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David Garland

LA ECONOMIA POLITICA DEL CASTIGO


RUSCHE Y KIRCHHEIMER Y LA TRADICIÓN MARXISTA
pp. 105
La política penal desde un angulo económico y político, la lucha de clases y el poder del
Estado.
pp. 106
Rusche y Kirchheimer – Neomarxismo (uso de herramientas teóricas marxistas
combinadas con otras no marxistas).
Marx y Engels no se dedicaron a estudiar instituciones de encierro, algunos de sus
seguidores lo hicieron usando como marco las teorías macro del corpus marxiano.
pp. 107 a 110
LOS PRINCIPIOS DE UN ENFOQUE MARXISTA
Repaso de general de la teoría marxista, conceptos y nociones básicas.
pp. 110
EL MARXISMO Y EL CASTIGO

pp. 111

En definitiva, el castigo es una herramienta más al servicio de la dominación social de


la clase burguesa.
EL MARCO TEORICO DE RUSCHE Y KIRCHHEIMER
pp. 112
1939 – Castigo y Estructura Social – Métodos penales desde la Edad Media hasta el
siglo XX.
pp. 113

Supuestos teóricos:
1 – Se destaca el carácter estrictamente histórico tanto del castigo y las practicas
criminales a las cuales se aplica. No es algo universal ni inmutable, como lo plantea
Durkheim.
2 – Las formas de castigo son determinadas por el desarrollo de las fuerzas productivas
en cada momento, por el modo de producción imperante.
pp. 114 y 115
3 – Principio de significación independiente del castigo: es decir, se lo puede pensar en
sus causas sin tener en cuenta el delito, porque tiene entidad propia, es un fenómeno
social en sí mismo.
4 – Las instituciones penales forman parte de un sistema más amplio que excede lo
judicial, incluyendo fábricas, talleres, instituciones gubernamentales, con el fin de
controlar a la población, específicamente al proletariado, con el incluso comparte
lógicas organizacionales parecidas.

5 – El sistema penal es un arma histórica en la lucha entre ricos y pobres.


pp. 116
6 – El estudio del sistema penal debe estudiarse despojado de la doctrina legal, por ser
una anteojera ideológica que distorsiona la realidad concreta de su funcionamiento
real.
A partir de este marco, los argumentos adoptan la siguiente trayectoria:

La penalidad se rige por las leyes de la oferta y la demanda. Cuando abunda, los
castigos son más severos, y cuando escasea, son más livianos. Además, en el desarrollo
del capitalismo hubo una tendencia a preservar la integridad física de la mano de obra,
considerado un bien económico.
Otra conclusión es la relación entre criminalidad y nivel de vida. Básicamente, los
pobres son más propensos a caer en la delincuencia al estar más desprotegidos en el
mercado laboral capitalista y llegan a situaciones de verse obligados a ganar su
sustento de cualquier manera posible.
pp. 118
Otra es que el sistema penal se usa deliberadamente para disuadir y disciplinar a los
trabajadores, ofreciendo condiciones de vida siempre por debajo del mercado. Esto
entra en contradicción con sus supuestos fines reformatorios.
La cárcel moderna capitalista es un centro de adiestramiento laboral, adoptando
lógicas de funcionamiento interno símil fábricas.
pp. 119
El otro criterio de ordenamiento penal aparte de los intereses economicistas del
mercado es el fiscalismo, la racionalización de los gastos del castigo por parte del
Estado. Aparición de la multa como medida paradigmática.
Los autores aceptan que hay otros determinantes de índole no económica, ideológicos,
morales y culturales, pero no profundizan mucho en eso.
LA HISTORIA PENAL CONFORME A RUSCHE Y KIRCHHEIMER
pp. 120
Se advierte que los autores hicieron una selección parcial y arbitraria de fuentes
secundarias sobre la historia de los sistemas penales, fuentes que encajaran en su
marco teórico.
El castigo en la Edad Media
pp. 121
La penalidad en los albores de la Edad Media tenía un carácter personal, localista,
vengativo y privado. A partir del siglo XV, con el surgimiento de los primeros poderes
públicos centralizados, se fue convirtiendo en un instrumento de dominación y
redistribución socioeconómica. El tipo de castigo se volvió clasista también, con las
sanciones económicas reservadas a los ricos y el castigo corporal a los pobres.
El incipiente surgimiento de la agricultura capitalista y la propiedad privada de los
campos empobreció al campesinado, sometiéndolo a la vez un proceso de
criminalización. La expulsión del campesinado a las ciudades aumento de sobremanera
la oferta de mano de obra, lo que se tradujo en una devaluación relativa de la vida y
una aceptación generalizada de métodos crueles de castigo penal.
El castigo y el surgimiento del capitalismo
pp. 122 y 123
El desarrollo comercial del siglo XVI y la abrupta caída de la población por guerras,
hambrunas y pestes dieron paso a una nueva etapa con escases de mano de obra, lo
que significó su correspondiente revalorización. Los Estados europeos, tanto católicos
como protestantes, se empezaron a preocupar por el bienestar de la fuerza de trabajo
y su recuperación en vistas a satisfacer las demandas del nuevo mercado mundial, con
lo cual encararon una serie de reformas penales que tendieron a reemplazar el
punitivismo corporal con nuevos métodos de castigo de corte laboral: esclavitud,
trabajo forzado y servidumbre. Aparece la utilización de convictos para trabajo en
buques de carga y en plantaciones o factorías coloniales.
pp. 124
El caso australiano: como el desarrollo económico de la empresa colonizadora fue
impactando en el traslado ultramarino como forma de castigo, desde su auge hasta su
caducidad.
pp. 125 y 126
Hacia el interior de los países capitalistas surge un nuevo tipo de prisión: las
correccionales, un hibrido entre cárcel, taller de oficios, fabrica y empresa colocadora
de mano de obra desempleada.

Sin embargo, su eficacia se mostró históricamente deficiente, incluso en sus propios


términos. Aun así, fueron aparentemente el prototipo del futuro moderno sistema
penal.

pp. 127 a 129


El repunte poblacional a finales del siglo XVIII significo la decadencia de estas
instituciones, siguiendo la lógica de los autores, y tuvo cierta corroboración empírica.
El castigo después de la revolución industrial
A principios del siglo XIX se dio una nueva transformación en los sistemas penales. La
sobrepoblación sumada al avance de las maquinas en las tareas productivas fueron
causante según los autores de un incremento en la criminalidad, que requirió de
nuevos castigos. La tortura y la intimidación volvieron de manera solapada, en la forma
del confinamiento solitario y el trabajo improductivo. Los autores reconocen que el
nuevo sistema respondía mas a factores subjetivos (ideología) que objetivos
(economía).
La excepción fue el norte de EEUU: la escasez de mano de obra determino la
continuidad de las cárceles-fabrica.
Entrando el siglo XX, el avance y generalización de las sanciones económicas (multas)
fue un reflejo del grado de desarrollo de las economías capitalistas centrales,
totalmente monetizadas y con un ingreso mínimo garantizado a toda la población.
pp. 130
La conclusión de los autores es que, si realmente se quiere terminar con la
delincuencia, es necesario pensarla como parte de un problema más grande, el de
mejorar las condiciones generales de vida de la población. Solo así las cárceles eran
verdaderos centros de reparación social.
UNA REVALORIZACION DE PUNISHMENT AND SOCIAL STRUCTURE
pp. 131
Revalorización e influencia del trabajo en la segunda mitad del siglo XX. Se lo considera
un clásico.
Criticas:
pp. 132
El caso Australiano respondía mas a una crisis penitenciaria en Gran Bretaña que a
buscar réditos económicos.
Las cárceles-fabricas se quedan en intensiones nomas, ya que su efectividad real para
disciplinar a la mano de obra fue altamente dudosa como mínimo.
Las cárceles de confinamiento de principios del siglo XIX tenían costos operacionales
que se salían de cualquier lógica economicista. Los factores, ideológicos, religiosos y
morales tuvieron mucho más peso en su funcionamiento.
pp. 133
La visión economicista sobre los castigos en la Edad Media pierde de vista el
simbolismo social y las intencionalidades políticas que tenía la violencia en esa época.
No se comprueba en la realidad histórica una correlación directa entre modo de
producción y sistema penal, varios países con modelos económicos distintos muchas
veces compartían sistemas penales similares. En definitiva, no hay una verificación
empírica amplia y contundente de los postulados teóricos de los autores.
pp. 134
Los autores caen en el vicio del reduccionismo materialista, casi por capricho, porque
en el texto reconocen la influencia de otros factores no económicos.

pp. 135
No hay automatismos entre economía y sistema penal, y si hay correspondencias,
deben demostrarse categóricamente.

pp. 136
Conclusión:

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