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El género como categoría de análisis

En este módulo vamos a comprender, principalmente, qué significa la categoría de género,


cuáles fueron sus orígenes, evolución y debates para su conformación. Es importante, para
adentrarse en la lectura, saber que no delinearemos un concepto cerrado, sino que lo dejaremos
abierto para seguir nutriéndolo de contenido con los siguientes objetos y con los debates
teóricos actuales que veremos en el módulo 2.   

Asignación social/cultural del género

Género: categoría abierta e histórica cuyo sentido se disputa constantemente

Referencias

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LECCIÓN 1 de 4

Asignación social/cultural del género

Inicialmente, el feminismo comenzó a utilizar el concepto de género como forma de referirse a la


organización social de las relaciones entre los sexos. Es decir, comenzó a ser utilizado para referenciar el
carácter social y construido de las relaciones diferenciadas entre los sexos, así como también para referirse
a la normatividad sobre la feminidad.  

Cuando hacemos referencia a la normatividad, no nos referimos a


leyes formales emanadas de los Estados, sino a una forma de
distribución y organización de las poblaciones y sus individuxs que
trasciende las normas legales y se encarga de las distribuciones
normativas, disciplinarias y reguladoras, entre el ser/deber ser, de
diferenciación/de regla sobre, en este caso, el comportamiento de lxs
sujetxs.

Asimismo, esta idea de género buscaba diferenciarse de explicaciones biologicistas o esencialistas sobre
la diferencia sexual, una forma de oponerse a aquellas nociones que referían, por ejemplo, a que los
hombres, en cuanto cuerpos varones y portadores de masculinidad, eran fuertes y que las mujeres, como
cuerpos hembras y portadoras de feminidad, eran débiles. En este sentido, lo que las teóricas feministas de
los años 60, 70, y 80 buscaban era comprender el significado de las normas de género, descubrir el alcance
de los roles de género establecidos a través de la diferencia sexual en el orden social. Se buscó dar
respuesta a cómo actúa el género en las relaciones sociales humanas. 
En las primeras etapas, entre algunxs teóricxs1, el género se convirtió en una categoría que subsumió a la
categoría mujer. Es decir, simplificando el debate, género pasó a ser igual a mujer.

[1] En las presentes lecturas haremos uso de la equis (x), como forma de utilizar un lenguaje

inclusivo, que hace referencia a todo el universo de expresiones de género que trasciende la bi-

categorización masculino y femenino. Intervenir en el lenguaje formal, androcéntrico y sexista,

es una de las formas de disputar las relaciones de poder de género.

El camino de esta asimilación estuvo relacionado con la utilización de metodologías y formas de estudios
sobre las relaciones sociales y culturales a través de paradigmas científicos tradicionales que dieron lugar a
explicaciones causales universales. Dentro de esta mirada asimiladora, género se convirtió en una palabra
académica moderada, que dotaba a los estudios de un halo de mayor corrección metodológica y objetiva
que la palabra mujer o incluso que la utilización de la palabra feminismo. Este recurso de asimilar los
estudios de género a los estudios de fenómenos que ocurren o en los que están involucradas cosas de
mujeres se volvió aceptable académica y políticamente en algunos espacios donde estudios o políticas
feministas resonaban como parciales o poco objetivos (Lamas, 1999; Harding, 2001; Scott, 2008).

En esta acepción, "género" no comporta una declaración necesaria de desigualdad o de poder, ni


nombra al bando (hasta entonces invisible) oprimido… Este uso de "género" es una faceta de lo
que podría llamarse la búsqueda de la legitimidad académica por parte de las estudiosas
feministas en la década de los ochenta. (Scott, 1996,
http://www.inau.gub.uy/biblioteca/scott.pdf). 

El problema que representa este uso descriptivo2 de la categoría género es que conlleva el peligro de
invisibilizar las prácticas reguladoras que dan continuidad a los binarismos sobre las nociones normativas
de feminidad y masculinidad. La estabilización de la categoría género en uso descriptivo se subsume en una
versión biologizada de la categoría, donde el extremo estudiable se esencializa en lo relativo a la mujer,
acortando la capacidad crítica inicial con la que había sido pensado el rechazo a los extremos esencialistas.
Sin embargo, esta faceta llevó a advertir la importancia de utilizar la categoría de género en un sentido

analítico3, es decir que si bien los estudios de género comprendían el estudio sobre la mujer, esto acontecía
con un carácter relacional, en cuanto que la información sobre las mujeres implica a su vez información
sobre los hombres y por ello, un estudio implica al otro (Scott, 1996).
[2] Se refiere a estudios e investigaciones sobre la existencia de fenómenos o realidades, sin

efectuar interpretación, explicación o atribución de causalidad.

[3] El enfoque de tratamiento es causal: busca teorizar sobre la naturaleza de los fenómenos o

realidades, con el objetivo de comprender cómo adoptan la forma que tienen.

Las apropiaciones iniciales de la categoría de género por la teoría feminista (años 60, 70 y 80) buscaban,
entonces, demostrar que no existe un destino biológico, que las diferenciaciones y desigualdades basadas
en la diferencia sexual no son biológicas, ni físicas, ni psicológicas, sino que devienen de relaciones de
poder, que legitimadas simbólicamente en el entramado social generizan, dotan de determinado contenido a
las relaciones basadas en la diferencia sexual, como un orden legitimador del patriarcado y, por tanto, de una
específica autoridad masculina. Es necesario a su vez, que revisemos cómo fue históricamente acuñada la
idea de género, pues ésta fue retomada por las teorías feministas del paradigma biomédico. En la década
del 50, médicxs, psicólogxs y científicxs sociales comenzaron a trabajar en la atención de personas intersex
y transexuales, pensado en la utilización de las intervenciones quirúrgicas para adaptar la anatomía
«ambigua» a la identidad asignada o la identidad escogida. El objetivo era poder adaptar la morfología genital
a la identidad social de género. Así es como en los años 50, John Money, especialista en «defectos
congénitos», comenzó a investigar sobre cómo adecuar las genitalidades ambiguas a la identidad de género
social. El desarrollo de su protocolo médicopsicológico asignaba una prioridad fundamental al
condicionamiento de la identidad sociocultural de género por sobre el sexo biológico (Stolke, 2004).

Sin embargo, en estos diagnósticos se colaban ideas culturales sobre lo que una genitalidad de varón
requería en términos de normalidad. Por lo que, el «género normal» requería de una genitalidad normal que lo
identificara y que, en este caso, se relacionaba con el tamaño del pene dentro de los estándares definidos
por los protocolos de intervención normales. El determinismo dual biologicista entre macho/hembra estaba
presente en los desarrollos de estos modelos médicos. A pesar de la descripción sobre el condicionamiento
social de la identidad de género, este se desenvuelve en el marco de la idea de dicotomía sexual entre solo
dos sexos. Estos son los debates bioculturales que se trasladaron a las teóricas feministas cuando
retomaron el concepto de género desde el paradigma biomédico (Stolke, 2004).

Género, como expresamos al inicio, retomado por los estudios feministas significó la posibilidad de
explicitar e intentar develar la creación totalmente social sobre los roles apropiados para mujeres y hombres.
  Fue por tanto definido como aquella categoría social que se impone sobre los cuerpos sexuados. Varios
fueron los esfuerzos de las teóricas feministas para explicar, para dar respuestas a las preguntas que
giraban en torno a cómo el género funcionaba como esta categoría social impuesta sobre los cuerpos
sexuados entre los años 60, 70 y 80.

Haciendo un esfuerzo de síntesis y siguiendo de lo expuesto por Joan Scott (1996), podemos presentar tres
corrientes de pensamiento feminista que realizaron arduos trabajos para dar respuesta a aquella pregunta:

las teóricas del patriarcado;  

las teóricas marxistas;

las teóricas de las escuelas psicoanalistas anglosajona y francesa.

Las teóricas del patriarcado enfocaron sus estudios al tópico de la subordinación de la mujer y la
dominación del varón en las estructuras sociales patriarcales. Dentro de esta corriente se dieron dos
posicionamientos diferenciados para comprender el porqué de la dominación o subalternidad de la mujer:
quienes consideraban que era necesario comprender adecuadamente el mandato del proceso de
reproducción y la apropiación masculina del ideal reproductor de la mujer y quienes consideraban que era
necesario visibilizar la dominación de la mujer a través de su objetivación sexual.

Tanto uno como otro enfoque consideraba que la compresión por parte de las mujeres de estas situaciones
de subordinación las llevaría a reconocer la causa común de desigualdad y unirse para su transformación.
 Las teóricas marxistas, dada la escuela de pensamiento a la que pertenecían, realizaron un análisis más
histórico respecto a las preguntas del género como categoría social de la diferencia. En un rechazo
fundamental a las explicaciones biológicas, cuestionaron la naturalidad de la división sexual del trabajo en el
sistema capitalista. Entendieron que el sistema patriarcal y el sistema de capital eran dos sistemas
diferenciados pero que interactuaban para producir la reproducción de estructuras sociales y económicas
de dominación operadas por el varón en el orden social concreto (Scott, 1996).   Con relación a las teóricas
de las escuelas psicológicas, resaltaremos el acierto de comprender las relaciones de género en cuanto
relaciones simbólicas. Estaban interesadas por los procesos de creación de identidad de lxs sujetxs.
Principalmente la escuela francesa indagó sobre las formas en las que a través del lenguaje se construye la
identidad de género.
Figura 1:

Fuente: Elaboración propia.

Los sistemas simbólicos, esto es, las formas en que las sociedades representan el
género, hacen uso de éste para enunciar las normas, de las relaciones sociales o para
construir el significado de la experiencia. Sin significado, no hay experiencia; sin procesos
de significación no hay significado (lo que no quiere decir que el lenguaje lo sea todo, sino
que una teoría que no lo tiene en cuenta ignora los poderosos roles que los símbolos,
metáforas y conceptos juegan en la definición de la personalidad y de la historia humana).
(Scott, 1996, http://www.inau.gub.uy/biblioteca/scott.pdf).

Todos los análisis relevados por las corrientes presentadas fueron extremadamente importantes y en su
tiempo presentaron parte del conjunto de diversos estudios que comenzaba a dotar a la categoría de género
de múltiples ópticas y abordajes de estudio para la compresión de la desigualdad.   
Sin embargo, posteriormente fueron sujetos a crítica y revisión por parte de las mismas teóricas feministas,
quienes comenzaron a advertir que en dichas formas de entender al género quedaba sin cuestionar cómo
aquella diferencia sexual, a pesar de ser categóricamente rechazada como causa eficiente de la
desigualdad, fundamentaba la misma división entre masculino y femenino.

Las teóricas del patriarcado, al poner el acento en el género como clave de la desigualdad, sea en la
apropiación de la función reproductora o en la objetivación sexual de la mujer, fallaron en explicar cómo el
género estructura otras desigualdades o se relaciona con ellas. Pues al fin y al cabo sus análisis
descansaban en la diferencia física.

Las teóricas marxistas, si bien se adentraron en las explicaciones causales e históricas de la reproducción
de los sistemas de dominación, comprendían como explicación última a los sistemas económicos. Esta
subsunción del género dentro de análisis del sistema capital, como un producto de análisis accesorio al
estudio de las estructuras económicas, le restó entidad analítica propia.

También recibieron una crítica generalizada las teóricas psicoanalistas por la aceptación de la oposición
incuestionada entre masculino y femenino.  

Dados los debates que se relacionaban con la categoría de género, su abordaje y sentido, durante mediados
de la década de los 80 se incluyó también la idea de que el género no “es solamente un elemento
constitutivo de las relaciones sociales que distinguen los sexos, sino que además es una forma primaria de
relaciones significantes de poder“ (Scott, 1996, p. 13-14, http://www.inau.gub.uy/biblioteca/scott.pdf). 

Queda formulado así el concepto de género (Scott, 1996), como compuesto por dos aspectos: en su primer
aspecto que refiere al género como un elemento constitutivo de las relaciones sociales que distinguen los
sexos; reunimos aquí las construcciones sociales, las normativas sobre la feminidad y masculinidad, las
nociones políticas e institucionales que organizan lo social a través de la desigualdad y las formas de
construcción de la identidad subjetiva.  

Figura 2:
Fuente:  Elaboración propia

En su segundo aspecto, se refiere al “campo primario dentro del cual o por medio del cual se articula el
poder. No es el género el único campo, pero parece haber sido una forma persistente y recurrente de facilitar
la significación del poder” (Scott, 1996, p. 15, http://www.inau.gub.uy/biblioteca/scott.pdf). Esta función del
género en el entramado social habilita, a su vez, una función legitimadora, que se refiere a la interpretación
de significados anudados a la diferenciación sexual, como una forma primaria de diferenciación
significativa.

 Un estereotipo de género se refiere por tanto a los conceptos normativos que simbolizan y
significan los roles sociales y sexuales de género.

Figura 3:
Fuente: Elaboración propia.

Para comprenderlo mejor te invito a leer el siguiente paper.

El género una categoría útil para el análisis histórico.pdf


192.2 KB
Fuente: Scott, J. W. (1996). El género: Una categoría útil para el análisis histórico. En Lamas, M. (Comp.). El

género: la construcción cultural de la diferencia sexual. PUEG, México. 265-302p.


LECCIÓN 2 de 4

Género: categoría abierta e histórica cuyo sentido se


disputa constantemente

Hemos visto entonces que, a medida que los sistemas de género comienzan a visualizarse como sistemas
complejos de entramados y relaciones sociales, comienzan a surgir diversas críticas dentro del feminismo
que van desplazando el análisis de las relaciones de subalternidad entre mujeres y hombres hacia el análisis
del género cómo sistema simbólico que debe ser emplazado en contextos culturales e históricos.   En
posteriores desarrollos feministas (que más adelante identificaremos como parte de la tercera ola del
feminismo), se cuestionó a los estudios de género de los años 60, 70 y 80 la falta de una mirada crítica
sobre la oposición masculino/femenino, en el sentido de que su utilización como sinónimo o equivalente de
sexo refuerza un ideal regulatorio del sexo como poder productivo de los cuerpos que controla (Butler,
2002). Es decir, produce aquello que nombra.

Esto llevó a gran parte del feminismo, a partir de los años 90, a pensar sobre si el género es la única
categoría explicativa de la desigualdad. Feminismos negros, chicanos, latinoamericanos y asiáticos
comenzaron a visibilizar que el género, a su vez, se encuentra intersectado con otras categorías de
desigualdad como la raza o la clase, las que no habían sido originalmente consideradas por las feministas
blancas. Apuntaron a que las economías de desigualdad, violencia y exclusión no se desarrollan de igual
manera entre mujeres blancas, de clase media e instruidas, que entre mujeres negras, de clases menos
favorecidas y con escaso acceso al sistema educativo.

Asimismo, los estudios de género iniciales que describían el género como categoría social impuesta sobre
los cuerpos sexuados fueron criticados por omitir toda referencia al sexo y la sexualidad, reafirmando sin,
así quererlo, la oposición entre hombre y mujer y la correlativa heterosexualidad obligatoria. Pues muchos de
los estudios iniciales sobre el género que pretendían demostrar que la biología no era un destino dejaban sin
cuestionar la binariedad biológica macho/hembra y la correlativa organización social a través de la
heterosexualidad.
En capítulos posteriores desarrollaremos con mayor extensión estas críticas y su impacto sobre la categoría
de género; aquí su mención dentro del propio feminismo nos permite reflexionar sobre la complejidad del
sistema de género y en por qué esta categoría es una categoría abierta, cuyos sentidos son continuamente
disputados en el marco de determinados contextos culturales y sociales.

Para concluir, debemos comprender hasta aquí que: a) género no es igual a sexo biológico; b) que género no
es igual a mujer; y c) que género no refiere exclusivamente a la dicotomía masculino/femenino. Es necesario
comprender al género como un sistema simbólico complejo, histórica y culturalmente situado, que tiene
efectos normativos y normalizadores sobre las construcciones de feminidad, masculinidad, sexualidad y
sexo, en una relación continua con otras categorías de exclusión y desigualdad como las raciales y las de
clase.

El uso de género pone de relieve un sistema completo de relaciones que puede incluir el
sexo, pero no está directamente determinado por el sexo o es directamente determinante
de la sexualidad… Si tratamos la oposición entre varón y mujer, no como algo dado sino
problemático, como algo contextualmente definido, repetidamente constituido, entonces
debemos preguntarnos de forma constante qué es lo que está en juego en las proclamas o
debates que invocan el género para explicar o justificar sus posturas, pero también cómo
se invoca y reinscribe la comprensión implícita del género. (Scott, 1996,
http://www.inau.gub.uy/biblioteca/scott.pdf).

En este video vamos a comprender qué significa la categoría de género, cuáles fueron sus orígenes,
evolución y debates para su conformación.

Video 1: El género como categoría de análisis

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LECCIÓN 3 de 4

Referencias

Butler, J. (2002): Cuerpos que importan: sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”. Buenos Aires:
Paidós.

Harding, S. (2001). El feminismo, la ciencia y las críticas anti-iluministas. En M. Navarro y C. Stimpson


(Comp.), Nuevas Direcciones (pp. 107-139). México: Fondo de Cultura Económica.

Scott, J. (1996) El género una categoría útil para el análisis histórico. En M. Lamas (Comp.), El género: la
construcción cultural de la diferencia sexual (pp. 265-302). México: PUEG.   Recuperado de
http://www.inau.gub.uy/biblioteca/scott.pdf.

Scott, J. (2008). Género e historia. México: Fondo de Cultura Económica.biblioteca/scott.pdf.

Stokel, V. (2004). La mujer es puro cuento: La cultura del género. Revista de Estudios Feministas 12(2), pp.
77-105. Recuperado de http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=38112205.
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