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Los mayas

El mundo maya

Pero fue en las calurosas Tierras Bajas donde la civilización maya, de forma
sorprendente, alcanzó su mayor esplendor. Las selváticas Tierras Bajas del
Sur incluyen las cuencas de los ríos Usumacinta y Motagua y el lago Izabal,
como líneas esenciales de comunicación y de relaciones comerciales, y la
región de El Petén, con lagos y pequeños ríos en superficie y una
abundante vegetación típica de la selva tropical lluviosa, con gran riqueza
de especies vegetales y animales.

En las Tierras Bajas del Norte, área coincidente con la península de


Yucatán, la escasa pluviosidad y el reducido número de corrientes de agua
superficiales, sumados a suelos mayoritariamente calizos con profusión de
cursos de agua subterráneos, se traducen en una flora donde domina la
presencia del bosque bajo y los matorrales. Tales factores
medioambientales condicionaron tanto el desarrollo como los
asentamientos de los mayas, ya que sólo allí donde había cenotes (grandes
pozos naturales de agua) fue posible el establecimiento y la estabilización
de las poblaciones.

La presencia humana en esta región, obviamente, es muy anterior al


florecimiento de la civilización maya. Los primeros vestigios datan del
periodo Lítico, entre los años 12000 y 6000 a.C., y dan fe de la presencia de
cazadores en el Altiplano y de asentamientos en zonas costeras. Durante el
periodo Arcaico, entre los años 6000 y 2000 a.C., se inició el cultivo de
plantas como el maíz, la calabaza y el frijol, que llegarían a ser básicas en la
dieta de subsistencia del área mesoamericana; surgieron aldeas
sedentarias sin trazas de jerarquía interna y con poca complejidad social y
política que convivieron con poblaciones cazadoras y recolectoras. Es
preciso subrayar que en ningún caso cabe hablar aún de características
capaces de diferenciar la cultura maya de los numerosos pueblos que en
ese momento habitaban en la región mesoamericana.

El periodo Formativo o Preclásico (2000 a.C. - 100


d.C.)
Tanto la mayor complejidad social como la diferenciación entre culturas
empezaron a evidenciarse en el periodo Formativo o Preclásico, entre los
años 2000 a.C. y 100 d.C. Para facilitar la comprensión de las significativas
variaciones que presenta esta etapa, cabe dividirla en tres subperiodos:
Temprano, Medio y Tardío.

El inicio del periodo Formativo Temprano se vincula a una serie de cambios


fundamentales, entre los cuales destaca el paso definitivo al sedentarismo,
claramente asociado al desarrollo de la agricultura. Las poblaciones que
vivieron en aquel periodo ocuparon pequeños asentamientos o convivieron
en aldeas compuestas por una serie de plataformas bajas sobre las que se
alzaban chozas de materiales perecederos con una lumbre en su interior.
Bajo los suelos de las viviendas solían realizarse enterramientos simples,
con las connotaciones rituales que ello comportaba, y se elaboraba ya una
cerámica rudimentaria.

Estos poblados se desarrollaron en un limitado espacio costero próximo a


pantanos y esteros; las primeras evidencias de aldeas, cerámica y
agricultura proceden de la costa del Pacífico y se remontan al periodo
comprendido entre los años 1850 y 1650 a.C. Tales rastros de
sedentarización están muy vinculados a desarrollos similares, como las
culturas del istmo de Tehuantepec y los olmecas, pueblo que se asentó en
el Golfo de México. En el transcurso del periodo Formativo Temprano
aparecieron sociedades de carácter caciquil, con diferenciación social
interna y centros jerarquizados, algunos de los cuales llegaron a tener hasta
mil doscientos habitantes y contaban con estructuras de rango, como las
que se aprecian en el poblado de Paso de la Amada, en Chiapas.

De las aldeas a los centros ceremoniales

La cultura maya comienza a despuntar durante el periodo Formativo Medio,


entre los años 1000 y 400 a.C., cuando surgieron los primeros indicios de lo
que más tarde sería una sociedad compleja: construcciones públicas y
ofrendas funerarias diferenciadas. En algunas zonas, como la costa del
Pacífico y lugares cercanos, la transformación pudo deberse a una fuerte
relación con el mundo olmeca, que ya poseía escultura monumental e
incluso escritura jeroglífica muy temprana. Esta comunicación intercultural
no se limitó, con todo, a las áreas del Golfo más próximas a los olmecas,
como certifica el hecho de que numerosos objetos de jade y cerámicas
pertenecientes al estilo olmeca hayan aparecido diseminados por buena
parte de la zona maya y, en general, por toda Mesoamérica.

De gran importancia durante este periodo fue el incipiente establecimiento


de la población en las Tierras Bajas del Sur, que se inició en lugares como
Tikal, Ceibal, Uaxactún, Nakbé y Copán. Sin duda, sus moradores eran
originarios de las Tierras Altas mayas y exportaban a estas nuevas áreas
patrones culturales tales como la dieta alimentaria, la forma de las
viviendas, la utilización del espacio o los tipos de enterramiento.
El observatorio astronómico de Chichén Itzá

Investigaciones arqueológicas como las practicadas en Nakbé y El Mirador,


en Guatemala, han revolucionado el concepto que se tenía sobre los inicios
de la civilización maya. Con ellas se ha documentado que el antiguo patrón
de sociedades igualitarias, organizadas en torno a pequeñas aldeas
campesinas, fue sustituido por el de centros de integración social, política y
económica de mayor tamaño antes de lo que se creía. Entre los años 600 y
400 a.C., en diversos lugares de las Tierras Bajas centrales hubo una
arquitectura pública que construyó complejas plataformas y pirámides, con
funcionalidades que iban desde la meramente cultual y dedicatoria hasta la
posible actividad religioso-astronómica, como en el caso de los complejos
de conmemoración astronómica.

La gestación de los rasgos distintivos mayas

En el periodo Formativo Tardío, entre los años 400 a.C. y 100 d.C., se
perfilaron con mayor claridad los rasgos que definirían la cultura maya
clásica. La población aumentó considerablemente, se construyeron grandes
templos sustentados sobre amplias plataformas (decorados con
mascarones de estuco de rica iconografía, un fiel reflejo del poder adquirido
por los gobernantes) y calzadas que unían los conjuntos arquitectónicos
más significativos de una misma ciudad.

Las inhumaciones de la clase dominante incluían ricos ajuares funerarios en


que no faltaban lujosos enseres importados; las conchas marinas, los
objetos de jade, las espinas de mantarraya y la cerámica ritual se
acumulaban en los enterramientos de los grandes señores. Esta práctica
funeraria indica la existencia de una sociedad con un notable grado de
jerarquización. También durante el periodo Formativo Tardío se
desarrollaron dos aspectos especialmente característicos de la cultura
maya: la escritura jeroglífica y una escultura cuyo estilo artístico anuncia el
que sería propio del periodo Clásico.

A pesar del progresivo engrandecimiento de ciertos lugares como Tikal, El


Mirador, Cerros y Lamanai en las Tierras Bajas, donde se construyeron
algunas de las pirámides más espectaculares de toda la historia maya, la
mayor concentración de poder político y económico no se localizó en aquel
momento en esta región, sino más al sur, en lugares como Kaminaljuyú
(Guatemala), Izapa y Chiapa de Corzo (Chiapas), Abaj Takalik (Guatemala) y
Chalchuapa (El Salvador), todos ellos en la franja meridional del área maya.

El periodo Protoclásico maya (100 d.C. - 250 d.C.)


El periodo Protoclásico, cuya duración abarca desde el año 100 hasta el
250, es un momento no bien definido en la historia de los mayas en que se
produjo un repentino declive de los principales centros del periodo anterior,
que afectó a los núcleos rectores del área sur y a algunos otros situados en
las Tierras Bajas como El Mirador y Cerros. Otros lugares, en cambio, como
Holmul, Barton Ramie y Nohmul (situados en el actual Belice), aumentaron
notablemente su población. Durante esta etapa de transición hacia el cenit
cultural, la cerámica adoptó una serie de rasgos característicos, como, por
ejemplo, los soportes mamiformes en cuencos y fuentes, así como la
policromía. Los objetos cerámicos de este tipo se encontraron
especialmente en contextos funerarios que se hallan distribuidos a lo largo
de buena parte del área ocupada por la cultura maya.

La cultura maya clásica (250 d.C. - 900 d.C.)


Durante el periodo Clásico, comprendido entre los años 250 y 900, la
civilización maya alcanzó su máximo nivel tanto en sus realizaciones
artísticas, científicas y técnicas como en lo que respecta a su complejidad
social y política. Hubo un fuerte aumento de población dentro de los
núcleos cívico-ceremoniales y en torno a ellos, centros que en su mayor
parte ya habían empezado a ser construidos en el periodo Formativo. Tales
ciudades estaban en gran medida ocupadas por las élites que dirigían la
vida de los mayas.
En ocasiones se designa la época clásica como la del «Viejo Imperio»,
denominación cuanto menos equívoca, pues el mundo maya nunca llegó a
constituir una unidad político-administrativa centralizada. En realidad, casi
todos los autores coinciden en describir la organización política maya de las
Tierras Bajas como un conjunto de ciudades-estado o pequeños reinos; ello
implica únicamente la existencia de una sociedad jerárquicamente
estratificada, con concentración de poder y control sobre la fuerza de
trabajo consiguientes. Con el avance de las técnicas agrícolas, aumentó la
producción y surgieron oficios especializados, como los artesanos que
fabricaban objetos destinados a clase dominante. Cabe suponer que en la
integración social de la población desempeñó un papel importante la
religión maya, desarrollada paralelamente a las nuevas formas políticas
surgidas de la evolución socioeconómica.

Estela maya en Copán


El desarrollo más espectacular del periodo Clásico se localizó en la
población maya asentada en las Tierras Bajas, aunque alcanzaría su
culminación durante el periodo Clásico Tardío. Los asentamientos fundados
en etapas precedentes crecieron de manera considerable, los templos
sobresalieron de entre la vegetación que los rodeaba, se construyeron
palacios y juegos de pelota y se erigieron altares y estelas que sancionaban
desde su monumentalidad los distintos linajes reales de las diferentes
ciudades mayas.

Las tumbas presentaban ya ajuares más ricos, el comercio y las relaciones


a larga distancia proliferaron, e incluso los diferentes señoríos que
componían el mosaico maya empezaron a competir entre sí, hecho que dio
lugar a la variación de fronteras y dinastías. No obstante, los mayas fueron
capaces de construir un modelo de civilización que extendieron siguiendo el
flujo de sus relaciones comerciales. Y aquel engranaje consiguió funcionar,
al menos, durante siete siglos.

La hegemonía de Tikal

Al igual que el periodo Formativo, el Clásico se divide en subperiodos:


Temprano, Tardío y Terminal. El periodo Clásico Temprano, que se extiende
desde el año 250 hasta el 600, coincidió con la merma de población en
algunos asentamientos, como El Mirador o Cerros, que incluso llegaron a
desaparecer, mientras que otros iniciaron un ascenso en todos los
aspectos, como es el caso de Tikal, Yaxchilán, Uaxactún, Becán, Calakmul y
Caracol en las Tierras Bajas, de Kaminaljuyú en las Tierras Altas (cerca de la
actual capital de Guatemala) y de otros núcleos de la costa sur.

Uno de los fenómenos que mayor interés reviste en este periodo es la


existencia de ciudades hegemónicas gobernadas por líneas dinásticas
plenamente constituidas, que hoy se conocen en parte a través de textos
glíficos y de los enterramientos. En las Tierras Bajas del Sur, es posible que
Tikal aprovechase la debilidad de otros centros hacia finales del periodo
Formativo y se transformara en la principal ciudad de la región durante más
de dos siglos, como reino independiente al menos desde el siglo III, y que
(según muestra la Estela 29 de Tikal, que data del año 292) sus dominios
incluyeran otros lugares próximos como Uaxactún y Río Azul. Esta
formación de carácter estatal no fue única, ya que surgieron otras
igualmente importantes: Calakmul, Yaxhá o Nakum.
Tikal

A estos fenómenos culturales internos se debe añadir una compleja red de


relaciones con otros lugares de Mesoamérica, como las que mantuvieron
Kaminaljuyú y Tikal con la lejana Teotihuacán, en el centro de México. Estas
relaciones han quedado atestiguadas en el registro arqueológico por la
presencia de rasgos teotihuacanos o teotihuacanoides en la cultura
material de diversos lugares del área.

En este periodo comienzan a detectarse también algunos sucesos


inherentes a los procesos de civilización, como por ejemplo las tensiones
entre los diferentes núcleos urbanos para hacerse con la hegemonía de
amplias extensiones territoriales. A modo de ejemplo, los textos epigráficos
grabados en monumentos de piedra hablan de una guerra que, en el año
562, sostuvo y ganó la ciudad de Caracol (en el actual Belice) contra Tikal,
victoria que le permitió aumentar su población y lograr una supremacía
temporal.

Algunos investigadores sostienen que, a mediados del siglo VI, diversos


centros importantes entraron en decadencia. En estos lugares se dejaron
de erigir monumentos grabados, la actividad constructiva disminuyó y se
empobrecieron los ajuares funerarios de las tumbas de los jerarcas, pero no
fue un fenómeno generalizable a toda el área maya.
La proliferación de centros regionales

La ciudades que habían sufrido un declive en el Clásico Temprano


comenzaron a recuperarse un siglo después. Durante el periodo Clásico
Tardío, entre los años 600 y 800, no hubo ya una ciudad hegemónica, sino
que surgieron multitud de capitales regionales, algunas de los cuales se
mantuvieron completamente independientes, mientras que otras se aliaron
entre sí y dieron origen a entidades políticas más prósperas y fuertes, que
estaban sometidas a continuos cambios y seguían un proceso de
segmentación e integración muy característico de los antiguos estados.

De este modo, el control del territorio se repartió entre los diversos centros
regionales: Tikal controlaba sólo una porción de El Petén; Yaxchilán, parte
del río Usumacinta; Calakmul, el norte de El Petén; Copán, el sudeste. En
Yucatán, la región de Chenes-Río Bec alcanzó su apogeo y surgieron, con
personalidad propia, ciudades como Uxmal, Kabáh, Labná y Sayil; lugares
como Dzibilchaltún, Cobá y Edzná acogieron asentamientos que serían
importantes en etapas posteriores. La independencia de estos grandes
núcleos se reflejó claramente en los estilos regionales que surgieron en la
arquitectura, la escultura, la pintura y demás manifestaciones del arte
maya.
Relive maya en Yaxchilán

La población alcanzó su densidad demográfica más elevada, y la


construcción, tanto de edificios religiosos y administrativos como de
plataformas de tipo habitacional, cubrió amplias extensiones. Ciudades
como Tikal, Calakmul, Caracol, Palenque, Copán, Quiriguá, Yaxchilán, Ixkún,
Uaxactún, Ceibal, Piedras Negras o Toniná, por citar sólo algunas de entre
las decenas de mayor rango, alcanzaron el momento de máximo esplendor
en su desarrollo. Los establecimientos antes citados destacan a simple vista
por la grandiosidad de sus edificaciones, hecho que contrasta, por lo
general, con la menor elevación de las estructuras ceremoniales halladas
en las regiones del Altiplano y la costa del área maya. Lo cierto es que
estas zonas permanecieron en unos niveles provinciales de desarrollo, sin
grandes alardes estructurales, pero con unos grados de integración muy
armónicos.

El colapso de la civilización maya

En el periodo Clásico Terminal, entre los años 800 y 900, se sitúa uno de los
acontecimientos más mitificados de toda la historia de la América
prehispánica: el colapso de la civilización maya. Desde luego, en los centros
de mayor importancia de las regiones central y sur de las Tierras Bajas
dejaron de construirse estructuras ceremoniales, residenciales y
administrativas, decayeron la manufactura y la distribución de los bienes de
lujo y de rango y se dejaron de erigir monumentos grabados coincidiendo
aproximadamente con el año 790 de nuestra era. Algunas ciudades de
menor rango o periféricas siguieron grabando algunos; el último que se
conoce data del año 909 y fue hallado en el sitio de Toniná (Chiapas).

Debe señalarse que esta repentina crisis pareció cebarse solamente en la


parte central y más desarrollada del mundo maya, es decir, en las Tierras
Bajas del Sur. Numerosos centros mayas de esta área fueron abandonados,
y, salvo excepciones como Ceibal y Caracol, la inmensa mayoría de las
ciudades de esta área experimentaron un drástico descenso demográfico;
en Tikal, la población se redujo hasta un diez por ciento de la que había
tenido. Pero las Tierras Bajas del Norte, y especialmente las ciudades del
extremo norte de la península del Yucatán (Uxmal, Sayil, Edzná, Oxkintok,
Labná y Kabáh), mantuvieron su prosperidad y desarrollaron el estilo Puuc
en nuevas e imponentes construcciones arquitectónicas.

El dramático declive y caída de la civilización maya clásica es uno de los


temas arqueológicos más intrigantes y de mayor debate entre los
especialistas. Según la tesis más extendida, al final del periodo Clásico los
métodos de subsistencia utilizados por los mayas rebasaron sus límites, ya
que la sobrepoblación había llevado a una intensificación excesiva de la
agricultura. Esto trajo como consecuencia el agotamiento de la
productividad de los terrenos de cultivo y de los recursos faunísticos, así
como la tala y destrucción de extensos sectores de bosque y selva, el
descenso de la precipitación pluvial y la propagación de pestes. De este
modo, el mismo desastre ecológico ocasionado por el crecimiento
demográfico y la sobreexplotación condujo al despoblamiento casi total de
la región central de las Tierras Bajas del Sur, el corazón de la cultura maya
clásica; los que no perecieron partieron en busca de nuevos horizontes
hacia las Tierras Bajas del Norte, y también hacia el Altiplano, en sucesivas
oleadas migratorias.
Pirámide del adivino (Uxmal)

Otra hipótesis propone que catástrofes naturales como terremotos,


huracanes y enfermedades epidémicas (fiebre amarilla, mal de Chagas,
etcétera) cayeron sobre el territorio, provocando innumerables decesos.
Grietas y escombros en algunas estructuras de Xunatunich, en Belice,
sugieren que hubo un terremoto de considerable intensidad. Según algunos
estudios, un huracán tropical introdujo un virus procedente del Caribe que
dañó el maíz y que ocasionó malas cosechas consecutivas, causando
grandes hambrunas entre la población maya.

Para otros investigadores, la imposición por parte de nobles y sacerdotes de


fuertes cargas tributarias en trabajo y especie, así como la creciente
demanda por parte de la clase dominante de servicios, bienes suntuarios,
construcción y alimentos, acabó por generar una sublevación del
campesinado y la aniquilación de la clase dominante. El exterminio de la
élite ocasionaría que la sociedad maya se derrumbara al quedar acéfala, ya
que el liderazgo político y las diferentes ramas del conocimiento
especializado eran detentadas por este estamento social.

También se ha planteado que el colapso fue producto de la llegada de


grupos de invasores putunes, procedentes de la Chontalpa, en Tabasco,
México. Según esta interpretación, durante el siglo IX, estos grupos mayas
mexicanizados invadieron las Tierras Bajas por su límite oeste, a través de
los ríos Usumacinta y de La Pasión, conquistando Ceibal y Altar de
Sacrificios. Una vez consolidada su posición en la zona sur, y utilizando
Ceibal como base, los invasores se expandieron hacia el área central de las
Tierras Bajas, donde provocaron el colapso de los centros mayores al
destruir las bases económicas o sociales de la civilización maya.

La evidencia de la invasión se basa en estelas que muestran glifos


"mexicanos" y personajes con rasgos distintos a los mayas clásicos, así
como en la adopción de modos arquitectónicos foráneos y en la
introducción de cerámica relacionada con una tradición alfarera diferente.
Recientemente se ha propuesto, con base en evidencia epigráfica, que la
intrusión que aconteció en Ceibal no fue putún, sino itzá. De acuerdo con
esta interpretación, los últimos gobernantes de Ceibal eran itzaes que
llegaron procedentes de Ucanal, en el nordeste de Petén.

Pintura mural en Bonampak (Chiapas)

Una hipótesis más sugiere que fueron las transformaciones en la naturaleza


de la guerra las que provocaron el colapso. En un principio, los mayas
limitaban el efecto destructivo y desestabilizador de la guerra a través de
un extenso código ético de reglas de conducta. Mientras imperó este
código, el objetivo de la guerra fue la captura y sacrificio de prisioneros de
alto rango social, actividad que proporcionaba un elevado prestigio a los
gobernantes victoriosos.

Este sistema empezó a decaer a mediados del siglo VIII, ya que, al


intensificarse la competencia interdinástica, la guerra entre las ciudades
fue cada vez más frecuente y menos ritualizada. Los gobernantes de
centros mayores (como Tikal y Dos Pilas en Guatemala, Calakmul en México
y Caracol en Belice) iniciaron una serie de conquistas territoriales a fin de
incrementar la recaudación de tributos, obtener mano de obra y lograr el
control de las rutas de intercambio de bienes suntuarios. Tales
conflagraciones alteraron el equilibrio de la sociedad maya, obligando a un
sector considerable de la población a abandonar las labores agrícolas para
involucrarse en la construcción de sistemas defensivos o en el ataque
contra comunidades rivales. Al final, el permanente belicismo habría
debilitado los sistemas socioeconómicos hasta ocasionar la desintegración
política de los estados mayas.

Entre los factores externos, se ha apuntado también la posibilidad de una


crisis en las redes de intercambios comerciales (tal vez originada en la
decadencia, a partir del 700, de Teotihuacán) que llevó al empobrecimiento
y pérdida de poder y prestigio de la clase dirigente. Últimamente ha
merecido una atención especial, como posible influjo en la parálisis de la
civilización, el examen del singular fatalismo inherente a la mentalidad de
los mayas, cuya concepción cíclica del tiempo se extendía a la visión de su
propia historia.

El periodo Posclásico maya (900 - 1500)


Durante el periodo Posclásico, que abarca desde el año 900 al 1500, los
cambios con respecto a la etapa precedente fueron considerables.
Fundamentalmente, y como consecuencia del colapso del «Viejo Imperio»
en el área central, el mundo maya gravitó hacía su extremo norte hasta
originar un «Nuevo Imperio» cuya hegemonía ostentaron las ciudades de
Chichén Itzá y Mayapán. A la llegada de los españoles, sin embargo, tal
imperio se encontraba ya en avanzada fase de disolución.
Glifos mayas (Museo de Palenque, Chiapas)

Las ciudades de la península de Yucatán, una región con un régimen de


lluvias bajo y suelos menos fértiles, y por tanto con un potencial agrícola
más limitado, habían cimentado su prosperidad en otros recursos locales,
especialmente marinos (pescado y sal), y también en la confección de
fibras (algodón y sisal), junto a otros productos agrícolas especializados.
Habiendo eludido la crisis que derrumbó la cultura maya clásica, tales
ciudades acogieron las sucesivas oleadas migratorias ocasionadas por la
misma.

En general, los diferentes especialistas coinciden en que ésta fue una etapa
de militarismo creciente, similar a la del resto de Mesoamérica. El
conocimiento de la parte final de este periodo (que se suele subdividir en
Temprano y Tardío) tiene como fuente adicional la documentación que ha
llegado hasta la actualidad y que fue escrita tanto en las lenguas nativas
(utilizando la grafía castellana) como directamente en español.

El poderío de Chichén Itzá

Durante el periodo Posclásico Temprano, que comprende del año 900 al


1194, las Tierras Bajas del Norte gozaron de una primacía que jamás antes
había alcanzado, y aunque algunas áreas de Belice y El Petén siguieron
pobladas, la mayor complejidad cultural se desplazó al norte de la
península de Yucatán. La ciudad de Chichén Itzá, controlada por grupos
maya putún o chontal en unión de gentes itzá, acabaría por dominar
durante dos siglos todo el Yucatán, tanto desde el punto de vista militar
como en lo comercial.

Según la tradición, una rama de los mayas, los itzaes, y un grupo de


toltecas ocuparon Chichén Itzá y formaron un señorío. Los itzaes de
Chichén Itzá y otros dos grupos mayas, los cocomes de Mayapán y los xiues
de Uxmal, organizaron hacia el año 1000 una federación, la Liga de
Mayapán, así llamada pese a la preponderancia de Chichén Itzá en el seno
de la misma. La paz dio lugar a la prosperidad y se construyeron grandes
palacios, templos y pirámides. Es el auge de la arquitectura Puuc,
caracterizada por el uso de columnas y la elaborada decoración escultórica.

Pirámide de Kukulkán (Chichén Itzá)

Tal como demuestra la iconografía de los murales y las esculturas


distribuidas por la ciudad, este control no fue pacífico, y aunque algunas
ciudades se resistieron, al final todas cayeron bajo el dominio de Chichén
Itzá. Sin duda, el éxito de esta ciudad se debió a una combinación de
factores: el control del comercio costero a larga distancia, su poderío
militar, un sistema de creencias que le permitió convertirse en un centro de
peregrinaje como mínimo regional, y, en especial, una innovadora, flexible
y a la vez estable forma de gobierno que demostró tener mucho más éxito
a la hora de administrar un reino abocado a las empresas de conquista que
la arcaica organización política de los grandes núcleos urbanos del periodo
Clásico.

Alejados de su foco más emprendedor, los restantes territorios mayas


siguieron su propio ritmo. En el Altiplano, las realizaciones arquitectónicas y
artísticas carecieron de espectacularidad, tónica que ya era característica
de periodos anteriores, aunque cabe afirmar que se trató de una etapa
marcada por influencias de tipo mexicano. En la región de El Petén, núcleo
del antiguo esplendor del periodo maya clásico, una lenta recuperación
sucedió al colapso. Los nuevos asentamientos tendieron a situarse en torno
a zonas lacustres como el lago Petén Itzá y la laguna Yaxhá; entre ellos
destacan Tayasal, Paxcamá, Macanché y Topoxté, que permanecieron
relativamente aislados del resto del mundo maya.

El ascenso de Mayapán

El periodo Posclásico Tardío, entre los años 1194 y 1500, se inició con la
caída de Chichén Itzá (hacia 1194) y la ascensión de la cercana ciudad de
Mayapán. Según las crónicas, este cambio en la hegemonía se originó en
disensiones e intrigas políticas. A finales del siglo XII, un líder de los
cocomes y gobernante de Mayapán, Hunac Ceel, rompió con la Liga, saqueó
Chichén Itzá y destruyó sus templos. De este modo, el grupo de los
cocomes introdujo un nuevo orden en Yucatán, además de un poder
territorial que, pese a ser más reducido (abarcaba una docena de
ciudades), consiguió mantenerse durante dos siglos y medio.

Durante este periodo se potenciaron los centros de la costa oriental de la


península yucateca (Tulum, Isla Mujeres, Cozumel, Lamanai y Santa Rita
Corozal), que mediante el comercio con otras comunidades alcanzaron
progresivamente una gran prosperidad e integraron en sus manifestaciones
artísticas elementos propios del centro de México, como los murales y las
cerámicas de influencia mixteca-puebla, desarrollados en Oaxaca.
Mayapán

Las crónicas también refieren que Ah Xupan Xiu, un señor noble de los
xiues de Uxmal, organizó con éxito una revuelta (hacia 1441) contra la
dinastía de los cocomes, masacrando a todos los miembros de la familia
real. Mayapán fue saqueada y abandonada, al tiempo que las ciudades más
importantes de la región empezaban a declinar. La subsiguiente
fragmentación política dio lugar a un debilitado mosaico constituido por
unos dieciséis cacicazgos o provincias autónomas, cuyos gobernantes,
herederos de las rivalidades entre los xiues y los cocomes, se enzarzaron
en guerras constantes.

Entretanto, las Tierras Altas y la costa del pacífico estaban inmersas en un


proceso de mexicanización. Muchos centros de la llanura costera del
Pacífico, como Cotzumalhuapa, fueron ocupados por emigrantes de habla
náhuatl procedentes del área central de México. La aparición de estados
independientes se produjo a partir del año 1250. Los estados que entonces
surgieron lo hicieron con un alto grado de integración política, así como con
un patrón de asentamiento que los llevó, en buena parte de los centros
habitados, a situar su emplazamiento en lugares altos y bien protegidos, e
incluso a añadir refuerzos suplementarios, tal vez como consecuencia
última de la militarización a que se vieron sometidos.

Ciudades como Utatlán, Iximché, Zaculeu, Chuitinamit, Mixco Viejo y


Chinautla, cabezas de una serie de señoríos con fronteras delimitadas
(quichés, como grupo preponderante, aunque también cakchiqueles,
mames y tzutuhiles, entre otros), se disputaron la hegemonía de las Tierras
Altas. De este modo, cuando llegaron los españoles, la totalidad del mundo
maya había entrado desde muchos años antes en una fase de disgregación
y rivalidades políticas que los conquistadores supieron aprovechar.

El área maya tras la conquista española


Para los mayas, al igual que para una abrumadora mayoría de los pueblos
americanos, la llegada de los españoles supuso un auténtico cataclismo,
tanto en el aspecto biológico como en el cultural. Las causas del dramático
descenso de población son bien conocidas y se inician con la propia guerra
de conquista. Las nuevas enfermedades, frente a las cuales los indígenas
carecían de defensas, y la dura explotación a que fueron sometidos en los
siglos del avance de la colonización llevaron a la extinción de numerosos
grupos étnicos y a la desestructuración cultural de los que sobrevivieron.

Los primeros contactos entre mayas y españoles se remontan a pocos años


después del descubrimiento de América. En 1502, en el transcurso en su
cuarto viaje, las naves de Cristóbal Colón se encontraron con una
embarcación de comerciantes mayas en el golfo de Honduras. Años más
tarde, en 1511, una veintena de náufragos de la nave de Juan de Valdivia
llegó a la costa oriental de Yucatán, donde fueron capturados y algunos de
ellos sacrificados. Uno de los dos supervivientes, Jerónimo de Aguilar,
estableció contacto con Hernán Cortés cuando éste realizó su primera
expedición a la zona en 1519; la costa del Yucatán había sido previamente
explorada por Francisco Hernández de Córdoba (1517) y Juan de
Grijalva (1518).
El cacique maya Tabscoob recibe a Juan de Grijalva en Potonchán (1518)

Por aquella época los tempranos contactos con los españoles ya habían
afectado a los mayas yucatecos, que sufrieron la primera gran epidemia,
quizá de viruela, entre 1515 y 1516. Pronto el resto del mundo maya tuvo
conocimiento de la existencia de los españoles y de su afán conquistador.
En efecto, una delegación de sus principales grupos había estado presente
en Tenochtitlán, la capital de los aztecas, antes de su caída en 1521 en
manos de los españoles, pero ni siquiera este conocimiento los movió a
establecer alianzas frente al nuevo invasor o a organizar la defensa; otros
grupos quedaron simplemente a la espera de acontecimientos.

Conquista y colonización

Cuando Pedro de Alvarado llegó a Guatemala en 1523, encontró fuerte


resistencia en las poblaciones de indios chiapas y quichés, mientras que
zoques, tzotziles y cakchiqueles se convirtieron en sus aliados. Mucho se ha
escrito acerca de cómo un puñado de españoles logró someter a una
población tan numerosa como la americana. La respuesta hay que buscarla,
pues no existe un único factor, en una mezcla de circunstancias tales como
un descenso previo de la población causado por las epidemias, que en
México ya precedieron a los conquistadores y, junto a ellas, las hambrunas
provocadas por las malas cosechas.
Sin duda, la tan invocada superioridad técnica de los españoles, con sus
caballos, perros y armas de fuego, ayudó enormemente, pero también hay
que reconocer a los recién llegados el oportunismo de haber aprovechado a
la perfección las constantes luchas internas entre los diferentes grupos
indígenas. Con la excepción de Tayasal (la capital de los itzaes, último e
inexpugnable reducto de resistencia maya durante más de siglo y medio,
hasta su caída hasta 1697), la conquista de los Altos de Chiapas y
Guatemala se dio por finalizada en torno a 1528, y la de Yucatán, en 1546.

Las instituciones de la sociedad maya fueron desarticuladas y


reemplazadas por la administración civil y religiosa impuesta por el imperio
español durante la época colonial. Aunque las autoridades españolas
elaboraron no pocas leyes para regir las tierras americanas y muchas de
ellas tenían por meta proteger al indígena de los abusos españoles, por
desgracia los preceptos legales se cumplieron de una forma muy irregular;
raramente los nativos obtuvieron un trato justo cuando apelaron a ellos. La
explotación institucionalizada generó grandes tensiones que empujaron a
los mayas a adoptar diversas formas de resistencia, desde la huida a los
montes, con el consiguiente abandono de los pueblos en que había sido
recluido forzosamente, hasta el recurso a las armas como solución
desesperada.

A pesar de los esfuerzos uniformizadores de funcionarios, frailes y


hacendados a lo largo del periodo colonial, las comunidades mayas lograron
subsistir como cultura y mantener elementos diferenciadores no sólo en lo
material (casas, comida, bebidas, implementos, indumentaria), sino
también en lo que respecta a lenguas, rituales del ciclo de vida, formas de
parentesco, patrones de asentamiento y temas religiosos, entre otros
aspectos. Y así, los diferentes grupos mayas que actualmente se conocen
son el resultado de la mezcla de rasgos originarios con rasgos españoles
incorporados entre los siglos XVI y XIX.

A partir de los primeros años del siglo XIX comenzaron los movimientos de
independencia dirigidos por los criollos (descendientes de españoles
nacidos en América) con el apoyo de los mestizos, pero sin apenas
intervención de los indígenas. La llegada de las nuevas repúblicas no
supuso cambios en la estructura colonial de explotación del indígena.
Abolidas las "paternalistas" leyes españolas, lo que el indígena ganó en
igualdad de ciudadanía lo perdió al caer en una explotación aún mayor,
dado que las leyes liberales expoliaron gran parte de las tierras que las
comunidades habían logrado mantener como suyas durante la época
colonial, con lo que condenaron a miles de mayas a ser meros peones en
las inmensas haciendas alzadas sobre las tierras que antaño fueron suyas y
de sus antepasados. Al igual que en la etapa colonial, la explotación
continuó generando graves tensiones, a las que los mayas, eternos
vencidos, buscaron diversas respuestas, desde la inútil resistencia abierta a
la más sutil y velada, con la que mantuvieron las bases de su identidad.

Los mayas, presente y futuro

Si la Revolución mexicana de 1910 vino a contrarrestar, en alguna medida,


la injusta situación en que se hallaban los indígenas, el levantamiento de
Chiapas en la década de 1990 demuestra que, transcurridos cinco siglos,
las heridas coloniales no están en absoluto cicatrizadas. Tampoco es mejor
la situación de los grupos mayas de Guatemala, afectados de forma directa
y brutal por una de las guerras civiles más crueles y genocidas de finales de
siglo XX.

A partir de la década de 1930 comenzó a verificarse una aceptación oficial


del pasado cultural indígena, al tiempo que se utilizó como parte de las
nuevas ideologías nacionalistas encaminadas a la búsqueda de una
identidad propia en países con poblaciones muy heterogéneas. En México, y
en menor medida en Guatemala, las mejoras en el campo de la educación y
la sanidad, por citar sólo algunos ámbitos, siempre se han producido en el
marco de una política integracionista, que busca la incorporación del
indígena a la economía capitalista. Los graves perjuicios que estos cambios
causan en las culturas autóctonas (al no calibrar los efectos que tendrán en
las formas culturales básicas de unas comunidades) han hecho que a veces
la comunidad maya se haya opuesto radicalmente.

Ello no supone que los mayas no deseen asumir las supuestas vías de
progreso y futuro que se les ofrecen, sino que no quieren hacerlo a
cualquier precio, pues muchos de ellos ven en su indumentaria, su lengua,
su vivienda, sus costumbres o su estructura comunal los símbolos de una
identidad que han sido capaces de mantener a lo largo de siglos de
dominación por una cultura extraña, ajena a su manera de ver la vida y a
su forma de sentir. Entre los numerosos problemas que hoy aquejan a los
mayas, el de la falta de tierra no sólo sigue presente, sino que es el
principal, ya que el incremento de la población y el progresivo agotamiento
de los suelos condena a las poblaciones a tener que emigrar de sus
comunidades, de forma temporal o definitiva, para entrar como peones en
las grandes fincas o para engrosar la población de los cinturones de miseria
que rodean a las ciudades, con el desarraigo cultural que ello supone.
Cómo citar este artículo:
Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004). . En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en
línea. Barcelona (España). Recuperado de el 9 de mayo de 2020.

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