en las esquinas, y el artesano ya n o
podía, como hasta entonces lo acostumbraba, sacar su profesióu en
plena calle.'~e empeñaba la autoridad en acabar aquella familiaridad
con la vía pública heredada de España, pintoresca sin duda, llena de
color local, pero no desprovista de inconvenientes para el vecindario.
La misma ordenanza se preocupaba de reglamentar la ilumina-
ción de las calles en las noches "que no eran de luna", según el calen-
dario, en las que, por cierto, n o se prendían velones ni faroles. Las
casas y cuartos debían "iluminar" con faroles desde las' 6 y media
hasta. las 11 de la noche en invierno, y desde las 8 hasta las 12 en
verano. Los conventos y monasterios estaban obligados a colocar un
farol en-la mitad de la calle de atravieso, generalmente formada por
el largo murallón de su huerto.
Pasadas las horas reglamentarias, toda luz desaparecía, reina-
. ban las tinieblas.
Zapiola nos cuenta que en 1829, cierta noche, después de un
sarao, como se encontrara en una casa de la calle de Santo Domingo, '

en el momento de retirarse, se asomó a la calle, sin divisar luz alguna.


E n ese mismo momento se marchaban unas quince personas amena-
zadas de n o poder volver a sus casas por la lluvia que caía. Envalen-
tonáronse, y se lanzaron por medio de la calle, tan obscura que sólo
se reconocía la travesía de las bocacalles por el viento Norte que
soplaba. Iban gritando "jsereno!", sin que al llamado se presentase
alguno.
U n decreto del intendente don
Francisco de la Lastra, fechado el 26 de enero de 1825, refrendado
por el inspector general de ambas policías, don Juan Francisco de
Zegers, ordenaba el cambio del nombre de todas las calles por los de
las batallas.de la guerra de la Independencia. Daba como patriótico
motivo del cambio: "que persuadido de que no hay americano que
no suspire a ver borrado hasta el último vestigio que recuerde la
dominación española en este continente, ha resuelto que se muden
los nombres que llevan las plazas y calles de esta capital, sustituyén-
dolos otros más gloriosos y que fijen en la memoria de nuestros des-
cendientes aquellas acciones célebres a que la América debe su liber-
tad". Así, las calles de la Moneda Vieja y de los Huérfanos, que
juntas llevan aún este último nombre, debían llamarse de San Carlos;
la del Chirimoyo y de las Agustinas, que hoy día unidas llevan el
nombre de Agustinas, debía ser del Roble la parte superior de la
calle, y "Yerbas Buenas" la parte baja. La calle de la Merced, con su
continuación de Compañía, seria "del Membrillar"; por fin, las de
Puente, de Ahumada, de Santo Domingo, de San Pablo, de Teatinos,
' y del Peumo, que es hoy de Amunátegui, respectivamente, llevarían
los nombres dei Ayacucho, Chacabuco, Curali, Montevideo y
Cara bo bo.
La Cañada tampoco escapaba al mandato del patriótico y
grandilocuente intendente, y perdiendo su denominación contempo-
ránea de la ciudad, pasaba a llamarse, apodo que sola conservó de
todas las recién bautizadas, la Alameda de las Delicias, nombre ins-
pirado, tal vez, de aquel de los "Champs Elysées" de París.
L A M0D.A Y LAS MUJERES

L o s extranjeros no tienén sino


una voz para alabar la distinción, las buenas maneras, el trato agrada-
ble y de buena compañía de la sociedad de este país del "nuevo
extremo", que pensaban estaría sumido en la barbarie, o por lo me-
nos muy alejado de las costumbres de rigor entre las sociedades culti-
vadas de los países de alta civilización de Europa.
Es muy 'distinto lo que encuentran entre las familias que ellos
frecuentan. Los hombres visten bien, especialmente los "young
beaux", como 10s llama Haigh, es decir, la juventud dorada.
Al afirmarse'la independencia de España, las modas también se
habían modificado radicalmente. Así, dice Zapiola, el armador se
llamó chaleco; frac el volante, y el capotón o capote se transformó
en "citóyen". Los militares argentinos, imitando a los veteranos de
la Vieja Guardia de Napoleón, habían introducido la moda de los
aros entre los varones.
,
Este mismo traje evolucionado se modificó muy pronto, adqui-
riendo las líneas modernas del atavío masculino, menos vistoso, pero
más práctico. E n 1824, Peter Schmidtmeyer escribía que el sastre
inglés de Santiago (Stuart y Irvinei cobraba la modesta suma d'e
12 libras por una chaqueta de corte inglés del mejor paño de las
mcinufacturas británicas.
E n cuanto a las damas, como buenas chilenas de entonces y de
siempre, aficionadas a las galas provenientes de París y al último
giro de la moda. de ultramar, ellas habían, por supuesto, abandonado
el complicido traje y la basquiña que las distinguía en el siglo ante-
rior. El traje que llevaban por los años ¿le 1820, según nuestros
visitantes de entonces, era muy parecido al de las señoras ing!esas,
salvo un detalle: nunca usaban sombrero, sino el rebozo del manto
o del chal, con.el cual se cubrían la cabeza en la calle y en el templo,
y que las nvolvía, rebozo que no abandonaban sinb en el momento
B
de bailar. Parecían tener un honesto orgullo -apunta un viajero-
en lucir su hermosa cabellera, siempre bien trenzada y adornada, aun
entre las más pobres. "Vistas de cerca -aseguraba otro-, no des-
merecen las mujeres de la impresión que producen de lejos", y que
califica de "encanto lleno de gracia" (gracef u1 comeliness) .
Atentas y alegres, saben recibir y agradar al extranjero de paso
sin timidez exagerada. Aficionadas a la música, ,mucho más que lo
que lo son sus nietas, nuestras contemporáneas, lo son también al
baile, a cuya pasión se entregan con entusiasmo.
Asegura Schmidtmeyer que eran verdaderas náyades en cuanto
a su afición por el baño, cosa meritoria y extraña en un tiempo en
que generalmente no la profesaba el bello sexo en la misma Europa,
menos recatada, y que a fuer de eximias jinetes en caballos nerviosos,
muchas eran excelentes nadadoras. Al no asegurarlo aquel testigo,
sería de desconfiar del testimonio, que sin duda no pudo haber sido
ocular.
Felizmente, no han adoptado las damas "el horrible gorro de
lencería tan de moda en Inglaterra", y prefieren ostentar una linda
peineta de carey, a veces de complicado dibujo, encima de su pelo
artísticamente arremangado. Por desgracia, a poco andar, n o faltó
quien adoptara el monstruoso "bonnet", y sus apéndices, pues la
moda nunca incomoda,
Para la iglesia, sin embargo, usaban siempre el traje negro y
la mantilla castellana de velo o de blondas, y hasta las más pobres
guardaban preciosamente algún andrajo con ese objeto.
Con la moda nueva se intqodujo el lujo de los chales de raso
o de terciopelo francés que se habían sustituído a los antiguos rebo-
zos de lana; las grinolinas de rica seda, a la simple saya de antaño,
como el pianoforte había reemplazado a la piana y a la guitarra, y
los canapés y sofás de forma mod'erna, a los severos estrados y aus-
teras bancas en los salones de buena sociedad. Pocos años después se
podía ver en las fiestas del 18, la Condesa Toro, con riquísimo
vestido cubierto de más de 100.000 pesos de joyas, dice una viajera,
sentada en la famosa "tapissi6re" que había pertenecido al rey Luis
Felipe de Francia, de a cuatro caballos, otros tantos lacayos, cochero
y postillón. 1,
MUJERES DEL ARO 20

E n cuanto a la mujer chilena en


sí, Lafond de Lucy, de .acuerdo con la reputación de galantería de
sus compatriotas, supo estampar en su relato un entusiasta panegí-
rico de la niña de Chile en la persona de la señorita Luisa Iñiguez,
que parece haber distinguido especialmente y considerado como, el
prototipo de sus co'iitemporáneas santiaguinas. "Agradable -dice-,
buena, velando con la mayor solicitud sobre los niños de su hermana
señora de Mira, no sé la podía v'er sin estimarla. De figura encantado-
ra, talle esbelto y elegante, maneras de gracioso abandono, había
recibido la mejor educación, hasta el punto de seguir, por imposición
de su padre, los mismos estudios de su hermano, el cual se preparaba
a la carrera del foro. Sabía latín y lo enseñaba a su hermano menor",
iY no falta gente, mal informada por los historiadores apa-
sionados del pasado siglo, que arguya de la ignorancia de nuestras
abuelas! iAquél10~no han leído las cartas encantadoras que esas
supuestas ignorantes eran capaces de escribir, con qué corrección y
con qué ingenio!
E n ninguna casa podía faltar como libro de cabecera "El
, A ñ o Cristiano", verdadera enciclopedia en 18 volúmenes, de cultura
y de liturgia católicas, que se leía día a día durante el año, y se volvía
a leer, año tras año, a medida que se iba desarrollando el ciclo de la
vida religiosa.
Esas "beatitas", lectoras asiduas de tal obra, en todo caso no
eran ignorantes. En cuanto a las primas de aquel modelo de perfec-
ción que pinta Lafond de Lucy: doña Pilar y doña Rosa Iñiguez,.
que se destinaban al claustro, no por eso demostraban gasmoñería
o modales afectados, y por remate de fiesta, eran hermosísimas.
Durante su estada en Santiago, Mary Graham gozó de una
situación privilegiada para el estudio de la vida privada de una fami-
lia de distinción, que describe acertadamente, así como sus costumbres,
que se complace en detallar.
El día siguiente de su llegada a casa dg la familia Cotapos, le
sirven desayuno a la inglesa en su pieza, es decir: té con huevos, pan
y mantequilla. Lea familia no come nada a esa hora, pero algunos
de sus miembros, sin embargo, toman una taza de chocolate o un
mate.
Al.salir a la misa cotidiana, envueltas en la mantilla negra, la
señora Graham encuentra a las muchachas diez veces más bonitas
bajo el atavío criollo que cuando las ve vestidas a la usanza francesa..
Desde luego, la simpática Mary Graham es una admiradora sincera
de la belleza femenina chilena. Dice que nunca ha visto tantas mu-
jeres bonitas reunidas en un solo día. De talle mediano, bien hechas,
caminan bien, lucen bonito pelo y preciosos ojos, mas lamenta que
muchas de esas deliciosas criaturas tengan voz dura y ronca, y que
algunas muestran en el cuello aquella hinchazón que revela el bocio,
4 I
lo que llaman vulgarmente coto".
UNA VISITA

M a r y Graham nos ofrece la des-


cripción encantadora de una visita que hiciera a doña ~ e r c e d e sRo-
siles, esposa de Del Solar.
Muy bonita y culta, conoce los autores franceses, por haberlos
leído, pues habla la lengua de Moliere a la perfección.
Encuentra a doña Mercedes sentada en su dormitorio, que solía
servirle de salón de recibo, rodeada de sus hijos y de sus preciosas
sobrinas.
Encima de una mesa francesa se veía un trabajo de aguja in-
concluso al lado de un libro, y delante de ella un brasero de carbones
bien encendidos. Nunca se le había presentado un cuadro de belleza
,y de elegancia más perfecto. El brasero era de plata maciza, bien
labrado y colocado en un marco de madera tallada. La cama era de
estilo francés y majestuosa; el pianoforte abierto y la guitarra indi-
caban los gustos de la dueña de &a.
Bellas flores en ricas porcelanas, un reloj francés, el zahumador,
en el cual se iba quemando un suave perfume, todo iluminado por
una amplia ventana, formaba un conjunto que -dice Mary
Graham- hubiese querido diseñar en el papel, i y cuánto es de
deplorar que n o lo haya hecho! "No hubiese querido -declara-
cambiar la "pelisse" púrpura de la madre, que hacía valer su blanca y
fina garganta, o las miradas pálidas del pequeño Vicente -el futuro
Vicente Pérez Rosales, que todos conocen por sus interesafitísimos
"Recuerdos del Pasado"-, .
por todas las invenciones de los pintores
que deforman nuestros interiores."
LA TAZA DE TE

B a s t a una ri+oíución para acabar


con tradiciones y prácticas que parecían arraigadas para siempre en
el alma de un pueblo, y que, sin embargo, se van sin dejar rastros
ante el soplo de la novedad.
Muchas fueron entonces las familia de viejo cuño que se pre-
ciaban de seguir las modas inglesas, y se juntaban a saborear el té.
novedad que terminó con el uso de la yerba del Paraguay. En los
avisos de "El Araucano" ya se ofrece por aquellos años: "té fresco
imperial y perla de la última cosecha de Cantón" en la tienda del
francés Juan Poppart, calle de Ahumada. .
Sin embargo, se conservó entre la gente de menos copete la
práctica del mate en leche en las tardes de otoño, que se tomaba en
cierta casa famosa por esa especialidad en las faldas del cerro Santa
Lucía.
Es de admirar con los viajeros el refinamiento de la vida seño-
xial existente a la sazón en Chile.' Al considerar imparcialmente las
condiciones del diario vivir en la época colonial: cuyo atraso y po-
breza han sido tan exagerados, se comprueba que el~estadode adelanto
y de cultura de que gozaba nuestra sociedad no era sino la evolución
natural del legado de los siglo's anteriores. ,
Existía, por cierto, una cultur,a muy grande, tal vez mayor que
la actual, y que se reflejaba en las buenas maneras que tanto extra-
Ííaban a los viajeros. Aquella señora americana, que ya hemos men-
1,
cionado, escribía que los chilenos eran tan corteses que nunca entra-
ban a un coche público sin una cortesía a sus ocupantes. Nunca se
sentaban o se levantaban de la "table d'hdte" de alguna fonda, sin
un saludo amable, y compara -la señora se demuestra poco indul-
gente con sus compatriotas- las maneras de los americanos del
Norte que "don't care for any body", es decir que no se molestan
por nadie.
PASEANDO POR LAS TIE-NDAS

E l comercio se encontraba casi


en su totalidad concentrado en la Plaza y en las calles que le eran
inmediatas, y que aun hoy día constituyen "el centro".
El paseo de las señoras a las tiendas por la mañana era de rigor.
Mary Graham, madrugadora, pudo asistir así a la apertura de 'los
negocios y baratillos bajo las arcadas de los portales. Era bonito
~spectáculo--dice Mrs. Graham-, y como ella pensa-ba que debía
serlo, con los candiles encendidos y las lámparas que alumbraban las
mercaderías ahí expuestas. E n ese paseo matutinal, las damas se ven
especialmente agraciadas, y si la Plaza es hermosa de día, lo es mucho
más a la bella luz que esparcen los escasos faroles y las velas de
sebo, ;a que se distinguían menos los defectos. Gustaba de la espe- '

cial poesía de las mad;ugadas y de la hora crepuscular en que. dice.


la sombra de los techos de tejas que sobresalen a la calle impide que
se note su soledad.
Se maravilla nuestra informadora de los precios bajísimos de
las vituallas, que por su baratura atraen a muchos extranjeros a esta-
blecerse en este país de Cocaña. Así, las papas no valen sino 1 peso
la fanega de 12 almudes: las cebollas, medio real el ciento; el pan
de 2 y 295 libras, y de la mejor clase, solamente medio real; 3
pesos el quintal de carne de búey, y un real la docena de huevos
frescos del día. Es cierto que un buey gordo no costaba sino de 15 a
18 pesos, 2 un; oveja y de 15 a 20 un caballo.
Por aquellos años se conoció, gracias a 1a.llegade del elemento
europeo, una completa renovación del comercio, hasta entonces úni-
camente criollo y español. Por la supresión de las barreras que im-
pedían todo intercambio con las naciones de Europa y Norteamérica,
se pudieron establecer industrias nuevas.
Esa transformación se refleja curiosamente en los avisos co-
merciales que publican los diarios. Es el retratista francés Henri
Gavier, establecido en 1838 en la calle de las Monjitas, "3 cuadras
y media de la plaza, para arriba, en casa de doña Mica Errázuriz";
es la fábiica de muebles "frente al costado de la Merced. a precios
cómodos"; es un piano flamante que se ofrece en venta de ocasión;
es la relojería Hesse, el sastre Freedrics, el litógrafo Lebas.
J u n t o a éstos, se leen también avisos muy criollos, como ser:
el que ofrece "mosto de Concepción en la esquina del Turco del
monasterio de las monjas Agustinas, a dos cuadras para el poniente,
a real la botella"; y también "café, cacao, canela fina, chancaca de
Pacamayo, bombillas para mate y . . . trampas para lauchas".
E n la Sala de Esgrima, que se inaugurará a media cuadra de la
capilla de Salguedo, es decir, en Huérfanos esquina de la calle de las
Claras, don Beltrán Le Fort enseñará el manejo del florete. "La hora
de asistencia será de las oraciones para adelante, y el estipendio, lo
\
más moderado posible."
La tienda de De Putrón e r a bien visto tener tienda aún entre
la gente de abolengo, como ha vuelto a serlo últimamente por la tris-
teza de los tiempos actuales-, esa tienda de un caballero de cam-
panillas, en la calle de Huérfanos', ofrecía en venta, por 1834, pro-
ductos varios que la sencillez de la era anterior ignoraba: salmón,
sardinas frescas, vino de Madeira, de Tenerife, de Sauterne, Burdeos
en' barril, licor en conserva, mostaza francesa. vino de Champaña
auténtico, oporto, jerez, ron de la Martinica, coñac, sillas de mon-
tar inglesas. juegos de ajedrez y de chaquete. aceite de Florencia.
velas de esperma inglesas y damajuanas vacías. Todo, menos los
"chuicos", era importado de su país de origen.
Por esos mismos años de progreso industrial, se concedía a don
Andrés Blest privilegio para fabricar ron; a don Ramón Riesco,
para una máquina de lavar oro; a don Juan Pellé, para la fabrica-
ción de papel y molino para trigo; a don Domingo Bordes, para la
fabricación de las velas de estearina, que estaban llamadas a destronar
a las de sebo; por fin, a don José A. Lamartine, por la fabricación de
gas-hidrógeno, que iba a terminar con todas las velas, fueran de sebo
o de estearina, y, a la vez, cbn las tinieblas de nuestras calles. La
simple lectura de estos avisos indica la evolución de las costumbres
que entonces se iniciaba y debía culminar en la segunda mitad del
siglo.
POR LOS PASEOS

E l paseo de moda apreciado entre


todos es el del Tajamar, a orillas de la larga muralla de ladrillo
construída para servir de atalaya, frente a la amenaza del río sin
agua, que a veces inundaba la ciudad. El paseo tenía lugar encima
del estrecho parapeto, entre dos hileras de álamos de Lombardía, con
sus acequias al pie y sus dos fuentes circulares, entre las cuales se
colocaban en largas hileras los cabriolés con malos caballos, y en
general en mal estado, aunque, según Schmidtmeyer, estaban im-
pregnados de cierta gentileza y distinción que se apreciaba muy pron-
to, como si fueran los mejores carruajes de Europa.
Era, como se ha dicho, el paseo más frecuentado por la buena
sociedad en las tardes de verano y de otoño, y donde a las damas les
gustaba pasear una media hora para ver y ser vistas, mientras en las
vecinas ramadas o "chinganas", palabra que Lafond de Lucy traduce
en "guinguettes", reinaba el baile popular, que uno de los viajeros
ingleses compara, sin duda con pota exactitud, al "scotch reel" de
su país natal. J
Afirman todos que nunca se ha notado, en tantas veces que han
frecuentado el paseo, falta alguna contra las buenas costumbres entre
los asistentes, lo que -10 dicen ellos- sin duda no pasaría en los
países de Europa.
E n general, todos concuerdan en esa buena opinión de la socie-
dad y del pueblo de Chile: fuera de "ciertas exhibiciones ofensivas"
que suelen desarrollarse en plena calle, a pesar de las ordenanzas de
policía que exigían más recato. Todos alaban el agrado de ese paseo
vespertino a orillas del río, o mejor dicho, de su pedregoso lecho.
Era costumbre que en las tardes de verano concurriese el Presidente,
acompañado de sus ministros, en busca del aire fresco que baja de
la cordillera vecina, y para oír la música militar que deleitaba los
oídos del público. con las melodías de Donizetti.
Ruschemberger se torna lírico al describir el panorama que con-'
templa desde el Tajamar "cuando al ponerse el sol, el resplandor
crepuscular tiñe de rojo a las nieves eternas de las montañas y los
cielós comienzan a obscurecerse, a medida que se acerca la noche. El
espectáculo que se presenta entonces a la vista es tan grandioso que
fa1tan palabras con qué describirlo".
Después del paseo, al atardecer, se volvían, los unos en carruajes,
los demás a pie, por la calle de las Monjitas, cuyos habitantes, de lo
mejor de la sociedad de Santiago, estaban sentados cerca de las ven-
tanas abiertas, o a la puerta de calle, mirando los que pasaban y con-
versando con sus amistades al pasar. Con la sencillez de la época, que
tanto facilitaba los intercambios sociales, se convidaba a cenar o a un
sarao que se improvisaba entre la gente joven, y al cual se invitaba
al extranjero de distinción, que en-seguida podía frecuentar la casa
cuantas veces quería.
E n 1840, encima de la muralla del Tajamar, tuvo lugar un lan-
ce en que intervino el comandante de Húsares don Pedro Soto Agui-
lar, jefe de la escolta del Presidente, tal vez el mejor jinete de Chile, en
su caballo el "Tórtola". Por el color de su pelo así lo llamaban, era de
la famosa cría de los Martínez Jara de Paine, y le había sido dado por
don Lorenzo Jara, el cual, según contaban, había tenido el honor de
pasear por los bulevares de París, con su dueño cabajlero en él a la
1'
chilena: en una montaña de bien recortados pellones, lazo al pehual
y chifles al costado, pretal de plata al pecho, y calzado de bien tejido
cuero, rodaja de fierro a los tobillos y estribos de tamaño de una
catedral".
. Compitió Soto Aguilar, montado en el citado caballo de húsar
de la escolta. El adversario era un griego anónimo, pero valiente como
se pudo ver.
La carrera debía tener lugar encima del muro, cuya anchura no
pasaba de 1.30-m. La distancia por recorrer era de dos cuadras,'alter-
nativa, es decir, un jinete en pos del otro, ya que dos n o cabían de
frente, sentados los jinetes en sus caballos en la meta, y haciéndojos
girar sobre marcha hacia el punto de arranque.
La apuesta era un almuerzo en el Café de Hevia, en la Plaza
de Armas, donde hoy se &anta el Palacio Arquiepiscopal, y enton-
ces la modesta casona ruinosa del 'obispo. El caballo del griego era
de pura raza chilena, de aquellos bridones que se llamaban "pajare-
ros", de la cría de Cuevas o quilamutanos, cuyos cascos habían sido
endurecidos al pastoreo en el lecho del Cachapoal. El griego cayó con
su cabalgadura al lecho del río. felizmente sin .gran daño, fuera del
susto consiguiente, de una altura de dos metros, mientras el "Tórto-
la", sujetado sobre sus patas traseras, dejaba en su recorrido un regue-
r o de fuego, y quedó vuelto hacia su punto de partida, como eran los
términos de la apuesta; por lo menos, así lo expresa don Benjamín
Vicuña, casi en sus propios términos y tal como él mismo lo había
oído narrar a un testigo presencial.
EL CERRO, Y LA CARADA

E l cerro de Santa Lucía era aún


el peñón desnudo con los dos terraplenes de la Batería Marcó y del
Fuerte Hidalgo. p fuera de los muchachos que ahí se entregaban a sus
juegos o a la cimarra, no era fre~uentadocomo paseo. Sin embargo,
costumbre que aun persiste, desde la plataforma del Fuerte ,.. Hidalgo,
sobre la calle de la Merced, se disparaba a medio día un cañón, consi-
derado como muy ingenioso por el lente de vidrio que encendía el
fulminante bajo la acción del sol, lo que resultaba en verano regu-
larmente, n o así en invierno al faltar el astro del día, J
Los días nublados, con el fin de reemplazar al sol y que no
quedara mudo el cañón, salía a las doce en punto de una relojería, que
por ello se denominaba "El Cañonazo", un empleado que, agitando
u n pañuelo, indicaba que era tiempo de disparar.
Con el Tajamar, y a distintas horas, el paseo más frecuentado
era la Cañada, o más oficialmente la calle o Alameda de las Delicias,
cuyo romántico nombre, ya secular, se modificó por decreto en
"Avenida Bernardo..O'Miggins", y por ley de febrero de 1944 en
"Alameda Bernardo O'Higgins", porque en nuestro país, contra-
riamente a lo que se usa en las grandes naciones civilizadas de Europa,
respetuosas de su pasado, existe la manía de cambiarlo todo, aun lo
más respetable.
Había sido trazada p5r orden de 09Higgins,sobre la vieja base
de la Cañada, que ya hemos encontrado a lo largo de estas páginas,
en el cauce seco donde solía pasearse el Mapocho en los tiempos pri-
mitivos, dejando en su centro una hondonada o pequeña quebrada,
con lecho de guijarros, que cruzaban algunos puentes de ladrillos a
la sombra de los sauces llorones.
La nueva avenida formaba un agradable paseo entre elevados
álamos, dividida en tres anchas calles, a cuyo pie 'corrían las acequias.
La adornaban elegantes óvalos y ojos de agua, en los cuales lloraba
el surtidor, y se alineaban cómodos asientos de piedra.
Según Rodríguez Ballesteros, estos adornos "la hacían armo-
niosa y bella, sin faltarle un lucido alumbrado de faroles en las no-
ches obscuras, siendo innumerable la coricurrencia de carruajes y de
gente de a pie, los días festivos en casi todo el verano y en las noches
de luna que son hermosas en esa estación". En esas noches bañadas
de la luz azul del astro no se prendían los faroles por economía
municipal.
EZ PASEO .DE L A TARDE

E n los tiempos recién salidos de


la era colonial, que tratamos de describir, se sabía gozar de la dulzura
del vivir, apacible y sencillo, pero tanto más intenso que el que nos
permite nuestra vida trepidante, siempre frenética, apremiada por la
escasez del tiempo."En las tardes se acostumbraba ir a la Cañada a
oír la música de la guarnición que tocaba su mejor repertorio; ban-
das militaies solían recorrer la ciudad y se notaba una extnordinaria
afición por el arte melodioso de la ninfa E ~ t e r p e . ~
La parte masculina de la población, fuera de la botica de Ba-
rrios, donde acostumbraba reunirse un grupo de amigos de la charla,
no tenía otra distracción que los cafés con sus salas de truco o de
bil1ar;la cancha de gallos y las carreras a la chilena. E n los cafés se
sentaban los clientes alrededor de las mesas, a oír los cantos satíricos
de actualidad sobre tonadas populares. Hubo un tiempo en que la
favorita del público era la "Monona", canción que exigía diaria-
mente, y cuyo tema, muy contrario a la religión y al clero, hizo que
el alcalde mandase a la Casa de Corrección a la artista que la cantaba,
de donde, detalle sabroso, no tardó en salir, gracias al cacique arau-
cano Venancio, de paso por Santiago, prendado de su belleza y de
SU voz.
C A B A L G A T A S

M a r y Graham nos describe otra


clase de paseos que era muy del gusto de la gente joven: las partidas
de a caballo a las chacras y quintas del vecindario, en medio de la
algazara y alegría que le son propias. ,
Se solía ir de paseo a la quinta del canónigo Herrera, J
al ponien-
te de la ciudad por la Alameda,'donde se gozaba de buena hospitali-
dad y delicioso jardín. Muchas eran las familias que disponían de
fincas en las inmediaciones de la ciudad, como la Quinta Alegre,
donde se levanta hoy el Seminario Conciliar, y que había sido el
titulo condal de la familia de Alcalde.
E n esas partidas ecuestres, las damas usaban sillas inglesas, y
ostentaban "spencers" de color y largas faldas blancas, con gorras ce-
rradas, adornadas de, flores. Otras lucían pequeños "opera-hats"
adornados de plumas y aun vestidos de seda, por cierto inapropiados.
Solas, Mary Graham y su empleada británica, llevaban sobria indu-
mentaria,' según la usanza de Inglaterra. La comparsa, decía Mrs.
Graham, parecía cabalgata de fantasía carnavalesca, pero confiesa
que Mariquita Cotapos, toda de rojo y blanco, con su bonete tan
sentador de colmenero; Rosario, con su "spencer" marrón, sombrero
de paja fina y rosas "no tan alegres como sus mejillas", agrega la da-
ma inglesa, y el joven José Antonio con su poncho azul turquesa,
bordado de flores de color encendido, se veían, los tres, muy a su
ventaja. Era, sin duda, un conjunto vistoso, si no deportivo como S,
diría ahora.
PATIOS FLORIDOS

E i gusto por las flores era general.


Jardines pequeños o grandes y árboles frutales ocupaban los patios
de todas las casasl'No faltaban en ellos algún pino-de rueda o de'
Alepo, limones y naranjos, las inevitables camelias blancas o rojas, '
rosas fragantes en macetas, floripondios y diamelos, cuyo perfume
mezclado, en las horas calientes alcanzaba hasta la calle. Los patios
de la gente principal, de "first rate" -decía Haigh-, estaban ador-
nados de fuentes de mármol, y la vegetación era siempre floreciente,
pues apenas se dejaba sentir el invierno en nuestro "delicioso país".
V E R A N E O S

M as si poco se sentía el invierno,


el calor del verano en el Santiago de la primera mitad del siglo, que
rodeaban aún grandes extensiones de terrenos de secano, que no de-
bian sino más tarde recibir la bendición del riego,-hacía huir de la
ciudad a las familias más favorecidas por la fortuna< Se iba a San
Bernardo y a Peñaflor, lugares preferidos por los veraneantes, a cau-
sa de su cercanía de Santiago. Ahí, por 1840, las familias más cono-
cidas de la capital estaban reducidas a vivir bajo ranchos de paja
que arrendaban a los inquilinos de los fundos vecinos.
La posada, nos dice César Valdés en sus "Recuerdos de Otros
Tiempos", era un gran edificio con aspecto de bodega, con una fila
de pequeños cuartos sin mueble alguno, que daban a un espacioso
corral donde se soltaban los caballos. Los peleros junto con las en-
j a l m a ~y monturas servían de almohadas y colchón a los muchachos
de la juventud más dorada -tiempos sencillos aquéllos-, los pe-
llones de cobertor y lo: estribos de vaso.
Para avisar a la concurrencia que se aproximaba la hora de la
danza, se disparaban tres voladores y se tocaba una campana. Las ni-
ñas y sus familias venían caminando de a pie, a veces desde lejos, por el
polto del camino, las madres con la alfombrita de misa Bordada de
flores, destinada a servir de asiento en el galpón transformado' en
salón de baile, sobre tos poyos destinados otrora para paradero a
los gallos de pelea. De los horcones de la sala colgaban una docena
de-faroles de lata, llamados "chambecos", con velonesr-de sebo
La orquesta se componía de un pianoforte *antiquísimoy desen-
tonado y del rabel del ciego Morales, por mal nombre "Guachalomo".
A las 8 alguien gritaba "jrefalosa!", danza que las parejas
bailaban sobre los guijarros del pavimento. Seguían la "cueca" y la
"sajuriana", danzas de moda muy criollas y desprovistas de exo-
tismo.
El profesor de baile era un Monsieur Gélinet, viejo bailarín
francés octogenario que, con su ~"pochette" o violín de bolsillo que
raspaba ya en el siglo anterior, acompañaba los bailes. A causa de
su violín diminuto, la juventud risueña llamaba a Monsieur Gélinet:
Musiú Violiné. Se ensayaban las: contradanzas francesas del tiempo
de Luis XVI, que ya no servían, porque sólo se bailaban en sociedad
la cuadrilla americana y sus figuras: el pantal,ón, la gallina, la pas-
toral y la sansimoniana.
iCuántos matrimonios, que fueron en seguida felices, se con-
certaron en Santiago habiendo tenido como punto de partida el
I <
galpón de los gallos de Peñaflor, entre una "sajuriana" y una ale-
manda" de Musiú Violiné!
HOTELES, FONDAS Y CAFES

A i juzgar por la pintura que nos


han dejado los contemporáneos, los hoteles que existían en Santiago
no eran mucho mejores que los alojamientos de fortuna del veraneo.
Así el Hotel Inglés, fundado en 18 17, con el hombre de ;;Fonda de
la Bola de Oro", título que le había conservado el vulgo: L a dueña
era inglesa, joven, pero fea, porque, dice don Benjamín vicuña,
amigo de chancear, las inglesas bonitas, o las robanlo se casan. Se
llamaba Mistress Walker, o más corrientemente: "la Madama Gua-
ca". Le sucedió en el mando un irlandés original y de nariz "color
de vino de Borgoña", el cual, llamado Míster Milligan, antiguo te-
nedor de libros y fabricante de aquellas inmensas peinetas de carey
que hicieron furor p,or los años 30 tanto en Santiago cuanto en
Buenos Aires, entre las mujeres elegantes, pasaba envuelto en una
capa de piel de león con botones de madreperla. Se le veía sentado a
toda hora en la sala de los trucos, fumando cigarrillo tras cigarrillo
y mirando a los jugadores de billar.
La fonda se levantaba en el costado Oriente de la Plaza, entre
Monjitas y Merced. &I aquel lienzo de edificios de aspecto mezquino
que ,debía reemplazar el Portal Mac-Clure. Ahí la ubicaban John
Miers, Mary Graham y otros que frecuentaron el hotel. T a l vez
más tarde se trasladara ahí donde lo coloca Vicuña Mackenna, que
no lo conoció sino por tradicióden la calle. de las Monjitas, colin-
dando con el famoso Café de la Baranda, escenario de las famosas
"Petorquinas", virtuosas en vihuelas y zamacuecas. v
Los viajeros emiten todos una opinión bastante desfavorable
de la mejor fonda de la capital de Chile. Los dormitorios eran peque-
ños y sombríos a la vez que desaseados. Por suerte, el público era
menos exigente y .apegado al "confort" que el de hoy día. Los clien-
tes acostumbrados del Hotel Inglés eran un grupo de jóvenes de la
más alta sociedad, quienes acudían todas las tardes con el fin de jugar
al billar, entre la hora de la comida y el sarao en alguna casa del
vecindario. Varios estaban recién llegados de París, donde habían
seguido los cursos de la escuela de Silvela, trayendo por todo baga- -
je espiritual o literario opiniones antirreligiosas que estimaban
avanzadas. .--

William Ruschemberger, a pesar de protestante, se demuestra


escandalizado con las modas exageradas y las conversaciones de
aquellos "petits-maitres" que escuchaba alrededor de sí en la sala
de los billares, ridiculizando cuanto podían las costumbres de su
patria y al clero, y haciendo alarde de sus opiniones ateas o solamente
deístas.
Alrededor de la "table-d'hote" se reunía un grupo disparatado
y pintoresco. L o formaban un pintor que se dedicaba a retratar a las
niñas de buena sociedad; un inglés lánguido que pasaba el día entero
jugando a,los dados; un escocés de ojos azules y gorro de terciopelo,
y otro británico más que proclamaba que nunca había dado con más
execrables bribones que aquellos oficiales del ejército chileno, que se
6'
negaban a cancelarle una cuenta cuya tercera parte, es cierto, era
más de lo que él tenía derecho a cobrar".
Había también cierto secretario de Legación, mexicano, silencio-
so y huraño, el cual al sentarse se dedicaba a limpiar cuidadosamente,
con su pañuelo de fino cambray, cuchillo y cuchara, lo que, ante las
risas y bromas de sus vecinos, le obligó a abandonar la fonda. Agre- .
ga Ruschemberger que no hubiera !sido posible encontrar en parte
alguna del universo hotel más asqueroso, ni posadero más flojo, ni
conjunto semejante de huéspedes. Ese autor prefirió trasladarse de
la mentada "English Inn" a un café vecino de la catedral, donde
decía se comía tan bien como en Londres en el "Verrey's", jel mejor
restaurante de Regent's Street a la sazón!
EN -EL T E A T R O -

S e podría casi decir que el teatro


fué una de las conquistas de la libertad traída po'r la independencia,
si bien es cierto que algo se tratara de establecer, en cuanto a sala de
teatro, con poco o ningún resultado, desde antes. s
Según John Miers, siempre poco benévolo en cuanto a lo que a
Chile, se refiere, el teatro por los años 20 ocupaba una miserable
construcción de madera en la calle de la Compañía, frente a la Adua-
na, pero interiormente bastante bien acomodada y presentada. Los
trajes eran correctos, y aun de cierto valor. La concurrencia se de-
mostraba culta y ordenada, mas, por desgracia, era permitido fumar
en los entreactos.
Soldados de .Alto morrión, fusil al brazo, estaban repartidos en la
sala para el mantenimiento del orden, que, desde luego, nadie turbaba.
Como aquel viajero que se escandalizab-a de lo que oía de sus
compañeros del Hotel Inglés, otro protestante, Haigh, se admiraba
que se autorizara la representación de farsas tan groseras y licenciosas,
en las cuales se atacaba continuamente al clero. A ese propósito, Zapio-
la relata que estando por aquellos días el Delegado Apostólico Mon-
señor Muzzi en Santiago, donde había venido a restablecer las relacio-
nes de Chile con la Santa Sede, la compañía teatral del actor argentino
Morante, conocido por sus opiniones cdntrarias al catolicismo, fué
hasta representar una ofensiva comedia-bufa: "El Falso Nuncio de
Portugal':, en la que se ridiculizaba al representante del Papa.
El actor se presentaba vestido de traje cardenalicio, repartiendo
burlescamente bendiciones. Para no omitir detalle, como al Nuncio
Muzzi le faltara un ojo, el cómico aparecía tuerto en el proscenio.
En la pequeña escena del teatro santiaguino se representó
"Otelo", de Shakespeare, pero con un solo parecido, dice el cronista,
la cara negra del protagonista, a .lo que hay que agregar el desvane-
cimiento de Desdémona.
Bajo el nombre pretencioso de Coliseo, el teatro era muy con-
currido, especialmente los domingos y miércoles. La entrada era por
una puerta baja, frente a la iglesia de la Compañía y al lado del
Consulado. 6

'Una noche, Mary Graham arrendó un palco en compañía de


algunos amigos. El aspecto general, según escribe, le hizo recordar
ciertos teatros de la provincia inglesa. Sin embargo, agrega, el con-
junto interior de la sala no era despreciable: ihabía visto peor en
París! La sala era larga, las decoraciones excelentes, solamente el
proscenio era deficiente. En la verde cortina que lo disimulaba a los
ojos del público durante los entreactos,' se podía leer la famosa sen-
tencia debida al ingenio de don Bernardo de Vera y Pintado: "Aquí
es el espejo de la virtud y vicio. Miraos en él-y pronunciad el juicio".
Aquella noche el Director Supremo de la República tenía su
palco reservado a mano derecha de la sala, tapizado de seda de los
colores nacionales, con franja de oro. Al frente, el Cabildo Muni-
cipal disponía del suyo, tapizado en la misma forma. Al entrar a la
sala don Bernardo O'Higgins, Mary Graham fué, dice, la única en
la asistencia que, como buena inglesa respetuosa de las autoridades
constituídas, se levantara de su asiento, e hiciera una venia como
correspondía al Primer Mandatario de la nación.
Se representaba una tragedia: "El Rey Nirio Segundo", y los
actores declamaban su papel como lección aprendida de memoria.
. Otro inglés recalca el aspecto muy británico -"at a considera-
ble degree eng1ish"- de la concurrencia. Admira el aspecto de las
damas de adhkán señoril y de buena figura, así como de excelentes
maneras, que ocupaban los palcos. Alaba su buena complexión, su
peinado de buen gusto, haciéndolas, rubias y otras castañas. E n la
galería se divisaban las "tapadas", la cabeza cubierta de un chal para
evitar ser reconocidas, sea por no haber conseguido alquilar un palco,
sea por razón de luto o para evitar vestirse para la representación.
Otro viajero, algo ditirámbico, comparaba al pobre 'coliseo de la
calle de la Compañía, por la elegancia de los concurrentes, al "Covent
Garden" , 'de Londres, lo que evidentemente parece exagerado.
La ordenanza de teatros firmada por el Presidente don Joaquín
Prieto y su Ministro Tocornal, publicada en el Boletín de Leyes de
1832, proporciona algunos detalles que ilustran curiosamente el
régimen y costumbre teatrales de entonces. Debían asistir a cada
función dos comisarios, a las órdenes del jefe de policía, nombrado
por la Municipalidad. Tenían por atribución dirimir las disputas
que pudieren ocurrir entre los espectadores en cuanto a palcos y asien-
tos, como también las que estallaren entre los actores o empleados
del teatro, y ordenar la expulsión de los contraventores, o de los que
faltasen a la decencia.
El espectáculo debía empezar a las 8 y media, de octubre a
abril, y a las 7 y media, de abril a octubre. Nunca debía pasar de la
media noche. La comisión calificadora de las piezas que podían repre-
sentarse estaba entonces constituída por don Juan Egaña, don Agus-
tín Vial Santelices y don Andrés Bello; comisión de lujo, por cierto.
Se daba "El Cid", de Corneille, traducida del francés; "Lord Dave-
nant, o la consecuencia de un momento de error", y "Treinta años de
-la vida de un jugador", Cuando representaba la celebrada señora
Samaniego, por ejemplo, el papel de Elvira en "El Duque de Pentie-
bre", la dirección del teatro se excusaba de verse obligada a subir los
- precios ordinarios, de 1 peso por palco de temporada, a 1.40 por fun-
ción, la luneta de un real por función, y la entrada general a 3 reales.
Solamente en 1858 pudo el teatro trasladarse al local que le
cedía la Universidad, donde anteriormente estuviera la antigua Uni-
vesidad de San Felipe, insistiendo que lo hacía con el solo fin que ahí
se estableciera el teatro, en el mismo sitio donde, varias veces recons-
'
truído, sigue levantándose el Teatro Municipal.
S A R A O S

' E n t r e las costumbres típicas de


una época mucho más sencilla en la búsqueda de los placeres permiti-
dos, y sin comparación más hospitalaria que la nuestra, están los sa-
raos, pequeños bailes o tertulias de confianza, que ocupan un puesto
muy privilegiado en los relatos de antaño. ,/ 7

Saraos solían también llamarse los bailes de importancia, como


aquellos que ofreciera el comodoro de la escuadra inglesa al general
San Martín, en los albores de nuestra independencia; aquel de la
San Napoleón, 15 de agosto de 1824, que con tantos y tan pintores-
cos detalles relata Lafond de Lucy; o también aquel baile, tan recor-
dado, en que el Presidente Prieto celebraba el triunfo de los ejércitos
de Chile en el Palacio de Gobierno, el año'de 1834 ; sin olvidar aquel
sarao más familiar en que-las niñas Cotapos, las amigas de Mrs.
Graham, bailaron en su honor un "Cuando", el baile de moda, en
compañía de su hermano José Antonio, jóvenes que eran para la
buena señora inglesa, agradecida, un dechado de perfecciones que no
se cansaba de admirar. El "cuando" que ella describe le parece' "una
pelea de amor con reconciliación final". El arte del bailarín consistía
en mantener el busto erguido, golpeando*con ligereza el suelo en for-
ma de zapateado, mientras se cantaba con acompañamiento de gui-
tarra.

"Anda, ingrata, que algún día


Con las mudanzas del tiempo
Llorarás como yo lloro,
Sentirás como yo siento,
j Cuando, cuando, cuando, mi vida, cuando! "

Alexander Caldcleugh, que visitaba a Santiago por 1822, des-


cribe largamente'los saraos y sus encantos, y 611no menor de la vuelta
a casa, por las calles solitarias, a la luz de los escasos faroles o del astro
de las noches, cuando tocaba luna.
Como las distancias sonscortas, explica, al llegar la hora de la
retirada, se forman grupos que caminan delante, mientras la "gente
de misa" queda atrás. Estos grupos se detienen mientras la familia
golpea la puerta, y se despiden, hasta que uno por uno hayan tomado
el camino del hogar.
Como las noches.son tan agradables, dice, nadie se apresura
en regresar. iPlaceres sencillos de antaño, que poseían tal encanto
que, muchos años después, aquellos extranjeros, regresados a sus leja-
nas patrias, seguían recordándolos con nostalgia y los consignaban
en sus relatos de viaje!
LA COMIDA

E s éste un capitulo de la -vida,


diaria que poseía una especial importancia, en aquellos años de vida
barata, entre los miembros del sexo bello, pero débil.
Al juzgar por lo que de ello sabemos, se comía mucho y bien.
Lo hemos nosotros mismos alcanzado a comprobar hasta no hace
muchos años, época en que queriéndolo o no, por la fuerza de las
cosas, por el encarecimiento de los alimentos y por el severo dictamen
de la Facultad de Medicina, se ha prodbcido una saludable transfor-
mación en forma de una restricción casi tan completa como ,una absti-
nencia.
La tan socorrida cronista de la vida intima de la hospitalaria
casa de Coíapos lamenta que en ella, según una norma muy genera-
lizada, el comedor no exista, para decirlo así, pero sirva en su reem-
plazo una pieza muy obscura y muy poco apropiada, donde la m&a
se encuentra arrinconada, en forma que las sillas solamente puedan
arrimarse por un solo costado y en una punta, como si se quisiera
absorber los alimentos en la forma más secreta posible, y como es-
,condiéndose. Para completar esta suposición, se mandan cerrar a las
horas de comida las pesadas puertas claveteada; de bronce que dan
a la calle. Es, sin duda, dice Mrs. Graham, "un recuerdo de los israe-
litas o de los moros de la península hispánica, que disimulaban sus
actos ante los godos perseguidores".
Sin embargo, no debe de extrañar demasiado esta costumbre,
cuando se sabe que en el magnífico palacio de Versalles, residencia
del más suntuoso de los soberanos del pasado, jamás existió una sa-
la especial dedicada a comedor. Se comía un día ,aquí, otro día allá,
sin regla alguna.
A título de buen francés, amigo del bien comer, ~ a b r i eLafond
l
de Lucy, que ya tantas veces hemos mencionado, nos enumera con
complacencia la larga lista de platos que Componían una comida or-
dinaria, y que eran los siguientes: una sopa; la olla podrida o puchero;
"plato de uso universal en todo país de habla española" e x p l i c a
Lafond-. En seguida: las carnes y verduras surtidas, no pudiendo
faltar los garbanzos, recuerdo de la comida española, ave y pescado
frito. Las entradas habían sido: aceitunas, rábanos, atún con man-
tequilla y queso de Chanco.
Con este menú no se moría nadie de hambre, pero sí de indi-
gestión o de cólico miserere. Para evitar ambas dolencias, 'un gran
vaso de agua sellaba la terminación de la comida, seguido del rezo
de las "gracias", lo mismo que al principiar la función se decía, ma-
nos juntas, el "Benedicite Dominus".
"Gracias al clima y al aire fresco de la cordillera, agrega, los
estómagos en Santiago funciona'n admirablemente." Pero, iqué des-
gracia -suspira nuestro."gourmet"- que se emplee la grasa de
buey en la confección de los guisos hasta el punto de quedar pegada
en los labios!
Se desconocían las servilletas, pues un señor de apellido Cobo,
que tenía la costumbre de usar como tal la punta del mantel que
colccaba en el ojal de su chaqueta, y que sentía verdadero terror por '
los temblores, creyendo cierta noche oír el ruido precursor de una
sacUdida sísmica, se levantó de su asiento con espanto, arrastrando
tras sí al patio vecino t o d ~lo que se encontraba encima de la mesa:
guisos, botellas, cubiertos y lo demás.
DESPUES DEL CUERPO, EL ALMA

P o r 10 menos en este orden ten-


drá que presentarse necesariamente en estas páginas el capítulo que
no podemos menos que consagrar al espíritu religioso de nuestros
abuelos de principios del siglo pasado y a sus exteriorizaciones en
la vía y la'vida públicas.
El espíritu religioso en la época que nos ocupa era aún i n t e n s ~
:,.

en todas las clases de la sociedad Chilena, a pesar de algunas excep-


cienes de que ya hemos tratado./Entre los pipiolos o liberales existía
un espíritu, si no antirreligioso, por lo menos desfavorable al clero,
tendencia que culminó con el gobierno del general don Ramón Frqire,
el cual, desde luego, castigaba con'pena de cárcel al que no se hincase
de rodillas al paso por las calles del Santo Viático llevado a los en-
fermos, pero que no titubeaba en confiscar los bienes conventuales,
medida que, sin embargo, no se pudo aplicar. S

El catolicismo era la religión del Estado,/con exclusión de


cualquiera otra. Se veía cada año al Presidente luciendo la banda
presidencial y el bastón de empuñadura de oro, y rapacejos del mis-
mo metal, rodeado de todos sus Secretarios de Estado en traje de
ceremonia, seguir la procesión del Señor de Mayo u otra que fuese
de regla.
Los extranjeros asistían a estos despliegues de fe sin compren-
derlos. Consideraban como unos fanáticos a los pehitentes de ropilla
negra, y encapuchados con el puntudo "cucurucho" que disimulaba
su identidad, y que en Semana Santa salían de la capilla de la Sole-
dad, en la Alameda. sede de su cofradía. a pedir por las calles "por
el Santo ~ n t i e r r bde Cristo y la Soledad de la Virgen", es decir, para
los gastos de las ceremonias de la Santa Semana. Ellos no podían
apreciar, ni tampoco comprender, el espíritu de sacrificio y de humil-
dad que solía encerrar este disfraz que borraba toda diferencia de
casta o de fortuna.
A su salida de la Casa de Ejercicios, donde habían seguido una
corrida de retiro espiritual, no era raro ver a los ejercitantes arrodi-
,llarse en plena calle pidiendo perdón a quienes habían faltado o daña-
do en su reputación o en sus bienes, acto de humildad cristiana que
esos extranjeros ,interpretaban torcidamen te, porque era inú ti1 -se-
gún su modo be pensar-: ya que la sangre de Cristo basta para
redimir todos los pecados.
Mary Graham, espíritu selecto y comprensivo, sin embargo, al
ver pasar un coche de color verde adornado de -"glorias" y de "espí-
ritus santos", y viendo en el fondo a un hombre vestido de raso
blanco, frente a otrq agitando una campanilla, en la misma forma,
dice, que lo hacen en Londres las tardes de invierno los vendedores
de "muffins", mientras otros acompañaban velas en mano, pregun-
tó lo que esto significaba, y alguien contestó que "era Taita Dios",
lo que efia ,traduce en "Padre Eterno", expresión que suena mal a
oídos protestantes, dice ella.
Ya, sin embargo, iba disminuyendo el respeto a las cosas de
la religión, reflejo de una f e que iba a su vez mermando, pues La-
fond de Lucy, católico fervoroso, nota que anteriormente, al pasar
el Santísimo, se apresuraban los transeúntes en ponerse de rodillas,
y que ya solamente se descubrían y se contentaban con detenerse.
Por tal razón, sin duda, el gobierno del general Freire se creyó
obligado a lanzar, como ya se dijo, un decreto el año 1823, aplican-
do por primera vez la pena de arresto por 24 horas al que no se
arrodillase, hasta perderlo de vista, ante el Santísimo llevado en
forma de viático. A los infractores, por reincidencia, se aplicaba la
pena de reclusión desde un mes hasta seis.
A pesar de esa nota discordante, el presbítero Sallusti, de la
comitiva del Delegado Apostólico Muzzi, nos pinta al pueblo, en la
Plaza de Armas, arrodillado entre las cestas del mercado, en el mo-
mento de tocar la campana de la catedral, anunciando la elevación ,
de la hostia en la misa mayor.
"Este acto de piedad; apunta el secretario, efectuado por todos,
apenas se oye la campana, es verdaderamente admirable, y yo, que
desde mi ventana (del Palacio Directorial, el Correo actual), lo con-
templaba cada día, quedaba siempre conmovido en extremo."
A las oraciones, a medio día y a la puesta del sol, las personas
piadosas se detenían en la calle y se persignaban.
Haigh, Miers y Mary Graham nos han dejado descripciones
interesantes del interior de los conventos que solían frecuentar. Ha-
llan en San Francisco un convento hermoso plantado de palmas
seculares, pero, sin duda, Haigh se deja llevar por su imaginación
nutrida de leyendas y de las narraciones de Sir Walter Scott, cuando
asegura que al pie de la cruz que se levanta en el centro del claustro
"se suelen ver hacinamientos de calaveras humanas",
GOBIERNO, POLICIA Y JUSTICIA

E s interesante seguir paso a paso


la marcha creadora de las ramas de la administracion pública en la
nueva república, o simplemente de su vida de nación: Y, sin embargo,
Chile no cuenta aún sino con 1.O 10.266' habitantes, según el censo
oficial de 18 3 5, repartidos entre los departamentos de Coquimbo,
Santiago y Concepción, que sólo existían,-y las tres gobernaciones
de Valdivia, Talcahuano y Valparaíso. .
El censo de Santiago en la misma fecha le atribuía 67.777
habitantes entre los 8 cuarteles y distritos de la ciudad, los cuales
bien podían ser en 1850 unos 90.000 según Gilliss. El coronel Ba-
llesteros proporciona más o menos las mismas cifras, agregando que
entre ellos se contaban 300 zambos, mestizos y negros y . . . 350
mendigos.
Optimista, un calculador de la época profetizaba que en 1940
Chile tendría exactamente una población que no podría bajar de
12 millones de habitantes por su aumento normal, en lo que se e~qui-
vocó'el calculador, ya que habiendo pasado esa fecha no alcanzamos
ni a la mitad.
E n cuanto a la seguridad pública, hubo que crearlo todo, por
dec&lo así, ya que era muy descuidada antes de la creación del Cuerpo
de Vigilantes destinados, por decreto de 8 *dejunio det 1830, a velar
en el día sobre: 1.O, la decencia pública en las calles y prevención de
crímenes; 2.O, la aprehensión de delincuentes in fraganti; 3.O. todas
las disposiciones de policía de aseo, comodidad y buen orden. Debían
impedir toda reunión de personas que usaran gritos sediciosos o pa-
labras obscenas, o en que se traten de golpear, insultar o hacer burla
de alguien, o exigir alguna limosna. Deben velar a que no se arrojen
piedras, lodo "o se despida cohetes o botafuegos, rayar paredes", etc.
Al grito de "ifavor a la ley!" del vigilante, todos los ciudadanos
8
debían prestarle apoyo bajo severas penas.
Los vigilantes abandonaban el servicio tres cuartos de hora
después de "oraciones tañidas", debiendo cada uno dejar iluminado
su respectivo distrito, y entraban en campaña los serenos. Tres cuar-
tos de hora antes de salir el sol, los vigilantes relevaban, a su vez, a
los serenos.
U n curioso decreto de 4 de febrero de 1841, firmado por el
Presidente Prieto y su Ministro don Manuel Montt, reglamentaba
, el servicio de la "Serenía", es decir, del benemérito Cuerpo de Sere-

nos, como el de 1830 había reglamentado la "Vigilancia". Su objeto


era velar de noche a la conservación del orden, tranquilidad pública
y seguridad de las personas y de la propiedad.
Se componía a esa fecha la Serenía de un comandante, de 13
of.iciales y cabos, de 140 serenos y 10 supernumerarios. El coman-
dante disfrutaba de un sueldo de $ 1.500 al año. El simple sereno de
a pie recibía solamente $ 120. El sereno llevaba sable, pistola, som-
brero de hule y capa de bayetón, todos útiles que debía devolver en
el cuajtel al retirarse cada madrugada.
La obligación del sereno era recorrer incesantemente el barrio
o manzana que le estaba asignada, y prestar auxilio a los vecinos
en caso de incendio e inundacisne;, complobar ii .en todas las casas
habían colocado los faroles de ordenanza, ejecutar los pedidos que
recibieran de los vecinos, como ser: llamar confesor, médico, coma-
dre, o comprar medicamentos para algún caso de enfermedad. Entra-
ban en sus atribuciones impedir todo acto contrario a la moral, dete-
ner a todo individuo sospechoso, dar aviso a toda casa cuya puerta
hubiese. quedado abierta, y servir de guía al que lo pidiese, es decir,
todas las atribuciones y obligaciones que aun conservan los serenos
en las ciudades de España, donde se ha mantenido la tradición, y en
muchas partes, como Salamanca y Avila, hasta su evocador grito de
ave nocturna, que ha desaparecido con los mismos serenos en Chile.
Para el mantenimiento de los serenos, cada edificio pagaba dos pesos;
las chinganas y canchas de bolas, 8 reales, y los baratillos, dos. Era
"la contribución de sereno".
La justicia era expedítiva por aquel tiempo. A ese propósito, don
Enrique Matta ha relatado "un juicio rápido en 1820", que por
tratarie de Santiago recordamos aquí., ,
1

E n la madrugada del 12 de marzo de 1820, el sereno encargado


de las tiendas de la calle Ahumada se percató de que la puerta de la
tienda del comerciante inglés George Perkins se encontraba entor-
nada. Penetró en la casa y encontró forzado y abierto el arcón des-
tinado a los fondos, las mercaderías en gran desorden, y en la tras-
tienda, el cadáver del dueño de casa. Se apresuró el guarda en darle
cuenta al Juez de AltatPolicía, don Juan Agustín Jofré, el cual en-
cargó la pesquisa del delito al alcalde del crimen: don Salvador de
la Cavareda.
El sirviente del occiso, ~ a f a e Bravo,
l había desaparecido.
Al comprobar su ausencia, Cavareda ordenó que piquetes de
serenos montados salieran por todos los caminos en su busca, y
antes de mediodía Bravo y sus dos cómplices eran aprehendidos
bebiendo cercá del Zanjón de la Aguada.
L a misma tarde del 12 de marzo, los reos estaban confesos y
convictos del crimen cometido por ellos, y al día siguiente, antes de
las 24 horas de su aprehensión, estaban los tres culpables condenados
a muerte, a pena ordinaria de horca. El mismo día también, habien-
do sido llevado el expediente en consulta a la Cámara de Justicia,
la sentencia fué en el acto aprobada por el tribunal, condenados los
tres malhechores a 'ser ejecutados en el término de las cuatro horas,
siguientes, pasados por las armas, y en seguida, sus cadáveres caiga-
dos, por una hora, a la horca patibularia, sus cabezas cortadas y colo-
' cadas en la picota para escarmiento popular, una en el basural, otra
a la entrada del camino de Santiago al Puerto, y, por fin, la tercera
a la salida de la ciudad hacia el Maipo.
E n la tarde del día 13, es decir, el día siguiente del crimen, la
pena se encontraba ejecutada en conformidad a la sentencia ren-
dida.
. Con razón decía un periódico: "en ningún ,país del mundo se
habrá visto que unos reos sean aprehendidos a ias pocas horas de
haberse fugado, su causa juzgada ,y sentenciada legalmente en el tér-
mino de las veinticuatro horas, y que "en el momento de recibir la
desgraciada víctima los honores fúnebres, hayan salido al suplicio
sus asesinos aun más desdichados".
IMPRESIONES DE UN ÁSTRONOMO
(1850)

..
L A COMISION ASTRONOMICA DEL SANTA LUCIA

' D e i aiío 1849 al 1852 residió en


la cumbre del cerro Santa Lucía una comisión astronómica de los
Estados Unidos de América, a la cual pertenecía el teniente de navío
J. M. Gilliss, a título de Superintendente.
Gilliss nos ha dejado en dos volúmenes un relato muy intere-
sante tanto de la parte científica como de la yida social y demás
costumbres de la ciudad de Santiago, que contemplaba desde su
observatorio, con un espíritu asaz crítico, pero, generalmente, justo
y exactamente interpretado bajo su aspecto más típico y pintoresco.
A Gilliss hay que recurrir para adquirir una visión justa de lo que
era la capital de Chile al terminar la primera mitad de la centuría
inicial de Chile independiente.
es de su observatorio. dice que el ojo contempla la ciudad en-
tera con sus ángulos rectos, sus casas bajas y de tejas de estilo rústico,
aunque no del todo desprovistas de pretensiones arquitectónicas.
Allá se ve una ancha avenida con álamos; riachuelos bullan-
gueros d e agua ¿e nieve la atraviesan. Una plaza sin sombra que
exhibe'una fuente de mármol en su centro; otras más chicas y sin
verdura; un modesto puente de arquería cerca de otro más modesto;
' u n fuerte muro con paseo en terraza; una multitud de iglesias sin
gracia y de torrecillas de conventos, es todo lo que se ve digno de
atención.
MADRUGADA:

C a d a mafiana llega una turba de


peones del campo con canastos y cestas conteniendo aves, fruta y
verdura. Los panaderos y los lecheros, con grandes árguenas de cada
lado de la mula o de la yegua, o gruesos tarros lecheros de estaño,
hacen su temprana entrada a la ciudad. Los aguadores llevan el agua
a las casas desde las turbias fuentes. Se oye todo el día, por la soledad
de las calles, el grito de: "jtero!" del aguador. Dos barriles de diez
a doce galones forman la carga de una mula, entre los cuales se sienta
el hombre. Los barriles tenían un agujero por donde se vaciaba el agua
sin desarmar da carga. A veces alguno se soltaba y perdía el equilibrio
en medio de la 'algazara de los muchachos.
Se solía decir que el bocio no era conocido antes de que se
reuniera parte del agua del Maipo con la del Mapocho por medio del
canal San Carlos; otros pretendían que había venido de Mendoza
junto con los primer& álamos. Se extrañaba Gilliss que gozando de
tanta facilidad para el reparto del agua no se distribuyera aún por
medio de cañones de fierro.
Se ven hombres sentados en carretas llenas de pasto verde, que
forran hasta las narices las monturas deecarga. Carretas y arreos de
mulas Pienen del Puerto. Centenares de voces suben hasta el tranqui-
lo retiro de los astrónomos del cerro.
En la tarde, con la puesta del sol, las calles vuelven a ser con-
curridas, y en la media luz ésas donde se encuentran las tiendas se
repletan de gente, "a la hora en que la montaña pasa del oro al ver-
mellón y al morado, y por fin al púrpura, para terminar en una
gloria de rayos".
Largas corridas de faroles anuncian el trazado de las calles, así
como también los puentes, y los reflejos de la plaza indican que
los comerciantes del portal iluminan sus mercaderías. Tanto las
voces como el rumor lejano de los carruajes anuncian que hay afluen-
cia.
Más tarde, dice Gilliss, el cual sabe mirar con ojo de poeta, des-
pués que en el convento vecino han tocado la media noche, estando
la luna alta en el cielo, reina nuevamente.el.silencio.que turban apenas
el silbato y el grito lóbrego de los serenos.
FUROR DE EDIFICACION

Por 1850 reina un verdadero fu-


ror de construcciones. Tres inmensos edificios se iban levantando de
tierra al mismo tiempo en diferentes sitios de la plaza, / de modo que
cuando las carretas llegaban de Valparaíso, temprano por la m'añana,
era poro menos que imposible atravesarla en medio de los materiales
acumulados.
Gilliss tiene para nosotros el mérito de proporcionarnos deta-
lles que otros han callado, tanto de la vida social cuanto de las ins-
tituciones y aspectos que nos hacen fácilmente revivir la ciudad en
esa época de prosperidad general.
D e la policía, que ya hemos en-
contrado en un capítulo anterior, nos dice nuestro informador que
hay, por lo menos, un vigila-nte en cada encrucijada. Por desgracia,
son poco limpios, y suelen verse por pequeños grupos a la sombra
de un-almacén de menestras, o de un bodegón, charlando con el dueño
o ron algún clientfianzan con demasiada frecuencia su grito anun-
ciando la hora, cada cuarto de hora, y, en realidad, cada cinco minu-
tos, grito que parece "carga de caballería", según un diario de la
épocaLZe molestaba, después de haber estado trabajando todo el día,
oír bajo sust ventanas: "ilas doce han dado y sereno!" Algunos se-
guían con una canción, a veces inconveniente, hasta que llegara el
otro grito.
Pocos años después se alargó el plazo a media hora, y, por fin,
a cada hora, concluyendo por caer en desuso.
LADRONES

E l robo, sin embargo, era frechen-


te, y los ladrones pasaban de una casa a otra por el albañal de las
acequias interiores.
Es difícil conseguir sirvientes que sean buenos y honrados. Una
nueva iniciativa del Intendente'había aumentado la inseguridad, y
después de esa malhadada ordenanza, el sereno, envuelto en su pon-
cho de Castilla, se sentaba, y a menudo se dormía.
Muchas, veces, al volver de noche de su observatorio, había
tenido que despertar al de su calle con la luz de su farol. Los policía-
les adolecíán del defecto de ser demasiado jóvenes y atolondrados.
G iíliss calculaba para Santiago,
en 1852, una población de 8 0 mil habitantes, y aun de 9 0 mil, si se
comparaba el plano de la ciudad tal como era en 1830 con el de 1852.
No ha visto 20 negros en todo el tiempo que ha estado en Santiago.
E n cuanto a la colonia americana, era muy poco numerosa, y
no estaba formada sino por el Ministro, el'secretario, cada uno con
veinte años de residencia en Chile, y por unos doce mecánicos contra-
tados para los ferrocarriles, recién inaugurados.
,CASAS DE A N T A R O

E r a n numerosas las casas a u n


existentes entre los años 1850 y 1860 que podían remontarse a los.
siglos XVII y XVIII.
Entie las más típicas que conservaran aquel estilo que solían
llamar morisco, y que no 'era sino español pobre, con balcones co-
,píados de los de Lima, "que daban a las calles un carácter de misterio.
orienta1"htaba la de don' José Antonio Rojas, que recordaba activi-
dades de la época revolucionaria, en la plazuela del Teatro, y que fué
en seguida de don Federico Errázuriz; y en la esquina Norponiente de
la calle Ahumada con Huérfanos, la del corregidor don Valeriano d e
Ahumada, héroe de la guerra de Arauco. Esta casa solariega, que
había a quien desde el año 1580 daba su nombre a la
calle que aun lo lleva, fué adquirida en 1867 para la construcción
del Banco de Matte y Mesías, que ahí se levantó.
La casona era de altillo y bajos, con visos árabes y balcones
como petacas. Era, según se decía, de las pocas que no habían caído
con el terremoto de mayo de 1647.
Mencionemos también la casa de don Antonio Boza, que había
sido la primera en poseer una mampara vidriada, con halconería
baja y ricos balaustros de jacarandá, de forma salomónica, traídos
especialmente del Brasil para aquel rico comerciante canario.
Las "casas de nicho" que aun existían en la tercera cuadra de
la calle CoIÑpcñiía y en Catedral esquina de Morandé, esta última
propiedad en el pasado del famoso comerciante español don Nicolás
de Chopitea, llevaban esa designación por tener bajo su mojinete un
nicho que cobijaba la imagen del santo tutelar, en lugar de la piedra
con el escudo de armas familiar, que los muchachos habían arras:
trado por las calles y destruído por toda- la ciudad al triunfar la
revolución.
TEATROS NUEVOS

E l teatro ocupaba el sitio de la


antigua Universidad, a unas dós cuadras del pie del Cerro, con ,una .
superficie de un cuarto de cuadra. Era de apariencia muy sencilla,
frente a una plazuela mucho más reducida que la actual.
Otra parte del edificio estaba reservada a la Cámara de Repre-
sentantes de la nación, a sus empleados y oficinas; y convivía a más
este conjunto como podía con la Escuela de Pintura.
El teatro estaba en el patio, y ,las puertas de una a otra de estas
instituciones distaban apenas veinte pies.
La sala era oblonga, con una extremidad semicircular fre.nte al
proscenio, lo que impedía a muchos oír y ver, El piso de las tres filas
de palcos era sin inclinación, y sin el ménor asiento, fuera del que
cada uno pudiera traer consigo.
Existía una sala más adecuada en la calle $el Puente, pero,
in2talada encima de una acequia, los hedores que ésta despedía hacían
que poco se frecuentara y solamente por los circos y juglares de
paso.
U n tercer teatro había sido creado en e1 850, del lado Sur de
la Cañada, y dedicado a compañías populares que1solían atraer gente
de la mejor clase. El pueblo de Santiago no era, sin embargo, muy
aficionado al teatro, y salvo en las fiestas patrias, el teatro de la Uni-
versidad vieja se veía raras veces lleno.
E l sencillo teakro de la plazuela de la Compañia, tan celebrado
por los viajeros de los primeros años del siglo, no se mencionaba
entonces, de modo que es probable hubiese desaparecido ya.
PORTAL

Y a conocemos la opinión de otros


extranjeros sobre el Portal de Sierra Bella y su comercio, frecuenta-
do en 1850 por multitudes, si le prestamos fe a Gilliss, el .cual lo
califica de edificio inelegante en sus tiendas b a j a d La parte' alta es-
taba dedicada al alojamiento de los dueños de los almacenes.
Aquellas tiendas, muy pequeñas, en las cuales apenas cabía un
hombre, y los baratillos que rodeaban los pilares exteriores eran muy.
apetecidos por el pequeño comercio. A,pesa,r de la estrechez del paseo.
presentaba aquel portal un aspecto muy interesante y alegre cuando
las señoras estaban de compra en la tarde y a la luz de las velas.
Por consejo del arquitecto francés Brunet-Debaines, al servicio
del-~obierno,el Presidente Bulnes, en consideración al gran interés
éxistente por el arriendo de'los locales del portal, adquirió más o
menos la tercera parte de la cuadra adjunta, demolió las viejas casas
que ahí existían y levantó el actual pasaje, que llevó entonces el
..nombre de Pasaje Bulnes, y es hoy el de Pasaje Matte, bajo arcadas
cubiertas de vidrio y con puertas a las cuatro calles vecinas, como los
pasajes de París. La obra costó entonces no menos de medio millón
de pesos. 1
Señal inequívoca de la prosperidad por la cual atravesaba nues-
tro país, un edificio semejante se estaba levantando en el lado oriental
de la plaza, el futuro Portal Mac-Clure, que, a pesar del mejor estilo
de su arquitectura, no era, según decían los contemporáneos, supe-
rior al Portal Bulnes.
A l frente, plaza por medio, don-
de siempre había convivido con el Cabildo, y en seguida, con la
Municipalidad, estaba.la Cárcel. En ella vivían, en 1850, las siguien-
tes categorías de presos que nos parece curioso mencionar: ladrones
de ganado, 94; otros ladrones, 100; por desertores, 72; homicidas
y asesinos, 3 3 ; por atagues y heridas. 2 1 ; por hacer monedas falsas,
5 ; por bigamia, 3 ; por rapto, 3 ; por vagancia, etc., 15. y
Los ebrios eran, supongo, llevados a algún otro asilo, ya que
no están comprendidos en esta estadística, y, por supuesto, no eran
pocos. 8

Los encarcelados salían,-una de las noches de Semana Santa, a


pedir limosna por las calles, sacudiendo sus grillos y vigilados por
centinelas armados. Mientras la multitud de los fieles cumplía con
la devoción de las Estaciones, yendo de templo en templo, y por las
calles donde todo tránsito de carruajes estaba suspendido por orde-
nanza, ellos solicitaban jun mediocito, por amor de Dios!
" ".
UNA EJECUCION

N u e s t r o astrónomo nos 'relata de-


talladamente una ejecución a pena capital que él presenció el 22 de
agosto de 185 1, y que mencionamos aquí. como un espectáculo
típico que refleja bien un modo de ser y una época, en parangón con
el "juicio rápido" de 182 0, que ya hemos recordado.
Se ha aglomerado una poblada frente a la Cárcel. ' ~ 1 está ~ 0
pasando. Efectivamente, se va a ejecutar públicamente a un asesino.
Este miserable, el Viernes Santo del año anterior, y pocos días
después de haber sido liberado de un encarcelamiento por 10 años,
había penetrado con otros individuos de la misma calaña a un bode-
gón donde se expendía chicha y otros licores. Su dueño era un her-
mano de la Cofradía del Santo Sepulcro, vulgarmente llamado de los
11
cucuruchos", el cual había sido golpeado varias veces por los ase-
sinos, quedando sin vida.
El asesino fué aprehendido y condenado a ser llevado al lugar
de-la ejecución en una rastra de ramas tiradas por bueyes, pero los
oficiales encargados de la ejecución de la sentencia, para que no fuese
tan penosa para el culpable, no lo colocaron sobre la rastra sino en
los últimos trescientos metros. Una cruz alta presidía el cortejo, y el
estandarte de los Hermanos del Santo Sepulcro, entre cuyos fines es-
taba la obligación de acompañar a los penados al lugar de su eje-
cucióh. Muchos frailes acompañaban al cortejo rezando las oraciones
de los difuntos. Una línea de soldados armados de rifles rodeaba al
condenado, que acompañaban dos religiosos sentados en la rastra
al lado del condenado.
El batallón de la Guardia Cívica formaba un cuadro con el
objeto de alejar a los curiosos. El condenado iba vestido con el blan-
co hábito de los mercedarios, librea que le fué sacada antes de la eje-
cución.
l a turba era inmensa, pero no había entre ella un solo
representante de la clase cultivada, lo que era, al decir de nuestro tes-
tigo, digno de aplauso.
La ejecución de la sentencia tuvo, por fin, lugar en el lecho seco
del Mapocho, siempre para darle más publicidad a la pena. El asesino
fué entonces sentado en una silla asida a un poste, y después que ca-
yó bajo las balas del pelotón de ejecución, todos los presentes mur-
muraron una oración para el descanso del alma del muerto. Mas,
fallaron dos veces los tiradores, los que tuvieron que repetir su dis-
paro. Espan tosa barbarie y carnicería, recalca severamente Gilliss, que
un público norteamericano, sin duda, no hubiese soportado.
Detalle edifican te: un religioso predicó linmediatamente una
homilía tirando del hecho que se había presenciado una moraleja
para la edificación y escarmiento de los asistentes. El cuerpo quedó
ahí expuesto más de cuatro horas. E n la noche, gente del pueblo co-
locó varias candelas alrededor del sitio del fusilamiento, y cada tran-
seúnte, descubriéndose piadosamente, rezaba un Ave por el alma del
difunto.
Costumbres primitivas y llenas de sencillez eran éstas, sin duda,
pero también, ide cuánta fe y caridad cristianas!
RELACIONES SOCIALES

P o r muy superintendente que fue-


se de la expedición naval y astronórnica de los Estados unidos de
América en el hemisferio Sur, y tal vez por ello mismo, no dejaba de
ser aficionado a la vida social, que describe con pintoresca exactitud en
su libro, que no creemos haya sido traducido a la lengua castellana:
"Gilliss's Expedition to the Sou thern Hemisphere" .
Era costumbre que el extranjero de nota recibiese-tarjetas de
bienvenida aun de señoras de la alta sociedad, o del marido y de la
esposa juntos, lo que indicaba que deseaban trabar relaciones de
amistad con el recién llegado. La hora dedicada a las visitas era de
dos a cuatro y media, especialmente los domingos. Cada uno se pre-
paraba a hacerlas o a recibirlas, y aunque fuese para trasladarse a
partes muy cercanas se sacaba al coche; que dormitaba en un rincón
de la cochera del tercer patio todo el resto de la semana.
En las horas frescas de la tarde la señora santiaguina acostum-
braba caminar a pie por el centro comercial efectuando suszompras;
pero los domingos era elegante presentarse en su calesa, y para ello
se solicitaba a veces el cochero del vecino.
Las visitas de ceremonia se hacían "a la oración", y las de inti-
midad, de nueve a diez de la noche, según la estación. En este último
caso, se trataba de un "sarao" o tertulia que duraba hasta la media
noche.
Como las ventanas del salón daban siempre al patio de entrada,
una luz prendida en un quinqué indicaba al huésped que la señora
estaba en casa y recibía. En la logia de entrada, bajo la bóveda, vivía
un sirviente; pero, dice Gilliss, "era más un'guarda del castillo que no
un Mercurio", y nadie se preocupaba de él. A menos que fuese en
invierno, generalmente, la puerta del salón se encontraba abierta. No
era costumbre golpear, y se entraba a saludar a la dueña de casa
sentada cerca de la mesa de centro o en el sofá. Sólo "los gringos" y
los sirvientes llegaban golpeando la puerta.
Fuera invierno o verano, se encontraba a las mujeres envueltas
en chales, por muy elegantes que fuesen sus trajes, de modo que no se
veían el busto- ni los brazos.
E n el caso que la señora no deseara recibir y que la lámpara
estuviera apagada, no por eso se demudabapl amigo visitante, y sin
excusarse ni llamar a los sirvientes,, ya que las campanillas eran des-
conocidas; tranquilamente encendía la lámpara. A las diez llegaban
los "habitués", y se servía el té, que había completamente destronado
al mate. Por la sencillez de la acogida, el extranjero se acostumbraba
muy pronto a ocupar su asiento alrededor de la mesa. Desde luego,
la conversación era agradable, y' muchas eran las niñas que hablaban
francés en la clase superior, lo que hacía indispensable el conocimiento
de esa lengua. -
La afición a la música entre las mujeres era muy general, como
ya se ha podido ver anteriormente; pero se preferían las melodías de
Verdi, que, a pesar de "sus efusiones cómicas, desprovistas de alma",
-dice nuestro cronista-, llenaban el teatro cada noche, mientras la
música de Bellini -"Normaw, "La Sonámbula", "Los Puritanos"
o "El PirataH7 no era tan apreciada. ¡Qué molesto es -dice- estar
sentado al lado de un nidal de señoras que ocupan los palcos arren-
dados por toda la estación, que lo pasan riendo y hablando mientras '
la Pantanelli, la gran cantante en boga, está en la mitad de "Casta
Diva", o de otra inspiración genial del maestro!
Volviendo a las reuniones nocturnas, agrega Gilliss que el ma-
rido brillaba generalmente por su ausencia, y solamente llegaba des-
pués de alguna reunión de amigos, en que se habia jugado loter'ía o
a la malilla a medio real la partida, y en que se había discutido mucha
política. Pocas veces se le veía en las reuniones de su esposa, pero le
gust'aba que estuvieran muy concurridas,
Como se fumaba en todas partes, menos en la iglesia; nunca.
faltaba braserito de plata con carbones encendidos para los fumado:
res, y chiquillos recorrían los tres paseos de la ciudad ofreciendo fue-
go a los paseantes por un "mediocito". Después del año 1864, en que
se fundara, los maridos sol'ian frecuentar el Club de la Unión, que
habia sido establecido gracias a las influencias y a la generosidad de
los magnates enriquecidos en Chañarcillo. Sus salas quedaban abier-
tas desde las diez de la mañana hasta la una de la madrugada, y se
'jugaba póker francés, rocambor a 0,10 el tanto, la malilla de com-
pañía, la guerra y la veintiuna, cuyas apuestas no podían pasar
de 20 centavos.
Asegura nuestro informante que era muy raro que se insultara
I I
a una mujer en la calle, y es muy mortificante &ice- reconocer
que los anglosajones han sido los más famosos en ese sentido".
LAS CAMARAS

.D e las ' sesiones parlamentarias


proporciona nuestro ermitaño del Santa Lucía detalles curiosos. Los
diputados se reunían, como se ha visto, en una sala de la vetusta y
suprimida Universidad de San Felipe, al lado'del teatro de enton-
ces, y en el sitio del Teatro Municipal de hoy. La sala de.sesiones
medía sesenta pies de largo por treinta de ancho. Su techo era muy
alto, con tres o cuatro pequeñas ventanas, y una puerta a cada extre-
midad. Las paredes estaban cubiertas de papel pintado, adornado
de medallones. Atrás, encima de una plataforma, se encontraba la
mesa del Presidente, al que acompañaban sus secretarios y los minis-
tros de Estado, cuando asistían. Por todo adorno, tres lámparas de
cristal tauado colgaban del techo, y un tapiz de terciopelo encarnado
disimulaba la muralla detrás del asiento presidencial. Frente a la mesa
s'e sentaban los diputados, y atrás estaba el sitio reservado al público.
Los diputados escribían o tomaban notas apoyados en sus bas-
. tones o en los sombreros de copa. E n la sala, adodnada con gusto y
sencillez, las sesiones se desarrollaban con dignidad, sin que hubiese
despliegue alguno de elocuencia o esas discusiones animadas que sue-
len oírse en una asamblea anglosajoni de la misma índole. ,Hay
apenas más agitación que la que suele existir en una reunión de
"quakers", aunque no faltan gritos de "viva" o de "muera" de parte
de la barra de la asamblea.
En cuanto al Senado, esta ilustre corporación sesíonaba en una
sala del viejo Consulado, en la plazuela de la Compañía, cuya sala
central estaba alumbrada por medio dé una bonita vidriera. Las reu-
niones se celebraban de noche, siempre que no lloviera. En una de
esas sesiones se pudo oír a algún senador oponerse a los ferrocarriles,
"porque este nuevo medio de locomoción iba a arruinar a los birlo-
cheros".
Por tratarse de un extranjero, no podía faltar la nota hotelera,
siempre severa. y probablemente justa, relacionada con el único hotel
que pudiese pretender a ese nombre en nuestra ciudad, aunque no se
pudiera, por supuesto, pretender a comodidades ignoradas en toda
América del Sur. Era natural, dice nuestro yanqui, que la carencia de
viajeros no hubiese creado aún la necesidad de un "Astor House",
de un "Mirwart's" o de un "Hotel des Prinies".
Su última frase merece ser recordada aquí: "Tal es la vida en
Chile -dice-, apacible, monótona, sin que se piense en lo futuro
o en el bien de la Humanidad, sin apasionamiento tampoco, a menos
de una guerra civil o del apasionamiento de las mesas de juego que
enciende los horribles sentimientos de la naturaleza humana".
EL PROGRESO URBANO
' (1850-1880)

D i n Benjamín Vicuiía Macken-


na, siempre jocoso y original en su modo de apreciar las cosas, dice de
la arquitectura santiaguina en 1856, que pertenece "al orden de ios
mojinetes", y agrega: "Una puerta de calle, dos ventanas, una puerta
cochera, otro zaguán, un palo de bandera, un mojinete más arriba,
después un alero, un balcón en forma de parrilla, el poste de la es-
quina, olor a bodegón, vuelta a la calle atravesada: dos paredes co-
rridas, las lajas de la acequia, olor a otra cosa. . . , he aquí la arqui-
tectura de Santiago".
Por dentro - c o n t i n u a b a ditieñdo el mismo hombre de progre-
so que debía más tarde transformar la ciudad- es < < un museo de
embelecos, todos muy bonitos, chiches franceses y chinescos. . . "
Monsieur Claude Brunet-Debaines, arquitecto nacido en parís'
en 1788, venido a Chile en 1850, fundó la Escuela de Arquitectura,
y fué, en realidad, el introductor del arte en la edificación santiagui-
na. A él se debe el Pasaje Bulnes, que es hoy Matte; el Portal
Mac-Clure; la casa de don Domingo Fernández Concha, en la Ala-
meda; el antiguo Club de la Unión, también en la Cañada, entre
Ahumada y Bandera; en Huérfanos esquina de Bandera también la
casa de don Rafael Larraín Moxó, y la de don Melchor Concha, en
Huérfanos esquina de San Antonio, que es un verdadero hotel noble
del barrio Saint-Germain de París. El terreno de esta última mansión
había pertenecido al mayorazgo de la Cerda, y lo compró el señor
Concha en 1850, en la suma de 60 mil pesos, costando su edificación
otros 120.000. El distinguido arquitecto en cuestión debía morir
a los pocos años, dejando el recuerdo de haber sido uno 'de los mejo-
res que hayan dejado rastro en nuestro país.
' V I V A C E T A

F e r m í n Vivaceta debía ser su su-


cesor. De muy modesto origen se había levantado por su propio
esfuerzo, con la abnegada ayuda de su madre, una simple lavandera.
T u v o a su cargo y construyó, como su primera obra, teniendo die-
ciocho años, en 1848, la Casa de Orates, siguiendo con la Universi-
dad de Chile, obra que había sido iniciada por el arquitecto francés -
Hénaut, sucesor de Brunet-Debaines en la cátedra de arquitectura de
la Academia de Bellas Artes, y en seguida paralizada por falta de di-
nero. Entre sus demás creaciones llevadas a cabo entre los años de
1850 a 1890, época de su fallecimiento, se cuenta la iglesia del Car-
men Alto, construída en uri seudo estilo ojival que fué muy admi-
rado en su época, pero quelreflejaba la falta absoluta de gusto artís-
tico entonces vigente. La fachada y las torres de San Agustín y las
de otras iglesias, como ser: las monjas Rosas, la Recoleta Franciscana,
y hasta la misma torre de San Francisco, le deben, si no su construc-
ción, por lo menos su terminación. No se puede decir, sin embargo,
que haya sido siempre muy feliz en dichas transformaciones, miiy
especialmente en la del tem.plo de San Francisco, cuya formz primi-
tiva modificó agregando naves laterales por la reunión de las capillas
existentes. Para darle más luz al coro, rompió su techo de artesonados
coloniales, estableciendo encima de su ábside la linterna o pequeiia
cúpula que lo afea. La parte alta de la torre secular del mismo San
Francisco, que, sin duda, no era hermosa, pero sí pintoresca, fué tam-
bién transformada tal como la vemos hoy día.
Todas ellas, a pesar del mérito que no se le puede negar a su
autor, son el reflejo de una época deplorable para el arte, y que vino
a borrar aquel carácter típico criticado por muchos entonces, pero que
ahora se. aprecia mejor, lamentando su desaparición, el carácter
español y colonial que todavía conservaban muchos de los edificios
- que Vivaceta transformó.
Largo seria dar la lista de los edificios conbtruídos por él: la
, capilla de Ossa, la de la Veracruz, varias casas particulares, el frontis
del portal en la Plaza, el Mercado CentralSymuchos otros.
SOLARES ANTIGUOS Y, N U E V O S

, U n a de las casas más evdcadoras


del pasado era 1; que había sido de la Quintrala. en la esquina de
la calle del Estado, antigu*ente del Rey, con la de Agustinas, calle
por medio con la iglesia de los Ermitaños de San Agustín, en la parte
de esta última calle. que Zapiola nos dice se llama'ba a principios del
siglo: "calle de la Muerte". E n 1877, esa casa conservaba aún todo
su carácter de antigüedad, con sus viejas tejas, su mojinete y su por-
tón claveteado. Era entonces un alegre café y billar, y, tal vez en
recuerdo de la sanguinaria dama que donó al vecino convento la trá-
gica imagen del Señor de Mayo, una pieza estaba destinada a depósi-
to de todas las prendas del Cristo de la Agonía: sus trajes. sus cirios.
y demás de la, cofradía de su nombre.
Una de las casas que fué siempre considerada como el prototipo
de la mansión colonial, por la belleza de su fachada y su portón bajo
orgulloso mojinete, era la de la familia Sánchez y Fontecilla, en la
calle de las Agustinas, en la cuadra comprendida entre Ahumada y
.Estado, que pudo mantenerse hasta fines del siglo XIX, en que
por desgracia fué destruída y reemplazada por casas modernas
(1873).
La casa de Alcalde, que ya hemos mencionado en el capítulo
anterior, seguía siendo, después de la Moneda, la residencia más lujo-
sa de la época colonial. No ignoramos que había sido edificada según
planos de Toesca para don José Ramírez de Saldaña, uno de los
hombres más ricos de su época, pasando después al poder de don Juan
Agustín Alcalde y Bascuñán,'conde de Quinta Alegre, senador y
miembro de una de las Juntas de Gobierno de Chile. De 1820 a 1850,
fué el centro 'de la sociedad aristocrática que con tanto brillo y belleza
prestigiara doña Carmen Velasco de Alcalde, acompañada por su
no menos hermosa hija, doña María del Carmen Alcalde, esposa
del entonces Ministro Plenipotenciario de Francia: Monsieur Henri-
Scévole de Cazotte.
Entre las casas nuevas con pretensión de palacio, que poco a
poco iban renovando el aspecto de la ciudad, nombraremos la de don
Luis Cousiño, construída en 1852, y que es un palacio de estilo
francés marcado del sello del Renacimiento.
E n esa fecha empezaron a levantarse las construcciones de gran
lujo, hasta entonces, para decirlo así, desconocidas en Chile.
E n los mismos años, se construyen en la Alameda la casa de estilo
inglés de don Enrique Meiggs, activo contratista de los Ferrocargiles,
y la quinta Meiggs, en la parte baja..de la misma avenida; la prime-
ra existente aún, la segunda desaparecida desde ayer no más, después
de ochenta años de vida tranquila, rodeada de huertos y de prados,
que poco a poca fueron reducidos a nada por la invasión de las cons-
trucciones nuevas que la sofocaron,
Es increíble cuántas casas particulares de importancia salieron
de tierra por aquellos años de gran prosperidad. Así están, entre otras
moradas, la casa de don Miguel Barros Morán, en la acera Norte
de la Alameda, de un estilo que fué una verdadera innovación; la de
Haviland en la Alameda, que ya hemos visto ocupada entonces por
el Club de la Unión, y que actualmente lo es por el Ministerio de
Educación; la del general Bulnes, con su media cuadra de fondo y
frontis de dos pisos .sobre columnas de noble aspecto, hoy día: u n
Liceo de Niñas.
E n t r e sus congéneres, la más no-
table fué, sin duda, el Palacio de la Alhambra, que construyó el ar-
quitecto don Manuel Aldunate Bascuñán en la calle de la Compañía,
para uno de los felices dueños de la Descubridora de Chañarcillo:
don Francisco Ignacio Ossa Mercado. Esta obra fué el primer trabajo
y el primer triunfo de su constructor, el cual, en seguida, tuvo a su
cargo los planos del Congreso, los del Parque Cousiño, y también
del cerro Santa Lucía, tal como lo transformó el Intendente Vicuña
Mackenna. El palacio llamado de la Alhambra constituye, sin duda,
un interesante "pastiche" de la maravillosa mansión morisca de
Granada, y es de extraíiarse que, con los pocos medios de ejecución
de que se disponía a la sazón entre nosotros, se haya alcanzado a tan
interesante resultado.
JARDINES ,Y FLORES

E l progreso de los jardines tenía


que ser forzosamente paralelo al de las residencias particulares.
Vicuña Mackenna nos da en 1856 una interesante y perfumada
página sobre este particular: "Octubre, dice, pórtico de flores; no-
viembre: mes de las frutillas y de las jaranas de Renca; el bosque de
higueras del Salto\de Agua da sombra a los paseos de los ardorosos
domingos de diciembre. Cien montañas de sandías en plazas y pla-
zuelas. Febrero: mil canastas, árguenas y carretadas. . . ;Quién de
nosotros de noviembre a marzo no vive en las arboledas? ¿Qué fa-
milia no tiene en Santiago una chácara adyacente?. . . Existen casas
grandes como chácaras y con patios plantados de árboles, flores,
legumbres, etc. No ha mucho que ciertas monjas tenían una hacien-
da en el centro de la ciudad, convertida hoy en cien talleres de indus-
triosos obreros. . . >
t

Bosques de malvas, a pesar de la importancia de otras flores, cre-


cen al pie de los naranjos, y sementeras de amapolas se disputan las
piedras del Mapocho y el área de nuestros patios. Abadie, Brich
abren en Valparaíso sus jardines de aclimatación de flores. De Euro-
pa llegaron por 1830 las anémonas y las peonías, hasta entonces des-
conocidas en nuestros jardines, junto con los heliotropos y los rese-.
das. Se habían creado jardines de flores y criaderos de plantas y
árboles. Los mejores de 1850 a 1860 fueron dos de don J. Vicente
Sánchez, tal vez el más afamado de todos, el Jardín Inglés o Quinta
de Santa Rosa, y el Jardín Francés de la Chacra de Subercaseaux.
EL LUJO

E l lujo era grande, y no pocos los


dandies capaces de compararse con los más reputados "leones" de
Europa. Así, don Florencio Blanco, casado con la princesa Trou-
betzkoy, los cuales residleron en Santiago por los años de 1866. Su
padre, el ilustre general don Manuel Blanco Encalada, conservaba
en la ancianidad su espíritu animoso y galante y su fisonomía deli-
cada, de la cual se pudo decir que era "mitad espartana y mitad pari-
siense". Don Francisco Echeverría, llamado "Montecristo" por su
opulencia y esplendidez, fué hasta ofrecer un baile, que quedó famo-
so en el recuerdo de los contemporáneos, y en el cual se vieron en las
murallas de las salas inscripciones foriñadas de brillantes auténticos.
No podríamos olvidar en esta enumeración a don Luis Cousiño, un
elegante capaz de grandes realizaciones patrióticas y de progreso.
Epoca de refinamiento con visos románticos, se pudo ver en
ella, según lo narra-don Vicente Grez en "Vida Santiaguina", a don
Francisco de Paula Rodríguez, comandante de un batallón de la
Guardia Nacional, hacer rendir armas por su tropa a una distinguida
dama que él cortejaba.
Madame Chessé, antecesora de Madame Prá, tenía en su gran
tienda del Pasaje Matte todo lo que se podía ofrecer como objeto o
prenda de lujo, tales como aquellos "baberos para guaguas", de en-
caje de Inglaterra y de Bruselas, que valían de 150 pesos para arriba
(de 48 peniques) , y se vendieron todos.
Desde la caída del régimen español, el lujo tradicional de las
casas santiaguinas, como ser la de don Francisco Javier de Errázuriz
en 1785, que según su testamento estaba llena de brocados y platería
de gran valor, la vajilla, los candeleros y los blandones, los calenta-
dores de agua, los mates y braseros, y las mesas redondas de plata
maciza de la sala de recibo, habían 'sido reemplazados por el lujo
de los muebles de caoba de estilo Imperio, o Luis Felipe, mezclados
con algunos buenos escaparates o mesas de laca de la China. Había
desaparecido esa "brillantez", como la llama un autor, y sólo- que-
daban loza inglesa o chinesca y braseros de coFre.
Sin embargo, la señora americana que escribió en 1858 "Three
Years In Chile" recuerda de un chileno que gastó 33 mil pesos sola-
mente, en el amoblado del salón de su casa.
A pesar de esto; el conocimiento general de las cosas del arte
era tan deficiente, que un estafador francés elegante: Adolfo G., pudo
vender en remate público el menaje reputado como el mejor de San-
tiago en más de 40 mil pesos, siendo que, como lo comprobó el pintor
Monvoisin, todo era falso: la Venus de Milo de tres pesos que se
vendió en setenta y cinco, los Rembrandt, Ticiano y Vernet, que se
pagaron entre treinta y cuarenta mil pesos actuales, y que no eran
sino deplorables copias,
SANTIAGO EN 1852

L a ciudad tiene como cien mil


habitantes. El terreno se ha valorizado hasta valer 150 pesos la
cuadra en la parte rural, y para la alimentación de su población se
matan hasta cien vacunos y doscientos cincuenta lanares diariamente,
como nos lo enseña el "Almanaque Pintoresco e Instructivo por
1852", que nos ofrece, a.la vez, el siguiente cuadro de mejoras en
vía de ejecución o en proyecto.
La Plaza de la Independencia tendrá suntuosos portales. La
gran novedad. "sin rival en América" será el Pasaje Bulnes, que for-
mará una cruz y ostentará en el centro una "soberbia" rotonda. La
compara tal vez con bastante justeza con el Pasaje de los Panora-
mas, de París. "No es difícil que un día haya ciudades modernas, dice
nuestro Almanaque, que mediante los pasajes, las calles para el trán-
sito a pie estén todas bajo de vidrios e iluminados por candelabros
y pavimentados con mármol[o asfalto, no siendo decoración impro-
pia cuadros, espejos y estatuas." Es de recordar que la primera mitad
del siglo XIX fué el de la boga de los pasajes cubiertos en toda Euro-
pa, y por. ende .en América.
"La calle del Membrillar, continúa el Almanaque, va tomando
el aspecto de una calle europea por la continuación de casas de dos pi-
sos a ambos lados desde la Compañía: los Tribunales, la casa de Cou-
siño, etc . . . La Cañada bien pronto tendrá el aspecto del ~ o u l e v a r d
de los Italianos de París", lo que, sin duda, era ir muy lejos en cuanto
a profecías.
El progreso toma éntonces un ritmo rapidísimo, siempre a imi-
tación de Europa, y en desmedro de lo que era criollo y tradicional,
como todo progreso que tiene que arrasar con lo que existía anterior-
mente a él.
PROYECTOS EDILICIOS

D o n Benjamin Vicuña Mackenna


publicaba en "El Mensajero de Agricultura" del año 1856 los pro-
yectos de mejoramiento que él mismo debía en gran parte lleva: a
cabo quince años después, de Intendente de Santiago. Decía que hay
que derribar el Palacio de las Cajas, "montón de escombros", y ia
manzana sostenida por puntales con su picadero que es un muladar,
para construir en el centro un "Hatel-de-Ville", que don Benjamin,
muy impresionado por lo que había visto en Europa, y especialmen-
te en París, imaginaba con galas renacentistas y rodeado de reja3
como un honrado "square" parisiense. Quiere que desaparezcan tam-
bién el viejo Cabildo y la Cárcel con la centinela y su " iquién vive:",
y las procesiones de los ejecutados, y también el edificio viejo de la
Compañía, al lado de la iglesia de ese nombre, cuyo terreno se dedi-
caría al Congreso y a jardines. Pedía que se hiciera una plaza frente a
San Lázaro, en la Alameda, plazuela q.ue, en 187 1, la Municipalidad
vendió. siendo la iglesia trisladada de la Alameda a la calle del Ejér-
cito Libertador, donde hoy se levanta.
Emite una opinión pesimista sobre la ciudad que estaba'llama-
do-a gobernar y transformar: "Es un horno en verano. dice. . .:
las calles: desnudez de sombra, fango pestilencia1 o polvo que sofoca,
calor o humedad en toda hora. E n invierno, 1odazales.que salpican
hasta los aleros de los tejados, y en el verano, nubes de tierra que
trepan hasta las torres de las iglesias; hoyos y lomas en. las calles
rectas, caracoles en las bocacalles, acequias sin nivel, tacos que derra-
11
man inmundicias, letrinas a todo sol. . .
. "Si un caballero está enfermo, se cierra la calle para que no le
metan bulla. Centenares de carretas bulliciosas entran al amanecer:
chácara de los campos, grano de las haciendas, peñascos de los cerros,
adobes, leña, niñas con arpas y vihuelas. . .
11

"El lechero que hace rechinar sus tarros; el triste aguador que
lleva a las destiladeras los barros saludables del Mapocho; las peta-
cas del panadero; la yegua cargada de hierbas; la tropa de mulas con
su yegua madriiia y cencerro, coches y carretelas. . . , hileras de mon-
tones que caminan como hormigas, ponchos y chupallas, mendi-
gos, etc."
Benjamín Vicuña Mackenna resume estos cuadros diciendo que
Santiago no es la deliciosa capital que sus habitantes tanto aprecian,
y podemos agregar, para restablecer la realidad, que todos los extran-
jeros que por ella pasaron tanto han añorado.
Debería seguirse con el empedrado de las calles tal como se ha
empezado en la primera cuadra de la calle Catedral. Pero, según esa
mala lengua de Vicuña Mackenna, esto no se cambia, porque todos
los señores municipales, senadores y diputados son dueños de carre-
tas. . . , "unos tienen la picana, otros el ykgo, y la carreta cruje y
allá va por lomas y virazos".
Pide, también, que se hagan plantaciones en las calles y en la
plaza, que se trace un bulevár exterior en lo que es hoy la Avenida
Vicuña Mackenna, que se plante un bosque en el Campo de Marte.
El Intendente Bascuñán Guerrero debía satisfacer a uno de
estos pedidos plantando la Plaza y trazando el doble circulo que-
rodeara la pila.
EL F I N DEL P O R T A L DE S I E R R A B'ELLA

E l portal que solían llamar "de


las Condesas", y más comúnmente "de Sierra +Bella", por ser éstos
condes y dueños de la hacienda de Las Condes, a cuya cordillera aca-
baron por dar su nombre, había sido destruído en 1846, y recons-
truído por la familia en la misma forma antigua y en dos pisos. Para
la exvinculación de las propiedades que constituían el mayorazgo de
Sierra Bella se tasó el portal, que ocupaba una superficie de 5.718
metros cuadrados, en $ 278.000, o sea, a $ 34 la vara, más $ 74.218
por el edificio junto con dos propiedades, sus dependencias, en las
calles Ahumada y Estado.
U n incendio vino nuevamente a destruir el portal reconstruído,
el 1.Qe junio de 1869 a media noche, y la pérdida por edificios y
almacenes se calculó en un millón y medio de pesos.
Don Domingo Fernández Concha adquirió las ruinas y el te-
rreno el 2 de agosto de 1869, de la señora peruana doña Carmen
Vásquez de Acuña de Santiago Concha, condesa de Sierra Bella, y
pagó ciento'veinticinco mil pesos por el terreno, y veinticinco mil por
los escombros calcinados. En esa fecha se inició la construcción de un
portal magnífico, muy admirado en su época, y cuyo aspecto exte-
rior ha sido modificado en estos últimos años.
LA HOGUERA DE LA COMPAÑ1.A

C o m o se ha visto, don Benjamín


Vicuña propiciaba el establecimiento de jardines en el sitio del anti-
guo convento de los jesuitas. El incendio del 8 de diciembre de 1863,
eñ el cual perdieron la vida en forma espantosa más de dos mil perso-
nas, aglomeradas bajo las naves de la iglesia de la Compañía para
la celebración de la clausura del Mes de María, debía facilitar la eje-
cución del programa aludido.
Mas, aquel suelo, impregnado de las cenizas de tantas víctimas,
no podía ser transformado en un jardín cualquiera. Se habló enton-
tonces de restaurar la iglesia, de tanto recuerdo en los fastos de la
historia de Santiago, o de construir una ermita como recordatorio
de uno de los incendios más terribles, en sus resultados humanos,
que haya presenciado el mundo. Pero las pasiones no permitieron que
se llegara a un acuerdo en ese sentido, y hubo de contentarse con la
erección de un monumento expiatorio, para el cual se juntaron en
pocos días, en 1872, más de catorce mil pesos, Fué aquél la columna
que llevaba la bella Virgen de bronce clamando al cielo, obra del
gran escultor francés A. E. Cariier-Belleuse, que hoy ,día se encuen-
tra en'la Plaza del Cementerio General, donde ha sido trasladada,
siendo reemplazada en el sitio trágico de la Compañía por una pia-
dosa y orante .imagen de la Virgen en mármol blanco. Se rodeó la
columna de un jardín, que a su vez encerró una verja de hierro: "Que
impida, se dijo, a los indiferentes profanar con sus plantas ese lugar
por tantos motivos venerado".
Don Federico Errázuriz, al ser Intendente de Santiago, estable-
ció un aniversario en recuerdo de la catástrofe más grande que haya
sufrido la ciudad en toda su historia, instituyendo un "servicio de
requiem perpetuo en beneficio de 'las almas de las víctimas", dice el
acuerdo de la Municipalidad de 8 de julio de 1864, que ratificó la
piadosa iniciativa del Intendente.
COCHES DE SERVICIO PUBLICO

E n t r e los progresos de la ciudad


se puede mencionar el servicio de los coches públi~os,que por esos
años se estableció, y cuya tarifa, según ordenanza de 1864, era la si-
guiente: $ 0.10 por cualquiera distancia .entre los límites de la ciu-
dad, es decir; el Seminario, la calle de los Olivos, Negrete y el Ca-
nal de San Miguel; $ 0.1 5 fuera de aquellos límites, pero entre la
casa de Providencia, la calle de Matucana, las Estaciones del Norte
y del Sur, el cementerio y el Zanjón de la Aguada. El precio era do-
ble después de las doce.de la noche. Se fijaron estacionamientos regla-
mentarios para esos coches, que eran, en general, del modelo llamado
"de trompa", en la Plaza de Armas, la Alameda entredCarmen y
Maestranza, la Universidad, la Estación, y otros.
ALUMBRADO PUBLICO

En cuanto a i servicio de alumbra-


do público, del cual ya se ha dicho algo anteriormente, agregaremos
que por decreto del 21 de agosto de 1856, firmado por don Manuel
Montt y don Antonio Varas, se di6 la concesión del alumbrado de
las calles por el gas hidrógeno a una empresa presidida por don Maxi-
miano Errázuriz, afianzado "de mancomún e insolidum", por don
José Tomás de Urmeneta, con obligación- de surtir de luz a una par-
te de la ciudad indicada en el contrato, desde el toque de oración de
la tarde hasta que aclare, y en las noches de luna desde un cuarto
de hora después que desaparezca la luna al horizonte. La fuerza su-
ministrada debía ser equivalente a doce velas de esperma. En cuanto
a los pescantes y columnas, y a los faroles que debía colocar Errázu-
riz, estaba entendido que, sin ser de lujo, "saldrían de lo común".
PROHIBICIONES CALLEJERAS

L a s ordenanzas y disposiciones '

de policía, dictadas para el servicio local de la ciudad de Santiago,


nos proporcionan datos interesantes en cuanto a los adelantos y pro-
gresos de su administración municipal.
Se prohibe el tránsito de las carretas por las calles compuestas
y el puente de Cal y Canto, menos a ciertas horas las que conducen
carbón, leña o paja, y las que trasladan las familias fuera de la ciu-
dad o a paseos, éstas a cualquiaa hora y por todas las calles.
Se prohibe jugar en plena calle a la chueca, a la pelota y al
trompo "al clavar", y lo mismo las ruedas de los jugadores de naipes,
de tabas y dados, bajo pena de reclusión.
Prohibición a los transeúntes que se desmonten a las puertas
de las casas dejando su montura con la rienda abajo.
Cada dueño debe cuidar el empedrado frente a su casa, ya que
es considerado como parte de ella, y reponer las piedras que se suelten
avisando al alcalde de barrio si el mal es mayor.
Toda persona que anduviera por las calles después de las doce
de la noche será detenida por los serenos 6 las patrullas y registrada
como sospechosa,
E n víspera de Navidad se prohiben los pitos, cuernos, matracas,
cencerros y demás instrumentos que por tradición se tocani en esa
noche, porque alteran la quietud pública, molestan a los transeún-
tes y perturban el silencio de las casas, con perjuicio de los que sufren
alguna grave enfermedad. . .
, Sólo se permite galopar en las calles a los que vayan en pos de
médico, sangrador, matrona o por medicinas, o en busca de los auxi-
lios de la religión.
Por ordenanza del Intendente de la Cavareda, de marzo de
1842, que fué mantenida por varios decretos ulteriores,, en Semana
Santa, desde medio día de Jueves Santo hasta el canto de Gloria en
la mañana del Sábado Santo, no deben abrirse las tiendas, almacenes,
talleres de ninguna clase, a excepción de las boticas y cafés. Se para-
liza todo tránsito de coches y carretas por la ciudad entera durante
el mismo lapso, Esta ordenanza se aplicó hasta cerca del año 1880, .
en que por el crecimiento de la ciudad y de sus actividades tuvo que
ser derogada.
EL V O L A N T I N

A pesar de las ordenanzas que


prohibían toda clase de juegos en la calle, "el volantín" tuvo por
muchos años un puesto privilegiado entre las diversiones de chicos
y grandes, como lo recuerda en suslMemorias el señor Arzobispo
Errázuriz.
A veces "la bola" era tan inmensa, que era necesario para ella
fabricar "tornos" especiales. Los había, sin embargo, de todos los
tamaños, de cola o sin cola, y en este caso eran llamados "chupetes".
E n casi todas las ciudades de Chile existían sitios dedicados es-
pecialmente a encumbrar volantines, donde concurrían muchos afi-
cionados para colear, tumbar o echar cortada contra las bolas que a
veces juntaban en su derredor no menos de doscientos volantines
pequeños para defenderlas o atacarlas.
Asistían centenares de espectadores, y aun se trababan apuestas
en estos desafíos que se llamaban "comisiones". Eran juegos higié-
nicos y de aire libre. Con el crecimiento de la ciudad, y por las orde-
nanzas municipales, fueron desapareciendo bolas y estrellas, y volan-
tineros, pero hará unos cuarenta años se solía todavía veien barrios
apartados, o en el lecho del río, algún volantin en comisión, resto
de un juego nacional y de gran popularidad entre nosotros.
MODAS

A l g o hemos dicho al pasar de las


modas femeninas, sin entrar en muchos,detalles aquí inoficiosos, De
los hombres $e la clase culta de la población, no ignoramos que se-
guían las modas europeas, dejando la manta y las espuelas de grandes
rodajas para los días de csmpo y el "chape" o coleta a la plebe.
'Al sombrero de castor, pantalón corto de casimir, corbatín de
espumilla, zapatos recortados de becerro y medias de seda blanca o
color carne, tal como se llevaban en 1830, el elegante santiaguino
había substituído en veinte años: el pantalón blanco "sin pea1 a la
Sessé", la blusa ligera, de noche el frac negro o azul, y el sombrero
I'
sarísimoniano", última moda, tal como lo llevaba Francisco Bilbao.
Los provincianos eran por las modas atrasadas que lucían causa de
muchas burlas que les lanzaba% cuando venían a Santiago por ne-
gocio o por curiosidad.
EL PROVINCIANO EN SANTIAGO

A ese propósito Pedro Ruiz Al-


dea, el Jotabeche del Sur, como se le ha llamado, ~ a r t i d a r i ode Bil-
bao y secuaz de Benjamín Vicuña, periodista en "El Ferrocarril",
publicaba por esos años una crónica sabrosísima, que no podemos
menos que condensar aquí. Pedro Ruiz Aldea confiesa su deseo de
4 4
evocar antes que desaparezcan los tipos pintorescos del país, y SUS
sombras para compulsar por ellos la marcha del tiempo".
Pinta el provinciano viajando penosamente a caballo, alojado
en corrales o debajo de algún árbol, bregando con mulas y con arrie-
ros, gente tan entumida de miembros como de inteligencia, entrapa-
jados para preservarse del sol. Sorprendido de todo lo que sus ojos
'6
ven, llega a Santiago por el Callejón de la Villa Alegre, más rocín
que lo que había salido de su tierra". Admira los arrogantes chapi-
teles, las frondosas alamedas, el inmenso caserío de la ciudad, pero
"sepulta su alegría en el pecho", como le ha sido aconsejado por la
parentela al salir de su pueblo.
Mas al entrar a Santiago empieza su calvario: uno lo saluda
con ironía, otro le espanta el caballo y otro le arroja un cascarazo.
Como pregunta por la Posada de San Francisco, o la de Santo Do-
mingo, aquella pintoresca casona que hemos visto desaparecer hace
poco, y que eran ambas las posadas más frecuentadas, se divierten en
engañarlo guiándolo con su caballo por el medio de la Alameda, para
ver al vigilante cobrarle una multa.
La posada era un callejón largo y muy sucio, con unas corridas
de cuartos para alojados, amoblados "de un catre bullicioso, un par
de sillas de paja y una mesa mugrienta". Hay ahí, juntos, un zapa-
tero remendón, una cocinería y un corral para los caballos. La fre-
cuentaban gente acomodada, huasos ricos de provincia y sin grandes
exigencias, que acechaban niñas alegres de largos mantos que tapaban
bulliciosas toilettes.
La gira del provinciano por la ciudad se limitaba al patio de
los Tribunales, al del Consulado y al Correo. No. visitaba la Uni-
versidad, por no tener aún edifico propio, ni la Biblioteca Nacional,
por encontrarse generalmente cerrada. Al recorrer el Palacio de Go-
bierno, creía de su obligación tener que ver al Pxesidente, y en su
lugar se encontraba frente a unos cuantos toldos en los cuales se ven-
dían "mote pelado, huesillos cocidos, chancho arrollado, sopaipillas
fritas y horchata con malicia". No encontraba en ninguna parte el
edificio del Congreso Nacional; el Museo no se abría sino los jueves;
la Quinta Normal, jueves y domingos; buscaba fábricas, y solamente
encontraba, como nacionales, fábricas "de velas, de jabón, de chocola-
te y de guitarras". Las sastrerías, peluquerías, relojerías y ebaniste-
rías eran extranjeras, y "lo único que hallaba de casa era: la cocine-
ría chilena".
Para distraerse, el provinciano va al Salón Optico, espectáculo
extraordinario y muy concurrido, donde se miraba por medio de
espejuelos que reflejaban ilusoriamente los palacios, las ciudades y
los monumentos de ultramar.
Concurre a la Alameda, donde hay citas de amor, tertulias en
los sofás y crítica de los que pasan. Deambulan personajes originales,
como ser aquel vejestorio que lleva sombrilla. abanico y un jaidín
de flores en la cabeza; y el modesto mozo del pueblo de provincia que
exhibe la última moda de su tierra: "fraque de cabildo, cachenet en
el cuello: calzón corto y angosto".
Nuestro mismo amigo provinciano que visita por primera vez
a "Chile", como suelen llamar a la capital, ostenta unas modas estra-
falarias que huelen a Curepto o a San Vicente a una legua: "levitas
de arrugados faldones, fraque de colas puntiagudas, pantalones de
paño azul, chaleco negro de botones amarillos, corbata de terciopelo,
sombrero de pita con fiador, zapatillas de becerro con crujideras,
faja lacre a la cintura, capa larga con cuello de cuero y, guafdado en
el bolsillo delantero de la levita, un pañuelo doblado en forma de
corazón. . . Mientras tanto el joven snob, el refinado Agapito, "jo-
"

ven de elegante apostura, cabellera alisada, barba cuidadosamente


rasurada, corbata delicadamente enroscada, cuellos puntiagudos y
muy almidonados, trae en la mano un'junquillo que voltea entre los
dedos; en el ojal del fraque, un clavel; en el bolsillo del chaleco, un
cadejito de cuerdas que suelen servir en los picholeos, y un espejito y
una peinetita . . . " Agapito baila la polca de espejito, de toma y
suelta, de piirita y talón. En una palabra, es el "toronjil de las niñas".
Y éstas, iqué hermosas!, "hollando con ligera planta los alfom-
brados de los salones, niñas de peregrinos rostros, de purpurinos
labios y alabastrinas manos, de diamantino diente. . . , llevan vestido
de organdí, cuerpo a la Lucrecia Borgia, falda de dos volantes, chal
de barej, sombrilla a la antigua, y para el paseo: vestido de tafetán,
mangas a la Amadis, manchetas a la Puritana, manteletas.de tarlatán,
sombrero adornado a la jardinera. . . . 11

iMas, estas bellezas elegantes que nuestro provinciano admira


al pasar no son para él!
EL REGRESO DEL PROVINCIANO

, y vuelve a su tierra eÍpobrd pro-


vinciano en la calchona, como la llaman, la que solía adelantarse y
partir sin pasajeros en vez de salir con ellos. El cochero de la dili-
gencia, detalle sabroso, es un yanqui que sólo sabe decir: NO en-
tiendo, monta no más!" Se oye el chasquido del látigo, y una voz
44'
que dice: yamgoing" (sic). Cuando de alguna quebrada se veía
venir un hombre. un muchacho gritaba: "iLadrones, mamá!", y no.
faltaba algún viajero español que preguntara si en Chile se acostum-
braba asaltar las diligencias como en Andalucía. El provinciano'
pierde la mitad del equipaje, y exclama-tristemente cuando llega a su
pueblo: "iQué otra cosa había de resultar viajando en las diligencias
yanquis! "

Esto lo escribía, haciendo una pintura maestra de lo que era


viajar en 1850. don Pedro Ruiz Aldea en "Nuestro Pasado". El
ferrocarril iba muy pronto a modificar todo esto.
LA TRANSFORMACION
(1872)

NUEVA ERA

E l que camina por las calles del


Santiago central hasta tres o cuatro cuadras de la Plaza de Armas
en contorno, y se detiene a examinar el estilo de las casas grandes que
aun van quedando, muchas de cuarto de cuadra de frente y media
cuadra de fondo -un solar-, con segundo piso a la calle solamente,
comprueba que casi todas datan de aquellos treinta años de intenso
progreso, o sea de 1850 a 1880, lapso en $1 cual se renovó nuestra ca-
pital, borrando, sin duda, todo su carácter particular, pero creando
una ciudad moderna.
D on Benjamín Vicuña Mackenna
fué el gran espíritu que, como se ha visto, concibió primero y llevó
a cabo después como Intendente la transformación a la cual nos
hemos reierido.
Desterrado por razones políticas, viajó y visitó a Europa en-
tonces en plena prosperidad, y especialmente a Francia, donde el
Segundo Imperio se encontraba en pleno apogeo. Trajo así de ultra-
mar, y especialmente de París, ideas modernas, cuya aplicación había
podido presenciar en esa capital, algunas discutibles hoy día, pero
que eran la base del urbanismo de la época: los "squares" con rejas,
los "hetels-de-ville" de falso estilo Renacimiento, los edificios públi-
cos construidos en aquel gusto "administr'ativo" de que adolecen
todavía tantos edificios parisienses construídos en ese tiempo.
Don Benjamín Vicuña Mackenna,' por renuncia que el 'Inten-
dente don Tadeo Reyes hiciera de su puesto, fué nombrado en marzo
de 1872 en su reemplazo. El mismo día de la primera sesión que
presidiera del cuerpo municipal, leyó un largo discurso, en el cual
daba a conocer los proyectos de adelanto local que desde tiempo
atrás iba propiciando: la canalización del Mapocho; el camino de
Cintura; la .transformación de los barrios miserables de la ciudad:
la ampliación del servicio de agua potable; la formación de nuevas
plazas; la creación de un paseo en el Santa Lucía; el establecimiento
de una plaza de abastos; la apertura de las calles tapadas aun exis-
tentes, y muchas otras creaciones y transformaciones de importancia
más o menos grande; innovaciones todas que fueron llevadas a buen
término por aquel gran servidor de Chile y de Santiago, fiel reflejo
del patriotismo y de la honradez de los hombres de aquellos años.
Tanta era la estima que profesaba el vecindario de la ciudad,
en general poco generoso para esta clase de iniciativas, q u e alcanzó
a subscribirse el año de 1872 en forma de erogación la suma conside-
rable de $ 791.000 para las obras de ornato proyectadas por el In-
tendente, es decir, una suma equivalente a más de treinta millones de
nuestra moneda.
EL MAPOCHO CANALIZADO

L a s transformaci6nes operadas
para la canalización del Mapocho, y evitar así. los aniegos del río,
hicieron inmediatamente subir el valor del metro Cuadrado de terreno
frehte al Mercado Central a $ 30.00, o sea, como $ 1.200 actuales.
Vicuña Mackenna declaraba que el temor a las inundaciones cons-
tituía un anacronismo, tanto por la modificación del clima cuanto
por la elevación paulatina de su planta a una altura considerable
desde los tiempos de la Conquista, y también por los elementos de
los cuales se podía ahora disponer para evitarlo.
BARRIOS OBREROS

p o r decreto de junio de 1872, se


formó bajo la presidencia de don Maximiano Errázuriz, caballero
que se había preocupado de la necesidad urgente de establecer barrios
obreros salubres, una comisión de vecinos principales destinada a
controlar la inversión de fuertes capitales en la reconstrucción de los.
barrios del Sur formados de ranchos, "como un inmenso aduar afri-
cano. . . , cloaca de infección y de vicio, de crimen y de peste. . . ,
verdaderos potreros de la muerte", como los calificaba el Intendente.
Los altruístas miembros que integraban dicha comisión eran:
don José Rafael Echeverría; don Francisco de Paula Echaurren; don
Francisco de Borja Valdés; don Melchor Concha y Toro, el cual
había pedido, a título de ensayo, casas desmontables para obreros a
los Estados Unidos; don Francisco Puelma; don Miguel Cruchaga
y don Francisco Subercaseaux, cuyos nombres, como de patricios
progresistas y patriotas, bien merecen ser consignados en estas pá-
ginas.
Aquellos barrios estaban, en realidad, compuestos "de ranchos
abandonados, de pantanos, de inmundicias, de murallas desplomadas,
de cerros de basuras y de acequias que se derramaban".
La parte Poniente de la ciudad: "el Galán de la Burra" -hoy
día, calle Erasmo Escala y vecinas-, recibía todas las inmundicias
que formaban grandes embanques gutrefactos. Vicuña Mackenna,
para evitar un mal tan grande, propicia la canalización de la acequia
de Negrete. En la Chimba arranca los ranchos inmundos al lado,
-Oriente de la subida del Puente de Cal y Canto, y hace la guerra a
los conventillos, que son, a menudo, verdaderos "mataderos huma-
nos" en el barrio vecino al río. Por decreto de la Intendencia, que
refrenda el secretario de aquélla, donde José MaríaEyzaguirre, se or-
dena la destruición de esos conventillos, otorgando a cada madre de
familia dos pesos para gastos de mudanza.
Benjamín Vicuña Mackenna repetía: "iY ésta es-la ciudad que
nos ~omplacemosen llamar. la reina de la América!".
Incansable, inaugura en Santiago 18 plazas o plazuelas nuevas,
contando en ese número las del cerro Santa Lucía, la plazuela de la
Compañía, la plaza de Bello, antiguo reñidero de gallos, y otras.
L A TRANSFORMACION DEL CERRO S A N T A LUCIA

L a transformación del cerro San-


ta Lucía constituye, sin duda; el mayor timbre de gloria del Inten-
dente Vicuña, y que llevará su nombre a la posteridad.
. El Cerro estaba entonces formado por una aglomeración de
rocas, de explanadas y de plazoletas, que eran: una el Castillo Viejo
o Batería Marcó, así llamada por don Francisco Marcó del Pont,
último gobernador español de Chile, hacia el Sur, y dominando la
Alameda; la otra, al Poniente, frente y encima de la calle de Huér-
fanos, era el antiguo Castillo o Fuerte Hidalgo; ambas debían ser
conservadas y convertidas en jardines y plazas de recreo. E'ra aquél
'el famoso Huelén, atalaya del valle del Mapocho, del cual habla.el
. Padre Ovalle, en la primera mitad del siglo XVII, como "el cerro de
este valle del Mapocho, dos leguas de la cordillera". Sin vegetación
y solitario, había sido frecuentado, a menudo, por Darwin durante
su estada en Santiago, y él lo denominaba un "Billock of rocks", un
montón de rocas, pues no era otra cosa.
Leyendas populares lo declaraban encantado y que "giraba al
sol como un girasol". Sea como fuere, el sol se jugaba a sus anchas
entre sus peñascos; de tal modo que el astrónomo americano que ya
hemos visto en el Observatorio de su cumbre durante tres años, ase-
guraba que, con la dilatación de las rocas, el calor aumentaba a
ciertas horas el volumen del cerco, de manera bastante sensible para
hacer trepidar los deli~adosinstrumentos de su Observatorio.
Vicuña Mackenna'lo mandó plantar de árboles; formó senderos,
plazuelas, grutas; estableció iluminación propia de gas con gasóme-
tro especial, y a imitación de los parques de Europa, lo sembró de
nombres románticos: "El Camino de las Niñas", "El'Alcázar de la
Montaña', "La Gruta de la Cimarra", etc.; lo adornó de estatuas
de un gusto discutible, trajo ahí la rejz maravillosa del Presidente del
Pino, que se había rescatado de entre los fierros viejos de la Casa de
Moneda por 14 reales, y también el famoso escudo de, piedra de
Va rela.
Con su imaginación infatigable le consagró en pleno Huelén
una estatua al cacique del Mapocho Huelén-Huala, estableció un
restaurante sobre la explanada del Castillo Hidalgo; un teatro. jue-
gos de niños, y pensó en darle nombre de "Plaza de los Campos
Elíseos" a la terraza de 12 Batería Marcó, donde aun quedaba la
hornilla para calentar 'a1 rojo las balas, que, desde luego, jamás se
dispararon.
Para la administración directa del paseo, estableció una comi-
sión cuyo presidente fué el generoso mecenas don Luis Cousiño, que
acompañaban don Domingo J. de Toro, don Francisco Subercaseaux,
don Emeterio Goyenechea y otras personas adineradas, lo que, sin
embargo, no impidió que las deudas que ocasionaron los gastos de
transformación del Cerro le fuesen imputadas, siendo causa de la
ruina del gran Intendente.
Amigo de las iniciativas espectaculares, trasladó en gran pompa
desde el Cerro al Cementerio General, después de una ceremonia reli-
giosa, presidida -jcosa inaudita hasta entonces!- por el ministro
anglicano, los cadáveres de los extranjeros no católicos enterrados
entre las piedras del Huelén: los "desterrados del cielo y de la tierra",
como los calificó el mismo don Benjamín Vicuña.
Imagina entretenimientos por instalarse en el Cerro, que debía
ser a su juicio, a más de un pulmón para la ciudad, un lugar de diver-
sión sana para chicos y grandes: carruseles. tiro de' ballesta (muy
usado por las señoras de Inglaterra y de Holanda, agregaba Vicuña
Mackenna), y trompo holandés, obsequio del empresario de los Ba-
ños de Apoquindo, don Carlos Hopfenblatt. En los edificios del
Castillo Hidalgo debían instalarse salas de billares, palitroques, tiro
al blanco, salón de lecturas y un café. Mas muchos de esos buenos
deseos quedaron en proyecto.
Empezada la transformación el 4 de julio de 1.872 con la ayuda,
del todo voluntaria, de 150 hasta 200 presidiarios, se inauguró el
paseo en una ceremonia que tuvo lugar el 1 7 de septiembre de 1872,
fecha en que se colocó la primera piedra de la ermita. Bajo un toldo
improvisado se celebró misa de campaña con asistencia del Presidente
de la República, del Arzobispo, de la magistratura, del clero y altos
dignatarios. Después de un sermón de circunstancia, un cuerpo de
línea hizo descargas, mientras los coros, que acompañaba la orquesta
del Conservatorio, ejecutaban sus mejores melodías.
En todas las ramas del progreso, el Intendente desplegaba su
extraordinaria actividad.
CALLES TAPADAS

E xistían todavía varias calles ta-


padas que obstruían los muros de ciertos claustros. Así, Santo Do-
mingo llegaba hasta el río, el monasterio de las Monjas Agustinas
alcanzaba hasta la Cañada, y comprendía una viña, en su huerto,
donde mismo se levantan hoy lós bellos edificios del Club de la Unión
y de la Bolsa de Comercio. El monasterio de las Claras obstruía la
con$inuación hacia,el cerro de la calle de la Moneda, y así de otros. La
apertura !de \las calles llamadas "tapadas" constituía una novedad
del siglo. La calle Nueva de la Merced, también llamada d e n l o sPe-
rros (hoy día de Miraflores), había sido abierta en 1830, cortando
por la mitad los terrenos del convento mercedario. El de las Agus-
tinas, por fallo de la Corte d e Apelaciones del 5 de junio de' 184 l .
tuvo que dar paso en 1850 a la calle de la Moneda, que partía en dos
secciones:. calle de la Moneda hacia el Poniente, y calle del Chirimoyo
hacia el Oriente, nombre perfumado que es de lamentar haya des-
aparecido ,de la nomenclatura callejera de Santiago.
Los "ilustrados padres dominicos", como los llama Vicuña
Mackenna, aceptaron la insinuación de la Intendencia de dejar pasar
al través de su Eiaustro las calles de las Ramadas y de las capuchinas,

272'
hoy Esmeralda y de las Rosas, respectivamente. Por su lado, los fran-
ciscanos consintieron se prolongara la calle del d a d o atravesando
la Alameda. Por fin, los mercedarios y los agustinos aceptaron vender
los unos su claustro de San Miguel, los otros el Colegio bust tino,
ambos situados en la Alameda. Así mismo desapareció la pequeña
iglesia bajo rústico campanario del pequeño convento de San Diego,
dependencia de San Francisco, cuya nave albergó en seguida por mu-
chos años la Biblioteca del Instituto, en mala hora suprimida, s u s
libro; desparramados y el edificio'destruido.
LOS' PALACIOS DE LA PLAZA

E n su libro publicado en 1872, y


que intituló "La Transformación de Santiago", don Benjamín Vicu-
ña nos da una triste idea de lo que eran a la sazón los edificios de las
Cajas, o Palacio de la Intendencia, que estaban desmantelados y des-
nudos. "con aspecto de pescadería", ly de la ~unicipalidado Ca-
bildo.
El Cabildo, dice,'es un apéndice de la Cárcel; la Cárcel es todo;
la Municipalidad: dos salas. una para las sesiones y otra "para tomar
té,". Para que se pueda oír lo que se dice en esas piezas, hay que
colocar dos soldados en la esquina de la calle de la Nevería (21 de
Mayo), precaución que por tradición está a cargo del Tesorero Mu-
nicipal. Benjamín Vicuña Mackenna sigue con su idea de un "hotel-
de-ville" moderno, con gran sala de reuniones públicas, salones para
conciertos, de lectura y para bailes, que la Municipalidad debe cos-
tear en obsequio del pueblo contribuyente.
E n cuanto a la Plaza en sí, algo se había ,humanizado, para
decirlo así, por la mitad del siglo que la había transformado en paseo,
de desierto polvoriento que había sido hasta entonces. La habían
adornado de fuentes, una en cada esquina de la Plaza, lanzando un .
chorrito de agua potable por sus surtidores de fierro: de sofás. de un
pequeño jardín con maceteros de mármol, rodeado d2 rejas. Era un
paseo delicioso de noche, decían los contemporáneos, bajo la luz de
sus doce lámparas de gas "carbónico".
e

Ya estaba la Plaza en la primera etapa de su transformación en


la bplla y agradable plaza ,en cuyos jardines corren los niños. y en
cuyas bancas los veteranos del 79 gustan venir a tomar el sol y a con-
tar sus hazañas.
L A ' LABOR I N T E N S A

S e pavimentan las calles con ado-


quines traídos por mar desde Cherburgo, y que por fin se consiguió
fuesen fabricados en la chacra "Lo Contador" y en Conchalí. E n
el solo verano de 1872-73 se adoquinaron doce ,cuadras de las calles
muy centrales.
Se terminó la reconstrucción del Teatro ~ u n i c i ~ adestruido
l,
dos años antes por un incendio, y faltaba muy poco para concluir
el muy moderno Mercado Central, cuya armazón de hierro había
sido traída desde Europa. El Parque ~ o u s i ñ oestaba
' por entregarse
a la ciudad por el señor Cousiño, el cual lo había mandado plantar
con 60.000 árboles de todas esencias y a sus expensas.
Vicuña Mackenna no descuidó este complemento de 1; vía pú-
, blica moderna, desconocido hasta entonces entre nosotros: el árbol,
plantando más de 2.000 en la Alameda, los Tajamares y la Plaza,
esta última con olmos, acacias y gomeros.
Como se puede ver, la actividad desarrollada por aquel Inten-
dente modelo fué inmensa, y se extendió a toda la ciudad tanto en el
barrio de Santa. Rosa cuanto en el de! Ejército Libertador, donde
decupló el valor de su terreno, pues donde se vendía a $ 0 , 2 5 y $ 0,50
el metro cuadrado, se presentaron compradores por $ 5.- y $ 6.-.
Cuando don Benjamín trazó personalmente dicha calle, una de las
más hermosas de Santiago, ésta era un pantano en el cual el Inten-
dente quedó pegado, como dijo, "hasta las cachas" de su caballo.
Múltiples obras edilicias d é importancia de diferente índole
se llevaron a efecto en los pocos años que duró la administración de
Vicuña: La sola edificación particular representaba más de 5 millo-
nes de ( 1) repartidos entre 341 edificios. Por influencia del
mismo, se estucó el Portal Fernández Concha, colocándose ahí gran-
des candelabros de brorfce, traídos de Europa para adornar la calzada
que la Intendencia había mandado establecer a lo largo de los portales,
como muestra de deferencia, decía el Intendente, a la cordialidad del
señor Fernández Concha para escuchar sus indicaciones.
Se estucó del mismo modo la iglesia de las monjas Agustinas,
inconclusa desde hacía años, al trasladarse de la esquina de Agustinas
con Ahumada al sitio donde hoy se levanta, siempre consagrada al
culto, a pesar de la emigración de la comunidad a otro barrio menos
central.

(1) Es bueno tener presente que el peso chileno valía en 1872: 46 peniques %.

277
I D E A S . DE INTENDENTE

E l Intendente de Santiago. hom-


bre de ideas avanzadas para su época, pedía la supresión del "infame'
destino del verdugo", en términos sonoros según acostumbraba:
"en homenaje a los grandes días de la Patria que se acercan, a nuestra
civilización de pueblo libre y democrático, a la dignidad de nuestra
naturaleza como sociedad culta y cristiana".
En otro orden de ideas, dió el primer 'golpe a la tradicion, varias
veces secular, que impedía todo comercio y tránsito de coches en Se-
mana Santa, invocando con razón el crecimiento de la ciudad y los
inconvenientes que traía 'al vecindario. una paralización general de
las actividades en esos días.
GAPILLAS SUPRIMIDAS

S u p r i m e y demuele la iglesia de
San Pablo. que había sido de los jesuitas. y desaparecen por diferentes
razones: la capilla de (la Soledad al lado de San Francisco. a pesar
de remontar su fundación a la viuda de ~ e d r de o Valdivia: y la de
Salguero, centro de la devoción al Santo' Cristo de Felipe 11 desde el
siglo XVII, que Se levantaba en la esquina del convento de la Mer-
ced y de la calle de los Huérfanos, capilla que había desaparecido con
la edificación del nuevo convento por el Padre Provincial Benjamín
Rencoret.
MEJORAS DE PROGRESO

, O t r a s obras de progreso ocupaban


la atención del activo Intendente, como ser la línea de ómnibus y el
ferrocarril urbano, cuyo recorrido se extiende por Ahumada y Esta-
do para poner en contacto la Estación Central de los Ferrocarriles
con el Mercado Central:
El servicio de agua potable, del cual sólo usufructuaban 36.000
entre los 140.000 habitantes de Santiago, pudo ampliarse gracias
a las aguas proporcionadas por las vertientes de Vitacura.
Se mejora también el alumbrado público, que en 1873 emplea-
ba 843 faroles de gas, que costaba $ 3.- al mes.
Se mejoran los paseos en nuestra ciudad, tan bien dotada según
decía Vicuña, pues tiene, además de su incon~parableperspectiva, tal
vez sin igual en el mundo: el paseo urbano en la Alameda; el paseo
de la campiña en el Parque Cousiño; el paseo de la. montaña en el
Santa Lucía; el paseo del valle en los Tajamares, en los antiguos
puentes, y, agregaba, en los futuros malecones del Mapocho cana-
lizado.
UN MENDIGO CAPITALISTA

A l tratar de la persecución de la
mendicidad emprendida por él, cuenta el Intendente este caso cu-
rioso.
Como los persiguiera la autoridad, uno solo entre todos los
mendigos fué a reclamar 'hasta el Presidente, porque no se le permitía
andar en cuatro pies pidiendo limosna en los portales y por las calles.
Se averiguó su verdadera situación, y se descubrió que una vez des-
ocupado de su tarea de lirnosn'éro, montaba un buen caballo de su
propiedad, e iba a atender.sus cosechas en San Fernando, donde era
dueño de una viña.
LOS TACOS

' N u e s t r o Intendente escritor com-


prendía la importancia del detalle pintoresco, que nunca descuida, lo
que lo ha hecho muchas veces conceptuar de ligero y de fantástico.
Así, por ejemplo, en detallado y curioso análisis de lo que solía for-
mar los tacos, nos explica cómo se provocaban los aniegos por rebal-
ses de las acequias. En uno de la calle Nueva de la Merced, se encon-
traron tres palos como de dos metros y dos de uno, dos carretonadasp
de paja de caballeriza, canastas, tablas, pasto, esteras viejas, palos de
leña, papeles, etc., que amontonados en la acequia la hacían rebalsar,
con todos los inconvenientes del caso. Así, se descubrió, en un alba-
ñal de acequia, la imagen de Jesús Nazareno que hoy día se venera
en un nicho de la calle de la Bandera detrás de la Catedral.
FIESTAS CIVICAS

E n t r e las fiestas cívicas del -pasa-


do, cuya evolución a lo largo de más de un siglo ha venido modifi-
cándolas de a poco hasta la fiesta actual oficial y popular, está la del
18 de septiembre, que recuerda la declaración de nuestra Indepen-
dencia.
Benjamín Vicuña Mackenna nos proporciona un programa de
aquellas festividades, tal como se celebraban durante su intendencia
en septiembre de 1872.
Al salir el sol, es la diana tocada por las bandas de los diferentes
cuerpos de Ejército. La ciudad se encuentra totalmente embanderada
hasta el 22 de septiembre. El 17 se hacen las salvas de ordenanza
a la salida y a la puesta del sol, desde la vieja batería del Fuerte Hidal-
go en el Cerro, y siguen cien disparos en roca viva .del cerro prepa-
rados con oportunidad. El Intendente ha querido inaugurar una
exposición, a la cual se ha convidado en el Salón de Honor de la
Universidad al honorable Cuerpo Diplomático, a la Municipalidad,
al directorio del Ferrocarril Urbano y a los más altos personajes
oficiales. A la una tres cuartos, suben dichas personas a un tren a
vapor que estaba estacionado delante de la Universidad, el cual
se detuvo frente a la casa particular de S. E, el Presidente de la Repú-
blica. Don Federico Errázuriz subió al carro que le estaba reservado,
acompañado de sus ministros y edecanes. El cortejo atravesó las
calles del Estado y de la Nevería para parar frente al local de la Ex-
posición. U n escuadrón de cazadores a caballo acompañaba sable
en mano el tren presidencial. Se toca el himno nacional a la llegada del
Presidente, mientras un batallón presenta las armas. Vicuña Mac-
v
kenna había querido que en esta circunstancia se oyese la canción
antigua, compuest$ por el músico chilzno Manuel Robles. Pronunció
un discurso don Manuel Antonio Matta, y el Intendente declaró
inaugurada la nueva línea ampliada del Ferrocarril Urbano. En se- .
guida un coro, compuesto de 700 cantantes, entonó el himno com-
puesto para las circunstancias por el maestro Bamfi, letra de don
Guillermo Matta: el "Apoteosis de la Patria".
.En la noche hubo función lírica en el Teatro de Variedades, e
iluminación general de la ciudad.
El paseo del cerro Santa Lucía, obra cumbre del Intendente,
quedó inaugurado el miércoles 18, y en la mañana del mismo día
los cadetes, la tropa de caballería y la Guardia Nacional abrieron
camino al Presidente, que iba oficialmente a oír la misa de Tedéum
en el templo metropolitano. Durante la ceremonia se disparaban
salvas por la batería Hidalgo. El jueves 19, gran parada en la Ala-
meda, iluminación y representación teatral en la Opera. El vieines
20, tradición que se ha seguido hasta ahora, hubo carreras oficiales,
la primera reservada a caballos chilenos, y la segunda a animales
reproductores montados por jinetes caballeros. E n la tarde, grandes
fuegos artificiales en el cerro Santa Lucía, y un simulacro militar
que concluyó con el incendio de un gran volcán en imitación del
Vesubio.
Evidentemente las fiestas que hemos descrito pertenecen a un
18 que podríamos llamar extraordinario, pero todavía en 1887 se
celebraba la-fiesta nacional con paseo de gigantones y de fantoches
por las calles, y las salvas de artillería se disparaban en la Plaza du-
rante el Tedéum, al cual asistían dentro de la iglesia los cadetes de la
Escuela Militar.
EXPOSICION DEL COLONIAJE

Incansable es el término que se


puede aplicar en todo momento' al Intendente. cuya obra a favor de
la ciudad no es comparable a la de otro alguno. En marzo de 1873
inauguró la Exposición del Coloniaje, por primera vez en Chile, don-
de todo lo anterior a la Independencia había sido siempre mirado en
menos.
El presidente de la comisión fué monseñor Juan Ignacio Víc-
tor Eyzaguirre; el vicepresidente, don José Manuel Guzmán; los VO-
cales, don Vicente Mira, don Maximiano Errázuriz, el presbítero don
Blas Cañas, don Horacio Pinto Agüero, don Ramón Subercaseaux,
Y varios otros.
Por primera vez se presentaron al público en dicha Exposición
las valiosas piezas de plata coloniales, las tapicerías que habían emi-
grado a las haciendas "para servir de mandiles o de aparejos", como 10
escribía don Benjamín Vicuña Mackenna. Por primera vez, no sin
cierto desorden,'se veía junto'todo aquel tesoro de los tiempos de
España: 10s retratos históricos cabe las imágenes talladas veneradas
en 10s templos desde siglos atrás, los carruajes de tiempos pretéritos.
la numismática y la genealogía representadas por sus colecciones de
monedas y sus libros de ejecutorias en pergamino.
A¡ retirarse, en 1875, don ~ e n j a m í nVicuña Mackenna de la
Intendencia de Santiago, dejaba una ciudad completamente transfor-
mada. y que en tan breve lapso había pasado de la infancia a la
pubertad. .
ULTIMOS AROS DE UN SIGLO
(1873-1900)

EL SILENCIO DE LAS CALLES

E 1880. a pesar de las grandes


casas modernas, reflejo de la riqueza de muchos, que han venido a
reemplazar las vastas pero sencillas casonas de rudas tejas, la ciudad
goza de perfecto silencio en las noches. Felices tiempos en que eso era
posible, y sólo se oía, como solíamos oírlo a principio de este siglo,
el grito del bollero, con su farol. y anteriormente a nosotros. el pre-
gón que traía frescura de campo del vendedor de pasto para los ca-
ballos de la calesa y del landó: iHierba! ".
"

Las notas piadosas y melódicas del -esquil6n de la Catedral


anunciaban la "hora de ánimas", y más frágil, como el suspiro de
un ánima en pena, la campana que a media noche se percibía, cuan-
do volvíamos de un baile o del teatro: la de las Capuchínas de
la calle de la Bandera que llamaba las religiosas a maitines.
N U E V O S PROGRESOS

S a n t i a g o se componía en 1882
de 12.441 casas, según una estadística, y esas casas albergaban una
población de 180.000 habitantes. Existían 1.107 carruajes particu-
lares: landós, cupés, milords, duques y victorias, breaks y calesas,
que rodaban por nuestras calles, a más de 572 coches de arriendo y
uso público; por fin, 45.000 personas utilizabhn al día el Ferrocarril
Urbano, que, atravesando algunas calles centrales, recorría la ciudad
desde la Universidad hasta el Mercado Central, y desde el mismo
punto hasta la estación del ferrocarril.
El año antedicho se inauguró el alumbrado eléctrico en el Por-
tal Fernández Concha, en el cual cada,baratillo tenía su hilo eléctrico,
según nos informa "El Ferrocarril". El Hotel Inglés, que a la1sazón
ocupaba el segundo piso del portal nombrado, fué el primero en ins-
talar la luz eléctrica en todos sus departamentos, y el 25 de enero de
1883 se hauguró el nuevo sistema de alumbrado,, con cinco lámpa-
-rasde "luz eléctrica de Edison", como anunciaba'el mismo periódico,
en la Peluquería Parisiense, de los señores León Houssais y M. Pa-
gani, situada en la misma galería, donde sigue existiendo, después de
más de sesenta años de buenos servicios al público. El sábado siguien-
te se inauguró en el almacén de Prá y Compañía, entonces en el
Pasaje Matte. Las demás tiendas y baratillos del portal habían ten-
dido hilos "conductores'del flúido" para mil luces. Lo mismo suce-
dió en el Portal Mac-Clure, vecino y rival del de ~érnándezConcha.
La ciudad principiaba a salir de sus tinieblas callejeras seculares.
CARRITOS URBANOS

L o s tranviai de tracción animal


que partían de la Alameda frente a la Universidad, y cuya línea
fué inaugurada en 1857, habían, como lo hemos visto, ensanchado
m red en 1872 por,las calles de.Ahumada y Estado e iban poco a
poco estableciendo líneas nuevas, que servían los barrios más aleja-
dos publados obreros.
Los populares "carritos urbanos" servidos por conductoras de
canotier de paja o de hule, según la estación, delantal blanco y bolsa
portamonedas para el dinero, iban tirados por parejas de caballos
flacos y sucios, peludos y sin fuerza. Cuando se "empacaban" y
rehusaban continuar su servicio, acudían los postillones montados
en caballos fornidos que "apegualados" arrastraban los carros calle
arr:ba hasta dejarlos en marcha. Como faltara el circulante, el Go-
bierno había autorizado la emisión de unas fichas de goma que circu-
laban como monedas: rojas de cinco centavos, y negras de dos
centavos y medio. El pueblo cantaba a propósito de estas fichas:

"1 Allá va, allá va!,


una ficha negra y otra colorá
y una conjíuctora
que no vale na,. . . 11

Había flirteos de conductoras, y se susurraba que las buenas


mozas duraban poco.
Don Santiago Ossa gestionó la electrificación de los carros, y
consiguió la concesión. Interesó a los capitalistas ingleses Parish Bros.,
y vino a Chile para la dirección de los trabajos de instalación un dis-
tinguido ingeniero español, de alta situación social: don Pedro Merry
del Val. Bajo diferentes nombres fué compañía inglesa, después
empresa alemana, para terminar en americana, y a su estado actual,
que la hace depender del Fisco. El primer tranvía eléctrico había co-
rrido en las calles de Santiago el 2 de septiembre dé 1900.
PASCUA EN LA ALAMEDA

E n sesenta años de vida, nuestra


ciudad se,ha modificado, tanto en sus costumbres cuanto en su edi-
ficación, de modo que n o pgrece estar de más recordar alguna de las
que han desaparecido con el color local que les era propio, dejando
tras sí una urbe sin carácter, igual a todas las grandes urbes del
mundo.
Muchos recordamos l o que era la Pascua, tal como se festejaba
en los días de Navidad, y en medio del sabor de la cosa criolla y po-
pular. Hará unos veinte años, un decreto la hizo desaparecer.
Copio casi textualmente lo que nos dicen los diarios del tiempo
de la Pascua en la Alámeda, por los años de 1880.
Desde la mañana se comenzaban en la bella avenida los apres-
tos para la Nochebuena, se levantaban carpas y se instalaban ventas .
de frutas, de flores y de refrescos. .
Entre las calles de los Baratillos,.es decir, de Manuel Rodríguez,
hasta Cienfuegos, se levantaban las fondas y las ventas de licores, y
ya se oían desde temprano los acordes de las arpas y de las guitarras,
n o faltando algún "minero de contrabando" ensayando una zama-
cueca.
Entre las calles de las Cenizas, hoy de San Martín, y de Moran-
dé, se veían dos largas filas de puestos de flores, de fruta, de "locitas
de las monjas", de canastillos de Panimávida y de dulces de la An-
tonina Tapia o de sus innumerables sobrinas.
Alrededor de la estatua ecuestre del general San Martín "sólo
se respiraba el perfume de las flores", y entre el bullicio del gentío
resonaban los gritos de los chiquillos vendiendo "claveles y albahacas
para las niñas retacas", como decían algunos, o "claveles y albahacas
con olor a Pascua" . . .
Y a numerosa en la tarde, la concurrencia crecía al llegar la no-
che, cuando la banda del 8 . O de Línea dejaba oír sus primeros acor-
des: la Fantasía sobre la ópera "Fausto", de Gounod, y el "Vals de
las Rosas", de gran moda, entonces. T o d a s las avenidas estaban in-
vadidas por compaita multitud.
E n el centro de la ciudad, pastelerías y restaurantes se veían
repletos de chicos y grandes, y era una verdadera procesión popular
la que invadía las calles del Estado y de Ahumada, de los Huérfanos
y los portales.
Pasadas las once, las familias se retiraban para asistir a la Misa
del Gallo, mientras en la Alameda continuaban las guitarras y la
cueca.
4 1
La Pascua, en los buenos tiempos", era la fiesta por excelencia
de los habitantes de Santiago, y se puede sin exageración decir lo mis-
m o en nuestra época, aunque haya cambiado de aspecto y perdido su
sabor criollo.
La prensa de hace sesenta años se queja de que se-vaya genera-
lizando la moda de las "étrennes", o regalos de Pascua, costumbre
nueva traída del extranjero. Se compran cofrecitos, objetos de arte,
costureros, juguetes. También nos dice que en las fiestas ha dismi-
nuído, sin lugar a dudas, la borrachera popular, ya que en la Pas-
cua de 1882 sólo ha habido 70 "influenciados por el alcohol", según
su fórmula elegante, y agrega: "número reducido si se atiende a la
kimensa clientela que invadía las carpas. La moralidad del pueblo
hace progresos incontestables".
L o s paseos de ~ a n t i a g ohasta fi-
nes del siglo XIX habían cambiado poco después de su incremento
por obra de don Benjamín Vicuña Mackenna. Mas, el Tajamar
había perdido su calidad de "promenade" de la alta clase, que ya
.lo frecuentaba poco. Sin embargo, se iba a comprar roscas al "Pan de
la Gente", cuyo recuerdo conservan aún muy vivo las personas de
edad..
~a panadería del Pan de la Gente, cuyo propietario era ufi don
Antonio Silva, estaba situada en una callejuela que Vicuña califica
de "romántico y estrecho sendero", la calle de Bueras. que quedaba
muy cerca del antiguo paseo.
*'El comercio santiaguino estaba aún poco desarrollado,%si lo
comparamos a lo que es hoy día, eh que las vidrieras de tiendas están
tan surtidas y acomodadas con veidadero arte, que son comparables
a las mejores de París.
CENSO COMERCIAL

S i n embargo, un censo le atribuía,


'
en aquel año fatídico de 1872, las siguientes tiendas que dan una
idea del comercio hace sesenta años: 4 de piano, 26 almacenes, 810
baratillos, 12 barberías, 12 barracas de maderas o de hierro, 56
carnicerías, otras tantas cigarrerías, '5 clubes, 10 confiterías y paste-
lerías, 13 corredores de comercio, 8 dentistas solamente, 29 cafés,
otras tantas boticas, 24 sastrerías y 7 librerías. Le asignaba también
42 médicos, 29 matronas, 15 1 abogados, 42 ingenieros, 18 profe-
sores de piano, 2 de baile, etc., y existían a más 3 empresas de
carruajes para viajes.
Las estadísticas tienen su elocuencia.. .
HOTELES Y PENSIONES

L o s hoteles de primer orden -


relativo- eran, en la misma fecha, 10; los cafés solían también
contar con algunas piezas para pasajeros. "Estos últimos -dice
Recaredo S, Tornero en su "Chile Ilustrado"- tienen una gran
superioridad sobre los anteriores, y es que el huésped puede introdu-
cir una mercadería que en los demás hoteles repudian: el licor."
Se hacía una distinción entre estos cafés: había los "aristocrá-
ticos" y los demás para los que se llamaban "pijes" y "chusma". 1
En 1870 se constituyó una gran compañía de accionistas, con
el fin de establecer un hotel de primera clase en el segundo piso del
Portal Fernández Concha con frente a la Plaza. Su capital era de
$ 100.000. Aquél fué el Hotel Santiago, el mejor de Sudamérica.
Los muebles habían sido pedidos a Europa, y eran, según se opinaba,
de una belleza y de un lujo extraordinarios, lo que permitía a algunos
compararlos con el "Hotel du Louvre", entonces el más afamado
de los hoteles parisienses. "Más que un hotel --escribía Tornero-,
parece un palacio regio."
- Los demás eran el Hotel Inglés, de vieja reputación, que se
había instalado en Huérfanos esquina de.5andera; el Hotel París. en
la calle de la Compañía; el Hotel Donnay, en la calle del Estado,
"la mejor situación de Santiago", decía "Chile 11;strado". con buen
servicio, comida francesa de primer orden, 60 departamentos para
familias, gran comedor de verano, su dueño era Monsieur C. Carré.
E n 1870, ya existía el Hotel Oddó, en Ahumada con entrada por el
Pasaje Toro, donde mismo subsiste hoy día; en la Estación de los
~errokarrilesestaba desde tiempo atrás el mal conceptuado Hotel del
.
Sur, en la Alameda, a una cuadra de la Estación.
En las "casas de pensión" que existían en las calles de Duarte,
Nueva-de-San-Diego y Vieja-de-San-Diego, en Lira y Gálvez, se
conseguían piezas con comida, lavado, servicio y "asistencia médica"
de $ 10.- a $ 30.- mensuales por persona.
En cuanto a cafés y restaurantes, l'os más reputados a más de
los recién establecidos por el Intendente en el cerro Santa Lucía y en
el Parque ~ousiño,$oco frecuentados en general, los santiaguinos
de entonces, amígos de la buena comida, disponían del Restaurante
Sanriago, regentado por Gage, en la calk de Huérfanos 34, frente a
la entrada del Pasaje Matte, donde se juntaba cada noche una juven-
tud muy alegre: el de R. Desiré, en el Portal Fernández Concha; los
dos Casinos, del portal y del Puente de Palo; por fin, el Restau-
rante La Bomba, en Ahumada frente al "Salón de Ostras", como
decían sus señas.
El Restaurante del Cerro gozaba de buenos salones para fami-
lias, gran sala de cristal para el verano, adornados con juegos de agua
y flores tropicales.' Era una sucursal del Hotel Donnay. Ahí se almor-
zaba y comía en "table d'hote" por un peso, y el boleto de comida
daba acceso al paseo y al Teatro Santa Lucía, el más elegante teatro
de verano de Sudamérica, según Tornero. En dicho teatro había
espectáculo diario de septiembre a marzo: zarzuelas, operetas y can-
ciones. El precio del sillón de orquesta era de $ 0.80.
U n Hotel Central existía también en 1888 en la esquina de
Merced con San Antonio: con coche en la Estación,. a la llegada de
10s trenes, el que estuvo de moda como punto de reunión de la sacie-
dad durante algún tiempo.
EL PUENTE DE PALO

E l Puente de Palo era paralelo al


de Cal y Canto, pero más modesto, estrecho, con la nota pintoresca
de su techo, que lo transformaba en un "puente cubierto", cqmo el
de Lucerna, y su casucha para el policial custodio. Había sido esta-
blecido sobre los restos del puente construído en 168 1, por el Go-
bernador don Juan de Manríquez. Una riada lo destruyó en 1877,
como también varios pequeños puentes o pasarelas de construcción
ligera que existían de ambos lados del majestuoso Cal y Canto. Exis-
te en la hermosa y única colección de pintura chilena en poder del
Hon. Lord Forres, en su residencia de Escocia, un interesante cuadro
debido al gran artista Charton que representa el paseo del Puente de
Palo por los años de 1850, más o menos, con su clientela de damas
de crinolina y chal de Ternaux, que acompañan caballeros de pa-
tillas inglesas y sombrero de copa. mientras atraviesan a vado unas
mulas y su arriero. Atrás aparece un pueblo de campo muy rústico,
y el campanario de la iglesia de .la Recoleta Franciscana formando
como un telón de fondo.
El Puente de Palo era, por esos años, el punto de reunión de los
paseantes; y aun io era por 1875, con su nuevo casino para conciertos
vocales e instrumentales, donde, decían, "podía satisfacerse el gasto
del más exigente gastrónomo, aun cuando pida la leche "al pie de la
vaca", lo que constituye 21 paseo de la mañana". El río caprichoso
debía llevarse poco después el puente y el techo, el casino y uno de
los puntos pintorescos de la ciudad del Mapocho.
LA MUERTE DEL P U E N T E

E l Puente de Cal y Canto estaba


llamado a desaparecer 11 años más tarde, en aciaga fecha, en toda
su solidez, a pesar de los años, y como lo escribía don Ramón Brice-
ño: "con la misma habría continuado a vivir dos'o tres siglos más,
si no se comete la inaudita y antipatriótica torpeza de ordenar a la
sordina que los trabajos preparatorios de la canalización del río
comiencen por minar con dinamita los solidísimos cimientos en que
tan monumental obra reposaba".
El sábado 1 1 de agosto de 1888, a las.5 y cuarto de la tarde,
las aguas terminaron la fatal destrucción empezada.dEl último en
atravesar el puente, poco antes que se desplomaran sus arcos defini-
tivamente, fué el cuerpo de un italiano que una carroza mortuoria
llevaba a su última morada. La población de Santiago entera, desde
- la orilla del río, miraba acongojada efectuarse la obra de destrucción
de1 mejor monumento que la adornaba. obra vituberable que se ha
atribuído al ingeniero de la canalización. con la anuencia por lo me-
nos tácita del Gobierno. La obra de canalización no exigía que
desapareciera el monumental puente del corregidor Zañartu, acto de
vandalismo inútil e incomprensible que quedará como un estigmz
para los que lo mandaron ejecutar.
LA GRATITUD NACIONAL

D e s p u é s de 'la terminación de la
guerra del Perú, se estableció en la Alameda de las Delicias, en el
mismo sit'io que había abandonado el pequeño convento mercedario
de San Miguel, fundado $n el siglo XVIII por el Presidente Ustáriz,
el Asilo de la Patria, destinado a la educación de los hijos de los ofi-
ciales que habían tomado parte en esa guerra, los cuales, uniformados
de azul, desfilaban en correcta formación en todas las ceremonias
patrióticas o religiosas, siempre muy aplaudidos por el público."En
1890, sin embargo, por falta de fondos, tuvo que ser clausurado
-jel pago de Chile siempre!. . . , ila ingratitud nacional!-- y
concedido poco después a los padres salesianos.
FIN DEL PALACIO DE LOS GOBERNADORES

E ntre las modificaciones impor-


tantes efectuadas en los últimos 20 años del siglo pasado, se cuenta
la transformación y se puede dpcir la demolición del Palacio de los
Gobernadores o de las Cajas, el cual presentaba, en su fachada mo-
desta pero casi elegante a la Plaza de Armas,-/una inscripción que
recordaba en verso que: "El edificio que ves - Palacio, Caja y Au-
diencia - es debido a la influencia - del señor don Juan Andrés
de Ustariz que de 'Chile es - Adlante y Gobernador - siendo de
esta obra motor - don Rodrigo de Valdovinos reelecto Corregidor
- desde los fines del año 1700 - hasta los fines del año 1714".
Se trataba de rejuvenecer una casona vieja de siglo y medio,
J
después de un incendio ocurrido poco tiempo antes. Era de envigado
de alerce y portón claveteado de bronce. Uno de .sus balcones, bauti-
zado "del Presidente Ustariz", fué entonces trasladado al cerro San-
ta ~ u c i a y, colgado como puente entre dos rocas.
Después.de haber servido para cobijar la Exposición del Colo-
niaje, propiciada por don Benjamín Vicuña, y de la cual ya hemos
dado cuenta. fué transformadolen 1882 el viejo edificio en oficina de
Correos y de Telégrafos y de local para la Sociedad Nacional de
Agricultura.
A nuestro juicio, aquel modesto palacio que había cobijado
bajo su envigado secular tantos Gobernadores de Chile hasta la Pre-
sidencia de don Manuel Bulnes. hubiera debido ser restaurado, pero
conservado a título de recuerdo de una era histórica de la vida del
país. E n él habían vivido, .entre otros Gobernadores: Ustariz, Caiio
de Aponte, Manso y Velasco, Amat y Junient, Guill y Gonzaga, Jáu-
regui, don Ambrosio y don Bernardo O'Higgins, hasta Mariano
Osorio y Francisco Casimiro Marcó del Pont, sin hablar de tanto
prócer de las Juntas de Gobierno y de la Presidencia de Chile repu-
blicano. Ahí doña María Luisa Esterripa, esposa del Gobernador don
Luis Muñoz de Guzmán, el cual regentó a Chile de 1802 a 1808, y
recordada por muchos años como el tipo acabado de la gran señora
de distinción, daba sus saraos, que fueron, se puede decir, comp las
primeras manifestaciones femeninas y de refinada cultura que se ha-
yan'celebrado en nuestro país. Antes que ,ella, doña Juana Micheo,
.doña Mercedes Riesco y Ciudad, esposas de los-Gobernadores Reza-
bal y Gabriel de Avilés, y doña Rafaela de Vera Muxica y Pintado,
esposa del Gobernador don Joaquín del Pino, Virrey de Río de la
Plata después de haber sido Gobernador de Chile, y 'ella conocida
por muchos años en Buenos Aires y en Luján como "la Virreina Vie-
ja", y más tarde doña Manuela Warnes, esposa del Presidente Prieto,
.llevaron una vida tranquila y sin mayor realce.
Tantos recue,rdos serían suficientes al parecer para que se hu-
biese respetado la vieja mansión ruinosa, pero por aquellos años no
(existía aquel respeto por las piedras tan elocuentes en su silencio, y
que es propio de las naliones más civilizadas, como ya se ha visto
con la destrucción despiadada del Puente de Cal y Canto.
CALLES DE AYER; CAMBIOS DE HOY

L a misma f alt i de respeto se reco-


noce en el cambio de tantos nombres de calles que hubieran debido
ser mantenidos por pintorescos y también por las páginas de historia
que evocaban.
Así desaparecieron las calles de Aguadores, de Bretón, el Calle-
jón del Traro, la calle del Colegio Agustino, de Duarte, de Mesías,
de las Claras, del Peumo, del Chirimoyo, de las Cenizas, del Sauce
y de la Nevería, la Chimba y la Cañadilla, así como el Galán de la
BurrayYa anteriormente se habían esfumado las calles de la Espeje-
ría, del Peligro, del Pilón, del Barrial, de los Trapitos, de los Afanes,
del Portugués y de las Animas. en todo caso9 más originales que los
muy insulsos,que ostentan en la actualidad. En las viejas ciudades
de Europa, como también en Lima, constituyen estas pint'orescas
designaciones uno de los atractivos del turista.
. Otros lugares saturados de recuerdos han tenido por la fuerza
de los acontecimientos que trasladarse a edificios nuevos de barrios
más apartados del mundanal ruido, en terrenos de inferior valor, co-
mo ser todos los monasterios de monjas,Jque desde siglos atrás ocu-
paban grandes extensiones en el barrio central.
Los conventos masculinos, al contrario, se han mantenido hasta
la fecha en su sitio de origen, mas, en vista del aumento considerable
del valor de la tierra, han tenido que,deshacerse de parte del suelo
que tradicionalmente ocupaban; así, Santo Domingo, que conjerva,
sin embargo, la propiedad de la casi totalidad de una manzana; San
Agustin, el cual se ha deshecho de las casas de renta para quedarse,
con 13 iglesia, el convento y los patbs del, colegio; la Merced, por
su lado, haciendo el sacrificio de la mitad de su territorio tradicional,
se h a reservada la parte Norte, que f u i partida por mitad al' trazarse
la calle Nueva de la Merced, hoy de Miraflores.
Hemos conocido al convento de San Francisco con sus cuatro
claustros y huertos que abrigaban al modesto rancho que en el siglo
X V I I habitara el venerable siervo de Dios Fray Pedro de Bardesi,
cuya causa de beatificación se sigue en la Corte de Roma, y con las
palmeras seculares erguidas de su claustro mayor. Actualmente sólo
conserva, fuera de la iglesia conventual y parroquial, a la vez, el gran
claustro que rodean galerías de sólidos arcos de medio punto y que
adornan curiosas telas de la vida de San Francisco, pintadas en el
siglo XVII.
Una sola palmera, varias veces secular, sobrevive de aquel pe-
queño grupo de "jubea excelsa chilensis", que se ha dicho anterior
a la conquista española.
Las calles llamadas de París y Londres ocupan desde el año
1923 el resto del terreno que a n t e fuera de la capilla de la Soledad,
de la curiosa portería cuya imagen se ha conservado en un dibujo
del pintor Valenzuela Llanos, propiedad de otro gran artista chileno,
don Rafael Correa, donde otrora se levantaran el claustro llamado
de San Diego y los demás edificios conventuales junto con aquella
interesante sala de aspecto muy colonial del viejo refectorio que se
remontaba a los orígenes del convento, adornado su techo de labradas
vigas y de dos órdenes de canes sobrepuestos y tallados en la misma
forma que los que admiramos en la iglesia. sala que en todo caso hu-
biera debido ser conservada.
A ~ r o ~ ó s ide
t oSan Francisco, es de recordar que la casa y ermita
de Nuestra Señora del Socorro les habían sido donadas a los Herma-
nos Menores de la Orden de San Francisco "para su casa y monaste-
río", y que "se digan misas en memoria y por el alma del señor
Gobernador don Pedro de Valdivia, difunto, que f u i el primer fun-
dador y patrón de la dicha ermita" y "con condición que la imagen
de Nuestra Señora (del Socorro) que está agora arriba del altar
mayor de la dicha ermita, siempre haya de estar y esté adonde al pre-
.sente está", como-se lee en el Libro Becerro del Cabildo de Santiago
en el acta correspondiente a la sesión del 17 de marzo de 1554.
Es de notar que las dos condiciones impuestas se respetan aún
en el viejo convento que después de cerca de 400 años siguen habi-
tando los frailes Menores.
E n el curso del siglo XIX, y por obra de Fermín Vivaceta, la
iglesia, el monumento más antiguo de la capital, sufrió varias mo-
/
dificaciones que no-nos atreveríamos en declarar como mejoras. El
techo, considerado como vetusto, fué, encima del presbiterio, cam-
biado y reemplazado por una techumbre llana que fué decorada
por el pintor Mocchi, el que representó en ella la "Vida de San Fran-
cisco". El altar mayor fué "modernizado", es decir, afeado según el
gusto de los buenos padres de entonces, poco conocedores por cierto
en la materia, pero que hubieran debido ser más respetuosos de la
tradición secular. Las cariátides que lo decoraban desde el siglo XVII
fueron sacadas y reemplazadas por ángeles con los atributos de la
Pasión del mejor estilo del barrio San' Sulpicio, obra del escultor
Zubicueta. Columnas corintias con estatuas y un sagrario giratorio
vinieron a reemplazar el venerable'altar contemporáneo de los oríge-
nes. Ya se había roto el techo del' presbiterio para facilitar la entrada
de la luz y colocar una claraboya en forma de pequeña cúpula que
costó la vida a cierta cantidad de canes tallados de tres órdenes so-
brepuestos, como aun los presenta el techo de la nabe central del
templo. Así fué corriendo el tiempo: Santiago perdía una tras otra
las galas del pasado.
EN C U A R E N T A AROS

E n cuarenta años de residencia en


esta ciudad que hemos aprendido a amar más, conociendo las páginas
de su ya larga historia, hemos asistido a esa transformación, cuya
última etapa, que estamos presenciando, parece ier la definitiva.
Ya Santiago no es la buena capital provinciana y apacible como
la encontramos en 1903, con poco movimiento por las calles, con
soledad y silencio completo en la noche que sólo rompía, como ya se
ha dicho, a media noche la campana de maitines de las Capuchinas y
el pito del paco de punto. A veces, en la media oscuridad de las
calles solitarias, una silueta se deslizaba, sin otro ruido que su grito
famoso y melancólico, el canto del tortillero: " iDe rescoldo tostadita,
tortilla buena!". . .
Al amanecer se oía la entrada triunfal de los rebaños de pavos
que traían al mercado por la calle de San Antonio. A medio día, por
las cuadras del centro era la procesión, casi monástica, de las señoras
y niñas de vuelta de lalmisa diaria envueltas en el manto nacional,
que embellecía a las que lo llevaban; los señores de “tolero", cuello
alto y corbata plastrón; el roto de ojota y manta roja, doblada en el
hombro: POCOS coches de trompa o americanos o algún pomposo
landó de alguna "fa-milia bien", los carros de tracción animal, el
paseo del parque; el pavimento deplorable con fallas que se trans-
formaban a la primera lluvia en verdaderos lagunajos. T a l era San-
, tiago hace ya cuarenta años. Y, sin embargo, así y con todo, la vida
era amable y mejor para todos que la de hoy día. Parece que el mismo
clima fuese entonces más templado, y que las flores olían mejor.
Sin duda, nuestros nietos dirán lo mismo del, tiempo actual como
Talleyrand, demoledor de un régimen del cual, añorando sus encantos
medio siglo más tarde, declaraba que "el que no había vivido antes de
1789, ignoraba la dulzura del vivir".
SE VAN LAS CASAS GRANDES

A l mismo tiempo que desapare-


cían al correr del tiempo muchas costumbres, por el empobrecimiento
de las familias de viejo cuño que en ellas vivían, las grandes casas de
una época de bienestar venían a menos, como en París los hoteles
suntuosos del siglo XVII del barrio del Marais entregados al comercio
o a la picota demoledora.
En estos últimos años, hemos visto desvanecerse la quinta
Meiggs, ya bien disminuída, despresada y rematada pieza por pieza,
y la gran casa-quinta de Concha Cazotte, en la Alameda también,
con sus cúpulas doradas de estilo oriental. t
Hemos asistido a la demolición del palacio de Urmeneta y a la
venta al detalle de sus puertas de caoba maciza y de todo su material
de construcción contemporáneo de una época en que no se escatima-
ban los gastos para que la edificación fuese perfecta y duradera, lo
que hizo subir los gastos de edificación a más de 500.000 pesos, suma
considerable para la época.
Hemos visto desaparecer la casa de balcón corrido que había
sido de los Sotomayor y Elzo, en la Cañada esquina de San Antonio,
como también la de balcón corrido y de gran abolengo de la calle de
las Monjitas, que perteneció antaño a doña Mercedes Marín Reca-
barren de del Solar, y la pintoresca posada de Santo Domingo, con su
altillo de esquina, donde llegaban las berlinas que hacían el viaje de
Puerto a Capital y de Capital a Puerto.
Las casonas una por una y sin ruido se han ido o se van, sin
que llamen la atención sino una vez que se han ido.
2DESAPARECERA LA CASA COLORADA?

Q u e d a la gran Casa Colorada que


fué de don Mateo de T o r o y de los Condes de la. Conquista. donde
hemos visto no hace tantos años sus herederos de estiipe y de título
llevar noble. generosa y amplia vida de señoríd.!Está hoy día conde-
nada a desaparecer a corto plazo con su orgulloso mojinete, sus
rejas, su balcpnería, sus faroles de hierro anticuados; su maciza puer-
ta de calle por la cual pasaron las calesas de antaño y la carreta entol- .
dada que llevaba a paso de buey, con camas. alfombras. petacas' y gui-
tarra, la familia a la gran hacienda de la Compañía, que medía más
de diez mil cuadras cuadradas. U n rascacielos de diez pisos reempla-
~

zará pronto la imagen amiga y tradicional, que se irá donde todo se


va: el hombre, las flores, las casas y todo ...
L'A CUADRA DE LOS MAYORAZGOS

E n la misma calle de la Merced


esquina de San Antonio, donde trazamos estas líneas. en la cuadra
de los mayorazgos de antaño: los de T o r o , de Ruiz Tagle. de Valdés
y de Prado, la gran casa de piedra de otro mayorazgo, el de Alcalde
Conde de Quinta Alegre, obra de Toesca, hermana menor de la Mo-
neda, se desvaneció hará unos 45 años para ser reemplazada por la
casa de estilo palaciego y renacentista que edificara ahí Monsieur
Emile Doybre, antiguo arquitecto del castillo de Pau, para la familia
de Alcalde y Lecaros, que la abandonó poco después.
Como ya se ha dicho en estas páginas, la casa de don Melchor
de Sa-ntiago Concha, obra de Brunet-Debaines, existe aún en Huér-
fanos esquina de San Antonio. Con todo su aspecto de gran mansión
aristocrática, tal como se ven en la rue de Varenne o la rue de Gre-
nelle en el barrio noble de París, con su inmensa portada, se ha demo-
cratizado y es hoy la sede de una cooperativa de nuevo cuño.
Como ya se dijo, la casa del Presidente don M a n u ~ Bulnes,
l con
su carácter de seria distinción y la columnata del peristilo exterior,
cobija por su parte un lifeo de niñas; la de don Salvador Izquierdo,
inmensa bajo su gran frontón triangular, y las tan numerosas de la
calle de Huérfanos, que eran de señorío, como las de las Monjitas en
el siglo que pasó, han tenido que seguir la suerte general y pasar a
ser presa de las grandes admistraciones o de las cajas de carácter so-
cial establecidas en estos últimos años. Testigos de una época de
prosperidad en que la vida podía desarrollarse don la amplitud de los
tiempos pretéritos, con habitaciones vastísimas, con cocheras y ca-
ballerizas en su parte posterior, han sido enajenadas por la dificultad
de la numerosa domesticidad y considerables gastos que exigía su
mantenimiento.
Providencia y Quinta ~ o r m á l sin
. hablar de Las Condes. que ya
se va soldando al conglomerado santiaguino, cuya formación hemos
tratado de presentar en forma breve a nuestros lectores en su I~istoria
de siglo en siglo, continúa siendo, a más de ciudad que goza de todas
las exigencias de la capital moderna, a pesar de muchas deficiencias
que todavía quedan por solucionarse, la ciudad amena, de agradable
y sano clima, que hemos visto apreciada y alabada por todos, con-
quistadores y visitantes, y que amamos como a la capital de la patria.
INDICE
DE OBRAS CONSULTADAS

S 1 G L O Actas del Cabildo de Santiago.- Cartas de don 'Pedro


XVI de Valdivia al Rey.- Inca Garcilaso de la Vega: Co-
mentarios Reales de los 1ncas.- Alonso González de
Nájera: Desengaño y Reparo de la Guerra de Chile.- Francisco
Pineda y Bascuñán: El Cautiverio Feliz.- Proceso de Pedro de Val-
divia (Anales de la Universidad) .- Tomás Thayer Ojeda: San-
tiago en el Siglo XV1.- Apuntes para la Historia Económica y
Social.- Crescente Errázuriz: Santiago a los Doce Años de su Fun-
dación.- Leyes de Indias.- Padre Diego de Rosales: Historia Gene-
ral del Reyno de Chile.- Diego Barros Arana: Historia General de
Chile.- Domingo Amunátegui Solar: Las Encomiendas de Indíge-
nas de Chile.- Miguel Luis Amunátegui: El Cabildo de Santiago.
-Ramón Briseño: Repertorio de Antigüedades de Chile.- J. T.
Medina: Documentos Inéditos.-- J. Alemparte: El Cabildo de San-
tiago.- Fernando Márquez de la Plata: El Traje en Chile en los
Siglos XVI, XVII y XVII1.- Eduardo Solar Correa: Las Tres
Colonias.- Documentos Históricos del Arzobispado de Santiago
(E. Lizana) .- Archivo de Escribanos.- Etc.

S 1 G L O A más de obras ya citadas:


X V I I Pedro de Oña: Arauco Domado.- Padre Alonso de
Ovalle: Histórica Relación del Reyno de Chile.- Luis
Tribaldos de Toledo: Vista General de las Guerras de C h i l e . Pedro
Mariño de Lovera: Crónicas del Reyno de Chile.- Sínodos del
Arzobispado de Santiago.- Benjamín Vicuña Mackenna: Historia
de Santiago.- Id.: La Quintra1a.- Miguel Luis Amunátegui:
El Tcrremoto de Mayo de 1647.- Domingo Amunátegui Solar:
Mayorazgos y Títulos de Castil1a.- Francisco A. Encina: Historia
de Chile.- Juan Luis Espejo: Nobiliario del Reyno de Chile.-
Padre Poiicarpo Gazulla: Los Mercedarios en Chile.- Archivo de
la Real Audiencia.

S 1 G L O Fuera de las obras ya citadas:


Louis Frézier: Voyage i la Mer du Sud.- Alonso de
XVIII
Córdoba . y Figueroa : Historia de Chile.- Abate Mo-
lina: Compendio de la ~ i s t o r i ade Chile.- Felipe Gómez de Vi-
daurre: Historia de Chile.- George Vancouver: Voyages de
Découverte dans le Pacifique.- Pérez García: Historia del Reyno
de Chile.- Benjqmín Vicuña Mackenna: La Cañada de Santia-
go.- John Byron : Relato.- Thadaeus Peregrinus Haenc ke : Des-
cripción del Reyno de Chile.- Zolezzi: Historia del salario indí-
gena durante la Colonia en Chile.- Jorge Juan y Antonio de Ulloa:
Reiación histórica del viaje a la América meridional hecho de orden
de S. M.- Carvallo Goyeneche: Documentos de Archivo.- Etc.

S 1 G L O Fuera de las obras anteriormente citadas: Los viajeros:


XIX Schmidtmeyer, Samuel Haigh, Gabriel Lafond de
Lucy, John Myers, William Ruschemberger, Alexan-
der Caldcleugh, Mary Graham; etc.- Ernesto Greve: Historia de
la Ingeniería en Chile.- Monseñor Criscente Errázuriz: Páginas
Escogidas.- Memorias.- Virgilro Figueroa: Diccionario Histórico
y Biográfico.- J. Zapiola: Memorias de Treinta Años,- Colección
de Historiadores y Documentos Relasionados de la Independencia.-
Sady Zañartu: Calles Viejas.- Almanaques Antiguos.- Three
Years in Chile (by a lady) .- Roberto Hernández: Chañarcil10.-
J, A. Rosales: El Puente de Calicanto.- La Cañadilla de Santi2-
go.- L. Blanco: Vida y obrasedel arquitecto don Fermín Vivaceta.
-L. E. Soto: El Turf en Chile.- Ismael Valdés Valdés: El Cuerpo
de Bomberos de Santiago.- Colección completa del "Zig-ZagW.-
César Valdés: Recuerdos de Otros Tiempos.- B. Vicuña Mackenna:
Miscelánea.- La Exposición del Coloniaje.- Páginas Olvidadas.-
. El Barrio de los Presidentes.- Los Hogares y las Calles de santiaio.
-Un Año en la Intendencia de Santiago.- La Transformación de
Santiago.- Daniel Riquelme: El Incendio de la Compañía.- Vicen-
te Grez: La Vida Santiaguina.- Pérez Rosales: Recuerdos del Pasa-
do.- Mariano Casanova: Historia del Templo de la Compañía.-
Libut. J. M. Gilliss: The U. S. Naval Expedition to the Southern
Hemisphere.- R. S. Tornero: Chile Ilustrado.- Ricardo Lat-
cham: Estampas del Nuevo Extremo.- Boletín de Leyes.- Diarios
de la época.- Documentos de archivo.- Revista de la Sociedad
Chilena de Historia y Geografía.- Boletín de la Academia Chilena
de la Historia.- Boletín de las ordenanzas y disposiciones de poli-
cía. (1860).- Guía General de Santiago. 1888.- Diarios anti-
guos.- Etc.
LA PLAZA DE ARMAS
LAS FOTOGRAF~AS QUE ILUSTRAN ESTA
~ C O N O C R A F ~PROVIENEN
A DE LA COLECCI~N
DEL AUTOR.
LA PWZADE A ~ A EN
S LOS PRIMEROS .&OS DEL SIGLO xxx.
(De un grabado.)
LA ANTIGUA CASADE m B I E R N O Y IEL DE LAS CAJAS.1861). (F0t.)
PALACIO

326
(En e2 edificio de las Cajas se ve la bandera que anunciaba la llegada de
un vapor al Puerto.) (Fot.

EL CABILDO Y C ~ C E PUBLICA.
L
(Casa Cmsistoriall 1880. (Fot.)
329
COSTADO
PO- DE,LA -A.
(Enel fondo la Iglesia de la Compñta.) (Fo~t.) -
LAPLAZA DE ARMAS Y LA CATEDRAL,EL DÍADE LOS FUNERALES DEL GENERAL DON
JUAN VIDAURRELEAL,ASESINADO El$ VALPARAfS0, SEPTIEMBRE DE 1859. ( F 0 t . J
--

&os TRES EDIFICIOS TRADICIONALES DE LA PLAZA: CASA DE GOBIERNO ANTIGUA,


PALACIO DE LAS CAJASY MUNICIPALIDAD TRANSFORMADA, 1880. (F0t.I
EL PORTAL BELLA(hoy Fernández Concha), 1860. IFot.)
DE SIERRA
EL MONUMENl'O CENTRAL DE LA PLAZA DE ARMAS, 1860. (F0t.I
EL PORTAL
TAGLE
O MACCLURE, ESQUINA DE LA PLAZA Y DE LA CALLEDE LA W R C E D ,
1865. (Fot.)

334
(en el sitio de I B antigua C m de Gobierno), 1890.
EL C O R RCENTRAL
~ (k)
B
LA CATEDRAL
CATEDRAL
SIN TORRES, 1865. (F0t.I
LA CATEDRAL
Y LA TORRE DEL SAGRARIO, CON LOS ESTRIBOS EXTERIORES, 1875. (Fo~.)
INTERIOR DE LA CATEDRAL,
CON S U TECHO ARTESONADO Y VIGAS LABRADAS, ANTES DE
LAS TRANSFORMACIONES, 1880. ( F O t . )
EL ALTAR MAYOR DE LA CATEDRAL,
ANTES DE LAS TRANSFORMACIONES, 1880, ( F o ~ . )

347
PE~OCESI~N
DE C O R P U S CHRISTIEN LA PLAZA
DE ARMAS, 1895. (Fot.) -

LA DE LA, IGLESIA DEL SAGRARIO,


CARROZA DEL ~ A N T Í S I M O 1910. (F0t.I

348
TUMULO
FUNERARIO DEL REY CARLOS111 DE ESPANA,E N LA CATEDRALDE SANTIAGO.
Obra de J: Toesca, 1789. (Archivo d e Indias.)
C
EL CERRO
SANTIAGO
VISTO DESDE EL CASTILLOHIDALGO DEL CERROSANTA
LUCIA, 1820.
Pintura d e C. Wood.

354
Y DE SAN ISIDBO, N M A D A DESDE EL CERRO.
A 10s pies del C m o se ven l a iglesia y los claustros del Monasterio del
Carmen Alto, 1860. (Fot.)
ALAE~EDA
Y EL CERROSANTALUCÍA, AL INICULRSE LA TRANSFORMACI~N DEL
CERRO, 1872. (Fotd

EL CERROSANTA
L U C EN
~ PLENA TRANSFORMACI~N, 1872, ( F o ~ . )

356
EL CERROSANTA L U C VLSTO
~ DESDE LOS TECHOS LA CALLE DE LAS MONJITAS
Y TORSE DEL CONVENTO DE LA MERCED,1872. ( F o ~ . )
LA ALAMEDA DE LAS DELICIAS VISTA DESDE EZ CERRO, 1875. (Fo~.)
Abajo se extienden! e¿ Cuartel de Artülería y Ea iglesia, patios, tejas del
monasterio de las Claras.
EL INTENDENTE DE SANTIAGO, DON B E N J ~VICURA
~ N MACKENNA, Y EL GRUPO DE
SUS CC)LABORADORES EN LA OBRA DE TRANSFORMACI~N DEL CERROSANTALuc~A,
1872. (E'ot.1
D
LA ALAMEDA
U C & ~ AY EL CERRO.Dibujo de J . Parroissien, 1824.
L* IGLESIA FRANCISCO
DE S A N Y EL OBELISCO DE LA PRIMERA JUNTADE GCIBIERNO,
18 DE SEPTIEMBRE DE 1859. (Fo~.)
Se dfst;ngue a la derecha el campanario de la capilla de la Soledad, fun-
duda por la viuüu de D. Pedro de VaZdivia.
LA IGLEsiA DE SANDIEGO,EN LA ALAMEDA,
ESQ-A DE LA CALLE NVEVA
DE SAN
DIEGO(HOY ARTURO PRAT) , 1862. (FOL.)

LA PILA DE NEPTUNOEN LA ALAMEDADE LAS DELICIAS,1859. (F0t.l


LA ~ ~ L E S =DE SANLAZAR~,ESQUINA DE LA CALLE DE LAS CENIZAS(HOY SAN
MART*), p~rnaER PLAN, LOS BALCONES DE LA CASA DE MEIGGS.

369
U ALAMEDA. (Pintura de J. Mocchf.) 1880.
EL TAJAMAR
EL TAJA- Y LA P I R A ~ ECONMEMORATIVA DE SV CONSTRUCCI~N, 1@0.
(Cuadro de don Carlos Wood.1

m PASEO DEL TAJAIYULR,


1820.
(Dibujo de P. Schmldtmeyer.)
EL MURO D a TAJAMAR DE% R ~ O-CITO, 192Pi.
FREN"i'E AL SENXNARIO. CONCILIAR,
(Hoy dia Avenida l?rovidencia junto a2 Parque.)
(Foto del autor.)
F
EL PUENTE
EL PUENTE DE CAL Y CANTO Y EL TAJAMAR fCUadr0 de C. W O O ~ )1825.
,

EL PWNTE DE CAL Y C m (cuadro de J . Charton), 1850. (Colecctdn del


Hon. Lord Forres. Escocia.)

381
PUENTE DE CAL Y 011110 I El LECHO DEL bbWOCHOa 1860. (Foto)

382
LECHERO FRENTE A U N A GAKiTA DEL PUENTEDE CALY CANTO,1875. ( F o ~de
. la
colección de don Rafael Correa.)

DESTRUCCI~NDEL DE CAL Y CANTO(de una acuarela, 11 de agosto


PUENTE
1888.)

384
EL PUENTE DE PALO
INTERIOR
DEL PUENTE
DE PALO,1870. (F0t.I

388
EL LECHO DEL . M ~ O C H O Y LAS PASARELAS DEL R ~ O , 1875. (Fo~.)

UNA DE LAS PASARELAS DEL MAPOCHO, FRENTE A LA CALLE DE LA NEVEI~A


(HOY
DEL "21 DE M A Y O " ) , 1880. íFot.1 (Cblección R. Correa.)

389
CARRETA
ENQUINCHADA FRENTE AL PUENTEDE CAL Y CANTO,1880.
(Colección R. Correa.)
CARRETAS VERDULERAS FRENTE A LA PLAZA
DE ABASTOS, 1880.
SAN FRANCISCO DE LA ALAMEDA*
IGLESIA Y CONVENTO MÁXIMODE S A N FRANCISCO DE LA ALAMEDA Y CAPILLA DE
FUNDADA POR D o R ~ MARINAORTIZ DE GAETE,VIUDA DE DON PEDRO
LA .SOLEDAD.
DE VALDIVIA;FUNDADOR DE LA CIUDAD, 1860. i F o t . )
LA POR TER^ DEL CONVENTODE SAN FRANCISCO, EN 1880
(Acuarela de A. Valenzuela Puelma. Psopiedrzd üe D. Rafael C m e a . )

396
INTERIOR DE LA IGLESIA DE SANFRANCISCO.
(Fo~.)
~ h i : \ t i DE
~ ~ LA VIRGENDEL SOCORRO.
(FOL.)
Fué traída por don Pedro de Valdivia, atada a una argolla de su montura
de guerra, y se encuentra en el altar de San Francisco desde el siglo XVI.
C,OROALTO DE LA IGLESIA DE SAN FRANCISCO.
(Fo~.)

39!
FRAILE
FRANCISCANO CONVOCANDO A ' LOS FIELES POR MEDIO DE LA MATRACA DESDE
(dibujo de Foradori).
EL BALCON EXTERIOR DE 'LA W R R E DE S A N FRANCISCO
GRANCLAUSTRO DEL CONVENTO
DE SANFRANCISCO, 1860. (Fo~.)
1S
S&
e
4 u
wvi
GALERÍA SURDEL CLAUSTRO
MAYOR DE SANFRANCISCO.
ESTAM)ACTUAL. (FG.1

GALER~A
DEL CLAUSTRO
DE S A N FRANCISCO, ANTES DE LAS RESTAURACIONES,
1860. (Fa.)

406
LA CELDA DE DIOS FRAY
DEL VEN. SIERVO F ~ RBARDESI
O (1641-1700).
Destruida en las modificaciones del Convento en 1921.

DEMOLICIONES
EN EL CONVENTO
DE SAN FRANCISCO,
1921.
(Fot, del autor.)

407
RUINAS DEL CLAUSTRO L L A M A * "DE SAN DIEGO" (HOY CALLES DE PARb
Y DE L O N D ~ S )(Foto
. del autor, 1921.)
PORTADA
DE LA IGLESIA DE SANFRANCISCQ. ESTADOACTUAL. fColeccfón "Tu-
rismo".)

409
U N BARRIO NUEVO EN LOS TERRENOS DE LA ANTIGUA HUERTA Y SEGUNDO CLAUSTRO
DEL CONVENTO DE SANFRANCISCO. LA CALLE DE LONDRES Y LA CALLE DE PARIS.
/Colección "TurismoJ'.l
LA TORRE DE LA IGLESIA DE S A N FRANCISLY), DESDE LA ESQUIPJA DE LA CALLE DE
SANANTONIO. (F0t.J
CONVENTOS
IMAGEN DE LA VIRGEN DE LA CABEZA,SOBRE EL ALTAR DE LA RECOLETA
FRANCIS-
CANA DESDE EL SIGLO XVII. (Fo~.)
CLAUSTROY J A R D ~INTERIOR DEL D E LA RECOLETA
CONVENTO i?RANCIScANA.
1910. (F0t.j
ALTARóIIAYOR DE LA IGLESiA DEL CONVENTO DE LA MERCED(BAS~LICA MENOR).
La imagen de Nuest~aSeñora de la Merced, en su hornacina, es contern-
poranea d e la fundación del Convento. (Fot.)
EL CRISTO DONADO POR FELIPE 11. VENERADO ANTES DE 1860 E N LA CAPILLADE
@ALCUERO, CALLE DE HUÉRFANOS ESQUINA DE CLARAS (HOY E N S U CAPILLA DE LA
BASÍLICA DE LA MERCED).
LA IGLESIA DEL CONVENTO DE SANAGUST~N Y LA CASA QUE &-DE LA QVINTRAW,
E N EL SIGLO XVII, ESQUINA DE ESTADO CON AGUSTINAS,1860. (Fo~.)

420
u AGONÍA (O SEÑOR DE MAYO) EN
CAPIUA DEL SEÑOR DE LA TEMPLO
, DE SAN AGUST~N.(Escultura del siglo XVZZ.) (pat.)

42 1
LA PROCESI~N
DEL B f i O R DE LA AGONÍA ( O DEL SEWOR DE M A Y O ) , QUE SE CELEBRA
CADA ARO POR VOTO DE LA CIUDAD Y EN RECUERDO DEL TERRENOTO DEL 13 DE MAYO
DE 1647.
ABSIDE,.Y CONTRAFUERTES DEL TEMPLO DE SANTO
DOMINGO DESTRUIDOS EN 1928.
(Fot.)
NAVECENTRAL DE LA IGLESIA DE SANTO
DOMXXGO. (F0t.I

CLAUSTRO Y J A R D ~INTERIOR DEL COIUVENTO DE D0MXN00. (Fo~.)

424
PATIOINTERIOR DEL MONASTERIO DE LAS MONJAS CAPUCHINAS (CALLE DE LA BAN-
DERA ESQUINA DE R O S A S ) . TRASLADADOA O'IñO SITIO E N 1914. (Fo*~.)
TERESA, EN LA HUERTA DEL CONYBNT0 DE^ CARMENALTO.
ERMITADE SANTA (Foto Zig-Zag.)
n PARRÓN EN LA HUERTA DEL CARMENALTO.
Vista tomada por el autor en visperas de la demolición del monasterio, para
dar lugar a calles nuevq. (Octubre de 1942.)

IGLESIAY MONASTERIO DEL CARMEN ALTO, 1872. ( F o ~ . )


En el fondo el molino de Stuven, que en el siglo XVZ había sido de Araya,
y el Cerro en curso de transformación, 1872. (Fot.1

428
DEL MONASTERIO
PLANO DEL CARMEN BAJO,FUNDADO EN 1767 POR EL CORREGIDOR
U . Archivo de Indias.)
D O N LUIS DE Z ~ ~ A R T (Del

429
REFECTORIO
DE LAS MWJAS DOMINICAS
DEL MONASTERIO DE SANTA ROSA, 1935.
Demolido con el convento, trasladado a otro sitio.( F o t o Zig-Zag.)
LA COMPARIA
IGLESIADE LA COMPA~T~A(SAN MIGUEL).DIBUJO DE J. M. RUGENDAS, 1839.
Representa el templo antes de su primer incendio en 1841.

435
COSTADODE L A IGLESiA DE LA C-m, 1860. (F0t.I
Por la calle de su nombre, con la muralla y la portería del antiguo con-
vento, don& sesionó el Congreso Nacional.

436
l. INCENDIO DE LA IGUSIA DE LA COMPAÑIA,8 DE DICIEMBRE DE 1863.
oto retocada con pintura que Ze agregó motivos y personajes en el prime7
plan.)

437
R U I N A S DEL TEMPLO DE LA COMPAÑ~A, DESPUÉS DEL SINIESTRO DEL 8 DE DICIEMBRE
DE 1863. (Fot.)
MON~MENTOWN4(IEMORATIVO P-WO DEL INCENDIO DE LA COMP&ÍA, POR
EL FAMOSO ESCULTOR FRANCÉS CARRIER-BELLEUZE, 1870. (Fot.)
En el fondo, la murdh del edificio del Museo y el del Congreso Nacional.

439
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PARROQUIAS Y TEMPLOS
IGLESIA DE SANPABLO(ANTIGUO NOVICIADO
J E S ~ A ) ,1.810. (~ot.)
{No existe')
IGLESF PARROQUIAL D E SANTA ANA, ANTES DE S U RESTAU~ACI~N. (Fo~.)

444
IGLESIA
DEL COLEGIO AGUSTINO.ALAMEDA~ S Q u l l p A DS C O ~ G I OHOY
, &MIRANTE
BIUIOSO. EL COUGIO Y LA IGLESIA NO m-, 1875. (Fo~.)
CAPILLA
DE LA VERA-CRUZ Y SOLAR QUE UNA LEYENDA SIN FUNDAMENTO ATRIBU~A
1860. (F0t.I
COMO PALACIO DE DON PEDRO DE VALDIVIA,
L
LA M O N E D -A
ENTRADA DEL PALACIO DE GOBIERNO, 1940. .
En el centro del patio se distingue la histórica pila de la Plaza de Armas,
eiecutada en el siglo XVZZ y trasladada a este sitio en 1927. fcolección
"Turismo".)

455
LAS CALLES, LOS MONUMENTOS,

PALACIOS Y C.ASAS
CALLEDE SANTO
DOMINGO.
Dibujo de Mary Graham, 1820.
Y AHUMADA), 1895. (F0t.i
CALLE DE LOS HUÉRFANOS (ENTRE ESTADO
CALLEDE LAS ANIMASO DE SANCARLOS(PARTE DE LA CALLE ACTUAL DE ALONSO
ENTRE SANTA
OVALLE, ROSAY SAN DIEGO NUEVO(ARTURO PRAT) , 1860.)
(Foto de M , Bainville.)

464
CASA,ESQUINA DE BANDERA Y: DE LA CALLE DE LOS HUÉRFANOS, 1880. (Fo~.)

PLAZUELA DEL TEATRO,1865. (F0t.I


En el fondo, la calle de las Agustinas y el Cerro, antes de su kansformacidn.
PLAZUELA
DEL TEATRO, LA CALLE DE LAS AGUSTINAS'
Y EL CERRO,DESPUÉS DE
TRANSFORMADO, 1875. ( F o ~ . )

EL TEATRO MUNICIPAL EN 1iN5. (F0t.I


DE SANCARLOS,1890. (Fo~.)
GALER~A
(No existe.)
PORTADA
INTF,RlOR DEL DE SANJUANDE DIOS,DEL
HOSPITAL SIGLO XVIlI. (F0t.)

469
CASACOLORADA,
CALLE DE LA MERCED,
DE LOS CONDESDE LA CONQUISTA.( F o ~ . )
(Antes de su transformacici?~.)
CASA DE ~ Á N C H E Z FONTECILLA, CALLE DE LAS AGUSTINAS.Porlada.
Era reputada como el más interesante exponen$e de estilo colonial e n
Santiago (demolida), 1870. (Fot.)
LA POSADA DE SANTO DOMINGO(demolida en 19311.
(Foto del autor.)
DÍAZGANAY SUS JARDINES, 1875. (Fot.)
PALACIO
(Demolido.)
CASADE DORA MERCEDES MARÍNDE DEL SOLAR (DESPUES: DE VALERO).
ERR~ZURIZ
CALLEDE LAS MQNJITAS. (F0t.l
(Demolida.)

CASASANTIGUAS EN LA C A U E DE LAS (HOY ES&@BALDA),


RAMADAS 1920.
(Foto del autor.) (Derno2idas.l

477
CASAANTIGUA, DE ESQUINA, CALLE DE SANANTOTVIO ESQUINA DE LAS RAMADAS
(ESMERALDA), 1920. (Fot. del autor.)

EL ANTIGUO SEMINARIO
AZUL. CATEDRAL
ESQUINA DE LA CALLE DEL PEUMO
(HOY DE AMUNÁTEGUI). (DemoUda en 1923.)

478
i A CASA DE REJAS DE LA CAN'CHADE ALL LOS. PUU BELLO. ,
(Recientemente destruida.)
CARRITOS URBANOS Y FERROC.ARRIL
o
TIPOS CALLEJEROS Y COSTUMBRES

SANTIAGUINAS '
EL LACHO EN LA P L A Z A DE ARMAS (dibujo de J . M. Rugendas), 1834.

492
GRUPODE HERMANDAD
PENITENTES, CUCURUCHOS CE LA DEL SANTOSEPULCRO
EN
SEMANA 1860. (Foto de M. Bainviile.)
SANTA,

495
CUCURUCHO, "PACO",Y "I%)LDADOS ROMANOS", DBSPUÉS DE LA PROCESIÓN DEL
VIERNESSANTO, 1860. (Foto de M. Bainville.)

496
ZAPADORESDEL EJÉRCITOC a E N O , 1859. (Foto de M. Bainville.)

497
(Estatuita, obra escultórica de Ea señora Laura Mounier de
EL WTO:
Sarfdakis.) (Foto Zig-Zag,) 1900.-

498
EL DEMANDERO DE (cuadro de Caro), 1867.
SANTO DOMINGO

500
LA COBRADORA URBANO(dibujo d e Thulstrup), 1889.
DE CARRITO

501
EL L ' P ~EN ~EL PASEO
~ ~ DE~ LA~ PLAZA
" DE ARMAS (dibujo de Thulstrupl, 1889.

502
UNA YANANAEN LOS PORTALES
(dibujo de Thulstrup), 1889.
RECUERDOS DE VIDA SOCIAL
UN MATRIMONIO PRWCZPESCO. DON ~ O R E N C I OBLANCO GANA
Y SU .ESPOSA, LA
PRINCESA OLGA TROUBETZKOY, ,1865.

510
Los ÚLTIMOS TESTIGOS DEL SANTIAGO
DE ANTAÑO.
La Única palmera secular de nuestras calles (calle Santo Domingo) des-
aparece, destruida en 1942. (Foto del autor.)
LISTA
DE LAS F O T O G R A F I A S , ILUSTRACIONES
Y DEMAS DOCUMENTOS

EN EL TEXTO

Don Pedro de Valdivia, fundador de la ciudad de Santiago, . . VI11


Primera hoja del Libro Becerro del Cabildo de Santiago . . 16

Libro Becerro . . 17
Plano de Santiago a principios dd siglo XVII, d,el padre Alonso 04valle. 62

El Gobernador de Chile (1646-1649) don ~Martinde Muxica y Buitrón. 92

Plano de Santiago, por FrBzier, 1712 . . 110

Plano d.e Santiago de 1793 . . . 145

Plano de Santiago be 1831 . * . 161

Plano de la ciudad de 53antiag.O levantado por .el seiior Herbage (1841). 241
A/ 'LA PLAZA DE ARMAS'

La Plaza de Armas en los primeros afi6.s del siglo XIX .


La Plaza de Armas, 1836 .
La Plaza de Armas y la, Pila, 1850. (Fot.) .
La antigua Casa de Gsbierno el Palacio de las Cajas, 1860. (Fot.)
La.Plaza de Armas. Dibujo de Mauricio Rugendas, 1834 .
Plano del palacio de los Presidentes y de 'la Real Audiencia (Casa
de Gobierno y Palacio de las Cajas) en el siglo XVIII. (Ar-
chivo ~ h t ~ r i cNacional.)
o ,
La Plaza de Armas en 1850. (En el edificio de las Cajas se ve la ban-
dera que anunciaba la llegada de un ,vapor al Puerto.) (Fot.)
El Cabildo y Cárcel Publica (Casa Consistorial), 1860. (Fot.) .
La Plaza de Armas, esquina d'e la calle de la Compafíia, 1855. (Fot)
A la d,erecha se ven las torres de l a Iglesia de la Campafiía .
Costado
,
poni,ente
.
d i la plaza. (En el fondo, la iglesia de la Compa-
fíía.) (Fbt.) .
La Plaza de Armas y la Catedral, el dia de los funerales del general
don Juan Vidaurre Leal, asesinado en Valparaíso, septiembre
de 1859. (Fot.) . . .
Los tres edificios fradicionales de la Plaza: Casa de Gobieriio anti-
gua, Palacio de las Cajas y Municipalidiad transformada, 1880.
(F0t.) .
[ 514 1
PAG.

El Portal de Sierra Bella (hoy Fernández Concha), 1860. (Fot.) .


El-Portal de Sierra Bella, 1860. (Fot.) .
El monumento central de la Plaza de Armas, 1860. (Fot.) .
El Portal M~acClureo Ruiz Tagle, y el Cerro de Santa Lucfa, 1865.
(Fot.) .
El Portal Tagle o MacClure, esquina de la Plaza y de la calle de la
Merced, 1865. (Fot.) .
La Plaza en 1870. (Fot.) . . . .
La Plaza de Armas en 1880. (Fot.) .
La Plaza, la Catedral y la esquina de la calle de la Catedral, 1880.
(Fot.) . . .
Los coches de trompa en la soledad de la Plaza de Ármas, 1880. (Fot.)
El Correo Central (en ,el sitio de la antigua Casa de Gobierno); 1890.
(Fot.) .
La Plaza de Armas y el nuevo Portal Fernández Concha (Hotel In-
glés), 1880. (Fot.) .
La Plaza de Armas y sus nuevos jardines, 1895. (Fot.) .
El Portal Fernández Concha transformado y sus nuevos edificios,
1940. (Fot.) .

B/ .LA CATEDRAL

La Catedral sin torres, 1865. (Fot.) .


La Catedral y la torre del Sagrario, con los estribos exteriores, 1875.1
(Fot.) .
La Catedral y el nuevo Palacio Arzobispal, 1870. (Fot.) .
La entrada a misa en la iglesia Catemdral, 1890. (Fot. Heffer.) .
Interior de la Catedral con su becho artesonado y vigas labradas,
antes de la6 tr,ansformacicnes, 1880. (Fot.) .
El altar mayor de la Catedral, antes de las transformaciones, 1880.
(Fot.) .
Procesión de Corpus ' ~ h r i s t ien la Plaza de Armas, 1895. (Fot.) '.
La carroza del Santisimo de la iglesia'del Sagrario, 1910. (Fot.) .
[ 515 1
PAG.

Túmulo funerario del Rey Carlos 111 de España, en la Catedral de


Santiago. Obra de J. Toesca, 1789. (Archivo de Indias.) 349

C/ EL CERRO

E3 Cerro Santa Lucia, visto desde los huertos del lado Sur de L Ala-'
meda. Dibujo de J. M. Gilliss, 1850 .
La cumbre del Cerro Santa Lucfa antes de su transformación,
1859. (Fot.) Vista tomada desde los techos de la calle de la
Merced .
Santiago visto desde el Castillo Hidalgo ,del Cerro Santa Lucía, 1820.
Pintura de C. Wood .
Plataforma de la Batería Marcó, en el Cerro Santa ~ ú c i a ,y vista
de Santiago hacia el Sur, 1860. (Fot.) .
Vista a vuelo de pajar0 del barrio comprendido 'entre las calles del
Carmen y de San Isidro, tomada desde el Cerro. A los pies del
Cerro se ven la iglesia y los claustros del Monasterio del
Carmen Alto, 1860. (Fot.) .
/

La Alameda y el Cerro Santa Lucía, al iniciarse la transformación


del Cerro, 1872. ()t. .
El Cerro Santa Lu'cía en plena transformación, 1872. (Fot.) .
El Cerro Santa Lucía visto desde los techos de la calle de las Mon-
jitas, y torre del Convento de la Merced, 1872. (Fot.) .
La calle del Carmen y el Cerro Santa Lucía, 1872. (Fot.) .
La Alameda de las D'elicias vista desde el Cerro, 1875. (Fot.) Abajo
se extienden el Cuartel de Artilleria y la iglesia, patios y
teja3 del Monasterio de las Claras .
La cer.emonia de inauguración del Cerro Santa Lucia transformado,
1873. (Fot.) .
El Intendente de Santiago, don Benjamín Vicuña Mackenna, y el
grupo de sus colaboradores en la obra de transformación del
Cerro Santa Lucfa, 1872. (Fot.) .
Vista panorámica de Santiago, tomada desde el Observatorio del
Cerro de Santa Lucia (Según dibujos y fotografias de J. M.
Gilliss.) , 1850..(Se compone de 9 vistas parciales.)

El Convento de las Claras de la Antigua Fundación, en la Alameda,


y el Cerro. En el fondo se ve la iglesia del Carmen Alto, 1860.
(FQt.) . . ..
El Cerro y el Monasterio de las Claras, en la Alameda, 1875. (Fot.)
La Cafiada y el Cerro. Dibujo de J. Parrolssien, 1824. (Fot.) .
La lame da y el Ovalo, 1862. (Fot.) .
La iglesia de San Francisco y el Obelisco de la Primera Junta de
Gobierno, 18 de septiembre de 1859. (Fot.) Se distingue a la
derecha 'el campanario de la capilla de la Soledad, fundada
por la viuda de D. Pedro de Valdivia .
La Alameda en 1859. (Fot.) A la izquierda se ve la torre del con-
vento de San Diego. .
La iglesia de San Diego, en la Alameda, esquina de la calle Nueva
de San Diego (hoy Arturo Prat), 1862. (Fot.) .
La Pila de Neptuno, en la Alameda de las Delicias, 1859. (Fot.) .
Las alamos en la Alameda y el monumento al General San Martin,
1870. (Fot.) .
\
La iglesia de San LBzaro, esquina de la calle de las Cenizas (hoy San
Martin) . En el primer plan, los balcones de la casa de Meiggs
El Paseo de la Alameda (Oleo de J. Charton), 1850. Colección del
Hon. Lord Forres, Escocia .
La Cañada (Oleo de J. Cbarton), 1850. Dle una colección particu-
lar .
La Alameda (Pintura de J. Mocchi), 1880 .
La Pascua en la Alameda, 1880. (Fot.) .
En la Alameda. En espera de la procesión del Santo Sepulcro, 1857.
(Foto de M. Bainville.).
1 517 1
E/ EL TAJAMAR

PAG.

El Tajamar y la Pirámide conmemorativa de su construcci6n, 1820.


(Cuadro de don Carlos Wood.) . . . 377
El Paseo del Tajamar, 1820. (Dibujo de P. ~chmihtmeyer.) . . 377
El. muro del Tajamar del río Mapocho, frente al Seminario Conci-
liar, 1920. (Hoy Avenida Providencia y Parque del mismo nom-
bre.) (Fot. d d autor.) . . 378

F/ EL P U E N T E

El Puente de Cal y Canto y el Tajamar (Cuadro de C. Wood), 1825 381


El Puente de Cal y Canto (Cuadro de J. Charton), 1850. (Colecci6n
del Hon. Lord Forres, Escocia.) . , 381
.
El Puente de Cal y Canto y el lecho del Mapocho, 1860. (Fot.) . 382
El Puente de Cal y Canto (Fot. Le Blanc), 1880 . . 383
Lechero frente a una garita del Puente de Cal y Canto, 1875. (Fot.
de la colección de don Rafael Correa.) . . 384
La destrucción del Puente de Cal y' Canto (de una acuarela), agos-
to, 1888 . . 384

G / EL PUENTE DE PAaLO

El Paseo del Puente 'de Palo (Cuadro de J. Charton), 1850. (Colec-


ción del Hon. L&d Forres, Escocia.) . . .. . 387
'El Puente de Palo, 1870. (Fot.) . . 387
Interior del Puente de Palo, 1870. (Fot.) . . 388
El lecho del Mapocho y las pasarelas del rio, 1875. (Fot.) .' . 389
,Una de las pasarelas dsel Mapocho, frente a la calle de la Neveria
(hoy del "21 de Mayo"), 1880. (Fot.) (Colección R. Correa) . 389
C 518 1
PAG.

Carreta enquin'cbada,frente al Puente de Cal y Canto, 1880. ( C o k -


ción R. Correa.) . . 390
Carretas y coches en el lecho del Mapocho, 1880. (Fot.) . . 390
La Plaza de Abastos, 1880. (Fot.) . . 391
Las carretas verduleras frente a la Plaza de Abastos, 1880 . . 391
El barrio de la Recoleta, vkto desde el Cerro Blanco, 1890. (E7ot.) . 392

H/ S A N FRANCISCO DE L A ALAMEDA

Iglesia y Convento Máximo de San Francisco de la Alameda y ca-


pilla de la Soledad, fundada por doÍía Marina Ortiz de Gaete,
viuda de don Pedro de Valdivia, fundador de la ciudad, 1860.
(F0t.) . . 395
La Porterfa del Convento de San Francisco en 1880. (Acuarela de
A. Valenzuela Puelma. Propiedad de D. Rafael Correa.) . . 396
Interior de la iglesia de San Francisco. (Fot.) . . , 397
Imagen de la Virgen del Socorro. (Fot.) Fue traida por don Pedro
de Valdivia, atada a una argolla de su montura de guerra, y .
se encuentra en el altar de San Frapcisco, desde el siglo XVI 398
Coro alto de la iglesia de San Francisco. (Fot.) . . . 399
Sil!eria de nogal del coro Alto de la iglesia de San Francisco, del
siglo XVII. (Fot.) . . 400
Puerta de la Sacristia de San Francisco, tallada en 1618. (Fot. Le
Blanc.) . . 401
Fraile franciscano convocando a los fieles por medio de la matraca,
desde el balcdn exterior de la torre de San Francisco. (Dibujo
.
de Foradori.) . 402
Gran claustro del Convento de San F'rrcncisco, 1860. (Fot.) . . 403
El Nacimiento de San Francisco de Asís. (Uno de los cuadros de la
vida de San Francisco, de la Escuela Quiteña, del siglo XVII,
en el Claustro Mayor de San Francisco.) . . 404
Galería s i r del Claustro Mayor de San Francisco, antes de su res-
PAG.

El refectorio de Comunidad en el Convento de San Francisco. Des-


truido en las modificaciones del Convento, 1921 . . 405
Galeria del Claustro Mayor de San Francisco, antes de las restau-
I

raciones. . 406
Galeria Sur del Claustro Mayor de San Francisco. Estado actual
(Colección "Turismo") 1860. (Fot.) . . 406
La celda del Ven. Siervo de Di*, fray Pedro Bardesis (1641-1700).
Destruida e n las modificaciones del Convento en 1921 . . 407
Demoliciones en el Convento de San Francisco, 1921. (Fot. del
autor.) . . 407
Ruinas del claustro llamado "de San Diego" (hoy calle de París y
de Londres). (Foto del autor, 1921.) . . 408
Portada de la iglesia de San Francisco. Estado actual. (Colección
"Turismo".) . . 409
La torre de la iglesia de San Francisco, desde la esquina de la calle
de San Antonio. (Fot.) . . 411
Un barrio nuevo en los terrenos de la antigua huerta y segundo
claustro del Convento de San Francisco (la calle de Londres
y la calle 'de París). (Colerción "Turismo".) . . 410

I/ CONVENTOS

Iglesia y plazuela d,e la Recoleta F'ranciscana, 1872. (Fot.) Al cen-


tro la pila antigua, de bronce, colocada en d siglo XVII en
la Plaza de Armas, y trasladada ahi eh 1840. (Fot.) . . 415
Claustro y jardín interior del Convento de ,la Recoleta Francisca-
na, 1910. (Fot.) .
.
. ! .
: .,&' .,
L p . . 417
Imagen de la Virgen de la Cabeza, sobre el altar de la Recoleta
Franciscana desde el siglo XVII. (Fot.) ., . 416
Altar Mayor de la iglesia del Convento de la Merced (Basílica Me-
nor). La Xmagen. de Nuestra Sefiara de la M,erced, en su hor-
nacina, es contemporánea de la fundación ,del Convento.
(Fot.) . . 418
El Cristo donado por Felipe Ii. Venerado antes de 1860 en la Ca-
pilla de Salguero, calle de Huerfanas esquina de Claras (hoy
en su capilla de la Basilica de la Merced) .. .
La iglesia del Convento de San ~ g u s t i ny la casa que fue de La
Quintrala en el siglo XVII, esquina de Estado con Agusti-
nas, 1860. (Fot.) .
La capilla del Señor de la Agonía (o ~ e f i o rde Mayo), en el templo
de San Agustin. (Escultura del siglo XVII.) (Fot.) .
La procesión del Señor de la Agonía (o del Señor de Mayo), que se
celebra cada año por voto de la ciudad y en recuerdo del te-
rremoto del 13 de mayo de 1647 .
Abside y contrafuertes del templo de Santo 'Domingo (destruidas
en 1928). (Fot.) .
Nave central de la iglesia de Santo Domingo. (Fot.) .
Segundo claustro y jardin interior del Convento de Santo Domin-
go. (Fot.) .
Ka cena de las santos patriarcas Francisco y Domingo. (Cuadro de
5 m. x 3 m.) De la Escuela Americana, pintado en Santiago
por Felipe, de las Reyes, en 1612. Anteriormente en el Re-
fectorio del Convento de. Santo Domingo. (Propiedad del
autor.) .
Patio interior !de1 Monasterio de las monjas Capuchinas (calle de
la Bandera esquina de Rosas). Trasladado a otro sitio en
1914. (Fot.) .
Iglesia y M~n~asterio del Carmen Alto (Alameda esquina de Car-
men), 1872 .
Ermita 'de Santa 'i'eresa, en la huerta del Convento del Carmen
Alto. (Fbt. Zig-Zag.) .
El parrón en la huerta del Carmen Mto. Vista tomada por el autor
en víspera de la demolici6n del monasterio, para dar lugar a
calles nuevas. (Octubre, 1942.) .
Iglesia y monasterio dei Carmen Alto, 1872. (Fot.) En el fondo el
molino de Stuven, qu,e en el siglo XVI había sido de Araya; y
el Cerro en curso de transformaci6n, 1872. (Fot.) . . .
1 sai I
Plano del Monasterio del Carmen Bajo, fundado en 1767 por el
Corregidor don Luis de Zañartu. (Del Archivo de 1ndiG.) . 429
Patio de entrada del Carmen de San Rafael, o Carmen Bajo. (Fot.
Zig-Zag.) . .. . 430
Refectorio de las monjas Dominicas del monasterio de Santa Rosa,
1935. (Fot. Zig-Zag.) Demolido con el Convento, trasladado a
otro sitio. . . 431
,

J LA COMPARIA

Iglesia de la Compafiia (San MigueE). Dibujo de J. M. Rugendas,


1839. Representa el templo antes de su primer inwndio,
en 1841. . .. 435
Costado de la iglesia de la,Cmpañfa, 1860. (Fot.) Por la calle de

donde sesionó el Congreso Nacional .


.
su nombre, con la muralla y la porteria del antiguo convento,
. 436
El incendio de la iglesia de la ~ompaiiia,8 de diciembre de 1863.
Foto retocada con pintura que le agregó motivos y personajes
en el primer plmo.) . . . . . . 437
Ruinas del templo de la Compafiia, despues del siniestro del 8 de di-
, ciembre de lg63. (Fot.) . . 438
Restos de la iglesia de la Compañia, despues del siniestro, 1863.
(Fot.) . . 438
Monumento conmemorativo p~imitivodel incendio de la Compañia,
por el famosa escultor franck Carrier-Bcelleuze, 1870. (Fot.)
En el fondo la muralla del edificio del Museo y el del Congre-
so Nacional . . 439
Plazuela de la Compafiia, con el mirnumento primitivo, obra de Ca-
rrier-Belleuze, y el Congreso Nacional en construcción, 1875.
(Fot.) . . 440
K/ PARROQUIAS Y TEMPLOS
PAG.

Iglesia de San Pablo (Antiguo Novi,ciado Jesuita), 1870. (Fot.) (No


existe.) . . 443
Iglesia parroquia1 de Santa Ana, antes de su restauración. (Fot.) 444
Iglesia del Colegio Agustino. Alameda esquina de Colegio (hoy Al-
mirante Barroso). El Colegio y la iglesia no existen, 1875. (Fot.) 445
Capilla ,de la V ~ r aCruz y solar que una leyenda sin fundamento ,

atribula como palacio a don Pedro de Val,divia, 1860. (Fot.) . 446 -


El valbe del Mapocho y la capilla de la Vera Cruz, 1864. (Fot.) (Vista
tomada ,desde el Cerro de San,ta Lu,cfa.) .
\
. 447

L/ LA MONEDA

Palacio de La Monedá. En el fondo se distingue el campanario del


monasterio de las monjas Agustinas (Dibujo de J. Pa-
missien), 1824 . . 451
La plaza y el P~alaciode La Moneda (Cuadro de J. Charton), 1850 452
E1 palacio' y)la Plaza de La Moneda, 1880. (Fot.) . . 453
Costado del Palacbo de La Moneda, por la calle de Morande, 1880.
(Fot.) . . . 454
Entrada del Palacio de Gobierno, 1940. En el centro del patio se dis- ,

tingue la histórica Pila de la Plaza de Armas, ejecutada en el


siglo XVII y trasladada a este sitio en 1927. (Colección "Tu-
rismo".) . . 455

M/ LAS CALLES, LOS M O N U M E N T O S ,


PALACIOS Y CASAS

Calle de la Compañia, esquina de La Plaza de Armas, 1875. (Fot.) . 459


La calle de la Merced, 1880. (Fot.) En la esquina de la calle de San
Antonio se distingue la casa de la familia de Alcalde, Condes
de Quinta Alegre, edificada por Toesca . . 459
[ 523 '1
PAG.

Ca.lle de Ahumada, 1890. (Fot.) . 460


Las Tribunales Viejos (antigua Aduana). Obra de Toesca, 1880 . 460
Calle de Bretón (hoy de Ganta Lucía), 1875. (Fot.) . 461
Calle de Santo Domingo. Dibujo de Mary Graham, 1820. . 462
Calle de lcs Huerfanos (entre Estado y Ahumada), 1895. (Fot.) . 463
Calle del Dieciocho, 1872. (Fot.) . . , . 464
Calle de las nim mas o de San Carlos (parte de la acalle actual de
Alonso Ovalle), entre Santa Rosa y San Diego Nuevo (Arturo
P r a t ) , 1860. (Fot. de M. Bainville.) * .
Casa, esquina de Bandera y de l a calle de los Huerfanos, 1880. (Fot.)
Plazuela del Teatro, 1865. (Fot.) En el fondo la calle de 1.w Agus-
tinas y el Cerro, !antes de s u transformacidn .
Plazuela del Teatro, la calle de las Agustinas y el Cerro, después de
transformado, 1875. (Fot.) .
El Teatro Municipal en 1875. (Fot.) .
Galería de S a n Carlos, 1890. (Fot.) (No exwe.) .
Biblioteca Nacional (Antiguo Consulado), 1895. (Fot.) (Demolido) .
Portada interior del Hospital d e S a n Juan de Dios, del siglo XVIII.
S

(Fot.) . -
Casa Colorada, calle de la Merced, de los Condes de l a Conquista.
(Fot.) (Antes de su transformación.) .
Casa d e SQnchez Fontecilla, calle d e las ~ g u s t i n a s Portada.
. Era
reputada como 'el más interesante exponente de estilo colonial
de Santiago (Demolida), 1870 (Fot.) .
La posada de oSanto Domingo. (Demolida en 1931.) (Foto del autor.)
Casa del Corregidor Zafiartu, frente a l Puente de Cal y Canto. (Fot.)
(Demolida en 1926.) .
Palacio Diaz Gana, después de Concha y Toro Cazotte, en la Ala-
meda, 1875. (Demolido) (Fot.) .
Palacio Diaz Gana y sus jardines, 1875. (Fot.) (Demolido) .
Palacio Urmeneta, calle de *lasMonjitas, 1875. (Fot.) (Demolido) .
Casa de la Alhambra, calle de la Compafíia, 1875. (Fot.) .
Quinta Meiggs, en la Alanieda, 1875. (Fot.) (Demolida en 1941.) .
[, 524 1
PAO.

Casa de los Velasco, calle de Santo Domingo, esquina de Claras.


(Foto antes de su transformación.) .
Casa de doAa Mercedes Marin de del Solar (despues de Errázuriz
Valero) . Calle de las Monjitas. (Fot.) (Demolida) .
Casas antiguas en la calle de las Ramadas (hoy Esmeralda), 1920.
(Foto del autor.) (Demolidas) .
Casa antigua de esquina, calle de San Antonio esquina de las Ra-
madas (Esmeralda), 1920. (Foto del autor.) .
El antiguo Seminario Azul. Catedral esquina de la Calle del Peumo
(hoy de Amunákgui). (Demolido en 1923.) .
Casa de pilar de esquina, en Recoleta esquina de Andres Bello. (Fot.)
La casa de rejas de la Cancha de Gallos. Plaza Bello. (Reciente-
mente destruida.) .
Una tienda aristocrática santiaguina, en 1855. (Documento de la
epoca.) .

N/ CARRITOS URBANOS Y FERROCARRIL

La estación de los Ferrocarriles, 1856. (Fot.) . . 483


La inauguración de la primera linea de carros urbanos (o carros de
sangre), de la Universidad a la Estación del Ferrocarril, 10
de junio, 1857. (Fot.) . . 484
La locomotora "Varas", 1859. (Fot.) . . 485
Grupo de los mecánicos americanos que iniciaron el servicio del fe-
rrocarril de Santiago al Sur, con sus aspasas, 1857. (Fot.) . 4d6
' E3 Hotel dei Sur, en la Estación Central de los Ferrocarriles, 1859.

(Fot.) . . 487

O/ TIPOS CALLEJEROS Y COSTUMBRES


SANTIAGUINAS

El vendedor de estampas (Dibujo de J. M. Rugendas), 1838 . . 491


El lacho en la Plaza de Armas (Dibujo de J. M. Rugendas), 1834 : 492
i 525 1
PAG.

Paseo a los baños de Colina (Dibujo de Lehnert, según J. M. Ru-


gendas), 1834 .
El Cucurucho (Pintura de M. A. Caro), 1867 .
Grupo de penitentes, cucuruchos de la Hermandad del Santo Sr-
pul.cro, en Semana Santa, 1880. (Fot. de M. Bainville.) .
Cucurucho, "paco" y ''~o~dados romanos", despues de la Procesión
del Viernes Santo, 1860. (Fot. de M. Bainville.) .
Zapadores del Ejército chileno, 1859. (Fot. de M. Bainville.) .
El manta. (Estatuita, obra escult6rica d-e la señora Laura Maunier
de Saridakis.) (Fot. Zig-Zag.) 1900 .
El manto en. 1904. La gruta de Lourdes. (Fot.) .
El demandadero de Santo Domingo. (Cuadro de Caro.) 1867. .
La cobradora de carrito urbano ((Dibujo de Thulstrup), 1889 .
El "pololeo" en el paseo de la Plaza de Armas (Dibujo de Thuls-
trup), 188'9 .
Una mañana en los Portales (Dibujo de Thulstrup), 1889 .
El vegedor de "mote e mei", 1885. (Fot.) .
La tienda de "ollitas" gopula~esde greda, en la Pascua de la hla-
meda, 1910. (Fot.) .
P/ RECUERDOS DE VIDA SOC1,AL

Un matrimonio principesco. Don Florencio Blanco Gana y su espo-


s a la Princesa Olga Troubetzkoy, 1865. . . . 510
Una familia patricia en 1860. (Fat.) (En homenaje a don Beenjamin
Vicuña Mackenna.) . . 510
Grupo de la familia d e don Pedro FAlix Vicuña: su esposa, hijos,
hijas, yernos y nueras. Entre ellos el gran Intendente de
Santiago, don Benjamín Vicuña Mackenna y su esposa. (X) 509
Un acontecimi,ento social en Santiago, 1887. Don Carlos de Borbon,
pretendiente a la Corona de España, en visita a la ~ a c i e n d a
Santa Rita, con su séquito y amigos. (Fot.) . . 511
Los últimos testigos del Santiago de antaño. La iuiica palmera
secular de nuestras calles (Santo Domingo) desaparece des-
truida en 1942. (Foto del autor.) . . 512
[ 526 1
INDICE DE PARTES

1.-Santiago en el siglo X V I .

11.-El siglo XVII


111.-E1 siglo XVIII .

1V.-E1 siglo X1X


Impresiones de un astrónomo (185.0)
, E l progreso urbano (1850-1 880) .
La transformación (1 872) .

Ultimos años de un siglo ( 1873-1900)


Indice de obras consultadas .

lconograf ia .
INDICE
DE C A P I T U L O S Y S U B T I T U L O S

PRIMERA PARTE-SANTIAGO EN EL SIGLO XVI


PAG.

La llegada .
La fundación
La traza .
El villorrio .
Las casas . . '24
La ermita y los molinos .
La Cañada .
Manda el Cabildo .
La' Iglesia y las iglesias . *

Santiago en 1571 .
Las calles .
Las plazuelas'
Quintas y viñas .
Plano regulador y progreso edilicio .
El amo
Nuevamente los templos .
El flagelo del Mapocho
Los pobladores
Lujos y elegancias .
Galas y recepciones .

Del clima y del cielo


L o que va de ay'er a hoy .
U n país de cocaña .
De los bosques y huertos .
Los habitantes
Santiago en 16 10 .
Roma de Indias . .
PAO.

Más tebaidas . . 82
Procesiones por esas cálles . . 85
De la virtud, del recato y de la caridad . 87
Una casa santiaguina 'en el siglo XVII ' . . 89
La ruina de una cibdad . . 91
El Señor de la Agonía . . 94
El derrumbe . 96
Se vuelve a la vida . . 97
Diez años después . . 99
Del buen gobierno de ~ e n r í ~ u e k . . 101
Fines de siglo , . 104
6

TERCERA PARTE-EL SIGLO XVIII


I 1

El paisaje . \ .

Monsieur Frézier .
En viaje a Santiago .
Los jardines de Santiago .
Santiago en 1712 .
El plano de Frézier .
El Cerro, peñón desértico ..
Tejas conventuales .
La defensa de ld Cañada .
Nuevos claustros .
Antaño y ogaño .
Más tarde, la ciudad .
Nuevamente, la ruina
La Plaza del siglo XVIII .
La casa de a1m;neda
La nueva casa de Cabildo .
La casa de los Gobernadores .
El Puente . / .
Toesca
Más asceterios
Casa de Obispo y Sínodo .
El fin de los jesuitas .
Por la ciudad
La era bonancible .
Lujo de hidalgos .
Los pasatiempos .
Fiestas reales. t
Fines de régimen .

C U A R T A PARTE-EL
.
S1,GLO XIX

Alborada de siglo . ...


Los viajeros .
La Plaza en 1820 .
La Pila de Rosales .
El Palacio y el Puente
La calle a hora de siesta .
Pregones callejeros .
Ordenanzas de buen gobierno
Nuevos.nombres a las calles por ordenanza .
La moda y las mujeres .
Mujeres del año 20 . ,

Una visita .
,La taza de té .
Paseando por las tiendas .
Por los paseos
El Cerro y la, Cañada
El pase'o de la tarde . j

Cabalgatas .
Patios floridos
Veraneos . ..
Hoteles; fondas y cafés '.
En el teatro. . ,

Saraos
La comida .
Después del cuerpo, el alma .
Gobierno, policía y justicia .
4'

IMPRESIONES DE U N ASTRONOMO ( 185 0 )


La comisión -astronómica del, Santa
. Lucía .
Madrugada .
PAO.

Furor de edificación.
El grito del sereno .
Ladrones - . -
Cifras
Casas .de anta50 ' .
Teatros nuevos
Por tal
La Cárcel .
Una ejecución
Relaciones sociales '.
Las Cámaras

EL PROGRESO URBANO ( 1850- 1880)

Arquitectura santiaguina .
Vivaceta .'
Solares antiguos y nuevos ,.
L.a Alhambra
Jardines y flbres .
El lujo
Santiago en 1852
Proyectos edilicios .
:
El fin del Portal de Sierra Bella
La hoguera de la Compañía .
Coches de servicio público .
Alumbrado publico .
Prnhi biciones- callejeras
El volantín .
Modas
El provinciano en Santiago
El regreso del provinciano

LA TRANSFORMACION ( 18 72)
I

Nueva Era .
Benjamín. ~ i c u ñ a , ~ a c k e n nIntendente
a; , .
El Mapocho canalizado .
Barrios obreros
La transformación del cerro Santa Lucía
Calles tapadas
Los palacios de la Plaza . '

La labor intensa .
Ideas .de Intendente . . .
Capillas suprimidas .
Mejoras de progreso .
Un mendigo capitaliita .
Los tacos .
Fiestas cívicas
Exposición del coloniaje .

ULTIMOS AROS DE U N SIGLO ( 1873- 1900)

El silencio de las calles


Nuevos progresos .
Carritos urbanos .
Pascua en la Alameda
El pan de la gente .
Censo comercial .
Hoteles y pensiones .
El Puente de Palo .
La muerte del Puente
La Gratitud Nacional
Fin del Palacio de los Gobernadores
Calles de ayer; cambios de hoy
En cuarenta años .
Se van las casas grandes
¿Desaparecerá la Casa Colorada? '

La Cuadra de. los Mayorazgos


Hoy.
Indice de obras consultadas . . . 317