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Créditos
Moderadora de Traducción
Yess
Traductoras

Pagan Moore Kari


florpincha cjuli2516zc
Camila Cullen Dahi
Jessibel Lvic15
Mich Fraser

Moderadora de Corrección

Jessibel

Correctoras

Nuwa Loss Caile


Tamij18 Jessibel
María Esperazan

Lectura Final

Jessibel

Diseño
R♥bsten
Índice
Sinopsis
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Agradecimientos
Sinopsis
Rose Meadows ha sido secuestrada.
Ahora, es forzada a trabajar como una desnudista en un bar desolado
el cual es propiedad de Dark Rebel MC. El mismo club que mató a su padre y
exterminó a su club, The Sioux Rangers. The Dark Rebels humillan y abusan
de ella; y está empezando a perder la esperanza de alguna vez ser rescatada.
Josh Carter vive como un lobo.
Vaga por las calles de Montreal como un fantasma. Es el último
sobreviviente de Sioux Rangers y sin su club está completamente solo por el
mundo. No tiene amigos, no tiene familia. Monta en solitario.
Cuando Josh se entera de que el DRMC tiene cautiva a Rose, sabe que
tiene que hacer algo al respecto. Ya no puede dejar que su pasado controle su
destino.
Esta historia es hermosa y profunda en los límites del amor en el
mundo brutal y peligroso de los clubs de motociclistas fuera de la ley Quebec.
Averigua si el amor puede superar todos los pronósticos.
Averigua si los Sioux Rangers montaran de nuevo.

Tainted Rose (The Darkness Trilogy #2)


1
Traducido por Pagan Moore y Jessibel
Corregido por Nuwa Loss

Rose Meadows era una stripper. No quería ser una stripper, ella nunca
tuvo la intención de ser una, pero así era como estaban las cosas y no había
nada que pudiera hacer al respecto. Si había una cosa en la vida que había
aprendido en los diez largos años desde la muerte brutal de su padre, era que
no siempre se puede controlar lo que pasa en tu vida. Había otras fuerzas en
juego, fuerzas oscuras, y ellas a menudo tenían la última palabra sobre tu
destino.
Rose nunca habló con nadie acerca de lo que le había sucedido. No le
dijo a la gente cómo terminó en este lugar y la forma en que la hacía sentir,
ella no hablaba de las pesadillas que la mantendría en el medio de la noche en
un pánico ciego. ¿Con quién iba a hablar? No tenía a nadie. Ella estaba tan
aislada y sola como una muchacha joven podría estarlo.
Pero si hubiera sido capaz de hablar con alguien acerca de ello habría
dicho que junto con la humillación y la vergüenza de ser obligada a
desnudarse todos los días, también había una sensación de poder en la
misma. Hubo una intensa emoción al estar en el escenario delante de todos
los hombres. Una especie de lujurioso placer de ser el centro de su atención, al
tener todos esos ojos hambrientos agasajándose en los exquisitos detalles de
su cuerpo, deseando su belleza, el deseo de tocarla, de ser tocado por
ella. Aprendió que, como con tantas otras cosas, hubo un placer corrompido al
dolor.
Cuando las luces se encendieron y comenzó la música, no había otro
lugar en el mundo que podía darle esa emoción, esa sensación de ser querida
y adorada, como la etapa de desnudarse en el club. A pesar de todo lo que le
había pasado, la terrible cadena de acontecimientos que habían conducido su
vida a este lugar solitario, el baile le dio una descarga de adrenalina como
nada que ella haya experimentado alguna vez. Y mientras odiaba
profundamente a los hombres que la llevaron a este lugar, que la habían
reducido hacia la esclavitud, nunca transfirió ese odio hacia sus clientes. No
tenía ninguna sensación de malestar hacia los hombres que venían a verla
bailar. En este lugar, este aislado y desolado bar en los confines de la tierra, los
clientes eran los únicos amigos que tenía.
Si hubiera alguien con quien hablar, y si ella fuera completamente
honesta, habría dicho que a veces incluso le gustaba bailar. No sabía si eso era
algo a lo cual ella debería avergonzarse, la forzaban a bailar en el más sórdido
y miserable bar imaginable, en las peores condiciones, pero era la verdad. A
ella le gustaba un poco. Y después de todo lo que había pasado, todas las
cosas horribles que todavía le pasaba básicamente casi a diario,
necesitaba algo que le diera placer. Si no fuera por el baile, no habría
sobrevivido.
Sabía que esto le vendría como un choque a la mayoría de la
gente. Ellos se sorprenderían al saber que una stripper en realidad podría
disfrutar de su trabajo. La mayoría de la gente pensaba en los bailarines
exóticos como lo más bajo de lo bajo, la parte más baja del orden
social. Pensaban en las bailarinas como las niñas pobres, desesperadas e
ingenuas que eran tan a menudo. Y pensaban en ellas como prostitutas.
Y hubo un momento en que Rose habría pensado lo mismo. Nadie la
habría llamado ingenua, no después de la infancia que tuvo, pero no había
esperado a llegar a ser una stripper y ciertamente nunca habría adivinado que
le gustaría. Pasó mucho tiempo tratando de construir una vida para sí misma
que podría ser considerada respetable, normal incluso, y el baile no siempre
juega un papel en ese plan.
Ella fue huérfana desde la edad de doce años. Creció al cuidado de la
Ciudad de Montreal y varios padres adoptivos con los que ella había sido
colocada y trabajó mucho para convertirse en una buena y responsable
ciudadana. Tuvo un trabajo estable como camarera en la parte antigua de la
ciudad. Fue matriculada para iniciar sus clases en McGill en el otoño. Quería
aprender a trabajar con el cuero. Amaba el cuero, le había gustado desde que
su padre le dio su primera chaqueta de motociclista cuando era una niña, y
decidió que podía hacer una buena vida haciendo chaquetas de motociclista,
los trajes de carreras y otras prendas de vestir de cuero para los clubes de
motociclismo que conocía. Esa ropa le recordaba a su padre y si ella podría
haber pasado su tiempo haciéndolas, se habría sentido más cerca de él.
Rose sabía mejor que las chicas mayor que ella, que la vida no siempre
funcionaba como lo planeado, y por supuesto, su sueño de estudiar moda y
marroquinería nunca ocurrió.
Ocurrieron una serie de acontecimientos imprevisibles y trágicos que
cambiaron su vida para siempre. Había pasado de vivir su vida feliz, o al
menos tan feliz como una vida podía hacerlo, para convertirse en una
prisionera y esclava en un remoto puesto a cientos de kilómetros de distancia
de la ciudad más cercana. En lugar de vivir y perseguir sus sueños en una
ciudad hermosa, Rose ahora trabajaba para el DRMC, el Club de Motociclistas
Dark Rebel, y era una esclava. Ella estaba ahí a la fuerza. No tenía ninguna
opción en el asunto y ningún control sobre él. Vivió y trabajó al lado de una
carretera que era casi tan remota como un lugar que podrías imaginar en el
vasto y silvestre norte de Canadá, cerca de la frontera entre Ontario y
Quebec.
Era un lugar áspero y sin ley que la policía federal y provinciales rara
vez se aventuraban ahí. Poca gente había oído hablar de él y aún menos lo
habían visto. Si no fuera por las cosas que le pasaron, Rose nunca habría visto
el lugar y ella habría estado feliz de no haberlo hecho.
Trató de no pensar en lo que le había sucedido, sobre los
acontecimientos rápidos y confusos que la tomaron de su vida normal y feliz,
de este desierto a cientos de millas al norte de la civilización más cercana. Su
antigua vida se ha ido, se había terminado, y cuánto menos pensaba en ello,
era mejor. Mil kilómetros de bosque salvaje y la remota región de los lagos la
separaba de su pasado y ninguna cantidad de lágrimas alguna vez cambiaría
eso. No iba a escapar, no iba a llegar a su antigua vida, y nadie iba a venir a
rescatarla.
El bar donde trabajaba se llamaba Velvet Cat pero ellos simplemente lo
llamaban Cat. Se extendía por la poderosa autopista Trans-Canadá, un camino
tan vasto y desolado que rara vez era utilizado por alguien, excepto por los
madereros y los camioneros que trabajan en las minas del norte. La vida era
diferente allí, la sociedad tenía normas diferentes, y Rose sabía que cuanto
antes las acepte mejor sería la situación para ella. No estaba más en Montreal,
estaba en el desierto y ella lo sabía.
A menudo, en sus días de descanso, se sentaba al lado de la carretera,
fumando cigarrillos Du Maurier y viendo los camiones madereros pasar. Se
imaginó los lugares a los que se dirigían. Ese camino vincula los océanos
Atlántico y Pacífico en un lapso de ocho mil kilómetros. Era uno de los
caminos más largos del mundo. Pasa a través de pueblos y ciudades de todo
el continente. En algunos lugares era una carretera de cuatro carriles, pero
aquí en las ruinas desoladas del lejano norte era un poco más de dos carriles
de barro cubiertos de nieve y hielo durante la mayor parte del año. Había
meses enteros en donde el camino era prácticamente infranqueable y los
camioneros y los madereros tenían que poner cadenas a sus neumáticos
solamente para pasar por el fango.
Durante esos meses Rose pensó que iba a morir de soledad y
aburrimiento. Podrían pasar semanas sin que nadie viniese al bar. No había
nadie para bailar, nadie con quien hablar y se sentía muy parecido a como si
no hubiera nada por lo que vivir. Oscurecería tanto y la temperatura caía tan
bajo que era difícil ver cómo cualquier vida sobreviviría allí en absoluto. Los
vehículos se congelaban, las tuberías se rompían. Un par de veces durante el
invierno los barriles de cerveza del bar incluso se congelaban. El gerente, un
gordo y viejo motorista llamado Murdoch Hound que había estado con el
DRMC más de veinte años, acababa de descongelarlos en su oficina y les
sirvió cerveza a los clientes como si nunca hubiera sucedido. Ellos se
quejarían de que sabía diferente, pero el Velvet Cat y el club que lo poseyó no
ofrecieron ningún reembolso.
No era sólo el frío, la oscuridad y el aislamiento que llegó a Rose en el
invierno. Fue el hecho de que Murdoch tenía mucho tiempo en sus
manos. Cuando no había ningún cliente no habría nada para él hacer. Estaría
aburrido, luego se pondría a mirar hacia arriba a Rose y sería lo único que ella
podría hacer para mantener sus manos grasientas fuera de ella. Era entonces
cuando las cosas se pondrían lenta en la ciudad también, y algunos de los
otros miembros del club se quedarían en el Cat para desahogarse. Todas las
estafas que se ejecutan normalmente llegarían a su fin y ellos entrarían en una
pérdida. Sobrellevarían el bar y llegarían a beber duro, el tipo de consumo
excesivo de alcohol que podría continuar durante días. Nunca recuperarían la
sobriedad. Beberían licor fuerte toda la noche y al despertar por la mañana les
gustaría ir derecho de nuevo hacia la botella. Dormirían en el bar y el lugar se
convertiría en un zoológico completo.
Era Rose quién siempre pagaba el precio. Los hombres vendrían tras
ella con una venganza, eran aún más agresivos de lo que por lo general eran, e
iba a tratar de hacerle cosas que la mayoría de la gente nunca siquiera se
imaginaría. Si Rose pudiera borrar de su mente el recuerdo de algunas de las
cosas que los miembros locales del DRMC le habían hecho, lo haría.
Los Dark Rebels eran dueños del Velvet Cat y una serie de otros bares y
clubes de nudistas a lo largo de Trans-Canadá. Hasta ahora todas sus
empresas habían estado en el lado de la frontera de Quebec. Fueron el mayor
y más potente MC en Quebec. Habían estado en el juego durante años y
tenían capítulos en todo Montreal y Quebec. Habían acabado con la mayoría
de su competencia en una serie de guerras rápidas y brutales hace unos diez
años. El club del padre de Rose, los Sioux Rangers, había sido uno de los
clubes que habían sido aniquilados. El Cat era la primera barra del DRMC a
través de la frontera en Ontario. Fue un gran riesgo para ellos. Sabían que
podría iniciar una guerra territorial con uno de los grandes clubes de Ontario,
pero hasta ahora no había pasado nada. Este lugar era tan remoto y tan al
norte que ninguno de los clubes de Ontario había pagado ningún aviso.
El capítulo en Val-d'Or corrió los bares en todas las rutas del norte y el
vice-presidente local salía una vez a la semana para el registro de las cosas. Él
era un bruto real, un tipo grande musculoso con el nombre de Serge Gauthier
quien mantenía la cabeza afeitada y tenía esos ojos locos azules con los que
Rose tendría a menudo pesadillas en medio de la noche. El hombre le había
hecho cosas a ella por lo que deberían haberlo encerrado en la cárcel. Él era un
sádico real, un drogadicto loco y un sucio hijo de puta. Una vez a la semana
daba un paseo al bar de la ciudad y pasaba la noche. Rose siempre esperaba
pasar la noche con él y ella detestaba esas noches con pasión. Serge acudiría a
Murdoch para asegurarse de que las cosas estaban funcionando sin
problemas y regresaría a la ciudad por la mañana con las entradas semanales.
Esas noches eran difíciles para Rose. Ella sabía que sólo podía tolerar un poco
más de tiempo antes de que enloqueciera.
Bailar era una cosa. Ser utilizada como una puta y una esclava sexual
por Serge Gauthier era otra cosa. Podía manejar a Murdoch, que era viejo y no
era el más rápido en sus pies, pero Serge y sus amigos eran diferentes. Eran
verdaderamente aterradores. Rose no tenía ninguna duda de que habían
matado a las personas, incluso a mujeres y niños. Parecía que ellos no tenían
honor, no como los hombres que había conocido de niña. Llevaban armas que
fácilmente podría ocultar. Se drogaban con cocaína, corrían a alta velocidad y
hacían otras drogas. Y fueron brutal con ella cuando consiguieron acorralarla
en un dormitorio.
La mayor parte del tiempo estaba demasiado asustada para oponerse a
ellos. Cuando le pedían hacer algo, lo hacía. Pero ella fantaseaba sobre cortar
sus pollas un día y obligarlos a comérselas.

Rose se detuvo en el estacionamiento detrás de la barra, en el


destartalado viejo Ford que Murdoch que le permitía conducir. El coche se
sentía como si podría, literalmente, caer en pedazos cada vez que ella se
retiraba de la calzada. Apenas podía hacer las dos millas a lo largo de la
autovía a la casa y desde donde se quedaba con Murdoch en el bar. A menos
que estuviera realmente frío, él se llevaba su motocicleta al trabajo y ella
usaría el coche. Si estaba demasiado frío, ella iba con él en el coche por la
mañana.
Ella no tenía que bailar hasta la tarde o por la noche, y luego, sólo
cuando había clientes. A veces Murdoch le dejaba limpiar el lugar cuando
estaba tranquilo, pero en su mayor parte se quedaba sentada en el bar,
bebiendo café y esperando a ver quién iba a aparecer.
Todos sus clientes eran camioneros. Eran las únicas personas muy
alejadas al norte. No se les permitía conducir toda la noche como solían
hacerlo en el pasado, debido a las normas de seguridad, por lo tanto
aparcaban delante del bar después de la puesta del sol y dormían en sus
camiones. Entraban en el bar por un poco de entretenimiento antes de ir a
dormir. Murdoch les servía cervezas y hamburguesas que cocía en la parrilla
de una Garland eléctrica de dieciocho pulgadas y comían, bebían y veían
danzar a Rose.
No era la vida más glamorosa en el mundo, bailar desnuda en un bar
de carretera, mientras que el hedor de la grasa y la carne carbonizada goteaba
desde la parrilla. Hubo momentos en que Rose dejaba la escena en llanto. Pero
en su mayor parte, trataba de disfrutar del baile. Le gusta la música, le
gustaba ser el centro de atención, y cuando el negocio era bueno recibía un
par de cientos en propina de los camioneros. Si alguien pagaba para llevarla a
la habitación de atrás, esperaba darles un poco de algo en qué pensar cuando
iban de regreso a su camión y se acostaban durante la noche. Eso era sólo una
parte de su trabajo y no había nada que pudiera hacer al respecto. Odiaba
pensar en sí misma como una puta, pero sabía que en el fondo era lo que era.
Cuando estaba muy ocupada y el bar estaba lleno de hombres, hostiles,
groseros, leñadores robustos y camioneros de lo salvaje del lejano norte,
sentía la emoción de ser una artista. Podía dar a quince o veinte hombres una
erección con un solo movimiento de sus caderas o un destello de sus pechos
desnudos. Se sentía barata en esos momentos también, sabía que estaba
bailando en el más sucio, vil lugar imaginable, pero la emoción de la
actuación era real y se aferraba a ella. Era todo lo que tenía.
A menudo pensaba en tratar de escapar. Ella tenía el viejo Ford. Cada
vez que estaba en la carretera fantaseaba acerca de conducir pasando delante
del Cat e ir al desierto. El problema era que ella sabía que el coche nunca
llegaría. Incluso si no se había descompuesto a veinte millas por la carretera,
nunca sería capaz de correr más rápido que Murdoch en su motocicleta. No
estaba segura de llegar a la gasolinera más cercana tampoco. Murdoch
mantuvo el coche y la moto llenos por un tanque en la parte trasera de la casa
y la llave estaba en una cadena alrededor de su cuello. E incluso si se las
arreglara para conseguir combustible, ¿qué rumbo tomaría? El oeste era inútil.
Timmins estaba a cuatro horas de distancia y el Ford moriría mucho antes de
llegar a las colinas traicioneras en esa dirección. En el este de Quebec estaba
Val-d'Or, lo cual estaba más cerca que Timmins, pero también era donde el
capítulo DRMC de Serge estaba basado y el club observaba la carretera.
Murdoch sólo tendría que llamar con antelación y Serge y sus chicos la
esperarían.
No tenía a donde correr, ni dónde esconderse, y lo sabía. Estaba
atrapada allí, al menos por el momento, y no había ningún sentido en pensar
escapar. Así es como había estado durante los últimos dos años. La primera
vez que había llegado, pensaba en escapar todos los días. Había intentado
correr el Ford hacia el oeste de Timmins pero Murdoch la había atrapado.
Había intentado preguntar a los camioneros en busca de ayuda, pero todos
ellos sabían cómo funcionaban las cosas. Ninguno de ellos quería problemas
con el DRMC. Tenían que vivir en esa carretera y el MC era duro con
cualquiera que les traicionara. Una vez ella le pidió ayuda a un individuo que
conducía a una fábrica de papel en Ontario, estaba ubicada más lejos y ella
pensó que el MC podría tener menos dominio sobre él. Se había equivocado.
Había ido directamente a Murdoch y la siguiente semana, cuando Serge llegó
a recoger su dinero, él la golpeó tanto que estuvo en la cama durante dos
semanas. Le rompió dos costillas y ella todavía no estaba segura de si habían
sanado completamente. Había pensado que la mataría. No quería correr el
riesgo de pasar por eso de nuevo. Y no tenía sentido ir a la policía. La estación
más cercana se encontraba en Vald'Or y el MC tenía ambos oficiales en la
nómina. Ella ni siquiera sabía lo lejos que estaba la siguiente estación de
policía, pero estaba segura de que sus oficiales habían sido comprados por el
DRMC también. No podías conseguir ser el club de motocicletas más grande
de Quebec sin saber a quién sobornar.
Ella hizo lo que le habían dicho hasta ahora. Bailó cuando le dijeron
que bailara, se rindió cuando querían follarla y no habló con nadie de escapar,
nunca. Había aceptado su destino.
Salió del coche en el lote fangoso y se alegró de que llevaba botas para
la nieve. La nieve estaba tan sucia que era negra. Fue en abril, más o menos la
peor época del año para el granizado y el deshielo. El poco de calor sólo había
servido para derretir el hielo suficiente para hacer un lío. Nunca se había
imaginado que en algún lugar tan frío y tan aislado también podría ser tan
sucio. Estaba contenta de que el invierno estaba finalmente, llegando a su fin.
Había más tráfico en la carretera y siempre había una sensación de esperanza
que acompañó la llegada de la primavera. Ella agarró su bolso del asiento
trasero del coche e hizo una caminata hacia la puerta trasera de la barra, a
través del sucio granizado.
2
Traducido por Jessibel

Corregido por Nuwa Loss

Cuando Rose entró al bar Murdoch estaba sentado en su escritorio,


encorvado hacia atrás en su silla con una lata de Budweiser descansando
sobre su vientre hinchado y un cigarrillo colgando de la boca. Parecía que no
había dormido o afeitado en las últimas veinticuatro horas, pero Rose sabía
que había estado en casa. Ella lo escuchó entrar en la casa durante la noche.
Ahora él estaba aquí antes que ella. No era por lo general tan buen trabajador
pero siempre tenía un poco más de conciencia cuando sabía que Serge
vendría.
—Llegas tarde —dijo—. Necesito que limpies los baños antes de que te
hayas cambiado.
Rose suspiró. Odiaba que este fuera el hombre con quien compartía
una casa. Ella compartió toda su vida con él. Eran sólo ellos dos en el bar casi
toda la semana. En invierno, cuando la carretera estaba cerrada podían pasar
días sin ver a nadie más. En esos momentos se ponía tan juguetón que tenía
que permanecer despierta en la noche y vigilar la puerta de su habitación en
caso de que él intentara algo
Él tenía una televisión en la mesa frente a él, estaba viendo sus
telenovelas en francés y bebiendo cerveza mientras manejaba el bar. No era un
trabajo difícil, al menos no hasta que los camiones empezaron a llegar.
—Limpié los baños ayer en la noche antes de irme —dijo.
—¿Y por qué llegas tarde?
—He tenido problemas con el coche —dijo Rose. Él sólo se preocupaba
porque Serge vendría. Por lo general no se despertaba hasta bien entrada la
tarde.
—Eso es lo que siempre dices.
—Y nadie hace nada al respecto. Pensé que se suponía que los
motociclistas sabían algo acerca de motores.
Ella tuvo un momento difícil pensando siquiera en el DRMC como
motociclistas. Ellos no eran nada como los hombres con los que su padre solía
montar antes de que todos fueran asesinados.
—Ven aquí y te voy a enseñar algo acerca de los motores —dijo
Murdoch, haciéndole señas.
Rose no le hizo caso y se dirigió hacia el vestuario. Murdoch trató de
golpearla en el culo mientras pasaba pero ella esquivó su mano.
—Oh —dijo—, y Serge acaba de llamar. Él no va a salir hasta el jueves.
Eso era una buena noticia. Odiaba a Serge mucho más de lo que odiaba
a Murdoch, pero ahora ella sólo pedía que llegaran algunos clientes, de lo
contrario sería sólo ella y Murdoch. Ya había comenzado a beber y por el
tiempo que ellos llamaban una noche y cerrada, él estaría bien y borracho si
no tenía ningún trabajo que hacer. También estaría observando su puntal
alrededor de su tanga y sujetador toda la noche y su pene estaría tan duro
como una barra de motor. Si no se quedaba dormido por toda la cerveza
estaría en su habitación tan pronto como llegase a su casa y ella tendría que
aguantar cualquier lamentable intento de un acto sexual. Supuso que la
palabra violación era la correcta para ello, pero había algo en Murdoch que lo
hizo parecer algo patético para constituir una violación real. No como Serge.
Ella sólo oró que hubiesen clientes, entonces Murdoch estaría ocupado toda la
noche, no tendría tiempo para emborracharse y podía contar con obtener una
noche segura de sueño al llegar a casa.
Había una pequeña ventana circular en la puerta del vestuario y pudo
ver a Murdoch en la oficina. Se trataba de un hombre tan repulsivo como
podía imaginar. Él tenía sobrepeso, una barba manchada de tabaco, rastrojo
gris en sus mejillas y su camisa tenía manchas de sudor alrededor de las axilas
y manchas de cerveza en la parte delantera. ¿Quién tuvo la idea de poner una
ventana en la puerta de un vestidor?, se preguntó.

Ella lanzó la bolsa en el banco frente a su casillero. Su cartera se cayó y


se abrió sobre la última fotografía que aún tenía de su padre. Si alguna vez
Serge la viera, la destruiría. Verla la hacía pensar en todo lo que había
sucedido para traerla a este lugar infernal. Había sido tan tonta. Había sido
hace dos años. Ella había estado corta de dinero en efectivo en el momento.
No, no estaba desesperada ni nada, pero alquilar en Montreal era barato y
estaba teniendo dificultades para obtener su matrícula en conjunto con la
universidad.
Y entonces ella había conocido a un viejo amigo de su padre, un
hombre al que reconoció de los viejos tiempos con los Sioux Rangers. Estaba
sorprendido de que aún estaba vivo. No debería haber confiado en un
hombre que lucía como él, pero había visto a su padre con él en la sede del
club tantas veces que simplemente bajó la guardia que usualmente mantenía.
Empezaron a hablar de los viejos tiempos y luego le dijo que podría ayudarla
a hacer algo de dinero rápido.
Ella debería haber corrido tan lejos y tan rápido de aquel hombre como
pudo, y normalmente lo habría hecho. Rex Savage era su nombre. Recordaría
ese nombre durante el resto de su vida. Al igual que cualquier chica que había
perdido a su padre a una edad temprana, Rose tenía un punto débil ante
cualquier persona que tuvo una conexión con él. Cuando Rex habló acerca de
montar con su padre, había estado ciega a todas las cosas que debería haberla
hecho sospechar.
Él entró en el restaurante en el que ella trabajó en el antiguo barrio,
completamente fuera de la nada, y le preguntó si era hija de Jack Meadows. A
partir de ese momento no debió haber creído en nada de lo que le dijo. Ella se
reunió con él un par de veces para tomar y él parecía estar bien. Nunca trató
nada, y él de seguro sabía mucho sobre su padre y sus años de montar con los
Sioux Rangers. Mirando hacia atrás ahora, debería haber visto los signos de
adicción a las drogas.
Contuvo ambas cosas bastante bien, pero obviamente era un hombre al
borde. Era enfermizamente delgado y siempre parecía tener un resfriado. Sus
ojos se movían alrededor de la habitación como si pensara que estaba siendo
vigilado. A veces se estremecía y otras veces sudaba sin razón aparente.
Mirando hacia atrás, Rose sabía que debería haber reconocido que algo estaba
mal con él. En ese momento, ella estaba tan feliz de ser capaz de hablar de su
padre que lo pasó todo por alto.
Una noche, él le dijo que conocía una manera muy fácil para que ella
consiguiera su dinero de la matrícula. Ella podría ganar cuatro de los grandes
en una sola noche, entregando un paquete pequeño a un chico en Iroquois
Falls. Rose nunca había oído hablar de Iroquois Falls. Era un pequeño pueblo,
en el fondo de los bosques del norte, a más de quinientas millas de Montreal.
Era bastante obvio que el paquete contenía algo ilegal. Rose no era tan
ingenua. Ella sabía que Rex todavía estaba involucrado con algunos clubes de
motociclistas y pensó que el paquete contenía drogas. Sopesó el riesgo de ser
detenida por la policía en contra de la posibilidad de ganar cuatro de los
grandes y obtener su matrícula pagada, por lo que aceptó el trato.
Nunca en un millón de años habría adivinado que el paquete real no
eran las drogas en absoluto, era ella misma.

Y así terminó Rose la entrega de sí misma en las manos crueles y


traicioneras de Rex Savage y el DRMC sin hacerlos incluso levantar un dedo.
Tenía su propia motocicleta en esa época. Era una Harley FXR del 1982
que su padre le había dejado. Había estado en el almacenamiento durante
unos años hasta que tuvo edad suficiente para montarla. No estaba segura de
dónde estaba ahora. Serge la había tomado. Lo más probable es que estuviera
en algún garaje clausurado en Val-d'Or. Ciertamente no era la moto con la que
salía al Cat todas las semanas. Ella la habría reconocido. Si alguna vez tendría
la oportunidad, juró que le haría pagar por tomar su moto.
Ella sabía que podía haber evitado lo que le había sucedido. Si no
hubiera sido tan descuidada, si no hubiera sido tan imprudente, podría haber
hecho más difícil para el DRMC capturarla. Pero también sabía que una vez
que Rex Savage la encontrara, su vida nunca habría sido la misma otra vez.
Deseó haberle dicho a alguien dónde encontrarla antes de salir de Montreal.
Como eran las cosas, nadie de vuelta en la ciudad, incluso la extrañaría. Ella
había sido reservada cuando vivía en la ciudad. Su jefe en el restaurante
habría asumido que renunció. No habría sido la primera camarera en salir de
ese lugar sin recoger su cheque final. Los pocos amigos que había tenido no
eran lo suficientemente cercanos como para preocuparse por ella. No estuvo
en contacto con cualquier familiar. Sus padres adoptivos se habían mudado al
oeste hace mucho tiempo y no la hubieran contactado. Cada vez que pensaba
en ello, la única persona que realmente podría haberse dado cuenta de que
había desaparecido era su casera. Ella era una anciana francesa, de ochenta
años, y estaba empezando a tener problemas con nombres y caras. Era poco
probable que tuviera la presencia en su mente para notificar a la policía.
De todos modos, ya era demasiado tarde para hacer nada al respecto.
No había teléfono en el bar, ni en la casa, y Murdoch mantuvo su teléfono
móvil encerrado en una caja fuerte. Ella había ido sobre ello un millón de
veces en su mente. Nadie la estaba buscando, nadie la echaba de menos, y ella
no tenía forma de conseguir decir una palabra al mundo exterior de que
necesitaba ayuda.
Si ella no hubiera sido tan estúpida. Incluso en el viaje hacia el norte
desde Montreal supo que estaba tomando una mala decisión. Sabía que estaba
metida en problemas. Su desesperación por conseguir ese dinero le impedía
escuchar sus instintos y ahora estaba pagando el precio de su estupidez.
Cuando se fue de Montreal tomó la autopista 15 a través de Saint-
Jérôme y Mont-Tremblant. El tiempo había sido perfecto para montar. La
moto se deslizó a lo largo de la carretera. Se sentía viva y libre, en la carretera
abierta, sin nada de qué preocuparse, más que la brisa en el pelo y el paquete
en la parte trasera de su motocicleta.
Pero mientras iba cada vez más lejos de la ciudad comenzó a dar
muestras de nerviosismo. Las poblaciones crecieron menos y más lejos.
Quedaba Riviere-Rouge, Mont-Laurier, algunas aldeas dispersas, y luego
nada, nada en absoluto. El sol se puso mientras ella se encontraba en el sector
La Vérendrye. Podía sentir la inmensidad de los bosques, la frialdad y la
desolación del desierto a su alrededor. En el borde del parque nacional había
una gasolinera y llenó el tanque. Era alrededor de las nueve de la noche y
había estado viajando todo el día. Ella le preguntó al dueño si había un motel
cercano y se sorprendió cuando le contó que el siguiente hotel estaba en Val-
d'Or. Eso estaba todavía a horas de distancia.
Se puso de nuevo en la carretera y siguió corriendo, diciendo que todo
estaría bien, una vez que llegara a Val-d'Or. No fue un camino fácil. Fuera de
allí, tan lejos de la civilización, su mente empezó a jugar una mala pasada.
Empezó a imaginar las extrañas criaturas que se rumorea viven en el bosque,
grandes osos, manadas de lobos vagando, gatos silvestres de caza que
podrían brotar desde la línea de árboles y tirarla de su motocicleta.
Era más de medianoche cuando por fin llegó a Val-d'Or y estaba
teniendo dificultades para mantener su motocicleta en la carretera. Había
olvidado el trabajo físico que podría ser el conducir una motocicleta en ese
tipo de distancia. No era como conducir un automóvil, en el que el único
peligro en un largo viaje en coche era quedarse dormido al volante. Andar en
motocicleta le pasó factura físicamente. Cuando por fin llegó a Val-d'Or, Rose
estaba agotada.
No estaba fría. Ella había estado usando un traje de carreras de cuero
de cuerpo completo, y mantuvo el viento. Pero no podía sentarse en la
motocicleta durante un minuto sin sentir que su espalda estaba a punto de
fallar. Los hombres que la habían enviado en esta misión habrían sabido.
Habían contado con ello.
El motel en Val-d'Or fue llamado Nido de búho. Rose no lo sabía en ese
momento pero era propiedad del DRMC. Si hubiera sabido, no habría ido a
cualquier lugar cerca de él. Cuando tropezó en el vestíbulo, estaban
esperando por ella, tal y como sabían que haría.

Su recuerdo de lo que sucedió después sería siempre nebuloso. Se


había registrado y tenía una cerveza en el bar del motel. No había nadie allí,
solo ella y el camarero. Fue después de horas que dijo que podría hacer una
excepción y servirle ya que era una invitada. Mirando hacia atrás, ahora se
daba cuenta de que el camarero debió haber drogado su cerveza.
Podía recordar entrar al bar, pero todo lo que ocurrió después fue un
borrón. No sabía qué le había pasado, si se había desplomado en el suelo de
su taburete o había tratado de salir y no lo había logrado. Todo lo que sabía
era que cuando volvió en sí, estaba tendida en una cama del motel, todavía en
su traje de cuero, y sus muñecas fueron esposadas a los barrotes de la cama.
Ese fue el comienzo de la pesadilla que ya se había convertido en la
totalidad de su vida. Cuando Rex Savage entró en esa habitación de motel,
con los ojos inyectados de sangre roja y, a su pastosa piel y resbaladiza por el
sudor, se dio cuenta en un instante que él le había traicionado.
—¿Cómo pudiste hacer esto? —Le había gritado. —Eras amigo de mi
padre. Los dos corrieron juntos. Eran hermanos. ¿Cómo me pudiste hacer esto?
Rex no había dicho nada. Se dio cuenta de que estaba demasiado
avergonzado para hablar. Incluso en su estado narcotizado, su mente
confundida por los opiáceos y la enfermedad de la adicción, se dio cuenta de
que era consciente de la vergüenza que había traído consigo mismo. Había
hecho la última cosa en el mundo que un motorista, un verdadero motorista,
nunca debería hacer. Había traicionado a su hermano. Había traicionado a su
propia carne y sangre. Había vendido la hija de su hermano en una vida de
prostitución y esclavitud sexual.

Rose nunca logró llegar a Iroquois Falls. No tenía ninguna duda de que
habían esperado que se registrara en el motel de Val-d'Or pero incluso si
hubiera corrido toda la noche y llegara a Iroquois Falls, sabía que no habría
hecho ninguna diferencia. Estarían esperando por ella allí también. El DRMC
era propietario de estas partes. La policía no habla aquí. Seguro que había una
estación en Val-d'Or, pero no se necesita mucho para silenciar a dos humildes
policías provinciales, un par de cientos al mes respaldados por algunas
amenazas fuertes. Las reservas indias tenían su propia policía pero Rose dudó
de que tuvieran ninguna coincidencia para el DRMC tampoco.
Ella estaba bastante jodida desde el momento en que salió de la ciudad.
Todo hasta aquí pertenecía al DRMC. No había nada que pudiera haber hecho
para evitar su captura, y ahora que la tenían, no había nada que pudiera hacer
para escapar.
Lo único que podía hacer era rezar para que las cosas no fueran tan mal
para ella. Sabía que tenía que esperar el momento oportuno. Si esperaba, y
observaba, sabía que algo iba a pasar con el tiempo, algo que siempre hacía. Si
era bueno o malo estaba por verse.

Ella sacudió la cabeza. No podía permitirse perderse en pensamientos


de ese tipo. Ella no podía permitirse vivir en el pasado, imaginar lo que
podría haber sido si las cosas hubieran sido diferentes para ella. No podía
quedar atrapada en la ira y el odio que sentía por los hombres que la habían
llevado hasta allí y reducir su vida a esta existencia.
Se dijo que un día conseguiría su venganza contra Rex Savage, Serge
Gauthier y el vil grupo de hombres con quienes corrió. Un día iba a conseguir
marcharse lejos de este lugar, pero hasta que llegara ese día, tendría que
poner esos pensamientos en una caja y bloquearlos. Tenía que concentrarse en
el presente. Si iba a sobrevivir, tendría que hacerlo un día a la vez.
—¿Hay café? —Gritó a Murdoch.
—¿Qué es lo que parezco, una camarera?
Ella suspiró. Estaba más allá de las capacidades de Murdoch ofrecerle
la más mínima cortesía. Él no tuvo problemas para tratarla como una
sirvienta, no tenía problemas para deslizarse en su habitación cuando había
tomado demasiado y tener su camino con ella, pero él no podía mostrar ni
siquiera un poco de amabilidad. Ella colgó su chaqueta en su armario y salió
de nuevo a la oficina.
—¿No deberías estar vestida? —Dijo Murdoch, al ver que ella estaba
todavía en sus pantalones vaqueros y un suéter.
—Relájate. Nadie va a estar aquí durante horas.
—No te pago para que te pavonees en tus pantalones vaqueros —dijo
Murdoch.
—No estoy pagada en absoluto —dijo Rose.
Eso no era del todo cierto. Ella conseguía propinas, por lo general,
bastante generosas de sus clientes. El problema era que Murdoch tenía la
costumbre de venir después por sus propinas al final de la noche. Si no
conseguía ocultar un poco de dinero antes de que él venía a buscarla, lo
perdería todo. Una vez al mes o algo así, él la llevaba a Val-d'Or, o peor, Serge
la llevaba, y ella conseguía comprar algunos artículos de primera necesidad.
Por lo general, constituía en pasta de dientes, jabón, maquillaje y cualesquiera
otros artículos de primera necesidad que pudiera recoger en la droguería
antes de que la llevara de vuelta al Cat.
Rose se sirvió un poco de café y volvió a entrar en el vestuario. Ella
sólo tenía un par de trajes que podía usar mientras bailaba. En realidad no
eran nada más que un sujetador y una tanga. Se preguntó qué llevaban las
strippers reales en la ciudad. Se imaginó que tenían todo tipo de trajes de
fantasía que podrían llevar a montar un espectáculo, sujetadores y bragas
cubiertas con flecos, lentejuelas y todo tipo de brillo. Todo lo que tenía era la
ropa interior que había usado cuando la habían capturado, un par de otros
sujetadores y bragas que había logrado recoger en la droguería. No había
mucho con lo que trabajar, pero era lo mejor que podía hacer. Ella también
tenía un par de tacones rojos de cuero en charol que llevaba noche tras noche.
Habían pertenecido a otra chica, que había trabajado en el Cat antes
que ella, y Rose trató de no pensar en lo que pudo haberle ocurrido. De
alguna manera, tuvo la sensación de que su empleo para el DRMC no había
terminado de forma amistosa. Había tratado de traer el tema un par de veces
a Murdoch, pero se negó a hablar sobre ella. Todo lo que Rose sabía era que el
nombre de la chica anterior había sido Cindy. Su nombre fue escrito en
marcador negro en el interior del zapato izquierdo.
—Cindy —dijo a sí misma en voz baja mientras miraba al zapato. Rezó
en silencio para no terminar algún día, de la misma manera que Cindy
terminó.
3
Traducido por Kari
Corregido por Nuwa Loss

Rose se quitó el jersey y los pantalones vaqueros, los colgó en su


casillero y se quitó los zapatos. Luego se quitó su ropa interior. Se desabrochó
el sujetador y lo dejó caer al suelo, entonces deslizó sus bragas hasta los
tobillos y dio un paso fuera de ellas. Había un espejo de cuerpo entero al lado
de la ducha, fue y se puso delante de él.
Siempre fue una juez severa de su apariencia, especialmente cuando se
desnudaba. No podía dejar de ser crítica. Tenía una gran figura, un cuerpo
que muchos hombres morirían por acariciar, especialmente el tipo de
hombres que entraban en el Cat regularmente. Estaba en sus veinte años y
tenía un largo y atractivo cabello que fluía debajo de los hombros. Sus pechos
eran respingones y llenos. Su culo era tonificado. Su sexo estaba suavemente
afeitado. Se veía casi exactamente como lo hizo en la escuela secundaria. Pero
todo lo que podía ver eran los defectos. Su piel se sentía seca. Viviendo en esa
fría casa sucia con Murdoch hacía difícil de cuidar de sí misma. Le estaba
pasando factura. El agua fría seca la piel, el pelo se sentía plano y no podía
conseguir el tipo de champú y acondicionador que necesitaba. Tampoco podía
permitirse nunca ningún tinte para el cabello por lo que no era el tono
adecuado de rubio en absoluto. Era demasiado marrón para su gusto. Si ella
pudiera haber gastado un poco de dinero en cosas como crema hidratante y
un buen jabón, se habría sentido mucho mejor. Ni siquiera tenía ningún
esmalte de uñas.
¿Qué tipo de stripper tenía que arreglárselas sin esmalte de uñas?
Tendría que sacar el tema con Serge la próxima vez que lo viera. Era un tipo
duro, impredecible con un mal temperamento, pero si podía hacerle
comprender que era necesario para los negocios él podría dejarle conseguir
un par de cosas adicionales la próxima vez que ella estuviera en la ciudad.
Levantó el pie y miró sus talones. Los tenía abiertos y desgarrados. Los
pies de Cindy, obviamente, fueron un poco más pequeños que los suyos y los
tacones de 6 pulgadas cortaban sus talones dolorosamente. A veces trataba de
quitárselos, pero Murdoch dijo que los prefería cuando los calzaba. Dijo que
le daban un aspecto más elegante, más profesional. Le hubiera gustado
preguntarle cómo era profesional usar zapatos que no encajan, pero no se
atrevió. No tenía ningún sentido. Él no iba a comprarle zapatos nuevos.
Nunca le había comprado nada con todo ese dinero que le robó de las
propinas.
No sabía cómo esperaban que bailara, para entretener a los hombres,
sin siquiera las cosas más básicas que necesitaba, pero así es como era.
Tomó el sujetador de encaje negro y la tanga que iba a vestir de su
casillero. También pertenecieron a Cindy y por suerte se ajustaban mejor de lo
que los zapatos lo hacían. Iba a comprar nueva ropa interior en cuanto
pudiera, pero por el momento se quedó con lo que tenía.
Rose sabía lo importante que era la ropa interior de una stripper. La
ropa interior era todo. Era lo que crea la ilusión, la anticipación. Vio a los
chicos mirándola, hechizados, esperando a que se quitara el sujetador y las
bragas. Observaban cada movimiento que hacía. No podían quitar los ojos de
ella. Pero una vez que se quitaba la ropa interior, una vez que en realidad
llegaron a ver lo que se estuvieron muriendo por ver, casi actuaron como si el
espectáculo hubiera terminado.
Rose entiende la importancia de la insinuación, de crear hambre en los
hombres que observaban su baile y de negarles el placer de satisfacer el
hambre. Sabía que tenía que prolongar las cosas. Tenía que burlarse de ellos.
Tenía que llevarlos hasta el borde mismo sin dejarlos cruzar. Todo eso era algo
natural para Rose. Entiende cómo moverse, cómo utilizar su cuerpo para
encender el deseo de su público, y fue por eso que ella entendía lo importante
que era tener buena ropa interior. Una bailarina sin una buena ropa interior
era como un motorista sin una buena chaqueta, o tatuajes correctos, o incluso
la moto adecuada. No importaba cuan rudo fuera, no importaba lo bien que
montara o lo lejos que estuviera dispuesto a ir en una situación difícil, si no
era capaz de crear la ilusión correcta, nada de eso importaba.
En lo que se refiere a Rose, una mujer desnuda era sólo una mujer
desnuda. El arte de desvestirse era todo sobre la imaginación del espectador.
Había que conseguir que vea en su mente más de lo que en realidad le podría
mostrar a través de sus ojos. No sólo mostrarle tu cuerpo, había que hacerle
sentir como sería tocarlo. Había que hacer que su imaginación lo quisiera aún
más que su cuerpo.
—Oye, Murdoch —dijo en voz alta.
—¿Sí?
—¿Cuándo vas a conseguirme alguna nueva ropa interior?
—Habla con Serge al respecto.
—Serge no me comprende como tú lo haces. Él no entiende nuestro
negocio. Él no sabe lo importante que es la ropa interior.
—Dile a Serge, corazón. Yo no soy tu proxeneta. Él lo es.
Ella suspiró. Se puso el sujetador y tanga negros y puso sus pies en los
zapatos apretados. Se veía pasable. Era lo mismo que veía cada noche.
Esperaba que hubiera clientes esta noche. Quería sentir la emoción de la
actuación. Quería sentir esos ojos hambrientos pegados a su cuerpo. Quería
sentir ese poder, todo ese deseo, toda esa lujuria, enfocada directamente en
ella.
—¿Crees que vamos a estar ocupados esta noche? —Dijo.
Murdoch se rió.

Se dirigió de vuelta a la oficina y se sirvió un poco de café.


—Te vistes de la misma maldita manera, noche tras noche —dijo
Murdoch mientras ella pasó caminando. Estaba inclinado tan hacia atrás en su
asiento que en realidad podría caer fuera de él.
—¿Qué he estado diciendo?
—Bueno —dijo—, dile a Serge. Él es el que tiene todo el dinero.
—Está bien, se lo diré, pero piensa en esto. Tú eres el que tiene que
verme desfilar en el mismo vestuario cada noche. ¿Quién va a obtener más
placer si consigo algunas cosas nuevas? ¿Tú o yo?
Murdoch sonrió ante eso. Retorció la parte inferior de la barba entre el
pulgar y el dedo. Rose se sintió enferma al tener que hablar con él de esa
manera, pero se sentía tan sola en ese lugar. Tenía que hablar con alguien.
—Inclínate hacia delante y déjame dar un buen vistazo a ese pequeño
dulce culo tuyo —dijo.
—No trabajo para ti —dijo y volvió a entrar en el vestuario para
agarrar la bata. Podría hacer frío en la barra vestida así, especialmente si no
bailaba.
—Vamos, mejillas dulces —dijo Murdoch.
—¿Qué tal si me compras algo de ropa interior nueva y, entonces te
doy un espectáculo? —dijo Rose.
Ella suspiró. ¿A qué se había reducido su vida también? Ella estaba
coqueteando con un gordo y sucio motorista que tenía la edad suficiente para
ser su padre.
Retocó su maquillaje, se puso la bata y cuando ella volvió a salir
Murdoch estaba al frente de la barra. Asando una hamburguesa y pensó que
era para él, pero cuando fue a través de la cortina de cuentas que separaba la
oficina de la barra vio que ya tenían un cliente. Él era un cliente habitual, un
hombre llamado Caribou Bill.

Caribou Bill estaba sentado en un taburete junto a la barra, apoyado en


el mostrador. Tenía botas de trabajo pesadas y overol. Eran del color marrón
anaranjado que siempre le hacía recordar a Rose los overoles de prisión. Él
estaba en medio de contarle una historia a Murdoch.
—Lo supe tan pronto como entró en la oficina —decía Bill—. Ellos son
de todo tipo, estos chicos corporativos. Algunos de ellos quieren ser tu amigo,
algunos de ellos quieren mostrarte que son el jefe, algunos de ellos quieren
que puedas tener miedo de ellos.
—¿De qué tipo era este? —Dijo Murdoch.
—Tipo regular —dijo Bill—. Él decía que tenemos que reducir los
costos en un diez por ciento. Lo mismo dijo el otro tipo. Dijo que están
considerando cerrar la mina si los costos no bajan.
—Eso sería malo para la ciudad —dijo Murdoch.
—Sí, pero es todo mentira. Esa mina de litio suministra más que
cualquier otro lugar en Quebec. El mundo entero funciona con baterías en
estos días. No están cerrando definitivamente. En todo caso, están en
expansión.
—¿Sólo están reventándote las pelotas, entonces?
—Sí, en busca de una excusa para reducir el tiempo extra.
Era la misma conversación vieja que Rose oyó mil veces desde que
llegó al Cat. Parecía que de todo lo que estos hombres querían hablar era de
sus puestos de trabajo, la economía, las tasas de todas las diversas minas y
fábricas de papel estaban pagando a los camioneros. Supuso que tenía
sentido, que pasaban solos mucho tiempo en sus cabinas, pensando,
preocupándose por su futuro, sobre sus planes de salud, jubilaciones y
fondos de pensiones, pero seguro que hacían la conversación aburrida.
Se aclaró la garganta para llamar su atención.
Murdoch y Caribou Bill la miraron. Podía ver el brillo volver a los ojos
de Bill. Ella era la razón por la que vino a este lugar. Existían otros clubs de
desnudistas a lo largo de la carretera entre aquí y Barraute donde se
encuentra la mina de litio, pero él siempre esperaba hasta que llegara aquí, el
último bar operado por el DRMC, antes de detenerse para la noche. Tenía una
debilidad por Rose y ella lo sabía.
—Ah, ahí está mi querida —dijo Bill. Tomó un largo trago de su
cerveza y Rose se acercó y se sentó junto a él.
—Ha pasado un tiempo desde que te vimos aquí, Bill —dijo.
—Oh, me tuvieron en la pista Gatineau durante unas semanas —dijo
Bill—. No me gusta esa pista. Las chicas en los clubes no tienen nada de ti,
querida.
—Bueno, me alegro de oírlo —dijo Rose—. Pensé que tal vez
encontraste un lugar que te gustó mucho más.
—Nunca encontraré un lugar que me guste más que este.
Rose le sonrió. Fue un placer débil, barato, pero no podía evitarlo. Se
sentía tan sola estando ahí arriba con nadie más que Murdoch para hacerle
compañía, tenía tan poco para aligerar su vida, que se encontró apegándose a
sus clientes habituales de una manera que ella sabía que no era saludable.
Sabía que era un signo de soledad y desesperación. Pero todavía era
una mujer joven, que necesitaba amistad, compañerismo y admiración de los
hombres, aún cuando no eran más que camioneros y mineros los que
entraban en un lugar como este.
Ella bajó la mirada hacia su cuerpo. En su sujetador y tanga no había
mucho para ser dejado a la imaginación. Sus pechos fueron empujados hacia
arriba, llenos y firmes, y se dio cuenta de Bill mirándolos con un hambre que
era casi voraz.
Rose no pudo evitarlo. Ella empujó su pecho hacia adelante, lo que acentúa
aún más sus senos. Bill casi parecía triste al mirarlos.
—Murdoch —dijo, sin apartar los ojos de los senos de Rose—, otra
cerveza.
Murdoch puso otra botella de Labatt en la barra y un plato con la
hamburguesa grasienta al lado de él. La hamburguesa trajo a Bill desde sus
pensamientos.
—Gracias —dijo, y lo cogió con las dos manos y le dio un mordisco.
—¿Quieres algo de beber? —Le dijo a Rose. Rose se encogió de
hombros.
—Claro, si vas a comprarlo —dijo ella.
Murdoch le sirvió un vodka y coca cola. Eso era por lo general lo que
bebía. Se llevó el vaso a los labios y bebió un largo trago. Ni siquiera
desayunó todavía pero le gustaba la sensación de hambre. La hacía sentir más
sexy, como una mejor bailarina. Y ella siempre obtenía una mejor emoción con
el vodka cuando no había comido.
Se inclinó sobre el regazo de Bill para obtener una servilleta de la barra
y apretó su mano en el muslo. Él estaba masticando su hamburguesa y no era
el comensal más ordenado en la historia de comer, pero que no le importaba.
Ella quería su atención. Quería excitarlo. Lo necesitaba para sentirse como
que seguía siendo una persona, que todavía estaba viva.
—¿Me vas a dar un buen espectáculo, esta noche? —Dijo Bill.
—Sabes que sí, Bill.
—¿Ha estado tranquilo por aquí?
—Hemos estado más muertos que un difunto. Diría que no hemos
tenido más de cinco clientes en los últimos diez días.
Bill asintió. Él sabía que siempre conseguía mejor atención cuando
Rose se sentía sola, cuando no había tenido muchos otros clientes. Eso le
gustaba.
—Las cosas van a recuperarse de nuevo una vez que la primavera
llegue.
—Si es que alguna vez llega —dijo Murdoch—. Me muero por salir en
mi moto, pero cada vez que pienso en ello parece que va a haber una
tormenta de nieve.
Bill asintió. Puso la mano en la rodilla de Rose. Sentía la piel gruesa de
su mano dura, áspera en su pierna suave. Hubo una electricidad al tacto. Se
sentía deseada. Miró a Bill y trató de no ver todas las cosas que estaban mal
con él. Tenía unos veinte o veinticinco años más que ella, con unos sesenta y
ocho kilos de sobrepeso, su cabello se veía delgado y grasiento. Su barba tenía
la misma mancha de tabaco que Murdoch tenía alrededor de la boca. Rose
sabía que era de los cigarrillos que fumaba en cadena mientras conducía. Lo
miró y en realidad podría imaginarlo teniendo un ataque al corazón en algún
momento en el futuro cercano. Si no estaba fumando, bebía o comía.
Ella trató de no pensar en ello, sobre el hecho de que debería haber ido
a citas con hombres jóvenes y apuestos en Montreal. Trató de no pensar en el
hecho de que se sentía probablemente tan emocionada como él, con el baile
que iba a darle a Bill. Estaba tan sola que era doloroso.
Bill miró a Murdoch cuando terminó su hamburguesa.
—¿Serge ha estado aquí últimamente?
—Se suponía que iba a venir hoy, pero no viene hasta el jueves —dijo
Murdoch—, ¿por qué?
Rose sabía qué le estaba pidiendo. Él quería saber si Serge iba a venir
esta noche. Quería una habitación privada.
—Sólo preguntaba —dijo Bill, entonces sacó su cartera y puso un billete
de veinte dólares en el mostrador—. Creo que la llevo al cuarto de atrás.
4
Traducido por Kari
Corregido por Caile

Rose condujo de la mano a Bill en la trastienda. No entraba allí con


clientes muy a menudo. Se supone que es donde obtenían bailes privados, o
un grupo de chicos podrían estar de fiesta con una chica durante un período
prolongado, pero realmente sólo funcionaba cuando había más de una chica
en un club. Rose no sabía si hubo algún momento en que el Cat tenía más
bailarinas pero en estos días sólo era ella y Murdoch, por lo general no era
más que un puñado de clientes. A veces iría allí con un chico si estaba
dispuesto a pagar por ello, pero por lo general bailaba enfrente.

Tenía que conseguir la llave de la habitación privada del escritorio de


Murdoch.

—No he estado aquí en un tiempo —le explicó a Bill mientras abría la


puerta.

—¿Serge no te lleva aquí atrás?

Rose lo miró. Era la segunda vez que mencionaba a Serge. La mayoría


de la gente sentía demasiado miedo de Serge para siquiera mencionarlo.

—Estás muy interesado en Serge hoy —dijo.

Bill se encogió de hombros. Rose se dio cuenta de que ocultaba algo.

—¿Qué es?

—No es nada —dijo Bill—. Es sólo que no quiero entrar en su camino.

—¿Qué quieres decir? ¿Paso algo?

Bill se encogió de hombros.

—Sólo dime —dijo.


—No es gran cosa, es solo, yo estaba en uno de los otros bares de la
Ruta 105.

Rose sabía que el DRMC tenía un número de clubs de desnudistas a lo


largo de esa carretera, pero nunca estuvo en ninguno de ellos.

—¿Y qué pasó?

—Bueno —dijo Bill—, me encontraba en un cuarto trasero de esta


manera. Ese era un lugar concurrido, tenían cuatro o cinco chicas bailando
cada noche. De todos modos, mientras me hallaba en la sala recibiendo mi
baile, llegaron Serge y sus muchachos. ¿Él revisa ese lugar todas las semanas
también, igual que aquí?

—¿Y?

—Bueno, ya sabes que Serge puede ser bastante loco.

—No hacías nada malo, ¿verdad?

—No claro que no. Sólo pensaba en mis cosas. Tenía mis pantalones. La
chica me estaba dando un baile erótico. Lo siguiente que sé, es que Serge
irrumpe en la habitación y él tiene un cuchillo fuera. Lo sostuvo en mi
garganta y dijo que si alguna vez me veía tratando de conseguir algo con su
chica de nuevo me cortaba.

Rose asintió. Eso sonó perfectamente como Serge. Conseguía drogarse,


un desordenado cóctel de pastillas recetadas, heroína, crack y todo lo que caía
en sus manos. Lo siguiente era que estaría amenazando a sus propios clientes.
Vio suceder esto en Cat antes. En realidad no tiene ningún sentido. Rose era
una stripper. Trabajaba para Serge. Era su trabajo dar bailes y obtener a los
chicos fuera, pero de vez en cuando Serge enloquece. Él se confundiría sobre
todo el asunto. Se ponía posesivo con sus chicas, empezaba a pensar que era
su novia y que los hombres en el club trataban de conseguirla a sus espaldas.
Rose vio amenazar a clientes como esos un par de veces antes. No sucede a
menudo, pero seguro que era malo para el negocio cuando ocurría. ¿Quién
quería ir a un club desnudista donde el propietario podría tirarte un cuchillo
por mirar a las chicas?

—Relájate —dijo Rose y sentó a Bill en el sofá de cuero. Se inclinó hacia


él, frotando su escote en la cara—. Serge puede perderse a veces, he visto que
suceda justo como describiste, pero él no vendrá a cualquier lugar cerca de
aquí esta noche. Estás a salvo conmigo, cariño.
Bill asintió. Cerró los ojos y dejó que los pechos de Rose se frotaran
contra su cara. Ella sintió el rastrojo grueso de sus mejillas contra la piel suave
en sus pechos.

—Siempre has cuidado de mí —susurró ella—, y te voy a dar un buen


espectáculo esta noche. No te preocupes por Serge.

Bill comenzó a relajarse. Se recostó en el sofá y abrió las piernas.

—Prefiero no toparme con él por un tiempo —dijo Bill.

—Por supuesto que sí, cariño —dijo ella.

Se inclinó sobre él, sacando su trasero atrás contra la puerta de la


cabina y dándole una clara línea de visión hacia debajo de su escote.

—¿Por qué no vas a alrededor de mi espalda y desenganchas este


sujetador por mí? —Dijo.

Rose estaba relajándolo con su voz, llevándolo lejos de este lugar, del
estrés y la preocupación de su vida. Fue suavizando las duras realidades del
mundo frío, glacial en que vivían. Ese era su trabajo. Llevaba a los hombres de
los lugares fríos y vacíos en que vivían y los transportaba a un lugar más
cálido, más amable, un lugar que sólo podían llegar cuando estaban con ella.

Bill llegó a su alrededor, abrió su sujetador y cayó en su regazo. Sus


pechos se derramaron delante de sus ojos, llenos, maduros y firmes. Vio que
su lengua humedeció el labio inferior. Sus ojos pegados a sus pechos. Ella no
pensó en todo lo que estaba mal con esta situación, no pensó en que estaba
atrapada aquí, en este club desnudista en la carretera a un millón de
kilómetros de cualquier persona que podría ayudarla, no pensó en que
Caribou Bill era tan viejo como su padre habría sido si todavía estuviera vivo,
no pensó en que era una desnudista barata haciendo un espectáculo. Lo único
que pensaba era en el lugar cálido, amable, imaginario que pudiera
transportar a Bill usando nada más que su cuerpo y su voz.

—Bésalos —susurró ella.

Bill alzó la vista hacia ella. Sus ojos hambrientos parecían estar
suplicando con ella. Parecía estar pesando lo que dijo en su mente, sin saber si
le creía o no. Besar estaba totalmente en contra de las reglas. Las chicas
frotaban sus senos en la cara de un hombre, pero ellos no debía abrir la boca,
no debían besarlos.
—¿De verdad? —Dijo.

Ella sonrió. Se agachó y tomó un seno en su mano y la sostuvo frente a


su rostro, presionando el pezón contra su boca.

Bill abrió la boca y tomó el pezón entre los labios. Su lengua se movía
lentamente sobre él, mojándolo con saliva.

Rose casi sintió ganas de llorar. No tenía sentimientos reales por Bill.
No lo quería. Nunca le habría dado la hora del día si todavía estuviera en
Montreal, pero pasó tanto tiempo desde que cualquiera la lamió, chupando
sus pezones tan suavemente y con amor. Sabía que Bill tenía fuertes
sentimientos por ella, sabía que él pensaba en ella cuando se encontraba en el
camino, y eso era suficiente para Rose. Le permitió chupar sus pezones
durante unos minutos, aunque era contra las reglas.

Cuando terminó, levantó la mirada hacia ella y el agradecimiento en


sus ojos era desgarrador. Se preguntó cómo era la vida de estos hombres que
entraban en el bar. Se pasaban tanto tiempo en la carretera, a solas, lejos de la
civilización. Transportaban las materias primas que hacían posible la vida
moderna, con los minerales y madera de los grandes espacios abiertos a los
molinos, fundidores y refinerías que los procesan, pero ellos mismos parecían
vivir fuera de la sociedad.

Rose tomó el cierre de la cremallera en la parte delantera del overol de


Bill y la abrió, desde el cuello hasta el final de la cintura. Él la miró como si no
pudiera creer lo que ocurría. Esta no era la forma en que los bailes privados
por lo general iban. La chica nunca desnudó al hombre, incluso si era sólo una
cremallera en el overol. Si el cliente llevaba un traje grueso como el que Bill
usa, entonces tenía que intentar y disfrutar de la danza, y obtener la mayor
sensación del cuerpo de la chica moliéndose contra él, como fuera posible a
través de la tela gruesa y acolchada.

Rose sacó el overol hacia abajo sobre los hombros de Bill y le ayudó a
sacar sus brazos de las mangas. Tenía una camisa negra debajo. Podía oler el
sudor rancio del cuerpo de Bill. Era un olor almizclado fuerte, pero lo ignoró.
Estaba allí por el de Bill, y no al revés.

Se puso de pie en el sofá y tomó una de las barras que atravesaba el


techo. Esto la dejó bailar justo frente a él sin que exista ningún peligro de
perder el equilibrio. Movió sus caderas, torciendo la ingle y el torso delante de
la cara de Bill. Su cuerpo estaba a sólo centímetros de él. Miraba su
entrepierna, en su ropa interior negro, de encaje.

—Vamos —dijo ella—, quítalos.

Él la miró de nuevo, pero esta vez había menos dudas en su rostro. Él


sabía que estaba haciendo algo especial esta noche. Rose se movió hacia atrás
y adelante con la música y mantuvo sus piernas juntas para que Bill pudiera
deslizar sus bragas hacia abajo alrededor de sus tobillos. Por lo general, él
habría estado esperando sentarse en sus manos o mantenerlas directamente
abajo a los lados. Esta noche, él fue capaz de dejar que sus dedos se deslicen
sobre la suave piel lisa de sus muslos mientras deslizaba sus bragas por sus
piernas.

Rose salió de las bragas y las empujó fuera del sofá al suelo. Luego
movió la entrepierna de ida y vuelta delante de la cara de Bill. Su sexo estaba
tan cerca de él que podía sentir su aliento caliente sobre ella. Se movió hacia
atrás y adelante, cada vez más cerca de su cara hasta que pudo sentir los
mechones puntiagudos de rastrojos de su bigote y la barba tocando con
suavidad contra los labios afeitados de su vagina.

Bill cerró los ojos, apretó los labios y dejó que se rozaran contra los
labios de su sexo. Estaba haciendo más de lo que cualquier hombre podría
esperar de un baile erótico. Para una bailarina llegar a tocar la cara de un
hombre con su vagina era un gran problema, y lo sabía mejor que nadie.
Había una sonrisa tranquila en su cara que movía Rose. Ella sabía que su vida
era difícil, en muchos aspectos, era mucho peor de lo que la vida de Bill nunca
podría haber sido, estaba cautiva después de todo. Se encontraba aquí por la
fuerza. Él era libre de irse cuando quisiera. Y, sin embargo, sintió tal simpatía
por él. Podía sentir el peso de su inmensa soledad. Podía sentir la oscuridad,
el frío, el dolor de su corazón.

—Pruébela —susurró.

Bill jadeó. Era como si nunca hubiera oído esas hermosas palabras en
toda su vida. Miró hacia arriba y ella captó su mirada. Luego abrió la boca y la
apretó contra los suaves labios de su vagina. Sus labios se movían con tanta
suavidad, su lengua entró en la boca de su sexo tan lenta y suavemente, que
era como si estuviera teniendo su primer beso. Deslizó la lengua en su sexo,
por los pliegues de piel de color rosa, como si fuera un adolescente
haciéndolo con la chica que amaba. Él puso su boca sobre su clítoris y lo
chupó suavemente. Rose exhaló. No esperó que esto se sintiera tan bien.
Estaba acostumbrada a los hombres comiéndosela rudamente como perros
lamiendo de un plato. Ella no esperaba que Bill le hiciera sentir este tipo de
dolor, que fuera tan cuidadoso y delicado. Su lengua se movía sobre cada
pulgada de su piel, profundamente en la apertura de su vagina, y se deslizó
una y otra vez sobre la piel de su clítoris. Ella bajó la mirada hacia él, pero sus
ojos no estaban abiertos. Fue transportado a un mundo propio, un mundo
creado por su propia mente, lejos de este lugar desolado.

Rose se preguntó dónde estaba él, adonde lo había llevado su mente.


Deseó poder escapar a ese lugar también. Ella era dolorosamente consciente
de dónde estaba. No podía olvidar eso. Sentía que iba a estar aquí para
siempre, que nunca podría escapar, que nunca sabría lo que era estar otra vez
en la civilización, para ser libre, ser dueño de su propio destino. Todo lo que
podía ver eran las negras paredes de yeso de la pequeña habitación en la que
se encontraba, los altavoces baratos en las esquinas del techo reproduciendo
sin cesar la lista de los mejores cuarenta éxitos, los espejos sucios en la pared
que reflejan cada movimiento que hacía, la bombilla de cincuenta vatios que
colgaba de un cable suelto por encima de ella, pintado de rojo.

Bill dijo algo.

Rose bajó del sofá para que pudiera oírlo mejor.

—Gracias —dijo Bill.

—No me des las gracias todavía —susurró.

Se puso de rodillas delante de él. Él apenas podía creer lo que veía. No


podía entender lo que sucedía. Era como si todos sus sueños se volvieran
realidad. Este era un hombre que nunca supo cómo era estar con las cosas que
salían a su manera en el mundo y ahora tenía a esta mujer hermosa, deliciosa
de rodillas entre sus piernas.

—¿Qué estás haciendo? —Articuló las palabras con los labios, pero su
voz no hizo ruido.

—Shh —susurró.

Ella tiró de la cremallera en la parte delantera de su overol aún más


abajo y tiró de ellos. Él levantó su peso sobre el sofá para que pudiera sacar el
overol bajo su cintura. Bajó la tela pesada hasta los tobillos y luego sacó sus
cortos calzoncillos azul marino abajo también.
Bill parecía casi avergonzado cuando la miraba a la cara. Este era un
hombre que hizo un hábito visitar los clubes de striptease al menos dos veces
a la semana durante los últimos quince años, y allí estaba, de repente
avergonzado.

La primera cosa que Rose notó fue el olor. Estaba claro que Bill no se
duchaba desde hace tiempo, probablemente desde que dejó la mina de litio.
Olía a ropa sucia, calcetines viejos, toallas con moho. Rose intentó no darse
cuenta. Se recordó que se trataba de él, esto era todo para su placer, no el de
ella.

El pene de Bill estaba firme y erguido, anticipando un placer que


probablemente no había sentido en mucho tiempo. Venas gruesas se
envuelven alrededor del eje como enredaderas de color púrpura. El prepucio
se desprendió, revelando un profundo rojo en la punta. Rose intentó no
pensar en lo que hacía, dónde estaba ella, la persona en que se convirtió. Lo
único que pensaba era en que ella podría traer un poco de placer a la vida de
este hombre y que, al hacerlo, se sentiría menos sola.

Se inclinó sobre el pene, bajando la mirada a él.

—No tienes que hacer esto —gruñó Bill.

Fue un momento extraño, pensó. Aquí estaba Bill, un hombre que


probablemente imaginó esto mil veces, y ahora que ocurría en realidad le
decía que no tenía que hacerlo. Se dio cuenta de que se sentía avergonzado. Él
sabía que estaba sucio. Sabía que era viejo. No cuidaba de sí mismo. No se
lavó. No comía bien. Bebía demasiado.

—Shh —le susurró con dulzura.

Luego se inclinó y bajó la boca abierta sobre el pene. Su lengua conectó


con él, deslizándose a lo largo de la parte inferior del eje. La punta se levantó
en su garganta como si estuviera buscándola. Se deslizó por toda la longitud
del eje y luego chupó la punta.

Bill dejó escapar un largo suspiro satisfecho.

Rose bajó la cabeza en el pene hasta que su cara se presionó en el vello


púbico de Bill, su frente contra su vientre flácido. Su pene tan atrás en su
garganta que creyó que iba a vomitar, pero no lo hizo.

—Oh, Dios mío —Bill se quedó sin aliento.


Mantuvo la cabeza contra su ingle, tanto como pudo y luego vino a
tomar aire.

—Gracias —susurró Bill.

No lo miró. No quería ver la gratitud, la debilidad, la necesidad. Le


estaba dando placer pero eso no significaba que tuviera que mirarlo mientras
lo hacía.

Chupó la punta bulbosa de su pene y sintió un pulso latiendo a través


de él. Su pene se llenó de sangre, semen y todo lo que el cuerpo bombea a un
pene antes de eyacular.

Rose blanqueó su mente. No quería recordar los detalles de esto. No


quería toda esto arraigado en su memoria si podía evitarlo. Trató de ir sólo a
través de los movimientos sin experimentarlos plenamente, si es que eso era
posible.

Llevó la boca fuera del pene de Bill y se inclinó, tomando su escroto en


su boca. Chupó sus bolas, lo que le permitió experimentar la emoción de la
anticipación, lo que retrasa el momento del clímax. Pasó la lengua por la piel
cubierta de pelo de su escroto y lamió cada pedacito de ella.

—Oh, Dios mío —dijo de nuevo.

Luego volvió a subir. Era el momento de traerlo sobre el borde.

Bill bajó la mirada hacia ella.

—No tienes que hacer esto —dijo, débilmente—. Puedo terminar solo
fuera si quieres.

Sabía que se sentía avergonzado. Sabía que él ya sentía la vergüenza


que vendría cuando se dio cuenta de que tenía la boca llena de su esperma
sucia y viscosa. Sabía que podía parar ahora mismo y todavía le daría las
gracias, hasta el día en que murió por lo que hizo. Pero no podía hacer eso.
Ella no podía parar. Necesitaba que esto suceda, tanto como él.

Se precipitó por sobre el pene, llevando su cara hacia abajo en su pubis,


presionando su frente contra la grasa flácida de su interior, permitiendo que
la cabeza palpitante de su pene presionara en lo profundo de su garganta.

Ella no sabía qué era lo que le impedía dar arcadas. Pensó que lo haría,
pero no lo hizo. Se quedó dónde estaba y esperó. Sentía como un minuto pasó
pero en realidad fue sólo unos segundos, luego oyó a Caribou Bill gritar, casi
como si estuviera llorando de dolor.

—Oh Dios —exclamó, y sus manos vinieron abajo a la parte posterior


de su cabeza y la empujó aún más en su pene palpitante.

El semen chorreo en la garganta, una primera versión brotando,


seguido de otro y otro. Él presionaba su cabeza abajo con fuerza en su pene y
ella trató de subir por aire pero él no la dejó. Parecía, en el éxtasis de su
agonía final, se olvidó de él mismo. Rose empujó hacia arriba con fuerza,
tratando de levantarse para respirar. Bill mantuvo la cabeza abajo firmemente
en su lugar. Su pene derramó una corriente semen después de venirse
profundamente en su garganta.

Se tragó todo. Bajó por su garganta, en un segundo estuvo en su


estómago. Le recordaba a un tiempo cuando era más joven, antes de que esto
hubiera ocurrido, cuando una vez trató de tragar ostras. La sensación del
bocado viscoso deslizándose por su garganta hasta su estómago era
exactamente la misma.

Cuando terminó, Bill le soltó la cabeza y por fin pudo respirar. Él no


hizo contacto visual con ella. Parecía tener remordimiento por lo que sucedió,
como si le diera vergüenza. Él sabía que estaba sucio, viejo y no tenían sentido
chorrear su carga en la garganta de una joven de unos veinte años que no
tenía más remedio que estar aquí con él.

En voz baja dijo—: Te lo tragaste.

Ella asintió.

Él la miró por un momento. Había algo en la forma en que la miraba,


algo significativo. Se preguntó que significaba. En ese momento, su mente
saltó a una sola conclusión, que podría estar dispuesto a ayudarla.

Ella lo miró. Sus ojos parecían húmedos. No era exactamente un


príncipe azul, de muchas maneras era tan repulsivo como Murdoch. Pero si
había una posibilidad de que podría ayudarla, si existía una posibilidad de
que pudiera sacarla de este lugar, alejarla de aquí y llevarla de nuevo a la vida
que conoció antes, o a cualquier vida que no estuviera aquí tenía que tomarla.

—¿Me ayudarías? —Susurró.


La miró tan profundamente, tan intensamente. Estaba segura de que la
mirada que le estaba dando era una de amor.

—¿Qué? —Dijo. Ella habló en voz tan baja que no la escuchó.

Le tomó un esfuerzo decir las palabras. Todavía podía probarlo. Habló


un poco más fuerte, y sentía miedo incluso mientras las decía.

—¿Me ayudarías? —Susurró—. ¿Me ayudará a salir de aquí?

La expresión de su rostro no cambió. Realmente era amor. Se sentía


segura de eso. ¿Podría ser este el momento en que ella podría salir de esta
terrible situación, cuando finalmente pudo liberarse?

Él extendió la mano y tocó su mejilla. Había tal suavidad en su tacto,


tal compasión. Y entonces, de repente, se estiró hacia atrás y le dio una
bofetada en la cara. ¿Qué sucedió? Ella se sorprendió. ¿Por qué le hizo daño?

Después de lo que acababa de hacer por él, ¿por qué no estaba


dispuesto a ayudarla? Quería llorar, pero estaba decidida a no hacerlo. Aún
podía saborear el sabor viril, salado de su semen.

No podía creerlo. ¿Cómo fue tan estúpida? Su mejilla picaba con dolor
punzante de la bofetada.

—¿Por qué puedo ayudarte? —Dijo—. ¿Estás justo donde quiero que
estés?
5
Traducido por Florpincha & Mich Fraser
Corregido por Jessibel

Rose estaba aturdida. Ella debería haberlo sabido mejor. ¿Cómo podía
haber sido tan estúpida? ¿Cómo podía ser tan ingenua todavía? Incluso
después de todas las cosas terribles que le habían sucedido, todavía estaba
cometiendo errores estúpidos, tontos que pueden llegar a ella en un montón
de problemas. Si Caribou Bill les dijera a Murdoch o incluso a Serge que ella
le había pedido ayuda, probablemente sería hospitalizada por los golpes que
le diera. Ahora Bill tenía algo de ella. Si alguna vez se negaba a hacer lo que
quería, él sería capaz de mantener esto sobre ella.
Tenía que ser más inteligente. Ella tenía que ser más fuerte. Si alguna
vez iba a sobrevivir en este lugar, si iba a vivir en este mundo frío y oscuro,
sin corazón, tendría que ser más fuerte. Tendría que poner su corazón de
acero contra la debilidad, la bondad, la soledad que le había llevado a hacer lo
que acababa de hacer para Bill.
Se sentó en sus rodillas y observó cómo Bill arreglaba su overol. Luego
se metió la mano en el bolsillo y sacó la cartera. Él tiró un billete de veinte
dólares en ella y luego se levantó y se fue. Ella esperó, sentada en el suelo de
la pequeña cabina, la música incesante reproduciéndose desde los altavoces
crepitantes en lo alto.
Ella trató de contener las lágrimas, pero no pudo.

Cuando volvió al bar, Bill ya se había ido. Se sintió aliviada. Rezó para
que no hubiera mencionado nada a Murdoch acerca de lo que había sucedido
en la habitación privada. Aunque una mirada a Murdoch sin embargo, y ella
sabía que estaba enfadado por algo.
—¿Bill se marchó? —Dijo ella.
—Puta —indicó él desde detrás de la barra.
—¿Qué?
—Sé que se la has chupado, pequeña zorra.
—¡Murdoch!
—Bueno, ¿lo hiciste? —Ella lo miró. Sabía que estaba celoso. ¿Cómo
sabía que lo que había hecho en la trastienda? ¿Bill le había dicho a él? ¿Había
una mirilla en la habitación?
—¿Cómo sabes lo que hice? —Dijo.
—¿Qué diferencia hace?
Él estaba en lo correcto. En realidad no importa cómo lo sabía. Lo que
importaba era que no parecía saber que le había pedido a Bill ayuda. Sí
hubiera oído eso por casualidad podría haberla matado. Estos celos podía
tratarlos. Si alguna vez descubrió que había pedido ayuda, eso sería peor. Eso
sería mucho peor.
Ella se acercó a la barra y se sentó en un taburete.
—Se la he chupado, ¿y qué? —Dijo—. No sé por qué lo hice. Solo lo
hice. Se me dio la gana.
Murdoch negó con la cabeza. Estaba celoso porque ella siempre se
resistió a cualquiera de sus propios intentos de conseguir algún amorío con
ella. Había intentado cientos de veces conseguir entrar en sus pantalones, a
veces había tenido éxito, a veces había fallado, pero cada vez, se había
resistido. No le gustaba eso. ¿Por qué se estaba resistiendo a él pero
repartiendo con tanta libertad a un cliente no cumplidor como Caribou Bill,
alguien que muy obviamente, no tenía nada que ofrecerle?
—Lo siento —dijo ella.
No estaba segura de por qué se estaba disculpando con Murdoch. A
ella no le gustó. No le gustaba lo que implicaba. La hacía sentir como que le
debía algo, como si tuviera algún tipo de derecho sobre ella. El único reclamo
que tenía sobre ella era el reclamo de siempre imponerse en ella de vez en
cuando. Tenía una sensación de que esta noche podría ser una de esas noches.
No debería haber sido tan estúpida. Ella deseó no haber perdido el
tiempo con Bill. Y ella deseaba aún más no haberle pedido ayuda.
—Tú vas a coger conmigo esta noche —dijo Murdoch.
—¿Qué?
—Me escuchaste.
—No tengo que cogerte, sabes que no es así. Si le digo a Serge que me
has estado dando problemas va a patear tu culo, Murdoch.
Miró a Murdoch. La estaba mirando de reojo con una fea mueca lasciva
tal, que ella quería tirar el vaso en él.
—Tú vas a cogerme y no vas a decirle a Serge nada al respecto.
Ella terminó el vodka y coca cola que había en su vaso de antes. El
hielo se había derretido y la bebida estaba aguada.
—Y vas a hacer un montón de otras cosas que quiero también, pequeña
zorra.
Ella sabía que la tenía. Si él dijera a Serge lo que había hecho con el
Caribou Bill era imposible saber cómo reaccionaría. Puede que no le
importara una mierda o podría ir en un ataque de rabia y celos y golpear la
mierda de ella. No podía correr el riesgo.
Ella asintió casi imperceptiblemente a Murdoch. Era suficiente para él.
—Esa es mi pequeña zorra —dijo.
Rose se puso la bata y luego se apoyó pesadamente en la barra. La
camioneta de Caribou Bill se había ido y no parecía que habría más clientes
para la noche.
—Me podrías dar otra bebida —preguntó a Murdoch por arriba de la
barra.
Él estaba limpiando la parrilla y miró hacia ella.
—Y que sea fuerte —dijo.

Rose terminó su bebida, y se levantó del taburete. Ella casi se tropieza


mientras saltaba hacia abajo. El vodka se le había subido a la cabeza y la
estaba un poco mareada.
—Cuidado, ahí —expresó Murdoch.
—Cuidado, mierda —dijo ella—. Me voy a casa. Nadie va a venir aquí
esta noche.
Murdoch no protestó como de costumbre. Él sabía que iba a estar
recibiendo un poco de algo de ella más tarde y tal vez eso lo hacía sentir más
generoso.
Ella fue a los vestuarios y se puso los vaqueros, botas de nieve y suéter. Tenía
un paquete de cigarrillos de Du Maurier en sus pantalones y encendió uno. Se
sentó en el banco. Mierda, se dijo a sí misma. Ella sabía que estaba en una
mala situación. Le había dado a Murdoch algo que la podría agarrar y no
tenía ninguna duda de que eso era exactamente lo que tenía en mente hacer.
—Nos vemos en casa —dijo mientras empujó la puerta y salió al
estacionamiento oscuro.
Odió la forma en que esas palabras sonaron en sus oídos. Era como si
Murdoch fuera su marido. Ella iba a esperar por él y él lo sabía. Ahora, era su
mujer y todo porque estúpidamente se permitió sentir simpatía por ese idiota,
Caribou Bill.
Se preguntó que sería más fácil, si simplemente dejar a Murdoch o a
Serge. Tal vez Serge ni siquiera diera una mierda sobre lo que hizo con Bill.
Era una puta, por el amor de Cristo. ¿Cuál era la diferencia de chupársela a
alguien en los cuartos de atrás por una propina extra? ¿Cuántos desnudos
supervisaba Serge? ¿Tal vez ocho? ¿Con cuántas chicas? Ellas deberían de
estar en todo tipo de mierda. ¿Qué le importaba si ella había roto alguna regla
con Caribou Bill?
Suspiró. Tal vez debería intentar eso y dejar a la rata de Murdoch, si no
fuera por la historia que Bill le contó en la cabina. Sonaba como que Serge
sería un poco más amable de lo habitual.
Sería más seguro dejar que Murdoch tuviera su camino con ella, pero
sólo por una vez. Le daría un poco de azúcar, le permitiría tener lo que quería
y después, ambos tendrían algo de cada uno. Si alguna vez él se cuestionaba
lo que había hecho con Bill, iba aparentar que la obligó para follarla, y Serge
probablemente lo golpearía hasta la mierda.
Una noche. Podía manejar eso.
Se metió en el coche y encendió otro cigarrillo. La casa que compartía
con Murdoch estaba a dos millas por la carretera a lo largo de un camino lleno
de baches, con misteriosos arboles de abeto blanco. Estaba un poco ebria para
conducir, pero no había tráfico y no pasó ningún otro coche.
Se detuvo frente a la casa y tropezó. Se quitó las botas en la puerta y
entró por la cocina. El lugar era un desastre. Era una completa pocilga, como
si vagabundos vivieran allí. Hacía frío y estaba húmedo, y la mesa en la
cocina estaba cubierta de latas de cerveza, platos sucios y varios trozos de
basura. Rose se acercó a la nevera y sacó una cerveza del lío sucio de
descomposición de sobras.
Trató de encender la luz, pero después recordó que la bombilla había
estallado unos días antes y no fue sustituida.
Fue por el pasillo hasta el dormitorio y se acostó en la cama. Había una
lámpara junto a la cama y por suerte aún funcionaba. Abrió la cerveza y tomó
un largo trago. Después se metió bajo las sábanas, todavía vestida. Estaba
muy frío y húmedo que podía ver su aliento en la habitación. A veces cuando
él llegaba a casa, Murdoch encendía el horno y calentaba el lugar un poco.
Una gran cantidad de veces estaba demasiado borracho para hacerlo. Lo
hubiera encendido ella misma, pero no sabía cómo hacerlo.
Se sentó en la cama, por debajo de las sabanas y se quedó mirando la
puerta de la habitación. Tomó un sorbo de cerveza. Cada vez que escuchó un
sonido se sobresaltaba. Pensaba que era Murdoch. Se sentó y lo esperó. Su
agarre en la cerveza era tan fuerte que la aplastó sin darse cuenta.
Cuando por fin escucho la motocicleta de Murdoch subiendo fuera de
la casa, una hora más tarde, sus mejillas rayadas con lágrimas y un lío de
máscara corriendo bajo sus ojos.

Apagó la luz y esperó por él. No estaba segura de qué esperar.


Murdoch había tratado de tener su camino con ella antes, mucha veces, pero
esta fue la primera vez que ella lo dejó hacer lo que él quería. Esta era la
primera vez que no se resistía.
Se sentía extraño. Por lo general, en este momento tendía la cómoda
contra la puerta. Está noche era diferente. No estaba haciendo nada. Estaba
esperando. Cuando más pronto entrara, más pronto terminaba. Por segunda
vez en la noche se estaría entregando a alguien viejo, un decrépito
motociclista, el cual tropezó por la puerta delantera y agarró una cerveza de la
nevera, al igual que ella lo hizo una hora antes.
—Rosey —gritó.
Hizo que su piel se erizara. Deseó estar en cualquier otro lugar del
mundo.
Se dijo a sí misma que recordara este momento. La próxima vez que
sintiera ser estúpida o ingenua, o con confianza, la próxima vez que incluso
se sintiera un poco humana, recordaría este momento y lo pensaría mejor.

Cuando escuchó la puerta del dormitorio, ella estaba escondida bajo la


cubierta de su cama, temblando. Ya había apagado la lámpara. La habitación
estaba oscura.
Murdoch se tambaleó en la oscuridad, derribando cosas.
—¿Qué demonios? —Dijo—. ¿Estás aquí?
Ella no contestó.
—Vamos, cariño —dijo—. Esto no tomará más de un minuto.
Ella controló su respiración. Estaba teniendo dificultades para
mantener la respiración constante. Tenía tanto miedo y rabia en su interior,
mezclándose entre sí, era difícil incluso pensar con claridad.
—Estoy aquí —dijo en voz baja por debajo de las sabanas.
—Esa es mi chica —dijo Murdoch.
Ella lo encontró tan repulsivo. Sabía que era su estúpida culpa que se
encontrara en esa situación, no tenía a nadie a quién culpar más que así
misma, sin embargo toda la ira en este momento iba hacia Murdoch.
Murdoch encendió la lámpara. La luz reveló la situación en toda su
fealdad. Murdoch estaba mirándola de reojo, su rostro distorsionado por la
lujuria. Sus ojos hambrientos de ella. Había visto esa mirada antes. Parecía
que se convertía en una clase de monstruo antes de tener sexo. No entendía
cómo los hombres podían ser tan desesperados hasta la mierda por las
mujeres que claramente no los deseaban. No parecía natural para ella, ¿pero
lo era la situación en la que estaba?
Murdoch bajó las sabanas que cubrían a Rose y las tiró al suelo.
—Todavía vestida —dijo decepcionado.
¿Qué diablos esperaba? Esto prácticamente era una violación, tanto
como ella estaba preocupada.
—Hace mucho frío aquí —dijo. Lo miró a los ojos hambrientos,
aparentemente alimentándose de ella.
—Ahora, ahora —dijo—, no hay necesidad de ser tan irritable.
Teníamos un trato.
—Difícilmente es un trato, Murdoch —dijo.
Murdoch levantó las manos con las palmas abiertas, como si
protestara por su inocencia a un policía que tenía un arma apuntándole.
—Bien —dijo—, si prefieres que le contemos a Serge lo que pasó y le
dejamos el asunto, estoy bien con eso.
Rose pensó en eso. Se preguntó si podría ser el camino más fácil de
tomar. Nadie sabía que le pidió ayuda a Bill. Lo único que sabía era que se la
había chupado. Sin embargo, no podía correr el riesgo. Si Serge hablaba con
Bill al respecto, Bill diría lo que pasó, ¿y después qué? Serge sin duda había
matado a bailarinas por tratar de escapar. Lo sabía de antemano.
No pedir ayuda a los clientes era la regla más importante para las
bailarinas en el club. Era más grave que la violación. Terrible para los
negocios. Nadie quería ver a una chica pidiendo ayuda, no al menos los
chicos de club que el DRMC dirigía. No eran lugares de simpatía y
compasión. Eran lugares donde las mujeres mantenían sus malditas bocas
cerradas y se quitaban la ropa. Era terrible para los negocios que sus
bailarinas pidieran ayuda. Se reflejaba mal en el club, hacía a el DRMC débil y
parecía que no podían controlar a sus zorras. También atraía a la ley, algo que
en definitiva el club no quería. No, no podía arriesgarse a que Serge se
enterara de lo que le dijo a Bill.
Se quitó el suéter, luego se estiró y desabrochó el sostén, dejando al
descubierto sus pechos de la mirada de Murdoch.
—Esa es mi chica —dijo, mirando sus pechos—, pero no son tus tetas
las que me interesan.
—¿Qué?
—Date la vuelta y muéstrame ese culito apretado —dijo en un rugido
como el de un perro.
—¿Qué? —Dijo de nuevo. Sabía que sonaba estúpida.
—Sólo date la vuelta, maldita perra —dijo.
Sabía que no tenía elección. Se comprometió a ello. No había manera
de evitarlo, no había manera de escapar. Lo que sea que Murdoch quisiera de
ella, lo iba a conseguir.
Se quitó los vaqueros y bragas y los arrojó al suelo. Ahora, estaba
completamente desnuda. Murdoch se estaba lamiendo sus labios, el deseo en
su cara lo hacía parecer absolutamente horripilante. Se veía como un animal
apunto de matar.
Rose se dio la vuelta y se puso sobre sus manos y rodillas, de espaldas
a él. Si quería tomar su culo, entonces que lo hiciera y terminara.
—¿Vas a usar un condón? —Dijo.
Murdoch no respondió. Ella cerró los ojos y escuchó el sonido de él
escupiendo. Entonces sintió la saliva en su culo, deslizándose lentamente bajo
la grieta de su ano.
—Eso no funcionará —dijo—. Necesitarás lubricante.
Se preguntó si Murdoch alguna vez se tiró a una chica por el culo. Se
preguntó si está era su primera vez. Ella había experimentado un par de
veces, aunque en realidad nunca por elección. Cuando Serge estaba en la
ciudad a menudo pasaba, ya sea por él o por unos de sus amigos. No era
exactamente una violación. Era más bien que ella haría lo que quisieron
porque no quería ningún problema. Todo lo que hizo fue bajo presión, sin
embargo tenía demasiado miedo para resistir la realidad. Afortunadamente,
Serge no iba tras ella todas las semanas. A menudo, cuando llegaba de la
ciudad venía tan drogado que no era capaz de levantarlo. Haría que Rose se
desnudara para él, bailara en su regazo, pero en realidad no podía cogerla.
Ella no se estaba escapando de nada esta noche. Miró por encima del
hombro y vio el pene erecto de Murdoch. Él no estaba teniendo ningún
problema en levantarlo. Por lo general ella siempre luchaba con Murdoch. Él
no era tan temeroso como Serge o el resto de los motociclistas de la BRMC.
Murdoch había logrado tener su camino con ella durante los primeros meses
después que había llegado, pero muy pronto se armó de suficiente valor para
resistirlo.
Esta noche, le estaba dando un pase libre.
—¿Qué es lo que necesito? —Dijo él.
—¿Has hecho esto antes?
Era su primera vez. Estaba sorprendida. Habría pensado que un viejo
motorista experimentado como él, alguien que había hecho un habito tratar
de violarla durante todos los últimos meses que estuvo allí , habría tenido
sexo anal antes en su vida.
Él continuó presionando la cabeza gruesa de su pene contra su ano,
pero todavía sin entrar.
—¿No tienes algo de vaselina o lubricante o algo así?
Esto fue aun más humillante de lo que imaginó. No sólo lo tenía que
dejar hacerlo, sino que tenía que darle instrucciones de cómo hacerlo
correctamente también.
—Espera aquí —dijo Murdoch.
Rose sacudió la cabeza. Murdoch era un idiota, no había duda. A veces
le temía, pero todo lo que tenía que recordar era lo estúpido e inepto que era,
y por lo general tendría su valor de nuevo.
—¿A dónde crees que iré? —Dijo ella.
Murdoch se fue y un momento después volvió con un frasco de
vaselina que Rose había comprado para poner en sus talones.
—Vuelve a tu posición —dijo.
Rose regreso sobre sus manos y rodillas y miró la pared.
—Te dejaré hacer esto —dijo—, pero entonces estamos a mano.
Murdoch tomó una buena cantidad de vaselina y sin advertencia
presionó el dedo contra su ano.
—Jesús —dijo.
Empujó su dedo profundamente, todo el camino. Rose se quedó sin
aliento. La sensación era abrumadora. Sintió que sus ojos tenían lágrimas
mientras su dedo se deslizo hasta el fondo de su ano y volvió a salir.
—Bien —dijo él. Se levantó sobre sus rodillas y apretó la punta de su
pene duro contra su culo engrasado. Dolió cuando presionó, lo más fuerte que
pudo. Su pene no quería entrar, pero mantuvo la presión y un momento
después se deslizó en su vagina.
Eso la sorprendió. No había estado preparada para eso. Gritó. El duro
pene de Murdoch fue profundamente en su vagina.
—Oh, sí —gritó—, ¿eso es todo?
—Esta es mi vagina, pendejo.
Ell pudo sentirlo vacilar mientras pensaba si salía o no de su vagina.
Probablemente se sentía bien tener su pene allí. Después de todo, ese era el
agujero que la naturaleza diseñó para ello.
Pero él se salió.
—Esta es mi oportunidad —dijo y cogió otra gruesa pizca de vaselina.
Rose suspiró. Su sexo estaba cubierta de vaselina. Tan resbaladiza que casi la
excitaba.
—Mira —dijo—, si vas a hacer esto, tienes que relajarme en primer
lugar.
—¿Te refieres a los juegos previos?
—No, no como juegos previos. Tienes que relajar mi culo un poco,
tonto. No es como si fuera diseñado para algo tan grande como tu pene.
—¿Con mis dedos?
—Sí.
Rose volvió a jadear cuando el dedo largo de Murdoch empujó
pasando el músculo del ano. Se sentía como un animal siendo comprobada
antes de la compra. La sensación en su culo fue abrumadora.
—Está bien —dijo—, ahora gíralo un poco.
Murdoch parecía contento de seguir sus instrucciones. Por segunda vez
en la noche, decidió adormecer su mente tanto como le fuera posible y tratar
de no registrar todos los detalles que pasaban. Esta era su vida ahora. Había
estado aquí en este lugar desde hace dos años. No sabía cuándo podría
escapar. Murdoch la tenía. Si quería tomarla por el culo, bien podría hacer que
la experiencia pasara sin dolor tan rápido como fuera posible.
—Ahora mete otro dedo ahí —dijo—, con cuidado.
—Seré amable —dijo y obligó a entrar un segundo dedo dentro de su
culo, seguido del primero.
Ahora tenía su dedo índice y el medio allí dentro. Rose jadeó cuando lo
sintió deslizarse.
—Jesús —gritó.
—¿Estás bien?
—Estoy bien. Sólo tienes que ir despacio.
Murdoch metió sus dedos en su culo tan lejos como podía y después
comenzó a girarlos, abriendo y estirando su culo, estirando y aflojando el
músculo.
—Eso es todo —dijo ella—. Ahora ve lento.
Murdoch siguió moviendo los dedos alrededor, extendiéndolos poco a
poco y después introdujo un tercer dedo en su culo también.
—Bien, detente —dijo mientras el tercer dedo presionó en su ano y
estiró hasta donde podía llegar—. Eso debería ser suficiente. Prueba ahora.
Presionó la punta de su pene con fuerza contra su ano otra vez. No
quería entrar. Pudo sentirlo presionando contra ella, podía sentir el pene
rígido obligándose contra su culo, pero no estaba presionando lo
suficientemente duro.
—No tengas miedo —dijo—. Sólo ver por ello.
—¿Te haré daño?
—Estaré bien —dijo ella.
No podía creer que estuviera hablando con él a través del proceso
completo. Se suponía que iba a ser obligada a hacer esto.
Él empujó de nuevo y está vez la sensación se inundó por todo su
cuerpo, sintió su polla dura, rígida sobre ella. Ahora lo estaba guiando a
través de ello.
Gritó, más de sorpresa que de dolor.
—¿Estás bien? —Preguntó de nuevo.
—Sí —gruñó.
Era insoportable, la sensación de ello era casi demasiado, pero no con
dolor. Podía manejarlo.
—Cógeme —dijo y no tuvo que decir más después de eso.
Murdoch empezó a embestir su ano con su duro pene grueso,
conduciéndolo hasta lo profundo de su culo. Ella gritó por la sensación de ello
y eso sólo pareció excitarlo aún más.
—Oh, sí —él gimió.
Rose gritó mientras él seguía golpeando su pene profundo dentro de
ella. Estaba mirando hacia la pared y trató de imaginarse a un hombre más
atractivo mientras era penetrada. No pudo hacerlo. Todo lo que podía ver
eran las caras de Murdoch, Caribou Bill, Serge y todas las demás escorias que
la rodeaban en ese horrible lugar. Incluso se imaginó la cara de Rex Savage.
Eran todos los hombres que odiaba y estaba tan triste que no podía imaginar
a nadie más que a ellos cuando trató de pensar en un hombre. Era como si
todos los buenos recuerdos que tenía de cosas que ocurrieron antes de haber
sido capturada y tomadas de este lugar estuvieran desvanecidas. Se preguntó
si podría llegar el día cuando todo lo que recordara fuera este lugar. Imaginó
si se quedaba aquí el tiempo suficiente, si podría encontrar una forma de
escapar, entonces eso sería lo que pasaría. Esto podría ser todo lo que debería
saber. Los miembros del DRMC, los clientes del Cat, aquellos hombres que la
cogieron y abusaron de ella hasta que habían terminado con ella y luego su
vida habría terminado.
Se estremeció ante ese pensamiento, de pasar el resto de su vida en ese
lugar desolado, olvidado por Dios. Siendo penetrada y molestada el resto de
su vida, por esos lujuriosos hombres repugnantes hasta que no fuera más de
ninguna utilidad para ellos. ¿Era todo eso a lo que realmente tenía para
aspirar?
Como si le respondiera, Murdoch empujó con fuerza en su ano y
comenzó con su orgasmo. Podía sentir su pene palpitando, mientras
comenzaba a alcanzar lo último de su clímax. Entonces sintió los chorros
pegajoso de su semen volar por su recto, llenándola. No uso un condón. Su
pene disparó el esperma caliente y húmedo y ella gritó por la sensación.
Murdoch gritó también.
Después se retiró de ella y se dejó caer en la cama. Rose se mantuvo en
posición, mirando la pared. Por alguna razón no se pudo mover. No quería
estar acostada junto a Murdoch mientras el placer de su orgasmo flotara sobre
él, por lo que se negó a acostarse.
El perro de Murdoch estaba afuera. Rose se mantuvo en posición,
escuchando al perro ladrando como un animal loco en la ventana. El esperma
de Murdoch se deslizaba lentamente fuera de su culo y muslos, en las sábanas
de la cama donde estaría durmiendo en la húmeda y oscura prisión que era su
vida.
6
Traducido por Jessibel

Corregido por Caile

Rose y Muldroch estaban un poco nerviosos el jueves. La expectativa


de tener a Serge saliendo del bar era siempre agobiante. La mayor parte del
tiempo él era tolerante, no era estricto en los estándares que ellos mantenían
hacia el Velvet Cat, pero era impredecible, incontrolable y a veces podía ser
terriblemente violento.

—¿Qué estás mirando? —Le dijo Murdoch a Rose.

Ella estaba sentada en el bar, removiendo una taza de café a pesar de


que era negro.

—Nada —dijo ella.

Simplemente estaba pensando. Su mente estaba vagando y miraba


hacia afuera, a través de la ventana del bar. Murdoch había estado diferente
desde la otra noche, cuando ella le había dejado estar a su manera. Había sido
la primera vez en mucho tiempo que en realidad había logrado cogerla.
Cuando llegó por primera vez, él mismo la forzaba prácticamente todas las
noches. Lo que había continuado por un mes o dos, y había sido uno de los
momentos más infernales de toda su vida. Todo había sido tan nuevo, tan
terrorífico.

Peleó para quitárselo de encima tan duro como pudo. Al menos por las
primeras semanas. Después de que algo como eso pasara el tiempo suficiente
no obstante, comienzas a acostumbrarte. Rose nunca hubiera, aunque fuese
posible pero a menos de un mes de haber llegado al Cat, ella estaba
acostumbrada a las visitas nocturnas de Murdoch y no se resistía como al
principio. Ella solo yacía allí y le dejaba hacer lo que quisiera. Estaba tan
golpeada, tan vencida, que nada parecía importar.

Era otro mes o antes, cuando se dio cuenta que era tan fuerte como
Murdoch, más fuerte aún. Estaba tumbada allí, dejando que él la penetrara, y
la manera en que ella lo miró, el desprecio que le tenía de alguna manera lo
ahuyentó. Las cosas cambiaron después de eso. El la forzaba cada vez menos
y menos. Aún ocurría, especialmente cuando él estaba borracho, pero ella
había encontrado un secreto, la fuerza interna y fue capaz de mantenerlo a
raya con frecuencia, aunque a veces no.

Esta había sido la primera vez que realmente dejó que la penetrara. Le
preocupaba. Se preguntaba cuánto había cambiado. Pasó de una chica
temerosa y subyugada, alguien quien peleaba con uñas y dientes contra ser
violada, a una mujer a quien incluso no le importaba más. Estaba asustada de
que pudiera estar perdiendo su humanidad, perdiendo su feminidad. Algo
había cambiado en ella. Se la había mamado a Caribou Bill sin una buena
razón. Él era repulsivo, y solo lo había hecho por complacerlo. Y luego, había
permitido que Murdoch la penetrara, y no solo cogerla, también penetrarla por
el ano. Fue cuando supo que estaba cambiando. Se estaba endureciendo,
insensibilizando y sintiendo indiferencia. Si ella no lograba alejarse de ese
horrible lugar pronto, se iba a convertir en una de esas duras viejas mujeres,
quienes han pasado demasiados años bailando desnudas, demasiados años
siendo abusada y sin hacer nada al respecto. Se convertiría en una piedra, en
una mujer a quien nadie amaría, quien no podría amar a nadie.

—Pareces terriblemente pensativa —dijo Murdoch.

No le respondió. Se levantó y sirvió para ella un poco más de café y fue


hasta la ventana.

—El estará pronto aquí —dijo ella.

—Lo hará —dijo Murdoch.

La visita semanal de Serge alteraba a Murdoch tanto como a ella.


Murdoch había estado en el DRMC por veinte años, Serge era un chico de
unos catorce años cuando Murdoch se unió por vez primera, pero Serge creció
rápidamente mediante la categoría de la jerarquía del club. Fue conocido por
su brutalidad. Siempre estaba dispuesto para hacer lo que necesitaba ser
hecho, no importaba cuán violento fuera. Y ese era el tipo de hombre que
estaba a la cabeza en una organización como el BRMC.
Rose escuchó historias que habían hecho estremecer su sangre. Hubo
un tiempo cuando un miembro del club lo traicionó, fue a la policía por algo.
Cuando Serge finalmente capturó al chico, arrancó sus ojos de la cabeza con
unas pinzas. Murdoch le contó muchas historias como esas. Agraciadamente,
no había tenido que ver nada como eso con sus propios ojos. Ella había visto
demasiado para saber que las historias eran verdad probablemente, sin
embargo. Serge tenía una vena violenta en él que muchas personas han tenido
un mal momento incluso creyéndolo.

—¿Tienes todas las cuentas al día? —Preguntó ella a Murdoch.

Ella aún estaba enojada con Murdoch por lo que le hizo pero no quería
que se metiera en problemas con Serge. No le gustaba ver a la gente herida.

Había días en que incluso la más mínima cosa pondría a Serge fuera.
Rose quería asegurarse de que no pasara si lo podía evitar.

—¿Cómo me veo? —Preguntó Murdoch.

—Bueno, la pasada semana estuviste atrás.

—Y aprendí mi lección —dijo Murdoch.

Rose se preguntó si era complicado para Murdoch tener que seguir


ordenes de alguien que había visto elevarse a través de las filas junto a él.
Aparentemente, hubo un tiempo cuando parecía que Murdoch se convertiría
en vicepresidente. Esos días son pasado ahora. Murdoch estaba en el puesto
Siberiano, equivalente a un motociclista. Prácticamente había sido
desautorizado por el DRMC. No había realmente un trabajo menor que el
club le habría dado que ser gerente del Cat. No había gloria en ello, ni
oportunidad de hacer un gran puntaje y una mínima oportunidad de
confraternizar con sus hermanos.

Rose conocía muy bien los clubes de motociclistas. Su padre había sido
miembro fundador de los Sioux Rangers y antes de su muerte el club fue toda
la familia que ella y su padre tuvieron. Ellos vivían en la casa club. Creció allí.
Supo mejor que muchos que una de las razones principales para pertenecer a
un club como ese, era ser parte de algo, ser parte de la familia. La lealtad que
los miembros del club tuvieron unos con otros y el club, fue tan fuerte como
casi ninguna otra lealtad que ella había visto nunca. Los miembros tuvieron
que trabajar duro y arriesgar todo para estar completamente parchados, a
menudo ellos incluso, arriesgaban sus vidas, y la recompensa por eso era ser
parte de un grupo de hermanos leales que cubrían tu espalda por el resto de
tu vida. Ser enviado aquí para manejar un solitario club de bailarinas exóticas
fue una gran humillación para Murdoch. Apenas había visto a cualquiera de
sus viejos hermanos nunca más. Escasamente siquiera había corrido su
motocicleta. Rose no sabía lo que Murdoch había hecho para ser enviado aquí
pero ella sabía la manera en que Serge y otros miembros del grupo lo
trataban, lo que era un castigo por algo que habría ocurrido en el pasado.

Ella oyó la motocicleta de Serge antes de verlo rodar a lo largo de la


carretera. Serge era el único chico que había conocido que bruscamente se
negó a conducir en un camión. Aquí arriba, dado el frío brutal del invierno,
era bastante normal para los motociclistas que conducen camiones en los
meses más fríos. Serge nunca lo hizo. Dijo que no sentía el frío y por lo tanto,
no importa el frío que tuviera, incluso durante las tormentas de nieve y
ventiscas brutales, salía todas las semanas en su motocicleta. Cuando él entró
en el aparcamiento, vio que tenía otro corredor con él, Rust Brody.

—¡Estamos aquí! —Gritó Serge cuando irrumpió a través de la puerta


con moho.

—Es bueno verlos, chicos —dijo Murdoch y les sirvió un par de


cervezas.

Serge y Rust levantaron algunos taburetes en la barra y se dejaron caer


en ellos pesadamente.

—Mierda —dijo Rust—, pero ese viaje no es nada fácil, no importa


cuántas veces lo haga.

Serge simplemente le dio una palmada en la espalda de su chaqueta.


Era una chaqueta de cuero grueso, negro con el logotipo del cráneo del
DRMC parchado en la parte posterior.

—Debes probarlo en Enero —dijo Serge.

Rose se sorprendió de que era abril y todavía estaba muy frío. Ella
nunca se acostumbraría a aquel clima en ese lugar olvidado de Dios. Tomó
mucho tiempo en llegar la primavera.
—El negocio ha ido lento —dijo Murdoch mientras pasaba una bolsa
de cuero en el mostrador de Serge.

Contenía el dinero en efectivo colectado durante la última semana.


Rose miró. Podría caber miles de dólares en efectivo en una bolsa de ese
tamaño. Ella sabía que había sólo un par de cientos ahí, como mucho.

—Es de esperar —dijo Serge—. La carretera es apenas transitable. Ya


irá mejor pronto.

Rose quería preguntarle si creía que los negocios podrían estar


captando, pero era demasiado tímida para hablar sin que le hablasen. Serge
parecía estar en uno de sus mejores estados de ánimo, no parecía estar
drogado o nada, pero siempre era arriesgado con él.

Se sentó sola en su extremo de la barra y miró a Serge y Rust. Serge era


el más grande de los dos. Pesaba más de doscientas libras, la mayor parte era
músculo. Era un verdadero motorista de la vieja escuela. Había crecido con el
estilo de vida. Estaba en su sangre. Su cabeza estaba desnuda. Rose no sabía si
era naturalmente calvo o si se afeitó. Sus brazos eran gruesos en su chaqueta.
El parche estilo cráneo llenaba la parte posterior de la chaqueta, con
mecedoras en forma de media luna por encima y por debajo de ella. Leen,
Black Rebel MC arriba, Val-d'Or, QC, a continuación. La chaqueta de Rust era
la misma, pero debajo del logotipo en la parte posterior dice Montreal, QC. Su
capítulo se basa en la ciudad.

Los ojos de Serge eran tan azules que le recordaba a Rosa a los zafiros.
Cualquiera podría decir que él era inteligente. Eran sus ojos. Tomaba todo en
ellos, como los ojos de un depredador. También parecía muy tranquilo. Se
movió deliberadamente, respiró con un ritmo controlado. Si Rose no lo
hubiese visto pelear en muchas ocasiones, habría pensado que estaba
completamente tranquilo y sereno.

—¿Crees que la primavera al fin está aquí? —Dijo Murdoch. Rose


podría decir que sólo estaba entablando conversación.

—Está llegando —dijo Serge. Tomó un largo trago de su cerveza—. Las


barras a lo largo del 105 ya están captando.

Rose pensó sobre la historia de Bill Caribou. Se preguntó qué fue lo que
había establecido Serge así. Atacar a los clientes era peor para los negocios
que cualquier otra cosa.
—Oye —dijo Serge. Estaba mirando a Rose, haciendo señas a su vez.

Ella puso su café en la barra y saltó de su asiento.

—¿Qué puedo hacer por ti, Serge?

—Quítate esa bata para comenzar.

Se quitó la bata. Hubiera querido preguntar a Serge si podía tener algo


de dinero para conseguir ropa nueva pero le tenía demasiado miedo. Llevaba
la ropa interior de encaje negro que había usado anteriormente en la semana.

—Muéstrale a Rust esos finos pechos tuyos —dijo Serge—. Él no llega a


ver tetas como esas en la ciudad.

Rust Brody había visto las tetas de Rose en numerosas ocasiones antes,
pero no importaba. Se quitó el sujetador y reveló sus pechos a los dos de ellos.

—Esa es algo de buena comodidad justo allí —dijo Rust y le guiñó un


ojo.

Rose le sonrió. Todo era un juego. Estaba cansada de pretender


disfrutar de las atenciones de estos individuo pero no tenía mucha opción en
la materia. Sabían que, ellos fueron los que la habían secuestrado y la
obligaron a trabajar allí, pero todavía parecían creer que disfrutaron de sus
complementos y atenciones sólo porque les dedicó una sonrisa cada vez que
dijeron algo.

Rust extendió la mano y apretó sus pechos. Pellizcó sus pezones


firmemente entre el pulgar y el dedo índice e hizo un pequeño silbido. Le
dolió a Rose un poco cuando le pellizcó, pero no se atrevió a estremecerse.

—Tenía una chica en Orillia hace unos años, tenía los pezones más
gordos que alguna vez hayas imaginado —dijo Rust. Él tomó el pezón de
Rose y la puso en la boca—. Ahora es una cereza madura —dijo cuándo se
retiró.

—Sigue trayendo cerveza —dijo Serge a Murdoch.

Murdoch les sirvió un poco más de cervezas.

—¿Tienen hambre, colegas? —Dijo.

—¿Todavía sigues vendiendo esas hamburguesas de carne grasienta?


—Dijo Rust. Habían pasado unos pocos meses desde que había estado allí.
—Sí —dijo Serge—, y vamos a tener dos cada uno, con un montón de
salsa de tomate.

Murdoch se inició en la parrilla y Serge dice a Rust—: Rusty, abre la


bragueta.

—¿Para qué?

—Sácalo. Quiero mostrarte para que otra cosa es buena esta perra.

—¿Justo aquí? —Dijo Rust, mirando hacia la puerta.

—No hay nadie aquí. Ya viste la carretera, apenas es transitable.

Rust se encogió de hombros. Tenía perneras sobre sus vaqueros, pero


estaban abiertos alrededor de la entrepierna. Él abrió la cremallera de sus
vaqueros y sacó un pene grueso y suave. Rose observó. Serge hizo lo mismo,
tirando de una pieza floja de carne de sus propios pantalones vaqueros.

—Tú —dijo Rose. Ella esperó, preguntándose lo que iba a obligarla a


hacer. —Muéstrale a mi amigo aquí lo buena que eres como bailarina.

Rose se sintió aliviada. Ella había pensado que iba a pedir chupar el
pene de ambos.

—Estas son las reglas —continuó Serge. —No se permitirá que ninguno
de nosotros se toque a sí mismo. Veremos lo duro que nos puede poner sólo el
baile.

—Ya lo tienes —dijo Rose.

Miró a Murdoch. Él estaba ocupado en la parrilla con las


hamburguesas. Ella se acercó al equipo de música y la encendió. Luego se
levantó en la plataforma en la parte posterior de la barra que sirve como
escenario. Había un poste en el centro de la misma. Le había llevado mucho
tiempo para dominar los movimientos del baile del poste pero los dominó
bastante bien en este momento. Agarró el poste con su mano derecha sobre su
cabeza y se mantuvo a sí misma cuando su peso se transfirió de sus piernas a
su brazo. Ella giró su cuerpo alrededor del poste lentamente, abriendo las
piernas de par en par. Los ojos de los hombres estaban pegados a sus piernas
abiertas. Se subió al poste seductoramente y se dejó girar lentamente mientras
se deslizaba hacia abajo.

—Quítatelo —Rust gritó.


Se puso de pie provocativamente delante de la barra y jugó con el
borde superior de sus bragas.

—Sube el volumen de la música —le dijo a Murdoch.

Tainted Love de Marilyn Manson estaba tocando. Alcanzó a través de


sus piernas la parte posterior de sus bragas y tiró de ellos hasta sus tobillos.

Rust la animó. Rose se agachó, se los quitó y los lanzó hacia él. Echó un
vistazo al regazo de Rust y Serge para ver cómo se encontraban. Ninguno de
sus penes había parecido endurecerse particularmente. Ellos estaban
disfrutando del espectáculo, pero no estaban al borde del orgasmo o nada. Ni
mucho menos.

Se dio la vuelta y se inclinó, dándoles una buena vista de su culo, y


entonces ella abrió sus nalgas por un segundo, mostrando su ano. Encorvada,
miraba a ellos a través de sus piernas. Rust estaba sonriendo ahora. Se había
tensado un poco. Serge estaba mirándola también, pero más cuidadosamente,
casi analíticamente, como un entrenador de caballos de pura sangre podría
evaluar. Estiró sus nalgas y las flexionó unas cuantas veces. Rust la animó de
nuevo. Estaba disfrutando del espectáculo.

Envolvió una pierna alrededor del poste y agarrándolo por detrás de la


rodilla, se inclinó hacia atrás de modo que su pelo estaba ondeando contra el
suelo. Entonces, llegó con la otra pierna hasta la longitud de la barra y se
estiró de forma que su vagina estaba completamente abierta. Agarró el poste
con las dos manos y abrió las piernas aún más amplia. Prácticamente estaba
haciendo piruetas, pero en posición vertical, contra el poste. Rebotó dentro y
fuera del poste, dejando que su vagina lo tocara. La canción fue llegando a su
fin. Ella se quedó sin aliento. Se subió más alto, lo más alto que podía ir, y
luego estiró las piernas hacia fuera, lejos del poste, poniendo todo el peso
sobre sus brazos. Fue un movimiento duro, hizo una gran cantidad de fuerza
en los brazos y dejó que su cuerpo girara como el brazo de un reloj en un
medio círculo hasta que sus pies estaban por debajo de ella.

Se dejó caer al suelo. Se quedó sin aliento. La canción había terminado.


Caminó para abandonar el escenario, pero Serge la detuvo. No le importaba
que ella estuviera sin aliento.

—Oye —dijo—, ¿quién te dijo que te detuvieras?


Ella lo miró y se obligó a sonreír. Los hombres nunca se dan cuenta de
cuánta fuerza física se hace en el baile del tubo.

—Apenas estoy a la mitad del camino —dijo Serge.

Rose le sonrió. Bailó a través de las canciones Closer de Nine Inch Nails,
y Red Light Special de TLC. Dio todo lo que tenía, extendiéndose hacia fuera,
lejos del poste, abriendo sus piernas tanto como le fue posible, dando a Serge
y Rust la más perfecta vistas de su sexo y se culo que posiblemente podría
manejar. Presionó sus pechos contra el poste, bajó hasta el suelo y abrió las
piernas y el culo.

Cuando alzó la vista hacia ellos al final de la tercera canción, ya estaban


muy duros. Ambas penes estaban levantados en sus pantalones como postes
de tienda. Respiró profundamente, recuperando su compostura y su aliento
después del esfuerzo del baile.

—No está mal —dijo Serge—, toma una copa. Te lo has ganado.

—Tomaré una cerveza —dijo a Murdoch.

Las hamburguesas estaban listas y Serge y Rust pusieron sus penes


duros como una roca a distancia para que pudieran comer.
7
Traducido por Jessibel y SOS Mich Fraser

Corregido por Caile

Más tarde esa noche, el lugar realmente se llenó un poco. Dos


camionetas llegaron a la parcela y sus conductores, a los cuales los hombres
de Rose nunca habían visto antes, entraron en el bar y ordenaron cervezas.
Serge y Rust todavía estaban en el bar, bebiendo y fumando cigarrillos, y
todos ellos hablando trivialidades entre sí. Ambos camioneros trabajaban para
una empresa de maderera, camino hacia el norte y se dirigían a una fábrica de
papel cerca de la frontera.

Rose se sentó con ellos en el bar y bebieron vodka y coca cola. Cada
media hora o algo así, se levantaba y bailaba durante un par de canciones.
Todos los hombres se miraban, especialmente los camioneros. Se dio cuenta
de que estaban solos. Deben haber estado en el norte por un tiempo. Cuanto
más al norte estés, menor número de mujeres había. Era como el viejo oeste. A
medida que se acercaba a la frontera de la civilización había cada vez menos
mujeres y los hombres se encontraron solos y más solos.

Rose podía sentirlo por ellos. Llevaban la soledad en sus rostros, en su


lenguaje corporal, incluso en las palabras que eligieron. Siempre había
imaginado que estar en un lugar salvaje como ese, lugares donde no había
ninguna mujer, los hombres serían más duros y agresivos. Y de alguna
manera era cierto. Ellos se ponen más rudos. Su ropa es más sucia, sin afeitar,
la lavan menos de lo que deberían.

Pero también había una delicadeza que se arrastró en los hombres


después de que habían estado tan al norte por un tiempo. No sucedió en Val-
d'Or y las ciudades por allí, pero más arriba, a lo largo de las rutas del norte
donde no había más pueblos que ocurriera. Una vez que los hombres tenían
que pasar allí períodos prolongados solos, sin mujeres y niños, empezaron a
calmarse. Su voz se hizo más suave, sus modales más amables, crecieron más
apacibles. A Rose le recordaron esos osos, grandes, fuertes y robustos, pero
también suaves.

—¿Tienes una habitación privada en este lugar? —Dijo uno de los


conductores a Murdoch.

No se había dado cuenta de que Serge era el jefe del lugar. Serge y Rust
simplemente parecían dos clientes más. Murdoch era el que estaba detrás de
la barra.

—Sí tenemos —dijo Murdoch.

—¿Cuánto es?

—Depende de cuánto tiempo desea. Te podría dar una canción por


diez dólares, o tres por veinte —dijo Murdoch.

El conductor asintió. Él sacó su cartera y ojeó el dinero en efectivo. Rose


podría decir que él estaba contando la misma.

—Tengo cuarenta dólares aquí —dijo, sacando las cuentas. Los puso
sobre el mostrador. Murdoch tomó el dinero y lo puso en la caja.

—Adelante —le dijo al hombre.

Rose estaba observando. Miró a Serge y pensó en la historia que


Caribou Bill le había dicho. ¿Qué demonios era el punto de enfadarse con sus
propios clientes? Ella esperaba que Serge no hiciera nada de eso esta noche.
No tiene ningún sentido, pero cuando vio a Serge buscar en el bolsillo y sacar
un pequeño frasco de pastillas, se preocupó. Él derramó dos píldoras de la
botella sobre la palma de su mano y los puso en su boca. Luego se los tragó
con cerveza.

Rose tenía un mal presentimiento sobre él, pero no había nada que
hacer. Serge era su jefe y su trabajo consistía en tomar ese cliente en la parte
posterior y bailar para él.

Se levantó y se acercó al hombre.

—Vamos, cariño —dijo—. ¿Cuál es tu nombre?

Él no le respondió. Era un hombre amable.

Ella lo tomó de la mano y lo llevó a la trastienda. Estaba cerrada, como


de costumbre. No tenía idea de por qué Murdoch insistió en mantener esa
habitación cerrada con llave, no había nada allí aparte de un desgastado
altavoz viejo, una bombilla de luz, pintada de rojo, y un banco de piel
sintética contra la pared. Obtuvo la llave de la oficina y abrió la puerta.

—¿Cuál es tu nombre, cariño? —Dijo de nuevo al conductor.

Era un hombre amable. Ella podía decir. Caminó en silencio, como si


tuviera miedo de despertar a alguien.

—Jerome —dijo.

—Bueno, vamos a ver si podemos darte un buen momento, Jerome —


dijo ella.

Lo sentó en el banco, se quitó la bata y su ropa interior. Ella no quería


perder parte de su tiempo. Se dio cuenta de lo solo que estaba. Sólo oró para
que Serge no hiciera nada loco mientras ella estaba allí.

—¿Cuánto tiempo estuviste en el norte? —Dijo ella.

—Dos meses —dijo. Tenía un fuerte acento francés.

—Bien Alors —dijo ella.

Puso su pierna sobre él, a horcajadas sobre su regazo. Él tenía una vista
perfecta de su sexo, liso, suave y delicioso. Se agachó y abrió los labios de su
vagina para que pudiera ver todo el interior. Sabía que eso era lo que les
gustaba. Eso era lo que querían ver.

Le mostró los pliegues de color rosa de carne dentro de su vagina y se


dio cuenta de lo hambriento que estaba por ella. Se sentó de manera que su
vagina estaba descansando en su entrepierna y apretó sus pechos en su rostro.
La mirada de felicidad en su rostro era desgarradora. ¿Qué clase de mundo
era el que enviaba a los hombres al desierto para recoger madera y minerales?
Ella se compadeció de los hombres que se ganaban la vida en ese país áspero,
frío.

Se preguntó si tenía una familia, si había alguien en el mundo que lo


esperaba a su regreso hacia el sur. Ella se movió de manera que su pezón
estaba descansando en sus labios. Tenía los labios secos y agrietados. Su barba
era oscura y áspera.

—Adelante —susurró—. Puedes probar si gustas.


Ella lo estaba haciendo de nuevo. Esto fue exactamente lo que la había
metido en problemas con Caribou Bill. No se entendía a sí misma. ¿Estaba
perdiendo la cabeza? ¿Qué estaba causando que actuara de esta manera, al
tomar estas medidas
? Sabía que era la última lucha de su alma contra el proceso de perder su
condición de mujer. No estaba lista todavía a renunciar. No estaba lista para
convertirse en una dura, amargada, vieja arrugada en la que este lugar
finalmente la convertiría. Había todavía bondad, suavidad y calidez y quería
compartir esa suavidad, ese calor, antes de que se perdiera para siempre.

Él la miró.

—Chupalo —susurró.

La boca de Jerome se abrió justo un poco y su pezón se deslizó dentro.


Su lengua acarició con avidez. Él chupó con el cuidado de un niño que toma
pecho, hasta que ella se apartó y trasladó el otro pezón a sus labios. Luego
lamió y chupó suavemente ese también.

Podía sentir la dureza de su pene a través de sus pantalones


embarrados. Estaba tan duro como el acero. Frotó la entrepierna contra el
bulto en sus pantalones y casi podía sentir el latido de la misma desde el
interior de sus pantalones vaqueros.

—Quiero que te vengas —susurró a él.

Él la miró de nuevo y la gratitud en su rostro era tan clara como el


agua. Se agachó y tomó sus manos, que descansaban a los costados y las
colocó sobre su trasero. Inmediatamente apretó sus mejillas. Movió su sexo de
ida y vuelta, una y otra vez. Se movió una y otra vez en ese pequeño bulto de
los pantalones y podría decir por el ritmo de su respiración, la mirada de
desesperación en su rostro, que estaba cerca del orgasmo.

—Vamos —susurró, y llevó un dedo a su boca.

Se levantó de manera que su sexo estaba al nivel de la cara y la apretó


contra su boca.

—Lámeme —susurró ella.

Cerró los ojos y dejó que la música llenara su mente. No tenía


necesidad de recordar todo esto. No necesitaba los detalles. No quería ver lo
que estaba sucediendo. Ni siquiera quería sentir la sensación de la lengua de
Jerome en su rosado y suave sexo. Se quedó allí y se balanceaba al ritmo de la
canción cuando su lengua viajó lejos en su vagina. Se sostuvo del poste que
estaba por encima de ella y le permitió comer el contenido de su corazón.

Luego se dejó caer hacia abajo de manera que su sexo podría moler
contra su entrepierna, una vez más. Lo sintió. Se sentía el pulso de clímax ir a
través de él como una carga eléctrica.

Se quedó sin aliento. Él se estaba viniendo.

—Vamos —susurró—. Eso es. Esto es para ti.

Los siguientes segundos pasaron en un borrón en el que nunca les


daría sentido. De repente se sintió arrojada violentamente contra la pared.
Está pareció encontrarse tan fuerte como un camión a exceso de velocidad.
Golpeó su cabeza e incluso pudo haber perdido el conocimiento por un
segundo. No estaba segura.

Cuando levanto la mirada, vio a Serge. Estaba en la habitación y


golpeaba a Jerome en la cara, una y otra vez. Jerome no tuvo la oportunidad
de reaccionar. Nunca tuvo la oportunidad de defenderse.

En un momento estaba perdido en el éxtasis del orgasmo por el cual


estuvo tan desesperado y al siguiente, estaba siendo golpeado
sanguinariamente por uno de los motociclistas más brutales y notorios de
todos en Quebec.

Rose miró todo el tiempo que pudo, mucho más tiempo de lo que
imaginó poder ver algo así. Pudo ver la cara de Jerome perdiendo su forma,
sus características, el lío de sangre y la carne desgarrada. No pudo moverse.
No pudo apartar la mirada. Su voz pareció abandonarla.

Y entonces se escuchó. Su propia voz, gritando. Serge la miró y se puso


de pie y le dio una patada. Eso la hizo callar. Miró con terror sorprendida
cuando Serge sacó el cuerpo inerte de Jerome y lo arrastró por el pasillo.

—¿Qué demonios? —Escucho decir a alguien. No sabía si era Rust,


Murdoch o el otro cliente. Nunca se enteró. Se tocó la cara. Dolería más tarde,
pero ahora se sentía en bruto. Miró su dedo y vio un poco de sangre. Estaba
un poco mareada.
Un momento después, Serge estaba de regreso en la habitación.

—Levántate —dijo.

Lo miró y pensó que nunca en su vida había visto a alguien tan


terrorífico. Se veía como un monstruo. Sus labios estaban hacia atrás, dejando
sus dientes al descubierto como un perro. Sus azules ojos feroces parecían
enloquecidos como nunca lo había visto.

—Levántate —gritó de nuevo.

Trató de obedecer, pero sus piernas dejaron de funcionar. No podía


levantarse lo suficientemente rápido para él.

Serge la cogió de los hombros y la tiró en un banco de cuero. Después


abrió sus vaqueros y sacó su pene rígido. Era más grande de lo que había sido
antes cuando bailaba para él. Parecía que la violencia lo excitaba.

La extendió sobre el banco. Tenía las rodillas en el asiento y sus pechos


fueron empujados contra el cuero pegajoso. Su cara a pulgadas de la pared
trasera. Esperó. Sabía lo que venía. Era una posición en la que estuvo antes y
no había nada que hacer al respecto.

Poco a poco, día a día, Serge, Murdoch y los otros hombres del DRMC
estaban arruinando su corazón y alma, convirtiéndola en una puta sin vida,
sin valor.

Su pene encontró su apertura y al instante estuvo profundo dentro de


ella. Gritó, pero no importaba en ese lugar. No había nadie que la ayudará.
Nadie podría escuchar sus gritos. Nadie vendría.

Serge gruño mientras empujaba, una y otra vez. Su pene gigante se


deslizó como si estuviera llegando a zonas completamente vírgenes de su
cuerpo, lugares que nunca habían alcanzado.

Rose se quedó mirando la pared. Trato de poner su mente en blanco.


Cuando menos recordara lo que pasaba, mejor. Se concentró en el patrón de la
pintura de la pared, la textura fina. Trató de transportarse lejos de donde
estaba.

Y entonces paso, la gruesa y palpitante polla chorreando semen y


llenando su coño.

—Mierda —él gruño.


—Mierda —Rose gritó al mismo tiempo.

Cuando Serge salió de ella, puso su mano en su cabeza y empujó su


cara contra el banco de cuero. Después se fue.

Rose no se atrevió a salir de la cabina. No sabía lo que podría pasar si


lo hacía. No sabía la condición de Jerome. Esperaba en la cabina, bloqueada
en la posición que estaba cuando Serge la dejó. Por alguna razón no se atrevía
a moverse. Permaneció inclinada sobre el sofá de cuero y por segunda vez en
la semana sintió la sensación pegajosa del semen goteando de ella y bajando
por sus muslos.

Debió quedarse dormida en la cabina porque en algún momento se dio


cuenta que estaba sola en el club. Las luces y música se habían apagado y no
había nadie en el bar. Se levantó y se miró en el espejo por encima del sofá.
Aparte de la conmoción que pasó, había un poco de moretones, en lo demás
resultó ilesa.

Se asomó cuidadosamente fuera de la cabina. No había nadie en el


pasillo. Salió de puntitas a la barra. Estaba vacía. Las sillas, mesas y el suelo
habían sido fregados. Parecía que Murdoch hizo la rutina habitual de cierre.

Rose estaba desnuda. Se estremeció por el aire fresco. Cruzó la barra y


se asomó por la ventana. La luz de la luna brilló a través de las cortinas. No
había coches en el estacionamiento.

Dio un suspiro de alivio. Se acercó a la barra y se sirvió un fuerte vaso


de vodka. Le temblaba la mano mientras levantaba el vaso a su boca y tragó el
líquido ardiente.

Después volvió al vestidor y corrió a la ducha. Agradeció que el agua


estuviera caliente. A veces, la calefacción no funcionaba y se veía obligada a
tomar una ducha con agua helada. Se metió en el agua caliente y dejó que
fluyera por su cuerpo. Había media botella de champú barato y puso un poco
en su mano. Mientras se enjabonaba en cabello, dejó que las lágrimas cayeran
sobre su cara.
Tenía que salir de allí. Tenía que alejarse de ese lugar, rescatarse a sí
misma antes de que fuera demasiado tarde. Tenía que cambiar las cosas antes
que el lugar la cambiara a ella, de forma permanente.
8
Traducido por Jessibel & florpincha
SOS Corregido por Jessibel

Cuando salió el sol a la mañana siguiente, Rose estaba sentada en el bar


en sus pantalones vaqueros y un suéter, bebiendo café de una taza. Ella se
estremeció cuando escuchó las tres motocicletas bajando por la carretera. Se
detuvieron en el aparcamiento exterior y un momento después Serge, Rust y
Murdoch llegaron pavoneándose en la barra.

—Bien —dijo Serge cuando vio a Rose en el bar—, ya has hecho el café.

Rose no levantó la vista. No se atrevía a hacerlo. Ella había sido


penetrada, tanto por Murdoch como por Serge durante los últimos días.
Había sido violada. Sabía que no era más que una posesión para ellos, un
pedazo de culo el cual poseían, con el cual podrían utilizar para hacer dinero
a costa de coger o cada vez que les diera la gana. Se preguntó qué Serge había
hecho a ese camionero el día anterior. Jerome, era su nombre. Tenía miedo de
preguntar. No estaba segura de que hubiera sobrevivido al tratamiento que
Serge le había dado. Trató de sacar la imagen de su rostro pulverizado fuera
de su mente.

Los tres hombres se levantaron de los asientos junto a ella en el bar.


Suspiró.

Se levantó, dio la vuelta al bar y llenó tres tazas más de café. Las colocó
delante de los tres motociclistas como cervezas. Luego se fue a la nevera y se
llevó el cartón de crema y lo puso en el bar también.

—Gracias, cariño —dijo Serge.

Ella no lo miró. Se dirigió de nuevo hacia su asiento y siguió bebiendo


su café. Los hombres parecían tranquilos. Se preguntó lo que todos estaban
pensando. Por lo general eran más habladores que esto. Obviamente estaban
con resaca, no hacía falta decirlo, pero algo más que eso los mantuvo quietos
esta mañana. Se preguntó si tenía algo que ver con el hecho de que Serge la
había violado el día anterior. Ella quería preguntar lo que habían hecho a
Jerome, pero tenía miedo de tocar el tema. Quería saber si estaba vivo o
muerto.

Serge y Rust saldrían pronto y estaría contenta de ver la espalda de


ellos. Serge nunca se atascaba por mucho tiempo en las mañanas. Había
conseguido lo que había ido a buscar, su dinero, el sabor de Rose, por lo que
pronto estaría listo para montar de nuevo a la ciudad.

—Sin duda, hoy es una hermosa mañana —dijo.

Rust y Murdoch asintieron, pero Rose sabía que el comentario estaba


dirigido a ella. Se preguntó qué quería conseguir. Ella quería que se fuera y
viajara de vuelta a Val-d'Or. Había visto más que suficiente de él durante la
semana. Él era un monstruo y un idiota y no tenía ningún interés en hablar
trivialidades con él, especialmente sobre el tiempo.

Ella no dijo nada. Mantuvo los ojos hacia abajo, mirando a la barra.

—Oye, perra —Serge dijo, su tono de repente era cada vez más oscuro.
—Estoy hablando contigo.

Ella lo miró. No tenía otra opción. Su vida estaba en sus manos.

—Es un día hermoso —dijo.

Sonrió, pero había falsedad en la sonrisa. No parecía muy capaz de


emociones humanas normales. Había algo marcado y dañado sobre Serge,
hacía que aún los gestos más comunes parecieran siniestro y mal de algún
modo. Rose pensó, si era posible, que tuviera un alma mala. Había visto a
muchos hombres malos en su vida y no era algo que iba a pensar acerca de
cualquiera de ellos, pero lo pensó sobre Serge Gauthier.

—Bien —Serge dijo—. Porque te voy a llevar a un paseo.

—¿Qué? —Dijo Rose, pero ella se arrepintió en cuanto se le escapó de


sus labios.

—¿Tienes algún problema con eso? —Dijo Serge.

Él la miró desapasionadamente. Ella apartó la mirada. No podía hacer


frente a esos penetrantes, ojos locos. Eran como dos piscinas profundas de
agua azul, con riesgo de llegar a la ira en cualquier momento. Miró a Rust y
Murdoch pero estaban ocupados con su café.
—Por supuesto que no —dijo Rose. —Me gustaría ir a dar un paseo.
No he estado en una motocicleta en dos años. Lo echo de menos.

Serge sonrió, esa extraña, siniestra, sonrisa nerviosa. —Pensé que te


gustaría.

—Suena muy bien.

—Quiero decir, después de lo ocurrido la noche anterior, podría


entender si te siente un poco molesta conmigo.

Rose no podía creer que estaba sacando el tema. No era como si


hubieran tenido una pequeña discusión o algo así. La había violado. ¡La había
violado! Volvió a mirar a Murdoch y Rust, pero sus ojos estaban firmemente
pegados a la barra. Debería haber sabido que no había ningún sentido
mirarlos en busca de ayuda. Eran miembros de los Dark Rebels, Serge fue
vicepresidente de la sección local, ellos nunca darán un paso adelante para
defenderla.

—Está bien —dijo en voz baja.

—¿Qué fue eso? —Dijo Serge. —No escuché lo que dijiste.

—Dije que está bien —dijo. —Estoy bien.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Puedes hacerlo mejor que eso.

Ella lo miró. No sabía qué era lo que quería decir.

—Dile que te gustó —dijo Rust.

Rose bajó la mirada hacia la barra. No podía decir eso. Era cruel de su
parte hacerla hablar.

—Adelante —dijo Murdoch, mirándola.

Parecía que los tres estaban encantados de esto.

—Dime lo bueno que fue —dijo Serge.

Suspiró. No tenía sentido protestar. No podía desafiarlos.

—Me gustó —dijo ella, tan dulce como pudo.


—¿De verás?

—Me encantó —dijo, sosteniendo la mirada de Serge.

¿Por qué le preguntaba a ella sobre la violación? ¿Por qué querían que
dijera que le gustaba? No era cierto. Se había visto obligada. ¿Qué más daba si
ella dijo que le gustaba? Era violación. Lo había odiado. Ese fue el principio y
el final de la misma. El hecho de que lo había hecho antes, el hecho de que
otros miembros del club lo habían hecho antes, el hecho de que no conseguía
que ella dijera que estaba bien, nada de eso hizo ninguna diferencia. Nada de
eso estuvo bien. No podían pasar de esto y ser amigos ahora. Ellos nunca
serían amigos. Las cosas nunca serían normales entre ellos.

Ella lo miró y todo lo que podía sentir era odio. Odiaba a Serge. Cada
pelo en la cabeza, cada molécula de su cuerpo, lo odiaba todo. Si tuviera un
arma, le habría apuntado y apretado el gatillo.

—Llámame papi —dijo Serge.

Rose bajó la mirada hacia la barra. Su café estaba frío. Ella levantó la
taza y la bebió de todos modos. Fue mejor que hablar.

Serge se aclaró la garganta. —Oye —dijo. —Estoy hablando contigo,


perra. ¿Quieres ir a dar un paseo conmigo o no?

Ella lo miró y se dio cuenta de que este infierno que era su vida solo
estaba comenzando. Sin embargo las cosas malas habían ido muy lejos, por
terrible que la había hecho sentir, todavía estaban simplemente calentando.
Podría empeorar un millón de veces. Si a Serge le agradó ella, si empezaba a
prestar más atención de lo que hizo a sus otras bailarinas, si quería tratarla
especial, no había límite a lo mal que podría convertirse su vida.

—Sí, papi —dijo débilmente.

—Habla, perra. No puedo escuchar una maldita palabra que dices.

—Sí, papi. Me gustaría ir a dar un paseo en tu grande y ruidosa


motocicleta.

Serge asintió. Estaba satisfecho.


No había nadie en el mundo con quien Rose le hubiera gustado estar
en una motocicleta menos que con Serge Gauthier. Él era un bruto, un
violador y un asesino. Él tenía una gran moto, pero lo odiaba. ¿Cómo podía
disfrutar del viaje?

Pero a pesar de todo eso, sobrevolar la carretera a lo largo del sol de la


primavera, aferrase a él en la parte trasera de su moto, no podía evitar
disfrutar de la sensación de el helado aire fresco soplando a través de su pelo.

Rose siempre había querido estar en la parte trasera de una moto.


Desde que era una niña lo amaba. Su padre fue el primer hombre en invitarla
a la carretera. Desde entonces, subir a la parte trasera de una moto, detrás de
un hombre en cuero, le recordaba a él. Él había sido quien le enseñó a montar
también y ella lo amaba aún más. La sensación de montar a través de todo el
país, el horizonte frente a ella, el asfalto de la carretera por debajo de ella, la
llenaba de alegría. La hacía sentir viva. La hacía sentir libre y poderosa, llena
de luz y vida.

Ella odiaba tener los brazos alrededor de la cintura de Serge. Lo odiaba


con pasión. Pero aparte de eso, casi podría haber gritado de alegría por estar
allí. Había pasado tanto tiempo desde que había estado en una moto. Habían
pasado dos años desde que el DRMC la había capturado, y en los únicos
vehículos que había estado desde ese día, eran los camiones y coches de
mierda que utilizaba para transportarla alrededor o dejar su unidad entre la
casa y el bar.

Se echó hacia atrás con la vista hacia el cielo. Era más azul de lo que
había sido en meses. El invierno finalmente estaba llegando a su fin. Podía
sentirlo. Fue la primera mañana desde el otoño pasado que en realidad estaba
lo suficientemente caliente para montar sin un traje de cuero completo.

Mientras la moto rodaba, todo en la pequeña ciudad sucia de Val-d'Or,


Rose se echó hacia atrás y dejó su pelo suelto en el viento. Ella gritó. El aire
era estimulante. Ella sabía que Serge pensaría que estaba disfrutando de estar
con él, pero no le importaba. Se sentía tan bien estar en la carretera.

La moto se detuvo frente al mercado de fármacos y Rose se bajó. Serge


la miró y por primera vez le pareció ver el verdadero hombre que podría
haber sido si no estuviera en tan mal estado. Si las drogas no se hubieran
apoderado de él podría haber sido en realidad un buen hombre. Él le sonrió y
no había ninguna psico locura en los ojos que ella había visto antes.

—Vamos —dijo—, vamos a conseguirte algunas cosas nuevas.

Rose se sorprendió. No había esperado recibir nada y ahora aquí estaba


en el mercado de fármacos con Serge. Estaba tratando de impresionarla. Ella
sabía que era así. Iba a buscarle algunas cosas en un intento de compensar lo
que le había hecho a ella la noche anterior. No entendía cómo él podría pensar
que comprarle a alguien algunas cosas podría compensar lo que había hecho,
pero tenía que admitir, que realmente necesitaba las cosas.

El mercado de fármacos en Val-d'Or no era el tipo de lugar al que a la


mayoría de las chicas alguna vez podrían estar entusiasmadas. No era el tipo
de lugar que pensarían para ir un día de compras. No era nada como los
centros comerciales de Montreal a los que Rose había ido antes de haber sido
tomada. Era básicamente una farmacia con unos pasillos adicionales de ropa,
ropa interior, y otras cosas que puedan necesitar las mujeres.

Ella siguió a Serge.

—Sólo tienes que arrastrar un carro —le dijo—. Consigue lo que


necesites.

—¿De verdad? —Preguntó ella.

El asintió. Se sintió un poco mal del estómago. La trataba como si fuera


su chica y ella no era su chica. Ella lo odiaba. Nunca sería capaz de
conquistarla con esto y odiaba que lo estuviera intentando. Pero lo que más
odiaba era que ella estaba manipulándolo. Le sonrió antes de tomar el carro y
lo hizo rodar por el pasillo. La había conducido aquí en la parte trasera de su
moto y ahora él le estaba comprando un carro cargado de suministros. Ella
debería haberle dicho que se lo empujara todo por el culo. En su lugar, ella
estaba jugando muy bien. Lo había llamado papi. Había llorado de alegría en
la parte trasera de su moto. Ahora ella estaba empujando un carrito con
alegría en torno a una tienda.

Estaba consternada por lo barato que estaba permitiéndose ser


comprada. Lo primero que hizo fue ir al pasillo de ropa interior. Llenó el
carro con los sujetadores, bragas y todo tipo de ropa interior que pudiera
encontrar de su tamaño. Ella no estaba siendo delicada en todo. Agarró
literalmente todo lo que pensaba que podría ajustarse a ella. La ropa interior
no era de gran calidad, era barata y mal hecha, pero era mejor que usar el
mismo desgastado sujetador y las mismas bragas, noche tras noche. Ella era
una stripper y lo único que necesitaba una stripper era ropa interior.

Después de que ella había elegido unos seis pares de sujetadores y


unas cuantas docenas de tangas en todos los colores que tenían, se fue al
pasillo de los cosméticos y tomó crema hidratante, loción, máscara de
pestañas, corrector, lápiz labial, desodorante, perfume. Estaba conforme
porque llenó la cesta con literalmente cientos de dólares en cosméticos y
productos de higiene. Nada de eso era de lujo. Val-d'Or no era el tipo de lugar
donde se iba a comprar cosas caras, importadas. Era todo lo básico, sin marcas
de nombre, pero a ella no le importaba. Lo necesitaba demasiado y ella no iba
a dejar pasar su única oportunidad para conseguirlo. No sabía cuánto tiempo
pasaría antes de que Serge decidiera llevarla allí de nuevo.

Se dio cuenta de que no era normal lo desesperada que estaba por


conseguir estas cosas. Era como si viera el jabón y la loción y desodorante
como un símbolo de su propia condición de mujer, su propia humanidad. Ella
estaba constantemente con miedo de perderse a sí misma por ahí, tenía miedo
de olvidarse de quién era en realidad, que su corazón se endurezca y se
convierta en algo frío y sin amor. Era como si ella pensara que obtener estas
pocas cosas de mujer podría protegerla de ese proceso. Ella sabía que era
imposible, sabía que era una locura, pero era como si pensara que conseguir
estas pocas cosas buenas podría compensar el hecho de que estaba siendo
violada y abusada de manera regular por Murdoch, Serge y el resto del Dark
Rebel Motorcycle Club.

Llevó el carro al registro de salida y se avergonzó de sí misma cuando


Serge llegó para pagar. Él era su dulce papi. La señora del mostrador habría
pensado que era su novia. Ella se capturó sonriéndole. A ella no le gustaba.
Sólo quería asegurarse de tener esas cosas, eso no cambió su opinión.

—Gracias —dijo al salir de la tienda.

—Te dije que me llames papi —dijo.

Ella miró al suelo. —Gracias papi.


9
Traducido por Dahi & Jessibel
Corregido por Jessibel

No volvieron al Cat luego del mercado de fármacos. Serge tenía


algunos negocios que hacer en la casa club del DRMC y llevó a Rose con él.
Fue la primera vez que había estado allí en dos años. Todavía recordaba el
lugar de la noche que ella había sido capturada. La habían mantenido allí por
un tiempo antes de haber sido llevada al Cat. Le dio una extraña sensación
estar de vuelta.
El club era un bar de motociclistas sucio en la sucia calle principal Val-
dÒr. Todo el pueblo sabía que el DRMC operaba allí. También sabían que el
club tenía a la policía y a los políticos locales en su nómina y eso corría
bastante por la ciudad.
Raramente había algún forastero en Val-d'Or pero si alguien de fuera
de la ciudad llegaba, inmediatamente sabría que no debía entrar en la sede del
club. Parecía un bar, pero estaba claro que no era el tipo de lugar que estaba
abierto al público. De día o de noche, siete días a la semana, dos miembros
armados estaban de pie en la puerta vigilando como gorilas fuera de un club
nocturno. El logotipo del cráneo del club estaba pegado en una ventana
oscura frente a la calle. Un pequeño cartel en la puerta indicaba uno
porciento, lo que indica que cualquier persona entendería que el club se
dedicaba a la actividad criminal y estaba orgulloso de ello.
Rose había estado en clubs como esos muchas veces en su vida, no era
diferente del club Sioux Ranger donde ella creció, pero de algún modo tenía
una atmósfera distinta. Algo sobre la sede del club del DRMC la ponía
nerviosa. Tal vez era el hecho de que ella había sido llevada allí tan pronto
después de la captura. Por lo que estaba obligado a dejarle algún tipo de
cicatriz emocional. Pero ella pensaba también, que tenía una sensación propia
siniestra, algo que venía de los hombres crueles y violentos que corrían en el
club y las actividades horribles a las que se dedicaban.
Serge se detuvo en el frente y Rose bajó de la moto. Era agradable estar
en la ciudad, estar lejos del Cat donde pasaba cada minuto del día con
Murdoch, pero todavía la ponía enferma que Serge la tratase como su chica,
llevándola en la parte trasera de su moto, comprándole cosas. Si esta era una
señal de lo que estaba por venir en el futuro, si Serge estaba planeando en
hacerla su vieja dama, entonces el infierno de su experiencia con el DRMC
realmente estaba comenzando.
Siguió a Serge a la sede del club más allá de los dos guardias en la
puerta y los dos asintieron con respeto.
En el interior, dos miembros del club estaban jugando billar. La música
rock venía de una vieja máquina de discos. Detrás de la mesa de billar había
un bar con un camarero gordo. Rose lo recordaba de la última vez que había
estado allí. Nunca sería capaz de olvidar. No sabía su nombre, pero ellos lo
llamaban Fat Boy. Había sido el primer miembro de DRMC en violarla.
Nunca olvidaría esa noche no importaba lo mucho que lo intentase.
Fue poco después de su captura. La mantenían en el hotel. Fat Boy había sido
asignado para velar su habitación. Había oído al presidente dar la orden. No
había manera de saber que dormiría con ella, pero tan pronto como escuchó a
los otros cerrar la puerta, se deslizó a su habitación. Estaba atada en la cama,
completamente vulnerable.
El suelo de la habitación crujió bajo el enorme peso de su cuerpo
gordo. Debía de pesar más de trescientas libras. Rose pensó que iba a
aplastarla cuando puso su peso sobre ella. Había sido una experiencia
inimaginable. Todavía estaba fresca en su mente. Ella todavía no estaba
acostumbrada a todo eso. Solo unos días antes había estado libre, con una
vida normal. Ni en sus sueños más salvajes imaginaba que iba a ser capturada
y obligada como un esclavo. Ahora había tenido a este monstruo de
trescientas libras sobre ella.
Fat Boy había sacado cuidadosamente su traje y había tirado de él
hacia abajo alrededor de sus tobillos. Era difícil conseguir sacar a alguien de
un traje de cuero así, sobre todo cuando ella había estado luchando, pero lo
había logrado. Aún recordaba lo vulnerable que se había sentido. Había
estado aterrorizada.
Se había puesto sobre su cama entre sus piernas y había pensado que
iba a romperla. Toda la cama parecía inclinarse hacia abajo, hacia el suelo,
hacia el fin. Él puso su rostro entre las piernas y comenzó a lamerle la vagina,
comiendo su sexo como un horrible perro babeando sobre su plato de comida.
El sonido de la baba de él la ponía enferma. El disgusto de la experiencia,
mezclado con su terror por haber sido tomada cautiva de esa manera, era casi
imposible de soportar. Había estado rodando para levantarse, bebiendo
cualquier jugo que se escapaba de ella, para conseguir su lengua justo dentro.
Había querido gritar, pero también había estado demasiado asustada.
Después de que él la había puesto agradable, húmeda y resbaladiza, se
levantó y se puso encima de ella. Esa fue la peor parte. Él era tan pesado que
no podía respirar. Guió su pene a la boca de su vagina y no importa lo mucho
que se esforzó y se retorció bajo el enorme peso de su cuerpo, no sirvió de
nada. Se deslizó dentro de ella y comenzó a penetrarla rítmicamente. Para
empeorar las cosas, le había lamido la cara mientras lo hacía. Ella pensó que
se iba a venir en su interior. Ella había querido que se diese prisa porque el
lamido era tan desagradable con su horrible lengua viscosa en toda su cara.
Pero él no se vino en su vagina. Se retiró en el último minuto y luego se
arrodilló a lo largo de ella y disparó toda su carga en su rostro. Todavía podía
recordar lo que se sentía. Ella no pudo saborear la rigidez metálica de su
semen, que todavía podía oler. Al mirarlo ahora lo traía a la memoria y
todavía la ponía enferma.
—Fat Boy —le dice Serge—. Voy a tomar una cerveza y Rose tendrá
algo también. ¿Qué quieres, Rose?
Los dos me estaban mirando. Era difícil para Rose la imagen de dos
caras tan viles.
—Voy a tener una cerveza, también —dijo.
No quería una cerveza, y menos aún de Fat Boy, pero tampoco quería
crear una escena. Se sentó en el bar junto a Serge y observó a Fat Boy limpiar
unas gafas. Los dos chicos que jugaban al billar eran miembros bastante altos
del club. Rose no sabía bien pero podía decir por sus parches que no eran
posibles clientes. También les había visto un par de veces en el Cat. Ellos iban
a las fiestas a veces. Había tenido sus dos penes en su boca en un momento u
otro. Probablemente se las había chupado a todo el club para este momento.
Tenía ganas de llorar, pero sabía que no serviría de nada. No ayudaría.
Serge había estado tratando de hacer como si fuese su chica todo el día y
podría herir su ego si ella hacia una escena. Podría conseguir enojarlo. No
quería eso. Lo que había sucedido con la cara de Jerome podría suceder
simplemente con la misma facilidad con ella.
Parecían estar esperando algo y unos minutos más tarde se enteró de lo
que era. El presidente de Val-d'Or, un verdadero motorista duro de más de
sesenta años que se conocía con el nombre de Deuce llegó a la puerta de la
oficina en el lado opuesto de la habitación y llamo a Serge. Serge la dejó sola
en el bar y entró en la oficina.
Rose tomó un sorbo de la cerveza y esperó. Los dos chicos en la mesa
de billar no le prestaron atención y continuaron con su juego.
Miró al otro lado de la barra a Fat Boy y vio que estaba mirándola de
reojo sugestivamente. Se puso dos dedos en la boca y le sacó la lengua entre
ellos, imitando la acción de lamer la vagina de una mujer.
— Que te jodan— dijo Rose.
Fat Boy sólo se rió. Volvió a lavar vasos pero siguió mirando a Rose,
sugestivamente pasándose la lengua por los labios, guiñándole un ojo,
haciendo movimientos de besar con los labios.
Mientras que la mayoría de los miembros del club estaban demasiado
asustados para ligar con la chica de Serge, parecía que Fat Boy disfrutaba de
ello. A él le gustaba vivir peligrosamente. Hace dos años, cuando se había
escabullido en su habitación y la violó, sabía que el presunto presidente o
vicepresidente tenía el honor de cogerla primero. Había disfrutado de vivir
peligrosamente esa noche también. Eso era lo suyo. Él quería tocar lo que no
debía tocar. Ahora lo estaba haciendo de nuevo. Lo excitaba.
Se acercó a ella y le dijo en voz baja—: ¿Recuerdas el momento en que
te bañé con mi esperma?
—Dime otra palabra como esa y le diré a Serge —dijo.
Fat Boy sólo se rió. —Al diablo con eso —dijo. —¿Crees que a Serge le
importa lo que yo digo? Si le gustaras tanto no te tendría haciendo trucos en
el Cat por un par de cientos de dólares a la semana. No eres la chica de Serge,
solo eres una puta.
Rose sabía que había algo de verdad en eso. Sabía que no había manera
que el vicepresidente hiciera de una puta su chica principal, y Fat Boy y todos
los demás también lo sabían. El hecho de que ella era una bailarina del Cat
significaba que a nadie le importaba una mierda sobre ella, nadie la había
reclamado, y menos aún Serge. También significaba que cualquier miembro
del club que la quisiera, simplemente podría llevársela.
Pero Serge se había estado sintiendo últimamente tan celoso que no
había forma de saber cómo podría reaccionar. Era impredecible. Había estado
actuando fuera de lugar, haciendo cosas que normalmente no haría, como
golpear la mierda de los clientes que pagan por una cosa. Eso no tenía ni un
poco de sentido. Sería un motorista valiente o insensato, que decidió golpear a
la chica que iba en la parte posterior de la motocicleta de Serge.
—Tal vez no has escuchado —dijo a Fat Boy con una sonrisa perversa,
tanto como pudo mostrar—, pero Serge h estado bastante celoso últimamente.
—Eso es con los clientes estúpida idiota, no se sentiría celoso de uno de
sus hermanos.
Como para probar su punto, Fat Boy tomó la cara de Rose y la tiró
cerca de él. Luego sacó la lengua y le lamió la boca. No fue un beso, un beso
habría tenido al menos algún tipo de dignidad, él sólo la lamió como un
animal horrible.
Rose lo odiaba. Ella odiaba la sensación de su lengua húmeda,
resbaladiza en su cara. Ella también odiaba la memoria que trajo de esa noche
en el motel. Ella se encogió.
—Ves, perra estúpida, puedo hacer lo que jodidamente quiera. Eres
propiedad del club, en caso de que no lo hayas notado.
Ella sabía que era verdad. Cualquier miembro del club la podría tomar,
en ese mismo momento, y no había nada que pudiera hacer al respecto.
Pero también sabía que Serge había estado perdiendo el control,
volviéndose tremendamente celoso por ninguna buena razón. Parecía ser
dulce con ella, al menos hoy lo hizo. No era propio de él llevar a la ciudad a
una bailarina de una de sus barras. Tenía que significar algo.
—Bueno, por qué no lo pruebas, pedazo de grasa de mierda —le dijo a
Fat Boy.
—¿Qué has dicho?
—Si me puedes tener —dijo—, pruébalo. Tómame. Aquí mismo, en
este bar, dame ese largo pene duro tuyo. Dame una bien buena.
—Estás jodidamente loca —dijo Fat Boy.
Ella sabía que lo tenía. Había estado fanfarroneando. El era loco, pero
no tanto. Si intentaba follar a una chica que Serge había traído, era probable
que consiguiera que sus bolas fueran sopladas con una escopeta.
—Vamos, muéstrame lo que es ser un niño grande, Fat Boy. Muéstrame
lo gordo que eres. Lléname con esa salsa especial.
—Has perdido la cabeza, loca idiota —dijo Fat Boy.
Tenía miedo ahora. Ella lo podía decir. Si Serge salía de esa oficina y
veía esto, podría perderlo.
Rose tomó la mano de Fat Boy y se la puso sobre su pecho. —¿Te gusta
esto? —Dijo mientras sostenía la mano de Fat Boy en sus pechos. —¿Los
quieres?
Miró a los ojos de Fat Boy y vio que estaba realmente en pánico. Tenía
miedo de Serge después de todo. Era todo un bocazas. Nadie podía ligar con
la chica de Serge y si ella montó en la moto de Serge, la convertía en su novia,
al menos hasta que Serge dejase claro que no lo era.
Y entonces se abrió la puerta de la oficina y Serge volvió a salir,
sosteniendo un paquete envuelto en papel blanco.
—Oye —gritó a través de la barra.
Rose, Fat Boy y los dos miembros que jugaban al billar alzaron la vista.
—¿Qué demonios estás haciendo con mi perra? —Serge le gritó a Fat
Boy.
Fat Boy no sabía qué decir. Había sido atrapado con la mano en el
pecho de Rose.
Se lo merecía por ser un cretino.
Antes de que Fat Boy dijera nada incluso, Serge cruzó a zancadas la
habitación. Él azotó un paquete que llevaba y luego saltó por encima de ella
en el área de servicio
—Serge —dijo Fat Boy, levantando sus manos delante de su cara.
No le hizo ningún bien. En un solo movimiento, líquido, Serge estaba
encima de Fat Boy.
Serge se movió como un animal, un animal asesino. Fue rápido y sabía
exactamente lo que estaba haciendo. Era como si él sabía que no podía ser
herido. Ni siquiera pensó en eso. Él sólo se pondría encima de quienquiera a
quien pusiera su mirada, se movía como un gato y estaba en ellos. Antes de
que nadie se diera cuenta, la lucha había terminado. Serge nunca perdió.
Tenía el puño en la cara flácida de Fat Boy y en el mismo movimiento
líquido, tenía su otra mano en la parte posterior de la cabeza de Fat Boy, los
dedos agarrando el fino cabello graso. Llevó la cara de Fat Boy hacia abajo, en
la madera sólida de la barra, justo en frente de Rose. Con la otra mano tenía
un vaso de cerveza y la estrelló en la parte posterior de la cabeza de Fat Boy.
Rose vio el cristal perforar el cuero cabelludo de Fat Boy.
—Discúlpate —dijo Serge.
Fat Boy ni siquiera sabía lo que estaba ocurriendo. No podía entender
cómo se había metido en esta situación tan repentinamente. Él no dijo nada.
Su cerebro no podía trabajar lo suficientemente rápido como para decirle qué
hacer.
—Me disculpo con esta zorra, aquí, en este momento —dijo Serge. —
Ella está conmigo, gordo, estúpido de mierda. ¿No te das cuenta?
—Lo siento —dijo Fat Boy sin aliento, pero Serge ya estaba mirando a
los dos miembros que estaban jugando al billar, al otro lado de la habitación.
—Oye —les dijo—, ustedes dos me vieron entrar con Rose, ¿verdad?
—Sí, señor —dijeron los dos.
—Bueno, ¿por qué diablos no dijeron que Fat Boy estaba aquí?
No respondieron.
—¿No has terminado de disculparte? —Dijo a Fat Boy de nuevo.
—Lo siento —Fat Boy balbuceó de nuevo.
Serge le golpeó la cara contra la barra deslizante y dejó el cuerpo inerte
de Fat Boy en el suelo. Luego caminó alrededor de la barra y cogió el paquete
de papel que había traído de la oficina.
—Vamos, perra, —le gritó de nuevo a Rose. —No me hagas ir por allí y
sacarte.
10
Traducido por Jessibel
Corregido por Jessibel

Rose se sintió extraña al subirse a la motocicleta de Serge, detrás de él.


Todo en él le dijo que lo detestaba. Era violento, agresivo, la había capturado
y obligado a trabajar para su club como stripper. Había visto golpear en la
cara a ese pobre camionero, con una paliza por absolutamente ninguna razón.
Luego había aplastado, simplemente, la cara de Fat Boy. Ella sabía que era
parcialmente su culpa, pero no cambia el hecho de que Serge era un animal
fuera de control. La había violado. Ella había sido poco más que un desastre
tembloroso en el suelo de la cabina, la otra noche cuando él mismo se había
forzado dentro de ella y se satisfizo. Él era el tipo de hombre quien se
imaginaba que, probablemente, no podría llegar sin al menos algún tipo de
violación o violencia involucrada en la operación.
Serge era un monstruo. Ella lo sabía. Pero también sabía que estaba
tomando interés en ella. Eso era más de lo que había tenido en mucho tiempo.
Ella nunca había deseado a un hombre como Serge. Jamás. A ella le gustaba
los tipos duros, no se podía crecer alrededor de la cultura de los motociclistas
rudos de Montreal sin tener algo por los chicos malos. Se sentía atraída por
los chicos motociclistas. Le gustaba la arrogancia, la confianza, el hecho de
que vivían en el borde de la ley. También se sintió atraída por el hecho de que
no tenían miedo de hacer frente a la sociedad por lo que querían ser. Sabía
que a menudo rompían algunas leyes, fue víctima de muchas de las normas
de la sociedad, pero también sabía que la mayoría de los motociclistas que
había crecido alrededor eran hombres fuertes y valientes que vivieron y
murieron por un cierto código de honor.
Ella no veía tal código cuando miraba a Serge. No parecía vivir por las
mismas normas que los hombres con los que había crecido admirando.
Cuando era una niña, de vuelta cuando su padre todavía estaba vivo, había
estado impresionada por los hombres que había elegido para rodearlo. Esos
hombres se protegían entre sí. Eran verdaderos hermanos. Por eso le había
herido tan profundamente cuando Rex Salvage había traicionado ese código
cuando la vendió al DRMC.
Serge y su equipo parecían ser diferentes. No se servían unos a otros.
No hay lazos de lealtad fraternal que parecieran mantenerlos juntos. Podía
imaginar fácilmente a Murdoch vender a Serge y al resto del club si pensara
que podía salirse con la suya. La única cosa que parecía mantener a los
miembros del DRMC en línea era el miedo.
Deuce fue la peor de todas. Rose sólo había oído las historias. Ella ni
siquiera había hablado con él. Pasó la mayor parte de su tiempo en Montreal,
a pesar de que él era presidente del capítulo de Val-d'Or. Rose no entendía
realmente eso, pero se alegró de ello. De las historias que había oído, ella no
quería a Deuce demasiado cerca de ella. Por lo que sabía, nunca había estado
fuera del Cat y tenía todas las razones del mundo para esperar que nunca
cambiara.
Se subió a la parte trasera de la moto de Serge, puso sus brazos
alrededor de su musculosa cintura y se preguntó si podría jamás amar a un
hombre como él. Era bruto, mezquino y agresivo, pero también era fuerte.
Necesitaba a alguien que cuidara de ella. Necesitaba a alguien que la
rescatara. Estaba muriendo en donde estaba. Sabía que si se veía obligada a
pasar mucho tiempo a solas con Murdoch en el Cat, bailando por cinco
dólares delante de un montón de camioneros y madereros, se perdería por
completo. No sería capaz de soportar la persona que era, de la persona que
quería ser.
La pregunta era, ¿sería capaz de mantenerse aferrada a esa persona si
se obligaba a amar a un hombre como Serge? Sabía que estaba yendo más allá
de sí misma. Sabía que ni siquiera tenía muchas razones para pensar que
Serge iba a hacerla su chica, pero todavía se preguntaba lo que sería si lo
hacía.
Todo cambiaría para ella. Sería rescatada, en cierto modo. Se supone que
no fuera exactamente rescatada si el hombre que la había capturado y la puso
en esta esclavitud era el hombre que la sacaría de allí. Pero, al menos, su paso
por el Cat habría terminado. No sería presa fácil para cualquier miembro del
club más. No serían capaces de abusar de ella cuando les diera la gana. Podía
entrar en la ciudad, vivir en Val-d'Or y tener respeto o miedo, de las otras
mujeres del club. Podría incluso ser capaz de hacer algunos amigos. Debe
haber habido unos quince miembros del club en Val-d'Or. Podía hacer amigos
con sus amigas, tal vez incluso formar una familia con Serge.
No era lo ideal. Ni siquiera era lo que quería. Ella sabía que su padre se
revolvería en su tumba si la viera terminar con un tipo como Serge. Serge era
el tipo de hombre con el que su padre había pasado su vida luchando. Si sus
nietos iban a ser engendrado por un hombre así, sería un legado cruel. Pero
entonces, su padre nunca hubiera permitido que trabajara como stripper en
un lugar como el Cat tampoco, ni ser violada por Murdoch, Serge y el resto
del DRMC en cada oportunidad que tenían.
Si todavía estuviera vivo, había estado allí para hacer el trabajo de
protegerla y ella no tendría que tomar una decisión como esta. Tal vez no
tenía otra opción. Quizás fue simplemente una cuestión de supervivencia
ahora. Bien podría ceder y vivir con un bruto como Serge, o acurrucarse e
iniciar el largo y doloroso proceso de morir. No sabía ya que era el peor
destino.

La tarde había llegado y estaba un poco más fresco ahora de lo que


estuvo cuando habían dejado el Cat en la mañana. La primavera estaba por
llegar, pero aún no se asomaba. Serge debe haberse dado cuenta de que había
dado su casco a Rose para que se lo llevara.
Él conducía por la calle Des Pins, en Val-d'Or y se detuvo delante de un
bungalow con entramado de madera.
—Espera aquí —le dijo.
Tomó las llaves con él. Esperó en la motocicleta mientras él entró en la
casa. Ella sostenía el paquete de papel que Deuce le había dado anteriormente
y se preguntó lo que había dentro.
Cuando volvió a salir, Serge tenía su traje de cuero de cuerpo completo.
Era el traje que había usado cuando ella montó hace dos años. Tan pronto
como lo vio sus ojos se llenaron de lágrimas. No podía creer que todavía
estaba allí. Era como una línea de vida que conectaba de vuelta a su pasado.
—Oh, Dios mío —dijo—. ¿Mantuviste esto?
—Pensé que podrías tener frío —dijo y se lo dio.
Levantó su cara e inhaló, aspirando el reconfortante y tranquilizador
olor del cuero. Tal vez esto realmente estaba sucediendo. Tal vez Serge había
decidido hacerla su chica.
Ella no sabía si eso era algo que debería haberla hecho reír de alegría o
temblar en el peor tipo de miedo.

Rose bajó de la moto y se puso el traje de cuero sobre sus pantalones.


Todavía se ajustaba perfecto. Ella tiró de la parte superior a lo largo de su
suéter y se subió la cremallera. Todo su cuerpo estaba encerrado en el cuero
negro flexible. Siempre la hacía sentir como Gatúbela cuando vestía el traje.
Le encantaba. Fue la primera prenda de cuero que jamás había hecho por ella
misma. Si hubiera tenido que comprarlo hubiera costado miles de dólares.
—Jesús —dijo Serge. —Te ves jodidamente increíble.
Rose lo ignoró. Ella no sabía si quería fomentar esta relación o no.
Necesitaba encontrar una manera de sobrevivir, pero sin duda este no era su
única opción. Estaba en conflicto profundo sobre lo que estaba ocurriendo.
Ella sabía que le gustaba, y sabía que había cosas que podía hacer para que le
gustara aún más. Era una chica atractiva y nunca había encontrado
dificultades para cautivar a los hombres. La pregunta era si realmente quería
cautivar a un hombre como Serge. Una vez que empezara por ese camino no
habría vuelta atrás. Una vez que consiguiera tener en su cabeza que ella era su
chica, eso sería todo. Tendría que estar comprometida al cien por cien. El
podría pensar en ella como de su propiedad y cualquier hombre que la mirase
demasiado estaría corriendo un riesgo enorme.
¿Era eso lo que realmente quería?
¿Tan desesperada estaba por protección, era su vida con Murdoch en el
Cat tan mala como para estar dispuesta a permitirse ser tomada por un
hombre como Serge?
—Vamos, nena, dame un poco de azúcar.
Ella no lo miró. Echó la pierna por encima de la parte posterior de la
motocicleta y se subió.
—Oye —dijo Serge. —Te estoy hablando.
Ella suspiró en silencio. Tal vez no tendría que hacerse a la idea. Tal vez
Serge resolvería el problema por ella. Él tomó su rostro con su mano y apretó
su boca, apretando de tal manera que sus labios se arrugaron. Luego se
inclinó y la besó, su lengua lamiendo el exterior de los labios.
—Demos un paseo —dijo, volviéndose hacia el frente.
Parecía revolucionar el motor más de lo habitual mientras se ponía
fuera de la calzada. Ella se puso el casco, el casco de él, y se aferró a su cintura
mientras la moto rodó por la calle y fuera de la ciudad.

Viajaron hacia el oeste a lo largo de la Tercera Avenida y en el Trans-


Canadá. Ya había más camiones de los que habían durante la mayor parte del
invierno. A Rose le parecía que tan pronto como el invierno comenzó a ceder,
el comercio se recogió. Vio una fila de camiones que transportaban el cobre, el
zinc y el plomo por la pendiente de la carretera, cambiando lentamente
engranajes mientras subían fuera del valle.
Serge pasó por delante de ellos en el carril hacia el este, con la mano
izquierda extendida, para controlar el aire.
Rose se preguntó acerca de él. ¿Qué fue lo que lo convirtió en lo que
era? Había visto absolutamente ninguna señal de buenas cualidades en todo
lo que hizo, y sin embargo, ella sabía que debían existir. Tiene que haber algo
bueno en el hombre.
Había mantenido su traje de carreras de cuero segura durante dos
años. Eso significaba algo. ¿Qué le había hecho hacer eso? Por qué iba a
aferrarse a algo así por alguien que iba a forzarala esclavitud?
La carretera continúa al oeste por algunas millas antes de entrar en la
pequeña granja de Malartic. Las casas bajas, sentadas en filas cerca del suelo,
se atrincheraron contra los inviernos sombríos que las hirió cada año. En una
tarde agradable, era difícil para Rose imaginar cuán brutal esos inviernos
podrían ser.
Después de Malartic la carretera se curvaba al norte y luego al oeste
hacia la ciudad de Rouyn-Noranda. Serge no se detuvo mientras viajaban por
la calle principal y Rose notó algunas cabezas a su vez, al verlos pasar.
Unos pocos miles y cruzaron la línea provincial en Ontario. Una señal
de tráfico verde y una pequeña casa de madera era todo lo que marcaba la
frontera. La señal de lectura, de Thunder Bay, novecientos kilómetros. Rose
trató de imaginar la inmensidad de esa distancia, todo ello cubierto de un
espeso bosque boreal. Fue ese bosque, más que nada que lo que hizo el
DRMC, lo que la mantuvo cautiva en el Cat.
Viajaron hasta que llegaron a la pequeña gasolinera en McGarry. Era
suelo indio, por lo que el gas era más barato de lo que sería en cualquier otro
lugar. Los indios no tienen que pagar los mismos impuestos que pagan otras
personas. Serge entró en la estación y comenzó a llenar el tanque.
Rose se bajó de la parte trasera de la moto para estirar las piernas. Era
un lugar intensamente desolado. La tarde se extiende en el temprano
anochecer y la temperatura ya estaba bajando rápidamente. Se alegró de que
tenía el traje de cuero. Sin eso habría estado congelada en la parte trasera de la
moto.
Una letrero azul y blanco sobre la bomba de gas, decía Guy. Había una
pequeña tienda y un retrete. En la ventana de la tienda había un signo de cebo
vivo. Al otro lado de la calle era una choza de madera que servía el desayuno
y el almuerzo.
—¿Quieres algo? —Serge le preguntó al terminar el bombeo del gas.
—No —dijo, y lo vio caminar a través del lote hacia la tienda. Luego se
lo pensó mejor. Si iba a tratarla como a su mujer, ella podría así conseguir lo
que pudiera sacar.
—Ve a ver si tienen Du Maurier —dijo en voz alta después de él.
—Ellos no —dijo.
Los indios venden sus propias marcas de cigarrillos. Eran mucho más
barato que las marcas regulares, libres de impuestos, pero tenían un sabor
mucho más fuerte.
—¿Quieres de lo que tienen? —Dijo Serge.
—Claro.
Él asintió con la cabeza y entró en la tienda. Rose se acercó al lado de la
carretera y volvió a mirar el camino por donde habían venido. Una niebla baja
aumentaba de los árboles. Estaría muy frío pronto. Ella esperaba llegar a casa
antes de que oscureciera. Miró el cielo. Tenían mucho tiempo para hacerlo.
Se volvió y miró al oeste, hacia su destino. No era mucho más de otras
diez o veinte millas. Y entonces vio algo inesperado. Había un hombre que
caminaba por el lado de la carretera. Estaba bastante lejos en la distancia,
demasiado lejos para ver mucho en detalle, pero pensó que era extraño.
Estaba alejándose de McGarry, y por pequeño y decrépito que fuera el lugar,
era todavía mucho más habitable que el vasto desierto que se encontraba al
oeste. Por lo menos había una gasolinera y un restaurante. También había un
par de casas, las últimas estaban bastante lejos. Se preguntó dónde en la tierra
ningún hombre podía estar caminando, con rumbo a aquella dirección tan
cerca de la caída de la noche.
¿Habría alguna cabaña la cual no conocía? Era posible, pero ella no lo
creía. Se encogió de hombros. Era una visión extraña.
Serge volvió a salir de la tienda. Ella se acercó a la moto y se metió en
ella detrás de él. Él le dio los cigarrillos que había comprado.
Ella los miró. —¿Ménage? —Dijo.
—Esa es la única marca que tenían.
—¿En serio?
Serge se encogió de hombros. Él se retiró de la gasolinera y estuvieron
de vuelta en la carretera. Un minuto más tarde pasaron al vagabundo que
Rose había visto caminar. Se miraba alto y fuerte, con un paso seguro. Llevaba
una chaqueta de cuero negra y botas negras. Tenía el pelo ralo y rubio, lo cual
era lo suficiente largo como para tocar sus hombros. Eso fue todo lo que tuvo
tiempo de ver antes de haberle pasado.
Él no parecía ser uno de los locales de la reserva. Había estado en la
gasolinera un par de veces y se habría dado cuenta de un chico guapo con el
pelo largo. Serge no se detuvo para mirar al chico, pero ella sabía que él se fijó
en él.
Cuando por fin se detuvieron delante del Cat, el vagabundo fue lo
primero que Serge mencionó.
—¿Has visto ese tipo?
—Por supuesto que lo vi —dijo ella.
—¿Qué diablos hace un tipo así haciendo autoestop por aquí?
—¿Estaba haciendo autoestop?
—Tendría que estar haciéndolo. No veo ninguna otra manera en la que
llegó hasta aquí.
—Bueno, ¿y qué?
—Hay algo en él. Juro que es un motociclista. Estoy tentado de volver y
buscarlo.
—¿Qué vas a hacer? ¿Matarlo?
Miró a Serge y sabía que era exactamente el pensamiento que cruzaba
su
mente.
—Jesús —dijo—. No es más que un vagabundo. ¿Qué importa quién
demonios es? No puede causarte ningún problema.
—Lo haría menos si estuviese muerto.
—Estás paranoico, Serge.
Serge negó con la cabeza. —Acuérdate —dijo—. Ese hijo de puta era un
motociclista. Podía ver las marcas en la parte posterior de su chaqueta, donde
los parches que estuvieron antes de que los arrancara.
—¿Podrías decirlo solo por haberlo visto cuando pasamos?
—Sí, pude. Y sé todas las razones que un hombre podría rasgar el
parche de su espalda.
Rose se encogió de hombros. Ella sabía lo que quería decir. Algo de ese
vagabundo parecía mostrar que era un motociclista. El corte de la chaqueta,
parecía como un Perfecto, y sus botas también. Definitivamente parecía del
tipo. Y si hubiera habido parches en la espalda, significaba que había
montado con un MC. La única razón para eliminar esos parches era si hubiera
sido repudiado por su club o si estaba tratando de ocultar el hecho de su
membresía. Cualquiera de las dos sería razón suficiente para que Serge
comenzara una pelea.
—Vamos —dijo Rose antes de que Serge hablara a sí mismo para
volver por el chico—, vamos adentro.
Serge la siguió hasta la barra. Lo oyó hablar a sí mismo detrás de ella.
—Si hubiera estado usando un parche —Serge estaba diciendo—, volvería y
lo conseguiría en este mismo segundo. Este es mi territorio.
11
Traducido por Jessibel
Corregido por Tamij18

Dentro del bar, Rose estaba sorprendida al ver que Rust Brody todavía
estaba allí. Se había pasado todo el día sentado en el bar fumando cigarrillos y
bebiendo cerveza. Serge había traído el paquete de la moto. Rose tenía sus
bolsas de ropa y cosméticos y regresó al vestidor para ponerlas en su casillero.
—Parece que, finalmente, fuiste de compras, —dijo Murdoch en voz
alta por el pasillo, detrás de ella.
Rose lo ignoró, pero tenía que admitir que estaba contenta con las cosas
nuevas. Deshizo las bolsas, colocó la ropa interior de forma ordenada en su
casillero, el maquillaje y otras cosas en el cuarto de baño.
Se quitó la ropa, incluyendo la ropa interior y miró su cuerpo frente al
espejo. Era el mismo ritual que hacía cada noche antes de salir al escenario.
Parecía que Rust y Serge estarían dando vueltas por la noche, así que tendría
que bailar, hubiese o no clientes.
Pensó en Rust y Serge viéndola bailar otra noche. Sabía que odiaba
estar allí a solas con Murdoch, que la hacía sentir como si el mundo pasara
por ella y la dejaba atrás. Era como si estuviera perdiendo su juventud y todas
sus posibilidades de felicidad. Pero bailar para Serge y Rust era incluso peor
que eso.
Y allí de pie frente al espejo, sabía que nunca podría funcionar entre
ella y Serge. Tanto como necesitaba a alguien para sacarla de ese lugar, no
quería que fuera Serge. No podía ser la chica de un hombre tan violento y
desagradable.
Lo sabía en lo profundo de su corazón, en lo profundo de sus huesos,
que si Serge seguía dándole su atención, si seguía tratando de hacerla su
novia, terminaría muy mal.
Rose se duchó y se vistió con algunas de las nuevas piezas de ropa
interior que había recogido en la despensa de la droguería. Se sentía bien usar
un traje nuevo. También tenía nuevo maquillaje y loción y se sentía incluso
mejor. Se sentía mucho más segura y cómoda. La única cosa que todavía era
un problema era el hecho de que sus zapatos eran de un tamaño demasiado
pequeño. El centro comercial de la droguería no vendía zapatos. Si lo hiciera,
ella no habría dudado en tomar algunos.
Cuando regresó al bar, Murdoch, Rust y Serge la observaron caminar
hacia su asiento. Llevaba un par de bragas azules, de satén y un sujetador con
adornos de diamantes de imitación en ellos y se veía mucho más como una
stripper de lo que habitualmente se veía.
—Maldición —dijo Rust cuando se sentó en el bar—. ¿Por qué no
levantas ese culo y nos das algunos bailes?
Miró a Serge para ver si iba a decir algo, pero no lo hizo. Se fue a poner
la música y luego se subió al escenario. Se desnudó mientras bailaba y se
desnudó por completo para ellos. Aparte de eso, no puso mucho esfuerzo en
el baile. Los hombres no la miraban de cerca, en su mayoría hablaban entre
ellos y bebían su cerveza. No tenía mucho sentido cansarse. Todavía era muy
temprano y algunos clientes reales podrían aparecer. Si lo hicieran necesitaría
la energía para montar un espectáculo para ellos.
Vio que Serge tenía su paquete de papel en la barra y escuchó para ver
lo que era. Se lo había estado preguntando desde que lo había visto en la
ciudad.
—Esta es nuestra última aventura —Serge estaba explicando a
Murdoch y él empezó a abrir el paquete.
Rose se envolvió alrededor del poste y se echó hacia atrás de modo que
sus pechos cayeran sobre su cara. Ella permaneció en esa posición durante un
tiempo, moviéndose al compás de la música. Parecía como si estuviera
bailando, pero podría haber mantenido esa posición durante horas sin
cansarse.
—¿Qué hay en él? —Dijo Murdoch.
Serge quitó el papel, revelando un ladrillo plástico envuelto de cocaína.
Se trataba de un kilo. Eso era una gran cantidad de coca.
—Es cocaína —dijo Serge—. Es la próxima cosa en la que queremos
entrar.
—Hemos estado vendiendo cocaína durante años, ¿no es cierto? —Dijo
Murdoch.
—Tenemos, pero en las ciudades. Queremos empezar a empujarlo por
la carretera ahora. Deuce piensa que habrá un buen mercado para ello entre
los camioneros. Ellos no tienen nada que hacer con su tiempo y dinero aquí.
Un poco de coca, probablemente sería una venta fácil.
—También les permitiría conducir largos trayectos.
—Lo haría —dijo Serge—. Eso es lo que pensó Deuce. Las nuevas leyes
limitan sus horas, pero muchos de ellos evitarían eso. Si quieren estar
dieciséis horas de conducción directa, un poco de coca es definitivamente el
camino a seguir.
Murdoch asentía. —Entonces, ¿cómo voy a anunciarlo?
—Sólo ofrécelo a quien sea que podría comprar algo. Trata de
conseguir cien dólares por gramo.
—¿Pagarán eso?
—No sé qué van a pagar. Si no puede conseguir cien, dáselos por
setenta y cinco. No bajes a menos de sesenta. No queremos que los niños
suban de Toronto y Montreal y nos limpien.
—Me quedaré por encima de los setenta y cinco —dijo Murdoch.
—Bien.
Serge bebió su cerveza y miró el ladrillo de cocaína en la barra delante
de él.
—Pásame ese cuchillo —dijo después de unos minutos.
Rose sabía que era sólo cuestión de tiempo. Serge era el tipo de persona
que podría ir tan lejos, antes de abrir un ladrillo de cocaína.
Murdoch le pasó un cuchillo que estaba tirado junto a la parrilla. Serge
lo limpió contra sus vaqueros y abrió el paquete. Tomó una pequeña cantidad
de coca en la punta de la navaja y se la pasó a Rust.
—Santé —dijo Rust y esnifó la cocaína. Luego dio un puñetazo en la
mesa.
—¿Buena? —Dijo Serge.
—Es increíble. Dame un poco más.
Serge se encogió de hombros. Sumergió el cuchillo de nuevo en el
ladrillo y sacó otro montoncito de polvo blanco. Rust esnifó una y otra vez, y
golpeó sus puños sobre el mostrador.
—¿Te gusta eso? —Dijo Serge.
—Me siento como diez hombres —dijo Rust.
Era evidente que estaba al tope. Sus ojos brillaban y se movían
alrededor de la habitación. Se posaron en Rose y ella sabía que estaba en
problemas. No había nada como un poco de cocaína para convertir a un
hombre ya malvado en un absoluto monstruo.
—Tú, —dijo Serge a Murdoch—. Será mejor que lo pruebes antes de
empezar a venderlo.
—No te importa si lo hago —dijo Murdoch.
—Pero no te acostumbres —dijo Serge—. Si me entero de que estás
esnifando cuando se supone que lo estás vendiendo, tendré tus pelotas en un
saco alrededor de mi cuello.
—Yo no, jefe —dijo Murdoch, inclinándose sobre la barra, acercándose
a Serge.
Serge hundió de nuevo el cuchillo en el ladrillo y lo sacó con una pila
de polvo. Lo sostuvo en la cara de Murdoch y él bloqueó una fosa nasal con el
pulgar y resopló la coca a través de la otra.
—¡Que me jodan! —Dijo cuándo la droga entró en su torrente
sanguíneo.
—Esto debe ser una buena mierda —dijo Serge, mirando más de cerca
el ladrillo.
—Es jodidamente hermoso —dijo Rust.
Serge no esperó más para averiguarlo. Metió el cuchillo en el ladrillo y
sacó una enorme cantidad. Estaba amontonada a lo largo del cuchillo. Dio un
golpecito hacia fuera sobre la barra, enrolló un billete e inhaló a través de su
nariz.
Fue mucho. Incluso desde donde estaba de pie en el escenario, Rose se
dio cuenta de que era una gran cantidad de cocaína. No había forma de saber
lo que un golpe como ese le haría a un hombre como Serge. La mayoría de los
hombres se hacían desagradables, confiados y más agresivos con la coca.
Teniendo en cuenta que Serge era una bestia incluso en circunstancias
normales, se estremeció ante la idea de lo que iba a ser bajo la influencia de
esa cantidad de cocaína.
Se subió al poste y extendió sus piernas, mostrando su sexo a los
hombres.
—Vente aquí abajo —le gritó Serge.
Ella sabía que era sólo cuestión de tiempo.
—Vamos —dijo.
Ella los miró. Rust se balanceaba en su silla. Murdoch se reía desde
donde se encontraba detrás de la barra. Sin embargo, era Serge quien más le
preocupaba. La expresión de su rostro era seria. Estaba mirándola como si
fuera un depredador y ella fuera su presa.
Se acercó a él, completamente desnuda. Ya tenía esa sensación de
malestar en el estómago que a veces se ponía a trabajar en el Cat. La vida de
una stripper como ella no era segura. Ella nunca podría bajar la guardia
completamente. Eran largos períodos de total y absoluto aburrimiento, pero
siempre estuvo marcada por momentos de pánico y terror. Este fue uno de
esos momentos.
Ella sabía lo suficiente como para saber que una noche de baile
completamente ordinaria, siempre podría tomar un giro a peor. A partir de
ese momento, las cosas irían mal y no habría nada que pudiera hacer al
respecto. Esta noche acababa de regresar a esa esquina. Todo lo que iba a
sucederle era una certeza ahora. Desde el momento en que esos tres hombres
empezaron a esnifar la coca, se convirtió en una certeza. Fue grabado en
piedra. Nada que pudiera hacer lo haría de otra manera.
Serge clavó el cuchillo en el ladrillo de coca y sacó una enorme bola de
polvo blanco.
—No quiero ninguna —dijo Rose.
—No te pregunté si querías —dijo Serge riendo.
Rose apartó la mirada, pero él llevó el cuchillo a su cara.
—Tómalo, puta estúpida —gruñó.
Ella lo miró a los ojos por un momento. ¿Cómo podía incluso haber
considerado una relación con este hombre? Puso su nariz en la hoja del
cuchillo e inhaló la coca.
Inmediatamente sintió la oleada de placer de la droga al entrar en su
sangre.
—Oh sí —dijo Rust, observándola—. A ella jodidamente le gusta eso.
Rose se aferró a la barra para mantener el equilibrio.
—Eso es una mierda fuerte —dijo Murdoch.
Ella asintió con la cabeza.
Serge comenzó a abrir sus pantalones. Los abrió y sacó su pene. Ya
estaba duro. Rose no estaba preparada para esto. Su cabeza daba vueltas por
la cocaína. Tampoco se había recuperado de la noche anterior. Había sabido
que esto iba a suceder, había tenido una sensación incómoda durante toda la
noche, pero ahora que estaba aquí solo se dio cuenta de la cantidad de
problemas en que se encontraba.
—Vamos —dijo Serge—. Chupa esto.
Ella bajó la mirada hacia su pene. Era largo, grueso y perfectamente
formado. En una vida pasada podría haber quedado impresionada por ello.
Ahora que había visto tantos penes, no se alegraba de ver otro más.
—Dije que lo chupes —dijo Serge, alcanzando la parte trasera de su
cabeza y tiró de ella hacia abajo sobre su entrepierna.
Ella apenas tuvo tiempo suficiente de abrir la boca antes de estar en lo
alto de su pene grueso, venoso. Él empujó su cabeza con fuerza sobre ella y no
podía respirar. El pene estaba de vuelta en su garganta, ahogándola. Podía oír
la risa, pero no sabía de cuál de ellos venía.
Después de lo que pareció una eternidad, Serge amainó la cabeza y ella
fue capaz de respirar. Se quedó sin aliento al respirar. Los tres hombres
todavía estaban riendo. Rose miró a cada uno de ellos y se estremeció.
Parecían una manada de perros hambrientos.
—Vamos —dijo Serge, con una sonrisa perversa extendiéndose por su
cara—. Vamos a compartirla.
Para Rose, las palabras no se registraron inmediatamente. Los escuchó,
pero no entendió completamente lo que querían decir. Entonces, cuando su
significado se filtró en su mente, sacudió la cabeza ligeramente de izquierda a
derecha.
—Claro que sí —dijo Murdoch.
—Vamos a sacar la mierda de ella —dijo Rust.
Rose no pudo recuperar el aliento. Cerró los ojos y trató de respirar,
pero estaba tan tensa, tan asustada, que su respiración no vendría.
—No —dijo en voz baja.
Miró a Serge. Ella le daría cualquier cosa. Lo que quisiera, le daría. En
ese instante de miedo y terror, en ese momento de desesperación, sabía que
había ganado. Si la deseaba, sería suya. Si él le ofrecería su protección, si él
evitara que la violaran en grupo, si la tomaba en sus brazos y mantenía a los
otros dos fuera de ella, lo dejaría. Ella sería suya.
—Por favor —dijo, mirándolo directamente a los ojos.
Sabía que tenía algunos sentimientos por ella. Sabía que al menos le
gustaba. La había llevado en su moto a la ciudad. Para un hombre como él,
era una gran cosa. No deja a nadie en su motocicleta. Había comprado sus
regalos. Incluso había salvado su traje de carreras de cuero. Él tenía que tener
algunos sentimientos por ella.
Sabía que no lo amaba. Sabía que ni siquiera le gustaba. Estaba
bastante segura de que lo odiaba. Pero si la protegía de los otros dos, se
entregaría a él.
—Por favor, Serge —susurró—, no hagas esto. No dejes que me hagan
esto.
La sonrisa de Serge se extendió aún más en su rostro. Había un animal
salvaje en su mirada. Sabía que todo estaba perdido. Él no la amaba. No le
importaba. No le importaba nada ni nadie. Él no iba a protegerla. Podía verlo
todo. Era una bestia. No había duda de ello.
Se dio la vuelta y huyó. Estaba completamente desnuda, ni siquiera
tenía los zapatos de tacón de color rojo, pero no le importaba. Corrió
directamente hacia la puerta principal del bar. Era como si creyera que podía
escapar. Eso era una locura. Ella lo sabía. No había a donde correr, no hay
donde esconderse, ni siquiera llevaba ropa, pero corrió a la puerta como si su
vida dependiera de ello.
No sabía si alguien la perseguía. No se volvió para mirar. Estaba
demasiado asustada. Huyó como un animal aterrado siendo perseguido por
una jauría de perros hambrientos. Llegó a la puerta en un segundo y se
estrelló contra ella, hacia afuera sobre el suelo. Algo la había disparado por
detrás mientras salía por la puerta y cayó sobre la nieve fangosa que cubría el
estacionamiento.
El dolor se precipitó a través de su rodilla cuando cayó en la grava.
Estiró sus manos delante de ella y sintió la grava del estacionamiento
cortando sus palmas. Estaba llorando, pero aún no lo sabía. La frialdad del
aire era insoportable. Era como caer en agua helada. El aire allí estaba bajo
cero. No hubiera durado más de unos pocos minutos desnuda a esa
temperatura.
Pero no le importaba en ese momento si vivía o moría. Ella sólo quería
escapar.
Los límites de su vida se habían cerrado sobre ella y la estaban
sofocando. Ya no podía tolerar esta existencia. Sabía que su vida había
cruzado una línea. Todo lo que quería hacer era alejarse de este lugar, aunque
sólo fuera para morir. Había sabido por mucho tiempo que su alma y su
corazón sólo podían soportar tanta tortura, tanta tristeza, humillación y dolor.
Siempre había sabido que tarde o temprano algo se rompería, su espíritu se
rendiría, y ya no sería capaz de hacer frente al dolor y la tristeza que la
asaltaban todos los días.
Ese momento de ruptura finalmente había llegado. Cuando los gruesos
y fuertes dedos de Rust se cerraron alrededor de su tobillo, cuando el hombre,
literalmente, la arrastró por el tobillo de nuevo al bar y cerró la puerta detrás
de ella, sabía que ya no sería capaz de continuar con esta vida. De una forma
u otra, viva o muerta, tendría que liberarse o morir en el intento.
12
Traducido por Camila Cullen
Corregido por Tamij18

—Tómenla, chicos —dijo Serge mientras bajaba la mirada al piso para


ver a Rose.
Ella levantó la vista hacia él. ¿A quién quería engañar? Él no la amaba.
No le importaba nada de ella.
Se dio la vuelta y encendió un cigarrillo mientras Rust y Murdoch
trataban de evaluar si realmente quería decir lo que dijo. Sabían que
últimamente se había estado deslizando en ataques de celos llenos de rabia,
sabían que sería arriesgado joder a cualquier mujer a la cual él pudiera
concebir como de su propiedad, pero alimentados por la cocaína y su propia
avaricia lujuriosa, ambos estaban desesperados por joder a Rose.
—Mírala —dijo Murdoch.
Rose estaba tratando de levantarse sobre sus rodillas, pero se las cortó
tan gravemente cuando cayó que dolía tratar de gatear.
—¿A dónde crees que vas, pequeña dama? —Dijo Rust.
Rust se elevaba sobre ella. Había sacado su pene de sus pantalones y la
sostenía en su mano como un arma.
—¿Lo dices en serio, jefe? —Le dijo a Serge.
—¿Tengo que repetirlo? —Preguntó Serge—. Ustedes dos tomenla. Y
mejor que lo hagan duro a menos que quieran que cambie de opinión.
—Es solo que ella te montó contigo hoy —dijo Rust.
Serge miró a Rust por un segundo. Rose podía entender porque
dudaba en cogerla. La manera en que Serge había estado volando fuera de la
situación, cualquiera sería un tonto por conseguir su lado malo. Rezó para
que Serge cambiara de opinión.
–Tú —dijo Serge, señalando con el dedo a Murdoch—, quiero ver tu
pene dentro de esa perra ahora mismo.
—Sí, jefe,—dijo Murdoch.
Se acercó al bar y se quitó los pantalones. Rose se estremeció. ¿Cómo
iba a superar esto alguna vez? Esto iba a arruinarla. Ya podía sentirlo.
—Y tú —dijo Serge, esta vez apuntando con el dedo a Rust—, quiero
ver tu grueso pene en su culito apretado. Quiero ver a esta puta tan llena de
semen que esté lista para estallar. Quiero que la ahoguen en él.
Rose estaba sacudiendo la cabeza. Sus ojos estaban secos, no tenía más
lágrimas para llorar por esto, pero sacudió la cabeza y miró con dolorosa
agonía mientras Rust y Murdoch se quitaban la ropa. Cuando ambos
estuvieron desnudos, Murdoch se acercó a la puerta del bar y giró la señal.
Luego le puso el seguro a la puerta.
Rust la jaló sobre sus pies. Ella miró su cuerpo. Sangre corría desde sus
rodillas hacia sus tobillos. Tendría que limpiar la grava de esos cortes más
tarde. Pensó en ello mientras Rust la llevó sobre el escenario.
—Murdoch —dijo—, siéntate en este lado de aquí.
Murdoch se acercó y se sentó en el costado del escenario. Su pene
atascado hacia arriba en frente de él en su regazo. Rose la miró como si fuera
una serpiente venenosa. Sabía que muy pronto estaría inyectando su veneno
en su vagina.
—Qué estás esperando, perra —dijo Rust—. Monta ese pene.
Rose obedeció sin decir nada. Sabía que no tenía sentido intentar
resistirse a esto. Puso sus piernas sobre el regazo de Murdoch, una en cada
lado para estar frente a él y sobre su regazo. Luego lentamente se bajó sobre
su regazo hasta que la punta de su pene estaba presionado contra la boca de
su vagina.
—Mójala —dijo ella a Murdoch y su voz sonó tan triste que a duras
penas la reconoció como suya.
Ella le miraba directamente a la cara, su boca estaba solo a unas pocas
pulgadas de la suya, y se inclinó hacia adelante y lo besó suavemente en los
labios. Algo se había apoderado de ella ahora. Ya no era ella misma, ya no
estaba a cargo de lo que estaba haciendo. Les estaba permitiendo que la
controlaran, que tomaran las decisiones. Ella estaba haciendo exactamente lo
que querían que hiciera.
—¿Qué fue lo que dijo? —Preguntó Serge desde el bar donde estaba
fumando y mirando el espectáculo.
Murdoch respondió. —Me dijo que la mojara —dijo él.
Serge y Rust rieron. Estaban tan excitados. La cocaína corría por sus
venas. Sus penes estaban duros y hambrientos.
—Buena idea —dijo Serge y le dio una larga calada a su cigarrillo.
Murdoch levantó su mano y escupió en ella. Rose apartó la mirada.
Frotó la saliva sobre su vagina, insertando un dedo dentro de ella mientras lo
hacía. Entonces la agarró por la cadera y tiró de ella hacia abajo sobre su
rígido pene. Su pene se deslizó justo dentro de ella como una espada
deslizándose en su vaina.
Ella gimió cuando él la penetró y él confundió el sonido con uno de
placer. Tiró de ella hacia adelante otra vez, presionando sus labios contra los
de ella, arañándole la cara con su áspera barba, forzando su horrorosa lengua
en su boca.
Serge aplaudió cuando Murdoch la penetró. —De acuerdo, vaquero —
le dijo a Rust—, eres el siguiente.
Un momento después, Rose sintió que el cuerpo de Rust se apretaba
detrás de ella. Nunca había sido penetrada por dos hombres al mismo tiempo.
Estaba aterrorizada por lo que pudiera pasar. No tenía ni idea de que esperar.
El largo y grueso pene de Murdoch ya estaba profundamente dentro de su
vagina. Ahora Rust estaba detrás de ella, presionando su pene contra la raja
de su trasero.
—Vas a tener que lubricarla, vaquero —dijo Serge riéndose.
Rose mantuvo sus ojos cerrados. Murdoch dejó de besarla y al fin pudo
respirar. Esperó a ver lo que Rust iba a hacerle. Sintió algo suave y mojado
tocar el centro de su ano.
Se giró y miró por encima del hombro. Rust estaba sobre sus rodillas,
lamiendo su ano. Ella jadeó con sorpresa. No había esperado eso.
Sus ojos captaron los de Serge y por un momento se miraron
directamente. No podía creer que estuviera permitiendo que esto pasara.
Quería gritarle. ¿Cómo podía hacerle esto a ella? ¿Cómo podía permitir que
esto pasara? Pero sabía que no tenía sentido. Sabía que solamente se reiría.
Por supuesto que podía hacer esto. Ella solo era una posesión para él. Todo lo
que le pasaba a ella era solo un juego para su entretenimiento. Ella le
pertenecía y él podía violarla, podía herirla, incluso podía matarla si quería.
Ella no era nada.
Miró a Serge mientras el pene de Murdoch empezó a deslizarse
adelante y atrás muy lentamente, dentro y fuera de su vagina. La estaba
meciendo un poco para que se deslizara arriba y abajo sobre su pene. Al
mismo tiempo, Rust siguió explorando su ano con su lengua, lamiéndola en
rápidos y pequeños movimientos circulares.
Con la cocaína fluyendo a través de ella, no se sentía a sí misma. Estaba
confundida. Estaba aterrorizada, quería salir de esa situación
desesperadamente, pero debido a la droga no estaba en pleno control de su
cuerpo. Podía sentir que se estaba poniendo más húmeda, más caliente. La
sensación estaba sofocando su habilidad de resistir y su cuerpo estaba
empezando a responder a toda la estimulación. Se encontró balanceándose
con Murdoch, moviéndose hacia adelante y hacia atrás con él, permitiendo
que su pene se deslizara dentro y fuera más fácil y libremente. Se detuvo
cuando notó lo que estaba pasando, pero la conmoción de darse cuenta de
cuan fuera de control estaba, la asustaba casi tanto como los hombres.
—Eso debería ser suficiente —le dijo Serge a Rust.
Rose se dio la vuelta y vio que Serge se había levantado de su taburete.
Lo vio caminar alrededor del bar hacia la parrilla. Recogió algo, lo trajo y se lo
extendió a Rust. Era una libra de mantequilla, envuelta en papel de aluminio.
—Gracias, jefe —dijo Rust e inmediatamente empezó a frotar el bloque
de mantequilla contra el trasero de Rose.
—Eso la volverá agradable y resbaladiza para ti —dijo Serge y volvió a
su taburete en el bar.
Rust continuó frotando la mantequilla en el trasero de Rose. No podría
haberse sentido más humillada. Una cosa era ser penetrada como una puta,
pero de alguna manera era aún peor que le frotaran la mantequilla en el culo.
Era como si fuera un plato de comida al que tres hombres estaban hincándole
el diente.
Rust terminó de frotar la mantequilla en ella, se acercó y la agarró por
sus pechos. Entonces acercó la boca a su oído y le susurró. —Voy a penetrarte
tan duro que vas a rogarme que pare.
Rose no dijo nada. Cerró los ojos. Ya podía sentir la mantequilla en su
culo empezando a derretirse. Se estaba volviendo húmedo y resbaladizo justo
como su vagina. No tenía sentido resistirse. Estos hombres tenían completo
control sobre ella. Tenían un poder absoluto. Les pertenecía y lo sabía.
—Dámelo —susurró ella.
Con eso, Rust presionó su palpitante pene duro contra el centro de su
culo y empezó a forzar su camino a través del tenso anillo de músculo.
Obviamente estaba acostumbrado a forzar su camino dentro de mujeres de
este modo porque no dudó o se contuvo de la manera en que lo hizo
Murdoch. Solo sostuvo más duro sus pechos y presionó fuerte contra ella, su
pene deslizándose lentamente hasta el final en su ano.
Rose jadeó. Gritó.
—Eso es, nena —dijo Murdoch.
Él estaba golpeando abajo y arriba, balanceándola en su regazo como
un juguete. Al mismo tiempo, Rust estaba detrás de ella y su rígido pene se
había deslizado hasta el centro de su cuerpo. La punta del pene de Rust
estaba casi en el mismo lugar donde alcanzaba el de Murdoch desde el frente.
Rose estaba siendo atravesada por dos penes, los dos hombres golpeando el
centro de su cuerpo, penetrandola con una creciente sensación de abandono e
imprudencia.
—Eso es muchachos —dijo Serge desde el bar—. Quiero que ruegue
misericordia.
Rose los sintió aumentar aún más el ritmo. No creyó que fuera posible,
pero parecieron ponerse incluso más duros, incluso más hambrientos,
mientras Serge daba órdenes desde su taburete al lado del bar.
—Jódanla como la cerda que es —gritó.
—No —chilló Rose.
Sabía que no serviría de nada llorar. Sabía que solo los estimularía aún
más fuerte, pero no pudo evitarlo. La estaban destruyendo. Estaban
quitándole su alma. Era como si estuvieran arruinando su cuerpo y su
corazón para que cuando terminaran con ella fuera total y completamente
inútil. Estaría tan contaminada que ningún hombre podría amarla. Así era
como se sentía mientras los dos largos y rígidos penes bombeaban en su
cuerpo, uno desde atrás, uno desde el frente, como pistones de máquina
pulverizando el motor.
—No —chilló ella—. Por favor. Deténganse.
Murdoch agarró su cabeza y tiró de ella hacia él para que pudiera
forzar su lengua viscosa en su boca. Rust sostenía sus pechos desde atrás y los
apretaba tan fuerte que el dolor era insoportable.
Luchó por respirar. Luchó por liberar su boca del horrible beso de
Murdoch, pero no se podía alejar de él. No había escapatoria. Cualquier
dirección en la que tratara de moverse, allí estaba él, sus húmedos labios
esperando por ella.
Y luego, en un terrible momento de clímax destruyó su alma, sintió a
Murdoch y Rust gruñir en la agonía del orgasmo simultáneamente.
—No —lloró mientras primero el pene de uno y luego el del otro
empezaron a chorrear abundantemente, grandes chorros pegajosos que
rezumaban semen en su culo y su vagina.
Podía sentir la sustancia llenarla justo como Serge había ordenado. La
había querido tan llena de semen que reventara, y eso era exactamente lo que
ella sentía que estaba sucediendo. Pensó que podría matarla. Pensó que la
humillación y la angustia de semejante episodio la cambiaría para siempre. La
destruiría.
—Sí —gritó Serge desde su posición en el bar.
Sabía que sus dos hombres estaban teniendo un clímax. Podía sentir los
orgasmos que estaban teniendo. Sabía exactamente lo que estaban haciendo
dentro de ella.
—Sí —gritó, y al mismo tiempo Rose dió su propio desgarrador grito:
—No.
Cuando finalmente terminaron, Rust y Murdoch se salieron de ella y la
dejaron caer en el suelo. Habían acabado con ella ahora. Era algo sin valor,
para ser desechada. Había sido derrotada. Podía sentirlo. La habían vencido.
El proceso de destrucción que había empezado hacía dos años cuando la
habían capturado había llegado a su conclusión final.
Habían tomado a una fuerte y libre mujer y la habían convertido en
una esclava. Habían tomado a una chica feliz y saludable y la habían hecho
desear que su vida acabara. Habían tomado a una mujer deseable y
encantadora, alguien que tenía un buen y brillante futuro por delante, y la
habían convertido en una prostituta completamente manchada a quien
ningún hombre querría tocar.
La habían roto. Ella lo sabía.
—Oye —le dijo Serge.
Estaba en el suelo jadeando, temblando, no podía soportar más tortura.
Miró hacia él.
—Límpialos —dijo.
Lentamente, con toda la fuerza que quedaba en su cuerpo, se puso de
rodillas y chupó hasta limpiar ambos penes.
13
Traducido por Mich Fraser
Corregido por Jessibel

El hombre que Rose y Serge vieron fuera del Val-d'Or no era un


vagabundo. Él estaba cansado, había hecho autostop por ciertos de millas y
otra gran cantidad a pie. Perdió su motocicleta y mató al hombre que la
destrozó. Estaba agotado, maltratado, desgastado, pero no era un vagabundo.
Era tan impulsado y determinado como un hombre podía ser. Su nombre era
Josh Carter. Estaba buscando a una chica que no había visto desde que tenía
doce años, cuando su padre fue brutalmente asesinado. Estaba manteniendo
una promesa que hizo hace mucho tiempo. Rose no lo sabía, pero él cambiaría
su vida para siempre.

Josh Carter creció traficando alcohol, armas y todo tipo de contrabando


a través de la frontera entre Canadá y Estados Unidos en la Nación Mohawk
de Akwesasne. Era una remota reserva que se encontraba en el extremo del
estado de New York, junto a la frontera con Canadá, así como la provincia de
Ontario y Quebec.
La frontera estaba a la derecha del río de Saint Lawrence junto con
Saint Régis y la isla. Cuando el río se congeló, Josh y sus amigos podían
cruzar el hielo desde New York a Quebec sin tener que lidiar con las aduana y
los guardias fronterizos. La única cosa por lo cual preocuparse eran los
policías del Estado de New York y el hielo del río. Los soldados patrullaban la
carretera 37 y otras pequeñas, pero nunca llegaron a la reserva. Era mucho
más probable que se mataran en el hielo.
Josh nació en Coteau-du-Lac, Quebec, pero su padre lo llevó a Massena
New York cuando todavía era un niño. Su padre era motociclista y un
traficante de armas para un club llamado Black Rodeo y no pasó mucho
tiempo antes que Josh estuviera haciendo trabajos para ellos. Incluso cuando
aún estaba en la escuela trasportaba paquetes a través del río congelado en
motos de nieve que podían flotar si el hielo se rompía. Era un trabajo
peligroso. No podía hacerlo a menos que estuviera dispuesto a arriesgar su
vida. A menudo, el hielo se quebraba y cuando eso pasaba estabas bajo tu
propia suerte. Josh lo vio pasar. Había estado llevando una carga con otro
prospecto, un chico nuevo un poco mayor que se llamaba Sonny Ernst. El
hielo cedió en la costa de New York en un lugar llamado Chico’s Marina. Era
un estrecho canal entre el continente y la isla donde el hielo era generalmente
bastante sólido. En un momento el hielo se agrietó y al siguiente Sonny se
hundió. Josh estaba fuera, al borde del hielo en un segundo, pero no sirvió de
nada. Sonny se había ido, y Josh nuca se perdonó por ello.
Fue lo mismo cuando su padre murió. Josh tenía la costumbre de
culparse a sí mismo cuando las cosas salían mal, incluso si sabía que no pudo
ser de otra manera. La noche en que mataron a su padre había estado en la
carretera a través del río. Ellos trasportaban marihuana al norte de Canadá.
Los indios cultivaban grandes cultivos en algunas islas de Saint Lawrence.
Algo salió mal con el trato, un desacuerdo con el precio y hubo disparos. Josh
no lo pudo creer. Habían estado tratando con el mismo club durante cinco
años y nunca estuvieron en desacuerdo antes. Josh siempre supo que los
hombres del otro club eran honorables y justos. Conoció a un montón de ellos.
Pero en un minuto estaba sentado en su moto de nueve, viendo a su padre
negociar y luego, de repente vio un destello de luz en la oscuridad, y entonces
vio a su padre. En el momento que llegó estaba muerto y el hombre que le
disparó se iba en una Harley CVO.
Eso cambió todo para Josh. Tenía diecisiete años en ese momento. Era
un prospecto para Black Rodeo. No había hecho juramento en ese momento
pero pusieron un parche de Black Rodeo en su chaqueta y todo el mundo
supo que se convertiría en un completo miembro cuando tuviera la mayoría
de edad.
Cuando Black Rodeo votó a favor de no hacer nada sobre el asesinato
de su padre, no lo pudo creer. Su padre viajó con ellos por veinte años. ¿Cómo
no vengarían su muerte? Aquello cambió la forma en que veía al club y al
mundo también. No quería ser parte de una familia que no hizo nada para
proteger a la suya. En su opinión, un club era solamente tan bueno como
trataba a sus miembros, y si a ellos no le importaban, entonces, ¿por qué les
tenía que ser leal?
Desafió al club y les dijo que estaban fuera de lugar. Que eran unos
cobardes por no hacer nada sobre la muerte de su padre. Les dijo que un club
que no podía defender a sus propios miembros no era digno del nombre. El
vicepresidente tuvo que darle una patada físicamente para sacarlo de la sede,
porque Josh se negó a irse. Un par de otros salieron despúes de él y sacaron la
mierda de él. Pasó la noche inconsciente en el fango fuera de la sede, a causa
de los golpes que le dieron, pero no le importó. Se alegró de acabar con ellos.
Arrancó el parche de Black Rodeo de su chaqueta y estaba contento de
deshacerse de ello. No quería usar el parche de un club que significaba tan
poco.
Sabía que todo aquello era política, pero no hacía la diferencia. El Black
Rodeo no podía permitirse el lujo de comenzar una guerra con su club
colaborador en Quebec, los Sioux Rangers. Hizo negocios con ellos durante
mucho tiempo y siempre fue un buen club para trabajar. Los Sioux Rangers
dijeron que disciplinarían al hombre que mató a su padre y eso fue suficiente
para Black Rodeo, pero no para Josh. Si hubiera sido mayor y más sabio,
habría estado dispuesto a pensar mejor, pero tenía diecisiete años y sólo vio a
un hombre dispararle a sangre fría. Tenía que conseguir venganza.
Los Sioux Rangers tenían su base en Montreal. No eran los más
grandes de la MC pero seguían siendo un infierno de mucho poder para un
chico de diecisiete año de edad para afrontarlo por su cuenta. No le dijo a
nadie en New York lo que estaba haciendo. No pidió permiso a Black Rodeo.
Conocía lo que ellos dirían, y además, su relación con el Rodeo había
terminado. No necesitaba su permiso para actuar.
Josh sabía que podría ser asesinado en Montreal. No le importó. Su
padre había sido toda su familia que siempre había conocido y ahora se había
ido. El club también se fue. ¿Qué importaba si perdía su vida en vengar a su
padre? ¿No se suponía que era eso lo que tenía que hacer un hijo?
Extrañaría ser parte de ese club. Aparte de su padre, fue toda la familia
que tuvo. Vivió con esos hombres, creció con ellos, trabajó con ellos, arriesgó
su vida majejando su contrabando a través de Saint Lawrence, pero cuando
vio que no estaban dispuestos a hacer lo que necesitaban hacer por su padre,
fue como si ellos mieron para él. ¿Quién necesitaba una familia así?
Rodó de Massena bajo la luna plateada de invierno, en la FX Super
Glide de su padre. Tomó la carretera 37 que iba más allá de la reserva y cruzó
la frontera hacia Canadá a Fort Covington. En Quebec tomó la 132 a lo largo
de la orilla del sur de Saint Lawrence y cruzó el puente a Grand Ile. Había
algo que hacer antes de llegar a Montreal. Sabía que iba a derramar sangre,
iba a matar a un hombre por primera vez en su vida, y quiso asegurarse que
estaba listo. Josh nunca había sido el tipo de chico propenso a la violencia.
Nunca le hizo daño a una persona en su vida, sin una buena razón. Si iba a
matar a un hombre, tenía que prepararse. Tenía las cenizas de su padre con él
y tenía un lugar donde arrojarlas.
Montó a través de la mitad del sureste de la isla y cruzó los rápidos de
Île d’Aloigny. El río estaba congelado. Había sido una noche perfecta para el
contrabando. La luna estaba lo suficientemente brillante para ver. Se detuvo
en el puente sobre los rápidos y contempló el hielo debajo de él. Sabía que
debajo de esa capa gruesa de hielo, el río fluía como nunca lo hizo, una fuerte
corriente que manaba como sangre arterial. Fluía por miles de kilómetros
desde el Atlántico hasta el Lago Ontario. Fue esa misma corriente que había
tomado a Sonny Ernst. Fue ese mismo río que había traído a los primeros
exploradores franceses al interior de Canada en el siglo diesciseis. Así como
él, habían sido comerciantes de armas y traficantes de ron.
Si el rio hubiera estado fluyendo, podría haber esparcido las cenizas de
su padre ahí mismo. Tenía la urna en la parte trasera de su silla y hubiera sido
tan buen lugar como cualquiera para hacerlo. Pero algo sobre el río congelado
lo alejó. No hubiera habido lugar para que las cenizas fluyeran. Se hubieran
asentado en el hielo como sucio hasta que la primavera lo derritiera. Eso no
era lo que él quería.
Siguió conduciendo hasta que llego a Coteau-du-Lac, la ciudad de su
nacimiento. Josh no sabía mucho sobre la ciudad, no había vivido allí desde
su infancia y él y su padre nunca habían tenido un llamado para regresar y
visitar. Su madre fue enterrada en esa ciudad. Observó las luces de la ciudad
situadas en medio de los cedros. Los arboles crecieron en las solapas que
conducían al golfo. Supo instintivamente que ese era el lugar para las cenizas
de su padre. Había una fuerte brisa llegando a través de Saint Lawrence y
tomaría las cenizas y las llevaría muy lejos.
Tomó la urna de su motocicleta y sacudió el contenido al viento. El
viento tomó las cenizas y tomó la plegaria silenciosa de Josh también.

Después regresó a su motocicleta. Montó durante toda la noche. Entró


a la ciudad a través de Les Cédres y Pointe-Claire. La sede de los Sioux
Rangers estaban en LaSalle y Josh fue directamente al lugar. Estaba casi
amaneciendo cuando entró en el área fuertemente industrializada a lo largo
de Rue Cordner donde los Sioux Rangers tenían su club.
Consiguió algunas miradas sospechosas de los chicos desde la puerta
cuando pasó frente a ellos, aunque había una gran fiesta en el club y ellos
podrían haber asumido que era parte de ellos porque no trataron de
detenerlo.
El club estaba lleno de gente. Los Sioux Rangers no eran un club
grande, probablemente no más de veinte miembros, pero parecía como si
todos estaban allí esa noche. Y sus familias estaban allí también. Lo hombres
estaban sentados a lo largo de la barra, bebiendo y riendo. En la parte trasera,
una banda estaba tocando heavy metal en una plataforma de concreto
iluminado por luces de navidad. Las esposas, novias y niños, parecía que
todos estaban allí viendo a la banda tocar. Podría haber cincuenta personas
allí, hombres, mujeres y niños.
Nadie le prestó mucha atención. Era evidente que era solo un chico.
Llevaba el cabello hasta los hombros en ese entonces. Era bien parecido con
una cara amable, ojos marrones y una sonrisa maliciosa. Venía con malas
intenciones esa noche pero toda una vida de risas afables y humor aún se
mostraban en su cara. No se veía como un problema.
Detrás de la barra había una gran bandeja con el logotipo de los Sioux
Rangers en él, con un indio montando en una motocicleta. También había una
fila de viejas chaquetas colgadas bajo la bandera con el mismo logotipo en la
parte trasera y nombres en arcos a través de ellos en los parches que se
extendían de hombro a hombro. Josh asumió que eran las chaquetas de los
hombres caídos. La mayoría de los clubes mostraban respetos a sus hermanos
muertos, los que murieron cargando el trabajo del club, luchando sus batallas.
Se acercó a la barra y vio a la niña más bonita que vio en su vida. No
podía tener más de doce o trece años. Tenía el cabello largo y hermoso, piel de
porcelana blanca y ojos que parecían ver a través de él. La miró durante unos
segundos antes de que desapareciera para volver a ver la banda tocando. Josh
se preguntó de quién era hija.
—¿Puedo ayudarte? —Un gran hombre detrás del bar dijo en francés.
Cuando Josh le contestó en inglés el camarero se sorprendió pero no
dijo nada de ello.
—Quiero una Labatt —dijo él.
El camarero agarró la cerveza debajo del mostrador.
—¿Sabes que es un club privado? —Dijo el camarero.
—¿Lo es?
—Sí lo es, así que después que termines tu bebida será mejor que te
vayas en silencio.
Josh lo miró. El camarero no era un hombre desagradable. Le había
dejado saber amablemente que tenía que irse. Era el mejor trato que Josh
esperó de la mayoría de los clubes de MC. Los tiempos eran difíciles y la
gente estaba constantemente en guardia. No podías simplemente entrar a una
casa club y pedir una cerveza.
—Voy a terminar esta cerveza —dijo Josh—, pero no me iré cuando la
termine.
—¿Qué dijiste? —Dijo el camarero, mirándolo como si acabara de decir
la cosa más loca del mundo.
—Dije que no me voy. Tengo negocios con alguien en este club y lo voy
a ver terminado.
—¿Oh, lo harás? —Dijo el camarero casi riendo—. Chico, no quiero que
nada malo te pase, pero entrar a este lugar y hablar de esa manera es como si
quisieras que tu pene fuera arrancado.
Josh le sonrió al camarero. Sabía a qué se refería, pero, ¿qué otra opción
tenía?
—Lo sé, señor —dijo Josh—. Pero no tengo opción en esto. Tengo
negocios y veré que se hagan así tenga que morir en el intento.
—Son grandes palabras para un niño.
Al camarero le agradaba Josh. Lo supo, pero era un juego peligroso el
que estaba jugando. No podía dejarlo hablar de esa manera en un club por
mucho tiempo sin antes elaborar problemas.
En ese momento algunos de los otros miembros sentados en el bar,
estaban tomando nota de Josh. Un tipo grande con brazos como troncos y una
barba negra desaliñada habló.
—¿Tendremos algunos problemas, Patsy?
El camarero, Patsy, se encogió de hombros.
—Este chico dice que tiene algunos negocios que atender.
Ahora todo el mundo en el bar estaba escuchando.
—¿Es eso un hecho? —Dijo el hombre grande.
—Oye chico —dijo otro hombre—, ¿quién te crees para venir aquí?
Esto es un club privado.
El camarero levantó las manos al aire. —Esperen, esperen —dijo—. No
nos dejemos llevar. No ha causado ningún problema todavía.
—¿Cuál es tu negocio, chico? —Dijo una mujer rubia que estaba
sentada en el regazo de uno de los miembros.
Josh los miró a todos. La banda había dejado de tocar y la gente que
estaba fuera escuchandolos, regresaron hacia la barra. Entre ellos se
encontraba la chica que Josh notó antes. Apenas era una niña, pero sus ojos
eran como las más hermosas joyas que había visto en su vida. Se preguntó por
un momento si no era un ángel enviado por su padre.
A lo largo de la barra estaba bastante de los componentes de los Sioux
Rangers. Eran unos de los MC más antiguos y más respetados en Montreal.
No eran tan fuerte como antes lo fueron, los nuevos clubes, los más violentos
habían entrado y tomado su territorio, pero ellos tenían orgullo y Josh podía
notarlo en sus rostros. No era un club de vagabundos, no era un club de
delincuentes comunes, hombres quienes no pudieron encontrar otro lugar en
el mundo que los tomara. No eran drogadictos, maltratadores o matones.
Eran hombres de verdad, motociclistas reales.
—Estoy aquí para matar a uno de ustedes —les dijo Josh.
Mantuvo su voz tan alto como pudo. No quería pestañear ahora. No
quería parecer un cobarde. Quería ser lo que estaba diciendo y estaba
preparado para morir por ello.
Un anciano al otro extremo se levantó de su asiento y se quedó en el
peldaño de metal que se alineaba en la parte inferior de la barra. Lo hacía más
alto de lo que era y lo ponía en una situación de autoridad. Tenía el cabello
largo y gris que sobrepasaba sus hombros y una mancha de tabaco en su
barba. Redondos espejuelos con lentes azul oscuro cubrían sus ojos. Si no
fuera por sus tatuajes pareciera un hippie de los años setenta.
—Por qué no piensas detenidamente, hijo —le dijo a Josh—, y después
dilo otra vez.
Josh lo miró. Miró la cara de todos los Sioux Rangers en la barra, sus
esposas y familias detrás de ellos. Se preguntó a cuál de ellos tenía que matar.
—Mi objetivo es matar a uno de sus hombres esta noche —dijo Josh de
nuevo—, la única pregunta es, ¿cuál de ustedes será?
14
Traducido SOS por Pagan Moore & SOS Florpincha
Corregido por Jessibel

Pasaron diez largos años desde la noche en que John Carter entró en la
sede del club Sioux Rangers. Rose recordaba esa noche. La recordaba mejor
que cualquier otra noche en su vida. Fue la noche en que su padre murió.
Esa única noche ha cambiado todo para ella. El padre de Rose, Jack
Meadows, era la única familia que tenía, él y los Rangers. En el momento en
que la noche terminó su padre ya había muerto y los Sioux Rangers habían
sido destruidos por una banda rival. Fue uno de los ataques criminales más
sangrientos y brutales de la historia de Quebec. No sólo los miembros de la
banda, sino que las mujeres y los niños fueron deliberadamente el
blanco. Había sido una masacre, seguida por una masiva campaña
gubernamental.
Rose nunca entendió completamente lo que había sucedido. Ella
tenía doce años en ese momento y todo había sucedido tan rápido que todavía
era un borrón. Pero la recordaba. Se acordaba de aquella noche. Se acordaba
de Josh Carter.

Josh observó las caras que lo miraban. Él acababa de decir que iba a
matar a uno de los miembros de este club.
Uno de los miembros, un chico más joven que Josh, se rió.
—Mira a este chico —dijo él—. Se pasea por aquí como si estuviera
comprando una rosquilla en Tim Horton’s y anuncia que va a matar a todos.
—¿Estás con el DRMC? —Le dijo el anciano.
Josh había oído hablar del DRMC, pero desde luego no estaba con
ellos.
—No dije que iba a matarlos a todos —dijo Josh—, dije que iba a matar
a uno de ustedes. Y yo no tengo nada que ver con el DRMC.
Un hombre en el centro del grupo se puso de pie para hablar.
—Está bien, ya es suficiente —dijo—. A todos nos gusta un poco de
discurso fuerte de vez en cuando, pero que yo sepa todavía soy el presidente
de este club, y no estaría haciendo mi trabajo si no te llevo afuera y te doy una
patada en el culo, chico.
Josh miró al hombre. Él era el presidente de los Sioux Rangers. Fue la
primera vez que él fijó los ojos en Jack Meadows. Era un hombre alto, de buen
aspecto, con el pelo marrón grueso peinado hacia atrás por encima de su
cabeza, con sólo un poco de gris en las sienes.
—Pero no me da la sensación de que voy a tener que patear tu culo en
absoluto, ¿verdad?
Josh negó con la cabeza. —No, señor —dijo.
No sabía por qué había cambiado de tono. No sabía por qué había ido
en busca de sangre y ahora estaba hablando cortésmente al club como si
fueran sus amigos. Estos eran supuestamente los hombres que habían matado
a su padre. Sentía una rabia profunda y tranquila en el pecho pero algo le dijo
que estos no era el hombre con el que necesitaba estar enojado.
—Como dije, mi nombre es Jack Meadows y soy el presidente de los
Sioux Rangers. Si tienes algún problema con uno de nuestros hermanos, ahora
es un momento tan bueno como cualquier otro para hablar, chico. No
encontraras un club de este lado de la frontera, que te dará una sacudida más
justa que esta.
Josh lo miró. Algo de Jack Meadows le recordaba a su propio
padre. Ambos tenían la misma calma, dignidad restringida sobre ellos.
—Me llamo Josh Carter —dijo Josh—. Alguien en este club mató a tiros
a mi padre hace dos semanas.
El bar había estado tranquilo hasta entonces, pero cuando dijo esas
palabras todo el lugar se quedó en silencio. La niña que Josh había visto antes,
la chica linda con la piel de porcelana, corrió hasta Jack Meadows y lo tiró de
la manga. Se inclinó y la levantó sobre su rodilla.
—Ahora no, cariño —le dijo—. Tengo algunos negocios con este joven.
Josh lo miró, él mantuvo constante su mirada y su respiración era más
estable. Fue la primera vez que dijo en voz alta que su padre había
muerto. Sentía las lágrimas detrás de sus ojos, pero él las controló.
Jack Meadows asintió. Miró al hombre mayor en el extremo de la barra
y luego al camarero.
—Shirley —dijo—, agarra a Rose.
Una mujer tomó a la niña de su rodilla y la trajo de nuevo a la parte
posterior, donde la banda había estado tocando.
—Vamos, chicos —dijo ella y el resto de los niños que estaban en el bar
salieron tras ella.
—Será mejor que hablemos de esto en mi oficina —dijo Meadows.
—No te voy a seguir a una oficina —dijo Josh. Algo le decía que podía
confiar en Jack Meadows, que podía confiar en el resto de los hombres del
bar, pero no quería ser manejado. Él no quería que ellos le dijeran alguna
historia grande, complicada o le hicieran alguna oferta que él tendría que
aceptar. Vino para vengar a su padre y todavía tenía la intención de hacerlo.
—¿Cuál de ustedes es el hombre que lo ha hecho? —dijo.
—Relajate, niño —dijo Patsy desde detrás de la barra—. No está aquí.

Les tomó unos minutos a los Sioux Rangers para conseguir que Josh se
calmara. No había sacado su arma, pero nadie dudaba de que tuviera una
oculta debajo de su abrigo. Todos ellos tenían armas de fuego en el cinturón
también, pero no parecía que alguno tuviera el corazón para matar a un niño
de la edad de Josh, no uno que había venido a vengar la muerte de su padre.
Los miembros de los Sioux Rangers sabían bien lo que había sucedido
con el padre de Josh y todos ellos lo lamentaban. Nunca debería haber
ocurrido y había sido un punto delicado en sus reuniones durante las últimas
dos semanas. Si ellos no hubieran tenido problemas más graves para tratar
ese mes ellos podrían haberlo manejado mejor. En su forma actual, sabían que
habían hecho lo que pudieron y sabía que no era ni de cerca, lo
suficientemente bueno.
Dentro de la oficina había una mesa de póquer que parecía venir de un
casino. Jack Meadows se sentó en la cabecera de la misma. A su derecha
estaba el viejo con barba que había hablado antes. Patsy y otros cuatro
miembros de los Sioux Rangers también estaban sentados en la mesa. Josh
tomó el asiento que se le ofreció.
—Sabemos lo que le pasó a tu padre —dijo Jack Meadows.
—Entonces sabes por qué vine aquí. No puedo permitir que un hombre
le haga eso a mi padre y no hacer algo al respecto.
—Esto ya se ha resuelto entre nosotros y el club de tu padre.
—No estoy aquí en nombre del club de mi padre —dijo Josh.
—¿Estás diciendo que viniste solo? —Dijo el chico más joven—. Eso
debería ser suficiente para hacer que te maten ahí mismo.
Jack Meadows levantó la mano. —Él no va a morir. Ha venido aquí
para hacer lo correcto. A decir verdad, Black Rodeo debería haber insistido en
algo como esto en ese momento.
—No estoy aquí para hablar de Black Rodeo. Todos ellos pueden irse al
infierno por lo que a mí respecta. Sólo me importa que se haga justicia por mi
padre.
—Bueno, eso no va a ser tan fácil como piensas —dijo el chico más
joven.
Estaba claro para Josh que el chico más joven tenía algo en contra de
él. Los chicos mayores, Patsy, Jack Meadows, el tipo de la barba, todos
parecían favorable a su posición. El muchacho más joven parecía empeñado
en conseguir que Josh entre en problemas.
—Si tienes algo que decirme —dijo Josh, dirigiéndose al chico más
joven—, podemos ir al frente y hablar afuera.
Eso lo sacó. El muchacho se puso de pie. Parecía más que listo para
luchar. Eso estuvo muy bien para Josh. Si tenía que luchar contra ese idiota
para averiguar lo que le había sucedido a su padre, que así sea.
Pero Jack Meadows también se levantó y puso su brazo sobre el pecho
del joven chico.
—Calmate, Flash.
—No entiendo esto —dijo flash—. Él entra en mi casa club y habla así y
tengo que aguantarlo.
—No tienes que aguantar la mierda —dijo Jack—. Sólo sentarte y
cerrar la boca. El chico tiene una razón para estar aquí y lo respeto.
Josh miró alrededor de la mesa. Todos los chicos mayores
asentían. Ellos parecían estar de acuerdo con eso.
Jack Meadows se dirigió a él—: Está bien, chico. No tengo tiempo para
joder contigo. Esta es la puntuación. El hombre que le disparó a tu padre era
hermano nuestro. Él es conocido con el nombre de Rex Savage, o simplemente
Savage. Es un tipo delgado, hace una gran cantidad de heroína. Hemos tenido
más problemas de su parte y nunca debió haberle disparado a tu padre. No
había ninguna razón para ello.
—Así que ¿ya está muerto? —dijo Josh.
Flash suspiró. —¿Qué pasa con este chico?
—No está muerto —dijo Jack—. Lo disolvimos. Le quitamos su parche.
—Entonces, ¿dónde está? —dijo Josh.
El viejo de la barba se rió de eso. —Estás seguro de que hablas en serio,
¿verdad chico?
—¿Nadie jamás le disparó a su padre a sangre fría? —dijo Josh.
—Oye —dijo Jack—. Este de aquí es Toothless. Él es el vicepresidente
de este club y puedes hablar con él al respecto, siempre y cuando estés en este
club.
—A menos que desee morir —añadió Flash.
Toothless desechó las preocupaciones. —Como cuestión de los hechos,
vi cuando mataron a mi padre. Él fue abatido a tiros por la policía en Chicago
hace mucho tiempo.Así que puedo simpatizar con lo que estás haciendo aquí.
Josh asintió. Quería preguntarle a Toothless si alguna vez tomó
revancha sobre aquellos policías, pero no quería ofenderlo. Miró a Jack
Meadows.
—¿Me puedes decir dónde encontrar a Rex s Savage? Si todo es lo
mismo para los Sioux Rangers, me gustaría hacerle pagar por lo que hizo.
—No creo que haya nadie entre nosotros que se interponga en tu
camino, yo realmente no lo sé. —Miró alrededor de la habitación. Todo el
mundo parecía estar de acuerdo, incluso Flash—. Pero eso no quiere decir que
vaya a ser tan fácil como simplemente caminar hacia el hombre y darle una
muestra de tu liderato.
—No esperaba que fuera fácil —dijo Josh.
—Me atrevo a decir que no lo hiciste —dijo Jack Meadows—, pero
podría ser casi imposible llegar hasta Rex Savage en este momento.
—¿Por qué?
—Porque tan pronto como le sacamos el parche, se fue derecho a la
DRCM —dijo Flash.
—Eso es verdad —dijo Toothless—, y por consiguiente, no eres el único
hombre en esta sala que tiene en mente matar a Rex Savage.
Josh sabía todo sobre el DRMC. Habían estado luchando con fuerza
contra los clubes más pequeños justo al otro lado de Quebec. Incluso había
oído que estaban erradicando la totalidad de las familias de los que se
opusieron a ellos, incluyendo mujeres y niños. Se hicieron famosos en un
tiempo muy corto.
Abajo, en Nueva York la mayoría de la gente pensaba que el DRMC
sería el único MC en Quebec en unos pocos años. Black Rodeo ya estaba
tratando de entrar en negociaciones con ellos. Ellos querían deshacerse de los
Rangers y empezar a operar con el DRMC en su lugar. Muchos chicos de
regreso a Nueva York siempre habían pensado que era la razón por la cual el
padre de Josh había recibido un disparo.
—¿Así que me estás diciendo que no fue este club el que ordenó el
asesinato de mi padre?
—¿Por qué ordenaríamos eso? —dijo Flash.
Josh miró a Meadows. —Porque Black Rodeo estaba pensando en
cambiar la lealtad de su club a los DRMC.
Jack Meadows dejó escapar un silbido bajo. Miró a Toothless. Fue Patsy
quien habló en primer lugar.
—Te puedo decir eso, hijo. Esa no es la forma en que sucedió. Si el club
de tu padre no quería hacer negocios con nosotros nunca más, eso sería una
cosa. Pero todavía eso no haría sido de nuestra incumbencia para poner una
bala en uno de sus miembros sin una buena razón. Y, además, por lo que
sabemos, nuestro acuerdo con Black Rodeo sigue intacto.
—Por ahora —dijo Josh.
Toothless asintió. —Todo lo que puedo decir es que definitivamente no
buscábamos empezar los problemas con Rodeo. Los necesitamos, sobre todo
ahora.
—¿Qué quieres decir, con sobre todo ahora? —dijo Josh.
—Muy bien, es suficiente. Eso es todo lo que tenemos para ti, chico.
Lamento que uno de nuestro equipo disparara a tu padre. Si tuviéramos la
oportunidad de hacer las cosas, nos gustaría hacer las cosas de manera
diferente. No lo habríamos simplemente echado. Estaría muerto. Pero eso no
es lo que hicimos, y ahora todos tenemos problemas más importantes que
atender.
—¿Qué quieres decir?
—El DRMC —dijo Flash, conseguiendo agitarse—. Tenemos que lidiar
con el DRMC. Rex Savage está hablando sobre su liderazgo en este momento.
Les está diciendo todo lo que siempre quisieron saber acerca de nosotros.
Cuántos somos. Qué tipo de contención tenemos. Qué armas poseemos. Qué
alianzas.
—¿Está el DRMC planeando para atacarlos proximamente? —Dijo
Josh. Después de lo que había oído acerca del DRMC sabía que no era una
broma. Cuando obtienen una pelea con una banda, quieren todo. El general
trató de aniquilar a la banda rival en la primera batalla. De esta manera se
evitaban tener que librar una guerra prolongada.
—Entre tú y nosotros —dijo Toothless —, esa es la razón de que todo
nuestro club, y nuestras familias, están todas en el club.
—Jesús —dijo Josh.
Quería decir que lo sentía pero no era su lugar. Si el DRMC había
puesto sus ojos en los Sioux Rangers era probable que todos estos hombres y
sus familias, estarían luchando por sus vidas muy pronto. Eso es lo que esta
parte debe haber sido, un último gran golpe.
—Nos perdonarás si no queremos pasar toda la noche aquí hablando
—Flash dijo—, pero nosotros tenemos que proteger a nuestras familias.
Con eso, Flash y la mayoría de los hombres que se sentaban alrededor
de la mesa se levantaron. Volvieron a la barra y Josh escuchó una gran
ovación cuando ellos ordenaron una ronda de chupitos. Un minuto más tarde,
la banda comenzó a tocar y la fiesta se puso en marcha de nuevo.
Miró alrededor de la mesa. Los tres principales jugadores de los
Rangers Sioux estaban todavía allí, Jack Meadows, Toothless y Patsy.
Jack habló.
—Si no te importa —le dijo a Josh—, puedes transmitir un mensaje a
Rodeo para nosotros. Diles que si no escuchan de nosotros, siempre es un
placer hacer negocios con ellos, pero ahora van a tener que hacer negocios con
el DRMC.
—La guerra no se ha luchado todavía —dijo Josh.
—Eso es verdad —dijo Toothless—, pero sólo hay una forma en que se
puede ir y todos sabemos cómo es esto. A lo que más se puede aspirar a hacer
en este momento, es luchar con valor.
—¿Qué pasa con toda esa gente por ahí? —Dijo Josh, indicando a sus
esposas y familias en la habitación contigua.
—No hay ninguna otra forma de jugarlo. El DRMC ya nos han estado
acorralando. Asesinaron a uno de los nuestros la noche que Rex Savage se
acercó a ellos. Lo mataron en su casa. A él, a su señora y su bebé de dos meses
de edad.
—¿Mataron a un bebé?
—Y la noche siguiente, mataron a dos miembros más, en sus casas con
sus esposas e hijos.
—Jesucristo —dijo Josh.
—Jesucristo —dijo Jack Meadows—. Así que dile al Rodeo que lo
sentimos por lo sucedido con tu padre, y que si alguno de ellos alguna vez
pone a Rex Savage entre su punto de mira, estaríamos muy contentos de verlo
muerto, pero que probablemente no vamos a estar alrededor para verlo, de un
modo u otro.
15
Traducido por Dahi
Corregido por Jessibel

Cuando Josh abandonó la sede del club de los Sioux Rangers se sintió tan
triste. Nunca había visto un lugar como ese. Los Sioux Rangers en realidad
parecían ser como la familia Black Rodeo había afirmado ser, pero nunca
realmente lo habían sido. Se miraron el uno al otro. Se reunieron todos sus
miembros, y todas las familias de sus miembros, en momentos de peligro. Era
la mejor protección que podían ofrecer. Puede que no sea suficiente, pero eran
todo lo que tenían y la ofrecieron con mucho gusto.
Le gustaba Black Rodeo, él y su padre tenían muchos buenos recuerdos
con los miembros del club, pero Josh sabía que ninguno de ellos había sentido
plenamente que el club funcionaba de la manera que debía hacerlo. Un buen
club de motocicletas no era solo lo que la gente común pensaba que era. La
mayoría de la gente, si les preguntas, habrían dicho que un club de
motocicletas era una mezcla entre una organización criminal y un club social.
Un lugar donde los motoristas podían emborracharse y divertirse, y más
tarde se reunían para hacer algo de trabajo y hacer un poco de dinero.
Pero ese no fue siempre el verdadero ideal del club de motociclistas. El
padre de Josh le había enseñado eso. Su padre siempre había dicho que la
idea real del club, lo que mantenía a todos juntos, era la hermandad. Los
miembros juraron lealtad al club por ninguna otra razón que amor a los otros
motociclistas. No era solo un lugar para emborracharse, no se trataba de tirar
puestos de trabajo y ganar dinero, se trataba de la familia. Se trataba de la
causa común y la protección de los unos hacia los otros, dando la cara por el
otro, y mirando el uno por al otro y a la familia del otro. Se trataba de
proporcionar cierto grado de certeza y seguridad en un mundo salvaje e
imprescindible.
Black Rodeo nunca había hecho realmente eso. Ese hecho fue recalcado
por Josh cuando su padre había muerto. Se suponían que eso tipos vivían y
morían por los demás. Cuando ellos no montaron para ayudarle a vengar la
muerte de su padre, sabía que eran todas habladurías. Ellos no se
preocupaban por los otros. No eran más que un club porque era fácil para
ellos. Era muy práctico. Estaban lejos de organizar el tráfico que se produjo a
través de la reserva Mohawk. El Black Rodeo era solo un negocio, no una
familia.
Josh observó en el corto tiempo en que estuvo en esa pequeña casa club
en la calle Cordner que los Sioux Rangers eran diferentes. Que en realidad
eran una familia. Tenían a sus ancianas allí. Todos estaban preparados para
morir juntos con el fin de protegerse los unos a los otros. Hubo algo en eso
que tocó a Josh. Significaba algo.
Si lo pensaba, él debería haber estado preguntando por que estaba en
ese club en absoluto. ¿Por qué estaban todos allí esperando el ataque de el
DRMC? Si el DRMC era tan poderoso, era tan brutal y violento, ¿no debería
tener más sentido salir corriendo de allí? ¿Qué tenía que perder cada uno de
esos hombres? Jack Meadows podría haber tirado a su pequeña hija en la
parte trasera de su moto y marcharse sin mirar a otras. ¿Quién lo habría
parado? Flash, Toohless, Patsy, todos ellos, especialmente los que no tienen
familia, qué loa estaba deteniendo de irse?
Pero nadie corrió. Estaban todos ellos en la casa club, juntos, dispuestos
a morir el uno por el otro. Y Josh sabía el motivo. Lo había visto allí mismo en
el bar. Había niños jóvenes y ancianos allí. No podían correr. No había manera
de que todos ellos pudiesen montar y alejarse. Los jóvenes, los hombres solos,
podrían funcionar, pero, ¿qué pasa con los débiles, los ancianos, los niños? Y
así, todos se quedaron. Tal vez esto significaba que morirían juntos, pero para
ellos, para un club de motocicletas real, no era más que el honor que correr y
vivir la vida de un cobarde.
—Un poco de respeto, ningún miedo.
Eso era lo que el padre de Josh siempre le había dicho. Bueno, sabía
que había conocido a algunos cuantos hombres ese día que podía respetar. Se
negaron temerle a el DRMC. Y Josh los respetaba por ello.

La ciudad de Montreal fue construida en una isla en Saint Lawrence y Lasalle


en la costa sur de la misma. Josh se dirigió hacia el casco antiguo junto al
canal después de dejar la casa club Sioux Ranger. El Boulevard de la
Vérendrye era un camino ancho, con una tasa sobre el lado sur protegiendo a
la ciudad en caso de que el canal se inundase. Era el tipo de carretera que
habría conducido rápidamente si hubiese estado en otra ciudad. Pero no
estaba en otra ciudad, estaba en Montreal, y la superficie de la carretera esta
agrietada y llena de baches. Montreal tenía alguna de las peores carreteras de
cualquier ciudad importante en América del Norte debido a que la ciudad le
había dado mucho de los contratos de mantenimiento a la mafia. Era una
impresionante y hermosa ciudad, si no estuviese podrida hasta la médula.
Con baches tan profundos como lo eran las luces rotas de la calle a lo largo de
la mayor parte de la ruta, Josh estaba conduciendo muy lentamente lejos de la
sede del club Rangers Sioux.
La lentitud de su conducción se correspondía con la tristeza de su
estado de ánimo. El sol comenzaba a enrojecer el horizonte por delante de él y
la luz carmesí parecía casi como si fuese sangre.
Había llegado a la ciudad para matar a un hombre y todo lo que
encontró fue simpatía por el club al cual ese hombre había pertenecido. Pero
al menos tenía un nombre. Rex Savage. Iba a encontrar una manera de llegar
al bastardo.
Y entonces vio algo que no podía ignorar. Por delante de él, a una milla
por el amplio bulevar, recto, una banda de motoristas. No había duda de ello.
Debía de ser la razón por la cual la carretera estaba tan vacía. Estaban
bloqueando toda la calle y llenando su gasolina. Ellos estaban teniendo una
fiesta. Incluso desde esa distancia, se podía oír la música. Podía oír los
motores de sus motocicletas acelerando también. Salió de la carretera por el
lado de la leva para tener una mejor vista. Era el DRMC. Tenía que serlo. Ellos
hacían una fiesta en la calle, justo en la intemperie. Obviamente no le tenían
miedo a la policía o a los residentes de Montreal. Debían ser más fuertes de lo
que Josh se había dado cuenta si eran capaces de actuar con tanta impunidad
en el centro de la ciudad.
Oyó disparos. Estaban sacando sus armas, bebiendo y escuchando
música. Y luego lo golpeó. Se estaban preparando para su ataque. ¿Qué otra
cosa podría ser si no estuvieran tan lejos del sur? Su fortaleza era alrededor de
Anjou si recordaba correctamente.
Sin pensarlo siquiera giró su motocicleta alrededor y se dirigió
directamente a la sede del club Rangers Sioux.
Dejó su moto caer al suelo mientras corría dentro de la casa club.
—Hey— uno de los chicos que cuidaba la entrada lo llamó— No
puedes entrar aquí.
El guarda lo agarró per Josh lo ignoró.
—¿Jack Meadows? —Gritó—. Tengo que hablar con él— era difícil
hacerse oír por encima del ruido de la música. No había nadie en la barra
ahora. Todos estaban en la parte trasera donde estaba la banda. —Tengo que
hablar con Jack— le dijo al guardia.
El guardia no lo dejaría ir y Jack lo golpearía. A continuación, se liberó
y corrió a la parte posterior. Se puso de pie en el escenario y la banda, que
había estado en medio de una canción, dejó de tocar.
— ¿Qué diablos estás haciendo aquí?—Dijo Flash
—Ellos vienen. Están llegando ahora.
Casi habían pasado diez años desde esa mañana, pero Josh pudo
recordarlo perfectamente. No era con orgullo o ira, o incluso con culpa que
miraba hacia atrás. Era con pesar.
La advertencia que le dio al club les dio el suficiente tiempo para
organizar una defensa apresurada antes que el DRMC llegaran. Pusieron
hombres a lo largo de la calle que conducía a la sede del club. Había fábricas
de ladrillos en ambos lados de la calle Cordner, y Jack Meadows había
ordenado a sus mejores tiradores posicionarse.
El resto del club se armó con escopetas cortas, automáticas y cualquier
cosa que podrían tener en sus manos y tomaron posiciones defensivas dentro
del club.
Las mujeres se llevaron a los niños al sótano y cerraron la puerta detrás
de ellos. Todo el mundo sabía que si huían de eso, el DRMC los cazaría de
todos modos. Su única oportunidad era esconderse en el sótano y tener la
esperanza de que los hombres fueran capaces de repeler el ataque.
Pero no había manera que los hombres pudieran repeler el ataque que
venía. Josh vio a más de cien motociclistas en la fiesta de la calle y sabía el tipo
de armas que llevaban. Sería una lucha a muerte.
Miró alrededor del club. Miró las caras de los hombres de Sioux
Rangers, a sus esposas e hijos, y supo que todos iban a ser asesinados. Y
entonces vio a la niña de nuevo, la hija de Jack Meadows, tan pequeña, tan
joven y sabía que él no podía irse. Si había algo que pudiera hacer para
proteger a esa niña inocente, lo haría. Si estás personas estaban a punto de
morir, se pondría a un lado de ellos y moriría junto. Incluso tendría la
oportunidad de vengar a su padre en la batalla.
—Estoy contigo en esto —le dijo a Jack Meadows.
—No eres uno de nosotros, puedes irte lejos —dijo Jack.
—Soy uno de ustedes, si me aceptas.
Jack Meadows dejó lo que estaba haciendo y miró a Josh. —¿Estás
seguro de eso? No sé si alguno de nosotros saldrá de esta lucha.
—Estoy seguro —dijo Josh.
Jack agarró la mano de Josh en la suya y la estrechó con firmeza.
Toothless, Flash, Patsy y los demás, todos estaban allí. Alguien sacó una
chaqueta de la pared, una de los hermanos muertos del club y se la entregó a
Josh. El hombre de atrás era Renegade.
Se quitó la chaqueta vieja que usaba y se puso la de los Sioux Rangers
en su lugar.
Jack levantó una botella de whisky en el bar y arrojo un poco al suelo,
delante de los pies de Josh.
—Creo que todos podemos empezar a llamarte Renegade —dijo Jack—
. El nuevo miembro de los Sioux Rangers. Deseo que fueran mejores tiempos
para darte la bienvenida, pero es lo que hay.
Jack tomó un trago de su botella y se la pasó a Josh. Él tomó un largo
trago y después se la pasó al resto de los miembros. Todos bebieron y después
se prepararon para la lucha que se avecinaba.
Josh Carter se convirtió en el miembro más reciente de los Sioux
Rangers en esa mañana de domingo, el cuatro de abril del 2004. Fue la
mañana que la prensa lo llamó el domingo sangriento, debido al número de
personas que murieron ese día.

Los Sioux Rangers lucharon por horas esa madrugada, fue un baño de
sangre. No había manera que hubiera sido algo más. El DRMC tenía
lanzagranadas y cualquier otro tipo de arma. Llegaron con más de ciento
cincuenta hombres, su misión era acabar con todo el rastro de los Sinoux
Rangers. Los veintisiete Rangers, Josh entre ellos, lucharon durante cinco
horas el tiroteo más salvaje de la ciudad.
Más tarde se supo que la policía esperó tres cuadras atrás hasta que los
tiroteos se calmaran, para así acercarse más. Una vez que se hizo público que
tanto mujeres como niños estaban en la casa, se dijo que la policía fue
demasiado cobarde para involucrarse. El jefe de la policía se vio obligado a
renunciar, aunque la verdad era que la policía no pudo haber hecho nada
más, excepto meterse y ser asesinados antes. Ellos no estaban equipados para
hacerle frente a la batalla de ese estilo. Eso era la guerra.
El DRMC sopló agujeros de tres pies de ancho en las paredes armadas
del club. Una completa sección de las fábricas se derrumbó por la cantidad de
fuego.
Josh lo vio todo, toda la matanza y luchó con valentía como cualquier
Sioux Ranger allí. Josh vio más sangre y gloría ese día, que muchos de los
soldados que volvían de la guerra. En las últimas etapas de la batalla, alguien
del DRMC vertió gasolina por uno de los orificios de la ventilación que
conducía al sótano y lanzó fuego. Las mujeres y niños fueron obligados a
subir, y en poco tiempo también fueron tomados.
Josh habría rogado en ese momento que se rindiera, pero no tenía
sentido. El DRMC no estaba allí para aceptar la rendición, estaba allí para
aniquilar el resto de los Rangers y no pararía hasta que lo hicieran.
Cerca del final, cuando estaba claro que no habría piedad, cuando no
habría socorro por los niños, Jack le dio su última orden como jefe de los
Rangers.
Sacó una fotografía de una mujer.
—Chico —dijo. Tenía que hablar rápido porque el DRMC se acercaban
más a cada minuto—. Tienes que salir de aquí.
—No te dejaré —dijo Josh.
—No estoy buscando actos heroícos, chico. Alguien tiene que sacar a
los niños de este lugar.
Josh miró alrededor del edificio en ruinas. Ni siquiera estaba seguro
que el techo se mantuviera por mucho tiempo. Una cueva atraparía a todos en
su interior. Peor sería si el DRMC entraría y pusiera una bala en todos ellos.
Había al menos cinco niños acurrucados en los escombros de la esquina y Josh
sabía que si no salían se allí, los matarían a todos.
Jack estaba tocando la vieja fotografía que sacó de su bolsillo,
mirándola. Josh se dio cuenta que estaba sangrando. La sangre fluía por
debajo de su chaqueta, se filtró en su ropa y la hizo pesada. —Jack, estás
herido.
—Eso no importa. Escúchame. Los niños, todavía no es demasiado
tarde. Hay que sacarlos de aquí.
—¿Cómo puedo hacer eso? —dijo Josh—. ¿Crees que el DRMC
contendrá el fuego para dejarlos salir?
—No, sé que el DRMC nunca contendrá su fuego. Van a matar a cada
uno de esos niños si pueden poner sus manos sobre ellos. Pero hay otra
manera de salir. Hay un túnel desde el sótano que conduce a una de las
fábricas de Cordner. La entrada al túnel es a través de la parte posterior de la
caja de seguridad.
—Está bien —dijo Jack. Tuvo que agacharse cuando las balas llovían a
través de la abertura en el muro de hormigón.
—La combinación de la caja es setenta y nueve, ocho, nueve, noventa y
nueve. Es una vieja caja fuerte de un banco, lo suficientemente grande como
para caminar a través. En la parte posterior de la misma hay una puerta de
madera. Basta con echar las mujeres y los niños y seguir ese túnel hasta salir
por el otro extremo. Se trata de un kilómetro hasta el final. Al salir por el otro
extremo, trata de encontrar a la policía y entregarte a ellos. Es la única manera
de que cualquiera de ellos sobreviva.
Josh asintió. —¿Vas a ser capaz de mantener el DRMC el tiempo
suficiente para que nosotros lleguemos lejos?
—Eso espero —dijo Jack—. Voy a morir en el intento, eso es seguro.
Ahora ve. No pierdas más tiempo.
—Tu hija está allí abajo, ¿verdad?
Jack alzó la vista hacia él. El dolor de la bala en el pecho estaba
empezando a hacerle todo nublado. El asintió. —Ella está ahí abajo. —Luego
le entregó a Josh la fotografía de la mujer—. Si tienes la oportunidad, dale esta
imagen. Es de su madre. Nunca la ha visto.
Josh tomó la fotografía y la puso en un bolsillo interior de la chaqueta.
—Siento que formaras parte de un club sólo para verlo diezmado —
dijo Jack.
—No hables —dijo Josh. Él podría decir que Jack Meadows se estaba
muriendo. Estaba perdiendo su claridad. Sus ojos comenzaban a empañarse.
Los chicos del DRMC no estaban lejos de la construcción ahora. Estaban
llegando cada vez más cerca. Unos pocos Rangers dispersos todavía estaban
disparando a ellos, pero no durarían mucho tiempo. El DRMC estaba
barriendo a través de las fábricas y consiguiendo los francotiradores de
Ranger, uno por uno.
—Jack —dijo Josh.
—Sé lo que vas a decir, hijo. La policía te arrestará. No sé qué decir. Si
te entregas a la policía significará una gran cantidad de tiempo en la cárcel
para ti.
Eso no era lo que Josh iba a decir en absoluto. Él no se preocupa por la
cárcel, no en un momento como este.
—No —dijo—, lo que necesito saber, ¿hay alguna manera de bloquear
la caja de seguridad desde el interior.
—Oh —Jack levantó la vista hacia él, con lágrimas en los ojos—. Sí, se
bloqueará automáticamente detrás de ti. Sólo tendrás que darte prisa para
llegar al final del túnel.
La respiración de Jack cambió. Se hizo más trabajosa y pesada. Se estaba
muriendo. Se estaba desangrando.
—Ve —dijo.

Ese había sido el final de los Sioux Rangers. El club había sido una
institución en el sur de Montreal durante más de veinte años, pero en una sola
incursión de la mañana, todos sus miembros habían sido diezmados. Bueno,
casi la totalidad de su membresía. Un hombre, nuevo miembro del club, Josh
Carter, había sobrevivido. Nadie sabía que era miembro. El DRMC tenía una
excelente información sobre los Rangers gracias a Rex Savage. Tenían una lista
de cada hombre que alguna vez había sido un miembro del club, pero el
nombre de Josh no estaba en esa lista. Le habían tomado el juramento en
literalmente minutos antes de la incursión y no había manera de que nadie
podría haber sabido que era un miembro. Si el DRMC lo hubieran conocido,
habrían asegurado de que lo consiguieron, pero no lo sabían. Y así fue como
Josh había sobrevivido a los años que siguieron.
Josh bajó la cabeza de Jack Meadows lentamente en el suelo y luego lo
dejó allí con su escopeta apoyada en su pecho. Él sería capaz de conseguir una
última oportunidad cuando el DRMC entrara en la casa. Eso sería lo último
que volvería a hacer.
Josh mantuvo la cabeza baja mientras se agachaba y esquivaba a través
de la casa. Él recogió los niños y las pocas mujeres que estaban tomando
refugio con ellos. Él los condujo a la estrecha escalera que conducía al sótano.
No perdió el tiempo. Pasó a algunos de los Rangers restantes pero su atención
estaba en la pelea. Josh sabía que todos estarían muertos dentro de la hora.
En el sótano, las mujeres y los niños estaban desesperados. Los cinco
niños comprendían edades entre un bebé a Rose, que tenía doce años. Cinco
mujeres estaban con ellos también.
—¿Qué está pasando? —Una de las mujeres dijo a Josh.
Ella estaba cerca de la histeria. Josh no la culpaba. La estructura de
hormigón del edificio silenciaba el sonido de los disparos por encima, pero
siempre que algo más pesado golpeaba el edificio entero, sacudía el sótano.
Era como una escena de un bombardeo durante la Segunda Guerra Mundial.
Josh no había visto nunca nada igual.
—¿Por qué nos has traído aquí? —Dijo otra de las mujeres.
—Cállate, Darlene —dijo la primera mujer—. Este club lo hemos
resistido todos juntos en el pasado. Vamos a resistir esta vez juntos también.
—Vamos a morir juntos, y también lo harán nuestros hijos.
—Tal vez no —dijo Josh—. Recojan a los niños. Hay una manera de
salir y todavía podríamos tener tiempo.
Se acercó a la caja fuerte. Era enorme, como la bóveda de un antiguo
banco. La puerta era un círculo de acero sólido sobre tres yardas de diámetro.
—¿Qué es eso? —Una de las mujeres preguntó.
Josh no le respondió. Él abrió la puerta con la combinación que Jack le
había dado. La puerta era muy pesada, casi demasiado pesada para moverla,
pero Josh logró abrirla lo suficiente como para que todo el mundo pasara
apretados a través. Jack le había dicho que entrara último en la bóveda y
girara el dial de combinación en la puerta detrás de él para que el DRMC no
fuera capaz de seguirlo. Al menos ellos no serían capaces de seguirlos sin
hacer volar esa puerta, lo que llevaría tiempo.
Detrás de la puerta todo era de tono negro. Él sacó su encendedor y lo
encendió. Dio sólo la luz más tenue, pero fue suficiente para que ellos
pudieran ver que estaban en una caja fuerte que no había sido utilizada en
ningún momento.
—Coge esas linternas —dijo a nadie en particular. Cerró la pesada
puerta. Tenía el terrible, horrible temor de que alguien del DRMC vendría
abajo y viera la bóveda antes de que pudiera tener la puerta totalmente
cerrada y bloqueada. Era tan pesada que tardó más de un minuto para tirar el
cierre, temía que el DRMC vendría. Pero no lo hicieron. El tiroteo continuó
hasta arriba, hasta la puerta de la cámara sellada y entonces no podía
escuchar nada.
Había luz en la bóveda ahora. Miró a su alrededor frenéticamente
mientras sus ojos se acostumbraban a la luz. Rose había conseguido las
linternas. Ella lo miró, con los ojos brillantes que reflejaban la luz incluso en
ese espacio oscuro.
Josh fue a la parte posterior de la bóveda y encontraron las puertas de
madera de las que Jack le había hablado.
—Bien —le dijo al aterrorizado grupo de mujeres y niños que fueron
llenando la caja fuerte detrás de él—. Síganme. La policía estará en el otro
extremo y vamos a dejar que nos lleven.
—¿No van a arrestar? —Una de las mujeres dijo.
—Ellos lo harán—dijo Josh—, pero es la única posibilidad de que estos
niños tengan alguna seguridad.
—¿Por qué esperamos hasta ahora para utilizar el túnel? —Una de las
mujeres dijo.
—Jack sabía que teníamos que esperar a la policía —dijo Josh—. Un
poco antes y habría sido el DRMC, no la policía, quienes nos hubieran
recogido en el otro extremo.
16
Traducido por Jessibel & Lvic15
Corregido por Maria Esperanza Salazar.

Josh todavía despertaba en un sudor frío a veces, después de soñar con


las cosas que había visto en el Domingo Sangriento. Todo el MC había sido
eliminado en una sola horrible batalla. Todos esos hombres y sus familias
diezmadas fueron aniquiladas. El DRMC no consiguió su reputación de ser
brutal por nada. Habrían llevado las cosas más lejos que cualquier otro club.
Ellos decidieron lo que había que hacer y luego lo ejecutaron sin ninguna
piedad. Esa fue la razón por la que controlaban la mayor parte del vicio y el
tráfico de drogas a través de Quebec en la actualidad. En un negocio
despiadado, ellos estaban dispuestos a ir más lejos que nadie.
Habían pasado diez años desde que Josh llevó esa pequeña tribu de
mujeres y niños a través del túnel de media milla y los llevó a un lugar seguro
en el extremo de una fábrica de neumáticos abandonados.
Ellos salieron de la fábrica en Elmslie, frente a un lote de
almacenamiento masivo lleno de contenedores de transporte. Estaba
despejado de el DRMC y los disparos, pero todavía podía oír más allá de los
edificios y las fábricas del sur. Había policías por todas partes y no pasó más
de unos pocos segundos para que Josh se entregara a sí mismo, junto a su
grupo de andrajosos refugiados a la unidad de crimen organizado.
Al principio, el policía al que Josh se acercó no podía creer lo que
estaban viendo.
—¿Estaban todos en la casa club? —Preguntaron, moviendo la cabeza.
—Sí, así es —dijo Josh.
—Pero son solo niños.
—No me jodas —dijo Josh.
—¿Y los Dark Rebels los habrían matado?
Josh miró a los oficiales a los ojos. —Sí —dijo.
—¿Qué demonios estaban haciendo ahí?
Josh tuvo dificultades para explicarlo. Sabía lo loco que sonaba ahora
que la casa club de los Sioux Rangers había sido arruinada a escombros, pero
hasta el momento el DRMC había lanzado su ataque masivo, la casa club
había sido realmente el único lugar seguro para las mujeres y los niños. Si
hubieran estado en cualquier otro lugar, probablemente hubieran muerto ya.
Josh se encogió de hombros. Se sintió avergonzado, mientras extendía
sus muñecas y dejaba que los policías lo esposaran. Se alegró de ver que las
mujeres y los niños estaban siendo custodiados, que estarían al menos un
poco más a salvo de las garras de el DRMC, pero había algo vergonzoso sobre
entregarse a la policía. A medida que el coche patrulla lo subió, Emslie se
dirigió hacia la unidad especial de delitos, aún podía escuchar el último
disparo de la batalla que había acabado con los Sioux Rangers.

La policía no había sido capaz de presentar muchos cargos contra Josh.


No aparecía en su base de datos como un miembro de los Sioux Ranger MC.
Nadie sabía quién era. Tenían un dato de su nacimiento en Coteau-du-Lac,
pero aparte de eso, su récord estaba completamente limpio. Nadie pensó en
comprobar si estaba en el sistema del estado de Nueva York. Josh estuvo dos
años en la prisión de Bordeaux y no había sido fácil.
Se sentía como un fraude. No podía decirle a nadie que había estado
con los Sioux Rangers. Hubiera sido una sentencia de muerte. La única razón
por la que nadie se lo había llevado era porque no sabíab quién era. Si el
DRMC escuchaba que un Sioux Rangers se le había ido de las manos, lo
tendrían muerto en un día.
Un par de veces pensó en conseguir el emblema Sioux Rangers tatuado
en su espalda, la prisión de Bordeaux fue uno de los mejores lugares en
Montreal para conseguir hacer un tatuaje, pero entonces había oído hablar del
asesinato de una de las mujeres que había tomado el túnel y decidió no
hacerlo. El DRMC había derrotado a los Rangers, no había duda de eso, pero
aún estaban sacando a las esposas y novias del club cuando tuvieron la
oportunidad. Era una táctica especialmente brutal, pero al menos no habían
estado yendo por los niños. Por lo menos no por lo que Josh había oído.
Hubo un poco de consuelo en eso. Josh no estaba seguro de por qué,
pero a menudo se encontró pensando en la niña que había visto en la casa
club de Sioux, hija de Jack Meadows. Todavía tenía la fotografía de su madre,
que estaba entre sus pertenencias en un casillero en la unidad de
almacenamiento de la prisión y prometió que un día se la entregaría a ella. Él
se la había querido dar antes de ser detenido, pero no había habido tiempo.

Cuando Josh salió de Bordeaux después de sus dos años de sentencia,


no tuvo un lugar en el mundo a donde ir. Se sentía como si pertenecía a
ninguna parte. Era huérfano y un marginado. Sabía que no podía volver al
Black Rodeo. No podía abandonar un club como ese, incluso como un
prospecto, y esperar que alguna vez lo aceptaran de vuelta.
Y por supuesto, los Sioux Rangers ni siquiera existían. Su primer día
fuera del Bordeaux fue a la antigua casa club. El edificio había sido
completamente arrasado. Ni siquiera existía. Era sólo un montón de
escombros entre las fábricas.
Una de las fábricas estaba siendo actualizada para algún nuevo
negocio. El otro todavía estaba vacío. Había agujeros de bala en las paredes.
Era como un edificio en una zona de guerra. Josh se sentó junto a la gran
cantidad de escombros que había sido la casa club Sioux Rangers y encendió
un cigarrillo. Ni siquiera estaba seguro de por qué lo afectó tan fuertemente.
Sólo había conocido a los Rangers por aquella noche, y había ido allí
esperando matar a uno de ellos, y ahora, dos años más tarde, se encontró con
que no podía sacar el lugar de su mente. Ese montón de escombros era el
único lugar en el mundo que incluso, remotamente se sentía como en casa.
Todavía tenía la chaqueta que Jack Meadows le había dado, pero que
no podía vestir. Si el DRMC veía el parche Sioux Rangers, matarían a todo el
que lo llevase puesto. Formar parte de un club de muertos era difícil. Si
alguien llegara a enterarse, incluso si sospechaban, su vida estaría en peligro.
Llevó la chaqueta a una costurera de Notre-Dame y le hizo quitar los parches.
Le dolía verla despegarlos. Allí estaba el indio loco buscando montar en
bicicleta, y allí estaba el nombre, Renegado, escrito en grandes letras blancas
por encima de ella. Josh no sabía quién fue Renegado, si había sido el
motociclista que había vestido esa chaqueta antes que él, pero decidió que
adoptaría el nombre por sí mismo. Le dijo a la costurera que cosiera los
parches en el interior de la chaqueta, donde nadie podría verlos. Podía
usarlos, pero sólo él siempre sabría que estaban allí. Le enfermaba tener que
ocultar el hecho de que era un Sioux Ranger, el último de los Sioux, pero era
la única manera de que fuera capaz de sobrevivir.
Y sobrevivir es lo que hizo. Trató de averiguar si alguno de los otros
miembros de los Rangers de alguna forma había sobrevivido a la matanza,
pero rápidamente se supo que era el único. Alquiló un pequeño, barato y
andrajoso apartamento cerca del barrio latino. Se movió de un callejón sin
salida a otro. Mantuvo un perfil bajo y se quedó lejos de los problemas tanto
como pudo. Vivió una vida anónima como el desconocido último miembro de
los Sioux Rangers. No trató de localizar a Rex Savage, hubiera podido, pero
sabía que no era el momento adecuado. Él aguardaría al momento oportuno y
esperaría. Un día, él supo, mataría al hombre que había matado a su padre y
traicionó a los Sioux Rangers. Hasta que llegara ese día, Josh iba a vivir la
vida de un fantasma.
También trató de localizar a las mujeres que había llevado a través del
túnel, pero sólo lo hizo sentir más deprimido. Todos ellos habían
desaparecido, o habían sido rastreado por el DRMC y asesinados. Nunca
había oído hablar de un club de motociclistas ser tan brutal.
Pasaba mucho tiempo en unos pocos bares para motociclistas alrededor
de la ciudad, pero no hizo ningún amigo. Simplemente no era capaz de
asentarse. El único club de verdad que quedaba en la ciudad en ese momento
era el DRMC. Todos los demás había sido diezmados, como los Sioux
Rangers, o se había parcheado otra vez y unido a el DRMC. Los pequeños
clubes que no estaban afiliados a el DRMC eran poco más que grupos de
delincuentes comunes que acaban de matar el tiempo entre períodos en el
Bordeaux. Josh no podía verse conduciendo a sí mismo con cualquiera de
ellos, así que lo guardaba para sí mismo.
No trató de localizar a ninguno de los niños que habían sobrevivido a
la matanza. No tenía ningún sentido. No podía hacer nada por ellos si los
encontrase. Todos ellos eran huérfanos ahora, al cuidado de la Provincia, y
entre menos supieran sobre el MC y lo que había sucedido, más seguro
estarían. El DRMC no había hecho un punto de buscarlos y matarlos,
probablemente debido a la mala publicidad que habría despertado, pero Josh
sabía que las cosas estaban todavía bastante peligrosas para los niños. Le
hubiera gustado poder localizar a la hija de Jack Meadows y darle esa foto de
su madre, que todavía tenía, pero era demasiado peligroso.

Josh se acostumbró tanto a mantener un perfil bajo que empezó a


sentirse como un fantasma. Se sentía como el último superviviente de alguna
tribu india que había sido masacrada. Se sentía invisible. Pasó por trabajos sin
dejar demasiada huella. Trabajó en la construcción, tomó algunos trabajos en
bares de motociclistas, unas pocas veces tuvo problemas con la ley. Nunca
eran cosas serias, sólo cargos pequeños. No podías estar en bares de
motociclistas en Montreal sin que la policía te arrestara de vez en cuando.
Simplemente lo aceptó. Le enviaron a Bordeaux unas pocas veces, siempre
por cortos períodos, e hizo su tiempo tan silenciosamente como vivía su vida
en el exterior. No creaba problemas. No hacía amigos. No hacía enemigos.
Y nunca olvidaba. Nunca olvidó a los hombres que mataron a todos los
que una vez amó.
A menudo se iba en largos viajes. Llevaba a su Dyna por la ciudad de
Quebec y Saguenay, o por New Brunswick u Ontario, pero en todos los sitios
a los que iba, siempre sentía lo mismo. Se sentía solo y solitario. No había
ningún lugar en el mundo para él ir.
Odiaba estar en Montreal porque el DRMC dirigía la ciudad. Al
principio sólo controlaban la cultura del motociclismo, pero muy pronto
comenzaron a incrementar su influencia, comprando a importantes políticos,
pagando a jueces, matando a cualquiera que se les enfrentara. Toda la
atmósfera de la ciudad empezó a cambiar. En los diez años que siguieron al
Domingo Sangriento, fue como si oscuras nubes hubieran descendido sobre
Montreal y la hubieran hecho corrupta hasta su núcleo.
Incluso trató de irse unas pocas veces. Obtuvo un trabajo cortando leña
en la Columbia Británica, o recolectó maíz en las vastas planicies de Manitoba
y Saskatchewan, pero siempre se encontraba de vuelta en Montreal al final de
la temporada. Algo acerca de la ciudad le continuaba atrayendo. Tenía
negocios inacabados allí y su alma no le permitiría dejar la ciudad hasta que
estuviesen acabados.
Y después, como si hubiera estado esperando todos esos años por ello,
algo finalmente pasó.

Josh había estado trabajando en un bar llamado Dieu du Ciel cerca de


Outremont. No era el tipo de lugar donde normalmente hubiera conseguido
un trabajo, pero estaban desesperados por un camarero y le acababan de
liberar de Bordeaux por golpear a un tipo. El tipo le había preguntado si
conocía un burdel donde pudiera encontrar chicas menores de edad. Josh lo
había perdido con el tipo, había hecho que le hospitalizaran. Había recibido
tres meses por ello. Era una sentencia tenue porque tanto el juez como el fiscal
habían admitido que les hubiera gustado hacer lo mismo.
Josh se había dado cuenta de que cada vez más cosas como esa pasaban
en la ciudad. Todo el mundo se había dado cuenta. La ciudad parecía
deslizarse hacia la anarquía, poniéndose peor con cada año que pasaba. En el
pasado había habido algo de orden moral en la sociedad. Ahora, todo parecía
estar en decadencia. El DRMC estaba metiendo sus manos en cada aspecto de
la vida civil de Montreal. Habían comenzado una serie de clubs en el norte
donde las chicas eran cautivas contra su deseo. Parecía que a muchos hombres
les gustaba ir allí simplemente porque sabían que las chicas no querían estar.
Hacía que a Josh se le removiera el estómago. Era como si los clubs vendieran
violaciones. Clubes con chicas menores era el siguiente paso lógico. Había
oído historias de cosas como esa pasando en otros países pero que estuviera
pasando en su propia ciudad, era demasiado.
A Josh no le importaba ir a la cárcel. No tenía nada en su vida de todos
modos. Diez años habían pasado desde la muerte de su padre, desde la
masacre de los Sioux Rangers, y parecía como que el mundo entero estaba
desmoronándose por dentro. Josh casi había aceptado que viviría su vida
solo, sin amigos, sin familia. Si todo lo que estaba haciendo era ver su ciudad
decaer, pieza por pieza, entonces también podía hacerlo desde una celda.
Había dejado de tener la esperanza de algo mejor.
Estaba parado detrás del bar intentando juntar el nuevo barril de
cerveza con la tubería cuando dos tíos con chaquetas del DRMC entraron.
Había pasado muchas veces en los diez años desde que Josh se había
encontrado por primera vez con el DRMC. Había visto a sus miembros
caminando por la ciudad, emborrachándose en bares y siempre miraba para
otro lado. Era probablemente la parte más dura de su vida en Montreal. Le
hacía sentir como un cobarde. Pero esta vez era diferente. Esta vez, el hombre
que se había cruzado en su camino era el hombre que había estado esperando.
El DRMC había crecido tanto que ahora tenían cerca de un millar de
miembros en Montreal. Tenían más centenares en los pueblos y ciudades del
norte. Josh quería luchar contra ellos, sabía que eran malos hombres, pero
nunca se atrevía a hacerlo. Sabía que la ciudad estaba muriendo bajo su
influencia. Alguien tenía que enfrentarse a ellos. ¿Pero qué demonios podía
hacer un hombre contra miles?
Así que cuando dos miembros del DRMC entraron, Josh tragó su
enfado y trató de hacer que no se enteraba. No quería problemas. No tenía
sentido meterse en una pelea que no podía ganar.
—Dos cervezas —pidió a Josh el más viejo de los dos.
Josh les sirvió y después siguió con su trabajo. Sin embargo, no pudo
evitar escuchar su conversación.
—¿Simplemente te creyó? —dijo el tipo más joven.
—Seguro que lo hizo, estúpida perra, probablemente estaba tan
desesperada de tener alguna conexión con su padre que habría hecho
cualquier cosa que le hubiera dicho.
El hombre más viejo dejó caer su cabeza hacia atrás y se rió y de
repente Josh se acordó. En un destello de reconocimiento se dio cuenta, este
no era cualquier miembro de DRMC, este era el hijo de puta hipócrita, Rex
Savage. Aquí, justo delante de él, estaba el hombre que había matado a su
padre hacía diez años.
Miró la cara de Savage y se dio cuenta en ese instante de que ese era
por qué había continuado volviendo a Montreal. Esta era la razón por la que
nunca había sido capaz de dejar la ciudad, como un alma perdida. Había
tratado de sacar la idea de su cabeza, había luchado contra ella por diez años,
pero el sentimiento todavía estaba ahí, encerrado en su pecho como una
pinza. No había terminado el trabajo que había ido a hacer a Montreal. No
había vengado a su padre.
Josh sabía en su corazón que por fin el momento de hacer algo había
llegado, de arremeter contra el DRMC. Miró a la cara del hombre y no pudo
respirar.
—Oye —le dijo Rex Savage a Josh cuando le vio mirando en su
dirección—. ¿Tienes algún problema?
Josh apartó la mirada. Quería salir de ese bar. Era demasiado. Durante
diez años Josh había vivido en Montreal, había vagado por la ciudad solo,
callado, sin amigos, como un fantasma. Ahora por fin podía acabar lo que le
daba a su vida un propósito.
Josh de repente se llenó con una rabia sobrecogedora. Quería pasar por
encima del mostrador y matar a Rex Savage con sus propias manos, en ese
momento y lugar. Pero no lo hizo. Se contuvo. Había esperado diez años,
podía esperar un poco más. Sabía que cuando llegara el momento, quería que
Rex se enfrentara a él por el hombre que era, quería que Rex supiera qué le
estaba pasando y quería que supiera por qué.
Así que cuando Rex Savage le miró con sus ojos malvados de
drogadicto con esa pálida y pequeña cara blanca y le preguntó si tenía un
problema, Josh dijo lo que tenía que decir.
Dijo—: No, señor.
17
Traducido por Jessibel
Corregido por Tamij18

Josh guardó silencio. Sirvió a Rex Savage y a su amigo, los observó,


escuchó lo que dijeron, pero, sobre todo, no revelaba nada.
—Así que, ¿ya sabes toda la historia? —Rex Savage preguntó a su
compañero.
Su compañero era el tipo de hombre que se sentiría atraído por el
DRMC. Era un tipo de aspecto mezquino y furtivo, que solo quería ser
miembro de un club de motociclistas para que alguien le dijera qué hacer. Era
un soldado. Josh podría decirlo con sólo mirarlo. Había dos tipos de hombres
en el mundo y Josh lo sabía desde hacía tiempo. Los que sabían lo que
querían hacer con sus vidas, y los que querían que se les dijera qué hacer. Y a
pesar de su charla sobre la anarquía, la libertad y la rebeldía, el DRMC era un
club de hombres que querían que se les dijera qué hacer. Josh lo había visto
una y otra vez. Un club grande como ese, uno con una jerarquía muy
estructurada, con una gran cantidad de capítulos y oficiales, era una
institución para hombres que necesitaban estructura, que necesitaban que les
dijeran qué hacer.
El compañero negó con la cabeza.
—Jesús, es lo mejor que me ha pasado.
—Bueno, dime —dijo el compañero.
—Recuerdas lo que pasó con los Sioux Rangers, ¿verdad?
—Eso fue antes de mi tiempo —dijo el compañero—, pero sé que los
exterminamos.
—Exactamente —dijo Savage—, excepto que fue mi antiguo club
también.
—¿Fuiste un Sioux Ranger antes de ser un Dark Rebel?
—Sí, lo fui. Ellos me iban a matar por alguna mierda que se hundió al
sur de la frontera. Alguna mierda con una maldita excusa para un club en
Nueva York llamado el Black Rodeo.
El compañero se echó a reír. Josh formó un puño con su mano y era tan
fuerte que sus uñas se clavaron en su palma y salió sangre. Pero él no
respondió. Él sabía que quería matar a Rex Savage pero quería hacerlo bien.
Quería asegurarse de que Rex supiera por qué estaba ocurriendo.
—¿Así que viniste al DRMC?
—En ese momento, el DRMC no era el único juego en la ciudad.
Todavía estaban luchando por su ascendencia. Había un par de otros clubes
que podrían haberlos golpeado por el control de Montreal, y los Sioux
Rangers era uno de ellos.
—¿Por eso te han aceptado?
—Les di los nombres y direcciones de cada uno de los Sioux Ranger.
Después de que diezmamos su club, les di el nombre de cada esposa o novia
que podía recordar.
—Escuché esas historias —dijo el compañero—. Los aniquilamos a
todos, no dejamos ningún superviviente. Incluso fuimos detrás de los niños.
—Bueno, no del todo —dijo Savage—. Hubo unos pocos
supervivientes.
—Sí, pero los niños son niños, ¿verdad? No son parte del juego.
—No serán niños para siempre —dijo Rex Savage—. Me quedo
despierto en la noche a veces, pensando en lo que podría suceder cuando esos
niños crezcan. ¿Y si vienen por mí? Quiero decir, vendí a sus padres. No es un
gran salto esperar que quieran vengarse.
—¿Entonces querías matar a todos los niños? —Dijo el compañero.
Josh estaba sudando. Su espalda estaba empapada de sudor frío. No
podía creer que Rex Savage estuviera allí mismo, después de todos los años
que habían pasado.
—Me encantaría matar a esos malditos niños —dijo Rex—, pero la
Provincia los puso bajo custodia de protección después de la matanza y sus
archivos están todos sellados.
—¿No puedes meter a alguien dentro para que veas los archivos?
—Créeme, lo he intentado —dijo Rex—, pero simplemente no se puede
acceder. Es literalmente imposible entrar en los registros una vez que están
sellados para la protección de un niño.
—Entonces, ¿qué vas a hacer?
—Bueno, eso es la historia que quiero contarte. No puedo localizar a
todos esos putos niños, sólo espero que ninguno de ellos se entere de lo que
sucedió con los Rangers. Pero me las arreglé para localizar a uno de ellos.
¡Una chica!
—Maldito bastardo —dijo el compañero de Savage y le dio una
palmada en la espalda.
Josh les llevó más de dos cervezas más y luego los dejó. Estaba
escuchando atentamente todo lo que decía Savage, pero desde el área de
almacenamiento donde no podía ser visto. No quería correr el riesgo de
asustar a Savage, no ahora que por fin tuvo la oportunidad de obtener alguna
información sobre él.
—Bueno, todo se remonta a cuando yo era miembro de los Rangers —
dijo Savage—. El presidente fue más santo que nadie, jodido por el nombre
de Jack Meadows. Él y algunos otros tontos, Thoothless, Patsy, un par de
otros, ellos dirigían el club. Lo que fuese que dijeron, fue.
—Eso es lo que pasa en todos los clubes.
—Sí, así que llegué a odiarlos después de un tiempo. Me repudiaron
por disparar a algunos proveedores en Nueva York, como he dicho. ¿Suena
eso fraternal para ti?
—No, no lo es.
—De todos modos —continuó Savage—, todos ellos fueron asesinados
en la masacre. Hasta el último maldito de ellos. Pero Meadows, el presidente,
tenía esta hija, ves. Una verdadera belleza. Ella tenía unos doce años cuando
todo esto se fue abajo, por lo que ahora tendría unos veintidós años, veintitrés
años.
—¿La encontraste?
—Jodidamente la encontré —dijo Savage—. Hace aproximadamente
dos años. La perra estaba de camarera en el casco antiguo. Ella no tenía ni
idea de quién era yo. Al menos no al principio. Era demasiado joven para
entender todo lo que sucedió durante el Domingo Sangriento. Ella estuvo allí,
sin embargo.
—En la sede del club.
—Ella y muchos otros niños.
—¿Cómo escaparon?
—Nunca supimos —dijo Savage—. De alguna manera salieron y la
policía se los llevó.
—Así que, ¿la encontraste y la reconociste?
—No había cambiado nada. Siempre tuvo estos dos bellos ojos que
decían cógeme. Era el tipo de chica que te mira fijamente, incluso cuando era
una niña, y sabías que lo estaba pensando. Quería ser cogida, lo sabía. Incluso
en aquel entonces ella era la mayor provocadora. Me hubiera gustado darle
mientras era todavía una niña.
—Jesús.
—Créeme, hermano —dijo Rex—, ella era esa chica. ¿Sabes a qué me
refiero? —Rex dio una palmada a su compañero en la espalda y el hombre se
echó a reír. Se habría reído de cualquier cosa que dijera Rex. Josh lo sabía.
—Así que, la encontré en este bar y pensé, aquí está mi oportunidad de
entrar con la dirección del club, conseguir un poco de credibilidad en el club,
y obtener un ascenso del viejo cretino, Jack Meadows.
—¿No la has matado?
—No, señor —dijo Rex—. Hice algo mucho peor. Se la vendí a Serge
Gauthier. Necesitaba chicas para bailar en todos esos clubes que abrieron al
norte. Ya sabes, ¿los clubes de violación? Donde llegas a tirarte a chicas que no
están en ello. Así que hablé con él y me dijo que me pagaría cinco mil dólares
por una chica como ella.
—¿Cómo la atrapaste?
—Esa es la mejor parte. Fue tan jodidamente fácil. Todo lo que tenía
que hacer era hablar con ella, le dije toda la triste historia de cómo su padre y
yo solíamos montar juntos, y entonces le dije que podía hacer un poco de
dinero en efectivo entregando un paquete en el norte.
—¿Y ella se lo creyó?
—Ella lo creyó. Incluso se registró en un motel en Val-d'Or que el
capítulo posee allí.
—Eso es jodidamente divertido, hombre —dijo el compañero de Rex.
Ambos estaban riendo, satisfechos como el infierno. Josh escuchó todo
y tomó nota. Supo de inmediato de quién estaban hablando. Todavía podía
recordarla como si fuera ayer, la hija de Jack. Jesús, pensó, incluso tenía la foto
de la madre de la chica en el bolsillo del pecho. La había estado llevando allí
durante diez largos años.
Había oído acerca de esos locales de striptease allí arriba, a lo largo de
la 117 y la autopista Trans-Canadá. Si la hija de Jack estaba en uno de esos
bares, tendría que sacarla.

Fue una noche extraña para Josh. Después de diez años de vivir
completamente sin rumbo, a la deriva a través de su vida sin saber quién era o
cuál era su propósito en la vida, de repente lo había recordado. Había sido
traído cara a cara con el asunto pendiente que había iniciado hace tantos años,
cuando tenía apenas diecisiete años.
Sirvió a Rex Savage y a su amigo y no mostró un solo pedacito de
emoción. Se anestesió a sí mismo de la ira y la rabia que sentía para poder
esperar el momento oportuno y llevar a cabo un plan.
No podía creerlo. La sensación que sentía era casi demasiado. Después
de diez años, por fin sabía lo que había estado esperando en esa decrépita
ciudad. Este era el hombre que había matado a su padre. Y ahora era el
momento de tomar la venganza.
Observó a Rex y a su compañero como un halcón y cuando finalmente
terminaron sus bebidas, se fue a la parte posterior, se montó en su
motocicleta, y los siguió. Su jefe, el dueño del bar, le preguntó a dónde iba,
pero Josh ni siquiera respondió. No le importaba su trabajo. Tenía cosas más
importantes que atender.
Cogió su chaqueta, se montó en su moto y aceleró el motor como si se
preparara para una carrera de velocidad. Cuando salió de la parcela, Rex y su
amigo ya estaban en la carretera. Él los siguió por Van Horne hacia du Parc, al
norte de la estación de tren. Mantuvo una buena distancia. El tráfico en las
calles era ligero y no quería que se fijaran en un motorista tras ellos. Corrían
hacia el norte a lo largo de Saint Laurent, hasta el río y luego subieron a la
335. Tomaron todo el camino a Laval y finalmente se detuvieron frente a un
edificio de ladrillo con un techo plano en la calle Lavoie. Eso fue todo. Ese era
el lugar donde Rex Savage vivía.
18
Traducido por Jessibel & Pagan Moore & Cjuli2516zc
Corregido por Maria Esperanza Salazar

Josh no tenía un arma con él. No llevaba un arma ahora nunca más.
Había decidido hace mucho tiempo que era demasiada responsabilidad
cuando vio a un tipo en un bar recibir un disparo en la cara por extraerla en el
momento equivocado.
Ahora necesitaba un arma, y estaba bastante seguro de que sabía
dónde conseguir una. Había un pasaje subterráneo por la línea del tren de
Saint Martin y sabía que por lo general podías encontrar un tipo por el
nombre de Saturday Night Special sentado en un carrito de compra volcado.
Entre otras cosas, el hombre vendía armas. Eran armas sin licencia y sin
números de serie, exactamente lo que Josh necesitaba.
Montó allí como un maníaco, girando bruscamente y cruzando en zig
zag a través del tráfico en ambos carriles. Cuando llegó al pasaje subterráneo,
vio el carro de Special. Se detuvo frente a ella. Una antigua farola parpadeante
iluminó el paso subterráneo y podía ver que estaba desierta. Había un pedazo
de cartón en el carro, el tipo de señal que las personas sin hogar llevaban en
frente de ellos cuando pedían un cambio en la calle. En él estaba escrito un
número de teléfono.
Josh fue a una cabina telefónica y llamó al número.
—Busco a Saturday Night Special —dijo cuándo el otro extremo
levantó el auricular.
—¿Quién pregunta?
—Un viejo amigo de los Bordeaux. Necesito una pieza.
—¿Cuándo la necesita?
—Ahora mismo.
Hubo una pausa por un momento, entonces el hombre en el otro
extremo de la línea, dijo—: Nos vemos en el pasaje subterráneo en quince
minutos.
Josh montó de regreso hacia el pasaje subterráneo y se preguntó con
quién se reuniría. Cuando regresó había dos hombres que lo esperaban.
Vestían chaquetas de cuero y parecían motociclistas. El corazón de Josh se
detuvo. ¿Habría alguien que lo observó siguiendo a Rex y su amigo?
Sin embargo, estos dos tipos no parecen haber sido del DRMC. Sus
pantalones vaqueros y chaquetas estaban más ajustados de lo que los chicos
de el DRMC parecía gustarle, y no llevaban ningún parche en la espalda. Los
Dark Rebels llevaban todos sus parches con orgullo. Eran dueños de Montreal
y la mayor parte era de la provincia, incluida la policía, y ellos no tenían
ninguna razón para tener miedo.
—¿Quiénes son ustedes? —Dijo Josh mientras estacionó su motocicleta
frente a ellos.
—Sólo somos chicos —dijo uno de los chicos.
—Pero, ¿dónde está Special?
—Está en Bordeaux.
—¿Son ustedes dos amigos de él?
—Algo así —dijo uno de los chicos.
Josh miró por encima de ellos. No tuvo un mal presentimiento sobre
ellos y por lo general confiaba en sus instintos. Después de la vida que había
estado viviendo, había aprendido a confiar en sus instintos más que cualquier
otra cosa.
—¿Ustedes no son del DRMC?
—¿Parecemos del DRMC? —Dijo uno de ellos.
Josh no tuvo que pensar. —No, no lo son —dijo.
—Bien —dijo el chico.
Josh asintió. Eso fue más o menos toda la respuesta que necesitaba.
—¿Tienes una pieza para mí? —Dijo.
Uno de los chicos sacó un paquete de papel de estraza. —No es
suficiente —dijo—, pero hará el trabajo.
—¿Está cargada?
—¿Qué es lo que parecemos, idiotas?
—No es de mucho uso para mí vacía —dijo Josh.
Los dos chicos se miraron el uno otro. Uno de ellos buscó en los
bolsillos y sacó un paquete de cartuchos .40 Smith & Wesson.
—No la cargues hasta que nos hayamos ido —dijo uno de los chicos.
—Te escucho —dijo Josh. —¿Qué quieres por ella?
Se miraron el uno al otro de nuevo. Josh se sorprendió de que no
habían tenido un precio en mente. Él habló antes de que ellos pudieran.
—Tengo cien, dinero en efectivo.
Josh tomó el dinero de su chaqueta, se lo dio a los chicos y ellos le
dieron el paquete. La metió en la chaqueta y salió montando por el pasaje
subterráneo de regreso a Lavoie y estacionó en la calle. Mientras se dirigía a la
casa de Rex tomó las balas de su estuche y cargó la pistola.

Josh había comprometido más que sus acciones delictivas en los años
después de su llegada a Montreal. Diez años era mucho tiempo para estar sin
una casa club, estar sin una familia o amigos, y a veces había tenido que hacer
cosas de las que no estaba orgulloso, con el fin de sobrevivir. Irrumpir en las
casas había sido una de ellas.
Caminó hacia la casa como si viviera allí, como si perteneciera a ese
lugar, y se quedó en la parte delantera de ella por un momento. No había
nadie en ninguna de las ventanas. Se fue a un lado de la casa, por el estrecho
callejón que separaba la tienda de piezas de auto vecina. No había ventanas o
puertas a lo largo de ese lado del edificio y corrió a la parte posterior, donde
vio un porche de madera elevada. Esperó en la esquina por un minuto,
escuchando, mirando por cualquier signo de actividad. No había ninguno.
No sabía nada sobre el edificio y sus otros habitantes que no fuese Rex
y su compañero que habían entrado en él. Se imaginó que estaban ambos allí,
pero sabía que no podía suponer. Todo lo que haría tenía que ser moderado
por el hecho de que no podía haber más hombres en el edificio. Si pudiera
entrar silenciosamente, sería lo mejor.
Caminó en silencio por los escalones del porche, agachado, y se
arrastró hacia la puerta. Era una delgada puerta de madera. Josh estaba
sorprendido que no tenían algo más seguro. Era poco probable que este
edificio perteneció a el DRMC. Probablemente sólo era el lugar de Rex.
Fácilmente podría haber forzado la puerta abierta, pero prefería no delatarse
si podía evitarlo.
Intentó abrir la manija de la puerta. Estaba cerrada con llave. Miró a las
paredes. Había una ventana al lado de la puerta que podría alcanzar sin
mucho esfuerzo. Utilizó la barandilla de la cubierta y subió al alféizar de la
ventana. Se asomó por la ventana. Lo llevó a lo que parecía una habitación sin
usar. Intentó abrir la ventana y no estaba cerrada. La abrió lo suficiente como
para esconderse y aterrizó lo más silenciosamente que pudo sobre el suelo de
madera de la habitación.
Sacó la pistola. No había mucho que mirar, la empuñadura de madera
teñida de uso pesado, el mecanismo desgastado y rígido. Ladeó la misma. El
chasquido parecía suficientemente fuerte como para despertar a los muertos.
Oyó movimiento en el pasillo fuera de la puerta de la habitación. Se
puso en cuclillas en un rincón oscuro al momento en que la puerta se abrió.
—Oye —era el compañero de Rex—, ¿quién anda ahí?
—No te muevas —dijo Josh desde la oscuridad. —Tengo la mira puesta
en ti hijo de puta. ¡No te muevas, carajo!
La amenaza funcionó. El amigo de Rex se quedó inmóvil, tratando de
ver en la oscuridad, de donde la voz de Josh había venido.
Como un idiota Rex llegó a la derecha en la habitación de al lado.
—¿Qué está pasando? —Dijo.
El compañero dijo nada.
—Rex Savage —dijo Josh—, si te mueves una pulgada, serás un hijo de
puta muerto.
—¿Qué demonios? —Dijo Rex.
Josh no perdió el tiempo.
—Ustedes dos, al suelo. Las manos en la cabeza.
Él sabía lo que habían estado esperando. Estarían pensando que la
muerte los había encontrado, que estaban a punto de ser ejecutados. No sería
la primera vez que alguien había decidido escoger a un par de motociclistas,
por alguna razón u otra. Sabía lo que estaban pensando que venía, pero Josh
no había decidido aún si eso era lo que iba a pasar.
Él no tenía nada en contra del compañero de Rex. Ese pobre hijo de
puta estaba justo en el lugar equivocado en el momento equivocado. No había
visto a Josh aún, no había visto su cara, y él no sabía por qué Josh estaba allí.
Si Josh de algún modo pudiera sacarlo del camino, quizás él no tuviera que
matarlo.
Habría preferido no hacerlo. Matar no estaba en la sangre de Josh. Si
algo había que hacer, Josh podría hacerlo, pero si se pudiera evitar, sería lo
mejor.
—¿Tú? —Le dijo al compañero de Rex—. ¿Cuál es tu nombre?
—Drake. Ellos me llaman Drake.
—Bueno, Drake. Tengo negocios con tu amigo aquí, Rex Savege.
—Bueno, supongo que eso es entre tú y Rex, señor.
—¿Sí?
—Sí. No tengo que ser una parte de ello. No te he visto.
—¿No te importa que Rex podría no vivir para ver el final de la misma?
Hubo una larga pausa mientras Drake reflexionaba sobre el significado
de las palabras de Josh.
—No me importa en absoluto —dijo al fin.
Josh asintió. Había pensado tanto. Rex Savage no era el tipo de persona
que inspiraba una gran cantidad de lealtad.
—Tú pieza sucia de escoria —dijo Rex.
Josh mantuvo su arma a la luz de la luna para que pudieran ver que iba
en serio.
—Entonces, ¿qué voy a hacer contigo? —Le dijo al compañero de Rex.
—¿Lo dices en serio, señor?
Drake debe de haber sentido como que acababa de ganar la lotería. Lo
usual de Josh en esa situación hubiera sido matar a Drake. Todo el mundo en
la habitación lo sabía.
—Como dijiste —le dijo Josh a él—, no me has visto, no conoces mi
negocio con Rex, y no te preocupas por él.
—Así es —dijo Drake—. No te he visto. No quiero verte.
—¿Hay alguna cuerda o algo en este lugar? —dijo Josh.
—Hay esposas a la derecha dentro de este armario.
—Maldito gusano —le dijo Rex Savage a Drake, pero a Drake no le
importó. Era Josh el que tenía el arma.
Josh se acercó a Rex y clavó el cañón de la pistola en la parte posterior
de su cuello. —No te muevas, Rex.
Luego se dirigió al armario y lo abrió. No sólo había esposas allí, sino
que también había todo tipo de equipo de esclavitud. Parecía que Rex tenía
un fetiche BDSM.
—¿Qué es todo esto? —Dijo Josh.
Miró al equipo más de cerca. Había esposas, cadenas, restricciones para
la boca y la cara. Había trajes de cuero que cubrían el cuerpo y la cara.
También había implementos de tortura, látigos, todo tipo de mierda
excéntrica.
—No es mío —dijo Drake.
—¿Es de él?
—Lo es.
—Debería haberlo adivinado —dijo Josh—. Oye, Savage. Sí, tú, ¿tú
conseguiste un poco de fetiche por esta mierda?
—Vete a la mierda —dijo Savege.
Josh apuntó el arma hacia él. Rex miró hacia arriba desde el suelo al
cañón de la pistola.
—No —dijo Josh—. Vete a la mierda tú.
Él tomó las esposas y aseguró a Drake al tubo de desagüe de cobre. No
se va a ir a ningún lado por un tiempo. Luego comprobó los bolsillos de
Drake y tomó su arma y su móvil. La habitación estaba a oscuras, pero Josh
tiró el cuello de su chaqueta por delante de su cara de modo que Drake no
fuera capaz de reconocerlo si ellos alguna vez se encontraran de nuevo en el
futuro.
—¿Es necesario que te amordace? —Le dijo Josh a Drake mientras le
ajustaba las manos detrás de su espalda.
—No, señor.
Josh agarró a Rex por el cuello y lo arrastró a sus pies. Mantuvo la
pistola presionada con fuerza contra su espalda.
—Tú, vienes conmigo. Un movimiento y estás muerto.
Josh palmeó a Rex hacia abajo. No estaba armado. Lo llevó hacia el
pasillo y cerró la puerta. No quería que Drake escuchara la conversación.
Todavía podía matar a Drake si tenía que hacerlo, pero pensó que no sería
necesario. Esperaba no hacerlo.
La siguiente habitación era la sala de estar y Josh sentó en un sofá
andrajoso y viejo a Rex y se quedó mirando hacia abajo, a él, con el arma
delante de él.
—¿Me reconoces? —Le dijo a Rex.
Rex lo miró y luego desvió la mirada.
—Oye, te he hecho una pregunta. ¿Me reconoces?
—¿Sabes lo que el DRMC te va a hacer cuándo te encuentre?
—Me importa el culo de una rata sobre el DRMC. Si supieran quién era
yo me habrían matado hace diez años.
Rex asintió. —Eres uno de los viejos grupos, entonces. Me sorprende
que hayas durado tanto tiempo.
—¿Sabes de qué grupo soy?
—No lo sé. Me importa un carajo —dijo Rex—. Todo lo que sé es que,
si esperas vengarte del DRMC, has comenzado en el lugar equivocado. No
guardo ningún peso en torno a tu club.
—¿Pero eres un miembro?
—Supongo que lo soy, pero no tienen mucho amor para mí.
—¿Sabes por qué es así?
—¿Quién demonios eres, chico?
—Ellos no tienen ningún amor por ti porque no pueden confiar en ti.
—Pueden confiar en mí. He tiranizado con ellos desde hace diez años.
Pueden confiar en mí.
—Y, ¿cuánto tiempo tiranizaste con los Sioux Rangers antes de que los
vendieras?
—¿Qué sabes sobre los Sioux Rangers?
Josh se quitó la chaqueta y le mostró a Rex el interior del forro. Allí,
cosido en el forro, estaba el parche de Sioux Ranger, y el nombre Renegade.
—¿Qué haces con eso?
—Es mía.
Rex dejó escapar una larga risa.
—¿Quieres ser yo, muchacho?
—No, no quiero ser tú.
—Bueno, ¿cómo es que estás usando mi vieja chaqueta entonces?
Josh lo miró. No podía creerlo.
—¿Tú eres Renegade?
—Lo era —dijo Rex—. Antes de que ellos me repudiaran.
La mente de Josh saltó diez años hacia atrás, a la mañana en que Jack
Meadows le había dado la chaqueta. De todas las chaquetas que colgaban
sobre la barra le había dado aquella, la que pertenecía al hombre que había
matado a su padre. Él no lo entendía. No creía que fuera un truco que
Meadows había estado desempeñando. Era más bien un sentido de la ironía,
una declaración de la vista de Jack Meadows del universo, de la suerte y el
destino.
—Bueno, ahora es mía —dijo Josh.
—¿Qué tienes que ver con los Sioux Rangers?
—Soy el último superviviente.
—No eres un miembro de los Rangers. Tiranicé con ellos justo hasta el
final y nunca te había visto antes en mi vida.
—No podrías haberme visto, pero yo te vi, y te equivocas. Hice el
juramento en los Rangers en el Domingo Sangriento.
Rex se rió de eso. —Debes ser el motociclista más desafortunado que
jamás haya montado. ¿Juraste a los Rangers el día en que fueron diezmados?
—Sí, lo hice.
—¿Y supongo que estás aquí para conseguir venganza para el club?
—Creo que sería apropiado, ¿no te parece? El último Ranger, aquí para
acabar con el hombre que traicionó al club.
Rex asintió hacia él. Los ojos del hombre se veían cansados y acuosos.
No estaba bien. Eso era evidente. Probamente tenía cáncer o algo así. Ahora
que Josh lo miró pudo ver que Rex Savage no tenía mucho tiempo de todos
modos.
—Estás enfermo, ¿verdad? —dijo Josh.
—¿Qué te importa?
—Nada supongo.
—¿Crees que significa menos matar a un hombre enfermo?
—Creo que significa lo mismo.
—¿Alguna vez has matado a un hombre como esto antes? —dijo Rex—.
¿A quemarropa?
—Lo he hecho —dijo Josh.
Rex lo miró. Sus pequeños y brillantes ojos no mostraron nada, no
había emoción en ellos, ningún temor, sólo derrota, ojos impotentes de un
adicto que estaba listo para encontrarse con su Creador.
—¿Qué estás esperando? —Dijo Rex.
—¿No te dije toda la historia todavía?
Rex suspiró. —¿Hay más?
—Siempre hay más, viejo.
—Entonces suéltalo ya.
Josh había encontrado al hombre tan despreciable, tan repulsivo, que
tuvo que luchar contra las ganas de dispararle en ese momento y allí.
—¿Alguna vez has estado en Akwesasne, Nueva York?
—¿Akwesasne?
—La reserva indígena en la frontera.
—Akwesasne. Recuerdo ese lugar. Un basurero de poca monta, lleno
de malvivientes, alcohólicos mestizos.

¡BANG!

El sonido de un disparo resonó por toda la habitación. El ruido era


ensordecedor. Era una vieja pistola, pero tenía una gran potencia. Incluso
sorprendió a Josh, y él había apretado el gatillo. El olor sulfuroso del humo le
recordaba a un fósforo siendo encendido.
Rex se retorcía de dolor en su asiento. La bala había entrado en su
muslo y la sangre se derramaba hacia fuera como una fuga, empapando sus
pantalones.
—¿Recuerdas el Rodeo? ¿Black Rodeo? Mi padre montó con ellos.
—Eres el jodido niño. Lo sabía. —Rex sostuvo su pierna y respiró a
través de sus dientes en dolor—. Jodidamente siempre supe que sería uno de
los niños que volvieron para conseguirme.
—¿Por eso querías ir tras ellos?
Rex alzó la vista hacia él. —De ninguna jodida manera. Eres el
camarero de Dieu du Ciel.
—Sí, lo soy, y escuché lo que hiciste con la hija de Jack Meadows.
—¿Y a ti que te importa?
—Digamos que me gustaría sacarla de cualquier pozo negro en el que
las has lanzado.
—Bueno, buena suerte encontrándola.
—La encontraré. Manejaré arriba y abajo de las rutas del norte y pararé
en todos los bares dirigidos por el DRMC si tengo que hacerlo. No son
difíciles de encontrar, y juro por Dios que reconoceré a esa chica cuando la
encuentre.
—Oh, la reconocerás cuando la encuentres, ¿lo harás?
—Sí lo haré.
—Bien —dijo Rex—, supongo que no hará mucha diferencia para mí
ahora, pero tengo que reconocértelo niño.
—¿Qué quieres decir?
—Te tomó diez años, pero finalmente encontraste al hombre que acabo
con tu padre.
Josh miró cansadamente a Rex.
—Una gran cantidad de hijos lo hubieran hecho en menos.
Josh asintió. —Me tomó más tiempo del que debería.
—Lo importante es que me conseguiste al final, niño. Siempre supe que
uno de los hijos de los hombres que maté vendría por mí. Es por eso que
quería ir tras ellos. ¿Pero sabes lo que más me asustaba?
Josh no estaba de humor para escuchar las últimas palabras de Rex
Savage pero dejó al hombre hablar.
—¿Qué era eso?
—Tenía más miedo de que ninguno de ellos alguna vez viniera. Tenía
miedo de que de todos los hombres que traicioné y apuñalé por la espalda en
este mundo, y han sido muchos, que ni un solo hijo de cualquiera de ellos
daría un paso adelante y trataría de vengar a su padre. ¿Qué diría eso del
mundo?
Josh asintió. Ladeó el percutor del arma. —¿Estás listo para morir,
viejo?
Rex levantó su mano. —Estoy listo —dijo—. He estado listo desde hace
mucho tiempo, hijo. Pero escucha una última cosa antes de apretar ese gatillo.
—Habla rápido, Rex.
—La niña, la niña de Meadows, está en el último bar de el DRMC. Al
otro lado de la frontera, más allá de Val-d'Or y Malartic y Rouyn-Noranda,
sobre la frontera en Ontario, el último bar dirigido por el DRMC, el VP1 de la
sede de Val-d'Or lo dirige, ahí es donde encontraras a la chica de Jack
Meadows.
Josh miró a Rex. Se preguntó qué fue lo que hizo que el hombre
comparta esa información con él. Ahora que su fin había llegado, ¿se había
vuelto sentimental? Eso parecía mucho para creer.
—Eso es de mí para ti, el único niño que se acercó y vengó a su padre.
El último bar, el VP es una bolsa de basura con el nombre de Serge Gauthier.
Ahora tira de ese gatillo, muchacho.
Josh no perdió más tiempo. Dejó que su dedo se vuelva pesado en el
gatillo y un segundo estallido sacudió a través de la habitación.
Rex Savage estaba muerto. La única cosa que había estado dando a la
vida de Josh Carter un propósito por los últimos diez años, la necesidad de
vengar a su padre, había terminado. La pregunta era si sería capaz de
encontrar un nuevo propósito para su vida ahora que estaba hecho.

1
Vicepresidente
19
Traducido por Pagan Moore
Corregido por Tamij18

Josh fue a Val-d'Or esa noche. Antes de irse le tiró a Drake las llaves de
las esposas. Luego se fue y les disparó a los neumáticos de las motos de Drake
y Rex. Salió de Montreal con nada más que la pistola que había comprado y el
arma que había tomado de Drake. Tenía algo de dinero, su chaqueta, su moto
y nada más. No le hacía falta mucho más que eso en el mundo.
Val-d'Or estaba muy lejos al norte de Montreal, así que puso gasolina
en el borde de la ciudad. Descendiendo la temperatura de la forma en que lo
estaba haciendo, sabía que no sería capaz de viajar a través de la noche
entonces se registró en un motel cerca de la gasolinera. Unas pocas horas de
sueño le harían bien.
No le dijo mucho al empleado del motel y fue directamente a su
habitación. Era pequeña y funcional, con un viejo aparato de aire
acondicionado en la ventana, una televisión en color y una puerta que daba al
baño. Unas sábanas almidonadas se extendían sobre la cama. Josh fue
directamente al cuarto de baño. Tenía frío por el viaje, pero cuando se metió
en la ducha corría el agua fría. Se quedó allí desnudo y dejó que se arrastrara
sobre su cuerpo. Respiró profundamente. Tenía mucho que asimilar. Había
estado esperando diez años en Montreal, a la deriva, observando,
esperando. Ahora finalmente tomó medidas. Rex Savage estaba muerto. El
hombre que había matado a su padre había muerto al fin.
Josh no se dio cuenta hasta después de haberlo hecho, pero le había
pegado a la pared de la ducha con tanta fuerza que los azulejos se agrietaron
alrededor de su puño.
Salió de la ducha y se acostó de espaldas en la cama, desnudo,
empapado. Parecía que sólo había cerrado los ojos por un segundo, pero
cuando los abrió era por la mañana. Si había soñado, no lo recordaba. Miró el
reloj junto a la cama. Eran las siete. Hizo un poco de café en la máquina de su
habitación y se lo bebió de pie junto a la ventana. Luego sacó la billetera y
dejó cincuenta dólares en la cama para pagar por el daño del azulejo. Bajó al
estacionamiento y se montó en su moto y arrancó. Cabalgó duro y rápido
hacia el norte a través de la extensa provincia de Quebec y sólo se detuvo para
llenar el tanque.
Al final de la tarde pasó por Réservoir Dozois. Mientras conducía por
las largas calzadas que formaban las presas a través de esos lagos, tuvo la
extraña sensación de que lo seguían. Se detuvo y miró hacia atrás. A pocas
millas detrás de él había un motociclista de negro, con un casco negro.
El motociclista se acercaba rápidamente. Josh sacó sus pistolas y las
revisó. Tenía el arma que había comprado y la pistola que había tomado de
Drake. El motociclista parecía llegar a su pierna y cuando se enderezó, Josh
vio que había sacado un rifle y apuntaba hacia él. Nunca había visto a nadie
apuntar con un rifle desde la parte trasera de una motocicleta antes y sólo
tuvo el tiempo justo para zambullirse por encima del muro de la calzada
cuando una bala pasó por su oreja. Aterrizó con fuerza en la roca rota que
estaba en el otro lado de la barrera. Debajo de él se encontraba el agua helada
del embalse.
Se preguntó quién lo había seguido, pero no tuvo tiempo para
responder a la pregunta ya que otro tiro fue disparado. Josh estaba detrás de
la barrera, pero oyó que la bala golpeó su moto, justo en el tanque de
gasolina. Milagrosamente la moto no explotó.
Un segundo más tarde, siguiendo de cerca a la bala, el motorista pasó
sin detenerse. Josh se levantó, apuntó y dejó que una sola bala volara. No
sabía si le dio al piloto o no, pero un momento después el conductor se
desplomó, y un segundo más tarde su moto se desvió y golpeó contra la
barrera de la calzada. El accidente ocurrió a toda velocidad, a más de cien
kilómetros por hora, y no había manera de que el motociclista
sobreviviera. Josh corrió hacia los restos. Mientras corría una gran explosión
surgió de la moto. La fuerza de ésta tiró a Josh hacia atrás sobre el asfalto de
la carretera.
El conductor estaba a más de cien metros de la carretera y Josh se puso
en pie y corrió hacia él. Tenía que protegerse el rostro del calor del fuego
mientras corría más allá del accidente.
Cuando llegó al cuerpo ya estaba muerto. Le quitó el casco. Era Drake.
Eso es lo que obtuvo por mostrar misericordia. Debería haberlo sabido
mejor. Se preguntó si Drake le había contado a alguien lo que le había
sucedido a Rex, pero teniendo en cuenta que lo había seguido solo, Josh pensó
que Drake había estado actuando solo. Se preguntó cómo supo que tenía que
seguirlo en esta dirección.
Volvió a su moto y examinó el daño. Aparte del agujero en el tanque de
gasolina la moto no sufrió otros daños. El problema era que sin un tanque de
gasolina no iría a ninguna parte. Pateó la moto con frustración.
Luego la levantó por encima de la barrera de la calzada y la escondió
entre la roca sobre el embalse. Había un marcador de millas cerca y recordó el
número que había en él, siete setenta y dos. Podría volver por la moto más
tarde. Miró hacia arriba y abajo de la carretera. Entonces se acercó al cuerpo
de Drake y lo arrastró sobre la barrera también. Cargó el cuerpo con piedras y
luego lo arrastró hasta el borde del agua. No quería que el cuerpo fuera
encontrado en un corto plazo, por lo que se quitó su propia ropa y se metió en
el agua. Lo arrastró todo lo que pudo. El agua se hizo profunda muy rápido y
se zambulló con el cuerpo y lo hizo rodar a lo largo del fondo del lecho del
lago para asegurarse de que se fuera hasta el fondo.
El agua estaba helada y sólo podía aguantar durante unos minutos.
Salió, se secó y se vistió. Luego recogió las cosas útiles que podía tomar de su
moto y empezó a caminar. Todavía estaba a un par de cientos de millas de
Val-d'Or.

Le llevó a Josh un largo tiempo llegar hasta Val-d’Or. No había hecho


autostop en años y rápidamente recordó por qué. La carretera era larga y
dura, y el viento que soplaba sobre él vino directamente de los nortes
olvidados, mucho más allá de las últimas viviendas y campos.
Había sido media tarde cuando fue atacado por Drake. Estaba oscuro
antes de que el primer camión de carga pasara a su lado y se dirigía en la
dirección equivocada. Josh vio cómo el conductor se dio vuelta para mirarlo
con asombro. Simplemente no era natural ver a un hombre caminando por ese
camino solo. Es difícil imaginar cómo de desierta queda la carretera más allá
de las últimas grandes ciudades. El paisaje estaba casi completamente
vacío. No era como otros lugares donde las granjas y casas rurales
interrumpen el espacio entre ciudades. Tan al norte no había granjas. No
crecía nada más que árboles y desierto. Había grandes extensiones de bosque
que nunca habían sido explotados, ni talados, ni siquiera fueron vistos por los
hombres. Alrededor de algunos lagos había chozas de pesca y latas de cerveza
y signos de presencia humana, pero en torno a muchos de ellos no había nada
humano. Nadie iba allí, nadie vivía allí. Era un lugar duro e inhóspito que
incluso los nativos americanos se negaron a establecerse.
Pasó más de una hora antes de que otro camión pasara. Éste estaba
tomando provisiones al norte del puerto de Montreal. Josh le tendió la mano y
oyó que el camión reducía la marcha a través de sus engranajes mucho antes
de que llegara hasta él. Era una gran operación lograr que uno de esos
camiones pesados se detuviera una vez que se ponía en marcha, pero el
conductor se detuvo. No había manera de que pudiera dejar a un hombre a
pie por un camino así.
—¿A dónde vas, hijo?
—Arriba más allá de Val-d'Or.
—Bueno, yo voy al extremo de la ciudad si quieres un paseo.
—Se lo agradecería —dijo Josh.
Josh se subió a la cabina.
—¿Era tu moto la de allí atrás?
—Me temo que sí —dijo Josh—. Giré hacia afuera en un poco de hielo.
Tuve suerte.
—Lo mismo digo. Conduje más allá de él y tenía miedo de parar.
Todavía hay humo saliendo de los restos.
—Supongo que debería llamar o algo así.
—Puedo avisar al despacho —dijo el conductor—. Avisarán al
departamento de carreteras. Tendrían que esperar hasta que se caliente antes
de enviar un equipo.
—Apreciaría eso —dijo Josh.
El conductor llamó por radio a su despacho en Montreal y avisó sobre
el accidente. Condujeron en silencio durante un tiempo. Llegaron a Val-d'Or
unas horas más tarde. Josh había estado dormitando en el asiento y el
conductor le preguntó dónde quería que lo dejara.
—En la ciudad está bien. Supongo que necesitaré un lugar para pasar
la noche.
—Hay un motel cerca de la autopista.
—Con eso bastará —dijo Josh.
Josh pasó la noche en el motel y se despertó temprano a la mañana
siguiente y continuó hacia el oeste y al norte de Val-d'Or en la dirección a la
frontera de Ontario.
20
Traducido SOS por Pagan Moore & Cjuli2516zc
Corregido por Jessibel

Josh caminó penosamente a lo largo del lado de la carretera y trató de


mantenerse al margen de la pulverización de los camiones que pasaban. Vio
a Velvet Cat a lo lejos y negó con la cabeza. Él sabía exactamente qué clase de
lugar era ese. Todo el mundo sabía que el DRMC hizo mucho dinero
prostituyendo a las jóvenes. La mayoría de las veces, las chicas no tenían ni
voz ni voto en el asunto. Para muchos hombres, el hecho de que las chicas no
tenían opción en el asunto añadió encanto al lugar. Era como violar a una
joven sin tener que preocuparse por las consecuencias. Josh nunca entendió a
esa clase de muchachos. Esto fue lo que lo metió en muchas de sus peleas.
Le dolía que la hija de Jack Meadows haya terminado en un lugar así.
Desde el exterior, el Cat se parecía a cualquier otro bar de
carretera. Tenía una fachada de madera desgastada, un par de tejas sueltas en
el techo y una señal sobre la puerta. También había una pequeña placa
grabada dentro de una ventana que decía: Uno Por Ciento. Ese era un signo
para los motociclistas y para todos los demás de que ése bar era propiedad de
un club.
Josh entró en el bar y le tomó un minuto para que sus ojos se
acostumbraran a la penumbra. No podía creer que Rex hubiera condenado a
una chica como Rose a un lugar como este. ¿Cómo pudo ese hijo de puta
haber sido tan vengativo? Ir hasta sus propios hermanos fue una cosa, una
cosa reprobable, pero ¿después ir a por sus hijos? Eso era imperdonable.
Por un breve momento Josh deseó haberse tomado más tiempo en
matar a Rex. Él podría haberle hecho pagar un precio más alto por las cosas
que hizo. Pero ese nunca ha sido el estilo de Josh. Si un hombre pagara el
precio de lo que él había hecho, él también podría hacerlo rápido. No era
capaz de disfrutar herir a otro hombre, no importa quién fuera. Nunca torturó
a nadie. Lo importante era que Rex Savage estaba muerto ahora. El bar
estaba vacío y él se acercó hacia el contador con un paso lento, cansado.
Caminó toda la mañana, había cubierto kilómetros, y sólo consiguió algunos
paseos cortos sobre los conductores a lo largo de la carretera. Sus pies lo
mataban. Se detuvo en un taburete en el mostrador y luego se paró en seco.

¡Allí estaba ella!

Se encontraba de pie a menos de diez metros de él, sus profundos ojos


azules lo miraban como a un ciervo atrapado delante de faroles. Él nunca
había visto a alguien tan hermoso y sabía que moriría antes de que alguna vez
viera a alguien tan hermoso otra vez. La reconoció al instante. No había
ninguna duda de esos grandes ojos redondos. Eran los ojos que había visto en
una niña hace diez años e incluso entonces había tenido una profunda
impresión.
Quería decir su nombre, Rose, pero no se atrevió. No sabía cómo iba a
reaccionar. Si los dueños del bar lo oyeran y se dieran cuenta de que estaba
allí por ella sería un problema.
Pero no podía apartar los ojos de ella. El sabía que la estaba mirando,
pero no le importaba. Ella lo miró, un poco sorprendida, y él sólo miró
enseguida. Su cara era fresca y juvenil. Su cabello estaba largo y vivo. Tenía
un brillo sobre ella que Josh pensó que era casi angelical.
Él sabía que los años deberían haber sido muy duros para ella. Se
sentía tan mal de que haya tenido que sentir el dolor de perder a su padre, su
única familia, a una edad tan joven. Si hubiera algo que él podría haber hecho,
lo habría hecho. Mirando esa cara ahora, él sentía como que la única cosa en el
mundo que importaba era proteger a esa hermosa chica, sacándola lejos de
este lugar horrible y mantenerla a salvo de tanto dolor y sufrimiento posible.
—¿Puedo ayudarte? —Dijo ella.
Josh estaba estupefacto. Normalmente era un muchacho bastante
tranquilo, no es el tipo de hablar demasiado, pero nunca en su vida se había
sentido como lo hacía en ese mismo momento.
Las palabras, literalmente, se le escaparon.
—Sólo estoy aquí —dijo, incapaz de terminar la frase, ni siquiera
seguro de cuál sería la oración si la hubiera terminado.
—Por supuesto que lo estás —dijo Rose.
—Quiero decir, me gustaría una cerveza.

Cuando Rose salió del vestuario sintió como todo en el mundo estaba
llegando a su fin. Ella no podía manejar esta vida por más tiempo. Se
vio obligada a pasar la noche con Serge y Rust, la trataron tan brutalmente
como dos hombres podrían tratar a una mujer. La lastimaron, forzándola ellos
mismos sobre ella, y cuando terminaron la dejaron temblando y destrozada.
Todavía podía sentir la rigidez de su esperma en su piel, en su cara. Estaba allí
aún cuando ella se había lavado cien veces.
Si algo no cambiaba pronto, sabía que no iba a sobrevivir. Alguien
como ella no podía vivir en un lugar así para siempre. De una forma u otra,
incluso si eso significaba hacerse daño, el final de ello estaba llegando. Tenía
que hacerlo.

Y luego, apareció el desconocido.

Lo reconoció inmediatamente como el vagabundo que ella y Serge


habían visto antes, cuando viajaban desde Val-d'Or. La primera cosa que
sintió fue miedo. Miedo por él. Ella sabía que Serge lo marcó como un
motociclista y que sólo podía significar un problema para él. Quería
advertirle, decirle que se largara de allí cuando aún podía, pero no se atrevía a
decir nada.
Lo único que podía hacer era mirarlo fijamente. Él era simplemente
precioso. Era como si toda la habitación, todo el mundo, se llenara de sol
cuando entró. Parecía cansado, desgastado, sucio, sin afeitar, pero había algo
en él. La forma en que se movía, la confianza de sus emociones, su
arrogancia, sólo hizo que su corazón latiera un poco más rápido. Este era el
tipo de hombre que se imaginó cuando ella cerró los ojos por la noche y
fantaseó acerca de ser rescatada. Este era el tipo de hombre que su padre
hubiera escogido para ella si él todavía estuviera vivo. Lo sabía.
Había algo en él que casi le recordaba a su padre. Los últimos diez
años han sido difíciles, ella trató de no pensar demasiado en su padre porque
era muy doloroso, pero de vez en cuando veía a alguien, o algo, y le
recordaba el hombre que su padre había sido. Todo acerca de este hombre,
desde sus botas, sus vaqueros desgastados, su clásica chaqueta de cuero y el
pelo largo desordenado le recordaba a su padre.
No podía decir ni una palabra. Sabía que debía decir algo, que le
debería ofrecer una bebida, pero no quería ese momento hasta el final. Era
demasiado mágico, casi como un hechizo, y sabía que en cuanto hablara ese
momento habría terminado y el hechizo se rompería.
Quería preguntarle si ella lo conocía, si sus caminos se cruzaron alguna
vez en el pasado, tal vez de nuevo en Montreal, pero no lo hizo. Simplemente
le preguntó si quería una bebida y él me dijo que quería una cerveza.
Se fue detrás de la barra y comenzó a verter una cerveza canadiense.
Era la mejor cerveza que tenían en este lugar, así que era lo que le estaba
dando.
—Debe de estar cansado —dijo, mirando hacia él con timidez.
Él le sonrió y eso fue demasiado. Ella tuvo que apartar la mirada. No
quería ruborizarse.
—Estoy bastante cansado —dijo él después de un momento.
—Te vi caminar antes.
—Me pasaste en la Harley.
—Lo hicimos. —Ella se arrepintió de decir nosotros tan pronto como se
escapó de sus labios. No quería que haya un nosotros, no entre ella y
Serge Gauthier.
—¿Era tu jefe con el que montabas?
Rose lo miró de nuevo. ¿Por qué estaba preguntándole eso? Miró a su
alrededor. No había nadie. Ella había tomado el Ford para abrir el bar esa
mañana. Serge, Murdoch y Rust estaban todos de vuelta en casa, durmiendo
por la resaca. Llegarían en cualquier momento sin embargo.
—Lo era —dijo.
—¿Él se llama Serge Gauthier?
En todo el tiempo que Rose había estado trabajando en el Cat, nadie
había venido alguna vez preguntando por Serge. El DRMC prácticamente
poseía esta parte del mundo y la gente no se metía con ellos. No sabía qué era
lo que quería este hombre con Serge, pero algo le dijo que no era bueno.
Podrían matarlo.
—No tienes ningún negocio con él, ¿verdad?
—De hecho, lo tengo —dijo el hombre—. Tengo una cuenta pendiente
con él y pretendo cobrarlo.
—Suena peligroso.
El hombre asintió con la cabeza. —El juego de un hombre cobra el
precio de un hombre.
Rose sacudió su cabeza. —No puedes venir aquí y hablar de esa
manera —dijo. Había una súplica en su voz. No era una amenaza, ni siquiera
era una advertencia, ella solamente no quería ver que algo malo le pasara a él
y sabía de lo que Serge era capaz.
Josh se encogió de hombros. —No te preocupes —dijo—. Sé todo
acerca de el DRMC.
—Eso es exactamente de por qué estoy preocupada. Ellos matan a la
gente tan pronto como los miran. Si vienes aquí diciendo que tienes una
cuenta pendiente con Serge, sólo hay una forma en que puede terminar. Él es
el VP de la sede de Val-d'Or.
—Sé todo eso —dijo Josh—. Y no puedo cambiar nada de eso. El hecho
es que tengo una cuenta que saldar con Serge Gauthier e incluso si fuera el
mismo rey de Inglaterra, todavía tendría que hacer frente al hijo de puta y
saldar esa cuenta.
—Estás loco.
Josh asintió. —Tal vez —dijo—. ¿Serge estará aquí pronto?
—Debería llegar en cualquier momento, él y otros dos tipos.
—Bien.
Josh se inclinó hacia atrás y terminó su cerveza. Metió la mano en el
interior de su chaqueta y sacó algo. Rose trató de ver lo que era.
Él alzó la vista hacia ella y aclaró su garganta.
—¿Quieres tomar asiento? —Le dijo a ella.
—Estoy bien donde estoy —dijo.
—Es solo que tengo algo importante que decirte.
Rose lo miró. Algo acerca de él, de la manera que él estaba hablando
con ella, le dijo que realmente tenía algo importante que decir. No podía
imaginar lo que era, pero era uno de esos momentos en la vida que ella sabía
prestar atención. Tales momentos sólo venían una vez en mucho tiempo, y
cuando lo hacían, ella sabía tomar nota.
Se subió en un taburete junto a él y rezó para que Serge o uno de los
otros no entraran.
—Tu nombre es Rose Meadows, ¿no es así?
No era una pregunta, era una declaración, y tan pronto como lo oyó
Rose se sintió desmayar. La sangre drenó su cara y palideció como un
fantasma. Cerró sus ojos y su cabeza le daba vueltas. El hombre tuvo que
sostenerla para detenerla de caerse de su taburete.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque te he visto antes. Muy lejos de aquí, hace mucho tiempo.
—¿Dónde?
Y entonces, al igual que lo dijo, sabía que no necesitaba una respuesta.
Lo recordaba. Se dio cuenta por qué él le recordaba tanto a su padre. Él era el
hombre que la había conducido a ella y a los otros por el sótano de la sede del
club Sioux Rangers.
Fue demasiado. Había estado tan asustada esa mañana hace tantos
años, tan aterrorizada, que a menudo se preguntaba si no se había inventado
ese recuerdo en su mente. Se preguntaba si había creado a ese héroe, ese
ángel, para conducirla a través del túnel y hacia afuera, a la seguridad.
¡Aquí estaba!
—Guau —dijo él mientras la estabilizó en su asiento.
Ella le sonrió. —Fue bueno decirme que me sentara.
—Tengo algo para ti —dijo.
Le entregó la vieja fotografía. Estaba un poco decolorada, un poco
arrugada y desgastada por ser sostenida por tanto tiempo, pero la imagen
todavía estaba perfectamente clara.
Rose nunca había visto la imagen de su madre antes, pero cuando vio
esa fotografía supo lo que estaba viendo. Era casi como mirarse en el espejo.
Esta vez, ella realmente se desmayó, sólo por un segundo, y cuando
abrió sus ojos, estaba en sus brazos. La sostenía estable en aquellos brazos
fuertes, firmes y todo lo que quería en el mundo era que él se inclinase hacia
abajo, sólo un poquito, y la besara.

—Llévame lejos de aquí. —Aquellas eran las palabras que resonaban


en la mente de Rose mientras el hombre la llevó al escenario y la acostó. Se
sentía tonta. Le había dado una fotografía de su madre y ella había
respondido desmayándose, pero a él no parecía importarle.
—¿Estás bien? —Dijo.
Ella alzó la vista hacia él. Ella estaba bien. Mientras él estaba allí, estaba
bien.
—Tienes que decirme tu nombre —dijo ella.
—Soy Josh —dijo—, Josh Carter.
—Bueno, Josh Carter —dijo ella—, llévame lo más lejos posible de este
lugar. —Josh sonrió. Parecía que le gustaba eso.
—¿Tienes un vehículo? —dijo.
—No es una moto, sólo un viejo Ford. Ni siquiera sé si logrará salir de
aquí.
—Eso está bien —dijo Josh—, no nos vamos hasta que ajuste mis
cuentas con Serge.
21
Traducido por Lvic15 & Cjuli2516zc
Corregido por Jessibel

Rose estaba en el vestuario, cogiendo todas sus pertenencias y


lanzándolas en una bolsa, cuando escuchó el sonido de las motos aparcando
fuera. Serge y los otros por fin habían llegado. Le había pedido a Josh que no
se quedara, pero él le había dicho que no había manera en la tierra de Dios de
que se alejara de ese lugar sin enfrentarse a ellos. Dijo que antes moriría
luchando que vivir como un cobarde.
Rose pensó que era la cosa más valiente que podía decir. Lo respetaba.
Pero estaba tan asustada. No sabía como Josh podía enfrentarse a ellos tres y
no veía cómo podía acabar esto en su favor. Ahora que Serge, Murdoch
y Rust estaban aquí, estaba todavía menos segura de que fuera a acabar bien.
Rogaba que no le mataran.
Trató de ser valiente. Trató de tener la misma actitud que Josh. Quizás
esto no funciona. Quizás Josh y ella nunca podrían salir de ese lugar pero al
menos podían ser fuertes y dignos y luchar la batalla que tenían que luchar.
Pensar así, de la manera en que Josh decía, le daba coraje. Sabía que no
tenía que controlar la manera en que saldrían las cosas con Serge. Todo lo que
tenía que controlar era la manera en que se enfrentaría a él.
La voz de Serge fue la primera que escuchó desde el bar.
—Bueno, bueno, bueno —dijo en voz alta mientras entraba desde el
aparcamiento—. Si es el misterioso vagabundo, aquí en mi bar,
bebiendo mi cerveza, sin duda tratando de liarse con mí jodida mujer.
Josh le había dicho a Rose que esperara en el vestuario si las cosas se
ponían violentas pero no pudo. Se apresuró al bar tan pronto como escuchó la
voz de Serge.
Josh estaba sentado en el bar, su espalda hacia Serge y los otros dos, y
estaban parados detrás de él, todavía en la puerta. Parecía enojar a Serge que
Josh no hubiera reaccionado a su burla. Josh ni siquiera se había girado para
enfrentarle. Eso mostraba lo poco asustado que estaba.
—Oye —dijo Serge—. Te estoy hablando.
Josh se mantuvo perfectamente en calma y tomó un sorbo de su
cerveza como si no le importara nada en el mundo.
Serge miró a Rust y Rust fue hacia el bar y puso su mano en el hombro
de Josh
—Oye —dijo Rust—. El hombre te está hablando.
—Le he oído —dijo Josh y tomó otro trago de su cerveza.
—Bueno, ¿vas a responderle?
Josh dejó su bebida y se giró lentamente para enfrentar a Serge. Serge
todavía estaba parado al lado de la puerta con Murdoch. Parecían dos idiotas.
No sabían cómo tratar a este extraño vagabundo que había llegado a pie y no
respondía a sus amenazas.
—¿Eres Serge Gauthier? —Dijo Josh.
—¿Quién demonios lo pregunta?
Josh metió la mano en su chaqueta e inmediatamente Rust sacó una
pistola de su cinturón. Josh le miró y sacó un paquete de cigarros y un
encendedor de su bolsillo.
Rose estaba impresionada. Nunca había visto a nadie actuar así antes.
No tenía ni idea de lo que estaba haciendo Josh, cuál era su plan, cómo se
imaginaba que esto se iba a volver en su favor, pero por ahora estaba tan
impresionada por la manera en que estaba actuando que no pensaba en
ninguna de esas cosas. Le miró, sus profundos y confiados ojos, la manera en
que su pelo caía por delante de su cara, y le vio encender su cigarro como si
no tuviera nada por lo que preocuparse.
—Mejor que empieces a hablar —le dijo Serge a Josh—o haré que mi
amigo aquí te haga un nuevo agujero.
Josh se levantó de su asiento. Estaba delante de Serge.
—Bueno escucha muy bien —dijo—porque sólo lo voy a decir una vez.
Rust no podía creerse la manera en la que Josh estaba hablando. Nadie
le hablaba a Serge Gauthier de esa manera.
Incluso la gente que no conocía su reputación podían decir de un
vistazo que significaba problemas.
Josh dijo—. Voy a patear tu lamentable trasero, y cuando acabe me iré
de aquí en tu moto, y tus dos amigos aquí me van a ver haciéndolo.
Cuando Josh dijo eso, incluso Serge se rió.
—Esas son grandes palabras para un tipo que ha caminado hasta aquí.
—Oh, y una cosa más. Cuando me vaya, me la llevaré conmigo —
señaló a Rose.
Eso era todo lo que Serge podía soportar. Hizo un movimiento
hacia Rust y en un segundo, el puño de Rust se dirigía a la cara de Josh. Josh
se agachó y cogió el puño de Rust y lo golpeó contra el bar. Hizo un horrible
sonido de rotura y Rose se inclinó hacia atrás mientras golpeaba la sólida
madera del bar. En el mismo movimiento, Josh cogió el vaso de cerveza en su
mano y lo golpeó contra la parte de atrás de la cabeza de Rust.
Mientras Rust se desplomaba contra el suelo, Serge y Murdoch se
apresuraron a ir contra él. Josh se apoyó en el bar y levantó sus pies delante
de él. Murdoch, como el torpe idiota que era, corrió directo a las botas
elevadas de Josh con su pecho y cayó sobre su espalda.
Rose no podía creerse lo que estaba pasando. Parecía como que Josh
quizás podría lograr ganar. Rust y Murdoch estaban en el suelo y no parecía
como si se fueran a levantar pronto. Serge estaba solo contra Josh ahora, y a
pesar de su tamaño y músculos, por lo que había visto, Josh fácilmente podía
con él.
¿Era esto realmente posible? ¿De verdad podía escapar de su infierno
de vida? Vio con desesperada esperanza como Josh bajaba de la barra a
tiempo para agacharse de un loco golpe de Serge. Josh lanzó un puño en el
estómago de Serge y después se levantó en un fiero salto, golpeando a Serge
en la barbilla con un poderoso gancho.
Serge se tambaleó hacia atrás. Rose casi no podía contenerse. Pero
entonces, en un instante, hubo una pistola en la mano de Serge. No sabía de
dónde había venido pero señalaba directamente a la cara de Josh. La sonrisa
malvada, que Rose reconocía tan bien, reapareció en la cara de Serge y vio
todo lo que había perdido. Con solo apretar el gatillo Josh estaría muerto. Se
habría ido de su vida tan de repente e inexplicablemente como había
aparecido.
Cuando Serge habló había tanta arrogancia en su voz que a Rose se le
revolvió el estómago.
—¿Piensas que simplemente puedes entrar aquí y desafiarme? —Dijo
Serge, la pistola peligrosamente cerca de la cara de Josh. Rose estaba
dolorosamente consciente de que sólo un pequeño movimiento sería
necesario para que el gatillo se disparara.
—¿Crees que es tan fácil? Bueno no lo es. Vas a pagar por esta pequeña
proeza, estúpido de mierda. Pero primero, tu novia aquí va a pagar.
Rose estaba viéndolo todo desde detrás del bar y cuando Serge la miró
sintió como si su corazón hubiese parado.
—Ven aquí, pequeña perra —le dijo Serg—
. Ven aquí y déjame sostenerte mientras disparo a este hijo de puta.
Todo había terminado. Había habido una oportunidad para escapar de
Serge y ya no estaba. Miró desesperadamente alrededor de la habitación.
Murdoch y Rust ya empezaban a recuperarse de sus lesiones y ella no quería
ver lo que le harían a Josh cuando pusieran sus sucias manos sobre él.
Era ahora o nunca. Ella lo sabía. Tenía que adoptar una postura ahora
mismo y hacer algo por sí misma, o todo lo que esperaba, la breve y dulce
posibilidad de una vida con Josh que había destellado ante sus ojos, se iría
para siempre.
Pensó de nuevo en lo que Josh le había dicho antes. Él había dicho que
prefería morir enfrentando a estos hijos de puta que vivir sabiendo que no lo
hizo. Y, al mismo tiempo veía el cenicero en la barra. Estaba hecha de vidrio
grueso, pesado y ella extendió la mano, lo agarró y lo arrojó con todas sus
fuerzas a Serge.
La pistola en la mano de Serge se disparó pero la bala voló entre ella y
Josh y destrozó el espejo detrás de la barra.
Al minuto siguiente, Josh estaba encima de Serge. Serge levantó sus
manos en defensa propia, pero Josh lo tenía en el suelo. La pistola salió
volando por el suelo. Serge intentó volver a levantarse, pero Josh le dio una
patada.
Rose vio el arma y corrió por ella antes que Rust o Murdoch tuvieran la
oportunidad de conseguirlo. Un minuto después, sin darse cuenta
plenamente de lo que había sucedido, sostenía la pistola de Serge y Josh
estaba de pie junto a ella con sus propias pistolas desenfundadas y apuntando
a Murdoch y Rust.
—Todos manténganse quietos —dijo Josh.
Rust estaba empezando a moverse desde donde había caído al suelo y
Josh le dijo: —Sólo mantente quieto, amigo. No quieres intentar algo. Hoy no.
Josh miró a Rose. Ella sabía que no era el momento ni el lugar, pero no
podía evitar pensar cuan genial se veía. Tenía dos pistolas desenfundadas,
apuntando a los tipos en el suelo, y él la miró e hizo señas hacia la puerta.
—¿Estás lista para salir de aquí? —Dijo.
Ella asintió. No lo podía creer. Hace sólo un par de horas había estado
dispuesta a morir, ahora estaba siendo rescatada por el hombre más sexy que
había visto alguna vez en su vida.
—¿Tienes algo que te gustaría decir a estos cabrones antes de irnos? —
Ella sacudió su cabeza.
—¿Estás segura? No lo sostendré contra ti si tienes una cuenta que
saldar.
Rose miró a los hombres en el suelo. Sabía lo que Josh quiso decir.
Quería decir que si quería disparar contra ellos podía hacerlo. Pero a pesar de
todo lo que le habían hecho, y habían hecho algunas cosas muy malas, no
creía que pudiera hacer eso.
—Tengo mucho que saldar, pero no creo que podría vivir conmigo
misma si dejara tres cuerpos detrás.
Josh asintió. —¿Quieres que haga algo con ellos?
—No —dijo—. Quiero decir, me gustaría poder hacerlo, pero no
puedo.
—¿Escucharon eso muchachos? —Dijo Josh, pero fue como hablar con
el viento.
Tanto él y Rose sabían que no haría ninguna diferencia. Podrían
perdonar a estos tres ahora, podían dejarlos con vida, y no cambiaría nada.
Serge tendría a todo el DRMC rastreándolos tan pronto como salieran del
Cat.
Josh se acercó a Serge y se dobló sobre sus rodillas para hablar con él.
—Ahora viene la parte donde me dices cuál de las motos afuera es la
tuya.
—Puedes irte directamente al infierno —dijo Serge.
Rose se aclaró la garganta. —Josh —dijo. Era la primera vez que había
usado su nombre y el sonido de ello se sintió deliciosamente bien en su boca.
Él alzó la vista hacia ella.
—Se cuál es su moto.
—Ve por tus cosas—dijo Josh—. Quiero que nuestro amigo aquí me lo
diga por sí mismo.
Serge gruñó con disgusto mientras Rose fue al vestuario y cogió sus
pocas y escasas pertenencias.
—Prefiero morir en este momento que decirte —dijo Serge.
—¿Estás seguro de eso? —dijo Josh.
Rose se puso su traje de carreras de cuero. Era un milagro que lo
acababa de recuperar de Serge y ya se había dado una oportunidad para
usarlo. Cuando regresó a la barra Josh todavía estaba de pie junto a Serge.
Alzó la vista hacia ella y ella se dio cuenta de que se sorprendió al verla en un
traje de carreras. Ella debe haber parecido increíble en la prenda de cuerpo
entero de cuero ajustado a la piel. Se aferraba a su figura perfectamente, como
un traje de malla. Le sonrió a Josh mientras la contemplaba.
—Deberíamos irnos —dijo ella.
—No nos iremos hasta que Serge me diga cual es su moto.
—Que te jodan —dijo Serge.
Josh tomó la mano de Serge y lo aplanó en el suelo. Luego presionó su
pistola en el centro de la palma.
—Vamos, Serge. Piensa en esto. Sé razonable.
Rose observaba todo. Sabía que un día pagarían un precio por esto. Si
ella y Josh salían montando de ese lugar en la moto de Serge Gauthier,
dejando a Serge Gauthier vivo, definitivamente habría un precio que pagar.
Deberían haberlo matado, pero no parecía que cualquiera de ellos tenía el
corazón para hacer eso.
Josh ladeó la pistola. Serge alzó la vista hacia ella. Su cara estaba
presionada contra el suelo y se veía asustado.
—No estoy jugando —dijo Josh—. Tres.
Serge no dijo nada. Él gruñó. Sus ojos locos bailaban alrededor de la
habitación. Rose todavía tenía su arma y lo mantuvo hacia Rust y Murdoch en
caso de que intentaron cualquier cosa.
—Dos —dijo Josh.
Rose sabía que si decía "uno", él no tendría más remedio que apretar el
gatillo. No puedes engañar a tipos como estos.
—Bien —dijo Serge, al igual que Josh estaba a punto de decir, uno—.
Es la Softail. El azul. Le haces daño y te haré comer tu propio pene.
Josh ya estaba en pie. —Gracias, Serge —dijo—. Ha sido un placer,
chicos. —Luego se volvió hacia Rose—. Vamos, cariño. Vamos a largarnos de
este agujero de mierda.
Rose siguió a Josh hacia fuera, al estacionamiento y sacudió su cabeza
con incredulidad. Ella debe haber sido la chica más afortunada del mundo.
Saltó a la parte posterior de la Softail, mientras Josh fue y puso balas en cada
una de las otras motos en el estacionamiento. Le disparó a los neumáticos del
viejo Ford también.
Luego se subió a la moto y la encendió. El motor ronroneó como un
gatito. Parecía sonar mejor, más fuerte, que cuando se había montado con
Serge. Cruzaron fuera del estacionamiento del Velvet Cat y Rose rezó que
fuera por última vez en su vida. Puso sus manos alrededor de la cintura de
Josh y se agarró. Su cuerpo era tan firme, tan suave, era simplemente
perfecto.
22
Traducido por Dahi & Jessibel
Corregido por Jessibel

Rose había esperado que Josh se dirigiese al oeste, a Ontario. Podrían


llegar a Toronto en unas doce horas si conducían rápido en esa dirección. El
DRMC tenía menos de un punto de apoyo en Ontario y habría sido más fácil
de localizar. Pero Josh no se dirigía al oeste, conducía hacia el este de nuevo
en dirección de Val-d'Or. Tomó la 117 hasta la 101 y luego antes de llegar
a Rouyn-Noranda se volvió hacia Lac Dufault y se dirigió hacia el norte.
Rose no estaba segura de sí era la forma más inteligente de ir. Sería más
desolado cuanto más al norte se fueran, y con tan pocas personas y pueblos
de esa manera sería muy difícil ocultarse. Al menos si se dirigían a las
ciudades serían capaces de esconderse por algún tiempo y hacer un plan. De
esta manera era definitivamente más arriesgado.
Ya estaba oscuro y la temperatura estaría cayendo pronto. La 101 se
dirigía hacia el norte pasando Lac Dufresnoy y algunas de las madereras muy
sombrías tales como Quebec. Después de una hora llegaron a la pequeña
localidad de Poularies y Rose se preguntaba si iba a detenerse. Estaba helando
ya.
No había muchos alojamientos pero al parecer Josh tenía algo en mente
para parar de todos modos. Siguieron andando, montando rápidamente a lo
largo de la traicionera carretera helada durante horas hasta que llegaron a la
ciudad un poco más civilizada de Macamic. Ahí era donde terminaba la
carretera 101. Había otra carretera provincial que atravesaba Macamic, en
dirección este y oeste, y Josh se dirigió al oeste durante una o dos millas. Rose
se preguntó a dónde en la tierra iban. Se detuvieron en un pequeño cruce a un
par de millas fuera de Macamic. El camino en el que estaban continuaba al
oeste, estaba pavimentada, pero hacia el norte y el sur era una pista sin
asfaltar. Josh giró a la derecha hacia ella y siguió andando. Nunca se volvió a
hablar con Rose y ella no dijo nada. Fue suficiente para que solo se aferrase a
su cintura sólida, tratando de comprender el hecho de que ella finalmente era
libre.
Solo oró para que Serge y el resto de el DRMC no estuvieran detrás.
Pocas millas después de seguir la carretera sin asfaltar llegaron a un
arroyo helado. No había puente y Rose vio que no habrían podido continuar
si fuese verano. Así como estaban las cosas, fueron capaces de andar a través
del congelado rio, o al menos eso esperaba. Se agarró con más fuerza a Josh
mientras bajaban con la motocicleta por la orilla hacia el rio.
—¿El hielo nos aguantará?—Dijo en su oído cuando la rueda delantera
de la moto rodó lentamente sobre ella. —Este hielo sostendría a una flota de
camiones—dijo—. No se podría romper si quisiera.
Eso hizo que se sintiera mejor, ya que puso todo el peso de la moto
sobre el hielo. Un momento más tarde estaban ascendiendo hasta la otra
orilla. Siguieron a través del camino una o dos millas hasta que Rose vio
algunas luces a través de los arboles más adelante.
—¿Qué es eso?—Dijo.
—Chazel —dijo Josh volviéndose hacia ella. Pero ella no lo oyó.
—¿Qué?
—Se llama Chazel. Es una comunidad de cazadores. Tengo algunos
amigos aquí que nos hospedaran por la noche.
—¿Quiénes son?
Josh se rio. —Bandoleros, supongo que los llamarías así.
Rose rio también, porque estaba un poco nerviosa. ¿Qué estaban
haciendo forajidos aquí, en este triste desierto?

Josh empujó la moto hasta una ordinaria cabaña de madera. Rose


podía ver algo de luz cálida procedente del interior y ella anhelaba ir dentro.
El traje de carreras era bueno para mantener el frio, pero nada con esta
temperatura la mantendría caliente por mucho tiempo. Habían pasado más
de cuatro horas desde que habían salido de Cat y ella necesitaba entrar en
calor.
—¿Vamos a ir allí?—Le preguntó a Josh.
—Eso espero —dijo.
Se bajó de la moto. Rose lo miraba desde el asiento.
—Jac—Josh llamó—. ¿Estas allí, viejo bastardo?
Josh se acercó a la puerta de la cabaña y golpeó como si fuese un
cobrador. —Jac, Jac—llamó.
La puerta se abrió y Rose casi se cae de la parte trasera de la moto
cuando vio al hombre que abrió. No podía haber sido más parecido a un oso
si hubiese estado usando una piel de ese animal. Él debía ser casi casi siete
pies de alto, piel oscura, curtida y gruesa, barba áspera. Tenía el pelo negro y
espeso, y llevaba una camisa a cuadros y un mono azul atado a sus hombros.
—¿Qué demonios está pasando aquí?—Gritó con una mezcla
de Quebequense e Inglés que Rose no podía entender.
Al ver a Josh cambió su cara de sorpresa a lo que le parecía a Rose a
una de pura rabia. Eso no podía ser cierto. Ella debía haberlo imaginado. Pero
entonces Josh se detuvo en seco. Levantó las manos.
—Espera Jac, puedo explicar todo.
Jac se estiró por encima del marco de la puerta y bajó una vieja escopeta que
parecía que podría haber sido un fusil original francés.
—Jac—dijo Josh, retrocediendo—. Espera. No es lo que piensas.
Rose abrió la boca en estado de shock cuando el suelo delante de Josh
explotó. Jac había disparado su mosquete.
—Jac —dice Josh. —Lo has entendido mal. Créeme.
Jac estaba recargando la pistola. Josh vio la oportunidad y corrió a él.
Un momento después estaba sobre él. Josh le pegó a Jac como un jugador de
fútbol precipitándose a una pared de ladrillos. Jac tendría que estar pesando
cerca de las trescientas libras y la mayor parte de ese bulto era puro músculos.
Josh puso un pie contra el marco de la puerta y se impulsó a sí mismo hacia
adelante. Jac tomó un paso hacia atrás y perdió su balance. Ellos cayeron al
suelo, luchando como un perro peleando con un oso cuando Rose liberó un
tiro por su cuenta.
Ellos detuvieron lo que estaban haciendo y la miraron. Ella estaba
parada en el umbral, el revolver de Serge apuntaba en dirección de ambos.
—Ustedes dos pueden continuar haciendo lo que estaban haciendo
pero dispararé otra vez y puede que no falle la próxima vez —dijo ella.
Ellos levantaron la vista a ella, ambos con las manos levantadas frente a
ellos como si los pudiera proteger de una bala. Ella hizo un movimiento con la
pistola como si podría disparar otra vez y ambos se estremecieron.
Ella miró a Josh. —Pensé que habías dicho que él nos ayudaría.
Jac levantó la mirada y ella pudo ver, que a pesar de su apariencia,
había una real benevolencia en su rostro.
Ella lo miró de vuelta.
—Necesitamos de tu ayuda —dijo ella.
Jac suspiró. —Tú, tal vez le ayudaré. Ese hijo de puta está por su
cuenta.

No le tomó mucho tiempo a Rose descubrir por qué Jac estaba tan
enojado con Josh. Resultó que volvieron de un largo camino. Jac solía vivir en
Montreal y como era costumbre para un hombre de su calaña, no le tomó
mucho tiempo meterse en problemas con la ley. No era un hombre malo, a él
solo le gustaba vivir a su antojo, libre de las cadenas de la sociedad moderna.
Eso no cayó muy bien en la ciudad y por un tiempo se encontró a sí mismo,
compartiendo una celda con Josh en Bordeaux.
Como compañeros de celda, pronto se convirtieron en buenos amigos.
Ellos no tenían mucho en común pero luego, Jac no tenía mucho en común
con nadie y Josh fue el único recluso en todo el lugar quien pareció incluso
tener el ligero interés en conocerlo.
Resultó que cuando Josh estaba a punto de salir, Jac le preguntó por un
favor para él. Rose tuvo que reír cuando escuchó la historia pero no le gustó
exactamente.
—Estaba esta chica, una bailarina, que conocí en las afueras —le
dijo Jac—. Supe que estaba teniendo problemas con su padrote y quise
ayudarla, así que le dije a Josh dónde había escondido todo el dinero. Tenía
que haber cinco de los grandes allí, metidos en el entablillado de este
apartamento barato en la vieja cuadra.
—Eso es mucho dinero —dice Rose.
—Es mucho para mi —dice Jac—. Así que le dije a Josh dónde
encontrarlo exactamente. Entonces, le di el nombre de esta chica, la bailarina,
quien estaba muy cerca de mi corazón, debo decir. Todo lo que dijo fue que
quería ayudarla. El quería que obtuviese el dinero y me aseguré de que lo
hizo.
—¿Tengo que deletrear ahora todo por ti? —Jac le dice a Josh. —¿Tengo
que decirte exactamente lo que siento sobre cada bailarina exótica en
Montreal?
—Solo estoy diciendo, hice lo que me pediste hacer?
Rose miró a Josh. Ella solo lo había conocido pero ya ella se sintió
posesiva, incluso un poco celosa. No le gustó a donde la historia estaba yendo
y no quería escuchar realmente nada más de ello. Obviamente, supo que Josh
había estado con otras chicas antes, pero él había venido a rescatarla y sentía
que le dio algún tipo de derecho sobre él. Ella no quería escuchar sobre cada
mujer con la que estuvo. No si no tenía por qué.
—El la tomó del club, la llevó a la ciudad de Quebec y en un espacio de
dos semanas, ambos gastaron mis cinco grandes.
—Le di cada centavo de ese dinero —dijo Josh, con sus manos al aire
como si estuviera entregando algo—. Hice lo que me pediste. No es mi culpa
cómo ella decidió gastarlo.
—¿No es tu culpa? ¿No es tu culpa? —dijo Jac.
Rose no quería tener que dispersar otra pelea.
—Suficiente —dijo ella. —Pienso que podemos todos estar de acuerdo
que Josh actuó inadecuadamente en ese asunto—. Ella lo miró e incluso el
pensamiento de él con esa chica la hizo enojar—. El actuó como un completo
cerdo.
—¡Oye! —Dijo Josh.
—El actuó como un cerdo, no puede ser confiable para mantenerlo en
sus pantalones y te hirió en el proceso —dijo ella.
—Vamos —protestó Josh—. Eso es un poco severo, ¿no es así?
Pero Jac estaba asintiendo en acuerdo a todo lo que ella decía.
—Creo que le debes a este hombre una disculpa —dijo Rose.
—¿Una disculpa?
—Es lo que dije —ella continuó—. Una disculpa y cinco dólares de los
grande.
—Tienes que estar bromeando —dijo él.
—Más intereses —dijo ella con un ademán que significó que la
discusión había terminado.
Josh levantó sus cejas. Miró a Jac.
—¿De acuerdo? —Dijo Rose.
Los dos hombres se miraron uno a otro durante un minuto antes de
que lentamente asintieran con sus cabezas. Sus disputas parecía, habían sido
arreglada.
23
Traducido por Florpincha & Lvic15
Corregido por Jessibel

—¿Así que supongo que ustedes dos necesitan una habitación para la
noche? —Dijo Jac.
—Dos habitaciones —dijo Rose.
Jac rió. —Esto no es exactamente el Hotel Hilton —dijo él.
—Una de las habitaciones estará bien —dijo Josh.
Miró a Rose y ella apartó la mirada con timidez. Estarían compartiendo
una habitación. No había contado con eso. Deseó poder tomar una ducha y
refrescarse antes de compartir una habitación con Josh Carter, pero dudaba de
que sería una opción. Todavía estaba un poco loca con él por acostarse con la
chica de Jac, pero sabía que no podía utilizarlo contra él.
—¿Estás huyendo de la ley? —Preguntó Jac.
—No es de la ley —dijo Rose—, DRMC.
—¿Todavía causas problemas con esos idiotas? —Le dijo Jac a Josh.
—Nunca causo problemas.
—Seguro que no.
Josh se encogió de hombros. —Nos dirigiremos fuera pronto. Solo
necesitamos un lugar para escondernos por un tiempo.
Jac se levantó y les mostró un dormitorio de la sala de estar principal.
Parecía sorprendentemente cómodo para Rose, aunque se supone que
después de pasar dos años en ese cuartucho con Murdoch, cualquier cosa
habría parecido cómoda. Al menos tenía su propio cuarto de baño, y una
chimenea, y una cama de aspecto acogedora.
—Sólo hay una cama —dijo Jac. Hizo un gesto a Josh y le dijo a Rose—:
Yo te aconsejaría que lo dejes dormir en el suelo.
Josh no dijo nada. Rose se preguntó si él tenía la esperanza de
compartir la cama con ella. Se preguntó si él la deseaba tanto como ella lo
deseaba. Nunca había visto a un hombre tan atractivo como él en toda su
vida. Ella decidió no decir nada y ver qué pasaba.
—Si necesitas algo más —dijo Jac—, dímelo por la mañana.
Los dejó, cerrando la puerta detrás de él.

Rose se sentó en la cama. Había tomado unas pocas pertenencias de la


motocicleta y las puso sobre la cómoda junto a la puerta.
—Creo que esto es de nosotros —dijo a Josh. Se sentía como si hubiera
estado esperando toda su vida para decir esas palabras.
Josh le sonrió. Su pelo rizado, cayendo en frente de su cara, no podría
haber sido colocado con mayor perfección.
—Gracias —dijo.
—¿Por qué?
—Por ordenar ese lío con Jac.
—No vamos a hablar de eso —dijo Rose. Odiaba la idea de que Josh
pase una semana con una bailarina en la ciudad de Quebec.
Josh asintió. Parecía sentir su desagrado por esa historia.
—¿Qué tal una chimenea? —Dijo, como si tratara de hacer las paces
con ella—. Debes estar congelada después de ese viaje.
Miró a la chimenea. Había una pequeña pila de madera al lado de él.
—Está bien —dijo—. Eso estaría bien.
Mientras Josh iba por el fuego entró en el cuarto de baño para ver lo
que podía hacer para refrescarse. Ella intentó con el agua y milagrosamente
estaba caliente. Se desnudó y se metió en la ducha. El agua estaba perfecta. Se
sentía como la vida, como el sol que brilla sobre la tierra en primavera. Era
como si su piel se había congelado y sólo ahora se estaba fundiendo de nuevo
a la vida. No pudo haberse sentido mejor. Tenía un poco de champú con ella,
la porquería barata que Serge había comprado en el mercado de drogas en
Val-d'Or, y se lavó el cabello. Después de la ducha se secó y pasó más tiempo
de lo habitual en su maquillaje. Ella quería lucir lo mejor posible. Se aseguró
de que su piel se viera perfecta y su base fue exactamente de la manera que le
gustaba antes de colocar el resto. Era una tontería aplicar maquillaje justo
antes de acostarse, pero Josh estaba allí y sabía lo que le gusta a los chicos.
Notaban cómo se veía, y ella quería verse bien.
—¿Estás bien ahí dentro? —Dijo Josh desde fuera de la puerta.
Ella salió, llevando la única muda de ropa que tenía, una camisa de
algodón blanca lisa y mallas negras. Josh pareció sorprendido cuando la vio.
—Te ves —hizo una pausa mientras pensaba en lo que debía decir—,
preciosa.
Ella le sonrió y se metió en la cama. El fuego rugía en la chimenea y el
calor era tan reconfortante como algo que podía haber imaginado. Ella sonrió
en silencio para sí misma. Josh la estaba mirando, pero no dijo nada. Todo era
perfecto. No podría haber estado más bonita, más pacífica. Ella quería este
momento, este delicioso momento de anticipación y placer, y que dure para
siempre.

Sacó la foto de su madre. Era la primera vez que realmente tenía


oportunidad de mirarla. Tuvo que limpiar las lágrimas de sus ojos para
aclarar la vista.
Su madre había sido tan hermosa. Se parecía tanto a Rose que casi
podría haber sido una fotografía de ella. Tenía el mismo largo y bonito pelo,
los labios carnosos, grandes ojos. Tocó su cara con su dedo. Era lo más cerca
que había estado de ella.
—¿Me pregunto por qué no me enseñó esto antes? —Dijo. Josh estaba
al lado del fuego atendiéndolo, y la miró.
—¿Nunca la viste?
—No. Nunca.
—Quizás pensó que sería demasiado doloroso para ti.
Rose miró a la fotografía y asintió. Era doloroso de ver. Pero había sido
más doloroso no saber nada sobre su madre. Todavía no sabía nada, sólo que
se parecía a ella. Su padre siempre se había negado, rotundamente, a hablar
sobre ella. Rose no sabía si era por algo malo que ella había hecho, o si era
porque la había amado tanto que simplemente no podía hablar sobre ella.
—Podía haber estado esperando hasta que fuera más mayor. Pero
después murió.
Josh asintió.
—Estabas ahí cuando él murió, ¿no?
—Sí. Fue cuando me dio la fotografía. Quería que tú la tuvieras. Es la
última cosa que dijo.
Miró a Josh. Significaba problemas, cualquier chica normal hubiera
sabido que significaba malas noticias, se habría apartado de él, pero Rose no
era una chica normal. Había estado en prisión pero a ella no le importaba.
Todo lo que le importaba era que era amble, que la protegía y que sentía que
podía confiarle cualquier cosa.
—Mantuviste esto durante diez años.
—Sí lo hice.
—Eso es un largo tiempo.
Josh se encogió de hombros.
—¿Nunca pensaste en deshacerte de ella, olvidarte de mi padre, de
mí?
—Ni una vez.
—¿Por qué? Quiero decir, la mayoría de la gente hubiera seguido
adelante.
—Nunca pareció lo correcto de hacer.
—¿Y tú siempre haces lo correcto?
Josh le sonrió. Era una sonrisa malvada. —Lo correcto significa cosas
diferente dependiendo desde dónde lo mires.
Asintió. Eso era verdad. Había visto lo suficiente del mundo ya como
para saber eso.
—¿Así que eras un Sioux Ranger?
—Aún lo soy —dijo Josh. Cogió su chaqueta desde donde colgaba en la
parte de atrás de la puerta y la llevó a la cama para ella. Se la tendió—. Mira el
revestimiento.
Rose tomó la chaqueta. Era pesada. Admiró el cuero. Era flexible y
suave, de calidad excelente. Era exactamente el tipo de cuero con el que había
querido trabajar cuando vivía en Montreal. Se sentía como una vida entera.
—Dentro —dijo Josh.
La abrió en la cama. Jadeó. Ahí estaba, el motociclista indio, el símbolo
del club de su padre. No había visto ese símbolo en diez largos años.
Cualquiera que hubiera tenido el coraje de llevarlo hubiera sido asesinado por
el DRMC. Miró los parches, el motociclista, su pelo volando al viento, y tantos
recuerdos de su infancia vinieron fluyendo hasta ella.
—¿Renegado? —Dijo.
Josh se encogió de hombros—. Tu padre lo escogió para mí.
Sus ojos se llenaron con lágrimas de nuevo. ¿Cómo estaba pasando
esto? Justo esa mañana había estado preparada para morir. Todo lo que su
padre había defendido había sido destruido. Su vida entera se había reducido
a una pesadilla larga y de sufrimiento. Ahora, aquí estaba ella en una gran y
suave cama con un hombre que llevaba la fotografía de su madre, por
ella, durante diez años. Era el hombre al que su padre había confiado la
fotografía. Y no la había guardado simplemente, había arriesgado su vida
para llevársela a y rescatarla de los DRMC.
Y ahora podía ver que había ido más lejos de eso. Era el último Sioux
Ranger, el último de la verdadera raza de motociclistas en Montreal, el último
guardián, el hombre que había montado con su padre.
—Eres un Sioux Ranger.
—Lo soy.
—¿Eres el único?
—He sido el único durante mucho tiempo.
—¿Desde el Sábado Sangriento?
—Sí.
Le miró. Era como si un ángel hubiera bajado, enviado por su padre
para cuidarla. Se inclinó adelante y tocó su cara. No se estremeció. La dejó
trazar la línea de su mandíbula con su dedo. Después la alcanzó, la tomó
gentilmente y se inclinó hacia ella.
En el momento en que los labios de Josh tocaron los suyos fue diferente
a cualquier otro momento en la vida de Rose. Nada la había hecho sentir así
antes. No tenía miedo de Josh, no cuestionaba lo que estaba haciendo.
Simplemente la tomaba con confianza, como si hubiera sabido durante toda
su vida que estaban destinados a ese beso.
Presionó sus labios contra los de ella y sintió como si fuera a
desmayarse. Su corazón latía tan fuerte que lo podía sentir en su pecho como
el ritmo de un tambor. Se inclinó adelante y se sostuvo en él y él puso sus
brazos alrededor de ella como para protegerla, o prevenir que se fuera.
Abrió su boca y sus labios siguieron los de él, abriéndose ligeramente.
Después lo sintió. El suave y húmedo toque de su lengua en su labio. Sólo por
un segundo su lengua tocó su labio pero fue suficiente para hacer que se
mareara de deseo. Quería entrar en su boca con su lengua pero no se atrevió.
Movió sus labios contra los de él y le indujo a que la tocara de nuevo con su
lengua. Ella abrió su boca y después sintió su lengua llegando dentro y
encontrando la de ella. Fue un momento mágico.
Suspiró mientras sus lenguas bailaban, enredándose y desenredándose
en un delicioso movimiento de placer e intimidad.
—Josh —susurró.
—Rose —replicó.
—¿No vas a dejarme ir nunca, no?
24
Traducido por Pagan Moore
Corregido por Jessibel

Si había algo que Josh Carter conocía en el mundo en ese momento era
que él nunca, nunca dejaría ir a Rose Meadows. Se aferraría a ella a través del
infierno si tenía que hacerlo, daría su vida por ella si era necesario. No sabía
mucho sobre el amor, pero eso lo sabía.
Era algo que podía sentir en lo profundo de la esencia de su
ser. Sosteniéndola en sus brazos, besando sus labios, había algo mágico sobre
ello. Era etérea, de otro mundo. Era casi extraña la intensidad con la que se
enamoró de ella. Pensaba en lo extraño que era que él la haya visto hace
muchos años, sólo aquella noche, cuando él tenía diecisiete años y ella tenía
doce. Fue una noche extraña. Había ido allí en busca de sangre, en busca de
venganza, pero no la encontró. La sangre lo encontró a él. Había visto a más
de veinte hombres perder la vida esa noche, él casi pierde la suya, pero lo más
vívido que podía recordar al respecto fueron esos dos ojos grandes y
hermosos, los ojos de una niña, los ojos de Rose.
Se apoyó de espaldas en la cama y movió sus labios desde los de ella
hasta su cuello. Su piel era tan blanca como la seda, y la más suave. Era
precioso besarla. Era como besar a la leche.
Ella tiró la cabeza hacia atrás y suspiró y él sabía que le gustaba. Nunca
había estado en su vida con una chica tan hermosa, tan angelical. Ni siquiera
se había atrevido a soñar que iba a encontrar a alguien tan perfecto. Ella
arqueó su espalda y él movió su boca hacia abajo, alcanzando el borde de
su camisa. Quería llegar debajo de ella y tocar sus pechos. Ya podía sentirlos a
través de su camisa.
Dios, sus pechos eran perfectos, firmes y maduros como los trozos de
una fruta deliciosa. Ellos eran la fruta prohibida que él había esperado toda su
vida para probar. Él la miró. Tenía la cabeza echada hacia atrás en la cama en
abandono. Sus ojos estaban cerrados. Instintivamente sabía qué hacer.
Movió sus manos en el interior de la camisa y tocó la sedosa suavidad
de su piel desnuda. Deslizó las manos sobre su cintura y a lo largo de los
lados de su cuerpo hasta que llegaron a su sujetador. Luego las movió
alrededor de su espalda y en un solo movimiento fluido, lo desabrochó. Éste
cayó lejos de sus pechos y él trasladó sus manos sobre ellos. Estaban tan
suaves y firmes al mismo tiempo. Simplemente tocarlos era como estar en el
cielo. ¿Cómo sería darles un beso?
—Rose —susurró él.
Ella suspiró. Fue casi como un gemido. Lo estaba esperando. Había
una parte de él que sentía que todavía ella era la niña que vio hace diez años,
que le estaba haciendo esto a esa niña, pero él sabía que era una mujer ahora.
Tiró de su camisa. Quería arrancarla de ella y revelar sus pechos
deliciosos.
—Tómalos —gimió y alzó los brazos por encima de su cabeza. Él tiró
de su camisa sobre su cabeza y miró hacia esos dos bellos y grandes ojos.
Parecía tímida. Ella cerró los ojos y los abrió de nuevo y luego le
sostuvo la mirada.
—Rose —susurró.
—Josh —contestó ella.
Entonces se lanzó hacia abajo sobre sus pechos como un águila
desciende sobre su presa. Sentía como si sus pechos fueran un océano y él
fuese a tirarse al agua. Sintió que se sumergía en ella, en su embriagador
aroma, en la suavidad de su piel, era como tocar el hielo y el fuego al mismo
tiempo.
—Sí —gimió ella mientras él besaba la carne perfecta y suave en la
parte superior de sus pechos. Él movió su boca hacia su escote y lamió el valle
que había entre ellos. Ella sabía como un sueño.
—Rose —susurró de nuevo y ella gimió en respuesta.
Su lengua se deslizó por la pendiente de un pecho hasta que llegó al
borde de la areola.
—Oh Dios mío—gimió ella.

Su pezón cayó en su boca como una cereza y su lengua lo acarició tan


suavemente, de un modo incesante, que ella pensó que iba a
morir. ¿Realmente estaba pasando esto? ¿Cómo podría? ¿Cómo podría su
pasado haber vuelto para rescatarla de este modo?
Ella abrió las piernas y se arqueó hacia atrás, presionando su pelvis
contra él. Quería sentir la dureza de él contra su ingle. Lo que realmente
quería era que se deslizara dentro de ella y explotar dentro de su cuerpo en
un frenesí de lujuria, pasión y amor.
Él estaba chupando cada uno de sus pezones a su vez, y la forma en
que lo hizo, tan suavemente pero de manera simplemente concentrada, fue
como ningún hombre lo había hecho antes. Ella se agachó y agarró su camisa
en sus manos y la apretó. Tiró de ésta hacia arriba por encima de su cabeza y
él la miraba con una sonrisa de niño que sólo hizo que lo amara aún más.
Oh, Dios mío, pensó. Eso era todo lo que podía pensar. Esas tres
palabras simplemente pasaron por su mente, una y otra vez.
Su pecho fue construido como una estatua. Estaba duro como una roca,
sus músculos pectorales firmes y definidos. Ella frotó las manos sobre ellos y
luego las trasladó hacia abajo sobre sus abdominales perfectamente
formados. Dios, él era atractivo. Él era lo que Dios debió haber tenido en
mente cuando había diseñado al hombre. Fue el ejemplo perfecto de la
virilidad. Sonrió hacia abajo a ella y luego sostuvo la cintura de sus mallas.
—Oh Dios —susurró ella mientras él las bajaba, muy ligeramente.
—Dios no te va a salvar ahora —dijo Josh y las bajó hasta alrededor de
sus tobillos. Ella estaba casi completamente desnuda ahora, con sólo sus
bragas puestas para ofrecer protección. Nunca se había sentido tan
vulnerable, tan expuesta, en toda su vida. Era como si nunca hubieran
sucedido los últimos dos años de estriptis y baile erótico. Se sentía como una
virgen en el agarre fuerte y firme de Josh.
—¿Qué vas a hacer conmigo? —Susurró ella.
Él no respondió. Sólo se inclinó y agarró sus bragas de algodón con la
boca y las bajó también. Ahora estaba completamente expuesta. Ella no tenía
ni una prenda de vestir en su cuerpo y se sentía increíble. Agarró el
musculoso torso de Josh con sus piernas y tiró de él hacia abajo sobre ella de
modo que se estaban besando de nuevo.
Dios, le gustaba besar a Josh Carter. Sus labios estaban hechos de miel.
Todo lo que pasó, sin embargo este loco viaje había terminado,
independientemente de lo que el DRMC hizo para vengarse de lo que ellos
habían hecho, todo valdría la pena por este beso.
Y entonces su mano, su firme, fuerte y suave mano se movía a lo largo
de la parte interior de su muslo. Jesucristo, pensó. Tócalo. Tócame.

Josh no podía creer lo que estaba pasando. Nunca en su vida se atrevió


a pensar que en realidad podría encontrar la felicidad. Había pasado a través
de los años viviendo como un fantasma, como si su vida ya hubiese
terminado. Siempre pensó que si vivía como un fantasma, si vivía como si ya
hubiera muerto, entonces no tendría nada que perder. Pero ahora estaba
vivo. Podía sentir la oleada de la vida corriendo por sus venas.
Nunca había deseado nada tanto como él quería entrar en Rose
Meadows. Abrió los vaqueros y se los quitó. Él miró hacia abajo a sí mismo.
Era enorme. Jesús, pensó. Eso va a matarla. El sabía que ese miedo era tonto,
pero se sentía como si él fuera tan grande, duro y torpe y ella tan pequeña,
delicada y hermosa. Él no quería deshonrarla. No quería hacerle daño.

Ella tomó una mirada de él y lo tiró encima de ella. Sintió la dura


protuberancia de la cabeza de su pene presionado contra los labios de su
vagina. Ella estaba dolorida por él. Estaba empapada ahí abajo.
—Ven dentro de mí —susurró.
Él la miró como preguntando si estaba segura y ella sólo sonrió.
Y entonces sucedió. Justo como eso, la enorme masa del pene de Josh
Carter estaba dentro de ella y, por primera vez en su vida, sentía que sabía lo
que significaba hacer el amor. Sabía lo que se sentía ser una mujer. Dormir
con un hombre que realmente querías que entre, eso era la exhaustividad, fue
el punto de todo esto. Todo el sufrimiento en la vida, todos los que luchan por
el mundo, las cosas malas que pasaron, todo eso encontró su respuesta aquí,
en esta unión, esta conexión.
Ella gimió cuando Josh lo sacó y luego lo empujó con fuerza de nuevo
en ella. Gritó una y otra vez mientras se movía dentro y fuera de ella. Iba a
despertar a Jac pero no le importaba. Algo le decía que no iba a ofenderse
mucho por un poco de ruido entre un hombre y una mujer que se amaban.
—Oh, Dios —suspiró Jack.
—Sí —exclamó ella.
Él estaba empujando hacia atrás y adelante, en su interior. Fue lo más
profundo que cualquier hombre había ido antes. Nunca sintió nada como esto
antes en toda su vida.
—Derrámate dentro de mí —susurró.

Josh no podía creerlo cuando dijo esas palabras. No podía haber


imaginado una cosa más amorosa y sincera de una mujer decir a un
hombre. Él empujó en ella y sintió como si estuviera sumergiendo su pene en
un lago de puro placer. Nunca había sentido nada tan bueno en toda su
vida. Era como si se estuviera derritiendo en el interior de la vagina de Rose,
su cuerpo perdía su forma y combinaba con el suyo de una manera en que
dos líquidos podrían fusionarse. No podía seguir.
—Me estoy viniendo —susurró él.
—Vente —dijo ella.
Había una dulce sonrisa en su cara que se veía tan hermosa, tan bonita,
que habría muerto en ese mismo instante sólo para que pudiera ser la última
cosa que viera.
—Rose —dijo.
—¿Sí? —Dijo ella.
Y entonces empezó. Era como si todos los músculos en el interior de su
cuerpo de repente comenzaran a convulsionarse a la vez. Era como si el placer
puro y líquido solamente había sido bombeado en cada vena en su cuerpo. Se
sentía tan bien, la liberación fue tan satisfactoria, que no pudo evitar gritar
mientras tenía un orgasmo allí mismo, justo dentro de la hermosa y perfecta
vagina de Rose. Las oleadas de placer orgásmica no se detendrían. Una y otra
vez y otra vez pasó. Gritó de placer y pensó que iba a morir, se sentía tan
bien.

Cuanto sintió que él se vino ella gritó. No podía explicar por qué,
aparte de eso que fue puro, alegría no adulterada.
—Oh Dios —gritó ella y cuando sintió que los chorros de esperma de
Josh bombeaban en su vagina comenzó a llegar al orgasmo también.
—Josh —gritó—, Josh.
Su cuerpo se contrajo y se convulsionó y el placer del orgasmo se
precipitó a través de su cuerpo como una gran ola rompiendo en una playa.
Se sentía como si la electricidad estuviese pasando a través de ella. Eso
fue increíble. Era el éxtasis. Era el cielo. Toda su vida, había estado esperando
este momento. Sabía que todo había estado conduciéndola hasta esto. Era el
final de un largo y doloroso viaje que había comenzado hace diez años, la
noche en que por primera vez puso los ojos en él. Había estado esperando por
él desde la noche en que su padre murió, ¡y ella ni siquiera se había dado
cuenta!
Y luego él dijo—: Rose, te amo.
Envolvió sus brazos alrededor de él y lo tiró más cerca de ella. No se
preocupaba por nada más en el mundo. No le importaba que estuvieran
completamente solos allí mismo, en el borde mismo de la civilización. No le
importó que el CMDR se estuvieran encaminando a hacer su seguimiento. No
le importaba que sus vidas estuvieran en peligro, que podrían no sobrevivir al
ataque que seguramente venía.
Lo único que le importaba era que los brazos de Josh Carter la
sostenían con ternura y afecto. Él era de ella ahora. Le había dicho que la
amaba. Eso era todo lo que importaba. Eso era todo lo que era importante.
Ella puso los labios contra su boca y le dio un beso. Fue un largo y
apasionado beso.
—Te amo demasiado, Josh Carter —dijo.
Agradecimientos
Quiero agradecerte personalmente por ser parte de la serie Tainted
Rose. Las historias acercan a las personas y esta historia es basada,
parcialmente, en experiencias de mi propia vida. Estoy agradecida de
finalmente tener la oportunidad de compartirlas contigo. Creo que compartir
historias es la mejor manera para lidiar con los retos que la vida nos lanza.
Espero que te quedes conmigo para esta profundamente personal e
íntima serie. Si me envías un correo electrónico, me mantendré en contacto
contigo personalmente y me aseguraré de que nunca pierdas la oportunidad
de mantenerte cerca de la historia. Esto incluye recibir reseñas de las copias de
los libros, ofertas especiales y notas personales.
Siempre estoy esperando hablar con mis lectores a abby@type-
writer.net
Alternativamente puedes inscribirte directamente a mi lista de correo
para recibir actualizaciones y ofertas especiales.
Gracias por leer mi libro. Ha sido escrito desde mi corazón. Sé que
algunas partes son difíciles de leer y aprecio que te hayas quedado hasta el
final. Valoro a cada lector y me honra que hayas elegido pasar tu tiempo
conmigo.
Por favor, considera dejar una reseña. Si me envías un enlace de tu
reseña, en agradecimiento te enviaré el próximo libro de la serie.
Espero oír pronto de ti.
Abby Weeks
2014