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Facultad de Ciencias Sociales

Escuela de Psicología
Psicología de la Personalidad.

La paradoja de la psicología esquizoide.

Integrantes: Pía Gutiérrez


Alejandra Martínez
Docente: Marisol Univazo
Ayudante: Pamela Oyarzo

Junio 2007
La psicología como ciencia que se preocupa del fenómeno humano, abarca distintos
enfoques para abordar su objeto de estudio, entre las diversas formas de ver a la psicología
se podría considerar la mirada que Laing hace de la existencia de las personas esquizoides y
esquizofrénicas y la comparación que realiza entre la manera de abordar el problema de la
psicopatología desde el modelo de la psiquiatría y el de la fenomenología, a partir de esta
propuesta es que se quiere ver de qué manera la psicología como disciplina podría lograr
una integración de ambas miradas en un proceso terapéutico.
La fenomenología existencial intenta dar las características de la naturaleza de la
experiencia que una persona tiene de sí misma y del mundo que la rodea, es decir, como es
su “ser en su mundo”, por otro lado la psiquiatría aborda a los sujetos desde una mirada
más biologicista y categorizada. Esto implica dos formas de mirar a un paciente: como una
persona y como un organismo (Laing, 1960)
Cabe preguntarse entonces qué es lo que espera un sujeto que acude a un psicólogo y que
espera de la relación con el psicoterapeuta y la terapia. En primer lugar este podría esperar
que se le diera un diagnóstico y en segundo lugar que se le brindara la ayuda
psicoterapéutica, ya que tradicionalmente es lo usual. Sin embargo, convendría reformular
la separación en dos aspectos de la respuesta del psicólogo, pues, sería como un “ser en el
mundo” de una persona esquizoide, la que experimenta su realidad con una distancia en la
relación con “su mundo” y un quiebre consigo mismo, que implica su yo dividido (Laing,
1960). Si se considera que tanto el diagnóstico como la terapia tendrían un mismo
propósito, como es la recuperación del equilibrio del estado psíquico del paciente, resulta
curioso un planteamiento dicotomizado de la psicología.
Por otro lado la forma de ver a un paciente ya sea como persona o como organismo
dependería de la persona que lo esté vivenciando, y esto implicaría un conglomerado de
factores intervinientes, como son tiempo, lugar, contexto cultural, condiciones psicológicas,
y físicas entre otras.
El terapeuta tiene además, la libertad de elegir el lugar desde donde puede hacer su
observación del paciente, es decir, un enfoque teórico que apoye su diagnóstico y terapia.
Por lo tanto, el diagnóstico, se acercaría más a una mirada del paciente como organismo y
tendría estrecha relación con el “ser en el mundo” con otros, por ende, la definición de una
categoría ayudaría a la comunicación con el paciente, y con la comunidad médica y su
entorno familiar.
El análisis fenomenológico existencial, en cambio, estaría más próximo al proceso de
psicoterapia por su manera de abordar al paciente como una persona, es decir, a la
comprensión del “ser” del otro en “su mundo” y del “ser” de él mismo en “su mundo”
como responsable y capaz de elegir, como un agente que tiene la posibilidad de actuar por
sí mismo. La conducta del paciente estaría considerada desde la experiencia de esa persona
y sus intenciones y motivaciones, pero implica la consideración de igual manera del propio
terapeuta. La finalidad de la psicoterapia sería que el paciente fuera capaz de reconocer a
otro u otros y en este reconocimiento la afirmación de su yo.
Una consecuencia de enfrentar al paciente de una manera esquizoide implicaría una
inseguridad ontológica en el ser del psicólogo, pues este tendría una contradicción entre las
dos maneras de concebir al paciente, y la imposibilidad de elegir una sola (Watzlawic,
1995). Esta paradoja en la práctica y en el quehacer del psicólogo, llevaría a una manera
insegura de vivir en el mundo y a una inseguridad en “sí mismo”, donde la relación con
otras personas podría tener una significación y una función distinta. Lo óptimo sería un “ser
seguro” en la relación con un otro, para poder ayudarlo, en vez de sentirlo como una
amenaza.
De otra forma, una mirada dividida del paciente produciría un grado de despersonalización
de éste, que podría interpretarse como el mecanismo de defensa que la disciplina
(Psicología) tiene para no ser despersonalizada (Laing, 1960). Esto se puede afirmar ya que
es propio y fundamental de la psicología como disciplina contar con terapeutas con la
capacidad de aproximarse al paciente, incluyendo todas las experiencias particulares en el
marco de su total “ser en su mundo”, y no meramente por una aproximación regida por
clasificaciones discretas.
De esta manera la finalidad de la psicoterapia estaría amenazada, ya que a causa de la
despersonalización el paciente sería incapaz de reconocer al otro y a sí mismo, con el
consiguiente resultado de una inseguridad ontológica en él producto de la incapacidad del
terapeuta de poder ayudarlo en la integración de su yo. Esto sería como integrar un yo de
una manera desintegrada, que contribuiría a “esquizofrenizar” la psicología.
¿Cuál sería la forma de dar solución a esta paradoja de la psicología? Podría ser que
considerar al paciente como un organismo fuera sólo una forma de descripción de su real
“ser en su mundo” y no constituya la identidad del paciente, sino que la forma de ser del
sujeto se determina a partir de su “estar en el mundo” circundante con los otros, es decir,
por lo que ellos dicen y hacen. Esta manera considera la temporalidad de la existencia
humana y por ende a la psicoterapia como un proceso que permite la transformación de la
manera de “estar en el mundo” del paciente (Heidegger, 1997). La categorización
contribuiría a nombrar la experiencia subjetiva del psicólogo con el otro, para dar cuenta de
ella con cierta distancia que no alcanza a desvincular, ya que el psicólogo es parte de la
existencia del paciente en la relación terapéutica. Más que del encuentro del “yo”, se
trataría del encuentro del “sí mismo” de la psicología, como un principio de coherencia,
estructura y organización (Jung, 1996) que da equilibrio e integración a la práctica
terapéutica, al reunir ambas miradas acerca del paciente, la de organismo y la de persona.
Referencias Bibliográficas.

• Laing, R. (1960). El yo dividido. México: Fondo de cultura económica.


• Watzlawick, P. (1995). Teoría de la comunicación humana, Interacciones,
patologías y paradojas. Barcelona: Ed. Herder.
• Heidegger, M. (1997). El Ser y el tiempo. Santiago de Chile: Ed. Universitaria
• Jung, C, Whilhelm, R. (1996). El secreto de la flor de oro. Barcelona: Paidós