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Problemas De Filosofía Y Estética Contemporáneas.

Cátedra Mosa
Segundo Cuatrimestre De 2019
Profesora Montenegro (Prácticos Martes)
Cristian Meneses
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1) Contraponga las interpretaciones de la Modernidad de los autores eurocéntricos y


los latinoamericanos estudiados en las unidades 1 y 2.

En general, todos los autores que leímos en las unidades 1 y 2 se proponen una revisión
del concepto de la modernidad en dialogo con las críticas que emergieron desde las
posturas posmodernistas. Unos profundizan en los elementos que se han utilizado para
definir los hitos fundacionales de esta forma de pensamiento y de organización, y otros
cuestionan la narrativa que se ha construido para fundamentarla.

Toulmin se pregunta por el inicio de la modernidad, y así expone una serie de sucesos en
la historia de Europa que han sido catalogados como puntos de inicio. Sucesos como la
revolución industrial, las revoluciones políticas en Francia y EEUU, el surgimiento de las
naciones, la imprenta, entre otros, son parte de esa cadena que llevó a que el pensamiento
moderno se consolidara como paradigma en el mundo. Sin embargo, Toulmin ve cómo
las diferentes perspectivas tienen un punto en común en la racionalidad como base
filosófica de la modernidad, y así, los planteamientos de Descartes y de Galileo funcionan
como su referente principal.

Esta preeminencia de la racionalidad está estructurada en un estilo de pensar centrado en


la teoría donde se busca encontrar un enunciado abstracto que pueda funcionar como
verdad en cualquier tipo de contexto, como verdad universal. Y es aquí donde la revisión
de Toulmin hace hincapié. Esta visión de la modernidad, que él llama heredada, está
compuesta de una narrativa que deja por fuera una serie de acontecimientos históricos
europeos que cuestionan esa línea ascendente desde inicios del siglo XVII hasta la
actualidad. Por ejemplo, el progresivo laicismo, que aparentemente permitió que el
pensamiento científico se fuera desarrollando cada vez más libremente, contrasta con el
recrudecimiento dogmático a partir de la reforma y la contrarreforma, y con las guerras
religiosas que se desprendieron de aquí. Da el ejemplo de cómo el castigo a Galileo fue
más severo que el que se le hizo a Copérnico. El principal hincapié lo hace en la visión
disruptiva con la que se toma al renacimiento. La narrativa moderna ve en el renacimiento
un pensamiento medieval, y no reconoce cómo en él se gestaron los cuestionamientos
centrales que iban a ser retomados en el s. XVII. El escepticismo de Montaigne frente a
la posibilidad de una verdad general y teórica pareciera ser el impulso de Descartes de
encontrarla. Así, para Toulmin la modernidad adquiere una nueva perspectiva si se
introduce el humanismo renacentista como parte de ella, porque así el racionalismo
intelectual deja de ser su única posibilidad filosófica.

Pagen, por su parte, en su revisión sobre las críticas a la ilustración, plantea que en este
periodo hay una crítica y reconsideración del racionalismo universal de Descartes que no
termina de superar el planteamiento escéptico. La razón sigue produciendo multiplicidad
de perspectivas partiendo de una misma realidad, es decir, que la razón está encerrada en
la historia y no puede universalizar una verdad. De esta manera, la enciclopedia más que
un corpus que le da autoridad a una racionalidad autosuficiente abstracta, funcionaría
como una recopilación de los esfuerzos históricos de comprensión racional del hombre.
Este planteamiento, que considera una distancia entre el racionalismo cartesiano (la
autoridad de la razón) y el rol del hombre histórico que comprende, es una crítica más a
la narrativa heredada de la modernidad en Europa.

Así, Toulmin y Pagen, abordando periodos históricos diferentes, suman elementos que
complejizan el proceso lineal con el que se ha narrado la modernidad. Sin embargo, a
pesar de este esfuerzo, estos planteamientos siguen montados en lo que Dussel llama el
mito de la modernidad. Este mito consiste, primordialmente, en un marcado
eurocentrismo del desarrollo intelectual. Basta ver cómo ni Toulmin ni Pagen se
preguntan —en los textos trabajados— por la noción de europeo, la dan por hecha. Y
cómo, en su revisión de la modernidad, nunca aparecen otros contextos históricos o por
lo menos otros autores que no estén vinculados a la linealidad antigüedad (filosofía
griega) – Roma – Edad Media (escolástica) – Modernidad (ciencia). Su planteamiento es
autorreferencial y se concentra en occidente.

Ahora bien, en la revisión realizada por Toulmin, el autor plantea la necesidad de una
rigurosidad histórica (y así reprocha la forma ligera con la que se omitían hechos centrales
en el s. XVII), pero esta rigurosidad no lo lleva a evaluar de manera crítica el renacimiento
ni la influencia del descubrimiento y conquista de América. Y es aquí donde es importante
la pregunta por lo europeo porque, siguiendo a Dussel y Quijano, es este acontecimiento,
y lo que deviene de él, lo que construye la identidad europea desplazándola al centro del
naciente sistema-mundo.

En primer lugar, tanto la filosofía griega como el renacimiento europeo no son resultados
milagrosos y espontáneos del pensamiento. La “antigüedad” griega es el resultado de las
interacciones de los pueblos mesopotámicos, egipcios y pueblos del norte (de donde
vienen gran parte de las ideas centrales de la filosofía griega). Y el renacimiento está
influido sobremanera por el mundo árabe musulmán (verdadero heredero de la filosofía
griega y del imperio bizantino), que llevó los textos de Aristóteles, entre otros, a Europa
a través del dominio mantenido en España por más de seis siglos. En segundo lugar, la
conquista de América fue el hecho posibilitador de que Europa pudiera imponerse
globalmente gracias al trabajo gratuito de los indígenas y negros, y a la acumulación de
metales preciosos que iban generando el primer gran capital que les permitió controlar el
comercio mundial. A su vez, generó un proceso de diferenciación a partir de la
dominación, es decir, que al construir a América como una identidad inferior que podía
ser explotada y subyugada, emergió la identidad de Europa como raza y pensamiento
superior. Como racionalidad superior, es decir, universal.

Estos dos elementos son muy importantes porque hasta ese punto los países que
conformarían Europa (Alemania, Inglaterra, España, Italia y Francia) eran marginales
para el proceso de desarrollo de la civilización, que tenía su foco en la Roma de oriente,
en el mundo árabe musulmán y en todo lo heredado de las tradiciones egipcias y
mesopotámicas (sin contar a China). Es a partir del s. XVI que Europa comienza a
expandirse literalmente sobre todo el mundo generando un sistema hegemónico de
control. Y es aquí donde la perspectiva de la modernidad, ligada a la racionalidad europea,
a la ciencia y al control de la naturaleza, se impuso ideológicamente sobre el resto del
mundo como un invento exclusivo europeo, que solamente ellos portaban y que podían
hacer llegar a los lugares salvajes donde no existía. El control económico y el control
simbólico de la civilización es el que da lugar al mito de la modernidad como algo
puramente occidental.

Esto, además, distorsiona la realidad ya que separa el pensamiento europeo (el centro) de
lo que se piensa en sus colonias (periferia), cuando en la práctica comienza a haber una
interdependencia cada vez más aguda. Así, en el sistema de poder que deviene de este
pensamiento conviven todas las formas históricas de dominación, aun cuando para la
modernidad europea muchas de ellas se han superado. Esto se ve en la división del trabajo
global hecha por el capitalismo donde pueden acoplarse sistemas de esclavitud en la
periferia con sistemas de labor sindicalizada en el centro. Los hitos de la modernidad
europea, como los estados nación, por ejemplo, no pueden pensarse sin todo el proceso
de globalización del poder. Estado nación, colonia e imperio son caras de la modernidad
y en este sentido no pueden pertenecer solamente a Europa. Por esto Ortiz dice que en su
naturaleza la modernidad no es occidental y que Europa es una de las matrices de ella, no
la única.

De esta manera, tanto Quijano como Dussel y Ortiz plantean la necesidad de hablar de
una modernidad diferente a esa alentada por el eurocentrismo. Esto implica
necesariamente negar a la razón moderna occidental, que, en su faceta de mito de
progreso, oculta una profunda ideología violenta, racista, autoritaria, y replantearla por
una transmodernidad donde la razón pueda funcionar en la alteridad y así generar un
proyecto de liberación que no sea el impuesto por el centro a la periferia. Es decir, primero
reconocer a las culturas no europeas como ejes centrales en el desarrollo de la modernidad
y por esta misma vía replantear un proyecto emancipador transmoderno desde los otros,
desde los que han sido subyugados en este proceso de consolidación del sistema mundo.