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Conferencia en la Facultad de Derecho de la Universitat Autònoma de Barcelona,

en el marco del Simposio sobre Derecho e Imagen (Barcelona, 2017)


Publicado en las actas del encuentro
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A la sombra del Mago de Oz


(Mitologías visuales desde el Leviatán a Bin Laden)

Hubiera podido titular esta charla (esta conferencia-ensayo, si se me permite llamarla


así) “La construcción del imaginario estadounidense”, sino fuera porque lo que en ella
se expone no concierne sólo a Norteamérica, sino también a nosotros, los europeos,
que nos hemos situado durante el último siglo en una peculiar tierra de nadie frente a
esa tierra de todos que pretenden ser los USA. También podría haberla introducido
como “La construcción del imaginario imperial” o, mejor aún, “La realidad en tiempos
del imperio”, porque al fin y al cabo la realidad viene dada por cómo nos imaginamos
qué es, y la imaginación humana hace tiempo que ha sido colonizada por ese imperio.
Pero, finalmente, he preferido decantarme por la alegoría que compuso un escritor tan
absolutamente famoso en los Estados Unidos como desconocido en Europa: Frank L.
Baum, cuyo “The Wonderful Wizard of Oz” salió a la luz pública en 1900, al tiempo que
en Freud publicaba, a este lado del Atlántico, su “Interpretación de los sueños”.
Recordemos, que, a nosotros, el Mago de Oz nos llegó, precisamente, a través del
cine, esa fábrica de sueños.
A la largo del siglo XX, se ha desarrollado, hablando en general, un peculiar
estilo de pensamiento basado en la sospecha a todos los niveles (no olvidemos que en
este siglo se hizo famoso un tipo psicosocial inventado en el anterior: el detective) que
ha destilado nociones tan famosas como la de la era de la sospecha (Natalie Sarraute)
o la hermenéutica de la sospecha (Paul Ricoeur). Fue Nietzsche quien le dio la vuelta
al positivismo, incluso a positivismos tan maleables como los de Hegel y Marx, e
instauro la sospecha como herramienta epistemológica. Si Nietzsche acabó
sucumbiendo a la locura, no es de extrañar que la sospecha de ese siglo acabará
desembocando en un tiempo de la paranoia, puesto que, al fin y al cabo, la paranoia
no es sino la institucionalización de la sospecha: la sospecha convertida en dispositivo
epistemológico o, en resumidas cuentas, el pensamiento de Nietzsche reducido a su
locura. Hemos sospechado del lenguaje, hemos sospechado del autor, hemos
sospechado de los géneros y de las culturas, hemos sospechado del hombre, hemos
sospechado de la imagen, etc. Puede que tengamos realmente motivos para

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sospechar, aunque sólo sea porque la realidad se ha vuelto muy compleja y no todas
las capas que la componen están permanentemente al alcance de nuestra vista.
Forzosamente, si la realidad de cada instante, y más aún la realidad global, se
compone de elementos visibles e invisibles, no hay más remedio, para componerla,
que recurrir al “montaje”. ¿Qué tipo de imágenes corresponden a esta era de la
complejidad y de la hermenéutica de la sospecha? Según Ignacio Ramonet,
«Afrontamos una crisis de inteligibilidad: la encrucijada se encuentra entre lo que sería
necesario comprender y las herramientas conceptuales necesarias para la
comprensión». En esta contradicción entre lo que es necesario comprender y las
herramientas necesarias para comprenderlo se sitúa el núcleo de la política actual,
forjada de espaldas a ambas carencias: ni se nos dice lo que es necesario saber, ni se
nos dan los útiles necesarios para saber qué no se nos dice lo que es necesario saber.
Desde su publicación, se ha querido ver en el cuento de Frank L. Baum una
alegoría del populismo norteamericano de finales de siglo, de manera que los
personajes y las situaciones que lo componen tendrían una doble lectura, igual que la
de los sueños. Sólo que, en este caso, el sueño se referiría a toda una nación que
duerme y sueña con que su mundo gris, absurdo y despiadado, se convierte en una
maravillosa tierra multicolor, avanzándose con ello a la versión cinematográfica de
1939, que de esta manera aparece como el sueño de un sueño. Cuando Judy
Garland, en el papel de Dorothy, llegó a las pantallas europeas de la guerra o la
postguerra para efectuar su célebre constatación, “I think we are not in Kansas
anymore” (creo que ya no estamos en Kansas), ¿de qué había que suponer que nos
estaba hablando?
Hagamos una previa incursión a la historia; a la historia reciente. Es decir,
preparémonos para efectuar un ejercicio de esa arqueología del presente que
proponía Benjamin: recurramos al presente para interpretar el pasado, de manera que
podamos comprender definitivamente ese presente.
A principios de 2002, apareció en la prensa una curiosa noticia que no provocó
ni mucho menos el revuelo que era de esperar, demostrando así hasta qué punto
somos insensibles a las maravillas de la realidad contemporánea. “El País”, por
ejemplo, la incluyó a una columna en la página seis, donde quedaba relegada a un
segundo término, entre noticias que tenían una mayor presencia visual, a pesar de su
menor relevancia política. El titular de la misma anunciaba de forma contundente: «El
Pentágono crea una agencia para “intoxicar” a la prensa mundial». Luego, el texto
aclaraba que, tras el 11 de septiembre, el Pentágono había decidido crear una
denominada «oficina de Influencia Estratégica que tiene entre sus objetivos el de
“colocar” noticias favorables a los intereses de Estados Unidos en medios informativos

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internacionales». Y a continuación, se añadía un comentario realmente destacable:
«Esas noticias podrán ser verdaderas o falsas, y afectar a países amigos o enemigos.
Sólo importa que ayuden a crear un ambiente propicio para las operaciones bélicas
estadounidenses». Pocas semanas después se nos comunicaba, sin embargo, que a
Donald Rumsfeld no se le había dejado seguir adelante con este ingenioso proyecto,
la llamada Office of Strategic Influence (OSI). De esta manera la realidad quedaba
enmarcada dentro de la puesta en escena de la parábola del mentiroso: ¿qué ocurre
cuando un mentiroso te asegura que está mintiendo?
En 2005, un periodista norteamericano contaba una curiosa anécdota referida a
un asesor de Bush que bien pudiera ser Karl Rove (la narraba Lluis Bassets en El
País): "El asesor me dijo que tipos como yo estaban en lo que llamamos la comunidad
basada en la realidad, que él definió como la gente 'que cree que las soluciones
proceden del estudio racional que hacéis de la realidad aparente'. Asentí y murmuré
algo sobre los principios de la ilustración y el empirismo. Me cortó rápidamente. 'Así ya
no funciona el mundo. Ahora somos un imperio y cuando actuamos, creamos nuestra
propia realidad. Y mientras vosotros estudiáis esa realidad, de forma racional, nosotros
actuamos de nuevo creando otras realidades, que también podéis estudiar, y así es
cómo son las cosas. Somos protagonistas de la historia, y vosotros, todos vosotros, os
quedaréis ahí estudiando lo que nosotros hagamos'".
Recordemos que en la película de Victor Fleming, cuando el mago de Oz es
descubierto manipulando, tras las cortinas, su máquina de confeccionar ruido y furia,
se muestra avergonzado: le han pillado in fraganti en su labor manipuladora y ello
supone el fin de la misma. Nada qué ver con la situación actual en la que no es posible
desenmascarar al mentiroso porque debajo de la máscara hay otra máscara. Cuando
finalmente Aznar reconoce que “no había armas de destrucción masiva”, no se quita la
careta, sino que se la pone mientras suelta chascarrillos. Creíamos estar entrando en
la sociedad del conocimiento, pero nos encontramos con que una nueva capa
epistemológica se interpone entre nosotros y la siempre esquiva evidencia: de ahora
en adelante, quizá tendremos que empezar a pensar en divergencias entre distintos
niveles de realidad.
Si intentemos trazar un mapa de la nueva realidad a través de sus
manifestaciones visuales, lo cual no es del todo descabellado en una era de la imagen
como la nuestra, deberemos tener en cuenta algunos parámetros con los que no
contábamos.
En primer lugar, la sorprendente pervivencia del mito, o, más exactamente, de
los mecanismos míticos. Al día siguiente de las últimas elecciones autonómicas de
Catalunya, volví a oír algo en los medios que se repite siempre en ocasiones como

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ésta y que supone un rescoldo muy claro de pensamiento mítico en nuestras
construcciones racionales: «lo que ha manifestado el pueblo catalán con las
votaciones…», se decía. Adjudicarle una voluntad global, antropomórfica, a lo que no
es más que el resultado de un conjunto de acciones independientes unas de otras, es
pensar míticamente. Esta tendencia llega al absurdo en las crónicas de los
comentaristas deportivos, que hacen cábalas sobre, por ejemplo, los equipos de fútbol,
a partir de estadísticas que parecen unificar largos períodos históricos de una misma
entidad como si ésta fuera un ente homogéneo que perviviera en el tiempo y no una

sucesión de diversas personas, diversos estilos y diversas situaciones aleatorias:


afirmar, por ejemplo, que tal equipo ha ganado un tanto por ciento de veces en el
estadio de otro a lo largo de cincuenta años de historia y deducir de ello que ahora
tiene determinado número de posibilidades de ganar o perder supone entregarse al
pensamiento mítico. Pero nadie levanta una ceja por ello, a pesar de que supone que
el colmo de la razón, las estadísticas (la razón matematizada), coincida con el sumo
de la irracionalidad, el mito. Pero, ¿no era precisamente esta suma de individualidades
míticamente acopladas en un cuerpo global que las determinaba a todas ellas lo que
constituía la esencia del Leviatán de Hobbes? La propia sociedad nació, pues, como
un mito, porque la única salida a la dispersión fragmentaria es la conjunción mítica.
Habrá que tener en cuenta también la doble o triple virtud de las
representaciones visuales, que pueden a la vez ser mimético-realistas, alegórico-
dialécticas y sintomáticas. Es decir que, si queremos seguir la historia de la
construcción visual de la sospecha en el siglo XX que desemboca en la batalla por la

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realidad del XXI, habrá que tener en cuenta que las imágenes son más complejas de
lo que parecen. Y en esta complejidad habrá que incluir el concepto de “supervivencia”
que acuñó, también a principios de siglo XX, Aby Warburg. Esta noción se refiere al
hecho de que hay formas visuales o estructuras culturales que sobreviven a lo largo
del tiempo y, aparecen, anacrónicamente fuera de su época. Así la figura monstruosa
del Leviatán se desgaja de su origen bíblico para fundamentar la idea del estado
moderno que se forma en el siglo XVII para otorgar poder absoluto al monarca. Este

monarca es a la vez un ser real y una figura mítica compuesta por la suma de todos
sus súbditos: es a la vez, por tanto, un benefactor en cuanto a hombre frente a los
demás hombres, y un monstruo que amenaza a la masa de ciudadanos a la que da
cuerpo y a la que esa amenaza mantiene cohesionada. Si lo que acaba perviviendo de
esta operación es la figura mítica, no cabe duda de que, en un momento u otro,
empezarán las suspicacias y alguien, como Dorothy en “El mago de Oz”, levantará
finalmente la cortina tras la que se esconde el hombrecito que controla la maquinaria.
Walter Lippmann consideraba que donde todos piensan, igual nadie piensa mucho,
pero lo cierto es que donde a nadie le da por pensar, siempre hay uno que piensa por
todos.
Veamos cuáles son los primeros síntomas de la nueva epistemología de la
sospecha. Entre 1870 y 1900 se forma un nuevo espacio mental, inédito hasta ese
momento. Es en este espacio mental en el que, a lo largo del siglo XX, se ha
desarrollado esa epistemología y del que ahora ha surgido la idea de que se puede
batallar abiertamente –es decir, ontológicamente y no sólo ideológicamente-, por la
interpretación de la realidad. Walter Benjamin reconocía en el París finisecular la
capital del mundo moderno. Con ello pretendía referirse, no sólo a su condición de eje
cultural de su época, sino también al hecho de que en esa ciudad se fraguaba la

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modernidad futura. Cada época sueña con su futuro, decía Michelet, y en París esos
sueños cristalizaban en estructuras urbanas, arquitectónicas, visuales que darían
forma al futuro despertar del sueño. En el nuevo espacio mental, Benjamin encontraba
lugar para comprender la condición compleja del tiempo y la historia: de esta manera,
el presente, la realidad, se desgajaba en varias capas de presente y de futuro. Tras
cada una de ellas, siempre había otra que descubrir y el conjunto era, para bien y para
mal, un mito.
Pero nuestra atención debe centrarse especialmente, como hemos visto, en el
territorio de los cuentos de hadas, porque es en su ingenuidad donde las grandes
ideas encuentran su formulación más directa. Los cuentos de hadas victorianos
(entendida la acepción como exportable más allá de Inglaterra) son la contrapartida
visual de las grandes ideas que recorren la filosofía y la ciencia coetáneas: es en ellos
donde Nietzsche y Freud encuentran sus mejores ilustraciones. Concretamente
debemos reparar en dos obras que figuran entre las más emblemáticos del momento.
Cada una de ellas procede de un lado del Atlántico y propone una concepción distinta
de los nexos posibles entre realidad e imaginación.
En Europa, Lewis Carroll plantea, en su saga sobre Alicia, una división entre la
realidad real y la imaginaria. Un espejo separa esas dos regiones y este espejo es
atravesable, sólo que la opción de atravesarlo trae consecuencias en la propia
configuración de lo real. Poco más tarde, al filo del nuevo siglo, aparece en los
Estados Unidos ese libro para niños, pero alegóricamente dirigido a los adultos, que es
“El mago de Oz” de Frank L. Baum, del que ya hemos hablado. No hay en este caso
separación estricta entre lo real y lo imaginario, sino que lo imaginario se presenta
como una perversión de lo real que es lo único imaginable.
Ambos libros tienen una importancia antropológica y ambos son sintomáticos.
En los dos casos se nos plantea una escisión de la realidad en dos partes, pero
mientras que en Europa el corte epistemológico se mantiene tanto en el cuento como
en la realidad (recordemos a los surrealistas), en los Estados Unidos, al final la historia
propone un apaño: todo había sido una treta. No hay tal Mago de Oz, sino que se trata
de un hombre normal y corriente que manipulaba una máquina. ¿No será que estamos
ante el desenmascaramiento del moderno Leviatán tecnificado? El dibujante
norteamericano Windsor McCay, más o menos en la misma época en que se
publicaba el libro de Baum, veía en la escuela pública norteamericana la cuna de
futuros leviatanes, convertidos en directores de empresa.

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La resolución de Baum es racional y contiene el germen de una hermenéutica
de la sospecha: anuncia, por otro lado, sintomáticamente, la era de la manipulación de
las masas que se esboza en el horizonte y que gente como Hobbes y Lippmann
consideran necesaria para la supervivencia de la sociedad. Pero el final del cuento no
deja de ser literariamente decepcionante: no hay otros mundos, sino sólo imposturas.

La propuesta de Carroll es, por el contrario, irracional, puramente imaginativa:


existe otro lado del espejo donde las cosas no se rigen por la lógica de este lado.
Atravesarlo es dar un salto de grandes consecuencias. De hecho, Carroll nos está
mostrando el paisaje del inconsciente que Freud descubrirá poco después, un paisaje
que ensancha nuestro concepto de realidad.
Ambas propuestas son antitéticas y a la vez complementarias: una confía en la
realidad y el sentido común, es pragmática como todo el pensamiento norteamericano
(incluido el más progresista). La otra cree en el poder de la imaginación y advierte
sobre la presencia de un mundo paralelo que es capaz de regir en gran medida los
destinos de este mundo.
Durante el siglo XX, hemos vivido al socaire de estas dos tendencias.
Pensemos, como emblema de su desarrollo contradictorio, el encuentro entre
Lazarsfeld y Adorno en Nueva York, a finales de los treinta: la tradición europea y
norteamericana se cruzan como dos trenes en la noche, sin llegar a comprender sus
destinos. Lazarsfeld en dirección a la investigación cuantitativa de lo social en
beneficio de gobiernos y empresas, Adorno tratando de salvar el lastre de una teoría
crítica que se quedaba corta pero que no parecía tener futuro. Alicia y Dorothy frente a
frente.

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Hasta aquí los elementos básicos de la epistemología del siglo XX. Veamos
ahora lo que nos depara el XXI.

Si el espejo de Alicia fue atravesado por un Boeing 767 el 11 de septiembre de


2001, el Mago de Oz había sido desenmascarado años atrás y su nombre era “The
Rendom Group”. El orden de los factores puede ser aquí esencial, ya que el poner de
relieve la existencia de una corporación multinacional tras la guerra del Golfo, señala
el camino que lleva directamente al otro lado del espejo, es decir, ese lado en el que
nos encontramos después del 11 de septiembre de 2001.

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The Rendom Group es una agencia privada de relaciones públicas que fue
contratada por el gobierno de Kuwait durante la guerra de El Golfo con el fin de vender
esa guerra a los norteamericanos y, por añadidura, al resto del mundo. Han oído bien:
vender la guerra. Es decir que se entendía la guerra como un objeto de marketing y

equiparable, por lo tanto, a cualquier otro producto o mercancía. El escritor francés


Alain Finkielkraut nos puso en guardia, hace años, sobre una sociedad en la que unas
botas Nike podían equivaler a las obras de Shakespeare, pero nada nos dijo de que
una guerra tendría el mismo valor que una campaña navideña de perfumes. La guerra
de Irak, recordémoslo, nos fue vendida unos años más tarde de forma menos
profesional, simplemente la transacción se hizo a través de una serie de mentiras
sobre las armas de destrucción masiva. No hubo ni que pagar a una empresa
especializada: Colin Powell se presentó en las Naciones Unidas con un burdo
PowerPoint y un texto plagiado de Internet y, seguidamente, las bombas empezaron a
caer sobre Irak. Estábamos ya del otro lado del espejo.
He hablado antes de “supervivencia” visuales y culturales. Primera
“supervivencia”: la del Barroco en el neo-barroco de la actualidad. En el Barroco, los
emblemas servían para dar cuerpo al mundo platónico de las ideas, en la actualidad el
mundo abarrocado y complejo de las corporaciones multinacionales que configuran la
verdadera geografía de lo real se nos presentan, en este mundo, a este lado del
espejo, a través de la visualidad de sus logotipos. Quizá es lo que estaba tratando de
confeccionar Colin Powell en el Consejo de Seguridad, un logotipo que visualizara en
esta realidad lo que en realidad sucedía en la otra.
La segunda supervivencia ya la he mencionado antes: se trata del Leviatán de
Hobbes. Es curiosa su doble virtud, por un lado el Leviatán es una bestia bíblica a la
que hay que vencer; por el otro, se trata de una representación del estado, de la
monarquía, que debe mediar en el enfrentamiento continuo y natural entre los

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hombres: si el hombre es un lobo para el hombre y por lo tanto la sociedad se ve
abocada a una guerra de todos contra todos, se impone una instancia superior que
sea capaz, por su autoridad, de someter al individualismo belicoso: someterlo por la
razón, pero también por el miedo.
Razón y miedo parece ser la receta con que el nuevo Leviatán, la
administración norteamericana, pretende administrar el orden mundial. Pero así como
el Leviatán de Hobbes estaba representado por una figura gigantesca que incluía en
su seno a todos los súbditos, el Leviatán actual, por el contrario es una figura,
aparentemente de tamaño normal, que incluye a todos sus muertos. Así lo constatan
esas figuras alegóricas que componen el rostro de Bush mediante la suma de todos
los soldados muertos en Irak.

Nos encontramos ante la revelación de los componentes del mito, de lo que


realmente forma sus imponentes figuras. La dialéctica entre la globalidad,
aparentemente homogénea, y sus particularidades es una característica del
acontecimiento contemporáneo. Pensemos en la película “Siriana” (2005), donde
asistimos a la representación de la quiebra actual del concepto de “hecho”. La
plasmación más directa de este concepto la encontramos en los titulares de los
periódicos, que es a lo que sus lectores acceden en primer, y a veces único, lugar. Los
titulares resumen las complejidades de los sucesos a una frase contundente y, a pesar
de que muchos titulares comparten la página de un periódico, nunca se relacionan
entre sí. De esta forma entiende el positivismo los hechos. Y por ello la trama de
“Siriana” parece ser tan incomprensible: porque se nos presenta como un conjunto de
hechos, de sucesos, que estamos acostumbrados a considerar sin relación unos con
otros. Si el espectador se molesta en efectuar las oportunas conexiones entre los

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distintos “titulares” que componen el “periódico” que es la película, la realidad aparece
con todo su esplendor antes sus ojos del alma. Cómo sucedía con los emblemas: al
mirar de frente a las multinacionales, hay que emplear una mirada emblemática.
La quiebra del concepto de hecho empezó a cobrar importancia sociológica con
la publicación en la revista Life de los fotogramas de la película que hizo Zapruder del
asesinato de Kennedy. La secuencia queda perfectamente establecida a través de
diversas portadas de Life, aparecidas entre 1963 y 1964. En la primera de ellas, se
nos muestra el mito en todo su esplendor: la imagen fotográficamente edulcorada de
Kennedy. En la segunda, la homogeneidad del mito ha sido fragmentada por la
captación cinematográficamente: se ha convertido en una serie de fotogramas que
revelan también la realidad fragmentaria que existe tras el mito de la imagen
cinematográfica homogénea. En la tercera portada, aparece la duda, el germen de la
sospecha.

La película de Zapruder, que se contemplaba unificada en la proyección,


aparece en público como un conjunto de fotogramas diversos, como fragmentos de
realidad que, desde entonces, han sido analizados exhaustivamente en busca de la
esencia de lo real que en ellos debía estar depositada, según la concepción tradicional
de la fotografía. En vano, porque la verdad nunca se reveló a través de esos
fotogramas, a menos que consideremos que la verdad estaba en el hecho de que
aquello que hasta entonces se había creído unificado, estaba en realidad compuesto
por fragmentos que una determinada maquinaria (cinematográfica) mantenía
ilusoriamente unificados a los ojos de los espectadores. Esto es lo que ponían
realmente al descubierto las portadas de Life. Y hacían pública además una duda
razonable. ¿No sería razonable dudar de la transparencia democrática de una país en

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el que en muy pocos años, cinco exactamente, una serie de pistoleros neuróticos y
solitarios, al decir de las versiones oficiales de las correspondientes historias,
acabaron con la vida de una serie de figuras -John F. Kennedy, Martin Luther King,
Malcolm X y Robert Kennedy- que, desde distintas perspectivas, proponían cambios
en la política del mismo? No, si seguimos con la costumbre positivista de leer los
periódicos sin relacionar entre sí los titulares.
La imagen digital nos está mostrando un panorama de lo visible muy distinto al
que estábamos acostumbrados. La imagen ya no es esa porción sólida de la realidad
que había captado una cámara actuando a modo de notario. En la imagen digital, la
fragmentación ya no es algo externo, una unión entre fotogramas por ejemplo, sino
que también forma parte de su textura interna: la imagen es en este caso el resultado
de una escritura basada en píxeles, pero también en formas que se combinan entre sí.
Pensemos en películas como “Forrest Gump” (1994), donde se convertían en arte
aquellas técnicas que los regímenes totalitarios había empleado precariamente antaño
para falsificar la historia. En la película de Zemeckis, el personaje de ficción aparecía
interactuando con varios presidentes norteamericanos –Johnson, Nixon-, mostrando
así escenas que nunca habían sucedido, pero que contenían parte de la realidad. En
tales imágenes, se producía un montaje interno, digital, entre formas documentales
que provenían de captaciones directas de lo real y formas ficticias creadas para la
cámara. Se trata de imágenes complejas que reúnen en sí mismas diversos registros
espaciales, temporales, epistemológicos, pero lo hacen bajo un manto de realismo que
las unifica y confunde al espectador.
Desde esta perspectiva, quizá se puede afirmar que el collage es la forma más
genuina de representar lo real, puesto que pone de manifiesto su verdadera textura
fragmentaria, sin pretender ocultarla. El collage, es decir, el conglomerado de diversos
registros visuales, constituye la textura prototípica de la imagen compleja. Pero cuando
pretendemos actuar bajo el paraguas del realismo, este tipo de imágenes se vuelven
engañosas. Prácticamente todas las imágenes son en la actualidad el producto de un
montaje, ya sea directamente técnico o se trate de un montaje simbólico o estructural.
En todas las imágenes se conjuntan diversas perspectivas y diversos niveles de
realidad.
Toda imagen nos obliga, pues, a sospechar porque en todas ellas se oculta
mucho más de lo que se pretende mostrar. La visión compleja de una imagen consiste
en aplicar sobre ella un procedimiento hermenéutico que le haga revelar lo que se
esconde detrás de su pretendido realismo. He aquí los fundamentos de la visión del
siglo XXI.

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La primera imagen del siglo XXI fue la de las torres gemelas, espejo de Alicia
atravesado por la aeronaves comerciales inesperadamente transformadas en armas
del terror. La segunda imagen, aparecida prácticamente a continuación de la primera
fue la de Bin Laden. Se produjo aquí un insospechado montaje cinematográfico, un
plano y su correspondiente contraplano, al estilo de los que proponía Godard en “Notre

Musique” (2004), durante su lección magistral dictada en Sarajevo: plano, las torres
gemelas; contraplano, Bin Laden. Sin embargo, una y otra imagen pretendían ser
imágenes del siglo XX (o quizá incluso del XIX), imágenes representacionales.
Representación de un suceso, la una; del culpable del mismo, la otra. Pero ni una ni
otra imagen podían ser contempladas según el régimen anterior de la mirada, sino que
para comprenderlas había que haber pasado antes por la fase del espejo de Alicia y
de la revelación del Mago de Oz. Había que haber vencido todas las resistencias. Pero
los hay que pretenden estar viviendo aún en el siglo XIX, sin reconocer siquiera que
existió el tiempo catastrófico del XX.
La segunda imagen del siglo XXI, la de ese villano de película de aventuras
denominado Bin Laden que desde entonces se ha convertido en un fantasma que
recorre el mundo, reúne todas las características de la complejidad apuntadas hasta
ahora. Es una imagen dialéctica, puesto que pone de manifiesto el contenido de
nuestros sueños (nuestro imaginario, alimentado por las películas de Hollywood y sus
villanos de pacotilla). Es una imagen sintomática de la dialéctica contemporánea del
poder: pretende retratar al enemigo, pero a la vez nos muestra a nosotros mismos. Es
también una “supervivencia”, porque en esta imagen se reúnen conceptos sobre el
“malo” (el término “the bad one” ya no es exclusivo de la chiquillería, sino que se usa

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abundantemente en los canales de televisión norteamericanos, en especial aquellos
cercanos a la cadena Fox, y también, por supuesto, por el inefable George W. Bush)
que la cultura popular ha ido aquilatando a lo largo de los años, no sólo a través del
cine, sino también mediante las novelas de aventuras y el cómic, herederos todos ellos
del folletín decimonónico. Es, finalmente, un mito porque, a pesar de que pueda existir
realmente este individuo escondido en algún lugar remoto, no es posible que tenga el
poder material que se le adjudica. En su construcción abundan además muchos de los
dispositivos que Edward Said analizó en sus estudios sobre nuestra visión de Oriente.
Funciona como mito tanto para los islamistas, que así focalizan su lucha en un héroe,
como para Occidente, que ha pretendido de esta manera adjudicarle un rostro a
aquello, el terror, que no lo tiene por definición, al tiempo que reunía en una nueva
figura de Leviatán, plenamente malévola, la fragmentación de las nuevas amenazas
para así hacérnoslas más creíbles. Vivimos en tiempo de cuentos de hadas, si bien de
ellos se desprende un aire siniestro. Como es habitual.

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