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Publicado en: “TicLaude, el reto de emprender”, Pérez-Quintanilla, Miguel (Ed.), Servei de


Publicacions de la Universitat Autònoma de Barcelona, 2013

ASCENSO Y CAÍDA DEL EMPRENDEDOR

Josep M. Català
Catedrático de Comunicación Audiovisual, UAB
Josepmaria.catala@uab.cat

Quien busque hombres, encontrará acróbatas


Peter Sloterdïjk

No se habla cómo se quiere


Olivier Reboul

1. El hombre que se hizo a sí mismo

El término emprendedor es una palabra misteriosa que, como un talismán,


guarda innumerables secretos. Es en estos momentos el concepto fetiche de
los conservadores que, sin ambages, se declaran business friendly
directamente en inglés. Pero, para sorpresa de muchos, puede que la idea
contenga algún valor escondido, favorable a aquellos que antaño se
consideraban progresistas pero a los que ahora, cuando ha quedado
meridianamente claro que el progreso no existe, hasta del apelativo se les ha
desposeído.

El uso y abuso actual del término emprendedor, extraído directamente del


inglés entrepreneur, a su vez trasladado del francés, pone de manifiesto una
inquietante ambigüedad semántica, puesto que evita aludir directamente al
concepto de empresario cuya figura permanece sin embargo agazapada en el
fondo del mensaje. En francés y en castellano, el concepto es mucho más
antiguo –de los siglos diecisiete y dieciocho, respectivamente-, lo cual podría
hacer pensar que son estas culturas las que detentan el dominio sobre el
significado actual del vocablo. Nada más lejos de la realidad, como se
comprueba en el momento en que abandonamos la proverbial linealidad del
pensamiento filológico tradicional. La idea surge de Europa, viaja luego a los
Estados Unidos y, desde allí, regresa ataviada con nuevos ropajes.

No es hasta 1885 que se empieza a utilizar en inglés la palabra entrepreneur


para denominar a alguien que actúa de intermediario entre el capital y la fuerza
de trabajo, es decir, exactamente lo que venía significando en Francia desde

2
principios de ese siglo, cuando por primera vez se liga el concepto con el de
empresario, ya que antes tenía que ver más con el de aventurero que con otra
cosa. La acepción actual proviene obviamente de este desplazamiento
semántico ocurrido a finales del XIX, pero en las últimas vueltas del camino
recorrido desde entonces, la palabra experimenta interesantes variaciones que
nos conducen al significado actual, especialmente complejo. El concepto de
emprendedor se acerca ahora al de maverick, que en Norteamérica se refiere a
aquella persona independiente y con una personalidad fuerte pero singular: un
disidente sin perfil político. Es decir, la idea regresa al sentido inicial de
aventurero, pero ahora se trata de un aventurero post-imperialista,
perteneciente a una sociedad industrializada.

Si hay un rasgo determinante del carácter estadounidense es el del maverick,


que, bajo el disfraz del emprendedor, llega a nosotros como sustituto del
consumidor que, en su momento, remplazó a su vez al de ciudadano. Los
ciudadanos perduraron, en las democracias occidentales, algo más de siglo y
medio. La predominancia de los consumidores que le sucedieron no ha
sobrepasado prácticamente los cincuenta años. Ahora se insiste en que nos
convirtamos en emprendedores pero no solo como actores económicos, sino
también como actores sociales. En última instancia, se espera además que lo
que se transforme sea el propio carácter de individuo. Es a través de esta
presión añadida que se cuelan de rondón los complementos que el concepto
ha ido acumulando en su trayectoria intercultural.

Sloterdïjk, en su inquietante libro “Has de cambiar tu vida”, hace una lectura de


la cultura de Occidente desde la perspectiva de la superación personal, cuya
manifestación más decidida sería el culto al deporte que inaugura el Barón de
Coubertin en 1896 con la reinstauración de los Juegos Olímpicos. Pero esta
tendencia hacia la competitividad individual tiene sus antecedentes en filósofos
como Rudolf Steiner, «que realiza a su manera la transición de la verdad del
pensar al pragmatismo del actuar» (Sloterdïjk, 2012, 141). Añade Sloterdïjk que
«si la época pertenece a una economía basada en la competitividad. El deporte
competitivo constituye el espíritu mismo de la época» (Ibíd., 137). A este
respecto –es decir, la reunión de la economía, el deporte y la competitividad en
un mismo dispositivo imaginario-, nos debería llamar la atención un hecho que
acostumbra a pasar desapercibido y que Sloterdïjk, que estudia el fenómeno
con gran intensidad pero exclusivamente desde la perspectiva europea, olvida.
Me refiero a que, para preparar el retorno del espíritu Olímpico, Pierre de
Coubertin realizó, entre 1880 y 1890, no menos de doce o trece viajes a
Inglaterra y Norteamérica, para estudiar la llamada administración del atletismo.

El deporte figura en un lugar destacado en la formación del espíritu


emprendedor, pero del poso antropológico y cultural del que provienen ambas
ideas no siempre se obtienen el mismo tipo de frutos. Sloterdïjk deja claro que
el deseo de superación se concreta en una voluntad ejercitante movilizada por

3
tensiones de carácter vertical, y que todo ello se basa en una carencia o
discapacidad fundamental. Podría delimitarse entonces lo que el autor
denomina una antropología de la obstinación, según la cual «el hombre
aparece como el animal que tiene que avanzar porque hay algo que se lo
obstaculiza» (Ibíd, 61). El problema es cómo se plantea este avance y cómo se
dominan o eliminan los obstáculos.

La escritora Joyce Carol Oates esbozó hace años el dramático perfil del
hombre americano en uno de sus espléndidos artículos del New York Time
Review of Books, refiriéndose a la figura del asesino en serie, otra de las
formaciones sociales más significativas y espeluznantes de la cultura
norteamericana:

«Las cosas han ido de tal manera, escribía Oates, que el serial killer se ha convertido en
1
nuestro envilecido, condenado, y sin embargo escalofriantemente glorificado Noble Salvaje, un
vestigio del espíritu fronterizo, el americano isolato recorriendo las autopistas interestatales en
una furgoneta o camioneta en la que podría encontrarse, si la policía tuviera la oportunidad de
registrarla, una escopeta, un rifle semiautomático, grandes cantidades de munición y latas de
cerveza y junk food, y posiblemente el cadáver de una mujer en estado de descomposición en
la parte de atrás» (Oates, 1994).2

Como en las alegorías barrocas, también en este caso la exageración visual


remite a una certeza conceptual. El emprendedor se mueve obviamente por
otras regiones sociales, pertrechado con armas y adminículos de muy diferente
especie que las que utiliza el serial killer, pero su contorno está dibujado por la
misma mano, una mano que cuando la figura llega a nuestro ámbito se ha
difuminado ya en la lejanía. Y en esa lejanía están los discursos del
abolicionista norteamericano Frederick Douglass propugnando, a mediados del
siglo XIX, la figura del self-made man, el hombre hecho a sí mismo, que en su
caso expresaba la genuina voluntad, como antiguo esclavo negro que era, de
conquistar su libertad personal, de hacerse a sí mismo en una sociedad hostil.
Con el tiempo, esas raíces genuinas acabaron creando extrañas
arborescencias.

Esta fuerza centrípeta del individualismo norteamericano actúa como una


especie de agujero negro que absorbe todo el espacio a su alrededor y deja al
sujeto hasta tal punto concentrado en sí mismo que el resto del mundo se
convierte en su enemigo. La escritora Ayn Rand, puesta ahora nuevamente de
moda por el caldo de cultivo que alimenta al Tea Party, es la más destacada
patrocinadora de esta tipología con novelas como “The Fountainhead” o “Atlas
Shrugged”, cuyos héroes actúan solos contra el mundo.

1
Se refiere al personaje de “El mundo feliz” de Aldous Huxley, pero también a la alegoría de la
glorificación del individuo y la naturaleza que efectúan escritores como Henry Thoreau y Ralph
Waldo Emerson que tanto han contribuido a la formación del imaginario nacional
estadounidense en su vertiente WASP: White Anglo-Saxon protestan.
2
Mi traducción.

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No deja de ser curioso que, cuando la figura del emprendedor, se convierte en
una auténtica forma simbólica en las sociedades actuales paulatinamente
dominadas por el pensamiento económico, ya haya desaparecido por inviable
su equivalente empresarial, es decir, ese personaje del capitán de empresa al
estilo de Henry Ford, que es la imagen que Rand tenía en mente al escribir sus
libros. Según indica Galbraith, este tipo de empresarios «cultivaban una imagen
de sí mismos en la que aparecían como hombres seguros, individualistas, con
una punta de fundada arrogancia, fieros luchadores ansiosos de vivir
peligrosamente» (Galbraith, 1986, 150). Pero, como afirma el mismo Galbraith,
esta figura pertenece a una fase incipiente de la Segunda Revolución Industrial
que se esfumó hace tiempo, cuando el control pasó del empresario a la
tecnoestructura, debido a la complejidad que había adquirido el sector y que
hacía que solo «un grupo de hombres con una formación especializada pudiera
dirigir lo que había creado el empresario» (Ibíd., 147). Cuando la complejidad
deglute la figura del empresario, aparece en sociedad, como si fuera su
fantasma, el emprendedor. Su carácter fantasmal viene dado, entre otras
cosas, por el hecho de que este nuevo y volátil empresario en realidad ni
siquiera tiene una empresa que dirigir, puesto que no hace sino dirigirse a sí
mismo.

2. La formación del espíritu racional

El retroceso que está experimentando la cultura europea, acosada por vectores


anti-humanistas cuya punta de lanza es una interpretación economicista del
mundo muy poco sofisticada, coincide con la expansión de nuevas formas
tecnológicas que amplían el horizonte de la imaginación humana. He aquí una
dramática paradoja que caracteriza a nuestra época: una capacidad
imaginativa constantemente ampliada y potenciada por tecnologías del
conocimiento que se combina con una creciente incapacidad para usar la
imaginación.

El retroceso es tan grande y la contradicción tan flagrante que, para explicar lo


que ocurre, hay que retroceder a los albores de la modernidad y desandar de
alguna manera todo el camino. Ni siquiera basta con recurrir a las teorías más
contemporáneas sobre la ideología dominante para comprender cómo unas
sociedades tan sofisticadas como las nuestras pueden tener tan poco dominio
sobre ellas mismas. A principios del siglo XVII, Francis Bacon, uno de los
primeros paladines del método científico y del pensamiento de la técnica,
hacía, en su libro “Novum Organum”, la siguiente advertencia sobre lo que
denominaba los ídolos del pensamiento:

«Los ídolos y las falsas nociones que han ocupado ya el entendimiento humano y han
arraigado profundamente en él no sólo asedian las mentes humanas haciendo difícil el acceso
a la verdad, sino que incluso en el caso de que se diera y concediera el acceso, esos ídolos
saldrán de nuevo al encuentro, y causarán molestias en la misma restauración de las ciencias,
a no ser que los hombres, prevenidos contra ellos, se defiendan en la medida de lo posible».

5
Si este sabio aviso ha caído luego en saco roto es gracias al mismo Bacon,
quien, a la par que señalaba los peligros, promulgaba la creencia en la
posibilidad de sortearlos, limpiando y puliendo la mente como si fuera un
espejo sucio y deformado. Según él, el pensamiento humano, armado con el
conocimiento de estos riesgos, sería capaz de evitarlos y dejar despejado así el
camino hacia la verdad. Casi cuatrocientos años después, sabemos que esta
vía es engañosa ya que la diferencia entre la verdad y la ideología no es tan
fácilmente discernible como suponía el naciente empirismo que personificaba el
pensador inglés, sobre todo en sociedades masificadas y mediatizadas como
las nuestras. Sabemos ahora que la única razón posible, en medio de las
muchas sinrazones que nos rodean, radica en un constante enfrentamiento con
la ideología que en cada época se convierte en dominante, ideología al servicio
del poder que por regla general tiende inevitablemente a la injusticia. La fuerza
antagonista es, por supuesto, igualmente ideológica. La diferencia entre ambas
vertientes de este constante enfrentamiento reside en el hecho de que uno de
los planteamientos ideológicos, el del poder, pretende no serlo y se presenta
como la verdad absoluta capaz de instaurar el principio de realidad, mientras
que el otro, el de la disidencia, combate consciente de su relativismo y apela no
tanto a la verdad como al juego limpio.

El concepto de emprendedor y su implantación y uso en las sociedades


occidentales contemporáneas se sitúa en el marco de una determinada
hegemonía ideológica que lo extrae de su caldo de cultivo más genuino, es
decir, el imaginario que alimenta la cultura norteamericana. Sin duda, esta es
una apreciación ideológica en cuanto que se adhiere a una determinada
concepción del mundo en contra de otra, pero también es un hecho constatable
que la cultura norteamericana tiene unos trazos muy característicos que ha
exportado al resto del mundo a partir de la Segunda Guerra Mundial. Luego
cada cual puede hacer su propia interpretación sobre la bondad o maldad de lo
sucedido.

En todo caso, el concepto de emprendedor, que tiene múltiples facetas, se


introduce ideológicamente en el imaginario social y pasa a convertirse en uno
de esos ídolos del foro de Bacon, es decir, aquellos que a partir de

«Una mala e inadecuada imposición de nombres mantiene ocupado el entendimiento de una


manera asombrosa. Las definiciones o explicaciones con que los doctos han acostumbrado a
defenderse y protegerse en algunos casos son completamente incapaces de restablecer la
situación, sino que las palabras ejercen una extraordinaria violencia sobre el entendimiento y
perturban todo, llevando a innumerables e inanes controversias y ficciones».

3. Lenguaje y realidad

Sería un error considerar que la idea de emprendedor surge solamente de la


voluntad de imponer una determina ideología empresarial que, en el marco de
una escasez de puestos de trabajo de carácter endémico, quiere erradicar la

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idea tradicional de trabajador. Esa necesidad existe, pero el asunto es un poco
más complejo.

Victor Klemperer escribió, sobre el uso del lenguaje en el Tercer Reich, un libro
a la vez maravilloso por su clarividencia y sobrecogedor por sus implicaciones
a largo plazo (Klemperer, 2001), en el que reflexionaba sobre la paulatina
degradación del lenguaje en una sociedad que iba siendo dominada por los
nazis. A través de una observación diaria del proceso, el autor se dio cuenta de
cómo la creciente utilización de eufemismos o la machacona repetición de
determinadas palabras iban configurando poco a poco el pensamiento de toda
una sociedad. Su diagnóstico, que esta degradación es un síntoma de
perversión social, coincide con el que años más tarde hizo George Orwell en su
conocido artículo “Politics and the English Language” sobre la relación entre
lenguaje y fascismo. En este escrito hay una frase que puede considerarse
muy actual: «en nuestro tiempo, el discurso político supone en gran medida la
defensa de lo indefendible». El proceso de degradación del lenguaje que ha
sufrido nuestra cultura durante los últimos decenios, desde que Ronald Reagan
empezó a denominar peace keapers a sus misiles, tiene varios momentos
especialmente destacados: por ejemplo, cuando los ministerios de la guerra
pasaron a ser ministerios de defensa, o cuando, más recientemente, los
ministros de trabajo empezaron a serlo de empleo. Del mismo modo, un recorte
del subsidio de desempleo se acaba de definir como un incentivo para la
búsqueda de empleo. Se trata, en todos estos casos, de defender lo
indefendible.

A finales del siglo XIX, cuando en Francia se estaba creando la psicología


científica, esencialmente a través de las observaciones de Charcot sobre la
histeria, y antes de que el mismo Freud desarrollara la vertiente más compleja
del psicoanálisis, un médico prácticamente desconocido de Nacy, Hippolyte
Bernheim, propuso la interesante teoría de que «las ideas pasaban de una
mente inconsciente a otra todo el tiempo. Las ventanas de la mente estaban
abiertas, recibiendo órdenes, sugestiones e ideas de otros y luego
confundiendo nociones ajenas con las propias» (Makari, 2012, 48). Si esto es
así, las formas de comunicación se complican. Ya no es posible pensar en una
comunicación unidireccional que va del terapeuta al enfermo o del poder a la
población. El mensaje no va del emisor al receptor linealmente como en los
antiguos teléfonos, si no que se expande a través de las ondas, como en los
móviles actuales. Se producen, por consiguiente, ámbitos ideológicos que
actúan como trampas mentales en las que cae todo el mundo. La mejor
manera de obligar a pensar en un elefante, dice George Lakoff, es dar la orden
de que no se piense en un elefante. El problema es que el que da la orden
tampoco puede evitar hacerlo.

Siguen existiendo las ideologías dominantes, en el sentido de que están al


servicio directo de determinados intereses, pero nadie se libra de ellas, puesto

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que ni los que las promulgan están exentos de su influencia y las acaban
confundiendo con la verdad. Marx llegó a una conclusión parecida cuando dijo
aquello de que «no lo saben pero lo hacen».

4. Del poder de las masas a la soledad de las multitudes

En los inicios del siglo XX, se creía que la recién inaugurada centuria iba a ser
la era de las masas. Desde las masas obreras hacinadas en los suburbios de
las grandes ciudades como consecuencia de la primera revolución industrial a
las matanzas en los campos de batalla de la Gran Guerra de 1914, el mundo
era imaginado y gestionado a través de la idea de masa, que como digo se
materializaba tanto en la miseria de los barrios obreros como en la masacre de
las tropas ocurrida en los campos de Verdún. A ello contribuía también la
creciente implantación de las estadísticas en el proceso de formalización de la
realidad: los individuos se diluyen tanto en el seno de la masa como en el
interior de los grandes números. Desaparecen asimismo en el interior de los
llamados movimientos de masas, que pueden tener carácter revolucionario o
deportivo: recordemos los certámenes gimnásticos a los que tan proclives eran
los regímenes totalitarios de la primera mitad del siglo pasado y que tanto se
asemejaban formalmente a los desfiles militares. Ahora, por el contrario, se ha
impuesto el culto a la personalidad del deportista individual, concentrado en su
propio esfuerzo como único trampolín que puede lanzarle a la fama. La soledad
del corredor de fondo, para apelar al título de una película famosa en su
momento,3 configura el prototipo del nuevo individuo que, a través de su
ensimismamiento, corre hacia el triunfo.

El culto del trabajo y del trabajador proliferó a derecha e izquierda en la era de


las masas. Era una época en que la riqueza se suponía que era producida por
el trabajo, no por las volátiles y anónimas operaciones financieras. En realidad,
la idea del trabajo como motor de la economía ha llegado hasta las orillas del
siglo XXI, donde se ha extinguido súbitamente. A finales de la primera década
del nuevo siglo, y de la noche a la mañana, el trabajo dejó de ser considerado
fuente de riqueza y pasó a ser un estorbo para quienes se creía que eran
realmente capaces de generarla: las empresas y los empresarios. Como indica
Paul Krugman, la base electoral del candidato republicano a la presidencia de
los Estados Unidos, Mitt Romney, es decir, el 0,01 % de la población con
ingresos más altos, está compuesta por gente que se cree muy importante,
puesto que se consideran «el motor de la economía» y, por lo tanto, creen que
merecen un trato especial, en concreto en la cuestión de los impuestos que
pagan, que ya son, según el economista, los más bajos de los últimos 80 años
(Krugman, 2012, 17)

El empresario, según esta concepción, esencialmente no trabaja, sino que crea


puestos de trabajo, de manera que el trabajador pasa a ocupar en el imaginario
3
“The Lonliness of the Long Distance Runner” (1962) de Tony Richardson.

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social una posición claramente secundaria, puesto que su función depende de
otra de rango superior. Si según la concepción marxista de la economía, el
capital medraba de la plusvalía generada por los trabajadores, ahora son los
trabajadores los que, al parecer, se aprovechan de la que crea el empresario,
quien así estaría legitimado para disfrutar enteramente de la misma, si bien
accede magnánimamente a redistribuirla en forma de puestos de trabajo. Por
ello están justificadas todas las reformas laborales que vayan en la dirección de
impedir que los trabajadores o, peor todavía, los que ni siquiera tienen trabajo,
se aprovechen de la riqueza que crea genuinamente el empresariado. A esto la
nueva derecha norteamericana, los neocons, le llamaban la revolución
conservadora, cuyos planteamientos, en principio sumamente pueriles, han
acabado creando una doctrina que se ha expandido por el mundo a través de
las escuelas de negocios y de administración de empresas, aparte de muchas
facultades de economía. Se trata de una ideología que acaba convenciendo a
todo el mundo, incluso a aquellos que la han inventando a sabiendas de que no
era cierta sino que resultaba conveniente a sus intereses. Es en este caldo de
cultivo, que aparece la nueva figura del emprendedor, una construcción
ciertamente original.

Aunque la degradación profunda del concepto de trabajo no se produce hasta


entrado el siglo XXI, proviene de más atrás. La gran crisis económica de 2008,
generada por una especulación financiera capaz de crear un sistema de
complejidades barrocas que se derrumbó como un castillo de naipes
arrastrando consigo todo el sistema social, marcó el punto culminante de un
proceso asentado en el proverbial individualismo de la cultura norteamericana.
Esta fe en las virtudes del individuo resurgió con fuerza después de la Segunda
Guerra Mundial, cuando empezó el declive de la cultura del New Deal de la
administración Roosevelt. En ese momento, comienza a extinguirse el poder
simbólico del concepto de masa y retorna el del individuo, pero ahora se trata
de un individuo pasado por el crisol de la masa. Es en este momento que David
Riesman (1950) publica su influyente libro con un título tan significativo como
“The Lonely Crowd” (La multitud solitaria) que viene a sustituir la influencia que
habían tenido en su momento “La rebelión de las masas” de Ortega y Gasset o
la “Psicología de las masas” de Gustave Le Bon. Este nuevo individualismo fue
constantemente promocionado y exportado al resto del mundo, especialmente
a través de los dispositivos de la industrial cultural, desde Hollywood a la
televisión, y adquirió una fuerza extraordinaria al aliarse con las ideas
económicas de las teorías de Milton Friedman y la llamada escuela de Chicago.
A la postre, esta alianza ha probado ser mil veces más poderosa que la simple
asimilación directa de la cultura popular norteamericana por el resto del mundo.

5. Libertad individual y libertad social

La figura actual del emprendedor sería la forma de otorgarle protagonismo a un


individuo sumido en sociedades masificadas cuando la masa en sí no tiene otro

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valor que el estadístico. De no ser así, este post-individuo que ha sido creado
por la cultura tecno-masificada estaría condenado a una constante frustración.
A ello se le añade la degradación que ha experimentado el valor del trabajo. El
concepto de emprendedor es la solución perfecta para pertrechar al nuevo
individuo, diseñado para que resuma en una sola figura los aspectos, antaño
contrapuestos, del trabajador y del empresario, resolviendo así, de un plumazo,
el problema de la lucha de clases, que pasa a ser un asunto de adaptación
individual al sistema así organizado. De la misma forma que el deportista no
puede pedir cuentas más que a su propio cuerpo de sus fracasos en las
pruebas deportivas, tampoco el emprendedor puede buscar excusas más allá
de sí mismo.

El emprendedor es además aquel que crea su propio puesto de trabajo, con lo


cual no puede generar paro sin contradecirse a sí mismo o sin dejar bien claro
que su dejadez va en perjuicio del conjunto de la sociedad, igual que el
deportista que no entrena convenientemente deja en mal lugar a su país.
Convenciendo al trabajador de que es dueño de su fuerza de trabajo, de que
posee el dominio de los medios de producción, todo ello reunido en su propia
persona, se evita que busque su razón de ser en los movimientos sociales de
carácter colectivo, aquellos que la nueva cultura niega por naturaleza.

No obstante, el concepto de emprendedor esconde un potencial que la


ideología que lo propugna quizá no tenía del todo previsto. Más allá del perfil
sombrío que toda ideología destila cuando pretende imponer sus intereses, el
emprendedor es también un tipo psicosocial cuyo carácter está relacionado con
la realidad histórica. Lo cierto es que, si bien no se encuentra por encima de las
ideologías, porque no puede estarlo, constituye en cualquier caso el marco de
la existencia a partir del que todo lo demás es posible e inteligible. A él se ha
llegado a través de los enfrentamientos ideológicos, es decir, por consiguiente,
de batallas ganadas o perdidas. Pero también mediante la incubación, durante
el proceso, de innumerables avances de carácter científico, tecnológico y
cultural que implican valores esenciales para todos los miembros de la
sociedad.

La perspectiva de las masas, que pudo considerarse progresista en un


momento determinado de la historia, pronto mostró sus características más
negativas. Y, a lo largo del siglo XX, las ideas de la muerte del hombre,
ejemplificadas en el ámbito de la cultura por el concepto de la muerte del autor
de los posestructuralistas, se han mostrado más bien retrógradas cuando ha
llegado el momento de utilizarlas como defensa ante la deriva anti-humanista y
anti-social, puesto que, al despreciar al individuo, inadvertidamente se
socavaban también conceptos tan esenciales como el de libertad, el de ética e
incluso el de democracia, al tiempo que cerraba el paso al uso estético-político
de la imaginación.

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Cuando, a principios del siglo XX, pensadores como Adorno defendieron la
idea de ensayo como vehículo del pensamiento, en realidad estaban acuñando
la figura de un pensador libre, individual, creador de sus propias herramientas
conceptuales más allá de la imposición de métodos restrictivos de carácter
universal. En este sentido, el pensamiento de Adorno se adelantaba a la
posmodernidad, como quedó claro en su obra “La dialéctica del iluminismo”
que escribió junto con Horkheimer, más adelante. En este texto, los autores
constaban que el burgués había pasado por diferentes formas, desde el
propietario de esclavos, a la del comerciante y, de esta, a la del administrador
(Horkheimer y Adorno, 1970, 104). Si se observa bien este proceso, se verá
que hay una correspondencia con el que he delineado más arriba para
comprender la emergencia del emprendedor, con la única distinción del punto
de partida en el que el ciudadano y el burgués propietario de esclavos no
pueden confundirse, aunque sí lo hacen el ciudadano y el burgués a secas,
reunidos en una misma burbuja ideológica que no tiene en cuenta la práctica
esclavista. A partir de ahí, al burgués comerciante le corresponde la
contrapartida del consumidor, del mismo modo que el burgués administrador
tiene su correspondencia en la figura del emprendedor. Se detectan pues dos
punto de inflexión fuertemente ideológica al principio y al final del proceso:
primero cuando se equipara al ciudadano con el burgués, olvidándose de los
esclavos o del proletariado, como también fueron olvidadas las mujeres y las
minorías; y cuando se vuelven a reunir las figuras del administrador y el
emprendedor como si ambos fueran o pudieran ser un mismo tipo de
empresario. La fábula tiene pues su moraleja a mitad de camino, en una época
dorada de escasa duración y no del todo cristalina, en la que el comerciante y
el consumidor parecen darse apaciblemente la mano como si realmente
pudieran olvidarse de todo lo demás.

Pero si se le da la vuelta a la falsa creencia actual en el trabajador-empresario,


implantada en la mente del trabajador occidental para traspasar al individuo la
responsabilidad social que corresponde al estado democrático, aparece la
parte positiva del fenómeno, aquella que ilumina la virtud del propio individuo,
como esencia de la libertad y del potencial transformador del mundo. Si
estamos entrando en la era de la imaginación, como auguran las nuevas
tecnologías basadas más en la capacidad mental que en los simples
procedimientos instrumentales, la cultura de un emprendedor que no solo sea
empresario dedicado al negocio, sino también creador de formas, ideas e
innovaciones de todo tipo, es esencialmente positiva y se inscribe en esa
libertad de pensamiento que autores como Adorno o Benjamin, entre otros,
propugnaron en contra de las formas restrictivas y reduccionistas de los
denominados grandes relatos que se correspondían con una visión cerrada y
absoluta del estado. El verdadero emprendedor no es, pues, el receptor de la
antigua idea de empresario, sino el que se adhiere al concepto futuro de ser
imaginante que adquiere el poder de crear su propia condición humana; el que

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se relaciona de forma imaginativa con su entorno, buscando siempre el camino
más adecuado a sus necesidades, sin más restricciones que la honestidad
personal y una ética de la responsabilidad social, sin la cual el individuo deja de
ser persona y, por tanto, pierde el derecho a emprender nada que exceda el
estrecho círculo que le concierne personalmente.

Richard Sennett, después de estudiar la corrosión del carácter en las


sociedades occidentales (Sennett, 2000), ha promulgado el regreso a la figura
del artesano, ya que según él la “Artesanía” «designa un impulso humano
duradero y básico, el deseo de realizar bien una tarea, sin más» (Sennett,
2009, 20). Esta voluntad de realizar bien una tarea implica también una ética de
la responsabilidad, puesto que no se puede considerar que una tarea esté bien
hecha cuando el resultado perjudica a alguien. Tampoco se puede considerar
que una tarea esté bien hecha cuando el resultado que se persigue no es la
bondad del producto en sí, sino algo ajeno al mismo como, por ejemplo, el
simple beneficio. El beneficio ha de ser la consecuencia de una labor bien
hecha, de unas buenas prácticas, no la finalidad esencial de cualquier
empresa. Cuando un productor de televisión, por ejemplo, antepone el aumento
del índice de audiencia a la propia calidad del programa, no está actuando
como un artesano, sino como un hombre de negocios. Y el problema del
emprendedor, tal como se quiere potenciar, es que se ha confundido con el
hombre de negocios en lugar de ser asimilado al artesano.

Cuando Sennett habla del artesano parece definir lo que, en el terreno del
pensamiento, significa el ensayista: «El buen artesano, dice, emplea soluciones
para desvelar un territorio nuevo; en la mente del artesano, la solución y el
descubrimiento están íntimamente relacionadas» (Ibíd., 23). De esta manera
pensamiento y acción quedan equiparados en un mismo proceso formal y
éticamente productivo. Si el pensador adscrito a una metodología ajena o a un
estilo mental impropio es equiparable al operario atrapado en una cadena de
montaje, el emprendedor genuino se compara, por el contrario, con el
ensayista, ya que ambos realizan sus productos al tiempo que construyen sus
propios medios de producción y tejen a su alrededor la tela que les relaciona
socialmente y los convierte en operativos. La complejidad social
contemporánea requiere de este tipo de individuos libres y capaces de pensar y
actuar por sí mismos. Estos individuos desalienados por su propia capacidad
crítica son los que mejor pueden integrarse en redes colaborativas, las cuales
permiten el acceso a ese nivel de realidad donde actúan tanto las grandes
empresas que ya han experimentado la transformación tecnoestructural que
señalaba Galbraith, como las corporaciones multinacionales y el propio capital
financiero. El emprendedor, liberado de la ideología del negocio que está en la
génesis de su tipología, muestra el camino adecuado para acceder
críticamente a la realidad 2.0 que se superpone a la de la vida cotidiana y cuya
imperceptibilidad desde el sentido común y la simple intuición nos ha llevado al

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actual callejón sin salida. Las figuras del libre mercado y la competitividad
individual son, como la masa y la acción colectiva, rastros ideológicos de una
realidad que hace tiempo se ha visto superada por un funcionamiento de
carácter antidemocrático que se produce a un nivel ontológico distinto, donde
campa por sus respetos el lado oscuro de la globalización, cuyas supuestas
bondades el credo neoliberal se encarga de predicar a este lado de la
existencia. Por ello fracasa la oposición ejercida desde la antigua realidad,
mediante ideas y acciones igualmente periclitadas que de hecho se enfrentan a
una mascarada. El emprendedor post-individual tiene los pies anclados todavía
en el pasado, pero si levanta un poco la vista se dará cuenta de que sus ojos
contemplan ya el nuevo, y hasta el momento, horrendo panorama. Su tarea
principal no es unirse al caos para medrar en él, sino descubrir las
herramientas, las nuevas ideas y las nuevas acciones, que ayuden a superarlo
en beneficio de todos.

Bibliografía

GALBRAITH, John Kenneth (1986): El nuevo estado industrial (Vol. I),


Barcelona, Planeta-Agostini.

HORKHEIMER, M. Y ADORNO, T. W. (1970): La dialéctica del iluminismo,


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