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VALPORNO

© Natalia Berbelagua Pastene, 2011


© De esta edición, Libros Tadeys, 2017
ISBN: 978-956-9664-04-5

Collage y diseño de portada: Danila Ilabaca.

librostadeys@gmail.com

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Libros Tadeys autoriza la reproducción de este texto, total o


parcialmente, siempre y cuando sea para uso personal y sin
fines comerciales.
VALPORNO
Natalia Berbelagua
VALPORNO
Natalia Berbelagua

LIBROS
TADEYS
NOTA PRELIMINAR

Valporno se publicó por primera vez en 2011. Yo tenía 26


años y me había pasado los últimos cinco tratando de es-
cribir lo que me parecía cotidiano: el trabajo en un labo-
ratorio clínico tras abandonar los estudios de literatura,
mis salidas nocturnas y la lectura de libros extraños para
matar el tiempo.
Nunca fui una bloguera erótica. El sitio que mantuve
durante el tiempo de escritura estaba construido en base
a experimentos sociales como subir avisos falsos, chistes
de todo tipo y uno que otro relato.
Hay textos que perdí y que nunca se publicaron, como
el de un fotógrafo obsesionado con introducir el lente de
su cámara entre las piernas de su amante, u otro de una
mujer invitada a la casa de un conocido a tomar once,
donde todos los gestos que el hombre realiza con los cu-
biertos, ella los va recreando sexualmente hasta que tie-
ne un orgasmo en la mesa.
El curso de este libro ha sido más bien raro. Salió en
medios extranjeros antes de ser publicado; fue el más
vendido en una feria del libro, un par de críticos se man-
daron declaraciones cruzadas en la prensa a raíz de su
lectura, fue censurado en una feria de pueblo, quebraron
la vitrina de una librería y se robaron todos los ejempla-
res, un tipo intentó golpearme en el lanzamiento y he
recibido toda clase de comentarios e inclusive fotos de

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sadomasoquistas europeos después de haber sido tradu-
cido al italiano en 2016.
Esta es la tercera edición de un texto experimental
que está al límite de varias cosas. Me gusta pensar que es
algo así como un collage de géneros y formatos. El mis-
mo título es engañoso, pero ya es demasiado tarde para
cambiarlo.
valporno es una especie de ciudad fantasma nocturna,
a la que le adosé nuevas historias. El que me aceptaran
escribir de esta forma me ha llevado a seguir en un cami-
no poco tradicional en la literatura. No sé hacer histo-
rias clásicas, y tal vez esté llamada a tener lectores poco
ortodoxos.
Ratifico mis palabras. Tal vez sea demasiado tarde para
arrepentirse.

natalia berbelagua

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perversiones dominicales

Al hombre que me dio ese libro de tapas rosadas lo cono-


cí en una fuente de soda cercana al Teatro Santa Catalina,
donde cada domingo pasaban los mejores clásicos del
Western.
Ese día venía de allí con una amiga de quince años que
tenía por única salida esas tardes de cine. La fui a dejar a
su casa y recibí los agradecimientos de su madre, que si
bien no creía que yo fuese una buena influencia para su
hija, al menos toleraba nuestra amistad y dejaba que dos
veces al mes saliéramos a ver en la pantalla grande a esos
actores sucios por el polvo del desierto, sudados por el
calor y las ardientes contiendas de la pólvora.
Después de entregar a mi amiga a su carcelera caminé
un poco más. Llegar a mi casa un domingo por la tarde
era tan deprimente como ver a mi compañero de pieza,
un canario ciego que se caía del columpio y chocaba con
los pocillos del agua y la comida.
Pasé entonces por afuera de aquella fuente de soda
donde rara vez entraban mujeres y los apostadores, bo-
leto en mano, escuchaban por radio los desenlaces de la
hípica. Las únicas que entraban ahí eran un par de pro-
fesoras normalistas dependientes del chacolí y un grupo
creciente de prostitutas y cabareteras.
Entré y caminé lentamente hasta la mesa mas cerca-
na a la barra y me senté mirando a la puerta. A los pocos

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minutos apareció frente a mí un mesero de delantal blan-
co, como el de un médico o un carnicero, y me limpió la
mesa con un trapo sucio, mientras tomaba, mentalmen-
te, nota de mi pedido.
Le pregunté, debido a mi inexperiencia, cúal era el me-
jor trago para embriagarse rápido. Me contestó que el
aguardiente, ya que al cuarto vaso uno caía sobre la mesa
en un estado de melancolía absoluta.
Me trajo una botella de litro. La abrí y tomé un sorbo.
Fue tan brutal que me quemó desde la boca hasta la in-
gle, pero decidida y con vocación de madre pasé de los
cuatro vasos mortales.
Cuando se hizo de noche apareció en el local un va-
gabundo. Llevaba un gamulán desteñido salpicado con
restos de barro seco, agujereado y desgarrado, como si lo
hubiese atacado un doberman.
Caminó directamente hacia mí, se sentó a mi lado y
me habló.
­—Vengo de tan lejos que siento los pies cocidos en un
caldo espeso como el del cerdo. Te aseguro que me sa-
lieron ampollas, porque estos zapatos tienen casi toda la
suela rota y por ahí me entra el frío, la humedad, el agua
y la mierda de los perros.
­—¿No has pensado comprarte un par de zapatos nue-
vos? —pregunté tontamente.
—Es que no vale la pena, porque me saco los zapatos
pocas veces. Vivo en una pieza que se llueve entera y hay
frío por todas partes. Las únicas veces que lo hago es por
placer, cuando alguna mujer me lame los pies.
—No puedo creer que alguien quiera besarte esos pies
mugrientos, llenos de granos con agua.
Dijo que siempre había alguien dispuesto a lavárserlos

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con saliva y desde que entró al bar y me vio, supo que yo
sería la próxima.
Cuando la botella estuvo vacía le tomé la mano y lo lle-
vé a una especie de bodega donde una taza de water en
desuso nos sirvió de apoyo. Él se acomodó sin quitarse el
abrigo y yo, arrodillada frente a él, comencé a desatar los
cordones de sus zapatos. Cuando logré sacárselos, noté
que los pies estaban en peores condiciones de lo que ha-
bía imaginado: las uñas eran tan largas como las garras
de un oso y el empeine estaba lleno de sebo y pedazos de
lana pegados.
Con creciente excitación introduje en mi boca cada
uno de sus dedos y lamí el espacio entre ellos, donde ade-
más de hongos, había gordas ampollas que pasé a llevar
con el filo de mis dientes; un líquido amarillo me inundó
la lengua y él sintió dolor y deleite.
Dijo que ya era suficiente, que ahora podía sentirse fe-
liz y volver a casa, pero que antes me regalaría algo por mi
buena voluntad y misericordia.
Metió la mano en uno de sus bolsillos —gesto que
aprovechó para rascarse los testículos­­— y me pasó un
libro pequeño de tapas ajadas. Un libro sobre la pasión
y la gangrena, que después regalé a mi inocente amiga
quinceañera, porque hay dos bellas cosas que me agrada
compartir: el cine y las perversiones.

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la suela y la sangre

Mientras más escuchábamos a Brahms, más ratas apa-


recían. Cada mañana, al levantarnos, encontrábamos
pedazos carcomidos de madera, garras marcadas en los
muebles de la cocina, basura esparcida por el comedor y
la ineludible sensación de que alguien más estaba vivien-
do con nosotros.
Los chillidos no tardaron en escucharse por toda la
casa, igual que las goteras y las peleas a botellazos en la
escalera.
Por las noches nos sentábamos en el living con las luces
apagadas y aparecía la imagen del flautista, ese tipo que
se paseaba por la línea del tren cubierto con una capa
desgarrada y una hilera de ratones de esponja atados al
cuello, sacando tétricos sonidos de un tubo naranjo de
PVC.
Así pasábamos las horas en el sillón, recordándolo, es-
cuchando cómo las convidadas de piedra rasguñaban las
murallas.
Fumábamos, casi ni nos mirábamos, éramos dos extra-
ños que compartían un living vacío. Nos gustaba, en par-
te, el silencio amplificado, sin objetos ni personas que lo
hicieran menos notorio. Nuestros cuerpos estaban muer-
tos, adormecidos para el otro, aunque cada uno se mas-
turbara en su pieza aprovechando ese mismo silencio.
Todo cambió una tarde de lunes, el día en que volví a

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la casa con el ánimo y los pies cansados después de salir
a buscar trabajo.
Me senté en el borde de la cama y me mandé un tra-
go largo de licor de cassis, mientras escuchaba a las ratas
romper papel tras la muralla. Me dormí, no sé si una o
varias horas. Soñé con un gallo blanco de una gran cres-
ta roja parado en una silla de mimbre que movía sus ojos
rápidamente, como si algo lo intimidara y terminaba lan-
zando plumas y chorros de agua a través de las alas. Tenía
perdida la mirada. Se parecía a la mirada de Elías.
La visión que tuve de mí misma cuando desperté fue
peor que el sueño. Varias ratas se metían entre mis pies
como bailando. Algunas corrieron asustadas. Una se que-
dó al lado de mi pie y le apreté la cola con el taco. Se le
desprendió un poco de pelo y el piso quedó manchado
de gotas ínfimas de sangre y una carnecita rosa. No me
detuve, seguí dándole golpes hasta que quedó plana bajo
mi zapato.
Elías vio la escena desde la puerta y los ojos le resplan-
decieron. Caminó en dirección a la cama y me tomó de
las manos. No dejó que me sacara los zapatos durante
toda la penetración y en un momento me pidió que le re-
fregara los tacos en la espalda, para sentir algo de esa rata
muerta que yacía con un hilo de sangre pegada al piso.
Con mi clítoris lacerado, pero satisfecho, todo termi-
nó como en la mejor de las historias de amor: los dos
abrazados con esa mueca estúpida después del goce, es-
cuchando a Brahms y sintiéndonos dichosos de tener
una plaga en nuestra casa.

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los enfermizos humildes

—Elías, vámonos de aquí.


—¿Ah?
—Lejos. Es mejor dejar todo botado a seguir con esta
vida de mierda.
—A ver, ¿adónde nos vamos, Alicia?
—A Madagascar.
—¿Y qué haremos en Madagascar?
—Nada, tú te tirarás las pelotas y yo buscaré qué comer.
—Eso lo hacemos en Chile.
—Nadie dice lo contrario.
—¿Y cuál es la diferencia?
—El nombre. Viviremos en Toamasina. No en una po-
cilga de Diagonal Cervantes, con un ascensor que corta
los dedos y un gato que se mea en la escalera. Quién sabe
si nos ven como una de esas parejas emprendedoras que
lucha por un futuro digno, pero seguimos igual de flojos.
Podemos hablar el malgache y el francés, profesar el ani-
mismo, tener un lemur de mascota y comprar con bille-
tes que se sacan de los árboles.
—Una locura, como todas tus locuras. Pero algo de ra-
zón hay. Puedo ser un idiota y decirte en una frase que tie-
nes razón y al mismo tiempo, que estás demente. En fin,
sólo trato de decir que me puedo ir adonde sea, la con-
dición es no trabajar por un puto peso. ¿Me entiendes?
—Sí, te entiendo.

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—¿Crees que soy un fracasado?
—No, Elías. La fracasada soy yo que vive contigo.
—¿Por qué siempre tienes que decirme la verdad?
Prefiero no saber nada.
—¿Ni que serás padre en unos meses?
—Exactamente eso es lo que un hombre no quiere
escuchar.
—Pero hay hombres que se alegran y trabajan para
comprar pañales.
—Ahora sí que estás enferma. Ya te dije que nada de
hijos hasta después de los cuarenta.
—¡Decías a los treinta cuando llevábamos un año!
—Entendiste mal. No te confundas, Alicia, que siempre
te he hablado claro. Ven, deja que te abrace. No juegues
con eso. Imagina nuestra vida. Nada de estar acostados,
ni hablar de sexo con un niño llorando. No te des vuelta,
Alicia, no me des la espalda. Tú no sabes cómo son las
cosas de verdad. Te asustas y eres vulnerable ante mí y
ante cualquiera. Está bien, si eso llegase a pasar me haría
cargo de ti y del niño, aunque se parezca a un gato moja-
do y sienta ganas de ahogarlo. No llores, Alicia, que me
siento culpable. A veces pienso y actúo como una bestia.
Lo más probable es que no tenga remedio.
—Es verdad.
—¿Qué?
—Lo de la criatura.
—¿Me preguntas sobre lo que acabo de decir?
—Nunca hubo un signo de interrogación. Es verdad.
Eres una bestia y vas a tener un hijo.

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no quiero pensar en la muerte

—¿Nos queda poco, Elías?


—¿Para qué?
—Para morirnos.
—¿Por qué piensas eso?
—Porque llevamos cinco años tomándonos un litro de
pisco diario y fumándonos sesenta cigarros.
—No entiendo cómo llevas la cuenta.
—Fácil, por las botellas y las cajetillas vacías.
—Tú y tus cálculos inútiles.
—Me gustaría saber qué opinas de la muerte, nunca
hemos hablado de eso.
—¿De verdad quieres saber?
—Sí, aunque me arrepienta.
—Está bien. La vida no tiene sentido desde su inicio,
ya que ni tú ni yo fuimos engendrados por amor, y des-
carta que hayamos estado en los planes de alguien. Lo
único que vale la pena de vivir es que puedes morirte
y que va a llegar un minuto en que por esas botellas y
esas cajetillas vacías nuestros pulmones se llenarán de un
humo negro con olor a taxi, o por el contrario, yo empe-
zaré a hincharme como un cerdo por la cirrosis. Tus her-
manas van a terminar con sida o con alguna enfermedad
incurable. Ésas son las mejores, el cuerpo dice basta y ni
siquiera deja que le metas mano para extirpar tumores o
trasplantar órganos. Sólo te sientas a esperar la muerte.

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Y en vez de ver el cadáver de tu enemigo, te ves a ti mis-
mo, gordo y con un traje que te queda chico, con una mu-
jer a la que no te tirabas desde el tercer año de casado,
cuando tuvo tres hijos y quedó con ese tajo horrible de la
cesárea que le dividió el abdomen en dos.
—¿Y los hijos no son una buena razón para vivir?
—De tus hijos que vienen atrás del cortejo ni hablar,
un par de espinilludos con peinados estrafalarios y cara
de deficientes mentales. Para qué hablar de tus amigos:
calvos, con una corbata que les aprieta demasiado el cue-
llo y los hace transpirar asquerosamente. Si eres evan-
gélico, peor, te cantan esos coritos, gritan aleluya y te
despiden como hermanito un séquito de viejas con moño
y pantys rotas, además de música de charangos y guita-
rras. Una imagen horripilante. Para eso sentémonos a es-
perar, como te dije, pero fumando, tomando, así se nos
pasa más rápido.
—No crees en nada. Me asusta tu forma de pensar.
—Tu problema es precisamente ése: que no piensas.
Inventas que esta es la capital de las oportunidades, sales
a trabajar todos los días con un ánimo de mentira, odias
a tus compañeros, pero te eligieron la empleada del mes.
Los fines de semana jugamos a que estamos enamorados,
vamos de picnic al Forestal como si fuera el Central Park.
Esto no tiene sentido. Vamos a morirnos y ya está.
—Me arrepiento de haber conversado de esto. Ahora
siento un dolor espantoso.
—Toma pisco, sigue fumando. Lo mejor para escapar
de esta capital horrenda es evadirse.
—Es cierto. Santiago es una ciudad maldita. Es en lo
único en que estamos de acuerdo.

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hay alguien detrás de esa luz

—Elías, ¿te diste cuenta de que hace unos días alguien


del departamento de enfrente nos apunta a los ojos con
un láser?
—Ayer me apuntaron, pero no consiguieron el objeti-
vo, sólo me llegaron a la nariz.
—¿Quién crees que sea?
—Un milico retirado. Recuerda que el año pasado lle-
garon los pacos a requisar nuestras matas por una denun-
cia de alguien del mismo edificio.
—Ahora sí que tengo miedo. ¿Crees que nos haga
daño? Podría ser un pervertido.
—Un pervertido al cual tú le das material, porque in-
sistes en desvestirte con la cortina abierta. Ahora, para
ser sincero, no creo que se caliente contigo.
—¿Crees que me veo mal?
—No, pero es hora de que vayas asumiendo tu edad.
Ya no eres una jovencita de piel tersa y abdomen plano.
No tienes veinte años.
—Tú tampoco eres un adolescente. Pasaste la barrera
de los treinta, hueles a trago todos los días y en un par de
años vas a estar calvo.
—Estamos iguales, entonces.
—No quiero darle más vueltas, aunque esté enveje-
ciendo. Es algo doloroso para mí.

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—Ese es otro de tus problemas. Todo te duele, todo te
hace sufrir...
—En este minuto, lo que me preocupa es que alguien
quiere meternos miedo. Si al menos hubieses pagado la
luz, no nos daríamos cuenta. Con esta casa oscura, el lá-
ser se ve todavía más rojo. Creo que cualquier día me da-
rán un tiro.
—Alicia, ¿quién va a querer matarte?
—No sé, hay mujeres a las que violan y matan porque
sí, por toparse con el asesino en la calle.
—Deja entonces de andar sola a las tres de la mañana,
sinceramente no sé cómo no te han asaltado con esa cara.
—Tal vez le doy lástima a los delincuentes.
—Creo, más bien, que tienes aspecto de mujer pobre.
Piensan que el botín va a ser malo.
—Bueno, el asunto es que alguien nos está mirando.
La solución es cerrar las cortinas y postigos, pero este
hoyo se verá aun más oscuro. Mejor le damos un buen
espectáculo.
—¿En qué piensas?
—Yo ocuparé la peluca rosada que me compré en la
calle y tú te vestirás como Alex, de La naranja mecánica.
Podemos hacer una historia diferente cada día.
—¿Qué te parece?
—Ridículo.

A las diez clavadas, Alicia y Elías se vistieron con sus peo-


res ropas. Elías corría tras Alicia con una sierra eléctri-
ca y con el traje blanco manchado con pintura roja. Ella
escapaba como si se tratara de un sicópata. Todo acabó
cuando llegaron los carabineros, alertados por una de-
nuncia de violencia y quisieron llevarse a Elías a la cárcel.

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Alicia, en vez de defenderlo, dejó que lo apresaran. A
la noche siguiente, cruzó la calle y subió por la escalera
Apolo para darle las gracias al vecino. Un niño, hijo de un
conserje que pasaba solo por las noches, la recibió con un
láser en la mano. Alicia sacó del bolsillo de su vestido un
viejo View Master y se lo entregó como regalo, sin pre-
ocuparse por las horribles imágenes que el niño vio a la
distancia.

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el dilema de qué hacer con la felicidad

—Encontré una nota tuya en el refrigerador. Decía


que me odias.
—Es la verdad. Nadie puede amar a una mujer como tú
más que un par de meses.
—Pero si yo no soy mala ni estoy loca. Además tu nota
era una sarta de incoherencias.
—Lo que pasa es que tú no valoras mi inteligencia. No
puedes darte cuenta de eso, eres demasiado idiota. Tu
mayor problema es que te empeñas en vivir. Mírame a
mí: sin apuros, sin llantos ni pensamientos suicidas. Soy
un ejemplo.
—A mi manera también soy un ejemplo: vivo al lado de
un hombre que lo único que hace es pasar encerrado en
este departamento, leyendo libros que le cagan la cabeza
y escuchando himnos de Sendero Luminoso.
—Tenías que exagerar, eso fue sólo un par de veces.
—Para mí fue suficiente con llegar del trabajo a las
once de la noche y encontrarte a media luz con cara de
desquiciado y escuchando esa canción espantosa.
—Lo que pasa es que las cosas que te ponen contenta
son muy diferentes a las mías.
—Y tú…¿Eres feliz?
—La felicidad es cosa de imbéciles, un trabajador es
feliz cuando le aumentan el sueldo, pero se le pasa cuan-
do su mujer se lo gasta en ropa. Un niño es feliz cuando

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lo llevan a la plaza, pero llega a la casa llorando con las ro-
dillas rotas por caerse del juego. Una mujer es feliz cuan-
do la basura que tiene por novio la lleva al cine, aunque
la película sea pésima. ¿Te das cuenta de que la felicidad
es una mentira?

—Creo que nunca seré feliz.


—¿Estás entrando en razón?
—No.
—Anda a limpiar el baño, entonces, esa es la clase de
cosas que hacen feliz a una mujer.

Alicia se levantó de su asiento y caminó a la cocina.


Tomó el frasco de cloro y enfiló por el pasillo. Cuando
iba a entrar al baño, se devolvió y derramó la botella
completa sobre Elías.

—¡Enferma!, ¡¿Qué hiciste?! ¡Arruinaste mi única ropa


decente! ¿No ves que iba a usar esta chaqueta para ir a re-
cibir mi premio de poesía?
—Me mandaste a limpiar la mierda, y eso fue lo que
hice.

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lo siento, así soy

—¡Cómo que gastaste veinte mil pesos en arena agluti-


nante si ni siquiera tenemos gato!
—Por favor, no me juzgues. Volví a Santiago porque
dijiste que me extrañabas, revisé mi cuenta antes de lle-
gar al terminal de buses y tenía más plata de la que creía.
—Ah...Fantástico, no encontraste nada mejor que gas-
tarte lo sobrante en esa mugre.
—Fue un impulso. Mientras buscaba un teléfono para
llamarte pasé por fuera de una distribuidora. Nunca an-
tes leí un cartel que dijese “arena aglutinante”. Me gustó
tanto el nombre que entré sin pensar y compré un par de
kilos.
—Claro…Y ahora comeremos arena.
—No hay que comerla, hay que guardarla, nos puede
servir en el futuro.
—Eso. Increíble. En nuestro futuro estaremos tapados
de basura. Tienes la casa llena de cosas inservibles, te da
por coleccionar tapas de bebida, tuercas, muñecas sinies-
tras y cuanta porquería encuentras en la calle. Creo que
tienes un severo problema, deberías ir a un psiquiatra.
—Sí ¿Y con qué plata?
—Con la plata con que compraste esos cinco kilos de
arena.
—Me haces sufrir.
—Lógico, siempre soy yo el malo: tú estás al borde de

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desquiciarme, pero resulta que soy yo el que tiene la cul-
pa, el que no te entiende.
—Eso mismo, nunca me entiendes. Cuando te conté,
media borracha, por cierto, que te fui infiel el verano pa-
sado, lo único que hiciste fue gritar de un lado a otro
como un energúmeno, tomarte la cabeza con las dos ma-
nos e insultarme. Hasta quebraste un vaso.
—Ah…Y ahora resulta que debía comprenderte y más
encima perdonarte por cagarme con ese hueón. Me faltó
felicitarte, ¿cierto?
—Nunca tanto como felicitarme, pero valorar mi ges-
to de honestidad. ¿Preferías que te mintiera?
—Esto ya superó todo. Pero, claro, mi error fue no po-
nerte límites, dejar que llegaras tarde, que llenaras la casa
con tus amigas, que lo único que hacen es lavarte el cere-
bro con imbecilidades y que, además, por si fuera poco,
hablan y se visten como putas.
—Si no me pusiste límites, no es mi culpa, tú me co-
nociste así, y además encuentro una ordinarez que más
encima trates de putas a mis amigas, que si no fuera por
ellas no seguiría contigo; ellas me convencieron de que te
diera una oportunidad.
—Se acabó. Uno de los dos debe irse de esta casa.
—¿Me vas a echar de nuevo? Tú sabes que en el fondo
te quiero.
—¿Por qué te comportas así, entonces?
—Porque es mi forma de ser, no pienso las cosas antes
de hacerlas. Pero me gusta ser así.

Elías se recostó sobre la cama a leer. Alicia se fue al baño


para sacarse el maquillaje. Cuando entró vio un artefacto
que le pareció el más lindo del mundo: un rifle a postones

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chino que un tío milico le había regalado a Elías cuando
niño. Lo tomó y apuntó.

— ¡Arriba las manos!

En un segundo, Elías se puso en posición fetal y Alicia


apretó el gatillo. Apenas sintió el disparo, tiró el arma y
se acercó. Jamás imaginó tener tan buena puntería. El ojo
de Elías estaba bañado en sangre y sobresalía en su cara
descompuesta. Comenzó a gritarle:

—¡Loca, loca enferma! ¡¿Qué hiciste, maldita loca?!


¡Me dejaste ciego!

Alicia corrió por el pasillo, guardó los cinco kilos de are-


na en su bolso, salió a la calle, tomó un taxi y regresó al
terminal de buses.

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cocina internacional

Nos encontrábamos en la cocina tras extremas jornadas


de bebidas alcohólicas. Gianfranco casi nunca usaba ca-
misa, lo que estaba lejos de tornarse atractivo debido a su
avanzado estado de desnutrición. Sus huesos eran defor-
mes y con la piel pegada al esqueleto parecía uno de esos
cuerpos donados a la ciencia para investigación.
No siempre el encuentro era fortuito. A veces, yo no
tenía ni hambre ni sed al llegar a la casa, pero como sa-
bía que su pieza estaba al lado de la cocina y él sufría de
insomnio, solía entrar igual y sentarme en el comedor
de diario a beber un té y esperar a que se asomara. Y él,
presintiéndome, o con intenciones similares, aparecía al
instante, hablando sobre cualquier tema como si fuesen
las tres de la tarde. Teníamos grandes conversaciones,
discutíamos sobre casi todo, incluso sobre temas poco
ortodoxos, como la relación entre el consumir ciertos ali-
mentos y la práctica sexual. Una vez, por ejemplo, él me
contó, sin ningún tapujo, que comía solo algunas almen-
dras por día y tres vasos de jugo de piña natural para sa-
borizar su propio fluido.
Tras varias discusiones sobre la factibilidad de sus teo-
rías, su imagen fue cobrando vida. Pasaba de ser un cuer-
po de estudio a un posible objeto de deseo.

Yo salía del trabajo a las cinco y media de la tarde, pero

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nunca me aparecía por la casa antes de las dos de la ma-
ñana. Un oficio que odiaba me llevaba de la mano a un
naciente alcoholismo, del cual tenía conciencia, pero
ninguna intención de remediar.

La única vez que no bebí ni aterricé en algún bar o fuen-


te de soda fue un martes de noviembre. No había nadie
más en la casa. Ni el francés, ni la japonesa, ni el alemán,
ni las dos australianas, ni el insoportable chileno esta-
ban ahí para interrumpirnos. Y al entrar a la cocina me
encontré con una imagen bellísima y al mismo tiempo
aterradora: sobre la mesa, cubierta por un limpio mantel
blanco, Gianfranco había dispuesto toda clase de cuchi-
llos, ordenados en fila y por tamaño, como si se tratara de
un arsenal quirúrgico.
Cuando me vio entrar me dijo dos palabras precisas
y prácticamente bíblicas: «anda y acuéstate». Le hice
caso y me puse de espaldas sobre la mesa, al lado de los
cuchillos.
Gianfranco me abrió la blusa, botón por botón, sin
ninguna urgencia en sus movimientos. El tic-tac del re-
loj, colgado en la muralla, marcaba perfecto el tiempo de
sus manos. Al terminar, tomó el cuchillo más pequeño y
lo afiló con la ayuda de una piedra. Se abrió un poco el
pantalón, y con el cuchillo recién afilado cortó unas ti-
ras de pepino y apio que se refregó en el sexo; después,
cortó unas rodajas de jengibre y las puso cuidadosamen-
te en mis labios inferiores, sin quitarme la ropa interior.
Luego, extendió sobre la mesa una hoja de nori, y demos-
trando una gran habilidad, enfundó su pene en el alga,
como si se tratara de un perfecto rollo de sushi.

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La conversación no tuvo ninguna importancia, y sólo re-
cuerdo algunas palabras roncas en el oído. Me hubiese
gustado tomar fotos de sus huesos, tan protagonistas, o
de las pronunciadas hendiduras entre sus vértebras, pero
permanecí inmóvil, obediente, anestesiada.

Cuando Gianfranco partió de vuelta a Italia no tuvimos


ocasión de despedirnos.
Sobre la mesa de mi escritorio dejó dos bolsas de rega-
lo. En una había mangos, cerezas y una extraña fruta de
la cual salían dos brazos deformes.

Una vez al año nos mandamos cartas donde le envío ropa


interior, fotos íntimas y de toda clase de vegetales en pos-
turas sexuales. Él, recetas de diversas preparaciones con
el famoso pez Urechis unicinctus.

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INTERIORES

En esos años mi madre salía con un militar, un hombre


calvo de lentes parecido a Jaime Guzmán, pero con más
cara de loco y menos de santo falso. Algunas veces íba-
mos a su casa, otras a comer parrilladas. Si bien la carne
nunca ha sido uno de mis manjares favoritos, tiene esa
connotación festiva que me parece altamente excitante:
los mejores cortes son para los días de carnaval, donde
todos aprecian su jugo de medio cocido.
El lugar donde solía llevarnos este ser despreciable es-
taba cerca del Hipódromo Chile y tenía, recuerdo, una
decoración que a todo niño le parecería aterradora: ca-
bezas de animales embalsamados colgaban junto a cada
mesa, como vigilando el resto de su cuerpo fileteado y
asado sobre un brasero donde la sangre cae y se transfor-
ma en humo.

La última vez que visitamos el lugar, intenté echarme un


enorme trozo de carne a la boca. Estaba deliciosa, con el
centro rojo y ardiente hasta quemar la lengua. Las longa-
nizas y el vacuno eran lo de mejor aspecto en esa hoguera
de partes sangrientas. Las disfruté con tanto gusto que
quise ir por más. Tomé una larga tira de chunchules que
me figuré unas trenzas para coser a las cabezas de mis
muñecas, la agarré entre las manos y comencé a introdu-
círmela en la boca como si fuera un tallarín. Llegué hasta

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más abajo de las amígdalas y luego vinieron los vómitos.
La trenza saltó con un chorro explosivo sobre las pier-
nas del militar. Mi madre tomó una servilleta y me lim-
pió la boca, avergonzada. El infeliz levantó los brazos en
señal de enojo. Me tomó de la mano con fuerza y la acer-
có al brasero.

—¡Apuesto que imaginaste cualquier brutalidad para


creer que podrías tragarte eso! ¡Mira las cabezas de los
animales que cuelgan de la muralla, eso es lo que estás
comiendo: cadáveres! Y la trenza que te echaste a la boca
son los intestinos. Peor aún, lo que comiste antes se llama
ubre, que son las tetas de la vaca. Tetas, tal y como las de
tu madre y con las que te amamantaba cuando eras una
guagua mañosa que daban ganas de dejar en la basura.
Otro chorro de vómito, sumado al de las lágrimas de-
jaron al infeliz empapado, con la cara descompuesta y
con ganas de crucificarme. Salimos y tomamos un taxi.
Mientras avanzábamos por avenida Independencia,
crueles imágenes de animales torturados como santos se
sucedían una a una en mi cabeza. Seguí vomitando. El ta-
xista nos hizo bajar. Caminamos de la mano por la plaza
Chacabuco hasta que se hizo de noche. Mi madre lloraba
ahogada, la gente nos miraba con incertidumbre.

Al tipo que nos arruinó la tarde no lo vimos más.


Quemamos sus cartas y fotografías en una olla, adentro de
la pieza. Nunca pude olvidarme de él. Paradójicamente,
años después, me hice amante de un hombre de similares
características.

A los seis años el pecado es como la sangre y el fuego:

32
aterrador. De mayor es peligroso y bello. A mi edad ya no
significa nada, porque donde se queman las brasas tam-
bién va ardiendo la culpa.

33
una heroína moderna

Para ganarme unos pesos, limpiaba baños en un mall, don-


de las conductas de las mujeres dejaban mucho que de-
sear y era presa de los más aborrecibles olores humanos.
Cada tarde ocurría más o menos lo mismo. Me agacha-
ba innumerables veces a recoger papeles, rellenaba las ja-
boneras, daba vuelta los basureros en los contenedores,
limpiaba las puertas, desinfectaba tazas y trapeaba pisos.
Hasta las caras ya eran conocidas. Sabía, por ejemplo, de
la guardia del supermercado que tenía bulimia, y que en-
traba sagradamente a hacer lo suyo al término de su hora
de colación. A ella le dediqué mi primer acto heroico: to-
dos los días, a la misma hora, pondría un cartel en su ca-
seta favorita para que no lo encontrara ocupado.
Lo más extraño llegaba una vez al mes, de la mano de
una joven de ojos rasgados, no mayor de dieciocho años,
que se aparecía con una bolsa negra en la mano y una
mochila en la otra. Me pedía que estuviera tranquila, que
vigilara que no entrara nadie. Yo la ayudaba. Me había
convertido en un ángel de la guarda de las asquerosida-
des y cumplía mi trabajo con tanto gusto, que lloré va-
rios días cuando me despidieron por fomentar ese tipo
de prácticas.
La mayoría de las mujeres entraban apuradas, casi co-
rriendo. La joven de ojos rasgados era la única que me
hacía sentir que le importaba a alguien y que si no fuera

34
por mí, su misión fracasaría. Una heroína moderna res-
guardando la intimidad y el dolor de alguien, que como
yo, sufría en silencio.
Durante varios meses vino siempre con el mismo sigi-
lo, con aparente discreción, hasta que la vi entrar al baño
con la cara deformada. Escuché alaridos débiles, roncos.
Colgué un cartel en la puerta que decía: «baño en man-
tención» y cuando estuvimos solas, le pregunté si estaba
bien. Con gran esfuerzo logré abrir la puerta. Se encon-
traba abierta de piernas y algo se le asomaba. Comprobé
lo que temía. Ella y yo estábamos igual de asustadas y nos
pusimos a llorar de puro miedo.
Le tomé la mano y se la apreté. Yo había pasado por
una historia similar, pero en vez de ir a buscar toallas usa-
das a la basura, iba con frascos a la carnicería para que me
los llenaran con sangre de animal. Él no estaba dispues-
to a tener hijos y era obsesivo con mis ciclos menstrua-
les. Yo misma no soporté la idea de verme con familia;
él y yo en el ocaso de nuestra relación haciendo dormir
a una guagua. En mi caso no debí hacerme nada porque
el feto no tenía corazón. Pero como suele pasarnos a las
mujeres, y sobre todo a las madres, nunca me salvé de las
horribles pesadillas que se sucedieron: sueños de lo más
enfermizos donde una criatura sin rostro me asediaba y
perseguía. Un feto en miniatura que estaba acostado en-
cima de una mesa en el bar que frecuento, cayéndose al
suelo, perdiéndose, yo tardando en encontrarlo, su cara
manchada de rojo, pero no con sangre sino con pintura.
Corriendo con él en la palma de la mano para llevarlo al
baño y ponerlo bajo llave. A cada movimiento de mano
y chorro de agua, se le iban borrando las facciones. La
boca desaparecía, luego los ojos, la nariz. El recién nacido

35
quedaba sin ningún rasgo que lo identificara, y aunque
no pudiera decirme nada, ni siquiera llorar, me juzgaba.
Ella dijo que era un niño, que le vio el sexo cuando
cayó a la taza del baño y se fue por el remolino de agua.
Al niño lo devoró un líquido corrosivo que lo hizo des-
prenderse, como si le hubieran soltado la mano. Al mío,
la angustia. No sabemos dónde están ahora.

36
sonata del odio

—Usted no sabe nada, señor, no conoce al degenerado


del piano que acosaba a mi hija. Nosotros con Eugenio
quisimos que aprendiera piano por la sencilla razón de
que a los dos nos gusta la música clásica, pero somos ne-
gados para cualquier disciplina artística. Mi marido fue
el que insistió y yo terminé accediendo. Fuimos hasta su
casa, vimos los muebles, los colores de las paredes, las
fotografías. Hasta sus diplomas estaban ahí. Por lo que
vimos, vive con alguien, porque había dos tazas, dos pla-
tos y dos pares de tenedores sucios. O tal vez es un flo-
jo, quién sabe... Amanda iba todos los sábados a su casa
durante cuatro horas, que mi marido aprovechaba para
limpiar el auto o dormir la siesta. Yo planchaba o veía la
televisión. Amanda es muy buena. Va a la iglesia los do-
mingos, se prepara para la confirmación, canta y toca el
órgano en la misa y les hace clases a los niños pobres. Es
una buena cristiana. Toda la familia la adora, es una niña
sin malicia. Hasta el año pasado jugaba a las muñecas con
su prima. Este año ha cambiado un poco, se cortó el pelo
y usa tacos.
—Y dígame, señora, ¿conoce algún pretendiente de su
hija?
—Mmm… Estoy casi segura que es un muchacho flaco
que vive acá cerca, como a dos calles, usa el pelo largo y
se llama Esteban. Él y su hermano estudian leyes. A mi

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esposo le parecen simpáticos, bromea a veces con que
esos son buenos partidos, por la profesión. Pero a ella
no le interesan, sólo los saluda en la calle, amable como
siempre. Del resto de los jóvenes no sabría dar fe, sólo
sé que algunos son alumnos del colegio de hombres que
está enfrente.
—Volvamos al profesor de piano. ¿Notó usted algún
comportamiento extraño en ella los últimos meses?
—No, ninguno. En nuestra casa nunca hay problemas,
somos una familia bien constituida. Mi hija se comporta
como una buena niña, ya se lo dije.

* * *

—¿Oficio?
—Empleado público.
—¿Edad?
—Sesenta años.
—Veo que está de mal humor, señor.
—Sí, de pésimo humor desde que tuve que venir aquí
por la imbecilidad del piano.
—Del pianista, querrá decir.
—Eso mismo. Del imbécil del piano.
—Descríbame a Amanda.
—Una mujer común y corriente.
—¿Mujer? Pero si tiene sólo 16 años.
—Está bien, una adolescente.
—Prosiga.
—Yo siempre lo supe. Desde que entré por esa puerta
y vi esa casa, que era como de vagabundo. Estaba casi en
ruinas, lo único en un estado aceptable era el piano. Unos
cuantos diplomas estaban colgados de la muralla. Había

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unos discos sobre la mesa. No, no eran discos... películas
en discos.
—¿Dvd?
—Eso mismo.
—Dígame los nombres, si se acuerda de alguno.
—El tango en París.
—¿No será El último tango en París?
—Eso mismo.
—¿Usted vio esa película antes?
—¿Es la de Brando con la jovencita, cierto?
—Sí, pornografía pura.
—No entiendo que tiene que ver esto de la película...
Lo cierto es que el tipo ese violó a mi hija.

* * *

—¿Edad?
—Catorce años con once meses.
—Tu padre dijo que tenías 16.
—Mi papá no sabe nada.
—¿Conoces a Darío?
—Sí, se me acercó un día a la salida del colegio. Pensé
que iba a asaltarme, pero no fue así. Lo pensé porque es-
taba sucio y olía mal.
—Relátame lo sucedido.
—Un día tenía que hacer un trabajo para un ramo.
Tenía que entrevistar a alguien que tuviera un oficio.
—¿Por qué no entrevistaste a tus padres?
—Porque no sabía si cocinar y planchar servía, o dor-
mir la siesta todas las tardes.
—Prosigue.
—Fui hasta el taller de enfrente y allí estaba él. Fui

39
varias veces, tenía que tomarle algunas fotos y hacerle
una entrevista. La quinta vez que aparecí por allá no ha-
bía nadie más que él, era semana santa y ya todos estaban
en sus casas. Me ofreció un café. Tal vez tenía algo, por-
que sentí mucho calor después de habérmelo tomado y
me quise ir a la casa.
—Si Darío es mecánico, ¿por qué daba clases de piano?
—Porque estuvo en el conservatorio desde niño. Dijo
que era mecánico por opción, que si bien su familia te-
nía plata a él le gustaban los autos y por eso trabajaba en
el taller. Pero que todos querían que fuese músico, como
su papá.
—¿Te diste cuenta de que él jamás tocó el piano? ¿Que
con suerte sabía la escala musical y que lo único que
aprendió fue la melodía de Fray Jacobo en flauta cuando
estuvo en el liceo?
—Nunca. Él parecía saber de piano, me hablaba
de música, tenía partituras, decía que sólo tenía que
esforzarme.
—¿Esforzarte cómo?
—Aprender las lecciones, tocar con los pies los pedales
para sentir la vibración.
—¿Desnudarte?
—Sí, en una ocasión me lo pidió. Que tocara sin soste-
nes. Él se puso frente al piano para poder mirarme.
—¿Accediste?
—No.
—¿Le contaste a alguien?
—Tampoco.
—¿Alguna vez te tocó?
—¿Tocar qué?
—Los pechos, la vagina.

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—Sí, una vez.
—¿Y la vagina? ¿Introdujo sus dedos por ella?
—Sí, ese mismo día, los metió uno a uno y luego todos
hasta que me dolió.

* * *

—Tiene claro que el juez no dejará que salga de la


cárcel.
—Soy inocente. Amanda siempre quiso estar conmigo,
desde que me vio.
—¿Cómo puede usted saber eso?
—Porque soy hombre.
—¿Odia a las mujeres?
—No.
—Amanda es una niña. ¿También la odias?
—Odio a mi madre porque nos dejó cuando niños,
odio a las colegialas vulgares. A la única que amo es a
Amanda.
—Pero la violaste. Eso no es amor.
—Sobre Amanda puedo decir muchas cosas. Yo traba-
jaba en un taller mecánico en la avenida Brasil, ella iba
a un colegio que está por ahí cerca, de monjas. Usaba el
uniforme demasiado largo para su edad. Debe haber sido
por obligación. Las colegialas se las arreglan para tener
cada día la falda más corta, pero creo que a ella no le in-
teresaba. Su encanto iba por el lado intelectual. No era
que supiera muchas cosas, pero las pocas que sabía las
contaba con una emoción que podría haber pasado horas
escuchándola.
Un día la vi entrar al taller. Yo ya la había visto muchas
otras veces pasar por fuera, pero ese día entró apurada.

41
Me dijo que un tipo la había seguido por un par de cua-
dras, ella pensaba que para asaltarla, y por eso estaba así.
Le ofrecí un vaso de agua. Ella se sentó en unos neumá-
ticos que aún tenemos apilados en una esquina. Yo iba a
tomarme mi media hora de descanso cuando pasó esto,
así que caballerosamente le ofrecí llevarla hasta el para-
dero de micro.
Al día siguiente la quise saludar, pero ella me ignoró.
Eso me dio rabia. Yo ya había pensado durante la noche
de qué cosas podía hablarle, del piano como tema prin-
cipal. Un instrumento viejo que usaba como mesa en un
rincón de mi casa, y que a veces ocupaba de bar, cuando
iban mis compañeros de trabajo. Jamás imaginé que me
serviría para conocerla más.
Después me la encontré en la estación de servicio que
está a pocas cuadras del taller. Me fijé que tenía la mo-
chila rayada con nombres de bandas. Le pregunté si le
gustaba una. Ella se dio vuelta a mirarme porque no se
acordó que tenía la mochila rayada. Pasé de ser un obre-
ro, un tipo sin aspiraciones, a un hombre culto que tra-
baja por necesidad. Ese día nos sentamos en el Parque
de los Reyes, me preguntó cuál era la melodía que me
gustaba más. Para no ser menos y no delatarme como ig-
norante, dije: todas. Ella me tomó como un fanático de
la música clásica. Mientras conversábamos le ofrecí un
cigarro; ella dijo que no fumaba, pero cuando le ofrecí
por tercera vez, tomó uno y lo puso entre sus labios. No
sabía fumar. Al principio no lo aspiró, pero cuando se dio
cuenta de que esa era la única forma de que saliera humo,
lo hizo con tanta fuerza que se ahogó y estuvo tosiendo
durante diez minutos. Yo no me reí para que no se sin-
tiera incómoda, menos cuando se quemó las cejas y las

42
pestañas al darle toda la llama al encendedor. Para cam-
biar de tema y no sentirse torpe, me preguntó por qué
era mecánico si me gustaba la música. Le respondí que
una cosa es lo que a uno le gusta y otra, la pega. Estuvo
de acuerdo conmigo.
Conversamos cerca de dos horas. Yo llegué tarde des-
pués de la colación y mi jefe estaba emputecido. Tuve
que decirle que me surgió un problema y no pude avisar-
le. Me dijo que me despediría si volvía a pasar. Eso sí que
era un problema, porque los trescientos mil pesos que
ganaba me alcanzaban para pagar el arriendo de mi de-
partamento interior, comprar mis cigarros y salir de vez
en cuando al centro.
A ella, mi colegiala, no la vi durante varios días, porque
se agarró una amigdalitis. Me volví loco. Soñaba con ella
todos los días, la veía entrar a mi casa, con el bolso en la
mano y feliz de verme.
Ella se alegró cuando nos reencontramos. Me trajo un
disco de regalo. Fingí que era el regalo que estaba espe-
rando. La verdad es que lo encontré muy aburrido, pero
me recordaba a ella, y lo escuché entero. Aproveché la
música para pensar en el diminuto espacio entre el jum-
per y las calcetas. Me masturbé toda la tarde.
Yo tenía el piano en mi casa. La verdad es que no se
veía nada de bien en mi living, porque no tenía sillones ni
mesa de comedor, tan sólo un colchón tirado en el piso
y un velador, así que se veía fuera de lugar. Cuando supe
que sus papás querían visitar mi casa para discutir que
Amanda tomara clases, hablé con mi vecina y trajimos
varias cosas que sirvieron. Me ayudó a limpiar, sacamos
los pósters, pusimos plantas, pañitos tejidos a crochet
sobre el televisor y la radio, un reloj y unas fotos. Por

43
una tarde dejó de ser una cueva y se convirtió en un ho-
gar. Sus padres miraron todo. Las fotos, el piano, los ma-
ceteros con flores. En un computador hice un diploma
con mi nombre, para que vieran que había estudiado. Lo
malo fue que escribí Diploma de Onor, sin saber que le
faltaba una H, pero no lo notaron. Mi vecina me dijo
que me había equivocado. Su padre me miró siempre con
desconfianza, pero era un hombre sin carácter, así que
poco o nada importaba que diera su parecer.
Al mes tenía a mi bella niña sentada frente al piano.
Yo preparaba café mientras la miraba leer las partituras.
Dijo que en el colegio le enseñaban y que no era tan com-
plicado. Yo no sabía ni el ritmo del Fray Jacobo, pero,
para mí, tocaba como los dioses. Creo que siempre supo
que no tenía idea de música, pero quiso ser mi amiga y
eso ya era suficiente para hacerme feliz. Nunca he que-
rido tanto a alguien. Ella aprendió a tocar. No quiero ser
grosero, pero no precisamente el piano.
Llegaba cada sábado por la tarde hasta mi casa; a medi-
da que iba avanzando el verano, se ponía cada vez menos
ropa y eso me volvía loco. Desde el primer día quise ma-
sajear sus senos que no tenían nada de infantiles, porque
gozaba de dos frutas puntiagudas de muy buen tamaño.
Su ropa era de blanco y celeste, con un aire más infantil
del que ya tenía. Creo que se enamoró de mí, de mi cabe-
za más que de mi cuerpo, para ella el sexo era algo sucio.
Sólo creía en los romances de teleserie, en las tomadas de
mano. Eso lo comprobé la primera vez que intenté besar-
la y ella cerró los labios para que no le metiera mi lengua
en su boca. Estaba de espaldas a mí, pero frente al piano.
Pude ver su cuello blanco y los lunares de sus hombros,
yo me imaginaba que mis ojos eran dos lenguas que la

44
recorrían completa.
Me acerqué de a poco hasta que me apoyé en el piano y
la miré directamente. Ella me esquivó y siguió practican-
do. Le tomé la cara y la acerqué hasta mi boca. Le di un
beso, pero ella se apartó. Dijo que se le había hecho tarde
y quiso irse. Ese día tuve que llamar a mi vecina, que ade-
más de llevarse las cosas que me prestó para arreglar un
poco el chiquero, me sirvió para desahogarme.
La semana siguiente Amanda no apareció. La esperé
toda la tarde, intentando pensar en otra cosa, pero no
me resultó. Fue tanta la impaciencia que el lunes a pri-
mera hora fui a esperarla a la esquina del colegio para ver
cuando llegara. La abordé de improviso. Le dije que no
iría a trabajar porque quería hablarle, que ya había avisa-
do a mi jefe, que hiciera la cimarra y fuéramos hasta mi
casa. Al principio se hizo de rogar porque no le gustaba la
mentira, pero después dijo que sí y caminamos hasta mi
departamento. Le regalé una flor que corté en el camino.
Tomamos café y escuchamos un disco de Emmanuel
que era de mi papá. Me mostró sus cuadernos impecables
y ordenados, se sentó a mi lado en el colchón. Cuando le
pregunté por qué no se había presentado a nuestra cita,
dijo que por miedo. El viernes por la noche tuvo un sue-
ño que la puso nerviosa. Estaba en su cama durmiendo
abrazada a su oso de peluche y yo entraba hasta su pieza.
Le arrancaba el juguete de las manos y lo lanzaba lejos.
Luego comenzaba a besarla y, en sus palabras, le ardió el
final de las piernas.
Cuando me contó, le juro que tuve que contenerme
para no tirarme sobre ella y hacerle el amor. Opté por ha-
cerme el indiferente y escucharla con falsa tranquilidad.
Apenas terminó de hablar, tomé su mano y la apreté.

45
Dije que no tenía por qué sentir miedo, que jamás haría-
mos nada que ella no quisiera, pero que yo me estaba vol-
viendo loco de amor por ella y quería tenerla conmigo.
Ella no estaba segura de lo que quería. No sabía si acos-
tarse conmigo era una buena decisión o no, pero todo
ocurrió de una manera más o menos natural.
Nos besamos como una pareja de adolescentes, co-
mencé a introducir mi lengua en su boca y luego las ma-
nos tomaron la posición adecuada, al menos para mí. La
acaricié, pero me tomé tiempo, el que nunca me tomé
antes con ninguna otra mujer. Me di cuenta de que había
sido un bruto con mis ex parejas o amantes, a las que em-
pujaba sobre la cama y penetraba inmediatamente.
La desvestí despacio, le abrí la blusa a cuadrillé y apa-
recieron ante mí sus senos blancos y desnudos. Los besé.
Saqué su cinturón y luego le arrebaté los pantalones con
un solo movimiento. Ella se movía, estaba roja de calor,
cada vez que la miraba intuía su miedo, pero fui incapaz
de detenerme. En un minuto ella se sentó en la cama y
sacó a la fuerza mis manos de su cuerpo. Dijo que no se
sentía preparada para esto, pero yo no hice caso. Le tomé
las muñecas y la devolví a su posición anterior. Ella lloró,
dijo que así no, que no se lo imaginaba de esa forma, pero
ese forcejeo me encendió aún más y no hice caso. Yo sa-
bía que en el fondo quería, así que no me detuve. Como
ella me escupió, yo le pegué una cachetada.

—La violaste, entonces. Deberían castrarte. Eso es lo


que se hace con tipos como tú.
—Si me castraran, la violaría con las manos.
—¿Y si te cortaran las manos?
—La violaría con la boca.

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—¿Y si te quitaran la lengua?
—La violaría con los ojos.
—¿Y si quedaras ciego?
—La violaría con el alma.

47
hogar navidad

Soy la secretaria recién contratada del Centro de


Menores.
Abro el cajón del escritorio y entiendo toda la carga de
esta oficina: lápices de colores, autos de juguete, muñe-
cas en miniatura, témperas secas, cuchillos, piedras, con-
dones y ansiolíticos.
Mi oficina está en el patio. Es una pequeña habitación
que en otro tiempo debe haber sido un dormitorio de
servicio. Tiene un baño y una bodega donde se guardan
los regalos de las instituciones. Juguetes falsificados que
los detectives donan tras los decomisos, ropa que trae
alguna familia y cosas prácticas para los campamentos,
como botas de agua y sacos de dormir.
A la hora del almuerzo me siento en la puerta a fumar
y a mirar los árboles quemados, pero no logro abstraerme
de los gritos de los niños. Fijo la mirada en los camiones
y los buses abandonados frente al Centro.
Todo aquí es amenazante.

Dentro de las labores que debo cumplir están el orden


de las carpetas con los antecedentes de los niños, man-
tener el archivo de citaciones judiciales, contestar el te-
léfono y enviar memos a la oficina que nos entrega los
recursos. También hay que ingresar la asistencia a un pro-
grama computacional entregado por el Estado, aunque

48
técnicamente sería mucho más fácil que sólo se marca-
ran los nombres de los que no vuelven tras las salidas de
fin de semana. Me exigen, además, anotar en un cuader-
no los horarios en que entran y salen para la dupla psi-
cosocial. De esas estadísticas dependen las visitas de los
padres.
También hay otras labores que no están en el contrato.
A veces, por ejemplo, no hay auxiliares suficientes para
llevar a los niños a las horas médicas que les da el consul-
torio. Van al dentista y a psicólogos externos y yo salgo
con ellos tomados de la mano hasta el paradero de mi-
cro. Bajamos el cerro a toda velocidad. Se van jugando
a que no se afirman, y más de alguno se golpea la cabe-
za. Cuando llegamos al consultorio, la gente nos mira.
Nos dicen: «los niñitos del hogar». Yo los miro desafiante,
pero no digo nada porque en el fondo es verdad, pese al
tono despectivo. El doctor a quien siempre vamos a ver
mira los papeles y nos despacha en cinco minutos, pese a
que son cuatro o cinco niños.

Aquí la comida siempre tiene demasiado sabor a aceite.


La cocinera es una mujer mayor a la que recién le están
apareciendo las canas. Viene a pedirme los víveres a la
oficina, porque los manejamos bajo llave para evitar ro-
bos. Es regular que me pida dos kilos de puré instantá-
neo, siete latas de jurel y un par de cajas de jalea o flan.
La verdura la compran en el mercado. Es la misma direc-
tora del hogar la que llega en colectivo con los vegetales
arrancándose de las bolsas. A veces los locatarios donan
sacos de alguna cosa, que casi siempre se pudren. La se-
mana pasada compatibilicé las horas de trabajo en la ofi-
cina con la selección de porotos verdes. Solo rescaté dos

49
bolsas de supermercado.

Los niños dan vueltas por la cocina o una pequeña sala


que está al costado. Las niñas juegan a las muñecas y pe-
lean. Las más grandes siempre perturban a las más chicas
y les quitan las cosas. Las menores terminan llorando y
llegan a mi oficina a exigir que castigue a la que las hizo
llorar. No tengo el don del castigo. Nunca les digo nada
más que las estoy observando.
Los hombres viven en la casa del lado. Son supervisa-
dos por Félix, un calvo de unos cuarenta años que tam-
bién se crió en un hogar. Tiene bastante paciencia y es
normal que se esté riendo. Es el encargado de llevarlos a
las actividades extra programáticas. Cuando aparece por
la casa de las niñas, las auxiliares ponen mala cara por-
que saben que trae a los hombres y tendrán el doble de
trabajo.
Cuando los niños interactúan con las niñas se dan jue-
gos de índole sexual. Es normal que se escondan bajo la
escalera para tocarse los genitales. Los dos juegos más
populares son el «cachipún-cacha» y «el papá violador». El
primero es el antiguo juego de manos, pero el que hace
tijera frente al que saca la piedra, debe bajarse la ropa in-
terior o dejar que el otro lo toque. El segundo es aún más
perturbador. Se acuestan en el piso y se tapan con unas
toallas, la mamá les da un beso y sale. Después llega el
papá violador a despertarlos.
Cuando ocurren este tipo de juegos las auxiliares an-
dan alerta, pendientes de si están callados o escondidos.
Yo veo estas escenas desde mi oficina, tras la ventana. Mi
nexo con el hogar es el vidrio que da al patio y los infor-
mes de Natalie, la auxiliar de aseo con la que intercambio

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un par de palabras y salgo a fumar a la hora de colación.
Cada vez estoy más adicta a la nicotina. Cada vez sien-
to más placer al expulsar el humo. No me importa real-
mente que me dé una puntada en el pulmón derecho
cuando fumo determinada marca de tabaco, o que por la
noche me ahogue en ataques asmáticos. Es una forma de
manejar el nerviosismo.

Pedro viene cada tarde a mi oficina. Algunas mañanas en


que no va al colegio, también. Se sienta en la silla va-
cía y me habla sin parar. Me pide que le dé sus juguetes.
Un par de autos de colores a los que les rayó unas líneas
blancas con corrector. Yo le pregunto cómo le va en el
colegio. La respuesta es casi siempre la misma. Me dice
que se aburre, que la profesora lo reta y que además al-
gunos niños lo molestan. Le pregunto qué quiere hacer
cuando sea grande. Me responde a sus siete años: «Estar
preso». Le explico que estar preso es siempre la peor op-
ción. «¿Te gustaría no poder ver la luz del sol?». «No me
importa», responde. «¿Y no poder salir a la calle?». «Me da
lo mismo, total casi nunca salimos a la calle». «¿Y que te
pegaran todos los días?». «Estoy acostumbrado». «¿Y no
poder ver a tus hermanos?». «Ah, eso no».
Pedro fantasea con que van a adoptarlos a él, a su me-
llizo Jonathan y a su hermana Javiera. Se imagina que los
adoptan tres familias distintas, pero que son amigas y
viven todos juntos en un mismo terreno. Según la du-
pla psicosocial, es probable que no los adopten, salvo a
Javiera que tiene cuatro años y es la que tiene mejores ex-
pectativas por ser niña, tener menos edad y encontrarse
en trámites desde que llegó al hogar.

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Es víspera de Navidad y noto que se me ha empezado a
caer el pelo de una manera preocupante. A ratos me aho-
go y siento una intensa picazón en todo el cuerpo.
Por la tarde, Jonathan tiene un ataque y tenemos que
contenerlo entre cuatro. Cuando deja de llorar le damos
tranquilizantes y pasa el resto del día con la mirada fija
en el único macetero que se ha salvado de los pelotazos.
Pedro y Javiera me piden que les eche el líquido para
prevenir los piojos. Me siento con ellos en el patio y les
embetuno las raíces mientras les cuento una historia ab-
surda que a ratos los hace reír.

Dejé el hogar pasadas las seis de la tarde. Las niñas ro-


bustas se habían pintado los labios con brillo y después
de lavarse la cabeza se habían peinado unas trenzas. Se
despidieron de las auxiliares imaginándose lo que come-
rían en la casa de sus padres, o qué regalo les llegaría esa
noche. Los que no pudieron salir o lo tienen prohibido
por resguardo, las miraron con rabia y envidia. No supi-
mos nada de ellas hasta el veinticinco. Yo llegué a traba-
jar el veintiséis. Las dos llegaron pálidas, fue lo que me
dijo Natalie por teléfono. Ya en la oficina, supe que las
habían obligado a prostituirse.

Ese día llegó el padre de una de las niñas con una bolsa
llena de pescados y plátanos al borde de la putrefacción.
Me dejó uno a mí también, le agradecí el gesto, le di la
mano, pero al salir del trabajo lo boté en un tambor. Las
auxiliares los cocinaron esa misma noche como cena. No
pregunté cuántos se habían enfermado, el imaginarlos
comiendo los peces muertos hasta con ojos, ya me gene-
raba una idea desagradable y grotesca.

52
El chaleco que llevaba puesto ese día tenía una nueva
mata de pelo, hebras café que enredadas parecían mos-
cas. Ya en mi casa, mirando por la ventana a mis vecinos
en sus últimos días de luces verdes y confeti, escuchando
al camión del gas con su siniestro Lago de los cisnes, miran-
do a los carabineros formados en el patio de la Tenencia,
abrí el cajón de mi velador: unas cartas españolas, un ca-
lendario, pastillas anticonceptivas, un reloj de pulsera y
un martillo.
También aquí todo es amenazante.

53
ofrenda de amor

Recojo flores secas que guardo en una bolsita, de esas


flores que sacan de las sepulturas para arrojarlas en los
tambores de lata. Hago una selección según su estado.
Las que nunca clasifican son las que tienen las raíces po-
dridas. Con las otras armo ramitos que uso para los rega-
los de cumpleaños. Todos siempre quedan contentos con
mis habilidades manuales.
Lo malo de estas visitas al cementerio son las hormi-
gas. Cuando llevo más de media hora de siesta, no falta
la que me muerde en el lugar más insólito y hace que me
despierte de mal humor. Siempre voy los lunes, cuando
todo luce más colorido: los domingos llegan los globos,
los peluches, las banderas de los equipos, las rosas de ma-
dera y los claveles frescos. Los familiares vienen detrás,
dejan las ofrendas y se van rápido. Para qué hablar del
primero de noviembre, ahí todos se acuerdan que tenían
padre, madre, hermano, hijo, abuelo. En cambio yo, vi-
sitante cotidiana que ni siquiera los conocí en vida, los
saludo y les hablo.
Hay tumbas que están de fiesta todos los días. Son las
de los niños. Como se quedaron en la edad de los juegos,
abundan los monitos, las muñecas, los cojines y otros re-
galos que los visitantes compran en la entrada.
Caminando recto desde la puerta principal está el mau-
soleo de la Carmencita, que, más que un nicho, parece un

54
puesto de mercado persa, con todas las cosas que le dejan
colgando como donativo.
Uno de los cuidadores, esos que aparecen como si fue-
ran ánimas cuando te ven echando agua en un tarro y
te ofrecen ayuda por quinientos pesos, me contó sobre
el accidente que a la niña le costó la vida. Dijo que era
más milagrosa que Teresa de los Andes, a la que le pidió
durante seis meses, con visitas regulares al Santuario de
Auco, que lo sanara de un cáncer de próstata, pero que
no lo escuchó. Yo le señalé que esas santas son más difí-
ciles porque tienen más pedidos: entre un peregrino que
llega de rodillas por la carretera, con la mitad de la pierna
sangrando, y uno que se va en bus, no hay competencia.
Prioridad es prioridad. Según me comentó, cada día, al
llegar al cementerio, como rutina pasaba a dejarle un dul-
ce. En los 90 aparecieron los tazos y como venían con las
papas fritas, compraba un paquete cada mañana, se lo co-
mía él y dejaba la sorpresa. Al cabo de un año, la Carmen
tenía la colección completa pegada con la gotita al lado
de las placas de agradecimiento y el cuidador, diez kilos
de más. Lo bueno es que el cáncer se hizo humo. Él lo
atribuye a la niña. Desconfío, pero sé que debo dejar de
ser tan escéptica si quiero conseguir favores.
Son cientos de placas las que repletan el lugar. Hasta le
piden que saque a algunos tipos de la cárcel. ¿Le hará caso
sólo a la gente que tiene buenas intenciones o a cualquie-
ra que desea algo, por más pagano que sea? Pienso en las
cosas que podría pedir: poder vivir escribiendo libros, no
padecer nunca un cáncer de pulmón, poder viajar alguna
vez a Praga. Que él vuelva y me diga que se equivocó.

55
Carmencita, yo también fui niña, no morí a tu edad porque mi
papá me salvó dos veces de morir ahogada en la playa. Sé que te
pediré algo de adulto, pero creo que lograrás entender. Hay un
hombre, Rodrigo, a quien persigo desde hace años; es buenmozo
como los galanes antiguos, pero dice que estoy mal de la cabeza y
que enamorarse de mí es dormir con un ojo abierto y un ojo cerra-
do con un revólver bajo la almohada. Que quererme es admirar
la belleza del hongo atómico hasta que llega el calorcito. Te reza-
ré dos padrenuestros y tres avemarías, más la oración inicial del
mes que justamente comenzó ayer. Si no me acuerdo mucho no es
mi culpa, lo que pasa es que hace años que no voy a misa, sé que
Dios en su misericordia lo comprende.

Comencé a rezar. Me acordaba menos de lo que creía.


Hice una mezcla de letanías que repetí con fe. Por des-
gracia, como soy obsesiva, me vino angustia de pensar
que mis rezos estaban mal hechos y que sucedería lo con-
trario a lo que pedí, por descuidada. Como último recur-
so cerré los ojos y me concentré. Le pedí que Rodrigo
volviera a pedirme matrimonio.
Creo que hice mal. Le di mucho trabajo a la Carmen.
Si Rodrigo ni siquiera contesta las cartas que le mando.
Dijo que se iría lejos, que los sobres me llegarían de vuel-
ta, así que no me molestara en enviarlos. A veces decimos
cosas que no queremos decir. A veces todos los miedos
aparecen en una sola persona.
Quise sellar mi promesa a la santa dejando algo en su
tumba, lo más preciado que llevaba. Busqué en mi carte-
ra y encontré dos mil pesos, un libro y una tira de parches
curita. Me miré yo misma: no llevaba aros ni anillos ni
collares. Cada vez que los uso camino una cuadra y ter-
mino guardándolos, me siento ridícula. Así que me bajé

56
los pantalones detrás de la lápida, me saqué los calzones
y los amarré con una cuerda a una de las ramas del árbol
que le da sombra.
No sé si fue el gesto de desnudarme o que la Carmen
escuchó mis ruegos, pero Rodrigo olvidó las cartas, las
peleas e ignoró mis episodios obsesivos. Volvió a tocar la
puerta de mi casa. «Comprendí que estar contigo no es
como estar en Chernóbil», dijo. «Estar contigo es mejor
que desnudarse en un cementerio», respondí. Nos besa-
mos apasionadamente.

57
ciervo pagano

A su muerte, procuré recopilar los antecedentes para ela-


borar un árbol genealógico. La historia se perdía en mi
tía abuela Octavia, de quien apenas conseguí una foto
ajada en color sepia del tipo papiro, un certificado de
nacimiento de 1904 y un escapulario de la Virgen de
Los Rayos. Su rastro desaparecía en el convento de las
Siervas del Espíritu Santo de la Adoración Perpetua, en
1920. Pensé en Sor Juana Inés de la Cruz, en la soledad
de su celda, escribiendo poemas ardientes a Jesús. Era
mucho soñar: alguien de mi familia jamás sería tan inte-
resante. Todos eran relativamente normales. La proba-
bilidad de que la vida de mis antepasados contara con
anécdotas como aquellas era prácticamente imposible.
De seguro, mi tía Octavia había entrado a las monjas a la
temprana muerte de sus padres y se había acostumbrado
a la disciplina, a las labores de servicio, porque para eso
sí que teníamos un don. Mi madre consagró gran parte
de su juventud al cuidado de los ancianos y terminó for-
mando parte de las Damas de Rojo, que van a molestar a
los enfermos de los hospitales en vez de importunar a sus
propios hijos. Eso se lo debo agradecer.
Me contacté con la Institución y dijeron que me pre-
sentara un día martes por la mañana para entrevistarme
con la superiora. Ese día me vestí con mis ropas más de-
centes, no bebí café ni fumé un solo cigarro.

58
Esperé en la pequeña sala de estar, y a los cinco minu-
tos, apareció una religiosa vestida con un hábito blanco
en el torso y un rosado muy fuerte en las mangas. Tenía
un rostro duro, de facciones cuadradas, con unos lentes
demasiado pequeños para su cara.
Me dijo que pasara a su oficina. Era una pieza color
ocre con una gran imagen de Jesucristo pintada al óleo.
Me contó que Octavia fue una de las grandes servidoras
de la obra; que ella y su hermana llegaron a los siete u
ocho años como internas; que su hermana fue retirada
por un benefactor a los doce, con el cual se casó meses
más tarde; que Octavia se quedó desde esa fecha, prime-
ro como alumna, luego como novicia y posteriormente
como educadora abnegada de las niñas desnutridas, hi-
jas de padres alcohólicos o violentadas sexualmente; que
falleció a la edad de 52 años producto de una infección
al riñón que descubrió tarde; que pasó sus últimos días
en la cama de un hospital rezando el rosario día y noche
y pidiendo que le dieran agua, cosa que se les niega a los
enfermos cuando les administran suero; y que fue ente-
rrada en el mausoleo de las hermanas en el Cementerio
Católico, donde su lápida lleva una inscripción de
Santa Teresa de Ávila: «Ya toda me entregué y di, y de
tal suerte he trocado, que mi Amado es para mí y yo soy
para mi Amado».
Podría haber inferido varias de las cosas que me dijo.
Luego de la reunión, y sentada en mi escritorio, concluí
que la única persona que podría ayudarme sería mi abue-
la, presa del Alzheimer hace unos años, que le hace olvi-
dar si rezó o no las letanías, si efectivamente almorzó o si
su hija es la enfermera que la cuida. Lo que me asombra
es que no olvida nada de lo que vivió antes de que se le

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declarara el trastorno.
A la tarde siguiente fui a la hora del té a la casa para
aclarar algunas de mis dudas.

—Abuelita ¿Se acuerda usted de su hermana Octavia?


Se rió con la boca chueca, se destapó las piernas y se
rascó la costra que se hizo ella misma en la frente.
—Sí, mi hermana monja —respondió.
—¿Puedes decirme algo sobre ella?
—Cómo no me voy a acordar, si era mi hermana.
Estaba más loca que todas las viejas del asilo donde qui-
sieron internarme estas putas que tengo por hijas.

Ese era otro dato importante. Ella, que en mis recuer-


dos infantiles aparece sentada en su sitial, perfectamen-
te maquillada y jugando brisca, jamás dijo un garabato,
hasta que, junto con soltársele el esfínter, también se le
soltó la boca. Rezaba oraciones en latín mezcladas con
garabatos: «Ave María purísima sin pecado concebida, la
conchesumadre», decía, mientras se persignaba y miraba
la misa por televisión. Mi tía, desde la otra habitación,
susurraba: «Jesucristo, perdónala que está demente».

—Mi hermana Octavia era mayor que yo por dos años.


Mientras yo jugaba a las muñecas, unas que nos regaló
nuestro papá y que eran de carey, ella se miraba al espejo.
Nunca supe por qué se miraba tanto, si no era muy boni-
ta, pero de todas maneras llamaba la atención. Nuestro
hermano Gabriel, que después se hizo cura, primero fue
cazador. Un día llegó con el esqueleto de un ciervo a la
casa, nosotras éramos chicas. A mí me dio miedo y me
encerré en una pieza con la indiecita que nos cuidaba. La

60
Octavia, en cambio, se quedó jugando con los huesos que
amarró con una pitilla y los puso sobre una madera.

Mi abuela siguió hablando como si hubiese entrado en


trance. Me contó que a su hermana después le dio por
hacer hoyos en las murallas para comer adobe. En esos
años ya habían sido internadas y pasaban sólo las vaca-
ciones con su padre, un abogado del norte del que no
recordaba mucho, porque murió joven. El último verano
que pasaron juntas, y para cuando Begonia ya estaba ca-
sada y tenía dos hijos, Octavia se encerró durante los dos
meses de verano a hablar con las osamentas del animal y
supo que tenía que hacerse religiosa. Dijo que armó una
maleta con cuatro vestidos y que se fue a internar a un
convento que no tenía ni agua potable ni luz, pero donde
podía descansar gran parte del día pensando en su que-
rido ciervo, a quien le hubiese gustado llevar, pero que
por motivos de espacio y paganismo tuvo que dejar en la
misma pieza oscura.
Su escalada en la carrera monacal fue rápida, debido a
que para agradar a Dios, comenzó a someterse a toda cla-
se de torturas que se propinaba ella misma. Sólo una re-
ligiosa tan fanática como ella la ayudó en este cometido:
la hermana Nina, que le daba de correazos en la espalda
cuando Octavia se lo pedía.
En un arrebato llegó a coserse los labios vaginales con
una aguja de coser lana.
Sobre su velador había una colección de libros de san-
tos, que leía al pie de la letra y que utilizó como arma
moralizante para sus alumnas rebeldes. Su santa favorita
era Cristina, a quien su padre encerró en una cárcel des-
pués de que ésta le regalara las imágenes de sus dioses

61
esculpidos en oro a los pobres. El padre mandó a azotar
a Cristina por doce lictores y con tanta violencia que se
le desprendieron trozos de carne que cayeron al suelo
como hojas de fuego. Dicen que tomó uno y se lo arrojó
a la cara gritándole: «¡Mira este trozo de carne que tú en-
gendraste, cómelo!».
En el camino de los horrores avanzó con paso fuerte y
decidido, lo que la llevó a ser lanzada a un lago con una
piedra al cuello, encerrada en un horno durante cinco
días con el fuego al máximo, encarcelada con serpientes
y otros animales venenosos que le cercenaban los pechos
y la lengua, para morir finalmente a flechazos.

Después de escuchar la perversa perorata de mi abuela


se me estrechó la tráquea y tuve ganas de irme. Ella me
tomó la mano y me clavó las uñas en la frente, como la
propia marca que ella también se había hecho. En vez de
sentir miedo, me sentí en calma.
Tosió y suspiró ronco. Pensé que se moriría ahí, pero
siguió hablando.

—¿Qué crees tú que hizo después?


—Me espero cualquier cosa.
—Qué poca imaginación, en eso no te pareces a noso-
tras, tienes la cabeza seca, como tu padre.
—¿Puede decirme qué hizo entonces?
—Probó con el asco. Durante un mes desyunó una taza
de orina tibia de los enfermos de pielonefritis y un pan
con escupitajos de tuberculoso. Comía costras de pie
diabético.

Para cuando terminó de hablar yo ya no la estaba

62
escuchando. Salí de la pieza directo al baño para refres-
carme la cara y despedirme, porque no estaba dispuesta
a volver. Observé en el espejo mis rasgos, tan mapuches,
tan distintos a ese lado de la familia. Me lavé la cara, me
sequé la sangre y volví para darle un último beso, porque
probablemente no volvería a verla hasta que la pusieran
en un cajón.
Cuando entré, Begonia estaba desnuda, sentada en su
mecedora. Tras ella, el ropero abierto de par en par, y en
el ropero, el esqueleto de ciervo rodeado de flores plásti-
cas, rosarios saliéndole por los ojos y donde había estado
la dentadura, algunas perlas falsas.
Salí del dormitorio escuchando sus carcajadas, cerré la
puerta, caminé rápido. Al llegar a mi casa tomé el cuader-
no donde días antes había dibujado el árbol genealógico.
Bajo el nombre de Octavia Valverde escribí: Fallecida a los
pocos días de nacer por muerte súbita.

63
hasta que la locura nos separe

El noventa y dos tenía dos obsesiones: la primera era la


comida y la segunda, mi marido. Pasé más de un año en
cama, ya no podía levantarme debido a la cantidad de ki-
los y grasa que anegaban mi cuerpo. Los hongos tenían
casa en mis pliegues y un olor avinagrado era mi diario
perfume.
A mi marido lo celé día y noche. Sentía miedo de mis
amigas, a las que fui dejando una a una por ese motivo, y
también de mis sobrinas, no importaba que tuvieran diez
u once años; para mí, todas eran potenciales rivales.
Nunca permití que él se atrasara ni siquiera diez mi-
nutos. A las seis en punto, me levantaba con dificultad,
afirmándome del velador. A las seis y cuarto ya estaba
frente al espejo, pintándome los labios, parte de la cara y
los dientes, pues además de las dificultades propias de mi
gordura tenía un pésimo pulso.
A las seis y media llegaba él, con su pesado maletín de
vendedor. Lo primero que yo hacía era recriminarle que
había llegado tarde. Él me miraba triste, agobiado, y par-
tía directamente a recostarse sobre el colchón.
La cama era tan pequeña para nosotros dos. Yo caía
en un sueño profundo, como el de un pesado animal y
mi ronca respiración le alteraba su descanso, causándole
trastornos del sueño. Algunas veces intenté besarlo. Me
acurruqué a su lado para que sintiera que yo, aun tras mi

64
gran disfraz de piel, seguía siendo su mujer. En otras oca-
siones, froté mis pechos sobre su espalda, como lo hacía
antes, pero no reparé en que ya estaban irreconocibles a
causa de mi obesidad.
Sufrí mucho, callada.
Hasta las lágrimas desaparecían entre las bolsas que
tenía bajo los ojos. Tal vez por eso nunca supo que estaba
triste, ya que jamás me vio llorar.
Una tarde, antes de que comenzara la rutina de las seis,
me levanté con un grave presentimiento. Me acerqué a
la ventana. Él conversaba con una mujer. Quise salir y
gritarle para causarle vergüenza, pero temí que no me sa-
liera la voz. Cuando se decidió a entrar a la casa, lo espe-
ré en la mampara. Armada de un balde con aguarrás, lo
bañé de pies a cabeza. Con soda cáustica le rocié el pan-
talón y con tijeras le corté la ropa.
Él me miró con dolor, con odio, luego con lástima. Esa
fue la última vez que lo vi.
Supe que se fue a vivir al extranjero por unos meses.
A mí me internaron en un hospital. Cuando salí, contra-
riamente a lo que imaginaba, él me estaba esperando. En
una maleta llevó la ropa que sufrió mi ataque de furia. La
guardamos en el baúl de los disfraces.

65
la comunidad del azote

Fundadoras del Movimiento de Azotadoras


Radicales Armadas de Valparaíso:

Tatiana: Periodista, adicta a los alucinógenos. Probó su


valor bebiendo tres litros de aguardiente en un bar del
centro sin caer en un coma etílico. fortalezas: Su belleza
de otra época. debilidad: No sabe robar.

María: Traductora, adicta al sexo. Probó su valor lanzan-


do a su novio por las escaleras y rompiendo el colchón
de su cama con un cuchillo carnicero mientras él dormía.
fortalezas: Su habilidad con el robo. Especialista en tra-
gos caros y quesos importados. debilidad: Cuando azota
se ríe tanto que corre orina por sus piernas.

Paulina: Fotógrafa, adicta al pisco. Probó su valor con su


espíritu temerario, manejando a 150 kilómetros por hora
un auto de los 80’s, sin patente, sin documentos y en evi-
dente estado de ebriedad. Cuando la pararon los carabi-
neros, intentó seducir a uno hasta que lo consiguió. Un
ardiente beso la salvó de la comisaría. fortalezas: Hábil
en el robo de artículos de gran volumen. En su cartera
puede ocultar tarros de café, salsas varias, costillares de

66
cerdo, botellas de pisco, carne de avestruz. Debilidad:
Su ira incontenible.

Valentina: Profesora, adicta a la bohemia. Probó su


valor día y noche durante un año completo de juerga
sin consecuencias graves. Buena para el garabato y las
ofensas. Tiene un carácter parecido al huracán Katrina.
fortalezas: Belleza, habilidad para reclutar hombres.
debilidad: Sufre de resacas morales.

Nidia: Química, adicta al ron y la marihuana. Probó su


valor manejando en reversa por avenida Irarrázaval don-
de casi se estrella contra un árbol. Bailó sin polera frente
al jefe de su madre en un restorán de mantel largo. Peleó
en la resistencia mapuche. Especialista en pócimas alér-
genas. fortalezas: Su sentido del humor y parecerse fí-
sicamente a una de las principales figuras de la televisión
chilena. debilidad: Se enamora facilmente.

Alicia: Autora intelectual del movimiento. Fortalezas y


debilidades quedan en reserva. Es la más enigmática del
grupo.

Sobre cómo nos volvimos azotadoras

Cansadas del maltrato doméstico, de las vejaciones ca-


llejeras, de parejas intelectuales sin futuro, decidimos
canalizar la rabia a través del látigo. Golpearíamos a un
hombre sin piedad en una habitación de motel. El tipo
debía ser desconocido, se le contactaría a través de inter-
net para evitar situaciones de lástima o empatía.

67
Para ello debíamos entrenarnos. Corríamos el riesgo
de que nos saliera un tipo de grandes proporciones, por
lo que comenzamos a realizar ejercicios diariamente, que
relataré más adelante. Debíamos ganar resistencia y lo
conseguimos al cabo de unos pocos meses. No sólo físi-
ca, sino mental. Dar el primer golpe es fácil, lo difícil es
detenerse y nadie debía resultar muerto. Ese fue nuestro
primer pacto. Discutimos sobre qué características de-
bía tener el elegido, cómo iríamos vestidas, si llevaríamos
un arma para defendernos en caso de que nos tocara un
sicópata. Sólo yo sabía utilizarlas. Lo malo era que cada
vez que tenía una entre mis manos, apretaba el gatillo
sin pensar consecuencias. Mi arrojo me hacía peligrosa.
Todo esto debía ser en completo silencio. Ninguna de
nosotras caería a la cárcel. Ese fue el segundo pacto.
Pensamos qué clase de juegos perversos implementa-
ríamos. María fue de la idea de que, además de golpearlo
con el látigo de tres puntas, debíamos introducirle salsa
Tabasco por la ranura del glande con una tórula. Tatiana
sugirió que debíamos drogarlo para que estuviera más in-
ofensivo; Paulina, que arrendáramos un auto de alquiler
con el taxímetro puesto y lo golpeáramos amarrado en
el asiento trasero lo que durara una carrera al aeropuer-
to; Nidia, que probáramos con combinaciones tóxicas;
Valentina, que le pegáramos hasta que se humillara ante
nosotras. Tercer pacto.
De ahora en adelante tendríamos un grupo, nos sen-
tiríamos parte de algo, pero necesitábamos un nombre.
Íbamos a ser las mujeres azotadoras; no, mejor las azota-
doras radicales; sí, además armadas.
¿De dónde? De Valparaíso.

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Principios rectores de una azotadora

1. Ser la azotadora, jamás la azotada. Premisa básica que


nunca debe burlarse. Cuando golpeamos a un hombre,
no recibimos nada de vuelta. Eso no debe permitirse.

2. Se debe cuidar especialmente el intelecto, leer mucho,


sobre todo narrativa erótica donde se detallen prácticas
sadomasoquistas. Debemos quitar de nuestras mentes
que éste es un acto de violencia, hay que apreciar todo
con fines estéticos. También ver buenas películas, lo vi-
sual es importantísimo para estimular la creatividad en
nuestros actos. En cuanto a la música, si bien el rock y
el punk son nuestro fuerte, jamás debemos descuidar a
figuras como Brahms, Satie, Wagner, Paganini y otros.
Ellos serán los que crearán la atmósfera necesaria para el
cuadro de furia.

3. Cuidar la apariencia física. El azote tiene belleza en sí


mismo, por lo que el estilo de cada una debe ser cuidado
con esmero. El azotado no debe olvidarnos jamás. Nos
meteremos en sus pensamientos para siempre. Soñará
con nosotras. Seremos un bien inalcanzable. Por más que
lo desee, no será azotado más de una vez. Con esto evita-
remos que se generen lazos con estos hombres a quienes
por unas horas despreciaremos.

4. Ser sofisticada: El gusto por la buena comida, champa-


ña, vinos, son un buen accesorio. Cuidar el vocabulario,
tener tema de conversación. Lo que nunca debemos ha-
cer es hablar de nuestra bibliografía de adoctrinamien-
to, eso nos dejaría en evidencia. Aparentemente somos

69
mujeres profesionales en completa normalidad y armo-
nía con la vida que llevamos. Somos mansas, buenas y
fieles ante la sociedad.

5. Gusto por el exceso. Si bien nos definimos como ele-


gantes, una noche de farra en un local de mala muerte,
sexo desenfrenado en algún lugar extraño o infidelida-
des varias son parte del carisma de este grupo. Una vez
al mes, además de nuestras reuniones semanales, caere-
mos en la tentación de visitar fuentes de soda y antros de
lujuria; beberemos en las plazas y fumaremos cigarrillos
baratos sólo para reafirmar que esto es algo ocasional y
que no cambia nuestra sofisticación.

6. Secreto. Nadie debe saber de esto. Nuestras familias,


amistades, parejas, galanes de turno, quedan excluidos de
nuestras actividades. Se deben tener coartadas perfectas,
y los implementos de azote, así como los vestuarios, esta-
rán guardados en un baúl con llave en casa de la fundado-
ra del movimiento, para no levantar sospechas.

Referentes del movimiento

Erzébeth Báthory (Hungría). Da muerte a centenares


de mujeres jóvenes para beberse su sangre y bañarse en
ella para preservar la belleza.

Teresa de Ávila (España). Amante del cilicio, dispuesta


a todo. Llega a pedir limosna con su hermano en tierras
musulmanas, con el fin de ser decapitados.

70
La Quintrala (Chile). Maestra del látigo, sin rasgos de
humanidad.

Medea (Grecia). Mata a sus hijos para vengarse del ma-


rido. No recibe castigo. Asciende en un carro tirado por
dragones.

Clitemnestra (Grecia). Por su valor al matar a su marido


Agamenón por la espalda.

Mesalina (Roma). Arpía, conspiradora y lujuriosa.

Lou Salomé (Rusia). Gran amante de una época. Bajo sus


sábanas pasaron Rainer María Rilke, Nietzsche y Freud.

Bibliografía y material de adoctrinamiento

Manual de Urbanidad para jovencitas, Pierre Loüys.


Thelma y Louise.
Medea, Eurípides.
La atadura, Vanessa Duriés.
Cómo hacer el amor como una estrella del porno, Jenna
Jameson.
Doble filo, Saron Rose, Aggelos (grupos de heavy metal
cristiano).
El club de la pelea.
La naranja mecánica.
La Venus de las pieles, Sacher- Masoch.
El necrófilo, Gabrielle Wittkop.

71
Primer ejercicio: crueldad

Valentina practicará humillando a su novio en Llolleo.


Deberá proferirle las peores ofensas a pito de nada.
Cuando salga a la calle y le griten los tipos de la construc-
ción, deberá devolverse para empapelarlos a garabatos.
Matará insectos con minuciosidad. Les quitará las alas y
los ahogará en alcohol de quemar. Se detendrá luego de
dos semanas.

Tatiana deberá golpear a su pareja, cortarle la ropa con


tijeras, llenarle la tina con agua clorada en vez de agua ca-
liente, echar detergente para ropa en vez de burbujas con
olor a rosa. Salar la comida, proponerle masajes en los
pies y apretar los puntos reflejos donde se produce dolor.
Llegar con perfumes de otro hombre en la ropa, quebrar
platos, tazas y vasos cuando discutan. Podrá detenerse
cuando él le diga palabras como «loca» o «enferma».

Paulina esconderá los remedios de su conviviente y los


cambiará por otros, le dará a comer chocolates laxantes,
le preparará cafés con leche rancia, le hará sándwiches
con pollo descompuesto que maquillará con mayonesa
y salsas especiales. Puede detenerse cuando él deba ir al
hospital por vómitos explosivos y diarreas galopantes.

María deberá hacerlo pasar vergüenzas. Eructará sin


freno en las comidas con su suegra. Hablará sobre su vida
sexual en presencia de sus amigos. Dejará entrever que
es eyaculador precoz y que su miembro está atrofiado. Se
vestirá escandalosamente, gritará cuando estén en el

72
supermercado. Llegará en pijama y sin bañarse a buscarlo
al trabajo. Puede parar cuando él le diga palabras como
«ordinaria» y «vulgar».

Nidia deberá decirle que está gordo y seboso, que no


es ni la sombra de la persona que conoció, que si sigue así
se irá con uno más joven, que el sexo ya no tiene ningún
valor porque le causa repugnancia. Aún así, se paseará en
paños menores por la casa y utilizará ropa provocativa.
Algunos días lo besará, pero no concretará nada. Todo
terminará cuando estén a punto de materializar el deseo
y ella se pare y se vista. Cuando él pregunte «¿por qué?»,
ella responderá «porque eres un cerdo alcohólico».

Segundo ejercicio: situaciones de calle

Debido a que toda mujer ha sufrido vejaciones en la ca-


lle, nos vemos en la labor de hacer justicia. Esto nos in-
fundirá valor para azotar hombres.

Viernes, nueve de la noche: Todas deben estar ebrias


al punto de perder la vergüenza. Saldrán vestidas sin lla-
mar demasiado la atención, pero combinadas y perfuma-
das. El grupo debe ir completo. Cuando pasen por una
calle oscura y vean algún jovencito mayor de 18 y me-
nor de 24, lo acorralarán cerrándole el paso. Tatiana le
dirá groserías de índole sexual. María deberá manosearlo
mientras el resto hace un círculo alrededor suyo y le saca
la polera. Una se acercará a besarlo, pero en vez de eso le
cortará un mechón de pelo. Cuando hayan terminado, le

73
gritarán aberraciones y le lanzarán trago por la espalda.

Sábado, doce de la noche: María debe caminar va-


rios metros adelante y decirle al primer tipo que pase que
la asaltaron. Cuando él se acerque para ayudarla, llegará
el grupo completo con máscaras de la Tirana a golpear-
lo. Recogerán a María y subirán a un auto que conducirá
Paulina a toda velocidad.

Domingo, mediodía: Cada una en su barrio saldrá en


bicicleta. Cuando vea un hombre caminando, le agarrará
las nalgas enterrándole las uñas. Si no se quiere escuchar
nada, se debe pedalear rápido. Deben dar al menos vein-
te agarrones.

Lunes, siete de la tarde: Rellenarán botellas de cerve-


za con orina y las guardarán en el refrigerador. Se senta-
rán en una plaza a beber de una botella que sí contendrá
alcohol. Invitarán a tomar a cuanto hombre se les ocurra.
Cuando algunos de ellos advierta que la cerveza tiene un
sabor raro, dirán que está desvanecida.

Martes, after office: Vestidas de oficina, irán a es-


tos lugares a conocer ejecutivos. Se dejarán seducir.
Aceptarán tragos de cortesía, fumarán cigarrillos cru-
zando la pierna y mostrando algo de su ropa interior.
Se besarán en el baño con el que encuentren atractivo.
Cuando él las invite a su departamento, dirán que hay un
problema y que merece saberlo. Dirán que tienen sida.
La obviedad es que saldrán arrancando. La no obviedad
es que habrán perdido toda la noche y deberán regresar
solos a casa.

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Tercer ejercicio: perdiendo el miedo

10.00 hrs: Llegarán a casa de Alicia a ensayar tiro. Las


que tengan rifle a postones deben llevarlo. Primero se en-
señará a cargar el arma, porque es pesada para los brazos
femeninos. Se hará el ejercicio de contener la respiración
mientras se apunta a un objetivo para mejorar el pulso.
Se le disparará a tarros de conserva con fotos de quien
más odiemos en este mundo. No necesariamente deben
ser personas de nuestro círculo, puede tratarse de figuras
públicas, presidentes, dictadores, etcétera.

12.00 hrs: Se esperará a que lleguen palomas para


dispararles.

14.00 hrs: Almuerzo comunitario. Comeremos lo que


más nos repugna.

16.00 hrs: Salida en auto. Manejo con los ojos vendados y


sólo una copiloto que guiará a la conductora. Este ejerci-
cio permitirá estrechar la confianza entre nosotras.

18.00 hrs: Regreso a casa a escribir las observaciones del


trabajo del día. En setecientas palabras se contará por
qué se desea ser azotadora y lo que se espera de la expe-
riencia. En la siguiente reunión se leerán los textos en
voz alta.

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Cuarto ejercicio: borracheras

Día 1: Cerveza de la peor calaña.


Día 2: Vino de garrafa.
Día 3: Malta con huevo.
Día 4: Martini.
Día 5: Gin (esto ocurrirá sólo una vez, porque se corre el
riesgo de quedar ciega).
Día 6: Aguardiente. Para las poco resistentes, puede cam-
biarse por cola de mono.
Día 7: Terremoto (con fernet).
Día 8: Piscola.
Día 9: Ron sin marca.
Día 10: Champaña demi sec.
Día 11: Whisky.
Día 12: Cachaza (puede ser en versión caipirinha).
Día 13: Vino con fruta.
Día 14: Pantera rosa.
Día 15: Pisco sour.
Día 16: Vodka tónica.
Día 17: Sal de fruta, porque ya no se retendrá alcohol en
el estómago. Pastillas para el dolor de cabeza y para las
más borrachas, michelada. Las otras deberán pedir unos
días de vacaciones para recuperarse.

Si sus hombres les dicen que son alcohólicas están en el


camino correcto. Digan que sí y que es por culpa de ellos.
Que si fueran buenos, no tendrían necesidad de alcoholi-
zarse. Si les preguntan con quién se embriagaron, inven-
ten reuniones de ex compañeros, salidas de oficina.
Si llegan haciendo escándalo es un punto a favor.

76
La convocatoria

¡Hombres Todos!

Desde hace un tiempo formamos esta asociación don-


de nos juntamos al menos quince mujeres de distintas
fisonomías, pero definidamente elegantes, con reuniones
semanales para hablar de ciertas prácticas sadomasoquis-
tas. Ahora queremos pasar a la acción.Siempre conse-
cuentes, nos hemos abocado a la labor de buscar un ser
humano capaz de prestarse para nuestros ensayos con el
látigo. Iniciamos por tanto la convocatoria al concurso:
«Quiero que me azoten sin piedad».
El llamado es para hombres completamente sumisos.

Requisitos indispensables:

1. Tener entre 19 y 35 años.


2. No tener pelo en pecho.
3. Buen nivel educacional.
4. Ser limpio (que lave constantemente sus partes
pudendas).
5. Ser reservado.

Cuéntanos en un correo por qué debes ser el elegido y


te contactaremos en caso de tener dudas o ser el ganador.

Como sabemos que hay gente de fuera de la región,


estamos evaluando la posibilidad de comprar un fur-
gón utilitario para hacer «El azote express», una forma

77
de dominación ambulante que en un corto trayecto hará
sentir a los iniciados como unos verdaderos esclavos.

Atte,

m.a.r.v Movimiento de Azotadoras Radicales Armadas


de Valparaíso.

***

No sabemos si para bien o para mal, tenemos la casilla


llena de candidatos. Si los azotáramos a uno por semana,
tendríamos para cinco años de fiesta.

Escrutinio de los participantes

1. Andrés: Se define como atractivo, profesional, buen


nivel, poco pelo en pecho. Exige fotografía de nosotras,
no se presta para que lo graben. Le interesa saber si es
con sexo. Argumentos: Ninguna vota por él. Nos moles-
tan sus requerimientos. No es sumiso.

2. Marcelo: 39 años, ex uniformado. Envía su número


para que lo contacten. Argumentos: No tiene ni un solo
voto. Nos repugna la autoridad. Salvo la nuestra.

3. Finder x: Solicita entrevistas. No tiene condiciones.


Argumentos: Muy pocos datos. Necesitamos sus fotos
para hacernos una idea. María lo encuentra misterioso.

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4. Francis: Francés de paso en Chile. De tez negra. Le in-
teresa vivir experiencias nuevas. Argumentos: Todas vo-
tamos por él. Paulina se abstiene al decir que encuentra
feo que le peguemos a una raza que ha sido tan castigada.

5. Javier: Tiene un blog que habla de crucifixiones y sexo.


Argumentos: María es la única que vota por él y dice que
debiéramos crucificarlo.

6. Carlos: 60 años. Se siente capacitado a pesar de


su edad. Asegura no tener problemas cardiacos.
Argumentos: Nadie vota por él. Muy viejo. Su piel arru-
gada y tal vez flácida no nos excita.

7. Enrique: Nos trata de «amas». Ofrece fotos. Utiliza


palabras como chorito y culito. Dice que tuvo un ama
anterior que lo orinaba. Argumentos: Nos gusta que nos
trate de «amas»; lo que nos molesta es su ordinariez.

8. Christian: Quiere saber más datos. Pregunta si co-


bramos por pegar y si cortamos los tobillos con navajas.
Argumentos: Nos interesa que quiera pagarnos. No se
nos había ocurrido hasta entonces. Se nota algo temero-
so al preguntar sobre los tobillos. Votación dividida.

9. Ernesto: Metalero. Posee buenas nalgas. Algo va-


nidoso, pero atractivo. Antecedentes de pasado nerd.
Argumentos: Al ver sus nalgas con jeans apretados y co-
sidos por él mismo, nos excita de inmediato. Lo malo es
que se parece un poco al actor de Jesús de Nazareth. Para
algunas esto resulta perturbador. Obviamos nuestro pa-
sado religioso. Votación unánime.

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Nuestro primer azotado

Ernesto fue el elegido para dar los primeros latigazos de


nuestras vidas. Arrendaba una casa cerca de Quintero,
donde llegamos a la hora del almuerzo. Mientras la mitad
de nosotras comía empanadas de ostión queso, las dos
más arrojadas nos juntamos con él a cara descubierta. Nos
estaba esperando. Era una cabaña amoblada cerca de la
playa. Nos abrió la puerta e invitó a pasar. Revisamos las
habitaciones. Estaba solo, como se lo pedimos. Preparó
un almuerzo liviano, pero sabroso. Nosotras llevamos las
cervezas. Bebió y nos contó de su vida como ingeniero.
No mencionamos nada de los azotes, aunque se notaba
que estaba inquieto por conocer a nuestras compañeras.
Ya un poco ebrias lo subimos al auto. En la radio pusi-
mos a la Velvet Underground y manejamos hasta Ritoque.
Al llegar a la playa tendimos nuestras toallas en las dunas
y tomamos sol hasta alcanzar un color dorado. Nos des-
prendimos de nuestra ropa y corrimos hasta el mar sin
pudor de la celulitis. Él nos esperó en la orilla con las
toallas.
Cuando comenzó a oscurecer, lo desafiamos a un parti-
do de taca-taca. Con sonrisa de ganador dijo que no había
problema, pero no sabía que María y yo éramos la mejor
dupla femenina en los tiempos de universidad. Con siete
goles consecutivos, le dejamos la moral y la sonrisa en el
suelo. Bebimos media botella de ron al calor de una foga-
ta que compartimos con unos alemanes. Cuando dieron
las 23.30, subimos al auto y manejamos por las calles pol-
vorientas hasta llegar a su casa. A las doce de la noche en
punto, tocaron la campana de la entrada.

80
Eran nuestras amigas, las azotadoras.
Salieron de una en una del auto. Todas llevaban pelu-
cas de colores fosforescentes. Algunas, gafas de los años
50, y vestidos cortos de telas con estampados psicodéli-
cos. Al entrar, se pusieron los tacos. Cuando todas fueron
presentadas, María y yo fuimos hasta el baño para poner-
nos capas rojas y máscaras venecianas. Se escuchaban ri-
sas que provenían del living. Pusimos música en su gran
equipo de audio. Elegimos canciones de los 80. Ernesto,
ya ebrio, bailaba con algunas de nosotras. Le pedimos la
llave. Cerramos la puerta. Valentina la escondió dentro
de su portentoso escote. Luego hicimos que se desnuda-
ra. Lo dejamos en calzoncillos, botas vaqueras y lentes de
sol. Nosotras nos sentamos en la mesa a brindar por el
momento. Le dijimos que no podía parar de bailar hasta
que se lo señaláramos. No reclamó.
Con su mismo cinturón de cuero y hebilla de calavera
metálica, le dimos el primer golpe. Recién ahí compren-
dió nuestra furia. Nos turnamos para golpearlo, prin-
cipalmente en las nalgas y en las piernas. Con el látigo
de tres puntas dejamos en su piel tres líneas verticales a
punto de sangrar. Ernesto apretó los dientes. A esas al-
turas ya estaba amarrado y recibía siete latigazos simul-
táneos. Yo, como una gran emperatriz, me senté en el
sillón y lo llamé con la mano. Hice que imitara a un perro
para que perdiera sus facultades humanas ante mí. Con
ayuda de una correa, lo amarramos del cuello a una viga.
Tatiana fue por un plato que llenó de pellet y lo obliga-
mos a comer. Con una varilla golpeamos sus pies y verti-
mos agua sobre su rostro. Sus ojos eran los de Jesucristo
en el calvario. Tras dos horas de azotaina, lo desatamos y
acostamos en su propia cama. Estaba tan adolorido que

81
apenas podía moverse. Nidia le llevó un vaso con agua
y un ibuprofeno. El resto de la comunidad y yo salimos
para subirnos al auto. Como la única de nosotras que fal-
taba se demoraba mucho, Tatiana fue a buscarla. La en-
contró desnuda acostada al lado de Ernesto, lamiéndole
las llagas.
De un grito le exigió que se vistiera y saliera rumbo a
la puerta. Avergonzada, Nidia salió corriendo y con mira-
da de culpa. Debíamos expulsarla por ese error. Cuando
comprendí lo que ocurría, me bajé del vehículo y abrí la
maleta. Saqué el rifle y entré nuevamente a la casa, ha-
ciendo sonar los tacos contra la madera.
Puse el arma en posición y disparé contra la lámpara,
la foto de su madre que colgaba de una muralla y sus ho-
rrendas botas con llamas rojas. Salí con la cara sudada y
la impotencia de no poder dispararle en los testículos,
porque mal que mal habíamos hecho un trato de no caer
a la cárcel. Tuve que respetarlo. Presa de la efervescencia,
salí dando postonazos al aire. El resto de las azotadoras,
que reían por mi coraje, pusieron nuestra canción a todo
volumen para tomar otra vez la carretera y volver a nues-
tras casas esa misma madrugada.

82
DIEZ AMANTES

1. el librero

En la pequeña librería atiende el tipo que usa sobre su


sweter una camisa a rayas. Es un sitio oscuro y alérgeno
que visito por la simpatía que me genera el vendedor y la
extravagancia de los volúmenes que tiene en la vitrina.
Sexualidad anormal, Enciclopedia de famosas enfermedades
urinarias, y otros tomos son los que me muestra cuan-
do voy a visitarlo. A veces dejo de pagar alguna cuenta y
desembolso veinte o treinta mil por alguno de esos tex-
tos. Nos reímos de casi todo el mundo. La mayoría de las
veces él me cuenta de cuando van los escritores para ha-
blarle de quimeras editoriales, supuestos contratos con
transnacionales que los llevarán a vivir fuera de Chile.
Yo le cuento de algunas actividades a las que asisto, del
rechazo bilateral que siento desde mí a ciertas figuras y
desde ellos hacia mí. Esa clase de cosas me hacen sentir
viva. La primera vez que nos acostamos fue en la misma
librería. Me dejé la espalda llena de polvo. Cuando llegué
a la casa tenía una capa café que me cubría los omóplatos,
sus dedos marcados hacían una carretera desde la nuca al
coxis.

83
2. el fotógrafo

Voy a una fiesta y discuto toda la noche con el mismo fo-


tógrafo, le digo que es un egocéntrico, y contrario a toda
lógica acabo llevándolo a dormir a mi pieza, un agujero
azul con el papel decomural a medio pegar, con el piso de
madera irregular y en desnivel. Nos acostamos, nos des-
nudamos, estamos tan borrachos que no somos capaces
de hacer nada. Se levanta a las ocho de la mañana y se
va, aún bajo los efectos del alcohol. Me pongo a buscar
el condón y no está en ninguna parte. Recuerdo el mo-
mento exacto en que él abre el envoltorio y lo tira al lado
de la cama, recuerdo también cuando saca su cámara, me
pone el lente entre las piernas y hace zoom. Reviso mi-
nuciosamente y no encuentro la evidencia. Le pregunto
si se acuerda de algo. Me dice: «­Si quieres respuestas, no
tengo ninguna».

3. el payaso

El payaso tiene habilidad con las manos, pero no es capaz


de hilar una frase de corrido. Lo conozco en una disco-
theque. Él baila a mi lado y somos los únicos dos hete-
rosexuales de la fiesta. Símiles del último hombre y la
última mujer en una isla. Tiene una cara extraña, una lí-
nea vertical desciende desde su frente hacia la nariz; es
rubio y tiene un lado de la cabeza mal rapado. Me pregun-
ta cinco veces lo mismo, no es que esté borracho, es que
no puede retener. No conoce Valparaíso. Cuando vamos

84
subiendo hasta mi casa a pie, porque decido darle un pa-
seo de madrugada, pone cara de desconfianza. Pasamos
por el Cementerio y doblamos en la Ex-cárcel. No sé qué
pasa por su cabeza, pero me gustaría saberlo, estoy casi
segura de que cree que le va a pasar algo. Llegamos a la
entrada. Se relaja. Bebemos una cerveza. Le digo que me
fijé en él porque tiene unos rasgos extrañísimos. Él me
dice que mi cara también es atípica. Pienso en que lo in-
vité por un asunto casi de sobrevivencia. Todos bailando
tan felices, besándose. Nosotros dos ahí, sin tener nada
en común, pero con ganas de dormir con alguien. Nos
acostamos. Tiene el pene delgado y pequeño. Nos que-
damos de espaldas mirando un cuadro de tres mujeres
con lentes que cuelga de la muralla donde debiera ir un
televisor. Trata de leer una frase sencilla, pero se equivo-
ca tres veces. Termino diciéndosela en voz alta, apurando
el momento del adiós para siempre.

4. el administrador

El vecino de unos amigos, el que habla disparates, que


siempre toma vodka y cuando llego está sentado en la
terraza. Les dice que me inviten, que tiene ganas de co-
nocerme. Siempre nos vemos de pasada, en el tránsito
entre la una y las dos de la mañana cuando voy camino a
otro lado. Acepto la invitación. Conversamos sobre los
viajes, me habla casi una hora sobre Bolivia, unas fies-
tas electrónicas, éxtasis y ácidos. Mis amigos se van, nos
besamos. Es calvo y tiene los ojos azules, la mirada un
poco oscura como la de ciertos psicópatas. Me invita a

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dormir. Entramos por la terraza. Su casa es lo más pare-
cido a un departamento piloto. Ni un rastro de vida. Sin
plantas, la cama estirada, muy estirada, como de hotel.
Enciende la luz de una pequeña lámpara de velador. Nos
desvestimos, nos metemos debajo de las sábanas, da bue-
nos besos. Luego de las preliminares, me penetra. Junto
con los movimientos comienzan una serie de gemidos y
gritos femeninos, su voz se vuelve aguda, lanza un chilli-
do molesto al oído. No sé cómo decirle que no me deja
concentrarme. Sigo moviéndome por inercia. Se va por
fin. Nos quedamos un rato conversando. Me pregunta
si rezo. Le digo que no, y así como la noche anterior me
hablaba de drogas, me dice esa mañana que cree en la
virgen. «¿Quieres casarte?». No le respondo, tampoco me
muevo. En vez de vestirme, me quedo paralizada hasta
que toma la iniciativa y se levanta.

5. el psicólogo

Hijo de militar, nieto de militar, hijo de la hija de un mili-


tar, hermano de un aspirante fallido a militar, psicólogo.
Me prestaba libros de Rolón, yo llegaba con los libros a la
oficina, mi jefe, con el Dato Avisos bajo el brazo. Me im-
pactó especialmente la historia de un tipo que inventaba
una participación en la guerra de las Malvinas para evadir
que había estado en un hogar de menores. Se lo comenté
la vez que salimos a un bar del sector de Lastarria. Evadió
el tema porque le recordaba a su propia historia. La nega-
ción más absoluta de la participación de su padre en los
crímenes de la dictadura. Nuestros únicos acercamientos

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fueron extensas y lascivas conversaciones via telefónica.
Cometí dos actos fallidos las últimas dos veces en que lo
vi. El primero fue un corte en un dedo viendo la parada
militar. El segundo una caída en plena calle que me dejó
sangrando la pierna.

6. el filósofo

Todo en él me daba vergüenza, pero por algún motivo


que desconozco me parecía atractivo. Profesor de filoso-
fía y estudioso de Heidegger, cantaba en un grupo donde
hacía pésimos covers en alemán. Tenía una voz nasal muy
desagradable. Alguna vez me cantó una canción com-
puesta por él. Solía leerme libretas con pensamientos en
los bares, también escritos por él. Me quedé a dormir en
una sola oportunidad en su casa. Era una linda construc-
ción donde vivía con una anciana que no era de su familia
y un gato blanco. Su pieza estaba ordenada al punto de
una evidente manía. Su pene era tan grande que nunca
dejé que me penetrara.

7. el músico

Borracho como él solo, no recuerdo haberlo visto so-


brio en ninguna de las oportunidades en que estuvimos
juntos, y yo que siempre he tenido un problema con la
bebida pasaba con él la mayor parte del tiempo ebria.
Marguerite Duras lo dijo mejor que yo: «La soledad, la

87
soledad también significa: o la muerte o el libro. Pero
ante todo significa el alcohol. Whisky, eso significa». Y
así nos pasábamos tardes enteras bebiendo pisco, cer-
veza y vodka. Nuestros orgasmos siempre estuvieron al
borde del mareo o el desmayo; cuando dormíamos juntos
nunca podíamos estar abrazados porque cada cual debía
anclarse a su lado de la cama. La jornada en que decidi-
mos no vernos más, extrañamente no estábamos en la
euforia, sólo a medio filo. Nos dimos un beso fuerte y
sentido en los labios, caminamos en direcciones distin-
tas. Tomé un taxi y me fui a Plaza Ñuñoa a tomar un
margarita tras otro y a escribir en mi diario, al que más
tarde le arranqué esas hojas. Recuerdo las miradas de los
que estaban en las mesas contiguas. También las del poe-
ta de las fotocopias cuando me vio vomitando afirmada
de un árbol.

8. el geólogo

No suelo meterme con gente de un área que no sea hu-


manista. No lo hago básicamente por cosas de humor.
Hay un acantilado entre su forma de pensar y la mía.
Recuerdo al tipo al que le dije que debía irme por sen-
tir más hambre que Ana Frank. Como cada uno de los
amantes anteriores, no lo vi más, no le causó ninguna gra-
cia. Este geólogo en cambio se movía entre el desparpajo
del alcoholismo y el rock. En una sola noche nos visitó
el absurdo: lo vi orinando en el lavaplatos de la casa don-
de estábamos de visita. Esa misma jornada nocturna me
picó en la rodilla una araña de rincón. Yo pensé que me

88
había quedado dormida con el cigarro encendido, pero
mi pantalón no tenía ningún tipo de rotura. No quise ir al
doctor de inmediato para no joderme la fiesta. Tomé un
lápiz pasta y dibujé un círculo alrededor de la carne amo-
ratada. Si avanzaba la necrosis hasta la marca era hora de
ir, pero para mi fortuna el espacio fue limitado y menor.
Mientras yo tomaba esa medida de primeros auxilios, el
geólogo dormía con un condón puesto, tirado en el sillón
de esa casa desconocida.

9. el cineasta

Nos conocimos en un fin de fiesta. Un extranjero recién


llegado a Chile de quién siempre tuve la sospecha de que
era gay. Salimos un par de veces. Siempre me perturbó la
imagen de cuando decidimos no vernos más. Se probó
mi chaqueta antes de salir. Nos volvimos a ver en un bar,
en otra ciudad, un año más tarde, por azar. Ambos be-
bíamos cerveza. Él estaba solo. Salí a fumar y él salió de-
trás mío. «Me encontré con tu libro hace poco. Busqué el
cuento, ese donde la mujer manda al tipo a la cárcel para
hacerlo sufrir. Lo mataste. No podía creerlo. ¿Por qué me
deseas tanto mal?». Lo quedé mirando como quién escu-
cha hablar a un loco, le dije que todo era ficción y dejara
de pensar que todo se trata de él. Una semana más tar-
de me lo vuelvo a encontrar en una discoteque a la que
nunca había ido. «Tú me trajiste acá», me dice. Acabamos
teniendo una cita a las 4 de la mañana en Casa Cena. De
fondo se escuchan unos boleros mientras comemos pes-
cado y tomamos vino blanco.

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el último amante

¿Se puede categorizar a los amantes? Fue mi tío, el que


sin querer me lo propuso. Murió mi padre y heredé los
recuerdos de los dos. En una caja, entre artículos médi-
cos y deportivos venía una libreta café con los nombres
de todas sus mujeres, la fecha de la relación y alguna des-
cripción que señalaba la importancia del vínculo, tam-
bién algunos rasgos físicos distintivos, como color de
pelo, ojos, piel, contextura física. Dentro de las posibles
razones, me imagino que debe haber estado la de impu-
tación de paternidad, más allá de los siete hijos que ya
tenía pasados por la libreta. Me puse a pensar en mis pro-
pios amantes. En la cantidad de páginas que tendría mi
propia libreta, a quienes haría evidente como si fuese un
premio y a quienes dejaría fuera por venganza o incluso
vergüenza. Es evidente que hay muchos de ellos a los que
quisiera olvidar, en los que me desgasté anímicamente,
porque hay amantes que tienen el alma podrida y ter-
minan arrastrándote, gente de una energía gris que que-
da deambulando en el cuerpo, impregnando la sangre de
malos espíritus y fantasmas.
Hay uno de ellos que nunca conseguí olvidar porque
la historia es cruel desde el sexo a las promesas de amor,
que estaban cargadas de palabras destructivas. Aun re-
cuerdo una carta que me escribió:
«Quiero impregnar tu cuerpo de insectos, de las larvas
más oscuras y pecaminosas que existan».

También recuerdo una tarjeta que venía en medio de una


corona de flores que me regaló para un aniversario.

90
«Tú muerta, yo muerto. Las flores del deceso que corté
de tu flor de cementerio. Felices 10 meses».

El tono de sus mensajes traía consigo una densidad que


me desarmaba. Nunca entendí por qué usaba guayabe-
ra, si nunca tuvo ni un tono festivo ni menos playero, si
todo lo que hacía era hablar de muerte y enfermedades,
de torturarme con la posibilidad de que él y yo murié-
ramos por descuido, accidente o algún virus mortal. No
pude evitar recordarlo con el brote de Ébola. Él mismo
se hizo notar, con una de sus cartas terribles. «Al fin llegó
lo que tantas veces te dije. Esa enfermedad brutal donde
terminarán sangrándote los ojos». Hace tiempo que no
sabía de él. Lo recordaba en contadas ocasiones, su nom-
bre estaba siempre asociado al dolor. Había hombres que
me causaban daño durante el sexo, y ahí aparecía su cara,
que había reemplazado a la de mi madre, esa cara que
flotaba en una nube sobre mi cabeza y que me decía que
no perdiera la virginidad. Ahí estaba la suya, queriendo
decirme: «Te lo dije, perra».
Era moralmente muy incorrecto. Decía una gran can-
tidad de cosas desubicadas. Ya me había cansado de darle
explicaciones a todo el mundo, así que cuando se man-
daba uno de sus números clásicos yo prefería irme y que
él mismo se las arreglara. Cuando nos conocimos debí
haberle hecho caso. «Soy el ángel exterminador, pinta la
puerta de tu casa con sangre para que no pase esta no-
che». Yo, ignorante de que se trataba de un aviso, me reí
y lo encontré original. Si pudiera volver al pasado para
darme una cachetada, lo haría. Ni siquiera lo miraría di-
rectamente. Sus ojos eran muy penetrantes, si no te con-
vencía con sus palabras era con su mirada de serpiente

91
agazapada entre la hierba.
No sé cómo se consiguió mi dirección, pero un día
cercano al primer encuentro, me lo crucé en la entrada,
donde estaba esperándome. Leía a Oquendo de Amat.
«Despedacé a esta mujer como quien pela una fruta». Lo
hice pasar. Le ofrecí una lata de cerveza. No alcancé a sa-
carla del refrigerador cuando ya estaba detrás mío levan-
tándome la falda y tirándome del pelo. No me preguntó
agua va. Yo tampoco le dije nada. Suponía que tenía ra-
zón al decirme lo de la puerta con sangre.

92
POSTALES DE VALPORNO

Un vagabundo tirado en la vereda me pide que me acer-


que y lo hago, no sin cierto temor. Me extiende las ma-
nos, de unos dedos negros y anchos. A su lado un paquete
de salchichas; me dice que se lo abra. Tiene los dedos
quebrados. Una vez abierto el paquete, se lo entrego y
con las manos torcidas comienza a comerse las salchi-
chas crudas.

Entro al baño de mujeres de un bar. En una de las casetas


orina con la puerta abierta una mujer que tiene la cara
completamente quemada.

Un tipo se me acerca a la mesa del bar y me dice: «¿Te


muestro mi arte?», y comienza a introducirse unos clavos
de diez centímetros por los orificios de la nariz.

Una pelea a gritos en un departamento que está sobre el


paradero de colectivos. Vuelan algunas camisas y calzon-
cillos por la ventana y una horda de borrachos levanta los
brazos para quedarse con ellos.

Afuera de una discoteque, un tipo se queja de dolor en


las costillas. Tiene la ropa completamente desgarrada,
dice que es hermano del dueño del lugar, que mandó a
los guardias para que le pegaran. «No puedo respirar»,

93
dice. Mientras llega la ambulancia, las dos personas que
lo auxilian le roban los cigarros.

Un amigo se encuentra con otro amigo en la mitad de


la noche. Uno de los dos está tirado en plena calle con
un corte en el estómago. El otro se queda mirándolo y
le toma el pulso. Cuando comprueba que el corazón le
sigue latiendo, se saca la chaqueta y lo tapa. Sigue cami-
nando a su casa.

Un tipo grita una sarta de garabatos afuera de una casa


cualquiera a las 22.00 horas, sin polera y en notorio esta-
do de ebriedad. Sus alumnos que van pasando por la ve-
reda contraria lo reconocen.

Un hombre pasa corriendo en zunga por la mitad de la


ciudad escuchando música en un personal stereo.

Unos niños se suben a un juego mecánico en una plaza y


el tipo que la maneja se olvida de ellos. Uno de los niños
se desmaya.

Un poeta llega hasta la casa de su editor para decirle en


un español neutro que se le están cayendo los dientes y
necesita que le pague sus libros.

Un escritor se encuentra con otro escritor en un alma-


cén. Uno está comprando un kilo de marraquetas para el
desayuno. El otro lo amenaza con un palo-fierro-cuchillo
cartonero-corvo (Seleccione cualquiera de las opciones).
El otro se saca la correa y le da un par de latigazos.

94
Tres de la tarde. Plaza pública. Varias familias con sus hi-
jos se acercan a mirar el show improvisado de un grupo
de travestis.

De restorán en restorán, una anciana se pasea abrazada a


una muñeca de plástico como si llevase una guagua.

Una mujer va camino a su casa y salen a asaltarla. El tipo


que le quita las cosas sale corriendo, pero tras ella viene
otro sujeto que lo encara, le pega y le devuelve las cosas.
Ella se sienta en la cuneta para pasar el susto. El tipo que
se las dio de héroe se sienta a su lado e intenta besarla. La
mujer se para y se va, horrorizada.

Un grupo de borrachos en semana santa hace una colec-


ta para la quema del Judas. Horas más tarde caminan en
procesión hasta una cancha cercana. Por los altoparlan-
tes se escucha la música de la película Titanic. Minutos
más tarde el muñeco estalla en la mitad del recinto.

Un hombre va a ver a su novia muy bien peinado. Le lleva


unos conejos faenados de regalo. En la calle algunos ni-
ños juegan. A la media hora se le ve llegar con los ojos lle-
nos de lágrimas. Lanza los conejos a cualquier parte. Los
perros los despedazan. Los niños gritan y lloran.

A una conocida anciana del sector de Bellavista que pide


limosna, le cambian el cartel de las súplicas. En vez de
decir: «Soy una viejita muy pobre, ayúdeme por favor», le
escriben: «Me encanta el sexo oral».

95
índice

7 Nota preliminar

11 Perversiones dominicales

14 La suela y la sangre

16 Los enfermizos humildes

18 No quiero pensar en la muerte

20 Hay alguien detrás de esa luz

23 El dilema de qué hacer con la felicidad

25 Lo siento, soy así

28 Cocina internacional

31 Interiores

34 Una heroína moderna

37 Sonata del odio

48 Hogar Navidad


54 Ofrenda de amor

58 Ciervo pagano

64 Hasta que la locura nos separe

66 La comunidad del azote

83 Diez amantes

93 Postales de Valporno
VALPORNO
se terminó de imprimir
en el mes de septiembre de 2017
en Santiago de Chile.