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PADRE FERNANDO GÓMEZ

EXORDIO EXPLICATIVO

Como una clara visión de las circunstancias al benemérito Padre FERNANDO GÓMEZ
MEJÍA en su transcurso sacerdotal, grandioso y visible, por un prolongado tiempo –
mucho más de medio siglo-, editamos lo que va más adelante, por no poder realizar la
verdadera exégesis de su completa vida pastoral, con todo su recorrido, y por haberse
extraviado el numeroso acervo de su prolífica existencia, sin una clara explicación.

En primer lugar, su extensísima labor como consagrado a Cristo, daría no sólo para un
texto, sino más bien para una antología enciclopédica.

Aunque el ya desaparecido monseñor Javier Piedrahita Echeverri y yo, habíamos


recogido lo suficiente para una extensa apología en una obra voluminosa, tenemos
que conformarnos con un resto magnífico para exaltar su productiva labor en la iglesia
de Dios. En este tomo presentamos una breve visión de lo creativo, sin que él tenga
necesidad de nada de este mundo porque ya coronó su culmen sobrenatural.

Salvamos algo de su profusa obra eclesial, y sólo con éste breve rescate tratamos de
eternizar la realización ejemplar del levita, y mucho más podría decir el resto de su
apostolado.

Bastante de lo que nos falta en este texto lo está diciendo el ya fallecido Monseñor
Piedrahita en su prólogo que está a continuación, y que se escribió para primitiva
edición, fallida por las circunstancias ya señaladas.

Esto es apenas una mínima muestra de lo que fue en vida y obra el Padre Fernando
Gómez M., con quien tuve la inmensa satisfacción de acompañarlo en sus menesteres
relacionados con La Hora Católica Arquidiocesana y otros programas, durante más de
20 años.

C.B.C.

EL SACERDOTE FERNANDO GÓMEZ MEJÍA

Prólogo de un libro inédito

Me solicitó el Doctor Conrado Betancur Castaño, le escribiera un Prólogo para la


edición de una selección de los escritos de la Hora Católica Arquidiocesana que se
transmite desde 1935, hace 70 años, de los cuales 55 ha sido su Director, el Padre
Fernando. Como el mismo Don Conrado escribió una admirable semblanza sobre la
personalidad del Padre, que tituló “Un hombre, un sacerdote, una huella”, yo voy a
suministrar unos datos biográficos, pues se ha dicho que la Historia no es sino una
serie de biografías. Según el libro curricular que se lleva en la Curia, el Padre
Fernando, nació en la tierra de los Pijaos, El Tolima, en Calima el 12 de octubre de
1922. Sus padres fueron Julio, de los Gómez de Marinilla, de donde salió a andareguiar
por Colombia en busca de empleo, y de María, del Departamento de Caldas, a quienes
también se les considera paisas. Fueron ocho hijos, una de las mujeres es Hermana de
La Presentación. Cursó sus estudios eclesiásticos en el Seminario Menor de Medellín
por cuatro años y en el Mayor por otros siete años. Recibió la Primera Tonsura y las
primeras órdenes Menores, que eran el Ostiariado y el Lectorado en 1943, las
Segundas, que eran el Acolitado y el Exorcistado en 1944. El Subdiaconado cuando
hacía el voto de celibato y se empezaba a rezar el Oficio Divino en el Breviario en
noviembre de 1945. El Diaconado cuando ya se podía distribuir la comunión y predicar
en noviembre de 1946, y el Presbiteriado el primero de noviembre de 1947, de manos
del Arzobispo Joaquín García Benítez, con otros seis compañeros de los que tres ya
murieron.

Su ministerio sacerdotal lo ha ejercido en Seminario Menor como Superior y Profesor,


y en la Pastoral Parroquial como Párroco en Santa Ana en Manrique Oriental, en La
Sagrada Familia y en Nuestra Señora del Sagrado Corazón en Buenos Aires,
destacándose como párroco celoso y dinámico. También desempeñó otros cargos
como el de Asistente de la Cruzada Eucarística, encargado de visitar las escuelas para
controlar la enseñanza religiosa, participante en la Gran Misión de 1951, Vicario
General encargado de la Diócesis en la primera ausencia del Arzobispo, Tulio Botero
Salazar, para asistir al Concilio Vaticano II, y desde 1973, organizador con los Padres
Jesuitas, desde su llegada definitiva a Antioquia. Actuaba en representación de los
párrocos de la ciudad. Hasta la de este año 2005, estuvo animándola a través de la
radio. En sus últimos años ha dirigido el Movimiento Carismático de Medellín, ha
desempeñado la Capellanía de las Hermanas Concepcionistas en Envigado, y vivido por
algún tiempo en la ciudadela de La Ceja, obra del Obispo Alfonso Uribe Jaramillo.

Dados estos datos biográficos, paso a analizar su obra sobresaliente en el campo de las
Comunicaciones Sociales, tanto la radial como la de prensa escrita. Lo clasifico como
escritor y orador sagrado, de sobresalientes cualidades en ambos apostolados,
cumplidor exacto del mandato de Jesucristo: “Id y enseñad a todos los pueblos lo que
os he enseñado”. El Padre Fernando, solamente ha predicado y escrito sobre Jesucristo
y su doctrina evangélica, como lo anota Don Conrado, “siendo polémico, perseguido,
criticado o incluso odiado por algunos”, y “centrado y vertical en su sacerdocio,
estricto y dedicado en misión, pero siempre cordial y humano”.

Desde el Seminario uno manifiesta sus aficiones y sus capacidades apostólicas. Cuando
por allá en los principios del siglo XX, la Santa Sede empezó a urgir que junto a la teoría
en los Seminarios, se tuviera también práctica pastoral, contestó el Arzobispo Manuel
José Caicedo, que en Seminario de Medellín, desde finales del siglo XIX se tenía la
mejor práctica pastoral con la salida de los domingos por la tarde, de los Seminaristas
mayores, organizados en equipos a los barrios de la ciudad para enseñar el Catecismo,
con la colaboración de los párrocos de la Secretaría Departamental de Educación, las
que proporcionaban los locales. Los Seminaristas tenían que ir a pie después del
almuerzo, a esos barrios, no estaba autorizado el transporte automotor para hacerlo,
recogían a los niños y los catequizaban al son de una campanilla y del anuncio
“Catecismo, catecismo”. Reunidos los niños, el Seminarista encargado del equipo, a
quien se le dominaba párroco, hacía una explicación general y luego se distribuían los
niños por grupos, según el número de catequistas, para una enseñanza ya sistemática
del Catecismo del Padre Gaspar Astete, que como decía Monseñor Felix Henao Botero
“fue el que evangelizó la América española”. En el Seminario, el Rector Padre Emilio
Botero, nos examinaba en catecismo, por el Catecismo de Astete, y hacía la crítica de
los sermones que cada año, después de vacaciones, teníamos que hacer en el
comedor, desde la Tonsura hasta el Dioaconado, o sea por cuatro años. Los que mejor
clasificaban eran las páticas más sencillas, que calificaba las verdaderas catequesis, y
bajaba los humos de los que aparentaban ser bueno oradores sagrados, sobretodo por
el estilo literario del panegírico y como se decía en ese tiempo “sermón de
campanillas”.

Otra práctica pastoral en el Seminario eran las academias, como la de Misiones, donde
estudiaban temas misionales. La realización de Semanas como de Misiones de la
Acción Católica, la Cruzada Eucarística. Existió una revista titulada “Instaurare”, dirigida
por seminaristas y que sólo publicaba artículos de los mismos. En estas diversas
prácticas pastorales se iban manifestando las aptitudes de cada uno para diversos
apostolados. El Padre Fernando mostró sus aptitudes de escritor y de orador. Por eso
ha sido, con Monseñor Felix Henao Botero, gran líder de la Hora Católica
Arquidiocesana, creada en 1935, para preparar el Segundo Congreso Eucarístico
Nacional, y que continuó como prolongación de éste. Después de Monseñor Henao, la
dirigieron algunos desde 1941 a 1950, cuando fue nombrado el Padre Gómez Mejía.
Sólo ha tenido algunas breves interrupciones en 1968, cuando se reunió en Medellín la
Segunda Asamblea del Episcopado Latinoamericano, donde se manifestaron
claramente dos tendencias, una la de la teología de la liberación y otra que
denominaron tradicionalista y conservadora. Ya estaban surgiendo los grupos de
sacerdotes y laicos adictos a sus tendencias, entre ellos el llamado de Golconda. El
Padre Fernando se pronunció contra estos grupos y demostró que iban por caminos
equivocados.

La Hora Católica, junto con la exposición permanente del Santísimo en San Juan de
Dios, la Parroquia del Sagrario y la Estatua de Cristo Rey en El Picacho, quedan como
recuerdos permanentes de esa celebración Eucarística. Por eso, en este año la
Arquidiócesis celebra los 70 años con varios actos, entre los cuales un Congreso
Eucarístico Diocesano.
Para mí, el Padre Fernando ha sido un Sacerdote de tiempo completo, que identificado
como Sacerdote, ha dedicado toda su vida al Ministerio Sacerdotal en la pastoral
parroquial, y escribiendo para la radio y como orador sagrado en muchas parroquias.

Sugerí a Don Conrado que de los Editoriales de la Hora Católica y de sus comentarios,
hiciera tres selecciones: primero los biográficos de personajes, segundo los
Doctrinales, exp9one la doctrina de la Iglesia sobre los más variados temas, y tercero
los polémicos, pues esa ha sido también una de las características en su vida
sacerdotal.

Felicito a Don Conrado pro la publicación de esta selección de los escritos del Padre
Fernando. Lo que se edita permanece y sigue produciendo frutos.

Medellín, noviembre 28 de 2005

Mons. Javier Piedrahíta Echeverri

FERNANDO GÓMEZ MEJÍA

Un hombre, un sacerdote, una huella

Osado es para un profano atreverse a plasmar la semblanza de un personaje de las


calidades y cualidades excelsas del presbítero Fernando Gómez Mejía. Las gigantescas
realizaciones de este “HOMBRE DE DIOS”, conocido por su protagonismo como
director y editorialista de la Hora Católica Arquidiocesana, programa radial de
promoción del evangelio y la doctrina católica, que ha dirigido y orientado por más de
50 años, hacen más temeraria esta tarea. Sin embargo, en razón de las profundas
raíces de amistad y fe que a él me ligan, y aunque seguro de quedarme corto en
elocuencia, se vuelve una misión irrenunciable que asumo con todo honor y toda
humildad, así sea en estas cortas líneas.

Polémico, perseguido, criticado, o incluso odiado por algunos, el Padre Fernando tiene
escritas gloriosas páginas en la historia de la Iglesia colombiana y particularmente de la
antioqueña, como defensor férreo de la fe y la Buena Nueva.

Centrado y vertical en su sacerdocio, estricto y dedicado en su misión pero siempre


cordial y humano, ha pasado por la vida el Padre Fernando, dejando huellas
imperecederas, y por eso, su recia personalidad investida de la más legítima autoridad
moral, ha de ser ejemplo perenne para las futuras generaciones de evangelizadores. Su
voz iluminada, no obstante su arduo trajinar, aún vibra con vigor y timbre
inconfundibles, para fustigar el error y exaltar el mensaje de Cristo.

Poseedor de una indiscutible erudición, el padre ha marcado una época de la


radiodifusión en nuestro medio, y somos bastantes lo que pegados literalmente al
radiotransmisor, hemos meditado en las verdades eternas, reorientando con su
palabra, el camino de nuestras vidad y fortaleciendo nuestras convicciones.

Este libro que hoy recoge su pensamiento y ejecutorias para la posteridad, es un


tesoro que deberá permanecer abierto, para que por siempre, se pueda seguir
bebiendo el elixir de la fe que tan generosamente ha brotado de esta fuente de sana
doctrina.

Bendigo a Dios por haberme permitido compartir, como colaborador, su trabajo y sus
afugias (no existe en la real academia de la lengua) El término “afugia” según el
comentario que complemento, efectivamente no existe en el diccionario; pero existe ”
afujías” con j y tilde con el sentido de “afanes, apuros”. lo curioso es que este término
según el diccionario es un “vulgarismo” utilizado en colombia. personalmente he oído
dicha palabra pronunciada “afujias” sin tilde y, a veces, en singular, cuando el
diccionario lo da solamente plural, al estilo de “albricias”, “tijeras”, “alicates”.

en defensa de la fe católica.

C.B.C.

LA MALA PRENSA CONTRA EL PAPA

Es ya una constante en ciertos sectores de la prensa mundial el presentar


sistemáticamente al Papa Juan Pablo II como a un retrógrado cerrado a la modernidad,
opuesto a la ciencia y a la técnica, muy poco humano y ajeno a los problemas del
hombre actual. La forma como se manipulan maliciosamente las informaciones es un
indicativo de los propósitos malvados de los enemigos de la Iglesia.

Con motivo del viaje del Papa a los Estados Unidos, se ha informado en los periódicos
que el Padre Charles Curram y el arzobispo de Seatle, Raymond Hunthousen, han sido
condenados por el Papa “por sus enseñanzas flexibles en cuestiones de moralidad
sexual, divorcio y celibato”. No se trata de eso. Son teorías absurdas que
prácticamente borran la moral sexual y cohonestan el vicio y el pecado con una
tranquilidad asombrosa. El Papa tenía que hablar y lo hizo con firmeza y claridad como
maestro y pastor. De lo contrario, habría faltado gravemente a su conciencia.

Hay otro párrafo venenoso: “La tendencia aperturista de muchos sacerdotes católicos
norteamericanos no hace más que reflejar una realidad que se observa entre la
mayoría de los 53 millones de fieles del pañis, que pide una Iglesia más sintonizada con
sus necesidades y aspiraciones”. El comentario está orientado al descrédito del Papa.
Se le quiere presentar como a un fanático, cerrado al diálogo con el mundo actual y de
espaldas a los problemas de la humanidad. Pero, ¿cuál es la realidad? El Papa la
conoce y la ha abordado con su característico temple profético. Ha denunciado el
“catolicismo a la carta” de un gran número de católicos norteamericanos y a sus
teólogos de cabecera que han resuelto quitar la cruz de sus hombros y lanzarlos por “la
senda ancha que conduce a la perdición”. Contra este catolicismo hedonista,
incoherente y mundano, Juan Pablo II continúa proclamando el Evangelio de Jesús. “Si
alguno quiere venir en por de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. La tan
cacareada apertura de los teólogos de la muerte de Dios y del Evangelio, no es otra
cosa que una venia cobarde y traicionera al tenebroso impero del pecado y del vicio
que está carcomiendo la entraña viva de un pueblo que fue grande pero que se esta
desmoronando ante la avalancha siniestra de la injusticia con el tercer mundo, de la
soberbia, de la droga, de la lujuria y del sibaritismo muelle degenerado.

Juan Pablo II tiene un gran sentido humano y es el más profundo conocedor del
hombre contemporáneo y de sus problemas. El calor humano del Papa es
extraordinario, por eso hechiza a las multitudes. Pero es de acero cuando se trata de
defender los principios fundamentales de la fe y de la moral. ¿Por qué lo llaman
retrógrado y tradicionalista? Porque defiende la unidad y la indisolubilidad del
matrimonio, porque condena la liberación marxista dentro de la Iglesia Católica,
porque no acepta el divorcio, el aborto y los abusos de ciertos científicos que
atropellan las leyes de la moral y la dignidad del amor y de la concepción humana por
ejemplo en el campo de la biogenética. Es cierto que para los libertinos estas tesis del
Papa son anti-populares pero demuestran que no se deja manipular por el
materialismo reinante ni esta dispuesto a derogar las leyes divinas ni a considerar al
hombre y a la mujer como simples máquinas sexuales que se pueden manejar al
capricho de científicos sin moral y sin conciencia. No todo lo científico es moralmente
bueno. La bomba atómica es obra de los científicos, pero no por eso es lícito usarla en
contra de la humanidad. Los científicos pueden elaborar venenos pero no les es
permitido emplearlos para destruir a la gente. Los documentos del Papa sobre lo
moral, lo sexual y la bioenergética han sido preparados con sumo esmero y después de
oír a grandes teólogos moralistas y científicos de renombre. Su doctrina es seria,
profunda responsable y humana. Pero, “no hay peor ciego que el que no quiere ver”.
Algunos consideran falta de humanismo la actitud del Pontífice, pero es todo lo
contrario. Defender la sana moral es defender al hombre. La doctrina y las actitudes
del Papa lo están colocando a la cabeza del humanismo más evangélico, valiente y
noble del mundo.

Porque el Papa es un hombre sólido en la doctrina y fiel a su condición de pastor,


maestro y conductor universal, nunca será del gusto de los incrédulos y libertinos que
quisieran verlo convertido en marioneta al servicio del error, del vicio y del crimen.
Precisamente por eso, es grande el actual Pontífice: porque no transige con el error ni
con el vicio, ni con los crímenes de lesa humanidad; porque no cede un ápice en
cuanto a los principios fundamentales de la fe y de la moral; porque está dispuesto a
morir por su Dios, por su Iglesia y por la humanidad; porque cuando habla y actúa
define posiciones, traza caminos, detiene la osadía de los malos, ahuyenta
valerosamente a los lobos y marcha con paso firme delante del rebaño por senderos
de rectitud y fidelidad; porque es un hombre de carácter, el primer líder espiritual del
mundo y un Pastor intrépido. Lo odian, lo persiguen y quieren asesinarlo físicamente
disparando contra su sagrada persona, y moralmente escribiendo contra él. Pero no
prevalecerán porque él representa a Cristo y Cristo es la Roca contra la cual se
estrellan el demonio, los impíos y los soberbios. Juan Pablo II es todo un Pontífice, todo
un hombre, todo un gran humanista, y sobre todo, el indiscutible profeta de este siglo.

El Papa ha ido a los Estados Unidos con mucho amor, pero con gran libertad de
espíritu. Ha elogiado las virtudes de este gran pueblo, pero también ha fustigado sus
errores y vicios. Con altura pero con entereza ha cumplido, una vez más, su misión de
Evangelizador del mundo.

FERNANDO GÓMEZ MEJÍA PBRO.

MIGUEL ÁNGEL BUILES, MISIONERO DEL MUNDO

Monseñor Miguel Ángel Builes fue un hombre de talla gigante como sacerdote, obispo,
como escritor, como poeta, y como formidable polemista. Con toda razón se le llamó
el Atanasio Colombiano. Pero sobre todos sus títulos, el más insigne es el de misionero
del mundo. Enamorado de Dios y de la salvación de los hombres, no escatimó
esfuerzos para llevar la redención no sólo a miles de colombianos en tierras de misión,
sino a muchas otras regiones de la tierra. Con sus javerianos y teresistas, su gran
anhelo de ir por todo el mundo llevando a Cristo, se está cumpliendo de manera
admirable. El 3 de julio cumplió 70 años el Seminario de Misiones de Yarumal, fundado
por él para responder a los ardientes deseos de su corazón apostólico. Desde el cielo
contempla ahora a sus misioneros javerianos, luchando a brazo partido por evangelizar
y cristificar extensas regiones del territorio patrio. Inmensa será su satisfacción al ver
que han rebasado las fronteras de Colombia y que trabajan en el Brasil, Ecuador, Perú
y Bolivia. Y grande su regocijo al verlos en el continente africano con sus cuadros
misioneros en Kenia y Angola.

Los santos fundadores no desaparecen del mundo, aún cuando mueran. Continúan
actuando vigorosamente en la historia a través de sus comunidades y de sus obras. San
Francisco de Asís, San Benito Abad, San Bruno, San Ignacio de Loyola, Santo Domingo
de Guzmán, San Vicente de Paul, San Juan de Dios, Santa Teresa de Jesús, San Juan de
la Cruz, todos los fundadores continúan en sus hijos espirituales evangelizando al
mundo, llevando a Jesucristo a los hombres y enrutando amorosamente las multitudes
de todos los siglos hacia la patria venturosa del cielo. Miguel Ángel Builes, obispo
colombiano y ardiente misionero, figura entre los grande de la Iglesia y continúa en la
persona de sus misioneros y misioneras proclamando la buena noticia del Reino a
innumerables pueblos paganos. La llama de su celo apostólico sigue ardiendo en el
corazón de sus hijos espirituales, por sus labios continúa anunciando a Jesucristo, por
su acción prosigue plantando la Iglesia en tierras infieles, a través de sus caridad está
siempre cerca de los que sufren y necesitan consuelo y redención.

En 1928 escribió: “ Con la aprobación de nuestro Santísimo Pontífice Pio XI, alma
eminentemente misionera, se ha abierto desde julio del año pasado y funciona este
año con 40 alumnos, un seminario de misiones en la ciudad de Yarumal. Dentro de diez
años hemos de ver, porque tenemos puesta nuestra confianza en Dios, salir las
primicias de este semillero de misioneros, quienes empezarán su obra evangelizadora
por su propia patria, para cumplir los deseos del Santo Padre, quien al dar su
aprobación al Excelentísimo Señor Nuncio le dijo: “La caridad bien ordenada empieza
por sí mismo”; y que esos misioneros ayuden a evangelizar a Colombia, América toda,
la China, el Japón, la India, el África y el mundo entero. He ahí a donde dirigen sus
miradas los futuros misioneros de Yarumal”. Y ahí están los misioneros de Yarumal,
fieles a una vocación sublime, cumpliendo los deseos de un eximio fundador y
colaborando afanosamente con Cristo y con la Iglesia en la evangelización del mundo
pagano. Herederos del temple espiritual, del fogoso dinamismo misionero, del
abnegado heroísmo en el servicio de los hermanos, del inquebrantable propósito de
gastarse por la gloria de Dios y por el bien de humanidad, distintivos de Monseñor
Builes, los javerianos mantienen viva su acción misionera y con brioso paso avanzan
por el mundo como peregrinos de la fe, del amor y de la esperanza, siempre en busca
de nuevas comarcas y de nuevos hombre para Cristo y para su Evangelio. Llenos de
ilusiones divinas, éstos Quijotes del espíritu, plantan la cruz aquí y allá, arrojan la
semilla del Reino sobre inmensos surcos y construyen canales misteriosos por los que
la redención llega copiosa a la gentilidad pagana. En ellos Miguel Ángel Builes les sigue
siendo Misionero del mundo y bendice desde el cielo la hermosa tarea evangelizadora
de sus hijos espirituales.

Fernando Gómez Mejía. Presbítero.

PENA DE MUERTE PARA LOS INOCENTES Y LOS PACÍFICOS

Definitivamente estamos bajo el imperio de los violentos. El derecho a la vida ya no


existe en Colombia. Los violentos los han derogado. Las balas son la ley, y la ley de los
guerrilleros y del hampa sin corazón es pena de muerte, preferentemente para los
inocentes, para los pacíficos, para los nobles servidores de las comunidades desvalidas.
Tras la muerte del Hermano Lasallista Javier Álvarez Vargas, galardonado el año
pasado por “El Colombiano” con el premio “Solidaridad” por sus servicios abnegados,
desinteresados y eficaces a las comunidades pobre del Magdalena Medio.

Aún no se sabe quienes le dieron muerte. Si guerrilleros, si criminales comunes… Lo


cierto es que lo eliminaron porque era trabajador de la paz, porque promovía sin
violencia a las gentes pobres, porque estaba haciendo Iglesia y patria sin
derramamiento de sangre, sin lucha de clases, sin métodos rapaces, sin el recurso
salvaje al crimen. El Hermano Javier daba amor, adoctrinaba con amor, consolaba y
socorría con amor. La caridad lo llevó al Magdalena Medio, lo hizo hermano, maestro y
buen samaritano de los pobres de aquella martirizada región de la patria. La caridad lo
hizo mártir de criminales feroces y privó aquella comarca de un padre, de un educador,
de un jefe, de un gran amigo, de un legítimo promotor de la comunidad. Una vez más
se confirma que los alzados en armas no buscan sino postizamente, la redención de los
pobres. Todo lo que han hecho a través de largos años de violencia, ha sido contra
ellos. Privarlos de sus mejores amigos y benefactores, arruinar sus parcelas y destruir
sus vidas indefensas no es redimir al pobre, ni hacer patria, ni promover la libertad, la
dignidad humana y la paz. Por eso hoy Colombia entera los rechaza y les pide que se
detengan en su loca carrera de sangre y muerte, y no sigan enarbolando banderas de
paz sobre el dolor de una patria acribillada por hordas de sicarios ebrios de sangre y
poseídos por el demonio de la violencia.

La sangre del Hermano Javier, como la sangre de Abel, no clama venganza porque los
justos no se saben vengar. Desde su tumba sube al cielo un clamor por el perdón, por
la reconciliación, por la paz, por la conversión de sus asesinos y de todos los violentos.
Me parece verlo que se yergue sobre su tumba para decir con su amabilidad
espontánea, con la mansedumbre de su corazón bueno, las palabras del Eclesiastés:
“Hijo mío, no apartes los ojos del pobre. No desprecies al que tiene hambre, ni
exasperes al indigente en su necesidad. No aflijas el corazón del desvalido, ni tardes en
darle al angustiado. No deseches el ruego del mendigo, ni le vuelvas la cara al
necesitado. No apartes de ellos los ojos y no des lugar a que te maldigan, porque oída
será la plegaria del que maldijere en la amargura de su alma. Inclina al pobre tu oído
sin desdén y respóndele cosas apacibles con mansedumbre. No esté tu mano tendida
para recibir y encogida para dar”.

Que el sacrificio cruento de este religioso abnegado y ejemplar, servidor silencioso


pero activo de los pobres, colocado sobre el altar de la patria en medio del dolor y de
las lágrimas de los humildes, aplaque la justicia divina y desate ríos de amor sobre el
suelo ensangrentado de Colombia, para que reinen la justicia, el amor y la paz. Que los
violentos oigan al nuevo mártir que les susurra al oído la más delicada invitación a
deponer las armas y la crueldad, a emprender el camino de la paz sin odio y sin
violencia, como bueno cristianos y colombianos con la sonrisa en los labios, con el
amor en el alma, con el olivo de la paz entre las manos.

FERNANDO GÓMEZ MEJÍA PRESBÍTERO.

HERNANDO GIRALDO EN SU SALSA

Hace algunos días, el cardenal Alfonso López Trujillo, denunció con franqueza los
abusos de “ciertos periodistas”, que con motivo del deplorable caso de la Caja
Vocacional, han aprovechado la ocasión para ir mucho más allá de donde lo permiten
la ética profesional, la verdad y el respeto por el Episcopado y por el clero colombiano.

Con toda objetividad habló el Cardenal, no de todo el periodismo colombiano, sino de


“aquellos periodistas” interesados en desacreditar sistemáticamente a la Iglesia
Católica y de agobiarla con lluvias de epítetos infames, y de calumnias satánicas.
Encabezando la fila de habituales detractores está el articulista que comentamos.

Contra lo que afirma el airado escritor de El Espectador, el periodismo colombiano


tiene de todo: hombres de gran valía, honestos, veraces, sabios, imparciales, nobles,
serenos, valerosos, patriotas diamantinos, insobornables, siempre del lado de la
verdad, de la justicia y del derecho, de los perseguidos y de los estropeados así sean
ciudadanos representativos o víctimas humildes. Pero, también es innegable la
presencia en el periodismo, de anticlericales furibundos, de impíos empenachados, de
blasfemos coléricos, de energúmenos que se colocan fuera de sí por el sólo hecho de
oír pronunciar el nombre de la Iglesia. Y son esta clase de periodistas quienes han
acusado a la Iglesia colombiana de indigna, deshonesta y corrompida, porque una
institución financiera a espaldas del Episcopado y abusando de la confianza que
depositaron en ella, se fue a la quiebra con perjuicio para muchos ahorradores, cosa
que todos lamentamos. La actitud del Episcopado ante el problema, honrada,
generosa, noble y sincera, debiera ser motivo de orgullo para Colombia y así lo han
destacado públicamente los periodistas honrados y sinceros. No así los columnistas
destacados que sólo tienen para la Iglesia la carcajada herodiana, el bofetón aleve y el
salivazo del canalla.

De ninguna manera condenamos a quien han hablado del problema con objetividad y
franqueza, pero con mesura, respeto y sentido de las proporciones, sin ir más allá de
las verdaderas dimensiones del asunto y sin dejarse dominar por el fanatismo
antirreligioso, el sensacionalismo o el amarillismo, que sólo buscan impresionar aún a
costa de la verdad y de los más elementales principios de la ética profesional.
Que en Colombia hay periodistas enemigos de Cristo, de su Iglesia, de la religión y de la
moral es algo innegable. Y son ellos, en gran parte, quienes han contribuido a que la
corrupción general invada todos los estamentos nacionales. Al conducir,
especialmente a las generaciones jóvenes, a la incredulidad, al libertinaje moral, a la
indiferencia y al desprecio de los valores cristianos y humanos, han abierto el azaroso
camino de la anarquía en todos los órdenes y por eso nos encontramos ahora, sin Dios
y sin ley, al arbitrio de los más irresponsables, de los más violentos y de los más fríos
ejecutores de las locuras de bárbaros revolucionarios y del crimen organizado.

Gracias a Dios, todavía hay en Colombia muchos periodistas de noble estirpe cristiana,
de acendrado espíritu religioso y patriótico, dispuestos a dar su vida por la fe, por la
moral, por la libertad y por la democracia. Constituyen ellos una muralla contra el
periodismo venenoso dedicado de tiempo completo a obnubilar las mentes, a
emponzoñar los corazones y a estrellar las voluntades contra la verdad, contra la virtud
y contra el derecho. ¡Bien por ellos! Convertidos en voceros de Dios, en adalides del
espíritu, en defensores de la virtud, de la Iglesia, de la dignidad de la patria y del
decoro periodístico.

FERNANDO GÓMEZ MEJÍA PRESBÍTERO.

LOS SACERDOTES EN LA PICOTA DE LA CRÍTICA Y EL ODIO

No podemos desconocer ni minimizar el mal que el problema de la “Caja Vocacional”


le ha causado a la fe de muchas personas. La crítica mordaz y el odio satánico se han
desatado como jauría embravecida, ante todo, contra los sacerdotes. Nos han
insultado en la radio, en la televisión, en la prensa, nos insultan transeúntes callejeros,
profesores marxistas han levantado cátedra contra nosotros y están envenenando a la
niñez y a la juventud contra el clero.

De todo lo anterior surgen una gran lección y un gran reclamo para el clero. ¡Quién lo
creyera! Los más exigentes con el sacerdote son los incrédulos, los impíos y los
enemigos de la Iglesia. Con sus críticas acerbas nos están diciendo lo que debemos ser:
hombres intachables, honestos, consecuentes con Dios, con la Iglesia, con el Evangelio,
con nuestro sacerdocio, con nuestros fieles, pobres, desinteresados, servidores
incondicionales del pueblo, ejemplo vivo de todas las virtudes, predicadores
autorizados por la santidad de la vida, por la limpieza de costumbres y por el heroico
vivir para Dios y para los hermanos. Aunque hombre pobres, débiles, limitados y
pecadores, no somos personajes del montón. Nuestro ministerio entraña grandes
exigencias y nos reclama vivir con dignidad, con responsabilidad, con sentido de lo
sagrado y de lo trascendente. Cuando se dobla una hierbecita en la selva, nada pasa,
pero cuando se bate el roble gigante, la selva se siente herida y se estremece la tierra.
Por eso cuando el sacerdote cae, la sociedad se siente herida y las conciencias se
sacuden con violencia. Es claro que debe haber comprensión, perdón y compasión,
pero al fin y al cabo la gente dice: “No debiera haber sido así”.

¡Qué responsabilidad tan grande pesa sobre los hombros sacerdotales! No solamente
llevamos los dones de Dios para los hombres. Tenemos la obligación de hacer ver a
Dios en nuestra vida y de mostrar el Evangelio escrito en nuestras obras cotidianas.
Sobre todo en el momento presente, el mundo no reclama sacerdotes gerentes de
flamantes empresas financieras, ni guerrilleros apóstatas de Cristo y de su Evangelio, ni
políticos marrulleros ni farsantes sin religión y sin moral, el mundo espera “el paso de
los sacerdotes santos” como decía el inolvidable Pablo VI.

Pero, también el mundo es injusto con los sacerdotes. Cuando un sacerdote delinque,
inmediatamente se levante el grito airado contra todos los Obispos, contra todos los
sacerdotes, contra la Iglesia entera. Mientras tanto nada dicen para ese mundo
inconsecuente y fanático, los incontables sacerdotes que oran, que hacen penitencia,
que se gastan en climas deletéreos y en medio de la enfermedad y de la miseria pro el
bien de los que le ha encomendado el Señor. Nada le dicen los sacerdotes que
cumplen con el deber, que evangelizan obras maravillosas en bien de la comunidad,
promueven el progreso espiritual, cultural y material de las regiones, denuncian las
injusticias claman por los pobres, por los marginados, por los explotados, por los
deprimidos. Ante ellos y ante su obra no hay sino silencio malicioso y táctico. No
conviene que se conozcan sus virtudes y sus logros. Para ellos no puede haber sino
odio, maldición y asco.

¡Cómo nos ha dolido la actitud de tantos católicos en estos días! Han hecho causa
común con los enemigos de Dios y de la Iglesia para levantar la voz y el látigo contra el
Episcopado y contra el Clero. No les pedimos que aprueben lo malo y que reclamen la
impunidad para los culpables. Pero sí que den a los acontecimientos sus verdaderas
dimensiones y que no vayan más allá de lo que piden la verdad y equidad. No es justo
pero sí explicable, el que los enemigos hagan leña del árbol caído pero no el que los
católicos hagan causa común con los herodianos para dar bofetones a la Iglesia y para
arrastrar por los suelos la honra de todos los Obispos y de todos los sacerdotes. Esos
tales no tienen fe, no tienen amor por la Iglesia, no tienen nobleza en el alma ni
misericordia en el corazón. Tratan a la Iglesia como una madrastra y no como una
madre, tienen nombre de católicos pero son impíos de corazón y apóstatas de hecho.

No despreciemos a los sacerdotes caídos. Ayudémosles a levantarse. No los


rematemos con la crítica, el odio y el abandono. ¡Salvémoslos! Exijamos mucho a
nuestros sacerdotes. Oremos continuamente para que sean como el Señor los quiere:
“Luz del mundo y sal de la tierra”

FERNANDO GÓMEZ MEJÍA PRESBÍTERO.


DETENGÁMONOS AL BORDE DEL ABISMO

Los colombianos hemos perdido la cabeza, la conciencia y hasta el sentido común.


Todo hemos perdido el derecho a la vida por siniestra determinación de dos violencias
igualmente fuertes, igualmente criminales, igualmente destructoras de la paz: La
violencia de izquierda y la violencia de derecha. Mutuamente se recriminan y
mutuamente se matan. Ambas se han convertido en verdugos implacables de la
nación. En esta guerra sucia caen criminales y justos por igual.

En este momento, con motivo del asesinado del Dr. Jaime Pardo Leal, los ánimos están
caldeados al máximo y se le están dando la última palabra a la cólera. Los enemigos se
están y se preparan para lanzarse a una lucha a muerte generalizada y feroz. Es el
camino de la locura pero no el de la inteligencia y de la paz. No es el momento de tocar
clarines de guerra sino el de enarbolar con sinceridad bandera de paz. La beligerancia
armada de derecha y de izquierda debe hacer un alto en las líneas de fuego y buscar
un diálogo sincero que conduzca, no a una tregua, sino a la cancelación definitiva de la
lucha armada. La cólera y la soberbia son malas consejeras y son las que están
llevando la voz cantante en este momento. Oigamos la voz de Dios y entonces será
posible oír la voz de los derechos humanos, de la justicia y del amor. Por el camino que
llevamos nunca llegaremos a las soluciones deseadas. Por el contrario, si persistimos
en esta guerra sucia y despiadada, todos los días estaremos más lejos de la paz social,
de la hermandad colombiana y de la auténtica democracia. Las revoluciones violentas
siempre terminan en la instauración de un totalitarismo de derecha o de izquierda
que, lejos de liberar al pueblo, lo aguillotina con la crueldad salvaje.

Lo curioso es que los violentos hablan continuamente de paz pero no trabajan por ella
sino por la guerra. La paz no se construye con las armas y con el crimen, la paz se
construye trabajando con amor por la justicia para todos. Los colombianos hemos
quitado el quicio fundamental de la paz: Dios. Desde posiciones ateas y laicistas, se
marcha siempre hacia la guerra, nunca hacia la paz. Hablando de los requisitos para la
obtención de la paz, Juan XXIII dice lo siguiente en la “Mater et magistra”: “En primer
lugar, el retorno de todos a Dios, el reconocimiento de los derechos de Dios. Sin Dios la
paz carece de fundamento sólido”. Y Pío XII en la “Summi Pontificatus”: “La salvación
de los pueblos no nace de la espada, que puede imponer condiciones de paz, pero no
puede crear la paz. Las energías que han de renovar la faz de la tierra tienen que
proceder del interior de las almas”.

El trabajo por la paz, según Juan XXIII, “impone la primacía del derecho y el destierro
de la violencia…”. “Servir a la paz, continúa Juan XXIII, es servir a la justicia. Servir a la
paz es servir a los intereses del pueblo… Servir a la paz es apresurar el día en que todos
los pueblos, sin excepción alguna, dejadas a un lado las rivalidades y las contiendas, se
unirán en un abrazo fraternal. Servir a la paz es preservar a la familia humana de
nuevas desventuras. Servir a la paz es elevar los espíritus al cielo y arrancarlos del
dominio de Satanás. Servir a la paz es cumplir la ley soberana de Dios, que es la ley de
la bondad y el amor”.

Ante el abismo horroroso hacia donde nos quieren despeñar, debemos decirnos todos:
“No es la hora de la cólera, de la sangre, de la muerte. Es la hora del perdón, de la
reconciliación, de la justicia, del amor, de la hermandad, del respeto por la vida de
todos, del trabajo solidario por la vigencia plena de los derechos humanos en
Colombia”. La política de la fuerza debe encontrar término ahora mismo. ¡Ni guerrillas,
ni grupos paramilitares, ni fatídicos sicarios, ni pregoneros del odio y la violencia! Los
empresarios de la metralleta y de la dinamita son los asesinos y los sepultureros de la
nación. No más asesinatos políticos, ni de comunistas, ni de liberales, ni de
conservadores. No más secuestros y extorsiones, no más sicarios. Sólo un gran clamor
se debe escuchar en todo el ámbito de la patria: ¡Justicia y amor, perdón y solidaridad,
un pueblo de hermanos, una patria amable y en paz!

FERNANDO GÓMEZ MEJÍA PRESBÍTERO.

OTRO CAMPEONATO DE CARACOL Y PUNCH

El corto metraje, presentado por Caracol y Punch, bajo el título “Monseñor” es un


bofetón más asestado por programadores malévolos y con la complicidad de los
responsables de la televisión nacional, contra el rostro de la Iglesia Católica.

La película, episodios vergonzosos de un infame novelón de los que están ahora de


moda, es un artificio de los enemigos de la Iglesia para desacreditar a los Papas, al
Episcopado y al Clero encarnados en hombres reales y muy conocidos, episodios
vergonzosos que sólo existen en la imaginación diabólica de los gratuitos difamadores
de los personajes representativos de la Iglesia. Ta es la versión del asesinato del Papa
Juan Pablo I por sujetos representativos de la Santa Sede, “El pájaro espino”, novela
escrita por una protestante para desacreditar al Clero, y ahora el “Monseñor”, en
donde se pretende hacer pasar por historia un mundo de infidelidad, de hipocresía y
de vida escandalosa, existentes sólo en la mala fe de un anticlerical furibundo a quien
no le importa ni la verdad, ni la conciencia, ni la honestidad profesional con tal de
sembrar confusión, duda y apostasía en el pueblo creyente. Involucrar en sus negocios
sucios a un personaje de tanta dignidad, de tanta honradez y de moral tan acrisolada
como el Papa Pío XII, es el colmo de la infamia, del cinismo moral y de la osadía
criminal de un escritor. Empezando por el protagonista del Papa Pio XII en la película,
se adivina al momento la ignorancia total del director del “filme” acerca de la figura
humana y de la distinguida personalidad del gran Pontífice que todavía recuerda el
mundo con veneración, con admiración y con la nostalgia de la desaparición de un
gran hombre.
Preguntamos a Caracol y a Punch: ¿Qué los movió a escoger esta película, qué los
estimuló a hacerte tanta propaganda? A nadie se le oculta que aquí hubo un propósito
morboso: aprovechar la atmósfera de odio, de rencor y de desconfianza que, con
motivo del problema de la Caja Vocacional, le ha creado a la Iglesia la mala prensa y
añadir un bofetón más a los muchos que diariamente le propinan sus enemigos entre
carcajadas con inocultable fruición de malignidad refinada, calculadora y matrera.

Caracol y Punch ya tienen tres campeonatos en su haber; el de la máxima vulgaridad


con sus programas de humor burdelesco, el de los programas sexuales sin moral,
desorientadores y dañinos, y por último el del anticlericalismo cerril y de odio contra la
Iglesia que indudablemente, por lo menos en algunos sectores, arroja su saldo trágico
de apostasía, de odio y de desprecio contra la Iglesia.

Preguntamos a los anunciadores: ¿Por qué patrocinan con su dinero esta clase de
empresas de comunicación y de publicidad al margen de la moral, la honestidad
profesional y del respeto por las instituciones y por las personas? Ya es tiempo de que
los patrocinadores, católicos o no, tengan información clara de lo que van a patrocinar
y no comprometan gravemente su conciencia auspiciando programas tan dañinos,
como el que ahora comentamos, que atropellan fríamente la honra de las personas y
de las instituciones sin el menor reato de conciencia.

FERNANDO GÓMEZ MEJÍA PRESBÍTERO.

“EL DIVINO”

Cuando apareció “El Divino”, hicimos un amplio comentario al respecto. Ahora


volvemos sobre el tema debido a su presentación televisada.

“El Divino” deja entrever a un autor vacío de Dios, carente de altos vuelos intelectuales
y de una inspiración netamente materialista. En el libro no cuentan los valores
religiosos, morales y humanos, se hace gala de un erotismo a la moderna usanza que
reniega de la decencia, irrespeta la dignidad humana y pisotea la virtud con frescura
inusitada. Tampoco aflata impiedad que viste de loco a Jesucristo, falsea el sentido
auténtico de la religión, presenta las prácticas religiosas populares como pantalla para
encubrir vicios repugnantes y se burla de todo lo divino y lo humano con la
desfachatez de la plebe inculta y atrevida.

La sagrada persona de Jesucristo, el culto divino, nuestras creencias religiosas merecen


respeto. Suscitan indignación en esta obra las parodias infames del culto y de las
oraciones de la Iglesia y ver como se empenachan el blasfemo y se entroniza el vicio y
se vilipendia la virtud y se envilece el sexo y se estropea la sana moral y se
menosprecian los principios éticos más elementales.
La telenovela estuvo precedida de un gran despliegue publicitario por parte del autor
donde el narcisismo más exuberante se retrata de cuerpo entero. Y quienes no se
postren de hinojos ante el nuevo ídolo y quienes no batan palmas a su paso, deben ser
pisoteados entre carcajadas por orden del despampanante ingenio. Sobraron las burlas
el lunes y el jueves en El Colombiano para cuantos firmaron el memorial de rechazo,
que no se hizo a espaldas del Cardenal, como se afirmó en la entrevista, ya que él
personalmente pidió las firmas al clero de las diferentes zonas pastorales de la ciudad,
antes de su viaje a Asunción. Hoy es un crimen una actitud ridícula sacar la cara por
Dios, por la virtud, por la verdad, por la decencia, por la cultura auténtica, por los
grandes valores. Para algunos sólo tienen derechos el error, el vicio, la irreligión, el
libertinaje y sus protagonistas son colocados en estrados de honor para escarnio de
quienes no les hacen las venias de rigor ni coronan sus sienes marchitas.

Pero no nos arredramos ni ante las carcajadas, ni ante las muecas de los payasos ni
ante las amenazas de los violentos. Tampoco nos acompleja, y sí nos enaltece en gran
manera, el que se nos compare con ese gran colombiano, con ese Obispo enorme, con
ese escritor de temple atanasiano, con ese patriota integérrimo, con ese ardoroso
misionero, con ese imbatible guerrero del espíritu que fue Monseñor Miguel Ángel
Builes.

Según observación del propio Álvarez Gardeazabal, la versión de su libro para


televisión está expurgada de las escenas lúbricas y de los desplantes irreligiosos y
vulgares a que da lugar su contexto original. ¡En buena hora y que así sea! De lo
contrario, la versión auténtica del libro sería un bofetón a la cara del pueblo católico y
un espaldarazo del Gobierno a la irreligión, a la inmoralidad y ala inconsciencia.

FERNANDO GÓMEZ MEJÍA PRESBÍTERO.

MATRIMONIOS DESECHABLES

Si continuamos por el camino de disolución religiosa, moral y social que hemos


emprendido en mala hora, va a llegar un momento en que será muy raro registrar la
celebración de “bodas de plata o de oro matrimoniales”. Ya la gente no se quiere casar
o se casa sin ningún compromiso serio, sólo para pasar una temporada mientras llega
la oportunidad de una nueva aventura amorosa. Los matrimonios estables son indicio
de un amor profundo, noble, responsable, sacrificado y fiel. Pero el estilo y los
compromisos del matrimonio católico ya son de una planta rara en el mundo. De la
misma manera que los noviazgos de hoy se han convertido en un simple intercambio
de sensualidad torpe y ciega, sin amor, dignidad, sin responsabilidad, sin horizontes
espirituales, los matrimonios que de allí nacen son demasiado frágiles y superficiales y
se deshacen con la misma facilidad con que se realizan en un momento de pasión y de
locura.
La unidad y la indisolubilidad del matrimonio son reclamados por el amor auténtico
que, si es verdadero, fiel y responsable, perdura y crece con los años, por los hijos que
sólo están en un ambiente normal dentro de un hogar estable, lleno de amor y de
solidez integral. En los casos de divorcio son los hijos quienes llevan la peor parte así se
les asegure una situación económica satisfactoria. Psicólogos, psiquiatras, sociólogos y
pedagogos, están comprobando continuamente los estragos del divorcio en la familia.

Fue muy sabio Dios, autor del matrimonio, al establecer aún para el matrimonio
natural, la unidad y la indisolubilidad. Son éstas, exigencias del derecho natural. León
XIII afirma que “hay en el matrimonio natural un algo sagrado y religioso, no añadido
sino congénito, que no procede de los hombres; algo innato, puesto que el matrimonio
tiene a Dios por autor”. Pío XI reitera la misma enseñanza: “El matrimonio, aún en
estado de naturaleza, es decir, antes de ser elevado a sacramento, lleva consigo un
lazo perpetuo e indisoluble, y que por tanto, es imposible que lo desate una ley civil. La
indisolubilidad es una propiedad necesaria de todo matrimonio para que éste sea
verdadero”. Y Juan XXIII declara: “La familia está fundada en un matrimonio
libremente contraído, uno e indisoluble”. Al margen de todas las discusiones de
escuela hay que concluir que la unidad e indisolubilidad del matrimonio son
propiedades esenciales del matrimonio. Dios lo dispuso así con sabiduría divina en
beneficio del auténtico amor, del bien de los hijos y del bienestar de la misma
sociedad. Juan Pablo II en su peregrinación por el mundo no deja de repetir lo mismo
asó lo tachen de conservador y retrógrado.

FERNANDO GÓMEZ MEJÍA PRESBÍTERO.

TODO PORQUE LE HEMOS VUELTO LA ESPALDA A DIOS

Dígase lo que se diga, nuestro país es un país anestesiado por la irreligión, por la
inmoralidad, por los vicios, por la injusticia social, por la irresponsabilidad, por la
violencia. Cuando lo sacuden violentamente catástrofes naturales como la de Armero y
Chichiná o catástrofes criminales como los asesinatos de Lara Bonilla o del Dr.
Guillermo Cano, se produce una momentánea convulsión nacional y, tras otra oleada
de protestas y de comentarios altisonantes, todo regresa a un lamentable estado de
sopor y de indiferencia sin que nada positivo se haga para detener la avalancha del
crimen que nos está arrasando de manera inclemente y sistemática. Todos los días nos
lamentamos de los crecientes males que nos agobian pero no nos decidimos a atacar
las causas de los mismos.

Al indagar por las causas del crimen, de la miseria, de la inseguridad, de la vertiginosa


disolución de la patria, se señalan las más diversas. Todos tienen un poco de razón.
Pero casi nadie se atreve a señalar la causa suprema de la tragedia nacional: El olvido
de Dios, de los mandamientos, del Evangelio. Dios es necesario para el hombre, para la
sociedad, para el Estado. Y cuando se prescinde de lo necesario, viene
irremediablemente la catástrofe. Nos da tristeza oír hablar con tanto aire de suficiencia
a los políticos sin Dios, a los economistas sin Dios, a los educadores sin Dios. Todos
prometen paraísos y sueñan con pasmosas soluciones, pero a la hora de la verdad se
encuentran con los más estruendosos fracasos.

Un pueblo marginado de Dios, una sociedad sin los fuertes pilares de la religión, de la
moral y del patriotismo sano y sincero, marchan hacia el abismo con los ojos abiertos.
Y hoy queremos gritar en voz alta a todos los colombianos: Los hogares sin Dios y la
educación sin Dios están minando los cimientos de la patria, envenenando las mentes
y los corazones, corrompiendo las costumbres, desatando las furias del crimen,
alentando la violencia y el terrorismo, afianzando la injusticia, apagando el amor y
enterrando la honradez, la responsabilidad y los más elementales sentimientos de
honestidad y de humanidad. Estamos cosechando lo que han sembrado gobernantes
sin Dios, legisladores sin conciencia y educadores sin religión y sin moral. Cuando los
hombres rechazan a Dios, Satanás comienza a empujar el carro de la historia hacia los
más profundos y oscuros abismos de podredumbre, de locura y de crimen.

No nos hagamos ilusiones. Podemos organizar el más moderno y poderoso ejército de


la tierra, contar con los cuerpos de seguridad más técnicos y especializados,
proporcionar estudio a todos los colombianos, multiplicar fuentes de empleo, etc. Pero
mientras no le demos cabida a Dios, mientras no vivamos una religión en espíritu y en
verdad, mientras no nos sometamos a una moral que tenga por fuente el amor a Dios
y a los hermanos, nos veremos cada vez más impotentes para conjurar el imperio de la
miseria, del crimen y del terror.

No negamos la necesidad de los medios humanos: del dinero, de las fuerzas de


seguridad, de una economía saneada, de leyes que promueven eficazmente el bien
común nacional. Pero todo esto será imposible sin una fuerte relación del pueblo con
Dios, con el Evangelio, con la Iglesia, con los valores espirituales, morales y humanos
que constituyen los cimientos insustituibles del orden personal, familiar, social y cívico
de los pueblos.

Volver a Dios será volver a la solidez de la familia cristiana, al repudio del alcoholismo,
de la droga y de la lujuria, a la justicia, al respeto de la vida, honra y bienes de los
otros, a la serenidad, al perdón, a la reconciliación, a las buenas maneras, a la simpatía,
a la misericordia, ala paciencia, a las alegrías sanas y honestas a la solidaridad sentida a
la buena voluntad de todas las horas y de todas las circunstancias, a todo lo que
conduce a la armonía y por lo tanto a la paz.

Dios habla a través de los “signos de los tiempos”, nos viene hablando, hace muchos
días, en voz alta a través de todo lo que está aconteciendo en Colombia. Nos está
hablando desde las tumbas de Lara Bonilla, de Guillermo Cano, de las víctimas del
Palacio de Justicia y de todos los caídos en Colombia a manos de criminales a sueldo o
de organizaciones armadas siniestras y feroces, nos está hablando desde la corrupción
de una clase alta sonambulizada por el dinero y el placer y de un pueblo humillado por
la miseria y embrutecido por el alcohol y la droga, nos está hablando desde unos
hogares destrozados, desde una sociedad pervertida y desde una educación sin Dios,
sin moral, sin sentido de patria y de humanidad, nos está hablando desde el miedo,
desde la inseguridad, desde el hambre, desde la desesperación, desde las tumbas. Dios
nos habla y nos dice: “Convertíos y creed en el Evangelio”. Dejémonos encontrar por
Dios, dejémonos cambiar por el Evangelio y cambiaremos nosotros y cambiará la
familia y cambiará la sociedad y habrá justicia y hermandad y regresará la paz.

FERNANDO GÓMEZ MEJÍA PRESBÍTERO.

SABROSO PLATO PARA EL FANATISMO ANTIRRELIGIOSO

Con ocasión del escándalo de la “Caja vocacional”, los primeros en saltar a la palestra
con no disimulada fruición de gozo ante el apetitoso plato, fueron Hernando Giraldo,
Antonio Panesso Robledo y Gustavo Álvarez Gardeazabal. Empezamos por afirmar que
no estamos de acuerdo con este tipo de organizaciones financieras dentro de la Iglesia,
tampoco queremos encubrir los ilícitos ni disimular procederes a todas las luces
condenables e indignos. La Iglesia como humana, tiene que deplorar el pecado en
muchos de sus hijos, corregir errores y aún castigar a los infractores. Precisamente
aquí radica la honradez de la Iglesia: en que no se convierte en cómplice de lo malo ni
en encubridora de quienes delinquen ni en patrocinadora del abuso. En nuestro caso,
la Iglesia se encargará de exigir para este problema un tratamiento justo que favorezca
especialmente a los más pobres. El misterioso sentido de la fe que anima al pueblo
católico, le ubicará con suficiente discernimiento frente al hecho bochornoso y le
indicará también a la Jerarquía, lo que deba hacer.

Pero valerse de esta desventurada circunstancia para pedir la abolición del


Concordato, para burlarse nuevamente de la “república consagrada al Corazón de
Jesús”, es todo un despropósito.

No es cierto que sólo dos o tres naciones tengan Concordato. Más de cincuenta países
han firmado “Concordatos con la Santa Sede”. Además, todos los días aumenta el
número de países que establecen relaciones diplomáticas con la Santa Sede. Es cierto
que los “Concordatos” no son absolutamente necesarios para la supervivencia de la
Iglesia en el mundo y para el cumplimiento de la sagrada misión, pero si favorecen su
presencia y acción en las naciones.

Abrir una brecha entre la vida civil y la vida religiosa es favorecer la crisis moral y
religiosa que afecta gravemente al mundo actual, y contribuir a la asfixia de la libertad
y del derecho. El estado no puede considerarse como una maquinaria meramente
jurídica, ajena enteramente a lo religioso y a lo moral. Es el Estado ateo, que
precisamente por razón de esta actitud, es incapaz para promover integralmente el
bien común. La superación del viejo concepto de Estado teocrático y del
cesaropapismo, no significa la automática anulación de las relaciones entre la Iglesia y
el Estado. No hay que mirar a la Iglesia como un hecho político, sino como la presencia
necesaria y benéfica de Dios en la historia. Sin esta relación, la Iglesia puede subsistir,
pero sí es cierto que el bien común de la sociedad…. Falta

LA TAREA QUE NOS DEJÓ EL PAPA

En un discurso en el parque Simón Bolívar en Bogotá, dijo el Papa: “¿Colombianos


todos: por qué no hacer del serio compromiso por la paz un fruto de la visita del Papa
a vuestro país?”.

Siguiendo los lineamientos teológicos y bíblicos del Papa en su discurso, la paz brota
de la profunda vivencia de nuestra fe. La primera condición para la obtención y la
conservación de la paz, es vivir como hijos de Dios y como hermanos en Cristo. De ahí
surge la obligación de respetar a los otros, de amarlos, de tratarlos con justicia, de ser
solidarios con ellos en lo espiritual, en lo material, en lo social. La actual situación de
agresividad, de injusticia, de indiferencia, de violencia, no se compagina con lo que
somos: hijos de Dios y hermanos en Cristo. “Todo lo que divide y separa a los hombres
-dice el Papa- por ejemplo, la injusta distribución de los bienes y la lucha de clases, no
pertenece al nuevo ser cristiano”.

Para algunos la paz es solamente ausencia de guerra o un don meramente externo del
hombre. Pero la paz brota de las profundidades del corazón humano y es un don del
Espíritu. “El dulce Huésped del alma, enseña Juan Pablo II, inundando los corazones de
su gracia y de su amor, anticipa ya en ellos el comienzo de la vida eterna que consiste
en la paz duradera dentro de las personas, de las familias y de los pueblos. La vida
eterna, en efecto, es la presencia feliz y la permanencia en Dios mediante el amor”.
Ríos de amor es lo que necesitan este mundo y esta patria, para que cese la salvaje
sangría de la humanidad a manos del odio y de la violencia.

Pero si la paz brota del hontanar de los corazones, no menos cierto es que otra fuente
de la paz es el hogar cristiano. El papa en la “Familiaris consortio”, afirma: “La familia
recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y
participación real del amor de Dios por toda la humanidad y del amor de Cristo a la
Iglesia su esposa”. Familias donde hay mucho amor, son remansos de paz e irradian
paz hacia la sociedad en donde se insertan. Más adelante, anota el Papa: “De la
unidad, fidelidad y fecundidad de la familia dependen la estabilidad y la paz de los
pueblos”.
Precisamente porque, en Colombia, asistimos a una crisis generalizada de la familia, la
paz también se encuentra en crisis. Una familia que vive unida en torno a Cristo y a
María, una familia que vive el Evangelio y la Eucaristía, una familia alimentada
fuertemente por el amor cristiano, una familia donde hay comprensión, solidaridad y
unión, una familia que se proyecta fuera del hogar en forma de amor y de servicio
hacia los otros, es hermoso reino de paz y constructora de la paz social. La familia
cristiana, según el pensamiento de la GS “es la escuela del más rico humanismo”.

La paz es fruto del trabajo de todos. “Si cada cristiano y cada comunidad eclesial se
convirtieran en ardientes mensajeros de paz, ésta sería pronto una realidad en la
comunidad humana”, sostuvo el Papa en Bogotá. Sería el momento de preguntarnos:
“¿Qué estoy haciendo yo sacerdote, padre o madre de familia, campesino, obrero,
profesional, profesor o responsable de los medios de comunicación social, gobernante,
parlamentario, administrador de una empresa o dueño de un capital, qué estoy
haciendo por mis hermanos? ¿Los estoy sirviendo con desinterés y eficacia, los estoy
explotando y esclavizando o promoviendo en lo religioso, en lo moral, en lo
económico, en lo cultural, en lo social?”.

La paz es un dos pascual por excelencia: brota de la cruz, que es perdón y misericordia
y es regalo del Resucitado: “MI paz os dejo, mi paz os doy”. Jesús, Señor de la Pascua,
nos invita al perdón y al amor como condiciones de paz. Del Papa son estas
apremiantes palabras: “Para llevar a cabo esta tarea inmensa de lograr la paz, que
exige perdón y reconciliación, el primer paso, que estoy seguro que daréis cada uno de
vosotros, es el de desterrar de los corazones cualquier residuo de rencor y de
resentimiento. Los años de violencia han producido heridas personales y sociales que
es necesario restañar. La violencia que ciega tantas vidas inocentes, tiene su origen en
el corazón de los hombres. Por esto, un corazón que reza de verdad el “Padre Nuestro”
y que se convierte a Dios, rechazando el pecado, no es capaz de sembrar la muerte
entre los hermanos”. Y, como resumiendo todo, termina el Papa: “La paz comienza en
el corazón del hombre que acepta la ley divina, que reconoce a Dios como Padre y a los
demás hombres como hermanos”.

¡Manos a la obra! La tarea que nos dejó el Papa fue la de construir la paz en nuestros
corazones, en nuestras familias y en nuestra sociedad.

FERNANDO GÓMEZ MEJÍA PRESBÍTERO.

UN AÑO DE LA TRAGEDIA DE ARMERO

Parece que fue una pesadilla. Nos resistíamos a creer, pero frente a aquel gigantesco
hecho de muerte y desolación, nos tuvimos que rendir ante la amarga realidad. Allí
donde se asentaba una gran ciudad, emporio agrícola del país, donde pujaba el
progreso en armonía con la belleza del paisaje, todo cedió al paso de la muerte. La
furia de una avalancha siniestra abrió inmensa tumba en donde quedaron sepultados
hombres, edificios y maduros labrantíos. Sobre aquel espantoso desierto pudimos leer
muchas cosas: el misterio del dolor, lo efímero de las criaturas, la furia incontrastable
de la naturaleza, la impotencia humana, que el pueblo es más sabio que los filósofos,
que Dios no abandona a sus criaturas, que la solidaridad cristiana es fecunda y
hermosa, que la caridad suscita el heroísmo, que en el momento de la tragedia se sabe
quiénes son Abel y quiénes son Caín, que por encima de la tragedia triunfa la
resurrección, que donde abundan las lágrimas florece la esperanza, que la tragedia no
es lo definitivo sino lo eterno, que para los que tenemos fe no hay desesperación
porque sabemos que en Dios y por Dios superamos la muerte y que el golpe,
aparentemente destructor de la naturaleza bravía, abre caminos de luz a las víctimas, a
quienes Dios espera y salva tras el horror de un momento trágico. Así por ejemplo
todos pedíamos que la angelical Omaira fuera liberada de la trampa homicida, pero el
Señor la quiso más porque se la llevó al cielo. ¡Muy terrible el suplicio pero muy
hermosa su gloria! ¡Larga su agonía, pero eterna su paz! ¡Tinieblas pasajeras se
convirtieron en sempiterna luz!

Sobre el campo entristecido, ahora abre sus brazos una cruz. Es toda una majestuosa
lección. Jesús en la cruz, quiere decir que Dios ha llegado con nosotros hasta el límite
de nuestros miedos y de nuestras angustias. No ha podido ofrecernos una vida sin
agonía y sin muerte, y ése es un gran misterio. Cristo no ha permanecido a la orilla de
nuestros sufrimientos. Ha entrado en lo más profundo, no para ahorrarnos los
combates sino para ayudarnos a hacer de ellos victorias. Desde que Cristo murió y
resucitó, cambió la faz del dolor y de la muerte y se convirtieron en camino hacia la
vida y hacia el triunfo. En las horas de dolor y en el duro trance de la muerte, miremos
al Crucificado. Veamos quién muere y por quién podemos vivir y morir sin temor con
Él. Sus caminos de hombre son caminos de Dios. Si creemos eso, llegaremos a ver
sobre la cruz todo el poder del amor vencedor.

Pero dejemos de mirar a los muertos. Si murieron en el Señor, han vencido y viven en
plenitud de vida, de gozo y de paz. Miremos ahora a los que sobrevivieron, a los que
todo lo perdieron y nada tienen, a los que aún carecen de un techo amigo, a los que
aún miran el sombrío panorama de su vida en total abandono. Algunos, en menor
porcentaje, han sido afortunados, viven bajo un techo benévolo y ganan con su trabajo
el pan de cada día. Ante todo la Iglesia se ha hecho allí presente y de ¡qué manera!
También personas y entidades con eficaz presencia caritativa y benéfica. Pero los más,
permanecen en total desamparo. La solidaridad de los primeros días ha desaparecido y
se encuentran abandonados sin más compañía que la miseria y la tristeza que la
tragedia descargó inclemente sobre sus espaldas doloridas y sangrantes. El desamparo
de estos hermanos es un pecado que nos acusa a todos. Desde el fondo de esa
multitud, Jesús nos grita: “Me tenéis abandonado, me siento despreciado y olvidado
de vosotros, porque lo que hacéis con ellos lo hacéis conmigo”. ¡Aliviadme!
¡Socorredme! ¡Necesito vuestra ayuda! A ese clamor tenemos que responder los
colombianos con amor. Pero no con amor de palabras sino con amor de obras.

FERNANDO GÓMEZ MEJÍA PRESBÍTERO.

LAS AMARGAS LECCIONES DE UN HOLOCAUSTO

Cada día la historia consigna con toda fidelidad el acontecer humano en un libro que
guarda la experiencia de los siglos. Allí encontramos páginas de gloria y de vergüenza,
consignaciones de crímenes horrendos así como alentadoras noticias de grandes
logros, de virtudes excelsas y de realizaciones maravillosas en todos lo órdenes de la
actividad humana. Entrar en contacto con la historia es entrar hondo en el misterio del
corazón humano y admirarnos de lo que es capaz cuando lo guían la verdad y el bien o
los instintos feroces de la maldad. Para los colombianos el 6 y el 7 de noviembre de
1985 fueron días de luto y de sangre que, ojalá, nuca vuelvan a repetirse. Juzgar
objetiva e imparcialmente el “Holocausto del Palacio de Justicia” resulta muy difícil
debido al cúmulo de problemas que se plantean a cualquier comentarista. Pero lo que
sí aparece muy claro es que la violencia absurda, irracional y absolutamente negativa.

El episodio sangriento del Palacio de Justicia, fue una dolorosa pero provechosa lección
para el pueblo colombiano. Quedó comprobado que la violencia no es liberadora, nada
alivia, nada construye, produce daños irreparables y víctimas inocentes, dilapidaciones
inútiles de vidas y de bienes, convierte a los victimarios en víctimas y sólo deja, como
saldo trágico, tumbas y ruinas.

La violencia coloca a los pueblos ante un doble fuego destructor: La insurrección y la


represión. Nadie sale ganando y todo el mundo pierde. ¿Será, pues, el camino de la
violencia, el de la razón, el de la conciencia sana, el de la libertad consciente, serena y
responsable? ¡De ninguna manera! Con toda razón la “Institución sobre teología de la
liberación”, anota, refiriéndose al combate por la justicia: “La verdad del hombre exige
que este combate se lleve a cabo por medios conformes a la dignidad humana. Por
esta razón el recurso sistemático y deliberado a la violencia ciega, venga de donde
venga, de ser condenado. El tener confianza en los medios violentos con la esperanza
de instaurar más justicia es ser víctima de una ilusión mortal. La violencia engendra
violencia y degrada al hombre; ultraja la dignidad del hombre en la persona de las
víctimas y envilece esta misma dignidad en quienes la practican” (XI, 7).

Y continúa la citada “Instrucción”: “La urgencia de reformas radicales de las estructuras


que producen miseria y constituyen ellas mismas formas de violencia, no puede hacer
perder de vista que las fuentes de las injusticias está en el corazón de los hombres.
Solamente recurriendo a las capacidades éticas de la persona y a la perpetua
necesidad de conversión interior, se obtendrán los cambios sociales que estarán
verdaderamente al servicio del hombre. Pues a medida que los hombres, conscientes
del sentido de su responsabilidad, colaboran libremente, con su iniciativa y solidaridad,
en los cambios necesarios, crecerán en humanidad. La inversión entre moralidad y
estructuras conlleva una antropología materialista incompatible con la verdad del
hombre”. (XI, 8).

El luctuoso aniversario del “Holocausto del Palacio de Justicia” es un llamamiento a la


reflexión serena y profunda: Para los guerrilleros alzados en armas y para quienes
sostienen la violencia institucionalizada contra el pueblo. Si triunfa la violencia
marxista tendremos un régimen totalitario en donde el pueblo humilde y oprimido
verá sumarse a sus ya pesadas cadenas, el látigo, el fusil y las cárceles de los tiranos. Si
permanece la violencia institucionalizada, nunca verá remedio a su deprimente
situación y la explosión revolucionaria será inevitable. El marxismo no resolverá la
situación; tampoco una capitalismo sin justicia social. La salvación está en el cambio
social. El cambio social será imposible sin la conversión de los corazones. Esto puede
mover a risa a algunos. Pero es un hecho incontrovertible. Si no cambiamos la
conciencia capitalista, ciega y dura, por una conciencia auténticamente cristiana,
seguiremos marchando hacia el abismo con los ojos vendados. El “Holocausto del
Palacio de Justicia” ha sido un preaviso en voz alta para el pueblo colombiano. Si no
obramos a tiempo y respondemos en la medida de las exigencias actuales, el
holocausto no será del Palacio de Justicia sino de toda la nación.

FERNANDO GÓMEZ MEJÍA PRESBÍTERO.

ORACIÓN FÚNEBRE DE MONSEÑOR GUILLERMO ESCOBAR VÉLEZ

“YO soy el Buen Pastor. El Buen Pastor da la vida por sus ovejas. Yo soy el Buen Pastor
que, conozco a mis ovejas y ellas me conocen a Mí; igual que el Padre me conoce y yo
conozco al Padre; Yo doy mi vida por mis ovejas” (Jn. 10, 11-18)

Ayer, treinta de octubre, (no se sabe el año. Anotación Carolina) dejó de existir para
esta tierra el Excelentísimo Señor Guillermo Escobar Vélez, dignísimo sacerdote del
Señor, profeta ardiente de María hijo preclaro de la Estrella, miembro esclarecido del
Episcopado colombiano, honor del clero antioqueño, orgullo de las letras patrias,
predicador de insignes quilates, forjador de almas sacerdotales, adalid del espíritu,
pres de la Iglesia Santa, modelo de Obispos y sacerdotes.

Nos cupo en suerte a muchos sacerdotes de la Arquidiócesis crecer bajo su tutela


sacerdotal sabia y prudente. Caritativa y piadosa, laboriosa y responsable, sacrificada y
generosa, servicial, humilde y solícita. Nunca dejaremos de agradecer al Señor el
habernos dado por guías en nuestro hacia el sacerdocio a dos sacerdotes santos, cuyo
recuerdo guardaremos siempre en el relicario del corazón con sentimiento agradecido,
admirada veneración y renovado cariño. Fueron ellos Monseñor Emilio botero
González y Monseñor Guillermo Escobar Vélez.

El primero, hace años ya, descansa en la paz del Señor pero sigue enhiesto en nuestro
afecto como un faro que ilumina los horizontes de nuestra existencia, y nos encamina
siempre a Cristo y a María. El segundo, en su meritoria y venerable ancianidad, siguió
dictándonos lecciones de fervor sacerdotal desde su retiro silencioso de “La Mansión”
donde emulaba con las monjitas, buenas y sacrificadas, en la alabanza del Señor; en el
humilde discurrir de la vida, en el servicio filial y en la glorificación insaciable de María;
en el afán por tender la mano a los pecadores, por adoctrinar a los pequeños, por
socorrer a los pobres y consolar a los dolidos.

Como discípulo fiel a su Maestro, no le faltaron las espinas y la dolorosa crucifixión.


Tuvo que gustar el acíbar de amargas decepciones; sufrió el zarpazo de la traición y la
dentellada de la envidia, pero nunca se vengó de nadie ni les negó el amor a los
enemigos. Las enfermedades de sus últimos días lo acabaron de crucificar. Sufrió,
amando mucho a su Señor, bendiciendo su voluntad y sintiendo las angustias de lentas
y dolorosas agonías. Ayer terminó la jornada y pudo presentarse al cielo con las manos
cargadas de gavillas para recibir la inmortal corona. ¡Bendito sea el Señor por su vida,
por su sacerdocio, por su episcopado! ¡A cuántos nos hizo bien!

En la teología aprendimos que el sacerdocio es un don gratuito de Dios, inmerecido,


avasallador, misterioso, colmo de amor divino hacia una criatura miserable, pobre y
pecadora; que somos “Ministros y dispensadores de los misterios de Dios”, profetas
del Reino, anunciadores del Evangelio de justicia, de amor y de paz; maestros del
pueblo de Dios; pastores de la grey; salvadores de hombres; servidores
incondicionales; hombres crucificados; signos de contradicción; blanco del amor y del
odio; canales por donde la gracia llega a torrentes sobre la tierra y manos alzadas al
cielo en imploración de perdón, de misericordia y de esperanza para los peregrinos del
destierro.

Sobre todo, aprendimos que el sacerdote es íntegramente para la Trinidad, para el


Altar, para el Sagrario, para el confesionario, para el anuncio de la palabra, para María,
para los pecadores, los pobres, los humildes, los enfermos, los estropeados y los
sencillos.

Pero qué convincente es ver la teología encarnada en una vida sacerdotal. Fue lo que
siempre vimos en este venerable Obispo. Cuando oficiaba en el Altar, cuando
adoctrinaba con su palabra encendida, sabia, sincera, piadosa y evangélica; cuando
veíamos su empeño por la participación y esplendor de las celebraciones litúrgicas, su
afán por hacernos devotos del Sagrario, de la Escritura Santa, del Papa y del
sacerdocio; cuando lo mirábamos dedicado por entero al estudio, a la docencia y a la
atención de los seminaristas y de los fieles que a él acudían; cuando observábamos su
rectitud, su honradez, su amor a la verdad, su entereza de carácter, las delicadezas de
su caridad, la abnegación heroica de su vida, su amor a la pobreza, la sencillez de su
aposento, la entrega sin regateos de su persona, de su tiempo y de sus escasos
haberes. En una palabra: cuando lo veíamos obrar, entendíamos que la teología era
vida.

Su paso por la UPB fue corto pero dejó huella porque entregó a raudales a Dios,
porque dejó muy en alto el prestigio del Clero, porque clavó muy hondo en el corazón
de los alumnos el sentido de Dios, de Iglesia y de Patria.

Promovido al Episcopado, prosiguió su línea en permanente ascenso. Su llegada a la


diócesis de Antioquia fue una bendición para todos. Por aquel entonces aquella región
de la patria estaba sacudida por el odio y desangrada por la violencia feroz. Aún
algunos miembros del clero alentaban la insurgencia; el desconcierto y la confusión
merodeaban por doquiera como aves siniestras. El nuevo Obispo llegaba con un
inmenso corazón de Pastor y empezó a orar, a sacrificarse, a prodigarse en la acción
apostólica. Convocó a su clero para las batallas pacíficas de Dios y, en su nombre y bajo
el estandarte de María, lanzaron las redes sobre el encrespado mar de la irreligiosidad,
de la inmoralidad y de la violencia. Se organizaron misiones en todas las regiones de la
Diócesis. El Obispo, convertido en misionero, evangelizador, catequista y confesor, fue
hasta las más apartadas regiones sin que lo detuvieran duras y peligrosas jornadas, la
enfermedad y la fatiga. Era el primero en madrugar a la brega, el último en regresar al
descanso. A pesar de su quebrantada salud y de sus descaecidas fuerzas, su celo de
Pastor le daba energías y valor para no cejar en el abnegado empeño y para pastorear
la grey, solícita y amorosamente, así se le fuera yendo la vida en el arduo trabajar. La
obra realizada con tanto celo y sacrificio, rindió bella y abundante cosecha. El territorio
de la diócesis se pacificó; el clero, en armonía con el Obispo, dio ejemplo de virtud y de
entrega a la tarea de convertir a los pecadores, de sosegar los espíritus, de hermanar a
los hombres y de poner sus miras en el prójimo con ojos buenos de caridad, de perdón
y de sacrificio. Se demostró así que la fe y la caridad vividas, son eminentemente
liberadoras y pacificadoras. Al ver a su Obispo, las gentes podían exclamar agradecidas
y admiradas: “BIENVENTURADOS LOS PIES DEL QUE EVANGELIZA LA PAZ”.

El cultivo de la santidad sacerdotal en su clero, su esmero por suscitar la vocación al


sacerdocio en los adolescentes, y en los jóvenes; su dedicación a la formación de los
seminaristas; su empeño por la santidad de la familia; su atención fervorosa al pueblo
campesino; su solicitud paternal por los pobres; su afán por infundirle alma cristiana a
la educación; el celo por el culto a la Eucaristía y el cuidado del decoro de los templos;
la obediencia irrestricta a la Iglesia y su devoción filial por el Padre de la cristiandad; la
dignidad inviolada de su sacerdocio; la limpidez de sus costumbres; la práctica humilde
de la pobreza; el desprendimiento, el desinterés; su atildado espíritu de piedad y de
cruz; el magisterio autorizado de su palabra y de su ejemplo, lo constituyeron ante
sacerdotes y fieles en verdadero adalid del espíritu. Llegó un día en que lo rudo de la
batalla, la inclemencia del clima, el agotamiento del trabajo, y las penas morales, y las
incomprensiones del Pastor, le hicieron imposible continuar al pie de su rebaño y pidió
al Pastor de los Pastores que lo relevara de su cargo, que no de su episcopado,
plenitud sacerdotal, que siguió siendo su consuelo como don precioso que recibió de
las manos mundificas de su Dios.

Hablemos ahora de lo que pudiéramos llamar el distintivo de su vida, su vocación


carismática, el embeleso de su sacerdocio, su lección más edificante, su mérito más
crecido, su satisfacción más profunda, el anhelo más cordial de su existencia, el
apostolado más querido de su corazón: El amor a María. Se enamoró de ella desde que
estaba niño en su cristiano hogar; allí le enseñaron quien era la divina Señora. El
Rosario familiar le fue llevando a su intimidad y , seguramente, su vocación sacerdotal
floreció a las plantas de María, en este Santuario y al pie de esta imagen bendita de
Nuestra Señora de Chiquinquirá, imagen que llevó tatuada en su alma como parte
integrante de su ser cristiano y sacerdotal. La devoción que ya llevaba prendida en el
alma fue creciendo con el ejemplo de santos varones que hicieron del Seminario la
casa de María y de los sacerdotes, sus mejores hijos, sus servidores fieles, los
pregoneros de su divina maternidad, los promotores de su amor, los defensores de su
gloria, los imitadores de su vida consagrada; y le brindaron honor amando con locura a
Cristo, el hijo de su fe, de su amor y de sus entrañas virginales. Heredero de ese
patrimonio mariano, tomó en sus manos el estandarte de María y se convirtió en uno
de sus más ardorosos apóstoles. Él, en asocio con Monseñor Emilio Botero González,
con sus palabras y con su ejemplo, mantuvieron ardiendo en los corazones de los
seminaristas la hoguera del amor a María que, a manera de la zarza misteriosa de
Moisés, se mantuvo siempre ardiendo sin consumirse. ¡Qué actividad, qué cariño, qué
ingenio el suyo para celebrar las festividades de María, para el mes de María, para el
mes de Mayo y del Rosario! Cuando nos hablaba de María la cascada de su elocuencia
se desbordaba incontenible como que salía del hontanar del alma con toda la frescura
y el encanto de las cosas que se viven y se aman y se dicen con todas las fuerzas del
ser.

Y no en vano el apóstol sembraba la semilla del amor a la Reina Divina. Los sacerdotes
que salieron del seminario prendieron la antorcha de su vida en el fuego sagrado y
fueron extendiendo el incendio de la devoción mariana a las parroquias, a las escuelas
y colegios, a las poblaciones y a los campos, hasta convertir la “Montaña gloriosa” en
inmensa hoguera de amor a María de tal manera que Antioquia es, por antonomasia
en Colombia, “tierra de María”.

Él nos enseñó desde niños, el camino de este Santuario, nos contó la historia de
Nuestra Señora de Chiquinquirá, nos enseñó a amarla, a cifrar en ella nuestros amores,
ideales y esperanzas, a vivir nuestro sacerdocio en ella, a guarnecernos en su corazón,
a recibir de sus manos maternales a todas horas y en todas las circunstancias a Cristo,
razón absoluta de nuestro sacerdocio, de nuestra palabra y de nuestra acción.

La hora más feliz de su vida fue cuando consiguió la coronación canónica de esta
imagen bendita, la joya más preciosa de la fe antioqueña. Tomó él la responsabilidad
de la organización. Aquí brillaron su dinamismo, su talento, organizador, el influjo de
su personalidad, la eficacia de su acción, su creatividad, su gusto artístico y, sobre todo
su piedad filial y su amor enloquecido por la sin par Señora. Toda Antioquia se volcó
sobre Medellín para el cordial homenaje que ya quedó esculpido en la historia con
caracteres imborrables de fe, de amor y de grandiosidad incomparable. En magnífica
carroza aderezada primorosamente or delicadas manos, recorrió la Señora sus
dominios por entre bosques de banderas, tapices de flores, cantares del alma,
plegarias sencillas y confiadas y en medio del repicar de las campanas y de los
corazones echados a vuelo, a impulsos de de la fe, la alegría y del amor.

En medio del Estadio Atanasio Girardot se erigió el trono majestuoso de la Reina y,


rodeada dela abigarrada y delirante multitud de hijos, fue aclamada por su pueblo
Madre, Dueña y Señora. Dos joyas la engalanaron en su día glorioso: la preciosa corona
de oro fabricada por las manos artistas del orfebre y la oración gratulatoria
pronunciada por el Obispo que más la amó en Colombia, Monseñor Guillermo Escobar
Vélez. Fue una gema preciosa de la literatura colombiana; lección magistral del clásico
decir burilada con esmero por el teólogo, el escritorista, el místico y el poeta. Pero por
encima de todo, estuvieron el palpitar del corazón en las palabras, el llamear del amor
en el timbre piadoso y sentido de la voz; la transpiración mística del alma
contemplativa, enamorada de la dulcísima Señora con la sencillez hermosa, humilde y
encantadora de los niños. Las frases fluían de la intimidad de su espíritu con la frescura
de los manantiales vírgenes. De tal manera se transparentó el alma arrobada en el
amor de María en las frases del sublime cantor, que el incendio se propagó a las almas
y todos nos sentimos más hijos de la Madre celestial, más confiados en ella, más
comprometidos a imitarla, más deseosos de extender los dominios inefables de su
Reina, más agradecidos con la Trinidad por el don precioso de María. Fue el sermón
más bello, más cordial, más sentido, más sincero, y más delicado que hemos
escuchado en la vida; un precioso diamante que cuajó el amor en la rica mina de la
devoción filial de un Obispo enamorado de María. Para él fue la oportunidad del más
cálido homenaje a la Reina; para nosotros, la más bella lección que aprendimos de un
consumado maestro del espíritu.

Otras dos hondas satisfacciones tuvo este gran devoto de Nuestra Señora de
Chiquinquirá: La consagración del templo de la Estrella y la obtención del título de
Basílica Menor. Por sus quebrantos de salud no pudo asistir a esta última. Pero estuvo
allí con el corazón, como una llama alabando y glorificando a su Señora. Su gozo fue
inmenso, muchas las lágrimas y seguramente cantó, lleno de esperanza, el “nunc
dimittis” avizorando ya las colinas iluminadas de la gloria.
La devoción a Nuestra Señora de Chiquinquirá fue el alma de su vida, la luz de sus
camino, el sello de su exquisita espiritualidad sacerdotal, el acicate de su amor a Cristo,
de su celo por las almas, de su embeleso por la cruz, de sus éxitos apostólicos, de sus
edificantes virtudes, de su abnegado desempeño pastoral, de su amor al silencio y al
anonimato, de oración ininterrumpida, del amor a la vida sencilla y escondida, de sus
crecientes anhelos del cielo.

Ayer se nos fue el Pastor. El rebaño de la tierra quedó muy solo, entristecido y
huérfano porque él era muy bueno, mando, solícito y laborioso. Nunca les faltó a las
ovejas con los buenos pastos y con las frescas aguas; las defendió de los lobos, vengó a
las heridas, buscó a las descarriadas y las juntó a todas en la majada de Jesús, el Buen
Pastor. Por eso hubo llanto y duelo en la comarca desolada. Pero nos consolamos al
mirar al cielo. La fiesta fue grande. La coronó el Señor, lo recibió María, los
bienaventurados lo unieron a su coro de alabanzas. Terminó su calvario y comenzó su
gloria.

Muy cerca a su altar, Madrecita de Chiquinquirá, permanecerán los restos mortales de


quien estuvo siempre delante de Ti como una lámpara votiva prisionero de tu amor y
de tus caricias maternales. Por extraña coincidencia, en estos días recordamos con
llanto el robo sacrílego de tus coronas. Pero se fue a llevártelas al cielo tu gran devoto
y a gozar del embeleso de su Dios y de tu rostro amado, Mamá linda del Cielo. Él, que
vivió en el cielo de tu corazón, ya es huésped del Reino de los Santos. ¡Amén!

FERNANDO GÓMEZ MEJÍA PRESBÍTERO.

RETO PARA EL NUEVO GOBIERNO Y PARA EL NUEVO CONGRESO (quizás con otro título
se pueda poner)

Nuestro pueblo no se entusiasma mucho ante sus gobernantes y legisladores. Son


muchas las desilusiones que contabiliza ya en su pobre haber. El bien común se aleja
cada vez más y las esperanzas muertas exasperan a nuestras gentes y las predisponen
a la violencia en todas sus formas y le abren el camino a los anarquistas y
revolucionarios que, aprovechando la desesperación popular, capitalizan el
descontento a favor de locas aventuras que terminan en regímenes totalitarios que,
lejos de solucionar los problemas, los agudizan en forma brutal y despiadada.

La mayoría de nuestro pueblo vive en situación de inhumana pobreza. El desempleo


masivo y el subempleo, la falta de vivienda, problemas de salud, mortalidad infantil,
salarios de hambre, inestabilidad laboral, desnutrición, migraciones masivas de
campesinos hacia las ciudades, la imposibilidad de una educación adecuada, la
ausencia de una auténtica reforma agraria, el abismo cada vez más amplio entre ricos
y pobres, la perduración de un sistema económico y social a todas luces injusto y
explosivo, en una palabra, el imperio de la injusticia, de la miseria, de la explotación y
del abuso de los pobres, reclaman a gritos un cambio. Pero pasan los años y ese
cambio no llega.

Todos nuestros males provienen del olvido y desprecio en que se tiene el bien común.
Y los responsables son los hombres de la política, del capital, del Gobierno, de las
leyes. Un país entregado metódicamente a individuos que han hecho del bien común
de la patria su casa, su feudo, la colonia en que se explotan, a beneficio de la persona y
del grupo, los intereses materiales y se saquean los tesoros espirituales, está
condenado a la catástrofe. No hay cosa más antipatriótica ni más perjudicial a la patria
que, lo que se ha vuelto ya endémico entre nosotros, sin distingos de hombres ni de
partidos y con horrorosas pero muy escasas excepciones: buscar únicamente el bien
del partido, el bien de los amigos, el bien personal.

Nuestro pueblo está cansado ya de quienes usufructúan sistemáticamente el poder a


beneficio personal; necesita hombres e instituciones que lo liberen de la miseria, del
hambre, de la ignorancia, de la injusticia de la explotación. Si pensamos en la patria,
tenemos que pensar en todas estas realidades que nos hablan, no de plenitud de vida
humana, sino de negación y de opresión, y nos invitan a una acción valerosa y
concertada para luchar en los terrenos donde la dignidad humana es hoy oprimida y
negada.

Estamos bajo un régimen, ya viejo, de explotadores y explotados. Unos pocos están


despojando a la mayoría de sus legítimos derechos. Los más fuertes, los más audaces
tienen todas las ventajas. La realidad trágica que domina entre nosotros no es el
hambre ni la sed de justicia, sino sólo el sentido de la injusticia. Y porque no hay sed de
justicia, hay en las masas sed de venganza y destrucción.

Estamos ante una coyuntura histórica muy delicada. Si los hombres de buena voluntad
no toman a tiempo entre sus manos las banderas de la justicia y del bien común, nos
veremos arrasados por las hordas de los violentos y terroristas sin razón, sin alma y sin
corazón. Es el momento de poner en práctica cuanto nos enseñó con sabiduría y
autoridad el Papa Juan Pablo II en su viaje a Colombia. Su magisterio es un clamor por
los derechos de Dios y del hombre, por el reinado de la justicia y de la caridad que lo
defiendan de una economía y de una técnica sin alma que terminarán por triturarlo y
borrarlo como protagonista de la historia. Un gran reto, pues, afrontamos todos: El
Gobierno, el Congreso, los hombres del capital, la Iglesia, todos los colombianos. ¡Ay
de nosotros si no sabemos responder!

FERNANDO GÓMEZ MEJÍA PRESBÍTERO.


¿LA IGLESIA AUSENTE DE LA PAZ?

Según afirmación del Dr. John Agudelo Ríos, ex presidente de la Comisión de Paz y
acogida y comentada por María Jimena Duzán en el periódico “El Mundo”, la Iglesia
colombiana ha estado ausente del trabajo por la paz. Ninguna afirmación más injusta.
No sólo en la Comisión de Paz estuvo presente la Iglesia. Ahí están documentos claros
de la Conferencia Episcopal en donde se señalan el desempleo, los salarios de miseria,
el abandono del campesino, la ausencia de una reforma agraria audaz y efectiva, el
marginamiento de miles de colombianos, el abandono masivo de la población
colombiana frente a la educación, la salud, la vivienda y los servicios básicos
elementales, como causas de la miseria colectiva y, por lo tanto, del descontento social
y de la violencia generalizada. Sin la solución de estos problemas, ha sostenido la
Iglesia, es imposible el regreso de la paz.

La predicación de la Cuaresma y de la Semana Santa, estuvo orientada, en este año,


(sin fechas para saber el año al que se refiere) de manera muy especial al tema de la
paz. Pero la Iglesia, no solamente ha hablado. Ninguna institución en Colombia puede
mostrar, como la Iglesia, su presencia en el pueblo. En el campo de la educación, de la
beneficencia, de la vivienda popular, del cooperativismo y, sobre todo, de la
evangelización, su tarea ha sido incansable y eficaz. La obra del Padre García Herreros
es gigantesca, reconocida y aplaudida aún fura de las fronteras patrias. El apostolado
de la vivienda en la Arquidiócesis de Medellín, en la Diócesis de Sonsón – Rionegro, en
Manizales, son un ejemplo para el país.

Las Diócesis y las Parroquias de Colombia presentan innumerables obras de servicio de


la comunidad que nadie puede desconocer. La obra maravillosa por ejemplo de los
Padres de la Redención en favor de los niños desarraigados no puede ser más grande y
hermosa. Las escuelas de “Fe y Alegría” educan gratuitamente a más de medio millón
de niños colombianos. La Universidad Campesina del Valle, a cargo de los padres
Jesuitas, es otro testimonio de presencia de Iglesia en el pueblo. Acción Cultural
Popular está en la misma línea de promoción popular. El Apostolado de la
Congregación Mariana de Medellín en el Magdalena Medio, es un ejemplo
contundente de la presencia de la Iglesia en plena zona de violencia. Un equipo de más
de cien personas, con el apoyo de gentes de buena voluntad, están dedicados a servir
y a organizar integralmente la comunidad campesina de ese sector. ¿Y qué decir de las
granjas del Padre Luna en Cundinamarca y de las Granjas Infantiles de Medellín, y del
trabajo inmenso de la sociedad de San Vicente de Paúl en todo el país, y de la
presencia de la Iglesia en Popayán y Armero con motivo de las tragedias causadas por
la naturaleza y que golpearon duramente a miles de hermanos nuestros?
Si Doña Jimena no tuviera una mirada tan miope y se despojara de su odio contra la
Iglesia, tendría para muchas crónicas. Si se dedicara a hacer conocer del país las obras
de la Iglesia a favor de los pobres y, por lo tanto a favor de la paz, tampoco estaría
inventándole cosas ridículas al Cardenal López Trujillo y, en este caso, destacaría la
presencia de la Arquidiócesis de Medellín en Popayán y Armero con apreciables sumas
de dinero que recibieron oportunamente los Pastores de esas doloridas comarcas de la
patria. Sobre todo, hay que destacar que los meses anteriores a la visita del Papa a
Colombia, fueron de intensa Evangelización en toda la República a favor de la paz.

Verdaderos enemigos de la paz son quienes se dedican a apagar la fe del pueblo y a


socavar los cimientos de la moral. No es desacreditando a la Iglesia sino apoyando
fuertemente su acción evangelizadora y su apostolado social como se contribuye
eficazmente a la construcción de la paz.

FERNANDO GÓMEZ MEJÍA PRESBÍTERO.

¿QUÉ ES LA BIBLIA?

Acerca de la Biblia, aún teólogos muy cultos, dicen cosas muy a la ligera. Decir por
ejemplo que “La Biblia es un conjunto de fábulas para gentes primitivas”, no es exacto.

La Biblia es Palabra de Dios. Los libros que la componen tienen a Dios por autor,
puesto que sus autores la escribieron inspirados por el Espíritu Santo. Así lo ha
sostenido siempre la Iglesia. La inspiración de los libros santos es innegable. Pedro en
su primera carta lo afirma sin ambages: “Porque no traen su origen las profecías de la
voluntad de los hombres, sino que los varones santos de Dios hablaron inspirados por
el Espíritu Santo” (1 Pedro 1, 21). Y Pablo enseñaba lo mismo: “Toda Escritura es
inspirada por Dios y es propia para enseñar y para convencer, para corregir, para
formar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, y esté apercibido
para toda obra buena” (2 Tim. 3, 16-17). “He aquí que pongo mis palabras en tus
labios”, dijo el Señor a Jeremías (Jer. 1, 9). Y a Moisés: “estaré en tu boca” (Ex. 4, 12).

Los autores sagrados conservaron su temperamento, su estilo, sus expresiones


propias, pero Dios los dirigía por su Espíritu. La Biblia es, pues, el libro de la verdad, es
palabra de Dios. Por esta razón no podemos leer la Biblia como quien lee un libro
cualquiera. Antes de leerla, nos debemos recoger, implorar las luces del Espíritu Santo,
leer con respeto, con atención, con veneración, puesto que allí es Dios quien nos habla
y nosotros debemos responder ala voz de Dios con el amor y la prontitud de un hijo.
Por esta misma razón, la Biblia no debe estar confundida con los demás libros en la
vitrina común. Debe colocarse sola, en un lugar de honor para indicar así que es “el
libro de los libros”. Los demás libros contienen palabras humanas. La Biblia, por se
palabra de Dios es luz, fuerza y vida divina para el hombre que la escucha. “Las
palabras que Yo os digo, decían nuestro Señor, son espíritu y vida”. “Mi palabra es
como el fuego, como un martillo que hace pedazos la roca”, le dice Dios a Jeremías
(Jer. 23, 29). “Huesos secos, oíd la palabra de Yavé… y vivid” (Eze. 37, 4-5). A Isaías le
dice Dios: “Así sucede con mi palabra, que sale de mi boca. No vuelve a mí sin haber
hecho efecto, sin haber ejecutado lo que yo quería que hiciera, y cumplido aquello
para lo cual la envié” (Is. 55, 11). Josué reflexionaba así ante el pueblo de Israel:
“Reconoced con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma, que ninguna de las
palabras de bondad pronunciadas para vosotros por Yavé, vuestro Dios, ha quedado
sin efectos, todas se han cumplido en vosotros, ninguna ha quedado sin efecto”. (jos.
23, 14).

Jesús en el desierto, en lucha contra el Demonio, nos enseñó a recurrir a las palabras
de la Escritura para rechazar la tentación (Mt. 4, 4-7, 10). San Pablo en su carta a los
Efesios, nos invita a tomar “la espada del Espíritu”, que es la palabra de Dios, para
vencer la tentación.

Sobre todo, en la Biblia encontramos a Jesús, escuchamos sus palabras de vida eterna
y entramos en comunión con su vida pascual. La gran revelación de la Escritura es
Jesús. Es lo que lleva a San Pablo a proclamar con entusiasmo en su primera carta a
Timoteo: “No hay duda de que el secreto de nuestra religión es algo muy grande;
Cristo se manifestó en su condición de hombre, triunfó en su condición de espíritu y
fue visto por los ángeles. Fue anunciado a las naciones, creído en el mundo y recibido
en la gloria” (1 Tim. 3, 14-16). Con razón, pues, el Concilio Tridentino llama a la Biblia
“el tesoro celestial de la Iglesia”. Y San Jerónimo dice que “ignorar las Escrituras, es
ignorar a Cristo”.

No dejemos inexplotado este tesoro. Vayamos todos los días a esta mina espiritual a
extraer de allí preciosas riquezas espirituales, a beber en estas fuentes limpias la
verdad, a escuchar a nuestro Padre Dios, a iluminarnos en estas páginas con la luz del
Espíritu Santo, a conocer y escuchar a Jesucristo. No es pues la Biblia “un conjunto de
fábulas para gente primitiva”. La Biblia es palabra de Dios para todos los hombres,
palabra viva, misteriosa, transformante, iluminadora y fecunda para el hombre de
ayer, para el hombre de hoy, para el hombre de mañana. Su verdad nunca se oscurece,
su luz nunca se apaga, su vida nunca se extingue precisamente porque es Palabra de
Dios.

FERNANDO GÓMEZ MEJÍA PRESBÍTERO.

MAMÁ LINDA

¡Oh, Nuestra Señora de Chiquinquirá!: Al contemplar tu imagen, veo muchas cosas


bellas porque el Jesús de tus entrañas, ahora en el trono de tus brazos maternales, te
vistió de luz, te colmó de gracias, te coronó de gloria, colocó en tus manos dorado
cetro de amorosa soberanía maternal. “Mamá linda” te llamaron los primeros
pobladores de la Estrella, los indios anaconas, y “Mamá linda” te decimos tus hijos de
ahora.

Tu imagen, revestida de sencillez angelical, irradia tu triple belleza: la de tu alma, la de


tu cuerpo, la de tus obras. Concebida sin pecado, llena de gracia desde el primer
instante de tu ser; Madre del Verbo Encarnado, tu santidad trasciende la santidad de
todos los ángeles y de todos los santos; tu cuerpo virginal, asilo de tu alma santísima y
convertido por la Encarnación en sagrado relicario de la Divinidad, tiene el esplendor
de la suma belleza; en el huerto de tu alma, cultivado por el mismo Dios, florecieron
todas las virtudes y se retrata la santidad del Altísimo. En Ti no hubo la más leve
sombra de pecado y los ríos de la gracia se desbordaron sobre Ti para que te
convirtieras en el paraíso nuevo donde crece y fructifica el Árbol de la vida que es
Jesús, Salvador del mundo y esperanza de las naciones. Tú eres el punto de inserción
entre lo divino y lo humano; el lugar de feliz encuentro entre Dios y el hombre; la tierra
virgen que sólo ha sido visitada por Dios; la nueva Eva que da aluza a los hijos del
Reino; la Soberana de los Ángeles; la Madre de los hombres; el terror del infierno; la
obra maestra de dios; esplendor del cosmos; faro de la historia; Señora de la luz;
embeleso de la Trinidad; bella sobre todas las criaturas; amable, después de Jesús,
sobre todas las cosas amables; preciosa más que la creación entera.

Con razón eres la ¡bendita! Señora. Bendecida por el cielo; bendecida por la tierra.
Ahora sé por qué caigo de rodillas ante Ti, por qué clamo a Ti en mis tribulaciones, por
qué descanso en tu regazo como un niño: porque eres la Madre de Jesús y madre mía.

Sentaste, Señora, tus reales de amor en la Estrella, rinconcito privilegiado de


Antioquia, consagrado por tu presencia soberana e iluminado por la luz de tu Divino
Hijo. Ante tu imagen bendita se han postrado ilustres y santos Obispos como Bernardo
Herrera Restrepo, Manuel José Caycedo, Tiberio de JESÚS Salazar y Herrera, Emilio
botero González, Juan Manuel González Arbeláez, Miguel Ángel Builes, Joaquín García
Benítez, Tulio Botero Salazar y Guillermo Escobar Vélez, quien vela continuamente
ante tu altar como una lámpara votiva. Ante Ti han orado todos los sacerdotes de la
Arquidiócesis; el Seminario está cosido a tu historia; hombres grandes de Antioquia te
han rendido homenajes de fe y amor; el pueblo sencillo te trae continuamente sus
lágrimas, sus plegarias, sus pesares, sus alegrías; los niños han aprendido de sus
madres a mirar tu rostro amable y a invocarte con candor de ángeles; a tus pies los
jóvenes han soñado bellos ideales y, no pocos, han visto florecer a tus plantas su
vocación sacerdotal o religiosa. Antioquia entera mira a tu Santuario con afecto filial y
con firme confianza.

En compañía de tus hijos has vivido y has hecho nuestra historia; en los momentos de
triunfo no nos has dejado embriagar, ni desesperar en la tribulación; nos has
defendido de los enemigos y nos has dejado naufragar nuestra nave cuando se han
desatado borrascas y tempestades. ¡Gracias Madre! Porque has vivido nuestra vida,
porque has luchado a nuestro lado; porque has sido nuestro faro de esperanza en las
noches cerradas de la tentación y de la tribulación; porque no has permitido que la
cruz sea derribada de nuestras colinas por las manos de los incrédulos, ni arriado el
pendón patrio por los traidores y mercenarios. ¡Gracias Madre! Porque has santificado
nuestros hogares, bendecido las cunas y consolado las tumbas.

Ahora, ¡Oh Madre! Estamos en terribles tribulaciones, rodeados de enemigos y


azotados por la furia de los violentos. Hemos sido infieles a Jesús; hemos traicionado
su amor; ya no vivimos su Evangelio de justicia y de amor; estamos heridos por el
pecado y la lepra de los vicios corroe nuestras carnes; nuestro corazones respiran odio
y tenemos las manos manchadas con la sangre de nuestros hermanos; profanados
están nuestros hogares; los niños no tienen quien les parta el pan de la verdad y del
bien; nuestros jóvenes andan lejos de Dios; la gente madura ha abandonado tus
caminos; nuestros hombres y nuestras instituciones se han pervertido; el caos nos
envuelve como una noche en tempestad. ¡Te necesitamos, Señora! ¡Ven con tu Jesús!
Sopla sobre las cenizas de la incredulidad y de la indiferencia y reenciende la llamarada
de la fe; toca los corazones y reanima el amor; pasa por nuestras vidas, libéralas del
pecado y regálales el perfume de tus virtudes excelsas; reconstruye los hogares rotos;
conserva los amores santos; bendice a nuestro querido Pontífice Juan Pablo II y a
nuestro Arzobispo Alfonso; danos sacerdotes santos y vocaciones juveniles nobles,
limpias y generosas; siembra olivos de paz en nuestros huertos y haz que de las armas
fratricidas se forjen arados; devuélvenos la patria digna, libre y alegre de nuestros
mayores. Ilumínanos, consuélanos, fortalécenos, alarga tu mano bondadosa y sácanos
del abismo. Que nunca abandonemos a tu Jesús, que jamás nos separemos de la
sombra protectora de tu manto. ¡Muestra que eres Madre!

FERNANDO GÓMEZ MEJÍA PRESBÍTERO.

REAVIVAR LA LLAMA DE LOS FUNDADORES

Este 15 de septiembre (otra vez sin año) celebra la Universidad Pontificia Bolivariana
sus cincuenta años de vida. Es decir, toca la cima de su madurez. Y, en verdad, la
universidad ha escrito brillantes páginas de historia, ha cumplido con la Iglesia y con la
patria, con la juventud y con el pueblo de Colombia; ha rendido fervoroso culto a
Cristo y a Bolívar; ha demostrado que la Iglesia no es “oscurantista y retrógrada” sino
pionera de la ciencia y del progreso, de la libertad y de la cultura, de la investigación y
de las conquistas de la inteligencia.

Su primer Rector, Monseñor Manuel José Sierra, el hombre de acero y de la luz,


teólogo y filósofo, pedagogo sagaz y conductor eximio y Monseñor Félix Henao Botero,
encarnación maravillosa del alma bolivariana y cultor insaciable de la religión y de la
ciencia, de la fe y del patriotismo, de la ciudad terrestre y de la ciudad celeste, en fiel
sintonía con el espíritu y los anhelos de los fundadores, definieron al bolivariano como
la más depurada personificación del católico y del patriota.

Precisamente la Bolivariana surgió, como la respuesta erguida de un puñado de


antioqueños a un Gobierno que quería exterminar la educación católica y reemplazar
la patria que nos legaron los libertadores, por una fatídica “república popular” de los
marxistas españoles. Aún no nos hemos podido reponer del analfabetismo religioso
impuesto en nuestras universidades y colegios oficiales. Todo este derrumbe filosófico
y moral, político y social que nos está aplastando ha ido tomando fuerza y ya tiene la
magnitud de un desastre nacional. Cuando se destruye el humanismo cristiano en una
nación, nace el humanismo materialista y los hombres se convierten en ateos y en
apátridas. Estos hombres destruyen los altares y reemplazan el imperio de la ley por la
anarquía. Entonces los criminales ocupan los puestos de comando y empieza a correr
la sangre hasta que no queda más derecho que el de la fuerza bruta en manos de
sicarios despiadados y feroces. Hacia allá vamos si los hombres de bien no detienen la
avalancha que ya se nos viene encima.

A la altura de sus cincuenta años, la Bolivariana vuelve a enfrentarse al reto de antaño


y debe resucitar su lema: “Dios y patria; Cristo y Bolívar”. La Universidad Bolivariana y
la Universidad Javeriana han impedido, con su presencia y acción, el naufragio de la
patria. Pero no pueden perder su identidad cristiana y patriótica. Los enemigos tienen
como consigna infiltrarse en ellas para debilitarlas, corromperlas y destruirlas. De ahí la
necesidad de que todos estén vigilantes: la Iglesia, los rectores, los consejos directivos
y académicos, los padres de familia y los mismos estudiantes.

Las universidades católicas no pueden ignorar las ideologías materialistas, ni las


diversas corrientes religiosas, filosóficas, pedagógicas, sociales y jurídicas del mundo,
especialmente las que están en boga en la actualidad. Pero afrontarlas con un
profundo espíritu crítico y oponer a ellas el humanismo cristiano tan sabio y
ponderado, tan humano y tan divino, siempre antiguo y siempre actual, el único que
responde universalmente a las exigencias del hombre y de la sociedad. Una
universidad católica en donde empiecen a ponerse en tela de juicio los principios
fundamentales de la religión y de la moral, de la teología católica y de la filosofía
cristiana,; una universidad católica en donde halla coqueteos con el marxismo y
asomos de rebeldía contra la doctrina social de la Iglesia; donde algunos profesores se
empeñen en romper la ortodoxia y destruir la ética profesional, se verá bien pronto al
margen de su destino histórico y convertida en bastión traicionero desde donde
lucharán rabiosamente los enemigos contra la Iglesia y contra la patria.

Lo anterior es precisamente lo que no puede suceder en nuestra UPB. Con motivo de


este glorioso cincuentenario que llena de orgullo no sólo a la Iglesia local y a Antioquia,
sino a la Iglesia colombiana y al país entero, hay que colocar muy en alto la llama que
encendieron los fundadores sobre el altar de Dios y de la patria, para que siga
iluminando las mentes y alentando los corazones y aunando esfuerzos y voluntades
para que los ideales de Cristo y de Bolívar no se mueran entre los colombianos, para
que la moral permanezca muy en alto, para que perdure el celo de los héroes por la
libertad de Colombia, para que la bandera la patria no vaya a ser arriada por los
enemigos, para que no tengamos la humillación de ver los destinos de la nación en
manos de una camarilla de bárbaros asesinos.

Al rendir hoy tributo de admiración, de gratitud y de honor a los fundadores egregios


de nuestra gran universidad; al mirar con orgullo el airoso tremolar de su bandera
sobre la cresta enhiesta de nuestra “montaña gloriosa”; al aplaudir a la juventud que
hará la historia del próximo mañana, no pueden olvidar sus alumnos que sólo a fuerza
de cristianos y patriotas podrán responder al ideal de los fundadores. Apagar el fuego
sagrado sería renegar de Dios y de la Patria, de los fundadores y de su espíritu, de la
verdad y de la grandeza de la justicia y de la gloria de Cristo y de Bolívar. Hay que
mantener viva la llama con la insobornable fidelidad, con el brío de la acción, con
hondo sentido de trascendencia, con el fuego de la propia existencia.

Les invitamos a todos a dar gracias a Dios, a la Iglesia, a los fundadores, a Antioquia por
nuestra gloriosa Universidad Pontificia Bolivariana.

FERNANDO GÓMEZ MEJÍA PRESBÍTERO.

LO QUE SÓLO DIOS VE

Desde la cumbre de sus cincuenta años, sólo Dios tiene plena visión de lo que la
Normal Antioqueña de Señoritas ha sido y ha hecho a los largo del sencillo y constante
laborar de su existencia meritísima y fecunda.

Nació la Normal del empuje apostólico del Excelentísimo Señor Tiberio de Jesús Salazar
y Herrera, enfrentado entonces a los lobos con el vigor de un egregio luchador, la
prudencia de un padre y la clarividencia de un profeta. La UPB y la NA fueron sus obras
monumentales. Así contestó al reto de los enemigos de la Iglesia que querían
establecer la educación laica y borrar del panorama nacional la educación católica.
Asesorado del celo apostólico, del talento privilegiado y de la combatividad caballerosa
y atinada del Padre Germán Montoya, en su tiempo, alma de cuanto gran y bueno
surgió en la Arquidiócesis y con la colaboración valiosísima de la Acción Social Católica
y de seglares y sacerdotes de gran valía, entre ellos Monseñor Bernardo Cardona, la
Normal se puso en marcha y cuenta ya cincuenta gloriosos años al servicio de Dios, de
la mujer antioqueña, de la cultura y del progreso de nuestra ciudad y de nuestro
departamento.
Nuestra Normal es uno de los pocos establecimientos que tiene como norma la
educación integral de las alumnas. Estamos asistiendo a una de las crisis educativas
más agudas de nuestra historia. En este momento hay muchos instructores pero muy
pocas educadoras. Ya no hay forjadores del alma, ni personas preocupadas de los
valores de la niñez y de la juventud. Al frente del alumnado hay muchos técnicos pero
escasean los pedagogos. Antes los rectores, los directores de establecimientos
educativos, los decanos de las facultades eran por sí mismos una institución; imprimían
un carácter inconfundible a las universidades, a los colegios, a las escuelas. De allí
salían hombres y mujeres de criterios rectos, de costumbres sanas, de honradez
probada, dignos y responsables, conocedores de sus derechos pero también de sus
deberes; justos, comprensivos, solidarios, siempre de cara a Dios; respetuosos de los
derechos divinos y humanos; gentes de autoridad porque la avalaban con su manera
de vivir honorable, irreprochable y luminosa. Entonces había educación y, por lo tanto,
desarrollo armónico de las facultades humanas y saludable proyección hacia la
comunidad de inmensos bienes y de preciosos valores.

La Normal Antioqueña de Señoritas ha tenido la gran fortuna de contar siempre con


directoras de relevantes cualidades espirituales, morales y culturales. María Jesús
Mejía Álvarez, María González Berrío, Isabel Ramírez Gómez, Martha Arango Muñoz,
Julieta Arroyave Álvarez, Alicia Jaramillo Aristizábal, han sido para el alumnado una
fortuna, un ejemplo y una fuente de enriquecimiento espiritual, humano y cultural
verdaderamente excepcional. Con el gran Spalding han entendido ellas que “La
educación es por naturaleza un proceso viviente; que el punto capital de la educación
no es lo que el profesos dice o hace sino lo que él es sí mismo; que la vida que vive y
todo lo que esa vida revela a sus alumnos, aún sus actos inconscientes, pero sobre
todo lo que en lo profundo de su alma, espera, cree y ama, todo ello ejerce una
influencia mucho más profunda que las lecciones. Que así como el corazón hace el
hogar, el profesor hace la escuela, el colegio o la universidad; que lo que hace falta en
la educación, no son monumentos, ni un material didáctico costoso, ni métodos y
libros perfeccionados, pero sí un hombre abnegado, amante e iluminado que crea
profundamente en el poder de la educación y que sienta en él un verdadero instinto
para hacer que ese poder resplandezca sobre los que le han sido confiados. “El
profesor vale, lo que vale el hombre”. La Normal ha cumplido porque ha tenido
educadoras y seguirá cumpliendo mientras eduque y siga dando educadoras.

Hoy la Iglesia mira con agrado la promoción de la mujer en todos los campos y se
complace en verla ocupar puestos de comando en todas las áreas. Pero se preocupa, al
ver que su educación no corre pareja con sus conocimientos científicos y técnicos. Esto
es grave por que en manos de la mujer están los hilos conductores de la humanidad. El
poder y el influjo de la mujer son incontrastables en el mundo. Si es buena, los frutos
serán admirables; si es mala, los desastres incalculables. Se impone por lo tanto, la
educación integral de la mujer para que, en este momento, cuando ella irrumpe con
tanta fuerza en la historia, sea instrumento providencial de salvación y no del
maldición y ruina para la humanidad. Establecimientos de educación, como la Normal
Antioqueña, están en una línea salvadora y son una bendición para la sociedad. Los
hogares, la Iglesia y la patria están a la espera de mujeres creyentes, virtuosas y cultas
que estén dando vida a cuanto bueno, grande, justo y bello se pueda entregar a un
mundo que nace continuamente de la mujer, crece y se educa en su regazo y se salva o
se pierde por ella y con ella.

Felicitaciones para la Normal Antioqueña. Que Cristo siga siendo su vida; María, su
madre; la juventud su gran tesoro; la patria su gran amor; la educación cristiana su
noble compromiso; la virtud su más preciosa cosecha; la cultura su sano orgullo; su
corona no de laurel efímero sino de oro fino.

FERNANDO GÓMEZ MEJÍA PRESBÍTERO.