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©1ª Edición Marzo 2018

©Copyright y edición de la obra: Tracy Jane Warren


Diseño de portada: Alexia Jorques
Corrección: Sandra Campos
Maquetación: Teresa Cabañas
©Todos los derechos reservados.
Prohibida su copia o distribución sin la autorización del autor, así como su contenido y/o el
diseño de portada y contraportada.
Gracias por comprar este ebook.
ÍNDICE
PRÓLOGO
CAPÍTULO UNO
CAPÍTULO DOS
CAPÍTULO TRES
CAPÍTULO CUATRO
CAPÍTULO CINCO
CAPÍTULO SEIS
CAPÍTULO SIETE
CAPÍTULO OCHO
CAPÍTULO NUEVE
CAPÍTULO DIEZ
CAPÍTULO ONCE
CAPÍTULO DOCE
CAPÍTULO TRECE
CAPÍTULO CATORCE
EPÍLOGO
NOTA DE LA AUTORA
LIBROS DE LA AUTORA
Voy a amarte hasta que sea la única cosa en el
mundo para ti,
hasta que mi nombre sea la única palabra que
puedas recordar,
hasta que grites de deseo cada vez que respires.
Voy a ver tus ojos convirtiéndose en plata cuando
te haga mía.

ELIZABETH LOWELL
PRÓLOGO

¿Se puede vivir en el infierno aun estando en vida?


Me juré mil veces que no regresaría a ella hasta que pasaran los
quince días, pero no puedo vivir sin mi corazón. Me es imposible sentir o
respirar si no es estando a su lado y cada segundo que estoy lejos de ella
muero por no tenerla. Sabía que sería duro y que debía ser fuerte, pero la
agonía constante de su falta es insoportable, y no resisto un segundo más sin
poder verla.
Las sombras se han vuelto mis compañeras y la soledad de los
callejones son mi refugio. La observo desde el alba hasta el crepúsculo y aun
sabiendo que tras caer la noche no volveré a contemplarla, sigo esperando
durante horas frente a la fachada de nuestro hogar, con la simple esperanza de
estar equivocado y poder verla salir a la calle.
Cada día sigo su rutina sin perderla de vista y me siento orgulloso de
todo lo que ha logrado. Pero el temor a ser un estorbo a su lado, a que me
haya olvidado, o el creer que estar sin mí sea lo mejor para ella, me hace
sufrir una tristeza que me desgarra el alma.
La necesito tanto que no puedo pensar con claridad. Sé que debo darle
tiempo hasta que aclare sus sentimientos o, con suerte, hasta que no pueda
seguir viviendo sin mí como yo no puedo seguir sin ella. Pero es tan duro
desearla y no tenerla, querer sentirla y no poder tocarla, necesitarla y no
poder buscarla, que creo que voy a enloquecer de un momento a otro por su
carencia .
Las luces del crepúsculo están a punto de marcar el final del día y aún
quedan seis días para que termine la espera. Solo tengo el consuelo de seguir
sus pasos a lo lejos y perderme en el recuerdo de un amor que marcó mi vida
para siempre. Un amor que no me dio la opción de poder elegir, pues solo
con verla supe que mi destino era ahora y siempre suyo.
Sin el consuelo de sus brazos siento como el aire frío va ganando
terreno en mi cuerpo, mientras la impaciencia se vuelve tristeza, y solo me
queda abrocharme los botones de mi oscuro abrigo para protegerme del
gélido aliento de la soledad, sin poder dejar de preguntarme: «¿qué estará
haciendo?».
Revivo mil veces cada momento con ella, su sabor, su risa, su tacto y
mi tortura se acentúa cuando veo que las luces se apagan pues me indican que
se ha ido a la cama. «Ahora estaría a su lado, abrazándola». La imagen de
ambos durmiendo juntos me nubla la mente y solo puedo odiar su ausencia al
no poder tocarla.
La añoro tanto que un gemido de dolor sale de mi garganta, debido al
daño que su falta está causando en mí. «¡Mi ángel, mi vida! ¿Cuánto más voy
a poder resistir sin ti?». Bajo la mirada y reviso la calle desierta. «Otra noche
más sin ella» me vuelvo a decir mientras me alejo caminando cabizbajo hasta
mi solitario refugio.
Mañana será un nuevo día y volveré a la tortura de verla sin mí.
Detengo mis pasos y vuelvo a mirar hacia la ventana donde sé que ella
descansa. Deseo tanto estar a su lado, poder besarla y abrazarla.
El frío ya no me alcanza, pues el vacío de mi corazón inunda todo mi
ser, mientras recuerdo que aún faltan demasiados días hasta que pueda
regresar a ella, y niego con la cabeza mientras pienso: «No podré soportarlo».

***

Llevo toda la noche tratando de dormir, y cuando por fin lo consigo,


el alba está a punto de hacer que comience el nuevo día. «Cuatro días más,
solo cuatro» es mi último pensamiento antes de volver a quedarme dormida
anhelando estar junto a él.
Algo me hace reaccionar, una especie de cosquilleo en la cara me
hace regresar del sueño a la vigilia donde no distingo si estoy despierta o aún
sigo dormida. Es una sensación placentera que se parece a la de una suave
caricia recorriendo mi rostro. La noto avanzar lentamente deteniéndose
cuando llega a mi boca, para después dibujar los contornos de mis labios y
volver a recorrer la mejilla en dirección contraria.
Me recuerda a las caricias que cada mañana Christian me regalaba
antes de levantarnos, y juraría que son sus dedos los que juegan por mi rostro.
Lo siento como si fueran plumas deslizándose, pero de una forma tan suave y
lenta que no parecen reales.
Noto como aparta un mechón de mi cabello y me pregunto cómo es
posible tener un sueño tan nítido cuando estoy medio despierta. Su roce en mi
oído vuelve a hacer que dude, pero sigo negando que sea real porque sé que
Christian no está.
Puedo sentir el roce de su aliento a escasos centímetros de mi boca,
oler su aroma, sentir su tacto, y aun así me resisto a creer que pueda ser él,
pues sigo creyendo que solo se trata de un sueño, aunque la duda empieza a
afianzarse en mí.
—Christian —lo llamo en un murmullo y suelto un suspiro.
Vuelvo a apreciar el roce de sus dedos que recorren el camino de
vuelta hacia mi boca, y creo escuchar su voz diciéndome en un susurro:
—Mi ángel.
Sus palabras hacen que las dudas se acentúen, la realidad se confunda
y, sin poder evitarlo, una lágrima cae por mi mejilla por el dolor que me
causa el saber que puedo despertarme y perderlo de nuevo. Un instante
después, cuando aún la duda es dueña de mi mente, él roba de mi rostro la
lágrima caída y vuelvo a escucharlo diciéndome muy tenue:
—Mi pequeña, te hago llorar hasta en sueños.
Percibo el lamento en su voz y sufro por no poder consolarlo. Duele
tanto tenerlo tan cerca y saber que no es real, que pienso que en cualquier
momento voy a enloquecer de tristeza.
Siento sus labios sobre mi sien en un dulce beso, convirtiéndose en la
señal que esperaba mi cuerpo para reaccionar y romper en llanto. La fuerza
de mis sollozos me hacen dudar de que esté dormida, y cuando sus dedos
vuelven a dibujar mi mejilla, el escalofrío de mi cuerpo me da la esperanza de
que tal vez es real y no esté dormida.
Sin atreverme a abrir los ojos me arriesgo a preguntar, a quien quiera
que esté jugando con mi pelo y con mi mente:
—¿Eres real o un sueño? —le interrogo aunque tema la respuesta que
parece evidente.
—Soy un deseo.
Sin poder soportarlo más me atrevo a abrir los ojos y ante mí aparece
la imagen del hombre al que tanto amo y añoro.
—Christian —consigo decirle.
Temblando por tenerle ante mí, extiendo mi mano para tocarle, y al
entrar en contacto mis dedos con su piel, veo como su imagen se disuelve.
—¡No! —grito con todas mis fuerzas.
Un segundo después, con el alarido aún en mi garganta, me incorporo
sudorosa dándome cuenta de que sigo sola. Sin poder evitarlo miro a mi
alrededor con la respiración acelerada, comprobando que como cada noche
todo ha sido una ilusión nacida de mis anhelos.
Aparto las lágrimas de mi cara con rabia, y contemplo su lado vacío
de la cama, dándome cuenta de que otra noche he soñado con sus caricias, su
voz y su aliento. Pero por mucho que lo añore el tiempo va pasando, y él aún
no ha dado ninguna señal de volver a mi lado. «¿Me habrá olvidado?»
«¿Volverá cómo me dijo?» son las preguntas que me atormentan cada día.
Vuelvo a caer sobre el lecho y me aferro a su lado de la almohada para
perderme en su olor.
Sé que no volveré a dormirme, pero quizá el alba se apiade de mí, y
me permita volver a soñar despierta con el hombre que ha vuelto mi mundo
del revés, y al que tanto amo y espero.
CAPÍTULO UNO

—¡Eh, Mary!, te has vuelto a quedar atontada.


Las palabras de Crystal, junto a su empujón, me hicieron volver al
presente de forma abrupta, teniendo que agradecer el estar sentada en el
suelo, o hubiera acabado tirada sobre él en una postura poco apropiada.
Menos mal que mis continuas ensoñaciones ya no pillaban a nadie de
sorpresa, y no me miraban como si fuera un bicho raro. Claro que al estar en
plena terapia rodeada de cuatro mujeres con serios trastornos; no cuento a la
psicóloga pues no sé si los tiene o no, era poco probable que se mostraran
molestas o extrañadas por mi costumbre de quedarme dormida o pensativa a
cada momento.
Pero no podía remediarlo cuando pasaba la noche en vela pensando en
Christian, y teniendo las maravillosas visiones de él junto a mí. Aunque por
desgracia también tenía que enfrentarme cada noche a las pesadillas que tenía
reviviendo mi agresión, las cuales me dejaba aterrada y sin poder volver a
dormirme.
—¡No seas bruta Crystal, le vas a hacer un cardenal! —le reprendió
mi otra compañera, Claire, que estaba sentada a mi otro lado, y se había
convertido en una de mis mejores amigas.
—¡Bah, eres una exagerada! —le respondió Crystal quitándole
importancia.
No podía regañar a Crystal por ser como era, pues ya la conocía, y
sabía que tenía serios problemas de control de agresividad volviéndola muy
impulsiva. Aunque por motivos que el grupo aún desconocía, se mostraba
muy protectora con nosotras cuatro y no tardó en ser una más.
Todo lo contrario que con el pobre instructor de defensa personal, que
era donde estábamos ahora, ya que lo tenía entre ceja y ceja y no le permitía
que se nos acercara demasiado. Algo que era inevitable para poder
enseñarnos las llaves de defensa.
Si hace unos días me hubieran dicho que acudir a una terapia de grupo
iba a ser tan entretenido, me hubiera reído a gusto. Empecé a asistir por
recomendación de mi psicóloga Erica, pues pensó que era el mejor camino
para atajar mis fobias, y sobre todo, para tratar mi obsesión de volver a ser
atacada. Además, me vendría bien relacionarme con otras mujeres que como
yo, habían sufrido un episodio de violencia en su vida, y me darían las
fuerzas necesarias para seguir adelante.
La verdad era que formábamos un grupo muy variopinto respecto a
nuestras diferentes historias, edades y sobre todo por la forma de llevar
nuestros miedos, consiguiendo que fuera sencillo ganarse mi amistad y mi
respeto al admirarlas por ello. Aunque debo admitir que ser tan cariñosas y
no prejuzgar a nadie fue un aliciente para ganarse mi cariño.
En mi primera sesión todas me abrazaron, dejándome contar mi
historia y llorar como hacía tiempo que no lo hacía. Les hablé del ataque de
mi ex jefe, de cómo casi me estrangula, y del miedo que sentía cuando estaba
sola, convirtiéndose en una obsesión la sensación de estar siempre en peligro.
También les hablé de Christian y conseguí con mis palabras que todas
se enamoraran un poquito de él. Cada una de ellas, a su manera, me está
demostrando su gran corazón y sus ganas de que salga adelante, ayudándome
con su apoyo a empezar a pasar página, pero sobre todo a no perder la
esperanza.
Cada una tiene una historia que helaría la sangre a cualquiera, y el
haber sobrevivido a ello, las convierte en unas auténticas heroínas. Por
ejemplo Joan. Una mujer madurita de más de sesenta años, que durante
décadas sufrió malos tratos por parte de su marido, y ahora tiene la costumbre
de llevar una plancha en su bolso, para golpear con fuerza a cualquier hombre
que se atreva a acercarse demasiado. Una obsesión que le vino tras sobrevivir
a una agresión que casi le costó la vida.
Crystal se ríe cariñosamente de ella, diciéndole que de esa manera se
asegura de que su ropa nunca tenga una arruga. Le asegura que como
compañera es indispensable, por si en cualquier momento necesitamos de sus
servicios. Es extraordinario ver a Joan reírse de sus manías, y más sabiendo
que provienen de un miedo patológico a volver a ser golpeada.
También está Wendy. Una muchacha de unos veinte años, muy tímida
y con serios problemas de autoestima, que sufrió el acoso y maltrato de su
novio durante años. Por suerte, ahora está mucho mejor y la estamos
animando para que se decida a salir con un chico de la universidad que bebe
los vientos por ella.
Todas pensamos que el chico debe de estar profundamente enamorado
de ella, si es capaz de pasar por alto su serio trastorno de personalidad, y
sobre todo, si no le importa su indecisión. Para Wendy es normal cambiar de
opinión cada dos minutos, y tiene que hacer verdaderos esfuerzos para elegir
lo que le gusta, y no dejarse llevar por escoger lo que cree que agradará a los
demás.
Y por supuesto están Claire y Crystal. La primera es una mujer de
unos cuarenta años, madre soltera y extrovertida, que sufrió la brutal agresión
de su vecino, el cual estaba obsesionado con ella. Es una de las personas más
dulces y a la vez más fuertes que he conocido en mi vida, y estoy muy
orgullosa de poder decir que se ha convertido en mi mejor amiga. No habla
mucho de lo que le pasó, pero parece que lo va superando, aunque no hay
forma de que pierda la manía de que mire por encima de su hombro cuando
va caminando por la calle.
No puedo dejar de lado a Crystal. Nuestra protectora. Su historia es la
más cruda y la que más tiempo lleva haciendo terapia. Parece que le cuesta
encajar en los grupos, y suele asustar a la gente por su agresividad e
impulsividad, pero sin embargo, con nosotras encajó de maravilla, incluso
conmigo, que fui la última en llegar.
Crystal era una ejecutiva de poco más de treinta años que fue
brutalmente agredida por unos desconocidos, y en la actualidad vive
encerrada en su propio mundo negándose a volver a la vida que antes llevaba.
Algo completamente lógico, si tenemos en cuenta que la tuvieron retenida
durante unos días; nunca nos ha dicho cuantos, haciéndola sufrir un infierno.
Sus cicatrices físicas y psíquicas así lo demuestran.
Cuando la encontraron estaba medio muerta a un lado de la carretera,
y se resistía a que la tocaran; ya fuera hombre o mujer. Estaba empapada con
su propia sangre y con la de uno de sus agresores, siendo un milagro que
hubiera sobrevivido. Al parecer llegó un momento que no resistió más, y
armándose de valor, degolló al que la estaba vigilando esa noche.
Me contó que para escapar no tuvo ningún reparo en rajarle el cuello a
su torturador, y me confesó que de lo único que se arrepentía era de no
haberlo hecho antes, y de no haber acabado con todos. Desde entonces se
volvió una persona violenta, que reaccionaba a las situaciones de peligro
siendo ella la que agredía primero. Por lo que nosotras éramos sus únicas
amigas.
Somos un grupo de valientes que se enfrentan a sus miedos de la
mejor forma que pueden y ahora, por petición expresa de todas, estábamos en
un gimnasio tratando de bloquear a un hombre cinco veces más fuerte que
nosotras. Nuestra psicóloga no estaba muy segura de que estuviéramos
preparadas, pero cuando queremos podemos ser tan insistentes, que
conseguiríamos mudar el cielo al infierno, con sus angelitos incluidos.
En otras condiciones estaríamos encantadas de que nuestro instructor
fuera un sexy musculitos estilo Jason Stanton. Pero con la cantidad de miedos
que arrastrábamos, estábamos más pendientes de gritar, protestar o quedarnos
paralizadas que de prestar atención al pedazo de hombre que teníamos
delante.
—¡Mary, tu turno!
La voz del instructor, y el codazo que me volvió a propinar Crystal,
me hicieron dar un respingo y volver otra vez a la realidad.
—Te ha vuelto a pillar —me dijo Crystal, en lo que pretendió ser un
susurro sin conseguirlo.
No pude hacer otra cosa más que protestar y resignarme a ser usada
como conejillo de indias por el musculitos, como todas lo llamábamos. Me
levanté sin demasiadas ganas, y fui hasta él todo lo despacio que pude con la
esperanza de que el tiempo pasara y pudiera librarme.
—Matt, hoy no me siento con ánimos.
Él, que se sabía más trucos que todas nosotras juntas se cruzó de
brazos, mientras me miraba desafiante dejándome bien claro que no quería
escuchar ninguna excusa. Con su más de metro noventa y sus músculos
marcando todo su cuerpo, daba la sensación de ser un muro de piedra que no
aceptaba negativas. Matt sabía muy bien cómo tratarnos, y nos dedicaba
miradas suaves para convencernos de que no era algo peligroso que
tuviéramos que temer.
Con su eterna voz tranquilizadora me dijo:
—¿Crees que un atacante te preguntaría si te viene bien ese día?
—No —le contesté sintiéndome como una niña pequeña que estaba
siendo regañada.
Sin poder librarme de la demostración, me acerqué un poco más para
ponerme en posición mientras él explicaba, por quinta vez en veinte minutos,
como debíamos actuar cuando un desconocido te atacaba por detrás.
La verdad es que Matt me daba un poco de pena. Se notaba que era un
buen tipo y que le gustaba lo que hacía, pero su mirada carecía de alegría y
brillo. Aun así era muy amable con nosotras, y tenía la paciencia digna de un
santo, por lo que resultaba el indicado para nuestro grupo.
Nos habíamos enterado de que su novia de toda la vida había sido
asesinada por un desconocido, cuando ésta regresaba una tarde del trabajo. Al
parecer la intención del agresor había sido en un principio robarle el bolso,
pero una vez sometida y aislada, no se conformó solo con sus pertenencias.
Lo demás, como suele suceder, fue fruto de la mala suerte y de enfrentarse a
un hombre que no quería dejar cabos sueltos.
Desde entonces Matt había cambiado volviéndose más taciturno, y se
había volcado en preparar y aconsejar a las mujeres para que supieran
defenderse. También nos enteramos que ofrecía su gimnasio y sus servicios
de forma gratuita, participando de forma activa en la prevención de
agresiones y maltratos.
Todas pensábamos que se sentía culpable al no haber podido ayudar a
la mujer que amaba, y por ello ahora quería enmendar su conciencia con este
acto de generosidad, por lo que considerábamos a Matt como uno más del
grupo al tener que enfrentarse a sus propios miedos, aunque en realidad no
perteneciera a él.
Pero Matt era mucho más que un hombre con el corazón roto y unos
remordimientos que le impedían continuar con su vida, aunque hubiera
renunciado a la venganza en pros de ayudar a otras mujeres. Era además
guapo a rabiar, con un cuerpo de infarto, tierno y amable; menos cuando le
tocábamos las narices, cosa que le encantaba hacer a Crystal. Por todo ello
para nosotras Matt era un hombre perfecto, que se merecía una oportunidad
para ser feliz.
—Bien Mary, colócate en posición y estate atenta a mis movimientos.
—De acuerdo —le contesté sin mucha convicción.
—¡Vamos Mary, tú puedes! —me gritó Claire para darme ánimos.
Todas empezaron a animarme aplaudiendo o vitoreando mi nombre.
Cuando Matt creyó que había recibido bastantes ánimos, les hizo un gesto
para que se callaran, y fue entonces cuando empezó lo bueno.
No es que le tenga miedo a Matt, pues sé que de forma consciente
nunca me haría daño, pero el saber que tienes a un hombre detrás de ti a
punto de atacarte, me hacía sentir muy incómoda. Si además le unes que
suelo distraerme con facilidad, y más últimamente que solo pienso en
Christian; y de que soy patosa por naturaleza, el resultado era sin lugar a
dudas un desastre.
El caso es que le escuché acercarse y noté su mano en mi hombro,
pero todo lo demás pasó tan rápido, que solo recuerdo tropezar con algo y
caer al suelo atrayendo conmigo a un hombre que pesaba más del doble que
yo. Tuve la mala suerte de que a Matt no le diera tiempo a colocarse bien, y
cayera sobre mí, haciéndome soltar un gemido de dolor cuando su cuerpo
aplastó el mío.
Solo fueron unos segundos, pues el pobre reaccionó rápido y se apartó
de mí enseguida. Pero los instintos de protección de Crystal saltaron en
alerta, y se lanzó sin pensarlo sobre él.
En un instante todas las chicas me estaban rodeando mientras me
revisaban por si tenía alguna fractura, o por si había entrado en pánico, pero
por suerte no fue así. La peor parte se la llevó Matt que estaba luchando
contra la gata salvaje en la que se había convertido Crystal, la cual se aferraba
a su espalda como si le valiera la vida en ello.
—¿De verdad que estás bien Mary? —me volvió a preguntar Claire
mientras seguía abrazándome.
—Sí, no os preocupéis ha sido más el susto que el golpe.
—Claire vamos a apartarnos de esos dos a ver si nos van a dar una
patada —nos dijo Joan tirando de nosotras para retirarnos de Crystal y Matt.
—Toma Mary, un poco de agua —me ofreció Wendy.
—Gracias Baby —le agradecí llamándola por el apodo cariñoso con
que la habíamos bautizado.
Le di un largo trago a la botellita de agua que me había ofrecido y
respiré ya más tranquila tras el susto.
—¿Creéis que deberíamos ayudarles? —nos preguntó Wendy.
Las cuatro nos volvimos para ver a Matt tratando de coger a Crystal
por la cintura, para que ésta no se cayera y se hiciera daño, mientras el afán
de ella era golpearle sin dejar de gritarle amenazas tales como que iba a
caparle cuando le soltara. Cosa que evidentemente era una misión imposible.
—No creo que necesite nuestra ayuda, ya sabes que la deja
desahogarse y luego la reduce enseguida —le contestó Joan.
Todas asentimos pues ya era parte de nuestra rutina que Crystal se
lanzara contra Matt. De hecho, empezábamos a pensar que la muy pícara lo
hacía adrede, pues le había cogido el gusto a ser sostenida por el musculitos.
—Bueno, ¿y ahora qué hacemos? —repuso Wendy.
Me miré el reloj y vi que el tiempo de la clase estaba a punto de
acabar.
—Solo falta un cuarto de hora.
—Entonces yo me voy que he quedado —nos dijo Joan.
—¡Vaya!, ¿hay algo que no nos hayas contado? —le preguntó risueña
Claire que aún rodeaba mi cintura con su brazo, como si temiera dejarme
sola.
—Nada interesante. Hoy voy a casa de mi hija a cenar, y si salgo
antes tendré más tiempo para cambiarme.
—Entonces márchate y te cubrimos —le dijo Claire.
—A mí también me vendría bien salir antes —les dije—. Estoy algo
cansada.
Las tres me rodearon con la preocupación reflejada en sus caras.
—La verdad es que te ves cansada —me dijo Joan mientras acariciaba
mi cara y contemplaba mis ojeras.
—¿Sigues sin poder dormir bien? —me preguntó con dulzura Claire.
Solo pude asentir con la cabeza pues volvía a notar el nudo en mi
garganta. Era algo que siempre me pasaba cuando recordaba cualquier tema
relacionado con Christian. Era una sensación de ahogo que me nacía del
pecho, y subía hasta mi cuello impidiéndome hablar, permaneciendo hasta
que me calmaba y podía volver a respirar con normalidad.
Claire me abrazó y besó mi frente tratando de esa manera de darme
ánimos. Aunque lo que en realidad me hacía sentir eran ganas de llorar, por
su forma de demostrarme su amistad y su apoyo.
—Ya verás cómo vuelve y todo se soluciona —me aseguró con un
tono que reflejaba convicción en su voz.
Recompensé con una sonrisa su forma de darme fortaleza y me sentí
agradecida por no estar sola. Un improperio de Matt nos sobrecogió por la
sorpresa e hizo que nos girásemos para saber qué estaba pasando con esos
dos. Sin saber cómo, nuestro hombretón había logrado reducir a Crystal en
menos de cinco minutos, y ahora la sostenía agarrándola por las muñecas y le
pasaba los brazos a la espalda para inmovilizarla.
Ella se empeñaba en deshacerse de sus fuertes brazos dándole patadas
y gritando insultos, simulando la lucha entre David y Goliat. Aunque en este
caso David era una rubia delgada de melena larga y Goliat un hombre que
pese a todo parecía estar divirtiéndose.
—¡Me parece que hoy se resiste más! —nos comentó Claire risueña.
—Es porque le ha visto sonreír, ya sabéis que lo detesta —le
respondió Joan.
—Pobrecito, ¡lo que tiene que aguantarnos! —repuso Wendy
lastimera.
—¡Pues yo creo que le gusta! —sentenció Joan.
Las cuatro nos quedamos mirando a la extraña pareja, mientras
éramos testigo de cómo Matt le hablaba de forma serena para tranquilizarla, y
ella le empezaba a contestar sin insultos.
—La verdad es que hacen una buena pareja —les dije sin dejar de
contemplarlos.
Durante unos segundos nos quedamos atontadas contemplándolos,
queriendo ser nosotras las que tuviéramos a un buen hombre tratando de
consolarnos.
—¡Bueno, pues yo me voy! —nos dijo Joan decidida a saltarse los
pocos minutos que aún nos quedaban.
—¡Te acompaño! —le contesté mientras empezábamos a caminar
hacia los vestuarios.
—Creo que yo también me voy —oímos como Wendy nos decía,
como siempre sin estar muy convencida de tomar una decisión por ella
misma, y siguiéndonos mientras intentaba no retorcerse las manos y parecer
insegura.
—¡Chicas, esperadme!
Nos paramos escuchar la voz de Crystal, y nos giramos para ver qué
quería. La pobre estaba tratando de escaparse de los brazos del musculitos
mientras nos miraba pidiendo ayuda. Matt no estaba muy seguro de querer
soltarla, y se le veía indeciso por si aún no estaba calmada y organizaba una
de las suyas.
—¡Aún faltan cinco minutos! —nos soltó Matt tratando así de detener
la estampida.
—En mi reloj solo faltan tres —le contestó Joan que decidida ya
había empezado a caminar de nuevo hacia los vestuarios.
—Da igual, no es la hora —respondió Matt que veía atónito como sus
alumnas se marchaban sin hacerle caso.
—Matt te aconsejo que la dejes ir si no quieres acabar planchado —le
dijo divertida Claire.
Sin poder evitarlo nos echamos a reír, aunque por la cara que puso el
pobre daba la sensación de no entender nada. Cosa que nos hizo reír aún más.
—Está bien, marchaos —nos dijo resignado mientras liberaba a
Crystal de sus brazos—. De todas formas siempre os salís con la vuestra.
La verdad es que daba pena. Tanto músculo y no podía con cuatro
mujeres que le llegaban al pecho y que de un soplo las tumbaría. Se quedó de
pie mirando cómo nos metíamos en los vestuarios, mientras charlábamos y
reíamos como si no hubiera pasado nada, y suspiró resignado pero orgulloso
de los lentos progresos que dábamos. Se giró dando por terminada la jornada,
y empezó a recoger las colchonetas que estaban esparcidas por el suelo.
—¡Ya estoy aquí chicas! —nos dijo risueña Crystal.
—¡Ya nos hemos dado cuenta encanto! —Le respondió burlona Joan
—. No nos hemos vuelto ciegas.
—¿No crees que hoy has tardado más de la cuenta en soltarle? —le
preguntó Claire a Crystal con un tono de guasa.
—¡No creas!, ese tío cada vez está más fuerte —le contestó roja como
un tomate.
—Claro, será por eso que te agarras tanto a él —volvió a decir Joan
notándose que trataba de no reírse.
—Vamos chicas dejemos a la pobre en paz —les dije mientras me
acercaba a Crystal—. Gracias por defenderme —acompañé mis palabras con
un abrazo.
Algo incómoda por la muestra de cariño, pues no estaba
acostumbrada a expresar sus sentimientos, me correspondió con el abrazo.
—No ha sido nada —me dijo en voz baja tratando de quitarle
importancia, y de volver a parecer esa mujer segura y fuerte de sí misma.
—Yo me voy que al final voy a llegar tarde —repuso Joan dando fin
con sus palabras a nuestro momento de ternura.
—Te acompaño —aseguró Wendy decidida—. ¿Si quieres, claro? —
siguió diciendo, echando por tierra la primera decisión que había tomado en
el día.
—¡Anda, vámonos!
Joan la cogió de la mano antes de que volviera a cambiar de decisión,
y se despidieron de todas de camino a la puerta.
—¡Hasta el lunes y feliz fin de semana! —les dijo Claire.
—Bueno, yo también me voy. ¿Alguien más se viene? —les pregunté
pues solía charlar un ratito con Claire en la puerta antes de que ella tomara la
dirección contraria, por lo que solíamos salir juntas.
Miré a Crystal por si se apuntaba a acompañarnos, pero ella parecía
no tener prisa.
—Creo que voy a quedarme un rato para ayudar a Matt a recoger —
soltó Crystal como si no tuviera importancia.
Claire y yo nos quedamos mirando durante un instante incrédulas por
el comentario de Crystal. Era evidente que ella estaba empezando a cambiar
su carácter agresivo y ya no se mostraba tan huraña como antes. Tratando de
disimular nuestra sorpresa y alegría, recogimos lo poco que nos quedaba, y
nos dispusimos a marcharnos dejándolos a ambos solos en el gimnasio.
—Nos vemos el lunes Crystal —le dije antes de salir por la puerta.
—Hasta luego dormilona —me contestó utilizando el mote que me
había asignado, ya que solía aparecer casi siempre con ojeras y cansada, sin
contar las veces que me quedaba adormilada en las reuniones.
—Feliz fin de semana Rambo —le soltó divertida Claire a Crystal
para provocarla cuando ya íbamos camino de la puerta.
Había utilizado el mote que cariñosamente le habíamos puesto a
Crystal, al estar siempre en pie de guerra dispuesta a la pelea. Un apelativo
que le encantaba aunque lo disimulaba haciéndose la ofendida.
—Adiós, Repuestos. ¡Y a ver dónde te metes este fin de semana! —le
respondió vengativa y risueña.
No pude evitar sonreír al escucharlo, ya que sabía que ese nombre no
le gustaba a mi amiga, pero cuando miré hacia Claire y la vi poniendo sus
ojos en blanco, mi sonrisa se trasformó en carcajada al saber que se lo había
tomado con humor.
Crystal le había puesto ese mote cuando en una terapia de grupo
Claire nos contó que le gustaba un mecánico, y que éste le había sonreído y
mantenido una agradable conversación con ella. Desde entonces había ido a
menudo al taller con la excusa de alguna reparación al coche, con la única
intención de poder verlo y charlar con él.
Por suerte había conseguido que la invitara a tomar un café antes de
quedarse sin ahorros, o sin tener nada más que arreglar del vehículo. Todas la
habíamos animado para que pasara página y probara suerte con él, aunque
con cuidado. Incluso Crystal se había ofrecido a seguirlos en su cita y a saltar
sobre él si se propasaba. Menos mal que la psicóloga pudo convencer a
Crystal de que no hacía falta su ayuda, y aconsejó a Claire que se animara
pues le pareció una buena idea que diera ese paso.
Una vez fuera de los vestuarios nos despedimos de Matt, que estaba
revisando el material mientras observaba de reojo la puerta de los vestuarios.
Claire y yo nos miramos y sonreímos al imaginar la cara de sorpresa que éste
pondría cuando Crystal le ofreciera su ayuda, y los dejamos solos para que
sucediera el milagro.
No es que pensáramos que entre ellos surgiera algo, pero el simple
hecho de que Crystal se quedara con un hombre a solas sin que se pusiera
nerviosa y agresiva era todo un adelanto del que nos alegrábamos. Por lo
demás, aún quedaba un largo camino por recorrer hasta que Crystal pudiera
confiar en un hombre.
—¿Te vas para casa? —me preguntó Claire una vez en la calle.
—Sí, escucharé algo de música mientras me hago la cena y me
acostaré temprano —le dije con un tono que dejaba ver mis pocas ganas de
llegar a un piso vacío.
—¡Vente a cenar a casa! Con Eddy no te vas a aburrir —me comentó
con una sonrisa en la cara.
Le devolví la sonrisa, pero para ser sincera, lo que menos me apetecía
en ese momento era jugar con un niño revoltoso de ocho años.
—Gracias Claire, pero prefiero descansar.
—¡Está bien! Pero sabes que si me necesitas para algo solo tienes que
llamarme.
—Tranquila, lo sé.
Nos abrazamos a modo de despedida para después empezar a caminar
en direcciones opuestas. La noche era fría y anduve rumbo a un piso que se
me antojaba asfixiante, al no estar en él lo que más deseaba. Mis pasos eran
pequeños y mi vista estaba fija en el suelo. Creo que por eso no vi antes al
hombre que cambiaría para siempre mi destino.
CAPÍTULO DOS

La vi salir a la noche fría y se me encogió el corazón al verla tan


triste. Se notaba que trataba de disimular su pena tras una seca sonrisa, pero
no podía engañar a quien había visto el arcoíris en su rostro cuando sonreía.
La tenía a escasos metros despidiéndose de su amiga, por lo que pude
verla con total claridad. Para cuando comenzó a caminar hacia mí, el pecho
estaba a punto de estallarme de anhelo, pues sabía que el momento del
encuentro estaba llegando. No pude ver la mirada de sus ojos o su rostro
mientras se acercaba, ya que llevaba la cabeza gacha para protegerse del
fuerte viento, e imaginé que tardaría en verme.
Me temblaban las manos y las piernas, como también me costaba
respirar con normalidad con cada paso que ella daba, al desear con toda mi
alma el encuentro que se acercaba. Sin poder apartar mi mirada de ella la
observaba protegido por las sombras, hasta que decidido avancé un paso para
colocarme debajo del aro de luz de la farola, justo frente a ella para
asegurarme que pudiera verme.
Esperé impaciente que algo delatara mi presencia, pero cada segundo
que pasaba se me antojaba eterno. Algo debió cambiar a nuestro alrededor,
pues despacio levantó su rostro del camino y su mirada se clavó en mí.
Ahora podía verme con toda claridad, aunque por su expresión, más
bien parecía que estaba viendo a un personaje salido de un sueño. Ambos nos
quedamos quietos como estatuas, expectantes, sintiendo como el viento nos
rodeaba aunque habíamos dejado de sentirlo.
Me recorrió con la mirada mientras yo hacía lo mismo con ella.
Acaricié sin tocarla su cara, su pelo, su boca y su cuerpo. Me percaté de que
su labio inferior temblaba y de que sus lágrimas empezaban a caminar por su
mejilla, hasta perderse en el sendero de su garganta.
Tenía tantas ganas de acercarme y abrazarla, que mis brazos me
pesaban por no poder cobijarla en ellos. Esperé a que diera el primer paso por
pura cobardía, pues no sabía cómo iba a reaccionar al acercarme. No quería
ni pensar qué pasaría si se negaba a hablar conmigo, ya que no tendría las
fuerzas necesarias para volver a alejarme de ella.
Cuando me atreví a mirarla a los ojos vi algo que nunca podré olvidar.
Fue una señal que me inspiró coraje, e hizo darme cuenta de lo equivocado
que estaba al temer su reacción al verme, pues al parecer las segundas
oportunidades se ofrecen aun cuando, como en mi caso, no te las mereces.
Eso que vi en su mirada y nunca olvidaré fue puro amor, y no pude hacer otra
cosa más que sentir esperanza.
Como si una fuerza misteriosa nos envolviera e impulsara, ambos
comenzamos a caminar hacia los brazos del otro. Aceleramos nuestro ritmo a
cada paso que dábamos, pues anhelábamos el consuelo que ofrecía el volver a
tocarnos. Y bajo la luz de las farolas, mi ángel llegó a mis brazos, mientras
me juraba una y mil veces que nunca más la volvería a apartar de mi lado.
—¡Mi pequeña! —fue lo único que pude decir mientras la sentía
sollozar con su cuerpo pegado al mío.
—¡Por favor no me dejes! ¡Por favor! —me decía mientras me
abrazaba con todas sus fuerzas y escondía su rostro en mi pecho.
Respiré el perfume de su cabello y por primera vez desde que me
aparté de ella, volví a sonreír de felicidad. Había vuelto a casa y esta vez
tenía más claro que nunca que mi sitio era estar siempre donde ella estuviera.
—No voy a dejarte, mi ángel.
La volví a cobijar entre mis brazos para consolarla, y empecé a besar
su cabello, sus mejillas, sus lágrimas y sus labios. Profundicé mi beso
entregándome a ella, para que viera que mis palabras iban cargadas con la
verdad.
Cuando me aparté de su boca, la miré aún más enamorado de lo que
jamás lo había estado. Al verme reflejado en sus ojos, me di cuenta de lo
afortunado que era por tener el amor de una mujer con un coraje tan fuerte, y
un corazón tan grande, como para perdonar mi error al alejarme de ella.
—¡Te quiero! —le dije mientras la contemplaba con sus labios aún
mojados y abiertos.
Sus ojos permanecían aún cerrados, como si tuviera miedo de
despertarse de un sueño. Despacio, los abrió, y tras unos segundos
observándome, pasó su mano por mi mejilla con la delicadeza de quien toca
algo exquisito.
—¿Eres real, verdad? ¿Esta vez no es un sueño? —me preguntó.
—¡Soy real, pequeña! —le aseguré mientras atrapaba su mano con la
mía y la dirigía a mi boca para después besarle la palma.
—¡Dios mío Christian! ¡Estás aquí!
Volvió a abrazarme y a llorar con más fuerza.
—¡Shhh! ¡Ya pasó todo! —Le dije mientras la sentía temblar entre
mis brazos—. Estoy aquí contigo.
La abracé para tratar de consolarla, pues me estaba partiendo el
corazón al verla sufrir de esa manera.
—¡Hey, pequeña vamos! —le susurré dulcemente a su oído—, ¿no
vas a regalarme una sonrisa?
Le sostuve la cara entre mis manos y la miré impregnándome del
amor que veía en sus ojos. Mary, deseosa de complacerme, intentó ofrecerme
la sonrisa que tanto necesitaba contemplar, pero ésta nunca llegó a sus ojos,
ya que el miedo a que todo fuera un sueño aún la atormentaba.
Con toda la ternura que mi corazón sentía por ella la volví a besar,
demostrándole con ello que no estaba dispuesto a volver a alejarme. Le
entregué con un solo beso todo lo que soy y siento, y todo lo que ella es para
mí.
Cuando separamos nuestras bocas para recuperar el aliento, observé
como su cara estaba más relajada y las lágrimas poco a poco dejaban de caer.
Aún abrazados, y con el sabor de nuestro aliento pegado a los labios, me miró
a los ojos y me dijo:
—Siento tanto haberme negado a ser tu esposa.
—Eso ya no importa, solo dime que me amas y seré el hombre más
feliz de la tierra.
—Te amo Christian, con todo mi corazón. Fui una cobarde… yo… —
volvió a lamentarse y a refugiarse entre mis brazos al necesitar el consuelo
que le brindaba mi pecho—. Sé que me has dicho que no importa, pero
necesito escuchar que me perdonas.
—Mary, no tengo nada que perdonarte porque también obré mal.
Debería haber estado ahí para escucharte, pero no supe ver que no te
encontrabas bien y que me necesitabas.
—¿Qué va a pasar ahora con nosotros? ¿Nos pasaremos toda la vida
culpándonos y sintiendo que fallamos? —me preguntó mientras seguía
abrazada a mí y sentía su aliento pegado a mi cuello.
—Prefiero pasarme el resto de mi vida dando las gracias por haberte
conocido, y decirte cada día lo mucho que te amo.
Sentí como se movía entre mis brazos para ponerse frente a mí y así
poder mirarme.
—Eso suena mil veces mejor —me dijo sonriendo y esta vez sí pude
ver destellos de felicidad asomando por sus ojos.
Vi a mi preciosa Mary en esa sonrisa, tal y como había sido antes de
que todo se desmoronara a nuestro alrededor. Conseguí por fin respirar
tranquilo, pues ahora estaba seguro de que lo peor ya había pasado, y que
nuestro futuro había dejado de ser gris. Devolviéndole la sonrisa le contesté:
—Completamente de acuerdo, mi ángel.
Y volvimos a besarnos y a abrazarnos convencidos de que los
momentos amargos habían terminado. Tal era nuestra despreocupación del
mundo exterior, que ni siquiera nos percatamos de que había empezado a
llover y nuestras ropas se estaban empapando.
Sin ningún refugio cerca de nosotros, el viento, la lluvia y las sombras
se estaban cebando en nuestros cuerpos, mientras nuestro único pensamiento
era perdernos en el deseo, pues la pasión que sentíamos era mucho mayor que
el gélido frío de una noche de invierno.
Cuando terminó nuestro beso y la volví a mirar, fue cuando me di
cuenta de que estaba empapada. Miré al cielo y pude ver por primera vez el
aguacero que estaba descargando sobre nosotros. Solté una carcajada y la
volví a abrazar alzándola entre mis brazos, para dar vueltas con ella mientras
nos reíamos de nuestra imprudencia.
—¡Estamos locos! —grité a los cuatro vientos.
Paré de girar y la volví a mirar sin soltarla de mi agarre. Estaba
preciosa con el rostro iluminado por su sonrisa y el brillo de su amor en sus
ojos. Aun calada hasta los huesos, con ojeras y desarreglada, era la mujer más
hermosa que había visto en mi vida. Agradecí a los cielos que hubiera puesto
a una mujer como ella en mi camino y, sobre todo, que me hubiera concedido
su perdón.
—Solo estando contigo me siento como un loco —le susurré mientras
la contemplaba—. Por eso te amo tanto.
La volví a besar perdiéndome en su dulzura y ese sabor único que
conseguía devolverme a la vida. La deseaba tanto, que mi cuerpo estaba
empezando a impacientarse por no poder poseerla, y mi mente comenzaba a
nublarse mientras me insinuaba que le hiciera mía hasta que desfalleciera.
—Y ahora, ¿qué te parece si nos vamos a casa? —le pregunté cuando
me vi forzado a separar mis labios de los suyos.
Su sonrisa se ensanchó ante mi proposición, y pude ver en ese
momento como el arcoíris acababa de salir en su mirada. Volvíamos a ser la
pareja de enamorados que antes habíamos sido, cuando en otro tiempo los
problemas aún no habían aparecido y teníamos por delante un largo camino.
Pero ahora nada iba a detenernos, ni la lluvia, ni el viento, ni el frío. Ni
siquiera yo, ni tampoco el destino.
—Será lo mejor, ¡estamos calados! —me dijo mi amor.
Me separé de ella y cogiéndola de la mano salimos corriendo hasta
nuestro piso, donde me pasaría toda la noche amándola hasta que los días
grises solo fueran un vano recuerdo que merecían ser olvidados.

***

No hay nada comparado con tenerla entre mis brazos. Acabamos de


hacer el amor de una forma salvaje y apasionada, y ahora estamos
satisfechos, felices y medio dormidos tras unos duros días que ambos
anhelamos dejar atrás.
Estar fundido en ella, sentirla temblar mientras grita mi nombre, y
notar el calor de su cuerpo pegado al mío, había sido como volver al paraíso
tras sufrir un siglo en el infierno.
Jadeantes, sudorosos y enamorados, estábamos tumbados en la cama
de nuestra habitación casi a oscuras, mientras el sueño se iba adueñando de
nuestros sentidos. Yo me resistía a dejarme vencer por él, pues no quería
cesar de contemplarla y adorarla.
Le acaricié la cara, el pelo y la espalda mientras la miraba, y sin poder
resistirme, le di un tierno beso en su pequeña nariz que tanto me gustaba. Ella
se desperezó y sonrió, dándome a entender que seguía despierta. Tratando de
provocarla, continué con mi ataque y la besé en los labios, primero de una
forma tierna, y cuando vi que se abría gustosa, le compensé profundizando
mi asalto.
Ahora, estando sobre ella, seguí con ganas de jugar, y le pregunté
intentando parecer preocupado:
—¿Te he despertado?
Sintiéndose mimosa me sonrió, y pasó sus brazos por mis hombros
estirándose, para después abrazarme.
—¡No, aún estoy soñando!
Encantado de seguirle el juego le volví a dar un dulce beso en los
labios, notando que nuestros pulsos volvían a acelerarse.
—¿Y qué sueñas? —conseguí preguntarle.
—Que estoy en los brazos del hombre que amo y que me hace muy
feliz.
Su declaración me llenó de una manera que me es difícil de explicar.
Fue como si sintiera mi pecho a punto de estallarme, mientras mis ojos y mi
garganta me quemaban por querer decir lo que a mi voz le costaba tanto
pronunciar.
—Me alegra saber que te hago feliz porque es lo que más deseo en
esta vida.
—Christian, tú siempre me lo has dado todo y no tengo nada que
reprocharte —afirmó mientras abría sus ojos para mirarme.
—Salvo que no te escuché cuando querías hablar conmigo, y te
abandoné cuando más me necesitabas.
Noté como se movía entre mis brazos y me aparté para darle espacio.
Lentamente se incorporó sentándose, dejando al descubierto su pecho
desnudo. La contemplé espléndida como una sirena dispuesta a robarme el
alma con sus encantos, para hacerme su esclavo por toda la eternidad.
—No quiero que sigas culpándote. Entiendo lo que sientes y por qué
lo hiciste. Cualquiera en tu lugar habría hecho lo mismo —señaló seria y
convencida.
—¿Cualquiera? —pregunté incrédulo, sentándome también a su lado.
Sentí como suspiraba. Estábamos desnudos, sentados sobre la cama
después de haber hecho el amor, y ambos hablábamos con el corazón en la
mano. Con ternura, como todo lo que ella hace, cogió mi cara entre sus
manos y mirándome con intensidad me dijo:
—Cualquiera. Eres el hombre más especial que he conocido en mi
vida, pero no eres ningún santo. Ambos sabemos que a lo largo de nuestras
vidas vamos a cometer errores, pero también comprendemos que siempre
podremos contar el uno con el otro.
—¿Cuándo te has vuelto tan lista? —le pregunté con ironía tratando
de romper la angustia que estaba sintiendo.
—Desde que estuve diez días sin ti —me contestó con la voz
entrecortada mostrándome con ello todo el daño que le había causado.
—¡Dios mío, Mary! —exclamé pesaroso, al darme cuenta del
sufrimiento que le había causado mi ausencia.
No lo soporté por más tiempo, y la abracé con todas mis fuerzas, para
tratar de calmar el dolor que se aferraba a mis entrañas, pues ambos
necesitábamos de ese consuelo.
—¡Te juro que no volveré a dejarte! ¡Lo juro! —le garanticé
convencido.
Noté como ella sollozaba, siendo ahora mi turno de coger su rostro
entre mis manos.
—Quiero que sepas que en ningún momento te dejé sola. Lo más lejos
que llegué fue al aeropuerto, y tuve que volverme pues no soportaba estar sin
ti.
—¿Pero…? —empezó a decirme incrédula en apenas un susurro.
Sabiendo que era ese el momento de aclararle todo lo que me había
estado guardando, me abrí a ella por completo para dejar de tener secretos.
—No podía alejarme de ti, me era imposible, pero no podía volver sin
más. Sabía que necesitabas tu espacio al igual que yo el mío. Por eso me
marché, para que pudiéramos aclarar nuestros pensamientos y prioridades,
aunque me mantuve cerca al no poder alejarme de ti.
Noté como mis palabras le afectaban y su semblante cambiaba a
triste.
—Creo que hay muchas cosas de las que debemos hablar —me
aseguró mientras bajaba su mirada.
Por su reacción supe que había mucho más secretos de los que yo
pensaba, y estaba seguro que no iban a gustarme.
—¿Qué te parece si empiezo yo? —le pregunté pues deseaba
quitarme la espina que me estaba dañando el pecho.
Mi dulce ángel asintió y nos colocamos uno enfrente del otro para
escucharnos. Íbamos a desvelar nuestros misterios protegidos por las sombras
del cuarto, y desnudos en cuerpo y alma.
Le cogí de las manos y se las acaricié con ternura, mientras esperaba
encontrar las palabras adecuadas para explicarle todo lo que sentía y siento.
No quería dañarla al contárselo, y por eso me estaba costando tanto empezar
mi historia.
—Cuando decidí marcharme —comencé a decir con voz indecisa—,
no pensé que iba a ser tan duro para los dos. Fue poco después cuando me di
cuenta de lo que significaba no tenerte cerca, pero había sido tan rudo contigo
al dejarte, que sentí vergüenza de volver y pedirte perdón.
La miré a los ojos, y recordé el dolor que vi en ellos la noche que
decidí alejarme para poder reflexionar. Respiré profundo y continué diciendo:
—Quiero que sepas que cuando te dije esas cosas estaba dolido por lo
de la noche anterior. Había una parte de mí que quería hacértelo pagar
dañándote, y por eso te dije cosas que no eran ciertas.
Vi que ella negaba con la cabeza intentando así responder a mis
palabras.
—Es cierto preciosa. Te dije que quería una relación donde ambos
fuéramos en la misma dirección, pero lo que de verdad quiero es tener un
futuro contigo. Lo demás poco a poco lo iremos viendo.
Le acaricié el rostro, pues vi como una lágrima caía por su mejilla.
—Te quiero a ti. Ahora y siempre.
No pude seguir hablando pues la emoción del momento me lo estaba
impidiendo.
—Yo también lamento muchas cosas —me dijo con la voz tomada—.
Pero sobre todo siento no haberte dicho que sí cuando me pediste en
matrimonio. No sabes la cantidad de veces que he querido retroceder en el
tiempo, y lanzarme a tus brazos mientras te gritaba un sí rotundo.
Sus palabras apartaron un profundo pesar que me asfixiaba, y me
indicaban la intensidad de su amor. Sentí que podía volver a respirar con
normalidad y que mis pulmones no solo se llenaban de aire, sino también de
felicidad.
—Me gustaría cambiar tantas cosas… pero sé que no puedo —siguió
diciéndome—. Aunque hay una cosa que quiero contarte. Lo llevo pensando
desde que te fuiste, pues sabía que tarde o temprano acabaríamos teniendo
esta conversación.
Me miró a los ojos y apretó mis manos, demostrándome que se estaba
preparando para confesarme algo, que sin duda, era importante para ella.
—Sé que cometí muchos errores, y me arrepiento de no haber contado
contigo cuando tuve problemas. En ese momento solo pensaba en no ser la
causa de más tristezas, pues estaba cansada de tantos altibajos. Además, no
quería que me vieras como una niñata que solo sabe meterse en problemas,
para después acudir a ti con la cabeza agachada esperando a que me los
soluciones.
Ahora fue mi turno de negar con la cabeza, para que viera que estaba
en desacuerdo con ese pensamiento.
—Quería valerme por mí misma y no me di cuenta de que al hacerlo
te apartaba. Pero te prometo que no voy a hacerlo nunca más, y que voy a
pedirte ayuda siempre que la necesite.
Me acerqué y la besé en los labios para demostrarle que la entendía y
todo quedaba perdonado.
—Sabes que me gusta ayudarte —le dije con mis labios a escasos
centímetros de los suyos.
—Lo sé —me contestó mientras se dejaba acariciar la cara por mi
mano—. También sé que me quieres. Es lógico que te preocupes por mí y
quieras cuidarme.
Su cercanía, su declaración de amor, y su mirada sobre mí estaban
haciendo que la volviera a desear con la misma intensidad que hacía un
instante.
—Exacto —le susurré y pasé a mordisquearle el labio inferior para
después ir bajando por su cuello, ya que tenerla tan cerca estaba haciendo que
mi deseo por poseerla se estuviera incrementando.
—Sé que no quieres que te oculte nada.
—Ajá —le contesté distraído mientras la tumbaba sobre la cama, y
aprovechaba para colocarme sobre ella sin cesar con mi ataque de besos.
—No te gustan las mentiras —manifestó un minuto después, cuando
pudo volver a hablar.
—Mmmm —solo fui capaz de contestar mientras saboreaba uno de
sus pezones, y mi mente comenzaba a perderse ante el aumento de mi pasión.
—Y seguro que te enfadas cuando te cuente que recibí una carta con
amenazas —siguió informándome jadeante, pues el deseo también empezaba
a sofocarla.
En ese momento cesé con mi seducción, al percatarme del significado
de lo que acababa de decirme. Lo primero que hice, además de quedarme sin
aire en los pulmones y con el cuerpo helado y rígido, fue detener mi
exploración por su cuerpo para poder centrar mi mirada en ella. Lo segundo,
fue preguntarle incrédulo:
—¿Qué acabas de decir?
Mary debió notar el cambio en mi semblante, pues también se puso
rígida y a la defensiva diciéndome:
—Fue poco antes de que te marcharas. Cuando te llamó Rose por mi
ataque de ansiedad.
Me incorporé despacio hasta quedar de rodillas con el cuerpo de ella
desnudo frente a mí, y tratando de controlarme para no zarandearla hasta que
me calmara. Recordaba cuando la asistenta me había llamado preocupada por
haberla encontrado muy nerviosa en el hall, y sin saber qué hacer con ella.
No sabíamos que le había pasado para que se sintiera así, y lo achacamos al
estrés de los últimos días creyendo que le estaba pasando factura.
—Y cuándo pensabas… —callé al notar que la estaba asustando, y
decidí cambiar de tema antes de empeorar las cosas—. ¿Aún tienes esa carta?
Ella asintió sin poder dejar de observarme fijamente. Se notaba que
estaba esperando mi enfado, y se preparaba para que me abalanzara sobre ella
a regañarla. Un pensamiento bastante lógico, si teníamos en cuenta lo
posesivo y protector que soy, y el peligro que ella había estado corriendo sin
que yo lo supiera.
Pero no quería estropear la noche de nuestro reencuentro, y decidí que
tomarme las cosas con tranquilidad sería lo más acertado. Sobre todo si no
quería que me diera un infarto antes de que acabara la noche.
—Bien, mañana me la enseñas y pensamos en algo —le dije
convencido de que en cuanto amaneciera me ocuparía de ese asunto.
—¿Crees que es de mi ex jefe? —quiso saber, notándose la
preocupación en su voz y en el temblor de su cuerpo.
—Lo más seguro mi ángel, pero tranquila, ese cabrón pronto dejará de
molestarte —le garanticé acercándola a mi cuerpo para tratar de calmarla.
—¿Qué quieres decir?
Me quedé mirándola a los ojos tratando de decidir si sería mejor para
ella saber la verdad o mantenerla ajena a todo. Pero sería un hipócrita pedirle
su sinceridad por el bien de nuestra relación, y poco después mentirle en algo
tan importante.
—Alan y yo hemos estado investigando sus negocios y aireando sus
trapos sucios. Al parecer debe mucho dinero a hacienda y tiene algunos
contactos poco recomendables.
—¿Alan mi cuñado?
—Por si no lo recuerdas es abogado —le dije mientras volvía a
tumbarme a su lado despacio.
—Sí, pero… —su respuesta fue tan débil que apenas pude escucharla.
—Resulta que tiene muchos asuntos turbios con los que le hemos
amenazado, y lo más seguro es que eso haya provocado que se asuste. Creo
que por eso te ha amenazado con la carta, para que dejemos de fisgonear.
Pero ha cometido un error al meterte entre medias, ya que si continúa
molestándote se verá en serios problemas —la besé en la boca para calmar su
inquietud, pues se notaba que este tema la ponía muy nerviosa—. Así que no
tienes de qué preocuparte, le mandaré un mensaje avisándole que te deje al
margen si no quiere acabar arruinado y en la cárcel. Además, lo tenemos todo
bajo control, y si ese cabrón vuelve a acercarse…
Solo de pensarlo sentí que se me calentaba la sangre y me enfurecía.
Si pudiera hacerlo a mi manera ya le habría dado tal paliza que se habría
olvidado hasta de su nombre, pero lo que estaba en juego era la seguridad de
Mary, y debía actuar con inteligencia y legalidad.
Respiré profundamente para tranquilizarme, y la miré a los ojos para
mostrarle mi seguridad, pues lo que le iba a decir así lo requería.
—No voy a permitir que vuelva a hacerte daño. Nunca más. Por eso
me preocupaba dejarte sola cuando me marché y terminé vigilándote a diario.
Aunque le pedía a Alan que te cuidara cuando no estuviera, ya que no estaba
tranquilo sabiendo que estabas sola por las noches.
Mary me estaba mirando tan fijamente, que hubiera dado toda mi
fortuna por saber lo que estaba pensando. Me imaginaba que por su cabeza
estarían pasando las veces que estuvo al alcance de ese tipo al encontrarse
sola y a su alcance, y creí que debería de sentirse muy asustada en ese
momento. Pero lo que nunca hubiera pensado es que su preocupación fuera
otra.
—¿Me vigilabas a diario? —me miró con una expresión tan
sorprendida que estuve a punto de echarme a reír.
—Cada día hasta que apagabas las luces.
—¡Pero es muchísimo tiempo!
—Bueno no estaba todo el tiempo. Tuve ayuda.
Ella me observó esperando a que le aclarara a qué me refería, y no
pude hacer otra cosa más que besarla mientras recordaba cuantas veces, al
contemplarla desde la calle, había deseado estar abrazándola.
—La señora Rose y tu familia fueron algunos de los que me echaron
una mano —continúe explicándole.
—¿Mi hermana sabía que tú no te habías ido? —me preguntó, sin
poder creerse que tanta gente estuviera tras ese plan de protegerla sin que se
enterara.
—No estoy seguro, ya que nunca se lo dije ni la vi, pero lo sabía Alan
y no creo que se tengan secretos
—No te creas, Alan es muy suyo con algunos asuntos. Aunque
también es posible que no le dijera nada para no preocuparla, de todas formas
eso ya no importa —acabó diciéndome con la mirada perdida, y con la mente
revisando todo lo que le había contado.
—Como dices, es posible, aunque ya no tiene importancia —le dije
distraído mientras le acariciaba con mi pulgar el rostro y contemplaba como
sus labios se movían al hablar.
—¡Ojalá hubieras subido! —dijo notándose un deje de lamento en su
voz.
La examiné pidiendo con mi mirada que me aclarara sus palabras,
pues no estaba seguro de entender a qué se refería. Mary, con suma dulzura
apartó un mechón rebelde de mi frente, y me contestó:
—Cuando apagaba la luz y te marchabas, ojalá no lo hubieras hecho y
hubieras subido. Yo también deseaba que aparecieras —me confesó
mirándome fijamente a los ojos.
—¿Me hubieras aceptado? —aunque temía la respuesta, tuve que
hacerla.
—Siempre —fueron sus únicas palabras y lo único que quería
escuchar.
Nos besamos con añoranza y pasión, deseando dejar atrás con este
beso todos los momentos amargos que habíamos vivido.
—Te quiero tanto que a veces pienso que sin ti dejaría de existir —le
confesé mientras seguía saboreando sus labios.
—Christian. Hay otra cosa que tengo que decirte.
Sus palabras me hicieron sentir inseguro, pues no sabía que más
sorpresas me esperaban. Ella se movió bajo mi cuerpo, y consiguió invertir
nuestras posturas quedando ahora a horcajadas sobre mí, desnuda y
espléndida como una diosa.
—En estos diez días que he estado sin ti, he estado pensando mucho
en nosotros, pero sobre todo he estado pensado en mí. Estoy viendo a una
psicóloga y me está ayudando a darme cuenta de quién soy y lo que quiero.
Aún me quedan muchas cosas por comprender, y muchos miedos a los que
enfrentarme, pero necesito decirte algo que para mí es muy importante.
Notando su nerviosismo me alcé para abrazarla, sintiendo como su
cuerpo encajaba junto al mío. Estábamos a escasos centímetros, desnudos y
con sus piernas y sus brazos rodeándome. Nos quedamos mirándonos
sabiendo que su declaración iba a ser importante, y sintiéndonos más cerca de
lo que nos habíamos sentido antes.
—Me he dado cuenta de que hay algo peor que tener miedo, y es no
sentir nada. No quiero perderte y descubrir un día que sin ti estoy vacía.
—¡Pequeña, nunca vas a perderme!
Ambos nos encontramos conmovidos por la fuerza de nuestros
sentimientos, pues su declaración estaba consiguiendo que nuestros
corazones latieran desbocados. Mary unió su frente a la mía, y con la dulzura
que la caracterizaba, me susurró:
—¡Prométemelo! ¡Prométeme que siempre estarás a mi lado!
Cogí su cara entre mis manos y la alcé para que me mirara, pues
quería que viera la sinceridad de mi respuesta.
—Te lo prometo. Tú siempre vas a ser mi vida y mi ángel.
Sin poder contenerse Mary empezó a llorar, y me abrazó con todas
sus fuerzas mientras repetía una y otra vez:
—Te quiero, te quiero…
Sin poder soportar un segundo más sin besarla, busqué su boca y la
devoré con premura. La deseaba tanto que dolía mi hombría y quemaba mi
sangre. Mary, sintiendo la misma necesidad que yo elevó su cuerpo lo justo
para colocar mi miembro en la entrada a su paraíso, y hundiéndose en mí, me
elevó hasta el mismo cielo.
Sentí el movimiento de sus caderas buscando adentrarse hasta el
fondo de mi ser, y dejé que fuera ella la que marcara el ritmo. Me quedé sin
respiración cuando dejó de ser cuidadosa, para volverse salvaje y atrevida.
Sus movimientos adquirieron velocidad y profundidad, consiguiendo con
cada embestida enloquecerme de deseo.
La sujeté fuerte por las nalgas mientras la escuchaba gemir de placer,
y nuestros cuerpos clamaban por alcanzar el orgasmo. Los movimientos de
sus caderas, cada vez más frenéticos, me hicieron perder el control y tuve que
cerrar los ojos para no dejarme llevar por la lujuria.
La había deseado tanto, que estar entre sus brazos y sintiéndome en su
interior era un sueño del que no deseaba despertar. Sentir los pezones
frotándose contra mi pecho, sus jadeos en mi cara, sus nalgas llenando mis
manos, y su sexo abierto a mí. Era demasiadas sensaciones eróticas como
para mantener la cordura.
Con mi miembro a punto de reventar de placer, no pude hacer otra
cosa más que correrme cuando sentí como mi dulce ángel se estremecía,
jadeaba y me estrujaba como si me estuviera ordeñando. Sentí como la
llenaba con mi simiente, y me abalancé sobre su boca para acallar sus jadeos,
pues con el simple hecho de escucharla me volvía a excitar y temí no poder
parar de poseerla durante toda la noche.
Saciados, exhaustos y dichosos, conseguimos separarnos lo justo
como para tumbarnos y arroparnos. Nos quedamos a la espera del sueño que
nos alcanzó en pocos minutos, y nos mantuvimos abrazados durante el
tiempo que estuvimos bajo su influjo.
Mañana sería un nuevo día, pero esta vez dormía con la seguridad de
saber que al despertar la mujer que amo no se desvanecería como el humo.

***

Los rayos de luz de la nueva mañana me despertaron, y por primera


vez tras los oscuros días pasados no sentí tristeza en el corazón. Escuché su
respiración calmada, sentí su aliento en mi cara, noté el peso de sus brazos
rodeándome y lo contemplé hasta empaparme de cada detalle de su rostro.
Me quedé así durante un buen rato sin querer perder su contacto, pues
lo había necesitado tanto, que ahora al tenerlo cerca me había vuelto adicta a
él. Le aparté un mechón de su frente y me incliné para besarle con dulzura en
los labios. No quería despertarlo ya que se notaba que necesitaba descansar, y
decidí levantarme sin que lo notara.
Para no despertarlo y así sorprenderlo, me fui directamente a la
cocina, y saqué todos los ingredientes necesarios para hacer tortitas. Hacía
años que no las preparaba, y ésta sería la primera vez que las iba a hacer
estando sola, ya que siempre las había hecho junto a mi hermana y Tilde.
Convencida de que no sería tan difícil su elaboración, me puse a ello,
y tras media hora de mezclar y añadir, así como de verter y rectificar,
conseguí tener la masa preparada para la segunda fase. La sartén.
No sé qué fue lo que despertó a Christian, pues tenía para escoger
entre mis gemidos de frustración, mis insultos de fastidio, el humo que
escocía en los ojos o el insoportable olor a quemado. De lo que sí podía estar
segura era que tras tener que hacer más masa en dos ocasiones para conseguir
cuatro tortitas deformes; y algo churrascadas, me había convertido en una
experta en hacer una especie de mazacote, quedando bien claro que lo mío no
era la cocina.
Sin darme cuenta de su presencia, seguí con mi actividad de maldecir
y estropear la masa, sin saber que detrás de mí Christian estaba divirtiéndose
a mi costa. No se perdía ninguno de mis movimientos con su pícara mirada, y
cada vez que soltaba un improperio más ganas le daban de abrazarme.
—¡Buenos días preciosa! —me soltó Christian mientras adormilado
me observaba desde la puerta.
Al escuchar su voz di un respingo que casi me costó perder el resto de
la masa que aún me quedaba, pues estuvo a punto de caérseme de las manos.
Me giré para mirarlo, y casi pierdo mi estabilidad mental ante la visión de un
espléndido hombre que me miraba con una mezcla de deseo y diversión.
Solo llevaba puesto sus viejos pantalones vaqueros que le sentaban
como a un guante, y no tuve más opción que recrearme ante su visión
seductora. Estaba descalzo, apoyado en el marco de la puerta, con sus brazos
cruzados sobre el pecho y con una mirada tan abrasadora, que se me estaba
empezando a fundir las pocas neuronas que aún me quedaban serenas.
—¿Puedo ayudarte en algo? —se notaba el tono burlón de su voz.
—¡No, quería darte una sorpresa llevándote el desayuno a la cama! —
conseguí decir sin babear.
—Bueno, una sorpresa sí que me has dado —me sonrió el muy
pícaro.
Me ofreció sus brazos, y sin pensármelo dos veces, me lancé a ellos
con la espátula aún en mi mano, pues la había olvidado por completo.
—¡Soy un desastre! —afirmé con mi rostro escondido en su cuello.
—Solo en la cocina cariño, en todo lo demás eres perfecta.
No pude hacer otra cosa más que sonreír ante su comentario cariñoso,
y me dejé llevar por la calidez de su cuerpo. Estando entre sus brazos todo lo
malo desaparecía, y solo quedábamos los dos perdidos en nuestro propio
universo. Me besó despacio saboreando mi boca con dulzura, y sin prisas
consiguió que mi corazón dejara de latir durante unos segundos ante la
ternura de sus caricias. De pronto, recordé un detalle.
—Hoy hace tres meses y dos días que nos conocimos.
Él me miró con adoración, y me sonrió terminando de fundir todas
mis neuronas.
—Sí. Poco más de tres meses desde que cambiaste mi vida.
—¡Espero que a mejor!
—Eso ni lo dudes, cariño —perdida entre sus brazos me besó hasta
conseguir tocar mi alma con sus labios para después decirme—: ¡Te quiero!
Cuando estaba a punto de responderle con otro te quiero, percibí un
olor a quemado que sobresalía al que ya existía, y recordé de pronto que se
me había olvidado apartar la sartén del fuego cuando vi aparecer a Christian.
Salí de entre sus brazos hacia ella para retirarla, y vi algo parecido a una masa
carbonizada soltando un humo asfixiante.
—¡Mierda, éstas también se me han quemado! —dije furiosa por mi
mala cabeza y sin importar mi vocabulario.
Sin decir una palabra Christian me retiró, y apartó la sartén del fuego
con destreza y precaución.
—¿Quieres que las preparemos juntos? —me preguntó sin rastro de
enfado ni en su cara ni en su voz.
Recordé nuestra conversación de la noche anterior, en donde le
prometí que nunca más le apartaría, y en donde le garantizaba que en caso de
necesitar su ayuda no tendría ningún inconveniente en pedírsela. Llegué a la
conclusión de que ese momento era decisivo para nosotros, pues le podía
demostrar que no eran solo palabras lo que le había dicho, y que estaba
dispuesta a incluirle en mi vida.
—¡Claro!, si sigo intentándolo yo sola nos veo desayunando con los
bomberos —le respondí con una sonrisa en mi cara y en mi corazón.
Ambos nos reímos, y empezamos a poner orden entre todos los
ingredientes que estaban dispersos por la encimera.
—¿Necesitas algo? —le dije a Christian ya que sin duda él iba a ser el
que llevara el mando.
—No sé, déjame que lo piense... —comentó y se quedó pensativo—.
¿Colirio? —indicó divertido.
Le di un azote en el trasero por atrevido, mientras trataba de
mantenerme seria y él se partía de la risa. La verdad es que había echado de
menos nuestras bromas y carcajadas tras unos días tan tristes y grises, y
necesitaba reírme de cualquier tontería con la misma intensidad que requería
respirar.
Pasamos el resto de la mañana preparando hambrientos el desayuno, y
descubrí por fin una cosa de la que no era un experto mi perfeccionista amor.
La cocina, y en especial las tortitas, aunque yo seguía siendo la peor.
Durante el resto de la tarde Christian se tomó muy seriamente el
demostrarme que si bien no era un genio cocinando, sí era un maestro en el
sexo. Me confirmó a base de orgasmos que mi hombre no me calmaría el
hambre con comida, pero que aun así, nunca me dejaría insatisfecha. Fue sin
lugar a dudas, un día para el recuerdo.
CAPÍTULO TRES

Es increíble como la vida puede cambiarte en solo un segundo. Hace


unos días yo no era nadie, tan solo un hombre que vagaba solitario por las
frías calles con el corazón en un puño, y sin embargo ahora siento que tengo
el mundo a mis pies.
Durante todo el fin de semana hemos compartido nuestros cuerpos
entre infinidad de besos, caricias y sexo. Hemos abierto nuestros corazones
hablando sobre temas que manteníamos ocultos y, sobre todo, hemos llegado
a un nivel en el que nuestras almas se han unido al ser conscientes de que no
podemos estar el uno sin el otro.
Ella es mi mundo y mi destino, como yo lo soy de ella, y mientras
recordemos esta gran verdad, no deberemos temer lo que nos depare el
futuro. Porque el amor a veces es tan fuerte que si no lo sabes comprender
puede llegar a destruirte. Como estuvo a punto de pasarnos a nosotros, pues
no nos dimos cuenta del daño que puede causar la persona amada cuando no
dice la palabra exacta en el momento justo, y los malentendidos y las medias
mentiras van contaminando la verdad y la esperanza.
Si algo he aprendido de toda mi experiencia a su lado, es que quiero
ser uno con ella, comprenderla, apreciarla y respetarla, pues si no cumples
estas condiciones, no se puede considerar amor. No quiero solo poseerla
como si fuera algo que me pertenece por derecho, sino que quiero ganármela,
conquistarla y merecerla.
Me ha contado sobre su diario y juntos lo hemos estado leyendo.
Ahora comprendo muchas de las cosas por las que estaba pasando y entiendo
que se sintiera confusa ante mi proposición de matrimonio. Si hubiera sabido
todo lo que le estaba pasando, seguro que hubiera obrado de otra manera.
Lamento tanto no haberla podido abrazar cuando me necesitaba, o no
haber podido calmar sus temores cuando éstos la atormentaban, que se me
cierra el pecho por culpa de un dolor que nace de los remordimientos.
Hemos hablado sobre su deseo de hacer algo por ella misma, y de
abrir una pequeña empresa de interiorismo. Debo admitir que me he sentido
muy orgulloso y más cuando ha pedido mi ayuda.
—Sé que mi empresa será insignificante comparada con la tuya, pero
me gustaría que me ayudaras a comenzar —me dijo mientras charlábamos
tranquilos sentados en el sofá del salón con una copa de vino en la mano.
La vi tan emocionada y a la vez tan asustada, que me entraron ganas
de abrazarla y besarla. Tuve que resistirme pues me estaba hablando de
profesional a profesional y no como pareja, por lo que me contuve todo lo
que pude y me comporté como el ejecutivo que soy. Si bien algo azucarado,
pues con ella me era imposible ser el hijo de perra toca pelotas que era en los
negocios.
—¡Por supuesto cariño! Sabes que puedes contar conmigo.
—Podríamos buscar juntos el local. Al fin y al cabo el sector
inmobiliario es tu especialidad.
—Cuenta con ello, buscaremos el mejor local de la ciudad —le
aseguré acercándome a ella para besarla, pues ya no podía resistir más, y ahí
fue cuando mi plan de mantenerme en actitud profesional se vino abajo, para
los dos.
Sumisa se dejó besar hasta que mis palabras calaron en su cabecita;
esa que no paraba nunca y me volvía loco pero que adoraba.
—¡Bueno, el mejor no! Uno que esté en condiciones. No quiero un
local grande para empezar, sino algo más bien…coqueto.
—¡Interesante! —Le contesté para después pasar a morderle el cuello
—, permíteme hacerte unas preguntas de vital importancia.
Sumida en mis caricias lo único que fue capaz de articular fue una
especie de gemido mezclado con un suspiro. Estábamos ya tan cerca el uno
del otro que se podía considerar que yo estaba prácticamente encima de ella,
aunque a ella eso no parecía importarle y yo, por supuesto, estaba encantado.
—¿Lo quieres con cuatro paredes? —le pregunté mientras mi boca la
devoraba y mis manos se perdían recorriendo su cuerpo. De la copa de vino
que llevaba en mi mano, ya ni me acordaba.
Como contestación solo pude escuchar otro gemido, el cual me hizo
sonreír y seguir con mi interrogatorio, con el único objetivo de volverla loca
de deseo.
—¿Un par de ventanas? —le seguí preguntando siendo correspondido
por otro gemido; éste más meloso, tomándolo como una carta blanca para
hacerla mía.
—¿Techo, puertas? —pregunté cuando ante mí tuve sus pechos
desnudos—. ¿Un baño? —dije con voz grave y tomada por un deseo ciego.
Creo que ese fue justo el momento en el que se percató de mi
estrategia, pues se separó de mí, y me dio un manotazo en la nuca como si
fuera un crío y me hubiera pillado haciendo una travesura; que era justo lo
que estaba haciendo.
—¡Eres un bobo! ¡Te estaba tomando en serio! —mientras hablaba
trataba de disimular su sonrisa.
—Mi ángel, te estoy haciendo las preguntas de rigor en estos casos.
—¡Eso no te lo crees ni borracho! —Se sentó correctamente en el sofá
con el firme propósito de ignorarme, y con pose de cabreo me siguió diciendo
sin dignarse a mirar a la cara—: ¿Tratas de decirme que cuando va un cliente
a una de tus oficinas tú le preguntas si quieren puertas y paredes?
—¡Y techos cariño!, no podemos olvidarnos de los techos.
Costándome serios esfuerzos logré contener la risa, sobre todo cuando
me miró con ojos de asesina en serie. Sentado a su lado, y sin poder dejar de
mirarla, le aparté un mechón de su cabello, y acaricié su mejilla con suavidad
para calmarla.
—Sabes que por ti lo daría todo. Cualquier cosa que desees te lo
conseguiría aunque fuera peligroso.
Aún no me miraba pero noté como se calmaba.
—Hay algo que debo confesarte —continué hablando mientras mis
caricias seguían por su rostro—. Nunca antes me había sentido tan a gusto
con otra persona como para bromear con ella —besé su hombro y continué
con mi declaración—. Jamás me había sentido tan cómodo y tan natural en
compañía de alguien. Solo contigo.
Mary me miró con la dulzura típica de sus ojos, y vi como el amor se
reflejaba en ellos.
—Por eso me gusta bromear contigo, porque sé que tú reirás conmigo
y sabrás perdonarme cuando te enfade. Pero quiero que sepas que nunca,
jamás, me reiré de ti, solo contigo.
Como era de esperar de alguien con un corazón tan grande, mi ángel
se volvió hacia mí mientras nos contemplábamos. Estábamos sentados uno al
lado del otro bien cerca, con nuestros cuerpos recostados en el respaldo y
nuestras cabezas apoyadas en él.
Durante unos intensos segundos solo nos miramos, sin palabras, sin
caricias, solo nos observamos en silencio hasta que un cosquilleo empezó a
apoderarse de mi cuerpo, y tuve que decir lo que estaba sintiendo.
—¡Te quiero!
Ella me ofreció su mejor sonrisa, y acercó despacio su boca a la mía
para decirme antes de darme un profundo beso:
—¡Te quiero!
Tras perdernos durante unos minutos en el deseo, entre abrazos y
jadeos, y cuando ya había olvidado todo lo que había pasado, pues en mi
cabeza ya no había lugar para el recuerdo, escuché como risueña me decía
flojito en el oído:
—¡Y que no se te olvide que la oficina tenga suelo!
Indudablemente mi ángel era única.

***

Este ha sido uno de los mejores fines de semana de mi vida. Y no lo


digo solo por el sexo. Soy una buena chica y para mí hay cosas mucho más
importantes, como el haber aclarado los malentendidos, haber logrado que
nos comprendiéramos mejor, sentirme otra vez completa y… está bien, lo
reconozco, el sexo convirtió estos dos días en unos de los top diez del
recuerdo. Apasionado, frenético, salvaje, cálido, sumiso, brutal, tierno,
tentador. De hecho no estoy muy segura de cómo me fue posible el lunes
mantenerme de pie y mucho menos caminar.
Como habíamos acordado el fin de semana, a primera hora del lunes
ya estábamos preparados para emprender la búsqueda del local, la cual se
extendió durante tres días. En todo este tiempo Christian se mantuvo a mi
lado enseñándome oficinas y demostró tener más paciencia que el santo Job.
No es que los locales estuvieran mal, ni mucho menos, sino más bien
todo lo contrario. Yo andaba buscando un lugar donde me sintiera a gusto y
no se me quedara ni demasiado pequeño, ni demasiado grande. Por supuesto
a última hora de la tarde del miércoles Christian juraba en voz baja que nunca
más iría de compras con una mujer, ya fuera para comprar un calcetín o un
edificio entero.
Cuando ya se daba por vencido y se temía pasar todo el jueves viendo
locales, aunque él afirmaba que ya habíamos visto casi todos los interesantes,
dimos con uno que me enamoró nada más entrar.
El local tenía forma de L, era espacioso, coqueto y luminoso. Nada
más entrar había una amplia recepción donde podías exponer los trabajos
realizados, y colocar cómodos sillones para la espera. Al frente tenías el
primer despacho. Era de forma alargada y quedaría perfecto para colocar uno
o dos ayudantes que atendieran a los clientes. Girando a la derecha te
encontrabas un pasillo que te llevaba a las demás habitaciones.
La primera de ellas, y pegada al primer despacho, estaban unos baños
de buen tamaño, perfectamente cuidados y elegantes. A su lado te
encontrabas una pequeña puerta que te conducía a una reducida habitación
pensada para guardar el material de oficina y de limpieza.
Justo en frente de ellas estaba el segundo despacho. Aún más grande y
alargado que el primero, y el cual quedaría perfecto para una sala de juntas.
Al fondo del pasillo, la tercera y última habitación. La que sin duda sería mi
despacho por ser la más apartada, la más grande y por tener unas amplias
ventanas que le daban mucha luz. Todo el conjunto de habitaciones y detalles
resultaban simplemente perfectos pues era lo que andaba buscando.
Por supuesto a Christian le pareció muy pequeño, pero contando que
entre la recepción y los despachos cogían perfectamente más de ciento
sesenta personas, a mí me pareció más que adecuado. Despacio, fui
inspeccionándolo todo, imaginándome cómo quedaría cuando estuviera
decorado a mi gusto, y me sentí afortunada por tener esta nueva oportunidad
para empezar.
—Bueno, ¿entonces te quedas con éste? —me preguntó Christian
mientras se acercaba y me abrazaba.
—¡Me encanta!
—Te vendrá muy bien tener un despacho extra. Además es muy
amplio y pueden ocuparlos varios ayudantes.
—Había pensado en contratar a uno para empezar, y más adelante,
según vayan las cosas, contratar a otro ya que no creo que tenga mucho
trabajo al principio.
—Pues yo estoy seguro de que te faltarán manos para atender a todos
los clientes, y con uno te vas a quedar corta. Por cierto, aún no has pensado
en el nombre.
—Tengo varias ideas pero no me he decidido. En cuanto tenga uno
claro tú serás el primero en saberlo —afirmé regalándole mi mejor sonrisa.
Christian me besó complacido por mi respuesta, y por la armonía que
reinaba entre nosotros. Cuando nuestros labios se separaron, y mi cabeza
pudo volver a funcionar, continué con mi pose de mujer segura, profesional y
emprendedora. Una actitud que me estaba costando mantener cuanto más
claro se divisaba el futuro, pues aunque estaba emocionada por montar mi
propio negocio, me era imposible apartar de mi cabeza los miedos y las
dudas.
Era mi forma de ser y no podía de la noche a la mañana cambiarlo.
Pero la diferencia era que esta vez Christian estaba a mi lado, y sabía que me
apoyaría pasara lo que pasara. Eso me daba más seguridad que cientos de
sesiones de terapia, y me hacía ver las cosas de forma diferente.
—Entonces señorita Benson, ya es usted la propietaria de un
espléndido local en una de las mejores zonas de la ciudad —afirmó
sonriendo.
—Aún no señor Taylor. Tengo que ponerme en contacto con el dueño
y acordar un precio.
—Entonces será mejor que entremos a tu despacho y hablemos del
asunto. Estoy abierto a cualquier oferta, y te adelanto que no me opondré a
que me convenzas con tus besos, o a que intentes sobornarme con tus
encantos.
Él ya me había cogido de la mano y me estaba guiando hacia la
habitación del fondo, cuando me dejó caer esta bomba. Sorprendida paré en
seco, y me quedé mirándolo de forma seria, acusándolo en silencio de hacer
trampas.
Cuando noté tensión en su rostro, me di cuenta de que él no lo había
hecho con malicia, pues era lógico que alguno de esos locales fueran suyos.
Relajé mi expresión y recordé que tenía que darle cierto margen a mi hombre,
ya que éste era bastante sobreprotector.
—¡Está bien!, entremos al despacho y hablemos. Aunque está vacío y
va a ser difícil mantener una conversación. ¿No prefieres que vayamos al
tuyo?
—No, prefiero éste. Así luego podremos celebrar la compra en cada
habitación del local —me comentó con una mirada tan pícara, que no dejó
dudas de lo que estaba imaginando hacer.
—No te adelantes a los acontecimientos, ya que aún no has escuchado
mi oferta —le contesté risueña y con un escalofrío de anticipación
recorriendo mi cuerpo.
Entramos en el que sería mi despacho, y cerró la puerta tras de mí. Me
miró con un hambre carnal que me hizo retroceder hasta que mi espalda tocó
la pared, y se fue acercando con unos andares felinos que me resultaron de lo
más tentadores. Una vez pegado a mí, apoyó sus manos a ambos lados de mi
cabeza y aproximó su cuerpo al mío consiguiendo que sintiera la plenitud de
su excitación.
—Soy un duro hombre de negocios que está dispuesto a escuchar
cualquier oferta —me habló con voz suave, y con sus labios a escasos
centímetros de los míos.
Con mis piernas temblando, mi boca reseca, y mi mente a años luz de
pensar con coherencia, solo pude soltar una especie de sonido ininteligible
que pretendía ser un sí.
Sonriéndome socarrón, se acercó aún más a mí, consiguiendo que
dejara de respirar y que tuviera que agarrarme a sus hombros para no
desplomarme en el suelo, y quedar como una simplona.
—Y bien señorita Benson ¿no tiene nada que decir?
Intenté con todas mis fuerzas pensar en algo que no fuera él, pero mis
neuronas se encontraban desmayadas o ardiendo de pasión, y solo me
aconsejaban que le quitara la ropa y me lanzara sobre él.
Para acabar con el poco control que me quedaba, Christian se puso a
besarme el cuello y a juguetear con mi oreja mordisqueándola, sabiendo que
así no le negaría nada.
Fuera de mis casillas y más ardiente que un pajar en llamas, solo se
me ocurrió decirle la única idea que se me pasó por la cabeza.
—Si utilizas esta técnica para negociar, no me extraña que seas el
puto amo de los negocios.
La carcajada de Christian no se hizo esperar, y sentí como me
encerraba entre sus brazos a modo de recompensa. Cuando se pudo calmar un
poco, me dio un casto beso en la frente y me dijo:
—Cariño, te garantizo que esta es la primera vez que negocio así.
Risueña, le pasé mis brazos alrededor de su cuello aferrándome a él y
le contesté:
—Eso espero hombretón o tendré que cortarte una parte vital de tu
anatomía.
Ambos nos echamos a reír olvidando por completo el acuerdo que
teníamos que negociar. Solo nos dejamos llevar por nuestro incipiente deseo,
y acabamos celebrando la adquisición del local antes de haber sellado nada.
Solo horas después, ya en la cama de nuestro piso, conseguimos llegar
a un acuerdo en donde establecimos que le pasaría un porcentaje de los
beneficios mensuales, hasta que quedara pagado la totalidad del precio de
venta. Eso le convertía en un socio capitalista temporal, y solo le daba voz en
temas relacionados con la economía de la empresa.
Christian se pasó gran parte de la noche hablándome de cómo
expandirnos, como si fuera un proyecto conjunto que ambos llevábamos
soñando durante años, y que por fin se hacía realidad. Se le veía más
ilusionado que a mí, y no parecía que fuera el dueño de una de las empresas
internacionales más importantes del país dentro del ámbito inmobiliario.
Sus dotes para los negocios, su espíritu emprendedor y su visión para
las inversiones, le convertían en un genio de las finanzas pues llevaba en la
sangre la capacidad para ser el mejor. Y aun así se estaba poniendo a mi
servicio, centrándose en un pequeño negocio que supondría una limosna
dentro de su bolsa de valores.
Me regañé por no haberme dado cuenta de lo importante que era para
él hacer este proyecto conmigo, pues era obvio que su ilusión no era por la
magnitud del desafío, sino por montar una empresa entre los dos. Me olvidé
de querer hacerlo todo por mí misma, y me dejé llevar por su entusiasmo.
Tumbados sobre la cama la llenamos de folios plagados de ideas y de
sueños que ambos compartimos, consiguiendo de esta manera trabajar sobre
un boceto de lo que sería nuestra empresa. Cuando después de varias horas, y
tras risas y copas de vino, conseguimos quedar satisfechos con los resultados,
pasamos a las caricias y los mimos.
Y así acabamos haciendo el amor entre los folios y con los bocadillos
a medio acabar, pues llegamos a un punto en que nuestra excitación fue
mayor que nuestra necesidad de comer.
Ya saciados de nuestros cuerpos, exhaustos de tantas emociones y
hambrientos por habernos saltado la cena, nos quedamos abrazados y
recostados entre las sábanas revueltas. Ambos contemplamos el blanco techo
tratando de ver el futuro en él, mientras invocábamos al destino para que la
suerte nos acompañara.
Fue en ese momento místico cuando el rugir de mis tripas
hambrientas rompieron la magia que nos envolvía, y soportando la vergüenza
le escuché decirme risueño:
—¿Qué te parece si preparamos algo para comer?
—Me parece perfecto —le contesté bostezando.
—¿Tortitas? —me preguntó mientras se incorporaba y tiraba de mí
para sacarme de la cama.
—¡Genial! Iré por las mascarillas de oxígeno y el extintor.
Como recompensa por mi comentario sarcástico, me llevé una
palmadita en el trasero y una carcajada de Christian que me hizo sonreír de
felicidad. Puede que no seamos buenos cocineros; y menos de repostería,
pero en cuanto a nosotros éramos perfectos el uno para el otro.

***

Durante los siguientes cuatro días la rutina se había convertido en un


caos. Aunque Christian me ayudaba mucho, me dejaba todas las decisiones
finales, así como los temas relacionados con acondicionar y decorar el local.
Él se ocupaba de aportar ideas y del papeleo, por lo que me ahorró las
odiosas visitas a notarios, bancos y ministerios para realizar los trámites
necesarios para la constitución de mi empresa.
Habiendo decidido que buscaría dos ayudantes, me pasé el poco
tiempo que me quedaba ojeando innumerables currículum, y decidiendo a
quiénes quería como compañeros de trabajo. Pues si de algo estaba segura,
era de que quería ser tratada como una igual, y no como a una jefa estirada y
prepotente que se sentaba todo el día en su despacho, esperando que sus
empleados hicieran todo el trabajo.
Pretendía crear un buen ambiente, donde todos aportaran opiniones y
se sintieran parte de la empresa. Había visto en mi anterior trabajo lo que era
trabajar a comisión considerando a todos tus compañeros como
competidores, y no quería que eso sucediera en mi empresa. Tendrían un
buen sueldo fijo, y en caso de que hicieran bien su trabajo, contarían además
con un incentivo.
La lista se había reducido a dos candidatos y en una hora tenía la
primera de las visitas. Me había decantado por una mujer llamada Lisa Wals,
con un currículum bastante correcto y una creatividad que rozaba el genio. El
segundo candidato era un hombre llamado Ryan Jones-Stevenson. Su
currículum era impresionante y sus referencias impecables. De hecho, me
sorprendía que un hombre tan preparado quisiera formar parte de mi negocio,
pues lo veía más como el empleado perfecto de una multinacional. Ésta era
una de las dudas que tenía sobre él, pero no podía perder la oportunidad de
tener a alguien así trabajando para mí.
—¿Lo llevas todo? —me preguntó Christian.
Habíamos terminado de almorzar en un lujoso restaurante del centro,
acompañados de mi hermana Sarah y mi cuñado Alan, y ahora los cuatro nos
disponíamos a marcharnos, tras la típica lucha titánica entre ambos hombres
por pagar la cuenta. Si alguien me hubiera dicho que dos hombres tan
cabezones se iban a llevar tan bien, no me lo hubiera creído, pues hubiera
pensado que siempre estarían en conflicto.
—¿Tienes ahora la visita, verdad? —preguntó mi hermana.
—Sí, dentro de una hora. Te puedes pasar por allí dentro de dos horas
y vemos los colores para las paredes de los dos despachos.
—¿Seguro que ya habrás terminado?, no quiero molestarte —inquirió
mientras su marido le colocaba el abrigo como todo un caballero y el mío
hacía lo mismo.
—Seguro. Además no voy a cerrar la puerta, y así podrás entrar sin
problemas, aunque esté aún con la entrevista de trabajo.
—Mary,no creo que sea una buena idea —repuso Christian—. No
me parece seguro que dejes la puerta abierta si vais a estar las dos solas.
Nunca se sabe qué puede pasar.
—Estamos en una calle muy transitada. No creo que corramos peligro
—repuse, aunque mi idea ya no me parecía tan buena.
—No te confíes por eso. Vais a estar en el despacho del fondo, y no
podrás oír si alguien entra y atranca la puerta desde dentro —indicó Christian
mirándome fijamente.
Debió notar como el miedo empezaba a apoderarse de mí, pues me
acarició con suavidad la mejilla para calmar mis temores y me dijo con un
tono mucho más suave:
—Si tomas ciertas precauciones no tiene por qué pasarte nada.
—Estábien —accedí al recordar que mi acosador estaba aún suelto, y
que ya había intentado estrangularme una vez.
Sarah se acercó a nosotros, y me cogió de la mano para darme
confianza y fortaleza. Cada día estaba más agradecida de poder contar con
unas personas tan especiales a mi alrededor, y que se preocupaban tanto por
mí.
—¿Qué te parece si cierras la puerta, y cuando esté llegando te doy un
toque al móvil para que me abras? Así estaremos todos más tranquilos.
Le sonreí y apreté su mano como muestra de cariño mientras le
respondía:
—Es una buena idea.
Fui recompensada con una sonrisa de mi hermana y un suave beso en
los labios de Christian.
—Entonces todo arreglado —me dijo éste.
Me cogió de la mano y los cuatro nos dirigimos hacia la salida.
Íbamos caminando cada uno al lado de su pareja, pero lo suficientemente
cerca como para poder mantener una conversación.
—¿Hasta quéhora estaréis liadas con las pinturas? —me preguntó
Christian.
—¿De verdad le preguntas eso? —Le soltó risueño Alan—. Amigo,
aún te queda mucho por aprender.
—¡Hey! —le dijo su esposa mientras le daba un manotazo en el
brazo —. ¿Te crees que sabes mucho sobre las mujeres?
—Cariño, llevamos casados casi nueve años y algo he aprendido en
todo este tiempo. Aunque debo admitir que aúnme queda mucho por
aprender — dirigiéndose a Christian, que lo miraba divertido, le siguió
diciendo—. Y si de algo puedo estar seguro es de que si se juntan dos
mujeres para hablar de moda, hombres o decoración, el tiempo se les pasa sin
darse cuenta.
Los cuatro nos echamos a reír sin que nosotras pudiéramos negar la
acusación. No iba a ser la primera vez que habíamos quedado para tomar un
café o ir de compras, y habíamos tardado más horas de las debidas en
regresar.
—Entonces, ¿qué te parece si vamos juntos a recogerlas?, y así, si aún
no han terminado cuando lleguemos, nos vamos a esperarlas al pub de al lado
mientras nos tomamos unascervezas —le preguntó Christian a Alan.
—Me parece una buena idea. Así aprovechamos para hablar.
—En ese caso no llegaremos nunca a casa —repuso Sarah con ironía.
Mi hermana se soltó del agarre de su marido, pues la tenía sujeta por
la cintura con su brazo, y retrocedió para ponerse a mi lado. Una vez a mi
altura me comentó como si fuera un secreto, pero con la voz suficientemente
alta como para que nuestros acompañantes nos escucharan.
—Si algo he aprendido en mis casi nueve años de matrimonio, es que
si se juntan un par de hombres para tomar un trago y hablar de política,
mujeres o fútbol, las horas se les pasa volando y siempre llegan tarde.
Las dos nos echamos a reír contagiándoles a ellos, y haciendo que los
comensales del restaurante se volvieran para mirarnos.
—Amigo,creo que nos han calado —le señaló Christian a Alan aún
sonriendo.
—Ésta es otra de las cosas que debes aprender —le respondió Alan
mientras se acercaba a su esposa y se colocaba a escasos centímetros de ella
—. Nunca discutas con tu mujer, porque ella siempre llevará las de ganar —y
tras acabar de decirlo, le devoró la boca con un beso tan apasionado que no
pudo replicarle.
Cogiéndonos de la mano Christian y yo nos alejamos para darles
cierta privacidad, y salimos a la calle donde nos dimos cuenta de que estaba
lloviendo a mares.
—¡No! ¡Menuda suerte la mía! —solté al viento pues odiaba
conducir con lluvia.
—Si quieres te llevo en mi coche y luego vengo a recoger el tuyo.
Lo pensé durante unos segundos, pero decidí que tampoco era tan
malo, pues no estaba tan lejos y así no tendríamos que venir a recogerlo más
tarde. Además, era solo lluvia, ¿qué podría pasarme?
—Gracias cariño, pero la oficina está muy cerca y no tendré que
conducir mucho.
—Está bien, pero ve con cuidado.
Y así, decidida, me despedí de mi familia y junto a Christian, que me
sujetaba el paraguas, nos dirigimos hasta mi elegante coche. Una vez allí lo
besé con un adiós en mis labios, para después entrar en el vehículo y
marcharme a la entrevista de trabajo.
Tenía la sensación de que a cada minuto que pasaba, mi destino
estaba más cerca.

***

La lluvia cada vez arreciaba con más fuerza mientras que la


visibilidad iba disminuyendo. Tenía el tiempo justo para llegar y encontrar
aparcamiento, por lo que mi concentración se dividía entre mirar al frente y al
reloj.
Como siempre sucede en estos casos, me pilló un semáforo en rojo y
tuve que esperar ansiosa a que se pusiera en verde. Por culpa de las prisas y
de mi mala suerte, nada más salir no vi parar de golpe al vehículo que tenía
delante, y solo tuve tiempo para frenar. Debido al asfalto mojado no pude
evitar el golpe, y acabé frenando contra su parte trasera. Aunque debo
agradecer que el frenazo no fuera muy fuerte al no llevar mucha velocidad.
Entre la poca visibilidad que dejaba la lluvia, el susto, el porrazo y los
coches pitando para que nos moviéramos, apenas tuve la ocasión de pensar en
nada. Solo conseguí apartar mi coche hacia un lado y aparcarlo detrás del otro
con quien me había chocado. Solo esperaba que no fuera un hombre violento
de dos metros de altura y cerca de doscientos kilos, o tendría que ensayar con
él mis llaves de autodefensa.
Cuando salí del vehículo mis piernas me temblaban por culpa del
nerviosismo y traté de serenarme. Abrí el paraguas, y respiré aliviada al ver
que del otro coche salía una mujer joven y de una complexión parecida a la
mía. Acercándome a ella procuré no aparentar estar alterada.
—¿Se encuentra usted bien? —le pregunté para asegurarme.
La mujer parecía mucho más nerviosa que yo, y no paraba de llevarse
las manos a la cabeza, sin importarle que se estuviera empapando. Tuve que
acercarme más a ella para que me prestara atención, ya que parecía tan
absorta en contemplar su coche que no se había fijado en mí.
—¡Perdona!, ¿estásbien? —insistí.
Por fin conseguí que se percatara de mi presencia y que me
contestara.
—¡Oh, disculpa! ¡Sí, estoy bien! Es que todavía no me he recuperado
del susto. ¿Has visto lo que ha hecho ese tipo?
Miré en la dirección que habíamos dejado atrás esperando ver al otro
implicado, pero todo funcionaba con normalidad delante del semáforo.
—¡El muy cretino se ha saltado el semáforo y casi me lo trago!
La mujer respiró profundamente y noté como poco a poco el color
volvía a sus mejillas. Me pareció una muchacha muy guapa aunque no era la
típica rompecorazones. Tenía el cabello castaño claro, era un poco más alta
que yo, con un cuerpo curvilíneo, aunque no se la podía considerar rellenita
sino más bien de estructura fuerte. De ojos vivaces y expresivos de color
chocolate, te llamaban la atención nada más mirarlos. Todo su cuerpo te decía
que era resistente, segura e inquebrantable, hasta que la mirabas fijamente a
esos ojos, y veías unos signos de fragilidad que te sorprendían.
Claro que el hecho de que estuviera calándose hasta los huesos, con el
rímel corrido y con un vestido que se le estaba pegando al cuerpo, no me
daba la sensación de que se encontrara muy bien. Me acerqué a ella y coloqué
el paraguas sobre las dos para resguardarnos del aguacero.
—¡Por suerte no ha pasado nada! —me comentó soltando después un
suspiro.
Nos quedamos mirando su coche sin saber muy bien cuál era el
siguiente paso a dar, mientras la lluvia seguía cayendo y nosotras
permanecíamos inertes y calladas. Era la primera vez que me pasaba algo así,
pues antes de que Christian me regalara el coche iba normalmente en autobús
o andando a todas partes, y nunca había logrado ahorrar lo suficiente como
para comprarme uno.
—¿Qué te parece si vemos los daños? —me preguntó ella rompiendo
el silencio.
—¡Me parece bien! —le contesté, para después decirle cargada de
remordimientos—. Creo que te he dañado el parachoques.
Cuando giré mi cabeza para mirarla, la vi contemplando embelesada
mi vehículo.
—¡Oh, dios mío! ¡No me digas que he dañado un deportivo!
En cuestión de segundos su cara volvió a ponerse pálida y daba la
sensación de que se disponía a llorar, a hiperventilar y probablemente a
desmayarse.
—¡Mi seguro me va a matar! —soltó apenas sin voz y completamente
pálida.
—Tranquila, la culpa ha sido mía al golpearte por detrás.
Me vi obligada a recordarle, antes de que la pobre acabara con una
parada cardiaca en medio de la calle, mientras yo hubiera terminado histérica
sin saber qué hacer. Menos mal que en cuestión de segundos su semblante
pasó del espanto más profundo, a la alegría más radiante tras escuchar mis
palabras.
—¡Es verdad! ¡No es mi culpa!
Tuve la sensación de que estuvo a punto de abrazarme o de ponerse a
bailar sin importarle donde se encontraba. Era evidente que su relación con el
seguro no era muy buena, y eso hacía preguntarme cuántos incidentes como
el de ahora había tenido, para que le tuviera tanto miedo a su seguro, o para
que el seguro se lo tuviera a ella.
—Te he abollado el parachoques y he arañado el lateral —le dije
consiguiendo captar su atención.
Curiosamente mi vehículo estaba intacto.
—¡Ah, eso! ¡Ya estaba! —me contestó mientras contemplaba su
coche en busca de desperfectos nuevos—. No veo nada que no tuviera antes.
—¿Y esto? —le señalé su matrícula abollada hacia adentro.
—Tampoco es de ahora, Me lo hicieron hace unas semanas cerca de
aquí —y sin decir nada más pasó a comprobar los desperfectos de mi
deportivo.
Observé más fijamente a su vehículo, y descubrí que estaba lleno de
arañazos, abolladuras, pero lo más curioso es que los espejos retrovisores
estaban sujetos con cinta adhesiva negra. De hecho era un milagro que ese
pobre coche siguiera circulando.
—Por suerte el tuyo no ha sufrido daños —me comentó cuando
terminó de revisarlo.
Miré a mi nuevo y reluciente deportivo y recordé el momento en que
Christian me lo había regalado, y en cómo había conseguido animarme con
ese detalle. Supe que me esperaba un discurso por su parte por haber
conducido con prisas olvidándome de mi seguridad, ya que en esos temas era
muy estricto.
Recordé lo mal que lo pasaba cada vez que se montaba en el coche
conmigo, y como insistía en que condujera a una velocidad casi ridícula. Sin
lugar a duda esta noche tendría que pensar en una estrategia para despistarlo,
y librarme así de su charla.
No estoy muy segura de lo que pasó a continuación, pero en cuestión
de segundos escuché como se acercaba un coche, y vi como salía de su
interior un objeto alargado que se dirigía a gran velocidad hacia nosotras.
Instintivamente me retiré, por lo que el impacto recayó por entero en mi
compañera, al haberse quedado paralizada.
Cuando pasados unos segundos vi que el coche se alejaba, y no
escuché ningún grito o golpe, me giré para mirarla y vi una gran mancha roja
en su pecho, que sobresalía ante el color beis de su elegante abrigo entallado.
A sus pies, en el suelo, un perrito caliente a medio comer rodaba despacio por
el asfalto, buscando cobijo en la alcantarilla más cercana.
Ella miró incrédula su abrigo empapado y ahora manchado de
Kétchup, mientras luchaba por mantener las lágrimas en su sitio.
—¡No me lo puedo creer! —dijo sin apenas voz.
De pronto noté como sus ojos empezaban a brillar con rabia, y sin
pensarlo dos veces, se fue en busca de lo que quedaba de la salchicha, la cual
estaba a punto de llegar a su destino. Cuando la tuvo ante sí le dio un pisotón
con todas sus fuerzas, oyéndose como algo rugía a sus pies. Por desgracia
tuvo la mala suerte de darle con demasiado ímpetu, y acabó rompiendo el
fino tacón de su zapato.
Tuve que agarrarla para que no se cayera y terminara rodando por el
suelo, rompiéndose algo más que un simple tacón, y embadurnándose de
barro y porquería. Caí en la cuenta de que esa pobre mujer era mucho más
gafe que yo, y juré no volver a quejarme cuando por culpa de mi torpeza me
pasara algo.
—¿Estásbien? —le pregunté mientras la enderezaba y volvía a
protegernos bajo mi paraguas.
—¡No! —me contestó apenada y furiosa—. Tengo una cita muy
importante y no puedo presentarme así.
Estaba empapada, con la apariencia de un mapache por culpa del
rímel, con el abrigo mojado, pegado a su cuerpo y manchado de kétchup y,
para terminar de rematarlo, con un zapato roto que la hacía balancearse de
forma exagerada al caminar. Si no fuera por la expresión de derrota en su
cara, la situación hubiera sido bastante cómica.
—¡Por lo menos no se me han roto las medias! —se dijo para sí
misma a modo de consuelo.
De pronto recaí en sus anteriores palabras y me hicieron recordar que
yo también llevaba prisa. Miré mi reloj para comprobar que hora era, y me di
cuenta de que tenía el tiempo justo para llegar si salía en ese mismo instante.
—¡Es tardísimo! —grité.
Sin miramientos la mujer me cogió de la muñeca y miró la hora que
marcaba mi reloj. Un gemido de disgusto me indicó que también se le había
hecho tarde a ella.
—Tengo que irme. ¡Ya!
En cuestión de segundo se agachó para quitarse los zapatos, y se
dirigió decidida hacia los asientos traseros de su coche. Una vez allí abrió la
puerta trasera, que hizo un ruido sordo, y lanzó los zapatos al interior. Luego
cogió una bolsa de deportes de las que sacó unas deportivas y se las puso a
toda prisa. Después, extrajo unas toallitas de lo que parecía un bolso tamaño
familiar, y se puso a limpiar los restos del kétchup de su abrigo, mientras yo
no podía evitar contemplarla absorta. Tras secarse las manos se giró para
mirarme y me dijo:
—Si quieres podemos rellenar los papeles en un momento.
Me habló con tanta naturalidad, que me pareció sorprendente como
podía recuperarse en cuestión de segundos de una situación problemática. Era
como si estuvieras ante una persona acostumbrada a enfrentarse a diario a
situaciones molestas, y supiera recuperarse sin mayor dificultad de ellas.
—La verdad es que yo también tengo bastante prisa, y no tengo ni
idea de cómo rellenar un parte. ¿Qué te parece si te doy mi número de
teléfono y más tarde me llamas y lo arreglamos? —le comenté.
—¿Estás segura? ¡Tú eres la perjudicada!
—Sí, estoy segura.
—¡Por mí perfecto! ¡Incluso puede que llegue a tiempo! —me dijo
sonriendo.
Le escribí los datos en un pequeño blog de notas que llevaba en mi
bolso, y le entregué el papel cuidando de que no se mojara. Ella la miró
durante unos segundos y después la guardó en el bolsillo de su abrigo.
—Bueno, pues llámame.
—Tranquila eso haré, y gracias por tu ayuda —me contestó con una
ligera sonrisa.
—De nada.
Sin más que decirnos nos dirigimos cada una a nuestro coche, y me
giré para contemplarla. Me recordó a mí hace apenas unos meses, cuando
tenía que conformarme con trabajos mediocres y mal pagados que nunca me
gustaron, y me hacían vivir al día sin poder ahorrar. Ahora llevaba un traje de
diseño, tenía un coche caro, vivía en un piso de lujo e iba a montar mi propio
negocio, todo gracias a otro accidente. Pero sobre todo gracias al haber
aprendido a aceptar tanto lo bueno como lo malo de la vida y del amor.
Deseé que esa mujer también corriera mi misma fortuna y pensé que
tal vez había quedado con una persona que era importante para ella. Tal vez
un antiguo novio o alguien que le interesaba. Quizá le esperaba una nueva
oportunidad para empezar de cero y por eso se había puesto tan elegante. Me
dio pena que tuviera que presentarse con esas pintas en una cita donde se
jugaba tanto. Esperando darle algo de ánimos le grité:
—¡Buena suerte!
Ella se giró para mirarme y me sonrió para después decirme:
—¡Gracias, la voy a necesitar!
Ambas sonreímos y nos despedimos con un gesto de la mano. La
verdad es que parecía una mujer simpática y hubiera estado bien conocerla en
otras circunstancias. Sobre todo porque ella era otra persona experta en
meterse en líos, y eso no me hacía sentirme como la única mujer patosa sobre
la faz de la tierra.
La vi salir sin mirar a los demás vehículos, ganándose con ello unos
cuantos pitidos, para después acelerar por la carretera. Sonreí al darme cuenta
de que probablemente acabara el día metiéndose en más problemas, y dudé
de que llegara entera a su cita. Sin lugar a dudas las complicaciones no la
buscaban a ella, sino más bien todo lo contrario.
Me metí en mi coche y seguí mi camino pensando que mi mala suerte
no era para tanto. Al fin y al cabo mi vida iba viento en popa y la fortuna
parecía sonreírme.
CAPÍTULO CUATRO

Cuando por fin llegué a mi destino no encontré a nadie esperándome,


por lo que pude relajarme un poco e ir encendiendo las luces.
El hall estaba todo patas arriba, debido a la cantidad de enseres que
albergaba para la reforma del local, y por la llegada del material necesario
para el negocio. Había mandado colocar una gran mesa en un lateral, donde
se podía ver una gran variedad de muestras de pinturas, telas y todo tipo de
catálogos sobre decoración, que me servirían para los cambios que quería
realizar, y para mostrárselos a nuestros futuros clientes.
Aproveché los minutos de los que disponía y fui a por una toalla al
baño para secarme un poco, y ver los estragos que la lluvia había causado a
mi maquillaje. No podía quitarme de la cabeza que quizás yo también podía
parecerme a un mapache, y no quería presentarme con esa facha si quería
aparentar ser una mujer seria y competente.
Cuando ya había terminado de retocarme, pues por suerte los
desperfectos eran escasos, escuché como alguien entraba en el edificio.
—¡Hola!, ¿Hay alguien? —oí decir a una mujer que sin duda era mi
cita.
—Enseguida salgo —le dije para hacer notar mi presencia.
—¡De acuerdo!
Dejé la toalla a un lado para llevarla a lavar, pues se había manchado
con mi maquillaje, y salí en dirección al hall donde oía moverse a la cita que
había estado esperando para entrevistar. Cuando llegué y pude ver de quien
se trataba me quedé paralizada.
—Siento llegar tarde, he…
La persona que tenía ante mí también calló al verme, y no puede
hacer otra cosa más que preguntarle.
—¿Eres la señorita Wals?
Ella asintió y después me preguntó:
—¿Y tú eres la señorita Benson?
Yo también asentí, y un segundo después ambas empezamos a reírnos
a carcajadas, pues antes nosotras teníamos al otro miembro implicado en el
accidente. Cuando conseguimos calmarnos la invité a que se quitara el
abrigo; ahora sin apenas rastro de la mancha, mientras cerraba la puerta con
llave como me había insistido Christian.
—¿Cómo es posible que hayas llegado más tarde a la cita si saliste
antes que yo? —le pregunté curiosa.
—Por suerte antes de salir del coche me miré en el espejito, y vi que
parecía un payaso. Además, ¿recuerdas que te dije que no se me habían roto
las medias?
Asentí al recordar el comentario que en su momento me hizo.
—Pues al final sí que se me rompieron.
La contemplé detenidamente, y ante mí vi a una mujer que no se
parecía en nada a la del accidente. Tenía el maquillaje correctamente
aplicado, su ropa estaba impecable, y hasta llevaba unos zapatos de tacón
nuevos. Pero lo que más me llamó la atención fue que mostrara una actitud
serena, como si no hubiera estado a punto de chocar contra otro vehículo
hacía apenas media hora.
Al notar mi escrutinio sonrió y me dijo:
—Llevo en el coche un par de repuesto de casi todo. Sé lo importante
que es la imagen en esta profesión y me gusta estar presentable.
—La verdad es que estoy impresionada. No solo por tu apariencia,
sino por como logras controlar tus nervios.
Ella sonrió más ampliamente y noté como definitivamente se relajaba.
—Bueno, respecto a eso, estoy acostumbrada a reaccionar con rapidez
y centrarme en lo positivo. Sé que con esta explicación voy a parecerte una
mujer fría, pero es más bien que terminas acostumbrándote a enfrentarte a los
problemas uno a uno y de frente.
—¡Eso me gusta!, a mí me cuesta no hacer una montaña de un granito
de arena.
Ambas volvimos a sonreír, y notamos lo a gusto que nos sentíamos la
una con la otra. No parecía que fuéramos unas desconocidas, sino más bien
como si nos conociéramos desde hacía años. Era una sensación difícil de
explicar, pero que estaba presente entre las dos. Se palpaba.
—¿Qué te parece si entramos a mi despacho?
—¡Perfecto!
Comenzamos a caminar mientras continuamos hablando, al mismo
tiempo que teníamos que solventar botes de pintura y plásticos por el suelo.
—Perdona que esté todo empantanado, pero voy con el tiempo justo y
tengo que hacer mil cosas a la vez.
—Tranquila, lo comprendo. En cuanto tengas ayuda seguro que
avanzarás más rápido y te quitarás mucho agobio —me respondió sin perder
la sonrisa.
—Eso espero. Ver como está todo a medias, y pensar en lo que me
queda por hacer, me estresa mucho.
Entramos en el despacho donde ya había recibido los muebles más
imprescindibles para poder trabajar, y nos sentamos una a cada lado de la
mesa.
—En primer lugar, me gustaría que me llamaras Mary y no señorita
Benson. Si vamos a trabajar juntas será mejor que nos tuteemos —fue lo
primero que le indiqué, pues quería desde el principio dejar claro que no iba a
ser una jefa prepotente y dictatorial.
Lisa se puso colorada, y me miró seria al darse cuenta en ese
momento de su desliz.
—¡Oh, vaya!, llevo llamándote de tú desde que he entrado —me dijo
en un tono donde se notaba su preocupación—, ¡lo siento!, ¡no pretendía ser
maleducada!
Sonreí para que viera que no me había molestado, y no lo había
considerado como una falta de respeto o de educación. Me daba cuenta que al
sentirnos tan cercanas era normal ese tratamiento informal, y no pensaba
amonestarla por hacer algo que yo misma hubiera hecho.
—No te preocupes por eso. Además lo prefiero.
—Te prometo que si me contrata seré muy respetuosa con todo el
mundo. ¡Soy muy profesional en mi trabajo! —me dijo para justificarse.
—Seguro que sí lo eres. Dejaremos las formalidades para cuando
haya clientes cerca y en privado solo seremos compañeras. ¿Qué te parece?
—Por mí no hay problema —me contestó sonriendo.
—Entonces llámame Mary y yo te llamaré Lisa. Y ahora, si te parece
empecemos por hablar de tu preparación.
Busqué en el interior del primer cajón de mi escritorio, y saqué la
carpeta que tenía preparada con todos los datos personales y profesionales
sobre ella. Durante casi una hora conversamos de forma relajada sobre su
experiencia, su preparación y sus objetivos. Me gustó su disposición, su
forma de pensar rápido, su nivel educativo, pero sobre todo, su entusiasmo
cuando me mostraba las fotografías de sus anteriores trabajos de diseño, y
opinábamos sobre ellas.
Ya las había revisado un par de días antes cuando me las había
mandado junto a su currículum. Desde el primer momento que las vi, me
había impresionado su originalidad y su forma de adecuarse al entorno. Me
pareció una joven brillante, con mucho talento y con unas ganas inmensas de
triunfar.
Pero había algo que no lograba entender por mucho que lo pensara,
pues no era lógico que una mujer con semejante talento quisiera entrar a
trabajar en una pequeña agencia de decoración como la mía, sobre todo
cuando podía acceder a una empresa mucho mayor, y conseguir unos
beneficios mucho más cuantiosos.
—Me gustaría hacerte una pregunta un tanto personal —le dije.
—¡Por supuesto!
—Desde que vi las muestras que me mandaste y tus buenas
calificaciones, me cuesta entender por qué quieres trabajar en una pequeña
empresa que está empezando. ¿Qué te puede aportar?
Lisa suspiró, se recostó en su asiento y mirándome fijamente me dijo:
—Voy a ser sincera contigo aunque me cueste el puesto. Trabajé para
una gran empresa hasta hace unos meses, y no me gustó la competencia que
había entre los compañeros. Todo era cuestión de porcentajes y cuotas. No
me gustó ese ambiente y pensé que si trabajaba en una pequeña empresa sería
diferente. Además tuve un problema con una falsa acusación, y aunque todo
se resolvió de forma satisfactoria; y aunque reconocieron su error, ya no me
sentía a gusto trabajando con ellos.
—Te entiendo muy bien y me gusta que seas sincera conmigo. De
hecho voy a ser sincera yo también contigo. Esta entrevista era un mero
trámite ya que desde que vi tu trabajo me interesó contratarte.
—¿De veras?, pues yo estaría encantada de trabajar aquí.
—Entonces solo me queda darte la bienvenida —afirmé al tiempo que
me levantaba y le extendía la mano.
Lisa, encantada, también se levantó, y me estrechó la mano con fuerza
mientras me contestaba:
—¡Fantástico!, te prometo que no te vas a arrepentir.
—Ahora solo falta que leas el contrato, y si estás de acuerdo con
todos los términos, lo firmas y estás formalmente dentro.
—Seguro que no habrá ningún problema.
Cogí el contrato, que tenía preparado en el primer cajón, y se lo ofrecí
para que lo revisara. Ambas nos volvimos a sentar y tras unos segundos
leyéndolo lo guardó y me dijo con una amplia sonrisa.
—Por lo que he leído no creo que haya ningún problema. Lo reviso
más despacio en casa y te lo traigo mañana.
—No hay prisa. Mañana tengo que entrevistar a otro candidato como
ayudante, y aún queda por terminar de arreglar el local.
—¿Vamos a ser tres?
—Sí. Tengo que entrevistar a un hombre, y si todo va bien y le
interesa la oferta, entonces entrará a trabajar con nosotras.
—Si le ofreces las mismas condiciones que a mí no creo que se
niegue —repuso sin dejar de sonreírme—. Además, siempre viene bien la
visión de un hombre.
—Yo también lo creo. Tiene muy buenas referencias.
—Y por mí no te preocupes por tratar de ligármelo. Soy una
profesional y no me gusta tontear con los compañeros.
—Mejor, no me gustaría tener problemas en ese sentido.
—Descuida que no los habrá. Además, trabajando como diseñador y
siendo tan bueno seguro que es gay.
Le devolví su sonrisa aunque no estaba tan segura como ella de esa
afirmación. Había visto su foto en el currículum que me había enviado, y se
le veía muy viril, pero sobre todo muy serio, formal y profesional. Solo
esperaba no estar cometiendo un error y tener que perder a dos buenos
trabajadores.
—Además, hace poco que terminé con una relación que no acabó
bien, y de momento no quiero ningún lío —continuó diciéndome ella—. Y
menos con un compañero de trabajo.
Suspiré esperando que todo fuera tan sencillo como desear algo y
conseguirlo. La experiencia me había enseñado que una cosa era lo que uno
quería, y otra muy distinta era lo que el destino te tenía preparado.
En ese momento me llamaron al móvil y recordé que había quedado
con Sarah cuando acabara la entrevista. Tras dos toques dejó de sonar,
confirmando que era mi hermana la que llamaba, pues esa era nuestra señal
de aviso. Me levanté y me disculpé con Lisa, para después encaminarme a la
entrada a abrirle la puerta.
Nada más abrirla la vi llegar corriendo para tratar de mojarse lo
menos posible.
—¡Dios mío, cómo llueve! —me dijo mientras entraba y dejaba el
paraguas a un lado.
Me acerqué a ella y le di el abrazo con el que siempre nos
saludábamos, y volví a cerrar la puerta de entrada.
—Espero no haber llegado demasiado pronto.
—No, ya casi hemos acabado.
—Entonces te espero aquí viendo las muestras para no molestar.
—Tranquila, solo me queda por preguntarle cuándo puede
incorporarse al trabajo, y no creo que le importe si lo escuchas.
Nos estábamos encaminando hacia mi despacho para no dejar sola a
Lisa por mucho tiempo, y ya de paso presentársela a mi hermana, cuando ésta
se paró en seco y me preguntó:
—¿Qué es lo que te ha pasado?
La miré extrañada pues no sabía a qué se refería.
—Tienes un pequeño corte en el cuello.
En un acto reflejo me llevé la mano al cuello, y sentí un pequeño
escozor que aumentaba al tocármelo.
—Ya decía yo que algo me picaba.
Mi hermana se acercó para mirarlo de cerca, y así tratar de averiguar
de qué se trataba esa rojez.
—Eres todo un caso. Déjame ver.
Me retiró el pelo, y me apartó un poco la blusa para ver mejor de qué
se trataba.
—Es una pequeña herida. ¿No has notado nada al hacértela?
Me quedé mirándola, temiendo su reacción cuando le dijera que lo
más seguro es que me la hubiera hecho con el cinturón de seguridad, justo en
el momento en el que di el frenazo para no golpearme con el coche de
enfrente.
—Bueno… notar, lo que se dice notarlo, sí que lo hice pero…
—¿¡Qué ha pasado esta vez!? —me preguntó resignada al escuchar
otra de mis alocadas historias.
—Solo fue un frenazo con el coche. Pero no sufrió desperfectos y
todo quedó en un simple susto.
—¿Y eso no es nada serio?
Un segundo después el instinto de protección de mi hermana estaba
activado, y quiso asegurarse de que no me había pasado nada buscando con
su mirada alguna herida por mi cuerpo.
—¿Seguro que estás bien? ¿No te duele el cuello o la espalda del
frenazo?
—No, estoy bien.
—¿No saltó el airbag?, aunque dicen que puede ser muy peligroso y
causar daños.
La miré con los ojos como platos, pues siempre pensé que esa bolsita
llena de polvos estaba instalada para proteger y no para dañar.
—No, no saltó. Fue un frenazo de nada.
—Tenías que haberme llamado, o haber llamado a Christian.
—Si llego a llamar a Christian a estas horas estaría ingresada en
urgencias.
Sarah se echó a reír ahora más relajada, al haber terminado su
inspección ocular por mi cuerpo y no haber detectado ninguna herida o
contusión.
—No seas exagerada. Como mucho te habría…
Me quedé mirándola fijamente alzándole una ceja a modo de reto,
pues ambas sabíamos que no se hubiera conformado con dejarme salir del
hospital hasta estar bien seguro de que me encontraba bien.
—¡Pues como se entere, esta noche acabas en urgencias!
—¿Después de que haya pasado horas tras el accidente y ver que
estoy bien?, ¡no lo creo!
—¡¿No?! ¿De verdad crees que se va a quedar tan tranquilo? ¡Eso si
no te estrangula con sus propias manos por ser tan insensata!
Me quedé paralizada y comprendí que tenía razón. Seguro que no le
hacía ninguna gracia que no le hubiera llamado, y menos aún que no me
hubiera acercado a hacerme alguna estúpida e inútil prueba médica.
Cuando estaba a punto de soltar lo que pensaba de la forma menos
educada posible, escuché una voz a mis espaldas que decía:
—¡Buenas tardes!
Ambas nos giramos en su dirección y vi a Lisa contemplándonos
desde el otro lado de la habitación. Sin querer que se enterara de mi vida
privada y sobre todo del lío en que me había metido, le sonreí para que no
notara nada extraño y actué con naturalidad.
—¡Ven Lisa, acércate!
Ella así lo hizo y vino hacia nosotras sonriendo.
—Te presento a mi hermana Sarah. Sarah ella es mi nueva ayudante
Lisa. Bueno, casi ayudante —le dije guiñándole un ojo.
—Encantada, Sarah.
—Lo mismo digo Lisa.
Ambas se saludaron y quedamos las tres juntas en medio del hall.
—No quiero molestar si no habéis terminado —nos dijo Sarah.
—Ya te he dicho que no molestas. Nosotras acabábamos de terminar
con la reunión —le contesté.
Giré la cabeza para poder mirar a Lisa y le dije:
—Había quedado con mi hermana para ver muestras de pinturas.
Tenemos decididas el hall y la sala de juntas, pero aún nos quedan por elegir
los colores para los dos despachos.
—Sin contar con la habitación de los trastos —aclaró Sarah.
—No creo que discutamos mucho por el color de esa —le comenté
sonriendo.
—Eso depende de las ganas que tengas de llevarme la contraria —me
respondió con burla Sarah.
—Si no os importa podría quedarme y ayudaros —se ofreció Lisa.
—¿Harías eso? —le pregunté sorprendida por su petición.
—¡Claro! —Me respondió contenta—. La verdad es que no tengo
prisa y podría quedarme un rato. Además me encanta elegir colores.
—Entonces ya está decidido —le contesté encantada al poder contar
con su ayuda.
—Además, no creo que tardemos mucho, pero recuerda que vendrán a
recogernos en una hora —repuso mi hermana.
—Entonces empecemos o no nos va a dar tiempo a nada.
Y así pasamos el resto de lo que quedaba de tarde, entre muestras de
colores, risas y opiniones. Al final acordamos que los colores tierra de tonos
suaves quedarían muy elegantes, aunque le daríamos un poco de intensidad
para darle más luminosidad y sensación de espacio a las habitaciones. Para
cuando llamaron a la puerta, y vimos que el tiempo había pasado volando,
estábamos discutiendo el mejor sitio para comprar las lámparas y otros
complementos.
—¡Creo que ya han llegado nuestros hombres! —dijo Sarah mientras
estaba revisando un catálogo de decoración de muebles de oficina.
—Iré a abrirles —comenté a nadie en particular, mientras dejaba mi
blog de notas y me acercaba a la puerta—. ¿Entonces el viernes que viene
vamos las tres a ese mercadillo?
—Por mí no hay problema —me contestó mi hermana.
—A mí también me parece bien. Podríamos decírselo también a…
La voz de Lisa se desvaneció, en el mismo instante en que
aparecieron por la puerta Alan y Christian. Me hubiera gustado ver su cara de
asombro al verlos aparecer charlando y riendo como si nada, pero me fue
imposible al estar recibiendo un beso de bienvenida de mi hombre. Aunque lo
que sí pude escuchar, con total claridad, fue el suspiro que dio cuando mis
labios se unieron a los de él.
—¡Hola preciosa! —me susurró Christian mientras me rodeaba con
sus brazos para acercarme a él, y volvió a besarme antes de que pudiera
contestarle.
Cuando apartó su boca de la mía ya ni sabía dónde estaba o cómo me
llamaba, tardando unos segundos en volver a situarme en el planeta tierra.
Entonces le cogí de la mano, y nos acercamos hasta donde estaban los demás.
Por la cara colorada y los labios mojados supe que Sarah había recibido una
bienvenida como la mía, y por si tenía alguna duda, la boca abierta de Lisa y
sus ojos como platos me indicaron que no me alejaba mucho de mi sospecha.
—Christian, te presento a Lisa. Mi nueva ayudante.
—Prácticamente —soltó Lisa con una voz chillona.
Al sentir la garganta cerrada carraspeó para aclarársela, pero se quedó
petrificada cuando Christian se le acercó para darle la mano.
—Encantado, Lisa —le dijo con voz suave pero profunda.
La pobre no se lo esperaba, y dejó caer sin darse cuenta un muestrario
que llevaba en las manos.
—¡Perdón!, se me ha escurrido —se excusó nerviosa.
Cuando se agachó para recogerlo, al mismo tiempo que Christian,
estuvieron a punto de golpearse las cabezas al estar uno en frente del otro.
Por suerte ambos se dieron cuenta y pudieron esquivar el golpe, aunque la
vergüenza que sintió Lisa por su torpeza hiciera que sus mejillas se pusieran
de un rojo carmesí.
Disimulando las ganas de reírse, Christian le volvió a entregar el
catálogo, y al final acabó ofreciéndole una de sus mejores sonrisas para
indicarle que no había pasado nada; aunque consiguió que estuviera a punto
de volver a tirarlo al suelo. Pero no acabó allí la tortura de la pobre mujer,
pues Sarah aprovechó el momento para presentarle a Alan.
—Lisa, este es mi marido Alan.
—Un placer señorita —le dijo éste, mientras trataba de no reírse por
lo cómico de la situación.
Lisa permaneció sin respiración ante tanto galanteo, y la cercana
visión de los profundos ojos azules de mi cuñado, por lo que no fue capaz de
soltar ni un solo ruidito de su boca, además de permanecer petrificada. Por
desgracia el agarre de su mano también se aflojó, y estuvo a punto de volver
a tirar el catálogo al suelo.
Cuando Alan volvió junto a su mujer le dijo al oído:
—Menos mal que es un catálogo y no un bote de pintura
Ella le miró reprobando sus palabras, consiguiendo que la sonrisa de
su marido se ensanchara. Sarah entendía los nervios de Lisa, pues recordaba
perfectamente haber sentido algo parecido cuando ella le conoció.
Mientras la pobre Lisa se recuperaba recogimos todo, y Christian
comenzó a apagar las luces. Estábamos hablando tranquilamente de los
colores que habíamos elegido, cuando en medio del camino de salida Lisa me
cogió del brazo, y me susurró bajito para que nadie la escuchara:
—Si mañana el hombre que se presenta es como ellos no le contrates
o no respondo de mí.
Me reí ante su comentario, hasta que al girar la cara para mirarla me
percaté de que estaba hablando en serio.
—No quiero ser una entrometida ni que me interpretes mal, pero no
creo que sea capaz de trabajar con un hombre así como compañero —me
confesó a modo de explicación.
Contemplé a ambos hombres mientras se movían con sus aires de
felinos, con su postura dominante, su mirada seductora y su aroma a deseo, y
comprendí que para mí también sería difícil trabajar con un hombre como
Christian. De hecho, la mayoría de las veces me costaba hasta respirar cuando
lo tenía cerca, con lo que poder trabajar quedaba completamente descartado.
—Tranquila, te comprendo, pero te garantizo que no tiene pinta de
seductor.
Recordé la foto del currículum de Ryan haciendo un tanteo en mi
cabeza de lo que se podía considerar sexy y seductor, pero no pude verle de
esa manera, pues no tenía ese aire de chico malo. Era atractivo pero de una
forma diferente, clásica.
Lisa asintió más conforme, y se despidió hasta el día siguiente en que
se acercaría para entregarme el contrato firmado, y me ayudaría a dejar todo
preparado para los pintores. Cerramos el local y ambas parejas nos
encaminamos hacia nuestros coches para irnos a nuestros respectivos
hogares. Estaba deseando llegar a nuestro piso para poder descansar y
desconectarme de otro día de locos, donde mi cabeza no había cesado ni un
solo instante de funcionar.
Pero como siempre solía suceder Christian tenía otros planes, y se
pasó buena parte de la noche recordándome lo insaciable que era, y lo erótico
que podía llegar a ser un hombre dispuesto a complacer todos mis deseos.
CAPÍTULO CINCO

La suave luz del sol y el profundo olor a café, hicieron que el sueño se
fuera alejando para dar comienzo a un nuevo día. Estaba tumbada boca abajo,
enredada entre las sabanas, y adormilada tras una noche de incesante sexo
que me había dejado exhausta y complacida.
Parecía que Christian estuviera preparándose para un maratón erótico,
o que nunca tuviera bastante de mí, cosa que me sonrojaba, me excitaba y me
encantaba. Yo también le necesitaba cada vez más, y estaba segura de que a
este ritmo acabaríamos consumidos el uno por el otro.
Me desperecé mientras me giraba, y vi al protagonista de mis sueños
más húmedos acercándose por el lateral de la cama. Iba vestido solo con un
viejo pantalón vaquero de cintura baja, dejándome sin aliento al desprender
una sensualidad masculina que me cortaba la respiración, por lo que solo
pude dar las gracias por estar tumbada, pues de lo contrario el temblor de
piernas abría delatado mi deseo por él.
Llevaba un par de tazas de café en las manos, las cuales dejó en la
mesita de noche con cuidado antes de ponerse junto a mí.
—Buenos días, dormilona —me dijo mientras se sentaba a mi lado y
me besaba el hombro—. ¿Cómo has dormido?
Me quedé quieta sobre la alborotada cama para poder verle mejor
mientras bostezaba y terminaba de despejarme. Tenía medio cuerpo tapado
por la sábana, mientras la otra mitad de mi torso desnudo quedaba al
descubierto, ofreciendo la visión de mis pechos erectos y maduros.
—¡Genial!, aunque no me importaría dormir un poco más.
—Esta noche prometo ser bueno y dejarte dormir… —se calló por
unos segundos mientras me contemplaba— …un poco más —terminó
diciéndome con voz ronca.
—Por mí no te molestes, no me estaba quejando —le contesté con una
coqueta sonrisa en mis labios.
Christian me sonrió y después besó mi boca hasta dejarme sin aliento.
El sonido de mis tripas quejándose por falta de alimento nos separó, al
recordarnos las horas que llevábamos sin probar bocado.
—¡Debes de estar hambrienta!
—¡No tanto como tú!
Ambos sonreímos al rememorar la velada anterior y de cómo
acabamos en la cama sin cenar, pero teniendo una noche de sexo increíble.
—Te recuerdo que pasé gran parte de la noche cenando —me soltó
con aire pícaro Christian.
Me sonrojé al recordar la veces que me había saboreado, y de como
no podía parar de jadear y de gritar su nombre cada vez que me devoraba.
—¿O quieres que te lo recuerde? —me preguntó mientras recorría mi
cuerpo con sus ojos y su mano para provocarme.
—Entonces sí que no me levanto en todo el día, ¿qué hora es? —le
dije tratando de cambiar de tema o acabaría convertida en un amasijo
tembloroso nada sexy.
—Se ha hecho un poco tarde, pero aún llegas con tiempo a la
entrevista.
—Supongo que es una de las ventajas de ser el jefe.
Sonreí al darme cuenta de lo cerca que estaba de conseguir mi sueño,
y de lo mucho que ambos habíamos compartido para que yo pudiera
conseguirlo.
—Una de muchas —me dijo guiñándome un ojo—. ¡Se me olvidaba!,
te he traído el café para que te lo vayas tomando en la cama.
Christian me ofreció una de las tazas que había dejado unos minutos
antes en la mesilla, y se quedó con la otra para él.
—¡Vaya, qué lujo! —Le di un profundo trago que me sentó de
maravilla—. ¡Mmmmm!, me estás acostumbrando muy mal.
—Tus deseos son órdenes para mí, mi señora —me contestó risueño.
Durante unos segundos nos quedamos mirándonos en silencio
mientras saboreábamos nuestros cafés. Estábamos perdidos en nuestros
pensamientos mezclando el amargo sabor en nuestro desayuno, con el dulce
recuerdo de los días anteriores.
Christian me observaba sin perderse ningún detalle de mí, y hubiera
dado cualquier cosa por saber lo que estaba pensando. Parecía feliz y
complacido, pero había en sus ojos algo que creí identificar como una duda.
Me apartó un mechón de cabello de mi rostro con una suave caricia y
acarició mi rostro con suavidad mientras seguía perdido en sus pensamientos.
—Tengo algo que decirte —paró unos segundos como tratando de
conseguir fuerzas—. He estado pensando que podrías ayudarme en un asunto.
No dije nada y esperé a que siguiera hablando.
—Como sabes mi negocio consiste en la compra y venta de
inmuebles, pero también restauro hoteles y los hago rentables.
Asentí curiosa por saber hacia donde quería llegar con sus palabras.
—He pensado que teniendo a mi lado a alguien con tu talento, podría
encargarte los trabajos de diseño —calló durante unos segundos, para
después continuar diciendo—: No quiero que pienses que te los ofrezco por
estar juntos, porque no es así. Es solo que me parece estúpido contratar a otra
agencia cuando confió en la tuya.
—No sé qué decirte.
—Puedes pensarlo si quieres, aún quedan unas semanas hasta que
estés en pleno funcionamiento y no tengo prisa.
—Está bien, lo pensaré.
No sé qué cara puse pero debió preocuparle ya que no se quedó muy
conforme. Me terminé de tomar el café de un trago, aunque hubiera preferido
un buen sorbo de algo más fuerte.
Lo que Christian me ofrecía era un negocio redondo, pues con ese
trabajo obtendría unos ingresos cuantiosos y prácticamente fijos. Además me
darían prestigio al colaborar con una empresa tan grande, sin olvidar de que
se trataba de una oportunidad única para darme a conocer. Lo malo era que
no estaba muy segura de estar a la altura, pues yo me había hecho a la idea de
que mi negocio sería pequeño, y de que poco a poco conseguiría una cartera
respetable.
—¿No te ha molestado mi oferta, verdad?
—¡Claro que no Christian!, más bien estoy sorprendida.
—¿Por qué?
Le miré detenidamente y vi preocupación en sus ojos. Entonces caí en
la cuenta de que debía de estar con esta idea en la cabeza desde hacía algún
tiempo, y no habría sabido cómo decírmelo para no ofenderme. Me dolió que
aún creyera que estaba reacia a obtener su ayuda después de todo lo que
habíamos hablado y compartido, pues eso significaba que no había terminado
de creerme cuando le dije que quería contar con él para todo. Decidida a
dejarle claro de una vez por todas este asunto le contesté.
—Bueno, mi negocio es pequeño y estamos comenzando, no sé si voy
a poder estar a la altura de tus expectativas. Tú posees una de las mayores
empresas del país y yo acabo de empezar con mi negocio. No creo que esté a
tu nivel, aunque me encantaría trabajar contigo.
Christian soltó un suspiro y noté como se relajaba. Daba la sensación
de que se hubiera quitado un gran peso de encima, el cual llevaba cargando
durante bastante tiempo. Me hubiera gustado darle un manotazo y haberle
regañado, al pensar que me negaría al plantearme una oferta semejante por
orgullo.
—¡Claro que vas a estar a la altura!, te conozco y sé como te
esfuerzas y te entregas en todo lo que haces. Además, he sido testigo de tu
creatividad y tu mente despierta —me acarició con dulzura la cara mientras
seguía diciéndome—. Y sería un auténtico placer trabajar a tu lado.
Me lancé a sus brazos con las lágrimas picando en mis ojos. Cualquier
hombre que comprendiera y animara a la mujer que tenía a su lado se merecía
todo lo mejor. Pero si además le daba su amor, su respeto y su admiración,
así como la impulsaba a conseguir las metas que a ella le parecían imposibles,
entonces ese hombre se merecía a una mujer que luchara del mismo modo
por él y por su amor.
—¿Te he dicho ya que te quiero? —le pregunté entre sus brazos.
—¡Hoy no! —me contestó apenas sin aliento debido a la emoción que
sentía.
—Pues quiero que sepas que te amo con locura.
Me separé de sus brazos para poder mirarlo a los ojos, mientras le
decía con el corazón latiendo a mil por hora en mi pecho:
—Sería maravilloso poder trabajar a tu lado si tú así lo deseas.
La sonrisa de Christian iluminó su cara, y me emocioné al hacerle
feliz con un gesto tan sencillo, pero que a la vez implicaba tanto. Sabía que
este sería el comienzo de un largo camino, donde ambos compartiríamos
nuestras vidas y nuestro mundo.
—Yo solo deseo hacerte feliz —me aseguró.
—Entonces lo tienes fácil, pues solo tienes que amarme.
Volvimos a besarnos dejándonos llevar por nuestros sentimientos en
un arranque de necesidad que ambos sentimos. Nos perdimos en un abrazo
cargado de deseo, y demostramos como la palabra amor puede ser dicha de
múltiples formas, sin que sea pronunciada ni una sola letra. El tiempo dejó de
regirnos y olvidamos todo lo que nos rodeaba.
—¡Te amo mi ángel!, no lo olvides nunca.
Solo fui capaz de dejarme llevar por sus caricias y sus dulces besos.
—¿Qué es esto? —soltó de pronto, siendo evidente el cambio en su
voz, al dejar de ser meloso para pasar a ser precavido.
Tras su pregunta me pasó un dedo por un lateral de mi cuello con
mucho cuidado, y fue justo en ese instante cuando me acordé del accidente de
coche y del rasguño que me había hecho. Respiré despacio sabiendo lo que se
me avecinaba, y me preparé para el inminente interrogatorio.
—¡Ah, esto!, ya lo había olvidado —comenté tratando de quitarle
importancia—. No es nada, me lo hice ayer con el cinturón de seguridad.
—¡Tienes que tener cuidado cielo! ¿No te duele?
Negué con la cabeza, y me di cuenta de que no podía posponer por
más tiempo el contarle lo ocurrido el día anterior, así que decidí ser sincera y
directa. Al fin y al cabo él solo se preocupaba por mí, y debía de estar
agradecida de que le importara a alguien.
—Ayer tuve un accidente —solté sin más.
Christian me miró sorprendido y estuve a punto de romper a reír por
su expresión. Un día de estos iba a acabar matándolo por culpa de los sustos
que le daba.
—¿Cómo has dicho?
Su voz sonaba incrédula. Como si le hubiera comentado algo tan
absurdo que le resultaba difícil de creer.
—En realidad, solo fue un frenazo.
Ya sin prestar atención a lo que le decía me colocó ambas manos en el
cuello, y se puso a revisarlo como si fuera médico y estuviera tratando de
encontrar alguna contusión. Me hizo gracia que después de haber estado toda
la noche haciendo posturitas imposibles, ahora se preocupara por un rasguño
sin importancia que llevaba horas olvidado.
—Pero te encuentras bien. Tenías que habérmelo dicho.
Le cogí las manos para que volviera a prestarme atención, y con voz
serena para tranquilizarle le dije:
—¡No fue nada! No te lo conté porque se me pasó con tantas cosas
pendientes y luego… —me ruboricé— …estuvimos ocupados toda la noche.
—¿De verdad estás bien? —me volvió a preguntar.
—Sí, estoy bien —le aseguré con mi mejor sonrisa para tranquilizarle.
—De acuerdo, luego le echo un vistazo al coche y me ocupo del
papeleo.
—El coche no tiene nada, y por papeleo no te preocupes, el golpe fue
contra el coche de Lisa.
—¿Qué Lisa? —me preguntó muy serio.
Conociéndole como le conozco, seguro que ya estaba pensando en
demandarla o algo parecido. De pronto calló en la cuenta, e incrédulo me
preguntó:
—¿Lisa tu ayudante?
Asentí divertida ante la cara de asombro que puso.
—¡Pues sí que empieza bien!
Solté una carcajada y lo abracé. Ese era el hombre que se había
adueñado de mi corazón, y no estaba dispuesta a cambiarlo por nada del
mundo. Aunque a veces fuera gruñón y maleducado, posesivo e imperfecto,
pues aun cargado de defectos era ideal para mí.
—Christian, no te haces a la idea de lo divertido que eres a veces.
Él se quedó mirándome con una sonrisa en los labios y me contestó:
—Eres la primera persona que me ha dicho que soy divertido.
—Eso es porque no te conocen tan bien como yo.
—Debe ser por eso —me contestó con tono guasón.
—Aunque también influye que no pares de gruñir a todo el mundo.
Christian soltó una carcajada y me estrechó con más fuerza entre sus
brazos.
—¿Así que gruño? —me preguntó risueño.
Asentí con la cabeza mientras le devolvía la sonrisa.
—Pero solo cuando te enfadas —le dije a modo de disculpa.
Él volvió a reírse, y me miró con un amor y una ternura que iluminó
la mañana.
—¡Eres un auténtico diablillo!
Sonreí por sus palabras y lo besé con todo mi amor. Por desgracia el
tiempo no se detenía, y el poco que nos quedaba lo necesitábamos para
prepararnos, pues de lo contrario nos hubiéramos dejado llevar por la ternura
del momento, y hubiéramos terminado de nuevo en la cama. Pero ninguno de
los dos pudo olvidarse de las obligaciones que teníamos pendientes.
Christian, como siempre tan responsable, fue el primero en ponerse en
pie y en dirigirse al cuarto de baño para darse una ducha rápida, mientras yo
bostezaba y me resistía a salir de la cama.
—¡Christian!
Lo llamé cuando él ya estaba a punto de entrar en el baño. Él se paró
y se giró para mirarme interrogante.
—Si hubieras tenido un accidente con un posible empleado, ¿le
hubieras contratado después?
—Cariño, no soy ningún monstruo —me respondió muy serio.
—¿Eso quiere decir que sí?
—Eso quiere decir que no —afirmó con una sonrisa maliciosa, para
después perderse en el baño.
Solté una carcajada y dije bajito, solo para mis oídos:
—Lo que yo decía. Un monstruo.
—¡Te he oído!
Le escuché decir un poco antes de que se metiera en la ducha. Me
quedé riendo, tumbada en la cama, dándome cuenta de que hacía tiempo que
no era tan feliz.
Mi mañana había empezado de forma maravillosa y estaba
convencida de que el resto del día seguiría igual. Pues la felicidad que en ese
momento sentía, sería difícil de ser arrebatada.

***

No hubo forma humana de llegar a tiempo a mi cita, pero por suerte


los astros se pusieron de mi parte y solo me retrasé diez minutos.
Tras dejar aparcado el coche fui caminando hasta mi negocio,
mientras iba repasando las preguntas que quería hacerle al que podía ser mi
nuevo ayudante.
Los datos que sabía por su currículum me decían muy poco sobre su
forma de ser o de pensar, y esos eran unos temas que me interesaban para
saber si encajaría con nosotras. Había tenido suerte al haber encontrado a una
mujer tan afine a mí como Lisa, y deseaba que este hombre fuera también una
persona con la que se pudiera trabajar en equipo.
Conforme me iba acercando me fijé que había una persona esperando
en la entrada, y supuse que se trataba de mi cita para la entrevista de trabajo.
Aceleré el paso hasta llegar a su lado, y sonreí al ver que la foto no estaba
trucada pues era tal y como aparecía en ella.
Ante mí tenía a un hombre elegante, serio y apuesto, que estaba
embelesado mirando unos papeles que llevaba en la mano.
—¡Hola!, tú debes de ser Ryan Jones Stevenson.
Él levantó la cabeza, y se me quedó mirando durante unos segundos
algo extrañado. Cuando por fin comprendió que yo era la mujer que estaba
esperando, sonrió y asintió levemente. Seguramente había estado tan centrado
en la lectura de esos documentos, que por un momento se le había olvidado a
quien estaba esperando.
—¿Usted es la señorita Benson?
Me preguntó de manera formal, como si necesitara una confirmación.
Asentí y extendí mi mano para presentarme.
—¡Sí!, aunque me gustaría que me llamaras Mary.
—En ese caso puedes llamarme Ryan.
Me causó muy buena impresión nada más verlo. Por su currículum y
la seriedad de su foto esperaba a una persona más fría y reservada, pero ese
hombre parecía muy amable y simpático. Solo esperaba que en el transcurso
de la entrevista las cosas mejoraran en vez de empeorar.
Era alto y bien formado, con un cabello castaño claro bañado por
mechas del color del trigo. Sus grandes ojos ambarinos eran parecidos al
precioso color del Whisky de los de Christian, aunque sin su calor y su
mirada penetrante y sexy. En conjunto, era un hombre atractivo capaz de
hacer suspirar a cualquier mujer.
Sonreí al recordar cuando Lisa me dijo que lo más seguro es que fuera
gay, ya que se iba a llevar una sorpresa al conocerle. Ryan rebosaba
testosterona por cada poro de su cuerpo, y sería curioso ver cómo trabajaban
juntos sin que ella perdiera la compostura.
Saqué las llaves de mi bolso y me dispuse a abrir la reja de seguridad.
Ryan decidido, bloqueó mi movimiento impidiéndome que me agachara, y
extendió la mano pidiéndome las llaves.
—Permíteme que te ayude.
Sonrojada ante su caballerosidad se las cedí encantada, y éste sin
ningún esfuerzo alzó la reja. Me alegré al comprobar que aún quedaban unos
pocos caballeros perdidos por el mundo, y sobre todo de que uno de ellos
quisiera trabajar para mí.
Ambos entramos y sin perder más tiempo encendí algunas luces para
después dirigirnos a mi despacho.
Como pasó con Lisa nos sentamos cada uno a un lado de la mesa, y
hablamos de todo lo relacionado con su preparación y anteriores trabajos.
Enseguida supe que era la persona que estaba buscando, pues su simpatía,
caballerosidad, predisposición e entusiasmo me decían que encajaría muy
bien con el espíritu emprendedor de nuestro pequeño equipo.
—Me gustaría que me contestaras a una pregunta un tanto personal —
le pedí como había hecho con Lisa.
—De acuerdo —manifestó sin más.
—¿Por qué quieres trabajar en una pequeña agencia, cuando podrías
acceder a un puesto mucho más relevante?
—Ya he tenido un puesto de más responsabilidad en una gran
compañía, y no me gustó trabajar para ellos. Busco algo en donde se tenga en
cuenta mi creatividad, y donde el trato sea más cercano con el cliente y entre
los compañeros.
—Eso me parece perfecto porque yo pienso lo mismo, pero ¿por qué
has elegido mi agencia?
—He estado investigándola antes de mandar el currículum y…
En ese momento calló al darse cuenta de lo que había revelado, y se
me quedó mirando para ver mi reacción.
—Espero que no te importe.
—¡No!, estabas en tu derecho, pero me sorprende. Además no creo
que haya mucho sobe mí que investigar.
—Siempre se encuentra algo.
—Me imagino que te gustó lo que encontraste, ya que me mandaste el
currículum.
Él me sonrió y siguió contando el motivo de haberme elegido. Algo
por lo que sentía gran curiosidad.
—Descubrí que podías haber escogido cualquier puesto en la
compañía Taylor, y sin embargo preferiste empezar desde abajo por tus
propios méritos, y eso dice mucho a tu favor —me miró clavando sus ojos en
los míos y siguió diciéndome—. Me dice que eres una persona luchadora y
honesta.
No supe qué contestar pues no me esperaba esas palabras. Creía que
haberme asociado con Christian me haría parecer una mujer que buscaba
aprovechar el tirón de su nombre, pero no me imaginaba que alguien pudiera
pensar algo tan positivo sobre mí.
Tras unos segundos de silencio me repuse y continué con la
conversación aunque dejando ese tema cerrado.
—Me imagino que alguien con tu preparación y tus buenas
referencias, querrá con el tiempo formar su propio negocio.
—No creo que valga para eso. Soy más bien una persona creativa y
odio toda la parte del papeleo y los números. Por eso me gustaría trabajar en
esta agencia, para centrarme solo en ello y dejarte la parte aburrida.
Ambos sonreímos y le comprendí muy bien. La mejor parte del
trabajo de un diseñador era desarrollar una idea y verla formarse, mientras
que todo lo demás se volvía aburrido y monótono con el tiempo.
—Si estás dispuesto a ser mi ayudante y respetar mis decisiones,
entonces no tengo ningún inconveniente en que trabajemos juntos.
—Como te he dicho, me interesa trabajar para ti, además después de
nuestra charla no creo que tengamos problemas para entendernos. Solo te
pido tener cierta libertad para mis creaciones, aunque sé que la última palabra
la tendrás tú por ser la dueña de la agencia.
—Entonces no creo que tengamos nada más que decir.
Le extendí mi mano como había hecho el día anterior con Lisa,
dándole así mi conformidad para que fuera uno más en la pequeña agencia.
—Bienvenido al equipo —le dije con una sonrisa complacida.
Él me devolvió la sonrisa y el apretón de manos, y de esta sencilla
manera conseguí a mi segundo ayudante, en esa locura que poco a poco se
estaba haciendo realidad. Le entregué el contrato para que lo leyera y
rellenara, y nos quedamos hablando sobre como tenía pensado comenzar a
darnos a conocer.
—Espero que no te importe que me traiga una pequeña cartera de
amigos y clientes con los que ya he trabajado —me preguntó Ryan animado.
—¡Claro que no!, toda ayuda nos vendrá muy bien para empezar con
buen pie —le aseguré encantada por esa idea.
—Son unos pocos pero los conozco de…
—¿¡Hola!?
La voz de Lisa provenía del hall, y había interrumpido el comentario
de Ryan. Él se me quedó mirando extrañado, y solo pude sonreírle para
quitarle importancia.
—Creo que es Lisa, la otra ayudante.
Me levanté de mi asiento para ir a su encuentro y pude ver en Ryan
una expresión de desagrado. No tuve necesidad de ir muy lejos, pues Lisa
enseguida apareció por la puerta de mi despacho resplandeciente de felicidad.
—¡Hola Mary!, te he traído la documentación ya firmada.
—Perfecto. Ven, voy a presentarte a nuestro nuevo compañero.
Ryan se levantó de su asiento, y quedó frente a Lisa mirándola con
actitud seria, al mismo tiempo que ella se quedaba paralizada frente a él
deseando que se la tragara la tierra. Su sonrisa se había transformado en
seriedad, mientras ambos se miraban como si estuvieran viendo algo
indeseable. Sin saber a qué se debía esta actitud, continué como si no hubiera
pasado algo extraño, y me centré en hacer las presentaciones.
—Ryan ella es Lisa —le dije, pero él se quedó callado mientras la
seguía mirando muy serio.
—Hola Ryan —habló Lisa apenas sin voz.
—¿Ya se conocían? —les pregunté algo incómoda por la situación y
sin poder contener mi curiosidad, pues era evidente que algo estaba pasando.
—¡No! —afirmó él.
—¡Sí! —contestó ella al mismo tiempo.
Ambos se quedaron mirando durante unos segundos de forma
retadora, hasta que al final Ryan salió de esta situación tan tensa diciendo:
—Solo de vista.
—Espero que no tengáis ningún problema en trabajar juntos —les
pregunté al ser testigo de su frío comportamiento.
—¡Por mí ninguno! —repuso Ryan contemplando a Lisa descarado
como tratando de provocarla.
—¡Yo tampoco tengo ningún problema! —aseguró ésta intentando
demostrar una confianza que en realidad no sentía.
Durante un buen rato nos quedamos los tres en un incómodo silencio.
Viendo que ninguno decía nada, asumí el control resignada, y suspiré
sabiendo que la vida no me lo iba a poner fácil, pues siempre me estaba
retando a superar pruebas.
—¡Está bien!, entonces, ¿qué os parece si me dais una fecha de
incorporación? No quiero meteros prisa, pero tengo pensado hacer la
inauguración dentro de diez días y aún queda mucho trabajo por hacer.
—Yo no tengo ningún problema en empezar inmediatamente —
aseguró Ryan e inmediatamente alzó una ceja a Lisa a modo de reto.
—¡Yo ya tengo el contrato firmado!
Afirmó ella aceptando así el reto de Ryan. Acto seguido sacó el
documento, y se lo puso delante de sus narices con una sonrisa de suficiencia
en los labios. Estuve a punto de echarme a reír, pero decidí mostrarme
imparcial entre ellos, ya que era evidente que se conocían de antes y prefería
mantener la parte personal a un lado.
Cogí el contrato antes de que Ryan lo pulverizada con la mirada y lo
sostuve en mi mano para que no estuviera tentado a intentarlo. Iba a ser muy
interesante trabajar con ellos, y estaba convencida de que no me iba a aburrir
en mi nuevo puesto de jefa de un par de lunáticos. Pensé que siempre podía
contratar a otros para el puesto, pero aparte de que ambos tenían lo que
andaba buscando, sentía curiosidad por saber en qué acababa todo este
asunto.
Aun así les di la última oportunidad de dar marcha atrás y desligarse
de este trabajo. Colocándome entre ambos a modo de juez les dije:
—Entonces, si no hay nada más que decir…
Esperé a que alguno de los dos diera el primer paso, pero al ver que
esto no sucedía, seguí con el plan original y di por zanjado el problema.
Ambos se quedarían y rezaría a diario para que no acabaran tirándose la
fotocopiadora a la cabeza.
—¿Qué os parece si acordamos los tres algunos asuntos y después te
enseño el local?
Esto último se lo dije mirando fijamente a Ryan, el cual parecía estar
más interesado en lanzarle miradas asesinas a Lisa.
—¡Por mí perfecto! —respondió Lisa haciéndose la disimulada,
mientras se dirigía a uno de los dos asientos que estaban frente a mi mesa.
—¡Excelente! —dijo escueto y resignado Ryan.
En ese momento sonó mi móvil y les pedí un momento para contestar.
Ambos se quedaron sentados en silencio mirando a la pared que tenían en
frente, como si fuera la cosa más interesante que habían visto en su vida. Para
tratar de darles espacio, y que hablaran, se me ocurrió una idea.
—Lisa, ¿qué te parece si mientras atiendo esta llamada le vas
enseñando la agencia a Ryan?
Durante unos segundos no se escuchó ni el aleteo de una mosca.
Después, un suspiro resignado salió de su boca, y se levantó como si fuera
una víctima dispuesta a ser devorada por los leones.
—¡Como quieras!
—Puedo verlo solo si tanto te molesta —repuso disgustado Ryan
mientras se levantaba y se ajustaba su impecable chaqueta.
Fui a intervenir en la conversación, pero la verdad es que no me
dejaron decir ni una palabra.
—¡No me molesta para nada!, soy una profesional y pienso cumplir
con todo lo que se me ordena.
—¡Pues será la primera vez en tu vida!
—¿Insinúas que no soy una profesional?
—¡Insinúo que siempre haces lo que te da la gana!
—¡Ja! ¡Es gracioso que eso me lo digas tú!
—¿Qué quieres decir con eso?
—¡Lo sabes muy bien! ¡Y no pienso volver a hablar del tema!
Acto seguido ambos salieron por la puerta a paso ligero, con el firme
propósito de no dirigirse la palabra mientras, supuestamente, trabajaban en
armonía. Como era de esperar me quedé con la boca abierta, incrédula de ser
la espectadora de una riña que parecía de enamorados, aunque según ellos ni
se conocían.
Cuando quise darme cuenta de la llamada de teléfono ésta ya se había
cortado, y no pude resistirme a la tentación de hacer una llamada poco
ortodoxa, pero sí muy necesaria. Esperé unos segundos a que me contestaran,
para después soltar con el tono de voz más expresivo que pude:
—¡Sarah! ¡No te imaginas lo que me acaba de pasar!

***

«¿Cómo podía tener tan mala suerte?» Deliberó Lisa, mientras salía
del despacho acompañada de un huraño Rayan.
Cuando creía que había dejado mis problemas atrás y que tenía otra
oportunidad para empezar, vuelve a aparecer él en mi vida para seguir
atormentándome.
Lo había conocido hace casi un año, cuando entré a trabajar para una
gran internacional y él tenía un puesto de directivo. Solo coincidíamos en
algunas reuniones, pero desde luego todo el mundo sabía quién era ese
atractivo y brillante hombre de negocios.
Al principio él no recayó en mí, pero pasado unos meses de coincidir
por los pasillos o en las juntas, ambos empezamos a lanzarnos miraditas
insinuantes y coqueteos sin importancia. Me encantaba como me miraba, y
como se dirigía a mí con su aire galante pues me hacía sentir sexy y especial.
Nunca tuvimos una cita romántica, pero comíamos juntos siempre que
nos era posible, y cada tarde me esperaba a la salida del trabajo para tomar
algo, o para simplemente acompañarme hasta el coche.
Pensé que estaba empezando a formarse algo entre nosotros, pero
cuando un proyecto se filtró a la competencia y todos me acusaron, nadie, y
menos él, creyó en mi inocencia. Me di cuenta de que había sido una estúpida
por haber creído que yo era especial para Ryan, ya que él no me dio ninguna
oportunidad para quedar en privado y defenderme.
Tuve que aguantar el desprecio de todos, aunque fue el suyo el que
más me dolió. Ni siquiera la falta de pruebas, o el hecho de que era imposible
mi culpabilidad, hizo que las cosas cambiaran entre nosotros, o se mostrara
incrédulo por todo lo que estaba pasando. El daño ya estaba hecho, y su
negativa a rectificar su error me dolió como ninguna otra cosa lo había
conseguido antes.
Es por ello que decidí empezar de cero alejándome de ese mundo
corporativo, y dimití para buscar un trabajo más creativo y tranquilo en una
pequeña empresa. Al conseguir el puesto al lado de Mary, había supuesto que
el pasado quedaba atrás, y que se estaba abriendo una nueva oportunidad para
empezar de cero. Aunque ahora, tras verle y saber que volveríamos a trabajar
juntos, ya no estaba tan segura.
***

«¿Cómo es posible que con la cantidad de agencias que hay en el


mundo, dé a parar a la misma donde ella va a trabajar?» pensó Ryan mientras
seguía a Lisa.
No tuve bastante con el tormento que fue resistirme durante semanas
a su dulce sonrisa, o al constante contoneo de sus caderas. Ahora vuelve para
atormentarme y recordarme lo estúpido que fui al confiar en ella.
Si no hubiera sido por ese mal entendido de las filtraciones, nunca me
habría enterado de que estaba viéndose con otro a mis espaldas. La
muchachita puritana y remilgada resultó ser una mujer fría y calculadora, que
solo buscaba pescar a un pez gordo para tener la vida resuelta.
Pues con él se había equivocado. No estaba dispuesto a volver a caer
en sus trampas, y esta vez sabría que las garras de este tigre son mucho más
peligrosas que sus uñas de gatita.
Lo que no entendía era qué estaba haciendo en una pequeña empresa
dirigida por otra mujer. Me la imaginaba coqueteando con un ricachón
cubierto de billetes y poco celebro, en vez de verla en esta pequeña agencia.
Tal vez lo que buscaba era robarle el novio a Mary, y así hacerse ella cargo
de todo.
Pero si ese era su plan estaba muy equivocada, pues él iba a impedir
que se saliera con la suya. Además, estaba dispuesto a darle su merecido
encerrándola en su dormitorio durante días enteros, torturándola a base de
orgasmos y haciéndola gemir de deseo con… ¿Pero qué estaba pensando?
¡No quiero saber nada de ella! ¿O tal vez sí?
Sin lugar a dudas este trabajo iba a resultar muy interesante.

***

—Creo que deberíamos hablar —dijo Lisa en cuanto se alejaron unos


metros de la puerta de Mary.
—Me parece bien.
—A ti todo te parece bien —repuso con una voz apenas audible.
—¿Qué has dicho?
—¡He dicho que también me parece bien!
Él sabía que no había sido ese su comentario, pero decidió callarse
antes de que acabara estrangulándola.
—¿Qué te parece si entramos en esta habitación? —indicó Ryan
señalando la puerta que tenían en frente.
—¡Es la sala de juntas! —respondió Lisa con superioridad, mientras
entraba en ella.
La idea de estrangularla cada vez le gustaba más. De hecho estaba
convencido de que a ese ritmo, habría un cadáver como aperitivo para el
cóctel de inauguración.
Cuando ambos estuvieron dentro, se miraron a los ojos retándose a
ver quién sería el primero en hablar.
—Si vamos a trabajar juntos debemos dejar algunas cosas claras.
Lisa asintió, pues en el fondo ella no quería esta enemistad, y le dolía
el corazón cada vez que él le hacía un desplante. Solo deseaba poder
olvidarlo todo y empezar de cero, como si nada hubiera existido entre ellos.
—Ry yo…
—Mi nombre es Ryan Jones-Stevenson.
—No pretenderás que te llame así. Ry
Esto último lo dijo con el fin de provocarle, cosa que consiguió con
creces. Aunque al ver como los ojos se le inyectaban en sangre, pensó que tal
vez se había pasado un pelín.
—Ni se te ocurra volver a llamarme así —le dijo con un tono de voz
que helaba la sangre.
—Está bien, solo era una sugerencia. Tampoco es para que te pongas
a echar espuma por la boca.
Lisa notó como él se tensaba y apretaba sus puños volviéndolos de un
blanco puro. La verdad es que era divertido provocarle, pero él tenía razón, y
debían llegar a un entendimiento. Por eso optó por comportarse con seriedad
dejando atrás las acusaciones y el resentimiento.
—¡Está bien, seré buena!, dime qué tienes pensado.
Ryan bufó como respuesta a que ella dejara de provocarle y decidió
contarle su plan. Al fin y al cabo lo único que quería era seguir con su vida
como si su molesta presencia no importara, o mejor aún, como si nunca
hubiera ocurrido nada entre ellos.
—Como ha dicho Mary, tenemos mucho trabajo por delante, por lo
que si nos lo repartimos no tendremos por qué coincidir más de lo necesario.
—¿Ese es tu plan? —arremetió sarcástica.
—¿Se te ocurre otro mejor? —le preguntó alzando una ceja como
señal de reto.
Tras meditarlo por unos segundos, y al ver que no se le ocurría otra
opción para solucionar el embrollo en el que se había metido, no tuvo más
remedio que darle la razón y aceptar su absurda idea.
—De acuerdo entonces, tú por tú camino y yo por el mío.
Ambos asintieron como señal de que aceptaban el plan, y se relajaron
al ver una posibilidad de poder trabajar juntos sin acabar asesinándose. Pero
la mente de Lisa no se quedó conforme, y le vino una idea que podía romper
este acuerdo.
—¿Y qué pasa si tenemos que coincidir en algún trabajo?
Ryan no tuvo que pensar mucho su respuesta, ya que esa misma
pregunta se le acababa de ocurrir, y por eso pudo responderle con una
seguridad, que en realidad no sentía, pero que podía fingir sin problemas.
—Somos mayorcitos, no creo que tengamos muchos problemas en
tratarnos durante una hora o dos. Además, solo va a ser trabajo, y no tiene por
qué afectar a nuestra vida personal.
Aún incrédula optó por callar lo que pensaba de esa idea, y aceptó sus
palabras sin mencionarle las cosas que podían salir mal.
—Está bien, este empleo me interesa tanto como a ti, así que si
tenemos que trabajar juntos, prometo no ser ninguna molestia y hablar solo
de temas relacionados con el trabajo.
—¡Mientras mantengas esa boquita cerrada no habrá problemas!
—¿Y qué me dices de tu bocaza? —le soltó enfadada.
Él sonrió al ver su expresión de enfado. Era tan fácil provocarla, que
parecía un juego de niños. Pero no podía dejarse llevar por sus impulsos o
deseos, o acabaría con el corazón dañado de nuevo. Por eso se lo pensó antes
de seguir provocándola y decidió portarse correctamente. Al fin y al cabo le
habían educado para ser un caballero, y resolver los problemas con
inteligencia y templanza, algo que necesitaría en abundancia si tenía que
vérselas con Lisa.
—¡Está bien! ¡Prometo mantener mi bocaza cerrada! ¿Trato hecho?
—le preguntó mientras le extendía la mano en señal de paz.
—¡Trato hecho! —le respondió Lisa tras quedarse unos segundos
pensativa.
Ahora solo quedaba ver si sería posible que cumplieran su palabra de
mantener el tema personal apartado de su horario de trabajo, y sobre todo de
sus sueños y deseos. Pues no siempre es posible cumplir lo que la cabeza te
dice, cuando el corazón te impulsa a hacer todo lo contrario.
CAPÍTULO SEIS

Nada más salir de mi sesión de terapia de grupo, me di cuenta de


cómo había cambiado todo. No solo porque Christian me estaba esperando
bajo las luces de la farola, como ese primer día que vino a mi encuentro, sino
porque ahora me sentía más fuerte.
Estaba convencida de que todo ello se lo debía a la seguridad que me
ofrecían los brazos de Christian, y a como mi vida, en pocos días, había dado
un giro en redondo convirtiendo mi mundo en un paraíso. Desde que podía
contar con él, y sobre todo, desde que hablábamos abrazados entre las
sábanas después de haberme hecho suya, y con nuestro amor a flor de piel,
notaba como mis problemas se disolvían y solo quedábamos los dos
envueltos por una calidez que me reconfortaba.
Mis amigas de la terapia tenían razón cuando me decían que Christian
había sido mi cura y mi salvación, ya que me hacía sentir una plenitud que
nunca antes había sentido. Le amaba, eso estaba claro, pero además le
necesitaba como precisaba respirar o comer, pues era la base de mi
existencia, como yo lo era de él.
Y ahora, mientras le veía acercarse a mí con paso decidido y felino,
un cosquilleo de anticipación empezaba a recorrer mis venas, al saber que
pronto probaría el sabor de sus labios.
—¡Hola, preciosa! —me dijo tras su beso, ese que yo había esperado
nada más verle.
—¡Hola! —le contesté cobijándome entre sus brazos, reacia a
apartarme de él.
—¿Cómo ha ido hoy la terapia? —se interesó mientras
comenzábamos a caminar en dirección al coche.
—Hoy hemos estado hablando de las segundas oportunidades.
—Eso está bien, ¿no? —me preguntó sin dejar de observarme, y
visiblemente interesado en mi respuesta.
—La verdad es que ha estado más que bien —le aseguré mostrándole
una sonrisa sincera que él recibió con alivio.
—Me alegro —fueron sus únicas palabras para después besarme, y
perdernos en un abrazo que calentó nuestro corazón y nuestro deseo.
Dejamos que los segundos fueran pasando mientras disfrutábamos de
nuestra cercanía, hasta que por fin nos separamos y Christian me pasó el
brazo por la cintura, para acercarme a él y así empezar a caminar a paso
lento. Fue entonces cuando, con voz profunda y seductora, me preguntó:
—¿Quieres que demos un paseo hasta casa?
Le miré feliz pues hacía mucho que no paseábamos por calles
desiertas y al amparo de la noche, y me hacía ilusión volver a hacerlo.
Además, sabía que a él le encantaba caminar antes de conocerme, y me
pareció una buena idea que volviéramos a recordar qué se sentía con él
cogido de mi mano, mientras paseábamos por el parque.
—¡Me parece perfecto!
—Entonces abrígate bien para que no cojas frío.
Me dejé hacer por él, el cual me colocó las solapas del abrigo y se
aseguró de que estuviera bien calentita. La noche estaba tranquila sin viento
ni lluvia, aunque al tratarse de los últimos días de marzo aún hacía frío.
Christian dejó que me colgara de su brazo para estar más cerca de él,
y nos fuimos caminando despacio mientras intercalábamos el silencio con las
charlas que iban surgiendo. Llegó un momento en el que mi cabeza estaba
apoyada sobre su hombro, mientras él me hablaba ilusionado de un proyecto
que tenía entre manos.
Pocas veces me hablaba de sus asuntos de trabajo y estaba encantada
de ver este cambio. Me dejé llevar por el ritmo de sus palabras, y comprendí
lo importante que era para él su empresa por el énfasis al contarlo. Su
entusiasmo ante el nuevo proyecto, la manera como me incluía en sus planes,
y la forma en que hablaba del futuro, me hicieron sentir unida a él de una
forma que hasta entonces no había experimentado.
De pronto Christian paró y se quedó mirando a nuestro alrededor.
—Recuerdo este lugar como si todo hubiera pasado hace pocos días.
Me quedé observando lo que nos rodeaba, hasta que mi celebro volvió
a funcionar con normalidad. Me percaté de que era el mismo sitio donde
Christian me había besado bajo la nieve, en lo que fue nuestro primer beso
inolvidable.
Los recuerdos me llevaron a revivir esa tarde, cuando lo volví a ver en
los grandes almacenes donde yo trabajaba y en donde, tras caerme sobre él, le
acompañé para que hiciera sus compras hasta la hora del cierre. Recordaba
con claridad lo dolida que me quedé cuando creí que él se había marchado y
lo feliz que me sentí cuando lo vi impaciente esperándome.
Ya desde entonces había empezado a sentir algo muy profundo por él,
aunque mi corazón se negaba una y otra vez a confirmarlo. Pero lo que nunca
olvidaré es la sensación de estar entre sus brazos, o de cómo me miró cuando
la nieve empezó a caer por mi cara.
Me emocionó comprobar que él también lo recordaba, pues sabía que
en esa época él era un hombre diferente, ajeno a todo lo romántico y lo tierno.
Era alguien mucho más agresivo y arisco de lo que era ahora, además de ser
desconfiado y mucho más dominante. No podía evitar alegrarme que hubiera
cambiado esa actitud tan seria y distante, para pasar a ser mi juguetón y
apasionado amor.
—Tú te quedaste a esperarme a la salida del trabajo —le mencioné.
Christian sonrió y me miró con una dulzura que me indicaba que él
también lo había estado reviviendo.
—Recuerdo que estabas muy sexy con tu uniforme de elfo y con esos
patines que te obligaban a llevar.
—¡Dios, no me recuerdes ese modelito tan odioso y esos patines
asesinos! ¡No te puedes imaginar cómo los detestábamos todas!
Él se rió con ganas y me rodeó con sus brazos.
—¡Pero lo de los patines fue lo peor!, no había día que no estuviera a
punto de romperme la cabeza o de caerme sobre alguien.
—Pues a mí me encantó que cayeras sobre mí.
—Seguro que sí —le contesté de forma sarcástica, pero con una
sonrisa decorando mi rostro.
—Me acuerdo que pensé «Esta muchacha siempre acaba en mis
brazos» y la verdad es que estaba encantado.
—Yo recuerdo pensar cómo era posible que todos te temieran, cuando
a mí me parecías tan dulce.
—Preciosa, debo decirte que eres la única persona sobre la tierra que
cree que soy dulce.
—Eso es porque no te conocen como yo —como respuesta Christian
soltó un gruñido que me hizo sonreír—. Tal vez si dejaras de gruñirles no te
temerían tanto.
A Christian se le escapó una carcajada, lo que me confirmaba que su
mal humor lo hacía adrede para mantener a las personas apartadas.
—Entonces mi vida no sería tan entretenida —me contestó risueño.
Durante unos segundos nos quedamos perdidos en nuestros recuerdos
hasta que le dije:
—A veces echo de menos a esa muchacha, pero no soportaría volver a
ser tan débil.
—Mary, tú nunca has sido débil, tan solo estabas algo perdida.
—Hasta que tú me encontraste.
Christian me sonrió y acarició con suavidad mi rostro, perdiéndose en
cada detalle que contemplaba.
—Y te convertiste en mi ángel —me aseguró mirándome a los ojos.
—¡Te quiero Christian!, porque me has hecho ser fuerte, y me has
perdonado cada vez que te he dañado con mis errores.
—Mary no sigas, yo…
—Déjame terminar, necesito decírtelo.
Manteniendo nuestras miradas unidas, le hablé con la verdad y el
amor que sentía en mi interior. Era mi oportunidad para pedirle perdón, y
para demostrarle que en mi corazón ya no había miedos y dudas, sino pasión
y devoción por un hombre que me lo había dado todo.
—Apareciste en mi vida cuando ésta era un caos y me sentía perdida.
Me ha costado darme cuenta de que el amor es entregarse por completo al
otro, pues nunca había sentido nada parecido por alguien para saberlo. Por
eso me costó confiar ciegamente en ti y tenía miedo a decirte lo que sentía.
«Sé que te hice mucho daño y no supe comprenderte, sobre todo la
noche que me pediste en matrimonio y no pude darte un sí. Pero te prometo
que no volverá a pasar, porque esa muchacha que se sentía perdida ha
encontrado su rumbo, y ese es estar a tu lado».
Las lágrimas de mi cara fueron recogidas con cuidado por sus manos,
las cuales recorrían mi rostro en una caricia. Vi como sus ojos también
estaban bañados por ellas y como su voz sonaba ronca al contestarme:
—Yo también he cambiado Mary. Tu amor me ha hecho sentir cosas
que creía que nunca sentiría. Ya no quiero ser ese hombre solitario que
caminaba por las calles sin saber cuál era su hogar, porque ahora tú eres mi
hogar.
«Tú me has hecho ser feliz por primera vez en mi vida. Me haces
comportarme de una forma que nunca creí que fuera posible, porque solo
había conocido la soledad. Me siento en paz conmigo mismo y por primera
vez, soy parte de algo importante. Sé que también me has dañado, pero los
momentos felices compensan con creces todos los demás. Te quiero, y voy a
hacer todo lo que esté en mi mano para que no vuelvas a dudar o a tener
miedo, porque tú lo eres todo para mí».
—Ojalá pudiera volver atrás y cambiar algunas de las cosas que dije o
hice. No sabes cómo lamento lo estúpida que fui.
—No Mary, deja atrás el pasado, además amo por igual a mi ángel
como a ese diablillo que a veces me vuelve loco.
Le sonreí y me perdí en la adoración que veía en sus ojos. Ver un
amor y una necesidad tan grande en la persona que amas, es la mejor
recompensa que puedes llegar a tener, y siempre estaré en deuda con el
destino por esta oportunidad que me brindó de ser feliz.
Christian me besó con dulzura, hasta que el roce de nuestras lenguas
encendió nuestro deseo. Cuando por fin pudimos volver a hablar, nuestras
palabras fueron promesas cargadas de esperanzas.
—Tenemos toda una vida por delante y un futuro para vivirla —me
dijo.
—Te prometo que no encontrarás a nadie en este mundo que ame con
un amor tan puro, como el que yo siento por ti —fue la firme promesa que le
hice.
Christian emocionado volvió a besarme demostrándome lo profundo
que le había calado mi confesión, y lo dispuesto que estaba a enseñarme sus
sentimientos. Consiguió con este beso clavarse más profundo en mi alma, y
haciendo que mi necesidad de él nublara todo a mi alrededor.
—¡Te quiero tanto! —me dijo cuando por fin conseguimos separar
nuestros labios.
Nos abrazamos sintiendo como el calor de nuestros cuerpos nos
envolvía, y nos dejamos llevar por las emociones que el recuerdo del pasado
nos infundía.
Puede que tuviéramos recuerdos dolorosos que eran mejor dejar atrás,
pero lo que nunca olvidaría sería esos valiosos momentos que pasé a su lado
sintiéndome especial, amada y deseada. Christian me demostró lo que era el
amor, y ahora estaba en mi mano enseñarle que lo único que anhelaba era
estar junto a él, por siempre.
—Gracias por todo lo que me has dado —le dije con la emoción
gobernando mi cuerpo.
—Gracias a ti por querer a este pobre hombre que no es nada sin ti —
me susurró al oído como si fuera un secreto, mientras mantenía su cara
pegada a la mía.
Parados bajo la luz de la luna y de las farolas, en la misma acera
donde meses atrás la nieve nos alcanzó, me juré hacer todo lo imposible para
no perder a ese hombre y acabar siendo su esposa, aunque tuviera que
pedírselo yo misma.
—Vámonos a casa —señalé con dulzura y le besé los labios para
guardar su sabor.
Christian no me dijo nada, solo se dejó llevar por mi beso para
después rodearme con su brazo por la cintura, y empezar a andar hacia el piso
que ya considerábamos nuestro hogar.
Mientras caminábamos en silencio por las calles de la ciudad, me di
cuenta de que cuando ya has dicho todo lo que tenías por decir, y en tu
corazón ya no guardas las oscuras sombras del arrepentimiento, entonces el
silencio se convierte en un manto que te lleva ligero, y no duele al perderlo.
Casi veinte minutos después llegamos a nuestro piso, y nos dejamos
llevar por el deseo que durante el paseo nos acompañó. Pasamos al
dormitorio sin demorarnos ni un instante, y durante horas, nos fusionamos al
compás de un mismo latido rebosante de amor.
Esa noche recordamos cada caricia que nuestras manos se dieron,
cada beso que nuestras bocas saborearon y cada te quiero que nuestro
corazón sintió.

***

Una vez más Lisa miró su reloj y se peguntó qué le habría podido
pasar a Mary. Era muy extraño que se retrasara y no llamara para avisar, pues
quedaban tres días para la inauguración, y Mary no llegaría tarde a menos de
que le hubiera pasado algo grave.
Ella y Ryan habían llegado puntuales como cada mañana desde hacía
ya una semana, pero hoy era la primera vez que Mary no había llegado a su
hora. Tras esperar un buen rato, usaron la copia de las llaves que Mary les
había entregado, con el fin de que tuvieran libertad para entrar o quedarse a
trabajar hasta tarde.
Aunque se conocían desde hacía poco, Mary les había dado toda su
confianza y la respetaban más por ello. Pero esta era la primera vez que
usaban su copia, pues Mary siempre era la primera en llegar y la última en
marcharse. Sin darse cuenta Lisa volvió a mirar su reloj motivada por la
preocupación.
—¡Quieres dejar de mirar la hora! ¡Es la jefa y puede llegar cuando
quiera! —le reprendió Ryan.
Él se había puesto a trabajar en su mesa, que estaba enfrente de la de
Lisa al tener que compartir el despacho, sin preocuparse por la tardanza de
Mary, ya que estaba acostumbrado a que los jefes con el tiempo se tomaran
ciertas libertades.
—¡Ya sé que puede llegar cuando quiera!, es solo que no es común en
ella llegar tarde y más sin avisar —le respondió alterada.
Ambos habían pactado un código en el que solo se hablaban lo
estrictamente necesario, y siempre eran temas relacionados con el trabajo.
Además, hacían todo lo posible por no coincidir en el despacho, y se trataban
con tanta cordialidad y desdén, que parecían salidos de unos cursillos de
buenas formas y protocolo.
Hasta que algo les hacía enfrentarse y entonces toda esa formalidad,
que tanto les costaba mantener, se fundía en un instante. Era entonces cuando
las puyas y los comentarios sarcásticos daban lugar a una verdadera batalla
campal.
—¿Y cómo sabes si es común o no? Solo llevas trabajando para ella
unos días.
—¡Pues porque lo sé!
—¡Ya! ¡Tú lo sabes todo! —le contestó en voz baja y en un tono que
demostraba que estaba molesto.
Lisa, cansada de tantos comentarios y tantas miradas de recelo, se
plantó ante él dispuesta a aclarar todo los malentendidos, para poder trabajar
en paz de una vez. Con cara de enfado colocó sus brazos en jarras para
demostrarle lo harta que estaba de él, y se dispuso a cortar de una vez por
todas tanta animadversión.
—¿Se puede saber qué es lo que te he hecho que tanto te molesta?
Ryan ni se dignó a levantar la mirada, y siguió como si no le
interesaran sus palabras.
—Ahora no estoy para juegos.
—Pues yo pienso que no podemos seguir así. Si vamos a trabajar
juntos deberíamos aclarar algunas cosas.
Ryan por fin levantó la vista hacia ella, y en sus ojos se pudo ver
claramente lo enfadado que estaba. Pero Lisa estaba decidida y no se iba a
echar hacia atrás, por lo que mantuvo la mirada clavada en él.
—¿De verdad quieres saber qué es lo que me molesta?
Lisa afirmó con un leve movimiento de cabeza y le dejó continuar.
—Me molesta que llegue alguien nuevo dispuesto a comerse el
mundo, y en vez de trabajar duro como los demás, se dedique a robar ideas o
a flirtear con hombres que podían ser su padre.
—¿Pero de qué estás hablando?
—¡Sabes muy bien de qué estoy hablando! ¡Así que deja de hacerte la
tonta, que yo no voy a caer en tus trucos!
Lisa se quedó callada por unos segundos hasta que comprendió de qué
le estaba hablando. Estaba convencido de que en la otra empresa donde
trabajaban ella había infiltrado información, y aunque se demostró que fue
una acusación falsa, él aún creía en su culpabilidad.
Pero lo que no sabía era a qué se debía ese comentario de que ella
flirteaba con hombres mayores. Nunca lo había hecho y nunca lo haría, pues
era denigrante, y ella no estaba dispuesta a eso por nada del mundo.
—Si te refieres a las acusaciones que me hicieron en la otra empresa,
sabes perfectamente que fueron infundadas, y que se demostró mi inocencia.
—¿Entonces por qué dejaste la empresa si no tenías nada que
esconder?
—Porque gente como tú ya me había juzgado sin darme la
oportunidad de defenderme. ¿O vas a negarlo?
El ambiente cada vez era más tenso, y ambos empezaron a sentir
como el enfado iba apoderándose de su cuerpo.
—Yo solo sé que se te acusó y poco después te marchaste —volvió a
insistir Ryan.
Él se negaba a admitir su error por precipitarse al juzgarla, pues sería
como admitir que era igual que los demás que le dieron la espalda
obligándola con ello a dimitir.
—Pues haberte informado mejor. Además, tú me conocías, no sé
cómo pudiste pensar que yo era capaz de hacer algo así.
—No te conocía tanto. Solo habíamos tonteado un poco y tomado
alguna copa juntos.
Lisa sintió un profundo dolor en el pecho, pues para ella esos días
junto a él habían significado mucho más. No es que se hubiera enamorado
perdidamente, o eso pensaba, solo que se había hecho ilusiones de llegar a
algo serio y todo se había quedado en nada. Pero lo peor de todo era que sus
palabras le recordaron el daño que le hizo el no sentirse respaldada por él.
—Solo tenías que haberte tomado la molestia de acercarte a mí y
haberme preguntado.
—¿Y qué me dices de lo otro?
Ryan cambió de tema al saberse vencido, y le preguntó sobre lo que
realmente le interesaba. Durante días la imagen de ella metiéndose en el
coche de otro hombre le atormentó, y era incapaz de quitársela de la cabeza.
La sensación de sentirse engañado y utilizado le había causado mucho daño,
y fue el detonante de su mal comportamiento respecto a ella.
—¿Qué otro? —le preguntó Lisa al no saber a qué se refería.
—Te vi meterte muy sonriente en el coche de un hombre que podía
ser tu padre.
—¡No sé de qué me estás hablando! —contestó ella aún más
confundida.
—¡Claro! —Dijo sarcástico—, ahora no te interesa recordar.
Lisa, cabreada como nunca había estado en su vida, se le acercó hasta
quedar a escasos centímetros de su cara.
—No es que no me interese recordar, es que no tengo ni idea de lo
que estás hablando.
—¡Te vi! —Gritó enojado—, llamaste al despacho diciendo que te
encontrabas mal y que te tomabas el día libre. Fui tan estúpido que me dirigí
a tu casa para ver cómo te encontrabas, y te vi saliendo de tu portal muy sana
y sonriente. ¿Vas a negar eso también? —le retó colérico.
Lisa se le quedó mirando con los ojos como platos, debido a su
sorpresa.
—¿Fuiste hasta mi casa para ver cómo me encontraba?
Ryan empezó a sentirse incómodo al darse cuenta de lo que había
confesado. No quería que supiera el interés que había sentido por ella en el
pasado, pues era algo que no tenía remedio.
—No has contestado a mi pregunta —por el tono de voz que utilizó,
parecía más una acusación que una indicación.
—Recuerdo muy bien ese día. Hacía muy poco que me habían
acusado y todos me dabais la espalda. No tenía ganas de ir a la oficina y
enfrentarme a las miradas cargadas de odio, como a los comentarios hirientes
que decían a mis espaldas. Sobre todo me dolían los que provenían de los que
hasta ese momento había considerado mis amigos.
—Sigues sin contestar a la pregunta —volvió a reiterar Ryan.
—Ya que tanto te interesa, te diré que ese hombre era un abogado
amigo de mi padre, que me recogió para ir a su despacho y ver cómo
podíamos resolver el problema de la falsa acusación.
«Si mentí ese día fue para que nadie de la empresa se enterara de este
encuentro, ya que los verdaderos culpables no debían darse cuenta de que
estábamos tras ellos y no destruyeran las pruebas. Si no hubiera sido por mi
familia y ese hombre —pronunció esto último con énfasis—, ahora estaría
enfrentándome a una falsa acusación por espionaje industrial».
Durante unos segundos ambos se quedaron callados mientras se
miraban a los ojos. Él se dio cuenta de que la había prejuzgado por culpa de
los celos, y no le había dado la opción de justificarse. Se sintió culpable y
quiso averiguar si también para ella fue doloroso el dejarlo atrás.
—Si eras inocente, ¿por qué no pediste mi ayuda?
—Te recuerdo que tú fuiste uno de los primeros en creer en las falsas
acusaciones.
—Pero fue porque te vi con ese…
De pronto calló. La verdad es que no tenía excusa para sus acciones.
Se había portado mal y no había estado a su lado cuando le necesitaba, ni
siquiera como amigo. Todo su enfado se desvaneció y solo quedó el
remordimiento.
—Tienes razón, no estuve a tu lado. Debí de haberte dado la opción
de defenderte —fue lo único que se atrevió a decirle, pues no podía
confesarle que le dio la espalda por culpa de los celos.
El corazón de Ryan se encogió de dolor, al ver las lágrimas bañando
los ojos de Lisa. Se estaba dando cuenta de que ella le había necesitado, y sin
embargo la había apartado. Debieron de haber sido unos días muy duros para
ella, y le dolía no haber podido estar a su lado para consolarla.
—Ya sé que es tarde, pero si te sirve de consuelo lo siento.
Lisa asintió con la cabeza sin decir nada. Tenía las lágrimas apunto de
derramarse por su rostro, y la garganta cerrada por el dolor que sentía en su
pecho. No quería volver a sentir la sensación de desgarro que tanto le costó
olvidar. Tan solo quería dejar el pasado atrás y empezar de cero en un nuevo
futuro.
—¿Hacemos las paces?
Ryan alargó la mano frente a ella para que se la estrechara en caso de
que quisiera perdonarlo. Todo su cuerpo estaba en tensión esperando la
reacción de Lisa, pues sabía que le estaba pidiendo algo que muy pocas
personas le darían.
Lisa suspiró profundamente sin dejar de mirar la mano extendida, y
decidió que era imposible empezar de cero si no llegaban a un acuerdo. Por
eso unió su mano a la de él, como señal de entendimiento y de paz.
La sacudida eléctrica que ambos sintieron les dejó clavados en su
sitio, sin ser capaces de apartar la mano o la mirada. Cuando por fin pudieron
ser conscientes de sus cuerpos, Lisa fue la primera en retirar la mano, y en
bajar la mirada avergonzada por su reacción.
—Será mejor que sigamos trabajando —la voz ronca de Ryan sonó
unos segundos después, consiguiendo que ella se sobresaltara.
No estaba muy segura de qué era lo que esperaba, pero nunca hubiera
creído que para él resultara tan fácil olvidarlo todo y seguir como si nada, ya
que para ella no había resultado así, al haberlo echado mucho de menos.
Estaba claro tras el escalofrío que sintió al juntar sus manos que aún
le afectaba, como igual de claro había quedado que para él ella no había
significado nada. Molesta y desilusionada por este descubrimiento, se dirigió
a su mesa, sin percatarse de la cálida mirada que la seguía.
Al cabo de unos incómodos momentos escucharon abrirse la puerta, y
poco después aparecía una radiante Mary incapaz de dejar de sonreír.
—¡Buenos días equipo!
—¡Buenos días! —contestaron a la vez y con bastante menos énfasis.
—¿A pasado algo interesante?
Lisa miró a Ryan, que tras el saludo parecía ensimismado mirando
unos papeles, y contestó abatida:
—¡No! Todo sigue igual.
CAPÍTULO SIETE

El recuerdo de la noche pasada impregnaba todo a mi alrededor.


Encerrada en mi despacho, revivía una y mil veces cada una de sus caricias, y
me perdía entre la bruma que se creaba en mi mente cada vez que evocaba
sus besos.
No era consciente de la tensión que emanaba del despacho de al lado,
como tampoco fui consciente de los pasos que me indicaban que alguien se
acercaba. El ruido de unos nudillos llamando a mi puerta pasaron
desapercibidos para mis oídos, pues éstos solo escuchaban las palabras de
amor y deseo de las horas pasadas.
—Me alegra saber que tú también estás algo… indispuesta para
trabajar.
La voz de Christian me sacó de mis ensoñaciones, e inmediatamente
lo busqué con la mirada para asegurarme que era real. Apoyado con pose
arrogante en el marco de la puerta se encontraba el causante de mi agitación,
que había venido con el firme propósito de seguir torturándome.
Con su traje a medida y su sonrisa pícara, parecía un hombre
dispuesto a cualquier cosa con tal de conseguir lo que quería, y por el brillo
travieso y picante de sus ojos estaba claro que su objetivo era yo.
—¿Puedo pasar, o tengo que pedir una cita?
Su tono guasón me devolvió a la realidad, e hice todo lo posible para
no parecer una boba enamorada.
—¡Claro que puedes pasar! —le aseguré mientras me levantaba del
asiento y me acercaba a él—. Perdona que no te haya contestado antes, estaba
pensando en…
Me quedé callada tratando de encontrar una excusa adecuada en dos
segundos, pero al tenerlo tan cerca se me fundió el cerebro, y los segundos no
pararon de multiplicarse hasta que parecieron toda una eternidad.
Christian se me acercó con su aire arrogante, y sin darme tiempo a
reaccionar, me agarró por la cintura y acercándome a su cuerpo, me besó con
una avidez tan intensa que apunto estuve de fundirme en su boca.
Cualquier pensamiento coherente desapareció de mi cabeza, y solo
quedó el sabor de sus labios junto al aura de deseo que últimamente siempre
nos rodeaba. Con una voz cargada de anhelo y sensualidad me contestó:
—Yo también estaba pensando en…
Solo pude gemir a modo de respuesta, pues fui incapaz de pronunciar
un solo sonido con lógica. Cuando por fin logramos separarnos, pude volver
a sentir el mundo bajo mis pies, y no me quedó más remedio que alejarme de
su embrujo poniendo distancia entre nuestros cuerpos.
Me senté tras mi escritorio y vi como se me acercaba con
movimientos felinos. Era todo un espectáculo observarlo, pues todo lo que
hacía estaba cargado de una energía y una sensualidad que paralizaría hasta el
corazón más reticente.
—¡Bueno! —tuve que carraspear para seguir hablando—. ¿Qué te
parece como está quedando todo?
—¡Está perfecto! —Me contestó mientras, ya a mi lado, se sentaba en
la esquina de mi mesa—. Pero le falta un toque final.
Sin entender a qué se refería revisé todo a mi alrededor, pero no pude
encontrar algo que se me hubiera pasado por alto. Cuando volví a mirarlo, y
vi como su sonrisa se había ensanchado, me di cuenta que estaba jugando
conmigo y decidí seguirle el juego.
—¿Ah sí? ¿Y qué falta?
—¡Esto!
Y tras decirlo movió su brazo izquierdo, sacando de su espalda algo
que había mantenido oculto de mi vista. Se trataba de una preciosa rosa roja,
que me entregó inclinándose hacia mí con aire galante. Tener a un hombre
como él, que hasta hacía poco era frío y reservado, ofreciéndome este
pequeño detalle, lo convertía en una muestra de amor tan grande que me dejó
sin aliento.
Menos mal que me encontraba sentada, pues de lo contrario mis
piernas de gelatina me hubieran causado un serio problema. Extendí mis
manos y la cogí con el cuidado que se le brinda a algo valioso. Mirando la
flor dejé salir la sonrisa que anidaba en mi corazón, e inspiré el profundo
aroma de la rosa.
—¡Es preciosa! —Susurré con la voz tomada por la emoción—.
¡Gracias!
—Gracias a ti por ser mi ángel.
Me levanté y fui derecha a sus brazos deseosa de sentir su calor muy
cerca de mí. Le amaba tanto que incluso dolía el tenerlo cerca, pero sabía por
experiencia que mucho más dolería si lo perdía, por lo que esa opción
resultaba impensable. A cada segundo más le necesitaba, y más quería
devolverle toda la felicidad que me estaba brindando.
—¡Te quiero! —fue lo único que pude decirle.
Christian sostuvo mi cara entre sus manos e hizo que lo mirara a los
ojos.
—¡Cualquier cosa por ti, mi vida!
Y sin más palabras que decirnos nos besamos como se besan los
enamorados, con el corazón, el alma y los cinco sentidos. Tras unos minutos
perdidos entre besos y arrumacos, volvimos a la realidad del mundo presente,
pero con el sabor de nuestro amor aún en los labios.
—Me alegra que hayas venido —le dije cobijada entre sus brazos y
entre sus piernas, mientras él seguía sentado sobre una esquina de mi mesa—.
¡Y más aún si es para traerme un regalo!
Él sonrió divertido por mi tono guasón y me dio un beso cariñoso en
la punta de la nariz a modo de premio.
—La verdad es que he venido para hacerte una proposición, y la rosa
era el soborno.
Su mirada traviesa y sus manos juguetonas en mi trasero, me
indicaron que esa proposición iba a ser un asunto muy interesante.
—¡Así que un soborno, eh!
Christian asintió con un movimiento de cabeza, mientras sus manos se
aferraban más a mis nalgas.
—Pues si tienes una proposición que decirme has venido al sitio
indicado.
Cuando noté que su mano bajaba por mi muslo buscando el inicio de
la falda, me di cuenta que esa mañana iba a ser tan memorable como lo había
sido la noche anterior. Acerqué mi boca a la suya, deseosa de saber lo que
había estado pensando, y me dejé llevar esperando su propuesta.
—Cuéntame —le susurré melosa.
Christian quiso abalanzarse sobre mi boca, pero lo aparté con un
pequeño empujón, y con el dedo índice le indiqué que no se lo permitía. No
debió gustarle mi negativa, pues soltó un gruñido que me hizo sonreír.
—Nada de besos hasta que me lo cuentes.
Con su mano traviesa ya por el interior de mi falda, y avanzando
decidida por mi muslo, retrocedí un paso para impedirle que siguiera con su
ascenso. Mi retirada tampoco debió gustarle, pues soltó otro gruñido al verse
con la mano libre de su conquista.
—¡Está bien, tú ganas! —exclamó resignado y alzó las manos a modo
de rendición.
Pero el muy tramposo tenía otros planes, y en un segundo, me agarró
por la cintura y volvió a pegar mi cuerpo al suyo.
—¡Esto está mejor! —repuso alegre y satisfecho.
—¡Eres un tramposo! —solté riéndome, pues al verle tan complacido
consigo mismo me resultó imposible no hacerlo.
—Quizá, pero te tengo justo donde quería.
Ambos nos reímos y le abracé rodeándole con mis brazos, pues era
inútil luchar contra él. Me había conquistado con su cariño y su entrega, y me
tenía completamente a su merced.
—¿Por dónde íbamos? —me preguntó cuando cesaron los besos.
—Ibas a hacerme una proposición.
—¡Cierto!, pues verás…
Volvió a aferrarme las nalgas con sus manos, y a apretarme contra él,
consiguiendo que notara la protuberancia de sus pantalones.
—Estaba en el despacho recordando como no me habías dejado
dormir en toda la noche…
—¡Eh! —solté intentando parecer ofendida por su vil mentira, y
acompañando mi queja con un manotazo en su hombro.
Christian no consiguió esconder su sonrisa, demostrando así que
estaba provocándome.
—Como te estaba diciendo, estaba en mi despacho… trabajando,
cuando recordé una tradición muy antigua para atraer a la suerte.
Cuando vio que le observaba en silencio sin saber a qué se refería,
siguió con su explicación.
—Se trata de una especie de ritual en cada habitación que se vaya a
inaugurar.
Volvió a callar para mirarme y ver mi reacción, pero yo solo le estaba
mirando fijamente sin conseguir entender a qué se refería, por lo que suspiró
y siguió con la historia.
—De esta forma garantizas el éxito en tu negocio, y es algo privado
que solo nosotros dos sabríamos.
—¿También lo hiciste en tus oficinas? —le pregunté ingenua.
Christian sonrió y me contestó.
—No cariño, no tenía a nadie con quien compartir el ritual.
—¡Tenías a Philips!
Su cara pasó de la guasa a la sorpresa en cuestión de un segundo, en
cuanto mencioné a su secretario, y me miró de la misma forma con que
miraría a Medusa.
—Prefiero mil años de mala suerte antes que hacer el ritual con
Philips.
De pronto recordé haber visto hace años una película llamada “La
fuerza del cariño”, donde los protagonistas acababan de mudarse, y ellos
inauguraban la casa con un ritual que consistía en mantener sexo en cada
cuarto.
Até todos los cabos, la flor, los besos, las caricias, su tono meloso, y
caí en la cuenta de que Christian quería hacer lo mismo. Luego recordé mi
comentario de que lo hiciera con su secretario, y la cara de asco que puso, y
no pude hacer otra cosa más que soltar una carcajada que a punto estuvo de
partirme en dos.
—Ya veo que acabas de darte cuenta de cuál era mi intención —su
cara enfadada y su tono serio solo consiguieron que mi risa aumentara.
Tras comprobar que no podía parar de reír, y menos cuando le miraba,
se cruzó de brazos y piernas, demostrándome así su enojo y siendo evidente
que estaba esperando a que me calmara. Cuando vio que lo único que
conseguía era hacerme reír más fuerte, optó por otro plan.
—¡Pues a mí no me hace ninguna gracia! ¡Y menos que mencionaras
a Philips!
La carcajada que solté estuvo a punto de dejarme sin aire, y mi vista
se me nubló por las lágrimas que inundaban mis ojos. Christian me acercó
con cuidado a su cuerpo, y noté que ya no estaba enfadado, pues estaba
empezando a contener la risa.
—Cariño, no te rías —me dijo meloso—. ¡Así no se me va a volver a
poner dura!
No pude remediarlo, y reí con todas mis ganas consiguiendo con ello
que Christian también empezara a reír. Me dejé caer entre sus brazos y juntos
llenamos la habitación de unas risas que me costaría olvidar. Por suerte la
alegría era cada vez más frecuente en nuestras vidas, y estaba segura de que
nos acompañarían por muchos años.
Cuando unos minutos después nos calmamos, solo quedamos él y yo
abrazados a la espera del próximo movimiento.
—¡Eres un diablillo! —insinuó Christian pasando después a besarme
la sien.
Suspiré y me aparté para mirarle a la cara. Estaba sonriendo y
mirándome fijamente, como a la espera de algo, por lo que decidí dar el
primer paso.
—¿Así que se trata de un ritual muy antiguo? ¡Eh!
—¡Muy antiguo!
—¿Y trae mucha suerte? —le pregunté mientras pasaba mis manos
por su pecho.
—Mucha suerte —su sonrisa ahora era bribona.
—Pues entonces será aconsejable practicarlo.
Acompañé mis palabras con unas manos juguetonas que empezaron a
aflojarle el nudo de su corbata.
—¡Completamente aconsejable! —ahora su voz sonaba más oscura y
ronca.
Con un movimiento sexy tiré de un extremo de la corbata,
consiguiendo así quitársela. Luego alcé mi brazo y la dejé caer al suelo sin
renunciar a observarlo. Astuta, me acerqué más a él, y deslicé la chaqueta por
sus hombros y sus brazos hasta deshacerme de ella.
Me contorneé pegándome a él, el cual pasó a aferrarse a mi cuerpo y a
recorrerlo como si estuviera ávido de poseerlo. Siguiendo con mi
provocación, empecé a desabrocharle los botones de su camisa, mientras
perdido en su deseo Christian empezó a besarme por el cuello.
Cuando su pecho quedó al descubierto, pasé mi mano por su
entrepierna y noté el enorme bulto que clamaba escapar.
—Noto que ya no tienes ningún problema para hacer el ritual.
Christian soltó un gruñido, que podía haberse confundido con un
gemido, y se levantó de la mesa conmigo pegada a él. Me sujetaba por las
nalgas mientras yo le rodeaba con mis piernas, y se giró para dejar mi trasero
en el centro de mi mesa.
—¡Nena! ¡Si juegas con fuego vas a acabar quemándote!
Dicho esto se apartó de mí y empezó a desabrocharse el cinturón. Su
expresión me indicaba que estaba dispuesto a hacer que me quemara hasta el
fondo, y no dudé de que este juego acabaría abrasándonos a los dos.
Con hábiles manos pasó a desabotonarse los pantalones y bajarse la
cremallera, dejándome sin aliento a la espera de ver lo que escondía solo para
mis ojos. Sin dejar de contemplarle moví los brazos a mi alrededor, para
retirar lo que había sobre la mesa, sin importarme romper lo que caía al suelo.
En ese momento lo único importante era no perderme ni un solo
segundo de contemplar el magnífico cuerpo de mi hombre, y su espléndida
masculinidad, considerando todo lo demás sin importancia. Deseosa de
provocarle subí mi falda todo lo que pude, hasta una posición indecente, y
esperé que sus ojos marcaran cada pedazo de mi piel.
—Te recuerdo que soy un diablillo por lo que no me importa
quemarme —le dije para seguir provocándole mientras abría mis piernas para
él.
Tras mis palabras Christian dejó caer los pantalones, junto con los
calzoncillos hasta los tobillos, y me miró con los ojos cargados de lujuria. Su
miembro estaba erecto y dispuesto a penetrarme hasta hacerme gritar de
placer, por lo que no pude hacer otra cosa más que relamerme y
humedecerme hasta quedar empapada.
—¡Entonces quemémonos juntos! —me contestó acercándose a mí.
Sus manos subieron por mis muslos, y con una habilidad asombrosa,
se coló hasta mi tanga y me lo arrancó con un movimiento preciso.
—¡Eh, ahora tendré que pasar toda la mañana sin bragas!
Sin hacer caso a mi queja, tiró la tela rasgada, se colocó entre mis
muslos, y me penetró con avidez hasta el fondo. El gemido que solté fue
absorbido por un beso que me exigía el contacto de mi lengua, mientras sus
manos se aferraban a mis nalgas y tiraba de mí hacia su cuerpo.
Cuando liberó mi boca para coger aire solo pude seguir gimiendo, ya
que el placer de sentirlo tan dentro, tan duro y tan exigente, me estaba
volviendo loca. Volvió a envestirme con fuerza, y me dijo convencido y con
la respiración entrecortada:
—Te voy a estar follando toda la mañana pequeña, por lo que no vas a
necesitar las bragas.
Y dicho esto una sucesión de envites siguió a las otras, cada vez más
frenéticos, más calientes y más exigentes, hasta que solo me quedó agarrarme
con mis piernas y mis brazos a su cuerpo fundiéndonos en uno. Escuchaba
sus gemidos en mi oído y sentía su aliento en mi cuello, provocándome,
llamando mi deseo.
Cabalgamos juntos en busca del éxtasis con una intensidad que me
volvió ciega por el placer. Sentir el roce de su miembro en mi clítoris, la
sensación de volver a introducirlo con un fuerte envite hasta el fondo, para
después volver a sacarlo y empezar de nuevo, era como rozar el paraíso con
los dedos, mientras sentías el calor del infierno corriendo por las venas.
El saber que era un sitio donde en cualquier momento alguien podía
entrar, y ser consciente de que si había alguien al otro lado de los muros nos
estarían escuchando, le dio un morbo al acto sexual que pocas veces antes
habíamos sentido.
Cuando el calor surcó mis entrañas, y sentí romperme en dos por el
placer de su envestida, me dejé arrastrar por un espectacular orgasmo que
convulsionó todo mi cuerpo. La fuerte sacudida que sentí me hizo arquear la
espalda, y ordeñé su miembro con el espasmo que me atravesó el cuerpo.
Sin poder resistirlo Christian se corrió llenándome con su semen,
mientras no podía parar de envestirme y de gemir de placer. Ambos
quedamos exhaustos, complacidos y sin desear separarnos, pues había sido
una sensación tan intensa que nos había agotado. Nos dejamos caer sobre el
escritorio y tratamos de serenar nuestra respiración acelerada.
Christian aún estaba en mi interior y no quería dejar de sentirle, por lo
que me quejé cuando intentó moverse para apartarse. Pero sus fuerzas debían
ser tan escasas como las mías, pues solo consiguió colocar sus antebrazos en
la mesa y su frente junto a la mía.
—¡Preciosa un día de estos vas a matarme!
Si hubiera tenido fuerza, me habría reído, pero solo conseguí colocar
una sonrisa en mis labios. Cuando unos segundos después ya empecé a
controlar mi respiración, fui capaz de poder serenarme y hablar.
—¿Así que en cada habitación? ¿No?
Christian se rió y levantó la cabeza para mirarme.
—¡Exacto! Así que nos quedan… —se quedó pensativo durante unos
segundos—. Tres habitaciones.
—¡Cuatro! —repuse enseguida—. El trastero también cuenta.
Él rió con más ganas y me contestó:
—Tienes razón, no podemos olvidarnos del trastero.
Felices nos besamos convencidos de que llevaríamos a cabo el ritual
hasta el final, aunque termináramos medio muertos en la prueba. Christian se
levantó dejándome así espacio para que yo también me levantara, y
aproveché para sacar unas toallitas desechables de mi bolso y asearme, pues
no quería salir al baño con su semen resbalándose por mis piernas.
No estaba segura de que estuviéramos solos en la agencia, y no quería
correr el riesgo de hacer una aparición que ninguno olvidaría. Ya bastante
habíamos organizado con tantos gemidos y ruiditos para darles más
espectáculo. Así que una vez limpia, me volví a sentar en la mesa justo donde
Christian me había colocado antes, y le observé pensativa mientras se vestía.
—¿Christian?
—Dime.
—Acabo de pensar un nombre para la agencia.
—¿Ah, sí? —dijo sonriéndome.
Se acercó a mí y apoyó sus manos a ambos lado de mis muslos,
mientras no apartaba la mirada de mis ojos. Solo pude asentir con la cabeza,
pues su cercanía me ponía tan nerviosa que no me dejaba pensar con claridad.
—¿Y qué se le ha ocurrido a esa cabecita tuya?
—Mary´s —dije sin más esperando su reacción, pues se me acababa
de ocurrir en ese momento.
—¿Agencia Mary´s?
—¡Sí!
Se quedó pensativo durante unos segundos hasta que tuvo una opinión
clara.
—¡Me gusta!
—¿Te gusta? —le pregunté sorprendida.
—Sí —me aseguró y me robó un beso.
Ya más relajados, y con mi cabecita dándole vueltas a una idea,
seguimos a lo nuestro, es decir, Christian vistiéndose, mientras yo le seguía
mirando sentada en mi mesa.
Estaba segura que después de lo vivido sobre esa mesa no volvería a
ser la misma, pues estaba convencida de que me sería difícil olvidar el
intenso orgasmo que había tenido sobre ella.
—¿Christian?
—¿Sí?
Se me quedó mirando sin dejar de abrocharse los botones de la blusa.
—¿También sirve el ritual de la suerte cuando se inaugura un
nombre?
Christian soltó una carcajada que me hizo sonreír, y se me acercó para
abrazarme.
—¡Por supuesto!
Y sin más, el nombre de mi empresa quedó adjudicado después de
haber estado pensándolo durante semanas, todo gracias a la búsqueda de una
excusa para tener otro orgasmo, «Hay que ver de lo que es capaz de hacer
una chica con tal de conseguir lo que más desea» pensé risueña.
Sintiéndome mimosa y complacida me dejé abrazar por él, pues
siempre anhelaba sus caricias, y recompensé con un beso su muestra de amor.
Poco a poco volvimos a templar el deseo y empecé a sentir unas ganas
enormes de volver a tenerlo dentro de mí.
Christian viajó por mi piel perdiéndose entre mis senos, mientras yo
me contoneaba y me dejaba caer otra vez sobre la mesa. Cuando el placer nos
volvió a hacer gemir me tensé y le dije:
—¿Christian?
Éste soltó una especie de gruñido, pues tenía en ese momento la boca
ocupada chupando uno de mis pezones.
—¿Crees que nos habrán oído?
Christian se detuvo, alzó la cabeza mirándome como si fuera un gato
que acababa de comerse al canario, y me dijo:
—¡Ya es tarde para eso preciosa!
Y mostrándome una sonrisa maliciosa que no me auguraba nada
bueno, alzó mis piernas y perdió su cabeza entre mis muslos para saborear mi
esencia.
Traté de resistirme y contener los gemidos, pero sabía que tarde o
temprano sería algo imposible, pues Christian sabía exactamente como
hacerme gritar de placer. Y aunque intenté apartarlo, sin insistir mucho pues
no soy estúpida, me dejé llevar y decidí disfrutar esperando que Lisa y Ryan
hubieran sido considerados y se hubieran marchado cerrando la puerta
principal.
—¡Estas me las vas a pagar! —le dije tras haber gritado con todas mis
fuerzas.
Pero mi queja no sirvió de nada, pues solo conseguí como respuesta
que Christian me abriera más las piernas.

***

Había pasado todo un día desde el maratón de sexo en mi despacho, y


sin embargo aún resonaban en mi cabeza los gritos que di tras mi orgasmo.
Pero esa mañana me había levantado cansada, y no había ayudado a relajarme
la dura jornada de trabajo, por lo que era lógico que ahora, cuando faltaba
apenas una hora para el cierre, tuviera un dolor de cabeza insoportable.
Sabía que estaba excediéndome con las horas de trabajo a la vez que
reducía mi tiempo para el sueño, provocando de esta manera que mi cuerpo
llegara a su límite. Y eso sin contar las dos últimas noches en las que apenas
había logrado dormir, por culpa del incansable apetito sexual de ambos.
A este ritmo, cuando dentro de dos días llegara el momento de la
inauguración, parecería un zombi con una vida sexual espectacular. Y es que
si la noche en que me recogió de la terapia fue inolvidable por su dulzura y
entrega, la sesión de sexo sin descanso en el despacho fue de vértigo. Sin
olvidar esta última noche, en la que Christian había vuelto con sus
jueguecitos de tortura, donde su mayor placer era provocarme orgasmos hasta
altas horas de la madrugada.
No es que me quejara, era solo que me gustaría mantenerme despierta
sin necesidad de litros de café, y ahorrarme el dolor de cabeza que el
cansancio acumulado me estaba causando. Menos mal que faltaba poco para
acabar la jornada de trabajo, y podría relajarme en un baño de burbujas.
«Aunque tuviera que encerrarme con llave» pensé con una sonrisa en los
labios.
—Deberías marcharte a descansar.
La voz de Lisa proveniente de la puerta de mi despacho me hizo
volver a la realidad.
—No tienes muy buena cara —insistió en decirme mientras entraba y
se sentaba frente a mí.
—Lisa tiene razón, ya nos ocupamos nosotros de todo.
La voz de Ryan me hizo sonreír, pues dejaba al descubierto que
ambos habían preparado un plan para que descansara. Sin duda mi aspecto
debería ser lamentable, si los dos se habían puesto de acuerdo en ello. Él se
colocó de pie detrás de Lisa dándole así su apoyo.
—Pero no puedo marcharme sin más, aún me quedan algunas cosas
por acabar antes de irme y…
—Mary, si caes enferma ahora, tendremos que posponer la
inauguración, además ya es casi la hora de cerrar —enseguida repuso Lisa.
—¡Está bien, vosotros ganáis!, pero no os quedéis hasta muy tarde.
La verdad es que tenían razón, y en mi estado lo único que conseguía
era molestar más que ayudar. Cada vez estaba más contenta por la decisión de
haberlos contratado, pues además de ser unos auténticos profesionales, eran
unas bellísimas personas.
—Tranquila, me quedan unas cuantas llamadas y también me marcho.
Creo que nos vendrá bien a todos descansar un poco —aseguró Ryan.
—De acuerdo, entonces nos vemos mañana.
Deseando llegar a casa para aprovechar la hora que había conseguido
al salir antes, recogí los papeles de mi mesa y me acerqué a Ryan que
sostenía mi abrigo. Se lo agradecí con una sonrisa, y dejé que me ayudara a
ponérmelo, en uno de sus muchos actos galantes de los que estaba
empezando a acostumbrarme.
—Si ves que no te encuentras bien mañana nos avisas, y ya nos
ocupamos nosotros de todo —me dijo Lisa con la preocupación reflejada en
su cara.
Me emocionó tanto su desvelo por mí que no pude hacer otra cosa
más que abrazarla. Más que ayudantes se estaban ganando a pulso el puesto
de amigos, y eso no tenía precio.
—¡Gracias, sois perfectos! —les dije con la gratitud en mis ojos y en
mi voz.
—Recuérdalo cuando te pidamos días de vacaciones —soltó Ryan
para quitar intensidad al ambiente.
Los tres nos echamos a reír y andamos hasta llegar a la salida.
—¡Hasta mañana equipo y gracias por todo!
—¡Adiós jefa! —respondió Ryan mientras me abría la puerta.
—Cuídate y date un baño caliente para relajarte —me indicó Lisa a
modo de imposición.
—¡Sí mamá! —le contesté risueña mientras seguíamos sonriendo.
Salí a la calle y respiré profundo. Sin duda un baño caliente era lo que
necesitaba y eso era justo lo que iba a tener. Decidida caminé hasta mi coche
con el propósito de ir derecha hasta mi piso, y dispuesta a pasar una hora de
relax.
Mientras tanto en la agencia Ryan y Lisa se quedaron en silencio,
incómodos por estar solos. Sin querer decir algo que pudiera provocar una
discusión, se pusieron a trabajar lanzándose miradas fugaces cuando el otro
estaba despistado.
Ninguno quería romper el acuerdo que mantenían desde la última vez
que habían hablado, y por eso preferían callar a decir algo que se
malinterpretara. Estaba claro que él la había juzgado mal al pensar que era
una interesada que solo quería conquistar a hombres ricos, y no podía apartar
la culpabilidad que sentía.
Su mente le jugaba malas pasadas al hacerle recordar a la mujer vivaz
y entregada que había conocido en el pasado, y que tanto se parecía a la que
veía ahora. Pero le daba miedo volver a equivocarse, y prefería mantener las
distancias. Por eso, siguió con su trabajo como si ella no estuviera y su
presencia no le pusiera nervioso.
Por otra parte, Lisa estaba a punto de partirse en dos por la tensión
que sentía. Se había propuesto una y mil veces no volver a pensar en él como
en un hombre, sino solo como en un compañero de trabajo que debía
mantener a distancia. Pero le resultaba imposible estar en la misma habitación
que él sin sentir un escalofrío recorriendo su cuerpo.
No sabía qué pensar de él. La había juzgado mal en el pasado, además
de haberla apartado de su lado sin darle la ocasión de aclararle las cosas. Pero
había visto el dolor y la culpa reflejado en sus ojos cuando ella le había
contado todo, y notaba que ahora su actitud era más calmada. Aun así no
sabía qué pensar y se sentía perdida.
El tiempo pasó despacio mientras cada uno en su mesa dejaba por
terminados los últimos retoques. Durante todo el día ambos habían llamado a
sus contactos, para comunicarles su nuevo empleo y su deseo de seguir
colaborando. Todos habían oído hablar de la nueva agencia que prometía ser
algo puntero y fresco, y se mostraban interesados en trabajar con ellos.
Ya quedaban veinte minutos para cerrar y Ryan se había atrincherado
en el despacho de Mary. Seguro que a él también le resultaba duro estar en la
misma habitación que ella, y le dolía que no pudieran estar a menos de tres
metros sin que la incomodidad o los escalofríos aparecieran.
Para su sorpresa Ryan apareció por el pasillo con su abrigo puesto, y
sin decir ni una sola palabra salió de la agencia. Le dolió que fuera tan poco
educado con ella y que la tratara con tan poca consideración. Comprendía que
no quisiera trabajar a su lado, pero al menos podía mostrar un poco de
educación y despedirse como haría con cualquier compañero.
Si en algo sobresalía Ryan era en su galantería, pero parecía que ni
siquiera iba a tener esa consideración con ella. Sin duda, cada día resultaría
más insoportable estar a su lado, y se dio cuenta que tarde o temprano uno de
los dos debería renunciar a su puesto.
Con las lágrimas a punto de escaparse de sus ojos, se dispuso a
terminar con lo que estaba haciendo, para después recogerlo todo y
marcharse a casa. Sentía que el dolor de su pecho solo podía calmarse con
una copa de buen vino y una bañera repleta de espuma.
Aunque una vocecita en su interior le decía que le resultaría imposible
olvidar a ese hombre, como también sería difícil enterrar el dolor que le
causaba el tenerlo tan cerca, y no poder llegar nunca a su corazón.
Si por lo menos pudiera pasar por alto todo lo que sentía por él, el
trabajar a su lado le sería más fácil y no dolerían tanto sus desplantes. Sin
ganas ni fuerzas para continuar en la agencia, dejó su mesa recogida dando
por terminada su jornada.
Justo en ese instante la puerta de entrada se abrió, y suspiró resignada
esperando que no fuera otro contratista preguntando por Mary o Ryan, ya que
ella no esperaba a nadie. Para averiguarlo solo tuvo que alzar la cabeza, pues
el muro de cristal de su despacho le daba una amplia panorámica de la
entrada a la agencia.
Para su sorpresa la persona que acababa de entrar era Ryan, que se
encaminaba hacia ella portando en la mano una bolsa de plástico de la que
emanaba un delicioso aroma a comida.
—¿Ya has terminado? —le preguntó Ryan una vez dentro del
despacho.
Debido a la sorpresa de verlo aparecer, y de observar como dejaba la
bolsa sobre su mesa, solo pudo asentir con la cabeza.
—¡Perfecto!, entonces he llegado justo a tiempo.
Se volvió como si nada y se quitó su impecable abrigo, dejándolo
después en la percha de la esquina.
—Estaba muerto de hambre y he pensado que podíamos cenar algo
antes de cerrar —siguió hablando tan tranquilo.
Incrédula se quedó mirando la bolsa de comida que había sobre su
mesa, como si se tratara de un objeto milagroso que acababa de surgir de la
nada.
—¿Te gustaba la comida china, verdad?
Simplemente asintió como respuesta, pues era incapaz de hacer nada
más.
—¡Menos mal!, como estabas tan concentrada en tu trabajo no he
querido molestarte, pero creía recordar que te gustaban los rollitos de
primavera y el pollo al limón.
Creyendo sufrir alucinaciones, se le quedó mirando, mientras trataba
de recordar cuando le había dicho que le gustaban esas cosas. De pronto a su
cabeza vino un día que se habían quedado a trabajar hasta tarde en la
multinacional, y al tratarse de un viernes, habían decidido tomarse algo antes
de regresar a casa.
Recordaba ese día como algo muy lejano antes de que su vida
cambiara y todo se estropeara. Era el recuerdo de un tiempo ya pasado y que
creía tener olvidado, pues pertenecía a una época en donde él le sonreía y se
notaba que estaba interesado en conocerla.
—Estás muy callada, ¿te pasa algo?
De vuelta al presente, y viendo en los ojos de Ryan el mismo interés
por ella que en el pasado, negó con la cabeza y empezó a sacar la comida de
la bolsa.
—No me pasa nada, solo que me has sorprendido —consiguió decir
tras deshacerse del nudo de su garganta.
Ryan le sonrió, por primera vez desde que volvieron a encontrarse,
haciendo que los escalofríos volvieran a apoderarse de su cuerpo.
—Espero que de forma agradable —comentó él.
—¡Muy agradable!
Lisa le devolvió la sonrisa, y juntos terminaron de prepararlo todo. Se
sentaron el uno en frente del otro en la mesa de ella, y se sirvieron una
comida que tardarían en olvidar en mucho tiempo. Ella debido a la sorpresa
de saber que no le era indiferente, y él al darse cuenta de que la había
añorado.
En esta ocasión el silencio no se volvió desagradable, y pronto fue
interrumpido por una entretenida charla que los acompañó durante toda la
cena.
«¿Quizá estaba equivocada y le guste?», fue lo que pensé cuando al
mirarle me di cuenta de que él hacía lo imposible por observarme con
disimulo, y seguí sonriendo sin poder evitarlo. Definitivamente, me encanta
la comida china.
CAPÍTULO OCHO

Con el único pensamiento de meterme en la bañera con agua caliente,


llenarla de sales aromáticas y rodearme de espuma, llegué al garaje de
nuestro piso sin ninguna complicación, pues el tráfico aún no era denso al
haberme adelantado a la hora punta.
El garaje era un lugar amplio, de uso privado y bien iluminado que
siempre me daba escalofríos. No estaba segura del motivo exacto de mi
miedo a este lugar, pero era inevitable que al entrar en él, a mi mente
acudieran imágenes de películas donde la chica era acosada o atacada por
violadores y asesinos.
Intentando apartar esos pensamientos de mi cabeza salí del coche, y
me concentré en el objetivo de llegar a los ascensores, donde me sentiría más
segura. Pero antes de empezar a caminar, y por precaución, observé a mi
alrededor para asegurarme de que me encontraba sola y sin peligro.
Si algo había aprendido de mi ataque en el pasado era a ser precavida
y refrenar mi impulsividad. El lugar estaba desierto, y solo se escuchaban los
sonidos de algún ocupante que cerraba la puerta de su vehículo en otra planta.
Las luces de mi alrededor estaban todas encendidas, y solo quedaba bañada
por la oscuridad una esquina que formaba parte de mi recorrido.
Respiré para calmarme y me sentí una estúpida por experimentar ese
miedo irracional, a algo tan común como era un garaje. Me coloqué mi
ajustada falda, puse mi bolso en el hombro y decidida me encaminé hacia los
ascensores con el sonido de mis tacones resonando entre los escasos coches.
Tenía que demostrarme que los miedos ya no mandaban en mi vida.
Ahora era mucho más fuerte, y aunque el lugar estuviera casi desierto al ser
más temprano de la habitual, no iba a hacerme temblar de miedo o a
causarme un ataque de ansiedad. Caminé sin mirar atrás, sin querer sentirme
débil, y por desgracia, sin darme cuenta de que alguien me observaba.
—¡Mary!
La voz que escuché a mis espaldas me hizo parar en seco. Conocía
esa voz y no me agradaba nada el volver a escucharla, pues la última vez que
la había oído, un hombre que pertenecía a mi pasado estaba intentando
estrangularme.
—¡Te he estado esperando!
No sabría decir de donde había aparecido o por qué no me había dado
cuenta antes de su presencia, ya que solo podía pensar en lo estúpida que
había sido al volver a cometer un error.
No dije nada, al no poder articular palabra por culpa de la impresión,
y solo conseguí quedarme quieta mientras él se me acercaba por detrás.
—Me ha llevado mucho tiempo encontrar esta oportunidad. Ese
novio tuyo nunca te deja sola, y más desde que contrató a ese tipo para que
fuera tu sombra.
No comprendía a qué tipo se refería. Sabía que a Christian no le
gustaba dejarme sola, y que siempre estaba pendiente de mí, como también
sabía que Sarah se pasaba con demasiada frecuencia por la agencia para
acompañarme, pero nunca sospeché que tuviera un guardaespaldas con el fin
de protegerme.
Me quedé quieta, erguida y rezando para que mi guardaespaldas
acudiera a rescatarme. Pero los segundos fueron pasando y mi agresor; mi ex
jefe Tom Alenn, se iba acercando hasta colocarse a mi lado.
No sé si hice bien en quedarme quieta y no salir corriendo, pero fue la
única decisión que la sorpresa me hizo tomar. Noté a Tom a mi lado, y con el
coraje que creía perdido desde hacía meses, me giré y lo encaré.
—Pues ya me tienes aquí, ¿qué es lo que quieres?
Mi voz enérgica y mi actitud segura debieron de sorprenderle pues
parte de su sonrisa se borró de su cara.
—Solo quiero hablar para llegar a un acuerdo.
—No sé de qué quieres hablar conmigo. Yo no tengo nada que
decirte.
Tom se me quedó mirando fijamente, como si tratara de averiguar si
le estaba diciendo la verdad o no.
—Es posible que tú no sepas nada, pero no voy a desaprovechar esta
oportunidad —tratando de parecer tranquilo se sacó un cigarrillo y lo
encendió—. Hablar con ese novio tuyo es demasiado arriesgado para mi
salud, y prefiero hablarlo contigo.
Tuve ganas de sonreír por su cobardía. Sin lugar a dudas, a un hombre
como él le resultaría más ventajoso arrinconar en un lugar solitario a una
mujer a la que podría dominar, antes que enfrentarse con un hombre más
fuerte y que podría destrozarlo a golpes.
—¡Entonces hablemos! —le dije sin bajar mi mirada y sin
demostrarle debilidad.
Si pensaba que al tratar conmigo lo iba a tener más fácil se iba a llevar
una gran sorpresa, pues ya no era la misma mujer de antes.
—Éste no es un lugar muy agradable, ¿qué te parece si vamos a tomar
algo?
Durante unos segundos barajé la posibilidad de ir a un bar o a
cualquier otro sitio que fuera público, pero no me fiaba de él, y lo único que
quería era que toda esta situación acabara lo antes posible.
—Di lo que tengas que decir y márchate.
Tom dio una calada a su cigarro y sonrió ante mis palabras. Se notaba
por su mirada que no se esperaba a una mujer fuerte y decidida, sino a la
insegura Mary que había conocido en el pasado y de la que se había
aprovechado. Su cara de desconcierto me hizo ganar en seguridad, y mi
cuerpo consiguió relajarse un poco.
—¡Vaya, vaya! ¡Cómo has cambiado! ¿Quién me iba a decir que esa
muchacha ingenua iba a convertirse en una gatita con uñas?
Sus palabras fueron acompañadas de una lánguida mirada por mi
cuerpo que me hizo sentir repulsión. Solo de pensar en lo estúpida que había
sido al creerme enamorada de él, me hizo comprender lo equivocadas que
estaban mis emociones respecto a ese hombre. Me di cuenta además, de lo
mucho que se diferenciaban mis sentimientos hacia Christian, pues era como
comparar la noche con el día.
Ante mi silencio, volvió a darle una calada a su cigarro, y sonrió con
su acostumbrada chulería que ahora me parecía repulsiva.
—¡Está bien, como tú quieras! —comentó con un tono de desdén.
La tensión cada vez era más pesada y solo quería que todo acabara
cuanto antes. Ignoraba que pretendía contarme pero estaba segura de que no
me iba a gustar.
—Te he estado vigilando y he visto que las cosas te van muy bien.
—¿Y eso qué tiene que ver contigo?
—¡Todo! —El tono enfadado de su voz me indicó que la
conversación tranquila había acabado—. El cabrón de tu novio te está dando
todo lo que me está quitando con mentiras, y encima va de héroe prepotente
al ponerlo a tus pies.
—¡No sé de qué me estás hablando! Christian no me está dando nada
tuyo.
—¡Ah, no! ¿Crees que soy gilipollas?
Su voz arrogante y su postura tensa me indicaron que había perdido la
calma, y sabía por experiencia lo peligroso que se podía poner cuando se
alteraba. Se me acercó y me cogió con fuerza del brazo, tirando hacia él para
acercarme a su lado. Sentí su aliento en mi cara y pude distinguir la rabia en
sus ojos.
—Ese tipo te ha puesto una agencia como la mía y me está hundiendo
para pasarte mis clientes.
Me solté con brusquedad de su agarre para enfrentarme a él con
rotundidad. No estaba dispuesta a verme pisoteada de nuevo por ese hombre,
que tanto daño me había hecho en el pasado por culpa de sus mentiras, y
mucho menos iba a consentir que insultara a Christian, o que ensuciara su
imagen con vulgares acusaciones.
—¡Yo no necesito nada tuyo! Te recuerdo que soy diseñadora
diplomada, y en cuanto a la agencia eso es cosa mía, no tiene nada que ver
con Christian.
—¿Crees que me lo voy a creer? Ese tipo tiene dinero y poder para
hacer lo que quiera, mientras que tú eres una muerta de hambre. Y ahora lo
que ese quiere es tener a su putita contenta para abrirle bien las piernas —se
me quedó mirando de una manera tan despectiva que me hizo sentir arcadas
—. ¿O acaso vas a hacerme creer que esa agencia no es tu premio por
calentarle la cama?
Me sentí tan ofendida, que por un momento vi todo de rojo debido a
la furia que me comía por dentro. ¿Cómo se atrevía a insultarnos de esa
manera? Si quería meterse conmigo lo enfrentaría, pero no iba a permitirle
que dijera esas cosas de Christian.
Alcé mi mano para abofetearlo, pero de pronto recordé lo caro que me
salió el golpe la última vez. Sabía que Tom era una persona impulsiva y
vengativa, por lo que mi bofetada le haría perder los estribos y quedaría sola
ante él. No quería volver a estar entre sus manos y decidí calmarme. Debía
ser inteligente y alejarme de él, por lo que me interesaba que no se alterara.
—¡Si eso es todo lo que tienes que decirme la conversación se ha
acabado!
Disimulé mi miedo, y traté de girarme con toda la dignidad y
seguridad que pude reunir. Él debió de sorprenderse, pues por un segundo no
supo qué hacer, y se quedó parado y en silencio observándome. Tiré de mi
brazo para que me soltara pues su sujeción me impedía alejarme, pero él no
quiso deshacerse de mi agarre y me apretó con más fuerza para que no me
marchara.
—¡Espera! —exclamó tirando de mi brazo hacia él—. ¡Lo siento!
Llevo unos días muy duros.
Giré la cabeza para mirarle pues me extrañaron sus palabras. Quería
mirarle a los ojos para comprobar si de verdad se estaba calmando y solo
quería hablar, o si por el contrario se trataba de una trampa para engañarme y
retenerme a su lado.
—¡Eso no te da derecho a hacerme daño! —le solté tirando otra vez
de mi brazo para intentar soltarme.
—Solo quiero acabar con todo esto y vivir tranquilo.
—¡Entonces, suéltame!
Tom acercó tanto su cara a la mía que noté su aliento, sintiendo
arcadas por su cercanía y por los recuerdos que me evocaba. Reuniendo todas
mis fuerzas, pues mis piernas comenzaban a temblarme, me retiré de él todo
lo que pude mientras le veía sonreír ante mi debilidad y me decía:
—¿Para que te marches sin escucharme?
Cuando vi como ampliaba su sonrisa y noté el agarre en mi brazo más
fuerte, supe con toda seguridad que no pensaba soltarme, y que la
conversación era solo una excusa.
—Ahora vamos a hablar los dos tranquilamente, y si me complace lo
que acordemos, entonces te dejo marchar.
La fría mirada de sus ojos recorrió mi cuerpo, haciéndome sentir
asqueada y furiosa al reconocer el deseo en ellos. Me quedé mirando su
rostro con toda la frialdad que me fue posible, ya que quería demostrarle que
no le tenía miedo y que esta vez no le sería tan fácil doblegarme.
Fue entonces cuando el sonido de un puño chocando contra la carne
irrumpió en el silencio. Un segundo después el cuerpo de Tom cayó al suelo,
y comprendí que sin darnos cuenta alguien se había acercado hasta nosotros
mientras discutíamos, y le había dado un puñetazo en la cara a mi ex jefe
derrumbándole contra el suelo.
Noté un movimiento a mi lado y de inmediato unos brazos fuertes me
aferraron a un cuerpo que conocía. Por su olor, su forma y la respiración
acelerada, comprendí que ese hombre que había golpeado a Tom y ahora me
sostenía era Christian.
—¿Estás bien pequeña?
Escuchaba el galopar de su corazón y sentía en temor en su voz.
Christian había venido en mi ayuda y ahora estaba preocupado por si había
llegado tarde, y me había hecho daño esa copia defectuosa de hombre. Lo
abracé con todas mis fuerzas mientras negaba con la cabeza y sentí como
algo en mi interior se llenaba.
«Nunca más iba a estar sola, nunca más iba a estar indefensa y nunca
más iba a estar asustada, pues ahora tenía a mi lado a alguien que me amaba y
protegía», pensé al mirarle y ver su preocupación.
—¡Te avisé que si te volvía a ver cerca de ella te mataría!
La voz fría y áspera de Christian me asustó. No porque tuviera miedo
de él, sino porque sus palabras sonaban sinceras y no quería que se metiera en
problemas por mi culpa.
Me solté de sus brazos y le miré a los ojos.
—¡No Christian!
Debió notar el temor en mi semblante o en mi mirada, pues volvió a
abrazarme con fuerza contra su pecho.
—¡Tranquila preciosa! —susurró en mi oído para indicarme que su
amenaza no iba en serio.
—¡Oye, no quiero más problemas! ¡Solo he venido para hablar!
Escuché a mis espaldas a Tom que sonaba más asustado que yo. Él no
conocía la verdadera forma de ser de Christian, ya que solo sabía que era un
hombre famoso por su frialdad y con una reputación sombría.
—Entonces, haber hablado conmigo y no haberte presentado como si
fueras un vulgar ladrón.
—Yo… déjame aclarar las cosas y me marcho.
—¡Está bien! Mary cariño sube al piso y espérame allí.
—¡No! —afirmé con rotundidad, ya que temía dejarles a solas.
—¡Mary, por favor!
Christian sonó firme, pero con un deje de súplica en su voz. Me cogió
de la barbilla para mirarme a la cara, suplicándome con sus ojos que me
pusiera a salvo.
—¡No! —insistí—. Esto también tiene que ver conmigo y quiero estar
presente —le dije tratando de hacerle ver que era importante para mí estar allí
—. ¡Lo necesito! —le susurré a modo de súplica solo para sus oídos.
Christian debió notar la necesidad que sentía por formar parte de esa
conversación, ya que asintió, y me rodeó con su brazo acercándome a su
cuerpo de forma protectora. Ese detalle me hizo sentir más segura, y quedé
pegada a él sintiendo su calor y su apoyo.
Fue en ese momento cuando, al mirar hacia atrás, pude ver a un
enorme hombre sujetando por el brazo a Tom. Su mirada de hierro, su altura
de dos metros y su corpulento cuerpo me indicaban, que ese desconocido era
mi misterioso guardaespaldas.
Lo que resultaba todo un enigma era descubrir cómo un hombre tan
imponente, me había pasado desapercibido en todo este tiempo. Sin duda
debía de tratarse de un profesional, o tal vez, debía empezar a prestar más
atención a todo lo que pasaba a mi alrededor.
—¡Empieza! —le rugió Christian a Tom.
He de reconocer que cuando Christian se enfadaba, asustaba hasta al
más valiente. Es todo un misterio como un hombre así nunca me inspiró
temor, y como desde el primer momento, solo pude ver su lado tierno y
amable. Un lado que el resto del mundo ignoraba que tuviera.
—¡Yo solo quiero que me deje en paz! —repuso Tom bastante
nervioso, y hablando con un respeto que no había mostrado antes—. ¡Mire!,
sé que usted está detrás de todos los problemas que he tenido en estos últimos
meses.
—¡De todos no!, algunos te los has buscado tú solito —le contestó
Christian hablándole cada vez con más frialdad, si es que eso era posible.
—Pero nada de todo esto hubiera pasado si no se hubiera metido de
por medio —afirmó Tom señalándome y con la cara roja por la furia.
—Te equivocas de nuevo. Nada de todo esto hubiera pasado si no
hubieras intentado asesinar a mi novia.
—¡Fue un accidente! ¡Estaba borracho y no me di cuenta de lo que
hacía!
La ceja de Christian se elevó indicando que no le creía ni una sola de
sus palabras, consiguiendo que Tom bajara su mirada, al darse cuenta de que
estaba jugando con fuego y podría acabar muy mal.
—¡Está bien!, admito que me pasé.
En esta ocasión fui yo la que solté un bufido a modo de queja.
Christian me apretó con más fuerza y Tom pasó a mirarme mientras seguía
hablando.
—Tú me conoces Mary, sabes que soy muy impulsivo y que…
—¡No metas a ella en esto!, lo que tengas que decir me lo dices a mí.
Por un momento Tom quedó en silencio midiendo sus palabras, o
evaluando el peligro que estaba corriendo. Estaba con dos hombres en un
garaje solitario mientras la tensión se iba acumulando, y con las ganas de
darle una paliza en los ojos de su adversario.
Viéndose en desventaja, levantó las manos en señal de paz.
—¡De acuerdo! Me merezco que quisieras darme un escarmiento,
pero al hundir mi empresa también estás fastidiando a mis socios.
—Yo no soy el que está hundiendo a tu empresa. Eso lo estás
haciendo tú mismo.
—¿Crees que soy imbécil? —preguntó indignado.
—¡Sí, lo creo!
La rotundidad de las palabras de Christian le cortó en seco. Nunca
nadie le había plantado cara de esa manera, y ahora empezaba a comprender
por qué decían que en los negocios el señor Taylor era implacable.
—¿Acaso creías que podías robar durante años sin que afectara a la
empresa? Tú y tus socios habéis estado gastando más dinero de lo que os
podíais permitir, y ahora no tenéis liquidez para las deudas.
—¡Pero si no nos hubieras robado clientes, no hubiéramos tenido ese
agujero en las cuentas! —exclamó enfurecido y mirándolo con odio.
—Yo no he tenido nada que ver con la pérdida de tu clientela. Cuando
te avisé de que te alejaras de nosotros, te dije que te pagaría con la misma
moneda. Tú intentaste quitarme lo que más quiero y yo te quito lo que tú más
quieres; tu dinero.
Me quedé mirándole asimilando lo que acababa de decir. «Yo soy lo
que más quiere». Sin poder evitarlo sonreí, pues sus palabras me aseguraban
que Christian me quería, como también lo hacía el estar defendiéndome con
uñas y dientes. Pasada esa sensación tan gratificante que recorrió mi cuerpo,
seguí escuchando y, me di cuenta de lo que estaban diciendo y desconocía.
Me hice una nota mental para recordarme que tenía una conversación
pendiente con mi caballero andante, que se empeñaba en ocultarme cosas,
como que estuviera en plena campaña para arruinar al hombre que me había
agredido.
—¡Sé que le has puesto una agencia a ella con mis clientes! —su cara
roja por la ira no anunciaba nada bueno.
Era cierto que conocía a Tom y sabía que tenía un temperamento que
enseguida se encendía, pero esta vez si no se controlaba le iba a salir caro.
—¡Te he dicho que la mantengas al margen! —la rotunda voz de
Christian nos dejó parados a todos.
Nunca había escuchado ese tono, y me alegraba que no me lo
estuviera diciendo a mí, pues no era bueno enfadarlo hasta ese extremo.
Christian se le acercó hasta colocarse a escasos centímetros de él y le soltó
con desprecio:
—Tu carácter irascible, tu mala gestión, tus continuos viajes con tus
amantes en vez de trabajar, y el dejar los encargos a medias, han sido las
causas de la pérdida de tus clientes.
Christian se alejó unos pasos de Tom que temblaba de impotencia; o
de miedo, y se me acercó cogiéndome la mano y apretándomela con fuerza.
Clavó la mirada en ese hombre despreciable que solo sabía echar las culpas a
los demás, y le demostró como un verdadero hombre afronta los problemas
de frente y con agallas.
—Mary es muy capaz de conseguir sus clientes sin la ayuda de nadie,
y mucho menos necesita los tuyos. Si hay algún culpable de que ahora estés
en la ruina, ese eres tú. Y ahora márchate antes de que pierda la paciencia y
haga algo de lo que luego me arrepienta.
Es posible que sus palabras fueran duras y el sitio un lugar poco
acogedor, pero su comentario me sonó como si fuera una declaración de amor
en medio de un campo de amapolas. Me hizo sentir valorada, fuerte y
protegida como nunca antes lo había sentido, pues mi fortaleza nacía de su
amor y confianza.
Por todo ello le amaba, por ser como es, en lo bueno y en lo malo,
pero sobre todo porque aunque fuera un hombre de apariencia dura, fría y
calculadora, no era ni violento, ni manipulador, ni cobarde. Él conocía sus
límites y nunca se aprovecharía de un débil, como también sabía controlar su
furia y entregarse por entero a la persona amada.
Por otro lado, Tom se quedó paralizado al no saber qué hacer. Nada
había sucedido como lo tenía planeado, ya que no había conseguido sacar
ningún provecho de tener a esa mujer al alcance de su mano. Se había creído
victorioso cuando vio la oportunidad de tenerla acorralada en el garaje, pero
no había contado con que ella le plantara cara y que su protector llegara tan
pronto. Y ahora no sabía muy bien qué hacer pues no podía marcharse sin
más y perder esta oportunidad.
Christian debió darse cuenta de que dejar el asunto sin solucionar no
arreglaba nada, y no estaba dispuesto a seguir viviendo preocupado por la
seguridad de Mary. Ella era lo más importante, y si tenía que claudicar para
verla segura, lo haría sin dudar. Solo de pensar que ella estuviera en peligro
le paralizaba el corazón a causa del miedo y no podía arriesgarse a que algo
malo le pasara.
—Si te marchas del país pagaré todas tus deudas, y te daré dinero para
que empieces de nuevo.
—¡No! —Grité enojada ante esta oferta sin sentido—. ¡No puedes
hacer eso!
La sonrisa de Tom me causó un escalofrío de indignación y rabia.
—¡No lo voy a permitir! —solté cada vez más enfadada.
Christian me llevó a parte para hablarme en privado, y cogió mi cara
entre sus manos para tratar de calmarme y que le escuchara.
—¡Cariño, solo es dinero! —me susurró con voz calmada, con el
único propósito de serenarme, y de hacerme comprender a qué nos
enfrentábamos.
—¡Pero no puedes permitir que se salga con la suya! ¡Se está
aprovechando de ti!
La furia que crecía en mí, acompañada de todo lo pasado y
escuchado, hicieron que las lágrimas empezaran a bañar mi rostro.
—¡Confía en mí! —Christian suspiró y juntó nuestras frentes—. Solo
quiero que estés a salvo, ¿no te das cuenta de que no podemos seguir
viviendo con el temor de que vuelva a aparecer en cualquier momento? Ese
hombre está desquiciado, y no parará hasta que consiga lo que quiere o te
cause un daño irreparable —con la voz tomada me habló en un suspiro—: ¡Y
no soportaría algo semejante!
Al apartarse noté el sufrimiento en su mirada, consiguiendo que me
sintiera miserable al no haberlo visto antes. Era algo que llevaba ocultándome
tanto tiempo que lo estaba consumiendo, sin que me hubiera dado cuenta, y
ahora al detectarlo me hacía sentir culpable por no haberlo sabido antes, pero
sobre todo por no haber podido consolarle. Sin embargo, ahora sí podía
hacerlo, pues como él me estaba diciendo había llegado el momento de poner
fin a todo lo malo, y dejar atrás un pasado que nos estaba dañando.
Me guardé todo mi odio, mi furia y mi frustración para dejarlos
encerrados en el olvido y no volver nunca más a recordarlos. A cambio abrí
las puertas de mi alma para la esperanza, el perdón y la valentía, para así
poder tener un futuro cargado de amor y no de rencor y odio. Pero sobre todo
para tener la certeza de que con ello Christian se podía quitar este peso que le
atormentaba, y no se merecía.
—¡Tienes razón Christian, es solo dinero! —Le besé con ternura
mientras me guardaba las ganas de luchar contra Tom—. ¡Ya es hora de ser
felices!
Sonreí para darle mi apoyo como él me lo había dado antes y a
cambio recibí una pequeña sonrisa.
—¿Entonces vas a pagar las deudas de la empresa?
La voz chillona de Tom nos devolvió a la realidad y nos hizo dar
cuenta de donde estábamos. Por un momento el mundo se había detenido solo
para nosotros, pero ahora otra vez volvía a girar.
Ambos nos volvimos para mirarlo y no me gustó la sonrisa triunfal de
su cara.
—¡No soy imbécil Alenn!, solo voy a pagar tus deudas, las de tus
socios que las pague otro.
—¡Está bien! —Tuvo que conformarse Tom—. Me pagas las deudas,
acordamos una cantidad y me voy del país.
—¡Así es!
Tom extendió la mano para cerrar el trato y Christian volvió a
acercarse a él para estrechársela.
—Pero si me entero de que regresas, te las tendrás que ver conmigo y
no te valdrá ninguna excusa.
Mientras decía estas palabras debía de estar apretándole la mano con
fuerza, pues éste estuvo retorciéndose de dolor hasta que Christian se la soltó.
Fue entonces cuando chilló y se cogió la mano dolorida con la otra para ver
los daños.
—¡Me has roto la mano! —aulló colérico.
—¡Aún no, pero si no te marchas de inmediato además te romperé las
piernas!
Con un solo movimiento indicó al guardaespaldas que se ocupara de
ese sujeto, mientras Christian cogía mi mano con suavidad y nos alejábamos
hacia los ascensores.
Me volví para mirar qué estaba pasando, y vi como ese hombre tan
grande cogía por detrás del cuello a mi ex jefe y lo sacaba del garaje como si
fuese basura. Sonreí ante esta imagen, y me sorprendió la facilidad que tenía
ese individuo musculoso para pasar desapercibido con lo enorme que era.
Me volví dejando atrás de forma definitiva el pasado, y caminé
decidida junto a Christian rumbo a nuestro hogar. Me sentía liberada de un
gran peso y respiré aliviada. La época de los miedos definitivamente había
acabado.
CAPÍTULO NUEVE

Entramos en el piso en silencio y cogidos de la mano. Christian se


mostraba protector, como era típico en él, y trataba de parecer tranquilo
aunque se notaba que estaba preocupado por mí. Me guió hasta el sofá del
salón con su mano quemando en mi espalda, donde me indicó que me sentara
con un gesto de la mano.
—¿Quieres tomar algo, agua, vino?
—¿Qué vas a tomar tú? —le pregunté mientras tomaba asiento.
—Whisky —afirmó con una sonrisa socarrona.
—Entonces tomaré otro —le indiqué sonriente.
—¿Estás segura? —me dijo sorprendido.
Asentí con un movimiento de cabeza, y me acomodé en el sofá
relajándome a la espera de mi bebida, mientras observaba como Christian se
ocupaba de prepararlo todo. Con el susto y los nervios no me había
preocupado del dolor de cabeza, pero temía que en cualquier momento éste
volviera a aparecer, después de la experiencia tan amarga que acabábamos de
experimentar.
—Aquí tienes preciosa.
Le cogí el vaso y di un buen sorbo, lo que me provocó la tos, pues no
estaba acostumbrada a los licores fuertes. Christian no sabía si reír o
preocuparse por mi cara roja como un tomate y mi tos insistente. El pobre se
sentó a mi lado para darme palmaditas en la espalda, esperando a que me
calmara y volviera a coger aire en los pulmones.
—¡Estoy bien! —le garanticé cuando la tos se calmó un poco.
Miré mi vaso con un poco de asco, y decidí que por el momento había
tenido bastante. Christian debió pensar lo mismo, pues lo cogió y lo depositó
sobre la mesita, junto al suyo ya vacío.
—¿Cómo te encuentras? —me preguntó preocupado.
—¡No ha sido nada! ¡No estoy acostumbrada al whisky!
—No me refiero a eso —su seria mirada me indicó a qué se refería.
—Me encuentro bien. Solo fue un susto —le aseguré ya que
realmente así me sentía.
—Vi cómo te agarraba con fuerza del brazo. ¿Te hizo daño?
Con suavidad retiró un mechón de mi cabello y lo pasó por detrás de
mi oreja. Me estaba mostrando con su mirada un inmenso cariño, haciéndome
sentir unas ganas enormes de fundirme entre sus brazos.
—¡No!, quizá solo me quede un moratón —le dije quitándole
importancia, aunque no funcionó, ya que su gesto se crispó y su mirada se
enfrió hasta llegar a congelarse.
—¡Si te vuelve a tocar lo mato!
—¡Tranquilo Christian! ¡Olvidémonos de él! —le pedí, pues no
deseaba continuar con ese asunto al saber lo mucho que le alteraba.
—¡Está bien! —Se acercó a mí y me besó con dulzura.
Me dio la impresión de que me trataba con más delicadeza de lo
habitual, como lo hizo tras el ataque, y comencé a preguntarme qué podría
estar pasándole por la cabeza. Tal vez pensaba que al volver a verlo y
sentirme en peligro mis temores regresarían, pero esto no había sucedido.
Me dejé llevar por su ternura y apoyé la cabeza en su hombro,
mientras me envolvía con sus brazos sumergiéndome en una sensación
maravillosa, al sentirle tan próximo y cercano. Suspiré sabiendo que tenía que
abrirme a él, y contarle como me estaba sintiendo en este instante, pero sobre
todo asegurándole que esa Mary asustada del pasado ya no existía.
—Christian me ha pasado algo muy curioso cuando lo he tenido
delante. Al principio he sentido miedo, pero después se ha transformado en
rabia y he dejado de temerle.
—Eso está bien mi ángel —me contestó abrazándome con más fuerza.
—No sé si ha sido por la terapia que ha hecho que algo dentro de mí
cambiara, pero ya no le veo como al monstruo que me acecha entre las
sombras, sino solo como a Tom, mi engreído ex jefe.
Christian me escuchaba en silencio, pero notaba la tensión de su
cuerpo y las caricias de consuelo que recorrían mi brazo. Nos quedamos unos
segundos en silencio, hasta que no soporté más su mutismo.
—¿En qué piensas?
Tuve que esperar unos segundos hasta poder escuchar su respuesta.
—Sé que lo que te voy a decir no te ayuda, pero no puedo dejar de
pensar… si te hubiera pasado algo no me lo habría perdonado nunca.
Me incorporé para mirarlo y vi un profundo dolor en sus ojos.
—¡Tú no tienes la culpa de nada!
—¡Juré que te protegería! —me dijo con tanto dolor en su voz que mi
corazón estuvo a punto de quebrarse.
—¡Y lo has hecho!, llegaste cuando más te necesitaba —le aseguré
mirándole con toda la ternura que fui capaz, y con la convicción de estar
diciéndole la verdad.
—Mary tú no lo comprendes —sonaba tan decaído que me asusté.
—¡Deja ya de lamentarte! —exclamé enojada mientras me
incorporaba—. No soy ninguna niña que necesita que le protejan a todas
horas.
Me arrodillé ante él y le cogí de las manos.
—Permite que me enfrente a mis problemas. Ahora sé que soy fuerte
y puedo con ellos, pero debes dejar que los solucione por mí misma.
Christian apretó mis manos y levantó su mirada hasta encontrarse con
la mía.
—Lo sé, pero necesito hacerlo. Necesito saber que estás a salvo y que
puedo protegerte —me dijo con sus ojos cargados de dolor y súplica.
—Y lo haces. Estando a mi lado me das el coraje que necesito para
enfrentarme al mundo, aunque no estés presente.
Me acerqué más a él colocándome entre sus piernas.
—Sé que tú siempre vas a estar ahí, ayudándome, pero tengo que
hacer algunas cosas por mí misma. ¿Lo comprendes?
Christian asintió y me cogió sentándome entre sus piernas.
—Claro que lo comprendo, y eso hace que te ame más
Nos besamos con la ternura, la pasión y la entrega de unos
enamorados que acaban de abrir sus corazones. Era maravilloso sentir como
otra persona te ama y te entiende, y como desea tu bienestar por encima de
cualquier cosa, entregándose a ti por entero.
Sin querer romper la magia que nos envolvía, pero con un deseo cada
vez mayor por enterarme de todo lo que me había ocultado, decidí poner un
toque de humor y así sonsacarle la información con la astucia propia de una
mujer.
—¡Aunque no vas a librarte de contestar a algunas preguntas!
Christian me sonrió y noté como la tensión de sus hombros iba
desapareciendo.
—¿Qué quieres saber?
—¡Todo!, pero empezaremos por lo referente a ese guardaespaldas.
¿De dónde lo has sacado?
Ambos nos reímos y me bajé de sus piernas para acomodarme a su
lado en el sofá, aprovechando para quitarme los zapatos de tacón. Él soltó
uno de sus típicos gruñidos de protesta, pero tuvo que aceptar perderme de
entre sus brazos.
—Me lo recomendó tu cuñado —me respondió mientras observaba
mis movimientos.
—¿¡Alan!?
Christian asintió, y cogió mis piernas para colocarlas sobre las suyas,
comenzando a masajear mis pies. Me quedé pensando en sus palabras, hasta
que le vi la lógica.
—Me imagino que al ser abogado conoce a mucha gente.
—Posiblemente —me confirmó.
—¡El tipo es buenísimo!, no me di cuenta para nada que me seguía.
—Sueles ser muy despistada —me contestó sonriendo.
—¡Eh! ¡No soy tan despistada! —protesté intentando incorporarme,
pero estaba demasiado a gusto como para abandonar mi postura y volví a
recostarme.
Christian se rió negando con la cabeza y siguió con sus masajes.
—Cariño, lleva meses siguiéndote a todos lados y ni te has enterado.
Me quedé callada intentando recordar si había notado algo extraño en
esos meses, pero he de reconocer que no había visto nada raro a mi alrededor.
Así que opté por olvidarlo.
—¿Desde cuándo me sigue?
—Desde el día después de tu ataque.
Sus palabras me sorprendieron. Él debió notarlo pues siguió
explicándose.
—No iba a dejarte sin protección estando ese loco suelto. No podía
arriesgarme.
—¿Por qué no me dijiste nada? —mi tono jovial había desaparecido.
—No quería que te sintieras incómoda con alguien siguiéndote a
todas partes, y por eso tu familia y yo decidimos que te lo contaríamos más
adelante, cuando te sintieras más fuerte. —Christian suspiró y siguió
diciéndome—: De todas formas tenía intención de decírtelo en breve ya que
no soportaba que hubiera un secreto entre nosotros.
—¿¡Mi familia lo sabía!? —pregunté incrédula pues no me lo había
esperado.
—Sí.
Me quedé callada reflexionando. Sabía que lo habían hecho pensando
en mi bienestar, pero me molestaba que hubieran tomado decisiones a mis
espaldas que me afectaban de forma directa.
—¡No te enfades con nosotros!
—Sabes que no podría hacerlo pero…
Christian se movió colocándose a mi lado. Ambos estábamos
recostados en el amplio sofá, pegados, mirándonos a los ojos.
—¿Crees que me hubiera marchado dejándote aquí sin protección?
Ahora que lo pensaba, resultaba extraño que se hubiera ido sin más.
Debía de haber sospechado algo pues Christian es muy posesivo y protector,
pero el dolor de perderlo me hizo desentenderme de la realidad.
—¡Gracias por cuidar de mí! —le dije en un susurro.
Christian me acarició la cara con una suave caricia, mientras me
miraba con unos ojos cargados de amor.
—Gracias a ti por dejar que te cuide y por perdonarme al tener un
secreto entre nosotros.
Me sonrió y desaparecieron todas las quejas o reproches contra él.
Solo quedó mi amor y la gratitud de tener a alguien que se preocupaba por
mí.
—¿Tienes más preguntas o puedo ya demostrarte lo agradecido que
estoy?
Mi sonrisa se ensanchó y se volvió pícara.
—¡Aún me quedan unas cuantas!
Él gruñó haciéndome reír y me abrazó pegándome a su cuerpo.
—Entonces será mejor que te des prisa.
Juguetona hice como que me quedaba pensativa, aunque al notar su
miembro hinchado junto a mí, y sus manos recorriendo mi cuerpo, me
resultaba difícil concentrarme.
—Pensándolo mejor, no me queda ninguna pregunta —repuse
colocando mis brazos alrededor de su cuello para acercarlo.
Christian se colocó sobre mí sonriendo y me dio un tierno beso en la
nariz.
—¿Estás segura?
—Sí —confirmé muriéndome de ganas por sus besos.
—¿No quieres saber si es verdad lo que él dijo sobre sus clientes?
Mi buen humor desapareció y me quedé seria mirándolo. Era evidente
que esa pregunta era importante para él.
—Confío en tu palabra, y si tú le has dicho que no le robaste ningún
cliente, es que es cierto.
El brillo de sus ojos, y su deslumbrante sonrisa, me indicaron que mi
respuesta le había encantado, además de ser la que esperaba escuchar.
—Aunque… ¿Es verdad que hiciste algo para hundir su empresa?
Él suspiró y siguió contemplándome. Era como si no quisiera perderse
ninguna expresión de mi rostro, o como si tratara de averiguar si estaba
molesta con él por algún motivo.
—Hice correr el rumor de que tenían muchas deudas y no tenían
solvencia para pagarlas. Eso hizo que los acreedores se pusieran nerviosos y
les exigieran los pagos.
—Y como no tenían dinero en efectivo para pagarles… —seguí
diciendo.
—Quiebra —terminó él.
Sonreí al comprender su plan. Christian no arriesgaba nada y
conseguía su venganza, pues solo tuvo que mover algunos hilos y soltar
algunos comentarios donde sabía que serían escuchados.
—¡Eres un genio! —le dije riendo.
—Solo soy un hombre de negocios… —me besó con pasión—… que
cuida lo que es suyo.
—Ahora yo también soy una mujer de negocios —le indiqué mientras
él besaba mi cuello.
—Una sexy mujer de negocios —me contestó sumido en su entrega
de besos por mi piel.
De pronto sus caricias y mimos cesaron y se me quedó mirando muy
serio.
—¡Por cierto! ¿Por qué te fuiste antes de la agencia?
—No me encontraba bien.
Se retiró inmediatamente hacia un lado, y me miró como lo haría un
médico que estuviera examinándome para un diagnóstico.
—¿Estás enferma? ¿Te duele algo?
Sonreí al ver su preocupación, y al contemplar como me miraba de
arriba abajo, como tratando de encontrar algo fuera de lo normal.
—¡No!, solo me dolía un poco la cabeza, y me convencieron para que
saliera antes y descansara.
—¡No es bueno que trabajes tanto!
Traté de quitarle importancia al asunto, e intenté que siguiera con sus
besos, pero el pesado de mi novio se negaba a dar por terminado el asunto.
—Tienes que cuidarte, no tienes por qué ocuparte de todo tú sola, ya
que para eso tienes a dos ayudantes.
—¡Lo sé!, te prometo que cuando pase la inauguración, y todo se
calme, dejaré más responsabilidades a mis chicos.
Me miró, no muy convencido, pero sabiendo que cuando me
empeñaba en algo no daba mi brazo a torcer.
—¡Está bien!, después de la inauguración lo tomarás con más calma.
—¡A sus órdenes jefe! —solté haciéndole el saludo militar.
Christian se rió de mi ocurrencia, volviendo la luz a sus ojos.
—¡Si de verdad fuera tu jefe, iba a enseñarte unas cuantas cosillas!
Su mirada se transformó en pícara, mientras empezaba a
desabrocharme la blusa con la mano libre, y sonriéndole le dejé hacer
mientras le contemplaba embelesada.
—Por cierto, ¿cómo sabías que estaba en el garaje? —le pregunté.
—John, tu guardaespaldas, salió detrás de ti cuando te marchaste del
despacho para seguirte sin interferir en tu rutina, aunque esta vez tuvo un
problema con el coche y te perdió.
De pronto algo cambió en el semblante de Christian al oscurecerse y
callar su relato. Me di cuenta de que me estaba observando detenidamente,
como si estuviera decidiendo si seguir contándome lo que pasó o callárselo.
Por suerte eligió la opción acertada, pues continuó con su historia.
—Hace unos días, se percató de que alguien solía aparecer por las
cercanías del piso cuando tú llegabas del trabajo, pero no consiguió ver de
quién se trataba, aunque pensábamos que podría ser tu ex jefe. Así que
cuando te perdió por culpa de la avería, no quiso arriesgarse a dejarte sin
protección, y tras llamar a la agencia preguntando por ti para informarse de
adonde te dirigías, me llamó para avisarme y sin pensármelo dos veces salí
corriendo.
—¿Viniste corriendo?
—Mi despacho no está muy lejos de aquí y no me paré a pensar en
coger un coche, solo corrí.
—Siento todo lo que se formó —le dije pasando mi mano por su
cabello como tratando de calmarle—. Debiste darte un buen susto.
Christian me miró serio, como si estuviera averiguando si estaba aún
asustada o no, pero al ver la sonrisa de mis labios se dio cuenta de que estaba
relajada, y decidió continuar con el tono desenfadado. Al fin y al cabo
ninguno de los dos quería volver a pasar por el susto que acabábamos de
experimentar, como tampoco queríamos volver a dar explicaciones de algo
que ya no podía evitarse.
Con esa sonrisa traviesa que tanto me gustaba me acercó más a él, si
eso era posible, y con voz seductora me susurró:
—¡Me asusté mucho! ¡Tienes que recompensarme!
Solté una carcajada y le di un beso rápido pero tierno.
—¡Eso está hecho!
Sin más dilación comencé a desabrocharme la blusa, para después
llegar hasta el cierre de mi sujetador y desabrochármelo. Todo ello con calma
y sin dejar de mirarle a los ojos.
La mirada de Christian se volvió lasciva, y sonrió al ver el premio a
su alcance. Tenía una cara tan concentrada en cada uno de mis movimientos,
y en mirarme los pechos, que me daban ganas de achucharlo con fuerza
contra mí y comérmelo a besos.
Mi fiero empresario parecía un gatito deseoso de comerse su tacita de
nata fresca. Apartando mi sostén y dejando mis senos al descubierto, se dio a
la glotonería de degustar tan delicioso manjar.
—¿Christian?
Éste soltó una especie de gruñido y estuve a punto de decirle que con
la boca llena no se hablaba.
—¿Te apetece un baño caliente con espuma?
Paró en seco y me miró muy serio.
—¿Quieres un baño de espuma?
—No es que me disguste lo que me estás haciendo —le dije tratando
de justificar mi petición—. Pero llevo deseando ese baño más de una hora.
Sin pensárselo dos veces se levantó dejándome tumbada en el sofá
semidesnuda.
—¡Sus deseos son órdenes, señorita! —Señaló terminando con una
reverencia—. No te muevas mientras voy a llenar la bañera.
Se agachó para darme un profundo beso que me hizo arder y me dejó
sola mientras se dirigió decidido a cumplir su misión.
Me miré y decidí que mi pinta no era muy romántica tirada en el sofá,
con la blusa arrugada y el sujetador levantado sobre mis rosados pechos. Así
que decidida me incorporé sentándome, y me quité la blusa y el sostén
dejando los senos al descubierto.
Christian llegó al salón en pocos minutos y se acercó hasta ponerse
delante de mí, para después colocarse de rodillas y mirarme muy serio.
—¡Has sido una niña desobediente!
Mis ojos se abrieron como platos ante su comentario. «¿Había sido
desobediente? ¿Cómo?».
—¡Te dije que no te movieras! —me informó al ver la duda en mis
ojos.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Mandarme a la cama sin cenar? —le pregunté
divertida y con un toque de ironía en mi voz.
Christian sonrió divertido, me abrió de piernas, y tiró de mí hasta
quedar ambos pegados.
—¡Ya se me ocurrirá algo! —fueron sus únicas palabras.
Decidido, prácticamente acabó de desnudarme con movimientos
tiernos, mientras no podía evitar contemplarlo. Era sin lugar a dudas el
hombre más sexy, arrogante y tierno que había conocido, bajo el cuerpo de
un Dios griego y con una envoltura de tipo peligroso.
Con la gentileza de un caballero, me ofreció su mano, la cual acepté
encantada, y me levantó con un ligero tirón. Se quedó mirándome durante
unos segundos a los ojos, como tratando de descubrir todos mis secretos.
Después, se agachó y puso su rodilla en el suelo, sin perder en ningún
momento el contacto visual conmigo.
Con suavidad y lentitud colocó sus manos a ambos lados de mis
caderas y me agarró las bragas de encaje bajándomelas hasta los pies,
deleitándose en su recorrido por mis piernas desnudas. Despacio y sin
perderse ni un solo detalle de mi piel, se incorporó, y me besó con absoluta
pasión. Ambos nos fundimos en un abrazo y nos dejamos llevar por el deseo
que cada uno sentía crecer en su interior.
Cuando conseguimos separar nuestras bocas, Christian me cogió entre
sus brazos, y sin decir una sola palabra, me llevó hasta la bañera donde quedó
demostrado que a los fieros gatitos les encanta el agua, pues el mío acabó
empapado y muy satisfecho.

***

Después de vivir una noche que nunca podré olvidar, de sentir un


amor tan inmenso que me oprime el pecho y me hace estremecer, después de
saber que soy todo su mundo y la causa de su felicidad, una idea se ha fijado
en mi mente de una forma tan férrea que no la puedo desterrar.
Llevo pensando en ella desde que en la madrugada sentí su cuerpo
acercándose al mío. Su abrazo rodeándome, su aliento en mi nuca y sus
palabras de amor susurradas, no me han dejado dudas de que algo debo hacer.
Durante las horas del alba, a la espera del nuevo día, la idea se ha hecho más
clara y la tengo casi decidida.
Una imagen va cogiendo forma, ya casi es mía, y por fin cuando
aparece el nuevo día, todo va teniendo sentido. Voy a pedirle a Christian que
se case conmigo, eso está decidido pero, ¿sabré cómo hacerlo?
—¡Buenos días preciosa!
Mis ojos tratan de enfocarlo, creía que estaba dormido, pero me doy
cuenta de que estaba mirándome recostado a mi lado y por ello sonrió.
—¡Buenos días!
—¿Cómo te sientes? —me pregunta sin dejar de observarme.
Ambos estamos tumbados frente a frente en la cama, con nuestras
cabezas sobre la almohada y sin querer perdernos ni un solo detalle de la
expresión del otro. Estamos casi tocándonos, sin ninguna barrera que separe
nuestros cuerpos desnudos.
—¡En el paraíso!
Sonreímos y él acerca su boca a la mía para besarme.
—Me encanta despertarme a tu lado —me dice susurrando, como si
temiera salir de un sueño.
—A mí también.
Se acerca más y me abraza. Siento su calor, su olor y su excitación.
Sus profundos ojos azules se clavan en los míos y percibo como todos mis
sentidos se condensan en sentirlo. Le aparto el flequillo rebelde de su frente y
me deleito contemplándolo. Ojalá se detuviera el tiempo en este mismo
instante para tenerlo junto a mí siempre.
—¡Te quiero!
Es lo único que soy capaz de decir al tenerle tan cerca y sentirle tan
profundo en mi corazón.
—¡Yo también te quiero, mi ángel!
Nos besamos con la pasión corriendo por nuestras venas, nos
abrazamos perdiéndonos en el tiempo que dura una eterna caricia, deseando
más, queriéndolo todo. Nunca antes lo he tenido más claro. Le pediré
matrimonio aunque quede extraño que sea yo quien se lo solicite. Pero debo
rectificar mi fallo y dar el siguiente paso. Él se lo merece, y si para ello tengo
que renunciar a mi sueño de verle de rodillas, será un pequeño sacrificio. Al
fin y al cabo ya me lo pidió hace poco y fui tan estúpida de estropearlo.
—Me encantaría hacerte el amor toda la mañana —sigue
susurrándome mientras está sobre mí.
—¡Ojalá pudieras!
—¿No puedes faltar unas horas? —su mirada suplicante hace que
deseé complacerle.
—Puedo llegar tarde, pero mañana es la inauguración y tengo muchas
cosas pendientes. ¿Te conformas con eso?
Suspira de forma exagerada haciéndome reír. Ese era mi hombre, el
temido, frío, arrogante y perfecto dios de los negocios y señor de mi corazón.
—¡Me tendré que conformar! —me dice tratando de parecer
resignado.
Una hora más tarde, tras hacerme una demostración de lo que esa
mañana me iba a perder, pusimos fin a nuestra aventura y regresamos a la
realidad. Ninguno quería dejar de abrazar al otro y de sentirlo, pero por
desgracia era el peor momento para alejarse del mundo y crear uno propio
donde pudiéramos desaparecer.
Christian, como cada mañana, fue el primero en levantarse, mientras
yo perezosa me resistía a dejar el lecho. Sin ganas de renunciar al cobijo que
me ofrecían las sábanas, me vi obligada a abandonarlas pues no podía
permitirme el lujo de llegar más tarde.
Tras una ducha fría, que conseguí darme tras echar a Christian del
baño, me despejé por completo y me vestí a toda prisa. Ya en la cocina,
sentados en la mesa para desayunar algo ligero e intentando hacer una rutina
normal, me di cuenta de que Christian me miraba con atención, como
tratando de averiguar si algo iba mal. Mastiqué mi tostada y procuré hacer
memoria, por si había algo que tuviera que contarle y no me había acordado.
—¿Te encuentras bien? —me preguntó.
Le miré algo sorprendida, pues no esperaba su pregunta, aunque era
verdad que estaba algo distraída en mis pensamientos. Aun así, resultaba
imposible que en tan poco tiempo hubiera descubierto mi idea de pedirle en
matrimonio, por lo que le dediqué mi mejor sonrisa y traté de disimularlo
mejor.
—¡Estoy genial!
—¿Estás segura? —me dijo mientras me examinaba despacio—.
Parece que estés algo…cansada.
—¡Estoy bien! ¡De verdad! Aunque esta noche me ha costado dormir
—le confesé guiñándole un ojo.
Su mirada preocupada me entristeció el corazón, pues lo que menos
pretendía era causarle pena o dolor. Christian debió notar como cambiaba mi
expresión, ya que se inclinó para cogerme la mano, y sentí su calor y su
cercanía dándome ánimos. Entonces comprendí que su mirada no se debía a
que hubiera descubierto algo, sino que era de lamento.
—¿Quieres que hablemos? —me preguntó—. Si te sientes mal por el
encuentro de ayer con ese hombre podemos…
—No, no es eso. Aunque te parezca extraño no siento miedo, ni
ansiedad, ni nada parecido. Además, no he vuelto a tener pesadillas desde que
volviste y dormimos juntos —apreté su mano con cariño para que viera que
hablaba en serio—. No me ha afectado volver a verle, él ya no tiene ese poder
sobre mí.
Christian sonrió encantado, al saber que estando a su lado me había
ayudado a afrontar mis temores. Sabía que era importante para él sentirse
necesario, y más tratándose de mí, ya que quería ser mi refugio, y con su
amor y su apoyo lo había conseguido.
—Siento que el encuentro de ayer me ha ayudado a pasar página —le
seguí diciendo—. Como acordamos ayer, ya es hora de olvidar el pasado y de
seguir adelante.
—Me alegro de que pienses así. Me encanta saber que la antigua
Mary ha vuelto.
—¿Aunque no pare de meterme en líos? —le pregunté con picardía.
—Aun así —me contestó sonriendo.
—¿Y aunque no te deje leer el periódico tranquilo por las mañanas?
Christian soltó una carcajada y me respondió:
—¡No sabes cuánto lo he echado de menos!
Ambos nos reímos y separamos nuestras manos para recoger los
desayunos. Cogí las tazas y las llevé al fregadero donde más tarde Rose lo
recogería más despacio.
—Hoy te libras porque llego tarde, pero a partir de mañana quiero que
sepas que no pienso rendirme y ese… —mis palabras fueron interrumpidas
por el azote que Christian me dio en las nalgas.
Le miré ceñuda por unos segundos, hasta que vi su sonrisa pícara y su
anhelo porque todo volviera a ser como antes. Me di cuenta de que yo
también lo había echado de menos, y decidí seguirle el juego unos minutos
aunque llegara tarde al trabajo. Le miré desafiante, y contemplé maravillada
como su sonrisa se ampliaba y se iluminaba.
«Este hombre era capaz de hacerme feliz con solo un gesto» pensé. Y
me costó todo mi empeño no lanzarme a sus brazos para perderme en ellos.
—¡Si vas a jugar sucio, hoy no salimos de aquí! —le dije tratando de
mostrarme seria y parecer que lo estaba regañando.
—¿Ah, sí? —repuso retador mientras daba unos pasos hacia mí.
Estaba tan cerca que casi nos rozábamos. Sin lugar a dudas quería
desafiarme, para así salirse con la suya y quedarnos en la cama toda la
mañana. Sonreí al pensar dónde había quedado ese hombre obsesionado por
los negocios que nunca descansaba, y se pasaba los días encerrado en su
despacho absorto en el trabajo.
—¡Señor Taylor, será mejor que se comporte! —volví a retroceder un
par de pasos mientras lo decía.
—¿Y si no? —me retó acercándose.
Traté de disimular mi sonrisa, la cual iba en aumento, pero me
resultaba difícil no caer en sus encantos. Hubiera deseado poder olvidarme de
todo y pasar el día junto a él, pero por desgracia era imposible.
Por eso, me planté frente a él con actitud decidida, y señalándole
ceñuda con el dedo le dije:
—Entonces tendré que tomar medidas drásticas y salir corriendo.
Christian se rió, aunque trataba por todos los medios de disimularlo.
Se le veía feliz y desenfadado, consiguiendo que yo también me sintiera
como él. Antes de que el juego continuara hasta que fuera imposible
resistirnos, suspiré resignada y me volví a alejar de él.
—¡Me voy antes de que sea demasiado tarde!
Temerosa de ser incapaz de alejarme me giré para marcharme, hasta
que noté como Christian me cogía de la mano para retenerme junto a él, ya
que al parecer, aún tenía algo que decirme.
—¡Te quiero!
Pero no fue un te quiero normal, pues en sus palabras se podía notar
un «gracias», un «te he echado de menos» o un «me haces tan feliz». Este te
quiero cargado de emociones, de ilusión y de amor, se clavó en mi pecho con
una fuerza tal, que dejó una marca en mi memoria que jamás podría olvidar.
Cada momento desde su llegada a mis brazos estaba siendo especial, y rogaba
al cielo para que continuara siéndolo para siempre, pues no podría soportar
perderle.
Con la garganta cerrada impidiéndome hablar, le sonreí con todo mi
amor y le besé demostrando mi te quiero con la dulzura de mis labios. Para
cuando nos separamos no quedaba nada más por decir, pues nuestro beso y el
fulgor de nuestros ojos lo decían todo.
Cogidos de la mano nos dirigimos al salón donde nos preparamos
para marcharnos. No quería pensar en que tenía que alejarme de su lado
cuando lo que más deseaba era estar con él. Cada vez se hacía más
insoportable el tenerlo lejos, ya que mi necesidad de él me estaba volviendo
loca.
Él debió de pensar en algo parecido, pues comenzó a hablar para
romper ese momento tan devastador para nuestros sentidos.
—¿Qué tal con tus ayudantes? ¿Todavía siguen llevándose como el
perro y el gato?
Bufé ante el recuerdo, aunque agradecí la distracción. Recordé el trato
que mantenían entre ambos de hablarse lo menos posible, y en coincidir lo
mínimo en el despacho que compartían. Sabía que entre Lisa y Ryan pasaba
algo, pero no quería inmiscuirme en sus asuntos privados, aunque entre Lisa
y yo estaba formándose una profunda amistad.
Le había contado a Christian algunos de sus encuentros verbales, así
como la cantidad de miradas perdidas que se repartían durante el día, por lo
que ambos coincidíamos que tarde o temprano pasaría algo que rompiera la
calma.
—Debo reconocer que estos últimos días parece que se llevan mejor.
Pero no quiero arriesgarme a dejarlos mucho tiempo solos —comenté.
—¡Espero que todo te salga bien y no terminen matándose!
—¡También yo lo espero! —con voz risueña continué diciendo—. No
quedaría bien para la imagen de la agencia que se terminaran estrangulando
mutuamente.
Ambos sonreímos y Christian, como el caballero que era, me esperó
con el abrigo en las manos para ponérmelo. Encantada, me dejé mimar.
—¡No, no quedaría bien! —Soltó convencido tras colocarme el abrigo
y besarme la nuca—. Recemos para que por lo menos tengan la decencia de
matarse después de la inauguración.
Me giré para darle un manotazo en el brazo, que como mucho debió
de hacerle cosquillas, mientras le decía:
—¡No seas malo!
Christian se echó a reír y me volvió a coger de la mano. Juntos
abandonamos nuestro hogar camino a nuestros trabajos, con algunas horas de
retraso pero feliz de tener al lado a la persona que hacía realidad nuestros
sueños.
CAPÍTULO DIEZ

El día de la inauguración había llegado. Faltaba una hora para que los
invitados aparecieran y todo estaba prácticamente preparado. Había quedado
con mi familia en que vendrían un poco antes para ayudarme, y estaba segura
de que no tardarían en llegar. Sobre todo Tilde, que no se perdería la
oportunidad de ordenar y organizar.
Christian estaba a mi lado tratando de calmar mis nervios, y
ayudándome con los pequeños detalles, guapísimo con su traje a medida y su
mirada seductora. No paraba de sonreírme y de decirme lo guapa que estaba
con mi vestido de cóctel negro, formado por un corpiño entallado y una falda
amplia que quedaba por debajo de mi rodilla.
Había elegido un diseño elegante y sencillo de gasa con tirantes
anchos que recordaba a los años cincuenta. Llevaba un escote en forma de
pico, según Christian demasiado pronunciado y según mi criterio recatado,
que le daba un aire más informal y sexy. Un conjunto de collar y pulsera de
oro eran mis únicos complementos, junto con unos sofisticados Manolos a
juego.
Toda la agencia estaba iluminada por las luces artificiales de las
lámparas, o por los últimos rayos del sol de marzo que se filtraban por las
ventanas. Me sentía eufórica y aterrorizada a partes iguales, y no dejaba de ir
de un lado a otro supervisándolo todo.
Lisa y Ryan también estaban a mi alrededor como pollitos
persiguiendo a su mamá gallina. Parecía que se llevaban mejor aunque de vez
en cuando alguno soltaba algún comentario malicioso. Los dos iban
impecables y elegantes y, aunque sabía que era algo imposible, parecían la
pareja perfecta.
El hall era donde se iba a concentrar todo el mundo, y por eso nos
habíamos esforzado en que diera una imagen profesional pero cálida, al igual
que las demás partes de la agencia. Había contratado un catering con un total
de tres camareros; uno para organizar y recoger, y los otros dos para ir por la
sala con una bandeja ofreciendo bebidas o canapés variados.
El trastero iba a ser su centro base, desde donde sacarían las bandejas
ya montadas y donde se apilaban las cajas con las bebidas, sobre todo de
champán. Acababan de dejarlo todo y se habían marchado un momento para
traer más botellas, pues Christian quería aportar unas cajas de whisky que al
parecer eran muy difíciles de conseguir y excesivamente caras.
Con el fin de recoger las cajas, y alguna otra cosa que Christian
mantenía como sorpresa, se marcharon dejándonos solas a Lisa y a mí, y fue
entonces cuando comencé a intranquilizarme. No sé si fueron los nervios, o la
cantidad de manzanilla que me estaba tomando para tranquilizarme, pero la
necesidad de ir al baño estaba empezando a ser molesta.
Mientras me lavaba las manos, y me miraba en el espejo para
comprobar que mi maquillaje y mi recogido estaban perfectos, me dije que
era una tontería preocuparme. Todo estaba saliendo a la perfección y no había
manera de estropearlo en tan poco tiempo; por desgracia había olvidado mi
tino para atraer a la mala suerte en los momentos más inoportunos.
Como era de imaginar el problema apareció cuando menos ayuda
tenía y menos tiempo quedaba para que llegaran los invitados, pues cuando
intenté cerrar el grifo éste se resistió. Por mucha fuerza con que lo intentara
esa maldita manecilla se negaba a obedecerme, mientras el agua no paraba de
salir a presión.
Poco a poco el agua fue aumentando su volumen en la palancana, al
mismo ritmo que aumentaba mi desesperación. Si no conseguía pararla en
pocos segundos se desbordaría y empezaría a caer por el suelo, justo cuando
faltaba media hora para abrir las puertas.
Sin saber qué hacer me quité un zapato y empecé a golpear el grifo
con él, como si fuera un martillo y no unos caros Manolos. La desesperación
se transformó en furia y ese grifo se convirtió en el centro de mi ira, al mismo
tiempo que el baño se inundaba cada vez más y mi intento para pararlo no
funcionaba.
—¡Dios mío! ¿Qué ha pasado?
Al oír la incrédula voz de Lisa no pude evitar soltar unas lágrimas, al
sentirme incapaz de hacer algo. Me aparté del lavabo desolada y me giré para
mirarla.
—¡Este grifo me odia! —le dije tratando de contener los nervios.
—Tranquila yo lo soluciono.
Sin pensarlo dos veces entró en el baño y empezó a revisar el grifo.
Luego, sin decir nada, se marchó del cuarto dejándome medio mojada, medio
descalza y medio maquillada, pues tenía el rímel corrido por culpa de las
lágrimas. El agua mojaba mis pies, y ya estaba a punto de salir del cuarto
para adentrarse en el pasillo, cuando, sin que nadie lo tocara, ésta se cortó y
todo quedó en silencio.
No podía pensar, ni reaccionar, y solo pude quedarme allí parada
mirando el estropicio que había organizado en pocos segundos. Lisa volvió
corriendo al baño, y al ver que todo había cesado sonrió, aunque su alegría le
duro poco en cuanto descubrió mi expresión abatida, y sin pensárselo dos
veces se acercó y me abrazó.
—Ya paró, no tienes porqué preocuparte
Solté entre sus brazos la tensión acumulada con mis últimos sollozos,
aunque mi curiosidad fue más fuerte que mi congoja, y tuve que preguntarle
cómo había conseguido que dejara de salir el agua.
—¿Cómo lo has parado?
—He cerrado la llave de paso.
En ese momento me sentí una verdadera estúpida por no haberlo
pensado, y mis deseos de llorar se multiplicaron hasta hacerse insoportables.
Lisa debió notar que me sentía fatal por no habérmelo figurado y trató de
consolarme.
—Es lógico que no te acordaras, estabas muy nerviosa. Además, a mí
me ha pasado tantas veces que ya lo hago de forma automática.
Sus palabras de aliento en tono burlón y su sonrisa sincera, hicieron
que me sintiera mejor por no haber ideado esa solución antes.
—Igualmente tienes que mirar el lado positivo —me dijo aún
sonriendo.
—¿Cuál? —le pregunté ya más serena.
—¡Te has desahogado con ese pobre grifo!
Las dos rompimos a reír consiguiendo que por fin la tensión saliera de
mi cuerpo. Ni la manzanilla, ni ver que todo estaba dispuesto, habían
conseguido relajarme tanto como golpear ese maldito grifo con mi zapato.
—¿Haciendo reformas de última hora?
La voz de Christian nos hizo girar para mirar hacia la puerta, donde
éste se encontraba observándonos con las manos en los bolsillos, seguido por
Ryan y mi familia. Todos me miraban fijamente con expresiones que
variaban con un: «Pero qué has hecho», «¿Cómo es posible que siempre se
meta en líos?» o un «Está visto que no puedo dejarte sola». Cansada de ser
siempre la patosa opté por seguir con la broma.
—¡He pensado que no le vendría mal un buen fregado!
Levanté la barbilla retándolos a contradecirme, consiguiendo que la
mayoría sonrieran, entre ellos Christian, que se acercó para ponerse a mi lado
y darme un beso en la frente. Tilde se hizo paso para ver la magnitud del
desastre y, como es normal en ella, no pudo callarse.
—¿Y para eso has tenido que golpear al pobre grifo con tu zapato?
Christian rodeó mi cintura con su brazo a modo de protección, no sé
si de forma instintiva o porque así lo deseaba, pero su toque fue justo lo que
necesitaba en ese instante.
—¿Estás bien? —me preguntó al oído con voz suave.
Me aferré a él suspirando y asentí con un leve movimiento de cabeza.
Rodeada de mis seres queridos me sentía feliz y mucho más tranquila, aunque
estaba algo abochornada al haber sido descubierta en otro de mis múltiples
desastres.
—¡Todo el mundo fuera! ¡Ya me ocupo yo de esto! —ordenó Tilde.
Cuando me solté de los brazos de Christian me di cuenta de que mi
hermana estaba a mi lado, e inmediatamente ésta me cogió la mano mientas
me indicaba sonriendo:
—Dejemos a Tilde al mando.
Asentí, pues sabía que en sus manos todo estaría solucionado en
pocos minutos, y me puse el zapato, que milagrosamente había sobrevivido a
los golpes, para salir junto a los demás del baño. Ya en el hall empecé a
saludar con un abrazo a todos, hasta que le tocó el turno a mi cuñado Alan, y
éste no pudo evitar meterse conmigo.
—¡Busca líos! —me llamó de forma guasona.
Sonreí por el apodo que siempre me decía cuando me metía en
problemas, y como ya era mi costumbre le saqué la lengua, ganándome otro
abrazo suyo.
Con tantas manos dispuestas a ayudar, en pocos minutos estuvo todo
impecable y el grifo arreglado. Viéndome rodeada por las personas que más
quería me propuse disfrutar de este momento, y olvidarme de todo lo malo
que podía pasar para arruinar la inauguración.
Centré mi pensamiento en que esta iba a ser una fiesta entre familia y
amigos, aunque al principio se centrara en la parte comercial. De este modo
me sentí mucho más relajada y dispuesta a enfrentarme a lo que fuera.
Cuando todo estuvo preparado y faltaban pocos minutos para recibir a
los invitados, Christian nos reunió en el hall y mandó a los camareros que
sirvieran champán; excepto a los niños que les pusieron un refresco. Sin
decirme nada, colocó su mano en mi espalda y me llevó hasta el centro de la
sala, sorprendiéndome al no saber qué se proponía. Cuando vio que todos
estaban en silencio y tenían sus copas preparadas, alzó la suya y se dirigió a
los presentes.
—Quiero hacer un brindis por Mary, una mujer que ha trabajado y
luchado por hacer su sueño realidad. Hoy solo es el primer paso de muchos
otros que seguro te llevaran al éxito. ¡Por la valiente, preciosa y algo patosa
Mary!
Todos sonrieron mientras elevaban sus copas y decían a coro:
—¡Por Mary!
Mi hermana elevó su copa y mirándome me dijo:
—Yo quiero agradecerte que quieras compartirlo con nosotros. ¡Por
Mary, la mejor hermana del mundo! —Sonriendo con malicia no pudo evitar
soltar un último comentario—, aunque no pueda evitar meterse en líos.
Todos soltaron una carcajada aunque a mí no me hizo ninguna gracia.
Christian que se encontraba a mi lado y vio mi cara de «Esta me la pagas
hermanita», me rodeó la cintura con su brazo y me atrajo hacía él.
—Nosotros también queremos hacer un brindis —señaló Ryan junto a
Lisa, con las copas de ambos alzadas—. Lisa y yo queremos brindar por
Mary, por ser una amiga antes que una jefa y, sobre todo, queremos
agradecerte la oportunidad de trabajar a tu lado. ¡Por Mary!
—¡Por Mary! —dijeron todos al unísono.
—¡Di unas palabras! —soltó Alan.
—¡Sí, que diga algo! —comentó Lisa, contenta con su segunda copa
de champán medio vacía.
—¡Que hable! —empezaron a decir todos felices.
Estaba emocionada y sentía como mi garganta se me iba cerrando. Me
sentía feliz al estar rodeada por unas personas que demostraban lo mucho que
me querían y lo importante que era para ellos. Incluso Lisa y Ryan, que
conocía desde hacía poco, ya se habían ganado mi amistad incondicional.
Christian me sonrió y me besó en la mejilla con dulzura para darme
ánimos. Tratando de contener las lágrimas alcé la copa, y dejé que el corazón
guiara las palabras que salían por mi boca.
—Quiero daros las gracias por acompañarme en esta nueva aventura,
pues sin vuestro apoyo nunca lo habría conseguido. ¡Sois maravillosos y os
quiero! ¡Por todos vosotros! —brindé emocionada.
—¡Por Mary! —aclamaron todos alzando las copas.
—¡Y dejar de brindar o vais a conseguir que nos emborrachemos
antes de que lleguen los invitados! —dijo Tilde muy seria consiguiendo que
los presentes rompiéramos en carcajadas.
En ese momento llamaron a la puerta y todos se giraron para mirarme.
Christian me apretó la mano y me dijo:
—¡Llegó tu momento!
Asentí y decidida me dirigí hacia la puerta para dejar entrar a los
primeros asistentes, dando de esa forma comienzo a la inauguración y a un
nuevo futuro. Por fin se iba a hacer realidad un sueño que creí imposible en el
pasado; tener mi propio negocio, pero además, contar con alguien a mi lado
con quien compartirlo.

***

Poco a poco los invitados fueron llegando hasta llenar el hall.


Algunos se quedaron un buen rato charlando y tomando algo; como fue el
caso del secretario de Christian que acudió con su esposa. Ellos fueron los
primeros en aparecer para ofrecer su ayuda, y estuvieron relacionándose entre
los presentes como si fueran mis relaciones públicas.
Otros invitados, por el contrario, solo se quedaron un rato para saludar
mientras se tomaban una copa y hablaban de negocios. Fue el caso de
contratistas y gente del gremio de la decoración, que se acercaron a conocer a
la nueva emprendedora.
También aparecieron colaboradores de Christian, Lisa y Ryan que
habían sido invitados y se mostraron muy interesados en participar en
proyectos conjuntos. Pero lo que nunca pude imaginar fue la aparición del
concejal de obras públicas, que acudió junto con la prensa, para dar un
discurso informal sobre la contribución de los pequeños negocios en el
desarrollo de la ciudad.
Al parecer era una de las muchas sorpresas que me tenía preparada
Christian, y el motivo de que trajera más bebida de la que yo creí necesaria.
Nunca pensé que la apertura de un pequeño negocio tuviera tanta
repercusión, y fuera del interés de tantas personas o incluso de la prensa. No
sabía si saltar de alegría por la buena acogida y la cantidad de trabajo que se
estaba acumulando, o por el contrario ponerme a temblar de miedo.
—¡Está siendo todo un éxito! —susurró en mi oído Christian.
Desde el principio no se había separado de mi lado y en ningún
momento me dejó fuera de la conversación. Me presentó con orgullo a
colaboradores y amigos, y se mostró reacio a dejarme sola por mucho que
requirieron de su presencia. Estaba siendo mi apoyo y mi maestro, al
mostrarme su faceta de hombre de negocios con años de experiencia.
Si ya antes le amaba con locura, hoy me estaba dejando claro que
estábamos hechos el uno para el otro. Sonreí ante su mirada complacida y
deseé estar a solas, para agradecerle sin palabras todo lo que estaba haciendo
por mí.
El tiempo iba pasando y nuestro círculo era cada vez más amigable.
En ese momento estaba acompañada por mi hermana Sarah, Alan, Christian y
un par de contratistas. Todos inmersos en una charla sobre cómo había
cambiado la ciudad en unos pocos años, cuando me percaté por primera vez
de la ocupación de Tilde.
Desde el principio había estado supervisando tanto a los dos
camareros que recorrían la sala ofreciendo bebidas y canapés, como al que
reponía en la barra, controlándolos como si fuera el mismísimo general
Patón. No sé lo que en ese momento acababa de decirles, pero no debió de ser
nada bueno para ellos, ya que estos la miraron como si acabaran de ser
enviados a una misión suicida.
—Lleva así desde el principio —escuché decir a Sarah bajito.
—Pues como siga presionándolos de esa manera van a marcharse o a
romper a llorar.
—Creo que ya han llorado, por lo que te recomiendo que vigiles la
puerta para evitar que se escapen —me contestó y ambas reímos.
Tilde vigilaba que no hubiera nadie sin una copa en la mano y era
intransigente en dejar un vaso vacío en cualquier lugar. Todo ello mientras
charlaba amigablemente con los invitados, y cuidaba a mis sobrinos que
estaban pintando en la sala de juntas. Con una sola mirada indicaba a los
camareros lo que tenían que hacer y no les permitía que se retrasaran en su
cumplimiento. Era algo digno de ver cómo caminaba como una gran dama
por la sala sin perder la sonrisa, a la vez que lanzaba miradas asesinas a los
camareros cuando encontraba a alguien sin una copa en la mano, o los veía
descansando sin permiso.
—¡No sé cómo lo hace, pero la verdad es que funciona! —le dije
—La fiesta está siendo un éxito —me aseguró mientras la
observábamos.
—Sí, todos me preguntan cómo he podido lograr tanto espacio
disponible sin resultar agobiante —le comenté.
—Haber montado un bufé en la sala de juntas ha sido una idea
brillante, sobre todo para evitar que se acumulen los invitados en el hall.
—Fue idea de Tilde. Me dijo que dejara el asunto en sus manos y no
me preocupara.
—¡Muy típico de ella!
Miré a mi alrededor y vi gente sonriendo, bebiendo, comiendo,
hablando y en general pasándoselo bien. Las horas habían pasado muy
deprisa y a este ritmo pronto la velada llegaría a su fin. Pero aún quedaba lo
mejor por llegar pues, tras escuchar ruido proveniente de la puerta de entrada
me giré, y vi a mis amigas del grupo de terapia entrando.
Crystal, Claire, Wendy y Joan con su eterno bolso habían venido y se
estaban acercando a mí.
—¡Hola Dormilona! —fue lo primero que soltó Crystal antes de
darme un fuerte abrazo que me pilló por sorpresa.
Christian se nos quedó mirando con una ceja alzada, como
preguntándome a qué venía eso de dormilona. Le hice un gesto diciéndole
«Ya te explicaré» y salí del abrazo de mi amiga para caer en los de otra.
—¡Todo está perfecto! —Señaló Claire—. Y tú mírate, ¡estás
preciosa!
Miré a mis amigas y no pude evitar emocionarme porque hubieran
venido a verme en este momento tan importante. Sabía que ellas siempre
estarían protegiéndome, sobre todo Crystal y Claire al ser con las que mejor
me llevaba, pero al ver que su apoyo no se quedaba en palabras, sino que lo
estaban haciendo de verdad, me hizo sentir llena de orgullo al poder contar
con ellas.
—¡Tú sí que estás preciosa! —le contesté agradecida.
—¡Me encanta como ha quedado todo! —fue el turno de la tímida de
Wendy, sorprendiéndome al haberme dado su opinión sin tapujos, ya que era
algo muy poco frecuente en ella.
—¡Muchas gracias por venir! ¡Ha sido un detalle! —le dije encantada
de que estuviera conmigo.
—¿No pensarías que te íbamos a dejar sola? —el abrazo de Joan y su
sonoro beso me hicieron sonreír.
—¡Mira qué lujo, champán! —dijo ésta soltándome de golpe para
coger una copa.
—¡Esto está buenísimo! —dijo Claire.
—Oye Joan, ya que te has traído tu bolso, por qué no coges a uno de
esos hombretones y lo escondes dentro —todas nos echamos a reír por la
ocurrencia de Crystal.
—Ten cuidado a quién escoges, ya que algunos están cazados —le
avisé divertida.
—Con el que está al lado del tuyo me conformo —me respondió
Crystal para seguir con el juego, aunque en realidad toda sabíamos que desde
la agresión no le gustaba estar cerca de ningún hombre y solo bromeaba con
ello.
—¡Ese ya está cogido! —dijo mi hermana mientras se nos acercaba.
—¡Chicas! No sé si os acordáis de mi hermana Sarah.
—¡Claro que sí!
—¡Por supuesto!
—Gracias por haber venido, sé que le hace mucha ilusión a mi
hermana el teneros aquí —les indicó Sarah sonriéndoles y saludándolas.
Las exclamaciones siguieron mientras no les quitaban ojo a Alan,
Ryan y Christian. Encantada por su reacción, pues no era frecuente que se
interesaran por el género masculino, me dispuse a presentarlas. Conocían a
Christian sobre todo de vista, ya que pocas veces se había acercado cuando
venía a recogerme.
—¡Bien señoritas, prepárense que voy a presentarlas!
En un segundo todas callaron, para después nerviosas pasar a
colocarse el pelo y la ropa.
—¡Espera un momento, necesito un espejo!
—¿Tengo bien el peinado?
—¡Creo que estoy hiperventilando!
Esto último dicho por una pálida Wendy las hizo callar a todas.
—Tranquila, solo voy a presentarte, además son de carne y hueso
como los demás y no se comen a nadie. Pero si no quieres no les des la mano.
—¡Ah, pues a mí no me importa que me den la mano! —le aseguró
Joan aferrada a su bolso en un gesto que siempre hacía de forma impulsiva,
indicándonos el esfuerzo que estaba haciendo para calmar a Wendy, cuando a
ella tampoco le gustaba que la tocara un desconocido.
—¿No puede ser un beso como hacen los europeos? —la pregunta de
Crystal nos hizo sonreír a todas rompiendo la tensión.
Cogí la mano a Wendy y me giré para encaminarnos hacia ellos.
—¡Ya verás como te van a parecer muy simpáticos! —le comenté
para tratar de quitarle tensión al asunto.
Ante nosotras pudimos ver a tres hombres guapísimos sonriéndonos y
esperando a que nos acercáramos. No sé cuánto habían escuchado de nuestra
conversación, pero saludaron a Wendy con un ligero apretón de manos;
consiguiendo que ésta sonriera, y a Crystal le dieron el par de besos ante el
asombro y la risita satisfecha de mi amiga. Comprendí que habían oído
bastante, y se habían comportado como unos caballeros concediéndoles sus
deseos
Durante un buen rato estuvimos hablando de temas variados, hasta
que se fueron relajando y empezaron a mezclarse con los demás invitados.
Me fijé que Lisa estaba pendiente de ellas haciendo todo lo posible para que
se sintieran cómodas, ganándose con ello su amistad y mi gratitud.
Todo estaba resultando maravilloso, pero había algo que aún quedaba
pendiente y no podía esperar más para hacerlo. Viendo que la tarde ya estaba
avanzada y el ambiente estaba tranquilo y controlado, hice una señal a mi
hermana para que me acompañara y me excusé con Christian.
Por el camino le di un toque a Claire para que avisara a las demás y
por último indiqué a Lisa que la necesitaba. Y así, tratando de pasar las siete
desapercibidas; sin conseguirlo, nos metimos en mi despacho y cerramos la
puerta.
—Tilde dice que se queda para supervisar, pero quiere un informe
completo cuando acabemos —me comentó Sarah risueña.
Caminé hasta colocarme frente a mi mesa, y me giré para poder
mirarlas a la cara. Ellas estaban a mi alrededor en forma de abanico, mientras
me observaban expectantes y silenciosas.
—Hay algo muy importante que tengo que deciros y no puede salir de
esta habitación.
Todas asintieron de forma afirmativa y siguieron observándome
muertas de curiosidad. Me estaba retorciendo las manos en un gesto de
nerviosismo involuntario, pues no me resultaba fácil decirles lo que tenía
pensado hacer. Estaba tratando de encontrar las palabras adecuadas para
explicarles el motivo de esta reunión, pero solo había una forma de hacerlo y
era diciéndoselo de golpe.
—He decidido pedirle matrimonio a Christian y necesito vuestra
ayuda.
Un grito colectivo se extendió por la habitación con una fuerza que
debió oírse hasta en la calle, al mismo tiempo que las seis se abalanzaban
sobre mí sin parar de preguntar, exclamar o simplemente seguir chillando. No
sabía qué hacer o a cuál de ellas contestar primero, por lo que me dejé llevar
y al final las siete acabamos chillando y dando saltitos mientras nos
agarrábamos las unas a las otras formando un círculo.
De pronto la puerta se abrió de golpe sorprendiéndonos, y todas nos
quedamos paralizadas y en silencio para tratar de averiguar quién había
entrado y nos había descubierto.
—¿Se puede saber a qué vienen esos gritos? ¡Menuda reunión
secreta! —repuso Tilde enfadada desde la puerta.
—¡Es que Mary quiere proponerle matrimonio a Christian! —le
contestó Sarah emocionada, mientras seguía a mi lado en el abrazo conjunto.
Los ojos como platos de Tilde y su boca abierta me indicaron que no
se esperaba esa noticia. En silencio entró en la habitación y cerró la puerta de
forma pausada, como si no quisiera hacer ruido y así delatarnos. Algo que ya
estaba fuera de lugar, pues el grito que habían soltado todas; hacía menos de
un minuto, había tirado por tierra todo el secretismo. Después se acercó a
nosotras despacio, y colocándose delante de mí exclamó:
—¡Por todos los santos, esa es mi chica!
Y sin más otra vez empezamos a dar grititos y a saltar mientras me
abrazaban y me felicitaban todas a la vez, en una maravillosa y feliz locura.
Tardamos un buen rato en calmarnos y, para cuando lo conseguimos,
ya no cabía duda que todos los invitados sabían que estábamos tramando
algo. Por suerte nadie se atrevió a molestarnos y nos dejaron a solas.
—¡Bueno chicas! ¿Cómo lo hago? —les pregunté.
—¡Ponte de rodillas, eso siempre les gusta! —me contestó Wendy
con una expresión de felicidad que muy pocas veces veíamos en ella.
—Es un hombre, no tiene por qué gustarle —repuso Crystal.
—Es lo tradicional —le comentó ya no tan feliz y algo indecisa.
—¡A los hombres solo les gusta el porno! —exclamó Joan con una
mueca de disgusto, acabando así con la conversación que mantenían las dos.
—¡Pues que se ponga de rodillas en pelotas! —respondió Crystal
cruzándose de brazos y con una sonrisa socarrona para provocarnos.
—No creo que me siente cómoda con eso —les contesté empezando a
dudar de sus ideas.
—¡No les hagas caso Mary!, tú hazlo a tu manera —dispuso Sarah
con la sonrisa aún en su cara.
—Ese es el problema, que no sé qué hacer —argumenté desesperada.
—Prepárale una cena romántica, eso nunca falla —la seguridad en la
voz de Tilde me animó un poco.
—Pues yo pienso que sería mejor ir a un buen restaurante —y como
siempre Crystal lo estropeaba todo, pues me devolvía a la inseguridad.
—¡No, restaurantes no! —Exclamé y con una voz apenas audible les
comenté—. ¡Eso ya lo probamos y no funcionó!
Durante unos minutos nos quedamos en silencio pensando. Quería
que me ayudaran a sentirme segura, pero lo que estaban haciendo era crearme
más dudas.
—¿Qué te parece si organizas un fin de semana romántico, y se lo
pides cuando estéis en un lugar apartado? —declaró Claire convencida.
—Podíais alquilar una cabaña en la nieve —dijo Lisa animándome.
—¡Eso suena muy bien! Así tienes intimidad y es muy romántico —
confirmó Sarah
—Pero entonces sospecharía algo y dejaría de ser una sorpresa —le
dije tras pensarlo.
—No creo que se espere que le pidas en matrimonio. Los hombres no
suelen ser tan listos —respondió Joan convencida de la ineptitud del sexo
masculino. Algo que ella siempre solía pensar.
—Si no quieres arriesgarte, espera hasta al fin de semana y prepara
algo en tu casa —indicó Sarah.
—Algo con velas y música —comento Lisa con la ilusión otra vez en
su voz y en su cara.
—Podrías comprarte un conjunto sexy. Como solo te va a ver él, no te
importará si es demasiado atrevido —volvió Crystal a insistir con su idea.
No pudimos evitar reír por su comentario y su obsesión porque me
pusiera algo atrevido.
—Podías preparar algo especial, como pétalos de rosa sobre la cama
—aportó Wendy, dando de esta manera su apoyo a la idea más romántica.
—¡Y champán! —soltó Joan.
Todas empezaron a hablar a la vez mientras mi cabeza estaba
imaginando las múltiples escenas, y pensaba a mil por hora diferentes
opciones que conseguían hacerme sentir cada vez más perdida.
—¡Esperar! ¡Un momento de silencio! —nos gritó Tilde consiguiendo
que todas nos calláramos—. Debes hacer lo que te haga sentir más cómoda.
Si quieres celebrarlo de un modo más íntimo hazlo en tu piso, pero si quieres
algo más llamativo piensa en algo como la cabaña o un viaje.
—¡Se lo podías pedir en París! —exclamó Wendy ilusionada.
—Tilde tiene razón, tienes muchas opciones, ahora solo tienes que
buscar la que más te agrade —indicó Sarah.
—Nos estamos olvidando de lo más importante —el comentario de
Claire hizo que todas la mirásemos—. ¿Estás segura de que quieres hacerlo?
—¿Y de que él dirá que sí? —soltó Crystal riendo.
Al ver como todas la mirábamos muy serias y que me había quedado
pálida, se dio cuenta de lo inoportuno de su pulla y trató de arreglarlo.
—¡Perdona tesoro, era solo una broma! ¿Cómo iba a decirte que no si
se nota que está loquito por ti?
—¡Yo le dije que no! —le respondí cabizbaja.
—No fue exactamente un no, además no te encontrabas bien —aclaró
mi hermana mientras me abrazaba, luego me miró y siguió diciéndome—.
Además Crystal tiene razón, ese hombre te quiere con locura y nunca debes
dudar de su amor.
—¡De eso puedes estar segura! Yo le tengo bien calado desde el
principio y te digo que ese hombre es solo para ti —aseguró Tilde.
Sonreí ante su comentario. Todas apoyaban mi idea de pedirle en
matrimonio, pues ninguna me había insinuado que era una locura hacerlo. Es
más, me estaban dando ideas y me aseguraban que Christian me diría que sí,
haciendo que pensara que no era una idea descabellada.
—¡Tenéis razón!, no importa el lugar o como lo haga. Lo fundamental
es estar segura de mis sentimientos y yo estoy completamente segura de que
lo amo.
—¡Ohhhh! —soltaron todas a coro.
—De todas formas cómprate un conjunto sexy por si acaso —volvió a
insistir Crystal consiguiendo otra vez llamar la atención.
—¡¡Crystal!! —la regañamos todas entre risas.
—¡Oye, que una ayudita nunca viene mal! ¿¡No!?
Y con estas palabras la buena de Crystal consiguió que todas
soltáramos una carcajada, olvidándonos que era una reunión secreta. Así
estuvimos un buen rato, hasta que tuvimos que dejarlo para que pudiera
atender a más invitados que acababan de llegar.
Al final lo único que conseguimos dejar en claro era que Christian no
iba a rechazar mi propuesta, y que no tenía importancia que fuera yo quien le
pidiera en matrimonio. Es más, estaban encantadas con la idea y me
aclamaron como su heroína, por ser de las pocas mujeres que se habían
atrevido a hacerlo a lo largo de la historia.
Quién me iba a decir unos meses antes que iba a estar en mi nuevo
despacho hablando de cómo pedirle en matrimonio, cuando él me lo había
pedido y yo había dudado desaprovechando una oportunidad de oro. Por
suerte el destino me estaba dando una segunda oportunidad, y esta vez no iba
a ser tan estúpida de desaprovecharla.
Salimos felices del despacho y me dirigí hacia Christian, el cual me
recibió con una sexy sonrisa. Cogí una copa de champán y me dispuse a
charlar con los nuevos invitados, tratando de disimular el cúmulo de
emociones que sentía en mi estómago. Me agarré a la mano de Christian, que
seguía sin separarse de mi lado, dejándome llevar por su calor y su fortaleza.
Estaba tan absorta en la conversación que no me percaté que tenía a
las seis mujeres a mi alrededor, con una copa de champán cada una alzada al
unísono para hacer un brindis; todo ello pillándome por sorpresa.
—¡Por Mary! ¡La mujer más valiente que conocemos! —afirmaron a
la vez, dejando bien claro que estaba preparado.
—¡Por Mary! —acompañaron los demás en un solo grito.
Me sentí profundamente emocionada y muy agradecida por tener la
suerte de conocer a unas mujeres tan maravillosas. Alcé mi copa y les dije
con la voz cortada por la excitación:
—¡Por todos vosotros, por demostrarme que la amistad y el amor
existen en el mundo!
Y así continuó lo que faltaba de fiesta. Con un ambiente mucho más
relajado al quedar los más apegados, y con ganas de disfrutar, reír y charlar
con las personas que me demostraban a diario lo mucho que me querían y me
respetaban.
Bebimos de más, comimos hasta hartarnos y los brindis no cesaron,
hasta acabar brindando por cualquier tontería que se nos ocurría entre risas y
aplausos. Todo un acontecimiento que nunca olvidaré por su importancia y su
acogida. Pero sobre todo por poder contar con unas personas tan especiales
que no cesaron de demostrarme su cariño y su lealtad.
Poco a poco fuimos quedando menos, hasta acabar despidiendo a mi
hermana que me abrazaba insistiendo en que me quería mucho. Al final tuvo
que llevársela en brazos Alan, mientras le comentaba que tantos brindis con
champán no son buenos para las personas que no están acostumbradas a
beber.
Entre risas solo quedamos en la agencia Christian y yo, con todo
despejado y limpio, pues Tilde no dejó escapar a los pobres camareros hasta
que lo tuvieron recogido. Por suerte para ellos, me sentí generosa, y les di una
buena propina que les cambió su cara seria por otra mucho más alegre.
Y allí estaba abrazada al mejor hombre del mundo, exageradamente
feliz a causa del éxito de la inauguración, y por tener a Christian solo para mí.
Aunque debo admitir que llevar toda la tarde y parte de la noche brindando,
también había influido en cómo me encontraba ahora.
—¿Estás bien? —me preguntó Christian mientras le abrazaba con
fuerza y apoyaba mi cabeza en su hombro.
—¡Extraordinariamente bien!
—¡Eso me ha parecido! —repuso en tono guasón que yo pasé por
alto.
—¿Bailamos? —le pregunté siendo incapaz de dejar de sonreír y de
dejar escapar a la noche.
Christian soltó una carcajada, pues no había ninguna música sonando,
y mi deseo se debía sobre todo a mi exceso de alcohol. Aun así, no perdió la
oportunidad de complacerme, y me agarró con más fuerza pegándome a su
cuerpo y empezando a balancearse.
—Esta noche es toda tuya, aunque te recuerdo que el coro acaba de
marcharse.
Nos echamos a reír al recordar cuando, ya terminada la inauguración
oficial había cerrado la puerta de la agencia, y nos habíamos quedado dentro
los más cercanos para seguir con la fiesta. Una vez libres para hacer lo que
queríamos nos habíamos dejado llevar, y las mujeres habíamos acabado
cantando a pleno pulmón. Había sido muy divertido, aunque por desgracia al
día siguiente muy pocas lo recordaríamos.
—¡Lo hemos pasado genial!
—Desde luego, ha sido la inauguración más divertida a la que he
asistido —me confesó Christian mientras nos dejábamos llevar por un ritmo
desconocido.
—¿Las tuyas no son así?
Christian soltó una carcajada para después acercar su mejilla a la mía
y seguir bailando.
—No se parecen en nada. Mi mundo era mustio hasta que tú llegaste.
—Y ahora estás bailando con una mujer prácticamente borracha sin
música —le dije inspirando su olor.
—¿Prácticamente? —me preguntó desafiante.
—¡Prácticamente! —contesté divertida.
Estuvimos un rato bailando en silencio siendo solo interrumpidos por
los ruidos de la calle, hasta que se me pasó una idea por la cabeza.
—¿Christian, eres feliz a mi lado? Es verdad que soy diferente a todo
lo que has conocido, y tal vez te arrepientas de tener a tu lado a una mujer…
Los labios de Christian se posaron sobre los míos impidiendo que
dijera nada más. Me besó con fuerza, con pasión, pero también con la ternura
que sentía en su interior.
—Contigo soy el hombre más feliz del mundo y jamás me arrepentiré
de haberte conocido —me dijo con su boca a escasos centímetros de la mía.
Me abrazó sin cesar de acariciar mi espalda y de besarme la cara y el
cuello.
—¡Te quiero Mary! ¡Eres mi vida! —me susurró casi desesperado.
Nos abrazamos y besamos demostrando en cada caricia la fuerza de
nuestros intensos sentimientos. Éramos dos enamorados que intentaban sin
palabras declarar su amor, mientras eran devorados por una pasión que les
consumía. No sé cuánto tiempo pasamos abrazados y perdidos entre tantas
emociones, pero llegó un momento en que tuvimos que parar y serenarnos, si
queríamos ir a casa y acabar lo que nuestras manos habían empezado.
Christian, caballeroso como siempre, me dejó en la agencia unos
minutos mientras iba a por el coche para acercarlo, y así tuviera que
enfrentarme lo menos posible al frío de la noche. De pronto, estando sentada
reviviendo cada beso, escuché un sonido proveniente del trastero.
Era un sonido que ya había escuchado antes, pero al que no le había
prestado atención al estar más centrada en las caricias de Christian. Sin poder
evitar mi curiosidad me fui acercando despacio para averiguar de qué se
trataba, y es que, por muchos líos en los que me metiera por culpa de mi
curiosidad, ésta siempre vencía a mi sentido común.
El sonido se escuchaba con más fuerza conforme me acercaba, pero
aún no podía distinguirlo con claridad. Parecía que era una especie de
gemido, y temí que algún animalito se hubiera podido quedar encerrado
dentro del trastero. No podía permitir que el pobre se quedara atrapado todo
el domingo hasta que acudiéramos el lunes a trabajar, ya que para entonces
podía estar muerto.
Me fui acercando cada vez más decidida, hasta que un fuerte sonido
me paró en seco. Habría jurado que eran dos gemidos pero debido a las copas
que había tomado de más, no estaba segura de que fueran reales. Tal ver era
una alucinación del champán que me estaba gastando una broma, porque ese
sonido no correspondía a ningún animal que yo conociera. Aun así seguí
caminando hasta llegar a la puerta.
Parecía que los gemidos habían cesado al acercarme, y ahora solo se
escuchaban unas respiraciones aceleradas, por lo que no estaba segura de lo
que iba a encontrarme al otro lado de la puerta. Sin ningún arma al alcancé y
con la curiosidad insistiendo en que continuara, me dejé llevar por la
imprudencia, y tras contar hasta tres, abríla puerta de golpe.
El atronador chillido que escuché se unió al mío, cuando pude ver a
dos figuras humanas que me miraban asustadas. Dos segundos después el
grito se fue apagando, cuando pude apreciar que esas dos personas que
estaban encerradas medio desnudas en el trastero eran Lisa y Ryan.
De pronto todo empezó a encajar en mi cabeza. Las miradas que se
lanzaban a diario, el estar juntos sin apenas discutir, el ser siempre los
últimos que se quedaban a cerrar, todo ello me indicaba que entre ellos estaba
pasando algo. Si además uníamos los gemidos, y el hecho de que estaban
medio desnudos, sin lugar a dudas se llegaba a la conclusión de que esos dos
estaban liados.
—¡Esto no es lo que parece! —afirmó muy serio Ryan, mientras se
subía los pantalones y se remetía los faldones de su desabrochada camisa.
Me quedé mirándolo incrédula, pues era bastante evidente lo que
ambos habían estado haciendo.
—¡No seas tonto! ¡Claro que es lo que parece! ¿Qué iba a ser si no?
La voz de Lisa que trataba de bajarse de la fotocopiadora me hizo
sonreír por su rotundidad. Ryan la miró tratando de averiguar si ella tenía
razón, para después mirarme a mí desolado. Estaba bastante claro que era lo
que ambos habían estado haciendo, hasta para una persona tan despistada
como yo.
—¡Lo sentimos, nos hemos dejada llevar! —confesó Ryan en voz
baja.
—¡Tres veces! —repuso Lisa, la cual estaba bastante menos afligida.
Ryan se volvió para regañarla por su falta de tacto, cuando ella
consiguió bajarse de la fotocopiadora, y se puso a buscar algo por el suelo
mientras se cerraba el escote.
—¡Chicos tranquilos!, ya sois mayorcitos para saber con quién
queréis estar y además, yo no soy quién para inmiscuirme en vuestra vida
privada.
—¿No te molesta que lo hayamos hecho aquí? —preguntó incrédulo
Ryan.
Me quedé mirándolo mientras lo pensaba. ¿Me importaba que ellos
dos tuvieran una relación? La respuesta era un no; de hecho era algo que
llevaba tiempo esperando. ¿Me importaba que hubieran hecho el amor en el
trastero? La verdad es que no me molestaba mientras solo yo los hubiera
descubierto. Además había tres temas a tener en cuenta: que nadie se había
percatado de su ausencia, que solo quedábamos gente de confianza, y que
hoy era un día especial.
—No me molesta, pero os recomiendo para la próxima vez un lugar
más acogedor como vuestra casa.
Escuché como ambos respiraban aliviados, y vi la sonrisa radiante que
Lisa me lanzaba a modo de agradecimiento. Sabiendo que lo correcto era
marcharme en ese momento; y dejar el asunto por zanjado, retrocedí para
darles privacidad mientras les decía:
—Christian y yo nos marchamos. Cerrad cuando salgáis. ¡Hasta el
lunes!
—¡Hasta el lunes y gracias!
Fue la voz de Lisa la que escuché, y supe en el acto que a Ryan le
costaría un poco más reaccionar al ser mucho más puntilloso, y haber
quedado con el culo al aire; en el más amplio sentido de la palabra. De pronto
mi vena perversa me inspiró y volví a abrir la puerta para acosarles.
—¡Por cierto! Lisa, si estás buscando tus bragas, están justo enfrente
de mí.
La carcajada que solté acallaron los gemidos de disgusto de ambos.
Querían que me dieran pena pero era demasiado divertido para hacerlo. Por
desgracia la borrachera se me habría pasado el lunes, y entonces sí que me
acordaría de mi osadía y de sus caras de asombro.
—¿Con quién hablas?
Christian acababa de entrar y se estaba acercando.
—Son mis ayudantes, están recogiendo el trastero —confesé aún
muerta de risa.
Él me sonrió, por lo que me imaginé que estaba teniendo una idea
muy clara de cómo lo estaban recogiendo, sobre todo porque mi carcajada
debió de darle una pista.
—Cariño, me temo que hemos dejado de ser los únicos en inaugurar
cada habitación —le comenté divertida.
Christian me cogió en brazos y me contestó rotundo:
—Pero nadie nos podrá quitar que fuimos los primeros.
Y con una carcajada nos despedimos del local y me sacó en brazos
llevándome hasta el coche. Fue una noche de arrumacos y pasiones, de risas y
sorpresas, pero sobre todo de promesas de amor cumplidas.
CAPÍTULO ONCE

Esta última semana había constituido todo un reto para mí. Junto con
mi hermana, Tilde y mis amigas habíamos formando un plan; en lo que
llamamos Operación Matrimonio, y hoy había llegado el momento de poner
en práctica la primera parte del programa.
Había quedado con ellas como habíamos acordado tras comunicarles
mi intención de pedirle en matrimonio, aunque la espera se me estaba
haciendo eterna. Desde esta misma mañana, en que tuve que registrar los
cajones de Christian en busca de un anillo con sus medidas, el tiempo había
parecido ralentizarse, y cada minuto de espera parecían horas.
Vi a Lisa que se me acercaba caminando con una gran sonrisa. No la
había visto en lo que llevaba de mañana, pues ella había estado en la casa de
un cliente enseñando las muestras para una reforma, y por eso no habíamos
coincidido en la agencia. Llevábamos una semana con mucho trabajo, pero
ella había conseguido hacer un hueco en su agenda para acompañarme por lo
que le estaba muy agradecida.
También pude ver a mi hermana Sarah, que se acercaba por el otro
lado de la calle hablando por teléfono, mientras Claire la acompañaba en
silencio y, por supuesto a Crystal, que no se lo perdería por nada del mundo y
venía a paso ligero detrás de ellas para alcanzarlas.
Todas ellas habían dejado de lado sus trabajos durante unas horas para
estar a mi lado, y asesorarme en un tema delicado y de suma importancia para
mí. Las cinco nos reunimos en la plaza donde habíamos quedado puntuales y
emocionadas.
—¡Muchas gracias por haber venido! —les dije tras saludarlas con un
fuerte abrazo.
—¡¿No pensarías que te íbamos a dejar sola en algo tan importante?!
—me comentó Claire sonriente.
—Además para eso están las amigas —repuso Lisa con su gran
sonrisa.
—¡Y las hermanas! —soltó Sarah sin separarse de mi lado.
—¡Muchas gracias! —dije conmovida pues significaba mucho para
mí que me acompañaran.
—Bueno, ¿entramos o nos quedamos aquí fuera un rato más? —
repuso Crystal mientras tiraba de mi brazo sin esperar la respuesta.
—¡Tranquila Crystal, la vas a poner nerviosa! —le insinuó Claire.
—¡Si no entramos ya, la que se va a poner nerviosa soy yo! —le
contestó Crystal impaciente.
—¡Está bien, entremos! —les indiqué deseosa de empezar cuanto
antes.
Conforme nos acercábamos a nuestro destino, pude ver en el
escaparate una amplia colección de joyas expuestas que brillaban bajo los
efectos de los rayos del sol. Los cinco pares de ojos se perdieron entre sus
brillos, y durante unos minutos nos quedamos mirando y señalando las que
más nos gustaban.
Nos encontrábamos ante el escaparate de una de las joyerías más
selectas de la ciudad. Se trataba de uno de los establecimientos más antiguos
y elegantes del barrio, y estaba reservada solo para los clientes más
adinerados. Un lugar al que nunca había entrado y que me hacía sentir como
una intrusa a punto de colarse en el paraíso.
—¡Señoras, por favor centrémonos! —Nos dijo Sarah—. Hemos
venido a por una cosa en concreto y no debemos desviarnos.
—Tienes razón, no importa que lleve años soñando con entrar en esta
joyería, no debemos olvidar nuestra misión. Aunque nos muestren una
maravilla como esa pulsera de diamantes —los ojos de Lisa estaban clavados
en dicha joya resultándole imposible salir de su influjo y moverse.
—Nada de pendientes, ni de pulseras, ni de ninguna otra chuchería,
aunque esta de aquí me esté llamando a gritos —soltó Sarah sin dejar de
mirar una fina gargantilla de oro con un diamante en forma de lágrima
mientras tiraba de Lisa que aún estaba como hipnotizada.
—Si queréis podéis compraros algo, no hace falta que solo hagamos
una compra —les comenté ante sus caras de fascinación.
—Si nos juntamos las cinco en una joyería y nos das carta blanca
para probarnos y comprar, no salimos de aquí ni aunque nos echen —me
respondió Crystal mientras tiraba otra vez de mí para que entrara en la tienda.
—Lo dice por experiencia —fue la contestación risueña de Claire que
la conocía bien—. Yo no he traído dinero así que no puedo comprarme nada
—comentó decidida aunque con un destello de desilusión en su mirada.
—¿Y desde cuándo una mujer necesita llevar dinero para comprar?
¡Gracias a Dios se inventó algo llamado tarjeta de crédito! —repuso divertida
Crystal.
Todas nos echamos a reír por su comentario, pero sobre todo por su
tono de voz jovial y su expresión maliciosa. Sin perder más tiempo entramos
dispuestas a encontrar esa joya tan especial que estábamos buscando. Me
acordé de aquel dicho que decía; el mejor amigo de la mujer es un diamante.
Y aunque sonara algo frívolo hay que reconocer, que no hay nada que cause
más suspiros femeninos que una joya exquisita pues, ¿quién puede
menospreciar un regalo de veinticuatro quilates?
Cruzamos la entrada principal acristalada, y entramos en una estancia
donde el lujo era el que mandaba. El interior de la tienda era impresionante
por su gran tamaño y su diseño exquisito y clásico. Daba la sensación de
haber entrado en otro mundo lleno de elegancia y destellos brillantes. Se
respiraba un aire de serenidad, como si el tiempo no importara en su interior.
Estábamos rodeadas de refinadas joyas expuestas entre terciopelos y
mostradores de cristal, con las luces deliberadamente colocadas sobre ellas
para reafirmar su belleza.
A ambos lados del pasillo central había pequeños expositores que
parecían mesitas de té, y delante de ellas se encontraban cómodas sillas
renacentistas, tapizadas en terciopelo rojo para las clientas. De esta manera
los dependientes las atendían cómodamente mientras tomaban un café o una
copa de champán.
—¡Debo de estar muerta porque esto tiene que ser el cielo! —nos
dijo Claire asombrada y sin poder dejar de mirar a todos lados.
—Yo nunca había entrado aquí, pero dos calles más abajo hay otra
joyería muy parecida —afirmó Sarah.
—¿Hay más como ésta? —preguntó Claire con los ojos como platos.
—¿No sales mucho de compras, verdad? —repuso Crystal
colocándose a su lado.
—Al supermercado una vez por semana, y te puedo garantizar que no
me ofrecen champán ni en la charcutería —le contestó tan seria que nos
causó risa.
Las cinco nos encaminamos hacia al mostrador de enfrente donde un
hombre bajito, medio calco y rechoncho nos observaba satisfecho por nuestra
reacción. Debía de estar acostumbrado a ver como las caras de las mujeres se
iluminaban cuando entraban en su tienda, pues esperó tranquilo a que nos
acercáramos a él para poder atendernos.
—¡Éste debe ser el Santa Claus de las mujeres buenas! —comentó
Lisa en voz baja.
—Entonces por eso no lo había visto antes —le contestó Claire—.
¡Hace mucho que dejé de ser buena!
Las cinco empezamos a reírnos tratando de ser lo más discretas
posibles. Sobre todo por miedo a que nos echaran sin haber cumplido con
nuestra misión.
Una vez delante del mostrador y del hombrecillo, me dejaron que
fuera yo la que hablara. Al fin y al cabo estábamos allí por mí.
—¿En qué puedo ayudar a estas bellas damas? —nos preguntó con
una estudiada sonrisa en los labios.
—Queríamos ver anillos —le dije tratando de parecer decidida.
—Entonces han venido al sitio adecuado. Si me permiten, siéntense y
prepárense para ver las mejores joyas de la ciudad —nos ofreció risueño en lo
que debía ser su frase estudiada de bienvenida.
De inmediato apareció un hombre de poco más de veinte años y
elegantemente vestido con traje de chaqueta, igual que el resto de los
dependientes, indicándonos que le acompañásemos a una de las esquinas
donde había sillas para todas, y una mesita mostrador alargada frente a ellas.
Nosotras le seguimos encantadas y en silencio, como temerosas de
romper el encanto del momento. De hecho, estábamos tan embelesadas por
las joyas y el cuerpazo del hombre, que le habríamos seguido hasta el fin del
mundo sin darnos cuenta.
—¡Siéntense, por favor! —Nos indicó con amabilidad—. ¿Puedo
ofrecerles algo para beber?
—Yo me conformo con quince minutos a solas con él —le dijo
Claire a Lisaen su oído.
—Yo necesitaría como mínimo veinte minutos, ¿no has visto su
trasero? —le contestó ésta con un tono de voz no tan reservado.
Temerosa de que el hombre las escuchara, les di un empujón para que
se callaran, consiguiendo que Claire se ruborizara y Crystal sonriera. El
dependiente las sonrió más ampliamente dejando bien claro que su oído
funcionaba a la perfección, y haciendo que Claire se encogiera y deseara que
la tierra se abriera para tragársela.
Nos sentamos cómodamente mientras no dejábamos de observar todo
a nuestro alrededor. La mesita que estaba frente a nosotras estaba compuesta
por un mostrador de cristal, en vez del típico tablero de madera, en donde se
podía ver una pequeña selección de joyas imposibles de no querer poseerlas.
Ese debía de ser uno de los secretos de su éxito pues, ¿quién no desea algo
que ve y que parece tan a su alcance?
—¡Señorita Gilbert, no la había reconocido! —le dijo el dependiente
a Crystal mientras la miraba fijamente.
—Será porque hace tiempo que no vengo por aquí —le contestó
Crystal de forma escueta.
—No debe privarnos de su compañía por tanto tiempo.
—Lo tendré en cuenta, ¿por qué no nos traes unos cafés? —le
contestó con un tono algo más frío de lo normal.
—¡Por supuesto, señorita! —le respondió entendiendo que no estaba
para juegos.
—Van a ser dos cortados, un capuchino y dos solos —le pidió
Crystal segura, manteniendo su tono neutro.
Una vez que se marchó le pregunté extrañada:
—¿A qué ha venido todo esto?
Crystal suspiró, se notaba que su humor había cambiado y había
perdido algo de su alegría. Trataba de parecer tranquila, cuando era evidente
para cualquiera que le mirara que no lo estaba.
—Antes de que mi vida cambiara tras... —no dijo más, pero supe que
se refería a su violación—, mi mundo era despreocupado y lleno de lujos.
Solía venir mucho por aquí y me gustaba tontear con hombres guapos, así
que tuve alguna que otra… digamos “cita” con él.
Le cogí la mano y se la apreté, con el fin de hacerla sentir que estaba
junto a ella en algo más que en cuerpo.
—No hace falta que me cuentes nada más, te recuerdo que conozco
la historia de las veces que nos has hablado de ella en la terapia.
—Lo sé, pero es la primera vez que vengo aquí desde… y me ha
recordado lo estúpida que era.
Me di cuenta de que tras muchas terapias y un sinfín de sonrisas,
Crystal aún no estaba preparada para asumir lo que le había pasado, pues
incluso era incapaz de mencionarlo. Pensé que cada una teníamos nuestro
propio ritmo y solo el tiempo podría decirnos cuándo estaríamos preparadas.
—No eras estúpida, quizá un poco alocada, pero eso no tiene que ver
con lo que te pasó.
—No dejo de pensar que si no hubiera tonteado con tantos, esos
hombres no hubieran pensado...
—Sabes que eso no tiene nada que ver. Puede que te guste tontear y
tomar una copa con alguien de vez en cuando, pero cuando una mujer dice no
es no, y si ellos no lo entendieron es porque no les interesó hacerlo.
Crystal me apretó la mano como respuesta tratando de no llorar, la vi
vulnerable por primera vez desde que la conocía. La dura y segura Crystal
había desaparecido y solo quedaba ante mí una mujer que había sido usada,
humillada y pisoteada.
—Si crees que no puedes con ello, dímelo y nos marchamos, hay
cientos de joyerías en esta ciudad.
—¡No!, no voy a seguir huyendo ni voy a cambiar, este sitio me
encantaba y he sido una tonta por no haber venido antes. Además, tú te
mereces lo mejor.
—¿Chicas, pasa algo? —nos preguntó mi hermana algo confundida
por estar ambas hablando bajito y tan serias.
—Nada interesante. Bueno, ¿qué os parece el lugar? —soltó Crystal
captando la atención de todas y tratando de parecer la de siempre.
—¡Yo pienso venir de vacaciones todos los años! —contestó Claire
muy seria haciendo que todas sonriéramos y rompiendo el momento de
tristeza que nos estaba envolviendo a Crystal y a mí—. Aunque tengo una
pregunta, ¿cómo sabías lo que íbamos a tomar cada una?
Las cuatro nos quedamos mirando a Crystal que volvía a mostrar su
mirada maliciosa y su sonrisa pícara. Estaba intentando volver a ser la de
siempre, y podías esperar cualquier cosa que saliera de su boca.
—En realidad no tengo ni idea de lo que acabo de pedir, por lo que os
ruego que os portéis como niñas buenas y educadas y os lo toméis sin
protestar.
Las cuatro soltamos unas carcajadas sin poner ninguna objeción a su
comentario. Nosotras, como compañeras de terapia, sabíamos que Crystal era
una mujer muy impulsiva, y que era normal en ella controlar la situación para
sentirse segura. Por suerte, mi hermana y Lisa tampoco dijeron nada, y no
nos importó tomar café para cubrir a nuestra amiga.
—¡Señoras, espero que estén cómodas! —nos preguntó el
dependiente bajito y rechoncho mientras se nos acercaba.
Las cinco le sonreímos a modo de respuesta, mientras él se sentaba
delante de nosotras tras la mesita acristalada, y se colocaba unos anteojos
dispuesto a hacer una jugosa venta. Nos habíamos colocado en un
semicírculo; donde yo ocupaba el centro y a ambos lados tenía a mi hermana
y Crystal. Claire, se encontraba al otro lado de Crystal, y Lisa se había
sentado junto a mi hermana Sarah, pues desde que se habían conocido se
había hecho buenas amigas.
—Me han dicho que querían ver anillos, ¿verdad? —nos preguntó el
hombre cuando se hubo sentado.
—¡Así es! —le confirmé.
—¡Perfecto!, entonces empecemos por lo básico. ¿Podrían decirme
qué habían pensado?
Nos quedamos mirando las unas a las otras, como si tratáramos de
encontrar la respuesta.
—¿Un anillo de compromiso? —me preguntó Sarah mientras me
miraba tratando de buscar mi confirmación.
—¡Sí!, un anillo de compromiso —le dije notando que las manos
empezaban a sudarme.
—¡Perfecto! En cuanto al tamaño y la forma del diamante tenemos
una amplia selección que seguro le entusiasmará.
—¿Quieres un diamante en el anillo? ¡No me parece muy indicado!
—me preguntó Crystal muy seria.
—¿Es lo tradicional no? —repuso Lisa mientras me miraba no muy
convencida.
—No creo que sea apropiado —le dije al dependiente tratando de
parecer convincente.
—Si me permiten, tengo cierta experiencia en esto y les recomiendo
un diamante —la voz del hombrecillo sonaba tan segura que me hizo dudar.
—Verá —repuse y carraspeé. Luego tratando de sonar convencida
continué diciendo—: conozco al novio y no creo que le agrade la idea de un
anillo con diamantes.
El dependiente sonrió y apoyó sus brazos sobre su barriga en lo que
pareció un movimiento habitual en él. Después, me miró con aires de
superioridad, como tratando de parecer un hombre seguro de su buen gusto y
de sus años de experiencia
—Espero que no le moleste mi comentario, pero no creo que deba
importar los gustos del novio en esta cuestión, sino los suyos —lo dijo tan
convencido que me dio pena contradecirle.
—Es que el anillo es para él y no para mí —tuve que aclararle.
La expresión del dependiente cambió a incrédula y ya no tan seguro
tras mis palabras.
—¿Cómo ha dicho?
—Es un anillo de compromiso para el novio —le contestó Crystal,
que no pudo aguantar más para soltarlo, siendo además bastante evidente que
estaba conteniendo la sonrisa.
—¡Es que se lo va a pedir ella! —le indicó Lisa como si fuera el
acontecimiento del año.
El dependiente me miró, como pidiendo mi confirmación, y al ver mi
sonrisa dedujo que era todo cierto. Carraspeó un par de veces, se colocó bien
en su silla y nos dijo:
—Comprendo. En ese caso no creo que sea apropiado un diamante.
—¡Lo que yo decía! —repuso Crystal satisfecha.
—Tengo algo que les puede interesar en la caja fuerte. Si me
disculpan, enseguida vuelvo.
Sin comentar nada más, se levantó de su asiento y se marchó
dejándonos solas, permitiéndonos por fin reírnos a gusto.
—¡Pobre hombre, con lo contento que estaba! —comentó Claire
mientras se reía.
—¡Menuda cara ha puesto! —Indicó Lisa—. ¡Y eso que trataba de
disimular la sorpresa!
Las risas inundaron el cuarto donde estábamos sentadas, impidiendo
que escucháramos al hombre más joven entrar con una bandeja llena de tazas
de café. A él no pareció sorprenderle el encontrar a un grupo de mujeres
riéndose mientras esperaban que le mostraran las joyas, por lo que deduje que
el estado de alegría o incluso de euforia en ese lugar era algo cotidiano.
—¡Señoras, sus cafés!
Sin más palabras empezó a dejar los cafés sobre la mesita de forma
arbitraria, al mismo tiempo que nosotras le mirábamos embobadas por la
desenvoltura de sus movimientos.
—Si necesitan cualquier cosa solo tienen que pedírmelo —nos
indicó, aunque fue a Crystal a quien miró cuando lo decía.
—¡Muchas gracias! —le contesté de forma educada al igual que todas
las demás.
Una vez que se hubo marchado empezamos a intercambiar los cafés
que Crystal nos había pedido sin preguntarnos, y tras un pequeño caos, todo
quedó arreglado y me tocó el capuchino por ser la novia. Feliz de estar por
fin cumpliendo el primer paso para hacer mis sueños realidad, no pude evitar
soltar un comentario graciosillo que volviera a hacernos reír.
—¡Claire! —La aludida me miró seria—. ¡Seguro que el charcutero
no te atiende de una forma tan refinada!
—¡Ojalá! —me contestó soltando un suspiro con aire soñador.
Las risas de todas no tardaron en escucharse por la sala, por mucho
que tratamos de contenernos, incluida la de Claire, que me guiñó un ojo tras
su comentario, indicándome que me había seguido el juego para hacernos
reír.
Fue justo en ese momento cuando el dependiente rechoncho entró
portando en sus manos una bandeja con pequeños estuches negros, con una
expresión en su cara de puro regocijo, la cual nos hizo pensar que en vez de
traernos unos simples anillos nos iba a mostrar las joyas de la corona.
—¡Aquí les traigo unos anillos que seguro les van a encantar! —nos
comentó mientras dejaba la bandeja sobre la mesita y escogía una de las
cajitas.
—Por las medidas no se preocupen, solo escojan el modelo y de lo
demás me ocupo yo. Pero sería aconsejable que me indicaran un tamaño
aproximado —aunque hablaba en general, su mirada iba dirigida a mí.
—He traído un anillo del novio para las medidas —le dije
ganándome la sonrisa del dependiente.
—¡Eso es fantástico! —me respondió como si hubiera realizado una
hazaña épica, aunque pensándolo bien así había sido.
—¿No sospecha nada? —me preguntó mi hermana en voz baja.
—¡No! —le aseguré con una amplia sonrisa—. Salió todo perfecto.
—¡Menos mal! —Contestó—, así te va a ser más sencillo preparar
todo sin que te moleste. De lo contrario lo hubieras tenido detrás de ti todo el
rato.
—¡Ya está detrás de ella todo el rato! Por eso es mejor que se casen
rápido antes de que la deje embarazada —comentó Crystal de forma
maliciosa en un susurro no tan bajo como lo hubiera deseado.
Sin pensarlo le di un manotazo en su brazo, consiguiendo que tuviera
que hacer equilibrios para que la taza de café que sujetaba no se le cayera
encima. Por un segundo me hubiera encantado que se hubiera achicharrado
con el líquido caliente, hasta que recordé que sus comentarios solo buscaban
hacernos reír.
—¡Haz el favor de comportarte! —repuse tratando de sonar lo más
seria posible.
—¡Pero si has sido tú la que casi me tira el café encima! —contestó
indignada tratando de parecer la víctima.
En cuanto la miré a los ojos, vi que se estaba metiendo conmigo a
posta y estuve a punto de zarandearla. El carraspeo del hombre nos devolvió
a la realidad, y volví a sentirme como una colegiala cuando es pillada por su
profesora tras una travesura. Estuve a punto de pedirle perdón e ir al rincón
de castigo por lo bochornoso de la situación, pero por suerte ya era
mayorcita, y todo se solucionaba con un sonrojo y una caída de ojos
lastimera.
—¿Qué les parece si empezamos por los más sencillos? Son los más
valorados por los caballeros —indicó el dependiente volviendo a centrar mi
atención en la colección de anillos que nos había traído.
—¡Buena idea! —Le contesté—. El estilo de Christian es sencillo
pero elegante.
—Por supuesto, se nota su buen gusto por la elección de la novia —
dijo sonriéndome satisfecho por el cumplido que acababa de hacerme.
No supe qué contestarle, ya que no estaba acostumbrada a tanto
galanteo por parte de un desconocido, y solo pude sonreírle y sonrojarme un
poco más. En ese momento hubiera preferido una copa de champán y no de
café, pues si todos los allí reunidos estaban dispuestos a que fuera el centro
de todas sus atenciones, tanto buenas como malas, el café se me iba a quedar
muy corto.
El hombre cogió un pequeño estuche de terciopelo negro y lo abrió.
Luego se lo entregó a Lisa, pues era la que tenía más cerca, para que lo viera
mientras todas permanecíamos en silencio. Una vez que ella lo miró, se lo
pasó a Sarah para que lo examinara, y después ésta me lo pasó para que
hiciera lo mismo. Tras contemplarlo detenidamente se lo entregué a Crystal
que lo observó con ojo crítico, para segundos más tarde cedérselo a Claire y
ésta, después de estudiarlo, se lo devolvió al dependiente.
Seguimos con este ritual con cada anillo que nos entregaba, y en cada
ocasión todas me miraban cuando caía en mis manos, esperando saber si era
el elegido.
No cabía duda de la calidad y el buen gusto de cada joya, pero no
sentí en ninguna ocasión que fuera el adecuado para Christian. En ningún
momento noté que el dependiente se impacientara o me mirara con mala cara,
sino más bien todo lo contrario. Nunca perdió la paciencia ni la sonrisa, y me
animaba a seguir buscando el que yo creyera perfecto para mi prometido.
La verdad es que no estaba acostumbrada a tratar a Christian como
tal, y que lo mencionaran como mi futuro marido me hacía sentir unas
cosquillas por el estómago muy agradables.
—¡Creo que este es el que está buscando! —exclamó el hombre con
una radiante sonrisa.
Como si se tratara de un objeto muy valioso se lo entregó a Lisa, que
la miró con aprobación cuando lo tuvo entre sus manos. Sarah se lo quitó sin
miramientos, movida por la curiosidad y la impaciencia, y yo estuve a punto
de hacer lo mismo cuando me percaté de que lo observaba sin pasármelo.
—¡Es muy bonito! —fueron sus únicas palabras cuando por fin lo
depositó en mis manos.
Durante unos segundos lo contemplé fijamente tratando de identificar
lo que me decía ese círculo brillante en dos oros. No se trataba de un anillo
normal, liso y simple, sino de una joya realizada con maestría donde los dos
oros se entrelazaban, uno blanco y otro el tradicional amarillo.
No es que fuera más bonito que otros o tuviera algo que lo hiciera
más valioso, si no que tenía un significado para mí que los demás no poseían.
Era como si al verlo lo hubiera reconocido, aunque nunca lo hubiera visto.
Ese era el anillo que estaba buscando, pues lo notaba en mis entrañas.
El anillo me recordaba a la relación que desde el principio habíamos
tenido, y a nuestra forma de ser. Desde que nos conocimos había quedado
muy claro que ambos proveníamos de dos mundos diferentes, con dos formas
de ser distintas y una forma de ver la vida muy personal y compleja. Esa
diferencia había sido la causante de tantos roces y problemas a los que
tuvimos que enfrentarnos, hasta que supimos adaptarnos y acoplarnos el uno
al otro.
Por eso al ver el anillo hecho con dos materiales tan diferentes pero a
la vez tan iguales, como son el oro blanco y el oro amarillo, era como estar
mirando el hilo de nuestro destino. Tenía un entrelazado que unía ambos oros
en un círculo perfecto y eterno, como esperaba que fuera nuestra relación.
Una combinación elocuente de dos personas aparentemente incompatibles,
pero que con amor y esperanza habían logrado unirse.
Nunca seríamos iguales, y lo más seguro es que no coincidiríamos en
muchas cosas, pero aun así siempre estaríamos juntos. Sin lugar a dudas ese
anillo era una síntesis de nuestra historia de amor, nuestra vida y nuestra
esencia. Éramos nosotros pues así lo sentía.
—¡Este es nuestro anillo! —exclamé mientras lo miraba fijamente y
sentía la emoción como lava líquida ardiendo por mi pecho.
—¡A ver, pásamelo! —me pidió Crystal al mismo tiempo que me lo
quitaba de las manos sin esperar a que se lo pasara.
—¿Estás segura? —me preguntó mi hermana.
Yo asentí segura de mi decisión. Ese anillo era el símbolo de nuestra
unión, y no había confiado encontrarlo cuando habíamos quedado para ver
joyerías. Pero sobre todo, no me había esperado estar tan convencida de
hallar algo que sintiera tan nuestro.
—Todas las joyas tienen algo único, solo hay que encontrar la que ha
sido creada especialmente para ustedes —me comentó el dependiente,
haciéndome comprender con sus palabras lo que acababa de sentir con esa
joya.
—Desde luego es muy original, como tu Christian —expuso Claire.
—A mí me gusta —confirmó muy seria Crystal.
—A mí también, es diferente y elegante —me aseguró Lisa.
Ya solo me quedaba saber la opinión de mi hermana Sarah. No es que
fuera a cambiar de parecer según ella me dijera, pero quería saber la opinión
de todas y en especial de ella.
—¿Qué te parece? —le pregunté algo temerosa de su respuesta.
—¡Pues qué me va a parecer! —Exclamó con lágrimas en los ojos—.
¡Que te vas a casar! —soltó eufórica para después lanzarse a mis brazos.
—¡Ohhhh! —dijeron todas a la vez mientras nos observaban.
No sabía si llorar como ella o reírme por su arrebato de hermana
mayor, así que me dejé llevar y abrazadas reímos de felicidad con lágrimas en
los ojos. Cuando segundos después nos repusimos vimos que todas tenían un
clínex en la mano, y el rechoncho dependiente nos estaba ofreciendo una caja
llena de ellos.
Suspiré aliviada al darme cuenta de que no era la primera clienta que
se ponía a llorar en la tienda, pues de lo contrario no contarían con una
reserva de clínex tras el mostrador.
—Déjame verlo otra vez —pidió mi hermana—. ¡Es perfecto! ¡Me
encanta!
Me lo acercó para que lo viera, y definitivamente ese anillo tenía algo
que me decía a gritos que estaba hecho para nosotros.
—¿Entonces es el apropiado? —me preguntó el dependiente.
—¡Sí! ¡Es justo el que andaba buscando! —le confirmé alegre y
decidida.
—¡Perfecto!, pues si me entrega la muestra para que busque uno de
su medida habremos terminado.
Sin pensarlo dos veces agarré mi bolso y empecé a buscarlo en su
interior; era increíble como algo tan pequeño podía llenarse tan pronto. Pensé
que menos mal que había optado por un bolsito coqueto donde cogiera lo
básico, de lo contrario necesitaría un equipo de búsqueda y rescate para poder
hallar algo antes de que acabara el día.
Era la odisea diaria de toda mujer, cada vez necesitabas un bolso más
grande para guardarlo todo, y por eso cada vez te costaba más encontrar lo
que estabas buscando. Por fin pude ver al fondo el estuche donde lo había
guardado y suspiré aliviada. Como era de esperar, se encontraba bien
escondido en el profundo agujero negro que a veces resultaba ser este
complemento femenino.
—Aquí lo tiene —señalé al dependiente mientras se lo entregaba.
—¡Perfecto! Enseguida lo traigo. ¿Qué le parece si mientras tanto
piensa en una dedicatoria?
Asentí pues ya lo había pensado con antelación, ya que tenía bastante
claro qué le iba a poner en ella.
—Bueno, ya lo hemos encontrado —me dijo mi hermana mientras
me volvía a coger de la mano.
—¡Sí! ¿Y solo has tardado una hora y media! —Repuso Crystal—.
Yo hubiera apostado a que necesitaríamos tres mañanas completas.
Sonreí ante sus palabras creyendo que se trataba de una broma, pero
su cara seria me hizo dudar de que así lo fuera.
—¿Lo dices en serio? —pregunté incrédula.
—Es lo que yo hubiera tardado como mínimo —me respondió
dejándome con la boca abierta.
—¿Tres días? —repuse.
—Mi hermanita tiene las ideas muy claras, por eso ha tardado tan
poco —expuso Sarah para defenderme.
—¡Eso desde luego! ¡Pero además tienes un par bien puestos al ser tú
la que se lo va a pedir! —Comentó Lisa mirándome con admiración—. ¡Yo
no sé si me atrevería!
—¿Tú crees que si quisieras a alguien, y desearas estar con él más
que nada en el mundo, no te atreverías a pedírselo? —le preguntó Claire.
—¡Si lo pintas así...! —le respondió tras pensarlo unos segundos.
—Hay una cosa que ha quedado clara y es que es: ¡Perfecto! —
señaló Crystal imitando al dependiente consiguiendo así que nos riéramos.
—¡Crystal no seas mala! —la regañé mientras aún me reía.
—¿Cuántas Cuántas veces ha dicho perfecto? ¿Cinco? —nos
preguntó Lisa.
—No lo sé, dejé de contar en la cuarta —todas volvimos a reír por la
contestación de Sarah siendo sorprendidas cuando el dependiente regresó.
—Bueno, pues aquí lo tiene —me dijo mostrándome el anillo con la
medida apropiada para Christian.
Me quedé mirándolo mientras lo sostenía en mi mano. Ese era el
anillo, y sentirlo sobre mi piel me indicaba que el momento decisivo se
estaba acercando. Dentro de pocos días, si seguía el plan trazado, le pediría
matrimonio y quedaría mi corazón a su antojo. Le indiqué que estaba
conforme y se lo entregué para que lo depositara en su pequeño estuche.
—¿Tiene ya pensada la inscripción? —me preguntó.
—Sí, me gustaría que pusiera "siempre" con letras mayúsculas.
—¡Perfecto! —volvió a mencionar haciendo que todas sonriéramos
—. Mañana ya lo tendrá listo.
—¡Perfecto! —fue lo único que se me ocurrió contestarle, antes de
que las sonrisas se convirtieran en carcajadas.
El cosquilleo de la anticipación corrió por mis venas, y me pregunté si
sería igual para todas las mujeres, pues era una mezcla de terror y felicidad
que te hacía sentir viva y afortunada, mientras el cuerpo no podía parar de
temblar y el pecho me ardía de calor.
Estaba tomando las riendas de mi vida y sabía con quién, cómo, y
cuándo quería vivirla. Por eso había elegido nuestra palabra Siempre, pues así
lo sentía. Nuestro amor sería eterno ya que él estaría a mi lado pasara lo que
pasara, hasta que dejáramos de respirar y de sentir, pero no de amar.
—¿Ya tienes pensado cuando vas a pedírselo? —me preguntó mi
hermana.
—Sí, mañana por la noche.
Fue entonces cuando me di cuenta de lo cerca que estaba y lo real que
era. Empecé a tener miedo por todos los detalles que me quedaban por hacer
y el poco tiempo que me quedaba. También recelé por lo mucho que me
estaba jugando, y por no querer estropearlo como lo había hecho la última
vez.
Me enderecé y aparté mis dudas a un lado. Esta vez todo saldría bien
al estar segura de nuestro amor, y por las ganas que teníamos de compartir un
futuro juntos. Pensar en ello me daba seguridad, y me hacía estar convencida
de que su respuesta sería afirmativa. ¿O no?
CAPÍTULO DOCE

El momento había llegado. Tras pasar el día repasando nerviosa todo


lo que iba a decirle, y reconstruyendo en mi cabeza cada paso que iba a dar,
la hora de la espera se había acabado y ya no había marcha atrás.
Después de haber sopesado los pros y contras de cada opción, me
había decidido por organizarlo en casa y así poder sorprenderle. Tenía el plan
en mi cabeza perfectamente pensado, y el primer puesto de mi lista estaba el
pedirle en matrimonio. De esa manera no perdería el valor con forme pasara
el tiempo, y me garantizaba no estar tan nerviosa en un momento tan
importante.
Me di cuenta de lo emocionado y nervioso que debió estar Christian
cuando me preparó la pedida de mano, y lo mal que debió sentirse cuando le
di evasivas. Ahora comprendía mejor que nunca su desilusión y sus ganas de
alejarse por unos días de todo. No estaba segura de cómo iba a ser mi
reacción si hoy él me hiciera lo mismo, pero sí puedo garantizar que me
costaría unos días poder mirarlo a la cara sin sentirme una ilusa.
Volví a mirar el reloj encontrándome cada vez más inquieta. Tenía
que relajarme o cuando él llegara sería incapaz de decir dos palabras
seguidas. Miré a mi alrededor y vi la mesa preparada hasta el más mínimo
detalle, ya que había sacado la artillería pesada adornándola con lo mejor de
la cristalería, la bajilla y la cubertería, sin olvidar las flores y las velas.
También había elegido alimentos cocinados de tal manera, que se pudieran
calentar sin problemas, por si dejábamos la cena para el final.
Sonaba una suave melodía de jazz y las luces estaban reguladas de tal
manera que alumbraran lo justo. Había centrado la decoración en la mesa,
para que al entrar yo fuera el centro de atención y él creyera que solamente se
trataba de una pequeña sorpresa.
Me había decantado por un coqueto vestido rojo, con escote de barco,
y un largo que me llegaba hasta medio muslo. Era algo provocativo por lo
ceñido que me quedaba, pero al tratarse de una ocasión especial me apetecía
ponérmelo. De todas formas, como la idea era que a primera vista creyera que
se trataba de una cena informal, la elección del vestuario también se había
ajustado a eso.
Lo único fuera de lo normal que había preparado era nuestra
habitación, pues había esparcido pétalos de rosas rojas sobre la cama y
perfumado la estancia. Volví a acercarme a la mesa para comprobar por
vigésima vez que todo estaba perfecto, y miré la botella de champán que me
atraía como si fuera el canto de una sirena.
Por unos segundos pensé que no sería tan mala idea abrirla y tomarme
una copa para calmarme. Lo malo era que conociendo mi mala suerte ésta se
derramaría sobre mí, justo en el momento en que Christian entrara por la
puerta.
Revisé mi reloj sabiendo que ya faltaba poco para que llegara, pues ya
había pasado la hora en la que Christian siempre venía a recogerme a la
agencia. Para poder preparar a tiempo la velada le había dejado un mensaje,
diciéndole que estaría en la peluquería y que volvería derecha a casa con mi
hermana. Sarah fue de gran ayuda al preparar conmigo la mesa, y juntas
decidimos esconder el anillo debajo de la almohada, además de ayudarme en
otras cosas.
Escuché ruidos provenientes del ascensor y supe que ya había llegado
el momento. Me coloqué en el sitio que habíamos elegidos, tras haber pasado
un buen rato probando opciones con Sarah, y esperé impaciente a que él
abriera la puerta del piso.
El sonido de sus pasos sonaba como tambores en mis oídos y mis
nervios hicieron que me empezaran a sudar las manos. Sentí que el aire
dejaba de entrar en mis pulmones y esperé inmóvil, aguardando en mi
posición. La puerta se abrió despacio y ante mí pude contemplar a Christian,
que al verme me sonrió.
Cuando lo tuve frente a mí todo desapareció de mi mente quedando
solo él. Avancé decidida hasta colgarme de su cuello sin que Christian
pusiera objeciones al sostenerme. Cerré mis ojos y me dejé llevar por su
ternura. Fue como un bálsamo, pues supe desde ese mismo instante que
durante todo el día había necesitado el consuelo de su abrazo.
—¡Hola amor! —fue lo único que pude decirle.
Christian me abrazó con más fuerza mientras me dejaba llevar por su
calor.
—¡Hola preciosa!
Sus palabras y su tacto consiguieron que por fin volviera a respirar
con normalidad, tras una tarde sin descanso. Todos los nervios y el estrés
desaparecieron, y solo quedó en un rincón de mi cabeza la idea de que esa
noche iba a ser algo especial. Sus labios buscaron los míos, y con la ferocidad
de quien desea lo prohibido, nos saciamos en un beso que no parecía tener
final.
—¡Menudo recibimiento! ¡No me importaría que fueran así todos los
días!
Le sonreí sin querer salir de su abrazo y con el sabor de su boca aún
en la mía. Me encantaba la forma en que me miraba, pues me daba seguridad
al verle tan necesitado de mí como yo lo estaba de él. Reflejada en sus ojos le
escuché decirme:
—He echado de menos nuestra conversación de regreso a casa.
—Yo también —le susurré.
—Me he acostumbrado tanto a ti, que hasta el más pequeño detalle se
me hace cuesta arriba si no te tengo cerca.
Sonreí porque sabía lo que Christian andaba buscando. Él quería que
me sintiera amada y protegida, y que supiera lo importante que era para él.
Pretendía con sus palabras conseguir la entrega incondicional de mi amor, y
para ello usaba sus mejores armas de seducción. Pero llegaba tarde, pues
hacía tiempo que me tenía en su poder y completamente rendida a sus pies.
Decidida a dejar claro en esta noche mis sentimientos, y mis
intenciones con respecto a él, me separé y le cogí de la mano para dar
comienzo a la velada que tan minuciosamente había preparado.
—¿Qué celebramos? —me preguntó mientras nos acercábamos a la
mesa.
—Nada, solo he preparado una cena tranquila con el hombre más
encantador del mundo.
—En ese caso tendré que marcharme pronto, porque si me cruzo con
él acabaré rompiéndole la cara —su sonrisa juguetona hizo que empezara a
temblarme las piernas y no pude hacer otra cosa más que sonreírle.
—¡Tonto, ese hombre eres tú! —le contesté coqueta.
—¿Así que te parezco un hombre encantador?
—¡Mucho!
—Entonces tú eres la única culpable de eso.
Ambos nos reímos y durante unos segundos nos quedamos
contemplando la mesa.
—Veo que has pensado en todo —me dijo elevando una ceja—. ¿Qué
más sorpresas me tienes preparadas?
Christian se quedó mirándome esperando mi respuesta, consiguiendo
con ello que mi respiración se acelerara.
—Para eso tendrás que esperar —insinué, para después volver a
colgarme de su cuello—. Si eres un chico bueno te lo mostraré a su debido
tiempo.
—Lo siento mi ángel, pero prefiero ser un chico malo.
Sin esperar mi respuesta, me abrazó con fuerza y me mordió en el
cuello, consiguiendo que chillara por la sorpresa y las cosquillas, pero sobre
todo, por la marca de chupetón que tendría al día siguiente.
—¡Eres imposible! —le aseguré riéndome.
Cuando por fin terminó de hacer su travesura acompañó mi sonrisa, y
volvió a darme un ligero beso en los labios.
—Así recordarás lo malo que soy —soltó junto a mi boca.
—¡El peor de todos! —le contesté casi sin aliento al sentirlo tan cerca
y poderoso.
—¡Exacto!
Noté como sus manos bajaban por mi espalda hasta mi trasero y de
pronto sentí unas ganas enormes de tomarme una copa de champán.
—¿Qué te parece si abres la botella y nos tomamos una copa?
Christian me miró, luego miró a la botella, y suspiró resignado por
tener que soltarme.
—¡Está bien! ¡Pero luego seguiremos con esto!
Y sin darme tiempo a reaccionar me liberó de su agarre y me dio un
azote en el trasero. Solté un grito de indignación que fue correspondido por
una carcajada suya, y sin poder evitarlo sonreí pues me encantaba verlo tan
feliz.
Christian se dirigió hacia la botella mientras yo me acercaba para
coger las copas, que también estaban en la mesa. En cuestión de segundos, él
le guitó el corcho, y llenó las copas con burbujas refrescantes que clamaban a
gritos correr por mi garganta.
—¡Por una velada especial!
Fue el brindis de Christian que recompensé con un ligero choque de
cristales, seguido de un largo trago del ambarino y refrescante líquido.
—¡Me encanta el champán! —afirmé con el sabor aún golpeando mi
boca.
—¡Ya me di cuenta en la inauguración!
—¡Eh! ¡Se trataba de una ocasión extraordinaria! —solté tratando de
parecer molesta.
—¡Lo sé!, pero hoy dejaremos los brindis para más tarde —él sonrió,
me retiró la copa de la mano, y se dirigió hacia la mesa para dejarlas sobre
ella —. Primero quiero ver cuál es mi sorpresa.
Aprovechando que me daba la espalda me acerqué a él por detrás,
mientras mi mano jugaba por su espalda hasta perderse por sus pantalones.
—La sorpresa no será hasta el final —le comenté seductora.
Él se giró para mirarme con un brillo de deseo en sus ojos y una
sonrisa que prometía pasiones desenfrenadas.
—Si tu mano sigue jugando traviesa, la sorpresa va a ser ahora y aquí
mismo.
Solté una carcajada mientras decidía si quitar mi mano de la dureza
que palpaba debajo de sus pantalones, o si seguía maliciosa recorriéndola.
Su gruñido entrecortado hizo que me percatara de su grado de
excitación, y retiré mi mano para que no se abalanzara sobre mí. Ya me lo
estaba imaginando enloquecido por el deseo, mientras apartaba de un
manotazo todo lo que había sobre la mesa, convirtiéndome así en el plato
principal.
—Está bien, pero si no tienes hambre podemos dejar la cena para más
tarde.
Christian miró a la mesa y luego me miró tratando de averiguar qué
era lo que más deseaba. Mi sonrisa seductora debió de darle una pista, pues
me la devolvió y se pegó a mi cuerpo.
—Cariño, creo que ni tú ni yo tenemos ganas de algo de lo que hay
sobre la mesa.
—Si coges la botella de champán estaré de acuerdo.
Él se rió y sin perder más tiempo cogió la botella. Decidido alcanzó
una servilleta, y la enrolló alrededor de ésta para que no goteara. Luego me
miró complacido por su rapidez y esperó a que lo guiara.
—¡Ya soy todo tuyo!
Sonreí y cogí las copas sosteniéndolas en una sola mano. Después me
acerqué a él, y cogiéndole de la corbata con la mano libre, le susurré muy
cerca de su boca:
—Entonces que empiece el juego.
Sin más me giré y empecé a tirar de él en dirección al dormitorio.
Tras dar unos pocos pasos Christian me cogió por la cintura, y me acercó a su
cuerpo parando justo a la entrada de éste.
—Nena, seguro que este juego me va a encantar.
Respiré profundo, no solo por su cercanía y la excitación, sino porque
tras esa puerta no había marcha atrás. Al entrar él vería las rosas sobre la
cama y sabría que algo tramaba. Recordé los pasos que había pensado dar y
suspiré esperando que todo saliera bien. Abrí la puerta despacio, sabiendo
qué sería lo primero que él vería al entrar.
La luz tenue de la habitación y el aroma a rosas fue lo primero que
llegó a nuestros sentidos. Sentí su agarre aflojándose y su cuerpo quedarse
quieto. Toda la cama estaba cubierta de pétalos de rosas, gritando con su
color rojo y su suave aroma que algo especial nos aguardaba.
Avancé unos pasos despacio hasta colocarme a los pies de la cama,
para después girarme, levantar la vista y observarle. Noté por su expresión
como si de pronto algo se conectara en su cabeza, y supe que esta noche
ambos teníamos un par de ases guardados.
—Veo que te ha impresionado mi sorpresa —le comenté recelosa, al
no saber lo que estaba pensando.
—La verdad es que no me esperaba algo así —me contestó
acercándose—. ¡Pero me encanta!
Por fin pude soltar el aire y dejarme llevar por su proximidad. Todo
estaba funcionando a la perfección, aunque lo más complicado aún quedaba
por llegar.
—Me alegro, quería que esta noche fuera algo diferente.
—Siempre lo es cuando estamos juntos —me respondió seductor.
Christian se paró delante de mí, cogió las copas de mi mano, y se
volvió para dirigirse a la mesita de noche, donde las dejaría al igual que la
botella de champán. Luego regresó a mi lado, resguardó mi cara entre sus
manos, y empezó a besarme recorriendo mi rostro mientras me dejaba
acariciar.
Sentí que ese era el momento, al haber llegado al punto donde quería
que sucediera, y solo me quedaba decirle que lo amaba y pedirle que se
casara conmigo. Pero algo en mi pecho me impidió soltar cualquier sonido, y
cada vez me costaba más encontrar el coraje para declararme.
Empecé a ponerme nerviosa y a temblar sin poder controlarlo. Olvidé
las palabras que tenía pensadas y mi mente se quedó en blanco. Toda mi
seguridad, mi seducción y toda la preparación se quedó en nada, cuando llegó
el momento de la verdad.
—¿Te pasa algo? —la voz de Christian me sobresaltó, al estar perdida
en mis desastrosos pensamientos.
—No, estoy bien —traté de disimular lo mejor que pude sonriéndole.
—Si quieres podemos comer algo antes.
—No, no hace falta —no sabía cómo salir de esta situación sin
destaparlo todo y sin preocuparle—. Es solo que…
Christian, sabiendo que algo me pasaba, se quedó observándome para
tratar de averiguar qué me estaba ocurriendo.
—¿Quieres que nos sentemos? ¿Estás mareada?
—¡Sí! ¡No!
Mi cara debía de estar del color de las ranas, pues Christian me miró
preocupado. Di unas cuantas bocanadas de aire para serenarme, y mirándole
le dije:
—Me gustaría sentarme.
Él asintió y, sin querer perder el contacto con mi piel, me guió con su
mano en la espalda hasta colocarnos en el lateral de la cama.
—¿A ver si tienes fiebre? —en cuanto me senté se agachó frente a mí,
y colocó su mano en mi frente.
—No es nada, ¡de verdad!, solo han sido unas palpitaciones.
—¿Quieres acostarte un rato para relajarte?
—Solo si tú me acompañas —le dije coqueta para demostrarle que me
encontraba bien y que no quería parar nuestro juego.
—Será un placer, mi ángel.
Christian me sonrió con una dulzura que me volvió a dejar sin
respiración, y me quitó los zapatos con sumo cuidado.
—Déjame que te quite la chaqueta y la corbata para que estés más
cómodo.
Intenté incorporarme para poder quitársela con más facilidad, pero esa
idea no pareció gustarle en absoluto.
—No hace falta que lo hagas, ya me lo quito yo —noté por su voz que
cada vez estaba más preocupado.
—Christian tranquilo, solo ha sido un ligero malestar —fue lo único
que se me ocurrió decirle para que no supiera que los nervios me habían
jugado una mala pasada, por lo que medio le supliqué—: Además, quiero
hacerlo yo.
Él asintió sin perderse un solo detalle de la expresión de mi cara para
asegurarse, y se me acercó colocándose de rodillas para que no tuviera que
levantarme. Y así, de esa manera ambos salíamos ganando; yo al quitarle la
chaqueta como deseaba, y él al mantenerme sentada como quería.
Como un niño bueno se dejó hacer mientras poco a poco ambos nos
serenábamos y empezábamos a sentirnos más tranquilos. No quería estropear
la velada por unos nervios sin sentido, así que respiré profundo y me centré
en llevar a buen término mis planes. Por ello, empecé a deslizar mis manos
por su pecho hasta sus hombros en completo silencio, demostrándole así que
mis pensamientos estaban en él y no en mi malestar pasajero.
Estaba tan cerca de mí que no tuve ninguna dificultad en abarcar la
anchura de sus hombros, y disfruté de cada caricia, cada mirada y cada ráfaga
de olor que de él me llegaba. Tras pocos segundos la chaqueta empezó a
ceder, mientras mis manos seguían acariciándole y se perdían por sus brazos.
Cuando ésta acabó cayendo al suelo me quedé mirando su pecho musculoso,
al estar éste marcado por su camisa de popelín.
Sentí a través del tacto la fuerza que emanaba de él, y deseé poder
dejarle sin ropa para deleitarme con la visión de su piel desnuda. Conseguí de
esta manera olvidar por completo mi malestar, y ahora sentía un hormigueo
de deseo recorriendo mi cuerpo.
Con una caricia dirigí mis manos hacia su corbata sin querer dejar de
sentir su vigor. Noté el calor de su mirada y cerré los ojos para tratar de
encontrar la seguridad que creía perdida. Escuché su respiración agitada,
inspiré llenándome de su vitalidad, y palpé el tacto suave de la seda mientras
la desanudaba. Volví a notar la seguridad de quien se sabe amada, y empecé a
hablar como debía haberlo hecho desde el principio. Con determinación,
orgullo, y sobre todo, con amor.
—Christian, hay algo que me gustaría que supieras —esperé a que me
dijera algo, pero al permanecer callado continué—. Desde que te conozco ha
habido muchos cambios en mi vida, y aunque sé que tardé en darme cuenta
de lo que significabas para mí, quiero que sepas que te amo.
Su silencio y su pasividad me estaban matando, por lo que elevé la
vista para mirarlo y salir de dudas. Christian me estaba observando con tanto
amor en sus ojos, que sentí aún más valor para seguir hablando.
—Te has convertido en lo más importante de mi vida y no quiero
perderte.
Las palabras hicieron que unas lágrimas cayeran por mis mejillas.
Estaba abriéndole mi corazón, mientras le miraba fijamente, y veía como la
confirmación de mis sentimientos también le afectaba a él. Christian apartó
mis lágrimas con sus dedos, y sujetando mi cara entre sus manos me besó
demostrándome que mis emociones eran compartidas. Toda la entrega, la
pasión y el amor se condensaron en ese beso, hasta conseguir que nuestros
sentidos clamaran al cielo.
Sentí como sus brazos me cobijaban entre su suave toque,
demostrándome que para ellos era su única dueña. Luego, Christian se sentó
en el borde de la cama colocándose a mi lado, para después elevarme como
una pluma y sentarme en su regazo.
En ningún momento mi dueño y señor consintió en que separásemos
nuestros labios, pues por nada del mundo dejaría a su amada sedienta de sus
besos. Acaricié su cabello, lamí su lengua y enloquecí con su tacto. Era
maravilloso perderse entre los brazos de la persona a la que amas, y más aún
cuando ella también te corresponde.
—¡Te quiero! —susurré a centímetros de su boca.
Con sus labios perdidos en los míos Christian no me dejaba hablar,
pues solo deseaba besarme mientras yo me quedaba sin fuerzas para negarle
nada. Esperé a que se calmara para continuar con mi declaración, si es que
conseguía articular alguna palabra tras su ataque de deseo. Notando que su
atención se centraba ahora en besar mi cuello, aproveché para seguir y
preguntarle lo que más anhelaba saber.
—Necesito que sepas que deseo pasar el resto de mi vida contigo.
Christian cesó con sus besos para pasar a contemplar mis ojos muy
serio, y señaló con voz seductora y ronca:
—Mary cariño, yo también lo deseo. Desde que te conozco mi única
aspiración en la vida es amarte y estar contigo —me acarició con adoración
la mejilla, pues nos era imposible el dejar de sentirnos.
—Me gustaría dar un paso más en nuestra relación —ronroneé
mientras la piel de mi rostro se calentaba por su caricia—. Creo que va siendo
hora de que asumamos lo que sentimos.
Christian apartó su roce de mi mejilla y sentí como si me hubieran
arrancado una parte de mí misma.
—¿Estás segura de lo que estás diciendo? —me preguntó con un
destello de ilusión en sus ojos.
—¡Muy segura! — le agarré la cara con mis manos para retenerla,
pues él quería capturar mi boca, y ya había llegado demasiado lejos como
para callar ahora—. He estado pensando cómo preguntártelo, pero creo que lo
mejor es hacerlo de forma directa. ¿Christian, quieres…?
—¡Espera un momento! —me cortó en seco consiguiendo que me
temiera lo peor.
Sin saber qué hacer aparté mis manos de su cara y coloqué los brazos
en mi regazo. Durante unos segundos; que me parecieron eternos, se quedó
en silencio mirándome, al mismo tiempo que mi cabeza me repetía sin cesar
que me iba a rechazar.
No sé muy bien qué era lo que sentía al no poder notar ninguna parte
de mi cuerpo, y notaba como mi corazón latía tan desbocado que comenzaba
a asustarme. Quería llorar y salir corriendo, pero solo fui capaz de elevar mi
mirada avergonzada hasta su cara, y ver en sus labios el nacimiento de una
sonrisa que desechó en el acto todos mis temores.
—Si estoy en lo cierto, y me estás proponiendo lo que creo, será
mejor que lo hagamos bien.
Sin más me dio un ligero beso en los labios, y se levantó para dirigirse
hacia su mesita de noche, mientras me quedaba sentada sin saber muy bien
qué hacer o qué pensar. Solo podía observarle y preguntarme si las tornas se
habían cambiado, y la sorprendida ahora sería yo. Tras buscar algo en el
interior de un cajón y cogerlo, volvió a mi lado y se sentó junto a mí para
poder mirarme a su antojo.
—Perdona que te haya interrumpido, pero he visto que era el
momento adecuado.
Me di cuenta de que escondía algo en la mano cerrada y mi pulso
empezó a acelerarse hasta creer que me estallaría el pecho. Esperé expectante
a que me aclarara el motivo de su interrupción, pero lo único que hizo fue
observarme mientras su mano buscaba la mía y la cogía acariciándola. Cada
segundo me pareció un siglo, y estaba a punto de decirle algo para acabar con
esta incertidumbre cuando comenzó a hablar.
—¿Sabes que a mí me ha pasado lo mismo que a ti? —preguntó
dejándome aún más confusa—. Durante estos días he estado pensando cuales
serían las mejores palabras para declararme y pedirte que fueras mi esposa.
Debió notar mi sorpresa ya que su sonrisa se amplió, dejándome aún
más maravillada. Luego, con un ágil movimiento se arrodilló frente a mí,
consiguiendo que toda mi atención estuviera puesta en él. Con su mano
sosteniendo todavía la mía, noté que estaba nervioso, pues ésta le sudaba
aunque la tenía fría.
—Mientras pensaba las palabras exactas que debía decirte, me di
cuenta de que algo tan grande solo puede expresarse de una manera sencilla
—clavó sus ojos en los míos y continuó con su declaración diciéndome—:
¡Te amo!
La sencillez de su discurso consiguió que las lágrimas bañaran mis
ojos. Se estaba declarando frente a mí, expresando justo lo que segundos
antes yo había intentado sin éxito, solo que al escucharlo en sus labios todo
pareció más sencillo y correcto. Sin lugar a dudas era mi complemento, mi
media naranja y mi destino, pues me conocía como si estuviéramos hechos el
uno para el otro.
Christian abrió su puño y dejó ante mi vista un pequeño estuche negro
de joyería, tan parecido al mío que por unos segundos temí que se tratara del
mismo. Despacio soltó la mano que aún sostenía la mía y abrió la cajita. En
su interior un maravilloso anillo de compromiso brillaba llamándome a
gritos.
La mano empezó a temblarme y fui incapaz de apartar la mirada de la
sortija. Creí reconocerla, aunque la última vez que la había visto había sido
por unos pocos segundos. Era el mismo anillo que Christian me ofreció
cuando pidió mi mano en el restaurante, y el que tantas veces había soñado
llevar desde entonces; ante mí tenía claramente una segunda oportunidad de
hacer bien las cosas.
—Mi ángel. ¿Quieres casarte conmigo? —me preguntó notándose la
emoción en su voz.
Con dedos temblorosos Christian sacó el anillo del estuche, y lo puso
delante de nuestras miradas a modo de ofrenda. Estaba justo entre ambos y
no pude evitar mirarle a los ojos. Me estaba observando con ternura, con
pasión, y con un amor que juraba ante el cielo ser eterno. El azul de sus ojos
se oscureció reclamando una respuesta que hacía mucho tiempo era solo
suya.
—¡Sí! ¡Y mil veces sí! —le aseguré con todo mi corazón puesto en
cada letra.
Lo escuché suspirar aliviado mientras cerraba los ojos e inclinaba un
poco la cabeza hacia atrás. Me di cuenta de que él también había sentido
ciertas inseguridades, y no había estado muy convencido de mi respuesta,
aunque yo había empezado a hacerle la proposición.
Esperaba que después de esta noche no volviera a dudar nunca más
del inmenso amor que le procesaba, siendo éste el final de todas las
inseguridades que ambos guardábamos.
Cuando volvió a mirarme vi pura felicidad en su mirada. Era algo
limpio y profundo que nunca antes había visto, y me sentí dichosa por haber
sido la causante de su júbilo. Aún temblorosa, alcé mi mano dejando claro el
reclamo del anillo en mi dedo, y con una gran sonrisa en la cara y en mis ojos
le dije:
—Y ahora, ¿si te parece bien? Llevo mucho tiempo esperando ese
anillo.
Christian, pletórico de felicidad cogió mi mano, y con solemnidad
colocó despacio el anillo en mi dedo, con tanta emotividad que estuve a
punto de echarme a llorar al verlo tan ilusionado. No soltó mi mano una vez
que me lo hubo puesto, quizá al no querer perder mi contacto, y ambos nos
quedamos mirándolo por unos segundos sabiendo lo que significaba; ahora
era suya.
Sin poder contener por más tiempo mis sentimientos me lancé a sus
brazos, deseosa de fundirme en su cuerpo hasta el fin de la eternidad.
Siempre supe, en lo más profundo de mi ser, que algún día conocería a un
hombre al que poder amar con toda la intensidad que mi corazón me
permitiera.
Sé que hubo una vez en que dudé, que los miedos me cegaron y que
estuve a punto de estropearlo todo por mi insensatez. Pero ahora sintiendo
como su amor me rodea y reconforta, estoy convencida de estar haciendo lo
correcto, pues siento que soy tan suya como él es mío.
Perdida entre sus brazos, que se cerraron a mi alrededor como
temerosos de que me escapara, sentí el calor y la fortaleza de Christian. Me
estaba reclamando como suya, pegando su cuerpo al mío como si fuéramos
uno solo. No nos besamos, solo nos sentimos, pues la emoción era tan intensa
que nos creímos incapaces de movernos.
Percibí en ese instante un amor tan grande por él, que cada parte de
mi cuerpo solicitaba formar parte suya, ser su esencia, su alma y su vida. Le
necesitaba para respirar, para sentir y para volver a ser feliz. Nunca creí que
algo tan sencillo como un simple “¡sí!”, pudiera cambiar mi mundo y hacer
que el arcoíris apareciera en él. Pero lo que más me emocionó fue darme
cuenta de que Christian, perdido entre mis brazos, estaba sintiendo lo mismo
que yo.
Una vez que ambos logramos calmarnos un poco, Christian me miró
como si hubiera resuelto los misterios del universo en su interior. Se notaba
que había logrado cumplir un sueño y me sentí tan feliz como lo estaba él.
Era como si ambos supiéramos que íbamos a empezar a andar por un nuevo
camino, donde esperábamos lo mejor y deseábamos seguir sintiéndonos así
por siempre.
—Cuando vi este anillo me recordó a ti por su forma de iluminarlo
todo a su alrededor —me comentó mientras su mirada se clavaba en la mía
—. Como tú me has iluminado a mí desde el principio.
De pronto sus palabras me recordaron que tenía su anillo escondido a
sus espaldas, debajo de la almohada, y me pareció el momento perfecto para
entregárselo. De esa manera podía reclamarlo, como él estaba haciendo
conmigo reteniéndome en su abrazo. Me incliné hacia él para decirle algo en
el oído, y así aprovechar para meter la mano por debajo de la almohada y
cogerlo.
—¿Sabes? A mí me pasó algo parecido —le comenté mientras lo
hacía.
Noté su extrañeza ante mis palabras y aproveché para salir de su
agarre. Me volví a sentar correctamente en mi sitio, dándome cuenta de su
expresión de no entender nada. Sin querer perder más tiempo, pues me moría
de ganas de ver su cara cuando lo viera, abrí la mano donde lo sostenía y le
mostré la cajita negra que tan parecida era a la suya.
—Cuando vi este anillo pensé en nosotros, en lo diferentes que somos
y aun así en como encajamos.
Para mi desilusión al verlo no pareció sorprendido, sino más bien
como si ahora lo entendiera todo. Él debió darse cuenta pues me sonrió.
—¡No eres muy discreta, preciosa!
—¿Sabías lo del anillo?
—Lo intuí cuando te vi registrando mis cajones y meterte algo en el
bolsillo —me soltó divertido al tiempo que yo indignada daba un gritito—. Y
ahora, ¿si te parece bien?, ¡quiero ver mi anillo!
Ante su petición y su cara ilusionada solo pude soltar una carcajada
pues, sin lugar a dudas, ambos guardábamos algún que otro secreto. Abrí la
cajita y se lo mostré sin más dilación, al estar deseando ver su expresión de
sorpresa cuando lo viera.
En esta ocasión Christian se lanzó a cogerlo curioso por saber a qué
me refería, cuando le había dicho que su anillo me recordaba a nuestra
relación. Nada más agarrarlo se quedó observándolo muy fijamente, mientras
me quedaba mirándole para no perderme ninguna de sus reacciones.
—Tiene dos oros trenzados —lo dijo tan bajito que me recordó a un
susurro.
—También tiene una inscripción —le comenté.
Acto seguido miró curioso en el interior del anillo.
—Tuya para siempre —leyó—. Yo también pensé en poner algo
parecido.
Sin poder soportar estar por más tiempo sin sus besos, me lancé a sus
brazos en el mismo momento que él también lo hacía. Sentí el calor de su
boca, de su piel y de sus manos, y me deshice como mantequilla entre sus
labios. Su sabor era ambrosía para mi paladar y me dejé llevar por el sabor de
la más pura felicidad. Caí sobre el colchón entre una nube de besos, sin que
sintiera el peso de su cuerpo, notándolo pletórico de deseo pero sin dejar de
pensar en mi placer.
Nublados por las emociones, fundidos en un abrazo, y guiados por el
impulso de dos corazones que por amor se funden en uno solo, nos dejamos
llevar por el fuego de nuestro deseo y nos amamos con la intensidad de quien
se siente vivo.
—¡Dios, cuánto te quiero! —me aseguró cuando nuestras bocas se
separaron—. ¡Mi ángel!
Su miraba caía sobre mí como si de una cascada de agua cálida se
tratase. Me hallaba a su antojo al tener su fibroso cuerpo sobre el mío,
mientras perfilaba mi rostro con su mano.
—Prométeme que será para siempre —me pidió.
—Sabes que no podría estar sin ti —le respondí dispuesta a apartar de
una vez por todas las dudas y temores que aún pudiéramos guardar— y por si
no te ha quedado claro, el anillo te lo recordará cada vez que lo mires.
Christian sonrió como evidencia de que mi afirmación le había
encantado. Vi que agarraba su anillo con los dedos ya que aún no le había
dado tiempo a ponérselo.
—Déjame que te lo ponga —le pedí.
Christian se incorporó volviendo a colocarse en su posición anterior y
yo le cogí el anillo para colocárselo. Sonriendo me comentó:
—¡Justo a mi medida!
Por mucho que lo negara, el brillo de sus ojos me dijeron que sabía
mucho más de lo que yo creía. Sabiendo que lo había descubierto, pues en
ningún momento mostró asombro sino todo lo contrario, dejé pasar su
comentario para que no se riera a mi costa. Cosa que por supuesto él no
estaba dispuesto a pasar por alto.
—Así que el nerviosismo de estos días era porque estabas preparando
esto —soltó con aire prepotente, al no poder ocultar que sabía que escondía
algo.
—¡No disimules! ¡Sé que lo sabías!
—¡Cariño, debo decirte que como espía eres malísima! —No pude
evitarlo y le di un manotazo—, y además ya te voy conociendo —continuó a
modo de excusa.
—Podías haberme dicho algo, así no habría estado tan nerviosa —le
repliqué tratando de parecer molesta, aunque estaba tan feliz que me era
imposible.
—¿Y perderme el misterio?
Viendo que me empezaba a disgustar me cogió y me sentó en su
regazo con cuidado, mientras yo le rodeaba el cuello con un brazo.
—Aunque debo decirte que me ha sorprendido que fueras tú la que
me pidiera en matrimonio. Había pensado que más bien se te ocurriría algún
plan para conseguir que volviera a pedírtelo.
—Quería compensarte por lo necia que había sido —confesé mientras
empezaba a acariciar su cabello y él embebía de mi mirada—. También
quería que te dieras cuenta que ya no pienso igual y que te quiero muchísimo.
—¡Lo sé! Y por eso te interrumpí. Quería ser yo el que volviera a
pedírtelo, para que tuvieras a tu hombre postrado ante ti.
—Debo admitir que me has quitado un peso de encima, ya que no
sabía si tenía que arrodillarme o no —dije mientras recordaba divertida las
ocasiones que lo había imaginado en mi cabeza, y las veces que lo había
desestimado.
—¡No! ¡Me hubiera encantado ver eso! —exclamó tratando de
parecer enojado—. ¿Qué te parece si lo olvidamos todo y ahora eres tú quien
se arrodilla? —me respondió riendo, por lo que supe con toda claridad que se
estaba burlando.
—¡Lo siento cariño, pero no pienso olvidar nada! ¡Perdiste la
oportunidad por no saber esperar! —ambos nos echamos a reír—. Además,
¡te quedó preciosa!
Christian me besó la punta de la nariz como muestra de cariño y me
acercó más a su cuerpo. Por unos segundos solo me miró como si estuviera
perdido en sus recuerdos.
—Algún día muy lejano quizá se lo contemos a nuestros nietos. ¡Y
debo pensar en mi reputación! —comentó Christian risueño, pero sobre todo
emocionado.
—¡Quizá en un tiempo muy lejano! —respondí dejándome llevar por
el anhelo.
—Además, ¿qué clase de hombre sería si dejo a mi chica ponerse de
rodillas para pedirme en matrimonio? —comentó con su sonrisa marcando
otra vez su rostro.
—¿Uno moderno?
Ambos volvimos a reír y recosté la cabeza en su hombro, ya que
deseaba sentirle cerca. Christian debió notar mi deseo pues apartó el cabello
de mi cara, me abrazó con fuerza y me dio un ligero beso en los labios.
—Y ahora, futura señora Taylor, permítame hacerle el amor como se
merece.
Sin más palabras pasó su brazo por debajo de mis piernas, me alzó, y
me recostó sobre la cama, para después tumbarse a mi lado.
—¡Un momento, futuro esposo! —le paré—. Antes tienes que
decirme qué pone en la inscripción de mi anillo.
—¿Cómo sabes que tiene una? —me preguntó divertido.
Me quedé mirándolo alzando una ceja para indicarle que al decirme
antes: «Yo también pensé en poner algo parecido», había dejado claro que
algo había grabado en él. Sonriendo me dio un dulce beso y me preguntó:
—¿De verdad no lo sabes?
Entonces le miré tratando de pensar qué se le habría podido ocurrir
que fuera algo importante para los dos, o que tuviera un significado especial
para él. Christian me dejó divagar por mi mente recordando y reviviendo
cada momento inolvidable de nuestra relación, mientras él prefería
obsequiarme con múltiples besos en mi cuello y mi escote.
De pronto lo supe. Tan claro como la luz del día tuve la certeza de
saber cuáles serían las palabras que él habría elegido para la inscripción.
Buscando su oído para susurrarle le dije bajito:
—Siempre seré tu ángel.
Él dejó de besarme y sonriendo me miró. Por esa mirada pícara y
risueña supe que había acertado, pues sin duda había puesto algo parecido a
«Te quiero, mi ángel».
—Sentí que serías especial desde el primer momento en que te vi.
Sonreí al recordar nuestro primer encuentro, cuando se me había
escurrido el árbol de navidad sobre él haciendo que se golpeara la cabeza, y
como al despertar él creyó que era un ángel. Desde entonces siempre me
llamaba así en los momentos más íntimos, y se había convertido en su forma
especial de referirse a mí.
—Tú siempre estuviste seguro de que acabaríamos juntos —le dije
convencida.
—No siempre, pero confiaba en que ambos nos diéramos cuenta de
que estábamos hechos el uno para el otro.
Su boca se perdió en la mía sin querer desperdiciar ni un segundo más
en enloquecerme. Luego, despacio, siguió besando mi pecho reclamándolo
como suyo. En cuestión de segundos nuestros cuerpos estaban encendidos
por la pasión, y deseosos de perdernos entre el calor del deseo. Vi mi anillo
brillar en mi dedo cuando acariciaba su suave cabello y recordé las últimas
palabras que me había dicho, lo que me hizo pensar: «Darnos cuenta de que
era algo serio».
—Tan serio como para pasar toda una vida juntos —dije sin darme
cuenta de que lo estaba susurrando.
Christian debió escuchar mi susurro pues elevó su mirada hasta la
mía.
—¡Sí!, tan serio como eso.
La voz ronca y profunda de Christian atravesó todo mi cuerpo,
llegando hasta lo más profundo de mi ser. Sus ojos me dijeron que no estaba
dispuesto a aceptar menos que pasar desde ahora y hasta el final de nuestros
días unidos. Esa era su condición, su deseo y su forma de amar. Entendí su
requisito y acepté el desafío. Si íbamos a casarnos, sería con la firme
convicción de ser un para siempre, o no tendría sentido darnos él “sí quiero”.
Le contemplé con todo el amor marcado a fuego en mi mirada, para
que no tuviera dudas de las palabras que iba a pronunciar.
—Te prometo que jamás olvidaré mi promesa y te amaré siempre.
Sin más declaraciones por pronunciar nos abrazamos uniendo alma,
cuerpo y corazón, dispuestos a un nuevo futuro donde nuestro amor sería el
punto de partida hacia un destino compartido.
Y entonces sucedió, Christian me miró, y supe que quería contarme
algo que hasta ese instante se había callado. Por ello, simplemente me quedé
en silencio y esperé a sus palabras llegaran.
—Hay algunas cosas que no sabes de mí, y si vamos a casarnos
deberías saberlas, por eso quiero contártelo todo desde el principio.
Asentí y dejé que sus recuerdos fluyeran por su boca, dispuesta a
formar parte de ellos, mientras apartaba el deseo y se inclinaba hacia un lado
para poder contarme sus secretos.
No sé qué fue lo que le hizo hablarme de ellos en ese momento, pero
si por algún motivo Christian así lo necesitaba, yo estaba más que dispuesta a
escucharle.
—Como sabes, quedé huérfano muy joven aunque nadie sabe que fue
a los doce años. Durante lo que me pareció una eternidad, esperé un hogar
que me acogiera, pero fue pasando el tiempo y eso nunca sucedió, por lo que
un día decidí dejar de esperar y me marché.
—¿Cuántos años tenías? —no pude disimular la tristeza de mi voz.
—Quince, pero siempre he sido robusto y aparentaba más edad.
Christian acarició mi mejilla con ternura, deseoso de eliminar mi pena
con su roce.
—No tienes por qué estar triste, eso sucedió hace mucho tiempo.
—Lo sé, pero me duele que fueras solo un niño.
—Mi ángel —me llamó con cariño—. Dejé de ser un niño a los doce
años.
Le miré deseando borrar de sus recuerdos esos momentos amargos,
para cambiarlos por otros placenteros. Pero el pasado ya estaba firmado y no
podíamos cambiarlo, solo compartirlo.
—No quiero tus lágrimas Mary, solo que escuches y me entiendas.
Asentí y callé para oír como la vida había golpeado sin descanso al
hombre que significaba todo para mí, dispuesta a ser su apoyo si así lo
necesitaba, pues por amor se llega incluso a alcanzar las estrellas.
—El tiempo que estuve en las calles pasó tan rápido que no lo
recuerdo bien. Solo me vienen imágenes de estar trabajando hasta caer
agotado por unas pocas monedas, y de tener que endurecerme para poder
sobrevivir. Pero no todo fue malo, era independiente y tenía mi propia
habitación, y eso, para un chaval que nunca tuvo nada, era todo un tesoro.
Su mirada soñadora ante estas últimas palabras me tranquilizó al
saber que no todo de su pasado le causaba daño al revivirlo.
—Como sabes, todo eso cambió cuando me convertí en el brazo
derecho de Henry Taylor al salvarle de unos ladrones. Él me sacó de las
calles y me dio una nueva vida junto a él y su mujer, y junto a una riqueza
que jamás hubiera alcanzado si no hubiera sido por su ayuda. Aun así
siempre he sentido que me faltaba algo que me impedía ser feliz, hasta que te
conocí y supe que esa pieza que me faltaba eras tú.
Sus palabras me emocionaron tanto que fui incapaz de contestarle,
agradeciendo el tenerle cerca.
—Con esto quiero decirte que sé lo importante que es tener a alguien
a tu lado que te apoye, te comprenda, o que simplemente esté ahí cuanto te
sientes solo o perdido —y colocándose sobre mí siguió diciéndome sin
apartar su mirada de la mía—: Para mí significa mucho que me digas que
nuestro matrimonio es para siempre, y por eso he querido compartir esa parte
de mi vida contigo.
—También significa mucho para mí que me lo hayas contado, y
quiero que sepas que siempre estaré para ti cuando me necesites —le contesté
en un susurro, pues mi voz se había quedado atrapada en alguna parte de mi
corazón.
—Lo sé cariño, sé que tú siempre estarás ahí y por eso te quiero tanto.
Le abracé con todas mis fuerzas para demostrarle que en mis brazos
siempre tendría cobijo, y que estaba dispuesta a todo, con tal de hacer
desaparecer cualquier signo de soledad o tristeza que tuviera desde ese
mismo instante.
—Te quiero —le volví a decir para sellar de una vez por todas su
pasado, dejando vía libre por fin a un nuevo comienzo.
Christian, emocionado por su confesión y mi respuesta, me abrazó
con fuerza para después besarme con toda la intensidad que le permitió su
deseo. No fue hasta que se sintió quemar que comenzó a marcar en mi cuerpo
cada juramento de amor que nos habíamos procesado, utilizando para ello su
boca, sus manos y todo su cuerpo.
Fue el inicio de unas horas de entrega total, donde el placer de uno se
fundía en la necesidad del otro y donde el deseo se mezcló con el amor y la
carne se fundió con el alma.
Si algo quedó claro esa noche, fue que habíamos llegado a un punto
en el que la vida dejaría de tener sentido si no la vivíamos juntos, pues
ninguna barrera, miedo o prueba, conseguirían separarnos al habernos unido
como si fuéramos un solo ser.
Y así, dejamos que la noche nos envolviera, mientras nos
sumergíamos en el placer de hacer el amor con la persona que te había dado
tanto, que sentías las manos repletas de él.
CAPÍTULO TRECE

Ese día fue un milagro que pudiera salir de entre sus brazos, y con
ello también de la cama, pues se mostraba incansable en provocarme y
excitarme. Solo cuando el hambre fue más fuerte que el deseo, empezó a
ceder, y salimos de la habitación dispuestos a saquear la nevera.
Cargamos todas las provisiones y nos atrincheramos en el salón, en un
improvisado campamento hecho a base de sábanas, cojines y mantas. La
mitad de la comida la tomó de mi cuerpo que hizo de plato, y la otra mitad
quedó olvidada por falta de interés en ella.
Menos mal que nos centramos en comer fruta y fiambre, ya que si
hubiera sido otra clase de alimento la experiencia no hubiera sido tan
placentera, y hubiera necesitado pasarme toda la tarde frotándome en la
ducha. Por suerte, Christian se ocupó de mantenerme bien limpia al comer y
lamer sin dejar ni un solo rastro de comida.
Pasamos el resto de la tarde tranquilos, sin ganas de movernos y
dejándonos llevar por las caricias perdidas, los besos fugaces y el recuerdo de
los momentos felices. Sin lugar a dudas estaba convirtiéndose en un mal vicio
permanecer tumbados sin hacer nada durante horas, con la única compañía de
nuestro amor y nuestras ganas de detener el tiempo.
Ya más avanzada la tarde, cuando el sol estaba cansado de observar
nuestros juegos, me convenció para que tomara un largo y relajante baño de
espuma, mientras él se ocupaba de encargar la cena y prepararlo todo. Como
soy una buena chica, no opuse resistencia a su plan, y acabé entre nubes de
espuma y música suave que Christian insistió en ponerme.
Cuando empecé a percibir que el agua se estaba enfriando, y mi piel
comenzaba a arrugarse, decidí que había llegado el momento de salir de la
bañera y empezar a arreglarme. Como no esperábamos visitas y sabiendo que
cualquier cosa que escogiera iba a durar poco tiempo puesta, opté por un
camisón de raso color hueso con la espalda al descubierto que llegaba hasta el
suelo. El tejido se pegaba a cada forma de mi cuerpo como si fuera mi propia
piel, por lo que lo acompañé con una bata de encaje que también me cubría
hasta los pies y disimulaba un poco mis formas.
El conjunto le daba muy poca cabida a la imaginación, por lo que
estaba segura de que a Christian le encantaría para una ocasión tan especial,
sobre todo al ser solo para sus ojos. Además, en muy pocas ocasiones una
mujer tiene la suerte de impresionar a su pareja con algo así, y yo estaba
dispuesta a usar todas mis armas para seducirlo.
Dejándome guiar por la suave música de jazz que tanto le gustaba; y
yo ya estaba empezando a apreciar, y por el delicioso olor de la comida
recién hecha, salí de nuestro cuarto y quedé paralizada en las puertas del
salón ante la visión del paraíso sobre la tierra.
Toda la habitación estaba sumida en una luz tenue al estar iluminada
por lo que me pareció centenares de velas blancas diseminadas por cada
rincón, superficie y objeto que tenía ante mí.
Sin saber muy bien qué hacer le busqué con mi mirada, y cuando le
encontré, me quedé maravillada ante la visión del hombre de mis sueños.
Solo podía observarle mientras se me acercaba y rezaba para que mis piernas
dejaran de templar. Suspiré y decidí aprovechar uno de los momentos más
inolvidables de mi vida, pues estaba segura de que Christian haría todo lo que
estuviera en sus manos para que así lo fuera.
Christian me sonrió al acercarse con su forma felina de caminar.
Estaba elegante, sereno y varonil. Solo llevaba puesto un pantalón oscuro y
una blusa blanca, pero no le hacía falta nada más para parecer un Dios del
olimpo que había bajado a la tierra para seducir a una joven mujer.
—¡Estas preciosa, cariño! Como siempre me dejas sin aliento.
—Christian no sé qué decir, me has… sorprendido.
Él recompensó mis palabras ampliando su sonrisa seductora y
adquiriendo una actitud triunfal.
—¿Qué te parece si me dices lo mucho que me amas?
Me abalancé decidida sobre él y me cobije entre sus brazos que me
recibieron con fervor.
—¡Te amo, te amo, te amo, te amo…! —confesé cientos de veces.
Interrumpió mi declaración con un profundo beso que hizo temblar de
deseo todo mi cuerpo, y detuvo el tiempo en nuestras manos para poder
saborearnos hasta la eternidad.
—Mi ángel, te quiero tanto que creo perder la cabeza si no te tengo
cerca.
—Entonces tenme siempre a tu lado.
—¿Para siempre? —me susurró entre dulces besos.
—¡Siempre! —le contesté inundada de deseo.
—Ven, quiero tenerte entre mis brazos.
Me cogió de la mano y me acercó a los enormes ventanales donde los
últimos rayos de sol bañaban la ciudad. Luego, me pegó a su cuerpo, y
lentamente empezamos a movernos al ritmo de una suave melodía.
—Necesitaba tenerte así, solo para mí.
—Sabes que me tienes solo para ti.
Él me miró clavando su mirada en la mía, consiguiendo que pareciera
una caricia que suavemente recorría mi cara para tratar de memorizarme.
—Lo tenía todo preparado, solo estaba esperando el momento
adecuado, pero ayer tú te me adelantaste —me dijo muy suave al oído
mientras movíamos nuestros cuerpos despacio.
—Para que…
Fue entonces cuando caí en la cuenta, las velas, la música suave, la
cena, Christian se había estado preparando para volver a pedirme en
matrimonio. Me pregunté cuánto había pensado esperar para volver a
pedírmelo, y me arrepentí por haber sido tan impulsiva. Tal vez si no me
hubiera anticipado hubiera tenido la pedida de mano perfecta, aunque
pensándolo bien, la petición de la noche anterior no había estado nada mal.
—¡Ibas a pedirme en matrimonio! —no se lo pregunté pues sabía la
respuesta de antemano.
Su mirada de adoración me confirmó que Christian había estado
decidiendo si estaba preparada para un sí quiero, solo que en esta ocasión me
había adelantado.
—¿Tenías todo esto pensado para este día? —le pregunté llena de
curiosidad.
—No había escogido una fecha concreta, pero como ya no vamos a
necesitar todas estas velas, he pensado en hacer algo especial para hoy.
—¡Hubiera sido una velada perfecta! —comenté mientras apoyaba mi
cabeza en su hombro y me dejaba llevar soñadora.
—Yo pienso que la de anoche fue perfecta. Aunque debo decirte que
tu forma de hacerlo fue muy original. ¡Sobre todo al principio tan segura y
sin nervios! —esto último lo dijo de una forma que no cabía dudas que se
estaba burlando de mí.
—¡Eh! ¿Tienes algo en contra de mi pedida de mano? —le pregunté
tratando de parecer indignada al mirarle, mientras él me sujetaba fuerte contra
su pecho para que no me alejara.
—¡Nada en absoluto! —replicó mostrándome una gran sonrisa.
—¡Mejor!, además esta ha sido la primera vez, con la práctica iré…
—De eso nada —me cortó muy serio—. Tú serás mía para siempre.
Para dejarlo muy claro me besó con frenesí, demostrando que no
permitiría que nuestra relación acabara. Me abrazó, me acarició y me
demostró que solo podría ser feliz a su lado y que nuestros destinos estaban
entrelazados.
—No soportaría perderte Mary, nunca digas algo así ni en broma —su
voz sonaba tan triste que mi corazón se encogió ante su dolor.
—Sabes que no lo decía en serio —murmuré mientras uníamos
nuestras frentes y le acariciaba el cabello—. Yo tampoco podría vivir sin ti.
Además, como te dije anoche, mi “sí quiero” es para siempre.
—Entonces casémonos cuanto antes, mañana mismo en Las vegas.
Me quedé quieta asimilando lo que me estaba diciendo. «¡¿Casarnos
en Las vegas!?», la verdad es que no sonaba tan mal. En pocas horas
podríamos ser marido y mujer y ahorrarnos todo el estrés que conlleva una
boda. Pero había una cosa que me impedía dar ese paso, ese día quería estar
rodeada de toda mi familia para poder compartir con ellos nuestra felicidad.
—Estoy de acuerdo con casarnos lo antes posible, pero me gustaría
que me concedieras un deseo.
—Sabes que soy incapaz de negarte nada, dime lo que quieres y lo
tendrás.
—Me gustaría compartir ese día con mi familia.
Él se apartó un poco para mirarme a los ojos y me acarició con
suavidad la mejilla mientras me decía:
—¡Tienes razón!, no pensé en lo importantes que son para ti.
—Tú eres más importante que ellos, pero si puedo tener las dos cosas
sería perfecto.
—Entonces será como tú lo desees, solo te pido algo a cambio.
—¡Me parece justo! —le contesté ofreciéndole mi sonrisa.
—Me gustaría una boda sencilla y si es posible en un lugar que es
muy especial para mí.
—¡Claro! Estoy de acuerdo con hacer una boda para los más cercanos
y por el lugar me da igual siempre que te haga feliz.
Christian sonrió ante mis palabras, luego, haciendo que el mundo se
detuviera, cogió mis manos y se las llevó a los labios para besarlas. Sus ojos
estaban fijos en mí, su tacto era cálido y suave, y mi corazón latía de forma
tan acelerada que creía que iba a salirse de mi pecho.
—¿Entonces qué te parece si nos casamos en un par de semanas junto
al mar? —fue su siguiente petición, consiguiendo que mis pulsaciones se
pararan de golpe por unos segundos.
—¿Junto al mar?
—¿Te acuerdas cuando te llevé a la costa en avión y nos hospedamos
en el hotel?
Recordé el fin de semana de ensueño en Providence, donde él me
abrió su corazón hablándome de su pasado, y de lo importante que fue para él
ese hotel. Ese fue su primer proyecto como dueño de la empresa y marcó el
comienzo de lo que sería su vida. Además, fue allí donde comenzó su pasión
por caminar de noche y en solitario, con el fin de pensar o desconectarse, y
era allí donde acudía cuando quería relajarse y olvidarse de todo.
Comprendí la importancia que tenía ese lugar para él, y estaba
encantada de que quisiera darle un aire personal; y sobre todo sentimental, a
nuestra boda. Al fin y al cabo no tenía familia que lo acompañara, y estar en
esa playa sería para él como poder contar con ellos.
—¿Cómo iba a poder olvidarlo? Fue un fin de semana maravilloso.
—Me gustaría celebrarla allí, pero no quiero que te traiga malos
recuerdos —su voz sonaba tan preocupada que deseé poder abrazarlo con
todas mis fuerzas para consolarlo.
—Solo guardo buenos recuerdos de ese lugar, y si te refieres a lo que
pasó con mi ex jefe… —como vi que su mirada me rehusaba, coloqué mis
manos alrededor de su cara para que no lo hiciera y siguiera mirándome— …
eso está olvidado y sellado. De ese fin de semana solo guardo nuestro paseo
por la playa, nuestras charlas, y la noche que pasamos juntos haciendo el
amor.
Christian buscó en el fondo de mi mirada la verdad de mis palabras, y
cuando vio que había sinceridad en ellas me besó con adoración y ternura.
—¡Te quiero mi vida! —exclamó cuando tras el beso consiguió
calmarse.
—Yo también te quiero y tu idea me parece fantástica —le mostré mi
sonrisa más radiante y de pronto sentí ganas de bailar y gritar—. ¡Vamos a
casarnos en la playa!
Christian se rió a carcajadas al ver mi entusiasmo y al darse cuenta de
la ilusión que me hacía.
—Además, el sitio es perfecto, es precioso, no tenemos que
reservarlo, y la recepción posterior sería en tu hotel que está al lado.
—¡Nuestro hotel! —soltó Christian cortando mi discurso.
Le hice un gesto con la mano indicándole que eso era un detalle sin
importancia, y empecé a pasearme frente a los ventanales haciendo planes
para la ceremonia.
—La boda podríamos hacerla a última hora de la tarde para coincidir
con el anochecer, ya que sé que te encanta ese momento —le dije
volviéndome para mirarle. Él se había apoyado en los ventanales con los
brazos cruzados y me observaba divertido—, Y podíamos colocar una tarima
para no mancharnos de arena, también podríamos poner un mirador o algo
parecido y los invitados...
En ese momento me quedé paralizada. Tenía que hacer un montón de
cosas y solo tenía dos semanas. Empecé a hacer una lista de lo más
imprescindible y a mi mente acudieron las listas de invitados, alojamientos,
transporte, menú, música, tarta, vestido, peluquería, maquillaje, zapatos,
flores, invitaciones, despedida de soltera y ¡Dios mío un cura! ¿de dónde
íbamos a sacar un cura?
Christian debió de notar mi cara de espanto pues abandonó su pose de
observador relajado y se acercó para abrazarme.
—Tranquila mi ángel, tenemos a todo un ejército dispuesto a
ayudarnos.
—Son demasiadas cosas en muy poco tiempo, tal vez deberíamos
fugarnos a Las vegas.
Christian soltó una carcajada por mi comentario y me besó en la
frente.
—Seguro que a tu hermana y a tus amigas les encantará ayudarte.
—¡Y a Tilde!, seguro que se pone al mando y no me deja hacer nada.
¿Te fijaste en cómo controló el catering de la inauguración?
Ambos sonreímos y me sentí más relajada estando junto a él.
—Además, yo cuento con mi ayudante que se ocupará de la parte del
hotel y los albañiles. Mañana mismo podríamos quedar para decirle que es lo
que queremos, y tener los planos y los menús listos cuanto antes.
—Le daré a Tilde su número de teléfono y hablaré con ella para
explicarle lo que queremos.
—Entonces ya está todo arreglado. En dos semanas serás la señora
Taylor.
Su sonrisa hacía que fuera imposible dejar de mirarle, pues estaba
feliz como nunca antes le había visto. Sabía que era a causa de lo que estaba
pasando, pero sobre todo porque me veía entusiasmada con el tema de la
boda.
—¡Seré tu esposa!
Sin poder evitarlo me lancé a sus brazos y comenzamos a girar
mientras reíamos eufóricos. Me aferré a su cuello y respiré el aroma de su
piel, estaba ilusionada; más bien pletórica, de saber que la palabra “siempre”
de su anillo se iba a hacer realidad.
—Y ahora qué te parece si vamos a la habitación a celebrarlo y me
enseñas qué hay debajo de ese camisón.
—Me parece perfecto, aunque debo avisarte de que no llevo nada
debajo.
Christian soltó un gruñido y me cogió en brazos como si fuera una
especie de hombre prehistórico en celo. Yo sonreí tras soltar un gritito y me
dejé llevar por él, pues también le deseaba con locura.
—Christian, ¿y qué hay de la cena?
—Encargaremos pizza después, ¡mucho después!
Y sin más comentarios que valieran la pena decir, pasamos la noche
demostrando nuestro amor entre caricias, besos y abrazos. También la
pasamos haciendo planes para nuestra boda y el viaje de novios, y al final,
¡muy al final! comimos pizza recalentada.
Cuando por fin Christian cayó dormido, me levanté despacio de la
cama y cogí mi móvil de encima de la cómoda. Sin querer perder más tiempo
lo encendí y escribí el siguiente mensaje: «Lo hice, almorzamos en Mamma
mía y os cuento». Se lo envié a todas las interesadas con una gran sonrisa en
mi cara y lo apagué.
Las conocía demasiado bien y sabía que en cuanto lo vieran me iban a
atosigar con llamadas y mensajes, y prefería mil veces esperar al día siguiente
para contárselo y así no pasar un solo segundo lejos de Christian.
Dejé el móvil otra vez en la cómoda y me volví a la cama junto a él;
que me acogió entre sus brazos, pues aún dormido me acercaba a él y me
abrazaba posesivo. Me apoyé en el hueco de su hombro, que ya era mi lugar
favorito para dormir, y me abracé a él esperando a que el sueño se
aproximara. Mañana sería un día muy movido pues empezaba la cuenta atrás
de los preparativos. En dos semanas sería su esposa y ante nosotros
tendríamos una vida entera para compartirla.
Bostecé y me acurruqué pegándome más a él. Por fin todo iba
cogiendo forma y mi vida se estaba empezando a parecer a la que siempre
había soñado. Entre sus brazos me quedé dormida y soñé con mundos de
fantasía imposibles. Aunque ya no me importaban pues, cuando despertara,
sabía que mi sueño de estar junto al hombre que amaba se había hecho
realidad.

***

Tras resistirme a salir de la cama, como cada mañana, y tras pasar las
primeras horas haciendo planes y preparativos para la boda en el despacho de
Christian, llegó el momento de enfrentarme a la manada de lobas que me
esperaban hambrientas de noticias.
Entré en el pequeño restaurante italiano Mamma Mía esperando que
ya estuvieran todas, pues llegaba veinte minutos tarde de la hora acordada.
Nada más entrar las vi sentadas en una mesa que estaba justo frente a la
puerta donde me encontraba, y no pasó ni un segundo hasta que se volvieron
para mirarme con la curiosidad reflejada en sus rostros.
En la mesa se encontraban las mismas que me habían acompañado a
por el anillo, y ahora estaban deseando saber cómo había pasado todo.
Las cuatro se me quedaron mirando mientras me acercaba, esperando
ver algo que les diera una pista de lo que había pasado. Por eso decidí
mantener un poco más de tiempo el misterio, y escondí la mano para que no
pudieran ver la sortija. Me quedé parada frente a ellas sin darme cuenta de
que estaba llamando la atención, consiguiendo que los clientes más curiosos
dejaran de comer para mirarme.
—¿Y bien, qué ha dicho? —como era de esperar los nervios de
Crystal no aguantaron más, y tuvo que preguntar.
Las miré, cogí aire y con la mayor de las sonrisas alcé mis brazos y
grité triunfante:
—¡Sí!
Un segundo después las chicas empezaron a gritar felices y se me
abalanzaron mientras nos abrazábamos y reíamos. El resto de los comensales
sonrieron ante nuestro numerito, y aplaudieron sin saber de qué se trataba
pero sin poder evitar unirse a la feliz celebración.
El caos que siguió después fue tremendo, pues todas me hablaban a la
vez pidiendo ver el anillo, por lo que no me quedó más remedio que alzar mi
mano para que lo vieran y al unísono todas volvieron a gritar de nuevo. Una
por una lo fueron viendo y empezaron a comentar lo maravilloso que era, por
lo que no pude evitar hincharme de orgullo con cada elogio.
No sé muy bien cómo comenzó todo, pero acabé invitando a los que
se encontraban en el restaurante a champán para brindar por mi boda, y fui
felicitada por desconocidos que se tomaron la noticia con una gran sonrisa.
De hecho, el dueño y los camareros fueron los más efusivos, al besarnos a
cada una de nosotras en la mejilla para desearnos buena suerte. Algo que nos
dejó sin palabras durante un segundo y medio.
Cuando conseguimos calmar la emoción que sentíamos nos sentamos
en nuestra mesa, y todas se quedaron esperando el meticuloso relato de todo
lo que había sucedido el fin de semana. Sobra decir que bajo ningún concepto
iba a darles detalles privados, y solo pensaba hacerles un resumen de lo más
elemental.
—¡Y bien! ¿Qué pasó? —me preguntó Lisa apunto de comerse las
uñas aunque le diera asco.
—¡Queremos todos los detalles! —insistió Claire.
—¡Hasta los más picantes! —afirmó con la malicia de siempre
Crystal.
Ante la cara que puse de: «Eso ni lo sueñes», tuvo que intervenir mi
hermana para poner un poco de orden y, como es normal en ella, protegerme.
—Bueno chicas, dejemos que nos cuente lo que quiera —afirmó ella
categórica dejando bien claro que mantuvieran cierto orden.
Le agradecí con una mirada su ayuda y me preparé para el inminente
interrogatorio de tercer grado.
—No hay mucho que contar, todo estaba saliendo como lo habíamos
pensado, hasta que me empecé a poner nerviosa y me bloqueé.
—¡Pobrecita! —repuso Claire con voz lastimera.
—¡¿No te desmayarías?! —preguntó excitada Lisa mientras las demás
me miraban boca abiertas esperando mi respuesta.
—¡No! —dije de forma contundente para dejarlo bien claro.
—¡Entonces no fue para tanto! —Comentó Crystal acompañando su
comentario con un movimiento de mano para quitarle así importancia—.
¡Sigue! —me ordenó después muerta de curiosidad.
Estuve a punto de tirarle un panecillo a la cabeza por su falta de tacto
ante los problemas de una amiga, pero como sabía que no le iba a hacer daño
al tener la cabeza muy dura, opté por olvidar su comentario y seguir con mi
relato.
—Como iba diciendo, me puse nerviosa pero enseguida me repuse.
—¡Esa es mi chica! —soltó efusiva Claire.
—¡¿Quieres dejar de interrumpir?! —le reprochó Crystal mientras le
tiraba un panecillo a la cabeza sin miramientos. Al parecer a ella no le
importaba tanto hacerle un chichón a su amiga, si con ello la mantenía
callada.
Como si no hubiera pasado nada, volvieron a mirarme para no
perderse nada de mi historia. Todas menos Claire, que tras haber agarrado el
panecillo al vuelo, y tras comprobar que iba a seguir con mi relato, había
empezado a untarlo con mantequilla. De pronto recordé que a esa hora
siempre estaba comiendo, y empecé a notar como el hambre se abría camino
haciendo rugir a mi estómago.
De forma natural cogí un panecillo y empecé a untarlo como si no se
me estuviera haciendo la boca agua. Fue como abrir unas compuertas, pues
cada una agarró el más cercano y comenzaron al unísono a untarlo sin
perderme de vista.
—Bueno pues, había empezado a hablar de lo que significaba para mí
y de cuánto lo quería, cuando él me interrumpió en el momento justo en que
empezaba a pedírselo —aproveché la interrupción, que estaba segura vendría,
para intentar darle un mordisco a mi panecillo con mantequilla.
Para mi sorpresa todas quedaron en silencio sin hacer una sola
pregunta, mientras masticaban su bocado sin ni siquiera pestañear o hacer un
ruido. Estaban decididas a no perderse ni una palabra, y más cuando venía la
parte más interesante. Suspiré y miré hambrienta a mi panecillo que tendría
que esperar.
—Solo dije algo así como ¿Christian, quieres…? Y él me calló —
miré a mi hermana que estaba a mi lado y continué—: Al parecer se dio
cuenta de mis intenciones y quiso ser él quien me lo pidiera.
El suspiró colectivo me confirmó que todas estábamos de acuerdo que
de ese modo todo había resultado mucho más romántico, y de paso mucho
más sencillo para mí.
—¿Qué fue lo que te dijo?
—¿Se puso de rodillas?
—¿Fue ahí cuando te dio el anillo?
El aluvión de preguntas me vino por todas partes y no supe a cuál
contestar primero.
—¡Chicas tranquilas! Dejar que lo cuente a su manera —les
interrumpió Sarah para mi alivio.
Las contemplé expectantes y me dejé llevar por el recuerdo, y por un
momento dejé de estar en el restaurante italiano, para volver a encontrarme
en el dormitorio con Christian ante mí pidiéndome en matrimonio.
Volvía a escuchar su «¿Quieres casarte conmigo?» y de nuevo me
estremecí al revivirlo. Ese momento estaría para siempre guardado en mi
memoria, como uno de los mayores tesoros de mi vida que pretendía revivir a
menudo, para no olvidar jamás cómo me sentí cuando lo tuve de rodillas ante
mí declarándome su amor.
—¡Fue maravilloso! Me preguntó si quería casarme con él y por su
puesto le dije que sí.
Las cuatro me sonrieron con una expresión sincera en su cara. No
había envidia o falsedad en ellas, tan solo alegría al verme radiante por haber
cumplido mi deseo. Sin lugar a dudas podía considerarlas unas amigas de
verdad, que solo querían mi felicidad, y no se quedaban en simples palabras
que se llevaban el viento al menor contratiempo.
—Fue algo muy romántico y me siento muy feliz —fue lo único que
pude decirles, antes de que las lágrimas empezaran a recorrer mis mejillas.
—¡Claro que sí! ¡Tú te mereces eso y mucho más! —me dijo Claire.
Miré a mi hermana queriendo saber su opinión, y la encontré
limpiándose las lágrimas de su rostro. Aun así se la notaba contenta y muy
satisfecha por el resultado que había tenido mi plan.
Crystal se levantó de su asiento con una copa en la mano y nos dijo:
—¡Brindemos por Mary!
Al instante todas se levantaron convirtiéndonos de nuevo en el centro
de atención de todo el local. Las cuatro alzaron sus copas y me miraron.
Sintiendo mi corazón a cien por tantas emociones juntas, y con un temblor de
rodillas que no se terminaba de alejar de mi lado, me levanté y alcé mi copa
como ellas habían hecho.
—¡Por una larga vida llena de amor y felicidad, y para que nunca
olvides a unas amigas que siempre estarán a tu lado! —fue el brindis de
Crystal.
Todas alzamos las copas aceptando el brindis y después bebimos el
sorbo de los deseos. Amor, felicidad y amistad, ¿qué más se puede pedir en la
vida? Me sentí la mujer más rica del mundo por tener unas posesiones tan
valiosas, las cuales no se podían comprar con oro pero que te enriquecían
más que cualquier mina.
Con la diversión del momento aún reinando en el ambiente nos
volvimos a sentar, y me tuvieron durante un par de horas secuestrada bajo un
cuestionario de preguntas sobre cada palabra y gesto que había sucedido.
Entre bocado y bocado les conté a grandes rasgos que me había dicho
después, y cómo fue su reacción durante la pedida, dejando los momentos
más personales solo para mi recuerdo. Pero cuando se armó más alboroto fue
a la hora del café, cuando llegó el momento de revelar lo más gordo.
—¡Ah! tengo que contaros algo muy importante.
Todas quedaron en silencio observándome.
—Hemos decidido casarnos dentro de dos semanas.
—¡Dios mío, estás embarazada! —gritó Lisa consiguiendo que todas,
incluyendo los pocos clientes que aún quedaban en el restaurante, me
miraran.
—¡No! —respondí tajante.
Me volví para ver a mi hermana Sarah que estaba observándome con
los ojos abiertos como platos.
—¡No pasaría nada si lo estuviera! —repuso Claire para defenderme.
—Solo tendríamos que buscar un vestido de novias ancho e incluir en
el catálogo de regalos una cuna.
El comentario de Crystal me hubiera hecho gracia, si no hubiera sido
porque mi hermana estaba empezando a hiperventilar. Ella había vivido algo
parecido cuando decidieron no esperar para casarse, tras hacer poco que se
conocían, y tuvo que aguantar durante meses las miradas maliciosas de la
gente.
Incluso estuvo a punto de dejar su trabajo por culpa de algunos de sus
compañeros, que empezaron a tratarla sin respeto y a decir comentarios
maliciosos e hirientes, sobre cómo había atrapado a un socio del bufé de
abogados quedándose embarazada.
Cogí las manos de Sarah para que me prestara toda su atención, pues
quería dejarle claro los motivos de la decisión que habíamos tomado. Al fin y
al cabo ella era mi familia y se lo merecía.
—Sarah, no estoy embarazada —le dije con voz dulce y sin rehusar la
mirada—. Tomamos la decisión porque estamos seguros de querer estar
juntos y porque deseo ser su esposa cuanto antes. No hay nada más.
Ella asintió, notándose que estaba avergonzada por su reacción
precipitada.
—Perdona que me haya puesto así. Yo no soy quien para meterme en
tu vida privada —me apretó la mano y continuó diciéndome—: y lo que
decidas, por el motivo que sea, estará bien.
Asentí sin saber qué decirle pues ella había sido como una madre para
mí durante muchos años. Si bien le agradecía su confianza en mi decisión,
también sabía que ella sería una de las pocas personas a la que escucharía sus
consejos y los llevaría a cabo, por lo que me alegraba de que estuviera de
acuerdo conmigo. Sin más dejamos zanjado el asunto y nos volvimos para
seguir con la conversación.
—¡Aclarado este punto! —Dije mirando a Lisa que estaba roja como
un tomate—. Queremos que sea algo íntimo y privado y sin grandes
pretensiones.
—¿Pero habrá convite?
—¡Tienes que casarte fabulosa!
—¿No habrá despedida de soltera?
—¡Tiene que haber muchos invitados, si no la boda será aburrida!
—¿Va a dar tiempo para las reservas?
—¡En dos semanas no nos da tiempo ni a pensar en el regalo!
—¿Tendremos que llevar pareja?
—¡Yo quiero ir de largo!
—¿Habrá baile después?
—¡Hay que empezar con las pruebas ya!
—¿De dónde vas a sacar un cura?
Como me esperaba que todas saltaran con un comentario, me pareció
hasta divertido escucharlas. Sus quejas siguieron hasta que se dieron cuenta
de que las miraba divertida, y entonces decidieron callarse y dejarme hablar.
Continuando como si no hubiera sido interrumpida, seguí
resumiéndoles nuestros planes.
—Hemos decidido que la boda será en un hotel que tiene Christian en
la playa.
Ese comentario pareció gustarles más ya que la expresión de enfado
mal disimulado empezó a desaparecer de su cara.
—Nos casaremos al anochecer en ella y luego el convite se celebrará
en el hotel.
—¡Menos mal! ¡Creía que te habías vuelto loca! —soltó Crystal
mientras se recostaba en su silla en actitud más relajada.
—Lo tenemos todo pensado. Nos iremos un día antes para hacer una
cena de despedida y al día siguiente tendremos toda la mañana y parte de la
tarde para descansar y prepararnos.
—¡Suena genial! —comentó Claire.
Miré a las cuatro mujeres, que hacía solo unos minutos estaban a
punto de lincharme, y ahora estaban a punto de estrujarme en un abrazo.
—¡Pues falta lo mejor! —les dije sabiendo que se pondrían como
locas cuando se enteraran.
Se me quedaron mirando, aguantando la respiración a la espera de la
noticia, ya que a esas alturas de la velada se esperaban cualquier cosa.
—La boda se celebrará en Providence, y Christian nos llevará en su
avión hasta allí. Después, tendremos a nuestra disposición todas las
instalaciones del hotel, que por supuesto es de cinco estrellas, y con todos los
gastos pagados.
No pude remediar alardear de todo ello, pero, ¿cuántas veces tienes la
oportunidad de decir algo así? Con solo recordar que hacía unos cuantos
meses me vi en la calle desahuciada, y ahora sin embargo me encontraba
planeando una boda a todo lujo, me entraban unos escalofríos por el cuerpo
que apenas podía contener.
La reacción de las chicas fue como una ola que se escapa del mar y lo
envuelve todo, ya que su rugido llegó hasta la última esquina del restaurante,
y su alegría bañó todo el ambiente.
—¡Eres la mejor!
—¡Menudo planazo!
—¡Por fin voy a poder estrenar el biquini!
—¿Pero ese hombre es real? ¡Avión, hotel y encima está como un
queso!
—¡Chicas, centrémonos! —les dijo mi hermana divertida—. ¡No
debemos olvidar que es la boda de Mary!
Todas empezaron a asentir y a callarse tratando de controlar su
entusiasmo. Dispuesta a conseguir que ellas fueran la mitad de feliz de lo que
yo me sentía, volví a provocarlas.
—¡Pero esperar que aún hay más!
—¿¡Más!? —soltaron al unísono haciéndome reír.
—El hotel tiene casino, pub, piscina y un spa.
El grito fue tan efusivo que por poco creí que se hundiría el techo, o
lo más probable, que terminaran echándonos de allí. Dejándolas hacer planes
como locas para hacer de todo en tan poco tiempo, me volví hacia mi
hermana y le dije:
—También tiene algo que te va a encantar.
—¿El qué? ¿No me digas que en el spa dan los masajes unos modelos
suizos?
Solté una carcajada por el comentario de mi hermana y su fijación por
los hombres rubios. Un dato curioso ya que terminó casándose con un
moreno.
—¡No, tonta! El hotel tiene guardería.
—¡Muchísimo mejor! —soltó encantada y no pudimos evitar reírnos
con ganas.
—¡Tenemos que planearlo todo! —comentó Claire consiguiendo que
todas empezaran a opinar sobre qué era lo primero por hacer.
—Por el trabajo no te preocupes, Ry y yo nos ocuparemos de todo —
me comunicó Lisa.
—¿¡Ry!? —le dije elevando una ceja para parecer aún más extrañada
de lo que estaba.
—¡Es un alarga historia! —me contestó poniéndose otra vez colorada
como un tomate y esta vez incluso rehusando la mirada.
Sin duda esos dos habían hecho las paces, y habían pasado de tratarse
como perros y gatos a ser una pareja de tórtolas. Decidí dejarlo pasar ya que
no era algo de mi incumbencia, mientras no fuera un problema en el trabajo.
Mi hermana llamó mi atención colocando su mano sobre la mía para que la
escuchara.
—Por la organización de la boda no te preocupes, seguro que a Tilde
le encantará ayudarte y por supuesto también me tienes a mí.
—Ya lo sé Sarah. Además, ¿tú crees que Tilde nos dejará ocuparnos
de algo?
Ambas sonreímos pues sabíamos que ella se adueñaría de todo
haciéndose con el control y solo nos dejaría ver los catálogos y probar las
muestras. Sin lugar a dudas se ocuparía de las invitaciones de boda, la tarta,
los manteles, las flores y mil detalles más. Todo un alivio para alguien tan
despistada como yo, y con una boda que debía de ser planeada en menos de
dos semanas, pues la cuenta atrás ya había empezado.
Respiré aliviada al saber que todo saldría bien y me dejé llevar por la
alegría reinante. Ante mí tenía unos días de locura y frenesí, pero sobre todo
de pura felicidad. De pronto recordé una de las preguntas que me habían
hecho y se me heló la sangre.
—¡Dios mío! ¿De dónde voy a sacar a un cura?
La risa colectiva que escuché no me animó en nada, y comprendí de
inmediato que la pesadilla de preparar el día más feliz de mi vida acababa de
empezar, y no iba a ser tan divertida como pensaba.
CAPÍTULO CATORCE

La brisa del mar rozaba mi cara, mientras aguardaba frente al altar la


llegada de mi amor. El momento del sí quiero se acercaba, y solo me quedaba
contemplar el horizonte ansiando verla acercarse hasta mí. Pero el tiempo
había cesado de correr, tras una inmensidad de segundos que se me antojaban
eternos, y ahora solo quedaba esperar.
Perdiéndome en la inmensidad del mar empecé a recordar cada
instante que había estado junto a ella, pero sobre todo en ese afortunado día
en que la conocí, pues desde entonces toda mi vida había cambiado al haber
traído consigo la esperanza de un futuro mejor, y la facultad de poder dejar
atrás toda la soledad sin que quedara nada de rencor.
Habían pasado solo unos meses desde entonces, pero a mí me había
parecido una eternidad hasta llegar por fin a este día. El recuerdo de sus ojos
verdes mirándome, su sonrisa seductora, sus dulces caricias, su primer te
quiero, eran recuerdos inolvidables que siempre guardaría en mi corazón.
¿Cómo olvidar la primera vez que la tuve entre mis brazos o cuando
la reclamé mía como premio a nuestro amor? Sus gemidos, sus susurros, o
incluso sus sollozos, han sido la sinfonía que ha marcado cada uno de mis
latidos y han orquestado la evolución de nuestra relación.
¿Cómo no retener en mi memoria las veces que hemos reído por
cualquier tontería o llorado por una adversidad? ¿Cómo desperdiciar un solo
recuerdo, cuando hasta el más insignificante de ellos es mi más valiosa
posesión? Es imposible perderlos pues se habían convertido en partes
indivisibles de mi alma. Ella se había trasformado en pura necesidad, en mi
razón para seguir adelante, en mi impulso y mi todo, en mi esencia. Ella y mil
veces ella, será para siempre mi amor.
La estaba esperando junto al mar para hacerla mía, y hubiera esperado
toda una vida si la recompensa era tenerla para siempre conmigo. No sé qué
hubiera pasado si la hubiera perdido, y me niego a recordar el momento en
que la vi tirada en el suelo y la creí muerta. Ese dolor que sentí fue tan
inmenso, que solo con evocarlo me duele el pecho y me es imposible respirar.
Nunca más permitiré que nada ni nadie la dañe, y menos yo. La
quiero demasiado para hacerla sufrir, y nunca me perdonaría volver a hacerla
llorar. Aún recuerdo la pesadilla de cuando corté con ella de una forma tan
brutal, o cuando me alejé por unos días porque necesitaba pensar. Fue
entonces cuando comprendí que nos amábamos tanto, que estar separados no
era una opción, pues ella siempre sería mi niña, mi amante, mi esposa y nada
en este universo me la arrebatará.
El sol está en el punto exacto y la música empieza a sonar. Me giro
esperando verla aparecer, y ante mí vislumbro a un ángel envuelto en encaje
blanco que avanza despacio para poner el cielo a mis pies.
Solo con mirarla todo lo demás desaparece. A lo lejos escucho, como
si estuviera sumergido en un dulce sueño, el sonido de las olas del mar y el
murmullo de voces que se pierden en mi consciencia. Ella está ante mí
preciosa y etérea, tan bella como un rayo de luz de primavera que rompe la
oscuridad del invierno y calienta mi vida entera.
Sus ojos me buscan y me encuentran, me pierdo en ellos y suspiro
preguntándome: ¿cómo es posible no amarla si es mi complemento y mi
estímulo? ¿Si mi alma llama a la suya cada vez que respiro? Noto cómo me
tiemblan las piernas por el deseo de salir a su encuentro, cómo me pesan los
brazos al no poder abrazarla, y cómo me falta el aire por no poder llamarla y
decirle te quiero.
Solo está ella frente a mí, lo demás se difumina y se pierde. Sus
mejillas se encienden al contemplarme y le sonrío sin poder dejar de pensar:
¡Dios, cómo la amo! En sus labios se forma una sonrisa y me muero por
besarlos, teniendo que hacer un esfuerzo sobre humano para concentrarme en
respirar y no salir corriendo a su encuentro.
Se va acercando despacio, y con cada paso que se aproxima le entrego
una parte de mi alma. La brisa despeina un mechón de su cabello y cae rizado
a su mejilla, rozando su piel como yo lo deseo. Su vestido se mueve ante la
suave brisa, la cual también extiende su perfume que me enciende como si de
puro fuego se tratase. Ella sigue caminando hacia mí ajena a todo, con sus
preciosos ojos fijos en los míos, como si temiera perder el único contacto que
hay entre nosotros.
Ya solo está a pocos pasos, ya casi puedo tocarla, y sin poder esperar
ni un segundo más, le sonrío pidiendo permiso para saltarme el protocolo, y
con mi deseo concedido, voy a su encuentro y le cojo la mano.
Me muero por besarla y no puedo resistirme. Me inclino y rozo sus
tersos labios en un beso que me devuelve a la vida. Las risas y los carraspeos
nos pasan desapercibidos, pues nada más importa si la tengo conmigo, al ser
ahora solo ella y yo, ya que el resto del mundo ha desaparecido.
Le acaricio la mano con mi pulgar sin dejar de mirarla. Está tan bonita
que la luna envidiosa se niega a salir para no ser eclipsada por ella, y la
comprendo, ya que no existe en todo el universo nada más bello que la mujer
que tengo a mi lado sonriendo.
Sin querer perder por más tiempo el momento de ser su marido, la
guío hacia el altar y me vuelvo a perder en ella. No soy consciente de nada,
solo de mí amada, y digo las palabras como las siento para beber después
gustoso del néctar de sus labios y así sellar nuestro amor eterno.
Pero solo hay un pensamiento en mi cabeza que me genera una
felicidad inmensa. Ahora somos uno por siempre, y nunca nada ni nadie lo
podrá cambiar.
Soy suyo, esa es la pura verdad.

***

Todo está listo para que empiece la ceremonia y siento que mi


corazón está a punto de estallar. Daría cualquier cosa por poder verlo, pues
aunque solo llevamos unas horas separados ya lo echo de menos.
Estos días antes de la boda han sido una memorable locura. Aun así,
guardo maravillosos recuerdos de cada momento, sobre todo desde que
llegamos al hotel y todo se aceleró. La cena de despedida que hicimos pre
boda, los brindis y sus miradas de amor, quedarán para siempre grabadas en
mi memoria, pues nunca antes había sentido algo tan grande como lo que
siento estando con él.
Pero si algo debe engrosar mi lista de momentos más felices, estos
son los que pasé esta pasada noche entre sus brazos. Todo ello gracias a que
pudimos escaparnos de nuestros invitados y, tras encerrarnos a escondidas en
nuestro cuarto, logramos saborear el placer de la intimidad. En esa habitación
pre nupcial dimos rienda suelta a nuestro amor, y nos perdimos entre las
caricias de quien se sabe amado.
Jamás podré olvidar el sonido de su voz mientras me decía que me
amaba, o cómo sus manos recorrían mi cuerpo en busca de provocar mi
placer. Su declaración de amor al preguntarme: «¿Cómo puedo quererte
tanto?» es algo difícil de olvidar para cualquier mujer.
Y ahora, cuando espero impaciente a que la ceremonia comience,
vuelvo a sentir sus labios sobre mi piel cuando el cálido viento toca mi
cuerpo y me hace suspirar.
No puedo evitar volver a mirarme en el espejo del hall que tengo
frente a mí, contemplando mi vestido de encaje que se ciñe a mis caderas,
para después caer con soltura hasta mis pies. En un acto de coquetería reviso
mi escote de palabra de honor, el cierre con mil botones que recorre parte de
mi espalda, y sonrío complacida al estar todo en su sitio.
Volviendo a suspirar, a la espera de poder ir a su encuentro, siento el
roce del aire en mi espalda desnuda, y como éste juega complacido con la
larga cola superpuesta del vestido.
—¡Estás preciosa! —declara mi hermana, la cual se encuentra a mi
lado esperando la señal para que nos acerquemos caminando hacia el altar.
Le sonrío pues tengo la boca tan seca que no puedo articular palabra.
Ella ha sido mi guía en estos días aconsejándome en todo: en el peinado en
forma de caracola que se enrosca a un lado con una blanca orquídea
decorándola, la gargantilla de diamantes que Christian me regaló cuando
viajamos a esta playa por primera vez, mi pequeño ramo de rosas color
marfil. Todos esos detalles y muchos más, fueron surgiendo de largas
conversaciones en las tardes que pasamos planificando cada detalle.
Y ahora me encuentro en pleno ataque de nervios al estar a la espera
de la señal convenida. Habían cortado el acceso a la playa para dar más
privacidad a la boda, pero los ojos curiosos de los huéspedes del hotel
estaban observándome sin perderse ningún detalle, y consiguiendo ponerme
más nerviosa.
—¿Estás preparada? El cuarteto de cuerda ya ha empezado a tocar el
cano.
La voz de Sarah llegó a mis oídos pero mis piernas se negaban a
moverse. Estaba a un lado del hall del hotel y la música llegaba claramente a
mis oídos al estar las puertas abiertas. No sé qué era lo que me impedía
caminar pues era lo que más deseaba, ya que solo sabía que el cuerpo me
temblaba y no tenía el control sobre él.
De repente, sentí como unas manos cogían las mías y me las
apretaban con dulzura.
—Tranquila pequeña, todo va a salir bien —me dijo Sarah con la
emoción envolviendo su voz.
Suspiré y miré a mi alrededor. Estaba a punto de casarme con el
hombre al que amaba, y muy pocas cosas superaban esa felicidad, por lo que
no era la ocasión de ser cobarde.
Todo era perfecto y mi momento ya había llegado, y ahora solo tenía
que caminar hasta alcanzarlo. Miro a mi hermana y le sonrío, estoy decidida,
no voy a pasarme la ceremonia asustada sin enterarme de nada. Voy a
disfrutarla y a memorizar cada detalle para recordarla a través de los años,
pues este era mi cuento de hadas hecho realidad.
—¡Estoy preparada! —fue lo único que le dije pues no se requería
más.
Ilusionada y enamorada salgo del hotel, y empiezo a caminar sobre un
pasillo de madera en forma de L que me dejará a escasos metros del altar. El
primer paso ha sido el más difícil, pero los demás solo se dejan llevar por la
música y el viento, que travieso, revoloteaba a mi alrededor queriendo besar
mis mejillas y jugar con la tela del vestido.
El cuarteto de violines interpreta el cano en Re mayor de Johann
Pachelbel y el corazón se me acelera al escucharlo. Me parece lo más
hermoso que he oído en mi vida, y no puedo evitar emocionarme al
acompañar su compás con mis pasos.
En pocos minutos llego al final de ese pasillo y me giro para quedar
frente al que será el último tramo. Siento la carne de gallina, aunque el calor
es palpable a mi alrededor, por ser la protagonista de ese instante único y
emotivo. Espero a que los músicos me vean y cambien de registro como está
planeado.
Delante de mí contemplo el largo pasillo y a los invitados sentados a
ambos lados, que ahora se vuelven hacia mí para no perderse mi entrada. Veo
a Lisa sentada junto a Ryan con un pañuelo en la mano emocionada. También
distingo a mis cuatro amigas sentadas en las primeras filas con la firme
intención de no perderse nada. Amigos, primos y tíos y cómo no Tilde con
los niños, todos ellos me miran con cariño dándome ánimos con sus sonrisas.
Al fondo se encuentra mi destino. Una gran pérgola situada a escasos
metros de las olas que va a ser nuestro altar improvisado. Está construido en
madera y decorado con centenares de flores blancas, cuyo aroma rivalizaba
con el olor del mar, y hacen de complemento perfecto junto con los últimos
rayos de sol y el sonido de los violines.
La marcha nupcial de Mendelssohn empieza a sonar y fijo la mirada
en la persona que se gira para mirarme. Ni siquiera me percato de mi cuñado
Alan que está a su lado o de mi hermana que va tras de mí, pues solo soy
consciente de él.
Los ojos de Christian se clavan en los míos y todo a mi alrededor deja
de existir. Mis pies comienzan a caminar despacio hacia su encuentro
anhelando llegar. Esa mirada suya que tanto conozco es ahora la guía que tira
de mí, y el ritmo acompasado de mi corazón es la música que marca los pasos
que debo seguir.
Los violines siguen sonando pero yo solo puedo verle a él. Está
guapísimo con su traje oscuro de corte italiano de tres piezas, y su sensual
mirada que me marca como suya. Quiero correr a su encuentro esos últimos
pasos, lanzarme a sus brazos y no separarme de él jamás. Pero tengo que
contenerme y seguir caminando, a la espera de que la distancia deje de ser un
obstáculo. Cada vez está más cerca, solo unos pocos pasos y podré tocarlo.
Veo en sus ojos la impaciencia y sé en el acto lo que se propone
hacer. Sonrío dándole así permiso, y sin perder más tiempo, se acerca a mí.
No puedo describir que siento en ese momento, pues solo sé que no me puedo
resistir, y cuando él se inclina para besarme, tengo que aferrarme a él. Mi
dulce amado está por fin a mi lado y ni las risas, ni los carraspeos, ni los
graznidos de las gaviotas curiosas y celosas, nos importan lo suficiente para
interrumpir ese beso que tanto necesitábamos sentir.
Noto su mano sujetando la mía y sé que ese hombre conseguirá
hacerme feliz. Me sonríe ofreciéndome el mundo entero y me guía con
ternura hasta el altar para sellar nuestro amor perfecto. Frente al mar, con las
rosas rodeándonos, el anaranjado anochecer cobijándonos, los ojos de los
invitados observándonos y la música envolviéndonos, nos disponemos a ser
marido y mujer hasta que la muerte interfiera y tengamos que esperar hasta
volver a encontrarnos.
En todo momento siento su mano sujetando la mía, dándome de este
modo su amor y su entrega incondicional. No puedo apartar mi mirada de la
calidez de sus ojos, y sé que mi decisión es la correcta, pues nuestros destinos
están marcados por el rumbo del otro. Pero lo que me causa mayor euforia es
escuchar el final de sus votos, pues refleja todo el amor que su corazón siente
por mí, y su deseo de compartirlo conmigo.
—Yo, Christian Taylor te tomo a ti mi ángel como mi esposa, y
prometo serte fiel y respetarte en las alegrías y en las penas, en la riqueza y
en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida —
entonces vi que se me quedaba mirando y acercándose me dijo solo para mis
oídos—. Ojalá tuviera más vidas para pasarlas contigo, pero si solo puedo
tener esta, le suplico al cielo para que me permita estar a tu lado durante el
resto de mi vida.
La emoción tras escucharlo es tan grande, que siento como se me
forma un nudo en la garganta y las palabras se niegan a salir. Le amo tanto
que me duele hasta el alma no poder abrazarlo. Sin saber muy bien cómo, y
estando a escasos centímetros el uno del otro, repito los mismos votos que él
me ha ofrecido y termino con la misma petición al cielo de tenerlo siempre
conmigo.
—Yo os declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia.
Ni un segundo después de las palabras del sacerdote, siento el calor de
sus labios en mi boca y me dejo llevar por el amor que inunda mi ser. Lo
abrazo y saboreo como si fuera un náufrago que acaba de llegar a la orilla y
se encuentra con un oasis necesario para sobrevivir.
Escucho los vítores y los aplausos, y los pasos que se acercan
trayendo consigo una marea de invitados para darnos su bendición. Pero solo
quiero estar perdida en él, en su beso y su sabor, en su calor y su necesidad de
mí, pues yo también lo necesito como la flor necesita la luz para poder
sobrevivir.
—¡Te amo! —me dice cuando nuestros labios por fin pudieron
separarse.
—¡Te amo! —le contesto cuando mi corazón vuelve a latir.
Una lágrima de felicidad cae por mi mejilla sin conseguir
ensombrecer el brillo de mi sonrisa. Nos quedamos mirando fijamente
mientras permanecemos aún abrazados, hasta que los asistentes nos
interrumpen para felicitarnos, y me veo obligada a separarme de él.
En ningún momento nos perdemos de vista mientras nos dejamos
abrazar, besar y felicitar por todos. Se nota la alegría a nuestro alrededor por
la cantidad de sonrisas y buenos deseos que nos ofrecen. Todos quieren
participar de nuestra unión, y dar su apoyo a la afortunada pareja que, desde
ese momento, emprenden juntos el camino de sus vidas.
Le miro y él me devuelve la mirada. Sin palabras le digo: «Ya está
hecho, ahora soy tu esposa» y él me contesta con una sonrisa que me promete
el mundo entero.

***

No sé muy bien cómo pude aguantar todas estas horas sin cogerla en
brazos y perderme con ella. Necesitaba tanto tenerla entre mis brazos, que se
me estaba haciendo cuesta arriba esperar el momento adecuado. Por suerte
este llegó entre brindis y bailes, cuando la cena ya hacía tiempo que había
acabado, por lo que logré sacarla de esa sala infestada de invitados para
llevarla a la solitaria playa que nos estaba esperando.
Paseamos hasta encontrar un refugio apartado de las miradas
indiscretas, donde tenía preparada una manta para colocarla sobre la arena. A
partir de ese instante no estaba dispuesto a compartirla con nadie, pues tenía
planeado hacerla mía la noche entera.
Preparamos nuestro nido de amor y nos tumbamos felices, ya que
habíamos conseguido dar esquinazo a los incansables de nuestros invitados.
La abracé con ternura y la besé con adoración, disfrutando del rincón
apartado que habíamos ocupado.
—Te necesitaba tanto que me estaba volviendo loco.
Mary rió eclipsando el brillo de las estrellas con sus ojos, e hizo que
volviera a desear besarla. Estaba sobre ella en la silenciosa playa mientras no
podía dejar de mirarla.
—Estarán locos buscándonos por todas partes —soltó divertida.
—Si son listos nos dejarán tranquilos.
Ella me abrazó colocando sus brazos alrededor de mi cuello y me
incliné perdiéndome en el aroma de su cabello.
—¡Me encanta estar aquí contigo! —me dijo notándose que estaba
complacida.
—¿Te ha gustado mi idea?
—¡Muchísimo!
Levanté la cabeza para mirarla y vi la felicidad marcando su rostro.
—Pues era mi plan B.
—¿Ah sí? ¿Y cuál era el plan A? —me preguntó curiosa.
—Atrincherarnos en nuestra habitación. Pero tras conocer a tus
primos he cambiado de idea.
Mary soltó una carcajada contagiosa y los dos acabamos riendo.
—Son un poco impulsivos.
—¿Un poco? —solté divertido aunque traté de sonar incrédulo.
—Bueno, quizá un poco demasiado impulsivos.
—Cariño, no les he echado de la fiesta porque son tus primos.
—Y porque mis amigas se lo están pasando en grande con ellos.
—¡Eso también!
—Pues me alegro de que saliera mal el plan A —suspiró y ensanchó
su sonrisa—, ya que me encanta estar aquí.
La contemplé durante unos segundos. Estaba preciosa con su vestido
de novia y su rostro de ninfa. Jamás olvidaré cuando la vi frente a mí
caminando hacia el altar, al haber creído que todo formaba parte de un sueño
que se estaba haciendo realidad, al aparecer ante mí la mujer de mis fantasías
avanzando hasta encontrarme.
—Aún no puedo creer que seas mi esposa.
Mary acarició mi cabello con una dulzura que me puso la carne de
gallina, y sentí como mi cuerpo se encendía por su roce.
—A mí también me cuesta asimilar todo lo que hoy ha pasado. Me
imagino que cuando mañana despertemos, y veamos que no ha sido un sueño,
podamos por fin creer que fue real.
—Tú siempre serás para mí un sueño —le dije dispuesto a seducirla.
La besé con entrega hasta obtener su sumisión completa, y no dejé de
acariciar su cuerpo hasta sentir que se estremecía. Estaba dispuesto a que esa
noche fuera perfecta, y me había propuesto hacerla gemir de pasión hasta
apagar el brillo de las estrellas.
De pronto escuchamos gritos y un gran alboroto que venía hacia
nosotros, y maldije por mi mala fortuna. Al parecer unos cuantos invitados
habían tenido la misma idea que nosotros y ahora venían por la playa
dispuestos a divertirse.
—¿Qué está pasando? —preguntó algo confusa.
Mary me apartó hacia un lado y se incorporó curiosa hasta sentarse
para observarles mejor. Maldije por no haber cerrado las puertas de acceso
con llave, y haber dispuesto a los de seguridad para que nadie nos
interrumpiera. ¿Pero cómo iba a imaginar que unos pocos invitados iban a
tener mi misma idea?
—¿Esas no son mis amigas?
—Yo diría que sí. Y por lo que veo están acompañadas de tus primos.
—¡Dios mío! ¿Pero qué están haciendo?
Los gritos y las risas llegaban hasta nosotros, y tuve que dejar de estar
enfadado mientras observaba como corrían por la playa descalzos. Sus tres
amigas estaban irreconocibles, pues se les veían felices de estar en medio de
la playa en plena noche. Solo falta Joan, la más mayor de las cuatro, que
debía de estar en el hotel descansando.
—Me parece que esos que vienen tan acaramelados son tu hermana y
tu cuñado.
Mary se quedó mirándolos boquiabierta sin saber muy bien qué decir.
Los primos decidieron que ya se habían adentrado lo suficiente, y empezaron
a despojarse de la ropa a pocos metros de nosotros. Fue ese el momento en
que las chicas comenzaron a chillar como locas, y por lo que pude ver, solo
una de ellas: «Seguro que esa era Crystal», comenzó a bajarse la cremallera
de su vestido.
—¿Quién son esos que vienen rezagados? —le pregunté aun sabiendo
la respuesta.
—Espera, déjame ver —Mary se quedó mirando a la pareja que se
acercaba despacio, y se quedó paralizada cuando contempló de quién se
trataba—. ¡Dios mío, esos son mi tío Scott y mi tía Marlene!
No pude aguantarme más y lancé una carcajada por el espectáculo que
teníamos ante nosotros.
—¡No me lo puedo creer! ¿Es que todos han perdido la cabeza? —la
voz risueña de Mary me confirmó que a ella también le parecía gracioso el
giro que había tomado nuestra escapada secreta.
—Cariño, creo que hemos servido demasiado champán —le dije entre
carcajada y carcajada mientras me colocaba detrás de ella y la abrazaba.
Nos quedamos sentados observándolos sin querer perdernos ni un
solo detalle, curiosos por saber qué iba a suceder después.
—Qué pena no tener nada a mano para grabarlos. Mañana no nos van
a creer.
Cuando todos se quedaron en ropa interior empezaron a correr por la
playa en múltiples direcciones, en lo que pareció no tener sentido.
—¿Qué hacen ahora?
—Déjame ver. Creo que los chicos tienen que atrapar a las chicas —le
contesté tras ver como cada mujer era perseguida de cerca por un hombre.
Vimos como Lisa caía rendida ante Ryan, que encantado la cogió en
brazos y despacio se encaminó con ella hacia el agua. Otra de las parejas que
nos llamó la atención fueron Sarah y Alan. Ella se encontraba parada frente a
él, en lo que parecía un intento de calmarle o regañarle. Pero no consiguió
disuadirlo, y acabó colgada de su hombro y conducida hasta el mar, mientras
se escuchaban claramente sus amenazas y gritos.
Delante de nosotros se estaba representando una batalla campal, en
donde los perdedores eran conducidos a las cálidas aguas del océano en
brazos de los vencedores. Las pobres víctimas estaban en desventaja, frente a
la astucia y la fuerza de sus perseguidores. Aunque he de admitir que algunas
de estas mártires se veían ofrecerse gustosas al sacrificio.
Los únicos que no salieron corriendo en ropa interior por la playa
fueron el tío Scott y la tía Marlene, que con tranquilidad y ajenos al alboroto,
se adentraron en las oscuras aguas y se remojaron sin dar excesivo escándalo.
Abracé con más fuerza a Mary y apoyé mi barbilla en su hombro, mientras
me iba señalando risueña como una a una sus amigas eran capturadas por sus
primos y llevadas hasta su castigo.
Poco a poco la playa se fue quedando vacía mientras las chicas eran
capturadas y llevadas hasta el mar. Una vez allí la juerga seguía, y era
entonces cuando los chicos huían divertidos de las fieras que se revolvían
vengativas.
Escuché un suspiro de anhelo salir de la garganta de mi esposa, y supe
que le hubiera gustado participar como una más de ellos.
—¿Quieres que nos acerquemos? —le pregunté dispuesto a darle todo
lo que me pidiera
—No, estoy muy bien aquí contigo —me contestó mientras se volvía
para darme un suave beso en la mejilla.
Durante unos minutos nos quedamos mirándolos y riéndonos por las
tonterías que veíamos que hacían. Sin querer que se perdiera nada de lo que
pasaba ese día se me ocurrió una idea.
Me aparté de su lado con cuidado y me levanté mientras me miraba
extrañada. Cuando me situé frente a ella le extendí mi mano y le dije:
—¡Vamos!
—¿A dónde? —me preguntó sorprendida.
—A darnos un baño.
Durante unos segundos se quedó quieta decidiendo qué era lo que más
deseaba hacer.
—Prefiero quedarme aquí contigo —aunque esas fueron sus palabras,
pude ver en sus ojos el anhelo de unirse a ellos.
—Tendremos muchas oportunidades para disfrutar de esta playa, pero
este momento solo lo vamos a tener una vez en la vida —comenté mientras le
hacía una señal con la cabeza hacia donde estaban todos bañándose.
—Pero es nuestra noche de bodas y me apetece estar contigo.
—Entonces nos quedaremos a un lado —le hice una señal con la
mano para que la cogiera—. Vamos pequeña. Nos damos un baño y luego
hacemos lo que tú quieras.
Ella bajó la mirada sorprendiéndome, pues hubiera jurado que estaba
deseando ir a bañarse con ellos. Se quedó callada durante unos segundos y
luego en un susurro me confesó el motivo de su reticencia.
—No puedo bañarme delante de todos. Tendría que hacer toples.
Me quedé mirando su vestido ajustado y su espalda al descubierto, y
me di cuenta de que no me había percatado de ello. Toda una sorpresa, pues
me había pasado la velada entera deseando perder mi mano por su escote para
acariciarle un pecho, al saber que no llevada nada debajo del vestido para
impedírmelo.
Mary me conocía muy bien y sabía que no me iba a gustar verla
expuesta ante unos ojos que no fueran los míos. Por muy cuñados, tíos o
primos que fueran seguían siendo hombres y ella una mujer preciosa. Y eso
por no hablar de su empleado Ryan, al que tendría que romperle la cara cada
vez que la mirara, por si estaba reviviendo la visión de esta noche en la playa
con sus senos flotando frente a él. Definitivamente era una mala idea.
Pero había otra cosa que no podía dejar pasar por alto, y eran las
ganas que tenía Mary de participar de la diversión de darnos un baño juntos,
estando arropados por la oscuridad de la noche y del mar. La contemplé
mientras se escuchaban las carcajadas que venían del océano y no pude
impedirle darle lo que más deseaba.
Empecé a desabrocharme la camisa, sabiendo que ella sentiría
curiosidad por saber qué estaba haciendo. Solo tuve que esperar tres
segundos para que su curiosa naricilla se elevara, para mirarme con unos ojos
mitad curiosos y mitad sorprendidos. Le volví a extender mi mano tras haber
acabado de desabrocharla y esperé a que ella me la tomara.
—He tenido una idea —le dije al ver que no se movía—. Dejas el
vestido aquí y te presto mi camisa para que te bañes con ella.
—¡Pero es de seda y se estropeará!
—Solo es una camisa, mi ángel, mañana mismo la puedo reemplazar
por otra. ¡Vamos! —le volví a decir mientras hacía un gesto con la mano
extendida.
Con una sonrisa Mary aceptó mi mano, y con un simple tirón la puse
de pie frente a mí.
—Tendrás que ayudarme a quitármelo —me dijo con una sonrisa
dibujada en la cara que la hacía aún más hermosa.
Mary se giró mostrándome su desnuda espalda, la cual no pude evitar
besar.
—Preciosa, llevo deseando que me pidas eso desde hace horas.
La carcajada de Mary recorrió todo mi cuerpo, causándome la misma
descarga que me causaría uno de sus besos. Me di cuenta de que hacerla feliz
se había convertido en mi prioridad, y que consentirla no sería ningún
sacrificio sino más bien un privilegio.
Con mucha maña y consumiendo la poca paciencia que me quedaba,
conseguí encontrar la esquiva cremallera y bajarla. Todo un prodigio si
teníamos en cuenta que estaba oculta tras una hilera de pequeños botones,
que más de una vez había estado a punto de arrancarlos a mordiscos o con un
fuerte tirón.
Tras desabrocharla y sentirme el hombre más orgulloso del mundo
por mi singular logro, me dejé llevar por el deseo de tocarla y pasé mis
manos por sus hombros, marcando de esta manera una senda con mis caricias
que iban desde su cuello hacia su espalda desnuda.
Con sumo cuidado empujé el vestido, para que éste cayera por sus
caderas, sintiendo el calor de su piel quemando mis manos. Noté como se
estremecía por mi tacto y me pegué a ella para que percibiera mi excitación
en la entrepierna.
Deslicé mis manos por su cintura y comencé un reguero de besos por
su cuello y hombros, para enloquecerla como estaba enloqueciendo yo por
ella.
—No consigo dejar de desearte —le confesé entre susurros en su
oído.
—Y yo no quiero que dejes de hacerlo.
Con un único pensamiento la envolví entre mis brazos, sintiéndome
complacido al notar como su respiración estaba tan acelerada como la mía.
—Si no nos metemos en el agua enseguida tendré que hacerte el amor
aquí mismo.
Con un gruñido me contestó y con coquetería movió sus caderas para
provocarme. Sabiendo que no aguantaría más y que no estaba dispuesto a
hacerle el amor sabiendo que podrían pillarnos en cualquier instante, decidí
poner punto final a la provocación y llevarla hasta el agua. Al fin y al cabo
dentro del mar estaba oscuro, y nadie tenía porque enterarse qué hacían
muestras manos sumergidas.
Me aparté y me quité la camisa para después ofrecérsela como todo
un caballero. Algo frustrada ella la aceptó, y se la abotonó despacio mientras
no se perdía detalle de cómo me desprendía de mi ropa hasta quedarme en
calzoncillos.
—¿Estás lista? —le pregunté una vez que ambos habíamos concluido
con nuestro cometido.
—Espera, aún me queda una cosita.
Sin más aviso pasó sus manos por debajo de la camisa y tiró de su
tanga hasta bajarlo al suelo. Debí quedarme con cara de bobo mirándola, pues
me sonrió divertida y bastante complacida por mi reacción. Luego, de una
patada se las quitó y colocándose frente a mí dijo:
—¡Lista!
Por supuesto, yo me quedé parado, ya que necesitaría varios minutos
para archivar cada detalle de esta imagen, y así poder revivirla en mis sueños
todas las veces que deseara durante el resto de mi vida. Al ver que no
reaccionaba, se le ensanchó la sonrisa de su rostro, y decidió decirme el
motivo de su acción.
—Te conozco, y si no me las quito ahora acabarán a la deriva en
mitad del océano.
Sonreí pues esa había sido mi idea desde el principio, y me percaté de
que estaba encantado de que esa mujer a la que adoraba me conociera tan
bien.
—Imagínate qué trauma si se las encuentra un besugo —me dijo
divertida.
Reí por su comentario y la abracé con todas mis fuerzas de pura
felicidad. Era increíble como conseguía enamorarme cada día un poco más,
aunque hubiera jurado que era algo imposible.
—Vamos al agua y te demostraré todo lo que tenía pensado hacerte
—le comenté dispuesto a cumplir mi promesa.
Entonces ella tiró de mí divertida y corriendo nos acercamos a las olas
que nos recibieron encantadas. Unos bitores y silbidos nos dieron la
bienvenida, aunque nos mantuvimos algo apartados del grupo, y ellos no
tuvieron la intención de acercarse respetando nuestra decisión de
mantenernos a distancia. Algo que les agradecí en silencio, pues quería
disfrutar de tener a mi esposa solo para mí entre mis brazos.
—¡El agua está buenísima para estar a primeros de abril!
—La he encargado especialmente para ti —solté divertido mientras
nos adentrábamos hasta que el agua nos llevó a los hombros.
—Seguro que sí —me dijo ella pegándose a mi cuerpo y rodeándome
el cuello con sus brazos—. Y seguro que encargaste para hoy el espléndido
día que hemos tenido.
—¡Por supuesto! —Exclamé siguiéndole el juego—. Todo lo mejor
para mi esposa.
—¿También vas a hacer que salga el sol solo para mí? —me retó.
La abracé con fuerza y con mi boca a escasos centímetros de la suya
le contesté:
—Pequeña, hoy, y siempre que tú quieras, haré que salga el sol solo
para ti.
Tras mis palabras la besé con todo mi amor y con el firme deseo de
hacerla comprender, que por ella sería capaz de cometer la más imposible
locura que cualquier hombre hubiera realizado.
—¿Y qué quieres que haga yo por ti? —me preguntó excitada.
La contemplé con adoración y me perdí en su mirada. Tenerla entre
mis brazos, pegada a mi cuerpo, era lo máximo que podía desear en ese
momento.
—Solo quiero que me ames —le susurré convencido de la verdad de
mis palabras.
Ella me acarició la nuca con suavidad y pude ver en sus ojos un brillo
que eclipsaba a la luna.
—Sabes que lo eres todo para mí y que mi corazón es tuyo.
—Lo sé, mi ángel. Lo sé —fue mi respuesta con una voz tomada por
la emoción.
—Para siempre, Christian —susurró abriéndome su corazón.
—Para siempre, mi amor —dije por última vez antes de besarla.
Ya nada más importaba a nuestro alrededor, ya nada nos molestaba.
Ni las otras personas que gritaban y chapoteaban divertidas, ni cuando nos
vieron abrazados y decidieron marcharse para darnos privacidad. La playa
quedó para nosotros, y durante lo que me pareció un instante, nos amamos
como si no existiera el mañana.
Quedamos solos bajo las estrellas a la orilla del mar, sin darnos cuenta
de que poco a poco el sol se asomaba por el horizonte para ser testigo de
nuestro inmenso amor. En las cálidas aguas del océano le demostré cuánto la
amaba, mientras las olas nos empujaban a la playa y nos acariciaban con
devoción.
Fue en ese mismo instante cuando ambos sentimos que algo grande y
hermoso estaba sucediendo, abriéndose ante nosotros un nuevo futuro. Tal
vez fuera un hombre frío y solitario. Tal vez no supiera lo que era el amor,
pero un ángel de ojos verdes me hizo descubrir un mundo donde las segundas
oportunidades son posibles, y donde el amor es algo de gran valor.
EPÍLOGO

Hacía justo un año que me encontraba en ese mismo lugar, solo que
esta vez la mujer que tenía a mi lado no era una desconocida de grandes ojos
verdes, sino un maravilloso ángel que me había devuelto a la vida con su
amor.
Otra vez era Acción de Gracias y frente a nosotros se encontraba la
misma casa, con las mismas personas que la vez anterior, aunque ahora
también eran mi familia. Pero en esta ocasión las cosas eran diferentes, pues
hacía tiempo que yo había dejado de ser ese hombre gruñón y solitario, para
convertirme en un devoto marido que amaba profundamente a su mujer.
Desde nuestra boda las cosas habían transcurrido como si
estuviéramos en un sueño que nunca creí que sucediera. Vivía junto a una
mujer que me lo entregaba todo, y me hacía creer en sucesos imposibles
como que se podía ser feliz con solo contemplar su sonrisa. Las cosas
cotidianas como desayunar juntos, compartir la ducha, hablar abrazados hasta
que nos vencía el sueño, o recibir una llamada de teléfono suya a media
mañana, eran algo que me hacían inmensamente feliz y no cambiaría ni por
todas las riquezas del mundo.
Y ahora, otra vez habíamos vuelto al punto de inicio. Otra vez mi
ángel guiaba mis pasos hacia lo desconocido, y me hacía perder la cabeza
cada vez que la contemplaba, como había hecho desde el principio. Aunque
en esta ocasión mi mayor preocupación era impedir que se resbalara y se
cayera por ser tan impulsiva y despistada. Algo que iba a suceder en breve si
no tenía cuidado y miraba por donde pisaba, pues toda su atención estaba
puesta en las luces navideñas que iluminaban las casas del vecindario.
—¿Estás bien, preciosa? —le pregunté después de haberla ayudado a
salir del deportivo y ver cómo tropezaba al caminar distraída.
—¡Tranquilo, lo tengo todo controlado! —solo pude bufar por su
comentario, pues ni yo podía estar tranquilo, ni ella lo tenía todo controlado
Mary estaba muy emocionada por lo que veía a su alrededor, y por ser
las primeras navidades que pasábamos como matrimonio. Desde hacía días
había estado preparando cada detalle contagiándome del espíritu navideño,
aunque me había tenido que negar en rotundo cuando me propuso ir a buscar
un árbol al bosque para adornarlo. Todo parecía mágico a nuestro alrededor,
y más cuando miraba a mi esposa y veía su vientre crecido por llevar a
nuestro hijo dentro.
Mi embarazadísima mujer empezó a caminar hacia la puerta con unos
andares de pato que yo adoraba tanto como ella los odiaba. Me era imposible
no desear besarla cuando empezaba a quejarse por su embarazo, sin dejar de
acariciarse la barriga con un inmenso anhelo en los ojos que desmentían cada
una de sus palabras.
Me acerqué a ella y le pasé un brazo por su cintura para aferrarla a mi
cuerpo y así impedir que se cayera, ya que no me fiaba mucho de su
equilibrio por culpa de su bombo de casi nueve meses y la nieve. He de
admitir que me gustaba cuidarla y tenerla entre algodones, aunque a veces a
ella eso no le gustara y se enfadara conmigo al sobreprotegerla.
—¡No hace falta que me ayudes, no soy una inválida!
—Lo sé nena, pero no me fío de esta nieve.
Mary se paró de golpe y se echó la mano a la espalda.
—¿Qué te pasa? —le dije algo intranquilo.
—¡No te preocupes!, es otra vez ese dolor en la espalda. Lleva
molestándome toda la noche —Mary acompañó sus palabras con una sonrisa
para quitarle importancia.
—¿No crees que deberíamos ir al médico?
Conocía muy bien a Mary y sabía que aguantaría lo que fuera con tal
de no perderse la cena familiar de acción de gracias, pero tenía que mirar por
el bien de ella y de nuestro hijo por encima de todo.
—¿Por un dolorcillo de nada? Lo que pasa es que esta barriga es casi
tan grande como yo y hace que me duela el lumbago.
Me quedé mirándola seriamente, tratando de descubrir si me estaba
ocultando algo. Su semblante era calmado y no daba muestras de estar
soportando ningún dolor, por lo que suspiré y me quedé un poco más
tranquilo.
—¡Está bien!, pero si después de cenar te sigue doliendo nos
acercamos a urgencias.
Mary me miró y debió ver la preocupación en mi rostro, pues me
acarició la cara con su mano enguantada y me dio un dulce beso para
tranquilizarme.
—¡Lo prometo!, si después de la cena me sigue molestando, me llevas
a donde tú quieras.
Le sonreí aun sabiendo que al final acabaríamos haciendo lo que ella
me dijera, pues era imposible que entrara en razón cuando se negaba a hacer
algo. Aunque según ella el insensato era yo cuando se trataba de su
seguridad, pues siempre tendía a exagerarlo todo. ¿Pero cómo no hacerlo
cuando lo que más quieres en la vida puede estar en peligro?
Durante los casi nueve meses que llevábamos casados todo había sido
perfecto, aunque a veces asomaran algunas nubes en nuestro paraíso. Aunque
esas ocasiones eran escasas y pronto lo solucionábamos, pues ninguno
soportaba ver al otro enfadado. Pero lo que más nos emocionó fue el
descubrir un par de meses después de la boda que estaba embarazada, pues
ese momento fue uno de los más felices de nuestra vida.
Desde entonces solo vivía para cuidar de ellos, ganándome alguna que
otra regañina, pero también muchas sonrisas como la que me acababa de
regalar. Desde el mismo momento que vi a nuestro bebe en la ecografía me
sentí pletórico y abrumado, sabiendo que dentro de la mujer que amo estaba
creciendo mi pequeño.
En ningún momento quisimos saber el sexo de nuestro hijo, y
llevábamos todo el embarazo tratando de encontrar un nombre o decidiendo
si queríamos a un hombretón o a una princesita.
En privado revisamos nuestras noches de amor y sexo, y llegamos a la
conclusión de que lo habíamos concebido la noche que, tras la boda, pasamos
entre las olas del mar esperando el amanecer. Fue una noche muy especial
para nosotros y estábamos convencidos que ese día concebimos a nuestro
hijo.
—¿No has cogido las botellas de vino? —me preguntó Mary tirando
de mí para que diera media vuelta y volviéramos al coche.
—En cuanto te deje sentada en el salón las cojo.
Llegamos a la puerta de entrada y tras llamar esperamos a que nos
abrieran.
—Y recuerda coger también las galletas que ha horneado Rose para
los niños.
Sonreí pues meses atrás ni siquiera se hubiera acordado de llevar algo
para la cena, debido a que siempre andaba corriendo de un lado a otro por
culpa de su apretada agenda de trabajo. Sin embargo, desde que se le empezó
a notar el embarazo, se estaba tomando las cosas con mucha más calma,
consiguiendo tiempo para ella y para preparar la llegada del bebé.
En cuanto escuché correr a nuestros sobrinos para abrir la puerta ya
sabía lo que iba a pasar, y sonriendo no pude evitar exclamar:
—¡Que empiece la fiesta!
Mary sonrió divertida, pues sabía que en cuanto se abriera la puerta
ambos niños se lanzarían sobre mí para ser los primeros en llamar mi
atención, y me apretó la mano para hacerme saber que entendía mis palabras.
—¡Feliz Acción de Gracias titos!
Y tras este saludo vinieron un sinfín de besos, abrazos y sonrisas a las
que ya me había acostumbrado, mientras los niños se agarraban a mí como si
fueran lapas. Era increíble cómo un año antes creía que esos pequeños eran
unos demonios venidos del infierno, y ahora era casi imposible separarme de
ellos.
Como era de esperar tardamos un buen rato en llegar al salón y la dejé
hablando con su hermana del millón de cosas que no se habían dicho desde el
día anterior. Era increíble como nunca les faltaba un tema de conversación, y
siempre tenían ganas de juntarse para contarse cualquier cosa.
Una vez que me libré de los niños, haciendo que se escondieran al
creer que estábamos jugando al escondite, salí con Alan a la calle para
recoger las cosas del coche, ya que no queríamos que los pequeños salieran a
acompañarnos, pues eran igual de cabezones que su tía Mary, y se
empeñarían en llevar las botellas de cristal hasta la casa; una idea nada buena
por culpa de la nieve.
Nada más entrar me encontré a Tilde convenciendo a Mary para que
se sentara y pusiera los pies en alto, mientras le servía algo de comer. Era
asombroso como una mujer tan pequeña siempre parecía tener hambre, y
nunca ponía reparos en comerse una buena ración de espárragos, aunque a
veces fueran las cuatro de la mañana.
Había llegado el momento de darle el relevo a Tilde para que la
cuidara, ya que se desvivía por ella casi tanto como yo, y tomar junto a Alan
una copa de vino mientras convencíamos a los niños para que jugaran solos
un ratito. Pero mi tranquilidad no me duró mucho, ya que a los pocos minutos
Mary pareció sentirse mal.
—¿Qué te pasa Mary? —le preguntó su hermana.
Fue todo lo que necesité escuchar para volver a ponerme en alerta y
palidecer de preocupación.
—No es nada, solo un pequeño dolor en la espalda —le respondió
tratando de aparentar encontrarse bien, pero sin conseguir engañarnos.
—¿Desde cuándo tienes esa molestia?
—Desde anoche, no he podido dormir muy bien por su culpa.
Y en ese preciso momento, todo cambió.

***

No era una niña y sabía muy bien cómo cuidarme, aunque ahora
empezaba a pensar que este simple dolor era algo mucho más serio de lo que
pensaba.
Sobre todo cuando vi cómo Sarah y Tilde guardaban silencio con un
rictus en su boca, mientras el calambre cada vez más persistente empezaba a
desvanecerse. Las miré tratando de averiguar que estarían pensando, pero
solo conseguí inquietarme aún más al darme cuenta de sus sonrisas forzadas
y de sus miradas preocupadas.
—¿No te apetece tumbarte un poco mientras se termina de hacer la
cena? —comentó Tilde que estaba a mi lado algo agitada.
—No hace falta, me encuentro bien —les aseguré tratando de
mantener la sonrisa, mientras todos me miraban como si estuviera a punto de
estallar.
Para que vieran que no era nada grave me incorporé de la silla, y me
sentí algo extraña.
—¿Estás segura, cariño? —me preguntó Christian con semblante
preocupado.
—Sí, de verdad, estoy bien.
Fue justo en ese momento cuando noté algo húmedo corriendo por
mis piernas, y sentí como si algo se hubiera roto en mi interior y empezara a
derramarse. Me quedé petrificada, pues no me atrevía ni a moverme, y
contemplé a Christian que estaba observándome aterrorizado.
Si antes había creído que estaba pálido, ahora parecía que se había
quedado sin una sola gota de sangre en el cuerpo, ya que estaba más blanco
que una pared recién pintada.
—¡Ay, Dios mío! —fue lo único que pude decir.
—¡Niña! ¡Acabas de romper aguas! —me dijo Tilde manteniendo una
ligera sonrisa para tratar de tranquilizarme.
Como en un sueño la miré incrédula, para pasar luego a mirar a mi
hermana que me sostenía la mano. Me quedé observándola para descubrir si
era cierto lo que me estaba pasando, y por la expresión de asombro que
empezó a formarse en su cara descubrí que era verdad. El parto se había
adelantado.
Me quedé quieta y por unos segundos me olvidé de todo lo que
sucedía a mi alrededor. Acaricié con cariño mi barriga abultada, sin poder
evitar sonreír, al darme cuenta de que dentro de unas horas tendría a mi hijo
en brazos.
Nada más tener este pensamiento busqué con la mirada a Christian, el
cual se estaba acercando con sus ojos fijos en los míos, haciéndome sentir la
mujer más feliz del mundo por estar a punto de ser madre. Con suma dulzura
él puso su mano sobre la que yo tenía en mi barriga, y durante unos segundos
nada más importó a nuestro alrededor. Estaba a punto de decirle lo feliz que
me sentía, cuando un dolor terrible casi me partió en dos.
Me pilló tan de sorpresa, que si no hubiera sido porque tenía a
Christian a mi lado me hubiera desplomado al suelo. Durante los segundos
que duró me quedé sin aire, y fue en ese mismo momento cuando me
mentalicé de lo que me esperaba.
Si quería tener a mi bebe en brazos, tendría que pasar antes por unos
dolores devastadores que me dejarían exhausta. Me erguí y traté de respirar
como me habían enseñado en las clases de pre-parto, dispuesta a sufrir el
martirio que fuera necesario con tal de tener a mi bebe en brazos. Solo me
quedaba rezar para que después de unas cuantas horas siguiera pensando lo
mismo.
—¡Cariño! —le dije a Christian—. Será mejor que vayamos al
hospital.
Fue en ese preciso instante cuando todo se convirtió en un caos. No sé
lo que se le pasó por la cabeza a Christian al escucharme, pero salió corriendo
hacia la puerta sin decirnos nada, llegando incluso a salir fuera de la casa.
Por otro lado, Alan se quedó petrificado en su sitio con dos copas en
la mano; una suya y la otra de Christian, que iba a ofrecérsela antes de que yo
rompiera aguas. Parecía perdido al no saber qué hacer, pues se dividía entre
beberse de un trago ambas copas, salir tras Christian, o quedarse a mi lado,
aunque parece ser que al final prefirió permanecer quieto en su sitio
mirándonos con los ojos como platos.
Mi hermana por el contrario trataba de mantener la calma, mientras
se me acercaba y me sujetaba como si fuera de porcelana, tratando de decidir
si se mantenía a mi lado, o si se dirigía hacia sus dos hijos que se encontraban
saltando y riendo mientras no paraban de gritar: «La tía se ha hecho pis».
Solo Tilde se mantuvo tranquila y, por suerte, asumió el mando.
—Alan, ve a por Christian y tráelo aquí antes de que se vaya solo al
hospital —le ordenó Tilde.
Éste nada más escuchar las palabras de Tilde salió corriendo en busca
de Christian, parando solo un segundo para dejar las copas encima de la mesa
y visiblemente aliviado de tener algo que hacer.
—Sarah —llamó Tilde mientras se volvía hacía ella—, encierra al
perro y ponle los abrigos a los niños. Van a pasar Acción de Gracias con los
vecinos.
Ni por un segundo Sarah cuestionó las órdenes de Tilde, pues tan solo
asintió, comprendiendo que era lo mejor para todos que sus hijos se quedaran
cenando tranquilos, mientras ellos esperaban en el hospital la llegada del
pequeño.
—¡Yo quiero ver a mi primito!
—¡No puedo irme sin cenar el pavo!
Sin hacer ningún caso a las quejas de sus hijos, Sarah los sacó del
salón e hizo lo que Tilde le había pedido, aunque para ello hubo que arrastrar
al más pequeño para sacarlo de la habitación.
Me quedé a solas con Tilde mientras permanecía sobre el charco de
agua, asustada por lo rápido que estaba pasando todo y por lo inesperado de
la situación. Como primeriza había leído y escuchado muchas cosas sobre el
parto, pero no tenía ni idea de qué era lo que tenía que hacer, o si mi hijo
correría algún riesgo al nacer antes de los nueve meses.
—Tú tranquila —me dijo llevándome hasta una silla cercana—.
Siéntate que yo me ocupo de recoger esto y nos vamos al hospital.
Asentí en silencio y me dejé llevar, pues agradecía que alguien tomara
el mando. En ese momento Christian entró a toda velocidad y sin perder un
solo segundo me abrazó con fuerza.
—¿Estás bien, preciosa? —solo pude asentir—. Perdóname por salir
corriendo, estaba tan nervioso que no me di cuenta de que no me seguías.
La verdad es que en cualquier otro momento me hubiera reído, pero
en cuanto él terminó de hablar un dolor me sacudió las entrañas, y no pude
hacer otra cosa más que soltar un gemido y quedarme sin respiración.
Apreté con todas mis fuerzas los brazos de Christian que me
sostenían, y resistí hasta que la punzada empezó a desistir. En cuanto noté
que el dolor desaparecía levanté la vista y le contemplé mientras trataba de
serenar mi respiración. Estaba observándome muy serio, aunque en cuanto
notó que le miraba trató de relajarse y me regaló una débil sonrisa que yo
secundé.
—¿Ya se te va? —Me preguntó mientras colocaba un cabello suelto
detrás de mí oreja y yo asentía—. Ojalá pudiera ayudarte en algo.
—Ya lo haces cariño —le dije jadeando mientras el latigazo de dolor
se desvanecía.
—Bueno, ¿y ahora qué? ¿Nos vamos al hospital? —nos preguntó
Alan desde la puerta.
—Tú ve a llevar a los niños a casa de la vecina y le explicas lo que
está pasando. Diles que los recogerás mañana —mandó Tilde sin un ápice de
duda en su cabeza.
Alan no se lo pensó dos veces y salió disparado en busca de sus hijos,
los cuales estaban en la entrada luchando contra los abrigos.
—¡Mary, si estás preparada nos vamos!
La orden de Tilde nos sacó de nuestra burbuja y nos hizo caer en la
cuenta de las prisas que teníamos.
—¡Vamos, preciosa! —me dijo Christian con suma dulzura.
Protegida entre sus brazos empecé a caminar despacio hacia la puerta,
aprovechando los minutos que tenía libres entre dolor y dolor. Todo había
sucedido tan rápido que la cena quedaba cancelada para más adelante y, si el
parto marchaba bien, tendría a mi pequeño en unas fechas que para nosotros
significaban mucho. Pero con solo dar dos pasos me di cuenta de que algo no
estaba bien y paré en seco.
—¡Espera! —Solté sobresaltando a Christian—. ¡No puedo ir así!
El pobre me miró con una expresión que dejaba muy claro que no
entendía nada.
—Estoy empapada y no pienso entrar al hospital con las bragas
mojadas —dije con rotundidad y sin estar dispuesta a dar mi brazo a torcer.
Menos mal que en ese momento entraba mi hermana por la puerta, y
al escucharme comprendió la situación y se puso a mi lado para guiarme
hacia el baño. Por la cara de asombro que puso Christian comprendí que, si
hubiera sido por él, me hubiera llevado a rastras hacia el coche sin ningún
reparo. Se notaba con claridad que cada segundo que pasaba Christian iba
poniéndose más nervioso, al igual que a mí me estaba costando mantener la
calma.
—¡No tardaremos nada! —gritó Sarah mientras nos encerrábamos en
el baño.
Agradecí tenerla a mi lado, aunque una vez dentro me di cuenta de
que no tenía otro conjunto de ropa interior para cambiarme, por lo que caí en
la cuenta de que solo me quedaba una opción.
—¡No puedo ir al hospital sin bragas!
—Eso es lo de menos, en cuanto hubieras llegado te las habrías tenido
que quitar.
—Pero...
—Además, da gracias que solo te hayas mojado los zapatos y no el
vestido, de lo contrario te hubieras tenido que poner uno de Tilde.
Gemí con solo imaginármelo y agradecí al cielo por estos pequeños
favores. Mientras, en el hall, Christian paseaba como un tigre enjaulado
esperando a que saliéramos del baño. No hacía nada más que mirarse el reloj
como si fuéramos a llegar tarde a recoger al bebé, y miraba la puerta tratando
de contenerse y no derribarla.
En cuanto salí Christian se abalanzó sobre mí, consiguiendo que mi
agobio empezara a rebasarme.
—¿Ya podemos irnos? —Me preguntó mientras me revisaba con la
vista—. ¿Está todo bien?
Teniendo en cuenta que acababa de romper aguas, que unos dolores
me partían en dos y que además iba sin bragas, no pude hacer otra cosa más
que callarme las ganas de soltarle algún comentario y simplemente asentí. Sin
lugar a dudas cada vez estaba más cerca de perder el control.
Antes de que llegáramos a la puerta ya me estaba colocando el abrigo,
e incluso me lo abotonó por si yo sola no podía. No sabía si era por culpa del
parto, de alguna hormona o por la poca paciencia que me quedaba, pero
estaba empezando a sentir unas ganas enormes de darle una buena patada en
sus partes por ponerme tan nerviosa.
—Tilde, nos vamos —soltó mi hermana ya preparada para marcharse.
—Voy enseguida, solo me queda apagar el horno.
—De acuerdo, te esperamos fuera.
Christian estaba ajeno a todo mientras me enrollaba la bufanda y me
ponía los guantes. Yo había optado por contar hasta veinte antes de soltarle
donde podía ponérselos, y acabar empujándole para ir al hospital a tener a mi
hijo sola. Pero el colmo fue cuando se propuso colocarme el gorro de lana
que me había obligado a poner para venir a casa de mi hermana, al alegar que
hacía demasiado frío y tenía que abrigarme.
Sin poder aguantarlo por más tiempo le di un manotazo sin ningún
miramiento y lo aparté de mi lado de un empujón. No sé muy bien el motivo
por el que salté, pero al final Christian lo había conseguido y había hecho que
perdiera los nervios.
—¡Quieres hacer el favor de dejar de ponerme cosas y marcharnos
antes de que me ponga aquí a parir! —le grité enfadada.
Christian se me quedó mirando extrañado con el gorro de lana aún en
sus manos. Se lo quité de un tirón justo en el momento en que un dolor volvía
a atravesarme. El pobre me sostuvo entre sus brazos, mientras yo resistía y
trataba de respirar como me habían enseñado.
—¡Lo siento cariño! ¡Lo siento! —no hacía más que repetirme.
En cuanto me recuperé me sentí culpable, pues me di cuenta de lo mal
que lo estaba pasando por verme sufrir y no saber qué hacer para consolarme.
—¡Ya está! —le aseguré con voz suave—. Ya pasó.
Él me miró tratando de averiguar cómo había sido la intensidad del
dolor, y traté de disimular las ganas de salir corriendo hacia el hospital para
que me inyectaran la epidural. No me había dado cuenta hasta entonces de lo
mal que lo estaba pasando Christian, y volví a respirar profundamente para
calmarme. Pagar con él el dolor que sentía no nos iba a ayudar a ninguno de
los dos, y tenía que demostrarle que era fuerte y podía con ello si quería que
él se mantuviera a mi lado entero.
No sé muy bien cuánto tardamos en salir y llegar al coche, pero me
pareció una eternidad. Christian no hacía nada más que decirme que tuviera
cuidado y me preguntaba cada dos segundos si me encontraba bien. Lo que
me hizo sentir un escalofrío al pensar en los tres kilómetros que aún teníamos
por recorrer, y rogué al cielo para que mi paciencia aguantara.
Pero lo mejor de todo vino cuando me paré frente al deportivo, con mi
hermana a mi lado cronometrando las contracciones y a Christian empeñado
en que entrara.
—No pienso subir ahí —le dije a un Christian que me miraba atónito.
—¿Cómo has dicho?
Me quedé esperando a que se diera cuenta, pero él solo tenía en mente
meterme en el coche y salir a toda prisa hacia el hospital. Tuvo que aparecer
Alan, que acababa de llegar de dejar a los niños, para que pusiera un poco de
orden en el caos que empezaba a formarse.
—¿Qué pasa? —preguntó extrañado Alan al escucharnos.
—¡No quiere subir al coche! —afirmó incrédulo Christian que no
paraba de mirarme para luego mirar al reloj.
—¡En nuestro coche solo cogemos dos personas y no pienso
separarme de mi hermana! —exclamé rotunda.
—¡Yo llevo la cuenta de las contracciones! —repuso enseguida Sarah
mostrando el cronómetro para defenderse.
—Christian, por qué no vamos en mi coche. Así cogeremos todos y te
evito conducir al estar tan nervioso.
Sin perder un segundo más, pues su proposición contó con la
bendición de todos, los cuatro nos subimos a su coche y Alan arrancó. Tilde
llegó con el tiempo justo para que Alan tuviera que dar un frenazo, si no
quería dejarla olvidada en la acera.
Tuvimos que esperar impacientes a que Tilde subiera al coche,
mostrándonos las llaves de la casa en sus manos, y una expresión de recelo
que nos decía: «Y vosotros decís que Christian está nervioso», pues nadie se
había acordado de esperarla ni de cerrar la puerta de la casa.
Por el camino la nieve nos hizo ir más despacio de lo que
deseábamos, pero el colmo fue encontrarnos un atasco debido a un pequeño
accidente que había sucedido a un kilómetro de distancia. Se veía un camión
de bomberos y luces de sirena que parecían de la policía, y todos temimos
que el niño naciera mientras esperábamos.
—¡No te preocupes cariño! ¡Esto lo soluciono en un minuto!
Christian salió disparado del coche en busca de algún policía,
mientras yo me quedaba respirando y aguantando los dolores que cada vez
eran más seguidos. Tilde y Sarah trataban de ayudarme y darme ánimos, pero
sus miradas me decían que estaban empezando a preocuparse por lo rápido
que estaba yendo.
Se imaginaba que al ser primeriza iba a tardar más en dar a luz, pero a
este ritmo iba a batir algún récord mundial de rapidez. Entre jadeo y jadeo
traté de localizar a Christian, dispuesta a ir a por él si tardaba un minuto más
en aparecer. No hizo falta que saliera a buscarlo, pues apareció corriendo por
la carretera a nuestro encuentro acompañado de un policía que venía más
despacio.
El hombre se acercó tranquilo hasta nosotros, mientras Christian le
esperaba fuera del coche con una rigidez en el cuerpo que indicaba que estaba
dispuesto a estrangularle si no se daba más prisa. Cuando al fin llegó éste se
agachó para mirar a través de la ventanilla, y no debió de verme muy bien ya
que puso los ojos como platos y se marchó a toda prisa dejándonos sin saber
qué iba a hacer.
Pocos minutos después y al ver que no pasaba nada, Christian no
aguantó por más tiempo el estar sin hacer nada y sacó su móvil.
—¡Philips! ¡Quiero un helicóptero en diez minutos! —y sin más cerró
el móvil y se quedó tan tranquilo.
—Cariño, no le has dado la localización —no pude evitar decirle pues
la idea de que viniera un helicóptero a por nosotros no me pareció tan mala,
aunque estuviéramos a apenas dos kilómetros del hospital.
El pobre se giró para mirarme y debió darse cuenta de lo desesperada
que estaba por llegar.
—Tranquila preciosa. Me tiene localizado por el móvil.
Se oyó un suspiro colectivo y yo asentí algo más tranquila pues sabía
que cuando Christian me decía algo, siempre lo cumplía. Pero no tuvimos
que esperar ni cinco minutos pues el tráfico, como por arte de magia, se
empezó a mover.
Los coches que estaban delante de nosotros comenzaron a desplazarse
hacia un lado de la carretera, y así darnos espacio para pasar. El policía que
se había acercado hasta nosotros los estaba guiando, y empezó a hacernos
señales para que avanzáramos hacia él.
Por suerte solo se trataba de una veintena de coches, ya que a esas
horas casi todos estaban en sus casas con sus familias preparándose para la
cena. Despacio empezamos a pasar entre los coches y la nieve acumulada, y
vimos a pocos metros de nosotros cómo los bomberos sacaban a un hombre
de un amasijo de hierros.
Al parecer el conductor se había chocado contra una señal de tráfico,
y debido a la escurridiza nieve el vehículo de atrás le había seguido
golpeándolo, hasta empotrarlo contra un muro. Lo peor fue que este accidente
no acabó ahí, sino que otros coches se vieron implicados al chocar unos
contra otros, quizá por un exceso de velocidad o por falta de visibilidad,
quedando algunos seriamente dañados y otros sin embargo con alguna leve
abolladura.
No sabía si aquel hombre había resultado gravemente herido, pero
asustada agarré con fuerza mi barriga sin poder evitar pensar en cómo las
cosas pueden complicarse en un minuto y tu vida puede cambiar. No estaba
segura de cómo reaccionaría si perdiera a mi bebé por una complicación en el
parto, pero estoy segura de que no volvería a ser la misma mujer de antes.
Christian debió darse cuenta de cuales eran mis pensamientos, o tal
vez los suyos fueron los mismos que los míos, pues se giró para mirarme
desde su asiento delantero agarrándome con fuerza la mano.
—Todo va a salir bien pequeña, ¡confía en mí!
Asentí aún asustada pero dejándome llevar por la seguridad que
Christian trataba de darme, y seguimos hacia el hospital en un silencio que
solo era interrumpido por mis gemidos de dolor. En cuanto salimos del atasco
un par de motos de policía nos precedió con las sirenas para asegurarse de
que no encontrábamos más problemas, y solo quedó acelerar con precaución
mientras Christian seguía preguntándome cada veinte segundos qué tal me
encontraba.
La llegada al hospital fue un poco confusa, ya que por un lado
Christian me sacó en volandas del coche, y por otro los demás trataron de
seguirnos por los pasillos, incluidos los policías. En lo que me parecieron
horas llegué a la habitación, y tuve que ponerme una especie de bata, para
que la ginecóloga comprobara cuánto había dilatado antes de llevarme al
paritorio.
En la habitación esperamos junto con mi hermana que se desvivía por
que estuviera cómoda y no me faltara de nada, mientras afuera esperaban
Tilde y Alan para así darnos intimidad. Christian no se despegó de mi lado y
trataba de darme fortaleza en cada contracción. Sin soltar en ningún momento
su mano aguanté cada dolor que me partía hasta el alma, y sentí cómo su voz
me serenaba al decirme lo mucho que me quería y lo valiente que era.
Una vez que hube dilatado lo suficiente y con las contracciones ya
muy seguidas, me llevaron a la sala de partos y me subieron al paritorio. Una
vez colocada empecé a empujar, a gemir de dolor y aguantar como nunca
antes había hecho, mientras solo podía pensar en tener a mi hijo en brazos y
descansar durante el resto de la noche. El dolor fue cada vez más seguido y
agudo, pero continué apretando como si mi vida dependiera de ello hasta me
empezaron a faltar las fuerzas.
Fue toda una experiencia sentir como un pequeño cuerpecito salía de
mi cuerpo, y como algo que es tuyo llega a la vida. Nunca antes había sentido
una plenitud tan grande, ni había experimentado una felicidad tan plena.
La cara de adoración con la que Christian me miró me indicó que él
también estaba sintiendo algo parecido, y noté una fuerte conexión con él al
compartir algo tan importante. Ser padres iba a ser una gran aventura que
estábamos deseosos de vivir y de disfrutar. Su mano, que no había soltado en
ningún momento, apretó la mía y sonreí agradecida de tener junto a mí a un
hombre tan maravilloso.
—¡Te quiero, mi ángel!
Me dijo Christian en cuando nuestro hijo empezó a llorar. Su amor
estaba reflejado en sus ojos, los cuales pasaron de mirarme para contemplar
al pequeño bebé que cubierto de sangre acababan de dejar sobre mi vientre.
En cuanto lo toqué noté como se calmaba al haberme reconocido, siendo lo
más conmovedor que había sentido hasta entonces.
Era la cosa más bonita que había visto en la vida, y no pude hacer otra
cosa más que llorar emocionada al poder contemplarla. Hacía tanto que
esperaba ese momento, que aún me costaba asimilar que por fin lo podía
sostener, acariciar, besar y mimar. Mi pequeño ya estaba a mi lado y mi
corazón me gritaba todo el amor que sentía por él.
—¡Enhorabuenas papás, acaban de tener una niña! —nos informó el
médico.
Christian me sonrió, y pude ver en sus ojos que él también se había
enamorado de nuestra pequeña. Tenía los ojos rojos al estar conteniendo las
emociones y no pudo resistirse a besarme.
—¡Gracias, cariño! ¡Gracias! —me dijo tras su beso.
Quería decirle tantas cosas que no supe por dónde empezar. «Yo
también te quiero», «Me has dado el mayor tesoro que podía desear», «No
crees que es preciosa». Pero todo aquello quedó dicho con una sonrisa, pues
las palabras no supieron cómo expresarlo.
Una enfermera se llevó a nuestra hija para asearla y hacerle las
pruebas del minuto, mientras el médico terminaba conmigo. Christian se
alejó por primera vez, pero a los pocos minutos regresó con la pequeña entre
sus brazos ya limpia y bien arropada. No podía dejar de mirarla y de
susurrarle cosas, mientras se acercaba y se sentaba a mi lado.
—Y ahora te voy a presentar a tu mamá —le dijo al bebé.
La pequeña le hizo unos ruiditos que nos hicieron sonreír a todos los
presentes, pues parecía que le estaba contestando. Christian se inclinó y pude
ver por primera vez y con claridad la cara de mi hija.
—Señorita, esta es la mujer más maravillosa del mundo, que lo ha
dado todo por traerte a la vida.
Miré a mi hija y contemplé los profundos ojos azules de su padre en
ella, su determinación y su fuerza, pero también pude ver mi boca y mi
naricilla. Era la combinación perfecta de sus padres, pues cada rasgo, cada
movimiento y cada centímetro de ella, me recordaban a alguno de los dos.
—¡Ven, preciosa! —le llamé emocionada extendiendo mis brazos
para sostenerla.
Christian me la colocó con cuidado sin poder dejar de mirarla. Era la
cosita más maravillosa que habíamos visto y nos costaría muchísimo dejar de
observarla. Se la veía tan frágil, tan pequeñita y dulce que era imposible dejar
de contemplarla o de sentir cómo el corazón se ensanchaba con el amor que
surgía al observarla.
Una vez la tuve en mi regazo las dos nos quedamos mirando en
silencio durante unos segundos, siendo conscientes de como unos lazos
invisibles se unían a nuestra alma, haciendo que desde ese mismo instante y
para siempre estuviéramos conectadas, pues aunque ya había experimentado
un profundo amor por ella al tenerla en mi interior, fue ahora al contemplarla
cuando me di cuenta de la intensidad con que la amaba.
—¡Hola pequeñita, soy tu mamá! —le susurré y después besé
dulcemente su frente.
Me empapé de cada arruguita, de cada gesto, de cada parte de su cara
que besaba o acariciaba, y me hizo recordar algo importante. La miré y sonreí
pues comprobé que no estaba equivocada con mi idea.
—¿No crees que nuestra hija parece una sirenita? —le pregunté a
Christian sin poder dejar de mirar a esos profundos ojos del color del mar.
Cogí su manita y ella se aferró con fuerza a mi dedo pulgar que lo
miraba como si fuera algo prodigioso. Escuché la pequeña carcajada de
Christian, que debía de estar mirándonos fijamente para no perderse ningún
detalle de nuestro primer encuentro.
—¿Qué te parece si la llamamos Ariel? —le comenté, pero al no
obtener respuesta le seguí diciendo—. Como la concebimos en la playa...
Giré la cabeza para observarle y le vi mirándonos pensativo, para
después deslumbrarme con una de sus sonrisas más radiantes.
—Me parece perfecto —me respondió mientras se inclinaba para
besarme de nuevo—. Así tendré a mi ángel y a mi sirena.
Reí por su ocurrencia y acaricié su rostro.
—Pues prepárate porque éste es solo el comienzo —le advertí
convencida.
Él sonrió, y se inclinó para deleitarme con un dulce beso, y unas
palabras que guardaban más verdad de las que él podía imaginarse.
—Estoy seguro de que estar a tu lado va a ser toda una aventura.
Y así fue como la familia Taylor comenzó su nueva andadura por una
vida donde el amor marcaría cada día de sus vidas, una hija que sería la
primera de sus tres hijos, y la certeza de que juntos podrían enfrentarse sin
problemas a cada obstáculo del camino.
Como bien habían asegurado, sería el inicio de toda una aventura que
jamás olvidarían.
NOTA DE LA AUTORA

Finalizar un libro siempre encierra unos sentimientos encontrados, ya


que como escritora te complace haber concluido la historia, pero también
lamentas desprenderte de unos personajes que te han acompañado durante
meses.
En el caso de esta trilogía, todas mis emociones se han multiplicado
por tres, al ser una historia que se ha mantenido en mi cabeza por más
tiempo, y sobre todo, por ser los primeros libros que he escrito. Por ello
siempre ocuparán un lugar especial en mi corazón y me alegra saber que
también ocuparán un huequecito en el corazón de alguna lectora.
Si bien he aprendido con cada palabra escrita, sé que aún me queda
mucho camino por delante, aunque me gustaría pensar que con el tiempo y la
práctica lograré convertirme en una escritora digna de ser mencionada.
Para acabar, permitidme hacer algo poco frecuente con los
agradecimientos, pues me gustaría dedicar este libro a cada personaje que
aparece en él, pero sobre todo a Christian y Mary por haberme hecho
disfrutar tanto con esta primera experiencia tras las teclas, que no sabría
cómo dejar de volver a intentarlo con otras historias.
Espero agradaros con mis futuras novelas, y os invito a conocerme en
el blog:
https://lashermanaswarren.blogspot.com.es
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