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PRESENTACIÓN

¿Cómo no vamos a quererla?

Parece mentira que estemos a las puertas, otra vez, de la Semana Santa. Creo que no es
necesario recordar cómo se viven estos días en una ciudad tan pequeña y abandonada como
Zamora. Una ciudad que deja pasar los años en silencio, en la más oscura sombra de un país que
no está tampoco para recibir ovaciones.

Una vez pasadas las Navidades, ya se pueden escuchar los primeros sonidos de las cornetas y
tambores; la ilusión llega y los nervios recorren nuestro cuerpo. También podemos disfrutar de
los primeros tintineos que el emblemático y querido Barandales nos ofrece el Domingo de
Sexagésima para anunciar la asamblea de la Archicofradía de la Vera Cruz, Disciplina y Penitencia
(aunque estas dos palabras no sean llevadas a cabo por la mayoría).

Tras un pequeño paréntesis de cinco días para celebrar Carnaval, llega el boom. Escaparates
cubiertos con los (cada vez más) carteles anunciadores de la “fiesta” declarada de Interés
Turístico Internacional en 1986 (hoy en día deben de regalar la declaración en las ferias de los
pueblos) y de Bien de Interés Cultural en 2015; anuncios con las asambleas, Triduos, Novenarios,
conciertos, proyecciones, etc. Comienzan los movimientos para las ventas de túnicas y
hachones; los traslados de mesas y otros elementos de las procesiones; la colocación de faldillas
y mantos; las redes sociales repletas de vídeos y fotografías; actividades organizadas por
Cofradías, Asociaciones e, incluso, por los propios cargadores de los pasos… En resumen, Zamora
está en Semana Santa.

Y si Zamora está en Semana Santa, Zamora está viva. ¿Y dónde nos metemos el resto del año?
Creo que eso es una pregunta retórica, pues nunca la hemos sabido responder, al menos, con
mucha veracidad. El caso es que, en Cuaresma y Semana Santa, Zamora está llena de color, de
ilusión, de corazones atiborrados de orgullo e, incluso, de algo de superioridad. Porque, ¿quién
no se ha sentido ser mejor por ser zamorano en esta época del año?

En Semana Santa conocemos calles que durante el resto del año no pisábamos, arreglamos las
rencillas que teníamos con el vecino, conocemos a personas que, más adelante, serán especiales
(y únicamente por haberlas conocido en estos días) y se nos forma una sonrisa de oreja a oreja,
imposible hacerla desaparecer. Y es que, ¿cómo no vamos a quererla?

El Río Duero fluye como nunca en estos días. Saluda con dulzura cuando ve pasar, por el Puente
de Piedra, al Mozo, a la Virgen de la Esperanza o a Jesús de Luz y Vida. Este último, con valentía,
lo cruza para dirigirse hasta el Camposanto, lugar donde recordamos a todos los que hicieron
posible la Semana Santa. Parece que es el único momento del año que nos acordamos de todos
ellos.

Y nosotros, los zamoranos, mientras pisamos este Puente de Piedra, pensamos en la historia que
tiene. En la de gente que ha debido de entrar y salir de Zamora por esta vía. Y nos damos cuenta
de que vivimos en una ciudad que se merece mucho más, ya que es una ciudad castigada por el
paso del tiempo.

Esto se ve en el Casco Antiguo. Unas rúas preciosas, pero que no están hoy por hoy a la altura
de nuestra Semana Santa. Y ahí está la diferencia. Todo lo bien que hemos llegado a conservar
nuestra Semana Santa, no se lo hemos dedicado, el resto del año, a nuestra ciudad.
Pero ahí nos encontramos, viendo a las más que centenarias Vera Cruz o Santo Entierro. Lo
hacemos con lágrimas en los ojos, porque nos acordamos de cuando las veíamos de niños en
ese mismo lugar, cogidos de las manos de nuestros abuelos. Y es que es una tradición tan familiar
esto de la Semana Santa… ¿Cómo no vamos a quererla?

Nos acercamos a la Plaza de la Catedral con nuestros amigos para presenciar alguno de los actos
más bonitos para muchos, el Juramento del Silencio el Miércoles Santo y el canto del “Christus
Factus Est” el Viernes de Dolores. Una plaza abarrotada de gente en dos momentos tan
parecidos y tan distintos a la vez… Una plaza cargada que parece no ser la misma que cuando
paseamos por este lugar en verano… Esto lo hace la Semana Santa, ¿cómo no vamos a quererla?

Y al igual que a esta última Hermandad, la del Espíritu Santo, nos trasladamos para presenciar
cómo se vive la muerte de Nuestro Señor Jesucristo en los distintos barrios de Zamora: San
Frontis, San Lázaro, La Horta, Olivares… procesiones que se fusionan con un escenario tan
austero, pero a la vez tan bello, que nos transportamos sin querer a un mundo donde no existe
el tiempo, no existen las preocupaciones, sólo el amor. ¿Cómo no vamos a quererla?

Pero para presenciar el amor de Dios, los dos momentos más cumbres, a mi juicio, de la Semana
Santa de Zamora. En el primero, Cristo sigue crucificado. En el segundo está en pleno entierro.
Se viven en dos plazas muy cercanas entre sí, la Plaza de Santa Lucía y la de Viriato. En una, el
escalofriante cántico del “Jerusalem” y, en la otra, el conmovedor Miserere. ¡Qué dos momentos
nos regala nuestra Semana Santa, señores, qué dos momentos! ¿Cómo no vamos a quererla?

Y más momentos brillantes copan esta semana. Como el que surge a las 5 de la mañana el
Viernes Santo en plena Plaza Mayor e, indudablemente, unas pocas horas más tarde en las Tres
Cruces. La que ahora es una avenida cubierta por altos edificios se convierte, durante un
amanecer, en el Calvario donde Cristo fue crucificado. Y es ahí donde tomamos las sopas de ajo.
No puede haber un desayuno mejor. Posiblemente, el mejor día del año para muchos. ¿Cómo
no vamos a quererla?

Tampoco podemos olvidarnos de ellos, los niños. Ellos son la cantera, como alguna vez lo fuimos
nosotros. No podemos dejarlos de lado porque ellos son los que van a tomar el testigo. Sólo hay
que verlos en la algarabía del Domingo de Ramos, recibiendo el abrazo de Jesús montado en un
pollino. O también en la fiesta del Domingo de Resurrección, alegres al ver pasar a Cristo, recién
resucitado. La Semana Santa nos hace estar más cerca, si cabe, de ellos. ¿Cómo no vamos a
quererla?

Así, arropados los últimos días por Nuestra Madre o la Soledad, la Semana Santa acaba. Ha
pasado de manera rauda y veloz. ¿Cómo ha sido esto? ¡Si apenas nos hemos enterado! Nuestros
familiares y amigos vuelven a sus hogares y nos despedimos de ellos hasta el año que viene. La
tristeza y morriña enseguida se resguardan en nuestro cuerpo. Y pasamos una tarde, la del
Domingo de Resurrección, melancólicos, pensando en las grandes horas vividas durante la mejor
semana del año. Todo esto lo ha provocado Jesucristo, porque lo que realmente estamos
celebrando en Semana Santa es la Resurrección del Señor. Gracias a él nos hemos juntado, pues
el resto del año ni nos vemos. Él ha dado vida a Zamora, a sus calles y a sus gentes, aunque sólo
haya sido durante algo más de cuarenta días al año. El resto del tiempo, nos toca trabajar a
nosotros.

Y es que, ¿cómo no vamos a quererla?

Óscar Antón Vacas, 2018