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Ser padre es una de las tareas más difíciles que te puede asignar la vida, no sólo es cuestión de

reproducirse y engendrar una criatura medianamente parecida a ti, a la que puedas heredar tus genes.
Cierto es que «nadie te enseña a ser padre» como se podría enseñar a nadar o andar en bicicleta, pero
tampoco se trata de esperar a engendrar una criatura para comprender la dimensión que ello significa.
Ser padre no es una experiencia que se pueda transmitir fácilmente, ni ser hijo algo de lo que se haya
tenido opción. En más de una ocasión se vuelve un arte que inicia por casualidad y se perfecciona sobre
la marcha; aunque nadie puede estar seguro de haber hecho un buen trabajo hasta que la misma vida te
lo retribuya o te lo haga pagar,. Sobre estos asuntos no existe un «tercer hombre» capaz de juzgar con
certeza.

No hay manual alguno que establezca, de una vez y para siempre, lo que implica ser un buen
padre o un hijo. De cerca es algo que se acondiciona a la clase de hijos quieres conformar, en relación
al entorno que les ha tocado vivir y los valores que le quieras transmitir. No es lo mismo haber nacido
en la Italia de la posguerra a ser un Millenial. No hay manera de anticiparse a lo que un hijo te pueda
hacer cambiar de tu vida, ni lo que tú seas capaz de asumir para el bienestar de tus hijos. Tampoco es
posible honrar a tus padres, si ni siquiera se te ha transmitido un buen ejemplo de cómo se es honrado.
Pero no nos cerremos ni hagamos de la labor de ser padre e hijo es una experiencia inefable.
Medianamente debe haber algo que nos permita vislumbrar siquiera su complejidad real, por que si
continuáramos por esta vía negativa indefinidamente, como el areopagita, llegaríamos a Dios padre sin
nada en nuestras manos qué ofrecer al padre de carne y hueso.

Un dato curioso, el nombre del hijo de Aristóteles fue Nicómaco quizá en honor a su abuelo,
padre del filósofo estagirita. No está en mis manos la elaboración de un tratado tan complejo como la
Ética Nicomaquea pero, ahora que se acerca el día del padre, tampoco podría dejar escapar la ocasión
para ofrecer una serie de reflexiones al respecto del significado de la paternidad a partir de las obras
que le plantean en todo su esplendor. Qusiera comenzar con algo sencillo, un pequeño cuento para
niños sobre un gato, una gaviota y un activista de Greenpeace no sólo comprometido con el medio
ambiente sino con la extenuante labor de ser padre.

La Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar (Sepúlveda, 1996), es una pequeña
novela dirigida a jóvenes de entre 8 a 88 años, escrita por Luis Sepúlveda y espléndidamente ilustrada
por Miles Hyman. Narra las experiencias del gato Zorbas, un gato «grande, negro y gordo» que, por
azares del destino, recibe un huevo de una desafortunada gaviota quien, antes de pasar a mejor vida, le
hace prometer a Zorbas dos cosas: Criar al polluelo y enseñarle a volar.

Comprometido por sus propias palabras (¿quién podría negar su ayuda a una ave agonizante?),
Zorbas recibe el huevo y le da los cuidados necesarios para que, en menos de lo que canta un gallo (o
una gaviota), nazca una pequeña avecilla al que pone el nombre de «Afortunada».

Nuestro héroe no estará sólo; Secretario, Sabelotodo, Barlovento y Colonello son los nombres
de gatos del puerto de Hamburgo, amigos íntimos de Zorbas, quienes le brindan el mejor de los apoyos
para que Afortunada logre volar como lo dicta su instinto.

Quizá sea uno de las historia más amables para comentar en lo concerniente a la paternidad.
Mentiría si les dijera que me ha dejado satisfecho, la verdad es que siento un par de huecos, pero no
podría pedir más de una historia dirigida a niños, que como Antoine de Saint-Exupéry en su dedicatoria
a León Werth, siempre puede apelar a su niño interior.
La historia es sencilla e inclusive puede que sea un tanto cursi al final, pero lo que más me ha
gustado fue el planteamiento al rededor de la paternidad. Lo he pensado largo y tendido, y creo que la
intención del escritor no ha sido otra que mostrar un símil sobre la dificultad de ser padre y encontrar
en sus hijos un talento en el que no se encuentra familiarizado y a partir del cual uno se vuelve
incapacitado de acompañarlo más adelante y brindarle consejo alguno. Algo así como cuando un padre,
que toda su vida se ha desempeñado como matemático, repentinamente ve en su hijo las aptitudes de
ser un brillante músico. Nadie podría anticiparse a eso, aunque sea una historia que se repite día con día
en las universidades e institutos de educación superior.

¿Recomiendo su lectura? Sí, sin duda ¿Recomiendo comprar el libro? No, la verdad no, bien me
lo podrías pedir y con gusto te lo presto; no violaría ni su copyright ni nada. Sólo me restaría agregar
que, dos años después de su publicación, el italiano Enzo D'Aló dirigió una adaptación animada del
libro. Si saben de algún peque, que guste de las historias de gatos, gaviotas y cuidado por el medio
ambiente, los invito a que sean los primeros en comentarles del libro; quién sabe... podría ser que ya se
encuentren adelantados a ello. De ser así seguro que les dará gusto encontrar alguien con quién platicar
al respecto y si son sus propios peques, mejor.

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