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Por una paz completa

Un presidente experimentado, respetuoso con las víctimas del conflicto,


no se levantaría de la mesa.
 
Sara Tufano

El Gobierno colombiano se ha empecinado en incumplir


el protocolo establecido entre el Estado colombiano y los países
garantes en caso de ruptura de las negociaciones con el Ejército de
Liberación Nacional (Eln). Un ejemplo más de la terquedad del actual
gobierno, derivada de su falta de experiencia y madurez en asuntos de
Estado. Poco le ha importado al comisionado para la Paz, Miguel
Ceballos, que Kai Ambos, reconocido experto en derecho
internacional, haya dicho que el protocolo es vinculante, que es
una obligación del Estado que no cesa con el cambio de
gobierno y que es importante distinguir entre la responsabilidad
internacional del Estado y las posiciones contrarias de un nuevo
gobierno, las cuales solo tienen efecto interno. Es decir, que el
gobierno de Iván Duque haya decidido no apoyar la paz no
significa que tenga que desconocer las decisiones del anterior
gobierno en esa materia, pues este actuó en nombre del Estado
colombiano.

Rodrigo Uprimny, otro destacado jurista, también ha argumentado que


la posición del Gobierno carece de sustento jurídico. Uprimny afirma
además que “sin estos protocolos, ningún proceso de paz es posible, ni
ningún tercer país aceptaría ser garante o sede de unas negociaciones
de paz”.

Nuevamente, poco importa que los mayores expertos en derecho


internacional le digan al gobierno de Iván Duque que está equivocado,
pues la discusión de fondo no es jurídica, sino política. Y es política
porque Duque ha llegado a la presidencia gracias a un enemigo
acérrimo de la solución negociada del conflicto: el expresidente Álvaro
Uribe, quien, junto el Centro Democrático, actual partido de gobierno, se
opuso ferozmente a las negociaciones con las Farc. Es política porque
mientras los opositores vociferaban que el acuerdo de paz con
las Farc tenía un alto nivel de impunidad, la reconocida jurista
Christine Bell ha afirmado que el componente de justicia de ese
acuerdo es más elaborado que cualquier otro acuerdo de paz en
el mundo.

Todos en nuestro país hemos condenado el ataque del Eln contra la


Policía; nada justifica un atentado de esa naturaleza. Pero, en lo
personal, creo que el Gobierno se equivoca al poner fin a los diálogos
con esa guerrilla. Otros, por su parte, creen que el Gobierno se
equivoca al desconocer los protocolos, pero lo apoyan en su
decisión de terminar los diálogos y creen que la mejor manera
de proteger la paz es implementando el acuerdo con las Farc.
Pienso que están equivocados, pues son acciones
excluyentes. Si el objetivo del acuerdo de paz con las Farc es satisfacer
a las víctimas, conocer la verdad, garantizar la no repetición de los
crímenes cometidos en el marco del conflicto, prevenir la violación de
los derechos humanos, etc., continuar el conflicto con el Eln se convierte
en la excusa perfecta para no implementar el acuerdo. Volverá con más
fuerza la vieja tesis del enemigo interno y aumentarán las muertes de
los líderes sociales. Además, los territorios dejados por la otrora guerrilla
de las Farc seguirán siendo ocupados por el Eln y grupos paramilitares,
mal llamados bandas criminales.

Se puede repudiar el ataque del Eln y, al mismo tiempo, seguir


convencido de que la solución del conflicto armado es política y que
levantarse de la mesa, en estos momentos, es un grave error. Un
presidente experimentado, respetuoso con las víctimas del conflicto,
conocedor de la historia de su país, no se levantaría de la mesa, mucho
menos después de un acuerdo de paz con las Farc. Lo descabellado
ahora es que el Gobierno crea que al Eln se lo puede derrotar
militarmente.

Porque existe la creencia de que a las guerrillas hay que debilitarlas


para poder llevarlas a la mesa de negociación, lo cual no es cierto; el
Ejército Popular de Liberación (Epl), tercer grupo guerrillero en tamaño
después de las Farc y el Eln, no estaba derrotado militarmente cuando,
en mayo de 1990, decidió iniciar un proceso de negociación que culminó
con su desmovilización casi un año después. Las razones de esta
decisión se encuentran en el contexto político de esa época: la
convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente terminó siendo
decisiva para que algunas de las guerrillas existentes en ese momento
iniciasen un proceso de paz. No hay que olvidar que el movimiento
guerrillero colombiano tiene un origen político. Es equivocado,
además, nombrar negociadores que desconocen la historia de su
país y la historia de los grupos guerrilleros con los cuales se decide
negociar.

Este nuevo impase demuestra, una vez más, lo poco preparado que está
el gobierno de Iván Duque para liderar un verdadero cambio en
Colombia: un gobierno que desconoce las normas básicas del derecho
internacional y que no se sonroja por ello. También demuestra
claramente que, en estos momentos, defender el acuerdo de paz y
seguir insistiendo en una salida negociada del conflicto con el Eln son
dos de las más importantes banderas de la oposición.