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En

noviembre de 1991, el actor Klaus Kinski fue encontrado sin vida en su casa de
California, cuando, al parecer, llevaba muerto más de veinticuatro horas. Pocos
creyeron que Kinski falleciera realmente «por causas naturales». En efecto, alguien
que dice de sí mismo «soy como una bestia con uñas. Si no fuera actor, me habría
convertido en asesino o mártir» no puede morir como todo el mundo. Estas memorias
nos aclaran la razón profunda, casi intolerable, de su extraño comportamiento.
Hacia ya mucho tiempo que teníamos noticia de estas memorias suyas cuando
finalmente, en la primavera de 1991, pudimos leerlas. Comprobamos con estupor que
se trataba de una confesión descarada y escandalosamente íntima, escrita sin temor ni
pudor, de un hombre exasperado, a la búsqueda incansable de un afecto que jamás
supo conseguir o conservar, y cuya ansiedad acabó resolviéndose siempre, a cada
instante, en sexo a secas, sin rodeos, sin máscaras, en todas las posibles facetas, hasta
sus últimas consecuencias, desde las más triviales y fortuitas hasta las más violentas y
sórdidas La obsesión de Kinski por el sexo sólo es comparable a la adicción del
heroinómano. Vida y sexo no son sino una y única cosa.
De no ser por la descarnada sinceridad que rezuma todo el libro, el lector podría
pensar a priori —tal es el infierno que describe Kinski como propio de su vida— que
hay en él simple provocación y escándalo. Pero nadie que lea esta confesión
estremecedora, nada halagadora para el autor, puede ser llevado a engaño. Hoy, ya
fallecido él a los 65 años, se convierte, además, en un valioso documento
autobiográfico.

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Klaus Kinski

Yo necesito amor
La sonrisa vertical - 79

ePub r1.1
Titivillus 25.08.2019

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Título original: Ich brauche Liebe
Klaus Kinski, 1991
Traducción: Joan Parra

Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1

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Para mi hijo Nanhoi,
al que amo por encima de todo

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Somos unos inválidos, los artistas. Nuestro arte no es nada,
porque nuestras herramientas están ya demasiado
embotadas para alcanzar y expresar lo esencial. Sólo Cristo
posee esa facultad. Llega a nosotros directamente, sin
necesidad de escribir ni pintar; a cada instante transforma
su vida entera en una obra de arte.

Vincent Van Gogh

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«Se busca a Jesucristo. Profesión, obrero. Domicilio, desconocido. No profesa
ninguna religión. No milita en ningún partido. No se le ve en reuniones públicas. El
prófugo está acusado de robo, corrupción de menores, blasfemia, profanación de
iglesias, insultos a la autoridad, desprecio de las leyes, compadreo con putas y
criminales…».
En eso, alguien empieza a armar bronca entre el público. No puedo ver al
individuo en cuestión. Me deslumbra la intensa luz de los focos, todos dirigidos a mí.
La gran nave de la Deutschlandhalle de Berlín, con un aforo de veinte mil
localidades, es para mí una pared negra como el betún.
¿Por qué me interrumpe ese idiota? Estoy con los nervios de punta. Las últimas
noches no he podido dormir, y hace más de setenta horas que estoy en pie.
Interminables entrevistas para la radio, la televisión y la prensa. Además no he
comido, y desde ayer por la mañana me he fumado como mínimo ochenta cigarrillos.
Y ahora me encuentro encima de esta plataforma, como si me hallara en lo alto de un
patíbulo.
—Si tienes algo que decir, ven aquí —grito a la oscuridad—, ¡si no, quédate
sentado y cierra el pico!
¿Qué quiere? ¿Quiere darse importancia? Aquí lo único importante es lo que yo
he venido a decir. He venido a contar la historia más emocionante de la humanidad:
la vida de Jesucristo.
No hablo de ese Jesús de las horribles estampas de colores. Ni del Jesús de piel
amarillenta, como un enfermo del hígado, al que una enloquecida sociedad humana
ha convertido en la mayor puta de todos los tiempos. Y cuyo cadáver va paseando
perversamente por ahí, clavado en cruces infames. No hablo de palabrería divina ni
de cánticos gimoteantes. Ni del Jesús que, con un beso infecto, despierta de sus
sueños lascivos a las niñas pequeñas antes de la primera comunión y las hace morir
de asco y vergüenza cuando desaguan en las letrinas.
Hablo del hombre: el desasosegado que nos dice que debemos cambiar, ¡sin
pausa, a cada momento! Hablo del aventurero, el más intrépido, libre y moderno de
todos los hombres, que prefiere dejarse asesinar a pudrirse en vida con los demás.
Hablo del hombre que es como todos queremos ser. Tú y yo.
Entretanto, el cabrón que me ha interrumpido ha llegado ya a la plataforma. Le
pongo en las manos el micrófono, porque no puedo imaginarme qué es lo que
quiere…
—… Cristo era un santo —grita el muy cerdo—, nunca trató con putas ni
criminales… no era tan violento como Kinski…
¿A qué llamas tú violento, so bocazas? Sí, dentro de mí hay violencia, pero no es
negativa. Cuando un tigre despedaza a su domador, se dice que ese tigre es violento y
se le mete una bala en la cabeza. Mi violencia es la violencia del ser libre, que se
niega a someterse. La creación es violenta. La vida es violenta. Nacer es un proceso
violento. Una tormenta, un terremoto son movimientos violentos de la naturaleza. Mi

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violencia es la violencia de la vida. ¡No es una violencia antinatural, como la
violencia del Estado que envía a vuestros hijos al matadero, embrutece vuestras
mentes y exorciza vuestras almas!
Le arranco a ese imbécil el micrófono, pues se niega a devolvérmelo. Dejo el
resto en manos del servicio del orden de la Deutschlandhalle. Como el tipo también
se encara con ellos, se limitan a echarle escaleras abajo. Intervienen otros
alborotadores, que sólo han venido a armar camorra. Cuando empiezan a llover
puñetazos, un destacamento entero de policías se despliega por la Deutschlandhalle a
fin de evitar una batalla campal. Los policías son todos unos hombretones, con
viseras protectoras en la cara y porras en la mano.
Vaya, pienso, igual que hace dos mil años.
Arrojo de lo alto de la plataforma el micrófono, sujeto al soporte, que a su vez va
unido a un largo cable que cuelga del techo. Luego me meto entre bastidores y espero
a ver qué pasa, mientras el soporte del micrófono baila de aquí para allá por encima
de las cabezas de los espectadores, como un trapecio vacío.
Por doquier los flashes de los fotógrafos. El zumbido de las cámaras que filman.
Periodistas que hacen preguntas imbéciles. Todo esto empieza a darme asco.
Despacho a gritos a los buitres que me rodean denodadamente; no puedo deshacerme
de ellos, me siguen a hurtadillas incluso cuando voy a mear.
Algunos espectadores vienen corriendo a los bastidores, para abrazarme y
besarme. Personas a las que en miles de representaciones he ofrecido mi corazón
arrancado del cuerpo. Minhoi se me cuelga al cuello y llora. Teme por mí; nunca
había visto una función mía. La gente me suplica que vuelva al escenario. ¡Sí!
Volveré a salir. ¡Pero sólo si esos gamberros dejan de partirse las caras y, ante todo,
cierran el pico! Esa gentuza es aún más repugnante que los fariseos. Ellos al menos
dejaron hablar a Jesús antes de clavarlo en la cruz.
El tiempo pasa. Los espectadores siguen ahí, nadie quiere irse a casa. Todos
esperan que yo vuelva a salir.
Medianoche. Poco a poco se restablece la calma. Nadie tose. Nadie carraspea.
Ahora reina un completo silencio.
Mucha gente se ha levantado de sus asientos de las últimas filas y se ha
apretujado en el espacio libre que queda delante de la plataforma. Sentados en el
suelo.
Bajo de la plataforma de un salto y me mezclo con ellos. Mi agotamiento ha
desaparecido por completo. Ya no siento mi cuerpo. Los veo claramente ante mí, sus
caras, la más sutil reacción en cada rostro. Miles de pares de ojos que me observan.
Ojos anhelantes, ardientes de pasión. Voy del uno al otro. Me paro ante ellos. Me
siento entre ellos. Los abrazo. Chicas y chicos, mujeres y hombres de todas las
edades, desde menores de edad hasta ancianos… pero —y éste es el milagro— ¡todos
son jóvenes!

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A las dos de la madrugada se acaba todo. Minhoi y yo no volvemos directamente
al hotel, estamos demasiado exaltados. Aún falta mucho para que salga el avión, y no
tenemos que hacer el equipaje.
Caminamos por la gélida madrugada, sin decir una palabra. Minhoi me ha
entendido perfectamente, aunque durante la función sólo he hablado en alemán.
Rompo mi contrato para los cinco continentes. Valía un millón de marcos. Ya no
me interesa. No porque sea rico. No tenemos nada. No porque tenga miedo de
destronar al Buda. Ya hace tiempo que lo hice. Me importa un rábano que las iglesias
hayan amenazado con boicotear mis espectáculos. Me aburre que los gerentes de los
mayores palacios de deportes se hayan negado a dejarme actuar porque temen por la
integridad de sus locales. Y que el infeliz vicario que escribió el libro Jesús en mala
compañía prefiera no dejarse ver en público conmigo.

Los hombres son como hace mil años,


receptáculos de vicios.
Sólo al morir y ser pasto de los gusanos
se encuentran en su elemento.

A una gitana que fue mi amante, le pregunté en cierta ocasión si iba alguna vez al
teatro o al cine. Su respuesta:
—Cuando tenía catorce años, dos hombres se pelearon a navajazos por mí. Uno
mató al otro. Toqué al muerto: estaba muerto de verdad. Y el otro estaba vivo de
verdad.
Ésa es la diferencia entre la vida representada y la vida real. La mia es real.

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—No te muevas de ahí —dice mi padre, haciéndome una reverencia.
Normalmente no le hago caso. Pero lo dice con tal insistencia y tono de súplica
que me quedo allí parado, lleno de curiosidad.
¿Qué pretende? ¿Por qué no quiere que entre con él? ¿Tiene dinero para entrar en
una tienda como ésa? No me da tiempo a exponerle mis pensamientos. Mi padre
acaba de entrar en una charcutería repleta de gente.
No me muevo del sitio. Sólo voy cambiando de vez en cuando la pierna en la que
me apoyo, porque los pies me arden, embutidos en unos zapatos demasiado estrechos.
Más de una vez me he preguntado por qué mi padre les hace reverencias a los
niños pequeños. Tengo una explicación: mi padre, que afirma haber sido cantante de
ópera, estuvo una vez en Japón y cogió la costumbre de hacer reverencias a la gente.
He visto a mi padre hacer muecas delante del espejo cuando cree que nadie le
observa, aspavientos impresionantes, de una fuerza hipnótica comparable a las
máscaras del kabuki. A base de gestos y de abrir la boca, simula que canta. Se le
hincha y deshincha el tórax, incluso se le inflan las venas del cuello, pero lo curioso
es que de su garganta no sale ningún sonido.
—¡Ya lo ves! —me digo—. ¡Tú mismo has visto que no sabe cantar!
Creo que eso de que fue cantante de ópera es un cuento chino. Ninguno de
nosotros ha oído cantar jamás a mi padre. En cualquier caso, mi padre es
farmacéutico y no cantante de ópera.
Nadie sabe de dónde salió mi padre ni a qué se ha dedicado durante su vida. Se
murmura que no tenía padres. Quizá sea ése el motivo de que haga reverencias a los
niños pequeños. Pero nadie sabe nada más, y él no se sincera con nadie.
Los chavales de la calle llamamos a mi padre «Calvo», «Nabo», «Bulli» o
simplemente «Osram». Realmente su calva reluce como una bombilla Osram. Le
llamamos «Nabo» porque cuando se afeita el cráneo hace el mismo ruido que cuando
se raspa un nabo. Es increíble que siga utilizando esa oxidada navaja de afeitar, toda
mellada como una guadaña vieja. Incluso mi madre, que normalmente es tan mañosa,
le ha cortado tiras de piel enteras.
A veces, muy raramente, va a un barbero de verdad. El barbero, como un matarife
judío, le aplica la cuchilla peligrosamente afilada y nunca le ha hecho un corte.
Alguna vez, mi madre ha espiado a mi padre. Apretando la cara contra el escaparate
de la barbería, contempló, sin atreverse a respirar, cómo ese matarife danzaba con
ágiles piruetas en torno a la calva de mi padre. Según ella, cuando el barbero terminó
de afeitarle, mi padre le echó encima del mostrador, con aire un poco displicente y
sabiendo perfectamente lo que hacía, 60 pfennigs[1], aunque el afeitado sólo costaba
50.
Mi padre va siempre hecho un brazo de mar, para disimular su pobreza. No es
empresa fácil, pues lo que él llama su vestuario, que consiste únicamente en lo que
lleva puesto, se le puede caer a trozos de un momento a otro, como la carne podrida
de un leproso. Creo que ése es el motivo de que se mueva con tanto cuidado, no se

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apoye en ningún sitio, nunca flexione los codos ni las rodillas, no se agache nunca, no
se siente nunca y siempre esté de pie. En otras palabras: escatimando movimientos,
intenta no forzar la ropa que lleva puesta. Sospecho que sólo se atreve a respirar a
pleno pulmón cuando está desnudo.
El trasero de los pantalones, reluciente y gastado, y las rodillas y los codos, que le
hacen bolsas, están tan raídos que la carne se le transparenta a través del tejido.
La piel de los zapatos, a los que saca brillo a fuerza de frotarlos, está tan
quebradiza que amenaza con hacerse pedazos en cualquier momento. Parece estar
constantemente atento a no chocar con nada. Tengo la sensación de que, más que
andar, flota, rozando apenas el suelo. Lo hace, básicamente, a causa de las suelas, que
están sueltas casi hasta el tacón. Normalmente, unas suelas así deberían abrirse y
cerrarse con un chasquido, como la mandíbula de un cocodrilo, cada vez que se diera
un paso. Sin embargo, mi padre ha ideado una técnica que hace imposible que nadie
descubra el estado catastrófico de sus zapatos: al andar no dobla las piernas por las
rodillas, sino que levanta levemente del suelo la pierna entera, desde la cadera, como
si la tuviera sujeta con una goma, y la lanza hacia adelante, de modo que las suelas se
quedan pegadas a la base del zapato, y luego la deja caer de nuevo al suelo, con el
movimiento pendular de un yoyó.
De todos modos, lo primero que llama la atención en mi padre es el monóculo. En
realidad no es un monóculo, sino un vidrio de gafas suelto y quebrado. Pero mi padre
tiene la desfachatez de ponerse ese pedazo de vidrio delante del ojo izquierdo. Sin él,
no ve nada por ese ojo. Y es ciego del derecho. En cualquier caso, gracias al presunto
monóculo, su espeluznante atuendo queda fuera de peligro, y nadie puede mofarse de
él por ese motivo.
Hace ya una eternidad que ha entrado en la charcutería. Echo una ojeada a mi
alrededor, para ver si encuentro un sitio donde orinar. Poco a poco voy perdiendo la
paciencia.
Si le llamamos Bulli no es sólo por su gruesa polla y sus abultados cojones. Bulli
es también la abreviatura de bulldog. No por su calva —los bulldogs ingleses parecen
calvos—, sino porque toda su cara es de bulldog. En ella todo parece caer hacia
abajo, como si tuviera demasiada piel. Las arrugas de la frente y del cogote,
profundas como cicatrices, desembocan sin transición en la calva.
—Cuando los bulldogs y los tiburones —le he oído decir— muerden con su doble
hilera de dientes, ya no hay quien les haga abrir las mandíbulas. Por eso son tan
peligrosos esos animales.
Aunque nunca he creído que mi padre fuera a morder a nadie, al principio yo
confiaba en que la gente le tendría miedo. No sólo por su cara de bulldog. Tiene unos
músculos extraordinariamente fuertes y es ancho de espaldas como un atleta.
Pero me había equivocado. Los desconocidos no le ven los músculos, y sólo
piensan cínicamente «Vaya pájaro» o «Mira, un calvo». Vestido, mi padre parece más
bien delgado. Su cara de bulldog no produce la más mínima impresión; más bien es

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causa de burlas. He acabado entendiendo, mal que me pese, que la gente que no
entiende, es decir, la mayoría, considera a los bulldogs como una especie de
monstruos. Tienen la mala fama de ser completamente inofensivos, e incluso mucha
gente no sabe que existen, debido a su escasez. Yo mismo oí una vez a un niño
pequeño decirle a su madre, al ver pasar un bulldog: «Mira, mamá, un cerdo».
Sé muy bien, pues, que a mi padre, en el mejor de los casos, lo consideran un
cerdo inofensivo. Eso me duele. Porque quiero a mi padre y me gustaría a rabiar que
la gente le tuviera miedo. Cuando se es pobre, no se tiene otra arma que meter miedo
a la gente.
Me siento tan mareado, debido a la ardua tarea de pensar, y también al hambre,
que me encuentro en una especie de estado de embriaguez… En eso, mi padre sale
disparado de la tienda y oigo una voz encolerizada que berrea:
—¡Al ladrón! ¡Pegadle una hostia en la calva! ¡Agarradle como sea!
Es el propietario de la tienda, que tropieza conmigo y me derriba, haciéndome
chocar contra los cajones de fruta que hay delante de la tienda. Recojo rápidamente
en mi delantal del colé las manzanas que salen volando y pongo pies en polvorosa sin
saber hacia dónde ir.
Jadeando, sosteniendo el pesado delantal, maldiciendo nuestra pobreza, el robo, al
propietario de la tienda y a mi padre, que ha provocado esa infame cochinada.
Me clavo un puño en el bazo y con la otra mano sujeto el delantal cargado de
manzanas, que bailotean golpeándome las piernas y me impiden correr.
El chasquido de mis suelas contra el duro asfalto resuena en mi cabeza como un
sacudidor de alfombras. Respiro a bocanadas, y siento el aire pincharme los
pulmones como un cuchillo. Se me oscurece la vista… y me doy cuenta de que me
estoy meando en los pantalones. Ya es demasiado tarde para bajarme la bragueta.
Noto algo caliente que fluye por la parte interior de mis muslos. No quería poner en
ridículo a mi padre meando en la pared de una casa.
—¡Dónde se habrá metido!
Pateo, entre maldiciones, todas las piedras que se cruzan en mi camino. A pesar
de que mi madre me lo ha prohibido terminantemente, porque sólo tengo ese par de
zapatos.
Entonces una mano enorme me agarra por el cuello de la camisa y me arrastra
hasta la entrada de una casa. Pataleando, me giro y veo que es mi padre. Tiene la
calva llena de gruesas gotas de sudor.
—¿Qué te pasa, papá?
En lugar de responder, solloza como un niño pequeño y me estrecha contra sí con
tal vehemencia que me corta la respiración. Convulso, sujeta con su mano una tableta
de chocolate.
¿Para eso ha armado tanto follón? ¿Para robar chocolate? ¿Y encima, sólo una
tableta? ¿Y por esa tableta de chocolate me ha hecho esperar más de una hora en la
calle con la vejiga llena y los zapatos apretándome los pies? Empiezo a registrarle los

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bolsillos, en la medida en que me lo permite el abrazo de sus garras. ¡Nada!
Realmente no tiene nada más. ¿Y por qué llora? No pierdo de vista la tableta de
chocolate, temo que la estropee.
—¿Por qué lloras, papá?
Intento librarme de su llave de lucha libre. Está tan conmovido que no se da
cuenta de que casi me ahoga. Quiere decir algo… pero un llanto convulso le ahoga la
voz.
¿Se avergüenza de que la pesca haya fracasado? ¿Tiene aún el miedo en el
cuerpo? Todo eso no es motivo para llorar. ¿Y si el motivo es otro? ¿Y si, en lugar de
eso, resulta que se avergüenza de haber robado y lo cuenta todo a la primera
oportunidad? ¡Mierda! Si no se sobrepone, nos pondrá a todos en peligro.
Mi padre nunca tiene dinero porque no tiene trabajo. Por mucho que busque y
rebusque, la cosa nunca cuaja. O no encuentra a nadie que le dé trabajo, o le echan a
la calle al cabo de un mes. El porqué no lo sé; en cualquier caso, siempre hay bronca.
¿Para eso has sacrificado los mejores años de tu juventud empollando griego y
latín hasta altas horas de la noche? Para hacer de burro de carga, para robar una
tableta de chocolate a los sesenta años, echar a correr perseguido por un gilipollas y
llorar porque te avergüenzas de todo eso. ¿De qué te sorprendes? ¿No es
perfectamente legal que cualquier farmacéutico te eche a la calle cuando le dé la
gana? «Es el colmo», dices. «El saber pesa más que el dinero», afirmas. ¡No me
hagas reír! ¡Eres un burro de carga! ¡Jamás, ni siquiera en sueños, puedes compararte
con el dueño de una farmacia! ¿Cuántos años, décadas, o mejor dicho, siglos, tendrías
que trabajar para poder comprarte una farmacia sin tener que atracar un banco? No,
no. Toda la vida serás un burro de carga. Un burro de carga con estudios superiores,
pero un burro de carga. Sea como sea, no eres importante: si lo fueras, te darían
trabajo.
Siento la necesidad de hacer algo por él, de ayudarle, de protegerte. Fuera de mí,
le tironeo los puños, que tiene hundidos en las cuencas de los ojos.
—Deja de llorar, papá. ¡Papá! ¡Papá querido!
Una cosa está clara, no hay que dejarle robar bajo ningún concepto. Y mucho
menos, solo. Y tampoco quiero volver a pasar por el trago de esperar delante de la
puerta de la tienda y tener que salir corriendo.
Se aferra a mí con vehemencia, como si quisiera decir: «Déjame intentarlo sólo
una vez más».
Sé que no es fácil dejar de robar cuando ya se ha hecho una vez. Pero no hay que
llevar las cosas a esos extremos, maldita sea. Tiene que reconocer que no sirve para
ladrón de tiendas. Tiene demasiados escrúpulos, eso es lo que pasa. Y con esa cara y
esa calva llama demasiado la atención. No es en absoluto la persona adecuada.

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Hoy es un día especialmente nefasto. Hace cuarenta y ocho horas que no
comemos nada.
Hace una semana, me tropecé en el oscuro pasillo con uno de esos muebles
asquerosos con los que el dueño ha llenado toda la casa, y que parecen ataúdes
barnizados. Me torcí el tobillo, y se me hinchó de mala manera. Desde entonces se ha
terminado lo de robar. Nos comimos las últimas reservas hace días, y me encuentro
tan mal que necesito sentarme un buen rato en el escalón del portal de la casa antes de
reunir las fuerzas suficientes para llegarme cojeando hasta la tienda de comestibles.
Hoy iré pase lo que pase, aunque tenga que arrastrarme hasta allí. Mi madre se sienta
a mi lado.
—¿No te duele mucho?
—Se puede soportar.
—Pobre ratoncito mío, lo que habrás tenido que aguantar todos estos días.
—No soy ningún enclenque.
—Perdona. Entra en casa, por lo menos.
—No quiero entrar en casa.
—Con ese pie todavía no puedes salir a la calle. Además, no es el sitio adecuado
para mi cariñito.
Enseguida se asusta de la tontería que acaba de decir.
—¿Y dónde hay un sitio adecuado para mí, mamá?
Se siente terriblemente cohibida, me acaricia amorosamente el pelo, ronronea
como un gato y busca algo inteligente que decir.
—¿Te escuece el pie? ¿Quieres que te cambie la pomada del vendaje?
—No, gracias. Aún no me escuece demasiado.
—… hoy tendremos todos algo que comer, ya verás como es verdad.
Como todos nosotros, se agarra a esa idea fija que nos mantiene en pie de hora en
hora.
—Sí, mamá.
En realidad quiero decir: «Ya verás como no pienso tirar la toalla. Ya verás como
nada ni nadie me hace agachar la cabeza. Un día te recompensaré por tu valentía y tu
amor. Me cuidaré de que no tengas que trabajar más como una condenada. Algún día
ganaré tanto dinero por mi propio esfuerzo que incluso podré comprarte un abrigo,
unos guantes y unos zapatos bien calientes para tus pies llenos de sabañones. Podrás
beber tanto café-café y comer tantos panecillos como quieras, con mantequilla y miel
de la buena, de abejas».
Sí, eso es lo que realmente quiero decir. Pero aún no lo digo, porque quiero que
un día sea una sorpresa.
—No volveremos a llegar a estos extremos, no pienses eso, ratoncito mío…
—No, mamá.

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Tiene la garganta seca de tanto mentir.
—Ya verás como todo va bien —susurra junto a mi cara.
Intento tragar el nudo que tengo en la garganta para no echarme a llorar. No es
momento para flaquezas. Para conseguir lo que me propongo, necesito todas mis
fuerzas.
—Sí, mamá.
Su boca se contrae en una sonrisa débil y precavida, para no mostrar demasiado
los estropeados dientes.
—¿No te da miedo la desdentada de tu madre?
—¡No digas siempre eso de la desdentada de tu madre!
—Si es verdad… Todo el mundo se da cuenta de que casi no me quedan dientes,
aunque todavía soy joven. A veces tengo miedo de que te avergüences de mí.
—¡Eso no es verdad! ¡Quiero que me des besos toda la vida aunque no tengas
dientes!
Coge mi cabeza entre sus fuertes manos de obrera y la estrecha contra su regazo
abierto, de manera que aspiro su excitante olor. Pego mi cara a su firme cuerpo y rozo
con los labios su vientre cálido y sus pequeñas e impúdicas tetas, hasta estrechar mi
boca contra la suya. Sus labios húmedos se ciernen abiertos sobre mí, y los enormes y
hermosos ojos le brillan como canicas en la cara hambrienta.
Cuando me quedo solo otra vez, me levanto de un salto, cruzo la calle cojeando,
lo más rápido que puedo, y me acurruco en mi sitio bajo los cajones de madera que
hay delante de la tienda de comestibles, en los que la mercancía se amontona en
forma de pirámides o montañas.
No puedo hacer ningún gesto brusco, ni perder los nervios, ni echarme a temblar.
Es un trabajo delicado, que requiere manos tranquilas y mucho tacto. Como en el
juego del mikado.
El espacio libre por debajo de los cajones es muy reducido. Si no quiero chocar
constantemente contra ellos, haciéndolos moverse, tengo que estar en cuclillas y
doblar el espinazo, lo cual me obliga a estirar el cuello hacia adelante y mantener la
cabeza gacha. Giro la cabeza unas veces hacia la izquierda y otras hacia la derecha, y
las rodillas se me clavan contra la garganta en tensión. O, mejor dicho, contra la nuez.
Tengo que mantener el culo bajo, pero sin tocar los adoquines, porque si no me caería
hacia atrás. El estómago, el hígado y la vesícula biliar se aprietan contra el corazón y
el pecho, de manera que la sangre se remansa en mis venas y sólo puedo respirar a
pequeñas y breves bocanadas. Durante todo ese tiempo, el delantal cuelga sobre mis
rodillas y toca el suelo con su gran bolsillo, en el que voy guardando la mercancía.
Una vez que me he colocado en esa postura, ya no puedo abandonarla sin ningún
peligro hasta que me voy de allí; como mucho, puedo levantar del suelo uno u otro
pie como una gallina. No puedo encogerlos del todo, como haría un gallo.
Al estar en cuclillas, la hinchazón del pie me produce grandes molestias.
Intentaré, en la medida de lo posible, reposar todo el peso de mi cuerpo en el pie

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sano. Quizás el dolor ceda un poco, y no tendré ganas de gritar. En caso de que las
tenga, me meteré una patata o algo así en la boca.
El propietario de la tienda, al que reconozco por la peste a queso de sus pies, sale
una y otra vez de la tienda para amontonar todo tipo de mercancías o para coger algo
de los cajones. ¡Si será meticuloso! Lo toquetea todo sin descanso, y tengo sus pies
apestosos una eternidad justo delante de la nariz. Lo único que puedo hacer para
librarme de esa peste, aunque sea por unos momentos, es dejar de respirar, hasta que
casi me estalla la cabeza y tengo que inhalar otra vez un poco de peste si no quiero
empezar a boquear como un pez fuera del agua. No puedo hacer otra cosa mientras
ese Piesdequeso ronda por aquí.
Cuando Piesdequeso sale inesperadamente de la tienda, tengo que quedarme
inmóvil en el gesto que estuviera haciendo. Es como cuando jugamos a las estatuas,
que nos partimos de risa viendo congelados los más disparatados gestos. Con la
diferencia de que en mi situación no tengo muchas ganas de reírme.
El dolor del tobillo llega a ser tan insufrible que me meto una hoja de col en la
boca para no gritar…
Debo de haberme desmayado; cuando vuelvo en mí, sigo teniendo en la boca una
hoja de col. Presa del pánico, como una rata acorralada, intento librarme de esa
martirizante postura. Sin éxito. Se me han dormido todos los miembros, hasta los
dedos de los pies. Me silban los oídos. Siento un dolor punzante en el pecho. Me sale
sangre de la nariz y gotea encima de mis zapatos.
Ya casi es de noche. Por Dios, ¿qué hora debe de ser? ¿Y si falta poco para que
cierren la tienda y en cualquier momento empiezan a guardar la mercancía? ¡Aún no
he metido nada en mi delantal! Cojo al buen tuntún todo lo que pillan mis dedos
entumecidos, y casi desmonto los cajones.
Cuando ya estoy bien cargado, ni siquiera sé de qué, me arrastro pasito a pasito
fuera de mi escondite. Cuando finalmente consigo ponerme en pie centímetro a
centímetro, suelto un grito de dolor.
Por fortuna no hay nadie delante de la tienda, y tampoco pasa nadie por allí.
En el momento en que ya casi he cruzado la calle, una moto me embiste y me
arrastra unos treinta metros; me doy un cabezazo contra el asfalto.
El accidente es aún más idiota por el hecho de que en ese barrio el tráfico suele
ser inofensivo, y además siempre estoy ojo avizor cuando cruzo una calle. Debe de
haber sido por lo débil que estoy y por la cojera.
Cuando el motorista frena por fin, el contenido de mi delantal ha salido
catapultado en todas direcciones. Limones, pepinos, zanahorias, patatas y boniatos
han volado por los aires como proyectiles. Un pequeño frasco de mermelada se ha
hecho añicos contra la acera.
Los transeúntes se ponen a gritarle al motorista como si quisieran lincharle. El
hombre está pálido como un cadáver, baja la cabeza como un perrillo apaleado e

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intenta taparse la cabeza con los codos. En cuanto a mí, tengo un agujero en la
cabeza.
Cuando intento, sangrando, meter de nuevo los comestibles en el delantal, los
transeúntes se sienten tan conmovidos que por un instante sueltan al motorista;
ayudados por Piesdequeso, que ha salido a toda pastilla de su tienda, me llevan a casa
lo poco que queda aprovechable de la mercancía robada.

Los días de lluvia son malos para robar. Y aún es peor cuando nieva. Cuando
hiela, guardan los cajones dentro de las tiendas. De todos modos, sería imposible
meterse debajo de los cajones en plena calle helada.
Cuando una tienda está vacía, es decir, si no hay ningún cliente dentro, la única
manera de pillar algo sin que se descubra enseguida el robo es ir en pandilla. No me
gusta ir en pandilla. Cuando vamos en pandilla, el botín se divide en demasiadas
partes, y siempre hay trifulcas. Claro que también se puede entrar por la jeta en una
tienda, pillar algo y largarse a toda leche. Ese método parece muy tosco, pero
funciona gracias al efecto sorpresa. Tienes tiempo de poner tierra por medio antes de
que la gente mueva un dedo. Eso sí, hay que tener buenas piernas. El inconveniente
es que luego nunca más puedes volver a poner los pies en esa tienda.
El que consigamos algo para comer también depende del tiempo que haga.
Muchos días nos los pasamos sentados en el suelo helado de nuestra habitación, con
el estómago vacío y sin juguetes. Y es que, cuando hace un día duro de invierno, ni
siquiera podemos salir a la calle. No tenemos ropa caliente. Ni abrigos, ni guantes, ni
botas.
Dejando aparte los sabañones, puede decirse que nos hemos endurecido contra el
frío, pero mi madre está preocupada por todos nosotros, ya que Arne tiene asma.
Achim ni siquiera sabe lo que es un resfriado. Inge es como una roca.
Mi padre no ha estado enfermo en su vida, y mi madre nunca ha tenido un abrigo
de invierno. En cuanto a mí, me caigo siempre de morros cuando corro demasiado
rápido, pero tampoco he estado nunca enfermo.
Me quedo junto a la ventana, como un animal enjaulado del zoo que se alza sobre
las patas traseras apoyándose en los barrotes de la jaula.

¡Si al menos esta casa miserable no apestara tanto! Todos los rincones despiden
un olor a podrido tan fuerte que llego a preguntarme en serio dónde habrá escondido
el dueño a su madre muerta para ahorrarse los gastos del entierro. Si será cabronazo,
que incluso cuenta las manzanas de los dos achacosos manzanos, las fresas de los
pringosos parterres y las moras de los raquíticos arbustos.
El día en que se da cuenta de que hemos empezado a robar, arremete contra las
plantas como un jabalí. Tiene tanto miedo de no poder cosecharlo todo ese mismo día

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que se traga la fruta a manos llenas mientras anda, sin masticar. Y reniega como una
vieja, con lágrimas en la voz, diciendo que le hemos engañado.
Recoge las manzanas aunque están completamente verdes. Aunque nadie pueda
comérselas en ese estado sin coger una ictericia.
Pero ese malasombra es además usurero, chantajista y una verdadera sanguijuela.
¡Le quita a mi madre la alianza del dedo! ¿Qué podemos hacer? No tenemos elección.
No podemos pagar el alquiler. No tenemos nada que llevarnos a la boca, ni nada para
calentarnos. Él lo sabe. También sabe que yo robo. Basta con que cuente lo que sabe,
y estamos listos. Es un círculo vicioso. Si mi madre consiente en que tome la alianza
a crédito, acabará por venderse entera. Si lo rechaza, nos moriremos de hambre y de
frío porque el tipo nos echará a la calle. O nos denunciará. O las dos cosas. ¿Cómo
acabará todo esto? ¿Tendrá que acostarse mi madre con él? Creo que es el miedo que
siente a acabar haciendo la carrera lo que la hace soportar todas las humillaciones.
Primero le suplica que al menos le deje la alianza. Dice que está dispuesta a firmarle
un pagaré. Él le contesta que no se asuste si a pesar de ello le quita el anillo. Es lo
normal en cualquier préstamo. De modo que el muy canalla le quita la alianza del
dedo. A mi madre se le queda grabada en el dedo anular una marca circular, algo más
clara que el resto de la piel, que es más morena.
Cada mañana nos levantamos picoteados por las chinches. Tenemos inflamada
hasta la cara. Me digo a mí mismo que son picadas de mosquito, así no resulta tan
asqueroso. Están por todas partes. En el colchón viejo, que le compramos al trapero,
en el sofá pedorreado, y sobre todo detrás del pútrido papel de las paredes. Enormes
caldos de cultivo. La cama y las paredes están llenas de manchas de sangre, como si
nos hubiéramos asesinado los unos a los otros. Al fin y al cabo es nuestra sangre lo
que chupan y lo que salpica y lo mancha todo cuando revientan contra la pared bajo
el peso de nuestros cuerpos o cuando las chafamos entre los dedos.
Las cucarachas adultas llegan a tener el tamaño de pequeños sapos. Las
quemamos vivas. Claro que corren tan deprisa que generalmente sólo podemos
quemarles el culo. Los pececitos de plata los pisoteamos en vano. Son demasiados.
No tenemos cuarto de baño. Nos lavamos debajo del grifo de la cocina o en la
fuente de la calle, con jabón de sosa o con arena. A veces, en invierno, cuelga un
témpano del grifo. Entonces lo arrancamos y nos lavamos con él. No tenemos agua
caliente. Cuando mi madre calienta agua, suele ser para los sabañones. Los inviernos
son tan espantosamente fríos que dormimos vestidos. Para curarnos los sabañones,
metemos las manos y los pies en agua hirviendo. Eso provoca un dolor tan intenso en
los sabañones que no podemos hacer otra cosa que gritar. Pero ese método curativo
no nos sirve para nada. Los sabañones vuelven a abrirse, a supurar y a picar, incluso
durante el verano.
Nuestro retrete es un agujero con una tapa. Cuando levantas la tapa, casi te
desmayas de la peste a meados y a mierda. Resulta más higiénico mear en la calle.

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También prefiero cagar entre los arbustos. Una vez me meé dormido encima de mi
hermana, porque estaba soñando que ella era un árbol.
No tenemos luz eléctrica. Sea porque no está dada la corriente, o porque no está
hecha la instalación. En cualquier caso, nunca he visto una bombilla encendida en
casa. Nos hemos acostumbrado, y con el tiempo se nos ha despertado un sentido de la
orientación comparable al de los murciélagos.
Siempre tenemos hambre. Aunque pudiera robar cada día, no nos hartaríamos
todos.
La sanguijuela guarda bajo llave todos los comestibles, por no hablar del dinero o
de los objetos de valor. Todas las puertas y los tragaluces están cerrados con
candados, y día y noche lleva un manojo de llaves encima, como si fuera un
carcelero; nunca se aleja lo bastante para perdernos de vista, e incluso cuando sale a
comprar sólo está fuera un momento.
Cuando conseguimos algo de carbón y podemos encender el fuego, nos
acurrucamos junto a la estufa, apretando contra sus baldosas las manos y pies llenos
de sabañones, y a veces también la boca.
Mi madre se mata a trabajar por nosotros de la mañana a la noche y aún da
gracias de poder lavar la ropa sucia de otra gente por unos míseros groschen[2]. Su
desesperación se manifiesta en violentos estallidos:
—¡Estoy de más en este mundo! ¡Ni siquiera soy capaz de dar de comer a mis
hijos! ¿Y tú? ¿Por qué estás sin trabajo? Y cuando encuentras uno, ¿por qué no te
puedes morder un poco la lengua? ¿Por qué tuve que conocerte precisamente a ti?
¡Nos mudamos de pocilga en pocilga y vivimos como cerdos! ¡¡¿Por qué…?!!
A veces pienso que no pasará mucho tiempo antes de que mi madre se venga
abajo definitivamente. Al hacer cualquier cosa, tiembla de tal modo que todo se le
cae de las manos. ¿Qué pasará si empeora su estado?
Cuando mi madre estalla, mi padre no dice ni pío. Aguanta todos los insultos y
acusaciones. Cuando mi madre, desesperada y desfallecida, se calma un poco y deja
de insultarle, mi padre la coge en brazos.
Cuando por las noches nos tortura el insomnio, debido a que nunca podemos
estirarnos a gusto y se nos atrofian los huesos, mi padre sale sin hacer ruido de la
habitación, para dejarnos su trozo de cama. Muchas noches se las pasa enteras
sentado en una silla o vagando perdido por las calles. Nunca se va al bar ni gasta
ningún dinero para sí mismo, ni siquiera para una cerveza.

Nochebuena. La fiesta de la paz y de la alegría. La habitación está helada, y tan


oscura que no nos vemos las caras. Nadie dice una palabra. Apenas se oyen las
respiraciones. Sin embargo, sé que están todos aquí.
Durante las últimas semanas he visto a la gente cargando con abetos y paquetes
de la mañana a la noche. Ahora, desde nuestra ventana, puedo ver tras las cortinas de

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las casas de en frente las velas encendidas sujetas a los abetos, las bolas de colores,
las relucientes guirnaldas, las tiras de papel plateado y dorado y las estrellas
transparentes pegadas a los vidrios de las ventanas.
He robado un abeto raquítico, pero no tenemos velas ni ningún otro adorno de
quincalla para decorar el arbolito. Ni siquiera un pedestal de hierro en el que hincarlo
para que se mantenga en pie. Está apoyado, macilento, en un rincón, como un niño
jorobado al que hubieran castigado de cara a la pared.
El único adorno de nuestra ventana es la reluciente escarcha que cubre
profusamente el vidrio con millones de delicadísimos cristales, formando una serie
inagotable de dibujos, mucho más bonitos que las cortinas más caras.
Intento imaginarme lo caliente que debe de estarse ahora en las otras casas, en las
que la gente quizás anda sobre alfombras. Me imagino lo que se cuece en la cazuela y
se asa en el horno. A qué huele. Cuántos regalos se han abierto ya y cuántos yacen
aún, enigmáticos, bajo las cargadas ramas, envueltos en un mágico papel brillante…
y de repente me encuentro abriendo todos esos regalos: me maravillo ante el tablero
de parchís, el mecano, el barco de vapor, el juego de damas… Me pongo los patines
de ruedas y los de hielo en los pies desnudos… Me siento con el culo al aire en el
flamante trineo y hago que me arrastren un trecho por encima de la alfombra persa…
Me aprieto contra las mejillas el jersey de lana, suave como plumón de polluelo…
Me pruebo los guantes, aspiro hondamente el olor de cuero fino de mis botas nuevas,
beso las suelas de piel auténtica, y me las llevo a la cama… Lloro con la historia de la
pequeña cerillera y me río con Max y Moritz[3], el Struwwelpeter y la viuda Bolte…
Estoy tan enfrascado en el libro de cuentos que no vuelvo a la realidad hasta que el
juego de correos me cae encima de los pies. Sello con el tampón todo lo que puede
sellarse y le pego a mi padre en la calva un diminuto sello de juguete.
Beso a mi oso de peluche en la boca y en los ojos, toco el tambor de hojalata y
disparo con la escopeta de aire comprimido… Toco el acordeón y la armónica y le
arranco estridentes notas a la trompeta de jazz… Instalo los raíles curvos del tren
eléctrico Märklin en torno a las patas de la mesa y de la cama, y los rectos por toda la
casa iluminada y cálida… Galopo a lomos del caballo de madera pintado de vivos
colores, hasta que me da vueltas la cabeza… Casco nueces, engullo sin parar
alfajores, lebkuchen y mazapanes, y mastico guirlache, spekulatius, bollos con pasas,
dátiles, higos, y todos los adornos comestibles del árbol… Dejo que la tierna pasta de
las galletas de mantequilla y las rosquillas se deshaga lentamente en la lengua antes
de tragármelas… ¡Alto! ¡El asado de ganso! ¡¡Cómo he podido olvidarme de él!! ¡A
mí me toca un muslo! Qué digo un muslo, los dos… Arranco las dos alas y la
pechuga y me lo meto todo en el buche junto con montañas de col lombarda y
manzanas asadas. La salsa me la bebo a cucharadas… Aún he de tragarme unas
cuantas patatas, patatas cocidas, sin salsa ni nada… Quizás ha sido exagerado
beberme a cucharadas la grasienta salsa. En cualquier caso, estoy lleno a reventar. Me
duelen las muelas de comer golosinas y de cascar nueces con los dientes. Tras eructar

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y tirarme un pedo, me duermo en el país de jauja, mientras palomas asadas intentan
meterse en mi boca que ronca y salchichas y jamones enteros caen de los árboles
como frutas maduras…
Cuando me despierto en el frío suelo y oigo llorar a mi madre, aún es de noche.
Me doy un golpe en la cara con la mano para comprobar si estoy soñando. Duele. Por
lo tanto, estoy en la realidad. Mis ojos han vuelto a adaptarse enseguida a la
oscuridad. Mi madre no debe de estar muy lejos de mí. Así es. Está sentada junto a la
mesa, con la cara sepultada entre las manos. Me acerco a ella para acariciarla.
Cuando tiendo la mano tanteando hacia ella, tropiezo con mis dos hermanos, que
están aferrados a sus muslos. Mi hermana duerme de pie, con una mejilla sobre la
mesa. Junto a la ventana se recorta en la noche la silueta de mi padre, que, inmóvil,
parece mirar fijamente la nieve.

El usurero le ha exigido a mi madre que se acueste con él si quiere que le


devuelva la alianza y que no nos denuncie. Y mi padre, que tiene la bondad de
Jesucristo, le ha partido la boca a ese cerdo con sus gigantescos puños, como de un
hachazo.
Ahora estamos en la calle con nuestros harapos metidos en cajas de cartón.
Gracias a Dios, es primavera. Me lleno los pulmones de aire fresco, como si hubiera
estado enterrado en vida.
Las cuatro de la madrugada. Desde que nos han echado de la habitación, estamos
en la calle yendo de fonducha en fonducha. Nadie nos quiere. Les basta con ver
nuestro «equipaje». Tampoco quieren niños. Y, además, cuatro. ¡Y con la pinta que
tenemos!
Ahora mi padre lo intenta solo. Cuando llama al portero de noche, los demás nos
escondemos. Se pone el «monóculo» en el ojo, porque está convencido de que así
causa impresión. Pero es una tontería. No lleva sombrero y hace días que no se afeita
la barba ni la calva. Parece un preso fugado. Además los porteros se mosquean
enseguida cuando alguien llega de madrugada sin maletas, y todos, sin excepción,
quieren cobrar por adelantado. O sea que mierda. Extenuados, nos tambaleamos,
como borrachos, de cansancio y de hambre.
Por fin, a las siete, nos cogen en una pensión de mala muerte junto a la estación
de Stettin. Otra vez los seis en una habitación y en una sola cama. A mi madre le
viene la regla, y tiene una verdadera hemorragia. Seguramente debido al agotamiento.
Hay que tenerla con las piernas levantadas, y ocupa la mitad de la cama. De todos
modos, no podríamos dormir. De hambre. Además estamos demasiado irritados. No
hacemos más que darnos codazos, que duelen como si tuviéramos una herida. Mis
hermanos no irán a la escuela. Al menos hasta que tengamos alojamiento. Nunca he
robado en este barrio, y primero tengo que orientarme. Además hay un tráfico

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tremendo, y no me dejan salir a la calle. Cuando no soportamos más el hambre,
enviamos a Arne a pedir migajas de pan en una panadería. Pero vuelve sin ellas.
El ruido de la calle es insoportable. El humo de la estación, lo mismo. Y, además,
la lucha por cada mendrugo de pan. ¡Dinero! ¡¡Dinero!! ¡¡¡¿De dónde debe de
salir?!!!
Hoy, durante el día, Inge, Arne y Achim duermen en la cama, porque han pasado
la noche en el suelo. Siempre nos turnamos: una vez en la cama y la siguiente en el
suelo.
Mi madre se queda parada, como si luchara consigo misma para tomar una
decisión. Luego, resuelta, entra en una panadería y me compra dos schnecken por
diez pfennigs. Era la última moneda que le quedaba. Ahora tenemos que recorrer a
pie el trayecto del tranvía. Ella se niega obstinadamente a pegarle un bocado a uno de
los schnecken.
Llueve a cántaros. Delante del hotel tropezamos con mi padre. Lleva varios días
sin comer. Mi madre se quita los zapatos y los vende en una tienda de objetos usados,
cerca del hotel. Le dan dos marcos por los zapatos. Compramos un warschauer y una
botella de litro de cacao frío y nos lo llevamos todo al hotel.
Los warschauer están hechos de pedazos, a menudo quemados, de bizcocho, de
las migas que se desprenden del pan y las pastas, y de lo que los panaderos recogen al
barrer el suelo y limpiar el mostrador. Hacen una masa con todo ello y la meten de
nuevo en el horno para que tome consistencia. Un warschauer como es debido, que
tiene el tamaño de un pan de molde y que debe comerse con cuidado para no tragarse
pelos de escoba, astillas de madera o metal, jirones de papel o incluso cristales, cuesta
unos 20 pfennigs.
¡Mi padre tiene trabajo! ¡Nos vamos de la pensión! Pallasstrasse. El tercer patio
trasero. El piso es un hallazgo. El antiguo inquilino se ha suicidado. Para nosotros es
un paraíso. Una habitación. Un metro de pasillo. Una cocina, y una letrina que
compartimos con los demás inquilinos. También tenemos una estufa de carbón.
Cocinamos con gas. La cocina es automática, se echa un groschen y ya se puede
empezar a cocinar. Cada mes los de la compañía del gas abren las cocinas
precintadas, recogen los groschen y vuelven a precintarlas. El antiguo inquilino hizo
todo el trabajo en lugar de la compañía del gas. Él mismo rompió el precinto, sacó los
groschen, los echó de nuevo y se gaseó. Ahora él está en el depósito de cadáveres y
nosotros en su piso. Es otro nido de chinches. Arrancamos el papel de las paredes,
matamos los huevos con insecticida y luego lo enyesamos todo. Al principio
dormimos en el suelo. Luego le compramos al trapero una vieja cama de hierro y un
colchón viejo. También está lleno de chinches. Le hemos echado tanto insecticida en
el relleno que, si nos acercamos a él durante el día, caemos también como chinches.
La peste a veneno es indescriptible. Dejamos la ropa doblada en un rincón del pasillo.
La ventana de la habitación da directamente al patio de la Escuela Primaria 22, en la
que se matriculan Inge, Achim y Ame.

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Arne está tan mal del asma que al subir las escaleras de casa se pone azul como la
tinta. Mi padre roba en la farmacia el medicamento que ella necesita, que es bastante
caro. Cada día Arne tiene que comerse a cucharadas unos polvos amarillos que
vienen en un gran bote. Los otros envidiamos esos polvos porque son algo de comer.
Mi madre tiene que esconderlos para que no nos los comamos.
Me meten en una residencia infantil, porque todavía no voy a la escuela, y para
que los otros tengan más comida y más sitio para dormir. Pero sobre todo porque mi
madre cree que en el hogar social para niños tendré al fin bastante comida y juguetes
para jugar y una cama para mi solo. A ese hogar para niños, que en realidad es una
especie de correccional, yo lo llamo infierno para niños.
Los sicarios que nos «atienden» nos dan bofetadas a los niños pequeños y nos
pegan bastonazos en las manos, las pantorrillas y la cabeza si no somos capaces de
tragarnos la bazofia que nos dan. No entiendo qué lleva a esos verdugos a obligarnos
a tragar grumos asquerosos de grasa cuyo monstruoso hedor o simple visión ya me
hace vomitar.
Uno de esos brutos pone ante mí, en la mesa, un plato de sopa El plato está lleno
hasta los bordes, y la sopa se derrama porque la guarra de la carcelera tiene el pulgar
metido hasta la muñeca en el caldo gris en el que flotan, como cadáveres en el agua,
blancos e hinchados grumos de grasa. Por poco vomito.
Tenemos que quedamos sentados hasta que terminemos de comer, aunque se haga
de noche. Un niño se ha pasado la noche entera sentado frente a la mesa a la
intemperie. Esta mañana estaba muerto. El porqué no lo sabemos.
No me trago los grumos de grasa. No puedo. Los guardo durante horas en la boca,
como una ardilla. Ni siquiera me trago la saliva que se me acumula en la boca, para
no sentir de ningún modo el gusto de la grasa, que me haría vomitar. Y sólo respiro
por la boca, para no utilizar los nervios del olfato. Apenas me muevo. La más leve
corriente de aire provocada por un movimiento haría que aumentaran las náuseas y
que tuviera que vomitar esa bazofia.
—¿Qué, hemos domado por fin a este diablillo? ¿Hemos roto su resistencia?
Como tengo la boca llena de grumos de grasa, ni siquiera puedo responder que le
deseo a la guarra de la carcelera una muerte lenta y atroz.
—… No dices nada. ¿No será que no te lo has tragado todo? A ver. ¡Abre la boca!
Esto ya pasa de castaño oscuro. Le vomito directamente en toda su sucia cara. Lo
vomito todo, incluso lo que tengo en el estómago. Toda esa mierda sale a borbotones
de mi garganta descoyuntada como de una bomba para estiércol, hasta que casi se me
desgarran las entrañas y ya no puedo bombear nada más.
Me retuerzo entre convulsiones y echo a correr gritando, mientras la mala bestia
casi se ahoga en mis vómitos y me maldice chillando hasta no poder más.
Ahora esos chacales se han desplegado para echarme el guante. Grito y grito…
¿Qué ganan torturándonos de ese modo? No hacen más que torturarnos. Jamás una
sonrisa cuando estamos angustiados. Jamás un consuelo cuando estamos tristes. Ni

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una palabra amable cuando añoramos a lágrima viva a nuestras mamas. Grito hasta
que todos me cogen miedo. Deben creer que me he vuelto loco. La verduga jefe hace
venir a mi madre. Grito y grito, no puedo parar de gritar…
Cuando llega mi madre casi he enloquecido. Me agarro a ella. Quiero volver a su
vientre. Nos abrazamos con tanta fuerza que volvemos a ser un solo cuerpo, y
sentimos dolor cuando separamos de nuevo nuestros cuerpos y me marcho, cogido de
su mano, del infierno para niños.
Mi madre tiene trabajo. En casa. Cose bolsas para objetos de tocador. Le dan
entre 15 y 20 pfennigs por una bolsa terminada. En la tienda, esas bolsas cuestan 20
marcos. Es decir, cien veces más.
Primero necesita una máquina de coser. Ni hablar de una nueva. Mi madre se
decide por una vieja Singer. Pagamos los 35 marcos en dieciocho meses. No es
eléctrica, por supuesto. Para mantenerla en marcha hay que darle sin parar con el pie.
Sin embargo, el mayor problema es la máquina en sí. Hace tanto ruido que nuestros
vecinos de la derecha y de la izquierda, de arriba y de abajo, protestan porque no
pueden dormir por la noche. Porque no pueden oír la radio. Porque ni desayunan en
paz ni almuerzan ni cenan en paz, y ni siquiera hay silencio en la letrina. Pican en las
paredes, golpean el techo de la habitación, dan patadas en el suelo, berrean por las
ventanas, llaman como locos al timbre de nuestro piso, escriben cartas amenazantes y
se quejan al casero. Todo por la máquina de coser, ya que mi madre no deja de coser
hasta que no se le hinchan las piernas de tanto accionarlas y cae desfallecida de
cansancio encima de la máquina. Se despierta en esa posición y sigue trabajando.
Cuando se acerca un plazo de entrega, sólo abandona su sitio ante la máquina de
coser para ir al lavabo. También se alimenta junto a la máquina. Cocina mi hermana.
Ratatatatatá… ratatatatatá… La máquina de coser se convierte en una pesadilla no
sólo para los demás inquilinos, sino también para nosotros. Por la noche nos despierta
el ruido de la máquina. Eso, si conseguimos dormirnos. Lo primero que oímos por la
mañana es la máquina de coser. La única música, que nos sale al encuentro ya en la
escalera cuando volvemos a casa: el repiqueteo de la máquina de coser.
Extendemos pilas de papel de periódico por el suelo para aliviar el martirio. Pero
no sirve de mucho, y pronto tendremos que marcharnos también de este piso. Y es
que la máquina de coser, a excepción de los exiguos ingresos de mi padre, es nuestro
único sustento.
Vivimos en constante enemistad con todos los inquilinos Es comprensible. Todos
son obreros que tienen que levantarse pronto y necesitan dormir. Incluso a los niños
nos echan miradas de odio, como si fuéramos culpables de tener que ayudar a mi
madre a coser por la noche, en lugar de dormir. Nunca dormimos una noche entera,
sino sólo a intervalos de una o dos horas. Trabajamos por turnos. Dos niños se echan
en la cama con mi padre, y los otros dos se sientan en el suelo junto a la estruendosa
máquina de coser y se van pasando las distintas piezas, ya cosidas y pespunteadas,
después de cortar a ras de costura el forro de goma que sobresale o arrancar a

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mordiscos los hilos que cuelgan. Es una auténtica cadena de montaje, y nadie puede
perder el ritmo ni dormirse de cansancio mientras la máquina siga repiqueteando.
Mi padre se mete tapones de cera en los oídos. Tiene que levantarse a las cinco de
la mañana. La farmacia está a cuarenta kilómetros de distancia, y el viaje en tren dura
aproximadamente dos horas.
Cuando están terminadas las bolsas —cincuenta, cien o quinientas, según el
pedido—, hay que empaquetarlas en enormes bultos y llevarlos al lugar de entrega.
Normalmente está lejos, y sólo se puede ir en tren de cercanías, en tranvía o en metro.
Uno u otro de nosotros acompaña siempre a mi madre, porque ella no puede cargar
sola con los paquetes.
Los días de entrega, lleva a su acompañante al Woolworth o al KDW[4]. Subimos
a la sección de comestibles y comemos salchichas vienesas calientes con ensalada de
patatas y mucha mostaza, y, para postre, tambaleante götterspeise verde, roja y
amarilla.
Los días de entrega de las bolsas son al mismo tiempo los días en que le dan los
nuevos encargos.
Las mujeres hacen cola en una escalera, delante del almacén donde el tratante de
esclavas coge la mercancía e imparte nuevos encargos. Ahora mi madre está dentro.
Yo espero en la cola con las demás mujeres. Cargadas con sus enormes paquetes,
parecen una interminable hilera de cuerpos soldados entre sí. Una hilera de carne
humana. Una hilera que suda, desprende un olor penetrante, se retuerce, se encabrita,
aúlla en silencio. La mayoría no se conocen, jamás en la vida se han visto. Algunas
están sentadas en los escalones. Otras se apoyan en la pared. Todas han pasado la
noche en vela. Unas pocas hablan entre ellas con voz apagada. Otras fuman
ensimismadas, clavando los ojos en el vacío. Mujeres de todas las edades y estaturas.
Una gorda, sin duda no por exceso de comida, que jadea intentando atrapar algo de
aire. Otra de enormes caderas y ubres caídas, ordeñadas hasta la sequía; por lo menos
debe de haber parido y amamantado a diez hijos. Pela una naranja con los dientes y
escupe las mondaduras a su alrededor. A mi lado, una furcia joven de incógnito, con
muslos pletóricos, culo respingón y vientre abultado bajo la falda ceñida y un poco
demasiado corta, con un pliegue tosca y torpemente arreglado. Las manchas de sudor
de los sobacos se extienden hasta las orondas y oscilantes tetas, cuyos largos y duros
pezones perforan como clavos la pringosa blusa de seda artificial. Se retoca los
abultados labios con un lápiz que despide un olor sofocante. Una vieja demacrada, de
pelo blanco como la nieve, se agarra al pasamano de la escalera para no caerse. Dos
mujeres sientan con cuidado en los escalones a una embarazada, que espera también
con un paquete enorme. Le abren el vestido para que respire mejor. Pero el oxígeno
del aire está completamente quemado, y respirar resulta doloroso.
—¡Si no está contenta, váyase a hacer la calle!
El tratante de esclavas ruge esas palabras al otro lado de la puerta cerrada.

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Un leve temblor recorre la hilera humana. Los ojos de las mujeres adquieren un
peligroso brillo plomizo. La joven furcia que está junto a mí se ríe silenciosamente
entre dientes. Las costuras de la falda están a punto de reventar. Sigue retocándose los
labios.
—Lo peor es la humillación —jadea la gorda.
—¿Por qué? —responde la furcia—. Ganamos una experiencia.
—O nos quedamos preñadas —dice una mujer de anchas caderas.
—¡Tía cerda! —susurra una de las dos mujeres que abanican a la embarazada
sentada en la escalera.
Mi madre sale por la puerta. Mientras me arrastra a toda prisa escaleras abajo, se
arregla turbada el vestido, que se le pega al cuerpo.
Hace rato que estamos en la calle y seguimos corriendo. No hablamos. Me limito
a agarrarme con fuerza a su fuerte mano y a besársela mientras corremos.
Llegamos al Woolworth y nos comemos a toda prisa unas salchichas vienesas, tan
calientes que queman, con mucha mostaza, ensalada de patatas y tambaleante
götterspeise verde, roja y amarilla.
Ratatatatatá… ratatatatatá… ratatatatatá… El repiqueteo de la máquina de coser
lo inunda todo.
Para que mi madre no tenga que cargar conmigo todo el día, paso medio día en el
parvulario de la escuela primaria a la que van mis hermanos. Allí nadie se ocupa de
nosotros. No hay libros de cuentos ni juguetes. A la hora de bailar en corro, nos
arrastramos en círculo sin ningún interés, como viejos enanos. La maestra se pinta las
uñas, se mete constantemente en el lavabo y coquetea con el primero que pasa. Sólo
nos despertamos una vez al día, cuando nos dan algo de comer. El resto del tiempo
rondamos apáticos por el aire viciado y nos contagiamos la tos ferina los unos a los
otros.

Por fin me dejan salir otra vez solo a la calle, y empiezo a explorar el barrio. No
faltan tiendas donde robar.
Robo en los mercados y en los grandes almacenes. Robo comida, ropa de vestir,
ropa interior, juguetes, libros, pintalabios para mi madre y una muñeca para mi
hermana. Para mi padre robo ligas de calcetines, unos tirantes, una corbata y unos
gemelos, que siempre se le caen y nunca encuentra con su jodido monóculo. Para mis
hermanos robo un balón de fútbol y, cuando alguno de nosotros cumple años, en el
parque robo lilas, rosas o margaritas, según la estación.
Ya voy a la escuela. Creo que las maestras se ponen cachondas cuando nos hacen
inclinarnos para que los pantalones cortos se tensen sobre nuestros culos antes de
pegarnos con la vara. A veces nos agarran las nalgas. Se acercan mucho y huelen a
pescado. ¡Me gustaría bajarle las bragas a una de esas putas maestras y darle una
paliza en el culo al aire hasta que la vara se haga pedazos!

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No sé qué asignatura me crispa más los nervios. ¡Es insoportable!
El profesor de religión me llama a la tarima después de apuntarme una buena nota
en el libro de la clase. Me promete la nota más alta y me da tres caramelos.
—¿En qué religión estás bautizado, hijo mío?
(¡Qué cosas se le ocurren, llamarme hijo suyo!).
—En ninguna.
—¿En ninguna?
—En ninguna. No estoy bautizado.
—¿Será posible…? ¿Y cómo es que te sabes el Nuevo Testamento entero de
memoria?
—Todo lo aprendo rápido.
—Pero, por amor de Dios, ¿cómo puedes ir a la iglesia si no estás bautizado?
—No he estado nunca en una iglesia.
—¿Y tus padres?
—¿Cómo quiere que lo sepa?
—¿Tus padres te han prohibido ir a la iglesia?
—No.
—¿Qué dicen tus padres sobre la iglesia?
—Mi padre se enfada mucho cuando oye las campanas de una iglesia.
—¿Y tu madre?
—Mi madre dice que vosotros hacéis rabiar al Niño Jesús.
Estoy convencido de que el profesor de religión me habría quitado los tres
caramelos —que me he metido enseguida en la boca— si no los hubiera chupado ya
hasta dejarlos diminutos.
Borra la buena nota del libro.
Como en el piso actual tampoco tenemos cuarto de baño y nos lavamos en la
cocina, mi hermana empieza a ruborizarse. Ya tiene un culo bien puesto, y hace
tiempo que la camiseta de algodón le viene demasiado estrecha para esas tetas que se
empinan impacientes. En las bragas de algodón se le marca claramente el clavel
reventón bajo su vientre infantil.
Prácticamente vivo en la calle. En invierno, cuando estamos congelados, nos
echamos encima de los respiraderos del metro. Cada vez que un convoy pasa
estruendoso por debajo del asfalto, una corriente de aire hediondo pero caliente sale
impulsado por la reja y deshiela por unos instantes nuestros cuerpos. En verano, el
asfalto está que arde, y hace bochorno en la calle. En las piscinas públicas hay que
pagar entrada. El lago de Wannsee, esa piscina de las masas, en la que entramos
trepando por las alambradas de púas, está a veinte kilómetros, y el viaje cuesta
dinero. Los lagos del Havel también están demasiado lejos. En el lago de Grünewald
apenas se cabe, de tanta gente como hay. Las llamadas «bañeras de los niños» están
más negras que un baño de fango y más calientes que los orines; a veces ves un
cagarro flotar hacia ti, a la altura de tu boca. Pero no faltan posibilidades. Colgados

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de la parte trasera de un tren de cercanías, podemos viajar por todo Berlín y aun
mucho más lejos. Cuando se acerca otro tren en dirección contraria, hay que apretarse
bien fuerte contra la puerta cerrada de la que se está colgado, para no acabar
aplastado entre los dos trenes.
A veces nos tumbamos junto a la acera y dejamos que nos duchen los camiones-
cuba del servicio de limpieza de la ciudad. El agua está fría y aún no está reposada,
porque la utilizan nada más bombearla.
Cuando el camión nos ha rebasado, echamos a correr tras él, lo adelantamos,
volvemos a tumbarnos junto a la acera antes de que pase, y así una y otra vez hasta
que se va.
Los conductores de los camiones-cuba detestan ese juego, y si nos pillan nos dan
patadas en el culo. Durante uno de esos baños, otro niño de la calle se desangra
literalmente en el sumidero. Está tendido junto a la acera, y yo voy a echarme a su
lado, cuando de pronto se incorpora. Uno de los extremos de la cañería, sujeta por
uno de los lados al camión y de donde brota el agua por centenares de pequeños
agujeros, le siega la yugular.
El pulmón de los berlineses son sus huertos comunitarios. Son la madre de la que
amamantan. Yo también.
Hay tantos huertecillos en las afueras de Berlín que me resulta imposible
contarlos. Los hay a miles. Los conozco casi todos y prácticamente en todos he
robado fruta.
Meterse en un huerto ajeno resulta trabajoso. Y también inquietante. El mayor
problema son los perros. Hay huertos delante de los cuales ni siquiera puedo pararme
a tomar aliento sin que un perro me enseñe enseguida los dientes. Otros corretean de
aquí para allá por detrás de las verjas, aullando enronquecidos con el hocico lleno de
espuma, como si tuvieran la rabia. Esos perros se mueren de ganas de hincarle el
diente a algo. A ser posible a una persona, claro está.
Pero la clase de perro más peligrosa, con diferencia (todos, sin excepción,
pastores alemanes), es el que ni ladra ni te da ninguna posibilidad de defenderte, ya
que no te ataca en absoluto. Se limita a mirarte. Todo el rato. Con sus penetrantes
ojos ambarinos. Ojos de lobo. Te vigila. Controla todos tus movimientos. Ay de ti si
te mueves. Y Dios te ayude si se te ocurre intentar largarte disimuladamente. Apenas
puedes respirar. Ni hablar de echar a correr. Sería un chiste malo.
Lo que hay que hacer con esos magníficos perros es hablarles. Por supuesto, en
voz baja. Primero de modo que apenas te oigan, pero lo bastante alto para despertar
su curiosidad. Aún no conviene hablar claramente, no conviene que entiendan todavía
lo que dices. Deja que se calienten los cascos, tenles en suspenso. Luego hay que ir
entrando poco a poco en el quid de la cuestión. Tienes que despertar su curiosidad,
tienes que intentar conmoverles…
… Me pongo a llorar para enternecerle. Lloro con tanto realismo que se me saltan
las lágrimas. A él la escena le resulta embarazosa, y se me acerca. ¡Mira por dónde!

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Este perrito encantador hasta me lame las lágrimas. Me gustaría llevármelo, pero él
no conseguiría superar la alambrada de púas. Y no puedo lanzarlo al otro lado, pesa
demasiado para eso.
La última vez salí bien librado. Esta vez no. Me he pasado toda la noche
rondando un huerto como una pantera. Ni un ladrido. Ningún perro ha dado señales
de vida. Son las tres y media de la madrugada. El sol se despereza como un cuerpo
desnudo por entre los rostros ebrios y calientes de los enormes girasoles, y ahora ya
se aprecian con claridad los contornos de las cosas. Hace tiempo que le tengo echado
el ojo a este huerto, porque en él hay un arbolito cargado de las manzanas más
grandes que he visto en mi vida. Son tan grandes como mi cabeza y cada una pesa un
kilo por lo menos.
Esas manzanas ejercen sobre mí una mágica atracción. Hace varias noches que no
duermo, por miedo a que el propietario se las lleve a su casa. Tendré que arrancarlas
una a una. No puedo hacerles daño. Están tan relucientes que parece que su dueño les
haya sacado brillo.
Me acerco al arbolito olfateando en todas las direcciones como un indio. Qué
poquita cosa es, pienso. Pasa como con las mujeres. Algunas, aun siendo más bien
canijas, tienen enormes tetas lecheras, se quedan embarazadas al primer polvo que
echan y paren hijos robustos.
Empiezo a extender las manos hacia las manzanas… Entonces me viene a la
mente uno de los perros de Der Soldat und das Feuerzeug, y es que justo delante de
mí ha aparecido un perro gigantesco. ¡No puede ser! ¡Tiene el tamaño de un ternero!
No le he visto acercarse, tan fascinado me tenían las enormes manzanas. Además, es
que no se ha acercado. Estaba echado bajo el arbolito hacia el que yo me dirigía. Para
cerrarme el paso, le ha bastado con levantarse. No ladra, no gruñe. No hace ningún
ruido. Me mira en silencio. Clava sus rubios ojos de ámbar en los míos.
Todavía tengo el brazo extendido en el aire. No puedo bajarlo. El ternero no lo
permite. Ese gigante se empeña en que no baje el brazo. No me permite
absolutamente ningún movimiento. Se limita a levantar los belfos como si
desenvainara un arma. Sabe que con eso basta. Los colmillos que enseña deben de
medir sus buenos tres centímetros.
¿Qué hago? No puedo quedarme parado aquí eternamente. Mi situación es tan
desesperada que, por muy paradójico que parezca, reprimo a duras penas una risa
histérica. ¡No te rías ahora!, pienso. Podría tomárselo como una ofensa. Las enormes
manzanas relucientes se balancean lentas sobre mí, como para mayor escarnio, como
si, meneando la cabeza, dijeran: Mira que eres inexperto. El brazo levantado empieza
a dolerme. Me da un calambre. Cuando el brazo cae por sí solo, el perro se me echa
encima.
Para ser un chico de doce años, no soy lo que se dice un enclenque, pero su
simple peso casi me tumba. Intento agarrarme a él todo lo fuerte que puedo. Apenas
consigo rodearlo con los brazos. Tiene la piel de un oso. Es imposible luchar con él.

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Sus dientes se cierran como un cepo en torno a mi antebrazo. No clava los dientes
demasiado hondo, pero estoy atrapado. Aunque tengo ganas de estrangularlo, no lo
odio. Es demasiado bonito. Tampoco creo que él me odie. Se limita a hacer su
trabajo.
Ahora, la cara de mi contrincante está justo delante de la mía. Nuestros labios casi
se tocan. Entonces, desesperado, le muerdo yo también. Primero en los belfos. Noto
en mi boca la carne caliente y babosa. Como eso no sirve de nada, le muerdo el
hocico hasta que pega un aullido y el cepo de sus dientes se abre por un instante. Mi
salvación es el grueso mango de una pala que cae a mi lado en el fragor de la pelea.
Agarro el mango de la pala y se lo incrusto de través entre los dientes abiertos,
bloqueándole la boca. Muerde el mango con tal fuerza que ya no puede sacar los
largos y afilados dientes de la madera. Por fortuna siempre llevo cordel en el bolsillo
de los pantalones. Con un brazo le hago una llave de lucha libre, sujetándole la
cabeza, incluido el mango de la pala que tiene mordido, y con la mano libre le amarro
las dos mandíbulas. Me paro un momento a pensar «lo siento, chaval, donde las dan
las toman», y me largo a toda pastilla del huerto, sangrando como un cerdo
degollado, tras arrancar una de esas supermanzanas del arbolito. Algo es algo.
Un huerto tras otro, cada día, cada hora. El truco consiste en no colarse nunca dos
veces en el mismo huerto.
… Sólo veo las copas de unos altos ciruelos. Sólo las copas. Porque no puedo ver
el huerto propiamente dicho. Por mucho que intento rodearlo y localizar los
magníficos higos, no hago más que tropezar con enormes y espinosos setos de rosas
silvestres, verdaderas montañas de rosas que crecen hasta convertirse en cordilleras y
tapar completamente la vista. Se entretejen con tal exuberancia que no puedo adivinar
siquiera en qué huerto deben de crecer esos fértiles ciruelos. No me queda, pues, más
remedio que tomar ese camino de espinas.
En un lugar, la maldita pared de espinos es tan compacta que trepo por ella.
Tras los primeros avances ya me sangran las manos y las piernas, las espinas me
arrancan tiras de piel y se me clavan profundamente en la carne como cuchillos
romos. Pero me da lo mismo. Esas ciruelas tienen que ser mías, cueste lo que cueste.
Sin embargo, cuanto más avanzo hacia arriba y en dirección a las higueras, tanto más
se hunde mi cuerpo en la intrincada maraña de rosales, de ramas gruesas como un
brazo. Constantemente tengo que apoyar todo el peso de mi cuerpo en un solo
miembro: en un pie, en un hombro, en una rodilla, una mano, un solo dedo. No sé
cómo saldré de esta jungla, que vuelve a cerrarse de inmediato a mi paso, como un
bosque encantado de cuento de hadas.
Ya casi lo he conseguido. Me basta con agarrarme a una única rama gruesa
situada por debajo y delante de mí y, usándola como soporte, colgarme por encima
del abismo espinoso; así podré ver el huerto como a través de un diminuto ventanuco
abierto. Ya no siento el dolor de las espinas, pero las noto como tiburones
mordisqueándome el cuerpo por todas partes. Intento oponer la mínima resistencia

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posible para atenuar los pinchazos. No es fácil, porque la situación requiere toda mi
energía y toda la fuerza de mis músculos, y tengo que tensar el cuerpo al máximo.
Agarro la rama y saco el pecho hacia arriba. Tengo los pies profunda e
irremediablemente hundidos en el ramaje de encima y detrás de mí, de modo que mi
abdomen pende como un puente colgante sobre el abismo espinoso. ¡Unos cuantos
centímetros más y lo conseguiré! Pero lo que veo me corta el aliento: ¡veo mujeres
desnudas! Estoy demasiado cachondo para contarlas, pero creo que debe de haber
entre diez y quince. Están repantigadas en tumbonas, sentadas en sillas o echadas en
el suelo encima de toallas. Tienen el cuerpo untado de aceite. Algunas están muy
morenas, otras sólo un poco, y otras blancas. Una, roja como un tomate, está sentada
a la sombra. Todas están en pelotas. Cambian de posición. Se desperezan
voluptuosamente. Se abren de piernas. Encogen los muslos. Se despatarran. Se
tumban de lado, de espaldas, boca arriba. Enseñan el culo, las tetas, el chocho.
¡Nunca habría soñado la clase de frutas que me esperaba aquí! Todo esto es tan
sobrecogedor que creo estar soñando. Apenas hablan, apenas se oye ningún ruido.
Todo es deslumbrante y rebosa luz, como cuando se mira directamente a la bola
blanca del sol.
Se me pone tiesa, lo cual representa un problema, debido a lo difícil de mi
posición y a la estrechez de mis pantalones, que hace ya tiempo que me vienen
pequeños.
Tengo a una de las mujeres exactamente delante y debajo de mí. Tiene hombros
anchos de nadadora y breves pechos planos, con enormes pezones casi negros. Una
pelvis robusta y carnosa. Acomodado en ella, un vientre pequeño con un ombligo
abultado. Muslos voluminosos, robustas pantorrillas y pies y manos fuertes y anchos.
Los pelos del coño, que le llegan hasta las caderas y hasta la barriga, me recuerdan
extrañamente el seto en el que estoy colgado; por debajo del pubis inusualmente
curvo se abren como un cráter los carnosos labios de la vulva. Puedo ver el rosado
interior de su chocho, en el que refulge una deliciosa gota.
Otra, de piel muy blanca, se remueve en la tumbona y separa las nalgas de su
culito, de modo que puedo verle el agujero abierto.
Debo de encontrarme exactamente encima del retrete, ya que una muchacha
desnuda de inmaduras tetitas y coñito invisible, apenas cubierto de pelos, se acerca al
entramado en el que me hallo prisionero y desaparece debajo de mí. Oigo abrirse una
puerta. Luego el cerrojo. Y luego el reconfortante pipí.
Al intentar, con supremo esfuerzo, echarme un poco hacia adelante para ver mejor
a las otras mujeres desnudas, pierdo el equilibrio y me hundo hasta la cintura en la
jungla de espinas que hay debajo de mí; quedo colgado, sangrando, sin poder
moverme, y cabeza abajo, hasta que se hace de noche… Cuando, por el completo
silencio, deduzco que todas las mujeres se han ido ya a sus casas, salgo
trabajosamente de la espesura de los rosales.

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Voy de sorpresa en sorpresa… Un propietario se dirige hacia mí directamente y a
toda marcha. Me escondo a duras penas detrás de una mata de grosellas. Está sólo a
dos pasos de distancia. Voy a levantarme. Voy a hablarle. Ya abro la boca. Voy a
decirle: «Perdone, señor, es que tenía muchas ganas de hacer de vientre y me he
metido en su huerto…». Pero me quedo con un palmo de narices. Justo delante de mí,
se lleva un puñado de grosellas a la boca, sin siquiera arrancarles primero los tallos:
los engulle también. Le oigo masticar. Oigo gruñir su estómago. Luego se abre la
bragueta, se saca la gruesa polla y mea encima de mí… ¿Qué puedo hacer? Tras
sacudirse las últimas gotas, se vuelve a su huerto, y hala, a podar rosales, zis, zas…
Me cuelo en otro huerto. No se oye nada. Ni un alma… Estoy llenándome la
camisa de aterciopelados albaricoques (que primero me llevo a los labios como si
fueran coñitos jóvenes)… ¡y de repente la veo por el rabillo del ojo, a través de una
ventana abierta! No puede ser mucho mayor que yo. Está sentada con las piernas
abiertas, masturbándose. Tiene los ojos bien cerrados… jadea… gime… llega al
orgasmo… Me abro la bragueta… en trance, como un gato cachondo… Estoy tan
mojado como si me hubiera meado encima.

Mis excursiones a los huertos comunitarios siempre son de corta duración. Tengo
que volver a mi jungla de asfalto.
—¡Carbón!… ¡Quién necesita carbón!…
Llamo a todas las puertas. La gente me odia por eso. No puedo continuar así,
tengo que hablar con el carbonero. Me paga el salario en carbón. En el peor de los
casos, puedo revenderlo. Cuanto más carbón reparto al día, más briquetas me da. Me
echo a las espaldas hasta cien briquetas, y cargo con ellas hasta que no hago más que
toser carbonilla.
Sacudo alfombras hasta casi ahogarme por la peste a polvo y porquería. Pero con
cada golpe mato a palos un poco de mi pobreza.
Llevo ropa sucia a las tintorerías. La pongo a remojar en barreños y la froto
contra la tabla de lavar hasta que me sangran los dedos. Pongo la plancha a calentar.
Paso por la calandria las sábanas y las fundas de edredones. Tiendo las cortinas en el
secadero. Preparo almidón y entrego en las casas la ropa limpia.
Limpio zapatos. Cinco pfennigs el par. Ayudo a los basureros a meter en los
cubos las basuras esparcidas por el suelo. Tiro de los carritos de los barrenderos
cuando hacen un descanso para fumarse un cigarrillo. Recojo colillas por las calles;
con el tabaco restante lío nuevos cigarrillos y los vendo a los parados, jubilados e
inválidos. Empujo las sillas de los tullidos y los mutilados cuando quieren ir a jugar a
cartas al parque. Les recojo a los organilleros las monedas de cinco y diez pfennigs
que les tiran por las ventanas y llevo a hombros al triste monito demacrado, que
siempre está encadenado encima del organillo, cuando el organillero tiene que ir a
mear.

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De las cuatro a las seis de la mañana reparto periódicos, leche y panecillos.
Mientras ando de calle en calle, de casa en casa, de piso en piso, de puerta a puerta,
cargado con los paquetes de periódicos, las cajas llenas de botellas de leche y los
grandes cestos llenos de bolsas de panecillos, me encuentro a menudo tan cansado y
hambriento que tengo que sentarme en los escalones de algún portal y agarrarme a la
barandilla para no caer desmayado.
Si no hay más remedio, abro una de las bolsas de panecillos y me pongo a roer
con los dientes un trozo de la corteza tibia y crujiente de un panecillo. O, si no hay
bastante corteza, me limito a lamerlo. O solamente lo huelo. O me llevo el panecillo
caliente a la mejilla y le doy un beso.
Muchas veces tengo la garganta tan seca que se me pega la lengua al paladar y
siento dolor al tragar saliva. Entonces abro con cuidado el tapón de cartulina de una
botella de leche y sumerjo la lengua hinchada en la leche fría. No puedo beber bajo
ningún concepto, ni siquiera un sorbito, porque el cliente lo notaría.
El trabajo más rentable es ayudar a los sepultureros. Pero sólo cuando los
parientes son pobres diablos que no pueden dar propina al sepulturero y a los que les
trae sin cuidado mi presencia. Los sepultureros, a los que el aliento siempre les huele
a aguardiente, pagan entre 50 pfennigs y un marco, según el cadáver. Me confían el
lavado del cadáver antes de meter al muerto tieso en el ataúd. Cuando hay que
amortajar al cadáver, los sepultureros me ayudan, porque yo solo no puedo dar la
vuelta al pesado cuerpo sin vida, cuyos brazos y piernas no hay manera de doblar.
Me mandan desnudar a una niña muerta de siete años para lavarla y ponerle luego
un vestidito ya preparado para la ocasión. La madre no está. Ni el padre. Ni los
hermanos. Sólo hay un viejo sentado en un rincón, hablando solo. La niña tiene entre
los brazos un osito de peluche al que le falta una oreja. Para poder desnudarla, lavarla
y ponerle el vestidito, tengo que quitarle de entre los brazos el osito, al que se agarró
con fuerza en el momento de la muerte.
—No puedo —les digo a los sepultureros.
Uno de los hombres tira con cuidado del osito de peluche, que la niña no quiere
soltar. Luego zarandea el oso. En vano. Al intentarlo de un tirón, la muerta, a causa
del brusco movimiento, se incorpora como si quisiera decir:
—¡Ya podéis tirar tanto como queráis, que no lo conseguiréis!
Salgo corriendo de la casa.
El trabajo más horrible de todos es transportar hasta el vertedero los cubos de
basura de los hospitales. No voy sentado junto al conductor, sino que tengo que
sujetar los cubos durante el viaje. En esos cubos no hay sólo gasas pringadas de pus,
apósitos empapados de sangre y vendajes encostrados. Por increíble que parezca, en
esos cubos también hay piernas, manos y pies amputados y vísceras humanas. Al
abrirse por sí solo el papel de cera en el que va envuelto, un brazo humano
desangrado asoma en uno de esos cubos.

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Cuando no tengo trabajo, me dedico a descerrajar las máquinas de cigarrillos y las
cabinas telefónicas. No me gusta hacerlo, nunca se sabe si alguien te está observando.
No puedo permitirme que me encierren en el reformatorio.
Los mozos de cuerda de las estaciones se enfurecen cuando nos ven cargar
maletas. Salen a cazarnos.
Lavo pescado en los mercados. No hay quien se saque de la ropa el hedor del
pescado. Creo que no existe ningún olor al que yo no haya apestado.
Vendo salchichas, quitamanchas y caramelos. El vendedor amontona los
caramelos encima del mostrador. Cada cliente tiene que llevarse como mínimo medio
kilo. Pero, al menos, es barato. Junto a los caramelos amontona las monedas que le
dan, de uno, cinco, diez y 50 pfennigs, de uno y cinco marcos. Los billetes se los
guarda dentro de los calzoncillos, a la altura del cinturón. No tiene caja registradora,
ni siquiera un mal cajón o una bolsa. Con una mano meto a puñados los caramelos en
la balanza, y con la otra cojo el dinero amontonado. Como las palomas en «La
Cenicienta». («Las malas al buche, las buenas a la cazuela»)[5]. Con la salvedad de
que aquí la cazuela no es una cazuela, sino los bolsillos de mis pantalones. Cuando el
tipo se da cuenta, quiere matarme a golpes. Nunca he corrido tan rápido.

Una especie de mafia controla la recogida de pelotas de tenis. Los jefes son los
chicos más mayores y más fuertes. Cada recogepelotas tiene que entregarles el 50 por
ciento de las ganancias. Al que hace trampas, lo muelen a palos. Hay tantos
recogepelotas en las pistas de tenis que puedes estar agradecido si te dejan recoger
alguna. Sentados a la sombra, los jefes no hacen nada Se limitan a cobrar su parte,
como chulos de putas. Pese a todo, al atardecer, tras catorce horas de recoger pelotas,
me he ganado casi tres marcos. Cuando un jugador da además una propina, me la
quedo, a menos que un jefe lo haya visto.
Las dos del mediodía. La hora más dura para recoger pelotas. El sol me golpea la
sesera como un martillo. Estoy esperando junto a una bola de sebo; su rival aún no ha
llegado. De golpe y porrazo, se dirige a mí.
—Ven, mocoso, juega tú. Aquí tengo otra raqueta. Si ganas, te daré cinco marcos.
—Vale.
Primero creo haber oído mal. Le he dicho que sí de una manera puramente
mecánica.
—Anda, ven a jugar. Si ganas un solo punto, te doy cinco marcos. Ven de una
vez, ¿o es que no quieres?
¿Me pregunta si quiero? ¡Claro que quiero! ¡Cinco marcos significan media
semana de recoger pelotas! En cuanto le gane, me iré a comprarme unas salchichas
calientes. No, salchichas calientes no. Ya hace bastante calor. Me compraré unas
albóndigas frías. Al otro lado de la calle hay un bar. Ni siquiera hace falta que me
pierda un partido. Para acompañar las albóndigas me beberé una cerveza. Con un

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chorro de jarabe de grosella. Hoy me iré más temprano de la pista y me compraré un
par de zapatos usados. Los que llevo están tan deteriorados que el dedo gordo me
toca el suelo. Siempre lo tengo inflamado y despellejado, porque a cada paso la punta
del dedo roza la gravilla. Además, le compraré chocolate a mi madre, ese chocolate
con avellanas enteras que tanto le gusta.
El gordo me da la raqueta y me guiña el ojo alentándome. En mi mente, ya le he
derrotado. Tiene verdadera cara de cerdo, y unos ojillos de cerdo pálidos y acuosos,
con pestañas gruesas y albinas. Como un cerdo.
¿Y si no gano? ¡No sé jugar en absoluto! Ni siquiera sé cómo se coge la raqueta.
Llevo años viéndolo, es cierto. Pero nunca he tenido una raqueta en la mano.
—Vamos a ponernos bien cerca de la red —dice para hacerme un favor.
Nos encontramos frente a frente, tan cerca el uno del otro que, si nos inclináramos
hacia adelante y extendiéramos el brazo, nuestras raquetas se tocarían.
—Así no se puede jugar. Vamos a separarnos un poco más —dice, como si
rectificara un error.
Ahora estamos a unos diez metros el uno del otro. Así aún es peor. ¡No sé cómo
voy a devolver las bolas!
Si se trata de recoger pelotas durante un partido, no tengo problema. En eso soy el
mejor. No me canso nunca, y corro como una liebre. Los jugadores nunca tienen que
esperar ni un segundo a que les tire una bola. Siempre tengo dos o tres preparadas, y
se las lanzo hábilmente. Nunca tienen que agacharse a recogerlas. Ningún jugador se
ha quejado jamás de mí.
Pero ¿jugar? ¡Y además con ése! He visto jugar a ese gordo. Es un cliente
antiguo, y también he recogido pelotas para él. Tiene un revés increíble y no deja
pasar una bola.
¿Por qué, pues, me habrá hecho esta oferta? ¿Querrá divertirse a mi costa? ¿Es
que está ciego? ¿No se da cuenta de que si me paso el rato corriendo, con la lengua
fuera, no es por gusto? Entonces, ¿por qué quiere burlarse de mí? ¿Por qué se deleita
en mi impotencia? Sí, se deleita. Devuelve las pelotas con golpes flojos, casi
cariñosos, pero tan llenos de habilidad y astucia que no rasco bola.
No hago más que dar raquetazos al aire. El mango de la raqueta es demasiado
grueso para mi mano. La cojo con las dos manos y la levanto con ambos brazos por
encima de la cabeza, como si estuviera partiendo leña. Por qué no. Me dan ganas de
destrozar a hachazos esa endemoniada pelotita saltarina.
El gordo se parte de risa. Ese gusano panzudo casi revienta de risa viendo al
ridículo recogepelotas que pretende sacarle cinco marcos. Se ríe sin parar, se
atraganta de tanto reír y sin duda acabaría por morirse de risa si no fuera porque
acaba de aparecer su rival en la pista de juego. Ahora son dos los que se ríen. Se ríen
tanto que se tienen que sujetar las rollizas barrigas. Rugen de risa. Venga a reírse…
Le devuelvo la raqueta. Le digo a otro recogepelotas que ocupe mi puesto.
Aún les oigo reírse mientras abandono las pistas de tenis.

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Nos echan del piso por culpa de la máquina de coser. Mi madre intenta
envenenarse con barbitúricos. Mi hermano me cuenta que mi padre corría llorando
tras ella mientras los chicos de la Cruz Roja la bajaban en camilla por las escaleras.
La cabeza se le salía una y otra vez de la camilla y se golpeaba contra las paredes de
la escalera.
—¡Ya tenemos piso! —exclama mi madre. Le han hecho un lavado de estómago
en el hospital y ha vuelto a levantarse—. Es carísimo. ¡Pero tendremos luz y sol, y
tiestos con flores, y balcón!
Es verdad. Ha encontrado un piso en una cuarta planta, con un balcón de un metro
por dos que da a la calle por el lado sur. Así pues, tendremos luz y sol. Pero no quiero
pensar en la máquina de coser. Ninguno de nosotros quiere pensar en la máquina de
coser. Sin embargo, cuelga sobre nuestras cabezas como la espada de Damocles.
El piso tiene cuatro pequeñas habitaciones, una cocina y, por primera vez en
nuestra vida, un lavabo propio y un cuarto de baño, cuya estufa de carbón se alimenta
desde el recibidor. Mi madre tiene razón, el piso es carísimo. Cuesta 68 marcos. Pero
ya nos las apañaremos de algún modo.
Cada mañana, Inge pasa por delante de mi cama de camino hacia el lavabo,
vestida sólo con la camiseta de algodón que le va pequeña y las braguitas, no mucho
más grandes. Cuando está segura de que todos dormimos, la cosa aún es peor. Al
volver después de mear, sólo lleva puesta la camiseta, que ni siquiera le cubre el
coño, ya cubierto de pelitos, ni las agresivas nalgas.
¡No sé qué hacer! ¿Ir tras ella? ¿Y si algún otro tiene que ir a mear o a cagar y me
ve salir con ella del lavabo? ¿Cuándo, entonces? ¿Dónde? Ni siquiera sé si se dejará
follar. Además, duermo con Arne y Achim en una habitación situada entre la de mis
padres y la de Inge. La cama de Inge está paralela a la de Ame, justo al otro lado de la
pared. Y cruje. La cama de Achim está a un metro de distancia de la puerta de la
habitación de Inge, que chirría como un carro viejo. Inge pasa las mañanas en la
escuela. Por las tardes ayuda a mi madre. O hace los deberes. Arne y Achim, lo
mismo. Por la noche es imposible, ya que ninguno de nosotros falta nunca a cenar.
¡Tengo que encontrar una manera! ¡No lo soporto más!
He pillado una nefritis y tengo que dormir mucho. También durante el día. Eso no
me hace ningún bien. No hago más que pensar en Inge y me paso día y noche con la
polla tiesa, sin parar de tocármela.
Esta tarde no hay nadie en casa. ¿Dónde deben de estar todos? Hay alguien en el
lavabo, oigo el ruido de la cisterna. Me doy la vuelta rápidamente y finjo dormir.
Alguien entra en la habitación —aún no sé quién es—, se inclina sobre mí… levanta
la colcha… se mete en mi cama… Contengo la respiración. ¡Es Inge! No salgo de mi
asombro. Sigo con los ojos cercados, pero sé que es lnge. Sus carnes me rozan. La
huelo. Pasa por encima de mí, se echa dándome la espalda y finge a su vez que se ha
dormido. En cualquier caso, no se mueve. Yo tampoco. Pero sus nalgas me rozan el

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rabo, y se me pone tan duro que me duele. Sigue sin moverse. Aunque tampoco
aparta las nalgas, ni las encoge. Al contrario. Tengo la sensación de que cada vez las
abre más. No hay duda de que tiene ganas de sentir mi polla dentro de su coño.
No podemos quedarnos ahí tumbados eternamente. Si no quisiera nada de mí, no
se habría metido en mi cama. Eso está claro.
Finjo que tengo el sueño intranquilo, murmuro «en sueños» y, como por
casualidad, dejo reposar mi antebrazo sobre su pelvis. Deslizo la mano por su
pequeño vientre hasta llegar al coño. Meto el dedo índice entre los pelos encrespados
de su pubis y hurgo en la temblorosa almeja, cuyos cálidos labios se abren enseguida
obsequiosos al separarse ligeramente los muslos. Y entonces me pega en la mano.
Naturalmente, como si lo hiciera en sueños. Retiro rápidamente la mano y me la lamo
con avidez. Está tan pegajosa como si la hubiera sumergido en un bol de papilla de
avena.
Ahora es ella la que me coge la mano y la lleva de nuevo a su excitada almeja. Y,
bostezando, se da la vuelta hasta quedar boca arriba. Vuelvo a meterle el dedo sin
pensármelo mucho. Cada vez que me pega en la mano separa un poco más sus
macizas piernas. Mueve la cabeza como si tuviera pesadillas, mientras se agarra los
muslos con las manos. ¡Justo en el momento en que me tumbo sobre ella, alguien
abre la puerta del pasillo!
… Inge salta de la cama, corre a meterse en su habitación y se encierra.
No hablo con nadie ni como nada. Por la noche no pego ojo y clavo la vista en el
techo de la habitación. De vez en cuando voy al lavabo y me miro la polla tiesa.
Luego vuelvo a clavar la vista en el techo.
Deben de ser más o menos las tres de la madrugada. A lo sumo, las tres y media.
Me incorporo y me pongo a escuchar un buen rato. Arne y Achim duermen. Oigo su
respiración regular. Desde la habitación del balcón, los ronquidos de mi padre y los
silbidos de mi madre, que tiene la nariz tapada. Camino de puntillas y me inclino
sobre las camas de mis hermanos. Arne está echado boca abajo como un saco. Achim
mueve la cabeza en sueños de un lado para otro, como ya hacia cuando era un bebé,
para arrullarse.
Mientras aprieto el pomo de la puerta de la habitación de Inge, me apoyo con
todas mis fuerzas en el batiente para evitar el más mínimo ruido. Por supuesto, la
maldita puerta chirría como siempre. Debería haber pensado en ello y haberla
engrasado…

Antes no podíamos dormir por culpa de la máquina de coser. Ahora, encima, hay
alarma aérea cada noche. ¡Cada noche! Una noche sí y otra también, nos despiertan
tres, cuatro o cinco veces, y bajamos tambaleándonos a los refugios antiaéreos.
Pronto dejamos de levantarnos, y ahora sólo nos damos la vuelta en la cama mientras
las bombas estallan y destruyen las casas a nuestro alrededor.

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Tengo un perro. Por primera vez en mi vida, tengo un perro. Sólo tiene seis
meses. Un perro «sin raza», como dice la gente con menosprecio. Una mezcla de
perro pastor y qué sé yo. Lo amo tan locamente que sin él no podría vivir. Pero
tenemos que regalarlo, porque cuando estoy en la escuela o tengo que ir a trabajar se
pasa todo el tiempo ladrando.
Los otros inquilinos se empeñan en que se vaya el perro. Se lo damos a uno que
tiene un huerto comunitario, a más de veinte kilómetros.
Esta noche, mientras llueven bombas y todo está en llamas, aparece de nuevo
delante del portal de casa. Ha hecho el trayecto solito. ¡A pie! Huele a pólvora de
granadas, a incendio y a ruinas. Le beso el hocico y lo abrazo tan fuerte que nadie
puede volver a quitármelo. Luego me lo llevo a la cama conmigo y, bajo las sábanas,
nos besamos en la boca.
Esta mañana tengo que volver a entregarlo. Esta vez a uno que vive aún más
lejos, así no sabrá volver.
Una vez también tuve un gato. Tampoco me dejaron quedarme con él.
¡¿Por qué hemos de ser tan pobres?! ¡¿Por qué no puedo dormir nunca por la
noche?! ¡¿Por qué siempre caen bombas?! ¡¿Por qué mi madre tiene que dejarse el
pellejo de ese modo?! ¡¿Por qué nadie ha dado una oportunidad a papá?! ¡¿Por qué
hay guerra?! ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?! ¡¡¡¡¿Por qué?!!!!

Cuando ando por la calle casi siempre estoy a punto de pegarme un cabezazo
contra algo, porque siempre me doy media vuelta o camino de espaldas para que no
se me escapen las chicas y las mujeres con las que me cruzo. Es algo completamente
automático. No puedo hacer nada por evitarlo. En cuanto pasa una junto a mí, me
giro y la sigo con la vista hasta que dobla la esquina o desaparece de cualquier otro
modo y la sustituye otra que se acerca por delante, por detrás, por la izquierda o por
la derecha. Lo peor es cuando llegan de todas partes y tengo que girar como una
peonza para no perderme a ninguna. En esos casos, lo más habitual es que mi frente o
mi cogote acaben chocando contra una farola de hierro.
Tanto me da que sean viejas o jóvenes, altas, bajas, delgadas o gordas, y cómo
tengan el pelo o la piel: todas ejercen sobre mí una mágica atracción.
La primera vez que besé un coñito fue a los siete años. Estoy a solas con ella en la
escalera de una casa. La siento en un peldaño, le abro las piernas y la olisqueo como
un perrillo.
Ahora tengo trece y voy loco por meterla en todos los agujeros. Las pillo en el
retrete de la escuela, entre los matorrales, en los portales de las casas y en los sótanos.
A veces también en sus camitas.
En el segundo patio interior de nuestra casa vive una joven pelirroja con grandes
pecas rubias en la piel blanca y translúcida. Su marido trabaja de basurero. Ella se
pasa el día rondando ante el portal como si esperase a alguien. Seguro que tiene un

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amiguito que viene a follársela mientras el marido está trabajando. Los ojos, de
mirada vacía, se le hunden en el cráneo, como las cuencas huecas de una calavera.
Nunca la veo hacer la compra ni trabajar. Sólo rondar por la calle, esperando algo.
Tiene las piernas realmente torcidas, realmente estevadas, y siempre está tan débil
que parece que haya que sostenerla para que no se caiga. He oído decir que está
tísica, pero yo creo que eso es de tanto joder.
Ya vuelve a estar ahí. La miro fijamente hasta que gira hacia mí su calavera. Todo
en ella es coño. Hasta la cara. Hasta los ojos, que adquieren ahora un brillo mate y
grisáceo. Me coge con su mano húmeda y caliente y me lleva consigo.
Su piso está en la planta baja, y la ventana del dormitorio, que siempre está
abierta, da a un solar vacío que hay en la parte posterior de la casa. A veces paseo por
allí revolviendo la basura, y una mañana oí por la ventana abierta bufidos masculinos
y gritos de mujer. Los bufidos no podían ser de su marido. Se va de casa a las cuatro
de la mañana y no vuelve hasta la tarde.
El dormitorio está húmedo y frío y apenas entra luz, aunque fuera luce el sol. Y,
aunque la ventana está abierta, huele a patatas asadas.
Se desnuda a toda prisa, como una toxicómana a la que se le hubiera pasado hace
un buen rato el efecto de la última dosis. De cintura para arriba, es casi una niña; se le
ven todas las costillas, y apenas tiene tetas. En cambio, tiene una pelvis
extraordinariamente ancha y en forma de ensaladera, cuyos marcados huesos
amenazan con traspasar la fina piel. Tiene las piernas cortas, lo que aún le ensancha
más el abdomen. El resto es coño, coño, coño.
Tengo los huevos duros como piedras. Se los mete dentro también.

No tiene sentido seguir yendo a la escuela. Todo son vejaciones, y pierdo un


tiempo valioso.
A los niños nunca se les pregunta qué quieren estudiar. Según dicen, los niños no
saben lo que quieren. ¿Cómo pueden saber los adultos lo que quieren los niños? ¡Qué
atrevimiento! ¿Cómo pueden saber los adultos lo que será bueno para los niños más
adelante? Nos atiborran de asquerosa basura. Rimbaud tenía razón. ¿Para qué hacer
una división? ¿Para qué aprender latín y griego? No lo sé. ¿Qué necesidad tengo de
hacer una reválida? ¿Para qué sirve eso? Para nada, ¿verdad? Sí, claro: dicen que para
conseguir un empleo hay que tener el bachillerato. Pero yo no quiero ningún empleo.
Y, aunque quisiera tener uno, ¿para qué aprender latín? Nadie habla esa lengua. ¿Y
para qué aprender historia y geografía? Por supuesto que hay que saber que París está
en Francia, pero nadie pregunta en qué grado de latitud. ¡Aprender historia, la vida de
los hombres de Estado y de sus compinches, llegados a la gloria a través del crimen y
la corrupción, es una tortura! ¿Qué me importa a mí que un canalla de ésos se hiciera
famoso? ¡Y a mí qué! ¿Se sabe si los latinos existieron? El latín podría muy bien ser
una lengua que alguien se sacó de la manga. Pero, aun suponiendo que esa lengua

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haya existido alguna vez, ¿por qué no se la guardan para ellos? ¿Qué les he hecho yo
para que me joroben con esa tortura?
Pasemos al griego. ¡Nadie habla esa lengua abominable, nadie en todo el mundo!

Me expulsan del instituto de bachillerato Prinz Heinrich porque he hecho novillos
durante siete meses seguidos y me toca repetir curso por segunda vez.
Mi madre le suplica al director del instituto Bismarck hasta que éste se harta de
oírla y me acepta a prueba. Al cabo de dos meses y medio también he colmado su
paciencia.
—¿No te da vergüenza ensuciar los libros de texto con esas cochinadas, so
salvaje?
Les he pintado pollas y coños a las estatuas romanas del libro de latín. Con
capullo y cojones, vulva y clítoris. La leche salta de una a otra estatua.
—¿Debería haber dibujado sólo las pollas?
El profesor de latín me da una bofetada. Le doy una patada en la espinilla y le
hago caer de culo.

Lluvia de bombas. Los vecinos han bajado al refugio antiaéreo. Mi madre y yo


estamos solos en un miserable piso de una sola habitación, del que, Dios sabe cómo,
ella tiene las llaves. No hay nada para comer. Casi es de noche. Estamos cansados y
helados. ¿Qué otra cosa podemos hacer sino acostamos? Mi madre se desnuda
delante de mí. También se quita las bragas.
—Ven a la cama —dice solamente.
Durante tres días, las bombas destruyen las casas a nuestro alrededor.

A los dieciséis años tengo que incorporarme a filas. Cuando leo la orden, me echo
a llorar. No porque sea un cobarde; no le tengo miedo a nadie. Pero no quiero matar
ni que me maten.
Estación de cercanías de Westkreuz. Tengo que hacer transbordo para llegar hasta
el cuartel de los paracaidistas. Me separo de la boca de mi madre. Ella se queda en el
compartimiento para seguir viaje hasta Schöneberg. Me mira a través de los sucios
cristales. El tren de cercanías se lleva sus ojos de la estación.
—¡¡¡¡¡¡¡¡Mamá!!!!!!!!

Entre los paracaidistas me encuentro a un viejo amigo, otro pilluelo callejero


como yo.
—Keule! —Nos abrazamos largo rato. En nuestra jerga, keule significa
«hermano».

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Nos ponen armas en las manos y nos dicen:
—Mata al enemigo.
Hoy es mi cumpleaños. Los tommies[6] nos dan una paliza.
Cuando oímos aullar las granadas, Keule y yo ni siquiera nos echamos al suelo.
Jugamos: gana el que se queda más tiempo con la granada en la mano después de
quitarle la espoleta.
A veces pasan cazas surcando el cielo como aves de rapiña. Entonces empezamos
a dar saltos como locos y agitamos los brazos hasta que nos ven, se echan en picado
sobre nosotros y nos disparan. Como yerran el tiro, nos reímos y les hacemos gestos
burlones. No tenemos ni idea de qué va todo eso. Para nosotros, todas esas
explosiones son como la noche de fin de año, en la que nunca nos cansábamos de
tirar petardos y cohetes.
Ahora Keule ya no está aquí, y no tengo a nadie con quien jugar. Me he perdido.
Como un niño extraviado. No como en la playa del lago de Wannsee, cuando algún
niño perdía a su hermano entre el gentío. Llamaban al hermano por los altavoces, y se
oía llorar al niño por el micrófono. Al cabo de un rato siempre acudía alguien a
buscarle.
Así que ahora deberían anunciar por los altavoces:
—Un chico de dieciséis años, pelo rubio dorado, ojos enormes azul violeta, largas
pestañas oscuras y labios rojos y grandes, quiere encontrar a su amigo Keule. ¡Basta
ya de pegar tiros como unos imbéciles!
—¡Los voluntarios para la patrulla, que den un paso al frente!
Iros a la mierda.
Encuentro ropa de civil en unas casas abandonadas cuyos inquilinos han huido.
Echo mi uniforme en un cubo de la basura y me pongo toda la ropa que encuentro.
Una camisa de niño a cuadros verdes y blancos y unas bragas de mujer muy grandes.
La gente debe de haber huido en plena comida. Los platos y los vasos están
medio llenos. Todo está recubierto de moho, como en el cuento de la Bella
Durmiente.
Me largo a campo traviesa en la dirección de la que vienen las granadas, y me
alimento de manzanas podridas. Manzanas por todas partes, flotando en charcos bajo
los árboles. Toda la región está inundada de agua y manzanas. Tengo tanta diarrea
que me pongo en cuclillas para comer. Durante el día ni siquiera puedo incorporarme
para mear. Lo hago tumbado, y los pantalones meados y congelados se pegan a la
tierra.
Es la sexta noche que me alimento de manzanas podridas. ¡Y de repente, a la luz
multicolor de las bengalas, aparece una vaca en un prado anegado! Se mire adonde se
mire, se ven cadáveres de vacas o caballos, e incluso de cerdos. ¡Pero una vaca viva!
¡Pastando en un prado! ¡Es absurdo! La luz la colorea. Cada vez estallan más
bengalas en lo alto y descienden flotando lentamente hacia el suelo antes de
disolverse en la nada por encima de la cabeza de la vaca. A lo mejor las disparan

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porque es Navidad, pienso. Debe de ser más o menos Navidad… Quizá sufro
alucinaciones de tanto comer cosas podridas y de tanto cagar.
Tengo que intentar acercarme a la vaca. Entonces me abalanzaré sobre ella y le
cortaré un pedazo de carne del cuerpo. Quizá no haga falta matarla. Seguramente
encontraré cerillas o un encendedor de gas en alguna casa abandonada. Encenderé
fuego y asaré el pedazo de carne. Quizás encuentre una sartén. O al menos una
cazuela.
Arranco del suelo mis pantalones congelados. Entonces me doy cuenta de que no
tengo ningún arma. No tengo fúsil, ni tampoco una pistola, ni siquiera un cuchillo, ni
una navaja, nada. Tampoco una cuerda para estrangularla. ¿Cómo la mataré? ¿Cómo
la degollaré? Puedo intentar abrirle la garganta a dentelladas. Sí, eso es lo que haré.
Me colgaré de su cuello. He descorchado botellas con los dientes. Su garganta no
puede ser más dura que el tapón de una botella. Le morderé tan solo un trocito de
carne y dejaré que se desangre. En el peor de los casos me comeré la carne cruda.
Para llegar a la vaca tengo que saltar una alambrada como las que suelen rodear
los prados en los que pasta el ganado. No he llegado ni siquiera a diez metros de la
vaca, cuando se da media vuelta de improviso y huye al galope.
—¡Ya veremos quién corre más! —le grito, como si la acusase de haber roto su
palabra de dejarse arrancar un pedazo de carne a mordiscos. Pero lo tengo difícil.
Esto no es mi jungla de asfalto, y no llevo zapatillas de tenis, sino unas botas de
soldado demasiado grandes, duras y completamente empapadas de agua. Pese a todo,
cuando llegamos a la alambrada me acerco tanto a ella que consigo agarrarle una
pata. Hinco los dientes en la blanda parte interior del muslo, allí donde empieza la
nalga. En ese instante se abre el ano y un chorro de mierda verde me acierta en plena
cara. Luego la vaca salta la valla, sin dejar de cagar. No consigue saltar lo bastante
alto y se engancha las ubres en el alambre. Pero ella, como si nada. Sigue saltando de
valla en valla. Nunca consigue saltar lo bastante alto por encima de las alambradas. Y,
como loca y con las ubres destrozadas, se escapa brincando por los aires como un
cabrito, mientras yo, cubierto de mierda y hundido en el fango hasta las pantorrillas,
empapado hasta los huesos y tiritando, la maldigo y empiezo a buscar un sitio para
cagar también yo.

Como no tengo brújula, trazo un gran círculo y voy a parar de lleno a las líneas
alemanas. Me atrapan, y me condenan a muerte por desertor. Se forma el pelotón de
fusilamiento. Mañana, a primera hora, me fusilarán.
El soldado encargado de vigilarme me encuentra apetecible.
—Total, a ti ya te da lo mismo —dice. Le digo que sí, que ya me da lo mismo.
Cuando se baja los pantalones y va a darme por culo, le doy un golpe en la cabeza
para aturdirle.

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Esta vez me largo en la dirección adecuada. Al amanecer me topo con la patrulla
de la que no quise formar parte. Los cadáveres de los chicos están congelados, duros
como piedras y contorsionados como títeres caídos.
Fuego racheado. Seguramente, los tommies preparan un ataque. Estoy echado en
un hoyo poco profundo en la única carretera por la que pueden atacar. El resto a mi
alrededor está inundado.
Bss… bss… bss… Las rachas de proyectiles de las ametralladoras se hunden
formando líneas zigzagueantes en la arena, que salta formando pequeños surtidores.
Niebla espesa. No se ve nada a diez metros. Tengo que estirar las piernas de una
vez. Rrrrrrrrrrrt… Una salva de metralleta. Me meten cinco balas. El tipo que está
delante de mí ha disparado del susto, al ver que me levantaba de repente. Ahora me
rodean muchos hombres.
—Come on! Come on! —Me clavan los cañones de las metralletas. Por lo menos
cinco me apuntan a la cabeza. Otros, al corazón. Y el vientre. ¡Sólo me falta uno en el
culo! Cuando por fin se dan cuenta que no voy armado, me envían al interior de sus
líneas.
Cada vez surgen más tommies de entre la espesa niebla, y yo paso junto a ellos
tambaleándome, en dirección al lugar del que proceden.
El antebrazo derecho se me hincha hasta adquirir el tamaño de un muslo. Me
sangra la cabeza, los dos brazos, el pecho. Me deshago de la cazadora.
—Go on! Go on! —dicen todos aquellos a los que intento enseñar mis heridas
para que me ayuden.
—Go on! Go back! Back!!
Simplemente no tienen tiempo para mí. Ya tienen bastante con ocuparse de sí
mismos. El aire está infestado de balas silbantes y obuses que estallan, y los pilotos
alemanes nadan entre ellos como tiburones.
Sin embargo, los muchachos andan erguidos. Llevan el casco echado hacia atrás.
Sin duda también están hartos de echarse al suelo o simplemente agacharse. Algunos
llevan un cigarrillo en la comisura de los labios.
Se me caen los pantalones. Se me han roto los tirantes, y no puedo sujetarme los
pantalones con los brazos tan hinchados y sangrando. Llevo el vientre al aire; la
camisa de niño ni siquiera me llega al ombligo.
Una vez que he cruzado sus líneas, los tommies me meten en un bote, mientras
ellos se meten en el agua hasta las caderas. Me pongo a cantar de alegría, a llorar, a
reír… Poco a poco voy bajando la cabeza hacia el pecho.
En una tienda-quirófano me extraen las balas. Cuando despierto de la anestesia,
un capellán militar me guiña un ojo y me pone una delgada tableta de chocolate en el
pecho.
—Si es un crío —dice, como para su fuero interno. Luego enciende un cigarrillo
y me lo pone entre los labios resecos.

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Me meten en un tren hospital. No sé adonde va. Me limito a observar fijamente
los culos, tetas y vientres de las enfermeras que, embutidas en las estrechas faldas del
uniforme, corren jadeando de uno a otro herido gimiente.
Fuera caen copos de nieve. Otra vez Navidad. Otra vez la escarcha en las
ventanas. Como aquella vez, de pequeño, cuando soñé con una esplendorosa
Nochebuena.
Me dan unos pantalones, una chaqueta, un abrigo y un par de botas sin cordones.
Camisa, no. Ni ropa interior. Ni calcetines. Ni guantes. Ni gorra.
—¡Sácate las manos de los bolsillos o te las sacaré yo a latigazos! —Un escocés
pelirrojo con un ridículo bigote de foca nos recibe a la entrada del campo de
prisioneros blandiendo una fusta en el aire. Me siento tan indignado que le contesto a
gritos:
—¡No me estoy tocando los huevos, rata pelirroja, tengo frío!
Otro prisionero me tira de la manga y susurra:
—No caigas en las provocaciones. Sácate las manos de los bolsillos.
Me saco las manos de los bolsillos, aunque las tengo azules de frío.
Cuando, después de largas horas de recuento, entramos en nuestras jaulas con los
huesos helados, el otro prisionero me dice:
—No son todos así, ya verás. En general son buena gente.
Los secaderos, de unos veinticinco metros de largo, de la fábrica de tejas son tan
bajos que tenemos que arrodillarnos para entrar. Una vez dentro, ya no puedes
levantarte. Es preferible desplazarse a rastras. Dormimos en el frío suelo fangoso, en
dos hileras colocadas una frente a la otra. Tan apretados que para darse la vuelta hay
que levantar el cuerpo del suelo. Y tan pegados a los de la otra hilera que nuestros
pies se tocan y nos damos patadas. Cada uno tiene una delgada manta militar para
taparse, nada más.
Vaciamos con los dedos viejas latas de conserva oxidadas. Cada día chucrut con
agua y una lata de conservas llena de té. No tenía ni idea de que hubiese tanto chucrut
en el mundo.
Las cosas que pasan en el campo de prisioneros son la repera. No sólo se practica
el trueque, el robo, la usura, la prostitución y el asesinato, sino que además hay
hombres (¡adultos!) que se dedican a recitar poemas, a ir de barracón en barracón
leyendo la Biblia en voz alta (¡el diablo sabrá de dónde la han sacado!), a leer las
líneas de la mano, decir la buenaventura, intentar «convertirse» los unos a los otros a
no sé qué mierdas y a pelearse por la última cucharada de chucrut.
Lo más importante es el tabaco. Incluso más que joder. Los hombres se abalanzan
como locos sobre los cubos de basura y se pelean a brazo partido por las hojas de té
que los tommies tiran después de hervirlas tantas veces que ya no tienen ningún sabor.
Luego secan las hojas y lían cigarrillos con el papel de periódico que nos dan a veces
para limpiarnos el culo. Un viejo prisionero se come literalmente un «auténtico»

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cigarrillo inglés. Cada día corta, con su oxidada navaja de afeitar, una delgadísima
rodaja y se la come con fruición, con papel y todo.
Al cabo de un tiempo nos interrogan. A eso lo llaman interview. El tipo que me
interroga es berlinés. Se pone a contar chorradas sobre la época en que iba a la
escuela, sobre el instituto de bachillerato, la calle en la que vivía, etcétera. ¡A quién le
interesa todo eso!
Está bien alimentado, y se fuma un cigarrillo tras otro sin ofrecerme ninguno.
Seguramente nunca ha estado en la miseria ni le ha faltado algo que llevarse a la
boca. Incluso ahora, incluso en plena guerra, tiene de todo. Yo antes no tenía nada y
ahora tampoco tengo nada. Ni siquiera ropa caliente durante el invierno. Me cago en
la leche que mamó toda esa chusma, con sus altavoces, sus yellowlines y su eterna
alambrada de púas.
Tras dos meses de fábrica de tejas nos mandan a Inglaterra. De camino hacia el
puerto de Ostende, la gente de la calle nos escupe. ¡Total, ya puestos…!

Cuando salimos de las bodegas de los barcos en Inglaterra, después de haber sido
torpedeados y casi hundidos por los submarinos alemanes en el canal, la guerra ya ha
terminado. Sin embargo nos llevan a un campo de prisioneros.
El punto de encuentro para todos en el campo de Colchester, Essex, son las
letrinas. Se trata de unos largos y profundos fosos cubiertos con burdos maderos
sobre los cuales nos sentamos para cagar. Y mientras se caga, se discute, se hacen
planes, se fragua todo. Ahí se prepara todo: los robos, las evasiones; ahí se maquinan
las conspiraciones. Y también ahí tiene lugar el mercadeo de los putos. Un polvo —
según sea con el culo, la polla, la boca o la mano— se paga con una pastilla de jabón,
tabaco para liar o cigarrillos. La vaselina la preparan los mismos prisioneros con
grasa de carnero.
Sacan a un chico muerto de la mierda. Unos nazis completamente chiflados lo
condenaron a muerte en las letrinas por «traición a la patria» después de que
terminara la guerra, y le ejecutaron en las letrinas. Lo echaron dentro de la mierda y
allí se ahogó.
Colchester, Essex, se convierte en campo de tránsito para los prisioneros
liberados de Canadá y Estados Unidos. Traen por primera vez jabón Lux, pantalones
vaqueros, goma de mascar, Camel y Lucky Strike.
Ahora le toca el turno a nuestro campo, pero la repatriación tarda aún un año
entero. Los enfermos primero. Yo no estoy enfermo. Me paso toda la noche apoyado
desnudo en la gélida pared del barracón, a fin de pillar una nefritis y que me
encuentren albúmina en la orina cuando me hagan el examen médico. Me como un
paquete de cigarrillos y sardinas en aceite calientes y me bebo mi propia orina, todo
ello para que me dé fiebre. No hay ningún truco que no utilice. En vano.

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—Éste se queda —dice el gilipollas del médico. Estoy como un mulo. No hay
nada que pueda conmigo.
Por fin me toca el tumo en el último transporte. ¡He pasado un año y cuatro meses
en ese zoológico! Uno tras otro, los camiones cruzan la alambrada de púas.
—Come on! Come on!

Si hubiera dicho que vivo en Berlín, habría tenido que quedarme en el campo de
acogida en Alemania. De momento nadie puede ir a Berlín. Cito cualquier pueblucho
de mala muerte. Luego falsifico mi cartilla militar. Profesión: ¡locutor de noticias! No
me explico cómo he llegado a esa perversa idea. Nunca he oído las noticias.
Tengo un saco de marinero, unos vaqueros, una camisa sin mangas, un par de
botas, dos pastillas de jabón Lux, una lata de tabaco Goldflag y siete marcos.
Vendo una pastilla de jabón en el mercado negro y sigo mi camino. Siempre de
aquí para allá. Duermo en los búnkeres o entre los matorrales.
Una cabecita rizada me sonríe en una estación. Ella ya está en el compartimiento.
Subo al tren y me meto en el compartimiento. Durante el viaje nos comemos la
lengua el uno al otro. Voy con ella al lavabo del tren y la siento encima de la tapa del
retrete. Ni siquiera le bajo las bragas, sólo se las aparto. Tiene el agujero caliente y
húmedo como el morro de una vaca.
Nos apeamos en Heidelberg.
Vive en una linda buhardilla cerca del cuartel general norteamericano, donde se
acuesta con todo el mundo. Los yanquis le pagan con comida, café, chocolate,
cigarrillos, alcohol y dinero. Naturalmente también con jabón, papel higiénico y
medias.
Cuando al amanecer se acerca a la cama con los labios pintados, empezamos a
joder de verdad. Sólo tiene dieciséis años, pero conoce las más diversas posturas y
me enseña todo lo que sabe. Yo nunca había vivido tan bien.
Follamos unas tres o cuatro horas. Después del desayuno me voy a pasear y la
dejo dormir hasta mediodía. Luego almorzamos y ella se vuelve con los yanquis.
Al cabo de seis semanas estoy harto. Mientras ella está con un cliente, cojo mi
petate de marinero y desaparezco.
Los trenes van tan llenos que la gente asoma por las puertas y las ventanas. Me
introduzco en una de esas aglomeraciones y paso el viaje colgado cabeza abajo dentro
de un compartimiento, con las piernas saliéndome por la ventana.
Stuttgart. Kassel. Karlsruhe. No tengo ni la más mínima idea de dónde está todo
eso. En cada ciudad a la que llego, intento dar un sablazo a los directores artísticos de
los teatros. Unos dan más, otros menos. Algunos dan cigarrillos.
Desde Tübingen envío un telegrama a Berlín. En el remite pongo la dirección del
teatro de Tübingen. Seguro que mi madre me contestará enseguida. Quizá pueda
enviarme algo de dinero o unos caramelos, como cuando estuve en las colonias de

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vacaciones. Aquella vez me envió frühlingsblätter. Son dulces de color verde, en
forma de hoja de árbol. Son baratos, y siempre se pegan formando una masa
compacta dentro del cucurucho. Pero me gustan mucho, y llevaban pegado el amor de
mi madre.
Salgo a menudo a pasear y canturreo para mí. No tengo preocupaciones, y pronto
estaré con mi madre. Tengo para comer y fumar, y por las noches duermo en los
parques.
La secretaria del teatro me da hora para una prueba. A la hora de comer vamos al
parque y le enseño dónde duermo. Aún sigue allí el lecho de hojas de la noche
pasada. Los espesos matorrales nos protegen de las miradas de los transeúntes, pero
tengo que taparle la boca, porque a cada embestida grita tan fuerte como si la
estuviera empalando. Toda su ropa interior está ensangrentada. He tenido que
embestir brutalmente, debido a lo pertinaz de su himen.
Hace rato que estoy de nuevo en la calle y sigo leyendo el telegrama de Ame:
MAMÁ YA NO VIVE. STOP.
NO SÉ NADA DE LOS OTROS.

No lloro. Lo veo todo hecho añicos de colores. Como antes, de niños, cuando
mirábamos por un calidoscopio. Había que sacudirlo para que los cristales del interior
formaran un nuevo y extraño dibujo. No veo a las personas con las que me cruzo, y
tropiezo con ellas. Tampoco veo los coches. Sólo las astillas de colores, que cambian
constantemente su dibujo cristalino, sin repetirse nunca. Ando por ahí sin rumbo fijo.
Sólo al amanecer me voy al parque y me tumbo con la cara pegada al suelo. Y yo que
quería comprarle un abrigo, guantes y zapatos calientes para sus pies llenos de
sabañones, y que bebiera café-café y comiera panecillos con mantequilla y miel de la
buena, de abejas. Y que fuera una sorpresa.

Esta mañana recito un trozo del papel de Melchthal, de Guillermo Tell. Al llegar a
la frase «¿En los ojos, decís? ¿En los ojos…?», el llanto me impide continuar, porque
me acuerdo de los ojos de mi madre. Luego exclamo: «¡… y amanecerá en tu
noche!». Salgo corriendo del escenario y del teatro.
La secretaria me alcanza en la calle y me dice que me contratan. Vuelvo con ella,
firmo el papelucho, cojo los 50 marcos de adelanto y me largo para siempre.
Me uno a una compañía de teatro ambulante. Representan operetas, y tengo que
cantar. Me va bien todo lo que me acerque algunos kilómetros a Berlín. No me creo
el telegrama de mi hermano. No me creo que mi madre esté muerta.
La mujer del director de la compañía es muy joven. Tiene unos labios rojos de
fresa gastados a besos y profundas ojeras bajo las grandes pupilas azabache. Me la
follaré cueste lo que cueste.

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Actuamos en casinos municipales y en bares. Nuestro repertorio es indescriptible.
Para colmar la medida de la estupidez, vamos a representar La tía de Charty.
Viajamos en camiones descubiertos, sentados en sillas metálicas de jardín.
Maldigo a esa gentuza, pero al fin y al cabo vamos hacia el norte. En uno de los
pueblos en que actuamos incluso nos ceden un teatro astroso.

El parque de Offenburg está lleno de gente. Pero en algún sitio tengo que
aprenderme el estúpido texto de La tía de Charly. La pocilga donde me han alojado
me pone frenético.
Un soldado marroquí está sentado en un banco, a pleno sol. Me sonríe con sus
deteriorados dientes amarillos y se señala la bragueta y un paquete de cigarrillos que
tiene en la otra mano. Luego señala unos matorrales que hay a su espalda. Repite toda
la pantomima sin cortarse un pelo: bragueta, cigarrillos, matorrales. Debe de faltarle
un tornillo. ¿Pretende que me meta con él detrás de esos matojos raquíticos? ¿En
medio de los parterres de flores por los que pasea la gente? Además, seguro que tiene
la sífilis. Y los Gauloises amarillos que tiene en la mano no hay quien se los fume.
Están hechos expresamente para la legión extranjera, no pasas de la primera calada,
porque te estalla en los pulmones como una granada de mano. ¿Qué se habrá creído
ese tío?
Los domingos damos dos de esas infames funciones. Ya hemos dado la primera, y
en este momento estoy robando unas guindas grandes y carnosas en la carretera,
delante de la taberna de pueblo en la que actuamos.
Junto a mí roba también un soldado marroquí. Cuando ve que agarro una rama
bien cargada, quiere quitármela de las manos. Le doy una patada en el culo. Se
abalanza sobre mí y, a punta de fusil, me lleva al cuartel, que está enfrente.
De inmediato me rodean un montón de marroquíes. No entiendo lo que dicen,
pero se comportan como caníbales y me amenazan con las bayonetas. Unos cuantos
me soban la bragueta. Me parece que los chicos rubios les gustan especialmente.
Un horripilante toque de trompeta llama a la horda a formar. Es mi salvación. Me
llevan a empujones y patadas hasta La puerta del cuartel. El centinela carga el fusil.
Oigo claramente el chasquido del cerrojo. El cartucho está en el cañón. Me apunta.
—¡Lárgate y que te den por el culo!
Nunca he corrido tan rápido.
El director y su joven esposa duermen en el hostal en el que damos nuestras
repugnantes funciones desde hace dos semanas. Durante el día ensayamos La tía de
Charly en la sala del casino municipal.
Me faltan por lo menos dos horas para salir a hacer la mierda de papel que me
toca. Voy a mear. El lavabo está en el primer piso.
Para ir a mear tengo que pasar por delante de la habitación doble en la que
duermen el director y su joven esposa. Y ella folla constantemente, incluso de día,

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durante el descanso del mediodía y antes y después de las funciones.
Son las diez de la mañana. La puerta de la habitación está abierta. Aún no han
arreglado la habitación. Me cercioro de que no viene nadie, y entro en el cuarto. La
cama está revuelta. La sábana, completamente pringosa de manchas. Algunas son
recientes, aún están húmedas y viscosas. Se me pone el rabo tieso. Al girarme, la
encuentro detrás de mí.
—¿Qué quiere?
—Lo mismo que tú.
—¿Y yo qué quiero?
—Follar.
—¡Sinvergüenza!
Se sonroja. La boca de fresa se vuelve rojo oscuro. Los ojos adquieren un brillo
plateado. Respira pesadamente.
Cojo una toalla usada y la cuelgo delante del ojo de la cerradura. Miro al espejo
que hay encima del lavamanos y veo cómo se arremanga la falda. Se quita las bragas
y se coloca ante mí abierta de piernas, con la pelvis echada hacia adelante y las
rodillas un tanto dobladas. Su lengua áspera e hinchada llena mi paladar. El vientre le
crece contra mi polla como si estuviera preñada. Jadea. Su vientre trabaja como una
máquina. Se corre una y otra vez. Caemos de rodillas. Le hundo la polla por detrás
hasta los cojones, y me convulsiono como si estuviera conectado a un cable de alta
tensión, mientras ella, ensartada, resuella con la lengua fuera entre estertores de
ternero degollado.
Su marido se niega a darme un adelanto. Le pego un guantazo en plena calle. De
nuevo aparece un soldado marroquí, que nos separa con la bayoneta.
Me largo antes de que oscurezca, y me meto en el saco de marinero el frac que
llevo puesto en escena. No le digo a nadie que voy a tomar las de Villadiego. Ya
notarán mi ausencia a la hora de la función de noche.
Hacia Berlín sólo viajan trenes de mercancías. Para pasar la barrera, tengo que
comprar un billete hasta el próximo pueblucho. Cuando sea de noche cruzaré los
raíles. El mercancías para Berlín sale a las seis de la mañana.
Registran a todos los que pasan la barrera militar. Una mujer lleva en una bolsa
una botella de leche para su pequeño, al que lleva en brazos. El guardia francés
estrella la botella de leche contra el andén. A mí ese criminal no puede romperme
nada. No llevo nada a excepción del saco de marinero y el frac. Me he escondido un
paquete de cigarrillos entre las nalgas.
Me escondo hasta el amanecer en la garita del guardafrenos de un vagón situado
en una vía muerta. Para no dormirme, enciendo un cigarrillo tras otro con la colilla
del anterior. Mi tren de mercancías se detiene sólo un momento para enganchar unos
cuantos vagones más. No quiero quedarme dormido y perderlo.
Hasta Frankfurt, todo va sobre ruedas. Pero el tren ya no se mueve de allí. Me han
dado una información falsa.

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Duermo en un refugio antiaéreo. Una chica pequeña y rechoncha está tumbada en
un camastro. Salimos afuera; en el bunker hay demasiados mirones.
Aún tengo que esperar días enteros hasta que por fin pasa un tren de mercancías
en dirección a Berlín. Una vez en la estación de mercancías de Berlín, tomo el metro
hasta Schöneberg. Desde allí tendré que caminar cuatro kilómetros hasta llegar a
casa.
Las bombas incendiarías han quemado el edificio trasero. Pero nuestro piso sigue
en pie. Sólo los vidrios de las ventanas están rotos y los marcos carbonizados.
Arne me cuenta de qué mala manera murió nuestra madre. Conoce a una mujer
que estaba con ella cuando sucedió. Los pilotos norteamericanos dispararon al vientre
a mi madre. Mientras se desangraba junto a la acera, se fumó un cigarrillo,
preocupada por nosotros, sus hijos. Luego la enterraron en algún lugar. La mujer no
sabía dónde, porque caían bombas y tuvo que bajar al refugio antiaéreo.
No se sabe nada de mi padre. Continúa desaparecido. En el caso de Achim,
tenemos la esperanza de que haya ido a parar a un campo de prisioneros de guerra
ruso. Inge nos ha escrito desde Schliersee.
El hambre es aún peor que cuando era niño. Es imposible encontrar algo que
comer si no se tienen joyas o cosas así, ni se dedica uno al estraperlo. Salimos al
campo, haciendo treinta o cuarenta kilómetros a pie, para conseguir de los
campesinos patatas o nabos de los que normalmente echan a los cerdos. Pero los
campesinos quieren joyas o alfombras persas auténticas.
He andado hasta caer agotado y me he dormido en el tren de cercanías. Cuando
despierto, un soldado norteamericano borracho me está comiendo el coco. No sé qué
paridas al estilo de «you Germán… you war… bum bum… no good… no bum
bum…». ¡Tendría que gritarle a ese idiota integral en toda su cara de borracho que a
mi madre le asesinaron pilotos norteamericanos! ¡Que le dispararon al vientre! ¡¡A su
vientre de madre!! ¡¡¡En el que me llevó y del que me parió!!! Pero no sé inglés. Lo
único que sé decir es «fuck you».

Arne me cuenta que se procuró un hacha, con la idea de esconderse detrás de un


árbol en un parque y esperar a que pasara alguien para atracarlo, pues ya no sabía
cómo salir adelante. Tiembla como una hoja. Le cuento el sueño de Raskólnikov, que
planea matar a hachazos a una vieja usurera para robarla.
… Raskólnikov tuvo un sueño horrible. Se vio de niño en su pequeña ciudad de
provincia. Tiene siete años, y al atardecer de un día festivo pasea con su padre por las
afueras de la ciudad. El ambiente es crepuscular y oprimente, y el lugar es tal como lo
guarda en su memoria, aunque en el recuerdo la visión no es tan diáfana como se le
aparece ahora en el sueño.

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A pocos pasos del último huerto de la ciudad hay una taberna, una gran taberna
que siempre le había causado una impresión extremadamente desagradable, es más, le
asustaba cada vez que pasaba por delante de ella paseando con su padre. Allí siempre
había un montón de gente. Berreaban, se reían, se insultaban, cantaban
espantosamente con voz ronca y a menudo se pegaban. En torno a la taberna
deambulaban siempre borrachos e individuos de la peor catadura… Al cruzarse con
ellos, se arrimaba aún más a su padre, y le temblaba todo el cuerpo. Un detalle
singular atrajo su atención: en esta ocasión parece celebrarse una fiesta popular, pues
hay un grupo de burguesas endomingadas, mujerucas, hombres y toda clase de
gentuza. Todos están borrachos, todos cantan, y delante de la escalera de la taberna
hay estacionado un carro. Es un carro grande, de los que suelen ir tirados por caballos
de carga y se usan para transportar mercancías y toneles de vodka. Le gusta ver llegar
a paso lento y parsimonioso a esos formidables percherones de largas crines y gruesas
patas, capaces de arrastrar toda una montaña sin el menor esfuerzo, como si les
resultara más fácil avanzar tirando del coche que sin él. Sin embargo, extrañamente,
el que estaba enganchado a aquel gran carro era un pequeño y escuálido caballo de
labranza castaño, uno de esos que —como había visto a menudo— se deslomaban
tirando de carretas cargadas de madera o heno hasta los topes, sobre todo cuando las
ruedas se atascaban en el fango o en las roderas de otros carros. En esos casos, los
campesinos los apaleaban sin piedad, y les propinaban dolorosos latigazos, a menudo
en el morro y en los ojos. Ver esas cosas le hacía tanto, tanto daño, que los ojos se le
arrasaban en lágrimas. Cuando sucedía algo así, la madre siempre lo apartaba de la
ventana.
De repente se arma un alboroto: un grupo de campesinos extrañamente altos,
ebrios o, mejor dicho, borrachos como cubas, vestidos con camisas azules y rojas y
con los abrigos colgados a los hombros, sale de la taberna gritando y cantando al son
de la balalaica.
—¡Subid, subid todos! —exclama un individuo aún joven, de cuello grueso y cara
carnosa y colorada—. ¡Os llevo a todos, subid!
Enseguida se oyen grandes carcajadas y gritos:
—¿Ese penco va a tirar de todos nosotros?
—Oye, Mikolka, ¿es que te has vuelto loco? ¿Cómo se te ocurre enganchar ese
jamelgo a un carro tan grande?
—¡Me juego el cuello a que ese caballo ya tiene sus buenos veinte años,
hermanos!
—¡Subid, os llevo a todos! —exclama de nuevo Mikolka, mientras sube el
primero al carro, coge las riendas y se planta al frente cuan largo es—. ¡Este penco
me saca de quicio, me dan ganas de matarlo a palos, porque no se gana ni el heno que
come! ¡Os digo que subáis! ¡Le voy a hacer galopar! ¡Ya lo creo que galopará!
Y, diciendo esto, coge el látigo y se dispone a azotar con sumo gusto al caballito
castaño.

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—¡Subid de una vez! —exclama alguien riendo entre la gente—. ¡Ya lo habéis
oído, va a galopar!
—¡Ése lo menos lleva sin galopar diez años!
—¡A buen paso irá!
—¡Sin miedo, hermanos, coged cada uno un látigo y atizadle!
—¡Sin miramientos! ¡Atizadle!
Todos suben al carro entre risas y bromas. Ya han montado seis hombres, y aún
queda sitio. Hacen subir a una mujer gorda de rostro rubicundo, una mujer que lleva
un vestido rojo estampado, un tocado con cuentas de vidrio y zapatos campesinos de
cuero en los pies. Casca nueces y se ríe. También se ríe la multitud que rodea el carro,
y ¿por qué no habrían de reírse al oír que un jamelgo escuálido como ése va a tirar al
galope de un peso semejante? Dos muchachos de los que van en el carro cogen cada
uno un látigo para ayudar a Mikolka.
—¡Arre!
El penco tira con todas sus fuerzas pero, lejos de galopar, ni siquiera consigue
avanzar al paso, y se limita a contorsionarse sin moverse del sitio, a resollar y a bajar
la testuz bajo la auténtica granizada de golpes que los tres látigos hacen caer sobre él.
Las risas de los del carro y de la multitud aumentan, pero Mikolka se enfurece y atiza
al caballo cada vez con más fuerza, como si se creyera de verdad que puede hacerlo
galopar.
—¡Llevadme a mí también, hermanos! —exclama un individuo de entre la
multitud, a quien le han entrado ganas de hacer el viaje.
—¡Sube! ¡Subid todos! —grita Mikolka—. ¡Os llevará a todos! ¡Lo voy a matar a
palos! —Y empieza a atizarle una y otra vez, y en su rabia ya no sabe con qué
pegarle.
—¡Papá, papá! —le grita el chiquillo a su padre—. Papá, ¿qué hacen? ¡Papá, le
están pegando al pobre caballito!
—Ven, vámonos de aquí —dice su padre—. Son unos borrachos imbéciles
haciendo trastadas, vámonos, no les mires.
Y quiere llevárselo. Pero el chiquillo se suelta y corre hacia el caballito. Éste ya lo
está pasando mal. Jadea, se queda quieto, vuelve a tirar y está a punto de caer.
—¡Matadlo a latigazos! —grita Mikolka—. ¡Que reviente! ¡Yo es que lo mato a
latigazos!
—¡Buen cristiano estás tú hecho, pedazo de bruto! —grita un viejo entre la
multitud.
—¿Dónde se ha visto poner a una bestezuela como ésa a tirar de semejante peso?
—añade otro.
—¿No te da vergüenza martirizarlo de ese modo? —exclama un tercero.
—¡Callaos! ¡Es mío! ¡Puedo hacer con él lo que quiera! ¡Subios al carro! ¡Subid
todos! Quiero que corra al galope.

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De repente redoblan las risas. El jamelgo, que no puede defenderse de los
latigazos, se ha puesto a cocear con las patas traseras. Incluso el viejo sonríe. Y es
que la escena tiene su comicidad: ¡un penco tan inútil, y encima echa coces! Dos
muchachos de entre la multitud cogen un látigo cada uno y corren hacia el caballito
para atizarle por los flancos.
—¡Pegadle en el morro, azotadle en los ojos! —grita Mikolka.
—¡Vamos a cantar una canción, hermanos! —exclama alguien desde el carro, y
de inmediato todos siguen su invitación. Suena una alegre canción al son de un
tamboril, y silban el estribillo. La mujer casca nueces y se ríe… Pero el chiquillo
corre hacia el caballito y ve cómo le pegan en los ojos, ¡en plenos ojos! Se echa a
llorar. Se le encoge el corazón. Uno de los látigos le da también a él en la cara, pero
no siente nada. Se retuerce las manos, grita, se abalanza sobre el viejo, que menea la
cabeza y aparta la mirada. Una mujer coge al chiquillo de la mano y quiere llevárselo
de allí, pero él se suelta y corre de nuevo hacia el caballito. Ya no le quedan fuerzas,
pero cocea de nuevo.
—¡Mala bestia! —grita Mikolka enfurecido. Tira el látigo, se agacha y echa mano
a una larga y gruesa lanza de carro, la agarra con ambas manos y la esgrime con todas
sus fuerzas.
—¡Lo va a matar! —grita la gente.
—¡Lo va a hacer pedazos!
—¡Es mío!, —berrea Mikolka, y deja caer con todas sus fuerzas la lanza de carro
sobre el caballo.
Restalla un golpe sordo.
—¡Pegadle! ¿Qué hacéis ahí parados? —exclaman otros entre la multitud.
Mikolka levanta de nuevo la lanza y otro golpe cae sobre el lomo del infeliz
jamelgo. Cae sobre las ancas, pero se levanta de nuevo y tira con todas las fuerzas
que le quedan para mover el carro, pero los latigazos le llueven por todas partes, y la
lanza de carro se alza de nuevo y le golpea por tercera y cuarta vez. Mikolka está
fuera de sí por no haber podido matarlo de un solo golpe.
—¡Hay que ver lo que aguanta! —exclama alguien.
—¡Va a durar ya poco, hermanos, le ha llegado la hora! —grita entre la multitud
un hombre a quien parece agradarle todo aquello.
—¿No sería mejor matarlo de un hachazo? ¡Acabad de una vez! —exclama otro.
—¡Vete al carajo! ¡Quitaos de en medio! —grita Mikolka. Deja la lanza de carro,
se agacha y coge una vara de hierro—. ¡Cuidado! —exclama y golpea al pobre
caballito con todas sus fuerzas. El caballo se tambalea, se encorva y quiere tirar de
nuevo, pero la vara de hierro le golpea de nuevo el lomo, y cae al suelo como si le
hubieran cortado las cuatro patas al mismo tiempo.
—¡Pegadle! —chilla Mikolka, y baja del cano de un salto, enloquecido.
Algunos individuos, de rostro tan encendido y tan borrachos como él, cogen lo
primero que encuentran —látigos, palos, la lanza de carro— y corren hacia el caballo

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moribundo. Mikolka se sitúa en un flanco y empieza a golpearle el lomo con la vara
de hierro. El jamelgo echa la cabeza hacia adelante, resuella pesadamente y muere.
—¡Ya lo has conseguido! —grita alguien entre la multitud.
—¡Por empeñarse en no galopar!
—¡Es mío! —exclama Mikolka con los ojos inyectados en sangre y la vara entre
las manos. Se detiene como si lamentara no tener a nadie más a quien seguir pegando.
—¡Poco tienes tú de cristiano! —exclaman varias voces entre la multitud. Pero el
pobre chiquillo casi ha enloquecido de dolor. Con un grito se abre paso a través del
gentío, corre hacia el caballito, abraza la cabeza muerta y ensangrentada y la besa, le
besa los ojos, los belfos… Luego se levanta de un salto y se abalanza enfurecido
contra Mikolka con los puños apretados. En ese instante su padre, que le ha seguido,
lo coge y se lo lleva.
—¡Ven! ¡Ven! —le dice su padre—. ¡Vámonos a casa!
—¡Papá, querido papá! ¿Por qué han… matado a palos… al pobre caballito?, —
solloza, le falta la respiración y las palabras escapan de su pecho acongojado como
gritos de dolor.
—¡Están borrachos… Hacen maldades, no es cosa nuestra! —dice su padre. Pero
el chiquillo se aferra a su padre con ambos brazos… siente una opresión en la
garganta… quiere respirar… gritar y…
Raskólnikov despertó. Despertó bañado en su sudor, con el pelo húmedo,
respirando con dificultad, y se incorporó temblando de horror.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¿De verdad voy a coger… voy a coger un hacha y a
darle en la cabeza con ella, a partirle el cráneo… a pisar a ciegas la sangre pegajosa, a
forzar la cerradura, a robar y a temblar, a esconderme, completamente manchado de
sangre… con un hacha? Dios mío, ¿de verdad voy a hacer eso?

Arne solloza como Raskólnikov.


—¿Tú me ves como un asesino?
—No —respondo—. Tú no has matado a nadie.

Al cabo de una semana me doy cuenta de que he pillado mis primeras


purgaciones. No sé de qué mujer. En el futuro tendré que acostumbrarme a ello.
Me presento en el Schlossparktheater de Berlín. Miento con tanto descaro que
afirmo haber interpretado a Hamlet a pesar de no conocer la obra en absoluto.
No sé si alguien me cree. Tras la primera entrevista, Barlog me contrata.
El primer personaje que tengo que representar es el de paje en el preludio de La
doma de la bravía. La única misión de ese paje consiste en retener, vestido de mujer,
a un calderero borracho, para que se quede en el palco a ver la representación.
Durante esas jodidas dos horas, el paje tiene que quitarle la botella de aguardiente de

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las manos al calderero cada vez que éste quiere echar un trago. Por supuesto, no es
aguardiente de verdad, ni siquiera matarratas, sino algún brebaje calentucho. Una
especie de orina. Ni siquiera Coca-Cola.
Al cabo de un mes entero ya estoy hasta la coronilla. Lleno la botella con
aguardiente Steinhäger. Cada vez que se la arrebato al calderero, le pego un buen
trago. A mitad de la función ya estoy borracho… y empiezo a reírme, me tambaleo
por todo el escenario bebiendo de la botella, y pateo la estúpida concha del apuntador.
Cae el telón.
Entre bastidores, Barlog me pide explicaciones, y yo le tiro la botella vacía.
A las cinco de la madrugada me despierto tumbado en un banco junto a la
estación de metro Zoo. No sé cómo he llegado hasta aquí. Alguien me está
manoseando. Lo aparto de f un empujón. Los viejos dicen que este invierno está
siendo el más frío en varias décadas. El termómetro desciende hasta 28 grados bajo
cero. Continúo sin abrigo, pero eso a Barlog parece importarle un comino. Como
todos los pésimos actores, va bien abrigado, y siempre lleva encima un gran termo y
bocadillos. Tiene la mejor cartilla de racionamiento, la número 1. A mí me dan la
peor, la número 3. Ya no puedo pasar la noche en casa. Nos cubrimos con andrajos,
con papel de periódico y cartones, y nos envolvemos las manos, los pies y la cabeza
con retales de ropa. Seguimos sin vidrios en las ventanas, y el viento helado silba día
y noche dentro de la habitación; la nieve llega a las camas y a nuestras caras.
Esta noche lloro mientras me dirijo al teatro en un tranvía sin calefacción. No
lloro por mi pobreza, ni por el dolor que me ha causado el trozo de hielo que se me ha
clavado en el pie desnudo a través del agujero de la suela. Es la rabia que me causa
esa gentuza del teatro. El sueldo de hambre que me paga Barlog. Con el que ni
siquiera puedo comprar un poco de comida.
Después de la función me escondo en el caldeado teatro y duermo en el camerino,
tumbado encima de dos sillas. El portero no se chiva. Pero Barlog se entera a través
de algún hijo de puta, y me lo prohíbe terminantemente.
Me traigo la comida de casa. Sémola de cebada. Preparo bastante para varios días.
Al cabo de algunas horas, la sémola se pone dura como un pan. Cada día, antes de
salir para el teatro, corto una rebanada de sémola helada, la envuelvo en papel de
periódico y me la meto debajo de la camisa.
Como no tengo ensayos, no sé adónde ir por las mañanas. En ningún sitio toleran
mi presencia demasiado rato.
En cada barrio se han instalado salas caldeadas donde la gente se apiña alrededor
de una estufa de hierro. Si se quedan en sus casas, mueren como moscas.
Esas salas caldeadas no son mayores que cualquier habitación normal; en el mejor
de los casos, son del tamaño de un bar. Están siempre llenas a rebosar. Alguien vigila
que nadie se quede demasiado rato. De modo que tengo que peregrinar de sala en
sala. Están bastante alejadas las unas de las otras, y me hago un plano exacto. Cuando
consigo llegar a una de las salas, dejo encima de la estufa, hasta que están a punto de

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quemarse, los gélidos harapos en los que me envuelvo la cabeza y las manos como un
leproso. Luego vuelvo a ponerme la «ropa» y me dirijo cabizbajo hasta la próxima
sala. No lo consigo de una tirada. Cada cien metros tengo que detenerme en algún
sitio para protegerme del frío implacable: el portal de una casa, una puerta cochera, la
entrada de un sótano, una boca de metro.
La higiene es catastrófica. En nuestro piso no puedo lavarme, y menos aún
bañarme. No hay modo de conseguir leña ni carbón. El agua del lavabo y la cocina se
ha congelado en las cañerías. Incluso se ha congelado la máquina de afeitar. Me lavo
donde puedo: en el teatro, en los urinarios públicos.
Ya ha pasado lo peor del invierno, y el sol vuelve a lucir tímidamente. Después de
pasarme el invierno suplicándoselo, Barlog se decide precisamente ahora a encargar
para mí un abrigo hecho a partir de una vieja manta militar norteamericana.
El abrigo no llega a existir. La encargada del vestuario que me está cosiendo ese
abrigo monstruoso me acusa de haberle metido mano en el coño en la sastrería del
teatro.
Como Barlog no cumple su promesa de darme el papel principal en Oh Wildnis,
rompo a pedradas los vidrios de las ventanas del Schlossparktheater. No me renuevan
el contrato anual. De todos modos, en ese teatrucho me habría muerto de hambre y
me habría vuelto imbécil.
A partir de entonces no hago más que vagar de un lado para otro. Duermo y como
donde puedo. Lo único que me importa es no morirme de hambre ni de frío y poder
descansar la cabeza en algún sitio, a ser posible entre las piernas de una chica.
Cuando vuelva el buen tiempo, dormiré de nuevo entre los matorrales.
Entretanto, me he enterado de que existe algo a lo que llaman escuelas de actores.
Las utilizo para mangar libros y, de paso, suelo llevarme también las chicas. Además
las escuelas de actores siempre están caldeadas, y a veces las chicas llevan bocadillos
o una manzana o un huevo duro.
Lo que enseñan en esas escuelas de actores es una retahíla de escalofriantes
gilipolleces. Al parecer, las peores son las llamadas actor studios, de Estados Unidos.
Allí aprenden a ser naturales, es decir, se repantigan, se hurgan la nariz y se rascan los
huevos. A esa imbecilidad la llaman method acting. ¿Cómo se puede «enseñar» a
alguien a ser actor? ¿Cómo se puede enseñar a alguien cómo y qué debe sentir y
cómo debe expresarlo? ¿Cómo puede alguien enseñarme a mí la manera de reír y
llorar? ¿La manera de alegrarme y estar triste? ¿Lo que son el dolor, la desesperación
y la felicidad? ¿Lo que son la pobreza y el hambre? ¿Lo que son el odio y el amor?
¿Lo que son el anhelo y su satisfacción? No, no quiero perder el tiempo con esos
cretinos engreídos.
Libros y chicas, sí. Son chicas muy jóvenes. La más joven tiene trece años. La
mayor, dieciséis y medio. Es puta, además de aplicada estudiante de actriz, y los
yanquis le dan comida y cartones de cigarrillos. Tuvo la sífilis, pero se supone que ya
está curada. Es muy cariñosa, pero más aburrida que hecha de encargo. Sólo me la

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follo una vez, en un terraplén junto a la vía del tren de cercanías, no lejos de la
estación de Halensee.
A la más joven la desvirgo en su propia casa. Vive con su madre en un pequeño
piso cerca del Treptower Park. Creo que sus padres están divorciados o no sé qué.
Sólo me presenta a su madre. Le digo que quiero ensayar con su hija la escena de
cama de Romeo y Julieta, y nos deja solos en la sala de estar toda la tarde. Cuando su
hija se desnuda y se pone un camisón transparente, la madre sale del piso, por si
acaso.
Cuando se va, ensayamos la escena en la cama de matrimonio de los padres. Pero
el colchón es demasiado blando. Necesitamos algo que no se hunda, algo que ofrezca
resistencia, ya que de otro modo me resulta imposible penetrar en ese coño tan
cerrado. Nos tumbamos en el duro sofá, que es exactamente lo que necesitamos, pero
por mucho que se abra de piernas no consigo metérsela. La tiro del sofá, la tumbo
boca abajo, la pongo de rodillas y le echo la cabeza para abajo, de modo que con una
mejilla toca el suelo y puede agarrarse a las patas del sofá. Entonces le hundo el puño
en la espalda hasta que curva la columna y empuja hacia arriba el culo abierto. Pero a
lo perro tampoco consigo meterle el cipote. Está cerrada a cal y canto. Los labios de
su vulva son dos firmes almohadillas que se cierran una y otra vez como las dos
mitades de una pelota de goma.
¡Y encima ahora le dan ganas de mear! No consigue llegar hasta la puerta, y se
mea de pie sobre el suelo, con las piernas abiertas. Parece como si cayera una lluvia
torrencial. De un tirón, vuelvo a arrodillarla y paso de nuevo al ataque. Exploto
dentro de ella, muy adentro…

La escuela de actores de Eleonore F. se convierte en mi refugio durante algún


tiempo. O, mejor dicho, el piso en el que vive con su hija adoptiva Jutta S. No espera
de mí que soporte las paridas de las clases de actuación. Simplemente me acoge y lo
comparte todo conmigo, la comida, la bebida, el escaso dinero y los colchones. Jutta
viene a mi cama cada noche.
Lo primero que veo de Jutta es un desnudo a lápiz rojo que está colgado en la
pared de la sala de espera de la escuela de actores. En cuanto lo veo, se me empina el
rabo. En ese cuerpo todo parece de mármol. El culo. Los pechos. El pequeño vientre
redondeado.
El coño turgente.
Normalmente, no vuelvo a casa después de mis correrías hasta bien entrada la
noche, y entro por la ventana del dormitorio, que me deja abierta como si yo fuera un
gato. Me meto enseguida en su cama y me caliento pegado a su firme culo. Pero antes
de que acabe de calentarme, se me pone la polla tiesa como un palo, y echamos a un
lado las mantas. Su cuerpo se tensa y se encoge sin pausa, y tiembla y se estremece.
Lo hacemos en todas las posiciones, también por el culo, y todo lo posible con la

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boca. Siento sus orgasmos como descargas eléctricas, mientras crezco como una raíz
cada vez más hondo en su interior. Cuando ya me ha absorbido del todo y rebosa de
mí, y está tan cansada que ya ni siquiera puede gritar, salgo de nuevo por la ventana y
paseo por la clara noche estrellada. Mi cuerpo, mis manos, mi cara, despiden un
aroma más intenso que el de las flores entre las que me tumbo a dormir de cara al
cielo.

El príncipe Sasha Kropotkin es un gángster. Durante el día trapichea con muebles


antiguos y joyas, y no tiene reparos en quitarles a las abuelitas su última cuchara. Lo
acepta todo: alianzas, amuletos, molduras de oro de álbumes de fotos familiares,
marcos de fotografías, incluso dientes de oro. Cualquier cosa, con tal de que sea de
oro.
Rasca un poco el objeto, echa unas gotitas de ácido en lo rascado y enseguida
sabe de cuántos quilates es. Con lo que se forra es con los iconos rusos.
Por las noches se dedica a pegarse la gran vida en compañía de chaperas, que le
limpian los bolsillos, y en una ocasión incluso le pegaron en la cabeza a su madre
para vaciarle el piso.
Esta noche también está sentado a la barra con un chapera, al que mira fijamente
con sus ojos vidriosos, como si se tratase de un icono especialmente valioso, y bebe
vodka como una esponja. Es muy rico, y siempre paga las rondas. Hasta que Gustl,
que no tiene pelos en la lengua, arma un escándalo, manda a la mierda al chapera y
mete a Sasha en un taxi. A mí también me lleva.
Gustl es una mujer guapísima que ronda la treintena. Se le ha metido entre ceja y
ceja casarse con el príncipe ruso Sasha Kropotkin y convertirse en la princesa
Kropotkin, porque se pirra por ser aristócrata. Pero se la han follado muchos. Se pega
como una lapa a hombres ricos como Sasha, y se queda con todo lo que pilla También
trafica con muebles antiguos, que compra en la misma habitación del difunto tras
regatear con los parientes. Los herederos quieren el dinero para comprar enseguida en
el mercado negro un pedazo de mantequilla, huevos, leche y carne. Trapichea con
cruces carcomidas, patenas, tabernáculos e iconos, incluso con confesonarios, que
roba de las iglesias bombardeadas, comercia con lápidas de cementerios destruidos,
compra y revende para Sasha joyas que éste le cede en comisión, le suministra
chaperos a cambio de un tanto por ciento, administra mentalmente la fortuna de
Sasha y, a cualquier hora del día o de la noche le recuerda que una vez, estando
borracho, le prometió casarse con ella, lo que para Gustl significa que él se encargue
de pagar todas sus facturas. A veces Sasha le pega una paliza, e incluso una vez le
rompió un dedo, que nunca ha vuelto a ponérsele derecho; ella se lo cuenta a todo el
mundo, enseñando su dedo torcido. La mayoría se echa a reír. Pero Gustl no tiene un
pelo de tonta. No le importa ser el hazmerreír de la gente si con ello consigue inspirar
compasión.

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Tiene un carácter alegre por naturaleza, lo que, según afirma, se debe a su
temperamento típicamente renano. No siente rencor ni siquiera tras una de esas
tragedias desgarradoras a las que Sasha da pie al menos una vez al día.
Me lleva a su casa para follar. De paso, me quedo a vivir con ella. Me compra un
cepillo de dientes y trastos de afeitar, me viste con lo imprescindible, incluso encarga
para mí un traje de la más fina tela de algodón inglesa y, en poco tiempo, me lleva a
todas las fiestas imaginables y me presenta otras prostitutas, para lucirme. Me da de
comer de lo mejorcito y de lo más nutritivo; cocina ella misma platos deliciosos y
consigue kilos y kilos de carne a precios de usura. Por lo demás, me exprime los
cojones como si fueran limones. Me enseña todas las posturas y trucos que aún no
conozco. También me cuenta muchas cosas de otros hombres. A Hans A. siempre le
hacía una mamada, pero no debía tragarse la leche, sino que tenía que devolvérsela,
de boca a boca. Al tipo le gustaba tragarse su propio semen. Gustl es realmente una
puta de primera, y en ningún otro sitio estaría yo mejor atendido que en su casa.
Sin embargo, con el tiempo empieza a sacarme de quicio, y acabo viéndola sólo
de vez en cuando en casa de Sasha.
Los Kropotkin son una de esas familias de rusos blancos que consiguieron
largarse a tiempo con toda la quincalla y establecerse en algún rincón del mundo,
donde nunca les abandona su eterno pánico a los bolcheviques. Sasha se quedó con
su madre en Berlín, y vive en un miedo constante a ser secuestrado por la policía
secreta rusa. Su piso, lleno hasta los topes de antigüedades de incalculable valor, y
cuyas paredes están repletas de iconos rusos, está provisto de puertas de acero y de
gruesos barrotes en las ventanas. Parece una cárcel. Ese piso, que abarca entera una
de las esquinas de la Uhlandstrasse y el Ku’damm, es punto de encuentro habitual de
estraperlistas, aristócratas, modistos, ladrones, chaperos, putas, artistas, asesinos y
altos oficiales de los ejércitos de ocupación francés, inglés, norteamericano e incluso
soviético.
Sasha me quiere mucho. Seguro que también le encanta mi cara, mi cuerpo y mi
alma eslava, pero sobre todo me quiere porque digo la verdad y no le robo. Tiene una
confianza ilimitada en mí y me deja solo en el piso, rodeado de collares de perlas y
diamantes. Puedo comer y pasar la noche en su casa siempre que quiera; su criado
maricón tiene órdenes de dejarme entrar a cualquier hora del día o de la noche. Pero
nunca me da dinero. Tampoco me da nada en comisión. Cuando le digo que quiero
meterme en el mercado negro, se ríe de mí. Pero al menos me habla de Rusia. De
Dostoyevski y Tolstoi, de Chaikovski y Nijinsky. Me hace escuchar discos rusos y
llora como lo hacen los rusos cuando escuchan su música. Y, a imagen y semejanza
de los rusos en las novelas de Tolstoi y Dostoyevski, cuando está borracho me
confiesa sus mezquindades y cochinadas y me suplica que le redima. ¡Qué pocas
preocupaciones tiene!

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Eduard M. quiere representar conmigo Savonarola. Me asquea esa obra. No
quiero ser un loco religioso, y me importa un rábano quién quemó los cuadros de
Botticelli.
Eduard es pobre. Los muelles del sofá en el que me deja dormir a veces se me
clavan en la espalda. Su mujer trabaja de camarera en un bar. Sus clientes son
traficantes de armas que gastan a manos llenas. De vez en cuando trae a casa unos
cuantos billetes, y salimos de apuros por un tiempo.
Eduard, además, es pintor. Pinta unos cuadros horribles, incluso ha pintado un
retrato mío al óleo, de cuerpo entero, y dibuja tiras cómicas para revistas de mala
muerte. Además de su piso nuevo, que huele a rancio, tiene un pequeño estudio. No
lo utiliza para pintar, sino para engañar a su mujer.
He ido al estudio con la intención de estar solo. Por la noche, al despertarme de
improviso y no poder conciliar de nuevo el sueño, llamo a su mujer. Pero incluso
cuando ella se va a casa, tras haber follado hasta el agotamiento, no encuentro
sosiego. Algo me oprime la garganta. Me incorporo en el colchón abollado y clavo
los ojos como paralizado en la habitación oscura; no hay luz eléctrica. Poco a poco
consigo estirar el brazo hacia mi ropa. La recojo y salgo al pasillo tanteando el
camino. Me siento como rodeado por algo invisible y sin vida. Desnudo, bajo
corriendo las escaleras, y no me visto hasta llegar al portal.
—Te lo he ocultado —dice Eduard—. En el estudio se ahorcó uno. Por eso el
propietario me lo dejó tan barato. Perdona.
En los días siguientes, los muelles del sofá reventado vuelven a clavárseme en la
espalda.
Sasha me lleva al bar París. Bailo con una furcia polaca. Baila desnuda en un club
nocturno de por allí cerca y vive en la pensión de la esquina. Meto la mano en el
bolsillo de los pantalones de Sasha y cojo el dinero que necesito para la polaca.
Esa furcia polaca debe de usar algún truco de magia. Siempre tengo la polla tiesa,
aunque ya me haya corrido varias veces. Después de cada polvo, se saca la polla tiesa
de un tirón, se da la vuelta y se duerme. Yo no me duermo ni a tiros, y espero con la
verga en posición de firmes hasta que vuelve a apretar su gran culo contra mí: ésa es
la señal. Cada noche necesita hacerlo entre cinco y siete veces, o sea, cada hora y
media o dos horas. Habla muy poco, y sólo cuando es absolutamente necesario. De
todos modos, no entiendo su jerga.

Podría pensarse que no hago más que ir de cama en cama y pasarme el tiempo
follando. Pero no es así. A menudo me aíslo de todo el mundo durante semanas, me
encierro en mi habitación y ni siquiera salgo a la calle. Durante ese tiempo hago
ejercicios de dicción, diez, doce, catorce, dieciséis horas diarias. O toda la noche.

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Cuando los vecinos se quejan —y siempre acaban haciéndolo—, me echan de la
habitación de turno. Cambio de habitación con más frecuencia que de amiga. De
algunas habitaciones me echan ya al primer día.
Paso días enteros paseando por los parques o noches enteras vagando por las
calles. Recito siempre algún texto, y apenas percibo lo que sucede a mi alrededor.
Cuando durante los ejercicios de dicción me acomete el cansancio o corro el peligro
de no poder cumplir la meta que me he propuesto, me abofeteo. ¡Tengo que
conseguirlo, y punto! ¡Lo demostraré!
Alfred Braun, el antiguo periodista-estrella de la radio berlinesa, me da un papel
en su montaje de Romeo y Julieta. Con el sueldo alquilo mi primer estudio. En
realidad no es más que un lavadero situado por encima del último piso de una casa.
Pero la habitación tiene un gran tragaluz por el que entra mucha claridad. Encalo la
habitación y friego el suelo. Tengo una cama, una mesa, una silla y un lavabo propio,
en el que me lavo con agua fría debajo del grifo. No necesito más. Lavo yo mismo la
poca ropa que tengo. Por las noches no duermo en mi cama, sino que deambulo por
los parques y, cuando me canso de andar, me tumbo encima de la tierra desnuda y
miro al cielo. Cuando finalmente llega el día, como un parto largamente esperado,
vuelvo a mi estudio y me tumbo vestido en la cama. No necesito dormir demasiado,
sólo tres o cuatro horas.

La máquina de escribir, de Jean Cocteau. En una escena tengo que sufrir un


ataque de epilepsia. El director no ha visto nunca un ataque de epilepsia. Yo tampoco.
De modo que voy al hospital de la Charité de Berlín y le pido al médico jefe del
departamento de Psiquiatría que me describa un ataque de epilepsia. Me propone
presenciar cómo aplican un electrochoque a una paciente. Dice que las reacciones son
las mismas que en un ataque de epilepsia: el cuerpo de la persona afectada, al que se
aplica una corriente de alta intensidad, se retuerce en medio de bruscos movimientos
convulsivos. Los dientes se cierran y abren tan de improviso y con tanta fuerza que se
romperían de no ser porque les ponen en medio un pedazo de manguera.
Sale espuma por la boca. Los ojos se desencajan.
Llevan a la paciente a la sala de electrochoques. Es muy joven y guapa. Pero tiene
la cara y el cuerpo grises como el adoquinado de una calle. Sólo lleva puesto un
camisón del hospital. Se incorpora a medias, pero no parece interesarse por lo que la
rodea, se limita a balbucear en voz baja algo incomprensible. El médico dice que su
amante la abandonó y que ella sufrió un choque que le hizo perder la razón. Mediante
el tratamiento de electrochoque, se intenta provocar un contrachoque que, si todo va
bien, puede serle de utilidad.
—¿Y si no va todo bien?
—Mala suerte —dice con impertinencia.

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Atan a la joven a la cama. Le colocan los electrodos. En los brazos, los pies y las
sienes. Como en la silla eléctrica. Le ponen entre los dientes un pedazo ya
mordisqueado de una vieja manguera. Conectan la corriente. Con una terrible
sacudida, abre las piernas y al mismo tiempo las encoge con tanta fuerza que se le
levanta el camisón y puedo ver su desnudo sexo abierto. Su abdomen se curva con
tanta avidez como si estuviera sedienta de amor y no estuviera padeciendo un
electrochoque. Luego echa las piernas hacia adelante, como si quisiera darle una
patada a algo. Me doy la vuelta y salgo de la habitación.
Consigo representar el ataque epiléptico en el escenario. Pero constantemente veo
a la joven ante mí. Su vientre, que me reveló su secreto, un secreto que no era para
mí. El mágico secreto de toda mujer.

Roberto Rossellini viene a Berlín a buscar caras para su nueva película. La sala de
espera de la oficina de la productora está llena a rebosar de actores que se mueren de
ganas de actuar en la película de Rossellini.
Rossellini está hablando por teléfono con Anna Magnani, en Roma, y por lo visto
ha olvidado completamente que estamos ahí, o ni siquiera lo sabe. Después de cuatro
horas con todos esos panolis dentro de una habitación llena de humo, me salgo de mis
casillas. Maldigo a ese Rossellini y su película. Rossellini abre la puerta de un golpe,
me sonríe amablemente y dice:
—¿Quién es ése? Me interesa. Hacedle una prueba. Detesto hacer pruebas o
recitar textos delante de alguien. Sin embargo, paso por el tubo. Rossellini me ofrece
un contrato. Pero el teatro no me deja escapar.
Edith E. es mi compañera en La máquina de escribir. A menudo, tras la función,
nos quedamos juntos toda la noche. A veces también paso el día en su piso del
Westend. A pesar de sus cincuenta años, no se ha acostado con un hombre en toda su
vida. Al principio la hago gozar con la lengua. Al cabo de pocos días está preparada
para que le meta la polla. La entrada de su vagina es tan diminuta como la ranura de
una hucha de juguete, de esas en las que sólo pueden echarse monedas de un pfennig,
y sufre terribles dolores. Pese a ello retiene ansiosa mi cipote y no quiere que deje de
penetrarla.
Se ha pasado la vida lamiendo a chicas y mujeres y dejándose lamer por ellas. En
la escuela, en el internado para chicas y también más tarde, siendo ya una mujer. Me
habla de apasionados chupeteos. De los primeros magreos. De cuando la sedujo una
profesora. De una enfermera que la violó brutalmente, que la dominaba por completo,
a la que por un lado odiaba y por el otro se sometía completamente, y que más
adelante se suicidó porque Edith se separó de ella. Me habla de mujeres románticas y
soñadoras que eran como ella, como niñas pequeñas que se escondían bajo las
sábanas porque tenían miedo. Me habla de la obsesión desenfrenada de una monja
católica que colgó los hábitos por ella. Y de su propia hermana, que era su ídolo. Y

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me habla de su relación con Marlene D. cuando ambas eran aún jovencísimas
principiantes. Marlene le bajó las bragas entre los bastidores de un teatro berlinés y la
llevó al orgasmo con la lengua.

Jürgen Fehling, el único director de teatro genial en vida, me pide que vaya a
verle. Recito para él. ¡Durante siete horas! Son las seis de la tarde. El personal del
teatro empieza a llegar al Hebbeltheater para preparar la función de la noche. Fehling
me trae una joven acomodadora al escenario para que me haga de pareja en la escena
de la muerte de Otelo.
—Tú cierra el pico —le dice a la asustada joven—, da igual lo que te haga
Kinski, tú quédate inmóvil como una piedra y no digas ni pío. No quiero oír más que
su voz.
(¿Qué significa eso de «da igual lo que te haga Kinski»? ¿Qué puedo hacerle
aquí?). Detesto a ese tipo. Preferiría follarme a la acomodadora, cuyas bragas huelen
de un modo tan aturdidor, que me duelen los cojones. ¡Siete horas ya, y aún no tiene
bastante! ¡Debe de estar loco!
Tenemos que interrumpirnos. Nos vamos a un camerino, donde me hace leerle
fragmentos de un listín telefónico. Leo y leo y le hago reír y llorar.
Desde ese día, Fehling no me suelta un momento. Le sigo a todas partes durante
semanas enteras, asisto a sus ensayos, voy con él a comer y paso noches enteras
sentado a su lado en cualquier bar. Habla sin parar, y a veces, de puro cansancio,
acabo con la cara dentro de un plato lleno.
Fehling va a ser el próximo director artístico del Hebbeltheater.
—Cuando sea director artístico, ahorraré en todo, en decorados, en vestuario y
sobre todo en esa plaga de funcionarios apestosos y toda la demás gentuza —dice
excitado, mientras estamos los dos sentados en un rincón de un antro de mala muerte
—, pero no en el sueldo de los actores. Quiero que tengan todo lo que necesiten.
Todo. ¡Entonces podré exigírselo todo, y ellos tendrán la energía necesaria para darlo
todo!
Otto Graf quiere representar Espectros de Ibsen y me ofrece el papel de Oswald.
Firmo el contrato y esta vez cobro 500 marcos de adelanto. Cuando le cuento a
Fehling mis planes, me responde:
—No te conviene interpretar aún a Oswald. Sería un do de pecho demasiado
fuerte para ti. Rompe el contrato. Yo, Fehling, te defenderé ante los tribunales. No lo
olvides nunca: ¡Dios tiene planes para ti! ¡Y yo los convertiré en realidad! Si
interpretas a Oswald, será sólo bajo mi dirección. Nunca con otro. Sobre todo no
trabajes nunca con Grundgens. Esa pajillera barata no tiene idea de nada. Cree que el
sentimiento no existe. Porque él no tiene. Si necesitas dinero, dímelo y te lo daré.
—Se lo agradezco, pero no. Aún me queda dinero.

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Eso no debería haberlo dicho, pienso enseguida. ¿Tan chalado estoy como para
rechazar dinero?
—Bueno —añade—, si necesitas algo, házmelo saber. Para ti siempre estoy
disponible. Te protegeré.
Estoy tan imbuido de sus palabras que voy a ver a Otto y se las repito
literalmente. Le digo también que voy a romper el contrato. Otto queda muy abatido.
Pero tiene miedo a Fehling y no se atreve a contradecirme.
—Pues entonces no haré Espectros —se limita a decir.
A la mañana siguiente, Otto hace un último intento. Me propone que vayamos
juntos a ver a Fehling para pedirle que me deje libre.
Fehling me pide que espere en la sala contigua mientras habla con Otto. Le trata
muy amablemente. Pero le deja claro que quiere verle lejos de mí. Escucho a través
de la puerta y oigo todo lo que dicen.
—Usted no haría más que echarlo a perder —le dice Fehling—. ¡Pero yo le
convertiré en el mayor actor del siglo XX!
Fehling me dice que seré el primer actor al que contratará para el Hebbeltheater
tan pronto sea director artístico.
El jefe de la policía militar norteamericana de Berlín, al que he conocido en casa
de Sasha, me consigue un billete para un avión militar norteamericano que vuela a
Munich. Desde allí viajo en tren hasta Schliersee, donde Inge se ha casado con un
leñador. Cuando el leñador, con el hacha al hombro, me estruja la mano como con
unas tenazas, creo tener delante de mí al mismísimo Rübezahl[7].
Como ni yo ni ellos tenemos dinero, y dormimos en la misma habitación, no me
queda más remedio que oír sus revolcones por la noche. Lo hacen con absoluta
desvergüenza, como si yo no estuviera. Qué cachonda, pienso, ni siquiera es capaz de
dominarse por una noche. A lo mejor lo hace a propósito, para recordarme nuestras
porquerías. Sea como fuere, gime y se corre hasta la madrugada, y no me queda más
remedio que masturbarme bajo las sábanas.
Cuando vuelvo a Berlín, ya han nombrado a Fehling director artístico del
Hebbeltheater, pero lo han despedido de inmediato tras haber dado a conocer que, en
primer lugar, quiere rodar una película en la que él mismo interpretará el papel de
Dios. Después de una conferencia en la universidad, los estudiantes le apedrean,
produciéndole heridas en la cabeza. Luego desaparece.
Voy a ver a Otto y acepto interpretar a Oswald. Necesito dinero. La señora Alving
es María Schanda. Tras la escena en la que Oswald se vuelve loco, me tiene largo rato
entre sus brazos, porque teme por mí.
Antes del estreno, Otto me da cocaína, porque estoy tan afónico que apenas puedo
hablar. Después de inhalar por la nariz un poco de polvo blanco, parece como si una
mano mágica hubiese liberado mis vías respiratorias y mis cuerdas vocales. Pero la
cocaína me reseca las mucosas, y la lengua se me pone gorda y ya no me obedece; al

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mismo tiempo, caigo en la falsa creencia de que puedo hablar a toda velocidad, y me
siento tan rebosante de energía que podría desarraigar árboles.
Durante la función, todo va bien. En la escena en que me vuelvo loco, algunos
espectadores gritan. Otros salen corriendo del teatro. Una mujer se desmaya.
Otto no debería haberme dado cocaína. Me ha dejado una papelina con un gramo.
Cuando ya he gastado medio gramo, empiezo a preguntar a todo el mundo quién
vende cocaína. El peligro de esa mierda es que uno no se da cuenta a tiempo de
cuándo es hora de dejarla. Cada instante puede ser demasiado tarde, y ya no se libra
uno de ella, hasta ser víctima de una sobredosis o una manía persecutoria, hasta
envenenarse con gas o suicidarse de cualquier otra forma. Algunos van a parar al
manicomio, donde estiran la pata después de sufrir los tormentos de la locura. Otros
incluso se convierten en asesinos para conseguir cocaína.
He comprado un gramo más por el precio del sueldo de una semana, y he
inhalado el contenido de la papelina. De repente me doy cuenta de que ya nunca
tengo apetito. Hace días que no como nada, y en lugar de ello lamo las últimas
migajas del papel en el que venía envuelta la cocaína.
Voy a comer a un restaurante. Cuando el camarero me trae la cuenta, se me queda
mirando estupefacto. Los platos siguen llenos ante mí, sin que los haya tocado. He
apartado a un lado la sopa, el segundo plato y el postre y me he limitado a fumar un
cigarrillo tras otro. Ni siquiera me he dado cuenta de lo que hacía. Cuando veo mi
cara en el espejo del lavabo, sé que no me salvaré si no acabo con esto
inmediatamente.

Cada día Espectros. Aunque haga un calor sofocante. Aunque sea sábado por la
tarde. O incluso domingo por la mañana. Una chica me trae los primeros girasoles.
Una periodista quiere hacerme una entrevista. Intencionadamente ha dejado sin
abrochar un botón de la blusa y no lleva sostenes. Tiene unas tetitas como peras que,
a cada paso que da con sus zapatos de tacón alto, le brincan como si quisieran
pegarme en la cara. No paro de mirarle las peras. Su cuerpo es joven y elástico, y al
mismo tiempo tan tenso que tengo la impresión de que, si la breve falda no los
encerrase en su jaula, los muslos se abrirían por sí solos como un cortaplumas, y sus
encantadoras nalgas, que se adaptan exactamente a la mano de un hombre, saldrían de
la cáscara con un estallido, como castañas. La boca, linda y estrecha, es casi
demasiado pequeña para los fuertes dientes blancos que la mantienen entreabierta. No
me mira ni una sola vez con sus ojos gris claro. Pero sé que la entrevista va a ser
larga.
Al cabo de cuarenta minutos nos hallamos solos en su piso de la Reichskanzler
Platz. Se tumba en la cama completamente vestida. Se queda en silencio, y sigue sin
mirarme. Se levanta de nuevo, enciende un cigarrillo tras otro. Desaparece un buen

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rato en el lavabo. Prepara café y bocadillos. Vuelve a echarse en la cama. Fuma como
una chimenea. Cuando me tumbo a su lado, no dice ni una palabra.
Pero, cada vez que la rozo, se aparta de mí como asustada. Tras dos horas de
tortura, le bajo la blusa de un tirón. Las tetitas de pera se le escapan. Bailan un
auténtico baile de san Vito y se me meten en la boca. Nos tiramos de la ropa,
tropezamos, caemos al suelo, jadeamos, resollamos, gritamos como si liberarnos de la
ropa fuera cuestión de vida o muerte.
Cuando estamos desnudos, nos ponemos en cuclillas el uno frente al otro, como
dos fieras a punto de saltar. Luego nos abalanzamos el uno sobre el otro y nos
mordemos hasta quedarnos enganchados. Nos pegamos en todo el cuerpo. En la cara.
En el pecho. En los órganos sexuales. Los ataques son cada vez más peligrosos. Las
mordeduras cada vez más dolorosas.
Ella levanta el abdomen hasta mi boca como si quisiera hacer el puente. Se echa
boca abajo. Levanta el culo y abre las nalgas, dejando al descubierto el agujero del
culo y las fauces de su coño voraz, que agarra mi polla estremecida como un ave de
rapiña atrapa su alimento.
A las siete de la mañana salgo del piso. Apenas hay algo que no hayamos hecho
en esas dieciséis horas.
Al cabo de poco tiempo, me entero, a través de una nota en un periódico, de que
la periodista Fulana de Tal se ha suicidado con su marido.

Wolfgang Langhoff, el director artístico del Deutsches Theater de Max Reinhardt


en Berlín Este, se negó a contratarme hace siete meses. Primero tuve que esperar
semanas enteras hasta poder hacer una prueba. Cuando por fin llegó el día, grité hasta
quedarme sin voz, lloré a lágrima viva y golpeé con manos y brazos hasta hacerme
sangre, pero Langhoff no me hizo caso. Se limitó a engullir bocadillos y a frotarse
una mancha de la corbata, que se había ensuciado de té con azúcar.
Por qué será que esa caterva de directores artísticos siempre tienen miedo de
morirse de hambre en el teatro.
—Vuelva de aquí a unos años —me dijo con la boca llena—. Quizás entonces
podamos hacer algo. Y coma. ¡Coma, hombre, coma! Está tan flaco que parece que se
vaya a romper con esos estallidos sentimentales. O sea que aliméntese como es
debido.
El muy capullo se merecía que le partiera los mofletes. Pero pensé: ¡Vendrás a mí
de rodillas! ¡Y de aquí a unos años estarás para el arrastre!
Vino de rodillas antes de lo que me imaginaba. Después de Espectros, su gerente
me pide, en una educada carta, que acuda al Deutsches Theater.
Langhoff me ofrece un contrato anual por 3000 marcos al mes y me dice que, tras
finalizar la temporada, yo mismo podré, decidir si quiero prorrogar el contrato por
varios años. Naturalmente, a cambio de un sueldo mucho mayor.

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La primera obra es Medida por medida de Shakespeare. Soy Claudio, que ha
desvirgado a una joven sin haberse casado con ella, y por eso le condenan a muerte.
(¡Precisamente yo!). Encerrado en el calabozo, tiene visiones de cómo los gusanos se
comerán su cadáver.
Me resulta difícil imaginarme cómo se me comerán los gusanos. Nunca pienso en
la muerte. Ni siquiera he empezado a vivir de veras.
Por las noches deambulo por los cementerios y me meto en las criptas. Los
portillos de hierro están oxidados, son muy pesados y cuesta una enormidad abrirlos.
Me introduzco por los huecos. Me apoyo en los ataúdes cubiertos con lona. Escucho
a ver si oigo algo. Pego el oído a las tumbas y llamo a los muertos, que no me
contestan. Tengo que encontrar la respuesta. ¿Pero cómo?
Mis sensaciones son un caos total. Plantas trepadoras que amenazan con
estrangularme. Una jungla de la que he de salir luchando a brazo partido. No tengo a
nadie que me ayude. Encontraré el rastro de sangre, como un animal.
Durante la representación, todo viene por sí solo. He desentrañado el misterio:
hay que quedarse inmóvil. Abrirse, entregarse. Dejar que entre todo, incluso lo más
doloroso. Aguantarlo. Soportarlo. ¡Ésa es la palabra mágica! El texto sale por sí solo,
y su sentido determina la agitación del alma. El resto lo proporciona la vida, que hay
que vivir sin reservas. No hay que dejar que las heridas cicatricen; hay que abrirlas
una y otra vez para extraer del interior de uno mismo un prodigioso instrumento
capaz de todo. Eso exige un precio. Me vuelvo tan sensible que ya no puedo vivir
bajo circunstancias normales. Por eso las horas entre función y función son las
peores.
No existe apenas una sola palabra de los grandes escritores rusos, y sobre todo de
Dostoyevski, que yo no conozca. Adapto para el teatro El idiota y Crimen y castigo.
Llevo mi adaptación a Langhoff, que accede a representar Crimen y castigo.
Entretanto, Fehling ha vuelto a aparecer y se ha instalado en Munich. Le quito a
Langhoff la adaptación de Crimen y castigo, porque quiero ir a Munich a enseñársela
a Fehling.
Le dicto el texto a una chica de una agencia de mecanógrafas de Treptow, a la que
tengo que pagar con dinero del Este. Además, en Treptow vive también la pequeña
con la que ensayé desnudo Romeo y Julieta.
El primer día, durante el descanso de mediodía de la mecanógrafa, me paso por
casa de la pequeña, ya que la agencia de mecanógrafas no queda demasiado lejos.
Pero luego la mecanógrafa me pone a cien. De debajo de la falda le sale un olor tan
intenso a pescado que tengo que dejar de dictarle y le meto mano entre los muslos
apretados y pegajosos.
Salimos del despacho el uno detrás del otro, como si fuéramos al lavabo, a fin de
no hacer sospechar a las otras mecanógrafas, y especialmente a la jefa, y nos
encontramos en el gallinero, situado en el patio interior. Me corro una sola vez. Grita
tan fuerte que me dan ganas de estrangularla.

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Su madre trabaja en el guardarropa de un local nocturno, y nunca vuelve a casa
antes del amanecer. Aunque no dormimos ni un minuto, no oímos el ruido de la llave
cuando su madre abre la puerta. No entra en el dormitorio, probablemente porque
piensa que su hija duerme. Ahogo sus gritos con las almohadas.
A las doce del mediodía, mientras madre e hija duermen en sus respectivas
habitaciones, salgo de la casa a hurtadillas. ¡Tengo que buscarme otra mecanógrafa!

Estoy harto de las representaciones de Medida por medida. Olisqueo por todas
partes como un perrillo para encontrar algo mejor. Finalmente Bert Brecht quiere
conocerme. Asisto al ensayo de un sustituto en Madre Coraje. Hace ya tres meses
que está ensayando la misma escena. ¡Repite mil veces cada palabra y cada gesto de
los actores! Me deja aturdido tanta estupidez. ¡Deben de ser analfabetos!
Cuando me pregunta si quiero incorporarme a su Berliner Ensemble, me pongo a
buscar enseguida una respuesta ingeniosa. Pero Brecht tampoco tiene un pelo de
tonto, e interpreta mi silencio a su manera:
—Te desaconsejaría hacerlo. Yo, aquí en el Este, gozo de la libertad de los locos.
Pero dudo mucho que esta gente tenga suficiente sentido del humor para aguantarte a
ti.
Me rompo la cabeza intentando imaginar algún truco para no tener que actuar
cada noche. Hago una visita a Arne en la Wartburgstrasse. Me meto vestido en la
bañera llena de agua helada y me arrastro, con la ropa chorreante, por entre las ruinas
del edificio trasero destruido por las bombas, y me quedo tumbado encima de los
cascotes hasta que anochece. Quiero pillar una pulmonía. Pero ni siquiera me resfrío.
Sí, debe de ser verdad que Dios tiene planes para mí.
De la rabia que me da tener que ir al teatro, tiro por la ventana unos cuantos
muebles, que se hacen astillas en la calle.
Como miembro del Deutsches Theater me dan unos bonos gracias a los cuales
puedo comer una vez al día en el club del teatro. Ese club lo han montado los rusos y
está abierto a todos los que pertenecen a la ópera, al ballet y al teatro. Por supuesto,
también a los gerifaltes políticos. En el restaurante del club hay de todo, incluso
champán de Crimea y caviar Malossol. El club está pensado, ante todo, para los
gerifaltes, y los soplones vigilan encarnizadamente por si alguno de nosotros tiene el
descaro de comer dos veces. Yo no como caviar ni bebo champán, porque no puedo
pagarlo, pero un día me permito comer dos veces en el club: al mediodía y después de
la función de noche, porque estoy verdaderamente hambriento. El gerente del
Deutsches Theater, que siempre come allí dos veces al día, me ha visto y me ha
denunciado.
Al cabo de una semana, ese mismo gerente se niega a concederme un adelanto.
A través de una serie de escaleras interiores y pasillos, se puede acceder
directamente desde los camerinos a las oficinas del teatro. Vestido ya para la función

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de la noche, a excepción de las botas altas, agarro de la corbata a ese cabrón y lo
abofeteo hasta que, al oír sus berridos, acuden otros empleados de las oficinas.
También viene Langhoff, y me exige que me quite el vestido, pues puedo
considerarme despedido desde ese mismo momento. Pero no estoy dispuesto a
quitármelo ni mucho menos, y salgo disparado hacia mi camerino, para ponerme
también las botas.
Las botas están aún en la zapatería. No puedo ir allí, porque Langhoff, el gerente
y los otros oficinistas, que me siguen como una hilera de patos, me cortarían el paso.
De modo que bajo en calcetines por la otra escalera hasta el vestíbulo. La hilera de
patos me pisa los talones.
Los primeros espectadores ya guardan cola en las taquillas. Paso velozmente a su
lado y salgo a la calle. Por todas partes hay gente que se dirige al teatro. ¡Allí! ¡El bar
del teatro! Conozco bien al dueño. El bar del teatro también está lleno de gente que
entra allí a comerse unas albóndigas o echar un trago antes de la función.
La hilera de patos, con Langhoff en cabeza, ha utilizado otra escalera, que
conduce al bar desde el vestíbulo del teatro. Caigo de lleno en sus brazos. La
persecución prosigue por encima de mesas, sillas y clientes. Me subo a una mesa de
un salto.
—¡Si queréis el vestido, aquí lo tenéis!
Me lo arranco del cuerpo a jirones. Lo hago pedazos a dentelladas.
—¡Éste para ti! ¡Y para ti! ¡Toma! ¡Cómetelo, si quieres! ¡Después de mí no se lo
pondrá nadie!
Esa rata de gerente sufre con cada desgarrón. Rompo el vestido en trozos tan
pequeños que no podrán volver a coserlo jamás. No pueden impedírmelo. Estoy de
espaldas a la pared, y al primero que se acerque le daré una patada en la cabeza.
Quedo desnudo. El dueño del bar me echa un abrigo por encima e intenta
calmarme, porque lloro y grito de rabia y asco por esa gentuza. La hilera de patos
hace mutis con los jirones.

Después de esa escena en el Deutsches Theater me encuentro de nuevo en la


calle, así que vuelvo a casa de Sasha.
—No hagas caso —se limita a decir, ofreciéndome un vodka. Es su manera de
ser. En una ocasión, otro gángster le estafó 300 000 marcos cambiándole un collar de
perlas auténticas por uno de perlas falsas, y lo único que hizo Sasha fue, como ahora,
echarse al coleto un vodka.
Cuando le cuento la que he armado en el Deutsches Theater, se echa a reír.
—No te preocupes y da gracias al Creador por tu talento. Mírame a mí. No me
importaría en absoluto cambiarme por ti. Tengo cuarenta y dos años y en mi vida no
he hecho más que chupar la sangre a otras personas, correr detrás de los chaperos,
dejarme desvalijar por ellos y emborracharme entre mis iconos. ¿Crees que estoy

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contento de la vida que llevo? ¡Tú sí que tienes motivos para estarlo! Un día la gente
acudirá en masa a verte. Se pelearán por ti. Conseguirás todo lo que quieras. No
hagas caso a los que te amenazan. No les enseñes los clientes. No pueden contigo. Ve
y búscate otro estudio, te lo pago yo. O duerme aquí y déjate alimentar. O instálate en
el piso de la Königsallee.
No me quedo a vivir con Sasha ni me instalo en la Königsallee, pero encuentro un
nuevo estudio en la Brandenburgische Strasse.

Helga es la chica que me trajo al teatro los primeros girasoles. Sus padres le han
prohibido que venga a mi casa; su padre es pastor protestante. Pero aunque tarda una
eternidad en dejarse follar, vuelve cada día. Por fin accede gustosamente a que la
tumbe en el altar para llevar a cabo el sacrificio de su himen.
Cuando sus padres se niegan a dejarla salir de casa, se casa con un estudiante.
Ahora sus padres ya no pueden prohibirle nada. Cada mañana se mete en mi cama y
se queda hasta que su estudiante vuelve a casa de la universidad y ella tiene que
hacerle la comida.

¡Necesito girasoles! Camino muchos kilómetros para conseguirlos. Si están


frescos, beso sus caras de miel. Si están secos, los pongo en el alféizar de la ventana,
donde vuelven a arder.
He visto un girasol gigantesco en un huerto comunitario en Tempelhof. Ahora no
puedo arriesgarme a robarlo, y le pregunto al dueño si me lo vende. Me lo da gratis.
Lo llevaré de Tempelhof a la Brandenburgische Strasse cogido por el tallo verde
claro, que mide dos metros de largo. Su cara negra y pegajosa está rodeada de pétalos
de un amarillo luminoso. Yo llevo unos vaqueros de color azul aciano y una camiseta
de color rojo amapola. Ambas cosas las he conseguido a través de uno que tiene un
amigo en Estados Unidos. Como es verano, voy descalzo.
Es domingo, y las calles están llenas de gente que pasea. Me meto por calles
secundarias para no cruzarme con nadie, porque allí por donde paso todo el mundo se
ríe de mí y de mi girasol.
Para huir de ese acoso, quiebro el tallo del girasol a la altura de la flor, la aprieto
como a un bebé contra mi pecho, con la cara vuelta hacia mí, y sigo a grandes
zancadas en dirección a Wilmersdorf.
Intento subir a un autobús, pero ni siquiera el revisor es capaz de privarse de
divertir a los pasajeros con observaciones imbéciles sobre mí y mi girasol. Toda la
cuadrilla se parte de risa. Me apeo de un salto del autobús en marcha.
En la calle, la situación resulta cada vez más insoportable. Me molesta y hiere
tanto la estupidez y la brutalidad de la gente que estalla en carcajadas al verme con el

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girasol que, asediado por un grupo de peatones, no veo otra solución que romper mi
querido girasol en pedazos y marcharme corriendo.

Achim ha vuelto de su cautiverio en Rusia y está de nuevo en chirona. Se ha


juntado con una banda que roba abrigos de piel. Voy a verle a la prisión preventiva de
Moabit y le llevo chocolate y cigarrillos. Se alegra enormemente de volver a verme, y
nos abrazamos y besamos. Me pide que le consiga un abogado.
Cuando me dirijo a ver a un abogado en la Fasanenstrasse, veo a una mujer
policía empujando y arrastrando a una mujer que llora y que lleva una mochila a la
espalda. Los peatones contemplan la escena pero no dicen nada.
—¿Qué hace con esa mujer? —le pregunto a la arpía uniformada.
—Estaba vendiendo en el mercado negro —responde.
—¿Y qué? —digo yo—. ¿No te da vergüenza detener a esta pobre mujer por eso,
pedazo de sargenta? Lo hace por necesidad, no por gusto. ¡Déjala suelta!
La arpía uniformada suelta por un momento a la asustada mujer y me agarra a mí
de la muñeca.
—¡El carnet de identidad! —grita histérica.
Me libero de sus dedos gordezuelos y me río en su cara.
—¡No tengo!
Eso es demasiado para su cerebro uniformado. Se lleva a la boca, casi sin labios,
el silbato que tiene colgado al cuello, y silba hasta que el guardia de tráfico deja pasar
los coches como les da la gana y, sin preguntar qué ha pasado, se me echa encima.
Ahora los peatones ya se sienten lo bastante seguros y me llaman «alborotador» y
«tipo peligroso». El policía de tráfico me sujeta las manos a la espalda, y se nos
llevan a comisaría a mí y a la mujer de la mochila.
—¡Ha insultado el uniforme de mi compañera y ha opuesto resistencia a la
autoridad! —dice un policía en la comisaría.
No puedo evitar echarme a reír.
—¡Deje de reírse —grita fuera de sí— o le encierro!
Me río todavía más fuerte.
—¿Quiere que llore?
—¡Lo que quiero es que cierre el pico y hable sólo cuando le pregunten!
Me río tan fuerte que me atraganto.
—Es que me hace usted gracia, no puedo evitarlo.
Me dan una patada en el culo y aterrizo en una celda. Son jaulas en hilera, como
en el zoo, y un policía se pasea arriba y abajo por delante de ellas, semejante a un
guardián de fieras. Me agarro a los barrotes y empiezo a gritar, pero eso fortalece su
espíritu de carcelero. Antes de que me encerraran debía de estar deprimido, pues las
jaulas vecinas están vacías. Ahora sonríe burlón, de modo que vuelve a sentirse bien.
Se pasa el manojo de llaves por los dedos como si fuera un rosario.

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Grito a pleno pulmón que conozco al alcalde de Berlín, que hace poco ha sellado
su amistad con el presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, y que me
encargaré de que pongan de patitas en la calle a todos los granujas de esa comisaría.
El oficial de guardia me deja salir de la jaula y lamenta lo sucedido.
—¿Qué pasa con la mujer? —le pregunto mientras me empuja hacia la puerta
para deshacerse de mí.
—No le pasará nada malo —miente desvergonzadamente el oficial. Cuando salgo
a la calle, me meo en la fachada del edificio.

Cuando Achim sale de la cárcel, intenta abrirse camino de una manera un poco
más honrada. Cuida perros, trabaja de canguro y dona sangre dos veces por semana.
Por cada donación le dan 20 marcos y un bistec de buen tamaño.
Se me ocurre poner a la venta mi cadáver. Me he enterado de que puedes vender
por adelantado tu cadáver a los departamentos de anatomía, para que lo diseccionen,
y que te dan una buena suma por él. Mi plan consiste en vender mi «cadáver» a todos
los departamentos de anatomía posibles. Pero resulta que es imposible, porque
cuando uno vende su cadáver por primera vez, lo anotan en el carnet de identidad.
Me voy a Munich en autobús. He oído decir que en las fiestas de carnaval hay
montones de chicas semidesnudas.
En la Haus der Kunst hay una exposición de Van Gogh. Es la primera vez que veo
originales de Van Gogh. Salgo corriendo a la calle, con los ojos anegados en
lágrimas.
En la fiesta de carnaval de la universidad conozco a Gislinde y a Therese. Las dos
van pintadas de pierrot, y las dos llevan mallas en las que se marcan sus muslos, sus
vientres, sus culitos y sus deliciosos chochitos. Las dos están bañadas en sudor. Bailo
con las dos durante la noche entera. A las dos les como la lengua. A las dos las dejo
preñadas esa misma noche.
A Therese su familia la obliga a abortar. Gislinde tendrá el bebé. Therese está
muy triste. Quería al niño, aunque sabe que no puedo casarme con las dos. Tampoco
con Gislinde hablo nunca de matrimonio. Está feliz pensando en su bebé.
No puedo pasarme el día follando, también tengo que ganar dinero. Fehling
trabaja en el Bayrischer Staatstheater, y me cito con él.
Lee mi adaptación de Crimen y castigo y dice:
—Lo vamos a representar, pero no aquí. Me tomo el teatro tan en serio que me
dan pena estos conmovedores provincianos. Ya pensaremos cuándo y dónde.
Descansa, pareces muy debilitado. Vete al campo, te lo pago yo.
Fehling está tan cariñoso como en Berlín y sigue irradiando esa inmensa energía y
calidez suyas. Pero me temo que nunca volverá a montar una obra.

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Una vez, en el momento en que subo a un tranvía, una chica se detiene en medio
de la calle y me sonríe con todos sus dientes blancos. Me bajo de un salto del tranvía
en marcha. No la conozco. Es la primera vez que la veo. Dice que se llama Elsa. Elsa
tiene la cara morena, pelo negro y largo, ojos relucientes como el metal, una boca
Firme y manos ávidas y sensuales.
Todos los parientes de Elsa tienen altos cargos en la iglesia católica. Un tío suyo
es la «mano derecha» del Papa. En cuanto esa caterva se entera de que Elsa se lo
monta con el diablo, echan del rebaño al corderito como si tuviera la peste ovina, y
dejan de ayudarla. Hasta ahora estaba liada con el jefe del servicio secreto
norteamericano en Munich, que aún le sigue tirando los tejos. El tipo vino
expresamente de Estados Unidos para seguir la pista en las montañas bávaras a los
nazis escondidos que se han disfrazado con pantalones de cuero y viven como
pastores de cabras en algún lugar.
Al menos, durante algún tiempo el tipo va pagando. Luego se seca también esa
fuente, porque ella ya no tiene tiempo para el yanqui, ya que nos dedicamos a
«retozar como conejos», como dice ella. Vivimos en un cobertizo en una pensión de
mala muerte en el barrio de Schwabing, y sólo nos levantamos para pillar algo de
comer. Normalmente sólo comemos huevos crudos, que nos dan fuerzas para seguir
follando. Cuando ya no podemos pagar el cobertizo, continuamos en el Englischer
Garten, luego en un cementerio en Bogenhausen y por fin en los jardines que hay al
pie de la estatua del ángel de la paz.
Elsa comparte habitación por las noches con una beata. Yo estoy en una
residencia de seminaristas católicos que fundó su abuelo. El anatema que pesa sobre
Elsa por mi culpa aún no ha llegado aquí, y en esas pequeñas comunidades aún no
saben que Elsa se acuesta con Belcebú. Vamos a mendigar a las iglesias, porque el
cuento del tío que ella tiene en el Vaticano y el abuelo que fundó las residencias
funciona siempre. El botín es un miserable marco sacado del cepillo, con el que el
párroco nos despacha en el portal de la iglesia. Es fácil imaginarse la cantidad de
iglesias que nos vemos obligados a recorrer.
Con esas limosnas no vamos a ninguna parte, y ofrezco mis servicios a las dos
viejas alcahuetas Elli S. e Ilse A., que llevan su agencia de actores como si fuera un
burdel por teléfono. La cosa es como sigue: tengo que instalarme a vivir en un
camerino de los estudios Bavaria para que no me pierdan la pista; además, el
camerino, que está incluido en el alquiler de las oficinas como una especie de cuarto
trastero, les sale gratis. Ese camerino es una celda de tres metros por cuatro, en la que
se volvería uno idiota si tuviera que estar allí siempre solo. Cada vez que un director
o un productor pasa por la agencia, que se encuentra en el piso de abajo de mi
manicomio, me mojan el pelo con agua y me peinan, para presentarme como un niño
bueno. Por esa comedia me dan cada día siete marcos de dinero de bolsillo, como

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adelanto de un hipotético sueldo futuro. Comparto el dinero con Elsa. Me escapo por
la escalera de incendios y me la follo en el bosque que limita con los estudios
Bavaria.
La mujer de un fotógrafo norteamericano de Nueva York, un tal Kunz, Schlunz,
Punz o como se llame, llega a Munich para presentarse a los productores de películas
alemanes. En las oficinas de los estudios topa precisamente conmigo, y aunque su
suegra, que la acompaña, la vigila constantemente para que no juguetee con pollas
extrañas, conseguimos quedarnos solos un instante en el parque Hofgarten, junto a la
Feldhermhalle.
Me araña la cara y me insulta a gritos porque no quiero follármela de pie apoyada
en un árbol, después de haberle metido los dedos en su coño jugoso y caliente
sentados en el césped. No puede ser. No puedo follármela aquí de pie. Los matorrales
son demasiado bajos, y tan ralos que los paseantes lo verían todo.
Lo intentamos en la sinagoga bombardeada. Pero aquello parece haberse
convertido en un meadero. Por todas partes hay hombres meando. O masturbándose.
Furiosa, accede a venir a mi camerino de los estudios Bavaria, en Geiselgasteig.
Pero nos descubren de la manera más estúpida mientras trepamos por la escalera
de incendios de la fachada lateral de los estudios. Las dos alcahuetas de la agencia
tienen un cliente en la oficina y quieren exhibirme como a una furcia. Aporrean la
puerta del camerino, pues están convencidas de que nos hemos encerrado dentro.
Tapo el agujero de la cerradura, e intentamos no hacer ruido. Es muy difícil, porque
la mujer del fotógrafo ya se ha quitado las bragas en el pasillo, y no me da tiempo a
bajarme los pantalones, pues se arrodilla, me abre la bragueta y engulle mi cipote, sin
dejarme sacarlo hasta que me corro en su boca. Luego me agarra la cabeza, me
aprieta la cara entre sus piernas abiertas de par en par, y se corre tantas veces que
pierdo la cuenta. En cuanto está otra vez lista, vuelta a empezar. Cambiamos de
posición como si estuviéramos haciendo gimnasia.
Las alcahuetas vuelven a subir una y otra vez y aporrean como locas la puerta del
camerino, diciéndome a grito pelado que estoy echando a perder una gran
oportunidad, etcétera.
Cuando se cansan de berrear a la puerta, seguimos prudentemente con lo nuestro.
Pero esa salvaje rubia teñida se empeña en gritar. Sin gritos, no hay orgasmo.
Fuera es de noche. Estamos los dos agotados. Además, se acuerda de repente de
que ha dejado plantada a su suegra en el hotel Bayrischer Hof. Antes de que pueda
bajar por la escalera de incendios con su vestido totalmente arrugado y empapado en
semen, la monto una vez más por detrás y, mientras responde a mis embestidas con
empujones aún más brutales y profundos, avanzamos a cuatro patas por el pasillo que
conduce a la escalera de incendios.
Como no salgo adelante en Munich, tengo que volver a Berlín. Como regalo de
despedida, Elsa me da las Baladas de François Villon.

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Las leo en el autobús. Al amanecer, cuando salimos del Avus[8], sé que Villon soy
yo.
Recito por primera vez las baladas de François Villon en el Café Melodie, en
Ku’damm. Los estudiantes de la escuela universitaria de bellas artes escriben en la
calzada del Kurfurstendamm, con tizas de colores y con letras enormes, KINSKI RECITA
A VILLON. La entrada es gratis. Recogeré dinero con la gorra.
El Café Melodie está tan abarrotado que la gente se pisa los pies mutuamente. Los
que no pueden entrar rompen los cristales de las ventanas para entrar por la fuerza.
Interviene un policía, y le dan una paliza.
Subo a la primera mesa que encuentro y recito, grito, rujo, susurro, exhalo, jadeo,
lloro, río las baladas de François Villon desde lo más hondo de mi alma. Descalzo,
llevo un jersey hecho harapos y una gran gorra con visera, en la que recojo dinero
después de cada balada.
Sasha echa en la gorra un billete de 100 marcos, otros de uno a 20 marcos, los
estudiantes pobres 15 pfennigs o un groschen, uno echa incluso su último pfennig.
Lleno la gorra en menos de un cuarto de hora.
También está Walter S. Quiere representar conmigo Las veinteañeras en el
Hebbeltheater.
Primero me follo a su mujer. Tiene los cabellos increíblemente gruesos y largos y
de un rojo brillante, y, como todas las pelirrojas, siempre anda húmeda. También
tiene el coño pelirrojo.
Hertha K., mi compañera en Las veinteañeras, es vienesa.
Me enseña todas las canciones de taberna, pues me propongo seriamente
presentarme en el Grinzing de Viena cantando acompañado de una cítara. Por
desgracia, las clases sólo duran hasta que veo un trozo de su carne desnuda.
Olvidamos en su cama de la Meineckestrasse que tenemos función por la noche.
Durante una de las representaciones sucede algo que desde entonces me dará qué
pensar. En una escena estoy solo en el escenario y sólo tengo que pasearme pensativo
de aquí para allá, sin hablar. De repente me encuentro sobre una rampa que ya no
pertenece al decorado, y miro fijamente la sala llena de espectadores, pero oscura
como boca de lobo. O, mejor dicho, miro a través de la oscuridad y del público.
Porque no es el público lo que busco con la mirada: intento distinguir algo mucho
más remoto de lo que puede ver el ojo humano. No sé qué es lo que intento distinguir,
pero es más importante que el hecho de encontrarme en un escenario. Creo que lo que
veo es mi futuro, que ya no tiene nada que ver con el teatro ni con el oficio de actor.
Estoy tan ausente que durante un buen rato me olvido completamente de dónde
estoy. El inquietante silencio de los espectadores me devuelve a la realidad del
momento.
El regidor dice que he detenido la función durante diez minutos. Bueno, ¿y qué?

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Valeska Gert inaugura el Hexenküche. Es un cabaret en el que se dedica a hacer
sus muecas esquizofrénicas. Quiere que recite las baladas de Villon a lo largo de
varias veladas. Más que veladas debería decir noches, porque la función del
Hebbeltheater no termina antes de las diez. De modo que no puedo llegar a su garito
hasta por lo menos las once.
Hoy doy la primera representación en el local de Valeska. Después de la función
del Hebbeltheater, se me quitan las ganas y me emborracho. Pero a la una y veinte de
la madrugada me presento en el Hexenküche. El antro está lleno de humo y no cabe
ni un alfiler. Salgo al escenario.
A las cinco de la mañana, Valeska, ese renacuajo obeso, intenta hacerme
comprender que la primera noche no voy a cobrar todo lo que me corresponde, ya
que la mitad del público estaba formada por parásitos de la prensa, que, además de no
pagar entrada, jalan y privan gratis.
Destrozo el local.

Gislinde está de nueve meses y quiere dar a luz al niño en Berlín, porque yo no
puedo ir a Munich. Con el sueldo del Hebbeltheater alquilo un estudio decrépito, pero
grande, cerca del Ku’damm. Lo pinto todo de blanco y compro a plazos una cama
plegable de hierro y un colchón, una tosca mesa de madera, dos sillas del mismo
material, un cesto de la ropa que servirá también de cuna para el bebé, varias
mantitas, ropa de bebé y pañales. No me alcanza para ropa de cama. Pero sí para
girasoles, que meto en unos floreros que me presta alguien. Llevo siempre encima
uno de los camisoncitos del bebé.
Si es niña, la llamaré Pola. Pola es la niña de Crimen y castigo que sigue a
Raskólnikov y le abraza y le besa. A pesar de que es un asesino.
Mi hija nace en la clínica de la Schlüterstrasse. Estoy tan contento que se lo digo
a todas las putas que hacen la calle enfrente de la clínica, y que me conocen. Me
regalan flores para que se las lleve a Gislinde.
Cuando Pola abre los ojos por primera vez, mira enfadada a su alrededor. Fuera
estalla una tormenta.
No quiero que esas jodidas monjas vuelvan a quitarme a mi hija de los brazos.
Las monjas se ponen insolentes. Las insulto. La monja jefa me pide que salga por
favor al pasillo. En el pasillo me esperan dos policías.
—¡Ultrajáis a Cristo! —grito tan alto que Gislinde debe de haberlo oído, porque
sale de la habitación con sus cosas empaquetadas y el bebé, y nos vamos al estudio en
taxi.
Se acaban las funciones en el Hebbeltheater. Nuestro dinero también. No puedo
seguir pagando los muebles, y el agente judicial se lleva todos los trastos. Esa noche

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dormimos en el suelo. A la mañana siguiente le digo a Gislinde que se vaya con Pola
a Munich, a casa de su madre.

Iván el Terrible de Eisenstein. Como no tengo dinero, doblo la película rusa y dos
películas inglesas de Sabu.
Sasha alquila para mí el teatro de la Kaiserallee, donde haré el papel de la mujer
en La voz humana de Jean Cocteau. Se trata de un monólogo: la conversación
telefónica de una mujer con su amante, que la ha abandonado. Al final, la mujer se
ahorca con el cable del teléfono.
Cuando leo el texto, no puedo pensar en otra cosa que en ser esa mujer. ¿Por qué
no? En tiempos de Shakespeare no había ni una sola actriz; todas las mujeres y
chicas, incluso Julieta, eran interpretadas por hombres. La Mona Lisa también era un
hombre. Además, me importa un rábano: ¡soy esa mujer, y punto!
El monólogo consiste en veinticuatro densas páginas mecanografiadas. Me las
aprendo de memoria en veinticuatro horas. Luego voy corriendo a casa de Sasha y le
recito el monólogo, que dura una hora. Nos pasamos en ello la noche entera. Quiere
que se lo recite una y otra vez. A las seis de la mañana, su madre, la princesa Nina
Kropotkin, aparece disimuladamente en camisón, e insulta a Sasha en ruso porque se
ha enterado de que ha invertido mucho dinero en el alquiler del teatro. Llora de pura
tacañería, aunque ella misma es millonaria y Sasha gana su propio dinero. Su cabeza
grasienta me recuerda la de la prestamista de Crimen y castigo, que Raskólnikov
partió a hachazos. Sasha acaba cogiendo un candelabro de oro encendido y
tirándoselo a su madre.
—No hagas eso, Sasha —le digo—. Es tu madre.
Pero Sasha está fuera de sí, y no consigo tranquilizarle. Le dejo solo y me voy a
pie a la Königsallee, al piso que Sasha me ha prestado allí.
Pero no puedo respirar en medio de todos esos trastos antiguos y horteradas que
ha juntado allí para sus fines de semana con los chaperas y que él mismo nunca
utiliza. Me echo entre unos matorrales en el jardín de la villa e intento dormir un
poco.
La primera representación tendrá lugar dentro de cuatro semanas. Se han agotado
las entradas para los dos primeros meses. ¡Y entonces el gobierno militar prohíbe la
obra!
Sasha envía un telegrama a Cocteau a París, y Cocteau responde con otro
telegrama ese mismo día.

ME ALEGRO MUCHO DE QUE SEA KINSKI QUIEN INTERPRETE EL PERSONAJE. LE FELICITO


POR SU VALOR. HARÉ LO POSIBLE POR ESTAR PRESENTE EN EL ESTRENO
JEAN COCTEAU

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Pero los perdonavidas del gobierno militar, rodeados de lameculos del mundo del
arte y la cultura, temen un escándalo si se representa la obra, y deciden no levantar la
prohibición.
Pasa el tiempo. Sasha se niega a seguir pagando, porque lo presiona su madre,
que está enterada de la prohibición por parte del gobierno militar.
Me encuentro a Sasha borracho, y me pide, de rodillas, que le libere de su vida
miserable. Estrello la botella de vodka contra la pared forrada de seda, y le digo que
me da asco. Sasha abre la caja fuerte:
—¡Cógelo todo!
Luego se va a un bar, a ahogar el odio que siente hacia su madre y hacia su propia
vida de perro, que no ha sabido aprovechar.
Me encuentro delante de la caja fuerte abierta, en la que no sólo se amontonan
fajos de billetes, sino también diamantes, perlas, rubíes, esmeraldas y montañas de
oro. No sé por qué, le pego una patada a la puerta de la caja y salgo del piso sin tocar
nada. Jamás me lo perdonaré.
No quiero volver a la KÖnigsallee. Me voy a pie a la Wartburgstrasse. La puerta
de la calle está cerrada con llave. Rompo de un golpe la ventana de colores y saco a
Arne de la cama a timbrazos.
Arne trabaja ahora en la redacción de una revista femenina; ha subido muchos
enteros. Ha arreglado el piso, ha comprado muebles, tiene trajes y piensa comprarse
un coche a plazos. No sabe a qué se dedica últimamente Achim, que pasa a verle de
vez en cuando. Arne me da dinero para el billete de autobús a Munich. El traqueteo
del viaje resulta una auténtica tortura, pero echo de menos a mi hija.
Gislinde vive con su familia en la Mauerkircherstrasse, junto al puente del Isar,
justo enfrente del Englischer Garten. Su hermana pequeña se llama Hexi, y tiene
catorce o quince años. Lo único que le interesa es aporrear el piano. Tiene una cara
parecida a la de Beethoven, y toca tan bien que se me arrasan los ojos en lágrimas
cada vez que la oigo. Llega un día en que no la dejan tocar más en el piso y, como no
encuentra ningún otro sitio donde tocar, se suicida.
Aunque la familia me trata bien, y me he casado con Gislinde, no vivo en el piso.
Paso las noches en el Englischer Garten o debajo del puente del Isar. Estoy contento
de volver a ver el cielo por encima de mí; sin eso, me moriría.
Veo a Gislinde una vez al día, y ella me trae a mi hija, para que juegue con ella, y
a veces algo de comer o unos cuantos marcos. Cuando no hay nadie en el piso, subo
con ella y me lavo y me afeito. De paso, me echo algo caliente al coleto. De lo
contrario, me lavo en las heladas aguas alpinas del Isar. Cuando llueve, me hago un
lecho de hojas de árbol y me tapo con ramas. Dejo la cara afuera, para que me caiga
la lluvia en la boca y los ojos. Siento como si unas manos me acariciasen, y me
duermo. Pero lo mejor es cuando hay tormenta. Cuando hay tormenta sí que soy feliz
de verdad.

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Cuando empieza a refrescar por la noche, Gislinde baja al puente del Isar a
traerme una manta.
Un director teatral que quiere estrenar conmigo una obra rusa nos regala un
cochecito viejo de niño. Desde entonces paseo a Pola por el Englischer Garten. El
cochecito es de mimbre, y yo voy metiendo margaritas por los huecos, hasta que el
cochecito entero parece un parterre de flores.
En el Englischer Garten me encuentro con Wanda, casada con un búlgaro. Ella
también lleva de paseo a su bebé. Dos horas más tarde estamos tumbados entre los
matorrales. Todo en ella es de madre. Su boca. Sus pechos. Sus caderas. Su trasero.
Sus muslos. Su pubis. A cada empujón nos hundimos más en la tierra. Hemos dejado
los cochecitos en un lugar en que los tenemos siempre a la vista. Cuando nos
separamos, embadurnados de tierra, es noche cerrada. No encuentra sus bragas. Las
he tirado bien lejos.
Voy a visitarla cada día. Bien de mañana, cuando su marido se va a Radio Europa
Libre. Viven en una sola habitación amueblada, y todo huele a orina y pañales, que
están esparcidos por el suelo. La tumbo sobre la cama de matrimonio y bebo de sus
largas ubres pletóricas, que, como las de una vaca bien alimentada, casi revientan de
leche y necesitan que las ordeñen constantemente. Nos ponemos tan cachondos que
cuando llega su marido del trabajo todavía estamos follando, y tengo que esconderme
en el armario escobero del recibidor.
El fotógrafo de modas Helmut von Gaza telefonea a las dos alcahuetas de los
estudios Bavaria. Pone a disposición su taller —que es tan grande como una sala de
actos y forma parte de su piso de doce habitaciones en el Kürfurstendamm— para la
representación de La voz humana. No podrán prohibir la representación, pues piensa
solicitar un permiso para una sesión privada de un club teatral.
Esa misma tarde me voy en tren a Berlín. Elsa ha empeñado su reloj de pulsera
por mí. Entre tanto, se ha casado con el director general de la compañía de gas de
Bayreuth, que la carga de quincalla, pero le da poco dinero contante y sonante.
De nuevo vuelven a agotarse las entradas con varios meses de antelación para las
representaciones de La voz humana. No tengo piso. En su piso de la Wartburgstrasse,
Arne utiliza sólo la habitación del balcón y la sala de estar, y yo me instalo en la
habitación de Inge, donde estoy más tranquilo. Me alimento de huevos duros, agua
caliente y limones.
Pero hay que retrasar una vez más el estreno, porque cojo una hepatitis galopante.
Me pongo más amarillo que un canario, pese a lo cual me paso por el forro las
prescripciones de los médicos, hasta que un día me derrumbo en plena calle.
He ido andando hasta Tempelhof para follar con dos chicas que quieren
brindarme sus cuidados. Cuando llego a la puerta de la casa, ya no me quedan
fuerzas, y me desplomo junto al bordillo. Me suben al piso, me meten en la cama y
llaman a un médico, la doctora Milena Bösenberg.

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Cuando la doctora, a fin de auscultarme, inclina su cara pálida y suave sobre mí,
su cara de finas venillas azules en las frágiles sienes, con los ojos más grandes que yo
había visto hasta entonces, y con unos bellísimos labios sedosos, que se ciernen sobre
mí como frambuesas maduras, a punto de rasgarse y derramar su jugo sobre mi cara,
la beso en la boca.
Ella, conmocionada, se deshace de mi abrazo, mientras la roja sangre inunda su
cara blanca como la de la Blancanieves cuando vuelve a la vida tras el beso del
príncipe en el ataúd de cristal. Y abre la boca de par en par, como si quisiera vomitar
la manzana envenenada.
Me manda al hospital del distrito del zoo. Las dos chicas pagan por adelantado
para que me pongan en una habitación individual.
Milena me visita cada día, pero no me deja que me la lleve a mi cama.
—Con esa hepatitis tan fuerte, lo que tienes que hacer es estarte bien quieto —me
dice quedamente.
Me hacen tragar dos veces cada día un largo tubo por el que mi bilis desemboca a
litros en un cubo.
A la monja que me trae el termómetro cada noche, y cuyas tetas me rozan la cara
cada vez que cuelga y descuelga la lámina de la curva de fiebre que tengo por encima
de la cabeza, le echo mano al vientre. Ella hace como si no hubiera notado nada.
Vuelve por la noche. Se encarama sobre mí, con las piernas abiertas, y me pone
su grueso chocho en la boca, para que yo no tenga que moverme. Para empezar, la
follo con la lengua.
Las ocho semanas de hospital me martirizan los nervios. Me pongo irritable y
colérico, y les tiro a las enfermeras las compresas calientes que me ponen sobre la
vesícula. Tampoco tengo paciencia para leer. Soy un animal encerrado que no piensa
en otra cosa que en escaparse.
Por fin pido que me traigan papel y pluma, y escribo un tratado sobre «el crimen
perfecto». Se me ha ocurrido la idea hace unas semanas, mientras releía Crimen y
castigo. Raskólnikov escribe un ensayo sobre ese tema, que más tarde el juez de
instrucción utilizará contra él como elemento de sospecha. La novela no reproduce el
contenido del tratado. Escribo el texto pensando en la posibilidad de que algún día se
estrene mi versión escénica de la novela, conmigo en el papel de Raskólnikov.
Vuelvo a acordarme del óleo de Holbein que muestra a Jesús en la tumba: rígido,
muerto, con la cara verdosa y la barba tiesa, apuntando hacia arriba, hacia la tierra
que le han echado encima a paletadas. Tirado. Reventado. Pudriéndose. A
Dostoyevski le impresionó profundamente ese cuadro. Tenía miedo de que los
creyentes pudieran perder la fe en la inmortalidad si lo veían.
Una noche me escapo del hospital. No lo soporto más. Los médicos no me
permiten levantarme de la cama, y además no puedo pagar el resto de la factura.
Me voy a pie hasta Tempelhof y llamo al timbre del piso de Milena, que es
también su consulta. Se alarma, me desnuda, me baña y me mete en su cama. Luego

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apaga la luz y se desnuda también a oscuras.
Los labios de su coño son tan sedosos como los de su boca. Derramo mi semen
bien dentro de ella, hasta que me prohíbe seguir follando. Me dice que sólo quiere
que la folle cuando yo tenga los cojones bien llenos, hasta reventar. Por ello, cuando
ya hemos echado varios polvos, me manda dormir para criar más semen.
Cada vez que voy a visitarla e intento meterme entre sus muslos, primero me
sopesa los cojones con la mano, para ver si tienen el peso adecuado. Quiere estar bien
segura de que no he derramado mi semen en otros chochos antes de que ella se meta
mi cipote, que me duele de lo duro que está.
Milena es yugoslava, viuda desde hace años, y sólo se relaciona con su hermana,
que es oculista y tiene una hija que aún va a la escuela.
Con el tiempo, Milena no sólo me deja pegarle revolcones, sino que poco a poco
me va cogiendo confianza, hasta el punto que un día me lleva a casa de su hermana.
No lo habría hecho si hubiera adivinado que su sobrina Vjera y yo nos íbamos a
poner a follar con los ojos nada más vernos por primera vez.
Digo que salgo a comprar tabaco, y Vjera me acompañaba. Fuera está oscuro. Al
llegar a unas obras al aire libre, por delante de las cuales tenemos que pasar, la tumbo
sobre un montón de tablones y hago bailar a su clítoris con mi lengua. Cuando ella,
fuera de sí, se incorpora bruscamente y me echa mano a la bragueta, me doy cuenta
de que, se mire como se mire, nadie puede tardar tanto para comprar tabaco, y la
arrastro de vuelta a casa.
Su madre y Milena todavía no notan nada. Vjera se mete enseguida en el lavabo.
Tampoco les parece extraño que yo salga corriendo de la habitación cada vez que
Vjera va a orinar, para escuchar, a través de la puerta del lavabo, cómo mea en la taza
del retrete, ni que Vjera ronde por las cercanías del lavabo cada vez que yo voy a
mear.
Desde entonces empiezo a frecuentar los dos pisos: el de Milena y el de Vjera y
su madre. Un día aquí, otro allá. También paso la noche en ambos pisos. Cuando la
madre de Vjera se va a su consulta de oculista, Vjera tiene que irse a la escuela. Paso
a buscarla a la escuela cada día, pero cuando llegamos a casa ya está allí su madre, y
si nos retrasásemos no tardaría en sospechar. Pronto me dejo caer por la escuela
también durante el recreo, momento en que Vjera echa a correr a la calle y se pega a
mí como una ventosa.
Como ya no podemos aguantar más, hoy me presento a las diez de la mañana en
la escuela de Vjera. Llamo a la puerta de la clase y le digo a la profesora que vengo
de parte de la madre de Vjera, para llevármela inmediatamente a casa. Su madre,
añado, se ha puesto enferma de repente. Pese a lo gastado del truco, funciona a la
perfección. Vjera no se cree ni por un instante aquella tontería, y tengo que impedirle
por la fuerza que se me eche al cuello delante de la profesora.
En el último tramo de escaleras, antes de llegar al piso, empezamos ya a quitarnos
la ropa, y cuando llegamos a la habitación estamos ya desnudos. La cojo en brazos,

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pasándole una mano por la nuca y la otra por debajo de las rodillas dobladas, de
modo que queda colgando su culo, de firmes carnes infantiles. A continuación la giro
y la pongo de culo contra el espejo.
—¡¡Házmelo de una vez!! —suplica con voz ronca cuando la llevo a la cama—.
Antes de que la penetre, echa la cabeza hacia atrás y empieza a gemir, mientras dobla
los firmes muslos y se abre de par en par el coño con los dedos de las dos manos. A
no tardar, le he metido el capullo tan adentro que se pone a chillar y le brota un sudor
frío… Sigo penetrando. —La abertura se estrecha tanto que siento como si me
hicieran un torniquete en la polla y no me llegara la sangre a la punta—. Pongo los
codos encima de sus hombros, le agarro la cabeza, juntando las manos sobre su
cráneo… y, contorsionando mi abdomen hacia adelante y hacia arriba, como un
macho cabrío follador, estiro y aprieto con toda la fuerza de mis músculos. Ella chilla
y gruñe. Y entonces me encuentro dentro del todo.
¿Por qué tiene que entrar en casa justo en ese momento la madre de Vjera?
Cuando oímos abrir la puerta del piso, saco mi nabo de Vjera por la fuerza, ya que
ella no quiere soltarlo, y la chica, rebosante de rabia y odio, se va al lavabo. Echo la
manta encima de la sábana ensangrentada, meto rápidamente la cabeza debajo del
grifo y salgo al paso de la madre de Vjera en el pasillo, mientras me froto el pelo y la
ayudo a llevar a la cocina el bolso de la compra.
—Hoy es la Navidad yugoslava —dice—, y tengo que cocinar.
No tengo ni idea de qué me habla, y hago como si mi pelo se negara a secarse.
Ella me quita la toalla de las manos y se pone a frotarme la cabeza. En eso se me abre
la bragueta, que había olvidado cerrar. Cuando ve mi erección, se piensa que es ella la
que me pone cachondo. Deja caer la toalla, se arrodilla sobre las baldosas delante de
mí y «chup», como un aspirador, me absorbe la polla entera, metiéndosela hasta el
cuello.
No le sorprende ver a Vjera en casa a aquellas horas, sólo tiene una cosa en la
mente: follar. Vjera tampoco piensa en otra cosa que en follar. Y yo pienso en Vjera,
en su madre y en Milena.
Vjera debe de haberse hecho una buena paja en el lavabo, porque nunca la he
visto con semejantes ojeras. Los ojos le echan chispas de ira. Su madre ni siquiera la
ve.
Por la tarde llega Milena; se ponen a hablar las tres en yugoslavo, y yo me echo a
descansar hasta la noche. Tumbado en mi cama, me las imagino a las tres desnudas:
Milena, Vjera y su madre. Para ser sincero, las tres me ponen cachondo.
Cuando se acaba por fin el festejo navideño yugoslavo, Vjera se mete enseguida
en la cama, seguramente para masturbarse. También Milena se despide, porque su
hermana le dice, por encima de mi cabeza: «Este duerme hoy aquí». En cuanto
Milena se va, la madre de Vjera apaga la luz, me agarra la polla en la oscuridad y,
tirándome de ella, me lleva al dormitorio. Allí me cabalga hasta el amanecer; se
queda dormida en cuclillas, encima de mí.

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Todo va como una seda, hasta que estalla la bomba: la madre de Vjera me
sorprende follando con su hija, e intenta suicidarse.
A Milena y Vjera no se les ha escapado nada de lo que pasaba. Milena odia a su
hermana y a Vjera. Vjera odia a su madre y a su tía. La madre de Vjera odia a las
otras dos. Y las tres me odian a mí.
La situación se complica aún más cuando las dos chicas que habían llamado a
Milena cuando me desplomé se presentan como pacientes en la consulta de Milena y
afirman que las he dejado preñadas a las dos. Se niegan a que Milena las examine, y
ella las abofetea.
A pesar de la tormenta familiar, Milena me permite seguir viviendo en su casa y
continúa dándome dinero. Un día, cuando la tormenta ya ha amainado, me abre la
bragueta, me saca la polla y me sopesa los cojones con las manos, para comprobar si
están lo bastante llenos. Satisfecha con su peso, se abre de piernas como antes y se
deja follar como una puta.

Ya me siento lo bastante fuerte para poner en marcha los preparativos del estreno
de La voz humana. El estreno tiene lugar a altas horas de la noche. Algunos
espectadores vienen, sobre todo, por curiosidad: nunca han visto a un hombre
haciendo el papel de mujer. «Sólo he venido para reírme de él», afirma un capullo
que más tarde, después de la representación, se tapa la cara con las manos y
desaparece llorando.
Cuando Cocteau, meses más tarde, viene para el estreno de su película Orfeo, me
pide que interprete de nuevo para él a la mujer de La voz humana. Cuando he
acabado, me besa y me dice:
—Tu cara es tan joven como la de un niño, y tus ojos son maduros, las dos cosas
al mismo tiempo. Luego, al cabo de un instante, es al revés. Nunca había visto una
cara como la tuya.

Como me escapé del hospital sin estar curado del todo, tengo constantemente
dolores en la vesícula. Me trago no sé qué pastillas que había cogido en la consulta de
Milena, confundiéndolas con las adecuadas.
Me despierto en la sección de urgencias de un hospital, donde creen que me he
envenenado a propósito.
Me hacen un lavado de estómago y me resucitan con inyecciones de Pervitin.
Tras ello, salto por la ventana del primer piso, para largarme. Antes de acabar de
saltar el muro del hospital, los enfermeros me echan el guante, me arrancan del muro
como un trozo de corteza de árbol y me llevan adentro por la fuerza.
Milena no vendrá hasta las doce del mediodía, y me encuentro indefenso en
manos de esa gentuza. El veterinario de turno ordena que me vigilen como si fuera un

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criminal, y le tiro el orinal a la cabeza. Me atan a la cama. Poco después vuelve con
un policía, para que éste me conduzca ante el médico forense.
El forense, una especie de garrapata, quiere saberlo todo, hasta el último detalle.
Me pregunta si tengo relaciones con la doctora Milena Bösenberg. Me meo en él.
Le habría encantado mandarme inmediatamente al manicomio de Wittenau, pero
de repente aparece Milena y promete correr con todos los gastos si el señor forense
tiene la bondad de enviarme a la sección cerrada de una clínica en lugar de a
Wittenau. Milena no consigue convencer del todo a su colega. Ella también tiene
culpa de lo que pasa, porque, por miedo y, probablemente, por celos a causa de los
polvos en familia, se niega a reconocer delante de aquel sapo que yo la chuleo. Muy
al contrario: afirma que casi no me conoce y que lo único que pasa es que le doy
pena, porque no tengo a nadie que se ocupe de mí. Nada puede impedir mi traslado al
manicomio.
—Es un honor —susurra el carnicero que hace la ronda en la sección cerrada—
tener entre nosotros a un gran actor como usted.
Le pego una patada en los huevos.
—¡A Wittenau! ¡Que se lo lleven a Wittenau!, —aúlla esa hiena, escapándose
cobardemente mientras dos celadores le cubren la retirada. La puerta, que no tiene
pomo, se cierra de un portazo.
Examino la ventana enrejada que da al patio. Aunque consiguiera quitar la reja de
malla tupida, no podría tirarme desde el tercer piso al suelo sin romperme todos los
huesos.
Se abre la puerta de un golpe. Cuatro celadores se precipitan sobre mí y me ponen
una camisa de fuerza. Luego me llevan abajo y me meten en una furgoneta
Volkswagen camuflada como ambulancia, que me espera en el patio con las puertas
abiertas y el motor en marcha.
Durante el viaje no veo gran cosa. Los vidrios de las ventanillas son esmerilados;
sólo los estrechos bordes de las cruces rojas son un poco transparentes, y veo por
unos segundos la torre de la televisión. Cuántas veces he pasado por allí, de camino a
casa de Vjera, su madre y Milena, que me han dejado tan miserablemente en la
estacada.
Wittenau. El famoso manicomio de Berlín. La furgoneta se detiene para un
control, y pasa por la entrada de vehículos, que está muy vigilada. Intento captar
algún detalle a través de los bordes de las cruces. Pero vamos demasiado rápidos.
Sólo me doy cuenta de que se trata de un complejo gigantesco (¡cuántos supuestos
locos debe de haber!): calles asfaltadas, edificios, muchos barracones de piedra de
diferentes tamaños, seguramente lavanderías, cocinas, basureros, el depósito de
cadáveres. Y todo está rodeado por un muro de gran altura.
La furgoneta se detiene delante de la recepción. Me descargan directamente en la
sala de espera.

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Me quitan la camisa de fuerza, y enseguida me doy masajes en los brazos y las
muñecas, que se me habían dormido. Uno de los esbirros me sienta a la fuerza en un
banco. Y ahora me toca esperar. Mucho rato.
El techo de la sala es alto; las paredes están peladas y pintadas de verde hasta la
altura de un hombre, como en las cámaras de gas en Estados Unidos. Las ventanas
están cegadas y tienen rejas de malla tupida. Rejas por todas partes. Por todas partes,
puertas sin pomo. Un constante tintineo de llaves. Las puertas se cierran, se abren, se
cierran, dos, tres, cuatro veces seguidas.
Conducen por delante de mí a otros prisioneros. Se les nota que ya llevan tiempo
aquí. Caminan junto a los esbirros arrastrando los pies, como robots. Se dejan dirigir
y empujar. El personal corre atareado de aquí para allá. Llevan batas pringosas, con
las mangas arremangadas, dejando libres los rojos brazos de carnicero. Los
condenados llevan una especie de uniforme de castigo: largos camisones grises de
algodón y una especie de chancletas en los pies desnudos.
Luego pasan recién llegados como yo. Algunos son recalcitrantes. A pesar de los
brutales empujones y puñetazos, no se dejan conducir por las buenas; tienen que
llevarlos en volandas.
A otros los acompaña un familiar, que no tarda en despedirse y poner tierra por
medio. Los más van solos, con esbirros a izquierda y derecha. Algunos tienen aire
ausente. Otros lloran. Una mujer chilla. Sus chillidos me traspasan el corazón. Se tira
al suelo de baldosas y pega manotazos al aire. Se la llevan a rastras; los pies se
deslizan por el suelo. Parece como si se la llevaran a la guillotina. Todo transcurre
ante mis ojos a paso ligero y sin pausa, como en las ejecuciones.
¡Ojalá tuviera algo para calmarme el dolor de cabeza! Un carnicero me asigna al
pabellón III. Está en el edificio siguiente, enfrente de nosotros, y recorremos a pie el
breve camino. Esta vez, sólo dos esbirros. Intento orientarme y fijarme en los
detalles. Pero todo tiene el mismo aspecto: bloques de piedra, calles asfaltadas,
bloques de piedra. Ya hemos llegado.
En el primer piso me entregan a otro matarife, al que ni siquiera se le pasa por la
cabeza que yo pueda oponer resistencia. Se cierran de un golpe a nuestras espaldas
por lo menos diez puertas sin pomo. Me inspecciona con gesto de experto, sin
mirarme a la cara, como si calculara mi peso y mi estatura. No parece que sea para
darme un uniforme apropiado, pues me tira a los pies un paquete gris y un par de
chancletas, sin preocuparse de si son de mi talla. Me ordena que me desnude. Coge
con gesto decidido mis ropas y las echa en un saco, como si fuera basura, como si
quisiera decirme: ya no vas a necesitarla. Me pesan como a un ternero en canal.
Luego me miden. Luego me riegan con un chorro de agua helada.
En la habitación vacía, enrejada y tubular, hay diez bañeras de hierro en fila,
como ataúdes abiertos. Son las bañeras, llenas de agua helada, en las que meten a los
prisioneros cuando tienen una «crisis». No les dejan salir del agua helada hasta que
cede la «crisis». Si no cede, el siguiente paso son los electrochoques. Si eso tampoco

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surte efecto, aíslan a las víctimas en celdas de castigo. Les quitan las chancletas y el
camisón, para que no puedan hacerlo jirones a estirones o mordiscos a fin de
estrangularse. En la celda de castigo no hay lavabo. Ni comida. No vale la pena
alimentar a los que están allí. La mayoría se vuelven locos sin remedio, si no palman
antes.
Me pongo el camisón gris y las chancletas y me llevan a la sala, donde se hacen
cargo de mí los omnipresentes guardianes.
En esa sala, en la que me encierran con otros ochenta o cien internos, es donde se
hace todo: dormir, comer, mear, cagar, gritar, alborotar, lamentarse, llorar. También es
el escenario de las torturas y del derrumbe definitivo de los que hasta un momento
determinado han sido capaces de soportarlo todo. El hedor es indescriptible. ¡Es el
infierno! ¡El infierno de verdad!
Alguien grita entre pucheros. Dos guardianes sofocan sus gritos. Le pegan un
pedazo de esparadrapo en la boca y lo atan a la cama.
¡No mirar! Sobre todo no mirarlos, me repito una y otra vez. ¡No escuchar! No
inhalar ese olor dulzón que provoca náuseas como los grumos de grasa en el infierno
para niños. ¡Dios mío! ¡Cuántos años hace de aquello! ¡Y ahora esto! ¡Ahora, el
infierno para adultos!
¡Pero no debo lamentarme! ¡No debo desesperarme bajo ningún concepto! ¡Ni
siquiera ponerme triste! Eso me quitaría el odio, ¡y necesito odio! Nada de
menosprecio, el menosprecio cansa: ¡lo que necesito es odio, un odio maligno y
sediento de venganza!
Hablo conmigo mismo. Ni muy alto ni muy bajo, sólo lo justo para poder oírme.
Me recito mi fecha de nacimiento, números de teléfono, direcciones, nombres. Tengo
que mantener la guardia alta. La tragedia empieza a ofuscarme como una droga.
También tengo que mantenerme en forma físicamente. Hago flexiones de rodillas,
ejercicios de torso. ¡Moverse! Sobre todo, no quedarse parado, andar, andar, ¿pero
adonde? No nos dejan alejarnos de nuestras camas, excepto para mear y cagar.
Reparto de la comida. No toco esa bazofia. Los otros se dan cuenta de que no
como, y se echan encima de mi cuenco de latón. El guardián se lo apunta en la
libreta.
El dolor de cabeza se hace tan insoportable que le pido a uno de los esbirros una
pastilla contra el dolor. No me escucha, ni siquiera cuando le repito la pregunta. No te
dejes provocar, me digo. Limítate a darte la vuelta, alejarte y olvidar que le has hecho
una pregunta a ese cerdo. Olvídate de los dolores que tienes.
Pero los dolores empeoran cada vez más. A cada grito de un compañero de
penalidades. A cada alboroto. Blasfemia. Amenaza. A cada caída de los puños de esos
verdugos. A cada golpe sordo que le dan a un Jesucristo. A cada llanto de una boca
amordazada. A cada roce de los pies de alguien a quien se llevan de la sala. A cada
lamentación, juramento, pedo, meada o cagada en el lavabo, que está en medio de la
sala.

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Rezo a Dios. ¡Sí! Rezo a Dios para que haga aumentar aún más mis dolores, cada
vez más. Ya veremos si me explota la cabeza. Así debió de rezar Cristo en el huerto
de Getsemaní: «¡Dios mío, si quieres que aguante todo esto, dame fuerzas!».
Me da fuerzas. No me vuelvo loco. Me viene a la mente la Idea del grabador
Franz Masareel: el prisionero, iluminado por la idea de la libertad, mujer desnuda que
acude al calabozo y mete sus pechos por entre las rejas de la celda, para que el
hombre pueda beber de ellos y fortalecerse.
Llego a creer que ya lo he superado, pero la cosa no es tan fácil. Mientras me
acerco a la ventana enrejada, en busca de un jirón de cielo, un guardián me manda de
regreso a mi cama. Me aparto y lloro. Otro interno, que sólo tiene una pierna, me
susurra:
—Ni se te ocurra llorar. Si lloras es que no estás sano.
Delante de las ventanas enrejadas, por las que sólo se divisan los muros grises de
otro edificio, están las mesas a las que se sientan los guardianes, que lo apuntan todo
en una libreta. Que si lloras. Que si te ríes. Que si comes. Que si no comes. Que si te
comes la comida de otro interno. Que si hablas. Que si no hablas. Que si te acercas a
las ventanas enrejadas. Que si duermes demasiado. Que si no duermes. No hay nada
de lo que no tomen nota.
Un indio al que habían encerrado los blancos, se fuga del calabozo el mismo día,
y mientras huye, lo matan a tiros. «Qué tonto», dice el sheriff, «no pensaba tenerlo
encerrado más de tres días». Y un hombre que oye hablar al sheriff, le dice: «Para un
indio, tres días sin libertad son tres siglos».
—¿Eres tornero? —me pregunta el cojo—. Lo digo por los brazos tan fuertes que
tienes.
No puedo decirle que soy actor. Creería que le tomo el pelo.
—Sí. Soy tornero —le digo, para no decepcionarle. La historia de sus
sufrimientos es tan impresionante que me hace olvidar mi propio destino. Volvió
después de ser prisionero de los rusos. Durante su cautiverio, su mujer, a la que
amaba por encima de todo, se enteró, por medio de la Cruz Roja, de que vivía, pero
una granada le había arrancado una pierna. Ante esto, la mujer hizo que lo declararan
muerto. Así pues, el cojo vuelve a casa columpiándose en sus muletas y se encuentra
a su mujer jodiendo con otro tío en la cama. Naturalmente, se lía a muletazos con los
dos. Luego le da un ataque de histeria.
Los dos lo denuncian por pérdida de las facultades mentales y peligro público, y
lo mandan sin demora a Wittenau.
—Sólo quiero vivir lo bastante para salir de aquí algún día y cargarme a esos dos
—dice para acabar su relato.
El veterinario sólo viene cada tres días. Cuando me suelta sus chorradas, le giro la
espalda, para no saltarle al cuello. Durante las siguientes semanas no me habla.
Luego me llevan a la sala de examen, donde está esperándome. Comprendo el motivo
cuando descubro a Milena rondando por delante de la ventana enrejada, sin atreverse

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a mirarme. No la saludo, y me quedo de pie cuando ese renacuajo viscoso que es el
loquero me ofrece una silla.
Me exige que firme un papelucho según el cual la doctora Milena Bösenberg no
ha tenido responsabilidad alguna en mi internamiento en el sanatorio mental, y en el
que me comprometo a no molestarla en el futuro, es decir, a no intentar vengarme ni
trabar contacto alguno con ella, ni mucho menos acercarme a ella. Si me niego a
firmar, no me dejan libre.
Estoy tan sorprendido que por un momento olvido ese chantaje infame y me
pregunto qué puede haber impulsado a ese rechoncho eunuco a hacerse pasar por el
chulo de Milena. ¿Le habrá hecho una mamada? Milena debe de tener un miedo
tremendo de que todo el mundo se entere de que follaba conmigo.
Seguramente, esa gentuza piensa que me he vuelto loco, pues el verdugo se pone
a cuchichear con Milena para despedirse de ella y la acompaña apresuradamente a la
puerta. En eso vuelvo a acordarme del papelucho. Lo firmo. Nada podrá impedirme
que haga lo que me dé la gana cuando esté libre.
Ese renacuajo miope con gafas echa mano al papel como si fuera una cartita de
amor de Milena, lo dobla y se lo mete con todo cuidado en la cartera.
—Con esto queda todo resuelto —me dice acarameladamente—, pero antes me
gustaría tener una pequeña charla con usted. Me interesa su caso.
¡Hay que tener la cara dura!
—Pues yo no quiero tener ninguna charla con usted. Lo que quiero es salir de este
cubo de basura para cerebros humanos, ¡inmediatamente!
Creo que sólo el guardián, que vigila todo el tiempo junto a la puerta, podría
impedir que mate al eunuco a golpes de pisapapeles. Me parece estar viendo ya cómo
el acero desgarrado de la granada a medio explotar rasga su repugnante cuero
cabelludo aceitoso como los dientes de un tiburón, haciendo imposible volver a
coserlo. Cómo, al volver a golpear —entre los ojos saltones de sapo—, y otra vez, y
otra vez, y ahora en la coronilla, hago trizas su cráneo, hasta que no queda de él más
que un mazacote pútrido, sangriento, una papilla hedionda. Me basta con alargar la
mano hasta el pisapapeles. Pero no lo hago. Todavía no.
—No hay por qué ponerse así. Todo irá bien. Le doy mi palabra.
¿Su palabra? ¿Qué clase de palabra me da? ¿Qué clase de palabra puede tener un
mierdoso pestilente como él? Si me tendiera la mano, me cagaría en ella.
—¡Dígales a sus sicarios que me traigan mis cosas!
—No tenga tanta prisa, hombre. Esto no va tan rápido como usted se piensa.
Primero tiene que venir su hermano a hablar conmigo. La doctora ya le ha avisado, y
se presentará mañana.
—¿Mi hermano…? ¡¿De qué tiene que hablar con usted mi hermano?!
—Quisiera que me contase algo sobre usted, ya le he dicho que me interesa. Al
fin y al cabo, soy responsable de su puesta en libertad. Y usted no me cuenta nada.
—¡¡¡Qué!!!

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—Por ejemplo, eso que hace con las manos cuando habla. ¿Siempre lo ha hecho?
Ya no tengo duda de que ese sádico está loco, no hay otra explicación. ¿Qué hago
con las manos? Mis manos son mi lenguaje, como mis ojos, mi boca, todo mi cuerpo.
Me expreso mediante ellas, como lo hace todo el mundo en los países sureños. Me
dan ganas de decirle: ahora, cuando te estrangule, vas a ver tú lo que hago con las
manos. Pero no digo nada. No digo absolutamente nada más. Salgo de la sala de
examen sin decir palabra y dejo que el guardián me devuelva a la sala de torturas. Si
es cierto que Arne sabe dónde estoy, me rescatará, aunque le cueste la vida.
Tras una inacabable eternidad en el infierno para adultos, nos abrazamos, y Arne
me lleva a la Wartburgstrasse en su Ford nuevo. No me pregunta nada, se limita a
tratarme con cariño. Comprende que ahora no puedo hablar. Después de bañarme y
comer hasta hartarme, le doy las gracias, cojo el dinero y los cigarrillos que me mete
en el bolsillo, y le doy un beso de despedida. Llora.
Es primavera, y veo cómo a las chicas les crecen los limones debajo de la blusa, y
capto el olor de sus higos casi maduros.
Me meto en un autobús lleno hasta la bandera; estrujado por la gente que entra
empujando, soy presa de la claustrofobia y lucho por abrirme paso hasta el exterior.
Basta el simple contacto de un codo para que se me arrasen los ojos en lágrimas.
Voy andando hasta la Clay-Allee. En una de sus travesías debe de estar la villa del
embajador inglés. Hace algún tiempo, un joven estudiante me ofreció vivir con él y
su madre, en una casita de madera en el jardín del embajador inglés, en el que la
mujer trabaja de fregona.
Me paso días tirado entre los parterres de flores, con la cara hacia el cielo, y las
primeras noches duermo al aire libre. Tengo que empezar otra vez a vivir. Durante
dos meses no salgo de la finca, y no veo a nadie excepto al chico y a su madre.
Durante el día estoy solo. El estudiante está en la universidad, y su madre se pasa
todo el día en la villa del embajador. Debe de tener unos treinta y cinco años. Siempre
me acerco mucho a ella, por el fuerte olor que brota de su falda. Creo que es una
mujer terriblemente abierta. Cuando sale del lavabo, la habitación sigue oliendo a ella
un buen rato. Me esfuerzo en encontrar una manera de follármela.
Estoy firmemente convencido de que he superado el infierno para adultos, pues
también he recuperado mis energías físicas. Pero un día, de repente, una avispa me
desespera con su zumbido junto al vidrio de la ventana, mientras estoy sentado a la
mesa, mirando fijamente al cielo por la ventana. La abro para que salga la avispa,
pero no se marcha. Durante un rato reina el silencio. Pero luego empieza otra vez a
zumbar y a topar con la cabeza contra el vidrio. ¡Bum! Cualquiera creería que está
borracha. O quizá lo hace para atraer mi atención. Quiere que esté por ella. A lo
mejor está caprichosa y juguetona. Quizá quiera que intente atraparla, convencida de
que jamás lo lograré. Quiere que la toque, es más, que la acaricie, sin hacerle daño,
claro. Que le dé palmaditas en el culo, y tal.

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Su zumbido se me antoja tan estridente que tengo que taparme los oídos. Y así
durante varias horas. Cada vez que me aparto las manos de los oídos, la avispa se
pone a zumbar, como si estuviera observándome, dispuesta en todo momento a darse
cabezazos contra el vidrio. Le doy un manotazo, pero sin acertar. Se esconde. Sé que
me está observando. En cuanto vuelvo a sentarme a la mesa, esperando haberla
matado o que se haya ido volando, la tortura empieza de nuevo. Me aprieto las manos
contra los oídos hasta estar seguro de que por fin tiene que haberse hartado de
atormentarme. Pero, cuando aparto las manos, vuelta a empezar. Y ahora suena como
si esta vez estuviera cabeceando el vidrio de manera especialmente ruidosa.
Continúo sentado un rato más, sin taparme los oídos, pero siguiendo con el rabillo
del ojo las evoluciones de la avispa, mientras finjo no verla. De golpe y porrazo,
arranco el mantel de la mesa, haciendo saltar el tintero, el tarro de miel y todo lo
demás que hay sobre ella, y derribo a la avispa de un mantelazo. Sólo está aturdida.
Desprendo un hilo del mantel y la estrangulo con él. A continuación la quemo en el
fuego de gas. Mientras su cuerpo crepita al carbonizarse y se pone lentamente al rojo
vivo, comprendo que la avispa no tiene ninguna culpa de lo que me hicieron en
Wittenau.

Nadie, excepto Ame, sabe que vivo aquí. Pese a ello, recibo una carta,
originariamente dirigida a Helmut von Gaza, quien se la ha enviado a mi hermano, el
cual, a su vez, se la ha entregado al estudiante.
En esa carta, un chico que quiere ser actor me pregunta qué tiene que hacer para
llegar a ser como yo. Le contesto: «¡Pídele a Dios que te guarde de llegar a ser como
yo!».

—¡Cómo se han atrevido a ocultármelo durante todos estos años! —exclama Fritz
Kortner tras nuestro primer encuentro—. Es el único actor que me conmueve con
sólo mirarlo. Para mí no hay otro Don Carlos en todo el mundo.
Cuatro años antes, en el Schlossparktheater, aquellos actores nauseabundos se
rieron de mí cuando dije que algún día yo sería Don Carlos.
Al cabo de unas cuantas semanas de ensayos con Kortner, me harto de su
dictadura y de sus injusticias. Le grito que se vaya a la mierda.

Una chica quiere a toda costa que me case con ella inmediatamente, para no tener
que hacer el servicio militar en Israel. Su padre tiene un bar en Berlín, pero es de
nacionalidad israelí. Su hija también, a pesar de haber nacido en Berlín. La idea de
casarme con esa pequeña judía resulta tentadora, aunque imposible, porque ya estoy
casado con Gislinde. Pero parece que lo que no voy a poder evitar es tirármela. Nos

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vamos juntos a Nikolassee, al bosque. Se arremanga la ajustada falda, dejando a la
vista sus muslos, con las ligas negras, y su oscuro coñito cubierto por las bragas; se
apoya en un árbol, a una distancia de aproximadamente un metro, para que me llegue
un poco de su suave y dulce aroma, y me dice:
—¿Qué? ¿Qué me dices? ¿Te casas conmigo? ¿No es una vergüenza que me
tenga que poner encima de eso el pantalón del uniforme y me tenga que ir a reptar por
el Néguev?
Como no puedo darle una respuesta, continúa con ese juego atormentador durante
todo nuestro recorrido por el bosque, hasta la estación de cercanías.

Paul es arquitecto y, como él mismo dice, va detrás de mí desde hace tiempo. Me


entero de por qué cuando voy a cenar a su casa, con él y su mujer Enri. Después de la
cena, él se va al cuarto de baño, y Enri quita la mesa. Al hacerlo, se inclina hasta tal
punto sobre la mesa —a pesar de que podría coger mucho más cómodamente los
platos desde el otro lado— que me encuentro justo delante de la cara su enorme culo,
y la falda se le sube hasta dejar a la vista un trozo de sus bragas empapadas. No le
queda más remedio que dejar los restos de la cena tal como están, y nos vamos
corriendo a la cama. Cuando me corro, Enri se pone furiosa.
—¡Tienes que aguantar más! ¿Qué hago yo ahora? ¡Estoy tan cachonda que no sé
ni qué hacer!
—Que te siga follando Paul —respondo con impertinencia.
—¡Ése es justamente el problema! ¡Paul también se corre demasiado pronto! ¡Los
dos tenéis que aprender a dominaros mucho más! ¡Os necesito a los dos, y mucho
rato!
Al día siguiente desayunamos por fin a las cuatro de la tarde.
Paul y Enri viven cerca del Hasensprung, en el ático de una gran villa, propiedad
del padre de Paul, que es un arquitecto famoso. No me instalo a vivir en casa de Paul
y Enri; sólo voy para follar, aunque eso significa a veces varios días y noches. Erni no
pararía de follar hasta el infarto. Hasta mi infarto.
Me alegro enormemente cuando Paul y Enri tienen que irse a Frankfurt, donde
Paul tiene un encargo. Si me alegro no es por lo mucho que tenía que follar, sino
porque estoy harto de hacer de semental por un puñado de comida.
¿Que por qué soy una puta? ¡Yo necesito amor! ¡Amor! ¡Continuamente! Y
quiero dar amor, porque tengo de sobra. ¡Nadie comprende que lo único que pretendo
con mi puterío es derrocharme!

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Un camión me lleva a Munich. Me echa fuera en la autopista, en la salida de
Nymphenburg. Camino hasta Bogenhausen y llego a medianoche a la
Mauerkircherstrasse. La puerta de la casa de Gislinde está cerrada con llave, todos
duermen. Estoy congelado y hambriento. Grito a pleno pulmón hasta que su padre me
echa la llave de la casa. Luego vuelve a acostarse. No quiero despertar a los demás.
Me meto en la cocina y devoro los restos de comida fríos que quedan en las cazuelas.
Luego me echo a dormir en el recibidor, junto al gran dogo negro, y me caliento con
el calor de su cuerpo.
Por la mañana voy a la habitación de Gislinde y, de lo contento que me pongo,
lanzo a Pola por los aires. Gislinde me cuenta que hay un director teatral que me
busca porque quiere representar conmigo otra vez La máquina de escribir. Los
ensayos tienen que empezar enseguida. Edith Edwards está en Garmisch-
Partenkirchen, porque ha tenido una embolia.
Me voy en tren a Garmisch y visito a Edith en la clínica. Salimos a pasear y nos
quedamos juntos todo el día. Tiene la sonrisa de muñeca de siempre, pero hablar le
cuesta un esfuerzo enorme, y ni siquiera sé si me entiende. Intento hablarle con todo
cuidado, palabra por palabra, como a un niño pequeño. Pero ella tartamudea y sólo
balbucea frases inconexas, mientras me mira con ojos suplicantes, como pidiendo
disculpas por no poder hablar. Cuando me despido de ella, no quiere soltarme. Tengo
la sensación de que no volveremos a vernos, y creo que ella también.

Representamos La máquina de escribir. Pero cuando me encuentro en los brazos


de Solange, creo estar en los de Edith. Aunque quizá se trate de su espíritu, quién
sabe. Edith acaba de morir en Garmisch-Partenkirchen.
Sybille Schmitz, que me la ponía tiesa con sólo verla en la pantalla del cine
cuando yo no era más que un niño callejero, me trae al teatro, como regalo, una carta
de Josef Kainz, el mayor actor de fin de siglo. La vendo. ¿Para qué quiero yo cartas?
Después de rechazar cuarenta ofertas de películas, bien porque los guiones eran
subnormales, bien porque, en opinión de los productores, yo pedía demasiado dinero,
firmo un contrato para rodar una película. El director será un tal Verhóven. Me voy a
Wiesbaden, donde tendrá lugar el rodaje. Verhóven me pide que, durante los
preparativos del rodaje, le lea las réplicas delante de la cámara a una joven
principiante. Al cabo de dos días me pagan lo acordado en el contrato, con el
comentario: «El señor Verhóven opina que los rasgos de su cara son demasiado duros
para una película alemana».
¡Es lo más desvergonzado que he tenido que oír hasta el momento! Pero ¡que les
den por saco! Tengo el dinero, y eso es lo que importa.

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Me hago confeccionar un traje, me compro una camisa y un pañuelo y, por fin,
unos calcetines, para no tener que llevar siempre los pies desnudos dentro de los
zapatos. Le compro a Pola unos zapatos de charol y encargo para ella un vestido
granate de terciopelo, con puños y cuello de blonda y unos diminutos guantes blancos
de cabritilla. Para Gislinde voy a Braun & Co. a que me enseñen el vestido más caro,
y me llevo a la modelo, una chica muy alta, a la pensión Clara.
La modelo me pone en contacto con la macabea. Es jefa de una distribuidora
cinematográfica austríaca, tiene un coche grande y me lleva a Salzburgo de ida y
vuelta.
Huele a sudor y a perfume barato, y tiene pelo por todas partes, en los brazos, en
las piernas, incluso en el pecho; le asoman por la raja del culo, por los bordes de las
bragas, de la barriga a las ingles. Me entero de ello ya el primer día, pues, yendo por
la autopista, tenemos que buscar urgentemente un área de descanso si no queremos
provocar un accidente. Tras la pausa, tengo que conducir yo, porque ella sigue
corriéndose sin parar.
—¡Más deprisa! ¡Más deprisa!, —berrea. Quiere llegar a su piso junto al
monumento a Maximiliano II.
Decido follármela ya en el ascensor cuando subimos a su piso. Ella se agacha, y
yo se la meto por detrás. Unas cuantas veces, del vestíbulo al ático, mete-saca,
mete-saca, y listos. Luego la hago salir del ascensor en el ático tal como está, con la
falda arremangada y las bragas bajadas, el trasero embadurnado y las medias con
carreras, y pulso el botón «Planta baja». Durante el descenso me froto con saliva las
manchas de la bragueta. Así me ahorro tener que entrar en el piso.
Y es que, una vez dentro del piso, no me deja sacarle ni un momento la polla.
Incluso por la mañana, durante el desayuno, se aposenta con el culo al aire sobre mí.
Cuando se baña, asoma el culo del agua. Cocina con el culo al aire, sólo lleva puesto
un delantal. Me enseña el culo incluso cuando ya está emperifollada y lleva ligueros,
medias y zapatos de tacón, e incluso cuando lleva puesto ya alguno de sus horribles
sombreros. Por todas partes y siempre, su culo desnudo y peludo, que me mira como
si fuera una orden a la que no puedo oponerme. En la cama, ni pensar en dormir,
aunque duermo expresamente en la habitación de al lado. Cuando, tras horas y horas
de jodienda, creo haberla satisfecho por fin y me voy tambaleante a mi cama, aparece
una vez más para darme un beso de buenas noches y acaba abriéndose otra vez de
piernas sobre mí.
Con tanto ir y venir de la distribuidora, acabo pensando que lo que necesita esa
macabea es a todo el ejército israelí.

Las cartas del juzgado, las reclamaciones, las citaciones, los requerimientos, las
amenazas, en fin, todas las cartas con remitente oficial, no me molesto en abrirlas.
Las tiro a la basura o al Isar, donde flotan río abajo unos instantes y luego se hunden.

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Por eso no tenía ni idea de que, a causa de una reyerta con un tipo que resultó ser
policía, me han condenado a cuatro meses de prisión condicional por insultos y
resistencia a la autoridad. Además quieren que pague una multa. Si no lo hago, tengo
que presentarme en la cárcel de Stadelheim con algo de ropa interior, una cuchilla de
afeitar y un cepillo de dientes.
En la pensión Clara vive el doctor Zieger, un abogado joven. Pero no puede
ocuparse de mi caso, porque sueña con hacer carrera entre las gentes del cine.
Concretamente, aspira a hacerse famoso como abogado especializado en divorcios.
Sueña con presentar demandas de divorcio, divorciar a actores y actrices, divorciar,
divorciar y nada más que divorciar. Está obsesionado con el tema. La gente del
mundillo del cine dice: «Ése se lo monta bien», y acuden a él en masa.
Así pues, no puede dedicar su tiempo a problemas carcelarios, y, por suerte para
mí, me recomienda a otro abogado, Rudolf Amesmeier. Este último no sólo se
convierte inmediatamente en un amigo que nunca me dejará en la estacada, sino que
además es el mejor abogado defensor que existe. Se ocupa de todo entre salchichas y
jarras de cerveza. Me ahorró ir a la cárcel y pagar la multa.

A la modelo de Braun & Co. no puedo llevarla a la pensión Clara, porque


necesitamos mucho sitio, y mi habitación, situada frente al lavabo común, sólo mide
dos metros por uno y medio. Cualquiera que esté sentado en la taza del retrete —y
siempre hay alguien— oiría sus chillidos. Aunque eso sólo no sería tan grave. Lo que
pasa es que el periodista maricón de la Frankfurter Allgemeine Zeitung, el fotógrafo
de Stern y todos los demás que viven en esa covacha se enfadan si no les dejan
dormir por la noche, y Mama Clara no podría chafardear con tranquilidad en su sala
de estar, que es contigua a mi cuartucho. Eso sí importa. E, incluso si eso no
importase, mi catre y las paredes de mi cuarto serían demasiado estrechos para las
largas piernas de mi modelo.
Yo habría estado dispuesto a ir a su casa desde el primer momento, pero siempre
nos cuesta mucho salir del anquilosamiento, y duermo tanto que me olvido de todo lo
que tengo que hacer. En casa de Mama Clara eso no pasa, porque no nos queda más
remedio que comparecer a la hora del desayuno si queremos comer algo, y nos
despertamos los unos a los otros.
Mi modelo vive encima de la tienda de automóviles de la Leopoldstrasse. En toda
la manzana no hay más que negocios, y el único que oye por la noche sus gritos es el
sereno cuando hace la ronda.

Alejandro Magno es una obra de teatro absolutamente estúpida y que nadie


entiende. Pese a ello, encarno a Alejandro, porque necesito dinero y me pagan un
adelanto.

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Tengo tres chicas. Una de dieciocho años, de aire deportivo. Una de quince, con
carnes infantiles, y una de veinticuatro, pequeña y delgada, divorciada y madre de
dos niños.
A la deportista la visito dos veces en la Türkenstrasse. Par lotea sin parar acerca
de su dentista de Grünewald, especializado en estrellas de cine, que finge buscar
quién sabe qué en su dentadura perfectamente sana. Me inclino a creer que se la tira,
porque la chica no tiene dinero. Intento no escuchar y me agarro a sus fuertes piernas
de sprinter como a una barra fija, hasta llegar a sus dientes, en los que tiene pensado
ponerse fundas de oro, y, sin interrumpir su charla, hago gimnasia sobre ella. Acaba
olvidándose del dentista y no tarda en llegar a la meta.
El asunto de la veinticuatroañera delgaducha no consigo liquidarlo tan
rápidamente. Estando en su habitación de realquilada, echamos al suelo, de inmediato
y sin decir palabra, el colchón de su cama, porque ésta es demasiado débil. Los dos
nos desnudamos rápidamente y al mismo tiempo. Por lo que respecta al acto sexual,
va como una seda y sin la menor complicación: ella separa las piernas hasta el
máximo y se abre de par en par, mientras clava en mi cuerpo sus uñas largas y
puntiagudas, mientras su cuerpo me envuelve como un traje de submarinista y
absorbe una y otra vez mi nabo, en el que siento una comezón terrible y que se hincha
hasta la deformación; y todo ello, sin que llegue siquiera a rozarla con la boca. Ni
siquiera la beso. Todo eso no tiene nada de extraordinario. Pero esa madre divorciada
produce el mismo efecto que una droga dura de las que se inyectan en las venas,
como la morfina o la heroína. Cuanto más quiero librarme de ella, porque sé que
puede acabar conmigo y porque en realidad no tengo ningunas ganas de estar con
ella, más a menudo me sorprendo nuevamente de camino hacia su habitación, donde
me espera a cualquier hora del día o de la noche, envuelta en su albornoz, como si
supiera que necesariamente voy a volver.
Está tan segura de mí que ni siquiera me mira. La cosa llega hasta el extremo de
que empiezo a odiarla con toda mi alma y a no intercambiar con ella ni una palabra,
pese a lo cual no dejo de acudir corriendo a su casa dos, tres o cuatro veces cada día.
Al final acabo insultándola y pegándole en la cara y en el cuerpo. No pone mal gesto:
se limita a mirarme, con un aire triunfal en sus ojos medio locos. A veces cocinamos
en su casa, pero cada vez comemos menos. De hecho, ella sólo es piel y huesos.
Parecemos dos drogadictos, con los ojos de brillo enfebrecido hundidos en el fondo
de las cuencas. Por debajo de ellos, las ojeras se extienden, como anchos surcos
oscuros, hasta los pómulos. Una sed ardiente nos reseca la garganta. Tenemos el
pulso acelerado hasta más allá de lo normal, y se nos hinchan todas las venas. Nos
zumban los oídos. Cuanto más débiles nos sentimos, más desmesurados se hacen
nuestros deseos. Siento los dolorosos orgasmos hasta en el cerebro.
De ese modo es posible matarse a polvos, aún sin necesidad de llegar al infarto.
Mi salvación será el director de la obra, que ha tenido que suspender los ensayos
varios días por nuestra ausencia, y que me amenaza con cortarme los adelantos si la

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cosa continúa así. No le digo que estoy colgado de la delgaducha. Le digo que no
puedo soportarla. El director la hace ensayar aparte y sin interrupción, para que no
nos encontremos.
Andaba equivocado al pensar que el director me iba a salvar la vida.
Cuatro de la mañana. Estamos él y yo devorando juntos los últimos restos de la
nevera de su casa, cuando entra en la cocina su mujer, en corsé, y se une al banquete.
Pongo los ojos en blanco: bajo los efectos de la sorpresa, no me he dado cuenta de
que la mujer no lleva nada puesto aparte del corsé, y me limito a clavar mi mirada en
sus muslos, como hipnotizado. Por un lado, el corsé negro, que le llega hasta el bajo
vientre, se funde con las exuberantes algas castaño oscuro de su monte de Venus y
con la deliciosa maleza que asoma de sus axilas; por otro lado, ¡nunca había creído
hasta entonces que pudiera existir un coño tan grande!
Tras el refrigerio, nos pide que la atemos a la cama de matrimonio. Está
totalmente desnuda, y el cuerpo le brilla de sudor frío y pegajoso. Su marido y yo nos
vamos alternando… hasta que ella no puede más.
Llegada la tarde, la soltamos por fin. Se queda echada en la misma posición con
las piernas y los brazos abiertos, y dormimos los tres hasta el día siguiente.
—Pensaba que os habíais ido de viaje —dice la suegra del director, una rusa. Está
en cama con gripe, y se sorprende de que nadie le haga caso.

Vuelvo a actuar en un bar: KINSKI RECITA A VILLON. De nuevo recito descalzo, de


pie sobre una mesa. Esta vez cobro cinco marcos de entrada. Vacío la caja
directamente en mi bolsillo.
Gislinde se ha ido al campo con una amiga. Pola se ha quedado con su abuela.
Ésta se niega a darme a la niña, y tengo que arrancársela de los brazos. Me llevo un
poco de ropa en una bolsa de papel. En plena calle, la bolsa se rompe; me pongo bajo
el brazo la ropa de Pola y emprendo la búsqueda de una habitación para alquilar.
Pasada la medianoche nos dan una minúscula habitación individual en una pensión de
la Giselastrasse, que en realidad es un meublé.
Durante el día voy con Pola al Englischer Garten, y me subo con ella al coche de
caballos y al tiovivo que hay junto a la Torre China. Por la tarde la llevo a la
Giselastrasse, la lavo en el lavamanos y la acuesto. Luego me voy a pie al bar, a
recitar a Villon.
Helga, hija de un párroco berlinés, no podía aguantar más, así que se une a mis
espectadores, que se apelotonan hasta las escaleras de entrada del bar.
Tras la representación nos vamos al Isar, porque Pola está durmiendo en su cama
y no quiero despertarla bajo ningún concepto. Le quito a Helga el vestido y las bragas
y, antes de montarla a lo perro, admiro un buen rato, a la luz de la luna, su culo ya
maduro, sus futuros pechos maternales y su rotundo coño. Después me arrojo a las
aguas heladas del Isar, en las que flotan aún pedazos de hielo, y luego me seco con la

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larga cabellera rubia de Helga. A continuación me voy con Pola, por si se ha
despertado y tiene miedo.
Helmut Käutner también acude al bar, y después de la función me da un texto con
la intención de que lo lea en los ensayos de la película Luis II. Quieren que encarne al
príncipe Otto. No tengo ni idea de quién es Luis II. Me aprendo el texto en el
Englischer Garten, mientras Pola gira sin parar en el tiovivo, y no me caliento mucho
los cascos pensando en esa tontería.

Durante los ensayos, Käutner no dice ni pío. Me ponen un uniforme, y gracias a


Dios, me dejan solo delante de la cámara. O. W. Fischer, encargado de interpretar el
papel protagonista, se sienta detrás de la cámara y me mira. Acabada la escena, me da
un beso y me dice que van a contratarme.
Firmo con los productores Reinhard y Von Molo un contrato miserable, pero me
dan 200 marcos de adelanto, así que puedo dejar de trabajar en el bar.

Llevo a Pola a casa de la hermana de Gislinde.

Durante el rodaje, Käutner se limita a decir:


—Hazlo igual que en los ensayos.
¡Ojalá cerrase el pico de una puñetera vez!
Se me acaba el dinero. Paseando con O. W. por los estudios Bavaria, le pregunto
si me puede prestar 100 marcos. Le prometo devolvérselos en cuanto cobre mi
primera semanada, y le digo que se los pida directamente a Molo. O. W. me suelta un
largo discurso y me explica «entre amigos» que no tendría el menor inconveniente en
hacerlo, pero que no lleva encima ni un pfennig en metálico y, como austríaco sin
permiso de residencia, no cobrará sus honorarios hasta una vez acabado el rodaje, ya
de vuelta en Austria. Acudo a Molo, que a causa de la excesiva duración del rodaje
también está sin blanca, y le cuento mi conversación con Fischer.
—¿Qué te ha dicho ese cerdo? —responde Molo—, ¡Fischer dispone en
Alemania de todo el dinero que quiere!
Mete la mano en el bolsillo de su pantalón y me da 50 marcos de su propio
bolsillo.
—No puedo darte más, pero haré lo posible para que el cajero te pague la primera
semanada ya el jueves.

La mujer del cámara, que es inglés, tiene los labios hinchados, como si la
hubieran pegado en los morros. También tiene las caderas anchas y camina con las

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piernas un poco arqueadas, como si tuviera enganchados los labios de la vulva y le
molestaran al caminar. Me cito con ella en Munich mientras su marido rueda en los
estudios Bavaria.

Estoy en la cafetería del hotel de Hohenschwanstein en el que nos alojamos todos.


No puedo esperar a que la camarera, que tiene dieciséis años, acabe por fin la
jornada. La hago salir a la puerta, y subimos juntos por la ladera nevada. Cuando la
hago apoyarse contra un alto abeto, todavía lleva puesto su delantal de camarera; su
sangre roja, al gotear sobre la nieve blanca, se me antoja el rastro de un animal
herido. A continuación bajamos rodando por la ladera, entre carcajadas y tirándonos
bolas de nieve. Luego sirve a la clientela de la cafetería, que había estado llamándola
todo el tiempo. No tengo habitación, y como hace demasiado frío para dormir en el
parque o debajo del puente del Isar, y además no quiero instalarme en la
Mauerkircherstrasse, Gislinde me lleva a casa de su amiga Ruth. Ruth vive con sus
padres en una villa en Bogenhausen, donde me adjudican su habitación infantil, una
buhardilla justo debajo del tejado. Ruth tiene dieciséis años y está prometida a un
músico que siempre está de gira.
Durante la cena común con su padre, me entero de que el señor catedrático se
dedica a capturar animales salvajes para el zoológico de Munich. Se me atraganta la
bazofia.
—¿Y cómo puede dormir tranquilo? —exclamo y tiro mi servilleta dentro de su
sopar—. ¿¡Nunca tiene pesadillas, nunca, después de echarles las redes a traición a
los leones, gorilas y leopardos, o de llevarse a los bebés después de matar a las
madres, para venderlos a los zoos, condenándolos a «agonía perpetua» en las celdas
de castigo de los zoos!?
Salgo a toda prisa del comedor y me voy a recoger mis cosas. Ruth sale corriendo
detrás de mí, sin aliento. Le tiembla todo el cuerpo, también las tetas. Así que me
quedo en la casa de ese lacero hasta la mañana del día siguiente.

Tatiana Gsovski, la directora rusa del ballet de la Opera Estatal de Berlín, me


llama a esa ciudad para participar en el festival internacional de teatro. Tatiana se
encarga del montaje y la escenografía de El idiota de Dostoyevski. Me quiere para el
papel protagonista, el príncipe Mishkin. La obra es una combinación de pantomima,
ballet clásico y teatro. Las bailarinas, los bailarines y el corps de ballet bailan clásico;
yo ajusto mímicamente a sus movimientos mi forma de andar, mi actitud y mis
gestos, y recito un largo monólogo.
Los ensayos no empiezan hasta dentro de tres meses. Tatiana me manda el
contrato con el ruego de que me deje crecer el pelo y la barba, para no tener que
llevar peluca ni embadurnarme la cara de engrudo.

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Mi época de melenudo se convierte en un martirio. La gente no está
acostumbrada a ver por la calle hombres con el pelo largo, a menos que se trate de
popes ortodoxos. Por todas partes se meten conmigo y me insultan, hasta el punto que
ya sólo salgo de noche. No por miedo. Es que resulta insoportable. En la estación
central de Munich, la gente me escupe. Otros me tiran piedras por la espalda.
Gislinde y yo nos divorciamos. La separación nos entristece a los dos, pero ella
sabe muy bien que soy del todo incapaz de llevar una vida ordenada, así que es
preferible que nos dejemos libres el uno al otro. Es la propia Gislinde la que propone
el divorcio, a pesar de que me quiere tanto que seria capaz de renunciar a todo por mi
amor.
Como me es imposible esperar hasta que se fije la fecha de la vista, Rudolf
Amesmeier consige que me dejen declarar en el juzgado antes de la citación.
—¿Cuándo tuvieron ustedes relaciones sexuales por última vez? —me pregunta
ese bicharraco de juez.
—No me acuerdo porque no paro de joder, pero, aunque me acordase, puede estar
seguro de que no se lo diría.
Cargo con toda la culpa, liquidando así por la vía rápida todo el papeleo de rigor.
De nuevo en Berlín, me instalo en casa de Tatiana. Me hace la cama, me ordena la
habitación, cocina para mí y se ocupa de todo. Aparte de eso, ensaya dieciséis horas
al día.
La primera bailarina, que hace el papel de Nastassia, es una mestiza indonesio-
holandesa. El cabello, liso y de un negro plateado, le llega hasta la raja del minúsculo
culito. Tiene el cuerpo de una bailarina adolescente de Bali, pero es un poco más alta.
No sé de dónde sacamos las fuerzas para ensayar dieciséis horas al día, después de
pasarnos las noches enteras follando. Pero estamos tan cachondos y obsesionados que
nos basta con comer y tomar Pervitin para mantenemos en forma.
Jasmin, bailarina de la ópera de Oslo, no tiene nada que ver con el ballet de
Tatiana. Tiene veintidós años, viene directamente de París, ya no puede bailar a causa
de una lesión en la columna vertebral, y se me presenta como «periodista». Jamás
escribirá la supuesta entrevista que me pide. Como, a causa de la mestiza, no
podemos follar en casa de Tatiana, Jasmin alquila una habitación de hotel.
Se pega a mi cuerpo como una lapa; no puedo dar un paso sin ella. Llega al
extremo de lavarme los dientes, bañarme y aguantarme la picha cuando meo. Incluso
cuando hablo por teléfono me atenaza con sus muslos o me chupetea el nabo. Los
camareros se limitan a dejar la comida delante de la puerta. Las camareras nunca
entran a hacer nada en nuestra habitación, porque Jasmin duerme mientras yo ensayo.
En el festival actúa también el bailarín indio Ramón, que se hizo amigo de
Jasmin, Dios sabe dónde.
Ramón se encarga de pagar la habitación que ocupamos Jasmin y yo.
Cuando empiezan los ensayos en el teatro, Jasmin está en todas partes. En mi
camerino, entre bastidores, en el patio de butacas. Follamos por doquier. En camas,

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en el suelo, en el recibidor de una casa, en la calle, en el metro, en el cine, en el avión
y, sobre todo en los bosques del Havel.
El idiota tiene un éxito gigantesco, y nos invitan al festival de Venecia.
Tengo que dejar a Jasmin. Tiene previsto viajar a París e intentar ganar dinero
mientras yo esté fuera. Después pensamos encontrar un piso para los dos.
En Venecia, la compañía se aloja junto al Lido, en una pequeña pensión que es
propiedad del sobrino de la Duse. Nos lo da todo gratis. Los italianos son tan
hospitalarios, tan cordiales, tan rebosantes de espontáneo amor que me siento como
un exiliado que regresa a su tierra. Además son incurablemente curiosos. Siempre
que la mestiza indonesio-holandesa se deja ver conmigo, en la Piazza San Marco, en
el Canal Grande, o incluso cuando vamos juntos en una góndola que se abre paso por
los canales más apartados, se forma de inmediato una aglomeración humana. Hablan,
gesticulan, gritan, ríen, se apretujan, nos tocan como si fuéramos raras criaturas
exóticas e intentan por todos los medios hacernos entender que nos quieren.
En el Teatro della Fenice, un accidente está a punto de costarme la vida. Una
barra de hierro de docenas de kilos, que sujetaba un elemento decorativo, se suelta de
su anclaje y cae desde lo alto del telar hasta el escenario y, concretamente, hasta mi
columna vertebral. Me desplomo y me quedo sin aire. Quizá los espectadores piensan
que eso forma parte del espectáculo; en cualquier caso, nadie abre la boca. Poco a
poco consigo respirar de nuevo, me incorporo y sigo hablando. Al final de la
representación, dos mil espectadores chillan y me vitorean, aunque no he hablado en
italiano. A la salida del escenario, me besan personas a las que no conozco en
absoluto, y por la mañana, niños pequeños me regalan flores en la calle.
Te abrazo, Italia, país de las maravillas.
Entretanto, la compañía ha sido invitada a Norteamérica y a Sudamérica, y
Tatiana proyecta una gira que nos ha de llevar hasta Japón y Australia.
Pero, como hemos estado folleteando todos con todos, se ha creado una espesa
atmósfera de celos, odio y ansias de venganza, que hace imposible toda convivencia.
Además, en Venecia nos peleamos por el dinero, ya que alguien se ha metido en el
bolsillo la mitad de nuestros honorarios. Así que en la compañía reina un cabreo
enorme.

No me voy inmediatamente de Venecia a París, donde me espera Jasmin, sino que


vuelo a Nueva York, donde la mestiza actúa en el New York City Ballet. Seis
semanas más tarde vuelo de Nueva York a París.
Jasmin ha estado trabajando duro. Ha rechazado una oferta para trabajar como
bailarina de strip-tease, porque el empresario no le ofrecía suficiente dinero. Pero
parece ganarse bien la vida. Su vestido, que lleva directamente sobre el cuerpo
desnudo, cuesta por lo menos mil francos.
—Háblame.

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—¿De qué?
—De los hombres.
Exhibe una sonrisa incómoda e incluso se sonroja.
—¿Con cuántos te has acostado?
—No los he contado.
—Por día. ¿O es que acaso no has estado haciendo de puta?
—He estado haciendo de call-girl. Son chicas que se ponen en contacto por
teléfono, normalmente con hombres de negocios, diplomáticos, ministros, estrellas de
cine, etcétera. Pero también con maderos de la brigada de moralidad y buenas
costumbres. Ésos no pagan.
—Ya sé lo que es una call-girl. Sigue contando.
—Nuestro chulo es una mujer que también fue prostituta en sus tiempos, Madame
Claude. Tiene una oficina en la Rue Lincoln, en el octavo distrito. Todo pasa por su
oficina: las llamadas, las citas, el pago, todo. Nosotras no nos ocupamos de nada de
eso. Ella se queda el treinta por ciento por sus servicios de intermediaria, y el resto es
para nosotras. He ahorrado mucho. Puedes instalarte a vivir conmigo donde te
apetezca. Si me lo pides, seguiré trabajando mientras quieras. ¿Estás enfadado
conmigo?
—No. Pero quiero que lo dejes. Bueno, dime: ¿con cuántos te acostabas cada día?
—Depende. Tres, cuatro, cinco. A veces uno solo. Eso sin contar los días que
tenía el período. Esos días sólo lo hago contigo. Una vez lo hice con ocho hombres en
una noche, y otra vez hasta con quince, una fiesta masculina entera. Cada uno se
corrió dos o tres veces. Creo que fueron unas cuarenta y cinco o cincuenta corridas.
Al día siguiente no pude levantarme de la cama, y mucho menos andar. Pero eso eran
casos excepcionales. La media es de entre treinta y treinta y cinco hombres a la
semana. Tengo un cuadernito en el que apunto todas las citas. Me dan la fecha y la
hora con una semana de antelación.
—¿Te lo pasabas bien?
—Pasármelo bien… Es una expresión curiosa. Cuantos más hombres tenía, más
lo utilizaba Como no estabas tú…
—¿Cuánto cobrabas por hombre?
—Las chicas cobramos entre cien y ciento cincuenta marcos, al cambio. A veces
alguno te da un extra. Los extras, por supuesto, no pasan a través de Madame Claude.
—¿A qué horas quedabas con los hombres?
—Normalmente, de las tres de la tarde hasta medianoche, según como estuviera
la demanda. Cuando la cita es por la noche, casi siempre va acompañada de una cena
Pero a veces también piden citas a primera hora de la mañana, antes de irse al
aeropuerto, o cosas así.
—¿Cuánto dura una sesión?
—Entre una hora y hora y media. Depende de cuánto quiera gastarse el cliente, o
del tiempo que tenga. La duración se fija con exactitud antes de la cita. A veces

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también hay citas que duran toda la noche, o un fin de semana. Eso se paga muy bien,
entre otras cosas porque el cliente tiene derecho a cederle la chica a otros hombres, a
sus socios o amigos, o a follársela simultáneamente con otro hombre, o uno detrás de
otro. Por ejemplo, hay uno que siempre reserva al mismo tiempo todas las chicas de
Madame Claude. A veces también hay que follar con dos, tres o más hombres a la
vez. En esos casos también pagan más.
—¿Cómo ibas vestida? ¿De puta?
—No de puta callejera, si es eso lo que quieres decir. Tenemos que ir
correctamente vestidas.
—¿Cómo?
Abre su armario ropero.
—Míralo tú mismo. Completamente normal, al estilo burgués. Faldas no
demasiado cortas ni demasiado estrechas. Tampoco podemos ponernos perfume, para
que la ropa de los hombres no huela a nosotras cuando estén en su casa con sus
mujeres. Usamos ropa interior blanca, también completamente normal. No de puta.
Nos desnudamos inmediatamente de cintura para abajo, por delante y por detrás.
Tiene que ser sencillo y no llevar mucho tiempo. A no ser que los hombres lo quieran.
Normalmente nos desnudamos del todo. Los hombres también.
—Háblame de los hombres. ¿Cómo son?
—Hay de todo. La mayoría son amables.
—¿Se ponían condón para follar?
—Casi nunca. A mí no me gusta. A la mayoría de los hombres, tampoco. Les
gusta tener la sensación de que se corren en la matriz, de que están preñándote. Hay
algunos hombres que sí quieren usar preservativo, quizá por miedo a coger alguna
infección. Más de una vez he puesto yo misma el preservativo en la polla a uno;
siempre llevo unos cuantos encima. Pero eso era cuando hacía la calle. Algunos
quieren follar en el mismo coche. Otros, de pie, contra el primer árbol que
encuentran. Muchas veces estaba oscuro, y sólo sentía el contacto de la polla. A uno
tuve que quitarle el condón, porque no podía follar con condón y se le ponía blanda.
—¿Has tenido alguna enfermedad venérea?
—No. Bueno, pocas veces. Una. No, dos. Ya sabes, eso se cura enseguida. Las
purgaciones, claro. Nos hacen análisis dos veces por semana. Espero que ninguno
tuviera la sífilis.
—¿No tenías miedo de quedarte embarazada?
—Llego una protección en la matriz. De otro modo, ya me habrías dejado
embarazada tú.
—¿Te metías siempre la polla en la boca?
—¿Quieres decir que si se la mamaba?
—Sí.
—A casi todos los hombres les gusta.
—¿Has trabajado también en burdeles?

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—Sí. Eran una serie de casas a las que nos mandaban a algunas de nosotras.
Siempre dos o tres días como máximo. Ahí había que darse prisa. A veces, todavía no
había acabado con un cliente, y ya estaba el siguiente esperando en la sala de espera.
—¿Sabías quiénes eran los hombres?
—Por regla general, no, pero dicen las chicas que entre los clientes hay políticos
importantes y altos cargos de la policía. Cuando nos acostamos con un policía, el
dinero lo pone Madame Claude, para que no nos vayamos de vacío. Como
compensación, los maderos se encargan de que no se descubra el pastel de la
organización de Madame Claude. Aparte de las estrellas de cine, a las que conoce
todo el mundo, sólo sé que al sha de Persia le suministra Madame Claude el material
cada vez que viene a París. Estuvo aquí hace sólo dos semanas. Pero a mí no me
cogieron. Para acostarse con el sha, hace falta haber trabajado por lo menos cinco
años con Madame Claude, y tener la experiencia necesaria.
—¿Qué media de edad tienen las chicas?
—Muy jóvenes. La mayoría empiezan a los dieciséis o diecisiete años. La mayor
tiene veintiséis, creo.
—¿Cómo te sentías después de haberte acostado con varios hombres en un mismo
día?
—Aunque fueran cinco o más cada día, no me sentía satisfecha, quiero decir
satisfecha de verdad. Estaba completamente hecha polvo, y como bajo los efectos de
una droga de la que necesitase cada vez dosis más fuertes. Contigo es muy diferente,
no se puede comparar. Tú me dejas completamente para el arrastre; me siento muy
débil, pero aliviada, feliz. Muchas veces, hacia el final de la noche, o incluso por la
mañana, muy temprano, aún antes de la primera cita, corría a la calle y me ponía a
buscar hombres. Los hacía joderme hasta que no podían más. No quería tener pausas
entre hombres. A veces, por la noche, estaba acostada, sin poder dormir, porque
pensaba: Ahí fuera, en alguna parte, hay una polla cachonda y juguetona que va a la
caza de un chocho como el mío. Entonces me echaba cualquier trapo encima del
cuerpo desnudo y me ponía a buscarla, para que me llenara con su lava hirviente el
agujero, que me ardía. Cuando paraba un coche, lo primero que yo hacía era meter la
cabeza por la ventanilla, para ver si al hombre estaba a punto de reventarle la
bragueta. En caso afirmativo, subía al coche. De lo contrario, seguía buscando. Por
supuesto, siempre pedía dinero. Una vez, uno me llevó a una pensión de mala muerte.
Tuve que pagar yo la habitación. Apestaba como un macho cabrío, me folló
brutalmente cinco veces, en todas las posiciones, y luego se fue sin pagar, el muy
cerdo. Me dieron ganas de asesinarlo. A veces me imaginaba que me follaban cientos
de hombres, miles. Por ejemplo en la legión extranjera, con hombres que hubieran
estado meses sin ver una mujer. Tendrían que montar una especie de burdel
provisional, en una tienda de campaña grande o un barracón, y los hombres harían
cola. O en un portaaviones, como única puta para miles de hombres…

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Las últimas palabras las susurra, como si hablase en sueños. Y, de hecho, casi se
ha quedado dormida mientras gira y se retuerce sobre mí, como un perrillo que
buscase la posición definitiva en su camita. Luego se enrosca y estrecha la cara contra
mi bragueta.
—¿Por qué haces todo eso? —le pregunto en voz muy baja, pues tengo miedo de
despertarla si ya está dormida.
—Haces preguntas tontas —murmura. Trepa hacia mí y me lame la oreja—. Cada
mujer tiene su polla preferida. Tú eres la mía. ¿Me quieres?
—Sí.

Vuelo a Munich para ver a Pola. Jasmin vuela a Berlín para ir buscando mientras
tanto un piso. Cuando llego a Berlín, está muerta. La ha atropellado un coche que
circulaba a toda velocidad por la Clay-Allee, y ha muerto de camino al hospital, con
fractura múltiple de cráneo. Podría verla, la tienen en el depósito de cadáveres, pero
no voy. No podría soportar esa visión.
Vuelvo a París, donde alquilo de nuevo la habitación de hotel en la que Jasmin me
había hablado de Madame Claude.
Cuando ya no me queda dinero para pagar el hotel, empiezo a dormir bajo los
puentes del Sena. Al principio, los clochards me dejan en paz, y llego a pensar que
me aceptan. Pero luego empieza a molestarles que me acueste junto a ellos. Me
expulsan y me tiran tomates podridos.
Hace un frío helador. Con los clochards podía calentarme, porque debajo de los
puentes tienen pequeñas estufas de carbón. Me paso dos días vagabundeando, hasta
estar tan cansado que me acurruco no sé dónde y caigo en un sopor profundo…
Cuando me despierto, estoy cubierto de nieve, y un convoy del metro pasa
atronador a muy poca distancia de mi cabeza. No sé cómo he ido a parar a ese lugar.
Se me ha congelado hasta el cerebro. Es muy temprano, y todavía está oscuro. Un
tipo me pesca en la calle y me lleva a su casa Le digo que sólo quiero dormir, y no
me toca, aunque dormimos los dos juntos en su cama. Por la tarde, antes de irse, me
hace un café con leche y va a buscar una baguette para acompañarlo. Luego me afeito
y me lavo y pongo a secar mi ropa en su casa.
Cuando voy a irme, me pregunta si puede ayudarme en alguna otra cosa. Le digo
que necesito dinero para viajar a Marsella. Tengo la intención de enrolarme como
marinero en un barco que zarpe hacia un lugar bien lejano. A ser posible, a Japón, o a
Australia o a las islas Fiji. Me da dinero para un billete de tercera clase y me dice que
ya tendré oportunidad de devolvérselo alguna vez. Todo esto suena inverosímil, pero
es la verdad. No creo que lo hiciera sólo porque le gustaban los hombres.
Lo que pasa es que existe esa clase de personas; no muchas, pero existen.
Quiere que me quede una noche más, porque es Nochebuena, pero yo me paso
por el forro la Nochebuena, y cojo el tren nocturno para Marsella.

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Estoy completamente solo en el compartimiento, y por fin puedo estirarme a
gusto en los asientos de madera. En Marsella suben unos paracaidistas de la legión
extranjera. Vienen directamente de Vietnam. Ese mismo tren parte dentro de poco de
regreso a París. Antes de que yo pueda bajar, entran en el compartimiento, me dan
bebida y tabaco y me piden que me quede con ellos hasta que el tren se ponga en
marcha. Los compartimientos y pasillos están tan llenos de paracaidistas que nos
sentamos los unos sobre los muslos de los otros. No entiendo todo lo que se cuentan
entre ellos, pues hablan un francés bastante desastrado, pero lo que veo perfectamente
es que se arrancan las medallas de los uniformes y las pisotean, como si aplastasen
insectos, y hacen el gesto de limpiarse el culo con la carta de agradecimiento que les
ha enviado un general en jefe. Luego rugen La marsellesa, con acompañamiento de
pedos.
El tren da la primera sacudida. ¡Tengo que bajar! Los paracaidistas me sacan por
la ventana del compartimiento.
Lo primero que hago en Marsella es dirigirme al mercado árabe para vender mi
traje. Con el dinero que me den quiero comprarme ropa y equipo de marinero, y con
lo que sobre comer algo caliente. Los árabes me arrancan prácticamente el traje del
cuerpo y me ofrecen el equivalente a 20 marcos. ¡Están como cencerros! ¡El traje es
casi nuevo y me ha costado 600 marcos! Me voy a la casa de empeños a preguntar
cuánto me dan por él. Delante de la casa de empeños, que todavía está cerrada, hay
una cola interminable de gente que espera. Cuando me toca el turno ya van a cerrar.
Pero el buitre del mostrador me ofrece lo mismo que los árabes. De modo que vuelvo
donde los árabes, cierro el trato, me busco en una tienducha unos pantalones y una
chaqueta de obrero usados, que paga el árabe de su bolsillo, y me voy con él a un
urinario público, donde me cambio de ropa y recibo el miserable resto del precio del
traje.
Camino a lo largo de las vallas exteriores de los muelles, vigiladas por policías
con metralletas listas para abrir fuego, y acabo encontrándome a siete kilómetros de
Marsella. Me paro en una fonda que tiene habitaciones libres. Como unas patatas
fritas y me bebo un vaso de vino. Luego me dejo caer en el camastro.
A partir de ese momento no tengo otro proyecto que encontrar un barco lo antes
posible. No es cosa fácil. El puerto está muy vigilado, y sólo se puede entrar con una
autorización especial. Las oficinas de los armadores que reclutan personal están
rebosantes de marineros en paro que se parten la cara por un puesto de trabajo. A mí
nadie se digna mirarme siquiera, y mucho menos hablarme. Lo intento con empresas
inglesas y norteamericanas, pero sólo contratan a ingleses o norteamericanos. Intento
ganarme la vida como estibador, y me dedico a acarrear sacos con mis compañeros,
que son negros africanos. El dinero me lo gasto en las putas de Marsella. Aunque esas
chicas no pueden permitirse hacer distingos, y joden con tipos de todas las razas,
venidos de todos los rincones de la Tierra y sin duda aquejados de todas las
enfermedades imaginables, no sólo me las follo sin condón, sino que también les

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hago mamadas. Sé que es un comportamiento irresponsable. Pero quiero amarlas,
quiero que sientan que las amo y que necesito amor. Que estoy enfermo de sed de
amor.
—Tienes boca de puta —me dice una de ellas antes de darme un beso de
despedida.
—Ya lo sé.
Hay un tranvía que pasa cada cuarenta minutos por delante de mi fonda. Pero
prefiero gastarme el dinero en joder, así que recorro a pie los catorce kilómetros. No
me importa. Sobre todo cuando voy a ver a mis putas.

De momento no hay trabajo para estibadores, así que me dedico a trabajar de


peón, un día aquí y otro allí. Incluso trabajo de basurero una semana entera.
El poco dinero que gano no me alcanza para vivir, y encima me gasto la mayor
parte en mujeres. Como no puedo seguir pagando, el dueño de la fonda me echa de la
habitación. En realidad no es una habitación, sino un agujero de hormigón, más
pequeño que las celdas de las cárceles, sobre cuyo suelo de hormigón, se alza un
camastro de hierro, y que carece de ventanas. Pero cuesta dinero. Me pago la comida
trabajando en la cocina, preparando, bajo vigilancia, patatas fritas, carne, ensaladas y
flanes para los obreros, y sirviendo a los clientes, fregando la cocina y toda esa
condenada pocilga, incluyendo los lavabos, que están llenos de mierda hasta el techo.
También parto verdaderas montañas de leña y transporto barriles de vino. A cambio
de todo ello, tengo derecho a una ración diaria de patatas fritas y ensalada El coste de
la habitación no va incluido en la remuneración. Tengo que ganármelo por otros
medios, o de lo contrario el dueño me pone en la calle.
Todos los clientes son mineros. Españoles, portugueses, polacos o argelinos que
trabajan en la mina de azufre cercana a la fonda. El dinero que ganan se lo gastan
jalando y privando. En los días libres, a la hora del almuerzo ya se han echado diez
Pernods entre pecho y espalda. Cada uno se bebe un litro de vino con cada comida. El
trabajo en la mina los mata a todos. Lo saben, y por eso no se molestan en ahorrar. No
vale la pena. Trabajan con mascarillas de gas, pero eso no les es de gran ayuda, y
todos revientan al cabo de unos cuantos años. Uno de los amigos que comparten
conmigo sus Gauloises, y los pocos francos que les quedan, tiene treinta y cinco años,
pero aparenta sesenta. Me regala una bufanda árabe de colores, que me pongo cada
día. Lo que dejan en los platos no me lo llevo a la cocina, que es donde suelo comer,
sino que lo devoro mientras voy retirando los platos; si es un cacho de carne, me lo
meto debajo del jersey. Si son patatas fritas, las envuelvo en papel de periódico y me
las meto en el bolsillo.
El argelino que me ha regalado la bufanda sólo tiene un ojo; el otro es de cristal.
Un día no viene a comer. Los otros obreros están cabizbajos y se hablan entre
susurros.

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Resulta que mi amigo ha matado a puñaladas a su amante, en plena calle, porque
le engañaba con otro tipo. Luego se ha encerrado en la barraca en la que vivía, en la
mina de azufre. Al oír las sirenas de los coches de la policía, se ha llenado la boca de
agua, se ha metido dentro de ella el cañón de su escopeta vieja, y ha apretado el
gatillo.
Le escribo a Cocteau para pedirle dinero. Cuando estaba en París no se me había
ocurrido la idea de acudir a él. Me responde:

«Querido amigo: Lo compartiría todo contigo… pero por desgracia no tengo nada. Vivo de la
generosidad de otros. Estoy enfermo y tengo ya un pie en la tumba. Ahí te mando ese dibujo, quizá puedas
venderlo…
Tu amigo, Jean Cocteau».

La carta viene acompañada de uno de sus típicos dibujos, un retrato mío hecho de
memoria. Me ha pintado una boca como la de un negro y ojos como estrellas. Es
poco probable que alguno de los obreros de la mina quiera comprarme el dibujo.

Tormenta fuerza diez. No hay ni un alma en la calle. Me siento sobre una roca a la
orilla del mar, desde la que miro siempre los barcos que zarpan. Las olas se elevan
hasta más de quince metros, y la tormenta me lanza a la cara la salada espuma. Los
truenos conmueven el cielo, y me iluminan los relámpagos. Nunca he sido tan feliz
en mi vida.

El dueño de la fonda quiere obligarme a trabajar en la mina de azufre. Me niego.


Me echa del agujero en el que paso las noches, y a partir de ahora duermo en un
bunker en ruinas, en la costa rocosa.
No puedo buscarme un trabajo. Tengo una úlcera en la garganta, secuela de unas
anginas, que me impide toda ocupación. La úlcera se va extendiendo cada vez más, y
la garganta se me hincha hasta bloquearse. No puedo tragar nada, y apenas soy capaz
de respirar.
Los obreros me traen al bunker piedras calientes, que me pongo sobre el cuello.
Por la noche siempre se queda alguno a vigilarme. De día estoy solo.
Uno de ellos me lleva a una familia, creo que de portugueses. Me dan un montón
de limones. Treinta. Exprimo el zumo directamente a mi garganta, treinta limones
seguidos. No sirve para nada, el único resultado son retortijones de estómago.
Además quiero alejarme de esa gente. Tienen pájaros enjaulados. Una vez al año
abren las jaulas, y cuando los pájaros salen volando a la libertad, los matan a tiros.
Por simple diversión.
No tiene sentido ir al médico, porque los médicos cobran por adelantado, y
ninguno de los obreros tendrá dinero antes del próximo día de pago. Tampoco quiero

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meterme en un hospital, porque no sé si el cabrón del dueño de la fonda me ‹ha
denunciado. Si me preguntaran, no podría darles siquiera un domicilio, y no quiero
que la policía de inmigración me expulse por vagabundeo.
Los obreros hacen una colecta entre ellos y me llevan a un médico de la vecindad,
que me pone una inyección de penicilina. Tienen que pagarla por adelantado y en
efectivo.
Pero después de la inyección sigue sin apreciarse mejoría alguna. Me voy
andando a Marsella, en busca de un especialista. Me propongo pedirle que me ayude
aunque no pueda pagarle, porque de lo contrario temo morir asfixiado.
Voy por la calle mirando las placas de los portales, casa por casa, placa por placa.
Nadie sabe decirme dónde puedo encontrar un otorrinolaringólogo.
Recorro las calles hasta la tarde. Cada vez que tengo que tragar, necesito varios
minutos para hacerlo. El tormento se hace cada vez más insoportable.
A las siete de la tarde encuentro un especialista que acaba de cerrar la consulta.
Lleva ya puesto el sombrero y el abrigo, pero se comporta muy amablemente, me
echa una mirada a la garganta y me dice que está dispuesto a operarme aunque no
pague. Que vuelva mañana a primera hora de la mañana. ¡Mañana a primera hora!
Camino de regreso a mi bunker y paso la noche aplicándome las piedras calientes,
que me queman la piel del cuello y el mentón, pero no me sirven para nada.
Por la noche me dirijo sigilosamente a la fonda. El perro, que me conoce, no
ladra. Pero gimotea tan fuerte de alegría al verme que tengo que sujetarle el morro.
Meto la mano por el agujero de un pequeño vidrio roto de la puerta trasera de la
cocina y descorro el pestillo. En la cocina encuentro un cuchillo largo y puntiagudo.
Si las cosas no salen bien, me operaré a mí mismo. Cuando ya no pueda respirar,
intentaré reventarme la úlcera de un pinchazo.
A las ocho de la mañana salgo de nuevo a pie hacia Marsella, con el largo
cuchillo de cocina debajo de la chaqueta, por si acaso.
Hoy me cuesta todavía más tragar. Una vez en Marsella, me dirijo al consulado
alemán. Como no puedo hablar, les escribo lo siguiente en un trozo de papel: «Tengo
una úlcera en la garganta y necesito que me operen sin demora. Por favor, denme el
dinero para la operación, ya que yo carezco de él. Lo devolveré». Me identifico, y me
dan 300 marcos.
Una hora más tarde voy de camino a la consulta del médico. De nuevo necesito
tragar saliva como sea. Pero no puedo. Esta vez ya no lo consigo. Por más que lo
intente, no puedo tragar, y punto. Me agarro a una farola y pienso que ha llegado el
final. Saco el cuchillo y me lo meto por la boca como un faquir. Y entonces sucede
algo: ¡la úlcera se abre! Y vomito medio litro de pus en el bordillo. Me he quitado de
encima el problema; ya ni siquiera tengo dolores.
Ahora, con los 300 marcos en el bolsillo, podría mantenerme a flote una
temporada en Marsella. Podría encontrar un alojamiento mínimamente decente,
comer caliente una vez al día y esperar sin prisas hasta que saliera algún barco que

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quisiera cogerme. Pero he cambiado de planes. No tengo ganas de que me puteen a
base de bien trabajando de marinero en un petrolero hediondo. Me propongo ganar
suficiente dinero para poder construirme yo mismo algún día mi propio barco de vela.
Y entonces me embarcaré y no volveré jamás. Así que de momento tengo que seguir
rodando películas.
No voy a la consulta del cirujano. No voy a ver a nadie en absoluto, ni siquiera a
mis putas.
Me compro un billete para Munich. El tren sale a las 18 horas. A las doce del
mediodía entro en un buen restaurante, me tomo tiempo para seleccionar mi menú,
me bebo una botella entera de vino tinto, dejo una propina generosa y echo una
cabezada. Le he dicho al camarero que haga el favor de despertarme sólo si duermo
hasta pasadas las cinco.

En Munich, O. W. Fischer ha movilizado a todo el mundo para encontrarme, pues


me quiere para la película Hanussen.
—Necesito tus ojos —me dice.
La verdad es que para mí eso no es suficiente motivo. Pero acepto el trabajo, que
esta vez está mejor pagado. Al fin y al cabo, si hago películas no es para divertirme.
Con mi sueldo alquilo un piso en un edificio nuevo que tiene triturador de
basuras. Lo primero que tiro al triturador de basuras es el guión de Hanussen, el
adivino. Y luego me compro mi primer coche, o mejor dicho, pago la entrada y me lo
llevo enseguida: un Cadillac Cabriolet de segunda mano.
Frente al edificio de los estudios Bavaria, hago subir a mi bólido color gris perla a
una de las encantadoras y jóvenes secretarias. Me muero de ganas de arrancar y salir
a toda pastilla. Por desgracia llueve a cántaros, así que tenemos que cerrar la capota.
En Stachus se me pone el semáforo en rojo y, como hago siempre cuando veo un
semáforo en rojo, piso el acelerador. Por la derecha viene un camión; chocamos. El
pesado parachoques del Cadillac se parte en tres pedazos, que salen disparados por
los aires. Al camionero no le pasa nada, ni tampoco al camión. El hombre sólo tiene
una pequeña contusión en la rodilla. La encantadora mecanógrafa y yo salimos
tambaleándonos del Cadillac, como si acabáramos de salir de los autochoques.
Cogemos un taxi para ir a mi casa, porque tienen que remolcar el coche.

—Apellido. Nombre. Fecha de nacimiento. Lugar. Domicilio…


—Todo eso está en las actas. Le basta con leerlas.
—Se lo estoy preguntando a usted.
Otra vez ese sadismo. Estoy a punto de levantarme de un salto, pero Rudolf
Amesmeier me retiene en el banco del acusado.

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—Pues bien. Soy el señor Fulano. Nacido el tantos de tantos. En el pueblucho tal.
Con domicilio en la calle tal…
—¿Estado civil?
—¿Y eso qué es?
—¿Está casado? ¿Soltero? ¿Divorciado?
—Divorciado.
—¿Cuándo contrajo matrimonio?
—No me acuerdo.
—¿Cuándo se divorció?
—No me acuerdo.
—¡Debería darle vergüenza!
—¿Qué tiene que ver todo eso con mi Cadillac?
—¡Aquí el que pregunta soy yo! ¿Tiene antecedentes?
Me giro hacia Amesmeier.
—¿Tengo antecedentes?
—Sí.
—Sí.
—¿Por qué motivo?
Me giro hacía Amesmeier.
—¿Por qué motivo?
—Por ofensa a un funcionario de policía y resistencia a la autoridad —dice
Amesmeier.
—Por ofensa a un funcionario de policía y resistencia a la autoridad.
—¡Ajá!
—¿Qué quiere decir ajá?
—¡Si vuelve a hablar sin que le pregunte, le impongo la multa máxima!
—Oiga, ¿yo qué delito he cometido? Al camionero no le pasó nada. Los daños
del camión los paga mi compañía de seguros. Mi Cadillac está hecho chatarra. ¡El
único que ha salido perdiendo he sido yo!
—¡Usted es un elemento antisocial! ¡Se cree que porque hace películas y gana
dinero a espuertas puede comportarse con brutalidad y arrogancia cuando conduce!
—¡Si usted supiera por qué hago películas, y si supiera por qué tenía tanta prisa el
día del accidente!…
—¡Si sigue poniéndose descarado, lo encierro!
Me giro hacia Amesmeier.
—¿Puede encerrarme?
—Basta de tonterías —dice Amesmeier—. Haz el favor de quedarte sentado y
déjale hablar de una vez.
—¿Sabe qué le digo? Póngame la multa máxima y déjeme salir de aquí —digo,
asqueado.

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Amesmeier se pone colorado de ira. Le digo que no soporto más al bocazas del
juez y que, si no me pone de una vez la multa máxima y me deja salir a la calle,
acabaré entre rejas.
—Señor defensor, ya ha oído usted lo que acaba de decir su cliente.
—¿El qué?
—Ha pedido él mismo la multa máxima. ¿Es cierto o no?
—Sí, es cierto, pero…
—Ya he acabado —le interrumpe ese supuesto juez, y recoge sus trastos.
Me pone la multa máxima. ¡10 000 marcos para las arcas del juzgado! Y eso, a
cambio de quedarme sin Cadillac. ¡Si no pago la multa, me meten 300 días de cárcel!

Laslo Benedek me contrata, durante el rodaje de Hanussen, para su película


Kinder, Mütter und ein General.
En Hamburgo no me instalo en el hotel Bellevue, donde se aloja siempre toda la
gente del mundillo del cine. Me instalo en una pequeña pensión a la vuelta de la
esquina. A las seis de la mañana me sacan de la cama y se me llevan detenido. Si
hubiera rellenado correctamente la hoja de registro, los maderos no se habrían
enterado de que me tenían en la lista de busca y captura. He escrito que no tengo ni
domicilio, ni dinero, ni pasaporte, ni trabajo, y que soy una puta. La dueña de la
pensión no ha quedado satisfecha con esos datos, y me ha traído otra hoja de registro
cuando yo ya dormía. Le he pintado letras chinas de fantasía por el dorso. Tras ello,
la mujer ha llamado a la patrulla, y me han encontrado enseguida en su enciclopedia.
El motivo por el que estoy en busca y captura no son ni mucho menos los 10 000
marcos de multa por lo del Cadillac, sino aquella vieja historia de resistencia a la
autoridad, de la que ya hacía tiempo que ni me acordaba.
Se me llevan esposado, y me transportan en el coche celular, junto con otros
detenidos, a la prevención. Allí me dan una patada, y aterrizo en una celda.
Por la mañana, sólo dicen «cierra el pico», y luego «inclina el cuerpo, separa las
nalgas, bájate la piel del prepucio». Me toman las huellas de los diez dedos. Me
fotografían con un número, me miden. Se me quedan el cinturón y los cordones de
los zapatos.
—¿Tienes pulgas? —me pregunta un cabestro mientras me tira a la cabeza una
manta, un trapo sucio con el que a partir de ahora debo cubrirme.
—Hasta ahora no, cara de chinche, pero si no te vas pronto lejos de aquí seguro
que cogeré todos los parásitos del mundo.
Dejo caer en el suelo la manta, que apesta a pedos y a sudor, y la alejo de mí de
una patada.
Dos días más tarde, Rudolf Amesmeier me saca de la trena.
Me mudo al hotel Prem, donde vive también una de las acompañantes en el
rodaje, Ursula H. La llamo «la Fea». La Fea es tan fea que he de follármela a oscuras,

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si no quiero tener que taparle la cara con una toalla. Pero su cuerpo es tan juvenil y
firme y caliente y cachondo que llego a pensar que Dios nuestro Señor le ha
propinado expresamente esa cara tan fea para castigar a todos los que sólo flipan con
las caras bonitas.
Hoy soy incapaz de follármela. Como en esa mazmorra medieval he pillado una
bronquitis, me he comprado un frasco de gotas de codeína y me lo he bebido entero.
Cuando entra la Fea en mi habitación, estoy sentado en una silla y no tengo fuerzas
para moverme. Me parece como si la Fea flotara por los aires y se pusiera a caminar,
cabeza abajo, por el techo de la habitación. Pese a ello, se desnuda.
Catorce días después, cuando se marcha la fea, me acerco a la calle de las putas
de Hamburgo, en la que las chicas posan, como objetos a la venta, en escaparates de
mortecina luz roja, sentadas en sillas, abiertas de piernas, o repantigadas en sofás,
para atraer a los hombres.
Me detengo fascinado delante de los escaparates. Las caras y los cuerpos de las
prostitutas se convierten en las caras y los cuerpos de todas las mujeres que he amado
en mi vida. Siempre me ha sucedido eso al abrazar a una mujer: su cara y su cuerpo
adoptan la expresión y las formas de las otras mujeres a las que ya había amado o que
aún sólo empezaba a desear, y también de aquellas a las que aún no conocía y con las
que me encontraría un día.
Las chicas de los escaparates me hacen guiños para que entre. Pero los
comentarios puercos de los hombres que se arremolinan en grupos delante de los
vidrios me privan de hacerlo. No puedo soportar que la gente se burle de la mujer que
va a convertirse en mi amante dentro de un momento, y sigo caminando.
La calle propiamente dicha no está iluminada, y puedo quedarme discretamente a
resguardo de un portal o caminar de aquí para allá evitando las cuadrillas de hombres.
Me he quedado dormido sentado en el bordillo. Cuando me despierto, empieza a
salir el sol. Las luces rojizas se han apagado ya. Una prostituta entrada en años me
llama desde la ventana de un primer piso, y subo por las escaleras hacia ella.
Habla sin parar. Yo me limito a sonreír y no le contesto. No por lo vieja y gastada
que está —y debido a lo cual no me produce ni la más mínima excitación—, sino
porque mis pensamientos están muy lejos de allí.
—Seguro que eres un hijo de papá rico que ha venido en yate, ¿a que sí?
Asiento con la cabeza. No quiero privarla de su sueño de un hombre joven y rico,
con una lujosa embarcación fondeada en el puerto de Hamburgo.
—Los hombres como tú siempre son generosos.
Asiento con la cabeza. Estoy demasiado cohibido para hablar. Si sigue
haciéndome preguntas, tendré que mentirle. Siempre tengo una cierta resistencia a
decir que soy actor. Me pone triste estar aquí. Pero no voy a marcharme, no quiero
herirla.
Se desnuda y espera a que yo haga lo mismo. Como no lo hago, porque no se me
pone dura, me abre la bragueta y me saca la polla. Luego me pone un preservativo en

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la polla, que sigue sin estar tiesa, y me la masajea con la boca. Luego unta con jabón
el preservativo por encima del glande. Seguramente para que se deslice mejor, o para
desinfectar, por si acaso el preservativo se sale de su sitio, pienso.
Desinteresado, me tumbo boca arriba, y ella se sube encima de mí con las piernas
abiertas. Empieza a cabalgarme, soltando jadeos cachondos y falsos gemidos, como
hacen a menudo las prostitutas para hacer creer al cliente que van a tener un orgasmo.
Saben que eso pone cachondos a los hombres, haciéndoles eyacular más rápido.
Me estoy poniendo a cien. No a causa de sus gemidos y sollozos, tan exagerados
y torpes, ni de lo que me dice sin parar —«Venga, niño, dáselo a mamá… Va,
suéltalo… dame toda tu leche»—, sino porque en realidad no se atreve en absoluto a
esperar que alguien se ponga cachondo con ella, y porque a ella misma hace años que
se le fueron las ganas de follar. Sus gemidos son una verdadera burla de sí misma.
Sus carnes están frías. Está tiritando. Su cuerpo está arrasado. Los pechos y el vientre
cuelgan de él como seres muertos y extraños. La celulitis de sus muslos se amontona
en montañas deformes. Tiene el marchito trasero temerosamente encogido, como el
de un chucho con el rabo entre las patas. Los largos labios de su vulva, desgastados
por miles de hombres, ya no se cierran cubriendo el agujero, en el que yo podría
meter un puño.
Me invaden el dolor y la rabia. La rabia de ver esa payasa del amor convertida en
un desecho. Y el dolor de ver que tiene que continuar con sus payasadas, porque no le
queda otro remedio.
Y de repente la veo ante mí tal como debió de ser un día. Como las putas jóvenes
que posan en los escaparates de las casas vecinas. Cuando aún podía estar orgullosa
de sí misma, porque sabía que ponía cachondos a los hombres, que las pollas se
endurecían con sólo verla. Y cuando aún era sincera, cuando gemía porque sentía a
los hombres dentro de su cuerpo y llegaba de verdad al orgasmo. En el momento del
orgasmo, todas las mujeres creen en el amor.
La tumbo sobre la cama, me desprendo del preservativo y le meto en el agujero la
polla, que se me ha puesto dura, con tanta violencia que ella empieza a sudar.
Enseguida se le calienta el cuerpo, empieza a arder. Por entre los párpados
semicerrados se ve un brillo ausente y plateado en sus ojos. Su pelvis entra en acción
para replicar a mi ataque, como si sus ovarios todavía fueran fértiles y deseara recibir
mi semen. Llega al orgasmo con un rugido; entonces me corro yo también.
Le doy más dinero del que gana con diez hombres. Quiero que hoy se tome el día
libre.
—Voy a comprar, y luego desayunamos juntos, ¿vale? —me dice, mientras cubre
apresuradamente su desnudez, para no destruir la ilusión.
Le expreso mi agradecimiento y señalo mi reloj de pulsera.
—Comprendo. Tu barco zarpa y tienes que ir al puerto.
Asiento con la cabeza. Para despedirme, le doy un beso en su boca de vieja.

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En el hotel Prem me pongo de acuerdo con las dos camareras del piso superior, en
el que me alojo: les propongo que, por la noche, se encierren en mi habitación hasta
que yo vuelva del estudio, para que el portero no las vea volver a entrar en el hotel.
Por la mañana pueden pasar directamente a hacer las camas.
Ambas tienen un talento notable. Por desgracia vuelvo a pillar las purgaciones,
aunque no sé si me las ha pasado la Fea, la puta vieja o las camareras. La verdad es
que cojo enfermedades venéreas más a menudo que otra gente coge resfriados.

Yorka no se separa de mi lado. Desde que he recitado a Villon en el palacio del


congreso de Berlín, no me quita de encima sus ojos febriles y asiáticos.
Vive con su madre en la Olympische Strasse. Duermo en su casa, en un sofá
torcido cuyos cojines son una especie de sacos hechos de trapos, y cuido del hijo de
Yolande cuando ella se va a trabajar. En ese sofá torcido, del que me caigo cada vez
que cierro los ojos, incubo el proyecto de mis próximas giras. Y en ese sofá torcido
leo por primera vez a Rimbaud, los cuentos de Oscar Wilde y la Balada de la cárcel
de Reading, Tucholsky, El hereje de Soana de Hauptmann, Nietzsche, las baladas de
Brecht, y Mayakovski.
Empiezo actuando en teatros berlineses. Luego paso al Aula Magna de la
universidad. Yolande vende las entradas en los comedores universitarios, y mete el
dinero en una caja de puros que me entrega antes de la representación. Luego alquilo
el teatro de la Komödie, la Volksbühne, la gran sala del Palacio de Congresos, el
Titaniapalast y la Neue Philharmonie.
Un agente neoyorquino me hace una oferta para el Carnegie Hall. Me propone
recitar en inglés los cuentos de Oscar Wilde.
Fritz Kortner vuelve a salir de su agujero y se me lleva a Viena para participar en
su película Sarajevo. Encarno al líder de los terroristas, el que tira la bomba. Erica
Remberg es mi pareja en la película. Jodemos tan intensa y continuamente que me
quedo dormido de pie durante el rodaje, y Kortner habla en voz baja cuando está
cerca de mí, convencido de que estoy meditando sobre mi papel. Esta vez también me
trata con más miramiento en todos los demás aspectos.
Anuschka, la mujer de un millonario austríaco que comercia con medias, y
vástago de la familia imperial rusa, me ha escrito una carta en la que se ofrece a
ayudarme. No tengo muy claro a qué se refiere, pero una ayuda no me puede venir
mal. Nos citamos en Salzburgo, donde su marido tiene una casa. Va a recogerme a la
estación.

Me clava sus puños afilados en las glándulas de debajo de los sobacos, en las
costillas, en las ingles, me muerde todo el cuerpo, mete la lengua en todos los

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agujeros que poseen los cuerpos humanos, y quiere que yo haga lo mismo con ella.
Sus aullidos animales no cesan hasta que no acaba el trayecto de Salzburgo a Viena.
Anuschka lo paga todo. Yo no tengo dinero.
Cuando se le acaban las reservas de dinero, porque su marido no quiere darle
nada hasta que vuelva a follar con él, nos rompemos la cabeza para encontrar la
manera de ganar pasta en el futuro.
De momento vamos mudándonos de un piso amueblado a otro; los pisos resultan
cada vez más deprimentes.
Finalmente, me aloja en una residencia de ancianos ruinosa, en la que me instalo
en una habitación situada detrás de la puerta secreta de la biblioteca, mientras
Anuschka, en ausencia de su marido, roba comida de la despensa del hogar conyugal,
en el que viven también su hija y su suegra.

La compañía de pompas fúnebres de Viena celebra su 50 aniversario, y programa


una matiné para sus empleados. La agencia de espectáculos me pregunta si quiero
participar en esa matinée; se trata de un programa muy variado.
El agente quiere que recite un monólogo de Dicha y fin del rey Ottokar, en el que
el jefe de los ejércitos, o no sé quién, suelta en el campo de batalla una parrafada
sobre la patria y el honor.
Me compro el delgado volumen de Reclam y me leo esa chorrada de la arenga en
el campo de batalla. Al principio no entiendo en absoluto de qué va la cosa. Me
siento en un café a remodelar el texto, pero por más vueltas que le doy sigue siendo
una parrafada sobre la patria y el honor en el campo de batalla.
—Yo no puedo representar esto —le digo al agente—, ni siquiera para las pompas
fúnebres.
—Bueno —dice comprensivo—, pues entonces proponga usted otra cosa.
Propongo el monólogo de Hamlet en el cementerio, con la calavera, pero eso
resulta demasiado macabro para la gente de las pompas fúnebres.
—¿Y qué tal el monólogo de Fausto? —pregunto.
El agente opina que es demasiado largo. Le digo:
—Usted déjeme hacer a mí.
Durante la matinée, lo suelto en exactamente cincuenta y siete segundos. La frase
«… la tierra me acogerá de nuevo» la balbuceo mientras bajo ya del escenario, y me
meto en el bolsillo un buen puñado de dinero.
Los sepultureros y enterradores, sentados en el patio de butacas de la Sala Mozart,
no han comprendido todavía que acaban de asistir al monólogo de Fausto más corto
de todos los tiempos.
Vuelvo a tener dinero para una temporada, pero no puedo esperar hasta el 65
aniversario de la compañía de pompas fúnebres. Así que me dedico a recitar a Villon.

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Primero alquilo la Sala Mozart, que ya conozco gracias a las pompas fúnebres.
Luego, la Sala Beethoven y la gran sala de la Konzerthaus.
Después de Villon, recito a Rimbaud. Luego otra vez Villon.
En el teatro Am Fleischmarkt encarno al rey en El rey muere, y en el de la
Josefstadt hago el papel del tullido en La primera legión.
Luego recito El hereje de Soana, de Gerhart Hauptmann. Se trata de la historia de
un joven cura católico al que expulsan de la Iglesia porque se deja arrebatar por el
amor a una chica menor de edad. Lo apedrean por ello. Me propongo proclamar la
historia de ese cura italiano desde el púlpito de la catedral de san Esteban. Pero se
niegan a cederme el templo.
Luego otra vez Villon, Rimbaud y de nuevo Villon.
El marido de Anuschka le ofrece dinero una y otra vez si ella accede a volver a su
lado. Pero Anuschka no vuelve, y sólo entra en la villa para robar comida.
Nos vamos de los pisos antes del día de pago del primer mes de alquiler.
Schönbrunn, monumento a Goethe, Kärntner, Ring, Naschmarkt. En ninguna parte
me encuentro a gusto. Cuando Anuschka está con su hija, me dedico a recorrer Viena.
Es bien verdad lo que dicen de las «encantadoras muchachas vienesas»: son todas
encantadoras, desde las menores de edad hasta las mujeres casadas y las madres,
pasando por las putas del Kärntner Ring.

Anuschka ha estado dos días sin venir. La he telefoneado y hemos quedado a las
cinco en un café, cerca de la villa. A las dos, cuando me dispongo a bajar por las
escaleras que llevan al metro, para ir a Schónbrunn, porque antes de la cita quiero
pasar por el jardín del palacio, en cuyos invernaderos tanto me gusta entrar, veo una
niña que sube a un tranvía. Consigo subirme yo también justo a tiempo, antes de que
un coche embista mis piernas. No sé adonde querrá ir ella, pero desde luego el tranvía
no va al fin del mundo. Y, si fuera así, me daría lo mismo. Lleva un uniforme de
trabajo encima del vestidito, y botas de media caña con cordones, como las que
llevan en Viena las dependientas y oficinistas que pasan mucho tiempo de pie.
El tranvía está lleno, y tengo que abrirme paso como puedo por entre la multitud,
hasta que, tras varias estaciones, vuelvo a encontrar a mi niña de las botas en la
plataforma posterior, hasta donde la han empujado los viajeros que han ido entrando
en el tranvía.
Estamos frente a frente. La miro fijamente, hechizado, y me juro que no le quitaré
la vista de encima, ni la dejaré salir del rincón en el que ella misma ha ido a
encerrarse como en un callejón sin salida. Estamos tan cerca el uno del otro que noto
el aliento que exhala, y que absorbo como el rastro olfativo de una presa. Pero hay
otro olor que flagela mis sentidos. El olor de todas las chicas que no usan perfume ni
desodorante. Huele tan fuerte que me pongo delante de ella en un ademán de
protección, celoso de los otros viajeros, que podrían aprovecharse de ese olor y

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sustraerme algo de ese éxtasis. Su figura es pequeña y robusta, pero no achaparrada
ni desproporcionada. Aunque tiene la piel muy blanca, es más bien de tipo moreno.
Sus cejas se funden con la frente en un vello finísimo, y el labio superior, en forma de
oruga, está marcado por un bigotito casi imperceptible. Tiene los brazos cubiertos por
las mangas del uniforme, y en las piernas lleva largas medias de algodón, pero sé que
debe de tener todo el cuerpo cubierto de vello, y que la mata de su pubis se alarga
hasta el ombligo. No es como la macabea de la distribuidora cinematográfica
austríaca con la que estaba en Munich, cuyo cuerpo estaba cubierto de pelos como
vigorosas malas hierbas y duros como cerdas; a ésta la cubre una capa tierna y suave,
como si el viento hubiera depositado sobre su cuerpo y su rostro un polvillo negro
que se hubiera quedado adherido sólo en las zonas más excitantes. Las espinillas
adolescentes en su rostro no hacen sino intensificar mi deseo.
Nota que la estoy mirando fijamente y me devuelve la mirada… pero la aparta
prontamente, cohibida, y me da la espalda. Los viajeros que van entrando me fuerzan
a acercarme aún más a ella, y siento su trasero duro y respingón contra mi polla tiesa.
Pero no me atrevo a tocarla con mis manos ni a hablarle. Me limito a seguir clavando
la mirada en ella. No sé si ha notado mi polla erecta o si es mi mirada lo que siente en
la nuca; lo cierto es que gira la cabeza y me mira con gesto casi amenazante. Quizás
ha comprendido que ya no puede oponer resistencia (o no quiere oponer resistencia).
Mi nabo se pone tan duro y enorme, y se me abulta la bragueta de tal modo que
cuando una mujer, impulsada por otros viajeros, me empuja hacia un lado, aprovecho
la ocasión para meter la mano dentro de mi pantalón y pegarme el cipote tieso contra
el vientre, para que no sobresalga tanto.
Ahora la mujer está entre la niña de las botas y yo. Por suerte es delgada, y puedo
ver algo en torno a su silueta. Mi niña de las botas ya estaba buscándome, y nuestras
miradas se hincan la una en la otra. Intencionadamente, me aguanta la mirada más
tiempo… Pero también esta vez se aparta de mis ojos de un estirón, como si nuestras
miradas se hubieran entrelazado, y se gira de nuevo.
Un viajero me propina un empujón muy fuerte y me veo lanzado contra la mujer
que está entre la niña de las botas y yo; poniendo un poco también de mi parte,
consigo recuperar mi anterior posición. De nuevo mi niña de las botas se gira hacia
mí, y de nuevo se sustrae bruscamente a mis ojos, como si estuviera probando cuánto
puede aguantarme la mirada. Pero las pausas entre los alejamientos y las miradas se
hacen cada vez más breves, mientras que sus miradas son cada vez más intensas,
como si quisiera hacerme entender que quiere que la desnude con la mirada. A cada
prenda que le quito con los ojos, su respiración se hace más rápida y sonora.
Ya llevamos por lo menos media hora en el tranvía, y ahora le bajo las bragas con
la mirada: nuestros ojos están trabados como dos cuerpos follando… Se le desencaja
el rostro… Los orgasmos la sacuden… y los ojos se le humedecen como si fueran su
chocho…

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Al llegar a su parada, se baja de un salto. Salto tras ella y le piso los talones.
Mientras camina se gira bruscamente y acelera sus zancadas, hasta que por fin echa a
correr y desaparece por el portal de una casa.
De momento paso de largo ante la casa, para no llamar la atención. Luego vuelvo
sobre mis pasos y entro por el portal. A derecha e izquierda hay escaleras que
conducen a los pisos. Ni rastro de la niña de las botas. Camino de aquí para allá por
delante de la casa, cruzo a la acera de enfrente y veo descorrer la cortina de una
ventana en el patio del edificio, desde la cual mi niña de las botas me observa
alarmada pero curiosa, junto con otras niñas, también con botas y también
uniformadas. Cuando nuestras miradas se encuentran, se cierra la cortina.
Seguramente, pienso, la ventana pertenece a los locales de alguna empresa, pues en la
fachada de la casa hay grandes letreros comerciales. Miro el reloj. Acaban de dar las
tres. Pueden pasar horas hasta que mi niña de las botas salga del trabajo.

Anuschka se muestra muy desconfiada al ver que me saludaban las chicas del
Kärntner Ring. Es comprensible que ahora tenga aún menos ganas de dejarme solo
que antes. Ya está arreglado un piso en la Judengasse, que paga su marido, con el que
ha llegado a alguna clase de acuerdo, y en el que pretende vivir conmigo todo el
tiempo.
De momento sigo viviendo en el siniestro piso del Naschmarkt, pero me lo paso
mejor —también de día— tumbado con las chicas entre los matorrales y en los
prados y viajando con ellas al Ottakring.
O. W. Fischer, que ya se ha enterado de que estoy en Viena buscándome la vida,
le escribe a Rott, el intendente del Burgtheater de Viena: «… consigue que no se
comporte como Mozart con el arzobispo de Salzburgo y que actúe como Kainz y
Mitterwurzer… Kinski es el único genio verdadero que hay entre nosotros. Es el
único príncipe por la gracia de Dios».
Esa palabrería no le cuesta ni un duro. ¡Más valdría que me hubiera dejado 100
marcos cuando se los pedí prestados!

Anuschka me da la noticia de que Rott está esperándome. Me ofrece un contrato


por cinco años, cobrando el sueldo máximo. Habla como una cotorra, me concede la
selección de las obras y me dice que está dispuesto a diseñar todo el programa del
Burgtheater de acuerdo con mis deseos. La cosa me intranquiliza bastante ¡Cinco
años!
La primera obra es el Tasso. La representación está prevista desde hace algún
tiempo, y Rott me da carta blanca para interpretar el personaje de Tasso según mi
propia concepción. Se limita a pedirme que me ponga en contacto con el director,
Raoul Aslan, a fin de ponerle al corriente de mis ideas.

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Aslan, que me invita a su casa, suelta una retahíla de chorradas tan impresionante
que al principio ni siquiera me doy cuenta de que me está poniendo su pesada zarpa
sobre los muslos. Luego se despide de mí con las palabras:
—Pues eso: imagínese a Tasso como Toni Sailer cuando baja disparado a cien
kilómetros por hora por una pista de esquí.
¡En qué lío me he metido!
Rott pone a mi disposición la sala de ensayo situada en la buhardilla del
Burgtheater, donde paso cuatro semanas sin que nadie me moleste. Los demás actores
no se presentan nunca a ensayar, y pronto echo mano a las sillas, que les sustituyen
perfectamente, y además se están calladas.
A Rott se le ha metido en cabeza presentarme al público como el sucesor de Josef
Kainz. Por eso quiere que me ponga el traje original con el que Kainz representaba el
Tasso, y que ahora está cubriendo un muñeco de alambre en el museo del teatro. Pero
el traje no es en absoluto de mi talla —a pesar de que se supone que Kainz tenía más
o menos las mismas hechuras que yo—, y además ha sido pasto de las polillas.
Mandan confeccionar una copia idéntica, de seda virgen, del traje original de
Kainz, así como una daga con baño de oro. Una de las misiones de Rott consiste en
despilfarrar las millonadas subvenciones estatales que recibe anualmente el teatro.
Para ello le basta con sus lamentables escenografías, pero en mi caso se empeña en
tirar la casa por la ventana.
Su idea fija de que ha comprado conmigo un nuevo Kainz llega hasta tal punto
que intercala entre los ensayos sesiones fotográficas en las que tengo que posar con el
traje puesto. Los fotógrafos me ponen delante del monumento vienés a Kainz, del
busto de Kainz que hay en el Burgtheater, del cuadro de Kainz que hay en la galería
de los hombres ilustres, ¡y hasta de su tumba! Es como lo que hacen con la
Coca-Cola, pienso, con la diferencia de que no cobro ni un duro por ello. Me asquea
ver cómo se aprovechan de un muerto. Los gilipuertas del Burgtheater no empezaron
a lamerle el culo a Josef Kainz hasta que ya tenía cáncer y le quedaba poco tiempo de
vida.
Los otros actores, con los que, para bien o para mal, tengo que representar la obra,
empiezan a comparecer vacilantemente para el ensayo general. La mayoría se dan
muchos humos; como son «actores del Burgtheater», tienen miedo de que se les
caigan los anillos. Me asombra enormemente ver que tengo que tratar con personas
de carne y hueso, ahora que ya estaba acostumbrado a mis sillas.
Después del ensayo general, Aslan se echa las manos a la cabeza.
Su sueño de Toni Sailer se ha desvanecido para siempre.

El estreno se convierte en un gran triunfo para mí. El público no quiere irse a su


casa, y desea que me quede en Viena para siempre.

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Kortner me manda un telegrama a Viena. RUEGO ENCARNE PRÍNCIPE HEINZ EN
STAATSTHEATER MUNICH.

Anuschka y yo volamos a Munich y alquilamos una villa en Nymphenburg. Cojo


cada mañana el tranvía para ir a los ensayos. Por las noches, follamos y nos pegamos.
En plena calle, Anuschka se corta las venas de la muñeca con una hoja de afeitar.
La vendo con mi pañuelo y la llevo a casa, donde echamos un polvo y luego nos
pegamos otra vez.
Arne tiene que operarse de cáncer en Berlín. Pido que me paguen por adelantado
el sueldo del mes, y se lo envío. Kortner lo sabe, y me da dinero a menudo. Tiene que
hacerlo en secreto para que no se entere la tacaña de su mujer.
El día del estreno, se emite una orden de arresto contra mí. El coche patrulla ya
está en camino para detenerme. El motivo es, nuevamente, no sé qué multa que he
olvidado pagar. Como ya me he desprendido de mi sueldo, y se trata de una suma de
varios miles de marcos, Kortner telefonea, primero, al ministerio de Justicia para que
suspenda mi detención, y luego al ministro de Finanzas, por el asunto de la suma a
pagar. Rudolf Amesmeier interviene, aportando una idea genial: todo gobierno, todo
land de la República Federal y todo municipio dispone de lo que se denomina un
«fondo de reptiles». Se trata de una reserva de dinero a la que sólo se puede recurrir
en casos extraordinarios e imprevistos. El mío es uno de esos casos, pues, al menos
en lo que respecta al Staatstheater, no se tiene constancia de que jamás se haya
arrestado al actor principal justo el día del estreno. Si la representación tuviera que
suspenderse, el perjuicio que eso significaría para el land de Baviera sería mucho
mayor que si se pagase la multa con dinero procedente del fondo de reptiles.
Amesmeier consigue lo que se ha propuesto. El fondo de reptiles se hace cargo de mi
deuda. El Estado pagará al Estado con dinero del Estado.

Anuschka y yo estamos de vuelta en Viena. El piso de la Judengasse ya está listo,


y nos instalamos en la romántica buhardilla a recuperarnos de todas nuestras fatigas,
mayores en el caso de Anuschka que en el mío.
Tengo que desplazarme a Berlín para una película. Al llegar a la frontera
austríaca, me detienen. Resulta que vuelvo a aparecer en la lista de búsqueda y
captura. ¿Qué demonios habré hecho mal ahora? Como de costumbre, un juzgado se
empeña en que pague 4000 marcos si no quiero que me encarcelen.
El guardia de fronteras, un auténtico porquerizo, me saca del tren y me mete a
empujones en una celda en la Estación Central de Salzburgo. Me pongo a patear la
puerta de la celda hasta que me dejan telefonear a Viena, eso sí, bajo vigilancia.
Como Anuschka no tiene dinero, llamo a Erika, que está rodando una película en
Viena. Si la encuentro, me mandará el dinero. La saco de la cama a las cuatro de la

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mañana. Se viste, se planta en la oficina de telégrafos y me manda por giro
telegráfico los 4000 marcos. Media hora después, el dinero llega a la policía de
fronteras de Salzburgo. NO TE DEJES AMILANAR, me añade Erika en otro telegrama. Lo
beso.

«Ahora tiene delirios de grandeza. ¡Pretende llenar el Palacio de los Deportes de


Berlín!», escribe no sé qué gjlipollas en un periódico.
¡Y lo lleno! Cinco mil berlineses me aclaman entusiasmados después de oírme
recitar Manos de madre de Tucholsky.
Hace tiempo que he comprendido que no puedo escoger siempre las películas que
me apetece hacer, sobre todo porque siempre necesito dinero. Además, tampoco vale
la pena escoger. Lo mismo da uno que otro, en conjunto no valen nada. Qué otro
remedio me queda que sacar el mayor provecho posible de toda esa basura.

Durante los rodajes que vienen a continuación, Anuschka todavía está siempre
conmigo, pero luego vuelve a imponerse mi tendencia al puterío. De las figurantes a
las que me follo en los vestuarios y los lavabos de los estudios, a las protagonistas, a
las que me tiro mientras Anuschka me espera al otro lado de la pared, en nuestra
habitación de hotel, pasando por las camareras, con las que jodo en mi cama y en la
de Anuschka. Anuschka regresa a Viena. Acabada la película, vuelvo a su lado. Pero
no me instalo en la Judengasse, sino en un hotel. Poco antes de marcharme de nuevo,
me llama por teléfono una fotógrafa que quiere hacerme unas fotos.
Por la noche, cuando llega la fotógrafa, llevo ya puesto el albornoz, por si acaso;
siempre estoy a tiempo de echarla si quiero. No lo hago, sino que le digo que sólo
estoy dispuesto a dejarme fotografiar desnudo, y que también ella tiene que quitarse
el vestido. Se lleva una buena sorpresa, pero, entre protestas, se levanta el vestido
para quitárselo por la cabeza. El vestido se le queda atascado en la cabeza y los
brazos, porque se le ha enganchado la cremallera en el pelo, pero no salgo en su
ayuda, sino que aprovecho la ocasión para estudiar su robusto cuerpo de cintura para
abajo. Le bajo lentamente las bragas y la conduzco hasta la cama como si jugásemos
a la gallina ciega. Sólo veo su gran culo y su chocho abierto, mientras ella grita y
jadea, falta de aire para respirar, como si le hubiesen tapado la cabeza con un saco.

En Berlín alquilo un piso vacío de seis habitaciones, en la Uhlandstrasse. Yorka


me ayuda a pintar las paredes de blanco. Conseguir los muebles no es ningún
problema: unas cuantas camas metálicas, colchones, una mesa, una silla y unos pocos
trastos de cocina.

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En cuanto se enteran de que vuelvo a tener un piso, los agentes judiciales se
convierten en una plaga de langostas. A uno de ellos le tiro mi única silla escaleras
abajo.
Yorka tenía razón al aconsejarme que la comprase. Es resistente, y puedo seguir
utilizándola.
Mientras Yolande no vive conmigo, mi piso se convierte en un auténtico burdel.
Todos los individuos a los que he conocido alguna vez me sacan de la cama por la
noche para venir a follar en mi casa. Siempre traen chicas. Como no enciendo la luz,
no les veo las caras. En plena oscuridad, intercambiamos nuestras parejas, y nadie
sabe quién está follando con quién.
En un bar situado en una bocacalle del Ku’damm, me dedico a beber ese nefasto
aguardiente de ciruelas única y exclusivamente a causa de la camarera, que siempre
saca enseguida la botella llena, porque el bar es de su padre. Te estás liando con hijas
de taberneros, me digo; anda con cuidado, chaval, no vayas a acabar alcohólico
perdido. Una cosa está clara: si no consigo de una vez llevarme ese encantador
cochinillo a mi burdel, acabaré convertido en un borracho.

Domingo por la mañana. Ha llegado el momento. Me presento en el bar a las diez


de la mañana. Sé que el local nunca se llena antes de la una. Ella me ha dicho que
compre preservativos. Le enseño el estuche por debajo de la mesa. Ahora ya no tiene
más objeciones que hacer, y se toma la mañana libre hasta la una. Su padre no puede
oponerse, porque la hace trabajar hasta medianoche.
—Ponte dos condones, uno encima del otro —me dice, mientras se masturba,
tumbada desnuda en la cama. Aún estoy intentando ponerme el primero. Odio esos
trastos, porque con ellos no consigo sentir nada.
—Con uno basta —le digo.
—¡Ponte dos! ¿Qué pasa si se rompe uno? Si me dejas preñada, mi padre me
mata.
—Vale, vale, también me puedo poner tres, si eso te tranquiliza.
—No, tres no, tres es una tontería —dice—, ponte dos. ¡Va, venga, que no
aguanto más!
Me siento como si llevara la polla tiesa envuelta en un guante de invierno. Pero la
tengo tan dura, y me pone tan cachondo follarme a esa putita menor de edad, que,
cuando ella grita «¡Más adentro!», me corro enseguida, como un grifo abierto.
Hasta la una echamos dos polvos. He comprado un estuche de cinco
preservativos, y no hay manera de convencerla de que, con la calidad de hoy en día,
con un condón basta y sobra.
En cualquier caso, estoy hasta las narices de esa «protección masculina». Por
ejemplo, la acomodadora del cine Gloriapalast, que durante la película se arrodilla en

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el suelo junto a mí y me da recuerdos de su amiga, a la que no conozco, sólo tiene
noticia de la existencia de los preservativos porque ha oído hablar de ellos.
Por desgracia, Yorka vuelve del mercado cargada con cestos de la compra justo
en el momento en que la mencionada acomodadora y yo estamos de pie en medio de
la habitación, entrelazados y con los pantalones bajados. Hasta ahora le había venido
evitando a Yorka al menos la visión de lo que hacía a sus espaldas. Deja caer los
cestos de la compra llenos; las naranjas, las manzanas, las zanahorias y las patatas
ruedan hasta nuestros pies. La viscosa yema de los huevos rotos salpica, para mayor
escarnio, las tablas del parqué y los zapatos de Yorka. Ella deja caer los cestos y sale
corriendo del piso.
Por unos instantes, la acomodadora y yo nos quedamos petrificados donde
estábamos… Pero luego, ella empieza de nuevo a mover rítmicamente la pelvis, y no
puedo evitar recibir sus empujones y replicar a mi vez con empujones cada vez más
más fuertes.
¡Quiero tirármela, tirármela! Pero no quiero correrme dentro de la acomodadora.
Prefiero guardar mi semen, irme a casa de Yorka, pedirle perdón y eyacular en ella.
Cuando llamo al timbre del piso de Yorka, me abre la puerta su madre. Yorka se
ha tomado un tranquilizante y está durmiendo. Me quito los pantalones y eyaculo
dentro de ella todo el semen que con tanto esfuerzo me he guardado mientras me
follaba a la acomodadora.
Yorka está embarazada de mí. Sabe que no puedo quedarme con ella, y tiene
miedo de encontrarse sola con dos criaturas. No puedo evitar que aborte.
Uno de los muchachos que vienen de vez en cuando a follar a mi casa se llama
Ingo. Toca la guitarra como un gitano. Ensayamos las baladas y canciones de Brecht,
con las que quiero presentarme en la Stadthalle de Viena. Como Brecht se ha muerto,
le pido a su viuda, Helene WeigeL, los textos de marras, que no se encuentran en
ninguna parte, y sobre todo las partituras. La Weigel se pone envidiosa y celosa, y
mete la nariz en todo lo que no le importa.
—Yo misma le diseñaré el programa —me dice, como si su marido le hubiera
encargado eso como último deseo antes de morir.
—Gracias, Frau Weigel —respondo—, pero mi programa me lo diseño yo
mismo.
Sé que la vieja nunca me lo perdonará.
Consigo los textos y las partituras gracias a Ernst Busch.
En Viena, Ingo y yo nos instalamos en el piso de la fotógrafa de la cremallera
atascada Tiene una tienda de fotografía y un laboratorio propio, que la mantienen
alejada de su casa durante el día. Por las noches, Ingo, que se aloja en la habitación
contigua, se ve obligado a oír cómo follamos la fotógrafa y yo. Ahora siempre pasa
del cuarto de baño a la cama directamente en pelotas, para que no le vuelva a pasar lo
de la cremallera. En el episodio del hotel, el vestido ahogó sus rugidos, o por lo
menos los amortiguó. Pero ahora, los berridos de esa divorciada —que no ha vuelto a

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follar desde que se divorció, hace varios años— atraviesan las paredes, y por las
noches Ingo no pega ojo. No se lo toma a pecho, y se dedica a tocar la guitarra.
Cuando la fotógrafa gimotea «¿Me quieres…? ¿No me quieres ni siquiera un
poquito?», y yo contesto «No», Ingo toca pianissimo… pero cuando ella, en pleno
orgasmo, berrea «¡Sí! ¡Destrózame!», Ingo rasguea las cuerdas con todas sus
fuerzas…, hasta que la fotógrafa vuelve a empezar por el principio y me suplica:
«Dime que me quieres aunque sólo sea un poquito, un poquito de nada…».

No quedan entradas para las funciones de la Stadthalle. Nuestro público lo forman


adolescentes, curas, monjas, escolares, policías, obreros, ricos, mendigos, militares,
prostitutas. Todo el mundo.
Grabamos tres discos en directo. Pero no se permite su venta. La viuda de Bertolt
Brecht se niega a ceder los derechos de los textos, a pesar de que ya están listas varias
decenas de miles de discos. A mí me da lo mismo.
Antes de volver a Berlín con Ingo, voy a visitar a Anuschka, que por supuesto ha
ido a la Stadthalle. Lleva a su hija al piso y la desnuda delante de mí, para que yo vea
su cuerpo arrebatador.
—Si te quedas conmigo, algún día ella será para ti. Yo te miraré mientras te la
follas.
Pero de momento esa promesa no me sirve para nada, así que le bajo los
pantalones a Anuschka.
Ya en Berlín, me paro delante de una tienda de guantes del Ku’damm, junto a
Rollhagen. No quiero comprarme unos guantes. Al salir de la charcutería, me he
parado a comerme el salami en la calle, delante de la tienda de guantes, y en eso he
visto, a través del escaparate, una gata rubia. La he visto ponerle un guante a un
cliente masculino que mantenía la mano extendida. Me limpio en los vaqueros la
mano, que huele a salami, y entro en la tienda de guantes.
Mientras la gata atiende a un cliente, tengo tiempo para observarla más
atentamente. Debe de tener unos diecisiete años. Sus gestos están llenos de gracia y
decoro, pero esa gatita no puede ocultarme que en la cama se convierte en un animal
salvaje. Su falda, estrecha, gastada y un poco demasiado corta, y su jersey hecho a
mano, ajustado y de aire infantil, que se le ha quedado pequeño hace tiempo, me
hablan de las pequeñas tetitas que, a cada uno de sus alegres movimientos, tiemblan
muy levemente, como si supieran que tienen que guardar la compostura… y de las
formas de su pequeño vientre de colegiala, que, de perfil, dibuja una S con el
desvergonzado culito de esa niña-mujer. Los ojos son gris-verdosos, como los de
muchos gatos. Los labios rosados, sanguíneos, son abultados, y los tiene levemente
abiertos, como los de un niño de pecho sediento. Me imagino su coñito muy parecido.
Al verme, enrojece hasta adquirir el mismo color rosado de sus labios. Su mirada
me llega hasta los huevos.

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Acaba de despachar al cliente y se dirige ahora a mí.
—¿Qué clase de guantes desea, señor?
—Lo más estrechos posible, no me importa el color.
Debería haberlo formulado de otra manera, pero ya es demasiado tarde. Se queda
desorientada por unos instantes, y me sabe mal haberla confundido. Como si
entendiera que en realidad no quiero unos guantes, baja la vista y sonríe.
Estiro la mano y ella me pone un guante estrecho, mientras apoyo el codo en el
mostrador y separo bien los dedos.
Primero me mete el guante entero en la mano. Luego estira el cuero a lo largo de
los dedos. De las puntas hacia abajo, como si me diera un masaje, dedo por dedo.
Percibo sus dedos calientes a través del tenue cuero, como si no llevara puesto un
guante. Me parece sentir su piel directamente sobre la mía. Mientras tanto, la miro sin
interrupción. Ella no me devuelve la mirada, pero parece tener la misma sensación, y
sin duda es la primera vez que le masajea de verdad los dedos a un cliente. Quién
sabe lo que está pensando. En cualquier caso, lo que yo pienso es que mis cinco
dedos son cinco pollas que ella está masajeando, una tras otra. No puedo quedarme
ahí eternamente, con cinco pollas tiesas en la mano.
—¿Quiere venirse conmigo? ¿Vivir conmigo? ¿Quedarse conmigo? ¿Y dejar de
una vez de poner guantes a la gente?
Sigue sin mirarme, y tampoco deja de masajearme los dedos.
—¿Cuándo? —me pregunta, con voz casi inaudible.
—Ahora mismo.
Se corre la cortina que da a la trastienda y aparece su jefa, que tiene aspecto de
sapo.
—¿El señor está satisfecho? —me pregunta, fisgona como una alcahueta.
—Con su dependienta, sí. Me la llevo ahora mismo. Páguele el finiquito.
El sapo se queda sin habla. Antes de que pueda recuperarse, Biggi y yo ya
estamos fuera de la tienda.
El sapo no le paga el sueldo del mes porque Biggi no se ha despedido conforme a
la ley. Pero Biggi no necesita ese sueldo de hambre. He firmado una serie de
contratos para giras, y Biggi tendrá todo lo que desee.
A la madre de Biggi, que se preocupará al ver que su hija no viene a pasar la
noche, le mandamos un telegrama:

ESTOY CON MI FUTURO MARIDO. STOP. NO TE PREOCUPES POR MÍ.


BIGGI

A la primera ocasión que la suelto de mis brazos, Biggi se pone a buscar un piso
para los dos. Hasta ahora no nos sobra el dinero, pero Biggi ha vivido siempre al lado
de su madre con ciertas estrecheces económicas, y se muestra agradecida por una
simple flor comprada en el mercado. Todo lo que toca se vuelve bello, y pronto, con

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unos pocos muebles y objetos más, convierte el pelado piso de seis habitaciones
pintado de blanco en un romántico nido de amor.
Luego le compro a Biggi las ropas más importantes. Cualquier trapo que elige y
se prueba le sienta como hecho a medida. Nunca quiere lo más caro, y siempre
pregunta por el precio.
Ahora empieza la locura de los bolos. Una locura sin fin. Primero Berlín, otra vez
el palacio de los deportes. Luego Munich. Frankfurt. Hamburgo. Luego todas las
demás ciudades. Cien veces. Mil veces.
Biggi siempre viene conmigo. Nunca se cansa de ocuparse de todas las cosas
molestas para las que me falta la paciencia, porque las representaciones absorben
todas mis energías. Cada noche la veo sentada entre el público. Durante las pausas
viene a verme al camerino y me seca el sudor de la cara y el cuerpo. Soporta todos
mis excesos y me ayuda, con su amor inextinguible, a sobrevivir a la despiadada
esclavitud a la que me someto.
Viajamos en coche, me he comprado un Jaguar. En tren. En avión. Apenas
dormimos, la mayoría de las veces seguimos viaje la misma noche. Durante la
primera gira, actúo ciento veinte veces seguidas, y en un fin de semana doy cinco
representaciones. Siempre se agotan las localidades. Y cada vez quiero más dinero,
para poder despilfarrar cada vez más.
Al principio cobro 500 marcos por función. Luego 600, 1000, 10 000, 20 000
marcos por función. Nos alojamos en los hoteles de lujo más caros, alquilamos
apartamentos principescos y vivimos como reyes.
Biggi puede permitirse cualquier capricho, estoy dispuesto a comprarle lo que
sea. Pero ella no cambia. Sigue siendo tan modesta y fácil de contentar como
siempre, y le hace más ilusión que le regale una simple rosa que recibir un anillo de
los más caros.
—¿Cuántos días tiene el año? —le pregunto a mi agente.
—Trescientos sesenta y cinco, ¿por qué?
—Prográmeme trescientas sesenta y cinco funciones al año.
Rechaza hacerse corresponsable de mi suicidio, según sus propias palabras.

Ahora Biggi está embarazada de nueve meses y continúa acompañándome.


Aunque el aguanieve que nos azota convierte la autopista en un peligroso pantano, la
aguja del velocímetro del Jaguar raramente baja de los doscientos. Si queremos llegar
a tiempo a la función de noche, no puedo levantar el pie del acelerador. Nos pasamos
a toda pastilla las señales de peligro y de stop, y sólo paramos para repostar.
Poco antes de Kiel, un Volkswagen se pasa al carril de la izquierda sin señalizar
con el intermitente, a pesar de que llevo los faros encendidos. Intento reducir la
velocidad. Empezamos a patinar, y el Jaguar sale despedido hacia la izquierda,
colisionando contra las vallas de acero que dividen en dos la autopista.

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¡Seguir! ¡Seguir!
Cuando llegamos a Kiel, los espectadores ya están sentados en sus butacas,
esperando que se abra el telón. Salgo al escenario corriendo, tal como estoy. Después
de la función, seguimos viaje.
De camino a Hamburgo, donde a la mañana siguiente tengo que grabar unos
discos para Deutsche Grammophon, el Jaguar, al adelantar a un camión, empieza a
dar bandazos sobre el hielo, a pesar de la velocidad reducida. Consigo dominarlo.
Pero vamos a parar tan cerca del remolque del camión que tengo que dar un
volantazo a la izquierda, y como consecuencia patinamos hasta la calzada contraria.
Otro coche viene hacia nosotros desde unos ciento cincuenta metros. Todavía me da
tiempo a devolver el Jaguar a la calzada de la derecha, pero un tercer vehículo que yo
no había visto entra a gran velocidad, procedente de una carretera de acceso, en la
calzada contraria para mí, y se acerca rápidamente. Intento, con precaución, desplazar
el Jaguar hasta mi calzada, pero no lo consigo. El coche que acaba de entrar por el
acceso se lanza hacia nosotros. No me queda otro remedio que girar bruscamente
hacia la derecha. Ya he conseguido parar el impulso, cuando de repente el Jaguar da
un nuevo bandazo con el eje trasero. Gira dos veces sobre sí mismo. Ya es imposible
controlarlo: saltamos por un terraplén y volcamos. El Jaguar queda patas arriba.
Los respaldos de nuestros asientos están destrozados, pero nosotros todavía
llevamos los cinturones puestos. Cuando vuelvo en mí, oigo gimotear a Biggi. Las
puertas están atascadas. Consigo romper una ventanilla. Me arrastro hasta el exterior
y, antes de que explote el coche, saco a Biggi de aquel montón de chatarra.
No puede pisar con una pierna. Además ha sufrido un choque, y balbucea cosas
absurdas. Intento tranquilizarla, y la tomo entre mis brazos sangrantes. El maletero se
ha abierto debido a la colisión, y una parte de nuestras maletas ha salido catapultada.
Nuestros abrigos han quedado inservibles. Aprieto fuertemente a Biggi contra mi
cuerpo, para protegerla del frío cortante.
Entretanto, se han parado otros coches, y sus ocupantes se apresuran a ayudarnos.
Algo más tarde, los bomberos y la policía llegan al lugar del accidente.
Aparte de unas cuantas heridas en los brazos, sólo tengo un chichón del tamaño
de un puño en la frente. Biggi ya se ha recobrado, y puede caminar de nuevo. No le
ha pasado nada.
El bebé patalea impaciente dentro de su vientre.
Una vez resueltas las formalidades, un coche patrulla nos lleva hasta la población
más cercana, y tomamos un taxi para proseguir nuestro viaje a Hamburgo.
En Hamburgo grabo cinco discos mientras Biggi duerme por fin todo lo que
necesita. Luego compro ropa de bebé, un par de zapatitos de piel color celeste, con
adornos de encaje blanco, y empujo hasta la cama de Biggi un gigantesco oso con
ruedas a cuyos lomos cabalgará nuestro bebé. Esa misma tarde volamos a Berlín;
Biggi está ya con las primeras contracciones. La llevo a la clínica. Esa misma noche,

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da a luz una niña. La llamo Nastassia. Nastassia es un personaje de El idiota de
Dostoyevski, la chica que ama al príncipe Mishkin hasta la locura.
La primera noche la paso en la clínica, y duermo con Biggi, en su habitación.
Luego me voy a la Uhlandstrasse, después de comprar montañas de flores, y
convierto nuestro nido de amor en un mar de flores. Al principio, Nastassia dormirá
en su cochecito. Lo he hecho traer de Inglaterra. Es un cochecito con grandes ruedas,
que parece un cabriolé, de color gris perla y con capota blanca, como nuestro Jaguar,
en el que Nasstia ha viajado catorce mil kilómetros a toda velocidad por las
autopistas.
Por más que me duela dejar solas a Nasstia y a Biggi, tengo que marcharme.
Tengo que cumplir los contratos de mi gira.
Pasados otros cuatro meses y medio, interrumpo la gira. De lo contrario, dejaré la
piel en ella. Pero la razón más importante es que no puedo estar tanto tiempo sin
Biggi y Nasstia.
Alquilamos una villa al borde del parque de Grünewald. Siete habitaciones, tres
cuartos de baño, un lavabo para los invitados, un garaje y un gran jardín con un
rincón para que juegue Nasstia. La villa es un pabellón rococó, con putti en el tejado
y una escalinata curvada que conduce al jardín, en el que florecen las mimosas, los
rododendros, las lilas y las rosas.
Vacío para Nasstia media juguetería. A Biggi le compro vestidos, abrigos de piel,
joyas y los perfumes más caros. Me hago confeccionar trajes a medida, camisas de
seda, guantes, zapatos e incluso calzoncillos de seda a medida. Encargo juegos de
cama de batista con volantes y encajes, así como almohadas y edredones rellenos con
la más fina pluma de ganso.
Biggi y yo jugamos a tenis, y compro un caballo para nosotros dos.
La mesa del comedor está tan llena que parece que va a combarse; parece lista
para un banquete en un palacio fabuloso de las mil y una noches. Sólo para ponerla y
quitarla necesitamos horas: flores, montañas de fruta, los vinos más diversos, licores
en botellas de colores de cristal tallado, asados enteros, ocas en todas las estaciones
del año, caza, mazapán, bombones.
Comemos en vajillas de la más selecta porcelana de Meissen y con cubiertos de
oro, y bebemos en vasos de colores de cristal tallado.
El sueño del pilluelo callejero se ha hecho realidad. Pero ya no tengo ganas de
esas cosas. Ya hace tiempo que he dejado de anhelarlas. Sé, además, que esa idílica
felicidad no puede ser duradera. No puedo oponerme a mi naturaleza. Aunque me
pongo enfermo de celos injustificados, acabo volviendo a las andadas, después de
tanto tiempo sin engañar a Biggi ni una sola vez.
Empiezo por una aprendiza de la tienda en la que hemos comprado ropita para
Nasstia. Después de cerrar la tienda, la chica viene a casa a traer el gran paquete.
Biggi está en la habitación de Nasstia, amamantándola. Salgo a abrir la puerta. La
aprendiza se ha puesto especialmente guapa: lleva un vestido a la moda, muy corto, y

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se ha pintado los labios con un lápiz de un rojo agresivo, fuerte y pegajoso. No puede
tener más de dieciséis años. Me hago cargo del paquete y le pido a la chica que
espere en el vestíbulo mientras busco un billete para dárselo de propina.
Cuando vuelvo al vestíbulo, en el que hay una puerta que conduce directamente al
lavabo de los invitados, la chica me mira como si esperara algo diferente del billete
que le tiendo, y al cual no presta la menor atención.
Como en trance, agarro a la chica del coño, la meto en el lavabo y cierro la puerta
a nuestras espaldas.
El episodio ha durado como mucho un cuarto de hora. Luego le llevo a Biggi el
paquete, y nos pasamos toda la tarde probándole a Nasstia los vestiditos.
Si Biggi se dedicara a espiarme, o tuviera la más mínima sospecha de que la
engaño, mis remordimientos serían menores. Pero Biggi confia en mí hasta tal punto
que nunca me pregunta adonde voy, ni por qué a menudo no llego a casa hasta la
mañana. Le digo «Tengo que irme», y con eso le basta. Ni yo mismo puedo
explicarme por qué a partir de entonces la engaño con más chicas. Y es que Biggi
sigue poniéndome tan cachondo como el primer día. Es más, me pone cada vez más
cachondo. Y también ella se muestra más ávida cuanto más frecuente y
desvergonzadamente la jodo.
Recibo una carta con un gran escudo nobiliario. Una condesa inglesa me pregunta
si estoy dispuesto a recitar para ella sola, en su castillo de Inglaterra, los monólogos
de Hamlet.
Sueldo: 10 000 marcos por monólogo. Va a venir a Berlín para que le dé mi
respuesta personalmente.
Me telefonea una semana después. Quedamos en encontrarnos en el Tiergarten.
Nunca se sabe. Paseamos un buen rato, mientras ella parlotea sobre Hamlet. No es
guapa, ni la encuentro especialmente atractiva. En caso de necesidad, puedo, como
mucho, follármela directamente en el Tiergarten, con lo que me ahorraría
desplazarme a Inglaterra, donde sirven la cerveza caliente como orines y sin espuma.
Su manía hamletiana empieza a tocarme las narices. Empieza a lloviznar. Le digo que
podemos resguardarnos de la lluvia entre los arbustos, y nos metemos por la espesura.
Encontramos un lugar donde no pueden vernos desde ningún lado. Cuando ya la he
desnudado por completo y la he tumbado en el suelo, dice que le da reparo, porque
tiene el período…
Cuando ya hace rato que ha oscurecido, le digo que tengo que irme. Se queda
echada entre los arbustos.
Para orientarme, utilizo como punto de referencia la columna de la Victoria, y
camino un rato bajo la lluvia, para desprenderme de su olor, que se me ha quedado
pegado. Veo en un reloj callejero que ya son las doce de la noche. Paro un taxi.
En la villa todo duerme. Al ir a desnudarme en el vestidor, descubro que tengo la
bragueta manchada de sangre. Me desplazo sigilosamente hasta la cocina y pongo la
zona de la bragueta debajo del grifo de agua fría para lavar la sangre. Luego cuelgo

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los pantalones con la parte mojada encima del radiador, me deslizo hasta la cama,
donde está Biggi, y vuelvo a eyacular de manera especialmente intensa, mientras
Biggi, dormida, me abraza y se abre de piernas.
Dos semanas después, me telefonean de Scotland Yard, para preguntarme si sé
dónde se ha metido la condesa, ya que no ha regresado a Inglaterra, y sólo ha dejado
mi dirección a su familia Les digo que no conozco en absoluto a la condesa. Que es
cierto que tenía previsto venir a visitarme, pero no ha dado señales de vida. Así que la
condesa ha desaparecido. No me extrañaría que la cosa acabase mal.
Biggi cree que vuelve a estar embarazada. Pierde el feto sentada en la taza del
retrete. Ha puesto la mano debajo, y me trae, nerviosa, algo envuelto en un Kleenex:
es como una minúscula rana; los brazos, las piernas, las manos y los pies están ya
casi formados. La cabeza sólo se reconoce por la forma, ya que la cara aún carece de
rasgos. Sólo se ven dos puntos oscuros, del tamaño de cabezas de alfiler, en el lugar
donde deberían estar los ojos.
Biggi pasa unos cuantos días muy abatida y desmoralizada. Luego se recupera, e
intento distraerla para que deje de pensar en esa terrible experiencia.

Me proponen representar Espectros con Anna Magnani. Pero la Magnani y yo


estamos comprometidos para tantas películas que no podemos ponemos de acuerdo
en la fecha.
Películas, películas, una detrás de otra. Ya ni siquiera leo los guiones.
Se rueda Der Rote Rausch en Viena, o, más exactamente, a unos setenta
kilómetros, junto a la frontera húngara. Vivimos en Viena. Anuschka pone a nuestra
disposición su piso de la Judengasse. Les coge cariño a Biggi y Nastassia, de las que
le he hablado en mis cartas, y de las que le he enviado fotos.
Ahora Nasstia tiene ya casi un año, y se pone de pie en su cunita. Camina cogida
de mi mano por primera vez, por los jardines cercanos al Kärntner Ring.

La mayor parte del tiempo la paso en el lugar del rodaje, y a veces también paso
la noche en el pequeño pueblo fronterizo, cuando las carreteras están bloqueadas por
la nieve y la noche me coge demasiado cansado para ir a Viena.
Pero hay otro motivo mucho más importante por el que me cuesta cada vez más
alejarme de ese villorrio, famoso por sus nidos de cigüeñas, por las chimeneas de sus
casas y por su vino, que emborracha a todo el mundo. El motivo es Sonja. Tenemos
que tomar un tónico para la circulación, porque entre escenas nos sentimos como dos
paralíticos, sentados en nuestras sillas, sin fuerzas siquiera para comer. Y es que,
aparte de trabajar en el rodaje, no hacemos otra cosa que joder.

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Durante el rodaje, esa caterva está a punto de abrasarme vivo. Tengo que meterme
entre unas cañas, en las que, según el guión, voy a quemarme. Les pegan fuego a las
cañas con ochenta litros de gasolina. El viento cambia de dirección, y las llamas se
juntan por delante y detrás de mí. Rompo a patadas el hielo que cubre el agua fangosa
y mansa, me meto en el agua, para empaparme la ropa y el pelo, y me lanzo de
cabeza, como un toro, contra las llamas. Me caigo varias veces, cortándome las venas
de los antebrazos con los brotes de las cañas, que están afilados como navajas. Me
brota la sangre de las venas abiertas.
—Fabuloso —muge una especie de negrero de la productora. Esa miserable
banda de asesinos ni siquiera tiene a mano un rollo de esparadrapo, y tengo que hacer
jirones mi camisa para vendarme los brazos con ella.
Y más o menos así transcurre cada día que pasamos en ese lugar, el cañaveral más
grande de Europa, en el que sólo podemos avanzar con vehículos de tracción por
oruga, ya que de • otro modo, en algunos tramos nos hundiríamos sin remisión en el
fango.
Pero ni esos trabajos forzados ni mis brazos vendados me impiden correrme con
mis últimas energías en el agujero de Sonja.
Sonja tiene que ir a un dentista de Viena, para que le saque una muela. Para no
tener que separarnos ni siquiera un solo día, me arranco un incisivo de un martillazo.
Ahora yo también tengo que ir al dentista, pues no puedo rodar con ese agujero en la
dentadura, y Sonja y yo nos vamos a Viena en el coche de ella.
Necesitamos un día entero para hacer los setenta kilómetros, pues a cada camino
secundario nos paramos para echar un polvo. Una vez en Viena, no paso por la
Judengasse; Sonja y yo nos instalamos en un hotel.
Al salir del dentista, telefoneamos a la productora y les decimos que tengo que
esperar tres días para arreglarme el diente —lo cual, casualmente, es verdad—, y que
Sonja tiene que someterse a un tratamiento de tres días, porque al sacarle la muela le
han dejado un agujero de aúpa.
Durante el viaje de vuelta al pueblucho fronterizo, interrumpimos la marcha cada
dos por tres. Sólo continuamos viajando cuando ya no podemos joder más.
Cuando oscurece, no perdemos tiempo buscando, y nos limitamos a parar el
coche en un campo helado. Echamos el seguro de las puertas desde dentro y nos
desnudamos… Estamos entrelazados, cubiertos de sudor; en eso, Sonja, al patalear en
el orgasmo, le da con el pie a la bocina. La luz de una linterna penetra en el coche a
través de los vidrios empañados por el calor de nuestros cuerpos. Desnudo como
estoy, me siento al volante y arranco tan bruscamente que el policía rural tiene que
apartarse de un salto.
Sonja y yo tenemos una semana libre. Pero durante esa semana no puedo joder
con ella, porque su marido, el jefe de la Orquesta de la Radio de Berlín, ha venido de

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visita, y quiere follar con su mujer.

Biggi se ha ido a las montañas, cerca del lago Mondsee, con Nasstía, Anuschka y
la hija de ésta. Biggi me telefonea para pedirme que me una a ellas. Las llaves del
piso de la Judengasse las tiene el portero. Como Sonja no puede dejar solo a su
marido ni en sueños, me cito para el día siguiente a las diez de la mañana, en la
Judengasse, con Bärbel, otro chocho que participa en el rodaje, y a la cual no he
podido follarme hasta ahora a causa de Sonja. En cualquier caso, tengo que pasar por
Viena.
Mientras espero a Bärbel en la Judengasse, meto en mi maleta unos cuantos
trastos para las vacaciones en la montaña. Mi tren sale a las tres y diez de la tarde.
A las diez en punto, Bärbel está delante de la puerta del piso. Aún no he cerrado
la puerta a nuestras espaldas, cuando ella deja caer, en el pasillo, su abrigo y su bolso,
y empieza a desnudarse. Mientras se baja las bragas, entra en el dormitorio brincando
como una liebre. Sabe que sólo tenemos cuatro horas para ordeñarnos.
Bärbel es una de esas hembras devorapollas que se la ponen a uno tiesa como un
palo con sólo verlas, aunque estén abrigadas hasta las cejas y no se puedan ni
adivinar las formas de su cuerpo. Está bien alimentada, y es fuerte como un
hombretón. Además, las últimas semanas ha estado a punto de reventar de calentura.
Las dos y veinticinco. Estoy hecho picadillo. No nos queda tiempo para lavarnos.
El viento de la marcha, durante el viaje en tren, y el frío aire niveo del Mondsee, me
quitarán de la piel y el pelo el fuerte olor de Bärbel.

Cuando llego a la casa de campo en la que viven todas juntas, Nasstía echa a
correr velozmente a mi encuentro. La levanto por encima de mi cabeza y le doy
vueltas hasta que, de la risa, ya no puede respirar, el suelo gira bajo nuestros pies y
nos tambaleamos hasta desplomarnos. Luego aparece Biggi, con Anuschka y su hija.
Esta última me abraza tan férreamente que tengo que soltarme por la fuerza, porque
Biggi empieza a mosquearse. Me besa sin parar en la boca con los labios abiertos y
húmedos, y parlotea como una muñeca crecidita, pero caliente a más no poder:
—Te quiero… te quiero… te quiero… te quiero…
A mí me parece bien, pero a Biggi no. Anuschka sonríe maliciosa.

En Berlín continúo con Sonja. Rodamos juntos varias películas seguidas. Cuando
rodamos en Spandau, en los estudios C. C. C., nos vamos al Havel durante la pausa
de mediodía. Cuando tenemos el tiempo justo, le bajo las bragas sólo hasta debajo de
las nalgas, ella se inclina un poco hacia adelante y se abraza a un árbol, para tener un
punto de apoyo sólido y poder así replicar con el culo a mis empujones. Cuando

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tenemos más tiempo, porque no empezamos a trabajar justo después de la pausa de
mediodía, nos metemos más adentro por entre los arbustos y nos desnudamos.
Cuando rodamos en Tempelhof, volvemos a casa por la noche a través del
Grünewald. La mayoría de las veces follamos en el coche.
La próxima película con Sonja es en Hamburgo. Nos vamos en su coche, y ella
llama al timbre de nuestra villa al pasar a recogerme.
Biggi y yo acabamos de pegarnos. Es la primera vez que nos hemos lanzado el
uno contra el otro con tanta rabia.
Desde que he conocido a Sonja, ha surgido entre Biggi y yo una gran tensión, que
ha ido haciéndose más intensa cada día, y que ahora se descarga en insultos e incluso
golpes. No creo que Biggi esté al corriente de mi relación con Sonja, o por lo menos
carece de datos exactos. Pero está a menudo triste y ausente, lo cual no encaja en
absoluto con su modo de ser.
Sonja no entra en la casa; lleva media hora esperando en el coche. Biggi tiene los
ojos devastados por las lágrimas, y echa de nuevo a llorar una y otra vez. Me siento
desesperado y desconcertado, mientras la mujer con la que la engaño, y de la que no
puedo deshacerme, me espera en su coche, delante de la puerta de casa. Pero no
puedo retrasar mi partida, porque tenemos que estar en Hamburgo esa misma noche.
Una vez en Hamburgo, me niego a alojarme con Sonja en el hotel Bellevue,
porque prefiero instalarme en el Prem. Ella se lo toma a mal, y cierra la puerta del
coche de una patada tan fuerte que el cristal de la ventanilla se hace añicos.

Los fines de semana no rodamos, y nos vamos a Travemünde. Un viernes por la


tarde, cuando pasa a buscarme, Sonja está borracha como una cuba. Me ofrezco a
conducir yo el coche. Ella se niega.
En la autopista a Travemünde se pone a ciento ochenta kilómetros por hora, que
es la velocidad máxima de su Mercedes. Y encima no mira hacia adelante, sino que
me contempla todo el tiempo con ojos vidriosos y cachondos.
—Ya que conduces borracha, por lo menos mira hacia la autopista.
—¿Te molesta que esté borracha?
—No. Pero sí que estés borracha y te pongas a ciento ochenta.
—¿Tienes miedo?
—Yo no le tengo miedo a nada. Pero prefiero vemos juntos follando en
Travemünde a separados en el depósito de cadáveres.
Tiene la falda remangada hasta el vientre. Al ver que le estoy mirando fijamente
los muslos, se abre de piernas, sin por ello quitar el pie del acelerador.

Ya en Travemünde, intentamos ir al menos unas cuantas horas a la playa durante


el día, para oxigenarnos los pulmones. Pero Sonja se sienta frente a mí en un sillón de

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playa, con las piernas abiertas y sin bragas. Regresamos a la pensión y no volvemos a
salir de la cama hasta el lunes por la mañana.
De regreso a Hamburgo —vamos directamente de la autopista al estudio—, de
repente le entran ganas de mear. Para el coche, abre la puerta, asoma su culo desnudo
a la carretera y echa una meada. Los otros coches, con los faros encendidos, desfilan
frente a su culo en la niebla matinal.

Der Rote Rausch se estrena en Hamburgo. Sonja y yo somos invitados de honor


de la distribuidora, y tras la exhibición de la película tenemos que salir al escenario a
hacer reverencias. Luego toca sesión de autógrafos. Nos emborrachamos para poder
aguantar toda esa mierda. En el palco, durante la proyección, conduce mi mano hasta
su coño sin bragas, y gruñe y chilla como un cerdo. A pesar de la borrachera, eyaculo,
y cuando nos hacen salir al escenario todavía la tengo tiesa. No hemos visto la
película. Salimos al escenario con cara de estar todavía follando, y tan débiles que
tenemos que apoyarnos el uno en el otro. Tengo la cara manchada de lápiz de labios,
y me tiemblan las piernas.
El resto del rodaje tiene lugar por la noche en un transatlántico anclado en el
puerto. Las pausas en el rodaje las paso en los lavabos del barco con una antigua
bailarina de Las Vegas. Tiene el hueso del pubis tan prominente que parece medio
coco, y por dentro está completamente hueca.
A las nueve de la mañana llego al hotel, donde Sonja me espera desde las ocho
para salir conmigo hacia Berlín.
—Putero —se limita a decirme. Luego partimos en dirección a Berlín.
Sonja está embarazada. Por poco que calcule, su marido ha de darse cuenta de
que el niño no puede ser suyo.
Hoy Sonja y yo nos vemos por última vez. Vamos a intentar no volver a vernos.

Festival Internacional de Teatro de Munich. No me interesa encarnar al estúpido


Dauphin de Santa Juana, pero firmo el contrato. En primer lugar, porque así podré
ver a Pola, en segundo porque el festival me paga muy bien, y en tercero porque
tengo que rodar al mismo tiempo un telefilme en Munich.
Durante el rodaje del telefilme me divierto con la script, que posa para mí en su
piso con sus distintos trajes de baño.
Los ensayos de Santa Juana llegan a tal grado de necedad que me escaqueo de
ellos a la mínima ocasión. Cuando no voy a los ensayos, la asistente de dirección
llama para decir que está enferma, y nos vamos a follar a Grünewald, donde nos
revolcamos por la tierra húmeda como jabalíes.
Durante la representación de Santa Juana cada noche hago lo que me da la gana.
Es la única manera de soportar el aburrimiento mortal que me produce Bernard Shaw.

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Biggi ha venido a Munich con Nasstia. Tengo un piso amueblado en la
Ohmstrasse, muy cerca del Englischer Garten. Podemos ir a pie al parque. Pola puede
pasar la noche en mi casa. Así veo a mis queridas hijas de vez en cuando, por lo
menos cuando duermen.
Después del festival, tengo que ir a Viena a grabar discos. Biggi y Nasstia se
quedan en Munich.
Durante la grabación, que está previsto que dure hasta las seis de la mañana, me
harto de hablarles a las paredes delante de un micrófono. Si tengo que prostituir mis
sentimientos, necesito tener delante a personas vivas. Además se me pone tiesa. A las
cuatro y media de la mañana tiro la toalla.
—En vez de tres discos grandes, haced tres pequeños —les digo a través del
micro—. El adelanto podéis descontármelo del próximo disco.

Tengo que irme de gira otra vez, pues mis agentes insisten en que cumpla mis
contratos. Les digo que quiero recitar el Nuevo Testamento, que voy a preparar yo
mismo una versión moderna del texto y que puedo empezar la gira dentro de un mes.
Pero los agentes tienen miedo. Proponen una gira con famosos monólogos clásicos.
Doy mi conformidad. No pienso llevar los textos escritos en un papel y recitarlos,
como Gielgud en su gira por Estados Unidos; mi idea es representar los monólogos,
vestido como el personaje correspondiente. Encarnaré a cada uno de ellos. Diseño el
programa: Hamlet, Romeo, Otelo, Franz y Karl Moor, Tasso, Fausto, Danton,
Ricardo III, Melchtal, el príncipe de Homburg. Selecciono veinte monólogos. En los
intermedios que necesito para cambiarme de ropa, sonará la Sexta sinfonía de
Chaikovski, la Patética. Duración del espectáculo: cuatro horas, aproximadamente.
Me pruebo los vestidos en nuestra villa. Me aprendo los textos sentado en una
silla, en la biblioteca de la villa. Sólo me levanto para comer y mear; por lo demás,
durante cuatro semanas me dedico exclusivamente a murmurar quedamente para mi
coleto. Todos esos monólogos están llenos de estallidos, gritos de desesperación y
júbilo, pero me guardo celosamente mis energías y mi pasión para el momento en que
me dilapidaré ante los ojos de los espectadores. Durante esas cuatro semanas, no
pronuncio una sola palabra audible ni hago siquiera el amago de un gesto. Conozco
mi voz y mi expresividad, cuya escala es infinita. El resto lo dictará el instinto, la
situación, el impacto del instante vivido.
Durante esas cuatro semanas, la intensa actividad interior y la quietud que
establezco a mi alrededor, y que puede desgarrarse al menor ruido, por lejano que
sea, me ponen tan irritable que Biggi y Nasstia lo pasan mal por mi culpa. Pero
ambas están felicísimas de volver a tenerme por fin en casa, e incluso Nasstia, pese a
sus tres años y medio, se muestra comprensiva y considerada, hasta el punto que me
avergüenzo de mí mismo y tengo ganas de mandar al diablo todo ese supuesto arte.

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Biggi se entrega, más que nunca, en cuerpo y alma, con todos los medios a su
disposición y con su amor sin límites, a apoyarme y a alejar de mí cualquier cosa que
pueda trastornarme.
Por fin estoy listo. En primera instancia, la gira queda limitada a cien funciones
en los mayores teatros, pabellones deportivos, plazas y estadios de ochenta ciudades.
Luego están previstas una segunda y tercera gira por Europa, América, Australia,
Asia y África.
Mi equipo está formado por un técnico en iluminación y sonido, un encargado de
vestuario, que también me sirve de secretario, un conductor y dos guardaespaldas. La
primera representación tendrá lugar en el Palacio de los Deportes de Berlín.

La representación en el Palacio de los Deportes dura seis horas. El tumulto del


público, sus ovaciones y sus gritos, duran más de una hora, y una vez acabada la
función me piden una y otra vez repeticiones; la gente no quiere marcharse a su casa.
Esta gira será la más dura de mi vida hasta ahora, pero también será mi mayor
victoria.

Frankfurt. Aparece en un diario, ocupando media portada, una foto mía de cuerpo
entero, en el papel de Hamlet; al lado, también de cuerpo entero, una arrebatadora
bailarina de strip-tease, desnuda. La chica se desnuda en un local nocturno al compás
de mi disco sobre poemas de Villon, Ich bin so wild nach deinem erdbeermund. ¡Por
fin se me rinde el homenaje que merezco!
Después de la función, vagabundeo por la zona canalla de Frankfurt, es decir, los
alrededores de la Estación Central. Las putas quieren que les firme autógrafos en los
pechos y en las bragas, justo encima del coñito. Pero tengo que preservar mis
energías. No sólo a causa de las representaciones. En el hotel Frankfurter Hof he
recibido una carta de una chica que quiere verme. Todavía va a la escuela, estudia
ballet clásico y ha anunciado su visita para la medianoche de mañana, porque va a
acompañar a su madre a la estación a las once y media de la noche.
Estoy poseído por la idea de penetrar a ese cisne impaciente, sin saber todavía qué
aspecto tiene. Esta noche me voy a dormir temprano y no me levanto hasta la tarde
del día siguiente.
Después de la función me meto en el coche, bañado en sudor como estoy, y salgo
disparado hacia el Frankfurter Hof. Me baño a toda velocidad, pido yemas de huevo
crudas con miel, fumo un cigarrillo tras otro y no aparto la vista del reloj. Estoy
atento al menor ruido procedente de la puerta.
Medianoche. Suena el timbre. Estoy a punto de caer de bruces antes de abrir la
puerta de un tirón. Tiene el pelo castaño; se le desliza hasta las caderas. Su cara de
niña es pálida. En ella arden dos ojos negros con largas pestañas sedosas, negras

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también, y una boca que parece una herida abierta. Lleva zapatos de tacón alto y
camina con las piernas algo arqueadas, como todas las bailarinas clásicas, lo que la
hace aún más agresiva.
Le desabrocho la blusa. Sus firmes tetas de niña parecen forúnculos, y están tan
calientes como si lo fueran. La conduzco a la cama y empiezo a adorarla… En eso
suena el teléfono: ¡el gerente del Frankfurter Hof me exige que haga salir del hotel a
mi visita!
Telefoneo a mi criado, que se aloja dos puertas más allá, y le digo que volveré a
ponerme en contacto con él más tarde. Luego el cisne y yo cogemos las cosas más
necesarias.
Cuando salimos al pasillo, los detectives del hotel ya se han apostado a ambos
extremos del largo corredor.
No es fácil encontrar un hotel, porque mi cisne no lleva encima su carnet de
identidad. Me viene a la mente el hotel que hay al lado de la estación, en el que ya me
he alojado, y cuyo personal, como en todas partes, tiene buen recuerdo de mí debido
a mis propinas. Y no voy desencaminado. En la recepción no me preguntan siquiera
por la documentación, de «mi mujer». El portero de noche, al que le meto en el
bolsillo cien marcos, pregunta:
—¿La señora tiene algún deseo especial?
Con un gesto, le indico al muy bobo que lo que tiene que hacer es cerrar el pico.
Lo admiro todo en ella. Largo rato. Como si hasta entonces no hubiera visto
nunca una chica desnuda. Y es ciertamente así: lo redescubro todo. Tardo una hora en
desnudarla. Quiero paladearlo todo. Antes de bajarle las bragas, hago una pausa
extremadamente larga…
Tanteo las formas de sus labios de la vulva, que se marcan macizos en la fina tela
de algodón. Tiene el trasero alto y firme. El sudor le brota por los poros y se le
desliza por los sobacos y la raja del culo. Camino alrededor de ella, me echo en la
alfombra, la contemplo por debajo, la hago caminar de aquí para allá por encima de
mí. Me llega un calor como salido de un horno. Un estremecimiento cruza el cuerpo
del cisne.
Me siento como presa de un encantamiento. Ella se echa en la cama sin abrirla.
Está enfebrecida…

Hamburgo. Los espectadores se pegan por mí, incluso corre la sangre. Cinco
coches patrulla rodean el teatro Am Besenbinderhof. Detrás del telón, el organizador,
Collin, se pone a suplicarme.
—No le sepa mal que la gente se pegue por mí, hombre —le digo riendo—. Ni
siquiera Cristo tenía a todo el mundo a su favor.
Acabada la función, esos mariquitas vienen a mi camerino y me preguntan si
quiero salir del teatro por la puerta trasera. ¡Ni pensarlo! Salimos en coche; cuando

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cruzamos el patio interior del teatro, unas chicas rompen la barrera policial y cubren
de besos las ventanillas cerradas de mi coche.
Y lo mismo vuelve a pasar noventa y nueve veces. En todas partes gente
revolucionada, excitada, jubilosa, pegándose, gritando hasta la histeria, llorando:
gente que, en su mayoría, me quiere. ¡Sí! Me quieren porque yo, como ningún otro,
desnudo ante ellos mis sentimientos, sin pudor, y de esa manera libero los suyos. Los
pocos que no me quieren me odian precisamente a causa de esos sentimientos
liberados, que los ciegan.
La última función tiene lugar en la Grosse Stadthalle de Viena. Ocho mil
espectadores. Después de la representación, encuentro en mi camerino a un agente
judicial hurgándome los bolsillos. A saber quién es el que me quiere sacar dinero esta
vez. No me molesto en preguntárselo. Lo echo a la calle, y basta.

Pakistán e India. Mi primera película italiana, por cierto. Biggi prefiere quedarse
en Berlín con Nasstia. Magde se instala en nuestra casa por una temporada; se ocupa
de mantener la casa en orden, y también de cuidar Nasstia, a la que quiere con locura.
Voy al Instituto de Medicina Tropical a que me metan en el pecho una vacuna y
vuelo solo a Roma, donde me espera el equipo italiano, y desde donde, el mismo día,
subiremos a bordo de un avión paquistaní que nos llevará, de momento, a Karachi.
Flavio, el encargado de vestuario de la película, se instala en el asiento de mi
derecha para pasar el inacabable viaje. Apenas se han apagado los avisos No Smoking
y Fasten Seat Belts, Flavio me echa mano al muslo. No quiero ser brusco con él, pues
es muy amable, pero hace demasiado calor para mí y no me encuentro bien, y no
puedo estar hasta Karachi con su gorda y caliente zarpa, que pesa por lo menos un
kilo, encima de mi muslo. Además, no se conformaría con eso.
Me levanto tan a menudo como puedo, y pronto le echo el ojo a una esbelta pero
culona azafata paquistaní. Cada vez que paso por delante de la cocina de a bordo para
ir al lavabo, palpo con ojos penetrantes su cuerpo entero, sigo desde mi asiento cada
uno de sus movimientos, la llamo mediante la señal luminosa que hay sobre mi
cabeza, me martirizo el cerebro en busca de una excusa, y hablo en voz baja para que
se tenga que inclinar hacia mí. Dejo colgar el brazo en el estrecho pasillo de la
cabina, por encima del respaldo del asiento, y cuando pasa ella, le rozo las
pantorrillas como quien no quiere la cosa. Cuando la descubro al fondo del pasillo,
me levanto para cruzarme con ella allí, donde no puede meterse entre los asientos
para esquivarme, y forzosamente tiene que pasar por mi lado. En una palabra: no la
dejo tranquila ni un minuto, y estoy seguro de que, antes de que el aparato aterrice en
Karachi, ya se ha dado cuenta de lo que quiero de ella. No sé si sonríe por eso, o
porque la sonrisa forma parte de su encanto personal. En cualquier caso, sonríe con
más desenvoltura cuanto más desvergonzado me vuelvo.

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De noche. Todos duermen. Se han tapado los ojos con los antifaces negros y se
han puesto las zapatillas. La iluminación de la cabina está reducida a un mínimo de
luces de emergencia. Flavio ya se ha cansado de magrearme, y ronca en su incómodo
asiento. Y también las azafatas están sumidas en un sueño profundo, excepto una.
Pero no la encuentro. Recorro una y otra vez las filas de asientos, inclinándome sobre
las azafatas dormidas, para asegurarme de no despertar a otra que no sea ella. La mía
no está entre las que duermen. El pasillo está vacío. Así que sólo puede estar en la
cabina o en el lavabo. Primero, el lavabo. Los dos lavabos de cola, situados el uno
frente al otro, están libres.
Me quito los zapatos, para no hacer ruido, y me deslizo a lo largo del gran pasillo,
en cuyo extremo, justo antes de la cabina, se encuentran los dos lavabos de primera
clase. El de la derecha está libre. En la puerta del segundo, desaparece la indicación
de OCUPADO y aparece la de LIBRE. Pero la puerta sigue sin abrirse. No sé lo que me
pasa por la cabeza en esos segundos, o quizá sólo décimas, sólo centésimas de
segundo. Abro la puerta; entro en el lavabo al mismo tiempo que se desplaza hacia
dentro la puerta. Y antes de que la azafata pueda girarse hacia mí, la puerta se cierra
de un golpe a mi espalda, y paso el pequeño pestillo. Ahora vuelve a aparecer el
letrero de OCUPADO.
No parece especialmente sorprendida. Sólo tiembla un poco y me mira
intensamente a los ojos, lo que, con esos ojos, hindúes, ya equivale por sí solo a un
coito. Una racha de mal tiempo empuja el fuselaje hacia la izquierda, haciendo que
nuestros cuerpos se aplasten el uno al otro, y quedo casi tendido encima de ella.
Me aturde el bestial hedor de orina en el estrecho lavabo, casi demasiado pequeño
para una sola persona. No resulta fácil desnudarla. Las azafatas de PIA llevan unos
pantalones holgados y encima de ellos una especie de vestido que les llega hasta los
muslos. Ella sabe mejor cómo se deshace ese lío; se abre los pantalones, dejándolos
caer hasta los zapatos. Luego inclina el torso por encima de la taza del retrete y pasa
una mano por encima de los hombros para abrirse la cremallera del vestido. Lo hago
yo. Se incorpora; yo arremango el vestido hasta que ella puede cogerlo con los brazos
cruzados y quitárselo por la cabeza con un solo movimiento elástico pero impaciente.
Ahora me ayuda a desnudarme. Me embriaga la visión de sus pechos llenos y
oscuros, con los grandes pezones casi negros, su oscuro viente y el olor de su sexo,
aún más oscuro.
Me quito los pantalones a patadas y me arranco del cuerpo la camisa abrochada,
haciendo saltar los botones sobre el lavamanos de acero y el retrete. Una nueva
ráfaga, que hace escorar el avión hacia la derecha, lanza su cuerpo contra el mío, que
se aprieta contra la puerta del lavabo.
Tengo la polla tan dura que el choque de su cuerpo me hace daño. Ella reacciona
tan rápido que no me da tiempo ni a quejarme, y, en lugar de aferrarse a mi pecho o
mis hombros como sería natural, envuelve con sus manos mi polla y mis cojones para

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protegerlos de otro posible encontronazo. El avión recupera el equilibrio, y empieza
un dios paquistaní…

No me sirve para nada la dirección de Karachi que me ha dejado, limpiamente


escrita en letras de molde, al traemos a mí y a Flavio la bandeja del desayuno. En
Karachi sólo nos detenemos dos horas; embarcamos en un avión bimotor y pasamos
ocho horas sufriendo por encima de las estribaciones del Himalaya, hasta llegar al
primer lugar de rodaje. Lahore. Durante dos horas más, el avión no puede aterrizar
porque se ha desatado un ciclón justo encima del aeródromo. El piloto intenta una y
otra vez salir del atolladero lanzándose en picado. Cuando por fin nos disponemos a
aterrizar, el avión está lleno de arriba abajo de vómitos de todos los pasajeros. El
aparato no tiene climatización, y verdaderamente hay que tener el estómago
totalmente vacío, como yo, para no sumarse a los que vomitan.
Como siempre, me apresuro a librarme de mis acompañantes, y, después de tirar
mis cosas dentro de mi habitación, me dejo comer el coco delante del hotel por un
pringoso taxista. Sé lo que quiere, y me limito a decirle:
—Enséñame el camino.
El médico italiano encargado de velar por la salud del equipo me ha puesto en la
mano un tubo y me ha rogado encarecidamente que tome una pastilla al día. Contra el
cólera. Antes de nuestra llegada, ha hecho estragos una epidemia que ha dejado cinco
mil muertos. Me meto una pastilla en la boca y me la trago con un poco de saliva. La
última epidemia de viruela costó la vida a quince mil personas. Pero, aunque la
vacuna no garantiza una protección total contra el contagio, es otra cosa la que ahora
me preocupa.
Caminamos por calles y senderos fangosos, sin asfaltar, sorteando baches como
cráteres, zanjas y hondonadas. Las sacudidas del antediluviano Buick, y en cuyos
asientos forrados de plástico y más sucios que el palo de un gallinero se queda uno
enganchado al apoyar la mano, me lanzan de un lado al otro. Ya no se ven casas en
los alrededores, ni tampoco coches, sino sólo una caravana de camellos sobre la cual
vuelan en círculo aguiluchos hambrientos; el sol eléctrico se congela en los glaciares
verdes de la cordillera del Himalaya. Pregunto al taxista por qué tenemos que
alejarnos tanto para encontrar una puta.
—Special —me contesta, sonriendo hacia el espejo, con lo que hace aparición un
enorme diente de oro. Conduce hacia una casa aislada de ladrillo, a medio construir
—. I waiting —dice el taxista del diente de oro cuando la cafetera se detiene por fin.
Espero que mis padecimientos valgan lo que me espera en las siguientes horas.
Aspiro profundamente el aire frío y cortante del atardecer.
En el mazacote de ladrillo se abre una puerta, y en el dintel aparece, encorvada,
una mujer joven y gigantesca. Tiene que encorvarse porque es una verdadera giganta.
Mide por lo menos dos metros y es ancha como un peso pesado.

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Sus tetas tiesas y horizontales son del tamaño de ubres. Tiene los brazos como
mis muslos. Con las manos que tiene, podría estrangularme sin problemas. Tiene,
extrañamente, el pelo rubio oscuro; le llega hasta la raja del culo y lo tiene sujeto en
una trenza del grueso de una serpiente pitón. Las nalgas y las caderas son de yegua
joven. Para abrazarle los muslos necesito los dos brazos; es como si me agarrase a un
árbol. Debe de calzar por lo menos un sesenta. Su sexo es tan grande como mi
cabeza.
Todo eso está perfectamente proporcionado y encaja en el conjunto con la más
perfecta armonía. Como en una de esas arrebatadoras estatuas sobredimensionadas de
Maillol. Y es que me encuentro frente a una giganta.
Tiene la piel cetrina, pero no oscura, y sana y turgente como la de una joven
campesina. También su cara es de campesina, pero no tosca, sino preciosa. Ni su
cuerpo ni su cara la hacen parecer una puta. La expresión de su rostro es soñadora e
ingenua. Exhibe una tímida sonrisa. El del diente de oro tiene razón: esta mujer es
special.
Sus caricias no tienen nada de mecánico. No tiene la menor prisa. Es como si el
tiempo se hubiera detenido. Como si el tiempo no existiera y no hubiera otra cosa que
el amor.
Ahora lo sé. No he venido a este país para rodar no sé qué film ridículo y de paso
aprovechar cada minuto libre para derramar mi semen, sino para entregarme a esa
giganta del amor y dejar que me robe todas mis energías hasta la última gota. Sus
ojos hindúes arden de sensualidad. Pero espera paciente y tranquila hasta que se da
cuenta de lo que deseo. Nos comunicamos por medio de sonrisas y movimientos de
cabeza, mediante la ligera presión de mis miembros y mediante mis manos, con las
que doy a entender qué postura me apetece. Ella se mueve con ligereza y procura en
todo momento equilibrar su peso para evitar aplastarme.
En primer lugar nos estiramos el uno frente al otro. Devoro sus tetas. Su lengua.
Le despellejo los labios a besos, se los abro, los echo hacia arriba y hacia abajo y
lamo sus enormes dientes níveos y afilados, con los que me erosiono la cara, la
garganta y el cuerpo. Lamo sus garras, cada uno de los dedos de sus manos. Sus pies
y los dedos de sus pies.
Se tumba de lado, levanta un muslo y yo me revuelco por encima de ella. Su
agujero no es ni mucho menos tan gigantesco como me habían hecho suponer las
dimensiones de su cuerpo. Sus músculos aprisionan fuertemente mi polla. Nunca un
coño me había ordeñado con tanta energía y al mismo tiempo tanta ternura. Mientras
ella recita una letanía en su lengua materna y sonríe agradecida y cariñosa, sumerjo
mi cara en su fruto suculento, que me tiende como una escudilla rebosante, y me
emborracho con su néctar.
Ahora que ya me he alimentado y vuelvo a estar en posesión de mis fuerzas, me
levanto de la cama y le hago señas de que se ponga delante del espejo. Acariciándole
levemente la parte interior de los muslos, le hago entender que quiero que se abra de

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piernas. Le doy unas palmadas en un hombro, y ella comprende que quiero que se
incline hacia adelante. Sin que se lo diga, echa el culo hacia atrás y apoya las manos
en los muslos. Es como saltar el potro. Con la diferencia de que ella menea
graciosamente las caderas.
Pese a la postura inclinada, la espalda de la giganta está a la altura de un caballo
adulto. Ha llegado el momento de sacar provecho a lo que me enseñaron los cosacos:
a montar a caballo sin estribos ni silla, simplemente agarrándose a la crin del animal.
Echo mano a la trenza de la giganta y, de un solo salto, me encuentro arriba. La
giganta no se ha movido en absoluto. Ahora tengo que evitar resbalar hacia abajo,
pues mis piernas abiertas, que se aferran a duras penas, a izquierda y derecha, a las
caderas de la giganta, se encuentran a buena distancia del suelo. Si me caigo, tendré
que repetir el salto cada vez.
Me sujeto con las dos manos a la fuerte trenza y cabalgo a la giganta como un
jockey. Sus flancos tiemblan como los de un pura sangre. No porque yo la esté
cabalgando, sino porque tiene intensos orgasmos. Me tumbo sobre su espalda; son los
últimos metros. Sólo mi abdomen trabaja a un ritmo endiablado. ¡Hemos llegado a la
meta! Le muerdo la trenza y le pellizco las nalgas temblorosas.
Me he quedado dormido sobre su espalda. Cuando abro los ojos, ella todavía no
ha cambiado de posición: está todavía reclinada ante el espejo. Volvemos a recorrer la
pista al galope. Luego me dejo caer al suelo.
Para el pago, me pongo de acuerdo con el taxista. El viejo Buick, en cuyos
asientos forrados de plástico y más sucios que el palo de un gallinero se queda uno
enganchado al apoyar la mano, empieza a alejarse, bajo el sol blanco del amanecer,
de los glaciares del Himalaya, que, como diamantes apilados unos sobre otros,
fulguran lívidos desde el cielo blanco; aguiluchos hambrientos vuelan en círculos
sobre nosotros, y se nos acerca una caravana de camellos. Y, desde el mazacote de
ladrillo, una mano gigantesca me da la despedida.

No hay palabras para describir ese rodaje. Se supone que yo soy un fanático
caudillo hindú que quiere levantar a la población contra los ingleses. Por eso un
maquillador, o como se llame, me pinta con una tintura de color chocolate, y me
endilga una barba de Papá Noel. La operación dura varias horas cada mañana. Luego,
Flavio me pone sobre el cuerpo desnudo una especie de túnica blanca cuya tela me
atormenta como un ejército de hormigas carnívoras. Esta operación da ocasión a
Flavio de meterme mano por todo el cuerpo por entre la tela y la piel. Luego me pone
un cinturón dorado. También me envuelve la cabeza con un turbante, lo que ocasiona
en los hindúes gestos que denotan compasión.
Como no he leído el guión, porque no me han dado ningún ejemplar, y como no
entiendo al director, que sólo habla italiano y no cesa de chillar, me limito a intentar
protegerme de las nubes de polvo que nos envuelven de la mañana a la noche. El

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calor infernal le quema a uno las entrañas. Para beber no hay más que agua hervida.
Hervida a causa del peligro de contraer infecciones. Para comer nos dan un paquete
envuelto en papel sucio y grasiento. Yo no lo abro nunca. Si alguno lo abre, el
contenido del paquete se vuelve negro casi al instante. Debido a las moscas. En tal
caso, no queda más remedio que tirar el paquete bien lejos. Lo mejor es evitar que te
lo entreguen.
En el hotel no consigo descansar. Primero, porque el calor no me deja respirar ni
dormir, ya que el ventilador colgado del techo sólo produce un ruido ensordecedor,
pero ni una brizna de aire, y segundo, y sobre todo, porque no puedo dejar de pensar
en la giganta.
No encuentro al taxista que me llevó hasta ella. Ni siquiera me acuerdo de su cara
El diente de oro no sirve como punto de referencia, porque los demás taxistas
también tienen dientes de oro. Les pregunto por la giganta, pero nadie conoce a una
mujer tan grande como la que les describo.
Me arde la sangre, no tengo elección. Me dejo arrastrar a donde quieren los
taxistas: a habitaciones vacías, llenas de suciedad, llenas de escupitajos, llenas de
orina, llenas de mierda, en las que me encuentro con chicas de cara marcada por la
viruela, traídas para mí de los burdeles. A granjas laberínticas ocultas tras altos
muros, en las que me encierran para que no me largue sin pagar y donde tanteo a
oscuras por entre bajas chozas de barro y tropiezo con cuerpos femeninos desnudos
tumbados en el suelo. Llego a detestarlas sin siquiera haberles visto la cara. Pero ese
peligroso puterío, durante el que ni siquiera pillo unas purgaciones, y mucho menos
el cólera o la viruela, no puede consolarme por la pérdida de la giganta.

Cuando rodamos las últimas escenas, que tienen lugar en no sé qué catacumbas
de Roma, sigo sin haber olvidado a la giganta. Tengo que acabar de rodar la escena
en la que incito al pueblo indio a la rebelión contra los ingleses. En el templo hindú
berreé un texto inventado, sin saber exactamente lo que berreaba; esta vez, la cámara
está bastante alejada, y el tontaina del director se conforma con que gesticule
enérgicamente con los brazos y grite lo que me dé la gana. Grito:
—¡Que le rompan la cara a martillazos a toda esa gentuza! ¡Yo quiero irme con
mi giganta!

Apenas llevo dos días en Berlín cuando me telefonean de la productora con la que
tengo un contrato:
—Tiene que volar a México este fin de semana, para rodar una película de coches
de carreras.
—¡Ahora mismo me compro un diccionario de español! —replico gritando. Me
parece oír ya rugir como fieras salvajes los motores de los Ferraris.

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Eso fue ayer. Hoy me llaman otra vez esos chapuceros:
—La película de México ha sido aplazada Tiene que ir dentro de dos días a
Madrid, a rodar una del Oeste.
Ya sé que soy una prostituta. Así que vuelo a Madrid.
El primer día del rodaje, me niego a ponerme un piojoso sombrero de vaquero
que tiene la badana podrida. ¿Por qué no mandan los trapos sucios a la lavandería? El
director español (¡a cualquier cosa llaman director!) se pone hecho una furia y me
exige que me ponga el sombrero a toda costa.
—Me lo pondré el día que tú vengas a beber agua a mi retrete —le digo antes de
largarme.
Pero la cosa no es tan fácil. Un contrato con una productora es algo parecido a un
contrato con un proxeneta. Uno no puede plantarse y dejar de hacer la calle sin más ni
más. De nada sirve ponerse de morros. Así que, como castigo, me mandan a rodar
una película a Praga, la «ciudad dorada».
El oro no lo veo por ninguna parte, pero sí que veo chicas, famosas por sus
habilidades en la cama. Así que, ante todo, necesito un coche, y me hago enviar desde
Munich un Jaguar nuevo. Y listos.
Me voy a un parque cercano con la secretaria de recepción del hotel, durante su
pausa del mediodía. Los arbustos están en pleno florecimiento, por lo que no
necesitamos tomar precauciones excepcionales. Las checas hacen honor a su
reputación. Por desgracia, la secretaria llega tarde a su trabajo, y el gerente del hotel
me exige que abandone la casa al instante. Me traslado a otra choza situada enfrente.
Luego viene Olga, una de mis compañeras en el rodaje. Tiene diecisiete años y
bucles dorados, y es algo así como la estrella infantil checa. Los comunistas le han
quitado el pasaporte porque se ha dejado fotografiar en secreto desnuda para Playboy.
Tengo que colarla a hurtadillas en el hotel. No es que los soplones comunistas tenga
algo contra la jodienda; lo único que les molesta es que jodan en el hotel personas
que no se alojan en él.
El fin de semana nos vamos a un camping y alquilamos un bungaló. Olga es
verdaderamente irreprochable, con la salvedad de que cuando tiene un orgasmo no
dice ni pío. Quizás hubiéramos estado juntos durante todo el rodaje, si no hubiera
aparecido mi segunda compañera en la película, Dominique Bosquero, una mezcla de
italiana y francesa. Un vampiro que no les sorbe a los hombres la sangre, sino la
médula espinal. Me telefonea y me pregunta por qué no me alojo en el mismo hotel
que ella.
—Por motivos políticos —le digo burlón. Ella me dice que vaya a verla. Olga,
que está sentada junto a mí en la cama, no entiende lo que digo, porque hablo en
francés con Dominique. Le digo a Olga que he quedado con unas amistades que sólo
van a estar hoy en Praga, y le prometo presentarme puntualmente a las cinco de la
mañana delante del hotel, para acompañarla como cada día a los estudios Barandov.

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Me he citado con Dominique en el vestíbulo de su hotel, porque delante del
ascensor y también de las escaleras hay un gorila al que todo el mundo tiene que
enseñarle la llave de la habitación. Dominique hace un poco la prostituta ante el
vigilante de las escaleras: camina de aquí para allá por el pasillo que va de la
recepción al comedor, como una furcia haciendo la calle, y pone bien en evidencia su
fantástico trasero. Va vestida de lo más elegante; en un momento dado, deja caer su
minibolso italiano, ante lo cual el vigilante de las escaleras se inclina servicial, con lo
que se le sube la sangre a la cabeza. En ese instante me cuelo escaleras arriba…

Dominique sigue tumbada boca abajo. Me la he follado toda la noche en esa


posición, y ella ha estado chillando a pleno pulmón, con la ventana abierta, hasta el
punto que una patrulla de policía la ha oído desde la calle y ha mandado a la
habitación al portero de noche, que le ha preguntado a Dominique, a través de la
puerta cerrada qué le pasaba y si tenía algún problema. Ella, con gran presencia de
ánimo, ha contestado: «Me he dado un golpe».
Como yo, Dominique tiene que ir a los estudios, y por supuesto quiere ir
conmigo. Le pregunto qué vamos a hacer con Olga ya que el Jaguar modelo E sólo
tiene dos asientos. Pero Dominique pasa mucho de Olga. Le digo que tenemos que
darnos prisa. A lo mejor Olga no llega puntual y ya nos hemos marchado cuando
aparezca. Pero Dominique se entretiene expresamente. Sabe muy bien que nunca la
cambiaría por Olga.
Dominique y yo salimos a la calle a la hora a la que había quedado con Olga.
Cuando Dominique se sube al Jaguar, Olga sale disparada desde detrás de una
columna de anuncios del otro lado de la calle e intenta sacar a Dominique del Jaguar
tirándole de los pelos. Pero Dominique no se deja apabullar, y tira también de los
pelos a Olga, la araña, le escupe, le pega patadas y la cubre con una sarta de adjetivos
italianos y franceses imposibles de superar.
Olga me abofetea y echa a correr llorando.
Ese mismo día, Dominique se muda a mi hotel. Resultaría demasiado largo
explicar todo lo que hacemos juntos. Ella me enseña lo que no sé, y yo le enseño lo
que ella no sabe. Deja de llevar bragas, porque yo no quiero que las lleve. Nunca
más. Ni por la calle. Ni en los estudios. Ni en los restaurantes. En ninguna parte. Nos
damos de comer el uno al otro de la boca, como los pájaros, también delante de los
demás, también en los estudios, también en los restaurantes. Mientras no estamos
rodando, pasamos el tiempo juntos en la cama o en el cuarto de baño.
Olga pasa a manos del especialista de la película el norteamericano Bret Harris,
que quiere casarse con ella en Estados Unidos.

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Tengo que ir a Yugoslavia a rodar una lamentable película de indios. La película
de Praga todavía no está acabada ni mucho menos, pero como las dos películas son
para la misma productora, ya les va bien así. Dominique se pone furiosa porque no
puede venir conmigo. Tiene que rodar todavía en Praga varias escenas sin mí.
Desde Yugoslavia intento telefonear a Dominique. Pero resulta imposible
establecer comunicación desde el villorrio en el que rodamos. Me paso catorce,
dieciséis, veinte horas esperando una conferencia, y cuando por fin la consigo, no se
entiende ni una palabra, o se interrumpe la conexión antes de que podamos hablar.
Para la próxima conferencia tengo que esperar otras catorce, dieciséis, veinte horas.
Al cabo de una semana vuelvo a Praga. Dominique viene a buscarme al
aeropuerto, y salimos zumbados hacia la cama.
Pasada una semana, tengo que volver otra vez a Yugoslavia. De nuevo intento
telefonear a Dominique. De nuevo tardan catorce, dieciséis, veinte horas en darme la
conferencia, y de nuevo nos quedamos sin poder hablar.
Al cabo de otra semana, vuelvo a estar en Praga. Dominique viene a buscarme de
nuevo al aeropuerto. Salimos de nuevo zumbados hacia la cama, y no nos levantamos
hasta el siguiente día de rodaje, sin pedir nada para comer.
No he telefoneado a Biggi ni una sola vez, ni siquiera desde Praga, aunque desde
allí no resulta demasiado difícil. Es Biggi quien me llama a mí, para hacerme
reproches; le miento, le digo que estoy rodando día y noche. Soy impotente frente a
Dominique, que me encadena cada vez más fuerte. También Dominique está enferma
por mí, y me pide que me vaya con ella a Roma y me quede a vivir allí. Le prometo
hacerlo.
Fellini me quiere para su próxima película, y me telefonea a Roma. Le digo a
Dominique que se me anticipe mientras yo vuelvo a Berlín con el Jaguar. Me paro un
día en Munich para abrazar a Pola y visitar a Erika.
En Berlín, la alegría del reencuentro nos hace pasar a mí, a Biggi y a Nasstia en
un delirio las veinticuatro horas que preceden a mi partida hacia Roma. Pienso en
Dominique.
Biggi me hace prometerle que las llevaré a ella y a Nasstia a Yugoslavia, donde
me quedan por rodar aún cinco semanas. No puedo negárselo, aunque no sé lo que
pasará.

En Roma, Dominique me lleva a ver a Fellini, al que conoce bien. Fellini me


rodea durante horas, me habla en francés, porque yo aún no entiendo el italiano, y
empieza a fastidiarme. ¡Qué importante es todo eso! No pierdo de vista a Dominique
ni un segundo, y le digo al oído que quiero que nos vayamos.

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Dominique vive en un gran piso soleado en la Cassia Antica, bajo cuyas enormes
terrazas tiene a Roma a sus pies. La criada está acostumbrada desde hace tiempo a
sus prolongados gritos. Entra en la habitación sin llamar a la puerta y nos da un toque
en el hombro aunque estemos en pleno orgasmo:
—La mesa está puesta.
A Dominique le divierte vestirme. Me compra toda clase de prendas italianas:
jerseys, trajes de baño, pantalones, camisas, zapatos, cadenas. Se gana bien la vida.
Además es amiga de Agnelli y posee un buen montón de joyas.
Pasadas cuarenta y ocho horas, tengo que irme a Yugoslavia. Esta vez a Split. El
viaje hasta allí es un lío inacabable. Hay que hacer transbordo de un avión a otro y
viajar dos horas más en coche desde Trieste. No quiero que Biggi y Nasstia viajen
solas, por lo que me cito con ellas en el aeropuerto de Munich. Las dos están
rebosantes de felicidad y de impaciencia por pasar cinco semanas enteras conmigo.
Además, Split está en la costa, y Biggi ha metido en las maletas los trajes de baño, el
flotador, la pelota y el cubo y la pala.
Estoy irritable y desconcentrado, porque me paso todo el tiempo rompiéndome la
cabeza para encontrar una manera de decirle la verdad a Biggi. Tengo que decírsela,
de eso no hay duda. Tengo que hacerlo. Es completamente necesario, en primer lugar
porque quién sabe cuánto puede durar el asunto con Dominique, y además porque
durante esas cinco semanas pienso volar a Roma tantas veces como pueda, ya que no
aguanto estar sin Dominique. ¿Qué otra explicación voy a darle al hecho de que me
moleste en hacer esos viajes tan pesados sólo para pasar un día o unas horas en
Roma? Ése es el tiempo que me dejará estar fuera de Yugoslavia la productora, ya
que el rodaje, debido a la película de Praga, va con retraso, y todo está pendiente de
mí.
Fellini ya no me sirve de excusa. El contrato está ya listo, y me lo van a mandar a
Yugoslavia para que lo firme. Cuanto más sincero sea con Biggi, mejor será para ella
y para mí. Pero no voy a decírselo aquí. No voy a decírselo aquí en el aeropuerto. Se
lo diré lo más tarde posible.
La primera noche que pasamos en Split, mientras Biggi, Nasstia y yo estamos
cenando en nuestra habitación, suena el teléfono. Es Dominique. Me pregunta cuándo
voy a ir a Roma y por qué me comporto de una manera tan rara al teléfono. No puedo
decir lo que quiero: Biggi y Nasstia están mirando. Además, la conexión es tan mala
que tengo que gritar, de modo que me oye el hotel entero.
Biggi no entiende francés, pero llega un momento en que no puedo contenerme y
aúllo al auricular: «¡Te quiero! ¡Te quiero!». Biggi sujeta a Nasstia para que no haga
ruido y me moleste. Ahora ya no puedo seguir ocultando la verdad.
—¿… eso significa que quieres estar solo, sin nosotras? —me pregunta Biggi,
después de decirle yo, tartamudeante, que quizá no vayamos a estar siempre juntos,
aunque las quiero a las dos.
—Significa que vamos a tener que separarnos, al menos por un cierto tiempo.

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—¿Quieres decir que necesitas estar tranquilo, que quieres estar solo una
temporada? Lo comprendo. Pero ¿cuánto tiempo?
—No lo sé. Quizá mucho.
—Pero volverás con nosotras, ¿no?
—No… sí… no… ¡Claro que sí! Por supuesto que volveré con vosotras. Es decir,
no voy a dejaros en absoluto. Y además, no voy a estar solo. Tengo que irme con otra
mujer.
De repente, Biggi se come un racimo de uvas entero, seguramente sin darse
cuenta, porque ya antes de la llamada telefónica había dicho que no tenía hambre. Se
traga las uvas como si estuviera intentando tragarse la palabra «mujer», como si no
pudiera concebirla.
—¿Una mujer? ¿Qué mujer?
—Una mujer. Tengo que irme con otra mujer.
—¿O sea que ya no nos quieres?
—Por Dios, ¡sí que os quiero! Como os he querido siempre. Pero tengo que irme
con esa mujer. Tengo que estar con esa mujer, ¿entiendes? —grito, volviéndome aún
más injusto de lo que ya estaba siendo.
—No —dice Biggi, con voz entrecortada.
—Perdóname. Soy un gilipollas. No sé lo que digo.
—Sí que lo sabes. Sabes muy bien lo que dices. Ahora comprendo lo que quieres
decirme.
—¿Qué?
—Que nos quieres, pero esa mujer es más importante para ti que nosotras. ¿Por
qué demonios nos has hecho venir a Yugoslavia? A Nastassia y a mí nos hacía tanta
ilusión estar contigo…
Ya no sé qué decir. Mi cerebro es un auténtico triturador de basuras en el que
reina un caos total.
¡Otra vez suena el teléfono! Otra vez es Dominique. Otra vez rujo al auricular que
la quiero. Y así pasamos toda la noche. Dominique vuelve a llamar tres veces más, y
se empeña en saber a ciencia cierta cuándo voy a ir a Roma, lo cual, por más que
quiera, no puedo decirle todavía. Biggi y yo pasamos la noche levantados. Pero ya no
tenemos palabras para entendernos. Algo se ha roto. Biggi no llora, pero da la
impresión de sentirse asustada e indefensa, como si el destino quisiera mostrarme por
anticipado lo que pasará cuando la abandone.
Básicamente, no le cabe en la cabeza lo que le he dicho, o lo que adivina detrás de
mis palabras. Biggi es por naturaleza una persona autosuficiente, capaz de valerse por
sí misma. Pero durante los últimos años me lo ha dado todo, se ha sacrificado por mí,
sin reservas. Yo he tomado todo lo que me daba, y ahora, de repente, se encuentra con
las manos vacías. No le cabe en la cabeza que yo, quien por mis celos exagerados e
injustificados, le había montado escenas de lo más dramático, quiera abandonarla por
otra mujer. Y cree que le miento cuando digo que, pese a todo, la quiero.

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Durante esas cinco semanas me desplazo a Roma cinco veces, en coche y en
avión, para estar con Dominique. En una de esas ocasiones me dejan tan poco tiempo
libre que, entre los trescientos veinte kilómetros de viaje por carretera de ida y vuelta
y los cuatro cambios de avión, sólo me queda media hora para follar con Dominique.
En cada pausa en el viaje a Roma me lanzo contra la primera cabina telefónica
que encuentro y llamo a Dominique a Roma para decirle que ya voy. De vuelta a
Yugoslavia, rujo al teléfono:
—¡Ya vuelvo!
El equipo de rodaje se traslada de Split a otro lugar. Biggi tiene los nervios
deshechos y lo único que hace es llorar. Quiere irse inmediatamente. Las cojo a ella y
a Nastassia y las llevo a Venecia —que está a cuatrocientos cincuenta kilómetros—
en el coche del equipo de rodaje. Una vez en Venecia, Biggi tiene que esperar un día
para volar a casa, así que ella y Nastassia se meten en un hotel del Lido. Cuando las
olas que forma la popa del transbordador del Canal Grande emborronan las siluetas
de Biggi y Nastassia, salto a una lancha rápida que cruza la Laguna a toda velocidad
hasta el aeropuerto, y soy el último pasajero en subir al aparato que va a Roma.
Biggi ha llegado a Berlín con fiebre alta. Me cuenta en una carta que, si no se
suicidó cuando estaban en Venecia, fue solamente por Nastassia.

La gerente del hotel en el que me alojo ahora en Yugoslavia es una mujer.


Sospecho que es ella quien me ha pasado las purgaciones. El caso es que de momento
no puedo ir a ver a Dominique.
El rodaje ha finalizado. Me detengo en Munich, le pido al padre de Gislinde que
me ponga una inyección de penicilina, y a la mañana siguiente vuelvo a Berlín.
Cuando entro por la puerta, Biggi me da un abrazo. Pero ya no es como antes, ni
volverá a serlo jamás. Por la noche, follamos. Biggi folla con más desvergüenza que
nunca, para demostrarme que puede ser tan buena puta como Dominique.
Esta mañana, todo podía haber salido bien. Pero en eso llama Dominique. Tres
veces seguidas, porque la conexión se corta una y otra vez. Le digo que ya la llamaré.
Pero ahora Dominique tampoco me cree, y me veo atacado por los dos flancos.
Biggi se pone agresiva. Se niega a creer que me lo paso mejor en la cama con
Dominique que con ella Para ella, sólo existe una explicación para el hecho de que yo
no pueda dejar a Dominique: que he dejado de quererla a ella, a Biggi.
—¡Dime que ya no me quieres! ¡Dime que ya no me quieres! ¡¡¡¡Dime que ya no
me quieres!!!!
Se pasa el santo día berreando esa frase, hasta que enronquece y se echa otra vez
a llorar. No puedo decirle que ya no la quiero. Mentiría.
Me paso una semana yendo sin parar a Correos para telefonear a Dominique, ya
que me resulta imposible hacerlo desde casa. Luego vuelo a Roma.

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Pero Dominique ha cambiado. Y, como si supiera que Biggi ha intentado
demostrarme en Berlín que es mejor puta que ella, Dominique hace todo lo posible
por aventajarla. Me pregunta, por primera vez, qué posiciones prefiero y qué puede
hacer para que yo tenga orgasmos más intensos. Me pregunta cada día qué quiero que
se ponga, si quiero que se ponga bragas. Si quiero que lleve ligas, con o sin bragas, y,
en caso afirmativo, qué bragas. Abre los cajones de su vestidor y saca un montón de
bragas de puta que se compró en Pigalle, en París. Las hay minúsculas, como un
pañuelito de satén sujeto sólo por unas finas cintas que desaparecen en la raja del
culo; esas bragas tapan sólo el agujero del coño, pero no los labios, con lo que el
vello púbico asoma por ambos lados. Hay otras de colores estridentes, amarillas,
naranja, rojas, verdes, azul turquesa, que, en la parte anterior del coño, se abren en
una ranura, o que están completamente abiertas desde los labios de la vulva hasta el
ano. Me hace follarla con todas las bragas que me ha enseñado, de pie, en cuclillas,
agachada… Y todo con la firme convicción de estar superando a Biggi en
refinamiento y desvergüenza.
Me pregunta si quiero que me traiga otras chicas. Si quiero follar con ella y otra
chica, o si quiero mirar mientras ella jode con otra mujer. Me habla de una serie de
chicas muy jóvenes a las que ha pescado y seducido en la calle, todo para ponerme
cachondo. Me pregunta, con aire triunfante, si Biggi también estaría dispuesta a hacer
todo eso.
—¿Quieres casarte conmigo? —me pregunta vacilante, casi con miedo, mientras
cenamos en la terraza de un restaurante junto al Ponte Milvio. Y, como si ya le
hubiera contestado, se pone triste de repente. Ya no hay en ella nada de depravado ni
perverso. Ni ese cinismo con el que suele camuflar su inocente desamparo. Ya sólo es
la chiquilla solitaria nacida en un pueblo de montaña de la frontera italo-francesa, y
que, como todas las demás chicas de este mundo, sólo anhela amor y protección.
—No puedo casarme contigo, Dominique. Lo haría, pero no puedo dejar sola a
Biggi.
—Burgués —me contesta llena de odio.
—No seas ridícula.
—Me he pasado la vida soñando con un hombre al que pudiera querer. Y, ahora
que lo he encontrado, resulta que es demasiado cobarde para casarse conmigo.
Se pone a llorar.
—No soy demasiado cobarde para casarme contigo, Dominique. ¿Acaso hace
falta valor para eso? Te voy a decir algo que hasta ahora yo mismo no sabía: te
quiero.
—¡Pero también quieres a Biggi!
—Sí. Os quiero a las dos.
No puedo decirle que quiero a todas las mujeres, pero no por eso voy a casarme
con todas. No digo absolutamente nada más. Me limito a secarle las lágrimas que le

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corren por la nariz y van a parar a la minestrone. Luego le digo al camarero que ya no
nos traiga las truchas, pago y nos vamos.
Por la noche dormimos estrechamente abrazados en la terraza, después de
habernos entregado el uno al otro hasta la última gota. Ella ha hecho sacar a la terraza
un enorme sofá-cama, porque sabe que al aire libre es donde más me gusta dormir.

La mesa del desayuno está preparada en la terraza. Y mientras la criada le sirve el


humeante café y empieza a rezongar que, como siempre, lo dejamos enfriar todo, nos
abrazamos desnudos por última vez, mientras abajo, a nuestros pies, Roma empieza a
vivir y a hacer ruido.
Después de desayunar nos vamos a pie a la Via Nemea, un lujoso complejo de
diez palazzi, pista de tenis y piscina, donde ha quedado libre un ático. Lo alquilo y
pago un año por adelantado. Me he decidido a quedarme en Roma. Si Biggi y Nasstia
quieren venirse también a Roma, el piso es lo bastante grande para los tres. A la una
del mediodía, Dominique me lleva al aeropuerto.
Biggi quiere instalarse con Nasstia y conmigo en Roma, en la Via Nemea.
Cancelamos el contrato de alquiler de nuestra casa en Berlín y nos mudamos
temporalmente a un piso de dos habitaciones junto al Wannsee, porque Biggi, a causa
de su madre, quiere conservar una segunda vivienda en Berlín.
El contrato de la película de Fellini llega con retraso a Berlín. El salario es una
verdadera vergüenza. Ese Fellini se lo queda todo para él. En lugar de firmar el
contrato, pongo un telegrama: QUE TE DEN POR EL CULO. La oficina de telégrafos me
telefonea para decirme que es imposible telegrafiar semejante texto. Pese a ello, el
telegrama llega a Roma.

Tengo que irme a Londres a rodar una película inglesa. Alquilo una casa pequeña
frente a Hyde Park, y hago venir a Biggi y Nasstia. La casa es de dos pisos, está
limpia y tiene un mobiliario agradable; es una auténtica casa de muñecas. Ha vuelto
una vez más la primavera. La casita está rodeada de árboles en flor. Los gatos, por los
que Biggi siente pasión, se instalan en los techos de los coches aparcados. Biggi y
Nasstia retozan de lo lindo en el inacabable Hyde Park, en el que todo el mundo
puede hacer lo que le apetezca.
Yo vuelvo a putear. Me voy con la pelirroja secretaria de producción a su piso de
una sola habitación, donde la empujo tan fuerte contra la cabecera de madera de la
cama que por un momento creo haberle roto la pelvis. Ella abre su grueso chocho
como una serpiente abre sus fauces cuando va a tragarse una presa voluminosa, y
grita sin parar:
—¡Lléname entera! ¡Lléname!

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Las excusas que busco no son particularmente inteligentes. Me limito a decirle a
Biggi: «Salgo a comprar tabaco», o «Tengo que ir al banco». Y me voy con la
secretaria de producción, con una de mis compañeras en la película, con una
figurante, con las bailarinas de strip-tease del Soho, o con cualquiera a la que abordo
por la calle. Incluso por la noche me escapo de la cama y me marcho a Picadilly, y
con las putas jóvenes de Chinatown.
A una me la llevo a casa. Biggi y Nasstia se han ido a la playa a Brighton. La
mujer es coronel del ejército israelí, pero va vestida de civil. Le digo que me enseñe
su documentación, porque hasta ahora nunca me he follado a un oficial, y quiero estar
seguro de que dice la verdad. Si María Magdalena era tan excitante como esta
coronela, se comprende que Jesucristo estuviera colado por ella. Aunque tiene
pequeños pelitos negros en el labio superior, lo cual me excita enormemente en las
mujeres, no consigo concentrarme del todo. Dominique me ha anunciado que viene a
pasar medio día a Londres. Me follo a la coronela y me deshago de ella.
El día en que llega Dominique, da la casualidad de que tengo que rodar, y ella ha
de volver a Roma esa misma noche. Provisto del atuendo de un lord inglés del
sigloXVIII, salgo disparado hacia el hotel Dorchester; Dominique y yo nos pasamos
exactamente treinta y cinco minutos el uno encima del otro. Vuelve sola al
aeropuerto.

El ayudante de David Lean viene a los estudios Shepperton a decirme que faltan
por cubrir tres personajes de Doctor Zhivago. David Lean, que se encuentra en
Madrid, le ha pedido que me haga escoger el que quiera.
—Uno u otro, qué más da —le digo.

Hasta el otoño ruedo en Berlín una película para un productor, una bola de sebo
que me ha amenazado con ponerme una querella porque, según el contrato, no tengo
derecho a trabajar para ninguna otra productora. A finales de noviembre ruedo una
película española en Barcelona, adonde la Metro-Goldwin-Mayer me envía el guión y
el contrato de Zhivago.
Nochebuena. Compro regalos para Biggi y Nasstia y les doy a las putas de
Barcelona el resto de mi último sueldo, porque casi todas tienen niños pequeños. El
día de Navidad estoy otra vez en nuestro piso junto al Wannsee, y Biggi y yo
patinamos sobre el lago congelado.
En enero empieza el rodaje de Zhivago. Biggi y Nasstia se vienen conmigo a
Madrid, porque me han contratado para cuatro meses, aunque podría rodar ese bodrio
en una semana. Alquilamos un piso y nos quedamos hasta febrero. Disfruto de cuatro
semanas libres, pero me siguen pagando.

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Hacemos escala en Munich, donde Sergio Leone presenta su película del Oeste
Por un puñado de dólares y, aprovechando la ocasión, quiere conocerme. Me
contrata para su siguiente película «por un puñado de dólares más».

En Berlín saco el Jaguar del garaje y salgo a toda pastilla para Munich; allí cojo a
Pola y me la llevo a toda velocidad a Roma, donde me esperan para unas pruebas de
vestuario. Dormimos por primera vez en el nuevo piso de la Via Nemea. No llamo a
Dominique. Me quedo a solas con Pola. Ahora ya tiene casi trece años, y estoy
enamorado de ella a más no poder.
Los ayudantes de David Lean recorren toda España en busca de los últimos restos
de nieve que aún no se hayan fundido. Para el rodaje nos desplazamos a casi
trescientos kilómetros de Madrid; pasamos la noche en fondas de pueblo. La madre
del niño que aparece en la película con Omar Sharif, Geraldine Chaplin, sir
Richardson y yo en el tren de ganado hacia Siberia, acompaña a su hijo.
Sus anchas caderas y sus muslos recios forman un contraste tan increíble con su
esmirriado torso que parece como si la naturaleza, por capricho, hubiese unido la
parte superior y la parte inferior de dos personas diferentes. Además, tiene los muslos
cubiertos de pelo hasta por encima de las caderas. Eso la convierte en un sátiro
femenino. Sólo me la follo de pie y delante del espejo, para tener a la vista a esa
extraña criatura a cada uno de mis empujones, y sobre todo cuando me corro. Tengo
que deslizarme en calcetines sobre las chirriantes tablas del suelo de la fonda, porque
en las habitaciones se oye hasta el menor pedo del vecino. También jodemos durante
la pausa de mediodía. Pasada la medianoche, ella viene a mi habitación en camisón
de dormir. Cualquiera que por la noche tenga que ir al lavabo y se la encuentre de
camino a mi habitación, sabrá perfectamente lo que ella tiene entre manos.
Una vez en Madrid, la jodienda debería acabarse, por lo menos en teoría. Su
marido va a la casa en la que viven cada noche, y a menudo también al mediodía.
Pero en esos momentos está en Estados Unidos, y la villa nos pilla de camino, así que
primero pasamos por ella. Mientras echo una mirada a la casa, el chófer entra las
maletas, las mías también.
—El señor Kinski cogerá un taxi —oigo que le dice el sátiro femenino al chófer
por encima de mi cabeza. Nos pasamos la noche follando en la cama de matrimonio.

David Lean tiene un Rolls Royce rojo descapotable, que, después del sátiro, es lo
que me interesa más de Zhivago. Todo el tiempo estoy mirando el coche, igual que
antes, durante mi infancia, miraba los coches de juguete, aplastándome la nariz contra
los escaparates de las jugueterías.
—No pierdas la cabeza —me dice sonriente David Lean, él, que está loco por su
Rolls rojo y lo tiene todo el día tapado, como con pijama, con una funda hecha a

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medida que incluso se adapta a la estatuilla de encima del radiador, cubriéndola como
cubre un preservativo una polla tiesa—. Ya verás como de aquí a unos años tienes tu
propio Rolls.

No me atrevo a darle a Biggi el telegrama que acaba de llegar, y que he roto


automáticamente, pensando que iba dirigido a mí. El telegrama es para Biggi y lo
manda un conocido de su madre, desde Berlín. Informa a Biggi de que su madre ha
muerto. Para agravar aún más la situación, resulta que en el momento en que ha
llegado el cartero estábamos en plena trifulca, pegándonos.
Me encierro en el cuarto de baño y leo el texto una y otra vez, y de nuevo no me
cabe en la cabeza la noticia de esa muerte, como me pasó con la periodista, con la
hermana de Gislinde y con Jasmin. Sólo pienso en una cosa: en reconciliarme con
Biggi y hacerle notar que no está desamparada. Su madre era la única persona que
tenía, aparte de mí y Nastassia. Al volver junto a Biggi, me dejo olvidado el
telegrama en el albornoz.
Biggi y yo ya hemos hecho las paces. De repente la oigo chillar en el cuarto de
baño. Salgo corriendo hacia allí y la encuentro desplomada sobre las baldosas, con el
telegrama arrugado entre las manos crispadas. La cojo en brazos y la llevo a su
habitación.
Durante todo el día es incapaz de pronunciar una sola frase con sentido. Se lleva a
Nastassia a la cama, la abraza desesperadamente y la cubre de besos. Nasstia me
lanza miradas interrogantes y desconcertadas. Tampoco Pola dice ni una palabra, y se
queda horas enteras inmóvil, de pie en el umbral de la habitación. Salgo al balcón de
nuestro piso, que está en la planta veintidós, y fijo la mirada en el sol pardo que se
derrama como sangre coagulada sobre el desierto de piedra de Madrid.
Biggi está de pie a mi lado. No la he oído acercarse. Ya no llora, y habla en voz
baja, pero confusa e impaciente, como alguien que tuviera que encargarse de mil
preparativos para algo que no consiguiera recordar.
—Tengo que salir mañana inmediatamente para Berlín, sea como sea. Me llevo a
Nastassia.
—Te compraré los billetes mañana temprano.
—Reserva el primer vuelo que salga. El primero que haya. Aunque tenga que
hacer transbordo. No puedo llegar tarde al entierro, de ninguna manera. A lo mejor
soy la única que va. Además tengo que comprar flores. Muchas flores, flores de las
más bonitas que existan. ¿O es mejor que encargue una corona? ¿Tú qué crees?
—Llévale flores.
—Y el ataúd. ¡Dios mío! ¡Seguro que todavía no tiene ataúd! ¿Qué clase de ataúd
compro? Quiero un ataúd de cinc. No quiero que se la coman los gusanos. ¿Es verdad
que a los muertos se los comen los gusanos?

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—Sí. Es una cosa natural. Los gusanos salen de la tierra, de la putrefacción de los
seres vivos y las plantas. El animal que se come los gusanos acaba pudriéndose
también, y de la putrefacción salen otra vez gusanos. Pero también nuevas plantas y
flores. De la putrefacción surge vida nueva.
—Pero yo no quiero que mi madre se pudra. Quiero un ataúd de cinc.
—Te daré todo el dinero que haga falta.
—En un ataúd de cinc no se pudrirá, ¿verdad?
—No.
—Entonces compraré un ataúd de cinc. Y una lápida. ¿Cómo voy a poder hacer
todo eso?
—Para la lápida ya habrá tiempo más adelante.
—¿Y la tumba? Tengo que buscar una tumba. Y luego habrá que plantar flores.
—Para plantar flores también habrá tiempo más adelante.
—¿Tú qué crees, podré tenerlo todo listo a tiempo?
—Seguro.
—Pues mañana vas a comprar los billetes bien temprano, ¿vale?
—También puedo ir ahora mismo al aeropuerto.
—No, no. Mañana temprano. Ahora no me dejes sola.
Vuelve a entrar en el ambiente desconsolado del piso. Hasta ahora, nadie ha
encendido la luz. Pola sigue estando de pie por ahí, y se asusta cuando tropiezo con
ella a oscuras. Luego encuentro el interruptor de la luz.
Una golondrina choca contra la gran ventana y cae al suelo en un rincón del
balcón, donde se queda tumbada entre espasmos. Debe de haber perdido el sentido de
la orientación. La recojo, y en ese momento Biggi vuelve al balcón. Me coge la
golondrina de las manos y le acaricia suavemente la cabeza. Yo nunca había visto una
golondrina de tan cerca. ¡Qué tierno y frágil es su cuerpo! Pero tiene el plumón y las
rémiges revueltos y en desorden, y sus ojos extraviados buscan la lejanía. Todo en
ella habla de una indomable ansia de libertad. Tengo la sensación de que huele a
libertad. Biggi quiere ver si la golondrina puede volver a volar, y abre las manos.
Durante unos segundos no sucede nada. Luego el ave agita fuertemente las alas y, de
un impulso, salta de las manos abiertas de Biggi y el fresco cielo nocturno se la traga.
Biggi sonríe. Le paso el brazo por los hombros.
—¿La golondrina también se pudre cuando se muere, y se la comen los gusanos?
—Pues sí. También se pudre y también se la comen los gusanos.
—Entonces ya no quiero un ataúd de cinc.
Se aferra fuertemente a mí, y nos quedamos así un buen rato, sin decir ni una sola
palabra más sobre su madre muerta.

He llevado a Biggi y Nasstia al aeropuerto y estoy solo con Pola. Se le acaban las
vacaciones. Me da miedo quedarme completamente solo si Biggi y Nasstia no

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regresan antes de que ella se vaya. Gracias a Dios, Biggi me llama desde Berlín y me
dice que vendrá dentro de dos días. Sólo le queda encargar la lápida y acordar con la
administración del cementerio la decoración floral y el cuidado de la tumba.
Por fin nos alejamos del ponzoñoso bochorno madrileño y nos vamos a la costa, a
Almería, donde Sergio Leone rueda su película del Oeste. Alquilamos una casa muy
mal conservada, situada frente a la playa, y con una terraza tan grande que podemos
jugar a tenis en ella. El mar ruge noche y día, y por fin logro volver a dormir.
Me hago hermano de los gitanos de Andalucía. Me consideran uno de los suyos y
me acogen en sus familias. Pronto los conozco a todos, de Almería a Granada, de
Málaga a Sevilla. También a las gitanas. De las colegialas a las bailarinas de
flamenco y las putas. Cada semana organizo en la terraza de nuestra villa una fiesta a
la que sólo invito a gitanos. Nos cubrimos las cabezas con coronas de flores y
bailamos y cantamos bajo las estrellas, tan cercanas y grandes que me parece como si
me cayeran sobre la cabeza. El flamenco de los gitanos no tiene nada que ver con el
flamenco para turistas. El verdadero flamenco es como un acto sexual.

Biggi, Nastassia y yo nos trasladamos a nuestro piso romano. He dejado el Jaguar


en Alemania, y me compro un Maserati. Empeñado en que Biggi y Nasstia tengan lo
mejor de lo mejor, compro los más caros terciopelos, hago tapizar las paredes con
seda virgen italiana, encargo cortinas y manteles del mismo material, y hago instalar
pomos y tiradores dorados y grifos dorados en los cuartos de baño y lavabos.

Liliana Cavani me quiere para Francesco. Nos reunimos en la agencia William


Morris y nos pasamos horas mirándonos fijamente el uno al otro, pero no nos
ponemos de acuerdo por lo que respecta a mis honorarios. El productor no puede
satisfacer mis exigencias.
Al cabo de unos días me telefonea William Morris para decirme que me van a dar
el sueldo que pido. Le digo que estoy de acuerdo. El mismo día vuelve a llamarme
William Morris para decirme que el productor no consigue reunir el dinero. Cuelgo el
teléfono de un golpe y hago pedazos mi contrato con William Morris.
Acepto una película inglesa en Marruecos, con Margareth Lee y Senta Berger.
Entretanto, Biggi se ocupa del piso de Via Nemea, que le entusiasma, a pesar de que
yo me pego cada día cien trastazos con la cabeza en las paredes torcidas.
Una vez delante del Mamunia Hotel de Marrakech, hago descargar mis maletas y
subirlas a mi habitación. Por lo que respecta a mí, tengo mejores planes.
La primera es una ciclista con velo. Con la chilaba negra, parece una monja, y
sólo veo sus manos llenas de anillos cogidas al manillar, sus pies desnudos con
sandalias y sus ojos negros como el carbón. La llamo como se llama a un taxi al
pasar. Gira la cabeza y está a punto de chocar con un coche. Los conductores de aquí

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deben de haber sido antes pastores de camellos. Le doy un trozo de papel para que me
escriba la hora y la dirección. La hora es a las doce de la noche, eso consigo leerlo.
Pero la dirección está en marroquí, y no tengo la menor posibilidad de descifrarla. Ya
le daré el papel a algún taxista.
Son las tres. Hasta la medianoche faltan todavía nueve horas. Las paso en los
bazares, donde los chiquillos me pegan estirones por todas partes, me ofrecen drogas
y me preguntan si quiero acostarme con ellos. Al final me voy a la plaza del mercado
y me uno al público, que fuma hachís de pie sobre el suelo polvoriento, y escucho al
cuentista, que, a pesar de que no entiendo ni una sola palabra, me transporta al mundo
de los cuentos de hadas orientales.
Luego me echo a los hombros a una niña pequeña que no encuentra sitio en la
plaza repleta de gente y por eso no ve nada. No lleva bragas debajo de su harapiento
vestidito. Lo noto porque su coñito desnudo se engancha en mi nuca,
humedeciéndola. La niña que se masajea el clítoris contra mi nuca y cuyos delgados
muslos acaricio, los gestos sugerentes del cuentista, el hachís, que en Marruecos es
especialmente fuerte, el aire que turba los sentidos, sazonado con olores indefinibles
y un hedor sofocante, y la monótona música oriental que me llega de todos los
rincones y agujeros, y que por sí sola hace el efecto de una droga, las voces que
susurran, cuchichean, gritan, berrean, refunfuñan y se ríen en los más diversos
dialectos árabes: todo eso me habría hecho olvidar por completo mi cita con la
ciclista, de no ser porque la niña semidesnuda que tengo sobre los hombros me ha
hecho notar que el papel, hecho una bola, se me ha caído del bolsillo del pantalón y
está en el suelo, a mi lado.
Falta poco para medianoche. La pequeña se agarra a mi mano y no quiere dar un
paso sin mí. Le doy todo el dinero del que puedo prescindir, y, mediante una especie
de lenguaje de sordomudos, le hago entender que mañana volveré a estar aquí, en la
plaza del mercado, en el mismo lugar y a la misma hora.
El taxista, por lo que parece, tampoco es capaz de leer lo que pone en el papel.
Sea como sea, lo cierto es que va de un lado para otro, preguntándoles a todas las
figuras embozadas que se nos cruzan por las callejas retorcidas y sin iluminación, por
las que apenas pasa el coche, y a la una de la madrugada se detiene delante de una
casa ruinosa y sin luz, con una puerta pesada y con herrajes.
La puerta está entornada. Enciendo una cerilla y avanzo a tientas por el pasillo,
que huele a canela y menta. Se apaga la cerilla. No veo los escalones, me precipito,
me doy un golpe en la espinilla y maldigo en voz alta.
Se abre la puerta, sólo el ancho de una rendija. Del interior de la alcoba surge la
luz débil de una lámpara de aceite, y reconozco la silueta de una persona embozada.
Se hace a un lado, como exhortándome a entrar. Pero aún no sé si se trata de mi
ciclista. Los ojos de las marroquíes con velo tienen todos el mismo aspecto
desconcertante. Me hace entrar en la alcoba vacía, en la que sólo hay una cama
deshecha. Deduzco que sí que debe ser mi ciclista.

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Se quita la chilaba y el velo y queda desnuda. Las mujeres que llevan velo tienen
un inconveniente: no hay manera de saber la edad que tienen —y es que los ojos
siguen brillándoles cuando el cuerpo ya hace tiempo que se ha marchitado—, ni si
son guapas o feas. Mi ciclista no es lo que suele entenderse por guapa, ni siquiera
mona, pero a mí eso hasta ahora nunca me ha importado mucho. Su cara picada de
viruela y todo su cuerpo hacen pensar en la cara y el cuerpo de un animal de presa
curtido en mil batallas. Bajo su vientre prominente se destaca un coño afeitado. No
tiene las tetas grandes, pero sí firmes. Me desnudo, y ella me atrae al colchón. Su
agujero está tan caliente que parece que quisiera cocerme la polla. Gime levemente.
Pero se aferra con fuerza a las barras de latón de la cama, por encima de su cabeza,
tuerce su cara de viruela y muestra sus dientes apretados de animal de presa…
En el pezón del pecho izquierdo tiene una gran cicatriz, al parecer secuela de una
profunda herida. Le toco la cicatriz con el dedo, y ella me hace entender mediante
gestos que alguien le apagó un cigarrillo en el pecho. Le beso la cicatriz y echo una
mirada al reloj, porque la luz del día se cuela con toda su fuerza a través de las
rendijas de las persianas mal cerradas. Son las siete. Me visto y busco dinero en mis
bolsillos. Pero ella no quiere dinero.

Los jardines del Mamunia Hotel fueron en tiempos propiedad de un príncipe.


Ocupan varias hectáreas, y están densamente poblados de las más raras especies de
palmeras, naranjos, limoneros e higueras, formando una auténtica selva en la que
crecen también plantas carnosas y enormes flores. Por encima de la piscina se alza
una alta palmera rodeada por un muro. Lo normal es pensar que en un lugar así se
puede hallar el anhelado reposo. Churchill y esa mujerzuela que tienen por reina en
Inglatera parece ser que lo hallaron. Yo no. Ya que por la noche nunca pego ojo, lo
intento al menos durante el día, cuando no tengo que rodar, tumbado en una hamaca
al lado de la piscina. Del cercano jardín umbrío llega a todas las horas del día y la
noche una leve brisa.
Pero tampoco durante el día puedo dejar de pensar en la joven marroquí que
trabaja de telefonista en el Mamunia. Trabaja por la noche, como su marido, que es el
jefe del personal. Durante el día duerme con él. Así que por la noche se desliza por
escaleras y pasillos hasta mi habitación, para un polvo rápido. Es una mujer huesuda,
y los huesos le arden como si acabara de salir de unos altos hornos. El ardor del
cuerpo le reseca la boca como si tuviera fiebre; no me sorprendería que de repente se
pusiera a escupir fuego. Tenemos que darnos prisa, y ella ha de andar con muchísimo
cuidado.
Para acortar camino de regreso al Mamunia, paso por caminos y callejas sin
iluminación. Dos muchachos marroquíes empiezan a seguirme. Ya hace rato que he
notado su presencia, cuando he entrado por las primeras callejas sin iluminación y sin

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asfaltar. Se van acercando deprisa, hasta ponerse muy cerca de mí, a izquierda y
derecha. Ahora ya sé lo que quieren, o por lo menos creo saberlo.
Muchos marroquíes llevan navaja, y lo rajan a uno en menos que canta un gallo,
pero yo no tengo miedo, y sigo caminando deprisa. El de la derecha se acerca tanto a
mí que nuestros hombros se rozan.
—Eres guapo —me dice con aire misterioso, sin el ritmo vivo de la marcha, que
todavía establezco yo. No me equivocaba, pues.
—Sí, eres guapo, y tengo ganas de estar contigo —repite el de la derecha.
El de la izquierda parece mudo, o quizá no habla francés.
—Si tú lo dices… Pero estoy cansado y hecho polvo, y necesito dormir como el
aire que respiro.
Seguimos trotando al mismo ritmo, a grandes zancadas, como tres mosqueteros.
El de la derecha se me coge del brazo. El mudo, al verlo, hace lo mismo. Si resulta
que llevan navaja, reflexiono, me han pillado con los brazos cogidos.
—Eres valiente —dice el de la derecha.
—¿Por qué? —le pregunto con el aire más inocente de que soy capaz. Y es que sé
a qué se está refiriendo.
—Porque no sabes si llevamos navaja. Nosotros somos dos, está oscuro, y nadie
te oiría gritar.
—¿Y por qué ibais a hacerme daño?
—Pues, por ejemplo, si te niegas a que te follemos.
—Oye una cosa. No tengo nada contra vosotros, lo único que pasa es que estoy
muerto de cansancio. He estado follando hasta la noche y ya no me quedan fuerzas.
No os lo pasaríais bien conmigo. Otra vez será. A propósito, me parece que me he
perdido. ¿Por dónde cae el Mamunia?
—Vamos bien.
No me lo creo. Por los contornos no se ve ni una sola luz, ni siquiera de lejos,
nada, y el campo en que nos encontramos no es el que ya conozco de otras veces. El
de la derecha me sigue susurrando al oído toda clase de declaraciones de amor,
mientras el de la izquierda se contenta con estrujarme el brazo. Al final del campo
llegamos a una calle oscura y sin asfaltar, que se prolonga en un semicírculo. Unos
pasos más allá se divisan luces en la lejanía, igual que se ve la costa cuando se sale al
mar por la noche.
—Camina en dirección a esas luces. En la próxima bocacalle, a la derecha, y
luego recto todo el rato. Irás a parar directamente al Mamunia. Eres un chico
simpático. A lo mejor volvemos a vernos un día de éstos.
—Quién sabe…
Me doy la vuelta una vez más para asegurarme de que ya no están. No puede uno
fiarse de estos zorros del desierto.
Me pongo a mear contra una palmera. Me escuece la picha de mala manera: vaya,
otra vez purgaciones.

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No tengo tiempo de ir al consultorio de un médico. Viene él con la jeringa.
Estamos rodando en un palacio con mosaicos. Entre dos escenas me voy con el
médico a la galería situada por encima del salón de té. Me bajo los pantalones, y en el
momento en que la penicilina entra en mi culo, empiezan a llamarme otra vez.
María Rohm, vienesa, es la novia del productor inglés Harry Allan Towers, para
quien ruedo la película en Marrakech. Pero eso no le impide meternos mano a
Margareth y a mí. Y Margareth, que está casada con Gino, mi agente, me mete mano,
a su vez, a mí y a los dos al mismo tiempo. Las dos continúan con las carnes blancas
como la nieve, a pesar del sol inmisericorde, y tienen la piel tan suave y limpia que
me excita el simple contraste con las marroquíes, que no son ni blancas ni limpias.
—Tú lo tienes bien —me dice Senta Berger—. Yo tengo que cerrar los muslos
durante estas siete semanas.
—Pues ven a verme —le digo desde mi hamaca. Está de pie a mi lado, con su
encantador coño abultado justo delante de mi boca, mientras el vello púbico le asoma
por los bordes del diminuto biquini.
—No puede ser —dice—, tengo novio.
Y frunce el ceño, como si reflexionara sobre la tontería que acaba de decir.

Después de Marrakech, dos películas en Londres. Luego otra en París. Luego una
en Italia, en Capri, con Martine Carol.
Martine me enseña cada día uno de los —por lo menos— veinte abrigos de piel
que posee. Hay uno del que está especialmente orgullosa. Matan a las madres y les
arrancan del viente los cachorros en gestación. Luego les arrancan la piel a los
cachorros aún vivos. Al parecer, gracias a ello las pieles brillan con especial belleza.
Para confeccionar un abrigo hacen falta muchas pieles de cachorros arrancados del
vientre de sus madres. Un abrigo de ese tipo cuesta varios cientos de miles de marcos.
Hay pocos ejemplares. ¡Gracias a Dios!
Además de su manía por las pieles, colecciona vestidos, casas, terrenos, islas, y
sobre todo diamantes. Muchos. Grandes. Los mayores son del tamaño de huevos de
paloma, y se los cuelga hasta para desayunar. Me da pena. Si fuera unos cuantos años
más joven, no necesitaría toda esa quincalla. No hacía falta que me lo confesara
llorando.
—Cuando vuelvas a Londres, te instalarás en mi casa al lado de Hyde Park —me
repite cada día varias veces, como si yo fuera un chiquillo desobediente—. Iré a
buscarte al aeropuerto con mi Rolls Royce.

Hay un intendente mierdoso que tiene la jeta de encargar que me pregunten una y
otra vez si estaría dispuesto a actuar en el Schillertheater de Berlín. A un tipo que me
telefonea, le digo:

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—¡Por más dinero que me paguéis, prefiero rodar la película más cochambrosa a
poner los pies en ese cementerio!
Ahora también puedo permitirme rechazar las lamentables ofertas de películas
alemanas. Los italianos me dan a elegir cada semana entre treinta películas. Y yo
acepto aquella por la que me paguen mejor.

Película francesa en Turquía. Rodamos en un burdel masculino. Por culpa de las


inacabables sesiones de rodaje, sólo pesco cinco coños: una de mis compañeras en la
película, dos figurantes, una camarera francesa y una fornida puta turca que trabaja
hasta las cuatro de la madrugada en un restaurante al aire libre en el que siempre
actúan obesas cantantes turcas cuyos cánticos duran horas y parecen no acabarse
nunca. Se tira varias horas dándome largas. Por fin, mareado de puro cansancio, la
llevo en taxi al lugar donde afirma vivir. Eso nos lleva una hora más. Pero, aunque
apenas consigo mantener los ojos abiertos y siento en el cerebro un vacío paralizante,
deseo tanto a esa mujer que la llevaría en taxi al fin del mundo si supiera con certeza
que allí podría follármela.
Por fin llegamos a una casa que ella identifica como su domicilio. Por mi parte,
estoy seguro de que la casa, que más bien se me antoja un gran cubo de basura con
puertas, es un burdel.
Cuando subimos al primer piso, muchas de las puertas de las habitaciones del
largo pasillo están abiertas, y se ven camas con las sábanas sucias y revueltas. De
algunas habitaciones salen bufidos masculinos y gemidos femeninos. En otras se oye
rechinar de camastros, toses, escupitajos, ronquidos… Y, tras cada grito de una mujer
y gruñido de un hombre, suena el zumbido de las cañerías de bidés o lavabos, que se
encuentran en el pasillo, fuera de las habitaciones. Apesta a semen, orina, sudor y
pescado.
Mi puta cuchichea con otra turca que, vestida sólo con una camiseta corta, sale
tambaleándose de una de las habitaciones abiertas. Señala una habitación abierta al
fondo del pasillo.
También allí las sábanas están sucias y revueltas. Y también mi puta está tan
agotada que parece quedarse dormida cuando le arremango la falda y le bajo las
sucias bragas. Tardo una eternidad en desnudarla, pues al considerable peso de su
cuerpo se suma el peso del cansancio, y tengo que moverle yo mismo todos los
miembros. Sus sucios pies están fríos y huelen a sudor. Tiene el coño grande, pero
rígido y estrecho por dentro. Separo sus pesados muslos; se deja abrir de par en par.
Me la follo, ansioso, dos veces seguidas, con la polla más tiesa que de costumbre.
Ella se limita a gemir débilmente, sumida en el sueño provocado por el agotamiento.
Cuando descabalgo, porque me pasan a buscar para rodar a las siete de la mañana,
ella abre los ojos, me levanta en peso hacia sí y me besa la polla goteante.
No me pide dinero.

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Nos hemos mudado de la Via Nemea a Cassia Antica, a la misma calle en que
vive Dominique. Pero a Dominique sólo vuelvo a verla dos veces. La primera vez, en
el piso de Carla Gravina, la mujer de Gian María Volonté. Carla está en la cama con
la gripe. Voy a visitarla con Dominique.
Nuestra casa en la Cassia Antica es un palacio aislado, rodeado por un muro
cubierto de rosales trepadores; tiene ocho habitaciones, cuatro cuartos de baño, una
terraza ajardinada, garaje y piscina, y tiene uno de los mayores y más hermosos
parques privados de Roma. Durante todo el año crecen y florecen las más selectas
plantas y flores tropicales. El propietario es una empresa inmobiliaria que pertenece a
su vez al Vaticano. Como media Roma. El alquiler asciende a 8000 marcos[9]
mensuales. Tenemos tres empleados: dos criadas y un cocinero.
Un día recibo un aviso del destino. Pero no hago caso a la advertencia. Estoy
rodando una película del Oeste en Cinecittà. El primer día del rodaje, el caballo a
cuyos lomos dormito pega medio salto mortal hacia atrás, me aplasta contra un muro
y cae sobre mí con todo el peso de su cuerpo. Tengo tiempo aún de darle una patada
para evitar que me mate pisoteándome con sus cascos. Luego no puedo levantarme,
ni siquiera sentarme ni arrodillarme. Se me abren los fondillos y las perneras de los
pantalones. Las glándulas situadas a la derecha de mis genitales se han convertido en
una hinchada montaña azul oscuro.
No consiento de ningún modo en que me lleven al hospital. Dos miembros del
equipo me llevan a mi camerino. Les pido que me tumben en el sofá y que me dejen
solo. Sólo quiero descansar un poco. Sin embargo, me vienen unos dolores tan fuertes
que quiero llamar a los dos muchachos para que me traigan un analgésico. Pero ya no
me oyen.
Cada vez que intento incorporarme, me derrumbo como una masa amorfa, como
si me hubiera quedado sin columna vertebral. Me dejo caer del sofá y repto a cuatro
patas hasta la puerta. Lanzo mi cinturón al tirador de la puerta y consigo abrirla.
Luego me arrastro por el pasillo hasta la sastrería.
La encargada de vestuario va a buscar a alguien de la productora, y me llevan a
una clínica. Una vez vistas las radiografías, el médico me dice que tengo la columna
vertebral rota.
—Bueno, astillada —rectifica: la médula no está dañada. Unos pocos milímetros
más, y habría quedado paralítico para siempre. Tengo que quedarme en la clínica.
Biggi, a la que hemos telefoneado, llora y grita de miedo. No puedo mover el
cuerpo; lo único que puedo hacer es utilizar el timbre que tengo en la cabecera de la
cama, y hablar por teléfono con grandes esfuerzos. Mis necesidades corporales tengo
que hacerlas en una cuña que una enfermera me pone debajo. A la enfermera del
turno de noche le digo que vuelva cuando duerman los demás.
La verdad es que en mi estado la cosa no resulta fácil. Pero ella se coloca
hábilmente, abierta de piernas y en cuclillas, sobre mi cipote, que pese a todo se pone

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tieso, y me cabalga con tal precaución, que su culo, e incluso sus labios de la vulva,
no me rozan ni una sola vez el abdomen. El orgasmo es muy doloroso, y sólo
podemos hacerlo una vez. Pero, noche a noche, la viva imaginación de la enfermera
va perfeccionando las posturas.
Al cabo de doce días ya estoy harto de mi existencia vegetativa.
Me pongo un corsé confeccionado especialmente para mí y hago los primeros
intentos de levantarme y andar; me dejo llevar al lavabo, arrastrando los pies.
La película del Oeste que había empezado a rodar se ha ido al cuerno por lo que a
mí respecta. Ni cobro mi sueldo, ni el seguro me paga un céntimo, porque el
productor había hecho un contrato falso. Por si fuera poco, de momento no puedo
aceptar ninguna película en la que tenga que montar a caballo ni hacer cualquier otro
esfuerzo físico, por pequeño que sea. Tampoco me dejan conducir.
—A no ser que sea un Rolls Royce —me dice lacónicamente el médico. Me tomo
al pie de la letra sus palabras y me compro mi primer Silver Cloud. Tres semanas más
tarde, tiro el corsé desde el coche en marcha y firmo el contrato para rodar en España
una versión de Carmen en la que, pese a la estricta prohibición facultativa, tengo que
galopar de la mañana a la noche y pasarme ocho horas peleando a navajazos.
Biggi y Nasstia han venido también a España. Por las noches aúllo de dolor en la
cama, y por las mañanas Biggi y el camarero del hotel tienen que incorporarme,
porque estoy tieso como un palo.

Después de España, Brasil. Vuelvo a viajar solo en avión. Un auténtico diluvio ha


arrasado las miserables favelas, causando miles de víctimas mortales. Cuando llego a
Río, el agua llega a un metro de altura. Pero no son las catástrofes naturales ni el
cólera lo que de momento me impide hacer virguerías.
Padezco día y noche tales dolores, y, en mi estado, los casi 50 grados de calor y
más de 80 por ciento de humedad me debilitan de tal modo que temo no poder
saborear como es debido los preparativos del carnaval.
Éstos son mucho más emocionantes que el carnaval propiamente dicho, porque se
prescinde de esos estúpidos disfraces, y se puede oler y palpar los cuerpos brillantes
de sudor y escasamente vestidos de las brasileñas. Los brasileños, de los niños a los
ancianos, se mueven siempre, a todas horas, a ritmo de samba, y los tambores nunca
enmudecen. Cuando calla uno, empieza el otro. Con su manera de zarandear las
caderas y menear el culo, las chicas de Río resultan embriagadoras incluso cuando
andan normalmente por la calle. Te masajean a ritmo de samba el nabo dentro de los
pantalones, y sin tocarte.
Me marcho del senil Copacabana Palace Hotel. El Leme Palace Hotel, moderno
local en el que me alojo ahora, también da directamente a la kilométrica playa de Río
de Janeiro. Sin embargo, suelo dormir fuera. Las noches son tan templadas que

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también en ellas la playa se puebla de cuerpos entrelazados. A nadie le importa lo que
hacen los demás, porque todos follan.
Las chicas de Río han nacido para el amor, tanto las pobres como las ricas. Las
pobres hacen la calle para ganar algo de dinero, aunque estén casadas. En
Copacabana, por donde rondan, se apoyan en los coches aparcados y se levantan las
faldas, bajo las que no llevan bragas.
—Toca, toca —me dice una—. Si quieres, puedes follarme aquí mismo.
Las ricas sólo se diferencian de ellas por el hecho de ser ricas, lo que les permite
no tener que hacer la calle, o, por lo menos, no para sobrevivir.

El clima de Brasil le ha sentado bien a mi columna vertebral Ya no tengo dolores.


Seguidamente tengo que ir a Hong Kong.
Cuando llegamos allí, la única que no está destrozada después de las veintiséis
horas de vuelo es Nasstia, que corretea por el avión, insuflando un soplo de vida hasta
al pasajero más malhumorado. Biggi está furiosa conmigo porque durante el vuelo he
desaparecido un buen rato con una azafata de Lufthansa, y porque ésta, además, ha
intentado darme su dirección en Hong Kong.
En el transbordador, durante la travesía desde Kowloon, Biggi me pega en la cara;
más tarde, en el Hilton, sufre un ataque de nervios. ¿Qué puedo hacer yo? Ni siquiera
consiente que la toque. Por ordinario que suene, lo cierto es que sólo pienso en las
chinas, y el pulso me late enfebrecidamente.
Me paseo por las calles atestadas de seres humanos, hasta que encuentro un
riksha, y me hago conducir al trote a casa de una puta china. Una vez saciada mi sed
más urgente, me siento con los chinos en la calle delante de la casa de la puta, y como
con ellos entre el humear de las cacerolas y el crepitar y chisporrotear de los fogones
sobre los que se asan calamares y cangrejos. Tengo que rodar dos películas en Hong
Kong, para Towers. Está previsto que el rodaje dure dos meses y medio. Me
propongo alimentarme bien y con regularidad, para mantener mis energías. Con sólo
pensar en la puta con la que acabo de estar…
Margareth Lee y Maria Rohm también forman parte del grupo, y ahora se lo
montan la una con la otra sin ninguna inhibición, porque Towers viaja a Europa una
vez por semana, y prácticamente nunca está.
En Kowloon, Margareth, Maria y yo tenemos que esperar el inicio del rodaje en
una habitación que es un verdadero establo, porque no hay hotel alguno en las
cercanías. También está la maquilladora inglesa, con su hija, que ha venido para
maquillar a Margareth y Maria. Pero de momento Margareth y Maria no están para
maquillajes. Se sientan en mi cama con la hija de la maquilladora y se ponen de
acuerdo en cuál de las tres me quita cada prenda y cuál de las tres echa mano primero
a cada parte de mi cuerpo. Mi opinión no cuenta.

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Seis de las chinas a las que me he tirado hasta ahora en Hong Kong son
refugiadas de la China roja. ¡Cuántas chinas cachondas tiene que haber en un país de
mil millones de habitantes!

A Nastassia tienen que operarla de apendicitis. Cuando ya puede volver a


levantarse, vamos al Tiger Balm Garden y a Aberdeen, donde los juncos pasan
silenciosos frente a nosotros semejantes a buques fantasmas, flotando sobre las aguas
como jirones de niebla, y nos ofrecen calamares y cangrejos que asan vivos al fuego
de carbón ante nuestros ojos.
Por las noches salimos a navegar al Mar de la China.
Los meses en Hong Kong se acercan a su fin, y yo corro de una habitación de
hotel a otra. De las chicas de Kowloon a las chicas de Aberdeen y a las modelos
filipinas que exhiben en el Hilton sus trajes típicos nacionales. De Margareth a María.
De Hong Kong a Taipei, Pekín y Shangai.

De nuevo en Roma, cambio mi Rolls Royce por otro Rolls Royce. Cuando me
canso también de ése, me compro otro Maserati. Luego un Ferrari y otro Rolls Royce
descapotable de 100 000 dólares. Cambio de coche porque vibra la puerta (que he
olvidado cerrar), o porque no puedo abrir la ventanilla lo bastante rápido cuando paso
por delante de una chica, o simplemente porque hace más de una semana que
conduzco el mismo coche y ya estoy harto de su color.
Devuelvo el adelanto que he cobrado por otras dos películas en Hong Kong y
Filipinas. En el último momento, renuncio al dinero y firmo para otra película en Río
de Janeiro. Quiero estar con mis brasileñas. Esta vez me encuentro mejor ya desde un
principio. El clima tropical, caluroso y húmedo, de Hong Kong, muy parecido al
brasileño, ha acabado de curarme la columna vertebral.
Nuestra primera escala es Nueva York, donde tengo que rodar una semana con
Edward G. Robinson. Después de unas cuantas putas gastadas de Broadway, cambio
mis territorios de caza a Greenwich Village, donde las chicas, por la noche, esperan
delante de los locales beat a alguien que les dé unos cuantos dólares para marihuana.
A cambio de eso, hacen cualquier cosa. Y como no se pueden formar grupitos en la
calle, porque los policías berrean enseguida «¡Circulen!», me llevo a mi hotel a tantas
muñequitas de ésas como puedo. Incluso en invierno, sólo llevan un trapo liviano
encima de sus cuerpos demacrados por la droga, y lo primero que hago es vestirlas.
Preferirían que les diese dinero en metálico para comprarse ellas mismas ropa de
invierno. Pero no caigo en la trampa. Por culpa de una de ellas estoy a punto de
perder el avión a Río.

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Esta vez me quedaré cinco semanas en Río. Trabajamos como mulas, pero la
mayor parte del rodaje se realiza de noche, lo que resulta más soportable. Rodamos
con una escuela de samba entera. Aún estamos en diciembre, y la productora no
puede esperar a que empiece el carnaval.
La escuela de samba, formada por miles de chicas, es un auténtico filón de las
más feroces brasileñas, hijas de cazadores de cabezas, cuyos padres todavía eran
caníbales, y que son más negras que unos zapatos de charol. Los cuerpos de esas
chicas, de piel brillante como la de las salamandras, vibran al igual que una cobra.
Sacan la punta de la lengua escarlata y bailan casi desnudas delante de la silla en la
que me siento durante las pausas en el rodaje. Otra vez es Nochebuena. ¡Y será la
más caliente de mi vida!
Me cito con la más joven de todas. Y mientras las fogatas de los que invocan
espíritus iluminan la playa situada más arriba, de Copacabana, el agua de las
encrespadas olas, cuyas lenguas se deslizan por la arena hasta nosotros, lamen
nuestras piernas abiertas y convulsas.
No puedo pensar en enfermedades venéreas cuando estoy metiéndosela a una de
esas salamandras negras.
Sin embargo, no todas las brasileñas tienen la piel oscura. La más blanca que
jamás he visto es la hija de un millonario, rey de las lavadoras, y exhibe una belleza
tan abrumadora que palpo su rostro como en trance para asegurarme de que no estoy
soñando. No sé por qué ha venido al Leme Palace Hotel, en una de cuyas
habitaciones rodamos una escena de la película. Se cuela por entre técnicos
sudorosos, focos y cables, se abre paso a codazos por entre los individuos ocupados y
desocupados que suelen aglomerarse en torno al equipo de rodaje, dedicándose a
estorbar y a pisarnos los pies, y me mira cada vez que puede. Como sólo tengo que
subir unas pocas plantas para llegar a mi habitación, y además no tengo tiempo para
alejarme mucho con ella, pido al equipo de filmación que me avisen cuando me
necesiten, y me llevo para arriba a la blanca. Pero ella se empeña en casarse conmigo
inmediatamente y presentarme a su padre. Me pregunto quién demonios habrá
inventado la ley que prohibe la bigamia.
Pero hay otros casos excepcionales en los que también subo a mi habitación. Dos
azafatas de Swissair me dan todas las tabletas de chocolate suizo que jamás ofrecen a
los pasajeros y se meten en los bolsillos. Me follo a las dos golosas en sus
habitaciones, porque las he conocido en el ascensor, y después del largo viaje tienen
que irse enseguida a la camita.
También visito por la noche, en su habitación, a una turista de Buenos Aires.
Podría haber bajado con ella a la playa, pero no es ella quien me interesa, sino su hija.
La madre empieza a lamerme la cara de buenas a primeras. Pero permanezco
inflexible: la condición es la niña. Sólo accederé a follármela si me entrega a su hija.

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Una más, la última, en el Leme Palace Hotel: la encargada de vestuario, una
negra. Me la follo mientras me ayuda a cambiarme de ropa entre escenas. Luego
descubro que vuelvo a tener purgaciones.

En Cortina D’Ampezzo ruedo mi primera película del Oeste con nieve. Biggi y
Nasstia están contentas y distendidas, juguetean por la nieve, van en trineo todo el
dia, patinan y se pasean por las montañas en trineos tirados por caballos con
cascabeles. Pero en cuanto Biggi y yo estamos juntos, discutimos y nos pegamos.
Esta vez, el motivo es la negra estadounidense Vanessa McGee, que es mi pareja
en la película y posee un excitante cuerpo de chico. Peinado de chico. Culo de chico
y apenas tetas. Su habitación está justo encima de la nuestra.
De madrugada, cuando dejo a Vanessa, a la que me he follado durante la segunda
parte de la noche, me deslizo sigilosamente junto a Biggi, que duerme, para recoger
mi cepillo de dientes, mi afeitadora y una muda de ropa interior. De esa manera no
podemos pelearnos. Las beso a ella y a Nasstia delicadamente, para no despertarlas.
¿Se imagina Nasstia la clase de vida que llevo? Quiere a su madre más que a nada
en el mundo, pero también me quiere a mí cada día más, y yo estoy loco por ella. No
puedo ni concebir la idea de que un día tengamos que separarnos.

En Roma, Marlon Brando aporrea cada noche la puerta de Vanessa. Está rodando
no sé qué mierda (creo que Candy), y se aloja en la misma pensión que Vanessa.
Espero que acabe abriéndole la puerta por fin, para poder volver a dedicarme a otros
chochos. Pero Vanessa no le abre la puerta, y a la mañana siguiente tengo que
follármela en su camerino de los estudios Helios. Vanessa es muy celosa, y en ese
aspecto se lo toma todo muy a pecho. Se va de la pensión en la que Brando no la deja
en paz, y se instala en el Hotel de la Ville, por encima de la Plaza de España. Me
manda allí. La hermana menor de la mujer de Trintignant también vive ahí. Quiere
llevarme a una «fiesta LSD», pero yo prefiero quedarme con la amiga de Vanessa,
una cantante negra estadounidense, que todavía no se ha vestido y está ocupada en su
higiene matinal. Vanessa enloquece de rabia y me insulta delante de todo el mundo en
el vestíbulo del hotel. No debió haberme dicho que su amiga estaba aún en la
habitación y que todavía no se había vestido. Francamente, Vanessa debería
conocerme mejor. Y sobre todo a sí misma. Tuvo celos de Biggi desde el primer
momento.

Visconti envía a alguien a preguntarme si quiero rodar con él. La productora


telefonea varias veces a los estudios y me pide que espere con paciencia hasta que
haya datos concretos y se pueda hacer el contrato.

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—¿Quién es el Visconti ese? —le pregunto a Gino.
—Harás mejor en rodar la próxima del Oeste —me responde.

—Esso —me dice Rinaldo Geladi, especialista en relaciones públicas,


señalándome a alguien con el dedo pulgar por encima de su hombro. Se refiere a la
chica que acaba de desaparecer para ir al lavabo. La he conocido hace media hora.
Rinaldo la ha traído al lugar del rodaje, Magliana, en las afueras de Roma. La chica le
había pedido que la llevase porque quería conocerme. Le he dicho buenos días, me he
sentado al volante de su Ferrari y la he llevado hasta el restaurante en el que,
aprovechando la pausa de mediodía, estamos comiendo. Hasta ahora, la chica no ha
podido llevarse un tenedor de espaguetis a sus rojos labios sin pestañear con sus
preciosos ojos italianos y sonreírme. Ahora me doy cuenta de que sólo ha estado
jugueteando con los espaguetis y no ha comido nada.
—¿Qué quiere decir «Esso»? —replico.
—Moratti.
—Ah, la fábrica de tabaco.
—No, hombre, no. No Muratti, sino Moratti. Petróleo. Ella se llama Bedi Moratti.
Su padre es el hombre más rico de Italia.
—Interesante —digo.
Bedi vuelve del lavabo. Se ha repintado los labios, y sonríe aún más enamorada
que antes de irse. Ahora la someto a una observación más rigurosa. No porque su
padre sea, según Rinaldo, el hombre más rico de Italia, sino porque hasta ahora sólo
he estado observándola mecánicamente.
Tiene el pelo largo y sedoso, dientes sanísimos, una delicada boca sensual y ojos
nostálgicos y soñadores. Su cuerpo es frágil como una figura de porcelana. Pero pese
a su expresión ausente y melancólica, y pese a su cuerpo de elfo, estoy seguro de que
es una mujer de gran energía y tenacidad. No en vano conduce el coche deportivo
más rápido del mundo, que se pone a cien en primera, de una sola pisada al pedal del
gas: un coche construido para hombres, y no para las tiernas manos de hada de Bedi.
Lleva un ligero vestido de verano floreado y un diamante de al menos diez quilates.
Rinaldo me da una palmada en la espalda. Me he quedado absorto en la
contemplación de Bedi; ella también parece haber olvidado lo que la rodea e incluso
se ha olvidado de sonreírme, y yo no me he dado cuenta de la presencia del regidor,
que ha venido a nuestra mesa hace diez minutos para llevarme de vuelta al lugar del
rodaje. Le doy a Bedi mi número de teléfono, ella me da el suyo, y nos prometemos
volver a vernos.
Llama a casa el mismo día, por la noche. No podía saber que Biggi iba a ponerse
al aparato. Yo tampoco contaba con ello, porque nunca lo hace.
—Es para ti, una mujer —me dice enfadada.

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No puedo hablar mucho rato con Bedi. Biggi se ha ido a su habitación y no puede
oírme. Pero no quiero que se repita lo que pasó en Yugoslavia. Le digo a Bedi que es
mejor que no vuelva a llamar a casa, y que nos encontraremos en los estudios de
Rinaldo.
No sé qué princesa rusa me ofrece una casa en la Via Appia, la calle más hermosa
y antigua del mundo. En la casa, que está en alquiler, se aloja la condena Vassarotti.
Me desplazo a la Via Appia con la princesa, cuyo perro faldero se mea en mi
Rolls Royce, y echo una mirada a la casa. Es la casa contigua a la villa de Gina
Lollobrigida. Está completamente aislada, en un terreno enorme poblado de pinos,
cipreses, cerezos japoneses centenarios, rosales, adelfas, naranjos y limoneros,
trufado de ruinas del imperio romano y rodeado de un muro antiquísimo de dos
metros de altura.
La casa propiamente dicha tiene novecientos años de edad y está registrada entre
los monumentos artísticos de Italia Tiene cuatro plantas, catorce habitaciones, siete
cuartos de baño, cinco chimeneas, en el primer piso un salón de veinte metros de
largo y diez de altura, ascensor propio, que sube a lo alto de la torre, un ala anexa
para el personal y, en el jardín de árboles frutales, un pabellón que tiene a su vez un
salón, dos cuartos de baño y cuatro habitaciones en el primer piso.
Bajo las ramas colmadas y colgantes de los almendros y los nogales, hay un
invernadero con orquídeas de especies raras.
En la Edad Media, el castillo fue transformado en una iglesia. Nadie sabe qué
había sido antes. Los cimientos de los muros son de granito, y fueron construidos
antes de Cristo; en los arcos de mármol y en los peldaños de las escaleras, hechos de
sillares de piedra, está cincelado el escudo del Vaticano, que graba su símbolo en
todas las propiedades posibles, como los ganaderos en los culos de las vacas.
La condesa Vassarotti vive sola en la fortaleza. Su marido, que era productor
cinematográfico, se suicidó. La condesa vive entre muebles antiguos devorados por la
carcoma, que crujen cuando uno se apoya en ellos, en medio de una jungla de ramos
de flores podridas y cientos de cuadros decrépitos y de mal gusto, entre alfombras
chinas meadas y cagadas por sus perros y gatos, y montañas de piezas de porcelana
resquebrajadas.
No hay luz eléctrica ni funciona el ascensor, cuyo hueco, por debajo de la planta
baja, está lleno de agua hasta un metro de altura. Jane Fonda vivió aquí seis meses
mientras rodaba una película en Roma, y una vez, durante una tormenta, se quedó
varias horas encerrada en el ascensor. Vadim puso de su parte todo lo necesario para
acabar de convertir la casa en una auténtica pocilga.
Para que se convierta en el castillo de cuento de hadas que necesito, tendré que
tirar a la basura la mayoría de los trastos y poner la casa a punto.
Le hablo a Biggi de la casa, y quiere verla enseguida. Y, en cuanto la ve, ya no
quiere salir de ella. Gino se mesa los cabellos:

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—¿Es que no sabes que toda la Appia Antica está infestada de serpientes y ratas?
¡Los lagartos venenosos se te meten en la cama! ¡Te encuentras hormigas y arañas en
la sopa! ¡Te devoran los mosquitos! ¡Esa casa es tan antigua que cuando seas viejo
todavía estarás trabajando para salvarla de los hongos! ¡De aquí a tres meses volverás
y me maldecirás por no haberte impedido por la fuerza que la alquilaras!
No le hago caso. Biggi y Nasstia tendrán su castillo de cuento de hadas. Ahora
Nasstia va a la escuela en Roma, y las dos quieren quedarse en Italia a toda costa.
Yo ya sabía desde hacía semanas que tenía que irme a Almería. Biggi lo sabía
también, pero no hemos vuelto a hablar de ello. Ahora, de repente, se empeña en
venir conmigo. Le digo que es mejor que nos separemos unas semanas.
El motivo no es otro que Bedi, a la que veo cada vez más a menudo. Me
acompaña a todas partes donde tengo algo que hacer. Cuando ruedo en los
bochornosos estudios y no tengo apenas tiempo para ella, me espera pacientemente.
Soporta el calor abrasador durante las escenas al aire libre, en las que a menudo no
hay siquiera una sombrilla ni una silla en la que sentarse. Me sigue allá adonde voy y
cada día se pone más triste, porque se acerca el momento de mi partida. Y es que no
le he dicho que venga conmigo, ni lo que siento por ella. Ni yo mismo lo sé. Cuando
como en el restaurante japonés, se está callada a mi lado, sin comer nada, y lo mismo
hace cuando, acompañado de arquitectos y decoradores, escojo sedas para las paredes
y cortinas, pomos dorados y grifos, moquetas y papeles pintados para la Appia. Y
siempre está dispuesta a llevarme en su Ferrari.
Esta mañana he salido con mi Rolls Royce descapotable después de dar las
instrucciones para los trabajos en la Appia. Bedi ha acudido a las seis de la mañana a
la Plaza de España para verme una vez más. En las escaleras de la plaza la abrazo y la
beso por primera vez en la boca. Cuando tuerzo por la Via del Babuino para dirigirme
a la Piazza del Popolo, todavía está allí de pie, tal como la he dejado tras el beso.

El primer día viajo de un tirón hasta Marsella. Me voy de putas a las tres de la
madrugada. Me dirijo a una que está sentada acurrucada en el bordillo y me voy con
ella a una pensión. Pero no me lo paso bien. Me voy al hotel y llamo a Bedi a Roma.
De Marsella viajo hasta Barcelona Pero esta vez ni siquiera las jóvenes putas de
Barcelona me ponen cachondo. Ni las bailarinas de flamenco. Ni las gitanas, a las que
tanto quiero.
Cuando llego a Almería, en la recepción del hotel me dan un telegrama de Bedi.
Llega mañana por la noche. Me pongo tan contento que cojo a mis gitanos y organizo
con ellos una fiesta en un restaurante flamenco. Las chicas bailan delante de mí
encima de las mesas, y yo veo cómo se rozan entre sí los labios de sus vulvas.
Una de las chicas es propietaria del local. Me la follo de pie en el minúsculo
lavabo situado detrás de la cocina. Antes de volver al hotel, me tiro al mar.

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Bedi ya ha preguntado por mí en recepción, y ahí me la encuentro de pie, cansada
y pálida. No lleva maletas, sólo un neceser. No ha venido con un avión de líneas, sino
con un jet privado. Ha tenido que volar hasta Málaga, porque en Almena no hay
aeropuerto. Los cerca de doscientos kilómetros de curvas entre Málaga y Almería los
ha recorrido en taxi. Su padre ha avisado a sus sicarios en todos los aeropuertos para
que le echen el guante y la lleven de vuelta a casa. Mañana, a las cuatro de la mañana,
tiene que volver a Málaga, desde donde despega su avión a las siete. Son las diez.
Tenemos seis horas.
Bedi está cohibida y torpe, como si temiera no dejarme satisfecho. Me la follo en
serio, con toda mi entrega, mi ternura y mi brutalidad, y sin compasión.
Ella se enardece y exhala su aroma, y patalea, y jadea… Nos dormimos
embriagados y satisfechos…
Sin que yo me diera cuenta, Bedi se ha levantado, se ha vestido y ha
desaparecido. Cuando el conserje del hotel me despierta por segunda vez, porque el
coche que ha venido a buscarme para ir a rodar lleva ya una hora esperándome,
encuentro una carta que Bedi, antes de marcharse, ha escrito en el lavabo, para no
hacer ruido. Se me pone la polla tiesa cuando leo la frase: «… Espero no haberme
comportado demasiado torpemente en la cama…».
Empiezo a vestirme, pues el teléfono suena ya por tercera vez.
Los niños limpiabotas de Almería, todos ellos gitanos, escupen en los zapatos del
cliente y, con maneras de acróbata, lanzan los cepillos al aire y dan una palmada antes
de volver a cogerlos. Hoy dejan plantados a los atónitos turistas y me llaman a gritos
desde el otro lado de la calle. Saben que me encanta verles marcar para mí, en medio
de la calle y en medio del tráfico, unos cuantos pasos de flamenco, golpeándose el
pecho con fanatismo y poniendo gesto serio y de dolor.
Bedi vuelve a venir. Como tengo el día libre, nos vamos a Málaga. Bedi tiene que
marcharse al cabo de dos días. Yo tengo que ir a Barcelona. Bedi me acompaña y se
queda una noche. Vuelve a venir, vuelve a irse. Y va a todos los lugares adonde voy
yo.
Entretanto, Biggi y Nasstia se han mudado ya a la casa de la Appia, porque las
obras están prácticamente acabadas. Cuando vuelvo de España, me grita, fuera de sí,
que va a hacer las maletas y a dejarme para siempre. Durante mis dos semanas en
España no la he telefoneado, telegrafiado ni escrito, lo cual, por más que me
entregase al puterío, siempre había hecho, menos en Praga. Sé que nuestro
matrimonio ha fracasado definitivamente, pero quiero a Biggi e intento convencerla
de que se quede en Roma. En vano.
—¡Serías capaz de acostarte hasta con tu propia hija! —me grita, fuera de sí de
rabia, y sale corriendo de la casa.
No vuelvo a encontrarla en todo el día, y tampoco Nasstia sabe dónde se ha
metido, y la busca también.

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Encuentro a Biggi en un rincón del invernadero, sentada en el suelo entre macetas
que cuelgan sobre su cabeza y que se alinean sobre largas mesas, y en las que crecen
orquídeas leonadas como gatos salvajes, de cuya belleza no me había dado cuenta
hasta este momento. Biggi no me mira. Y mientras, con un asombro infantil, acaricia
con los dedos una orquídea, me dice:
—Estaba del todo convencida de que Nasstia y yo íbamos a vivir en este paraíso.
Pero lo has echado todo a rodar.
—¡Sí he alquilado esta casa sólo por vosotras!
—Puede ser. Incluso creo que tu intención era sincera. Pero no podemos
quedarnos contigo. No podemos vivir en una casa a la que vuelves por las mañanas
después de tus correrías. Mañana cogeré con Nasstia el avión para Berlín y me
buscaré un piso.
Llevo a Biggi y Nasstia al aeropuerto. Antes de pasar por el control de pasaportes,
Biggi se echa a llorar. Igual que yo, se da cuenta de que todo ha acabado. Nasstia se
agarra a las piernas de Biggi y hunde la cara en su regazo.
—¿Por qué nos echas?…
—Yo no os echo. Eres tú la que no quiere quedarse conmigo.
Todo lo que digo suena absurdo. Y es que Biggi tiene razón. En el fondo soy yo
quien, sin quererlo, las está echando desde hace años. Biggi todavía llora cuando
cruzan la barrera. Nasstia se gira una y otra vez hacia mí y camina vacilante cogida
de la mano de Biggi. Los ojos se me arrasan en lágrimas.
Llamo a Bedi desde el aeropuerto. Quiero irme con ella a la playa y no pensar en
nada más. En Fiumicino subimos a bordo del yate de su padre y navegamos hasta
Cerdeña, donde sus padres poseen un hotel, y donde están anclados los yates de sus
hermanos y el lujoso barco de su madre, que es tan grande como un pequeño
transatlántico.
Bedi se viene a vivir conmigo a la Appia y se trae una parte de su guardarropa. En
Roma, los fotógrafos nos persiguen por doquier, y damos tema de conversación a
todos los charlatanes.
No sé si Bedi está celosa de la princesa Ira de Fürstenberg; sea como sea, lo cierto
es que me tira a los pies, furiosa, un puñado de revistas italianas que traen fotos de Ira
conmigo. Cada vez que tengo que besar a Ira delante de la cámara, le arremango la
falda hasta encima de las nalgas sin que ella se dé cuenta. Me gustaría habérmela
encontrado cuando tenía quince años y estaba embarazada por primera vez. Ira es tan
estúpida que me guiña el ojo incluso cuando está sola delante de la cámara para un
primer plano. Por más que el director se empeñe en sacar adelante la escena a toda
costa, no paro de guiñarle el ojo a Ira, y entonces ella me lo guiña a mí enseguida.
En Montecarlo, donde rodamos la escena final de la película, quedamos en vernos
en Ginebra. Le digo: «Te llamaré». Pero Bedi me llama a Montecarlo y me dice que
quiere ir conmigo a Barcelona, donde a fines de esa misma semana empiezo a rodar
la siguiente película.

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Hasta el momento, Bedi y yo no habíamos tenido ocasión de follar tanto tiempo
seguido sin interrupción como ahora, en Barcelona. Ya no pegamos ojo por las
noches. Al amanecer, cuando me vienen a buscar para rodar, Bedi va conmigo.
Acabada la sesión de rodaje, nos vamos directos a la cama. Y cuando, por la noche,
tenemos tanta hambre que ya no nos quedan fuerzas para follar, y nos sacamos
mutuamente de la cama para meternos en algún local —la bazofia del hotel Ritz no
hay quien se la coma—, siempre llegamos tarde y no nos dan nada para comer.
Bedi sólo se muestra desconfiada una vez: cuando Romina Power, que tiene
catorce años, y yo nos encontramos en los estudios, y le cojo la mano para no
soltársela en un buen rato.
En Roma, Romina se empeña en que su madre Linda Christian nos invite a su
casa. Y mientras Romina desaparece conmigo para enseñarme sus pinturas infantiles,
la madre de Linda, una bruja mejicana, le predice el futuro a Bedi. Le lee en las
manos que vamos a separarnos. Bedi y yo quedamos turbados.
Pasolini, que me ha mandado el guión de Pocilga, su última película, se presenta
en la Appia con una horda de chicos jóvenes, y quiere hablar conmigo. Pola está
conmigo, porque Bedi tiene que dejarse ver en casa de sus padres. No tengo ganas de
bajar al salón. Hablo por teléfono con Bedi, que me ha llamado desde Milán, y digo a
Pola que les sirva algo a los integrantes de la horda masculina mientras yo hablo con
Bedi. Gino también está.
Bajo una hora más tarde. En el salón reina una atmósfera algo violenta. He hecho
esperar a Pasolini más de una hora.
Pido disculpas por mi conducta y aduzco haber estado hasta ese momento
leyendo el guión, pero no lo entiendo. En realidad, Gino me ha explicado
previamente de qué va ese bodrio.
Desde luego, el argumento es un poco excesivo. El personaje principal, que
debería interpretar yo, es un tipo que, impulsado por el hambre, ataca a un guerrero
bien formado y lo devora. Y lo ponen cachondo las musculosas formas de su comida.
Esa historia, después de todas las paridas que he tenido que rodar hasta ahora, parece
soportable. Pero el sueldo no. El productor Doria es de los mejores de Italia, pero si
yo cobrara por todas mis películas el salario de hambre que él me ofrece, tendría que
acabar comiéndome, para sobrevivir, a Doria o quizás incluso a Pasolini. Gino y yo
hemos acordado subir mis exigencias económicas a cada nueva película Por eso a
Gino no le frustra que no acabemos firmando el contrato.

I bastardi con Margareth Lee y Rita Hayworth en España. En principio, Bedi


quería venir conmigo enseguida, pero vendrá algo más tarde. Margareth tiene una
amiga peluquera a la que trae a Madrid. Me propongo seducir a la peluquera, que es
tan lesbiana que me pega en las manos cuando le meto mano a Margareth.

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Las invito a las dos a mi habitación del hotel Palace. Bailo con la peluquera
mientras Margareth se masturba en la cama Ya tengo el dedo dentro del coño de la
peluquera… Y en eso suena el timbre. Abro la puerta con la intención de pegarle una
bronca al aguafiestas, pero me encuentro a Bedi, que se me echa impetuosamente al
cuello. ¡Al menos podría haber telefoneado o mandado un telegrama! Hago durar al
máximo la escena de bienvenida en el recibidor de mi apartamento, para que las dos
de dentro puedan arreglarse la ropa. Antes de presentárselas a Bedi, le digo al oído:
—Son dos lesbianas. Ya se iban.
Cuando Bedi vuelve a Italia, me dedico por fin a Rita. Desde que ha estado
casada con Alí Kahn y Orson Welles, Rita ya no es la pin-up girl que se la ponía tiesa
a los marines, pero sigue siendo una mujer guapa. Se aloja, como yo, en el Palace;
una noche, me enseña su apartamento, que es aún más hortera que el mío.
El Corral de la Morena es el local de flamenco más famoso del mundo entero. En
él actuaron Carmen Amaya y La Chunga, y en él bailan, cantan y tocan aún las
mejores jóvenes promesas gitanas. Las chicas, sentadas en una fila de sillas delante
de la pared, se ríen entre dientes y cuchichean, pues no dejo de mirar ni un momento
a la más joven de ellas.
Después del espectáculo, va conmigo al Palace. Tiene un culo tan desvergonzado
que me deslizo sigilosamente tras ella cuando va al lavabo a mear. La levanto a pulso
de la taza del retrete y la amorro contra uno de los lavamanos de mármol. Cuando la
chica ya colea como un pez fuera del agua y yo estoy a punto de correrme dentro de
ella por detrás, ceden las grapas que sujetan el lavamanos a la pared, y un chorro de
agua caliente brota de los tubos rotos. Salimos corriendo del cuarto de baño, cerramos
a cal y canto la puerta y continuamos el número en la cama. Pero no sólo se cuela el
vapor por las rendijas, sino que también el agua caliente penetra en el dormitorio por
debajo de la puerta. El portero de noche nos manda a un lampista que cierra la llave
de paso y se pone a trabajar en el cuarto de baño. La del culo descarado se entierra
debajo de la colcha hasta que el lampista ha acabado de sellar el tubo.

He vuelto a cambiar de coche. De siete Ferraris, me he cargado cuatro, y ahora


me dispongo a cambiar mi sexto Rolls por otro Ferrari. En el último cambio perdí
unos 40 000 marcos. En los cuatro años que llevo en Roma he comprado y cambiado
dieciséis coches. Tres Maseratis, siete Ferraris y seis Rolls Royce. En la casa me he
gastado más de 300 000 marcos, a pesar de que no es mía. Tengo a siete personas a
mi servicio: un chófer, un jardinero, dos criadas, un mayordomo, una cocinera y una
secretaria. Sólo el personal me cuesta más de 7000 marcos al mes. La vida me sale
por unos 8500 marcos mensuales. El caviar ruso y el champán, que ofrezco a todo
hijo de vecino, me cuestan unos 10 000 marcos. Incluso el portero y los obreros del
gas se toman una copa a menudo, y una vez hasta los bomberos, que habían venido a

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apagar un fuego en la finca contigua y me habían pedido que les dejase enchufar en
mi casa sus mangueras.
Pero los que más jalan y privan en la Appia son los periodistas. Una periodista
alemana vomita en una alfombra china porque le entran más cosas por los ojos de las
que le caben en el estómago. Luego escribirá en una revista del corazón que me como
el caviar a cucharadas.
A esos gastos se suman la ropa, los viajes, la gasolina, las facturas del teléfono —
de 8000 a 10 000 marcos—, y los constantes cambios de coche, que se tragan una
auténtica fortuna. Aunque corro de una película a otra (hasta once películas al año, y
una vez incluso tres al mismo tiempo), y mi sueldo ha subido a 50 000 marcos al día,
estoy constantemente falto de dinero.
Las dos próximas películas, por las que me han dado un adelanto, se han ido a
hacer gárgaras. La productora se ha quedado sin dinero ya antes de empezar el rodaje.
Aquí esto no tiene nada de raro, pero yo no contaba con ello en este momento.
Bedi nunca tiene mucho dinero en su cuenta corriente. Todas sus facturas las paga
su padre, por abultadas que sean. Bedi y yo nos vamos a Milán y cogemos sus joyas.
Pero no puede venderlas. Gino las lleva a una casa de empeños en Roma Podría haber
pedido una fortuna por ellas, pero me trae sólo 50 000 marcos para facilitarme el
despegue. Bastará para unas cuantas semanas, hasta que empiece la próxima película.
Desde la época del prestamista que se quedó con el anillo de bodas de mi madre, lo
único que han cambiado son las cifras.
Las dos películas siguientes son una bélica en el noroeste de Italia y una de
gángsteres en Génova. Bedi acude a toda velocidad con su Ferrari desde Milán a
Montecauni, Livorno y Génova, pese a la nieve, la niebla y las autopistas heladas.
Para una noche. Para un día. Para unas horas. Cuando Bedi no puede moverse de
Milán, soy yo quien, a bordo de mi Ferrari, salgo disparado para allá en cuanto acaba
el rodaje. Para una noche. Para unas horas. Nos encontramos en el Principe di Savoia
en el que Bedi vive ahora permanentemente, además de utilizar su piso de Milán y las
casas de los Moratti.
Bedi no puede más. Después de nueve meses y medio conmigo, está para el
arrastre. Se derrumba física y psíquicamente y tiene que ingresar en una clínica suiza.
Yo tengo que irme a Londres.
En un club beat de Londres, Revolution, conozco a Luna, la modelo negra más
alta del mundo. Debe de medir por lo menos dos metros, creo. Le digo que me la
llevaré a Roma. Toni pone cara de mala leche. La he conocido un día antes, durante el
rodaje; me la he llevado al hotel, y esta noche hemos ido juntos al Revolution. La
productora le ha alquilado su diminuto perro de aguas, y Toni tiene que estar allí
durante el rodaje, porque, si no, delante de la cámara el perrito no camina en la
dirección correcta.
Toni lleva una minifalda tan corta que, cuando levanta la mano para hurgarse la
nariz, se le ven las nalgas y el coño. Es una London girl de la cabeza a los pies, y sólo

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habla cockney, una jerga que entienden solamente los que también la hablan.
Como iba diciendo, Toni está de morros, pues odia a todas las demás chicas con
las que entro en contacto, y sin duda maldice ya en su fuero interno a Christiane, mi
pareja en la película. Se me había olvidado del todo que a Toni también le he
prometido llevarla conmigo a Roma. Para no armar un lío monumental, y para salvar
lo que aún pueda salvarse, le doy a Toni dinero para un billete de avión y le digo que
se reúna conmigo en Roma una semana más tarde.
Luna, Toni, Christiane y yo bailamos hasta el amanecer. Luna conoce a casi todos
los demás clientes, y todos la conocen a ella. Es tan alta que Roman Polanski tiene
que colgársele del cuello para poder saludarla con un beso, aunque sea en el ombligo.
En Londres fumo —por última vez— tantos porros que me estiro desnudo, al
viento helado, en el balcón de mi apartamento, hasta que vuelvo en mí. Luego me
zampo ocho emparedados y bebo tres litros de leche fría. Esta vez he tenido bastante
para el resto de mi vida. A partir de ahora, Luna, que fuma porros noche y día y los
lía incluso cuando está sentada en el lavabo, tropieza con un rechazo total por mi
parte.
En Roma se arma la de san Quintín. Toni vuelve a poner mala cara porque tengo
que rodar con Christiane en Cinecittà, y no puedo estar por ella. Pero sobre todo odia
a Luna, que se ha traído —pagando yo, claro— a Henry, un modisto maricón amigo
suyo y ha sentado sus reales en la Appia. Henry y Luna han traído tanto equipaje que
tenemos que alquilar un camión en el aeropuerto.
Henry se parece a Oscar Wilde en su juventud, tiene bucles castaños que le llegan
hasta los hombros, sólo lleva ropa de terciopelo negro, es callado y agradable, y, con
tal de tener champán y lujo en abundancia, se siente el hombre más feliz del mundo.
Luna ignora a Toni, como si ésta se hubiera quedado en Londres y no estuviera
sentada con ella en la misma mesa en Roma. No cruzan una sola palabra. Toni
tampoco se habla con Christiane. Los primeros días, cuando me encierro con Luna,
aporrea la puerta de mi dormitorio y berrea: «¡Fóllame!».
Luego apenas me habla. Y cuando le digo: «Voy a follarte», me replica: «¡Fóllate
a ti mismo!».
Mi casa de la Appia se convierte en un garito de drogadictos. Toni detesta todas
Las drogas. Es una chica sana, aún sin corromper. Pero Luna ya no se conforma con
hacerle liar los porros a Henry, para así no dejar de fumar ni un momento. Cada día,
cuando vuelve a casa después de pasar el día en la ciudad, trae consigo, como el
flautista de Hamelín, una larga cola de hippies, que se instalan como cornejas en la
casa, llenándola sin tardar de humo, desde la planta baja hasta el último piso.
Un día, Christiane acude a mí corriendo, desesperada, porque ha encontrado a
Luna y un hippie en su dormitorio chutándose morfina en las venas, rodeados de
jeringuillas sanguinolentas. Los echo a todos a patadas, incluyendo a Luna.
Hasta ahora, encontraba cada día en mi cama un trozo de papel garrapateado por
Luna. En los papeles se leía «Kinski es nuestro Dios», y «Damos gracias a nuestro

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Dios por habernos dado esta casa para siempre». ¡En buena me había metido! Cuando
la obligué a hacer las maletas, Luna pintarrajeó con lápiz de labios las paredes de su
dormitorio: «¡Kinski es el diablo!».
A Toni la dejo quedarse. Pero también tiene los días contados.

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En las afueras de una aldea situada en las montañas pobladas de jungla de
Vietnam del Sur, cerca de Dâlat, donde habitan los moi, hay una niña de cuatro años
que chilla. Esa niña nada sabe de la sucia guerra que está aniquilando a su pueblo
desde hace más de diez años. Nada sabe de las patrullas de los invasores, ni de los
vietcongs que avanzan sigilosos por la jungla. Y nada sabe de la trampa para tigres en
la que ha caído esta tarde. No la había visto, pues los aldeanos cubren las trampas con
cañas de bambú.
Grita porque al caer se ha herido en la pantorrilla. Grita sin parar. Pero nadie oye
sus gritos. Los cuatro metros de profundidad de la zanja absorben todos los sonidos y
no dejan salir ninguno al exterior.
Al caer la noche de la manera repentina en que lo hace en la jungla, los aldeanos
han interrumpido la búsqueda de la niña que se había ido a jugar y no ha vuelto.
Conforme avanzan las horas, los gritos de la niña van haciéndose más débiles,
hasta enmudecer por completo. Sólo el lechón encerrado en una estrecha jaula de
bambú en el fondo de la zanja, y encargado de atraer al tigre con su olor, gruñe
inquieto y tiene miedo.
La niña se ha dormido y ya no oye ni los gruñidos del lechón ni el leve jadeo del
tigre, que ya ha localizado al lechón por su olor y ronda silencioso la trampa, de un
metro de ancho y dos de largo.
Cuando amanece, los aldeanos reanudan la búsqueda de la niña y descubren el
rastro del tigre, cuyas zarpas dejan claras señales en la tierra húmeda. Los aldeanos se
acercan a la trampa armados de afiladas cañas de bambú, y el más valiente de ellos se
asoma al borde de la zanja para averiguar el tamaño del tigre. Pero no le ruge un
tigre, sino que le sonríe la niña, mientras acaricia al lechón, que duerme, con los
dedos metidos por entre los barrotes de la jaula de bambú.
Minhoi, la niña de cuatro años salida de la trampa para tigres, tiene hoy
diecinueve años y está delante de mí. La abrazo y quiero besarla. Como si ya
conociera esa historia y durante los quince años pasados desde entonces no hubiera
hecho otra cosa que esperar el momento de abrazar y besar a esa chica a la que no
conozco, un momento que se me figura la culminación de todos mis anhelos
amorosos.
La belleza chocante y misteriosa de su rostro exótico queda aún más subrayada
por esa mirada agresiva de animal prisionero que ha sido trasladado a la civilización
y que aquí, en la Via Appia Antica, se encuentra tan fuera de lugar como en el resto
del mundo supuestamente civilizado. Molesta e indignada por mi impertinencia, se
zafa bruscamente de mi abrazo.
Su cabello largo y pletórico, del color de las castañas tostadas, cae pesadamente
hacia abajo. Las cejas forman como dos lunas crecientes por encima de las lejanas
estrellas oscuras de sus ojos oblicuos y almendrados. La perfección de su rostro oval
sólo es comparable a la de sus gatunos pómulos de asiática. Su piel de color ocre no
tiene la menor arruga, ni siquiera por debajo de los ojos. Los labios superior e inferior

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de su boca de resplandor violeta son abultados pero de formas regulares, y de una
seriedad tan sigilosa que la ruidosa cháchara de los invitados enmudece para mis
oídos.
Tiene un cuerpo infantil, como la mayoría de las vietnamitas. Sus pechos apenas
se marcan en la tela gruesa de su minivestido en forma de trapecio, sobre el cual lleva
un abrigo abierto de leopardo que, como su cuerpo, desprende un embriagador aroma
oriental. Sus manos esbeltas de niña son calientes y suaves, y sus uñas pintadas de
negro son tan largas como las de una princesa china.
Estoy celebrando una fiesta en mi casa. He invitado a todos mis amigos,
diciéndoles que traigan a quienes deseen. Pero ninguno de los presentes conoce a la
vietnamita. No ha venido con nadie, y nadie la ha visto entrar.
Las mesas están repletas de champán y caviar y todas las delicias imaginables. De
los altavoces brota música rock. Los invitados comen, beben, charlan, ríen, bailan.
Cada uno puede hacer lo que le apetezca, y yo no estoy pendiente de nadie. Sólo veo
a esa mezcla de china e indonesia, cuyo pueblo es para mí, a partir de hoy, el más
hermoso de la Tierra.
No me enfado porque me haya rechazado tan abruptamente. Ha sido culpa mía. Y
mi ansiedad va creciendo mientras sigue sin ocurrírseme ningún modo de ganarme su
amor. Y es que cuanto más intuyo, o mejor dicho, cuanto más seguro estoy de que
caeré en sus redes para siempre, más se apodera de mí un inexplicable miedo a
perderla antes de haberla poseído.
Mi cerebro trabaja enfebrecidamente. Ante todo, tengo que sacarla de esa
vorágine humana. Pero ¿cómo? ¿Con qué pretexto? El azar acude en mi auxilio.
Tiene hambre. O por lo menos apetito, pues intenta llegar a la mesa donde está el
caviar, sobre la que los invitados se lanzan como pirañas. Me abro paso por entre la
masa de glotones, lleno de caviar dos cuencos de madera, los pongo en un plato,
amontono en otro montañas de salmón, finísimas lonchas de foie y trufas blancas
trinchadas, me pongo bajo el brazo una botella abierta de Dom Pérignon y busco a
Minhoi.
Está de pie delante de la chimenea barroca de tres metros de altura, y se calienta
con las vivas llamas, que, junto con cientos de velas, iluminan el salón con su luz
aleteante. A pesar del abrigo de leopardo, Minhoi parece tener frío.
En todo el salón no hay una sola silla libre, ni un sillón, ni un diván en el que
pueda sentarse Minhoi. Ésa es mi oportunidad. Le digo que en mi habitación azul
podrá comer y beber con toda tranquilidad, y la llevo al piso de abajo. Mando a otra
parte a los criados de librea y guantes blancos que se disponen a caldear la habitación
azul, y enciendo fuego yo mismo.
En la habitación azul, cuyas paredes están forradas de seda italiana azul, cuyas
ventanas están veladas por cortinas de seda azul, y cuyo suelo está cubierto por
alfombras chinas con dibujos azules, sólo hay una cama francesa, cubierta por una

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colcha también de seda azul. De la iluminación se encarga un candelabro situado en
el borde de la repisa de la chimenea.
Dejo los platos encima de la colcha de seda y le pido a Minhoi que tome asiento
en la cama. Pero ella prefiere comer de pie.
—¿Tienes cocaína? —me pregunta de repente, como un niño que se imagina un
pudin de chocolate una vez que ha acabado de comer.
—No. No tengo. Ni quiero que esnifes.
—¿Hachís?
—Tampoco. Y, sobre todo, haz el favor de comer sentada, porque, si no, no te
alimenta.
—Si no hay droga, es insoportable.
—¿El qué?
—La vida.
—Eso que dices no es verdad. Pero si te lo comes todo como una buena niña, te
traeré algo.
Subo las escaleras todo lo rápido que puedo hacerlo sin caerme, y, de nuevo en el
salón, le pregunto a todos los invitados con los que me cruzo si tienen hachís. Una
chica me da un porro ya liado, y lo enciendo enseguida. En el momento en que voy a
lanzarme escaleras abajo de vuelta a la habitación azul, Toni me cierra el paso.
—¡Házmelo! ¡Fóllame! ¡Quiero que me folles ahora mismo!
La aparto a un lado y bajo de un salto los siete escalones que me separan de la
habitación azul. Me tortura el miedo a que Minhoi pueda no estar ya allí. Cuando
abro de un golpe la puerta de la habitación azul, la veo salir del lavabo. Le doy el
porro, y ella inhala el denso humo a largas chupadas. Cuando ha acabado de fumar, se
echa en la cama. Ya está relajada…
Se han ido ya los últimos invitados. Afuera empieza a hacerse de día. Gorjean las
primeras alondras… El día llega lleno de dulzura, igual que ha llegado Minhoi a mi
vida.

En el jardín, Enrico lava el Rolls Royce o el Ferrari. Los chapoteos y rastrilleos


del jardinero me torturan hasta la fibra más íntima. Llamo a la cocina por el teléfono
interior y le digo a Clara, mi ama de llaves, que los mande a todos a freír espárragos,
incluida la cocinera, todos. Quiero estar solo con Minhoi.
Toni no me ha perdonado el desplante. Odia a Minhoi aún más que a Luna. Con
su instinto femenino, ha comprendido lo que Minhoi significa para mí. Toni no me
habla desde hace una semana. No se habla con nadie, ni siquiera con Clara. Cuando
me dirijo a Toni para pedirle que venga a la mesa, se aparta de mí, y no se sienta a
comer hasta que Minhoi y yo hemos acabado y nos hemos levantado ya. Al cabo de
una semana se da cuenta por fin de que no hay esperanza.

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Toni llora. La hice venir a Roma para follármela. A Luna la traje como quien
arranca una larga rama de un árbol. Toni me enrollaba de verdad. Su cuerpo sano y
fuerte, que yo sólo penetraba en cuclillas, aumentaba la intensidad de mi deseo tras
cada eyaculación, y cuando Toni me decía «Fóllame», la polla se me ponía tiesa
como un palo.
Hoy todo eso ya no cuenta. Ya no cuenta nada, excepto Minhoi.
No puedo ver llorar a Toni. No quería hacerle daño.
—No volverás a follarme nunca más —solloza Toni, llena de tristeza. Se le
escapan los mocos por la nariz. Como un pilluelo callejero, se la limpia con el dorso
de la mano. Le doy un pañuelo, en el que se suena como un elefante barritando.
Cuando quiera, Enrico la llevará al aeropuerto.
No era cierto lo que Toni me dijo el último día. Aún no han pasado diez horas
desde su partida de Roma, cuando llega su primera postal desde las Bahamas. Al
cabo de tres días más llega una carta. La última postal viene de Londres. En la carta y
en las postales me indica su dirección y su número de teléfono y me pide que la
llame. Y la carta y las postales acaban con la frase «¡Fóllame!».
Minhoi aún tiene todas sus cosas en París, donde ha estado viviendo hasta ahora,
y donde fue a la escuela a partir de los siete años de edad. Saqueo para ella las
boutiques de Roma y le compro todo lo que le gusta. Si no encuentra sus guantes,
porque los ha dejado en París, le compro veinte pares. Si se le ha hecho una carrera
en el jersey, le compro cincuenta jerseys nuevos, de todos los colores y calidades. Si
empieza a hacer demasiado frío para su abrigo de leopardo, le compro uno de marta
cibelina que le llega hasta los tobillos. Si le aprieta un zapato, le compro un montón
de zapatos nuevos. Y si necesita un lápiz de labios o esmalte de uñas, le compro
cosméticos por un valor de varios miles de marcos. Me deshago del Rolls Royce
descapotable y compro un Rolls Royce Phantom con bar incluido.
Encargo una caravana azul oscuro de nueve metros de largo, que parece un coche
cama de Cook’s. Para las paredes, las colchas, los manteles, las cortinas, los cojines y
los almohadones exijo seda virgen. El suelo está forrado de terciopelo. Las puertas y
armarios son de teca. Los tiradores de las puertas, los pomos y los grifos, con baño de
oro. Para las ventanas, visillos de seda. El recibidor, el salón, el vestidor y el
dormitorio están separados por puertas correderas. El aire acondicionado, la
calefacción, el televisor, la radio, el magnetófono, el cassette, el tocadiscos y el
radioteléfono están instalados en armarios sujetos a las paredes. Apliques con globos
de cristal esmerilado proporcionan una iluminación suave. Los dos altos espejos de
cristal están rodeados de un marco de bombillas. Comemos a la luz de las velas. La
electricidad la suministra un generador propio; el vagón está al cuidado de un chófer,
un criado y una cocinera.
La caravana es para Minhoi, que me acompaña a todos los países y asiste a los
rodajes, aunque sea de noche. Ningún lujo me parece excesivo para ella A Minhoi le
encanta todo lo que hago por ella. Pero siempre me mira atónita e incrédula, como si

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yo hubiera hecho algo mal. Todavía no me he dado cuenta de que todo ese despilfarro
de dinero no sirve absolutamente para nada.
Aunque no tengo el menor motivo, estoy tan celoso que apenas puedo soportar
que Minhoi hable por teléfono con su amiga de París. Si escribe cartas, las tiro a la
basura. Lo mismo hago con las que recibe. Si alguien la llama, digo que no está. No
quiero que Minhoi dé un paso sola Temo por ella constantemente.
Cuando sale a pasear por nuestro jardín y la pierdo de vista un momento, me
pongo a buscarla con desespero, como si ya la hubiera perdido. Me interno por entre
las hierbas de la altura de un hombre que cubren el inacabable terreno, busco entre
los arbustos silvestres y los enmarañados matorrales y penetro a rastras en las ruinas
de las catacumbas romanas que, a cientos de metros de la casa, van a dar al muro
cubierto de zarzales. Cuando estamos en casa y descubro que no se encuentra donde
yo suponía, registro todas las plantas hasta encontrarla. Incluso por la noche me
despierto sobresaltado cuando ella se da media vuelta hacia el otro lado y no siento el
contacto de su cuerpo o, por lo menos, su mano.
No pretendo coartar la libertad de movimientos de Minhoi, y sé que yo tampoco
puedo vivir en esa constante tensión. Si ahora, aunque Minhoi yace a mi lado, mi
fantasía me juega en sueños malas pasadas, ¿qué ocurrirá cuando tenga que estar un
día sin ella? Alejo de mí ese pensamiento, porque soy del todo incapaz de
imaginarme semejante situación.
Minhoi necesita mucho tiempo para acostumbrar a su alma asiática a los terribles
extremos de mi carácter. Por un lado, soy irritable, colérico, tengo unos prontos
incontrolables. Hablo mal francés, reacciono injustamente cuando Minhoi no me
entiende a la primera, y los malentendidos, a propósito de los cuales me monto todo
un mundo de abstrusas sospechas, me emponzoñan el cerebro y el alma. Por el
motivo más nimio me muestro decepcionado, desesperado, y mis estallidos de ira no
conocen límites. Por el otro lado, soy considerado hasta la autonegación, y amo con
tal desmesura que también con esto asusto a Minhoi.
Pero cuando más comprende Minhoi el miedo que siento por ella, cuanto más va
absorbiendo mi amor, que al principio la asustaba, más sensible se vuelve, y más
raramente se aleja de mi lado. Para tranquilizarme, nunca se pone al teléfono. Deja de
hablar por teléfono completamente. Y ya no escribe a sus amigos. Tira, ante mis ojos,
su libreta de direcciones a la chimenea encendida.
Para poder comprenderme y aguantarme, hace falta quererme como me quiere
Minhoi. Pronto mejoro mi francés —que hasta ahora hablaba «como un negrito», en
cariñosa expresión de reprimenda de Minhoi—, y aprendo de Minhoi a dominarme y
tener paciencia. Y, así, esa niña salida de una trampa para tigres en Vietnam se
convierte en una maestra que cambiará toda mi vida.
Hoy la busco por todas partes. En la casa. En el jardín. En el más remoto rincón
de la finca. En un ataque de celos, la he insultado y le he dicho que no aguanto más
vivir con ella. Lo cual es la mayor paradoja imaginable, porque Minhoi es mi vida.

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Cuando empieza a oscurecer, la encuentro en la habitación de la tone, donde no
he buscado antes porque ella, temerosa de los murciélagos que revolotean, nunca
sube allí. No ha encendido la luz. Está oscuro. Casi tropiezo con ella. Le toco la cara,
que está completamente bañada en lágrimas. La beso y le pido perdón. Luego voy a
la cocina para traerle algo de comer. Es domingo, y no hay nadie del personal.
Cuando vuelvo a la tone, Minhoi se ha desplomado hacia adelante. Sobre la
alfombra hay un tubo de barbitúricos vacío. Levanto a Minhoi e intento obligarla a
andar de un lado al otro. He oído decir que eso es útil en casos de intoxicación por
barbitúricos, pues ayuda a los sistemas circulatorio y nervioso y a todo el organismo a
despertar de la narcosis que empieza a paralizarlos. Minhoi no puede andar, tengo
que mantenerla en pie. Tampoco puede hablar, ya sólo balbucea. Sin embargo,
cuando, presa del pánico, la zarandeo, y su cara choca contra la mía, me abraza
cariñosa y me besa en la boca.
Creo que voy a perder la razón. ¡Tengo que sacarla al aire libre! El ascensor tiene
un cortocircuito, y tengo que llevarla a hombros por la escalera de caracol hasta el
tercer piso. En las escaleras que llevan al salón, se derrumba en mis brazos. La llevo a
la habitación azul. El pulso le va tan rápido que ni siquiera puedo contar las
pulsaciones. Gime, se echa mano a la garganta, jadea y boquea en busca de aire. Abro
las ventanas de par en par, me precipito escaleras abajo hasta la cocina y cojo una
botella de leche fría De regreso a la habitación azul, me arrodillo en la escalera.
—¡Dios mío! ¡No dejes que se muera Minhoi, que es quien me ha enseñado a
vivir!
Cuando entro en la habitación, Minhoi se ha caído de la cama y se retuerce entre
espasmos en el suelo. Si la leche no cumple su función de antídoto, por lo menos
servirá para que vomite. Ya le he hecho tragar la mayor parte de la leche, pero no
aprecio en Minhoi ningún signo de mejoría, y tampoco vomita.
Telefoneo a todos los médicos que conozco. Ninguno contesta. Hace tan buen día
que están todos fuera de casa. Minhoi ya no puede respirar. Se hincha y se pone
morada. Le hago un masaje cardíaco; aprieto mi boca contra la suya y le insuflo mi
aliento en la garganta. Luego la arrastro al cuarto de baño y dejo correr el agua fría
por su cara, su nuca, su corazón y sus muñecas…
Minhoi acaba vomitando y superando la crisis. Durante tres días no la suelto de
mis brazos. Por primera vez, me habla de su vida.
La noche en que nos encontramos, Minhoi me pidió cocaína y hachís. Ahora
comprendo por qué. No es una drogadicta. No bebe alcohol, ni siquiera vino, y
tampoco fuma cigarrillos.
Tomó esas drogas unas cuantas veces en París, y también LSD, porque no podía
soportar más la vida. La vida en París. La vida en Europa. La vida en todo el resto del
mundo, desde que la arrancaron, como una planta, de la jungla de su infancia en
Vietnam. A los siete años empezó a comprender que estaban aniquilando
sistemáticamente a su pueblo y a su país, a los que no podría regresar nunca, porque

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exterminaron a todos sus parientes. Ya no era capaz de soportar la vida sin
narcotizarse.
Desde que está segura de mi amor y sabe que yo tampoco puedo vivir sin ella,
desde que yo empiezo a comprenderla y desde que ambos hemos comprendido que
hemos nacido sólo para encontrarnos, Minhoi ha recobrado la confianza en su vida.
Para mí, Minhoi se convierte en el punto de referencia a partir del cual me orientaré
de ahora en adelante.
Me hace adquirir la conciencia de por qué vivo. Logra lo que no había logrado
ninguna persona en tantos años. Me enseña a usar correctamente el dinero. Me
convence de que no hace falta agasajar con caviar y champán a todo quisque, y de
que no hay derecho a tirar por la ventana diez millones de liras al mes. De que no
necesitamos un chófer que se pasa todo el día rondando y nunca está contento. De
que no necesitamos un jardinero que no hace otra cosa que rastrillar la grava siempre
en el mismo sitio. De que debería despedir a mi secretaria, que sólo sirve para
presentarme facturas impagadas que yo pago una y otra vez, porque nunca llevo
control de las facturas. De que no necesitamos una cocinera que se lleva a su casa
cada mes los comestibles que yo pago, mientras nos pone en la mesa los restos del día
anterior. De que no necesitamos un mayordomo ni dos criadas. De que no hace falta
tener un Rolls Royce ni un Ferrari. De que podemos renunciar a la casa de la Appia.
Me pregunta si he olvidado lo que realmente busco en la vida. Si me he olvidado de
mi velero. De mi libertad.
Ya había acordado comprarle la casa de la Appia Antica a su propietario, el conde
Marcello, de Venecia. Ahora ya no firmaré el contrato. Minhoi tiene razón. Todo esto
es una mierda. De aquí a unos años volveré a estar en el mar, y a mis cuarenta y pico
de años dejaré atrás los guetos de los humanos, sus cárceles, sus manicomios. Las
sumas que exigía por mi trabajo, para luego dilapidarlas, eran la anestesia que
necesitaba para vivir una vida en la que no parecía haber escapatoria para mí.
Nos mudamos. No me devuelven ni un céntimo del dinero que me he gastado en
la casa. Despido a todo el personal. Sólo me quedo con Clara, que seguirá
haciéndonos de madre en nuestro nuevo piso de la Flaminia Veccia.
Antes de curarme del todo, me deshago del Rolls Royce y me compro a cambio
un Maserati.
Películas del Oeste. Una tras otra. Las películas son cada vez más lamentables y
los supuestos directores cada vez más inútiles. Y, cuanto más inútiles son, más
insolentes se vuelven. Hay uno que se llama Mario Costa. Me niego a seguir sus
instrucciones durante el rodaje, y él me amenaza:
—Haré lo posible por que te echen de Italia.
—¿Por qué? —replico—. No he cometido ningún delito y tengo derecho a estar
aquí.
—Por lo menos nunca más volverás a rodar una película.

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—Eso no deberías haberlo dicho, tío chalado. Nadie, excepto Dios y yo, y
muchísimo menos un piojo como tú, puede decidir cuándo dejaré de rodar películas.
Pero cuando llegue ese momento, tú ya estarás muerto.

Biggi vive con Nastassia en Munich. Durante el último año y medio, ha


mantenido la imperturbable esperanza de que volveríamos a estar juntos. Tengo que
hacerle entender que ya no puedo volver a su lado. Ella no sabe lo que Minhoi
significa para mí.
Intento explicárselo mediante cartas e incontables conversaciones telefónicas. Por
fin acaba accediendo a que nos divorciemos.
Minhoi y yo empezamos a correr de aquí para allá a fin de resolver las cuestiones
de papeleo para la boda. Cuando un funcionario del registro civil pregunta a Minhoi
por los nombres de sus padres, ella se agarra a mí; los sollozos no la dejan hablar. La
estrecho fuertemente entre mis brazos. Me susurra al oído, con voz ahogada por las
lágrimas, que es huérfana y nunca conoció a sus padres. Le indico al funcionario
mediante una seña que haga el favor de no preguntar más. El hombre tiene su
corazoncito, y deja sin respuesta las preguntas del formulario. Sólo más tarde, en las
escaleras, me doy cuenta de lo que realmente significan las palabras de Minhoi.
El 2 de mayo, un radiante domingo de primavera, Minhoi y yo nos casamos en
Roma, en el Capitolio. La ceremonia tiene que retrasarse varias horas. Los flashes de
los fotógrafos y los zumbidos de las cámaras de las televisiones y del informativo
cinematográfico sacan de quicio al funcionario.
—¡¿Cuándo empezamos?! —exclama, porque siente que está de más.
—Cuando yo lo diga —replico—. ¡Soy yo el que se casa!
Pero tanta fotografía acaba cansándonos también a nosotros. Le pego otro buen
trago a la botella de champán.
—¡Venga, rápido! —le grito al funcionario.
El funcionario, un antiguo coronel ataviado con una banda, empieza a recitar sus
horribles fórmulas…
—No vale la pena que suelte toda esa letanía —le interrumpo—. Mi novia sólo
habla francés.
—Ah, pues yo también hablo francés —replica el coronel retirado, y sus labios
cadavéricos se aguzan gozosamente para soltar el rollo en francés.
—Huy, no, perdón, francés no —me corrijo—. Sólo habla chino. ¿Usted también
habla chino?
Toda la concurrencia estalla en carcajadas. Los fotógrafos y cámaras aprovechan
la oportunidad y se ponen a fotografiar y filmar como locos.
—No. Chino no —dice el coronel, rojo como un tomate.
—Bueno, pues entonces lo mejor que puede hacer es cerrar el pico —le digo,
mientras recupero la botella de champán que le había dado a un fotógrafo para que

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me la sostuviera.
—Si no se comporta con la dignidad que corresponde a este lugar, me niego a
casarlos —se insolenta el tipo, y empieza a quitase la banda, sin la cual, al parecer, no
le está permitido recitar su letanía.
—¡Vuelve a atarte el braguero y espabila, que a este paso no acabaremos nunca!
—grito, fuera de mí, pues ese casamentero ya me ha hecho perder la paciencia.
Al parecer se da cuenta de que se ha pasado de la raya, pues vuelve a ponerse
rápidamente la banda, de la que ya se había zafado a medias como un contorsionista.
A partir de ahora, se limita a nuestros nombres, fechas de nacimiento, nacionalidades,
fecha de la ceremonia, etcétera.
Luego nos pregunta si estamos de acuerdo en casarnos el uno con el otro. Suelto
una carcajada.
—¿Por qué piensa que estamos aguantando todo esto?
Firmamos el papelucho y salimos a toda pastilla en nuestro Maserati, con las dos
chicas que han hecho de testigos de boda, hacia el restaurante George, el más caro de
Roma. Después de la comida, me dedico a destrozar platos y vasos, y luego pago
todos los gastos; ha valido la pena. Me siento como si hubiera hecho añicos mi
pasado.

Mario Costa ha muerto. Tal como se lo profeticé, porque no era capaz de tener
cerrada la bocaza. Malvendemos el Maserati y la caravana. Nos compramos un Land-
Rover, cargamos nuestros sacos de marinero y salimos de Roma antes de que se haga
de día.
Primero viajamos a Munich, donde me espera Werner Herzog, que me ha ofrecido
rodar una película en Perú: Aguirre, o la cólera de Dios.
Biggi nos deja su piso, porque se va a pasar un año a Venezuela, donde Nastassia
va a la escuela.
En Munich me encuentro por la calle a Helmut von Gaza. Acaba de salir de la
cárcel en Italia, donde lo habían encerrado por pervertir a chicos menores de edad.
—¿Qué se sabe de los demás? —le pregunto para levantarle un poco el ánimo.
—Al principe Kropotkin lo han encontrado asfixiado con un cojín en su isla
española.
—¿Y Gustl?
—Gustl estaba casada con él. De esa manera consiguió ingresar en la nobleza
antes de morirse de cáncer.
Herzog, el productor de la película, también ha escrito el guión y quiere dirigirla.
Lo primero que hago es preguntarle cuánto dinero tiene.
Cuando viene a mi casa, está tan cohibido que apenas se atreve a entrar. Aunque a
lo mejor no es más que una táctica suya. En cualquier caso, se queda tanto rato
estúpidamente parado delante de la puerta que tengo que remolcarlo adentro. En

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cuanto está dentro del piso, empieza a explicarme la película sin que yo se lo haya
pedido. Le digo que ya he leído el guión y, por lo tanto, conozco la historia. Pero no
me escucha, habla y habla y habla. Creo que no podría dejar de hablar ni aunque se lo
propusiese. No es que hable deprisa, «por los codos», como se suele decir cuando
alguien habla mucho y deprisa, escupiendo las palabras. Al contrario. Tiene una
manera de hablar plúmbea más perezosa que un sapo, minuciosa quisquillosa
fragmentaria; de su boca brotan cascotes de palabras, que intenta retener al máximo,
como si le pagaran intereses por ellas. Pasa una eternidad hasta que por fin se saca del
cerebro uno de sus mocos mentales resecos. Luego se contonea en doloroso éxtasis,
como si tuviera llenos de azúcar sus dientes podridos. Una lentísima máquina de
parlotear. Un modelo anticuado, cuyo interruptor no funciona y es imposible parar, a
menos que se desconecte el interruptor central de la corriente. En fin: debería partirle
la cara. No, debería dejarlo inconsciente a puñetazos. Pero incluso inconsciente
seguiría hablando. Aunque le cortasen las cuerdas vocales, seguiría hablando como
un ventrílocuo. Aunque le rajasen el gaznate y lo decapitasen, seguirían brotándole
vaciedades de la boca, como los gases producidos por una putrefacción interior.
No entiendo en absoluto de qué está hablando, excepto que está enamorado de sí
mismo sin motivo aparente y está fascinado por su propia osadía, que no es más que
la ignorancia de un diletante. Cuando cree llegado el momento de que yo haya
comprendido lo cojonudo que él es, me confiesa, sin más preámbulos y con aire de
estar de vuelta de todo, las condiciones de vida y de trabajo que me esperan; es como
si estuviera leyéndome una merecida sentencia. Y afirma, con el mismo descaro y
ramplonería (por decirlo así, relamiéndose los labios, como si se tratara de un bocado
delicioso), que todos los que participan en el proyecto están dispuestos a aceptar con
alegría las inimaginables fatigas y privaciones que les esperan, con tal de seguirle los
pasos a él, a Herzog. Es más: todos ellos incluso arriesgarían su vida por él sin
pestañear. Por lo que respecta a él, está dispuesto a jugárselo todo a una carta para
obtener su meta. Cueste lo que cueste: «Película o muerte», como dice él mismo con
la insolencia de los estúpidos. Al mismo tiempo cierra los ojos, tolerante, ante los
abortos de su delirio de grandeza, que él confunde con genialidad. Eso sí, confiesa
sinceramente que a veces sus propias excentricidades le producen vértigo, pero se
deja arrastrar por ellas.
Luego, de forma totalmente inesperada, me sacude un mazazo al intentar hacerme
creer que posee sentido del humor. O, mejor dicho, lo deja entrever como quien no
quiere la cosa, negligentemente, por así decirlo; luego, en mitad del chiste, se muestra
cohibido, como si lo hubieran pillado haciendo algo malo.
Si al principio ha echado mano a triquiñuelas gastadas para atontarme, ahora
manda a hacer puñetas todas las normas de precaución y empieza a soltar mentiras
descaradas. Dice que le gusta hacer pillerías, que con él se puede ir a robar caballos,
etcétera. Y, como ya ha llegado tan lejos en su confesión, no quiere ocultarme que
está, como tantas otras veces, a punto de partirse de risa viendo lo travieso que es.

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Mientras yo empiezo a estar completamente seguro de que en toda mi vida no he
conocido persona más cazurra, encorsetada, acartonada, carente de sentido del humor,
de escrúpulos y de ingenio, deprimente, aburrida y fanfarrona que Herzog, él, con
total despreocupación, sigue desmenuzando los detalles más lelos e insulsos de sus
fantochadas, hasta que por fin, como un fanático ante un ídolo, se postra de hinojos
ante sí mismo, y persiste, obsesionado, en esa postura hasta que alguien se inclina
hacia él y lo libera de la humillación ante su propia persona.
Pero eso no es todo: después de abocar ese cargamento de toneladas de basura —
que ahora apesta por toda la habitación, produciéndome náuseas—, se las da, para
más inri, de ingenua, casi rural criatura inocente, de espíritu —subraya— poético y
soñador, como si no viviera en la realidad y no tuviera la menor noticia de lo brutal
que es el aspecto material de este mundo. Sin embargo, me doy perfecta cuenta de
que se cree un tío muy listo. De que no se le escapa ni el más mínimo gesto mío e
intenta desesperadamente leerme el pensamiento. De que se está calentando los
cascos para hallar la manera de aprovecharse de mí en todos los puntos del contrato.
En pocas palabras: de que tiene muy claro que me la va a dar con queso.
Pese a todo, accedo a rodar la película, pero única y exclusivamente por Perú. No
sé ni dónde está exactamente. En alguna parte de Sudamérica, entre el Pacífico, los
desiertos, los glaciares y la selva virgen más gigantesca de la Tierra.
El guión es de una primitividad analfabeta. Y en ello radican sus posibilidades.
En él, la selva virgen arde como algo que se contagia con sólo mirarlo. Un virus que
se inocula a través de los ojos y pasa a las venas. Siento como si conociera de otra
vida ese país de mágico nombre. Un animal encerrado jamás puede olvidar la verdad
de la libertad. El pájaro enjaulado asoma la cabeza por entre los barrotes, para seguir
con la vista el paso veloz de las nubes.
Le digo a Herzog que Aguirre tiene que ser un tullido, porque no tiene que
parecer que su poder procede de su físico. Tendré una joroba. Mi brazo derecho será
demasiado largo, como el brazo de un mono. El izquierdo, en cambio, será demasiado
corto, de manera que tenga que llevar sujeta a la parte derecha del pecho —soy zurdo
— la vaina de mi espada, en lugar de en la cadera, como es habitual. Mi pierna
izquierda será más larga que la derecha, de modo que tenga que arrastrarla. Caminaré
de lado, como un cangrejo. Tendré el pelo largo, me lo dejaré crecer hasta los
hombros antes de que empiece el rodaje. Para la joroba no necesitaré ninguna
prótesis, ningún maquillador que me toquetee. Seré un tullido porque quiero serlo.
Igual que soy guapo cuando quiero. Feo. Fuerte. Endeble. Bajo y alto. Viejo y joven.
Cuando quiero. Acostumbraré mi columna vertebral a la joroba. Con mi postura,
sacaré los cartílagos de las articulaciones y manipularé su gelatina. Voy a ser un
tullido hoy, ahora, inmediatamente. A partir de ahora, todo se hará en función de mi
contrahechura: las ropas, la coraza, las sujeciones de las armas, las armas
propiamente dichas, el casco, las botas, etcétera.

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Establezco el vestuario, arranco unas cuantas páginas de libros con grabados
antiguos, expongo las modificaciones que deseo, y, para encontrar la coraza y las
armas, vuelo con Herzog a Madrid, donde, tras días de búsqueda, extraigo de las
montañas de chatarra oxidada la espada, el puñal, el casco y la coraza, que hay que
recortar adecuadamente debido a mis defectos físicos.
El viaje hasta la selva virgen es un tormento brutal. Viramos amontonados en
trenes vetustos, camiones achacosos y autobuses como jaulas; comemos y dormimos
al aire libre como cerdos. A veces nos metemos en barracas de hojalata u otras
cámaras de tortura. Llegamos a olvidarnos de lo que es dormir. Apenas podemos
respirar. Ni lavabos, ni posibilidad de lavarse. Muchos días y noches. Estoy siempre
vestido, porque de lo contrario los mosquitos se encarnizarían conmigo. Me siento
como si estuviese todo el tiempo debajo de una ducha de agua hirviendo. Estar dentro
de una casa es morirse. Pero afuera hace el mismo calor ponzoñoso. Vertederos de
basuras convertidos en montañas por los pies que los pisan, rodeados de charcos de
estiércol y meados y mierda humana Los habitantes tiran en esa balsa infernal los
ojos y las tripas arrancados a los animales sacrificados. Negras aves carroñeras, del
tamaño de perros dogos, se pasean y se posan en ese horror, como si fuera su
propiedad privada.
Adonde quiera que mire, veo esas infames barracas de cemento a medio construir,
con tejados de chapa. Ojalá no tuviera que ver más esas barracas de cemento a medio
construir y con tejado de chapa. Aquí no hay nada acabado. Todo está abandonado en
plena faena, como si la putrefacción les hubiera cogido por sorpresa. Por todas partes
persianas metálicas y rejas, como para escarnio. ¿Para qué?
Montañas de basura, aguas residuales, ojos, tripas, aves carroñeras y… antenas de
televisión. (Como en Nueva York, París, Londres, Tokio, Hong Kong, pero aún más
infame).
El camino hasta la selva virgen es largo y torturador. Pero ningún esfuerzo es
demasiado con tal de huir del infierno de los humanos.
Y como si Minhoi y yo recibiéramos una recompensa por nuestra huida del
infierno de los humanos, sentimos que nuestro pelo se hace más sedoso y nuestra piel
más turgente, como la piel de un animal salvaje puesto en libertad; sentimos que
nuestros cuerpos se hacen más esponjosos, más elásticos, que nuestros músculos se
tensan como preparados para el salto, que nuestros sentidos se hacen más receptivos
y atentos. Minhoi nunca había estado tan arrebatadoramente guapa desde la trampa
para tigres en Vietnam.
Hinchados por las picaduras de los mosquitos, y sin haber comido ni bebido nada,
nos levantamos tambaleantes para seguir viaje.
Una niña inca está de pie al borde de la pista para aviones militares. Tiene sobre
el brazo un pequeño mono, y quiere venderlo. Pero el mono se aferra, presa de un
terror mortal, a la niña inca, temeroso de que el comprador pueda llevárselo de allí.

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Esta vez viajamos en viejos y abollados aviones de transporte de paracaidistas,
cuyas hélices me golpean las sienes como martillos neumáticos. Un hedor penetrante,
peste a gasolina, hambre, sed, dolor de cabeza y retortijones de estómago; tampoco
aquí hay lavabo. Acurrucados y apretados en el caliente suelo de acero de un avión
sin ventanas. Hora tras hora. Durante el vuelo, nos dejan, uno a uno, salir por unos
instantes de la cripta del fuselaje y trepar a la cabina para mirar al exterior por un
minúsculo ventanuco: abajo, el océano verde, miles de kilómetros de selva virgen,
por la que se retuerce la amarilla cinta ensortijada de la mayor red fluvial de la Tierra.
Luego hidroaviones de un motor, que tienen que bajar en picado para aprovechar
el momento en que la selva se abre para volver a cerrarse enseguida.
Luego, otra vez camiones y autobuses como jaulas. Canoas indias. Y por fin las
balsas, sobre las que, de pie y sujetos mediante cadenas a la carga y la balsa, nos
deslizamos velozmente por los rápidos. Agarrando cuerdas, como si intentáramos
ridiculamente sujetar por las riendas a caballos desbocados que ya se precipitan
barranco abajo. La balsa lleva demasiada carga, nos lo han advertido los indios. Pero
el bocazas de Herzog, como buen fanfarrón e ignorante, se ríe de las advertencias de
los indios, calificándolas de pueriles. Vamos todos vestidos y con las armaduras
puestas, pues queremos rodar durante el viaje por los rápidos. Pero Herzog se deja
escapar lo más grandioso y apabullante, porque es incapaz de detectarlo. Cada vez
que, a través del ruido atronador de las aguas bravas, le aúllo al imbécil del cámara
que por lo menos filme cómo nos jugamos el tipo, me responde que Herzog le ha
prohibido pulsar el botón de la cámara a menos que se lo diga él en persona.
Me asquea esa caterva de gente del cine, que se comporta como si el mejor sitio
para rodar una película fuera una pocilga.
Mi impedimenta de pesado cuero, mis largas botas, el casco, la coraza, la espada
y el puñal pesan cerca de quince kilos. Si, gracias a los delirios de grandeza de
Herzog, zozobra la balsa, no hay salvación para mí, pues no podría desprenderme de
la coraza y el jubón de cuero, que van sujetos por la espalda. Además, los rápidos
están cruzados por una larga cadena de arrecifes escarpados, cuyas puntas, afiladas
como hojas de afeitar, acechan como pirañas a poca distancia del nivel del agua, y a
veces incluso asoman de las aguas encrespadas.
Así nos desplazamos, como una bala, corriente abajo, mientras las olas rampantes
asaltan nuestra balsa con la furia histérica de un toro y revientan a nuestra espalda,
por encima de nuestras cabezas. El aire está colmado de blancos espumarajos.
De repente, como si las aguas desbocadas nos hubieran escupido en un acceso de
rabia, vamos a parar, casi en silencio, a un brazo del rio que fluye robusto pero
calmoso. Estamos en medio de la selva y nos internamos cada vez más hondo en ella:
ahí está la selva virgen. Se apodera de mí. Me absorbe, caliente y húmeda como el
cuerpo desnudo y bañado en sudor de una mujer enferma de deseo, con todos sus
misterios y prodigios. La miro con los ojos como platos y no paro de admirarla y
adorarla…

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… Animales llenos de gracia, como de cuento de hadas… Plantas que se abrazan
hasta estrangularse… orquídeas que se alzan sobre tocones de árboles podridos, como
muchachas sentadas sobre las piernas de viejos verdes… mariposas del tamaño de mi
cabeza y de un reluciente azul metálico… rosarios de palomillas que se posan en mi
boca y en mis manos, los ojos de la pantera, que se confunden con las flores…
cenefas de flores… nubes de pájaros verdes, amarillos y rojos… soles de plata…
nieblas de color violeta… ¡Le enseñaré estas maravillas a mi retoño, a mi hijo!
… Los labios besadores de los peces… el áureo cantar de los peces…
Durante dos meses viviremos casi exclusivamente en las balsas mientras
avanzamos río abajo hacia el Amazonas. Minhoi y yo tenemos una balsa para
nosotros solos. Cuando no nos adelantamos considerablemente a las otras balsas,
procuramos quedarnos rezagados. Lo más lejos posible. Cuando cae la noche, atamos
nuestra balsa a las lianas. Me paso las noches tumbado despierto, sumergiéndome en
la Vía Láctea y los archipiélagos de las estrellas, que cuelgan tan cerca de nosotros
que estiro el brazo para tocarlas.
Tenemos una pequeña canoa india que llevamos atada a la balsa. Cuando no
tengo que rodar, recorremos, como de puntillas, la pared arbórea en busca de grietas.
A veces nos metemos por una estrecha hendidura que quizás antes no existía y que,
tras nuestro paso, volverá a cerrarse enseguida. En el interior de estas selvas
inundadas, las aguas están tan quietas que nuestros remos, que hundimos con cuidado
para no hacer ruido, apenas parecen moverlas.
Quizás es la primera vez que un bote se desliza por estas aguas; quizás en
millones de años no ha puesto los pies aquí ningún ser humano. Ni siquiera un indio.
Esperamos en silencio. Largas horas. Siento cómo la selva se nos acerca, los
animales, las plantas, que ya hace tiempo que nos han visto, pero no se nos muestran.
Por primera vez en mi vida, no tengo pasado. El presente es tan intenso, que hace
desvanecerse al pasado. Sé que soy libre, verdaderamente libre. Soy el pájaro que ha
conseguido huir de la jaula, que extiende las alas y se eleva hacia el cielo. Participo
del Universo.
Aunque estoy siempre huyendo de él, Herzog se me pega como una mosca
cojonera. La simple idea de que él está aquí, en medio de la selva virgen, me pone
enfermo. Cuando lo veo acercárseme lejos, le grito que se pare. Le grito que apesta.
Que me da asco. Que no quiero oír su mierdosa palabrería. ¡Que no lo soporto!
Siempre tengo la esperanza de que me ataque. Entonces lo empujaré a un brazo
del río cuyas aguas tranquilas están repletas de pirañas sedientas de sangre, y miraré
cómo lo destrozan. Pero no lo hace, no me ataca. No parece que le afecte el hecho de
que yo lo trate como a un trapo. Además, es un cobarde. Sólo pasa al ataque cuando
cree que lleva las de ganar. Contra un nativo, un indio que ha aceptado un trabajo
para que su familia no se muera de hambre, y que lo aguanta todo por miedo a perder
el trabajo. O contra un estúpido actor sin talento, o contra los animales indefensos.
Hoy, por ejemplo, ata una llama a una canoa y manda tirar la canoa, con la llama

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dentro, a los rápidos, porque supuestamente lo exige el argumento de la película.
¡Que ha escrito él mismo! Cuando me entero, ya es demasiado tarde. La llama avanza
ya hacia los remolinos, y nadie puede salvarla. Aún la veo encabritarse, presa del
pánico, y tironear las cuerdas para escapar a la cruel ejecución; luego desaparece tras
una curva del río, donde se destrozará contra los cortantes arrecifes y se ahogará entre
sufrimientos.
Ahora detesto a muerte a ese asesino de Herzog. Le grito a la cara que tengo
ganas de verle reventar como la llama que ha hecho ejecutar. ¡Que lo tiren vivo a los
cocodrilos! ¡Que lo estrangule lentamente una anaconda! ¡Que la picadura de una
araña venenosa le deje sin respiración! ¡Que le revienten los sesos por la mordedura
de la serpiente más venenosa que exista! No quiero que las garras de una pantera le
rajen el gaznate; eso seria demasiado bueno para él. No. ¡Prefiero que las grandes
hormigas rojas se le meen en los ojos y se le coman los huevos y las tripas en vida!
¡Que coja la peste! ¡La sífilis! ¡La malaria! ¡La fiebre amarilla! ¡La lepra! Pero es en
vano. Cuanto más le deseo la más cruel de las muertes, menos consigo librarme de él.
Nos hemos pasado el día entero navegando en las balsas y rodando sin parar. Cae
la noche. Sin embargo, volvemos a reunirnos en la orilla, donde hay que filmar una
escena nocturna. Herzog y los capullos de la productora no han sido capaces de
preocuparse de la iluminación; no hay ni una linterna, nada. Hace una noche negra
como boca de lobo, y vamos pegando trompazos uno tras otro. Caemos en agujeros
pantanosos, tropezamos con troncos de árboles y raíces, nos ensartamos en los
pinchos de las palmeras espinosas, nos enredamos los pies en las lianas y casi nos
ahogamos. Pululan las serpientes, que salen a matar de noche, después de pasarse el
día acumulando reservas de veneno. Estamos completamente agotados, y de nuevo
llevamos un buen rato sin comer ni beber nada, ni siquiera agua. Nadie tiene la menor
idea de qué, dónde y por qué vamos a rodar en ese estercolero apestoso.
Con toda la armadura puesta, me caigo en un charco pantanoso; intento liberar mi
cuerpo del fango, pero me hundo cada vez más. Grito, inflamado de furia ciega:
—¡Yo me largo! ¡Aunque tenga que remar hasta el océano Atlántico!
—Si te largas, acabo contigo —dice ese calzonazos de Herzog, con cara de susto
debido al riesgo que está corriendo.
—¿Cómo vas a acabar conmigo, bocazas? —le pregunto, con la esperanza de que
me ataque y así pueda matarlo en defensa propia.
—Te voy a disparar —balbucea como un paralítico con el cerebro reblandecido
—. Ocho balas para ti, y la última para mí.
¿Quién ha oído hablar jamás de un fúsil o una pistola con nueve cartuchos? ¡Eso
no existe! Además, no tiene armas. Me consta. No tiene un fúsil ni una pistola, ni
siquiera un machete. Ni tan sólo una navaja. Ni un sacacorchos. Soy el único que
tiene un fúsil. Un Winchester. Tengo un permiso especial del gobierno peruano. Para
comprar cartuchos, me he tirado días enteros de aquí para allá, de una comisaria a
otra, para que me firmasen y sellasen papeles, y toda esa mierda.

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—Te espero, insecto —le digo, alegrándome de lo lindo de que por fin hayamos
llegado a esos extremos—. Me voy a mi balsa y allí te espero. Si vienes, te mato a
tiros.
Luego me abro paso hasta nuestra balsa, donde Minhoi ya se ha dormido en su
hamaca. Cargo mi Winchester y me pongo a esperar.
A eso de las cuatro de la mañana, Herzog se acerca en canoa a nuestra balsa y me
pide perdón.
Herzog es un individuo miserable, rencoroso, envidioso, apestoso a ambición y
codicia, maligno, sádico, traidor, chantajista, cobarde y un farsante de la cabeza a los
pies. Su supuesto «talento» consiste únicamente en torturar criaturas indefensas y, si
hace falta, matarlas de cansancio o asesinarlas. Nadie ni nada le interesa, a excepción
de su penosa carrera de supuesto cineasta. Impulsado por un ansia patológica de
causar sensación, provoca él mismo las más absurdas dificultades y peligros y pone
en juego la seguridad e incluso la vida de otros, sólo para después poder decir que él,
Herzog, ha domeñado fuerzas aparentemente insuperables. Para sus películas echa
mano de personas poco desarrolladas mentalmente y de diletantes, a los que puede
manejar a su antojo (¡y, supuestamente, hipnotizar!), y a los que paga un salario de
hambre, eso si les paga. El resto son tullidos y abortos de todo tipo, a fin de parecer
interesante. No tiene la menor idea de cómo se hace una película. Ya ni intenta darme
instrucciones. Hace tiempo que ha renunciado a preguntarme si estoy dispuesto a
llevar a la práctica sus aburridas chorradas, ya que le tengo prohibido hablar.
Si se empeña en repetir una toma, porque, como la mayoría de los directores, se
siente inseguro, le digo que se vaya al infierno. Normalmente, la primera toma es
válida, y no repito nada, y muchísimo menos porque él lo quiera. Yo decido cada
escena, cada posición, cada toma, y me niego a hacer otra cosa que lo que considero
acertado. Así por lo menos consigo salvar las películas del desastre total a causa de la
chapucería de Herzog.
Después de ocho semanas, la mayoría siguen viviendo como cerdos.
Amontonados en las balsas como ganado camino del matadero, comen bazofia frita
en manteca de cerdo y, lo que es más peligroso, beben agua del río, con lo que
pueden coger todas las enfermedades epidémicas imaginables. Incluso la lepra.
Ninguno de ellos está vacunado ni siquiera contra una de esas enfermedades, a
menudo letales.
Minhoi y yo cocinamos solos en nuestra balsa. Echamos tierra sobre la plataforma
de madera y hacemos fuego. Cuando uno de nosotros salta al agua para bañarse y
lavarse, el otro vigila que no vengan pirañas. Normalmente no tenemos nada que
cocinar, y nos alimentamos de fantásticos frutos de la selva, que contienen suficiente
líquido. Pero esos frutos paradisíacos son difíciles de conseguir, porque avanzamos
casi sin interrupción río abajo y a menudo pasamos largo tiempo sin poder bajar a la
orilla a buscar fruta.

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Con el tiempo empezamos a notar las consecuencias de la desnutrición. Nos
debilitamos, se me hincha el vientre, y ya sólo soy piel y huesos. Los otros están aún
peor.
La selva virgen no se interesa por cineastas fanfarrones y bocazas. No se apiada
de aquel que infringe sus leyes.
Hoy, a las tres de la madrugada, nos despiertan brutalmente en nuestras balsas.
Nos dicen que no hay tiempo para desayunar, ni siquiera para tomar un café, y que
vamos a navegar sólo veinte minutos, hasta el próximo poblado indio a la orilla del
río. Allí, dicen, nos darán de todo. Pero los supuestos veinte minutos se convierten en
dieciocho horas. Como siempre, Herzog nos ha mentido.
Con las cabezas metidas en los pesados cascos de acero, que el sol lacerante
calienta hasta tal punto que nos quemamos, pasamos el día entero sin techo y sin la
menor sombra, sin comer ni beber, sometidos al calor más implacable. La gente va
cayendo como moscas. Primero las chicas, luego los hombres, uno detrás de otro. La
mayoría tienen las piernas llenas de pus e hinchadas hasta la desfiguración por culpa
de las picaduras de mosquitos.
Cuando, al atardecer, llegamos por fin a un poblado indio, resulta que está en
llamas. Herzog lo ha hecho incendiar, y hambrientos y medio muertos de sed,
tambaleándonos de agotamiento después de dieciocho horas de calor infernal,
tenemos que atacar el poblado indio directamente desde las balsas, tal como ordena el
estúpido guión.
Pasamos la noche en el poblado indio. Pernoctamos en las barracas que no se han
quemado, y en las que corretean descaradas ratas gigantescas que nos rodean en
círculos cada vez más estrechos, acercándose cada vez más a nuestros cuerpos. Sin
duda se dan cuenta de lo debilitados que estamos, y sólo esperan el momento de
lanzarse sobre nosotros. Son cada vez más numerosas.
Alguien le dice a Herzog que la gente no puede seguir adelante si no se alimenta
mejor y, sobre todo, si no tienen nada para beber. Herzog contesta que, por él, pueden
beber agua del río. Además, ya va bien que se derrumben de agotamiento y de
hambre y sed, pues el guión lo prescribe así. Herzog y su jefe de producción tienen
escondidas para ellos buenas raciones de verduras frescas, fruta, camembert francés,
aceite de oliva y bebidas.
Mientras continuamos la marcha, uno de los norteamericanos contrae una
peligrosa hepatitis y se revuelca en la balsa, presa de altas fiebres. Herzog afirma que
está fingiendo, y se niega a hacerlo desembarcar en Iquitos, adonde nos estamos
acercando cada vez más.
Cuando estamos a la altura de Iquitos y nuestras balsas se deslizan hacia el
Amazonas, desembarcamos por la fuerza al enfermo para llevarlo a un hospital y nos
tomamos un día libre para comprar los comestibles más necesarios, agua mineral,
vendajes, medicinas y pomadas contra las picaduras de mosquito.

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Al cado de diez semanas rodamos la última escena de la película, en la que
Aguirre, único superviviente, navega a la deriva río abajo, hacia el Atlántico, presa de
la locura y rodeado de varios cientos de monos. La mayoría de los monos que han
metido en la balsa saltan al agua y nadan de regreso a la selva. Habían sido
capturados por una banda de traficantes de animales que iba a venderlos a
laboratorios norteamericanos para experimentos. Herzog los ha alquilado.
Cuando ya sólo quedan unos cien monos, que están a punto de saltar al agua y
recuperar su libertad, le exijo a Herzog que empiece a filmar inmediatamente. Sé que
esa ocasión no se repetirá. Una vez filmada la toma, los últimos monos se tiran al río
y nadan hacia la selva, que los acoge.
Minhoi y yo tenemos que quedarnos tres días en un hospital de Iquitos, para
transfusiones de vitaminas.
Cuando el avión, en medio del estruendo bestial de sus turbinas, se alza tieso
hacia el cielo, y veo a mis pies el verde mar de la selva, los ojos se me arrasan en un
llanto incontenible. Mi alma está tan conmovida, y mi cuerpo se ve tan violentamente
sacudido, que por un momento creo que va a partírseme el corazón. Oculto mi cara a
los otros pasajeros apretándola contra la ventanilla, e intento sofocar mis sollozos. A
un animal o persona que llora porque tiene que alejarse de la selva virgen, y que no
está contento y agradecido de reencontrarse con la seguridad de los guetos de la
civilización, donde ronda la locura, se le encierra en el manicomio o se le narcotiza.
De regreso a casa, Minhoi y yo damos la vuelta al mundo. Cuando por fin
llegamos a Vietnam, Minhoi se siente feliz. En Saigón, mientras doy un paseo en
rikscha, un adolescente vietnamita me escupe, tomándome por un norteamericano.
¡Otra vez me escupen! Primero fueron los belgas, porque yo no era
norteamericano. Luego, los pilotos norteamericanos asesinan a mi madre. ¡Y ahora
aquí en Vietnam, donde la más sucia de todas las guerras hizo de Minhoi una
huérfana, me escupen porque me toman por un norteamericano! Quizás el chico
pensó que yo sería uno de aquellos que por Navidad enviaban a sus casas fotos
polaroid en color que mostraban cadáveres masacrados de mujeres y niños. A mi
lado, Minhoi llora. Salto de la rikscha para echarle el guante al chiquillo vietnamita,
que sale corriendo enseguida; en eso, un soldado vietnamita me pone en el pecho una
pistola amartillada. Tengo que contenerme para no echarme a llorar ante tamaña
injusticia. Y, sin embargo, amo a este pueblo como a ningún otro.
En las calles hay barricadas de sacos de arena por todas partes. Un niño de siete o,
como mucho, ocho años, representa ante nosotros una especie de pantomima,
abriendo la boca de par en par con los ojos como platos. ¡No comprendo lo que
quiere! Pero Minhoi sí le entiende. Quiere decirme, mediante gestos, que me ha visto
en una película en la que hago el papel de un soldado norteamericano que, con la
boca y los ojos muy abiertos, revienta en la escotilla de un tanque.
Así que hemos vuelto al infierno de los humanos. Al infierno de los adultos.

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«¿Qué hombre viviría voluntariamente en la civilización, con su hedor y su estruendo infernales, si
puede acercarse a las más hermosas criaturas de Dios y ser su propio Dios y rey, con la conciencia de que
no hay para él más ley que la ley del libre, ni más manicomios para los locos que no podían seguir
contemplando la vida en la civilización sin atrofiarse…? ¿Ni otra Biblia que el lenguaje que la naturaleza
habla a aquellos que pueden entenderlo…?
Ésa era la vida que él amaba Y, cuando le llegase la hora, le gustaría que los lobos le arrancaran y
rebañaran los huesos y los esparcieran por el gran mapa del omnipotente…».

De Der Berg-Mensch,
de Verdis Fischer.

Los mentecatos me preguntarán: «¿Por qué no te has ido? ¿No decías que querías
irte para siempre? ¿Qué haces aquí todavía?».
Ante todo, no sabré qué responder. Sólo sé que tengo que quedarme hasta que
nazca mi hijo, y que no puedo irme sin él. Pero no pienso responderle a nadie, porque
eso es asunto mío. Posiblemente, lo que diré será: «¡Métete en tus asuntos!».
Como no tenemos dinero, acepto la primera película que me ofrecen. Como una
furcia haciendo la calle, que se va con el primer cliente que aparece. Tenemos que ir a
Holanda, a rodar el bodrio de turno.

La novia del director (esa palabra me pone enfermo), un norteamericano, se llama


Joan, y lo ha dejado para irse con María Schneider. María acaba de rodar Último
tango en París, esa parida de película, y se cree de veras muy importante porque
Marión Brando le ha dado por culo con mantequilla. Siempre lleva encima libros con
fotos de beduinos, que enseña a todo el mundo, y va repartiendo cocaína. A mí
también me enseña los libros. Estos drogatas siempre se imaginan que la libertad
tiene algo que ver con sus asquerosas drogas. ¿Por qué va enseñando por ahí fotos de
beduinos en el desierto? Yo he vivido con beduinos, y puedo asegurar que no
necesitan ningún trip. La muy cerda le da cocaína a Minhoi a mis espaldas.

En Amsterdam, los holandeses han construido un museo entero para Van Gogh, y
han amontonado en él sus cuadros, como presos en una cárcel superpoblada, como
animales prisioneros en el zoo, donde ejecutan a cámara lenta a los osos polares sobre
el suelo de cemento de su celda de castigo. A la izquierda, cinco pasos. A la derecha,
cinco pasos. En círculo, cinco pasos. Con una manguera, hacen colarse las lágrimas y
los excrementos por el sumidero. A veces, para escarnio, dejan pasar a un tigre, a
través de una trampilla, a la jaula contigua, donde le espera una tigresa. Los monos,
con la locura en los ojos, estiran los brazos a través de los barrotes de sus jaulas.
Tienen los dedos de las manos entrelazados, como si rezaran, y suplicaran que los
dejen libres.
Aquí, tras el acero de las puertas blindadas, iluminan a Van Gogh con luz
eléctrica y lo controlan mediante alarmas eléctricas, como a un condenado a muerte

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al que sólo se puede mirar a través de un vidrio blindado y hablar mediante un
micrófono. Cada cuadro está marcado con un sello del estado, como el número de un
preso.
Los visitantes hacen cola como en los restaurantes de fast-food. Avanzan paso a
paso. Next! En las manos llevan folletos que explican por qué Van Gogh se cortó una
oreja. Algunos visitantes parecen emocionados. Otros lo miran todo sin entender
nada, irritados, cohibidos. Otros se cuentan chistes al oído y se ríen histéricamente
entre dientes. Una chica tiembla. Un hombre tiene lágrimas en los ojos. Muchos
buscan la salida de ese museo de atmósfera enrarecida, en el que seguro que jamás
abren una ventana. Por falta de espacio, los soles sangrantes están tan estrechamente
alineados que parecen cuerpos, aún no muertos del todo, dentro de una fosa común.
Esos refulgentes girasoles. ¡Esos corazones tan terriblemente afligidos por la
ansiedad y la pasión! ¡Sí, cuerpos, aún no muertos del todo, de ejecutados! Como los
corderos en los mataderos, a los que apilan moribundos sobre un montón de otros
corderos moribundos, después de degollarlos; luego, un matarife les pisa la yugular
para que se desangren bien.
Salgo corriendo del Museo Van Gogh de Amsterdam. Una vez en la calle, vomito.
¡No quiero acabar así!

Amo a Minhoi por encima de todo. La quiero más que a mi vida. Amo la mágica
belleza de su rostro y su cuerpo. Amo su alma, que me hechiza, llena de misterios y
llena de prodigios. Es mi mujer y mi amante y la futura madre de mi hijo, la que lo
traerá al mundo. Y, sin embargo, nuestra convivencia se hace cada vez más dolorosa.
Minhoi es completamente inocente de nuestras terribles peleas. Toda la culpa es mía.
Mis sentimientos son tan intensos, mi fantasía tan desmesurada y mis reacciones tan
violentas, que el conjunto parece una catástrofe natural que arrasa todo a su paso y no
deja atrás más que desolación. Las fuerzas contrarias que hay en mí se combaten a
muerte, y amenazan con desgarrarme. ¡Tengo ganas de tirarme de lo alto de una
torre!
A menudo, Minhoi se asusta tanto que no puede hacer otra cosa que llorar. Luego
estira los brazos hacia mí, como si quisiera detener con sus preciosas y tiernas manos
la demencia que me destruye.
También Minhoi me ama a mí por encima de todo. Pero ya no puede soportar mis
pavorosas contradicciones. Todo en mí es desmesurado y excesivo. También mi
amparo. También mi ternura. También mi amor. O por lo menos así lo afirma Minhoi.
La violencia de mis sentimientos apabulla y trastorna su alma.
—¡Ayúdame! —nos gritamos a veces los dos al mismo tiempo, mientras nos
aferramos el uno al otro como dos náufragos.
Hablamos a menudo de nuestro hijo. En esos momentos todo está bien, y nos
sentimos felices. Nos preguntamos en qué parte de la Tierra nacerá. Hacemos planes

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y soñamos con el lugar en que crecerá nuestro hijo. Quizá nos vayamos a las selvas
montañosas de Vietnam, que Minhoi tanto echa de menos. O al Himalaya, justo
delante del Ama Dablam. O nos instalamos en Tierra de Fuego, donde los glaciares se
sumergen en las aguas encrespadas del Cabo de Hornos. O navegamos por todos los
mares y no volvemos jamás a tierra firme.
Hacer películas significa dinero. El dinero significa emancipaciones de la
esclavitud. Por lo tanto, sigo. Primero dos películas en Atenas y en Creta. Una
película en París. Otra en Barcelona. Minhoi va conmigo a todas partes. Pero nuestra
convivencia se ha hecho imposible. Es un implacable círculo vicioso del que no
parece haber salida, excepto nuestra separación. Me niego a concebir esa idea
horrible. Pero tanto yo como Minhoi sabemos que se acerca hacia nosotros desde
lejos, pero cada vez más deprisa, algo así como una ola enorme que nada puede
detener. La separación es la única solución que nos queda para no destruirnos los dos.

Estamos de nuevo en Roma, donde alquilamos un ático con terraza, enfrente de


Visconti y cerca del parque Villa Ada, que fue en tiempos el domicilio de Mussolini.
Cuando las llamadas telefónicas de los periodistas se hacen insoportables, me cito
con ellos delante de la puerta del parque. No saben que puedo observarlos desde el
tejado de casa; para ello me basta con encaramarme por la escalera de incendios
desde nuestra terraza. Cuando empiezan a girarse en todas las direcciones,
buscándome, porque no aparezco a la cita, y, como por casualidad, miran hacia
arriba, en mi dirección, me escondo detrás de la chimenea. Al cabo de unos instantes
vuelvo a asomar prudentemente la nariz. Y continúo con ese juego hasta que los
fotógrafos están hasta las narices y se largan. Hace tiempo que ya no me dejo
fotografiar por nadie. No quiero que me fotografíen el alma, que se refleja cada vez
con mayor intensidad en mi cara. Además, la fotografía no es más que otro tipo de
cárcel, en la que mis sentimientos agonizan entre torturas.

Me despierto en la terraza, echado en mi tumbona, en la que me había dormido.


Minhoi no está. No puedo creerlo; es tan monstruoso que no me cabe en la cabeza.
Siento como si me hubieran arrancado las dos piernas de un solo golpe. Siento como
si volviera a caer en el horror, en la sepultura de la que llevo toda la vida intentando
salir, horrorizado… Pasa algún tiempo… Luego, de repente, algo cruza mi cabeza
como si me hubiesen disparado una bala en la sien: todo en mi es estridente. Hecho
harapos. Sangriento. Todo grita. Alarma. Todo grita, grita, grita por Minhoi. Me
precipito hacia la puerta que da a la vivienda. Ella la ha dejado entornada,
seguramente para no hacer ruido. Grito sin cesar: «¡Minhoi!». Empiezo a correr;
¡sólo puede tratarse de una broma! Quizás esté jugando al escondite. Rió. Pero mi
risa no es auténtica. La alarma que tengo en la cabeza es una señal de lo que vengo

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temiendo desde hace tiempo. Me lanzo dentro del cuarto baño y echo a un lado la
cortina de la ducha, como si estuviera seguro de haber encontrado su escondite. Miro
dentro de la bañera. En el rincón donde están la taza del retrete y el bidet. Me pongo a
gatas y miro debajo de la cama; me incorporo sobresaltado, como si hubiera oído un
ruido causado por ella al cambiar de escondite. Abro todos los armarios. Me giro a la
velocidad del rayo, como si así pudiera sorprenderla en caso de que intentara
disimuladamente meterse en otro escondite. Vuelvo corriendo a la terraza. Subo al
tejado. Vuelvo al piso: ducha, bañera, retrete, bidet, bajo la cama, armarios, incluso
cajones. Sí, incluso en los cajones y estanterías, detrás de los libros, en la cocina, en
la nevera, en los armarios de la cocina, en el horno… La cabeza me da vueltas… Me
doy golpes en la frente… Agarro el auricular del teléfono… incapaz de marcar un
número. Además, ¿para qué? Nadie podrá decirme dónde se encuentra ahora. Bajo a
toda pastilla los cinco pisos, el ascensor es demasiado lento. No está en el garaje.
Vuelvo a subir corriendo los cinco pisos. De nuevo la terraza, el tejado, la cocina, la
cama, los armarios, el cuarto de baño, la ducha, la bañera, el retrete, el bidet… Y otra
vez los cinco pisos hacia abajo, esta vez hasta la calle. Es casi de noche. ¿Adonde
dirigirme? ¿Dónde buscarla? Como una nube de gas tóxico, se cierne sobre mí un
embotamiento que me paraliza; me siento como si estuviera intentando incorporarme
tras recibir un testarazo aplastante. Como si le pisase los talones, me lanzo al azar en
una dirección. Camino kilómetros. Luego en la dirección contraria. Luego avanzo en
zigzag, a derecha e izquierda. Debo de haber pisado trozos de vidrio, porque sangro
como un cerdo. No me había dado cuenta, ni tampoco de que estoy descalzo. Vuelvo
corriendo a casa. De nuevo los cinco pisos de escaleras… Esta vez directamente
desde la acera, sin pasar por el patio ni el garaje. No podría soportar encontrarme al
portero… Quién sabe, tal vez Minhoi esté otra vez en casa. Cuando estoy de nuevo en
el piso, me siento tan mareado, que no puedo estar de pie. Caigo de rodillas llorando
¡y me pongo a suplicar que me devuelvan a Minhoi! No sé a quién le rezo. Mi
oración va dirigida al universo. ¡A la vida! ¡Al amor! Suplico que me torturen, que
me hagan daño, con tal de que me devuelvan a Minhoi. ¡Sí! Que aboquen en mí todos
los dolores y torturas, toda la asquerosa basura que los humanos son capaces de
producir. ¡¡Pero que no me quiten a Minhoi!! También le rezo a Minhoi. Y le rezo a
nuestro hijo:
—Tú eres la luz que ilumina mis tinieblas. ¡Nunca pierdas la fe en mí, igual que
yo jamás puedo perder la fe en ti!
Suena el timbre. Me sobresalto de tal modo, que es como si me hubieran aplicado
una descarga de electricidad. Cuando abro la puerta del piso, me encuentro a Minhoi
en el umbral. Un pequeño ramo de flores que me tiende con sus manos de niña.
¡¡¡Dios mío!!! ¿Hace falta pasar primero por el infierno para ser tan feliz como lo soy
en este instante? A partir de ese momento me persigue la delirante idea de que
Minhoi puede abandonarme en cualquier instante. ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo he de

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comportarme en lo sucesivo? (Como si alguna vez pudiera llegar a ser distinto de
como la naturaleza me hizo).
¿Será que no puede soportar mi forma de vestir? ¿Debo tirar toda mi ropa? ¿Qué
debo ponerme? ¿Quiere tal vez que lleve el pelo de otra manera? ¿Más corto, a lo
mejor? ¿O mucho más largo? ¿Será que no le gusta que sea rubio? ¿O que tenga los
ojos azules? ¿Tal vez no le digo lo bastante a menudo que es guapa? No es posible:
nadie en el mundo puede haberle dicho a una persona tantas veces que es guapa como
yo se lo he dicho a ella. ¿No le digo lo bastante a menudo que la quiero? ¡Se lo digo
tan a menudo que temo que ella no quiera oírlo tanto! ¿Por qué no se lo voy a decir
una y otra vez, mil veces, un millón de veces? La frase «Te quiero» es tan hermosa
cuando se dice sinceramente… ¿Quizá no le he dicho nunca que es inteligente, o
quizá no lo bastante a menudo? ¡Dios mío! ¡¿Cuántas cosas he hecho mal, cuántas
cosas equivocadas he dicho?! ¿Quizá no sé tratarla adecuadamente? ¿No le he dicho
lo bastante a menudo cuánto me gusta lo que cocina para mí? ¿Acaso no se lo digo
todos los días varias veces, cada vez que como algo? ¿Lo habré olvidado sin darme
cuenta? ¿Quizá no me muestro lo bastante agradecido por todo lo que hace por mí?
¿Cuando me lava o arregla alguna prenda? ¿Debo comprarle más vestidos? ¿O anillos
y collares? ¿Quizá no me perdona que en estos momentos tenga menos dinero,
porque me he enemistado con todo el mundo? ¿Es que no sabe que es una simple
cuestión de tiempo, que acabaré rodando de nuevo tantas películas como quiera, y
que nadie puede detenerme? ¿Estoy tardando demasiado? ¿Debería aceptar cualquier
película, aunque sea lejos de aquí, con tal de alejarnos de esta ciudad, ahora mismo,
inmediatamente? Puedo conseguir todo lo que quiera. Soy capaz de hacer todo lo que
me pidan.
Sé que todo esto es absurdo. Sólo conseguiría atrofiarme aún más de lo que suelo
atrofiarme entre los humanos. Soy yo. ¡Yo! Soy yo el único motivo por el que me
abandonará. ¡El problema no es cómo soy, sino que existo! Todo mi amor, todos mis
buenos propósitos y esfuerzos no pueden ofrecer resistencia a la pujante lava que
brota del volcán de mi interior y produce a menudo tanta desolación. Y en cualquier
momento puede ser demasiado tarde. En cualquier momento. No temo a nada. Sólo a
que Minhoi me abandone; lo temo en todo instante. De día y durante la noche; y no
me atrevo a pasar de una habitación a otra sin dejar las puertas abiertas de par en par,
incluida la del lavabo. ¡También le digo a Minhoi que haga el favor de no cerrar la
puerta del lavabo! Tengo miedo de que salga por la ventana del cuarto de baño, desde
la que puede acceder, por la escalera de incendios, al tejado y luego huir por otras
terrazas. Ya no me atrevo a ducharme ni a enjabonarme la cabeza, porque no oiría
abrirse la puerta del piso. A veces, estando debajo de la ducha, salgo de un salto fuera
del cuarto de baño, para ver si Minhoi todavía está. Por las noches me despierto
sobresaltado cada vez más a menudo, y la busco con la mano para ver si está en la
cama. Una vez, al no sentirla a mi lado, suelto un aullido. Su parte de la cama está
vacía. Enciendo la luz y me pongo a buscarla por todas partes. La encuentro sentada

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en el lavabo, borracha de sueño. No salgo más de casa, sólo con Minhoi. Tampoco la
dejo ir a comprar sola. No me cito con nadie más. O, por lo menos, no sin Minhoi. De
esa manera podríamos acabar muriéndonos de hambre, porque si no trabajo no
tenemos dinero. Jamás he ahorrado nada. Lo peor de todo es cuando tengo que rodar.
Minhoi ya no quiere acompañarme a los rodajes, porque es aburrido y fatigoso.
Además, si viniera yo tampoco tendría un momento de tranquilidad mientras
estuviera delante de la cámara y no pudiera verla ininterrumpidamente.
Durante los rodajes, o cuando tengo que hablar con alguien, no pienso en otra
cosa que en Minhoi y en que quiero volver a su lado. En cuanto acabo de trabajar,
salgo disparado hacia el coche, y cada segundo que pasa es una punzada en el
corazón, y temo que voy a perder la razón. Cuando estoy delante de la puerta del
piso, antes que nada me pongo a escuchar. Si todo está en silencio, me entra
enseguida el miedo de que Minhoi se haya ido. Si oigo ruido, sé que Minhoi está en
casa. Ésa es mi vida en el infierno. Y no le veo fin.

Sí, sí, ya lo sé. Los otros quieren complacer a todo el mundo, para que sus libros
se ganen un lugar en los estantes de las librerías. En los quioscos de los aeropuertos y
las estaciones. A ser posible, cerca de la caja registradora de un supermercado: en el
mejor lugar, si puede ser en esa cloaca donde están ya el Marlboro y los chicles.
¿Qué hay que hacer para llegar al corazón de la gente? ¿Qué consiguió cambiar
Van Gogh con sus cuadros? ¿Y Charryl Chessman? Después de casi diez años
esperando la pena de muerte, dice que está cansado. Que quiere que lo maten, si con
eso logra que dejen de matar. Lo ejecutaron, pero siguen matando. Escribo lo que
necesito poner en mi telegrama. Si algo está de sobras, nadie está obligado a leerlo.

Siempre que vamos al parque de la Villa Ada tenemos la sensación de que, en


relación a nuestro futuro, estamos muy lejos. Nos encontramos a una amiga de
Minhoi, a la que conoce de la escuela en París. La chica lleva de paseo a su bebé
recién nacido, y se lo pone a Minhoi en brazos, para que ésta sepa cómo es la
sensación de tener en brazos a un bebé recién nacido. Pero Minhoi parece trastornada,
y quiere devolver rápidamente el bebé, como una madre a la que por equivocación le
han dado un bebé que no es el suyo. Como su amiga no se lo coge enseguida, porque
está preparando unos pañales limpios, Minhoi me da el bebé a mí. Pero yo tampoco
quiero tenerlo en brazos. Cuando siento en ellos el peso de ese cuerpo diminuto y
rechoncho, no puedo soportar la idea de que no sea mi hijo al que tengo en brazos.

Sólo tenemos un Mini Cooper, pero corre como un rayo. Y como en las siguientes
dos semanas no tengo que rodar, echamos nuestra tienda y un saco de marinero en el

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asiento posterior y nos largamos. Normandía, Bretaña, Inglaterra.
Desde Londres viajamos toda la noche hasta Landsend. Portsmouth. Phymouth.
Desde aquí salió Chichester solo con su velero hacia Australia y el Cabo de Hornos.
Y Chay Blyth, que dio la vuelta al mundo sin hacer escala, contra todas las corrientes
marinas y los vientos. Y de aquí salen los veleros que cruzan el Atlántico en las
regatas individuales.
Nos pasamos días enteros de aquí para allá, viendo todos los veleros y sus
tripulaciones, que están haciendo los últimos preparativos. Siento el mismo dolor que
debe de sentir un preso cuando ponen en libertad a un compañero de celda y él tiene
que quedarse. Se siente el olor cortante de la libertad, que tanto daño hace, pero
también tanto bien. El preso aprieta la cara contra las rejas y quiere mirar, mirar,
¡¡¡mirar!!! Aunque después sea aún más difícil soportar la cautividad.
Hoy, cuando los veleros salen al mar abierto, me siento igual que en el avión que
con las turbinas en marcha, después de despegar de la pista en Perú, iba dejando atrás
la selva virgen. Y de nuevo tengo que llevarme el puño a la boca para no soltar un
grito.
Seguimos viaje hasta la abrupta costa contra la que se cierne rugiente el océano
Atlántico, azotado por un viento helado. Donde la marea alta le alcanza a uno y el
mar se echa atrás aún más salvajemente. Por los alrededores no se ve un alma. Sólo
arbustos arrancados por el viento, que vuelan como veloces nubes por encima de los
acantilados. Siento como si nos hubiéramos escapado de la mortífera cripta de la
civilización y sólo nos quedaran las últimas cadenas, ya quebradas, sujetas al cuello,
a las muñecas y a los tobillos. Por algunos instantes olvido las arteras trampas que la
sociedad humana tiende a todo aquel que tiene la delirante idea de cruzar la barrera.
Un vigilante uniformado nos echa de allí, porque se trata de un «parque natural».
Tenemos que desmontar la tienda; sólo está permitido acampar en los «campings».
En guetos. Esperamos hasta que oscurece. Luego nos colamos por entre los
matorrales.
A primera hora del día, tan temprano que todavía no puede venir a fastidiarnos
ningún guarda de gueto, volvemos a los acantilados y encendemos una hoguera.
En ese país no hay dónde comer, y tenemos que cocinar nosotros mismos.
Llegamos tarde a todas partes. A veces sólo cinco minutos. La camarera siempre nos
mira enfadada y desconfiada, como si hubiéramos ofendido a la nación entera sólo
por no haber aparecido puntualmente a la hora del rancho. En otras palabras: porque
no hemos comido puntualmente como todos los demás. Como si no fuera ya bastante
asquerosa esa basura que dan para comer y que sólo produce retortijones de
estómago. Todo está demasiado salado y duro o pastoso. Como si no fuera ya
bastante insolente y enfermizo el hecho de que no se sirva cerveza entre las dos y las
seis de la tarde. ¡Todo porque una reyezuela borracha tuvo la idea sádica de que sólo
ella tiene derecho a emborracharse! ¡Y, además, esos fish and chips!

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De regreso por Bretaña me peleo con Minhoi en el coche, quizá porque ya nos
estamos acercando otra vez al gueto. Me siento como si no fuera yo el que está
refunfuñando y aullando. Como si me viera a mí mismo refunfuñar y aullar y vomitar
las más desagradables expresiones e insultos. Como en las fantasías de los sueños, o
como en las películas, donde, por medio de efectos especiales, se muestra a un yo
separándose del otro. El bueno separándose del malo. Un cuerpo astral surge del
cuerpo físico y se sitúa junto a su propia persona. Así me siento. Veo hasta qué
terribles extremos llega lo que está pasando, y pienso que el envoltorio de mi cuerpo
tiene que romperse por fuerza a causa de las terribles sacudidas que asolan su interior.
Y que mi interior va a desgarrarse. Que mi alma se desangrará en el fragor de la
batalla. Pero, como ya he dicho, lo veo desde una perspectiva ajena. Siento los
dolores, pero los siento como dolores ajenos.
Minhoi quiere que detenga el coche. Se baja y echa a correr por un prado. Cuando
me bajo del coche para correr tras ella, siento unas punzadas tan fuertes en el corazón
que pego un grito y me retuerzo en el suelo. Es como si alguien estuviera
pinchándome sin parar, en pleno corazón. He tenido a menudo punzadas en el
corazón. Pero hasta ahora nunca había sentido un dolor tan fuerte.
No sé cuanto tiempo me he pasado revolcándome por el suelo. Minhoi vuelve al
coche y me da unas cuantas flores que ha cogido para mí. Le estoy infinitamente
agradecido por su tierno amor. Pero persisten las punzadas en el corazón.

Acepto un papel en una fotonovela En Montecarlo. Pagan muy bien, y las poses
en las que le fotografían a uno no son más estúpidas que las que suelen pedir esa
caterva de directores. Una fotonovela dura de tres a cinco días. Les pregunto si no
podría firmar ahora mismo un contrato para cincuenta o cien fotonovelas más.
Minhoi quiere tener a nuestro hijo. Ahora. Hoy. ¡Enseguida! Me lo suplica
llorando. Se lo prometo. Anhelo tanto a nuestro hijo como ella. Lo que pasa es que
primero quería encontrar un lugar adecuado, como un animal que construye un nido
protector para su criatura.

Otra vez España. Granada. Aparte de rodar, sólo presto atención a mis gitanas.
Una gitana me lee en la mano que pronto va a producirse un cambio decisivo en mi
vida. Que será la mayor despedida de mi vida hasta ahora. Habla de despedida, no de
muerte. La odio por ello, aunque sé que dice la verdad. Ni siquiera habría hecho falta
que me leyeran la mano. Siento las mismas vibraciones que son capaces de sentir los
adivinos. La gitana tiene un chocho enorme, tan inundado que parece un río salido
del cauce.

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Levantamos nuestro campamento romano y volamos a París, donde Zulawski
quiere contratarme para su película Lo importante es amar. Al menos, pienso, es un
polaco.
En París, Minhoi se entera de que está embarazada. Una mañana, muy temprano,
entra corriendo, sin aliento, al cuarto de baño, donde estoy afeitándome, y me enseña
un minúsculo papel redondo que parece uno de esos papeles que se ponen debajo de
la lente del microscopio, y que está teñido de su orina. Gracias a ello sabe que está
embarazada. Después de enseñarme el papelito, lo deja cuidadosamente sobre el
estante de vidrio que hay encima del lavamanos, como si fuera ya el coche de bebé
con nuestro hijo dentro.
A partir de ese momento, todo es luminoso en mi interior. También a mi alrededor
es todo luminoso. Hay luz por todas partes. Por todas partes. Mire a donde mire, veo
prados floridos, aunque París está gris, frío e infame. Todas las personas que veo me
parecen amables y alegres. Siento como si yo mismo acabara de nacer por primera
vez. Todo es nuevo para mí, y todo me parece bueno y limpio. Nanhoi crece dentro
de mí igual que crece en el viente de Minhoi. Nos pasamos todo el tiempo ocupados
en los preparativos. Vamos de aquí para allá para comprar ropa de bebé, miramos
muchos coches de niño y camitas, y Minhoi cose ropa de cama y camisoncitos de
bebé de telas floreadas, de colores primaverales. Encargo para mí camisas de la
misma tela, para llevar la misma ropa de mi hijo. Compramos biberones y pañales y
todo lo que necesitamos para que nuestro tierno babyboy se sienta bien y no le falte
de nada.
Ahora odio más que nunca tener que rodar películas. Lo único que me apetece es
dedicarme a los preparativos para la llegada de mi hijo amadísimo. Pero me resulta
inevitable tener que rodar, pues, como siempre, necesitamos dinero. Ahora más que
nunca.
La productora para la que trabaja Zulawski no puede contratarme, porque la
distribuidora alemana que financia parte de la película me rechaza. El motivo de ello
es que el miserable gusano de la distribuidora alemana con el que trata la productora
francesa quiere vengarse de mí. Hace muchos años, cuando yo follaba con Erica R.,
él también tenía ganas de tirársela. Pero Erica sólo quería follar conmigo. Por eso me
odia ese gusano.
Zulawski dice que no piensa rodar la película sin mí. A mí, la película me importa
un rábano. Pero necesito dinero.
Vuelo a Munich, donde vive también Sybille D. Sybille no es sólo la coima de un
tal señor Von St., que es a su vez el jefe de la filial de la distribuidora en Munich, sino
también al mismo tiempo, la concubina del millonario norteamericano propietario de
toda la empresa, sobre todo en Estados Unidos. Así que la telefoneo y quedo con ella.
Me abre la puerta vestida con un negligé confeccionado de manera que le dan a uno

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ganas de follar de pie a través de él. Una pierna encima de una silla Por entre las
tetas. En la boca. También por detrás, por el culo. Sybille es una gran folladora Su
boca debe de haber chupado muchas pollas. Tiene los ojos febriles y cachondos,
hundidos en las órbitas. Es muy muy seductora, muy cariñosa y muy muy lista.
Enseguida me pide que no le diga a su amiguito norteamericano, que por cierto está
casado y le ha puesto ese pisito tan hortera, nada acerca del señor Von St., también
casado, que hará su aparición de un momento a otro. Sus palabras suenan al mismo
tiempo como una disculpa por el hecho de que, por desgracia, no me la pueda follar
todavía. Lo cual viene a significar que se trata sólo de un aplazamiento. Pero, añade,
puedo contarle yo mismo al señor Von St. la escandalosa historia.
En el momento en que me dispongo a catar la golosina que me ha ofrecido, suena
el timbre, y aparece el señor Von St. Cuando oye mi historia, a la que he añadido la
observación de que el capullo que me boicotea de cara a los franceses no es, al fin y
al cabo, más que un empleado del señor Von St. que se ha permitido tomar, sin
consultar al señor Von St., una decisión de tanta transcendencia, el señor Von St. se
pone frenético y me promete por lo más sagrado (con Sybille como testigo) arreglar
el asunto mañana mismo a primera hora. Así pues, me largo, no sin antes decirle a
Sybille en la puerta del piso que Zulawski le dará un papel en la película si ella hace
lo posible por que todo salga bien. Asunto resuelto.
Entretanto, me han ofrecido otra película en París: Nuits d’or. Así que primero
ruedo esa birria de aficionados. Luego la película de Zulawski.

Ahora se empeñan todos en que interprete el papel de Kean, el mayor actor inglés
del siglo pasado. La versión escénica, a partir de la novela de Dumas, es obra de
Jean-Paul Sartre. Está previsto que se estrene en el Théatre de la Ville. No hay
manera de ponerse de acuerdo con ese pelmazo de administrador por lo que respecta
a mis honorarios. ¡Hay que ver el concepto que se tiene aquí de lo que es el sueldo de
un actor! Por fin se aviene a darme una determinada cantidad. Refunfuña que es el
doble de lo que cobró Ingrid Bergman en París, y eso que a Ingrid Bergman ya se le
pagó en su día el máximo posible.
Todo eso no me interesa en absoluto. Lo único que me interesa es que me paguen
más, y punto. Al final acabo firmando el piojoso contrato.
En nuestro primer encuentro, Sartre se muestra muy afable y contentísimo de que
sea yo el encargado de encarnar a Kean. Jala, priva y fuma como una chimenea. No
es de extrañar que esté enfermo y casi ciego, a pesar de esas gruesas gafas de cristal
pulido. He leído por encima su versión escénica, y la verdad es que no tengo ganas de
calentarme los casos con la sarta de chorradas pseudosocialistas de la obra, que es,
para decir la verdad, rematadamente mala.
Aún no me he recuperado de la paja mental intelectualoide de Zulawski, cuando
vuelvo a sacar del cajón Kean, porque tengo la vaga sospecha de que no podré salvar

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en el escenario las chapucerías de Sartre. Durante la lectura, tacho casi todas las
páginas, e intento incorporar el máximo posible de monólogos de obras de
Shakespeare, en las que va actuando Kean. Como paréntesis dentro de una película,
flashes, flash-backs, primeros planos. Al final de mi revisión, casi sólo quedan
monólogos: Hamlet, Romeo, Ricardo II, Otelo, Macbeth, Marco Antonio, el rey Lear.
Me dirijo a ese pelmazo de administrador y le digo que le haga llegar a Sartre mis
correcciones. A lo mejor, añado, puede reescribir esa porquería. Los asesores de
Sartre responden que no quiere que se toque ni una coma del texto parido por él.
¿Habrá olvidado Sartre que lo único que hizo fue piratear la novela de Dumas? ¡Qué
digo, piratear! ¡Lo que hizo fue destrozarla! Cuando se publicó mi primer libro, me
compararon con Céline, y me preguntaron si me gustaría encarnar a Céline en una
película. Era la primera vez que oía ese nombre, y hasta ahora no he leído nada de
Céline; sólo sé lo que dijo de Sartre: «Esa pequeña lombriz intestinal miope, ese
Sartre, ¿dónde estaba cuando corría la sangre? ¡Agazapado en las tripas de los
condenados, como la pequeña bola de mierda que es! ¡Esa hipócrita y pequeña
lombriz intestinal, ese gusano de la mierda de otros!».

Encontramos un atelier en los Marais, el barrio judío de París.


El piso consta de una sola habitación enorme, alta y clara, rodeada de ventanas.
Con balcón y cocina americana. Y con una bañera en medio de la habitación, justo
delante de la chimenea. Una escalera conduce a la parte superior, donde hay un
dormitorio por el que se accede a una gran terraza. No se oye el ruido del tráfico
callejero. Por uno de los lados, las ventanas dan al patio de una escuela. A la hora del
recreo, oímos siempre las alegres y libres risas y gritos de los niños, que salen a la
desbandada del mohoso edificio para jugar a la pelota y corretear por el patio.

El vientre de Minhoi se hace más grande, y ella cada día más guapa. Cada
instante en el que Nanhoi crece en su interior es una fiesta. Y a veces Minhoi me coge
la mano y la pone sobre su vientre, para que yo sienta cómo se mueve Nanhoi.
También veo cuándo patalea dentro del vientre de Minhoi. Y cuando pego el oído a
su vientre, oigo latir el corazón de Nanhoi. No tengo palabras para describir cómo
quiero a Minhoi.
Minhoi y Nanhoi son una sola cosa. Y Nanhoi y yo somos una sola cosa. Y
Nanhoi crece dentro de mí y dentro de Minhoi. Y yo crezco dentro de Nanhoi. Naceré
por medio de Nanhoi. Y Nanhoi nacerá por medio de mí y de Minhoi.
Cuanto más se acerca él, más siento la gracia de la vida y más me siento parte del
universo.
Una vez, una norteamericana me preguntó en Chicago por qué en las películas
francesas los actores se pasan la mitad del tiempo comiendo. No puedo contestar a

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esa pregunta. Pero tenía razón: se dedican a comer y a hablar de la comida. No paran
de filmar a la gente jalando, y empiezan ya por el desayuno. Lo más difícil de
soportar es la cena. En los bistrots y restaurantes, pero sobre todo en casa, con amigos
invitados o varios matrimonios. No hay quien lo aguante. ¡Y esos diálogos! Los
escriben los dialoguistas (sí, sí, existen de verdad escritores de diálogos). Los
personajes, mientras jalan, se pasan, por ejemplo, el salero o la salsa, después de
decir: «Pásame la sal, por favor», o «Pásame la salsa, por favor». Luego dicen
«gracias» y «de nada» y otra vez «gracias», y continúan en ese plan, aunque les
bastaría con levantar el culo para echar mano al salero. (Y todo eso, claro, porque,
ante el tema de la comida, a los denominados dialoguistas no se les ocurre nada mejor
que hablar de la comida). Pero también filman cualquier otra clase de comidas.
Comidas, comidas, lo importante es que salga gente jalando y privando. Como si los
actores no hubieran comido ni bebido en mucho tiempo, o como si no hubiera nada
más importante que comer y beber.
En Nuits d’or, excepcionalmente, no se jala ni se priva. Lo que impera es otra
manía, mucho peor que la de jalar y privar, y que se extiende cada vez más deprisa
por toda la tierra, como una epidemia: la manía de lo enfermizo y lo macabro, la
manía de lo putrefacto y corrompido, que esos cineastas saqueadores de cubos de
basura roban de los vertederos de los cerebros humanos. Sí, porque a ello se añade la
manía de robar. Saquean, sin más ni más, los cubos de basura de otras películas,
cuantas más mejor. Son auténticos basureros. Verdaderamente, da asco.
Día 23 de diciembre, cumpleaños de Minhoi. Tengo que rodar hasta las seis;
luego me voy volando a Cartier, donde he elegido un diamante para Minhoi.
Cuando le entrego el diamante, Minhoi no se alegra. Desde luego, sonríe
agradecida, pero sé que el diamente no significa nada para ella. He vuelto a meter la
pata. Sé que con un diamante no puedo arreglar el mal que le he hecho, pero, maldita
sea, ¿qué daño le he hecho? ¿Es que a un ser humano se le puede hacer algo peor que
no amarlo? Y yo amo tanto a Minhoi que daría mi vida por ella en cualquier instante.
Mi único delito consiste en que estoy condenado para siempre a esa eterna lucha
conmigo mismo. Y en que esa lucha se hace cada vez más cruel, en la pugna a muerte
entre las dos potencias opuestas en mi interior.
Me arde la cabeza como si me la hubieran golpeado con una barra de hierro.
¡Tengo que liberarme de esa presa que me estrangula! ¿Quién osaría culpar a un
animal salvaje por destrozar las rejas de la jaula al escapar de su cautiverio? ¿No se le
puede amar pese a ello? ¿O por lo menos impedir que sufra? ¿No hay que abrirle la
jaula al pájaro prisionero que se hiere las alas contra las rejas?
Minhoi ha hecho todo lo que era capaz de hacer por amor a mí. Lo único que
sucede es que no puede soportarme más. No es algo que ella pueda decidir. No está
en sus manos. Lo sé, y pese a ello me niego a concebir, o, mejor dicho, no puedo
concebir que yo sea incapaz de hacerla feliz. Pero no puedo ni quiero arrastrar
eternamente conmigo ese jodido sentimiento de culpa como una repugnante cruz que

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me lleva de cabeza a la demencia si no quiero acabar del todo idiotizado. ¡¡¡¿¿¿Qué
demonios he hecho???!!!
Minhoi me amenaza cada vez más a menudo con que voy a perderla si no cambio.
Pero ¿cómo voy a cambiar? ¿He de violarme aún más a mí mismo y atrofiar por
completo mi naturaleza?
¿Se puede aprender a ser de otra manera? No quiero decir a comportarse de otra
manera, eso no es ninguna cosa del otro mundo. Lo que quiero decir es: ¿Puede uno
convertirse en una persona completamente distinta? ¿Cómo es posible modificarse
espiritualmente sin sufrir daños en el proceso? ¿Y qué pasaría con los sentimientos e
ideas personales? He martirizado mi cerebro millones de veces intentando
comprender por qué no soy de otra manera, y de hallar un modo de cambiar. Pero
todo ha sido en vano. Creo que no somos capaces de decidir nuestra forma de ser, ya
que ésta depende de la fuerza del magnetismo universal y de las energías que nos
irradian. Y que no es posible modificar el magnetismo ni las ondulaciones y
vibraciones del universo; en especial cuando son tan contrapuestas las fuerzas que
entran en contacto. ¿Es posible calmar el océano frente al Cabo de Hornos? Si
alguien sabe cómo hacerlo, que lo diga.
Posiblemente, los sordos creerán estar oyendo una sarta de excusas. Pero no
intento excusar nada de lo que he hecho, y además, ¿ante quién debería disculparme?
¿A quién le servirían de algo mis disculpas? No. Lo que hago es buscar
desesperadamente una solución. Yo también lo he intentado todo. Nadie me ayuda.
Cuento los días, las horas, los minutos y los segundos hasta el nacimiento de mi hijo,
como un preso que marca en las paredes de su celda los días, las horas, los minutos y
los segundos de su condena Mi hijo será mi redentor. Con su amor, me liberará de las
cadenas de mi tormento. Lo sé, lo siento así. No puedo evidenciarlo ni demostrarlo,
pero estoy henchido de la visión de su nacimiento, que ahora ya me insufla energías.
Igual que un árbol encadenado, romperé, al crecer, los cables de acero que amenazan
con clavárseme en el alma, como a él en la carne a través de la corteza.
El vientre de Minhoi se hace cada día más grueso y más encantador. Casi lo
vemos crecer. Lo sentimos crecer como se siente crecer una flor, o una tormenta, un
iceberg, el mar, o la primavera, que hace crecer los brotes y las raíces; sentimos como
sonidos que se hinchan hasta convertirse en vibraciones, en ondulaciones del
nacimiento… Minhoi me llama cuando nuestro hijo Nanhoi se mueve dentro de su
vientre. Entonces me coge la mano y se la pone sobre el vientre, para que yo lo
perciba. Pero también veo a Nanhoi con los ojos. Y siento en mi propio cuerpo cómo
crece dentro del vientre de Minhoi. Cada mes, cada semana, cada día, cada hora, a
cada respiración. Lo toco y lo acaricio y lo beso. Él me mira desde el vientre de
Minhoi, y sus ojos me dicen que sabe con qué indecible pasión lo quiero. Que nadie
ni nada en este mundo puede ser querido con un amor más hondo y violento.
Desde que lleva dentro a Nanhoi, Minhoi se hace cada día más indeciblemente
bella, y mi amor por ella también es cada día más indeciblemente intenso. Todas las

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mujeres que llevan dentro a un niño que va a nacer adquieren una belleza
sobreterrenal.

Se estrena Aguirre en París (¡después de cinco años!). Herzog, director inepto,


productor inepto y un inepto a la hora de comercializar la película, la ha malvendido
por cuatro duros (escalofriantemente mal doblada al inglés) a una distribuidora
francesa de mala muerte. En la otra versión, aún peor (en alemán, con subtítulos), no
es mi voz la que se oye, pues me negué durante años a hablar con Herzog. Me
produce alergia el simple hecho de oír o leer su nombre. El supuesto «dossier de
prensa» no es más que un cúmulo de fanfarronadas hinchadas y mentiras
desvergonzadas en favor de Herzog. Su responsable es un baboso «jefe de prensa»
que se ha fijado como meta para el resto de su vida lamerle a Herzog su asqueroso
culo. En el dossier de prensa aparece por primera vez esa historia analfabeta según la
cual Herzog me forzó por las armas a ponerme delante de la cámara.
Los periódicos, la radio y la televisión se masturban con pretenciosos artículos
sobre mí. Parece que les pone cachondos calificarme de genio. No saben que la
película, tal como ha quedado, sólo ha sido posible porque le hice cerrar el pico a
Herzog para salvar lo poco que valía la pena salvar. Al menos, los cientos de
entrevistas que me hacen me permiten por fin escupir en la cara de Herzog y llamarle
lo que es: ¡un capullo como la copa de un pino! Pese a ello, acapara con el mayor
descaro todos los premios y distinciones imaginables que es capaz de concederle esa
caterva de subnormales que se llama «la cultura».

Lo importante es amar se estrena igualmente por esas fechas en París. También


en este caso, los periódicos y las televisiones vomitan, por lo que respecta a la
supuesta colaboración entre Zulawski y yo, una basura repleta de mentecatez e
ignorancia. La única verdad es que, si soporté (sin partirle la cara) al puñetero,
engreído y fanfarrón de Zulawski fue sólo porque aquel gusano de la distribuidora de
Munich había querido impedir que yo rodara ese putrefacto y deprimente mamotreto.
Las entrevistas, totalmente absurdas y agotadoras, llegan a durar diez horas o
incluso varios días, y además son grotescas, pues la mayoría de esos castrados no
captan nada en absoluto y lo deforman y tergiversan todo, de manera que mis
palabras acaban careciendo de sentido.
Últimamente he hecho correr la voz de que sólo consentiré en ser entrevistado por
mujeres. No es que ellas tengan más talento ni sean más inteligentes, pero por lo
menos existe la esperanza de que a alguna valga la pena tirársela. Cuando un
periódico, radio o televisión llama a mi agencia, hago preguntar si la persona en
cuestión es guapa, y también qué edad tiene. Si la periodista afirma ser guapa, me
cito con ella previamente en mi agencia, por precaución. Siempre estoy a tiempo de

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darme el piro. Una escribió en su artículo que no le contesté a ninguna pregunta, sino
que me limité a intentar todo el tiempo meterle mano entre las piernas y llevármela a
mi hotel.
Ninguno de esos gilipollas quiere creerse que he rechazado ofertas de Ken
Russell, Fellini, Visconti, Pasolini, Cavani, Penn, Lelouch y todos los demás
denominados directores de fama mundial, y que si ruedo películas es sólo por dinero.
Resulta verdaderamente fatigoso tener que rechazar una y otra vez esa basura-
fast-food que intentan hacerme tragar por la fuerza.

Minhoi repite cada vez con mayor frecuencia el gesto de cogerme la mano y
ponérsela en el vientre para que yo sienta patear a Nanhoi. Le sacude buenas patadas,
cada vez más fuertes, verdaderos puntapiés dados con todas las fuerzas, como en el
kung-fú. Una vez consigo distinguir un pie de Nanhoi antes de que empiece a patear;
tengo unas ganas enormes de besárselo y, en el momento en que pongo rápidamente
la boca sobre él, me suelta una patada en los labios. Estoy seguro de que él lo sabía y
luego se ha echado a reír dentro del vientre de su madre. A partir de ahora, cada vez
que poso la mano en una zona en la que sospecho que hay un pie, él me pega una
patada.
En todos los parques a los que vamos, Minhoi se dirige a las madres con niños
pequeños y les pregunta dónde han comprado el cochecito o dónde venden esto o lo
otro. A mí me hace muchísima ilusión que Nanhoi tenga un gran coche de niño inglés
como el que compré para Nastassia. Así se pensará que viaja en un gran carruaje. Y
podrá azuzarme y gritarme «¡arre!» y darme latigazos, pues yo seré su caballito y lo
llevaré como él quiera, al paso, al trote o al galope. Pero Minhoi no quiere un
cochecito grande, porque no podríamos meterlo en el coche cuando lo llevamos a
pasear al parque o al campo. También les preguntamos a las madres sobre cunas,
parques y cestos, y dónde se puede comprar una mesa para cambiar pañales y una
cómoda para guardar las cosas del niño en su habitación. Con el tiempo llegamos a
conocer las tiendas de artículos infantiles que tienen la gama más amplia de
cochecitos, cunas y parques. También localizamos pronto las tiendas donde venden la
más primorosa ropita y calzado, y yo sé dónde puedo encontrar todos los juguetes que
quiero comprarle a Nanhoi.
Durante esas salidas de exploración y compras nos peleamos siempre. Uno de los
dos siempre se pone celoso cuando el otro elige algo para Nanhoi. Intento forzarme
como puedo a cerrar la boca, para no irritar a Minhoi, pero estoy tan rebosante de
entusiasmo por darle yo mismo a mi hijo lo mejor de lo mejor que, sin poder evitarlo,
pronuncio, digo en voz alta, grito una y otra vez espontáneamente lo que pienso,
deseo, anhelo. En pocas palabras: Minhoi y yo estamos completamente pirados por
nuestro babyboy.

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Miklos Jangso me telefonea desde el aeropuerto de París. Quiere rodar conmigo y
Claudia Cardinale una película en Hungría. ¿Hay hoteles en Hungría? Las fechas del
rodaje coinciden con las previstas para el nacimiento de Nanhoi. ¿En qué parte de
Hungría? ¿Hay una clínica en el lugar del rodaje? ¿Un médico? ¿Una comadrona?
Miklos no puede decirme exactamente dónde rodaremos, pero me asegura que no
tengo por qué preocuparme. ¿Nacerá nuestro hijo en Budapest?
Nuestros planes van cambiando semana a semana, pues también cambian cada
semana las ofertas que recibo. Cada semana pensamos que Nanhoi va a venir al
mundo en otro lugar, en otro rincón del planeta. No consigo decidirme por ninguna
película; siempre pienso que quizá la próxima oferta sea más suculenta.
Me decido por Jack the Ripper, en Zurich. Ruedo esa mierda en ocho días. El
resto del tiempo me lo paso jugando al tenis, aunque llueva a cántaros, hasta que me
sangran las manos y los pies y tengo tantas ampollas que no puedo caminar ni estar
de pie.
En París no decimos ni hacemos cosa alguna que no tenga que ver con los
preparativos para el parto de Nanhoi. Minhoi va regularmente a una clínica de la Rue
Marbeuf, en la que se prepara a las embarazadas para un parto sin anestesia.
Aprenden a respirar relajadamente, a colocar el abdomen en la posición idónea para
el parto, a ayudar al alumbramiento, a apretar, a hacer presión, y sobre todo a dejar de
lado toda clase de miedos que podrían entumecer el cuerpo y bloquear el proceso de
alumbramiento.
La tensión resulta ya casi insoportable. Siento como si fuera mi cuerpo el que va a
alumbrar a Nanhoi. Como si fuera a parir a nuestro hijo conjuntamente con Minhoi.
Los tres somos un solo cuerpo: Minhoi, Nanhoi y yo.
Cinco de la tarde. Minhoi tiene de repente unas contracciones muy fuertes y tengo
que llevarla inmediatamente a la clínica, donde la introducen sin demora en el
paritorio. Pero aún no ha llegado la hora del alumbramiento. Durante toda la tarde,
hasta entrada la noche, las contracciones se intensifican y remiten, se intensifican y
remiten. No me aparto de Minhoi, y la beso y acaricio a ella y a nuestro hijo dentro
de su vientre. Cada vez siento más claramente hasta qué punto se conmueve mi
interior ante esa fuerza natural del parto próximo, una fuerza que se anuncia como un
terremoto. Pero Minhoi y yo no tenemos miedo. No siento ni veo otra cosa que a mi
hijo, que se acerca a mí como desde muy lejos. Lo que siento en esos momentos es
demasiado grandioso, demasiado abrumador para poder expresarlo con palabras. Me
he traído una cámara Polaroid con la que voy a fotografiar el parto. Minhoi lo quiere
así. Creo que ver una y otra vez esas fotos es lo más hermoso del mundo. A qué
madre no la haría feliz verse a sí misma mientras alumbra a su hijo.
Cinco de la madrugada. Empieza el parto. Minhoi está echada boca arriba, con las
piernas abiertas de par en par, las corvas apoyadas, a izquierda y derecha, en unos
soportes metálicos a cuyas varillas se sujeta ella, y el abdomen ligeramente

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levantado. Todo su cuerpo parece abrirse: todo en ella es alumbramiento. Tendré que
disparar las fotos a toda velocidad, para no dejar pasar ninguna fase del parto.
Me dan ganas de arrodillarme. Es la situación más emocionante, imponente,
dramática, gozosa, sensual y pura de que jamás he sido testigo. Sin duda, Minhoi
siente dolor, pero parece no percibirlo como tal, ¡pues está riendo! Son los dolores de
una tempestad, de un mar embravecido… Lo primero de Nanhoi es la cabeza… La
comadrona coloca sobre su cabecíta una diminuta membrana conectada con un
estetoscopio. Nos alcanza el estetoscopio a Minhoi y a mí para que oigamos los
latidos del corazón de Nanhoi. Y mientras oigo los para mi más deliciosos latidos del
mundo, que me atraviesan y se asocian a mis propios latidos hasta fundirse en un
grito de júbilo, sale a la luz la cabecita de Nanhoi, con la carita hacia arriba, girada al
cielo… Minhoi jadea y gimotea, pero respira profunda y regularmente, y aprieta y
hace fuerza para sacar a Nanhoi de su vientre… Lo siguiente que sale a la luz es el
bracito derecho de Nanhoi… Luego el izquierdo, y ambos se descuelgan agotados,
debido al esfuerzo del nacer. A partir de ahora, el parto debe seguir su marcha a buen
paso. Cualquier retraso podría significar que Nanhoi se quedase sin aire, al verse
aprisionado y, por tanto, imposibilitado de respirar, su delicado tórax, que aún está
dentro de Minhoi. Con desmesurado esfuerzo, Minhoi abre su cuerpo entero como
una flor… Ahora ya parece que el parto no la canse… y, del modo en que un pedazo
de tierra firme se convierte en una isla al ser aserrado por el mar, el cuerpo de Nanhoi
se escurre del de Minhoi. Lo primero que besa Minhoi, cuando la comadrona le
tiende a Nanhoi, son los piececitos del niño. El médico se dispone a llevarse a Nanhoi
a la pieza contigua para lavarlo; pero yo por nada del mundo le dejo salir solo con mi
hijo de la habitación, y le piso los talones. Con una manguera retira de la cabeza, el
cuerpo y la cara de Nanhoi los restos de la placenta, y mientras lo sostiene cogido de
los pies, de modo que la cabeza le cuelgue, Nanhoi suelta su primer berreo, y yo beso
su cara arrugada y de una gracia sobrenatural.

Desde que ha nacido Nanhoi, reina un sentimiento de liberación: todo es vasto y


sin límites y forma una sola cosa con el universo, como si ya no hubiera barreras, ni
leyes, ni religiones, ni calendario, ni muerte. Sólo amor. Siento como si corriera por
un infinito prado florido, que ya vi desde lejos cuando Minhoi se quedó embarazada.
¿Qué son todos los dolores y penas que he arrostrado, a la luz que expande el
nacimiento de Nanhoi, que me ilumina y hace resplandecer mi futuro (por duro y
laborioso que pueda ser), y me infunde unas indecibles energías?
Todos los pasos que tengo que dar en esos días los doy con presteza y sin
cansancio, para poder volver lo antes posible a la clínica, donde Nanhoi reposa y
patalea junto a la cama de Minhoi, dentro de una cuna transparente, para que su
mamá pueda verlo sin necesidad de incorporarse. ¡Me muero de ganas de volver a ver
a Nanhoi! De inclinarme sobre su cuna, tomarlo en mis brazos, besuquearlo, lamerlo,

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devorarlo. Besar sus enormes ojillos celestiales, que son estrellas oscuras como los de
Minhoi. Besar su boquita que es como un capullo de rosa. Y sus minúsculos
piececitos y sus manitas minúsculas y fuertes, que, cuando las cierra, tienen la misma
forma cuadrada que mis puños, sólo que en un tamaño diminuto.
Minhoi me envía a comprar más camisolas, chaquetitas, bragueros, pañales,
crema para la piel, aceites y polvos de talco para bebé y no sé cuántos encargos más.
A veces, en mi excitación, compro alguna cosa equivocada, y tengo que volver a salir
para cambiarla. Le pregunto a Minhoi si quiere que compre también un cochecito
plegable para ir sentado, pero me dice:
—No, hombre, hasta dentro de seis u ocho meses no. ¡Nanhoi todavía no puede
sentarse! ¡Ni se te ocurra sentarlo! ¡Los niños de pecho no se pueden sentar, tienen la
columna demasiado tierna!
Por fin llega el gran día en que puedo llevarme a casa a Minhoi y Nanhoi.
Por la noche nos turnamos para darle el biberón. Pongo el despertador cada tres
horas, para no quedarme dormido en caso de que se me cerrasen los ojos de puro
cansancio. Pero mi cariñito berrea siempre justo a su hora de comer… Me hace tan
feliz tener en brazos a mi babyboy y darle de comer. Sentir cómo su vigoroso
cuerpecillo aumenta de peso a cada trago, y luego apoyar su cabecita contra mi
hombro para que erupte y así expulse el aire que ha tragado al mamar, porque de otro
modo tendría dificultades para respirar. Luego vuelve a dormirse inmediatamente
contra mi hombro, y yo no me muevo ni me atrevo a respirar, para no perturbar su
sueño de bebé. Minhoi y yo también nos turnamos durante el día. Pero también esto
provoca disputas, porque a menudo ambos afirmamos que nos toca el turno. Por
supuesto, también le cambio los pañales y se los pongo cada vez que Minhoi me lo
permite, lo lavo y lo baño y también lavo sus camisolas, chaquetitas y bragueros, lo
visto con ropa limpia y le lavo y cambio la ropita de la cuna. Con toda precaución, le
limpio, con ayuda de bastoncillos de algodón, las ramificaciones de las orejas, que
son finas como el papel de seda, y le cepillo el sedoso cabello con un cepillo para
bebés, cuyas cerdas son suaves como el plumón de un pato joven. Durante los
primeros tiempos, también me encargo de ir de compras a las tiendas y al mercado,
porque Minhoi todavía está muy débil, y le cansan demasiado las escaleras de los
cinco pisos.
Pero Minhoi está tan loca de alegría y tan orgullosa de nuestro hijo que pronto me
acompaña a las tiendas en las que compramos, para ir enseñando a Nanhoi por todas
partes. Lo cual siempre dura un buen rato, porque las mamás judías de los Marais
nunca se cansan de ver a Nanhoi.
Ahora empezamos a sacar a Nanhoi a pasear en su cochecito. Pero ir empujando
el cochecito por las calles es un infierno. No sabe uno hacia dónde tirar. Por todas
partes contaminación, cloacas, hedores asesinos y un estruendo infernal, ¡y sobre
todo, peligros! Además, cagadas de perro a cada paso. Para no pisar una mierda hay
que avanzar en zigzag, de trozo no enmerdado en trozo no enmerdado. Hasta

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entonces nunca me había dado cuenta con tanta alarma de que tenemos que
marcharnos de París lo antes posible.
Como nuestra casa de los Marais, que data de la Edad Media, no tiene ascensor,
tengo que subir y bajar en brazos a Nanhoi por los cinco pisos de escaleras. Llevar a
mi babyboy en brazos, aunque sea toda la vida y hasta el fin del mundo, me produce
un sentimiento de verdadera beatitud, pero los escalones están gastados y resbalan.
Una vez perdí pie y caí de cabeza hasta la mitad de un tramo de escaleras, dándome
un golpe en el cráneo y dislocándome el brazo con el pasamanos. Me da miedo que
vuelva a pasarme eso llevando a Nanhoi en brazos, y subo y bajo los peldaños uno a
uno, despacito y con muchísima precaución, como los niños pequeños.

Cuando Nanhoi duerme, a cada momento echo un vistazo para asegurarme de que
esté en la posición adecuada. Y de que esté bien tapado. Y de que no le falte el aire. Y
de que no haya corriente de aire. Y de que no haga demasiado calor en la habitación o
en la terraza. Ni demasiado frío. Y de que no se le haya colado en la cuna, pese a la
mosquitera, ningún mosquito, avispa, abeja o mosca El olor a bebé que desprende
durante el sueño es tan embriagador que me gustaría meterme en la cunita y ponerme
a su lado. Pero seguramente se rompería. También vigilo que las pesadillas no turben
su sueño. A veces se ríe mientras duerme. A veces, cuando me acerco mucho, me
agarra un dedo en sueños. Lo coge bien fuerte, para lo que necesita su manita entera.
Me gustaría dejarle mi dedo para siempre, pero cuando tengo que alejarme, o cuando
Minhoi se impacienta porque quiere estar sola con Nanhoi, saco mi dedo muy
cuidadosamente de su puñito. Si él, que sigue durmiendo, se da cuenta y vuelve a
apretar, tengo que dejar pasar un rato antes de volver a intentar sacar muy
cuidadosamente el dedo de su puñito.
Al cabo de ocho semanas, Nanhoi se pone de pie por primera vez; aunque se
apoya en Minhoi, que está echada en la cama, lo cierto es que se encuentra de pie
sobre sus propias piernecitas. En ese momento me doy cuenta por primera vez de
cuánta fuerza tiene dentro.

Minhoi quiere que yo me vaya de nuestro piso. Ella, por su parte, piensa mudarse
a otro piso, situado en la rue de Saint-Louis, en París. Al principio no sé de qué me
habla. Es verdad, ella venía diciendo desde hacía años que deberíamos separarnos
cuando naciese Nanhoi; pero yo nunca había sido consciente de hasta dónde pensaba
llegar, y, en mi felicidad, había olvidado todo. Quiere que me vaya y me busque un
sitio para vivir, sin contar con ella ni con Nanhoi. Es decir, que no siga viendo a
Nanhoi a todas las horas del día y de la noche, y que deje de jugar con él y de hacerle
esas muecas que tanto le gustan. Que deje de levantarme por la noche para comprobar
si está bien tapado. Que no le dé más el biberón ni le lave los pañales ni le ponga la

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camisola, la chaquetita y el braguero limpios. Que deje de lavar todas sus cosas. Que
deje de besarlo y cogerlo en brazos día y noche, y que no lo saque más a pasear, ni al
teatro de marionetas, ni lo suba al tiovivo ni me siente con él, porque aún es
demasiado pequeño y no puede sostenerse por sí solo…
No entiendo nada. Ni siquiera puedo pensar. Minhoi dice que lo habíamos
acordado así. Dice que le había prometido que la dejaría sola con nuestro hijo
después de nacer él. Que yo sabía desde hacía tiempo que no podíamos vivir juntos.
Que nadie puede vivir conmigo. Me siento paralizado. ¿No será todo una pesadilla?
¿No me lo estaré inventando, debido a mi extremo cansancio? A lo mejor Minhoi se
compadece cuando vea que ya no estoy a su lado, y me pide que vuelva con ella.
¿Cómo se le ocurre proponerme que abandone a mi hijo? ¡No lo haría jamás, jamás!
¡Mi hijo me necesita! ¡Y yo no puedo vivir sin él! Quizá Minhoi acabe entrando en
razón. No puede apartarme sin más ni más de Nanhoi, sería demasiado terrible. Quizá
todo se arregle, quizá…
La idea de buscarme un piso por mi cuenta, separado de Minhoi y separado de mi
babyboy, al que quiero por encima de todo, es tan mortalmente deprimente que me
siento como muerto. Como una rama de árbol cortada. Para que vaya a ver un piso,
hará falta que me lleven a empujones, que me fuercen brutalmente. Pero una vez allí
me limitaría a mirar al vacío. Simplemente no consigo interesarme por el asunto.
Alquilo un piso cualquiera de los que salen anunciados en el diario Le Fígaro; el
piso se encuentra muy cerca del enorme parque del Bois de Boulogne, que es como
un verdadero bosque. Realizo los trámites como en trance. Desde el nacimiento de
Nanhoi, he estado dándole vueltas a la cuestión de dónde podría sacarlo a pasear en
su cochecito y jugar con él al aire libre. El piso está en el número 33 de la Avenue
Foch, la calle más cara de París. Es una casa de apartamentos, gélida y de un gusto
detestable. Una casa para muertos. La hizo construir Rothschild, y el propietario de
mi piso es el sha de Persia. El contrato de alquiler del piso —un estudio sin muebles,
con cocina y un cuarto de baño sin ventanas— me llega, firmado personalmente por
el sha, desde el palacio imperial de Teherán.
Ese tipo es, pues, un auténtico casero. ¡Ese contrato de mierda prohíbe tener niños
y poner macetas de flores en el balcón! Seguro que ese individuo se ha hecho con un
montón de cuchitriles como ése, a los que llama «apartamentos de lujo». A lo mejor
también es prestamista, quién sabe. El portero de la finca número 33 de Avenue Foch
está orgulloso y fanfarronea de que en el garaje de la casa haya más Rolls Royce y
Bentleys que en ningún otro de París, eso sin contar un Excalibur y varios Maseratis
y Ferraris. Le he dejado el Mini Cooper a Minhoi. La mayoría de las veces me
desplazo a pie. A ser posible, al atardecer, cuando se pone el sol, o por la noche. No
puedo soportar que la gente me mire y descubra en mi cara el tormento que me está
asesinando y asesinando y asesinando y asesinando. Soy incapaz de ocultárselo a
nadie. No puedo ahogar el grito que se lee en mi cara. ¡¡¡¡Todo en mí grita, grita y
grita!!! Tengo miedo de que me vea la gente. Doy los más ridículos rodeos por simple

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miedo a encontrarme con alguien. Seria una verdadera indecencia que alguien se
enterara de lo que estoy pasando. Me siento como un leproso en la Edad Media, o
como el Hombre Elefante, que se cubre para no provocar el asco de la gente. A veces
me echo a llorar y berrear en plena calle. En esos casos, no sé hacia dónde ir. Acelero
mis pasos, echo a correr. Y lo hago fingiendo tener prisa, como si no tuviera ni un
segundo de tiempo. Soy del todo incapaz de hacer nada, ni siquiera comer, y mucho
menos dormir. Sólo puedo pensar en mi querido niño, en mi único ser querido, mi
Nanhoi, al que ahora sólo puedo ver una o dos veces cada dos semanas, y un máximo
de veinticuatro horas cada vez. Lo peor es que nunca sé cuándo. Telefoneo cada día a
Minhoi para preguntarle si puedo ver a mi hijo. Se lo ruego, se lo suplico. A veces se
limita a decir que no, que no puedo verlo. O cuelga el teléfono sin más.
Cuando paso al trote por delante de alguna puta de la Avenue Foch, le sonrío y
echo una mirada a mi reloj de pulsera, como queriendo decir: «Otra vez será, ahora
no tengo ni un minuto libre, aunque me gustaría». Por supuesto, es mentira, ya que no
tengo nada que hacer.
Hoy Minhoi viene a verme y me enseña una serie de tiendas a las que puedo ir a
comprar comida; en la Avenue Foch no hay tiendas. También me explica lo que tengo
que comprar. Como yo no tengo coche, es ella quien me trae a Nanhoi para dejármelo
un día o un día y una noche; en tales ocasiones salgo, ya horas antes de nuestra cita,
al balcón de cemento que da a la Avenue Foch, e intento distinguir desde lejos todos
los Mini Cooper que se parecen al de ella. Los sigo con la vista por si acaso descubro
el suyo. Pero ella nunca llega antes de la hora acordada; más bien llega tarde. Y
cuando se retrasa, aunque sólo sea un minuto, y no veo venir desde lejos su Mini
Cooper, empiezo a pegarme cabezazos contra la pared, caigo de rodillas y, llorando,
le imploro a Nanhoi que venga a mí. Y es que, desde el momento en que Minhoi me
promete traerme a mi babyboy, aunque sea con una semana de antelación, sólo vivo
para el instante en que veré a mi cariñito, sostendré entre mis brazos su rechoncho
cuerpecillo, lo olfatearé, inhalaré su aroma a rosas y estrecharé y apretaré, hasta
dejarlo sin aire, sus preciosas manitas llenas de gracia y al mismo tiempo de fuerza,
su cabecita de nube y todo su cuerpo, a todo él. Y lo lanzaré por los aires, tan alto que
casi rozará el techo de la habitación y se reirá gorjeando como un ave canora, y los
pañales se le abrirán; y cuando aterrice en mis brazos, rodaremos los dos por el suelo,
y le haré cosquillas, y reiremos los dos, reiremos, reiremos, reiremos, reiremos,
reiremos, reiremos, reiremos… Cada vez que tengo a Nanhoi es como si resucitase de
entre los muertos. Antes de que él llegue, mi alma no es más que una masa informe
torturada y pisoteada. Y así todo el tiempo. Cuando pasan días sin que suene el
teléfono, se me hiela la sangre. Cuando suena, también se me hiela la sangre. Durante
horas, días y noches enteros camino de aquí para allá por mi celda de lujo, igual que
el oso polar, el lobo, el león, el tigre en el zoo, rondan por el suelo de cemento de sus
perpetuas celdas de castigo. Me aprieto los oídos con los puños hasta que me duelen,
para no oír el infernal ruido de tráfico de la Avenue Foch, pero las mortíferas

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vibraciones atraviesan mi piel y me atacan desde mi propio interior. Garfios que no se
pueden arrancar sin causar una profunda herida. Además, la soledad y la
desesperación de estar sin mi hijo.
El mortífero ruido de tráfico de la Avenue Foch no cesa tampoco por las noches.
Así que me las paso despierto, clavándome los puños contra los oídos, envuelto en el
hedor malsano de la pintura de las paredes, las ponzoñosas emanaciones del barniz de
los armarios y las puertas, y el hedor remansado del polvo y los productos químicos
en los que está empapada la moqueta.

Cuando mi Nanhoi está conmigo, siempre salimos, a menos que esté cayendo un
chaparrón. También le doy de comer en el parque. Preparo su comida por la noche,
mientras mi ángel duerme. Luego me escabullo sigilosamente de la cama y me pongo
a lavar sus pañales y su braguero.
Cuando bajamos por la Avenue Foch hasta el Bois de Boulogne, empujo el
cochecito al trote, como le gusta a Nanhoi. En el parque puedo lanzarlo por los aires
aún más alto que en el piso. Lo lanzo más alto, cada vez más alto, diez veces, veinte
veces, cincuenta veces, cien veces: Nanhoi nunca se cansa. También quiere que
juguemos al avión, para lo que se agarra a un brazo o a una pierna míos… Giramos
cada vez más deprisa, cada vez más deprisa… hasta que me mareo y siento girar el
mundo a nuestro alrededor… Nos acercamos a los patitos que nadan por el estanque,
y les echamos pan. Miramos cómo los niños más crecidos hacen navegar sus
barquitos de vela… Nos arrastramos por el césped y nos dejamos caer rodando por
las pequeñas colinas… y le doy pelotitas muy pequeñas, que él agarra con toda la
fuerza de sus puños y no quiere soltar… Gira su cabecita en todas las direcciones y
descubre y ve todo. Señala una hoja de árbol que yace en el suelo. Un pájaro que
vuela. Una flor que florece. Un pez que asoma la boca. Los gorriones se posan
confiados en los bordes de su cochecito, en sus hombros y en sus manos. Señala una
abeja que pasa. Una nube que parece un corderito, y que pasa saltando. Señala todos
los perros y todos los gatos. Quiere atrapar el viento y las gotas de lluvia. Quiere
echar mano a la superficie del agua. A todos los árboles. Al sol, a la luna y a las
estrellas cuando se despierta en plena noche y yo lo saco en mis brazos al balcón y le
canto una nana hasta que se duerme de nuevo.
Para mi babyboy, lo más sensacional son los tiovivos. En el Bois de Boulogne, en
los jardines del Luxemburgo, en los parques de los Campos Elíseos, en las Tullerías,
en el jardín de Notre-Dame, en los parques infantiles de los quais del Sena, en el
parque de atracciones de Neuilly, y en cualquier parte donde aparezca un tiovivo, se
incorpora en su cochecito y, preso de la más viva agitación, señala en la dirección
adecuada incluso antes de que yo lo haya descubierto. Tiene el olfato de un animal
libre.

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Entonces tengo que sentarlo en uno de esos caballitos, carruajes, motos o
bicicletas, o en uno de esos elefantes, camellos o camiones de bomberos que giran
mágicamente al compás de la música de organillo, iluminados por bombillas de
colores… A veces pasan horas antes de que mi chiquillo esté agotado y yo lo saque,
ya dormido, del tiovivo. Luego lo meto en su cochecito, lo llevo con todo cuidado de
regreso a casa y lo pongo a dormir en la cama.
Además de montar en tiovivo, también le gusta columpiarse. O comerse un
helado, montar en tiovivo y columpiarse. O montar en tiovivo y comerse un helado.
O comerse un helado y columpiarse. Aunque lo mejor es pasar todo el día comiendo
helados, montando en tiovivos y columpiándose. De todos modos, para mi cariñito el
placer supremo es comer helados. Sus manitas son tan minúsculas que apenas es
capaz de sujetar el cono de barquillo, y temo a cada instante que la bola de helado,
que es casi tan grande como su cabecita, se suelte y se estrelle contra el asfalto o la
arena. Por si fuera poco, el helado empieza a fundirse antes de que él pueda lamerlo
con su lengua diminuta. Resulta enervante estar sentado intentando controlar sus
movimientos y el estado del helado. Le aviso enseguida cuando veo que por mi lado
el helado está fundiéndose y desbordando el barquillo, que va ablandándose poco a
poco, o empieza ya a soltar su jugo o, aún peor, gotas que se deslizan por el
puntiagudo cono. Le enseño a mi bebé todos los trucos y artimañas que aprendí y
acumulé cuando era un pilluelo callejero. Y mi babyboy aprende tan rápido, y es tan
increíblemente hábil, que pronto desarrolla su propia técnica de lamido de helados, de
modo que ya sólo tengo que intervenir cuando es estrictamente necesario. Me agotan
esas sesiones de lamido que exigen toda mi atención, aunque yo no suelo comer
helado, a fin de poder concentrarme por completo en el de Nanhoi. No puedo permitir
bajo ningún concepto que se le estrelle contra el suelo la bola de helado. Mi cariñito
no podría soportarlo, aunque saliéramos corriendo enseguida al quiosco, de helados
para comprar otra bola. No puedo ver llorar a mi Nanhoi. Es como si tuviera clavada
una navaja en el corazón. Me resulta insoportable saber que mi querido cariñito es
infeliz, aunque sólo sea por culpa de una bola de helado.

Es como una burla el que tenga que rodar, aquí en París, la película Madame
Claude. También el sueldo es miserable. Además, el productor intenta engañarme
pagándome con letras de cambio. Pero necesitamos dinero. Las chicas que hacen en
la película el papel de putas de Madame Claude follan como auténticas profesionales.
Sobre todo las más jovencitas, pero también las que están casadas, a las que sólo
puedo follarme cuando sus maridos salen de París por algún tiempo. Hay una
figurante muy joven que tiene un chochito pequeñísimo, casi sin pelo, como una
boca, unas nalgas minúsculas y unos pechitos diminutos. Antes de poder joder con la
hija, tengo que hablar cada vez por teléfono con la cachonda de su madre.

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Esos programas televisivos de magazines cretinos y cretinizantes se llaman talk-
shows. El nombre hace pensar, ya de por sí, en algo así como cebar gansos. Y de
hecho no son otra cosa que bazofia para el público. A veces hay alguien que le vomita
la bazofia en la cara a uno de esos cerdos. Ése soy yo. Sin duda el lector se
preguntará por qué acudo, pues, a tales citas. La primera vez no sabía de qué iba Fui
allí igual que voy siempre a esos vertederos de basura: porque un editor o productor
idiota me come el coco sin parar hasta que acabo dejándome remolcar, a cambio de
algún favor por su parte.
Ese animal de presentador, que, por si fuera poco, se autodenomina talk-master,
(¡maestro!), se llama, creo Philipp Bouvard. Esa lombriz intestinal de perro, que
asoma de un cuello de camisa almidonado, es la cosa más repugnante que jamás he
visto en una de esas situaciones. Me paso las horas en ese lupanar al que llaman
estudio de televisión, hasta que a medianoche me toca el turno por fin. La
iluminación es tan enfermiza como en esos drugstores de veinticuatro horas en los
que dejan rondar a los vagabundos, y gracias a Dios casi tengo que cerrar los ojos,
con lo que no tengo que ver constantemente a ese vomitivo ambulante, aunque sí oír
sus palabras, que brotan como pedos chorreantes del putrefacto agujero de su boca. El
origen de esta epidemia, como en muchos otros casos, no se conoce. O, mejor dicho,
no se conoce el modo de combatirla. Lo cierto es que el origen de esa epidemia de
talk-shows se halla en determinadas basuras humanas. Sin embargo, como en el caso
de la enfermedad del legionario o el sida, no se ha encontrado hasta ahora la vacuna
que la destruya, a menos que se decida uno a pisotear al bicharraco de marras hasta
aplastarlo, aunque pasaría lo mismo que con la Hidra de doce cabezas. El caso es que
esa lombriz intestinal de perro le pregunta en mi presencia a una joven, invitada
también a ese programa, cómo se llamaba el primer cliente con el que se metió en un
hotel cuando empezó a ejercer la prostitución.
Esa mujer es la autora del bestseller titulado La Dérobade. Se trata de la
dramática y emocionante historia de una puta (ella misma) que consiguió escapar a la
tortura de los chulos y los burdeles. En el libro describe su vida en la más
vergonzante calle de putas de París, la Rue Saint-Denis, en la que cientos y miles de
putas jovencísimas montan guardia delante de las puertas de los burdeles, a menudo
sin bragas y con faldas lo bastante cortas (o incluso sin falda) para que los hombres
les vean el culo y el coño. A la joven escritora, que se llama Jeanne Cordellier, sus
chulos la obligaban a joder hasta con setenta hombres en una noche. A mí me da lo
mismo con cuántos hombres haya follado. Para mí es una mujer. ¡Nadie tiene derecho
a ensuciar su imagen sólo porque los hombres la hayan tratado como a un trapo!
Jeanne Cordellier se sonroja al oír la grosera pregunta. Se muestra desconcertada
y cohibida, y no puede responder. Le digo al oído que no escuche lo que dice ese
renacuajo de cloaca, y me cito con ella para el día siguiente.
Me propongo rodar La Démbade, y le pregunto a Jeanne si accedería a darme los
derechos. No solamente está de acuerdo, sino que sólo consiente que se ruede la

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película si lo hago yo… Me besa como besa a su hombre una mujer enamorada: larga
y apasionadamente. Me muerde los labios, me lame las orejas, me chupa las tetillas.
Me lame las manos, me chupa los dedos y la polla. En este momento necesita follar a
toda costa. Clava en mis carnes sus dedos al rojo vivo, y gime temblorosa, hasta
acabar emitiendo un largo grito. No se reserva. No hay nada de puta en ella. Se
entrega por completo, se rinde, se abandona. De la cabeza a los pies, como una mujer
enamorada. Empieza a sudar. Se le hincha el vientre. Las venas. Las venillas azules
de sus sienes. Su abdomen se agita ansioso. Replica cada vez con más fuerza a mis
brutales empujones… Cuando acabamos, ya no le quedan fuerzas, y le aparecen bajo
los ojos hondas ojeras oscuras. Pronto quiere volver a empezar, una y otra vez… Me
quedo a dormir en su casa.
Está arreglando un modesto piso en el distrito séptimo. Me enseña las dos
pequeñas habitaciones, que aún no están acabadas. Ella misma se encarga de pintar
muchas cosas. También tiene ya unos cuantos muebles. Follamos y dormimos en un
colchón sobre el suelo de parqué; el armazón de la cama todavía está de pie, apoyado
en la pared. Una mesa, una silla, una lámpara de pie y otras pocas cosas necesarias.
La cocina está aún a medio arreglar, pese a lo cual cocina para mí; ha ido a comprar
para los dos.
Volvemos a follar. De rodillas, por detrás. Boca arriba Me cabalga. Y una y otra
vez boca arriba con las piernas abiertas de par en par y muy levantadas. Quiere que
me quede a vivir con ella, pero sabe que es imposible.
Constantemente desea besarme y quiere mi semen.
Operación relámpago. Menahem Golan me llama desde Israel e intenta
convencerme de que trabaje en la película. El sueldo es tan escandalosamente bajo
que se merece que le parta la cara, y además no tengo la más remota idea de qué me
está hablando. Cuando digo que voy a rodar Operación relámpago, todo el mundo
sabe enseguida de qué va la película. Soy el único que no tiene ni idea, porque no leo
la prensa ni escucho la radio, y nunca enciendo el televisor para ver las noticias o,
mejor dicho, lo apago en cuanto empiezan a dar las noticias. Pero, cuando me cuentan
la historia, me entusiasma tanto que decido hacerlo por el desvergonzado sueldo que
me ofrece Golan.
Pero antes tengo que acabar de rodar Madame Claude.
Le compro a Nanhoi un triciclo de madera muy pequeño y un diminuto caballo de
balancín y, aunque el caballito de madera es tan pequeño que tengo que agacharme
hasta que se me sube la sangre a la cabeza, a Nanhoi no le llegan los pies al suelo
cuando monta en él. También le compro su primera pelota de colores un poco grande,
que siempre se le escapa de las manitas y los bracitos como si fuera una pastilla de
jabón mojada Cuanto más crece mi cariñito, más inagotable se hace la gama de
juegos que podemos compartir. Y cuanto más puedo jugar con él, más vehemente y
más insaciable es mi deseo de hacerlo. No quisiera hacer absolutamente nada más
que jugar sin parar y eternamente con mi hijo.

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No hay manera de que se acaben esas entrevistas analfabetas. Me llevan con
cámaras de televisión al Arco de Triunfo, a lo alto de la Torre Eiffel, al restaurante
Tour d’Argent, a las torres de la horrible catedral de Notre-Dame y a no sé cuántos
más monumentos turísticos sobados. Incluso al Crazy Horse. Por lo menos, las chicas
del Crazy Horse tienen unos culos verdaderamente deliciosos. Igual que las negras
del Paradis Latin, que se sientan sobre mis muslos con el culo al aire.
Me reúno con el productor Danon para tratar de la película sobre La Dérobade.
Para el personaje principal quiero a Mana Schneider, que además se parece
enormemente a Jeanne Cordellier. María viene a verme a la Avenue Foch. Ni rastro
de drogas. Sólo su agotador rollazo acerca de que la puta de La dama de las camelias
en realidad sólo tenía catorce años y estaba enferma de sífilis. Eso, o algo parecido,
se lo ha contado Zeffirelli. Quiere hacer una película con ella. Es fácil imaginarse la
mariconada de película que les saldría. En cualquier caso, aparte de unos granos en la
cara, María parece estar perfectamente. Pero Danon no se fía, porque María tiene
fama de yonqui. Sólo se compromete a financiar la película si yo le garantizo que
durante el rodaje María no va a pegarse un morrazo, como con Antonioni, ni a
comportarse como con Buñuel. Le digo que se lo garantizo.
Hasta esta noche. Pues esta noche vuelve a llevar un pedo impresionante y
balbucea como una demente. Nadie quiere correr el riesgo, y me quedo sin rodar La
Dérobade.
He convencido a Minhoi de que me acompañe a Israel. Loco de alegría, telefoneo
a Menahem Golan a Tel Aviv para que me reserve en el Hilton una suite de cuatro
habitaciones con una cuna y dos cuartos de baño. Minhoi quiere traerse a una amiga
suya para que le haga de canguro de Nanhoi.
Pienso en las bellísimas muchachas judías que me follé la primera vez que estuve
en Israel. En el olor a almizcle de los bazares de Yafo y Jerusalén. Y en la joven
madre a la que iba a ver cada noche colándome por la ventana, de la cual, hacia el
alba, tenía que descolgarme para después trepar por un alto muro, a fin de que los
vecinos y, sobre todo, su marido, no descubriesen nuestra jodienda… Y, en el Hilton,
la mujer del tratante en diamantes de Nueva York, a la que me follé tanto rato, sin que
se quitara el vestido de noche de tafetán, que perdió el avión a Nueva York y su
marido se divorció de ella… La maquilladora, la encargada de vestuario y la sastre…
y todas las demás detrás de las cuales corría en una sola noche.
Vuelo primero yo solo a Tel Aviv, para las pruebas de vestuario. Esta vez me tiro,
nada más llegar, a Sybille D.; en su habitación de hotel, la cojo, yo todavía vestido,
por detrás, y me corro en ella en cuclillas. Ella todavía tenía en la mano su neceser de
belleza… Luego la chica árabe de voz ronca, que canta como un hombre, y cuyo
agujero es tan estrecho que me parece como si me hubiera pillado el cipote en un
tomillo de mecánico… Las camareras del restaurante del Hilton, las cocineras,

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ninguna de las cuales debe enterarse de nada de las otras… Luego vuelvo a París. El
rodaje empieza dentro de cuatro semanas.
A veces, Minhoi me deja pasar la noche en su piso de Saint-Louis. Entonces me
arrodillo delante de la cuna de Nanhoi, en su cuarto, y le dejo que me agarre el dedo
índice o el pulgar hasta que se duerme. Si se despierta por la noche, lo paseo en
brazos por la habitación y le canto nanas hasta que creo que se ha sumido en un sueño
profundo, y puedo volver a dejarlo cuidadosamente en su cuna, A veces, mientras
intento salir de puntillas de la habitación, vuelve a despertarse porque ya no siente mi
presencia, y se pone a llorar. Entonces me arrodillo de nuevo delante de su cuna y le
dejo agarrarme el dedo índice o la mano entera y le acaricio la tierna cabecita hasta
que se duerme otra vez. O lo paseo de nuevo en brazos por la habitación hasta que se
tranquiliza, y lo duermo cantándole Duerme, duerme mi principito, o Duerme,
duerme, niño bonito.
Ahora Nanhoi ya puede bañarse en la bañera grande. Por supuesto, tenemos que
estar con él Minhoi o yo. Pero ahora puedo chapotear con él, y él me echa agua o me
tira en plena cara alguno de sus juguetes de baño.
Soy tan feliz con Nanhoi que siempre me olvido de lo infeliz que soy sin él. Si
Minhoi me trata amablemente, o me hace algo de comer, lo que para mí es un gesto
de amor, me parece como si no hubiera pasado nada. A veces me dice que me vaya, y
eso siempre me horroriza, y nos peleamos. Pero dependo tanto de Nanhoi, mi amor
por él me domina hasta tal punto, estoy de tal modo sometido a él, que acepto de
buen grado cualquier tratamiento y cualquier humillación con tal de poder estar cerca
de Nanhoi.
El rodaje en Tel Aviv es un trabajo de mulas. ¡Y esa bazofia que nos dan!
Rodamos catorce, dieciséis, dieciocho, veinte horas sin interrupción. A veces en la
cabina de un avión de línea sin aire acondicionado y sin un café caliente hasta las
cuatro de la madrugada. No nos dejan ni tiempo para mear.
La mayor parte del tiempo la paso en el lugar del rodaje. Por la noche, si no es
demasiado tarde, le compro flores a Minhoi o intento sorprenderla con algo.
No renuncio al intento de volver a reunir nuestra pequeña familia. Minhoi se
aburre en Tel Aviv, y se empeña en ir al mar Rojo, donde Golan tiene un hotel. Me
dan tres días de vacaciones, pero no puedo irme con ellos. Tengo que ir a París, a
acabar el rodaje de Madame Claude.

Dos de la madrugada. Voy a pie desde la Avenue Foch a los Campos Elíseos,
porque, al estar tan lejos de Minhoi y Nanhoi, soy incapaz de conciliar el sueño,
incluso después de tantas horas de rodaje. Los Campos Elíseos están abarrotados de
coches y de transeúntes que vagan de aquí para allá. ¿Qué busca toda esa gente por la
calle a esas horas? Se cruzan y entrecruzan como las hormigas. Tengo la impresión de
que la mayoría ni siquiera saben adónde ir. De que no saben qué andan buscando. Y,

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si lo saben, no lo encuentran. Por lo menos en los Campos Elíseos, en París. Me viene
a la memoria una entrevista a Bernard Moitessier que vi en la televisión francesa: un
periodista le preguntó a Moitessier, que había pasado veinte años solo dando la vuelta
al mundo en velero, si no se había sentido tremendamente solo durante ese tiempo.
Moitessier respondió con un gesto de estupefacción y total incomprensión:
—¿Solo? ¿Por qué solo? En la mar no se está solo. Aquí en París, rodeado de
millones de personas, sí que me siento solo. Tan solo, que a veces me parece que me
voy a morir de soledad.
Luego, aquel periodista carroñero le preguntó:
—¿Qué busca usted en el mar?
Moitessier contestó:
—Busco ser parte del Universo.
Hace unos años, Moitessier dio una vuelta y media al mundo, solo, a abordo de su
velero. Fue en la primera (y creo que hasta ahora única) single handed nonstop
around the world race. De los nueve participantes, sólo llegaron dos. Los demás
tiraron la toalla debido a averías o al agotamiento. Cuando Moitessier, después de dar
la vuelta a la Tierra, se encontraba ya en el Atlántico Norte, de regreso a casa, le
hicieron llegar por radio la noticia de que con toda probabilidad era él el ganador. El
premio eran cerca de 50 000 marcos, y Moitessier no tenía ni un duro. Pero contestó
por radio: «No pienso volver. Quiero salvar mi alma», y, tras virar en redondo,
continuó navegando hasta la Polinesia, con lo que dio otra media vuelta al mundo.

Boulevard Saint-Germain, once de la mañana. Una chica con gafas se cruza en mi


camino y me pregunta si le permito tocarme. Le digo:
—Acerca el pico y picotéame.
Me mete dentro de la boca una lengua que se vuelve grande y dura como una
polla. Nos vamos, estrechamente agarrados, a un meublé.
Cuando entramos en la habitación sin ventanas, cierro la puerta de una patada y
coloco a la chica, tal como está, contra el forro interior de la puerta. Sin siquiera
quitarle las gafas, le meto mano por debajo de la falda y le arranco las bragas
empapadas. Ella grita, abre bien las piernas, separa las nalgas y, sin oponer
resistencia, dobla un poco las rodillas. Tenemos que meterle, a cuatro manos, mi
cipote desbocado. Gime como un árbol tocado por el rayo. Se le caen las gafas de la
cara, y tiene la expresión de una ciega. No sé si me ve sin gafas. Sólo sonríe y tantea
mi cara con los dedos.

Por Navidad, Minhoi, Nanhoi y yo estamos en Jerusalén. En ese Hilton espantoso


y repugnante, cuyas habitaciones son como celdas. Sería imposible meterse ahí sin

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volverse loco o acabar suicidándose. Sólo lo hacemos cuando estamos deshechos de
cansancio. Además, hace frío en Jerusalén, y no estábamos preparados para ello.
También aquí me pisa los talones no sé qué profesor del instituto cinematográfico
israelí, un chalado obseso por el cine, que no para de filmarme y parlotear y parlotear
y filmarme y parlotear y parlotear y parlotear.
En la iglesia de Getsemani, nadie hace caso al guía turístico, que recita de corrido
un rollo mortalmente aburrido. Todos miran como hechizados a Nanhoi, al que llevo
a hombros, y que hace palidecer con su luz propia todos esos iconos enmohecidos.

De Jerusalén a Avoriaz, en las montañas de la Suiza francesa. Por primera vez


arrastro a Nanhoi en trineo por la nieve. Mi ángel duerme bien arropado mientras lo
arrastro por campos nevados, colinas y pendientes, y mi ángel duerme y duerme en la
nieve blanca, bajo el frío cielo blanco. Y cuando se despierta, construyo un hombre
de nieve para él y le enseño a hacer bolas de nieve. Somos felices.
Tengo que marcharme de Avoriaz para rodar una estúpida escena de Madame
Claude en un yate fondeado en Montecarlo.
Cuando vuelvo a París, Maria Schneider ha estado con Minhoi y ha vuelto a darle
no sé qué porquería; el caso es que Minhoi está del todo ausente, como si no hubiese
despertado aún del todo de un largo y profundo sueño.
A la de los bucles rubios —no sé cómo se llama—, me la encuentro en el
Boulevard Saint-Michel, casi en la esquina de Saint-Germain, donde me abordó la de
las gafas. Lleva debajo del brazo una guitarra estúpidamente grande, y me grita:
«¡Kinski!». Lo cual suena como «Fóllame». No la conozco, pero la beso en la boca.
Me dice que ahora no tiene tiempo, porque supuestamente tiene que ir a clase de
guitarra —aunque estoy convencido de que ni sabe tocar la guitarra ni aprenderá
jamás—, pero que hemos de vernos por la noche sea como sea. A medianoche. No
quiere que la telefonee. A medianoche, y punto. Me dice el nombre de la calle y el
número, y que la espere delante de la casa. A medianoche en punto. Luego se sube a
un taxi con su guitarra estúpidamente grande, sin parar de girarse y pintar en el aire el
número doce con los dedos. Cinco dedos. Otros cinco dedos. Y luego el pulgar y el
índice.
Seguro que tendrá que escaparse de la cama de su maromo, novio o marido, qué
sé yo. Y aunque tuviera diez maridos, me daría lo mismo. Lo único que me interesa
es follarme a toda costa ese chocho rubio.
Desde las once de la noche estoy delante de la casa número 5 de la Rue de
L’université, frotándome el uno contra el otro los pies congelados. Pienso en lo
caliente que debe de estar su cuerpo, y en que quizás en estos momentos hay una
polla follándosela, quizá corriéndose dentro de ella en este mismo instante. Estoy
hasta los cojones de congelarme el culo. Camino hasta la siguiente casa y vuelvo, en
ambas direcciones, girándome todo el tiempo, no vaya a ser que, al verme de espaldas

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en la oscuridad, no me reconozca. Prefiero no cruzar a la otra acera, por si acaso el
tipo está asomado a la ventana y se mosquea al verme.
Ya es medianoche, y odio a esa deliciosa cerda rubia porque aún no se ha
presentado. Justo cuando, helado como un carámbano y con la polla tiesa, voy a echar
a correr para buscar un taxi, oigo crujir la pesada puerta de la casa y veo salir una
sombra casi imperceptible. Esta vez, gracias a Dios, sin guitarra. Me reconoce
enseguida, se me coge bien fuerte del brazo y me remolca rápidamente lejos de la
casa. Al llegar a la esquina, me hace cruzar la calle; luego pasamos por otra calle
estrecha que desemboca en el Boulevard Saint-Germain, que cruzamos juntos, luego
entramos por la Rue du Prince, luego la segunda a la izquierda, la primera a la
derecha y otra vez a la izquierda. Creo que es la Rue des Quatre Vents o algo así, pero
no estoy seguro. Me tiene demasiado narcotizado el olor de esa cerda rubia, que,
efectivamente, huele a jodienda, como si viniera a mí directamente desde la cama en
la que había estado follando con otro tipo. Parece ser clienta fija del meublé. La
alcahueta del turno de noche le da, con gesto familiar, la llave de una habitación,
como si fuera siempre la misma. No tengo que pagar nada.
Ella cierra por dentro la puerta de La habitación, y yo me voy al lavabo para
vaciar la vejiga antes de echar el polvo, por si acaso. Ella me sigue y me pide permiso
para cogerme la polla con la mano. Le digo que sí. Se la pone en la mano medio
abierta, como en el plato de una balanza, y cierra cuidadosamente los dedos, como
para medir el calibre de lo que pronto va a sentir dentro de su coño. Pero, por
experiencia, deja suficiente margen para que el cipote pueda crecer. Y, como era de
prever, al contacto de sus dedos el nabo se hace inmediatamente más gordo y macizo.
Lo suelta bruscamente, como si temiera que llegase a ser demasiado gordo y macizo
para su pequeña mano, y seguramente también porque no puede soportar no tenerlo
todavía dentro del agujero. Vuelve corriendo a la habitación y se pone a arreglar la
cama con diligencia. Cuando salgo del lavabo, veo que ha tirado al suelo la colcha,
las mantas de lana, las sábanas y las almohadas, y se ha colocado sobre el colchón en
posición de jodienda. La cabeza y la espalda, apoyadas contra la cabecera de la cama,
que es un espejo destartalado. Con las piernas, abiertas y dobladas, tocando los
hombros como las de un contorsionista. Echa para adelante la pelvis, sujetando a
ambos lados con sus manos los grandes labios de la vulva y abriendo el chocho como
la puerta de un pasadizo secreto. Todo su abdomen salta hacia arriba como un resorte,
como si mi nabo tuviera una carga de alto voltaje… Su deliciosa cara se contrae y
desfigura… Es una folladora por excelencia, sólo quiere que la follen, sin parar, sin
compasión, eternamente.

A veces casi consigo convencer a Minhoi de que volvamos a intentarlo, y


entonces echo a correr para encontrar un piso grande y luminoso en el que haya
bastante sitio para los dos, y sobre todo suficiente luz y espacio para Nanhoi. No es

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cosa fácil, porque el piso tiene que estar bien cerca del Bois de Boulogne o por lo
menos de algún otro parque grande, para que Nanhoi pueda corretear a gusto sin que
tengamos que cruzar por el insalubre y peligroso tráfico de París. A veces vamos
juntos a ver pisos. Pero luego vuelve a pasar algo, y de nuevo echamos tierra sobre el
asunto. Pero, por más que Minhoi no pare de repetir que jamás volveremos a vivir
juntos, a mí se me mete en la cabeza que quizás el único problema es que no he
encontrado aún el piso adecuado, y por eso no ceso de buscar y visitar pisos y casas,
obsesionado con la idea pueril de que alquilar una de esas casas significaría la
salvación de nuestra pequeña familia. Estar siempre con Nanhoi, a cada instante, sería
inconcebiblemente hermoso, y casi me da miedo imaginármelo: miedo de que en la
realidad acabe pasando justo lo contrario.
Minhoi y yo siempre nos ponemos celosos el uno del otro cuando uno de los dos
compra ropa para Nanhoi. Cada uno quiere ver a su niñito vestido de la manera que
su amor se lo dicta. No me importaría dar la vuelta al mundo con tal de encontrar la
ropa que me gustaría comprarle a mi hijito. La ropa infantil más bonita la hacían
antes en Italia. Ahora la mayoría de las cosas las encuentro en Alemania. Pero
también le traigo a Nanhoi cosas de China, de Japón, Inglaterra, Francia, España,
Sudamérica y Estados Unidos, de Nueva York, de México, de Brasil, de África, India,
Israel, Singapur, San Francisco, Los Ángeles y Hawai. Comprar juguetes es igual de
emocionante que comprar ropa. Lo más excitante es entrar con mi babyboy en una
tienda de juguetes. En las grandes jugueterías de París, Nueva York, Tokio. No me
importaría vivir con Nanhoi en una de esas grandes jugueterías. Por la noche, los
juguetes cobrarían vida: muñecas, osos de peluche, títeres, coches, aviones y trenes,
caballos de balancín, barcos de vela, casas de muñecas, balones, globos, teatros de
marionetas, relojes, indios, vaqueros, cometas… Y por la mañana nos despertaríamos
en una tienda apache, pertrechados con Winchesters y Colts.

Desde que nació, Nanhoi se muere de ganas de ponerse de pie. Ahora que ya se
aguanta de pie, se muere de ganas de andar, correr, trotar, volar. Sí, quiere volar,
como los polluelos que, ayudándose con el pico, se asoman al borde del nido para
lanzarse al aire como ven hacer a sus padres. Por eso caen tan a menudo de lo alto de
los árboles. Mi babyboy hace tiempo que está harto de andar a gatas por su cuna o
estar sentado en el cochecito. Con la enorme fuerza que posee, se levanta, como si
hiciera flexiones en la barra, por encima del borde de su cochecito, o, poniéndose
boca abajo velozmente, se zafa del cinturón de seguridad para lanzarse al aire. Sin
duda, se dejaría caer para echar a volar como los pájaros, pero por suerte siempre
consigo atraparlo en el último segundo. No le quito el ojo de encima ni un momento.
Cuando lo pongo de pie, consigue dar unos cuantos pasos tambaleantes, como un
barco que se balancea en alta mar. Aún necesita sujetarse, apoyarse, y se agarra a
todo lo que pueda servir de asidero a sus manitas. De esa manera podría ir tirando

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durante kilómetros. Pero, aunque para mí llevar a mi niño de la mano representa una
indecible felicidad —sus dedos diminutos y fuertes intentan abarcar mi gran zarpa, o
se aferra a mi índice con el puño entero—, lo que más le gusta es que lo lleve a
hombros mientras él me aporrea la cabeza como un tam-tam (a eso lo llamamos «ir al
galope»), Y cuanto más rápido y fuerte tamborilea, más deprisa me toca galopar. Para
que pueda encaramarse a mis hombros, me inclino sobre él; entonces, me agarra de
los pelos, como un pequeño cosaco que, demasiado joven aún para subir de un salto
al lomo del caballo, echa mano a las crines del animal en el momento en que éste baja
la testuz para beber agua: entonces el caballo, asustado, levanta bruscamente el cuello
y arroja sobre su lomo al niño que se aferra, ya con las piernas abiertas, a sus crines.
Y como el caballo que lanza a un pequeño cosaco sobre su lomo, yo me incorporo
bruscamente, echándome a mi niño a los hombros, mientras su risa aflora como un
surtidor y brota a borbotones durante el galope.
Como está de espaldas, no le veo la cara. Está parada delante de una boutique de
Montparnasse, mirando el escaparate. Sólo veo su culo respingón, que me hipnotiza
desde la acera de enfrente. Esos culos sólo los tienen las negras, pienso con un
cosquilleo en los cojones. La primera que saboreé fue una estudiante norteamericana,
en París, antes de conocer a Jasmin. Sus untuosas secreciones, cuya lava blanca se
vertió sobre mi cara y en mi lengua, tenían un sabor intenso y exótico, como de miel
silvestre. Despedía un olor tan sensual a mujer-animal que no supe por qué acabé
mareándome: si por su olor o por los muchos orgasmos.
Me chifla el olor de las negras. Cruzo la calle y me coloco tan cerca de ella que
mi polla tiesa casi roza sus nalgas. Su ansiosa cara de animal se refleja en el vidrio
del escaparate. Se gira hacia mí: cara a cara con esa negra folladora pura sangre,
balbuceo una retahíla de chorradas tan indescriptible que ella se limita a sonreír y a
ponerme en los labios dos dedos de su mano algo húmeda, como queriendo decir:
«Reserva tu aliento para el polvo».
Los primeros días viene regularmente a la Avenue Foch, pero sólo se queda para
unos cuantos polvos. Vive con un tipo que la mantiene, y además está liadísima
corriendo de aquí para allá, telefoneando y visitando embajadas y toda clase de
instituciones que puedan ayudarla a liberar a su padre, que fue ministro en Etiopía y
está en la cárcel desde la caída del Negus en Addis Abeba.
Las putas de la Avenue Foch son tan famosas como las de Pigalle, las de la Rue
Saint-Denis y las del Bois de Boulogne. En la Avenue Foch están distribuidas a
ambos lados de la calle entera. Por supuesto, también rondan cerca del número 33.
Las putas de la Avenue Foch y las de los alrededores se diferencian en muchas cosas.
También en lo que respecta a la jodienda. Y me refiero a la manera que tienen de
moverse y de comportarse, y sobre todo a su modo de vestir. La mayoría de las putas
de la Avenue Foch llevan faldas estrechas y llamativamente cortas. Parecen mujeres
que se han arremangado la falda para mear. Las bragas que llevan apenas son lo
bastante grandes para taparles esos chochos tan abultados.

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Hacia el final de la noche, la mayoría ya no llevan bragas, o incluso se quitan la
falda. Sólo llevan puesto un abrigo, bajo el cual van completamente desnudas o
únicamente con sujetador y liguero.
Las otras, que rondan más bien por las calles que conducen al Arco de Triunfo y
los Campos Elíseos, van vestidas de lo más normal, al estilo burgués. O mejor dicho,
pequeño-burgués. Para que nadie sospeche que son prostitutas. A lo mejor siempre
llevan puesta la misma ropa, continuamente y en todas partes. Desde luego, no tienen
pinta de furcias. Ni se las ve hechas polvo o con falta de sueño, aunque algunas
tienen ojeras levemente azuladas, que camuflan hábilmente con maquillaje. No
fuman ni beben, por lo menos mientras hacen la calle, y seguro que después de cada
jornada de agotador folleteo se meten en la cama a dormir. Estoy convencido de que
algunas incluso hacen deporte para estar en forma. A primera vista producen una
impresión poco interesante, es más, aburrida. En pocas palabras: pasan
completamente desapercibidas por entre la masa de los transeúntes, y nadie giraría la
cabeza al pasar a su lado, ni, menos aún, se detendría y hablaría, si no fuera porque
están paradas en una esquina o caminan de aquí para allá, o incluso se apostan junto a
una parada de autobús, sin subir nunca a los autobuses que paran. Pero también eso lo
hacen con instinto de mujer: su manera de moverse y de fingir que no les interesa la
mirada de un hombre que pasa, de echar de vez en cuando una mirada al reloj y girar
la cabeza en varias direcciones, pretende despertar la impresión de que esperan a
alguien concreto, a una persona conocida, o, con otras palabras, de que tienen una
cita. Quizá con su boyfriend o su marido. Nunca abordan a nadie ni lanzan miradas
incitantes, ni le aguantan la mirada a ningún desconocido. Hay que pescarlas,
conocerlas, descubrirlas, y pasar directamente al grano. Además, no siempre se ponen
en la misma esquina, ni caminan por las mismas zonas. Ni todos los días. O quizá sí
todos los días, pero en diferentes distritos. Lo que está claro es que viven en la otra
punta de la ciudad, y que aquí nadie las conoce. Se trata de amas de casa normales,
mujeres casadas, con hijos, estudiantes o incluso colegialas que quieren sacarse un
dinero extra. Eso, por supuesto, no quiere decir que no sean unas cachondas, o por lo
menos que no lleguen a serlo cuando le cogen el tranquillo a la cosa. Se convierte
para ellas en una droga que no pueden dejar.
Me limito a levantarles la falda y bajarles un poco las bragas, de modo que
queden al aire el ano, las nalgas y el coño, y un trozo de muslo. Entonces las jodo por
detrás, en cuclillas, o bien como a un escarabajo patas arriba. A veces las pongo boca
arriba encima de la mesa y les separo las rodillas cuando me corro. Suelto un buen
chorro. No más. Aunque a menudo follan deliciosamente, este tipo de mujeres no
son, ni muchísimo menos, sofisticadas o perversas. Ni siquiera experimentadas,
aunque es fácil imaginarse que deben de haber pasado por un montón de pollas.
Incluso se muestran temerosas y cohibidas, y se colocan, con una conmovedora
timidez, en la postura que conocen del lecho conyugal. O bien en la postura en la que
tienen orgasmos más fuertes. O en la que una polla grande les hace menos daño,

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etcétera. Como decía, no carecen de astucia, y saben deshacer disimuladamente
cualquier postura que no les convenga y adoptar, a base de resistencia pasiva, su
postura preferida. Pero por regla general no dejo que la cosa llegue a esos extremos, y
las jodo sin piedad y a conciencia. A muchas mujeres —es un hecho perfectamente
natural— les gusta que las tomen con violencia, y se corren aún más cuando las
violan. Entonces se revelan como folladoras de primera.
Una de ellas, de pie sobre sus zapatos de tacón, se pone, por su propia iniciativa,
de brazos cruzados contra el respaldo de mi única silla, como un cordero en el ara de
sacrificio. Pero, inesperadamente, en lugar de echar para atrás la pelvis y separar las
nalgas para que le asome el coño, dobla el espinazo como un arco tensado y aprieta
fuertemente el culo, enfocado hacia el suelo. Pese a ello, tiene el coño chorreante y se
desquicia completamente; entre lamentos y lloriqueos, me echa mano a los cojones y
se corre intensa y largamente. Yo también. Luego se despide con la cabeza gacha,
como si hubiera pecado, lo cual, sin duda, la complace secretamente. Una semana
más tarde la veo parada en otra esquina.
Un abogado parisino me escribe que Minhoi le ha encargado que lleve el asunto
de nuestro divorcio. Quiere verme para hablar de la posibilidad de que Minhoi y yo
lleguemos a un acuerdo. Pero yo no quiero verle a él. No quiero hablar de divorcio
con nadie. No quiero pensar en ello en absoluto. Quemo la carta.
Hoy, cuando empujo, al trote, como siempre, el cochecito de Nanhoi desde la
Avenue Foch hasta el Bois de Boulogne, mi niño me mira con ojos tiernos y una
sonrisa, como si supiera lo tremendamente triste que estoy. Lo saco del cochecito y lo
lanzo bien alto por los aires, lo cual le encanta y le hace gritar siempre «otra vez, otra
vez». Los pañales se le sueltan y salen despedidos en todas las direcciones, y mi hijito
se ríe de todo corazón y mueve los bracitos como dos hélices, a la manera de los
colibríes. ¡Dios mío! ¡No dejes que mi babyboy sepa nada de la brecha abismal que
se ha abierto entre Minhoi y yo! No, no quiero saber nada del divorcio. Ahora no. No
cuando estoy con mi hijo. Quiero estar alegre para él, alegre y de fiesta. Cuanto más
jovial y retozón esté yo, más feliz será. Tengo ganas de hacer muecas y poner caras
divertidas, algo que le hace estallar en carcajadas desde que era un niño de pecho. No
quiero ser un payaso triste, no el payaso de ópera que se ríe mientras por dentro aúlla
de dolor. Mi Nanhoi se daría cuenta, lo nota todo. Tengo ganas de ser un payaso
alegre, un payaso que haga bromas de las más tontas, verdaderas ridiculeces. Además
quiero estar en buena forma mental para mi hijo, y enseñarle todos los trucos y
artimañas que aprendí cuando era un pilluelo callejero. Quiero enseñarle todos los
juegos a los que pueda jugar un niño. También tengo que revelarle los peligros que
acechan en todo momento y lugar. Nunca intento forzarlo a nada. A menos que sea
para protegerlo. Nunca le digo «Haz esto, haz lo otro», ni paridas como «Tendrías
que ir acostumbrándote a hacerlo solo» o «Ya eres bastante mayor», y otras por el
estilo. ¿Qué es eso de «bastante mayor»? ¿Qué significa «bastante», qué significa
«mayor»? ¿Significa que el niño en cuestión ya ha pasado suficiente tiempo siendo

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niño? Deseo fervientemente que mi hijo carezca eternamente de edad. ¡Ningún niño
debería llegar a tener edad! Para mí, hacerlo todo, pero todo, por mi babyboy no es
una carga, sino un privilegio. Todo lo que lo ponga contento. Lo único que hago es
animarle a hacer cosas, como es costumbre entre muchachos. Si no quiere, es
decisión suya, voluntad suya, y eso para mí es sagrado.
Soy incapaz de gozar de nada sin mi Nanhoi. De nada. Ni siquiera la comida me
sabe bien si no está él. No puedo decir «Esa flor es bonita», ni siquiera pensarlo, si
Nanhoi no está viendo la flor al mismo tiempo que yo. No puedo gozar del calor del
sol si Nanhoi no siente su tibieza al mismo tiempo que yo. No puedo desear nada sin
estar seguro de que Nanhoi desea lo mismo. Se me antoja un crimen, una traición, ver
(aunque sea en película o en foto) algo grandioso, como el Himalaya, el desierto, la
selva virgen, una tempestad, el mar, las estrellas, si Nanhoi no puede ver, respirar,
absorber también esa maravilla. Vivo única y exclusivamente para mi hijo, al que
amo por encima de todo lo terrenal y todo lo celestial, y hasta la eternidad. Y que es
mi única razón de ser.
Como ya he dicho, los tiovivos ejercen una atracción magnética sobre Nanhoi.
Los intuye antes de verlos, percibe sus vibraciones mágicas. Cuando pasamos cerca
de un tiovivo, su olfato lo detecta. Entonces me indica una dirección con el dedo
índice y me guía por bocacalles, plazas y esquinas hacia el lugar en el que,
efectivamente, se encuentra el tiovivo.
Y entonces, venga a girar y a girar, diez veces, veinte, cincuenta, horas y horas,
hasta que se queda dormido a lomos del caballito, la moto o bicicleta, la cápsula
espacial, el camión de bomberos o el autobús, el camello o el elefante, y lo saco
cuidadosamente del tiovivo, y no vuelve a despertarse hasta que lo dejo en su cuna,
donde, agotado por tanta vuelta, duerme de un tirón hasta la mañana siguiente.
A veces, nos encontramos cerrado el tiovivo de los Campos Elíseos, de Neuilly,
del Luxemburgo o de las Tullerías. Puede ser porque está empezando a llover, o
porque hace demasiado frío, o porque es el día libre del dueño del tiovivo. En esos
casos me rompe el corazón tener que meterle a Nanhoi en su cabecita de bebé que
hoy, ahora, en este instante no puede subir al tiovivo. Y es que, para mi babyboy,
montar en tiovivo es el placer supremo, después de comer helados. Si tenemos un
rato y no hace demasiado mal tiempo, intentamos localizar algún otro tiovivo.

Nanhoi camina. No, no camina: vuela, flota, aletea como una mariposa que,
acabada de salir del capullo, echa a volar sin rumbo ni orientación, parándose a cada
momento en algún sitio para enseguida echar a volar otra vez; así vuela Nanhoi,
avanzando en zigzag por los Campos Elíseos, con una sonrisa de felicidad en los
labios. Tengo que correr para no quedarme atrás. Revolotea por los aires, como si
diera volteretas por el cielo, se lanza contra los transeúntes, les abraza las piernas y
los pies y ríe y ríe y ríe y ríe y ríe y ríe y ríe…

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Nunca en mi vida había oído una risa tan libre, alegre, feliz, retozona, juguetona,
mágica, hechicera como la de Nanhoi. A su alrededor, todo se ilumina gracias a él. En
los Campos Elíseos, los transeúntes se detienen, deslumbrados por su luz, hasta que,
como si Nanhoi hubiera levantado el encantamiento, una sonrisa suaviza sus rasgos
endurecidos. Sus almas se alzan como flores pisoteadas, y les brillan los ojos…
Nanhoi berrea de alegría al llamarme la atención sobre los millones de diminutos
cristales que brillan como luciérnagas en el asfalto bañado por el sol.
Ya es tarde avanzada, y está casi oscuro, cuando de repente Nanhoi, con un grito
de júbilo, señala con el dedo hacia el otro lado de los Campos Elíseos, y me hace
mirar, exaltado e insistente, hacia la acera de enfrente, donde ha descubierto, en el
escaparate de las líneas aéreas rusas Aeroflot, un modelo a escala de Boeing 747. Me
arrastra, cogido de la mano, a través de los Campos Elíseos y hasta el local, para tocar
la maqueta, que es cinco veces más grande que él. Pero los empleados de Aeroflot
ponen unas caras tan avinagradas y son tan desagradables que tengo ganas de salir del
local con Nanhoi lo antes posible. Me siento vil, y me duele en el alma tener que
aplicar todos mis recursos retóricos para distraer a mi cariñito de su avión. En otras
circunstancias, jamás intentaría apartar a mi babyboy de algo que le haga ilusión.
Pero aún me duele más ver que alguien se muestra desagradable con Nanhoi y le
niega algo hacia lo cual él alarga la mano. ¿Para qué fabrican esas maquetas de
aviones? ¿Para quién, si ni siquiera un niño pequeño puede tocarlas? Oh, mi Nanhoi,
que me transportas sobre tus alas por encima de este gueto mortífero que esas
carroñas ambulantes llaman vida, que me elevas por encima del horrible abismo de la
desesperación. Somos dos «navegantes por la infinitud azul»…
Le susurro al oído a Nanhoi la palabra mágica: «tiovivo». Y es como si el
Boeing 747 nunca hubiera existido.

El director de la Cinémathéque de París, Bernard Langlois, me pregunta cuáles de


mis películas, hasta un total de veinticinco, quiero que proyecten en mi honor en la
Cinémathéque. Le digo: «Ninguna». Pero no puedo impedir que proyecte durante
veinticinco días no sé que porquerías en la sala de la Cinémathéque.

Las noches en la Avenue Foch sin Nanhoi son lo peor que he tenido que soportar
en mi vida. Peor que la cárcel. Peor que el manicomio.
En cuanto termino de follarme a una chica, o en cuanto la chica me ha hecho una
mamada, le digo que se vaya. Si se pasa tanto rato chupeteándome que la dejo dormir
conmigo, y, durante el sueño, intenta arrebujarse contra mí, la aparto con el pie.
Sólo cuando Nanhoi pasa la noche conmigo y duerme en mi cama, entre mis
brazos, olvido el infierno en el que vivo. En tales ocasiones no me atrevo a moverme
en toda la noche, para no despertar a mi babyboy. Aunque me duerma, no me muevo.

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Sólo mis labios besan, con toda precaución, con la delicadeza de un soplo de brisa, su
cabecita, que es tierna y fuerte como la flor de la lila, y huele igual de bien. Y en la
que por la mañana, cuando Nanhoi se despierta, estampo grandes, densos,
apasionados besos, como si besara una rama cuajada de lilas. Entonces, mi babyboy
se encarama a mí, se sienta en mi cara y pronuncia largos discursos en su celestial
lenguaje de bebé, que sólo entienden otros bebés, y al hacerlo gesticula enfáticamente
con los brazos, como si estuviera arengando a todos los demás bebés del mundo; de
vez en cuando suelta un chillido o se echa a reír sonoramente, como si acabara de
contar un chiste. Me es imposible describir lo que siento en esas horas de felicidad al
lado de mi hijo, pues todas las palabras resultan demasiado débiles y limitadas.
Y luego, cuando Minhoi se lo lleva, reanudo la travesía del desierto. De nuevo ese
vacío en el que soy incapaz de articular un solo pensamiento y de sentir nada, y luego
la repentina y terrible conciencia de mi soledad sin Nanhoi y de los tormentos de la
desesperación, para los que no veo salida alguna. Entonces empiezo a telefonear.
Primero una vez al día. Luego varias veces al día, cada hora. Suplicar a Minhoi que
me traiga a mi hijo. Las peleas. Gritos. Amenazas. Colgar. Volver a marcar. Y volver
a colgar y volver a marcar. Hasta que Minhoi deja de ponerse al teléfono, y, medio
loco, salgo a cruzar París. Si todavía es de día, es decir, si aún no está del todo
oscuro, doy peregrinos rodeos por calles secundarias, para que nadie me vea. No
quiero hablar, ni oír ni ver nada. Sobre todo no quiero ver a ese portero con cara de
carnicero. Estoy convencido de que se presentaría voluntario para ahorcar a alguien.
Luego, esas furcias aristocráticas, esas millonarias de pacotilla que le miden
descarada y desvergonzadamente a uno con la mirada y le tratan según el coche que
conduzca. Yo no tengo coche, ni dinero. Ni siquiera una cara que se pueda enseñar. Y
vivo en una cámara de torturas.
Si es de día, y aún más si fuera hace sol, paso las horas hasta la noche en esa fosa
común de cemento. De izquierda a derecha. De derecha a izquierda. En círculo. De
derecha a izquierda. De izquierda a derecha. Dos pasos hacia el lavabo y cuarto de
baño sin ventanas. Y otra vez afuera. Al balcón de hormigón sin flores. Mirar hacia
arriba. Mirar hacia abajo. A la izquierda. A la derecha. A todos esos otros balcones
sin flores. No puedo inclinarme demasiado sobre la reja, porque a lo mejor el portero
está delante de la puerta de la casa, charlando con un propietario de Rolls Royce,
mientras gira su sebosa cabeza como una cámara de televisión, barriendo
incesantemente con la vista toda la fachada de Avenue Foch 33. El estruendo de la
calle se echa sobre mi desde todos los lados, hasta que vuelvo a entrar en el piso
tambaleándome como si estuviera mareado. Cuando cierro la pesada puerta corredera
de vidrio, con marco de acero, para huir del mortífero retumbar del tráfico y de los
martillos neumáticos, y el cierre de la ventana corredera se engarza con el sonido de
la puerta metálica de una celda, reanudo mi batalla contra la locura y la muerte. Es
única y exclusivamente el amor de Nanhoi, y mi amor por él, lo que me ha librado
hasta ahora de la muerte y de perder la razón.

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Cuando se hace oscuro, corro como un animal acosado por calles secundarias
menos iluminadas. Pero eso resulta cada vez más difícil a medida que voy
acercándome a la zona comercial, que tengo que atravesar mal que me pese, y que
está iluminada con estridentes luces de neón. A ello se suma el fuego graneado de las
farolas callejeras y los faros de los coches. En la Avenue Georges V y en los Campos
Elíseos, me siento realmente acosado, pero no tengo más remedio que cruzarlos,
aunque lo haga más abajo, por la zona de los quais, lo que significa un rodeo. En
cualquier caso, acabo desembocando en los quais, por los que avanzo, a orillas del
Sena, todo el tiempo que puedo. Por la noche, y sobre todo cuando llueve, no hay un
alma allí, a excepción de los vagabundos. Como están a oscuras, no se ven las
numerosas cagadas de perro, y uno tropieza constantemente con basuras y trastos
viejos, dándose golpes en los huesos; pero todo eso sería una nadería si no me viera
obligado una y otra vez a cruzar, al pasar al lado de los puentes, calles más animadas
y con iluminación agresiva. Sin embargo, ese camino es el único que permite pasar
desapercibido. Además, es el más rápido. Después de recorrer diez kilómetros, la
mayor parte a paso ligero, me cuelo en la entrada de la casa número 80 de la Rue
d’Île Saint-Louis y subo sigilosamente y sin aliento los cinco pisos hasta la puerta de
Minhoi. Aunque esa antiquísima casa es la única de toda la Île Saint-Louis que tiene
ascensor, subo por las escaleras. El desvencijado ascensor hace un ruido tan
ensordecedor que parece un vagón de ganado maniobrando; cuando se detiene, se oye
como el encontronazo de los topes de acero. Además, podría ser que alguien haya
pulsado ya el botón, y que el brutal y horrible ascensor se detenga en otro piso antes
de llegar al cuarto. Entonces me encontraría de cara con alguno de los demás
inquilinos. Todos los demás inquilinos me conocen, y quizás encuentran divertida mi
situación. Por si fuera poco, la caja del ascensor es tan estrecha que no hay sitio para
dos personas, a no ser que se estrujen la una contra la otra. O quizás alguien haya
pulsado el botón en el cuarto piso. Quizás incluso Minhoi. O a lo mejor Minhoi está
en la cocina, que es la habitación más cercana a la puerta del piso. O en el vestíbulo,
o en el comedor, o en la sala de estar. Pero aunque estuviera en su dormitorio, o en la
habitación de Nanhoi, que está al otro extremo del piso, oiría el insoportable
estruendo que produce ese desastre de ascensor. El impacto de la parada es tan brutal
que las paredes de la escalera están agrietadas. Automáticamente, Minhoi echaría un
vistazo para ver si alguien entra o sale del ascensor. Para ver si la persona viene a
verla a ella y va a llamar al timbre en cualquier momento, o si es alguno de los
vecinos. En tal caso oiría, poco después de la parada del ascensor, ruido de llaves, y
el abrirse y cerrarse de la correspondiente puerta. De otro modo, sólo podría tratarse
de alguien que viene a ver a algún vecino o a visitar a un desconocido. En tal caso,
llamaría al timbre del correspondiente piso. Si no se produjeran esos ruidos familiares
para Minhoi, si no oyera la secuencia sonora habitual tras la parada del ascensor en el
quinto piso, podría desconfiar. No puedo arriesgarme bajo ningún concepto a que
Minhoi abra de repente la puerta del piso. No puedo permitir que sospeche siquiera

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que vengo aquí a menudo sin haberme anunciado antes y sin pedirle permiso. Me
siento como alguien que ha cometido un crimen y tiene que esconderse. ¿Es un delito
querer a un hijo hasta el punto de no poder vivir sin él? Como envidio a todos los
demás padres, que, cuando llegan a casa, pueden coger en brazos a su hijo y besarlo y
besarlo y besarlo una y otra vez, tantas como quieran. Sentarse a su lado en el suelo,
donde el niño juega. Echárselo a la espalda. Inclinarse sobre su cuna, sacarlo de ella,
sentir los rechonchos bracitos infantiles enroscándose a su cuello. Acariciarlo,
estrecharlo contra su pecho, rodar por el suelo con él, hasta desplomarse los dos,
agotados por el juego y las risas de felicidad y quedarse dormidos boca contra boca…
Sentarlo sobre sus piernas para darle de comer, aunque ya sepa coger la cuchara y
comer solo. Apretar los labios contra su coronilla tibia y aromática… Luego llevarlo
a la cainita y esperar a que se duerma, después de contarle un cuento y cantarle una
nana…
Me imagino qué ocurriría si me lanzase a subir los peldaños de dos en dos o de
tres en tres, gritando a pleno pulmón, desde el primer peldaño, el nombre de
Nanhoi… Y si luego, casi loco de impaciencia, aporrease con los puños y los pies la
puerta del piso, hasta que Minhoi o mi hijo abrieran la puerta, porque ambos estamos
igualmente ansiosos de estrecharnos el uno contra el otro y cubrimos de besos… En
lugar de eso, tengo que deslizarme a hurtadillas. Contener el aliento. No moverme.
Agachar la cabeza. Aplastarme contra la pared a la mitad de un tramo de escaleras.
Cuando estoy entre dos pisos y varias personas salen al rellano en diferentes pisos,
echarme al suelo, apretar la cara contra el polvo. Si alguien más baja por la escalera,
por lo lento que es el ascensor o porque está estropeado, tengo que bajar a toda
velocidad y sigilosamente pisos enteros y esconderme entre los cubos de basura hasta
que la persona haya salido de la casa. Luego vuelvo a subir a hurtadillas los cinco
pisos. En cada rellano tengo que arriesgarme a que se abra de repente una de las
puertas por delante de las que paso sin hacer ruido. Nunca sé si me observan por las
mirillas de las puertas.
Una vez en el quinto piso, lo primero que hago es escuchar en dirección a las
otras dos puertas del rellano. Si percibo algún ruido tras las puertas, intento
interpretarlo y hacerme una idea de qué está haciendo la persona que produce el
ruido. Intento deducir qué se dispone a hacer. Si los ruidos indican que la persona va
abrir pronto la puerta. Si no se oye nada, sigo adelante, pero sin confiarme, y
controlando acústicamente las puertas en todo momento.
Desde el último peldaño hasta la puerta del piso de Minhoi no hay más que un
paso. Después de dar de puntillas la primera mitad del paso, hago una larga pausa,
porque el suelo de madera carcomida cruje, y tengo que asegurarme de que Minhoi
no me haya oído y no esté quizá detrás de la puerta, siguiendo todos mis
movimientos. Sólo entonces doy la otra mitad del paso, es decir, desplazo sin ruido
por encima del suelo el pie que había dejado atrás, y vuelvo a descansar mi peso
sobre ambos pies, mientras dejo caer cuidadosamente los dos talones, hasta hallarme

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de nuevo por completo apoyado en las dos plantas de los pies. También esto tengo
que hacerlo muy despacio, porque al trasladar el peso de mi cuerpo de las puntas a las
plantas de los pies puedo hacer rechinar la madera. Ahora estoy tan cerca de la puerta
que casi la rozo con la boca, y la tanteo con las yemas de los dedos, como hacen las
personas ciegas y sordomudas, que se orientan gracias a las vibraciones, lo que les
permite detectar ruidos e incluso palabras. Escucho con todo el cuerpo, a ver si
percibo la voz de Nanhoi, o quizás incluso su risa… El tamborileo de sus
piececitos… el rodar de su pequeño triciclo de madera por las baldosas del suelo del
vestíbulo… los botes de su balón, que choca contra la puerta… el tintineo de una
cuchara o de un plato, si está sentado a la mesa… piezas de juegos de construcción…
peonzas… el chirriar de un juguete de goma al pisarlo él o retorcerlo con sus
manitas… su respiración.
Pero no quiero abusar. Ya me doy por satisfecho y me siento agradecido si oigo, a
través de la puerta cerrada de la cocina, que Nanhoi está de pie sobre el cubo de la
basura, donde Minhoi lo pone siempre para que la vea cocinar. Si oigo algún ruido,
aunque sea de Minhoi. Cualquier ruido. ¡Así sé que están ahí! La tapa de una
cacerola. El grifo del fregadero. La cisterna del retrete. Una ventana. Un cajón. La
escoba. La colada. Da lo mismo. Me basta con saber que están cerca de mí. Entonces
todo es perfecto. ¡Dios mío! ¡Creo que Nanhoi está justo al otro lado de la puerta! Se
coloca ahí a menudo, y se queda un buen rato, observando cualquier detalle mínimo
de algún objeto que haya encontrado, a veces algo más pequeño que la cabeza de un
alfiler. Me dejo caer de rodillas cuidadosamente, justo en la zona en la que las yemas
de mis dedos me dicen que debe de encontrarse su húmeda boquita entreabierta, y
aplasto mi boca contra la madera pintada de gris. El olor a barniz me aguijonea la
nariz y me irrita las mucosas. Mientras tanto, sólo un centímetro de madera separa
mis labios de los labios de mi babyboy, que, al otro lado, aprieta la boca contra el
batiente… Oigo derramarse pequeñas palabritas en francés, que no entiendo… y
luego dos sílabas que se me clavan en el alma y me hacen indeciblemente feliz:
«papá»…
El topetazo del ascensor es como la caída de la hoja de una guillotina, como si yo
hubiera estado todo el tiempo esperando arrodillado mi ejecución. En el momento en
que oigo abrir la reja metálica, bajo a toda velocidad y de puntillas los cinco pisos.
¿Habrán sido todo imaginaciones mías? Nunca lo sabré. ¿Y si es Minhoi quien estaba
en el ascensor, de vuelta a casa con Nanhoi? Normalmente, la vocecita del niño se
habría dejado oír por toda la escalera. Pero muchas veces está tan cansado de jugar
que se duerme en mis brazos o en los de Minhoi y tenemos que llevarlo en brazos
directamente a la cuna. Oigo una puerta que se abre, pero desde aquí abajo no puedo
saber de cuál de las tres puertas del quinto piso se trata.
Antes de volver a recorrer los diez kilómetros que me separan de la Avenue Foch,
atravieso corriendo el puente que une la Île Saint-Louis con Notre-Dame y cruzo la
calle hasta el pequeño jardín de la catedral. En ese jardín, hasta los parterres de flores

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están rodeados de verjas. Y un policía hace sonar su estridente silbato en cuanto ve a
un niño pequeño pateando un balón. Y echa del parque a las madres y sus hijos en
cuanto suena la hora de cierre en el reloj del campanario, para luego cerrar a cal y
canto las puertas metálicas del jardín de esa infame catedral de Notre-Dame. En ese
parque, cuyo contorno está todo enrejado, y que no tiene más de una hectárea de
superficie, hay una pequeña zona de juegos infantiles, en cuya arena suele jugar
Nanhoi. Pero lo mejor son los columpios. No son como los del parque de atracciones,
que giran completamente sobre su eje, por lo que están reservados para niños algo
mayores. Estos de aquí son para niños pequeños, pese a lo cual se levantan bastante
alto, y hay que sujetar a los niños con una cuerda.
Nanhoi se pirra por esos columpios, que son el primer lugar adonde me arrastra
cuando vamos al parque.
Vengo a menudo aquí en secreto, por si encuentro a Nanhoi columpiándose o
jugando en la arena, y así verlo un poco, aunque sea de lejos. En tales casos tengo
que esconderme detrás de los coches aparcados en la calle, o detrás de otros
paseantes, o agazaparme detrás de otros cochecitos de niño, para que Minhoi no me
descubra. O me cuelo por entre los matorrales que rodean la catedral, acercándome
todo lo que puedo a la zona de juegos infantiles, y así veo a veces, por entre las
ramas, a mi hijo jugando en la arena. Entonces me gustaría hacer «¡pssst!» y atraer a
mi babyboy a los matorrales. Pero llamaría la atención, porque aquí ninguna madre
pierde de vista a sus hijos ni un momento. Sé que es un disparate buscar a Nanhoi en
el parque a estas horas. La puerta enrejada está cerrada con una pesada cadena. Pese a
ello, dejo vagar mis ojos y busco con la vista en todas las direcciones, esperando
detectar por casualidad a Minhoi y a Nanhoi. Incluso cuando pasa por debajo de un
puente uno de esos barcos para turistas, intento descubrir a Minhoi y Nanhoi entre los
abundantes pasajeros, que siempre levantan la cabeza cuando cruzan un puente.
Entonces les haría señas desde arriba. Y cuando desaparecieran por debajo del
puente, pasaría corriendo al otro lado y los miraría aparecer de nuevo por el lado
opuesto del puente. Y correría por los quais, siguiendo la marcha del barco todo lo
rápido que pudiera, y no dejaría de hacerles señas hasta que el barco se ocultara a mi
mirada más allá de un recodo del Sena.
Desde luego, no creo que vayan en barco, pero, en mi desesperación, me aferró a
lo primero que se me ocurre. Por absurdo que sea.
Como otras tantas veces, no los encuentro por ninguna parte. Ya no sé adonde ir,
y camino por los quais hasta la Avenue George V, y luego, dando grotescos rodeos
por calles lo más oscuras y quietas posible, llego a la Avenue Foch. Cuando veo
desde la distancia el número 33, me acobardo y me niego a seguir caminando, como
un caballo. Siento como si fuera a meterme voluntariamente en la tumba. ¿Qué puedo
hacer? ¡¡¿Adónde voy?!!, oigo retumbar en mi cabeza mientras me meto entre la
maleza del Bois de Boulogne y, presa del agotamiento y la desesperación, me quedo
dormido.

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Unos agentes de Estados Unidos me ofrecen el papel protagonista en la última
obra de Arthur Miller, que ha de estrenarse en Broadway, en Nueva York. Lo rechazo.
Creo que ese Arthur Miller es el mismo arrogante, fanfarrón y mentecato Miller que
se portó como un cerdo con Marylin Monroe. La obra es un verdadero bodrio. No
pasa de ser un cóctel a base de estúpidos deberes morales, sexo chapucero,
restreñimiento socialista y supuesta libertad. ¡Y hay que ver lo que esos provincianos
entienden por «sueldo máximo»! ¡¿Cómo se le puede presentar al público semejante
basura?!

A las chicas que vienen a mi casa de la Avenue Foch, normalmente les da igual
que yo esté casi siempre tan triste y a menudo más callado que un muerto.
Efectivamente, mi mente no está con ellas. Hay una que no se va ni aunque la insulte
e incluso abofetee. Se empeña en que me la folle. Sin parar, varias veces seguidas, a
ser posible de día y de noche.

Más películas francesas. No sé cuántas, aproximadamente un total de diez o doce,


o quizá más. No pregunto los títulos ni los nombres de los directores. Lo que importa
es que vuelvo a tener dinero. Me compro un Range Rover 4×4. Por fin hay sitio para
Nanhoi y sus juguetes.
Ahora, Nanhoi me dice, cada vez que le veo, que va a viajar a Egipto con mami.
Con gran esfuerzo y concentración, articula esas dos sílabas tan difíciles para él,
como si intentara arrancarle a una flauta dos difíciles notas, y cuanto lo logra, adopta
un aire triunfante: E-ggy-pt.
Durante los últimos días antes de su partida, Minhoi me deja vivir con ella y
Nanhoi, y también las tres semanas que pasarán en Egipto. ¡Tres semanas! Es la
primera vez que estaré tanto tiempo separado de Minhoi y de Nanhoi. Me resulta
imposible imaginármelo.
En cualquier caso, lo cierto es que ahora, hasta que se marchen, puedo estar todo
el día con mi babyboy. Jugar, retozar, reír con él. Comprarle a hurtadillas pasteles,
chocolate y helados. Ahora puedo vestirlo, desnudarlo y lavarlo. Darle de comer.
Sentarlo en el orinal. Meterlo en la camita. Dormirlo cantándole nanas, esperar hasta
que concilie el sueño y entonces, cuando está dormido, quedarme un buen rato
arrodillado frente a su camita, escuchándolo respirar. Taparlo cuando, en sueños,
aparta a patadas la manta. A veces me quedo dormido de rodillas delante de su
camita… antes de salir de puntillas de la habitación. Una vez fuera, me quedo largo
rato de pie tras la puerta entornada, para estar preparado en caso de que se despierte.
Pero normalmente se despierta antes de que yo salga de la habitación. Incluso
dormido se da cuenta de que me separo de él, cuando intento sacar mi dedo de su

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puñito, porque sé, por su manera de respirar, que se ha dormido, y es que incluso
mientras duerme me tiene el dedo agarrado, como si no quisiera devolvérmelo jamás.
Entonces le canto una y otra vez Duerme, duerme mi principito, o Duerme, duerme,
niño bonito, hasta que vuelve a dormirse. O lo paseo en brazos por la habitación,
acunándolo. Cuando vuelve a dormirse, tengo que seguir llevándolo en brazos un
buen rato, pues su sueño es todavía demasiado fresco, demasiado tierno, y el sutil
tejido del sopor se desgarraría si el abrazo se deshiciera demasiado pronto. No sé qué
daría por poder colarme en la camita de Nanhoi y, haciéndome tan pequeño como él,
estirarme a su lado y pasar toda la noche enroscado a su cuerpo, aspirando su aroma a
flores, y con la boca pegada a su cabecita en un beso inacabable.
Cuando llevo a Minhoi y Nanhoi al aeropuerto, todavía no sé con certeza lo que
me espera. Sólo de regreso a París se abre de repente en el suelo, a mis pies, un
terrible vacío, cuando pienso que Minhoi y Nanhoi están ahora a diez mil metros de
altura, alejándose cada vez más de mí. Es lo único en que puedo pensar. Si al menos
me viniera a la mente alguna otra cosa… Mis pensamientos son como un hervidero
de gusanos…

Ahí está esa chica con rizos que me abordó después del estreno de mi película
japonesa, en el Club 13, de Lelouch. Los rizos negros de su cabello se ensortijan
como serpientes. Profundos ojos almendrados, sobre los que se juntan unas cejas
como un alambre negro. Tiene la nariz respingona, con las ventanas muy abiertas, y
el labio superior levantado en el centro, lo que le da un aspecto de avidez. Los
incisivos, que quedan al descubierto, tienen el borde inferior redondeado,
seguramente por chuparse demasiado el pulgar. Ideal para chupar pollas…
Paso a recogerla a casa de sus abuelos. De regreso tenemos que pasar por el Bois
de Boulogne. Aparco en el primer lugar adecuado que encuentro después de entrar en
el parque, porque los dos nos morimos de ganas. Cuando, en el asiento trasero, le
quito la ropa, aparece la cara de un hombre por la ventanilla lateral. Me da tiempo
aún a ver cómo está formado su cuerpo: huesudo… Tórax infantil, ni señal de tetas…
Piel caliente, áspera, tensa… Caderas generosas… Pequeñas nalgas firmes y
puntiagudas… El hombre se pone cachondo y aprieta la cara contra el vidrio. No me
extraña, hay muchos que hacen esas cosas. Rondan por lugares como éste, con la
única intención de ver a otra gente follando, y se masturban. Okey. Vuelvo sin
pantalones al asiento del conductor, mientras la chica sigue desnuda, tapándose con
mis pantalones. Como si hubiera perdido la orientación, conduzco en círculos, sin
decidirme a tomar una dirección concreta. Casi no puedo moverme, de lo cachondo
de estoy, como los gatos machos en la época de celo.
Paso por encima de la acera, me meto en un camino de carro y paro el coche.
… Tiene el cuerpo cubierto de vello. No muy espeso, pero por tocias partes…
Duros pelos negros que reptan por su vientre. Que le brotan de los sobacos. Por los

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brazos y las piernas. Por la nuca y a lo largo de la columna vertebral, hasta la raja del
culo… De nuevo surgen hombres de la oscuridad incipiente, y se ponen a rondar
alrededor del coche. Deben de habernos seguido. O quizá no, ya que el parque está
lleno de tipos así. No nos queda más remedio que intentarlo en otro lugar. Nos
metemos, pues, en la autopista. Da lo mismo hacia dónde. Tengo que derramar mi
semen dentro de esa chica, sin demora. Cuando me parece que nos hemos librado de
nuestros perseguidores, tiro por una salida, en una dirección en la que hay pocas
luces.
… Tiene un coñito rechoncho y casi redondo, como un ratón de campo… Pero
¿qué es eso? ¿Otra cara? Esta vez por el parabrisas trasero… Ya no puedo
aguantarme, así que meto mi cipote verticalmente en su coño. La chica, con la cara
desfigurada en un gesto ordinario y los ojos cerrados con fuerza, grita y grita… No
sabe que hay un hombre viéndonos follar por el parabrisas trasero. Apoyándose sólo
en los omoplatos y la cervical, se ha hundido en el asiento trasero; con las piernas
abiertas por encima de la cabeza, mueve el abdomen libre hacia arriba y grita y se
corre y grita y se corre y grita y se corre… Luego nos vamos al piso de Minhoi y
pasamos la noche jodiendo.
Cuando, hacia el amanecer, por motivos que se me escapan, empieza a hablar de
comunismo, la echo a la calle.

No tengo noticias de Minhoi y Nanhoi desde que se fueron a Egipto, y tampoco


tengo manera de comunicarme con ellos. Ni una dirección, ni un teléfono, ni nombres
de hoteles; es más, ni siquiera sé en qué parte de Egipto se encuentran ahora. Minhoi
tenía pensado llegar hasta muy adentro en dirección sur y recorrer el Nilo a bordo de
un pesquero a vela. Y, de repente, tengo la sensación de haber pronunciado, oído o
visto en letras de imprenta la palabra Egipto en los últimos días. Adonde se mira,
aparecen titulares sobre catástrofes aéreas. Accidentes de tren. Secuestros. No leo la
prensa. Pero los titulares intentan pérfidamente propagarse como malignas epidemias,
como si estuviesen al acecho de alguien como yo, alguien sumamente irritable y
tenso, cuyo estado de espíritu roza ya la paranoia, y cuyos nervios deshechos, le
convierten en una víctima propiciatoria.
También en casa me llegan fragmentos de noticias de televisión, que nunca
sintonizo conscientemente, sino sólo por descuido. No sé manejar esos botones, y a
menudo pulso uno equivocado. Nunca entiendo de qué hablan los locutores de los
noticiarios, y no consigo encontrarle un sentido a esa mierda pensada para el
consumo rápido; como ya he dicho, sólo me llegan fragmentos.
Esta vez me parece haber oído la palabra «Egipto», ¿o quizá la he leído en el
titular de una portada? No me aclaro. Compro todos los diarios y veo por televisión
esas noticias físicamente repugnantes, sádicas y masoquistas acerca de la basura de la
humanidad, hasta que no aguanto más y me tapo los oídos con los puños, para no oír

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más esas voces abyectas. ¡¡¡¡¡¡¡¡¡Esas voces!!!!!!!!! Son más impersonales y
malsonantes que pedos hediondos, provocan náuseas y ensucian los oídos, devastan
los cerebros. Pero ni los diarios ni los noticiarios de televisión dicen una palabra de
Egipto. Y, sin embargo, podría jurar que he oído o leído repetidamente la palabra
Egipto. Quizá fuera hace varios días, ya se sabe que las noticias tienen una vida corta.
O quizá fuera en otra vida. En mi estado, ya no controlo el tiempo ni la lógica. Pero,
al fin y al cabo, ¿quién controla algo? ¿Y qué es ese algo?
La postal donde se ven pirámides, de Minhoi y Nanhoi, ha tardado dieciséis días
en llegar a París. ¡Quién sabe dónde deben de estar en este momento!
Una noche, ya bastante tarde, un empleado de correos llama a mi puerta y me
entrega un telegrama de Minhoi anunciándome su próxima llegada con Nanhoi.
Lo que más me gustaría sería salir ahora mismo, en este instante, inmediatamente,
hacia el aeropuerto, con tres días de antelación, y pasar la noche allí, esperándoles.
En cualquier caso, llego al aeropuerto dos horas antes de lo necesario. No
entiendo ni una palabra de esos graznidos y balidos que salen de los altavoces cada
vez que anuncian el aterrizaje de un nuevo aparato. Tampoco me fio de las pantallas
en las que se indican la línea aérea, el número de vuelo, la hora de llegada y el
retraso. Camino sin parar de salida en salida, fijándome en todos los pasajeros, sea
cual sea el avión en que han llegado.
Tenía razón. Mucho antes de la hora a la que se espera a los pasajeros de su vuelo,
Minhoi aparece empujando el cochecito de Nanhoi a buen paso, casi corriendo, en
dirección a la escalera que conduce a la entrega de equipajes. Al principio, lo único
que veo de Nanhoi es su minúscula cabecita. ¡Es tan pequeño…! El día en que se
fueron parecía mucho más grande, porque el pelo, espeso y largo, le llegaba hasta
más allá de los hombros. Ahora lo tiene muy corto, casi esquilado, como un
corderito. ¡¡Ay, babyboy, qué delicioso eres!! Lo saco del cochecito, y nos besamos, y
no lo descargo de mis brazos hasta llegar al piso de Minhoi, donde lo meto en su
camita.
Minhoi me dice que el piso de Avenue Foch es un gasto innecesario, ya que ahora
paso la mayor parte del tiempo en su casa. Pero ni ella ni yo nos hacemos falsas
ilusiones. Cuanto más tiempo estamos juntos, más a menudo discutimos. Y cuanto
más a menudo discutimos, más a menudo nos embestimos el uno al otro, y más
desmesurados, violentos y terribles se hacen nuestros insultos y refriegas. No nos
pasa lo que a los matrimonios que viven juntos sólo por costumbre, y se odian porque
ya no se interesan el uno al otro y por eso no pueden soportarse. No, no. Al contrario.
Nos enfrenta la pasión, la ardiente ansiedad. Los celos. Las sospechas. El amor. La
desesperación. Y de ahí brotan los insultos y los deseos de venganza que acaban
transformándose en furor ciego.
Cuando nos lanzamos el uno encima del otro en presencia de Nanhoi —y es que
somos más explosivos que la nitroglicerina—, o cuando nos oye gritar, entra
disparado en la habitación y se mete entre nosotros para separarnos; nos agarra a los

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dos con sus manitas, se pone en jarras y apoya el pie izquierdo y el derecho contra
nuestros respectivos zapatos, y de ese modo nos separa. Está dispuesto a propinarnos
puntapiés si nos atrevemos a seguir peleándonos.
En esas ocasiones nos sentimos hasta tal punto abrumados y conmovidos por la
sabiduría de nuestro pequeño, por su bondad y su amor, que nos avergonzamos y
dejamos de hacemos daño.
Cuando Nanhoi nos ve besamos y abrazamos, o tocarnos cariñosamente, se
abraza a nuestras piernas y, tironeándonos, nos funde en un solo cuerpo, como si no
estuviera dispuesto a tolerar que nos separemos nunca más.
Minhoi ya no puede soportar las sacudidas a las que someto a su alma. El violento
«estira y afloja», como ella lo llama. Dice que la ahoga. Me reprocha haber decidido
por ella siempre, desde el primer momento. Haber escogido sus vestidos, su
maquillaje, su peinado, su pintura de uñas, su ropa interior, todo. Yo no lo veía así.
No era mi intención «decidir» nada por ella. No quería tutelarla ni oprimirla. Yo, que
no puedo vivir sin libertad, jamás he querido restringir su libertad. Hoy comprendo
que los celos son una esclavitud para toda persona. Por lo que respecta a la tutela y a
la violación, detrás de eso no hay otra cosa que mi imparable proceso de creación:
crear, destruir, crear de nuevo, modificar, todo, siempre y sin interrupción. Pero eso
no quiere decir que no dé por válidos, o, aún menos, que rechace, la fantasía, las
ideas, el talento, los deseos y las decisiones de Minhoi. Picasso, cuando estaba en la
playa, dibujaba con los dedos en la arena. Es el proceso creativo, que no puede
detenerse. No puedo evitarlo: es así, y ya está.
Minhoi dice: «¡Todo en ti es excesivo!». Son palabras que vengo oyendo desde
hace años, y que ya estoy harto de oír. Ya cuando era pequeño me decían que «no
tenía medida». ¿La medida de quién?
Minhoi dice que tengo «demasiado» amor. «Demasiados» sentimientos.
«Demasiada» pasión. Dice que mis anhelos y mis deseos son «demasiado grandes».
Soy «demasiado susceptible». «Demasiado sensible». «Demasiado rápido en mis
reacciones». «Demasiado violento». «Demasiado fogoso». «Demasiado turbulento».
«Demasiado alegre». «Demasiado insensato». «Demasiado triste». «Demasiado
ruidoso». «Demasiado silencioso». «Demasiado malo». «Demasiado bueno».
«Demasiado blando». «Demasiado duro». «Demasiado tierno». «Demasiado brutal».
«Demasiado», «demasiado», «demasiado», «demasiado», «demasiado»,
«demasiado», «demasiado», «demasiado», «demasiado»…
Pero en realidad nunca hay un «demasiado». Por lo menos en lo que respecta a la
pasión. A los anhelos y al deseo. Al amor. Para mí lo único que cuenta es el amor, el
anhelo, la pasión. Para mí lo único que cuenta son las palabras de amor. No los
insultos y las ofensas. Para mí lo único que cuenta es la ternura, no la brutalidad y la
dureza. Pero hay que ser consciente de que la misma Creación está hecha de
sangrantes contradicciones, de que los terremotos, los huracanes y el mar
embravecido son parte del proceso del eterno alumbramiento. Y de que el alma debe

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familiarizarse con los dolores del alumbramiento, de la misma manera que Minhoi no
sintió dolor al alumbrar a Nanhoi.

Una productora inglesa quiere hacer conmigo una película sobre la vida del
mayor bailarín de todos los tiempos, Nijinski, en coproducción con Rusia, con el
ballet Bolshoi de Moscú. Las coproducciones con Rusia tardan una eternidad en
llevarse a cabo. Probablemente nunca se rodará esa película.

Sigo a Minhoi como un bobo cuando va a comprar al mercado o a cualquier otro


sitio. Entonces puedo llevar en brazos a mi pequeño, empujar el cochecito, darle algo
a escondidas, un pedazo de chocolate o una galleta. En cualquier caso, puedo verlo,
acariciarlo, besarlo y oírlo reír. Para poder estar junto a Nanhoi, soporto todas las
humillaciones y dejo que Minhoi se haga la mandona y me trate como a un perro.
Pero cuanto más condescendiente me muestro, peores son nuestras peleas.
Minhoi me envía de nuevo a la Avenue Foch y no quiere que vaya a su piso para
verla a ella y a Nanhoi.
A veces me los encuentro por la calle. Nanhoi extiende los bracitos hacia mí
desde lejos e intenta zafarse para trepar a mis brazos. Antes de que Minhoi se lo lleve
a toda prisa, lo beso rápidamente todas las veces que puedo.

La canción de Rolando. Menuda chorrada medieval. El hijo de puta del


«director» no tiene ni sombra de talento; en lugar de eso, se dedica a hacer ofensivos
y latosos discursos sobre toda la gente que tiene dinero; es demasiado imbécil para
comprender que es precisamente gente con dinero la que hace posible que un inepto
como él, el «comunista» Cassenti, tenga la increíble oportunidad de rodar una
película. Lo que ocurre durante el rodaje es indescriptible, y no sé qué buena estrella
le salvó de que le partiera la cara. Porque lo que es agarrarlo por el cuello, lo hice un
montón de veces. El único consuelo es que también ese mezquino arrastrarse llega a
su fin.

Minhoi ha conseguido poner en marcha el proceso de divorcio, y he recibido una


citación judicial. Me pone la carne de gallina la idea de pisar un juzgado. Pero no
tengo elección, ya que de momento no puedo costearme un abogado.
Al entrar en el juzgado, con sus sombras viscosas, me siento como si entrara en
un matadero en un día no laborable. Cuando llego a la sala del piso superior, en la
que Minhoi y yo vamos a divorciarnos, siento la locura de toda la humanidad
agarrada a mi piel como un sudor frío.

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Para empezar, el juez desbarra sobre alguna película mía que ha visto. Le pego un
grito y salgo corriendo de la sala, ¡¡¡lejos de allí, lejos, lejos!!! El abogado de Minhoi
me da alcance en el pasillo y me dice que el juez me mandará encerrar si vuelvo a
gritarle y a marcharme de ese modo.
Minhoi está muy molesta. Seguro que se avergüenza de lo que está pasando aquí.
Finalmente el juez propone que volvamos a intentarlo, sobre todo por nuestro hijito.
Nos concede seis meses de prueba.
Me escriben estudiantes universitarios, chicos y chicas, para decirme que me han
elegido a mí, Kinski, como tema de su tesis doctoral. Ya son tres o cuatro. La cosa
lleva trazas de convertirse en una epidemia. Hay otros que quieren escribir libros
sobre mí. Y otros que dibujan cómics o me mandan poesías. Todo eso lo tiro al cubo
de la basura.
El gitano Manitas de Plata es el mejor guitarrista del mundo, y amigo mío. En la
Sala de Congresos de París, baja del escenario al patio de butacas, se abre paso hasta
la hilera en la que estamos sentados Minhoi, Nanhoi y yo, se coloca delante de
nosotros y toca sólo para los tres. Tiene una mujer joven, de grandes muslos y culo
desvergonzado, que me da su número de teléfono en Arles.
Siempre que veo flores, quiero llevárselas a Minhoi. Normalmente no las quiere,
o la dejan fría. Pero me olvido de eso cada vez que veo flores, y le llevo unas cuantas
siempre que puedo.
Esta mañana temprano he vuelto a llevarle flores a Minhoi. Un gran ramo de
alegres flores de muchos colores. Luego he tenido que abandonar París, para rodar.
Ahora es de noche y estoy de vuelta en mi odiosa jaula de la Avenue Foch.
Encima de la mesa hay un gran ramo de alegres flores de muchos colores. Al verlas
se me llena de gozo el corazón, sobre todo porque van acompañadas de una carta en
la que reconozco la letra de Minhoi. Así que pienso que son un regalo de Minhoi. Y
aunque esas flores son idénticas a las que le he llevado hoy a Minhoi a primera hora
de la mañana, no se me ocurre que puedan ser las mismas, ni, si es así, por qué
motivo están ahora aquí en la Avenue Foch y no en la Isle Saint-Louis, en casa de
Minhoi. Leo la carta una y otra vez, pero no consigo comprender cómo ha podido
suceder esto… y tampoco a qué se refiere Minhoi con lo de «marcharse» y «por largo
tiempo»… ni por qué están aquí las flores y no en su casa… ni por qué ella y Nanhoi
ya no están aquí… ni por qué me trae flores al tiempo que me hiere de muerte… ni
por qué esas flores son las mismas que le he regalado hoy a primera hora de la
mañana… La realidad actúa como un veneno muy lento…
La carta no dice adonde se ha ido. Ni hasta cuándo. Sólo dice «por largo tiempo»,
y que ya no soporta estar aquí. Tampoco esta vez me deja una dirección. Ni un
número de teléfono. Nada.

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Toda persona puede soportar sólo una determinada dosis de sufrimiento y dolor.
Por eso mismo también tiene un límite el interés por el sufrimiento y el dolor de los
demás. Pero no es ése el único motivo por el que me niego a describir el calvario por
el que pasé durante ese tiempo. La razón principal es que no puedo soportar revivir
esa tortura al pasarla al papel. Resumiendo: tras varias semanas de búsqueda por toda
Europa, encuentro a Minhoi y a Nanhoi en la isla española de Ibiza.
Minhoi y Nanhoi me acompañan al sudoeste de Francia, donde me quedan aún
por rodar las últimas escenas de La canción de Rolando, y donde agarro con las dos
manos a ese mierdoso de Cassenti para zurrarle.
Dar de comer a Nanhoi es tan delicioso que me cuesta hacerme a la idea de que
algún día ya no podré sentir el peso de su cuerpecito sobre mis muslos mientras come
ni llevarle la cuchara o el tenedor a la boquita. Hoy no me toca rodar, y vamos los dos
completamente vestidos de blanco. Nanhoi lleva una blusa blanca de marinero y un
jersey blanco. Yo, una camisa blanca y vaqueros blancos. Y aunque ya hace tiempo
que sabe comer solo, y me lo demuestra lleno de orgullo, prefiere que le dé yo la
comida. Ya casi se ha terminado las espinacas, sólo le quedan unas pocas en el plato.
A menudo, antes de comerse la última cucharada, dice que ya no puede más. Esta vez
no dice nada. Así que rebaño el plato hasta llenar bien la cuchara, y se la meto en la
boquita. Me alegro de que quiera comerse la última cucharada, pues desde mi
infancia he oído decir: «Cómete las espinacas, que tienen mucho hierro».
En el momento en que le estoy desatando el babero, me escupe toda la metralla
verde de la última cucharada llena, que, como una granada rompedora, me salpica la
cara, todo el pecho, la camisa blanca y los pantalones blancos. Y se ríe…

Varios chapuceros me ofrecen desde Alemania películas u obras de teatro


raquíticas. Los mando a hacer puñetas.
Dos películas francesas más, Zoo cero y Muerte de un corrupto. Luego, Herzog
me llama una noche a la una de la madrugada a la Avenue Foch y me pregunta si
quiero interpretar Norferatu y Woyzeck. Le insulto por haberme llamado a la una de la
madrugada, pero acepto. Me he olvidado completamente de quién es Herzog, y sigo
sin poder acordarme de él. He olvidado también que diez años atrás rechacé
interpretar Woyzeck en el teatro porque es un suicidio, y que tiré el texto a la basura.
No sé por qué he dicho «sí» esta vez. Es el destino, sin duda. No soy yo el que
decide, es mi destino el que rechaza y acepta por mí. Una potencia superior. Y debe
de tener un significado —aunque me lo paso por el forro— el hecho de que siempre
me toque sumergirme en infiernos ajenos cuando peor me van las cosas. Y que me
toque encarnar precisamente todo aquello que me veo obligado a vivir en la realidad
y apenas puedo soportar. ¿O más bien me toca vivirlo después de haber interpretado

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el papel? ¿Se trata de un aviso, o simplemente de una repetición? ¿Será acaso una
reacción en cadena? ¿Quizás una cosa desata la otra? ¿O es que ocurren a un tiempo
ambas cosas, mi vida y el papel que me toca interpretar? ¿Transfiero el infierno de
otros a mi propia vida, o más bien transfiero mi propia vida al personaje que me toca
interpretar? ¿Hay una potencia mística que me obliga a vivir esas cosas a fin de poder
apurar más el cáliz cuando me toca interpretarlas? Nadie puede responder a esas
preguntas. En cualquier caso, ser the ultímate actor, como me llaman, supone una
parte de la maldición. Y esto no tiene nada que ver con la estúpida concepción
habitual del oficio de actor.

Nanhoi es un mago del balón. Tira y recoge pelotas como un malabarista. Cada
vez lo hace mejor, con un estilo más depurado, preciso, evolucionado, aunque nunca
ha tenido ocasión de practicar. No aprende, se hace. Como se forma el viento, como
se desata una tormenta. Nanhoi se hace igual que se hace de día y de noche, oscuro y
claro, igual que llega el frío y el calor. Es un gozo sin límites tener, gracias a él, ante
los ojos el devenir de la creación.

Minhoi insiste en que nos divorciemos. El juez dicta sentencia de divorcio. Salgo
corriendo de ese recinto letal. Escaleras abajo. A través del vestíbulo, donde pasa por
mi lado un hombre al que llevan esposado, y una mujer llora cabizbaja, apretándose
el pañuelo contra la boca, dejo el edificio del juzgado y salgo a la calle. Siento como
si ya nadie anduviera enmascarado. Como en los cuadros de Hieronymus Bosch. Pero
aún más repugnante. ¡¡¡Tengo que ver a Nanhoi!!!
También él ha venido al mundo en esta ciudad. Pero fue pura casualidad que la
metamorfosis tuviera lugar aquí. Nanhoi se alza por encima de esta cloaca como una
mariposa exótica que no pertenece a este lugar. Corro sin parar a lo largo de los
quais. Evitando a los transeúntes y a los vehículos. Lo que sucede en mi interior es
algo tan enorme que esos seres enanos no pueden abarcarlo. Siento como si todo el
mundo me mirara, incluso desde los coches, incluso desde lejos, del mismo modo que
la gente se apiña para ver una ejecución, o conduce más despacio cuando ha ocurrido
un accidente, para poder echarle un vistazo a la víctima. Me miran como si fuera
algún ser sensacional que hubiese brotado de repente del suelo. Un monstruo.
Demasiado grande, demasiado torpe para escapar. Un hombre elefante. Demasiado
deforme para pasar desapercibido: es mi grito, que corre por las calles, se hace cada
vez mayor y no cabe en ningún sitio…
En el parque infantil de Notre-Dame cojo bruscamente en brazos a Nanhoi, y mis
lágrimas se derraman sobre la arena a su espalda.
A la chica que ha estado cuidando de él mientras Minhoi y yo nos divorciábamos,
le digo que ya puede irse. Quiero estar a solas con mi hijo, y lejos, muy lejos.

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Cuando llevo a Nanhoi a almorzar a casa de Minhoi, se para delante de mí en la
escalera como si no quisiera dejarme pasar antes de que conteste a su pregunta:
—¿Quieres a mamá?
Me siento tan perplejo que sólo puedo decir:
—Pues claro, cariño mío.
Pero en realidad quiero decir: «Os quiero a ti y a mamá más que a nada en el
mundo. Siempre querré a mamá, siempre, aunque me matara, siempre, ¡siempre…!».

Haine. La historia de un motorista que no ha cometido delito alguno y al que,


pese a ello, los vecinos de un pequeño pueblo encadenan a un transformador y lo
ejecutan con una descarga eléctrica El «director», Dominique Goult, se pasa la mayor
parte del tiempo en los bares. Su mujer tiene un culo bien puesto. Eso es para mí
motivo suficiente para rodar la película. Pero antes Dominique tiene que producir
rápidamente una película porno para conseguir el dinero con que pagarme. Maria
Schneider es una de las chicas a las que me tengo que follar en la película. Se ha
convertido en una auténtica yonqui, y me da asco. Si se libró de que la abofetease fue
sólo gracias a Dominique Goult.

Nosferatu para la Twentieth-Century Fox. En Holanda y en Checoslovaquia, hasta


los montes Tatra, en la frontera ruso-polaca.
El punto de partida es Munich, adonde llego cuatro semanas antes de empezar el
rodaje para arreglar todo lo referente a mi vestuario. Y es allí donde me esquilo la
cabeza por primera vez. Me siento desnudo, indefenso, desamparado. No sólo
físicamente —ya que la cabeza rapada al cero se vuelve tan hipersensitiva como una
herida abierta—, sino sobre todo espiritualmente, y por supuesto a nivel nervioso. Me
siento como si no tuviera cráneo, y como si me hubieran quitado la capa protectora
sin la que el alma no puede sobrevivir. Como si me hubieran despellejado el alma.
Al principio sólo salgo a la calle cuando está oscuro (conozco eso desde la época
de El idiota, aunque esto es mucho, muchísimo peor). Además llevo siempre puesta
una gorra de lana, aunque es primavera. Algunos pensarán: «No es tan grave, al fin y
al cabo hay muchos calvos». Pero lo uno no tiene nada que ver con lo otro. Hablo de
la primera desnudez debida a la simultánea metamorfosis en vampiro. En ese ni-
hombre-ni-animal. En ese nomuerto. En esa inconcebible criatura que sufre porque es
plenamente consciente de su existencia.
Ahora sólo salgo de casa para las pruebas de vestuario en la sastrería.
Cuando volamos a Holanda, Minhoi y Nanhoi se reúnen conmigo algo más tarde.
Y aunque tengo que rodar casi todo el tiempo, a menudo durante noches enteras, al
menos puedo ver a mi babyboy mientras duerme o durante el desayuno, antes de que
me pasen a buscar.

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Aquí Herzog vuelve a hacer de las suyas: ha alojado a toda la compañía en una
casa pútrida, en la que acampan en el suelo de tres en tres o incluso más, como
cerdos. La comida es una bazofia impresentable.
Cuando nos trasladamos de Holanda a Checoslovaquia, Minhoi y Nanhoi vuelven
a París. Exijo que me lleven a Checoslovaquia en una caravana escogida por mí
mismo, en la que puedo dormir, cocinar y lavarme la ropa. No quiero que me instalen
en uno de esos hoteles asquerosos en los que, después de pasarte el día rodando, te
encuentras otra vez a toda la cuadrilla.
Por fin se termina también Nosferatti. Y a continuación, en el mismo poblacho de
mala muerte, Woyzeck. Nunca lo he pasado peor en un rodaje. Ya he dicho antes que
la historia de Woyzeck es un suicidio. Autodesgarramiento. Cada día de rodaje, cada
escena, cada secuencia, cada fotograma es un suicidio.
Por la noche, en la caravana, que me han instalado en un parque abandonado, me
doy cabezazos contra las paredes. Llego a creer de verdad que me estoy volviendo
loco. Pero no se lo pondré tan fácil a la locura. Lucharé. Lloro, grito, ardo, echo a
correr por el parque oscuro como boca de lobo, me emborracho con cerveza
calentucha, ya que nunca hay hielo, busco chicas y la mayoría de las veces me
deshago de ellas antes de habérmelas follado.
Sumido en un pánico mortal, acelero el rodaje todo lo que puedo, deseoso de
quitármelo de encima antes de que la locura me doblegue. No tengo que «ensayar» ni
escuchar las diarreas mentales de Herzog. Le digo a Herzog —o, más bien, le
advierto— que cierre el pico y me deje hacer. Por lo visto, esta vez lo ha captado; sea
como sea, el caso es que se está calladito. Hoy, tras dieciséis días de rodaje, sólo nos
queda por rodar una escena. La escena en que Woyzeck apuñala a su mujer y luego,
con la mujer muerta en los brazos, se deja arrebatar por la locura. Son las tres de la
madrugada. Dejo bien claro que sólo pienso rodar esa escena una vez. ¡Me niego a
repetir la muerte y locura!
Acabada la toma, echo a andar por el tenebroso parque. En eso, oigo unos fuertes
sollozos. Es Eva Mattheus, que en la película interpreta el papel de mi esposa y a la
que acabo de asesinar en la última escena. Le tiembla todo el cuerpo y se echa a llorar
a gritos, convulsivamente. La cojo en brazos y la llevo a su hotel. Después de
lavarme la sangre, me dirijo al coche que va a llevarme, atravesando la frontera, hasta
Viena, donde pienso coger un avión hasta París. Pero todos han desaparecido. La
compañía entera. Todos. Como si hubieran huido de la locura que ha desencadenado
el argumento de la película.
En Viena, en el hotel, no puedo quitarme los zapatos y los calcetines sin antes
revolearme por el suelo.
En la introducción de la película, aparece Woyzeck haciendo instrucción en el
patio del cuartel. Lo atormentan con ejercicios fusil en mano, abdominales, flexiones,
etcétera, hasta que se desmorona. Y cada vez que se desmorona, un sargento le patea
el pescuezo con la bota. Lo quise así, fue idea mía, y di instrucciones de que me

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patearan el pescuezo hasta que realmente no pudiera más. Así lo hicieron. La última
vez que intenté levantarme con las últimas fuerzas que me quedaban, me desmoroné
de verdad y durante unos días no pude caminar sin ayuda.
Tardaré mucho tiempo en recuperarme de eso. Pero lo peor es el daño que ha
sufrido mi alma.

En París, en la calle, me mira un perro, y me echo a llorar. ¿Qué le he hecho a ese


perro? O, mejor dicho, ¿qué me ha hecho él a mí para que me eche a llorar? También
lloro cuando veo personas, objetos. Me hace daño la imagen de todo lo que pasa ante
mis ojos. De todo lo que oigo, de todo lo que pienso y siento.
¡Quiero estar con mi babyboy! Pero al llegar a casa encuentro una carta en la que
Minhoi me dice que se ha ido a México con Nanhoi. Esta vez ni siquiera me dice por
cuánto tiempo.

Nastassia está rodando Tess con Polanski en el norte de Francia. Me reúno con
ella y pasamos juntos casi una semana. Polanski me enseña las primeras pruebas.
Nastassia está imponente. Pero, aunque siempre añoro a Nastassia, no puedo estar
contento mientras no sepa dónde se encuentran Minhoi y Nanhoi, ni cómo están. Mi
preocupación y mi añoranza por ellos son como una espina que me atraviesa el
corazón. Día y noche, a cada instante. Así que por la noche tampoco consigo
dormirme ni descansar, ni siquiera estando con Nastassia. Vuelvo a París, donde
espero que me llame Minhoi desde México.
No sabría decir cuántas semanas hace que Minhoi se marchó a México con
Nanhoi —ya no sé manejarme con la cronología de los seres humanos—; para mí,
cada instante sin Nanhoi es una eternidad insoportable.
Y cuando, en plena noche, suena el teléfono y oigo a Minhoi decirme que me
reúna con ellos en México, no pienso en otra cosa que en correr a su lado, mañana
mismo, con el primer avión que salga para Ciudad de México.
Cuando, ya en Ciudad de México, el taxi me lleva al hotel en el que me esperan
Minhoi y Nanhoi, el corazón me late con tanta intensidad que me duele el pecho. Esta
vez, de alegría. De repente, mientras subo a grandes zancadas por la escalera del
hotel, temo hacer algún ruido, y me detengo… Me invade el miedo de que Minhoi se
marche con Nanhoi si me oye llegar, y continúo avanzando de puntillas hasta la
habitación que me ha indicado el portero.
Cuando, a través de la puerta cenada, oigo cómo Nanhoi da grititos y chapotea en
el cuarto de baño, el corazón se me llena de gozo. Me atrae a la bañera vestido para
abrazarme, y también Minhoi me abraza y me besa. Y todo el dolor se dulcifica,
como bajo los efectos de la anestesia.
Paso con Minhoi y Nanhoi una noche llena de paz y felicidad.

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Hoy mismo, a la mañana siguiente, nos vamos a Miami, en Florida, y desde allí
tomamos un avión para las Bahamas, donde quiero comprar una isla.
Desde Nassau nos trasladamos en un hidroavión de un solo motor hasta el
archipiélago de las Exumas y echamos un vistazo a la isla. Tiene una playa blanca
como la nieve, que con la marea baja se adentra hasta bien lejos en el mar, una
pequeña selva tropical y un acantilado donde anidan águilas marinas. Hay además un
fabuloso jardín submarino. Desde el bote se puede ver a simple vista a una distancia
de cien metros bajo el agua, en la que nadan extraños peces de colores estridentes, y
en cuyo fondo crecen mágicas figuras de coral resplandeciente.
Compro la isla, y ese mismo día volvemos a Nassau, donde hemos alquilado una
casa.
Pero nos hemos engañado. O, mejor dicho, los dos, Minhoi y yo, necesitábamos
tanto la mano acariciadora de la paz, que por un instante hemos sido realmente
capaces de vivir juntos. Pero de improviso, como si despertáramos sobresaltados de
un profundo sueño, volvemos a darnos cuenta de que ya nunca más será posible. La
tensión se hace tan insoportable que ni siquiera podemos ir juntos a un restaurante ni
sentarnos a la misma mesa. Nos marchamos de allí.

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De nuevo en París, dejo la cámara de tortura de la Avenue Foch y me instalo en
L’Hôtel, la antigua casa de Oscar Wilde, ahora un hotel, hasta que encuentre un
apartamento. Al otro lado de la calle está el Route Mandarine, el primer restaurante
vietnamita al que me llevó Minhoi. L’Hôtel fue también mi primer hotel con Minhoi
en París. Ahora es una pesadilla. Pero no sé a qué otro lugar ir.
Hambriendo de coños, me llevo a la cama, como un fauno, a todas las que pillo, y
jodo y jodo y jodo. Dependientas. Camareras. Criadas. Mujeres casadas. Madres.
Negras de Haití, Mozambique, Jamaica. Francesas. Turistas norteamericanas.
Estudiantes de Rusia, China, Japón, Suecia, Chile, la India, Cuba. Una beduina.
Colegialas de África. Las negras desnudas del Paradis Latin. Los deliciosos culos del
Crazy Horse. Las siete modelos negras de Saint Laurent, que me devoran las siete
con las carnosas esponjas de sus labios pictóricos y húmedos. La mujer del dueño de
una gasolinera. La chica de la recepción. La lavaplatos del Route Mandarine. La
mujer casada y madre con una gran cicatriz en la cara. Y todas las chicas que, en los
cafés, me sonríen al pasar, o con las que me topo de camino al lavabo.
Las camareras del hotel no pueden venir por la noche a mi habitación. Además,
algunas están casadas, y por la noche tienen que follar con sus maridos. Me las follo
cuando vienen a hacerme la habitación, o las llamo con cualquier pretexto cuando
hacen las camas en la habitación de al lado, o mientras pasan la aspiradora por las
escaleras. Me las follo en la cama en el suelo, encima del retrete o del bidet, boca
arriba de rodillas, boca abajo, de pie, a lo perro, en cuclillas… No podemos
entretenernos demasiado, porque las echarían en falta. Si no hay más remedio, dejan
la aspiradora en marcha. Algunas vuelven un rato más tarde para el siguiente polvo.

La regata individual francesa de veleros a través del Atlántico sale de Saint-Malo,


en Normandía.
Minhoi, Nanhoi y yo vamos a ver la salida de los veleros. Mi amigo Olivier de
Kersauson es uno de los participantes. Su patrocinador ha hecho construir para él un
trimarán de aluminio. Los cascos terminan en una punta afilada como una flecha.
Dicen que el metal está hecho de la misma aleación que el que se utiliza para los
cohetes espaciales. A Nanhoi eso no le interesa: se pone en cuclillas y caga en el mar,
por encima de la borda. Olivier y yo acordamos que, si gana la regata, volveré con él
desde los Estados Unidos a Europa a través del Atlántico. Si no gana, llevarán el
barco hasta Europa en la bodega de un carguero, porque el seguro resultaría
demasiado caro, y el patrocinador sólo lo pagará si Olivier gana. El Vendredi 13, un
velero de tres palos, también toma la salida.
Acompañamos a los veleros largo tiempo, hasta bien entrado el océano.

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Hoy, dos días después de iniciarse la regata, el patrón del Vendredi 13 me llama a
París y me pregunta si quiero cruzar el Atlántico con él. Ha abandonado la regata
porque se le ha roto el timón automático. Pero aún así tiene que llevar el velero a
Guadalupe, donde se gana la vida con viajes chárter. Meto un impermeable y algo de
ropa de abrigo en un saco de marinero, estrecho a mi babyboy un buen rato con
fuerza contra mi pecho y tomo el primer avión para Brest, donde está fondeado el
Vendredi 13. Estamos en noviembre y hace un frió de miedo.
Hasta las Azores tenemos casi todo el tiempo mar muy gruesa y viento
tempestuoso. Cruzamos el archipiélago de las Azores y varamos en Funchal, en la
isla donde desde hace cientos de años hacen escala todos los veleros en ruta a través
del Atlántico. A lo largo del muro del malecón, todos los navegantes han pintado en
la piedra el nombre de su barco. Desde los grandes clípers hasta el Gypsy Moth de
Chichester.
Cuando llamo a París, me dicen que tengo que volver enseguida para doblar
Nosferatu al francés. ¡Del corazón del Atlántico a un estudio de doblaje en París!
¡Menuda broma! Y ni en sueños se me habría ocurrido subirme al avión de no ser
porque me impulsan irresistiblemente las ganas que tengo de ver a Nanhoi. Durante
los días y las noches en el mar, mientras las olas se alzaban como montañas tras el
barco y mis recuerdos se disolvían en la nada, hasta que olvidé mi pasado y todas mis
penas, lo único que sentí cerca de mí fue a mi hijo; tan cerca que creía poder tocarlo.
Se me aparecía bajo la forma de las olas, y adquiría unos contornos tan claros e
intensos que empecé a hablar con el mar, que estaba cada vez más agitado y violento.
Y al tiempo que crecía el mar, las ganas de ver a mi babyboy se han hecho tan
enormes que me parece imposible soportar las dos semanas que faltan para llegar a
Guadalupe. Mañana temprano tomaré el pequeño avión para San Miguel. Desde allí
sale a medianoche un reactor con destino a Lisboa. Y a la mañana siguiente, otro
hacia París.
Encuentro a mi babyboy sumido en un dulce sueño. Me asomo por la borda de su
cuna y me inclino hondamente sobre Nanhoi hasta reposar el peso de mi cabeza y mi
tórax encima de él, y me habría quedado dormido en esa posición —con el rugir del
Atlántico aún en los oídos— si Nanhoi no se hubiera reído de repente en sueños…
Temo despertarle y salgo de puntillas, para entrar en el dormitorio de Minhoi. Me
meto en la cama junto a su cuerpo hambriento y ardiente como la fiebre, que me
abraza en sueños.
Aún no me he repuesto del Woyzeck. A veces me meto el puño en la boca para no
soltar un aullido. O me aprieto con los puños las orejas o los ojos, o me golpeo la
cabeza para ahuyentar las malignas criaturas de mis visiones, que me acechan por
doquier y se aferran a mí. Me pregunto cuánto tiempo podré aguantar todo esto.
He encontrado un apartamento en el Quai Bourbon, en la rue de Saint-Louis, casi
en la parte posterior del bloque en el que viven Minhoi y Nanhoi. Ahora me basta con
doblar dos esquinas y ya estoy con mi babyboy.

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A veces Minhoi me trae a nuestro hijito y se queda en mi casa. Pero eso no sucede
a menudo, y cuando se queda no es por mucho tiempo, ya que siempre estalla
enseguida una pelea por cualquier chorrada.
No quiero tener nada mío. Incluso doy cada tantos meses un repaso a la poca ropa
que tengo, y tiro a la basura todo aquello de lo que puedo prescindir. Tampoco tengo
libros, excepto unos cuantos de Jack London y algunos sobre los viajes individuales
en velero alrededor del mundo. Quemo los guiones, las cartas y las fotografías, y lo
mismo hago con todos los libros después de haberlos leído. Lo único sagrado para mí
son las fotos y dibujos de Nanhoi; los llevo conmigo en todos mis viajes de punta a
punta del planeta.
En una de esas batidas en busca de objetos inútiles, encuentro mi manuscrito de
Paganini, El violinista del diablo. Quiero quemarlo porque me trae demasiados
recuerdos, pero algo me impide echarlo al fuego. Y, como si yo hubiera percibido las
vibraciones que preceden a un acontecimiento, me llega un telegrama de Alfredo
Bini, un productor italiano famoso por su talento artístico y que conoce el guión
desde hace años, donde me dice que está dispuesto a producir la película. Viene a
París y firmamos un contrato por el guión, la dirección y la interpretación del papel
de Paganini. Pero no acaba de estar claro que Bini haya reunido todo el dinero
necesario. Además, tengo que cumplir antes otros compromisos en Estados Unidos,
Japón, Inglaterra y Francia.

Ahora Nastassia viene a vernos siempre que puede, aunque sólo sea por unos
minutos. Quiere a Nanhoi con locura, y lo abraza y lo besa y se revuelca con él por el
suelo, riendo y gritando de alegría.
Hoy, en el coche, de camino hacia el banco Rothschild, donde también ella ha
abierto una cuenta, Nastassia se echa a llorar, y no consigo calmarla. Se aferra a mí
en busca de protección, como si temiera que un torrente la arrebatara y se la llevara
para siempre de mi lado en cuanto me soltase. Un llanto espasmódico le sacude el
cuerpo entero con tal violencia que se queda sin respiración y las palabras brotan de
su garganta estrangulada como gritos