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Introducción general

La investigación cualitativa como


disciplina y como práctica
N o r m a n K . D e n zin e Y v o n n a S . L in c o ln

En un texto sobre la investigación científica y la investigación


cualitativa, en el que privilegia la perspectiva estratégica del coloni­
zado, Linda Tuhiw ai Sm ith (1999), afirm a que «el térm ino “investiga­
ción” está inextricablem ente asociado al colonialismo y al im perialism o
europeos». Según dice, «la m ism a p alab ra es u n a de las m ás sucias en
el vocabulario del m undo indígena [...], u n a p alab ra involucrada en los
peores excesos del colonialismo» y los modos en los que «el conoci­
miento sobre los pueblos indígenas h a sido recolectado, clasificado y
luego representado frente a Occidente» (pág. 1). E sta sucia palabra nos
despierta sentim ientos confusos de furia, silencio y desconfianza. «Es
tan fuerte que los indígenas incluso escriben poesía sobre el tem a de
la investigación» (pág. 1). Sin duda, se tr a ta de uno de los legados m ás
sórdidos del colonialismo.
Lam entablem ente, la investigación cualitativa, en casi todas sus
formas (observación, participación, entrevistas, etnografía), funciona
como u n a m etáfora del conocimiento, el poder y la verdad coloniales.
Así funcionan las m etáforas. La investigación, ya sea c u alitativ a o
cuantitativa, es u n a actividad científica que provee los fundam entos
para los inform es y las representaciones del «Otró^;, E n el contexto co-
lomal, Tá investigación se convierte en un modo objetivo p a ra re p re ­
sentar al Otro de piel negra frente al m undo blanco.
Las naciones colonizadoras dependían de las h um anidades, es­
pecialm ente de la sociología y la antropología, en lo relativo a la pro­
ducción de conocimiento sobre los m undos extraños y extranjeros. Este
involucram iento cercano con el proyecto colonial contribuyó de un
modo significativo a la larga y torm entosa h isto ria de la investigación
cualitativa, y a que «investigación» se convirtiera en u n a p alab ra sucia
(para u n a adecuada reseña del tem a, véanse Foley y V alenzuela, C a­
pítulo 9, y Tedlock, C apítulo 18, de este M anual). E n sociología, el t r a ­
bajo de la escuela de Chicago en la década de 1920 y de 1930 del siglo
pasado estableció la im portancia de la investigación cu alitativ a p ara
el estudio de la vida de los grupos hum anos. E n antropología, d u ran te
el m ismo período, los estudios de Boas, M ead, B enedict, B ateson,
E v an s-P ritch ard , Radcliffe-Brown y M alinow ski, que definieron el
marco de la disciplina, dieron forma a las líneas principales del método
de trabajo de campo (véanse G upta y Ferguson, 1997; Stocking, 1986,
1989).
La agenda era m uy clara: el observador llegaba a u n escenario
extranjero con el fin de estudiar la cultura, las costum bres y los hábitos
de otro grupo hum ano (a m enudo, u n grupo que se ponía en el camino
de los colonizadores blancos). Los inform es etnográficos sobre estos
grupos e ra n incorporados al cúmulo de estrateg ias colonizadoras y se
revelaban, así, como modos de controlar al Otro extranjero, desviado o
perturbador. Pronto, la investigación cualitativa fue em pleada en otras
disciplinas científicas sociales y de la conducta, incluyendo la educa­
ción (particularm ente a p a rtir de Deweyj, la historia, las ciencias po­
líticas y de la em presa, la m edicina y la enferm ería, el trabajo social y
las comunicaciones (para u n a crítica de esta tradición, véanse Sm ith,
1999; Vidich y Lym an, 2000; Rosaldo, 1989, págs. 25-45; y Tedlock, Ca­
pítulo 18 de este Manual).
H acia 1960 ya se perfilaba nítidam ente el campo de b atalla entre
la investigación cu alitativa y cuantitativ a. Los académicos c u a n tita ti­
vos relegaron la investigación cu alitativ a a u n statu s subordinado en
el quehacer científico y, en respuesta, los investigadores cualitativos
ensalzaron las virtudes hum anísticas de su enfoque subjetivo e in te r­
pretativo del estudio de la vida de los grupos hum anos. Al mismo
tiem po, los pueblos indígenas se encontraron sometidos a las indigni­
dades de ambos enfoques, ya que am bas metodologías eran utilizadas
en nom bre de los poderes colonizadores (véanse B attiste, 2000; Sem ali
y Kincheloe, 1999).
Vidich y Lym an (1994, 2000) graficaron m uchas de las caracte­
rísticas cruciales de e sta dolorosa historia. E n su célebre análisis ob­
servan, con cierta ironía, que la investigación cu alitativ a en sociología
y antropología «nació precisam ente del deseo de en ten d er al “otro”»
(Vidich y Lym an, 2000, pág. 38). M ás aún, ese «otro» era el Otro exó-
tico, un individuo prim itivo, no blanco, de u n a cu ltu ra ex tran jera, con­
siderada menos civilizada que la nu estra. Por supuesto, hubo colonia­
listas m ucho a n te s de que h u b ie ra antropólogos y etnógrafos. Así y
todo, no h ab ría historia colonial, ni neocolonial, si no fuera por la m en­
talidad investigativa que convirtió al Otro de piel negra en objeto de
la m irada etnográfica. Desde el mismo comienzo, la investigación cua­
litativa estuvo im plicada en un proyecto ra c ista .1
En este capítulo introductorio, definirem os el campo de la inves­
tigación cualitativa, luego navegarem os, graficarem os y reseñarem os
su historia en las disciplinas hum anas. Esto nos perm itirá situ a r nues­
tro libro y sus contenidos en el marco de determ inados m om entos h is­
tóricos. (En alguna m edida, estos m om entos históricos son artificiales,
construidos socialm ente, cuasihistóricos y convencionales. Sin em ­
bargo, perm iten un despliegue de ideas en desarrollo. Y tam bién faci­
litan u n a creciente sensibilidad y sofisticación frente a los precipicios
y las prom esas de la etnografía y la investigación cualitativa.) Tam bién
presentarem os un marco conceptual p a ra leer el acto de la investiga­
ción cualitativa como un proceso jn u ltic u ltu ra l ^ o n orientación de gé­
nero, a modo de introducción p a ra los volúm enes y capítulos que si­
guen.'Volviendo a las observaciones de Vidich y Lym an, así como a las
de hooks, concluirem os con u n a breve discusión sobre investigación
cualitativa y sobre la teoría crítica de lo racial (véase tam bién Ladson-
Biílings y Donnor, Capítulo 11 de este Manual). Tam bién expondremos
las am enazas que en fren ta la investigación cu alitativ a de sujetos h u ­
manos de parte del conservadurism o metodológico que m encionamos
en el Prefacio. Como dijimos allí, utilizam os la m etáfora del puente
para dar e stru ctu ra al libro. N uestro trabajo a p u n ta a ser un puente
capaz de conectar los m om entos históricos, la política, el proyecto des­
colonizador, los métodos de investigación y los p aradigm as de las co­
munidades de académicos interpretativos.

1 Recordemos la lectu ra hecha por bell hooks (1990, pág. 127) de la fam osa foto
de Steven Tyler haciendo trabajo de campo en la India aparecida en la portada de Wri-
ting Culture (Clifford y M arcus, 1986). E n e sta im agen se ve a Tyler sentado a cierta
distancia de tre s personas de piel negra. U n a de ellas, u n niño, asom a la cabeza desde
un canasto. U na m ujer aparece oculta bajo las som bras de un sombrero, y u n hombre,
con un chal blanco y negro a cuadros sobre los hombros, con los codos sobre las rodillas,
y las manos al costado de la cara, m ira fijam ente a Tyler, quien escribe en u n diario
de campo. Un trozo de te la blanca cuelga de sus lentes, quizás p a ra protegerlo del sol.
Esta m ancha de blanco señ ala a Tyler como el escritor m asculino blanco estudiando a
la pasiva gente de color. Sin em bargo, la m irad a del hom bre del chal a cuadros indica
un deseo o u n a atracción, al menos, por Tyler. E n cambio, la m irada de la m ujer está
completamente oculta en las som bras y ta p a d a por las palab ras del título, im presas
sobre su rostro.
C u estion es de d efin ición
_JPor propio derecho, la investigación c u alitativ a constituye u n
» camposdó investigación que entrecru za disciplinas, áreas y objetos de
estudio.-/Una compleja e interconectada fam ilia de térm inos, conceptos
' y presupuestos rodean el concepto de investigación cu a lita tiva . Estos
incluyen tradiciones asociadas con el fundacionalism o, el positivismo,
el posfundacionalism o, el pospositivismo, el posestructuralism o y m u ­
chas perspectivas de investigación cu alitativ a o métodos vinculados
con estudios culturales e in terp retativ o s (los capítulos correspondien­
tes al Volumen II discuten esos paradigm as).3 Existen bibliografías ex­
h au stiv as e independientes u n as de otras, de los muchos métodos y
enfoques que caen en la categoría de investigación cualitativa, tales
como el estudio de casos, la política y la ética, la investigación partici-
pativa, los métodos de entrevista, la observación p articipante, los m é­
todos visuales y el análisis interpretativo.
En Am érica del Norte, la investigación cu alitativ a opera en u n
campo histórico complejo que intercala, al menos, ocho m om entos h is­
tóricos, que com entarem os detallad am en te a continuación. Estos mo­
m entos se superponen y operan sim u ltán eam en te en el presente.4 Los
/ definim os como los períodos tra d icio n a l -(1900-1950); m o d ern ista , o
edad dorada (1950-1970); el d esd ib u ja m ien to de los géneros (1970-

2 La investigación cu alitativ a tiene diversas historias, d istin tas y peculiares,


en campos como la educación, el trabajo social, las ciencias de la comunicación, la psi­
cología, la historia, los estudios organizacionales, las ciencias médicas, la antropología
y la sociología.
3 Algunas definiciones son necesarias en este punto. El positivismo sostiene que
los inform es objetivos del m undo real son posibles; el pospositivismo, por su parte,
afirm a que lo son sólo parcialm ente, pues todos los m étodos orientados a exam inar
esos inform es son, en alguna m edida, defectuosos. De acuerdo con el fundacionalismo,
podemos encontrar u n a fundam entación últim a p ara n u e stras pretensiones de cono­
cimiento del m undo, y e sta fundam entación im plica el uso de epistem ologías em piris-
ta s y positivistas (Schw andt, 1997a, pág. 103). El no-fundacionalismo, por su parte,
sostiene que podemos c o n stru ir enunciados válidos sobre el m undo «sin re c u rrir a
p ru eb as o fundam entos últim os p a ra ta le s conocimientos» (Schw andt, 1997a, pág.
102). El cuasifundacionalismo afirm a que podemos construir conocimiento sobre el
m undo basado en criterios neorrealistas, incluyendo el concepto de la verdad como co­
rrespondencia; existe u n a realidad independiente, por ende, susceptible de ser mape-
ada (véase Sm ith y Hodkinson, Capítulo 36 de este Manual).
4 Jam eson (1991, págs. 3-4) nos recuerda que toda hipótesis de periodización
es sospechosa, incluso u n a hipótesis que rechace los modelos lineales. N unca es claro
a qué realidad se refieren dichas etapas, y siem pre puede discutirse sobre qué es lo
que las separa un as de otras. N uestros ocho m omentos ap u n tan a cambios discem ibles
en el estilo, el género, la epistem ología, la ética, la política y la estética de la investi­
gación.
\l

1986); la crisis de la representación (1986-1990); el posm odern ism o , un


período de nuevas etnografías experim entales (1990-1995); la in vesti­
gación posexperim ental (1995-20QQ);.el presente de las luchas m etodo­
lógicas (2000-2004) y el futuro fra ctu ra d o , que es el actu al (2005-). EL
futuro, el octavo momento, desafía la regresión metodológica asociada
con el movimiento social basado en la evidenciaxy se preocupa por el
discurso m oral y el desarrollo de tex tualidad es científicas sagradas.
Este momento exige que las ciencias sociales y las hum an id ad es s e
conviertan en espacios p a ra la conversación crítica sobre tem as como
la democracia, la raza, el género, la clase, el Estado-nación, la globali-
zación, la libertad y la com unidad.5
Los m omentos posmoderno y posexperim ental se definieron, en
parte, por u n a preocupación por los tropos literarios y retóricos, ©1 giro
narrativo, las narraciones, y la form ulación de nuevos modos de la e t­
nografía (Bochner y Ellis, 2002; Ellis, 2004; Goodball, 2000; Pelias,
2004; Richardson y Lockridge, 2004; Trujillo, 2004). Laurel R ichardson
afirma que este período se caracterizó por u n a nueva sensibilidad, así
como por la duda y el rechazo a cualquier intento de privilegiar u n m é -.
todo o teoría dados (pág. 173). Hoy en día, en el comienzo de este nuevo'
siglo, nos esforzamos por conectar la investigación cu alitativ a con las
ssperanzas, las necesidades, los objetivos y las prom esas de u n a socie­
dad dem ocrática y libre.
Estos ocho momentos son atravesados por olas sucesivas de teori-
jación epistemológica. El período tradicional se asocia con el paradigm a
positivista y el fundacional. El modernismo o edad dorada y el desdibu-
amiento de los géneros, a su vez, están conectados con la aparición del
Dospositivismo. Al mismo tiempo, u n a gran variedad de nuevas pers-
Dectivas interpretativas y cualitativas tom aron vuelo, incluyendo la her-
nenéutica, el estructuralism o, la semiótica, la fenomenología, los estu ­
dios culturales y el feminismo.6 E n la fase del desdibujam iento de los

5 Muchos académicos caracterizaron este modelo como narrativa del progreso


Alasuutari, 2004, págs. 599-600; Seale y otros, 2004, pág. 2). Según señalaron algunos
ríticos, nosotros creemos que el m om ento m ás reciente es el m ás actualizado, van­
guardista y al ñlo de la m oda (A lasuutari, 2004, págs. 601). N atu ralm en te, diferimos
le esta lectura. Teddlie y T ashakkori (2003, págs. 5-8) modificaron n u e stra periodi-
ación p a ra adecu arla a su an álisis histórico de los m om entos principales en el surgi-
niento del uso de m étodos mixtoX en la investigación-en ciencias sociales a le largo
laLsiglo p a s a d o , ----
6 A lgunas definiciones adicionales son n ecesarias en este punto. El estructura-
ísmo sostiene que todo sistem a se constituye de grupos de categorías opuestas inserí­
as en el lenguaje. La semiótica es la ciencia de los signos o los sistem as de signos (en
efinitiva, se tr a ta de u n proyecto estru ctu ralista). De acuerdo con el posestructura-
Ismo, el lenguaje es u n sistem a inestable de referentes, por lo cual es imposible dar
on el significado completo de cualquier acción, texto o intención. El posmodernismo,
géneros, las hum anidades se convirtieron en un recurso central p ara la
teoría in terpretativa crítica, y las líneas generales del proyecto de la in ­
vestigación cualitativa comenzaron a gestarse. De este modo, el inves­
tigador se convirtió en un bricoleur (véase abajo) que aprendía a tom ar
recursos de m uchas disciplinas diferentes.
La e tap a del desdibujam iento de los géneros incubó la siguiente
fase, que denom inam os la crisis de la representación. En este punto,
los investigadores se esforzaron por ubicarse a sí m ismos ju n to a sus
objetos en textos autorreflexivos. Al m ism o tiem po, tuvo lu g a r u n a
suerte de diáspora metodológica, un éxodo en dos direcciones. Los h u ­
m an istas m igraron a las ciencias sociales, en búsqueda de nuevas te ­
orías y form as de e stu d iar la c u ltu ra popular y sus contextos locales,
etnográficos. Por su parte, los científicos sociales se volvieron hacia las
hum anidades con la esperanza de ap ren d er a realizar lecturas estruc-
tu ra lista s y p o sestructuralistas complejas de los textos sociales. Desde
las hum anidades, los científicos sociales tam bién aprendieron a pro­
ducir textos que no podían leerse con térm inos sim plistas, lineales e
incontrovertidos. La línea entre texto y contexto se difuminó. En el mo­
m ento posmoderno experim ental, los investigadores continuaron ale­
jándose de criterios fundam entales o cuasifundam entales (véanse, de
este M anual, Sm ith y Hodkinson, Capítulo 36; Richardson y St. Pierre,
Capítulo 38). Se buscaron criterios de evaluación alternativos, que pro­
b aran form as de com prensión evocativas, m orales, críticas y a rra ig a ­
das en contextos locales.
Toda definición de la investigación cualitativa debe operar dentro
de este complejo campo histórico, pues investigación cu a lita tiva signi­
fica diferentes cosas en cada uno de esos momentos. :^A.sí y todo, puede
ofrecerse u n a definición inicial y genérica: la investigación cualitativa
es u n a actividad situada, que ubica al observador en el m undo. Con­
siste en u n a serie de prácticas m ateriales e in te rp re ta tiv a s que hacen
visible el m undo y lo transform an, lo convierten en u n a serie de rep re­
sentaciones que incluyen las notas de campo, las entrevistas, las con­
versaciones, las fotografías, las grabaciones y las notas p a ra el inves­
tigador. E n este nivel, la investigación cu alitativ a im plica u n enfoque

por su parte, es u n a sensibilidad contem poránea, que se desarrolló luego de la Segunda


G uerra M undial, y que se-caracteriza por no privilegiar a ninguna autoridad, método
o paradigm a dados* La hermenéutica*, por su parte, es u n a aproxim ación al análisis
de los textos, que su b ray a e l m ódtreñ que la com prensión previa y los prejuicios dan
forma a los procesos interpretativos. La fenomenología es u n complejo sistem a de ideas
asociado con las obras de H usserl, Heidegger, S artre, M erleau-Ponty y Alfred Schutz.
Los estudios culturales constituyen u n campo de estudio compleja e interdisciplinario,
en el que se m ezclan la teo ría crítica con el feminismo y el posestructuralism o.
interpretativo y n a tu ra lis ta del m undo, lo cual significa que los inves­
tigadores cualitativos estu d ian las cosas en sus escenarios n atu rales,
tratando de entender o in te rp re ta r los fenómenos en función de los sig­
nificados que las personas les dan.7 _
La investigación cualitativa implica el uso y la recolección de una
variedad de m ateriales empíricos: el estudio de casos, las experiencias
personales y de introspección, las historias de vida, las entrevistas, los
artefactos, los textos y las producciones culturales y los textos obser­
vadonales, históricos, interactivos y visuales. Estos m ateriales descri­
ben los problemas rutinarios y significados en la vida de los individuos.
Concordantemente, los investigadores cualitativos despliegan u n a am ­
plia gam a de prácticas in te rp re ta tiv a s interconectadas con la espe­
ranza de obtener un mejor conocimiento del objeto de estudio que tie ­
nen entre m anos. Se entiende, sin em bargo, que cada práctica hace
visible el m undo a su m anera. De ahí que, frecuentem ente, se usen v a­
rias prácticas in te rp re ta tiv a s en un mismo estudio.

El in v e s tig a d o r c u a lit a t iv o c o m o b r ic o le u r y q u il t m a k er*

Podría definirse al investigador cualitativo utilizando d istin tas


imágenes con orientación de género: el científico, el n a tu ra lista , el tr a ­
bajador de campo, el periodista, el crítico social, el a rtista , el actor, el
músico de ja z z , el director cinematográfico, el qu ilt maker, el ensayista.
Las m uchas p rácticas metodológicas de la investigación cu alitativ a
pueden verse como ciencia blanda, periodismo, etnografía, bricolage,
quilt m aking y m ontaje. El investigador, a su vez, puede ser visto como
bricoleur, como q u ilt m aker, o, como la persona que, en el cine, une las
imágenes en el m ontaje. (Sobre el m ontaje, véanse Cook, 1981, págs.
171-177; Monaco, 1981, págs. 322-328; y la discusión que sigue. Sobre
el bordado, véanse hooks, 1990, págs. 115-122; Wolcott, 1995, págs. 31-
33.)

7 Por supuesto, todos los escenarios son n a tu ra le s, en el sentido de que son


contextos en los cuales tien en lu g a r experiencias de la vida cotidiana. Los investiga­
dores cualitativos estu d ian a la gente haciendo cosas ju n to s en los entornos en los que
se hacen esas cosas (Becker, 1986). Pero no existe u n lu gar de campo o un contexto
natural al que uno pueda ir a hacer e sta clase de trab ajo (véase tam bién G upta y Fer-
guson, 1997, pág. 8). E ste lugar, m ás bien, se construye a trav és de las prácticas in ­
terpretativas del investigador. H istóricam ente, los an a listas distinguieron en tre en ­
tornos de investigación experim entales (de laboratorio) y de campo (naturales). De ahí
la idea de que la investigación cu a lita tiv a es n a tu ra lista . La teo ría de la actividad
cuestiona e sta distinción (véanse K eller y Keller, 1996, pág. 20; Vygotsky, 1978).
* Quilt maker: persona que hace colchas. El trabajo sería parecido al patchwork,
labor con retazos o retales. [T.]
H arper (1987, págs. 9, 74-75, 92), de C erteau (1984/ pág. xv), Nel-
son, Treichler y G rossberg (1992, pág. 2), L évi-Strauss (1966, pág. 17),
W einstein y W einstein (1991, pág. 161), y KjnchelqeJ,2QQl) clarifican
los significados del bricolage y el bricoleu r ,8 U n bricoleur tra b a ja
«adaptando los retazos del mundo. Bricolage es sinónimo de “hacer
poético”» id e C erteau, 1984, pág. xv) con «estas piezas: los retazos de
tela, los restos de la comida» (H arper, 1987, pág. 74). El bricoleur es
alguien capaz de realizar cualquier oficio, u n a su erte de practicante
del “hazlo tú m ism o” profesional» (L évi-Strauss, 1966, pág. 17). Los
bricoleurs se definen y m anifiestan por su trabajo (H arper, 1987, pág.
75). C iertam ente, la historia de vida o biografía del bricoleur tam bién
«puede ser considerada un bricolage» (H arper, 1987, pág. 92).
H ay m uchas clases de bricoleurs', interpretativos, narrativ o s, te ­
óricos, políticos y metodológicos (véase m ás abajo). El bricolage gene­
rado por el bricoleur interp retativ o puede definirse como u n a serie de
representaciones com puesta de partes, adecuada a la especificidad de
una situación compleja. «La solución (el bricolage), el resultado del m é­
todo del bricoleur, es u n a construcción» em ergente (W einstein y W eins­
tein, 1991, pág. 161) que cam bia y tom a nuevas form as a m edida que
el bricoleur incorpora diferentes h e rra m ie n ta s, m étodos y técnicas
para re p re se n ta r e in te rp re ta r el problem a, Nelson y otros (1992) des­
criben la m etodología de los estudios cu ltu rales como «un bricolage,
una elección práctica, es decir, pragm ática, estratég ica y au torrefle­
xiva» (pág. 2). E sta m ism a definición puede aplicarse, con ciertas sal­
vedades, a la investigación c u a lita tiv a .
Como bricoleur o q u ilt maker, el investigador cualitativo utiliza
las h erram ien tas estéticas y m ateriales de su oficio, y es capaz de des­
plegar estrateg ias de toda clase, métodos y m ateriales empíricos que
se encuentren disponibles (Becker, 1998, pág. 2). El investigador in ­
ventará o re a rm a rá nuevas h erram ien tas o técnicas a m edida que lo
necesite, dado que la elección de las prácticas in te rp re ta tiv a s a imple-
m entar no necesariam ente se hace de antem ano. Como notan Nelson

8 De acuerdo con W einstein y W einstein (1991), «el significado del bricoleur en


al lenguaje popular francés es el de alguien que “tra b a ja con sus m anos y utiliza me­
dios poco canónicos com parados con los de los artesan o s”... El bricoleur es pragmático,
y sólo se ocupa de que, al final de todo, el trabajo esté hecho» (pág. 161). Estos autores
)frecen u n a h isto ria del térm ino, que lo conecta con las obras del sociólogo y teórico
social alem án Georg Simmel y, por extensión, de Baudelaire. H am m ersley (1999) cues-
dona nuestro uso del térm ino. Siguiendo a L évi-Strauss, concibe al bricoleur como un
lacedor de m itos, y sugiere que el térm ino debería ser reem plazado por «constructor
le barcos». H am m ersley tam bién im pugna nuestro modelo de la h isto ria de la inves-
.igación cualitativ a basado en momentos, observando que este modelo sugiere alguna
¡lase de sentido del progreso.
y otros (1992), «la elección de las prácticas de investigación depende
de los problem as que se hay an form ulado, y estos problem as, a su vez,
dependen de sus contextos» (pág, 2), es decir, de lo que está disponible
en un determ inado contexto y de lo que un investigador puede hacer
en ese escenario.
E stas prácticas in te rp re ta tiv a s im plican cuestiones de estética:
una estética de la representación que va m ás allá de lo pragm ático o
lo práctico. En este punto es útil el concepto de m ontaje (véanse Cook,
1981, pág. 323; Monaco, 1981, págs. 171-172), u n método de edición de
imágenes en movimiento. E n la historia de la cinem atografía, el con­
cepto se asocia fuertem ente con la figura de Sergei E isenstein, en es­
pecial con su film E l acorazado Potem kin (1925). E n el m ontaje, se su ­
perponen o yuxtaponen m uchas im ágenes diferentes p a ra crear una
imagen. En cierto sentido, el m ontaje es sim ilar a la técnica del p e n ti -
rrneriio , que consiste en hacer visible un fragm ento de u n a im agen sobre
Iárcual se pintó otra cosa (im agen de la cual el pintor «se arrepintió» o
rechazó), creando así algo nuevo. Lo nuevo es lo que se h ab ía oscure­
cido con u n a im agen anterior.
El m ontaje y el pentim ento, como el ja z z , que se b asa en la im ­
provisación, generan la sensación de que las im ágenes, los sonidos y
los sentidos se asocian, se mezclan, se superponen, formando compues­
tos y nuevas creaciones. Las im ágenes se influencian unas a otras, pro­
duciendo un efecto emocional guestáltico. E n el m ontaje cinem atográ­
fico, a menudo se com binan en u n a secuencia m uy rápida, que produce
una vertiginosa sucesión visual alrededor de u n tem a o hecho central.
A menudo, los directores em plean este recurso p a ra referir el paso del
tiempo.
Quizás el m ás famoso ejemplo de m ontaje cinem atográfico sea la
secuencia de las escaleras de O desa ép el citado film de Eisenstein. En
el clímax de la acción, las tropas zaristas m asacran a los ciudadanos
de Odesa en los escalones de piedra que conducen al puerto. E isenstein
pasa al plano de u n a joven m adre sobre la explanada, que m ete a su
bebé en el carrito, indefensa frente al fuego de los soldados.9 Los ciu­
dadanos huyen, abandonándola y sacudiendo el carrito, que comienza
a desplazarse y llega angustiosam ente al pie de u n a pronunciada es­
calera. Las tropas, que se en cuentran arriba, d isp aran sobre los ciu­
dadanos indefensos. La m adre está a tra p a d a en tre los escalones y el
fuego de la infantería. G rita. U na línea de rifles ap u n ta al cielo, el m a r­
tilleo de las arm as explota en u n a hum areda. La cabeza de la m adre
se inclina hacia atrás. Las ruedas del carrito se b alancean al pie de los
escalones. Las m anos de la m adre tra ta n de a sir la hebilla platead a

9 B rian de P alm a reproduce e sta escena en su ñlm Los intocables, de 1987.


de su cinturón. Abajo, la gente cae, h erid a por el tiroteo. M ana sangre
de los guantes blancos de la m adre. La m ano del bebé asom a desde el
carrito. La m adre se tam balea a u n lado y otro. Las tropas avanzan.
Por últim o, la m adre cae contra el carrito y lo em puja. U na m ujer ob­
serva con horror cómo las ruedas de a trá s del carrito caen del borde
de la explanada. Con creciente velocidad, el carrito rebota contra los
escalones, pasando por un ten d al de cadáveres. El bebé es em pujado
de un lado a otro. Los soldados descargan sus arm as sobre un grupo
de ciudadanos heridos. U na estu d ian te g rita a m edida que el carrito
salta sobre los escalones, se inclina, y finalm ente se da v u elta (Cook,
1981, pág. 167).10
Como vemos en las escenas que acabam os de discutir, el m ontaje
utiliza im ágenes rápidas p a ra crear y definir claram ente la sensación
de urgencia y complejidad. Invita a los espectadores a construir in te r­
pretaciones y e n c a stra rla s e n tre sí a m edida que av an za la acción.
E stas lecturas se b asan en asociaciones en tre las im ágenes que con­
tra s ta n y se m ezclan. La suposición que subyace al m ontaje es que los
espectadores perciben e in te rp re ta n las tom as en «una secuencia de
m ontaje no sucesiva sino sim ultánea» (Cook, 1981, pág. 172). A p a rtir
de estas im ágenes, el espectador compone u n todo emocional signifi­
cativo que se le p resen ta de u n a sola vez.
El investigador cualitativo que u tiliza el m ontaje es como un
q u ilt m aker o un músico de jaiz^ El q u ilt m aker corta, ed ita y une p a r­
tes de la realidad. E ste proceso provee de unidad psicológica y emocio­
nal (es decir, de un patrón) a la experiencia interp retativ a. Existen n u ­
m erosos ejem plos de m ontaje en la investigación cu alitativ a actu al
(véanse Diversi, 1998; H olm an Jones, 1999; L ath er y Sm ithies, 1997;
Ronai, 1998; véase tam bién, en este M anual, H olm an Jones, Capítulo
30). U tilizando num erosas voces, diferentes form atos tex tu ales y m úl­
tiples tipos de letra, L ath er y Sm ithies (1997) tejieron un texto com­
plejo sobre SIDA y m ujeres con VIH positivo. H olm an Jo n es (1999)
creó un texto perform ático utilizando las le tra s de las canciones de
blues que cantaba Billie Holiday.

10 E n el puerto, las bocas de los dos cañones enorm es del Potem kin se deslizan
suavem ente en dirección de la cám ara. U na leyenda nos habla de «el b ru tal poder m i­
lita r que exhiben las arm as del barco». U na legendaria secuencia final de tres tom as
m uestra, en p rim er lugar, la e sta tu a de u n león dormido, luego u n león en el momento
de d esp ertar del sueño, y por últim o u n león que ruge, símbolo del pueblo ruso (Cook,
1981, pág. 167). E n e sta secuencia, E isen stein u tiliza el m ontaje p a ra expandir el
tiem po, lo que le otorga u n a duración psicológica a esta terrible escena. Al prolongar
la secuencia, m ostrando al bebé en el carrito, los disparos de los soldados, un guante
m anchado de sangre de la m adre, el carrito al borde de la escalera, el director sügiere
u n nivel de destrucción de g ran m agnitud.
En los textos basados en las m etáforas del m ontaje, el patchw ork
y la im provisación jazzística, hay m uchos elem entos operando al
mismo tiempo: diferentes voces, perspectivas, puntos de v ista y án g u ­
los de visión. Al igual que los textos perform ativos autoetnográficos,
los trabajos que u tiliz a n el m ontaje crean su significado m oral y al
mismo tiem po lo rep resen tan . V an de lo personal a lo político, de lo
local a lo histórico-cultural. Se tr a ta de textos dialógicos, que exigen
un público activo y generan espacios de intercam bio en tre el escritor y
el lector. De este modo, hacen mucho m ás que situ a r al Otro bajo la
mirada de las ciencias sociales (véanse, de este M anual, A lexander,
Capítulo 16; H olm an Jones, Capítulo 30). f o t <•' vv. -
El foco de la investigación cu alitativa es, inherentem ente, mul-
timetodológico (Flick, 2002, págs. 226-227). De cualquier modo, el uso
de m últiples métodos, o la triangulación, refleja u n intento por asegu­
rar una com prensión en profundidad del fenómeno en cuestión. ^ a re ­
alidad objetivaos inasible^conocemos u n a cosa sólo m ediante sus re ­
presentaciones. La triangulación, de este modo, no es u n a e strateg ia o
nina h e rra m ie n ta de validación, sino u n a a lte rn a tiv a de validación
(Flick, 2002, pág. 227). La combinación de m últiples prácticas m eto­
dológicas, m ateriales em píricos, perspectivas y observadores en un
único estudio se entiende mejor, entonces, como u n a estrateg ia que po­
tencia el rigor, la am plitud, la complejidad, la riqueza y la profundidad
de una investigación dada (Flick, 2002, pág. 229).
En el Capítulo 38 de este M anual, Richardson y St. Pierre discuten
la utilidad del concepto de triangulación, asegurando que la figura cen­
tral de la investigación cualitativa debería ser el cristal y no el triángulo.
Los textos genéricam ente híbridos, propios de la fase posexperim ental,
tienen, en verdad, m ás de tres lados. Como los cristales y el montaje de
Eisenstein, el solo de ja z z o las piezas de un p atch w ork, estos textos
«combinan sim etría y sustancia con u n a infinita variedad de formas,
sustancias y transm utaciones... Los cristales crecen, cambian, se modi­
fican...Son prism as que reflejan externalidades y las refractan en su
propio interior, creando diferentes colores, patrones y escalas, arroján­
dolos en diferentes direcciones» (Richardson, 2000, pág. 934).
En el proceso d e c ristá liz a c ió n ,e l escritor n a rra varias veces el
mismo relato, desde diferentes puntos de vista. Por ejemplo, en Thrice-
Told Tale (1992), M argery Wolf utiliza la ficción, sus notas de campo y
un artículo científico para dar tres diferentes perspectivas de la misma
serie de experiencias en u n a aldea de nativos. Sim ilarm ente, en su obra
Fires in the M irror (1993), A nna Deavere Sm ith presenta una serie de
piezas performáticas basadas en entrevistas con personas que habían es­
tado involucradas en un conflicto racial que tuvo lugar en Crown Heights,
Brooklyn, el 19 de agosto de 1991. La obra tiene num erosas partes de
diálogo, incluyendo conversaciones con miembros de pandillas, oficiales
de policía, muchachos y m uchachas anónimos. No hay, pues, un relato
«correcto» del hecho. Cada narración, como la luz al golpear un cristal,
refleja una perspectiva distinta sobre este incidente.
M irada como u n a forma cristalina, como u n m ontaje o como u na
perform ance creativa sobre un tem a central, la triangulación puede to­
m arse como u n a form a de validez o bien como úrtaraítérnativa de ella.
El método de triangulación im plica la proyección sim u ltán ea de re a li­
dades m últiples y refractarias. C ada u n a de las m etáforas «trabaja»
generando u n a sim ultaneidad, en lu g ar de u n a secuencia o u n a n a rra ­
ción lineal. Los lectores y el público en general son invitados a explorar
las dim ensiones paralelas de un contexto, a sum ergirse en nuevas re ­
alidades que deben ser com prendidas, y a fundirse con ellas.
E ste bricoleur metodológico tiende a realizar u n g ran núm ero de
ta re a s diferentes, desde en trev istas h a sta procesos de autorreflexión
e introspección intensivas. El bricoleur teórico lee y m aneja com pren­
sivam ente los muchos paradigm as de interpretación (feminismo, m a r­
xismo, estudios culturales, constructivism o, teoría queer, etcétera) que
(pueden aplicarse a un problem a p articu lar. Eso no significa, p a ra él,
que estos paradigm as puedan in teg rarse o sintetizarse. Es decir, uno
no puede a lte rn a r fácilm ente entre paradigm as que im plican sistem as
filosóficos globales, cada uno con sus propias ontologías, epistemologías
y metodologías. Estos paradigm as rep resen tan , adem ás, sistem as de
creencias que nuclean a quienes los em plean en torno de determ inadas
visiones del mundo. En contraste, las perspectivas son sistem as menos
desarrollados, en tre los cuales uno puede m overse fácilm ente. El in ­
vestigador como bricoleur teórico tra b a ja en tre (y dentro de) perspec­
tivas y paradigm as que compiten entre sí y se superponen unos a otros.
ELbricoleur interpretativo concibe la investigación como u n pro­
ceso interactivo, conform ado ta n to por su h isto ria personal, por su
raza, género y clase social como por h istorias de las personas en el con­
texto de investigación. El bricoleur crítico hace hincapié en la n a tu ra ­
leza dialéctica y herm enéutica de la investigación interdisciplinaria,
sabiendo que las fronteras que an tañ o sep arab an a las d iscip lin astra-
dicionales ya no tienen vigencia (Kincheloe, 2001, pág. 683). El brico­
leur político sabe que la ciencia es poder, dado que todos los descubri­
m ientos científicos tie n e n im plicaciones políticas y no existe una
ciencia libre de valores. El investigador persigue u n a ciencia social cí-
vica^Jiasaxla en u n a política de la esperanza (Lincoln, 1999). El brico­
leur narrativ o 'y con orientación de género tam bién sabe que todos los
investigadores crean relatos sobre los m undos que h a n estudiado. Por
lo tanto, las n a rra tiv a s, o relatos que los científicos producen son in­
formes redactados en el marco de determ inadas tradiciones n arrativas,
m uchas veces definidas como paradigm as: el positivismo, etneepositi-
vismo, el constructivism o, etcétera.
la perspectiva del conquistador, que veía el m undo de la vida de los
primitivos como u n a v en tan a al pasado prehistórico. La m isión calvi­
nista de salvar a los indios pronto se traslad ó a la m isión de salvar a
las «hordas» de inm igrantes que entraron en Estados Unidos al comen­
zar el proceso de industrialización. Los estudios del Otro étnico proce­
dentes de la com unidad cu alitativ a proliferaron desde comienzos de
1900 h a sta la década de 1960, e incluyen los trabajos de F ran k lin Fra-
zier, Robert P ark , R obert Redfield y sus estu d ian tes, W illiam Foote
Whyte, los Lynds, A ugust H ollingshead, H e rb ert G ans, Stanford
Lyman, A rth u r Vidich y Joseph B ensm an. Los estudios étnicos poste­
riores a 1960 desafiaron la hipótesis del crisol de razas de P a rk y sus
seguidores, en sintonía con el surgim iento de los program as de e stu ­
dios étnicos que encontraron a los nativos norteam ericanos, latinos,
asiáticos y afroam ericanos tra ta n d o de tom ar control de los estudios
sobre sus propios pueblos.
El debate posmoderno y p o sestru ctu ralista emergió a m ediados
de la década de 1980, cuestionando los supuestos que organizaron la
tem prana historia del campo en cada uno de sus m om entos de coloni­
zación. Según afirm an Vidich y Lym an (2000), la investigación cuali­
tativa que cruza la «frontera posmoderna» le exige al académico «que
abandone todos sus valores, teorías, perspectivas y prejuicios estable­
cidos y preconcebidos [...] como recursos p a ra el trabajo etnográfico»
(pág. 60). E n esta nueva era, el investigador cualitativo hace m ás que
m eram ente observar la historia; le toca ju g a r u n papel activo en ella.
Nuevos relatos del campo se escribirán a p a rtir de este m omento, y re ­
flejarán el compromiso personal y directo de los investigadores con este
período histórico.
El análisis de Vidich y Lym an cubre todo el arco de la historia
de la etnografía. El nu estro se lim ita a los siglos.xx y xxi y comple­
m enta m uchas de las divisiones del trabajo de Vidich y Lym an. Co­
menzamos con los trabajos fundacionales de los británicos y franceses,
y las escuelas de sociología y antropología de Chicago, Columbia, H a r­
vard y Berkeley. E ste período fundacional tem prano es el que sentó
las bases y estableció las norm as de la investigación cu alitativ a y e t­
nográfica clásica (véanse G upta y Ferguson, 1997; Rosaldo, 1989; Stoc-
king, 1989).

Los ocho m om entos de la in v estig a ció n


cualitativa
Como hemos dicho, dividimos n u estra historia de la investigación
cualitativa en A m érica del N orte en ocho m om entos, que cubren el
siglo xx y lo que va del xxi. D escribirem os estos ocho m om entos a con­
tinuación.

E l p e r ío d o t r a d ic io n a l

Llam am os «período tradicional» a n uestro prim er mom ento (que


cubre las fases segunda y tercera de Vidich y Lym an, 2000). E ste pe­
ríodo comienza hacia 1900 y continúa h a sta la Segunda G u erra M un­
dial. D urante él, los investigadores cualitativos escribieron inform es
«objetivos», colonialistas, de experiencias de campo que reflejaban el
p aradigm a científico positivista. Su preocupación cen tral consistía en
ofrecer interpretaciones válidas, confiables y objetivas en sus escritos.
El «Otro» que estudiaban era un «extraño», rem oto y desconocido.
Así com enta M alinow ski (1967) sus experiencias de campo en
N ueva G uinea y las Islas T robriand en los años 1914-1915 y 1917-
1918. Vemos cómo p ara él la obtención de datos podía ser u n a cuestión
de trueque:

N ada me im pulsaba a hacer trabajo etnográfico [...]. E n conjunto,


la aldea me im presionó m ás bien desfavorablem ente. H ay u n a cierta
desorganización [...]. El persisten te alboroto de la gente riendo, m irá n ­
dome y m intiéndom e me descorazonó am pliam ente [...]. Fui a la aldea
con la expectativa de tom ar u nas pocas fotos de la danza bara. R epartí
algo de tabaco y contem plé un p a r de danzas. Tomé fotografías, pero no
resu ltaron buenas [...]. No posaban el tiem po suficiente p a ra lograr una
buena exposición, y por m om entos me enfurecía, p articularm ente por­
que se iban corriendo u n a vez que les había dado el tabaco (citado por
Geertz, 1988, págs. 73-74).

En otro texto, este trabajador de campo, solitario, frustrado y ais­


lado describe sus métodos del siguiente modo:

En el campo, uno debe e n fre n ta r un caos de hechos [...]. E n su


form a m ás cruda, no se tra ta de hechos científicos en lo absoluto; son
hechos elusivos, y sólo pueden fijarse m ediante la interpretación [...].
Sólo las generalizaciones y las leyes constituyen hechos científicos, y el
trabajo de campo consiste única y exclusivam ente en interpretaciones
de la caótica realidad social, subordinándola a leyes generales (M ali­
nowski, 1916/1948, pág. 328; citado por Geertz, 1988, pág. 81).

Las observaciones de M alinowski son provocativas. Por u n lado,


m u estran desprecio por el trabajo de campo, pero, por el otro, hab lan
de él en el glorificado lenguaje de la ciencia, con leyes y generalizacio­
nes surgidas de e sta e x tra ñ a experiencia.
D urante este período, el trab ajad o r de campo era tra ta d o como
un rey, u n a figura enorm em ente prestigiosa que desem barcaba en el
terreno y volvía con relatos sobre extraños pueblos. Rosaldo (1989) se
refiere a esta etap a como el «período del etnógrafo solitario», el período
del hombre de ciencia que se hacía a la m ar en busca de u n a tie rra n a ­
tiva y distante. Allí, esta figura «encontraba el objeto de su búsqueda
[...] y se som etía a un rito de pasaje al a tra v esa r la terrible experiencia
del “trabajo de campo”» (pág. 30). Vuelto a casa cargado de datos, el
etnógrafo solitario escribía un objetivo informe sobre la cu ltu ra e stu ­
diada, estructurado según las norm as de la etnografía clásica, un m a­
nojo sagrado de térm inos (Rosaldo, 1989, pág. 31) que organizaba los
textos etnográficos de acuerdo con cuatro creencias y compromisos: el
compromiso con el objetivismo, la complicidad con el im perialism o, la
creencia en el m onum entalism o (la etnografía debía d a r u n a im agen
de museo de la cu ltu ra estudiada) y la creencia en la atem poralidad
(lo estudiado nunca cam biaría). El Otro era sim plem ente un «objeto»
para archivar. E ste modelo de investigador, capaz de escribir teorías
complejas y densas sobre su objeto, sigue en g ran m edida vigente.
El m ito del etnógrafo solitario ilu stra el nacim iento de la etno­
grafía clásica. Los textos de M alinowski, Radcliffe-Brown, M arg aret
Mead y Gregory B ateson todavía se estu d ian cuidadosam ente por lo
que le enseñan al novicio sobre el trabajo de campo, el uso de las notas
de campo y la e scritu ra de teoría. Sin em bargo, la figura del etnógrafo
solitario se h a hecho añicos. Muchos académicos ven la obra de los e t­
nógrafos clásicos como reliquias del pasado colonial (Rosaldo, 1989,
pág. 44) y, m ientras algunos todavía sienten nostalgia por este pasado,
otros celebran que ya haya quedado atrás. Rosaldo (1989) cita a Cora
Du Bois, u n a re tira d a profesora de antropología de H arv ard , quien
añoraba los viejos tiem pos en u n a conferencia que dictó en 1980, al re ­
ferirse a la crisis de la antropología: «[Siento distancia] de la comple­
jidad y el desarreglo de lo que u n a vez consideré que era u n a disciplina
respetable y atractiva. [...] Fue como p a sa r de un distinguido museo
de arte a u n a feria de garaje» (pág. 44).
Du Bois considera las etnografías clásicas como obras de a rte
atem porales, conservadas en un museo. Se siente incómoda en el caos
de la venta de garaje. En cambio, Rosaldo (1989) es afecto a esta m e­
táfora porque «provee u n a im agen precisa de la situación poscolonial
en la que los artefactos culturales circulan en tre sitios dispares, en la
que nada es sagrado ni perm anente, nada e stá g arantizado de a n te ­
mano. La im agen de la antropología como u n a venta de garaje describe
nuestra situación global actual» (pág. 44). C iertam ente, muchos teso­
ros valiosos pueden encontrarse en lugares inesperados, si uno m ira
con atención y paciencia. Las viejas reglas ya no tienen vigencia; las
etnografías no producen verdades atem porales y el compromiso con el
objetivismo hoy en día se encuentra en duda. La complicidad de la a n ­
tropología con el im perialism o es am pliam ente debatida actualm ente,
y la creencia en el m onum entalism o es cosa del pasado.
El legado de este prim er período comienza a fines del siglo XIX,
cuando la novela y las ciencias sociales se disocian en dos sistem as de
discurso separados (Clough, 1998, págs. 21-22). E n cualquier caso, la
escuela de Chicago, con su énfasis en la h isto ria de vida y el enfoque
del m aterial etnográfico como «fragmentos de la vida ta l como es vi­
vida», buscaron desarro llar u n a metodología in te rp re ta tiv a cuyo enfo­
que m antuviera la centralidad de la historia de vida n arrad a. Esto con­
dujo a la producción de textos que dieron al investigador, como autor,
la posibilidad de re p re se n ta r la histo ria del sujeto estudiado. Escritos
bajo el m anto de u n realism o social honrado y desprovisto de se n ti­
mientos, estos textos u tilizaban el lenguaje de la gente común y a rti­
culaban, en las ciencias sociales, u n a versión del naturalism o literario,
lo que a m enudo producía la ilusión catártica de que se h ab ía encon­
trado la solución p a ra un problem a social. Como los filmes sobre de­
lincuencia juvenil y otros «problemas sociales» de la época de la De­
presión (Roffman y Purdy, 1981), esta s crónicas ro m an tizab an al
sujeto, convirtiendo al diferente en u n héroe de película. Como su co­
rrelato cinem atográfico, estos relatos sociológicos tien en usualm ente
finales felices, en la m edida en que acom pañan a sus héroes a lo largo
de las tre s etapas acostum bradas del relato m oral clásico: estado de
gracia, seducción por el m al y caída, redención a través del sufrimiento.

F a s e m o d e r n is ta

La fase m odernista, o segundo momento, se construyó sobre los


trabajos canónicos del período tradicional con u n a visión que_seguía
valorando el realism o social, el n a tu ra lism o y las h isto rias de vida.
E sta fase cubre el período de posguerra, se extiende h a sta la década
de 1970 y todavía determ ina, hoy en día, la dirección del trabajo de
muchos investigadores (véanse reseñ as d etallad as en Wolcott, 1990,
1992, 1995; véase tam bién Tedlock, C apítulo 18 de este Manual). En
este período, muchos textos tra ta n de form alizar los métodos cu alita­
tivos (véanse, por ejemplo, Bogdan y Taylor, 1975; Cicourel, 1964; Fils-
tead, 1970; G laser y S trauss, 1967; Lofland, 1971, 1995; Lofland y Lo-
fland, 1984, 1995; Taylor y Bogdan, 1998).14 El etnógrafo m odernista

14 Véase Lincoln y G uba (1985) p a ra u n a elaboración extendida de esta tra d i­


ción a m ediados de los años ochenta. P a ra extensiones m ás recientes, véase Taylor y
Bogdan (1998) y Creswell (1998).
y el observador participante de la sociología in te n ta ro n em prender es­
tudios cualitativos rigurosos de im portantes procesos sociales, inclu­
yendo la desviación y el control social en el au la de clase y en la socie­
dad. En térm inos generales, éste fue un m om ento de ferm entación
creativa.
U na nueva generación de e stu d ian tes de posgrado de todas las
disciplinas h u m an as se encontró con teorías in te rp re ta tiv a s nuevas:
etnometodología, fenomenología, teoría crítica, feminismo, etcétera. Se
sintieron atraídos por las prácticas de investigación cualitativa, pues
les p erm itirían darle u n a voz a las clases subaltern as. Por esa época,
el pospositivismo funcionaba como un poderoso p aradigm a epistem o­
lógico. Los investigadores tra ta ro n de adecuar el modelo de Cam pbell
y Stanley (1963) de in te rn a y externa validez de las concepciones cons-
tructivista e interaccionista del acto de investigación. Por este motivo,
también, volvieron a los textos de la escuela de Chicago como fuentes
de inspiración (véase Denzin, 1970, 1978).
Boys in White sigue siendo un texto canónico de este momento
(Becker y otros, 1961; véase tam bién Becker, 1998). Firm em ente a trin ­
cherada en el diseurso metodológico de mediados del siglo xx, ésta obra
apostó al desarrollo de la investigación cualitativ a como u n tipo de in ­
vestigación ta n rigurosa como su contraparte cu an titativ a. Las n a rra ­
tivas causales fueron centrales al proyecto. E ste trabajo m ultim etodo-
lógico combinó las form as a b iertas y sem iestru c tu ra d as de la
entrevista con la observación participante y el cuidadoso análisis del
material en form as estadísticas estandarizadas. E n su clásico artículo
«Problems of Inference and Proof in P articip an t Observation», Howard
S. Becker (1958/1970) describe este uso de la cuasiestadística:

Las observaciones particip an tes fueron ocasionalm ente recolec­


tad as de form as estandarizadas, susceptibles de ser transform adas en
datos estadísticos legítim os. Pero las exigencias del campo no rm al­
m ente im piden la recolección de datos de form a ta l que puedan ade­
cuarse a los requerim ientos de la prueba estadística, de modo que el
observador trab aja con lo que se ha llam ado «cuasiestadística». Sus con­
clusiones, si bien im plícitam ente num éricas, no requieren cuantifica-
ción precisa (pág. 31).

En el análisis de datos, según Becker, el investigador cualitativo


sigue el ejemplo de colegas m ás orientados al trabajo cuantitativo. El
investigador busca probabilidades, o tr a ta de apoyar sus argum entos
en la plausibilidad o frecuencia con que u n a conclusión se aplica a u n a
situación específica (véase tam bién Becker, 1998, págs. 166-170). Así
fue que el trabajo en el período m odernista se disfrazó con el lenguaje
y la retórica del discurso positivista y pospositivista.
E sa e tap a constituye la edad dorada de la investigación cu alita­
tiva, rigurosa, rep resen tad a en la sociología por Boys in White (Becker
y otros, 1961) en un extremo, y The D iscovery ofG rou n ded Theory (Gla-
ser y S trauss, 1967) en el otro. E n ciencias d e la educación, la investi-
gación cualitativa de este período la definieron los trabajos de George
y Louise Spindler, Ju les H enry, H arry Wolcott y Jo h n Singleton. To­
davía hoy se m antiene vigente esta forma de investigación cualitativa
en trab ajo s como los de S tra u ss y Corbin (1998) y R yan y B ernard
( 2000 ).
La «edad dorada» reforzó la im agen de la investigación cualitativa
como un romanticismo cultural. Imbuidos de nociones prometeicas sobre
el poder hum ano, los investigadores valoraban a los villanos y a los m ar­
ginales como héroes enfrentados con la sociedad convencional. Estos
autores encarnaron la creencia en la contingencia del se lf y de la socie­
dad, sostuvieron ideales em ancipatorios «por los que vivir y morir», y
pusieron en circulación u n a m irada trágica y a menudo irónica sobre la
sociedad y el self, en línea con u n a enorm e tradición de izquierdistas
culturales rom ánticos que podría incluir a Em erson, M arx, Jam es,
Dewey, Gramsci y M artin L uther King (h.) (West, 1989, Capítulo 6).
A m edida que este m om ento llegaba a su fin, la g u erra de Viet-
nam era el tem a om nipresente en la sociedad estadounidense. En
1969, en paralelo a estas corrientes políticas, H erb ert B lum er y Eve-
re tt H ughes se encontraron con un grupo de jóvenes sociólogos llam a­
dos «los Rebeldes de Chicago» en las reuniones de la Asociación Socio­
lógica de los E stados U nidos que te n ía n lu g a r en San Francisco y
com partieron sus m em orias de los «años de Chicago». Lyn Lofland
(1980) describe e sta época como

un momento de gran fermentación creativa, tanto a nivel acadé­


mico como político. Los encuentros de San Francisco no fueron mera­
mente el escenario del evento de Blumer-Hughes, sino una verdadera
«contrarrevolución» [...]. Un grupo primero empezó a hablar de [...] los
problemas de ser una socióloga mujer [...]. La disciplina, literalmente,
parecía explotar desde adentro gracias a nuevas ideas: [...] [entre ellas]
la teoría del labelling, la etnometodología, la teoría del conflicto, la fe­
nomenología, el análisis dramatúrgico (pág. 253).

Así fue como la etap a m oderna llegó a su fin.

E l d e s d ib u ja m ie n to d e lo s g é n e r o s

Al com enzar la tercera e tap a (1970-1986), que llam am os el perí­


odo del desdibujam iento de los géneros, los investigadores cualitativos
tenían a su disposición u n a am plia provisión de paradigm as, métodos
y estrategias p ara em plear en sus investigaciones. Las teorías cubrían
el espectro que va del interaccionism o simbólico al constructivism o, la
investigación n a tu ra lista , el positivismo y el pospositivismo, la feno­
menología, la etnometodología, la teoría crítica, la teoría neom arxista,
la semiótica, el estructuralism o, el feminismo y varios paradigm as ét-
nico-raciales. La investigación cu alitativa aplicada iba ganando lugar,
y la política y la ética de la investigación cu alitativ a (im plicadas, como
estaban, en varias aplicaciones de estas metodologías) eran tem as a
los que se les p restab a considerable atención. Las estrateg ias de in ­
vestigación y los form atos textuales utilizados p a ra com unicar las in ­
vestigaciones iban de la teoría fundam entada al estudio de casos e in ­
cluían los m étodos de la investigación histórica, biográfica, etnográfica
y clínica, así como la investigación-acción. Diversos modos de recolec­
ción y análisis del m aterial empírico e stab an a disposición, incluyendo
entrevistas cualitativas (de final abierto y sem iestru ctu rad as) y expe­
riencias observacionales, visuales y personales y métodos docum enta­
les. Las com putadoras estab an em pezando a u sarse, e iban a conver­
tirse, en la siguiente década, en un instrum en to fu n d am en tal p a ra el
análisis de datos cualitativos, en paralelo con los métodos de la semió­
tica, el análisis del relato y el de contenido p a ra la lectu ra de en trev is­
tas y textos culturales.
Dos libros de Clifford G eertz, The In terp reta tio n o f C ultures
(1973) y Local K now ledge (1983) definen el comienzo y el fin de este
período. E n estos dos textos, G eertz sostiene que el viejo enfoque fun-
cionalista, positivista, conductista y to talizan te en las ciencias h u m a­
nas estaba abriéndole paso a u n a perspectiva m ás p lu ralista, in te rp re ­
tativa y dialógica, que tom aba las representaciones cu ltu rales y sus
significados com ojruntos de p a rtid a p a ra el trabajo. G eertz pedía u n a
D escripción densa» de los fenómenos, los rituales y las costum bres p ar­
ticulares, y sugería que todos los textos antropológicos son por defini­
ción interpretaciones de interpretaciones.15JE1 observador no tiene una
voz privilegiada en las interpretaciones que se escriben. La ta re a cen-
trá ld e la teoría es g en erar sentido a p a rtir de u n a situación local.
Geertz llegó a proponer que los lím ites en tre las ciencias sociales
y las hum anidades se h ab ían borrado. Los científicos sociales debían,
pues, buscar en las hum anidades sus modelos, teorías y métodos de
análisis (la sem iótica, la herm enéutica, etcétera). Lo que esta b a te ­
niendo lugar era u n a suerte de diáspora de géneros: docum entales que

15 G reenblatt (1997, págs. 15-18) proporciona u n a lectura deconstructiva muy


útil de los m uchos sentidos y prácticas que G eertz engloba bajo el concepto de des­
cripción densa.
podían leerse como ficción (M ailer), parábolas con pretensiones de e t­
nografía (Castañeda), tratad o s teóricos con apariencia de charlas sobre
viajes (Lévi-Strauss), etcétera. Al mismo tiempo, com enzaban a em er­
ger nuevos enfoques: el p o sestructu ralism o (B arthes), el neopositi-
vismo (Philips), el neom arxism o (Althusser), el descriptivism o a escala
micro y m acro (Geertz), las teorías ritu ales del d ram a y la c u ltu ra (V.
Turner), el deconstruccionism o (D errida), la etnom etodología (Garfin-
kel). La edad dorada de las ciencias sociales ya h abía pasado, y comen­
zaba u n a nueva e ra de géneros interpretativos desdibujados. El ensayo
como form a a rtístic a reem plazaba al artículo científico, y la presencia
del autor en el texto interpretativo se volvía intencional (Geertz, 1988).
¿Cómo puede h a b la r con au to rid ad el investigador en u n a e ra en la
que ya no existen reglas firm es respecto del texto, el lu g ar del au to r
en él, sus están d ares de evaluación y su objeto de estudio?
Los paradigm as n a tu ra lista, pospositivista y construccionista ga­
naron im portancia en este período, especialm ente en el ám bito de la
educación, en los trabajos de H arry Wolcott, Frederick Erickson, Egon
Guba, Yvonna Lincoln, R obert Stake y Elliot E isner. H acia fines de la
década de 1970, ya existían varias publicaciones de investigación cua­
lita tiv a , incluyendo U rban Life a n d C ulture (hoy en día Jo u rn a l o f
C ontem porary E th n o g ra p h y), C u ltu ra l A n th ro p o lo g y , A nth ropology
a n d E du cation Q uarterly, Q u a lita tive Sociology y S ym bolic Interac-
tion, así como la serie de libros S tu d ies in S ym bolic Interaction.

L a c r is is d e la r e p r e s e n t a c ió n

A mediados de la década de 1980 ocurrió u na profunda ru p tu ra.


Lo que llamamos cuarto momento o crisis de la representación comienza
con textos como Anthropology as C ultural Critique (M arcus y Fischer,
1986), The Anthropology ofExperience (T urner y Bruner, 1986), W riting
Culture (Clifford y Marcus, 1986), Works an d Lives (Geertz, 1988) y The
P redicam ent o f Culture (Clifford, 1988). Estos trabajos im pulsaron una
práctica m ás reflexiva de la investigación y la escritura, y problemati-
zaron tem as de género, clase social y raza. Son, de algún modo, la a rti:
culación de las consecuencias del «desdibujamiento de los géneros» de
la interpretación de Geertz de comienzos de esa década.16
Los investigadores cualitativos comenzaron a ensayar con nuevos
modelos de verdad, nuevos métodos y form as de representación (Ro-
saldo, 1989). De este modo, se completó el proceso de erosión de las

16 Estos trabajos m arginalizaron y m inim izaron las contribuciones de la teoría


y la investigación del punto de vista, de procedencia fem inista (véanse B ehar, 1995,
pág. 3; Gordon, 1995, pág. 432).
normas clásicas de la antropología: su objetivismo, su complicidad con
el colonialismo, su noción de la vida social como un todo estru ctu rad o
por rituales y costum bres fij as, la investigación etnográfica como mo­
numento a u n a determ inada cu ltu ra (véase Rosaldo, 1989, págs. 44-
45; véase tam bién Jackson, 1998, págs. 7-8). La teoría crítica, el femi­
nismo y las epistem ologías con orientación racial com petían ahora por
el protagonismo en el campo, cuyos puntos de atención se redefinían
gradualmente. Tem as como la validez, la com probabilidad y la objeti­
vidad, que se creían an terio rm en te determ inados de u n a vez y p ara
siempre, se volvieron em blem áticos u n a vez m ás. Teorías b asad as en
la interpretación y el estudio de patrones, en contraposición a las ex­
plicaciones causales lineales, se volvieron m ás comunes a m edida que
los autores in sistían en cuestionar los viejos modelos de ^erdad y sig­
nificado (Rosaldo, 1989).
Stoller y Olkes (1987, pág. 227-229) n a rra ro n con elocuencia el
modo en que percibieron la crisis de la representación durante su trabajo
de campo entre los songhays de Nigeria. Stoller afirmó: «Cuando co­
mencé a escribir textos antropológicos, me lim itaba a las convenciones
que prescribía mi entrenam iento: “recolectar datos”, y una vez que los
“datos” se encontrasen ordenados en montoncitos prolijos, “pasaba todo
por escrito”. Recuerdo que u n a vez reduje un conjunto de insultos de los
songhays a una serie de fórm ulas ordenadas lógicamente» (pág. 227).
Stoller se sintió insatisfecho con esta forma de escritura, en parte porque
se enteró de que «todos me habían estado m intiendo [...] y los datos que
tanto esfuerzo me costaba recolectar resultaban finalm ente inútiles. Al
cabo, aprendí u n a lección: los inform antes usualm ente le m ienten a los
antropólogos para quienes trabajan» (Stoller y Olkes, 1987, pág. 9). Este
descubrimiento a su vez condujo a un segundo hallazgo: al seguir las
convenciones del realism o etnográfico, Stoller se h ab ía excluido a sí
mismo en la edición de su texto. Todo, esto jo llevó a escribir textos de
un tipo diferente, u n a suerte de m em oria en la cual él mismo pasaba a
ser uno de los personajes centrales de lo que contaba. E ste relato, un in­
forme de sus experiencias en el m undo de los songhays, se convirtió en
un análisis del choque entre su propio mundo y el de la brujería songhay.
Por esto, el viaje de Stoller representa un intento de luchar con la crisis
de la representación en este cuarto momento.
Clough (1998) articula los problem as que generó esta crisis, y cri­
tica a quienes arg u m en tan que las nuevas form as de e scritu ra consti­
tuyen un camino de escape. Escribe:

Si bien muchos sociólogos que abonan actualm ente la crítica de


la etnografía consideran la escritu ra «como algo nuclearm ente central
al proyecto etnográfico» [Van M aanen, 1988, pág. xi], los problem as de
la escritu ra se consideran a u n así diferentes a los del método o el tra-
bajo de campo considerados en sí m ism os. Por ende, la solución que
usualm ente se ofrece consiste en la experim entación con la escritura,
esto es, en un modo de escribir autoconsciente (pág. 136).

Lo que debemos an alizar es, precisam ente, esta insistencia en la


distinción en tre e scritu ra y trabajo de campo. (R ichardson y St. Pierre
a rticulan con b a sta n te profundidad el problem a en el C apítulo 38 de
este M anual.)
Al escribir, el trab ajad o r de campo se arroga autoridad científica
y moral, y es u n a reivindicación de este tipo lo que les perm ite a los
textos etnográficos re a lista s y ex p erim en talistas p re se n ta rse como
fuente de validez p a ra u n a ciencia em pírica. M u estran que el m undo
de la experiencia vivida en la realidad todavía puede asirse, al menos
en las m em orias, los experim entos ficcionales o las lecturas teatrali-
zadas del escritor. Pero estos trabajos com portan el riesgo de alejar la
atención de los modos en que el texto construye individuos situados
sexualm ente en un campo de diferencias sociales. Asimismo, estos tex­
tos p erp e tú an la «hegemonía de la ciencia empírica» (Clough, 1998,
pág. 8), desde el m omento en que estas nuevas tecnologías del sujeto
b asadas en la e scritu ra se convierten en el sitio «para la construcción
de saber-poder [,..][alineada con] el eje capital-E stado» (Aronowitz,
1988, pág. 300. Citado en Clough, 1998, pág. 8). Estos experim entos
aparecen contra (y se repliegan fren te a) la diferencia entreL_ciencia
em pírica y crítica social. Muy a m enudo, carecen de compromiso pleno
con u n a política de la tex tualidad que «rechace la identidad de la cien­
cia empírica» (Clough, 1998, pág. 135). E sta nueva crítica social «ha
de intervenir en la relación en tre economía de la información, política
del Estado-nación y medios de comunicación masivos, especialm ente
en relación con la función de las ciencias em píricas» (Clough, 1998,
pág. 16). Por supuesto, éste es el terren o que ocupan los estudios cul­
turales.
En el C apítulo 38 de esta obra, R ichardson y St. P ierre desarro­
llan los argum entos mencionados arrib a, señalando que la escritu ra
es un método de investigación que p asa por etap as sucesivas de auto-
rreflexión. Como u n a serie de representaciones escritas, el texto resu l­
ta n te del trabajo de campo fluye de la experiencia del campo a-trabajos
interm edios, trabajos avanzados y, finalm ente, al texto de la investi­
gación, que constituye la presentación pública de la experiencia etno­
gráfica y n arrativ a. De este modo se entrem ezclan la e sc ritu ra y e ltra -
bajo_de campo. Al final del recorrido, no hay diferencias en tre u n a y
otro. E stas dos perspectivas se constituyen la u n a a la o tra a lo largo
de cada capítulo de esta obra. En este sentido, la crisis de la rep resen ­
tación mueve a la investigación cu alitativ a en nuevas direcciones crí­
ticas.
Una tr ip le c r is is

Hoy en día, incluso, la autoridad del etnógrafo se en cu en tra bajo


ataque (Behar, 1995, pág. 3; G upta y Ferguson, 1997, pág. 16; Jackson,
1998; O rtner, 1997, pág. 2). Los investigadores cualitativos en las dis­
ciplinas h u m an as enfrentan, de hecho, u n a trip le crisis: de rep resen ­
tación, de legitim ación y de praxis. In teg rad as en los discursos del po-
sestructuralism o y del posm odernism o (Vidich y Lym an, 2000; véase
también R ichardson y St. Pierre, C apítulo 38 de este M anual), estas
tres crisis se codifican con térm inos diversos, altern ativ am en te deno^
minadas según (y asociadas con) los giros crítico, interpretativo, lin ­
güístico, fem inista y retórico de la teoría social. Estos sucesivos giros
vuelven problem áticas dos asunciones clave de la investigación cuali­
ta tiv a . En prim er lugar, Insjnvestigadores cualitativos ya no pueden
-captar la experiencia vivida directám añte. E sta experiencia, se dice,
se crea eñ el texto social que escribe el investigador. U n cuestiona-
miento sem ejante corresponde a la crisis de la representación: el pro­
blema ineludible de la representación aparece en u n m arco ta l que el
vínculo directo entre experiencia y texto es cuestionado.
La segunda suposición vuelve problem áticos los criterios tra d i­
cionales con que se evalúa e in te rp re ta la investigación cualitativa.
Esta es la crisis de legitimación, y com porta u n a necesidad de redefinir
términos como validezrgeneralización, conflabilidad, etc., térm inos
ya reteorizados u n a y otra vez en los discursos pospositivista (H am ­
mersley, 1992), constructivista-naturalista (Guba y Lincoln, 1989, pág.
163-183), fem inista (Olesen, C apítulo 10 en este Manual), in te rp re ta ­
tivo y perform ativo (Denzin, 1997, 2003); po sestru ctu ralista (L ather,
1993; L ath er y Sm ithies, 1997) y crítico (Kincheloe y M cLaren, C apí­
tulo 12 en e sta m ism a obra). E sta crisis abre la p reg u n ta acerca de
cómo evaluar el estudio cualitativo en nuestro mom ento actual poses­
tru ctu ralista. Las p rim eras dos crisis dan form a a la tercera, que dis­
para la pregunta: ¿es posible efectuar cambios en el m undo cuando uno
considera que la sociedad es sólo (y siem pre) u n texto? E stas crisis se
interconectan y desdibujan sus lím ites, como lo hacen las resp u estas
a las preguntas que generan (véanse Ladson-Billings, 2000; Schwandt,
2000; Sm ith y Deemer, 2000).
D urante el quinto momento, el período posmoderno de la escri­
tu ra etnográfica experim ental, los m ayores esfuerzos se dirigieron a
dotar de sentido a estas crisis. N uevas form as de composición etnográ­
fica se pusieron a prueba (Ellis y Bochner, 1996) y las teorías comen­
zaron a leerse como narraciones del campo. Los autores buscaron di­
ferentes form as de re p re se n ta r al «Otro», si bien la cuestión m ism a de
la rep resen tació n ya se h ab ía vuelto un a su n to problem ático (Fine,
Weis. W eseen v Wong. 2000: véase tam bién Fine v Weis, C apítulo 3
en este M a n u a l ). A parecieron así epistem ologías procedentes de g ru ­
pos que antes h ab ían estado silenciados, en u n intento de solucionar
estos problem as. El concepto del observador d ista n te fu e dejado de
lado: la investigación-acción, participativa y o rientada al activismo de­
finían el nuevo horizonte. La búsqueda de grandes relatos fue reem ­
plazada por teorías de pequeña escala, m ás localizadas, a ju stad as a
problem as y situaciones específicas.
El sexto momento, el período de la investigación posexperim ental
(1995-2000), se caracterizó por u n g ran entusiasm o, con la editorial
A ltaM ira Press, entonces bajo la dirección de M itch Alien, a la v an ­
guardia del movimiento. La colección titu la d a E thnographic A ltern a ­
tives, que editaban Carolyn Ellis y A rth u r Bochner, captó este nuevo
entusiasm o y acercó a u n gran núm ero de nuevos autores a la comu­
nidad in terpretativa. La siguiente descripción de la colección por parte
del titu la r de A ltaM ira P ress refleja su característico acento experi­
m ental: «Ethnographic A ltern a tives ofrece form as experim entales de
escritura cu alitativa que trascienden las fronteras en tre ciencias so­
ciales y hum anidades. Algunos de los títulos de la colección... experi­
m entan con formas innovadoras de d ar cuenta de la experiencia vivida,
incluyendo representaciones literarias, poéticas, autobiográficas, con­
versacionales, críticas, visuales y perform ativas, de construcción cola-
borativa y ab iertas a m últiples voces».
D urante este período, salieron a la luz dos nuevas rev istas aca­
démicas de investigación cualitativa: Q ualitative Inquiry y Q ualitative
Research . Los editores de estas publicaciones tom aron el compromiso
de publicar lo mejor de los nuevos trabajos que se desarrollaban en el
área. El éxito de am bas iniciativas configuró el m arco del séptim o mo­
hiento, que llam am os el presente de las luchas metodológicas (2000-
2004). Como hemos dicho, éste es un mom ento de conflicto, tensiones
agudas y, en algunos puntos, tam bién de repliegue.
El octavo mom ento habla de hoy, es decir del futuro (2005- ). En
este momento, los investigadores estam os luchando co n tra el retroceso
asociado con la «ciencia de Bush» y el movimiento de investigación so­
cial basado en la evidencia.

U n a le c t u r a d e la h is t o r ia

Podemos e x tra er num erosas conclusiones de esta breve historia,


tom ando nota de que todas las histo rias son, en alguna m edida, arb i­
tra ria s. E n prim er lugar, cada uno de los m om entos históricos previos
opera todavía en el presente, ya sea como u n legado o como un conjunto
de prácticas con el cual (o contra el cual) los investigadores continúan
trabajando. Las historias m últiples y fragm entarias de la investigación
cualitativa hacen que hoy sea posible a rm a r u n proyecto con un texto
canónico tomado de alguno de los momentos históricos arrib a descritos.
Los criterios de evaluación que se d isputan la prim acía en este campo
son múltiples. E n segundo lugar, actualm ente este campo se caracte­
riza por un excesivo núm ero de opciones. N unca an tes los investiga­
dores tuvieron tan to s paradigm as, estrateg ias de investigación y m é^
todos de análisis a su disposición como hoy en día. E n tercer lugar, nos
encontramos en un momento de descubrim ientos y redescubrim ientos,
en el que se discuten nuevas form as de m irar, in terp retar, arg u m en tar
y escribir. En cuarto lugar, el acto de investigación cu alitativ a ya no
puede considerarse desde u n a perspectiva positivista n eu tra^ u ofcjje-
tiva. La clase social, la raza, la etnicidad y el género dan formá a la in ­
vestigación, y la caracterizan como un proceso in trínsecam ente m u lti­
cultural. En quinto lugar, claram ente tra ta m o s de alejarnos de u n a
narrativa cen trad a en la noción de progreso en n u e stra h isto ria del
campo. No decimos que estem os ahora en el filo del futuro. Decimos
que el presente es un espacio políticam ente cargado, en el cual operan
presiones complejas que proceden desde dentro y fuera de la com uni­
dad cualitativa, orientadas a b o rrar los desarrollos positivos de los ú l­
timos trein ta años.

La in vestigación cu a lita tiv a com o p roceso


Tres actividades con orientación genérica, e in terco n ectad as
entre sí, definen el proceso de investigación cu alitativ a y cubren un
amplio espectro de etiq u etas como teoría, a n á lisis, ontología, ep iste­
mología, m e to d o lo g ía en tre otras. D etrás de estos térm inos se encuen­
tra la biografía personal del investigador, quien hab la desde u n a p ers­
pectiva p articu lar de clase, género, raza, c u ltu ra y etnia. Desde este
posicionamiento m u lticultural y de género, el investigador vuelve su
mirada sobre el m undo con un conjunto de ideas, u n cierto marco (la
teoría, la ontología) que especifica u n a serie de in terro g an tes (la epis­
temología), que exam ina de un modo específico (la metodología, el a n á ­
lisis). Es decir que el investigador recaba el m aterial empírico relacio­
nado con el problem a, y luego produce análisis y e scritu ra sobre ese
material. C ada investigador habla desde u n a com unidad in te rp re ta ­
tiva peculiar, que le es propia, y que configura, a su m anera, los com­
ponentes culturales y genéricos del acto de investigación.
En este libro, tratarem o s estas actividades con orientación gené­
rica en cinco categorías o fases: el investigador y el investigado como
sujetos m ulticulturales; los principales paradigm as y las perspectivas
interpretativas; las estrateg ias de investigación; los métodos de reco­
lección y análisis de m ateriales empíricos y, por últim o, el a rte de la
interpretación. D etrás y en medio de cada u n a de estas fases se en­
cu en tra el investigador situado biográficam ente, como u n i ndividuo
que accede al proceso de investigación desde dentro de u n a comunidad
in terp retativ a, la que a su vez tiene sus propias tradiciones históricas
de investigación, que constituyen distintos puntos de vista. E n función
de estos puntos de vista, el investigador adquiere u n a m irad a p articu ­
la r sobre el «Otro» que e stá siendo estudiado. S im ultáneam ente, debe
considerarse el tem a de la política y la ética d# la investigación, en la
m edida en que estas preocupaciones están presentes en todas las fases
del proceso investigativo.

El Otro com o objeto de in v estig a ció n


Desde su nacim iento a comienzos del siglo XX, como práctica in ­
te rp re ta tiv a m oderna, la investigación cu alitativ a debió su frir la a n ­
gustia provocada por un fan tasm a de dos caras. Por u n a parte, los in ­
v e stig a d o re s cualitativos supusiero n que, como observadores
competentes y calificados, podían construir conocimiento objetivo, claro
y preciso a p a rtir de sus propias observaciones del m undo social, in ­
cluyendo las experiencias de los otros. Por o tra parte, sostuvieron la
"creencia en un: sujeto o individuo real, presente en el m undo y capaz,
en cierto sentido, de com unicar sus propias experiencias. A rm ados de
estas dos h erram ien tas, los investigadores podrían in te g ra r sus pro­
pias observaciones con la inform ación provista por los sujetos e stu d ia­
dos, a p a rtir de entrevistas e historias de vida, relatos de experiencias
personales y docum entos surgidos del estudio de casos.
L E stas dos creencias llevaron a los investigadores cualitativos en
fel ám bito de num erosas disciplinas a la búsqueda de un método que
les perm itiera re g istra r adecuadam ente sus observaciones y, al mismo
tiempo, revelar los significados que los sujetos investigados daban a
sus experiencias vitales. U n método de este tipo dependía de la expre­
sión oral y escrita del significado de p arte de los individuos estudiados,
entendida como u n a v en tan a hacia sus vidas interiores. Desde D ilthey
(1900/1976), esta búsqueda de u n método llevó a que los investigado-
-res, de modo perm anente, p usieran el foco en métodos cualitativos In ­
terp retativ o s p a ra las disciplinas hum anas^
E n años recientes, como hemos dicho, este sistem a de creencias
sufrió un sostenido asedio. A utores p o sestru ctu ralistas y posmodernos
contribuyeron a disem inar la idea de que no existe algo así como u na
v en tan a claram ente asequible a la vida in terio r de u n individuo. En
toda m irada se filtra la influencia de los lentes del lenguaje, el género^
clase social, la raza y la etnia. No existen, pues, observaciones obje­
tivas, sino_sólo observaciones situ a d a s socialm ente e n (y en tre) los
mundos del sujeto observador y el observado. Los sujetos, los indivi­
duos, raram ente tienen la capacidad de d ar u n a explicación completa
de sus acciones o intenciones; todo lo que pueden offéceiFson recons­
trucciones y relatos respecto de lo que hicieron y por qué. N ingún mé- ¿
todo es capaz de cap tar todas las sutiles variaciones de la experiencia
Rumana corriente. Por consiguiente, los investigadores cualitativos
despliegan una am plia gam a de métodos interp retativ o s interconecta-
dos, buscando siem pre nuevos modos de hacer entendibles los m undos
de experiencia estudiados.
El Cuadro 1.1 describe las relaciones que vemos en las cinco fases
que definen el proceso de investigación. D etrás de todas y cada u n a de
estas etapas se en cu e n tra el sujeto ubicado biográficam ente. Estos
cinco niveles de actividad, o práctica, operan dentro de la biografía del
investigador. Aquí las expondrem os brevem ente; discutirem os m ás en
detalle estas fases en cada u n a de las introducciones a las p artes del
libro.

Fase 1: e l in v e s tig a d o r

Las observaciones hechas h a sta aquí indican el grado y la com­


plejidad de las perspectivas tradicionales y aplicadas de investigación
cualitativa, desde las cuales tra b a ja n investigadores situados social-
jnente. E stas tradiciones em plazan al investig ad o r en la h isto ria,
guiando y restringiendo, sim ultáneam ente, el trab ajo que puede h a ­
cerse en un estudio específico. E ste campo se caracterizó desde siem ­
pre por la diversidad y el conflicto y ésas son sus tradiciones m ás d u ­
raderas (véase G reenwood y Levin, C apítulo 2 en este M anual).
Llevando consigo esta h isto ria compleja y contradictoria, el in v esti­
gador debe e n fre n ta r tam bién los problem as de l^ é tic a y la política
de la investigación (véanse, en esta obra, Fine y W eis^Capítulo 3; Bis-
hop, Capítulo 5; C h ristian s, C apítulo 6). Ya no es u n a opción válida
en ciencias h um anas arrogarse la g a ran tía de la investigación libre de
valores al estu d iar al nativo, al Otro indígena. Hoy en día, por el con­
trario, los investigadores luchan por desarrollar éticas situacionales y
tran situacionales. aplicables a todas las form as del acto de investiga­
ción y a todas las relaciones in terh u m an as que éste implica. Pues ya
no podemos ap lazar el proyecto de descolonización.

F ase 2: p a r a d ig m a s in t e r p r e t a t iv o s

Todo investigador cualitativo es un filósofo «en el sentido univer­


sal de que todos los seres hum anos [...] siguen principios altam en te
abstractos» (Bateson, 1972, pág. 320). Estos principios com binan ere
encias ontológicas (¿qué clase de ser es el ser hum ano?, ¿cuál es la na
tu ra le za de la realidad?), epistemológicas (¿cuál es la relación en tre e
investigador y su objeto de conocimiento?) y metodológicas (¿de que
m a n era tenem os, o generam os, conocim iento del m undo?) (V éanst
Guba, 1990, pág. 18; Lincoln y Guba, 1985, págs. 14-15; véase tam biér
Guba y Lincoln, Capítulo 8 de este M anual). E stas creencias dan forme
al modo en que el investigador cualitativo ve el m undo y actú a en él
El investigador se encuentra siem pre «aferrado a u n a red de prem isas
epistemológicas y ontológicas que, m ás allá de su verdad o falsedad er
térm inos absolutos, tienen parcialm ente carácter autovalidatorio» (Ba-
teson, 1972, pág. 314).
La red que contiene estas prem isas epistemológicas, ontológicas
y metodológicas puede recibir el nom bre de p a ra d ig m a o marco in te r­
pretativo, «un conjunto básico de creencias que guía la acción» (Guba
1990, pág. 17). Toda investigación es interpretativa; en alguna medida,
es el resu ltad o de las creencias y los sentim ientos del investigador
sobre el mundo, sobre la m an era de estudiarlo y de comprenderlo. Al­
gunas creencias pueden darse por entendidas y perm anecen invisibles,
como puras suposiciones, m ientras que otras, por el contrario, son muy
problem áticas y controversiales. C ada paradigm a interpretativo le for­
m ula/dem andas específicas al investigador, incluyendo las preguntas
que el investigador se form ula y las interpretaciones que da de ellas.
E n el nivel m ás general, cuatro p arad ig m as principales e stru c ­
tu ra n la investigación cualitativa: el p o sitiv ista y el pospositivista,
el co n structivista in te rp re ta tiv o , el crítico (m arx ista, em ancipatorio;
y el fem inista p o sestru ctu ral. E stos cu atro p arad ig m as ab stracto s se
vuelven complejos en el nivel m ás concreto de las com unidades in ­
te rp re ta tiv a s específicas. E n este nivel es posible identificar no sólo
eLconstructivism o, sino tam bién m últiples versiones del feminismo
(afrocéntrico y p o sestructural),17 ta n to como diversos p aradigm as é t­
nicos, m arx istas y cu ltu ralistas específicos. En el Volumen II de esta
obra se exam inan en detalle estas perspectivas, o paradigm as.
E stos paradigm as funcionan en co n tra del modelo positivista-
pospositivista, pero tam bién ju n to a él y, a veces, dentro de él. Todos
operan con ontologías relativ istas (realidades de construcción m ú lti­
ple), epistem ologías in te rp re ta tiv a s (el investigador y el sujeto inves­
tigado in te ra ctú an y se dan form a el uno al otro) y métodos in te rp re ­
tativos y n a tu ra listas.

17 Olesen (Capítulo 10 de este Manual) identifica tres corrientes de investiga­


ción fem inista: el em pirism o dom inante, los estudios culturales y el punto de vista, y
el posestructuralism o posmoderno. E lla sitú a los modelos afrocéntricos bajo las cate­
gorías de los estudios cu ltu rales y el posmodernismo.
El Cuadro 1.2 presen ta estos paradigm as y sus respectivas p re­
misas, incluyendo los criterios p ara la evaluación del trabajo de inves­
tigación y la form a típica que asum e un enunciado in terp retativ o o te ­
órico en cada p a ra d ig m a.18 E stos paradigm as son explorados en
profundidad en el Volumen II por G uba y Lincoln (Capítulo 8), Olesen
(Capítulo 10), Ladson-B illings y Donnor (C apítulo 11), Kincheloe y
McLaren (Capítulo 12), Saukko (Capítulo 13) y Plum m er (Capítulo 14).
En cuanto a los paradigm as positivista y pospositivista, ya los hemos
comentado arriba. Son paradigm as que operan dentro de u n a ontología
realista o realista-crítica, dentro de epistem ologías objetivistas y sobre
la base del exam en experim ental o cuasiexperim ental y de metodolo­
gías cualitativas claram ente definidas. Ryan y B ernard (2000) desarro­
llaron los elem entos centrales de este paradigm a.

C u a d r o 1.1 E l p r o c e s o d e in v e s t ig a c ió n

Fase 1: El investigador como sujeto m ulticultural

Historia y tradiciones de investigación


Concepciones del self y del Otro
Ética y política de la investigación

Fase 2: Paradigmas y perspectivas teóricas

Positivismo, neopositivismo
Intepretativismo, constructivismo, hermenéutica
Feminismo(s)
Discursos con orientación racial
Teoría crítica y modelos marxistas
Modelos procedentes de los estudios culturales
Teoría queer

Fase 3: Estrategias de investigación

Diseño
Estudio de casos

18 Éstos son, por supuesto, los térm inos de n u e stra interpretación de estos p a­
radigmas y estilos in terpretativos.
Etnografía, observación participante, etnografía performativa
Fenomenología, etnometodología
Teoría fundamentada
Historias de vida, testimonios
Métodos históricos
Investigación-acción, investigación aplicada
Investigación clínica

Fase 4: M étodos de recolección y análisis de datos

Entrevista
Observación
Artefactos, documentos, registros
Métodos visuales
Autoetnografía
Métodos de manejo de datos
Análisis asistido por computadora
Análisis textual
Grupo focal
Etnografía aplicada

Fase 5: El arte, la práctica y la política de la interpretación y la evaluación

Criterios para juzgar la adecuación


Prácticas y políticas de la investigación
La escritura como interpretación
Análisis de políticas
Tradiciones de evaluación
Investigación aplicada
Cuadro 1.2 Paradigmas interpretativos

Paradigma/ Criterios Forma de Tipo de


Teoría la teoría narrativa

Positivista/ Validez interna Fundamentada, Informe


pospositivista y externa lógico- científico
deductiva

Constructivista Confiabilidad, credibili­ Sustantiva- Estudio


dad, transferibilidad, formal interpretativo
confirmabilidad de casos,
ficción
etnográfica

Feminista Afrocéntrico, experiencia Crítica, basada Ensayos, relatos,


vital, diálogo, en un punto escritura
cuidado, responsabilidad, de vista experimental
raza, clase, género,
reflexibilidad, praxis,
emoción, fundamenta-
ción concreta

Étnico Afrocéntrico, experiencia Crítica, Ensayos, fábu-


las,
vital, diálogo, cuidado, histórica, dramas
responsabilidad, raza, basada en un
género ('I r <íp punti-1 vista

Marxista Teoría emancipatoria, Crítica, Análisis histórico,


falseabilidad dialógica, histórica, económico y
r a « clase género prnnñm ica s n rjn n ||tl iral

Estudios Prácticas culturales, Crítica social Teoría cultural


culturales praxis, textos sociales, como crítica
si ihjptividad^s

Teoría queer Reflexividad, Crítica social, Teoría como


deconstrucción análisis histórico crítica,
autobiografía—

El paradigm a constructivista presupone u na ontología relativista


(existen m últiples realidades), u n a epistemología subjetivista (el inves­
tigador y el investigado co-crean el conocimiento) y u n conjunto de pro­
cedimientos metodológicos n atu ralistas (en el mundo real). A menudo,
los descubrimientos son dados a conocer en los térm inos de los criterios
d e ja teoría fundam entada o la pattern theory (véanse, en este M anual,
Guba y Lincoln, Capítulo 8; Charm az, Capítulo 20; véase tam bién Ryan
y Bernard, 2000). Términos como credibilidad, transferabilidad, depen-
dib ilid a d y confirm abilidad reem plazan los criterios positivistas usuales
de validez externa, interna, confiabilidad y objetividad.
Los modelos procedentes del feminismo, la teoría étnica, el m a r­
xismo, los estudios culturales y la teoría queer privilegian u n a ontolo-
gía realista-m aterialista; es decir, el m undo real es lo que produce una
«diferencia m aterial» en térm inos de raza, clase y género. Tam bién se
em plean epistem ologías su bjetivistas y m etodologías n a tu ra lis ta s
(usualm ente etnográficas). Tanto los m ateriales empíricos como los a r­
gum entos teóricos son evaluados según sus implicaciones em ancipa-
torias. Diversos criterios procedentes de las com unidades de género y
de ra z a (por ejemplo, afro-estadounidenses) pueden, asim ism o, ser
aplicados: la em otividad y los sentim ientos, el cuidado, la responsabi­
lidad personal, el diálogo, etcétera.
Las teorías del feminismo p o sestru ctu ralista enfatizan los pro­
blem as del texto social, su lógica y su incapacidad p a ra re p re se n ta r
com pletam ente el m undo de la experiencia vital. Los criterios positi­
vistas y pospositivistas de evaluación son reem plazados por otros, in ­
cluyendo el texto reflexivo, polifónico, basado en las experiencias de
personas oprim idas.
Los paradigm as de los estudios cu ltu rales y la teoría queer son
m ultifocales, e incluyen m uchas facetas diferentes, desde el m arxismo
h a sta el feminismo y la sensibilidad posm oderna (véanse, en este M a­
nual, Saukko, C apítulo 13; Plum m er, C apítulo 14; R ichardson y St.
Pierre, Capítulo 38). Existe u n a tensión en tre u n a ra m a h u m an ista de
los estudios culturales, orientada a la experiencia vital y el significado,
y un proyecto m ás e stru c tu ra lista de estudios cu lturales que busca las
determ inaciones estru ctu rales y m ateriales (raza, clase, género) y sus
efectos de experiencia. Por supuesto, cada m oneda tiene dos caras, y
las dos caras son necesarias. D espués de todo, las dos son facetas,
am bas críticas, de la m ism a escuela. Los estudios culturales y la teoría
queer u san los métodos de m an era estratégica, es decir, como recursos
p ara la com prensión y producción de resistencias en estru ctu ras loca­
les de dominación. Los académicos pueden realizar, desde esta pers­
pectiva, análisis textuales y discursivos detallados (véanse Olesen, Ca­
pítulo 10; Saukko, Capítulo 13; Chase, Capítulo 25, en esta obra), tanto
como pesquisas etnográficas locales, online, reflexivas y críticas, en­
trevistas de final abierto y observación participante. El foco está puesto
en el modo en el que la raza, la clase social y el género se producen y
«actúan» en circunstancias sociales específicas.
Con el paradigm a y la historia personal disponibles, el investí-
gador, centrado en el exam en de un problem a empírico concreto, ahora
se desplaza h acia la siguiente e ta p a del proceso de investigación, a
saber, el trabajo con u n a estrateg ia concreta de investigación.-

Fase 3: E s tr a te g ia s d e in v e s t ig a c ió n y p a r a d ig m a s
in te r p r e ta tiv o s.

El Cuadro 1.1 nos m u estra algunas de las principales estrategias


de investigación que un investigador puede em plear. La te rcera fase
comienza con el diseño de la investigación, que involucra, en térm inos
amplios, un interés focal en el problem a p ara investigar, los propósitos
de la investigación y la cuestión de «qué información puede d ar las res­
puestas m ás apropiadas al problem a de investigación yjgué estrategias
resultan efectivas p ara obtener esa información» (LeCompte y Preissle,
1993, pág. 30; véase tam bién Cheek, C apítulo 15 en este M a n u a l ). A
grandes rasgos^ el diseño de u n a investigación describe u n conjunto
'flexible de p au tas, <jjie conectan los paradigm as teóricos con e stra te ­
gias dé investigación, en prim er lugar, y con método?; p ara obtener m a­
terial empírico, en segundo lugar. El diseño dé Una investigación ubica
al investigador en el m undo empírico y lo conecta con determ inados
lugares, personas, grupos, instituciones y cuerpos de m a te ria l rele­
vante p a ra la interpretación, incluyendo docum entos y archivos. Del
mismo modo, el diseño de u n a investigación especifica el modo en que
el investigador abordará los aspectos críticos de la representación y la
legitimación.
Por su p arte, juna estrate g ia de investigación involucra u n p u ­
ñado de habilidades, presunciones y prácticas que el investigador em ­
plea a m edida que se mueve del paradigm a al m undo empírico. En este
sentido, la s estr ategias de investigación ponen en m ovimiento los p a ­
radigmas. Al mismo tiempo, las estrateg ias de investigación vinculan
al investigador con distintos métodos de recolección y análisis del m a­
terial empírico. Por to m ar u n ejemplo, el estudio de casos funciona
sobre la base de entrevistas, observaciones y análisis de documentos.
Las estrategias de investigación im plem entan y anclan los paradigm as
m contextos em píricos o p rácticas m etodológicas específicas, tales
:omo la práctica de hacer de un caso, un objeto de estudio. A dem ás del
ístudio de casos, vale la pena m encionar ejemplos como las técnicas
Fenomenológicas y etnometodológicas, el uso de teoría fundam entada,
ios métodos biográficos, autoetnográficos, históricos, clínicos, así como
3l método de la investigación-acción. C ada u n a de estas estrateg ias se
vincula con u n a compleja bibliografía; cada u n a tiene su p articu lar h is­
toria, sus trabajos ejem plares y sus modos favoritos de poner la inves­
tigación en m archa.
F a s e 4: M é to d o s d e r e c o le c c ió n y a n á lis is d e l m a te r ia l e m p ír ic o

Los investigadores cualitativos em plean diferentes métodos p ara


recabar m aterial em pírico.19 Estos métodos, expuestos en detalle en el
Volumen IV, incluyen la entrevista, la observación directa, el análisis
de artefactos, docum entos y registros culturales; el uso de m ateriales
visuales, y el uso de la experiencia personal. Igualm ente, el investiga­
dor puede leer y an alizar entrevistas o textos culturales de m uy dis­
tintos modos, incluyendo estrategias orientadas al contenido, la n a rra ­
tiv a y la sem iótica. E nfrentado con g ran d es volúm enes de m a terial
cualitativo, el investigador desarrolla form as de organizar e in te rp re ­
ta r los documentos; en este punto, los métodos de m anejo de datos o
de análisis asistido por com putadora pueden ser útiles.

F a s e 5: E l a r te y la p o lít ic a d e la in t e r p r e t a c ió n
y la e v a lu a c ió n

La investigación cualitativa es ilim itadam ente creativa e in te r­


pretativa. El investigador no se lim ita a dejar a trá s el campo con u na
pila de m aterial em pírico y la voluntad de poner por escrito sus descu­
brim ientos. Las interpretaciones cu alitativ as surgen de u n proceso de
construcción. E n^rrim er lugar, el investigador crea u n registro de sus
experiencias en el campo, que consiste en notas y documentos (lo que
Roger Sanjek [1990, pág. 386] llam a «indexing» y David P la th [1990,
pág. 374], «filework»). E n un segundo momento, el escritor, en cuanto
intérprete, p a rte de este texto p a ra producir un texto de investigación
que consiste en notas e in terp retacio n es b asad as en los textos de
1campo. Luego, este texto de investigación es reescrito como u n docu­
m ento in terp retativ o funcional, que contiene los intentos iniciales del
investigador p a ra d ar significado a lo que estudió. Por últim o, el in ­
vestigador produce eLtexto fina), que llega a los lectores. E ste últim o
relato del campo puede asum ir m uchas formas: confesional, realista,
im presionista, crítica, form al, lite ra ria , an alítica, teo ría fu n d am en ­
tada, etcétera (véase V an M aanen, 1988). ___ /./. i/tT'
La práctica in te rp re ta tiv a de co n stru ir sentido a p a rtir de los
propios descubrim ientos es, a la vez, a rtístic a y* política. Hoy en día
existen m últiples criterios de evaluación de la investigación cu alita­
tiva; los que enfatizam os a p u n tan a las estru ctu ras situ ad as, relacio-

19 Materiales empíricos es nuestro térm ino de preferencia p a ra lo que an tes se


describía como «datos».
nales y textuales de la práctica in terp retativ a. No existe u n a verdad
interpretativa única. Como m encionábam os antes, existen m últiples
comunidades in terp retativ as, cada u n a con sus propios criterios p ara
evaluar las interpretaciones. c j„ n
La evaluación de los program as de investigación es u n área im ­
portante de los estudios cualitativos, a través del cual los investigado­
res pueden te n er influencia sobre las políticas sociales de modos muy
im portantes. Los capítulos de Greenwood y Levin (Capítulo 2), Kem-
mis y M cTaggart (C apítulo 23), M iller y C rabtree (Capítulo 24), Te-
dlock (Capítulo 18), Sm ith y H odkinson (Capítulo 36) y House (Capí­
tulo 42) trazan y exponen la rica historia de la investigación cualitativa
aplicada a las ciencias sociales. E n este punto crítico, la teoría y el m é­
t o d o , p r a x i s , la acción y la política se funden. Los investigadores cua- |
litativos pueden identificar poblaciones a ser estu d iad as, m o strar los
efectos inm ediatos de ciertos program as sobre esas poblaciones y aislar
las limitaciones que actúan contra cambios políticos en esos contextos.
Los investigadores cualitativos orientados a la acción y a la clínica
también pueden crear espacios donde los sujetos estudiados (el Otro)
puedan expresarse. El evaluador deviene así un mero conducto p ara
que sus voces sean escuchadas.

Un p u en te en tre los m om entos históricos:


¿qué v ien e después?
Según argum entan Richardson y St. Pierre en el Capítulo 38 de
este M anual, nos encontram os en el período «post-post»: post-posestruc-
turalismo, post-posm odernism o, post-posexperím entalism o. No está
claro todavía qué implicancias tiene este pasaje p ara la práctica etno­
gráfica in terp retativ a, pero sí es seguro que ya n a d a será igual que
antes. Estam os entrando en un a nueva era, en la cual los textos estarán
tramados por voces m últiples y formas de crítica complejas e inciertas;
la innovación en el trabajo experim ental se volverá m ás común, como
también las formas autorreflexivas del trabajo de campo, el análisis y
la representación intertextual. E n el ensayo final de n u estra obra, nos
ocupamos de estos últim os momentos (sexto, séptimo, octavo y noveno).
Lo cierto es que, como decía el poeta, el centro ya no existe. Y lo que de- J
bemos pensar ahora es qué h ab rá en el nuevo centro.
De este modo cerram os e l círculo. Volviendo a n u e stra m etáfora
del puente, los capítulos que siguen llevan al investigador a u n lado y
otro de cada u n a de las etapas del acto de investigación. Como buenos
puentes que son, los capítulos perm iten el tráfico en dos direcciones
entre cada u n a de las fases, formaciones y com unidades in terp retati-
vas. C ada capítulo provee un exam en de la h istoria, las controversias
y las prácticas actuales asociadas con cada paradigm a, e stra te g ia y
método, así como u n a proyección respecto de lo que ocurrirá con tales
paradigm as y métodos en los próximos diez años, es decir, a lo largo
de los años form ativos del siglo XXL
D urante la lectura de los próximos capítulos, tan to de este volu­
m en como de los siguientes, es im p o rtan te m an ten er presente que el
campo de la investigación cualitativ a se define, a n tes que nada, por
u n a serie de tensiones, contradicciones y vacilaciones. E stas tensiones
operan, de un modo u otro, en el interio r y en el medio de la am plia y
dudosa sensibilidad posm odem a, las concepciones positivista, pospo­
sitiv ista y n a tu ra lis ta , m ás tradicionales e indentificables, y u n e n ­
torno global neoliberal, cada vez m ás conservador. C ada uno de los tex­
tos que siguen articu lan y quedan atrap ad o s por estas tensiones.

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