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Colección

Economía

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LOMBARD STREET. UNA DESCRIPCIÓN
DEL MERCADO DE DINERO
Los grandes cambios en las ideas.
Represión y Liberalización Financiera

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WALTER BAGEHOT

LOMBARD STREET.
UNA DESCRIPCIÓN
DEL MERCADO DE DINERO
Traducción de
Miguel Ángel Galindo Martín

Prólogo de
Jaime Caruana

Prefacio y revisión de la
traducción de
Kenneth Coates

Marcial Pons
MADRID | BARCELONA | BUENOS AIRES | SÃo paulo

2012
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tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o
préstamo públicos.

Título original: Lombard Street. A Description of the Money Market. New York: Scribner,
Armstrong, 1873.
© De la traducción: Miguel Ángel Galindo
© marcial pons
ediciones JURíDICAS Y SOCIALES, S. A.
San Sotero, 6 - 28037 MADRID
% 91 304 33 03
www.marcialpons.es
ISBN: 978-84-9123-217-9

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Índice

Pág.
PRÓLOGO, de Jaime Caruana.............................................................9
PREFACIO, de Kenneth Coates..........................................................19

LOMBARD STREET. UNA DESCRIPCIÓN


DEL MERCADO DE DINERO
AVISO...................................................................................................27
1. Introducción......................................................................29
2. Una visión general de Lombard Street.............41
3. Cómo nació Lombard Street y por qué adop-
tó su forma actual.........................................................69
4. La postura del Ministro de Hacienda en el
mercado de dinero..........................................................83
5. El modo en que se establece el valor del di-
nero en Lombard Street..............................................89
6. Por qué Lombard Street está a menudo in-
activo y en ocasiones MUY activo........................95
7. Una explicación más exacta del modo en
que el Banco de Inglaterra ha DESEMPEÑA-
DO su obligación de mantener una reserva
bancaria adecuada y de administrarla con
eficacia..................................................................................115
8. El gobierno del Banco de Inglaterra...............139
9. Los bancos comerciales..............................................157
10. Los bancos privados.......................................................169
11. Los intermediarios de LETRAS..................................177
12. Los principios que deberían regular la can-
tidad de reserva bancaria que debe mante-
ner el Banco de Inglaterra......................................187
13. Conclusión...........................................................................201
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8ÍNDICE

Pág.
Apéndices........................................................................................205
NOTA A. Pasivos y reserva de efectivo de los principales siste-
mas bancarios................................................................207
NOTA B. Extracto de las pruebas aportadas por Mr. Alderman
Salomons ante la Comisión Especial de la Cámara de
los Comunes en 1858....................................................211
NOTA C. Informe de la circulación y los depósitos del Banco de
Dundee en intervalos de diez años entre 1764 y 1864..221
NOTA D. Reunión de los propietarios del Banco de Inglaterra.
13 de septiembre de 1866.............................................223

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PRÓLOGO

Constantemente citadas, apenas leídas: éste es el sino habitual


de las contribuciones clásicas en economía. Lombard Street de Walter
Bagehot no es una excepción. Bagehot ha alcanzado la categoría de
icono y es ampliamente reconocido como el autor que, ya en 1873,
estableció los principios que orientarían hasta el presente las funcio-
nes de prestamista de última instancia de los bancos centrales. En rea-
lidad, Bagehot no fue el primer autor en abordar este asunto. Proba-
blemente fue Francis Baring quien acuñó la expresión «prestamista de
última instancia» en 1797 y Henry Thornton quien por vez primera
exploró en profundidad el tema en 1802, yendo más lejos que Bage-
hot (Laidler, 2002; Humphrey, 2010). Bagehot tampoco se anticipó
a las prácticas al uso. Pese al polémico tono de su obra —después de
todo, Bagehot fue editor de la famosa e influyente revista The Econo-
mist—, el Banco de Inglaterra, como el propio Bagehot nos cuenta,
ya había progresado en esa dirección, aunque sin reconocer abierta-
mente su función pública  1. Además, las prácticas de los bancos cen-
trales se han apartado considerablemente de los principios de Bage-
hot. Pero, a fin de cuentas, Bagehot fue el gran divulgador, la pluma
que popularizó este concepto (Fetter, 1965), y su influencia ha sido
duradera y profunda. Su obra constituye la base sobre la que los ban-
cos centrales diseñan sus políticas.
Los lectores de habla hispana no deben dejar pasar la oportuni-
dad que brinda esta nueva edición para conocer de primera mano
lo que realmente dijo Bagehot, en lugar de limitarse a beber de
fuentes secundarias. De hacerlo, no se arrepentirán. En esta intro-
ducción quiero ofrecer una interpretación personal del pensamien-
to de Bagehot, situándolo en su adecuado contexto histórico. Lue-
go compararé brevemente sus principios con las actuales políticas
de los bancos centrales. Pero permítanme subrayar que ésta es sólo
una interpretación personal: en última instancia, el lector debe hacer
su propia lectura.
1
  Debe tenerse en cuenta que, en aquella época, el Banco de Inglaterra legalmente
seguía siendo una institución privada, pese a disfrutar de privilegios especiales.
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10Prólogo

Prestar sin restricciones pero a tasas desfavorables a instituciones


solventes con problemas transitorios de liquidez y con la garantía de
activos de calidad: probablemente ésta sea la interpretación más habitual
de los principios de Bagehot, de su receta frente a los pánicos finan-
cieros. Bajo distintos ropajes, ésta es la forma en que probablemente el
lector verá sus palabras recogidas en la literatura sobre el prestamista de
última instancia (por ejemplo, Meltzer, 1986; Fischer, 1999, y Giannini,
1999) o en la tradición oral.
Pero, ¿es esto realmente lo que dijo Bagehot? Esta interpretación
forma parte de su relato, pero indudablemente no es completa. Existen
multitud de referencias explícitas en Lombard Street a «prestar sin res-
tricciones» y «con la garantía de activos de calidad». Esto es incuestio-
nable. Pero no hay una referencia clara a una «tasa desfavorable», por
encima de las tasas de mercado. Y la distinción entre falta de liquidez
e insolvencia está, en el mejor de los casos, sólo implícita. Permítanme
que me explique.
Sin duda, Bagehot afirma que el banco central debe prestar «a un
tipo de interés muy elevado» (p. 134). Pero, como algunos lectores avi-
zores han señalado, nunca se refiere a una «tasa desfavorable», que por
lo general se ha interpretado como una tasa por encima de las tasas de
mercado (Goodhart, 1999; Bignon et al, 2011)  2. Para entender por qué,
es importante recordar el marco institucional (simplificado, sin duda,
en el párrafo siguiente).
En la época en la que Bagehot escribió, en Inglaterra estaba vigente
el patrón oro. La defensa de la convertibilidad externa de la libra ester-
lina en oro, a una paridad fija, resultaba primordial. Como salvaguar-
dia, la Ley Bancaria de 1844 exigía que, aparte de un límite máximo a
la emisión fiduciaria, el dinero de curso legal interno (efectivo, en for-
ma de billetes y monedas) estuviese respaldado al 100 por 100 por oro.
El dinero de curso legal era un pasivo del Departamento de Emisión
del Banco de Inglaterra, que también mantenía las reservas de oro que
lo respaldaban. Además, la pérdida de confianza en los bancos locales y
otras entidades en periodos de tensión solía inducir la retirada de fon-
dos de los intermediarios y el atesoramiento de efectivo. La defensa de
la convertibilidad interna, en paridad, de los depósitos en efectivo era
2
  La referencia más cercana de Bagehot a una tasa desfavorable es cuando afirma que
la tasa debería ser suficientemente alta para actuar «como una penalización gravosa sobre
la timidez desmedida» (p. 134). Con esto quiere simplemente decir que debería ser sufi-
cientemente alta como para evitar un innecesario endeudamiento preventivo con el Ban-
co de Inglaterra, como el resto del párrafo deja claro (véase más adelante).
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Prólogo11

igualmente importante, como lo es actualmente. Como salvaguardia,


el Departamento Bancario del Banco de Inglaterra, separado del ante-
rior, mantenía la denominada «reserva bancaria» en forma de efectivo
—billetes en su inmensa mayoría y algo de oro—. Esta reserva podía
utilizarse para satisfacer la demanda de efectivo del público, también en
caso de retirada de los depósitos que los bancos mantenían en el Banco
de Inglaterra con fines de transacción (compensación). Así pues, mien-
tras que las reservas de oro eran la salvaguardia última frente a una fuga
externa, la reserva bancaria constituía la salvaguardia última frente a una
fuga interna. Si el Banco de Inglaterra se quedaba sin billetes, la úni-
ca forma de mantener la convertibilidad interna era que el Gobierno
suspendiera la Ley Bancaria de 1844, permitiendo una mayor emisión
marginal de billetes no respaldados por oro, que fue precisamente lo
que sucedió durante los pánicos de 1847, 1857 y 1866.Y fueron estos
pánicos los que en gran medida dieron forma a la obra de Bagehot.
En este contexto, no es difícil ver por qué Bagehot insistió en una
tasa de interés elevada. Esa tasa constituía la principal arma con la que
hacer frente a una fuga externa, para mantener a Inglaterra dentro del
patrón oro. Además, en su opinión, al desalentar un excesivo endeuda-
miento, esta tasa también podía contener la fuga interna, protegiendo
así la reserva bancaria. Como las fugas interna y externa solían aparecer
conjuntamente cuando la confianza en el sistema financiero se evapo-
raba, Bagehot observó que un aumento de la tasa de mercado suponía
una respuesta natural a ambas fugas. No es extraño que se quejase amar-
gamente de la lentitud del Banco de Inglaterra para elevar las tasas.
La postura de Bagehot sobre la distinción entre falta de liquidez
e insolvencia parece estar menos clara de lo que se cree. Los térmi-
nos «solvente» e «insolvente» sólo se mencionan en dos ocasiones. En
ambos casos, Bagehot parece tratar la insolvencia como sinónimo de
incapacidad para cumplir los compromisos de pago con arreglo a las
condiciones contractuales  3. Sobre esta base, no sería posible distinguir
entre la incapacidad para hacer frente a los pagos por una mera falta
de liquidez (es decir, a la incapacidad transitoria para captar la liquidez
necesaria para cumplir los compromisos) y la insolvencia estructural (es
decir, una situación en la que, sin dificultades de liquidez a corto pla-
zo, los activos valen menos que los pasivos). Aún más importante es la
afirmación de Bagehot de que en cualquier momento «la cantidad de
3
  En la primera ocasión (p. 48), se refiere a la posible insolvencia de Inglaterra: presu-
miblemente, aquí se está refiriendo a una simple suspensión del patrón oro. En la segun-
da (p. 134), se refiere a los «comerciantes solventes», dando a entender los que son capa-
ces de evitar el impago.
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12Prólogo

malos negocios en los países comerciales es una fracción infinitesimal-


mente pequeña del negocio total» (p. 134). Así pues, parece creer que
los pánicos precipitaron quiebras que no reflejaban problemas genera-
lizados de insolvencia estructural. Dado que, en aquella época, la «res-
ponsabilidad limitada» en los negocios era mucho menos frecuente
que en la actualidad, sobre todo en banca y finanzas, dicha afirmación
podría ser más comprensible. En tal caso, Bagehot estaba de hecho aca-
bando con un importante dilema al que se enfrentan las autoridades
al decidir sobre la provisión de liquidez de emergencia.Y su receta de
suministrar únicamente financiación con la garantía de activos de cali-
dad no era más que una manera de proteger al Banco de Inglaterra en
caso de quiebra ocasional, sin que éste tuviera que juzgar la situación
estructural de los balances de los prestatarios (Goodhart, 1999).
Por tanto, no es del todo sorprendente que apenas haya referencias
en la obra a lo que en la actualidad podría interpretarse como «riesgo
moral», es decir, el riesgo de que la confianza en la provisión de liqui-
dez en caso de crisis pueda inducir una excesiva asunción de riesgos ex
ante. Bagehot hace referencia a los problemas de riesgo moral únicamen-
te en el contexto del propio Banco de Inglaterra, y no en el de aquellos
que se endeudan frente a él. Así, afirma que la suspensión repetida de
la convertibilidad podría inducir al Banco a navegar demasiado próxi-
mo al viento, con una reserva bancaria excesivamente reducida (p. 127).
¿Por qué el riesgo moral sólo debería ser aplicable al Banco de Inglate-
rra? La respuesta no está clara; Bagehot no aborda esta cuestión.
Para entender en qué medida pueden compararse las prácticas
actuales con los principios de Bagehot, conviene clarificar algunas
ambigüedades relativas al significado de «prestamista de última instan-
cia». En la terminología moderna, esta expresión puede englobar dos
modalidades diferentes de provisión de liquidez, aunque, sin duda, esta
distinción no siempre está clara. La primera modalidad corresponde a
las operaciones realizadas como parte de los mecanismos vigentes para la ins-
trumentación de la política monetaria (en adelante «operaciones normales»).
La segunda corresponde a las operaciones ejecutadas fuera de esos mar-
cos —considérese la frontera entre ellas como la definición de «provi-
sión de liquidez de emergencia»—. En principio, ambas pueden diri-
girse a instituciones individuales o al mercado en general.
Los términos y condiciones de estas dos modalidades de provisión
de liquidez difieren considerablemente. La primera modalidad es muy
transparente y tiene lugar en condiciones bien conocidas por los parti-
cipantes (véanse Borio, 1997, y Ho, 2010). Por ejemplo, como parte de
sus marcos de instrumentación, todos los bancos centrales disponen de
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Prólogo13

algún tipo de facilidad de liquidez de respaldo. Esto es así con indepen-


dencia de si las operaciones se realizan durante pánicos bancarios o no.
La segunda suele ser mucho más discrecional y mucho menos transpa-
rente: en la mayoría de los casos, los bancos centrales no divulgan los
términos concretos de estas operaciones o incluso las circunstancias que
las activan, aunque puedan hacer públicos los principios generales.
Esta distinción permite entender que, históricamente, las funciones
de prestamista de última instancia hayan evolucionado por vías que sólo
en parte se ajustan a los principios de Bagehot. Cierto es que existen
diferencias sustanciales entre países y que las prácticas han ido cambian-
do muy de deprisa, sobre todo tras la reciente crisis financiera. Dicho
esto, y aun a costa de simplificar demasiado, es posible hacer algunas
observaciones generales.
Parte de los principios de Bagehot pueden reconocerse con faci-
lidad en las prácticas actuales. Primero, como regla general, los bancos
centrales sólo ofrecen financiación con la garantía de activos, salvo en
circunstancias excepcionales (por ejemplo, como parte de una provi-
sión de liquidez de emergencia, cuando se conceden créditos puen-
te para facilitar la reestructuración de una institución). Segundo, en el
caso de operaciones normales, la mayoría de los bancos centrales pres-
ta sin restricciones: una vez cumplidos ciertos criterios de admisión,
no racionan los fondos suministrados. Además, en periodos de graves
tensiones generalizadas en los mercados, los bancos centrales han soli-
do salirse de sus vías habituales para proporcionar liquidez adicional y,
posiblemente, adecuar los propios marcos con el fin de relajar aún más
las restricciones de financiación (por ejemplo, Borio y Nelson, 2008;
Cecchetti y Disyatat, 2010). Por último, si uno interpreta que Bagehot
exige además que las instituciones sean solventes, la mayoría de los ban-
cos centrales procuraría seguir esta máxima, excepto en circunstancias
especiales no muy distintas de aquéllas en que renunciarían a exigir la
aportación de activos de garantía.
Pero aquí acaban las similitudes. En primer lugar, Bagehot difícil-
mente habría reconocido las prácticas relacionadas con las tasas de inte-
rés. Las facilidades de liquidez de respaldo en el marco de las operacio-
nes normales suelen tener tasas por encima de las del mercado, mientras
que las operaciones de liquidez de emergencia a instituciones indivi-
duales con problemas se han realizado con tasas por debajo de las del
mercado, como parte de planes de reestructuración ordenada. En estos
casos, es la solvencia la que suele estar en juego. Estas operaciones se
asemejan más a lo que el Banco de Inglaterra hizo en 1890, para gran
disgusto de The Economist, cuando un consorcio liderado por el ban-
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14Prólogo

co central con apoyo del Gobierno rescató Baring Brothers (Pressnell,


1968). Es más, los bancos centrales, una vez liberados del patrón oro, sal-
vo cuando se han visto en dificultades por sus compromisos de tipos de
cambio, han tendido a reducir drásticamente sus tasas oficiales en perio-
dos de tensiones generalizadas en los mercados. En segundo lugar y
como se señaló anteriormente, en la provisión de liquidez de emergen-
cia ha imperado la «ambigüedad constructiva»: los bancos centrales han
solido ser reticentes a clarificar ex ante cómo responderían en periodos
de tensión, por temor a fomentar el riesgo moral. Bagehot era partida-
rio de un enfoque más transparente y basado en reglas.
Como muestran estos ejemplos, las operaciones de préstamo de
última instancia, al menos en su vertiente de provisión de liquidez de
emergencia, han adoptado con el paso del tiempo un carácter bastan-
te diferente del que Bagehot había imaginado. Su naturaleza cuasifis-
cal y vinculación con el riesgo de insolvencia estructural de las insti-
tuciones individuales ha cobrado importancia. Esto también explica la
predisposición de los bancos centrales a aceptar activos de garantía de
menor calidad que en las operaciones normales. Cierto es que las res-
puestas de política a las tensiones generalizadas en los mercados tras el
estallido de la crisis financiera en 2007 parecen haber estado en mayor
sintonía con los principios de Bagehot. Pero incluso entonces, las dife-
rencias fueron patentes.
Podría resultar instructivo ilustrar de una forma más concreta esas
similitudes y diferencias a través de dos ejemplos. Uno es la respuesta
del Sistema Europeo de Bancos Centrales (SEBC) a la crisis  4. El otro es
el amplio debate sobre si el banco central debe actuar como prestamista
de última instancia del Gobierno (por ejemplo, De Grauwe, 2011). En
cada caso, a modo de juego intelectual sin duda complejo, podemos tra-
tar de imaginar lo que Bagehot podría haber dicho si viviera hoy.
Tras la crisis, el SEBC, al igual que muchos otros bancos centra-
les, respondió con resolución, ajustando sus operaciones normales para
ofrecer abundante liquidez al sistema y recortando las tasas de inte-
rés oficiales, teniendo en cuenta las perspectivas de inflación. Con el
tiempo, la provisión de liquidez fue creciendo generosamente, tanto en
precios como en cantidades. En cuanto al precio, se permitieron des-
viaciones de la tasa de interés de mercado (a un día) con respecto a
la principal tasa oficial a la que el SEBC ofrece la mayoría de fondos
al sistema (la tasa marginal de las operaciones principales de financia-
4
 Véase en Merhling (2011) un provocativo análisis de la respuesta de la Reserva
Federal con arreglo a los principios establecidos por Bagehot.
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Prólogo15

ción ejecutadas mediante pactos de recompra). En cuanto a las canti-


dades, el banco central pasó de un cuidadoso calibrado de las inyeccio-
nes de liquidez al sistema a una política de adjudicación pasiva de toda
la financiación demandada por los bancos, mientras prolongaba el pla-
zo de vencimiento de las operaciones. Hacia marzo de 2012, el proceso
había culminado con dos operaciones a gran escala a tres años, por un
volumen y un plazo muy superiores a las operaciones habituales ante-
riores a la crisis. Además, el SEBC amplió considerablemente el con-
junto de activos de garantía admisibles. Asimismo, creó y activó una
facilidad en dólares en estrecha cooperación con la Reserva Federal y
otros bancos centrales. Como consecuencia, el marco operativo nor-
mal cambió significativamente. Sin embargo, sólo algunos bancos cen-
trales del sistema, especialmente los de Irlanda y Grecia, suministraron
en la práctica liquidez de emergencia, al margen del marco común. En
parte como resultado de estas operaciones, el balance del SEBC se dis-
paró desde un 15 por 100 del PIB en 2007 hasta más del 30 por 100 a
comienzos de 2012.
¿Cómo habría juzgado Bagehot estos acontecimientos? Sin duda,
habría aprobado la principal idea de la respuesta: prestar sin restriccio-
nes con la garantía de activos. La reducción de la tasa de interés, sin
embargo, podría haberle dejado perplejo, algo comprensible, sin nece-
sidad de defender las reservas de oro y la reserva bancaria. Dicho esto,
probablemente habría tenido problemas con los aspectos más genera-
les de la política aplicada. Le habría costado imaginar un régimen de
moneda fiduciaria en el que se abandonara la restricción de conver-
tibilidad externa y el banco central operara sin otra ancla que su pro-
pia política discrecional. Recuérdese su preocupación por el riesgo
moral en el propio Banco de Inglaterra  5. Además, Bagehot habría que-
dado bastante sorprendido por el vencimiento y la escala temporal de
las operaciones. Esa persistente desconfianza entre bancos, cuatro años
después del estallido de la crisis inicial, resulta difícilmente compatible
con un pánico inducido por temor al agotamiento de la reserva banca-
ria o incluso de las reservas de oro; tal restricción no existe en un régi-
men de dinero fiduciario. Sin duda, podría haber conjeturado sobre la
existencia de problemas estructurales de solvencia. Esta no es la situa-
ción que había contemplado al proponer sus políticas, ni una situación
que pueda resolverse con el único apoyo de una generosa provisión de
liquidez. El prolongado suministro de liquidez, en ausencia de medidas
5
  De hecho, como deja claro la obra, Bagehot sólo aceptó de mala gana el papel cen-
tral del Banco de Inglaterra, pues tenía una fuerte preferencia por un sistema competitivo
de banca libre, donde cada banco es responsable de salvaguardar sus propias reservas.
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16Prólogo

que aborden las causas estructurales de los problemas con la calidad de


los balances, puede ayudar a ganar tiempo, pero también a desperdiciar-
lo, al debilitar los incentivos para atajar esos problemas.
Recientemente, algunos analistas, académicos y participantes en los
mercados han sostenido que el banco central debería actuar como pres-
tamista de última instancia de su propio Gobierno. Argumentan que,
al igual que los bancos están sujetos a episodios de pánico y retiradas
masivas de fondos, lo mismo les ocurre a los gobiernos. Un prolongado
periodo de desconfianza en las finanzas de un emisor soberano puede
conducirle a una situación de impago, al elevar el coste de su financia-
ción y privarle de la liquidez necesaria. El banco central puede solu-
cionar este problema, simplemente imprimiendo dinero. La capacidad
del banco central para intervenir de forma ilimitada evita el impago e
incluso un círculo vicioso en el que los mayores costes de financiación
causan de hecho la insolvencia, o sea, una situación en la que, ante la
incapacidad del soberano de recaudar los impuestos necesarios, el valor
de sus obligaciones supera su capacidad de pago. Los partidarios de esta
idea alegan como principal ejemplo de este beneficio la diferencia que
existe entre los soberanos de la zona del euro y aquellos que emiten
su propia moneda, argumentando que, para una situación presupuesta-
ria dada, los mercados están valorando de forma más generosa la deuda
soberana de estos últimos.
Probablemente, estos argumentos habrían dejado perplejo a Bage-
hot. En primer lugar, en su relato, es el Gobierno el que salva al banco
central y no al revés. En segundo lugar, probablemente habría recono-
cido que esa política podía arrastrar a las autoridades a la indisciplina
fiscal: todos sus temores sobre los sistemas monetarios no convertibles
radicaban en la falta de ancla externa de éstos. Por último, su argumen-
tación podría haber continuado así: siempre y cuando no se cuestio-
ne la capacidad a largo plazo del soberano para recaudar impuestos en
cantidad suficiente, ¿por qué tendría el soberano que sufrir una retirada
masiva de fondos en primer lugar? Después de todo, de todos los agen-
tes económicos, el Gobierno es el que puede permitirse un horizonte
temporal más largo. Es el agente que, siempre y cuando mantenga su
solvencia, puede trasladar de forma más creíble recursos reales desde el
futuro lejano hasta el presente. En tanto en cuanto la política monetaria
no afecte a las variables reales a largo plazo, las situaciones fiscales insos-
tenibles sólo podrán resolverse mediante inflación o impagos. En cual-
quier caso, los tenedores de deuda pública sufrirán pérdidas.
Pero permítanme concluir aquí y volver a Lombard Street. La carac-
terística distintiva de una obra de calidad es que inspire un rico reper-
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Prólogo17

torio de ideas sobre el pasado, el presente y el futuro. Con arreglo a este


criterio, el texto de Bagehot merece ser considerado como un clásico.
Se puede estar o no de acuerdo con él, pero no se puede dejar pasar la
ocasión de afrontar directamente sus argumentos. Estoy seguro de que
disfrutarán con su lectura.
Jaime Caruana
Director General del Banco
de Pagos Internacionales (BPI)

Referencias BIBLIOGRÁFICAS

Baring, Sir Francis (1797): Observations on the establishment of the Bank of


England and on the paper circulation of the country, edición de 1967, New
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Bignon,V.; Flandreau, M., y Ugolini, S. (2011): «Bagehot for beginners: the
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Borio, C. (1997): «The implementation of monetary policy in industrial
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Borio, C., y Nelson, W. (2008): «Monetary operations and the financial tur-
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Cecchetti, S., y Disyatat, P. (2010): «Central bank tools and liquidity shorta-
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De Grauwe, P. (2011): «The European Central Bank as a lender of last resort»,
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Fetter, F. (1965): Development of British Monetary Orthodoxy, 1797-1875, Har-
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Fischer, S. (1999): «On the need for an international lender of last resort», The
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Goodhart, C. (1999): «Myths about the lender of last resort», International
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Ho, C. (2010): «Implementing monetary policy in the 2000s: operating pro-
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versión más amplia está disponible como BIS Working Papers, núm. 253,
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Humphrey, T. (2010): «Lender of last resort: what it is, whence it came, and
why the Fed isn’t it», Cato Journal, vol. 30 (2), primavera/verano, pp. 333-
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18Prólogo

Laidler, D. (2003): «Two views of the lender of last resort: Thornton and
Bagehot», Cahiers de l’Economie Politique, vol. 48, noviembre. Reimpreso
en Macroeconomics in Retrospect: The Selected Essays of David Laidler, Edward
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Meltzer, A. (1986): «Financial failures and financial policies», en G. Kaufman
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Thornton, H. (1802): An Enquiry into the Nature and effects of the Paper Credit
of Great Britain, edición de 1939, con una introducción de F. von Hayek,
London: George Allen and Unwin.

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PREFACIO

Walter Bagehot fue un hombre de su época. Un hombre prácti-


co, sin duda, muy lejos de ser un pensador abstracto. Si fue esclavo de
algún economista difunto, seguramente hubiese admitido ser discípulo
de aquel profesor escocés de filosofía moral, Adam Smith. Más que de
cualquier construcción teórica, sus conclusiones proceden de la agu-
da observación de prácticas contemporáneas en los negocios, la políti-
ca y las artes. Desde el inicio de Lombard Street dictamina que «sin lugar
a dudas, lo mejor que puede hacer un Gobierno con el mercado del
dinero es dejar que cuide de sí mismo» y termina señalando que «el sis-
tema natural de la banca es de muchos bancos, cada cual con su propia
reserva de efectivo». Sus instintos, entonces, eran claramente de laissez
faire. Sin embargo, reconociendo los límites que la tradición y el acci-
dente histórico habían impuesto a la estructura del mercado bancario,
sus recomendaciones fueron eminentemente prácticas.
Esta nueva edición en castellano de Lombard Street pone al alcance
de las actuales y futuras generaciones de hispanoparlantes —sin duda
mejor preparadas en temas económicos y financieros que sus antece-
soras— uno de aquellos clásicos que sí debe leerse. Dos veces bueno
por breve, pero además rico en la historia de la evolución de la banca
y de la autoridad monetaria. Como dice el propio Bagehot, hay una
tendencia a pensar que lo que funciona mejor una vez establecido es
aquello que sería lo más fácil de establecer. El libro nos enseña los veri-
cuetos de la City londinense por los cuales deambuló la actividad finan-
ciera antes de adoptar sus rasgos definitivos, así como la primera mitad
del camino recorrido por el Gobernador y la Compañía del Banco de
Inglaterra entre su creación como empréstito privado al Gobierno en
1694, hasta su nacionalización en 1946 y el logro de su autonomía for-
mal en 1998.
Pero la obra se hizo famosa por sus recomendaciones, particular-
mente aquellas para momentos de crisis. Bagehot se daba cuenta que
con el pasar del tiempo el sistema evolucionaba —aun cuando fuese
dando tumbos— y que el Banco iba asumiendo responsabilidades para
las cuales no había sido creado. Como parece ser la costumbre inglesa,
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20Prefacio

en ningún lado estaban escritas las nuevas reglas. Además, el marco de


gobierno corporativo era poco apropiado a las nuevas responsabilida-
des. Lo que más le molestaba, sin embargo, era la ambigüedad de la res-
puesta del Banco en tiempos de zozobra. Sentía la necesidad de hacer
claro, explícito y enérgico su papel de prestamista de última instancia
ante las crisis de liquidez.
Su insistencia en el tema lo ubica claramente entre aquellos que
sentían que la certeza de una vigorosa intervención del Banco ante una
demanda súbita de efectivo tendría un efecto calmante en el mercado.
Un resultado que compensaba con creces el riesgo de que aquella cer-
teza erosionase la prudencia y la cautela en el negocio bancario.
De la mano del prestamista de última instancia, entonces, el autor
nos ofrece uno de los primeros abordajes en la literatura al tema del
riesgo moral. En su enfoque preocupa más la conducta del Banco de
Inglaterra ante el Estado inglés que la del propio mercado ante el Ban-
co, aunque probablemente ello se deba a su personalidad jurídica aún
privada. Del relato, en cambio, se desprende la impresión de que el
Directorio del Banco —compuesto en general por comerciantes lon-
dinenses sin apuros financieros— comprendía cabalmente la naturaleza
de bien público de la institución, cuya función no era ganar dinero en
demasía sino garantizar un ambiente propicio para los negocios. Apa-
rentemente era de esperar que el resto del sistema asumiera algún ries-
go en cuanto al tamaño de la reserva mantenida.
Dada la influencia de Bagehot en la evolución posterior de la ban-
ca central, existe una fuerte tentación de trazar paralelos entre los páni-
cos bancarios londinenses de mediados del siglo xix y la turbulencia
global corriente en los mercados financieros. Debe tenerse presente,
no obstante, que tanto la banca central como la banca en sí son acti-
vidades muy distintas hoy y entonces. Tanto han cambiado que todo
intento de aplicar sus dictámenes a la situación actual deberá inelu-
diblemente comenzar por enumerar las diferencias del marco legal y
macroeconómico aplicable: patrón oro versus tipo de cambio flotante, con-
vertibilidad metálica versus dinero fiduciario, banca fraccional versus banca uni-
versal, dominancia fiscal versus autonomía de la banca central, responsabilidad
patrimonial versus responsabilidad limitada, por mencionar sólo algunas de
las más importantes.
Yo agregaría a la lista la evolución del concepto de riesgo moral, que
quizás sea el aspecto más urticante de la actual crisis financiera mundial.
En aquella época se trataba de conductas que incorporaban mayor ries-
go en la medida que existía la percepción de un posible salvamento en
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Prefacio21

caso de siniestro. Algo así como aventurarse a nadar en aguas peligro-


sas en la cercanía de un socorrista. Sin duda irresponsable, pero al fin y
al cabo era la vida de uno la que estaba en juego. En el mundo de hoy,
en cambio, podría definirse el riesgo moral en la actividad financiera
como la predisposición consciente a asumir riesgos desmedidos con la
expectativa de que las posibles ganancias se conserven mientras que las
eventuales pérdidas sean asumidas por la sociedad. Más que una actitud
irresponsable, un comportamiento abiertamente antisocial.
La diferencia entre una y otra actitud surge con la aparición de
grandes conglomerados financieros que esgrimen un arma defensiva
fuera del alcance del participante común del mercado: su propio peso
específico. El impacto global de la quiebra de una de estas entidades en
el sistema financiero y de pagos, en la economía y en la sociedad ten-
dría un coste político que pocos gobiernos democráticos estarían dis-
puestos a asumir. Por algo son conocidas por las siglas TBTF («too big to
fail» o demasiado grandes para quebrar)  1. Éste es el elemento nuevo de
la ecuación, el que cambia las reglas del juego y modifica radicalmente
la naturaleza de las operaciones de emergencia de la banca central. Es
evidente que Bagehot no veía un gran peligro en el riesgo moral. Qui-
zás, como buen victoriano, le costaba visualizar un sistema doblegado
por fuerzas ajenas a la ignorancia y la torpeza. Supuestamente, la socie-
dad mesovictoriana había instalado sutiles códigos y filtros para evitar
que gentes de moral azarosa pudiesen alcanzar posiciones de influencia
en la sociedad y en los negocios. Tiempos más modernos no han sido
tan afortunados  2.
Pero el motivo principal de su indiferencia ante el elemento de
riesgo moral que representaba para la banca privada un prestamista de
última instancia estaba en el hecho de que la única institución TBTF en
el sistema que él conocía era el propio Banco de Inglaterra. El Banco
era «el Sistema» y siempre sobreviviría, aun cuando hubiese que recu-
rrir al pleno crédito de la nación en apoyo de su balance. Los demás
actores eran todos de dimensión sacrificable. Sin duda hubiera com-
1
  Técnicamente se denominan instituciones financieras de importancia sistémica (o
SIFI por sus siglas en inglés).
2
  Fue Keynes (nacido unos años después de la prematura muerte de Bagehot) quien
abordó por primera vez la manera en que el lado oscuro de la naturaleza humana podía
inyectar inestabilidad en la economía: «desear el dinero como pertenencia —en lugar de
desearlo como medio para disfrutar de la vida y sus realidades— será visto por lo que es:
una de esas tendencias semicriminales o patológicas de una morbidez algo repugnan-
te que, escalofrió mediante, se derivan al especialista en enfermedades mentales», «The
Future», Essays in Persuasion (1931) Ch. 5, JMK, CW, IX, pp. 329-331, Economic Possibili-
ties for our Grandchildren (1930).
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22Prefacio

prendido el concepto de una institución demasiado grande (e interco-


nectada) como para dejarla quebrar, pero le hubiera costado muchísimo
entender cómo pudo llegarse a un mercado de tan alta concentración  3.
Al fin y al cabo, como decía la gente, la banca era un oficio como cual-
quier otro.
En cuanto a las operaciones de emergencia de la banca central en
la actual crisis, con el correr del tiempo desde su irrupción se ha hecho
evidente que los problemas de fondo no son de iliquidez sino de insol-
vencia. Bagehot no hubiera aprobado el uso de líneas de crédito del
banco central para apoyar instituciones insolventes, ya que su función
era permitir a instituciones solventes paliar las situaciones de iliqui-
dez generalizada en el mercado y debían repagarse una vez superado el
nerviosismo de los depositantes. En cuanto a las instituciones insolven-
tes, probablemente hubiese dudado entre nacionalizarlas o dejarlas caer,
pero nunca mantenerlas indefinidamente a flote con dinero público.
Más allá de su contexto histórico, Lombard Street da lugar a reflexio-
nes acerca de los orígenes de la actual crisis global y del tiempo que
insumirá un retorno a la normalidad. Si bien en los principales centros
financieros del mundo la banca sucumbió al riesgo moral, este compor-
tamiento no pudo haberse dado sin la complicidad de las autoridades
públicas.Y es que los gobiernos también enfrentan un riesgo moral, que
consiste en tratar de prorrogar su estadía en el poder mediante mejo-
ras transitorias en el nivel de bienestar que seduzcan al electorado. Esta
tradicional tentación suele manifestarse en un fuerte aumento del gasto
fiscal en los años electorales, generalmente de rápida reversión.
Pero ya cuando la apuesta es a prolongar las fases expansivas del
ciclo económico a partir del crédito barato, la desregulación de la
industria financiera y una supervisión laxa, el precio a pagar es muy
superior en coste y duración. Se sabe que existe la posibilidad de un
duro aterrizaje, pero se subestima la probabilidad al ignorarse la acu-
mulación real de riesgos en cartera de los intermediarios financieros. La
exuberancia irracional se apodera de los mercados, fomentando burbu-
jas en el precio de los activos que alientan el consumo y el endeuda-
miento privado, mientras el monto del gasto público crece más allá de
los niveles estructuralmente aconsejables. Tras la detonación de la crisis
el consumo se restringe por el fuerte endeudamiento de los hogares, el
3
 La crisis financiera internacional reforzó la concentración del mercado. Según
Bloomberg, a fines de 2011 los cinco mayores conglomerados financieros de los Esta-
dos Unidos representaban el 56 por 100 del mercado por activos, comparado con el 43
por 100 a fines de 2006. Se trata de JP Morgan Chase, Bank of America, Citigroup,Wells
Fargo y Goldman Sachs.
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Prefacio23

crédito se retrae debido a la alta morosidad y la necesidad de atesorar


liquidez en la banca, las empresas bajan su nivel de actividad al percibir
una menor demanda y el sector público ajusta su gasto ante la caída de
la recaudación y la creciente presión del servicio de la deuda pública.
En resumen, la reedición de Lombard Street nos permite apreciar
—ante todo— el gran proceso de transformación de la industria finan-
ciera hasta llegar a Wall Street, junto a lo que se ha ganado y perdido
en el trayecto. Se destaca el énfasis del papel del prestamista de última
instancia, que a su vez nos lleva a analizar la naturaleza del riesgo moral
en épocas del autor. En comparación con la actualidad, la presencia en
el mercado de instituciones financieras sistémicamente importantes ha
modificado la esencia del riesgo moral, introduciendo riesgos operati-
vos en el sistema que conducen la mayoría de las veces a la insolvencia
antes que a la iliquidez. El resultado es que las operaciones de emer-
gencia de la banca central se han transformado en mecanismos perma-
nentes de supervivencia artificial de un sistema que tardará lustros en
eliminar los excesos acumulados  4.
Un aspecto final que no deja de inquietar es la limitada repercu-
sión de las voces de alerta que se alzaron durante todo este proceso. El
hecho de que las propias agencias públicas encargadas de velar por la
estabilidad del sistema financiero hicieran caso omiso de —y en algu-
nos casos hasta alentaran— los evidentes excesos, lleva a pensar que aún
carece de robustez suficiente la institucionalidad que alberga esta fun-
ción. La inclusión de la supervisión bancaria como mandato del banco
central seguramente hubiese merecido la aprobación de Bagehot, pero
¿a quién habría sugerido para vigilar al banco central?
Montevideo, abril de 2012
Kenneth Coates
Ex-Director del Centro de Estudios
Monetarios Latinoamericanos (CEMLA)

4
  Después del colapso de las burbujas accionaria e inmobiliaria en Japón a finales de
los años ochenta, su economía ha permanecido semiestancada durante más de dos déca-
das durante las cuales su PBI per cápita promedió un crecimiento anual de 0,4 por 100.
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Lombard Street. Una descripción
del mercado de dinero

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Aviso

La elaboración de este pequeño libro me ha llevado más tiempo


del que, quizás, mis lectores consideren que merece de acuerdo con su
extensión o importancia. Comenzó nada menos que en otoño de 1870,
y aunque su desarrollo fue a menudo suspendido por otras tareas apre-
miantes y por problemas de salud, nunca he dejado de trabajar en él
siempre que he podido. Pero me temo que por ello en algunos ejem-
plos al menos, puede parecer que en todas las partes del libro no «se
habla del mismo momento», como dirían los abogados. Las cifras y los
ejemplos que se suelen utilizar con la mayor naturalidad en un momen-
to no son los que se utilizan habitualmente en otro; y no cabe esperar
que exista coherencia en este aspecto en un libro que se escribe tan len-
tamente y que se ocupa de un tema tan vivo y cambiante.
Me temo que no debo esperar una acogida muy favorable a esta
obra. Se habla principalmente de cuatro grupos de agentes —el Ban-
co de Inglaterra, los bancos comerciales, los banqueros privados y los
intermediarios de efectos—; y mucho me temo que no gustará del
todo lo que se diga de ellos. Sólo puedo decir que las opiniones que
se expresan no se han formado precipitadamente o a distancia de los
hechos, sino que por el contrario se han madurado lentamente en la
propia Lombard Street y que, quizás, como no complacerán totalmen-
te a nadie, puedo al menos solicitar el crédito de haber sido imparcial
en mi crítica.
Debo agradecer a un amigo la corrección de las pruebas finales,
que no pude revisar debido a una enfermedad. Si no hubiera sido por
su amable ayuda, tendría que haberse pospuesto la publicación del libro
hasta el otoño, lo que, sumado a una elaboración que ha sido tan lenta,
me hubiera molestado mucho.
Walter Bagehot
The Poplars, Wimbledon
26 de abril de 1873

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1 INTRODUCCIÓN

Me aventuro a llamar a este ensayo «Lombard Street» y no el «mer-


cado monetario», o cualquier otro título por el estilo, porque deseo
ocuparme de realidades concretas, y mostrar que ésa es mi intención.
Una idea predominante es que el mercado monetario es algunas veces
tan intangible que sólo puede hablarse de él en términos muy abstrac-
tos, y que, por tanto, los libros que tratan sobre él tienen que ser siempre
excesivamente complicados. Pero mantengo que el mercado de dine-
ro es tan concreto y real como cualquier otro; cosa que se puede des-
cribir en términos claros; que es culpa del autor si no lo hace así. Sin
embargo, en un aspecto admito que quizás voy a tomar una injusta ven-
taja. La mitad, y más de la mitad de la supuesta «dificultad» del merca-
do monetario ha surgido de la polémica respecto a la «Ley de Peel», y
de las discusiones abstractas sobre la teoría en la que se basa, o se supo-
ne que se basa, dicha ley. Pero en las siguientes páginas quiero hablar
tan poco como pueda de la Ley de 1844; y cuando lo haga, me ocupa-
ré casi exclusivamente de los efectos que ha tenido y apenas o nada, de
su elegante fundamento.
Tengo diversas razones para hacerlo así; una de ellas es que si se
dice algo acerca de la Ley de 1844, apenas importará lo demás que
se pueda decir, porque pocos lo escucharán. La mayoría de los crí-
ticos aprovechará lo que se exponga respecto a la Ley, como si fue-
ra el punto principal, para atacarla o para defenderla. Ha habido
una controversia tan feroz respecto a esta Ley del Parlamento —y
existe todavía tanta animadversión— que una sola frase respecto a
ella es mucho más interesante para muchos que un libro comple-
to sobre cualquier otro aspecto del tema. Dos personas que discu-
tan con entusiasmo sobre este asunto, formularán a todo aquel que
se ocupe de nuevo de él, una única pregunta: ¿Está a favor nuestro
o en contra?, y no les preocupará casi nada más. Desde luego, si la
Ley de 1844 fuera realmente, como se piensa habitualmente, el pri-
mum mobile del mercado monetario inglés, según algunos la fuen-
te de todo lo bueno y según otros el origen de todos los males, la
enorme irritación que se generaría al opinar sobre ella, no sería una
razón para no dar una opinión libre. Una persona que escribe sobre
cualquier tema no debe obviar cuál es su asunto principal, por mie-
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30 Walter Bagehot

do a que otros puedan criticarle. Pero, en mi opinión, la Ley de 1844


es sólo un tema secundario en el mercado de dinero; ya que se ha
dicho con creces todo lo que se puede decir, y los acontecimientos
relacionados con la misma se les ha concedido una importancia rela-
tiva mayor de la que merecen. No debemos olvidar que desde 1844
ha pasado un cuarto de siglo —un periodo singularmente notable
por su progreso material y en cierta medida maravilloso por su desa-
rrollo bancario—. Por tanto, incluso si los hechos de 1844 a los que
tanto se han referido tuvieron entonces la importancia que se les
atribuyó, y creo que incluso entonces en algunos aspectos fueron
exagerados, no nos debe sorprender que en un mundo nuevo hayan
surgido nuevos fenómenos que son actualmente más grandes y más
fuertes. En mi opinión, esto es cierto: desde 1844, Lombard Street
ha cambiado tanto, que no podemos juzgarla sin describir y anali-
zar un mundo adulto que por aquel entonces era pequeño y débil.
Sobre este aspecto, quiero decir lo menos posible de la Ley de 1844
y aislarme e insistir exclusivamente, tanto como pueda, en organis-
mos posteriores a la Ley de Peel, a fin de que no se aburran aque-
llos que han oído suficientemente del tema (y que son muchos) y
que puedan contemplarse como realmente son las partes nuevas e
ignoradas del asunto.
La forma más breve y válida de describir Lombard Street es dicien-
do que es la mayor combinación de fragilidad y poder económicos que
nunca haya visto el mundo. No hay duda respecto al enorme poder.
El dinero implica poder económico. Todos somos conscientes de que
Inglaterra es el país con más dinero del mundo; todos admitimos que
posee mucho más efectivo, que está disponible de una forma más inme-
diata y rápida que en cualquier otro país. Pero muy pocas personas son
conscientes de lo elevado que es el saldo disponible —el fondo de prés-
tamo flotante que puede prestarse a cualquiera o para cualquier pro-
pósito— en Inglaterra respecto a cualquier otro país del mundo. Unas
pocas cifras mostrarán lo grande que es el fondo de préstamo en Lon-
dres, y lo grande que es comparado con cualquier otro lugar. Los depó-
sitos conocidos —los depósitos de los bancos que publican sus cuen-
tas— son los siguientes:

£
Londres (31 de diciembre de 1872) 120.000.000
París (27 de febrero de 1873) 13.000.000
Nueva York (febrero de 1873) 40.000.000
Imperio alemán (31 de enero de 1873) 8.000.000
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Introducción31

Y los depósitos desconocidos —los que están en bancos que no


publican sus cuentas— son mucho más elevados en Londres que en
cualquiera de estas otras ciudades. Los depósitos de los banqueros de
Londres son mucho más grandes que los de cualquier otra ciudad —los
de Gran Bretaña son mucho más elevados que los de cualquier otro
país—.
Desde luego, los depósitos de los banqueros no son una medida
estrictamente precisa de los recursos de un mercado monetario. Por
el contrario, existe mucho más efectivo fuera de los bancos en Fran-
cia y Alemania, y en todos los países no bancarios, que el que podría
encontrarse en Inglaterra o en Escocia, donde la banca está desarrolla-
da. Pero ese efectivo no es, por así decirlo, «dinero del mercado moneta-
rio»: no es alcanzable. Nada excepto sus enormes desgracias, nada salvo
un enorme préstamo sobre sus propios títulos, podría haber arrancado
los atesoramientos de Francia de la custodia de los franceses. No podría
haberles tentado la oferta de ningún otro título, porque no tenían con-
fianza en otros títulos. El dinero acumulado no servía para ningún otro
propósito, y para ello no hacía falta haberlo acumulado. Pero el dinero
inglés es «susceptible de ser prestado». Los ingleses son más arriesgadas
a la hora de ocuparse de su dinero que los de cualquier otra nación del
continente, e incluso si no lo fueran, el simple hecho de que su dinero
esté depositado en un banco hace que sea mucho más susceptible de
ser obtenido. Un millón en manos de un único banquero es un gran
poder; él puede prestarlo inmediatamente donde quiera, y los prestata-
rios pueden acudir a él, porque saben o creen que lo tiene. Pero la mis-
ma cuantía repartida en decenas o en cincuentenas a lo largo de toda
la nación, no supone ningún poder: nadie sabe dónde encontrarlo o a
quién pedirlo. La concentración del dinero en bancos, si bien no la úni-
ca, es la principal causa que ha hecho que el mercado de dinero inglés
sea tan extremadamente rico, mucho más que el de otros países.
El efecto se observa constantemente. Nos piden que prestemos, y lo
hacemos, enormes sumas, que sería imposible conseguir en otra parte.
Se dice en ocasiones que cualquier país extranjero puede pedir presta-
do en Lombard Street a un precio: algunos países pueden pedir prestado
mucho más barato que otros; pero se dice que todos pueden obtener
algo de dinero si aceptan pagar lo suficiente por él. Quizás esto sea una
exageración; pero al limitarse a los gobiernos civilizados, como, des-
de luego, se quería que fuera, no es una exageración. Hay muy pocos
gobiernos civilizados que no podrían pedirnos prestadas considerables
sumas de dinero si así lo decidieran y la mayoría parecen cada vez más
dispuestos a hacerlo. Incluso si una nación quiere construir un ferroca-
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32 Walter Bagehot

rril —sobre todo una nación pobre— seguramente acudirá a este país
—al país de los bancos— para conseguir el dinero. Es cierto que los
banqueros ingleses no conceden grandes préstamos a Estados extran-
jeros. Pero son grandes prestamistas de aquéllos que prestaban. Conce-
den anticipos sobre los stocks extranjeros, y como se dice, con «un mar-
gen»; o sea, consiguen el 80 por 100 del dinero y el prestamista nominal
obtiene el resto. Y de esta forma se llevan a cabo inmensas obras con
ayuda inglesa, sin la cual nunca se habrían podido planear.
Ocurre lo mismo en las empresas nacionales. Hemos perdido com-
pletamente la idea de que cualquier actividad que probablemente fue-
ra rentable, y que parezca posible, puede malograrse por falta de dinero;
no obstante, ninguna idea fue más familiar para nuestros antepasados,
ni es actualmente más habitual en la mayoría de los países. Un ciudada-
no de Londres en la época de la reina Isabel no podría haberse imagi-
nado nuestra forma de pensar. Habría pensado que no era útil inventar
ferrocarriles (si hubiera podido comprender lo que es un ferrocarril),
porque no habría sido capaz de recaudar el capital necesario para fabri-
carlos. En la actualidad, en las colonias y en todos los países atrasados,
no hay grandes sumas de dinero transferible; no hay fondos que pue-
dan prestarse, y con los cuales se puedan realizar obras de gran impor-
tancia. Considerando el mundo en su conjunto —ya sea ahora o en el
pasado— es cierto que en los Estados pobres no hay dinero de sobra
para nuevas y grandes empresas y que en la mayoría de los países ricos el
dinero está demasiado disperso, y no se separa demasiado de las manos
de los propietarios, para que haya a menudo grandes cantidades dispo-
nibles para alcanzar nuevos objetivos. Un lugar como Lombard Street,
donde en todo momento, excepto en raras ocasiones, siempre se puede
obtener dinero a cambio de un título idóneo o sobre unas perspectivas
aceptables de una ganancia probable, es un lujo que ningún país ha dis-
frutado anteriormente de una forma comparable.
Pero aunque estos préstamos ocasionales a las nuevas empresas y a
los Estados extranjeros son los ejemplos más obvios del poder de Lom-
bard Street, no son ni mucho menos los más notables ni el uso más
importante de ese poder. El comercio inglés se lleva a cabo mediante
capital prestado hasta un punto del que pocos extranjeros tienen idea,
y que ninguno de nuestros antepasados habría imaginado. En todo dis-
trito han surgido pequeños comerciantes, que «descuentan sus efectos»
en gran medida, y con el capital prestado de esta forma, acosan y pre-
sionan, si no erradican, al viejo capitalista. El nuevo comerciante tie-
ne obviamente una enorme ventaja en la pugna que supone el comer-
cio. Si un comerciante dispone de 50.000 libras, para ganar un 10 por
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Introducción33

100 tiene que conseguir 5.000 libras al año que, por consiguiente, tie-
ne que cargar sobre sus productos; pero si otro tiene sólo 10.000 libras
y pide prestado 40.000 libras mediante descuentos (lo que no es un
ejemplo excepcional en nuestro comercio moderno), tiene el mismo
capital de 50.000 libras para utilizar y puede vender mucho más barato.
Si el tipo al que pide prestado es del 5 por 100, tendrá que pagar 2.000
libras al año; y si, como el viejo comerciante, consigue 5.000 libras al
año, aún obtendrá, después de pagar su interés, 3.000 libras al año, o el
30 por 100, sobre las 10.000 libras que posee. Como la mayoría de los
comerciantes se contentan con mucho menos del 30 por 100, podrá,
si lo desea, renunciar a una parte de ese beneficio, reducir el precio de
la mercancía y expulsar del mercado al comerciante anticuado, que
comercia con su propio capital. En el negocio inglés moderno, debido a
la certeza de conseguir préstamos descontando efectos o cualquier otra
clase de valores a un tipo de interés moderado, existe siempre una con-
tinua recompensa para quien realice actividades comerciales con capi-
tal prestado, y un estímulo cada vez menor para realizarlas sólo o prin-
cipalmente con el propio capital.
Esta estructura cada vez más democrática del comercio inglés es
muy impopular en muchos barrios, y no cabe duda de que sus efec-
tos están excesivamente mezclados. Por un lado, impide que perduren
durante mucho tiempo las grandes familias de príncipes comerciantes,
como las de Venecia y Génova, que heredaban una buena cultura así
como una gran riqueza, y quienes, hasta cierto punto, combinaron los
gustos de una aristocracia con la perspicacia y el brío de los hombres
de negocios. Éstos son expulsados, por así decirlo, por la sucia muche-
dumbre de hombrecillos. Después de una o dos generaciones se reti-
ran al lujo ocioso. De su inmenso capital sólo pueden obtener peque-
ños beneficios, que no consideran suficientes para compensarles de las
bruscas compañías y de las toscas maneras que encuentran en los nego-
cios. Esta constante tendencia a la igualdad de nuestras casas comerciales
es también desfavorable para la moralidad comercial. Grandes empre-
sas, con una reputación adquirida en el pasado, y que desean transmi-
tir al futuro, no pueden ser culpadas de pequeños fraudes.Viven de un
comercio continuado que se vería perjudicado si se detectara un fraude.
Cuando analizamos minuciosamente la causa de la dañada reputación
de los bienes ingleses, vemos que es culpa de los nuevos comerciantes
con poco dinero propio, que surgen gracias a los «descuentos» banca-
rios. Estos hombres quieren negocios inmediatos, y producen artícu-
los de inferior calidad para conseguirlos. Se basan en precios baratos y
esperan tener éxito.
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34 Walter Bagehot

Pero estos y otros defectos de la estructura democrática del comer-


cio se compensan por uno de gran excelencia. Ningún país de gran
tradición comercial, al menos ningún país europeo, estuvo nunca tan
poco «amodorrado», por usar la única palabra adecuada, como Inglate-
rra; ningún otro fue nunca tan rápido a la hora de aprovechar inmedia-
tamente las nuevas ventajas. Un país que depende principalmente de los
grandes «príncipes comerciantes» nunca será tan rápido; su comercio se
desliza permanentemente más y más hacia un comercio rutinario. Un
hombre que tiene una gran fortuna, y no obstante inteligente, siempre
piensa, más o menos, «tengo una gran renta y quiero mantenerla. Si las
cosas siguen como están, la mantendré con toda seguridad; pero si cam-
bian, puede que no la conserve». Por consiguiente, considera cada cam-
bio de circunstancias como «un fastidio» y piensa en dichos cambios
lo menos posible. Pero un hombre moderno, que tiene que buscar su
camino en el mundo, sabe que tales cambios son su oportunidad; siem-
pre los busca, y siempre los tiene en cuenta cuando los encuentra. La
estructura tosca y vulgar del comercio inglés es el secreto de su existen-
cia; ya que contiene «la tendencia a la variación», que tanto en el reino
social como en el animal, es el principio del progreso.
En este endeudamiento constante y crónico, Lombard Street es el
gran intermediario. Es una clase de intermediario permanente entre los
tranquilos distritos ahorradores del país y los que son activos emplea-
dores. A menudo, es difícil decir por qué determinados comercios se
sitúan en lugares concretos; pero una cosa es cierta, cuando un comer-
cio se ha asentado en un punto, resulta muy difícil que otro lo desaloje
—imposible a menos que el segundo lugar posea alguna gran ventaja
intrínseca—. El comercio es curiosamente conservador en sus sedes, a
no ser que se vea imperiosamente obligado a emigrar. En parte debi-
do a esta causa, y en parte a otras, existen en Inglaterra distritos com-
pletos que no pueden y no emplean su propio dinero. Ningún conda-
do puramente agrícola lo hace. Los ahorros de un condado poseedor
de una buena tierra pero sin manufacturas ni comercio son muy supe-
riores a lo que puede prestarse sin peligro en el condado. Estos ahorros
son colocados primero en los bancos locales, éstos los envían a Lon-
dres y los depositan en manos de los banqueros londinenses o en las de
los intermediarios de efectos. En cualquier caso, el resultado es el mis-
mo. El dinero enviado de esta forma desde los distritos acumuladores
se emplea para descontar los efectos de los distritos industriales. Los
banqueros de condados como Somersetshire y Hampshire abren depó-
sitos en los establecimientos de los banqueros y de los intermediarios
de efectos que actúan en Lombard Street, que los emplean en el des-
cuento de efectos de Yorkshire y Lancashire. De esta forma, Lombard
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Introducción35

Street es un agente perpetuo entre las dos grandes divisiones de Ingla-


terra, o sea, entre los distritos que crecen con rapidez, donde casi cual-
quier cantidad de dinero puede emplearse bien y fácilmente, y los dis-
tritos estacionarios y en decadencia, en los que hay más dinero del que
puede usarse.
Esta organización es tan útil porque se ajusta fácilmente. Los eco-
nomistas políticos dicen que el capital se desplaza hacia los comercios
más beneficiosos y que abandona rápidamente los comercios menos
lucrativos y que no generan ingresos. Pero en los países por lo gene-
ral éste es un proceso lento, y algunas personas que quieren tener una
demostración palpable de las verdades abstractas tienden a dudar de ello,
porque no pueden verlo. Sin embargo, en Inglaterra el proceso sería lo
suficientemente visible si sólo se pudieran ver los libros de los inter-
mediarios de efectos y los de los banqueros. Sus cajones de efectos, por
regla general, están llenos de los efectos librados en los comercios más
beneficiosos, y ceteris paribus y en comparación, vacíos de los que se
libran en los menos beneficiosos. Si el comercio del hierro deja de ser
tan beneficioso como era habitual, se venderá menos hierro; al haber
menos ventas, habrá menos efectos; y, por consiguiente el número de
efectos procedentes del hierro disminuirá en Lombard Street. Por otro
lado, si debido a una mala cosecha el comercio de grano llega a ser de
repente beneficioso, inmediatamente se generarán grandes cantidades
de «efectos procedentes del grano», y si son adecuados, se descontarán
en Lombard Street. De esta forma, el capital inglés se dirige segura e
inmediatamente hacia donde más se necesita, y hacia donde más puede
rentar, igual que el agua fluye hasta encontrar su nivel.
Esta organización eficiente y que reacciona inmediatamente nos
proporciona una enorme ventaja para competir con los países menos
avanzados, esto es, menos avanzados en lo que se refiere al crédito. En
un nuevo comercio, el capital inglés está inmediatamente a disposición
de personas capaces de percibir las nuevas oportunidades y de hacer
buen uso de ellas. En países en los que hay poco dinero para pres-
tar y en los que lo poco que hay se presta lentamente y de mala gana,
los comerciantes emprendedores se ven muy perjudicados, porque no
pueden pedir prestado inmediatamente el capital, sin el cual su destre-
za y conocimiento son inútiles. Todos los comercios repentinos vienen a
Inglaterra, y al hacerlo, a menudo frustran tanto la probabilidad racional
como las predicciones de los filósofos. El Canal de Suez es un curioso
ejemplo de esto.Todos predijeron que el canal anularía lo que supuso el
descubrimiento de la travesía a la India rodeando el Cabo. Antes de eso,
todo el comercio con Oriente se dirigía a los puertos del sur de Euro-
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36 Walter Bagehot

pa, y desde allí llegaba a toda Europa. Que Londres y Liverpool fueran
centros del comercio con la India Oriental es una anomalía geográfica,
que se dijo que el Canal de Suez rectificaría. M. de Tocqueville dijo que
«Los griegos, los estirianos, los italianos, los dálmatas y los sicilianos, son
los que utilizarán el Canal, si lo hacen». Pero, por el contrario, ha sido
utilizado principalmente por los ingleses. Ninguna de las naciones cita-
das por Tocqueville tuvo el capital, ni siquiera un diezmo de él, dispo-
nible para construir los grandes barcos de vapor, que son los únicos que
pueden usar el Canal provechosamente. A la larga, estas predicciones
plausibles pueden ser o no correctas, pero sin embargo, por el momen-
to han sido bastante erróneas, no debido a que haya gente rica Inglate-
rra —hay ricos en todos los países—, sino debido a que posee un fondo
de dinero circulante sin igual, que ayudará en un momento a cualquier
comerciante que vea una gran perspectiva de nuevo beneficio.
Y no sólo esta inconsciente «organización del capital», por utili-
zar un término del continente, hace que los ingleses sean especialmen-
te rápidos en comparación con sus vecinos continentales a la hora de
aprovechar las nuevas oportunidades comerciales, sino que también les
permite mantener con regularidad cualquier comercio en el que algu-
na vez se han afianzado. Mr. Macculloch, siguiendo a Ricardo, solía
enseñar que todas las viejas naciones tenían una aptitud especial para
el comercio en el que se requiere mucho capital. Argumentaba que
al haberse reducido el interés del capital en dichos países, debido a la
necesidad de recurrir continuamente a suelos de inferior calidad, pue-
den vender a menor precio en países en los que el beneficio es alto
en todos los comercios que necesitan gran cantidad de capital. Y esta
teoría, sin lugar a dudas, es muy cierta, aunque sólo puede aplicarse
en la práctica después de considerar un conjunto de limitaciones y de
deducciones que la vieja escuela de economistas políticos no tuvo sufi-
cientemente en cuenta. Pero el mismo principio es aplicable de for-
ma sencilla y práctica a Inglaterra, debido al uso habitual que se hace
del capital prestado. Como ya se ha explicado, un nuevo comerciante,
con un pequeño capital propio y un gran capital prestado, puede ven-
der a un precio más bajo que una persona rica que depende sólo de su
propio capital. El rico exige la totalidad de la tasa del beneficio mer-
cantil de todo el capital empleado en su comercio, pero el pobre desea
sólo el interés del dinero (que quizás no suponga ni un tercio de la tasa
de beneficio) correspondiente a la cantidad que emplea y, por lo tanto,
una renta será una gran recompensa para el pobre que expulsaría al rico
del comercio. Todas las ideas habituales sobre la nueva competencia de
los países extranjeros con Inglaterra y sus peligros —ideas que son muy
ciertas en otros aspectos— necesitan ser reconsideradas en relación con
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Introducción37

este aspecto. Inglaterra dispone de un mecanismo especial para introdu-


cir nuevos hombres en el comercio que se conformarán con bajos pre-
cios, y este mecanismo probablemente asegurará su éxito, ya que no es
probable que ningún otro país rivalice pronto con ella con eficacia.
Existen otros muchos puntos sobre los que se podría insistir, pero
que serían tediosos y poco útiles para representar la situación. La princi-
pal conclusión es muy sencilla: que el comercio inglés se ha convertido
esencialmente en un comercio basado en el capital prestado y que sólo
mediante este refinamiento de nuestro sistema bancario somos capaces
de comerciar como lo hacemos, o llegar al volumen del mismo.
Pero la fragilidad —sería demasiado decir el peligro— de este sis-
tema está en relación con su poder. Sólo nuestra familiaridad nos impi-
de ver la maravillosa naturaleza del sistema. Nunca hubo tanto dinero
prestado recaudado en el mundo como el que se obtiene actualmen-
te en Londres. De los muchos millones que hay en Lombard Street, la
mayor proporción con diferencia es mantenida por los banqueros u
otros a corto plazo o para el momento en el que se demanden; es decir,
los propietarios pueden pedir el dinero cuando les plazca: ante un páni-
co algunos pedirán parte de él. Si realmente se demanda una gran frac-
ción de ese dinero, nuestros sistemas bancario e industrial estarían en
gran peligro.
Algunos de esos depósitos tienen también una naturaleza peculiar
e inconfundible. Desde la guerra franco-alemana, hemos llegado a ser
los banqueros de Europa en mucha mayor medida que antes. Una gran
cantidad de dinero extranjero está en diversas cuentas y se mantiene
aquí por distintos propósitos.Y en momentos de pánico podría solici-
tarse. En 1866 mantuvimos sólo una cantidad mucho menor de dinero
extranjero, pero esa menor cuantía fue solicitada y tuvimos que devol-
verla con gran coste y sufrimiento, y sería mucho peor si tuviéramos
que pagar las cuantías que mantenemos ahora, sin los mejores recursos
que teníamos entonces.
Se puede replicar que, aunque nuestras obligaciones inmediatas son
grandes, también son nuestros medios actuales son amplios; que aunque
se nos reclame en cualquier momento el pago, disponemos siempre de
suficientes recursos para pagar. Pero, por el contrario, no hay ningún
país en la actualidad, y nunca lo hubo antes, en el que la ratio reser-
va de efectivo y depósitos bancarios sea tan reducida como lo es aho-
ra en Inglaterra  1. En la medida en que tenemos que apoyarnos en la
1
 Véase la Nota A en los apéndices.
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Lombard street. Una descripcio n del mercado de dinero.indb 37 26/06/12 17:02


38 Walter Bagehot

magnitud de nuestro efectivo en caja, su cantidad es tan excesivamen-


te pequeña que un espectador casi se estremece cuando compara su
menudencia con la inmensidad del crédito que descansa sobre él.
De nuevo, puede decirse que no necesitamos alarmarnos por la
magnitud de nuestro sistema de crédito o por lo refinado que sea, ya
que hemos aprendido por experiencia la forma de controlarlo y mane-
jarlo siempre con discreción. Pero no siempre lo manejamos con dis-
creción. Existe el sorprendente ejemplo de Overend, Gurney and Co.,
de lo contrario. Hace diez años, se erigió este establecimiento cerca
del Banco de Inglaterra en la City de Londres; era más conocido en el
extranjero que cualquier otra empresa similar —quizás más que cual-
quier empresa puramente inglesa—. Los socios poseían grandes propie-
dades, que habían conseguido en su mayoría gracias al negocio.Todavía
obtenían de él una enorme renta. No obstante, en seis años perdie-
ron toda su riqueza propia, vendieron el negocio a la compañía y lue-
go perdieron una gran parte del capital de la misma.Y estas pérdidas se
realizaron de una forma tan temeraria y alocada que cabría pensar que
un niño, que hubiera prestado dinero en la City de Londres, lo habría
hecho mejor. Tras este ejemplo, no debemos confiar demasiado en el
crédito establecido a largo plazo, o en las tradiciones muy arraigadas
en los negocios. Tenemos que examinar el sistema en el que se mani-
pulan estas grandes cantidades de dinero, y asegurarnos de que es fia-
ble y correcto.
Pero no es fácil que surjan hombres de negocios que lleven a cabo
la tarea. Dejan que flote la marea de los negocios ante ellos; obtienen
dinero o se esfuerzan para ello mientras eso sucede, y son reacios a pen-
sar hacia dónde va. Incluso el gran hundimiento de Overends, aunque
causó pánico, está empezando a olvidarse. La mayoría de los hombres de
negocios piensan: «De todos modos, este sistema probablemente seguirá
durante mi existencia. Existe desde hace mucho tiempo, y es probable
que siga». Pero lo cierto es que no existe desde hace mucho tiempo. La
recaudación de estas inmensas cuantías en un lugar y en pocas manos es
completamente nueva. En 1844 los pasivos de los cuatro grandes bancos
comerciales de Londres eran de 10.637.000 libras; ahora son más de 60
millones de libras. Los depósitos privados del Banco de Inglaterra eran
entonces de 9 millones de libras; ahora son de 18 millones de libras.
En 1844 había por todo el país sólo una parte de las enormes opera-
ciones pasivas que ahora existen. Por lo tanto, no podemos apelar a la
experiencia para probar la seguridad de nuestro sistema actual, ya que
la magnitud presente de ese sistema es completamente nueva. Obvia-
mente, un sistema puede ser adecuado para regular unos pocos millo-
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Introducción39

nes y no serlo cuando se establece para enfrentarse a muchos millones.


Y así puede ocurrir con «Lombard Street», dado lo rápido que ha sido
su crecimiento y lo inaudito de su naturaleza.
No soy de ninguna manera un alarmista. Creo que nuestro sistema,
aunque curioso y peculiar, puede funcionar sin peligro; pero si quere-
mos que funcione así, tenemos que estudiarlo. No debemos pensar que
estamos ante una tarea sencilla cuando es complicada, o que vivimos en
un estado natural cuando realmente vivimos en uno artificial. El dinero
no se gestiona por sí mismo, y Lombard Street tiene que manejar una
gran cantidad de él.

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2 UNA VISIÓN GENERAL
DE LOMBARD STREET

Las entidades que se ven en Lombard Street, y en torno a las que se


agrupa el dinero mundial, son el Banco de Inglaterra, los bancos priva-
dos, los bancos comerciales y los intermediarios de efectos. Pero antes
de describir cada una de ellas de forma separada, tenemos que fijar-
nos en lo que todas tienen en común, y en la relación que existe entre
ellas.
Ricardo afirma que la función característica del banquero «comien-
za tan pronto como usa el dinero de otros»; mientras que si usa su pro-
pio dinero es sólo un capitalista. Por consiguiente, todos los bancos de
Lombard Street (y los intermediarios de efectos son por este motivo
sólo una clase de banquero) mantienen una gran cantidad de dinero
que pertenece a otras personas en cuentas corrientes y en depósitos.Tal
y como se expresa en el continente, Lombard Street es una organiza-
ción de crédito, y vamos a comprobar si es una organización buena o
mala, o si, como es lo más probable, resulta que presenta ambos aspec-
tos, ¿cuáles son los positivos y los negativos?
El principal aspecto en el que se diferencia un sistema de cré-
dito de otro es su «solvencia». Crédito significa que se proporciona
una cierta seguridad y que deposita una cierta confianza. ¿Está jus-
tificada esa confianza?, ¿es sensata? Éstas son las cuestiones princi-
pales. De una forma simple, al ser el crédito un conjunto de prome-
sas de pago, ¿se mantendrán esas promesas? Especialmente en banca,
donde las «obligaciones» o promesas de pago son tan numerosas, y
el momento para realizar el pago, si se exige, es tan corto, que al
principio la capacidad inmediata para cumplir con las obligaciones
es el mérito esencial.
Todo lo que un banquero necesita para pagar a sus acreedores es
una oferta suficiente del dinero de curso legal del país, sin importar qué
tipo de dinero de curso legal pueda ser. Los países se diferencian en sus
leyes sobre el dinero de curso legal, pero para los propósitos prima-
rios de la banca, estos sistemas no son importantes. Un buen sistema de
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42 Walter Bagehot

moneda beneficiará al país, y uno malo lo perjudicará. Indirectamente,


los banqueros se verán o no favorecidos según el país en el que vivan;
pero prácticamente, y para los propósitos de su vida cotidiana, no tienen
necesidad de pensar, y nunca lo hacen, en las teorías sobre la moneda.
Contemplan el tema de una forma simple. Dicen, «Tengo la obligación
de pagar tales sumas de dinero legal de dicha cantidad; ¿cuánto dinero
tengo en mi caja?, o ¿cuánto tengo de forma inmediata a mi disposi-
ción?». Por ejemplo, en América es suficiente para un banquero man-
tener «billetes», aunque el valor de éstos cambia conforme el gobier-
no elige aumentar o reducir la emisión. Pero un banquero práctico de
Nueva York no tiene necesidad de pensar lo bueno o lo malo que es
este sistema; sólo necesita mantener suficientes «billetes» para atender
todas las posibles demandas, y así puede estar bastante seguro de no
incurrir en el riesgo de fracaso.
La ley de Inglaterra establece que el dinero de curso legal es la
moneda de oro y de plata (esta última sólo para pequeñas cantidades),
y los billetes del Banco de Inglaterra. Pero la cantidad de dichos bille-
tes a nuestro alcance no depende, como los «billetes» americanos, de
la voluntad del Estado; está limitado por las disposiciones de la Ley de
1844. Esa Ley divide el Banco de Inglaterra en dos partes. El Departa-
mento de Emisión sólo emite billetes, y únicamente puede emitir 15
millones de libras sobre los valores del gobierno; el resto tiene que estar
respaldado por (depósitos de) lingotes de oro o plata. Por ejemplo, con-
sideremos una cuenta, que sería un ejemplo habitual de las de los últi-
mos años, para la última semana de 1869:

Una cuenta conforme a la Ley 7ª y 8ª de Victoria, cap. 32, para la semana


que finaliza el miércoles 29 de diciembre de 1869

DEPARTAMENTO DE EMISIÓN
£ £
Billetes emitidos..... 33.288.640 Deuda del gobierno... 11.015.100
Otros valores.............. 3.984.900
Monedas de oro y lin­
gotes.......................... 18.288.640
Lingotes de plata........ -----
33.288.640 33.288.640

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Lombard street. Una descripcio n del mercado de dinero.indb 42 26/06/12 17:02


Una visión general de Lombard Street 43

DEPARTAMENTO DE OPERACIONES BANCARIAS


£ £
Capital de los pro­ Obligaciones del go-
pietarios................ 14.553.000 bierno........................ 13.811.953
Resto..................... 3.103.301 Otras obligaciones...... 19.781.988
Depósitos públicos, Billetes........................ 10.389.960
incluyendo el Teso-
ro, de ahorro de los
bancos, Comisiona­
dos de la Deuda Na-
cional, y dividendos
por cobrar................ 8.585.215
Otros depósitos...... 18.204.607 Monedas de oro y pla­
ta............................... 907.982
Efectos a siete días y
otros...................... 445.490
44.891.613 44.891.613
GEO. FORBES, Cajero Jefe.
Fechada a 30 de diciembre de 1869.

Hay 15 millones de libras en billetes de banco emitidos sobre


valores y 18.288.640 libras en lingotes. La ley no otorga al Banco de
Inglaterra poder para aumentar la cantidad de moneda de ninguna
otra manera. Mantiene la cantidad de títulos estipulada y el resto tie-
ne que estar en lingotes. Este es el sistema «férreo» —la línea «dura
y firme»— que los contrarios a la Ley dicen que nos arruina, mien-
tras que sus defensores afirman que nos salva. Pero poco podemos
decir respecto a su conveniencia. Lo único que sirve a mi proposi-
to es que nuestro billete de «curso legal», nuestros billetes de banco,
sólo se pueden obtener de esta manera. Por lo tanto, si un banque-
ro inglés retiene una suma de billetes o de monedas del Banco de
Inglaterra en una proporción adecuada a sus pasivos, tiene una can-
tidad suficiente de dinero de curso legal de este país, y no necesita
pensar en nada más.
Pero aquí hay que hacer una distinción. Se observa que, hablando
correctamente, no incluimos en la «reserva» de un banco «las mone-
das de curso legal», o efectivo, que el banco mantiene para gestionar su
negocio diario. Es tanto una parte de sus mercancías diarias, como lo
son sus escritorios u oficinas; o en todo caso, sean cuales sean las pala-
bras que escojamos, tenemos que distinguir cuidadosamente entre este
dinero efectivo en caja que se necesita cada día, y el fondo de seguridad,
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Lombard street. Una descripcio n del mercado de dinero.indb 43 26/06/12 17:02


44 Walter Bagehot

es decir, la reserva especial mantenida por el banco para hacer frente a


demandas extraordinarias e infrecuentes.
Entonces, teniendo en cuenta esta explicación preliminar, ¿cuál es
la cantidad de dinero de curso legal mantenida por nuestros banque-
ros contra sus pasivos? La respuesta es importante y es la clave de todo
nuestro sistema. Se puede decir en términos amplios que ningún ban-
co en Londres o en cualquier otro lugar mantiene una cantidad con-
siderable en efectivo o en dinero de curso legal (por encima de lo que
necesita para su negocio diario), excepto el Departamento de Opera-
ciones Bancarias del Banco de Inglaterra. Dicho departamento tenía el
29 de diciembre de 1869 los siguientes pasivos:

Libras
Depósitos públicos 8.585.000
Depósitos privados 18.205.000
Efectos a siete días y otros 445.000
Total 27.235.000

y una reserva de efectivo de 11.297.000 libras. Hay que recordar


prudentemente, que esta es toda la reserva de efectivo que, según la ley,
posee el Departamento de Operaciones Bancarias del Banco de Ingla-
terra —o como lo hemos denominado de forma ostentosa, el Banco
de Inglaterra para asuntos bancarios—. Ese departamento no puede
multiplicar o fabricar billetes de banco más de lo que puede multi-
plicarlos otro banco. En ese día concreto, el Banco de Inglaterra tenía
sólo 11.297.000 libras en su caja frente a pasivos que suponían casi tres
veces esa cantidad. Tenía «consols» y otros valores que, sin duda, hubie-
ra podido poner a la venta y que de haber vendido, hubiera aumenta-
do su oferta de billetes de banco —y luego se discutirá la relación entre
dichos valores y el efectivo real—; pero el Banco de Inglaterra tenía esa
cantidad de efectivo real y sólo ésa para este propósito —el de ser ban-
co de bancos—.
Y podemos pensar que es una cantidad importante, si examinamos
la situación de otros bancos. Ningún otro banco mantiene una canti-
dad muy importante en su propia caja, por encima de lo que necesita
para sus fines diarios.Todos los bancos londinenses mantienen su reser-
va principal en depósito en el Departamento de Operaciones Bancarias
del Banco de Inglaterra. Éste es el lugar más sencillo y seguro que pue-
den utilizar. De esta forma, el Banco de Inglaterra tiene la responsabi-
lidad de cuidarla. Por las mismas razones que una persona desea tener
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Lombard street. Una descripcio n del mercado de dinero.indb 44 26/06/12 17:02


Una visión general de Lombard Street 45

un banquero, también todos los banqueros desean depositar sus reser-


vas en otros bancos, si la operación es segura. La custodia de cantidades
muy grandes en efectivo supone tener mucho cuidado y soportar algún
coste; todos desean trasladar éstas a los demás si pueden hacerlo sin per-
juicio. Por consiguiente, los demás banqueros de Londres, al tener una
completa confianza en el Banco de Inglaterra, dejan que éste manten-
ga sus reservas por ellos.
Los intermediarios de efectos londinenses hacen básicamente lo
mismo. De hecho, son sólo una clase especial de banqueros que aplican
un interés diario sobre los depósitos, y que proporcionan seguridad a
la mayor parte de su dinero. Pero no vamos a ocuparnos ahora de con-
cretar estas diferencias. Los intermediarios de efectos prestan la mayor
parte de su dinero, y depositan el remanente en el Banco de Inglaterra
o en algún banco londinense. Ese banco londinense presta lo que quie-
ra de ello, y el resto lo deja en el Banco de Inglaterra. Al final, siempre
vuelve al Banco de Inglaterra.
Pero aquellos que mantienen inmensas cuantías en un banco obtie-
nen comodidad a cambio de incurrir un peligro. Las perderán si el ban-
co fracasa. Como los demás banqueros mantienen sus reservas bancarias
en el Banco de Inglaterra, quebrarán si éste fracasa. Dependen de la ges-
tión que lleve a cabo el Banco de Inglaterra en un momento de difi-
cultad y ante una crisis debido al dinero disponible que mantienen para
enfrentarse a esa dificultad y a esa crisis.Y, sin lugar a dudas, esto impli-
ca un enorme riesgo. En tres ocasiones se incumplió la «Ley de Peel»
porque el Departamento de Operaciones Bancarias no tenía recursos.
Antes de que se infringiera la Ley:
£
En 1847, la reserva del Departamento de Operaciones Bancarias se redujo a 1.994.000
En 1857, la reserva del Departamento de Operaciones Bancarias se redujo a 1.462.000
En 1866, la reserva del Departamento de Operaciones Bancarias se redujo a 3.000.000
De hecho, el Departamento de Operaciones Bancarias del Ban-
co de Inglaterra no hubiera sobrevivido ninguno de esos años si no se
hubiera infringido la ley.
No hay que creer que este peligro es irreal, artificial y creado por
la ley. Existe un riesgo de que pensemos así, porque oímos que el peli-
gro puede evitarse infringiendo una ley; pero, sustancialmente, el mis-
mo peligro existía antes de la ley. En 1825, cuando sólo la moneda acu-
ñada era de curso legal, y sólo había un departamento en el Banco, éste
había reducido su reserva a 1.027.000 libras, y estuvo a punto de dejar
de realizar pagos.
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46 Walter Bagehot

Pero el peligro para los bancos depositantes no es la única o la prin-


cipal consecuencia de este modo de mantener la reserva londinense. El
principal efecto es que la reserva es mucho más pequeña en propor-
ción a los pasivos de lo que sería de otra manera. Al estar la reserva de
los banqueros londinenses en depósito en el Banco de Inglaterra, éste
siempre presta una parte principal de ella. Supongamos una hipóte-
sis favorable, según la cual el Departamento de Operaciones Bancarias
mantiene más de dos quintos de sus pasivos en efectivo, o sea presta tres
quintos de sus depósitos y mantiene en forma de reserva sólo dos quin-
tos. Entonces, si el total de la reserva depositada de los banqueros es de 5
millones de libras, el Departamento de Operaciones Bancarias prestará
3 millones de libras, y se mantendrán en la caja 2 millones de libras. Por
consiguiente, esos 2 millones de libras es todo lo que verdaderamen-
te se mantiene en efectivo real frente a los pasivos de los bancos depo-
sitantes. Si Lombard Street quebrara de forma repentina, y tuviera que
pagar todo lo que pudiera en ese momento, esos 2 millones de libras
serían lo único que podría pagar el Banco de Inglaterra a los bancos
depositantes y, por consiguiente, sería todo, además de la pequeña can-
tidad de efectivo en caja, lo que esos bancos podrían pagar súbitamente
a las personas que tienen depósitos en ellos.
Vemos entonces que la reserva bancaria del Banco de Inglaterra
—unos 10 millones de libras por término medio desde hace unos años,
y anteriormente era mucho menor— es todo lo que se mantiene fren-
te a los pasivos de Lombard Street; y si eso fuera todo, bien podríamos
estar asombrados del enorme desarrollo de nuestro sistema de crédi-
to —dicho en inglés llano, de la inmensa cantidad de nuestras deudas
pagaderas cuando se demanden, y de la escasa cantidad de dinero exis-
tente que mantenemos para pagarlas si se exigen—. Pero hay que tener
en cuenta más cosas. Lombard Street no es sólo un lugar que necesita
mantener una reserva, es donde se guardan las reservas. Todos los ban-
queros del país guardan sus reservas en Londres. Sólo mantienen en
su ciudad el mínimo de efectivo necesario para realizar las transaccio-
nes de sus negocios corrientes en esa ciudad. La larga experiencia les
ha señalado con sutileza cuánto es este efectivo, y no desean malgastar
capital y perder beneficios manteniendo más cantidad de la necesaria
sin emplear. Envían el dinero a Londres, invierten una parte de él en
valores, y mantienen el resto en los bancos londinenses y en manos de
los intermediarios de efectos. La costumbre de los banqueros escoceses
e irlandeses es practicamente la misma. Todo su dinero disponible está
en Londres y se invierte como se hace ahora con el resto del dinero
londinense; y, por lo tanto, la reserva en el Departamento de Operacio-
nes Bancarias del Banco de Inglaterra es la reserva bancaria, no sólo del
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Una visión general de Lombard Street 47

Banco de Inglaterra, sino de todo Londres —y no sólo de todo Lon-


dres, sino también de toda Inglaterra, Irlanda y Escocia—.
Últimamente, ha habido un aumento todavía mayor de nuestros
pasivos. Desde la guerra franco-alemana, se puede decir que mantene-
mos también la reserva europea. De hecho, el depósito bancario exis-
tente en el continente es tan pequeño que no se necesita mantener una
gran reserva a cuenta de él. En el extranjero no se necesita una reserva
de la misma clase que en Inglaterra y en Escocia. Pero todas las gran-
des comunidades tienen que pagar en ocasiones enormes cantidades en
efectivo, y hay que tener en algún lugar un gran almacén para mante-
ner ese efectivo. Antes, había dos almacenes en Europa, uno era el Ban-
co de Francia y el otro el Banco de Inglaterra. Pero desde la suspensión
de los pagos en metálico por parte del Banco de Francia, su uso como
una reserva en metálico está llegando a su fin. Nadie puede extender
un cheque de dicho Banco y estar seguro de conseguir oro o plata por
ese cheque. Por consiguiente, toda la responsabilidad de dichos pagos
internacionales en efectivo recae sobre el Banco de Inglaterra. Sin duda,
los extranjeros no pueden quitarnos nuestro propio dinero; como con-
trapartida de todo lo que se llevan, tienen que enviar aquí «valor» en
una forma u otra. Pero no necesitan mandar «efectivo»; pueden enviar
efectos considerados buenos y descontarlos en Lombard Street y llevar-
se en lingotes alguna parte, o todo, de lo que generan. Lo mismo pue-
de decirse con otras palabras: todas las operaciones de cambio se cen-
tralizan cada vez más en Londres. Antes, por muchos motivos, París era
un establecimiento de pago europeo, pero ahora ha dejado de serlo. El
billete del Banco de Francia, de hecho, no se ha depreciado lo suficiente
como para perturbar las transacciones habituales. Pero cualquier depre-
ciación, aunque sea pequeña —incluso la posibilidad de depreciación
aunque no haya ocurrido aún— es suficiente para alterar las transaccio-
nes de cambio. Se calculan hasta tal extremo de precisión que el cambio
en un decimal puede ser fatal, y puede convertir un beneficio en una
pérdida. Por consiguiente, Londres ha llegado a ser el único gran esta-
blecimiento de pago de las transacciones de cambio en Europa, en vez
de los dos que había anteriormente.Y probablemente se mantendrá esta
preeminencia londinense, ya que es natural. El número de efectos mer-
cantiles que se negocian en Londres excede en una cuantía incalculable
a los que se negocian en cualquier otra ciudad europea; Londres es el
lugar que recibe y paga más que cualquier otro lugar, siendo, por tanto,
la «cámara de compensación» natural. La preeminencia de París surgió
en parte por una distribución del poder político que ya está alterado;
pero la de Londres depende del curso regular del comercio, que es sin-
gularmente estable y difícil de cambiar.
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Ahora que Londres es la cámara de compensación para los paí-


ses extranjeros, tiene nuevas obligaciones respecto a ellos. En cualquier
lugar, muchas personas tienen que hacer pagos y en ese lugar esas per-
sonas tienen que guardar dinero. Actualmente, es necesario un gran
depósito de dinero extranjero en Londres para los negocios que se rea-
lizan en el mundo. En los enormes pagos que hizo Francia a Alemania,
la cuantía en tránsito —la cuantía en Londres— ha sido quizás excepcio-
nalmente grande. Pero habitualmente, será muy considerable. Sin duda,
las circunstancias políticas actuales cambiarán pronto. En breve, man-
tendremos en Lombard Street una cantidad mucho menor de dinero
procedente de los gobiernos extranjeros; pero será cada vez mayor la
que proceda de particulares, ya que el depósito existente en una cámara
de compensación que resulta necesario para estabilizar el saldo comer-
cial, debe tender a aumentar conforme lo haga el comercio.
Y este depósito extranjero tiene evidentemente una naturale-
za delicada y peculiar. Depende de la buena opinión que tengan los
extranjeros, que puede disminuir o pasar a ser mala. Después del pánico
de 1866, especialmente tras la abolición de la Ley de Peel (que muchos
extranjeros confunden con una suspensión de los pagos en efectivo), se
retiró una gran cantidad de dinero extranjero de Londres. Y podemos
suponer razonablemente que conforme aumentemos el depósito de
efectivo de los extranjeros en Londres, incrementaremos tanto los ries-
gos como los desastres que tendrá para Inglaterra una «retirada de fon-
dos a consecuencia del pánico».
Y si esa retirada de fondos se produjera, es el Banco el que debe
proporcionar la cantidad de oro y plata necesaria. No existe otro gran
almacén en el país. Los grandes agentes de cambio pueden disponer de
poca cantidad para sus propósitos, pero no disponen de un almacén tan
relevante comparable. Si un acreedor extranjero es tan amable como
para esperar y comprar la cantidad de lingotes de oro y plata según ésta
entra en el país, puede pagársele sin problemas para la entidad o sin per-
turbar el mercado monetario. El gobierno alemán ha sido recientemen-
te así de amable; pues no temía nada. Pero un acreedor que tenga mie-
do no esperará, y si solicita lingotes de oro y plata con urgencia, deberá
acudir al Banco de Inglaterra.
Por consiguiente, todo nuestro sistema de crédito depende del Ban-
co de Inglaterra por seguridad. De la sabiduría de los directores de esa
única sociedad anónima depende si Inglaterra es o no solvente. Esto puede
parecer muy duro, pero no lo es.Todos los bancos dependen del Banco
de Inglaterra y todos los comerciantes dependen de algún banco. Si un
comerciante tiene 10.000 libras en su banco, y necesita pagar con ellas
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Una visión general de Lombard Street 49

a alguien en Alemania, no podrá hacerlo hasta que su banco le pueda


abonar a él, y éste no podrá hacerlo si el Banco de Inglaterra tuviera
dificultades y no pudiera utilizar su «reserva».
Por lo tanto, los directores del Banco son para el público, de hecho,
y no sólo nominalmente, administradores, que mantienen una reser-
va bancaria en su nombre; y naturalmente cabría esperar que recono-
cieran claramente esta obligación y se comprometieran a cumplirla, o
que su propio interés fuera tan esencial en este asunto que no necesita-
ra ningún compromiso. Pero todo lo contrario: no hay un compromi-
so inequívoco por parte de los directores del Banco para cumplir esta
obligación, muchos de ellos apenas la reconocen, y algunos incluso la
niegan completamente. Mr. Hankey, uno de los directores más cuida-
dosos y con más experiencia, proporciona en su libro sobre el Banco
de Inglaterra la mejor explicación que existe sobre la práctica y el fun-
cionamiento del Banco: «No intento entrar aquí en el tema de la ges-
tión general del Banco, entendiendo el Departamento de Operaciones
Bancarias, ya que el principio sobre el que se lleva a cabo el negocio no
se diferencia, hasta donde soy consciente, del de cualquier banco bien
dirigido de Londres». Pero, como cualquiera puede comprobar por las
cifras publicadas, el Departamento de Operaciones Bancarias del Ban-
co de Inglaterra mantiene, como una gran reserva en billetes de banco
y en moneda, entre un 30 y un 50 por 100 de sus pasivos, y el resto de
los bancos sólo mantienen en billetes de banco y en monedas el míni-
mo esencial que necesitan para realizar sus actividades. Y me imagino
que dicha diferencia constante indica que los dos no son gestionados
siguiendo el mismo principio.
Como todos sabemos, la práctica del Banco ha mejorado mucho
y enormemente; actualmente no gestionan como los demás bancos en
Lombard Street. Mantienen una clase y cantidad de reserva comple-
tamente diferentes; pero aunque la práctica ha sido mejorada, la teoría
no. La cantidad de reserva que quieren mantener y la que no, y cuál es
el principio que seguirán en este tema tan importante no ha sido nun-
ca una resolución clara aprobada por los directores del Banco de Ingla-
terra y comunicada por ellos al público, ni siquiera expresándola de la
forma más general.
La posición de los directores del Banco es de hecho de lo más sin-
gular. Por un lado, la opinión de una gran ciudad —puedo decir una
gran opinión nacional, ya que la nación ha aprendido mucho de los
numerosos pánicos— exige a los directores mantener una gran reser-
va. Los periódicos, en nombre de la nación, advierten constantemen-
te a los directores que la mantengan, y vigilan que lo hagan; pero, por
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50 Walter Bagehot

otro lado, otra presión menos visible pero igualmente constante, empu-
ja a los directores exactamente hacia el camino contrario, y les predis-
pone a reducir la reserva.
Este es el deseo natural de todos los directores para conseguir un
buen dividendo para sus accionistas. Cuanto más dinero permanezca
sin utilizar, ceteris paribus, menor es el dividendo; y cuanto menos dine-
ro se mantenga sin emplear, mayor es el dividendo. Y en casi todas las
reuniones de los propietarios del Banco de Inglaterra hay una conver-
sación sobre este tema. Algún propietario dice que no ve por qué tie-
ne que mantenerse inactivo tanto dinero, e insinúa que el dividendo
debería ser mayor.
De hecho, no podemos asombrarnos de que a los propietarios del
Banco no les guste su posición. De ellos es el banco más viejo de la City,
pero sus beneficios no aumentan, mientras que los de los demás bancos sí
y más rápidamente. En 1844, el dividendo sobre los valores del Banco de
Inglaterra era del 7 por 100 y el precio del propio valor 212; el dividendo
es ahora del 9 por 100 y el precio del valor 232. Pero al mismo tiempo, las
acciones del London and Westminster Bank, a pesar de una ampliación
del 100 por 100 del capital, han aumentado de 27 a 66, y el dividendo, del
6 al 20 por 100. Es normal que a los propietarios del Banco no les guste
ver que otras compañías se hagan más ricas que la suya.
Que el dividendo del Banco sea tan bajo, y por consiguiente el
valor de los títulos del Banco tan reducido, se debe sin lugar a dudas en
parte a la magnitud del capital del Banco; pero en mucha mayor medi-
da se debe también a la gran cantidad de efectivo improductivo, efecti-
vo que no genera ningún interés, que el Departamento de Operaciones
Bancarias del Banco de Inglaterra mantiene inactivo. Si comparamos
el London and Westminster Bank —que es el banco comercial mejor
considerado por el público y que se gestiona de una forma cautelosa y
cuidadosa— con el Banco de Inglaterra, veremos la diferencia inmedia-
tamente. El London and Westminster tiene sólo un 13 por 100 de sus
pasivos inactivos. El Departamento de Operaciones Bancarias del Ban-
co de Inglaterra tiene más del 40 por 100. Una diferencia tan grande en
la gestión tiene que generar, y lo hace, unos beneficios muy distintos.
Inevitablemente, a los accionistas del Banco de Inglaterra no les gusta-
rá esta gran diferencia; más o menos, siempre exhortan a sus directores
a reducir (tanto como sea posible) la reserva improductiva, y a aumen-
tar, en la medida que puedan, su propio dividendo.
En la mayoría de los bancos existe un saludable pavor que contiene
el deseo de los accionistas de reducir la reserva; temerían dañar el cré-
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Una visión general de Lombard Street 51

dito del banco. Pero afortunada o desafortunadamente, nadie teme por


el Banco de Inglaterra. El mundo inglés cree al menos que no quebra-
rá, que casi no puede hacerlo. Desde 1844, el Departamento de Opera-
ciones Bancarias ha recibido ayuda tres veces, y hubiera fracasado sin
ella. En 1825, casi suspendió pagos; en 1797 lo hizo de hecho. Pero
aun así se tiene fe en el Banco, contraria a la experiencia y desprecian-
do la evidencia. Sin duda, en cada uno de estos años la condición del
Banco, dividida o no, era en cierto sentido muy sólida; podía finalmente
haber pagado a todos los acreedores que tenía, y haber devuelto a sus
accionistas todo su capital. Pero un pago final no es lo que desean los
acreedores de un banco; quieren uno presente, no pospuesto; quieren
que el reintegro sea conforme a lo acordado; el contrato decía que se
les pagaría cuando lo demandaran, y si no fuera así, podrían arruinarse.
Y con seguridad, el Banco de Inglaterra no podría haber realizado ese
pago inmediato en los años de los que hablo. Pero a nadie en Londres
se le ocurre cuestionar el crédito del Banco y éste nunca concibe que
su propio crédito esté en peligro. De algún modo, todo el mundo siente
que es seguro que el Banco lo hace bien. En 1797, cuando le quedaba
muy poco dinero, el gobierno dijo que no sólo no necesitaba pagar lo
que faltaba, sino que no tenía que hacerlo. El «efecto de las moratorias»
que infringía la Ley de Peel ha confirmado la convicción popular de
que el gobierno está detrás del Banco, y le ayudará cuando lo necesite.
Ni el Banco ni el Departamento de Operaciones Bancarias han sabi-
do nunca lo que es «entrar en liquidación»; la mayoría de los hombres
pensaría que la nación inglesa pronto «se liquidaría».
Ya que desde entonces, el Banco de Inglaterra, como banco, está
exento de la aprensión perpetua que hace a otros banqueros mante-
ner una gran reserva —el temor al descrédito—, sería particularmen-
te necesario que sus gestores estuvieran especialmente interesados
en mantener esa reserva, y que sean especialmente competentes para
hacerlo. Pero no necesito decir que los directores del Banco no se jue-
gan su fortuna personal en la gestión del Banco. Son ricos comerciantes
de la City, y su participación en el Banco es insignificante en compa-
ración con el resto de su riqueza. Si el Banco fuera a liquidarse, la renta
de la mayoría de ellos apenas sentiría la diferencia.Y lo que es más, los
directores del Banco no son banqueros especializados; no se criaron en
el comercio y, en general, no dedican a ello sus principales pensamien-
tos. Son comerciantes, que dedican la mayor parte de su tiempo y de su
mente a conseguir dinero en sus propios negocios y para ellos.
Podría esperarse que, ya que este gran deber público recae sobre
el Departamento de Operaciones Bancarias del Banco, los principa-
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52 Walter Bagehot

les estadistas (si no el propio Parlamento) les exigieran que lo cum-


plieran. Pero nunca se ha impuesto ninguna resolución inequívoca
del Parlamento; apenas se ha dicho alguna palabra aislada por parte
de algún estadista influyente. Y, por el contrario, existe una completa
cadena de autoridades, comenzando por sir Robert Peel y acabando
con Mr. Lowe, que dicen que el Departamento de Operaciones Ban-
carias del Banco de Inglaterra es sólo un Banco como cualquier otro
—una compañía como cualquier otra—; que respecto a su capacidad
no tiene una posición concreta, ni obligaciones públicas en absolu-
to. Si se preguntara a nueve de cada diez estadistas ingleses respecto a
la gestión del Departamento de Operaciones Bancarias del Banco de
Inglaterra, dirían que no es asunto de ellos ni del Parlamento en abso-
luto; que sólo incumbe al Departamento de Operaciones Bancarias.
El resultado es que hemos dejado la custodia exclusiva de toda
nuestra reserva bancaria en manos de una sola junta directiva que no
están particularmente cualificados para esa obligación —a los que se
les podría denominar «aficionados»—, que no están más particular-
mente interesados que otras personas en mantenerla sin disminuir
—a los que no admiten ninguna obligación que les exija mantener-
la sin reducir—, que ningún gran estadista o una autoridad pública
les ha dicho nunca que tienen que mantenerla o hacer algo con ella
—que son nombrados por un propietario y que son sus agentes, que
aquél tendría una mayor renta si disminuyese la reserva—, que no tie-
nen miedo, y que no necesitan tenerlo, de arruinarse incluso si des-
apareciera y se despilfarrase.
Tiene que resultar claro que dicho acuerdo es extraño; pero esta
rareza sólo puede entenderse cuando sabemos lo que significa la cus-
todia de una reserva bancaria nacional, y lo delicada y complicada que
es.

II

Como hemos visto, dicha reserva se guarda para hacer frente a


demandas repentinas e inesperadas. Si se solicitara a los banqueros de un
país mucho más de lo que habitualmente se demanda, entonces habría
que recurrir a esta reserva. Luego, ¿cómo son estas demandas adiciona-
les?, ¿cómo tiene que usarse esta reserva adicional? En términos gene-
rales, estas demandas adicionales son de dos clases: una del exterior, para
hacer frente a pagos extranjeros que requieren abonar deudas extranje-
ras grandes y poco corrientes, y la otra del propio país, para hacer fren-
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Una visión general de Lombard Street 53

te a la repentina aprensión o pánico que surge de manera racional o


irracional.
Ningún país ha estado nunca tan expuesto como Inglaterra a una
demanda extranjera de su reserva bancaria, no sólo porque en la actua-
lidad Inglaterra es un gran prestatario de las naciones extranjeras, sino
también (y en mayor medida) porque ninguna nación ha tenido nun-
ca un comercio extranjero de tal magnitud, de tan variados objetos, o
tan ramificado a lo largo del mundo. El comercio extranjero habitual
de un país no requiere efectivo; las exportaciones por un lado equili-
bran las importaciones por el otro. Pero un aumento repentino de las
importaciones, como la importación de grano extranjero después de
una mala cosecha, o la finalización de una exportación relevante (lo que
es mucho menos habitual, aunque existen casos de ello), da lugar a un
saldo deudor, que debe pagarse en efectivo.
Ahora bien, la única fuente de la que se pueden retirar grandes can-
tidades de efectivo en países en los que la banca está desarrollada, es la
«reserva bancaria». Especialmente en Inglaterra, excepto unas pequeñas
cantidades no muy elevadas que mantienen los intermediarios de lin-
gotes de oro y plata en el transcurso de sus negocios, no hay cantidades
en efectivo de importancia fuera de los bancos; una persona corrien-
te difícilmente podría pagar una importante cuantía sin ir a un banco,
incluso si dedica un mes a conseguirlo. Todas las personas que desean
pagar una gran suma en efectivo, necesitan atrincherarse en la reser-
va bancaria. Pero entonces, ¿qué es «efectivo»? En un país, la actuación
de un gobierno puede establecer la cantidad y, por lo tanto, el valor de
su moneda; pero fuera de su país, ningún gobierno puede hacerlo. Los
lingotes de oro y plata son el «efectivo» del comercio internacional; el
papel moneda no sirve, y se aceptan las monedas sólo porque contie-
nen más o menos oro y plata.
Entonces, cuando el dinero de curso legal de un país es puramente
metálico, todo lo que se necesita es que los bancos mantengan un alma-
cén suficiente de ese «dinero de curso legal». Pero cuando éste es en
parte metal y en parte papel, es necesario que el papel «de curso legal»
—el billete de banco— sea convertible en oro y plata.Y aquí iría más
allá de mi propósito, y entraría en la teoría de la Ley de Peel, si comen-
zase a hablar sobre las condiciones de la convertibilidad. Sólo me ocu-
po del principal prerrequisito de los pagos extranjeros eficaces —una
oferta suficiente de dinero de curso legal local—; no me puedo ocu-
par del paso siguiente: el cambio del dinero de curso legal local en una
mercancía aceptada universalmente.
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54 Walter Bagehot

Por el momento, lo que analizo es suficientemente amplio. El Ban-


co de Inglaterra tiene que guardar una reserva de «dinero de curso
legal» para realizar pagos extranjeros si es adecuada, y para ser usada para
obtener oro y plata si no lo fuese. Y los pagos extranjeros son en oca-
siones muy elevados y a menudo muy repentinos. La «menor cantidad
de algodón», como se denominó —una pérdida de reservas destinadas
a Oriente para pagar el algodón de la India durante la guerra civil ame-
ricana— sacó muchos millones de este país durante varios años. Una
mala cosecha puede suponer millones en un solo año. Para encontrar
sumas tan grandes, el Banco de Inglaterra necesita el uso continuo de
un instrumento eficaz.
Ese instrumento es el aumento del tipo de interés. Si aumenta el
interés del dinero, la experiencia nos demuestra que el dinero va a Lom-
bard Street, y la teoría indica que debería ir. Para explicar completamen-
te el tema, tengo que sumergirme en la teoría de los cambios, pero la
idea general es lo suficientemente clara. El capital prestable, como cual-
quier otra mercancía, acude a donde se puede obtener lo máximo de
él. Los banqueros del continente y otros, envían aquí grandes cantida-
des inmediatamente, tan pronto como el tipo de interés indique que se
puede hacer de forma beneficiosa. Mientras el crédito inglés sea bueno,
un aumento inmediato del valor del dinero en Lombard Street debido
a una operación bancaria atrae el dinero a dicho lugar.Y también hay
una operación mercantil más lenta. El aumento en el tipo de descuen-
to actúa inmediatamente sobre el comercio de este país. Los precios se
reducen; por consiguiente, las importaciones disminuyen, las expor-
taciones aumentan y, por tanto, hay una mayor probabilidad de que
se produzca un equilibrio en términos de lingotes de oro y plata que
entran en este país después del aumento en el tipo.
Cualquier sujeto —un banco o muchos— de un país que manten-
ga la reserva bancaria de esa nación, debería aumentar inmediatamen-
te el tipo de interés al comienzo de un intercambio exterior desfavora-
ble, para evitar que su reserva diminuya más, y de esta manera reponerla
mediante la importación de lingotes de oro y plata.
El Banco de Inglaterra no cumplió con esta obligación, hasta más
o menos 1860, como mostraré más adelante. Apenas se puede encon-
trar una historia más desgraciada que la de los intentos del Banco —si
verdaderamente se les puede denominar intentos— por mantener una
reserva y gestionar la fuga extranjera entre 1819 (cuando los pagos en
efectivo fueron reanudados por el Banco y cuando se puede decir que
empezó nuestro mercado de dinero) y 1857. El pánico de ese año ense-
ñó por primera vez a los directores del Banco a comportarse sabiamen-
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Una visión general de Lombard Street 55

te y los convenció de seguir unos principios sólidos. La política actual


del Banco supone una enorme mejora respecto a la política de 1857: no
deben confundirse ni por un momento; pero, no obstante, como mos-
traré más adelante, la política actual es aún ahora de lo más deficiente,
y se necesitará mucha discusión y esfuerzo antes de que esa política lle-
gue a lo que debería ser.
Una fuga de los recursos internos es muy diferente. Surge de una
perturbación del crédito en el país, y la dificultad para ocuparse de ella
es mayor, porque a menudo se debe, o al menos es estimulada frecuen-
temente, por una fuga extranjera. En incontables ocasiones, el público
se ha alarmado principalmente al ver que la reserva del Banco ya era
baja, y cada que día se reducía más. Los dos males —una fuga externa
e interna— a menudo atacan simultáneamente al mercado de dinero.
Entonces, ¿qué debería haberse hecho?
A diferencia de lo que cabría suponer a primera vista, la mejor for-
ma de enfrentarse a una fuga creciente debido al descrédito interno
para el banco o bancos que tienen que custodiar la reserva bancaria, es
prestar abundantemente. El primer instinto de cualquiera es lo contra-
rio. Al existir una gran demanda sobre el fondo que se quiere conser-
var, la forma más obvia para conseguirlo es atesorarlo —recaudar tanto
como se pueda y evitar la salida lo máximo posible—. Pero todo ban-
quero sabe que éste no es el camino para reducir el descrédito. Esto
último significa «una opinión de que no se tiene dinero», y para disi-
par esa opinión, hay que mostrar, si es posible, que sí se tiene: hay que
emplearlo en beneficio público para que la gente vea que se tiene. El
momento para economías y para la acumulación vino antes. Un buen
banquero habrá acumulado en los momentos normales la reserva que
tiene que utilizar en los periodos extraordinarios.
Habitualmente, el descrédito no recae en un primer momento en
un banco concreto, ni mucho menos se concentra al principio en el
banco o bancos que mantienen la principal reserva de caja. Estos ban-
cos son, casi seguro, los que tienen mejor crédito, o no estarían en esa
situación, y por tener la reserva, es probable que parezcan más fuertes
que los demás. Al principio, el pánico incipiente equivale a una con-
versación imprecisa del tipo: ¿Es A. B. tan bueno como solía ser? ¿No
ha perdido dinero C. D.? Y miles de preguntas de esta clase. Cientos de
personas hablan de ello, y miles piensan: «¿Hablo de ello o no?» «¿Es mi
crédito tan bueno como solía ser, o es menor?».Y todos los días, con-
forme el pánico aumenta, esta sospecha que flota en el ambiente llega
a ser más intensa y estar más difundida; ataca a más personas y de una
forma más virulenta que al principio. Por lo tanto, todos los hombres
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con experiencia, tratan de «hacerse fuertes», como suele decirse, en la


etapa temprana de un pánico; piden prestado dinero mientras pueden;
acuden a su banquero y ofrecen efectos a descontar, que en circunstan-
cias normales ofrecerían días o semanas más tarde. Y si el comerciante
es un cliente habitual, a un banquero no le gusta negarse, porque si lo
hace se dirá, o se podrá decir, que necesita dinero, y de esta manera pue-
de que atraiga el pánico hacia él. No sólo los comerciantes sino todas
las personas que tengan obligaciones pecuniarias —actuales o inminen-
tes— sienten este deseo de «hacerse fuertes», en proporción a dichas
obligaciones. Especialmente, éste es el caso de los que podemos deno-
minar los intermediarios auxiliares de crédito. Bajo cualquier sistema
bancario, alrededor del banco o bancos principales (en los que se man-
tiene la reserva) siempre se agruparán una multitud de pequeños inter-
mediarios de dinero, que observan detalladamente los efectos, estudian
los valores especiales que los ocupados banqueros no tienen tiempo de
analizar, y de esta forma se ganan su sustento. Conforme crece el nego-
cio, aumenta el número de estas personas subsidiarias. Las diversas for-
mas en las que se puede prestar el dinero, tienen sus propias peculiarida-
des, y las personas que se dedican a una sola cosa, prestan de esta manera
de una forma más segura y, por tanto, más barata. En momentos de
pánico, estos intermediarios de dinero subordinados siempre acudirán
a los intermediarios principales. En momentos normales, las relaciones
entre ambos son probablemente bastante estrechas. El pequeño inter-
mediario probablemente estará acostumbrado a pignorar sus «valores»
en un intermediario mayor a un tipo menor al que él mismo carga, y
acudir al mercado para prestar de nuevo. Su tiempo y su inteligencia
son su principal capital y quiere usarlos siempre. Pero en momentos
de pánico incipiente, el intermediario monetario más pequeño siem-
pre se alarma. Su crédito nunca está muy establecido ni es muy amplio;
siempre teme que pueda ser la persona en la que recaerá la sospecha
existente, lo que sucede a menudo. Por consiguiente, pide anticipos al
intermediario más grande. Existe una cantidad de personas que piden a
todos los intermediarios grandes, aquéllos que tienen el dinero, que son
los que mantienen la reserva. Y entonces el problema evidente de los
grandes intermediarios llega a ser: «¿Cuál es la mejor forma de prote-
gernos? Sin lugar a dudas, el anticipo inmediato a estos intermediarios
de segunda clase es molesto, pero ¿no puede ser peligroso si se les nie-
ga? Un pánico crece con lo que se le alimenta; si devora a estos hom-
bres de segunda clase, ¿estaremos seguros los de primera clase?».
En una palabra, un pánico es una especie de neuralgia, y conforme a
las reglas de la ciencia no debe empeorar. Los que mantienen la reserva
de caja deben estar preparados no sólo para conservarla por sus propios
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pasivos, sino para anticiparla de la forma más amplia posible para los pasi-
vos de otros. Tienen que prestar a los comerciantes, a los banqueros más
pequeños, a «tal y tal sujeto», siempre que el valor sea bueno. En perio-
dos de alarma desenfrenados, un fallo produce muchos otros, y la mejor
forma de impedir los fallos derivados es impedir el primer fallo que los
causa. La manera en la que se frenó el pánico de 1825 mediante el anti-
cipo de dinero ha sido descrita de una forma tan amplia y gráfica que
el proceso se ha convertido en un clásico. «Prestamos», dijo Mr. Harman
—en nombre del Banco de Inglaterra—, «a través de cualquier medio
posible y de formas que no habíamos adoptado antes; tomamos activos
en garantía, compramos bonos del Tesoro, hicimos anticipos sobre dichos
bonos, no sólo descontamos el total, sino que hicimos grandes cantida-
des de anticipos sobre el depósito de letras de cambio, en resumen, uti-
lizamos cualquier medio posible coherente con la seguridad del Banco,
y sin ser en ocasiones remilgados. Contemplando el estado espantoso en
el que se encontraba el público, prestamos cualquier tipo de ayuda que
estaba en nuestras manos». Después de un día o dos de este tratamiento,
todo el pánico amainó, y la City estaba bastante calmada.
No hay que pensar que el problema de manejar un pánico es prin-
cipalmente un problema «bancario». Es fundamentalmente mercantil.
Todos los comerciantes tienen obligaciones; tienen efectos a los que ten-
drán que hacer frente pronto, y sólo pueden pagar esos efectos median-
te el descuento de efectos de otros comerciantes. En otras palabras, todos
los comerciantes dependen del dinero que se presta, y los grandes comer-
ciantes necesitan que se les preste mucho dinero. Ante el más ligero sín-
toma de pánico, muchos comerciantes desean pedir prestado más de lo
habitual; piensan que ellos mismos se abastecerán de los medios para
hacer frente a sus efectos aunque esos medios estén todavía por llegar.
Si los banqueros satisfacen a los comerciantes, tienen que prestar mucho
cuando menos les gusta; si no les satisfacen, hay un pánico.
A primera vista parece que hay una gran inconsistencia en todo
esto. Primero, usted constituye una reserva en algún banco o bancos; lo
o los convierte en una especie de tesoro final, donde se deposita y se
guarda el último chelín del país. Y entonces empieza a decir que este
tesoro final también tiene que ser la última entidad de crédito; que
debe realizar anticipos ilimitados, o en cualquier caso enormes, cuando
nadie más presta. Esto parece como decir primero que la reserva debe-
ría guardarse, y luego que no. Pero no existe ningún acertijo en el tema.
La reserva bancaria final de un país (por quienquiera que la guarde) no
es para exhibirla, sino para ciertos propósitos esenciales, y uno de ellos
es satisfacer la demanda de efectivo provocada por una alarma en el país.
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No resulta irrazonable que nuestro tesoro final tenga que ser prestado
en casos particulares; por el contrario, mantenemos ese tesoro por esa
misma razón de que debería ser prestado en casos concretos.
Cuando se reduce al principio abstracto, el asunto viene a ser éste.
Una «alarma» es una opinión de que el dinero de ciertas personas no
servirá para pagar a sus acreedores cuando éstos deseen que se les pague.
Si es posible, la mejor forma de hacer frente a esa alarma es posibili-
tando que esas personas paguen a sus acreedores en el mismo momen-
to. Para este propósito sólo se necesita poco dinero. Si no se elimina esa
alarma, se agrava y se convierte en un pánico, que es una opinión según
la cual, la mayoría de las personas, o demasiadas, no pagarán a sus acree-
dores; y a ésta también nos podemos enfrentar únicamente posibilitan-
do a todas esas personas que paguen lo que deben, lo que supone pro-
porcionar una gran cantidad de dinero. Nadie tiene suficiente dinero
salvo los que mantienen la reserva bancaria.
La ayuda proporcionada de esta manera por parte de los bancos que
poseen esa reserva no hace que ésta disminuya necesariamente. Muy
habitualmente el pánico se extiende hasta, o casi, el banco o bancos
que mantienen la reserva, pero no les afecta en absoluto. En este caso,
es suficiente que el banco o bancos dominantes, por así decirlo, com-
prometan su crédito con aquellos que lo necesiten. Bajo nuestro sistema
actual, suele alcanzar con que el adelanto conferido a un comercian-
te o un banquero se acredite en libros del Banco de Inglaterra sin que
jamás se extienda un cheque sobre él, o en caso de hacerlo, que el che-
que reingrese al Banco acreditándose en la cuenta de algún otro cliente
donde allí permanece. Un incremento de préstamos en esos momentos
significa a menudo un aumento de los pasivos del banco, no una dismi-
nución de su reserva. Así era que antes de 1844 una emisión de bille-
tes destinada a reprimir un pánico enteramente interno no disminuía
la reserva metálica. Los billetes salían pero no volvían. Fueron emiti-
dos como préstamos al público, pero el público no quería más; nunca
los presentaron al pago; nunca exigieron a cambio las monedas de oro
con la efigie del soberano. Pero la aceptación de un gran pasivo duran-
te una alarma que va aumentando, es casi tan mala como un adelanto
de efectivo por la misma cantidad. En cualquier momento, el efectivo
puede demandarse. Suponiendo que el pánico aumente, será demanda-
do y, por consiguiente, la reserva se reducirá.
No cabe duda de que todas las precauciones pueden resultar al final
inútiles. Ricardo dice que «En ocasiones extraordinarias, un pánico
general puede detener el país, cuando todos están deseosos de poseer
metales preciosos como la forma más conveniente de liquidar u ocul-
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Una visión general de Lombard Street 59

tar su propiedad, [...], contra dicho pánico los bancos no están seguros
en ningún sistema». El banco o bancos que conservan la reserva pueden
durar un poco más que los demás; pero si el temor sobrepasa un cier-
to límite, ellos también desaparecerán. La utilidad del crédito consiste
en que permite a los deudores usar una cierta parte del dinero que los
acreedores les han prestado. Si todos los acreedores demandan todo ese
dinero a la vez, no pueden tenerlo, ya que los deudores lo han utiliza-
do, está empleado en ese momento, y no lo podrán obtener. Frente a las
ventajas del crédito hay que considerar también las desventajas; y para
reducirlas lo más que podamos, tenemos que guardar una gran reserva
de efectivo que esté siempre disponible, y prestarla con gran liberalidad
en los periodos de pánico, y en tiempos de alarma incipiente.
La gestión del mercado monetario es la más difícil porque, como se
ha dicho, se suelen producir a la vez periodos de pánico interno y de
demanda externa de lingotes de oro y plata. La sangría externa vacía la
caja del Banco, y ese vacío y el aumento resultante del tipo de descuen-
to, tienden a asustar al mercado. Por lo tanto, los poseedores de la reser-
va tienen que enfrentarse a dos males a la vez —uno requiere remedios
rigurosos, y especialmente un rápido aumento del tipo de interés; y el
otro, un tratamiento paliativo que consiste en realizar préstamos cuan-
tiosos y rápidos—.
Antes de que tuviéramos mucha experiencia específica, no era fácil
recetar para esta grave enfermedad; pero ahora sabemos cómo tratarla.
Tenemos que fijarnos primero en la sangría externa y aumentar el tipo
de interés tanto como pueda ser necesario. Si no se frena la exporta-
ción al extranjero, no se puede reducir la alarma que se produce den-
tro del país. El Banco será cada vez más pobre, y su pobreza alargará o
extenderá el temor. Y ante un tipo de interés aumentado de esa for-
ma, los poseedores —uno o más— de la reserva final del Banco, tienen
que prestar con liberalidad. Préstamos muy grandes a tipos muy altos
son el mejor remedio para el peor mal del mercado monetario cuan-
do a la pérdida de recursos extranjeros se añade la de los recursos del
país. Cualquier idea de que no se tiene dinero, o de que no se puede
tener a cualquier precio, sólo transforma la alarma en pánico y aumen-
ta el pánico hasta la locura. Pero aunque la regla es clara, se necesitan la
mayor delicadeza y el juicio más sutil y experto para ocuparse inme-
diatamente de dichos grandes y contrarios males.
Y aunque la delicadeza de dicho problema es considerable en todos
los países, lo es en Inglaterra ahora aún más que antes o que en cualquier
otro país. La tensión que un pánico arroja sobre la reserva bancaria final
es proporcional a la magnitud del comercio de un país, y al número y
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tamaño de los bancos dependientes, esto es, bancos que no poseen ningu-
na reserva de caja, que se agrupan alrededor del banco o bancos centra-
les.Y en ambos aspectos nuestro sistema causa una tremenda tensión. La
magnitud de nuestro comercio y el número y la envergadura de los ban-
cos que dependen del Banco de Inglaterra son innegables. Hay muchísi-
mas más personas que tienen grandes obligaciones de las que hay o hubo
en cualquier otra parte. Al comienzo de cualquier pánico, todas las per-
sonas con dichas obligaciones, tratan de abastecerse con los medios para
enfrentarse a dichas obligaciones mientras puedan. Esto provoca una gran
demanda de nuevos préstamos.Y lejos de poder satisfacer dicha demanda,
los banqueros que no guardan una reserva extra en ese momento busa-
carán endeudarse cuantiosamente, o no renovarán grandes préstamos —
muy probablemente harán las dos cosas—.
Los bancos londinenses, excepto el Banco de Inglaterra, hacen esto
de formas diferentes. Primero, probablemente han descontado una gran
cantidad de efectos para los intermediarios de efectos, y si estos efec-
tos se pagan, rehúsan descontar otros para sustituirlos. En el pánico de
1857, los directores del London and Westminster Bank habían descon-
tado millones de dichos efectos y dijeron con razón que si se pagaran
esos efectos tendrían una cantidad de efectivo más que suficiente para
atender cualquier demanda  1. Pero, ¿cómo se iban a pagar esos efectos?
Alguien más tenía que prestar dinero para pagarlos. La comunidad mer-
cantil no podía soportar de repente la falta de una suma tan grande de
dinero prestado; se habían acostumbrado a depender de él, y no podían
llevar a cabo su negocio sin él. Ni mucho menos podrían soportarla
al comienzo de un pánico, cuando todo el mundo necesita más dine-
ro del habitual. Hablando en términos generales, esos efectos sólo pue-
den pagarse mediante el descuento de otros. Cuando vencen los efectos
(por ejemplo) que un almacenista de Manchester entregó al fabricante,
aquel no puede, por regla general, pagarlos inmediatamente en efectivo;
ha comprado a crédito y ha vendido a crédito. No es más que un inter-
mediario. Para pagar su propio efecto al fabricante de los bienes, tiene
que descontar los efectos que ha recibido de los comerciantes a los que
ha vendido los bienes; pero si se produce una repentina interrupción
en las actividades de descuento, no podrá descontarlos. Toda nuestra
comunidad mercantil tiene que obtener nuevos préstamos para pagar
viejas deudas. Si alguien más no pone en el mercado el dinero que los
bancos, como el London and Westminster Bank, retira del mismo, los
efectos mantenidos por dicho banco no se podrían pagar.

 Véase la Nota B en los apéndices.


1

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Entonces, ¿quién va a proporcionar el nuevo dinero? Es seguro que


no van a ser los intermediarios de efectos. Ellos están acostumbrados
a redescontar millones de efectos con bancos tales como el London &
Westminster, y si comprueban que no es probable que lo puedan seguir
haciendo se protegen instantáneamente y dejan de descontar a sus
clientes. Su negocio no les permite mantener mucho efectivo sin uti-
lizar. Pagan un interés por todo el dinero depositado en ellos —interés
que a menudo se aproxima mucho al que ellos pueden cobrar—, por lo
que al poder conservar sólo una pequeña reserva, un pánico les afecta
más rápidamente que a cualquier otro. Dejan de descontar, o reducen
en gran medida sus descuentos, inmediatamente. No se puede obtener
dinero adicional de ellos, y el único lugar para conseguirlo es el Ban-
co de Inglaterra.
Existe un caso incluso más simple: el banquero cuyo acceso al cré-
dito no es seguro y quiera aumentar su efectivo, puede tener dine-
ro depositado con los intermediarios de efectos. Si quiere reponer su
reserva, puede solicitarlo, supongamos, justo cuando comienza la alar-
ma. Pero si un gran número de personas hace esto de forma repentina,
dichos intermediarios no podrán pagar inmediatamente sin pedir pres-
tado. En su caso, tienen excelentes efectos, pero éstos no vencerán hasta
dentro de unos días; y la demanda procedente de los banqueros, más o
menos alarmados, es para pagar inmediatamente y en el día. Por con-
siguiente, el intermediario de efectos se refugia en el Banco de Ingla-
terra, el único lugar en el que en ese momento puede conseguir dine-
ro adicional.
Ocurre exactamente lo mismo si el banquero quiere vender con-
sols, o recuperar el dinero prestado contra un colateral de consols. Los
considera parte de su reserva. Y en momentos normales nada puede
ser mejor. Según el dicho, se «pueden vender consols un domingo». En
un momento en el que no hay ninguna alarma, o que ésta afecte sólo a
ese banquero concreto, el banquero puede confiar en dicha reserva sin
dudas. Pero no cuando hay un pánico general. Entonces, si quiere ven-
der 500.000 libras de consols, no encontrará la suma equivalente en dine-
ro fresco dispuesto a entrar en el mercado.Todos los banqueros normales
están deseando vender, o piensan que pueden tener que hacerlo. El úni-
co recurso es el Banco de Inglaterra. En un gran pánico, los consols no
pueden venderse a menos que el Banco de Inglaterra haga un anticipo
al comprador, y ningún comprador puede conseguir anticipos en consols
en ese momento, a menos que le preste el Banco de Inglaterra.
La situación es peor si la alarma no se limita a las grandes ciuda-
des, sino que se propaga por todo el país. Por norma, los banqueros
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del interior del país sólo mantienen sin utilizar el dinero que resulta
necesario para sus negocios habituales. El resto se deja a los interme-
diarios de efectos, o a los bancos que pagan un interés, o se invierte
en consols y en valores similares. Pero en un pánico vienen a Londres
y piden este dinero. Y sólo lo pueden conseguir del Banco de Ingla-
terra, porque el resto de los establecimientos de Londres quieren su
dinero para ellos mismos.
Si recordamos que los pasivos de Lombard Street pagaderos a la vis-
ta son mucho más grandes que los de cualquier otro mercado, y que los
pasivos del país son aún más grandes, podemos concebir la magnitud
de la presión que se ejerce sobre el Banco de Inglaterra cuando tan-
to Lombard Street como el país, le solicitan ayuda repentina e inme-
diatamente. Ningún otro banco estuvo nunca expuesto a una demanda
tan enorme, porque ninguno antes mantuvo la reserva bancaria de una
nación como la inglesa.
El modo en que el Banco de Inglaterra hace frente a esta gran res-
ponsabilidad es muy curioso. Sin lugar a dudas, realiza enormes antici-
pos cada vez que hay un pánico:
En 1847, los préstamos sobre «valores privados» aumentaron de
18.963.000 a 20.409.000 de libras.
En 1857, los préstamos sobre «valores privados» aumentaron de
20.404.000 a 31.350.000 de libras.
En 1866, los préstamos sobre «valores privados» aumentaron de
18.507.000 a 33.447.000 de libras.
Pero por otro lado, como hemos visto, aunque el Banco más o menos
cumple con su obligación, no lo reconoce claramente como su deber.
Solemos decir con toda solemnidad que el Departamento de Operacio-
nes Bancarias del Banco de Inglaterra es sólo un banco como cualquier
otro —que no tiene una obligación especial en momentos de pánico—,
que sólo debe mirar por sí mismo, como hacen otros bancos.Y el Ban-
co tiene la siguiente excusa. Hasta ahora, las cuestiones bancarias se han
discutido tan poco en comparación con las monetarias, que la obligación
del Banco en momentos de pánico se ha tomado de forma errónea.
Se cree que, debido a que los billetes de banco son de curso legal, el
Banco tiene una obligación especial de ayudar a otras personas. Pero los
billetes de banco son sólo de curso legal en el Departamento de Emi-
sión, no en el Departamento de Operaciones Bancarias, y la coinciden-
cia accidental de los dos departamentos en el mismo edificio no ayu-
da al Departamento de Operaciones Bancarias para hacer frente a un
pánico. Si el Departamento de Emisión estuviera en Somerset House y
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Una visión general de Lombard Street 63

se emitieran los billetes del gobierno allí, la situación del Departamento


de Operaciones Bancarias bajo la ley actual sería exactamente la misma
que ahora. Sin duda, anteriormente, el Banco de Inglaterra podía emi-
tir lo que le apetecía, pero ese recuerdo histórico no le hace suficiente-
mente importante ahora para realizar emisiones. Tenemos que ocupar-
nos de lo que es, no de lo que era.
Y también se usa un argumento aún peor. Se dice que, debido a que
el Banco de Inglaterra mantiene la «cuenta estatal» y es el banquero del
gobierno, es un tipo de «institución pública» y debería ayudar a todo
el mundo. Pero la custodia de los impuestos que han sido recaudados
y que aguardan para ser gastados es una obligación bastante indepen-
diente de los pánicos. El dinero gubernamental puede ser casualmente
mucho o poco cuando aparece el pánico. No hay relación o conexión
entre los dos. Y el Estado, al hacer que el Banco guarde el dinero que
pueda casualmente tener, o al pedirle prestado el dinero que por casua-
lidad puede necesitar, no lo hace para frenar un pánico ni ofrecer su
ayuda si lo intenta.
La razón real no se ha visto claramente. Como ya se ha dicho
—pero debido a su importancia y quizás a su novedad merezca la pena
decirlo de nuevo— cualquier banco o bancos que guarden la reserva
bancaria final del país tienen que prestar esa reserva con la mayor libe-
ralidad en momentos de temor, ya que es uno de los usos característicos
de la reserva bancaria, y el modo de conseguir uno de los principales
fines para el que se mantiene.Ya sea correctamente o no, en la actuali-
dad y de hecho, el Banco de Inglaterra custodia nuestra reserva banca-
ria final y, por lo tanto, tiene que utilizarla de esta manera.
Y aunque el Banco de Inglaterra realiza ciertamente grandes anti-
cipos en momentos de pánico, no obstante, al no seguir un principio
claro, lo hace naturalmente con dudas, a regañadientes y con recelo.
En 1847, incluso en 1866 —el último pánico, y en el que, en gene-
ral, el Banco actuó de la mejor forma posible— hubo, sin embargo, un
momento en el que se creyó que el Banco no anticiparía basándose en
los consols, o al menos vacilaba en hacerlo. Se informó a la City de ello
y se telegrafió a todo el país, lo que hizo que el pánico fuera infinita-
mente peor. De hecho, dar grandes anticipos de esta forma vacilante es
sufrir las consecuencias del daño resultante de darlos sin obtener una
ventaja. Lo que se quiere y lo que se necesita para parar un pánico es
difundir la impresión de que, aunque el dinero puede ser caro, habrá
dinero. Si las personas pudieran realmente convencerse de que podrían
tener el dinero si esperan un día o dos, y de que no se va a producir la
ruina completa, lo más probable es que dejaran de correr como locos
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para conseguir dinero. O cerrar el Banco inmediatamente, y decir que


no prestará más de lo habitual, o prestar liberalmente, de forma valiente,
para que así el público vea que seguirá prestando. Prestar una gran can-
tidad, y sin embargo, no proporcionar al público la confianza en que se
hará de forma suficiente y efectiva, es la peor de todas las políticas; pero
es la política que ahora se sigue.
En realidad, el Banco no presta por las razones que motivarían a un
banco hacerlo. Los que mantienen la reserva del Banco deberían pres-
tar inmediatamente y de la forma más liberal posible ante un pánico
inminente, porque temen la destrucción que ocasiona el pánico. No
deberían hacerlo para servir a otros; sino por ser útil para ellos mis-
mos. Deberían saber que esta política audaz es la única segura, y por esa
razón deberían elegirla. Pero los directores del Banco no tienen mie-
do. Incluso en el último momento dicen que «suceda lo que suceda a
la comunidad, pueden protegerse a sí mismos».Tanto en 1847 como en
1857 (creo que también en 1866, aunque no hay una evidencia impre-
sa de ello), los directores del Banco afirmaron que el Departamen-
to de Operaciones Bancarias estaba bastante seguro aunque su reserva
casi había desaparecido, y que podría fortalecerse vendiendo valores y
no acudiendo al descuento. Pero esto es una quimera absoluta. El Ban-
co de Inglaterra no podría vender «valores», porque ante un gran páni-
co no hay nadie más que los compre. El Banco no puede esperar has-
ta que se paguen sus efectos, y así llenar sus arcas, porque a menos que
descuente lo equivalente en efectos, los que ya ha descontado no serán
pagados. Cuando la reserva en el último banco o bancos —aquéllos que
conservan la reserva— se sitúa en un nivel bajo, no puede aumentarse
mediante los mismos medios que adoptan habitualmente otros bancos
dependientes para mantener su reserva, porque los bancos dependien-
tes confían en que en dichos momentos los últimos bancos desconta-
rán y prestarán más de lo habitual. Pero los últimos bancos no tienen
una retaguardia similar en la que poder confiar.
Habré fracasado en mi propósito si no he demostrado que el sis-
tema de confiar toda nuestra reserva a una única Junta de Gobierno,
como la de los directores del Banco, es muy anómala; que es muy peli-
groso; que sus malas consecuencias aunque se acusan mucho, no se han
visto totalmente; que han sido oscurecidas por los argumentos tradicio-
nales y ocultas por la polvareda que levantan las antiguas controversias.
Pero se dirá, ¿qué sería mejor? ¿Qué otro sistema podría haber?
Estamos tan acostumbrados a un sistema bancario, dependiente en su
función principal de un único banco, que apenas podemos conce-
bir cualquier otro. Pero el sistema natural —que habría surgido si el
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Una visión general de Lombard Street 65

gobierno hubiera dejado solos a los bancos— es el de muchos ban-


cos de tamaño igual o no completamente desigual. En todos los demás
negocios, la competencia conduce a los comerciantes a una cierta
igualdad. En el hilado del algodón, ninguna empresa aventaja mucho
por sí sola y de forma permanente a las demás. No existe una tendencia
hacia una monarquía en el mundo del algodón; ni, cuando se ha deja-
do libre a la banca, tampoco existe una tendencia hacia una monarquía
en la banca. En Manchester, en Liverpool y en toda Inglaterra, tenemos
un gran número de bancos, cuyo negocio va más o menos bien, pero
no tenemos un único banco con algún tipo de predominio; ni tampoco
hay un banco de ese tipo en Escocia. En el nuevo mundo de los ban-
cos comerciales aparte del Banco de Inglaterra, se aprecia a menudo el
mismo fenómeno. Durante un periodo, uno o más consiguen un mejor
negocio que el resto, pero un solo banco no obtiene permanentemen-
te una predominancia incuestionable. Ninguno de ellos consigue tan-
to antes que los otros como para que éstos pongan voluntariamente sus
reservas bajo la custodia del primero. La constitución de todo comercio
si se le deja seguir por sí mismo, y de la banca como cualquier otro, es
una república con muchos competidores de un tamaño o tamaños ade-
cuados para el negocio. Una monarquía en un comercio es un signo de
alguna ventaja anómala, y de alguna intervención exterior.
Inmediatamente se me preguntará ¿propone una revolución? ¿Pro-
pone abandonar el sistema de reserva única y crear de nuevo un sistema
de muchas reservas? Mi respuesta clara es que no. Sé que sería pueril. El
crédito en los negocios es como la lealtad en el gobierno: se debe coger
todo el que se pueda y trabajar con él si es posible. Un teórico puede
fácilmente confeccionar un esquema de gobierno en el que se podría
prescindir de la reina Victoria. Puede elaborar una teoría en la que,
puesto que admitimos y sabemos que la Cámara de los Comunes es el
soberano real, cualquier otro soberano es innecesario; pero por moti-
vos prácticos, no merece la pena examinar estos argumentos. Millones
de seres humanos obedecen a la reina Victoria lealmente —sin dudar y
sin razonar—. Si esos millones empezasen a discutir, no sería fácil con-
vencerles de que obedezcan a la reina Victoria o a cualquier otro. Fal-
tan los argumentos eficaces para convencer a las personas que nece-
sitan ser convencidas. Precisamente, ahora existe un inmenso sistema
de crédito, fundado sobre el Banco de Inglaterra como su apoyo y su
base. Los ingleses y también los extranjeros, confían en él sin reservas.
Todo banquero sabe que si tiene que probar que merece un crédito, por
muy buenos que puedan ser sus argumentos, su crédito, de hecho, des-
aparece: pero lo que tenemos no necesita de ninguna prueba. Todo se
apoya en una confianza instintiva generada por el uso y los años. Nada
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persuadiría a los ingleses para abolir el Banco de Inglaterra; y si algún


desastre lo eliminase, tendrían que pasar muchas generaciones antes de
que se tuviera la misma confianza en otro equivalente. Un sistema de
muchas reservas, si por algún milagro se implantara en Lombard Street,
sería muy perjudicial. Nadie lo entendería o confiaría en él. El crédi-
to es un poder que puede crecer, pero no se puede construir. Aquellos
que viven bajo un sistema de crédito grande y firme tienen que consi-
derar que si lo destruyen, nunca verán otro, ya que hacen falta muchos
años para que se consiga un sucesor.
Debido a esto, no sugiero que volvamos a un sistema bancario
natural o de muchas reservas. Si lo sugiriese sólo caería en el ridículo.
Ni puedo proponer que adoptemos el recurso simple y sencillo con el
que Francia ha evitado la misma dificultad. En Francia, toda la banca se
apoya en el Banco de Francia, incluso más de lo que lo hace la banca
inglesa respecto al Banco de Inglaterra. El Banco de Francia mantiene
la reserva bancaria final, así como la reserva en moneda extranjera. Pero
el Estado no confía dicha función a un comité de comerciantes, nom-
brados por los accionistas. La propia nación —el Gobierno Ejecutivo—
nombra al gobernador y al subgobernador del Banco de Francia. Estos
funcionarios tienen junto a ellos un consejo de «regentes» o directores,
nombrados por los accionistas. Pero no necesitan recurrir a ese conse-
jo a menos que piensen que es conveniente; son nombrados para velar
por el interés nacional y, al hacerlo así, pueden ignorar, si lo desean, los
murmullos de los «regentes».Y en teoría, se puede decir mucho de este
plan. Al ser el mantenimiento de una única reserva bancaria una fun-
ción nacional, es al menos plausible argumentar que el gobierno debe-
ría elegir a los funcionarios. Sin duda, dicha intervención política es
contraria a la sólida doctrina económica de que «la banca es un oficio y
sólo un oficio». Pero el gobierno olvidó esa doctrina cuando, mediante
privilegios y monopolios, hizo que un único banco predominase sobre
los demás, y estableció el sistema de reserva única. Como ese sistema
existe, un francés que utilice la lógica argumentaría de forma suficien-
temente consecuente que el Estado debería vigilarlo y gestionarlo. Pero
ningún plan de este tipo funcionaría en Inglaterra. No hemos sido pre-
parados para preocuparnos de la secuencia lógica de nuestras institu-
ciones, o más bien hemos sido aleccionados para no preocuparnos.Y, en
este caso, el resultado práctico por el que nos preocupamos sería malo.
El gobernador del Banco sería un funcionario Parlamentario de alto
nivel, quizás en el Gabinete, y cambiaría según la decisión de las mayo-
rías y de las fuerzas de los partidos. Un oficio en particular que requiere
consistencia y conocimientos especiales sería dirigido por un goberna-
dor inexperto y cambiante. De hecho, todo el plan le parecería eviden-
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Lombard street. Una descripcio n del mercado de dinero.indb 66 26/06/12 17:02


Una visión general de Lombard Street 67

temente absurdo a un hombre de negocios inglés; no lo consideraría,


no creería que mereciera la pena considerarlo. No sería suficiente para
él el hecho de que funciona bastante bien en Francia, y de que existen
teorías con argumentos engañosos sobre ello.
Al quedar fuera de lugar todos los cambios de este tipo, puedo pro-
poner sólo tres remedios.
Primero. Debería haber un claro entendimiento entre el Banco y el
público de forma que, ya que el Banco mantiene nuestra reserva ban-
caria final, reconocerá y actuará de acuerdo con las obligaciones que
esto implica —que la repondrá completamente cuando haya deman-
da extranjera, y que la prestará en momentos de pánico interno de for-
ma liberal y rápidamente, como requieren los principios evidentes de
la banca—.
Esto parece muy distinto al plan francés, pero en realidad no lo es
tanto. En Inglaterra llevamos a cabo a menudo, coaccionados indirec-
tamente por la opinión, lo que otros países hacen coaccionados direc-
tamente por el gobierno. Podemos hacerlo así en este caso. Ahora los
directores del Banco temen excesivamente a la opinión pública; proba-
blemente nadie es tan sensible a las críticas periodísticas.Y esto es muy
natural. Es cierto que se culpa mucho más a nuestros estadistas, pero
generalmente han recibido un buen aprendizaje para soportar las crí-
ticas. Si todavía se preocupan de ello (y algunos lo hacen tras años de
experiencia mucho más de lo que el mundo piensa), lo hacen menos
que al principio, y llegan a considerarlo como algo inevitable y que no
deja de ser irritante, de lo que nunca se librarán. Pero un director de
banco no recibe ninguna preparación ni endurecimiento similares. Sus
funciones en el Banco ocupan una parte muy pequeña de su tiempo; el
resto de su vida (a menos que vaya al Parlamento) la pasa como jubila-
do y en la industria mercantil. No está sujeto a la crítica aguda y públi-
ca, y no se le ha educado para que la soporte. Especialmente, cuando
una vez en su vida llega a ser, por rotación, gobernador, está muy ansio-
so de que «todo salga bien» en sus dos años como tal. Es capaz de irri-
tarse incluso porque se le cuestionen los principios en los que se basa
para actuar, y no puede soportar con ecuanimidad la crítica aguda y
personal. Actualmente, no estoy seguro de si esta sensibilidad es bene-
ficiosa. Como la situación exacta del Banco de Inglaterra en el merca-
do monetario no se ve con claridad, no existe un estándar al que pueda
acudir el gobernador del Banco. Siempre tiene miedo de que «se pueda
decir algo»; pero al no saber en gran medida qué puede ser ese «algo»,
su miedo no es sino una guía mediocre para él. Pero si se aceptase la
doctrina principal, si se reconociese que el Banco está encargado de la
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68 Walter Bagehot

custodia de nuestra única reserva bancaria, y que está obligado a ocu-


parse de ella conforme a los principios aceptados, entonces un gober-
nador del Banco podría fijarse en esos principios. Sabría por dónde iban
a venir las críticas. Si se guiara por un código, podría defenderse clara-
mente. Y entonces podríamos estar seguros de que los antiguos hom-
bres de negocios no se desviarían del código. En la actualidad la Junta
Directiva es una especie de semialbaceas de la nación.Yo les consideraría
albaceas reales, y con un buen contrato de fideicomiso.
Segundo. El gobierno del Banco debería mejorar de la siguien-
te manera. Deberíamos disminuir el elemento amateur; deberíamos
aumentar el elemento de especialización bancaria; y deberíamos ase-
gurar más constancia en la administración.
Tercero. Ya que estas dos sugerencias se diseñan para hacer que el
Banco sea lo más fuerte posible, deberíamos fijarnos en el resto de
nuestro sistema bancario, y tratar de reducir las demandas sobre el Ban-
co tanto como podamos. Como la maquinaria central es inevitable-
mente frágil, deberíamos disminuir con cuidado y tanto como sea posi-
ble las tensiones sobre ella.
Pero para explicar estas propuestas, y comprender completamente
muchos de los argumentos que se han usado, tenemos que fijarnos con
más detalle en las partes que componen Lombard Street, y en el curio-
so conjunto de causas que le han hecho asumir su singular estructu-
ra actual.

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3 CÓMO NACIÓ LOMBARD STREET
Y POR QUÉ ADOPTÓ SU FORMA ACTUAL

En el pasado siglo, un tema favorito de la inventiva literaria era la


«historia conjetural», como se la llamó entonces. Basándose en la proba-
bilidad, se realizaba un bosquejo ficticio del posible origen de las cosas
que existen. Si se aplicase ahora esta clase de especulación a la ban-
ca, la primera idea natural sería que en el mundo antiguo se desarro-
llaron grandes sistemas de bancos de depósito, de la misma forma que
proliferan en cualquier colonia inglesa grande. Tan pronto como cual-
quier comunidad llega a ser lo suficientemente rica como para tener
mucho dinero, y lo bastante sólida como para ser capaz de guardar su
dinero en bancos individuales, comienza inmediatamente a hacerlo. A
los colonizadores ingleses no les gusta el riesgo de guardar su dinero, y
desean conseguir un interés por él. Llevan de su país de origen la idea y
el hábito de la banca, y realizan esa actividad tan pronto como pueden
en su nuevo mundo. La historia conjetural tendería a decir que toda la
banca comienza así: pero dicha historia es de poco valor. Su base es fal-
sa. Supone que lo que funciona más fácilmente cuando está establecido
es lo que parece más fácil de establecer, y que lo que parece más sim-
ple cuando es familiar sería lo más fácilmente apreciado por la men-
te aunque no fuera familiar. Pero lo cierto es exactamente lo contra-
rio. Muchas cosas que parecen simples y que funcionan bien cuando se
establecen sólidamente, son muy difíciles de establecer entre las perso-
nas modernas, y no resulta demasiado sencillo explicárselas. El depósi-
to bancario es de esta clase. Su esencia es que un gran número de per-
sonas lleguen a confiar en muy pocas personas, o en una sola. La banca
no sería un negocio beneficioso si los banqueros no fueran escasos, y
los depositantes, en términos comparativos, una cantidad enorme. Pero
resulta siempre muy difícil conseguir que un gran número de personas
realicen exactamente la misma cosa, y nada, excepto una necesidad evi-
dente, les motivará a que comiencen a hacerlo de repente. Y no exis-
te dicha necesidad palpable en la banca. Si se considera una población
rural francesa, incluso en la actualidad, no se encontrará un sistema ban-
cario como el nuestro. Los talonarios de cheques son desconocidos, y
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70 Walter Bagehot

es raro que el dinero se guarde en una cuenta corriente en los bancos.


Los individuos almacenan su dinero en una caisse en sus casas. Los aho-
rros regulares, a la espera de ser invertidos, y sobre los que se está seguro
de que no se necesitarán pronto, pueden ser depositados en los bancos;
pero el efectivo que normalmente circula en la comunidad se guarda en
casa por la misma comunidad. Prefieren hacerlo así, y el banquero que
entrará en gastos para ofrecer otra forma de conservarlo se vería frus-
trado. Si una «sucursal», como el National Provincial Bank que opera
en una población rural inglesa, lo hiciera en una francesa, no lograría
pagar sus gastos. No podría conseguir un número suficiente de france-
ses que estuvieran dispuestos a depositar su dinero allí.Y así ocurre en
todos los países que no son de ascendencia británica, aunque en diver-
sos grados. El depósito bancario es algo muy difícil de instituir, porque
a los individuos no les gusta dejar su dinero fuera de su vista especial-
mente sin alguna garantía —es más, no pueden llegar todos simultá-
neamente a ponerse de acuerdo en una única persona a quien estarían
dispuestos a confiárselo sin tenerlo a la vista y garantizado—. La histo-
ria hipotética, que explica el pasado a través de lo que es más simple y
habitual en la actualidad, es bastante falsa en el caso de la banca, como
en la mayoría de las cosas.
La historia real es muy diferente. Las nuevas necesidades son satis-
fechas sobre todo a través de la adaptación, no mediante la creación
o la fundación. Algo que ha sido creado para satisfacer una necesidad
acuciante, se utiliza para satisfacer las necesidades menos apremiantes,
o para proporcionar nuevas comodidades. En este sentido, el gobier-
no —la institución más vieja del mundo— ha sido el que ha trabajado
más duramente. Al principio de la historia, hacía todo lo que la sociedad
quería y prohibía todo lo que la sociedad no deseaba. En la actualidad,
en lo que se refiere a los negocios, el primer comercio que se levan-
ta en un nuevo lugar es una tienda de ramos generales que, comen-
zando con artículos que satisfacen una necesidad real, pronto empieza
a suministrar la más extraña acumulación de frivolidades. Y la historia
de la banca ha sido la misma. Los primeros bancos no se fundaron para
nuestro sistema de depósito bancario, o para nada parecido. Se crearon
por razones mucho más urgentes, y una vez fundados, ellos o sus répli-
cas, se adaptaron a nuestros usos modernos.
Los primeros bancos de Italia, de donde surgió el nombre, eran socie-
dades financieras. La Banca de San Jorge, en Génova, y otros bancos fun-
dados a su semejanza, fueron al principio sólo sociedades dedicadas a
prestar, y colocar préstamos, a los gobiernos de las ciudades en las que
se fundaron. La necesidad de dinero es urgente para los gobiernos en la
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Lombard street. Una descripcio n del mercado de dinero.indb 70 26/06/12 17:02


Cómo nació Lombard Street y por qué adoptó su forma actual 71

mayoría de los periodos, y muy pocas veces más urgente de lo que era en
las tumultuosas repúblicas italianas de la Edad Media. Cuando estos ban-
cos llevaban largo tiempo establecidos, comenzaron a desarrollar lo que
se denomina negocio bancario; pero al principio nunca pensaron en ello.
Los grandes bancos del norte de Europa tuvieron su origen en una nece-
sidad aún más curiosa. La idea de que el negocio primordial de un banco
sea proporcionar una moneda sana ya no vive en el recuerdo de los hom-
bres, pero dondequiera que esa necesidad aun subsista no hay demanda
más aguda y apremiante que para dicha función. Adam Smith lo describe
tan admirablemente que sería una tontería no repetir sus palabras:

«El dinero circulante de un gran Estado, como Francia o Inglate-


rra, generalmente consiste en su propia moneda metálica. Cuando esta
moneda con el transcurso del tiempo se desgasta, se recorta o se degra-
da de cualquier otra manera por debajo de su valor estándar, el estado
mediante una reforma de su moneda puede reestablecer eficazmente su
dinero. Pero el dinero de un estado pequeño, como Génova o Hambur-
go, muy pocas veces puede consistir por completo en su propia mone-
da, sino que debe estar formada, en gran medida, por las monedas de
todos los estados vecinos, con los que sus habitantes mantienen conti-
nuas relaciones. Por lo tanto, dicho estado, al reformar su moneda, no
siempre podrá reformar su dinero. Si sus letras de cambio extranjeras se
pagan con este circulante, el valor incierto de cualquier suma, cuya pro-
pia naturaleza es tan incierta, llevará a que el tipo de cambio siempre
sea perjudicial para dicho Estado, porque su dinero, en todos los estados
extranjeros, se valora necesariamente por debajo de lo que vale.
Para remediar este inconveniente que el cambio desfavorable pro-
voca necesariamente en sus comerciantes, dichos pequeños Estados,
cuando comenzaron a ver lo interesante que era el comercio, dispusie-
ron frecuentemente que las letras de cambio extranjeras de un cierto
valor deberían pagarse, no en dinero corriente, sino mediante orden o
por transferencia, a las cuentas de un determinado banco, fundado bajo
la garantía y la protección del Estado, estando este banco siempre obli-
gado a pagar, en dinero aceptable y verdadero, exactamente conforme al
estándar del estado. Los bancos de Venecia, Génova, Ámsterdam, Ham-
burgo y Nuremberg parecen haber sido establecidos originariamente
según esta perspectiva, aunque después, algunos de ellos pueden haber
sido supeditados a otros propósitos. El dinero de dichos bancos, al ser
mejor que el habitual que existía en el país, necesariamente generó un
agio, que era mayor o menor, según se supusiera que la moneda estaba
más o menos degradada por debajo del estándar del Estado. Por ejem-
plo, el agio del banco de Hamburgo, que se decía que era habitualmente
de un catorce por ciento, es la supuesta diferencia entre el estándar ade-
cuado de dinero del Estado, y la moneda cercenada, deteriorada y dis-
minuida esparcida en el país desde todos los Estados vecinos.
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72 Walter Bagehot

Antes de 1609, la enorme cantidad de moneda extranjera cercenada


y deteriorada que la expansión del comercio de Ámsterdam trajo ­desde
todos los lugares de Europa, redujo el valor de su moneda alrededor
de un 9 por ciento por debajo del nuevo dinero aceptable proceden-
te de la casa de la moneda.Tan pronto surgía dicho dinero, éste era fun-
dido o transportado, como sucede siempre en tales circunstancias. Los
comerciantes, con una gran cantidad de moneda, no pudieron encon-
trar siempre una cuantía suficiente de dinero aceptable para pagar sus
letras de cambio; y el valor de esas letras llegó a ser muy incierto, a pesar
de las diversas regulaciones que se elaboraron para impedirlo.
Para remediar estos inconvenientes, en 1609 se estableció un ban-
co bajo la garantía de la City. Este banco recibió tanto moneda extranje-
ra como del país, ligera y deteriorada en su valor intrínseco real, respecto
al dinero adecuado estándar del país, deduciendo sólo lo que era necesa-
rio para sufragar el gasto de acuñación y otros gastos necesarios de gestión.
Por el valor restante, después de esta pequeña deducción, proporcionó un
crédito en sus cuentas. Este crédito se denominó dinero bancario, que, al
representar el dinero exactamente de acuerdo con el estándar de la casa de
la moneda, tuvo siempre el mismo valor real, e intrínsicamente un mayor
valor que el dinero corriente. Al mismo tiempo se promulgó que todas
las letras que se usaran o se negociaran en Ámsterdam cuyo valor fuera
de seiscientos florines o más, deberían pagarse en dinero bancario, lo que
inmediatamente eliminó toda incertidumbre acerca del valor de esas letras.
Debido a esta regulación, todo comerciante estaba obligado a mantener
una cuenta en el banco para pagar sus letras de cambio extranjeras, lo que
necesariamente ocasionó una cierta demanda de dinero bancario»  1.

Por otro lado, una función muy importante de los primeros bancos,
que mantienen los bancos actuales, aunque subordinada a su función
principal, es, a saber, la función de girar dinero. Una persona lleva dine-
ro al banco para realizar un pago que desea hacer a gran distancia, y el
banco, al estar relacionado con otros bancos, lo envía donde se desea.
Tan pronto como las letras de cambio se utilizan a gran escala, este giro
es un requisito muy apremiante. Dichas letras tienen que pagarse en el
lugar conveniente al vendedor de los bienes al que se le dan en pago,
quizás en la gran ciudad en la que está ubicado su almacén. Pero éste
puede estar muy lejos de la tienda minorista del comprador que adqui-
rió esos bienes que a su vez venderá en el interior, en la campiña. Para
estos propósitos, y muchos más, el giro inmediato y regular de dinero
es un prerrequisito para el auge del comercio; y ese giro era un primer
objetivo a cumplir por parte de los primeros bancos.
1
 Smith, Wealth of Nations, Libro IV, cap. iii. «Disgression concerning Banks of Depo-
sit», etcétera.
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Cómo nació Lombard Street y por qué adoptó su forma actual 73

Todos estos usos son diferentes a los de los depósitos bancarios que
suministraron los bancos que llegaron a ser más tarde, conforme al sen-
tido inglés, bancos comerciales. Al posibilitar estos usos, lograron la con-
fianza que después les permitió ganarse la vida como bancos comerciales.
Al encomendarles un propósito, llegaron a confiarles otro bastante dife-
rente, finalmente mucho más importante, aunque al principio mucho
menos apremiante. Pero estas necesidades sólo afectan a unas pocas per-
sonas y, por lo tanto, sólo unos pocos se percataron de la existencia de esos
bancos. La función introductoria real que los bancos comerciales reali-
zan al principio es mucho más popular, y es sólo cuando puede realizar
esta clase de negocio más popular, que la banca comercial prolifera rápi-
da y extensamente. Esta función consiste en suministrar la circulación de
billetes en el país, y se observará que no voy a exceder mis límites y ana-
lizar esto como una cuestión de dinero. De qué forma se puede abastecer
mejor de billetes a un país es una cuestión de teoría económica que no
voy a considerar aquí. Sólo voy a exponer la historia incuestionable, sin
ocuparme de argumentar cada paso que se discute.Y parte de esta histo-
ria verídica indica que la mejor forma de propagar la banca en una comu-
nidad es permitir que el banquero emita billetes de baja denominación
que puedan sustituir a la moneda metálica. Esto equivale a dar un subsi-
dio a cada banquero para que pueda mantener operativo un banco has-
ta que los depositantes elijan acudir. Escocia es el país en el que la banca
depositaria está más extendida y sin rentabilidad original se debió entera-
mente al circulante. La emisión de billetes es ahora una parte muy insig-
nificante de los pasivos de los bancos escoceses, pero antiguamente fue
su pilar y fuente de beneficio. Un libro curioso, recientemente publica-
do, nos ha permitido seguir su trayectoria con detalle. El Banco de Dun-
dee, fusionado ahora con el Royal Bank of Scotland, se fundó en 1763, y
había llegado a ser, antes de su fusión, ocho o nueve años atrás, un banco
con importantes depósitos. Pero a los veinticinco años de su fundación,
no tenía depósitos. Subsistía principalmente con la emisión de sus bille-
tes, y un poco con los giros. Sólo en 1792, transcurridos casi treinta años,
comenzó a conseguir depósitos, y desde ese momento aumentaron muy
rápidamente  2. La historia bancaria de Inglaterra ha sido igual, aunque no
tenemos cuentas bancarias del país en detalle para remontarnos tan atrás.
Pero probablemente hasta 1830 en Inglaterra, más o menos, el beneficio
principal de los bancos procedía de la circulación de dinero, y durante
muchos años después se consideraron los depósitos como asuntos muy
secundarios, y toda la denominada discusión bancaria giraba en torno a
cuestiones referidas a la circulación de dinero. Estamos todavía viviendo
2
 Véase la Nota C en los apéndices.
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74 Walter Bagehot

los débris de esa controversia, ya que, como he dicho a menudo, la gente


apenas se puede imaginar la estructura de Lombard Street, excepto en lo
que se refiere al papel moneda y a la Ley de 1844, que lo regula ahora.
Los franceses aún no han avanzado en este tema. Su gran enquête de 1865
se ocupa casi completamente de asuntos monetarios, y la simple ban-
ca es considerada como secundaria. Y las cuentas del Banco de Francia
demuestran por qué. El último informe semanal antes de la guerra ale-
mana señalaba que la circulación del Banco de Francia era de 59.244.000
libras y que los depósitos privados eran sólo de 17.727.000 libras. En la
actualidad, los depósitos privados son casi los mismos, y la circulación es
de 112.000.000 de libras. Incluso en un gran país como Francia, es muy
difícil que el sistema de depósitos se asiente y se establezca con la fuerza
y el vigor que tiene en Inglaterra.
La experiencia de Alemania es la misma. Las cuentas anteriores a
la guerra en el norte de Alemania mostraban que la circulación de los
bancos emisores era de 39.875.000 libras y los depósitos 6.472.000
libras, mientras que las cifras correspondientes a la situación actual son
60 millones de libras en circulación y 8 millones en depósitos. Sería
ocioso dar muchos más ejemplos.
La razón por la que el uso del dinero bancario precede habitual-
mente al hábito de generar depósitos en los bancos es muy sencilla. Es
un hábito mucho más fácil de establecer. En la emisión de billetes, el
banquero, la persona que más se beneficia, puede actuar. Puede pagar
sus propias «promesas» en préstamos, en salarios o en pago de deu-
das. Pero en la obtención de depósitos su papel es pasivo. Sus emisio-
nes dependen de él mismo; sus depósitos, del favor de otros.Y para el
público, el cambio es también mucho más fácil. Para que un mismo
banquero recaude una enorme cantidad de depósitos tiene que haber
un gran número de personas que quieran hacer algo. Pero para poner
los billetes en circulación, un gran número de personas no tienen que
hacer nada. Reciben los billetes del banquero en el curso habitual de
sus negocios y únicamente no tienen que presentar esos billetes ante
el banquero exigiendo pago en metálico. Si el público no se toma la
molestia, empieza a circular el papel inmediatamente. La circulación
de papel es iniciada por el banquero, y el público no tiene que hacer
ningún esfuerzo; al contrario el público deberá realizar un esfuerzo
para deshacerse de los billetes una vez que se han emitido; pero el
banquero no puede iniciar el depósito bancario, y necesita un esfuer-
zo espontáneo y constante por parte de la comunidad.Y, por lo tanto,
la emisión de papel es el preludio natural del depósito bancario.
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Cómo nació Lombard Street y por qué adoptó su forma actual 75

La manera en la que la emisión de billetes por parte de un ban-


quero prepara el camino hacia el depósito de dinero en su banco es
muy evidente. Cuando un particular comienza a poseer una gran
cantidad de billetes de banco, pronto se dará cuenta de que está con-
fiando demasiado en el banquero y que a cambio no está recibiendo
nada. Corre con el riesgo de perderlos o de que se los roben del mis-
mo modo que si estuviera atesorando moneda. Si hiciera un depósi-
to en el banco, sólo correría el riesgo de que el banco quiebre, y ya
no asumiría el de tener que guardar efectivo. Sin duda, hace falta que
transcurra cierto tiempo antes de que este simple razonamiento sea
comprendido por las mentes no instruidas. Tan fuerte es el deseo de
la mayoría de las personas de ver su dinero, que durante algún tiem-
po continúan atesorando billetes de banco: algunos pocos lo hacen
durante un largo periodo. Pero al final impera el sentido común. La
circulación de billetes de banco disminuye, y aumentan los depósi-
tos de dinero en el banco. Los billetes han sido una publicidad efi-
caz para la confiabilidad del banquero, y una vez aceptados por el
público, aquel vive del crédito conseguido de esta forma años des-
pués de que la emisión de billetes por sí misma haya dejado de ser
muy importante para él.
La eficiencia de esta introducción es proporcional a la difusión del
derecho a emitir billetes. Un único emisor monopolista, como el Ban-
co de Francia, se abre camino con dificultad a lo largo del país, y pro-
mociona la banca muy lentamente. Incluso ahora, el Banco de Fran-
cia que, creo, debería por ley tener una sucursal en cada departamento,
tiene sucursales sólo en sesenta de los ochenta y seis. Por otro lado, los
bancos suizos, de los que siempre hay uno o más en cada cantón, difun-
den la banca rápidamente. Hemos visto que los pasivos del Banco de
Francia se sitúan en:
£
Billetes............................ 112.000.000
Depósitos........................ 15.000.000
Pero los bancos suizos en su conjunto, por el contrario, presentan:
£
Billetes............................ 761.000
Depósitos........................ 4.709.000 3

3
  Estas son las cantidades a 31 de diciembre de 1865.Véase M.Wirth, Gründzuge der
Natinal-Oekonomie, vol. 3, p. 491.
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76 Walter Bagehot

La razón es que un banco central, que es gobernado desde la capi-


tal y que irrumpe en un distrito del país, tiene muchas menos formas
de prestar dinero con seguridad que un banco en el que sus socios
pertenecen a ese distrito, y conocen a las personas y a las cosas que
hay en él. Una emisión de billetes comienza principalmente median-
te préstamos; entonces no hay depósitos que pagar. Pero la mayoría
de préstamos en un distrito rural son de pequeña cuantía; los efectos
a descontar son insignificantes; las personas que piden préstamos tie-
nen medios escasos y sólo reputación local, el valor de cualquier pro-
piedad que deseen dar en prenda depende de los cambios y de las cir-
cunstancias locales. Un banquero que vive en el distrito, que siempre
ha vivido allí, que conoce la historia del distrito y sus cambios, puede
prestar fácilmente dinero con seguridad en ese lugar. Pero un direc-
tor delegado desde un establecimiento central único lo hace con difi-
cultad. Las peores personas acudirán a él y le solicitarán préstamos. Su
ignorancia es una señal para la gente perspicaz y astuta de esa zona.
Tendrá infinitas dificultades para establecer la circulación de un banco
que está situado en un lugar lejano, porque no tiene el conocimien-
to local, que es lo único que puede enseñarle cómo emitir esa circu-
lación con seguridad.
Por tanto, un sistema de emisión de billetes es la mejor introduc-
ción a un gran sistema de depósitos bancarios. Hasta hoy, histórica-
mente, es la única introducción: todavía ninguna nación ha llegado a
un gran sistema de depósitos bancarios sin atravesar primero la etapa
preliminar de la emisión de billetes, y de dichas emisiones, la más rápi-
da y eficaz es la realizada por quienes residen en un distrito y lo cono-
cen bien.
Y esto explica por qué los depósitos bancarios son tan poco fre-
cuentes. Dicha emisión de billetes, como se ha descrito, es sólo posi-
ble en un país que no está invadido ni sufre una revolución. Durante
una invasión, los bancos emisores de billetes tienen que dejar de hacer
los pagos; una retirada de fondos a causa del pánico es casi inevitable
en ese momento, y durante una revolución también. En situaciones de
peligro civil grande y próximo, una nación está siempre desmoralizada;
todo el mundo mira por sí mismo, y quiere poseer metales preciosos.
Éstos tienen un valor seguro, haya o no invasión o revolución. Pero la
buena calidad de los billetes de banco depende de la solvencia del ban-
quero, y esa solvencia puede verse dañada si no se repele la invasión o
no se hace frente a la revolución.
Apenas ningún país del continente se ha librado durante largos
periodos tanto de una invasión como de una revolución. En Holanda
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Cómo nació Lombard Street y por qué adoptó su forma actual 77

y en Alemania —dos países en los que la emisión de billetes y el depó-


sito bancario parecerían tan naturales como en Inglaterra y en Esco-
cia— nunca ha existido seguridad de no sufrir una guerra extranjera.
Un temor profundo a la invasión externa caló en todos sus hábitos, y
los hombres de negocios hubieran considerado una locura no contem-
plar una contingencia tan frecuente en su historia, y de la que quizás
ellos mismos fueron testigos.
De hecho, antes de 1789, Francia era una excepción. Durante
muchos años, bajo el antiguo régime, no había sufrido ninguna inva-
sión seria ni intento de revolución. Su gobierno era inalterable, como
se pensaba entonces, y poderoso; podía resistir a cualquier enemigo
exterior, y el prestigio sobre el que descansaba parecía demasiado sólido
como para temer a ningún enemigo de dentro. Pero en ese momen-
to, el gobierno no era honesto, y había mostrado su deshonestidad en
este asunto concreto de la emisión de billetes. El regente en la épo-
ca de Law había concedido un monopolio de emisión de billetes a un
mal banco, y había pagado las deudas de la nación en un papel que
carecía de valor. El gobierno había creado un mecanismo de ruina y lo
había desarrollado. En un pueblo tan temeroso como el francés al final
el resultado fue funesto. Durante muchos años no fue posible en Fran-
cia ningún intento de emisión de billetes o de creación de depósitos
bancarios. Incluso más tarde cuando se fundó la Caisse d’Escompte, en la
época de Turgot, se recordaba claramente el fracaso de Law, e impedía
iniciar mejores intentos.
Por lo tanto, ésta es la razón por la que existe Lombard Street;
es decir, el motivo por el cual Inglaterra tiene un mercado mone-
tario tan grande, y los de otros países europeos son tan pequeños
en comparación. En Inglaterra y en Escocia los bancos iniciaron un
sistema diseminado de emisión de billetes que hizo que se crearan
bancos por todo el país; en estos bancos, se depositaban los ahorros
de la nación, que eran enviados a Londres. Ningún sistema similar
surgió en ningún otro lugar y, por consiguiente, Londres está reple-
to de dinero, y todas las ciudades del continente vacías en compa-
ración con ella.

II

La forma monárquica de Lombard Street se debe también a la emi-


sión de billetes. El origen del Banco de Inglaterra ha sido narrado por
Macaulay, y nunca es sabio que un escritor común repita lo que él ya
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78 Walter Bagehot

ha dicho mucho mejor, ni resulta necesario, porque sus escritos están


en manos de todo el mundo. A pesar de todo debo recordar a mis lec-
tores la curiosa historia.
De todas las instituciones del mundo, el Banco de Inglaterra es
ahora probablemente la más alejada de los partidos políticos y de la
«financiación». Pero en sus orígenes no era sólo una sociedad finan-
ciera, sino una sociedad financiera whig. Se fundó por un gobierno
whig porque tenía una gran necesidad de dinero, y fue apoyado por la
City porque ésta era whig. Muy brevemente, la historia fue la siguiente.
El gobierno de Carlos II (bajo el Ministerio de la Conspiración) había
llevado el crédito del Estado inglés al punto más bajo posible. Había
perpetrado uno de esos monstruosos fraudes, que son asimismo erro-
res garrafales. Los orfebres, que entonces desarrollaron a escala insigni-
ficante lo que hoy en día llamaríamos banca, solían depositar su reserva
de tesoro en el «Erario Público» con la autorización y bajo el cuidado
del gobierno. En muchos países europeos, el crédito del Estado había
sido tan superior a cualquier otro crédito, que había sido utilizado para
fortalecer los inicios de la banca. El crédito del Estado había sido utili-
zado de esta forma en Inglaterra, y aunque últimamente se había sufri-
do una guerra civil y varias revoluciones, se supuso implícitamente
la honestidad del gobierno inglés. Pero se demostró que Carlos II no
mereció esa confianza. Cerró el «Erario Público», no pagó a nadie, y de
esta forma se arruinaron los «orfebres».
El crédito del gobierno de los Estuardo nunca se recuperó de este
tremendo robo, y el gobierno surgido de la Revolución de 1688 no
podía esperar ser considerado más digno de confianza respecto al dine-
ro que su predecesor. Un gobierno que surge de una revolución casi
nunca lo es. Los capitalistas temen instintivamente al estigma de la vio-
lencia y hay siempre una aprensión racional a que el gobierno instau-
rado por una revolución bien puede ser derrocado por otra. En 1694,
el crédito del gobierno de Guillermo III era tan bajo en Londres que
le era imposible pedir prestada una suma importante; y el daño era aún
mayor, ya que debido a la guerra francesa los apuros financieros del
gobierno eran enormes. Al final se acertó con un esquema que aliviaría
sus necesidades. Macaulay dice que «El plan era que deberían recaudar-
se 1.200.000 libras a un interés del 8 por ciento, que entonces se con-
sideraba moderado». Para persuadir a los suscriptores de que anticipa-
ran el dinero inmediatamente en unos términos tan desfavorables para
el público, los suscriptores se constituirían en sociedad con el nombre
de Gobernador y Sociedad del Banco de Inglaterra. Al constituirse de
esta forma, se obtuvo la cuantía de 1.200.000 libras.
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Cómo nació Lombard Street y por qué adoptó su forma actual 79

En muchas ocasiones posteriores, su crédito fue muy útil para el


gobierno. Sin su ayuda, no se podría haber convertido en préstamo
nuestra deuda nacional; y si no hubiésemos sido capaces de recaudar ese
dinero, habríamos sido conquistados por Francia y obligados a aceptar
la vuelta de Jaime II.Y por muchos años la existencia de esa deuda fue
una de las principales razones por la que la burguesía industrial nunca
consideró restaurar al Pretendiente ni alterar el acuerdo de la revolu-
ción. En los libros de esa época siempre se consideraba que el «acreedor
público» y su soberano legítimo tenían intereses contrapuestos, ya que
aquél temía que éste repudiase la deuda que habían generado aquellos
que lo habían destronado, deuda que se había destinado a financiar la
resistencia y a sus aliados. Durante un largo periodo de tiempo, el Ban-
co de Inglaterra fue el centro del liberalismo londinense, y gracias a esa
capacidad prestó al Estado inestimables servicios. A cambio de estos
importantes beneficios, el Banco de Inglaterra recibió del gobierno, al
principio o más tarde, tres privilegios muy importantes.
Primero.  El Banco de Inglaterra tuvo la posesión exclusiva de los
saldos del gobierno. En su primer periodo, como he señalado, el Banco
concedió crédito al gobierno, pero después obtuvo rédito de esta rela-
ción. Existe una tendencia natural de las personas a seguir el ejemplo
del gobierno bajo el que viven. Éste es la entidad más grande, impor-
tante y visible con la cual entra en contacto la población; su conoci-
miento abarca una rango infinitamente superior al del promedio de la
gente y, por lo tanto, a menos que haya una advertencia evidente de lo
contrario, la mayoría de las personas tienden a pensar que su gobierno
actúa correctamente y, cuando pueden, hacen lo que él hace. Especial-
mente en los asuntos de dinero, un hombre puede razonar justificada-
mente: «Si el gobierno está en lo cierto al confiar al Banco de Inglate-
rra el gran saldo de la nación, no puedo equivocarme en confiarle mi
pequeño saldo».
Segundo.  El Banco de Inglaterra tuvo, hasta hace poco, el mono-
polio de la responsabilidad limitada en Inglaterra. La ley común de
Inglaterra no sabe nada de dicho principio. Sólo es posible mediante la
Royal Charter o la Statute Law. Pero en ninguna de estas disposiciones
se permitía que un banco verdadero (no tengo en cuenta los esquemas
absurdos tales como el Land Bank de Chamberlayne) tuviera respon-
sabilidad limitada en Inglaterra hasta hace muy pocos años. De hecho,
muchas personas pensaron que era adecuado para el Banco de Ingla-
terra, pero no para cualquier otro banco. Recuerdo haber oído en la
City de Londres la conversación de un distinguido comerciante, buen
representante de las ideas más habituales entonces. Estaba hablando en
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80 Walter Bagehot

contra de los bancos de responsabilidad limitada, y alguien le pregun-


tó, «entonces, ¿qué opina del Banco de Inglaterra, donde mantiene su
propia cuenta?». «¡Oh!» —replicó— «ése es un caso excepcional».Y sin
lugar a dudas, era una excepción de gran valor para el Banco de Ingla-
terra, porque ello inducía a muchos comerciantes tranquilos y meticu-
losos a ser directores del Banco, que sin duda no se habrían asociado en
cualquier otro banco, en el que todas sus fortunas estuvieran en juego y
en el que la responsabilidad no fuera limitada.
Tercero.  El Banco de Inglaterra tuvo el privilegio de ser la única
sociedad anónima a la que se permitió emitir billetes de banco en Ingla-
terra. Los banqueros privados londinenses emitieron billetes hasta la
mitad del siglo pasado, pero ninguna sociedad anónima podía hacerlo.
La cláusula aclaratoria de la Ley de 1742 suena de lo más curioso en
nuestros oídos modernos:

«Y para evitar cualquier duda que pueda surgir respecto al privi-


legio o poder otorgado a dicho gobernador y sociedad —es decir, el
Banco de Inglaterra— de ser BANCA EXCLUSIVA; y también respec-
to a la creación de algún otro banco o bancos por parte del Parlamen-
to, o el impedimento a otras personas de realizar la actividad bancaria
durante la continuación de dicho privilegio concedido al gobernador
y a la sociedad del Banco de Inglaterra, como se expuso anteriormen-
te; es por la presente que además se promulga y se declara por parte de
la autoridad susodicha, que es el verdadero intento y significado de lo
que se dice en la Ley, que no se creará, establecerá o permitirá por par-
te del Parlamento ningún otro banco, y que no será legal que ningún
organismo político o sociedad, ya creado o que se vaya a crear, o que
cualesquiera otras personas ya unidas o que vayan a estarlo, en conve-
nios o en asociaciones que excedan el número de seis personas en esa
parte de Gran Bretaña llamada Inglaterra, pidan prestado, tengan deu-
das o acepten alguna suma o sumas de dinero sobre sus efectos o bille-
tes pagaderos según se demanden o en un tiempo inferior a seis meses
desde el endeudamiento durante el mantenimiento de dicho privile-
gio a dicho gobernador y sociedad, que de esta manera son declarados
ser una sociedad y permanecer como tal con el privilegio de ser banca
exclusiva, como antes se dijo».

Para nuestros oídos modernos estas palabras parecen significar más


de lo que realmente significan. El término banca se aplicaba entonces
sólo a la emisión de billetes y a la aceptación de dinero en depósito a
cambio de una letra exigible a la vista. Nuestro sistema actual de depó-
sitos bancarios, en el que no se emiten letras o pagarés, no era enton-
ces conocido a gran escala, y no se denominaba banca. Pero su efecto
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Cómo nació Lombard Street y por qué adoptó su forma actual 81

era muy importante. En su momento proporcionó al Banco de Ingla-


terra el monopolio de la emisión de billetes de la Metrópoli. En esa
época no había sucursales, así que no competía por la circulación del
país. Pero en la Metrópoli, donde sí competía, era completamente vic-
torioso. Ninguna sociedad, excepto el Banco de Inglaterra, podía emitir
billetes y los individuos que no habían constituido una sociedad anó-
nima fueron gradualmente desapareciendo y dejaron de hacerlo. Hasta
1844, los banqueros privados londinenses podrían haber emitido bille-
tes si lo deseaban, pero hace casi cien años fueron desplazados de esa
actividad. En la práctica el Banco de Inglaterra ha tenido durante tan-
to tiempo un monopolio de la circulación, que habitualmente se cree
que siempre tuvo un monopolio legal.
Y el efecto práctico de la cláusula fue más allá: se creyó que con-
vertía al Banco de Inglaterra en la única sociedad anónima que podía
recibir depósitos, así como en la única sociedad que podía emitir bille-
tes. El obsequio de «banca exclusiva» al Banco de Inglaterra fue inter-
pretado en su sentido moderno más natural: se creía que prohibía a
cualquier otra sociedad bancaria llevar a cabo nuestro sistema actual
de banca. Después de que se permitiera la banca comercial en el resto
del país, la gente empezó a preguntarse por qué no debería existir tam-
bién en la Metrópoli.Y entonces se comprobó que las palabras que he
citado sólo prohibían la emisión de instrumentos negociables, y no la
recepción de dinero cuando no se entrega ninguno de esos instrumen-
tos. Sobre esta interpretación se fundaron el London and Westminster
Bank y todos nuestros bancos comerciales más antiguos. Pero hasta que
comenzaron a operar, el Banco de Inglaterra tenía entre las compañías
no sólo el privilegio exclusivo de emitir billetes, sino también el de ser
banco de depósitos. En todos los sentidos, era la única sociedad banca-
ria en Londres.
Con tantas ventajas sobre los demás competidores, resulta bastante
natural que el Banco de Inglaterra los dejara atrás a todos. Inevitable-
mente llegó a ser el banco de Londres; los demás banqueros se agrupa-
ban en torno a él, y mantenían su reserva en él. De esta forma, nuestro
sistema de reserva única de la banca no se fundó deliberadamente sobre
razones precisas; fue la consecuencia gradual de muchos sucesos singu-
lares, y de una acumulación de privilegios legales que ya nadie defen-
dería para un único banco, y que ya ha sido alterada.

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4 LA POSTURA DEL MINISTRO DE
HACIENDA EN EL MERCADO DE DINERO

Es completamente cierto en teoría el principio económico de que


la banca es un negocio y sólo un negocio, y una extensa experiencia
nos permite asegurar que un gobierno que interviene en cualquier
comercio lo perjudica. Sin lugar a dudas, lo mejor que el gobierno pue-
de hacer en el mercado monetario es dejar que cuide de sí mismo.
Pero un gobierno sólo puede llevar a cabo este principio universal-
mente si cumple una condición: debe guardar su propio dinero. En oca-
siones, el gobierno posee necesariamente grandes cantidades en efecti-
vo. Es de lejos la institución más rica del país; su ingreso anual pagadero
en dinero supera con creces el de cualquier otro organismo o persona.
Y si comienza a depositar esta inmensa renta en algún banco conforme
la acumula, inmediatamente se interesa por la prosperidad de ese banco.
No puede pagar el interés que recae en su deuda si ese banco no pue-
de producir los dineros públicos depositados cuando hay que pagar ese
interés; no puede pagar sus salarios ni sus gastos diversos, si ese banco
falla en cualquier momento. Un gobierno moderno es como un hom-
bre muy rico con grandes deudas que no puede pagar fácilmente; nece-
sita su crédito para su prosperidad, casi para su existencia, y si su banque-
ro fracasa cuando tiene que hacer frente a una de sus deudas, su dificultad
es enorme.
Se dirá que otro banquero puede asumir la cuenta del gobierno.
Puede anticipar, como se ha hecho a menudo ante los fracasos de otros
bancos, lo que el gobierno necesita en ese momento para asegurar la
cuenta de éste en el futuro. Pero este remedio es imperfecto ya que no
sirve cuando nos encontramos en la peor situación. En un pánico, y
ante un desplome general del crédito, probablemente no se encontra-
rá un banquero de este tipo. El banquero antiguo que posee el depósi-
to gubernamental no puede reembolsarlo, y ningún banquero que no
tenga ese depósito, en un momento de crisis profunda, podrá conseguir
los 5 o 6 millones de libras que un gobierno como el nuestro necesita
el primer día del trimestre. Si un ministro de hacienda, habiendo con-
fiado su dinero a un banco, comienza a actuar inflexiblemente y a decir
que en todos los casos dejará al mercado monetario que se encargue de
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84 Walter Bagehot

sí mismo, el resultado será que en uno de los casos el mercado mone-


tario se encargará de él y lo dejará insolvente.
En los comienzos de la banca es probablemente mucho mejor que,
como norma, un gobierno guarde su propio dinero. Si no hay bancos
en los que pueda confiar, no debería hacerlo. Aún menos debería otor-
gar un favor especial a alguno de ellos, y mediante la apertura de la cuen-
ta gubernamental asegurarle una supremacía perjudicial sobre todos los
demás bancos. La habilidad de un financiero en dicha época consiste en
igualar los ingresos procedentes de la imposición con los desembolsos
del gasto; su principal cuidado debería ser el de asegurar que no guarda-
se en un momento concreto en los cofres del gobierno más de lo que
habitualmente se guarda. Si la cantidad de capital improductivo enterra-
do de esa forma en el Tesoro no es muy superior en cualquier momento
a la media habitual, el daño causado no es importante: sólo se pierde el
interés de una cierta cantidad de dinero, lo que no supondría una carga
excesiva para la nación; la imposición adicional que ello causaría no sería
considerable. Dicho mal no es nada en comparación con el de perder el
dinero necesario para hacer frente al gasto inevitable por confiarlo a un
mal Banco, o el de recuperar ese dinero identificando el crédito nacional
con el mal Banco y respaldándolo y perpetuándolo de esta forma. Siem-
pre que no se pueda confiar completamente en la seguridad del merca-
do monetario, el gobierno de un país no debería interferir y debería sal-
vaguardar su propio dinero. Si los bancos son inadecuados, con seguridad
seguirán siéndolo y probablemente la situación empeorará si el gobierno
los sostiene y los estimula. La máxima principal es que cualquier ayuda a
un mal banco actual es el modo más seguro de impedir el establecimien-
to de un buen banco futuro.
Cuando se empieza a comprender mejor la actividad de la banca,
cuando el sistema bancario es completamente seguro, el gobierno pue-
de empezar a prestar de forma gradual; especialmente a prestar las sumas
excepcionalmente grandes que incluso bajo el sistema más estable de
finanzas acumulará en ocasiones en el erario público.
Bajo un sistema bancario natural se haría sin dificultades. Cuan-
do hay muchos bancos manteniendo su propia reserva, y cada uno está
ansioso de guardar una reserva suficiente porque su propia existencia
y crédito dependen de ella, el riesgo en que incurre el gobierno por
tener un banquero se reduciría al mínimo. Podría elegir entre muchos
banqueros y no estaría restringido a uno sólo.
Su proceso sería muy simple, y parecido al de los demás organismos
públicos del país. El Metropolitan Board of Works, que recauda un ele-
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La postura del ministro de Hacienda en el mercado de dinero 85

vado ingreso en Londres, tiene una cuenta en el London and Westmins-


ter Bank, en garantía de la cual el banco hace un depósito de consols. El
Ministro de Hacienda no tendría dificultad para conseguir también esa
seguridad. Si, como es probable, se considerase que su cuenta es mayor
de lo que se debería confiar a cualquier banco individual, los depósitos
públicos podrían repartirse entre diversos bancos. Cada uno propor-
cionaría garantías, y todo el dinero público estaría seguro. Si en algún
momento, el dinero disponible en manos del gobierno fuera excepcio-
nalmente grande, podría exigir una garantía mayor para depositarlo y
hasta podría obtener un interés. Sería un prestamista de tal magnitud e
influencia, que podría imponer sus propios términos. Si alguien pudie-
se tener una cuenta segura sería él.
Por otro lado, si el Ministro de Hacienda fuera un prestatario, como
sucede a veces, conseguiría lo que necesita con toda facilidad. El crédi-
to del gobierno inglés es tan bueno que podría conseguir un préstamo
más fácilmente. De hecho, tendría una mayor facilidad que ahora, por-
que, excepto con el permiso del Parlamento, el Ministro de Hacien-
da no puede pedir prestado en el mercado abierto según nuestras leyes
actuales. Sólo puede hacerlo acudiendo al Banco de Inglaterra sobre
lo que se denominan «anticipos del Banco de Inglaterra para cubrir el
déficit». En un sistema natural, pediría prestado a alguno de los nume-
rosos bancos que compiten, eligiendo el que prestara más barato; pero
bajo nuestro sistema artificial, está limitado a un único banco, que pue-
de fijar su propio coste.
Si en contra de lo que se espera, se produce un desplome, el gobier-
no podría retirar, como ha hecho en efecto el gobierno americano, su
saldo de los bancos. Podría proporcionarles su ayuda, prestando letras
del tesoro, o de otra forma comprometer su crédito momentáneamen-
te, pero una vez pasada la urgencia, podría dejar que sufran los bancos
causantes del problema. Habría una multa por su mala conducta. Apa-
recerían nuevos y mejores bancos, que tomarían nota de esa mala con-
ducta. Como en todos los comercios naturales, desaparecería todo lo
que es viejo y corrupto, y sería sustituido por lo que es nuevo y bue-
no.Y hasta que los nuevos bancos, a través de su buena conducta, hayan
probado su aptitud para que el Estado confíe en ellos, éste no tiene
que proporcionarles su confianza. El gobierno podría utilizar su favor
para recompensar la prudencia, y retirarlo para penalizar la temeridad
culposa.
Bajo un buen sistema bancario, probablemente no se produciría un
gran derrumbe, a no ser que haya una rebelión o una invasión. Un gran
número de bancos, cada uno creyendo que su crédito depende de man-
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86 Walter Bagehot

tener una buena reserva, probablemente mantendrían una; si alguno no


lo hiciera, se le estaría criticando constantemente, y pronto perdería su
reputación y finalmente desaparecería.Y dichos bancos se enfrentarían
a un pánico incipiente con libertad y generosidad; anticiparían de su
reserva de forma atrevida y en gran cantidad, ya que cada banco indi-
vidual temería levantar sospechas, y sabría que en dichos periodos debe
«mostrar fortaleza», si es que desea que se crea que la tiene. Dicho siste-
ma reduce al mínimo el riesgo que provoca el depósito. Si existe algu-
na forma de que el dinero nacional pueda ser depositado con seguri-
dad en los bancos, ésta es la manera de hacerlo.
Pero este sistema es casi el contrario al que la ley y las circunstan-
cias han creado para nosotros en Inglaterra. El gobierno inglés, lejos de
mantener efectivo fuera del mercado monetario hasta que la situación
de ese mercado fuese razonablemente segura, en un primer momento
y mientras el crédito de todo tipo era muy inseguro, entró en el mer-
cado monetario por sus propios intereses. Para prestar mejor, otorgó la
custodia y el beneficio de su propio dinero (junto con otros privile-
gios) a un único banco, y, por lo tanto prácticamente y de hecho, en la
actualidad se le identifica con el banco. No puede dejar que el mercado
monetario se cuide por sí mismo, porque ha depositado mucho dinero
en él, y no podría realizar sus pagos si pierde ese dinero.
Ningún estadista inglés propondría liquidar el Banco de Inglate-
rra. Un teórico podría hacer dicha sugerencia por escrito, pero ningún
gobierno responsable la consideraría. Ni en las peores crisis ni bajo la
peor conducta del Banco, se ha pensado en esa petición: en 1825, cuan-
do su caja estaba vacía, en 1837 cuando tuvo que pedir ayuda al Ban-
co de Francia, no se sugirió esa idea. Debido a la irresistible tradición,
el gobierno inglés estuvo obligado a depositar su dinero en el mercado
monetario y en este Banco concreto.
Y este sistema tiene males ciertos y graves.
En primer lugar, porque al ser creado mediante la ayuda estatal, es
más probable que requiera la ayuda estatal que un sistema natural.
En segundo lugar, porque al ser un sistema de reserva única, reduce el
efectivo disponible en el mercado monetario a una cantidad menor que
cualquier otro sistema, y así hace que el mercado sea más frágil.Al haber un
menor atesoramiento para hacer frente a las obligaciones, cualquier error
en la gestión de esa reserva produce un efecto proporcionalmente mayor.
En tercer lugar, porque —dada su naturaleza— nuestra única reser-
va es necesariamente entregada a un único consejo directivo, por lo que
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La postura del ministro de Hacienda en el mercado de dinero 87

dependemos de la sabiduría de sólo este consejo y no podemos -como


en la mayoría de las actividades- buscar el promedio entre muchos com-
petidores de su sabiduría o insensatez, de su discreción o indiscreción.
Por último, porque, como cualquier otra, la junta directiva está pre-
sionada por sus accionistas para conseguir un elevado dividendo y, por
lo tanto, mantener una pequeña reserva, mientras que el interés público
requiere de forma indispensable que mantenga una grande.
Estos cuatro males fueron inseparables del sistema, pero hay otro
adicional y fortuito. El gobierno inglés no sólo creó este sistema singu-
lar, sino que procedió a dañarlo y a desanimar a toda la opinión pública
respecto a él. Durante más de un siglo después de su creación (a pesar
de errores ocasionales) el Banco de Inglaterra, en lo principal, actuó
juiciosamente y con prudencia. Su negocio era pequeño, tal y como lo
consideraríamos ahora, pero la mayor parte de él se realizaba con pru-
dencia y discreción. En 1696, tuvo que afrontar graves dificultades, y se
vio obligado a no pagar algunos de sus billetes. Durante un largo perio-
do, mantuvo un sano temor a la opinión pública, y la necesidad de con-
servar la confianza pública le hizo precavido. Pero el gobierno inglés
eliminó esa necesidad. En 1797, Mr. Pitt temió no ser capaz de obtener
suficiente metálico para los pagos extranjeros, debido al bajo nivel que
presentaba la reserva del Banco, y, por lo tanto, exigió al Banco que no
pagara en efectivo. Suprimió el temor existente por la autopreservación,
que se traduce en la mayor seguridad para todos los bancos.
Por esta razón, el periodo durante el cual el Banco de Inglaterra no
pagó oro por sus billetes —de 1797 a 1819— es denominado siempre
como el periodo de la restricción del Banco. Como durante ese periodo
el Banco no cumplió, y no estaba obligado por ley a hacerlo, su com-
promiso de pagar sus billetes en efectivo, aparentemente se le podría
haber denominado como el periodo de libertinaje del Banco. Pero la
palabra «restricción» es bastante acertada, y era la única palabra adecua-
da para describir la política de 1797. Mr. Pitt no dijo que no hacía fal-
ta que el Banco de Inglaterra pagase sus billetes en efectivo; le «restrin-
gió» tener que hacerlo; dijo que no debía.
Por consiguiente, desde 1797 hasta 1844 (cuando comienza una nue-
va era), los directores del Banco no tuvieron nunca la prudencia adecua-
da. En el fondo, consideraban que el Banco de Inglaterra vivía en estado
de gracia, por encima de aquella habitual ansiedad bancaria por costear
sus actividades.Y este sentimiento era muy natural. Un banco emisor, que
no necesita pagar sus billetes en efectivo, vive en estado de gracia; pue-
de prestar lo que desea y emitir cuanto desea, sin temor a perjudicarse y
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88 Walter Bagehot

sin ningún control importante salvo el de su propia inclinación. Durante


casi un cuarto de siglo, el Banco de Inglaterra fue un banco de esta clase,
pues durante todo ese tiempo no podía estar en peligro.Y naturalmente
la opinión pública se desmoralizó también. Desde 1797, el público siem-
pre esperó que el gobierno ayudase al Banco si fuera necesario. No pue-
do analizar completamente las suspensiones de la Ley de 1844 en 1847,
1857 y 1866; pero sin lugar a dudas uno de sus efectos es hacer que la
gente crea que el gobierno siempre ayudará al Banco si éste está en apu-
ros.Y ésta es la clase de expectativa que tiende a justificarse por sí misma,
y a causar lo que anticipa.
Por lo tanto, en general, la postura del Ministro de Hacienda en nues-
tro mercado monetario es la de hacer grandes depósitos en él; fue quien
lo creó y lo desmoralizó. Por consiguiente, no puede borrarlo de sus pen-
samientos, o declinar su responsabilidad respecto a él. Tiene que orga-
nizar sus finanzas de forma que no intensifique los pánicos, sino que los
reduzca.Tiene que ayudar al Banco de Inglaterra en el desempeño de sus
obligaciones; no tiene que dificultar o impedir su actividad.
Su ayuda puede ser de lo más eficiente. Él es, en materia de finan-
zas, el exponente natural de la opinión pública de Inglaterra.Y desea-
mos que el Banco de Inglaterra se guíe por dicha opinión. Bajo un sis-
tema natural de banca deberíamos haber confiado en el interés propio,
pero el Estado lo impidió; en vez de ello, ahora confiamos en la opi-
nión. La aprobación pública es una recompensa, y su reprobación un
castigo severo para los directores del Banco; es muy importante que
el ministro de hacienda sea un exponente sensato y oportuno de estas
opiniones.

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5
EL MODO EN QUE SE ESTABLECE
EL VALOR DEL DINERO
EN LOMBARD STREET

Muchas personas creen que el Banco de Inglaterra tiene algún


poder especial para fijar el valor del dinero. Observan que el Banco
de Inglaterra varía su tipo de descuento mínimo de vez en cuando,
y que, más o menos, los demás bancos siguen su ejemplo, y cobran
lo mismo que él; y están intrigados por saber por qué esto debe ser
así. Si como los economistas enseñan, «El dinero es una mercan-
cía, y sólo una mercancía»; nos preguntamos ¿por qué entonces, su
valor se fija de una forma tan extraña, y no como se hace para las
demás mercancías?
Sin embargo, en el fondo no existe ninguna dificultad en la mate-
ria. El valor del dinero se establece, como el del resto de las mercan-
cías, mediante la oferta y la demanda, y sólo la forma es esencialmen-
te diferente. En otras mercancías todos los grandes intermediarios fijan
su propio precio; tratan de ofrecer un precio más bajo que los demás,
y esto mantiene bajo el precio; tratan de conseguir lo máximo posible
del comprador, y eso sostiene alto el precio. Entre los dos se estable-
ce lo que Adam Smith denomina el regateo del mercado. Y éste es el
modo más simple y natural de hacer negocios, pero no es el único. Se
puede adoptar otro si las circunstancias así lo exigen. Quien posee una
gran cantidad de una mercadería —especialmente si es de lejos la mayor
parte— puede fijar su precio, y los demás comerciantes podrán decir si
venden por arriba o debajo de él. Un poseedor de una cantidad eleva-
da de un artículo puede, durante algún tiempo, afectar en gran medi-
da a su valor si impone el precio mínimo que aceptará y se aferra obs-
tinadamente a él. Esta es la manera en la que se establece el valor del
dinero en Lombard Street. El Banco de Inglaterra solía ser un interme-
diario de dinero predominante, y todavía es muy importante. Impone
el precio mínimo al que colocará sus inventarios de dinero, y esto, en
gran parte, permite al resto de los intermediarios obtener ese precio o
alguno próximo a él.
La razón es obvia. No en todo momento hay dinero suficiente en
Lombard Street para descontar todos los efectos sin que se tenga que
solicitar algo de dinero al Banco de Inglaterra. Tan pronto como se fija
el tipo del Banco, muchas personas que tienen efectos para descon-
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tar, tratan de descontar estos efectos de forma más barata que el Ban-
co. Pero muy pocas veces pueden descontarlos de forma mucho más
barata, ya que si lo consiguieran, nadie acudiría al Banco, y el mercado
exterior tendría más efectos de los que podría soportar.
En la práctica, cuando el Banco se da cuenta de que este proce-
so está comenzando, y comprueba que su negocio está disminuyendo
mucho, reduce el tipo, para asegurarse una parte razonable del nego-
cio, y emplear una porción aceptable de sus depósitos. En las subastas
a la baja, el vendedor solía fijar un precio máximo y otro de reserva, y
bajaba la puja hasta que encontraba un comprador. El valor del dinero
se fija en Lombard Street de forma muy parecida, sólo que el precio de
reserva no es el de todos los vendedores, sino el de uno muy importan-
te entre ellos, parte de cuya oferta resulta esencial.
La idea de que el Banco de Inglaterra ejerce un control sobre el
mercado de dinero y puede fijar el tipo de descuento a su voluntad
se ha mantenido desde los tiempos anteriores a 1844, cuando el Ban-
co podía emitir tantos billetes como deseara. Pero incluso entonces, la
idea era equivocada. Un banco con un monopolio de emisión de bille-
tes adquiere repentinamente un gran poder en el mercado monetario,
pero no es un poder permanente: puede afectar al tipo de descuento
en algún momento concreto, pero no al tipo medio.Y la razón es que
cualquier reducción momentánea del dinero, causada por el capricho
de dicho banco, tiende por sí misma a generar un aumento inmediato
y de igual magnitud, de tal manera que en términos medios, el valor
no se altera.
Lo que sucede es lo siguiente. Si un banco que tiene un mono-
polio de emisión de billetes, presta de repente (supongamos) 2 millo-
nes de libras más de lo habitual, provoca un incremento proporcional
del comercio y un aumento de precios. Las personas a las que se les
han prestado esos 2 millones de libras, no las solicitan para guardarlas;
las piden prestadas para, de acuerdo con el lenguaje del mercado, «ope-
rar con ellas», es decir, tratan de comprar con ellas, y ese nuevo intento
de compra, esa nueva demanda, aumenta los precios.Y este incremen-
to de los precios tiene tres consecuencias. La primera es que hace que
más personas quieran pedir dinero prestado. Éste ya no es tan eficien-
te para realizar compras como lo era antes y, por tanto, los operado-
res necesitan más dinero para las mismas transacciones. Si la acción del
ferrocarril es un 10 por 100 más cara este año que el anterior, un espe-
culador que pide prestado dinero para poder operar tiene que endeu-
darse un 10 por 100 más este año que el anterior y, por consiguiente,
hay una mayor demanda de préstamos. En segundo lugar, ésta es una
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El modo en que se establece el valor del dinero en Lombard Street 91

demanda efectiva porque el aumento del precio de la acción del ferro-


carril permite a aquellos que lo deseen pedir un préstamo mayor. La
práctica habitual es prestar una cierta parte del valor de mercado de
dichos títulos, y si ese valor aumenta, la cantidad del préstamo habitual
que se obtiene sobre ellos también se incrementa. Por lo tanto, de esta
forma, cualquier reducción artificial en el valor del dinero provoca un
nuevo aumento de la demanda de dinero y, así, restablece ese valor a su
nivel natural. Esto es bien conocido por experiencia en todos los nego-
cios: un mercado estimulado pronto llega a ser un mercado estrecho,
pues los emprendedores son tan optimistas que tan pronto como con-
siguen alguna facilidad no habitual, siempre imaginan que la relajación
es mayor de la que en realidad es, y especulan hasta que demandan más
de lo que pueden obtener.
En estas dos formas, los préstamos imprevistos por parte de un
emisor de billetes, aunque temporalmente pueden reducir el valor
del dinero, no lo hacen permanentemente, porque generan su propia
acción compensadora.Y esto ocurre sin importar que los billetes emi-
tidos sean o no convertibles en moneda. Durante el periodo de la res-
tricción por parte del Banco, de 1797 a 1819, el Banco de Inglaterra no
pudo controlar en absoluto el mercado de dinero, como tampoco pudo
hacerlo después de 1819, cuando estuvo obligado a pagar sus billetes en
moneda. Pero en el caso de los billetes convertibles, existe un tercer efec-
to que opera en la misma dirección y más rápidamente. Un aumento
de los precios, limitado a un país, tiende a incrementar las importacio-
nes, porque otros países pueden obtener más por sus bienes si los envían
aquí, y desanima las exportaciones, porque un comerciante que hubiera
obtenido un beneficio antes del aumento comprando aquí para vender
después, no obtendrá tanto beneficio, si es que consigue alguno, des-
pués de ese incremento. Mediante este aumento de las importaciones,
aumenta el endeudamiento de este país, y a través de esta reducción
de las exportaciones, la proporción de ese endeudamiento que se paga
de forma habitual también disminuye. Por consiguiente, existe un sal-
do superior que hay que pagar en oro y plata; disminuye la cantidad de
reserva almacenada por el banco o bancos, y éstos tienen que aumen-
tar el tipo de interés para detener el flujo de salida.Y la restricción que
se produce así es como mínimo igual y a menudo mayor, que el poco
normal relajamiento anterior.
Por lo tanto, no existe fundamento para creer, como es habitual,
que el valor del dinero se establece por causas diferentes de aquellas que
afectan al valor de otras mercancías, o que el Banco de Inglaterra tie-
ne algún comportamiento despótico en esa materia. Tiene el poder de
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un importante poseedor de dinero, y nada más. Incluso antiguamente,


cuando sus poderes monetarios eran mayores y sus rivales más débiles,
tampoco tenía el control absoluto. Era simplemente un gran interme-
diario corporativo que pujaba en el mercado y de este modo influía
en gran medida —aunque no en el sentido de imponer— sobre otros
intermediarios.
Pero aunque el valor del dinero no se establece de una forma
excepcional, tiene no obstante una peculiaridad, como sucede con
muchos artículos. Es una mercancía sujeta a grandes fluctuaciones de
valor, y esas fluctuaciones se producen fácilmente por un pequeño
exceso o por una pequeña deficiencia en la cantidad. Hasta cierto pun-
to, el dinero es una necesidad. Si un comerciante tiene que hacer frente
mañana a las obligaciones que tiene contraídas, debe conseguir hoy, y
lo conseguirá, dinero a cualquier precio.Y en un pánico es justamente
esta necesidad urgente que tiene todo el grupo de comerciantes lo que
eleva el valor del dinero de una forma tan violenta y a tal altura. Por
otro lado, el dinero se convierte fácilmente en una «droga», y pronto
hay demasiado. El número de títulos aceptados es limitado y no puede
aumentar rápidamente; si la cantidad de dinero en busca de estos títu-
los aceptados es mayor que la que se puede prestar contra ellos, el valor
del dinero se reduce pronto. Puede que oiga a menudo en el mercado
que escasean las obligaciones —refiriéndose desde luego, a las buenas
obligaciones— cuando oiga esto, puede estar seguro de que el valor del
dinero es muy bajo.
Si todo el dinero estuviera en manos de sus dueños, o en los bancos
que no pagan un interés por él, el valor del dinero no caería tan rápi-
damente. El dinero, según se dice en el mercado, estaría «bien guarda-
do». Los poseedores no tendrían necesidad de emplearlo todo; podrían
colocar una parte a un tipo más alto en lugar de todo a un tipo bajo.
Pero en Lombard Street el dinero está en gran medida en manos de
aquellos que pagan un interés por él, y dichas personas tienen que
emplearlo todo, o casi todo, porque tienen que pagar mucho con una
mano, y se arruinarán a menos que reciban mucho en la otra. A dichas
personas no les preocupa tanto cuál es el tipo de interés al que pue-
den colocar su dinero; pueden reducir el interés que pagan en propor-
ción al que pueden obtener. El punto esencial para ellos es emplearlo
a algún tipo. Si usted mantiene (como hacen algunas personas en Lom-
bard Street) millones del dinero de otras personas pagando un interés,
la aritmética nos enseña que pronto se arruinará si no hace nada con él
aunque el interés que pague no sea muy elevado.
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El modo en que se establece el valor del dinero en Lombard Street 93

Por lo tanto, las fluctuaciones en el valor del dinero son mayores


que las del valor de la mayoría del resto de mercancías. En ocasiones
existe una presión excesiva para pedirlo prestado, y en ocasiones una
excesiva presión para prestarlo, y así el precio está obligado a subir y a
bajar.
Estas consideraciones nos permiten calcular la responsabilidad que
nuestro sistema asigna al Banco de Inglaterra, y la que todo sistema
atribuye al banco o bancos que guardan la reserva de lingotes de oro
o de dinero de curso legal convertible. Estos bancos no pueden con-
trolar de ninguna forma el valor permanente del dinero, pero pueden
controlar completamente su valor momentáneo. No pueden cambiar el
valor medio, pero sí determinar las desviaciones respecto a la media. Si
los bancos dominantes realizan una mala gestión, el tipo de interés será
excesivamente elevado en un momento y excesivamente bajo en otro:
primero habrá un entusiasmo pernicioso y a continuación un colapso
fatal. Pero si se gestiona bien, el tipo de interés no se desviará mucho
del tipo medio; no subirá ni bajará mucho. En la medida en que la esta-
bilidad sea posible el valor del dinero será estable y, por consiguiente,
es probable que le ocurra lo mismo al comercio —al menos se habrá
eliminado una de las principales causas de perturbación periódica—.

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6
POR QUÉ LOMBARD STREET ESTÁ
A MENUDO INACTIVO Y EN OCASIONES
MUY ACTIVO

Cualquier suceso repentino que crea una gran demanda del efec-
tivo que existe puede causar, y tenderá a hacerlo, un pánico en un país
en el que se economiza mucho el efectivo, y en el que son numero-
sas las deudas que se tienen que pagar cuando se exigen. En dicho país
un crédito inmenso se apoya en una reserva de efectivo reducida, y
una reducción inesperada y enorme de dicha reserva puede fácilmen-
te hacer desaparecer y destruir gran parte de ese crédito, si no todo.
Dichos sucesos casuales tienen una naturaleza muy variada: una mala
cosecha, el temor a una invasión extranjera, la quiebra repentina de una
gran empresa en la que todo el mundo confiaba y muchos otros casos
similares han ocasionado una repentina demanda de efectivo. Y algu-
nos autores han intentado clasificar los pánicos según la naturaleza de
los accidentes concretos que los han producido. Sin embargo, creo que
poco se consigue con dichas clasificaciones. Existen pocas diferencias
en el efecto que ocasiona un accidente u otro sobre nuestro sistema
de crédito. Tenemos que estar preparados para todos ellos, y debemos
hacerlo de la misma forma, mediante el mantenimiento de una gran
reserva de efectivo.
Pero es muy importante señalar que nuestra organización industrial
está sujeta no sólo a percances externos irregulares, sino igualmente a
cambios internos regulares; que estos cambios hacen que nuestro siste-
ma crediticio sea mucho más frágil en unos momentos que en otros; y
que la repetición de estos periodos de fragilidad es lo que ha dado lugar
a la idea de que los pánicos surgen siguiendo una regla fija: cada diez
años más o menos, nos encontraremos con uno de ellos.
La mayoría de las personas que se inician en el tema se quedan per-
plejas desde el principio. Oyen mucho acerca de «buenos tiempos» y
«malos tiempos», entendiendo por «buenos» tiempos aquellos en los
que casi todo el mundo está en muy buena situación, y por «malos»
tiempos aquellos en los que casi todo el mundo está en relativamente
mala situación.Y al principio, es natural preguntar ¿por qué todo o casi
todo el mundo está en buena situación a la vez? ¿Por qué hay grandes
mareas de industria, que esparcen un gran beneficio mediante el flujo y
una gran carencia de beneficio, o pérdida, a modo de reflujo? La prin-
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96 Walter Bagehot

cipal respuesta apenas se recoge de forma clara en nuestros libros habi-


tuales de economía política. Estos libros no nos dicen cuál es el fondo
del que se pagan grandes beneficios generales en los buenos tiempos,
ni explican por qué ese fondo no está disponible para el mismo propó-
sito en los malos tiempos.
Nuestra economía política actual no considera suficientemente
al tiempo como un elemento en las operaciones comerciales; pero tan
pronto como se ha establecido la división del trabajo en una comuni-
dad, inmediatamente empiezan a ser importantes dos principios, en los
que el tiempo es muy esencial. Estos son:
Primero.  Que como los bienes se producen para ser intercam-
biados, es bueno que ese intercambio se produzca tan rápido como sea
posible.
Segundo.  Que como todo productor se ocupa principalmente de
producir lo que otros desean, y no lo que desea él mismo, es convenien-
te que siempre sea capaz de encontrar, sin esfuerzo, sin demora y sin
incertidumbre, a otros que necesiten lo que él puede producir.
Estos principios son evidentes por mismos. Todo el mundo admi-
tirá que es conveniente que todos los bienes que necesitan venderse,
sean vendidos tan pronto como estén disponibles; que todo aquel que
quiere trabajar encuentre empleo tan pronto esté preparado para ello.
Obviamente, también, tan pronto como se haya establecido realmente
la «división del trabajo», existe una dificultad acerca de ambos princi-
pios. A produce lo que cree que B quiere, pero puede equivocarse, ya
que B puede no quererlo. A puede ser capaz y estar dispuesto a produ-
cir lo que B necesita, pero puede no ser capaz de encontrar a B —pue-
de no conocer su existencia—.
La validez general de estos principios es obvia, pero no lo es el
enorme alcance de sus efectos. Considerados conjuntamente, son los
que marcan la diferencia entre los tiempos de comercio vigoroso y gran
prosperidad y los de comercio estancado y gran adversidad, en la medi-
da que esa prosperidad y esa adversidad sean reales y no ilusorias. Si se
cumplen, todo el mundo sabe para quién trabajar y qué hacer y puede
conseguir a cambio lo que necesita inmediatamente. No existe traba-
jo ocioso ni capital inactivo en toda la comunidad y, por consiguiente,
se produce todo lo que se puede producir, aumenta la efectividad de la
laboriosidad humana y ambas clases de productores —capitalistas y tra-
bajadores— son mucho más ricos de lo habitual, porque la cantidad a
repartir entre ellos es también mucho más grande de lo normal.
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Por qué Lombard Street está a menudo inactivo y en ocasiones muy activo 97

Y existe una sociedad entre industrias. Ninguna gran industria


individual puede hundirse sin perjudicar a otras industrias; menos aún
puede hacerlo un grupo grande de ellas. Cuando una industria es prós-
pera, probablemente compra y consume la producción de la mayoría
(sin duda de muchas) de otras industrias, y si la industria A fracasa y
tienen dificultades las industrias B, C y D, que solían suministrarle, no
podrán venderle lo que habían producido de acuerdo con la deman-
da de A, y en el futuro estarán paradas hasta que se recupere la indus-
tria A, porque a falta de A no habrá nadie que compre las mercancías
que produjeron. Entonces, como la industria B compra a C, D, etc., la
situación adversa de B afecta a C, D, etc., y como éstas compran a E, F,
etc., el efecto se propaga a través de todo el alfabeto.Y en cierto senti-
do rebota. Z siente la carencia ocasionada por la menor clientela de A,
B y C, y de esta forma gana menos; por consiguiente, no puede gastar
tanto en la producción de A, B y C, por lo que éstas no ganan tampo-
co tanto. En todo este proceso, el dinero no es más que un instrumen-
to. Lo mismo sucedería en un comercio de trueque, si una situación de
trueque a gran escala no fuera prácticamente imposible, teniendo en
cuenta el tiempo y la molestia que necesariamente requeriría. Como ya
se ha explicado, la causa fundamental es que bajo un sistema en el que
todo el mundo depende del trabajo de los demás, la pérdida de uno se
propaga y se multiplica a través de todos, y se propaga y se multiplica
más rápidamente cuanto mayor sea la perfección previa del sistema de
división del trabajo y más agradable y eficaz sea la forma de intercam-
bio.Y el efecto completo de una depresión en cualquier gran comercio
individual requiere un tiempo considerable antes de que pueda produ-
cirse. Tiene que propagarse y volver a través de una variedad de indus-
trias, antes de que se complete. Por consiguiente, las depresiones cortas
apenas tienen consecuencias discernibles; desaparecen antes de que nos
demos cuenta de sus efectos. Sólo en el caso de depresiones continuas
y considerables, la causa actúa el tiempo suficiente como para produ-
cir efectos perceptibles.
El caso más común, y con mucho el más importante, en el que la
depresión en un comercio causa depresión en todos los demás, es el de
la agricultura deprimida. Cuando la agricultura mundial se encuentra
en una mala situación, la comida es cara.Y como no se puede reducir
mucho la cantidad de bienes absolutamente necesarios para vivir que
los individuos consumen, la cantidad adicional que hay que gastar en
ellos hace que quede una cantidad mucho menor para gastar en otras
cosas. Todas las industrias, A, B, C, D, hasta Z, se ven afectadas de algu-
na forma por el aumento del precio del grano, y las más afectadas son
las grandes, que producen los objetos que en tiempos normales son los
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más consumidos por las clases trabajadoras. Los comercios de confec-


ción acusan inmediatamente la diferencia, y en este país el comercio de
licores (una gran fuente de la renta inglesa) lo acusa casi igual de pron-
to. Especialmente, cuando durante dos o tres años las cosechas han sido
malas, y el grano se ha encarecido mucho, toda la industria se empobre-
ce, y casi todas, al ser más pobres, hacen que las demás también lo sean.
Todos los comercios flojean debido a una menor clientela, y la conse-
cuencia es una enorme cantidad de capital sin utilizar, mucha mano de
obra ociosa y una producción muy atrasada.
Se necesitan dos o tres años para generar esta calamidad, y su recu-
peración también requiere dos o tres años. Si el grano permanece bara-
to por mucho tiempo las clases trabajadoras disponen de más recursos
para gastar en lo que les gusta. Los productores de esas mercancías lle-
gan a ser prósperos y tienen un mayor poder de compra. Ellos lo ejer-
citan y eso crea en la clase con la que tratan otro poder de compra, y
así a lo largo de toda la sociedad. Todo el mecanismo de la industria se
estimula hasta su máxima potencia, lo mismo que antes se reducía has-
ta casi su mínima.
Un gran desastre para cualquier gran industria tenderá a producir el
mismo efecto, pero las trayectorias de las industrias en las que se gastan
los salarios del trabajo son mucho más importantes que las de las demás,
porque actúan mucho más rápidamente sobre una masa más grande de
compradores. En principio, si hubiera una división del trabajo perfecta,
cada industria tendría que ser totalmente próspera para que lo fueran
las demás. Por lo tanto, lejos de ser natural que el comercio se desarro-
llara de forma constante, continua y uniforme, está claro sin tener que
dar más explicaciones, tanto en la teoría como en la práctica, que ine-
vitablemente existen periodos inevitables de rápida expansión y otros
de contracción y estancamiento.
Éste no es el único elemento variable en las sociedades industria-
les modernas. El crédito —la disposición de un hombre a confiar en
otro— es singularmente variable. En Inglaterra, tras una gran catástro-
fe, todos desconfían de todos; tan pronto como se olvida el desastre,
todos confían de nuevo en todos. En el continente ha habido una dura
controversia respecto a si el crédito debería llamarse «capital» o no; en
Inglaterra, incluso la escasa atención que se prestó en su momento a la
economía abstracta se desvía ahora y nadie se preocupa lo más míni-
mo de este tipo de cuestiones refinadas; el punto práctico importante
es que, siguiendo la terminología de M. Chevalier, el crédito es «aditi-
vo» o adicional, es decir, en momentos en los que hay crédito la capa-
cidad productiva es más eficiente, y cuando no hay crédito, la capacidad
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Por qué Lombard Street está a menudo inactivo y en ocasiones muy activo 99

productiva es menos eficiente.Y de esta manera, la situación del crédi-


to influye, debido a los dos principios que ya se han explicado. Cuando
el crédito fluye, los bienes están mucho menos tiempo disponibles que
cuando el crédito se retrae; las ventas son más rápidas; los comerciantes
intermediarios se endeudan más fácilmente para aumentar su comer-
cio, y de esta manera cada vez más bienes son transmitidos más rápida
y fácilmente del productor al consumidor.
Estas dos causas variables son fuentes de prosperidad real. Aumen-
tan el comercio y la producción, y son claramente beneficiosas, excepto
cuando por error no se producen los bienes adecuados, o cuando, tam-
bién por error, se concede crédito de forma inoportuna, y una persona
que no puede producir algo que se necesita consigue el producto del
trabajo de otras personas bajo la falsa idea de que podrá hacerlo. Pero
existe otra causa variable que genera una prosperidad mucho más apa-
rente que real y cuyo efecto en la vida real se confunde muchas veces
con el de otras causas.
En nuestras especulaciones habituales no recordamos suficiente-
mente que el interés sobre el dinero es una idea refinada y no uni-
versal. De hecho, está tan lejos de ser universal que la generalidad de
los ahorradores en la mayoría de los países la rechazarían. La mayo-
ría de los ahorros en la mayor parte de los países se mantienen ateso-
rados en metálico. En Asia, en África, en América del Sur, incluso en
gran medida en Europa, se mantienen de esta forma, y la mayoría de
los propietarios temerían dejarles fuera de su custodia. Un inglés —al
menos un inglés moderno— supone como primer principio que debe-
ría ser capaz de «colocar su dinero en algo seguro que le rindiera un 5
por 100»; pero la mayoría de los ahorradores en la mayor parte de los
países tienen miedo de «colocar su dinero» en algo. Piensan que nada es
seguro; de hecho, en la mayoría de los países, debido a un mal gobierno
y a una economía atrasada, ninguna inversión, o apenas alguna, es real-
mente segura. En la mayor parte de los países, la mayoría de las personas
está satisfecha de renunciar a los intereses; pero en los países más avan-
zados, en algunas ocasiones los ahorros que se buscan invertir exceden
las inversiones conocidas; en otros momentos, no existe tal superabun-
dancia. Lord Macaulay ha descrito gráficamente uno de los periodos
de exceso. Afirma que:

«Durante el intervalo de tiempo transcurrido entre la Restauración


y la Revolución, los ricos de la nación habían aumentado rápidamen-
te. Miles de hombres atareados se dieron cuenta en cada Navidad que,
después de deducir de la renta anual los gastos anuales correspondientes
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al mantenimiento de la casa, quedaba un excedente; y que la forma de


emplearlo era una cuestión que entrañaba alguna dificultad. En nues-
tra época, no lleva mucho tiempo invertir dicho excedente en algo que
proporcione más del 3 por 100, con la mayor seguridad que ha existi-
do nunca. Pero en el siglo xvii, un abogado, un médico, un comercian-
te retirado, que habían ahorrado algunos miles y que deseaban colocar-
los con seguridad y con beneficio, se sentían a menudo enormemente
incómodos.Tres generaciones anteriores, una persona que hubiera acu-
mulado riqueza en una profesión, generalmente compraba una propie-
dad inmobiliaria, o prestaba sus ahorros en hipotecas. Pero el número de
acres en el reino no había variado; y el valor de esos acres, aunque había
aumentado enormemente, no había incrementado tan rápidamente
como la cantidad de capital que se quería emplear. También muchos
deseaban colocar su dinero donde pudieran hacerlo muy rápidamente,
y buscaban algún tipo de propiedad que pudiera transferirse más fácil-
mente que una casa o un terreno. Un capitalista podía prestar median-
te un contrato a la gruesa o con garantía personal; pero si lo hacía así,
corría un gran riesgo de perder el interés y el principal. Había pocas
sociedades anónimas, de entre las que la Compañía de las Indias Orien-
tales era la principal, pero la demanda de acciones de dichas sociedades
era mucho mayor que la oferta. De hecho, los ruegos por una nueva
Compañía de las Indias Orientales procedían principalmente de per-
sonas que habían encontrado dificultades a la hora de colocar sus aho-
rros percibiendo un interés con una buena seguridad.Tan grande era esa
dificultad que la práctica habitual era el atesoramiento. Se nos ha dicho
que el padre de Pope, el poeta, que se retiró de los negocios de la City
alrededor de la época de la Revolución, llevó a un refugio en el campo
una caja fuerte que contenía cerca de veinte mil libras, de la que reti-
raba de vez en cuando lo que necesitaba para los gastos de la casa; y es
muy probable que no fuera el único caso. En estos momentos, la can-
tidad de moneda que los particulares atesoran es tan pequeña, que no
sería perceptible si se añadiese a la circulación. Pero al principio del rei-
nado de Guillermo III, todos los grandes escritores sobre asuntos mone-
tarios eran de la opinión de que había una gran cantidad de oro y plata
oculta en cajones secretos y detrás de zócalos.
El efecto natural de esta situación fue que una gran cantidad de
promotores, ingeniosos y disparatados, honestos y bribones, se dedica-
ron a idear nuevos proyectos para emplear el capital que sobraba. Fue
alrededor de 1688 cuando se oyó por primera vez en Londres el térmi-
no corredor intermediario en la Bolsa. En un breve periodo de cuatro
años, surgieron una multitud de sociedades, cada una de las cuales hizo
concebir con seguridad a los suscriptores la esperanza de recibir enor-
mes ganancias —la Insurance Company, la Paper Company, la Lutes-
tring Company, la Pearl Fishery Company, la Glass Bottle Company,
la Alum Company, la Blythe Coal Company, la Swordblade ­Company—.
Había una Tapestry Company que pronto proporcionó bonitos tapices a
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Por qué Lombard Street está a menudo inactivo y en ocasiones muy activo 101

todos los salones de la clase media, y a todos los dormitorios de las clases
altas. Había una Copper Company, que propuso examinar las minas de
Inglaterra, e hizo concebir la esperanza de que no serían menos valiosas
que las de Potosí. Había una Diving Company que emprendió la tarea
de rescatar objetos preciosos de los buques naufragados, y que anunció
que había suministrado un stock de máquinas maravillosas que parecían
armaduras completas. Delante de la escafandra había un ojo de cristal
enorme como el de un cíclope; de la parte superior salía un conducto
a través del cual se suministraba el aire.Todo el proceso fue exhibido en
el Támesis. Refinados caballeros y señoras fueron invitados a la demos-
tración, se les agasajó con hospitalidad y quedaron encantados de ver a
los buzos descender al río con gran boato y volver cargados con hierro
antiguo y aparejos de barco. Había una Greenland Fishing Company
que no podía fracasar a la hora de transportar a los balleneros holande-
ses y a las flotas de arenques fuera del Mar del Norte. Existía una Tan-
ning Company, que prometía proporcionar cuero de mayor calidad que
el mejor que se traía de Turquía o Rusia. Había una sociedad que se
dedicó a proporcionar a los caballeros una educación liberal en poco
tiempo, y que adoptó el melodioso nombre de Royal Academies Com-
pany. En una pomposa propaganda se anunciaba que los directores de la
Royal Academies Company habían contratado a los mejores profesores
de cada rama del conocimiento, y que iban a sacar alrededor de veinte
mil entradas a veinte chelines cada una. Iba a ser una lotería —se iban a
sortear dos mil premios—; y a los afortunados que ganaran, se les ense-
ñaría a cargo de la Sociedad, latín, griego, hebreo, francés y español, sec-
ciones cónicas, trigonometría, heráldica, técnica japonesa, fortificación,
contabilidad y la técnica de tocar la tiorba».

El pánico se olvidó hasta que lord Macaulay lo volvió a recordar.


Pero, de hecho, en la burbuja de la Compañía de los Mares del Sur, que
siempre se ha recordado, la forma era la misma, sólo que un poco más
excesiva; las sociedades en esa euforia tuvieron objetivos tales como éstos:
«Buscar naufragios en la costa irlandesa; asegurar caballos y otro ganado
(dos millones); asegurar las pérdidas de los sirvientes; fabricar agua salada
fresca; construir hospitales para niños bastardos; construir barcos para ata-
car a los piratas; obtener aceite de las semillas de girasol; mejorar los lico-
res de malta; el cobro de los salarios de los marinos; la extracción de plata
del plomo; la trasmutación del mercurio en un metal maleable y fino; la
fabricación hierro con carbón de mina; la importación de un gran núme-
ro de asnos de España; comercio del cabello humano; engorde de cer-
dos; rueda de movimiento continuo». Pero el más extraño de todos era,
quizás: «Llevar a cabo lo que se revelará en su debido momento». Cada
suscriptor debía pagar dos guineas, y en el futuro recibiría una acción de
cien, con la revelación del objetivo; y tan tentadora era la oferta que se
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102 Walter Bagehot

pagaron en la misma mañana 1000 de estas suscripciones, con las que el


promotor se marchaba por la tarde. En 1825 se produjeron especulacio-
nes en sociedades casi igual de salvajes, y justo antes de 1866 hubo algunas
de naturaleza similar, aunque no tan extravagantes. El hecho es que, los
ahorradores al no encontrar en cantidades adecuadas los tipos de inver-
sión habituales, se abalanzan hacia cualquier promesa engañosa, y cuando
se dan cuenta de que estas inversiones engañosas pueden proporcionar
un beneficio elevado, se lanzan hacia ellas cada vez más. Al principio bus-
can un elevado tipo de interés, pero este objetivo se convierte en secun-
dario. Hay un segundo anhelo de obtener grandes ganancias mediante la
venta del principal que genera el interés. Conforme se puedan efectuar
dichas ventas, la euforia continúa; cuando cesa la posibilidad de llevarlas
a cabo, aparece la ruina.
Mientras los ahorros permanezcan en posesión de sus propietarios,
el efecto total de un exceso de acumulación sobre la inversión probada
se reduce a estos juegos de azar con empresas especulativas. Se produce
un escaso efecto sobre el comercio general del país. Los propietarios de
los ahorros están demasiado dispersos y alejados del mercado para cam-
biar la mayoría de las transacciones mercantiles. Pero cuando estos aho-
rros van a manos de los banqueros, se produce un resultado mucho más
amplio. Los banqueros están próximos a la vida mercantil; están siempre
dispuestos a prestar sobre títulos mercantiles adecuados; desean prestar
sobre dichos valores una gran parte del dinero que se les confía. Por lo
tanto, cuando el dinero que se les ha confiado es inusualmente cuan-
tioso, y cuando lo sigue siendo durante un largo periodo, se altera el
comercio general del país a lo largo del tiempo. Cada día los banqueros
están más y más dispuestos a prestar dinero a los comerciantes; les pres-
tan más; por consiguiente, se acuerdan más transacciones; se buscan más
mercancías y, por tanto, los precios aumentan cada vez más.
El aumento de los precios es más rápido en una situación en la que
aumenta el crédito. En general los precios se determinan en su mayor
parte a través de las transacciones al por mayor. El comerciante mino-
rista añade un porcentaje a los precios al por mayor, desde luego, no
siempre el mismo porcentaje, aunque sí la mayoría de la veces. Una vez
determinado el precio al por mayor de la generalidad de los artícu-
los, habitualmente se puede saber su precio al por menor. Ahora bien,
las transacciones al por mayor no se realizan habitualmente en efecti-
vo, sino a través de efectos  *. La duración de un efecto varía según los
*
  Nota del editor: Letra comercial que libra el comprador de una mercadería al ven-
dedor, estipulando el concepto, monto y plazo de pago acordados. El tomador de la letra
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Por qué Lombard Street está a menudo inactivo y en ocasiones muy activo 103

hábitos comerciales; puede ser de dos, tres meses, o seis semanas, pero
siempre hay un efecto. En épocas de crédito se aceptan rápidamen-
te los efectos de muchas personas; en épocas cuando escasea el crédito
se aceptan efectos de menos personas, e incluso los que se aceptan se
hace con recelo. En momentos de buen crédito existe un gran número
de compradores importantes, y en los de mal crédito sólo un pequeño
número de compradores débiles; y, por lo tanto, los años en los que el
crédito mejora, si no hay una causa perturbadora, son años en los que
aumentan los precios, y los años en los que el crédito decae, son aque-
llos en los que disminuyen los precios.
Este es el significado del dicho «John Bull puede aguantar muchas
cosas, pero no un dos por ciento»: significa que el mayor efecto de las
tres grandes causas es casi exclusivo de Inglaterra; aquí, y casi única-
mente aquí, el exceso de ahorros sobre las inversiones se deposita en
los bancos; aquí y sólo aquí, se usa de tal manera como para afectar el
comercio en general; aquí y sólo aquí los precios se ven gravemente
afectados. En estas circunstancias, un tipo de interés bajo, prolongado
durante mucho tiempo, es equivalente a una total depreciación de los
metales preciosos. En su libro sobre el efecto de los grandes descubri-
mientos de oro, el profesor Jevons mostraba, y hasta donde yo sé, fue
el primero en hacerlo, la necesidad de eliminar estos cambios tempo-
rales del valor del oro antes de que se pudiera opinar de una forma
apropiada sobre la depreciación permanente. Probó que en los años
anteriores a 1847 y 1857 se produjo un aumento general de precios;
y en los años posteriores, una gran caída. Lo mismo podría señalarse
respecto a los años anteriores y posteriores a 1866, mutatis mutandis.
Y en la actualidad, tenemos un ejemplo aún más destacable, que fue
analizado en el Economist de 30 de diciembre de 1871, en un artículo
que me aventuro a citar en su totalidad:

EL GRAN AUMENTO EN EL PRECIO DE LAS MERCAN-


CÍAS
La mayoría de las personas están al corriente de que el comercio
del país está en una situación de gran actividad. Así lo comprueban
todos los indicadores habituales —la evolución de la Recaudación, las
cifras de la Cámaras de Compensaciones Bancarias, las estadísticas de
exportaciones e importaciones, todos dicen lo mismo—. Pero cree-
mos que pocos han considerado uno de los rasgos más destacables de
la actualidad, o han examinado suficientemente sus consecuencias. Ese

luego intenta negociarla en el sistema bancario para hacerse de efectivo, aceptando el


correspondiente descuento de intereses hasta el vencimiento.
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104 Walter Bagehot

aspecto es el gran aumento del precio de la mayoría de los principales


artículos del comercio durante el año pasado. Proporcionamos a pie
de este párrafo una lista de mercancías, que incluye los artículos de
primera categoría del comercio, y se comprobará que el aumento del
precio, aunque no es universal ni uniforme, es, sin embargo, muy nota-
ble y general. Los casos más destacables son los siguientes:

Enero Diciembre
£ s. d. £ s. d.
Lana-ovejas de South Down por paquete 13 0 0 21 15 0
Algodón-Upland ordinario por libra 007¼ 0 0 8 3⁄8
n. 40 máquina de hilar, etc. por libra 011½ 012½
Hierro-barras, británico por tonelada 726 8 17 6
Hierro-lingotes, n. 1 Clyde por tonelada 2 13 3 3 16 0
Plomo por tonelada 18 7 6 19 2 6
Estaño por tonelada 137 0 0 157 0 0
Cobre-Laminado por tonelada 75 10 0 95 0 0
Trigo (media de la Gaceta) el cuarto 2 12 0 2 15 8

Y en otros casos existe mucho más a menudo una tendencia a subir


el precio que a bajarlo.
Este aumento general del precio tiene que deberse a una disminu-
ción de la oferta de los artículos citados o a un aumento de su demanda.
En algunos casos, sin duda, ha habido una escasa oferta. Así, en la lana,
la disminución de la cría de oveja en el país ha tenido un gran efecto
sobre el precio:
En 1869 el stock doméstico de oveja era........ 29.538.000
En 1871 el stock doméstico de oveja era........ 27.133.000
Disminución.................................................. 2.405.000
Igual al 8,1 por 100.
En el caso de otros artículos puede haber sido ocasionado por una
causa similar. Pero tomando la cantidad total de la oferta de mercancías
en este país, como revela la simple prueba de las cantidades importadas,
no ha disminuido, sino que ha aumentado. Los informes del Departa-
mento de Industria y Comercio prueban esto de la manera más llamati-
va, y más adelante proporcionamos un cuadro de algunos de los artícu-
los importantes. Por lo tanto, el aumento de los precios tiene que ser
debido a un aumento de la demanda, y la primera pregunta es, ¿a qué
se debe dicha demanda?
Creemos que es debida a la actuación combinada de tres causas:
dinero barato, grano barato y un mejor aprovechamiento del crédito.
Respecto a la primera, podría decirse a primera vista que un incremen-
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Por qué Lombard Street está a menudo inactivo y en ocasiones muy activo 105

to tan general tiene que deberse a una depreciación de los metales pre-
ciosos. Ciertamente, en muchas controversias se han señalado hechos
mucho menos relevantes para probar esto.Y, en efecto, existe claramente
una disminución en el poder adquisitivo del dinero, aunque dicha dismi-
nución no es general y permanente, sino local y temporal. La peculiari-
dad de los metales preciosos es que su valor depende de la cantidad que
hay de ellos en el mercado durante periodos excepcionalmente largos.
A largo plazo, su valor, como el de los demás, viene determinado por el
coste en que se puede incurrir por llevarlos al mercado. Pero para todos
los propósitos temporales, la oferta del mercado es la que rige el pre-
cio, y en este país esa oferta es excesivamente variable. Después de una
crisis comercial —la de 1866 por ejemplo— sucedieron dos cosas: pri-
mera, solicitamos que se abonaran las deudas que nos debían los países
extranjeros; y exigimos que se nos pagaran en dinero, no en mercancías.
Debido a esta causa principalmente, y sin considerar otras menores, los
lingotes de oro en el Banco de Inglaterra, que eran de 13.156.000 libras
en mayo de 1866, aumentaron a 19.413.000 libras en enero de 1867,
suponiendo un incremento superior a los 6 millones de libras.Y enton-
ces aparece una segunda causa que opera en la misma dirección. Duran-
te un periodo con depresión, los ahorros del país aumentan considera-
blemente más deprisa que sus destinos de colocación. Una persona que
tiene ahorros no sabe qué hacer con ellos.Y este ahorro nuevo que no
está empleado significa que hay efectivo adicional. Hasta que se invier-
te, o se emplea, un ahorro sólo existe en forma de efectivo: un granjero
que ha vendido su trigo y tiene 100 libras «para hacer algo bueno con
ellas», las mantiene en efectivo, o en algo equivalente al efectivo, hasta
que vea que se puede hacer un uso ventajoso de ellas. Probablemente
las coloca en un banco y esto le permite trabajar más. Si tres millones
de libras en moneda se depositan en un banco y éste solo necesita guar-
dar un millón en forma de reserva, se liberan dos millones de libras que
por el momento equivalen a un aumento de moneda en circulación. Se
puede establecer como un principio que todos los nuevos ahorros no
empleados requieren un mayor stock de metales preciosos, o un incremento de
la eficiencia de los procedimientos bancarios que permite economizar en el uso de
reservas metálicas. En otras palabras, en un periodo de la industria nacio-
nal en el que se ahorra y no se invierte, acumulamos oro y aumentamos
la eficiencia de nuestro oro. Por lo tanto, si dicho periodo de ahorro
sigue a una situación en la que los créditos extranjeros han disminuido
y se han exigido las deudas extranjeras, el aumento de la cantidad efecti-
va de oro en el país será sumamente elevado. El dinero antiguo solicita-
do del exterior y el nuevo, representado por el nuevo ahorro, cooperan
entre sí.Y su tendencia natural es provocar un aumento general del pre-
cio, y lo que es lo mismo, una disminución extendida del poder adqui-
sitivo del dinero.
Hasta este punto, no hay nada especial en la historia reciente del
mercado monetario. Sucesos similares acontecieron después del pánico
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106 Walter Bagehot

de 1847 y después del de 1857. Pero existe otra causa de la misma clase
y que actúa en la misma dirección, que es particular a la actualidad; esta
causa es la cantidad de dinero extranjero y especialmente de dinero de
los gobiernos extranjeros, existente en Londres. Probablemente nunca
tuvo ningún gobierno casi tanto a su disposición como tiene ahora el
gobierno alemán. En términos generales, sucedieron dos cosas: duran-
te la guerra, Inglaterra era el mejor refugio para la moneda extranjera,
y esto hizo que el dinero fuera aquí más barato de lo que hubiera sido
de otra manera; después de la guerra, Inglaterra se convirtió en el lugar
más adecuado para realizar pagos, y el más conveniente para colocar el
dinero, y esto de nuevo hizo que el dinero fuese más barato. Las causas
comerciales, de las que existen muchos precedentes, fueron respaldadas
por la causa política de cuya eficacia no hay precedente.
Pero aunque resulta necesaria una cantidad abundante de dinero
para elevar los precios, y aunque tiene una tendencia natural a hacerlo,
no obstante no es suficiente por sí misma para conseguirlo. En los casos
de los que nos ocupamos, para reducir los precios no tiene que haber
sólo dinero adicional, sino que debe emplearse de una forma satisfac-
toria. Esto es obvio si recordamos cómo se obtiene ese mayor dinero.
Se consigue de los ahorros de las personas, y sólo se invertirá de la for-
ma en que los poseedores en ese momento consideren adecuada para
dichos ahorros. No se utilizarán en el simple gasto; sería contrario a su
naturaleza si se hiciera así. Se necesita un nuevo canal de demanda para
sacar el nuevo dinero, o si no éste no aumentará los precios. Permane-
cerá ocioso en los bancos, como hemos visto a menudo. Seguiremos
con frecuencia el fenómeno habitual de la coexistencia de un comer-
cio débil y dinero barato.
En este caso, la demanda aumentó de la forma más efectiva. En
1867 y en la primera mitad de 1868 el grano era caro, como muestran
las siguientes cifras:

Precio medio del trigo en la Gaceta


s. d. s. d.
Diciembre, 1866............ 60  3 Octubre, 1867................ 66  6
Enero, 1867.................... 61  4 Noviembre, 1867........... 69  5
Febrero, 1867................. 60 10 Diciembre, 1867............ 67  4
Marzo, 1867................... 59  9 Enero, 1868.................... 70  3
Abril, 1867..................... 61  6 Febrero, 1868................. 73  0
Mayo, 1867.................... 64  8 Marzo, 1868................... 73  0
Junio, 1867..................... 65  4 Abril, 1868..................... 73  3
Julio, 1867...................... 65  0 Mayo, 1868.................... 73  9
Agosto, 1867.................. 67  8 Junio, 1868..................... 67 11
Septiembre, 1867........... 62  8 Julio, 1868...................... 65  5
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A partir de ese momento se redujo, y fue muy barato duran-


te 1869 y 1870. El efecto de este precio barato es grande en cada sec-
tor de la industria. Las clases trabajadoras, al disponer de comida más
barata, necesitan gastar mucho menos en ella, y pueden gastar más en
otras cosas. Por consiguiente, existe un suave aumento de la demanda
en todos los sectores del comercio.Y esto casi siempre provoca un gran
incremento en lo que pueden denominarse negocios instrumentales, es
decir, los que comercializan máquinas e instrumentos que se emplean
en muchas ramas del comercio, y en los materiales usados por éstos.
Consideremos, por ejemplo, el negocio del hierro:
Toneladas Toneladas
En el año 1869 exportamos......... 2.568.000
En el año 1870 exportamos......... 2.716.000
5.284.000
En el año 1867 exportamos......... 1.882.000
En el año 1868 exportamos......... 1.944.000
3.826.000
Aumento........................................................... 1.458.000

Es decir, el grano barato que operaba en todo el mundo, creó una


nueva demanda para muchas clases de artículos; la producción de una
gran cantidad de dichos artículos necesitaba el hierro en algunas de sus
muchas formas, así que éste se exportaba.Y el efecto es acumulativo. Al
ser estimulada la fabricación de hierro, todas las personas relacionadas
con esa gran fabricación mejoran su situación, tienen más para gastar, y
al hacerlo estimulan otras ramas de la manufactura, que a su vez propa-
gan la demanda; reciben y de esta forma estimulan las industrias depen-
dientes en un tercer grado y alejadas.

Es bastante cierto que el grano no ha sido tan barato este año. Pero
incluso si hubiera sido más caro de lo que es, no detendría inmediata-
mente el gran comercio que el primer abaratamiento del precio había
creado. La «pelota», si podemos decirlo así, «se echó a rodar» en 1869 y
en 1870, y un gran incremento de la demanda se creó entonces en cier-
tos negocios y se propagó a través de todos ellos. El mantenimiento de
precios muy elevados produciría el efecto contrario; haría disminuir la
demanda en ciertos negocios y el efecto se difundiría gradualmente a
través de todos ellos. Pero un ligero aumento como el de este año no
tiene ningún efecto perceptible.
Cuando el estímulo del grano barato se añade al del dinero bara-
to, se satisfacen todas las condiciones de un aumento grande y difundi-
do de los precios. Este nuevo empleo proporciona un modo de invertir
el dinero. Se giran los efectos en mayor número y envergadura, y a tra-
vés de las agencias de los bancos y de las sociedades intermediarias en
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108 Walter Bagehot

el mercado de dinero, los ahorros del país se invierten en dichos efectos.


De esta forma, existe una nueva necesidad y un nuevo dinero disponible
para satisfacer esa necesidad, siendo la consecuencia de ello el aumento
difundido y notable del precio tal y como muestran las cifras.
El aumento también ha sido favorecido por la reactivación del cré-
dito. No necesita explicarse ampliamente que esto es una gran ayuda a
la hora de comprar y, por consiguiente, para aumentar el precio. Desde
1866, el crédito se ha ido recuperando gradualmente, aunque de una
forma muy lenta, y probablemente ha alcanzado una dimensión razo-
nable y apropiada. Confiamos ahora en tanta gente como deberíamos
confiar, y por el momento no hay un exceso disparatado de confian-
za inmerecida que nos haría confiar en aquellos en los que no debería-
mos confiar».

El proceso, explicado de esta forma, es el habitual. El excedente de


capital prestable en manos de los banqueros no es empleado por ellos de
ninguna forma original; casi siempre se presta a una actividad que ya está
creciendo y mejorando. Su uso desarrolla aún más esa actividad, y esto a
su vez aumenta y estimula otras actividades. El capital puede permanecer
ocioso durante mucho tiempo en una situación de estancamiento de la
industria; los títulos mercantiles que los banqueros con experiencia saben
que son aceptables no aumentan, y no inventarán nuevos títulos, ni coge-
rán los que son inaceptables.
En la mayoría de los grandes periodos de expansión industrial, las
tres grandes causas —mucho capital prestable, amplio crédito y una
mayor rentabilidad derivada del empleo más eficiente de la mano de
obra y el capital— han actuado simultáneamente; y aunque cada uno
puede operar por sí mismo, siempre hay una razón por la que en la
mayoría de los casos actuarán conjuntamente. Si se comienza en un
periodo de depresión, tienden a crecer juntos. En dichos periodos el
crédito es escaso, y hay paro en la industria; las provisiones general-
mente tienen un precio elevado, siendo su encarecimiento una de las
causas del mal momento. Ya fuera mucho o poco el capital prestable
al comienzo del periodo, pronto se convierte en demasiado. La gente
tranquila continúa ahorrando parte de su renta, tanto en los momentos
malos como en los buenos; de hecho, de los dos, las personas con ren-
tas que varían poco y con rentas fijas tienen mejores medios para aho-
rrar en los momentos malos porque los precios son más bajos. El nego-
cio inactivo no proporciona nuevos títulos en los que se puede invertir
el nuevo ahorro y, por lo tanto, se produce pronto un exceso de capi-
tal dispuesto a ser prestado. Un año o dos después de la crisis, el cré-
dito habitualmente mejora, ya que los recuerdos de los desastres de la
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crisis que perjudicó al crédito son cada vez más débiles. Las provisiones
vuelven a su precio habitual, o alguna gran industria da, debido a algu-
na causa temporal, un paso rápido hacia delante. Así, en estos momentos
las tres acciones que, como ya hemos explicado, hacen avanzar en gran
medida el comercio, se combinan simultáneamente para desarrollarlo.
El resultado es un avance de la prosperidad nacional; el país salta
hacia delante por arte de magia. Pero sólo una parte de esa prosperi-
dad tiene una razón sólida. En la medida en que la prosperidad se basa
en una mayor cantidad de producción y ésta es de los artículos adecua-
dos, o sea, en la medida en que se basa en la mayor rapidez con la que
las mercancías de toda clase llegan a aquellos que las desean, su base
es adecuada. La laboriosidad de los hombres es más eficiente y, por lo
tanto, hay más para repartir entre las personas. Pero esa prosperidad es
sólo imaginaria cuando se basa en un aumento general de precios. Un
aumento general de precios es un incremento sólo de nombre; lo que
cualquiera gana en un artículo que tiene que vender, lo pierde en los
artículos que tiene que comprar, y así se queda justo donde estaba. Los
únicos efectos reales de un aumento general de precios son éstos: pri-
mero, perjudica a las personas con rentas fijas, quienes se ven afectadas
como compradores, pero no tienen una ganancia en compensación;
y segundo, proporciona un beneficio adicional al capital fijo creado
antes de que sucediera el incremento. Aquí los vendedores ganan, pero
sin una pérdida equivalente como compradores. En tercer lugar, esta
ganancia sobre el capital fijo es mayor en lo que se puede denominar las
«herramientas» industriales, tales como el carbón y el hierro. Éstas son
necesarias en todas las industrias, y en un aumento general de precios,
seguro que aumentan mucho más que las otras cosas. Todo el mundo
las demanda; su oferta no puede aumentarse rápidamente y, por tanto,
su precio aumenta muy rápidamente. Pero para el país en su conjunto,
el aumento general de precios no supone en absoluto un beneficio, es
simplemente un cambio de nomenclatura para un valor relativo idén-
tico de las mismas mercancías. No obstante, la mayoría de las personas
son más felices por ello; piensan que se están haciendo más ricas, aun-
que no es así. Y como el aumento no se produce en todos los artícu-
los a la vez, sino que se propaga gradualmente a través de la sociedad,
realmente ganan aquellos a los que llega primero; y como al princi-
pio todos creen que ganarán cuando sus propios artículos aumenten, el
mundo mercantil rebosa una alegría optimista.
Esta prosperidad es precaria en la medida en que es real, y transito-
ria en la medida en que es ficticia. La mayor producción, que es la razón
de la prosperidad real, depende de todo el trabajo de la organización
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industrial en su conjunto —de todos los capitalistas y trabajadores; esa


prosperidad fue causada por todo ese trabajo y finalizará con él—. Pero
la aparición de alguna gran desgracia en alguna gran industria puede
destruir todo ese trabajo. Esto causaría la desgracia de las industrias que
dependan de aquella y, como ya se ha explicado, se extendería a través
de la sociedad, y se volvería a empezar. Pero toda industria de este tipo
está expuesta a graves fluctuaciones, y las más importantes —las indus-
trias de abastecimiento—, están expuestas a las más graves y repenti-
nas variaciones. Dependen de los fenómenos climáticos. Una única
mala cosecha difundida a lo largo del mundo, una sucesión de dos o
tres malas cosechas, incluso sólo en Inglaterra, aumentará el precio del
grano de una forma exagerada, y lo mantendrá elevado.Y un aumento
grande y prolongado en el precio del grano destruirá inmediatamente
toda la parte real de la prosperidad poco corriente de los buenos tiem-
pos anteriores. Cambiará ese trabajo completo de la maquinaria indus-
trial en uno imperfecto; hará que la producción de esa maquinaria sea
menor, en vez de mayor, que el habitual; e inmediatamente el dividen-
do general a distribuir entre los productores, en vez de ser superior a
la media, será inferior.
Y en la medida en que la aparente prosperidad sea causada por una
cantidad abundante poco común de fondos prestables y un consecuen-
te aumento de los precios, esa prosperidad no es sólo capaz de reac-
cionar sino que seguro estará expuesta a la reacción. Las mismas causas
que generan esta prosperidad provocarán, después de que hayan actua-
do un poco más, una adversidad equivalente. El proceso es el siguien-
te: la abundancia de capital disponible para prestar provoca un aumento
de los precios; ese aumento hace necesaria una mayor cantidad de fon-
dos prestables para llevar a cabo el mismo negocio. No se puede com-
prar lo mismo con 100.000 libras cuando los precios son elevados que
cuando están bajos, no serán tan eficaces para mantener el negocio; se
necesita más dinero en los momentos de carestía que en los periodos
de precios bajos para producir los mismos cambios en las mismas mer-
cancías. Incluso suponiendo que el negocio no ha crecido, se necesita-
ría una mayor cantidad de capital para mantenerlo tras dicho aumento
de los precios, como se ha descrito, que la que era necesaria antes de
ese incremento. Pero en este caso el negocio no se habrá mantenido sin
cambios; habrá aumentado —seguramente hasta cierto extremo, proba-
blemente hasta un gran extremo—. El «capital prestable», cuyo présta-
mo causó el aumento de precios, fue prestado para permitir el aumento
del negocio. El capital prestable permanece ocioso en los bancos has-
ta que algún negocio comienza a prosperar y entonces se presta para
desarrollar ese comercio; éste origina otros desarrollos secundarios; los
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cuales habilitan más capital disponible para ser prestado; y ese présta-
mo provoca un desarrollo terciario del negocio; y así sucesivamente a
lo largo de la sociedad.
Por consiguiente, un tipo de interés bajo durante un largo periodo
de tiempo viene casi siempre seguido de un incremento rápido de ese
tipo. Hasta que se encuentra el negocio disponible, permanece ocioso,
y apenas puede prestarse del todo; alguna parte no se presta. Pero en el
momento en que se descubre el negocio disponible —el momento en el
que los precios han aumentado— la demanda de capital prestable llega a
ser elevada. En su mayor parte, los hombres de negocios tienen que lle-
var a cabo su negocio habitual; si no pueden realizarlo sin pedir presta-
do un 10 por 100 más de capital, deberán pedir prestado ese capital adi-
cional. Muy a menudo han incurrido en obligaciones a las que tienen
que hacer frente; y si eso es así, el tipo de interés que tienen que pagar les
resulta relativamente indiferente. Pedirán prestado lo que necesiten para
hacer frente a lo que hayan aceptado, pagando por ello lo que sea; paga-
rían cualquier precio antes que no satisfacer sus obligaciones.Y en casos
menos extremos, los hombres de negocios tienen un capital fijo que no
puede permanecer ocioso sin incurrir en una gran pérdida; por ejemplo,
un equipo de trabajadores que tienen que mantenerse, si es posible, jun-
tos; una relación permanente con los clientes, que no desearían perder.
Para conseguir todo esto tienen que pedir prestado; y en un periodo de
precios elevados muchos comerciantes están especialmente ansiosos por
pedir prestado porque el aumento del precio del artículo que comercian
les hace realmente ver, o imaginar, oportunidades especiales de benefi-
cio. Un inmenso endeudamiento nuevo pronto aparece tras un negocio
nuevo y grande, y el tipo de interés aumenta inmediatamente y lo hace
generalmente de una forma rápida.
Esto es lo más seguro que suceda al ser Lombard Street un mer-
cado muy frágil, como ya se ha señalado anteriormente. Allí los ban-
queros e intermediarios de efectos mantienen una gran cantidad de
dinero colocado a intereseses: tienen que emplearla o se arruinarán. Es
mejor para ellos reducir el tipo que cobran, y compensarse a través de
la reducción del tipo que pagan, antes que mantener elevado el tipo
que cargan, si existe el riesgo de no poder emplear todo su dinero. Es
vital para ellos utilizar todo el dinero sobre el que pagan interés. Por
lo tanto, un pequeño exceso les obliga a bajar mucho el tipo de inte-
rés. Pero si ese bajo tipo de interés causase, o ayudara a causar, un gran
crecimiento del comercio, seguro que el aumento sería rápido, incluso
violento. Las cifras sobre el comercio se cuentan por cientos de millo-
nes, mientras que las correspondientes al capital prestable se cuentan
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Lombard street. Una descripcio n del mercado de dinero.indb 111 26/06/12 17:02
112 Walter Bagehot

sólo por millones. Un gran incremento en las demandas de préstamos


por parte del comercio inglés casi siempre traduce un exceso de capi-
tal prestable con relación a la demanda en una insuficiencia aún mayor.
De la misma forma en que el excedente original causaba o aparenta-
ba causar una prosperidad aparente, la insuficiencia posterior causa o
aparenta causar adversidad en el comercio. Genera una reducción del
precio que afecta a toda la sociedad; esa bajada causa un descenso de la
actividad y una disminución de los beneficios —una dolorosa contrac-
ción en vez de la agradable expansión anterior—.
El cambio es generalmente más rápido, debido a la aparición de
algún freno al crédito en una etapa temprana. La comunidad mercan-
til habrá sido excepcionalmente afortunada si durante el periodo de
aumento de los precios no incurre en grandes errores. Dicho periodo
naturalmente estimula el optimismo y el entusiasmo; se imaginan que
la prosperidad que observan durará siempre, que es sólo el comien-
zo de una gran prosperidad. Sobreestiman completamente la deman-
da del artículo al que se dedican, o el trabajo que realizan. Todos, en su
medida —los más capaces e inteligentes, más que ninguno— trabajan
mucho más de lo que deberían, y comercian muy por encima de sus
medios. Toda gran crisis revela las excesivas especulaciones realizadas
por muchos establecimientos mercantiles de las que nadie sospechaba
antes, y que, de hecho, habitualmente no se habrían comenzado o no se
habrían llevado a cabo en gran medida, hasta que fueron tentados por
el aumento diario del precio y por la fiebre que les rodea.
El caso es peor, porque en la mayoría de los periodos de gran
estímulo comercial existe una mezcla de la clase más antigua y más
simple de manía inversora. Aunque el dinero de los ahorradores está
en manos de los bancos, y aunque ofreciendo un interés, los ban-
cos retienen el control de gran parte de él, no obstante no consi-
guen retener el control de todo ese dinero, ni mucho menos; todo
puede utilizarse, y mucho es, de hecho, utilizado, por sus propie-
tarios. Especulan con ello en sociedades engañosas y en acciones
sin ningún valor, tal y como sucedió en tiempos de la manía de los
Mares del Sur, cuando no había bancos, y como sucedería de nue-
vo en Inglaterra suponiendo que los bancos dejaran de existir. La
manía de 1825 y la de 1866 fueron ejemplos notables de esto; tan-
to en esos casos, hasta un gran extremo, como en la mayoría de los
periodos modernos similares en un menor extremo, el delirio del
antiguo juego de azar cooperó con la demencia más temperada del
moderno exceso de transacciones. En cuanto aparece la adversidad,
se descubre que carecen de valor las fichas en la manía del juego y
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Lombard street. Una descripcio n del mercado de dinero.indb 112 26/06/12 17:02
Por qué Lombard Street está a menudo inactivo y en ocasiones muy activo 113

las acciones de las empresas creadas para sustentar esa manía; todas
bajan, y con ellas gran parte del crédito.
También los buenos tiempos de precios elevados casi siempre gene-
ran mucho fraude.Todas las personas son de lo más crédulas cuando son
muy felices; y cuando se ha generado mucho dinero, cuando algunas
personas realmente lo están generando, cuando la mayoría de las per-
sonas cree que lo está generando, existe una buena oportunidad para la
mentira ingeniosa. Se creerá casi todo durante un tiempo, y mucho más
tarde se descubrirá lo peor, y los embusteros más hábiles escaparán del
castigo por motivos geográficos o legales. Pero el daño que han hecho
se propaga, pues el crédito se debilita aún más.
Cuando comprendamos que Lombard Street está sujeto a impor-
tantes variaciones por causas contrarias, dejaremos de sorprendernos de
sus ciclos aparentes.También dejaremos de sorprendernos de los pánicos
repentinos. Durante el periodo de reacción y adversidad, justo incluso en
el último instante de prosperidad, toda la estructura es frágil. La natura-
leza peculiar de nuestro sistema bancario es la de que haya una confian-
za sin precedentes entre los hombres; y cuando se debilita demasiado esa
confianza por causas ocultas, un pequeño accidente puede dañarlo enor-
memente, y uno grande puede casi destruirlo en un momento.
Ahora que comprendemos las vicisitudes inevitables de Lombard
Street, podemos también comprender completamente la gran impor-
tancia que tiene retener siempre una gran reserva bancaria. De esto, más
que de cualquier otra circunstancia, depende que sepamos afrontar los
momentos de adversidad de forma adecuada o inadecuada. Si la reserva
es grande, su magnitud mantiene el crédito; si es pequeña, su disminu-
ción fomenta los temores más graves. Y cuanto mejor comprendamos
la importancia de la reserva bancaria, más apreciaremos la responsabili-
dad de los que la mantienen.

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UNA EXPLICACIÓN MÁS EXACTA
DEL MODO EN QUE EL BANCO DE
INGLATERRA HA desempeñado SU

7
OBLIGACIÓN DE MANTENER UNA
RESERVA BANCARIA ADECUADA
Y DE ADMINISTRARLA CON EFICACIA

Los capítulos anteriores nos han permitido en cierta medida apre-


ciar la importancia de las obligaciones que el Banco de Inglaterra debe
cumplir respecto a su reserva bancaria.
Si nos preguntamos cómo se ha desempeñado el Banco de Ingla-
terra en esta gran responsabilidad, llaman la atención los tres siguientes
aspectos: primero, como se ha dicho antes, el Banco nunca ha reconoci-
do la obligación mediante acto corporativo o declaración autorizada, y
algunos de sus directores la niegan; segundo (y lo que llama más la aten-
ción), ninguna resolución del Parlamento, ningún informe de algún
Comité del Parlamento (que yo sepa), ningún discurso que se recuerde
de un estadista responsable, ha asignado o impuesto dicha obligación al
Banco; tercero (y lo que llama aún más la atención), la enseñanza inequí-
voca de nuestras autoridades de mayor rango ha sido a menudo que
no se impone ninguna obligación pública de cualquier clase al Depar-
tamento de Operaciones Bancarias del Banco; que, respecto a sus fun-
ciones bancarias, es sólo un banco comercial como cualquier otro; que
sus directores deben buscar sólo el interés de los propietarios y su divi-
dendo; que tienen que gestionarlo como el London and Westminster
Bank o el Union Bank.
Al principio, parece muy extraño que una responsabilidad tan
importante no fuera impuesta, ni reconocida y fuera rechazada; pero la
explicación es la siguiente.Vivimos entre los vestigios de viejas contro-
versias, utilizamos su lenguaje, aun cuando nos ocupamos de diferentes
pensamientos y hechos. Durante más de cincuenta años —desde 1793
hasta 1844— hubo una fuerte controversia respecto a las obligaciones
públicas del Banco. Se dijo que era el «administrador» del papel mone-
da, y por ello muchos esperaban buenas cosas de él; otros dijeron que
hizo un gran daño; otros a su vez que no podía hacer ni bien ni mal.
Pero durante todo el periodo hubo una discusión ininterrumpida e
intensa. Esa discusión finalizó con la Ley de 1844. Mediante dicha Ley,
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116 Walter Bagehot

la moneda se gestiona por sí misma; todo el funcionamiento es automá-


tico. El Banco de Inglaterra claramente ya no administra —ni se puede
decir que lo haga— la moneda. Y naturalmente, habiendo desapareci-
do la única razón por la que solía asignarse una responsabilidad públi-
ca al Banco, muchos se apresuraron a decir que el Banco no tenía nin-
guna responsabilidad.
La completa incertidumbre respecto al grado de responsabilidad
reconocido por el Banco de Inglaterra se ilustra mejor a través de lo
que han dicho los propios directores del Banco respecto al pánico de
1866. Se recordará que ese pánico ocurrió, al contrario que el anterior,
en primavera, y en la siguiente reunión del Consejo de propietarios
del Banco —la reunión de septiembre— hubo una notable discusión
que proporciono con gran detalle más adelante  1, y cuyos aspectos más
importantes fueron descritos en el Economist de la siguiente forma:

LA GRAN IMPORTANCIA DE LA ÚLTIMA REUNIÓN DE


LOS PROPIETARIOS DEL BANCO DE INGLATERRA
La última reunión de los propietarios del Banco de Inglaterra tiene
una importancia muy excepcional.Ya no podrá haber ninguna investi-
gación eficaz sobre la historia de la última crisis. La celebración de un
comité parlamentario el próximo año sería una gran pérdida de tiem-
po, a menos que sucediera algo extraño en el ínterin. Los hombres de
negocios poseen sensaciones agudas pero memorias cortas y el próximo
febrero no se interesarán más por los sucesos de mayo pasado de lo que
ahora se interesan por los sucesos de octubre de 1864. Una investigación
pro forma, en la que nadie dedica su tiempo a pensar en ella y que todo el
mundo sabe que no llegará a nada, es mucho peor que no realizar nin-
guna investigación. Bajo estas circunstancias, las declaraciones oficiales
del gobernador del Banco son las únicas auténticas explicaciones que
tendremos sobre la política de los directores del Banco, respecto al pasa-
do o al futuro. Y cuando examinamos las deliberaciones con cuidado,
encontramos que contienen asuntos de la mayor importancia.
Puede considerarse que se celebra esta reunión para admitir y reco-
nocer el hecho de que el Banco de Inglaterra mantiene la única reser-
va del país. Ahora no confundimos este asunto con el de la circulación
del país, o con la cuestión respecto a si debería haber muchos emiso-
res de billetes o sólo uno. No hablamos de la reserva en dinero, sino de
la bancaria —la que se mantiene contra los depósitos, no contra de los
billetes—. A menudo hemos insistido en estas páginas en que el Banco
de Inglaterra mantiene la única reserva real —la única cantidad consi-
derable de efectivo sin utilizar en el país—; pero no ha habido ningún
acuerdo general acerca de ello. Las grandes autoridades han sido reacias

 Véase la Nota D en los apéndices.


1

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Una explicación más exacta del modo en que el Banco de Inglaterra... 117

a admitirlo. De hecho, no han afirmado formal ni explícitamente nada


en contra de ello. De haberlo hecho, tendrían que haber señalado algún
otro gran almacén de efectivo sin emplear, además del existente en el
Banco, y no podrían encontrarlo. Pero han intentado establecer distin-
ciones; han dicho que la doctrina según la cual el Banco de Inglaterra
mantiene la única reserva bancaria del país «no era una buena forma de
expresarlo», era exagerada y calculada para llevar a engaño.
Pero la última reunión constituye una admisión total de que la rea-
lidad es ésa. El gobernador del Banco dijo:
«Se ha ejercido una gran presión en los últimos meses sobre los
recursos de esta casa, y por toda la comunidad bancaria de Londres, y
creo tener derecho a decir que no sólo esta casa, sino todo el organismo
bancario, se desenvolvieron con la mayor honorabilidad y credibilidad
durante todo ese duro periodo. La banca es un negocio muy peculiar
y depende tanto del crédito, que la menor ráfaga de sospecha es sufi-
ciente para barrer, por así decirlo, con la cosecha de todo el año. Pero
la manera en que generalmente los establecimientos bancarios de Lon-
dres enfrentaron las demandas que les realizaron durante la mayor par-
te del pasado medio año proporciona una prueba de lo más satisfac-
toria respecto a la solidez de los principios que guían su negocio. Esta
casa se esforzó al máximo —y con mucho éxito— para hacer frente a
la crisis. Resistimos en nuestro puesto. Cuando la tormenta nos alcan-
zó, la mañana en que supimos que el establecimiento de Overend and
Co. había quebrado, estábamos en una posición tan sólida y sana como
cualquier establecimiento bancario podía estar, y en ese día y durante la
semana siguiente hicimos anticipos que apenas podían creerse. No creo
que persona alguna hubiera pensado predecir, incluso muy poco antes,
la enorme cantidad de dichos anticipos. Era natural que en esta situa-
ción se hubiera introducido en la mente del público un cierto grado de
alarma, y que aquellos que necesitaban el servicio del Banco hubieran
acudido al ministro de Hacienda y solicitado al gobierno que nos auto-
rizara a emitir billetes por encima de la cantidad estatutaria, si pensá-
ramos que dicha medida fuese deseable. Pero tuvimos que actuar antes
de haber recibido dicha autorización y quizás antes de que el ministro
de Hacienda saltara de su cama, habíamos anticipado la mitad de nues-
tras reservas, que ciertamente de esta forma se redujeron a una cantidad
que no pudimos contemplar sin pesar. Pero no podíamos flaquear ante
el deber de apoyar a la comunidad bancaria que a nuestro entender se
nos imponía, y no soy consciente de que se rechazara ninguna solicitud
legítima de ayuda que se hiciera a este establecimiento. Todo caballero
que vino aquí con garantías adecuadas fue tratado de una forma gene-
rosa, y aun cuando no pudiera prestársele enteramente el servicio que
se solicitaba, nadie que ofrecía un colateral adecuado dejó de obtener
una satisfacción de esta casa».
Ahora bien, esto es decir claramente que los otros bancos del país
no necesitan mantener una reserva bancaria —ninguna cantidad de
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118 Walter Bagehot

efectivo real— de monedas de oro y de billetes de banco, que les ser-


virá de ayuda durante un pánico repentino. Ello es un reconocimiento
de una «obligación» por parte del Banco de Inglaterra de «apoyar a la
comunidad bancaria», para hacer que la reserva del Banco de Inglaterra
alcance para ellos lo mismo que para sí mismo.
En nuestra opinión este lenguaje es el más adecuado, y el goberna-
dor del Banco no podría haber hecho un mayor servicio público que el
usar un lenguaje tan formal y claro. Permítasenos conocer precisamente
quién debe mantener la reserva bancaria. Si los bancos comerciales, los
privados y los rurales tienen que guardar su parte, definamos el tema;
Mr. Gladstone no hace tanto parecía decir en el Parlamento que debería
ser así. Pero en todo caso, no debería existir ninguna duda sobre quién
tiene la obligación. Sobre las bases que hemos expuesto a menudo, cree-
mos que la anomalía de un banco que mantenga la única reserva banca-
ria es tan firme en nuestro sistema que no podemos cambiarla aunque
quisiéramos. El gran mal que hay que temer era una concepción ambi-
gua del hecho, y que ahora se evita.
La importancia de estas declaraciones por parte del Banco es mayor
porque tras el pánico de 1857 el Banco no mantuvo exactamente el
mismo lenguaje. Una persona a la que le encantan las expresiones con-
cisas dijo recientemente «que Overends destrozó el Banco en 1866
porque acudió, y en 1857 porque no se le dejó caer». No necesitamos
examinar de una forma demasiado precisa dicho lenguaje: la parte de
verdad es muy clara —los grandes anticipos que se concedieron a Ove-
rends fueron un acontecimiento fundamental en el pánico de 1857; los
intermediarios de efectos eran entonces en gran medida lo que son
ahora los banqueros—, eran los prestatarios que necesitaron anticipos
repentinos y descomunales. Pero se dijo a los intermediarios de efec-
tos que no esperasen algo parecido de nuevo. Aunque Alderman Salo-
mons, por parte de los banqueros londinenses, dijo que «deseaba tener la
oportunidad de exponer que creía que nada podría ser más satisfactorio
para los directores y para los accionistas de los bancos comerciales que
el testimonio que ese día el gobernador del Banco de Inglaterra había
expuesto sobre la manera sólida y honorable en la cual habían condu-
cido su negocio. Era manifiestamente deseable que los bancos comer-
ciales y la comunidad bancaria en general trabajasen en armonía con el
Banco de Inglaterra; y agradecía sinceramente al gobernador del Banco
la manera amable en la que había aludido al modo en el que los bancos
comerciales se habían enfrentado a la última crisis monetaria». El Ban-
co de Inglaterra estaba de acuerdo en proporcionar a los otros bancos la
ayuda solicitada en caso de necesidad, y los otros bancos en pedirla.
Segundo.  El Banco acuerda, de hecho si no nominalmente, rea-
lizar anticipos ilimitados sobre una adecuada garantía a cualquiera que
los solicite. En la situación actual, se anticiparon de esta manera 45
millones de libras en tres meses. Y el Banco no dice a la comunidad
mercantil o a los banqueros, «No vuelva a nosotros de nuevo. Le ayu-
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Una explicación más exacta del modo en que el Banco de Inglaterra... 119

damos una vez. Pero no lo considere como un precedente. No le ayu-


daremos otra vez». Por el contrario, la consecuencia evidente y desea-
da es que bajo circunstancias parecidas, el Banco actuaría de nuevo
como lo ha hecho ahora.

Este artículo no gustó demasiado a muchos de los directores del


Banco, y especialmente a algunos cuya opinión tiene una gran auto-
ridad. Pensaban que el Economist sacaba «deducciones precipitadas»
de un discurso de ese tipo, que estaba en sí mismo «abierto a alguna
objeción» —que era, como todos los discursos, imperfecto en lo que
se refiere a la precisión teórica, y que era a lo sumo sólo la expresión
de una opinión del gobernador de aquel momento, que no había sido
autorizada por el Comité de Directores y que no podía ser obligato-
ria para el Banco—. Sin embargo, el artículo tuvo al menos la utilidad
de sacar a la luz los hechos. Todos los directores hubieran tenido repa-
ros en comentar, restringir o no estar de acuerdo con una conferen-
cia impartida por el gobernador desde su cargo. Pero no hubo proble-
ma o delicadeza a la hora de atacar al Economist. Por consiguiente, no
mucho después, Mr. Hankey, uno de los directores bancarios con más
experiencia comentó:

«El periódico Economist ha presentado lo que en mi opinión es


la doctrina más maliciosa que se haya sacado a colación en el mundo
monetario o bancario en este país; a saber, que la función apropiada del
Banco de Inglaterra es mantener dinero disponible en todo momen-
to para satisfacer las demandas de los banqueros que han hecho que sus
propios activos no estén disponibles. Hasta tanto la comunidad banca-
ria no rechace una doctrina de este tipo, será siempre muy difícil alcan-
zar algún principio bancario sólido en Londres. Pero no creo que dicha
doctrina según la cual se justifica que los banqueros cuenten con el
Banco de Inglaterra para que les ayude en momentos de necesidad, sea
mantenida de forma general por éstos en Londres.
Considero que es un deber indudable por parte del Banco de Ingla-
terra mantener sus depósitos bancarios (reservando generalmente alre-
dedor de un tercio en efectivo) en los títulos más disponibles; y en el
caso de una repentina presión en el mercado de dinero, debido a cual-
quier circunstancia, hacer frente a su cuota parte plena de la sangría de
recursos correspondiente. Sin embargo, admito que durante mucho
tiempo ha prevalecido una opinión general respecto a que el Banco
de Inglaterra debería estar preparado para hacer mucho más que esto,
aunque confieso mi sorpresa por encontrar una defensa de dicha opi-
nión en el Economist  2. Aun cuando fuese factible que el Banco retuvie-

2
 Véase el Economist de 22 de septiembre de 1866.
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120 Walter Bagehot

se dinero sin emplear para hacer frente a dicha emergencia, sería una
imprudencia. Pero sostengo que es poco factible, y que si lo fuera, sería
de lo más inoportuno; y sólo puedo expresar mi pesar porque el Ban-
co, debido al deseo de hacer todo a su alcance para brindar asistencia en
momentos de apuros bancarios o comerciales, haya actuado en algún
momento de una forma que alentase dicha opinión. Cuanto más asi-
mile la conducta del Banco a la de todos los demás bancos bien gestio-
nados en el Reino Unido, mejor será para el Banco y para la comuni-
dad en general».

No soy quién para juzgar, pero creo que la respuesta de Mr. Hankey
al Economist no es muy concluyente.
En primer lugar, debería haberse dado cuenta de que la cuestión
no es lo que «debería ser», sino lo que es. El Economist no afirmaba que
el sistema de una reserva bancaria única era un buen sistema, sino que
era el que existía, y con el que se debería trabajar, ya que no se pue-
de cambiar.
En segundo lugar, Mr. Hankey debería haber señalado «algún otro
almacén de efectivo sin utilizar», aparte de la reserva en el Departa-
mento de Operaciones Bancarias del Banco de Inglaterra, con la que se
podrían realizar adelantos en momentos de pánico. Estos anticipos son
necesarios y alguien tiene que hacerlos. Las «reservas» de los banque-
ros londinenses no son dicho almacén; son efectivo empleado, no sin
emplear; son parte de los depósitos del Banco, y se prestan como tales.
En tercer lugar, Mr. Hankey debería haber mencionado que sabe-
mos por las cifras publicadas que los bancos comerciales de Londres
no guardan un tercio, ni nada remotamente parecido, de sus pasivos en
«efectivo» —incluso entendiendo por «efectivo» un depósito en el Ban-
co de Inglaterra—. Un tercio de los depósitos en los bancos comer-
ciales, por no hablar de los bancos privados, sería 30 millones de libras;
y los depósitos privados en el Banco de Inglaterra son 18 millones de
libras. De acuerdo con su propia afirmación, existe una discrepancia
notable. Los bancos comerciales y, sin lugar a dudas, los privados tam-
bién, mantienen una clase de reserva, y el Banco de Inglaterra otra de
un tipo completamente diferente. Mr. Hankey dice que las dos debe-
rían gestionarse por el mismo principio; pero si así fuera, tendría que
haber dicho si asimilaría la práctica del Banco de Inglaterra a la de los
demás bancos, o la de éstos a la del Banco de Inglaterra.
En cuarto lugar, Mr. Hankey debería haber observado que, como se
ha explicado, en la mayoría de los pánicos, el uso principal de la «reserva
bancaria» no es el de prestar a los banqueros; la mayor cantidad se anti-
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Una explicación más exacta del modo en que el Banco de Inglaterra... 121

cipa casi siempre al público mercantil y a los intermediarios de efec-


tos. Pero la cuestión es que en nuestro sistema toda presión adicional
recae sobre el Banco de Inglaterra. En la peor parte de la crisis de 1866,
no se podían conseguir prestadas 50.000 libras de «dinero nuevo», ni
siquiera sobre los mejores títulos —ni incluso sobre consols— excep-
to en el Banco de Inglaterra. No había otro prestamista para los nue-
vos prestatarios.
Pero mi objetivo no es revivir una controversia del pasado, sino
mostrar de qué forma insatisfactoria e incierta ha quedado esa con-
troversia respecto a un tema tan importante. La de Mr. Hankey es la
última explicación que hemos tenido respecto a la política del Banco.
Él es un director atento y con mucha experiencia, y creo que expre-
sa, más o menos, la opinión de otros directores. ¿Y qué nos encon-
tramos? Dejando a un lado y no diciendo nada acerca de la notable
conferencia del gobernador en 1866, que al menos (conforme a la
interpretación del Economist) fue clara y excelente, Mr. Hankey nos
deja completamente en duda respecto a cuál será la política del Ban-
co de Inglaterra en el siguiente pánico, y respecto a la cantidad de
ayuda que el público puede esperar de él entonces. Sus palabras son
demasiado imprecisas. Nadie puede explicar lo que significa una «par-
te razonable»; mucho menos podemos anticipar la explicación que de
ello darán otras personas en un futuro. La teoría sugiere, y la experien-
cia prueba, que ante un pánico, los poseedores de la reserva bancaria
final (ya sea un banco o muchos) deberían prestar rápida, generosa y
fácilmente a todos aquellos que presenten títulos aceptables. Median-
te esa política mitigan un pánico; a través de cualquier otra política
lo intensifican. El público tiene derecho a saber si el Banco de Ingla-
terra —los que mantienen nuestra reserva bancaria final— reconoce
esta obligación, y si está dispuesto a cumplirla. Pero esto resulta aho-
ra muy incierto.
Si nos remitimos a la historia, y examinamos cuál ha sido, de
hecho, la conducta de los directores del Banco, encontramos que han
actuado exactamente como podríamos esperar que lo hicieran per-
sonas de su tipo, carácter y posición. Son un comité de comerciantes
ingleses simple, sensatos y prósperos; y han hecho y dejado de hacer
lo que cabría esperar que dicho comité hiciera y no hiciera. Nadie
podía esperar que dicho comité tuviera grandes conocimientos de
ciencia económica; no es muy habitual que los comerciantes ingleses
se dediquen al estudio. Tampoco podíamos esperar posturas origina-
les sobre la banca, ya que ésta es un negocio especial, y los comercian-
tes ingleses, como colectivo, no habían tenido ninguna experiencia
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122 Walter Bagehot

al respecto. Un «comité» apenas puede introducir mejoras, ya que la


política de un comité viene determinada por las opiniones de la clase
más numerosa de sus miembros —sus miembros promedio— y éstos
nunca están preparados para afrontar mejoras repentinas. Un comi-
té de comerciantes honrados y sensatos siempre actuará conforme a
lo que considera principios «seguros» —es decir, de acuerdo con las
máximas recibidas del mundo mercantil en aquel momento y lugar—
y de esta manera los directores del Banco de Inglaterra han actuado
casi de manera uniforme.
Su fuerza y su debilidad se pusieron de manifiesto curiosamente en
el momento en que su poder era mayor. Después de la suspensión de
los pagos en efectivo en 1797, los directores del Banco de Inglaterra
pudieron emitir la cantidad de billetes que quisieron. No había ningún
control; estos billetes no podían volver al Banco para su pago; existía
una gran tentación de realizar una emisión exagerada sin que pudie-
ran ser penalizados por ello. Pero los directores del Banco resistieron la
tentación; y no emitieron una cantidad excesiva de billetes no conver-
tibles. Y la prueba es que, durante más de diez años después de la sus-
pensión de pagos en efectivo, los billetes del Banco no se depreciaron y
circularon sin descuento en comparación con el oro. Aunque los direc-
tores del Banco de ese momento incurrieron finalmente en errores, no
obstante, en general, actuaron con juicio singular y moderación. Pero
cuando en 1810 se les preguntó sobre sus razones, sus respuestas fue-
ron tan absurdas que casi se han convertido en un clásico. Mr. Pearse, el
gobernador del Banco, dijo:

Al considerar este tema respecto a la manera en que se emiten


los billetes, que resulta de las solicitudes de descuentos para atender
la necesidad de billetes, y por tanto controla su emisión de tal forma
que nunca pueda ser excesiva, no entiendo cómo la cantidad de bille-
tes emitida puede actuar sobre el precio del lingote de oro, o sobre la
situación de los intercambios de moneda; y, por lo tanto, mi opinión
personal es que el precio del lingote de oro, o la situación de los inter-
cambios de moneda, no pueden ser nunca una razón para reducir la
cantidad de billetes de banco a emitir, suponiendo siempre el control
que ya hemos descrito.
—¿Tiene la misma opinión el gobernador del Banco que la que
acaba de expresar el subgobernador?
Mr. Whitmore —soy de la misma opinión, ya que creo que nunca
es necesario referirse al precio del oro, o a la situación del intercambio
de monedas, en los días en los que hacemos nuestros anticipos—.
—¿Toma en cuenta estas dos circunstancias con vistas a regular la
cantidad general de sus anticipos?
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Una explicación más exacta del modo en que el Banco de Inglaterra... 123

—No las tomo en cuenta con miras a nuestros anticipos generales,


al no creer que influyan sobre la cuestión».

Y Mr. Harman, otro director del Banco, expresó su opinión en


estos términos: «Tendrían que cambiar mucho mis opiniones para supo-
ner que las modificaciones en nuestro papel moneda influirán sobre los
intercambios de moneda».

Posiblemente muy pocas personas hayan conseguido meter la pata


tantas veces con tan pocas palabras.
Pero no es del todo una vergüenza para los directores del Banco de
ese momento haber dichos estos disparates. Se expresaron siguiendo la
opinión mercantil más respetada en Inglaterra. Tanto la City de Lon-
dres como la Cámara de los Comunes aprobaron lo que dijeron; los
que no estaban de acuerdo fueron tipificados como pensadores abstrac-
tos y hombres con falta de sentido práctico. Los directores del Banco
adoptaron las opiniones habituales y siguieron la práctica acostumbra-
da en su tiempo. Era esta «rutina» la que causó su moderación. Creían
que mientras se limitasen a descontar efectos de calidad aceptable al 5
por 100, los billetes emitidos a cambio no podían depreciarse.Y como
el número de efectos «aceptables» —los que los comerciantes responsa-
bles saben que son buenos— no aumenta rápidamente, y como el tipo
de interés de mercado se situaba a menudo por debajo del 5 por 100,
estos controles sobre el exceso de emisión fueron muy efectivos. Con
el paso del tiempo fallaron estos controles y la teoría en la que se basa-
ban para defenderlos era absurda; pero durante un tiempo sus opera-
ciones fueron eficaces y excelentes.
Desgraciadamente, en la gestión del tema que nos ocupa —la ges-
tión de la reserva bancaria— los directores del Banco de Inglaterra no
se informaron sobre los principios adecuados ni se protegieron siguien-
do una rutina sensata. No podía esperarse que descubrieran ellos mis-
mos dichos principios. No cabe esperar que las personas que ocupan
puestos elevados tengan un pensamiento abstracto del mundo; la admi-
nistración de las transacciones habituales de primera categoría es uno
de los negocios más absorbentes, y los responsables de ellos habitual-
mente están poco inclinados a pensar en los aspectos de la teoría, inclu-
so cuando dicho pensamiento se refiere en gran medida a esas transac-
ciones. Sin duda, cuando las fortunas de los hombres están en peligro,
el instinto del comerciante anticipa de alguna manera las conclusiones
de lo que está oculto. Pero un directorio no tiene ningún instinto que
no sea conseguir una renta para sus miembros, y librarse de una obliga-
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124 Walter Bagehot

ción. Durante la suspensión de pagos en efectivo —que duró veintidós


años—, fueron desapareciendo todas las tradiciones respecto a la reserva
bancaria. A partir de 1819 los directores del Banco tenían el deber de
mantener una reserva bancaria y (según lo establecía la ley de entonces)
una reserva en moneda, sin poder dejarse guiar ya sea por la fuerza del
interés propio, los buenos principios o las sabias tradiciones.
Bajo tales circunstancias, los directores del Banco cometieron ine-
vitablemente errores de enorme importancia.
El primer momento de prueba se produjo en 1825. En ese año,
los directores del Banco permitieron que su stock de lingotes de oro se
redujera de forma muy alarmante:
El 24 de diciembre de 1824, la moneda y los lingotes de oro en el
Banco eran 10.721.000 de libras.
El 25 de diciembre de 1825, se redujeron a 1.260.000 de libras.
La consecuencia fue un pánico tan tremendo que sus resultados
se recuerdan muy bien después de casi cincuenta años. En el siguiente
periodo de gran prueba (1837-1839) el Banco estuvo obligado a reti-
rar 2 millones de libras del Banco de Francia; e incluso después de esa
ayuda los directores permitieron que sus lingotes de oro, que suponían
todavía la reserva en moneda, así como la reserva bancaria, se redujeran
a 2.404.000 libras; una gran alarma se difundió por la sociedad y generó
una entusiasta controversia, de la que finalmente surgió la Ley de 1844.
La siguiente prueba se produjo en 1847, y entonces el Banco permitió
que su reserva bancaria (que ahora la ley separaba claramente) se redu-
jera a 1.176.000 libras; y la alarma fue tan enorme, que el Gobierno
ejecutivo permitió una moratoria, autorizando al Banco, si era necesa-
rio, a infringir la ley y, si era necesario, acudir a la reserva monetaria, que
estaba llena, para ayudar a la reserva bancaria, que estaba vacía. Hasta
1857 hubo una calma inusual en el mercado monetario, pero en otoño
de ese año, los directores del Banco dejaron que cayera la reserva ban-
caria, que incluso en octubre era demasiado baja, de esta forma:

£
30 de octubre......................... 4.024.000
17 de octubre......................... 3.217.000
24 de octubre......................... 3.485.000
31 de octubre......................... 2.258.000
6 de noviembre....................... 2.155.000
13 de noviembre..................... 957.000
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Una explicación más exacta del modo en que el Banco de Inglaterra... 125

Y entonces no sólo se dictó una moratoria como la de 1847, sino


que fue utilizada. El ministro de entonces autorizó al Banco a tomar
prestado de la reserva monetaria para ayudar a la reserva bancaria, y
el Banco de Inglaterra tomó varios cientos de libras hasta finales del
mes de noviembre. Apenas se puede encontrar en la historia un catá-
logo más deprimente que el de los fallos en los que incurrió el Banco
de Inglaterra para mantener una buena reserva bancaria en todos los
momentos en los que hubo problemas entre 1825 y 1857.
Pero desde 1857 ha habido una gran mejora. Merced a penosos
sucesos y a discusiones ininterrumpidas, los hombres de negocios han
aprendido ahora que una gran reserva bancaria es necesaria, y com-
prenden que, en la curiosa constitución del mundo bancario inglés, el
Banco de Inglaterra es el único organismo que podría mantenerla de
una forma eficaz. El Banco nunca ha reconocido la obligación; algu-
nos de sus directores, como ya hemos visto, la niegan; a pesar de todo,
han comenzado en gran medida a cumplirla. Los directores del Banco,
al tener experiencia y ser hombres de negocios competentes, entendie-
ron esto como los demás hombres de negocios. Desde 1857 han man-
tenido siempre, no digo una reserva bancaria suficiente, pero al menos
sí una razonable, y creíble, y completamente diferente de las que la pre-
cedieron. Durante un periodo, los directores del Banco fueron inclu-
so más lejos; se adelantaron inequívocamente a la inteligencia pública;
adoptaron un modo particular de aumentar el tipo de interés, que es
mucho más eficiente que cualquier otro. Mr. Goschen observa, en su
libro sobre los cambios, que:

«No podía haber nunca una diferencia muy grande entre los tipos
de Londres y París, al haberse reducido al mínimo el gasto de enviar oro
de una ciudad a otra; pero no debe olvidarse que, al tomarse el inte-
rés como un porcentaje calculado anualmente, y teniendo que dividir
entre cuatro el beneficio probable, cuando se considera una operación
de efectos a tres meses, mientras que el porcentaje de gasto tiene que ser
soportado totalmente por la única transacción, un gasto muy pequeño
llega a ser un gran obstáculo. Si el coste es sólo del 0,5 por 100, tiene
que haber un beneficio del 2 por 100 en el tipo de interés, o el 0,5 por
100 a tres meses, antes de que se obtenga alguna ventaja; y de esta forma,
suponiendo que los capitalistas parisinos calculen que pueden enviar su
oro a Inglaterra al 0,5 por 100 de gasto, y que exista la oportunidad de
que se vean favorecidos por los Cambios como para ser capaces de reti-
rarlo sin ningún coste, no obstante tiene que existir un exceso de más
del 2 por 100 en el tipo de interés de Londres sobre el de París, para que
la operación de enviar el oro desde Francia simplemente por el motivo
de que se paga un mayor interés sea rentable».
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126 Walter Bagehot

Por consiguiente, Mr. Goschen recomendaba que el Banco de


Inglaterra debería aumentar, por regla general, su tipo a razón de un
1 por 100 cada vez cuando el objetivo del incremento fuera afectar
a los «tipos de cambio extranjeros», y el Banco de Inglaterra, des-
de 1860, en adelante ha actuado siguiendo ese principio. Antes de
ese momento, solía aumentar su tipo casi siempre un 0,5 por 100
cada vez, y no había nada en el estado general de la opinión mer-
cantil que le obligara a cambiar su política. Por el contrario, el cam-
bio fue de lo más impopular. En esta ocasión, y que yo sepa, sólo
en ésta, el Banco de Inglaterra realizó una excelente modificación
de su política, que no fue exigida por la opinión contemporánea, y
que se adelantó a ella.
Los resultados beneficiosos de la mejora de la política del Banco
fueron palpables y rápidos. Gracias a ella fuimos capaces de soportar la
gran retirada de plata de Europa que se dirigió a la India para pagar el
algodón de este país entre los años 1862 y 1865. La situación fue espe-
cialmente peligrosa en el otoño de 1864; pero mediante un empleo
rápido y hábil de su nueva política, el Banco de Inglaterra mantuvo
una reserva adecuada, y protegió al país de las calamidades que, a juzgar
sólo por los antecedentes, hubieran parecido inevitables. Todas las cau-
sas que produjeron el pánico de 1857 entraron en acción en 1864 —
la retirada de plata en 1864 y en el año anterior fue, sin comparación,
mayor que en 1857 y los años anteriores— y no obstante, en 1864 no
se produjo ningún pánico. El Banco de Inglaterra se vio casi inmedia-
tamente recompensado por la adopción de los principios adecuados al
descubrir que aquellos principios, en una crisis importante, preservan
el crédito público.
Sin lugar a dudas, en 1866 se produjo un pánico, pero no creo que
pueda culparse al Banco de Inglaterra por ello. Tenía en su caja una
reserva extremadamente buena para lo que se calculaba en aquella épo-
ca —con toda probabilidad, una reserva suficiente para haber hecho
frente a las crisis de 1847 y 1857—. La suspensión de Overend and
Gurney —el banco privado de más confianza en Inglaterra— provocó
una alarma, por lo repentina que fue y por su magnitud sin parangón.
Existirá por mucho tiempo una opinión muy dividida respecto a cuál
fue el efecto de la Ley de 1844 sobre el pánico de 1866; pero creo que
se puede estar de acuerdo en general en que, actuando según las dispo-
siciones de esa ley, los directores del Banco de Inglaterra tuvieron en
su departamento bancario durante ese año una reserva bastante grande
—más elevada de lo que nadie esperaba que mantuviera— para hacer
frente a las contingencias inesperadas y dolorosas.
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Una explicación más exacta del modo en que el Banco de Inglaterra... 127

De 1866 a 1870 hubo una calma casi ininterrumpida en el mercado


monetario. El Banco de Inglaterra no tuvo dificultades; no hubo opor-
tunidad para actuar de forma arbitraria. El mercado monetario cuidó
de sí mismo. Pero en 1870, el Banco de Francia suspendió el pago en
metálico y a partir de entonces comenzó una nueva era. Las deman-
das de lingotes de oro en este mercado han sido mayores y más inin-
terrumpidas que nunca anteriormente pues ahora es el único mercado
de lingotes. Esto ha hecho que sea necesario para el Banco de Inglate-
rra mantener una reserva bancaria mucho mayor que la requerida hasta
entonces, y estar mucho más alerta que en épocas anteriores para que
esa reserva bancaria no se viera peligrosamente reducida de repente. Las
fuerzas son más grandes y rápidas de lo que solían ser, y son necesarias
una protección más firme y una preocupación más palpable. Pero creo
que el Banco de Inglaterra no se da suficiente cuenta de esto. Desde
luego, ninguno de los organismos que dirigen el Banco es conscien-
te de ello. El mismo ilustre director al que me he referido antes, Mr.
Hankey, publicó en el Times una carta muy detallada, diciendo de nue-
vo que un tercio de los pasivos componían, incluso en estos momentos
de normalidad alterada, una reserva suficiente para el Departamento de
Operaciones Bancarias del Banco de Inglaterra, y que no formaba par-
te del negocio del Banco mantener una oferta de «lingotes de oro para
la exportación», siendo ésta exactamente la doctrina más maliciosa que
podía mantenerse cuando el Departamento de Operaciones Bancarias
del Banco de Inglaterra se había convertido en el único gran depósi-
to de Europa en el que se podría obtener oro de forma inmediata y
cuando, por lo tanto, se debía mantener un almacén de lingotes de oro
mucho mayor que en cualquier periodo anterior.
Y además de este defecto en la actualidad, existen algunos fallos
crónicos en la política del Banco de Inglaterra, que surgen, como se
explicará enseguida, de los graves defectos en su forma de gobierno.
Casi siempre existe alguna duda cuando un gobernador comienza
su reinado. Él es el primer ministro del Consejo del Banco; y cuando
cambia un funcionario tan importante, naturalmente cambian también
muchas más cosas. Si el gobernador es débil, esta clase de vacilación y
de duda continuará durante todo su periodo de mandato. En este caso,
el defecto habitual es que el Banco de Inglaterra no aumenta el tipo
de interés con la rapidez suficiente. El tipo se incrementa, finalmen-
te se recoge la alarma, pero no se reconoce con la suficiente rapidez. A
un hombre prudente, en una nueva oficina, no le gusta tomar medidas
drásticas. Los gobernadores de bancos son generalmente hombres pre-
cavidos, se eligen de entre la clase más cautelosa; por consiguiente, son
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128 Walter Bagehot

muy capaces a la hora de tratar de ganar tiempo y de demorar. Pero casi


siempre el retraso en endurecer una política sólo hace que sea inevi-
table un endurecimiento mayor. El resultado de una política tímida es
que el oro salga del Banco, y que tenga que ser recuperado. Realmen-
te hubiera sido mucho más fácil haber mantenido la reserva mediante
medidas oportunas que tener que reponerla mediante medidas aplaza-
das; pero los nuevos gobernadores raramente se dan cuenta de esto.
En segundo lugar, esos defectos pueden continuar, en parte o en su
totalidad, a lo largo del reinado de un gobernador débil. La objeción
a una política decidida y la indisposición a una acción oportuna, que
son excusables en aquellos cuya influencia y reinado recién comienzan,
continúa a lo largo de todo el mandato de alguien en quien esos defec-
tos son naturales, y que los manifiesta en todos sus asuntos.
En tercer lugar, este defecto se magnifica porque, como se ha dicho
a menudo, no existe actualmente ninguna regla adecuada reconocida
para la gestión de la reserva bancaria. Mr. Weguelin, el último gober-
nador del Banco que ha declarado en Comisión, dijo que era suficien-
te para el Banco mantener entre un cuarto y un tercio de sus pasivos
bancarios en reserva. Pero ya nadie estaría contento ahora si la reserva
bancaria se situara cerca de un cuarto de sus pasivos. Mr. Hankey, como
he señalado, considera que el Banco debería intentar que la proporción
entre la reserva y el pasivo fuese «alrededor de un tercio»; pero no dice
si considera un tercio como el mínimo por debajo del cual no debe-
ría situarse la reserva del Departamento de Operaciones Bancarias, o
como una media razonable, alrededor de la cual puede fluctuar la reser-
va, siendo en ocasiones mayor y en otras menor.
En un capítulo posterior me esforzaré en demostrar que un tercio
de sus pasivos bancarios no es en la actualidad, bajo ningún concepto,
una reserva adecuada para el Departamento de Operaciones Bancarias
—que ni siquiera es un mínimo adecuado, ni mucho menos una media
razonable—; y aduciré que me parece que hay buenas razones para
pensar que, a menos que el Banco pretenda alcanzar un estándar más
elevado a través de un método diferente, su propia posición puede ser
peligrosa en el futuro y el público puede estar expuesto a un desastre.

II

Pero como se ha explicado, el Banco de Inglaterra está obliga-


do, de acuerdo con nuestro sistema, no sólo a mantener una buena
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Una explicación más exacta del modo en que el Banco de Inglaterra... 129

reserva para hacer frente a un momento de pánico, sino a utilizarla


de forma eficaz cuando llega dicho momento. Los que mantienen
la reserva bancaria, ya sean uno o muchos, por su propia seguridad,
entonces, están obligados a usarla. Si permiten que se deterioren
las demás formas de crédito, también lo harán las suyas propias en
consecuencia.
Sin embargo, respecto al Banco de Inglaterra esto se niega. Se ale-
ga que este Banco puede mantenerse apartado en un pánico; que pue-
de, si lo desea, dejar que fracasen otros bancos y negocios; que si deci-
de hacerlo puede quedarse solo y sobrevivir indemne mientras todos
los demás desaparecen a su alrededor. En varias ocasiones, varias perso-
nas muy influyentes, tanto en el gobierno del Banco como fuera de él,
han dicho que ésta era su opinión.Y tenemos que comprobar inmedia-
tamente si esta opinión es verdadera o falsa, ya que es absurdo intentar
estimar la conducta del Banco de Inglaterra durante los pánicos antes
de que conozcamos cuál es realmente la postura precisa del Banco en
dichos momentos.
Los que mantienen esta opinión en su forma más extrema dicen
que en un pánico, el Banco de Inglaterra puede dejar de actuar en cual-
quier momento; que, aunque haya anticipado mucho, puede negar-
se a anticipar más; que aunque la reserva puede haberse reducido por
dichos anticipos, puede negarse a que se reduzca aún más; que puede
rehusar realizar más descuentos; que vencerán los efectos que ha des-
contado; que podrá reponer su reserva a través del pago de dichos efec-
tos; que puede vender acciones u otros valores y así reponer aún más
su reserva. Esta opinión apenas merece una refutación seria. Si en un
pánico la reserva del Banco se ha reducido de una forma inmediata,
no hay medios para aumentarla de nuevo. Es muy difícil que vuelva el
dinero que salió en ese momento; los que lo han cogido no lo soltarán
—por lo menos, no a menos que estén seguros de que van a conseguir
otra cantidad de dinero en su lugar—.Y en dicho momento la recupe-
ración del dinero es tan complicada para el Banco de Inglaterra como
para cualquier otro, probablemente incluso más. La dificultad radica en
que si el Banco se niega a descontar, los poseedores de los efectos des-
contados previamente no pueden pagar. Como ya se ha mostrado, el
comercio en Inglaterra se lleva a cabo fundamentalmente con dinero
prestado. Si se propone reducir en gran medida esa cantidad, causará
muchos incumplimientos, a menos que se pueda obtener de otra par-
te alguna cantidad equivalente de dinero nuevo. Pero en un pánico no
se puede obtener nuevo dinero; todo el mundo que lo tiene se aferra
a él y no lo dejará. Especialmente no puede ser fácilmente recuperable
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lo que se ha anticipado a los comerciantes; tienen enormes obligacio-


nes y no devolverán ni un penique que consideren que les puede ser
de utilidad para hacer frente a esas obligaciones.Y los banqueros tienen
un terror incluso mayor. En un pánico no descontarán una gran can-
tidad de nuevos efectos; están enfrascados en sus propias obligaciones
y en las de sus propios clientes, y no se preocupan de las de los demás.
La idea de que el Banco de Inglaterra puede dejar de descontar en un
pánico y así conseguir nuevo dinero, es una ilusión. Por supuesto puede
dejar de descontar si quiere. Pero si lo hace, no conseguirá nuevo dine-
ro; el cajón en el que se recogen los efectos se llenará más y más cada
día con los que se «devuelven sin pagar».
Tampoco resulta posible la venta de acciones por parte del Banco
de Inglaterra en medio de un pánico. El Banco en esos momentos es
el único prestamista sobre acciones, y sólo se pueden realizar grandes
compras en un momento así mediante préstamos procedentes de un
banco. A menos que el Banco de Inglaterra preste, no se comprará nin-
guna acción. No hay en el país ninguna gran cantidad de dinero dispo-
nible sin utilizar que esté en disposición de comprar. La única cantidad
sin utilizar es la reserva en el Departamento de Operaciones Bancarias
del Banco de Inglaterra; si, por lo tanto, en un pánico ese Departamento
intenta por sí mismo vender acciones, el fracaso sería ridículo. Apenas
sería capaz de vender alguna. Probablemente no vendería ni por valor
de 50 libras. La idea de que el Banco, durante un pánico, puede relle-
nar su reserva de ésta u otra manera cuando ya se ha permitido que la
reserva se haya vaciado o casi, es demasiado absurda para que se man-
tenga de una forma continuada, aunque me temo que todavía no se ha
abandonado completamente.
Sin embargo, la segunda idea más razonable respecto a la indepen-
dencia del Banco de Inglaterra es ésta: se puede decir, y se dice, que si el
Banco de Inglaterra no actúa en el comienzo de un pánico, si se niega a
anticipar un chelín más de lo habitual, si inicia la batalla contando con
una reserva bancaria adecuada y no la disminuye a través de préstamos
adicionales, el Banco de Inglaterra seguramente se pondrá a salvo. Pero
esta opinión, aunque es más razonable y moderada, no es más cierta. El
mejor ejemplo para probar esto es el pánico de 1866. Como todo el
mundo sabe, ese pánico comenzó de una forma bastante repentina, tras
la caída de «Overends». Justo antes de ello, el Banco tenía 5.812.000
libras en su reserva; de hecho, anticipó 13 millones de libras de nuevo
dinero en pocos días, su reserva se redujo a cero, y el gobierno tuvo que
ayudar. Pero si el Banco no hubiera realizado estos anticipos, ¿podría
haber mantenido su reserva?
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Una explicación más exacta del modo en que el Banco de Inglaterra... 131

Ciertamente no hubiera podido hacerlo. No habría podido rete-


ner sus propios depósitos. Una gran parte de los mismos son los depó-
sitos de los banqueros, y no consentirían ayudar al Banco de Inglaterra
en una política de aislamiento. No estarían de acuerdo en suspender
pagos y permitir que sobreviva el Banco de Inglaterra, y que consiga
todos sus negocios. Retirarían sus depósitos del Banco; no le ayudarían
a mantenerse en pie en medio de su ruina. Pero aunque esto no ocu-
rriera, incluso si los bancos estuvieran dispuestos a mantener sus depó-
sitos en el Banco mientras éste no prestase, pronto se darían cuenta de
que no podrían hacerlo. Sólo son capaces de mantener esos depósitos
en el Banco mediante la ayuda de un sistema de Cámara de Compen-
sación, y si un pánico sobrepasara cierto nivel, ese sistema, que se apoya
en la confianza, sería destruido por el terror que existiría.
El proceso habitual del negocio es el siguiente. A B tiene que recibir
de C D 50.000 libras, aceptando de C D un cheque cruzado bancario,
como se le llama, y que es, por tanto, sólo pagable por otro banquero.A
B luego deposita ese cheque en su cuenta con su propio banquero,
quien lo presenta al banquero sobre el que se gira el cheque, y si no
surgen problemas en el trato entre ellos, se realiza la compensación o
liquidación general por la tarde. Pero evidentemente éste es un meca-
nismo muy refinado, que puede ser destruido por un pánico. En una
primera etapa, A B puede decir a su deudor C D, «no puedo aceptar
su cheque, tengo que recibir billetes de banco». Si se trata de emprés-
titos, es muy posible que se lo diga. La práctica habitual —si el crédito
es bueno— es que el acreedor acepte el cheque del deudor y entregue
los valores. Pero si los «títulos» realmente le protegen en un momento
de dificultad, no le gustará entregarlos, y recibir un trocito de papel —
un simple cheque— que puede que se pague o no. Dirá a su deudor,
«sólo puedo entregarle sus títulos si me da billetes de banco».Y en ese
caso, el deudor tiene que ir a su banco y retirar 50.000 libras, si las tiene.
Pero si esto se realiza a gran escala, el efectivo que tiene el banco pron-
to desaparecería; como la Cámara de Compensación sería reemplaza-
da gradualmente, tendría que parapetarse en su depósito en el Banco
de Inglaterra; y entonces los banqueros tendrían que pagar tantas tran-
sacciones en el mostrador que serían incapaces de mantener demasia-
do dinero en el Banco, aunque lo desearan. Pronto se verían obligados
a sacar hasta el último chelín.
El menor uso de la Cámara de Compensación, como consecuen-
cia de la existencia de un pánico, intensificaría ese pánico. De lejos la
mayoría de las transacciones en el país con títulos monetizados se liqui-
da en la Bolsa de Valores dos veces al mes, y en dichas ocasiones la can-
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tidad de valores entregados a cambio de simples cheques y la cantidad


de cheques que van a la Cámara de Compensación es enorme. Si ese
sistema se colapsa, la cantidad de quiebras sería incalculable, y cada una
de ellas haría que el descrédito que causó el colapso fuese mayor.
Los clientes no bancarios del Banco de Inglaterra también queda-
rían desacreditados al igual que otras personas; sus cheques no se acep-
tarían más que los de los demás; tendrían que retirar billetes de banco
y la reserva del Banco no sería suficiente para abonar una décima par-
te de dichos pagos.
El asunto pronto se reduciría a lo siguiente: un gran número de
agentes mediadores y de intermediarios están obligados a pagar enor-
mes sumas y en tiempos normales obtienen estas cuantías mediante la
transferencia de ciertos títulos. Si, como acabamos de decir, núm. 1 ha
pedido prestadas 50.000 libras a núm. 2 con garantía de letras del Teso-
ro, en su mayor parte, no podrá pagar a núm. 2 hasta que haya vendi-
do o pignorado esas letras a otro. Pero hasta que no tenga las letras no
podrá pignorarlas o venderlas; y si núm. 2 no las entrega hasta que con-
siga su dinero, núm. 1 se arruinará, porque no puede pagar.Y si núm. 2
tiene que pagar a núm. 3, como suele ser muy habitual, puede arrui-
narse por el impago de núm. 1, y núm. 4 por el impago de núm. 3; y así
sucesivamente. En la fecha de liquidación, sin la Cámara de Compen-
sación, habría una enorme cantidad de incumplimientos, y un montón
de títulos. El efecto de estos incumplimientos sería un pánico gene-
ralizado sobre todos los banqueros y sobre el Banco de Inglaterra en
particular.
De hecho, puede decirse que el dinero tomado de esta forma
del Departamento de Operaciones Bancarias del Banco de Inglate-
rra volvería allí inmediatamente; que el público que lo tomó pres-
tado no sabría dónde depositarlo; que sería sacado por la mañana y
devuelto por la tarde. Pero, en primer lugar, este argumento supone
que el Departamento de Operaciones Bancarias tendría suficiente
dinero para pagar lo que se le demanda; y esto es un error; el Depar-
tamento de Operaciones Bancarias no tendría ni la centésima par-
te de los fondos necesarios.Y, en segundo lugar, un gran pánico que
perturbara a la Cámara de Compensación pronto se extendería por
todo el país. Por lo tanto, el dinero tomado del Banco de Inglate-
rra no podría retornar pronto al Banco; no volvería la tarde del día
en el que se ha sacado, ni en muchos días; se distribuiría a lo lar-
go y ancho del país, dondequiera que hubiera banqueros, comercio,
obligaciones, terror.
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E incluso en Londres, un pánico tan inmenso pronto dañaría el cré-


dito del Departamento de Operaciones Bancarias del Banco de Ingla-
terra. Ese departamento no tiene un gran prestigio. Fue creado en 1844
y desde entonces ha fracasado en tres ocasiones. La gente se imagina-
ría que lo que ha sucedido antes volverá a ocurrir de nuevo; y cuando
tengan dinero, no lo depositarán en un establecimiento que puede que
no sea capaz de reintegrarlo. Esto no sucedió en los pánicos preceden-
tes porque el caso que estamos considerando no surgió nunca. El Ban-
co estaba ayudando al público y, de una forma más o menos segura, se
creía que el gobierno ayudaría al Banco. Pero si se abandona la polí-
tica que anteriormente redujo la alarma, ésta se prolongará y aumen-
tará, hasta que afecte al propio Departamento de Operaciones Banca-
rias del Banco.
No creo que afecte al Departamento de Emisión. Pienso que el
público estaría bastante satisfecho si obtuviera billetes de banco. Gene-
ralmente nada se gana manteniendo los billetes de un banco en vez de
depositarlos en un banco. Pero en el Banco de Inglaterra existe una
gran diferencia: sus billetes son de curso legal. Quien los posea siempre
puede pagar sus deudas y, excepto para realizar pagos extranjeros, con
ello le alcanzaría. La presión recaería sobre los billetes de banco; aqué-
llos que pudieran obtenerse serían llevados al norte, al sur, al este y al
oeste, y como no habría suficiente para todo el país, el Departamento
de Operaciones Bancarias pronto agotaría todo lo que tuviera.
Por lo tanto, nada puede ser más cierto que el hecho de que el Ban-
co de Inglaterra no tiene en este aspecto ningún privilegio especial; que
simplemente está en la situación de un Banco que mantiene la reserva
bancaria del país; que en momentos de pánico tiene que hacer lo mis-
mo que otros bancos similares; que en esos momentos tiene que pres-
tar la reserva al público de forma copiosa y libre.
Tanto para el Banco de Inglaterra como para otros bancos en la
misma situación, de hacerse estos préstamos deberán realizarse, si fuera
posible, de forma de lograr su objetivo. El fin es detener el pánico; y los
préstamos deberían lograrlo de ser posible.Y para este propósito existen
dos reglas. La primera es que estos préstamos deberían concederse sólo
a un tipo de interés muy elevado. Éste operará como una penalización
gravosa sobre la timidez desmedida, y evitará que se produzcan enor-
mes cantidades de solicitudes por parte de personas que no los nece-
siten. El tipo debería aumentarse al principio del pánico, de tal mane-
ra que la penalización pueda pagarse pronto; que nadie pueda pedir
prestado por pura precaución sin pagar adecuadamente por ello; que la
reserva bancaria pueda protegerse hasta donde sea posible.
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134 Walter Bagehot

La segunda es que a este tipo, estos préstamos se realicen sobre


títulos bancarios adecuados, y en tanta cuantía como solicite el públi-
co. La razón para ello es clara. El objetivo es detener la alarma y, por
lo tanto, no debería hacerse nada que la provoque. Pero la forma de
causarla es rechazar a alguien que ofrezca un buen título. Las noticias
referentes a este comportamiento se propagarán en un instante por
todo el mercado monetario en un momento de terror; nadie puede
decir exactamente quién lo propaga, pero en media hora se difundirá
por todos los lados, y aumentará el terror en todas partes. De hecho,
no hace falta otorgar préstamos que eventualmente causen pérdidas
al Banco. La cantidad de malos negocios en los países comerciales es
una fracción infinitesimalmente pequeña del negocio total. El hecho
de que en un pánico el banco, o bancos, que mantienen la reserva
final rechacen las letras o títulos inaceptables realmente no empeo-
rará el pánico; las personas «poco seguras» son una débil minoría y
tienen incluso miedo de parecer asustadas por temor a que se pueda
detectar su poca seguridad. La gran mayoría, la que hay que prote-
ger, son las personas «sólidas», las que ofrecen una buena garantía. Si
se sabe que el Banco de Inglaterra está anticipando con generosidad
lo que en los momentos habituales se considera como un buen valor
—que es entonces pignorado de forma frecuente y fácilmente con-
vertible— se detiene la alarma de los comerciantes solventes y de los
banqueros. Pero si los valores, realmente aceptables y habitualmente
convertibles, son rechazados por el Banco, la alarma no se reduce, los
demás préstamos realizados fracasarán a la hora de conseguir su fin, y
el pánico será cada vez peor.
Puede decirse que la reserva en el Departamento de Operaciones
Bancarias no será suficiente para atender a todos esos préstamos. Si así
fuera, el Departamento de Operaciones Bancarias fracasará. No obs-
tante, prestar es lo más conveniente. Éste es el método para hacer que
su dinero vaya lo más lejos posible y permitirle acabar con el pánico,
si es que hay algo que se lo permita. Como hemos visto, la no conce-
sión de préstamos lo llevará a la ruina; la concesión de grandes présta-
mos seguida de una brusca interrupción, también. El único plan seguro
para el Banco es uno que sea valiente, prestar en un pánico sobre toda
clase de títulos normales, o sobre toda clase en la que general y habi-
tualmente se presta el dinero. Puede que esta política no salve al Banco,
pero si no lo hace, nada le salvará.
Si examinamos la manera en que el Banco de Inglaterra ha cum-
plido estas obligaciones, encontraremos, como ya vimos anteriormente,
que nunca se ha captado el verdadero principio, que la política ha sido
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Una explicación más exacta del modo en que el Banco de Inglaterra... 135

inconsistente, que, aunque la política se ha mejorado mucho, todavía


hay detalles importantes en los que podría ser mejorada.
El primer pánico del que es necesario hablar aquí es el de 1825;
creo que aprenderíamos poco de los de 1793 y 1797; el mundo ha cam-
biado demasiado desde entonces y durante el largo periodo de 1797
a 1819 en el que no había conversión de moneda, los problemas que
había que resolver eran muy diferentes a los que tenemos en la actua-
lidad. En el pánico de 1825, el Banco de Inglaterra actuó al principio
de la forma menos sensata posible. A través de todos los medios inten-
tó restringir sus anticipos. Al ser la reserva muy pequeña, se esforzó en
protegerla prestando tan poco como pudo. El resultado fue un perio-
do de una violencia frenética y casi inconcebible; casi nadie sabía en
quién confiar; el crédito estaba casi suspendido; el país estaba, como
Mr. ­Huskisson expresó, a 24 horas de un estado de trueque. Se realiza-
ron solicitudes de ayuda al gobierno, pero aunque es bien sabido que
éste rechazó actuar, no ha habido, que yo sepa, hasta hace poco un rela-
to auténtico de los hechos reales. En la «Correspondencia» del duque
de Wellington, el lugar menos pensado, hay un completo informe de
ellos. El duque estaba entonces en una misión en San Petersburgo, y Sir
R. Peel le escribió una carta de la que extraigo la siguiente parte:

«Nos hemos encontrado en un apuro muy desagradable sobre la


otra cuestión —la emisión de Bonos del Tesoro por parte del gobier-
no—. La City, muchos de nuestros amigos, algunos de la oposición,
estaban indudablemente a favor de la emisión de Bonos del Tesoro para
ayudar a los comerciantes y a los fabricantes.
Se dijo a favor de la emisión, que en 1793 y 1811 se había adopta-
do la misma medida con éxito. Nuestros amigos rumorearon que está-
bamos actuando de una manera bastante diferente a la de Mr. Pitt y a la
que hubiera llevado a cabo si estuviese vivo.
Nos convencimos de que, aunque eran plausibles las razones
expuestas a favor de la emisión de Bonos del Tesoro, no obstante esa
medida era peligrosa y que el gobierno debía resistirse a ella.
Hay 30 millones en Bonos del Tesoro en circulación. Las compras
que hizo últimamente el Banco apenas pueden mantenerlos a la par. Si
hubiera una nueva emisión por una cantidad como la contemplada —
esto es, cinco millones— existiría el grave peligro de que toda la gran
cantidad de Bonos del Tesoro fuera al descuento, y se utilizara para pagar
impuestos. Si los nuevos Bonos del Tesoro se emitieran a un tipo de
interés diferente de los que están en circulación —digamos que paguen
un interés del 5 por 100— habría inmediatamente un gran descuento
de los títulos antiguos, a menos que se les aumentase el tipo de interés.
Si lo hiciese, la carga sobre la renta sería, desde luego, proporcional al
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136 Walter Bagehot

incremento del tipo de interés. Nos dimos cuenta de que el Banco tenía
el poder de prestar dinero sobre el depósito de bienes. Como nuestra
emisión de Bonos del Tesoro habría sido inútil a menos que el Banco los
monetizase, y que la intervención del Banco era, de todos modos, abso-
lutamente necesaria, y puesto que su intervención sería principalmen-
te útil por el efecto que tendría en el aumento de la moneda corrien-
te, aconsejamos al Banco que tomara inmediatamente el asunto en sus
manos, para que emitiera sus billetes sobre la garantía de los bienes, en
vez de emitirlos sobre los Bonos del Tesoro, pues éstos son emitidos a
su vez sobre esa garantía.
Consintieron a regañadientes, y nos rescataron de un apuro muy
embarazoso».

El éxito del Banco de Inglaterra en esta ocasión se debió a que


adoptó completamente los principios correctos. El Banco siguió estos
principios muy tarde, pero cuando lo hizo, los adoptó completamen-
te. De acuerdo con la declaración oficial que he citado anteriormente,
«nosotros», esto es, los directores del Banco, «prestamos dinero a través
de todos los medios posibles y como nunca se había hecho antes; acep-
tamos acciones en garantía, compramos Bonos del Tesoro, realizamos
anticipos sobre Bonos del Tesoro, no sólo descontamos sin trabas, sino
que proporcionamos anticipos sobre depósitos de letras de cambio en
una gran cantidad —en resumen, a través de todos los medios posibles
que fueran coherentes con la seguridad del Banco—». Y debido a la
completa y valiente adopción de esta política en el último instante, los
directores del Banco de Inglaterra en ese momento merecieron un gran
elogio, ya que entonces se entendía el tema aún menos de lo que se
comprende ahora; pero los directores del Banco merecen también una
importante reprobación, por elegir previamente una política opuesta;
por ser reacios a seguir la nueva; y por adoptarla finalmente sólo a peti-
ción, y bajo la responsabilidad, del gobierno ejecutivo.
Después de 1825, no se produjo ningún pánico verdadero en
el mercado monetario hasta 1847. Las crisis de 1837 y 1839 fueron
importantes, pero ninguna terminó en un pánico, ambas fueron dete-
nidas antes de que la alarma alcanzara su intensidad final; por lo tanto,
en ninguna se pudo poner a prueba la política seguida por el Banco en
la fase final del miedo.
En los tres pánicos que se produjeron desde 1844 —en 1847, 1857
y 1866— la política del Banco se ha visto más o menos afectada por la
Ley de 1844 y, por lo tanto, no puedo analizarla completamente den-
tro de los límites que me he establecido. Sólo puedo exponer dos cosas:
primero, que los directores del Banco mantienen, por encima de todo,
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Una explicación más exacta del modo en que el Banco de Inglaterra... 137

que en las primeras fases del pánico no se han visto impedidos por la
Ley de 1844 de realizar préstamos que de otra forma hubiesen otor-
gado. Segundo, que en estas ocasiones, para la última fase del pánico, la
Ley de 1844 ya había sido suprimida, correcta o incorrectamente; que
todavía no se ha producido una ocasión similar en la que no se hubie-
se revocado; y que, correctamente o no, el mundo espera con confian-
za que en todos los casos similares se suprimirá de nuevo. Indepen-
dientemente de lo que la teoría pueda aconsejar, por ahora la lógica
de los hechos parece ser la que impera.Y estos principios considerados
conjuntamente equivalen a decir que, por la doctrina de los directores,
el Banco de Inglaterra debería, en la medida que pueda, gestionar un
pánico de manera similar, con o sin la Ley de 1844: en la etapa tempra-
na del pánico porque no están impedidos, y en la etapa final porque el
impedimento ha sido removido.
Podemos, por tanto, valorar la política del Banco de Inglaterra
durante los tres pánicos que se han producido desde la Ley de 1844,
sin investigar el efecto de la propia Ley. Es cierto que de hecho en
todos estos pánicos el Banco ha concedido grandes anticipos. Tam-
bién es cierto que en todos ellos, el banco ha sido más rápido que en
1825; que en todos ellos ha dudado menos en usar su reserva bancaria
para proporcionar préstamos, que es un objetivo principal por el que
se debe mantener esa reserva, y hacerlo inmediatamente. Pero existe
todavía un daño considerable. Nadie conoce la clase de títulos sobre
los que el Banco de Inglaterra realizará los anticipos que son necesa-
rios en dichos periodos.
Como hemos visto, el principio requiere que dichos anticipos, si es
que se hacen para remediar el pánico, deberían realizarse de la forma
más adecuada para ello.Y con este propósito, deberían realizarse sobre
todo aquello que en momentos normales es una buena «garantía ban-
caria». El daño radica en que, debido al terror, lo que normalmente es
una buena garantía bancaria deja de serlo; y la política válida es usar la
reserva bancaria, para que si es posible se pueda detener el daño tem-
poral y restaurar el curso normal de los negocios. Y esto sólo se pue-
de lograr a través de la concesión de anticipos sobre adecuadas garan-
tías bancarias.
Por desgracia, el Banco de Inglaterra no sigue este camino. La ofi-
cina de descuento está abierta para el descuento de buenas letras, y de
acuerdo con ello realiza enormes anticipos. El Banco también anti-
cipa sobre los consols y los valores de la India, aunque, en la crisis de
1866, dudó hacerlo. Pero estos son sólo una parte pequeña de los títu-
los sobre los que se puede obtener dinero rápidamente en tiempos nor-
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138 Walter Bagehot

males, y de los que se asegura completamente su reembolso. Los bonos


del ferrocarril son un título tan adecuado como una letra de cambio
comercial y muchas personas, entre las que me encuentro, piensan que
son más seguras que una acción de la India; en general, un gran ferro-
carril está, pensamos, menos sujeto a accidentes imprevistos que el des-
conocido Imperio de la India. Pero dudo de si el Banco de Inglaterra,
ante un pánico, anticiparía sobre los bonos del ferrocarril; en todo caso
nadie tiene una razón autorizada para decir que debería hacerlo.Y exis-
ten muchos otros títulos de este tipo.
La principal consideración que debe hacer el Banco de Inglaterra
es sobre la cantidad de los anticipos, y no sobre la naturaleza del título
sobre el que se realiza el anticipo, suponiendo siempre que la garantía
es buena. En el Banco de Inglaterra prevalece (según creo) la idea de
que no debería anticipar durante un periodo de pánico sobre ninguna
clase de título, sobre el que en condiciones normales no concederían el
anticipo. Pero si los banqueros en su mayor parte anticipan sobre dicho
título en momentos normales, y si ese título es aceptable sin ninguna
duda, la práctica habitual del Banco de Inglaterra deja de ser importan-
te. En momentos normales el Banco es sólo uno de los muchos presta-
mistas, mientras que en un pánico es el único prestamista, y queremos,
en la medida que podamos, eliminar la situación inusual de un periodo
de pánico para volver a la situación normal de los periodos habituales.
En la opinión común existe siempre una gran incertidumbre res-
pecto a la conducta del Banco: el Banco nunca ha establecido una
política clara y sólida sobre el tema. Como hemos visto, algunos de sus
directores (como Mr. Hankey) recomiendan una política equivocada.
El público nunca está seguro de qué política se adoptará en el momento
más importante: no está seguro de la cantidad que se anticipará, o sobre
qué título se realizará. El mejor paliativo para un pánico es la confianza
en que la reserva bancaria es de un monto adecuado, y en el uso eficaz
de dicha reserva. Y hasta que no lleguemos a un claro entendimiento
con el Banco de Inglaterra respecto a ese punto, tanto nuestra responsa-
bilidad respecto a las crisis como nuestro terror a las mismas serán siem-
pre mayores de lo que serían de otra forma.

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8 EL GOBIERNO DEL BANCO
DE INGLATERRA

El Banco de Inglaterra está gobernado por un consejo de adminis-


tración, un gobernador y un subgobernador; y la forma en que se eli-
gen y el periodo de su mandato, afectan a toda su actividad. El consejo
de administración, de hecho, se elige a sí mismo. En teoría, una cierta
proporción cesa anualmente, deja de pertenecer al consejo durante un
año, y los directores están sujetos a reelección por parte de los propie-
tarios. Pero de hecho, son casi siempre, y siempre si lo desean los otros
directores, reelegidos después de un año. Así ha sido la práctica ininte-
rrumpida durante muchos años, y sería casi imposible romperla ahora.
Cuando se produce una vacante a causa de fallecimiento o por dimi-
sión, el consejo al completo elige al nuevo miembro, y lo hace, según
me han dicho, con gran cuidado. Por una razón peculiar, es importante
que los directores sean jóvenes cuando comienzan; y, por consiguiente,
el consejo considera los nombres de los jóvenes más aplicados y pro-
metedores de las firmas de reconocida trayectoria de Londres, y selec-
ciona a quien cree que será el más adecuado como director del banco.
Es un puesto sumamente apetecido. El estatus que se alcanza a través de
él, tanto para la persona que lo consigue como para la firma de comer-
ciantes a la que pertenece, es considerable. Sorprendentemente existe
escaso favoritismo en la selección; prevalece un gran deseo por parte de
los directores del Banco en ese momento de conseguir a los más capa-
citados, para el buen gobierno futuro del Banco. En el mundo se rea-
lizan muy pocas selecciones con tanta transparencia. Existe un sincero
deseo de hacer lo mejor para el Banco, y nombrar a un joven de con-
ducta recta que ha comenzado a atender sus asuntos comerciales y que
promete ser bastante sensato y eficaz dentro de veinte años.
La edad es un asunto primordial. Los cargos de gobernador y
subgobernador rotan. El subgobernador siempre sucede al gobernador
y generalmente el director de más edad que no haya ocupado el pues-
to es nombrado subgobernador. Algunas veces, por razones personales,
tales como una enfermedad o una ocupación especial transitoria, un
director puede tardar un poco más en ser nombrado subgobernador, y
en muy pocos casos, se ha permitido que los comerciantes de los nego-
cios más grandes rehúsen completamente. Pero en términos generales,
se puede considerar la regla como irrevocable. Excepto en casos excep-
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Lombard street. Una descripcio n del mercado de dinero.indb 139 26/06/12 17:02
140 Walter Bagehot

cionales, un director tiene que actuar como gobernador y subgober-


nador cuando le toca, y no se le pedirá que lo haga antes de su tur-
no. Habitualmente transcurren unos veinte años desde que es elegido
por primera vez hasta que alcanza la presidencia.Y como los cargos de
gobernador y subgobernador son muy importantes, la persona que los
ocupe debe tener todavía mucha vitalidad. Por consiguiente, los direc-
tores del Banco, cuando son elegidos por primera vez por el consejo,
son siempre jóvenes.
Al principio esto tiene un efecto singular: un desconocido apenas
sabe qué hacer. Recuerdo que hace muchos años vi a un joven caba-
llero de aspecto muy agradable, y me quedé muy perplejo cuando me
dijeron que era un director del Banco de Inglaterra. Siempre había ima-
ginado que dichos directores eran hombres de sagacidad probada y lar-
ga experiencia, y me quedé muy asombrado de que un joven risueño
fuera uno de ellos. Creo que pensé que era un poco peligroso. Pensaba
que hombres tan jóvenes no podrían dirigir bien el Banco. Temí que
pudieran causar algún daño.
Sin embargo, una investigación adicional pronto me convenció que
de que no tenían esa capacidad. Naturalmente, los jóvenes no tienen
mucha influencia en un consejo en el que hay muchos miembros de
mayor edad.Y en el Banco de Inglaterra existe una especial disposición
a despojarles de ella si la consiguen. Algunos de los directores, como he
dicho, se retiran anualmente, y por cortesía son siempre los más jóvenes.
Siempre permanecen aquellos que han ostentado la presidencia —es
decir, los que han tenido el cargo de gobernador—. La parte joven del
consejo es la que varía, y la de más edad, la que permanece; y, por lo
tanto, no resulta sorprendente que la parte joven tenga escasa influen-
cia. Los directores del Banco pueden tener la culpa de muchas cosas,
pero no de la variabilidad y de la excitabilidad de un gobierno dirigi-
do por manos inexpertas.
De hecho, para impedirlo todavía más, los miembros más viejos del
consejo —esto es, los que han sido presidentes— forman un comité
permanente con poderes indefinidos, que se denomina el Comité del
Tesoro. Digo «poderes indefinidos» porque no soy consciente de que se
les haya descrito nunca de forma precisa, y tengo dudas de que se pueda
hacer. En ocasiones se dice que están para ejercitar un control determi-
nado sobre las relaciones y negociaciones entre el Banco y el gobier-
no. Pero confieso que creo que esto varía en gran medida de acuerdo
con el carácter del gobernador de ese momento. Un gobernador fuer-
te obrara mayormente bajo su propia responsabilidad, mientras que uno
débil hará poco. Aún así, la influencia del Comité del Tesoro es siempre
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El gobierno del Banco de Inglaterra 141

considerable, aunque no siempre es la misma. Forman un gabinete de


hombres maduros, en decadencia y viejos, muy cercanos al ejecutivo; y,
para bien o para mal, dicho gabinete debe tener mucho poder.
Por tradición, los directores del Banco de Inglaterra no pueden ser,
de oficio, banqueros. Es un vestigio de los tiempos antiguos. Se suponía
que, más o menos, cada banco competía necesariamente con los otros
bancos —especialmente aquellos que estaban en el mismo lugar—. Por
consiguiente, en Londres ningún banquero tiene la mínima oportuni-
dad de ser director del Banco, ni jamás intentaría llegar a serlo. Estoy
hablando aquí de los banqueros en el sentido inglés, que puede sor-
prender a un extranjero. Un miembro de la familia de los Rothschild
integra el Consejo del Banco, y un extranjero podría pensar que eran
banqueros igual que otros. Pero esto sólo ilustra la diferencia esen-
cial entre nuestras ideas inglesas sobre la banca y las del c­ontinente.
Las nuestras han conseguido un desarrollo mucho más completo que las
de ellos. Los señores Rothschild son unos grandes capitalistas que sin
lugar a dudas han tomado prestado mucho dinero. Pero ellos no aceptan
100 libras pagaderas a la vista y las reembolsan en cheques de 5 libras
cada uno, que es lo que caracteriza a nuestra banca inglesa. Han toma-
do prestadas grandes sumas de dinero, durante periodos más o menos
largos. Los banqueros ingleses se ocupan de un conjunto de pequeñas
cuantías, que son reembolsables en periodos cortos o a la vista. Tam-
bién es diferente la manera en que emplean su dinero. Un extranjero
cree que «un negocio de intercambio» —es decir, la compra y venta
de efectos sobre países extranjeros— es una parte principal de la banca.
Como ya he explicado, el giro es uno de los beneficios subsidiarios que
los bancos antiguos favorecieron antes de que comenzase el depósito
bancario. Pero la gran mayoría de banqueros ingleses sólo proporcionan
efectos en Inglaterra o en Londres, y en esta ciudad el negocio princi-
pal del giro ha dejado de estar en manos de los banqueros. La mayoría
de ellos no sabría cómo realizar una gran «operación de intercambio»
o «repatriar los rendimientos». Antes pensarían en hacerse comercian-
tes de seda. El intercambio es llevado a cabo por un grupo pequeño y
especial de intermediarios extranjeros de efectos, de los que los seño-
res Rothschild son los más grandes. Por lo tanto, alguien de esa firma
puede estar en la dirección del Banco a pesar de que la regla no lo per-
mita para el caso de los banqueros, porque ni él ni su familia son ban-
queros ingleses, ya sea por los términos en los que toman prestado el
dinero, o por la forma en que lo emplean. Pero respecto a los banque-
ros en el sentido inglés de la palabra, la regla es rígida e irrevocable. No
sólo ningún banquero privado es director del Banco de Inglaterra, sino
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142 Walter Bagehot

que tampoco se permitiría que lo fuese ningún director de un banco


comercial. Las dos situaciones son incompatibles.
La gran mayoría de directores del Banco son comerciantes con
experiencia, que emplean un capital considerable en comercios en
los que se han formado y que conocen bien. Muchos de ellos tienen
información sobre el rumbo actual del comercio, y respecto al carácter
y patrimonio de los comerciantes, que es valiosa o mejor dicho inva-
lorable, para el Banco. Además, muchos de ellos son hombres tranqui-
los, serios, que, por costumbre y naturaleza, observan con cierto cuida-
do toda clase de negocios en los que están comprometidos, y dan una
opinión interesada sobre ello. La mayoría de ellos disponen de una bue-
na cantidad de tiempo de ocio que no emplean completamente, como
consecuencia del tipo de vida que tiene un hombre de negocios que
emplea sólo su propio capital y que lo utiliza casi siempre de la mis-
ma manera. Cualquiera que sea el capital, éste es apenas suficiente para
ocupar todo el tiempo del socio principal, y si dicha persona estuviese
muy ocupada, es señal de que algo va mal. O se está ocupando de los
detalles, lo que los subordinados harían mejor y debería dejarles la tarea
únicamente a ellos, o se ha dedicado a hacer demasiadas especulacio-
nes, está incurriendo en más obligaciones de las que su capital puede
soportar, por lo que puede arruinarse. Por consiguiente, en toda ciu-
dad comercial abundan personas con gran habilidad y experiencia en
los negocios, que no están completamente ocupadas, que desean estar-
lo, y que están muy contentas de llegar a ser directores de empresas de
capital público para conseguir una ocupación. La dirección del Banco
de Inglaterra ha estado compuesta, durante muchas generaciones, por
esta clase de hombres.
Dicho gobierno es muy bueno para una sociedad anónima siem-
pre y cuando se tenga en cuenta su naturaleza esencial y muy malo si
se la ignora. Ese gobierno está compuesto por hombres que tienen un
elevado nivel medio de buen sentido común y un excelente conoci-
miento de los negocios en general, pero que no cuentan con un cono-
cimiento especial del negocio particular de la sociedad. Habitualmente,
en los bancos comerciales y en las empresas esta deficiencia se subsana
mediante la selección de un gestor de la sociedad, que ha sido formado
especialmente para realizar dicha actividad concreta, y que dedica toda
su experiencia y su capacidad a llevar a cabo los asuntos de la compa-
ñía. Los directores, y a menudo más especialmente un comité selecto de
los mismos, realizan consultas al gestor, y después de oírle, deciden res-
pecto a los asuntos de la compañía. Existe en todas las sociedades anó-
nimas normales un ejecutivo fijo especialmente calificado y un conse-
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El gobierno del Banco de Inglaterra 143

jo más o menos variable que no lo es. El gestor permanente asegura la


continuidad y la experiencia en la gestión y un buen consejo de admi-
nistración garantiza el buen juicio general.
Pero en el Banco de Inglaterra no existe un ejecutivo permanente.
El gobernador y el subgobernador, que forman ese ejecutivo, cambian
cada dos años. De hecho, creo que ésa no era la intención original de
los fundadores. En los tiempos antiguos en los que había pocas compa-
ñías y muy privilegiadas, el presidente, aunque se elegía de forma perió-
dica, era prácticamente fijo mientras su política fuese aceptada. Enca-
bezaba el gabinete y habitualmente no cambiaba, a menos que hubiese
una oposición. Pero esta idea no es la que se recoge en la constitución
del Banco de Inglaterra. En la actualidad, el gobernador y el subgober-
nador casi siempre cambian al final de los dos años; es tan poco habi-
tual que permanezcan en el cargo más allá de ese periodo, que no hay
que tenerlo en cuenta. Y el gobernador y el subgobernador del Ban-
co no pueden ser sombras. Se espera que estén siempre presentes; que
vean todas las solicitudes de anticipos que no sean rutinarias; que lleven
a cabo la mayor parte de la correspondencia continua entre el Banco y
su cliente más grande, el gobierno; que eleven al consejo de administra-
ción o al Comité del Tesoro todos los asuntos necesarios, en una pala-
bra, que hagan mucho de lo que recae sobre los gestores en la mayoría
de las compañías. Bajo este ejecutivo principal cam­biante, se encuen-
tran directores de departamento sin duda muy valiosos. Se requie-
re especialmente que el director del Departamento de Descuentos sea
una persona con capacidad y experiencia. Pero estos funcionarios son
esencialmente subordinados; ninguno es como el gerente general de
un banco ordinario —el responsable de toda la actividad—. El ejecuti-
vo presente —el gobernador y subgobernador— hace que sea imposi-
ble que un subordinado alcance esa posición. Un gobernador realmen-
te capaz y activo, al tener que estar todo el día en el banco, de hecho se
ocupa, y no puede evitarlo, de los asuntos más importantes.
En teoría, nada puede ser peor que este gobierno para un banco
—un ejecutivo cambiante; un consejo de administración con miem-
bros que ingresaron jóvenes para saber si son capaces; un comité de ges-
tión en el que la antigüedad es el requisito necesario, y la avanzada edad
el resultado habitual—; y en ningún sitio hay banqueros calificados.
Incluso si el Banco de Inglaterra fuese un banco corriente, dicha
constitución sería insuficiente; pero su deficiencia es mayor, y las con-
secuencias de esa deficiencia mucho peores, debido a que sus funcio-
nes son muy importantes. El Banco de Inglaterra tiene que mantener
la única reserva bancaria del país; tiene que hacerlo a pesar de los cam-
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bios en el mercado de dinero y los altibajos en el mercado de c­ ambios;


tiene que decidir al instante en un pánico qué clase de anticipos debe-
rían hacer, en qué cuantías y en qué fechas —y a pesar de ello tiene
una constitución claramente defectuosa—.Ya que el gobierno del Ban-
co de Inglaterra no es en absoluto mejor que el de cualquier otro ban-
co —como debería ser, considerando que sus funciones son mucho
más importantes y difíciles— cualquiera se reiría de aquel que lo pro-
pusiera como un modelo a seguir para el gobierno de un nuevo ban-
co; y ese gobierno, si se planteara de esa forma, sería considerado por
todos anticuado y raro.
Como era natural, los efectos —buenos y malos— de su estruc-
tura se contemplan a lo largo de la historia del Banco. En un aspecto
esencial, la gestión del Banco ha sido excelente. Se han realizado quizás
menos «negocios inadecuados», sin duda muchos menos, que en cual-
quier banco del mismo tamaño y antigüedad. Su nombre, que yo sepa,
nunca ha estado relacionado en toda su historia con una única deu-
da incobrable que fuese grande y vergonzosa. Nunca se ha sospechado
que «trabajase» para beneficiar a una sola persona, o a un grupo. La gran
respetabilidad de los directores, y la atención constante que muchos
de ellos siempre han prodigado al negocio del Banco, lo han manteni-
do completamente libre de cualquier sospecha de deshonor o de ver-
güenza. Un consejo integrado por comerciantes responsables evalúa
de forma admirable los efectos y las obligaciones. Siempre conocen
la situación dudosa de las personas peligrosas; son rápidos a la hora de
detectar los indicios más pequeños de transacciones corruptas; y nin-
guna argucia persuadirá a los mejores entre ellos de abandonar sus bue-
nos instintos. No se conseguiría que los directores del Banco de Ingla-
terra realizaran la clase de negocios que llevó a cabo «Overends» en sus
momentos finales, salvo que se produzca un milagro moral —excepto
cambiando su naturaleza—. Y bajo su gestión, habría sido igualmente
imposible que se produjera una fatídica trayectoria como la del Banco
de los Estados Unidos. No ha existido nunca la más mínima duda de la
solvencia final del Banco de Inglaterra, o de la seguridad eventual de su
enorme capital, incluso en los peores periodos de su historia.
Pero, no obstante, como hemos visto, la política del Banco ha sido
frecuentemente lamentable, y en esos momentos, los defectos de su
gobierno han agravado, si no causado, sus infortunios.
En realidad, el ejecutivo del Banco de Inglaterra es ahora como
el del un departamento público del Ministerio de Asuntos Exterio-
res o del Ministerio del Interior en el que no hay un director respon-
sable permanente. En estos departamentos del gobierno, el director
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cambia casi tan a menudo como el gobernador del Banco de Inglate-


rra, aunque no tanto. El subsecretario del Parlamento —por así decir-
lo, el subgobernador— cambia casi tan a menudo. Y si la administra-
ción dependiese únicamente, o en sus aspectos detallados, de estos dos
se detendría. Nuevos hombres no podrían llevarla a cabo con energía
y eficiencia; de hecho, no podrían realizarla de ninguna manera. Pero
son ayudados por un subsecretario permanente, que gestiona todos los
negocios rutinarios, que es el depositario de los secretos de la oficina,
que encarna sus tradiciones y que es el nexo entre las administracio-
nes cambiantes. Debido a esta ayuda, la mayor parte de los asuntos del
departamento son gestionados bastante bien, a pesar de los cambios fre-
cuentes en los directores de la administración.Y sólo a través de dicha
ayuda se puede gestionar dicha actividad. La administración actual del
Banco es un intento de gestionar un negocio grande, creciente y dura-
dero sin un elemento permanente adecuado y sin un nexo de conexión
competente.
En respuesta, se puede decir que las obligaciones que presionan al
gobernador y al subgobernador del Banco no son tan grandes o tan
urgentes como las de los directores de los departamentos oficiales. Y
quizás, desde el punto de vista del simple trabajo, el gobernador del
Banco tiene ventaja. La banca no debería ser nunca una actividad exce-
sivamente laboriosa. Tiene que haber una gran falta de sistematización
y una gran carencia de ayuda especializada para que el trabajo intenso
recaiga sobre el director. Pero en cuanto a su importancia, las funciones
del director del Banco lo son tanto como las de cualquier departamen-
to. La reserva de efectivo del país es un depósito tan preciado como para
merecer el cuidado de un conjunto de hombres.Y la dificultad de ocu-
parse de un pánico (ya que la administración del Banco está obligada a
ello) es quizás una instancia de dificultad más formidable que cualquie-
ra que tenga que soportar cualquier ministro. En cualquier caso, se pro-
duce de una forma más repentina, y hay que ocuparse de ella de for-
ma más inmediata que cualquier otra dificultad comparable; y el juicio,
la energía y el vigor necesarios para ocuparse de ello son ciertamente
excepcionales y considerables.
El remedio natural sería designar un gobernador permanente del
Banco.Y, como he dicho, no hay duda de que ésa era la intención de los
fundadores. Todas las antiguas compañías que iniciaron su actividad en
el siglo xvii tuvieron la misma estructura, y las que han perdurado has-
ta nuestra época la mantienen. La Compañía de la Bahía de Hudson, la
Compañía de los Mares del Sur, la Compañía de las Indias Orientales,
todas se fundaron con una especie de ejecutivo soberano, que preten-
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día ser permanente y eficiente. De hecho, éste es el modo más natu-


ral de formar una compañía para aquellos que ven una primera. Dichas
personas habrán observado siempre que los negocios se gestionaban de
una forma despótica; habrán aprendido el valor de la decisión rápida y
de la política consistente; habrán visto a menudo que el negocio está
mejor gestionado cuando aquellos que lo dirigen apenas pueden justi-
ficar el rumbo que siguen mediante un argumento claro que otros pue-
dan comprender. Todas las personas de la City ganan su dinero a través
de inversiones, para las cuales suelen existir razones bien argumentadas;
pero casi nunca serían capaces de exponer esas razones, si se les fuera
requerido ante un comité parlamentario. Se han acostumbrado a actuar
basándose en ellas sin analizarlas claramente y, de una forma monárqui-
ca, con continuo éxito como única prueba de su bondad. Naturalmen-
te, dichas personas, cuando proceden a crear una compañía, lo hacen
siguiendo el modelo que han visto que tiene éxito. Antes de nada se
proveen de un ejecutivo. Se ve cuánto creían en este modelo los fun-
dadores del Banco de Inglaterra por el nombre que le dieron. Su nom-
bre societario es el de «gobernador y Compañía del Banco de Inglate-
rra». Los fundadores creían que el ejecutivo era tan importante que lo
mencionaron explícitamente, y en primer lugar.
Y no es sólo esta forma de constitución de una compañía la más
natural al principio cuando las compañías eran nuevas, sino que la
experiencia ha demostrado que también ahora que las compañías exis-
ten desde mucho tiempo es la más eficiente. Las grandes compañías del
ferrocarril son gestionadas bajo esta modalidad. Apenas se puede men-
cionar un ejemplo de gran éxito en el ferrocarril en el que el presiden-
te no sea un hombre de negocios activo y juicioso, que atiende cons-
tantemente los asuntos de la compañía. Se pueden encontrar fácilmente
miles de ejemplos de desastres en el ferrocarril en los que el presidente
era sólo una persona simbólica —un noble, o algo parecido— elegido
por las apariencias. «La presidencia del ferrocarril» se ha convertido en
una profesión por lo mucho que se valora la eficiencia y por lo indis-
pensable que resulta la habilidad que hay que tener. Mucha de la expe-
riencia moderna apoya en gran medida el plan de designar un «presi-
dente» permanente en el Banco de Inglaterra.
No obstante, tengo dudas respecto a su conveniencia; en cualquier
caso, existen otros planes que creo que, por diversas razones, deben
intentarse primero.
Primero. Este plan sería excesivamente impopular. Un goberna-
dor permanente del Banco de Inglaterra sería uno de los hombres más
importantes en Inglaterra. Sería un pequeño «monarca» en la City; sería
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más importante que «el alcalde». Sería la personificación permanente


del Banco de Inglaterra; estaría constantemente revestido de un prestigio
casi indefinido. En el mundo de los negocios todos se inclinarían y tra-
tarían de estar a buenas con él, ya que en un pánico podría ser capaz de
salvar o arruinar casi a quien quisiera. Disponer de su favor podría sig-
nificar prosperidad y su desconfianza, la ruina. Una posición con tanto
poder real y tanta dignidad evidente sería intensamente codiciada. Los
hombres prácticos podrían decir que era mejor que ser primer minis-
tro, porque podría permanecer en el cargo mucho más tiempo y tendría
una mayor jurisdicción sobre lo que los hombres prácticos más valoran
—el dinero—. De cualquier modo, dicho gobernador, si comprende su
negocio, podría hacer ricos a cincuenta hombres, mientras que el pri-
mer ministro sólo uno. No hay nada que pueda ser más impopular en la
City que la designación de un pequeño rey para que les gobierne.
Segundo. No creo que consiguiéramos siempre el mejor hombre
para el puesto; me temo que a menudo ni siquiera se conseguiría uno
aceptable. Existen muchos casos en los que la propuesta de una remu-
neración muy elevada nos impide obtener el hombre que deseamos, y
éste es uno de ellos. Una remuneración muy elevada en forma de pres-
tigio es casi siempre muy peligrosa. Provoca que el puesto sea deseado
por hombres inútiles, perezosos y que tienen un cierto estatus; y todos
esos hombres son peligrosos cuando ese puesto corresponde a un ámbi-
to de negocio real y técnico y cuando, por lo tanto, requiere mucha for-
mación previa, una gran cantidad de trabajo continuo, y mucha pacien-
cia y juicio rápido. Pero creen estar preparados para codiciar todos los
puestos que conllevan una enorme dignidad, y sólo se les puede mante-
ner fuera de ellos con gran dificultad. Probablemente, en cada Gabinete
aún existen algunos miembros (en los días de los antiguos municipios
había muchos) que alcanzaron los puestos, no por su habilidad perso-
nal o mérito inherente, sino por su rango, su riqueza, o incluso por su
aspecto físico. Los puestos políticos más altos están, de hecho, fuera del
alcance de tales personas, porque en ellos hay que hacer frente a obli-
gaciones serias e importantes ante el mundo. Un primer ministro, un
ministro de Hacienda, o un secretario de Estado tienen que explicar su
política y defender sus actuaciones en el Parlamento, y el fino instin-
to de una asamblea crítica —que tiene mucha experiencia, y que está
guiada por la tradición— pronto descubrirá la clase de hombre que es.
Pero el gobernador del Banco sólo desempeñaría funciones tranqui-
las que parecen rutinarias aunque no lo sean, en las que no existe un
riesgo inmediato de éxito o fracaso; que en los próximos años pueden
producir deudas incobrables, pero que las personas serias pueden con-
siderarlas en su momento como adecuadas y plausibles. Un gran Ban-
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co es exactamente el lugar donde la autoridad ostentada por una per-


sona vana y superficial, si es seria y metódica, como suelen ser dichos
hombres, puede hacer muchísimo daño en un periodo corto de tiempo,
antes de que se dé cuenta de ello. Si tiene suficiente suerte como para
comenzar en un periodo de expansión comercial, el daño que ha hecho
no se discutirá hasta que llegue el periodo de contracción, y entonces
serán necesarias cifras muy elevadas para poder calcular dicho daño.
Y tercero, me temo que dicho patrocinio arruinaría a cualquier
grupo de personas en cuyo poder estuviera concederlo. La elección del
presidente tiene que ser realizada por el grupo de propietarios o por el
de directores. Si lo hacen los propietarios, se producirá algo parecido
a los males de una elección presidencial americana. Se comprarán las
acciones bancarias para poder votar cuando se elija al «jefe de la City».
Un vez elegido, el presidente puede enterarse de que los que lo apoyan
más activamente son grandes prestatarios del Banco, por lo que pue-
de tener dudas a la hora de decidir entre su obligación con respecto al
Banco y su gratitud hacia los que le eligieron. Probablemente, si es un
hombre prudente con una habilidad media, combinará ambos males;
no prestará tanto dinero como el que se le solicite, y así ofenderá a los
que le apoyan; pero prestará una cantidad que le hará incurrir en pér-
didas, por lo que los beneficios del Banco se reducirán. Un gran gru-
po de propietarios del Banco no sería el organismo electivo adecuado
para un cargo de gran prestigio; por lo general, no escogerían a una bue-
na persona, y la que eligieran estaría sujeta a promesas que le harían una
persona menos buena aún.
La asamblea de directores escogería mejor; no sería fácil persuadir a
un pequeño grupo de hombres de negocios para que elijan a un hom-
bre excesivamente incapaz. Pero tampoco escogerían a uno excesiva-
mente bueno. Realmente, el mejor candidato probablemente no sería
tan rico como la mayoría de los directores, ni tendría una posición tan
alta, y naturalmente les disgustaría mucho elevar a la presidencia de la
City a alguien a quien se tuviera mucho menor aprecio en la City que
a ellos mismos. Y serían sondeados de todas las formas y aspectos para
designar a una persona de dignidad o de influencia mercantil. Muchas
personas que tienen un gran prestigio y categoría en la City codicia-
rían una dignidad tan grande si no para ellos mismos, al menos para
algún amigo, o pariente y así los directores serían atacados desde todos
los frentes.
Una elección tan susceptible de ser perturbada por causas tan pode-
rosamente negativas pocas veces acaba en una buena selección. Casi
nunca se escogería al mejor candidato; me temo que a menudo se elegi-
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ría a alguien completamente incapaz para un puesto tan importante.Y


la expectación ante una elección tan reñida perturbaría completamente
la tranquilidad del Banco. El trabajo bueno y eficiente de un consejo de
administración del Banco depende de su armonía interna, y esa armo-
nía se rompería para siempre por la expectación, por los comentarios, y
por los actos de una elección importante. El consejo de administración
casi con certeza se desmoralizaría por tener que elegir un soberano, y
de hecho no hay ninguna seguridad, ni una gran probabilidad de que
escogiera uno bueno. En Francia, se ha afrontado de un modo carac-
terístico la dificultad de encontrar un buen organismo para escoger al
gobernador del Banco. El Banco de Francia mantiene el dinero del
Estado, y éste designa a su gobernador. El francés generalmente tiene
una razón lógica para todo lo que hace, aunque quizás los resultados de
sus acciones no sean siempre tan buenos como las razones por las que
se hacen. Se me ha dicho que el gobernador del Banco de Francia no
siempre ha sido una persona muy competente; el subgobernador, que
también es designado por el Estado, es, como cabría esperar, habitual-
mente mejor. Pero para nuestros propósitos ingleses, sería inútil inves-
tigar esto de una forma minuciosa. Ningún estadista inglés consentiría
ser el responsable de la elección del gobernador del Banco de Inglate-
rra. Después de cada pánico, la oposición diría en el Parlamento que la
calamidad se ha «agravado dolorosamente», si es que no ha sido causa-
da totalmente, por la «pésima conducta» del gobernador designado por
el ministro. O, posiblemente, hayan cambiado los ocupantes de los car-
gos y el ministro que esté en el poder en el momento del pánico sea el
adversario del ministro que en el momento anterior designó al gober-
nador. En ese caso, sentirían y darían a entender un «gran arrepenti-
miento» respecto al rumbo que la persona propuesta por sus adversarios
«había pensado que es deseable seguir». No les importaría demasiado
herir sus sentimientos y si dimitiese tendrían un valioso patrocinio para
conceder a uno de sus amigos. Ningún resultado podría ser peor que la
conducción del banco y su gestión fuesen consideradas como un asun-
to de política partidaria, y los miembros de todos los partidos estarán
de acuerdo en esto, aunque no lo estén en casi nada más.
Por lo tanto, me temo que tenemos que abandonar el plan de mejo-
rar el gobierno del Banco de Inglaterra mediante el nombramiento de
un gobernador permanente, porque no estaríamos seguros de que se
escogiera uno que fuese bueno, y de hecho, en gran medida, se incu-
rriría en un considerable riesgo de elegir uno malo.
Sin embargo, creo que, mediante un esquema más modesto, se
podría asegurar muchas de las ventajas con pocos de los riesgos. En
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los cargos políticos ingleses, como se observó antes, es posible sopor-


tar el daño de un director cambiante mediante la permanencia de
un subordinado digno. Aunque el secretario parlamentario del Esta-
do y el subsecretario parlamentario entran y salen con cada admi-
nistración, otro Subsecretario permanece a pesar de todos esos cam-
bios, y por ello se le denomina «permanente». Este sistema me parece
en su principio perfectamente aplicable a la administración del Ban-
co de Inglaterra. Por las razones recien expuestas, no se puede nom-
brar un gobernador permanente del Banco de Inglaterra; por otras
razones, expuestas anteriormente, algún funcionario permanente con
gran influencia es esencial para una gestión apropiada del negocio del
banco; y, mutatis mutandis, éstas son las grandes dificultades y ventajas
que nos han conducido a estructurar nuestros principales cargos esta-
tales en la actualidad.
Dicho subgobernador no sería en absoluto un «rey» en la City.
No habría ningún prestigio perjudicial sobre el cargo; no sería atracti-
vo para una persona inútil; y nada lo haría objeto de una petición de
votos vehemente o un electoralismo sin escrúpulos. El cargo tendría
un carácter esencialmente subordinado, al igual que el secretario per-
manente en un cargo político. La retribución debería ser elevada, ya
que se requiere una habilidad adecuada, y si no existiera ninguna paga
atraería a la clase de personas más peligrosa. El muy influyente, pero no
muy sabio, dignatario de la City que sería muy peligroso es habitual-
mente muy opulento; difícilmente tendría tal influencia si no lo fue-
ra: lo que quiere es «posición», no dinero. Dicho dignatario aceptaría
el cargo de gobernador del Banco de Inglaterra casi sin salario; quizás
incluso pagaría por él: pero un puesto menor de naturaleza subordina-
da no le atraería en absoluto. Podemos aumentar lo suficiente la retri-
bución para conseguir una persona adecuada, sin temor a que mediante
dicho pago podamos tentar —exactamente como lo haría el privilegio
social— a la clase de persona que no deseamos.
Sin duda, dicho cargo permanente debería ser para un banquero
especializado. Existe una diferencia esencial entre la banca y otras clases
de comercio; en la banca se puede permitir correr mucho menos ries-
go que en el comercio, y se deben adoptar mayores precauciones. En
el negocio habitual, el comerciante puede añadir al coste de los bie-
nes que vende un sustancial beneficio comercial, digamos de un 10 a
un 15 por 100; pero el banquero tiene que contentarse con el interés
del dinero, que de media en Inglaterra no es mucho más del 5 por 100.
Por lo tanto, el negocio del banquero no puede soportar tantas deu-
das incobrables como el del comerciante, y tiene que ser mucho más
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cauteloso respecto a quién le concede el crédito. El dinero real es una


mercancía mucho más codiciada que los bienes corrientes; por cada
uno que intenta engañar al manufacturero o al comerciante, veinte o
más lo intentan sobre el banquero.Y además, un banquero que se ocu-
pa del dinero de otros, dinero que se paga según se demanda, siem-
pre debe tener sus espaldas cubiertas y comprobar que dispone de una
reserva suficiente para atender el pago si se le solicitara, mientras que
un comerciante que se ocupa principalmente de su propio capital, no
necesita pensar en ello. La aventura es la esencia del comercio, pero la
cautela, casi diría la timidez es la esencia de la banca; y no me puedo
imaginar que la gran cantidad de errores importantes cometidos por el
Banco de Inglaterra en la gestión de su reserva hasta después de 1857,
se hubieran producido si los comerciantes en la asamblea del Banco no
hubieran adoptado erróneamente la misma visión del negocio del Ban-
co que la que tenían que adoptar adecuadamente para su propio nego-
cio mercantil. Los directores del Banco casi siempre han sido más ale-
gres respecto al negocio del Banco y poco dispuestos a alarmarse. Lo
que queremos introducir en la asamblea del Banco es una sabia inquie-
tud, cualidad que cada banquero capacitado aprende a través de los
hábitos de su comercio, y del entorno de su vida.
El gobernador permanente debería dedicar todo su tiempo al
negocio del Banco. Debería prohibírsele que realizara alguna otra acti-
vidad. Todos los directores actuales, incluyendo al gobernador y al
subgobernador, se ocupan de su propio negocio, y es muy posible, de
hecho debe haber sucedido casi siempre, que han prestado su mayor
atención a su propio negocio como comerciantes, justo cuando más
importante era que se ocupasen del negocio del Banco. En una situa-
ción de pánico y justo antes del pánico es cuando la actividad del Ban-
co es la más exigente y absorbente. Pero justo en ese momento el nego-
cio de la mayoría de los comerciantes tiene que ser atendido de forma
inusual y absorbente pues la situación es muy crítica. Por la estructura
actual del Banco, es probable que la atención de su dirigencia se dis-
traiga, de que no se centre en los asuntos del Banco justo cuando éstos
requieren la mayor atención. Y el único remedio es el nombramiento
de una persona permanente e influyente, que no tenga ningún negocio
más que el del Banco y quien, por lo tanto, presumiblemente le pres-
tará la mayor atención en el momento crítico, cuando ésta se necesita
más. En cualquier caso, en una situación de pánico no tendrá inquietud
pecuniaria, mientras que muchos de los directores actuales, si no todos,
tienen que pensar incesantemente en sus propios negocios y son inca-
paces de desterrarlos de sus mentes.
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El subgobernador permanente tiene que ser un director y una per-


sona de posición cómoda. No tiene que llamar «señor» al goberna-
dor. No puede haber discusión equilibrada entre un inferior que tiene
que mostrar respeto y un superior que tiene que recibirlo. Éste puede
siempre, y lo hace en gran medida, rebatir los malos argumentos de su
inferior; pero aquél en raras ocasiones se aventura a tratar de rebatir los
malos argumentos de su superior.Y aún más raramente expone su caso
de forma eficaz; vacila, duda, no usa las mejores palabras o los ejemplos
más válidos, quizás emplea malos ejemplos o palabras y de esta forma
fracasa, porque el superior inmediatamente le desenmascara. Un asun-
to importante sólo puede discutirse adecuadamente entre personas que
puedan decirse lo que quieran y como quieran unas a otras. El pensa-
miento de un orador debería expresarse tal y como está en su mente, y
no ocultarse a través de expresiones respetuosas o debilitadas por una
duda fingida. Lo que se requiere en el Banco no es un nuevo secreta-
rio para los directores —tienen ahora excelentes secretarios con gran
experiencia— sino alguien permanente igual a los directores, que sea
capaz de discutir con ellos el negocio del Banco en igualdad de condi-
ciones, y que tenga la ventaja sobre ellos en la discusión, por no tener
ningún otro negocio en mente que no sea el del Banco.
Las obligaciones formales de dicho cargo permanente sólo podría
definirlas alguien versado en el negocio del Banco, y apenas podrían ser
discutidas de modo inteligible ante el público.Tampoco las obligaciones
precisas son de menor importancia. Dicho funcionario, si es serio, capaz
y trabajador, pronto dirigirá los asuntos del Banco. Pronto conocerá
mejor que nadie tanto las tradiciones del pasado como los hechos del
presente; tendrá una gran experiencia; habrá visto muchos momentos
de inquietud; siempre estará alerta ante su reaparición.Y dada la natu-
raleza de los hombres con los que tiene que tratar, dispondrá de una
especial influencia para guiarlos en tales momentos. La mayoría de los
gobernadores del Banco de Inglaterra son comerciantes cautelosos, que
no están profundamente especializados en banca, pero que están muy
ansiosos de que durante el periodo de su cargo haya prosperidad y no
censura. Si se les impone una trayectoria que es «segura», están dispues-
tos a seguirla. Ahora bien, casi siempre sería «seguro» seguir el consejo
de la gran «autoridad» permanente; siempre sería «inseguro» no seguir-
lo. Si el gobernador cambiante actúa según el consejo del subgoberna-
dor permanente, en caso de infortunio la mayoría de las críticas recae-
rían sobre el último; se diría que un cargo directivo cambiante como el
de gobernador podría probablemente no saber lo que debería hacerse,
pero que al permanente se le puso allí para que lo sepa y se le paga por
ello. Pero si, por otro lado, el gobernador cambiante hiciera caso omi-
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so del consejo de su colega permanente, y la consecuencia de ello fue-


se algo malo, sería el gran culpable. Se diría que «sin tener experiencia,
no ha tenido en cuenta a personas que tenían mucha experiencia; que
cuando la estructura del Banco les ha proporcionado un consejo espe-
cializado, él ha decidido actuar por su propia cuenta y hacer caso omiso
de ese consejo»; y así hasta ad infinitum.Y no podría haber un comenta-
rio más perjudicial para un hombre de la City; y todos dirían, correcta
o equivocadamente: «Nunca debemos ser demasiado severos respecto a
los errores de criterio; los cometemos todos los días; si las personas res-
ponsables hacen lo mejor que pueden su trabajo, no podemos esperar
nada más. Pero este caso es diferente: el gobernador siguió un esquema
equivocado; adoptó una responsabilidad innecesaria»; y de esta forma
un gobernador que provocó un desastre por no hacer caso a su conse-
jero especializado sería considerado para siempre como un idiota en la
City. Por consiguiente, el único consejero especializado sería, de hecho,
el que regiría el Banco.
Creo que el nombramiento de la nueva autoridad permanente y
especializada en el Banco es la mayor reforma que puede hacerse allí
y que es la más necesaria. Creo que dicha persona proporcionaría a la
decisión del Banco esa previsión, esa rapidez y esa consistencia de las
que innegablemente carecen por ahora esas decisiones. En la medida
en la que puedo juzgar, este cambio en la estructura del Banco es con
mucho el más necesario e incluso quizás más importante que todos los
demás cambios. Pero, no obstante, deberíamos reformar los otros pun-
tos que hemos visto que son deficientes.
Primero, los banqueros londinenses no deberían estar completa-
mente excluidos de la asamblea de directores. La vieja idea, como he
explicado, era que los banqueros londinenses eran los competidores
del Banco de Inglaterra y, si pudieran, lo perjudicarían. Pero ahora, los
banqueros londinenses tienen otra relación con el Banco que no exis-
tía entonces y que no se podía imaginar en ese momento. De entre los
particulares, son los principales depositantes en el Banco; por lo tanto,
están especialmente interesados en su estabilidad, en el mantenimien-
to de una buena reserva bancaria, ya que su propio crédito y la seguri-
dad de sus grandes depósitos dependen de ella.Y pueden proporcionar
a la asamblea de directores su propia experiencia bancaria, conseguida
fuera del Banco de Inglaterra, que ninguno de los actuales directores
posee, pues han aprendido todo lo que saben de la banca en el propio
Banco. Existía también una vieja idea de que se divulgarían los secretos
del Banco si fueran transmitidos a los banqueros. Pero probablemente
los banqueros están mejor capacitados para guardar silencio y mantener
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un secreto que la mayoría de las personas.Y existe ahora sólo una lige-
ra separación entre los banqueros y los secretos del Banco. Sólo recien-
temente, fracasó una empresa en la que uno de los socios era un direc-
tor del London and Westminster Bank y otro un director del Banco
de Inglaterra. ¿Quién puede determinar o clasificar las comunicaciones
confidenciales que hicieron dichas personas ante tales circunstancias?
Como observé anteriormente, la línea trazada en la actualidad en
contra de los banqueros es muy técnica y exclusivamente inglesa. De
acuerdo con las ideas del continente, los señores Rothschild represen-
tan la esencia del banquero. Pero la familia Rothschild está representa-
da en la dirección del Banco.Y es muy deseable que lo esté, porque los
miembros de esa familia pueden proporcionar, si así lo desean, informa-
ción confidencial que tiene gran valor para el Banco. Pero, sin embar-
go, la objeción que se impuso en contra de los banqueros ingleses es
al menos igualmente aplicable a estos banqueros extranjeros. Tienen, o
pueden tener, en ciertos periodos, intereses contrarios a la política del
Banco. Como grandes cambistas, pueden desear exportar oro justa-
mente cuando el Banco de Inglaterra está aumentando su tipo de inte-
rés para impedir que se exporte oro. El voto de un gran cambista puede
ser cuestionado por las plausibles razones de un conflicto de intereses,
si mereciera la pena tenerlas en consideración. Pero, de hecho, no es
tomado en cuenta el interés particular de los banqueros individuales;
casi todos los directores que aportan información especial trabajan bajo
la sospecha de que tengan algún interés; sólo pueden haber adquiri-
do esa información en sus negocios corrientes, que muy posiblemen-
te pueden verse afectados para bien o para mal por la política del Ban-
co. Pero esto no debería ser motivo para precintar herméticamente al
Banco frente a la información existente; en general se debe formar un
cuerpo razonable de directores, y confiar en que desaparecerá el sesgo
de ciertos intereses individuales. Y si éste es el principio rector, no es
coherente excluir a los banqueros ingleses de la asamblea.
A menudo también se plantea una objeción respecto a la estructu-
ra del Comité del Tesoro. Este organismo está compuesto por el gober-
nador, y el subgobernador y todos los directores que han ocupado
esos cargos; pero como la mayoría de esos cargos rotan, el sistema de
su elección se basa en gran medida en la antigüedad, y existen obvias
objeciones al mismo, ya no por dar preponderancia a la edad, sino por
ser monopolizado por la edad. De hecho, en algunos casos, creo que
este monopolio ya ha sido infringido. En algunos casos, cuando ciertos
directores han declinado ocupar el cargo citando la magnitud de sus
transacciones y la naturaleza absorbente de sus negocios, a pesar de ello,
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El gobierno del Banco de Inglaterra 155

se les ha pedido en algunos casos que sean miembros del Comité del
Tesoro. Ciertamente en principio parece más sabio seleccionar según
la capacidad más que por edad a un comité que en algunos aspectos se
asemeja a un comité de gestión.
También se señala una objeción respecto al gran número de direc-
tores del Banco. Hay 24 directores, un gobernador y un subgobernador,
lo que supone una asamblea de 26 personas, que es, obviamente, dema-
siado grande para la discusión real de cualquier asunto complejo. Y el
caso es aún peor porque la asamblea sólo se reúne una vez a la semana
y en sesiones muy cortas. Se ha dicho, con exageración, pero con algu-
na base de verdad, que si los directores del Banco se reunieran duran-
te cuatro horas, habría «un pánico sólo por eso». Mr. Tooke dice que
«La asamblea se reúne a las once y media o a las doce, y si la reunión se
prolonga más allá de la una y media, la Bolsa y el mercado monetario
se alborotan ante la idea de que se está discutiendo un cambio impor-
tante; y las personas se congregan alrededor de las puertas de la sala de
reuniones del Banco para obtener un indicio lo antes posible de la deci-
sión».Y procede a suponer que el conocimiento de la impaciencia que
hay fuera del Banco tiene que causar celeridad, si no impaciencia, den-
tro de él. Sin duda es muy extraño que las decisiones de dicha asamblea
sean de enorme importancia.
Debería haber firmeza respecto a la alteración de la estructura del
Banco de Inglaterra. La que existe se enmarcó en tiempos pasados y
para propósitos muy diferentes de los actuales. Puede que los fundan-
dores hayan visualizado prestarle al gobierno, guardar el dinero del
gobierno, emitir billetes pagaderos al portador, pero nadie podía ima-
ginar en el siglo xvii que mantendría la «reserva bancaria» de una gran
nación.Y cuando se utiliza una cosa antigua de una forma nueva, debe-
ríamos pensar, según el sentido común, si la cosa antigua es lo suficien-
temente adecuada para utilizarla como se está haciendo. «Poner vino
nuevo en botellas viejas» es seguro sólo cuando se vigila el estado de la
botella, y se adapta su estructura con el mayor cuidado posible.

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9 LOS BANCOS COMERCIALES

Los bancos comerciales de este país son un éxito notable. Hablan-


do en términos generales, la trayectoria de las sociedades anónimas en
esta nación ha sido accidentada. Hace muchos años, Adam Smith lanzó
muchas insinuaciones significativas sobre la dificultad de tales empre-
sas —insinuaciones que incluso después de tantos años merecen estu-
dio—. Pero la banca comercial ha sido una excepción a esta regla. Hace
cuatro años, junté algunos datos sobre el tema y sus razones; y me per-
mito citar el artículo, porque pienso que la experiencia posterior poco
aporta a lo ya expuesto.

«Las principales clases de sociedades anónimas que han contestado


son tres: 1.ª Aquellas en las que se usa el capital no para que el negocio
funcione, sino para garantizarlo. De esta forma el negocio del banquero
—el verdadero negocio— no comienza cuando emplea su propio dine-
ro; se inicia cuando empieza a utilizar el capital de otros. A la larga, una
compañía de seguros no necesita capital; las primas que recibe deberían
superar las reclamaciones que se producen. En ambos casos, el capital es
necesario para asegurar al público e inducirle a que confíe en el negocio.
2.ª Han contestado aquellas compañías que tienen un privilegio exclu-
sivo que han utilizado con juicio, o que posiblemente era tan benefi-
cioso como para permitirles prosperar con poco juicio. 3.ª Aquellas que
han emprendido un negocio tan grande como simple —empleando
más dinero que la mayoría de las empresas individuales o privadas tie-
nen a su disposición, pero tal que, en palabras de Adam Smith, “las ope-
raciones son capaces de ser reducidas a una rutina o un método de tal
uniformidad que no admita ninguna variación”—.
Como norma, las más rentables entre estas compañías son los ban-
cos. De hecho, todas las condiciones favorables que acabamos de men-
cionar se dan en muchos bancos. Un banco antiguo tiene un “presti-
gio” que equivale a una “oportunidad privilegiada”; aunque no se le
proporciona ningún derecho exclusivo por ley, se le otorga un poder
especial a través de la opinión pública. El negocio de la banca debe-
ría ser sencillo; si es complicado es que está mal. Los únicos títulos con
los que un banquero debería tratar, usando el dinero que se le puede
pedir que reembolse a corto plazo, son aquéllos que son fácilmente
vendibles y comprensibles. Si existe alguna dificultad o duda, no debe-
ría aceptarse el título. Desde luego, ningún negocio puede reducirse
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158 Walter Bagehot

a reglas fijas. Debe de haber casos excepcionales que ninguna teoría


preconcebida pueda determinar. Pero la banca sigue unas reglas fijas
más que cualquier negocio existente, quizás más incluso que cualquier
negocio posible. La actividad de un banco antiguo tiene la absoluta
ventaja de ser un negocio simple, y en parte, la de ser un monopolio.
La competencia con él sólo es posible en el sentido en que es posible
competir con “The London Tavern”; cualquiera que lo haga con uno
u otra pagará caro por ello.
Pero la principal fuente de rentabilidad de la banca establecida con-
siste en lo pequeña que es la cantidad de capital que se requiere. Siendo
sólo exigido como una “influencia moral”, no se necesita más del que
se requiere para asegurar esa influencia. Por lo tanto, aunque un ban-
quero se ocupase sólo de los títulos más seguros, y de los que rinden
el interés mínimo, no obstante puede ganar y repartir un gran benefi-
cio sobre su propio capital, porque el dinero que está en sus manos es
mucho mayor que ese capital.
La experiencia, como muestran claramente las cifras, confirma estas
conclusiones. Exponemos al final de este artículo los beneficios respec-
tivos de 110 bancos en Inglaterra, Escocia e Irlanda, siendo todos de los
cuales en estos países disponemos de suficiente información —a excep-
ción del Banco de Inglaterra—. No hay duda de que hay otros bancos,
pero no están citados siquiera en las listas de las Bolsas locales, y en la
mayoría de los casos no publican sus informes. El resultado de estos ban-
cos conforme a los dividendos que pagan es:

Núm. Empresas Capital (£)


Por encima del 20 por 100....... 15 5.302.767
Entre el 15 y el 20 por 100..... 20 5.439.439
Entre el 10 y el 15 por 100...... 36 14.056.950
Entre el 5 y el 10 por 100........ 36 14.182.379
Por debajo del 5 por 100.......... 3 1.350.000
110 40.331.535

Es decir, más del 25 por 100 del capital empleado en estos bancos
paga por encima del 15 por 100, y el 62,5 por 100 del capital paga más
del 10 por 100. Un resultado tan llamativo no se encuentra en ninguna
otra actividad con capital.
Ciertamente el periodo al que se refieren estas cuentas no fue espe-
cialmente rentable —al revés, ha sido especialmente lo contrario—. El
tipo de interés ha sido muy bajo, y la cantidad de títulos aceptables en
el mercado pequeña. Muchos bancos —hasta cierto punto la mayoría
de ellos— probablemente tenían en sus registros recuerdos dolorosos
de 1866. La fiebre de excitación que sufrió la nación fue más fuerte en
las clases a las que los bancos prestaron más y, por consiguiente, las pér-
didas incluso en los bancos más cuidadosos (salvo los que estaban en
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Lombard street. Una descripcio n del mercado de dinero.indb 158 26/06/12 17:02
Los bancos comerciales 159

el ámbito rural y en circunstancias protegidas) fueron probablemente


superiores a las normales. Pero incluso juzgado por este test, muy desfa-
vorable para la banca, se trata de un comercio mucho más rentable que
la media de los negocios.
En general y como norma, estos bancos no pretenden repartir
demasiadas ganancias —por el contrario, han acumulado alrededor de
13 millones de libras, o casi un tercio de su capital, principalmente en
forma de beneficios no repartidos. Los directores de algunos de ellos se
han mostrado ansiosos por guardar tanto como sea posible y repartir lo
menos posible—.
La razón es clara: de los bancos que pagan más del 20 por 100,
excepto uno, todos eran bancos antiguos, y todos los que pagaban entre
el 15 y el 20 por 100 eran también bancos antiguos. La “oportunidad
privilegiada” de la que hablamos es singularmente notable en dichas
cifras: permite a los bancos ser muy rentables cuando en su ausencia no
hubiese sido así. La cantidad de beneficio es claramente proporcional
al valor de la “oportunidad privilegiada”. Todos los bancos que pagan
más del 20 por 100, excepto uno, tienen más de 25 años de antigüedad;
todos los que pagan entre el 15 y el 20 por 100 también. Un nuevo ban-
co no podría conseguir esos beneficios, o incluso a través de su compe-
tencia reducirlos mucho; si intentara hacerlo, simplemente se arruinaría.
Al no poseer el crédito acumulado de varios años, tendría que liquidar
antes de que consiguiera ese crédito.
El valor de la oportunidad también es proporcional a lo que se debe
pagar por ella. Algunos bancos antiguos tienen que pagar un interés por
todo su dinero; otros tienen mucho por lo que no pagan nada. A aque-
llos que dan mucho a sus clientes, desde luego, les queda menos para
sus accionistas. De esta forma, en Escocia, donde hay siempre un interés
diario, no hay ningún banco en las listas que pague más del 15 por 100.
Los beneficios de los bancos escoceses son:

Capital £ Dividendo
Bank of Scotland............................ 1.500.000 12
British Linen Company.................. 1.000.000 13
Caledonian..................................... 125.000 10
Clydesdale...................................... 900.000 10
Commercial Bank of Scotland........ 1.000.000 13
National Bank of Scotland............. 1.000.000 12
North of Scotland.......................... 280.000 10
Union Bank of Scotland................. 1.000.000 10
City of Glasgow.............................. 870.000 8
Royal Bank.................................... 2.000.000 8
9.675.000
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160 Walter Bagehot

Los beneficios son suficientemente aceptables, pero para nada


como los del London and Westminster, o los de otros bancos más lucra-
tivos del sur.
Es cierto que el Banco de Inglaterra parece no pagar tanto como
otros bancos ingleses según esta forma de cálculo. Consigue un benefi-
cio enorme, pero su capital también lo es. De hecho, el Banco de Ingla-
terra presenta dos dificultades. Siendo mucho más antiguo que los otros
bancos comerciales, pertenece a una época menos rentable. Cuando
se fundó, los bancos se fijaban más bien en el beneficio sobre su pro-
pio capital y en las ganancias debidas a la emisión de billetes que en el
uso de los depósitos. Las primeras relaciones con el Estado fueron más
como una empresa financiera que como un banco, tal como entende-
mos ahora la banca. Si el Banco no hubiera prestado al gobierno, lo que
hoy consideraríamos sospechoso, el Banco no habría existido, ya que el
gobierno nunca lo habría autorizado. No sólo el capital del Banco de
Inglaterra es relativamente mayor, sino que los medios para conseguir
beneficio por parte del Banco son comparativamente menores. Debido
a la costumbre y a los acuerdos no escritos, el Banco de Inglaterra man-
tiene una reserva en efectivo sin utilizar mucho mayor que los demás
bancos; si no la mantuviera, habría que cambiar todo nuestro sistema o
de lo contrario caeríamos en la bancarrota total. La facultad de conse-
guir ganancia por parte del Banco de Inglaterra es menor en proporción
que la de otros bancos, y también la cuantía sobre la que tiene que pagar
el dividendo es en su totalidad mayor que la de los demás.
Resulta interesante comparar los hechos de la banca comercial con
los temores que se tuvieron acerca ella. En 1832, lord Overstone obser-
vó: “Creo que los bancos comerciales son deficientes en cuanto a los
requisitos de conducta del negocio bancario excepto en lo referente a
la responsabilidad extendida; el negocio bancario requiere en particular
personas que estén atentas a todos sus detalles, que vigilen constante-
mente, diariamente y cada hora cada transacción, mucho más que en el
caso de los negocios mercantil o comercial.También requiere decisiones
muy rápidas respecto a las circunstancias cuando surgen decisiones que
en muchos casos no se pueden retrasar por tener que hacer una consul-
ta; también exige discreción sobre las especiales circunstancias de cada
caso. Desde luego, los bancos comerciales, al estar obligados a actuar a
través de agentes y no por medio de un socio, y al estar, por tanto, bajo
la restricción de reglas generales, no se pueden guiar por una referen-
cia tan sutil como los grados de diferencia en lo que se refiere a la res-
ponsabilidad de las partes; ni pueden tratar de regular la ayuda que van
a conceder a actividades que se encuentran en una situación temporal-
mente delicada mediante una referencia tan precisa a las circunstancias,
favorables o desfavorables, de cada caso”.
Pero en este aspecto, los bancos comerciales probablemente han
mejorado el negocio bancario. Los antiguos bancos privados en los
primeros tiempos solían prestar mucho a los particulares; el banquero,
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Los bancos comerciales 161

como explicó en otra ocasión lord Overstone, podría no tener garan-


tías, pero formaba su juicio mediante la discreción, el sentido y la sol-
vencia de aquellos a los que prestaba.Y cuando Londres era por compa-
ración una ciudad pequeña, y cuando por comparación todo el mundo
se centraba en su propio negocio, esta práctica podría haber sido segura.
Pero ahora que Londres es muy grande, y donde nadie puede vigilar a
nadie, dicha práctica comercial sería desastrosa; en la actualidad, apenas
sería segura en una población rural. Puede que los bancos comerciales
no sean adecuados para el negocio al que se refería lord Overstone, pero
el negocio de entonces es bastante inadecuado para la actualidad».

Este éxito de la banca comercial es contrario a las expectativas


generales en su origen. No sólo los banqueros privados, tales como
lord Overstone, sino también un gran número de gentes pensantes,
temieron que los bancos comerciales se arruinaran rápidamente, y pro-
vocasen entonces un colapso y un pánico en el país. Toda la literatura
comercial inglesa entre 1830 y 1840, y aún después de ese año está per-
meada de esa idea. En 1845, sir R. Peel pensó que la creación de ban-
cos comerciales era tan peligrosa que la sometió a graves y excepciona-
les dificultades. Bajo la Ley de 1845, que él propuso, no se podía fundar
ninguna de dichas compañías excepto con acciones de 100 libras inte-
grando 50 libras por cada una; lo que frenó de una forma muy eficaz
el progreso de dichos bancos, ya que no se establecieron muchos nue-
vos bancos durante bastante años, hasta que se derogó esa ley. Pero en
este caso, como en muchos otros, quizás se considerará que sir R. Peel
ha sido más perspicaz que clarividente. Tenía miedo de ciertos bancos
comerciales que estaban surgiendo por entonces; pero el efecto de su
legislación fue conceder a estos bancos, si no un monopolio, en todo
caso una exención ante nuevos rivales.Ya nadie funda, o puede fundar,
encuentra, o puede encontrar, un nuevo banco privado, y sir R. Peel
impidió mediante la ley que se establecieran nuevos bancos comercia-
les. Aunque desconfiaba enormemente de los bancos comerciales fun-
dados entre 1826 y 1845, no obstante, de hecho, fue su patrón especial,
y los estimuló y los protegió más que ninguna otra persona.
Pero en este maravilloso éxito existen dos puntos dudosos, dos
consideraciones de diferente clase, que nos impiden decir que en otros
países, incluso en los que hay capacidad de cooperación, los bancos
comerciales hubieran tenido el mismo éxito que el que hemos visto
en Inglaterra. 1.º Estos grandes Bancos no tuvieron que mantener una
reserva tan enorme respecto a sus pasivos como era natural que mantu-
vieran, siendo bancos de primera línea. Desde luego, al principio eran
muy pequeños en comparación a como son ahora. Se encontraron con
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162 Walter Bagehot

cierto número de banqueros privados agrupados alrededor del Banco


de Inglaterra, y se añadieron al grupo. No sólo mantuvieron su reser-
va desde el principio en el Banco de Inglaterra, sino que no mantuvie-
ron tanta reserva como habrían hecho si no hubiera existido el Banco
de Inglaterra. Durante un periodo largo de tiempo esto apenas se notó.
Durante muchos años las cuestiones referentes a la «moneda», especial-
mente las que se refieren a la Ley de 1844, absorbieron la atención de
todos aquellos que estaban interesados en estos temas. Incluso los que
estaban más ansiosos por hablar mal de los bancos comerciales, no men-
cionaron este peligro específico. La primera vez, que yo sepa, que se
comentó en un documento importante, fue en una carta oficial escrita
por Mr. Weguelin en 1857, que era entonces gobernador del Banco, a
sir George Lewis, que era entonces ministro de Hacienda. Sir George
Lewis había pedido al gobernador y a los directores del Banco de Ingla-
terra individualmente que dieran sus opiniones sobre la Ley de 1844, y
se publicaron todas las respuestas. En la suya, Mr. Weguelin dice:

«Si la cantidad de reserva que mantiene el Banco de Inglaterra se


comparase con la que guardan los bancos comerciales, se presentaría
una nueva y hasta ahora poco considerada fuente de peligro para el
crédito del país. Los bancos comerciales de Londres, según sus cuen-
tas publicadas, tienen una cantidad de depósitos que asciende a 30
millones de libras. Su capital no supera los 3 millones de libras y en
promedio invierten 31 millones de libras de una forma u otra, dejan-
do sólo 2 millones de libras como una reserva para hacer frente a sus
pasivos».

Pero se prestó poca atención a estas notables palabras en los deba-


tes de ese momento. El ambiente estaba enrarecido por otros asuntos.
Pero en esta obra he dicho ya tanto sobre el tema que tengo poco más
que decir ahora. Los bancos comerciales mantienen en la actualidad
una parte principal de su reserva en depósitos en los intermediarios
de efectos o en valores aceptables y convertibles que producen interés.
A partir de éstos obtienen una gran renta, que aumenta sus beneficios.
Si tuvieran que mantener una mayor reserva en dinero improductivo
que la actual, se reducirían sus dividendos, y su éxito actual llegaría a
ser menos notable.
La segunda duda, que pueden tener cada vez más los observadores
respecto a los bancos comerciales más grandes, se refiere a su gobier-
no. ¿Es suficiente ese gobierno para prestar adecuadamente y mante-
ner con seguridad tantos millones? Como todo el mundo sabe, están
gobernados por un consejo de directores, ayudados por un director
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Los bancos comerciales 163

general, y en Londres hay personas idóneas para componer buenos


consejos de directores. Existen muchas personas con buenos medios,
con gran sagacidad y gran experiencia en los negocios, obligadas a
estar en la City todos los días, y a permanecer allí durante el día, pero
que disponen de mucho tiempo. Un comerciante que emplea sólo o
principalmente su propio capital, tiene a menudo mucho tiempo libre.
Está obligado a estar en el mercado, y a escuchar lo que se está hacien-
do. Todos los días tiene asuntos que tramitar, pero esas gestiones pue-
den ser pocas. Su capital puede soportar sólo un número limitado de
compras; si comprara tanto como le permite el tiempo de que dispone
cada día, pronto se arruinaría, ya que no podría pagar. Por consiguien-
te, muchos hombres de negocios excelentes están bastante dispuestos
a ser miembros de los consejos de directores, y a atender los negocios
de las compañías, lo que es un buen motivo para emplearlos. Les com-
place mucho tener una ocupación interesante que reporta dignidad y
poder. Como el comercio en las grandes ciudades crece, el número de
dichos hombres aumenta. Se puede formar, sin dificultad, un consejo de
hombres serios, cuidadosos y con experiencia para un gran banco en
Londres, como nunca se pudo hacer antes, y como no se puede conse-
guir en ninguna otra parte.
Existen también facilidades sin precedentes en el mundo para
designar como gestor a un buen banquero. Está aumentando mucho el
número de dichas personas. Un individuo cuidadoso que tiene expe-
riencia en las cifras, y tiene un sentido prudente real, puede fácilmente
convertirse en un buen banquero. Las formas en las que un banquero
puede prestar dinero con seguridad no son muchas, y una persona lúci-
da, tranquila y diligente puede aprender pronto todo lo que es necesa-
rio acerca de ellas. Nuestra compleja ley sobre la propiedad inmobiliaria
es un impedimento para la banca regional, ya que requiere un estudio
especial incluso para entender los elementos de una ley que está llena
de palabras técnicas, y que sólo se puede explicar contando su historia.
Pero la banca de las grandes ciudades se preocupa poco de los présta-
mos inmobiliarios rurales.Y el resto del conocimiento que necesita un
banquero puede obtenerse fácilmente por alguien que tenga la mente
preparada para ello. Sin duda, existe una inmensa rutina de trabajo que
hay que aprender, y el gestor de un gran banco debe tener una gran
facilidad para gestionar rápidamente el negocio. Pero actualmente un
gran número de personas son educadas desde el principio de su madu-
rez en dicha rutina; la aprenden como aprenderían una lengua, y les
sería tan dificil perderla como olvidar una lengua.Y los que son aptos
adquieren una rapidez casi mágica para realizar el negocio relaciona-
do con esa rutina. Un banco en la actualidad en Londres puede conse-
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164 Walter Bagehot

guir un gestor muy bueno y un buen consejo de directores, sin gran-


des dificultades.
Se preguntará, ¿qué más se puede necesitar? Respondo, muchísi-
mo más. En realidad, todo lo que puede conseguir el mejor consejo de
directores es adoptar una buena decisión sobre los puntos que el gestor
les presenta, y quizás sobre unos pocos más que uno o dos miembros
entusiastas de su grupo pueden seleccionar para discutir.Toda carga adi-
cional de asuntos colmaría la capacidad de gestión de un grupo de 15 a
18 personas; con fortuna y buena conducción podrá lograr aquello ini-
cial. Incluso la discusión de simples puntos prácticos por tal número de
individuos se hace en cierta medida tedioso. Muchos de ellos desearán
hablar cada vez que se vaya a tomar una decisión importante, y algu-
nos de ellos —quizás algunos de los mejores— sólo hablarán con difi-
cultad y lentamente. Generalmente, se comenzarán a discutir varios
puntos a la vez, a no ser que la discusión sea moderada por un presi-
dente estricto; e incluso en un punto único, los argumentos a menudo
darán lugar a importantes cuestiones que no tienen respuesta, y surgirán
muchos más asuntos de los que se pueden solucionar provechosamen-
te en la reunión. El tiempo que requieren muchos individuos para dis-
cutir muchas cuestiones impediría por sí sólo que un negocio grande y
complejo fuera supervisado por una asamblea de muchas personas.
Ésta no es la única dificultad. No sólo la verdadera supervisión
de un gran negocio por parte de un consejo de directores requiere
mucho más tiempo del que dicho consejo estará dispuesto a dedicar a
la reunión, sino que también necesitaría mucho más tiempo y medi-
tación del que cada director estaría dispuesto a aceptar. Estos directo-
res sólo emplean el tiempo y la energía mental que les quedan libres en
el negocio del Banco. No pueden dar nada más al Banco; el resto del
tiempo lo necesitan para conducir de forma segura sus propios asuntos,
y si no les prestaran atención se arruinarían. Algunos de ellos pueden
tener otros pocos negocios, o pueden tener otros socios en el negocio,
pudiendo confiar en su laboriosidad y en su juicio; uno o dos pueden
haberse retirado del negocio. Pero en la mayor parte de los casos, los
directores de una compañía no pueden atender principalmente y con
la debida preocupación los asuntos de la misma sin descuidar en gran
medida su propio negocio, corriendo un gran riesgo de arruinarse; y si
se arruinan, dejan de ser considerados fiables, y por costumbre ya no se
les permite ser directores.
Incluso si realmente fuera posible supervisar un negocio a través de
una inspección eficaz y constante por parte de 15 o 16 personas ricas
y capaces, los negocios más grandes no podrían soportar fácilmente el
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Los bancos comerciales 165

gasto de dicha supervisión. Digo ricos, porque los miembros del con-
sejo de gobierno de un gran banco tienen que ser además personas de
rango y de consideración, o desacreditarían al banco; no necesitan ser
ricas en el sentido de tener millones, sino que tienen que ser conocidas
por poseer una cantidad razonable de capital y por gestionar un volu-
men aceptable de negocios. Pero el trabajo de dichas personas, no digo
sus capacidades no empleadas, sino sus principales energías, se retribu-
ye a un precio elevado. Los negocios son realmente una profesión que
requiere a menudo para su práctica tanto conocimiento y experiencia
como el derecho o la medicina; y requiere también poseer dinero. Un
hombre de negocios riguroso, que emplea un capital adecuado en un
comercio, del cual tiene un gran entendimiento, no sólo obtiene un
beneficio sobre el capital, sino que en realidad genera una gran renta
de su habilidad profesional. Obtiene un ingreso tanto del talento como
del dinero; y para persuadir a 16 o 18 personas de abandonar esa posi-
ción y dicha renta para dedicar toda su atención a los asuntos de una
sociedad por acciones, deberá otorgarse un salario demasiado alto para
que el banco lo pueda pagar o alguien lo quiera proponer.
Y al ser imposible una supervisión eficaz por parte de todo el con-
sejo, existe un gran riesgo de que todo el negocio pueda recaer sobre
el director general. Muchos casos desafortunados han demostrado que
esto es muy peligroso. Incluso cuando el negocio de los bancos comer-
ciales era mucho más reducido, y cuando los depósitos que se les con-
fiaba eran mucho más pequeños, un gestor cometía fraudes que a veces
eran peligrosos, y más a menudo incurría en fallos que eran ruinosos.
El delito real será siempre raro; pero en ocasiones cabe esperar que se
produzca, ya que un gestor de un gran banco al que no se le inspeccio-
na tiene el control de una incalculable cantidad de millones: la magni-
tud de la tentación prevalecerá ocasionalmente sobre la debilidad de la
naturaleza humana. Pero el error es mucho más importante que el frau-
de: hay que temer más los errores de un gestor optimista que el robo
de un gestor deshonesto. Una equivocación fácil es mucho más común
que un fraude planificado.Y las pérdidas de un gestor aventurero y con-
vincente, que actúa de buena fe, que rápidamente comprometerían al
banco, son sin comparación mayores que las que un gestor fraudulen-
to sería capaz de ocultar, incluso con el mayor ingenio. Si se compara-
ran las pérdidas en las que se incurre debidas a un error en la banca y
las debidas al fraude, las primeras serían extraordinariamente mayores.
No existe un gobierno más inseguro para un banco que el de un gestor
ambicioso y activo que está sujeto sólo a la supervisión de un numero-
so consejo de directores, aunque dicho consejo sea excelente, ya que el
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gestor puede realizar fácilmente transacciones peligrosas e inseguras, y


el consejo no puede controlarle de forma eficaz.
La solución es ésta: un cierto número de directores, bien aquellos
que disponen de más tiempo libre que los demás, o bien los que están
en mayor disposición a vender una gran parte de su tiempo al banco,
deben formar un verdadero comité de trabajo, que tenga que reunirse
constantemente, investigar toda gran transacción, conocer los medios y
el rango de cada gran prestatario y estar siempre en comunicación con
el gestor, lo que no le permitirá emprender riesgos de peligrosa mag-
nitud sin su conocimiento, y sin la oportunidad de prohibirlo. En casi
todos los casos lo prohibiría; todos los comités son cautelosos, y uno
con hombres de negocios prudentes, elegidos de una gran ciudad, habi-
tualmente se equivocarán por el lado de la cautela, si es que llegan a
equivocarse. La atención diaria de un consejo menor pero competen-
te, en el que se delega la mayor parte de los poderes de los directores,
y que, al igual que un gabinete, dirige las deliberaciones del consejo en
sus reuniones, es la única protección adecuada en un gran banco para
evitar acuerdos imprudentes que pueda adoptar un director general
despótico y activo. Ante tal comité, probablemente nunca se intentaría
cometer un fraude, e incluso ahora es un peligro raro y menor.
Se sabe de forma vaga que existen algunos de dichos comités en la
mayoría de nuestros grandes bancos comerciales, si no en todos. Pero
su estructura real no es conocida. Puede que ningún cliente ni accio-
nista sepa los nombres del comité de gestión de algunos de estos gran-
des bancos. Y esto es un grave error. Un gran depositante debería ser
capaz de averiguar quiénes son realmente las personas que disponen
de su dinero; y aún más un gran accionista no debería descansar hasta
saber quién realiza acuerdos en su nombre, y quién le puede arruinar si
lo desea. El comité debería estar compuesto por tranquilos hombres de
negocios, de los que, tras ser investigados, se puede afirmar que tienen
una gran reputación y una mente juiciosa.Y si el público y el accionis-
ta conocieran la existencia de dicho comité, tendrían suficientes razo-
nes para otorgarle la confianza que ahora se da sin ellas.
Habría que decir que un cierto número de directores que asisten
diariamente por rotación no es sustitutivo de un comité permanen-
te. No tienen suficiente responsabilidad. Un grupo cambiante no pue-
de tener ninguna responsabilidad. Las transacciones que se acordasen
por un conjunto de directores presentes el lunes podrían ser rechaza-
das por los directores que acuden el miércoles. Resulta esencial para
las decisiones de la mayoría de los negocios, y no lo es menos para el
negocio bancario, que sean tomadas siempre por las mismas personas;
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Los bancos comerciales 167

las distintas etapas inherentes a las transacciones tienen que ser anali-
zados por los mismos individuos. Una gran empresa puede ser gestio-
nada aceptablemente por un discreto grupo de hombres, siempre que
sean los mismos; pero de ninguna forma podría gestionarse por un gru-
po fluctuante, aun cuando fuese de los hombres más inteligentes. Sería
igualmente frustrante intentar guiar los asuntos de la nación a través de
un gabinete que cambia de manera similar.
Nuestros grandes bancos comerciales son imprudentes por ocultar
de una forma tan cuidadosa los detalles de su gobierno, y por no ofre-
cer esos detalles para evitar el riesgo de la discusión. La respuesta, sin
duda, será, «Estamos bien solos; como se ha admitido, apenas hubo antes
un éxito tan grande como el de nuestros bancos: ¿qué más se desea o
se puede querer?». Sólo puedo decir que además de confirmar este
gran éxito, quiero que sea seguro en el futuro. En la actualidad existe al
menos la posibilidad de una gran reacción. Suponiendo que, debido a
defectos en su gobierno, uno de los bancos comerciales más grandes de
Londres fracasara, se sospecharía inmediatamente de todo el sistema. Al
ver que una terra incognita fracasa, se sospecha del resto de la terra incog-
nita. Si el gobierno real de estos bancos hubiera sido conocido durante
varios años, y si se supiera que los bancos que perduran no están regidos
por el mal modo de gobierno que había arruinado al banco que fraca-
só, entonces éste no tendría efectos perjudiciales. La causa que arruinó
a ese banco no podría afectar a los otros bancos. Pero en la actualidad
la ruina de uno de estos grandes bancos dañaría enormemente el cré-
dito de los demás. Apenas nadie conoce el gobierno exacto del resto;
en ningún caso ha habido una descripción autorizada de ese gobierno;
y la caída de uno debido a una mala gestión podría llevar a pensar que
los demás también están mal gobernados. E incluso una declaración
tardía señalando la existencia de una estructura admirable no ayudaría
demasiado a los bancos supervivientes: ya que al ser expuesta por nece-
sidad, sería recibida con recelo. Un mundo escéptico diría, «por supues-
to, ahora dicen que todos son perfectos; no pueden decir otra cosa».
Y no sólo los depositantes y los accionistas de estos grandes ban-
cos tienen un gran interés en su buen gobierno, sino también el públi-
co. Hemos visto que nuestra reserva bancaria es, en comparación con
nuestros pasivos, singularmente pequeña; hemos expuesto que el sur-
gimiento de estos grandes bancos ha reducido la proporción entre esa
reserva y estos pasivos; hemos señalado que la máxima presión sobre
la reserva la ejerce un pánico. Ahora bien, no hay causa más capaz de
producir un pánico, quizás ninguna tan capaz, como el fracaso de un
banco comercial de primera categoría en Londres. Dicho suceso ten-
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168 Walter Bagehot

dría un efecto parecido, en cierto modo, al fracaso de Overend, Gur-


ney and Co.; casi ningún otro suceso podría tener un efecto igual. Y,
por lo tanto, bajo la estructura existente de nuestro sistema bancario, el
gobierno de estos grandes bancos tiene una importancia esencial para
todos nosotros.

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10 LOS BANCOS PRIVADOS

Quizás quienes hayan leído la última parte del capítulo anterior


consideren que estoy en contra de la banca comercial. En cualquier
caso, he señalado lo que considero que son graves defectos existentes
en ella. Pero me temo que el lector de este capítulo pueda suponer, de
la misma manera, que soy un enemigo de la banca privada.Y sólo pue-
do esperar que las dos impresiones se contrarresten entre sí, y muestren
que no pretendo ser injusto.
No puedo imaginar nada mejor en teoría o más exitoso en la prác-
tica que los bancos privados tal y como eran en sus comienzos. A un
hombre de reconocida riqueza, integridad y habilidad se le confia-
ba totalmente el dinero de sus vecinos. La confianza es estrictamen-
te personal. Sus vecinos le conocen y confían en él porque le cono-
cen.Ven diariamente su manera de vivir y por ello deciden que merece
su confianza. Antaño en los distritos rurales, era difícil que un hom-
bre se arruinara en un lugar distinto a donde vivía, ya que gastaba la
mayor parte de su dinero allí, y especulaba allí, si es que lo hacía. Aque-
llos que vivían en ese lugar también comprobarían pronto si actuaba
de una manera que afectara a su confianza. Incluso en las grandes ciu-
dades, como las de entonces, era posible para la mayoría de las perso-
nas averiguar con una certeza aceptable la situación real de las personas
que se hacían notar, y enterarse de todo lo que era importante a la hora
de establecer su crédito. Por consiguiente, los banqueros que durante
muchos años superaron con éxito esta investigación estricta y continua,
llegaron a ser muy ricos y poderosos.
Había un especial encanto en el término «Banquero de Londres».
Se suponía que representaba, y a menudo lo hacía, una cierta unión
entre sagacidad pecuniaria y refinamiento educativo que difícilmente
se encontrase en alguna otra parte de la sociedad. En una época en que
las clases comerciantes eran mucho más rudimentarias de lo que lo son
hoy, muchos banqueros privados poseían una variedad y una exquisitez
de conocimiento, que incluso ahora no se suele encontrar. Dicha posi-
ción es, de hecho, singularmente favorable. La profesión es hereditaria;
el crédito del banco pasa de padre a hijo; esta riqueza heredada pron-
to genera una cultura heredada. El oficio de banquero exige estar aler-
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ta, pero no es laborioso. Un banquero, incluso en los grandes negocios,


puede sentirse muy seguro de que todas sus transacciones son sólidas,
y no obstante tener la mente muy desocupada. Una cierta parte de su
tiempo, y una parte importante de sus pensamientos, puede dedicar-
las sin problemas a otras actividades.Y un banquero londinense puede
también pertenecer a la sociedad más intelectual del mundo si así lo eli-
ge. Probablemente pocas veces ha existido una posición tan feliz como
la del banquero privado londinense; y, quizás, nunca una más feliz.
Resulta doloroso tener que dudar de la continuidad de dicha clase
y no obstante, me temo, tenemos que hacerlo. Lo demuestra la eviden-
cia de las cifras. En 1810 había 40 bancos privados en Lombard Street
admitidos en la Cámara de Compensación, ahora sólo hay 13. Aun-
que el negocio de la banca ha aumentado mucho desde 1810, esta cla-
se de bancos ha reducido su número.Y esto no es lo peor. La raza no se
renueva. No existen muchas imposibilidades reconocidas en los nego-
cios, pero todo el mundo admite «que no se puede fundar un nuevo
banco privado». No se ha fundado ninguno en Londres o, que yo sepa,
en el país, durante muchos años. Los antiguos se fusionan o desapare-
cen, y de esta forma el número se reduce; pero no se funda ninguno
nuevo que vuelva a incrementar ese número.
Lo cierto es que las circunstancias que favorecieron originalmente
el establecimiento de los bancos privados casi han desaparecido ahora.
El mundo se ha vuelto tan grande y complicado que no es fácil averi-
guar quién es rico y quién es pobre. Sin duda, existen algunos hombres
inmensamente ricos en Inglaterra de cuyos medios todo el mundo ha
oído hablar, y no se duda de ellos. Pero éstos no son los hombres que
van a contraer las inmensas obligaciones de la banca privada. Si hubie-
sen sido educados en ello podrían hacerlo; pero ellos nunca lo comen-
zarán por sí mismos.Y si lo hicieran, supongo que las personas empe-
zarían a dudar incluso de su riqueza. Se diría, «¿Por qué se mete A B en
la banca? No puede ser tan rico como pensamos». Habitualmente un
millonario huye de las obligaciones, y la esencia de la gran banca son
los grandes pasivos. Sin duda, existen muchos hombres ricos de «segun-
da categoría», como contamos ahora a los ricos, que estarían dispuestos
a añadir a su renta el beneficio de un banco privado si pudieran gestio-
narlo sólo ellos. Pero por desgracia no pueden hacerlo. Su riqueza no es
suficientemente conocida para el mundo; no pueden conseguir la con-
fianza necesaria. No se funda ningún banco privado nuevo en Inglate-
rra porque los hombres ricos de primera categoría no lo hacen, y los
que no pertenecen a esa categoría no pueden hacerlo.
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Lombard street. Una descripcio n del mercado de dinero.indb 170 26/06/12 17:02
Los bancos privados 171

En la actualidad, la banca privada además está expuesta a una com-


petencia, a la que no tenía que enfrentarse en su origen. Debido a los
cambios a los que me he referido antes, la banca comercial ha comenza-
do a competir con ella. En los viejos tiempos esto era imposible; el Ban-
co de Inglaterra tenía el monopolio del principio de asociación en la
banca. Pero ahora, grandes bancos comerciales de depósito se encuen-
tran entre los bancos más notables de Lombard Street. Tienen un gran
capital integrado y publican estados financieros comprensibles que uti-
lizan constantemente como publicidad, de una manera en la que nin-
gún individuo puede utilizar su propia riqueza. Mediante su progreso
creciente impiden la fundación de ningún banco privado nuevo.
El volumen del negocio actual de los bancos privados es perfectamen-
te desconocido. Sus balances son verdaderos secretos —es­trictamente
guardados—. Pero no se cree que ninguno de ellos, excepto unos pocos
de los más grandes, amplíe sus negocios. La reputación habitual de
Lombard Street podría estar equivocada en un caso particular, pero de
acuerdo con la doctrina general es casi seguro que sea correcta. Exis-
ten unas pocas excepciones bien conocidas, pero conforme a la creen-
cia universal, los depósitos de la mayoría de los banqueros privados en
Londres tienden más bien a disminuir que a aumentar.
Respecto a los bancos más pequeños, esto naturalmente sería así.
Un gran banco casi siempre tiende a ser más grande, y uno pequeño
tiende a ser más reducido. Las personas eligen naturalmente como ban-
quero a aquél que tiene en la actualidad el mayor crédito, y el que tiene
la mayor cantidad de dinero en sus manos es el que posee dicho cré-
dito. Esto es lo que significa cuando se dice que un banco establecido
hace tiempo y rico tiene una «oportunidad privilegiada»; está en mejor
posición que los demás para realizar su negocio; tiene una gran venta-
ja sobre los viejos competidores y una superioridad abrumadora sobre
los nuevos. Las nuevas personas que acuden a Lombard Street juzgan
por los resultados; dan a los que tienen: entregan su dinero al banco más
grande porque es el más grande. Confieso que, mirando hacia el futuro,
dudo que los bancos privados más pequeños puedan conservar su feu-
do. Sus antiguas relaciones no les abandonarán; no habrá una ruina fatal,
ninguna mortalidad repentina. Pero la marea menguará suavemente, y
el transcurso de los negocios derivará hacia otros lugares.
Las apariencias indican y el principio sugiere que, tarde o tempra-
no, el negocio de Lombard Street se repartirá entre los bancos comer-
ciales y unos pocos grandes bancos privados. Y entonces nos tendre-
mos que preguntar, ¿pueden esos grandes bancos ser permanentes?
Estoy seguro de que sentiré decir que ciertamente no, pero al mismo
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Lombard street. Una descripcio n del mercado de dinero.indb 171 26/06/12 17:02
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tiempo no puedo cerrar los ojos a las importantes dificultades que tie-
nen que superar.
En primer lugar, un negocio hereditario de gran magnitud es peli-
groso. La gestión de dicho negocio necesita algo más que una laborio-
sidad y habilidad normales. Pero no existe la completa seguridad de
que éstos se continuarán de forma regular en cada generación. El caso
de Overend, Gurney and Co., un modelo de todo lo que se hace mal
en los negocios, es un ejemplo muy alarmante de este peligro. Proba-
blemente no podría encontrarse hombres de negocios más inteligen-
tes (por inteligente me refiero respecto a los propósitos de su profesión
concreta) que los fundadores y los primeros gestores de esa casa. Pero
en muy pocos años su gobierno quedó en manos de una generación
cuya insensatez sobrepasó el límite habitual de incapacidad imagina-
ble. En un periodo corto de tiempo, sustituyeron ruina por prosperi-
dad y transformaron opulencia en insolvencia. Afortunadamente tanta
insensatez es rara; y el negocio de un banco no es tan difícil como el
de una empresa que se dedica a realizar descuentos. Aun así es corrien-
te que haya mucha insensatez, y el negocio de un gran banco requiere
una gran capacidad, e incluso un nivel más fuera de lo común de crite-
rio sobrio y formado. Lo que sucedió tan magníficamente en el árbol
verde también puede suceder en el seco. Un gran banco privado podría
fácilmente verse muy carcomido por un cambio que suponga que los
que lo dirigen pasan de la discreción a la insensatez.
Afortunadamente no hemos tenido todavía en Londres ningún
ejemplo de esto; de hecho, apenas hemos tenido la oportunidad de que
ocurra. Hasta ahora, los bancos privados han sido pequeños; pequeños
según como medimos hoy a los bancos. Para sus exigencias es suficien-
te un grado moderado de habilidad y una cautela expectante. Pero si
aumenta el tamaño de los bancos y se requiere una mayor habilidad,
se empezará a sentir la dificultad constante de un gobierno heredita-
rio. «El padre tenía un gran cerebro y creó el negocio; pero el hijo tuvo
poco cerebro y perdió o redujo el negocio». Esta es la historia de todas
las grandes monarquías, y puede ser la de los grandes bancos privados.
La peculiaridad en el caso de Overend, Gurney and Co. —al menos
una de ellas— es que se descubrió pronto el daño. Los socios más ricos
se habían ocupado poco del negocio; y cuando se dieron cuenta de que
las increíbles pérdidas estaban arruinándoles disolvieron la sociedad y la
convirtieron en una compañía. Pero no habían hecho nada; si al menos
hubieran impedido mayores pérdidas, la empresa podría existir hoy y
gozar del mayor crédito. Fue la publicidad de sus pérdidas lo que les
arruinó. Pero si hubieran continuado siendo una sociedad privada, no
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Los bancos privados 173

hubieran necesitado revelar esas pérdidas; podrían haberlas cancelado


tranquilamente mediante los inmensos beneficios que hubieran acu-
mulado. Tenían unos diez millones del dinero de otras personas en sus
manos por los que nadie se preocupó. La perturbación nacional que al
final causó su fracaso, muestra lo entera y difundida que era su reputa-
ción entre el público. Nadie en los distritos rurales (como sé por expe-
riencia) hubiera creído nunca una palabra, fuera cual fuese, que se dije-
ra en contra de ellos. Se produjo la catástrofe porque con el cambio, los
socios en la antigua empresa privada —especialmente la familia Gur-
ney— habían avalado a la nueva compañía contra las anteriores pér-
didas: esas pérdidas fueron mayores de las que esperaban. Para pagar lo
que era necesario, los «Gurney» tuvieron que vender sus propiedades,
y su visible ruina destruyó el crédito de la empresa. Pero si no hubiera
existido esa garantía ni hubieran vendido sus propiedades —si las gran-
des pérdidas hubieran quedado dormidas en un libro mayor oculto—,
nadie se hubiera alarmado, y el crédito y el negocio de «Overends» se
podrían haber mantenido hasta ahora, y su nombre continuaría sien-
do todavía uno de nuestros primeros nombres. La dificultad de trasmi-
tir una buena gestión por herencia durante generaciones es mayor en
los bancos privados y en las empresas de descuento debido a su confi-
dencialidad esencial.
El peligro puede ser superado, de hecho, por la continua incorpora-
ción de socios nuevos y competentes. El deterioro de la sangre antigua
puede compensarse por la excelente calidad de la nueva. Pero sobre esto
hay que hacer de nuevo una objeción, que quizás parece que tiene poco
valor, pero que tiene mucha influencia real en la práctica. La incorpora-
ción de nuevos socios requiere por parte de los antiguos un importante
sacrificio de renta; éstos tienen que renunciar a lo que los nuevos reci-
ben, y eso no les gusta. El remedio eficaz es tan doloroso que me temo
que a menudo puede ser pospuesto durante demasiado tiempo.
Por lo tanto, no puedo esperar con certeza que nuestro sistema de
banca privada continúe. Estoy seguro de que los días de los peque-
ños bancos llegarán a su fin en pocos años, y de que las dificultades que
tienen los grandes bancos privados mientras tanto son muy importan-
tes. Mientras tanto, es muy importante que los grandes bancos priva-
dos estén bien gestionados.Y en la situación actual de la banca esto es
especialmente difícil. Los pormenores del negocio están aumentando
con una rapidez abrumadora. Cada año se extienden más cheques; no
sólo de forma absoluta, sino también más por persona, y más en pro-
porción a su renta. Las entradas y salidas en una cuenta corriente son
mucho más numerosas que antes.Y esto provoca un enorme aumento
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de los pormenores.Y además, los banqueros han empezado últimamen-


te un nuevo negocio. Ahora no sólo mantienen el dinero de las perso-
nas, sino que también recaudan sus ingresos por ellos. Muchas personas
viven completamente de la renta de sus acciones, de sus obligaciones, o
de sus bonos extranjeros, que se pagan en cupones y éstos son entrega-
dos al banco para que los cobre. Muy a menudo la obligación, el certi-
ficado o el bono son custodiados por el banquero, y se espera que com-
pruebe cuándo hay que cobrar el cupón, que lo corte y lo presente para
que se pague.Y los detalles de todo esto son increíbles, y necesitan un
mecanismo especial para hacer frente a este proceso.
Un gran banco comercial, si funciona bien, dispone de ese meca-
nismo.Tiene a la cabeza del ejecutivo a un director general familiariza-
do con los detalles de la banca, consagrado a ella, y satisfecho de vivir
casi completamente para ella. Piensa en poco más y así debería ser. Una
de sus primeras obligaciones es formar una jerarquía de jefes inferiores,
cuyas obligaciones respectivas estén definidas y comprobar que pueden
cumplir esas obligaciones, y que lo hacen. Pero un banco privado del
tipo habitual que existe en Londres no tiene dichos jefes. Está gestio-
nado por los socios; ahora bien, éstos son ricos; rara vez son capaces de
enfrentarse a un negocio pormenorizado, y no están dispuestos a pasar
toda su vida y a dedicar todos sus conocimientos a él aunque fueran
capaces. Una persona con la riqueza acumulada, la educación y la posi-
ción social de un gran banquero londinense estaría loca si lo hiciera.
Sacrificaría una vida ideal y placentera por otra que no lo es. Pero no
obstante hay que desarrollar bien el detalle; y hay que elegir especial-
mente a alguien para que lo vigile y presida o no se hará bien. Hasta
ahora, o hasta hace muy poco, no se había tenido en cuenta completa-
mente esta dificultad. El detalle del negocio de un banco pequeño era
lo suficientemente moderado como para ser supervisado por los socios.
Pero, como se ha dicho, el detalle de la banca —la proporción del deta-
lle en relación con el tamaño del banco— está creciendo en todos los
lugares. El tamaño de los bancos privados tendrá que aumentar si se
quiere que no desaparezcan; y, por lo tanto, es urgente la necesidad de
una buena organización que se ocupe del detalle. Si el banco crece y
simultáneamente lo hace el detalle en proporción al banco, se puede
producir una terrible confusión a no ser que se tenga cuidado.
La única organización que me imagino que es eficaz es la que existe
en los establecimientos antagónicos. Creo que los grandes bancos pri-
vados tendrán que nombrar de una forma u otra, y bajo un nombre u
otro, alguna especie de gerente general que vigile, conciba y organice
los detalles por ellos. No es importante la forma precisa que adopte la
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Los bancos privados 175

organización; cada banco puede tener la suya propia, pero dicha perso-
na tiene que estar allí. El verdadero negocio de los socios privados en
dicho banco es muy parecido al de los directores en un banco comer-
cial. Deberían formar un comité permanente para consultar con su ges-
tor general, vigilarle y ocuparse de los grandes préstamos y de los pun-
tos del principio a seguir. No deberían ser ellos mismos responsables
del detalle; si lo fueran se producirían inmediatamente dos perjuicios: el
detalle se haría mal y las mentes de los que deberían tomar decisiones
sobre cosas importantes estarían distraídas respecto a esas cosas. Habría
una preocupación continua en el banco, y en esta situación se pueden
otorgar préstamos malos y perder dinero.
Una ventaja complementaria de esta organización es que haría más
sencilla la transición de la banca privada hacia la banca comercial, si fue-
ra necesario hacerla. Una podría fusionarse con la otra cuando sea con-
veniente y los sucesos lo requieran. No hay nada indiscreto en deba-
tir este tema. La organización de los bancos privados es como la de los
comerciales; todo el público está interesado en que sea buena. La fal-
ta de una buena organización puede provocar el fracaso de uno o más
de estos bancos; y dicho fracaso puede intensificar un pánico, incluso si
no lo fuese a provocar.

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11 LOS INTERMEDIARIOS DE LETRAS

En todo sistema bancario, ya sea aquel en el que la reserva es man-


tenida por muchos bancos, o aquél en el que sólo es mantenida por
uno, habrá siempre una clase de personas que podrá dedicar más tiem-
po que los atareados banqueros a un cuidadoso análisis de los distintos
valores; y quienes, al especializarse en una clase de título, llegan a cono-
cerla muy bien.Y como estos intermediarios altamente calificados tie-
nen en su mayoría la oportunidad de prestar mucho más que su propio
capital, siempre estarán dispuestos a pedir prestado en gran medida a los
banqueros y a otros, depositando los títulos que saben que son adecua-
dos como garantía del préstamo. De esta forma, actúan como interme-
diarios entre el público que toma prestado y el capitalista menos espe-
cializado; al conocer mejor que el capitalista común qué préstamos son
mejores y cuáles son peores, le piden prestado y obtienen un beneficio,
al cargar al público más de lo que le pagan al capitalista.
Muchos corredores de bolsa realizan dicha operativa a gran escala.
Prestan grandes sumas contra garantías en bonos extranjeros, acciones
del ferrocarril u otros títulos parecidos, y toman prestadas esas cuantías
de banqueros, depositando los títulos en los bancos y generalmente, aun-
que no siempre, dando su propia garantía. Pero dentro de estos interme-
diarios, la gran mayoría se dedica al descuento de letras. Las letras comer-
ciales son un tipo de título extremadamente complicado de entender. El
crédito relativo de los diferentes comerciantes es una gran «tradición»;
es una gran masa muy valiosa de conocimiento que nunca se ha des-
crito en los libros y que probablemente no puede ser descrito. También
el contenido del mismo cambia diariamente; una representación preci-
sa de la fiabilidad de los establecimientos mercantiles a comienzos de un
año podría ser una representación de lo más funesta a finales del mismo.
Todos los años se producen grandes cambios; algunos establecimientos
crecen mucho y otros caen.Y en algunos años concretos, los cambios son
enormes; en años como 1871 muchos hombres activos consiguen tanto
dinero que a finales de año son merecedores de un crédito mucho mayor
del que cualquiera hubiera imaginado que podrían haber conseguido al
principio. Por otro lado, en años como 1866 una ruina que se propaga
destruye la fiabilidad de muchas firmas y personas y a menudo, especial-
mente, la de muchos que estaban en la mejor situación en el momento
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Lombard street. Una descripcio n del mercado de dinero.indb 177 26/06/12 17:02
178 Walter Bagehot

inmediatamente anterior. Dichos años alteran completamente una parte


importante del mundo mercantil: la cuestión final de los intermediarios
de letras, «¿Qué letras se pagarán y cuáles no? ¿Qué letras son de segunda
categoría y cuáles de primera?», se contestaría de forma muy diferente a
comienzos de año y a finales del mismo. Nadie puede ser un buen inter-
mediario de letras si no ha aprendido la gran tradición mercantil respecto
a lo que se denomina «la reputación de las partes» y no vigila personal e
incesantemente los cambios inevitables que en cada momento debilitan
la validez de esa tradición. El «crédito» de una persona —es decir, la con-
fianza que se puede tener en su fidelidad pecuniaria— es una cosa dis-
tinta a la de su propiedad. Sin duda, en igualdad de circunstancias, es más
probable que pague un hombre rico que uno pobre. Pero por otro lado,
hay muchos hombres sin mucha riqueza quienes normalmente reciben
crédito del mercado por sumas que superan largamente el patrimonio de
aquéllos que son mucho más ricos. Una firma o una persona a la que se
conoce durante mucho tiempo por «hacer frente a sus obligaciones», ins-
pira un grado de confianza que no depende de la cuantía de su propie-
dad. Las personas que compran para revender pronto, a menudo se hacen
deudores por cantidades mucho mayores que su propio capital; y la capa-
cidad de obtener esas sumas depende de su «responsabilidad», su «rango»
y su «crédito», como se denominan los términos técnicos, y más simple-
mente de la opinión, que han formado de ellas aquéllos con quienes tra-
tan. El principal modo en que el dinero es generado por los comercian-
tes es a través de las «letras de cambio»; la certeza estimada de que se van
a pagar esas letras el día de su cobro es la medida de su crédito; y aquéllos
que calculan mejor esa obligación, de hecho, las únicas personas que pue-
den estimarla muy bien, son los intermediarios de letras.Y éstos, aprove-
chándose de su conocimiento peculiar, toman prestadas inmensas sumas
de banqueros y de otros; habitualmente depositan las letras como segu-
ridad; y generalmente proporcionan su propia garantía sobre la bondad
de la letra: pero, de hecho, ninguna de tales prácticas es esencial, aunque
ambas son la norma habitual. Cuando fracasó Overends, como ya he
dicho antes, habían pedido prestada de esta forma una gran cantidad. Hay
otros ahora en el comercio que también lo han hecho.
Como es habitual, esta clase de negocio ha crecido sólo gra-
dualmente. En el año 1810 no existía un negocio de este tipo que
respondiera precisamente a lo que ahora denominamos interme-
diación de letras en Londres. Mr. Richardson, el principal «interme-
diario de letras» del momento, tal y como se entendía entonces el
término, describió su negocio al Bullion Committee de la siguien-
te forma:
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Los intermediarios de letras 179

«¿Cuál es la naturaleza de su intermediación con los bancos regio-


nales? —Es doble: en primer lugar, procurarles dinero a cambio de letras
cuando tienen ocasión de tomar prestado al descuento, lo que no suele
ocurrir; y, en segundo lugar, colocarles su dinero en la operativa de des-
cuento de letras—. Las cuantías de dinero que presto para los banque-
ros regionales al descuento son cincuenta veces mayores que las cuan-
tías tomadas en préstamo para esos banqueros.
¿Envía letras londinenses a las regiones para ser descontadas? —Sí.
¿Recibe a cambio letras de las regiones sobre Londres, en una fecha,
para ser descontados? —Sí, en una cantidad muy considerable, desde
partes concretas del país.
¿No son descontados ambos grupos de letras siguiendo este medio?
—No, las letras recibidas de una parte del país son enviadas a otra par-
te para ser descontadas.
¿Y no son descontadas en Londres? —No. En algunas partes del
país hay una escasa circulación de letras giradas sobre Londres, como
en Norfolk, Suffolk, Essex, Sussex, etc.; pero allí existe una importan-
te circulación de billetes de bancos regionales, principalmente billetes
opcionales. En Lancashire existe escasa o nula circulación de billetes de
banco regionales; pero hay una gran circulación de letras giradas sobre
Londres a dos o tres meses. Recibo una importante cantidad de letras
de Lancashire en particular, y las remito a Norfolk, Sussex, etc., donde
los banqueros tienen grandes almacenes y mucho dinero excedentario
para anticipar sobre letras al descuento».

Mr. Richardson era sólo un intermediario que conseguía juntar


letras con dinero y dinero con letras. Se le preguntó además:

«¿Garantiza las letras que descuenta? ¿Cuál es el coste que establece


en tanto por ciento? —No, no las garantizamos; nuestro coste es de un
octavo por ciento de comisión sobre la letra descontada— pero no car-
gamos un coste al prestamista del dinero.
¿Considera esa comisión como una compensación por la habili-
dad que ejerce a la hora de elegir las letras que de esta forma consi-
gue descontar? —Sí, por seleccionar las letras, escribir las cartas y otras
cuestiones.
¿Le proporciona el grupo que suministra el dinero alguna clase de
compensación? —Ninguna.
¿No le considera como su agente, y en cierto grado responsable de
la seguridad de las letras que le proporciona? —No.
¿No le prefiere a usted, pues considera que usted le proporcionará
una buena información sobre ese asunto? —Sí, confía en nosotros.
Entonces, ¿es usted prudente respecto a la posible seguridad de las
letras? —Sí, si nos llega una letra que consideramos que no es segura,
la devolvemos.
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180 Walter Bagehot

Entonces, ¿no consideran ustedes que dependen en gran medi-


da para el volumen de negocio que pueden efectuar del favor del gru-
po que les presta el dinero? —Sí, mucho. Si gestionamos bien nuestro
negocio, mantenemos nuestros amigos; si no, los perdemos».

Era bastante natural que los propietarios del dinero no pagasen,


aunque lo hiciera el dueño de la letra, ya que en casi todas las épocas el
prestatario ha sido un buscador más o menos ansioso; siempre ha esta-
do dispuesto a pagar a aquellos que le encontraban el dinero que bus-
caba. Pero el poseedor del dinero raramente estaba dispuesto a pagar
algo; ha creído habitual y correctamente que el prestatario le descu-
briría pronto.
A pesar de otros cambios, la distribución de los clientes de los inter-
mediarios de letras en diferentes partes del país es todavía muy similar a
como la describió Mr. Richardson hace sesenta años. En su mayor par-
te, los condados agrícolas no emplean tanto dinero como el que aho-
rran; los condados manufactureros, por otro lado, emplean mucho más
del que ahorran; y, por lo tanto, el dinero de Norfolk o el de Somer-
setshire se deposita en los intermediarios de letras londinenses, que lo
usan para descontar las letras de Lancashire y Yorkshire.
La antigua práctica de la intermediación de letras, que describe Mr.
Richardson, existe todavía. Se ven muchos intermediarios alrededor
de Lombard Street con letras que desean descontar pero de los que no
tienen garantía. En ocasiones han descontado estas letras con su pro-
pio capital, y si los pueden redescontar a un tipo ligeramente más bajo
obtienen una ganancia que al principio parece insignificante, pero con
la que están bastante contentos, porque este sistema de prestar prime-
ro y tomar prestado de nuevo les posibilita inmediatamente girar su
capital muy frecuentemente, y con unos pocos miles de libras de capi-
tal descontar cientos de miles de letras; como las transacciones son tan-
tas, pueden estar contentos con un menor beneficio en cada una. En
otros casos, estos intermediarios que no dan garantías son sólo agentes
que buscan dinero para letras que tratan de descontar, pero en cualquier
caso, en lo que se refiere al banquero o a otro capitalista final, la tran-
sacción es esencialmente la que describe Mr. Richardson. El préstamo
por parte de dicho banquero es un redescuento de la letra; ese banque-
ro no puede obtener el reembolso de ese préstamo, excepto mediante
el pago de la letra al vencimiento. No tiene qué reclamar ante el agen-
te que le entregó la letra. La intermediación de letras, en lo que pode-
mos denominar su forma arcaica, es simplemente uno de los modos en
que los banqueros obtienen letras que son aceptables para ellos y que
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Los intermediarios de letras 181

redescuentan. No se hace ninguna referencia al crédito del intermedia-


rio de letras; las letras al ser descontadas «sin recurso» son aceptables para
él tanto si se toman de un indigente como de un millonario. El presta-
mista forma su propio juicio sobre la bondad de la letra.
Pero en la moderna intermediación de letras, la garantía del inter-
mediario de letras es un elemento esencial. El prestamista considera
que el intermediario de letras —no importa que sea un individuo, una
compañía o una firma— tiene una riqueza considerable, y acepta las
«letras», pues confía en que el intermediario no arriesgaría esa rique-
za garantizando las letras si no los considerara aceptables. El prestamis-
ta también piensa que el intermediario de letras, al estar diariamente
al tanto de las letras y sólo de éstas, conoce probablemente todo acer-
ca de ellas: presta en parte confiando en la riqueza del intermediario y
en parte en su experiencia. No realiza por sí mismo un juicio sobre las
letras depositadas en él: a menudo no las vigila de una forma muy estre-
cha. Probablemente ni una milésima parte de los acreedores con garan-
tía de Overend, Gurney and Co. habían esperado tener que depen-
der de dicha garantía, o le habían prestado nunca mucha atención. De
hecho, algunas veces, la confianza en los intermediarios de letras va más
lejos aún. Un número considerable de personas les prestan, no sólo sin
examinar la letra en garantía, sino incluso sin siquiera exigirla. Esto es
exactamente lo contrario a la práctica que Mr. Richardson describió
en 1810; entonces, el prestamista confiaba totalmente en la bondad de
la letra, ahora, en los casos anteriores, confía sólo en el intermediario y
no toma letra alguna. Nada puede ser más natural o más inevitable que
este cambio. Era seguro que los prestamistas le pedirían al intermedia-
rio de letras, quien se supone que conoce bien dichas letras, que demos-
trara su confianza en las letras que ofrecía dando una garantía por ellos.
Era también de lo más natural que los intermediarios de letras, habien-
do obtenido mediante la práctica constante de este comercio lucrativo
un elevado rango y adquirido una gran riqueza, llegarían a ser también,
más o menos, banqueros, y recibirían dinero en depósito sin proporcio-
nar ninguna seguridad por él.
Pero los efectos del cambio han sido muy destacables. En la práctica,
tal cual la describe Mr. Richardson, no hay ninguna particularidad que
pueda afectar al mercado de dinero. El intermediario de letras entregó
letras al banquero, lo mismo que otros; nada se puede decir respecto a
ello excepto que el Banco no tiene que descontar letras inadecuadas, ni
demasiadas letras, y tiene que mantener una buena reserva. Pero la prác-
tica moderna introduce consideraciones más complejas. En el comer-
cio de la intermediación de letras, como existe ahora, se presenta una
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182 Walter Bagehot

gran dificultad: el intermediario de letras tiene que pagar un interés por


todo el dinero que recibe. Acabamos de ver cómo surge esto. Quien
actualmente presta al intermediario antes simplemente descontaba una
letra, que es lo mismo que decir que prestaba a intereses. Cuando asume
la garantía del intermediario, y sólo considera las letras como garantía
subsidiaria, naturalmente no renuncia a su interés: aún menos renuncia
a él cuando deja de exigir completamente la garantía. De una forma u
otra, el intermediario de letras tiene que pagar un interés por cada seis
peniques que le dejan, y ese hábito constante de pagar un interés tiene
esta grave consecuencia: el intermediario de efectos no puede permi-
tirse guardar mucho dinero sin emplear. Ha llegado a ser un banque-
ro y debe grandes cuantías que le pueden pedir que reembolse, pero
no puede mantener tanto, o casi tanto, de tales sumas en efectivo como
un banquero corriente, porque la pérdida de intereses le arruinaría.
La competencia reduce el tipo que el intermediario de efectos puede
cobrar, y aumenta el que tiene que pagar, de tal manera que debe vivir
de un margen muy estrecho. Y si mantiene constantemente una gran
acumulación de dinero improductivo, pronto aparecerá en la Gaceta.
La dificultad se ve agravada por los términos en los que una gran
parte del dinero se deposita en los intermediarios de letras. La mayoría
es reembolsable cuando se demande, o a muy corto plazo. Las deman-
das sobre un intermediario en periodos de alarma pueden ser, por con-
siguiente, muy grandes y en la práctica lo son a menudo. En momentos
de pánico existe siempre una fuerte retirada de fondos de estos inter-
mediarios; y debido a la naturaleza esencial de su negocio, no pueden
mantener constantemente una gran cantidad de reserva sin emplear
en efectivo, y tienen que solicitar ayuda a alguien que disponga de ese
efectivo. Debido a los términos de su negocio, el intermediario de letras
se ve obligado a pertenecer a una clase de «intermediarios monetarios
dependientes», como podemos denominarlos, es decir, de intermedia-
rios que no mantienen su propia reserva y deben, por lo tanto, en toda
crisis que revista una gran dificultad, recurrir a otros.
En un estado natural de la banca, en la que todos los principales
bancos mantienen su propia reserva, esta demanda de los intermedia-
rios de letras y otros intermediarios dependientes sería una de las prin-
cipales apelaciones que se hace a esa reserva. En cada periodo de pánico
incipiente, los poseedores de la reserva se darían cuenta de la impor-
tancia para ellos de ayudar a estos intermediarios dependientes. Dada
su naturaleza, el pánico se alimentaría de la destrucción de los interme-
diarios y podría probablemente destruir también a los banqueros, los
que mantienen la reserva. El terror público en esos momentos es indis-
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Los intermediarios de letras 183

criminado. Cuando cae un establecimiento mercantil de buen crédito,


otros con igual crédito aunque de diferente naturaleza, corren el mismo
peligro. Los muchos poseedores de la reserva bancaria estarían obliga-
dos bajo el sistema natural de la banca a anticipar a costa de esa reser-
va para sostener a los intermediarios de letras y a otros similares. Sería
esencial para su propia conservación no dejar que caigan tales interme-
diarios, y, por lo tanto, se reconocería que su protección es uno de los
propósitos necesarios por los que se retiene esa reserva.
Probablemente las demandas sobre los intermediarios de letras en
dicho sistema de banca no serían demasiado grandes. Sin duda, se reti-
rarían cuantías considerables de ellos, pero no habría una razón espe-
cial por la que se les demandaría más dinero que a otros intermediarios.
Compartirían el pánico con los banqueros que mantienen la reserva,
pero no lo sentirían más que los banqueros. En cada crisis, la direc-
ción de la tormenta se determinaría por la causa que la ha provocado,
pero no habría nada en la naturaleza de la intermediación de letras para
atraer peculiarmente hacia ellos el avance de la alarma. No es proba-
ble que sufrieran más que otras personas; la única diferencia sería que
cuando en efecto sufrieran, al no tener una reserva adecuada propia, se
verán obligados a pedir ayuda a otros.
Pero ante un sistema bancario de una reserva, la situación de los
intermediarios de letras es mucho más excepcional y mucho más pre-
caria. De hecho, en Lombard Street, los principales depositantes de
los intermediarios de letras son los banqueros, ya sea de Londres, de
las provincias inglesas, de Escocia o de Irlanda. Dichos depósitos son
de hecho una parte de la reserva de estos banqueros; forman una par-
te esencial de las sumas que han aportado y apartado para enfrentar-
se a un pánico. Por consiguiente, es seguro que en cada pánico exi-
girán estas sumas a los intermediarios de letras; sus dueños los tienen
para usar en momentos de pánico, y en tales momentos los solicitarán.
Alderman Salomons, en su alocución representando al London and
Westminster Bank después del pánico de 1857, dijo al comité: «Qui-
zás puede ser interesante saber que el 11 de noviembre las letras des-
contadas por intermediarios por valor de 5.623.000 libras. De esas
letras, vencieron 2.800.000 libras entre el 11 de noviembre y el 4 de
diciembre; 2 millones de libras más entre el 11 y el 31 de diciembre;
por consiguiente, mediante el simple vencimiento de nuestras letras
de cambio estábamos preparados para cualquier demanda que se nos
pudiera solicitar». Esto no es una retirada directa de dinero en depósi-
to, pero su efecto principal es idéntico. Al principio de aquel periodo,
el London and Westminster Bank tenía prestados a los intermediarios
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184 Walter Bagehot

de letras 5 millones de libras más que a finales del periodo.Y el banco


había añadido 5 millones de libras a sus reservas para afrontar momen-
tos de dificultad.
Por lo tanto, la intensidad de la demanda sobre los intermediarios
de letras se agrava debido a nuestro peculiar sistema bancario. Justo
en el momento en que, por la naturaleza de sus negocios, tienen que
recurrir a las reservas de los banqueros para conseguir el apoyo necesa-
rio, éstos retiran de ellos grandes cantidades para fortalecer esas reser-
vas. Una gran tensión adicional recae sobre ellos justo en el momento
en que son menos capaces de soportarla; y es ocasionada por aquellos
que bajo un sistema natural de banca no agravarían la presión sobre los
intermediarios de efectos, sino que la reducirían.
Y los beneficios de la intermediación de letras aumentan de for-
ma proporcional. Las reservas de los banqueros depositadas de esta for-
ma en los intermediarios de letras constituyen la parte más rentable de
su negocio; suponen en general una cantidad muy grande, y en todo
momento, excepto en los de pánico, pueden contar con ella. Los ban-
queros están seguros de mantenerlas allí, porque tienen que conservar
una reserva, y lo consideran como uno de los mejores lugares en los
que se puede guardar. Bajo un sistema más natural, los intermediarios
no conservarían ninguna parte de la reserva bancaria. Los banqueros
depositarían en los intermediarios sólo su dinero extra, el que consi-
deran que pueden prestar sin problemas, y que requerirán durante un
pánico. Entonces, a los ojos de un banquero, el dinero en los interme-
diarios sería una colocación de efectivo, no una parte de dicho efectivo.
Nuestro actual sistema aumenta tanto la cantidad como la rentabilidad
de la intermediación de letras, en la misma proporción que aumentan
los peligros de estos intermediarios durante un pánico.
La tensión que sufre nuestra reserva bancaria causada por las
demandas de los intermediarios de letras, es también más peligrosa de
lo que sería ante un sistema natural, porque esa reserva es menor por sí
misma. El sistema de mantener toda la reserva final en un único ban-
co disminuye sin duda la cantidad de reserva que se guarda. Y debido
exactamente a esa consideración aumenta el peligro de alguna deman-
da particular sobre esa reserva, porque disminuye la magnitud del fon-
do sobre el que recae esa demanda. De esta forma, nuestro sistema ban-
cario de reserva única combina dos males: primero, hace que sea mayor
la demanda de los intermediarios sobre la reserva final, porque bajo ella
muchos banqueros retiran demasiado dinero de los intermediarios; y
con ella también se reduce la reserva final a su punto mínimo, y todo
el sistema de crédito se hace más delicado y sensible.
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Los intermediarios de letras 185

De hecho, la peculiaridad de los efectos del sistema de una reserva


es incluso mayor teniendo en cuenta esta consideración. En el sistema
natural, los intermediarios de efectos no serían en absoluto rivales de
los banqueros que mantendrían la reserva final. Serían más bien agen-
tes de estos banqueros al prestar sobre ciertos títulos que no les gustan a
ellos, o sobre los que no se sienten competentes para prestar con segu-
ridad. Los banqueros que en momentos de pánico tuvieran que ayu-
darles, obtendrían mucha ventaja de ellos en momentos normales. Pero
ante nuestro sistema actual todo esto cambia completamente. El Banco
de Inglaterra nunca deposita dinero en los intermediarios de letras; en
momentos normales nunca obtiene ninguna ventaja de ellos. Por otro
lado, como el Banco realiza un gran negocio de descuento, ya que se
considera que es competente para prestar sobre todo tipo de letras, los
intermediarios de letras son sus mayores rivales. Como ellos constan-
temente pagan tasas altas por el dinero, resulta necesario que vendan
por debajo del precio del banco; y en tiempos normales lo hacen. Pero
como sólo el Banco de Inglaterra mantiene la reserva bancaria final,
los intermediarios de efectos que se encuentran necesitados tienen que
recurrir a esa reserva final; de tal manera que en cada pánico, y por la
estructura esencial del mercado de dinero, el Banco de Inglaterra tiene
que ayudar y mantener en existencia los intermediarios que nunca, a su
vez, ayudan al Banco en ningún momento, sino que en circunstancias
normales son sus competidores más próximos y sus mayores rivales.
Podría esperarse que esa situación ocasionara mucho desconten-
to en el Banco de Inglaterra, y de hecho ha habido mucha discusión
acerca de esa cuestión y se han planteado muchas objeciones. Esto se
produjo especialmente después del pánico de 1857. Durante ese páni-
co, el Banco de Inglaterra anticipó a los intermediarios de efectos más
de 9 millones de libras, mientras que sus anticipos a los banqueros, ya
sea en Londres o en las regiones, sólo fueron de 8 millones de libras; y
naturalmente, el Banco no consideraba razonable que sus rivales hicie-
ran una incursión tan grande sobre sus recursos. Por consiguiente, en
1858 estableció una norma según la cual sólo anticiparían a los inter-
mediarios de efectos en ciertas temporadas del año, cuando los depó-
sitos de dinero del Estado eran especialmente altos en el banco, y que
en otros momentos la petición de anticipos sería considerada excep-
cional, y se la trataría como tal.Y el objetivo de esa regulación era esta-
blecer oficialmente que «tengan que mantener su propia reserva, y no
depender del Banco de Inglaterra». Como cabría suponer, esta norma
fue muy impopular entre los intermediarios, y el más grande de ellos,
Overend, Gurney and Co., acordó una política extraña con la esperanza
de que se aboliese. Pensaron que podrían asustar al Banco de Inglaterra,
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Lombard street. Una descripcio n del mercado de dinero.indb 185 26/06/12 17:02
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y demostrar que si ellos dependían de él, también el Banco dependía


de ellos. Por consiguiente, acumularon un gran depósito en el Ban-
co que ascendía a 3 millones de libras y lo retiraron todo de una vez.
Pero esta política no tuvo ningún efecto, salvo el de provocar una des-
confianza respecto a Overends: no se redujo el crédito del Banco de
Inglaterra; Overends tuvo que devolver el dinero en unos pocos días,
y tuvo la insatisfacción de sentir que habían intentado en vano asaltar
la base sólida del crédito de todos, y de que todos mostraran su repulsa
por haber hecho esto. Pero aunque este intento mal concebido fraca-
só como se merecía, la propia norma no pudo mantenerse. De hecho,
en periodos de presión el Banco concede anticipos a los intermedia-
rios de letras; el caso puede considerarse «excepcional», pero el antici-
po siempre se realiza si la garantía que se ofrece es realmente buena. Sin
embargo, por mucho que al Banco le disguste ayudar a sus rivales, tie-
ne que hacerlo; se da cuenta de que si rehúsa hacerlo en una situación
de crisis, sólo agravaría la incipiente demanda y aumentaría la proba-
ble presión sobre ellos.
Se me preguntará si esta anomalía es inevitable, y me temo que por
motivos prácticos tengo que considerar que así sería. Puede reducirse;
los intermediarios de letras pueden y deben esforzarse por desincen-
tivar los depósitos a la vista, y fomentar el depósito a fechas fijas leja-
nas o a largo plazo. Esto disminuirá la anomalía, pero no la curará. En
la práctica, los intermediarios de letras no pueden negarse a recibir
dinero a reembolsar contra pedido. En todo mercado, un intermedia-
rio tiene que dirigir su negocio conforme a la costumbre del mercado
o no podrá dirigirlo. Lo que pueden hacer todos los intermediarios de
letras es ofrecer mejores tipos por un dinero a más largo plazo, y esto
es lo que hacen en la actualidad (aunque posiblemente no tanto como
podría desearse). En esencia, creo que esta anomalía es una parte inevi-
table del sistema bancario que la historia nos ha proporcionado, y sólo
tenemos que sacar lo mejor, ya que no podemos alterarlo.

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Lombard street. Una descripcio n del mercado de dinero.indb 186 26/06/12 17:02
LOS PRINCIPIOS QUE DEBERÍAN
REGULAR LA CANTIDAD

12
DE RESERVA BANCARIA
QUE DEBE MANTENER
EL BANCO DE INGLATERRA

Es habitual la idea de que la cantidad de reserva que el Banco de


Inglaterra debería mantener puede determinarse inmediatamente a
partir de su balance semanal. Se cree que tenemos que tomar sólo los
pasivos del Departamento de Operaciones Bancarias y que la cantidad
de la reserva que el Banco debería mantener frente a esos pasivos tiene
que ser siempre un tercio o alguna otra proporción fija. Pero a esta idea
se le han formulado diversas objeciones, algunas de ellas procedentes
de la naturaleza general del comercio bancario, y otras de la situación
especial del Banco de Inglaterra.
Es perfectamente cierto que la cuantía de los pasivos de un banco
es un elemento principal en la determinación de la cantidad apropiada
de su reserva; pero es claramente falso que sea el único elemento a par-
tir del cual se determina esa cantidad. Hay que considerar la naturale-
za intrínseca de esos pasivos, así como su cuantía numérica. Por ejem-
plo, nadie diría que debe mantenerse la misma cantidad de reserva para
hacer frente a las aceptaciones que sólo se pagan en un día determina-
do, que para atender a los depósitos a la vista, que pueden ser solicitados
en cualquier momento. Si un banco agrupa estos pasivos en el balance,
no se puede saber la cantidad de reserva que debería mantener. No nos
proporciona la información que necesitamos.
Tampoco se puede determinar con certeza la cantidad necesaria
de reserva que hay que mantener frente a los depósitos, a menos que
se sepa algo respecto a la naturaleza de dichos depósitos. Si de 3 millo-
nes de libras, hay un depositante que tiene un crédito de 1 millón de
libras y puede retirarlo cuando le plazca, será necesaria una reserva
mucho mayor frente a ese pasivo de 1 millón de libras que frente a los
2 millones restantes. La intensidad del pasivo, por así decirlo, es mucho
mayor; y, por lo tanto, la provisión que se almacene también tiene que
ser mucho más elevada. Por otro lado, suponiendo que este depositan-
te individual tiene unos hábitos que se pueden calcular —supongamos
que es un organismo público, del que se conoce cuándo se producen
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Lombard street. Una descripcio n del mercado de dinero.indb 187 26/06/12 17:02
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sus necesidades así como sus ingresos— este único pasivo requiere una
reserva menor que el de una cuantía igual de pasivos ordinarios. El peli-
gro de que se solicite es mucho menor; y, por lo tanto, la seguridad que
hay que adoptar frente a él puede ser también mucho más reducida. A
menos que se considere la calidad de los pasivos al igual que su canti-
dad, no se puede determinar la debida provisión para su pago.
En general esto es válido para todos los bancos, y tiene una apli-
cación muy particular para el Banco de Inglaterra. La primera aplica-
ción es favorable al Banco; ya que muestra que el peligro de uno de los
principales pasivos es mucho más pequeño de lo que parece. La mayor
cuenta que hay en el Banco de Inglaterra es la del gobierno inglés; y
probablemente nunca haya habido una cuenta cuyo comportamien-
to sea tan fácil de calcular en momentos de paz. Se conocen muy bien
todos los hechos importantes relativos al ingreso y al gasto inglés; y
siempre se calcula con extraordinaria precisión excepto en momentos
de guerra, la cantidad de pagos que se ingresan en esta cuenta y los que
se realizan desde ella. Sin duda, en una guerra todo cambia; la cuenta
del gobierno probablemente sea la más incierta de todas, especialmente
en el caso de un gobierno de un imperio disperso, como el inglés, pues
son muchos y muy distantes los lugares en los que lleva a cabo el gas-
to en tiempo de guerra, y, por lo tanto, resulta incalculable la cantidad
de pagos a realizar. Sin embargo, habitualmente no existe una cuenta
cuya trayectoria pueda predecirse de una forma tan fácil; y, por lo tan-
to, ninguna cuenta que necesite una reserva tan pequeña en tiempos
normales. Los pagos principales, cuando se realizan, son también de los
más gratos para el banquero, ya que se efectúan, en gran medida, a otra
cuenta en su banco. Estos grandes pagos normales del gobierno son los
dividendos de la deuda, y éstos se realizan en su mayor parte a los ban-
queros que actúan como agentes de los acreedores de la nación. Por lo
tanto, el pago de los dividendos por parte del gobierno es en gran par-
te una transferencia de la cuenta del gobierno a las de varios banque-
ros. Sin duda, una cierta cantidad va casi inmediatamente a las clases
no bancarizadas; a aquellos que mantienen monedas y billetes en casa,
y que no tienen ninguna cuenta en el banco. Pero incluso esta canti-
dad es calculable, ya que casi siempre es la misma.Y la operación com-
pleta es, para aquellos que pueden observarla, singularmente invariable
en todo momento.
Pero cabe detectar que las cuentas publicadas del Banco no pro-
porcionan la suficiente información que permita al público realizar
sus propios cálculos. La cuenta de la que hemos estado hablando es la
anual del gobierno inglés, lo que podemos denominar la cuenta pre-
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Lombard street. Una descripcio n del mercado de dinero.indb 188 26/06/12 17:02
Los principios que deberían regular la cantidad de reserva bancaria... 189

supuestaria, la de ingresos y gastos.Y sus leyes, como hemos mostrado,


son ya conocidas. Pero bajo el encabezamiento «Depósitos Públicos»
en las cuentas del Banco, se incluyen también otras cuentas, y espe-
cialmente la del Secretary for India in Council, cuyas leyes tienen que
ser diferentes y son bastante desconocidas. El Secretary for India es un
gran prestamista por su cuenta. Si alguien propusiera proporcionar tal
poder al ministro de Hacienda, habría un gran temor y una clamorosa
protesta. Pero depende tanto de la costumbre y de la tradición, que la
India Office, a un lado de Downing Street, puede realizar sin levantar
comentarios, y con aceptación universal, lo que se consideraría «imper-
fecto» y extravagante si se propusiera hacerlo en el otro lado de la calle.
La India Office actual hereda su independencia del viejo Consejo de
la Compañía, que al ser mercantil, solía prestar su propio dinero en la
Bolsa cuando le parecía bien; el Council of India, su sucesor, mantiene
el poder. Nada puede ser mejor que permitirle hacer lo que le plazca;
pero mezclar la cuenta de un cuerpo que tiene tal poder y que obtiene
dinero de la India, con la del gobierno nacional, claramente impide que
el público general sea capaz de deducir el rumbo que seguirá la cuenta
combinada sólo utilizando su conocimiento de las finanzas nacionales.
La cuenta «depósitos públicos» del informe del Banco incluye también
otras cuentas, como el balance de las Cajas de Ahorro, la cuenta de los
Fondos de la Cancillería y otras; y, por consiguiente, hasta hace poco,
el público tenía escaso conocimiento de los cambios reales de la cuen-
ta de nuestro gobierno, propiamente dicha. Pero Mr. Lowe nos ha pro-
porcionado últimamente una cuenta semanal, y a partir de ésta, y no de
la del Banco, somos capaces de formarnos una opinión. Es cierto que
esta cuenta y el informe del Banco de Inglaterra aparecen, por desgra-
cia, en diferentes días; pero excepto por esa salvedad, nuestro conoci-
miento sería perfecto; y para casi todos los propósitos lo que sabemos
es razonablemente suficiente. Podemos ahora calcular la trayectoria de
la cuenta del gobierno casi de la forma más exacta posible.
Por ahora, como hemos dicho, un análisis del informe del Banco de
Inglaterra es muy favorable para el Banco. Generalmente no se nece-
sita mantener una reserva tan grande frente a la cuenta del gobierno
como frente a una cuenta corriente. Conocemos especialmente bien lo
que genera sus cambios: podemos decir con gran precisión cuándo se
producirán sus principales alteraciones; y sabemos que en dichos cam-
bios los principales pagos del gobierno se efectúan sólo a otros deposi-
tantes del Banco, y que realmente permanecerán en el Banco, aunque
bajo otro nombre. Si nos fijamos en los depósitos privados del Ban-
co de Inglaterra, podemos pensar a primera vista que el resultado es el
mismo. De estos depósitos, los más importantes de lejos son los «fondos
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de los bancos comerciales depositados en el Banco de Inglaterra»; y, en


su mayor parte, es probable que estos depósitos, en su conjunto, varíen
muy poco. Cada banquero, suponemos, mantiene tan poco efectivo
como puede, pero en todas las transacciones domésticas el pago que
efectúa uno implica un ingreso para otro. Todas las transacciones más
importantes en el país se realizan mediante cheques; estos cheques se
pagan en la «cámara de compensación», y sus saldos resultantes se liqui-
dan mediante transferencias de la cuenta de un banquero a la de otro
en el Banco de Inglaterra. Por tanto, los pagos que realizan unos ban-
queros son ingresos para otros. En su totalidad, el depósito de los saldos
bancarios en el Banco de Inglaterra debería parecer a primera vista un
depósito particularmente estable.
De hecho, parecerían, por así decirlo, más que estables. Aumentan
cuando todo lo demás tiende a disminuir. En un pánico, cuando es pro-
bable que el resto de los depósitos sean retirados, los fondos de los ban-
cos comerciales depositados en el Banco de Inglaterra aumentan; de
hecho, así lo hicieron en 1866, aunque no conocemos los detalles; y es
natural que suceda así. En dichos momentos, todos los banqueros están
excesivamente ansiosos, e intentan fortalecerse a través de cualesquie-
ra medios que tengan en su poder; tratan de tener tanto dinero como
sea posible a su disposición; aumentan su reserva tanto como pueden,
y colocan esa reserva en el Banco de Inglaterra. En cierta medida, un
depósito que no es probable que varíe en tiempos normales y que es
posible que aumente en los que hay peligro, parece un depósito modé-
lico. Podría parecer que podría prestarse no sólo una gran proporción
de él, sino la totalidad del mismo. Pero un análisis más detallado mos-
trará, creo, que esta conclusión es completamente falsa; que los fondos
de los bancos comerciales depositados en el Banco de Inglaterra son
una forma de pasivo particularmente engañosa; que habría que tener la
mayor cautela a la hora de tratarlos; que, como norma, se debería prestar
una menor proporción de ellos que de los depósitos normales.
El modo más sencillo para explicar algo es, generalmente, ejempli-
ficarlo mediante un caso real.Y afortunadamente, en este asunto tene-
mos a mano un caso de lo más notable. El gobierno alemán últimamen-
te ha retirado grandes cantidades en lingotes de oro de este país, parte
de ellos del Banco de Inglaterra y otra no, según le ha parecido conve-
niente. En general, estaba bien aconsejado y fue prudente en su actua-
ción; y no tomó tanto como hubiera podido del Banco de Inglaterra,
o como hubiera sido peligroso. Aun así cogió grandes cantidades del
Banco; y podría haber retirado fácilmente más. Entonces, ¿cómo obtu-
vo el gobierno alemán este inmenso poder sobre el Banco? La respues-
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ta es que lo obtuvo a través de los saldos de los bancos comerciales, y


lo hizo a través de dos vías.
Primera, el gobierno alemán mantuvo un gran saldo propio en un
banco comercial concreto. Ese banco prestó este saldo a su propia dis-
creción, a intermediarios de letras o a otros, y formó una única partida
en los fondos generales del mercado de Londres. No había nada espe-
cial en ello, excepto que pertenecía a un gobierno extranjero, y que su
propietario siempre podría solicitar su saldo y a veces lo hacía. Con-
forme permanecía sin ser prestado en el London Joint Stock Bank,
aumentaron los saldos de ese banco en el Banco de Inglaterra; pero tan
pronto como se prestó, digamos, a un intermediario de letras, aumentó
el saldo de este último; y tan pronto como el intermediario de letras lo
empleó en el descuento de letras, los propietarios de esas letras lo paga-
ron contra su crédito en diferentes bancos, y aumentaron los saldos de
esos banqueros en el Banco de Inglaterra. Desde luego, si se emplease
en el descuento de letras que pertenecen a extranjeros, el dinero podría
haber salido al exterior, y mediante operaciones similares podría tam-
bién transferirse a las provincias inglesas o a Escocia. Pero, como norma,
dicho dinero, cuando se deposita en Londres, permanece allí durante
un tiempo considerable; y en la medida en que así lo hace, aumentan
los saldos agregados del grupo de banqueros en el Banco de Inglate-
rra. Está ahora en el saldo de un banco, luego en el de otro, pero siem-
pre disperso entre esos saldos en alguna parte. La consecuencia eviden-
te es que esta parte de los saldos bancarios está a merced del gobierno
alemán cuando decide utilizarla. Entonces, suponiendo que la canti-
dad sea de tres o cuatro millones —y creo que en más de una ocasión
en el último año o hace dos, ha sido esa cuantía, si no más—, podría
ser retirada inmediatamente del Banco de Inglaterra. En este caso, el
Banco de Inglaterra se encuentra en la situación de un banquero que
es responsable de una gran suma de un cliente individual, pero con el
añadido de que es responsable de una cantidad desconocida. El gobier-
no alemán, como es bien sabido, mantiene su cuenta (y tiene que ser
muy valiosa) en el London Joint Stock Bank; pero el Banco de Ingla-
terra no tiene acceso a la cuenta del gobierno alemán en ese banco; no
pueden decir cuánto dinero alemán permanece allí. Tampoco el Ban-
co de Inglaterra puede deducir mucho respecto al saldo que tiene el
London Joint Stock Bank en el Banco, ya que probablemente el dine-
ro alemán se pagó en varias sumas a ese banco, y a su vez se prestó en
diferentes cantidades. Hasta cierto punto, se podría aumentar o no ese
saldo bancario en el Banco de Inglaterra, pero eso no supondría que
se incrementa mucho ese saldo; y la inspección de ese saldo bancario
no permitiría al Banco de Inglaterra determinar, incluso de la manera
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más imprecisa, cuál era la cuantía completa que se podría solicitar en


cualquier momento. Tampoco la inspección de los saldos bancarios en
su totalidad nos conduciría a unas conclusiones ciertas y seguras. Algo
se podría deducir de ella, pero nada cierto. Esos saldos están, sin lugar
a dudas, en un estado de constante fluctuación; y muy posiblemente al
mismo tiempo que el dinero alemán entra, otro podría salir. Un aumen-
to repentino en los saldos bancarios sería una indicación probable de
que ha entrado nuevo dinero extranjero, pero éste podría entrar sin
suponer un aumento, ya que alguna otra causa que suceda simultánea-
mente podría provocar un decrecimiento que lo contrarreste.
Ésta es la primera y la más clara vía por la que el gobierno alemán
podría tomar, y así lo hizo, dinero de este país; y por la que podría haber
hecho quebrar al Banco de Inglaterra si hubiera querido. El gobierno
alemán tenía dinero aquí y lo sacó, lo que es muy fácil de comprender.
Pero el gobierno poseía también un poder mucho mayor, de una natu-
raleza algo más compleja. Era el propietario de muchas deudas inglesas.
Una gran parte de la «indemnización» fue pagada por Francia a Alema-
nia mediante letras sobre Inglaterra y, cuando esas letras vencieron, el
gobierno alemán adquirió un dominio sin precedentes sobre el mer-
cado. Conforme vencía cada letra, el gobierno alemán podía, si así lo
escogía, sacar la recaudación al exterior; y lo podía hacer en lingotes de
oro, ya que por motivos de acuñación necesitaba esos lingotes. Al prin-
cipio, esto causaría naturalmente la reducción de los saldos de los ban-
queros; al menos ésa sería su tendencia. Suponiendo que el gobierno
alemán tuviese la letra A, de calidad aceptable, el banquero cuyo banco
paga la letra A, tendría que hacerlo; lo que reduciría su saldo; y como
la cuantía a pagar iría a Alemania, no aparecería como crédito de nin-
gún otro banquero: de esta forma se reduciría la cuantía total de los sal-
dos bancarios. Pero esta reducción no sería permanente. Un banque-
ro que tiene que pagar 100.000 libras no puede permitirse reducir su
saldo en el Banco de Inglaterra en 100.000 libras; supongamos que sus
pasivos son 2 millones de libras, y que como norma considera nece-
sario guardar en el Banco una décima parte de esos pasivos, es decir,
200.000 libras, el pago de 100.000 libras reduciría su reserva a 100.000
libras; pero sus pasivos serían todavía 1.900.000 libras y, por tanto, para
mantener esa décima parte, tendría que encontrar 90.000 libras. El pro-
ceso para ello es éste: digamos que exige el repago un préstamo a los
intermediarios de letras; y si éstos no consiguen una cantidad igual de
dinero adicional en ese momento (que en el caso de una gran retira-
da de dinero extranjero no es probable), tienen que reducir su volu-
men de negocio y descontar menos. Pero el efecto de esto es obligar
al Banco de Inglaterra a aumentar el volumen de su negocio. Mantie-
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ne la reserva final del país, y tiene que utilizarla para descontar si nadie
más lo hace: si rehúsa hacerlo se produciría un pánico y un colapso. Por
lo tanto, tan pronto como la retirada del dinero alemán reduce los sal-
dos de los banqueros, existe una nueva demanda sobre el Banco para
realizar nuevos descuentos para compensar esos saldos. La sangría para
el Banco es doble: en primer lugar, la reserva bancaria se reduce por la
exportación del dinero alemán, lo que disminuye los recursos del Ban-
co de Inglaterra; y además, éste debe realizar mayores anticipos con esos
recursos reducidos.
Se puede alcanzar el mismo resultado más fácilmente. Suponiendo
un gobierno o una persona extranjeros que tiene alguna clase de títu-
los que puede pignorar en el mercado, la operación le proporciona un
crédito sobre algún banquero, y le permite coger dinero de la reserva
bancaria que está en el Banco de Inglaterra y de los saldos bancarios; y
para reponer esos saldos hasta su mínimo inevitable, el Banco de Ingla-
terra tiene que prestar. Cada demanda repentina sobre el país provo-
ca, en proporción a su magnitud, este efecto peculiar.Y ésta es la razón
por la que pienso que el Banco de Inglaterra debería tratar de la for-
ma más cautelosa y delicada sus depósitos bancarios. Son el símbolo de
una obligación no cuantificada: por su intermedio, como hemos visto,
podría retirarse del Banco de Inglaterra una suma de dinero imposi-
ble de delimitar. Como este Banco presta dinero para mantener los sal-
dos bancarios en su cuantía habitual, y como por medio de esa canti-
dad habitual los extranjeros pueden obtener de nosotros toda suma por
la cual consiguen crédito, no es posible asignar un límite superior (por
usar una palabra científica) a las demandas que pueden hacerse al Ban-
co de Inglaterra a través de los saldos de los banqueros.
El resultado llega a un simple punto, del cual este libro es una cró-
nica: el Banco de Inglaterra, debido a una larga historia, mantiene la
reserva final de efectivo del país; cualquiera que sea el efectivo que ten-
ga que pagar el país, procede de esa reserva y, por tanto, el Banco de
Inglaterra debe pagarlo.Y debe pagarlo por ser banco de bancos, y por
ello además se convierte en el guardián de la reserva final de efectivo.
Algunas personas han quedado tan impresionadas por considera-
ciones como éstas, que sostienen que el Banco de Inglaterra nunca
debería prestar los «saldos de los banqueros» en absoluto, que tendría
que mantenerlos intactos, y como un depósito sin utilizar. De hecho, no
estoy seguro de que haya visto escrita esa opinión extrema, pero la he
oído a menudo en Lombard Street de personas muy influyentes y muy
cualificadas para opinar; incluso he visto por escrito algunas apreciacio-
nes muy parecidas. Pero estoy convencido de que el establecimiento de
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dicha regla «irrevocable» sería muy peligroso; en negocios muy impor-


tantes y cambiantes, las reglas rígidas suelen ser a menudo peligrosas.
Como se ha dicho, en un pánico los saldos de los banqueros aumentan
mucho. Es cierto que el Banco de Inglaterra tiene que prestar el dine-
ro que los alimenta. El banquero solicita su dinero del intermediario de
letras, deja de redescontar a ese intermediario, o pide prestado sobre los
títulos, o vende valores; de una u otra forma provoca una nueva deman-
da de dinero que sólo se puede satisfacer en ese momento por el Ban-
co de Inglaterra. También todos los demás tienen necesidad. Pero sin
investigar sobre el origen del incremento en los pánicos, la cantidad de
los fondos de los bancos comerciales depositados en el Banco de Ingla-
terra aumenta, de hecho, muy rápidamente; y estos bancos introducen
una inmensa cantidad de dinero sin utilizar en dichos momentos en el
Banco de Inglaterra.Y con seguridad nada puede agravar más el páni-
co que prohibir al Banco prestar ese dinero. Justo cuando el dinero es
de lo más escaso, resulta que existe un fondo inusualmente grande de
esta clase de dinero, y que se debería prestar tan rápido como se pueda
en tales momentos, ya que el préstamo rápido es lo que cura los páni-
cos, y no hacerlo o prestar poco lo que los agrava.
En otros momentos, especialmente en el pago trimestral de los
dividendos, el establecimiento de una regla rígida según la cual nunca
deberían prestarse los saldos de los banqueros, produciría un enorme
inconveniente. En ese momento, se abona en los saldos de los banque-
ros una gran cuantía procedente del saldo del gobierno, y si se permite
al Banco prestarla mientras está todavía en manos del gobierno, pero se
le prohíbe hacerlo cuando llega a manos de los banqueros, se produci-
ría un fuerte aumento en el valor del dinero, ya que una cantidad muy
importante de dinero de golpe quedaría indisponible.
Pero la idea de que los saldos de los banqueros nunca deberían
prestarse es sólo una exageración de la afirmación de que estos saldos
deberían usarse con extrema cautela; que como entrañan una respon-
sabilidad especialmente grande y singularmente difícil de prever, nunca
deberían utilizarse como un depósito normal.
De lo que se ha dicho se infiere que siempre hay posibles y fuertes
demandas sobre el Banco de Inglaterra que no son reflejadas en abso-
luto en la cuenta del Departamento de Operaciones Bancarias: estas
demandas pueden ser enormes aun cuando los pasivos que aparecen en
esa cuenta son muy pequeños, y reducidas cuando esos pasivos son muy
grandes. Si, por ejemplo, el gobierno alemán lleva letras u otros títulos
aceptables a este mercado, obtiene dinero con ellos, y retira ese dinero
del mercado en lingotes de oro, ese dinero puede, si el gobierno alemán
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lo desea, retirarse en su totalidad del Banco de Inglaterra. Si las nece-


sidades del gobierno alemán son urgentes, y la cantidad de «ingresos»
de oro, es decir, el oro que proviene de los países con minas, es peque-
ña, ese oro será retirado del Banco de Inglaterra, porque no existe otro
gran almacén en el país. El gobierno alemán es sólo un notable ejemplo
de un poder extranjero que últimamente ha controlado una cantidad
inusual de letras de buena calidad y ha demostrado un deseo inusual-
mente prolongado de usarlas en Inglaterra. Cualquier Estado extranje-
ro que en el futuro necesite efectivo es probable que venga aquí para
obtenerlo; en la medida en que el Banco de Francia siga sin pagar en
metálico, un Estado extranjero que lo necesite tiene que acudir nece-
sariamente a Londres para conseguirlo. Y en los libros del Banco de
Inglaterra no se podrá hallar indicación alguna de la probabilidad de
que dicha necesidad se manifieste.
Necesariamente se deduce lo que representa casi una revolución
en la política del Banco de Inglaterra: no puede establecerse en estos
momentos ninguna proporción cierta o fija de los pasivos que el Banco
de Inglaterra debería guardar en su reserva. Debe abandonarse aquella
vieja noción de que un tercio, o cualquier otra fracción, alcance bajo
cualquier eventualidad. Las posibles demandas sobre el Banco son tan
diversas en cantidad, y tan poco evidentes en las cifras contables, que
ningún cálculo simple y fácil es una guía suficiente. A menudo una pro-
porción fija de los pasivos podría ser demasiado pequeña para la reserva,
y otras veces demasiado grande. Siendo variables las fuerzas del enemi-
go, las de la defensa no siempre pueden ser las mismas.
Admito que esta conclusión es muy poco práctica. En tiempos
pasados, ha sido una gran ayuda para el Banco y para el público ser
capaces de decidir la política adecuada del Banco mediante una sim-
ple inspección de sus cuentas. De esa forma el Banco sabía fácilmente
lo que había que hacer y el público lo que había que prever. Pero, por
desgracia, no se debe confiar siempre en la regla más simple. A menu-
do no nos podemos enfrentar a las dificultades prácticas de la vida
mediante reglas muy simples; siendo numerosos y complejos los peli-
gros, las reglas para enfrentarnos a ellas no pueden ser únicas o simples.
Un remedio único para tratar muchas enfermedades a menudo acaba
matando al paciente.
También debe abandonarse ahora otra regla simple que a menudo
se establece para la gestión del Banco de Inglaterra. Se ha dicho que el
Banco de Inglaterra debería observar el tipo de interés del mercado y
ajustar su propio tipo a él. De hecho, esta regla fue siempre errónea. El
primer deber del Banco de Inglaterra era proteger el efectivo final del
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país, y aumentar el tipo de interés para protegerlo. Pero esta regla nunca
fue tan errónea como ahora, porque el número de demandas repenti-
nas sobre esa reserva nunca antes fue tan grande. El tipo de mercado de
Lombard Street no está influido por esas demandas. Ese tipo se deter-
mina por la cantidad de depósitos que están en manos de los interme-
diarios de letras y banqueros, y por la cantidad de letras de buena cali-
dad y valores aceptables ofrecidos en el momento. El flujo probable
de lingotes de oro procedentes del Banco apenas le afecta en absolu-
to; incluso el flujo real le afecta poco; si el mercado abierto no creyese
que el tipo del Banco se alteraría como consecuencia de tales flujos, el
tipo de mercado no aumentaría. Si el Banco elige dejar salir sus lingo-
tes de oro y se percibe que esa será su elección, el valor del dinero en
Lombard Street permanecerá inalterado. Cuanto más numerosas sean
las demandas de lingotes de oro al Banco y más variable sea su mag-
nitud, más peligrosa es la regla de que el tipo de descuento del Banco
debería ajustarse al tipo de mercado. En los tranquilos tiempos antiguos,
la influencia total o parcial de esa regla ha producido a menudo graves
desastres. En los difíciles tiempos actuales, aferrarse a dicha regla es una
fórmula para provocar un gran número de pánicos.
Los principios abstractos deben enfocarse de un modo muy par-
ticular para que podamos fijar la cantidad de la reserva que el Banco de
Inglaterra debería mantener. ¿Por qué un banco debería mantener una
reserva? Porque en cualquier momento se le puede pedir que pague
ciertas obligaciones de una forma inmediata. ¿Por qué un banco publi-
ca una cuenta? Para satisfacer al público que posee suficiente efectivo
—o títulos disponibles— para hacer frente a sus obligaciones. El obje-
tivo de publicar la cuenta del Departamento de Operaciones Banca-
rias del Banco de Inglaterra es permitir que la nación vea cómo está la
reserva nacional de efectivo, para asegurar al público que hay suficiente
y más que suficiente para hacer frente, no sólo a las exigencias proba-
bles, sino a todas aquéllas donde existe una razonable posibilidad de que
ocurran. Y no hay duda de que la publicación de la cuenta del Banco
proporciona más estabilidad al mercado monetario que cualquier otro
tipo de precaución que se adoptase. De hecho, algunas personas temían
que se produjera el resultado contrario; temían que la publicación per-
manente de los incesantes cambios en la reserva aterrorizaría y hosti-
garía la opinión pública. Un viejo banquero me dijo una vez: «sir, yo
estaba en el comité de lord Althorp que tuvo que decidir sobre la publi-
cación de la cuenta del Banco, y voté en contra. Pensé que asustaría a
la gente. Pero me veo obligado a admitir que el comité tenía razón y
que yo estaba equivocado, porque esa publicación ha proporcionado al
mercado monetario una mayor sensación de seguridad que cualquier
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otra que se haya producido en mi época». La difusión de la confian-


za por todo Lombard Street y a lo largo del mundo es el objetivo de la
publicación de las cuentas del Banco y de su reserva.
Pero ese objetivo no se alcanza si, al publicarse, la cuantía de esa
reserva no es suficiente para tranquilizar al público. Seguramente se
provocará un pánico si esa reserva es, por cualquier causa, excesivamen-
te pequeña. En cada momento, existe un cierto mínimo que denomi-
naré «mínimo de aprensión», por debajo del cual la reserva no puede
reducirse sin que exista un gran riesgo de que se propague el miedo; y
por esto no quiero dar a entender pánico completo, sino sólo un susto
impreciso y un cierto temor que se propaga instantáneamente, como
por arte de magia, por la mente del público. Dichas temporadas de alar-
ma incipiente son extremadamente peligrosas, porque engendran las
calamidades que temen. Lo más temido en dichos momentos de sus-
ceptibilidad es la destrucción del crédito; y si ocurre algún suceso nega-
tivo o quiebra grave en esos momentos, al público le entra el pánico,
hay una gran demanda general y el crédito se suspende. Entonces, la
reserva del Banco nunca debería disminuirse por debajo del «punto de
aprensión».Y esto es tanto como decir que nunca se debería aproximar
mucho a ese punto; ya que si se sitúa muy cerca, algún accidente puede
reducirla hasta ese punto y provocar el mal que tememos.
No existe ningún «camino real» que nos lleve al monto de la
«aprensión mínima»; ningún argumento abstracto, ni ningún cálculo
matemático nos lo enseñará.Y no podemos esperar que lo hicieran. El
crédito es una opinión generada por las circunstancias y que varía con
ellas. El estado del crédito en un momento particular es una realidad
que sólo se puede determinar como otras realidades; sólo puede cono-
cerse mediante pruebas e investigaciones. Y de la misma forma, nada
excepto la experiencia puede decirnos qué cantidad de «reserva» crea-
rá una confianza generalizada; no hay forma de llegar a una conclu-
sión justa sobre dicho tema, excepto a través de una vigilancia cons-
tante del pensamiento público, y viendo cómo se ve afectado en cada
coyuntura.
Desde luego, en dicho asunto la regla principal que hay que seguir
es que los errores por exceso son inocuos, pero los de por defecto son
destructivos. Una reserva demasiado grande sólo denota una pequeña
pérdida de beneficios, pero una reserva demasiado pequeña puede sig-
nificar «la ruina». El crédito puede ser inmediatamente perturbado, y
si sobreviniera algún accidente terrorífico, habría una demanda sobre
el Departamento de Operaciones Bancarias que puede que supera-
se su capacidad, como sucedió en 1857 y 1866, e hiciera que no fuese
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capaz de atender sus obligaciones sin recibir ayuda —como en aque-


llos años—.
Y el cumplimiento de esta máxima es aún más necesario, porque
el «mínimo de aprensión» no es siempre el mismo. Por el contrario, en
épocas en las que el público ha visto recientemente al Banco de Ingla-
terra expuesto a importantes presiones, es probable que espere que tales
demandas se puedan producir de nuevo. Sucesos notables y recientes le
hacen aprender, por así decirlo; espera que se demande mucho cuan-
do últimamente se ha demandado mucho, y poco cuando se demanda
poco en general. Por lo tanto, un banco como el Banco de Inglaterra
tiene que estar siempre vigilante ante un aumento, si lo puedo expresar
así, en el mínimo de aprensión; tiene que proporcionar un fondo ade-
cuado no sólo para apaciguar las desconfianzas del presente, sino tam-
bién para calmar las desconfianzas aún mayores del mañana.Y el único
modo práctico de conseguir este objetivo es mantener la reserva real
siempre por encima de la reserva del mínimo de aprensión.
Y esto implica mucho más. Como la reserva real nunca debe ser
menor, y siempre, si es posible, debe superar en una cantidad razona-
ble a la reserva de «mínimo» de aprensión, tiene que superar ese míni-
mo por un margen muy sustancial cuando el Banco está tranquilo y
no adopta ninguna precaución.Todas las precauciones del Banco nece-
sitan tiempo para que sean operativas. La precaución principal es un
aumento en el tipo de descuento, y dicho incremento ciertamente atrae
dinero del continente y de todo el mundo mucho más rápidamente
de lo que se podría haber anticipado. Pero no actúa de forma instantá-
nea; incluso el tipo adecuado, la tasa objetivo final, requiere un inter-
valo para su actuación, y antes de que el dinero pueda llegar aquí. Y a
menudo se tarda algún tiempo en averiguar el tipo adecuado. Requie-
re ciertas «alzas», como indica la expresión, diversos aumentos del tipo
de descuento por parte del Banco, antes de que se alcance el tipo real-
mente eficaz, y mientras tanto disminuyen los lingotes de oro y tam-
bién la «reserva». Por lo tanto, a no ser que en momentos sin precau-
ción, la reserva real supere el «mínimo de aprensión» al menos en la
cantidad que pueda retirarse en el intervalo inevitable, y antes de que
las precauciones disponibles comiencen a operar, se infringirá la regla
prescrita, y la reserva real será menor que el mínimo de «aprensión». Con
el tiempo, las precauciones tomadas pueden atraer oro y aumentar la
reserva en la cantidad necesaria, pero en el interín pueden aparecer los
males en contra de los cuales la regla fue ideada, puede que la apren-
sión se difunda aún más, y entonces un desafortunado accidente puede
causar muchas calamidades.
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Se me puede preguntar, «¿a qué nos conduce todo este razona-


miento en la práctica? En la actualidad, según usted, ¿cuánta reserva
debería guardar el Banco de Inglaterra? Exponga su recomendación
claramente —sé que me dirán— si desea que se le preste atención».Y
responderé a la pregunta con claridad, aunque al hacerlo existe un gran
riesgo de que los principios que defiendo puedan verse en cierto grado
dañados por algún error que pueda cometer al aplicarlos.
Debo decir que en la actualidad el pensamiento del mundo mone-
tario llegaría a ser febril y temeroso si la reserva en el Departamento de
Operaciones Bancarias del Banco de Inglaterra estuviera por debajo de
los 10 millones de libras. Calculada conforme a la idea de los tiempos
antiguos e incluso a la de hace diez años, reconozco que esa suma pare-
ce demasiado grande. Mi propio carácter fue formado para cifras más
pequeñas, porque fui educado en momentos en los que se nos deman-
daba menos, cuando ni se necesitaba mucha reserva ni el público espe-
raba tanta. Pero juzgo a partir de las observaciones que puedo hacer de
la situación actual del pensamiento de los hombres, que, de hecho, sea
justificable o no, la más importante e inteligente parte del público que
vigila la reserva del Banco se vuelve ansiosa e insatisfecha si esa reserva
se reduce por debajo de los 10 millones de libras. Por lo tanto, deno-
mino dicha suma, en los tiempos actuales, como el «mínimo de apren-
sión». Las circunstancias pueden cambiar y pueden hacerla mayor o
menor, pero conforme al cálculo más cuidadoso que pueda hacer, ésa
es la cantidad que propondría ahora.
Se dirá que este cálculo es arbitrario y que estas cifras son con-
jeturas. Replico que sólo las someto al juicio de otros. La pregunta
central es empírica: ¿no comienza la opinión pública a estar ansio-
sa y temerosa justo en el punto en que he situado la aprensión? Y las
deducciones a partir de ello son cuestiones relativamente simples que
mezclan hechos y razonamientos. En tales casos, al final necesaria-
mente se apela a aquellos que están familiarizados con los hechos y
los observan de cerca.
Quizás se me dirá también que un organismo como la Asamblea de
Directores del Banco de Inglaterra no puede basar sus actos en cálcu-
los aproximados como éstos: que dicho organismo tiene que tener una
regla clara y mantenerla. Replicaré que si es necesario enmarcar ade-
cuadamente dichas estimaciones para la buena dirección del Banco,
tenemos que formar un organismo gobernador que pueda enmarcar-
los adecuadamente. No tenemos que sufrir por una política peligro-
sa porque hayamos heredado una forma imperfecta de administración.
He explicado anteriormente de qué manera considero que el gobier-
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no del Banco de Inglaterra debería fortalecerse, y creo que un gobier-


no fortalecido de esta manera sería completamente competente para
elaborar una política sabia.
Entonces diría, expresando el razonamiento precedente en cifras,
que el Banco nunca debería mantener menos de 11 millones u
11.500.000 libras, ya que la experiencia muestra que se nos puede pedir
un millón, o un millón y medio, en cualquier momento. Considera-
ría este como el mínimo práctico que, por supuesto aproximadamente,
debería pretender alcanzar el Banco, e intentar nunca situarse por deba-
jo de él.Y, para no situarse por debajo de los 11.500.000 libras, el Banco
debe empezar a tomar precauciones cuando la reserva se sitúa entre 14
y 15 millones de libras; ya que la experiencia nos muestra que pueden
retirarse, con bastante probabilidad, entre 2 y 3 millones de libras de la
cámara del Banco antes de que se obtenga el tipo de interés correcto
para atraer dinero del extranjero, y antes de que ese tipo haya tenido
tiempo para atraerlo. Cuando la reserva se sitúa entre 14 y 15 millones
de libras, y cuando comienza a disminuir debido a la demanda extranje-
ra, creo que el Banco de Inglaterra debería comenzar a actuar y aumen-
tar el tipo de interés.

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13 CONCLUSIÓN

Sé que se dirá que en esta obra he señalado una profunda enferme-


dad, y que sólo he propuesto un remedio superficial. He insistido tedio-
samente en que el sistema natural de la banca es el de muchos bancos
manteniendo su propia reserva de efectivo, con la quiebra como castigo
si la descuidan. He demostrado que nuestro sistema es el de un único
banco que mantiene toda la reserva sin que exista ninguna penalización
efectiva inherente al fracaso.Y no obstante propongo mantener ese sis-
tema, y tratar sólo de repararlo y reducir la gravedad del problema.
Sólo puedo replicar que propongo mantener este sistema porque
estoy bastante seguro de que no sirve de nada proponer que se altere.
Un sistema de crédito que ha crecido lentamente a lo largo de los años,
que se ha adaptado a la evolución de los negocios, que se ha impuesto
a los hábitos de los hombres, no se alterará porque los teóricos lo des-
aprueben o porque se escriban libros en contra suya. Sería tan o más
factible tratar de alterar la monarquía inglesa y sustituirla por una repú-
blica, que intentar alterar la estructura actual del mercado monetario
inglés, basada en el Banco de Inglaterra, y sustituirla por un sistema en
el que cada banco guardara su propia reserva. No existe fuerza capaz de
encarar tan inmensa reconstrucción y destrucción y, por lo tanto, resul-
ta inútil proponerlas.
Nadie que no haya estudiado el tema a fondo puede imaginar en
qué medida esta dependencia del Banco de Inglaterra está arraigada
en nuestros hábitos nacionales. He proporcionado tantos ejemplos en
este libro que me temo que debo haber agotado la paciencia del lector,
pero me arriesgaré a dar otro. Supongo que todos piensan que nues-
tro sistema de cajas de ahorros es sólido y aceptable. Casi todos se sor-
prenderían al escuchar que existe alguna posible objeción al mismo.
No obstante, veamos de qué se trata. En el último informe, las cajas de
ahorros —las antiguas y la Oficina Postal juntas— han captado alrede-
dor de 60 millones de libras de depósitos, y contra éstos mantienen un
fondo compuesto por valores de la mejor calidad. Pero no mantienen
nada de efectivo. Desde luego, tienen una pequeña cantidad de efecti-
vo en las diversas sucursales para el trabajo diario. Pero de efectivo en
reserva final —efectivo en reserva para hacer frente a un pánico— las
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cajas de ahorros no tienen ni seis peniques. Estas cajas dependen de su


capacidad para vender sus títulos ante un pánico. Pero se ha mostrado
una y otra vez que en un pánico dichos títulos sólo pueden convertirse
en efectivo con la ayuda del Banco de Inglaterra —que sólo el Banco,
al tener la reserva final de efectivo, tiene en dichos momentos algo más
de dinero, o alguna capacidad para prestar y actuar—. Si ante un pánico
general hubiera un exceso de retirada de fondos de las cajas de ahorros,
éstas no podrían vender 100.000 libras de consols sin la ayuda del Ban-
co de Inglaterra; al no mantener ellas mismas una reserva de efectivo
para momentos de pánico, dependen completamente del único Banco
que mantiene esa reserva.
Éste es sólo un ejemplo adicional más allá de los innumerables
ejemplos proporcionados, que muestra cómo nuestro sistema bancario
está profundamente afianzado en nuestra forma de pensar. El gobierno
mantiene el dinero de los pobres, y la nación aprueba totalmente que lo
haga. Nadie escucha ni una palabra de crítica.Y todo hombre práctico
—todo hombre que conoce el ámbito de actuación— estará de acuer-
do en que nuestro sistema bancario, basado en una única reserva en el
Banco de Inglaterra, no se puede alterar, o en que no puede ser susti-
tuido por un sistema de muchos bancos, que guarde cada uno su pro-
pia reserva. Nada lo haría excepto una revolución, y no hay nada que
provoque una revolución.
Al ser esto así, no hay nada que se pueda hacer salvo sacar el máxi-
mo provecho de nuestro sistema bancario, y hacerlo funcionar de la
mejor forma posible. Sólo podemos usar paliativos, y el asunto es con-
seguir el mejor paliativo que podamos. Me he esforzado en mostrar por
qué me parece que los paliativos que he propuesto son los mejores que
tenemos a nuestra disposición.
He explicado por qué el esquema francés no sería adecuado para
nuestro mundo inglés. El nombramiento directo del gobernador y del
subgobernador del Banco de Inglaterra por parte del gobierno ejecuti-
vo, no reduciría nuestros males o nos ayudaría en nuestras dificultades.
Me temo más bien que empeorarían ambos. Pero posiblemente se pue-
de sugerir que debería explicar por qué el sistema americano, o alguna
modificación, no sería o no podría ser adecuado para nosotros. La ley
americana dice que cada banco nacional debe tener una proporción fija
de efectivo respecto a sus pasivos (existen dos clases de bancos y dos
proporciones diferentes; pero esto no nos interesa ahora), y se cercio-
na mediante inspectores, que inspeccionan sin aviso, si la cantidad de
efectivo requerida está o no en el banco. Puede preguntarse si se podría
intentar algo así en Inglaterra, o si no podría esto, o alguna modifica-
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Conclusión203

ción, ayudarnos a salir de nuestras dificultades. Como el sistema banca-


rio americano es uno de muchas reservas, ya he dicho por qué pienso
que no es útil considerar si deberíamos adoptarlo o no. No podríamos
adoptarlo aunque quisiéramos. El sistema de una reserva está afianzado
entre nosotros. En lo único que podemos imitar en la práctica al siste-
ma americano sería promulgando que el Departamento de Operacio-
nes Bancarias del Banco de Inglaterra mantuviera siempre una propor-
ción fija —digamos un tercio de sus pasivos— en reserva. Pero, como
hemos visto antes, una proporción fija de los pasivos, incluso cuan-
do es escogida voluntariamente por parte de los directores, y no está
impuesta por ley, no es el estándar apropiado para una reserva bancaria.
Las obligaciones pueden ser inminentes o lejanas, y una regla fija que
impone la misma reserva para ambas, en ocasiones errará por exceso y
en otras por defecto. Se privará de ganancias debido a un exceso de pro-
visión para enfrentarse al peligro normal, y no obstante no podrá salvar
siempre al banco, ya que a menudo es bastante probable que esta pro-
visión sea insuficiente para hacer frente a peligros raros y poco comu-
nes. Pero por malo que sea este sistema cuando se elige voluntariamen-
te, llega a ser mucho peor cuando se impone legal y obligatoriamente.
Ante una situación delicada del mercado monetario inglés, el hecho de
aproximarnos al límite legal de la reserva sería un incentivo seguro para
generar pánico; si se fijara un tercio por ley, en el momento en que los
bancos se acercaran a un tercio, comenzaría la alarma, y se propagaría
como por arte de magia.Y el temor empeoraría porque no sería infun-
dado —al menos, no completamente—. Si se afirma que el Banco debe
mantener siempre un tercio de sus pasivos como reserva, de hecho se
afirma que este tercio nunca será útil, ya que con él el Banco no puede
realizar anticipos, no puede proporcionar una ayuda adicional, no pue-
de hacer lo que hemos visto que deberían y tienen que hacer los que
mantienen la última reserva. El sistema americano no nos proporciona
ninguna ayuda; su esencia y principio son imperfectos.
Por lo tanto, creo que tenemos que recurrir a paliativos débiles y
humildes como los que he sugerido. Con buen sentido, juicio y cui-
dado, no tengo duda de que pueden ser suficientes. Pero habré escri-
to en vano si tengo que decir ahora que el problema es delicado, que
la solución es diversa y difícil, y que el resultado es inestimable para
todos nosotros.

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APÉNDICES

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NOTA A

PASIVOS Y RESERVA DE EFECTIVO DE LOS PRINCIPA-


LES SISTEMAS BANCARIOS
Lo que se expone a continuación es una comparación de los pasi-
vos frente al público y de la reserva de efectivo de los sistemas banca-
rios del Reino Unido, Francia, Alemania y los Estados Unidos. Para el
caso del Reino Unido, las cifras son muy defectuosas, ya que sólo inclu-
yen los depósitos del Banco de Inglaterra y los de los bancos comer-
ciales londinenses, y la reserva bancaria del Banco de Inglaterra, que es
el único efectivo disponible frente a estos pasivos, es también la úni-
ca reserva en efectivo frente a pasivos similares de los bancos privados
londinenses, los bancos provinciales ingleses y los bancos escoceses e
irlandeses. Por lo tanto, en el caso de Inglaterra, el método de compa-
ración muestra una proporción mayor entre efectivo y pasivos de la que
en realidad existe.

(1) BANCA INGLESA


Pasivos £
Depósitos del Banco de Inglaterra, menos los sal-
dos estimados de los bancos comerciales a 31 de
diciembre de 1872................................................ 29.000.000
Depósitos de los bancos comerciales londinenses a
31 de diciembre de 1872 (véase «Economist», 8 de
febrero de 1873)................................................... 91.000.000
Total pasivos.............................. 120.000.000
Reserva de efectivo £
Reserva bancaria en el Banco de Inglaterra........... 13.500.000

La proporción entre la reserva de efectivo y los pasivos frente al


público es de un 11,2 por 100.

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(2) BANCO DE FRANCIA (Febrero de 1873)


Pasivos £
Circulación........................................................... 110.000.000
Depósitos.............................................................. 15.000.000
Total pasivos.......................................................... 125.000.000
Reserva de efectivo £
Moneda y lingotes de oro en mano....................... 32.000.000

La proporción entre la reserva de efectivo y los pasivos frente al


público es de un 25 por 100.

(3) BANCOS DE ALEMANIA (Enero de 1873)


Pasivos £
Circulación........................................................... 63.000.000
Depósitos.............................................................. 8.000.000
Aceptaciones y endosos......................................... 17.000.000
Total pasivos.............................. 88.000.000
Reserva de efectivo £
Efectivo en mano................................................. 41.000.000

La proporción entre la reserva de efectivo y los pasivos frente al


público es de un 47 por 100.

(4) BANCOS NACIONALES DE LOS ESTADOS


UNIDOS (3 de octubre de 1872)
Pasivos £
Circulación................................................................ 67.000.000
Depósitos................................................................... 145.000.000
Total pasivos.................................. 212.000.000
Reserva de efectivo £
Moneda y medios de curso legal en manos del público.... 26.000.000

La proporción entre la reserva de efectivoy los pasivos frente al


público es de un 12,3 por 100.
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Apéndices209

RESUMEN
Pasivos frente Efectivo Proporción
al público mantenido entre efectivo
£ £ y pasivos (%)
Banco de Inglater ra y
bancos comerciales lon-
dinenses 120.000.000 13.500.000 11,2
Banco de Francia 125.000.000 32.000.000 25,0
Bancos de Alemania 88.000.000 41.000.000 47,0
Bancos nacionales de los
Estados Unidos 212.000.000 26.000.000 12,3

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NOTA B

EXTRACTO DE LAS PRUEBAS APORTADAS POR MR.


ALDERMAN SALOMONS ANTE LA COMISIÓN ESPECIAL
DE LA CÁMARA DE LOS COMUNES EN 1858
1146. Presidente. El efecto de la presión en noviembre sobre ustedes
¿fue, supongo, la de inducirle a incrementar la reserva que tenían en sus
manos, y también a incrementar sus depósitos en el Banco de Ingla-
terra? —Sí, así fue; pero deseo decir a la Comisión que eso se realizó
casi completamente permitiendo que vencieran las letras de cambio
que manteníamos, y no mediante más dinero, o reduciendo nuestros
servicios a nuestros clientes. Quizás puede ser de interés para la Comi-
sión saber que el 11 de noviembre mantuvimos una cantidad de letras
descontadas por intermediarios de 5.623.000 libras. De estos efectos,
2.800.000 libras vencieron entre el 11 de noviembre y el 4 de diciem-
bre, y 2 millones de libras más entre el 4 y el 31 de diciembre. Así, ven-
cieron alrededor de 5 millones de libras entre el 11 de noviembre y el
31 de diciembre; por consiguiente estábamos preparados, simplemente
a través del vencimiento de nuestras letras de cambio, para atender cua-
lesquiera demandas que se nos pudieran hacer.
1147. Comprendo que diga que no dejó de prestar su habitual
servicio a sus propios clientes, pero ¿dejó de tener un depósito con los
intermediarios de efectos en una cantidad de dinero tan grande como
la que tenía antes? —No es exactamente así; se permitió que vencieran
los efectos que habíamos descontado y descontamos menos; mantuvi-
mos una gran reserva de efectivo.
1148. Es decir, ¿retiró del ámbito comercial una parte de esos cré-
ditos que había proporcionado antes y al mismo tiempo aumentó sus
depósitos en el Banco de Inglaterra? —Sí, aumentaron nuestros depó-
sitos en el Banco de Inglaterra. Aparte de eso no retiramos créditos.
1149. Mr. Weguelin. ¿Le solicitaron los intermediarios de letras algo
de dinero? —Una pequeña cantidad; quizás alrededor de 500.000 libras
o menos, que no concedimos.
1150. Presidente. Lo que entiendo que está diciendo es que el efecto
de la presión comercial sobre ustedes, ¿fue para inducirles a retirar del
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212 Walter Bagehot

comercio una cantidad de crédito que en otros momentos habían pro-


porcionado y al mismo tiempo aumentar sus depósitos en el Banco de
Inglaterra? —Sólo en la medida que dejamos de descontar a los desco-
nocidos, personas que no tenían cuentas corrientes con nosotros.
1151. ¿O para proporcionar la misma cantidad a los intermediarios
de efectos? —Durante un tiempo, en vez de descontar a intermediarios
y a desconocidos, dejamos que vencieran las letras en nuestro poder,
y permanecimos inactivos con la perspectiva de poder enfrentarnos a
cualquier demanda que se nos pudiera hacer.
1152. Exceptuando las cuantías que se sintieron obligados a con-
tinuar dando a sus clientes, ¿dejaron de hacer anticipos? —Completa-
mente; quizás podría decir al mismo tiempo que además de mantener
un saldo bastante grande en el Banco de Inglaterra, que, desde lue-
go, estaba tan disponible como si estuviera en nuestras propias cajas,
aumentamos los billetes en nuestras cajas en la oficina principal y en
todas nuestras sucursales.
1153. Supongo que en ese momento los bancos comerciales de
Londres realizaron grandes ventas de títulos públicos, valores que fue-
ron comprados por el público —Tenemos entendido que algunos ban-
cos comerciales y de otro tipo vendieron, pero tengo la seguridad de
que el público compró gran cantidad, porque siempre compra cuando
los fondos escasean.
1154. ¿Podría proporcionar a la Comisión su propia opinión res-
pecto al efecto que, de una forma u otra, puede haber producido el sis-
tema de bancos comerciales en cuanto al agravamiento o disminución
de la presión comercial en otoño del último año? —En términos gene-
rales, debo afirmar que los bancos comerciales, así como todos los ban-
cos, en Londres, al recaudar dinero de aquellos que lo tenían de sobra,
han ayudado necesariamente, y no podían hacer otra cosa que ayudar al
comercio, tanto entonces como en cualquier otro momento.
1155. Afirma que sus montos descontados, por su propia cuenta o
a través de intermediarios de letras, son habitualmente muy grandes,
pero que en el momento de mayor presión, ¿los redujo en la medida
que creyó justa para sus propios clientes inmediatos? —Sí; pero el capi-
tal estaba aún allí, porque estaba en el Banco de Inglaterra, y estaba dis-
ponible para ser utilizado en periodos cortos; si no lo hubiéramos que-
rido, otros podrían haberlo utilizado.
1156. Mr. Weguelin. De hecho, ¿lo utilizó el Banco de Inglaterra?
—Supongo que sí, sin lugar a dudas; no cabe cuestionárselo.
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Apéndices213

1157. ¿Y por supuesto ustedes tenían la certeza de poder retirar sus


depósitos del banco de Inglaterra con sólo exigirlos? —No tuvimos
ninguna duda acerca de eso.
1158. ¿No tomaron en consideración el efecto de la ley de 1844,
que podría haber situado al Departamento de Operaciones Bancarias
del Banco de Inglaterra en una posición en la que no pudiera hacer
frente a las demandas de sus depositantes? —Tengo que decir que nun-
ca nos preocupó lo más mínimo.
1159. Por lo tanto, ¿consideraron ustedes que si llegara el momen-
to, el gobierno intervendría con alguna medida como había hecho pre-
viamente para permitir al Banco hacer frente a las demandas que se
le hacían? —Siempre pensamos que si el Banco de Inglaterra hubie-
ra dejado de realizar pagos, toda la maquinaria del gobierno se hu­biera
detenido con ello, y nunca creímos que surgiría una calamidad tan
enorme si el gobierno hubiera podido impedirla.
1160. Presidente. ¿Nunca creyeron que la convertibilidad de los
billetes pudiera estar en peligro? —Ni por un momento; nada de eso.
1161. Mr. Weguelin. No me refiero a la convertibilidad del bille-
te, sino a la situación del Departamento de Operaciones Bancarias del
Banco de Inglaterra. —Si hubiéramos pensado que había alguna duda
sobre ello, habríamos cogido nuestros billetes de banco y los hubiéra-
mos puesto en nuestro cofre más seguro. No pudimos creer ni por un
momento que pudiera ocurrir un suceso de esa clase.
1162. Por lo tanto, ¿piensan que la medida adoptada por el gobier-
no de emitir una carta autorizando al Banco de Inglaterra a incremen-
tar sus emisiones de billetes con respaldo en los valores, era lo que se
esperaba en general por el mundo comercial, y lo que esperaría en el
futuro este mundo en tal conjunción de circunstancias? —Esperába-
mos alguna medida de dicha naturaleza. Esa, sin lugar a dudas, era la
más obvia. Tuvimos grandes dudas hasta el último momento de que se
realizara cuando se hizo.
1163. ¿Ha contemplado usted alguna vez la posibilidad de que, en
circunstancias similares a las que existían en noviembre de 1857, el
Banco rehuse adelantar fondos sobre títulos de buena calidad bancaria?
—Desde luego, y es muy difícil contestar la pregunta respecto a cuál
podría ser el efecto; pero me parece que está tan profundamente arrai-
gada en las mentes del mundo comercial la idea de cuándo se tiene un
buen valor éste debería ser convertible de alguna u otra forma en el
Banco, en efecto, dudo en gran medida sobre si el Banco puede adop-
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214 Walter Bagehot

tar alguna vez una posición de rehusar a ayudar a las personas que tie-
nen valores comerciales aceptables que ofrecer.
1164. Mr. Cayley. Cuando dice que han alcanzado un nuevo acuer-
do respecto al pago de intereses sobre los depósitos, ¿habla sólo de uste-
des mismos como el London and Westminster Bank, o junto a otros
bancos coordinados con ustedes? —Creo que todos los bancos están
de acuerdo en que no es deseable, ni para sus propietarios ni para el
público, seguir al pie de la letra y en todo momento las modificacio-
nes del Banco. Creo que todos coinciden en no querer seguir esa tra-
yectoria en el futuro.
1165. ¿Es que considera que puede ser peligroso en algunas cir-
cunstancias particulares? —No puedo decir que sea peligroso, pero no
cabe duda de que hay una idea en la opinión pública a la que no debe-
ríamos enfrentarnos, que es que cuando se ofrece un elevado tipo de
interés por el dinero, se hace más porque se necesita el dinero de la per-
sona que por obedecer el tipo de mercado; y creo que es deseable que
se muestre que si las personas desean colocar su dinero a una tasa exce-
siva, es mejor que lo lleven a otro lado y lo empleen ellos mismos.
1166. ¿Piensa que existe ahora un entendimiento general entre
los bancos que usted ha mencionado, para actuar siguiendo un princi-
pio diferente del que siguieron durante los pasados meses de octubre y
noviembre? —Creo poder decir que me consta que es así.
1167. ¿No fue el caso que este sistema de pagar una tasa de interés
tan alta sobre depósitos a la vista comenzó en gran medida con la lle-
gada de algunos bancos durante el último año o dos, los cuales, en vez
de exigir diez días o un mes de preaviso de retiro, estaban dispuestos a
pagar intereses con sólo tres días de preaviso? ¿No comenzó ese sistema
hace alrededor de dos años? —No creo que comenzara con los nue-
vos bancos; creo que se inició con uno de los bancos más antiguos; sé
que, respecto a mi propio banco, estuvimos obligados a hacerlo; olvi-
dé decir que, con respecto a nosotros mismos a la hora de tomar dine-
ro en depósito, las partes deben dejar el dinero durante un mes, o per-
derán el interés. No tomamos dinero a interés de ningún depositante a
menos que entienda y acepte permanecer un mes con nosotros; pue-
de retirarlo durante el mes, pero entonces pierde el interés; no obten-
drá el interés a menos que esté con nosotros un mes, y entonces pue-
de retirarlo sin avisar.
1168. ¿Es o no cierto que algunos de los bancos pagan interés sobre
sus cuentas corrientes? —Sí, creo que la mayoría de los bancos nuevos
lo hace; y la Union Bank of London lo hace.
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Apéndices215

1169. ¿Supongo que a un menor tipo que sobre sus depósitos?


—Creo que a un tipo menor, pero creo que es un tipo fijo sobre el
saldo mínimo durante un periodo, ya sean seis meses o un mes, no
conozco exactamente el periodo. Pienso que debería añadir (y creo
que es el caso de todos los bancos) que el London and Westminster
Bank, desde el día de su fundación hasta la actualidad, no ha redescon-
tado nunca una letra. Ninguna letra ha salido de este banco que no sea
al vencimiento.
1170. ¿No es ese el caso generalmente de los bancos comerciales
londinenses? —Creo que lo es.
1171. Mr. Weguelin. Pero, ¿prestan ustedes algunas veces dinero
sobre las letras depositadas con ustedes por los intermediarios de letras?
—Sí.
1172.Y en ocasiones, ¿ustedes solicitan ese dinero y vuelven a entre-
gar esos títulos? —Sí, pero lo hacemos en un grado muy pequeño.
1173. ¿No es equivalente a un redescuento de letras? —No; el des-
cuento de una letra y prestar dinero sobre letras son cosas muy diferen-
tes. Cuando descontamos una letra, ésta se convierte en nuestra pro-
piedad; está bajo nuestro control, y la mantenemos y guardamos hasta
que vence; pero cuando los intermediarios acuden a nosotros y quieren
pedir prestado, por ejemplo 50.000 libras sobre el depósito de letras, y
les damos el dinero y luego les devolvemos las letras al recuperar nues-
tro dinero.
1174. Cuando ustedes quieren emplear su dinero durante un breve
periodo, ¿no aceptan a menudo letras de vencimiento distante y reali-
zan anticipos sobre ellas? —Pero eso no es un redescuento por nues-
tra parte. Muy a menudo los intermediarios, al tomar prestado dinero,
envían letras a largo plazo, y después exigimos el repago; pero eso no es
un redescuento más de lo que lo es prestar dinero sobre consols y pedir
el dinero de nuevo. No es un anticipo de nuestra parte; no lo buscamos;
ellos vienen y consiguen nuestro dinero prestado, y nos proporcionan
un título; cuando queremos nuestro dinero lo pedimos y devolvemos
su título. Esto sin duda no es un redescuento.
1175. Mr. Hankey. ¿No hay una clara distinción entre devolver una
letra sobre la cual se ha realizado un anticipo y descontar una letra, en
el sentido de que el riesgo del banco continúa hasta el vencimiento de
la letra descontada? —Sí.
1176. En el otro caso, ¿no tiene ninguna obligación adicional, cual-
quiera que sea? —Ciertamente.
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216 Walter Bagehot

1177. ¿No la consideraría como una distinción muy importante?


—Creo que es una distinción importante. Considere este caso: supon-
ga que un individuo acude a nosotros y pide prestadas 50.000 libras y
se las prestamos, y que cuando vence nuestro préstamo recuperamos el
dinero. Sin duda, esto no es un descuento por nuestra parte.
1178. ¿No hay esta distinción, de que si ustedes redescuentan pue-
den continuar asumiendo el riesgo con respaldo del banco hasta una
cantidad casi ilimitada, mientras que en el otro caso sólo les devuelven
el dinero que han prestado? —Sin lugar a dudas.
1179. Mr. Cayley. El último ministro de Hacienda afirmó antes del
receso, en un discurso en la Cámara de los Comunes, que durante el
lunes, martes, miércoles y jueves del pánico, el Banco fue prácticamente
el único organismo que descontó letras de cambio comerciales; ¿cómo
cuadra eso con lo que ha dicho, de que proporcionaban tantos prés-
tamos a sus clientes como hacían habitualmente? —No soy responsa-
ble de lo que dijo el ministro de Hacienda; soy responsable de lo que
ahora estoy declarando respecto a la trayectoria de nuestro banco, que
nuestros anticipos a nuestros clientes el 31 de diciembre fueron casi
500.000 libras superiores a los del 31 de octubre. Con respecto a que
no descontáramos a otras partes, era como consecuencia del descrédi-
to que existía, era necesario que mantuviéramos una parte de nuestros
depósitos para que estuvieran disponibles en el caso de que los solici-
taran; un cierto número de personas lo hizo; en el mes de noviembre
tuvimos una reducción de nuestros depósitos, y si hubiéramos seguido
descontando a los intermediarios, tendríamos que haber acudido noso-
tros mismos al mercado para conseguir el dinero sobre nuestros valores
del gobierno, pero evitamos al no descontar, y dejar nuestro dinero en
el Banco de Inglaterra.
1180. Entonces, ¿no descontaron tanto como era habitual a sus
clientes durante ese periodo? —Sí, lo hicimos y más.
1181. ¿Pero no a desconocidos? —No a desconocidos; hago una
distinción entre las transacciones con nuestros clientes, que desde lue-
go esperan que les prestemos servicios, y los descuentos a los interme-
diarios, que son completamente voluntarios, dependiendo de que ten-
gamos dinero para emplear.
1182. ¿Qué hubiera ocurrido si la carta no se hubiera emitido en el
último momento? —Ésa es una pregunta que apenas puedo contestar.
1183. ¿Qué quiere decir con esa expresión general? —Resulta
imposible afirmar lo que puede suceder en un momento de pánico y
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Lombard street. Una descripcio n del mercado de dinero.indb 216 26/06/12 17:02
Apéndices217

alarma. Una gran alarma prevaleció ciertamente en el mundo comer-


cial, y podría no haberse aliviado nunca, excepto a través de algunos
medios extraordinarios de ayuda. Probablemente podríamos haber
estado en la situación en la que estaba Hamburgo, donde no hay bille-
tes de banco en circulación.
1184. Mr. Spooner. ¿Qué quiere decir con la expresión, «el último
momento»? Usted dijo que la carta llegó en el último momento, ¿el
último momento de qué? —Fue al final del día; era un día de gran
angustia. Durante dos días hubo una gran ansiedad, y todo el mundo
esperaba que hubiera alguna ayuda; y supongo que la carta llegó cuan-
do la expectación estaba muy exaltada, y fue un alivio.
1185. ¿No puede decirnos cuál hubiera su opinión si ese último
momento hubiera pasado y la carta no hubiera llegado? —Es muy difí-
cil de decir; sería mucho decir que no se habría recuperado. No pue-
de dudarse de que, fuera lo que fuese lo que creó la dificultad, ésta se
generó fuera de Londres y no dentro; y, por lo tanto, resulta mucho
más complicado para mí dar una opinión. Creo que el interés bancario,
tanto privado como comercial, estaba en una situación perfectamen-
te sólida, y capaz de soportar cualquier tensión que pudiera haber sur-
gido en Londres.
1186. Mr. Hankey. ¿Puede proporcionar a la comisión alguna idea
respecto a qué proporción de depósitos considera que es generalmen-
te deseable mantener en reserva? —Uno se debe guiar por las circuns-
tancias. En momentos de alarma, cuando hay quiebras, desde luego,
todos los banqueros fortalecen sus reservas; entonces nuestra reserva es
mayor. En momentos de negocio normal nos encontramos, tanto res-
pecto a nuestros depósitos que perciben un interés como a los que no,
que hay una circulación constante; que los ingresos de dinero casi igua-
lan los pagos.
1187. Usted probablemente mantiene en todo momento una cierta
cantidad de depósitos totalmente sin emplear; ¿en reserva? —Sí.
1188. En una situación normal de negocios comerciales, ¿existe
alguna proporción fija, o puede proporcionar a la Comisión alguna idea
respecto a la que usted considera una proporción razonable y deseable
que debería mantenerse de esa forma sin emplear? —Creo que la mejor
idea que puedo ofrecer sobre ese tema es proporcionar nuestro infor-
me anual, o balance de situación a 31 de diciembre.
1189. ¿Muestra la cantidad de dinero sin emplear que tenía ese
día? —Sí. Presentaré un informe, que quizás será el mejor medio
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218 Walter Bagehot

para contestar la pregunta, que muestre el efectivo en mano el 30 de


junio y el 31 de diciembre de cada año, como se muestra en nuestras
cuentas publicadas, junto con nuestro dinero a disposición y nuestros
valores públicos; ése será quizás el modo mejor y más conveniente de
proporcionar la información que ustedes desean tener (véase el cua-
dro al final).
1190. ¿Considera que cuando sus depósitos aumentan de forma
importante, es necesario mantener una cantidad mayor de dinero en
reserva de la que mantendría en otros momentos? —Puedo decir que,
como regla general, nuestra reserva siempre guarda una proporción en
relación con nuestros depósitos.
1191. ¿Emplean su dinero en el descuento de efectos a otras perso-
nas distintas de sus propios clientes? —A corredores de letras.
1192. ¿Sólo a ellos? —Sí.
1193. ¿No a desconocidos que habitualmente les llevan efectos;
establecimientos comerciales? —Diría que generalmente no. Tenemos
uno o dos establecimientos a los que descontamos que no tienen cuen-
tas con nosotros como banqueros, pero generalmente no descontamos
excepto a nuestros clientes o a intermediarios de letras.
1194. ¿Considera que puede surgir alguna ventaja para el público si
el Banco de Inglaterra que anticipe en mayor medida de lo que pueda
ser considerada estrictamente prudente bajo el principio más sólido de
la banca, bajo la idea de ofrecer ayuda al mundo comercial? —Como
dije antes, conforme haya letras aceptables en circulación, es decir, letras
acerca de las cuales no exista ninguna duda de que se van a pagar al
vencimiento, debería haber medios a través de los cuales se pudieran
descontar esas letras.
1195. ¿Y piensa que es parte de las funciones del Banco de Ingla-
terra descontar una letra a cualquier persona, simplemente porque el
individuo que mantiene la letra desea convertirlo en efectivo? —Como
dije antes, el Banco de Inglaterra tendrá una enorme dificultad para
desterrar esa idea inconveniente que existe en la mente del público de
que el Banco de Inglaterra es algo más que un banco comercial normal.
Creo que tiene que depender mucho de las circunstancias si uno puede
o no denegar el descuento de letras aceptables que se le ofrecen.

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Apéndices219

Depósitos totales de dinero en cuentas corrientes


en el London and Westminster Bank; también cantidad
de efectivo en mano, dinero en los intermediarios de letras
a la vista y títulos públicos mantenidos por el Banco
Efectivo Dinero Títulos
Depósitos TOTAL
Fecha en mano a la vista públicos
£ £
£ £ £
31 de diciembre de 1845 3.590.014 563.072 628.500 1.039.745 2.231.317
31 de diciembre de 1846 3.280.864 634.575 423.060 938.717 1.996.352
31 de diciembre de 1847 2.733.753 721.325 350.108 791.899 1.863.332
30 de junio de 1848 3.170.118 588.871 159.724 1.295.047 2.043.642
31 de diciembre de 1848 3.089.659 645.468 176.824 1.189.213 2.011.505
30 de junio de 1849 3.392.857 552.642 246.494 964.800 1.763.936
31 de diciembre de 1849 3.680.623 686.761 264.577 973.691 1.224.029
30 de junio de 1850 3.821.022 654.649 258.177 972.055 1.884.881
31 de diciembre de 1850 3.969.648 566.039 334.982 1.089.794 1.990.815
30 de junio de 1851 4.414.179 691.719 424.195 1.054.018 2.169.932
31 de diciembre de 1851 4.677.298 653.946 378.337 1.054.018 2.080.301
30 de junio de 1852 5.245.135 861.778 206.687 1.054.018 2.122.483
31 de diciembre de 1852 5.581.706 855.057 397.087 1.119.477 2.371.621
30 de junio de 1853 6.219.817 904.252 499.467 1.218.852 2.622.571
31 de diciembre de 1853 6.259.540 791.699 677.392 1.468.902 2.937.993
30 de junio de 1854 6.892.470 827.397 917.557 1.457.415 3.202.369
31 de diciembre de 1854 7.177.244 694.309 486.400 1.451.074 2.631.783
30 de junio de 1855 8.166.553 722.243 483.890 1.754.074 2.960.207
31 de diciembre de 1855 8.744.095 847.856 451.575 1.949.074 3.248.505
30 de junio de 1856 11.170.010 906.876 601.800 1.980.489 3.489.165
31 de diciembre de 1856 11.438.461 1.119.591 432.000 2.922.625 4.474.216
30 de junio de 1857 13.913.058 967.078 687.730 3.353.179 5.007.987
31 de diciembre de 1857 13.889.021 2.226.441 1.115.883 3.582.797 6.925.121

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NOTA C

INFORME DE LA CIRCULACIÓN Y LOS DEPÓSITOS


DEL BANCO DE DUNDEE EN INTERVALOS DE DIEZ AÑOS
ENTRE 1764 Y 1864
Circulación Depósitos *
Año
£ £
1764 30.395 –
1774 27.670 –
1784 56.342 –
1794 50.254 48.809
1804 54.096 157.821
1814 46.627 445.066
1824 29.675 343.948
1834 26.467 563.202
1844 27.504 535.253
1854 40.774 705.222
1864 41.118 684.898

  El Banco no comenzó a recibir depósitos hasta 1792, año en el que alcanzó la


*

cantidad de 35.944 libras.

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Lombard street. Una descripcio n del mercado de dinero.indb 222 26/06/12 17:02
NOTA D

REUNIÓN DE LOS PROPIETARIOS DEL BANCO DE


INGLATERRA
13 de septiembre de 1866 (Del Economist, 22 de septiembre de
1866)
Se celebró una Asamblea General del Banco de Inglaterra en el
Banco a las doce del día 13, con el propósito de fijar un dividendo para
el semestre pasado.
Mr. Launcelot Holland, el gobernador del Banco, que presidía la
ocasión, se dirigió a los propietarios de la siguiente forma: —Esta es una
de las asambleas generales trimestrales establecidas por nuestro estatu-
to, y es también una de nuestras asambleas generales semestrales, cele-
brada según nuestras leyes, con el propósito de fijar un dividendo—.
El informe que tengo en mis manos muestra que los beneficios netos
del Banco para el semestre que acaba el 31 de agosto último alcanza-
ron la cantidad de 970.014 libras, 17 chelines y 10 peniques; siendo la
cantidad del excedente en ese día de 3.981.783 libras, 18 chelines y
11 peniques; y después de establecer un dividendo al tipo de 6 libras,
10 chelines por ciento, el resto se sitúa en 3.035.838 libras, 18 cheli-
nes y 11 peniques. Por lo tanto, la asamblea de directores propone un
dividendo semestral de interés y beneficios, en la cantidad de 6 libras y
10 chelines por ciento, sin deducir a cuenta el impuesto sobre la ren-
ta, dividendo que se hará el próximo 10 de octubre. Esa es la propues-
ta que tengo que presentar ahora ante la asamblea general; pero como
han ocurrido importantes sucesos desde la última reunión, creo que es
conveniente que me refiera a ellos brevemente en esta ocasión. Se ha
ejercido una gran presión en los últimos meses sobre los recursos de
esta casa, y de toda la comunidad bancaria de Londres, y creo tener el
derecho de decir que no sólo esta casa, sino todo el sistema bancario, se
desenvolvieron con la mayor honorabilidad y credibilidad durante todo
ese duro periodo. La banca es un negocio muy peculiar y tan depen-
diente del crédito que la menor ráfaga de sospecha es suficiente para
barrer, por así decirlo, con la cosecha de todo el año. Pero la manera
general en que los establecimientos bancarios de Londres se enfrenta-
ron a las demandas que les realizaron durante la mayor parte del pasa-
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Lombard street. Una descripcio n del mercado de dinero.indb 223 26/06/12 17:02
224 Walter Bagehot

do medio año proporciona una prueba de lo más satisfactoria respecto


a la solidez de los principios que guían su negocio. Esta casa se esforzó
al máximo —y con mucho éxito— para hacer frente a la crisis. Resis-
timos en nuestro puesto. Cuando la tormenta nos alcanzó, la maña-
na en que supimos que el establecimiento de Overend and Co. había
quebrado, estábamos en una posición tan sólida y sana como cualquier
establecimiento bancario podía estar, y en ese día y durante la sema-
na siguiente hicimos anticipos que apenas podían creerse. No pienso
que nadie hubiera pensado predecir, incluso muy poco antes, la enor-
me cantidad de dichos anticipos. Era natural que en esta situación se
hubiera introducido en la mente del público un cierto grado de alarma,
y que aquellos que necesitaban el servicio del Banco hubieran acudido
al ministro de Hacienda y solicitado al gobierno que nos autorizara a
emitir billetes por encima de la cantidad estatutaria, si pensáramos que
dicha medida fuese deseable. Pero tuvimos que actuar sin haber reci-
bido dicha autorización y quizás antes de que el ministro de Hacien-
da saltara de su cama, habíamos anticipado la mitad de nuestras reser-
vas, que ciertamente de esta forma se redujeron a una cantidad que no
pudimos contemplar sin pesar. Pero no podíamos flaquear ante el deber
de apoyar a la comunidad bancaria que a nuestro entender se nos impo-
nía, y no soy consciente de que se rechazara ninguna solicitud legíti-
ma de ayuda que se hiciera a este establecimiento. Todo caballero que
vino aquí con garantías adecuadas fue tratado de una forma generosa, y
aun cuando no pudiera prestársele enteramente el servicio que se soli-
citaba, nadie que ofrecía una seguridad adecuada dejó de obtener una
satisfacción de esta casa. Quizás he ido un poco más allá en los detalles
de lo que suele ser habitual en estas ocasiones, pero los momentos han
sido inusualmente interesantes, y pienso que era conveniente decir esto
en justificación del rumbo adoptado por este establecimiento de redu-
cir sus saldos hasta un punto que algunos caballeros pueden considerar
peligroso. Sin embargo, repasando los sucesos recientes, no existe culpa-
bilidad alguna para eximir ante esta asamblea por no haber estado pre-
parados para un tornado tal como el que estalló sobre nosotros el 11 de
mayo; y espero que la asamblea de propietarios opine que sus directores
actuaron adecuadamente en esa ocasión, y que hicieron todo lo posi-
ble para hacer frente a un estado muy extraordinario de circunstancias.
Ahora sólo tengo que proponer que se acepte un dividendo al tipo de
6 libras y 10 chelines por ciento para el pasado semestre.
Mr. Hyam dijo que antes de que se planteara la cuestión deseaba
exponer unas pocas observaciones a la asamblea. Creía que el infor-
me de cuentas que se había presentado ante ellos era perfectamente
satisfactorio. También pensaba que los directores habían hecho todo lo
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Lombard street. Una descripcio n del mercado de dinero.indb 224 26/06/12 17:02
Apéndices225

posible para ayudar a las clases comerciales durante toda la pasada cri-
sis monetaria; pero le parecía al mismo tiempo que habían fallado al no
haber acudido antes al ministro de Hacienda para que suspendiera los
efectos de la Ley Bancaria. Era bien conocido que la demanda sobre
el Banco había menguado sustancialmente al comienzo del día, a raíz
de un rumor que había circulado extensamente, acerca de que se había
concedido el permiso para exceder los límites establecidos en la Ley.
Sin embargo, esa concesión sólo se había logrado después de urgentí-
simas peticiones dirigidas al ministro de Hacienda a última hora de la
noche, y si se hubiesen rechazado entonces, él estaba convencido de
que la situación habría sido mucho peor el sábado de lo que había sido
el viernes. El hecho era que la Ley de 1844 era totalmente inadecua-
da para las necesidades presentes del país, que desde ese periodo había
triplicado o cuadruplicado su comercio; y le pesaba saber que la medi-
da parecía contar con la aprobación de muchos de sus directores. Cual-
quiera que leyera los discursos realizados a lo largo de la discusión sobre
la moción de Mr. Watkins tenía que darse cuenta que el tema requería
investigación adicional; y confiaba en que eventualmente se concedie-
ra dicha solicitud de investigación.
Mr. Jones dijo que disentía completamente con las posturas respec-
to a la Ley Bancaria del honorable propietario que se acababa de diri-
gir a la asamblea. En su opinión, la principal causa de la reciente cri-
sis monetaria fue que, mientras que habíamos comprado producción
extranjera por valor de 275 millones de libras en el año 1865, el valor
de nuestras exportaciones había sido sólo de 165 millones de libras, de
tal manera que había un saldo en contra nuestra de 110 millones de
libras. Creyó que el Banco actuó sabiamente al resistir todo intento de
aumentar el papel moneda, y estaba convencido de que los integrantes
de las clases trabajadoras serían los que menos probabilidades tenían de
beneficiarse del aumento de precios que produciría dicho cambio.
Mr. Moxon dijo que le gustaría saber cuál era la cantidad de présta-
mos fallidos otorgados por el banco durante el pasado semestre. Fuera
de sala circulaban con fuerza versiones que durante ese periodo se les
había devuelto a los directores entre 3 y 4 millones de libras de letras.
El gobernador del Banco: —¿Puedo preguntar cuál es su fuen-
te para hacer tal afirmación? No resulta sumamente divertido oírla, y
nunca hemos podido rastrear un rumor de esa clase hasta una fuente
autorizada.
Mr. Moxon continuó: —Ya fueran las deudas malas grandes o
pequeñas, él pensaba que era deseable conocer su cantidad real. Les
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Lombard street. Una descripcio n del mercado de dinero.indb 225 26/06/12 17:02
226 Walter Bagehot

habían dicho en su última reunión que el Banco mantenía una gran


cantidad de obligaciones del ferrocarril; y que le gustaría saber si algu-
nas de esas obligaciones procedían de compañías del ferrocarril que
desde entonces habían incumplido sus obligaciones. Tenía entendido
que una parte del patrimonio estaba comprometida en anticipos rea-
lizados a cuenta del Thames Embankment, y de otras maneras que no
dejaban que el dinero estuviera disponible para propósitos generales
bancarios y comerciales; y si fuera así, debía expresar su desaprobación a
dicha política. Había otro importante punto que deseaba advertir. Esta-
ba ansioso por saber cuál era el saldo conjunto de los bancos comer-
ciales en el Banco de Inglaterra. Temía que en un momento u otro, los
bancos comerciales estuvieran en una situación de exigir quizás la sus-
pensión del Banco de Inglaterra. Si no fuera así, cuanto antes estuvie-
ra el público completamente informado sobre el asunto, mejor. Pero si
diez o doce bancos comerciales tenían grandes saldos en el Banco de
Inglaterra, y si los saldos del Banco disminuyeran mucho, la gente natu-
ralmente comenzaría a sospechar que los bancos comerciales tenían
más poder sobre el Banco de Inglaterra del que deberían. Deseaba ade-
más preguntar si los directores habían considerado últimamente la con-
veniencia de pagar interés por los depósitos. Creía que ante su modo
actual de llevar a cabo su negocio estaban renunciando a importantes
beneficios que podrían recibir de forma provechosa para ellos mismos
y para el público; y recomendaría que emprendieran la custodia de los
títulos según el sistema adoptado por el Banco de Francia. En conclu-
sión, propuso tres resoluciones, con los siguientes propósitos: primero,
la impresión de una lista de todos los propietarios de acciones del Ban-
co, con una entrada separada de los nombres de todas aquellas perso-
nas que no tenían derecho a votar debido a que poseían un número
muy pequeño de acciones, o por el escaso tiempo en que las tuvieron;
segundo, que una copia del estatuto del Banco, con las reglas, disposi-
ciones y leyes aprobadas para el buen gobierno de la sociedad anónima,
sea editada para el uso de los accionistas; y, tercero, la designación de los
auditores para realizar auditorías detalladas de sus cuentas.
Mr. Gerstenberg recomendó que los directores dieran algún paso
con el propósito de impedir la difusión de nociones erróneas como
aquéllas que últimamente circulan en el continente, acerca de que el
Banco pensaba suspender los pagos en metálico.
Mr. W. Botly dijo que deseaba que los directores consideraran la
conveniencia de pagar interés sobre los depósitos.
Mr. Alderman Salomons dijo que deseaba aprovechar la oportuni-
dad para señalar que creía que nada podría ser más satisfactorio para
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Lombard street. Una descripcio n del mercado de dinero.indb 226 26/06/12 17:02
Apéndices227

los directores y accionistas de los bancos comerciales que el testimo-


nio que el gobernador del Banco de Inglaterra había sostenido ese día
sobre la manera sólida y honorable en la que eran dirigidos sus nego-
cios. Era evidentemente deseable que los bancos comerciales y el inte-
rés bancario debieran trabajar generalmente en armonía con el Banco
de Inglaterra; y él agradecía sinceramente al gobernador del Banco por
la manera amable en que había aludido al modo en el que los bancos
comerciales se habían enfrentado a la última crisis monetaria.
El gobernador del Banco dijo: —Antes de hablar de la cuestión
sobre la aprobación de un dividendo, deseo referirme a uno o dos
puntos que han sido planteados por los caballeros que se han dirigido
a la asamblea en esta ocasión. El asunto más destacado que se nos ha
señalado es la conveniencia de permitir el pago de un interés sobre los
depósitos; y sobre ese punto tengo que decir que creo que no se pueda
hacer una innovación más peligrosa en la práctica del Banco de Ingla-
terra. La caída de Overend and Gurney y de otros muchos estableci-
mientos, tiene que comprenderse a través de la política que adoptaron
de pagar interés por los depósitos a la vista, mientras que ellos mismos
se tentaron a invertir el dinero recibido en especulaciones en Irlanda o
en América, o en el fondo del mar, donde no estaba disponible cuando
surgió un momento de presión.
Mr. Botly dijo que no se refería a los depósitos a la vista.
El gobernador del Banco de Inglaterra continuó: —Es sólo un
asunto de detalle; la cuestión principal es si deberíamos pagar inte-
rés sobre los depósitos, y debo expresar mi completo rechazo a dicha
política. Mr. Moxon se ha referido a la cantidad de nuestras deudas,
pero, como afirmé cuando me tomé la libertad de interrumpirle, nun-
ca pudimos señalar el origen de cualquier rumor que predominó sobre
ese tema. En la medida que se puede hablar de su existencia lo más
probable es que tuviera su origen en la enorme cantidad anticipada
por el Banco. Sin embargo, hay que recordar que no hicimos nuestros
anticipos sin amplias garantías, y la mejor prueba de eso es la cantidad
extraordinariamente pequeña de malas deudas que contrajimos. Nunca
ha sido una característica del Banco exponer cuál fue la cantidad pre-
cisa de esas deudas; pero creo que si fuera a mencionarlo en la presente
ocasión, se encontraría que es tan insignificante que su anuncio apenas
tendría credibilidad. Estoy convencido de que nuestro dividendo actual
ha sido tan honesto y tan duramente ganado como cualquier otro que
hemos conseguido; pero ha sido logrado mediante una gran vigilancia
y una gran ansiedad por parte de todos y cada uno de sus directores; y
añadiré que creo que sólo disminuiría su sentido de responsabilidad, e
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Lombard street. Una descripcio n del mercado de dinero.indb 227 26/06/12 17:02
228 Walter Bagehot

introduciría confusión en la gestión de su negocio, si se transfiriera a


los auditores la preparación de sus cuentas. Si sus directores merecen su
confianza, sin duda son capaces de llevar a cabo esa obligación, y si no
la merecen no deberían continuar en su puesto actual. Con respecto a
la supuesta inmovilización de su capital, tengo que observar que, con
14 millones de libras en nuestras manos, tenemos necesariamente que
invertirlas en una variedad de títulos; pero no hay base para imaginar
que nuestro dinero está inmovilizado y que no está disponible para el
propósito de realizar anticipos comerciales. Anticipamos en el espacio
de tres meses la cantidad de 45 millones de libras; y ¿qué más quieren
que hagamos? Se ha recomendado que deberíamos asumir la custodia
de títulos; pero hemos encontrado necesario rechazar todos los títulos
excepto los de nuestros clientes; y creo que la custodia de títulos está
llegando a ser un mal cada vez mayor. Con respecto a las obligacio-
nes del ferrocarril, no creo que tengamos ninguna de dudoso carácter.
No tenemos obligaciones excepto las de las compañías de ferrocarril
de primera categoría y de compañías que sabemos que están actuando
dentro de sus límites parlamentarios. Habiendo aludido a estos temas,
presentaré ahora la moción para la aprobación del dividendo.
Así se hizo y fue unánimemente aprobada.
Entonces el presidente anunció que la resolución debería confir-
marse por votación el próximo martes, puesto que el Banco no podía,
según las disposiciones de su Ley aprobada por el Parlamento, anunciar
de otra manera que en esa forma un dividendo mayor que el que había
distribuido en el semestre anterior.
Las tres resoluciones propuestas por Mr. Moxon se leyeron enton-
ces; pero no fueron debatidas, ya que no fueron secundadas.
Mr. Alderman Salomons dijo que el gobernador había comentado
que era cuestionable el pago de intereses sobre depósitos; y que todo
el mundo tiene que ver que dicha práctica no debería ser adoptada por
el Banco de Inglaterra. Pero dio por sentado que el gobernador no se
refería a los bancos comerciales que él mismo había dicho habían diri-
gido su negocio de una forma tan loable y exitosa.
El gobernador del Banco dijo que lo que él afirmaba era que dicho
sistema sería peligroso para el Banco de Inglaterra, y lo sería si se llevara
a cabo según la forma que contemplaba Mr. Moxon.
Mr. P. N. Laurie dijo que él entendía que el gobernador del Banco
había dicho que sería peligroso aceptar depósitos a la vista, y que coin-
cidía con esa opinión.
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Apéndices229

Mr. Alderman Salomons dijo que él también era de la misma


opinión.
Bajo la moción de Mr. Alderman Salomons, secundada por Mr.
Botly, se aprobó un voto de agradecimiento al gobernador y a los direc-
tores por su inteligente y exitosa gestión del Banco durante el pasado
semestre, y acto seguido se levantó la sesión.

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