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« . Asimismo, en la aplicación popular de nuestros métodos, habre­
. .

mos de mezlcar quizás el oro puro del análisis al cobre de la sugestión


directa, y también al influjo hipnótico ... Pero cualesquiera que sean la
estructura y composición de esta psicoterapia para el pueblo, sus ele­
mentos más importantes y eficaces continuarán siendo, desde luego, los
tomados del psicoanálisis propiamente dicho, riguroso y libre de toda
·

tendencia».

Sigmund Freud, Budapest, 1918.


IN D I C E
Editorial: Cupido y su arco ........................................................................... 5

EN TORNO A LA ADMISION

Una cuestión de conceptos


Verónica Roma................................................................................................ 9
La admisión en tanto operación
Ricardo Scavino .. .... .... ............... .... ....... ....... ..... .. .. ... ... .... ........ .. .. ........ ....... ..... . 11
Admitir la demanda
Alicia Benjamín... .................................................... ............... .................. ........ 13
La admisión: un campo de problemáticas
Diego González Castañón ... ......................... .... ........................ .. ....... .... ......... . 15
La admisión en la institución hospitalaria
Osear So tol ano... ..... . . ... .. ..... ....... .......................... .......... ...............................
. .. 18
Admisiones, pacientes y terapeutas
Félix Alberto Tomkiewicz . ...... ......... .. ...... .......... ... ...... .... ...... .... .. .. . .... .... ......
. . . 24
Geografía de la admisión
Andrea Cp i olla... ........... ........ ...... ..... ...... .... ... .... ... ................ ...... ......... ...... ... .
. . . 26
De Test-hijo en peligro al arroz con leche.
La clínica con niños
Silvina Espósito - Paula Katz
Javier Tabakman - Silvina Weis ..... .... ...... ..... .... .. ................. ... ..... ... .......... ... .. . 28
¿Quién admite a quién? La clínica psicosomática
Mariana Diarnand ................ .. .......... ......... .... .... .... . ... .. ......... . .. ... ......... .............. 31
Admitir la psicosis
Sergio Strejilevich . ........ .. ... .... . ......... ......... ......... ........ ... ............. .... .... ............
. . 34
Admitir de día
Clara Alvarez .... ................................................... ................................. ...........
. 39
·

Intern(alien)ación
Rubens Romano Maciel .. .............. ..................... ................... ............. ...... ......... 42
Modos de lo inadmisible
Mario Pujó ............ ........ .. .............. ............... .. ...... ............................................
. 45
Una apuesta: Ja des-admisión manicomial
Claudia Spinelli - Silvia Pérez .... .. ... ........ ........ ..... .. ...... .................. ...... .. .... ..
. . . . 53
La sutileza o las redes del entorno
Mónica Dayan .. .... .... ......... ........ ... .. ... ... ... ... ..... .. .........................................
. . . . . . 56
Una admisión fallida Ateneo Clínico -

Presenta: Verónica Roma


Comentan: Benjamín Dornb - Osear Cesarot
t o ........ .. .. ....... ............... .. 58

EL JUEGO DE LA CLINlCA

El juego del psicoanálisis


Claudio Glasman ....................................... ....................................................... 67

3
INDICE
Lo qu e se ju ega en u n ju ego
Daniel Rubinsztejn .. . . . . . .. . . .
. . ............... .. ... ... . .. . .. .
..... ..... ............ ........... .................. 72
Et íca en ju ego
Elena Lacombe ························································· ·'·········································· 75
«Jugadora d e n i ños »
Silvina Gamsie .. .. .. .
....... . . . ....... . ....... . .. .... .... . .. .. .. ......... .... ....... ............ ..... ..... ..... .... 76
La transfe r encia en el n i ño
Carlos Faíg ......... ................. .................................... ............................. . . . ............. 83

LOS CAS OS , LA PS ICOSIS , LA INTERNACION

Homos exu a lidad fe menina e h ist eria


Marcela Nepito - Sandra Petracci
Iris Prodan - Marina Recalde ......... ...................... ..... ............. .. ........... .... .... .......
.. 93
Cla ro como el agu a
Andrea Berger .. . . . . .. . . .. . . .
. . . ................ ...................... ............ . . ...... .. ..
. .. .. .... . . ........ ... 95
¿Cómo in tervi en e el a n a lis ta en la psicosis ?
Pablo Fridman . . . . . ...................................
....... ....................... ................... .......... . .. 99
Sobr e la int ernaci ó n . Posi bles incid encias su bjetivas
Claudia Greco - Fernando Rosenberg . . . . . . . .. .. .. .............................
. ...... ............ ... .. 102

LOS CHICOS DEL ANALIS IS

La historia sin fin . Ac erca d e cu entos in fan ti les


Graciela Culetta - Viviana Garaventa . . . . .. . .... ... .. .. .. .. . . .. .... . . . .
.. ... . . . . . . .. .. . ... .. . . . .. . .. . . . 107
De la imposición a la construcción
Sara Wajnsztejn . .. . .. .
. . .. ... .. . . ..
... .. . .. ..... . ... ...... . . . .. . . . . ... .. ..
. ....... . ... . . . . ..... .... .. . . . ... ... . . .. . 112
La mu erte en trans fer encia
Graciela Mouzo .......... ......... .......... ............ ........ ....................... ........ .................... 116
Ad ven i r jugando
Adríana Trinidad Karína Rotblat - Gerardo Ortega :. ....... ..... ......... ........ ...... .. .. ..
- 121
PREVENCION PREVENID A

La inclusión d el psicoan álisis -por la vía d e su ét íca -


en las institucion es y en la At ención Pri maria d e la Sa lud
Walter Gutiérrez - Daniel Gueller .. . .. . . . . . .. . .. ... .. .. ............................
.. ..... . . .. . . ..... . . . . 127

L'Os s ervato rio


El psico análisis en Brasil
Conversación con Osear Cesarotto . .......... .... .......... ........................ ...... ......... 135
1

Es criben en este n úmero .................................................................................... 137


En lac e y g es tión .................................................................................................. 138
Números apar ecidos ........................................................................................... 139
Editorial

Psicoanálisisy el Hospital

Publicación semestral de practicantes


en Instituciones Hospitalarias

Año 1- Nº2 Noviembre 1992/ Reedición 1998

Editorial

Cupido y su arco

E
· laboración de la demanda, constitución del síntoma, decisión del deseo, signifi­
cante de la transferencia, instalación del sujeto supuesto saber, introducción al
inconsciente, ... son sólo algunas de las formulaciones con las que habitual­
mente se intenta abordar la experiencia del comienzo de la cura: como una secuencia
clínica tipificable, interrogar sus límites, establecer su lógica. Multiplicidad de refe­
rencias que, cristalizadas por el uso, tratan de cernir lo que permite a ciertos encuen­
tros iniciales, ciertas consultas, ciertos pedidos, orientarse en el sentido de un análisis.
Necesariamente al comienzo, n¡ida prejuzgan sobre las condiciones de su ocurrencia,
las características de su encuadre, su duración, su prolongación en el tiempo.
Preliminares a una posición denominada analizante del sujeto, no lo son respecto a
la posición reconocida como propia del analista; el que no aguarda al analizante para
intervenir, y apunta precisamente a su emergencia, como producto de esta interven­
ción. Efecto boomerang, la posición del analista determina el modo, el peso, el alcan­
ce de sus intervenciones, siendo ellas precisamente las que, en un movimiento de re­
tomo, lo aseguran de su posición. Anudamiento peculiar por el que, si el anal.ista for­
ma parte del concepto de inconsciente, el analizante es consecuencia de su acto.
Inversamente, es por la vía de la institución idealizante del analista y de su corre­
lativo investimento libidinal como el sujeto deviene analizante. Momento auspicioso
que, por no desconocer el azar, nuestra tapa pretende evocar con una figura: el flecha­
zo.
El término admisión designa en la institución la forma que ella misma tiene de
acoger, de consentir, de dar un sf, a quien, muchas veces sin saberlo, y por una deter­
minada concatenación de acontec i m i entos siempre precisable, viene ali! a quejarse, a
test i m o n i ar, a interrogar, a buscar una respuesta a lo que le ocurre. La aceptación o el

5
Editorial

rechazo de este modo de presentar lo que allí se articula, condiciona a su vez, en gran
parte, el modo de tratarlo, vale decir, el tratamiento mismo.
No es dificil, para conceptualizar su iniciación, recurrir a la metáfora del ajedrez
propuesta por Freud; ella pennite restringir las modalidades de su ocurrencia a una
estrecha combinatoria de elementos limitados. Pero es necesario considerar también
que si las jugadas iniciales detenninan el desarrollo de la partida, y éste a su vez su
fin, algo de él está prefigurado, de un modo impensado, en ellas. Toda fonnalización
de las entrevistas preliminares debe poder entonces establecer las condiciones de po­
sibilidad del juego, sus reglas, sus instrumentos, para que su conducción sea viable,
en acuerdo con la ética del psicoanálisis; la que por no ser exterior a su operación en­
cuentra en la prosecución de sus medios la justificación de su fin.
Su retoma en el ámbito hospitalario exige, como mínimo, medir la distancia y re­
correr el trayecto que separa el ingreso a la institución -la consulta en la guardia, la
lista de espera, la derivación al equipo, eventualmente la internación- de la entrada en
análisis. Ese momento en que la experiencia de ser hablado al dejarse hablar, erige al
Otro de Ja interpretación, no sin que el lazo libidinal que se establece deje de repercu­
tir en fonna verificable sobre el sufrimiento del síntoma; desplazándolo, aligerándolo,
acentuándolo, abriéndolo al sentido. ¿No supone, paradójicamente, el ingreso en el
discurso analítico, la simultánea salida del discurso institucional, en cierto sentido, su
disolución necesaria?
En todo caso, no se trata simplemente en nuestra convocatoria de corroborar un
saber establecido, ni de encontrar tan sólo una vía aceptable a Ja comunicación de la
experiencia, lo que desdibujaría su singularidad. Ella constituye, más radicalmente, la
ocasión de poner a prueba ese saber, sus diversas fonnulaciones, la viabilidad de su
transmisión, cada vez en un contexto particular, promoviendo el despliegue de lllla
multiplicidad de sentidos que, en el límite de la diversidad de sus empleos, pueda
permitirnos despejar su función central. Oportunidad por la que Ja soledad de Ja clíni­
ca tiene en el hospital la posibílidad de recordar su sentido más apropiadamente freu­
diano: mucho por aprender, nadie para ensefiar, reinventar cada vez el psicoanálisis.
Con respecto a esta publicación que nos gustaría forme parte de esta clínica, de­
bemos admitirlo, la repercusión del número de invierno es motivo de lll1 optimismo
que aspira, con la edición de verano, a algo más que una reiteración, lllla mera insis­
tencia. Su auspiciosa acogida cobra el valor de una invitación: la de establecer una red
de escritura que dé Jugar a la serie. Unica posibilidad de seriedad, la que, por el tra­
bajo, consienta en ir más allá del flechazo.

Es necesario recordar de todos modos que dar lugar a la diversidad hace responsa­
ble de lo que se afirma a quien lo firma.

Mario Pujó

6
En torno

a.

la admisión
«Un grupo de j óvenes me preguntó cómo elegía a mis pacientes. Res­
pondí, de inmediato, que no los elegía, pero que ellos tenían que testi­
moniar de lo que esperaban como resultado de su requerimiento .. . »

Jacques Lacan. 24/1111975


En torno a la admisión

U na cuestión de conceptos
Verónica Roma *
a admisión es uno de los distintos modos de funcionamiento del que dispone

L un Servicio de Psicopatología, servicio que, perteneciendo a una institución, la


toma como modelo. Dentro de Ja institución médica la admisión tiene su fun­
ción bien estigmatizada: constituye un sinónimo de internación, tanto en relación a lo
"administrativo" -la oficina de Admisiones y Egresos-, como a lo "sanitario" -lo inter­
nable y lo no externable-.
Retornando dicho modelo, el Servicio de Psicopatología extiende esta relación di­
recta con la internación a otras áreas, e introduce una variante: en otros servicios de
consultorios externos esta instancia no existe, la gente que quiere y necesita ser: asisti­
da pide tumo y es atendida. ¿Por qué se la instala en la atención de consultoríos ex­
ternos en psicopatología?
Muchas pueden ser las razones: los tiempos diferentes de tratamiento, el inte,nto de
evitar las deserciones, adecuar los recursos humanos a Ja asistencia, etc.
La.definición operativa de la "Admisión", dada por el marco normativo de Salud
Pública, es la siguiente: "Es la entrevista que se realiza a todo paciente que ingresa al
servicio por primera vez, la que se utiliza para registrar datos de filiación, motivo de
consulta y se elabora un diagnóstico presuntivo, a fin de establecer si corresponde: 1
- su ingreso al servicio y posterior derivación al tratamiento adecuado; 2 - su deriva­
ción a otros servicios hospitalarios; 3 - no requiere tratamiento alguno". Por otra
parte, consideremos su definición conceptual, tal comq puede leerse en el diccionario:
"Acción y efecto de admitir/ En Derecho: Trámite previo en que se decide si ha o no
lugar a seguir sustancialmente ciertos recursos o reclamaciones. Admitir: Rec
. ibir./
Dar entrada/ Aceptar/ Permitir o sufrir".

La acción de admitir

La entrevista de admisión existe, y existe con pautas relativamente abiertas como


para que no quede nada demasiado oscuro, ... ni nada demasiado claro.
La cuestión del diagnóstico presuntivo es, desde cierta perspectiva teórica, insos­
tenible. El diagnóstico es en transferencia. Por fuera de ella, sólo es concebible desde
un discurso médico-psiquiátrico o psicológico.
De las tres conclusiones que nos propone Salud Pública como su finalidad, las dos
últimas se asemejan mucho más a una expulsión que a una aceptación . .. y la primera
nos habla de un ingreso, que autentificará al que consulta como enfermo: "Ud. ha sido
1

* Residente de 3° año del Servicio de Psicopatología del Hospital Argerich

9
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

aceptado para ser tratado aqut'. Más que de una admisión, pareciera tratarse del pur­
gatorio: tiempo de impasse en el que se acepta, se recibe, se da entrada, al cielo o al
infierno, a la espera del juicio ... del admisor.
El admisor deberá decidir si el paciente pide tratamiento; si podrá ser atendido por
algún otro profesional, sopesando no sólo su patología sino también si el servicio po­
see la infraestructura adecuada; si debe pasar a una lista de espera; si él mismo quiere
atenderlo por considerarlo "interesante"; en fin, decisiones que comprometen más a la
l
persona que cumple la función que a Ja función misma( l.
Desde el psicoanálisis ... ¿qué se puede pensar en la idiosincrasia de la admisión
hospitalaria? Una posible respuesta es que, en la acción de admitir, tengamos como
horizonte, sus posibles consecuencias.

El efecto de admitir

La admisión implica el efecto de admitir, efecto quizás más articulado como "trá­
mite previo en que se decide si ha o no lugar para seguir sustancialmente ciertos re­
cursos o reclamaciones". Dice Lacan en "Subversión del sujeto... ": "La verdad no es
otra cosa sino aquello de lo cual el saber nopuede enterarse de que lo sabe, sino ha­
ciendo actuar su ignorancia". Y en la entrevista de admisión --verdadera primera en­
trevista, momento inicial de apertura--, intentarnos desde nuestra escucha que algo de
esa verdad se ponga en juego. Que aparezca un efecto, sostenido desde la concepción
de que "el inconsciente, a partir de Freud, es una cadena de significantes que en al­
gún silio (en otro escenario, escribe él) se repite e insiste para inteiferir en los cortes
que le ofrece el discurso efectivo y la cogitación que él informa"(2).
¿Qué es lo que, como analistas, recibimos? Un pedido. Pero . "Por supuesto, su
..

petición se despliega en el campo de una demanda implícita, aquella por la cual está
ahí (..) Pero esa demanda, il lo sabe, puede esperar. Su demanda presente no tiene
nada que ver con eso, incluso no es la suya porque después de todo soy yo el que fe
ha ofrecido hablar(.. ) He logrado en suma lo que en el campo del comercio ordina­
rio quisieran poder realizar tan fácilmente: con oferta, he creado demanda"(3l_
Alguien vino a ser escuchado; podrá haber sido por distintos caminos, pero vino,
está ahí, y nosotros debemos hacer nuestra apuesta. La de escuchar, y más allá de lo
que pide --o de lo que no pide--, articular algo de la verdad. Sostener ese espacio de la
admisión como lugar, como primer momento para producir un efecto: el de admitir
(Dar entrada/ Aceptar/ Permitir o sufrir), apostando a darle entrada, pell1liso, a la
posibilidad de que emerja algo del sufrir del sujeto y del sujeto de ese sufrir.

(1) - "Pero lo que es seguro es que los sentimientos del analista s ó l o tienen un lugar posible en
este j u ego, el del muerto; y que si se le rean ima, el juego se prosigue sin que se sepa quién l o
conduce" J. Lacan, "La dirección d e la cura y l o s principios d e s u poder ".
(2) - J. Lacan, " Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano".
(3) - J. Lacan, "La di rección de la cura y l os principios de su p o d er.

10
En torno a la ad misión

La admisión en tanto operación **

Ricardo Scavíno

L
es presentaré algunos puntos, que resumen Ja lógica que entiendo da sustento a
la llamada "admisión", en tanto preliminar a un tratamiento posibleCll, por lo
menos hasta cierto punto, en el marco hospiralario<2l. Su formulación, un tanto
dogmática, obedece a un deseo de reducción y brevedad, y apunta a un enfoque for­
mal del problema, que pueda servir corno referencia operativa, y permitir una locali­
zación más precisa de los fenómenos que se presentan en su diversidad clinica.
El recorte que opera se aloja en la conjunción/disyunción del psicoanálisis y el
hospital, y responde así al eje de la publicación que la motiva.
Hay una relación inversa entre la burocratización del lugar y la incidencia efecti­
va de su operatividad. Lo que decide de su pertenencia al campo del psicoanálisis es
el lugar acordado en ella a la dimensión del sujeto.
Situar el alcance y la naturaleza de su operación permite disolver el obstáculo que
impone su regulación institucional, e instituir espacios flotantes donde el encuentro
analítico se pliega a la lógica del inconsciente y a su temporalidad particular.<3l
Pensar la admisión en tanto operación impone atenerse a una dimensión muy del­
gada pero operativa: adentrarse en una disciplina del significante para la localización
de los fenómenos del sujeto.
La noción de posición subjetiva --que haciendo jugar las categorías de enunciado
y enunciación, permite una efectuación y una localización del sujeto en términos de la
posición que adopta en relación a sus dichos-_(4l; de rectificación subjetiva --maniobra
dial.éctica, que tiende un lazo en relación a la implicación del sujeto en su discurso-­
C5l, nos permiten presentar el problema en términos de una lógica de la decisión y lle­
va al planteamiento del inconsciente.
Adelanto algunas fórmulas. Admisión es un significante correlativo de la dimen­
sión de la demanda, a la que significa como demanda de ser admitido; redobla as! por
su propia nominación lo que es propio del significante suscitar: admisión o rechazo.
Este margen Jo inscribe como lugar. Es porque la demanda no es de por sí probante -­

Jo que se ve acentuado aquí por el marco asistencial-- que debemos abrirle paso a la
6
decisión.< l
Admitir a un paciente en tratamiento sanciona cierta posición subjetiva, cierto es­
tado del síntoma, autoriza un proceso que requiere de ciertas condiciones, a falta de lo
cual no hay modo de engendrar una necesidad de discurso ni de conducir la cura. Por·
eso no hay admisión si no se juega cierta dimensión de recusación, de Versagung que
abra a la consideración del deseo. P or ah! repercute sobre el derecho y el deber.
El derecho de ser asistido, nombrado, reconocido en la enfermedad, tropieza con
un imperativo particular que impone cierto rehusamiento. Hay un elemento de ini­
ciativa que exigimos y una posición subjetiva que debemos hacer surgir y evaluar. Es
decir vectorizamos ese derecho (que eventualmente traduce o puede traducir una iner­
cia, uñ aplanamiento del sujeto en lo asistencial), deslizando bajo sus pies el deber de
una decisión. En suma, se trata de hacer surgir al sujeto en Ja modalización de sus di­
chos, operando a partir del significante, que de-su-pone al sujeto como falta en ser, no

11
Psicoanálisis .y el Hospital Nº 2

,de asistirlo, sino de ponerlo a trabajar


Hay disyunción entre la lógica asistencial y la lógica analítica. Debemos operar
una mutación del sujeto de lo asistencial haciéndolo efecto de una elección<7J. Lo que
al!! pierde traduce la apuesta que lo causa. Hablamos con Lacan de causación del su­
jeto.<8>
Un sujeto requiere un lugar en el A . Le es concedido. Aquí el A es recubierto por
la institución. Su primer encuentro es con el significante de la admisión. Quien lo re­
cibe opera con ese significante. El límite de lo asistencial retroactúa sobre la admi­
sión, la conforma. Pero hay que hacer notar que si todo ha de ser admitido entonces
algo allí no opera.
Problema: el de la salida (o solución) al alcance y límite de lo asistencial (univer­
. sal) para abrir paso a una lógica de la decisión (del para todo al no todo).<9>
La decisión plantea un franqueamiento, éste debe ser marcado. Los fantasmas de
pertenencia a la institución por parte del analista deben estar resueltos si ha de orde­
narse en la lógica de su acto.
Se trata de situar lo inadmisible de la posición asistencial (que traduce siempre un
punto de inercia, una coartada resistencia!). Si la admisión localiza lo inadmisible de
la posición asistencial, y hace lugar a una lógica de la decisión, entonces desinstitu­
cionaliza.
Algo se sustrae allí como condición fundante, y de efectuarse el desarrollo transfe­
rencia! éste viene al lugar del A barrado (la calda de la institución). Otro lazo social se
instaura.Allí la consideración de la transferencia impone un velo sobre las condicio­
nes particulares en que podrá desarrollarse o no un psicoanálisis. (cf Nota 3)
En su conjunto, las operaciones presentadas concurren con el planteamiento del
inconsciente, con la producción del sujeto. Presento estas operaciones como más fun­
dantes que cualquier consideración diagnóstica que parta de una semiología, por fina
que sea, y hasta como su condición preliminar, pues no podemos excluir del diagnós­
tico la consideración de la transferencia. Producir al sujeto como vac!o, como margen
respecto de cualquier determinismo, al tiempo que autoriza a maniobr� con el signi­
ficante, a representarse, modula el desarrollo transferencia! y permite articular cómo
ese sujeto se engancha en una estructura clínica ... bajo transferencia.

( 1) Las consideraciones propuestas fueron puestas a prueba a lo largo de un trabajo en el Servi­


cio de Psiquiatria, Consultorios externos, del Hospital Regional {je Mar del Plata, durante los
af\os 1988/89 con residentes de dicha unidad, y mostraror. allí su fecundidad.
(2) Probablemente es. te '!preliminar" sea todo el tratamiento posible "en el hospital". cf. Nota 3.
(3) A partir de ahí los problemas son "internos" a la dirección de la cura y responden al caso
por caso.
(4) cf. "Causa y consentimiento". J.-A. Miller. 1987/88 (seminario inédito)
(5) cf. "Observaciones sobre la transferencia", "Dirección de la cura y los principios de su po­
der". J. Lacan (en Ecrits).
(6) cf. "Que el deseo sea decidido" J. Lacan, Televisión.
(7) cf. "La elección forzada" en Seminario XI. J. Lacan
(8) cf. "Posición del Inconsciente". J. Lacan (en Ecrits), las operaciones de causación del sujeto.
(9) Se entiende que cuando planteo una lógica de la decisión, ésta no es intersubjetiva ni indi­
vidual, anuda a los partenaires en relación a un acÚ>.

12
En torno a la admisión

Admitir la demanda

Alicia Benjamín *

legí abordar la temática de la admisión articulándola con una cuestión más am­

E plia que la abarca y que considero crucial, puesto que la manera de conceptua­
lizarla es índice de diferentes posiciones en la clínica: me refiero a la cuestión
de la demanda.
Es frecuente escuchar que tal o cual paciente viene "mandado" -por el médico, por
su familia, por los amigos- y que dicho paciente "no demanda, no se pregunta por su
malestar ni por las causas del mismo". Y esta manera de decir acerca de la primera
entrevista se hace mucho más habitual en relación a las admisiones hospitalarias,
donde los "mandados sin demanda" se multiplican.
Más allá de los fenómenos institucionales a los que esto puede responder (por
ejemplo, derivaciones médicas apresuradas o incluso equivocadas) quiero detenerme
en lo que considero factores causales de tales formulaciones decepcionadas.
Y si de decepción se trata, es necesario dirigirnos a los ideales implicados allí.
Entre los ideales que entorpecen la posibilidad de operar analíticamente retomaré
dos: 1) el ideal de autenticidad; 2) el ideal de independencia.

1) Modularé este ideal en relación con la supuesta "demanda auténtica de análi­


sis" como aquélla que se espera encontrar. Como buen ideal, cumple una función ob­
turante, en tanto lleva a simplificar el concepto de demanda, desconociendo el lugar
que el Otro tiene en la misma. Toda demanda, por estructura, se formula a través de
las palabras del Otro; si el sólo hecho de hablar ya implica pedir, esta primera y más
elemental dimensión de Ja demanda estará en juego en quien asiste a la admisión.
El Otro a quien se dirige el sujeto cuyas palabras le permiten hablar estará encar­
nado en sucesivos personajes que aparecerán en el discurso del paciente. Es en esta
serie que el analista podrá "tomar el relevo" ... o no. Algo que lleva tiempo y que de­
penderá en parte de la manera de entender la abstinencia.
Si el escuchar es una acción, no es posible pensar la abstinencia como una posi­
ción pasiva. Frecuentemente, tal manera de entender!� deviene, por sus .efectos, en
una actitud de rechazo, en un "no ha lugar".
La actividad en juego en la abstinencia implica la escucha, escucha en principio de
los puntos donde el sujeto se ha alienado en los significantes del Otro. Pero el des­
pliegue de estos significantes requerirá un necesario rodeo. Y es en este punto que el
segundo ideal enunciado entorpece Ja escucha: el ideal de independencia.

2) Este ideal impedirá al analista tolerar el modo de presentación de aquel s:ujeto


que haga depender su admisión del pedido de un tercero. Lo que puede cerrar la
puerta a un posible tratamiento antes aún de abrirla.

• Psicóloga Residente de 4° Año del Servicio de Psicopatologfa del Hospital Cosme Argerich

13
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

C. llega a la primera entrevista aclarando: "¡Guarda! Que no vengo porque quie­


ro". Pide un tumo de admisión a instancias de los reclamos de su padre, quien lo con­
sidera "un revirado". Las diversas situaciones que relata lo ubican:
a) Accediendo a las demandas del Otro casi inmediatamente, por más absurdas
que éstas sean. Demandas que devienen órdenes.
b) En los puntos donde C. hace "lo que quiere" obtiene corno resultado que "lo
caguen a palos" y que los laureles se los lleve otro, especialmente su padre.
Al ser citado para una nueva entrevista, C. pregw1ta insistentemente si "está revi­
rado" como dice su padre, lo que es puesto en cuestión. Esto es escuchado por C. co­
mo que el revirado es entonces su padre, y por lo tanto es él quien tendría que venir a
atenderse. C. no regresa.
C. se presentó obedeciendo a la demanda de su padre, no viniendo porque quiere;
pero tal es su posición en la vida: acceder a las demandas de Jos otros. extraviando en
el camino su deseo. Asistir a la admisión, significó en un principio obedecer puntual­
mente, pero que esto haya sido por única vez me implica.
Creo que mi intervención cuestionando las palabras del Otro obedeció en parte a
los dos ideales mencionados como obstáculo. Por un lado implicó desconocer que es
efectivamente bajo los significantes de la demanda del Otro que C. puede llegar e in­
cluso desde donde puede definirse. Cuestionar tal definición conlleva al mismo tiem­
po cuestionar al padre al cual C. se dedica a sostener. Ideal de independencia en jue­
go.
Es evidente que nada se ha instalado aún en esta primer entrevista para que esto
sea posible. Apuntar al malestar que padece C. interrogando su "ser revirado" -

palabras de su padre- pretende, cuanto menos, tomar demasiado rápidamente el relevo


paterno, sin tolerar el rodeo necesario. Suponer una demanda más "auténtica" en rela­
ción con la queja por su malestar de venir accediendo a Ja demanda del Otro, desco­
poce Ja veracidad de Ja posición neurótica de acceder a los reclamos de Otro a costa
de su propio deseo. Ideal de autenticidad en acción.
Se trata de hacer lugar a la particular manera de pedir. Si hablar es pedir... abste­
nerse es admitir.

14
En torno a la admisión

La admisión:
campo de problemáticas
Diego González Castañón *

e incuenta aftos después de la muerte de Freud, el campo de la salud mental se ha


ampliado y complejizado. Las drogas psicotrópicas, la teoría de la comunica­
ción, la refonna psiquiátrica y los servicios públicos de salud mental son sólo
algunos de los recursos con los cuales hoy se cuenta para el tratamiento de los enfor­
mos mentales. El psicoanálisis pervade todas las áreas, produciendo influencias en
ellas y recibiendo otras. La cultura de fines de siglo marca también otras modalidades
del enfermar.
Podríamos suponer que los pacientes de 1900 son estructuralmente iguales a los
actuales. Sin embargo, los encuentros clínicos nos plantean dificultades metodológi­
cas y teóricas que cuestiona al saber psicoanalítico y a todos los saberes precedentes
con los que entran en contacto: psiquiátrico, sanitario, sociológico. Algunos de los ca­
sos a los que hago referencia, son: los adictos en sus múltiples fonnas, los pacientes
derivados por médicos de otras especialidades, los que vienen mandados por una au­
toridad escolar o laboral. Tatnbién presentan dificultades que Freud no conoció los
pacientes que vienen a pedir psicofármacos exclusivamente, los ancianos, Jos pobres
y los empobrecidos. Los pacientes psicosomáticos, los que presentan síntomas que
involucran a terceros como parte de una conflictiva heteroplástica, aquellos que pre­
sentan problemas que los atraviesan o que conciernen a su familia, pareja, giupo, de­
ben adosarse también al listado. Esta enumeración puede resultar conocida y escasa a
la vez, para los que trabajamos en instituciones públicas. Pacientes que nos impulsan
a dar cuenta teórica y prácticamente de su sufrimiento y del alivio que vienen a pedir­
nos.
La utilización de un instrumento, producido en el seno de una praxis, produce el
ordenamiento del campo clínico, la limitación del mismo (que habilita al trabajo c:on
lo incluido y excluye del trabajo posible al resto) y la nominación de los fenómenos.
Estos tres efectos dependen del instrumento utilizado, y un mismo campo puede ser
abordado con más de un instrumento. Lo que se produce es una posibilidad de ordena­
miento, pero el campo de problemáticas siempre excede los limites del instrumento.
La admisión es un dispositivo que inaugura las prestaciones a un consultante en
una institución pública. Si es un instrumento, entonces ordena, limita y nomina la
consulta. Si es ,un activismo, será un ritual administrativo. Si es un verbalismo, .dirá
por ejemplo: "es un caso social (o un orgánico-cerebral) y el psicoanálisis no puede
hacer nada con lo social". Dentro del verbalismo puede producirse la anomia, el silen­
cio y el paciente deserta (lo que se tiende a llamar no tener demanda de análisis) o
entra en un circuito de ·,1iolencia y es recluido de alguna forma (ejemplo de paciente
no analizable).

• Médico de planta del Servicio de Psicopatología del Hospital Alvarez.

15
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

Para Freud, la consulta psicoanalítica que implicaba la mejor apertura era la efec­
tuada por alguien joven, con capacidad económica de sostener su tratamiento y que
demandaba él mismo en forma autónoma, en su propio nombre, aquejado de_Q_�_s'!Les
intrapsíquicos. Algunos psicoanalistas son hasta tal punto violentos que utilizan al
psicoanálisis como un juicio de admisión y forcluyen del campo todo lo que no es
sujeto del inconsciente (el cuerpo, lo social, lo institucional se vuelven atravesamien­
tos molestos). Las fronteras se rigidifican, se transforma en herejía medicar o internar
a un paciente o en un hecho incomprensible el proponerse escuchar a una familia.
La admisión en la institución no es una primera entrevista psicoanalítica. El con­
sultante puede necesitar un tratamiento y, sin embargo, puede ser que el resultado de
Ja admisión sea una interconsulta, o una serie de entrevistas destinadas a la clarifica­
ción de las configuraciones vinculares. El admisor no está para iniciar un tratamiento.
Tolera lo complejo del campo, sin excluir ni invisibilízar los elementos que el pa­
ciente trae. Tampoco completa el campo eclécticamente indicando tres abordajes si­
multáneos, (terapia individual y familiar con insterconsulta al neurólogo), pues no se
puede ordenar en tres sentidos distintos una única problemática.
El abordaje de la admisión implica cuatro cuestiones que lo diferencian de una
primera entrevista terapéutica: la ampliación del campo de análisis e intervención, la
utilización de otras herramientas (que provienen de otros instrumentos pero pertene­
cen al mismo campo y por eso son aplicables), el trabajo para instituir el dispositivo
(que es un contradispositvio para el sistema de poder que sustenta la institución) y el
trabajo de constitución del equipo de admisión (establecer lazos, recabar información,
formar agentes, teorizar y supervisar la clmica).
Una admisión no es una crítica a una teoría, sino al poder que utiliza esa herra­
mienta para purificar la vida en términos de verdades alienantes. No saber del pa­
ciente no es equiparable a regodearse en la ignorancia. No amar, no educar, no adap­
tar, no salvar a los pacientes no es lo mismo que hacer la apología de la indiferencia,
el descuido, la negligencia sorda y ciega. Un admisor que no tenga opciones para in­
dicar, ve vaciado el dispositivo de Ja posibilidad de mantener en evidencia lo múltiple
e impuro de una consulta y se transforma en un recepcionista o en un peligroso Pro­
custo,· para quien su única posibilidad terapéutica equivale al mítico Jecho.
El instituir una práctica no es un acto ingenuo. Es más, ya que su diseño está con­
dicionado, lo sepa o no el agente que se propone una gestión diferente. De los pre­
condicionantes que modelan la admisión antes de que se inicie tengo en claro los si­
guientes. El mandato psiquiátrico en sus facetas de custodia y curativa. El mandato
social que se encarna en los pedidos que los consultantes hacen a los agentes de la
institución. El mandato de los grupos de poder que enuncian las autoridades sanitarias
(con sus políticas sanitarias de asistencia al desvalido) y también Jos jefes de s:ervicio,
que ordenan a sus subordinados atender a todos los que lleguen a la institución. Este
"más que todo es mejor" es el lema de Jos registros estadísticos si es que se los utiliza
como elemento de poder, de renombre y como justificación de la existencia del servi­
cio. A estos tres se agregan los requerimientos específicos de las herramientas a utili­
zar y las preferencias de los profesionales implicados en cuanto a tipo de pacientes,
deseos de formación.
Hay un cierto patrón de lo que se puede pedir y recibir en un hospital. Muchos de

16
..Errforno a la admisión ,

los que-eensuítan vienen a pedimos como agentes de una institución pública y no co­
mo ps icoterapeutas. A veces resulta dificil de tolerar, pero fuimos nombrados por fas
autoridades como agentes, actores. Se espera de nosotros eficiencia institucional y no
eficacia psicoanalítica. Es necesario tener esta condición en cuenta al admitir a un pa­
ciente, para no renegar de ella, ya que condiciona y habilita, forma parte del dispositi­
vo porque en su matriz se inscribe, porque lo preexiste. Esto no significa que estamos
sometidos a estos condicionamientos, pero para liberarnos de su opresión debemos
articularl os . S i se desconocen los precondicionantes del dispositivo y los atravesa­
mientos del contexto, la admisión fracasa, se ritualiza, se impotentiza .
. .:Qri.a.-_�i�_!ón que funciona bien, ordena, limita y habilita la consulta. Inaugura un
.l!:!.�P.ª=ill. esa persona. Abre un registro mst1tüc1011al e··füifc-rioflos elementos de su
entrada en la institución en una forma que resulta compartible por otros profesionales.
__El_.ru.lmi.s.Qr_encuentra un camino para dar un cauce factible a la consulta, eligiendo las
·herramientas más adecuadas, dentro del campo de problemáticas que despliega el .
consultante. J;:yª!�ª· ct��gQ?.,_'º-ªgLl!J!ª. R.rim�rª··ªpr_q_�igi.ªcj.Qri._i:U.ª@.9.�ÜC:.ª Y-Immóstica, .
. constituyéndose a veces en el primer acto terapéutico,�"!:l�Jél..�P.!i_c,¡¡ciól.1.: _ci_�_l_E�P..�
. sitivo es en sí una intervención. Si ofrece escucha pueae generar demand�. .
Cuando el paciente viene mandado, el admisor establece un lazo con el derivador
• ........paril.in:t.eStigarlas_ro.nd.i.ciQnS<s]iIª-deñvacioñ:-¿Er·consülüiñfo.esüffsíñtoma del de­
ri vador? ¿Fue hecha la derivación con un sentido represor, con un tinte mágico? ¿Fue
una expulsión de otra institución o se habilitó un campo terapéutico? ]vfuchas veces es
necesario caracterizar a la admisión corno una interconsulta, dar indicaCToñeraraen-
'�ado-�Tti r�afpacTeñte_�a-·�;;te par�e_ ���tua_lrñ-eñ1e realice- una apertuia <leT
<:;_¡i!Jlpo terapéutico. Esta apertura puede requerir un proceso prolongado en el tiempo
para elaborar y dfoolver en parte la transferencia imaginaria y la sugestión que ya
Freud había descrito entre todo médico con su paciente. Para ello debé conocer los re-
.'. !.ª1:1!��-�-�()_ri.
__ Lqs._qu._�.?.�-�-11�.!lta en su ins�tución y en otr� y establec�r una red persoñil-
'
lizada y efica,z; c!� .<::.9JIIJ)..n ica�J�r.in�ti_mcimial .
�··cciiño- s-i empre, las situaciones más complejas y menos encuadrables son un estí­
mulo. No es que el admisor puéda expulsarlas . Es que las invisibiliza, o no las ,escu­
cha, no las retiene y las deja caer. Esto puede favorecer que incrementen su contenido
de violencia ya que las palabras se van mostrando incapaces. de nombrar el sufri­
m iento y, por eso mismo, vacías. Creo que, con el mismo espíritu freudiano de princi­
pios de siglo, vale la pena poner manos a la obra.

17
Psicoanálisis y el Hospital N° 2

La admisión en la institución hospitalaria **

Osear Sotolano

l tema de la admisión que ustedes se plantearon tiene un interés particular en

E relación a lo clínico y a lo técnico. El asunto es que cuando los analistas ha­


-b!��os de téc!J.ica corremos dos riesgos_:_u_,, º_�I!g_ados poni hecho de que la
__

técnica responde a Jos mar_�O�CO!!_�ep!!:J._ª-'!F�-::-f_e�J:Í(;Q_� qu�_ ��an . é"uerpo; DOS perdemos


-�i ao_sjrac�1one�_y_áilcíaLp_ero �!1,__g_�n�r¡i_les_g\l!! !lq _ci!=l!l .C:l1en1ª:."di�ñTii gúii . problema
..

concreto o puntual, o transformamos la técnica en un vademecum de ej ercicios para el


cons�ltorü>.Podriamos!TárnarToslos-ifosgos _!�cJficis!B-s y los rj�jgos-tecni9.i�� y su- ·
pong,o que serán cuestiones que pueden reconocer en Ja experiencia de ustedes.
¿Cuántas veces ocurre que frente a una situación clmica concreta con un paciente
desplegamos un conjunto de conceptos teóricos que finalmente uno reconoce como po­
sibles de ser usados de la misma manera en esa situación con ese paciente al igual que
con el paciente que vimos ayer, corno con el que veremos mañana, sin que nada parti­
cular se desprenda de esos conceptos teóricos generales. Ese es el riesgo teoricista.
En cuanto al tecnicista forma parte de la historia de la práctica clínica en todas las
instituciones que conozco.
Enfrentados con las dificultades del trabajo concreto surge una multi�11�Lci.c;. pro­ __

puesfüs- prec1sas pero carentes de fund.amentOO.¿Y- sTpfo oain ós -coñ-- grupos? ¿Con
---grupos con pSíi::odfiima'?'Zcon grup
ó·s·<le-espera? ¿Si aumentamos el número de admi­
sores?. Un psiquiatra y un médico podrían dar una visión más integral. Tratemos a los
pacientes sin tiempo preestablecido, con tiempo, que 3 meses, que 6, que 1 año, que
con recontrato, ¿y el recontrato de cuánto tiempo? . Y así todas Pr22!!::.tas .§. vacíªule
fullQ!!!fil.illQ teóriGQ.
Creo que en eso que llamamos admisión, siempre hay unas preguntas elementales
pero sustanciales que definen el campo de escucha: ¿por qué esta persona, este joven,
este chico, esta fam ilia, está ahora hablando o jugando delante de mí y, a veces,
conmigo? ¿Qué preocupación, sufrimiento, inquietud, pasión, conflicto, incertidum­
bre o lo que sea hace que esté frente a m l? ¿Por qué hoy está aquí? ¿Por qué no hace
'
dos mes es, u otro tiempo? ¿Por qué está aquí, conmigo, y no con otro, en esta institu­
ción y no en otra? Como ven estas preguntas son sencillas, casi obvias, se supone que
tendrían que estar en la mente de cualquier analista. Pero no siempre es así. Muchas
veces me he encontrado con te::�.�1íl.S que de_rn asiad() preocupados por encontr8!: �l
o·cúal sigñi ficante teórico" conocido, se.�_lasaniano, kleiniano o freudiano, pierden- de
"v!stá es�_d.irn:érisii)ri'de mterrogadón::--que _ cuaiquier paciente implica: - ---- -- .
·
· Digo que son preguntas elementales pero susmnciales porque creo cumplen dos
-

funciones de relieve. Una, incluir los asuntos fundamentales que permitan orientar una

* * Versión abreviada de la charla dada en el C.S.M.Nº3 Arlµro Ameghino, en el servicio l n ­


fanto-juvenil Turno Mañana, el 26/61 1 990, en el marco d e l curso " La c H n ica e n la i n stitución
hospitalaria".

18
En torno a la a d misión

entrevista o entrevistas de admisión, y dos, ser capaces de motorizar por su amp l itud,
nuevos interrogantes. Dejar abierto este campo de, llamémoslo curiosidad y posibili­
dad de sorpresa en e l que creo debemos movemos. Iré por partes, veamos la primera
función.
Cuando nos preguntamos porqué, qué l o mueve a haber hecho esa consulta, tene­
mos en mente una referenci a básica freudiana, existen motivos manifiestos de con­
sulta y motivos latentes. La dem anda del paciente encierra un sentido que deberemos
desentrañar, pero la paradoj a de nuestra situación de admisores es que desentrafiarla
puede imp l icar todo un análisis y el sentido de la demanda, el deseo, surge retroactivo
al trabaj o analítico mismo. ÜcWTe, como Freud se planteó en relación a los suefl.os: el
sentido de un sueño de comienzo de análisis sólo p odrá ser pl enamente captado al fi­
nal del análisis. Antes carecemos de las representaciones que permitan hacer posible
las ligaduras. Pero entonces, ustedes me podrían decir, admitir un paciente es llevar
adelante el anál isis con él, p ara que cuando lo termine se vaya. La admisión estaría así
en el final del proceso que se desanolla, no al principio.
Ocurre, y no en vano los lógicos han trabaj ado tanto el terna de las p aradoj as, que
un nivel teórico correcto puede implicar efectos prácticos de dificil defensa.
Del mismo modo que si bien un sueño se podrá eventualmente entender plena­
mente al final, eso no quita que durante los años que transcUITe el análisis, se trabajen
suefios, fragmentos de sueños, o elementos del suefio según las vicisitudes de Ja trans­
ferencia. Igualmente, si bien dar cuenta de las estructuras de deseo de un paciente será
sólo eventu almente posible al final de un trabaj o , eso no impide que ese trabaj o tenga
sus pasos, sus movimientos, sus impasses y sus diluci daciones parciales. Y eso que
llamamos admisión es un momento de ese trabaj o .
Otro aspecto que esas preguntas encierran es una cuestión que siempre está en l a
mente o e n las formulaciones explícitas d e cualquier analista. Tal es l a cuestión del
diagnóstico. Porque mientras el paciente habla, nosotros escuchamos con c iertas cate­
gorías que son del campo de la psícopatologfa: es un histérico, obsesivo, fóbico, para­
n o ico, perverso, esquizofrénico o a la que adscribamos. Este es un tema muy discuti­
do y en el que querría detenerme.
Diagnóstico es un concepto que p roviene del saber médico, campo con sus leyes
que supone un suj eto sano a quien alguna noxa ha alterado ese nomrnl funciona­
m i ento, eso es l a enfermedad, y que deberá ser restituido a ese momento de equilibrio
pre-noxa, eso es e l tratam iento. A llí e l diagnóstico cumple l a función de detección
precisa y exacta de la alteración, lo que permitirá una correcta terapéutica. Esa lógica
médica que supone un saber sobre el sujeto exterior a él, durante muchos años im­
pregnó de manera exp l ícita e imp l ícita la práctica clínica del psicoanálisis en Buenos
A ires. Al paciente se lo estudiaba, fue una época de auge de las técnicas proyectivas,
se velan sus defensas patológicas, sus ansiedades, sus conflictos, sus relaciones obj e­
tales, su posicionamiento en relación al conflicto edípico (la noción de Edipo era rei­
ficada en sus obj etos primarios concretos, l a madre, el padre, los hermanos), se estu­
diaba su relación con el mundo externo, se recogía en una pro l ij a an amnesis la histo­
ria de acontecim ientos del sujeto que consulta, se constru fa un verdadero mapa psí­
quico. Después se p l aneaba el tratamiento, que de este m odo se transfomiaba en una
lenta devo l ución de lo que e l an a l i s ta había descub ierto en su estudio previo. El análi-

. 19
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

sis m?s que develamiento y enigmatización permanente era un develamiento progre­


sivo para el paciente de un saber que el an,alista había ya constituido en las entrevistas
previas. Esto produj o su reacción: el saber etiquetaba y así esa taxonomía clausuraba.
Hoy nos orientamos distinto, o más o menos distinto, (¿cuántas veces las nuevas for­
mas de saber p ued en ser las nuevas formas d e clausura?). Hoy el d iagnóstico o no in­
teresa, o interesa mucho menos.
Ahora bien, si estas categorías provenientes del campo psiquiátrico médico perdu­
raron (Freud incluyó nuevas categorías) se debe a que cumplen en el marco de nuestro
propio campo con ceptual una función, y a mi entender de utilidad. Porque ubicarse en
un terreno interrogativo no quiere decir colocarse en un campo de ignorancia. Definir
las estructuras generales que priman en el mundo psíquico de un paciente tiene a mi
entender un valor clínico y técn ico. Tener en cuenta s i el suj eto que consu lta es psicó­
tico, neurótico o prepsicótico, tiene un valor decisivo, por ej emplo en la interpreta­
ción: interpretar un deseo sexual a un paciente prepsicótico puede llevar a un acting
sexual, mientras que en el neurótico sólo la interpretación de ese deseo evitará el ac­
ting . Definir el llanto de un paciente como depresivo o como histérico, permitirá que
en un caso uno se ubique en relación a ese objeto perdido del cual Freud habló en
"Duelo y Melancolía", y en otro en relación a su deseo de seducimos con sus lágri­
mas.
Una cosa es saber. sobre ese sujeto particular y otra sobre las leyes que rigen y
constituyen al sujeto psíquico. Que yo sepa que la modalidad de relato seductora, lle­
na de personajes y de historias, donde la amnesia es la forma en que Ja represión dej ó
s u marca e s l a forma clásica d e l dis curso histérico n o quiere decir mucho sobre ese
paci ente histérico en particular, en tanto sujeto de su propia historia singular, pero sí
nos permitirá puntuar como lugares decisivos del discurso, esos lugares de amnesia,
pudiendo construir así esa historia de ese suj eto singular.
Se darán cuenta que en ese lugar es que surge la segunda función, de apertura, que
antes le atribuí a las preguntas. Pues inevitablemente frente a lo que podemos llamar
de manera genérica los confl ictos de un paciente, nuestro interrogante inevitable será
¿dónde está la angustia? Porque sin angustia no hay análisis, el trabajo analítico es
imposible sin ella. Podrá expresarse baj o la forma de abulia, ira, astenia, manía o
cualquiera de sus distintos disfraces, pero se deberá expresar para que algún trabaj o
sea posible. No es suficiente que un paciente consulte para suponer que quiere hacer
algo con su padecimiento, muchas son las veces que una consulta puede tener como
objetivo el exactamente contrario al de iniciar un tratam i e nt o .
Es distinta 1a angustia manifi esta de la histeria de angustia, la angustia muchas ve­
ces larvada pero viva de un obsesivo, la angustia proyectada de un caracterópata que
ve que sus cosas cotidianas andan mal pero de lo cual no se siente responsable, o la
inexistente de un sujeto que viene tan sólo a cumplir con algún anhelo perverso.
Se dan cuenta que así estoy tratando de valorizar e l lugar de la angustia en ese
d
diagnóstico. Pero antes de que se o l viden de su existencia, . ui e ro recordar las otras
dos preguntas que dej é p l anteadas: ¿por qué hoy? ¿por qué aquí?
La pregunta sobre e l tiempo supone ubicar esa confl i ctiva del pac iente en una l í- 1

nea histórica. Supone por un lado precisar si nos encontramos frente a una confl i ctiva
reactiva a una situación d e d i fi c i l elaboración actua l, l o que podríamos ubicar como
En torno a la admisión

W1a situación traumática, o una situación t¡ue se prolonga en e l tiempo, donde el con­
flicto lleva la marca cambiante de . sucesivas defensas secundarias, de contracatgas.
Pero además y esto es lo que me importa resaltar, porque definir el "por qué hoy"
permitirá ubicar los puntos presentes en que la compulsión repetitiva muestra los tra­
zos de lo no elaborado infantil. Porque si bien no se trata de entender la repetición
como una suerte de calco de conflictos infantiles, sí es ciertO" que en las modalidades
de relato del conflicto actual,. en ese punto particular de gota que rebalsa el vaso que
implica el momento de decidir una consulta, hay indicios, hay una puntuación perso­
nal del paciente de su drama. Del mismo modo que el resto diurno no es el contenido
del suefio, pero su elección para el trabaj o onírico no es casual y su presencia indica
algo de ese pensamiento onírico, esos momentos privilegiados que impulsan a un pa­
ciente a una consulta deben a mi entender ser tomados como indicios.
"¿Por qué aquí?'; Se dan cuenta que tengo en mente la cuestión relacionada con las
transferencias imaginarias. Porque un paciente no l legó allí por arte de magia. Hubo
algo que lo impulsó a elegir esa institución, y cuando ha tenido alguna posibilidad de
hacerlo, a ese profesional. Porque en los momentos previos a la consulta cualquier
paciente construye un campo de expectativas y fantasías que dan forma a las formas
previas de la transferencia. Imaginarizaciones transferenciales que harán mucho a las
posibilidades o no de un camino de cura y especialmente de decidir si ese camino es
necesario y posible. Ya que, y esto es particularmente claro en un equipo que como
éste trata niños, muchas veces las demandas de los pacientes no implican una interro­
gación de un paciente por sus síntomas, sino son sólo correa de transmisión de otras
demandas, por ej emplo de la institución escuela. ¿Cuántas veces padres sorprendidos
vienen a la consulta por el imperio de W1 colegio que ha detectado la agresividad de
un chico, pero que no ha detectado que esa agresividad es la reacción de un niilo a
problemas de la misma escuela?
Como decía Frani¡:oise Dolto refui éndose al tratamiento de niños en Francia,
¿cuándo será el día en que la consulta de los niños se limite a una sintornatología que
implique transacción entre pulsión y defens·a y no a síntomas que no son tales en un
sentido psicoanalítico, sino la manifestación de la reacción saludable de un nifio a un
sistema educativo vetusto? Pero tener este aspecto esencial del sfntoma en su sentido
analítico, in mente, permitirá que un terapeuta no inicie un tratamiento tomando como
motivo de consulta el motivo de un colegio. Después de todo, Ja agresividad no es
ninguna categoría psicopatológica, otra obviedad seguido olvidada.
Como ven, si bien ubiqué en principio el tema Je! diagnóstico del lado de las pri­
meras preguntas, nos volvemos a encontrar con él en el momento en que Ja demanda
sale a nuestro encuentro.
Es que hay otra diferencia entre el primer modelo del diagnóstico que precisé y el
segundo. Pues las apariencias de semejanza (se estudia al paciente para definir una
conducta terapéutica) se recontextual izan en relación a que ese estudio nos implica
como sujetos y obj etos. Que un niño j u egue o no juegue con nosotros, que juegue sin
pasión m i e n tra s hace fugaces pispeadas para saber por dónde anda nuestra mirada,
que haga unos di bujos displacientes o grite que no quiere venir esperando que la ma­
dre, que es la que duda, reafi rme su propio deseo de que lo haga y así su amor por él,
son índice de una perspectiva de cura (inc luso cuando es una perspectiva improbable).
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

Porque la manera en que nos ubique un paciente o una familia en su discurso es lo


que más nos orienta en este intento de saber qué podemos hacer con un paciente.
Si antes p lantée que al paciente se lo entenderá retroactivamente y en ese sentido
no podríamos exigirle a la admisión la función de entender lo que sólo se hará al final
del proceso, les dije también que para mf tiene una función: esta es la de tratar de ubi­
carse en relación al deseo de análisis del paciente mismo. Y cuando digo deseo de
análisis no quiero decir ninguna exp licitación conciente que pudiera hacer el paciente
de que quiere o no venir.
Cuando digo deseo de análisis me refiero a ubicarse en ese punto de interrogación
y enigma acerca de sí que posibilita cuestionar los saberes que sobre sí alguien ha
construido hasta ese momento. Pero lo importante, en mi opinión, es que esa dimen­
sión exista.
Ahora bien, a ese caracterópata que no es conciente de ninguno de sus conflictos
pero que su medio familiar padece, ¿habrá que mandarlo de vuelta a la casa esperan­
do que en algún momento, vaya a saber qué milagro lo ponga en posición de anál isis?
,
Opino que no. Y por eso antes hablé del valor de l a admisión corno l ugar terapéutico.
Porque aún cuando uno pudiera considerar que nada de esas preguntas sobre sí que
caracterizan un análisis pudiera estar presente, creo que intentar crear un espacio po­
sible es una tarea analítica.
Tratar de trabajar las trampas de una consulta puede ser la única tarea posible, y
no es una tarea menor. Porque es un momento privilegiado y a veces único en la vida
de una persona, donde la estimulación que implica el analista en la exploración del
campo psíquico de un paciente , cumple en sí mismo una función simbolizadora.
Ahora bien, ustedes me pidieron que viniera a hablar de clínica en una institución
pública y aquí me tienen h ablando de problemas que invol ucran a cualquier analista
en el oonsultorio público como privado. ¿Es que hay algo que sea particular en la clí­
nica en una institución pública? En un sentido les diría que no, la posición de un ana­
lista tendría que ser la misma en cualquier lado, por lo menos tendría que plantearse
los mismos problemas frente al padecimiento de un paciente en cualquiera de los dos
ámbitos. Pero Ja admisión supone Ja idea de ingreso, ingreso en una institución e n
cierto sentido aj ena al analista como tal . El paciente e s admitido del m ismo modo que
el psicólogo, el médico, el ps icopedagogo; fue admitido en una institución que tiene
sus leyes y sus propias demandas. Ya que una institución plantea un ámbito complej o
de demandas cruzadas.
Esa demanda podrá querer decir que hay que cubrir estadísticas, satisfacer las exi­
gencias numéricas de una tecnología médica que en general ignora las vicisitudes
temporales de los tratamientos psicológicos. Esa demanda de rendimiento puede que­
rer decir que el costo de un tratamiento tiene que abaratarse para ser tol erado por pre­
supuestos en salud inexistentes. Esa demanda de rendimiento puede querer decir que
no haya listas de espera, no por una genuina preocupación en una buena atenc ión, si­
no en la realizac ión de la im agen de empresa efic iente. Y esa demanda tamb ién puede
imp l icar eficacia clínica por una preocupación por el padecer de los pacientes, cho­
cando a veces con la actitud de los mismos terapeutas que usamos las razones enume­
radas para racionalizar una posición ética de diílcil j ustificación tanto en la consulta
pública como privada: las críticas por justas que sean no pueden servir de excusa para

22
En torno a la ad misión

nuestra mala práctica. Esto nos lleva a las demandas que e l terapeuta recibe y hace en
su doble posición de cllnico y de sujeto deseante . Podemos querer trabaj ar bien pero
también queremos algo a cambio de nuestl!o esfuerzo, sea dinero, una identidad profe­
sional, respeto, reconocimiento, formación, derivaciones a privado, o realizar algún
deseo humanitario. En esta posición el analista que escucha debe también escucharse.
Si le está haciendo por ej emplo una interpretación a un p aciente con el fin de llevár­
selo a privado, la demanda del paciente puede transformarse en la que el analista de­
sea.
Un problema central de la escucha analítica en una institución pública supone po­
der ubicar el lugar que en la demanda del paciente tienen todos esos factores. Enume­
ración que no tiene ni una intención totalizadora ni pretende establecer órdenes de
prioridad.
El jerarquizar el espacio de la entrevista de admisión como campo de interroga­
ción de la demanda de análisis, me parece una tarea central. Ya que, y con esto termi­
no, me parece bueno recordar que es cuchar que un paciente no demanda análisis sino
otra cosa, exige también una escucha analítica.

23
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

Admisiones, pacientes y terap e utas


Félix Alberto Tomkiewicz *

E
n toda institución la problemática de las admisiones constituye un hecho de di­
ficil abordaje. ¿A qué se llama admisión en una institución? ¿Quién recibe a la
persona que consulta por primera vez? ¿Tenemos dificultad los terapeutas en
pensar acerca de esta primera vez? ¿En qué situaciones se producen tales dificultades?
¿Por qué se llega a establecer una instancia de admisión en una institución?
En servicios hospitalarios, centros de salud mental y hospitales de día que posean
más de una modalidad de trabajo terapéutico es frecuente que se termine instituyendo
un espacio de admisión. ¿Puede adquirir otra configuración que no sea la de una sim­
ple evaluactón y distribución de pacientes?
Cuando una persona se acerca pidien9o ser atendida, alguien la escucha, sea la
empleada de la ventanilla, los terapeutas que caminan por los pasillos, o los pacientes
que esperan en la sala. Otras veces las paredes se anticipan al suj eto, en las palabras
de sus carteles. Pero que no haya turnos no justifica que se suspenda la admisión co­
mo momento resolutivo.
La distribución de pacientes suele constituirse como un lugar de poder. Poder que,
en las instituciones, lleva la mayoría de las veces sus luchas en nombre de la causa de
los pacientes. Los terapeutas confundimos la organización del trabajo en equipo con
la posibilidad de escucharlos. Si decimos que tenemos que hacerlo es porque no sa­
bemos qué nos van a decir. Es necesario prever que todo terapeuta que realiza una
entrevista de admisión puede encontrarse con una urgencia, por lo que el equipo debe­
ría reservar un número mínimo de entrevistas para considerar estos casos.
Pero la admisión debe ser pensada también en función del terapeuta. Un equipo de
trabajo no puede dejar librado al azar el hecho de que un sujeto encuentre o no a un
terapeuta, como tampoco puede desconocer que en una situación crítica este último
puede sentirse poco respaldado sobre todo cuando ciertos dispositivos terapéuticos
tienden a tambalear por variables propias de la institución. La contención del tera­
peuta se toma posible cuando el equipo cuenta con espacios para elaborar estas situa­
ciones previamente, llevadas luego al terreno de la admisión y vueltas a traer a discu­
sión en el equipo. El terapeuta no debe quedar aislado y al mismo tiempo la anterio­
ridad de la reflexión no debe conducir a una sistematización de la escucha.
Para concluir, quisiera proponer lo siguiente:
1 Respecto de los sujetos que consultan:
-

a)En el primer contacto de un sujeto con las institución es fundamental que quien lo
escuche sea un terapeuta, previamente designado a tal efecto.
b)Que dicho espacio pueda servir como lugar de contención a pacientes que por una
urgencia o crisis así lo requiriesen, continuando con las instancias con las que cuente
1 el equipo· para di chos casos, aún cuando no hubiese turnos.

* Psicólogo de planta del Centro de Salud de la Mun icipalidad de Lanús,

24
En torno..JHJí íÍdm isión

c) Que en las admisiones se pueda articular aquello que podría llamarse "demanda so­
cial" (lo que quienes consultan y otros grupos de Ja propia institución imaginan q ue se
hace o se debería hacer con algunos pacientes) con la " demanda del paciente" (decir
del sujeto), formando parte las admisiones del dispositivo terapéutico.

2 - Respecto de los terapeutas:


a) Que el terapeuta previamente designado tenga clara la articulación de variables
tanto cualitativas como cuantitativas que entran en juego en los tratamientos que tie­
nen lugar en las instituciones y que hacen a lo que se puede ofrecer en una primera
entrevista.
b) Que las admisiones tengan un lugar diferenciado dentro de las actividades del
equipo a fin de brindar contención a los terapeuw que van a realizar la primera en­
trevista.
c) Organizar el trabajo de este modo no significa programar la escucha, sino crear un
espacio en función del suj eto que consulta y del terapeuta; en general e h istóricamente
se ha privilegiado el anál isis de las variables en función de quien consulta.

25
Psicoanálisis y -el Hospital Nº 2

Geografia de la admisión

Andrea Cipolla *

í de lo que se trata es de dar Ja bienvenida al acto analítico, Ja pregunta es cómo

S iniciar la jugada para no patear, de entrada, el tablero. Del hecho al dicho, del
dicho al decir; una apuesta: Ja emergencia del sujeto entre el enunciado y la
enunciación. La caricatura del malentendido y como horizonte, el inconsciente. Di­
mensión evocada por un "yo no sé lo que digo".
G. dice: "Vengo porque me mandó la Dra. X. Por cualquier cosa me enojo y nadie
me puede tocar, principalmente mi papá".
H. ingresa a la guardia por haber ingerido 60 mg. de Lexotanil y dice: "Estoy por­
que no quiero estar más en este mundo" .
¿Acaso podría haber sido formulado d e otra manera? ¿Hay alguna demanda que
por,su enunciado sea más legitima que otra?
El hospital dispone, entre otros, de un dispositivo montado para la "admisión " ,
dispositivo que tiene algunas curiosas peculiaridades. Sefialaremos dos. L a primera,
un criterio regido por la tentativa de evitar las futuras deserciones, ectópico respecto

del psicoanálisis y fundante de una taxonomía de la demanda. Esta será legitimada


como admisible por el manifiesto "anhelo de ser asistido" ; desechada si este anhelo se
revela tímido o titubeante. De lo que resulta que paradójicamente, el lugar de la enun­
ciación deviene a veces un obstáculo insalvable, un atolladero.
En segundo lugar, convendrá detenerse en el punto donde, mirando el paisaje, co­
menzamos a tener diplopía: no es un analista sino dos o más los que se preparan a re­
cib.ir al paciente. Si la cadena significante es polifónica, ¿se trataría de escuchar en
estéreo? Razón para interrogarnos acerca del lugar del tercero all í. ¿Cuál es su esta­
tuto teórico?
En la práctica cotidiana esto se manifiesta de diversas formas. A veces, el que
conduce la entrevista, cuando llega el momento de concluir, se dirige al otro para
darle lugar a que formule alguna pregunta. El otro está ahí, no en ausencia sino pre­
sente y esto produce efectos por partida doble.
Una paciente después de su primera entrev ista, dice : "Las tres ahí parecían un tri­
bunal". Decir que tendrá un lugar para ser desplegado. "Ver a las tres me cuesta" . En
entrevistas posteriores esto será asociado a su posible incorporación a una "comisión
de damas ", donde estaría "a prueba" . Temía no estar al mismo nive l, y había planeado
"pagar con su trabajo".
Del lado de quien escucha no es lo mismo que se trate de una "supervisión" en su
aspecto más gráfico, el panóptico instituc ional, o de w1 compañero de trabajo, alguien
que quiere aprender a hacer ahí y conserva su capacidad de asombro. Inexorable­
mynte nos inte rrogará acerca de nuestras intervenc iones.

* \Y' édica Residente d e 3 ° Afio del Servicio d e Psicopatología del Hospital Argerich.

26
En to�no a la a d m isión

Las entrevistas conjuntas dibujan la efímera ilusión de cierta mancomwüón entre


los entrev istadores. Los ecos de este efecto de duplicidad se dejan olr cuando no es el
admisor quien toma al paciente en entrevistas, e interpone una derivación.. El otro, el
tercero en discordia, ¿está ahí para garantizar que la vía segunda sea Ja del deseo?
Hay dos demandas en juego: a la del paciente s e puede intentar no responder pro­
poniendo el enigma del deseo del analista como causa. ¿No queda anonadado este de­
seo en ese punto asequible de su tranquila adaptación a la demanda de! Otro institu­
cional encarnado en el tercero allí presente?

27
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

De test-hij o en peligr o al arroz con leche.


La clínica con niños

Silvina Espósito - Paula Katz


Javier Tabakman Silvina Weis *-

estigo en peli gro es una película. . . las películas se miran. De una película ge­

T neralmente se es "espectador ". Arroz con feche es una canción infantil . . . las
canciones generalmente se cantan. De una canción, en todo caso, se es "intér­
prete ". Desde el Test-hijo en peligro hacia el arroz con leche. Marcamos con esto
una dirección de nuestra práctica en los tratam ientos con niños. Cierto movimiento
del que intentaremos dar cuenta.

La casa se reserva el derecho de admisión. En la admisión se trata de adinitir a


alguien en algún lugar. Los servicios hospitalarios, los boliches, las instituciones psi­
coanalíticas, todos, se reservan el derecho de admisión. Sin embargo, en sentido es­
tricto, ¿quién admite cuando se trata de una consulta, al menos cuando la pensamos
desde el psicoanálisis?
La transferencia del nifio es con los padres, la transferencia con el analista es de
los padres. Esta última se establecerá justamente en la imposibilidad de los padres de
sostener la transferencia del niño y el llamado al lu gar de supuesto saber a un analista.
Es necesario entonces, previa a toda intervención del analista, una función de recono­
cimiento por p arte de quienes consultan: "tú eres el analista de mi hijo".
S i es necesario este paso previo, serán los padres quienes deban admitir a ese ana­
lista en el lugar de quién tomará una posta, de quién asumirá para ellos, por un tiem­
po, aquel lugar que los padres no sostienen, para luego devolvérselo.
La admisión será entonces un tiempo lógico del análisis que, apres-coup, podre­
mos situar como entrevistas preliminares. Tiempo, agreguemos ahora, de adm itirse
mutuamente. En la adm isión somos admitidos, pero también tendremos que admitir
que no toda demanda es admisible, ya sea por la estructura misma de la demanda o
por las limitaciones propias de ese analista. Cada uno allí tendrá derecho a decir que
no.

Sospechosos (los pad res). El analista toma la posta de la transferencia. Es de los


padres de qui enes se recibe el testi monio. El analista tomará testimonio de aquello
que padecen. Testimonio: elemento util izado en la carrera atlética de postas que cum­
ple la función de ser lo que es pasado (no pisado) de un jugador a otro. Da testimonio
aquél que pasa una posta y da testimonio aquél que viene a testificar por una falta.
En un jui cio, ¿quiénes dan testim onio? Testigos y sospechosos, aquellos que han

*Residentes de 3° año del Servicio de Psicopato logía del Hospital de Niños R. Gutiérrez.

28
En torno a la ad misión

presenciado un crimen que otro cometió y por eso son llamados a testificar, y los pre­
suntos culpables. En la consulta los sospechosos serán los padres, de un crimen que,
sin saber, ellos mismos han cometido: la posibilidad de ser padres se sostiene en el
asesinato del padre y en el cumplimiento del pacto.
Se trata del mito de " Tótem y Tabú", es decir, aquel tiempo en el cual los herma­
nos conspiran y matan a ese padre de Ja horda, duefio ·de todas las mujeres, para luego ·
"comérselo" y entonces pasar a sufrir aún más su peso, la obediencia retrospectiva,
instaurándose así la prohibición del incesto y la exogamiá; decimos, el mito debe ju­
garse cada vez, en cada generación. Pensamos que el texto freudiano no remite sim­
plemente al m ito del origen de Ja sociedad, sino y con más énfasis, a Ja clfnica coti­
diana. Cada hijo deberá asesinar al p adre para poder acceder al uso de aquello que
tiene. A esto llamamos con Lacan, los tiempos del Edipo: del padre de la horda al pa­
dre de Ja ley. Este crimen estará en la base de la propia neurosis, en Ja posibili­
dad/imposibilidad de sostenerse como padres.
Llegarán a la consulta cuando rompan aquel pacto resultado del asesinato del pa­
dre por el que todos los hennanos, vía obediencia retrospectiva y culpa, se sometían a
la misma ley. Los padres llegan a la consulta cuando algo se les presentifica como
demasiado real, algo que ya no es un juego. Los padres consultan en el límite de su
Edipo. Esta transgresión se jugará en e l niflo.

Testigo en peligro (el nifio). En la película " Testigo en peligro" un niflo queda
como involuntario espectador de una escena non-sancta de adultos: a través de una
mirilla de una puerta observa un crimen. Esta situación lo convierte en testigo privile­
giado, portador de un saber que lo excede, que a la vez pone en peligro su vida.
Creemos que los nifios por los que somos consultados llegan al tratamiento en una
posición semej ante a la de este nifl.o, como test-hijos en peligro. La transgresión pa­
terna se juega en el nifl.o quedando cristalizada en su padecimiento. El nifio aparece
como obj eto del goce de Jos padres. Por eso nos encontramos, al inicio de los trata­
mientos, con niños prendados, tomados como prenda, en el goce parental. El nifio
queda comprometido allí en Ja Ínedida en que los padres no se someten a la prohibi­
ción: "no reintegrarás tu producto".
Para cada parej a parental, y con cada nifl.o, será distinto, pues se trata de lo que ese
niff o para esos padres devela, presentifica de Ja verdad parental. Por eso decimos que
con cada nifto se j uega, cada vez, Ja estructura.
Y ¿qué es el juego? Si algo podemos decir es que es lo que no es de verdad, es de­
cir, lo que es del orden de la ficción. Ahora bien, en el jugar se constituye un saber,
teorías sexuales infantiles, un saber acerca de la falta. Saber y verdad, j uego y no jue­
go. En la medida en que haya dificultades en el j uego, probablemente ese nil'lo esté
ubicado muy en relación a la verdad parental. Esta cuestión nos autoriza a comenzar
los encuentros con el niflo.
Tomaremos al juego como indicador porque esa zona es la que para nosotros ubi­
ca al nifl.o como tal; niflez pensada como un tiempo lógico donde jugar va haciendo
·

pantal la al goce del Otro, función de velamiento al goce del Otro.


Si hay di ficu ltades para jugar, podemos pensar en la imposibil idad de moqtar una
·

escena que j ustamente ponga cierta distancia frente a este goce.

29
Psicoanálisis y el Hospitll I Nº 2

Estar prendado seguramente le impedirá aprender, interesarse por otros temas, j u­


gar con otros pares. Es decir probablemente no nos encontraremos con el niño de la
disolución del Complej o de Edipo, aquel que pasa a ese cuarto intermedio llamado
latencia, tiempo del aprendizaje, de los juegos de equipo, de interesarse por otras co­
sas. Nos encontraremos con up nilio que, como dij imos, no j uega, o j uega a juegos
peligrosos.

Jugáme contigo. La función del analista es sostener la escena. Pues de esa manera
se empezará a construir un campo de saber, dejando afuera la verdad, una verdad que
es de los padres pero que se juega en el nifl.o. Sostener la escena será, fundamental­
mente, introducir en el juego aquello con lo que no se puede jugar desde los adultos.
En la medida que acá se pueda j ugar, allá se podrá aprender, estar con pares, n o estar
todo a merced del Otro. Ahora bien, sostener la escena no es de cualquier manera ni
desde cualquier lugar.
¿De qué m anera? Se trata de hacer jugar algo de la posición en la que suponemos
ubicado a ese niño en relación al Otro, de manera que en las sucesivas vueltas del
j uego pueda transformarse algo de esta posición. Hacer jugar algo de su posición su­
pone hacer una lectura del juego, construcciones que, si bien no comunicamos a los
niños, utilizamos para intervenir, intentando ubicar qué del discurso parental es reto­
mado por el niflo y de qué manera. Jugar en escena esta posición permitirá que el nilio
quede re-ubicado de una manera distinta al único lugar posi bl e que hay para él en el
discurso de los padres, al decir de Freud: "situando las cosas de su mundo en un or­
den nuevo".
El niño j uega sin saber lo que juega, pero el juego del analista no es ingenuo, su
lectura permite una intervención posible desde el personaje que el niflo nos ofrece en
su juego.
¿Desde dónde? Desde jugar a ser un par, pero un par especial, alguien con quien
venir a j ugar. Seremos para el niño un S uj eto Supuesto S aber jugar.

A rroz con leche. El análisis con illl nifl.o se interrumpe. Su final es una interrup­
ción, por estructura. Se detiene j ustamente en el punto en que aquello que estaba de­
tenido, puede nuevamente comenzar a circular. Se interrumpe cuando ya no hace
falta, o mejor dicho, cuando ya ha hecho falta, es decir, cuando la falta ha jugado en
tanto causa del deseo.
Toda interrupción es significada a posteriori. Así como la neurosis de la infancia
será abrochada en la pubertad, vía aquel cheque en el bolsillo a ser efectivizado en el
encuentro con el acto sexual, un análisis infantil también será resignifi cado en un
análisis de adulto; allf sí será posible pensar en un fui de análisis.
Por lo pronto, con los niflos, nos abocamos al arroz con leche: se tratará de saber
jugar y abrir la puerta para ir a jugar con pares, mi entras que para casarse con una se­
ilorita de San Nicolás (o de donde fuere) habrá que esperar a la próxima vuelta. Por
ahora: a confonnarse con los juegos de niilos.

30
En torno a la a d m isión

¿Quién admite a quién?


- La clínica psicosomática -

Mariana Diamand *

L
a ad mi s i ón, un apuerta d e ent rad a a indi vi d uos po1i ad ores d e un a d eman d a, a
pedid os d e at en ci ón s os t enid os por un s ufr imi ento con l a con sigui ent e ap u es ta
q ue n os s u
pon e un s aber. E s ta prol i i
j d ad parece s ubverti rs e especialm ent e en
ci ert os ca s os : l os q ue confi guran el t er rit ori o d e las afe cci on es psicos omát ic as . S e
a s oma la siguient e p regW1ta: d entr o d e es ta s fr ont era s , ¿quién adm it e a quién?
Ofertand o un s t ock virtu al d e s ignifi caci on es pos i bles en respu es t a a al go qu e n o
h acepregW1ta, n os pr o pon emos s os t en er un a d emanda qu e n o es fo rmul ada porqu e no
exi s t e. P arad oj a en la medid a en qu e n os en contr amos con un ped id o q ue es exp li cit a­
d opor q ui en, en realid ad, n opid e. Impres ion a con ciert o efe ct o d e mu ñeco d e méd i co
- ventrfl ocuo d erivan t e.
D entr o d e es t e en s amblaje, n ues t ras int erven cion es precipit an d ir ecta ment e al v a­
cí o, abis mo in s tal ad o en l a brech a entr eps iq ui s y s oma.
¿Q uién ad mit e a qu ién? O, h ac iend o un a r efo rmul aci ón má s preci s a: ¿qué espe ci­
fi cid ad d e n ues tr apraxi s d ebemos con vocarpar a l ogr ar s er ad mitid os en el espaci o
ps íqui co d e es t e otr o? D entr o d e la es cas a bi bliogr afí a qu e exi s t e al red ed or d el t ema
"Psicosom ática " , s orprend e l a s uert e d e d es i n fl e, h art o fr ecu ent e, q ue s ufr e l a cons is ­
t en ci a d e l a t eorí a en el pas aj e a laprá cti ca clíni ca. S erá porqu e a
parece cues ti on ad o,
j u s tament e, el nú cleo d el ab ord aj eps i coan alíti co. En un a clíni ca qu e h ab it a el mund o
d el l en gu aj e, n os vem os con fr ontad os a d es cifra r un t ext o mud o.
L a a rti cu la ci ón t eóri ca d e los fen ómen os psicos omáti cos h a s id o en car ad a d es d e
div ers os á ngul os .
P ers on al i d ad es s obread a
pt ad as pa ra al gun os , a d isposici ón d e ex igen ci as ext ern as
en d et ri ment o d e las propi as n eces id ad es int ern os. "Enfermos de cordura" con un
aj u s t epor lo gen eral exit os o a la r ealid ad, es t os indi vi d uos a
prendi er on a s ofo car s u s
pro
pi os r e
pr es ent ant es ps íquicos y el afe ct o conc omitant e. L a con s ecuen c
ia es un
pen s amient opobre en s imboli za ci ón, cuy a d es en voltur a es a n iveles o
per at ori os. E s t o
impli ca un acces o d en egad o al mund o d e l a fant as í a, l o cu alpr odu ce un a adh er en cia a
lo fá cti co en un a dupl i caci ón, prá cticament e fot ográfi ca. H ay, ad emás, s eri as dificul­
t ad es para experi mentar afe ct os . La afe cci ón corporal t oma s u luga r.
F reud di s tin gu e l as n euros is act ual es d e las h i s t er
ias d e con vers i ón. L as pri mera s
s on d efi nid as en térm in os econ óm icos como un a d es car ga dir ect a d e t ens ión d e c:ti o­
logí a actu al a d ifer en cia d e l as s egu nd as l as cu ales , ad emá s d e s u h i s t ori cid ad, p ort an
en s u s ín t om a lapos i bi lid ad d e un rod eo a tr avés d e re
pres enta ci on es .
L acan, en el S emi n ar io XI, intr od uce el con cept o d e holofrase, n o s ólo en refe ren­
ci a a l as ps i cos is , s in o ad emá s en fun ci ón d e l os fen ómen os ps i cos omáti cos. P egadltl11
d e laparej a s ign ifi can t e S 1 S2, qu epromueve a una au s en ci a d e afán is is d el s uj et o con

• Psicóloga Residente de 4° Año del Servicio de Psicopato logía del Htal. Cosme Argerich.

31
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

la consiguiente imposibilidad de verse representado por significantes. Está denegada


la creatividad del síntoma en su arquitectura significante, como respuesta a la pre­
gunta ¿qué me quiere el Otro?
Por esta imposibilidad de tramitación a través de la estructura del lenguaje, el sig­
nificante incide directamente en el cuerpo. Este no responde como órgano de la l ibido
sino como organismo. Se trata de un trazo absoluto sin ligadura al Otro, irrepresenta­
ble. Es "la revelación de una existencia donde el sujeto está excluído [ . .] un sujeto
(l'
equivalente a esa manifestación misma" · Un punto donde el sujeto nunca ha entrado
·

en el Otro.
En la neurosis, el cuerpo como real, como organismo, se pierde. Al constituirse el
objeto a, hay vaciamiento de goce. El obj eto a es la prueba de la incidencia de coor­
denadas simbólicas. Un cuerpo presente como organismo implica que algo de Ja cosa
no se ha perdido. Como consecuencia irrumpe un goce anómalo, que, en l a medida en
que el objeto a es soporte de la transferencia, resulta intrans ferible. ¿Cuál es el camino
a tomar si nuestra propuesta es ser objeto causa y aquí nos topamos con algo intrans­
ferible?
. Lacan propone transformar el fenómeno psicosomático mediante su entrada en la
estructura a través de su operación como síntoma. ¿Cómo lograr una oferta del tiempo
necesario para que se ponga en juego la producción de un saber?
Si bien "la somatización como respuesta, tanto a los conflictos internos como a
las catástrofes externas es una de las cosas más triviales de que el hombre es ca­
(2l
paz" , todo neurótico puede también prestar su cuerpo a ciertas afecciones psicoso­
rnáticas; existen casos donde se reservan muy pocas posibilidades de representación
·

neurótica.
Los relatos de dos admisiones pueden resultar ilustrativos.
Un paciente de cuarenta y siete años es derivado por su médica cardióloga por in­
termitentes dolores en el pecho sin causa aparente. Habiendo, recientemente, sufrido
dos infartos, subyace el temor de un nuevo ataque.
El primer dolor en el pecho, previo a su primer infarto, lo refiere al momento en
que lleva a su madre en la ambulancia para ser internada en un hospital. Al respecto
dice: "No creo que eso sea causa directa del infarto. Si a la vieja le hubiese pasado
algo, estaría dentro de las leyes naturales n .
Durante l a entrevista establece un lazo asociativo entre una vida acelerada que l e
imposibilita dejar d e trabajar y l a muerte d e s u hija, ocurrida diez años atrás. Esta
compulsión a "hacer" para "no pensar" motiva la transgresión a la orden de su doctora
de no realizar esfuerzos laborales. Con su esposa hay un pacto implícito que prohibe
hablar de esta muerte. Sin embargo viven en un permanente clima de duelo. Comenta
que ve a una niña y llora. Refiere haber interrogado a otras personas que hubieran su­
:fi-ido un idéntico destino sin haber hallado una respuesta que lo calmara.
Habiendo incursionado en el territorio del dolor, en un avance que solo se limita a
ser narrado con asepsia de sentimientos, finaliza la entrevista con la siguiente pre­
gunta: "¿qué le digo a la doctora? ¿ Cómo está mi corazón ? "
Querer encontrar en este interrogante una metáfora d e l dolor es adentrars e e n un
terreno il usorio. Se trata de una pregunta por un órgano que bombea sangre.
Otro paciente, de cincuenta aftos, acude a la consulta a instan cias de su mujer, de -

32
En torno a la admisión

'Oído-a ataques de fatiga que aparecen de noche en el momento en que se recuesta en


Ja cama. Define estos ataques como autoprovocados, en. la medida en que surgen co­
mo consecuencia de sus propios pensamientos hipocondríacos.
Asmático desde pequefl.o, sin haber sufrido de ataques desde su adolescencia, me­
ses atrás debe ser internado dos veces, de urgencia, en el hospital. Poco tiempo antes
del primer episodio, refiere una ruptura de una relación extramatrimonial, sostenida
durante nueve afl.os (lo cual lo deja solo con su esposa ... en Ja cama) y un posterior
despido de su empleo. En el momento de la consulta deambula sin trabajo fij o. Su re­
lato no filtra el menor indicio de padecimiento.
Apelando, pennanentemente, a una variedad de causales de carácter orgánico,
surge entre ellos la "hinchazón" por exceso de comida. "Cuando me hincho me fati­
go", dice tocándose el abdomen. A través de Ja pregunta: "¿qué otras cosas lo hin­
chan?", este significante se constituye en bisagra que pennite la apertura asociativa.
Sorprendido ante la pregunta, comienza a explayarse acerca de su muj er, quien apare­
ce como especialmente dotada para producirle sensaciones de fatiga.
Sometimiento instalado a la demanda de su mujer, se dirige a mi pidiéndome que
sea yo quien determine si debe o no acudir nuevamente a otra entrevista. Le propongo
-metafóricamente- que sea él quien elija el color de su traj e (su cónyuge es quien
decide su atuendo diario). El desenlace es una despedida.
En dos situaciones donde no se admite a Ja analista, ¿surge alguna otra alternati­
va? En el primer caso ¿se podría haber denunciado que, a través de su propio cuerpo,
se estaba remedí.ando una transgresión a la ley natural que determina la muerte de los
padres como previa a la de los hijos?
En el segundo, ¿hubiese sido conveniente aceptar, desde el inicio, este lugar trans­
ferencial de una mujer que ahoga con sus demandas, para propiciar fatiga en sesión?
¿O bien, hubiese sido acertado enunciar lo riesgoso de su despedida, ya que implicaba
la elección de un posible porvenir de fatiga?
En pacientes con un entrenamiento tan logrado en lo que hace a efectos de aneste­
sia, quizás sea cuestión de ensayar cierta conmoción penetrando por algún punto vul­
. nerable que los enfrente con el horizonte real de la muerte. Paradoj a de un fenómeno
que, en defensa de Ja vida psíquica, se erige en metáfora de la muerte.

( 1) - Ariel, Alejandro; Laznik, David : "la interpretación, ciclo II". del Seminario de Psicoaná­
l i s i s para graduados, Ed. Estilos, Buenos Aires, 1 990.
(2) Me - Dougall. J oyce · "A legato por cierta anormalidad", Ed. Petrel Barcelqna, 1 982.

33
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

Admitir la psicosis
Sergio A. Strejilevich *

P
ara este trabajo, tengo como intención pensar, una vez más, cuáles son las ca­
racterísticas, las diferencias y el resultado del acto clínico denominado "escucha
analltica de pacientes psicóticos". Recurriré al texto de una paciente.
Irma, una muj er de 29 af1os, viene sola al servicio solicitando una admisión por
consultorios externos. Ha sido derivada de la guardia externa, donde consultó durante
el fin de semana anterior:
"Hace 8 meses que yo perdí a mi bebita al mes y medio de nacida y quedé muy
nerviosa. Es natural que pase esto. Seis meses después yo me estaba recuperando con
mi marido y él se fue de casa y dijo que no me quería ver más. Me quedé muy depri­
mida. Traté de salir sola pero estaba cada vez mas deprimida. Yo soy creyente de
Dios; hace dos semanas tuve contacto con una Evangélica. Ella rezaba por mí y me
dijo que Dios iba a hacer algo por mí en mi vida, hasta que hace 1 5 días me agarró
un resfrío con un ataque de asma. . "

El relato transcurre en forma minuciosa, abundando en detalles. Se hace dificil


interrumpir para formular preguntas. Irma, del mismo modo, insiste en comunicar este
relato en una rigurosa y determinada secuencia:
"... Me dolía todo el cuerpo. Fui al hospital. Me dieron antibióticos y un jarabe
para la tos. A las siete de la tarde empezaba a tapárseme la nariz y empezaba el
"bombeo". Se me transpiraban las manos, se me acalambraban, sentía hormigueos en
el brazo, mareos; temblaba como si tuviera frío. Eso me pasó un vez cuando lloré
demasiado de mi nena y me dieron tranquilizantes en el hospital. . . 11

"A l día siguiente mi hermana le comentó a la Sra. Evangélica y le dijo que me iba
a llevar a la iglesia para que me sanen. El hombre de ahí dijo: Dios quiere cambiar
su vida, todos los que creen en Jesús van a sanar. Cuando pasé adelante, me puso la
frente arriba; rezo en voz alta, decía: Jesús sánela, tóquela. Ese día sentí que se me
. . 11
iba la depresión.
Segunda consulta acerca de su padecer que realiza Irma. Como en otras tantas
tercer día que iba allí sentí
ocasiones, ésta se realiza en una institución religiosa . . . . "Al
que cayó un espíritu sobre mí. Empecé a transpirar todo el tiempo. Sentí como que
hacía un ruido que hacía trus-trus-trus. Me toqué la cabeza y no me dolía más. A l día
siguiente lo comente en la iglesia: Se pusieron contentos. Le dije que me dolía la es­
palda izquierda y empezaron a hablar otras palabras. Yo empecé a p ensar que po­
drían llegar a estar diciendo cosas malas. Cuando me dormí al día siguiente, cayó
sobr e mí una luz muy brillante, empecé a sentirme rara. Me empezaron a gustar las
. cosas naturales. las personas de la iglesia me dijeron que era normal eso, pero yo
les dije que no: Yo vine para sanarme pero ahora ya no me siento la misma. ¿ Qué me
pasa? De repente me enamoro de los pájaros, de las plantas de los árboles. A ntes
,

pensab a en que cocinarle a mi marido o a mí hijo. Ahora empecé a vivir como en un

* Jefe Resi dentes de Psiqu iatría del Servicio de Psicopatología Hospi P arm e n i o P i ñ ero

34
En torno a la admisión

mundo religioso. No me importaba m1 casa, no la limpiaba ni la ordenaba. Me iba


enamorando del cielo, las nubes, las plantas. En la iglesia me dijeron que la luz que
cayó sobre mí es la que se había perdido. al pecar A dán y Eva. Para los evangélicos
es norm al, que yo iba a ver más. A mí no m e gustaba . Yo dije: quise cambiar mi vida
pero no de esta manera Yo vivía en el aire como volando; después me agarró una
desesperación de llorar, después una alegría dem asiado grande que no es para un
ser humano. Salgo afuera y veo visiones, unas palomas blancas. Creo que una palo­
ma así no existe. . . "
lnna nos brinda un claro ejemplo de lo que resulta en ella este modo de interven­
ción. Los evangelistas creen en la nonnalidad de su experiencia. Incitan a L'lUa a con­
tinuar con ella. El resultado de esto: algo "demasiado grande que no es para un ser
humano".
En este punto del relato de lnna, realizar lll1 diagnostico psiquiátrico es posible.
Para el DSM III-R la paciente reúne los criterios necesarios para diagnosticar su cua­
dro como un "trastorno esquizofrénico " . En cuanto a la estructura de Irma, si bien se­
ria apresurado dar cuenta de ésta, algunos datos nos dan lll1 a pista. A pesar del tono
conciliador de "Los evangélicos " Irrn a no duda del carácter exclusivo de su experi en­
cia. Para ella, esas palomas o esa luz, han escapado al registro de lo cotidiano. Decir
en este punto que estas experiencias comparten el carácter de lo alusorio para Irma,
no resultará demasiado arriesgado.
El admisor, curioso, intenta precisar las características semiológicas de las expe­
riencias de Irma:
- ¿Cómo fue que cayó un espúitu sobre usted?
- "Era una noche silenciosa. Salía de mí una voz que le decía a mi marido que me
quiera mucho a mí y que grite que él era su padre "
- ¿Cómo era esa voz?

- "Era algo que salía de mí. Era una cosa ligera; era como mi voz pero yo estaba
callada"
Es en este punto donde presento al que pretendo sea el protagonista de este texto,
el admisor. Aquí, con su intervención, tenn ina de recoger Jos datos serniológicos ne­
cesarios para confümar el diagnóstico psiquiátrico. Con éste, el admisor podría haber
desplegado toda una gama de recurs os; podría haber medicado a la paciente, citado a
un familiar, indicado una internación como instancia indispensable para la continua­
ción del trata.m iento, et c. Sin embargo (y van hora y media de entrevista), continúa a
pesar de haber llegado a este plll1t o, escuchando el testimonio de Irma:
"Yo estaba segura que los evangélicos habían cambiado mi vida. ¿ Qué hicieron
con mi vida? Me están volviendo loca. Yo fui a pedirles explicación. Me siento como
inhumana. Me cambiaron mi ser. Me dijeron: Quedáte tranquila que no le va a pasar
nada. . . Tuve fe. pero también sospecha de que me hacín mal. Hablaban en otro idio­
ma, a veces Barnabá o algo así. El cura me dijo: Lo que pasa es que vos tenes una
fies ta con /u Dios. Vos cuando te casaste no /uvisle una fiesta con /u marido, ahora la
tenés con Dios. . . "

lrma, a esta al tura empujada directamente a compartir amante con el presidente


Schreber, antes de llegar al hospital real i za otra consulta. Observemos a quién, el es­
tilo de la respuesta y los resultados de ésta: " Yo sentía que me habían usado el co-

35
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

razón y el cerebro Hace 2 uño., qu� vu venia leyendo libritos de los testigos de Jeho­
va con una amiga que es testrg(. Peru yo no soy testigo Le conté a esta amiga lo que
me pasó hace una semana Ella abrró la Biblia y me dijo que el Diablo es astuto y
engaña. Cuando uno busca u 01os él se pone en el medio. Así como vos estas no
puede haber sido un dios bueno Delante de ella me volví un ser humano, pero quedé
muy nerviosa. Tengo mucho miedo de ellos. Me dijeron que si yo renunciaba a la re­
ligión me iban a venir 7 males Ellos tienen mi nombre, el de mi marido y el de m1
hijo, junto con mi dirección. "
Inna, vuelve a ser humana delante de su amiga. Esta, si bien cree en la realidad de
lo divino de los acontecimientos vividos, relativiza el estatuto moral de este Dios. Es
un Dios malo. Paralelamente los evangelistas, "Los Evangélicos'' de I.nna,· han sido
situados en el núcleo del ya constituido delirio de persecución.
- " Doctor, ¿ usted me cree todo lo que le cuento ? "
·S í , resulta la respuesta esp ontánea d e l admisor.
· "Entonces ¿por qué me pasó todo esto? Yo quiero saber porqué.
- No lo sé, pero vamos a tratar de averiguarl o en estas entrevistas.
Tal como fue indicado, Inna concurr e a la semana siguiente a otra entrevista. En
ésta refiere sentirse mejor. La mejoría es atribuida a haber comenzado un tratamiento
homeopático entre estas dos entrevistas. I.nn a no consideró suficientes los servicios
prestados en nuestro hospital. El delirio sin embargo persiste: "Nosotros, los seres
humanos, no somos nada frente al poder de ellos. . Los que están hace mucho tiempo
en eso están como seres humanos entre nosotros, quizás la sangre y el espíritu no son
como nosotros. Es como dicen ellos. ángeles.
Irma aguarda de parte del ad.misar una intervención mas allá de su paciente escu­
cha. Insiste con su pregunta sobre si el ad.m isar cree o no en su relato. Nuevamente
recibe sólo una respuesta afirmativa a lo que Irma contesta: "Yo creía que aquí me
iban a ayudar psicológicamente a que me sienta bien o a que no les tenga ya tanto
miedo . " lrma no concurre a la tercera entrevista.
.

¿Qué es escuchar?

Gracias a las virtudes de lrma como relatora de su experiencia contamos con un


texto donde claramente podemos ubicar cuatro modos de intervención y sus respecti­
vos resultados:
1 - lrma consulta al médico clínico por su asma-depresión. Se le indican antibióti­
cos y un jarabe para Ja tos. Resultado, su familia decide acudir a una congregación
Evangélica. Por lo tanto, su problema está en el "alma" no en los pulmones.
2- Los evangelistas interpretan como positivas las nuevas experiencias vividas por
!nna, la alientan a continuar con la ''fiesta con su Dios " Inna rechaza esta interven­
ción y se ve precipitada a mayores experiencias psicóticas. Prontamente, los evange­
listas transfonnados en "Evangélicos". se constituirán en perseguidores.
3- lnna consulta a una amiga que es "testigo " Esta relativiza la normalidad de los
fenómenos, relativiza la bondad de este Dios: "Así como vos estás no puede haber si­
do un dios bueno " Inna recupera sensaciones de humanidad. De todos modos queda
nerviosa y comienza a sentirse perseguida.

36
En torno a la admisión

4- lnna. fin almente consulta a un servicio de psiquiatría. Concurre sola. Es escu­


chada atenta y pacientemente Se evitan rntervenciones directas o acciones de corte
psiquiátrico. lnna interroga a su interlocutor sobre si éste "cree" en su decir. Se le
responde afumativamente pero hma continúa interrogando hasta abandonar las con­
sultas. En el espacio entre las dos entrevistas consulta a un médico homeópata que no
duda en comenzar un tratamiento. Se lo hace saber al admisor. Le adjudica su mejo­
ría. Sin embargo, aparte de concurrir nuevamente al servicio de psiquiatría a pesar de
situar su mejoría en otro contexto, vuelve a interrogar al adm.i sor de este servicio, in­
sistentemente. Luego, marcando el fin de su encuentro con la institución, directa­
mente se queja sobre la falta de acciones terapéuticas concretas : "Yo pensaba que acá
me iban a ayudar psicológicamente a que me sienta bien o a que no les tenga tanto
miedo. . "

El admisor rápidamente advierte algo particular en el relato de Inna. Este relato no


está fonnulado como una pregunta, resulta dificil interrumpirlo, relativi:zarlo. Este
relato tan particular recibe un nombre en la clínica lacaniana: testimonio. Podría tra­
tarse de otra categoría semiológica, pero, en este caso, l a denominación de esta fonna
particular del decir psicótico encierra una apuesta teórica. El psicótico, con su testi­
monio, no hace otra cosa que dar cuenta del goce del Otro, es testimonio del goce del
Otro. "Los Evangélicos" al alentar a Irma a continuar su novedosa y privada relación
con Dios, ¿no empujan, acaso, a Inna hacia ese goce? La misma clfnica nos propor­
ciona una forma de corroborarlo. Intervenir en este sentido tiene como consecuencia
quedar colocado en el lugar del perseguidor.
Sin embargo esta forma de pensar el decir de nuestra paciente no termina de con­
formar por sí sola una "es cucha analítica". Es necesario un segundo momento en el
que este trabajo de lectura del texto sea devuelto a Irma. En nuestro caso, Inna pre­
gunta insistentemente al respecto. Ha advertido que a pesar del espacio de su consul­
ta, no es escuchada desde un !Ugar psiquiátrico (ocupado este espacio posteriormente
por el homeópata). ¿Entonces, desde dónde?: " ¿ Usted me cree Dr. ? "
Todos han escuchado a Irma y todos l e han creído. Por qué pregunta lrma e n e l
hospital s i se l e cree? Y s i s e l e cree, ¿qué e s lo que se le cree?. Se l e contesta que sí,
pero ninguna acción señala el punto de partida de esta respuesta. Inna alza su vere­
dicto con respecto a este tipo de situación: " Yo pensé que aquí me iban a dar una
ayuda psicológica. " No retoma esta vez.
Pero entonces, ¿qué se cree del testimonio de la paciente?.
Debe creerse, al menos desde el psicoanálisis, lo real de la estructura y desconfiar
de la "realidad" del testimonio. Estas dos acciones son complementarias ya que al
pensar a la estructura como un real rápidamente deducimos que ese discurso, e l testi­
monio, no comparte ese "carácter de realidad' con el que habitualmente adjetivamos a
nuestro engatloso uni verso simbólico-imaginario. Dicho en fonna un poco brutal,
desde aquí es de donde únicamente se puede llegar a concebir la singularidad de un
loco.
¿Cómo podríamos haber interv enido con respecto a la pregunta de Irma articulan­
do lo dicho hasta aquí? Como una de las mil fonnas posibles: "Mire Irrn� la verdad
que m ucha de las cosas que usted me cuenta me parecen por lo menos extrañas, pero
de lo que si n o hay duda es de que la s i tuación en la que usted se encuentra por lo me-

37
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

nos parece, desde lo que usted me cuenta, muy dificil de sostener Y esto es lo que le
creo, ¿puedo ayudarla a buscar un alivio?" Esta acción sólo completará la fónnula
que instauraría una escucha analftica. Sospecho que de haber intervenido siguiendo
,estas coordenadas, dificilmente frma hubiese alzado su sentencia de abandono(IJ Es­
to, básicamente, produce como efecto devolverle al delirante una dimensión de sujeto,
que desde Ja neurosis, "la nmmalidad ", no podría -Jo demuestra en su delirio- soste­
ner.
Algunos autores antipsiquiátricos en su esfuerzo comprensivo finalmente parecen
postular que el loco no existe en su dimensión de diferencia, sino sólo como mártir
emergente de presiones sociales. Parecen no poder escuchar Jo aplastante de Ja dife­
rencia que marca la respuesta de este individuo a las presiones con que el devenir so­
cial marca a todos. Desde aquí, desde esta particular posición ética que nos brinda el
psicoanálisis, podría empezarse a intentar trabajar la principal pregunta de Irma:
n¿ Entonces, por qué me paso todo esto, yo quiero saber porqué? ".
Como final, podríamos agregar que con este ap01ie, el psi coanálisis nos ofrece un
'sujeto redimensionado sobre el que se puede pensar desde todas las vertientes teóricas
el fenómeno de la psicosis, ya que ésta misma, es dificil no ofrlo, nos convoca a esta
tarea. '

( 1) En realidad lrma concurre nuevamente tres meses después de estas entrevistas. En ese mo­
mento se encuentra sumamente deteriorada y p resentando además un aparato de influencia (sa­
bernos de la gravedad d e la apar1c1ón de ese fenómeno).

38
En torno a la admisión

Admitir de día **
Clara Alvarez *

uisiera retomar, como forma de introducción, un punto de la presentación reali­

Q zada en el Ateneo del afio pasado. Me refería ahí a que la manera en que un
analista plantea su práctica en este dispositivo que llamamos Hospital de día,
requiere su disposición a crear las condiciones de posibilida d de aparición de una de­
manda, a construir un Jugar para un llamado, a establecer, en fin, las condiciones pre­
liminares para un posible tratam iento.
El dispositivo analítico, el hecho de que alguien quiera habl ar, que alguien ofrezca
un Jugar para hablar, la regla con la cual esto se hace, se abre, constituye nuestra par­
ticularidad, en relación a otros lugares que son ofertados (talleres, desayunos, almuer­
zos, etc.). Dispositivo necesario pero que no agota ni garantiza una escucha analítica.
No basta Ja mera existencia del dispositivo p ara que haya analista. Sólo opera como
p lataforma de sostén del deseo de un anal ista, que se vuelve condición de ese d isposi­
ti vo.
Había caracterizado la m anera en que habitualmente alguien llega a este Hospital
de día: traído por un fam i l i ar , enviado por un pro fes ion al , ubicando así que alguien
pide un tratamiento p ara quien aún no se sabe s i l legará a constituir una demanda.
Es a este pasaj e de pedido de consulta a demanda de aná lisis que quisiera referir­
me. D icha operación pone en marcha Ja función deseo del analista., orientando la di­
rección de las entrevistas mismas previas a un comienzo de análisis.
Al dar lugar a Ja entrevista de admisión, Jo que se está admitiendo es que a lgu ien

p ueda ll egar as í a la consulta. Tiempo que se considera necesario, tiempo de informa­


ción, de reconstrucción de una historia, de recavación de datos. Que alguien empiece
a venir a diario no significa más que eso: contar con su presencia. Hay ahí una deci­
sión de ambas partes : de quién decide al menos querer empezar a venir, y de nuestra
p arte la indicación de este tratamiento. Quedan así señalados diversos tiempos: el de
la consulta, el de la entrevista de admis ión, y el del ingreso.
Es con esto con lo que contamos hasta ahora; alguien quiere venir, tomando Ja
forma que toma en cada caso: p ara estar con otros, para no estar en otro lado, para
entretenerse, por obediencia, para recibir medicación, por curiosidad.
Lejos estamos aún de que su hablar en relación a su sufrimiento, a su historia, esté
d irigido. Ya que sólo cuando Ja enu nc i a c i ón se dirige a otro, c u ando deja de ser indis­
cri m i n ada, podemos pensar en la constitución de una demanda.
Se encuentra a veces que para alguien es posible transcurrir su tiempo de trata­
miento haciendo sólo eso: venir. Puesto que a esto no lo sucede un querer algo con
respecto a su sí ntoma. Q uerer en el sentido de que opere ahí tma rectificación subjeti­
va, un querer saber acerca de su padecer. Un suponer que alguien sabe acerca de lo
que le pasa . Es con este obstáculo con el que a veces se tropieza, en tanto aparece como

• Co-coord i n adora de Hos p ital d e dfa del Centro de Salud Mental Nº 1 M. Pedraza
• • /\lenco del Centro de Salud Mental Nº l M anuela Pedra.za, J u l i o de 1 992.

39
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

impedimento, como algo a desarticular. Alguien puede querer venir y pennanecer sin
pasar por el costo que implica hablar, renunciar a su goce en el síntoma, sin hallar el
ataj o que desvíe de la satisfacción. Aquf la orientación que tome el analista se dirige a
que dicha satisfacción encuentre una diferencia en la demanda. Me refiero a un obstá­
culo, a algo que impide el pasaj e de la consulta a la demanda.
Quiero hacer algunas consideraciones cefiidas a fragmentos de un discurso en el
que aparece la posición del sujeto en relación a lo que dice, al orden de la imposibili­
dad. Es decir a un sin salida en el que la falta tiene que ponerse en función en la trans­
ferencia para que haya lugar a la articulación de una demanda de anál isis.
En esta puntuación se trata de una paciente en la que aún no se han dado las con­
diciones, donde encuentro aquel obstáculo al que me refería anterionnente. Obstáculo
ante el cual se hace necesario un trabajo.

M . l lega al Hospital de dla para evitar algo: una internación. Opta así por lo que
menos terne. Opción misma que le es ofrecida por quien le indica la internación.
En las primeras entrevistas acompafta su decir con c iertas alteraciones: mareos,
baja presión. Se detiene particularmente en el detalle de sus diversos tratamientos an­
teriores; más precisamente en la interrupción del último, del cual dice desconocer si
su terapeuta la volverá a atender o no. Sufre de soledad, responsabiliza de esto a sus
hijos que la han abandonado.
Es así que ha llegado a la consulta e ingresa: por obediencia, porque fue dejada
por su terapeuta, por el desamor de sus hijos, porque sufre de soledad. Obsérvese ya
su posición de pasividad frente a quienes la mandan, la abandonan o no están solos.
Su venir está signado en estos momentos por e l cumplimiento de horarios, de acti­
vidades. Habla de su depresión, del maltrato de Ja hija, de todo lo que ha perdido en la
vida (trabajo, esposo, amigas) de su esperanza de ser curada.
Y más adelante: este tratamiento de Hospital de día le hace mal (mucho tiempo li­
bre). Recuerda el . tratamiento anterior en el que tanto había avanzado, todo lo cual
está perdido por la interrupción, léase abandono. Su discurso aparece sostenido por la
ignorancia: no sabe, no recuerda, no se le ocurre nada.
Esto va in crescendo en tanto mis intervenciones se dirigen a su implicación, más
puntualmente a la responsabilidad que le cabe en lo que le sucede.
La diferencia que para M. se iba instalando aquí es que mis palabras no le daban
respuesta (diría más bien una explicación) a la manera que habla encontrado en otras
oportunidades. Decido entonces, y le digo, que ella me pida un horario para una en­
trevista cuando quiera decirme algo.
M. no viene ahora con Ja misma frecuencia al Hospital de día. En una o dos opor­
tunidades pide tener entrevistas. Habla de estar bl oqueada, de no tener nada para de­
cir. Ante una pregunta sobre una decisión de hacer el tratamiento, se sorprende, y lue­
go dice: " voy a venir para tener una ·obligación, la de levantarme temprano". Enton­
ces, si M. insiste en venir a decirme que no tiene nada para decir, intervengo en ese
sentido. Su respuesta es, al menos por ahora, su ausencia.
Para concluir: el obstáculo que encuentro en M. es que 1 ) Aún no hay una transfe­
rencia con la cual pueda operarse: 2) M. no ha llegado a enigmatizar su s íntoma, es
decir, el ¿qué me pasa? (subrayo el pronombre como comienzo de la pregunta por la

40
En torno a la a dmisión

causa: ¿qué me causa esta síntoma?); y 3) Ai menos hasta ahora, y con el carácter
provisorio que creo debe ser mencionado, M. quiere aquello con lo que cree haber
avanzado: la respuesta dada que obture el enigma que el síntoma le plantea.
Destaco lo de provisorio, haciendo lugar al tiempo. El tiempo necesario para que .
mi intervención prosiga su trabajo. Ya que considero que lo "preliminar" a trabajar en
el Hosp ital de dla está signado por este efecto de báscula donde el sujeto jugará s1,1
suerte entre una signi ficación establecida y una interrogación q� r6forvmle, las con­
diciones de su deseo.

.!

41
Psicoanálisis y el Hospitll l Nº 2

Intem(alien)ación
Rubens Romano Madel *

P
ara reflexionar acerca de las dificultades para la admisión de alguien, en calidad
' de paciente, en un dispensario psiquiátrico, partiremos de una constatación: ob­
servarnos en diversas oportunidades, al puntó de concluir que constituye una
regla, que pacientes con cuadros perfectamente diagnosticables corno neuróticos, des­
pués de recibir el alta de una internación p siquiátrica, inician tal vez, pero no se com­
prometen, ni en psicoterapias que busquen promover "insights" ni en un trabaj o ana­
lítico.
Esta constatación exige considerar diversas hipótesis:
1) que los pacientes que llegan para ser internados, aún neuróticos, tendrían algu­
na o algunas diferenc ias fundamentales en relación a los que adhieren al trabaj o ana­
lítico o psicoterapéutico;
2) que algo inherente a l a propia internación produciria, en el plano del resultado,
.Ja falta de adhesión;
3) que acontecimientos fortuitos, aunque frecuentes, ocurridos antes de l a interna­
· ción, en la admisión, o durante la internación, podrían ser los determinantes de esta
actitud;
4) que l a no adhesión, posterior al alta, sería el resultado de las repercusiones de Ja
internación no solamente en aquél que fue internado, sino también en quien convive
con él más íntimamente, casi siempre los responsables directos de la búsqueda de
tratamiento que conduj o a la internación;
5 ) que la no adhesión sería el resultado de procedim ientos inadecuados en el pro­
ceso del alta hospitalario y la indicación del tratamiento posterior;
y 6) que el profesional, al recibir para un tratamiento ambulatorio a alguien que ya
ha sido internado, caería, intencionalmente o no, en procedimientos que dificultan tal
adhesión. Tal vez, todas estas hipótesis estén contenidas en una misma lógica.
Verifiquemos: ¿quienes son las personas i nternadas, y en qué situación lo fueron?
Una joven de 1 8 años, con parálisis histérica de miembros inferiores desde hace cua­
tro años, deja absolutamente de a limentarse, pasando a correr riesgo de vida. Una se­
fi ora de 32 afios, madre de dos hijos, de 1 2 y l O añcis, 40 días después de dar a luz al
tercero, intenta suicidarse con un tiro en la cabeza; después de varios días de interna­
ción para el tratamiento de su herida, estando en su casa y cuidando a su hijo recién
nacido, lo hiere gravemente en el tórax con un cuchil l o de cocina. Un muchacho de
28 aftos, vi viendo con su madre y una hermana, afligido por pensamientos obsesivos
destruye todos los muebles y obj etos de su casa, lo que empeoró su estado de angus­
tia, presentando sugestivas actitudes suicidas. Una seftora de 34 aftos, madre de una
nilla de 8 aftos y de un n,ifto de 5, desesperada ante su s i tuación vital, aún cuando no
consigue explicar cl aramente el porqué de su desesperación, envenena a su hija y a sf
m isma con extre ma gravedad. Una jo ven de 1 9 años con total des control emocional,

* En fürmaria cic Psiqu iatria - H C U n i camp - Crun p i n as, Sao Paulo, Bras i l .

42
Ea torno 11 la adm isión

causa tantos trastornos en la casa que, a pesar del uso de una fuerte medicación seda­
tiva, hace imposible evitar su internación. Una j oven de 24 afios, después de discutir
con su hermana mayor, intenta suicidarse con un revólver del padre de grueso calibre,
disparándose un tiro en el corazón; el que resultó ileso porque, teniendo en cuenta l a
trayectoria del proyectil, se encontraba ciertamente e n sístole e n e l momento d e l dis­
paro. Además de otros, que, como estos, habían conido un gran riesgo de vida, o se
sospechaba podían correrlo, con tentativa . de asesinato, y otros que presentaban alte­
raciones de comportamiento tan graves que era insoportable para la familia mante­
nerlos en su casa. Se tomó evidente que, en todos estos casos, se trataba de pacientes
neuróticos.
Los ejemplos, citados aquí resumidamente, pueden hacer pensar que los pacientes
que llegan a necesitar internación son más graves que los que no fueron tan lejos, y
residiría allí la exp licación de su no aceptación del tratamiento no medicamentoso. No
obstante, recurriendo a algunos contraejemplos, observamos pacientes que, aún ha­
b iendo sido internados, acfüieren al análisis. En p aiiicular, llama la atención que algu­
nos que aceptaron el trabajo analítico, habían roto sus vínculos, de forma un tanto
dramática, con los responsables de los cuidados que recibieron durante la internación.
Y otros que no adhieren al tratamiento no medicamentoso, sin haber sido nunca inter­
nados, habían tenido por lo m*e.nos una experiencia satisfactoria con el uso de medi­
camentos; dejaron en claro que confiaban en que si llegaran a necesitarlo, esto se re­
petiría.
Dos casos, ej emplos y contraejemplos, y las hipótesis mencionadas, podemos
aventar una lógica común en todo esto : que la internación, como también el uso de
medicamentos coincidiendo con mej oras sintomatológicas, conducen a una manera
peculiar de implicarse, o de no implicarse, en relación al síntoma. Probablemente, no
son sólo la internación o el uso de medicamentos los que determinan este resultado.
Sin embargo, incluso cuando la no implicación ya hubiese ocurrido antes de que: W1
profesional sea pro curado, la actitud de este profesional tendrá relevancia, en la medi­
da de que su ación surge un Otro (la ciencia, Ja especialidad con sus dictámenes, el
hospital, etc . ) y un deseo (del tratamiento viniendo por las manos del Otro). Lo que
ofrece al paciente una alternativa cuya posición está más próxima de la perversión
que de la neurosis en la convivencia con el conflicto inconsciente. Y para que esta
oferta se concretice en una modificación, pai·a que lo simbólico sea eficaz, como lo
describe Lévi-Strauss(ll, el último factor necesario es que quien es definido como pa­
ciente, se admita como tal.
Al insertarse W1 elemento (alguien con sus singularidades) en W1 conjunto (lo que
puede o<rurrir por la vía del diagnóstico, como por la de la acción terapéutica, -­
homogénea para los diferentes pacientes que reciben un m ismo diagnóstico--), el
conjunto resultante (el propuesto teóric amente y verificado en seguida en los casos
clíni cos) se transforma de conjunto en un nuevo elemento, formado por todos, pero
que no es n i nguno: elemento con el cual todos los pacientes pueden identificarse, pero
que no responde por ni nguna singularidad. Al contrari o del anál isis, se instala así una
circunstanc i a donde el OtTo responde por el síntoma de alguien, al costo de que el
diagnóstico pasa a quedar incorporado a Ja identi ficac ión, Jo que, a su vez, redobla el
efecto de la a l i enación.

43
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

Se ofrece al paciente una modificación en la obtención de la satisfacción, tanto en


su dimensión del goce como de beneficio secundario, dándole, con el diagnóstico y/o
las acciones terapéuticas, una condición de excepción.
Elaboraciones realizadas a partir de casos de neurosis, su conclusión tal vez pueda
ser extendida a la generalidad de los casos psiquiátricos, cuando se consideren las pe­
culiaridades de cada estructura; o hasta la generalidad de las instituciones, cada una
proveyendo sus rótulos de identificación y realizando sus respectivas acciones coerci­
tivas, sutiles o no.
Podría obj etarse tal vez que a estas ideas les falta especificidad, y que nada de re­
levante acontece en el mundo hwnano sin que sea nombrado, por lo tanto, imaginari­
zado, abarcando el conjunto de la civilización; lo que lleva entre otras cosas, a que el
trabajo analítico sólo sea posible en algunas culturas. Esto es asf, y lo expuesto busca
discutir, en uno de sus detalles, cómo esto acontece entre nosotros.

( 1 ) Lévi-Strauss, C. "Antropología estructural". Cap. X : A eflcácia simbólica. 3° Ed. Tempo


Brasil eiro. Rio de J an e i ro, 1 989.

44
En torno a la admisión

Modos de lo inadmisible **

Mario Pujó *

uerría abordar el tema de la admisión bajo su forma negativa, baj o la fomia de

Q lo que se podría llamar lo inadmisible. Partiré de Wla afirmación: para que la fi­
gura de Ja admisión tenga algún sentido, debe recortarse sobre el fondo de Wla
posible no adims1ón. En el contexto mstituc10nal, la función hende a confundirse con
el ej ercicio de un cargo, de una comisión, de un grupo, el desempefto de un funciona­
rio; pero desde el psicoanálisis, admitir no puede sólo reducirse al mero acto burocrá­
tico de una distribución azarosa de pacientes, habitualmente regida por diversas prefe­
rencias, más o menos legítimas, más o menos confesables, sean de orden diagnóstico,
edad, sexo, situación económica o eventual previsibilidad · de pase a privado. Aún
cuando estas cuestiones estén quizás inevitablemente presentes, se trata de pensar las
condiciones en las que un sí es dado a alguien que lo pide, precisar los alcances, los
limites, las consecuencias que este sf tiene para el que lo da y para el que lo recibe.
Unico modo, finalíñente, de dibuj ar una frontera, una dehm1tac1ón de las mot1vac10-
nes eventuales de un no que pueda fundar sus razones.
( )
Admitir significa efectivamente aceptar, consentir,, acoger, aprobar, reconocer, lo
ue se odría perfilar como diversas modalidades.de dar un si, un sí en el mtenor del
cual todos Jos no, -Ji ados a as vicisitudes de Ja represión- puedan IrSe alo" ando a lo
largo de un an lisis . Y para ecir que sí, es necesano como mfmmo que haya un pe­
dido, una pregunta, una cuestión que esté expresada de manera tal que pueda respon­
dérsele, aunque sólo sea baj o la forma de su puesta en suspenso.
Es oportuno de todos modos precisar que presuponer que una demanda, una pre­
gunta, una queja, debería ser formulada de un modo previamente determinado para
ser considerada como analíticamente valedera, no constituye más que una resistencia;
en sentido pleno, una resistencia del analista. Los pedidos se fonnulan como se puede
-lo que es aún más evidente en el contexto hospitalario- según una cantidad de im­
ponderables que no siempre toman en cuenta las preferencias de aquél a qmen cir­
cunstancialmente se dingen. La verdad de una demanda no puede ser ajena a la tor­
sión que en ella introduce el analista, uien se revela capaz de leer en ella lo que éle
-
pa ecumento y de repetición se anu a.
No podemos ignorar por otra parte que la admisión tiene más de un sentido, y que
a una precipitación de nuestro si, a nuestra invitación anticipada, el "candidato" puede
a su v e z responder que no, lo que sitúa su efectiva dificu)tad. Ante la propuesta de
trabajo que supone un ps icoanálisis la ad mis ión es mutua, ¡¡1·dobre:zi

• Supervisor de Residencia Hospital Cosme Argerich y Hospital Pannenio Piñero.


** Presentación n:alizada en el esp acio de residencia del Hospital Pannenio Piñ ero, el 6/1 O/
1 992.

45
Psicoanálisis y el Hospital N° 2

Desde la erspectiva del analizante, admitir a un analista no es al o sencillo, ni


inmediato. Porque si su posición inicial está generalmente ligada a un su 1ento,
también lo está por aftadidura a su modo particular de "no querer saber nada de eso"
en el que su sufrim iento se instala. Si no nos podemos apoyar a priori en un deseo de
saber, y mucho menos en una Wissentrieb como pulsión de saber, se trata en el con­
sentimiento del paciente, en su apertura al analista, de algo del orden del amor, del
amor al saber. Que un sufrimiento empuje, la instauración de un amor al saber -es lo
que se llan1a transferenéia- y el s i que el analista da a este amor al saber gue él mismo
suscita, sitúa los contornos del inicio de un análisis, sus condiciones de osibilidad.
esde l a perspectiva del anahsta, se trata, fina ente, e una decisión, a e ección
de una respuesta entre varias posibles; lo que inevitablemente nos sitúa en una dimen­
sión de responsabilidad, que introduce de entrada una cuestión � Porque §iilia­
ber que funciona en la experiencia como inconsciente es un saber supuesto, es al
mismo tiempo necesarto un saber efectivo un indicio una rueba al una marca que
aga pos1 e e surgimiento e esa suposición. Es exigible al psicoanalista un cierto
saber so15re el sufrimiento, un saber que sepa lgnorar, que sepa dar cabida a lo no sa­
bido, a la s orpresa, a la verdad. Para decirlo brevemente, es también exigible al ana­
lista saber, -saber cuándo, saber cómo, saber or ué- decir ue no. Decir que sí, decir
que no, nnp 1ca hablando con propiedad erigir o franquear un limite, rozar una certi­
dumbre, demarcar un antes y un después, algo que, por tener consecuencias, no duda­
ríamos en considerar en sentido estricto como atinente al acto analftico. Pero, y es ésa
la dificultad, ¿cómo evaluar lo que se nos pide?
Me gustaría discutir con ustedes tres formulaciones de Lacan, que probablemente
reconozcan porque las han leido, o porque han sido comentadas con relativa frecuen­
cia. La primera corresponde al seminario dedicado a Las Psicosis, es del afio 56 y di­
(3)
ce aproximadamente: "Tomar un prepsicótico en análisis lo volverá loco" . La se­
gunda, es anunciada por Televisión: " Cada cual sabe que no aliento a nadie, a nadie
<4l
cuyo des eo no esté decidido " . La tercera, más simpática, corresponde a una vis ita a
la Universidad de Yale: " Un análisis no debe ser llevado demasiado lejos. Cuando el
5
analizan/e piensa que es feliz de vivir, es suficiente" < ) _
La primera es una afirmación, la descripción de un hecho, y tiene, por lo mismo,
una pretensión de alcance universal. Las dos restantes, por el contrario, comentan al­
go de su estilo, si se puede decir, de sus propios criterios respecto a su modo de dar o
de retener un sí. I lustrativos de una práctica, pueden evidentemente ser tomados como
modelo, pueden inclusive ser imitados. Aunque uno se exponga entonces al impasse,
a la aporía que introduce el adagio lacaniano : "hagan como yo, no me imiten" .

E l lím ite de l a pre psicosis

Empecemos por lo que es tal vez lo más aceptado, lo más formalizado del diag­
nóstico diferencial lacaniano respecto de la prepsicosis. ¿Cómo no recordar aquel mé­
dico de indudables rasgos obsesivos, rutinario, quizás un poco psi casténico en el sen­
tido de J anet, propenso a la rumia y a la cavilación, acosado por las dudas, que a las
pocas sesiones agradece con mov ido a su analista el haber intercedido ante un psi­
qui atra para que lo tomara como practicante en una clínica, aceptando sólo a desgano

46
En torno a la a d misión

y sin convicción Ja tenaz desmentida del analista?; ¿ ... ese paciente que repentina­
mente empieza a descubrir que sus más dotorosas intimidades, sus dificiles relaciones
con el Otro sexo confesadas con dificultad en la entrevista anterior, constituyen el
com entario obl igado, el murmullo sobrentendido que no puede dejar de leer en. las
sonrisas de complicidad de esos desconocidos que son ahora sus compañeros de tra­
bajo? ¿Cómo olvidar esa curi osa serie de pequefl.os inci dentes que se encadenan sis­
temáticamente entre el repentino corte · de l agua caliente de Ja ducha, la sospechosa
negativa de una joven desconocida a salir el sábado y esa insólita persecución que
cambia astutamente de perseguidor en cada esquina, hechos que en su intencional idad
denuncian a un único responsable en la figura del director de la clínica? Caso que, por
tratarse de un aspirante a analista, plantea una cuestión adicional: la del necesario
anál isis del analista cuando este anál isis lo conducirá con seguridad a la locura. ¿Se
trata de un límite al anál isis, al analista, que sólo podría: desaconsejar, desanimar una
vocación? ¿Se debería intentar un desencadenamiento controlado bajo transferencia?
En todo caso, nos interesa aquí s ituar en primer lugar que el error diagnóstico re­
posa en que la manifestación clínica concreta no recubre ni perfecta ni forzosamente
la estructura. "Nada se parece tanto a una neurosis como una prepsicosis " , seftala
Lacan, es decir, una sicosis sin m an ifestaciones clínicas evidentes. Podríamos decir,
suscintamente, a p artir de Freud, a partir de relato del historial del Hombre de las
Ratas, que el rasgo característico de.Ja neurosis lo encuentra en sus antecedentes, pre­
ci samente una neurosis infantil claramente constituida. fodemos
_ afirmar, por e l con­
trario, taxativamente, Ja prepsicosis no tiene prehjg,Qtia. Suele presentarse como una
Yiaa adaptada, más bi en mtrascendente, justamente caracterizada por esa ausencia de
conflicto o de preocupación, por esa nada que puede haber constituido el seguir los
pasos de un hermano mayor, un vecino, seguir sin mayor cuestionamiento las seftales,
las . indicaciones, las flechas de Ja vida escolar o laboral; hasta que algún aconteci­
miento, una decepción amorosa caracterizada por alguna forma de triangularidad, una
súbita confrontación laboral con w1 j efe autoritario, el deber del matrimonio, e l emba­
razo incipi ente de la esposa, introduce repentinamente una situación que puede con
facil idad hacer del motivo de consulta el primer eslabón de ruptura de la cadena.
Lacan retoma de la clínica psi quiátrica francesa J a categoría del fenóm eno ele­
mental, cuya presencia actual o pretérita constituye l o que reconoce como la ma'i='ca
característica de la psicosis. Y es interesante seguir Jos pasos de su recorrido en el
sem inario dedicado a las ps icosis en su búsqueda de la estructura que J o va a llevar a
encontrar el fun damento de lo simbó lico en Ja estructura del lenguaje, al ais lar al sig­
:;.P
cante como tal, en sus relaciones con el sigilificado . Es en relación a esa estructÜra
del lenguaj e que intentará ir si tuando todos estos fenóm enos que, aunque elementales,
no dejan de presentar Ja estructura entera. Al modo de la conocida metáfora botánica
por la cual una hoj a no dej a de reproducir en su forma, en el dibuj o de sus nervaduras,
en su espesor, Ja estructura de la planta a la que pertenece. La categoría del automa­
ti_s mo mental (desde el eco del pensam iento hasta la irrupción de voces, el �o
efect ivamente experimentado como provernente de Otro ), constituye qu izás el rasgo
más característico. Manifiesto en la ps1cos1s declarada, puede haber ocunido alguna
vez, y permanecer aislado, latente. La emergencia de Ja mirada baj o forma de luces,
de lum inos idades y bri l l os inexpl icables, es algo que también suele encontrarse con

47
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

regularidad. O lo que se podría considerar como una especie de autorreferencia, (el


auto rojo, en la segunda lección del semina¡io) como convicción del encuentro de sig­
nos en el mundo que le están destinados. En fm, fenómenos particulares ligados al
tiempo y al espacio, al sentimiento de realiciad, a la velocidad y la lentitud, a la distor­
sión, la extraffeza vivenciada como desconócimiento inquietante del propio cuerpo -la
mirada que en el espejo corrompe la unidad escópica-, ciertas partes del mismo que se
independizan, se inflan, se prolongan. Algo que suele aparecer todo junto en el brote
declarado, y que Lacan logra referir al desenganche, la desestructuración de las rela­
ciones más o menos habituales -la locura de todo el mundo- entre el significante y el
significado. Desenganche que puede alcanzar su manifestación más extrema en los
fenómenos del neologismo: el s ignificante insistente, vaciado de significación, de la
muletilla, el estribillo, lo que Lacan denomina el ritornelo. O por el contrarió, la pre­
sencia de una significación realizada, inefable, inexpresable, separada de aquella arti­
culación significante que pudiera temperada, ordenarla, remitirla a las demás signifi­
caciones. Una significación gue no reenvía más que a si misma, y gue me parece debe
entenderse efectivamente como una si ifica ión real. Lo gue constituye en su
propia onnulación una paradoj a, porque si la si ificación de ende de los efectos del
s1gm 1cante, y reenvia como tal a otra s1 1 1cación una si
evi entemente, en sentido estncto, una significación. Aún cuando, a nivel diferencial,
y aquí la confusión con las neurosis es decisiva, el rasgo característico lo vamos a en­
contrar del lado de Ja posición subjetiva, el grado inconmovible de convicción que el
sujeto mantiene respecto a este fenómeno, la certeza de sentirse concernido por él, la
perplej idad en ue lo sumerge, o también lo ue ha hecho con eso lo ue lo ha lleva­
do a construir aire edor de eso, y gue suele constituir el tejido de su más íntima reali­
�- Porque no es d1fic1l encontrar, por ejemplo, que un arrebato místico, una inque­
brantable inclinación religiosa, encuentren su origen en un l lamado de Dios experi­
mentado en lo real.
El rastreo de la existencia del fenómeno elemental, de su emergencia en algún
momento de la vida, es ineludible en determinados casos, tanto como su valoración
diagnóstica. Se abre entonces una elección: aceptar un prepsicótico en tratamiento,
implica el riesgo cierto de su precipitación en la psicosis. Abrir o cerrar es una opción
que se nos plantea como al ciruj ano, y aún si el psicoanálisis no es sólo una terapéuti­
ca, el primum non nocere en que se inicia el médico, no dej a de tener, como senten­
cia, validez en nuestro campo. Lo que no significa gue no se pueda hablar con un
prepsicótico, conversar con ét evitando la referencia a ciertos sign1Úcantes cuya sig­
nificación demasiado patente nos precipita a veces a subrayarla, tratando de medir los
alcances de cada intervención, de una ambigüedad del sentido, de una alusión, a nes­
go de permanecer en su cabeza al imentando durante meses su diálogo intenor. No es
impensable un desencadenamiento restnng1do, acotado por la transferencia, pero se
impone entonces una pregunta: ¿estarnos en condiciones de hacemos cargo de las
consecuencias de nuestro acto, en lo tocante a nuestro tiem o, nuestra disponibilidad,
nuestros recursos, incluyen o as cuest10nes económicas? O para retomar. una expre­
sión de Freud en relación al amor de transferencia y relacionarla con su forma eroto­
manfaca en la psicosis: ¿Estamos en condiciones de interrogar al espíritu del averno
al que conjuramos?

48
En torno a la admisión

El deseo-

Vayamos a nuestra segunda frase: . . . no aliento a nadie cuyo deseo no esté deci­
"

dido". El éxito de esta fónnula no dej a de presentar cierta complej idad. ¿Se trata de
po sicionarnos como analistas ante el deseo, en una perspectiva de evaluación? Admi­
tamos en todo caso la idea de que el deseo, articulado pero inarticulable, constituye un
dificil elemento de medición. Porque o el deseo está siempre decidido -en ' e l síntoma,
en el suefto, en el lapsus, en e l fantasma- y la expresión pierde vigor, o no lo está, pre­
cisamente por hallarse capturado, vacilante, en ci ertas imágenes ideales, en ciertas
significaciones cristalizadas, en cierta satisfacción sintomática que detiene su radical
metonimia. Es Jo que puede leerse más bien en las ue'as que suelen constituir e l
texto inicial e una consulta. or e contrano, un eseo decidido se emparenta mucho
más con lo que habitualmente denominamos el deseo del psicoanalista. Quiero decir,
que el deseo decidido es algo que califica más Ja posición del analista gue la del ana­
lizante, cuya postura inicial insisto se relaciona mucho más con "un no querer saber
ñaera'' de las sat1sfacc1ones en ue se encuentra amarrado .
Por mi parte, es con ieso, no aliento a na ie a hacer un análisis con un analista
cuyo deseo no esté decidido. Es i lustrativo al respecto lo que Lacan puede elaborar
alrededor de Sócrates y su "atopía'', la falta de ubicuidad característica de su situación
en el orden de la ciudad, de sus ideales y sus valores, lo que más allá de una contin­
gencia sitúa su destino trágico como necesario. Se trata de un deseo extremado, al que
Lacan no vacila en calificar corno un deseo de muerte, y que Je permite reconocer en
Sócrates una anticipación de la posición del analista, por su modo de ir más allá de
una ética de los bienes, del bienestar, de la homeostasis, apuntando como tal a lo que
de Ja verdad puede alcanzarse. Esta potenciación del deseo, en el origen de la más
fo rmidable transferencia que reconozca e l pensamiento occidental, se parece mucho
más al resultado a obtener en un análisis que aquello que se pudiera pretender encon­
trar en su inicio. ¿No califica precisamente un deseo decidido lo que homologa la tra­
vesía del fantasma con la identificación al síntoma?
Algo que no objeta al mismo tiempo que, en el comienzo, sea necesario que el de­
seo se deslice, se precipite en la dirección del análisis. Lo que exige al anal ista su
participación, y reclama su intervención en la refonnulación de la demanda en que
este deseo se articula; porque si no hay acceso analítico al deseo más gue por l a vla de
la demanda, es en la vacilación del decir, en su untuación, donde éste uede ser lel ­
-2;.Una deman a decidida, una lectura que tome en cuenta lo que ella 1mp 1ca e m­
consciente, constituye sin duda una referencia de inestimable valor en la práctica.
Dos afl.os después de Televisión y conversando con los estudiantes de la Universi­
dad de Yale, Lacan se refiere, de un modo explicito, a quienes soli citan un análisis:
"Se trata de hacerlos entrar por la puerta, que el análisis sea un umbral, que haya
para ellos una verdadera demanda. Esta demanda: ¿ de qué quieren ser desembara­
zados? Un síntoma. Un síntoma, es curable" ... " Trato que esta demanda los empuje a
hacer un esfuerzo, esfuerzo que será hecho por ellos" ... "Ser desembarazados de un
síntoma, no les prometo nada" ... "Pongo el acento sobre la demanda_ Es necesario
en efecto que algo empu¡e. Y no puede ser el conocerse mejor. Cuando alguien me
pide eso. lo desanimo" (ó Lo que si por una parte describe en efecto toda una "activi-
_

49
Psicoanálisis )"'el Hospital N° 2

dad" de parte del arla l ista, un despliegue, seftala también al pasar, otro borde, otra
eventualidad de lo inadmisible: la experiencia analítica no puede ser emprendida
simplemente como una aventura co nosciliva. S in e l inestimable apoyo del sufri­
miento que pue e a canzar por l a demanda a un analista su estatuto de síntoma, se
pierde el motor, el empuje, que puede forzar el no querer saber, hacia un tolerar saber
. . . por amor. La idea de una "alianza terapéutica" recupera desde esta perspectiva
cierta validez, si se la entiende ya no com o el acuerdo de la parte sana del yo del pa­
c iente con el yo siempre sano del analista, sino más bien corno la alianza del Otro que
el analista sabe hacer surgir con e l síntoma sufriente que al constituirse como analíti­
co, como analizable, se Je dirige.

La felicidad de vivir

" ... cuando el analizante piensa que es feliz de vivir, es suficiente" . Formulación
sorprendente de Lacan que no podernos relativizar en función del público de univer­
sitarios norteamericanos a los que está dedicada. Es un hecho que Lacan no tiene de­
masiadas contemplaciones con sus oyentes. Como muestra, a lcanzan sus intervencio­
nes por radio o por televisión, donde en la mu !tit:ud, le habla al analista, al analista su­
puesto. Como lo reconoce él mismo: "No me he ocupado nunca mínimamente de
complacer a algún lector. Tenía cosas que decir, y las he dicho" (?) .
La noción de una "felicidad de vivir" es quizás inaudita, sobre todo si se la consi­
dera sobre el fondo de la fel i cidad rehusada al ser hablante, desde Ja perspectiva de Ja
imposibilidad estructural del deseo. Pero es una frase que tiene la virtud de señalar
con exactitud el punto de tensión irreconciliable entre lo propiamente terapéutico y lo
propiamente psicoanalítico. Hay otras referencias a la felicidad, que podríamos enu­
merar: "es un hecho que no nos negamos a prometer la felicidacf'<ªl en La dirección
de la cura, y aún otra todavía más dificil de concil i ar: "el sujeto es siemrefeliz", en
Télévision. J. A. Miller en su curso dedicado a "Los divinos detalles" <9 distingue l a
vertiente d e l o pu lsiOn al, como siempre satisfecho, d e la del deseo como insatisfac­
ción, como mcom at1bI11aaa con la alabra a la cual está sus epdido metonímica­
mente. Dos planos a situar en re ación a toda demanda: un más acá, como negativi­
cG<l,' un más allá, como positividad en que la Demanda alcanza si empre en el recorri­
do de su fracaso una satisfacción. Estamos en el espacio de la_pulsión y del fantasma,
en el campo del sentido más particular, más secreto y más silencioso de la demanda,
a sentido gozado,
- Si la categoría de la felicidad está rehusada al que habla, al deseante ( l os ej emplos
abundan), l a categoría del suj eto más o menos fe l iz, creo por mi parte en su existen­
cia. Y lo creo pensable a partir de las indicaciones freudianas de una cierta aspiración
del psicoanál isis a restablecer la capacidad de amar, la capacidad de trabaj ar. ¿No es ,
después de todo, el terreno donde puntuamos con mayor seguridad los progresos tera­
péuticos? Evidentemente, no se trata de reintrnducir de un modo nuevo la v i ej a idea
de normalidad; porque por supuesto, "la psicosis es la normalidad", y la normalidad,
lo más anormal que hay. Pero la verificable existencia de una c ierta fel i cidad de vivir
representa un obstáculo a la empresa del análisis , sobre todo cuando esta fe l i c idad e:
lo suficientemente red ucida como para no volverse mqu1etanrede por S} Const1 tu� e

50
En torno a la admisión

la causa de la mayor parte de las interrupciones que, como analistas, dudamos inclu­
sive en considerar estrictamente como interrupciones. Es el sujeto que ha decidido re- ·•.
tirarse del juego con su pequefta ganancia, su cuota de bienestar, y gue, sobre todo, no '
estádispuesto a an·iesgarla de nuevo; el jugador moderado gue se sabe poseedor de)a
virtud de retirarse a tiempo. Algo que por presentarse espontáneamente y no esperar \
al psicoanálisis para producirse, marca un límite posible a la admisión. No porque se ·

trate del sujeto supuesto normal, sin síntomas, s i no más bien porque es el suj eto del
síntoma funcional ; aquél cuyo síntoma guarda con respecto al fantasma_gue imprejjn�
su vida cotidiana, w1a continuidad sin sobresaltos.
Una cierta fel icidad de vivir, una cierta ganancia a nivel del placer de amar y de
trabajar, son quizás una consecuencia previsible del proceso analítico; ese que transita
precisamente como working-thro ugh, como trabajo en la transferencia, entendida co­
mo "algo parecido al amor", tan parecido al amor que nos incl inamos a considerar
más bien todo amor en la vida corriente corno una emergencia transferencial. El análi­
sis es en este sentido un trabajo gue gira alrededor del amor, del que se espe �a
consecuencias sobre el amor y sobre el trabaJ O mismo. El paiajecier tñitiajo de trans­
ferencia a la tran stérenc1a de trabaj o comenta precisamente la incidencia de la transfe­
rencia sobre el deseo, al l iberarlo de las amarras de la inhibición, del síntoma, de la
angustia o el fantasma donde se halla fijado.
Esta inus itada "felicidad de vivir" creo que no debe ser entendida ni en relación a
la infel icidad inmanente al deseo, ni a Ja felicidad asegurada de la pulsión, sino aio
más o menos feliz de las contingencias def amo_r.

En fin p ara concluir, querría remitirme a otra forma de lo inadmisible a la que La­
can se refiere expresamente en Tel1:Visión : "Pienso que hay ;me rehusar el discurso
psicoanalítico a los canallas. A los canallas los vuelve tontos" 1ºl. Es un resultado de
la cw-a, una constatación, no es un bien prometido. Ténninos difíciles de precisar, pe­
ro que guardan su valor humorístico. Me parece gracioso pensar este viraje y esta
homología que introduce Lacan, de la preps icosis a la locura, de la canal l ada a la
tontería. Lo canalla puede ser pensado en relación al propio nombre de Lacan, "La
c an aille
", y se refiere a cierta deshonestidad, cierta perversidad y malicia que uno
puede imaginarse en algunas demandas dirigidas a él, alguien a quien la traición no le
fue avara y sí, tal vez, rencorosa; aquella ventaja que alguien supone podría usufruc­
tuar de un análisis con él, de alguna relación con él, y más ampliamente, lo que al­
guien puede esperar del psicoanálisis como beneficio espurio, como legitimación es­
puria, para una práctica de dominio o de manipulación. Creo que así se podría carac­
terizar lo canal la. La tontería, por su parte, es mucho más gráfica. Aquél que con el
l azo pretende atrapar una presa, sí es inexperto, tiende a enredarse sus propios pies . fil
tonto no deja de tirar del lazo, no dej a de caer al suelo a uél ue retende enl azar al
ps1coaná 1s1s en su ene ·1c10, suele convertirse en su propia presa.

51
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

( 1 ) Ver la excelente articulación entre sí, no, escritura y palabra que J. A. Miller establece en
"fntroduction el l'impossible-cl-supporter". Lª,Lettre Mensuelle Nº 1 06, E.C.F., Paris, 1 992.
(2) Una reciprocidad que no puede resolverse en los térmi nos engañosos de una intersubjetivi­
dad, como tal siempre sospechosa de inducir a una tentativa de agradar, de engaño o de seduc­
ción. Ver Lacan, J. Le Transfert. Sémin aire. Livre VIII. Seuil, Paris, pp. 2 1 .
(3) Lacan, J. Les psychoses. Séminaire. Livre III. Seuil, Paris.
(4) Lacan, J. Télévision. Seu il, Paris.
(5) Lacan, J. Yale University. Conférences el en/retiens. Scilicet 617, Seuil, Paris.
(6) Lacan, J. Yale Uníversity. Enlrelien avec des étudianls. 24. 1 1 .75. Scilicet 6/7, Seu il, Paris.
(7) Lacan, J. Roma, 1 975.
(8) Lacan, J. La direction de la cure. Ecrits, Seuil, París.
(9) Miller, J.A. Les divins détai ls. París, 1 989, desgrabación.
( J O) Lacan, J. Télévisíon. Seuil, París, p.67.

52
En torno a la admisión

Una apuesta: la des-admisión manicomial

Claudia B. Spinelli Silvia Pérez * -

aciendo un recorrido entre las versiones que intentan transmitir algo de las

H experiencias clínicas en los hospitales, recibimos el impacto y el desconcierto


al observar que en poco concuerdan con lo que a través de nuestra actividad
llegamos a visualizar.
Así nos encontramos ante la lectura oficial que cuenta una historia llena de hitos,
resaltando la eficiencia de su accionar y enumerando las prácticas planificadas para la
Salud Mental. Ese discurso se jacta de llevar adelante movimientos progresistas bajo
el nombre de "A.P.S.", "Hospital abierto", "Descentralización", etc. Estas versiones
no tienen ningún parecido con la realidad, pero sirven a los fines de mantener una fic­
ción que se modifica según las propuestas de los gobiernos de turno. Una "Historia
Oficiar' que no deja de tener efectos en nosotros en tanto "agentes" de esos progra­
mas.
Por otro lado, aparecen las versiones que nos tocan un poco más de cerca a los que
estamos insertos en los hospitales en función de adquirir una formaciórr a la par de
brindar asistencia. Entre ellas, el psicoanálisis, o más bien los psicoanalistas que cir­
culan por el hospital, se proponen dar cuenta de su práctica como aquella que posibi- ·

litaría la instauración de un "Nuevo Orden" en Jo que atafie a la clínica, aún cuando la


misma se desarrolle en el contexto hospitalario. La apuesta a la aparición de un sujeto,
la transformación de un pedido en demanda de análisis, la transposición del discurso
del amo en discurso del analista. Dicha apuesta trae aparejadas problemáticas como:
la cuestión del pago y el fin de análisis dentro de las instituciones a las que pertene­
cen. Las propuestas de los analistas no se articulan con ningún proyecto político, que
en el plano de la salud mental se establezca como alternativa posible.
Tomemos este primer paneo como un modo de empezar a establecer nuestra posi­
ción respecto del tema que nos convoca: La admisión. Cuando hablamos de admisión
no podemos obviar que dicho término representa una categoría netamente hospitala­
ria. El hospital apuntando a la obj etivación del paciente, contabilizándolo en estadísti­
cas y marcando los pasos obligados para dar curso a un tratamiento, intenta prevenirse
de un posible caos estableciendo las reglas del juego. Lo que instaura un modo de
funcionamiento burocrático que sirve a los fines de elevar los resultados de las tareas
asistenciales desarrolladas a la autoridad, quien de un modo u otro, sanciona lo actua­
do por sus agentes. "Pase p or la ventanilla, deje sus datos personales. Este es su nú­
m ero de fich a: Paciente X. registrado. . . "
Admitir para la institución es exactamente esto. ¿Cuál es la posición del psicoana­
lista frente a esta categoría que, de entrada, parece no tener nada que ver con el dispo­
sitivo analítico convenc ional? ¿Existe algún esfuerzo para trastocarla en función de
dar lugar a una clínica di ferente?

• Psicól oga� Resi dentes de 3º y 2º Año respectivamente del Hospital Esteves

53
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

Descreemos en absoluto de la práctica aséptica del psicoanálisis, encerrado entre


las "cuatro paredes•!· del consultorio. Por el contrari o, observamos que dicha creencia
genera un efecto místico que reniega del contexto en el que se desarrolla. En el marco
de esta suposición se intenta producir una sustracción de todo lo social-institucional
para que emerja una demanda particular. Corno resultado de dicha operación la de­
manda social caería como un resto, pero corno sabemos, al no ser tomada en cuenta,
la misma retorna irremediablemente corno obstáculo al tratamiento.
Nos proponernos pensar, en nuestra práctica cotidiana, sobre lo que se ha dado
llamar "admisión de guardia" en un hospital psiquiátrico. Allí nos vernos sorprendidos
dentro de la vorágine institucional que desencadena la llegada de una persona, la ma­
yor parte de las veces traída como último recurso a Ja guardia en busca de un "socn-
rro 1 1 •
Formarnos p arte d e un equipo, generalmente conformado p o r médicos psiquiatras
y psicólogos que no siempre comparten las mismas ideas respecto de ese posible su­
jeto que debe ser admitido. Esto manifiesta algo propio de la institución, ya que Ja
misma nunca llega a acotar Ja realidad que intenta cercar, dando espacio a una multi­
plicidad de prácticas y discursos, que no por coexistir se hacen compatibles. ¿Existe
alguna suerte de complementación que esté a salvo de la ficción de una pacifica con­
vivencia?
Y bien, mientras nos hall amos inmersos en este desacuerdo, ofertamos nuestra
atención. Pero, ¿qué es lo que hacemos en este encuentro puntual con las personas
que acuden a Ja guardia?.
Los pacientes acuden a la guardia de un hospital psi quiátrico, primer punto a ser
considerado. La institución se presenta aquí, ante estas personas, como capaz de en­
marcar algo de lo que ya no pueden dar cuenta. "A lgo que no anda" en palabras de
Lacan, un real que provoca angustia o anonadamiento, un real imposible de soportar.
Primer punto: La institución aparece en el horizonte de estas personas, como ca­
paz de poner un límite al goce.
Segundo punto: La institución aparece pudiendo gozar al paciente. Según M.
Mannoni, el medio cerrado del hospital psiquiátrico crea una enfermedad " institucio­
nal" que se agrega a la enfermedad inicial deform ándola o fij ándola de modo anor­
mal. Los que allí trabaj amos, sabemos que la realidad del psiquiátrico no tiene nada
que envidiarle a ningún uni verso claustral. Por eso concordamos con la idea de que
hacer de esa realidad un instrumento terapéutico, es un esfuerzo m eritorio, aunque es
preciso no minimizar lo que tiene de engaftoso. Nos produce incomodidad descubrir
la contradicción qu¡e nos aprisiona: hacer el papel de guardián en función del mante­
nimiento del manicomio e intentar a la vez instrumentar estrategias para un trata­
m iento posible.
En el momento del encuentro con Jos paci entes que l legan a la guardia, destaca­
mos nuestra posición: allí hay un deseo en j uego, sólo nuestro deseo en el peor de los
casos, significando nuestra acción.
Nu estro intento es apostar a eso que hemos denominado des-admisión, ya que lo
que tratamos de ev itar es la institucionalización. Subvertir el orden establecido desde
el primer encuadre, no dando lugar al cumplimi ento de las categorías requeri das por
la institución, entre ellas las referidas al procedimiento de ad.misión. Evitamos la i , ·

�-

54
En torno a la a d m isión

temación, intentando establecer otras estrategias que tengan en cuenta tos recursos
disponibles. ¿Cómo se filtra esto en nuestra respuesta al paciente? Si con nuestra pre­
sencia ofrecemos una escucha que p ermita p onerle p alabras a "eso que ya no anda".
¿Cómo j uega nuestro deseo allí?
María se presenta en la guardia acompafiada por su marido. El mismo se encuentra
angustiado ante el estado de su esposa, ya que la misma "no quiere comer ni dormir",
pues dice que "ya no hay nada que hacer" con ella. M.: "No tengo cerebro, me lo han
secado con un rito de magia negra" . Ambos concurrieron a distintos servicios, bus­
cando una respuesta para María: clínica médica, neurología, laboratorio . . . Como re­
sultado de las consultas son derivados al hospital psiquiátrico ya que desde la pers­
pectiva médica, "María no tiene nada" . María no tiene nada en la cabeza.
En la entrevista M. escucha a su esposo, no habla. Al preguntarle si tiene alguna
teoria sobre lo que pasa, dice: " Yo los escucho pero no entiendo lo que me dicen, no
puedo pensar, no tengo cerebro, me lo secaron. Fue la m adre de la pendeja, que hizo
un trabajo de m agia negra".
Al continuar indagando sobre esto, M. responde: "Para qué hablar si ya no tiene
sentido . . . como no tengo cerebro, no puedo pensar" . A pesar de ello y mediante
n uestra insistencia María cuenta que se percató del trabaj o que le habían hecho cuan­
do murió su pe1Ta . . . "E/los la secaron y sentí una voz que me decía: María vos vas a
morir igual que la perra . . . " " Ya me llevaron al hospital para ver qué me pasaba, me
hicieron estudios pero no hay nada que hacer. El trabajo que me hicieron fúe muy
fuerte, muy poderoso. En la iglesia trataron de curarme, pero esto es cosa del diablo.
Un pastor dijo que iban a tratar de ayudarme, pero dijo que iban a tratar. . . , porque
es muy dificil, es imposible ".
Luego de entrevistar al esposo y a María decidimos que no era conveniente su in­
ternación, en tanto se podría contar con la colaboración de ambos para realizar un

tratamiento ambulatorio en un hospital más cercano a su domic i l io. María recibió me­
dicación neuroléptica. Le pedimos una última prueba antes de entregarse a la muerte.
Lo de María no tiene tanta necesidad de ser "curado" (en el sentido de una. deiención)
como de ser recibido. Lo que busca es un testigo y un soporte de esa palabra ajena
que se Je impone, cuestión imposible de ser realizada dentrn del marco del manico­
mio, aunque como ya dij imos, el intento de conseguirlo no dej a de ser m eritorio. La
imposibil idad radica en que lo que no s e modifica es la realidad manicomial que nos
pesa y muchas veces nos detenn ina en nuestra acción.

55
Psicoanálisis y el Hospitll l N° 2

La sutileza o las redes del entorno

Mónica Dayan *

Ri cibir por primera vez a un paciente puede resultar una institución que sólo
pennita el retomo de l o admisible en ténninos generales y en tanto posible de
er enumerado en largas l istas �onómicas. Pero abordar la cuestión de la
admisión en relación a distintos términos nos permitirá descubrir que la admisión no
es en si misma un concepto cerrado.
Freud escribe un breve texto llamado "La sutileza del acto /al/ido ". Si considera­
rnos este adjetivo en relación al acto, es oportuno seftalar que la sutileza es muy dificil
de precisar. Lo que se comprueba cuando se dice que el psicoanalista es alguien de
quien se espera pueda dar pruebas de tacto.
" Uno se contenta demasiado con un esclarecimiento parcial, tras el cual la resis­
tencia retiene fácilmente algo que puede ser m ás importante ".
". . . Como quiera que fuese, sería lícito tomar esto como otro indicio de lo com­
plejo que pueden ser los procesos anímicos inaparentes y supuestamente más sim­
ples".
El practicante que está en una institución se halla en una encrucijada en l a que es
posible realmente que el entorno lo lance a una clínica de la mirada.
Recordemos que entornar se dice de volver la puerta o la ventana hacia donde se
cierra, sin ajustarla del todo; o bien, de los oj os cuando no se cierran por completo. El
entorno es lo que lo l leva también a la confusión de lo que admite, a quién debe ser
admitido, jugándose él como suj eto.
No es infrecuente que en la admisión se oculte también que hay en danza una de­
rivación. Esto sucede cuando un equipo de admisión deriva " los pacientes a otros te­
rapeutas en función de horarios disponibles " . ¡ Vaya hombre con sutilezas !
Lo sutil se toma sólo en el sentido de algo ligero, tenue, delicado, volátil. Pero lo
sutil es también lo agudo, perspicaz e ingen ioso.
Si destacamos la sutileza del acto, es para percibir entonces que ya en la admisión
está lo posible de ser dicho, en el sentido de un Otro que recibe y que está di spuesto a
soportar: la transferencia.
Soportar la transferencia se confunde con soportar al paciente y esto lleva a la
ruptura de la situación analítica porque conduce a ser paciente de ese soporte.
El derivar también es un acto donde el deseo está en j u ego, y por eso mismo debe
ser considerado a los fines de la reflexión al igual que cualquier otro aspecto en un
anális is.

• Psicóloga residente de JºAño del Servicio de Psicopatologla del Hospital Cosme Argerich.

56
En torno a la admisión

No pocas cuestiones a las que queremos agregar una más: ¿Cómo considera el
practicante las entrevistas preliminares?. ¿constituyen una mera evaluación diagnós­
tica, un momento para entrever, "vislumbrar¡' alguna cosa o bien su noción proviene
de otro ténnino, "limen", umbral, relativo al paso a dar, el paso de la transferencia sin
el cual no hay análisis posible?.
La sutileza no sólo es una marcación más o menos brillante, ni siquiera una opi­
nión acertada que daría el analista.
Se trata de verificar ¿quién habla? O lo que es mi vez lo m ismo: ¿A quién se diri­
ge esa palabra?

57
Psicosnálisis y el .Hospitml Nº 2

U na admisión fallida
Ateneo clínico

Presenta : Verónica Roma


Comentan : Benjamín Domb Osca1· Cesarotto
-

Invitamos a varios conocidos psicoanalistas a puntuar, con un breve comentario es­


crito, la transcripción parcial de una serie de entrevistas, para dar lugar a la crea­
ción de un espacio de reflexión clínica sobre el modelo del ateneo hospitalario.
Agradecemos a la Lic. Verónica Roma (Hospital Cosme Argerich) la preparación del
material, y al Dr. Benjamín Domb (Escuela Freudiana de Buenos Aires) y al Lic. Os­
ear Cesarotto (Sociedade Psicanalitica de Sao Paulo) su participación.

Presenfadólill

J
udith se contacta con el Servicio de Psicopatología del Hospital Cosme Argerich
a través de la guardia. Trae a una nena que había tenido convulsiones. La pediatra
no encuentra nada orgánico y me pide que vaya ''a ver" , pedido que se presenta
bastante confuso pues no se entiende en un primer momento si su preocupación
apunta a la mujer o a la nena (¿madre e hija?). Entrevisto a Judith, quien dice:
-"Vengo de un golpe duro. Hace dos días murió mi madre. Fui a Chile a su velorio.
Llego hoy y me encuentro con esto ."

-"E/isa, la nena, es mi hija; en realidad es mi nietapero mi hija se fue a Chile y me la


dejó a mi cargo".
A pesar de hab'er cambiado de lugar para tener la entrevista con Judith, la nena
que desde el principio no se quería separar de su 'madre', se queda observan­
do/espiando desde una puerta. Dice: "No quiero dejarla sola" .
-"¡ Tengo una angustia tan grande!. . Yo me quiero morir. No tiene sentido vivir más.
.

(¿ ?). Yo ya intenté no vivir más y es/uve seis meses internada en Chile ".
Luego de extensas entrevistas con Elisa y con Judith, decido derivar a la niña a un
terapeuta de niños y cito a Judith para continuar conversando con ella en Consultorios
Externos.

Prim era en trevista

Judith tiene 47 años, aunque aparenta mucho más. Vi ste de negro y se presenta
bastante desal iflada. Está casada, tiene seis hijos. Su marido es alcohólico y, según
relata Judith, le hace muchas escenas de celos.
-"Si una no es mala, duele calumnien. Me cela con mis propios hijos. Pensé en la
muerte, en dejarlo para siempre. Quise llevar a E/isa con su pr op ia madre para que

58
En torno a !a a d m isión

se críe sin trauma ".


- "Me casé a los 15 años. El tenía 2 J. Cuando nos casamos, empezó a beber. Yo esta­
ba embarazada, sí o sí tenía que casarme porque sino traía mala reputación a la Ía­
milia. Mamá me obligó a casarme".
Cuenta de su madre y de la muerte de aquélla:
- "Todo sejunta y todo estalla. Lo peor es que a una no la dejan llorar y no puede de­
sahogarse porque están los niños ".
-".Mamá tenía diabetes. Se estaba quedando ciega por eso. Se empezó a hinchar por
un cuadro hepático. Tenía cirrosis. Le empezó a salir pus por los poros, por todo el
cuerpo. ¿Cómo estaba viviendo? Me aterra: estaba viviendo artificialmente. ¡Con
tanta pus y nadie se dio cuenta! Es desesperante perder la madre. Cuando la vi esta­
ba toda rr;ventada, hinchada y no la podían sepultar. Le salía materia por la nariz y
por la boca. Me acerqué a ella, le salían piojos por fa boca, y yo sin poder limpiar­
la ".
- "Le habían hecho una ecografia y no le encontraron el hígado, sólo un pedacito chi­
quito. La buena mesa, eso le achicó el hígado. Le gustaban los 'aliños '". (Le pregunto
sobre el término). "En Chile le decimos así a la comida picante. Hace como siete me­
ses la desahuciaron los médicos. 'No tiene hígado ', dijeron. Se le partieron las pier­
nas y empezó a escurrirle líquido marrón, como si el cuerpo le estuviera madurando.
Una cascarita en la pierna se le hizo agujero y pasó para el otro lado. El ju eves yo
me vin(! y se agravó. Fue desesperante cuando la tapaban con la tierra".
Al final de la entrevista, agrega:
- "Quiero recuperarme. Pensaba entregar a la nena y terminar conm igo. Ella dijo:
'No quiero irme, quiero quedarme con vos'. Me quitó la posibilidad de entregarla. A
cada rato viene adónde estoy y me pregunta si estoy bien. Yo la quiero demasiado ".

Segunda entrevista

Una de las complicaciones que se presentaba ante ciertas palabras era la dificultad
de discriminar si se trataba de modismos chilenos o si tenían un estatuto francamente
neol ógico.
-"La beb ida de mi marido ese fue el motivo de la loquera mía. Nos marconábamos"
(¿A qué se refiere?). Nos dábamos de piñas, nos trenzábamos. Eso me flr;vó a aquel
problema tan grande. Estuve medicada, no quiero volver a lo mismo ".
Cuenta que hace un par de años estuvo internada en este hospital durante W1 mes:
- "Los médicos nunca supieron qué fue. Estuve un mes internada y me hicieron todos
los estudios, menos una tomografia. No descubrieron nada. Tenía toda la parte dere­
cha paralizada. Yo decía que el médico va a pensar que estoy borracha. Ahora sigo
con dolor de brazo y arrastro la pierna. Tenía miedo que se me caiga un plato de
comida hirviendo sobre alguno de mis hijos ".
Ante lo extraño del comentario Je pregunto sobre eso.
- "Tengo a mis hijos lodos quemados. Uno se cayó en una olla hirviendo. Otra se aga­
rró brasa en la pollera. Otra se quemó los pies con una olla que cayó con comida
hirviendo. A otro un horno de lata caliente le arrancó la piel del muslo. Yo también
me quemé los pies. Jugando cuando tenía J J años me metí en un lugar donde parecía

59
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

haber polvo pero había cenizas de brasa. Esos somos todos los quemados "
- "Yo recuerdo mucho y me angustio. Quisiera salir corriendo y no saber del mundo.
Mi hermana murió hace J 4 años. Mi padre falleció a la semana. Me parece que están
vivos debajo de la tierra y desesperados. Me paso pensando en la muerte. No quiero
llegar a lo mismo que en Chile. . " (¿ ?). "Intenté matar a una hija. Dicen que la estaba
ahorcando. Vi un mono como el de Tarzán, en visión lo vi. Se lo dije a mi hija. '¡Pero
mamá, si no hay nada!'. 'No me contradigas ' y no sé qué me pasó. Me amarraron, me
inyectaron. Perdí el control de mí misma, me di de golpes contra la pared. Estuve seis
años en control psiquiátrico ".

Tercera entrevista

Judith me pide si la puedo conectar con algún psiquiatra del servicio pues está
muy angustiada y le pasan algunas cosas . . .
- "Siento un hormigueo en el cuerpo. Me vibra como s i tuviera bichos, como s i tuviera
piojos. Me lavo fuerte la cabeza, y no tengo nada pero sigo con ese hormigueo en la
cabeza. No voy a caer en un psiquiátrico porque si caigo no salgo más".
- "Hace diez años, de tanto sufrimiento me intenté m atar con dos de m is hijos para
que después no sufrieran. Fui a un puente sobre un río. Me quedé horas. Los chicos
tenían m iedo de hablarme. Volaba con mi imaginación. Cuando ya era de noche, uno
me habló, y sentí cómo me volvía la cabeza a la actualidad. Cuando pasó lo de mi
hija, y me corté las venas (muestra los brazos todos llenos de cicatrices) yo seguí el
tratam iento en casa, estaba como internada. Una vez intenté eliminarme con Rohyp­
nol. Yo veía que m is hijos sufrían mucho. Así iban a sufrir una sola vez y después yo
iba a ser un recuerdo. Desde esa vez con pastillas no intenté más. No puedo retener­
me, no son cosas que quiero hacer, me vienen. A veces una anda mal y preferiría es­
tar sola, donde no la vieran. Pienso mucho en la muerte. E/is a me dice: 'No tenés que
pensar en la m uerte. Vos me hacésfalta. Yo estoy chiquita todavía "'.
Decidí pedir interconsulta con llll psiquiatra porque se l a notaba realmente angus­
tiada y empecé a temer por esta cuestión de la muerte que ella traía constantemente.
Sé solamente que fue medicada con llll neuroléptico y un ansiolítico.

Cuarta entrevista

"Ando un poco mejor, trato de conformarme. A unque tengo esa angustia tan
grande que quiero acabar conmigo. Cuando muere algún ser querido me imagino
que vive abajo de la tierra y que se desespera. Se me va la mente y vuelvo a los velo­
rios. Los tres los tengo en mi imaginación, en mi cabeza. En las noticias veo un
muerto y yo estoy sufriendo igual, como si fuera a m í a quién le pasa. Tengo que salir
de la cuestión de las muertes, de los velorios. Pienso mucho en cómo será la muerte.
Pensaba que cobraban vida debajo de la tierra. Por eso es el velorio de 24 horas, pa­
ra ver si revive. No me puedo sacar esa imagen de la cabeza. Cuando una persona
muere, muere. No hay esperanzas de que viva. Siempre tuve miedo de eso . . . de las
autopsias. Si mu eren con todo el organismo por causas naturales, yo pienso que se
puede vivir. Si hay autopsia, no. En ese sentido soy tonta de pensar esas cosas "

60
'
-E1í torno a Ja admisión

Hace un movimiento raro con los oj os y le pregunto qué le pas ó .


- "Andaba un punto negro molestando. Hace un rato vi el velatorio de mamá. Ahora
mism ito lo veo ahí. (Señala un rincón).

Qu inta entrevista

- '.'Me siguen los puntos negros, como si los tuviera en el vidrio de los anteojos. Tam­
bién hay iluminación, relámpagos. Cuando apago las luces, me encandila. Ya no le
tomo tanto asunto. Veo el manito y trato de alcanzarlo, se m e va y me hace burla. Yo
digo ya' miro de nuevo y no está. (¿Por qué mira de nuevo?). Para ver si es real o vi­
sión. Anoche vi a m i hijo y le dije '¿A dónde vas ? ' Mi marido me dijo: '¿A quién le
hablás, si está durm iendo? 111•
En el pasillo dice que en la próxima me va a contar sobre sus problemas sexuales.

Sexta entrevista

- "Las relaciones sexuales conmigo no van bien. El quiere tenerlas todos los días, yo
sólo una vez por mes. Dice que en ese tiempo yo tengo que tenerlas con alguien. Yo
no tengo ganas de hacer el amor 'ni con vos, ni con nadie', le digo. Una vez empecé a
hacerle mimos y él dijo una mala palabra) " (Le pregunto: ¿cuál?). "Dijo: '¿ Te dejó
con ganas el otro ? '. Desde esa vez, nunca más, hace 15 o 20 años que eso se terminó.
Yo soyfría en las relaciones sexuales. A veces lo hago por obligación, y siento . . . pe­
ro muy lejos. Estar con él me causa mucha repugnancia, él se orinaba en la cama,
cada tres meses teníamos que comprar colchón ".
De repente se pone a llorar:
- "La quise tanto a mi madre y ella no me quiso. Ella me azotaba, me colgaba, me
partía la cabeza con fierros, me partía las piernas. Yo crié a mis hijos parecido, a los
golpes. Ella nunca quiso a las m ujeres, prefería a los hombres. Estuve tres meses sin
mover un brazo. Les dije 'díganme si no soy hija de ustedes y me voy'. Me contesta­
ron: 'Ni los perros son padres tuyos "'.
- "Tomando mate, me puse a viajar; llegué a casa de mamá para ver cómo estaba mi
hermano. Me dijo 'Estoy mal, mamá me viene a buscar, m e quiere llevar. Después
dij'o que te iba a llevar a vos'. Le dij'e que cuando sueñe con ella, la voy a retar. Des­
pués me doy cuenta que estoy en casa ". (Le pregunto por esos sueños). "Su eño que
voy por un río y ella va adelante poniendo piedras, pero nunca llego a atravesar el
río completo ".
� "Mi marido sabe que no lo quiero. El me acusa de ser una m ujer de la vida. Antes de
ser una cosa así me mato".

Séptima ent revista

"No dejo de pensar en la muerte. Tengo un cuchillo y me miro los brazos. Me


mojo la cabeza para despejarme. Ayer maté a un mosquito en mi imaginación. Pela­
ba patas, y me pasó por mi mente 'mejor desangrarm e '. Un a, vez me metí la t{iera y
me corté igual que un género. Tenía eso en la mano y una voz me decía 'hacélo'. Yo le

61
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

decía que se fuera, que eso era imaginatorio. Me decía: 'P onéte el cuchillo '. Yo con­
testo: 'Salí, diabólica, dejáme en paz"'. (Le pregunto sobre la voz). "La voz era entre
hombre y mujer. A veces oigo gritos y peleas, y no hay nadie a mi lado. A veces escu­
cho y veo. '¿Quién sos? ¡Presentáte! '. La persona se va, desaparece. Primero me
llamaba mi mamá: 'Judi, vení'. Yo le decía que estaba con mi hijo: '¿Ahora me querés
.,.
;r
llevar? '. 'Pero si vos andás buscando venir'. Ayer desperté dichosa, soñé que estaba'
embarazada, sentí el movimiento y E/isa se me enfermaba y no comía porque yo no le
iba a prestar atención".

Octava entrevista

- "Se mefue el mono, ahora veo sombras, son como bultos. Ahí veo uno " (señala). (Le
pido que lo s d es criba) . "Son como sombras, penetran sobre la pared. Son dos. Uno es
negro, grande. El otro es marrón y chiquito. Tienen piel de animal, de mono o chim­
pancé, pero no son monos, son bultos. Veo y los vuelvo a ver para asegurarme y de­
saparecen".
Luego de la descripción, le pido que los dibuje.
-"Siempre vuelvo a mirar para cerciorarme si es verdad. Para mí es como una aluci­
nación alucinante, como un relámpago. Aparece y desaparece cuando lo ve de vuelta
. . . A veces me río de las estupideces que veo".

Nove!la entrevista

- "He andado mejor. No he visto eso que dibujé el otro día. Ando bien y no me angus­
tio tanto. Después que me quería m orir le tomé terror a la muerte. Quiero hablar con
la psiquiatra para que me cambie la medicación. Tengo miedo de quedarme dormida
porque me imagino que no me voy a despertar. Pero el otro día me sentía angustiada.
Me agarró bochorno". (¿ Qué es es o?). "Me dio calor, me puse a transpirar. Me de­
sesperé, me puse a e/amarle a Dios, pero m e puse una camisa pues era una falta de
respeto pedirle en cueros. Tenía la mente perdida en la cuestión de la muerte. Tengo
miedo de morirme. Tengo terror"-

Después de esta entrevista no vino más. Traté de pensar qué podría haber pasado,
si tenía relación con a l gun a intervención, q uizás con e l dibuj o . . . o con un cambio de
horarios. Pensando en esto último, me comunico con la terapeuta de E l isa quien me
dice que ella tampoco con curre. Le comento que pensé en la posib i l idad de problemas
económicos, por los viáticos y me dice que ella lo relaciona con Ja últi m a entrevista
donde le explicita a Judith el " contrato" de tratamiento de El isa. Le acl ara que la pro­
blemática se debe a la dificu ltad que tiene para separarse de el la, que e l tratamiento
traerá modificaciones al respecto y que deberá ser sostenido por la fami l i a, en especial
por e l la. Judith le responde que e l la también tiene muchas d ificultad e s para separarse
de la niña.

Verónica Roma

62
En torno a la ad misión

Comentarios

Benj a mín Dom b :

"Tenía la mente perdida e n la cuestión d e l a muerte. Tengo miedo d e morirme.


Tengo terro r". Así termina Judith la novena y ú ltima entrevista de este l lamado ate­
neo cl ínico.
Estas ú l timas palabras dicen de Ja manera más clara y más precisa de aquello que
se trata en la actualidad de esta paciente.
Concurre a la consulta dos días después de la muerte de su madre, con una hija
que en realidad parece que es su nieta, de todos modos oficia de hija, de la cual al fi­
nal confiesa que no se puede separar.
Si e.l tratamiento de Elisa, la niña, tiene por fin separarlas, entonces se acabó, se
terminó el tratam iento. S in duda, la niña, esta suerte de maternidad es la que sostiene,
precariamente, en esta mujer menopáusica, --"Me aganó bochorno"-- su estructura,
una estructura siempre al borde del suicidio.
¿De qué estructura se trata? De este material y más allá de las "alucinaciones" vi­
suales, auditivas, los "neologismos" que no se terminan de definir, no parece tratarse
de una paciente psicótica. De todos modos es ll amativo la relación de esta muj er con

su cuerpo y con el cuerpo de sus hij os, cuerpos quemados, al borde de la fragmenta­
ción.
"No dejo de pensar en Ja muerte. Tengo un cuchillo y me miro los brazos. Me
mojo la cab eza para despejanne. Ayer maté un mosquito en mi imaginación. Pelaba
patas, y me pasó por mi m ente 'mejor desangrarme"' . "Una vez me metí la tij era y me
corté igual que un género. . . "

¿Qué es "pelaba patas"? ¿Es un lapsus de la paciente, de la terapeuta o un error de


transcripción? ¿ S e refiere a que a los 1 1 años se quemó las patas o a que no puede
pronunciar papas por lo que esto l levará a interrogar sobre la cuestión del padre? De
todos modos es importante constatar que su p i e l es como un género, una tela de un
vestido, que se puede c ortar y que recubre un cuerpo despedazado.
Cuerpo de su madre podrido, putrefacto con un pedacito chiquito de hígado, con
pioj o s, como los que luego relata en su hormigueo; parece se le hubieran tran sferido
Jos p i ojos a el la. En este "duelo" por su madre se identifica con ella, Judith vive al
borde de la muerte, con la muerte dentro de su cabeza y su madre muerta, viva baj o
tieITa, desesperada. E n este punto d e tors i ó n donde e l l a e s J a madre, abuela identifica­
da con esta madre muerta, podrida, putrefacta y de todos modos viva.
Con esta renegación de la muerte, am1a lo que bien se puede llamar w1 delirio en
tomo a este real, que e l l a imagi nariza de todos los modos que puede.
De esta manera l lega a Ja guardia mo strando lo único, su hija-nieta, que aparente­
mente tiene para sostener su precaria estructura.
El intento term i na cuando le proponen la separac ión de ambas.

63
Psicoa nálisis y el Hospital Nº 2

Osear Cesarotto:

A pesar de que no se pueda saber con certeza el porqué de la intenupción de las


entrevistas, es posible considerar -en el plano de la conjetura- que la expli citación del
contrato de tratamiento de Elisa, la nena, funciona como disparador de un pasaj e al
acto:, el abandono si multáneo de ambas terapias -de la abuela y de la nieta- para poder
recuperar la ficción de ser, otra vez, madre e hij a.
¿Hasta qué punto, y en qué medida, Elisa encarna para Judith un representante re­
presentativo de Ja pulsión de vida? La historia de la primera -aceptando que su relato
tiene, más allá de cualquier distorsión fantástica, su núcleo de veracidad- constituye
una colección de tragedias e infortunios. La muerte, constantemente mencionada, alu­
dida, invocada, cogitada, omnipresente, parece ser Ja suerte de todos y cada uno de los
miembros de Ja familia, y para ella en especial, un destino hasta cierto punto depen­
diente de su voluntad. Habría querido morir más de una vez; quién sabe, para apagar
su existencia, pero también, según su creencia personal, para seguir viviendo, aún de­
baj o de Ja tierra.
Esta teoría de que los muertos no mueren a no ser por autopsia, puede ser pensada
como un delirio: restituye un valor teleológico a la vida y erotiza la ni.uerte como
meta pulsional. La autopsia, el corte concreto en el cuerpo, sería una imaginarización
de la castración, percibida en lo real. Como es obvio, no es el cadáver quien la desea,
la autopsia surge como el querer perentorio del Otro, absoluto en su poder ante el su­
jeto, que se reduce a un resto eviscerado, extimado definitivamente.
Volvamos a Judith, para hacer algunas consideraciones:
Una de sus tentativas de suicido fue con una tijera, cortándose "como un género".
Esto podría leerse de manera literal: cortado, el "género" se p luraliza, tal vez para sólo
así diferenciarse como si esta actuación fuese una forma alucinada -obedeciendo a la
voz que la instaba- de resolver su sexuación.
Por otra parte, en otra ocasión, al borde del salto fatal, un hijo le habla y lo peor no
sucede. Esta perspectiva iluminaría la función de suplencia vital que Elisa cumple con
su presencia: permitirle escuchar que l e digan que "no tenés que pensar en la muerte".
Elisa, abandonada o cedida por su madre, brinda un sentido a Ja vida de su abuela;
aún cuando esta última l a ubica all í donde su desestructura naufraga en la diacronía de
las generaciones. La nena paga con sus convulsiones el precio de la maternidad desa­
fi liada.
Una última cuestión: la remarcada desaparición de las "alucinaciones" ante su di­
bujo, pone un lím ite al onirismo impreciso de éstas. Del mismo modo, la pluralidad
de imágenes mortíferas -una película de horror- y este aspecto visual de su delirio,
hacen pensar que si Judith despi erta ante la sugerencia del terapeuta, ante la precisión
de ciertas formas en el papel, se hace improbable el diagnóstico de psicosis, aún
cuando, claro está, no por ello la reciproca de la neur .Jsis le esté asegurada.
El juego
de
.

la clínica
«Hay en la manifestación de la transferencia algo creador ... la transfe­
rencia aparece, hablando con propiedad, como una fuente de ficción.
En la transferencia, el sujeto fabrica, construye algo. Y de ahí en más,
no es posible, me parece, no integrar enseguida a la función de la trans­
ferencia el término de ficción»

Jacques Lacan. O 1 /0 3 / 1 96 1
El juego de la clln ica

El juego del psicoanálisis


Cla udio Glasman *

"En la playa de interminables mundos, los niños juegan".


{De un poema de R. Tagore que Winn icott incluye como epígrafe en "Realidady juego").
"Al borde de los mundos infinitos, se reúnen los niños. La tempestad vaga por el cielo sin
caminos, las naves se hunden en el mar sin estelas, la muer/e ronda y los niñosjuegan".
(Del mismo poema de R. Tagore, que Duvi gnaud incluye en su libro:
"E/juego de/juego", tru:nbién como epígrafe).

o que sigue es menos un trabaj o acabado que el testimonio de una investiga­

L ción en curso y que por comparación presenta todos los inconvenientes que
tendría tener que dar cuenta de un análisis antes que este haya tenninado. Por
eso voy a tratar de evitar caer en la tentación de adelantar conclusiones que en este
momento no serían sino respuestas dogmáticas. Prefiero conservar esta cuestión en la
que estoy "tocado" en el estado de incertidumbre que le conviene, ya que espera e in­
certidumbre son elementos fundamentales que sostienen, en la tensión necesaria, la
actividad lúdica misma. Lo que quiero arriesgar, sin embargo, anticipándome a la ar­

gumentación, es una afinn a ción que en este momento se me presenta convincente­


mente válida. Para referinne a las relaciones del j uego y el psicoanálisis propongo lo
siguiente: No es una metáfora decir que el psicoanálisis es un juego. Lo que sigue
intentará parcialmente justificar Ja pertinencia de tal afirmación y, más allá de los lí­
mites del presente texto, mi interés actual es tratar de l legar l o más lej os posible en las
consecuencias de esta postura. En esto no pretendo ser original, lo que más me preo­
cupa es extraer un "trozo de verdad" en Ja localización de la posición del analista, en

tanto recae sobre él la responsabilidad de conducir y sostener, una práctica que siem­
pre tiende a escabullirse en su dirección y sentido.

Algunos a ntecedentes en Freud (lo que sigue tiene el carácter de selección


apretada dados los límites del presente trabajo).

En "La historia del movimiento psicoanalítico" (19 14), da corno razón del abando­
no de la sugestión hipnótica su característica de "violenta y monótona". Hace tiempo
vengo pensando que esta " inaugural modificación" no se debe a la dificu ltad de un

dominio técnico sino que responde a una lógica y una ética acordes al descubrimiento
del inconsciente. S i definimos l a sugestión como la imposición de un saber general,
ya sabido, al suj eto, es claro que dicha imposición en cada caso conseguirá una práctica
que term inará siendo además de violenta algo bastante monótona, por no decir aburr i ­
da. A este abuso se opone e l descubrimiento mismo del inconsciente como un saber

• S u pervisor S erv i c i o de Psicopatología Hospital Evita (Lanús)

67
Psicoanálisis y el Hospital·N° 2

del cual el sujeto nada sabe y del que el analista es también sorprendido cuando, como
por descuido o error, alguna verdad irrumpe novedosamente en un análisis, cuestio­
nando y reestructurando e l saber hasta ese momento acumulado. Efecto ·por otra parte
hecho posible por su mismo acto que ha creado las condiciones de una tarea que en­
.cuentra en el hallazgo sorpresivo su modo culminante de realización.
Esta "antigua novedad" del psicoanálisis que consiste en que más allá de las segu­
ridades n arcisistas del Yo, al que llamaremos el sujeto psicológico, creamos un cam­
po de ficción a partir de la "regla fundamental", propiciatorio para poner a andar esos
mecanismos que Freud detalló en forma "regia" en el trabaj o del suefio y en la técnica
del chiste y que sorprendentemente se mostraron también interviniendo en la produc­
ción de los síntomas. Esto que hizo decir a O. Masotta en sus "Lecciones introducto­
rias. . . " que una de las afirmaciones "no menos incómodas" del descubrimiento freu­
diano era la de que algo tan serio y grave como es un síntoma tuviera la estructura de
un ch iste. Es en ese sentido que temo también alguna obj eción al respecto. "¿Cómo se
pu ed e afirmar --diría un imaginado y severo detractor--, que una práctica orientada a
aliviar el sufrimiento humano, algo tan serio o grave pueda ser comparado a un jue­
go?" Entiendo la preocupación y me adelanto a responder aquí que Jo que propongo
no es sólo una comparación sino que afirmo que tienen, psicoanálisis y juego, la m i s­
ma estructura. Podríamos decir que el psicoanálisis es " un tipo especial de juego en e l
h ombr e " y que l o que vamos a interrogar es tanto l o que tiene d e común pero también
lo que lo diferencia con el resto de los juegos. Desde ya no podríamos por ejemplo in­
cluirlo en la definición de R. Caillois, como "una actividad sin apremios y sin conse­
cuencias para la vida real del sujeto". Toda nuestra búsqueda está orientada en tratar
de localizar cuales son esas "consecuencias" originadas en un juego al que el anali­
zante llega "apremiado" por su sufrimiento y del que el analista crea las condiciones
necesarias para, en el momento oportuno, decidir darlo por comenzado. A partir de lo
cual recaerá sobre él la responsabilidad de conducirlo, sosteniéndolo, hasta su realiza­
ción final.
Como opuesto a monótono y violento encontramos lo diverso y lo múltiple que
son la vía por donde el deseo encuentra su articulación imposible. [ndeterrninación y
multivocidad son caracteres que Freud reconoció como propios de la escritura de los
suef\os. A falta de un sentido un ívoco y detenninado encontramos tanto en el "trabaj o
del sueflo" como en la "técnica del chiste" el aprovechamiento d e este defecto siste­
mático para la creación de interminables y di stintas producciones posibles, así tam­
bién como las interpretaciones que les corresponden. De esta manera los mecanismos
propios del inconsciente (la condensación y el desplazamiento), serán pensados como
formando parte necesaria de un trabaj o que no excluye e l j uego y que por el contrario
lo requiere como factor necesario en el movimiento del deseo. Aquí aparece en la es­
una acepción del término juego que es la del "juego mecáni­
tructura del inconsciente
co", aquél que es necesario como movimiento de un engranaje, para que éste pueda
funcionar. Esta estructura muestra que padece de un desaj uste necesario y que l a " fa­
l l a" del símbolo para nombrar su referente, esta falla en "ser" nombrado es causa de la
producción de l mismo suj eto en tanto dividido. En el inconsc iente no se respeta pare­
ce esa oposición clásica entre juego y trabaj o ; al l í el trabaj o no es sin el juego.
Aquí entonces e l "j uego de palabras", el "múltip le u s o de un m i smo material",

68
El j uego de la cllnica

ii
"múltiple determinación", esa misma defin c ón del chiste como un ·�uicio j uguetón"
son parte de un descubrimiento que es inseparab le del reconocimiento de que, en e l
inconsciente, el deseo se "j uega" en el campo de "juego " de los mecanismos que le
son inherentes . Esta legalidad del inconsciente opera como límite y freno de toda
suerte de arbitrariedades, como s iempre saturadas dé buenas intenciones y de buenos
sentidos ya sabidos. Lo impo1iante que quisiera destacar, es esa relación primaria en­
contrada entre el inconsciente y el juego, que es parte de este hallazgo que el tratar a
j
las palabras como cosas -- propio de los procesos inconsc ientes -- , no de a de estar pre­
sente en la formación de sustitutivos en la esquizofreni a y es algo característico en el
juego de los niños, que tratan a las palabras como si fueran cosas (ej . el retruécano, el
juego con los nombres propios, etc.) Esa satisfacción del disparatar, juego del sinsen­
tido, que la exigencia de la crítica de la razón vendrá a prohibir obligándolo a renun­
ciar a dicha actividad. Parece que más allá del Yo que duerme el sujeto del incons­
ciente indeterminadamente juega, y que se establece una relación entre juego , falla,
falta, del si gn ifican te y deseo.
Quisiera por e l momento detenerme en el comentario de dos textos que establecen
j
una relación no obvia entre el uego y la guerra . Me refiero a "El poeta y la fantasía"
y a "Consideraciones sobre la guerra y la m uerte". Esta rel ación ya fue descubierta
desde otra perspectiva y por fuera del psicoanálisis por K. V. Cl ausew itz. Este riguro­
so pensador llegó afirmar que " . . . de todas las ramas de la actividad humana sea la
guerra la que más se asemeje a un juego de naipes", y especificando el punto funda­
mental de intersección: "Ahora solo hace falta un elemento más para que se convierta
en un juego y ese elemento no falta por cierto: es el azar". La importancia del azar en
nuestra práctica será tratado en otra oportunidad pues es también en nuestro c amp o un
factor decisivo.
· En e l primero de los dos escritos intentaremos interrogar una relación entre juego
y fantasía. En este sentido se plantea que todo niño que j uega se conduce como un
poeta, cre ándose un "mundo propio", o más bien situando las cosas de su mundo en
un orden nuevo, grato para él. "Sería injusto decir que no toma en serio ese mundo, lo
toma muy en serio, la antítesis deljuego no es la gravedad sino la rea/idac!'. Para los
preocupados de falta de seriedad de pl ante ar el psicoanálisis como un juego podemos
decir con Freud, y en esto coinciden otros autores por dentro y fuer.a del psicoanálisis,
que el juego es "cosa seria". Podríamos apelar aquí a Ja escena de dos jugadores de
ajedr ez sentados frente a frente o evocar la advertencia "jugás en serio o no j ugamos
más". "El niño gusta apoyar los objetos y circunstancias que imagina en objetos tan­
gibles y visibles del mundo real" . Este apoyo es el que diferencia el j ugar infantil del
fan tasear . El adulto se ve obligado a abandonar el jugar , a renunciar a esta actividad y
l
en su reemp azo, --ya que no hay renuncia a una actividad satisfactoria, sólo sustitu­
ción--, aparece el secreto e invisible mundo de la flll'1tasía,
. al que tenemos acceso por
el relato de los neuróticos, y también por las creaciones del poeta. Hay algo que es
obvio: el sujeto adulto no dej a de jugar y el juego ocupa, lo sepamos o no, un lugar
fundamental en nuestra vida; cada uno de nosotros a su modo es un jugador. Los neu­
j
róticos también uegan y esto es importante, porque el juego no los libera de su neuro­
sis. Algunos juegan neuróticamente, otros agobiados por sus obligaciones no pue den
perder tiempo en "actividades inútiles". Sería interesante interrogar en otro lugar la

69
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

posición de Winnicott para quien el j ugar es en si m i smo una actividad curativa. En


todo caso, podríamos decir que pensamos que el neurótico no s e cura porque juega,
sino que llega a j ugar cuando por mediación de este partenaire especial que es el ana­
lista puede poner en juego aquello que hasta ese mom ento no había sido más que "una
pesada carga que se lleva" . Una de las formas de retorno del j uego "como forma de
rechazar el agobio intenso de l a vida" es conquistar el placer del hwnor.
El juego de los niños está regido por sus deseos, especialmente el deseo de ser
mayor; imita en el juego al adulto y no tiene nada que ocultar de tales deseos. No así
el adulto respecto de su fantasía, de él se espera que no juegue ni fantasee. P areciera
que el tiempo del j uego es tiempo perdido respecto del tiempo de trabajo, tiempo útil.
Aquí aparece veladamente la presencia, bajo la forma de un "se espera", de ideales
que reprimen. Y esta exigencia produce no e l abandono absoluto del juego s i no su se­
parac ión del trabajo, separación entre actividades "satis factorias" pero de las que no
se vive y aquellas otras que se realizan 11 obligada y abrwnadamente". Será necesario
diferenciar el " se espera", de la espera que introduce el deseo del analista y que crea la
dimensión temporal del análisis. Se establece una relación necesaria entre juego, fan­
tasía e insatisfacción, "el hombre feliz jamás fantasea, y sólo lo hace el insatisfecho".
Llegamos así al deseo ambicioso de "los hombres ", que en el fondo es eróti co: " . . . en
las fantasías ambiciosas es posible encontrar siempre a la dama por la que el hombre
desarrolla sus actos heroicos".
Esta primera mención al acto heroico, será fundamental para nosotros que esta­
mos tratan do de c onceptualizar el acto analítico. Sus caracteristicas surgen de una
comparación entre la actividad del fantasear con las novelas de los artistas populares.
Hallamos, ante todo, un rasgo singular: tienen un protagonista (primer actor - primer
luchador) que con�¡tituye nuestro foco de interés, para el cual intenta por todos los
medios el poeta conquistar nuestra simpatía (llamado a la identificación) y al que pa­
rece proteger con especial providencia. Cuando al final de un capítulo novelesco de­
jamos al héroe desvanecido y sangrando por graves heridas, podemos estar seguros
de que al capítulo siguiente lo encontraremos solícitamente atendido y en vías de
restablecimiento; y si el primer tomo acaba con el naufragio del buque en el que
nuestro héroe navegaba, es indudable que al principio del segundo leeremos la histo- .
ria de su milagroso salvamento, sin el cual la novela no podría continuar. El senti­
miento de seguridad con el que acompañamos al protagonista a través de sus peligro­
sos destinos es el mismo que el del héroe verdadero que se arroj a al agua para salvar "'·
alguien que está ahogándose, o se expone al fuego enemigo para asaltar una bate: ía;
es aquel heroísmo al cual ha dado expresión uno de n uestros m ej ores poetas (Anzen­
gruber): "No puede pasarme nada". En esta frase se encuentra el "s igno delator de la
invul nerabili dad donde se nos revela sin esfuerzo su maj estad el Yo, el héroe de todos
los ensueños y de todas las novelas " .
Otro rasgo es e l d e q u e todas las mujeres se enamoren d e l protagonista. Y el terce­
ro es la división de los" buenos" y los "malos " , con evidente renuncia de la variedad
de los caracteres humanos. Los "buenos" son siempre los amigos , y los " malos", los
enemigos y competidores del Yo convertido en protagonista.
Pensamos que estos tres caracteres están presentes en l o que pod ríamos ll amar el
j uego imaginario, que establece una re lación entre fantasía y j uego: no puede pasanne

70
El juego de la clínica

nada. S iempre hay restablecimiento, recuperación de l a pérdida; con esa seguridad


que no es sino la del falso riesgo, el héroe se j uega el todo por el todo, ese que siem­
pre recupera, en una lógica donde la castrac ión aparece negada. A! héroe lo aman To­
das las m uj eres. Más bien podríamo s pensar que el suj eto con su acto heroico intenta
salvar, reintegrarse él Todo a La muj er (ver "Sobre un tipo especial de elección de
objeto en el hombre"). Por último, la relación de complem entariedad, esta forma bina­
ria de Ja lógica del narc isismo : o b i en soy yo todo bueno o bien es él, el enemigo, el
malo ( ¡ nunca j uegues con extraftos ! ) . Esta renuncia a Ja variedad muestra, en todo ca­
so, Jos límites y e mpobrecimientos del sujeto psicológico y su juego. Si nos mantuvié­
ramos en los anál isis en los límites de este registro, Jos l levaríamos a ese impase don­
de el "no puede pasarme nada" se transformaría en un monocorde "no pasa nada dife­
rente " . Sin embargo, esa falsa seguridad es Ja que en el principio del análisis instala la
transferencia como fi cción. La existencia del Otro que m e contiene es lo que me per­
mite j ugar con él. En esta dimensión de Ja escena, la muerte y la castración, lo inevi­
tab le, lo irreversible, aparecen baj o la forma de su negación. Que la pérdida sea recu­
perable, que Todo sea por La mujer, son maneras de sostenimiento del deseo en tanto
falta, pero aquí, falta negada. La ambición será el nombre de un deseo de reintegra­
ción a Ja pérdida del Otro, donde el suj eto mismo se ofrece en su sacrificio heroico
p ara salvar a la dama de una caída de donde sin embargo hay esperanzas de recupe­
rarla. Pero no debemos dejar de seftalar que si algo se puede j ugar incluso con la ilu­
sión del "no puede pasarme nada", es que algo ya ha pasado, algo ya se ha perdido. S i
él apuesta e l todo, es que al Todo Je falta él.
Estas novelas populares tienen con el juego algo que Jo diferencia de él, conoce­
mos de antemano el resultado. Si esto sucediera en un juego, no valdría la pena ju­
garlo. Cuántas veces encontramos, justamente, en pacientes, la pregunta de porqué no
puedo jugarme, ¿por qué no me juego el todo por el todo? Posición que denuncia, en
la impotencia, j ustamente el quedar todavía petrificados ante un ser todo que no pue­
den perder, un ideal de perfección a alcanzar y que les impide actuar. En ese sentido,
el acto analítico, en tanto decisión de comenzar J a partida, sostiene ante el paciente el
engafto de que hay todo. Pero el analista n o podría ser también la víctima fascinada de
este engaño. El ana l ista, de alguna manera se ofrece ante el analizante como una pro­
mesa de juego, una i l usión de recuperación de lo que falta. Pero no deja de ser est.a
una falsa promesa, ilus i ón necesaria p ara que paradoj almente el juego se desarrolle
hasta su m o mento de verdad donde será el analizante quien sólo, --esto quiere decir
'
sólo del Otro de la transferencia-- tome su decisión. Quizás es desde esta perspectiva
que podemos entender una práctica que tiene como punto de m i ra el deseo de que el
sujeto decida y que, sin embargo, le propone suspender sus decisiones, mientras el
sujeto esté actuando o sufriendo p ara el Otro sus decisiones; sus actos serán actos más
o menos heroi cos consagrados al Otro.
Por úl timo, y para terminar esta primera parte, propongo que a la luz de estas con­
s i deraciones sobre el "deseo ambicioso", podría leerse nuevamente aquella taj ante
afi nnac ión freudiana de "Consejos al médico . . . " de que "La ambición pedagógica es
tan contraproducenle como la amb ición terapéutica"-

71
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

Lo que se j uega en un juego

Daniel Rubinsztejn *

D
i ferentes textos intentaron decir algo nuevo acerca de la adolescencia desde
una perspectiva·freudiana. Sin embargo se apoyaron en fundamentos más cer­
canos a la psicología evolutiva que a la enseñanza de Freud. Evitar caer en la
tentación de h ablar de evolución, de fases o etapas, de desarrollo, de madurez, no de­
be ser sencillo. El riesgo es que, partiendo de lo que ya sabemos, nos encontremos
con lo que ya conocemos; sería una auto-realización. Si sabemos que hay conflictos
adolescentes o duelos, seguro que eso encontraremos e n todos los tratamientos.
Intentaré recorrer otro camino, partiendo de la premisa de que las dificultades que
aparecen en la dirección del análisis son l a guía para el analista, nos indican cada pa­
so posible en cada tratamiento.
En el texto "La novela familiar del neurótico", una afinnación de Freud puede ser
esclarecedora para quienes analizamos niños o púberes. Dice: "Cuando el individuo, a
medida de su crecimiento, se libera de la autoridad de sus padres, incurre en una de
las consecuencias más necesarias, aunque también una de las más dolorosas que el
curso de su desarrollo le acarrea . . . debe haber sido cumplida en determinada medi­
da por todo aquél que haya alcanzado un estado normal. Existe cierta clase de neu­
róticos cuyo estado se halla condicionado por el fracaso ante dicha tarea."
¿Cuál es el dolor, la consecuencia dolorosa que necesariam ente conlleva esta dura
tarea?
Liberarse de la autoridad de los padres es:
. un intento riesgoso de quedar fuera de ·un territorio conocido, íntimo y familiar pero
que nunca dej ó de ser aj eno
. dej ar de responder a un ritmo que marcan otros cuerpos
. no sostener más que los padres conocen el pensamiento del hij o , que nada se les
puede ocultar, que se es transparente
. el pasaje del individuo a la especie, el momento del dramático y doloroso encuentro
con la reproducción y la muerte.

Un encuentro fallido

La madre de Martín pide una entrevista, en ella relata que su hij o de quince aftos
tiene serios problemas de escolaridad: repitió segundo afio, y l e sigue yendo mal. No
estudia, es agresivo.
El padre falleció de un ataque cardíaco cuando M . ten la cinco af\os. Era un direc­
tor de orquesta muy reconocido. Ellos vivieron luego en Europa con el novio de la
madre. E l l a se separa y vuelven a Buenos Aires. Actualmente trabaja en forma inde­
pendiente, dice que no le va muy bien y cuando a veces necesita una ayuda de su h ij o ,

*Supervisor Equipo d e Adolescencia Hospital Cosme Argerich

72
El juego de la clínica

por supuesto no puede contar con él.


Martín acepta iniciar entrevistas, reconociendo su� problemas con su madre y sus
dificultades en el estudio. 1
Hoy puedo pensar tres momentos en el tratamiento. El primero se caracteriza por
los relatos de peleas, o amagos de peleas de su barra contra otras. Van a bailar, bailan
y se divierten entre ellos --de minas ni hablar-- provocan a otros. "Se rajaron, la liga­
ron, se achicaron".
En el segundo momento estos relatos se tornan más esporádicos y comienza a de­
sarrollarse en todas las sesiones un juego. Trae el Simmon(I J , lo deja en el consultorio
y al entrar lo pide. El j uego ocupa casi toda la sesión, son pocas las palabras que se
dicen. Pasan las semanas, casi siempre gana. Me sorprende el dominio que tiene, su
memoria visual y auditiva, sobre todo esta última que es imprescindible para reprodu­
cir los sonidos musicales que el juego propone. Comete pocos errores y disfruta de los
mios.
Un día entra contento y me pide que lo observe. Se ha puesto un sobretodo inglés
que pertenecía al padre, y que ahora, dice, le queda bien (le colgaba por todos lados).
Refiere algunos recuerdos de infancia en Europa, del novio de la madre -le compraba
de todo, tenía de todo- del buen pasar en esas épocas y en las que el padre aún vivía
(según le fue relatado).
Entramos así en el tercer momento. Algunos relatos de peleas, a veces jugamos y
... Jlega a una sesión armado de un nunchaku(2). Camina por el consultorio revoleando
el arma, lo maneja con destreza, ataca y se defiende de un enemigo imaginario . Se
muestra seguro; agresivo, exhibe su destreza durante varios minutos. Hasta ese mo­
mento yo no entendía por qué proponía jugar al Simmon, ni por qué habla traído el
nunchaku.
· Paulatinamente los movimientos se transfonnan, ya no son de ataque, ni de defen­
sa, el enemigo se desvanece en el aire. Permanece de pie, concentrado, sumido en otra
escena. Una vara queda bajo su axila, la otra unida por la cadena queda en su mano en
posición vertical. Su mano comienza lentamente a dibujar con la vara un movimiento
armónico en el aire. Suave, acompasado.
Cuál fue la sorpresa cuando me escucho diciendo lo que alll /eo:
-¡ Estás dirigiendo la orquesta!
Me mira aturdido, continúa el movimiento automáticamente. Se sienta, se acuesta
en el diván. Se muestra agotado. Me pide que le alcance un vaso de agua. Se lo doy,
se incorpora para beberlo, grita:- veneno! (Se toma el pecho con las manos) ¡Ay, un
infarto ! , y se dej a caer sobre el diván. Interrumpo la sesión. Se levanta y se va.
Las siguientes sesiones se jugó nuevamente al slmmon. Mucho silencio, algunos
relatos sobre salidas con chicas (ya no las desprecia). Recuerdos de momentos de so­
ledad en España, cuando su madre salía de viaje con el "novio".
Llegaron las vacaciones. Cuando retomo la madre l lama para avisar que su trabajo
no va bien y que n o tiene dinero para seguir pagando el análisis. Pido hablar con M.
Me dice que está bien que la pasó muy bien con sus primos en las vacaciones y que
aprobó los exámenes. 1

Le recuerdo que hay un juego suyo en el consultorio. QuedalilloS en ooa hora y M.


vino a buscar el instrumento. No supe más de ellos.

73
Psicoanálisis y e l Hospital Nº 2

El juego con el instrumento le permitió j ugar una partida, pero no sólo con el se­
mejante a quien había que vencer (y vencía), sino con el saber. El triunfo de uno no
implicaba necesariamente la pérdida del otro. ,

Hubo una transmutación: lo que al inicio era sólo un juego de reproducción de lu­
ces y de sonidos, en el que se ganaba o se perdía, devino a partir de la lectura de lo
que se jugaba con el nunchaku, en un ej ercicio musical, en un encuentro novedoso
con "algo" del padre. Algo único y diferente, incomparable con otro j oven con quien
se jugara al mismo (¿al mismo?) juego.
El sujeto en su singularidad no pre-existe al juego sino que lo pensamos cómo el
resultado de un movimiento entre juego y juego, entre la eficacia de Ja lectura de un
juego y su acción en retardo sobre el primero.
De esta partida algo quedó dicho:
A pesar de que sus recuerdos le dicen que en España la pasó bien y que tenía de
todo, algo no tuvo, algo no pasó: padre no tuvo y é l no pasó de afio (¿síntoma?).
Hay un tiempo que en su relato se confunde, casi no aparece, queda opacado.
¿Qué le pasó luego de la muerte de su padre? ¿No pasó nada? ¿Todo fue igual pero
con el novio de la madre? ¿No perdió nada cuando el padre murió?
C3l
Hay un dw¡ lo (¿de él, de la madre?) que no tuvo lugar: ¡ economía! ¡ economía!
... y por economía se interrumpe el análisis.
Fue necesario que se disfrazara del padre, que pel eara al ritmo de la música casi
todos Jos fines de semana en los boliches bailables, y que luego jugara con la música,
que con el arma dirigiera y que se infartara envenenado -por no se sabe qué-, para
poder sustraerse de alguna escena diciendo que no todo pasó.
El juego fue una contingencia necesaria. Un nuevo encuentro fallido.

( ! ) El Simmon es un juego q u e tiene cuatro luces. Se enciende una acompañada d e un sonido, y


el jugador debe repet i r l a. Luego se encienden dos y hay q u e repetirla� en ese orden y así suce­
sivmnente.
(2) Arma n i nj a, consiste en dos vara� u n idas por una cadena.
(3) Hamlet dixit

74
El juego de la cllnica

Etica en juego

Elena Lacombe *

"Están jugando unjuego. Están jugando a que no juegan unjuego.


Si les demuestro que veo que están jugando, quebraré las reglas y me castigarán.
Debo jugar e/juego de no ver que veo e/juego".
R . D .Laing

P
ara quienes intentamos realizar una práctica analítica en el campo de la infancia,
la asimetría adulto/niño es un obstáculo inevitable a sortear en la búsqueda de
producir acontecimientos en nuestros encuentros con los ní:ftos. Para ello debe­
mos necesariamente presuponer la existencia de una simetría preordenada y estructu­
ral y que puede derivarse del principio constitutivo de un campo en común: el camp o
lúdico.
En efecto, dicho principio posibilita la producción de simetría ya que enuncia que
el conjunto de las reglas que definen el campo de juego son las mismas para las dos
partes implicadas en él. A partir de allí podrá engendrarse una asimetría interna al
campo así constituido, dejando por fuera de dicho campo lo real determinante para
ambos sujetos, de la asimetría adulto/niño.
La asimetría se derivará entonces, inevitablemente, de la contingencia de Jos
acontecimientos; dependan estos del azar, del talento o de la intención.
Por otra parte, sólo es el conjunto de sus reglas lo que h a ce posible en el j w�go un

número prácticamente ilimitado de partidas. Este postulado nos es de un particular


interés clínico si hemos decidido indicar un tratamiento para el niño.
Esto por dos motivos. El primero hace a que dicho tratamiento se sostenga más
acá de las demandas de los adultos, motivo de la consulta; hace a que el tratamiento
se sostenga desde el propio deseo del niño: deseo de seguir j ugando. El segundo hace
a que el juego así constituido pueda ser aprovechado en su valor estructural disyunti­
vo. Es decir, que culmine con la creación de una separación diferencial entre los juga­
dores, que al inicio del juego nada designaba como desiguales. Fin del tratamiento en
otros términos, la esperable continuac ión del juego en la cotidianeidad del niño, es
decir, con sus pares y no en aquel campo lúdico " artificialmente" generado por la ope­
ración efectuada en el analista.

* S uperv i sora C l í n ica de N i ñ o s Hospital de N i 11 os R. Guti érrez y Hospital Español.

75
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

Jugadora de niños **

Silvina Gamsie *

D
iscurrir acerca de la pertinencia o no de aplicar a la clínica con niílos los con­
ceptos del psicoanálisis, pensar acerca del juego y los niftos, del no poder ju­
gar de esos niños que nos traen en consulta y acerca de qué es Jo que específi­
camente hacemos nosotros analistas cuando nos las vernos con el los, no es anodino o
sin efectos en nuestra práctica.
¿Quién no sintió el escozor ante la posibilidad de una eventual transgresión? Por
un lado la función educativa es de los padres, no corresponde al psicoanálisis conver­
tirse en una pedagogía; por otro, si se trata de adultos viéndoselas con niños ¿cómo
evitar --y desde qué lugar--, hacer de esos nifl.os que nos traen en tratamiento, el ob-
jeto de nuestras "apetencias" de nifl.o? .
Modalidades de la transferencia, posición del analista .. . ''jugadora de niños. .. " .

Así se refirió una nenita de 6 af\os que seguía en consulta al tratar de definir entre
amiguitos de la misma edad --remarco esto de la misma edad-- a esa "grandulona"
con la que se encontraba regular y convenidamente a jugar. ¿No implica esta feliz de­
finición en boca de una niftita y el privilegio de que esto me hubiera sido referido por
sus padres (podría no haberme enterado nunca) lo que marca la entrada, la constata­
ción de la puesta en marcha del dispositivo del análisis con niños?
En esta inocente definición está la clave de nuestra ubicación en la clínica. Habi­
tualmente decimos que la niñez es efecto de una sanción desde los adultos quienes re­
conocen que "había una vez. . " en que hubo infan cia, una época en que "no sabían lo
.

que hacían", en que "no eran responsables de sus actos", o eran "inimputables", co­
mo se dice en términos jurídicos. Aún cuando esta dimensión nos es nostálgicamente
aj ena, porque, como dice Freud: " . . . nosotros los adultos no comprendemos nuestra
propia infancia, nuestra amnesia infantil es una prueba de cuán extraños a ello he­
mos llegado a ser. . . "ºl. Afirmam os, en contrapartida, que los nifl.os son traídos a tra­
tamiento porque lo que ellos hacen no puede ser, precisamente, sancionado como jue­
go por sus padres, como perteneciente a esta dimensión del " había una vez. " . Por ..

esto mismo, en el valor que nosotros demos a este "de", de esta expresión, ''jugadora
de niños", encontraremos, la posibilidad de una posición analítica respecto a ellos.
Hay, por lo menos, dos lecturas posibles de este genitivo, cuestión de determinar '''
·
quién hace j ugar a quién. En su vertiente subjetiva, indicaría que hay niños que dispo­
nen de una j ugadora a la que harían jugar; la otra vertiente ubicarla a esos n i flos como
objeto de aquél que "jugara" de ellos , de aquél que hiciera jugar a los niílos su propio
juego. Si aceptamos que, para los niílos, los padres reales están ahí, dicho de otro mo-
do, l o real son los padres, el goce parental, el fantasma de los padres, y si como lo
constatamos en la clínica, es la emergencia de lo real lo que interrumpe la escena lúdica,

• Supervisora clín ica d e niños Hospital d e N iños R. Gutiérrez, Htal. Alvarez y CESAC Nº2.
** Charla dada en el Hospital Esparlol, en el ciclo "la estructura del sujeío en la infancia", el
1 5/1 O/ 1 992.

76
-Efj u ego de la clinica

Jo que hace que el niño dej e de jugar, este último posicionamiento es más bien el que
tendríamos que evitar. Me gusta decir: es esto lo que el analista que trabaj a con nifl.os
debe mantener a raya, Jo pulsional, ponerlo a jugar, ya que él está ahí comprometido
en tanto adulto en relación a un nifto. ¡ Que los niños que no pueden jugar tengan sus
j ugadores ! ¿Qué es, sino, el prestarse del analista al juego de Jos nifl.os (el poner el
cuerpo como se suele decir) para que otra apuesta se j uegue: la de cómo quedará ubi-
:
cado ese sujeto en relación al deseo materno y paterno?
Freud en el apartado de " Tres ensayos. " referido a "La teoría de la libido", decía
..

que "el psicoanálisis mira como desde una frontera cuya transgresión no nos está
2
perm itida, la actuación de la libido narcisista11 < >. Ahora bien, si éste es el estado en
que aparece la libido durante la primera infancia, acá Freud ya estaría indicando la
existencia de una frontera que del imita por una interdicción, una zona en la que ubica
a la infancia como lo que sucede previamente a la prohibición, previo a .la castración.
El psicoanálisis mira desde la frontera. Por un lado, y en ese momento de Ja histo­
ria del psicoanálisis, como una lim itación del psicoanál isis mismo (neuro sis narcisis­
tas versus neurosis de transferencia). Por el otro -y esto ya p lantearía los bordes de Ja
posición del analista-, lo que no nos es dado trasponer es la frontera que separa al
adulto de l a infancia.
Lacan, en el Seminario dedicado a los "Problemas cruciales para el psicoanáli­
sis" C3l , denomina al juego " ese fantasma inocente . . . " ; . inocente, en Ja medida en que no
produzca efectos en la sexualidad de Jos adultos. Lo que supone, en el movimiento de
vuelta del adulto hacia el nifl.o, mantener un borde, no hacer a los nifl.os (a todos y a
cada uno), partícipes de su propio j uego, el del analista en este caso. Prohibición que
recae sobre los adultos en relación a la infancia: "no reintegrarás tu producto. . . "
Me gustarla hacer referencia a tres o cuatro frases de esta clase del 1 9 de mayo de
1965 que nos pueden servir para enmarcar nuestra posición en relación al juego. La­
,

cail dice en relación a la teoría de los juegos,- y esto también lo toma Roger Caillois
4
en "los juegos y los hombres" < l_ " . . . el juego sería un sistema cerrado donde lo pro­
pio aunque esté enmascarada es una regla, que está excluida de él como prohibida :
ese punto es lo real como imposible". El riesgo, queda excluido del j uego. Lo que
enmascara al riesgo es la apuesta del sujeto mismo que está en juego. "Es ia regla de­
termina la entrada y la salida del juego pero en el interior del juego mismo". Lo que
determina una frontera del juego, más allá de la cual está "lo que es de verdad" . Pero
si es de verdad, este más al lá tendríamos que ubicarlo del lado de los padres, como
verdad o efecto de verdad en la sexualidad parental. Trasponer este llmite implica
entonces para el niño el riesgo de dejar de jugar, dejar de ser el hijo de los padres y
pasar a ser el obj eto de su satisfacción. Lo que desde el niño supone, no Ja posibil idad
de hacerse cargo de los efectos que sus actos producen en los padres, o en los adultos,
o en los pares, sino sólo sufrir esos efectos, poner el cuerpo, ser el jugadito o el ju­
guete del cuento de otros. En relación a los pares, estos efectos sólo podrán leerse
apres-coup en las relaciones post-puberales con amigos de su edad o con sus partenai­
res amorosos y sexuales.
Pensemos en ciertos niños que no pueden jugar y1 se si túan en esta " frontera del
juego", noción que puede evocar la idea de trasponerla; de una transgresión de los que
j uegan, "de verdad " . Para estos n i flos no hay diferencia entre juego y no juego. Se

77
Psicoa n álisis y el Hospital Nº 2

juegan, al poner a prueba Ja palabra de Jos padres, denunciando esta zona de más allá,
del lado de aquellos padres que no han podido sostener su palabra, en la que el nifto
queda a su merced. En esta zona de límites, de límites del juego, hay actos de los que
por supuesto los nifios no pueden dar cuenta, en los que pagan con su cuerpo, a veces
con la vida, el no poder reconocer los matices de las relaciones entre padres que dejan
aparecer algo de una "verdad desnuda " . Si hay compromiso corporal, no hay juego.
Pensemos que estos niñ.os no juegan, por ej emplo, a golpear, lastiman y se lastiman;
no juegan a volar, se arroj an y son arroj ados fuera del grupo de pares. Que devenga
entonces un juego requerirá un proceso por parte de los adultos; es por eso que estos
niflos insoportables nos exigen un esfuerzo mayor, en el sentido de evitar que se pier­
da para nosotros la dimensión lúdica.
"Si hay algo que soporte toda actividad de juego --dice Lacan en la clase que les
mencionaba-- es eso que se produce en el reencuentro del sujeto dividido en tanto es
sujeto con ese algo por el cual eljugador se sabe él mismo ser el resto de algo que se
ha jugado en otra parte, a todo riesgo, otra parte desde donde él ha caído: del deseo
de sus padres ". Esta otra escena es la escena parental. El j uego establece una d istancia
respecto de esta escena, pone en juego otra escena donde se reconoce un sujeto. La
" apuesta del juego --sin que el juego ni el jugador lo sepan-- es el sujeto mismo que ahí
se instituye, él descontado, perdido de ese lugar de objeto. En relación a esto Lacan
dice que "lo prop 'o del juego es que antes que se juegue nadie sabe lo que va a salir
'
de él. Allí está la relación del juego al fantasma. El juego es un fantasma inofensivo
C5l
(inocente) y conservado en su estructura" _
Se hace imprescindible entonces ubicar este jugar de los nilios en Ja clínica y si
uno puede decir del psi coanálisis que se trata de una clínica baj o transferencia, del
psicoanálisis con niñ.os suelo decir que se trata de una clínica "en" juego.
¿Cómo nos ubicamos nosotros analistas en relación a ese j ugar? Eso es l o que es­
toy intentando desarrollar. Desde el inicio el j ugar nos lleva a precisar la transferen­
cia. ¿No es ésta la modalidad que toma la transferencia en la clínica con n iñ.os --el
juego mismo--, pl ante ad a en relación al j uego y no al amor al saber supuesto a un su­
jeto, el analista?. Lo que se pone en marcha desde Ja formulación inicial: cuando los
padres en la primera entrevista me preguntan " ¿ qué le decimos a nuestro hijo cuando
venga?" , suelo responder "díganle que va a venir a jugar", ni conmigo ni a qué, sólo a
jugar. Es una invitación al j ugar, poner a j ugar a los niñ os. Desde esta perspectiva es
interesante señalar la inconveniencia de que los niños asistan a esas prim eras entre­
vistas con los padres. Freud en "El chiste. . . "C6l, marca en relación a la falta del sentido
de comicidad en los niños, su "falta de mesura", es decir, una imposibi l i dad del niño,
de distinguir entre " él hace esto" --el rival imaginario-- y un "yo hago esto porque. . . "
que pudiera ubicar detrás de estos puntos suspensivos un deseo articulado; más cla­
ramente, una imposibilidad del s ujeto infant il de tomar di stan cia en relación a las de­
mandas de sus padres. Si se le pregunta a un nifl.o porqué hace l o que hace, porqué
j uega a lo que juega, surge un "no sé" o un "porque s í " ; y s i uno insiste un poquito
más, dirá "porque así me dicen mis padres que hay que hacerlo". El niflo no puede -al
menos por un tiempo- dar cuenta de su propio juego, reconocer en el juego mismo la
i lusión de un deseo propio, en todo caso distante o distinto de lo que dicen los adul­
tos. Lo que pone de manifiesto la dimensión del temor ante la pos i b i l i dad de la pérdi-

78
El juego de la clínica

da del amor de sus padres.


En relación a la presencia del nifio en estas entrevistas existe el riesgo del l ado del
niflo de que l o que ahí se diga refuerce como un mandato lo circunscripto por los pa­
dres como síntoma del nifto o agrave la persistencia de posiciones que aparecen como
respuesta al "qué me quieren" de l a pregunta por el deseo del Otro.
Se nos plantea por otra parte en la clínica, una dificultad metodológica. Freud en
Ja Conferencia 34: "A claraciones, aplicaciones y observaciones "(?) ( 1 932), después
de afirmar que el n iño que presenta síntomas neuróticos es objeto favorable a la tera­
p i a ps icoanalítica, plantea ciertas diferencias metodológicas respecto al psicoanál�is
de adultos. En primer lugar, seftala como insuficiente el método de la asociación libre
en el análisis de nifios. Uno podría p lantearse si esto no es un limite a la interpreta­
ción, al menos como se entiende en la clínica de adultos. Si se trata de hacer recibir al
sujeto su propio mensaje en forma invertida, sí algo tiene efecto de interpretación,
esto se ve en el juego, en el cambio de juego o en el cambio de posi c ión dentro de un
mismo juego. No hay nifios que d i gan "me quedé pensando en lo que me d ij iste . . . " o
"¿por qué me decís esto ? " Lo que sí podemos escuchar cuando nos hemos extralimi­
tado, cuando algo de lo que dij imos se contrapone a lo que aparece sustentado en el
cuerpo de saber constituido por l os padres, es que el niño nos diga que "está mal por­
que mi mamá o mi papá dicen otra cosa". Pero no como una reflexión propia del nifio,
sino siempre como algo referido al discurso parental . En segundo lugar, Freud señala­
ba diferencias en relación a la transferencia; dice que ésta desempeña un papel com­
pletamente distinto ya que el padre y la madre reales existen todavía al lado del suj e­
to. Y algo más : " las resistencias internas que comb atimos en el adulto quedan susti­
tuidas en el niño por dificultades 'externas: cuando los padres se hacen substrato de
resistencia suelen poner en peligro el análisis por lo cuál se hace necesario enlazar
al análisis de los niños cierta influencia analítica de los padres . . .. csi, Para los niflos l a
.

trans ferencia e n relación a s u s padres y a los adultos de los que espera, atribuye o en­
carnan ci erto saber, es indisoluble al menos por un tiempo. Uno podría decir los pa­
dres están ahí "vivitos y coleando" los niños dependen efectivamente de este saber .
Lo que problematiza la idea estricta de un fin de tratam iento con nifios.
En Freud la referencia a los niños es constante en toda su obra; si bien llega a ellos
por vías distintas a la prácti ca directa no vacila en ser categórico: los niños se caracte­
ri zan por hacer del juego su actividad más intensa. Me gustaría puntuar brevemente
ciertos textos freudianos que nos penTJiten fundamentar la idea de que el j uego no
const ituye una mera técn ica , como se propone desde ciertas perspectivas d entro del
psicoanálisis, ni una práctica menor aunque se practique con menores de edad. No se
trata de u.na actividad de menor j erarquía que la palabra, sino del campo mismo donde
se instituye el niño como suj eto. Un primer texto a tomar en cuenta, es "El poeta y la
fantasía" ( I 908i9l. Freud va más al lá, dice: "el juego es la ocupación favorita de los
niños, la más intensa . . . Si en e l j ugar el deseo que lo sostenía era el de ser adultos , no
habría motivos para ocultar tal deseo". Si bien el nifio no j uega ante espectadores,
aunque llegue a jugar solo, no oculta su j uego salvo que los adultos interfieran, inte­
rrumpiéndolo. Se mantiene públi camente hasta que un adulto intente pedir cuentas de
este j uego, lo que debemos tomar en consideración para precisar nuestrn prop i a ubi­
caci ón . A diferencia del adulto, el n i fto no puede remem orar o asociar en relación a

79
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

las fantasías que tienen un estatuto particular en el niño, ni puede dar razón, articular
simból icamente su p ropio j u ego .
En "El chiste y su relación con el inconsciente" ( 1 905/lºl, Freud sitúa al juego de
palabras en un "grado preliminar" al chiste. Previo a éste, hay algo que su puede cali­
ficar de juego y q ue aparece en el niño mientras aprende a manejar -y esto es textual­
" el tesoro verbal de su lengu a materna" . Juego que continúa más adel ante con el de Ja
deformación o transfonnación de las palabra.5 hasta l legar a constituir a veces un
idioma propio, que sólo comparte con sus compañeros . Juego en el que desafía las re­
glas de Ja lengua, disfiutando del placer alcanzado en el disparatar y el sinsentido.
En "Los personajes psicopáticos en el teatro"<1 1> ( 1 904), Freud describe la función
del drama: dice que la contemplac ión por el adulto de una representación dramática
cumple la misma función q ue el juego para los nifios --lo que evoca al juego en tanto
montaje de una escena lúdica--. El espectador como el nifío, se ven obligados a ate­
nuar sus deseos de ocupar un lugar importante, central en la comedia universa!;
anhelan ser p rotagonis tas, héroes de una historia (en la esperanza de hacer lo que los
adultos, el niño espera que " cuando sea grande. . . quizás . . . ") y esto es Jo que el drama,
escena lúdica, ofrece: la posibilidad de identifi carse con un protagonista, y sin riesgo,
es decir, sin correr los peligros "efectivos" del p ersonaje. Sólo se muere en escena, en
jugando. La satisfacción depende de una ilusión, una ficción que no amenaza la inte­
gridad personal, el riesgo queda excluido de Ja situación misma, lo que constituye la
regla del juego, como tal. Es necesario considerar ci ertas diferencias: s i l a dimensión
de ficción está siempre presente, el adulto no la cree totalmente, aún si se puede com­
penetrar en la obra. Lo que requiere de cierta disposición a creer lo que va a suceder
en escena. El niño, en cambio, se juega en sus juegos, "se la cree". Lo que es palpable
en la reacción de l os niños ante una obra de teatro infantil. La relación con los perso­
najes que están sobre la escena no difiera de la relación con los que están en la p l atea;
hay partic ipación de la platea infantil y esto no produce el quiebre de la ficción tea­
tral. Si p ara Calderón la vida es sueño, para el niño la vida es juego. El regocijo que
experimente el n i ño al ver golpear a otro, encuentra sus razones en que si es el otro al
que golpean, "n o es a mí". "No soy yo, pero podría serlo", ya que el niño se identifica
en un punto al otro m al o " , en el juego de las esquinitas de l a relación imaginaria. El
" .

es el malo para sus padres, por haber deseado, por ej emplo, Ja desaparición de un rival
imaginario, un hermanito, que lo ha frustrado de su amor. Este regocijo frente al "ne .¡ 1
soy yo" del j ue go de golpes es equivalente a la satisfacción infantil . frente a la caída :·•!
del otro, referida a la misma lógica. Tamb ién equivalente a la de los niños más pe­
queflos cuando en las sesiones hacemos hablar a los objetos, cuando las cosas, las
manos, Jos dedos, se animan. Lo que proporciona ci erto alivio al suj eto, porque s i el
otro es el obj eto de la risa, de los golpes, el objeto que se animó "no lo es mt' .
Es por esto que se puede decir que el juego ubica por un lado un sujeto, el niño
que juega y por otro l a pérdida de un obj eto, el niño mismo tomado corno objeto del
go ce del Otro.
Por último, un texto que nos permitirá susci ntamente relacionar j uego, fantasma y
estructura clínica, "Más allá del principio del placer"<12l ( 1 920). Eifort-da, el menta­
do juego del carretel, surge sobre el fondo de la pérdida de la madre como obj eto pri­
mordial, y pennite al n en ito sujeto en formación, darse placer en un momento de an-
,

80
El juego de la clínica

gustia. El juego aquí, como análogo al fantasma --en tanto frase que da cuenta de la
estructura--, serla la estrategia, el montaj e ilusorio con el que un sujeto se las arregla
para tratar de ubicarse en relación al deseo del Otro. De ser la marioneta dependiente
de las demandas objetales, se convierte en director de la escena. Montaje que le per­
mite reducir a los límites del principio del placer, esta presencia parental que eviden­
temente lo excede. El j uego aparece aquí señalado en su valor de pantalla del goce pa-
'
rental.
¡
En relación a la estructura diré brevemente que cada estructura clínica es la res­
puesta que cada suj eto se da en relación a una pregunta fundamental: "¿qué soy para
el Otro?", ¿"Qué me quiere el Otro"?. La noción de p antomima es aquí oportuna,
puesto que la pantomima es un juego de oficio mudo, una suerte de "dígalo con mí­
mica" articulado simbólicamente, que rige toda la vida del sujeto.
Los niños que tratamos, nos l legan cuando sus padres , baj o cuya mirada se sosti!:­
ne el campo hídico, perciben el problema de sus nifl.os como dirigido a ellos. Ahf
donde ellos no pueden j ugar, algo se quiebra, y demanda tratam iento a un anal ista. Si
decíamos que la transferencia de l.os nifl.os se juega sohre los objetos parentales, estos
no pueden sostener el lugar de sujeto supuesto saber sobre sus niñ.os. El síntoma de un
hij o, que provoca angustia en los padres, y motiva la demanda, se les aparece como
recubriendo un saber oculto que el nifl.o esconde y se pide al analista descifrarlo .
Vemos regularmente que nifl.os por los que n o s consultan se muestran demasiado
incluidos --lo que es legible en el relato de los padres-- en el universo de los adultos.
No pueden jugar solos y correlativamente no pueden integrarse al universo de sus pa­
res y j ugar con ellos.
En el tratamiento, el niño despl egará la posibilidad de no responder directamente
con su cuerpo a las demandas parentales, lo que da valor de acto a su j uego. El sujeto­
niñ.o podrá excluirse de la escena en la que es jugado por sus padres sin saberlo.
Este campo de ficción delimitado, tiene reglas que le son propias y que no siempre
coinciden con las reglas de los j uegos; abstirdo sería entonces empecinamos en ha­
cerle cumplir las reglas de los "j uegos de sociedad".
Retomando la pregunta del inicio, ¿cómo podemos ubicarnos nosotros anali stas en
relación a este jugar? Para decirlo brevemente, e l analista no es un espectador exterior
a la escena; su no inclusión conduce al quiebre de la fic ción. No es tampoco un tra­
ductor de significaciones, que l l evarían a contar otro cuento sobre el cuento que cons­
tituye el juego mismo. Es un "jugador de niños", que sostiene, se presta y se pone en
juego.
Quiero decir que este j uego se desarrol lará con el analista incluido ahí en la esce­
na, y no ante la mirada de un adulto que sanciona si eso es o no un juego. Lo que es
importante porque pennite delinear nuestra ubicación como pares, y un "hacerse a la
par" corno algo exigible al analista de niflos.
fi
Freud, en "Múltiple interés del psicoanálisis" dice que "sólo uede ser pedagogo
quien se encuentra capacitado para infundirse del alma infantil" 13l. La cuestión será
descifrar en la secuenc ia de los juegos, o en la insisiencia de un mismo juego, qué es
aquello que se repite, es decir, aquellos sign i ficantes que aluden seguramente al dis­
curso parental y poder inferir las reglas de ese juego, poder "ponerle un título a la es­
cena " . Título en todo caso, no transmis ible, que deberá ser guardado celosamente por

81
Psicoanálisis y el Hospital N° 2

el analista, para poder leer lo que de él pueda ponerse en escena en el juego.


Hay inevitablemente una doble dimensión de escucha en un tratamiento con nifíos.
Por un lado, el relato de los padres de su propia historia y, por lo tanto, de su hijo; por
otro, eso que de una historia, de un discurso que lo precede, pone en juego el nifto ahí,
en su juego. Si la demanda del nifío, insisto, es que se lo deje jugar, Ja finalidad del
analista será la de reintroducir al nifto en la senda de las progresivas sustituciones que
la escena lúdica ofrece.
Y como una vuelta al escozor del que les hablaba al comienzo, me gustaría co­
mentar el final del tratamiento de una chiquita que atendí desde los 9 aftos, hasta pró­
xima a cumplir los doce. En la última sesión, la de despedida, me cuenta un chiste que
puntúa, sin saberlo, la salida de la escena lúdica: " Una joven termina su tratamiento
psicológico luego de ¡ 1 2 ! años y le dice a la psicóloga: -¡Gracias! Ha sido usted co­
mo una madre pd(a mí. La psicóloga responde: -¡Pero no!, ¿ cómo pensás eso? Yo
sólo he sido tu psicóloga. A la mañana siguiente, esta mujer llama a su ex paciente y
le pregunta: Buenos días, querida, ¿ qué hacés?. - Des ayun o. - Ah, ¿sí? y ¿qué ca­
rnés? -Nada. Té bebido. -¿Ni una tostadita, ni una galletita?. -No, nada, nada de na­
da. - ¿ Y a eso lo llamás desayuno ?".
Tomar la posta de la transferencia -lo que no es lo mismo que sustituirse a los pa­
dres-, reintroducir al nifío en el camino de la metaforización que el despliegue del
juego permite, resituar al frnal al nifto en su propia historia de transferencia. . . " la neu­
rosis infantil es como el psicoanálisis pues permite reintegrar el pasado . . . 11<14l, de eso
se trata.

(1) Freud, S. Múltiple interés del psicoanálisis. B.N. TI, 1 9 1 3 .


(2) Freud, S. Tres ensayos sobre una teoría sexual. B.N. TI, 1 9 05.
(3) Lacan, J. Seminario Libro XII. Problemas cruciales para el psicoanálisis. Clase
del 1 9/5/ 1 965. Inédito.
(4) Caillois, R. Los Juegos y íos Hombres. F.C.E. 1 986.
(5) Lacan, J . Seminario XII. Clase del 1 9/5/J 965 .
(6) Freud, S. El chiste y su relación con el Inconsciente. B . N . TI, 1 905.
(7) Freud, S. Conferencia 34: Aplicacion es, aclaraciones y observaciones" . Nuevas
"

aportaciones al psicoanálisis. B . N. TI!, 1 932.


(8) Freud, S. !bid.
(9) Freud, S. El poeta y la fantas ía. Psicoanálisis aplicado. B . N. Tll, 1 9 08
( 1 O) Freud, S. El chiste. . . B. N. TI , 1 90 5 .
( 1 1 ) Freud, S. Los personajes psicopáticos e n e l te atro . B. N . T 1 1 1 , 1 904.
( 1 2) Freud, S . Más allá del principio del placer. B. N . TI, 1 920.
( 1 3) Freud, S. Múltiple interés del psicoanálisis. B.N. TJ I, 1 9 1 3 .
( 1 4) Lacan, J . Seminario Libro l . Les écrits techniques de Freud. Seu i l , París.

82
El juego de la clínica

La transferencia en el niño *

Carlos Faíg

"La madre: Dí me l o de todas formas, Vladimir. .. , dímelo como lo dirías si valiera Ja pena decírmelo ...
Ernesto: Pues . . . estaría aquí, i gua l que estoy ahora, mirándote pelar patatas, y luego, de pronto,
te lo diría y ya está (pausa). Ya estaría dicho.
La madre espera. Pausa. Luego Ernesto grita.
Ernesto: Mamá, te dir ía, mamá .. mamá, no voy a vo lv er al colegio, porque en el colegio me ense1\an
cosas que no sé. Luego ya estarla dicho. Ya estaría dicho. Ya estarla dicho, haJa.
La madre deja de pelar. Pausa.
La madre, repite despacio: Porque-en-el-colegio-me-enseftan-cosas-que-no-sé .. .
Ernesto: Eso mismo . . . "
La lluvia de verana. Marguerite Duras

1 problema del j u ego. Desde las interpretaciones del juego de Melanie Klein -

E -que no jugaba demasiado con los nif\os--, pasando por Dolto --que trató siem­
pre a sus pacientes niños corno adultos: les hacía pagar con piedritas, j uguetes,
les hablaba sin concesión alguna de lenguaje--, hasta la situación actual dominada por
una tendencia --en el ámbito l acaniano especialmente-- a reducir el análi sis de niílos
al de adultos, a establecer una continuidad entre ambos campos, el juego corno mate­
rial y como sustancia del análisis de niflos resulta siempre más o menos descuidado en
provecho de otra dimensión.
En el lacan isrno actual esta situación compromete un problema de método, puesto
que si es cierto que el análisis de niños es semejante al de adultos, no hay nada que
aprender, y poco y nada que investigar.
Si el desarrollo va de lo desconocido a lo conocido no comporta consecuencias.
Para extraer consecuencias hay que recorrer el camino en sentido inverso. Hay que
empezar, entonces, por reconocer el problema que plantea el psicoanálisis de niños y
tratar de aproximar su especificidad.

I - Dos casos
a) Voy a comentar brevemente dos casos. El primero de ellos fue publicado en
"Nifios en psicoanálisis" (Mananti al, Buenos Aires, 1 9 89, pp. 1 27- 1 33). El autor es
Fraw;:ois Leguil, y el artículo l l eva por título: " ¿ Cura de un nilfo paranoico ? "
E n l a s tres cari l las iniciales encontramos datos y referencias generales a las psico­
sis, a la psi quiatría de De Cl érambault, y al seminario l l I (Las psicosis) de Lacan. E l
relato d e l tratamiento, e n este artículo netamente dividido en dos, comienza en l a pá­
gina 1 30.

• Leído e n el Primer Encuentro Nacional d e Prácticas I n s tituc i o n ales con N i ñ os y A d o l escen­


tes: " Encuen/ro y Repetición ". Hospital l n fanto-Juvenil Carolina Tobar García, Junio de 1 992.

83
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

Datos generales y motivo d e consulta. Fatah --tal el nombre del nifto-- es de ori­
gen argel ino. Sus padres acuden a la consulta por la "enorme indiferencia que Fatah
manifiesta por las actividades escolares"(p. 1 3 0). Los padres tienen unos treinta y cin­
co aftos. El padre es obrero. "Hombre secreto", reticente, según observa Leguil. A los
dos aftos de Fatah nace un hermano, y dos aftos después una hermanita. La cura trans­
curre entre diciembre de 1 9 86 y octubre de 1 987.
De la iniciación del tratamiento hasta febrero. A l comienzo del análisis el nifto
di buja garabatos indescifrables. Algunas sesiones más adelante, imágenes difusas que
hacen pensar en "habitaciones, envolturas, un cuerpo humana atravesado por cifras y
letras imprecisas". Poco después quiere fabricar un libro. "Reúne y pega hojas de pa­
pel" .
En febrero se produce una modificación notable, Fatah dice: "El cerebro es fasci­
nante. Es dificil dibuj ar un esqueleto, porque hay que hacerlo sin decoración. ¿El
cuerpo humano forma parte del cerebro? ... Un bebé contiene un esqueleto, pero ¿qué
hace eso en la panza de una mamá? . . . "(pp. 1 3 0- 1 3 1 ).
Tono del tratamiento y preguntas. Desde allí hasta el fmal, Fatah se preguntará
por la naturaleza, la creación, el cuerpo, el tiempo, la gestación, el cerebro, las esta­
. ciones. Dibujará árboles desnudos (árboles de invierno) aludiendo a su esqueleto. Pe­
ro no obstante, antes que nada se trata de una investigación de la que hace participar a
su analista. No son preguntas a secas. Punto sobre el que volveremos.

Descripción de Ja situación analítica. Fatah se propone como un pequefio filóso­


fo. Encuentra, como los presocráticos, que el origen de todo es el fuego; o busca co­
mo Descartes la glándula pineal, y termina, a la Bergson, interrogando el principio de
la vida: Ja savia y la vida de los lápices. Así pues, el tratamiento puede describirse
como el encuentro de un nifto filósofo (también cartógrafo, biólogo, etc.) con un ana­
lista de nifios. Son Juan y el Preguntón.
La contigüidad entre el motivo de consulta y la serie de preguntas resulta inme­
diata: ¿Cómo podría estar interesado Fatah en el aprendizaj e escolar con el nivel de
problemas que Jo ocupa? No es que esté desinteresado; está interesado, pero en otras
cosas.

Diagnóstico. Sin embargo, Leguil disuelve esta relación con el diagnóstico que
emite como pregunta en su título: ¿paranoia? (En rigor, es un diagnóstico entrecomi­
l lado que, por lo que veremos después, tiene más valor de cita, por las comillas, que
de otra cosa). Ningún elemento avala ese diagnóstico. No hay alucinaciones verbales,
ni visuales --estas últimas, en el caso de la psiquiatria infantil tampoco bastaría para
justificar el diagnóstico: son relativamente frecuentes en niños no psicóticos--, no en­
contramos fenómenos de automatismo mental, tampoco hay reticencia paranoica, ni
se ven perseguidores. Desde el ángulo semiológico, el diagnóstico es poco defendible.
Cons iderando el material psicoanalíticamente, no hay ninguna elucidación tran sferen­
cia! del caso que permita hacer un diagnóstico de otra ín dol e . Y, en ese sentido, no
podría hablarse tampoco de neurosis o de perversión.

Del d iagnóstico a la transferencia. Pero, e nto nc es , ¿por qué se le ocurre? En


princi p io, por l os temas de o r i ge n y por el conten ido del diá logo que el an al ista man-

84
El ju ego de la clínica

tiene con el niño. Allí cabría tomar "paranoia" alterando un poco su significación
griega (=demente) y traducir la expresión como "conocimiento de lado" o "paralelo".
Pero hay un sentido menos accesible que conecta las tres carillas iniciales d�l artí­
culo con el caso: ¿de dónde le viene esta idea? O mejor y en general y transferencial­
rnente: ¿Cómo nacen las ideas? Esto sitúa, sin justificarlo, el encabezamiento y el de­
sarrollo teórico al respecto.
Una vez cernida esa pregunta, se ve que el preguntar del nifio torna otra dirección:
Fatah interroga ideas-bebés. Por allí pasan los temas de nacimiento y muerte, el es­
queleto como concepto de las cosas, y sobre todo, lo que gobierna el cerebro: "El ce­
rebro del hombre programa todo lo que él hace: Pero tiene que haber alguien o algo
que gobierne cada cerebro ... " (p. 1 3 1 ). En ese sentido se despliega el esfuerzo clasifi­
catorio de Fatah: el principio de clasificación está en la savia de los lápices.
Una interpretación. En relación con esto último, el analista interviene sefialán­
dole a Fatah la palabra "desvitalizados" (los lápices se hallaban en ese estado) y se
producen entonces "la sesión del ciclón". "Apenas sefialo esa palabra, Fatah mancha
furiosamente el papel, lo llena con un garabato alocado y frenético y comentando su
prod ucci ón , dice: 'Es un ciclón, dej a a la gente sin abrigo. Los ciclones se inventaron
con una especie de turco que nadie conoce, que no se puede saber"'. La interpretación
corta el juego (es lo más común cuando se toma como modelo el análisis de adultos,
siendo, por otro lado, también muy común la forma de la interpretación: repetir una
palabra del paciente).
El j u ego . Pero, y aquí llegarnos al punto que debería cernirse siempre en el mate­
rial del análisis de niños y a lo que nos interesa, ¿a qué estaban jugando, ya que algún
juego se ha interrumpido?
·Si atendemos al hecho de que Legui l cita textualmente a Fatah y a que el nifto
quiere en un momento hacer un libro, el juego sería hacer el Corán (lo que no deja de
remitir a las citas iniciales de Lacan --palabra santa--). Eri otro sentido, podrían estar
jugando al archivo o a la macanógrafa. Otra descripción: j uegan a darse importancia
( ¡ Qué preguntas hacen !). Otra: j uegan a inventar un mito del origen (En el principio
de todo está ... ), que no encuentran. También podrían jugar a realizar la Enciclopedia
Argelina (por ese lado, en efecto, se deslizan las referencias poéticas del nifto cerca­
nas a los enunciados y el estilo del Corán). Esos juegos están más o menos presentes;
no obstante preferiría decir que juegan al nacimiento de las ideas, a ideas que nacen
como bebés. Y se ve, por esa vía, por qué Ja interpretación produjo un ciclón: "¿Qué
se te ocurrió'/ ¡ Ten és que dar cuenta de Jo que te viene ! " . Si seguimos esta linea en
relación a la escena primaria, los padres no son quienes tienen la idea de cómo se ha­
cen los bebés, son los que n o ti enen ni idea de eso. La escena primaria, interrogada en
esa dirección no lleva a la idea de bebé, sino a una idea-bebé. Asl, las preguntas de
Fatah no son tanto por el origen de las cosas \:Orno por el origen de las ideas. Al co­
mienzo hay ideas, aunque reenvfen luego, al origen de las cosas.
Esta dimensión converge co n el hecho -lo dije antes- de que no se trata de un pre­
guntar a secas .¡ Hay una suerte de investigación en curso de la que el analista participa
i n v i tado por Fatah. El niflo le dice: "Lo importante entre tu y yo es estudiar el esque­
leto . . . Para que sepas de qué modo un esqueleto crece y envej ece" (p. 1 3 1 ).

85
Psicoanálisis y el HospiUll Nº 2

Fatah va revelando secretos a su analista. Pero ¿qué es un secreto? En principio, el


secreto se revela sobre el fondo de la ignorancia o la no respuesta del Otro. En segun­
do Jugar, contrasta con el esqueleto de las cosas. Fatah no respeta intimidad, perfora.
Respecto de las personas, él "secreta" que no tengan la menor idea. En este punto hay
que recordar lo que decía antes de la escena primaria, así como la mención al "hom­
bre secreto" que es el padre.
Esta presentación del caso (la mía) se ve más o menos corroborada por la forma en
que tennina el tratamiento: Fatah lo deja sufriendo dolores de estómago y cabeza. Di­
ce, entonces, que se curó porque pudo hablar acerca de cómo se hace un yoghurt. Fa­
tah adquiere una concepción alimentaria, y responde por su tratamiento con una con­
cepción (en los dos sentidos del ténnino).
¿Por qué supone Leguil que Fatah puede responder de su curación?. En algún
punto el analista obtiene una respuesta extraña, él se sorprende (tal vez, sin razón). Y,
finalmente, pregunta y respuesta -como las preguntas y respuestas del material- enra­
recidas y enigmatuladas, quedan como explicación del caso. "Me curé porque pude
hablar con Leguil de cómo se hace un yoghurt". La secuencia no se desecha, se regis­
tra, ésta vez para sorpresa del lector.
Resulta obvio que hay aquí algo invertido. Comunmente, uno l e dice a un n ifío :
"H abl é con tus padres, hablamos de vos. ¿Sabés por qué venís a venne?". Es atípico
que unas semanas después de terminado un tratam i ento se le pregunte al niño: "¿Có­
mo te curaste?" y "¿Por qué?" . El analista encara el tratamiento de manera c on ce ptual ,

desde un punto de vista técnico que no juega con el nifío, a lo sumo observa cómo di­
buja.
1;:'
La unidad del psicoanálisis. Leguil piensa más b ien en un ·desarrollo a n i vel l el·
,

fantasma y para nada en el j uego. Por eso sosti en e , a pesar de citar antes la opinión en
contrario de Michel Silvestre, que el psico anál i sis es uno sólo y que su un i dad se jus ­
tifica en el deseo del analista: "Lo que está en juego es exactamente lo mismo (en el
análisis de nifios) pues la unidad del ps i co an ál i sis (esto recuerda un viejo título de La­
gache) no se debe a similitudes fenomenológicas sino al deseo del analista, a su fun­
ción en el sostén que debe proporcionar a la exp eri en c i a r egu la da de una transferen­
cia. ( . . .) Un niño es un analizante de pleno derecho. ¡ También sabemos que los anali­
zantes, aún siendo adultos, son niños cuando los s i gn i fican tes de su historia reapare­
cen! "(p. 1 29).
Argumento este último, endeble por su circu laridad: reintroduce en la definición
lo que se busca delimitar. Debería advertirse que el deseo del analista, cuando aparece
de manera más o menos pura en el análisis de niftos, es angustiante. En este caso, te­
nemos como ej emplo la sesión del ciclón. Esta es, por otra parte, la razón de que no
haya posib ilidad de interpretación d i recta.
De cualquier manera que sea, resultaría esperable una fundamentación trans feren­
cia] del caso que elucide el deseo del analista. No hay nada de ello. Es este aspecto, lo
único que aparece -como expresión de deseos, meramente- es una mención tímida al
atravesamiento del fantasma: "Fatah se s irvió de lo que me dijo para modificar su po­
sición en cuanto al saber ( ... ) ya no parece estarle vedado un horizonte de conoci­
miento al que dirigir su i n te rrog ac i ó n en aq uel pw1to en el que el fantasma no l o sos­
tiene" (p. 1 33). Suerte de lapsus, puesto que si hay algo seguro es que nada lim itaba la

86
El juego de la clínica

inte rro ga c ión de Fatah. El n i ño nunca sufrió una inhibición del con o c i m i e nto ; e n to do
caso, p a d e c i ó de un d es i n ter és extremo. Y en esto se parece al Ernesto de Marguerite
Duras. Ernesto, frente al c o legi o, decía: "No vale la pena", y daba media vuelta.

b) Reten i end o esta oposic ión entre fantasma y j uego corno cuestión teórica y téc­
n ica, paso a l se gun d o caso. De ese material voy a tomar una secuencia de juego. El
texto se llama " Un deseo dejuguete", d e Marta B eisirn. F ue p ubli cad o por e l Ho spital
Españo l formando parte de una serie de cuatro c onferen c i as .

Motivo d e consulta. Es un niño de nueve años traído a consulta por prob l em a s de


ap rendi zaj e no muy graves y que giraban en tom o a la dispersión ( men o s grave que e l
c aso anterior y típ i c o ) : n o termina la tare a , n o co mp l e ta, etc. L o s padres están preocu­
pa d o s también porque e l niño duerme mal, ti en e p e sa d i l la s . Cuando despierta d ice que
soñó con tiburones.

Secuencia del j u ego. Un j uego se rep ite en distintas sesiones. El niñ o se tira sobre
una alfombra (que no c ubr e todo el espacio d el c o n s ultori o y e s de pelo muy alto) ha­
ciendo espamento y dando gritos y riénd o se . Dice que allí hay p lantas carnívoras. O :
" ¡ Socorro! ¡ S ocorro ! , ¡ las p l anta s carnívoras otra vez! " .
La analista le dice "Nosotras las plantas carnívoras estamos encantadas d e estar
acá porque nos gusta el alimento que nos cae de vez en cuando", tornando la voz de la
p l anta . Es lo contrario de una in terpretació n donde se señala algo más al l á del juego o
que el juego simboliza o expresa. Está más acá o e n el juego mismo. Por otro lado, <�s
una de l as formas de j ugar olvidadas (o reprimidas) por el a du lto . Parad i gmáti c a del
modo de jugar en muchos aspectos: se hace hablar al obj et o , se habla desde dentro del
j ugu et e . En es te caso, desde abaj o de la alfombra.
La secuencia prosigue. El n enit o dice: "Pero si las p l ant as carnívoras no comen
personas, comen insectos, lo vi p or televisión. ¿N o sabías?" . La analista d i ce : "Mirá,
podríamos ponerle un cartel que dijera: " ¡ Pel igro ! Zona de plantas carn ívoras, por las
dudas, aunque no coman más que inse ctos . . . " El niño dice: " ¡ D al e ! ¡ Dale ! " .
Con este cartel, que d esp ués n o s e h a ce, quedaría marcada J a entrada y sa l i d a del
juego, porque, además, el juego está intercalado con otros juegos. La sesión pro si gu e
con el niño dic iendo que v i o una p e l í c ul a prohib id a: Resplandor. (Conectado con Ja
p ro hi b ic i ón, el te rror, y s i él puede entrar o no).

Escena pri maria. La construcción de la ana l i s ta aqu í, referida como en el caso


anterior a l a e sc e na p ri maria , torna el hecho de que las p l an tas carnívoras se q ue dan
con hambre (probab l e m ente el deseo del s ue ño : dejar hambrientos a los tiburones).
Llevado al terreno de l a escena prim ari a, sería: J a mamá está insatisfecha, el papá l e
queda grande (cosa que p o drí a ser al revés).

J u ego s u p uesto. P ero más allá de esta construcción del tipo "No le entra", lo im­
portante es que que da supuesto un j ue g o : e l de dej ar con hambre, dejar insatisfecho.
En ese sentido, la tarea con niños no g i raría, tomando corno m o de lo es te cas o , so­
bre una i n terpr etac ió n de la oralidad (los deseos retal i ativo s li ga dos al sadismo oral, la
d e v o rac i ó n , y l o s p ro b l e mas de ap ren d izaj e como i n c orpor ac i ó n) , o sobre l a po s ic i ó n
d e l anal ista como obj eto oral -clásica en el sentido lacan i ano: c o n str ucci ó n re tro a ct i va ·

87
P'icoanálísis y el Hospital Nº 2

del SSS a partir de la posición del analista como obj eto-. Aquí lo supuesto es un juego
y no un objeto o una fantasía. Así como l a interpretación deja lugar al juego, l a trans­
ferencia no se produce por Ja instalación del obj eto en el Otro (en el analista) porque
la transferencia (lo que está supuesto y funciona como SSS) es un juego que se jugó
sin haberlo sabido.
La trans ferencia se produce en la suposición de un juego (de una regla de j uego),
del que el analista participa dificultosamente y con bastante resistencia.
No hay continuidad entre anál isis de niños y de adultos. Este modo de presentar
las cosas amenaza la continuidad del campo del p sicoanálisis, ya que, en efecto, ha­
brfa que reconocer que Ja experiencia del análisis de niños es discontinua en diversos
aspectos. El nifto no adquiere la s i gnificación de la operación analftica, no es afectado
por las consecuencias de Ja caída del saber. Uno no podría preguntarse por qué Jua­
nito no fue analista.

Primeras conclusiones. Los ej emplos que di l l evan a distinguir Ja interpretación


'
del juego, del juego como medio (como material propio del análisis de niños), y, por
allí, distinguen l a fantasía del j uego. El juego no es una fantasía suplente, actuada,
está en el Jugar de la fantasía y es el término último con el que el analista opera. No
hay más al lá del juego, una fantasía fundamental ni fantasía inconsciente. En seglUldo
lugar, Ja posición del analista no está concernida en el obj et o s ino en su participación
en el juego. Agrego: esta inserción no es l a misma según l a edad del chico: en l a la­
tencia el analista aparece como par, como semej ante, y en nenitos más chicos como
juguete. Esto complica aún más el problema.

II. Vuelta sobre in terpretación y transferencia.

Interpretación y transferencia en los adultos y compa ración

Hasta el momento tomé interpretación y transferencia sin conectarlas. Ahora, voy


a trabajar un poco sobre una comparación con el análisis de adultos. ¿Qué pasa, en el
análisis de adultos, cuando e l analista interpreta? Lo que llamamos transferencia es,
en parte, el punto al que el analista es arrastrado por las consecuencias de la tarea in­
terpretativa. El analista se ve conducido a un lugar que responde (el lugar y no él) por
Ja interpretación. Este es el obj eto.
Correlativamente, la asociación l ibre tiende a J a misma producción. Entre asocia­
ción .Jibre e interpretación hay un punto de convergencia. Ej emplo: el analista inter­
preta haciendo construcciones de escenas infanti les y el paci ente asocia corroborando
siempre. Y después de cierto tiempo resulta que toda esta hi storia tiene que ver con la
vida rel igiosa de la paciente y especialmente con una duda acerca de la confirmación.
Supongamos un poco más todavía: se trataba de confirmar l a inexistencia del obj eto
fálico en la mujer. Cualquiera sea el caso, ll egan allí sin saberlo y sin plan.
Otro ej emplo: las interpretaciones son sinópticas, agrupan mucho material y lo
sintetizan. El paciente cuando asocia engloba las interpretac iones, las generali za, las
redondea. La cosa va por el .l ado del erotismo uretral. Se nos presenta una suerte de
vej iga.

88
El ju ego de la clfnica

Esta convergencia en el objeto no ocurre en e l análisis de niños. No hay asocia­


ción libre ni tampoco interpretación. El punto de convergencia-del trabaj o analítico no
es un obj eto. Mucho menos, entonces, podría decirse que hay atravesamiento del
fantasm a o acto analítico.

Posición del analista en el j uego

Cuando se descubre un juego su¡faesto o la regla de un juego, no podríamos decir


que el analista hace semblante de regla, de j uego, ni que representa de algún modo al
j uego. El analista tiene una posición lateral respecto del j uego supuesto. Yo diría que
hace palanca o proporciona un punto de apoyo para que ese juego no reconocido -
conectado con la sexualidad y la escena primaria- emerj a y sea reconocido. Es el caso
de las plantas carnívoras. Pero el analista no resulta arrastrado allí por algo que haría
de equivalente a la interpretación.
La cuestión, entonces, puede plantearse así: ¿Cómo definir la participación del
analisll! .en e l material del juego en relación a l a producción de un juego supuesto y
rasgado por la sexualidad? Es la pregunta por la transferencia en el análisis de nifios.
Por contraposición y como contraej emplo, para situar el ámbito de la pregunta: ¿es
legible la sexualidad infantil en el caso de Legui l?. No hay ni siquiera referencias. De
manera que, al revés, hay que deducir que algo del material del j uego, si no se lo sal­
tea, l leva al terreno sexual. Pero aquí --como en el fantasma que no está detrás del
juego--, no se trata de que h aya una sexualidad más allá del juego, el juego es sexual,
porque la sexualidad infantil es in fanti l, es decir, de j ugando.
Descriptivamente, para contestar la pregunta que hice, el analista aparece como
juguete, poniendo voz al juguete, como máscara, disfraz, personaje, par, compañero
de juego, semejante; como sosteniendo el equívoco sobre la persona, jugando de todas
esas maneras. El error sobre la persona se produce en el interior del juego.
Menos descriptivamente, el analista parti cipa actualizando el juego (en los dos
sentidos de actualidad y de escenificación de algo que no fue) como un j ugador inad­
vertido ofrecido a una lectura. (Y esto último habría que distinguirlG> del a.nalista co­
mo causa del juego).

89
Los casos1

la psicosis,

la internación
«El humano está afligido, si puedo decir, por el lenguaj e. Por ese len­
guaj e que lo aflige, suple a lo que es absolutamente insoslayable : no
hay proporción sexual en el humano»

Jacques Lacan. 241 1 1 / 1 975


Los casos, la psicosis, la internación

Homosexualidad femenina e histeria


Marcela Nepito - Sandra Petracci

Iris Prodan - Marina Recalde *

E
ste trabaj o surge a partir de un material clínico que nos llevó a pensar diferen­
tes cuestiones en relación a la homosexualidad femenina y Ja hi steria. Intenta­
remos dar cuenta de estas, intercalándolas con recortes clínicos tomados del
mismo. Quisimos hablar de homosexualidad femenina, nos topamos con la histeria.
Hablamos entonces de histeria. Nos topamos con la homosexualidad. ¿Qué decir en­
tonces? Q uizás algún punto las una. Quizás ...
En el momento de la consulta, Victoria tiene veinte años. S u malestar y sus inte­
rrogantes no giraban en tomo a su sexualidad. Ella era una muj er, enamorada de otra
mujer. Aquello que le molestaba era la marginalidad a la que ·esta elección la conde­
naba. Su "parej a" -como ella dice- tiene también veinte añ.os y es una íntima amiga de
la infancia. Confiesa despreciar a los hombres. Hombres que, como su' padre, traicio­
nan, son infieles y abandonan a sus mujeres. Mujeres cuyo destino es ser santas y pa­
recer putas o ser putas y parecer santas (lugar donde coloca a su madre).
Los hombres le gustan pero no sirven. Ella ya lo comprobó. A las mujeres las
· ama. Quizás no sirvan pero . . . ella quiere demostrar que sf.

La Otra m ujer
Lacan sostiene que la relación sexual no existe. Lo que hay es la relación a l sexo.
Lo que no hay es el significante que permita inscribir un goce complementario entre
los sexos. Que no haya no quiere decir que no se busque. De esto las histéricas, cada
una a su manera, dan permanente testimonio. Recordemos las fórmulas de la sexua­
ción: del lado mujer, la mujer no toda es. ¿Qué quiere decir esto?
Siguiendo a Lacan en el Seminario "Encare", decimos: no hay universal para La
mujer. No hay significante que pueda escribir lo universal de las mujeres. Esto le
otorga a la mujer un goce suplementario, goce que está más allá del falo. Goce del cu­
al ella no sabe nada., no puede decir nada. Sólo Jo siente . .. cuando esto ocurre. Goce
al que sólo tendría acceso mlticamente el padre de Ja horda. Padre gozador de todas
las mujeres en tanto muerto. Por eso la histérica dedica grandes esfuerzos sintomáti­
cos para sostenerlo, siendo la i dentificación al padre y lo imposible del universal fe­
menino la base de dicha solución.
La mujer no toda es. Ella está también suj etada al falo pero "algo" se le escapa,
algo que está más allá del discurso, algo que es un plus de gozar. Este algo que, al de­
cir de algunos, la encuentra "con un pie acá y el otro allá" .
Recordemos a Dora. Identificada al Sr. K. (quien desea en ella) toma esta identifi­
cación como vía sintomática para mantener su pregunta: ¿Qué es una muj er? Si se
pregun ta es porque no lo es. Dora cree que la1 Sra. K. tiene la respuesta, encama para

*Concurr�ntes del C e nt ro de Salud Mental N º l Manuela Pedraza. Equipo Adol escentes.

93
Psicoanálisis y el Hospital N° 2

ella la Otra muj er, aquella capaz de saber algo acerca de lo imposible de ser dicho: el
Otro goce. "La hi stérica ofrece Ja mujer en Ja que adora su propio misterio, al hombre
del que toma el papel sin poder gozarl o " . Dice Lacan: " Incansablemente en busca de
lo que es ser una mujer, no puede s ino engañar a su deseo puesto que este deseo es el
deseo del Otro". Deseo del Otro que angu stia obligando al neurótico a defenders e.
¿Cómo se defiende? Con su síntoma. Síntoma que insiste para intentar tapar Ja falta
en el Otro. Falta de la cual el neurótico no quiere saber nada.
Volvamos al caso: Victoria se queja de que las cosas con su parej a no marchan
armónicamente. Carolina le exige cosas que, al ser dadas, nunca son lo que pedía.
Uno podria decir: allí donde su partenaire hace surgir algo del orden del deseo, Vic­
toria lo rebaj a -sin saberlo- al registro de la demanda. Lógicamente, nunca encuentra
el objeto para satisfacerla.
Nos parece pertinente diferenciar estructuras cl íni cas y elección de objeto. Es­
tructura lmente en Ja histeria existe la Otra. Otra imaginarizada en muchas, en algunas
o tal vez sólo en una. Es una cuestión de " estilos". Sin embargo existen diferencias.
Para algunas con identificarse virilmente es "suficiente " . La Otra queda así garantizada.
Frente a la pregunta que implica el deseo, Ja respuesta está dada en el objeto de su
elección.En el caso de Ja homosexualidad, la elección recae sobre una mujer, es decir,
cuando enfrenta al otro sexo, ¿qué encuentra? Lo mismo que aporta.
Si, al decir de Lacan, es "natural" amar a una mujer ya que, imaginariamente está
ij'
castrada, podríamos pensar que la dialéctica es la misma: el falo también está oculto.
No tras un pene, sino tras una ausencia de pene.

Sobre el amor
"Yo sé que un hombre y una muj er no pueden complementarse, porque están edu­
cados completamente distinto. No puede ser del todo leal, del todo verdadero . Y de
esto estoy segura. Que un hombre ande con un hombre está bien., porque son los dos
iguales, pero que wrn mujer se tenga que bancar un hombre con otra formación . . . es
inhwnano " .
Se podría decir que Victoria en un punto tiene razón: denuncia la no compl emen­
tariedad de los sexos.
Frente a esto, la salida puede ser otra. Abordar a una mujer por la vía del amor.
"Amor que es siempre impotente aunque sea recíproco porque ignora que no es más
que el deseo de ser Uno, lo cual nos conduce a la impos ibil idad de la relación entre
los sexos"(J. Lacan)
Se puede divinizar a una muj er dándole lo que no se tiene, investirla de bri l l o fáli­
co mediante este instrumento: el falo que falta. El paradigma de esto sería e l amor
cortés, en tanto pivotea sobe este dar lo que no se tiene.
Victoria pone dos condiciones para investir un obj eto: que no tenga pene y que sea
femenina. Esto posi bilita, por sobre todas las cosas, amarla locamente.
Para final izar, podríamos pensar que más allá de l a elección de obj eto sexual, la
cuestión versa sobre la misma problemática: in tentar saber algo sobre este Otro goce
1 imposible de decir, la respuesta a qué es una muj er.

Frente a esto,'. en la h isteria, al menos dos sal i das posible s: la vía del deseo y la vfa
del amor.

94
Los casos, la psicosis, la internación

Claro como el agua **

Andrea Berger *

l médico clínico me infonna "tengo un caso para vos, está en el box. . . " La pa­

E ciente había ingresado horas atrás con un cuadro de " ahogos " . El Dr. M. le pre­
gunta: " ¿ Qué te pasa? ". Ana le cuenta que es alérgica al agua. -"¿Al agua?".
Esto imp lica que cada vez que se baña se enroncha y que cada tanto se ahoga.
Entro en el box y me presento. Le pregunto por qué está en el hospital. -"Me aho­
gué. Me pasa algunas veces. Me quiero ir". Intento hacerle algunas preguntas. No hay
despli egue discursivo. Decido comunicarle que se puede ir. Le aviso al clínico, quién
en el encuentro me reitera: - " i Viste qué caso raro!. ¿Le dis te un horario? ¿Necesita
verte, n o ? " .
E l Dr. M. n o encontraba signos q u e l e permitieran inferir l a presencia de "algo"
que motivara su intervención. Sin embargo, ¿por qué llama al psicólogo? Pregunta
que nos reenvla a otra: "¿Quién nos llama?". En este camino, debemos suponer que
algo de lo dicho por J a p aciente hace que el médico requiera de nosotros.
Ana introduce en su "alergia al agua" la vertiente de Jo enigmático. Donde el saber
médico no puede cubrir. Produciendo una hiancia entre un caso típico y un posible
tratamiento. Y es ahí donde aparece como recurso la figura del psicólogo. Llamado a
introducirse en un espacio de " incertidwnbre" . Requerido ahí, justamente, en el lugar
donde la medicina no puede dar cuenta. Clínicamente, es decir, desde los parámetros
con que se manej a la medi cina, la paciente no tenla nada. No habla nada que hacerle,
ninguna práctica médica, n ingún tratam i ento farmacológico. P ero algo Ja l leva a una
gu ardia . Y en este movimiento involucra a un Otro (en este caso el hospital) al que l e
p ido algo.
Nosotros podemos leer "vengo porque algo no anda bien, es que usted me puede
ayudar " . Punto límite del Dr. M. quien investido de todo su poder, como clínico de
una guard ia de un hosp ital como el nuestro, se encuentra frente a un inesperado "alér­
gica al agua".
Propongo generar y sostener, en relación a Jos demás médicos, este lugár de "sa­
ber qué hacer" con estos casos. Una táctica válida. J ue go de semblantes. Suposición
de saber. Porque nuestra estrategia es la transferenc ia, en el marco de w1a pol ítica, la
ética del psicoanálisis. La que nos obliga a maniobrar de tal m anera que e l único saber
será el del paciente.
Pero para aquellos que trabajamos en e l espacio de la guardia, sabemos que este
nos obl iga a poner en j u ego todos nuestros recursos. Y el primero, es e l de generar
una suposición de saber entre los médicos. Muchas veces para que el paciente nos crea
en la pos ibil idad de ayudarlos es necesario que el méd ico nos crea. Muchos pacientes

• R esidente d e 4º Año del Servicio de Psico p atologfa d d l f o ,; p i tal Cva Perón - San Mart í n . Pro­
v i ncia de Buenos A i res.
* * Ateneo de la Ri;s i dencia de Psicología, 1 8/9/ f 992.

95
Psicoanálisis y el Hospiáll Nº 2

como Ana, nada saben de psicólogos, pero si saben de médicos, sí creen en médicos.
Podemos pensar que fue la palabra del médico y su transferencia a nosotros Jo que
generó alguna tenue demanda de nuestra paciente.
Cuando entro al box, Ana no escuchó mis palabras. No tenía lugar dentro d e · s u
mundo significativo. S i n embargo, al otro día, viene a buscanne y comienza u n a serie
de entrevistas. Regis trando asl un cambio de posici onamiento en relación a esta "psi­
cóloga" que empieza a encarnar el lugar de un oyente discrecional. Movim iento que
propongo p ensa r como efecto de la suposición de saber del Dr. M. de que voy a ser yo
(ps ic óloga) el agente de un saber que le permita aclarar algo.
Desde este planteo me zambullo en el inicio del psicoanálisis y reencuentro de
esta manera la táctica planteada y sugerida para el trabaj o d e l a guardia. A contraluz
de Ja práctica médica se perfila un rayo luminoso que contrasta l a opacidad de l o que
por propia estructura la medicina no puede alumbrar. Y es ahí, donde cabemos aque­
llos decididos a nadar en la mágica oportun idad que nos da " l a palabra" .
Escribe Freud de Charcot: " ... muchas veces le hemos oído afirmar (a Charcot) que
la mayor satisfacción de que un hombre podía gozar era ver algo nuevo, esto es, re­
conocerlo como tal, y en observaciones constantemente repe tidas, volvía sobre la di­
ficultad y el merecimiento de una tal visión pregun tándos e a qué podía obedecer que
los médicos no vieran nunca sino aquello que h ab ían aprendido a ver, y haciendo re­
saltar la singularidad de que fuera posible ver de repente cosas nuevas -estados pa­
tológicos nuevo�) que sin embargo eran probablemente tan antiguos como la huma­
nidad mism a... " .
Genialidad pesquisada por Freud en Charcot, que focal iza nuestra mira: aquella
particularidad, novedosa y única que hace en cada sujeto hablante s u singularidad. Y
fue Ch arcot, un gran médico de la época, quien da la vuelta de hoj a en la historia de l a
histeria. Desde s u Jugar de autoridad científica, habilita un otro lugar, con otros recur­
sos, para otra escena, fuera del cortinado de la simulación.
Fue el Dr. M. en nuestro ej emplo , quien desde su lugar, autorizó y reenvió a Ana a
otro espacio, dándole un estatuto que hasta entonces no había podido obtener en l a
medicina. A partir de la falta que reconoció con sus propios recursos y s i n una cegue­
ra omn ipotente pudo escuchar que esa "alérgica al agua" valía corno metáfora.

En esta segunda parte intentaré dar cuenta del recorrido del síntoma e n s.u desplie­
gue discursivo. Apuesta sostenida en la consideración d e que e l síntoma es una for­
mación sustitutiva, o sea que sólo va a revelarse corno tal si en la asociación libre apa­
rece como metáfora de otra cosa.
Para nosotros, es palabra amordazada, que debe ser liberada. Pero sólo podrá des­
plegarse si hay " presenc i a de un analista". No olvidemos que el síntoma fractura al yo
que no sabe qué hacer con eso. Lo vive como "opacidad", como " en i gma". Es por la
vía del síntoma y su sin - sen t id o lo que motiva la pregunta a un Otro capaz de respon­
der. El síntoma, entonces, es el primer engranaj e de la puesta en marcha del dispositi­
vo analítico. La transferencia es su posibil idad.
Ana de 1 6 años, vive con r5 u madre Cristina (36 a.), su hermano Juan ( 1 3 a.) y s u
pad ras tro José ( 5 4 a.). En la primera en trevista dice: ", . . quiero saber quién fue mi pa­
dre, lo estoy buscando pero se fue a España. . . " ". . . a veces no sé si me da osco mi pro­
pio cuerpo, no sé si me gustan los hombres o las m ujeres, tengo novia pero . . . " ". . . mi
96
Los casos, la psicosis, la internación

padrastro me violó desde que yo era chica hasta hace unos años en que me empecé a
dar cuenta y lo denuncié. . . " ". . . a mi mamá también le pasó lo mismo con su papá.
¿ Qué raro, no? . . . Mi hermano no sabe si le gustan los hombres ".
Ana se pregunta: " . . . ¿qué hago en esta casa?. En otra entrevista: " ... mi padrastro
desde que lo denuncié me dice que soy una asquerosa, que a la vaca la sacás del
pantano y te caga una patada. . . "
El enoj o de Ana contra su padrastro es reiterado y abierto en casi todas las entre­
vistas. En contraste aparece una defensa incuestionable frente a la madre. Hacia ahí
apuntaron mis primeras intervenciones: 1) Hacia la consistencia de la madre; 2) Hacia
el despliegue, en su mayor particularidad, del síntoma que la aquej aba.
1) Ana dice: " . . . ¿por qué me tuvo que pasar a mí? (refiriéndose a lo que le hizo el
padrastro) " ... haga lo que haga vuelve ... siempre hace lo que mamá dice. . . " Mis in­
terven ci on es giran alrededor de las si gu iente s cuestiones:
-¿Por qué tu mamá lo deja­
ba entrar?; -¿ Tu mamá no se daba cuenta?; -¿ Dónde estaba tu mamá? An a responde
a una de estas intervenciones mías diciendo: " . . . si mi mamá se iba con nosotros podía
quedar seca. . . " Le pregunto qué significa esto y me dice: ". . . muerta, él la amenazaba·
con matarla. . . "
Ana comenta que su casa está cerrada con candado pennanentemente. Todo el ba­
rrio sabe que José es "chorro", que trafica y consume drogas. " . . . él
sabe que nosotros
sabemos . . . nosotros nos hacemos los que no sabemos ... yo observo todo ... veo
cuando está drogado . . . él no sabe que nosotros sabemos. . . " -¿Sabe o no sabe? "Sabe
que sabem os, que hacemos como que no sabemos pero mi problema es lo que hizo mi
papá conmigo. Me perturba constantemente lo que me pasó. . . "
Frente a reiterados pedidos míos de que me diga qué pasó, Ana no puede articular
palabra, sólo ponerse col orada: " . . . me da asco de mí misma por lo que pasó ... me da
asco todo él, que me hable, que me mire . . . a veces m e gusta mirar, a veces miro para
otro lado... " (También hace referencia de que le cuesta sostener la mirada en sesión).
" . . . en la familia de mi mamá quieren tapar todo, hacer como que no pasó nada... que
le haya pasado lo mismo que a mí a mi mamá. ¿Raro no?. . . como pudo se que mi
abuela no haya visto a mi abuelo? ... miro para otro lado o pongo cara de perro. Me
dice mi mamá que soy asquerosa por la cara de perro que tengo, ¿ es que no entiende
lo que pasó? . . . mi aba ve pero cierra los ojos. Ella se quedó callada.. . " En relación a
la m adre: " . . . sabe lo que pasó pero cierra los ojos. . . "
Ana sigue durante las entrevistas contando cosas "raras" tales co m o : " . . . me da ga­
nas de comer carne cruda, o el dogui para los perros, mi mamá me dice cuando me
ve, no seas sucia. . . "
Fantasea cortarlo a J osé en pedazos, cortarle el aparato reproductor mientras le mi­
ra la cara. También comenta que su perra tuvo cría y que a uno de los cachorros
muertos lo descuartizaron con e l hermano: " ... /e sacamos el intestino, el cerebro, eso
sí, tratamos de no romperlo... " Y que guardó a l g un as partes en un frasco con fonnol
en su pi eza. Dice: " . . .yo soy machona, me gusta estar con los perros, salir con los pe­
rros. . . "
2) La otra l í nea de intervención fue i m p u lsarl a a que despliegue en su mayor par­
ticu l aridad su sí ntoma q ue s igu e la siguiente lógica: ". . . si l!Qro me ahogo . . . si mi ma­
má se va de la casa puede quedar seca, muer/a... me dan palpitaciones cuando tomo
97
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

agua . .. cuando me baño me salen ronchas en todo el cuerpo todos los días . . me
.. 1
1
ahogo, aprieta el pecho. . . en el pecho tengo palpitaciones .
Las palpitaciones empi ezan a producirse antes de venir a sesión. Dice: " . . . el lunes
digo que no voy a ir.más, pero el viernes no puedo dejar de venir, me agarran palpi­
1
taciones cuando vengo caminando. . . "... me gusta mucho el agua, el agua tibia, más
1

que el agua natural, si no tomo se me seca la piel... tomo dos litros y medio de agua
por día... cuando me baño me salen ronchas, me enroncho toda. . . " Le pregunto más
acerca de esto. "Me pongo colorada". Te ponés colorada. ¿Qué más te pone colorada?
Momento clave del tratamiento. Momento privilegiado. A partir de una interven­
ción del analista, el discurso de Ana duplica la cadena. Dej a el cuerpo col orado para
pasar a hablar de aquello que la avergüenza. Pero ¿de quién? Dejemos que las asocia­
ciones que continúan nos respondan, haciendo articular así las dos vías de interven­
ción del analista: en relación al s íntoma y a la consistencia de la madre. Dict�¡(
"... cosas de mi mamá . . . " Frente al pedido de que especifique, relata una escena en 1�
casa de ellos donde se encuentran unos tíos a quien Ana no saluda (hermanos de la
madre, que tienen antecedentes de haber violado a primas de Ana) y donde la madre
le dice: " .. qué cara de perro tenés, qué asquerosa que sos por qué les ponés esa cara,
quién te pensás que so, por qué no saludás, ni los mirás . . . Ana: ". . .yo no los saludo
11

por la indignación de que esos sean mis tíos". ¿Quién es la asquerosa, quién no mira?
En la sesión siguiente comenta que no ha tenido palpitaciones al venir, que esta
semana no se puso tan colorada al bañarse. Aparece un nuevo dolor de mandíbula. Si­
gue diciendo: " . . . a mí me gusta parar la oreja ... me gusta escuchar. . . en el barrio
siempre dicen ahí va el hijo del chorro.. . a veces uno ve lo que uno quiere, por ejem­
plo que José se droga... juego a que no veo... enseguida me pongo colorada" ¿C uán­
do? - " . . . cuando veo lo que tengo ganas de ver. . . " Le pregunto más sobre eso. - " . . . por
ejemplo que tengo un padrastro chorro... "

Final

Me pregunto si podemos extender la hipótesis de que Ana también se pone colo­


rada ahí donde ve que la m adre ve, y se hace l a que no ve. Que viendo cierra los oj os
y calla. Mirada de la madre que la s orprende en una escena en donde Ana obtiene una
satisfacción paradoja!. Aunque continúa comentando "cuestiones raras ", éstas cada
vez pierden más espacio frente a las "cuestiones que no se ven " . También dejo abierta
la pregunta si estas cuestiones "raras " son di chas para que la analista, fasc inada, no
pueda escuchar ahí donde las cosas "no son tan claras ... como el agua".

( 1) S i gmund Frcud. "Charcot" ( 1 893). l�ui tori a l B i bl ioteca N u eva. r. l. Madrid.

98
Los casos, la psicosis, la internación

¿Cómo interviene el analista en la psicosis?


Pablo Fridman *
a problemática del tratamiento de la psícosís sigue siendo en nuestros días una

L cuestión a responder. Se trata de un hecho incontrovertible en la práctica clíni­


ca, de episodios con la presencia de elementos propios de la psicosis en es­
tructuras neuróticas, o de demandas de tratamiento de familiares de pacientes psicóti­
cos o de los mismos pacientes en algunas oportunidades. En esos casos, la respuesta:
"yo no atiendo psicóticos", no se sostiene en ninguna ética ps icoanalítica, sino en l a
dificultad parti cular del tratamiento d e esta estructura.
Otra postura es que el psicoanálisis no tiene pertinencia en la psicosis, dado que
los síntomas son " mcornprensibles", con lo que se reduce el análisis a una técnica, "a
veces efectiva para la neurosis" donde no se trata de una eficacia cierta de la palabra,
sino de la posibilidad de influenciar o reeducar en el camino de la norma.
La pregunta sobre Ja posibilidad de un ps icoanálisis de Ja psicosis sigue en pie,
p orque no se puede trasladar el dispositivo del análisis creado para las neuros is ("eso
sería tan estúp ido corno echar los bofes en el remo cuando el navío está en Ja are­
na"(ll, y un dispositivo analítico para las psicosis está aún por inventarse.
Ya en 1 8 95, en sus cartas a Fliess, Freud comienza a despejar l a especificidad de
la paranoia en relación a la histeria, la representación obsesiva y Ja confusión aluci­
natoriaC2l, y relata varios casos donde intenta una escucha que apunta a delimitar las
causas históricas y el mecanismo operacional que estaría en juego. El relato de los pa­
cientes resulta imprescindible para su diagnóstico en primera instancía, pero esos tra­
tamientos se interrumpen abruptamente por los mismos motivos que distinguen el
cuadro clínico, o sea la producción delirante.
· En su correspondencia con la escuela de Zurich, Freud alienta la investigación en
el campo de Ja psi cosis , y polemiza con Bleuler y Jung acerca del papel de los meca­
nismos psíquicos en la producción de los fenómenos· psicóticosCJl.
En su artículo sobre el cuento de Gradiva de Jensen, Freud afirma haber " indagado
con el método del psicoanálisis médico tanto la formación y curación del delirio como
los sueños figurados . . . " que aparecen en Ja obraC4l. No se trata por cierto de W1 mate- .
1ial clínico, sino de W1 delirio pergeñado por un autor literario, pero los métodos pare­
cieran ser ahí los m i smos que para la neurosis: recuperar recuerdos reprimidos a tra­
vés de la relación transferencia].
Luego, en 1 9 1 2 , Freud hace esta drástica afirmación: "Donde la capacidad de
transferir se ha vuelto negativa, como es el caso de los paranoicos, cesa también la
5l
posibilidad de influir y de curar" ( . ¿Se refiere a todos los paranoicos? De todas ma­
neras, es evidente que ya no es el mismo análisis para neuróticos que para los psicóticos.
En los desarrollos post-freudianos se rebate la concepción de que en la psicosis no
hay transferencia, hasta describir una así llamada " transferencia psicótica", que serla
" . . . súbita, intensa y frágil, ciega y por lo tanto hipersensible a la respuesta del otro" .
Y s e propone al psicoanálisis como la posibil idad de " u n crecimiento yoico verdadero,

• Medico de la Sala de Internación - Servicio de Psicopatología del Hospital Alvarez.

99
Psicoaná lisis y el Hospital Nº 2

es decir, un modelo de indentijicación constructiva para un yo débil y carenciado,


como el de un niño pequeño y traumatizado" (6l. ,

Jacques Lacan titula uno de sus Escritos: "De una cuestión preliminar a todo tra­
tamiento posible de la psicosis". Dice cuestión desde e l momento que se debe antepo­
ner la pregunta por el tratam iento a toda enunciación de un tratamiento posible. Se
debe partir del · punto en que la psicosis es una estructura subjetiva, esto implica una
de las fonnas del sujeto d e situarse e n relación al Otro.
¿Hablar de tratam iento posible es hablar de psicoanálisis? El abordaj e teórico des­
peja esta diferencia; se trata de lo posible de dar cuenta por el lenguaj e . La ausencia
de un dispositivo analítico para las psicosis l l eva a pl antear un tratam i ento posible,
que por supuesto no puede ser cualquiera.

¿Cómo intervenir?

El sujeto humano se encuentra en contacto con el lenguaje desde antes de nacer:


es hablado, es pensado, deseado o no, se Je adjudica un nombre. El pasaje por la con­
flictiva edfpica lo sitúa en inclusión d e aquel l o del lenguaj e que hace vínculo social:
la relación de d i scurso, relación donde la verdad n o puede decirse toda y el sujeto se
encuentra marcado por una carencia original. La psicosis se encuentra dentro del len­
guaje pero fuera del discurso.
El suj eto psicótico habla, utiliza los signos y l a operatoria del lenguaj e (incluso
cuando construye neologismos), pero permanece fuera del discurso en tanto Jo que di­
ce no remite a ninguna asociación significante, su decir está detenido, sus palabras
sólo remiten a sí mismas. También su satisfacción pulsional se encuentra por fuera de
la regulación discursiva, se producen vivencias de transformación corporal , de ausen­
cia de órganos, alucinaciones, fonnas en que el goce se presentifica de modo tal que
su presencia es devastadora e inacotable. Es lo que Lacan señala corno "el goce en ese
lugar del Otro como tal" (7l.
Se trata de esta problemática cuando se piensa cómo intervenir en un sujeto que
está fuera de los alcances de la palabra. Aún más cuando es imposible compartir ese
lugar por determinación estructural. Es imposible una comunicación inter-psicótica,
no hay elemento unificante (a la manera fálica), entre dos delirios (en la /o /ie a deux
h ay uno que delira y otro que se identifica o se somete).
En Ja paranoia, el analista es colocado en el lugar de dar testimonio d e la situación
persecutoria (ser secretario del al ienado)(8>, posición diferente de la de la esqu izofre­
nia, donde la presencia del analista puede servir para dirigir el caos de los órganos del
"dicho esquizofrénico"(9l hacia una imagen de semejante. Esta diferencia hace a las
distintas formas que adopta la relación con el otro, en Ja paranoia es perseguidor o
aliado incondicional, y en la esquizofrenia la posible unidad propia y por consiguien­
te, la de los otros .
Desde ambas posiciones, la continuidad d e l a s sesiones, horarios, medicación, etc.
com i enza a s i tuar una d i m ensi ón de pacto desde donde el suj eto psicótico es l l evado a
dar respuesta; se trata de la introducción de un esbozo de terceridad. La demanda de
presencia del an a l i sta adquiere una connotación s i gn i fi cativa, en tanto es la pos ibili­
dad de t:stablecer un comienzo de lazo social. En este marco no es tan i m portante el
tt:x lo de las sesi ones, como que éstas se produzcan.

100
Los caso_s, la psicosis, la internación

En el contexto de la continuidad de J�s entrevistas, y de la aceptación del sujeto


psicótico en tratamiento es fundamental el "no" del anal ista, intervención que apunta
a acotar el goce sin expulsar al paciente de su marco referencial. No se trata de un
"no" de prohibición absoluta, sino de una negativa que posibilita una dirección a un
cierto despl iegue subjetivo. Se trata también de evitar las consecuencias de ubicarse
10
en el "límite de la libertad' < l .
Se trata de apuntar a una estabil ización en la estructura, que puede seguir la vfa de
t 1 1l
un deten imiento del desastre imaginario en la metáfora delirante , o un anudamiento
que a veces incluye a la propia relación transferencia!. Se trata de dar algún marco po­
sible a ese goce del Otro que se presentifica como insoportable.
El tratamiento puede contribuir a producir un semblante de historia, desde donde
poder anclarse, aunque sea momentáneamente ; es allí que ciertos hitos o cambios
pueden producir puntos de afinna ción en el Otro. Es así que también se p uede eludir
el destino de inermidad o m aquinización de la psicosis librada a su propio curso, l la­
mada defecto por la nomenclatura psiquiátrica.
La propulsión a lo extra-familiar posibilita Ja aparición de situaciones donde lo
no-cotidiano obliga a Ja reacomodación del paciente; es una exigencia de lo simbólico
que va en contra del repliegue autista. No se trataría aquí de reproducir Ja familia en
una institución terapéutica, s ino de impulsar (con l as precauciones del caso), nuevas
fonnas de reinsercíón social.
Entonces, la posición del analista pareciera ser más activa que en la neurosis, Ja
abstinencia puede prec ipitar un pasaj e al acto o acentuar el desasim iento del Otro. No
obstante, hay una dirección de Ja cura, que no persigue una nonnativización ni una re­
educación conducta!; la estabilización producirá efectos subjetivos que implican n o
ocupar un Jugar d e desecho d e l Otro.
-La función del tratamiento es incluir a la producción psicótica en un orden impo­
sible. Los intentos de sepultamiento de los delirios serán siempre frustros, porque por
12
una parte siempre hay "algo verdadero" < ) en eso, y por otra se trata del modo privi­
legiado de restitución al Otro. Se tratará, enton ces, de acompañar a una estabilización
en Ja estructura psicótica que permita una subjetivación posible y, por ende, algo a
construir desde la devastación del deseo.

(1) J. Lacan, Escritos T. ll, pag. 268.


(2) S. Freud O. C. T. !, pag. 25 1 .
(3 ) S. Freud O. C. T. XIV, pag. 26.
(4) S. Freud O. C. T. IX, pag. 76.
(5) S. Freud O. C. T. XII, pag. 1 04.
(6) J. García Badaracco. "Elproceso terapéutico en el tra/amienlo del pacienle psicótico".
(7) J . Lacan, "Presentación de la traducción francesa de las Mem orias del Presidente Schre­
ber". I ntervenciones y Textos 2, Manantial.
(8) J. Lacan, Seminario 111, pag. 295.
(9) J. Lacan, "El Atolondradich o". Escansión 1 , pag. 45.
( 1 O) J . l .acan, "Acerca de la causalidad psíquica". Escritos.
( 1 1 ) J. Lacan. l�scritos T. 11, pag. 262. Ed. Siglo X X I . 1

( 1 2) ! ,as referencias a la verdad de los delirios son varias en la obra de S. Freud, y su sentido se
mod ifica de acuerdo a su aplicación: O. C. T. 1, pag. 226-8 y 244, T. 1 1 1 , pag. 1 8.1, T VI, pag.
2 4 8 r. I X . pag. 80. T X V I I I . pag. 226, T. X X I I, pag. 1 9 1 , T. XX!ll, pag 1 29-3� > 267
.

101
Psicoanálisis y el Hospital N° 2

Sobre la internación
Posibles incidencias subjetivas

Claudia Greco - Fernando Rosemberg *

E
ste trabaj o nace como interro gación acerca de los efectos cllnicos producidos
por la internación en un hosp ital psiquiátrico, sobre algunos pacientes con los
.
cuales trabaj amos. Nos preguntamos cómo incide la internación en un mo­
mento de urgencia subjetiva; si es posible que una internación pueda tener efecto de
camb io en determinados momentos de la vida de una persona. En principio, debemos
interrogamos acerca de cuáles son esos momentos: crisis, urgencia, emergencia, des:
compensación. . . Distintas denominaciones que responden en el mej or de los casos, a
concepciones teóricas paralelas y enfrentadas, o bien al uso de términos que no son
nunca del todo explicitados.
Tomemos el término "descompensación". Supone que algo compensado, equili­
brado se topa con un punto en donde este equilibrio, un j uego de fuerzas que no pro­
duce n ingún ruido, se desbarranca. El objetivo de una posible internación sería enton­
ces el de volver a hallar este equil ibrio perdido: por ej emplo, si el paciente llega a l a
institución c o n ideas auto-referenciales y alucinaciones auditivas, internado entonces
por su descompensación (ya que este "cuadro", antes, no existía), una vez que estos
fenómenos remiten, es externado. El paciente que viene traído por sus familiares o
vecinos, porque algo extraño había irrumpido dej ándolos sin respuesta, podríamos de­
cir que es igualmente llevado, siendo (en el mej or de los casos) el mismo que antes.
Compensación - descompensación - compensaci ón.
El t é nn ino "urgencia" es el que nos permite elaborar un andamiaj e conceptual
acorde a la forma en que pensamos nuestra práctica. La urgencia, corno la descom­
pensación, implica un ruptura; pero diferenciándose de ésta, no lleva implíc ita la idea
de un punto justo de equilibrio al que se deba retornar (como sí lo hace "des­
compensación " , palabra que siendo el negativo de otra, nos da la idea de un círculo
infinito, espejos enfrentados sin salida). Aunque desde el punto de vista de un discur­
so biologista, el concepto de " urgencia", se emparenta con el de "compensación - des­
compensación": la urgencia llama a la acción inmediata, a la respuesta eficaz sobre un
cuerpo, en sus funciones orgán icas. El técnico no atiende en primera instancia a las
causas del mal, deja la causa para un tiempo posterior. Pero si entendemos la urgencia
como "urgencia subjetiva" , este concepto se hace solidario con nuestra concepción
del sujeto que trasciende la lectura biologista: es el momento en donde la palabra no
se articula por el hablar, en un sujeto cuyo armazón es significante. Momentos de
ruptura de l o que ordena en un sujeto la posibil idad de decirse, de tener una versión
de sí mismo: el suj eto se ve desbordado. Desborde ahogado en el si lencio, el grito, el
llanto, el pasaje al acto o el delirio, como alternativas.

* Residentes de 2º y .1 º Año del Hospital Torcuato de Al vear

102
Los casos, la psicosis, la internación

¿¡Qué pasa cuando, en estas condiciones, e l suj eto es int�rnado? En princ ipio, su­
ponemos que la decisión de efectuar d i cha internación está por fuera del terreno de la
necesidad. No hay situaciones en donde internar sea "necesario"; es si empre una
apuesta, desde donde se lo quiera pensar. Cuando se interna a un paciente, se esperan
distintos efecto s: que reciba rigurosamente una medicación, que se lo controle clfnica
y ps iqu iátricamente, que esté cuidado por personal idóneo, que se alej e de un am­

biente que suponemos más que problemático, etc. S in desechar la validez de cada wm
de estas posibil idades, nuestro ánimo es e l de pensar l a internación como pos ibilitante
de un cambio subjetivo.
Una paci ente anuncia: "Aquí estoy, marcada después de la internación, como si
fuera una persona más. . . bah, la gente de la calle me ve como una persona más, pero
yo soy una persona más que estuvo en el verano internada". El terapeuta nos dice que
esta paciente, después de su internación, pasa de l a ingesta de cocama como reacción
ante situaciones familiares insoportab les, a l "ponerse triste", sentimiento novedoso
que permite un cierto trabaj o elaborativo.
Otra p aciente toma a su terapeuta como portador de una verdad que ya no puede
desconocer: "A vos no puedo m entirte; vos viste lo que me pasó (en relación a ciertos
pasajes al acto). Si fuera a otro, yo se lo podría contar todo como si hubiera sido una

linda aventura, como si no m e hubiese nunca angustiado . . ". Un tercer paciente, luego
.

de la internación, pasa de una serie de consultas despersonalizadas (en guardias de


hospitales) y masivas (lo m i s m o le relata al cl ínico que al ps iquiatra) a una demanda
concentrada, que toma al terapeuta como blanco d e sus preguntas. " Cuando me inter­
né, creí que estaba loco; ahora me doy cuenta que no soy loco pero si que tengo pro­
blemas graves " , reflexi ona otro. Por último, una paciente tom a a su internación como
un momento de viraj e que le permite construir u n espacio propio que la salva de Ja

captura sin l í m ites en su relación con su madre: "Desde m i internación estoy cambia­
da, hago más mi vida sin darle tanta bola a mi mamá. . . Antes hablaba con las mismas
palabras que ella. Ahora no quiero ni hablarle. A n tes, cuando discutían con mi papá,
ella me miraba para que yo hiciera algún gesto cómplice. El otro día discutieron, y
yo me fui . - " . Este "antes y después" no es de n i ngún modo verificable en la totalidad
.

de los casos. Que este pasaj e tenga o no consecuencias, depende del momento del pa­
ciente y del trabaj o que se haya realizado d urante su estancia en l a institución.
No es nuestra intención trabaj ar los criterios de internación. Los hay explicitados,
los hay reglamentados, y también aquellos dichos en fonna de imperativos (sin que
nadie sepa de dónde v iene la orden); nunca las reglas abarcan la totalidad de los casos
particul ares. Nuestro campo queda entonces acotado a pensar qué puede o no produ­
cirse en la efectiva internación de un paciente.
Partimos entonces del hecho d e que una internación es w1 corte con una situación
que venía transcurr iendo. Se establece, de modo bruto, llano, un antes y un después en
la experiencia; al paciente se l e adj u d ica una cama, un número, un diagnóstico pre­
sunti vo, un terapeuta, un plan de medicación, una reglamentación, indicaciones va­
rias . . . se le da un lugar en un marco institucional, lugar del que antes carecía. Se lo
inaug ura como "paciente internado", designación nueva, impuesta por este O tro al cu­
al pasa a pertenecer, q ue sin duda lo v i o l enta con éstos "nombres comunes " , un Otro
que lo desea anón imo. Es un mo mento de transferencias múltiples y sal vajes, de la

103
Psicoanálisis y el Hospital N° 2

familia y el paciente con las caras representativas de la institución, de la cual se espe­


ra todo (que lo/me cure; que le/me dé para siempre un l ugar en el campo de la gente
saludable, o en el retiro de los hospicios). El dispositivo de la institución propicia esta
nueva relación, socialmente -p uesto en el lugar de atender estas demandas. Una prime­
ra marca divide entonces un antes y un después; primera marca que se efectiv iza en lo
concreto de una situación real, y cuyo significado, desde el principio e igual para to­
dos, la da un Otro. Interpretación salvaje, entonces, por parte de la institución, en la
medida en que el Otro denomina a este paciente y lo apresa en su orden; un orden pre­
figurado de antemano que en n ingún caso (sea benévolo, humanitario, o torpemente
carcelario) representa al sujeto. Se abre aquí un problema con el cual el psicoterapeuta
tendrá que vérselas: el de una identificación del paciente a ese lugar propuesto, un
cómodo alojamiento en esa "casa del Otro", que dificulta el trabaj o e laborativo ya que
todo el saber quedaría depositado afuera, una nueva fe que aliena al s uj eto, y l o con­
vierte para siempre en un paciente psiquiátrico. Nuestra posición no es e l de rechazar
este orden, ya que pensamos que puede transformarse en un escenario que responda
de modo alternativo al momento agudo. Pero también, ya dijimos, este circuito puede
repetirse al infinito, y la institución, en el mej or d e los casos, responder con pautas
adecuadas. Entonces, ¿qué podemos h acer nosotros como psicoterapeutas para que
esta respuesta uniforme sea fiuctífera para cada suj eto en particular?
En un principio, somos sólo un representante más de la institución que lo contie­
ne; sin embargo, no dejamos de intentar ser el b l anco de este momento agudo del pa­
ciente. Al tiempo de la urgencia s e lo intenta tran s formar en el tiempo de comprender,
introduciendo la dimensión de la causa (nos preguntamos, le preguntamos, cómo v ino
a parar acá). La urgencia, antes marcada y anotada por un Otro, puede pasar a ser una
urgencia subjetivada; es decir, un sujeto en urgencia. El Otro como depositario total
de un saber, deberá ser descompletado, y una parte del saber, ser puesta a cuenta pro­
pia. Sólo este movimiento puede transformar esa primera m arca que mencionábamos,
en algo que no sea sufrimiento inútil (ya que toda marca tiene su costo); puede lograr
que el movimiento de la internación, movimiento en el espacio, no sea un mero tras­
lado.
Si en la urgencia hay algo que no se puede articular al nivel de los significantes (a
veces hasta el extremo de ser dicho totalmente por los otros), el trabaj o a realizar será
en la vía que permita una versión propia sobre ese momento de urgencia subjeti va,
una versión que lo implique activamente en eso que le sucede o le sucedió. Una ver­
sión que i ncorporaría algo de lo que se puso en juego en el trabaj o que implica el co­
menzar a hablar. Una versión que es, o un nuevo s ign i ficado, o sólo un primer signifi­
cado (en el caso en que el paciente sea todo hablado por los otros); pasaj e del sufii­
miento pasivo a la actividad como primer paso para que, del lado del paciente, un tra­
baj o elaborativo pueda producirse. Pasaje que podemos tomar quizás como el punto a
donde es deseable llegar en el contexto de una internación; y que permite al sujeto
tomar la decisión de si desea seguir o no, andando por esta vía.
Haber l legado a ese punto imp l ica ya que el tiempo de Ja internación no ha pasado
gratu itamente; algo en el sujeto no ha permanecido intacto. La paradoj a de un pa- 1

ciente que sale de su internación descompensado, desde el momento en que una pre­
gunta se abre, y ésta causa un trabaj o .

104
Los chicos

del
análisis
<< . . . es por relación a este j uego j ugado con el padre, este j uego de quien
pierde gana, si puedo decir, que el niño puede conquistar la fé que de­
posita en él esta primera inscripción de la ley. »

Jacques Lacan. 06103 1 1 95·?


Los chicos del análisis

La his toria sin fin:


acerc a de cuentos infantiles **

Graciela Culetta - Viviana Gara ven ta *

ientras haya madrinas, nodrizas y niños, habrá cuentos de hadas. . . augura

M Philippe Aries 0l . ¿Pero cuál es el secreto de la persistencia de estas creacio­


nes que han sobrevivido a tantos cambios culturales a lo largo de los siglos?
Ni la computación, n i los viajes espaciales, ni l a psicologización de la cultura, han
podido desterrar estos relatos del espacio íntimo del "¿me contás un cuento . . . ?, algu­
nos de cuyos fragmentos son metáforas cotidianas del discurso de los ya no tan niflos.
A menudo resuenan frases tales como "para comerte mej or", o "espejito, espej ito", o
tantas otras. Si durante l a exposición logramos evocar en cada uno "cuando me conta­
ban un cuento", con esta afectación particular, alguna pregunta habrá sido transmitida.
La primera parte de este trabajo propone una construcción a modo de respuesta a
la pregunta que lo inaugura, para retomar específicamente, en la segunda, dos de estos
cuentos, "Blancanieves" y "Cenicienta", intentando s ituar lo que hemos llamado el
pasaj e estructural de l a madre a la madrastra.

Cuentos y cultura. El origen: obstáculo histórico. Movidas por esta pregtmta,


comenzamos a buscar ·los textos desde donde, como analistas, poder trabajar. El pri­
mer obstáculo se nos planteó en seguida: ¿Cuál es el texto original? ¿Quienes son Jos
autores, es decir, los padres de estos cuentos?
En el siglo XVII aparecen publicados, bajo el nombre "Los cuentos de mamá
Oca", algunas de estas narrac iones. Pero aún en ese momento, a pesar de que estos
escritos aparecían baj o la finn a del hijo de Charles Perrault(2l, eran atribuidos a su pa­
dre, quien en verdad los había recopilado. Nacidos en la tradición oral, distintos in­
vestigadores han tratado de rastrear su nacimiento.
Para algunos, surgieron en la fndia, para otros, fueron surgiendo simu ltáneamente
en diferentes lugares geográficos; cuentos con atributos diversos, pero con una es­
tructura similar, en pueblos que no tenían comunicac ión entre sj<3l. Puestos en mar­
cha, han seguido su camino hasta la actualidad, aunque su valor literario no alcance
para justi ficar su perdurabilidad. Lo cierto es que la pregunta por el orig e n sigue en
pie .. ., no es fechable.
Por mucho tiempo estos cuentos estuvieron destinados al entreten imiento de n iflos
y adultos, donde los espacios para los relatos ocupaban un Jugar privi l egiado, s in dis­
t i n c i ón de edades ni de clases sociales. Efecto de una concepción adultomórtica del

• • Trabajo presentado en el 1° Congreso de Prácticas Institucionales con Niños y Adolescentes:


"f::ru:uentro y repelición" Hospital Caro lina Tobar Garcla, J u l i o de 1 992.
* C oordinadora Equipo Hospital dé Día del Hosp i tal Tobar García y Psiqui atra de Gu ard ia del
Hospital de N iños R . G u t i érrez. respectivamente.

107
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

niflo, éste part icipaba por entonces indiscriminadamente de las actividades de Jos
adultos.
Recién a partir del siglo XVII comienza a surgir el concepto de n ifiez, tal como lo
entendemos ahora. Esta divisoria de aguas entre niflos y adultos dej a para los prime­
ros estos cuentos que llamarnos " infantiles". Cabría aquí preguntar: ¿por qué " cuentos
infantiles" y n o "cuentos para niños"? Muchos cuentos para niflos se han escrito des­
de enton ces, y, sin embargo, no todos entran en la categoría d e los cuentos infantiles.
Lo que les d a su estatuto es que capturan al nifio y al adulto: algo de " l o infanti l", lo
oculto y lo misterioso logrará ser atrapado por el "érase una vez".
Si pudiéramos rastrear qué es lo que insiste, desde aquellos tiempos en que niftos
y adultos se reunían en espacios comunes a contar cuentos, hasta la actualidad, en­
contramos como rasgo común al nifio, al adulto y a algo que ubicamos corno cuento
para ser contad o . La transmisión oral como privilegio de este encuentro entre un niflo
Y un adulto, introduce múltiples variaciones en la historia, ya que estos cuentos por no
ser de nadie son también de todos. ¿Pero estas variaciones deben ser atribuidas úni­
camente al hecho de que se desconoce al autor? Encontramos que en otros cuentos,
como por ejemplo el "Pinocho" de Collodi, o "El patito feo" dé Andersen<4 l, recono­
cidos por sus padres, abundan las modificaciones a los textos originales en las diver­
sas ediciones Volveremos sobre ello a lo largo del trabajo.
.

Cuento, juego y estructura. El origen: obstáculo estructural.- "¿Me contás u n


cuento?", podría interrogar e l nifio que cuenta para un adulto, Otro encarnado desde el
cual podrá constituirse.
El cuento ofrece al niño la historia que aún no puede contar. Aventuras y desven­
turas del sujeto enfrentado a la castración en el Otro.
Los personajes de estos cuentos -nifios o adolescentes- pasan por toda clase de pe­
nurias y dificultades hasta alcanzar la dicha esperada. Pero el punto de partida que los
lanza a l a historia está marcado por un abandono parental : ya sea que los padres mue­
ran o los dejen solos. ¿Quién podría vivir una aventura acompaftado de papá o mamá?
Los cuentos infantiles prestan su texto al niño permitiéndole desplegar el drama
edípíco con sus avatares y promesas. As! el príncipe se casará con Cenicienta a p esar
de su m alvada madrastra y sus odiosas hermanas, caballeros intrép idos harán impen­
sables hazañas para cumplir las condiciones del rey para ceder a su hija. Algún va­
liente pr!ncípe despertará de su letargo a la bella. Los personajes del drama aparece­
rán disfrazados con los ropajes de hadas y madrastras, ogros y viejecitas, para recor­
dar a aquella ausente, que nunca estuvo, madre bondadosa, m odelo de virtud.
No coincidimos con Bruno Bethelheim cuando en su libro "Psicoanálisis de los
<5 l
cuentos de hadas" , toma los atributos del cuento intentando un simbolismo uni ver­
sal, realzando el valor pedagógico de los mismos. Pedagógicos podrían ser cons idera­
dos los cuentos para niños, no los cuentos infantiles. Estos últimos toman su valor de
"lo infantil", l o estructural, que va más allá del color de la caperuza de Caperucita o el
cristal o la pie l de marta de los zapatos de Cenicienta.
1 Estos aspectos estructurales a las que nos referimos, s o n los que le confieren al
cuento su perdurab ilid a d a través de los siglos, resaltando al m i smo tiempo la i mpu di ­
cia de quien los cuenta, despreocupándolo de los detalles descriptivos, pero absol uta-

108
-I:;óSchicos del análisis

inente-cuidadoso de modificar el libreto alll donde lo afecta (aunque no lo sepa), sin


demasiados inconvenientes para ajustarse al texto original o respetar a su autor.
¿Texto original? Mito del origen, origen que no puede sino apenas ser aborctado
por un mito. Origen que podría ser formulado: ¿Qué había antes de antes? Porque hay
falta hay origen. Porque esta pregunta por el origen es efecto del significante, también
para el psicoanálisis es necesario cercar el origen con un mito.
Freud construye este mito en " Tótem y Tabú" <6> donde ubica al parricidio como el
corte histórico que marca el antes y el después. A partir de ahí, la prohibición del in­
cesto y del asesinato, la inscripción de un linaje. Para Freud, entonces, la instalación
de la cultura es efecto del asesinato del padre. Es en el ámbito delimitado por este
acontecimiento que el sujeto se constituye y es, en su articulación con el complej o de
Edipo, que a su salida se juega su destino sexuado. Es desde este mito, desde donde
intentaremos trabajar lo que comentan estos cuentos.
Así, cada cuento se recrea en cada adulto que acude al llamado "contáme un
cuento ... " , y el "había Wla vez... " abre una dimensión cuento-juego (¿ensueflo?) donde
poco importa si lo que se cuenta es verosímil; más bien se trata de lo imposible pero
deseado. Sobre la escena todo es posible, el juego y el cuento abren un espacio de fic­
ción donde podrá ser comentado aquello que no tiene representación, la prehistoria
inolvidable, la primera vez perdida para siempre, pérdida estructural a la que alude el
"érase una vez. . . " .
El cuento atrapa al niño porque él está allí, porque las leyes que rigen el cuento
son como las que rigen sus juegos: volverse invisible, hablar con los animales, tener
extraordinarios objetos capaces de transformar la materia, alfombras aladas, varitas
mágicas, botas de siete leguas . . . Freud ya nos habla de la creación literaria y el juego
infantil, como opuestos a la realidad efectiva, permitiendo la identificación con héroes
y villanos, acompañándolos en sus aventuras sin correr riesgos.
Pero si el adulto accede gustoso al pedido del niflo, es porque él también es trans­
portado a través del tiempo del cuento a una dimensión de la cual siente la nostalgia
de "cuando era niño". A través del cuento y las variaciones que cada adulto hace de
él, algo de lo incomunicable de la neurosis infanti l intentará ser comentado. A través
de madrastras malvadas, lobos devoradores, brujas y hadas se reactualiza en el adulto
una dramática universal (allf apunta lo estructural del cuento), con una dramática par­
ticular (variaciones que cada adulto-autor imprime al relato): lugar de transmisión
histórica.

Blancanieves y Cenicienta. Decíamos que los cuentos ofrecen al niflo el escena­


rio donde realizar el montaje del drama edípico. Algunos como los de hazañas y hé­
roes comentan particularmente la epopeya masculina. Otros como Blancanieves y
Cenic ienta hacen referencia a dos de los destinos femeninos sefialados por Freud.
" Espej o-espej ito" y "zapatito de cristal" remiten a dos posiciones distintas de un
suj eto femenino con respecto a esto que l lamamos el pasaje estructural de la madre a
la madrastra ; es decir los diferentes modos de respuesta a la castración materna.
Cenicienta y Blancanieves t ien en en común haber quedado huérfanas de madre;
madre que si por una p arte no conocieron, el cuento se encarga de señalar como to da
virtud. Muerta la madre, el padre quiere una mujer, y así, como la mujer del padre,

109
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

entra en escena la madrastra. Es la madrastra la que posibilita que la historia pueda


comenzar.
Pero aquí, los caminos de cada una de estas heroínas se abren de manera diver­
gente. Blancanieves disputa con s u madrastra el acceso a la femineidad en una lucha
mortal entre ambas, donde sólo hay lugar p ara una, para una mujer, la más bella.
Desde el espejo la escena es comandada. Voz y mirada implacable que a través de
su decir: "la reina es Ja más bella de la región; pero la linda B l ancanieves l o es mucho
más", confmna a ambas, pero sanciona que hay sólo un lugar. Si l a reina es la más
bella, ¿cómo es que Blancanieves lo es aún mucho más? .I;'
El espej o "que nunca m iente y lo sabe todo", queda situado en el lugar del su­
peryo, observando que se cumpla con el Ideal del yo: "la más bella " , punto simbólico
que sostiene la escena entre ambas. Punto que nos dice que hubo castración, hubo en­
trada en Jo simbólico, Jugar de falta que pennite a un sujeto su posición deseante.
Blancanieves logra engañar a la madrastra cuando el cazador l e perdona J a vida
"al verla tan bella". Pero no puede engañar al espejo.
Si sólo hay lugar para "la más bella", una deberá morir; la historia se j uega en esta
relación a muerte entre Blancanieves y su madrastra. "La más bella", rasgo que marca
a Blancanieves y retoma en su insistencia significante: "Al verla tan bella, Ja madras­
tra sintió envidia" . . . , "al verla tan bella el príncipe se enamoró inmediatamente de
ella". Blancanieves es tornada por esta belleza que la condena a muerte y a su vez la
salva para dejar en pie esta condena: sólo una mujer. Avatares en los que B lancanie­
ves es engaffada por su madrastra no una, sino tres veces, y dejándose tentar por ésta,
a pesar de las adve:tencias de los enanos, come la m anzana envenenada que la dej a
como muerta; es de este estado de aparente muerte de su deseo de donde será rescata­
da por el príncipe. Pasajero casual del bosque ve a Blancanieves y se enamora de su
belleza, y se lleva el ataúd para poder admirarla. Con lo cual el rescate del príncipe se
produce desde este Jugar de Blancanieves no deseando nada: "¿Dónde estoy?, dirá al
despertar, "Aquí conmigo".
Pero Ja historia era mortal desde su inicio, y sólo había lugar para una, de modo
que, no pudiendo resistir su tentación de ver a Blancanieves, la madrastra concurre a
Ja boda y muere allí, confirmando que hay sólo una mujer y es Blancanieves.
En el caso de Cenicienta, J a madrastra juega desde el inicio un papel diferente. La
madrastra tiene dos hijas y las prefiere a Cenicienta. La preferencia está en relación a
quién se casará primero o mejor. Cenicienta es entonces una hija entre otras y Ja riva­
lidad se despliega entre estas otras "casaderas" como ella. La m adrastra de Cenicienta
se diluye en el relato, y Cenicienta, una entre otras, intentará superar a sus pares para
acceder al príncipe. Un nuevo personaje, la madrina -habil itadora del deseo- se encar­
gará de embellecer a Cenicienta para que logre su cometido. Reaparece el tema de la
belleza como mascarada femenina, en función de recubrir la falta: "Sí, pero no puedo
ir con estas ropas miserables", dirá Cenicienta al hada madrina ( ¡ No tengo qué po­
nerme !, dirán otras cenicientas).
La bella, vestida con luj osos ropaj es aparece en " e l baile", escenario que incluye a
todas las jóvenes que acudieron a la convocatoria real para conquistar al príncipe . . Las
hermanastras no reconocen a Cenicienta y ésta se deleita con el engaño d e l que es
protagonista. Farsa en la que todos los personaj es part icipan, y que la m adri na se''en-

110
Los chicos del aná lisis

carga de advertir: el hechizo finalmente caerá al dar las doce campanadas. Farsa que
se organiza en relación al deseo, que queda representado en una pérdida: el zapatito
de cristal, testimonio de que no todo ha sido farsa.
Uno queda en el baile y es recogido por el príncipe, el otro le queda a Cenicienta a
pesar de que se rompe la magia del vestido y la carroza. Así cada uno cree que el otro
tiene lo que a él le falta: metáfora de amor.
Como a diferencia de B l ancanieves, en este cuento siempre hubo lugar para más
de una, el fmal nos cuenta que también las hermanastras odiosas se casaron .
(7
Retomando a Freud ) diremos que Blancanieves y Cenicienta recorren d o s cami­
nos que éste seftala hacia la femineidad. Derroteros determinados por la posición de
cada suj eto con respecto al Otro en este pasaj e que llamarnos de la madre a la ma­
drastra.
Como todo cuento nos deja una enseí'íanza, una moraleja, en este caso una adver­
ten cia para todas la bellas: no pregunten al espej o por la más, preocupensé por perder
el zapatito de cristal. Y colorín colorado, este cuento, por ahora, se ha acabado.

(1) Phil ippe Aries - "El niño y la fami l i a en el antiguo régimen"


(2) Marc Soriano - "Los cuentos de Perrault. Erudición y trad iciones popul ares " .
(3) W. Propp - "Edipo a la luz del folklore".
(4) Andersen, Perrault y otros - "El cuento i n fantil".
(5) Bruno Bethelheim - "Psicoanál isis de los cuentos de hadas"
(6) Si gmund Freud - "Tótem y tab ú " .
(7) S i g m u n d Freud - " L a disolución d e l complej o de Ed ipo" - "Algunas consecuencias pslqui­
cas de la d i ferencia sexual anatómica" · "Sobre la sexualidad femenina" - "La femi n i d ad "

111
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

De la imposición a la construcción
Sara Wajnsztej1!' *

L
a reflexión acerca del psicoanálisis con los nifios implica puntualizar y argu­
mentar algunas cuestiones y dificultades inherentes a nuestra. práctica. Una ya
histórica preocupación consiste en definir la pertinencia del psicoanálisis con
infantes; en ese sentido convengamos que no se trata de una disciplina autónoma, sino
que sus soportes teóricos son los del psicoanálisis en general.
, En relación a estos, comencemos planteándonos que "no hay clínica psicoanalítica
sin ética"º l . Es a partir de la ética del psicoanálisis que quisiera compartir algunas
ideas respecto de la clínica.
"Cuando decimos ética del psicoanálisis, tal como lo afinna D. Rabinovich, se
trata precisamente de esto; no de la ética del psicoanalista, ya que 'e/psicoanalista ',
como 'la mujer ' no existen; pero sí hay 'el psicoanálisis '. Y si hablamos de psicoanáli­
sis hablamos de discurso: vale decir: sólo hay ética de un discurso". (l)
Es el lugar que ocupa el nifio en el discurso de los padres el motivo de mis inte­
rrogantes. Esto nos envía a retomar la temática de los ideales y el bien. El bien enten­
dido desde la perspectiva de los ideales aparece como contrario al despliegue del psi-
·

coanálisis.
El análisis es la experiencia que da su máxima importancia a la función fecunda
del deseo como tal. Podría decirse que Freud en su articulación enuncia la génesis de
la c!imensión moral arraigada en el deseo mismo.
No debemos confundir la propuesta freudiana con Ja liberación naturalista del de- ·
seo ligada a la filosofia del siglo XVIII; donde la experiencia del hombre d e l placer se
presenta unida a un ideal que ha tomado las vías más acentuadas en el sentido del li­
bertinaje, incluso del erotismo; para luego percatarse que entrafia una nota de desafio,
"Dios como autor de la naturaleza es co11Vocado a dar cuenta de las anomalías más
extremas, cuya exigencia nos proponen el Marqués de Sade y otros". "Quien se so­
mete a la ordalía vuelve a encontrar en último término sus premisas, a sab er, el Otro
ante el cual esa ordalía se presenta, el Juez a fin de cuentas de la mism a". (J)
La experiencia freudiana platea los "orígenes paradój icos del deseo y el carácter
de perversión polimorfa de sus fonnas infantiles". Es a partir de esto que algunos
analistas han intentado reducir esos orígenes paradójicos para mostrar su convergen­
cia hacia un ideal de armonía. Se trataría de una "domesticación del goce perverso
fundada en la demostración de su universalidad y su función".
Aquí podríamos recordar los ideales analíticos que al decir de Lacan "florecen
abundantemente". El primero es el ideal del amor humano, ligado a la genitalización
del deseo. Es el ideal del amor genital, una suerte de "higiene del amor" articulada a
una relación de objeto satisfactoria cuyas versiones modernas serían el "imperativo
orgásmico" tan bien ilustrado por los pintores surrealistas en la " Parada amorosa" o
"El pequeño carburador". !

• Integrante del Equipo de Cl ínica de N i ño� del Centro de Salud Mental Nº4.

1U
Los chicos del análisis

El segundo es el ideal de la autenticidad; que se nos propone no sólo como cami­


no, etapa, escala de progreso sino que también como cierta norma del producto aca­
bado, "algo deseable", por lo tanto un valor.
El tercero es el ideal de no dependencia, una "profilaxis de la dependencia", don­
de el fin sería el sujeto adulto.
Subrayemos en este punto la posición freudiana en lo concerniente a la educación
y la advertencia lacaniana a los psicoanalistas de nifios, de avanzar en este dominio y
convertir el análisis en una ortopedia.
Estos propósitos instruccionistas son especialmente notables en nuestra práctica ya
que se tiende a identificar al nifio con su hijo o alumno; donde la p edagogía vendría a
reparar una especie de falla en· el pequefio sujeto a "medio hacer"; donde las palabras
del otro adulto, supuestamente completo le aparecen como impuestas. ¿Por qué no
llamarlos locos baj itos?
Lacan propone pensar la ética, no sobre el dominio de lo ideal, sino en su relación
con lo real. En "El malestar en la cultura", Freud diferencia el bien del bienestar y el
placer. Lacan plantea el "Supremo b ien" en relación al objeto a en su dimensión de
plus de gozar. Ese bien que es el objeto a es un bien más allá del principio del placer.
"Es así que queda desarticulado de los ideales, el bienestar y el placer y se rearticula
con el goce y el más allá del principio del placer. En este sentido, la ética del psicoa�
nálisis se aleja del placer y de la noción de armonía supuesta del sujeto; ya sea con­
sigo mismo (sujeto unificado de la conciencia), con el prójimo ("am_arás a tu prójimo
como a tí m ism o "), con el otro sexual ("no hay proporción sexual") o de la madre con
el niño ("no hay entendimiento natural enire la m adre y el niño '� ". (4)
"La tragedia de A ntígona muestra para Lacan esta disarmonía que es inseparable
de la estructura m isma del deseo. A ntígona es autónoma, que en griego significa
aquél que sigue su propia norma, su propia ley, la ley del deseo, como deseo del
Otro, pero diferente de la ley social. Por esto Platón la destierra; ya que no transmite
una ley universal y Lacan, por la misma razón, la valora: es decir, por su particula­
ridad ' .
Y en " L a dirección de la cura" propone tomar el deseo al pie de la letra. "En ese
sentido es en el nivel del ser donde el analista debe tomar su nivel operativo". (5) Al­
canzar el ser y no conocerlo es la dirección lacaniana, más allá de los propósitos ins­
truccionistas de un bien supremo que se identifica con el saber.
Volviendo a la ética, en sus primeros párrafos Lacan propone destacar qué aporta
de nuevo la obra de Freud y la experiencia analítica que de ella se desprende. Dice :
''¿Algo nuevo acerca de qué? A cerca de algo que es a la vez muy general y muy par­
licular. Muy general, en /anta la experiencia del psicoanálisis es altamente significa­
tiva de cierto momento del hombre, que es aquél en el que vivimos, sin nunca poder
situar, salvo raramente, qué significa la obra, la obra colectiva en la que estamos
inmersos. Muy particular, por otro lado, al igual que nuestro trabajo cotidiano, a sa­
ber, la manera que debemos responder, en nuestra experiencia, a lo que les enseñé a
articular como una demanda, la demanda del enfermo a la cual nuestra respuesta da
su exacta significación. '�6)
. .

Nuevamente en "La dirección de la cura" , articula el concepto de "deseo del ana­


lista" con la demanda. "La pasión de ser es lo que la demanda porta, aquí Lacan dije-

113
Psicoanálisis y el Hospital N° 2

rencia las demandas en plural de la demanda. en singular que llama demanda de


?
amor". Demanda de ser, de re� ibir un comple?1 ento del tro, demanda frente a la cual
,..
el analista debe responder, no interpretar. La mterpretac1ón es el deseo. ,
'
¿Cómo se sitúa la respuesta correcta del analista en cuanto al ser? Lacan lo enun-
cia: silencio, presencia e interpretac ión. Si el analista escucha la demanda, calla, es
decir, porta la demanda, para que la enunciación aparezca en el discurso.
Proponemos aquí junto a A. Benassi, la construcción de los fantasmas de imposi­
ción a través de la transformación del relato de los padres en discurso como una for­
ma parti cular de portar la demanda.
Quisiera cuestionar el facilismo con que la precip itación del pequefto sujeto en el
dispositivo analítico, algunas veces no es más que una forma de eludir la insop ortabi­
lidad de la queja de los padres.
No satisfacer la quej a es otra manera de transformar un síntoma en clínico, es de­
cir, que éste se descubra imposible de sostener y por esta vfa testimonie lo real . Más
allá de una felicidad, de una armonía, la ética del psicoanálisis cuestiona una ética pa­
ra todos, que las escuelas identifican en el ideal del saber, donde la instrucción es una
imposición.
Recordemos las palabras impuestas en el discurso del Dr. Primeau, en el texto
" Una psicosis lacaniana". Dice el Sr. Primeau: "La palabra impuesta es una emer­
gencia que se impone a mi intelecto y que no tiene ninguna significación corriente.
Son frases que emergen, frases no reflexivas, que no son ya pensadas, sino que son
como emergencias que expresan el inconsciente. . . emergen como si yo fuese, no sé,
manipulado . . . "(7l. Subrayemos: Imposición . . . manipulación.
¿Qué es una imposición? Imponer es "obligar" o " forzar" a alguien a aceptar; ins­
truir o adiestrar en algo, dar una preparación de cierto género de conocimientos.
Es aquí donde la construcción de los fantasmas de imposición en el discurso pa­
rental funcionaría como límite a las palabras impuestas, donde sustituiríamos imponer
(instruir - adiestrar) por construir (estructurar).
En este sentido podemos pensar la construcción de los fantasmas de imposición
como "ficciones del deseo", en relación a "fictitious" que quiere decir ficticio, pero en
el sentido en que toda verdad tiene una estructura de ficción y ligado también a lo que
funciona.
Su con strucción "supone fa escucha del fugar en tanto estallido de la retórica del
ª
enunciado y el alcance de la gramática de la enunciación del discurso parental" ( ) .
La escucha que construye los l ugares de captura del infante perm ite la apari ción de
éste incluido en el discurso parental . "Escuchar lugares quiere decir escuchar donde
·
opera una i dentificac ión".
En Benassi retoma Masotta: "Analizar es desalienar al sujelo en los múftiphs
pliegues de fas identificaciones que lo sujetan " . "Puede siluarse ese lugar de escucha
en la queja parental, como una escena que interroga un síntoma y su relación con el
saber" . "El tiempo de la escucha clínica del discurso parental, se sitúa en esa laten­
cia que ubica al infante como un sujeto relatado, pero que cae de tos efectos del
enunciado como enigma del síntoma. a los efectos de enunciación del discurso pa­
rentaf, como .fantasma de impos ición" "Estos fantasmas de imposición exteriores a fa
estructura. están separados del res/o del relato de la madre. pero con una confif?ura-

114
Los chicos del análisis

ción que se construye en la escucha clínica del discurso parental".C9)


Su gramatización en el discurso parental, hace que el pequefio rara vez decida so­
bre él en el discurso. Esta construcción que l lamaremos preliminar, hace que aparezca
e l suj eto destinado a l a escena analítica.
A. Varela nos ha invitado a reflexionar acerca del sentimiento de la infancia como
construído y a indagar en la historia de la pintura, cómo el infante ha adquirido esa fi­
sonomía moderna, que desde los ángeles desnudos del Renacimiento hasta las propa­
gandas de Benetton lo hacen un prototipo bello en crecimiento.
Destinado al sacrificio tal vez, donde una cultura de padre - cultura de madre ha­
cen sus enj uagues con una prodigalidad de prácticas "psi" que repitiendo una teología
del Unico, atestiguan de su suj eción .
Si con Freud, repitiendo al poeta Wordsworth, "el niño es el p adre del hombre ", es
para reivindicar e l deseo infantil que como tal insiste y más al lá del "¿qué me quie­
re?" aloja en su inconmensurabilidad una pregunta que el análisis recoge.
De un compareciente, víctima de lo educativo o lo j urídico, a un apareciente, que
más al lá del espectro de Hamlet, nos conmina a una última pregunta: ¿quién eres? . . .

(l) J . A. M i l l er, " S íntoma y fantasma".


(2) D . Rabinovich, " Etica del psicoanálisis e inconmensurabilidad"
(3) J. Lacan, " La ética del psicoanálisis". Seminario V i l .
(4) D. Rab inovich, idem.
(5) A. Varela " La infancia cautiva". (Una recensión). Inédito.
(6) J . Lacan, "La ética del psicoanálisis". Seminario V i l .
(7) "Una psi cosis lacan iana " . J . Lacan. Presentac ión de enfermos.
( 8 ) A. Benassi, " La infancia cauti va".
(9) A . Benassi, idem.

115
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

La muerte en transferencia **

Graciela Mouzo *

Q
uiero compartir algunas preguntas que me fueron surgiendo durante la que fue
mi primera experiencia como "practicante de niños" (hasta ese momento me
ocupaba sólo de adultos, incluyendo el campo de las psicosis), experiencia que,
además, se desarrolló en el marco de una institución psiquiátrica. Es la historia de un
encuentro, un múltiple encuentro, una encrucij ada entre una institución, una analista,
un n_i flo y los padres de ese niño.

La institución, a través de sus operadores, tiende a repetir lo idéntico, a conservar


lo heredado y teje un discurso que se resiste a lo que ponga en tela de juicio su identi­
dad. "Las instituciones crean certidumbres y cuando se las acepta, el corazón se
!
tranquiliza y la imaginación queda encadenada"( > .
Me encuentro con Diego, lo trae su mamá. Diego entra al consultorio tirando tiros
con su mano-revólver apuntándole a su mamá. La madre se enoj a y lo reta, le dice que
"eso" no se hace. Diego la sigue tiroteando mientras la mamá lo "justifica" diciéndo­
me que hace "eso" desde que vio por la tele "lo de La Tablada". Al rato Diego me tira
unos tiros y ha�o como que me muero, él se ríe. La mamá se sorprende y soruíe. An­
tes de irse me dice que Diego " está demasiado bien". Sólo había venido a conocer a la
nueva terapeuta designada por el equipo para atender a su hijo, y se va dej ándome
perpleja con ese "demasiado bien".
Diego es un chico de nueve años, con una mirada expresiva, movedizo y atolon­
drado, dice algill1as palabras que parecen sueltas. En Ja escuela no se relaciona con los
otros chicos, ni se interesa por leer o escribir, amasa plastilina sin modelar nada espe­
cial. En su h istoria clínica hay un diagnóstico: "Psicosis p eculiares de la niñez".
Cuando espero encontrar a Diego, a la hora convenida con la madre, me encuentro
con la mamá y el p apá que, en medio del pasillo, me p iden que los espere porque es­
taban tratando de dejar a Diego con alguien para poder hablar conmigo. Habían en­
tendido que tenían que venir ellos solos, hablan tratado de dej ar al hijo en la casa, pe­
ro tuvieron que traerlo porque "cuando vienen al hospital, Diego se acuerda de la es­
cuela y no pueden dejarlo". ¿Equívoco, malentendido, error?
El tratamiento estaba previamente organizado. Terapia individual, terapia familiar,
acompañam iento terapéutico, rehabilitación, etc., y Diego tenía su lugar como alumno
en la escuela que está en el mismo edificio del hospita l. Esta fonna estereotipada de
organizar el tratamiento en un área individual y otra familiar, además de ser ali enante,
como todo estereotipo, es una de las fonnas de expresar el modo en que se piensa la
constitución subjetiva.
Como analista en formación, estaba especialmente alenta, intentando trabaj ar en un

** Trabajo presentado en el 1º Congreso Nacional de Prácticas I n stitucionales con Ni ño:; y


Adol escentes "Encuentro y Repetición" . Hospital C. Tobar García, 25/6/1 992.
* Concurrente del Hospital Caro l i n aTobar García.

116
Los chicos del análisis

solo campo, el de la palabra. Después de atender a Diego, los hice pasar al consultorio
u nos minutos. A la mamá le preocupaba el "p ilín" de su h ijo.
¿Por qué estos padres no entienden? "Es que los padres de los chicos psicóticos no
pueden cederlos", me explican en el equipo. "Hay que ser firm e ellos tienen su pro­
,

pio espacio y no tienen que invadir el de Diego. . . " ¿Si no pueden cederlo, hay que
arrancarlo? "Hay que hacer un trabajo para que el niño sea cedido a la institución .
que funciona como tercero11 <2l .
Esta posición frente al niño y a sus padres fundamenta Ja práctica, y el analista de­
be trabaj ar a reglamento, formando parte de un engranaje, como las líneas de produc­
ción de una fábrica. As! la institución responde a la demanda social, quedando atrápa­
da la demanda sin gular de los padres. "El psicoanálisis no puede practicarse bajo
ningún tipo de regulación adm inistrativa que desconozca o no acepte al analista co­
mo único director de la cura. Los títulos: director, jefe, coordinador, supervis·or, etc. ,
no lo son de la cura y cuando se esgrimen tienen como objetivo seducir - reducir -
prometer - someter al analista y al analizante en el proceso de la cura" <3l _ .
Me ocupo de Diego. A él le preocupan Ja electricidad y los tubos de luz. Se pone
en peligro tocando los cables sueltos de los intenuptores de luz. Se l o prohibo y le di­
go que los cables no se tocan porque si Je da electricidad se puede morir. Un día, por
fin, habían puesto tapas nuevas a los intenuptores. Extraf\ado sef\ala una tapa, le digo
que era verdaderamente pel igroso que estuvieran de�.tapados. Había termihado un
j uego con el que me provocaba poniéndose en riesgo, haciéndome cuidarlo. Inmedia­
tamente toma a las fi guras que representan a una mamá y a un papá de un encastre
con los personajes de una familia, y los cubre meticulosamente, a cada uno por sepa­
rado, hasta que quedan totalmente tapados con plastil ina.
Un día, en medio de sus intentos por alcanzar hasta los tubos de l uz, Je digo que
cuando un bebé sale de Ja panza de su mamá, la mamá da a IU:Z a ese bebé. Empieza a
jugar con vaqu itas y cerditas que tienen cachorros que toman Ja teta. Empieza a hablar
más fluidamente, sin entender, procuro no impedir nada.
Una maf\ana, antes de entrar al consultorio le dice a su mamá: " ¡ Vos andáte! " y
entra corriendo, agitado y emocionado.
Un par de meses después, la mamá de Diego muere sorpresivamente a causa de un
derrame cerebral . Cuando su hijo empieza a manifestar autonomía, cuando empieza a
vivir expresando sus deseos, su madre se muere. Esa muerte no es aj ena al tratam ien­
to.
Diego viene a sesión arrastrando un ganchito de carnicería, atado con un piolln
por donde él lo suj eta, me dice que el ganchito sostiene a un muerto a l que arrastra
hasta el con su !torio. Me pregunta por los objetos que faltan pero cuya ausencia es
evidente por las marcas que produjeron cuando estaban (picaportes, vidrios de venta­
nas, apoyabrazos de pupitres). Pregunta: "¿Diego e malo? . . . " Más tarde quiere saber si
a la mamá la mataron con un revólver. Se esconde y me pide que pregunte ¿adó� de
·
está Diego?. Entonces él aparece con aire triunfante.
Un día se l l eva un soldadito. "Me llevo un muerto", me dice. Le digo que los
'
muertos se enti erran, que no es bueno andar cargando muertos.
U n a vez me pregunta si la mamá le va a pegar. -"¿ l'or qué te va a p egar? " . Inme­
d i atamente se pone a j ugar con un tren "que se va solo a capilal".

117
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

Otro día vamos al parque a enterrar al soldadito muerto. Mientras lo enterramos


me pregunta si el muerto come, si e l muerto pega. Ese rouerto todavía podía hacer dos
cosas, comer y pegar. Jugando con un fruto seco de un árbol, que pi erde una pelusa,
me dice que es un pelado. Le empieza a pegar al pelado y le grita: -"¡ Diego tiene
pío ! " y me pide que mire cómo el mata al pelado.
Durante una referencia al nacimiento, pregunta: "¿No te cortan el pilín?" Le ex­
preso la participación del "pilin " en la concepción.
El papá viene a contarme que Diego pregunta todos los días por la m am á, y que
pregunta por la noche. Que lo lleva a dormir a su cama por que él, el papá, no puede
dormir solo. Relata con inquietud que cuando Diego vio que a su mamá desvanecida,
le cambiaban l a bombacha, se empezó a reír.
En el tratamiento familiar se le indica al papá que Diego tiene que dormir en otra
cama. El papá de Diego se desmorona. Consulta con un psiquiatra en otro hospital.
Golpean a Ja puerta y pregunto qu ién es, del otro lado una vocecita dice "Ah yo,
Diego. . . ". Firma un dibuj o con un garabato que signifi c a Diego. Juega con los otros
chicos, dibuj a e intenta escribir, lo hace con alegría. En su casa, se prepara el desayu­
no cuando al despertarse está solo.
Jugando con un tren canta: "El tren se va, el tren se va, saquen los boletos, ya se
va... "
Este tratamiento "exitoso" por sus resultados al nivel del nifio. , me produj o, sin
' embargo, un profundo sentimiento de fracaso, que me hizo retomar con preguntas so­
bre algunos momentos clínicos.
En "Historia del movimiento psicoanalítico", Freud dice que la teoría psicoanalíti­
ca es una tentativa de hacer comprensibles dos hechos: la transferencia y l a resisten­
cia. " Toda investigación que reconozca estos dos hechos y los tome como punto de
partida de su labor podrá ser denominada psicoanálisis . . .,(4l .

El ingreso de psicoanalistas a las instituciones psiquiátricas, sabemos que produj o


singulares amalgamas . . .
En los comienzos d e l a práctica con niños, está Ju:mito, e n donde l a cuestión de
los padres quedó planteada.
¿Qué lugar ocupa para los padres, el analista que se ocupa de su hijo? En el caso
de Diego, a su mamá le costaba cederlo, le costaba cederlo a la vida. Ni a la institu­
ción, ni a la analista; a la v ida que tiene en su origen una muerte, vida que implica y
conlleva el riesgo de morir.
¿Cuál es el vínculo entre una madre y su hijo? No por azar, a la primera lengua se
Ja llama "lengua materna", lengua en la que la madre habla a su hijo, encamando a ese
Otro primordial, definido en la e structura del Edipo. Es por esto que la lengua no se
aprende ni se enseña a hablar, no s e trata de pedagogía. Todo niño, aún el más " en- \
fermo", está envuelto en el orden simbólico, está irunerso en un bafto de palabras. Su
cuerpo es articulado por esas palabras, que modelan de�:de sus percep ciones, hasta sus
sentimientos. La "enfermedad" pertenece a ese mismo orden, podríamos decir que:
ah!, donde se terminan las palabras, la "enfermedad" habla. La enfermedad no es la
conducta atípica del niño, ni la detención del "desarro l l o", ni los fenómenos incom­
prens ibles.
Podemos defi n i r a l a enfermedad, como el accidente de ese discurso que enuncian

118
Los chicos del análisis

la madre, el padre y el niño.


Lacan le dice a J. Aubr/5> que el niño le da cuerpo, en estos casos, a la verdad del
deseo d e la madre, es el garante de l a inaccesibil idad d:: la madre a su propia verdad.
De esto se desprende que será en la misma cma del niflo donde los padres intentarán
hacerse escuchar, cuando reciban los embates del cambio de posición de su hij o .
Cuando l a madre empieza a angustiarse puede suceder que se enferme, se deprima, s e
suicide o también q u e saque a l nii1o d e l tratamiento. E n nuestro hospital, la posibili­
dad de suspender el tratamiento psicoterapéutico por parte de l o s p adres, no se con­
creta sino a costa de perder el resto de las actividades, incluyendo la escuela. Con esto
se p ervierte la cura misma, que es mantenida por los padres aún cuando no la deseen,
porque garantiza el espacio socio-cultural.
La institución tendría que tener en cuenta estas posibilidades, pues m ientras el ni­
ño por su posición, evita la emergencia de angustia en su madre, todo se mantiene en
un equil ibrio inestab leC6l. Es ante estas emergencias, cuando l a institución no puede
responder con indicaciones, consej os, interconsultas, para saber "qué hacer".
Como nos ensef\a Maud Ma.n.nonPl, e l guión que se despliega en transferencia,
está escrito de antemano, será cuestión de recibirlo y operar desde el lugar que, a par­
tir de ese guión, el analista ocupa para esos padres. La transferencia siempre se insta­
la, y el anal ista padece y soporta los efectos que articulará en la cura.
Escuchar al niño nos permite ubicar las palabras que no puede metabolizar, mien­
tras sostenemos su juego. Palabras a las que retomaremos, pues, si los escuchamos,
serán dichas por sus padres. La intervención al nivel del niño, opera restableciendo el
campo lúdico . Al m ismo tiempo habrá que recibir la rn1gustia que genera en Jos pa­
dres, este restab lecimiento.
En el caso de Diego, su deseo de independencia era into lerab l e para la madre.
Diego era sostenido al nivel de la demanda, "está dem as iado bien", satisfecho, no ne­
cesita nada . . . Su deseo es captado por su madre como un puro deseo de muerte. La
madre de Diego trata de decúmelo, lo intenta varias veces. Es aquí donde, a modo de
hipótesis, planteo que su muerte no es aj ena al tratam iento, al tratamiento tal como
estaba programado en este hospital de día, donde se suponía que el espacio para que
los padres hablen era otro, con otro terapeuta. " Está demasiado bien" estaba dirigido a
mí, como anal ista d e l niño, y podría haberse desplegado, o tal vez no, no lo sabemos.
Las condiciones que pueden permitir la recepción de la transferencia con los padres,
no estaban dadas y resultaba engorroso proponerlas. Lo insólito, lo novedoso, lo es­
pontáneo, lo singular no suele conmover las estructuras institucionales rígidamente
cristal izadas.
Es evi dente que no se trata de una " enfermedad de la familia" ese a!go que hay
que "curar". De hecho, estos m i smos padres tenían una hija absolutamente sana. Ese
algo, es ese discurso que articulan, insisto, madre - padre e hijo.
Durante estos afias me encontré con la experiencia ele otros anali stas que pudieron
ll evar las c uras de niños tanto o más graves que Diego, hasta Ja salida del uni verso
segregativo que produce el diagnóstico de psicos is. Diagnóstico adultomorfo que
constituye uno de los cepos que paralizan a quienes abordan a las psicosis infantiles,
suponiéndolas de igual "etiología" que a Jas psicosis del adulto.
"Psicosis i n fanti les" puede ll egar a ser uno de los nombres de la resistencia. El ni-

119
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

fio soporta mitos y creencias del adulto. Adulto que se resiste negándole al niño su
condición de alteridad, su acceso al estado de sujeto sexuado, adulto que, "lo sabe pe­
ro aún as f . . . " (B), prefiere creer en una infancia llena de inocencia. Muchas institucio­
nes encaman el modo social de sostener esos mitos. Es en ese sentido, que se puede
afirmar que el hospital psiquiátrico, al imponer método> y saberes adultomorfos, tien­
de areforzar l a resistencia del analista.

( 1 ) lván l l l i ch. Citado por M. Mannoni. Cuadernos S. Freud 2'3, Bs.As. 1 972.
(2) " Un dispositivo posible" - Fundamentos de la práctica en hospital d e día - Htal .T obar Gar­
cía. Dra. S. Sosa · Dr. E. D. Friedman - Lic. M . Rol landelli - Lic. Y. Paz, 1 990.
(3) José Gran d in ett i - "Del ejercicio del Psicoanálisis" · Psyché Nº20.
(4) Sigmund Freud. l l isloria del movimiento psicoanalítico. O. C. B . N. T. ll, Madrid, 1 96 8 .
(5) Jacques Lacan - "Dos notas sobre el niño" · I n terven ciones y Textos, Manantial, Bs.As.
(6) Frarn,:oise Dolto - "La dificultad de vivir" · Ged i sa, 1 98 6 .
( 7 ) Maud Mannoni · " fl niño, su enfermedad y los otros" - N1 1eva Yis,i ón, 1 987.
(8) Octave Mann oni - " Ya lo sé, pero aún así " La otra .;scena. b aves de lo im aginario
Amorrortu, 1 973 .

120
Los chicos del análisis

Advenir Jugando

Addana Trinidad - Karina Rotblat - Gerardo Ortega *

N
uestra formación como residentes comenzó en un hospital psiquiátrico. Esto
implicó, en la cllnica de las psicosis, un trabaj o en los limites del p sicoanáli­
sis. La experiencia con niños, aún cuando est1 muy alejada del trabajo con
psicóticos, comparte sin embargo esta característica: la de un trabaj o en el limite. Es­
to, en el sentido de que el psicoanálisis fue originariam ente pensado a partir de la clí­
nica con pacientes adultos nemóticos. Este limite fue muchas veces obviado en la clí­
nica de niños, lo que llevó a hacer una transpolación rápida, confundiéndose así, por
ejemplo, la sexualidad infantil y la neurosis infantil, reconstituidas en el trabaj o con
pacientes adultos neuróticos, con la sexualidad del niño y la neurosis del ni.110 .
Poder distinguir los conceptos implica lograr abrir tul espacio propio para Ja clíni­
ca con niños donde las preguntas que surj an puedan ser sostenidas hasta el límite.
Lím ite que no es ingenuo ya que insiste en el hecho de que los padres consultan en
el límite de su función. Surge un enigma para el cual ellos no tienen respuesta.
Como p unto de partida se tratará entonces de admitir un niño. Admitirlo en la
dialéctica de un encuentro entre quienes consultan en el lugar de la conmoción de una
función y el analista, el lugar de la "posible respuesta", como depositario de un saber
sobre niños. Respuesta que al no llegar sostiene la pregunta, brecha suficiente para
hacerla jugar en acto, es de.cir con un niño en juego.
Mario tiene cuatro afios y es traído por sus padre al Hospital de Niflos. Dice el pa­
dre.: "Esto que le pasa es un límite para mi"'. ¿Límite que tiene que ver con la castra­
ción de los padres?
En un discurso donde las diferencias tienden a evitarse, Mario trae una diferencia
que los angustia: "Mario no es el de antes, es otro nifío". ¿Habrá lugar para Ja dife­
rencia?
Mario está inh i b ido, no quiere ir a jardín, a fútbol ni a natación. No quiere estar
con sus pares ni con sus abuelos. Sólo quiere estar en su casa y, mejor todavía, pide
quedarse a vivir en una casa en medio del campo. No quiere separarse de sus padres.
Sufre de terrores nocturnos. Meses antes Mario era un niño extrovertido, realizaba
muchas actividades, programaba sus salidas. La madre dice: "Era el líder de los bra�
vos que pegaban patadas. Según la maestra todos lo se¡;uían a Mario, él era eljefe".
El padre de Mario sitúa como posible desencadenante del estado de su hijo, la lle­
gada de un mensaje perturbador. En sus palabras: "Quizás algún mensaje, que a él le
llegó y que le hizo cambiar de actitud en la vida. Un mensaje como 'tus padres' se
pueden morir '".
Su madre, por su parte, relata como única expectativa previa a su nacimiento el
1
que "fuera sano". Expectativa que aunque cumplida, no pued� dej ar de verse sacud ida
ante mentiras de Mario que lo hacen aparecer como un falso enfermo: "Dice 'me duele'

* Residenh:s de 4°Año del Hospital. J. Estéves

Ul
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

para no hacer las cosas. Antes nunca se le ocurrió jugar con enfermedades. A mí me
preocupa que juegue con eso . . . Me llama la atención que un chico i11Vente enfermeda­
des".
Los padeceres de Mario parecen situarse en una suerte de laberinto de espej os
donde las imágenes reflejadas ya no se sabe a quién corresponden y en el que los
mensajes que se emiten tampoco pueden situarse ordenadamente; cuando empiezan a
circular ya no se sabe bien quién es el receptor y el emisor.
Por ej emplo: ¿Los padres de quién se pueden morir? o ¿Quién es el que se va a
morir?. Llamativamente, el abuelo materno de Mario se llama Angel pero lo apodan
Lito, propiamente un angelito. Con respecto al abuelo p aterno el padre de Mario lo
describe como "muy espiritual". ¿Serán entonces los padres de los padres Jos que se
pueden morir? ¿Algo de la muerte los puede tocar a pesar .de ya aparecer muy celes­
tiales?
Los padres de Mario viven la vida de su hijo como si fuese la suya propia. Dice el
padre: "Estoy permanentemente pensando, viviendo ·su vida". La madre dice de cuan­
do lo vio por primera vez: " Cuando lo vi yo, era él" . Frase enigmática que quizás po­
dríamos puntuar de forma diferente: " Cuando lo vi, yo era él", puntuación que la hace
coherente con el resto del material. Más adelante ella agrega: "En realidad me gusta­
ba que fuera como hace dos meses atrás: medio reo y varón - varón Por más que nos
diera miedo por las lastimaduras". Nuevamente la aparición del temor ante la enfer­
medad y la muerte. Estos juegos de espejos no son Jos más adecuados para hacer de­
saparecer el peligro de la muerte. Cuando l a madre dice que p refería cuando su hijo
era " varón - varón", podemos pensar que al predicarse varón con Ja duplicación de Ja
misma palabra, reafirma que quiere un varón que se aj uste a sus ideales. Esto es, un
varón "activo", "j efe" y " re o "
. �
Aunque Mario haya podido encarnar y sostener el Yo Ideal incentivado por los
padres, en algún momento esta situación se quiebra. Hasta determinado momento él
era "eljefe de los bravos", en los juegos con sus pares. Pero no sólo es e l líder de sus
compafteros. Esta familia parece actuar como una pequefia masa en Ja que Mario ocu­
pa el lugar de Ideal frente a los padres. Luego ellos sufren un "problema económ ico".
Por esa razón deben cambiarlo de una escuela privada a una pública. S e siente " ago­
biados" y deciden "cerrar los ojos". S egún la madre en el nuevo colegio "No sabían
quién era Mario. Era sólo un número. La maestra se quejaba de la conducta de él".
A los padres de Mario no les cierran las cuentas. ¿Qué lugar ocupa Mario ya que
antes era el líder, por ende el primero, caído de este lugar? ¿ Será el segundo? En una
entrevista su padre comete un lapsus: "Mario es el segundo " . El segundo nombre de
Mario es el mismo que el de su padre. También como se gundo hijo está el hermano
de la madre quien según el decir de la m isma es pasivo e introvertido, o sea alguien
que no ocupa el Jugar ideal de "varón-varón " .
Hace un año los padres d e Mario tuvieron u n segundo h ij o . E s común que ante
estas circunstancias los h ij os más grandes pasen a un segundo plano fren te a los cui­
dados que requiere el recién n aci do . Lo s p a dres deben conocer esto por su propia ex­
periencia: cuando la madre tenía cuatro años (casualmente la edad de Mario) también
se produjo Ja l l egada de un nuevo hermanito en su familia; el padre por su parte es e l
segundo hijo en su fam i l ia y nace cuando su hennana tiene cuatro a ñ o s . Esta hermana

122
Los chicos del análisis

nunca volvió a ser la 'primera', él resultó "el h ij o mimado de la familia". En estas fa.
m i li as el segundo es el que desacomoda todos los lugares .
Es aquí donde parece j ugarse la d im ens ión del enga f\o más que en las mentiras de
Mario. Su nuevo hermano nace, pero todo el mundo trata de hacer como que este he:­
cho no sucedió, o, más bien, que hay que negar que haya sucedido. Así, to do s se p o­
nen a " compensar" y "se pasan de lado" haciendo a Mario obj eto de una febril aten­
c i ón y o c upándo se de programarle siempre alguna actividad o salida.
¿Dónde podrá ubicarse Mario que corre e l peligro de pasar a s e r el segundo cuan­ ,

do los ideales que venía e n carn an d o son cuestionados por la maestra y los padre s su­
fren una quiebra en su pre s ti gio narcisista? El es pej o se opaca p or un lado y por el
otro emp ieza a reflej ar i dea l es distintos de los sostenidos hasta ese momento.
Los oj os de los padres se cierran, pero el mundo sigue andando: Mario puede se­
guir sosteniéndose en la m i sm a p osi c ión hasta que un a nuev a pérdida viene a actuar
de manera qu e r esi gn i fi c a a las anteriores y l e da efica c i a traumáti ca. Tuvo un nuevo
"cambio de maestra" en Ja misma semana que su herrrnm a cumple un año. Ahora sí él
y sus padres están listos para recibir el mensaje " Tus padres se pueden morir" y " Eres
el segundo" bastante distinto al de 'jefe" que h ab ía trata do de mantenerse.
Para no quedar estan cado s en una charla entre adultos vayamos a jugar c on Mario.
Durante todo el tiempo que duraron las entrevistas entraba acompafiado de su mamá.
Durímte las primeras entrevistas Mario realiza una serie de juegos en los que se
evitan las pérdidas y las diferencias: guerras entre bandos de p ers onaj es b u en o s y
m al es en las que l a perten enc ia a alguno de los bandos es intercambiable, y m udanzas
en las que los juguetes son atados para que no se pierdan, para que no los roben los ti­
burones.
También durante las primeras entrevistas j u ega a que hay una p lan ta carnívora que
come y atrapa todo. Mario entra en posesión de una h e rram i enta que le pe1mite dete­
ner a esta plantea: con una tij era la corta.
En lo qu e podríamos l l amar un segundo momento ·en el juego de Mario, estas fi.
gura s voraces desaparecen para dar lugar a un jefe en medio d e una l ucha entre dos
bandos. Con el pers on aj e del jefe Mario retoma un significante que aparecía en el dis­
curso de los padres como lugar as ign ado que él debía ocupar. Cuando este lugar se
conmueve, sus co mp af\ e ros de j ardín se preguntan : "¿ Los jefes lloran ? " Mario dice
que el j efe no tiene m iedo porque tiene la espada. El >er jefe qu ed a remitido aqui al
ten er una es pad a Aunque esta espada parece como un recurso más que suficiente para
.

d efen d erl o del miedo, en la en tre vis ta s igui en te el j efe, aún con su es pada, ti en e m ie­
do .
El j e fe es raptado y para res c atar l o ta an a l i s ta aporta el personaje de un mago, pe r ­

sonaj e que Mario retoma, mago que provee de armas po dero sas . A partir de esta in­
tervención Mario puede empezar a sep arars e sale a jugar en los pasillos, o sea en otro
,

espacio que el que o c u p a su m adre , quien se q ueda en el consultorio. Cuando su arma


es más poderosa que la de analista, le dice: "Dale, andá a decirle al mago que te dé
otra " . Continuando así con e l rec l a m o de que nadie p ie rd a .
Se visl umbra un tercer ti em p o en el que el juego de re sc at a r al jefe se transforma
en el de atraparlo para comerlo. M ario da al Otro pista.� falsas acerca de qué j uguete
es el j e fe. La d i mensión del engaño puede emp ezar a ponerse en j uego, esto hace que

123
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

Mario no aparezca tan expuesto al Otro.


Después del engaño, Mario mata al mago. La desaparición de esta figura todopo­
derosa no lo deja, sin embargo, sin una herencia. Acude al mago quien le da el anna
más poderosa y le dice a la anal ista: "No podés ir a buscar al mago porque yo lo ma­
té".
La muerte aquí sí marcarla algo que se pierde y no puede recuperarse. Mario here­
da del mago el arma "más poderosa del mundo". Se arma un juego entre los que tie­
nen y los que no tienen.
Si bien en las idas y venidas que el juego va marcando se da el hecho de que Ma­
rio "hereda" un arma colocándolo en otro lugar que el que implicaba el m ensaj e "Tus
padres se pueden morir"; no hereda cualquier cosa sino "el anna más poderosa del
mundo" . ¿Si el j uego hubiera seguido desplegándose no estarian ya dispuestas las co­
sas p ara que este anna también pudiera perderse?
Se abre un intervalo por vacaciones. Faltan a la entrevista concertada después de
las mismas. La analista se comunica telefónicamente con Ja madre quien dice: "No
fuimos porque Mario se curó en las vacaciones y no quiero remover lo que pasó. Si lo
llevo tengo que explicarle lo que le pasaba antes". Lo que los padres consideran co­
mo cura es que Mario "volvió a ser el que era".
Mario volvió a ajustarse al Ideal de sus padres. Más bien a reajustarse ya que no
vuelve de la misma manera: en el juego aparecen marca s que dan cuenta de esto.
Dentro de las cuestiones que atañen intrinsecamente a la conceptualización de la
clínica con nifios, el punto final muchas veces lo ponen los padres, y esto hay que to­
marlo en cuenta. ¿Final para quién? Para ellos. No les es fácil tol erar un niñ.o que se
haya desacomodado del trono ("His majesty the baby"). Y si paradóji camente vía
consulta se vuelve a acomodar, mucho más có.modo sacarlo, dej ar ahí. Si bien un ni­
fio, por hallarse en vías de estructurarse como suj eto, depende de los padres y además
el acomodamiento de él a los ideales es imprescindible en su devenir, se podría pensar
si en este caso particular, la opción a la manera de "S erás l o que debas ser o serás el
segundo" no marcaría cierta rigidez para el posicionamiento de este niñ.o y si, como
analistas, no deberíamos apuntar entonces a la interrogación de estos ideales. ¿ O esto
sería una reduplicación de los ideales, pero esta vez del lado del analista?
Del lado del analista queda entonces por admitir que lej os de haber fin de análisis
con nifios, lo que hay es una interrupción que, en el mej or de Jos casos, implica para
el nifio salir a j ugar con sus pares. Dificil tarea la del analista, la de admitir que para
un nifio, en el mej or de los casos, el juego está en otra parte.
En otros casos, cuando son los padres quienes interrumpen, o bien es p orque algo
del orden de lo insoportable irrumpe, o bien el nifio se "adapta", adoptando el lugar
ideal marcado originariamente por ellos. Pero una vez que hubo desaj uste, un nuevo
aj uste lleva inevitablem ente la marca del desajuste iniá11.

124
Prevención

prevenida
«Diré más, podríamos de manera paradoj a!, y aún más taj ante, designar
nuestro deseo como un no-deseo de curar. Esta expresión tiene el senti­
do de prevenimos contra las vías vulgares del bien, tal como ellas se
nos ofrecen tan fácilmente en su pendiente, contra la trampa benéfica
de querer-el-bien-del-suj eto »

Jacques Lacan. 1 1 /05/1 960


Prevención prevenida

La inclusión del psicoanálisis -por la vía de


su ética- en las instituciones
y en la atención primaria de la s alud **

Walter Gutiérrez - Daniel Gueller *

a intención de este trabaj o es terciar (no mediar) en el debate entablado entre

L psicoanalistas y aquellos que se dedican a la "prevención en salud mental". Las


justificaciones de ambos en la polémica puede expresarse como sigue: un auto­
denominado "trabajador en salud mental" cuesti onará Ja efectividad del psicoanálisis
para una práctica institucional y comunitaria por considerarlo teóricamente reduccio­
nista (" intrapsíquico", " idealista"), metodológicamente individualista ("no toma en
cuenta lo social") y lirn itante en la oferta que hace de sus dispositivos. Por esto se tor­
na un instrumento de control social --por omisión o connivencia-- próximo a la tradi­
ción psiquiátrica. Como contrapartida, un autodesignado "psicoanalista" argumentará
que la pertinencia ci entífica de su disciplina no le permite mezclarse en una actividad
que --lindando con la beneficencia pública-- es simplemente ideológica, empírica (no
fundadada epistemol ógicamente) y destinada, en suma, a promover patrones adaptati­
vos de conducta social, más allá de los deseos (en sí " imprevisibles") de los sujetos.
S e nos plantea ésta como una lucha ideológica, centrada en la entronización de dis­
tintos dogmas, más que en la revisión de los respectivos p ostulados científicos.
Es, siguiendo el criterio freudiano(ll, un enfrentamiento entre cosmovisiones, sis­
temas de representaciones que permiten la adscripción y pertenencia a un grupo, ins­
titución o clase(2) , representaciones de carácter preconsciente que proveen a J os deseos
que enlazan a ellas contenidos ideatívos y direcciones ax.io lógicas y prácticas.
Se pueden detectar estos fenómenos ideológicos en todas las instituciones donde
un líder (amo) se arroga la facultad de representar en forma global los acontecimien­
tos por un conjunto de significantes por él promovido. Veremos que estos efectos de
d iscurso altamente ideologizado tienen importancia en la regulación del deseo, el go­
ce y la demanda de las masas.
En contraposición, sosteniéndonos desde el discurso psicoanalítico, desbrozare­
mos el problema críticamente. En las dos tesis principales del escrito sostenemos: 1 -
Es posible, partiendo del psicoanálisis como saber, actuar en instituciones y comuni­
dades, definiendo con pertinencia epistemológica a Jos sujetos de la acción y los dis­
positivos que los actualicen. Por supuesto, se juega aquí el deseo del analista. 2 - El
análisis talla aquí --en estas prácticas tendientes a la salud-- sosteniéndose en su pro­
pia ética (derivada de su formación como ciencia) su análisis discurs ivo. Esto que
llamarnos salud está imbricado en un campo sociopolítico cuyos principales nudos
son la participación y el poder.

1
* * J ornadas l n terresidcncias de Salud Mental, Buenos Aires, Octubre 1 990.
* I nstructor de Resi dentes del Hospital T. Al varez y Médico Residente Extranjero en Paidopsi­
q u i atrla de la Salp etriere, respectivamente.

127
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

Ya no puede sostenerse la crítica de "abstracción e individua l ismo" adonde lleva­


ría el análisis, desde el momento en que Freud escribiera aquello que hoy tomaremos
como axioma: "La psicología indNidual es, desde un principio y al mismo tiempo,
psicología social". La ética del análisis nos hará entrever algunos problemas sobre los
impasses de la participación ; además , sobre la modalidad de nuestra acción posible
sobre quienes, s uj etos del significante, están en condiciones de llegar a ser (al decir
sociológico) "suj etos sociales".
Nuestros fundamentos teóricos. Freud, en "Los caminos de la terapia psicoanalíti­
ca" ( 1 9 1 8), trata en primer lugar el carácter de práctica científica del psicoanálisis
( " libre de toda tendencia") y sus relaciones de exclusión con cualquier ideología que
pudiera tomarlo a su servicio. En segundo lugar, por la vía del concepto de transfe­
rencia inaugura su pensamiento sobre las masas y multitudes modernas como posibles
suj etos de la praxis analítica. Finalmente, postula en relación a esto, la necesidad d e
forjar nuevos dispositivos que autoricen (fundados en la cientificidad del análisis) esta
acción. Freud sostenía esto en el momento en que comenzaba a constatar en su clínica
que después articularía como pulsión de muerte; lo cual nos da un indicio que aquí
seguiremos. "Psicología de las masas... ", "El porvenir de una ilusión" y "El malestar
en la cultura", vendrán a reafirmar que l o trágico de la experiencia social, histórica, se
halla en el fundamento de nu es tra civilización; que ella asienta sobre algo ya descu­
bierto en la clínica: el mito de un asesinato primordi al, que concierne a cada sujeto, y
la culpa con que se lo p aga. Vicisitudes del deseo, que siempre juega al l ím ite con e l
thánatos.
Independientemente del dispositivo actuante, una misma ética nos obliga cuando
hablamos de psicoanálisis si queremos reconocemos en lo fundamental que Freud
estableció: el ser humano sometido a una partición originaria, originante, imposible
de suturar; sólo desde aquí c obran sentido los conceptos fundamentales del psicoaná­
lisis. Más aún ál tratar asuntos como los de poder, participación popular y organiza­
ciones sociales que potencialmente pueden encargarse de sus propias transfonnacio­
nes históricas.
La validez universal de la experiencia analítica. Freud y el lazo social. Según La­
can, la operación lógica de un sujeto significándose, lo divide entre su saber y su ver­
dad, inconsciente, de la que no sabe. Esto es lo que Freud llamará "represión origina­
<3 )
ria11 _ En 1 9 12, Freud quiso asignarle un com ienzo histórico a este clivaje subjetí­
4
vo< >, producido por el símbolo. La imposibilidad de fij ar un origen a una estrucfura
significante desde dentro de ella, llevó al creador del anális is . a inventarse un mito: la
ficción del Gran Padre primordial. De lo particular a lo universal y transhistórico, to­
da neurosis es la historia (la novela famil íar) que comienza con el primer tiempo del
Edipo. La amenaza de castración (el fundamento inconsciente de la angustia sefl.al pa­
ra la represión) es l a imaginarización a la vez general y parti cular --para todos y para
cada uno-- de esta universal acción del símbolo. El significante, al actuar, tiene sobre
el suj eto un efecto de trawna, equiparación de lo simbólico como estructura sobreim­
puesta al habl ante con lo Rea l traumático<5l. Nuevo anudamiento entre el registro en
que se desplaza el deseo y el de la pulsión de muerte. Esta conjunción es la que po s i­
bilita el efecto de l enguaj e , el i n tento de tramitar el trauma; el habla, en su creación ex
n ih i l, siempre inacabada.

128
Prevención prevenida

Por la misma razón, también hace posible el lazo social. Dice P. L. Assoun <6) : "En
Tótem y Tabú, era el mito de la prohibición que dividía al sujeto e instituía en él lo
social. Psicología de las masas ... es esta misma división puesta en práctica: los hijos
( . . . ) pasan a ser practicantes del padre idealiz.ado".
Si la experiencia analítica es universaliz.able, lo es como la potencialidad ofrecida
por el hecho de que, freudianamente, si empre hay sujeto (del inconsciente), resultado
de la represión originaria, que busca recordar los goces (de la madre, del propio cuer­
po) que perdiera. Desde un comienzo el intento de reconstrucción narcisista se pone
en juego; lo volveremos a encontrar al final de la biografía y de la historia, en el hori­
zonte que la ilusión dibuj a a las utopías; la completud, la promesa de felicidad eterna.
En la multitud, es el Ideal del Yo, ese túmulo metapsicológico que nos trae el recuer­
do del Yo ideal del narcisismo infantil, t'._l que reserva un lugar al falo, significante del
goce perdido. Freud había descubierto la equivalencia simbólica falo-nifio. Es preciso
reconstruir al padre muerto para que, retomando, dé testimonio de que el goce del
grupo es alcanz.able. El objeto idealizado (el líder, el amo) no es otra cosa que el gran
fetiche, que la masa suscita para inmunizarse contra la castración, lo cual equivale a
sociabilizarla"(7). Se j uegan aquí tanto la libido narcisista cuanto la obj eta! (de la equi­
valencia amor-odio primitiva al padre, que permite su retomo identificatorio. De aquí
surgirá el superyó como heredero al cual Freud mostrará, en la segunda tópica, englo­
bando con lo categórico de sus imperativos al Ideal del Yo. Si, dice Freud en la "Mas­
senpsychologie", el Ideal es la vía regia que conduce de lo individual a lo social, po­
demos llegar a comprender los determinantes inconscientes de los hechos concretos,
históricos, culturales como las manifestaciones, en la realidad, de la idealización. Por
ella se socializa el sujeto del inconsciente. Con esta sencilla constatación freudiana
tenemos tendida la 'Qase para una praxis analítica doquiera que haya sujeto del signifi­
cante.
La ética del psicoanálisis. Toda la experiencia del análisis, tomada desde nuestra
ética _del deseo, toca de cerca la experiencia de la muerte<8> . En el p lano de la cultura,
lo que Freud nos enseffa en el "Moisés. . . " y en su correspondencia con Einstein, es
que la violencia, la guerra continua, los chivos emisarios, le han sido secularmente
esenciales a nuestra civilización para la pervivencia del lazo social. Un líder que en­
came el Ideal pide la sangre aj ena a los súbditos que --identificados-- gozan en la ma­
sa. El trabajo continuo de subj etivación que (de la histeria a la Historia) busca el goce
en el forjado de ideales (la definición exacta del deseo) ofrece la característica princi­
pal de la pulsión: la repetición, que exige representaciones. Hab lamos aquí de, Tána­
tos. "A este trabajo del Ideal le hace falta un principio de repetición: el que , Freud
determinó al inscribir en el reverso del n arcisismo a la pulsión de muerte (. . . ) De esto
·
C9>
tomó nota en "El m alestar en la cultura" .
Si más allá del logro de los bienes terrenales el deseo insiste en alcanzar el objeto
perdido originario (la linea que va desde "Das Ding" del "Entwurf. . . " al estado de
completud del !ch Ideal, es retomada por Lacan con la noción de obj eto a) nos halla­
mos frente a lo que Lacan llamará la "relación fundamental del deseo con la muer­
te"(9>. Cuando falta el sostén simbólico --la ley del significante paterno-- para el de­
seo, la silenciosa pulsión retomará a su fuente sin representación; vo)verá a su origen
orgánico como pura repetición. Y aunque no sea el significante del Nombre del Padre

129
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

el que falte, siempre habrá ocasión para este retomo, desde el momento en que la es­

tructura del len uaje es incompleta. Se har? el pasaj e del Ideal hacia el cruel impera­
10> .
tivo superyoico
"Se advertirá, nos dice Assoun<1 1>, que no se aplica la pulsión da muerte a ci erto
'hecho social' (del discursos sociológico) sino que se muestra lo social mismo como lo
real de la púlsión de muerte, o más bien, de esa dialéctica eternamente fallida del nar­
cisismo social. Ideal contra pulsión de muerte; esto bien podría ser el libreto cultural
fundamental referido a su trama inconsciente. ( . . . ) Y no existe otro medio que la idea­
lización para gozar del l azo social". Esto ha de reconocerse como un universal que
autoriza al análisis a referirse al lazo social, fundando un sentido material de la histo­
ria ... y los problemas de l a participación. Para ciertos sectores de las ciencias socia­
les, las clases marginadas no son sino potencialmente suj etos sociales y es necesaria
una estrategia como la de APS para conferirles "actualidad". No obstante decimos que
el sujeto es desde el principio en acto, pues la lógica del significante no está parcelada
por clases sociales; precisamente, es lo que nos permite apostar a que los sujetos en­
frentados a sus deseos cuestionen --a través de otros dispositivos ya no analíticos-- al
príncipe de tumo. O al menos su posición frente a él.
En 1 929, W. Reich' 12> hacía una reflexión magistral sobre el ascenso de Hitler al
poder, puntualizando que esto obedecía a un deseo de las masas. Con esto quedaba
claro -demostrado h istóricamente-- que la conciencia de clase, ideológica, cultural, no
responde mecánicamente a lo real de l a c lase social y a las necesidades económi cas
concretas; hay un factor con mayor grado de impredecibil idad,y -Hitler lo sabia bien­
- de maleabilidad: la subjetividad, el deseo, cuyos obj etos cotidianos pueden manipu­
larse. ¿No fue esto un fenómeno de participación popular, de "subj etivación social"?
Estos sucesos -que rememoran nuestra historia reciente-- nos ponen delante de cues­
tiones políticas y axiológicas: ¿Qué grado y profundidad de participación se requiere
de los sujetos sociales, qué niveles de decisión son deseables democráticamente y
quién puede decir --salvo la comunidad misma-� la modalidad y los alcances del
cuestionamiento que la participación lanza sobre los problemas que la gente defme?
Como en aquel entonces, los esquemas sociopolíticos exclusivamente superes­
tructurales o infraestructurales no pueden articular respuestas que superen la consigna
ideológica. Aún no le llegó el final a la Utopía ni al Ideal, la ilusión del Uno. El psi­
coanálisis, en su concepto de "sujeto del significante" encuentra inmensas posibilida­
des a su praxis (que no es la de un "análisis aplicado") en todo terreno y con cualquier
dispositivo, unificada por una misma ética. Pero también --y a esto aludimos con las
bases que la cultura halla en la pulsión de muerte-- el non plus ultra que nos vemos
obligados a aceptar si no queremos ser nosotros Jos violentos manipuladores . Ni más
ni menos que los de cualquier psicoanálisis .
Tomemos ahora el tema d e l poder, clave para quienes trabajarnos e n instituciones.
El padre idealizado, la representac ión psíquica inconsciente del poder institucional,
nos hace la promesa de l a unificación de lo fragmentado . En todo discurso que hace
cualquier poder concreto se captura en su lógica lo singular, p articular y disperso; se
lo amalgama y se segrega "lo otro, lo d istinto " . Esta, la función esencial del poder, es
1 ofr ecer el Uno (S1) donde los sujetos han de reconocerse. Hacia este lugar amo --que
lanza la cadena discursiva-- los sujetos alienan sus deseos (los yoes particulares del

130
Prevención prevenida

esquema freudiano) buscando el propio bien, pues del l íder se cree que efectivamente
lo posee. "El Amo -dice Gérard P ornm ier<13>_ al contrario del significante, que es lo
que representa a un sujeto para otro significante, es el que representa a un significante
para otro sujeto: El significante del goce perdido, el m enos-phi". Con lo cual detiene
el desplazam iento discursivo, o lo const:Jifíe a ciertas series enunciativas. Todo líder
es un impostor. Derri"t cráticos o tiránicos, representan en una escena montada ilusoria,
ungidos por el deseo de los otros, un goce que ni ellos ni los demás poseen (aunque
los tiranos crean que sf).
A un tirano que se arroga la función de significar a los sujetos de los cuales goza,
se lo puede abatir con un acto analítico si se trata del padre ideal izado inconsciente; o
por un acto político si lo que se busca es quitar a un llder del poder que usmpa.
Nuestra primera tesis sigue a "Massenpsychologie" sobre la profunda comunidad de
lo individual y lo social. De aquí se derivan zonas de acción posible teótico-prácticas.
Es lo que Foucault describiera como "la corpuscular imbricación del poder en la
subjetividad" . Desde aquí el psicoanálisis es político. Pero surge la pregunta que
afecta a toda disciplina: la de su práctica, su ubicación frente a los sujetos concretos.
El psicoanálisis --dice Lacan-- no necesita de otros discursos anexos para su acto( l4l.
Lo cual no significa que no pueda compartir l a tarea institucional con otrns saberes
que conforman diferentes obj etos. Lo que define al discurso analítico es su ética, soli­
daria del descubrim iento del clivaj e subjetivo. En la praxis concreta, un anslista no
puede consagrarse a un apostolado militante de cualquier ideología, a riesgo de trai­
cionar su ética. Por el contrario, como lo afirma León Rozitchner, siguiendo a Freud,
un analista no puede sino hacer, nec esariamente, .un psicoanálisis pollticoC15l, que sitµe
el dispositivo en instituciones, en las células de la vida social y política. Este es w1

movimiento histórico y se puede entrar en él como agente de cambio --·p ero, podría­
mos decir como Freud sobre la curación--, por a.t'íadidura. Lo basal aquf es que "la es­
pecificidad de la práctica analítica no proviene de ninguno de los campos en que se
C16l
aplica" .
Retomando el tema del poder, un analista puede decir que nunca se abolirá el he­
cho de estructura. que determ ina estos movimientos de la vida política, la política
misma. Si lo social y económico son expresiones de Ja estructura subjetiva, ésta es un
componente infraestructura!. Un discurso eminentemente sociológico superestructura!
lleva a confundir necesidad y deseo al pensar la vida de las multitudes. Nos dice
AssounC17J que las ciencias sociales, al no tener en cuenta la división subj etiva. (opaca­
da por la noción de "individuo" que convierte al hombre en deseante, incurren en una
"metafisica de los hechos y objetos sociales" (desubjetivizados) como causa de la vi­
da política. Supresión por la cual retoma la ideología positivista, correlativa de la
captación del humano como objeto al servicio de la tecnocracia.
El psicoanálisis implica una ruptura contra esto; algo homólogo deberá producirse
en el campo de las ciencias políticas. "El so ciólogo tendrá que imprimir una torsión a
su discurso, para mostrar lo que el síntoma relata; no la existencia de inconscientes
particulares sino la incapacidad de las formaciones ni fas que advienen para regular
las fuerzas activas. (los deseos sexuales) que se oponen al lazo social (.. .) .El psicoa­
nálisis permite pensar prácticas sociales y antisociales que no pueden pensarse en
l Bl
términos de crisis socio-económica-política" ( _

131
Psicoanálisis y el Hospital Nº 2

Un s[ntoma conecta con una división estructunil pero está representado y trans­
cripto históricamente. Invirtiendo a. Pommier: si lo social con su lógica distinta a la
del proceso ario puede leerse come un síntoma, el síntoma es el fundamente del lazo
social. En esta dimensión debe (el imperativo tiene todo su peso aquí) ponérselo a
producir, sin ocluir su tránsito aconsejando un "recto camino" previo al surgimiento
de los suj etos por el significante de su deseo.
Se presenta aquí el problema común --estructural-- a todas las estrategias de parti­
cipación comunitarias: para contribuir a un cambio generado en una voluntad colecti­
va que implique una conquista en relación a la distribución del poder social hace falta
un agente externo, movilizador, al cual la comunidad le adjudica un saber. Mas, casi
indefectiblemente, aquél se presenta frente a ésta como un amo que define desde su
particular axiologfa, aj ena a ella, cuál es el "bien" que debe alcanzar. Decimos que
este dilema es un efecto estructural pues le alcanza la dialéctica del Ideal, que se ins­
cribe tanto en la corona del líder como en los harapos de los súbditos. Para evitar
cualquier manipulai:ión desde una "vanguardia ideológica" o cultural, importa en
primer lugar la ética que preside el proceso de participación. Este problema puede ser
destrabado por la del psicoanálisis; el discurso analítico, como tal, hace lazo social,
percibe y actúa con el socius de fonna radicalmente diferente. de cualquier ética
adaptativa o de la interesada beneficencia.
Sin situarse explícitamente desde el psicoanálisis, Alicia Stolkiner definió bien lo
que pensamos debe ser la participación (ante todo la nuestra): "Nosotros nos limita­
mos a iniciar el movimiento; la organización y dirección que siguen, las da la comu­
nidad'.
Es una opción a las respuestas tecnocráticas ("planes de aj uste c o n rostro huma­
no") poco interesadas en la participación popular profunda, dentro de las cuales ef po­
der concreto intenta condicionar el deseo a determinadas representaciones de objeto.
En confluencia con el paradigma ético psicoana!Jtico la actual renovación doctri­
naria de las ciencias políticas apunta a desli garse de la cosmovisión positivista. Una
de las piedras de toque es la teorización sobre el poder. De pensarlo universal y supe­
restructuralmente atributo de una clase social qüe lo ej erce sobre otras (por ej emplo a
través de los A.LE.) se lo fragmentó y particularizó enlazándolo mi cropolíticamente
con los factores subjetivos. El poder no sólo reprime sino que brinda la posibil idad de
reconocerse y significarse en él. Funda hábitos, deseos, cotidianeidad, ingresa siempre
'.:fi
totalitario en la intimidad de los cue os, que no cesan de reproducirlo.
Foucault en diálogo con Deleuze 19l, afinna que los problemas mínimos en que la
decisión de la gente quiere intervenir cuestionando· el poder concreto: salud, educa­
ción, trabaj o, ecología, derechos civiles de las minorías, son irritativos para los esta­
mentos que, empefiados en la regulación micropolltica, no soportan la participación
real y manipulan hacia el aislamiento, la indiferencia y la masi ficación.
En las instituciones, el "psi" es requerido muchas veces por variantes de este dis­
g
curso, como una suerte de garante es ecializado. Así o burocratiza su acción, o trata
de escapar del asunto escépticamente 2ºl. Lo que pennite al psicoanalista contribuir a
un cambio de esta situación nó es el "furor curandis" sino su posición ética, reservo­
rio de su teoría especifica desde las cuales escucharemos la articulación significante
de un modo que se evidenciará el carácter de comienzo absoluto en el que surgen las

132
Prevención prevenida

verdades particulares.
Una manera de concluir: abrir desde aquí, otro debate. Si la ética del psicoanálisis
es, para Lacan, opuesta a la del amo de la ciudad, los analistas tenemos, también aquí,
la posibilidad de hacemos escuchar allí donde el cruce social de Jos problemas de la
salud se palpa con crudeza cotidiana. Uno de los medios es la confrontación con otras
éticas, por ejemplo, las del positivismo adaptativo que prefían algunas de las prácticas
qe la llamada "prevención en salud mental". Es posible discutir con detalle los con- ·

ceptos de aquella denominación:


1 . El deseo no se previene, ni se agota en Ja satisfacción de necesidades ni tiene
un obj eto fij o. Prevenir, significa, en la solución tecnocrática, pre-ver en qué lugar
habrá de encontrarse el deseo con el objeto al cual ha sido condicionado, por ejemplo
por las mass media. Pero en el límite el deseo, siempre metonimia insatisfecha, se
preserva relanzándose.
2. " Salud": El "amar y trabajar" con que la definiera Freud habla de una adapta­
ción pasiva y armónica, como podria interpretarlo, verbigracia, un politólogo funcio­
nalista.
3. "Mental" : ¿Cuál es la validez del término "salud mental" como separada del
resto? En cada acto en pos de Ja salud existen conductas que" ej ercen" "lo mental"? A
esta refutación p ichoniana agregamos, siguiendo a Lacan, que siendo el suj eto el del
significante, lo mental como intrapsíquico e individual se socializa (apenas dej a de
identificárselo con lo consciente). Freud había afirmado esto en 1 938, al tiempo que
refutaba la existencia de un ente "inconsciente colectivo" : "El contenido de lo incons­
ciente es colectivo en todos los casos; es una propiedad general de los seres huma­
(2 1 l
nos" . De aquí surge lo que Lacan afirma, "Lo inconsciente es el discurso del Otro"
o su equivalente "Lo inconsciente es lo social", que nos permiten pensar una práctica
posible en las instituciones. Lo universa! es el símbolo, que también ejerce su marca
sobre el organismo.
La salud es sólo en parte médica. Es, por el contrario, principalmente política, la
alcanza un vector de participación y disputa continua con el poder e incluye necesida­
des múltiples definidas por Jos suj etos sociales.
Finalmente hay algo que escapa a esto y que ninguna cuadriculación política o
institucional podrá contener ni prestar socialmente cabal expresión: el deseo. El psi ­
coanálisis puede compartir con otras teorías psicoterapéuticas y disciplinas de distinto
origen el campo común estratégico llamado APS (sigla que no expresa claramente el
cruce sociopolítico de la salud y es evocativa de una "medicina para pobres"). Lo im­
portante es que se reconozca aquí no una comunidad (inter) discursiva que reintrodu­
ce Ja ilusión de dar cuenta por completo del " obj eto" sobre el que operamos, sino una
ética de Ja desalienación subjetiva en relación a los significantes queridos "unívocos"
por los poderes que se quieren totales y una apuesta a aquel sea Ja propia comunidad
la que llegue --nosotros también como partícipes-- a articular su historia.

133
Psicoanálisis y el Hospital N' 2

( ! ) Freud, S. "El problema de la concepción del universo". O.C. TI!J.


(2) Althusser, L. "Ideología y aparatos ideológicos del estado". G r ij a l b o, 1 977.
(3) Fre ud , S. "La represión". O.C. TllJ.
(4) Freud, S. " Tótem y tabú". O.C. TllJ.
(5) Lacan, J. Semin ari o II, Cap. XVIII.
(6) Assoun, P. L. "El sujeto del Ideal" en "Aspectos del malestar en Ja cultura", Ed. Manantial,
Bs.As., 1 989, pág. 1 1 O.
(7) ldem, pag. J J O
(8) Lacan, J . Seminario VII, Cap. XXIII y ss.
(9) Assoun, P. L Op. Cit. pag. 1 J 4.
( 1O) En "El yo y el Ello" Freud ubica al Ideal en el Superyó.
( 1 1 ) Assoun, P. L. Op. Cit. pag. 1 1 1
( 1 2) Rei ch, W. "Psicología de las masas de fascismo". Bruguera, 1983.
( 1 3) Pommier, G. "Freud ¿ apolítico?" Nueva Visión, B s.As. pag. 8 1 .
( 1 4) Lacan, J. Semin ari o, Libro VII, cap. X.
( 1 5) Rozitchner, L. "Freud y el problema del poder". Ed. Folios, México.
( 1 6) Mazzuca, R. "Teoría-práctica en los ámbilos instiJucional
. y preventivo: psicología institu-
cional". APBA, 1 98 1 , pag. 73.
( 1 7) Assoun, P. L. Op. Cit.
( 1 8) Dairien, A. "Freud y el lazo social". Manantial, pag. 141.
( 1 9) Di álogo entre Deleuze y Foucault en "Mi crofísica de lPoder".
(20) Qui roga, C. "El psicoanálisis aplicado a las instituciones psiquiálricas''. Cuadernos de
psicoanál isis, E.F.A. Mayo, 1 986.
(2 1 ) Freud, S. "Moisés y el monoteísmo". ldem.

134
L'osservatorio

El psicoanálisis en Brasil

Conversación con O sear Ces arotto

Mario Pujó - Miembro fundador de Asociación Libre, Coordinador del Instituto Sig­
mund Freud, Director General de la Sociedade Psicanalítica de Sao Paulo, pero so­
bre todo, psicoanalista argentino residente en San Pablo desde hace más de quince
años, una de las personas más adecuadas para hablarnos del psicoanálisis en Brasil.

Osear Cesarotto - El psicoanálisis existe en el Brasil desde hace más de 60 afios. Aún
así, está todo por hacerse. Franco da Rocha divulgó el pensamiento freudiano a partir
de la década del 20 y desde entonces la referencia a Freud es habitual en la cultura.
Sin embargo esto no quiere decir que el psicoanálisis haya alcanzado el despliegue
que tiene en Argentina. Obviamente habrfa razones de toda índole -económicas, so­
ciales, culturales, etc.- para expli car estas diferencias. Por eso el desarrollo del psi­
coanálisis se produjo en ámbitos restringidos. Todavía hoy es frecuente que en algu­
nas universidades ignoren su incidencia y su importancia. Hasta cierto punto esto
mismo se refleja en el denominado campo de la salud mental.

- En la actualidad, es evidente que el lacanismo ocupa un espacio creciente. En su


difusión has desarrollado en Brasil un papel destacado, a juzgar por el alcance de
tus libros. Coautor de "Psicoanálisis - Segunda visión "(J 984), "Jacques Lacan - A
través del espejo "(J 985), y autor de "En el ojo del Otro"(J98 7) y de "Un affaire freu•
diano "(J 989), ¿ cómo ves el faturo, las perspectivas del psicoanálisis lacaniano, el
papel de los diversos grupos, la posibilidad de una escuela?

O. C. - El lacanismo que a partir de los afios setenta comienza tímidamente a desple­


garse en las grandes ciudades brasileras, poco a poco gana su espacio y su respeto en
Jos medios intelectuales. Actualmente, se constata una considerable difusión de las
ideas de Lacan y sin embargo también puede afirrn me que "el retomo a Freud" es
aún una tarea inconclusa. El psicoanálisis lacaniano brasilefto se sitúa en el desfasaje
de una doble influencia, entre el freudo-rnasottismo de origen rioplatense, y la fonna­
lización matémica parisina. Su desarrollo está ligado al trabajo de diversos grupos, al­
gunos interrelacionados y otros más autárquicos, con influencias principalmente en
las ciudades de Río de Janeiro, Sao Paulo, Belo Horizonte, Cwitiba y Porto Alegre.
Es probable que Ja perspectiva de una escuela futura si rva no sólo para consol idar el
lazo social entre los psicoanalistas sino también para reafirmar la consistencia de la
orientación lacaniana ante el otro psicoanálisis y la comunidad.

- Psicoanálisis y el hospital es una pregunta, como te lo temías, obligada. No es ino­


portuno recordar que los dispensarios constituían um1 de las alternativas previstas
por Freud para el psicoanálisis. Ensueño del fundador, fantasía desiderativa, ámbito
natural de extensión de la práctica analítica, espacio seguro para una reflexión sobre
la posición ética exigible a toda terapéutica, . . . ¿ cuál es el grado de inserción de los
psicoanalistas en los hospitales de Bras il?

135
Psicoan á lisis y el Hospital N° 2

O. C. Una cierta apertura en Ja escucha, hace que Ja psiquiatría no sea lo que siem­
-

pre fi}e, Jo que permite prever que tal vez en un futuro próximo una nueva generación
de psicólogos, médicos, trabajadores de la salud mental formados en las ideas de La­
can intenten su extensión al ámbito hosp italario. Hasta el momento,. Ja presencia de
los psicoanalistas se ha limitado a una incipiente reflexión institucional, algunas su­
pervisiones clínicas, y cierta tentativa creciente de repensar la dirección de la cura en
los hosp itales, por parte de gente joven en formación y en análisis, que sin procla­
marlo quizás abiertamente, manifiesta los efectos de la progresiva consol idación del
discurso 'psicoanalítico. En parti cular en los ambulatorios y en los hospitales de día,
que substituyen poco a poco los antiguos manicomios.

- E/funcionamiento de redes psico analíticas internacionales, un contexto de apertura


del mercado y simultáne as reivindicaciones nacionales, el Mercosur, naturales ex­
pectattvas de in tercambio ... pero . . . ¿psicoanalistas de qué mundo?

O. C. - Lo que tienen en común la Argentina y el Bras il no es sólo el Mercosur, sino


también cierta perspectiva de p obreza, es verdad. No obstante, el delicado equilibrio
entre Ja peculiaridad de cada lengua, los rasgos culturales, el localismo, y la necesidad
comprobada de evitar el aislacionismo, es algo a conquistar. Babel ya sucedió, el es­
peranto fue una utopía, en el marco de la Grundsprache schreberiana, la apuesta es
por conservar la musicalidad, los tonos, los matices de Ja propia lengua. El término
"biodiversidade" expresa con precisión en portugués la posibilidad de coexistencia de
las diferencias.
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pital de Niños, Hospital T. Alvarez, CE­ Hospital C. Argerich, TE. 963-2030
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Dra. Viviana Garaventa, Psiquiatra de Docente UBA, TE. 833-3990
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rrez, TE. 83 1 -3486 pia para Graduados, TE. 801 -5643
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cuato de Al vear, TE. 798-5267 Niflos R. Gutiérrez, TE. 543-5840
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137
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1403 - Lic. Femando Mítolo TE. 361-6327 - Lic. Uoidad Sirnitaria Lomas de Zamora: Lic. Ge-
Laura Monczor TE. 856-0633 rardo Ortega TE. 305-9396
Htal. Alvcar: Lic. Marina Casellas TE. 6 1 3- C.S. Rincón de Milberg (Tigre): Lic. Esteban
3345 - Dra. Alejandra Koreck TE. 832-6786 Resia TE. 746-3902
Htal. Argerich: Lic. Mario Pakgoiz TE. 825- Htal. Arambuni (Pebuajó): Lic. Sandra Pemla
5488 TE. (0396) 73387
Htal. J. T. Borda: Lic. Alejandra Doolan TE. Htal. R Rossi (La Plata): Dra. Emilce Alvarez
861 -9340 TE. (021 ).44727
Htal. Cctrángolo: Lic. Marta V. Cortiñaz. TE. H.I.G.A. Mar del . Plata: Dra. Patricia Galicer
783-7240 / 785-9584 TE. (023) 937878 - Lic. Vivía.na Rubinovich TE.
Htal. de Niilos P. Eliz.alde: Lic. Mariana G!eiser (023) 5 1 7473 - Vrubino@mdp.edu.ar
TE. 545-63 1 7 - Lic. Alicia Schiavoni TE. 542-6180 Htal. del Niño Jesús de Tucumán: Lic. Julia
:mal. &pañol: Lic. Daniel Lascano TE. 978-9241 Margulis (081 ) 2832 1 3 - Fax: (08 1 ) 3 1 0022
Htal. Estéves: Lic. Roxana Schwartz TE.857-03 1 4 Hospital Provincial d e Rosario: Ps. Margarita
Htal. Evita (Laoús): Lic. Ida Casanova TE. Scotta TE. (04 1 ) 49-4578
222-1 883 Htal. Abraham Piileiro d e Junin: Lic. David
Htal. Fiorito: Lic. Verónica Kolak TE. 203-6538 Salas TE. (0362) 42453
HtaL de Niños R Gutiérrez: Lic. Silvina Gamsie Asocisción Argrotina ck Psirodianóstir: Rorschad1 :
TE. 8 1 2-7567 - psichos@cvtci.com.ar - Lic. Mó- Lic. María Pla Bacchi TE. 637-1926
nica García Barthé TE. 903-5455 Bariloche: Lic. Marcela Menassé TE. (0944)
Htal. Braulio Moyano: Lic. Da.niela Szostak 4 1 205
TE. 962-21 68 � Corrientes: Hospital Vidal. Lic. Silvia Elena
Htal. Pcnna: Lic. Nora Torres TE. 924-0015 Area. Tel. (0783) 22363 - Fax: (0783) 2 1 87 1
Htal. Pnrmenio Piñero: Dra. Silvia Herlyn TE. M a r del Plata: Lic. Rubén Bustamante (023)
206-1 87 1 9 1 -5359
Htnl. Pirovano: Dr. Roberto P. Neuburger TE. Mendoza: Líe. lvana Fantino TE. 0660.68465
785-32 1 2; meuburger@intramed.net.ar Paraná: Lic. Alejandra Puglisi TE. (043) 34981 7
Hta l Rivadavia: Lic. Ileana Fischer TE. 775-6967 Puerto Madryn: Lic. Elena Campagnola TE.
Htal. Tornú: Lic. Fabiana Isa TE. 797-8429 (0965) 5 1 906/5 1 907
Htal. C. Tobar García: Dra. Graciela Culetta TE. Partido de la Costa: Lic. Liliana Palumbo TE.
963-4590 (0257) 62646
Htal. Santojanni y Area Programática: Lic. Resistencia - Chaco: Lic. Eduardo Lilqjequist
·

Susana Alvarez TE. 862-943 1 TE. (0722) 48028 int. 24 1 9


Hti1l. Narciso López (Lanús): Lic. Daniel Lar- Rosario: Ps. Annelíe Barea TE. (04 1 ) 49-6653
sen. TE. 328-1 800 . Salta: Lic. lnna Silva de Zaidemberg TE. (087)
Htal. Eva Peróo (San Martín): Lic. Karina 360 1 3 3 -
Glaubennan TE. 867-2005 S a n M a rtín de los Andes: Lic. Graciela Vicen-
C.S.M. Nº 1 Manuela Pedra.za: Lic. Marisa te TE. (0972) 26 1 80
, Hourbeigt TE. 832-6057 S.M. de Tucumán: Dra. Mónica González TE.
' Instituto Rehabilitllcil\n Psicofisica: Lic. Alicia De (08 1 ) 22-87 1 1
Rosa.TE: 772-9298 / 542-9535 Madrid: Lic. Graciela Sobral TE. (34. 1 ) 4 1 6-1428
Htal. Pcrón de Avella neda: Lic. Adriana Gsobral@correo.cop.es
Szyniak TE. 862-57 1 5 Pa rís: Lic. Diana !ni TE. (33 . 1 ) 42.09.69.47
Htal. de Berísso: Lic. Silvia Zamorano TE. F"ortaleza : Heruique Figueiredo Cameiro. TE.
' (02 1 ) 6 1 - 1 1 02 lnt .42 (075585) 2622087 - logos@daterranet.com.br
Htal. de San Isidro : Lic. Ursula Seibert. TE. Sso Paulo: Lic. Cristina Herrera TE. (55. 1 1 )
797-2240 / 795-3325 - frru1kula@ssdnet.com.ar 3676 1 373 - crisher@uol.com.br

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Psicoanálisis y el Hospital
Publicación semestral de practicantes en Instituciones Hospitalarias

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Di rector : Mario E. Pujó
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le han introducido sólo algunas modificaciones de disefl.o. Se tenninó de imprimir en
el mes de septiembre de 1 998, en los Ta lleres G ráficos Su Impres Tucumán -

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NUMEROS APARECIDOS

Nº l : ¿ Psicoanálisis en el hospital? Ju­ Nº 7 : La salud mental. Junio 1 995.


nio 1 992 . Nº 8 : Presencia de la institución . No­
Nº 2 : En torno a la admisión. Noviem­ viembre 1 99 5 .
bre 1 992. Nº 9 : Psicoanálisis y psiqu iatrfa. Junio
Nº 3 : la duración en el tratamiento. Ju­ 1 996.
nio 1 99 3 . Nº JO : Tres edades. Noviembre 1 996.
N º 4 : El dinero en la cura. Noviembre Nº 11 : Las psicosis.Junio 1 997.
1 993 . Nº 1 2 : La ética en cuestwn . Noviembre
Nº 5 : Dispositivos institucionales . Junio 1 997.
1 994. Nº 1 3 : L a urgencia . Junio 1 998.
N° 6 : La pasan/la, la supervisión, el en­ Nº 1 4 : Psicoanálisis y medicina .
cuadre. Noviembre 1 994. Aparece: Diciembre 1 99 8 .

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Editorial : Cupido y su arco Lo que se juega en un juego
Daniel Rubinsztejn
EN TORNO A LA ADMISION Etic::i en juego
Una cuestión de conceptos Elena Lacombe
Verónica Roma «Jugadora de niños»
La admisión en tanto operación Silvina Gamsie
Ricardo Scavino La transferencia en el niüo
Admitir la demanda Carlos Faig
Alicia B enjamín
La admisión: un campo de problemáticas LOS CASOS, LA PSICOSIS,
Diego González Castai'ión LA INTERNACION
La admisión en la institución hospitalaria Homosexualidad femen i n a e histeria
Osear Sotolano Marcela Nepito - Sanclra Petracci
Admisiones, pacientes y terapeutas Iris Prodan - Marina Recalde
Félix Alberto Tomkiewicz Claro como el agua
Geografía ele la admisión Andrea B erger
Andrea Cipolla ¿Cómo interviene el analista en la psicosis?
De Test-hij o en peligro al arroz con leche. Pablo Fridman
La clínica con niños Sobre la internación.
Silvina Espósito - Paula Katz Posibles incidencias subjetivas
Javier Tabalunan - Silvina Weis Claudia Greco - Fernando Rosenberg
¿Quién admite a quién?
La clínica psicosomática LOS CHICOS DJELANAUSIS
Mariana Diamand La historia sin fin. A ce rc a de cuentos infantiles
Admitir la psicosis Graciela Culetta - Viviana Garaventa
Sergio Strejilevich De la imposición a la construcción
Admitir de día Sara Waj nsztejn
Clara Alvarez La muerte en transferencia
fotern(alien)ación Graciela Mouzo
Rubens Romano Maciel Advenir jugando
Modos de lo inadmisible Adriana Trinidad - Kari1rn Rotblat -
Mario Pujó Gerardo Ortega
Una apuesta : l a des-admisión manicomial
Claudia Spinelli - Silvia Pérez PREVENCION PREVENIDA
La sutileza o las redes del entorno La inclusión del psicoanálisis
Mónica Dayan -por la vía de su ética-
Una admisión fallida - Ateneo Clínico en las insti tuciones y en la Atención
Presenta: Verónica Roma Primaria ele la Salud
Comentan: Benjamín Domb - .Osear Cesarotto Walter GutiéITez - Daniel Guel!er
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EL JUEGO DE LA CLINICA L'OSSERYATORIO


El juego del psicoanálisis El ps icoa n álisis en Brasil
Claudio Glasman Conversación c o n Osear Cesarotto