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Diseño de portada: Martín Blanco

Fotografía: Carolina Dilo


Maquetación: Martín Blanco
Edición: De La Fosa Colectivo Editorial

©2020, de los autores por los relatos publicados en el presente volumen


©2020, De La Fosa Colectivo Editorial

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EN LA VOZ DE UN CADÁVER

LA NIETA DE DIOS
por Alan Souto

La Gruta

El parto fue difícil. Sucio. Sangriento. Cuando nació, la


criatura lloró enseguida, pero más lloró la madre. Aunque no
por mucho tiempo. La taba cayó del lado de la niña que comen-
zó a ovillar el hilo que salía de su progenitora.
—Gracias por tenerla acá, me ahorraste el viaje —dijo el
padre—. Nos vemos más tarde, gurisa.
Levantó a la bebé que arañaba el suelo de piedra y se
fundió en la oscuridad de La Gruta.

3 años antes

Cuando llegó a La Piedad, Ariadna tenía veintitrés años


y un pasado. Su marido la había abandonado en Buenos Aires y
ella bajó de un ostentoso carruaje con cajas llenas de sombreros
y bordados. A leguas se le notaba que no pertenecía a las calles
polvorientas del pueblo. Forastera, la señalaron. Pituca. Altane-
ra. Zorra. Demasiado coqueta, demasiado perfumada. Por algo
la habrá dejado.
Que su llegada coincidiera con una sequía interminable
y la masacre de Tolderías, no ayudó a mejorar su reputación.
Nadie quiso alquilarle una pieza y su tía, doña Celia, la recibió
sólo la primera noche y, mientras le servía el café del desayuno,
le dijo que se buscara otro lugar para vivir.
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La nieta de Dios

—Una solterona y una abandonada —chilló mientras


ponía las tostadas y el dulce casero de higo—. ¿Te imaginás lo
que van a decir? ¡Ja! No, querida, mejor sería que te hubieras
quedado en Buenos Aires. ¿Qué vas a hacer acá? ¿Bordar mor-
tajas? ¡Qué esperanza!
Y esperanza era lo único que le quedaba a Ariadna. Pero
muy poca. Si La Piedad hubiese tenido un río, tal vez se habría
ahogado pero el arroyo apenas servía para mancharle de rojo
los zapatitos blancos. El Ruso la cruzó cuando volvía del mon-
te con un chivo abajo del brazo. Se le enterneció el corazón al
verla y le habló del ranchito de doña Isabel. La vieja había sido
la curandera del pueblo por sesenta años y muchos decían que
el lugar estaba maldito. Pero El Ruso no creía en maldiciones ni
gualichos. Ingenuo.
—Usted sa queda en el ranchito y nadie la va echar —
dijo y Ariadna sonrió ante su acento—. Está un poca lejos pero
mejor que nada es. Y cualquier cosa usted necesita, viene con
Ruso y dice “don Gaspar, necesito esto, necesito otro” y yo fía. Pero
a usted nomás. ¡Que si no, no como yo!
Los dos rieron. Y el monte también pareció reírse. En-
tonces el Ruso se puso serio y se fue murmurando en ruso, o
en idish. Ariadna se quedó sola pero decidida. El monte callaba
pero, entre los árboles, asomaba la mole pétrea de la Gruta, con
una sonrisa expectante.
Esa tarde la joven embaló todos sus sombreros, todos
sus zapatos y sus cajas llenas de hilos y agujas.
—Que Dios no te dé vuelta la cara, m’ija. —susurró doña
Celia antes de darle la espalda y encerrarse tras los postigos.
Ariadna no respondió. Terminó de acomodar las valijas
y se fue traqueteando en la carreta del Ruso, tirada por un bu-
rro rengo.
Durante un año y un día, Ariadna vivió sola en el ran-
chito. Tenía suficiente provisión de vestidos para mantener su
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EN LA VOZ DE UN CADÁVER

aspecto citadino intacto y su reputación cada vez más embarra-


da. Cada jueves iba a comprar fiado a lo del Ruso y cada domin-
go iba a misa hasta que el cura le prohibió volver. Los pueblos
chicos tienen algo de infierno, ya se sabe, pero La Piedad... La
Piedad lo tenía todo. Especialmente, oídos y bocas. Los rumo-
res volaron como nubes de jejenes y el cura le cerró la puerta
con asco hipócrita. De nuevo, como siempre, el Ruso fue el úni-
co en no negarle la entrada. Las puertas del almacén siempre
estaban abiertas para los rechazados y olvidados.
—Yo sirvo y no mira a quién —repetía—. Si escucho lo
que la gente dice, no puedo venderla ni a ustedes, señoras, y me
fundo.
Las viejas se iban ofendidas entonces. Murmurando en
contra del judío, su cocoliche y su costumbre de ayudar a lo más
bajo. Sin saber, sin embargo, que sus hijos, maridos y nietas
iban y venían cada noche del ranchito de Ariadna.
Qué hacía allí para atraer tanta gente, era un misterio
con demasiadas respuestas. Curandera, puta, maestra, todos
los oficios podían adaptarse a las visitas clandestinas que po-
bres y acomodados hacían a la joven forastera. Hasta que llegó
la tormenta.
Era Noche Vieja y el calor apretaba más de lo natural. La
gente miraba hacia la Gruta esperando... algo. Las tormentas (y
las desgracias) siempre venían del lado del monte, como si na-
cieran de esa oquedad de piedra. Por la tarde todo el pueblo se
refugió en la sombra de las parras y los ligustros. Menos Ariad-
na que cruzó el sol de fuego rumbo al almacén. Tenía la mirada
perdida, el maquillaje corrido y el sombrero desarreglado. Se
sentó en un rincón y dejó que la botella de grapa se vaciara en
silencio. Cada tanto, el Ruso le dejaba platitos de aceitunas y
sardinas para que comiera. El reloj se desangraba lentamente.
A las cinco en punto se levantó un viento seco y caliente
que juntó polvo y hojas muertas. Las persianas y postigos se
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La nieta de Dios

cerraban con estrépito. Un chajá gritó una vez. Silencio. Para


las seis, la electricidad del ambiente era insoportable y el Ruso
rompió dos vasos. El cielo pasaba del amarillo al rosa y del rosa
al violeta. La tierra empezó a temblar y el cielo desapareció.
Don Luciano entró siete y media, con la sombra adelantándose
y cubriendo la mesa de Ariadna. Las nubes llegaron después.
—Tardes —dijo mientras el Ruso le servía un vino con
miel—. Usted es nueva, gurisa —No era una pregunta y no es-
peró respuesta, la chica lo miraba embelesada—. Yo fui un fo-
rastero hace muchos años y, ya ve, ahora soy dueño y señor.
Pero sigo viviendo en la frontera. Así son las cosas.
Luciano se acodó en la barra y Ariadna sintió fuego don-
de sólo había conocido hielo. Los ojos azules y el pelo blanco del
hombre centellaban con los relámpagos y su voz reverberaba
entre los truenos.
—A vos te gustaría volver a ser la Señora —La chica
asintió aunque no había sino afirmaciones en el monólogo. No
le sorprendió que la tuteara, sus palabras eran caricias de luju-
ria—. Yo te puedo ayudar, gurisa, si venís conmigo. Tus raíces
van a calar hondo, igual que las mías. ¿Querés?
Fue la única pregunta real y Ariadna no respondió. Se le-
vantó y avanzó como sonámbula. Luciano se acomodó el cham-
bergo y le guiñó un ojo al Ruso antes de salir del brazo de la
chica. La tormenta los seguía y el granizo empezaba a matar
ganado y cosechas.
—El Señor la perdone —murmuró el Ruso y escupió en
el vaso de vino endulzado.
Un año pasó desaparecida Ariadna aunque todos sa-
bían dónde estaba. Su tía Celia murió en la madrugada de Año
Nuevo, sola, atragantada con un botón que nadie supo cómo
se tragó. La encontraron una semana después, podrida y co-
mida por su perro. Ariadna aprendía rápido. Coser, bordar y
tejer, siempre habían sido su fuerte. Ahora cosía la boca de sus
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EN LA VOZ DE UN CADÁVER

enemigos, bordaba los sueños de los chicos y tejía en la mente


de las jovencitas. Volvió al pueblo con el vestido desgarrado y
los zapatos rotos, un brillo de oro en los ojos y las uñas llenas
de sangre seca. Pero lo más importante es que volvió con un
crío en la panza.
Cada vez más gente iba a su rancho y pronto no queda-
ron dudas de su oficio. “Lechiguana” musitaba la gente al verla
y cruzaba de vereda. Seguía joven y altiva, pero su belleza se
había corrompido y el vientre hinchado le daba un aire sinies-
tro. Aun así, los hombres de La Piedad se levantaban de madru-
gada pensando en ella y se descargaban en sus mujeres. Meses
después, todas iban a buscar a “la forastera” y salían llorando.
¿Ella? Ella daba otra vuelta a su ovillo de hilo rojo y se sentaba
bajo la ventana a escuchar el canto de la Singer. Impasible. Im-
perturbable. Un témpano de hierro y agujas. Hasta que llegó
septiembre.
Agosto había sido cruel y septiembre no mejoraba. La
primavera se intuía agria. Cerca del equinoccio, Ariadna entró
al almacén con el vientre como un globo a punto de estallar. Es-
taba cubierta de sangre y una marca de cenizas en la frente, con
los ojos fijos en la nada. La hermosa citadina había colapsado y
en su lugar estaba esa muñeca rota e inflada.
—Necesito el cuchillo de hueso y el cráneo de víbora —
dijo como quien pide un kilo de pan y una botella de vino. Pero
el Ruso se estremeció al reconocer la voz que hablaba a través
de la joven; sacó el pedido de abajo del mostrador y lo puso
en una bolsa de arpillera—. ´chas gracias, compadre —saludó
Ariadna y salió.
Su sombra estaba rodeada de patas y un ejército de ara-
ñas la seguía.

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La nieta de Dios


La Gruta

El suelo de piedra bebía la sangre y los restos del parto.


Ariadna sentía desenroscarse el hilo de su vida y juntó las últi-
mas fuerzas que le quedaban. A su lado, el cuchillo con restos de
cordón umbilical; el cráneo de víbora rezumaba veneno sobre
un jarro de aluminio y unas velas de sebo.
—Minerva —susurró a la sombra que sostenía a su
hija—. Se llama... Minerva.
—Lindo nombre —respondió la voz de Luciano y sus
ojos de hielo sonrieron—. Gracias de nuevo, gurisa. Nos vemos
en un rato, allá abajo.
El hombre desapareció entre las sombras. Ariadna no
gritó ni lloró cuando las arañas la cubrieron.

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EN LA VOZ DE UN CADÁVER

TALLER ALVARADO
por Martín Blanco

La oscuridad solo se cortaba por un haz de luz que col-


gaba encima de la jaula. Una lámpara en el techo que se balan-
ceaba como un péndulo y que los iluminaba a través de las rejas.
Joaquín estaba sentado a unos metros de la jaula, con
las piernas cruzadas y hacía un buen rato ya que no les sacaba
la vista de encima. Ellos iban de un lado al otro, nerviosos, sin
entender qué hacían ahí.
De fondo, empezaron a sonar explosiones. Una atrás
de la otra. Resplandores de todos los colores y formas. Fuegos
artificiales.
La lámpara frenó y se quedó estirada, apuntando para
abajo.
Sobre la jaula, aparecieron unas guirnaldas blancas con
la frase FELIZ CUMPLEAÑOS en rojo.
Desde arriba, empezó a bajar la música.

«Que los cuuuumplaaaas, feeelíiiiiz».

Un viejo apareció corriendo de la penumbra con un glo-
bo que decía FELICIDADES. Se paró delante de la jaula y la luz se
movió para alumbrarlo. Estaba desnudo y traía un bonete negro
del que asomaban algunos pelos blancos. Joaquín lo reconoció.
Era su tío Pepe. El viejo le clavó la vista y sopló una corneta de
cotillón que tenía colgada de la boca como si fuera una pipa.
«¡¡TUUUUU!!». Sonrió, la corrió a un costado y le dijo a su sobri-
no. «¡Feliz cumpleaños!», mientras daba un saltito y caía con el
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Taller Alvarado

pie derecho adelante, como si fuera un payaso. La piel estriada


no podía soportar el peso de la grasa, que rebotaba con cada
movimiento del viejo.
Joaquín hizo un gesto de asco y giró la cabeza.
De la izquierda, unas manos aparecieron de las sombras
y empujaron un carrito de supermercado. El tío Pepe lo agarró.
Adentro había una torta. Era grande, recubierta de dulce de le-
che con chispitas de chocolate por encima y un número 8 azul
en el centro.

«Que los cuuuumplaaaas, feeelíiiiiz».

El viejo giró hacia la jaula y les acercó la torta. Uno de


los dos perros empezó a chillar y saltó para atrás. Se acurrucó
en una de las esquinas y trató de esconderse entre sus propias
patas. El otro se lanzó contra las rejas de metal y le sacó los
dientes.
Joaquín no estaba seguro de haberlo visto antes, pero
ahora los dos animales tenían puestos sombreros cariocas y
unos collares hawaianos. El viejo miró a su sobrino. «Hay que
soplar las velitas», dijo y se sacó el bonete. Agarró algo de aden-
tro y se lo mostró. «¿Te gusta?». Era una cajita de fósforos.
El nene pudo ver el diseño de la tapa. Dos llaves inglesas
cruzadas y un nombre en negro: Taller Alvarado. Se acordó de
ese lugar lleno de autos y olor a aceite y nafta donde trabajaba
su papá, mientras él se divertía jugando a ser piloto de carreras,
en su Fórmula 1 de plástico con la cuchara debajo.
El tío agitó la cajita y se oyeron adentro las maderitas
chocando entre sí. Puso el dedo en la parte de arriba y deslizó el
cajoncito de cartón blanco.
Los chillidos eran ahora aullidos violentos. La jaula tem-
blaba cada vez que el perro más agresivo chocaba contras las
rejas.
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EN LA VOZ DE UN CADÁVER

«Que los cuuuumplaaaas, Joaquíiiiiiiiiin».

Metió el índice y el pulgar y sacó un fósforo. Apoyó la


punta roja sobre la lija de los costados y deslizó el palito de ma-
dera, pero lo que se oyó no fue un chasquido sino un sonido
opaco, parecido al que hacen los huesos al romperse. De la jau-
la solo salieron jadeos, suplicando una piedad que no les iba a
llegar nunca. El fogonazo inicial se transformó en una llama.
El viejo volvió a mirar a su sobrino y sonrió. «¡Feliz cumplea-
ños!». El fósforo voló y Joaquín gritó «¡Noooo!» todo lo fuerte
que pudo.
En un instante, una bola de fuego estalló dentro de la
jaula y todo se tiñó de blanco.

Joaquín se levantó de un salto y encendió el velador. Se


sacó la parte de arriba del pijama, que estaba toda transpirada y
tiró la frazada a los pies. Sintió la boca seca y tomó un poco de
agua del vaso que su mamá le dejaba en la mesita de luz todas
las noches, «así no me rompes las pelotas a la madrugada». Al
lado del vaso, vio la foto. Él y Capitán jugando en una plaza.
Una puntada le golpeó la sien y se tuvo que tapar la cara
con las manos para aliviar el dolor. De repente, le vinieron to-
das las imágenes juntas: cuando Capitán se asomó a través de la
caja que le regaló el tío Pepe en su cumple; cuando corría la pe-
lota roja de goma por la vereda; cuando movía las patas mien-
tras soñaba a los pies de la cama.
Le dio un beso a la foto, se la puso contra la mejilla y sin-
tió que las lágrimas empezaban a caer. Cerró los ojos, tratando
de olvidar la pesadilla que había tenido, pero no pudo y empezó
a llorar fuerte. «No es justo».
Dejó el marco sobre la almohada y se levantó. Empezó a
dar vueltas y pensó en su perro y en el día en que había pasado
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Taller Alvarado

todo. Se acercó a la mesa donde hacía los deberes y se puso


el buzo negro con capucha que había dejado tirado sobre la
silla. Salió al pasillo y empezó a caminar dando pasos cortos y
arrastrando las medias. Parecía una sombra moviéndose en la
oscuridad.
No se podía sacar al perro de la mente. Lo vio jugando,
comiendo, saltando. Y meando el sofá... y mordiendo la ropa...
y cagando en la alfombra. Lo único que sabe hacer un cachorro.
Se acordó de su mamá contándole que, esa tarde, Capitán se
había escapado y no lo habían podido encontrar.
Las lágrimas que le caían ahora eran las mismas que ha-
bía derramado durante toda esa noche en su almohada y en los
últimos dos meses en silencio.
Llegó a la cocina y sacó el pote de dulce de leche de la he-
ladera. Sabía que no podía meterle el dedo, pero no le importó.
Era el placer de lo prohibido. Se limpió los labios con la lengua y
disfrutó el azúcar como nunca.
Dejó el tarro en la mesada, al lado de la pileta con los
platos sucios y fue hasta el lavadero. La luz entraba desde la
cocina y transformaba la penumbra en tenues siluetas que se
proyectaban sobre la pared de abajo de la ventana.
La sien le seguía latiendo y sentía cómo se hinchaba la
vena cuando bombeaba la sangre y le dejaba la sensación de
que su cabeza era un globo a punto de explotar. El dolor le trajo
la voz de sus padres. Silvia, que a lo lejos, hablaba con Alberto:
«No nos quedaba otra, gordo. Al final no sé en qué pensaba mi
hermano cuando se lo regaló».
Un murmullo le llegaba amortiguado, como cuando se
metía debajo del agua en la pileta del colegio.
Encendió la luz y miró a la derecha. El canasto de la ropa
rebalsaba de cosas por lavar y la esquina donde estaba el termo-
tanque coleccionaba envases vacíos de gaseosa.
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EN LA VOZ DE UN CADÁVER

El susurro persistía, aunque cada vez más bajo. El aire


era una mezcla rancia de humedad, pis y caca. Levantó la cabeza
y les clavó los ojos. Las rejas de la jaula brillaban y Silvia y Alber-
to se acurrucaban en una esquina, ya casi sin fuerzas.

«Que los cuuuumplas, feeelíiiiiz», pensó.

Metió la mano en el bolsillo del buzo y sacó una cajita.


Miró la tapa con las dos llaves inglesas y sonrió.

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EN LA VOZ DE UN CADÁVER

SOS UN POEMA PARA EL INFIERNO


por Ruben Risso

Monseñor Rocca murió como un mártir, en pleno ejerci-


cio de la santa profesión, pero no hubo persona que se esforzara
por recordarlo.
Dejaron intacta la habitación en la que pasó sus últi-
mos días, en el convento Santo Domingo de la basílica Nuestra
Señora del Rosario, del barrio de San Telmo. Ni siquiera cam-
biaron las sábanas. Las paredes quedaron todas escritas, pero
nada de lo que el párroco anotó en ellas parecía tener sentido.
El arzobispo Gamarra visitó a las Hermanas de la Misericordia
y bendijo el cuarto. Luego les dijo que era muy probable que
monseñor Rocca hubiera muerto poseído o loco. Que a fines
simples era lo mismo. Que los días de penitencia de seguro ha-
bían salvado su alma.
La única persona que sabía algo de lo que había pasado
con monseñor Rocca era la hermana Pietra. La monja fue la úl-
tima en verlo con vida y la primera en contemplar sus despojos.
Pietra había empezado a ser, desde entonces, una her-
mana problemática. La abadesa creía que se estaba descarrian-
do de a poco. En varias ocasiones le había llamado la atención o
la había conminado a penitencia por coquetear con el demonio.
Había llegado a tener que disponer de monjas que la acompaña-
ran en sus actividades cotidianas y le informaran si hacía algo
fuera de lo debido. Por eso, aunque fuera la única con infor-
mación, nadie creía en lo que tenía para decir sobre monseñor
Rocca.
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Sos un poema para el infierno

La única que se dignó a escucharla fue la hermana Alma,


una monja joven e inexperta, durante una tarde de frío y sol.
Pietra se disponía a bañarse y se sacó la enagua con descaro
frente a su compañera.
—¡Hermana! —le llamó la atención cuando la vio—.
Devolvé eso a su lugar, la desnudez llama a los demonios.
Sonriendo con placidez y pasando agua jabonosa por su
entrepierna, Pietra entornó la mirada hacia ella.
—No seas miedosa, Alma, si no nos limpiamos bien pe-
camos de todas formas… ¿O me vas a decir que vos no te lavás?
La hermana Alma arrugó la frente.
—Pero vos frotás con mucha fuerza.
Pietra se rio.
—¿Por qué Dios nos daría placer si no es para disfrutar-
lo? —La otra no respondió—. Sacate todo e intentalo.
Alma abrió la boca con un gesto horrorizado, pero no
pudo decir nada. El descaro de Pietra la dejaba sin palabras.
—Por eso nadie te cree nada de lo que decís —le repro-
chó, nerviosa—, la abadesa tiene razón… nada bueno puede sa-
lir de una boca blasfema como la tuya.
Pietra fingió estar sorprendida.
—¿Por qué no me creerías? Yo sé muchas cosas que vos
no sabés… la envidia también es pecado, hermana.
—¿Envidiosa yo?
—Sí… envidiosa y descreída de tu hermana.
La joven monja se cruzó de brazos.
—Perdón. —Sus disculpas eran genuinas pero venían
de mala gana—. No quiero pecar, me pasa eso, nomás… Mirá lo
que le pasó a monseñor Rocca.
—No sabés qué le pasó.
—Y vos sí...
—Sí, claro que sí… pero, ¿vas a creerme?
18
EN LA VOZ DE UN CADÁVER

—Sí… nadie me cuenta nada, todas me tratan como a


una nena.
Pietra se rio. Se tomó su tiempo para echarse agua en la
espalda.
—¿Qué harías si Dios se te apareciera? —le preguntó
mientras se daba vuelta e inclinaba para enjabonar sus piernas.
Alma no pudo evitar mirar el contorno de la vulva, que se aso-
maba entra las nalgas.
—Pietra…
—Decime —insistió la otra—. Decime qué harías.
La hermana Alma suspiró.
—Lo adoraría… ¿Qué otra cosa se puede hacer con
nuestro Señor?
—¿Y cómo sabrías que quien está frente a vos es Dios y
no un demonio intentando hacerse pasar por él y confundirte?
—¡Sabría, simplemente! —Alma estaba enojada. Tenía
la frente arrugada y una expresión de indignación—. El Señor
es una luz que brilla por sobre todas las cosas.
Pietra asintió mientras seguía acariciando su piel con la
esponja. Alma la miraba expectante.
—¡¿Entonces?! —La joven monja perdía la paciencia.
—Entonces, ¿qué?
—¡Lo que le pasó a monseñor!
—Ahh, eso… —Pietra se sonrió—. No te voy a contar
más a menos que se saques el velo.
Alma bufó.
—¿Para qué?
—No te voy a decir a menos que lo hagas.
Sin ganas, la joven monja hizo lo que se le pedía. También
se liberó de la cofia, dejando su pelo castaño al descubierto.
—Ahora seguí.
Pietra la miró durante unos segundos y sonrió.
19
Sos un poema para el infierno

—Monseñor Rocca, en su tiempo de penitencia, habló


con varios visitantes. Demonios, ángeles. Aparecían en el
jardín, asomados a la ventana. Unos durante el alba, otros a
la hora del crepúsculo… Yo lo sé porque lo escuchaba desde
de la habitación de al lado. También lo espié a través de las
rajaduras en los ladrillos de la pared. Creo que él sabía, pero no
le importaba.
—¡Ah, como si fuera tan fácil!
Pietra entrecerró los ojos.
—¿No me creés? ¿Cómo supe, entonces, que monseñor
Rocca se había cortado el cuello?, ¿cómo pude dar esa informa-
ción a la abadesa antes de que entraran a la habitación?
Alma no respondió.
—Durante tres largos días, monseñor no comió ni bebió
nada. Solo oró por su alma y flageló su cuerpo en vías de expiar
los demonios que lo atormentaban. Entonces, Él le habló.

«Fue directo. No tenía tapujos.


—Javier —le dijo—. Te han hecho sufrir sin razón. Tu
penitencia no tiene objetivo.
Y monseñor Rocca desconfió. Nuestro Señor lo ame-
drentó y le dijo que, si su empeño estaba en continuar con su
expiación, lo pondría a prueba. Esa tarde, cuando el sol tocó el
horizonte, recibió una visita. No se podía ver bien, pero la voz
de un niño sonó claramente.
—Se ve tan triste, señor, que me gustaría darle de to-
mar vino y pan para que coma —le dijo el pequeño con dulzura.
—Mi penitencia es sin los placeres de la carne, demonio
—le respondió monseñor—. Ahora, andate, que estoy orando y
tu voz me molesta.
No se escuchó nada más, solo el rumiar de las plegarias
del obispo. Esa noche durmió bien y, a juzgar por su silencio,
soñó con el Edén.
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EN LA VOZ DE UN CADÁVER

Durante la madrugada, una voz solemne y profunda


inundó la habitación con una bendición episcopal.
—Su santidad —lo reconoció Rocca—. Me honra su
presencia.
—Hijo querido —le dijo Pio XII a monseñor Rocca—,
esta penitencia no basta para expiar tus demonios. Solo el fue-
go y el acero podrían perdonar tu conducta destructiva.
—¿Acaso Dios me está mirando?
Pio XII le dijo que claro que sí. Que el altísimo lo obser-
vaba desde que había empezado su reclusión. Y monseñor lloró
durante horas.»

—¿Nuestra santidad visitó a monseñor? —preguntó


Alma incrédula—. No dejás de mentir, Pietra, me preocupo por
tu alma.
—Ahora, por dudar de mí, vas a tener que sacarte el hábito.
Alma se rio, soberbia.
—¡Y pensás que voy a hacerte caso para seguir escu-
chando blasfemias!
—El problema no son mis blasfemias, sino tu miedo a
creerlas —la apuró Pietra.
—Nadie en todo San Telmo te podría creer —se defen-
dió Alma, cambiando ahora su expresión—. Solo los impíos o
los pecadores
—¿Y vos nunca pecaste? ¿Te considerás tan digna de ti-
rar la primera piedra? Eso es pecado puro… acordate de que el
demonio siempre miente.
Alma se puso de pie nuevamente.
—¡Y el demonio te hace mentir! —Acto seguido, se
desanudó el cordón y dejó caer los hábitos. Su silueta se recortó
contra la iluminación anaranjada del atardecer—. El Señor es
mi pastor. Él me hizo, y no tengo nada que ocultarle, así como
no tengo nada que ocultarte a vos.
21
Sos un poema para el infierno

Con el frío tomándola por sorpresa, se abrazó, apretan-


do la enagua contra su figura juvenil.
Pietra se echó un tarro con agua humeante encima. Su
cuerpo se estremeció.
—Ya caída la noche, una voz cascada y grave inundó la
habitación —continuó—. Monseñor Rocca estaba, por ese en-
tonces, castigando su cuerpo… Yo había logrado asomarme por
la ventana y doblar uno de los barrotes.

«Pude ver con claridad. Había un viejo roñoso y barbudo


que lo observaba con interés a través de la reja.
—Tenía que venir a verlo por mí mismo —se relamió—,
sos un poema para el Infierno, Javier.
Monseñor juntó las manos y pidió por su alma.
—Confíe… puedo ayudarlo a salir de acá… deme su
mano y atravesará estos barrotes como si no estuvieran aquí.
Monseñor lo ignoró y continuó con su rezo. Le pedía a
Dios que lo fuera a buscar, que lo salvara de ese pozo oscuro en
el que había caído. Que no lo dejara caer en la tentación.
—Usted no reconocería al mal incluso si lo tuviera me-
tido en el culo.
—Silencio, criatura del averno —le respondió monse-
ñor—, dejame rezar en paz.
El visitante largó una carcajada y se esfumó.»

—Basta, Pietra —dijo Alma mientras se agachaba a jun-


tar su ropa—. Tu historia me aburre y no es creíble.
—Está todo escrito en las paredes, sabés que no miento.
—En las paredes están los sueños febriles y endemonia-
dos de un párroco que se volvió loco.
—No si leés lo que escribió sobre la puerta. —Pietra
se llevó los dedos hacia un pezón y apretó—. Monseñor Rocca
22
EN LA VOZ DE UN CADÁVER

quiso abandonar su confinamiento varias veces… si no lo hizo


es porque no pudo.
Alma bufó y se vistió. El hábito estaba algo mojado y
arrugado. Intentó alisarlo rápidamente con las manos.
—Voy a decirle a la abadesa lo que hiciste… ¡impía!
Pietra abrió las piernas y le mostró su sexo.
—¿Querés estar cerca de Dios? —le preguntó—. Podés
encontrar su nombre escrito con la sangre de monseñor… ¡del
otro lado de la puerta!
Alma salió con paso apurado de la sala de baños mien-
tras se acomodaba el velo.
—¡Hija de Satán! —la insultó a lo lejos.
Alma cruzó el convento quejándose por lo bajo. El cam-
panario de la basílica anunciaba que eran las siete de la tarde.
La madre superiora estaría retirándose a sus aposentos para
ese entonces.
La joven hermana pensó en que no tenía tiempo que
perder, pero algo le llamó poderosamente la atención. Al pasar
por la habitación en la que habían hallado a monseñor Rocca
muerto, el trazo negro de su letra apurada sobre la pared tocó la
curiosidad de la monja. Dudando y con miedo a ser reprendida,
se asomó apenas.
—El nombre de Dios… escrito… qué estupidez.
El pasillo estaba vacío. La monja tomó coraje. Se metió
rápido y cerró la puerta. El resplandor anaranjado del atardecer
le mostró la última pieza del rompecabezas; pero se quedó sin
aire, la pared se continuaba sobre la superficie de lo que debería
haber sido la puerta.
Estaba atrapada. No había bisagras ni picaporte.
Golpeó la pared pidiendo que le abrieran. Su mano cho-
có contra el ladrillo duro y lanzó un grito de dolor. Con lágrimas
en los ojos, pudo observar frente a sí la escritura clara de mon-
señor Rocca.
23
Sos un poema para el infierno

“Tanto confié, tanto creí en la iglesia como forma de


acércame al Señor, que dudé de él cuando finalmente me vino
a visitar… Siempre estuvo ahí, desde mi primer día en esta
habitación.”

Un sonido quedo la sobresaltó y se dio la vuelta. En el pa-


tio estaba Pietra. La miraba a través del enrejado de la ventana.
—¡Hermana, gracias a Dios! —Alma se abalanzó contra
los barrotes—. ¡Ayudame a salir!... No puedo abrir desde adentro.
Pietra sonrió.
—El aislamiento te va a hacer bien, Alma —le dijo aca-
riciando una de sus manos aferradas a la reja—. Todavía tenés
mucho que aprender.
La joven monja se acercó aún más.
—¡Maldita! ¡Vas a arder en el Infierno!
Pietra entrecerró los ojos pero no dejó de sonreír. A
Alma le pareció que resplandecía contra el atardecer. De pronto,
un halo de luz la envolvió. La joven monja la vio más hermosa y
pura que nunca.
—No… no puede ser… —Las palabras se le atraganta-
ban—. Mi… ¡Mi Señor!
Dios dejó caer sus hábitos. Su cuerpo era el mismo que
Alma había visto durante toda la tarde.
—¿Cómo puede ser? —Dios le sonrió y la monja sintió
un calor adentro del pecho.
—Monseñor Rocca pasó sus últimos días haciéndose la
misma pregunta —le dijo el altísimo con ternura, acariciándole
la frente a través de los barrotes como si estos no existieran.
—¡Cuénteme por qué monseñor se quitó la vida! Estoy
lista para escucharlo…
—Eso, hija mía, nunca vas a saberlo.
Dios dio media vuelta y empezó a alejarse.
24
EN LA VOZ DE UN CADÁVER

—¡No! —gritó Alma sacando un brazo por los barro-


tes—. ¡No me deje a merced del mal!
—Hay un lugar en el cielo para vos, hija mía, tranqui-
la…, pero todavía sos ignorante y no reconocerías al mal incluso
si lo tuvieras metido en el culo.

25
EN LA VOZ DE UN CADÁVER

16... 15... 21...


por Gonzalo Ventura

—“… derramaron la sangre de los santos y de los profe-


tas, también Tú les has dado a beber sangre; pues lo merec… ”
El Padre Renzo le pega fuerte para cerrarle la boca y
piensa que quizá le dislocó la mandíbula, pero no.
Se toca los nudillos. Están raspados. Empiezan a san-
grar. Le pega otra vez y le vuelve a doler. Mucho. Piensa que, a
lo mejor, se le rompieron el meñique y el anular.
Se está agarrando la mano pero se arrepiente. No mues-
tres debilidad, se dice. Levanta la cabeza y mira fijo a su opo-
nente. Ella le devuelve la mirada.
Renzo no sabe bien qué hacer, pero trata de que no se
note. Vuelve el ruido. Ese que ya escuchó antes. Vuelve como
un mal sueño que se repite. No entiende si llega desde abajo o
desde arriba, pero tiene claro que cada vez que regresa, el ruido
es más grave. Más horrible. Más inhumano. Todo el sótano em-
pieza a vibrar. El Padre mira hacia atrás. Se enfoca en el estante
que tiene a sus espaldas. La mugre se sacude con la vibración.
La última de las copas, que parece haber estado ahí desde siem-
pre, termina cayéndose y rompiéndose contra el piso. Los peda-
zos quedan al lado de los de las otras 6 que ya se habían caído
antes.
Ella sonríe, casi compasiva.
—¿Todavía no se da cuenta? —le dice al cura, ahora,
con voz de hombre—. Es inútil resistirse. Tendría que saberlo
mejor que nadie.
27
16... 15... 21...

El Padre no mira más las copas rotas y vuelve a girar


para quedar frente a frente con… ella… pero los rasgos de esa
cosa cambiaron y ya no parece una mujer. Ahora tiene cara de
hombre. El Padre trata de entenderlo todo y, al mismo tiempo,
no quiere hacerlo. Mira a la criatura que está atada con cadenas
al camastro sin colchón y con tirantes de hierro oxidados. Él
mismo se encargó de eso 2 días atrás. Observa el cuerpo largo,
envuelto en sábanas que alguna vez fueron blancas, pero que
ahora son grises, sucias y con manchas de sangre. Renzo piensa
en el cielo y en el infierno. Se le ocurren dos cosas al mismo
tiempo: caer de rodillas frente a la criatura, o prenderla fuego.
—16… 15… 21… —dice ahora la cosa esa y su voz se
pone más grave.
Renzo quiere no saber de qué está hablando la criatura,
pero lo sabe. Da unos pasos hacia atrás y deja de mirarla. No va
a ponerse de rodillas. Por eso, camina hasta un rincón del sóta-
no de la iglesia.
Federico y Carla, que están a unos metros de él, lo miran
pasar.
El cura corre una cortina y agarra una lata grande de
kerosene.
Federico deja sola a Carla y le sale al cruce.
—No, Padre… esa no es la solución… —le dice titubeando.
—¿Se te ocurre algo mejor?
—Tenemos que aguantar un poco más… no sé… tratar
de hablarle… —dice y mira hacia el camastro con miedo.
El Padre niega con la cabeza. Después respira pesada-
mente y deja la lata de kerosene en el piso.
Carla, desde la silla, deja de prestarle atención a los
hombres y se toca la panza, como protegiendo a ese bebé al que
le falta un mes para nacer. Habían ido a la iglesia a pesar de todo
lo que estaba pasando desde hacía 7 días. Ella le dijo a su novio
que ya no hacía falta, pero Federico la convenció.
28
EN LA VOZ DE UN CADÁVER

Todo terminó saliendo mal.


Y ahora están ahí. En el sótano. La parte más oscura y
sucia de la iglesia. Carla no quiere pensar en eso, pero lo sabe…
todo va a ponerse peor.
La cosa, atada desde el camastro, mira a Carla.
—“… yo nací en iniquidad, y en pecado me concibió mi
madre” —le dice con una voz de mujer, muy dulce y casi con
ternura.
Carla se pone a llorar. El Padre Renzo y Federico se le
acercan.
—No quiero más esto… que se calle… por favor… que se
calle —dice Carla con bronca.
—“… si es posible, aparta de mí este cáliz”—dice la cria-
tura como sufriendo, pero esta vez con voz de hombre.
Carla empieza a llorar más fuerte y mientras Federico la
abraza, el Padre agarra la lata del piso y camina decidido hasta
el camastro. Llega y se para al lado del prisionero. Abre la lata y
lo rocía con kerosene.
—¿En serio cree que esto va a cambiar algo? —le pre-
gunta la criatura amenazante, mientras el cura saca un Zippo
del bolsillo.
Renzo está a punto de hacerse la señal de la cruz pero se
detiene.
La cosa esa se da cuenta y mira al cura.
—Ya es su hora, padre. “¡Elí, Elí! ¿Lama sabactani?” —le
dice, atada, desde el camastro.
El Padre Renzo aprieta el pulgar y la llama se enciende,
trayéndole recuerdos de cuando fumaba… por un segundo se
ve como un seminarista. Piensa que su vida no tuvo sentido,
mientras levanta el encendedor como si fuera una cruz, como si
fuera el arma de un exorcista.
Está a punto de incendiar a la criatura cuando algo, des-
de atrás, lo golpea. El cura se cae al piso. Escucha cómo la voz
29
16... 15... 21...

grave que viene de una punta del sótano se junta con los gritos
de Carla, que se agarra la panza y se va al suelo, retorciéndose
de dolor.
—“Los hermanos se pondrán en contra de sus propios
hermanos y los entregarán a la muerte…” —dice el prisionero
con voz de hombre y tensando las cadenas que lo atan.
El Padre Renzo ve a Federico parado frente a él, con un
palo en una mano y el Zippo en la otra. El cura se toca la cabeza.
Después se mira la mano. Sangra.
—Padre… no me obligue… sabe lo que va a pasar si eso
se muere… por favor… —dice Federico con miedo y señalando
con el palo a la criatura.
El Padre Renzo empieza a levantarse, pero está fingien-
do. Está tratando de que no se noten sus verdaderas intencio-
nes: llevarse puesto a Federico. El joven recién se da cuenta de
lo que el Padre intenta cuando lo tiene encima. Federico tira un
palazo pero erra. Renzo lo abraza y lo tira al piso.
Carla grita que le duele mucho y, arrastrándose por el
piso, llega hasta donde están los hombres.
Renzo ya le sacó el palo a Federico y es ahora el que do-
mina la pelea. Al cuarto palazo en la cara, el joven ya no reaccio-
na. Le sale sangre de la boca, de la nariz y de un tajo grande que
tiene en el pómulo izquierdo.
Carla le ruega que lo deje y el cura parece volver en sí.
Respira pesadamente. Le saca el encendedor de la mano a Fede-
rico. Se para despacio y se acerca otra vez al camastro. Carla le
grita que no se le ocurra. Que ya sabe lo que va a pasar.
La criatura extiende una mano y las cadenas se tensan
más que nunca. Están a punto de romperse.
El Padre Renzo la mira y enciende otra vez la llama del
Zippo.
Carla, en el piso, se abraza a su panza y llora.
30
EN LA VOZ DE UN CADÁVER

—¿Qué se siente, cura? Es glorioso haber llegado hasta


el fin, ¿no? —dice la criatura con voz de hombre para, en
segundos, comenzar a cantar con una voz de mujer muy dulce.
El cura tira el Zippo encendido arriba de su prisionero,
que empieza a quemarse, pero no deja de cantar. Las telas que
lo envolvían se prenden y se asoman las alas entre las cadenas.
Alas rotas y retorcidas.
Todo se sacude otra vez, pero el temblor ya no está
acompañado por ese ruido horrible. Ese que había sonado 7 ve-
ces. El Padre Renzo tiene miedo. Sabe qué es lo que pasa.
La criatura sigue cantando. El techo de la iglesia cede y
forma un agujero por el que se mete algo. Otra criatura. Mucho
más fuerte y grande que la que se incendia en el camastro.
Carla deja de llorar y se queda quieta. En el piso, entre
sus piernas, se forma un charco de sangre.
El Padre Renzo, como puede, se acerca a la mujer e in-
tenta hacerle la señal de la cruz en la frente, pero se contiene.
Sabe que ya no tiene sentido.
La criatura gigante habla con una voz de trueno y de hierro.
El cura no entiende lo que dice pero siente cómo se le
empieza a despegar la piel de la cara. Mira a Carla. A ella le pasa
lo mismo.
El cuerpo del camastro ya es solo cenizas.
Cenizas de un blanco absoluto.
La criatura recién llegada despliega sus alas y recorre el
sótano con la mirada. Al ver los restos sobre el camastro vuelve
a hablar y el techo termina de desprenderse.
El Padre Renzo puede ver un granizo extraño entrando
por los agujeros que quedaron. Y la nieve no es lo único que cae
del cielo. Ve formas bajando. Sabe qué son. Criaturas que obe-
decen las órdenes del Creador: terminar con todo.

31
16... 15... 21...

Renzo, desde el suelo, mira las 7 copas rotas y cierra los


ojos. ¿Cómo pudimos llamar a estas cosas ángeles?, se pregunta
mientras apoya la cabeza en el piso y su sangre se mezcla con la
que sale de adentro de Carla.

32
EN LA VOZ DE UN CADÁVER

UN PRECIO JUSTO
por David Arrabal Carrión

—¡Por favor, dejad de tocar los cojones ya, o paro y os


dejo aquí en medio! —Ante la amenaza de su padre, las dos chi-
cas cerraron la boca y guardaron la compostura en el asiento
trasero. El oscuro bosque que atravesaban en aquel momento
les imponía respeto.
Jaime lamentó haberles obligado a guardar sus móviles
en la maleta. Quería un viaje en familia, escuchando la radio
y jugando al Veo-veo. Pero nada, mierda para él. Sus hijas no
paraban de pelear por cualquier bobada mientras preguntaban
cada cinco kilómetros cuándo iban a llegar. Marta, su mujer,
seguía mirando al frente, malhumorada. Ella era una redomada
urbanita, y ante la idea de ir al campo torcía la boca y afilaba su
mirada de desprecio.
Los faros del BMW rompían con eficacia las tinieblas
de la carretera comarcal. El reloj del salpicadero marcaba las
23.14h cuando vieron el cartel del término municipal de San
Martín del Monte. Jaime bajó su ventanilla. El aire olía a pino.
—¡Hostia, súbela, a ver si entra algún bicho! —El berri-
do de su mujer le hizo hervir la sangre. Pero obedeció.
—Disfrutemos de las vacaciones —se limitó a decir.
—Vacaciones serán para ti —atacó ella.
Jaime resopló. Aquella discusión ya la habían tenido.
Aquel año tocaba campo y no playa.
—Lo son, y bien caro me ha salido reservarlo todo. Ade-
más, el sábado se ve que empiezan las fiestas del pueblo —le
comentó. El precio de la casa y todo lo demás subía más que una
33
Un precio justo

semana en la playa, pero aun así era un precio justo—. Después


de misa hay una gran comilona, baile y juegos. Aquí no se abu-
rre uno si no quiere.
—Una comilona a base de carne, ¿no? —La cara de asco
de Marta se contagió a las chicas.
«Putas veganas», suspiró Jaime. Su mujer le tenía amar-
gado con aquellas modas alimenticias. Un tiempo le dio por la
Dieta de la Alcachofa, luego por los alimentos ecológicos, des-
pués dejó de comer carne, y terminó sin probar nada de origen
animal. Lo peor era que sus hijas la seguían en todas sus locuras
gastronómicas.
—Carne de caza. —Se le llenó de saliva la boca a Jaime
con aquellas palabras.
Marta no dijo nada más. Volvió a arrugar los labios y el
entrecejo. Las chicas, cada una mirando la nada negra por su
ventanilla, se resignaban a no conocer chicos guapos aquel año.
Tras unos minutos, Jaime encontró una bifurcación. De-
tuvo el coche. Hacia la derecha se entraba al pueblo en sí, una
sombra a un centenar de metros más allá. El GPS señalaba la ruta
que seguía hacia la carretera que bordeada la población hasta un
conjunto de casas con jardín dispuestas al modo residencial, una
calle con farolas encendidas frente a cada propiedad.
Aparcó frente a la número 3, la que había alquilado. Se
suponía que el propietario les estaría esperando allí, pero no
había nadie en toda la calle. Incluso las otras casas parecían va-
cías. Era jueves, y lo habitual era que la gente se desplazara el
viernes o el sábado. Miró la hora en el móvil. Las once y cuaren-
ta. Diez minutos más tarde de lo convenido. No había ningún
coche por allí tampoco.
Las chicas se bajaron del coche. Estefanía, la mayor, se
acercó a su padre.
34
EN LA VOZ DE UN CADÁVER

—¿Has visto qué paz se respira aquí, hija? —Jaime miró


a su hija, una adolescente de dieciséis años con un eterno gesto
de insatisfacción en la cara.
—Lo que se respira es frío. —La joven se abrazaba a sí
misma. Vestía unos pantalones cortos y una camiseta de tiran-
tes—. Esto es una mierda.
Un golpe suave llegó desde el coche. Natalia acababa de
cerrar el portón del maletero y sostenía su móvil en alto.
—Sólo tengo una rayita —dijo—, y no hay señal de nin-
gún Wifi…
Estefanía corrió hacia ella para comprobar lo que era
el principio del mayor drama de sus vacaciones. Jaime las
miró. «Dos perfectas y estereotipadas niñitas rubias de cole-
gio privado. Han salido a su madre».
La luz del porche de la casa número 3 se encendió.
Salió un hombre, un anciano. El portón comenzó a abrirse
lateralmente.
—Meta el coche —le dijo el tipo a Jaime, quien obedeció.
Marta ignoró al anciano y entró en la casa intentando
esquivar las mariposillas que danzaban bajo la luz del porche.
Las chicas la siguieron con la misma presteza.
—No están acostumbradas a todo esto —las justificó Jai-
me, observando que el viejo se las quedó mirando con desagrado.
—¿Usted sí? —La voz de aquel pueblerino sonaba a ex-
ceso de alcohol y tabaco, aunque no olía a nada de aquello; la
peste a estiércol aniquilaba cualquier otro olor.
—Durante mi infancia iba cada verano al pueblo de mis
abuelos —le explicó Jaime—. Tres meses nada más y nada me-
nos. Me encantan los lugares como este.
—Le gustará el pueblo entonces —aseguró el anciano—.
El sábado empiezan las fiestas del patrón, espero que se pase
por la iglesia y a probar luego el asado.
—Lo sé —afirmó él—. Estoy bien informado de todo.
35
Un precio justo

—Allí le esperaremos entonces. —El anciano le miró fi-


jamente—. Venga, le enseñaré la casa.
Una valla metálica forrada con una frondosa hiedra en-
marcaba la propiedad, compuesta por una casa de dos plantas
con jardín trasero. «Los muebles son de las rebajas de Ikea»,
señaló Marta. A Jaime, el mobiliario no iba a joderle las vaca-
ciones. «Para eso me valen estas tres».
—Es perfecto —le dijo Jaime al viejo cuando éste le en-
tregó las llaves.
El anciano se alejó unos pasos, pero se detuvo cuando
Jaime corrió hacia él.
—En el precio entraba la cacería.
—Claro, siempre que desee participar —confirmó el
viejo—. ¿Sabe disparar una escopeta?
—Por supuesto —sonrió Jaime—. Mi abuelo me ense-
ñó de pequeño. Algún conejo he matado.
—Está bien. Igualmente, no irá solo. —El hombre asin-
tió y se fue.

***

Eran las siete y media de la mañana cuando Jaime abrió


los ojos. Su mujer dormía a pierna suelta después de haber esta-
do una hora quejándose por las sábanas, los mosquitos, el calor
y el colchón. Había un silencio absoluto en la casa. Las chicas
también dormían. «Si siempre estuvieran así…».
Abrió la puerta y salió. La mañana era fresca, el coche
estaba cubierto de rocío, y una ligera brisa despedía la noche,
arrastrando un agradable olor a tierra húmeda.
Fue a la cocina y miró en la nevera y en las bolsas que
habían llevado de la ciudad, que todavía reposaban en la mesa.
—Ni café, joder.
«Sólo piensan en ellas».
36
EN LA VOZ DE UN CADÁVER

Las chicas y su mujer podían seguir con aquella dieta de


ovejas, pero él necesitaba café de bote, pan de harina refinada,
carne roja con grasa, chorizos, morcillas y cerveza.
Dejó el coche en la calle de entrada al pueblo. La piedra
gris de las casas le llenó de nostalgia. Echaba de menos a sus
abuelos.
Acompañado por el eco de sus pasos llegó a la plaza del
pueblo. Allí colgaban banderitas y farolillos de colores, que con-
trastaban con el cielo nublado. También había una gran parrilla
lista para recibir carne. Jaime sonrió.
En una esquina encontró un bar abierto. El sitio era pe-
queño, sucio, de escasa iluminación y sin mesas. A la barra se sen-
taban dos parroquianos que conversaban con el dueño de aquel
antro, un hombre barrigón. Le miraron en absoluto silencio.
—¿Podría ponerme un café? —Pidió Jaime.
—No hay café —masculló el tabernero—. Sólo agua
ardiente.
No se veía ninguna cafetera. Tampoco olía a café.
—Es demasiado temprano para tomar alcohol —se ex-
cusó Jaime, mirando los vasos de los clientes.
—Puede comprar café en la tienda del Nicolás —le dijo
uno de ellos.
Jaime le dio las gracias y salió de aquel antro.
En aquel momento, un hombre achaparrado abrió la
carnicería en la acera de enfrente.
Jaime entró en el establecimiento, iluminado con un
fluorescente que no lograba disimular la mugre de las baldosas
de las paredes. De unos ganchos sobre el mostrador colgaban dos
ristras de chorizos y tres de morcillas. En la nevera había costillas
troceadas, lomo, carne picada y varias moscas revoloteando.
—¿Qué le pongo? —El carnicero se colocó un delantal
manchado de rojo y negro y cogió un gran cuchillo.
Costaba decidirse. La carne se veía reseca.
37
Un precio justo

—Póngame un chorizo y una morcilla —pidió Jaime. El


olor de los embutidos le cautivó.
—Estamos algo justos de existencias —señaló el carnicero.
—Ya veo.
—Una granja ayudaría, pero desde la hambruna de la
guerra que se convirtió en tradición comer sólo carne de caza. Y
cada vez cuesta más encontrar buenas presas.
—Pero eso atrae al turismo, ¿no? —Jaime cogió el en-
voltorio con los embutidos.
—No el suficiente.

***

Estefanía y Natalia tomaban leche de avena con mag-


dalenas de centeno sin azúcar en la cocina cuando Jaime en-
tró. Ambas tenían mala cara. Sus móviles descansaban sobre la
mesa.
—Se me van a acabar los datos en dos días —se quejó
la mayor. La pequeña le miró culpándole de sus desgracias—. Y
sólo hay cobertura en la parte de atrás.
—Ya solicitaré a la compañía más, no sufráis —las tran-
quilizó—. ¿Se ha despertado vuestra madre?
«¡Pero qué juventud más inútil! ¿Tiene que estar todo
el día conectada con los amigos? Me cago en Dios. Se ven todo
el año en el instituto, se hablan por Whatsapp cuando están en
casa… ¿y ahora no pueden pasar un fin de semana sin saber de
ellos? Que lean, cojones».
—Sí, está arriba —contestó Natalia—. ¿Vienes del pueblo?
—Sí. He ido a comprar algo de comer.
—Papá, hace frío en esta casa —le informó la mayor.
—El sol acaba de salir —Jaime señaló la ventana. En-
traba una luz cálida y veraniega—. Seguro que podéis tomar el
sol en la parte de atrás.
38
EN LA VOZ DE UN CADÁVER

—¿Y por qué no delante? ¿Es que los catetos se van a


asustar por ver carne? —Se burló Estefanía. Natalia se rió.
—No hables así de esta gente —le recriminó Jaime—.
Aquí hay otras costumbres. No todo el mundo tiene la falta de
valores que hay en las ciudades.
—¡Papá, eso es de un animal muerto! —Le gritó su hija
pequeña cuando vio el chorizo y la morcilla.

***

Mientras Jaime leía tumbado en un bosque cercano, en


el jardín de atrás de la casa, Marta y sus hijas tomaban el sol
en topless mientras saboreaban un zumo de tomate y apio con
hielo. Las tres manejaban sus móviles.
Estefanía le pasaba selfies a una amiga que veraneaba
en la playa. Para que viese ésta en que horror las había metido
su padre, se puso en pie e hizo una foto del bosque que tenían
como paisaje. La arboleda era espesa y oscura.
—Joder, tía, qué mal rollo —le dijo por audio su amiga
entre risas—. ¿Y el tío de ahí es el que te vas a tirar?
Estefanía volvió a reproducir el mensaje; «¿Qué tío?».
Miró la foto con detenimiento, ampliándola. Entre la maleza
se veía claramente a un hombre. Levantó la vista. No uno, sino
dos las miraban sonrientes. Se estaban masturbando.
—¡Hijos de puta! —les gritó.
Marta se puso en pie nada más escuchar a su hija. Vio a
los pervertidos meneándosela sin pudor alguno.
—Vamos adentro —le dijo a sus hijas.
Entraron en la casa, cerraron la puerta con el seguro y
corrieron las cortinas. Marta llamó a Jaime, pero no respondía.
—Será capullo —masculló cuando escuchó el teléfono
de su marido. Lo había olvidado en la cocina. Llamaría al 112 y
acabaría con el problema.
39
Un precio justo

***

Cuando Jaime llegó a casa observó que el coche no es-


taba. Ellas tampoco. «Espero que sólo hayan bajado al pueblo»,
pensó, temiendo que se hubieran vuelto a la ciudad. Llamó a
Marta, pero su móvil no daba señal. Los teléfonos de las chicas
también estaban fuera de línea.
De pronto sonó el timbre de la puerta. Era el propietario
de la casa.
—Buenas tardes —saludó Jaime.
—Los de la cuadrilla saldremos esta noche a cazar —le
dijo el anciano, serio—. Mañana por la mañana debe estar la
carne desangrada. No se ha acobardado, ¿verdad?
—Claro que no —Jaime apretó la mandíbula. Estaba
decidido.
—Me alegra —repitió el viejo, mirándole fijamente a los
ojos—. No todos se atreven.

***

Volver a empuñar una escopeta, volver a matar; Jaime


estaba nervioso. Cuando llegaron a un cruce de caminos en un
claro del bosque, la única luz era la del 4x4 en el que habían
subido los cinco que formaban la cuadrilla. Hacía frío y todo
estaba en silencio.
—Beba —el propietario de su casa le dio una bota de
vino—. Esto le calentará.
El primer trago acabó derramado sobre su pecho y la
hierba.
—¡Esto no es vino! —Tosió Jaime. El aguardiente le
quemó desde la lengua al estómago.
—Es anticongelante —rió uno de los cazadores.
40
EN LA VOZ DE UN CADÁVER

Jaime entendió. La indispensable broma al novato.


Con una chispa de embriaguez se colgó la escopeta al
hombro y siguió a los cazadores. Uno de ellos, el que iba en ca-
beza, sujetaba una vieja linterna.
Tras media hora subiendo bosque a través, se detuvie-
ron junto a un gran tronco caído. Sólo Jaime resollaba. Tenía la
cabeza aturdida por tantos tragos.
El cazador cabecilla movió la linterna dibujando arcos
sobre su cabeza. Otra luz le respondió.
—Están ahí delante. Usted —señaló a Jaime—, haga
los honores. No se preocupe si se le escapan. Hay más compa-
ñeros ahí delante.
Jaime agarró la escopeta y comprobó que estaba carga-
da. En los bolsillos del chaleco llevaba más cartuchos.
—Las razones nos dan igual —el propietario de su casa
le agarró de un brazo, con firmeza—. Pero no las olvide cuando
vaya a apretar el gatillo. Todo quedará aquí, entre estos árboles.
Cuando encuentren su coche, estarán sus huesos calcinados.
Eso sí, tratar con el seguro será cosa suya.
Jaime sonrió y negó con la cabeza. No había previsto
perder el coche, pero aun así el precio seguía siendo justo.

***

—Beba —le sonrió el carnicero—. Este agua ardiente es


liberador. Saca los demonios de uno.
Jaime hizo caso y dio otro trago a su vaso.
La alegre música de violín animaba la fiesta en las calles
de San Martín del Monte. Había dispuestas largas mesas en la
Plaza del Pueblo, donde se repartían empanadas de carne sin
parar. Jaime cogió otro pedazo y lo mordió con ganas. Nunca
había probado algo tan delicioso. Si lo llega a saber, las habría
matado en casa. Él era buen cocinero.
41
EN LA VOZ DE UN CADÁVER

REPOSO
por Esteban Dilo

Tengo treinta años y un pedazo de espalda menos. Me


sacaron dos discos a cambio de una futura cicatriz de quince
centímetros. Lo único que supera el dolor de la operación es el
asco que siento por verme tan roto.
Me siento en la cama de costado para no forzar la he-
rida, como me dijo el médico. Me pongo las pantuflas y voy al
baño. La bronca me vuelve cuando escucho cómo arrastro los
pies. Me siento un viejo choto.
—¡La puta madre!
La silla del comedor chilla y escucho los pasos. Lo que
menos quiero es romper las pelotas. Me agarro del marco de la
puerta de la pieza y dejo caer la cabeza.
—¿Qué pasó, amor? —me pregunta Carla.
—Nada… voy al baño. Bah… trato de ir…
—Pero puteaste, ¿te duele?
—¡Sí!, pero no pasa nada.
Carla se me queda mirando con compasión. Vuelve al
comedor y la silla suena de nuevo. La trato mal y me pone cara
de lástima: ahora los pasos me pesan más.
Sigo avanzando despacio. La herida, más allá de haberla
visto en una foto, la siento como un tatuaje nuevo. La piel está
tirante: treinta puntos, soy un matambre vivo. Llego al baño,
me bajo el pantalón hasta la rodilla y muevo las piernas para
que caiga por su propio peso. Me agarro de la pileta y me siento
en el inodoro. Saco el celular del bolsillo que se arrastra por el
piso y veo que tengo varios mensajes. Trato de leer los nombres
43
Reposo

de los contactos pero las letras se me confunden. Cierro fuer-


te los ojos y me aprieto los lagrimales con los dedos de la otra
mano. Ahora está un poco mejor. Abro el grupo del laburo y me
encuentro con una foto de la banda. Mando un audio:
—¡Ey! Buena foto, eh. Falta mi facha ahí, ja ja ja. Che, vi
que escribieron pero me cuesta leer, se ve que todavía tengo res-
tos de la medicación de la clínica y, además, le estoy entrando a
una pastillas que me cuesta tragarlas… bue, se las dejo picando,
hijos de puta. Ahora les mando una foto. Hablando en serio:
estoy bien, dolorido, jodido, embroncado, pero bien. Por suerte
está mi novia para cuidarme.
Me quedo tildado, mirando la pared de madera. Me pa-
rece ver algo. Sacudo la cabeza y adjunto la imagen de mi cica-
triz, que parece una lombriz mal atada.
Me limpio. Me vuelvo a poner de pie con la ayuda de la
pileta y tiro la cadena. Me suena el celular: el gordo.
—Paaahhh, sos una alcancía. Se te estiró la raya del culo
—se escucharon un par de risas de fondo—. Acá estamos con
los chicos, te mandan saludos. Ahora volvemos a la línea de pro-
ducción. Esto es la mierda de siempre, mirale el lado positivo,
seguro tenés unos meses para volver acá. Ah, antes de que me
olvide, llegaron las cosas del sindicato, si querés cuando salgo te
las alcanzo.
Vuelvo a enviarle un audio.
—Qué hacés, Gordo. Sí, por suerte voy a estar un par de
meses lejos de ustedes, ja ja ja. Un golazo lo del sindicato, pero
te agradezco. No estoy en mi departamento. Nos vinimos a la
casaquinta de Carla, bah, es más una cabañita que otra cosa.
Acá no hay tránsito ni vecinos molestos. Estamos lejos, pero no
tanto. Después me lo das cuando nos veamos.
Salgo del baño y voy hasta donde está Carla. Es una ha-
bitación que reúne la cocina y el comedor. Ella está sentada,
toma apuntes de una clase virtual que mira desde el celular con
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EN LA VOZ DE UN CADÁVER

los auriculares puestos. No me escucha llegar. Me paro detrás y


le acomodo el pelo. No se asusta y recuesta su cabeza sobre mi
mano, después me acaricia y se saca uno de los auriculares.
—Perdón, tengo arranques de mierda…—le digo, aun-
que me cueste aceptarlo.
—Yo no te dije nada, te entiendo, Gordo. ¿Querés tomar
unos mates?
—Sí, pero sabés, estoy mareado. ¿Cómo puede ser que
todavía me pegue la anestesia de ayer? Tenemos que averiguar
para comprar —digo y me río. Me tira la herida y me quedo
estático.
—¡Ja! Hacete el vivo y vas a terminar con los puntos
afuera. Tomate un mate. ¿Te ayudo a sentarte?
Le niego con la cabeza y me siento frente a ella. Hay un
tupper con galletitas Don Satur agridulces, pero prefiero no co-
mer nada. No bien me dejo caer en la silla, todo se me mueve
como si estuviera en un bote. Cierro los ojos y al principio se
acelera el movimiento, pero luego se calma. Al abrirlos, Carla si-
gue escribiendo y detrás de ella, en la pared de machimbre, veo
un par de ojos que me miran enojados. Parpadeo varias veces
para tratar de enfocar: se me hace difícil pero noto que se trata
de los nudos de las maderas.
—¿Gordo? ¿Estás muy mareado?
—Sí. No, es que se me nubla un poco la vista…
—Bueno, quedate sentado un rato. Es que te deben ha-
ber inyectado más droga de lo normal. La enfermera te pregun-
tó si te sentías bien y le dijiste que sí, porfiado.
—Pero estar mareado no es sentirse mal. —Carla me
mira como si le estuviese tomando el pelo—. En serio, igual
pensé que se me iba a ir a la noche. Posta, Car. Habría que ave-
riguar dónde la venden así armamos una fiesta en casa.
Ella sigue mirándome igual, yo trato de aguantarme la
risa. Vuelvo a hablar.
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Reposo

—Amor, te pido un favor, ¿me pondrías a cargar el celu?


—Dame —lo agarra y lo pone a cargar arriba de la hela-
dera. Después se vuelve a sentar.
—¿Cómo puede ser que no haya enchufes a mano en
esta casa?
—Es más vieja que la injusticia esta casa.
—Bue, ese dicho debe ser del mismo año —digo y me
tiento.
—Seguí sumando puntos, vos. Gordo ¿Querés que le
pregunte a Pitu lo del mareo? —Se mira el reloj—. Ahora está
en la clínica, en una de esas…
—Sí, como quieras. Decile que me cuesta enfocar.
Carla se pone a buscar el contacto y yo vuelvo a mirar los
nudos de las maderas. La vista se me vuelve a nublar. Escucho
la voz de ella, pero de fondo. Los ojos son cada vez más nítidos:
aparecen diferentes gamas de marrón, al punto de distinguir
pupilas. Se me acelera el corazón, me pongo nervioso y me paro
de golpe. Carla deja de hablar y se me queda mirando.
—¡Ey! ¿Estás bien?
La escucho, pero no le respondo. Tengo miedo por lo
que vi antes y, ahora, por el líquido que me chorrea desde la
herida. Ella da la vuelta a la mesa y me toca la cara. La miro pero
no me animo a contarle.
—¿Qu-qué?
—Si estás bien, ¿qué pasó?
—Nada, nada. Se me adormeció la pierna y me paré…
sin pensar. —Sigo mirando hacia adelante.
Carla intercala la vista entre la pared y yo.
—Boludo, en serio ¿pasa algo?
—No. ¿Qué te dijo Pitu?
—No sé, le mandé un audio. —Se aleja y agarra su celu-
lar—. Ahí respondió:
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EN LA VOZ DE UN CADÁVER

¿Qué hacés, Car? Uh, espero que esté bien. No es una


operación de las complicadas, pero… tampoco es de las simples. Lo
bueno es que le dieron el alta rápido. Con respecto a los mareos puede
tomar Ciclanadil. Eso lo va a ayudar bastante, después tiene que
estar acostado todo el tiempo que pueda, que solo se levante para ir
al baño. Bueno, cualquier cosa que no consigas en la farmacia, tengo
muestras gratis en casa. Pasá, hasta las ocho estoy. Byeee.
—Olvidate. No voy a estar en la cama, me quedo en el
sillón.
—Bueno, pero acostate ahí. Aprovecho que voy a com-
prar algo para picar a la noche y me acerco hasta la farmacia.
¿Te parece? ¿Querés que la llame a mi vieja?
—¡¿Eh?! No, amor. Prefiero estar solo, andá tranquila.
Yo me quedo acá.
—Dale. Pongo a lavar la ropa y rajo. ¿Tenés algo sucio?
—Lo que tengo puesto.
Ni me mira. Agarra la bolsa con lo que había usado en
la clínica y baja las escaleras. Desde el sillón, veo cómo es devo-
rada por las sombras que conducen al sótano: nunca pensé que
una casa en Argentina tuviese subsuelo como ese. Carla vuelve,
resoplando.
—¿Te matan las escaleras, eh? —le digo bromeando.
—¡Mal! ¿A quién se le ocurre?
Le hago una mueca y por dentro pienso lo mismo que
ella. Se abriga, agarra sus cosas y, después de darme un beso,
sale y vuelve a entrar.
—Gor, me llevo el celu, por si pasa algo.
—Tranqui, amor. Voy a estar acá. —Sonríe. Cierra con
llave y sus pasos se alejan.
Me acomodo como puedo. Una vez acostado, prendo el
tele y busco una serie. La cabeza me late y el mareo vuelve de a
poco. No quiero ver la pared. Tiro la cabeza hacia atrás y al ver
el techo noto que también es de madera: cruzo la mirada con
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Reposo

dos ojos siniestros en los nudos. El corazón se me desboca. Las


vetas se mueven, frunciendo el ceño. Cierro los ojos con toda
la fuerza, siento cómo mi cara se arruga. Tengo ganas de llorar
pero me aguanto. Aún sin ver, me tiro a un lado para incorpo-
rarme y muy delicadamente me quedo parado.
Vuelvo a abrir los ojos: aparece el mareo, ahora envuelto
en la sospecha de que todo tiene que ver con la droga de la clíni-
ca. ¿Y si no lo son? ¿Si todo es verdad? Camino como un viejo,
sigo arrastrando los pies. Me siento en peligro ante la casa que
me observa. Ahora dejo salir las lagrimas. Me tengo que frenar,
la molestia de mis ojos se ve inundada por un miedo infantil.
Estoy parado, agarrado a una silla, sin poder moverme rápido.
Soy un estúpido. Si estuviese Carla sería otra cosa.
Me seco las lágrimas con la manga y sigo caminando con
la mirada clavada en la heladera. Levanto los brazos y siento
los puntos como arpones clavados en la piel. Celular de mierda.
Lo agarro y, al desbloquearlo, noto que tengo varios mensajes.
Busco a Carla. Al entrar en su chat se me mezclan las letras,
no le puedo escribir. Le mando un audio: Amor, ¿cómo viene
eso?, suelto el botón. Me vuelvo a sentir un estúpido; debe es-
tar manejando. Mejor la llamo. El mareo vuelve y me tengo que
agarrar de la puerta del freezer. Puta madre. Aprieto para lla-
mar como puedo. Antes de ponérmelo en la oreja, me veo en la
pantalla: videollamada. Lo dejo, hasta que veo detrás de mí no
uno, sino tres, cuatro, cinco pares de ojos que se mueven a mi
espalda, que reptan entre las vetas de las maderas de la casa.
—¡Basta! —grito y revoleo el celular contra la pared.
Voy hasta la puerta de entrada. A la pasada, agarro una
cuchilla de la mesada y sigo. Me quiero ir afuera. A medida que
avanzo, las maderas de machimbre que forran la cabaña se acla-
ran, dejando a los nudos más visibles. Vuelvo a llorar. Me siento
vulnerado. Llego a la puerta. Me aferro del picaporte y lo bajo.
Está cerrado con llave.
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EN LA VOZ DE UN CADÁVER

—Los ojos no existen. Los ojos no existen —susurro.


Me giro para volver a la cama y al hacerlo encuentro una
mancha enorme en la pared. Todos los nudos de las tablas es-
tán juntos. Forman un solo ojo enorme. Estiro la cuchilla para
tocarlo pero el miedo me lo niega. Sigo.
A medida que vuelvo, el ojo me sigue despacio. Por den-
tro, soy una locomotora, pero mis pasos son mínimos. Pienso
en Carla. Veo el celular destruido en el suelo y la angustia me
irrumpe. Sigo hacia la habitación. El ojo se mueve de una pared
a otra hasta quedar encima mío. Las maderas del techo dejan
libre el camino para que el ojo de nudos se acomode.
—¡Los ojos no existen!
Después del grito me llega el peor de los mareos. Me
agarro del marco de la puerta del sótano. El ojo ahora cuelga
del techo como una enorme gota de agua. Tiene casi el mismo
tamaño que el televisor.
—¡Los ojos no existen!
Exijo mi voz al máximo para eliminar la alucinación,
pero no se va. Sigue colgando hasta quedar completamente a la
vista, solo se conecta al techo por una fibra de madera. Se acer-
ca. Cada vez más rápido. Lo único que me sale hacer es soltarme
del marco y agarrar la cuchilla lo más firme que puedo con am-
bas manos. El ojo llega a pegarse a mi cara. Siento la brisa del
envión.
Caigo hacia atrás.
La oscuridad del sótano me engulle. Los escalones me
golpean de lleno en la espalda y sigo cayendo. Ruedo dos veces.
Tres. Hasta que quedo tirado boca abajo.
No me puedo mover. La espalda me late. Siento una bra-
sa ardiendo en el pecho. Al respirar, me cuesta meter el aire.
Seguro tengo las costillas rotas. Trato de tocarme la herida de la
operación y cuando logro sacar la mano de debajo de mi cuerpo,
brota la sangre. Hago fuerza para despegarme del suelo y veo el
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Reposo

mango de la cuchilla: está enterrada en la boca de mi estómago.


Trato de gritar, solo sale un susurro.
Desde la oscuridad del sótano, miro las escaleras hasta
la abertura por donde caí. El ojo sigue colgando del techo y lue-
go se divide en dos. Con la puerta abierta, todo ese conjunto
parece una cara. Una cara enojada. Trato de mantenerme des-
pierto pero no puedo.
Me había preocupado tanto por los ojos que no había
tenido en cuenta la boca de la casa. Que acababa de comerme.

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