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EL MÉTODO EXPERIMENTAL.

En las ciencias naturales puras, como la Física y la Química, se han


conseguido los mayores logros con el empleo del método
experimental.

¿En qué consiste el método experimental?

El método experimental consiste en observaciones, pero no de los


hechos tales como se presentan de por sí sino provocados
intencionalmente y en circunstancias en que la captación de los
datos es facilitada al favorecerse el análisis de los elementos y causas
de un fenómeno.

COMO SE APLICA EN EL CAMPO JURIDICO?

El Método Experimental y la Criminología.

Si este método ha conseguido muchos éxitos en materias afines a la


Criminología, podría pensarse que es fácilmente aplicable en ella.
Pero eso supone dificultades insalvables. En efecto, es característico
del experimento que haya un análisis de los factores; se hace variar
uno mientras los demás se mantienen inmutables. Así, si se desea
determinar la influencia de la presión atmosférica en la ebullición, se
introducirán cambios en este factor dejando invariables los demás
(naturaleza del líquido, temperatura, etc.). Todo experimento
supone un análisis que es posible en Física, Química, etc., pero
imposible en la conducta humana y, por tanto, en el delito.

Podíamos llegar a esta conclusión observando el éxito que el


experimento tiene en las ciencias componentes de la Criminología.
La Biología lo emplea, pero sin duda no con tan buenos resultados
como la Física y la Química. Menores son todavía los éxitos en
Psicología y Sociología, es decir, en ciencias que tratan aspectos más
complejos y con mayor injerencia de lo que no es puramente
naturalístico. Si examinamos la esencia del delito y consideramos al
delincuente, llegaremos a afirmar con mayor fuerza las dificultades:
en el delito es imposible variar un sólo factor dejando inmutables los
demás; la variación en uno arrastra modificaciones en otros y en la
estructura total de la conducta, es decir, quedan inmediatamente
comprometidos los supuestos en que se basa el experimento[4].

Fuera de lo anterior, debemos tener en cuenta otro hecho;


es de carácter social y moral: no se puede provocar el delito
por el mero afán de estudiarlo. Esta razón perdería peso si
experimentáramos con delitos ficticios, con conducías que se
parecen a las delictivas, pero que el experimentador se preocupa de
que no lleguen a serlo realmente. Pero, aun admitida la posibilidad
—lo que es mucho admitir— de que las dificultades de tales
experimentos fueran vencidas, ¿será lícito llevar las conclusiones así
obtenidas hasta aplicarlas a los delitos verdaderos?

Pero, como hace notar Taft, a veces se obtiene un cierto aislamiento


de los factores en grado cercano al que existe en el experimento. Tal
sucede en el método que algunos llaman
terapéutico. Supongamos el caso de un menor cuyos delitos se
deben principalmente a causas hogareñas; lo colocamos en un hogar
de buenas condiciones. Si la corrección se produce, podremos
aceptar que fue realmente el hogar la causa troncal de la
delincuencia; el tratamiento dará una prueba de ello y, al mismo
tiempo, se habrá aislado uno de los factores del delito. Pero aun
entonces, se podrá afirmar que no se ha variado un solo factor, el
hogareño, sino muchos otros que se relacionan con él.

Por tanto, en general, tendremos que limitarnos a analizar los


hechos producidos y las consecuencias de las medidas que se les
aplican, pero sin provocarlos expresamente.

Si bien no cabe el experimento para estudiar el delito


como tal, puede utilizárselo en cada una de las ciencias
componentes de la Criminología. Por ejemplo, el experimento
servirá para determinar el biotipo, las hormonas, el grado de
desarrollo mental, la memoria, los sentimientos, etc. Pero nunca
habrá de olvidarse que, dentro de un sistema de valoraciones
propias de lo delictivo, habrá limitaciones morales y jurídicas que
impidan hacer inclusive todo lo que es admisible en el campo
puramente curativo.
EL MÉTODO DEL CASO INDIVIDUAL.

Este método debe su importancia actual principalmente al impulso


de los criminólogos estadounidenses. Fue fundado por William
Healy.

El busca reunir todos los datos individuales que pueden contribuir a


comprender el acto delictivo. Se toman las declaraciones del
delincuente y de quienes lo conocen; se investiga su ambiente físico
y social; se recurre a los informes técnicos de psicólogos, psiquiatras,
pedagogos, médicos, etc., para inferir luego la importancia de los
distintos factores en la determinación del delito[5]. Esta última labor
es quizá la más importante y difícil ya que no se busca una mera
acumulación de datos, por numerosos y significativos que sean, sino
coordinarlos o interpretarlos para inferir una explicación.

3.1 Limitaciones del método del caso individual.

Las ventajas del método no pueden ser puestas en duda; pero tiene
limitaciones que dependen fundamentalmente de dos razones:

3.1.1 es imposible conocer todos los datos necesarios

1) es imposible conocer todos los datos necesarios; eso ocurre no


sólo porque en algunos aspectos hay que estar a las declaraciones del
delincuente y éste puede tener interés en no decir la verdad sino
también porque, aun suponiendo la mejor voluntad en cuantos
intervienen en la investigación, no son remediables el olvido de
algunos datos, la falta de control de los mismos, etc.

3.1.2 El material debe ser interpretado lejos de todo


prejuicio,

2) El material debe ser interpretado lejos de todo prejuicio, lo que


linda en lo imposible y no sólo por flaquezas propias de todo ser
humano, por amante que sea de la ciencia, sino precisamente porque
los investigadores suelen tener sus concepciones generales acerca de
la importancia relativa de las causas del delito, concepciones para las
que buscan confirmación en los nuevos casos[6].

3.2 Procedimiento para la obtención de Datos e informes


dentro del método del caso individual.
Dentro del método del caso individual, pueden considerarse
procedimientos numerosos destinados a la adquisición de datos y de
informes. Citemos algunos de los más corrientes, a los que Taft
reconoce cierta autonomía.

3.2.1 Autobiografía del delincuente.—

Los criminales suelen tener acerca de su conducta, opiniones


diferentes a las ajenas lo que los predispone a explicar sus puntos de
vista; por eso, es corriente que acojan sugestiones para escribir su
autobiografía. Suelen conseguirse así datos muy interesantes, sobre
todo si el delincuente está ya definitivamente condenado y no tienen
interés en ocultar datos. La actitud suele ser distinta cuando se trata
de simples procesados que tienen interés en mostrar hechos que los
favorezcan en la sentencia.

Las limitaciones y ventajas del procedimiento son claras. Sólo es


aplicable en criminales de cierto nivel cultural e intelectual y en
relación con ciertos delitos (la negativa es regla en algunos delitos,
como los de homosexualismo, violación, delación, etc.). Por sinceras
que sean la buena voluntad y la buena fe del escritor, dejará de lado
todo lo que olvidó así como todo lo que no conoce por ser de
naturaleza inconsciente. Asimismo, sucederá que el criminal,
desconocedor de la Criminología, deje de lado hechos que considera
sin importancia y que la tienen; o se detendrá en detalles útiles, a los
que considera fundamentales. Taft hace notar que, entonces, el
criminólogo se enfrenta con un dilema: o permite que todo quede
librado a lo iniciativa del delincuente y por consiguiente, pierde
datos importantes; o sugiere cuáles son los temas que deben ser
extensamente expuestos, en cuyo caso puede torcerse el resultado
con la introducción de los propios prejuicios o abrir al delincuente el
camino a procesos de racionalización que perturban la veracidad de
los datos y la interpretación espontánea del autor[7]

3.2.2 El observador participante.—

El investigador o una persona de su confianza adopta la forma de


vida del delincuente para poder estudiarlo "al natural", sin las
deformaciones o inhibiciones que muestra cuando se encuentra ante
extraños. Así, se pueden recoger informaciones útiles, por ejemplo
en cuanto a las reacciones del criminal frente a la vida carcelaria —el
investigador asume el papel de un detenido más—, la estructura y
funcionamiento de las pandillas de adultos, jóvenes y niños, sobre
todo en estos dos últimos casos en que es corriente un falso sentido
de lealtad que dificulta la obtención de informaciones fidedignas.

El investigador corre riesgos. Por ejemplo, si es descubierto y


considerado un delator o si es arrastrado por el espíritu de la
pandilla, lo que está lejos de ser raro, especialmente en el caso de
niños y de jóvenes.

3.2.3 El registro de actividades.—

Los métodos anteriores tienen las deficiencias anotadas; varias


quedarían anuladas si se utilizara el método que Taft sugiere y que
podemos denominar de "registro de actividades"

En él, se inscribirían los datos importantes en el momento de


producirse, para evitar olvidos o deformaciones posteriores. La
experiencia se llevaría a cabo, supongamos, con mil individuos
tomados desde su infancia. La recolección de datos proseguiría hasta
que cumplieran treinta años, tomando toda precaución para que
aquellos sean exactos. Al cabo, se compararían los registros de las
personas honestas con los de quienes han delinquido.
Indudablemente, resultarán diferencias y conclusiones valiosas en
orden a las causas del delito.

Pero el propio Taft duda de que este método se lleve totalmente a la


práctica, por lo menos en todo su alcance. Habría muchas
dificultades, entre las cuales se destacan:

1) Los gastos, que serían enormes, para sostener al personal


investigador;

2) Los cambios ambientales inesperados y extraordinarios, como


sería una guerra, que pueden complicar la interpretación y las
posibilidades de aplicación a circunstancias corrientes;

3) Los desplazamientos de los sujetos investigados, que obligarían a


seguirlos hasta sus nuevos domicilios;

4) Las objeciones de los padres de los niños "buenos" que se


opondrían a que éstos fueran sometidos a un estudio sobre su
posible delincuencia. Taft considera que este su método debe ser
visto más como una meta lejana a la que debe tenderse que como un
objetivo de inmediata realización[8].
4 LA ESTADÍSTICA CRIMINAL.

Método por excelencia para el estudio de la delincuencia como


fenómeno social o de masas. Es uno de los fundamentos de la
Política Criminal.

Pese a la intervención de las matemáticas en la elaboración de las


estadísticas, ellas tienen graves deficiencias contra las que es
necesario precaverse.

Las estadísticas serían fiables  y base segura para los estudios


criminológicos, si contuvieran todos los delitos cometidos.
Inclusive serían muy fiables si sólo escapara de ellas una mínima
parte de los hechos criminales. Eso no sucede. Tampoco podemos
estar seguros de que todos los datos relacionados con los delitos y los
delincuentes son verdaderos. Las limitaciones del método del caso
individual se reflejan en las estadísticas.

Lo primero que puede señalarse es que las estadísticas propiamente


criminológicas son raras. En general, son más comunas las
estadísticas carcelarias, sobre número de reclusos; las penales o
judiciales, sobre causas llevadas a los tribunales y sus resultados, y
las policiales, sobre arrestos, denuncias e investigaciones. En todos
estos casos, se da mayor importancia al tipo delictivo o a
la sanción impuesta que a las causas de la criminalidad.

Pueden resultar también errores en cuanto al tiempo en que se


produjeron los delitos sobre todo si se sigue el criterio legal de que es
criminal sólo quien ya ha sido definitivamente sentenciado como tal.
Entonces, los datos se consignarán en las estadísticas del año en que
se produjo la condena y no del año —o mes— en que el hecho se
realizó. Podría, por tanto, presentarse una ola de robos en 1978
cuando en verdad ella apareció dos años antes. El peligro de
inexactitud será particularmente grande en países como el nuestro,
donde muchas veces pasan años y hasta lapsos entre la comisión del
delito y su condena final. Como alternativa, se podría esperar hasta
que todos o la mayoría de los delitos cometidos en cierto año sean
condenados —o no—; pero eso traería un permanente y considerable
atraso en los datos; surgiría, además, la permanente duda de si se
han consignado todos los delitos o si no aparecerán otros que
obliguen a permanentes rectificaciones.

4.1 Delitos que escapan a las estadísticas.


Hay que admitir, especialmente, que no todos los delitos son
consignados en las estadísticas; escapan a ellas:

4.1.1 Los delitos cometidos y no descubiertos

a) Los delitos cometidos y no descubiertos, entre los cuales están


muchos hurtos, estafas, abusos de confianza, abortos, infanticidios,
asesinatos cometidos por medio de veneno u otros medios no
violentos.

Sutherland y Cressev ponen de relieve sobre todo los delitos


cometidos por la policía y asimila, con toda razón, los arrestos
ilegales a los secuestros[9]. En Bolivia y varios otros países
latinoamericanos, debemos destacar de modo especial los delitos
cometidos por la policía política, que van desde arrestos ilegales
hasta homicidios, pasando por los numerosos de torturas graves y
leves, pero de los que no se tiene conocimiento.

4.1.2 Los delitos descubiertos, pero no denunciados a las


autoridades

b) Los delitos descubiertos, pero no denunciados a las autoridades.


— Esto sucede con la mayoría de los delitos contra el
pudor pues los padres suelen preferir un honorable
silencio al escándalo resultante de un juicio público.
También los casos en que no se confía en la magistratura o en la
ejecución adecuada de las sentencias; entonces, se piensa que la
denuncia no llegará a nada concreto e inclusive que ella traerá
represalias contra las que será imposible cubrirse; tales, por
ejemplo, los casos en que hay que proceder contra la policía, altas
autoridades políticas y administrativas y hasta dirigentes políticos,
allí donde la democracia es un mito o poco menos. En Bolivia, ha
habido numerosos casos en que se conocen arrestos ilegales y
torturas; pero no se inician juicios criminales porque las
consecuencias serán peores para los detenidos y hasta sus
familias[10]. En otros casos, la causa del silencio es la plena
convicción de que los tribunales harán muy poco[11]. Hay veces en
que el delito existe, pero la causa penal no se lleva a cabo porque no
ha sido identificado el autor[12]. Particular relieve tienen, en cuanto
a facilidad para eludir las estadísticas, los delitos cometidos por
profesionales[13].
4.1.3 Delitos descubiertos, denunciados, pero
judicialmente no comprobados o que no concluyen con
sentencia condenatoria.—

c) Delitos descubiertos, denunciados, pero judicialmente no


comprobados o que no concluyen con sentencia condenatoria.— La
situación puede presentarse por falta de pruebas convincentes, por
desistimiento en los delitos de acción privada[14], por ineficiencia de
la policía o los jueces, por dificultades especiales de algunos juicios,
etc. De cualquier modo, los que cometieron el delito no pueden ser
incluidos legalmente, como tales, en las estadísticas.

Citemos algunos ejemplos.

El primero toca a tos delitos de quiebra, de los cuales los abogados


conocen muchos. Sin embargo, no sabemos de ningún caso que
hubiera sido sentenciado definitivamente desde la fundación de la
República y no porque nuestros comerciantes sean muchísimo más
honestos que sus colegas del resto del mundo. La razón fundamental
era de orden legal, hasta la reciente codificación nueva. Las causas
eran antes tan complejas que una sentencia se hubiera producido
sólo después de varios lapsos y enormes gastos. Los acreedores
preferían salvar lo que se pudiera y luego abandonaban la causa.
Esta era archivada y libertado el culpable.

Hace cuatro años, los medios de información llamaron la atención


pública sobre un hecho escandaloso: pese a que los delitos de
fabricación de cocaína eran numerosos, que generalmente había
pruebas convincentes porque los culpables eran descubiertos in
fraganti, que era necesaria una represión eficaz y que había
prohibición expresa de conceder a los sindicados libertad provisional
si había pruebas contra ellos; pese a todos estos antecedentes, se dio
una situación muy especial: de 214 fabricantes detenidos en un
semestre, al cabo sólo quedaban en tal condición 14 y los juicios
languidecían. Desde luego, la impunidad era la regla y las
estadísticas ocultaban casi completamente la realidad.

En investigaciones hechas como trabajos prácticos en la cátedra de


Criminología, se comprobó otro caso raro en cuanto a delitos de
violación y seducción cometidos contra menores. Eran escasos los
juicios con finalidad estrictamente penal; en general, los padres
incoaban las acciones para conseguir una reparación económica o
para forzar al delincuente a que contrajera matrimonio con la
víctima. En la mayoría de los juicios, conseguidos estos objetivos, se
producía el desistimiento y, luego, el olvido de la causa, salvo casos
excepcionales. Estos hechos, consiguientemente, no pasan a las
estadísticas.

Hay que tomar en cuenta, además, que no todos los delitos


conocidos por las autoridades son registrados por la policía o por los
tribunales, ni siquiera en los países que tienen mejor organizadas
sus estadísticas.

4.2 ¿A qué porcentaje llegan los delitos que escapan de


éstas y que constituyen las llamadas "cifras negras" de la
criminalidad o la delincuencia que permanece oculta?

Ya en su tiempo. Ferri consideraba que escapan a la sanción y, por


consiguiente, a las estadísticas, el 65% de los delitos[15]. Esta
afirmación, como otras que se citen, toman como punto de
comparación algo inasible y desconocido: precisamente el número
de delitos realmente cometidos. Por tanto, las cifras tienen que ser
tomadas como valores sumamente relativos.

Así. Radzinowicz sugiere que sólo el 15% de los delitos cometidos en


Inglaterra quedan en los registros; Hoard Jones piensa que esa cifra
llega al 25 por ciento. Para Alemania, Mayer y Wehner admiten
cálculos similares[16]. Si eso sucede en naciones altamente
desarrolladas, puede suponerse lo que ocurre en las
subdesarrolladas. Según Taft, en Chicago pudo comprobarse que
sólo el 7% de los delitos graves eran registrados en las instancias
superiores; después de muchas y especiales recomendaciones, se
logró que se registrara el 40% de los delitos.

Las estadísticas no son igualmente inexactas en relación con todos


los delitos. En los casos de homicidio violento, robos a mano armada
y otros semejantes, las cifras se acercan más a la realidad. Lo
contrario ocurre en estafas, fraudes, defraudaciones de impuestos,
abortos, seducción, violaciones, hurtos menores, y, en general, los
crímenes cometidos por medios fraudulentos[17].

En cuanto a los datos tocantes a los delincuentes, hay que estar


muchas veces a lo que ellos declaren; la posibilidad de una
verificación suele ser anulada no sólo porque muchos de tales datos
sólo pueden ser proporcionados por el sujeto al que se pregunta sino
porque, en otros casos, la comprobación implicaría ingente inversión
de dinero, tiempo y esfuerzos. Taft dice que, en un caso en que se
procedió a una verificación, resultó que alrededor de un tercio de los
datos proporcionados por los criminales era falso.

¿Significa lo anterior que hay que descartar el uso de estadísticas en


Criminología? Ciertamente, no. Simplemente —y no es poco— que
hay que usarlas con mucho cuidado a fin de evitar conclusiones
precipitadas como aquellas en que frecuentemente incurrieron los
fundadores de la Criminología. Las estadísticas no son exactas, pero
son menos inexactas que las apreciaciones hachas por otros medios.

Uno de los beneficios que puede extraerse es el establecimiento de


correlaciones entre distintos grupos de fenómenos. Por ejemplo,
entre el delito y las crisis económicas, las guerras, la desorganización
familiar, el grado de instrucción escolar, etc. Sin embargo, como
principio metodológico, es recomendable no deducir de una simple
correlación estadística una relación de causalidad entre dos
variables. Puede ser que eso ocurra, pero puede ser también que no.
Hay que recordar el viejo principio según el que post hoc no equivale
a propíer hoc. Así, el tipo criminal de Lombroso resultó del error de
inferir que pues ciertos caracteres antropológicos se encuentran en
mayor cantidad entre los delincuentes que entre los no delincuentes,
ellos son la causa de la criminalidad.

Las estadísticas permiten también comparar los caracteres de los


criminales tomados en conjunto y los similares de los no criminales;
pero, si se desea sacar conclusiones valederas, habrá siempre que
andar con cuidado. Se incurre en error, por ejemplo, cuando, en base
las estadísticas, se comprueba que, como promedio, los criminales
tienen menor inteligencia que los no criminales y se da excesiva
importancia al factor intelectual en la causación del delito. Se suele
olvidar que los inteligentes lo son inclusive cuando delinquen, son
más capaces de eludir la justicia, cometen delitos más difíciles de
descubrir y de probar; generalmente están en mejor situación
económica que los inferiores, por lo que cuentan con una defensa
más adecuada. Muchos casos similares al citado han de presentarse
a lo largo de esta obra.

Si se tienen en cuenta las limitaciones de las estadísticas y «e


proceden con prudencia, ellas pueden proporcionar muchos
conocimientos. Descubren aspectos que, de otro modo, podrían ser
descuidados, como la importancia criminológica de los estudios
comenzados, pero no concluidos sin causal justificativa.

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